NOTAS DEL TRANSCRIPTOR

"Los desposados" es la traducción al castellano de la obra de Alejandro Manzoni, que en su versión original en italiano lleva el título de "I promessi sposi".

En otras versiones en castellano el título que se le ha dado es "Los novios". El transcriptor estima que "Los novios" está más acorde con el título original y el tenor de la obra.

En una nota al pie de página el traductor traduce "quatrini" como "maravedíes". El transcriptor cree que una traducción más adecuada de "quatrini" al castellano es "dinero" o bien "monedas". Asimismo el traductor explica en otra nota al pie de página que "polenta" es una comida con agua y harina de castañas. Esto es correcto según ha podido constatar el transciptor. Sin embargo en la actualidad la versión más conocida de la receta de polenta es con agua y harina de maíz.

En la versión de texto las palabras en itálicas están indicadas con _guiones bajos_.

El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido el de respetar las reglas de la Real Academia Española vigentes cuando la presente edición de esta obra fue publicada. El lector interesado puede consultar el Mapa de Diccionarios Académicos de la Real Academia Española.

En referencia a lo mencionado en el párrafo precedente, cabe destacar que palabras como vió, fué, dió, por ejemplo, en esa época llevaban acento ortográfico. Eso ha sido respetado.

En la presente transcripción se decidió adecuar la ortografía de las mayúsculas acentuadas a las reglas indicadas por la RAE, que establecen que el acento ortográfico debe utilizarse, incluso si la vocal acentuada está en mayúsculas.

La cubierta del libro fue modificada por el transciptor y se ha agregado al dominio público.

Errores evidentes de impresión y de puntuación han sido corregidos.

El Índice de capítulos, ha sido elaborado por el transcriptor.

LOS DESPOSADOS

TOMO PRIMERO

LOS DESPOSADOS

HISTORIA MILANESA DEL SIGLO XVII

POR ALEJANDRO MANZONI

TRADUCIDA DEL ITALIANO

MÉXICO

IMP. DE ANDRADE Y ESCALANTE

Calle da Cadena número 13
1858

INTRODUCCIÓN

La historia puede definirse con toda propiedad, diciendo que es una guerra ilustre contra el tiempo; pues arrancando á éste de las manos los años á quienes había hecho cautivos ó cadáveres, los llama de nuevo á la vida, los pasa en revista y los vuelve á formar en orden de batallón. Pero los ilustres campeones que en semejante carrera, cosechan palmas y laureles, recogen tan sólo los despojos más brillantes y magníficos, embalsamando con sus tintas las empresas de reyes, de príncipes y de otros elevados personajes, y tejiendo con la finísima aguja del ingenio, los hilos de seda y oro con que hacen un recamo imperecedero de acciones gloriosas. No le es lícito á mi debilidad enaltecerse hasta tan noble asunto, ni exponerse tampoco á tan sublimes peligros, arrojándose en medio de los negocios políticos ó del estruendo de los de la guerra; pero instruido de hechos memorables, aunque pertenecientes á la historia de unos pobres artesanos, quiero dejar á la posteridad el recuerdo de ellos, en un relato sencillo y verídico. Veránse en él, aunque en estrecho teatro, tragedias llenas de horror y escenas de increíble maldad, con intermedios de acciones virtuosas llenas de bondad angelical, en oposición con operaciones diabólicas. Y en verdad, cuando se considera que este nuestro país está bajo la dominación del rey católico, nuestro señor, sol que nunca se pone; y que en su órbita, y con la luz que de él toma, cual luna siempre llena, resplandece el héroe de noble prosapia que pro tempore ocupa su lugar, y los ilustres senadores, verdaderas estrellas fijas, y los demás respetables magistrados que, semejantes á los astros errantes, esparcen la luz por doquier se necesita, formando así un nobilísimo firmamento, no puede explicarse de otra manera, el verlo transformado en un infierno de acciones tenebrosas, de maldades y de crímenes que algunos hombres aborrecibles multiplican sin cesar, sino atribuyendo esta trasformación á los manejos y á las maldades del diablo en persona; pues no puede negarse que la malicia humana no acertaría por sí sola, á resistir á tantos y tantos héroes, que con ojos de Argos y brazos de Briareo, se consagran con abnegación á la defensa de los intereses públicos. Por lo cual, al describir estos sucesos acaecidos en mi florida edad, y cuando la mayor parte de las personas que figuran en ellos han desaparecido de la escena del mundo para pasar á ser tributarias de las parcas, callaremos, por justos miramientos, también sus nombres, es decir, los patronímicos; lo mismo haremos con respecto á los lugares, indicando los territorios nada más que generaliter...

Habrá tal vez quien vea en esta reserva una imperfección y una deformidad de este mi humilde parto, sobre todo, si el que lo examina es extraño á achaque de filosofía; pues los hombres versados en esta ciencia, no creerán que por esta omisión falta algo esencial en nuestra historia. Pues siendo en efecto cosa evidentísima que los nombres sólo son puros, purísimos accidentes...

Pero una vez que yo haya soportado la heroica fatiga de copiar un manuscrito casi completamente borrado; y que (como suele decirse) haya dado á luz esta historia, ¿habrá quien la lea?

Esta reflexión dubitativa inspirada por el trabajo fastidioso que me costaba el descifrar los garabatos que seguían á la palabra accidentes, me hizo suspender mi empeño de copista, y reflexionar maduramente sobre lo que me convenía hacer. ¿Sin duda, me decía á mí mismo, al ojear el manuscrito, no llueven como hasta aquí, figuras y concettini en todas las páginas de la obra? El bueno del secentista[1] ha querido antes de todo mostrar, cuánto vale y sabe: pero en el curso de su relato y durante muy largos intervalos, su estilo es más natural y llano. Esto es cierto; pero ¡qué vulgar es, qué desigual y qué incorrecto! ¡De cuánto idiotismo lombardo y de cuántas locuciones viciosas está lleno! ¡cuán arbitraria es su gramática y cuán imperfectos sus períodos! En diferentes puntos se notan algunas elegancias españolas de aquellos tiempos; y lo peor es, que en los pasajes más terribles ó patéticos, en los que requieren algunas flores de retórica discreta, sagaz y de buen gusto, en ellos, ¡oh fatalidad! saca á lucir el estilo de que acabamos de dar muestra: y entonces, reuniendo con admirable habilidad dos cualidades contradictorias, se ostenta trivial y afectado en una misma frase y en un mismo período. Todo lo cual forma un compuesto de declamaciones huecas y de galicismos vulgares, que acompañado del tonto orgullo que distingue á los autores italianos de aquel siglo, no podría complacer de ninguna manera á los lectores de nuestros días, en extremo instruidos y enemigos de semejantes extravagancias; por cuyo motivo me lisonjeo mucho de haber abandonado aquel trabajo.

Cuando iba á cerrar el manuscrito y á guardarlo, reflexioné sería lástima que una historia tan interesante quedara ignorada, tal vez, y me pesaría por cierto; el lector pensará de distinto modo.

¿No se podrá, me decía á mí mismo, conservar la serie de los sucesos de este libro y rehacer su estilo?

Como no se presentó á mi espíritu ninguna objeción razonable, acogí este proyecto con ardor. Y tal es el origen del presente libro, expuesto con una ingenuidad igual á su importancia. Sin embargo, algunos de los hechos y costumbres descritos por nuestro autor, nos parecieron tan singulares y extraños, por no decir más, que antes de darles fe hemos querido interrogar á otros testigos; y por esto emprendimos la ardua tarea de ojear las memorias de aquellos tiempos, para ver, si en efecto, el mundo, andaba por entonces como nuestro autor decía. Semejante indagación disipó todas nuestras dudas; á cada paso encontramos hechos análogos ó más extraordinarios aún que los que ya habíamos visto; y lo que nos ha parecido decisivo para acreditar nuestro manuscrito es el que estas memorias hacen mención de muchos personajes que sólo conocíamos por nuestro autor, lo cual nos había hecho dudar de que hubiesen existido en realidad. Á su tiempo citaremos algunos de estos testimonios que darán mayor autoridad á los hechos, de cuya veracidad podría dudar, á causa de su índole extraña, el lector de nuestros días.

Pero después de haber refutado el estilo de nuestro autor, nos toca explicar el que nosotros le hemos sustituido.

El que sin ser rogado para ello, rehace el trabajo ajeno, se expone, y hasta cierto punto contrae el deber de dar una cuenta minuciosa del suyo propio.

Ésta es una regla de hecho y de derecho á la cual no intentamos sustraernos de ningún modo.

Lejos de eso, y para probar que nos sometíamos á ella de buen grado, nos propusimos dar aquí una explicación detallada sobre el modo de escribir que hemos adoptado; con este objeto nos afanamos en adivinar durante todo el tiempo de nuestro trabajo, las críticas posibles y contingentes que él podría suscitar, con la intención de refutarlas anticipadamente. Pero no estribaba en esto la dificultad, pues (digámoslo en honor de la verdad) ninguna crítica se ha presentado á nuestra mente sin venir acompañada de una respuesta triunfante, de aquéllas que no sólo resuelven las cuestiones sino que imponen silencio. Nos ha sucedido también con frecuencia que, poniendo dos críticas frente á frente, las hacíamos luchar entre sí, y examinándolas profundamente y comparándolas con escrupulosa atención, descubríamos y demostrábamos al cabo, que aunque opuestas en apariencia, eran por su naturaleza semejantes, y que ambas á dos procedían de la desatención con que se habían indicado los hechos y los principios, sobre los cuales debían asentarse los juicios que de unos á otros se debieron hacer, y en consideración de esto juntábamos ambas críticas y las mandábamos juntas también á pasear.

¡Con dificultad se podría hallar un autor que probara mejor su infalibilidad!—Pero, ¡oh cielos! llegado el momento de recapitular las objeciones y sus respuestas y el de ordenarlas, hallamos, que habíamos hecho un libro: visto lo cual, abandonamos nuestro intento por dos razones, que sin duda alguna el lector considerará oportunas.—La primera, porque temimos que el hacer un libro para justificar otro, ó sólo su estilo, parecería cosa ridícula. La segunda, porque creemos que es suficiente, cuando no excesivo, el publicar un sólo libro á la vez.

NOTAS:

[1] Se da este nombre á los escritores del siglo XVI y de la primera mitad del XVII, época para Italia de decadencia y mal gusto. Nota del autor.

