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TRAGEDIAS DE ESQUILO


ESQUILO

Tragedias

Versión directa del griego por D.
Fernando Segundo Brieva Salvatierra

Universidad Nacional
de México.

1921

NOTA PRELIMINAR

La tragedia griega se ocupa —más directamente que la epopeya y la lírica— en los problemas de la vida, en el misterio que rodea a la voluntad humana, en las leyes superiores que presiden nuestros destinos.

Florece en el siglo V, antes de Cristo, y se derivó del ditirambo, coro en el culto de Dionisos (Baco), que se distinguió por su exaltación y violencia de sentimientos dolorosos. Los cantores simulaban ser sátiros y demás entidades del cortejo de Dionisos, y se entregaban a apasionadas lamentaciones con motivo de los patéticos episodios de la leyenda del dios. Con el tiempo, este coro vino a ser precedido por un recitado en que acaso se exponía algún trance doloroso de la divinidad; más tarde el narrador se tornó actor; además de los mitos báquicos se utilizaron los de otros dioses y héroes; y desapareció el coro de sátiros que no tenía ya razón de ser en leyendas diversas del culto de los viñadores y se le relegó el drama satírico. El ditirambo al evolucionar pierde su carácter lírico y se vuelve dramático: la acción o trama se precisa y Esquilo finalmente da a la tragedia griega su forma definitiva, como Lope de Vega hizo con la comedia española.

La tragedia no perdió nunca su carácter religioso; no fué sino un acto público por medio del cual la ciudad procuraba tener propicio al dios. La organizaban magistrados y se representaba únicamente en las fiestas de Baco (en Atenas —donde florece de modo exclusivo— durante las Grandes Dionisíacas, las Leneas y las Pequeñas Dionisíacas o Dionisíacas de los demos o barrios). Así pues, la tragedia difiere totalmente de nuestro drama moderno.

“Un bello espectáculo religioso, danzas, cantos, una acción simple y fuerte, he aquí lo que el público pedía;”[1] y he aquí, cabe agregar, lo que comprendía una tragedia griega. Acaso la humanidad no ha vuelto a tener nunca espectáculo tan magnífico: en el que, dentro de la mayor simplicidad de concepción, se sucedían las danzas austeras del coro, los cantos líricos al son de la flauta, las exclamaciones orgullosas de algún rey insensato, a quien los dioses enloquecen antes de perder.

[1] A. y M. Croiset, Histoire de la Littérature Grecque, tomo III.

Esquilo ennobleció la tragedia; la purificó de elementos extraños y la hizo apta para recibir y contener el más alto pensamiento filosófico y religioso. Nació en Eleusis —Ática— el año de 525 antes de Cristo. Era eupátrida, es decir, noble; y se distinguió como soldado en la guerra contra los persas, que invadían Grecia con el propósito de conquistarla. Combatió en Marathón, Salamina y Platea, y estas jornadas gloriosas dejaron honda huella en las ideas centrales de su obra. Comienza su carrera literaria a los veintiséis años. El número de sus obras, según Suidas, era de noventa. Sólo nos restan siete tragedias, algunos títulos de otras y fragmentos. En las fiestas de Dionisos se celebraban concursos trágicos; cada concurrente presentaba tres tragedias y un drama satírico; el arconte concedía o negaba el coro, con lo cual se representaban las obras de los vencedores. Esquilo fué premiado en doce concursos por lo menos. Viajó tal vez por Tracia, y de seguro por Sicilia. Murió en esta isla, en Gela, año de 456 antes de Cristo.

Esquilo tomó sus asuntos del acervo de leyendas y mitos homéricos. No es tampoco un pensador original en el sentido de que haya descubierto nuevos sistemas filosóficos. Para él la fatalidad está por encima de las pasiones humanas y del capricho de los dioses. Nuestros destinos, al igual que el reinado de Zeus, están sometidos a una ley superior y misteriosa. Por sobre la divina inconciencia de los protagonistas, el autor recuerda a los espectadores que nuestras acciones tienen un sentido oculto, y que fatalmente nos apresuramos a nuestra ruina y total aniquilamiento cuando impíamente pensamos escapar al destino. La terrible fatalidad pesa no sólo sobre los individuos, sino también sobre las familias enteras, y así presenciamos, en la casa de los Labdácidas y los Atridas, la lenta y dolorosa expiación de un antiguo crimen.

Un hondo sentimiento religioso y un exaltado amor patrio animan toda la obra de Esquilo. Sin duda constituyen su auditorio atenienses que van olvidando ya las virtudes antiguas, generaciones escépticas que comienzan a perder el sentido de la seriedad de la vida y de la dolorosa corriente de los sucesos.

Julio Torri.

PROMETHEO ENCADENADO

Aparecen CRATOS y BÍA, HEFESTOS y PROMETHEO

CRATOS

Ya estamos en el postrer confín de la tierra, en la región escytha, en un yermo inaccesible. Impórtate, pues, Hefestos, cuidar de las órdenes que te dió padre; amarrar a este alborotador del pueblo al alto precipicio de esas rocas con invencibles trabas de diamantinos lazos. Pues hurtó tu atributo, el fulgurante fuego, universal artífice, y lo entregó a los mortales, por que así aprenda a llevar de buen grado la dominación de Zeus, y dejarse de aficiones philantrópicas.

