Tragicomedia de Lisandro y Roselia
COLECCION
DE
LIBROS ESPAÑOLES
RAROS Ó CURIOSOS.
TOMO TERCERO.
TRAGICOMEDIA
DE
LISANDRO Y ROSELIA,
LLAMADA ELICIA,
Y POR OTRO NOMBRE CUARTA OBRA
Y TERCERA CELESTINA.
MADRID,
IMPRENTA Y ESTEREOTIPIA DE M. RIVADENEYRA,
calle del Duque de Osuna, núm. 3.
1872.
ADVERTENCIA PRELIMINAR.
A mediados del siglo XVI vió la pública luz en España una obra titulada La Tragi-comedia de Lisandro y Roselia, escrita en excelente prosa, con algunos muy escandidos versos, y cuya fábula estaba tan felizmente concebida como ejecutada; mas tales méritos no bastaron para salvarla del olvido en que hoy yace; que suele tambien la desdicha perseguir á los libros notables lo mismo que á los hombres esclarecidos, como si el ingenio y la fortuna difícilmente pudieran estrecharse la mano.
Esta produccion se ha hecho tan rara, que sólo tenemos noticia de dos ejemplares[1], uno que conservaba en su selecta librería el Sr. D. Vicente Salvá, y otro del cual se sacó la esmerada copia que existe en la biblioteca del señor Estébanez Calderon, hoy del Ministerio de Fomento; de modo que el público en general está privado de conocer las bellezas de este libro, cuya escasez de ejemplares, no ménos que su mérito literario, nos ha movido á incluirle en nuestra coleccion. Publicóse sin nombre de autor, como tambien aconteció con la famosa tragi-comedia de Calixto y Melibéa, ó la Celestina; pero, ménos afortunado que sus antecesores, cuyos nombres han llegado á saberse, con gloria para ellos, el autor de Lisandro y Roselia, á pesar del enigma acróstico con que termina su obra, permanece todavía ignorado.
[1] Despues de escrita la advertencia que precede al tomo anterior, ha llegado á nuestra noticia que ademas de los ejemplares allí citados, en la biblioteca que en la ciudad de Granada posee el Exmo. Sr. Duque de Gor, muy rica por cierto en obras de nuestra antigua literatura, existe tambien un ejemplar de los Comentarios de Francisco Verdugo.
El Sr. Salvá ocupóse con tenaz empeño en descifrar el encubierto nombre del autor, pero su trabajo fué completamente inútil; así como tambien el de otros varios que acometieron la misma empresa con igual resolucion, inclusos los que ahora dan á la pública luz esta obra inapreciable, esperando confiadamente que al fin y al cabo alguno tenga la suerte de revelarnos el nombre de quien ciertamente no merece seguir desconocido.
Tampoco consta por quién está impreso el libro, ni en qué punto; pero en esto somos más afortunados, porque podemos decir con seguridad el nombre del impresor, y en cuanto al punto en que debió imprimirse la obra, podemos tambien afirmarlo con tantos grados de probabilidad, que casi raya en evidencia.
El Sr. Colon y Colon, igualmente que D. Nicolás Antonio, la supone impresa en Madrid, teniendo en cuenta la circunstancia de estar fechadas en este punto las dos cartas de un amigo del autor, que ocupan el final del libro; pero esta suposicion carece de sólido fundamento y cae completamente por su base, considerando que en la córte no hubo imprenta hasta el año de 1566[2], y que á mayor abundamiento, no se conserva noticia de que jamas imprimiese en ella Juan de Junta, que es indudablemente el impresor de la obra.
[2] El primer libro de que hasta hoy tenemos conocimiento se imprimiese en Madrid es la Relacion de la muerte y honras fúnebres del SS. Príncipe D. Cárlos, hijo de Felipe II, compuesto por el M. Juan Lopez de Hoyos, impreso por Pierres Cosiu, en 1568, en octavo; el mismo impresor, en union de Alonso Gomez, dieron á luz, en 1566, unas ordenanzas sobre el precio del pan, y en el siguiente año de 1567 el cuaderno de las Córtes de Madrid. El libro más antiguo de entretenimiento que produjera la tipografía madrileña es el titulado Arrestos de amor, que contiene pleitos y sentencias definitivas de amor, con comento, traducido del frances por Diego de Gracian, é impreso en 1569 por Alonso Gomez. Noticias que debemos á nuestro buen amigo y distinguido bibliófilo Sr. D. José María Escudero de la Peña.
Entre otras pruebas que pudiéramos aducir para demostrar la exactitud de nuestro aserto, parece la más sencilla y concluyente la que nos suministra el atento exámen de la misma hoja de la portada del libro. En efecto, á la vuelta de la portada se advierten unos caprichosos y bien trazados adornos, y entre ellos notó ya el Sr. La Barrera la existencia de una cifra ó monograma, que se compone de las letras J. A., primorosamente enlazadas.
Ahora bien, esta cifra es la que Juan de Junta usaba, como puede verse, entre otras muchas obras que imprimió, en el Tractatus Perutilis Martini de Frias, teologiæ in Salmanticensi academia professoris, Salamanca, 1550. En una edicion anterior de la misma obra, hecha tambien por el mismo Juan de Junta, pero en la cual no se expresa el lugar ó punto donde se verificaba la impresion usa igualmente como adorno en la portada la misma cenefa que en la edicion de Lisandro y Roselia.
Ademas nos consta positivamente que Juan de Junta imprimió primero en Búrgos, despues en Salamanca y Búrgos, y por último se estableció en Salamanca, dejando, segun parece, su imprenta de Búrgos á Felipe, su descendiente. Fundados, pues, en estas noticias incontestables, no vacilamos en afirmar que la tragi-comedia de Lisandro y Roselia se imprimió en la ciudad de Salamanca, en donde es tambien muy probable que el autor la idease y escribiese.
Sólo nos resta añadir que viene á corroborar más y más nuestra conjetura la circunstancia, importante para el caso, de ser precisamente Salamanca el lugar de la escena en que ocurren los sucesos del drama que tan magistralmente el autor finge y pinta, y que ademas se muestra muy conocedor de las costumbres y localidades de aquella ilustre ciudad, tan concurrida á la sazon y áun mucho tiempo despues de ricos y galanteadores escolares, de bellísimas y aventureras damas, de Celestinas astutas y avarientas, y de no pocas tias fingidas de hermosas y complacientes sobrinas, que sin duda inspiraron al príncipe de los ingenios españoles la más picante de todas sus bien relatadas y admirables novelas.
F. del V. J. S. R.
¶ Tragicomedia de Lysandro y Roselia llamada Elicia y por otro nombre quarta obra y tercera Celestina. 1542.
CARTA DEL AUCTOR
EN QUE DIRIGE É INTITULA SU OBRA AL MUY MAGNÍFICO Y ILUSTRE SEÑOR DON DIEGO DE ACEVEDO Y FONSECA.