ÍNDICE

Pág.
INTRODUCCIÓN [v]
CAPÍTULO PRIMERO [1]
CAPÍTULO SEGUNDO [29]
CAPÍTULO TERCERO [51]
CAPÍTULO CUARTO [78]
CAPÍTULO QUINTO [104]
CAPÍTULO SEXTO [129]
CAPÍTULO SÉPTIMO [153]
CAPÍTULO OCTAVO [185]
CAPÍTULO NOVENO [221]
CAPÍTULO DÉCIMO [254]
CAPÍTULO DECIMOPRIMERO [285]
CAPÍTULO DECIMOSEGUNDO [316]
CAPÍTULO DECIMOTERCERO [339]
CAPÍTULO DECIMOCUARTO [365]
CAPÍTULO DECIMOQUINTO [392]
CAPÍTULO DECIMOSEXTO [420]
CAPÍTULO DECIMOSÉPTIMO [446]
CAPÍTULO DECIMOCTAVO [473]

CAPÍTULO PRIMERO

Un brazo del lago de Como, dirígese al Mediodía, por entre dos cordilleras de montañas no interrumpidas, y va formando, según aquéllas se estrechan ó se apartan, bahías y ensenadas que de repente toman el curso y la apariencia de un caudaloso río, teniendo á su derecha un cabo ó promontorio, y á su izquierda otro río. El puente que une las dos márgenes en aquel sitio, parece que hace más sensible á la vista dicha trasformación: él señala el punto donde termina el lago y empieza el Adda, para volver á tomar su nombre en el mismo lugar en que ambas riberas, ensanchándose nuevamente, permiten que las aguas se extiendan formando innúmeros golfos y bahías. El río baja apoyándose en dos montes contiguos, formado por la confluencia de tres grandes torrentes, llamado el uno de S. Martín y el otro el Resegon, que en dialecto lombardo, quiere decir sierra; y en efecto, son tantos sus numerosos picos, que verdaderamente semeja á una sierra; de modo que, á su aspecto, visto de frente, por ejemplo, desde los muros de Milán que miran al Norte, no hay quien, por esa señal, no le reconozca al momento entre aquella vasta cordillera de montañas, de los otros montes de nombre menos conocido y de forma mas común. Por espacio de un buen trecho el río baja por una pendiente poco sensible; después interrumpido en su marcha por ribazos y cañadas, se precipita formando cascadas ó anchas lagunas, según la configuración de las dos montañas y el trabajo de las aguas. La orilla, surcada por las bocas de los torrentes, está cubierta de gruesa arena y guijarros; el resto del terreno lo forman campos y viñedos, salpicados de lugarcillos, quintas y cabañas, y de cuando en cuando, bosques que se prolongan hasta la misma montaña. Lecco, el mayor de aquellos lugarcillos y que da su nombre al territorio, está situado á corta distancia del puente, sobre las orillas del lago, haciendo parte del mismo, cuando crecen sus aguas. Hoy día es una gran aldea que va encaminándose á ser ciudad. En el tiempo que tuvieron lugar los sucesos, cuya narración vamos á emprender, dicha aldea, ya muy considerable, era á más una plaza fuerte, teniendo por lo tanto el honor de alojar un gobernador, y la ventaja de poseer una guarnición permanente de soldados españoles. El Adda, salido apenas de los arcos del puente, se convierte de nuevo en un pequeño lago, y después se estrecha y prolonga hasta el horizonte en brillantes revueltas; en lo alto las cimas de los montes suspendidas sobre el que las contempla, y debajo la pendiente de la montaña cultivada, los paisajes, el puente; al frente la ribera opuesta del lago, y tendiendo más la vista el encumbrado monte que lo encierra.

Por uno de estos senderos volvía de paseo, dirigiéndose á su casa á pasos lentos, en la tarde del día 7 de noviembre del año 1668, D. Abundio, cura párroco de uno de los lugares que se acaban de describir: el nombre de éste, ni el apellido de aquél se encuentran en el manuscrito ni en dicho lugar, ni en otro alguno. Iba recitando tranquilamente sus rezos, y de vez en cuando entre salmo y salmo cerraba el breviario, dejando dentro por señal el índice de la mano derecha; luego poniéndose ambas manos atrás, proseguía su camino mirando al suelo, arrojando con el pie las piedras que obstruían el camino; después alzaba la vista, y volviendo negligentemente los ojos á su alrededor, los fijaba en la parte de un monte, en que la luz del sol poniente, escapándose por las grietas del opuesto, esparcía por donde quiera largas y desiguales fajas de púrpura sobre los ángulos salientes de los peñascos en donde reflejaban sus rayos. Después abrió de nuevo el breviario, y habiendo recitado otro pequeño pasaje, llegó á una revuelta del sendero, donde siempre tenía la costumbre de levantar los ojos del libro y echar una mirada delante de sí, lo cual hizo también aquel día. Luego que hubo dado la vuelta al citado sendero, el camino seguía en línea recta casi unos sesenta pies, y en seguida se dividía en dos sendas en forma de Y: la de la derecha se dirigía á la montaña y conducía á la parroquia; la de la izquierda descendía al valle hasta llegar á un torrente, y por esta parte la pared no llegaba ni á la mitad del cuerpo del pasajero. Las paredes interiores de ambas sendas, en vez de reunirse en el ángulo terminaban en una especie de retablo sobre el cual habían pintado ciertas figuras largas, serpenteantes, que acababan en punta, las cuales, según la intención del artista y á los ojos de todos los habitantes de las cercanías, figuraban llamas, y alternaban con éstas otras figuras que es imposible describir, y que representaban las almas del purgatorio; almas y llamas eran de color de ladrillo, sobre un fondo pardusco, resquebrajado por algunas partes. El cura, después de haber dado la vuelta al camino, y dirigiendo según solía sus miradas á la capilla, vió lo que no esperaba, y que no hubiera querido ver. Tres hombres estaban apostados, el uno enfrente del otro, en la confluencia, por decirlo así, de las dos sendas: uno de ellos cabalgaba sobre la pequeña tapia, teniendo una pierna colgando por la parte exterior, y el otro pie descansando sobre el camino; el segundo de pie, arrimado á la citada tapia, y el último sentado y con los brazos cruzados. El vestido, el talante y el paraje en que se hallaban, manifestaban claramente la condición de aquéllos. Llevaban los tres la cabeza ceñida con una redecilla verde, de la cual se destacaba sobre la frente un enorme tupé que caía encima del hombro izquierdo, donde terminaba por una gran borla; con el pelo largo y ensortijado; un descomunal cinturón de correa de donde pendían un par de pistolas; un pequeño cuerno lleno de pólvora, colgado del cuello á guisa de collar; el mango de un cuchillo que salía de sus anchos y huecos calzones, y por último un espadón, cuya grande empuñadura, toda calada y primorosamente trabajada formaba una especie de concha; con lo que á primera vista se conocía que pertenecían á la clase de los BRAVOS. Dicha especie, hoy del todo perdida, estaba entonces muy floreciente en la Lombardía, y era ya antiquísima. Para el que no tuviese idea de ella, he aquí algunos fragmentos auténticos que darán á conocer bastante sus principales caracteres, los esfuerzos hechos para destruirla, y su tenaz y rigorosa vitalidad.

Desde el 8 de abril del año 1583, el Illmo. y Exmo. Sr. D. Carlos de Aragón, príncipe de Castelvetrano, duque de Terranova, marqués de Ávola, conde de Burgeto, grande almirante y gran condestable de Sicilia, gobernador de Milán y capitán general de S. M. C. en Italia, plenamente informado de la intolerable miseria, en la cual ha vivido y vive aún la ciudad de Milán, á causa de los BRAVOS y vagamundos, publicó un bando contra éstos. Declarando á todos ellos comprendidos en el presente bando, debiendo ser tenidos por BRAVOS y vagamundos... todos los que siendo forasteros, ó del país, no tienen ninguna profesión, ó que teniéndola no la ejercen... pero que con sueldo ó sin él se arriman á cualquier caballero, ó gentilhombre, oficial ó comerciante... para prestarle ayuda y favor, ó verdaderamente, según es de presumir, para tener asechanzas á otros... Manda á todos ellos que en el término de seis días abandonasen el país, bajo la pena de galeras á los contumaces, y dió á todos los oficiales de justicia las más amplias é indefinidas facultades para la ejecución de la citada orden. Mas en 12 de abril del año siguiente, viendo dicho señor que esta ciudad estaba llena todavía de BRAVOS... que habían vuelto á vivir como antes, no habiendo cambiado en nada sus costumbres, ni disminuido su número, publicó un nuevo bando más fuerte aún y más notable, en el cual, entre otras órdenes, prescribe:

“Que cualquier individuo, tanto de la ciudad, como de fuera de ella, que por dos testigos conste ser tenido y comúnmente reputado por BRAVO, y lleve el nombre de tal, aunque no se verifique que haya cometido delito alguno... por la sola opinión de BRAVO sin necesidad de más indicios, podrá por los dichos jueces, y cada uno de ellos en particular, ser condenado á la horca y al tormento, previa la correspondiente sumaria... y aunque no confiese crimen alguno, sea enviado á galeras por el tiempo de tres años, por la sola reputación y nombre de BRAVO, según se expresa arriba. Todo esto, sin perjuicio de lo demás que corresponda, porque su excelencia está resuelto á hacerse obedecer de todos”.

Al oir palabras tan enérgicas, tan positivas, acompañadas de tales órdenes, está uno decidido á creer que á su solo ruido todos los BRAVOS desaparecerían para siempre. Pero el testimonio de un señor no menos poderoso, no menos dotado de nombre, nos obliga á creer todo lo contrario. Éste es el Illmo. y Exmo. Sr. D. Juan Fernández de Velasco, condestable de Castilla, camarero mayor de S. M., duque de Frías, conde de Haro y Castelnovo, señor de la casa de Velasco y de la de los siete infantes de Lara, gobernador del Estado de Milán, &c. En 5 de junio de 1593, plenamente informado también de cuánto daño y ruina son... los BRAVOS y vagamundos, y del pésimo efecto que tal clase de gentes causa al bien público, en menosprecio de la justicia, les intima de nuevo que en el perentorio término de seis días, desocupen el país, repitiendo exactamente las mismas prescripciones y amenazas de su predecesor. El 23 de mayo del año 1598, informado con el mayor desagrado que... en esta ciudad y Estado va creciendo cada vez más el número de tales gentes (bravos y vagamundos), y que de su parte, día y noche, no oye hablar más que de heridas causadas alevosamente, de homicidios y robos, y de toda clase de crímenes, cuya ejecución les es tanto más fácil, cuanto que confían en ser protegidos por sus jefes y fautores... prescribe de nuevo los mismos remedios, aumentando la dosis, como se usa en las enfermedades obstinadas. Que cualquiera, pues, concluye por último, en todo y por todo se guarde de controvertir en lo más mínimo á la presente orden, porque en vez de merecer la clemencia de su excelencia, experimentará su rigor y su cólera, estando resuelto y determinado á que éste sea el último, y perentorio aviso.