HEFESTOS

Cratos y Bía, cumplido está por vuestra parte el decreto de Zeus, y nada os embaraza ya. Cobarde ando yo para encadenar en este precipicio que azotan las tormentas, a un dios de mi propia sangre; puesto que fuerza me es tal osadía; que es grave cosa acudir con tibieza a los mandatos de padre. Mal que a los dos pese, Prometheo, hijo magnánimo de la consejera Themis, te ataré con broncíneos e indisolubles nudos a este risco apartado de toda humana huella; donde jamás llegará a ti figura ni voz de mortal alguno, sino que tostado de los lucientes rayos del sol, mudarás las rosas de la tez. Vendrá la noche, ansiada de ti, y te ocultará la luz con su estrellado manto; de nuevo enjugará el sol el rocío de la mañana; pero el dolor del presente mal te abrumará sin tregua, que aún no ha nacido tu libertador. He ahí lo que te has granjeado con tu philanthrópica solicitud! Dios como eres, sin temer la cólera de los dioses, a los mortales honraste más de lo debido, y en pago guardarás esta desapacible roca, en pie derecho, sin dormir, sin tomar descanso; y vano será que lances muchos lamentos y gemidos, que son recias de mover las entrañas de Zeus, y tirano nuevo siempre duro.

CRATOS

¡Eh, basta! ¿A qué es vacilar y lamentarse en balde? ¿Cómo no abominas al dios más aborrecido de los dioses, a quien entregó tu atributo a los mortales?

HEFESTOS

¡Son tan poderosos la sangre y el trato!

CRATOS

Concedo. Mas ¿cómo te será dado desobedecer los mandatos de padre? ¿No temes más esto?

HEFESTOS

Siempre fuiste sin misericordia y lleno de ferocidad.

CRATOS

No es remedio lamentarle. No te canses, pues, necio, en lo que nada aprovecha.

HEFESTOS

¡Oh maniobra aborrecidísima!

CRATOS

¿Por qué la detestas? que cierto es que tu arte no tiene culpa de los males presentes.

HEFESTOS

Con todo ello, así a otro cualquiera le hubiese tocado en suerte, que no a mí.

CRATOS

Todo es dado a los dioses menos el imperio; sólo Zeus es libre.

HEFESTOS

Lo conozco, y nada tengo que replicar.

CRATOS

¿Por qué, pues, no te das prisa a rodearle la cadena? No te vea padre reacio.

HEFESTOS

Prontas están las esposas, que se pueden ver.

CRATOS

Tómalas, pues; martíllalas junto a las manos con toda tu fuerza, y clávalas a la roca.

HEFESTOS

Ya está terminada esa faena, y bien pronto.

CRATOS

Remacha más; aprieta, que nunca se afloje: que es diestro en encontrar salidas aun de lo imposible.

HEFESTOS

Sujeto queda este brazo indisolublemente.

CRATOS

Y ahora este otro; sujétale con la anilla; firme, porque aprenda que es un buscador de ardides menos diestro que Zeus.

HEFESTOS

Sino es él, nadie con razón podría quejarse de mí.

CRATOS

Híncale duro en medio del pecho el fiero diente de diamantina cuña.

HEFESTOS

¡Ay, Prometheo, cómo lloras tus trabajos!

CRATOS

¿De nuevo andas vacilando y lloras a los enemigos de Zeus? ¡que no te lastimes de ti algún día!

HEFESTOS

Estás viendo ante tus ojos espectáculo horrendo de ver.

CRATOS

Estoy viendo a ése llevar su merecido. Conque échale una cadena a los costados.

HEFESTOS

Fuerza me es hacerlo; no porfíes más.

CRATOS

Pues todavía te mandaré más, y te apretaré con mis voces. Ve por debajo, y átale fuerte las piernas.

HEFESTOS

Hecho está ya, y no en mucho tiempo.

CRATOS

Remacha ahora los clavos en los agujeros de los grillos, firme; que es severo el veedor de esta obra.

HEFESTOS

Cual es tu rostro, así habla tu lengua.

CRATOS

Tú ablándate, mas no me dés en cara con la arrogancia y aspereza de mi condición.

HEFESTOS

Pues ya tiene ceñidas a los miembros las cadenas, marchemos.

CRATOS

Insoléntate aquí ahora, y robando sus atributos a los dioses, aplícalos a los séres de un día. ¿Quiénes serán los mortales para aliviarte tus penas siquiera un punto? Con falso nombre te llaman Prometheo los bienaventurados, pues tú mismo necesitas un Prometheo para saber con qué traza te desenredarás de este artificio.

(Vanse CRATOS y BÍA y HEFESTOS.)