Necia querella es, Illustre Señor, los que componen escripturas de cualquier calidad que sean, intitularlas á señores y príncipes de sus tiempos, para darles auctoridad y favor con el nombre de aquellos á quien van dirigidas, conforme á lo que dice Píndaro, que en todas las cosas el principio ha de ser esmerado. Y como yo los años pasados tuviese vacacion de graves y penosos estudios, en que he gastado los tiempos de mi mocedad, buscando alguna recreacion de los trabajos pasados, compuse esta obrecilla que trata de amores, propia materia de mancebos. Cuando digo de amores no digo cosa torpe ni vergonzosa, sino la más excelente y divina que hay en la naturaleza, dejo los loores que del amor dice Platon en su Simposío, dejo lo que en la Theogonía escribe Hesiodo, que el amor es el más antiguo Dios entre todos los Dioses, dejo lo de Ovidio, que el amor tiene dominio universal, y reina sobre los Dioses y sobre los hombres, y dejo otras infinitas auctoridades que hablan en esta materia, porque sería nunca acabar. Sólo quiero decir que si á alguno pareciere no ser la obra digna de mi profesion y estudios, se acuerde que casi no hubo illustre escriptor que no comenzase por obras bajas, y de burlas y chufas, tomadas de enmedio de la hez popular. Y por dejar otras que podria aquí decir, Homero, el más esclarecido poeta entre los griegos, las primeras obras que escribió para ejercitarse y ensayarse para las mayores fueron dos: la una La Pelea de los ratones contra las ranas, y la otra de un hombre llamado Margites, inhábil para todos los oficios de la vida, de las cuales, la primera dura hasta nuestros tiempos, de la otra, en el sexto de las Eticas Aristóteles, y Plutarco en los Morales, y otros auctores hacen mencion. Virgilio, asimesmo, el más excelente poeta entre los latinos, ¿quién no sabe, ántes que compusiese aquellas tres principales y divinas obras, haberse primero probado en la mocedad en aquella obrecilla que se llama Pulga, y en las Priapeyas, obra deshonesta y de torpes y ilícitos amores, y en otras niñerías que todos leen en los que se dicen parvos? Lo mesmo se lee de Lucano, esclarecido poeta, y de otros muchos auctores, así griegos como latinos, como de nuestra nacion, que dejo por no ser prolijo. Y así es que la órden en todas las cosas es comenzar por lo poco, y proceder, como dice Prician, á lo que es más. Y dice sabiamente Séneca que si se consideran bien todas las cosas naturales, hallaremos tener muy pequeños principios, despues el tiempo las engrandece y perficiona. De lo sobredicho parece que no se me debe á mí atribuir á culpa, si determinado de escrebir he comenzado por materias bajas y de pasatiempo, pues que, como en el primero de sus Oratorias Instituciones escribe Quintiliano, digno es de perdón el que yerra, si sigue grandes capitanes. Buscando, como dije, favor á esta obrecilla, acordé intitularla á vuestra merced, porque, lo que por sí no puede, alcance por la sublimidad y méritos de vuestra merced, persona de tan esclarecidos antepasados que libertaron y redimieron esta nuestra patria de graves exacciones y pechos, de condicion tan suave, apacible y angélica, que siendo casi el príncipe de su ciudad, es tan amoroso y humanísimo, hasta con los más bajos, que más parece igual de todos, que no señor de todos, como lo es, y así todos le aman como á igual, y por otra parte le acatan y reverencian como á señor. Dejo el conocimiento de la lengua latina, la dignidad, disposicion y gracia de su persona, la liberalidad y otras preeminencias que en vuestra merced relucen, que, por ser á todos notorias, es á mí excusado de decirlas por menudo. Suplico humildemente á vuestra merced no mire el dón, sino la voluntad del dador; á nadie, como dice Plinio, fué atribuido á vicio sacrificar con lo poco que tuviese; yo al presente no me hallo con más precioso dón. Placerá á Nuestro Señor que adelante pueda servir á vuestra merced con escripturas de materia subida y digna de persona tan clara y valerosa como vuestra merced, cuya illustre persona y estado conserve Nuestro Señor, y aumente por muy largos años á su servicio.
PRÓLOGO
AL DISCRETO LECTOR.
Aquel tan afamado hijo de Driante, Licurgo, rey y legislador de los lacedemonios, por el demasiado amor de vino y torpe embriaguez que en muchos veia, se dice haber talado las viñas, pareciéndole ser éste bastante remedio para apartarles de aquel vicio. Mas en esta parte es reprendido de Plutarcho en el libro, De la manera que se ha de tener en leer y oir las ficciones poéticas, y á mi parecer no le falta razon, porque fuera muy mejor, si queria que los suyos se templasen, enseñarles á usar moderadamente del vino mezclándolo con agua, la cual, de tal manera quita en él lo que daña, que no acaba de consumir lo que aprovecha, ca, como dice Platon la potestad de un dios sobrio (que como él entiende es el agua) refrena la insania y fortaleza del furibundo dios Bacho, y en ellos fuera muy mayor virtud, de tal manera recibieran esta doctrina, que trayendo entre manos la ocasion de caer, supieran tener el medio sin faltar en el vicioso extremo. He traido esto, discreto y sabio lector, á propósito de una cuestion que mucho tiempo há dura entre los sabios así católicos como gentiles, en la leccion de las ficciones y cuentos fabulosos y poéticos, en cuál de las dos maneras que agora diré nos hayamos de haber. Unos son de opinion que á imitacion de lo que cuenta Homero de los compañeros de Ulíses, en mentando ficcion poética, tapemos las orejas con cera, y á gran furia pasemos adelante, como aquéllos hacian, por no oir el canto de las serenas. Otros aconsejan que de tal manera paremos en los fabulosos cuentos, que sepamos aprovecharnos de lo bueno á que ellos van enderezados, y desechar lo malo que muchas veces adrede los que las tales ficciones compusieron, mezclan con la doctrina filosófica que en ellas enseñan por conformarse con la calidad de las personas que introducen, como si introdujesen un mancebo vicioso que habla cosas en favor del deleite, ó un tirano en favor de la crueldad, ó un avaro en favor de la avaricia, no por esto hemos de entender que la intencion de aquel autor fué alabar aquellos vicios, sino que los quiso pintar con sus colores para que el de sano entendimiento se supiese guardar de ellos. Podria decir alguno, esa doctrina yo me la tomaré de los filósofos que hicieron libros de filosofía moral, y allá os avenid vos con vuestras ficciones de poetas. A esto está la respuesta muy fácil; primeramente, que los poetas no son sino filósofos, ni fué su intento tratar de otra cosa sino de filosofía y otras sciencias, mas porque vieron que la doctrina de la verdad no es muy suave de oir para muchos, quisiéronla envolver en fábulas, porque de mejor gana los lectores se aficionasen á percibir aquella doctrina amarga con el dulzor de la ficcion fabulosa. Ésta es la causa mesma y descuento que da Lucrecio en el cuarto de su Poética Philosophía. Quise (dice Lucrecio) tratar de cosas grandes y oscuras, envolviéndolas en verso heroico y en el donaire y gracia de las Musas para hacellas más fáciles á aquellos que se entristecen en tratar cosas de véras por el poco uso que tienen de ellas, á imitacion de los médicos, que para hacer que los niños con ménos dificultad tomen el amargo zumo de los axenxos, les untan los labios con miel para que á vueltas de aquel dulzor beban la amargura de aquello que les ha de ser medicina. Ansí que á esta manera de enseñar se podrá aplicar y entender fácilmente lo que decia Philopono, poeta, de las carnes, aquéllas ser más sabrosas que no son carnes, y de los pescados aquéllos más dulces que no son pescados. Es, pues, dificultosa y amarga la doctrina de la verdad y virtud, la cual, junta con el dulzor de la fábula, es hecha más fácil, y ámanla más oir y conocer aquellos que, como decia Caton, tienen el sentido del paladar más vivo y agudo que no el del entendimiento. Estos tales es cosa de maravilla cuán atentos y obedientes discípulos son á oir fábulas así como las de Esopo, y otras tales que son sacadas del tuétano de la philosophía moral, y que sin dubda viviria bienaventurado el que obrase lo que por ellas se concluye. Bien conocia esto Sócrates, del cual se