No fué, sin embargo, de este parecer el Illmo. y Exmo. Sr. D. Pedro Enríquez de Acevedo, conde de Fuentes, capitán y gobernador del Estado de Milán; no fué de este parecer, y con razón. Plenamente informado del estado deplorable en que se encuentra esta ciudad y estado por causa del considerable número de BRAVOS que en él abundan... y resuelto á extirpar totalmente semilla tan perniciosa, se determina á dar el 5 de diciembre del año 1600, un nuevo bando lleno de las más severas conminaciones, con el firme propósito de que sean todas ejecutadas con el mayor rigor, y sin esperanza de remisión.

Con todo, preciso es creer que no lo hiciese con la buena voluntad que sabía emplear para urdir intrigas y suscitar enemistades á su grande enemigo Enrique IV; pues acerca de esto, dice la historia, que logró armar contra dicho monarca al duque de Saboya, á quien hizo perder más de una ciudad, como también consiguió hacer conspirar al duque de Biron, lo que le costó la cabeza; pero tocante á la mala semilla de los BRAVOS, es cierto que aún continuaba germinando el 22 de setiembre del año 1612. En este día el Illmo. y Exmo. Sr. D. Juan de Mendoza, marqués de la Hinojosa, gentilhombre, &c., gobernador, &c., pensó formalmente en extirparla. Á dicho efecto, expidió á Pandolfo y á Marco Tulio Malatesta, impresores del rey, el acostumbrado bando, corregido y aumentado, para que lo imprimiesen, para el exterminio de los BRAVOS. Mas éstos vivieron todavía lo bastante para recibir el 24 de diciembre del año 1618, los mismos y más fuertes golpes del Illmo. y Exmo. Sr. D. Gómez Suárez de Figueroa, duque de Feria, &c., gobernador, &c.; pero no habiendo muerto de ellos, el Illmo. y Exmo. Sr. D. Gonzalo Fernández de Córdoba, bajo cuyo gobierno tuvo lugar el paseo de D. Abundio, se había visto obligado á corregir y publicar de nuevo la acostumbrada ordenanza contra los BRAVOS el día 5 de octubre de 1627, es decir, un año, un mes y dos días antes de aquel memorable acontecimiento.

No fué ésta la última publicación; pero nosotros no creemos deber hacer mención de las posteriores, como cosa que está fuera del período de nuestra historia. Solamente indicaremos una del 13 de febrero del año 1632, en la cual el Exmo. duque de Feria, por segunda vez gobernador, nos da á conocer que las mayores maldades procedían de los llamados BRAVOS. Esto basta para probar que los BRAVOS existían aún en el tiempo de que tratamos.

Que los tres individuos descritos anteriormente estuviesen allí para esperar á alguno, era demasiado evidente; pero lo que más disgustó á D. Abundio fué el comprender por ciertas señales, que el esperado era él, porque á su aparición ellos se habían mirado, alzando la cabeza, con un movimiento que denotaba que ellos á un tiempo habían dicho: “él es”. El que estaba cabalgando en la tapia se levantó, plantándose en el camino; otro se separó también de la pared y los dos marcharon á su encuentro. D. Abundio, teniendo siempre delante de sus ojos el breviario abierto, como si leyese, miraba además para espiar sus movimientos; y viéndolos venir directamente á él, fué asaltado al instante por mil diversos pensamientos. De repente se preguntó si entre los bravos y él, el sendero tendría alguna salida, ya fuese á la derecha, ya á la izquierda, y al momento se acordó que no. Examinó su conciencia y no le recordó ninguna falta cometida contra algún señor poderoso ó vengativo: pero aun en aquella tribulación, el testimonio consolador de aquélla lo tranquilizaba completamente. Sin embargo, los bravos se acercaban mirándole fijamente. Puesto el índice y la palma de la mano izquierda en su alzacuello, como para acomodarlo mejor, y haciendo girar los dos dedos alrededor de la garganta, volvía entre tanto la cabeza hacia atrás torciendo al mismo tiempo la boca, y mirando de reojo, con el fin de poder ver si venía alguien; mas no vió á nadie. Echó una ojeada por encima de la pequeña tapia con dirección á los campos, nadie; en seguida otra más tímida sobre el camino que tenía delante de sí, tampoco; nadie más que los bravos. ¿Qué hacer? ¿Volver atrás? Ya no era tiempo: confiarse á las piernas, era lo mismo que decir, perseguidme. No pudiendo esquivar el peligro, corrió á encontrarlo; porque aquellos momentos de incertidumbre eran tan penosos para él, que su único deseo consistía en abreviarlos. Apretó el paso, recitó un versículo en voz alta, trató de dar á su rostro toda la calma posible, hizo todos los esfuerzos imaginables para dejar entrever una sonrisa; y cuando se encontró frente á frente de los dos personajes, dijo para sí: ya estamos, ya estamos, y se afirmó sobre sus dos pies.—Señor cura, dijo uno de ellos, encarándosele con la mayor desfachatez y agarrándole con una mano la garganta.

—¿Qué tenéis que mandar? respondió súbitamente D. Abundio, alzando los ojos del libro, el cual había quedado enteramente abierto en sus manos, como si estuviera sobre un atril.

—¿Tenéis intención, prosiguió el otro, con el ademán amenazador é iracundo de aquél que coge á un inferior cometiendo alguna falta; tenéis intención de casar mañana á Renzo Tramaglino y á Lucía Mondella?

—Esto es... responde con trémula voz D. Abundio, esto es... Los señores son hombres de mundo, y saben muy bien del modo que se hacen estas cosas. Un pobre cura no puede nada; estos arreglos los disponen ellos, y después... después vienen á nosotros, lo mismo que irían á un mercado, y nosotros... nosotros estamos al servicio de todo el mundo.

—Pues bien, le dice uno de los bravos al oído, pero con el tono solemne del que manda: ese matrimonio no se ha de verificar, ni mañana, ni nunca.

—Pero, señores míos, replica D. Abundio con acento afable y cariñoso, como el que quiere persuadir á un impaciente; pero señores míos, dignaos poneros en mi lugar... si esto dependiese de mí... bien veis que yo nada gano en esto.

—Vamos, interrumpió el bravo: si la cosa tuviese que decidirse charlando, nos meteríais en el saco. Nosotros no sabemos ni queremos saber más. Hombre avisado... ya me entendéis.

—Pero, dijo esta vez el compañero que hasta entonces no había hablado; pero el matrimonio no se hará, ó... y soltó una horrible blasfemia, ó el que lo haga no se arrepentirá, porque no tendrá tiempo, y... aquí otro juramento.

—Chito, chito, replicó el primer interlocutor: el señor cura es un hombre que sabe vivir, y nosotros somos unas buenas gentes que no queremos causarle ningún daño, con tal de que se ponga en la razón. Señor cura, el Illmo. Sr. D. Rodrigo os saluda afectuosamente.

Este nombre hizo sobre la imaginación de D. Abundio el mismo efecto que cuando en una noche de fuerte temporal un relámpago ilumina momentánea y confusamente los objetos, y aumenta más el terror: al oirle se inclinó como por instinto, profundamente, y dijo: “Si vosotros, señores, pudieseis instruirme”...

—¡Oh, instruiros, á vos que sabéis el latín! interrumpió aún el bravo, con una risa sarcástica y feroz á la vez: esto os toca á vos. Sobre todo, que no se os escape una sola palabra del aviso que os hemos dado por vuestro bien; pues de lo contrario, hem... sería lo mismo que hacer el matrimonio. ¡Y bien! ¿qué queréis que digamos de parte vuestra al Illmo. Sr. D. Rodrigo?

—Mis respetos...

—Explicaos mejor.

—Dispuesto... siempre dispuesto á obedecerle: y al proferir estas palabras, ni aun él mismo sabía si hacía una promesa ó un simple cumplido. Los bravos lo tomaron ó manifestaron tomarlo en el sentido más formal.

—¡Muy bien! Buenas noches, dijo uno de ellos haciendo ademán de partir con su camarada. D. Abundio, que pocos momentos antes hubiera dado un ojo con el fin de evitar su encuentro, quería ahora prolongar la conversación. Señores... empezó, cerrando el libro con ambas manos: pero éstos, sin escucharle, tomaron el camino por donde él había venido, y se alejaron cantando un estribillo que no juzgo oportuno trascribir. El pobre D. Abundio se quedó por un momento con la boca abierta como si estuviera encantado; después tomó el sendero que conducía á su casa, pudiendo apenas andar, pues parecía que tenía las piernas envaradas. Se conocerá mejor cómo estaba su espíritu, cuando hayamos dicho algo de su carácter y de los desgraciados tiempos en los cuales le había tocado vivir.

D. Abundio (según el lector debe haber observado), no había nacido con un corazón de león; pero desde sus más tiernos años había debido comprender, que la peor condición en aquella época era la de un animal sin garras ni dientes, y sin inclinación á ser devorado. La fuerza legal, no protegía en manera alguna al hombre pacífico é inofensivo, y que carecía de medios para hacerse respetar de los demás. No era que faltasen leyes y castigos contra las violencias de los particulares; por el contrario, las leyes llovían, los delitos eran enumerados é inscritos con la más prolija minuciosidad: si los castigos, ya regularmente exorbitantes no bastaban, podían en todo caso ser aumentados al arbitrio del mismo legislador y cien ministros suyos; los procedimientos tendían únicamente á librar al juez de todo lo que pudiese servir de impedimento para pronunciar una sentencia: los fragmentos de las ordenanzas contra los bravos que hemos citado anteriormente son una pequeña pero fiel muestra de esto. Con todo, y quizás á causa de esto mismo, dichas ordenanzas, reimpresas y esforzadas por cada gobernador, no servían más que para atestiguar pomposamente la impotencia de sus autores, y si surtían algún efecto inmediato era principalmente para añadir nuevas vejaciones á las que los pacíficos y débiles sufrían ya de los perturbadores, y para aumentar las violencias y perfidias de éstos. La impunidad estaba en su auge, y había echado tan profundas raíces, que las leyes no podían conmoverlas, ni aun llegar á ellas. De esta importunidad dan testimonio, los asilos, los privilegios de ciertas clases, reconocidos en parte por la fuerza legal, y tolerados en parte con envidioso silencio, ó impugnados con vanas protestas, pero sostenidos de hecho, y defendidos por dichas clases con actividad interesada y con el más celoso pundonor. Esta impunidad, amenazada é insultada, pero no destruida por las ordenanzas, debía naturalmente á cada amago, á cada ataque, acumular nuevos esfuerzos y nuevas astucias para conservarse.