PROMETHEO

¡Oh divino éther, y alígeras auras, y fuentes de los ríos, y perpetua risa de las marinas ondas; y tierra, madre común, y tú, ojo del sol omnividente; yo os invoco! Vedme cuál padezco, dios como soy, por obra de dioses. Contemplad cargado de qué oprobios lucharé por espacio de años infinito. ¡Tal infame cadena tuvo para mí el nuevo rey de los felices! ¡Ay! ¡que lamento el mal presente y también el futuro! ¿Cuándo asomará el término de mis penas? Mas, ¿qué digo? Cuanto ha de suceder, bien lo sé de antemano: ningún mal inesperado me avendrá. Forzoso me es llevar mi destino lo mejor que pueda, como quien conoce que el rigor del hado es invencible. Con todo ello ni puedo hablar de mis desdichas, ni soy poderoso a callarlas. Sin ventura yo, que dispensando favores a los mortales, sufro ahora el yugo de este suplicio. Tomé en hueca caña la furtiva chispa, madre del fuego; lució, maestro de toda industria, comodidad grande para los hombres; y de esta suerte pago la pena de mis delitos, puesto al raso y en prisiones. ¡Ay de mí! ¿Qué rumor, qué invisible perfume me envuelve con sus alas? ¿Es divino o mortal, o uno y otro? ¿Viene a esta postrera roca de espectador de mis males, o qué quiere en fin? ¡Miradme encadenado, dios infeliz, enemigo de Zeus, hecho el odio de cuantos pisan su estancia, por mi extremado amor a los mortales! ¡Ah! ¿Qué ruido de aves oigo otra vez junto a mí? Susurra el aire con el leve meneo de sus alas. Cuanto se me acerca póneme espanto.

(Aparecen las OCEÁNIDAS en un carro alado.)

CORO

Nada temas, que amiga viene a ese risco esta bandada con acelerado aleteo. A duras penas persuadí el ánimo de padre; mas al fin las veloces auras me han traído. El eco del golpeado hierro penetró en lo profundo de mis antros; hízome vencer mi tímida modestia, y sin calzar corrí a ti en este alado carro.

PROMETHEO

¡Ay! hijas de la fecunda Tethis, hijas del padre Océano, que se revuelve en torno a la tierra con incansable curso; ved, considerad qué guardia tan poco envidiable haré en la cima de este precipicio, aprisionado con tales cadenas.

CORO

Viéndote estoy, Prometheo, y una nube de temerosas lágrimas cubre mis ojos al contemplar tu cuerpo consumido en esas rocas entre afrentosos y diamantinos hierros. Nuevos timoneles rigen el Olimpo; Zeus manda a su gusto con desaforadas leyes; lo que ayer era grande, desaparecido es hoy de ante nuestra vista.

PROMETHEO

¡Y si me hubiese arrojado en las entrañas de la tierra, en lo profundo del caliginoso imperio, común hospedaje de los muertos, en el inmenso Tártaro, después que me aherrojó con estas bárbaras e indisolubles cadenas! De esa suerte, ni dios, ni otro ninguno de los séres se recrearía en mis males; pero ahora, ¡desdichado! juguete de los vientos, soy con mi padecer regocijo de mis enemigos.

CORO

¿Cuál de los dioses será tan fiero de corazón que se recree en estas lástimas? ¿Quién no se dolerá de tus males, si no es Zeus? Él, que airado siempre, siempre recio de condición, oprime al celeste linaje, y que no cederá mientras no sacie su encono, o por ventura alguno con cualquiera industria no le arranque un poder difícil de arrebatar.

PROMETHEO

Y en verdad que afrentado y todo como estoy con estas viles cadenas que amarran mis miembros, todavía el rey de los bienaventurados habrá necesidad de mí, porque le haga parar mientes en una su nueva resolución que le ha de privar del cetro y sus honores. Y no me ablandará con encantadas y melosas frases, ni por temor a fieros y amenazas se lo he de descubrir, en tanto que no me suelte de estos ásperos hierros, y me dé satisfacción de este ultraje.

CORO

¡Siempre temerario! ¡Ni aun en estos acerbos pesares desmayas un punto! Pero eres demasiado suelto de lengua. Temo por tu suerte, y penetrante terror conturba mi ánimo. ¿Cuándo te verás en el puerto tocando al término de tus desdichas? Que el hijo de Cronos es de natural adusto y duro de corazón.

PROMETHEO

Sé que es áspero, y que hace ley de su albedrío; mas algún día será blando de entrañas cuando de esta misma suerte sea tundido por la desdicha, y entonces bajará su indomable orgullo, y solícito cual yo, vendrá a mi amistad y concierto.

CORO

Descúbrenoslo todo; cuéntanos en qué delito te cogió Zeus para castigarte tan afrentosa y cruelmente. Habla, si no ha de apenarte su relato.

PROMETHEO

Doloroso me es de referir; dolor callar; de cualquier modo desdicha. Luego que nació el odio en los inmortales, alzóse la discordia entre ellos. Quiénes querían derribar a Cronos del trono, y que Zeus reinase; quiénes, al contrario, esforzábanse por que jamás llegase a imperar sobre los dioses. En este trance, en vano yo con mejor consejo traté de persuadirlos; no lo conseguí. Despreciando los hijos del cielo y de la tierra, los Titanes, con altanero ánimo, industria y maña, jactábanse de alcanzarlo sin fatiga por sólo la fuerza. Pero ya mi madre Themis, la Tierra, un solo sér con multitud de nombres, habíame profetizado, y no una vez sola, que no con fuerzas y violencias se había de alcanzar la victoria, mas con la astucia. Tal les mostré con razones, y ni aun se dignaron mirarme. En resolución, que puesto en esto, me pareció lo mejor tomar conmigo a mi madre y acudir de grado al deseo de Zeus. Gracias a mí, los caliginosos senos del profundo Tártaro encierran hoy al antiguo Cronos y a sus defensores. Y ahora, ese tirano de los dioses, favorecido por mí con tales servicios, con esta fementida paga me corresponde: que es achaque de la tiranía no fiarse de los amigos. A lo que me demandabais, por qué así me afrenta, yo os satisfaré. Tan pronto como el nuevo señor se sentó en el paterno trono, luego repartió entre los dioses a cada cual su merced, y ordenó el imperio; mas para nada tuvo cuenta con los míseros mortales; antes bien, imaginaba aniquilarlos y crear una nueva raza. Ninguno le salió al paso en sus intentos, sino fuí yo. Yo me arresté; yo libré a los mortales de ser precipitados hechos polvo en el Hades profundo. Por esto me veo ahora abrumado con tan fieros tormentos, dolorosos de sufrir, lastimosos de ver. Movíme a piedad de los hombres, y no soy tenido por digno de ella, mas tratado sin misericordia. ¡Espectáculo ignominioso para Zeus!