lee que para persuadir lo que queria, era grande artífice de ficciones, y que tanto le parecieron bien las fábulas de Esopo, que las volvió en verso, y de esta manera se hallan usurpadas en poetas griegos y latinos. De una de dos maneras persuaden los philósophos y retóricos alguna doctrina, amonestando á buenas cosas, como escribe Aristóteles en el segundo libro de su Retórica: ó por argumentos y razones vivas, ó por exemplos. Dexados aparte los argumentos, los exemplos son en dos maneras, ó fingidos ó verdaderos; fingidos como los que ahora diré, porque el mesmo Aristóteles usa de ellos. Queriendo Esopo, frigio, persuadir á los de Samo, que no es bien desear nuevo señor puesto que sea tirano y usurpador de las haciendas de los pobres, porque al cabo éste en algun tiempo se hartará y dexarles ha algo con que pasen la miserable vida, mas el que de nuevo viniese acabarlos hia de asolar como viene de refresco, y á ellos los tomó sobre cansados, usa, pues, de semejante fábula: En tiempos de grandes calores, cayó la raposa en un tremedal, y sin poderse rebullir, en poco tiempo fué llena de moscas caninas; pasando por ahí el erizo, habiendo compasion, preguntóle si queria que se las quitase, respondió ella que no, diciendo que aquéllas, como ya estaban hartas de chupar su sangre, ya era muy poca la que le sacaban, y que si aquéllas le echaba vendrian otras muertas de hambre que le acabarian de beber toda la sangre que le quedaba. Así el señor que ya está enriquescido no daña tanto, mas si éste se alanza, sucede otro pobre en su lugar, que acaba de agotar lo que queda, y toda la república se destruye. Es, pues, grande la fuerza de la ficcion para persuadir, así como hace mucho más el color que sola la raya para que una imágen humana parezca más clara. La semejanza de la verdad mezclada con ficciones hace atónitos en alguna manera y engaña aquellos que la oyen. Dicen que la mandragora tiene tal virtud, que si nasce cerca de las vides hace que se ablande la fuerza que el vino habia de tener para embriagar, así la poesía toma de la philosophía la doctrina, y juntándola con la mandragora del cuento fabuloso, hácela más blanda y fácil para ser percibida. Es, pues, la ficcion un buen engaño fabricado para traer con él á lo bueno no á hombres que tienen baxo entendimiento y grosero, porque estos tales no se dexan así engañar como cuenta Plutarcho, que preguntado Simónides, poeta, por qué con su poesía no engañaba á los de Thesalia, respondió, que eran más necios de lo que convenia para poder ser engañados de él. Gorgias, preguntado qué cosa era tragedia, respondió ser un engaño, el cual hace mejores á los que le usurpan que á los que huyen dél, y más sabios á los engañados que á los que no se dexan engañar dél. Pues si venimos á las fábulas de que están llenos los poetas antiguos, que ni llevan piés ni cabeza, hallarémoslas llenas de alegorías y notables singulares y fundadas sobre algun principio de verdad. Quien á mí no me creyere lea á Palefato, autor antiguo y de mucha autoridad; el cual, viendo que la más de la gente no tomaba más de la corteza de la fábula creyendo cosas del todo imposibles con gran diligencia y cuidado, peregrinando por el mundo, informándose de hombres ancianos, averiguó muchas verdades que estaban paliadas con fábula. De muchas que él pone, contentarme he con una, remitiendo á él al deligente lector: no hay quien no sepa la fábula de Acteon, como le comieron sus mesmos canes, siendo convertido en ciervo de la diosa Diana, que contra él estaba airada por el atrevimiento que habia tenido de verla desnuda; ¿quién no sabe de Xenophon y Plinio y todos, cuán grande sea el amor que naturalmente los perros tienen á sus señores, y sobre todo los de caza? acordaron los poetas de fingir semejante cosa, porque oyendo tal exemplo los otros hombres se refrenasen de ofender á Dios, que tiene poder para castigar los malos y galardonar los buenos. La verdad de esta fábula fué que hubo en Arcadia un hombre llamado Acteon, muy amigo de la caza, lo cual en aquel tiempo era causa de mayor escándalo que agora, porque no sabian los hombres ocuparse en otro exercicio más de en la agricultura. Pues Acteon, olvidado de ésta, dióse á sola la caza, y menospreciado el cuidado de su casa, faltóle la hacienda y con ella la vida; de allí vino á andar por las lenguas de los hombres: ¡ay cuitado de tí, Acteon, que de tus propios canes fueste comido! Cuantos Acteones hay en nuestros tiempos, no solamente comidos de perros, mas aún de malas mujeres. Y porque no sea todo traer exemplos de gentiles, remítome á lo que el bienaventurado Sant Basilio dice de la leccion de las ficciones de poesía en un sermon que hizo á los mancebos, de la manera que han de tener para aprovecharse y tomar doctrina de los poetas y fabulosas ficciones. El glorioso Sant Hierónimo, como todo el mundo sabe, fué muy reprendido de los eclesiásticos de su tiempo, porque se daba tanto á la elocuencia de Ciceron y á la leccion de los poetas; dexadas otras muchas respuestas, que da por todas sus epístolas dignas de tan alto y divino varon pondré una. Dice, pues, la poesía estar figurada en el Deuteronomio por una costumbre que los judíos tenian, que cuando cautivaban algunas mujeres extranjeras no podian casar con ellas sin primero cortarles las uñas y los cabellos. Mas porque esta figura, á este propósito tomada de Sant Hierónimo, en estilo heroico la declara y aplica á la poesía aquel real poeta Juan de Mena, parescióme cosa no ajena de mi propósito poner aquí sus palabras:
¶ Usemos de los poemas
Tomando dellos lo bueno,
Mas huyan de nuestro seno
Las sus fabulosas temas;
Sus ficciones y problemas
Desechemos como espinas,
Por haber las cosas dinas
Rompamos todas sus nemas.
COMPARACION.
¶ Primero, siendo cortadas
Las uñas y los cabellos,
Podian casar con ellos,
Sus cautivas ahorradas
Los judíos, y alimpiadas,
Hacer las israelitas
Puras limpias y benditas
A la su ley consagradas.
APLICACION.
¶ De la esclava poesía
Lo superfluo así tirado,
Lo dañoso desechado,
Siguiré su compañía;
A la católica via
Reduciéndola, por modo
Que valga más que su todo
La parte que hago mia.
Hémonos, pues, de haber en la leccion de los libros que contienen semejantes maneras de doctrinas, de la manera que nos hemos cuando queremos coger rosas del rosal, que trabajamos de cogellas de tal manera que no nos ofendan las espinas. Y pues tenemos discrecion para tomar los manjares que nos han de aprovechar, y desechar los dañosos, fea cosa sería no tenerla para hacer esto en los manjares que dan mantenimiento al alma, imitando á las abejas que ni se asientan en todas las flores, ni de aquellas en que se asientan toman más de lo que les hace al caso para la fábrica de su miel, y lo demas dexan, cosa digna de reprension sería que no bastase en nosotros la razon á hacer lo que en ellas hace el instinto natural. Estas y otras muchas razones que aquél dexó de decir por no ser enojoso, movieron á nuestro autor á componer este libro lleno de avisos y buenas enseñanzas de virtud sacadas de muchos autores santos y profanos, con no pequeño trabajo y mayor cuidado, con celo de la utilidad pública. Por lo cual, yo en su nombre, suplico á todos los que le quisieren tomar en las manos, juzguen su buena y sana intencion.
COMIENZA LA OBRA.
¶ Síguese la tragicomedia de Lisandro y Roselia, llamada Elicia, y por otro nombre cuarta obra y tercera Celestina.
✠
¶ ARGUMENTO DE LA PRIMERA CENA
DEL PRIMER ACTO.
Lisandro, noble mancebo, pasando por cierta calle, vió á la ventana á Roselia, doncella de alta guisa, de cuyo amor es vencido; trabaja Oligides, su leal criado, con muchas razones y exemplos de apartarle de este propósito, y al cabo, como ve que su trabajo es en balde, promete de darle medios como pueda llevar á execucion sus deseos.
LISANDRO. — OLIGIDES.
Lisandro. ¡Válasme el poderío de Dios!
Oligides. ¿Qué es, señor?
Lis. Desplega tus ojos, levanta tu sentido, verás una criatura en quien Dios soberanamente se esmeró con su pincel en el debuxo de su fermosura: Apélles, excelente pintor, no supiera pintar tan perfecta imágen, ni natura pudiera más obrar en su perfeccion. ¡Oh divino resplandor, que deslumbras como sol á los ojos que te miran!