Así sucedía en efecto: á la aparición de los bandos dirigidos á reprimir á los perturbadores, éstos buscaban en su fuerza real, recursos más eficaces para continuar haciendo lo que la ley quería prohibir. Bien se podían poner trabas á cada paso, y molestar al hombre honrado que carecía de fuerza y protección; porque con el pretexto de tener en su poder á todos para prevenir y castigar los delitos, el individuo estaba sujeto de mil modos á la voluntad arbitraria de toda clase de magistrados y agentes; pero el que antes de cometer un delito tomaba apresuradamente sus medidas para retirarse á tiempo á un convento, á un palacio, en donde los esbirros no hubieran osado poner los pies; el que, sin otras precauciones, vestía una librea que tuviese empeño en defenderla de la vanidad y los intereses de familia poderosa ó de toda una asociación, éste era libre en sus operaciones, y podía burlarse de los bandos. Entre los mismos encargados de hacerlos ejecutar, algunos pertenecían por su nacimiento á la clase privilegiada; otros eran de su clientela: todos, por educación, por interés, por costumbre, por imitación, habían abrazado sus máximas, y se habrían guardado muy bien de ser infieles á ellas por temor á un pedazo de papel pegado á una esquina. Los agentes, pues, encargados de la inmediata ejecución, aunque hubiesen sido emprendedores como héroes, obedientes como frailes, y prontos á sacrificarse como mártires, no hubieran podido lograr el fin que se proponían, inferiores como eran en número á aquéllos á quienes trataban de someter, y con una grande probabilidad de ser abandonados de los que en abstracto, ó mejor dicho, en teoría les ordenaban obrar. Además, pertenecían á la clase más abyecta y despreciable de la sociedad de aquel tiempo: su oficio era vil aun á los ojos de aquéllos á quienes podían causar terror, y su título tenido como un improperio. Era, pues, muy natural, que en lugar de arriesgarse y lanzar su vida á desesperadas empresas, vendiesen su inacción, y también algunas veces su connivencia, á los poderosos, y se reservasen ejercer su execrable autoridad y la única fuerza que tenían en las ocasiones en que no había ningún peligro, esto es, en oprimir y vejar á los ciudadanos pacíficos y sin defensa.

El hombre que quiere ofender, ó que teme á cada momento ser ofendido, busca de ordinario aliados y compañeros. Así es, que en aquella época era llevada al más alto grado la tendencia de estar reunidos en clases, formar otras nuevas, y procurar cada uno dar á la suya la mayor importancia posible. El clero velaba en sostener y aumentar sus inmunidades, la nobleza sus privilegios, el militar sus exenciones, los mercaderes y los artesanos estaban inscritos en los gremios y cofradías, los letrados formaban una liga y los médicos una corporación. Cada una de estas pequeñas oligarquías tenía su fuerza propia y especial; en cada una el individuo encontraba la ventaja de emplear para sí, á proporción de su poder y de su destreza, la fuerza reunida de muchos. Los más honrados se valían de esta ventaja únicamente para su defensa; los astutos y los facinerosos se aprovechaban de ella para llevar á cabo sus maldades, á cuyo fin no habían bastado sus medios personales, y también para asegurarse la impunidad. Sin embargo, las fuerzas de estas distintas ligas eran muy desiguales, principalmente en el campo: el noble, rico y déspota ejercía ese poder rodeado de una banda de bravos y cuadrillas de aldeanos, acostumbrados por tradición de familia, interesados ó forzados, á mirarse como súbditos y soldados de su señor, al cual ninguna fracción de otra liga hubiera podido allí difícilmente resistir.

Nuestro Abundio, ni noble, ni rico, ni tampoco valiente, había, pues, comprendido, antes casi de llegar á los años de la discreción, que iba á ser en aquella sociedad como una vasija de tierra cocida, obligada á viajar en compañía de muchos vasos de hierro. Había, pues, accedido de buen grado á los deseos de sus padres, que querían fuese sacerdote. Á decir verdad, no había reflexionado mucho en las obligaciones y en los fines del santo ministerio al cual se dedicaba: procurarse una vida cómoda y meterse en una clase respetada y fuerte, le parecieron dos razones más que suficientes para tal elección. Mas una clase cualquiera no protege, no asegura á un individuo sino hasta cierto punto: ninguna le dispensa de crearse un sistema propio y particular. D. Abundio, continuamente absorto en los pensamientos de velar por su tranquilidad, se cuidaba poco de otras ventajas, las cuales para obtenerlas era indispensable trabajar mucho y arriesgarse un poco. Su sistema consistía principalmente en evitar toda especie de debates, y ceder en los que no podía hacerlo: neutralidad desarmada en todas las guerras que nacían en torno suyo, desde las contiendas entonces frecuentísimas entre el clero y el poder secular, entre militares, paisanos y entre los mismos nobles, hasta la riña más sencilla entre los dos campesinos, nacida de una palabra, y decidida con los puños ó las cuchilladas. Si se veía absolutamente obligado á tomar parte entre dos combatientes, estaba por el más fuerte, y siempre á retaguardia, procurando hacer ver al vencido que él no era voluntariamente enemigo suyo: parecía decirle: ¿pero por qué no habéis sabido ser el más fuerte, que yo me hubiera puesto de vuestra parte? Estando á larga distancia de los poderosos, disimulando sus injusticias pasajeras y caprichosas, correspondiendo con sumisión á las que provenían de una intención más formal y más meditada, obligaba á fuerza de saludos y expresiones joviales de respeto á que los más bruscos y altaneros le dirigiesen una sonrisa cuando los encontraba en su camino. El infeliz había conseguido llegar á los sesenta años sin grandes borrascas.

Sin embargo, no se crea por esto que no tuviese también en el fondo del alma su pequeña dosis de hiel: aquel continuo ejercitar de la paciencia, aquella necesidad de dar siempre la razón á los otros, tan amargos bocados tragados en silencio, lo habían exacerbado hasta tal punto, que si no hubiese podido de vez en cuando desfogar un poco, ciertamente lo habría pagado en salud. Pero últimamente, como había en el mundo y á su lado personas que él conocía que serían incapaces de hacerle daño alguno, podía también alguna vez descargar sobre ellas su mal humor reprimido por largo tiempo, ocupándose en regañar y dar gritos injustamente. Era, pues, un rígido censor de los que no se regulaban como él; pero cuando podía ejercitar dicha censura sin ninguna clase de peligro, aunque fuese lejano, el vencido era para él un imprudente, y el muerto siempre había sido un hombre muy turbulento. Al que volvía con la cabeza rota por haber sostenido sus derechos contra algún poderoso, D. Abundio sabía siempre encontrar alguna culpa en el primero, cosa no difícil; porque la razón y sinrazón jamás se dividen tan absolutamente, que no se puede hallar un poco de una parte y otro poco de otra. Sobre todo, declamaba contra aquellos de sus cofrades que peligrosamente tomaban el partido del débil oprimido contra el poderoso opresor. Á esto él llamaba comprar impedimentos al contado y querer enderezar las piernas á un perro cojo; añadía también severamente que era mezclarse en cosas profanas en detrimento de la dignidad de su sagrado ministerio; y predicaba siempre contra ellos, pero siempre con mucha perspicacia, y en un pequeñísimo círculo, con tanta más vehemencia, cuanto más seguro estaba de que eran ajenos de resentirse, y en cosas que les tocaban personalmente. Tenía una sentencia predilecta, con la que cerraba siempre sus discursos tocante á dicho asunto: que el hombre honrado que no cuida más que de lo suyo y permanece en su lugar correspondiente, nunca tiene malos encuentros.

Juzguen ahora mis lectores qué impresión debió lo que va referido hacer sobre el ánimo del pobre cura. El espanto que le habían causado aquellos horrorosos semblantes y terribles palabras; las amenazas de un señor conocido por no haberlas hecho jamás en vano; un sistema de vida tranquila que le había costado tantos años de paciencia y estudio, desconcertado un momento, en un paso del cual no veía salida posible: todos estos pensamientos se agrupaban tumultuosamente en la cabeza de D. Abundio, que con ella inclinada proseguía su camino. “¡Si pudiese mandar en paz á Renzo con un no bien redondo! pase; ¿pero querrá razones? ¡Y por Cristo! ¿qué he de responderle? ¡Y el muchacho no tiene mala cabeza que digamos! Es un cordero si no se le hostiga; mas si uno quiere contradecirle... ¡Oh!... Y después está enteramente perdido por esa Lucía; enamorado como... Rapazuelos, que no sabiendo qué hacerse, se enamoran, quieren casarse, y no piensan en otra cosa; no haciéndose cargo de los compromisos en los cuales ponen á un hombre de bien. ¡Oh, infeliz de mí! ¿No es una triste desgracia el que esos dos fantasmones hayan venido precisamente á plantarse en mi camino, y á emprenderla conmigo? ¿Qué puedo yo? ¿Soy acaso el que quiero casarme? ¿Por qué no han ido á hablar más bien á... ¡Oh! ¡Ved, pues, cuán grande es mi suerte! Siempre se me ocurren las cosas después de haber pasado la ocasión. Si hubiese pensado en imbuirles que fuesen á llevar su mensaje...”. Mas al llegar á este punto sintió que arrepentirse de no haber sido consejero y cómplice de una maldad era muy inicuo, y descargó toda su ira contra el que iba de este modo á turbar su reposo. No conocía á D. Rodrigo más que de vista y por su fama; nunca había tenido con él otro negocio más que tocar la barba con el pecho, y el suelo con el extremo de su sombrero las pocas veces que lo había encontrado á su paso. En más de una ocasión le había ocurrido defender la reputación de dicho señor contra los que en voz baja, suspirando y alzando los ojos al cielo, maldecían alguno de sus hechos: había dicho más de cien veces que D. Rodrigo era un respetable caballero; mas en aquel instante, le aplicó en su interior todos los epítetos que jamás había oído serle prodigados por otros, sin interrumpirles prontamente con un “¡vaya allá!

En este desorden de ideas llegó á la puerta de su casa, que estaba situada á la entrada del pueblo: metió con presteza la llave en la cerradura, abrió, entró, cerró diligentemente; y ansioso de hallarse en segura compañía, llamó con celeridad: “Perpetua, Perpetua;” y se fué acercando al propio tiempo á la habitación en donde aquella debía estar probablemente, preparando la mesa para cenar. Según se veía, era Perpetua el ama de gobierno de D. Abundio, ama apasionada y fiel, que sabía obedecer y mandar, según las ocasiones; tolerar á tiempo los regaños y extravagancias del amo, y á su vez hacerle aguantar lo propio; que de día en día eran más frecuentes desde que había pasado de la canónica edad de los cuarenta, permaneciendo célibe por haber desechado (según la misma decía) todos los partidos que se le habían ofrecido, ó por no haber encontrado jamás un perro que la quisiera, como decían sus amigas.