CORO

De férreas entrañas será y hecho de dura roca quien no se ablande con tus quebrantos. ¡Quién no los hubiese visto, que en el alma me duele verlos!

PROMETHEO

Cierto que para los amigos debo de estar miserable de ver.

CORO

¿Pero no fuiste más allá con tus propósitos?

PROMETHEO

Por mí han dejado los mortales de mirar con terror a la Muerte.

CORO

¿Y qué remedio encontraste contra ese fiero mal?

PROMETHEO

Hice habitar entre ellos la ciega Esperanza.

CORO

Grande bien es ese que dispensaste a los mortales.

PROMETHEO

Pues sobre esto, además, puse el fuego en sus manos.

CORO

¿Y ahora poseen el esplendente fuego los séres de un día?

PROMETHEO

Por él aprenderán muchas artes.

CORO

¡Y por esos crímenes te trata Zeus tan afrentosamente! ¡y ni aun te rebaja un punto la pena! Pero ¿no hay señalado término alguno a tu aflicción?

PROMETHEO

Ningún otro sino cuando a él le parezca.

CORO

¿Y cuándo le parecerá? ¿Cuál es tu esperanza? ¿No ves que has errado? Mas decir que erraste, a mí no me es grato y a ti ha de dolerte. Dejémos esto, y busca alguna salida a tus desventuras.

PROMETHEO

Cómodo es a quien tiene el pie fuera de males dar consejos y advertencias al que los pasa. Todo eso ya lo sabía yo. De voluntad erré, de voluntad; no lo negaré. Favoreciendo a los mortales me buscaba trabajos, mas no podía imaginarme que con tal suplicio me había de consumir en esta altiva roca, teniendo por morada el solitario yermo de este monte. Pero no lloréis mis males presentes. Echad pie a tierra, y escuchad las desdichas que me amenazan, porque lo sepáis todo hasta el fin. Venid, venid en lo que os pido, doleos ahora con quien se duele; que el infortunio, vagando en torno nuestro, ahora se acerca a uno, ahora a otro.

CORO

No lo dices a esquivas, Prometheo. Con leve planta dejo el ligero carro y el éther, pura región de las aves, y desciendo a este escarpado risco; que deseo oír todas tus cuitas.

(Aparece el OCÉANO en un carro alado.)

OCÉANO

A ti vengo, Prometheo, haciendo una larga jornada en este alado monstruo, que rijo sin otro freno que mi voluntad. Porque ten entendido que me duelo de tus desgracias. A ello me obliga la sangre; así lo juzgo; pero, fuera del parentesco, no hay quien tenga en mi amistad más parte que tú. Ya verás tú cómo es verdad esto que digo, y que no está en mi genio hablar vano y lisonjero de favores. Conque anda; dime en qué se te puede favorecer. Jamás podrás decir que hubo para ti un amigo más firme que el Océano.

PROMETHEO

¡Bah! ¿qué es esto? ¿También tú vienes de espectador de mis males? ¿Cómo te has atrevido a dejar la corriente de tu nombre y tus nativos y roqueros antros para venir a la tierra madre del hierro? ¿Llegaste a mí curioso de mi suceso, o compasivo de mis desdichas? ¡Contempla, pues, un espectáculo! ¡Mira a este amigo de Zeus, que le ayudó a afirmar su tiranía, de qué rigores se ve oprimido!

OCÉANO

Viéndote estoy, Prometheo, y aunque seas tan avisado, todavía quiero aconsejarte lo que te estará mejor. Reconócete, y pues que hay nuevo tirano entre los dioses, muda tú también de procederes. Porque si así lanzas ásperos y punzantes dicterios, con estar Zeus sentado tan alto y lejos de ti, pudiera oírte de modo que el rigor del presente mal le tuvieras por juego. Conque deja esa arrogancia, desdichado, y aplícate al remedio de tu miseria. Quizá te parezca que esto que digo son vejeces; pero estos premios vienen, Prometheo, de una lengua demasiado jactanciosa. Tú no eres nada humilde, ni cedes a los males; antes quieres sobre los presentes traerte otros. Mas si te aprovechas de mis lecciones, no obrarás en tu propio mal, considerando que reina un monarca duro y nada sujeto a dar razón de sus obras. Y ahora parto, y probaré si puedo librarte de estos males. Tú, aquiétate y no seas demasiado atrevido de lengua; pues, ¿no sabes, discreto por extremo como sin disputa eres, que el castigo marca la lengua temeraria?

PROMETHEO

Dígote que eres feliz, porque después de haber osado tomar parte conmigo en mis penas, aún estás sin que Zeus te culpe. Mas déjalo ya; no te dé cuidado. En manera alguna le persuadirías; que no es blando de persuadir. Y tú ándate con tiento, mirando bien no te acarree algún daño esta jornada.