Olig. ¿Dó está?
Lis. Ya es traspuesta la nueva lumbrera, aquella que con aventajada claridad al dia priva de su luz. Ya el envidioso lienzo se interpuso y causó eclipse, escureciendo mi corazon con una profunda tiniebla.
Olig. ¿Es la que recostada estaba en la ventana del encerado?
Lis. Esa mesma: la que preso me dexa en cárcel de amor, allá en lo de crímen. ¡Oh, si bien la vieras, contempláras una concorde proporcion de sus miembros; un lindo talle de cuerpo, un rostro de serafin, unos ojos matadores, una gracia, en cuanto Dios puso en ella, que no parece sino piedra iman, así atrae y mueve aún los corazones de acero, y los hombres para sí convierte con su jocunda vista, no ménos que Orfeo con su dulce arpa las bestias fieras atraia al sonido de su armonía, y las serenas del mar los navegantes hacian detener con la canora melodía del sabroso canto que sus voces, en compas regladas, formaban con aquel suave estruendo del su gracioso nadar! Agora doy crédito á las fábulas que dicen que Medusa tornaba los hombres que la miraban en piedras.
Olig. Señor, ¿no miras que estás parado en lugar sospechoso, y que darás que decir á las gentes? Menéate, y vamos de aquí, no estés hecho piedra mármol.
Lis. ¡A dó iré con el cuerpo! pues el alma que regirle habia le desmamparó; mal se guia la nao sin gobernalle, mal el barco sin remo, lo espiritual donde obra, ahí se dice estar, mis pensamientos todos se ocupan en Roselia, y por ende estoy fuera de mí.
Olig. No te congoxes por lo que por ventura sería muy fácil, por mis medios, de alcanzar.
Lis. Habla cortés; sin tiento prometes lo que hacer no podrás, piensa primero lo que dices, no te sea feo despues volver atras tu palabra.
Olig. Lo dicho dicho.
Lis. No puedo creer que tal dicha en mí cupiese, que la cerugía de mi mortal é incurable llaga esté en tus manos puesta; por imposible tengo que nadie pueda merecer alcanzar dama tan soberana en todo merecimiento. Por cierto, suma bienaventuranza sería para mí si solamente gozase de su divina vista, que con tal refrigerio mitigarse ía, en parte, el ardiente fuego que mis entrañas abrasa.
Olig. Señor, yo, cuando pequeño, fuí paje de su padre que en gloria sea, y su madre quiéreme mucho, y por este amor y conocimiento, entro allá y salgo y hablo con Roselia, trayéndole á la memoria que, cuando era niña, yo la brizaba, y con el trebejo la acallaba, y con otras cosas de niñez con que los niños en aquella edad se suelen regocijar. Mira, pues, señor, si te puedo servir, y si hay lugar de cumplir lo prometido, que un dia que otro, yo la tomaré sola á parte y le diré de tí por el mejor estilo que sepa. Pero avísote que te metes en un abismo profundo, en un encenagado piélago, en un mar sin pié, en un entrincado laberinto, que primero que de él salgas has de pasar por muchos peligros, trabajos, zozobras que te sobrevernán si prosigues este intento. Mira bien (pues eres sabio) los fines y remates que suelen haber los amores. ¿Qué fin hubo Achíles, capitan de los griegos, que por la hermosura de Polixena, fija de Priamo, se perdió, cuando Páris, en el templo de Apolo, le echó una saeta por el cuerpo? ¿En qué acabó Pirro, el que con Hermione, hija de la linda Elena, por amores se casó? Oréstes, su esposo, lo mató. ¿Qué diré del mancebo Leandro, el cual pasando á nado el Hellesponto por holgar con su amiga Ero, que de la otra parte estaba, al fin se ahogó? Pues Diocles, fijo de Pisistrato, habiendo contaminado una vírgen que mucho queria, fué muerto del hermano de la doncella. ¿Quién no sabe las batallas campales que Turno por Lavinia, fija del rey latino, con Enéas tuvo? Dél fué vencido, desbaratado y lanzado de su reino. Bien habrás tambien leido lo de Marco Antonio, capitan romano, que cautivo del amor de Cleopatra, reina de Egipto, por su causa rebelló contra su patria, y vino á morir á manos de su enemigo César. Si venimos á nuestros tiempos, dime, ¿en qué paró Macías el enamorado? alanceado murió. ¿En qué, aquel que por un cordel de sirgo, trepaba á unas muy altas almenas por gozar de la sargenta? cayó del escala, que ni habló ni se bulló más. Pues notoria es á todos la fama del bien enamorado portugues á quien los disfavores de su desdeñosa amiga traxeron á tal estado, que de sí mesmo fué homicida. Al caballero de Almazan, cuán desastrado fin acarrearon sus amores, que su hermano el Conde, segun fama, le empujó de las escalas, y se descoyuntó. No acabaria de aquí á mañana si hubiese de traerte á la memoria todos los malos recados que de semejantes negocios se han seguido.
Lis. Nada me mueven tus exemplos; dexa esa materia, que por demas fatigas tu lengua á darme consejo, dada es la sentencia que yo muera en tal demanda; aunque mil vidas perdiese las daria por bien empleadas, que ya ardo en fuego de amor: ya se emprendieron mis entrañas con sólo el resplandor que del mirador salia, do aquellos pechos virginales recostados estuvieron. ¡Oh fino eslabon de tu fermosura, que en cualquier empedernido corazon que dés tus retoques haces saltar las centellas, que con poca yesca enciendan lumbre y acuden por todas partes de mi cuerpo las vivas llamas! Ya la leña de tu memoria ceba el brasero con abrasadas ascuas, donde mi alma queda en purgatorio fasta que tú de allí la saques.
Olig. No te aflijas, que para todo hay remedio sino para la muerte. Pésame que lo más noble que tienes, que es el ánimo, lo sujetas á cosas mortales y lo empleas en aquello que ni quietud ni reposo darte puede, ni despues de alcanzado, sosiego y gloria permanente.
Lis. Inmortal es la que yo amo, y la que vi ángel es moradora del cielo, pues su angélica figura sobrepuja y vence con belleza á todo lo criado, y sus gracias todo tu humano juicio tracienden.
Olig. ¿Ángel te parece la que del amor divino te retrae, y del Criador á la criatura tu deseo inclina, la que descubre camino para tu perdicion?
Lis. Por ángel tengo y juzgo, y ansí la confieso, aquella cuyo amor hace que ame á Dios como causa del tal efecto.
Olig. Perviertes el órden, señor.
Lis. ¿En qué manera?
Olig. Porque todo lo criado en razon del Hacedor amar se debe, tú al reves haces y lo contrario sigues de lo que la maestra natura nos enseña, que es amar al principio por sí mesmo, y la labor en su orígen.
Lis. ¿San Pablo no dice que de lo visible venimos en conocimiento de lo invisible?
Olig. Eso no contradice á lo dicho, ni traes nada á consecuencia.
Lis. Ora déxame, no me prediques.
Olig. ¡Oh señor! que tuerces á manizquierda, y hace mucho, agora que eres mancebo, escoger la manderecha. Bien entiendes si has leido la letra de Pitágoras, y sabes la significacion y inteligencia de la Y griega. Toma exemplo de Hércules, que eligió el camino trabajoso y dexó el vicioso cuando encontró con aquellas dos diosas, la una llamada vicio, la otra virtud; la una hermosa, fresca, graciosa, afable, vestida de ricas ropas, llena de mil deleites, acompañada de placer y de otros muchos pasatiempos; la otra orinienta, sucia, estropajosa, fea, vieja, maltratada, zahareña, rigurosa, áspera, rodeada de trabajos y afanes; la primera púsosele delante, que todo aquello le daria, descanso, contentamiento, alegría, gozo, frescores y deleites de la vida si su parcialidad siguiese, pero no hacia mencion del paradero; la segunda dixo que nada de esto tenía que le dar sino fatigas, ánsias y penas aquí, mas que si bien lo hiciese, le prometia despues eterna fama y gloria perpétua, la cual antepuso Hércules á todas las holguras presentes. Por seguir este camino angosto y estrecho de la virtud, Ephrain, aunque menor, hubo la bendicion paternal de la mano derecha que su padre Jacob, que, para morir estaba, volvió á él en contra de Manases, hermano mayor, que descuidado era en el culto divino. Al fin, por muchas tribulaciones nos conviene conseguir el reino de Dios, pues á Cristo, adalid nuestro, fué necesario padecer, y así entrar en su gloria.