“Voy”, respondió Perpetua, poniendo sobre la mesa en el sitio de costumbre un frasco del vino predilecto de D. Abundio, dirigiéndose lentamente hacia donde éste se hallaba; mas aún no había llegado aquélla al umbral de la puerta de la sala, cuando él entró con un paso tan precipitado, con una mirada tan sombría, y un semblante tan desencajado, que no eran necesarios los ojos perspicaces de Perpetua, para descubrir á primera vista que le había pasado alguna cosa muy extraordinaria.

—¡Misericordia! ¿Qué ocurre, señor?

—Nada, nada, contestó D. Abundio, dejándose caer sin aliento en su sillón.

—¡Cómo nada! ¿Queréis darme á entender otra cosa, tan turbado como estáis? Algún grande acontecimiento os ha sobrevenido.

—¡Oh, por amor del cielo! Cuando yo digo nada, es nada, ó cosa que no puedo decir.

—¿Que no podéis decir ni aun á mí? ¿Quién cuidará de vuestra salud; quién os aconsejará?...

—¡Ay de mí! Callad, y dejemos esto; dadme un vaso de mi vino.

—¡Y todavía querrá sostenerme que no tiene nada! dijo Perpetua, llenando el vaso, y permaneciendo con él en la mano, como si no quisiera dárselo más que en premio de la confidencia que tanto se hacía esperar.

—Traed, traed, repuso D. Abundio, cogiendo el vaso con mano trémula, y apurándolo de un solo trago, como si fuese una medicina.

—¿Queréis, pues, obligarme á que vaya á preguntar por todas partes qué es lo que os ha sucedido? dijo Perpetua, puesta en jarras y de pie delante de su amo, mirándole fijamente, como si quisiese arrancarle de los ojos el secreto.

—¡Por el amor de Dios! dejaos de habladurías; no deis chillidos: me va... me va en ello la vida.

—¡La vida!

—La vida.

—Bien sabéis que siempre que me habéis dicho sinceramente alguna cosa en secreto, yo jamás he...

—Justamente; como cuando...

Perpetua vió que había tocado una cuerda falsa, en vista de lo cual cambió súbitamente de tono, y con voz dulce, á propósito para conmoverle, exclamó: “Mi querido señor, yo siempre he sido y os soy adicta; si ahora deseo saber con ansia lo que os aflige, es porque quisiera poder ayudaros, aconsejaros y tranquilizar vuestro espíritu”.

El caso era que D. Abundio tenía tantos deseos de descargarse de su doloroso secreto, cuanto los de Perpetua de conocerlo: por tanto, después de haber rechazado, aunque siempre muy débilmente, los multiplicados, y cada vez más ejecutivos ataques de ésta; después de haberla hecho jurar hasta la saciedad que no lo descubriría; por último, haciendo muchas pausas, dando muchos gemidos, le contó su desgraciada aventura. Cuando llegó ya al nombre terrible del que le había mandado el mensaje, fué preciso que Perpetua profiriese un nuevo y más solemne juramento. Pronunciado el nombre, D. Abundio se recostó sobre el respaldo del sillón, lanzó un gran suspiro, alzó las manos en ademán imperioso y al mismo tiempo suplicante, diciendo: “¡Por Dios!”...

—¡Virgen santísima! exclamó Perpetua. ¡Oh, qué bribón! ¡Qué malvado! ¡Qué hombre tan sin temor de Dios!

—Callaréis, ¿ó queréis acabar de perderme?

—Estamos solos; nadie nos oye. Mas, ¿qué es lo que vais á hacer, pobre amo mío?

—¡Oh! ¡Ved, dijo D. Abundio con ironía y cólera á la vez; ved los bellos consejos que sabéis darme! Me pregunta lo que haré, lo que voy á hacer, como si fuese ella la que se hallase en el apuro, y me tocara sacarla de él.

—Yo os diré gustosa mi humilde parecer; pero en seguida...

—¿Pero en seguida? Veamos, pues.

—Mi opinión sería que, ya que todo el mundo dice que nuestro arzobispo es un santo varón, un sujeto de pulso, que no teme á ninguno de esos bribones, aunque sean poderosos, y que goza la mayor satisfacción sosteniendo con firmeza á un sacerdote contra las asechanzas de ellos; diré, y digo, que es necesario escribirle una carta bien puesta; informándole cómo y de qué manera...

—¿Queréis callar, queréis callar? ¿Son consejos éstos para un desventurado? ¿Cuando haya recibido un buen balazo en las espaldas... (¡Dios me libre de semejante desgracia!)... el arzobispo me lo quitará?

—¡Bah! las balas no se tiran como confites. ¿Y qué sería de nosotros si esos perros mordiesen todas las veces que ladran? Yo siempre he visto, que el que sabe enseñar los dientes y hacerse estimar en lo que vale, se hace también respetar; y como nunca queréis que prevalgan vuestras razones, es la causa de que nos veamos reducidos á que cualquiera venga (con vuestro permiso) á...

—¿Queréis callar?

—Al instante me callo; pero no es menos cierto que cuando el mundo ve que uno, siempre y en todo y por todo, está dispuesto á bajar el...

—Está visto, no callaréis: ¿es ahora tiempo, por ventura, de decir semejantes necedades?

—Basta, esta noche lo pensaréis; mas en el ínterin no empecéis á daros malos ratos, y arruinéis vuestra salud. Vaya, tomad un bocado.

—Yo lo pensaré, repuso D. Abundio refunfuñando; ciertamente, yo lo pensaré; ello tiene que pensarse. En seguida se levantó, añadiendo: no quiero nada, nada; demasiado tengo en mi cabeza; sé por desgracia qué me toca pensar. ¡Mas que tales cosas me sucedan justamente á mí!

—Bebed á lo menos otra gota, dijo Perpetua escanciándole; ya sabéis que esto remedia vuestro estómago.

—¡Eh! yo necesito otro bálsamo... sí, otro bálsamo. Así diciendo, tomó una luz, y refunfuñando siempre: “¡Es una bagatela, á un hombre de bien como yo!... Y mañana, ¿qué sucederá?” y otras lamentaciones parecidas, se encaminó á su estancia. Al llegar junto á la puerta se volvió de pronto á Perpetua, se aplicó un dedo á los labios, diciendo con reposado y solemne acento: “¡Por el amor de Dios!”... y desapareció.

CAPÍTULO SEGUNDO

Se refiere que el príncipe de Condé durmió profundamente la noche antes de la jornada de Rocroi; mas en primer lugar estaba muy fatigado, y en segundo había dado ya todas las disposiciones necesarias y establecido todo lo que debía hacerse al otro día. D. Abundio, por el contrario, no sabía más que el día siguiente sería la batalla; así fué, que pasó la noche en las más mortales angustias. No hacer caso de las intimaciones y amenazas de aquellos malvados y verificar el matrimonio, era un partido que ni aún siquiera quería poner en deliberación. Confiar á Renzo lo ocurrido y buscar con él algún medio... ¡Dios lo libre! “Que no se os escape una sola palabra... pues de lo contrario... ¡hem!” había dicho uno de los bravos; y al sentir D. Abundio resonar en su mente aquel terrible hem, en lugar de pensar infringir semejante orden, se arrepentía de habérsela declarado á Perpetua. ¿Sería mejor huir? pero ¿adónde? Y luego ¡cuántos obstáculos, qué de cuentas que rendir! Á cada partido que rechazaba el infeliz daba una vuelta en el lecho. Lo que bajo de todos conceptos le pareció mejor ó menos malo, fué el ganar tiempo entreteniendo á Renzo con buenas palabras. Justamente, recordó que faltaban pocos días para el tiempo en que estaba prohibido el casarse. “Si puedo entretener á ese muchacho unos cuantos días, tengo dos meses de respiro; y en dos meses de respiro, pueden suceder tantas cosas”. Examinó detenidamente pretextos, para que le sirvieran mejor á sus miras; y aunque cuantos se le ocurrieron le parecían algo superficiales, se tranquilizaba con la idea de que su carácter sagrado los haría parecer de mayor peso, y que su experiencia le daría una gran ventaja sobre un joven novicio. “Veremos, se decía; él piensa en su amada, pero yo pienso en mi pellejo; el más interesado soy yo como el que más aventura. Querido mío, si no puedo apagar la llama que te abrasa, tampoco quiero ser tu víctima”. Fortalecido su ánimo con esta determinación, pudo al cabo dormir un poco; pero ¡cuán agitado fué su sueño! Su mente no cesó de ver bravos, D. Rodrigo, Renzo, violencias, raptos, fugas, persecuciones, gritos, arcabuzazos[2].

Una vez pasado este doloroso instante, D. Abundio recapituló prontamente sus designios de la noche, se conformó en ellos, los ordenó del mejor modo posible, se levantó y se puso á esperar á Renzo con temor, y al mismo tiempo con impaciencia.

Lorenzo, ó como todos le llamaban Renzo, no tardó mucho. Apenas llegó la hora de poderse presentar sin indiscreción en la casa del cura, se dirigió á ella lleno de la alegría atolondrada de un joven de veinte años que debe casarse en aquel mismo día con la que adora. Huérfano desde la infancia, Renzo era hilador de seda, oficio, por decirlo así, hereditario en su familia, muy lucrativo en otro tiempo, y ya en decadencia, pero no hasta el punto que un hábil operario no pudiese ganar su vida honradamente con él. El trabajo iba disminuyendo de día en día; mas la emigración continua de los obreros, atraídos á los Estados vecinos por las promesas, privilegios y exorbitantes salarios, contribuía á que no les faltase á los que permanecían en el país. Además de esto, Renzo poseía un pequeña heredad que hacía cultivar y cultivaba él mismo en las ocasiones que no estaba ocupado en el oficio; de modo que su posición bien podía llamarse acomodada; y aunque aquel año fuese peor que los pasados, y se empezase á experimentar una verdadera carestía, sin embargo, nuestro joven, que desde que había puesto los ojos en Lucía se había vuelto mas económico, se encontraba bastante provisto y no tenía que luchar con la necesidad. Compareció ante D. Abundio, vestido de gran gala, adornado el sombrero con plumas de varios colores, con su puñal de hermoso mango, saliéndole del bolsillo de los calzones, con cierto aire festivo y al mismo tiempo de fiereza, peculiar entonces aun á los hombres más pacíficos. La acogida misteriosa y embarazada de D. Abundio hacía un singular contraste con las joviales y resueltas maneras del joven mancebo.

Alguna cosa tiene que ocupa su imaginación, pensó Renzo, y en seguida dijo: “Sr. cura, vengo á saber á qué hora os conviene que nos hallemos en la iglesia”.

—¿De qué día?