OCÉANO

Mejor consejero eres de los demás, con mucho, que no de ti propio; con hechos, no con palabras, lo atestiguo. Pero no me estorbes que corra solícito. Me precio, me precio, sí, de que Zeus me otorgará la gracia de alzarte esta pena.

PROMETHEO

Gracias, te lo agradezco, y nunca jamás dejaré de agradecértelo; porque en verdad que no omites diligencia. Pero no te molestes, pues cuando quisieras procurar algo por mí, cansaríaste en balde, sin aprovecharme nada. Conque estate quieto, y hurta el cuerpo al peligro; que, ya que soy desdichado, no quisiera por ello que a más que a mí alcanzasen mis desdichas. Cierto que no. Ya me traspasa el infortunio de mi hermano Atlas, que está a pie firme manteniendo en ambos hombros la columna del cielo y la tierra, abrumadora pesadumbre. Ya me lastimo viendo derribado por victoriosa fuerza al terrígena habitador de los cilicios antros, espantable monstruo de cien cabezas; a Tifón el impetuoso, que hizo frente a los dioses. Silbaba muerte por sus horrendas fauces, terrífico fulgor centelleaban sus ojos, como si hubiese de derrocar al empuje de su brazo la tiranía de Zeus; pero el dardo que jamás duerme, vino sobre él. Respirando fuego descendió el rayo, y derribóle de su arrogante jactancia. Herido en las entrañas mismas; abrasado por la llama; asombrado del trueno, cayó aquel poderoso valor. Y ahora yace allá, cuerpo inútil, tendido junto a la angostura del mar, y aprisionado bajo las raíces del Etna, de cuyas altas cumbres, donde Hefestos forja el hierro candente, romperán un día ríos de fuego que devoren con fieras mandíbulas los abundosos y dilatados campos de Sicilia. Tal cólera vomitará Tifón con insaciable e igniespirante torbellino de ardientes saetas, aún carbonizado por el rayo de Zeus. Mas a ti no te falta experiencia, ni necesitas de mis lecciones. Guárdate a ti mismo como sabes, que yo apuraré esta mi suerte hasta tanto que el ánimo de Zeus no aplaque su cólera.

OCÉANO

¿No conoces, pues, Prometheo, que las razones son médicos del ánimo enfermo?

PROMETHEO

Si a tiempo se trata de calmar el corazón; no si se quiere reducirle por fuerza cuando el furor le hincha.

OCÉANO

Pero en intentarlo y procurarlo, ¿qué mal ves tú que haya? Dime.

PROMETHEO

Un trabajo excusado y una vana simplicidad.

OCÉANO

Déjame que enferme de ese achaque; que lo mejor para el sabio es no parecerlo.

PROMETHEO

Tendríase por mía tu culpa.

OCÉANO

Claro se ve que con esa respuesta me despides.

PROMETHEO

Porque no sea que el dolerte de mí te ponga en enemistad...

OCÉANO

¿Con quién acaba de sentarse en el omnipotente trono, por ventura?

PROMETHEO

Guarda que alguna vez no se irrite su ánimo.

OCÉANO

Maestro es en verdad tu infortunio, Prometheo.

PROMETHEO

Marcha, pues. Tórnate, y mantente en esos pensamientos.

OCÉANO

Lo dices a quien se apresura a ponerlo por obra; que ya este cuadrúpedo alado se apresta a surcar la dilatada región del éther, querencioso de echarse a descansar en su establo.

(Vase.)

CORO

¡Ay Prometheo, acongójanme tus fieras desdichas! Un raudal de lágrimas brota de mis piadosos ojos, y baña mis mejillas con sus húmedas fuentes. ¡Infelices hazañas son éstas! Reinando con sólo la ley de su albedrío, muestra Zeus su soberbio poder a los antiguos dioses.

Ya toda esta región rompe en tristes gemidos, y lloran tu antigua y magnífica grandeza y la de tus hermanos, y se duelen de tus lastimosas desdichas cuantos mortales habitan el vecino suelo de la sagrada Asia; y las vírgenes de la Cólchida, intrépidas en la pelea; y la caterva escytha, que en los postreros términos de la tierra ciñen la laguna Meotis; y la flor de la belicosa Arabia; y quienes sobre el Cáucaso mantienen escarpada fortaleza: fiera gente que brama de furor entre las agudas lanzas.

Tan sólo a otro dios había yo visto antes afligido de esa suerte con el tormento de ligaduras que jamás se cansan. Al Titán Atlas, que soporta sin respiro sobre sus espaldas la inmensa pesadumbre del poderoso polo de Uranos. En tanto a sus pies vocean las ondas marinas chocando unas con otras; gime el líquido abismo; brama debajo de la tierra el caliginoso seno del Hades, y las fuentes de los ríos, de sagradas linfas, lloran su miserable angustia.