Lis. Mueves la pesada piedra cuesta arriba y das martilladas en hierro frio. Solo el afilado cuchillo del desmedido dolor que espero en el disfavor de Roselia es poderoso para me penetrar por mil partes, lo demas no.
Olig. De diamante es tu dureza, que la sangre del torpe cabron te enternece, doma y ablanda, y no hace mella en tí la punta acerada de verdaderas razones, ni señal la palabra de Dios que á dos filos corta. Si en otro contemplases lo que en tí ver no puedes, por esa niebla levantada de la tierra sensual que lanza de tí ese tu encendido calor fasta cegarte, verias un hombre avariento y codicioso que, atados piés y manos de cadenas de oro macizo, y inhábil para cualquier cosa, por una parte desea ser desatado, porque los eslabones de la gruesa cadena le lastiman, aprietan y hieren, por otra no quiere perder ni dexar tan preciadas ligaduras, á las cuales, libre, accion ni derecho tendria; bien así tú, señor, quéxaste y buscas remedio, porque la nueva prision, con sus molestos y enojosos ñudos te causan crecido tormento, y sabes que, para verdaderamente ser suelto, has de deshacer esos lazos, que tan disformes ronchas por tantas partes afearian tu fama, y con la llave de la razon abrir el candado de los grillos y esposas con que preso estás y fuertemente ligado; y viendo esto, con desman rehusas la secreta ganzúa de viva razon que abriria la ciega cerradura de Cupido, y el radiante resplandor de la cadena con los rayos rutilantes te ciega y halaga tu prision, y te trae la mano por el cerro haciendo de tí cera y pábilo, y te tiene impedido que no veas con limpios y claros ojos en tí lo que en otro viendo por locuras juzgarias. Paga, paga, señor, el carcelaje con alguna pena que al presente sentirás, y dexa á Roselia que preso en tenebroso suétano te tiene. Loco es el hombre que sus prisiones ama, aunque sean de oro.
Lis. Pierdes trabajo, no me quiebres la cabeza con tus porradas. Hi de puta el necio, qué caramillos arma por salirse afuera del juego.
Olig. Mi deber hago, que es darte consejo porque no me condenes arrepentido.
Lis. ¿Arrepentir? Ya me viese en tan sublime estado que pesar me pudiese de lo que nunca me pesará. Mas, por mi vida, Oligides, no solias tú ser tan sancto ni lo eres, ¿qué es esto?
Olig. En todas las cosas, señor, guardar el medio es loable cosa, ó no digna de tanta culpa como sería exceder en los extremos; yo, si peco, con templanza peco.
Lis. ¿Qué excesos me ves tú hacer?
Olig. Meterte en el amor en quien, como dice el cómico, todos estos vicios reinan, injurias, sospechas, enemistades, envidias, celos, iras, pecados, vigilias, paz, guerra, tregua.
Lis. La aguja de mi razon enderezará esa nao de confusa discordia.
Olig. Señor, la cosa que en sí ni tiene consejo, ni órden recibe, regirse con razon no puede.
Lis. Ay, ay, ay, miserable me siento, la vida me es enojosa, ardo en amor, vivo me quemo, y muero y no sé qué me haga.
Olig. Basta las penas y pesadumbres que consigo el amor acarrea, sin que tú más le añadas.
Lis. De tí me quexo, que me puedes remediar y no quieres.
Olig. Buena medicina te daba si la conocieras; pero, pues dices eso, aunque poco puedo, mis fuerzas pondré en servirte en este negocio, y no me acuses cuando salieres del yerro en que estás metido, y plega á Dios que en paz salgamos todos, y no seamos tus servientes cebo de anzuelo ó carne de buitrera.
Lis. ¿Qué piensas hacer?
Olig. Mañana te doy la respuesta.
Lis. En tus manos encomiendo mi ánima y mi espíritu.
Olig. En las de Dios, señor.
Lis. Llama.
Olig. Entra, que abierto está.
Lis. Di á esos mozos que no me trayan de cenar.
Olig. No te apasiones, cena, no dobles tus males.
Lis. No estoy para ello.
Olig. A más que esto vendrás de esta vez que á no comer, mas, ¿qué se me da á mí? ahórquenlo en buen dia claro, siquiera se muera ó le tome el diablo. Andaos por ahí á decir verdades y moriréis por los hospitales; no es tiempo de eso, ya me llamaba sancto, y pardios las buenas doctrinas de Eubulo, criado antiguo de esta casa, me habian casi convertido; pero poco puedo medrar con sus devociones y sanctidades; no ando yo tras eso, ni es esto lo que busco. Quiero perquisar y inquerir con mi pensamiento la entrada á Roselia y ser alcahuete, venga el bien y venga por do quisiere, á tuerto ó á derecho nuestra casa fasta el techo, que buena parte me cabrá de sus amores, que á rio vuelto, como dicen, ganancia de pescadores.
¶ ARGUMENTO DE LA SEGUNDA CENA
DEL PRIMER ACTO.
Despues de ido Oligides á dar órden como su señor se vea con Roselia queda Lisandro manifestando su pasion con palabras muy lastimeras á Eubulo, hombre de honestas costumbres, criado suyo. Éste nunca cesa de darle consejos buenos, aunque por demas se fatiga. Vuelve Oligides y dice que hay oportunidad para ver y hablar á Roselia. Cabalga Lisandro; van delante dél sus dos mozos de espuelas Siro y Geta. Éstos pasan entre sí cosas muy donosas, de las que entre semejantes suelen pasar, y al cabo burlan de los desatinos que su amo, vencido del amor, dice á su querida Roselia. Venido Lisandro, retráese á su aposento.
LEANDRO. — EUBULO. — OLIGIDES. — SIRO. — GETA.
Lisandro. ¡Ay de mí si tan discreto fuese para quexarme como soy yunque para sufrir! entónces conocerias, Eubulo, en mis abrasadas palabras el fuego del lastimado corazon, que no basta á sufrir golpes de tanto dolor; porque cuanto más el deseo se aviva, tanto más la esperanza me fallece de gozar de aquel ángel caido del cielo para enamorar el mundo, cuya figura, no ménos tengo en mi ánima estampada y impresa que enclavada en mi memoria.
Eubulo. Señor, si vas por el camino de tu deseo, créeme, que no irás conforme á discrecion y tu honra, ca la pasion que te ocupa no te dexará juzgar la verdad. No te arrojes ni abalances en esa hoguera tan apresuradamente sin primero mirar lo que haces, que las cosas arrebatadas siempre traen arrepentimiento, que quien de presto se determina muy de espacio se arrepiente. Esfuerza á desechar de tí ese desatinado amor, langosta de todas virtudes; y dado que difícil se te haga y cuesta arriba, por eso piensa que en las grandes afrentas se conocen los grandes corazones. No te dés por vencido ni te acobardes, pues el esforzado acometer hace muchas veces al hombre vencedor.
Lis. Bien veo, Eubulo, que á tus tan sentenciosas palabras no bastan ningunas fundadas razones; pero, ¿qué quieres que haga, que á las fuerzas de amor el resistir es querer ser vencido?
Eub. El huir es vencer, por ende huye las ocasiones, no pases más por su puerta ni la veas.