—¡Cómo de qué día! ¿No os acordáis que hoy es el señalado?

—¡Hoy! replicó D. Abundio, como si hubiese oído hablar de ello por primera vez. Hoy... hoy... tened paciencia, pero hoy no puedo.

—¡Hoy no podéis! ¿Pues qué ha sucedido?

—En primer lugar, no me siento bien; mirad.

—Mucho me pesa; pero lo que tenéis que hacer es una cosa que requiere tan poco tiempo y tan poca fatiga...

—Y después, y después, y después...

—¿Y después qué?

—¿Y después si hay embrollos?

—¡Embrollos! ¿qué embrollos puede haber?

—Sería necesario que os hallaseis en nuestro pellejo para conocer cuántas dificultades surgen de esa clase de negocios, y qué de cuentas se han de rendir. Yo soy muy blando de corazón; no pienso más que en quitar obstáculos del medio, en facilitarlo todo, en hacer las cosas al gusto de los demás; traspaso mi deber, y después me llenan de reproches.

—Pero, en nombre del cielo, no me tengáis en ascuas, y decidme claro y neto lo que esto significa.

—¿Sabéis cuántas y cuántas formalidades se requieren para verificar un matrimonio en regla?

—Por fuerza debo saber algo, dijo Renzo, empezando á alterarse; porque bastante me habéis quebrado la cabeza estos últimos días con esos asuntos. Pero ahora, ¿no está todo concluido ya? ¿no se ha hecho lo que había de hacerse?

—Todo, todo... esto os parece á vos, porque... tened paciencia... el animal soy yo, que olvido mi deber por no causar penas á los otros. Pero, ahora... basta: yo me entiendo. Nosotros, pobres curas, estamos entre la espada y la pared: sois impaciente, infeliz mancebo, os compadezco; y mis superiores... no digo más; no todo se puede decir; y sobre nosotros caen todas las molestias.

—Mas explicadme de una vez de lo que se trata, y cuál es la formalidad que queda por llenar, según vos decís; pues se hará al momento.

—¿Sabéis cuántos son los impedimentos dirimentes?

—¿Qué queréis que yo entienda de impedimentos?

Error, conditio, votum, cognatio, crimen.
Cultus, disparitas, vis, ordo, ligamen, honestas.
Si sis affinis
...

iba diciendo D. Abundio, enumerando con las yemas de los dedos.

—¿Os burláis de mí?, interrumpió el joven; ¿qué queréis que yo haga de vuestros latinajos?

—Pues si ignoráis las cosas, tened paciencia, y remitíos á quien las sabe.

—¡Finalmente!...

—Vamos, querido Renzo, no os incomodéis, pues estoy dispuesto á hacer... todo lo que dependa de mí. Yo, querría veros contento, porque os aprecio; yo... ¡ah! Cuando pienso que os iba tan bien... de soltero. ¿Qué os falta?... Ya se ve; os han entrado de pronto las ganas de casaros...

—¿Qué discursos son éstos, señor mío?, replicó Renzo con aire entre admirado y colérico.

—Hablo por hablar; tened paciencia; quisiera veros satisfecho.

—En suma....

—En suma, querido hijo: yo de esto no tengo la culpa: las leyes no las he hecho yo; y antes de celebrar un matrimonio, nos vemos al mismo tiempo obligados á hacer muchas y muchas indagaciones para asegurarnos que no hay impedimentos.

—Pero vamos; decidme de una vez, ¿qué impedimento ha sobrevenido?

—Cachaza; éstas no son cosas que puedan descifrarse así tan á la ligera. Ello no será nada: á lo menos, así lo espero; pero no obstante, dichas indagaciones estamos en el deber de hacerlas. El texto es claro y terminante. Antequam matrimonium denunciet...

—Ya os he dicho que no entiendo de latines...

—Sin embargo, es necesario que os explique...

—Pero, ¿no habéis hecho ya las indagaciones?

—Os digo que no las he hecho todas como hubiera debido.

—¿Por qué no hacerlas á tiempo? ¿Por qué decirme que todo estaba concluido? ¿Por qué aguardar?

—¡Ah! ¿Conque me echáis en cara mi demasiada bondad? ¡Yo que lo he facilitado todo por serviros con más prontitud! Pero... pero sin embargo, me han sucedido... Basta: esto se queda para mí.

—¿Y qué queréis que haga?

—Que tengáis paciencia por algunos días. Á más de que, hijo mío, algunos días no son una eternidad. Tened paciencia.

—¿Y por cuánto tiempo?

Nos hemos salvado, pensó D. Abundio; y con el aire más cariñoso que nunca: “Vaya, dijo: en quince días indagaré... procuraré...”.

—¡Quince días! ¿Qué es lo que dice vd? Se ha hecho cuanto habéis querido: se ha fijado el día; éste ha llegado, y ahora me venís diciendo que espere quince días. ¡Quince!... repitió en voz más alta y conmovida, extendiendo los brazos y batiendo el aire con los puños cerrados; y quién sabe hasta dónde le hubiera arrastrado el furor en aquel momento fatal, si D. Abundio no le hubiese interrumpido cogiéndole una mano con cariñoso y lisonjero afecto: “¡Ánimo, ánimo! Por amor del cielo, no os alteréis; buscaré, veré si en una semana...”.

—¿Y qué debo decir á Lucía?

—Que ha sido un descuido mío.

—¿Y á las habladurías del mundo?

—Decid á todos que he cometido un yerro por un exceso de precipitación, por mi demasiado buen corazón; echadme toda la culpa.

—¿Y después no habrá otros impedimentos?

—Cuando os digo...

—Bueno: tendré paciencia una semana; pero mirad que pasada ésta, ningún caso haré de habladurías. En el ínterin, respeto la tregua. Dicho esto se fué, haciendo á D. Abundio una inclinación menos profunda que de costumbre, y echándole una mirada más significativa que respetuosa.

Y en la calle, mientras se dirigía medio enojado y el espíritu entristecido, hacia la casa de su prometida, repasaba en su imaginación la conversación que acababa de tener, y la hallaba cada vez más extraña. La fría y embarazosa acogida de D. Abundio, su hablar lento, é impaciente á veces; aquellos dos ojillos grises, que mientras conversaba se revolvían en todas direcciones, como si hubiese temido poner en armonía sus palabras con sus miradas; la ficción de tomar como una cosa nueva un matrimonio expresamente convenido ya hacía tanto tiempo, y sobre todo, aquella obstinación en crear obstáculos, y en no decir jamás nada claro: todas estas circunstancias, combinadas, hacían pensar á Renzo que detrás de aquello se encerraba un misterio en nada parecido á lo que D. Abundio le había querido hacer creer. Tuvo deseos de volver atrás, estrechar á D. Abundio y obligarle á hablar con más claridad; mas alzando los ojos, vió á Perpetua que caminaba delante de él, y entraba en un jardín que distaba pocos pasos de la casa del cura. La llamó en el momento en que abría la puerta; apretó el paso, llegó á ella, detúvola en el umbral; y con el deseo de descubrir algo de más positivo, tuvo con ella la conversación siguiente:

—Buenos días, Perpetua; yo esperaba que hoy estaríamos todos muy alegres.

—¡Oh, mi pobre Renzo! Hágase la voluntad de Dios.

—Hacedme un favor: el bendito del señor cura me ha dicho una porción de cosas que no he podido comprender bien; explicadme vos mejor, por qué no puede ó no quiere casarme hoy.

—¡Ah! ¿Creéis que sé los secretos de mi amo?

“¡Bien decía yo, que todo esto encerraba algún misterio!”, dijo Renzo para sí; y para aclararlo, prosiguió: “Vamos, Perpetua, seamos amigos: decidme lo que sepáis; ¡amparad á un pobre niño!”.

—Mala cosa es el nacer pobre, mi querido Renzo.

—Es verdad, replicó éste, confirmándose más y más en sus sospechas, y procurando abordar directamente la cuestión: “Es cierto, añadió; ¿pero está bien á los sacerdotes el portarse mal con los pobres?”.

—Mirad, Renzo, yo no puedo decir nada, porque... no sé nada; mas lo que puedo aseguraros es, que mi amo no quiere causar daño, ni á vos, ni á nadie, y que en esto no tiene culpa alguna.

—¿Pues quién la tiene? preguntó Renzo con cierto aire indiferente, pero con el corazón palpitante y atento oído.

—Cuando os digo que nada sé... En defensa de mi amo puedo hablar, porque siento mucho se le impute que hace sufrir á alguien. ¡Pobre señor! Si peca es por su demasiada bondad; es excesivamente bueno para este mundo, lleno de malvados poderosos y hombres sin temor de Dios.

“¡Poderosos, malvados!”, pensó Renzo; éstos no son los superiores. “Vamos, dijo en seguida, tratando de ocultar su creciente agitación; veamos, decidme quién es”.

—¡Ah! Vos queríais hacerme hablar, y no puedo hacerlo, porque... no sé nada. Cuando nada sé, es como si hubiese jurado callar. Aunque me pusieseis en tormento, no sacaríais de mí una sola palabra. Adiós; éste es tiempo perdido para ambos. Al decir esto, entró precipitadamente en el jardín, y cerró su puerta. Renzo, saludándola, volvió atrás muy despacio, sin hacer ruido, para que Perpetua no se apercibiera de la dirección que tomaba; mas cuando conoció que ya no podía oirle la buena mujer, redobló el paso. En un momento llegó á la puerta de D. Abundio; entró, corrio en derechura al salón donde lo había dejado; lo encontró, se dirigió á él con ademán airado, y los ojos saltándosele de sus órbitas.

—¿Qué novedad es ésta? dijo D. Abundio.

—¿Quién es el poderoso, replicó Renzo con el acento de un hombre que está resuelto á obtener una respuesta categórica: quién es el poderoso que no quiere que me case con Lucía?

—¿Qué... qué... qué? balbuceó el pobre cura sorprendido, con el rostro más desencajado y blanco que el lienzo cuando sale de la colada. Balbuceando unos sonidos confusos dió un salto de su sillón para lanzarse hacia la puerta; mas Renzo, que había esperado aquel movimiento, y estaba alerta, se precipitó antes que él, echó la llave y la guardó en el bolsillo.

—¡Oh, oh! Que queráis ó no, ahora hablaréis, señor cura. Todos saben mis negocios menos yo. ¡Por vida mía! yo quiero saberlos también. ¿Cómo se llama ese hombre?

—¡Renzo, Renzo! Por caridad: tened cuidado con lo que hacéis; pensad en vuestra alma.

—Lo que pienso es que lo quiero saber todo al punto, al instante.

Y al decir esto, puso las manos sin querer sobre el mango de su cuchillo, que salía de su faltriquera.