PROMETHEO

No imaginéis que callo de desdeñoso ni de arrogante, sino que dentro en el corazón me devora la pena viéndome así tratado. Pues ¿quién otro que yo repartió a esos dioses nuevos todas sus preeminencias? Mas callemos esto, que sería contarlo a quienes lo saben, y oíd los males de los hombres, y cómo de rudos, que antes eran, hícelos avisados y cuerdos. Lo cual diré yo, no en són de queja contra los hombres, sino porque veáis cuánto los regaló mi buena voluntad. Ellos, a lo primero, viendo, veían en vano; oyendo, no oían. Semejantes a los fantasmas de los sueños, al cabo de siglos aún no había cosa que por ventura no confundiesen. Ni sabían de labrar con el ladrillo y la madera casas halagadas del sol. Debajo de tierra habitaban a modo de ágiles hormigas en lo más escondido de los antros donde jamás llega la luz. No había para ellos signo cierto, ni del invierno, ni de la florida primavera, ni del verano abundoso en frutos. Todo lo hacían sin tino, hasta tanto que no les enseñé yo las intrincadas salidas y puestas de los astros. Por ellos inventé los números, ciencia entre todas eminente, y la composición de las letras, y la memoria, madre de las Musas, universal hacedora. Yo fuí el primero que unció al yugo las bestias fieras, que ahora doblan la cerviz a la cabezada, para que sustituyesen con sus cuerpos a los mortales en las más recias fatigas. Y puse al carro los caballos humildes al freno, ufanía de la opulenta pompa. Ni nadie más que yo inventó esos otros carros de alas de lino que surcan los mares. ¡Y después que tales industrias inventé por los hombres, no encuentro ahora, mísero yo, arte alguno que me libre de este daño!

CORO

¡Extraño a no dudar es el que padeces! Apartado de tu buen consejo, andas irresoluto. Como un mal médico que enferma, así desmayas tú y no aciertas a dar con qué medicinas puedas curarte.

PROMETHEO

Escucha lo que resta y más admirarás aún; qué industrias y salidas ideé. Y sobre todo, esto: ¿caían enfermos? pues no había remedio ninguno, ni manjar, ni poción, ni bálsamo, sino que se consumían con la falta de medicinas, antes de que yo les enseñase las saludables preparaciones con que ahora se defienden de todas las enfermedades. Yo instituí además los varios modos de adivinación, y fuí el primero que distinguió en los sueños cuáles han de tenerse por verdades; y díles a conocer los oscuros presagios, y las señales que a las veces salen al paso en los caminos. Y definí exacto el vuelo de las aves de corvas garras; cuáles son favorables, cuáles adversas; qué estilos tiene cada cual de ellas; qué amores, qué odios, qué compañías entre sí. Y qué lustre y color necesitan las entrañas, si han de ser aceptas a los dioses, y la hermosa y varia forma de la hiel y el hígado. Y en fin, echando al fuego los grasientos muslos y el ancho lomo, puse a los mortales en camino de arte dificilísimo, y abríles los ojos, antes ciegos, a los signos de la llama. Tal fué mi obra. Pues, y las preciosidades, ocultas a los hombres en el seno de la tierra: el cobre, el hierro, la plata y el oro, ¿quién podría decir que los encontró antes que yo? Nadie, que bien lo sé, si ya no quisiere jactarse temerario. En conclusión, óyelo todo en junto. Por Prometheo tienen los hombres todas las artes.

CORO

No te cuides ahora de ellos fuera de lugar, y te abandones a ti propio en el infortunio; que yo tengo buena esperanza de que aún has de ser, suelto de esas cadenas, no menos poderoso que Zeus.

PROMETHEO

No tiene decretado todavía que eso suceda el Destino que todo lo consuma, sino que después de abrumado de males y tormentos infinitos, entonces escaparé de estas prisiones. Y la industria puede mucho menos que el Hado.

CORO

Pero... y el timón del Hado ¿quién lo rige?

PROMETHEO

La trimorfe Moira y las memoriosas Erinnas.

CORO

¿Y es Zeus menos poderoso que ellas?

PROMETHEO

Cierto que sí. No podría esquivar la fortuna que le está deparada.

CORO

¿Pues qué le espera a Zeus más que reinar por siempre?

PROMETHEO

Eso no podrías tú llegar a saberlo. No me aprietes a instancias.

CORO

Sagrado secreto debe de ser el que ocultas.

PROMETHEO

Hablad de otro asunto. En manera ninguna es tiempo de publicarlo, antes ha de ocultarse todo lo más posible; que como le guarde, yo escaparé de estos inmerecidos lazos y miserias.

CORO

Que nunca jamás Zeus, que gobierna todas las cosas, tenga que oponer su poder a mi voluntad. Que nunca jamás ande yo tibia en acercarme a los dioses con piadosas ofrendas de sacrificados bueyes, junto a la inagotable corriente de mi padre el Océano. Ni de palabra le ofenda, antes bien manténgase en mí siempre firme este propósito, y no desfallezca nunca.

Dulce es caminar una larga vida entre confiadas esperanzas en tanto que se apacienta el alma con serenos deleites; pero al contemplarte acabado por tormentos sin número, me estremezco de horror. Piadoso en demasía fuiste con los mortales, Prometheo, sin temor de Zeus, y siguiendo sólo tu natural impulso.

Y bien, ¡mira cuál ingrata es la recompensa! ¿Quién de los séres de un día será tu amparo? ¿quién tu escudo? ¿Pues no conocías la menguada flaqueza que a modo de un sueño embarga a la ciega raza de los hombres? Jamás los consejos de los mortales prevalecerán contra la ordenación de Zeus.

Esto me enseña la contemplación de tus fieros infortunios. ¡Cuán diverso me suena este canto, de aquel de hymeneo que cantaba en rededor de tu baño y lecho con ocasión de tus bodas, cuando persuadida mi hermana Hesione de tus presentes, tomástela por esposa y compañera de thálamo!