Lis. ¿Qué dices, mal mirado? ¿que no vea la lumbre de aquellos alindados ojos que alegremente esclarecen la oscura pena de mi alma? ¿Que no vea aquel cuerpo glorificado, en quien Dios francamente repartió sus gracias? ¿Que no vea aquella soberana pintura cuyas sobras de fermosura, si repartidas fuesen por todo el mundo, no habria cosa fea en él?
Eub. Bien muestras que el amor se ha en tí aposentado, pues no consientes algun consejo ni tienes reposo. Esto digo, que más vale prevenir el mal con remedio que no, despues de venido, con diligencia curallo. Ataja esos nuevos deseos, cercena y corta los malos apetitos que brotan para perdicion de tu alma y destruccion de la honra; agora, señor, en los principios has de mirar, que de los fines la ventura es el juez.
Lis. ¿Dónde se me puede á mí seguir más honra y más bienaventuranza que de emplearme todo en la contemplacion de aquella cuya memoria da sér á mi vida, y á quien por sus merescimientos todos los mortales deben servir? Llámame acá á Oligides, que mucho tarda.
Eub. Escocióle el buen consejo.
Lis. ¿Qué dices?
Eub. Digo que voy.
Lis. Allá irás. Al diablo tanto discreto como yo tengo en esta casa; pero no sé cómo lo son, que el necio callando es habido por discreto, como el falto encubierto por cumplido; éstos, parlando, se hacen cuerdos.
Eub. Señor, vesle aquí, viene de fuera.
Oligides. De tus negocios, señor.
Lis. ¡Oh hermano Oligides! no ménos alegre me haces con tu venida, que deseoso he estado de tu presencia; mas, ¿qué alegría puede tener aquel que los dias vive con trabajos y las noches vela con pesares y tormento? el cual con tu tardanza acrecentaste poniendo en olvido mis cosas, que sabes que en las cosas de amor la presteza es loable.
Olig. ¡Oh, señor! siempre me olvido de mí mesmo por acordarme de tu servicio, y ¿dícesme eso?
Lis. ¿Pues qué has pensado en mi remedio?
Olig. ¿Qué? que pardios vengo de allá; y si vas luégo verás á Roselia en la ventana de jaspe, y podrá ser que la hables si te das buena maña, que su madre Eugenia es ida á ver á su hermano Menedemo, que malo está.
Lis. ¿Y tardabas en decírmelo? Mozos, Siro.
Siro. Señor.
Lis. Saca ese cuartago blanco y límpialo, y ponle las mejores guarniciones y más ricas que tengo. ¿Tardas, lerdo? ¡rabiosa landre y fin desastrado te arrebate! así eres perezoso.
Sir. Ahí te estarás, don necio testarudo; no se le cuece el pan, en un momento lo querria ver todo hecho.
Lis. Llégate acá, único socorro de mis pasiones, ¿qué nuevas traes? ¿Hablaste con aquella que par no tiene en la tierra, y en el cielo compete con los bienaventurados?
Olig. Otro Calixto hereje tenemos.
Lis. ¿Qué dices de Calixto?
Olig. Que no tuvo tanta razon para amar á Melibéa, aunque fué mucha, como tú tienes para querer y desear á Roselia.
Lis. ¿De mi señora dices? Es un laberinto en grandeza y merecimiento, un mar océano de gracias, un dechado de virtudes, una regla de fermosura en la cual se conoce todo lo imperfecto cotejado con ella. ¿Vístela?
Olig. Visto la hé.
Lis. ¿Burlando lo dices agora? ¿digo si la viste?
Olig. Víla.
Lis. ¿Qué te pareció?
Olig. Una estrella del cielo caida.
Lis. Poco dices.
Olig. Un retrato sacado de la hermosura de Vénus.
Lis. ¿De Vénus ó qué? y, ¿qué tienen que ver las tres diosas discordes en el debate de la manzana con la diosa Roselia? mal la miraste. Pero dime, ¿qué has negociado?
Olig. Yo vengo de allá, y estaba Roselia con su madre, y por esta causa no se ofreció lugar para en secreto manifestarle tu pasion; mas no dexé declarársela en público con palabras encubiertas, si ella me quiso entender.
Lis. Dime eso, que me es sabroso de oir.
Olig. A la fe preguntóme Eugenia con quién vivia, de aquí tomé yo ocasion y materia para decir de tí muchos loores, con achaque que tenía buen amo y que estaba á mi contento; y tanto me extendí en figurar tus perfecciones por extenso, que temo haber caido en sospecha á su madre, y que haya sentido mis pasos. Finalmente, dixe que de pocos dias acá una grave dolencia te tenía en la cama, y en esto hice del ojo á Roselia, entónces ella sonrióse; creo que me entendió, y en Dios y en mi ánima que no le pesaba cuando de tí me oia mentar, que bien atenta estuvo. Así que, señor, como el aparejo faltase y no hubiese oportunidad á lo que iba, y tambien que la madre se componia para vesitar á su hermano, despedíme, y dejo á Roselia en la ventana que sale á las huertas.
Lis. ¿No podias tornar despues que se fué Eugenia?
Olig. Allegáos á eso; déxala tras siete llaves.
Lis. ¿Viene ese caballo?
Sir. Señor, vesle aquí.
Lis. ¿Habias tú de subir en él ó yo? limpia esas ancas, torpe.
Sir. Señor, Geta lo almohazó.
Lis. ¡Lléveos el diablo á tí y á él!
Sir. A tí te llevará, pues te tiene ya por suyo.
Geta. ¿Qué dexiste de mí?
Sir. Déxame, que temia algun palo de aquel desabrido loco.
Get. ¿Y por eso me habias de hacer culpante de tu yerro? Así se urden ellas, ¿no viste el agudo, como punta de majadero? rascaba yo el caballo, y íbalo él á fregar con el mandil pisado de la mula para ensuciar lo que yo limpiaba: ¡hí de puta, si me vieras hacer cosa que no debiera, como lo parláras luégo! Pues si yo dixese la llaga que heciste al caballo alazan en el bezo con el acial cuando lo herraba, no estarias más un dia en casa. Si quieres que digan bien de tí, Siro, no digas mal de ninguno.
Sir. De poco te enojas; aparejado eres para haber ruido.
Get. Hoy, por mi vida, no se te entiende, que si una vez toma tema conmigo este atreguado, jamas se le quitará de la boca asno, puerco, bobo, masca-paja.
Sir. Calla tú, que á buen callar llaman Sancho.
Get. ¡Qué consuelo aquél! que os dé Dios salud.
Sir. Pues ¿dígote mal, que á mal decidor seas discreto oidor?
Get. ¿No sabes que sanan llagas y no malas palabras?
Sir. Oye, oye, que nuestro halcon ha visto la garza, cómo se azora y se entona; veamos qué le dice.
Get. Colorado se paró.
Sir. Es del mucho fuego que está en su corazon y resulta por la cara.
Lis. Entre muchos beneficios, Roselia, que de Dios recebidos tengo, ésta hallo por suprema bondad en ponerme en cuenta y número de tus servidores, porque ser yo tu siervo, es título para mí que más gloria en esta vida no me puede venir, y si tú, angélica imágen, por tal me aceptas, no trocaré mi gloria por toda la del mundo. No me niegues, señora, tu gracia para me salvar, pues las sombrosas encinas amparan los cansados y asoleados animales para les dar solaz.
Get. ¿No miras como se turbó delante su dama? más que necedades se deja decir.
Sir. No te maravilles que el amor le ciega, mi fe no es más en su mano, ¡cuán presto se truecan los hombres!
Lis. No seas como el laurel, de que no se coge sino la verdura de el esperanza sin fruto de galardon; que no es razon que á quien Dios de hermosura hizo cumplida, de piedad se muestre avarienta á aquel que todo se ha dedicado á tu servicio. Y, pues, con tu vista me has herido de manera que no pudiese escapar de tus manos, en ellas ofrezco mi vida, que en solo tu favor consiste.