—¡Misericordia! exclamó D. Abundio con voz desfallecida.

—Quiero saberlo.

—¿Quién os ha dicho?...

—No, no más rodeos. Hablad claro y pronto.

—Pero si hablo, soy hombre muerto. ¿Acaso no ha de interesarme mi vida más que todo?

—Pues hablad.

Dicho pues, fué pronunciado con tal energía, el aspecto de Renzo llegó á ser tan amenazador, que D. Abundio no se atrevió á desobedecerle.

—¿Me prometéis, me juráis, dijo, de no hablar á nadie de ello, de no decir nunca?...

—Os prometo que haré un disparate si no me decís su nombre pronto, muy pronto.

Á esta nueva amenaza, D. Abundio con el semblante y la mirada del paciente que tiene en la boca las tenazas de un dentista, profirio con voz apagada: Don...

—¿Don? repitió Renzo, como para ayudar al desgraciado á decir el resto; y se tenía encorvado, con el oído inclinado sobre la boca de D. Abundio, extendidos los brazos y apretados los puños.

—¡D. Rodrigo! pronunció con presteza el cura, precipitando algunas sílabas y estrechando las consonantes, en parte á causa de su turbación, en parte porque disponiendo en aquel momento de la poca atención que quedaba libre á su espíritu, parecía querer retener y hacer retroceder la palabra en el momento mismo en que se veía forzado á que saliera.

—¡Ah perro! gritó Renzo. ¿Y cómo habéis hecho: qué le habéis dicho para?...

—¡Eh, eh! ¿Cómo, cómo pues? respondió con voz casi indignada D. Abundio, el cual, después de tan gran sacrificio, se figuraba en cierto modo ser ya acreedor del joven: “¡Cómo, eh! Yo hubiera querido que hubierais hecho vos el encuentro que hice: seguramente no os hubiera quedado tanto calor en el cerebro”. Y en esto se puso á pintar con terribles colores el fatal acontecimiento; y al seguir su narración, aumentándose por grados la cólera que sentía en su interior, y que hasta entonces había permanecido oculta y sujeta por el temor; viendo al mismo tiempo que Renzo, medio colérico y confuso estaba inmóvil con la cabeza baja, prosiguió vivamente: “¡Os habéis portado bien por cierto; me habéis hecho un gran servicio; violentar de este modo á un hombre de bien, á vuestro cura, y en su misma casa, en un lugar sagrado! ¡Habéis hecho una linda proeza! ¡Arrancarme de este modo vuestra pérdida y la mía, lo cual quería ocultaros por prudencia y por vuestro bien! Y ahora que ya lo sabéis, desearía saber qué vais á hacer... ¡Por Dios, no lo echéis á broma! No se trata de injusticia ó de razón, se trata de violencias cometidas; y cuando esta mañana os daba un buen consejo... ¡huy! en seguida os encolerizasteis. Yo conservaba el juicio por vos y por mí; pero cómo hacerlo... Abrid á lo menos, dadme la llave”.

—Puedo haber faltado, respondió Renzo, dirigiéndose á D. Abundio con acento más sosegado, pero en el cual se percibía el furor de que estaba poseído contra el ya descubierto enemigo; puedo haber faltado; mas meted la mano en vuestro pecho, y decidme si en mi lugar...

Así diciendo, sacó del bolsillo la llave y fué á abrir. D. Abundio lo siguió, y mientras aquél daba la vuelta á la citada llave, se le acercó, y con ademán grave y lleno de ansiedad, levantando los tres primeros dedos de la mano derecha á la altura de los ojos del joven, como para expresar más su concepto. “Jurad á lo menos...”, le dijo.

—Puedo haber faltado, y os pido mil perdones, contestó Renzo, abriendo la puerta y disponiéndose á salir.

—Jurad... replicó D. Abundio, cogiéndole con mano trémula el brazo.

—Puedo haber faltado, repitió Renzo, desprendiéndose de él; y partió furioso, cortando de este modo la cuestión, que á ejemplo de una de literatura ó de filosofía hubiera podido durar diez siglos, pues que ambas partes no hacían más que repetir sus argumentos.

—¡Perpetua, Perpetua! gritó D. Abundio, después de haber llamado en vano al fugitivo. Perpetua no respondió, y D. Abundio perdía ya la cabeza.

Muchas veces ha sucedido á personajes de más importancia que D. Abundio encontrarse en circunstancias difíciles, tan inciertos acerca del partido que deberían tomar, que acostarse con fiebre les parecía el medio de salir del aprieto. Dicho medio no hubo de ir á buscarlo, porque desde luego se le ocurrió á D. Abundio. El susto del día anterior, las angustias de una noche pasada en vela, el miedo que acababa de experimentar, la incertidumbre del porvenir, todo hizo su efecto. Apesadumbrado y aturdido, se arrojó en su sillón: empezó á sentir un horrible frío que se introducía hasta en la médula de sus huesos; se miraba las uñas suspirando, y llamaba de cuando en cuando con trémula é indignada voz: ¡Perpetua! Apareció ésta, por último, con una enorme col debajo del brazo, y con apacible semblante, como si nada hubiera pasado. Dejo á la consideración del lector los lamentos, llantos, acusaciones y defensas, los vos sois la única que puede haber hablado; los yo no he dicho nada; todos los incidentes, en fin, de aquella conversación. Baste decir que D. Abundio mandó á Perpetua que atrancase bien la puerta, que por ningún concepto la abriese; y si alguien venía á buscarle, que contestara, desde la ventana, que el cura estaba en la cama con calentura. Después subió la escalera lentamente, diciendo á cada tres escalones: “Estoy aviado;” y se metió de veras en la cama, donde le dejaremos.

Entretanto Renzo caminaba apresuradamente hacia su casa, sin haber determinado lo que debía hacer; pero iba reflexionando en su interior el poner en práctica alguna cosa extraña y terrible. Los provocadores, los malvados, todos aquellos que de algún modo dañan á otros, son culpables, no sólo del mal que causan, sino también de la corrupción, á la cual arrastran los ánimos de los ofendidos. Renzo era un muchacho pacífico y ajeno de derramar sangre, sincero y enemigo de toda clase de asechanzas, pero en aquel momento sólo respiraba venganza y traición, sólo proyectaba homicidios. Hubiera querido dirigirse incontinenti á la morada de D. Rodrigo, cogerle por la garganta y... pero recordó que su palacio era una fortaleza, guarnecida y guardada por bravos, interior y exteriormente; que sólo los íntimos amigos y los servidores, entraban allí sin ser registrados de la cabeza á los pies; que un infeliz artesano desconocido, no podría introducirse sin sufrir un minucioso examen, y que él sobre todo... sería, quizá, reconocido sin tardanza.

Optaba entonces por tomar su arcabuz, apostarse detrás de un matorral, y esperar á que su enemigo pasara solo por aquel sitio; y recreándose con feroz complacencia en estos pensamientos, le parecía oir el ruido de las pisadas de D. Rodrigo, creíale verle levantar dulcemente la cabeza, reconocía al malvado, preparaba el arma, tomaba la puntería, disparaba, lo veía caer y exhalar el último suspiro, le lanzaba una maldición, y se apresuraba á ganar la frontera para ponerse en salvo. Pero, ¿y Lucía? Apenas se presentó este nombre á su acalorada fantasía, cuando mejores sentimientos ocuparon el corazón de Renzo. Viniéronle á la memoria los postreros consejos de sus padres, se acordó de Dios, de la Virgen y de los santos: pensó en el consuelo que con frecuencia había hallado al verse inocente de todo crimen, y el horror que tantas veces le había inspirado la narración de un asesinato; y despertó de aquel sueño de sangre con espanto, con remordimientos, y al propio tiempo con una especie de alegría de haberlo tan sólo imaginado. ¡Pero cuántos pensamientos venían en pos de la imagen de Lucía! ¡Tantas esperanzas y tantas promesas marchitadas, un porvenir tan deseado y que tan seguro creía en aquel tan suspirado día! ¿Cómo anunciarle aquella nueva? No sabía qué partido tomar, ni cómo hacerla su esposa á pesar de cuanto intentaba el poder de aquel injusto magnate. Y en medio de tantas angustias, vino á aumentar su congoja una vana inquietud de celos. D. Rodrigo no podía haber urdido aquella infernal trama sino impelido por una brutal pasión hacia Lucía. ¿Y Lucía? La idea de que le hubiese correspondido, de que le hubiese dado la más pequeña esperanza, no podía tener cabida un solo instante en la mente de Renzo. ¿Pero sabía su amada la pasión que había inspirado? ¿Había podido aquel hombre concebir tan infame amor, sin darlo á conocer al envidiado objeto? ¡Y sin embargo, Lucía no me ha dicho una palabra á mí que soy su prometido!

Absorto en estas ideas, pasó sin detenerse por delante de su casa, situada en el centro del pueblo; y habiéndola atravesado, llegó á la de Lucía, que estaba en el extremo opuesto. Había enfrente de esta casa un pequeño patio cercado de una tapia que lo separaba de la calle. Renzo entró en él y oyó un murmullo confuso y continuo que salía del piso superior. Juzgó que serían las amigas y comadres del vecindario que querían acompañar á Lucía, y se detuvo allí, pues no quería presentarse en aquella reunión con el semblante inmutado y con tan desagradable nueva en su ser. Una niña que se hallaba en el patio, corrio gritando: ¡El novio, el novio!

—Paz, Bettina, paz, dijo Renzo; ven acá, niña mía: sube á la habitación de Lucía, llámala aparte y dile al oído... pero que nadie lo oiga ni sospeche, nada, ¿entiendes?... Dile que tengo que hablarla, que la aguardo en la sala del entresuelo, y que venga al instante.

La niña subió la escalera á toda prisa, alegre y orgullosa de llevar una comisión secreta.

En aquel momento su madre acabó de vestirla y salió á la sala para saludar á sus amigas, adornada con sus últimas galas virginales.