(Sale IO.)

IO

¿Qué tierra es ésta? ¿qué gente? ¿A quién diré que estoy viendo azotado por la tormenta entre los lazos de esas rocas? ¿Por qué delito te acabas en esos rigores? Dime adónde del mundo llega errante ésta sin ventura. ¡Ay, ay! ¡Mísera yo! Otra vez el tábano me aguija; el espectro del terrígena Argos. ¡Oh tierra, aléjale de mí! En viendo a ese pastor de cien ojos, tiemblo de espanto. Ya se acerca con traidora mirada. Ni aun después de muerto le esconde la tierra. Tornado a mí de lo profundo de los infiernos, me da caza y háceme vagar errante y hambrienta por la playa arenosa, mientras la música y encerada fístula deja oír su adormecedora cantinela. ¡Ay! ¿Adónde ¡oh dolor! adónde me arrastran estas carreras sin término? ¿En qué me hallaste culpada, hija de Cronos, que así me amarras al yugo de estas congojas? ¿En qué? ¡Ah! ¡Y de esta suerte acosas a esta mísera con el furioso aguijón de ese tábano que me aterra y enloquece! Abrásame con tu rayo, o sepúltame bajo la tierra, o hazme pasto de los monstruos marinos. No rechaces mis votos, señor. Harto me ha probado ya este correr sin rumbo, y sin tener ni por dónde sepa cómo me libraré de estos dolores.

CORO

¿Oyes el clamor de la bicorne virgen?

PROMETHEO

¿Pues cómo no oír a la doncellita a quien hostiga furioso tábano, a la Ináquea? Ella encendió en amores el corazón de Zeus, y aborrecida de Hera, es ejercitada bien a su pesar con carreras dilatadísimas.

IO

¿De dónde sabes tú el nombre de mi padre? Dilo a esta infortunada. ¿Quién eres tú, desventurado, quién eres tú que con tanta verdad hablas de sus trabajos a ésta sin ventura? ¿Tú, que has mentado el divino azote que me punza con aguijón furioso, y me consume? ¡Ay de mí, que perseguida por el airado encono de Hera llego hambrienta y desatentada con violentos saltos! ¿Quiénes habrá entre los desdichados que padezcan cual yo padezco? Pero dime claro y sin rebozo: ¿qué me espera aún que sufrir? ¿Qué socorro, qué remedio hay contra mi mal? Muéstramelo si lo sabes. Descúbrete a la mísera virgen errante.

PROMETHEO

Yo te diré claro todo cuanto deseas saber; no envolviéndolo en enigmas, sino en puridad. Como es justo abrir la boca entre amigos. Ante tus ojos tienes al que dió el fuego a los mortales, a Prometheo.

IO

¡Oh tú que te mostraste auxilio común de los hombres, mísero Prometheo!; ¿por qué razón padeces esos ultrajes?

PROMETHEO

Poco ha que acababa su relación lastimosa.

IO

Así pues, ¿no me concederías a mí también la gracia?...

PROMETHEO

Di cuál es la que pides; que no habrá cosa que yo no te diga.

IO

Dime quién te encadenó a ese risco.

PROMETHEO

El decreto de Zeus y la mano de Hefestos.

IO

Mas ¿por qué delito estás cumpliendo esa pena?

PROMETHEO

Tan sólo con lo que te he indicado te basta.

IO

Muéstrame a lo menos siquiera cuándo llegará el término del errante correr de ésta sin ventura.

PROMETHEO

Mejor que saberlo te es ignorarlo.

IO

No, no me ocultes lo que aún tengo que padecer.

PROMETHEO

Pero no te envidio el presente.

IO

En fin, ¿por qué tardas en decírmelo todo?

PROMETHEO

No es mala voluntad de mi parte, sino que temo herirte el corazón.

IO

No mires por mí más de lo que yo quisiera.

PROMETHEO

¿Lo quieres? Fuerza será hablar. Escucha, pues.

CORO

Todavía no. Dame a mí también parte en tus mercedes. Sepamos primero por ésta la historia de sus dolores, sus fieros infortunios. Las pruebas por que le resta pasar, tú se las revelarás después.

PROMETHEO

A ti te toca, Io, venir en lo que desean, por varias razones, y más por hermanas de tu padre. Que es dulce empleo plañir y llorar nuestras desdichas, allí donde hemos de arrancar lágrimas de quien las escucha.