Ros. El favor, Lisandro, que de mí habrás, si en tus torpes deseos perseveras, será el que dió la nombrada Judich al soberbio de Oloférnes, porque con el mesmo intento que muestras en tus deshonestas palabras le manifestó su ilícito amor; y de mí tomaria tal castigo si en poder me viese de tu atrevido pensamiento, cual la dueña Lucrecia forzada de Tarquino.
Lis. Ántes escogeré que dés fin á mi vida que principio á tus enojos, cuanto más, ¿qué mayor castigo ó pena quieres de mí tomar de la que me has causado? que si las entrañas interiores de Ticion el fiero buitre despedaza encarnizado en sus hígados, y de dia en dia, sin cesar, refresca la llaga del triste sin ventura, mucho más contra mí el cruel Cupido se encrudece, asestando de contino su frecha dorada en una mesma parte de mi cuerpo, el casquillo va untado de tu fresca memoria, el sonido de Roselia es la saeta que penetra y ahonda mi corazon.
Ros. ¿Tanto mal te causa mi nombre?
Lis. Tanto, señora mia, que si el elocuente Tulio, ó el facundo Platon, ó el decidor Demóstenes, con su limado y sublime estilo explicarlo quisieran, halláranse mudos y embarazados para decir mi pena como yo sé sentirla. Por tanto te suplico, pues en todo sin proporcion ni comparacion te aventajas, así en alta y serenísima sangre, como en resplandecientes virtudes, que uses de misericordia con este tu cautivo que más que á sí te ama, que no es de nobleza satisfacer con ingratitud.
Ros. Véte de ahí, loco, no muevas mi saña á más ira con tus atrevidas y torpes razones.
Lis. Perdona mi loco atrevimiento y mi atrevida osadía, que el dolor del corazon quita el concierto de la lengua. Amor es que me venció y la extraña pasion me ha hecho atrevido, no te muestres tan brava á tan manso cordero, que como vela de cera se gasta en tu servicio, y tú en pago le das sólo que muera.
Sir. Señor, ¿con quién departes? Roselia es ida.
Lis. Consuelo es á los penados contar sus fatigas.
Get. ¿Notaste, Siro, las retólicas de nuestro amo?
Sir. ¿Y cómo? dos semejanzas tengo en la memoria harto subidas, de que conté aprovecharme en una carta de amores que he de inviar á Trassilla, aquella moza salada de doña Estephanía.
Get. ¿Entendístelas?
Sir. Bien.
Get. Dime lo del laurel, que el apodo de la encina claro está que amparan los fatigados animales, esto es, los hambrientos puercos engordándolos con bellota, que ansí su señora le engordaria con su gracia.
Sir. Por San Pelayo, que lo declaraste bien, que áun yo no lo entendia.
Get. Tambien entendiera lo del laurel, sino que no estuve atento, porque en esto dióme Dios gracia especial, que mi madre me dixo que nací en signo de letras.
Sir. Del laurel dijo que no se coge sino hartura de esperanza.
Get. No dirá sino de panza.
Sir. Creo que sí.
Get. Mira cómo caí en la cuenta, ¿entiéndeslo?
Sir. Poco.
Get. Este dicho conforma con el precedente, porque Panza es un sancto que celebran los estudiantes en la fiesta de Santantruejo, que le llaman sancto de hartura, y así Lisandro, loando á su señora, la llama hartura de panza, y que no sea laurel que no da fructo.
Sir. ¿Dónde aprendiste tanto?
Get. En el general de Phesica, cuando llevaba el libro á un popilo, oí al bedel de las escuelas echar la fiesta de Panza; y como dicen por el hilo se saca el ovillo, de aquella palabra panza saqué la sentencia de nuestro amo, como el caballo bayo, que yo tengo cargo de pensar, en mis patadas siente que le voy á echar cebada y relincha ántes que me vea con el harnero.
Lis. Mozos, cerrad las puertas de la calle, no me éntre acá nadie, á cuantos vinieren me negad.
Sir. Hacerse há, señor.
¶ ARGUMENTO DE LA TERCERA CENA
DEL PRIMER ACTO.
Despues que Lisandro se ve solo en su retraimiento, al són de su vihuela canta canciones de gran sentimiento en que manifiesta su pena. Estánle un poco escuchando sus dos escuderos Oligides y Eubulo discantando sobre las palabras que le oyen decir; siéntelos Lisandro y manda que entren. Da gran priesa á Oligides á que busque remedio para su mal, el cual todo dice Oligides estar en manos de la nueva Celestina, Elicia, sobrina de la Barbuda, cuyo saber en arte de alcahuetería mucho encarece. Vanla á llamar Eubulo y Oligides, y en el camino declaran toda la vida y orígen de ésta, y por muchas razones concluyen en que va sin ningun color de verdad la fábula que de la resurreccion de la vieja Celestina anda.
OLIGIDES. — EUBULO. — LISANDRO.
Olig. Bien será que entremos, no se mate este loco, que sólo en la cuadra se encerró acompañado de tiniebla.
Eub. Déxale, que la obscuridad y disiertos consolacion es para los tristes enamorados.
Olig. Su voz oyo, escucha, que trovando está.
Lis.
¶ ¡Oh vana esperanza mia!
Conviene que desesperes,
Pues tu desventura guia
La contra de lo que quieres.
Eub. Bien dice, que donde falta ventura poco aprovecha esforzarse.
Lis.
¶ Cubre tu verde color
Con luto de triste duelo,
Y no esperes ya consuelo
Que consuele tu dolor.
Olig. ¡Qué intolerable trabajo consigo traen estos caballeros de Cupido, que ningun humano consuelo basta á consolar sus vidas apasionadas!
Lis.
¶ Y pues crecen cada dia
Estos males con que mueres,
Desventura es la que guia
La contra de lo que quieres.
Olig. Dulcemente toca la vihuela; por Dios, llorar me hace.
Eub. Los romances y cantos de amores son para él tizones que refocilan el su fuego y enconan más la llaga.
Olig. Yo habia oido decir que las lágrimas y sospiros mucho desenconan el corazon dolorido.
Eub. En otras pasiones sí, pero no en caso de amores; pregúntalo á Petrarca en los diálogos, él te responderá lo que yo digo y Horacio tambien lo mesmo.
Lis. ¿Quién está ahí afuera?
Olig. Señor, nosotros.
Lis. Entrad acá; ¿no veis que cuanto más de tormento huyo, tanto más se me acerca la muerte en pensar la dura respuesta que hube de aquel jardin encerrado, de aquella flor de hermosura, de aquella cara de ángel y corazon de tigre? En esto veo que el vivir es ofensa de mi razon pues deseaba ser querido donde no hallo sino desden. ¿Qué haré, que ya la desesperacion y disfavor, á una, de refresco, comienzan á renovar y avivar nuevos dolores y sentimientos? ya reverdecen mis males en pasiones, como la salamandria en el fuego, me crio para fenecer, como el cisne, en canciones doloridas; ya espiró mi remedio, desahuciado soy; crecido há mi pecho fasta el tristísimo Oresmon con ronquidos mortales. Mis penas son semejantes á las de los dañados, que siempre arden y jamas se acaban de consumir; no fué tan lastimera la muerte rabiosa del esforzado Hércules como la mia, que al fin aquél con las miserables llamas de la henchizada camisa, que á las carnes se le pegaron por industria de su amiga, acabó su vida, yo ardo en el alma y vivo muriendo.
Eub. Por eso es bueno estar bien con Dios.
Olig. Calla en mal punto; no le mientes agora devociones, que todas las cosas tienen su tiempo y sazon.
Eub. Las cosas de Dios en todo tiempo y lugar vienen bien sazonadas.
Lis. Las tres furias infernales con sus serpentinos azotes no hacen tan gran señal en los cuerpos pecadores, que no hagan mayor en mi espíritu las acedas palabras que hoy en este dia oí á mi señora. Acabad ya de cortar, hadas, si bien me quereis, el hilo de mi vida. Y tú, Pluton, gobernador de la profundidad tartárea, envia á Charon, tu fiel piloto, que en su barca reciba la alma de Lisandro que por los aires pena.