IO

No sé cómo pueda negarme a vosotros; sabréis, pues, cuanto deseáis. Y sin embargo, ¡cuál me aflige contar de dónde vinieron sobre ésta desdichada esa tempestad que desató la mano de los dioses, y la horrenda transformación de mi rostro! De continuo revoloteaban los sueños durante la noche en mi virginal retiro, y me decían con blandas razones: “Oh felicísima doncella, ¿a qué tanto guardar tu doncellez, cuando te es dado conseguir la mejor de las bodas? Zeus arde por ti herido del dardo del deseo; contigo quiere partir los placeres de Cypris. Ea, niña, no vayas tú a desdeñar el lecho del padre de los dioses. Marcha al fértil prado de Lerna, junto a los rebaños y establos de tu padre, y calma el deseo de los divinos ojos.” Tales sueños me asaltaban una, y otra, y otra noche, hasta que por fin me determiné ¡infeliz! a revelar a mi padre las nocturnas visiones. Él envió más de una vez a consultar los oráculos de Delphos y Dodona por averiguar qué haría o qué diría que fuese grato a los dioses. Pero los enviados tornaban con respuestas ambiguas, oscuras y dificilísimas de interpretar. Por último, que llegó a Ínaco un oráculo claro y terminante, que sin rodeos decía y ordenaba que me arrojase de casa y de la patria, y me dejase correr errante, suelta y libre hasta los postreros confines de la tierra. Donde no, que Zeus lanzaría el encendido rayo, y aniquilaría a todo su linaje. Las palabras de Loxias vencieron a mi padre; echóme de casa; me cerró las puertas. Bien a su pesar fué; bien al mío; pero mal de su grado y todo, Zeus hacíale ceder y tascar el freno. Al punto altérase mi razón y mi faz, asoman en mi frente estos cuernos que veis, y picada por el aguijón de punzante tábano, de un salto furioso me lanzo en las sabrosas Cerneas aguas, y en el collado de Lerna. Un pastor hijo de la tierra me persigue, el implacable Argos, y sus ojos sin número rastrean mis huellas. Privado él de la vida por improvisa y súbita muerte, así y todo, yo siempre en este correr sin tregua, de región en región, aguijada del furioso tábano, y acosada por el látigo de los dioses. Ya sabes mis sucesos. Ahora, si puedes decirme el resto de mis males, habla. Mas no por compasivo me diviertas con engañosas razones; que no hay tan aborrecible peste como la compostura de la frase.

CORO

Basta, basta, deténte. ¡Ay! Jamás pude pensar, jamás, que llegase a mis oídos relación tan extraña. Calamidades, tormentos dolorosos de sufrir, dolorosos de mirar. Terrores que como dardo de dos filos me traspasan y hielan el alma. ¡Oh Destino, Destino! Me estremezco de horror, Io, al considerar tu triste historia.

PROMETHEO

Pronto te angustias y llenas de espanto. Espera que sepas lo que falta.

CORO

Habla, explícate. Modo de alivio es para quien padece saber de antemano qué le aguarda que sufrir todavía.

PROMETHEO

Queríais lo primero oír de su boca la relación de sus desventuras. Fácilmente habéis alcanzado de mí vuestra demanda. Escuchad ahora lo demás; los rigores con que aún ha de afligir a esta doncellita la mano de Hera. Y tú, hija de Ínaco, graba mis palabras en tu memoria, y sabrás el término de tu camino. De aquí vuelve hacia donde el sol asoma y atraviesa esos incultos campos que jamás sintieron en sus entrañas la reja del arado. Llegarás a los Escithas, gente nómada de certeras flechas, que en lo alto de sus bien dispuestos carros viven bajo tejidas chozas. No te acerques a ellos, sino atraviesa la comarca, enderezando tus pasos por las ásperas orillas que baten las ondas mugidoras. A mano izquierda habitan los Calybes, forjadores del hierro; húyelos, que son feroces y nada hospitalarios. Luego llegarás al río Hybristes, que no niega su nombre. No le pases, que no es bueno de pasar, hasta que no toques en el Cáucaso, el más elevado de los montes, de cuyas sienes mismas arroja el río la hirviente violencia de sus aguas. Fuerza será entonces que ganes sus empinadas cumbres, vecinas de los astros, y desciendas a la banda del Mediodía. Allí hallarás a las Amazonas, guerrera gente aborrecedora de los hombres, que algún día se asentarán en Themiscira a las orillas del Termodonte, donde avanza en el mar la horrenda quijada Salmidessia, enemiga huéspeda de los navegantes; madrastra de sus naves. De muy buena voluntad te enseñarán el camino. Tocarás después en el istmo Cimmerio junto a la misma angosta entrada de la laguna Meotis, cuyo estrecho fuerza será también que con intrépido corazón le salves. Grande memoria de tu paso quedará por siempre entre los mortales, y de tu nombre el estrecho se llamará Bósforo. Con esto habrás dejado a Europa y te hallarás en suelo de Asia. Pero ¿no os parece que aquel tirano de los dioses es igual de violento en todo? Es dios, quiere unirse a esta mortal, y la pone a este correr sin descanso, ¡Cruel galán encontraste, niña! que la relación que acabas de oír no te imagines que es ni siquiera el proemio de tus desventuras.

IO

¡Ay de mí!

PROMETHEO

¡Otra vez gemir y suspirar! Pues ¿qué harás cuando conozcas el resto de tus males?

CORO

¿Por ventura queda aún mal alguno que la anuncies?

PROMETHEO

Sí; un mar desencadenado de crueles dolores.

IO

¡A qué es ya vivir! ¿Y al punto no me arrojaré de esta escarpada roca de modo que me estrelle contra el suelo, y descanse de todas mis penas? Mejor es morir de una vez que padecer malamente por todos los días de la vida.

PROMETHEO

Mal podrías tú llevar mis trabajos. ¡A mí el Destino no me deja morir! Siquiera la muerte sería el fin de mis sufrimientos; mas ahora no hay término a mis males mientras Zeus no caiga de la tiranía.

IO

¿Pues acaso es posible que Zeus caiga jamás del imperio?

PROMETHEO

Paréceme que te alegrarías de ver ese desastre.

IO

¿Y cómo no, yo que tan miserablemente estoy padeciendo por su causa?