Eub. Irás con los muchos que allá están porque tu opinion siguieron.
Olig. ¿No callarás? Cose la boca si no quieres que te reña.
Eub. Flaca es la fidelidad, como decia Parmeno, que temor de pena la convierte en lisonja; nunca por sus amenazas dexaré de decir la verdad.
Lis. ¿Qué es lo que hablais? ¿qué sentís de esto?
Olig. Deciamos, señor, que tienes poco sufrimiento, en poca agua te ahogas.
Lis. ¿En poca? ¿qué dolor hay igual al mio, ni qué tormento ó afan que comparado con el mio no sea descanso?
Olig. Señor, no es cordura tomar senderos nuevos y dexar caminos viejos, el seguro camino es el de las carretas; dígolo, porque es mejor acuerdo que una mujer entienda en esto que no tú sin tercero, ó yo que soy sospechoso, que al fin mal se tañe la vihuela sin tercera; en el cielo sin medianera no se alcanza cosa que buena sea, cuanto más en el suelo, lo demas es andar de mula coxa.
Lis. ¿Conoces tú alguna?
Olig. No una, sino ciento; está sembrada la ciudad de ellas, no hay mujer cantonera que no tenga su vieja al lado para que sea corredora de estas ventas y compras; en especial conozco una de este oficio, la más principal y famosa en el pueblo y que más negocios y despachos tiene, así con legos como con clérigos, ca ninguna cosa toma entre manos que no salga con ella, aunque sea encerrada tras siete paredes la hará venir á quien se lo encomendáre; creo que es un poco hechicera.
Eub. No hay otro tan eficaz hechizo como es el amor: éste á las muy recogidas trastorna, y los ermitaños busca por los yermos, y á los religiosos quita la atencion en el coro; esos otros hechizos poco obran do no hay amor.
Lis. ¿Podríala yo hablar?
Olig. Yo te la traeré acá con que me dés señal, que le dé, que será bien pagada.
Lis. Dale ese par de doblas y tráemela luégo acá, no tardes, y á la vuelta escogerás de esa caballeriza un caballo para tí en que rues.
Olig. ¡Oh señor! singular merced, yo voy.
Lis. Dios te guie. ¡Oh grandeza de Dios! en esto muestras tu potencia en dar poder á mí inmérito que merezca hablar á esta vieja, que no puede ser sino mujer muy honrada, si tal cosa me promete de traerme á mi deseado fin, y mis culpas y pecados no sean causa de perder tan gran premio.
Eub. Mas tus delictos y ofensas, que á Dios has cometido, darán ocasion á que tú alcances eso y más.
Lis. Quien á Dios tiene enojado, cosa de valía merecer no puede ni impetrar cosa suprema.
Eub. No lo niego, por las culpas.
Lis. Calla, no hables más palabra.
Eub. Callaré por tu mal.
Lis. Descortés, ¿quereis vos contradecirme? tan bueno Pedro como su amo. Véte con Oligides, acompaña aquella dueña.
Eub. ¡Hola! ¡hola! ¿Oligides, ce?
Olig. ¿Acá vienes?
Eub. Vengo; ¿quién es esta negra señora que venimos á traer de la mano?
Olig. Yo te lo diré; bien habrás oido mentar á Celestina la barbuda, la que tenía el Dios os salve por las narices, aquella que vivia á las tenerías; ¿no caes?
Eub. ¡Oh! ¡oh! di, di, que ya caigo, que como ha habido tantas y hay, no sabía por quién decias.
Olig. Ésta dexó dos sobrinas, Areusa y Elicia. Areusa llevóla Centurio al partido de Valencia; quedó Elicia ya vieja y de dias, la cual viendo que los años arrugaban su rostro, y que su casa no se frecuentaba como solia de galanes, ni ménos sus amigos la visitaban, determinó, pues con su cuerpo no podia ganar de comer, ganallo con el pico y tomar el oficio de su tia.
Eub. ¡Y cómo si sabria usar dél! De mala berengena nunca buena calabaza, y de mal cuervo nunca buen huevo. Yo oí que su tia le dexó por heredera en el testamento de una camarilla que tenía llena de alambiques, de redomillas, de barrillejos hechos de mil facciones para que mejor exercitase el arte de hechicería, que ayuda mucho, segun dicen, para ser afamada alcahueta; ya creo que es bien diestra, astuta y sagaz en estas artes liberales.
Olig. Éralo en dias de la madre bendita, cuanto más agora que el tiempo, inventor de las cosas, le habrá hecho artera, y enseñado más de lo que sabía; y ella, con la experiencia que tiene, ha conservado lo que con diligencia alcanzó. La mesma Celestina, espantada del saber de su sobrina, dijo á Areusa: ¡ay, ay, hija! si vieses el saber de tu prima, y cuánto le ha aprovechado mi crianza y consejos y cuán gran maestra está. Pues esta Elicia, porque más se cursase su casa y fuese más conocida y tenida, tomó el nombre de su tia, y así se llama Celestina, y desto se jactaba ella á su prima Areusa y á otras muchas personas, adevinando á lo que habia de venir, si bien me acuerdo, por estas palabras: allí estoy aparrochada, jamas perderá aquella casa el nombre de Celestina, que Dios haya, siempre acuden allí mozas conocidas y allegadas, medio parientas de las que ella crió; allí hacen sus conciertos, de donde se me seguirá algun provecho. Y muchos extranjeros que no conocieron á Celestina, la vieja, sino de oidas, piensan que es ésta aquella antigua madre, porque vive en la mesma vecindad, y tienen razon de creello, ca ninguna remedó tan bien las pisadas y exemplos, la vida y costumbres de la vieja, como ésta, que en la cuna le mostraba á parlar las palabras de que ella usaba para sus oficios; de manera que con la leche mamó lo que sabe. Así que si Celestina toma esta empresa, por nuestro queda el campo. Bien puede dormir descuidado Lisandro, que fasta su cama la hará venir á Roselia, tanta es la virtud que en su lengua tiene.
Eub. Ya que el pecado lo quiso que tan á pechos busque nuestro amo su perdicion, ¿no sería mejor que llamases á su tia la barbuda, pues ha resucitado?
Olig. ¿Quién te lo dixo?
Eub. No se suena otra cosa en la ciudad, y maguera que poco há que la encorozaron, porque entendió en los amores de Felides y Polandria.
Olig. Engáñaste.
Eub. Bien sé, aunque la vulgar opinion tiene que resucitó, que estuvo escondida en casa del Arcediano, por vengarse de Sempronio y Parmeno.
Olig. Ménos eso.
Eub. Dilo tú.
Olig. Habrás de saber que Celestina la vieja verdaderamente murió, y la mataron Sempronio y Parmeno por la particion de las cien monedas y la cadenilla que le dió Calixto. Y esto ser verdad, lo afirman hoy dia los vecinos que se hallaron presentes á su muerte y entierro, los cuales acudieron á las voces de Celestina, que se quexaba y pedia favor, diciendo: justicia, justicia, señores vecinos, que me matan en mi casa estos rufianes. Y nuestra Elicia, en la historia, la llora muerta: es mi madre y mi bien todo. Y tambien la oyeron decir á su prima Areusa estas palabras de su tia: ya está dando cuenta de sus obras, mil cuchilladas la vi dar á mis ojos, en mi regazo me la mataron. ¿Qué más claro lo quieres? no tienes ya por qué dubdar; y si vas á San Laurencio, junto á la pila de baptizar hallarás sobre su sepultura este epitafio:
¶ Las mientes empedernidas
De las muy castas doncellas,
Aunque más altas y bellas,
De mí fueron combatidas;
Y ablandadas y vencidas
Con mis sabrosas razones,
Pusieron sus corazones
En mis manos ya rendidas.
¶ So color de honestidad