Sus buenas amigas se disputaban la posesión de la novia, y la violentaban casi para que se dejara examinar de los pies á la cabeza: ésta se esquivaba con la modestia algo tosca de las aldeanas, ocultando su rostro con el brazo, inclinándolo sobre su seno, y frunciendo sus pobladas y negras cejas, mientras que su boca se entreabría risueña. Sus negros cabellos, que una blanca raya dividía sobre su frente, se juntaban detrás de su cabeza formando ondulantes trenzas, atravesados por largas agujas de plata que dibujaban un círculo á manera de los rayos de una aureola; peinado que usan todavía las aldeanas del Milanesado. Adornaba su garganta un collar de granate con botones de oro afiligranado: cerraba su delicada cintura un corpiño de vistoso brocado con mangas abiertas que preciosos lazos de cinta podían cerrar; unas enaguas de seda labrada, adornada con varios y menudos pliegues; medias encarnadas y chinelas bordadas. Éste era el adorno especial del día de boda; pero Lucía ostentaba también el que le era habitual: era éste una belleza modesta, realzada y aumentada entonces por los diversos sentimientos que se pintaban en su rostro; una alegría moderada por una ligera turbación, y aquella dulce inquietud que se manifiesta de vez en cuando en el semblante de las novias, que sin disminuir su hermosura las da un carácter particular. La pequeña Bettina se abrió paso por entre las comadres que rodeaban á Lucía; se acercó á ésta; la dió á entender con disimulo que tenía que comunicarle cierta cosa, y la manifestó al oído el mensaje que traía. “Me voy un momento, y vuelvo”, dijo Lucía á las amigas, y bajó precipitadamente. Al ver el demudado semblante é inquieto ademán de Renzo,—¿qué ha sucedido? dijo, no sin cierto presentimiento de terror.

—Lucía, respondió Renzo, por hoy todo ha fracasado; y, ¡Dios sabe cuándo podremos ser marido y mujer!

—¿Qué decís? replicó Lucía llena de turbación. Renzo le contó brevemente la historia de aquella mañana: ella escuchaba con angustia; y cuando oyó el nombre de D. Rodrigo, ¡ah! exclamó, trémula y ruborosa: ¡Cómo, hasta ese punto ha llegado!

—Pues qué, ¿sabíais ya?... dijo Renzo.

—¡Demasiado! respondió Lucía; pero, ¡hasta ese punto!

—¿Qué es lo qué sabéis?

—No me hagáis hablar ahora; no me hagáis llorar. Corro á buscar á mi madre y despedir á nuestras amigas: es necesario que quedemos solos.

Al ir á marcharse Lucía, Renzo murmuró: “¡Jamás me habéis dicho nada acerca de esto!”.

—¡Ah, Renzo! repuso aquélla volviéndose un momento hacia él, pero sin detenerse. Renzo comprendió perfectamente que su nombre, pronunciado por Lucía en aquel instante, con aquel tono, quería decir: ¿Podéis dudar que yo haya callado sin tener motivos justos y puros para ello?

Entretanto la buena Inés (así se llamaba la madre de Lucía), habiendo entrado en sospechas y curiosidad por las palabras que Bettina dijo al oído de su hija, y la desaparición instantánea de ésta, había bajado á ver lo que ocurría. Lucía la dejó con Renzo, y se dirigió adonde estaban sus compañeras, y componiendo como mejor pudo su aspecto y su voz, dijo: “El señor cura está enfermo, por lo que nada se hará hoy”; dicho esto, las saludó apresuradamente, y volvió á bajar.

Las convidadas se dispersaron y fueron á contar lo sucedido: dos ó tres se dirigieron á casa del cura, para cerciorarse si éste realmente estaba enfermo.—Tiene un gran calenturón, respondió Perpetua, desde la ventana; y la triste noticia, pasando de unas á otras, destruyó las conjeturas que germinaban en sus cabezas, y que ya habían empezado á propagar con aire misterioso.

NOTAS:

[2] Nada es más amargo y cruel que el momento de despertar cuando sucede después de haber sufrido una pena que aún no hemos podido calmar. El espíritu, apenas vuelto en sí quiere anudar el curso de las ideas de su tranquila vida anterior; pero la conciencia del nuevo estado de cosas ahuyenta éstas, nos presenta otras, y esto cambia la pena en más cruel.

CAPÍTULO TERCERO

Lucía entró en la sala baja, en donde mientras tanto Renzo, mortalmente afligido, estaba informando á Inés de todo lo ocurrido, la cual lo escuchaba con la mayor inquietud. Ambos se volvieron, á mirar á la que estaba mejor informada que ellos, y de quien esperaban una aclaración que no podía dejar de ser sumamente dolorosa. Los dos dejaban entrever en medio de su pesadumbre y con el distinto cariño que cada uno profesaba á Lucía, cierta incomodidad por haberles callado ésta tales y tales cosas. Inés, aunque ansiosa de oir hablar á su hija, no pudo menos de echárselo en cara: “¡No decir nada á tu madre de semejante cosa!”.

—Ahora os lo diré todo, respondió Lucía, enjugándose los ojos con su delantal.

—¡Habla, habla! ¡Hablad, hablad!, gritaron á la vez la madre y el novio.

—¡Virgen Santísima!, exclamó Lucía. ¡Quién hubiera creído que las cosas podían llegar á semejante extremo! En seguida, con la voz entrecortada por los sollozos, contó cómo pocos días antes, cuando volvía del trabajo, se había quedado detrás de sus compañeras, y pasó por delante de ella D. Rodrigo, en compañía de otro señor; que aquél se había acercado á prodigarla una multitud de requiebros (según decía Lucía) de muy mal género; pero ésta, sin prestarle atención, había apretado el paso y reunídose con sus citadas compañeras; que entretanto había oído al otro señor reir estrepitosamente, y á D. Rodrigo decir: “Apostemos”. Al día siguiente los había vuelto á encontrar; pero Lucía iba con los ojos bajos en medio de sus compañeras. El amigo de D. Rodrigo se mofaba, y éste decía: “Lo veremos, lo veremos”. Gracias al cielo, continuó Lucía, aquel día era el último en que se hilaba la seda. Yo lo conté en seguida...

—¿Á quién se lo has contado?, preguntó Inés, interrumpiéndola, no sin manifestarse un tanto enojada al tratar de saber el nombre del preferido confidente.

—Al padre Cristóbal bajo confesión, mamá, respondió Lucía con dulce acento de disculpa. Se lo referí todo la última vez que fuimos juntas á la iglesia del convento; y si queréis recordar aquella mañana, yo no dejaba de hacer, ya una cosa, ya otra, para ganar tiempo, tanto para que pasasen otras gentes del país que hiciesen el mismo camino é ir en su compañía, cuanto porque después de aquel encuentro, las calles me causan un miedo tan grande...

Al respetable nombre del padre Cristóbal, el enojo de Inés se apaciguó: “Has hecho bien, dijo; mas ¿por qué no confiárselo también á tu madre?”.

Lucía había tenido dos justas razones: la una, el no afligir y asustar á la pobre mujer con un asunto al cual ella no hubiera podido hallar remedio; la otra, no correr el riesgo de ver pasar de boca en boca una historia que deseaba sepultar en su interior para siempre, tanto más, cuanto que esperaba que su casamiento pondría término desde luego á aquella abominable persecución. Sin embargo, de las dos razones citadas, no alegó más que la primera.

—Y á vos, dijo en seguida, volviéndose á Renzo, con aquel tono que quiere hacer reconocer á un amigo que ha obrado mal: “¿Debía yo también hablaros de esto? ¡Demasiado lo sabéis ahora!”.

—¿Y qué te ha dicho el padre?, preguntó Inés.

—Me ha dicho que tratase de apresurar la boda todo lo posible, y que mientras, me estuviese encerrada; que rogase fervientemente al Señor, esperando que aquel hombre, no viéndome, no se acordaría más de mí. Entonces fué cuando yo me violenté, prosiguió, volviéndose de nuevo á Renzo, pero sin atreverse á levantar los ojos, y en extremo ruborizada; entonces fué cuando con la mayor impudencia os supliqué que apresuraseis nuestro casamiento y lo concluyeseis antes del tiempo prefijado. ¡Qué concepto habréis formado de mí! Mas yo lo hacía con la mejor intención, y porque me lo habían aconsejado, y lo tenía por cierto!... Esta mañana estaba tan lejos de pensar... Aquí sus palabras fueron ahogadas por un copioso raudal de lágrimas.

—¡Ah malvado! ¡Ah maldito asesino!, gritaba Renzo, recorriendo la estancia de un lado á otro, y apretando el mango de su cuchillo.

—¡Oh qué maquinación, santo Dios!, exclamaba Inés.

El mancebo se paró de improviso delante de Lucía, que estaba anegada en llanto, la miró con cierto aire de ternura mezclada de rabia, y la dijo: Ésta es la última que hace ese asesino.

—¡Ah, no Renzo, por el amor de Dios!, gritó Lucía. ¡No, no, por el amor de Dios! El señor protege á los desgraciados; ¿y cómo queréis que él nos ayude si obramos mal?

—¡No, no, por el amor del cielo!, repetía Inés.

—Renzo, dijo Lucía con aire de confianza y resolución más tranquila: vos tenéis un oficio, y yo sé trabajar; vámonos tan lejos, que ese hombre no oiga hablar jamás de nosotros.

—¡Ah, Lucía! ¿Y luego? ¡No somos aún marido y mujer! ¿El cura querrá dar fe de nuestro estado? ¿un hombre como él? Si estuviéramos casados, ¡oh! entonces...

Lucía echó de nuevo á llorar: los tres quedaron en silencio y en un abatimiento que formaba un triste contraste con la pompa festiva de sus vestidos.

—Escuchadme, hijos míos; prestadme atención, dijo Inés después de un breve rato. Yo he venido al mundo primeramente que vosotros, y por lo tanto le conozco un poco. No es necesario, pues, alarmarse tanto; no es tan fiero el león como lo pintan, á nosotros los pobres, las madejas nos parecen siempre mas enredadas, porque no sabemos encontrar el cabo; mas á veces un aviso, la más pequeña palabra de un hombre que ha estudiado... yo bien sé lo que quiero decir. Hacedlo á mi modo, Renzo: id á Lecco, y allí buscad al doctor Azzecca Garbugli, y referidle... pero por Dios no le llaméis así; es un apodo: es preciso decirle el señor doctor... ¿Cómo, pues, se llama?... ¡Ah, vaya!... No sé su verdadero nombre: todo el mundo lo llama de ese modo. Bastará que preguntéis por un doctor alto, enjuto, calvo, con la nariz colorada y un antojo de frambuesa en la mejilla.

—Lo conozco de vista, dijo Renzo.

—Bien, continuó Inés; él es un grande hombre. Yo he visto á más de uno, que estaba más embarazado que un polluelo dentro de la estopa, no sabiendo hacia qué lado volverse, y después de haberse avistado con el doctor Azzecca-Garbugli (tened cuidado de no llamarle así); lo he visto, repito, no hacer otra cosa más que reírse. Tomad aquellos cuatro capones, ¡pobrecitos!, á los cuales debía yo retorcer el pescuezo para el banquete del domingo, y llevádselos; porque nunca es bueno ir con las manos vacías á las casas de esos señores. Contadle todo lo ocurrido, y veréis cómo él os dirá de buen grado lo que nosotros no hubiéramos calculado, ni se nos habría ocurrido, en un año.

Renzo estimó mucho aquel parecer; Lucía lo aprobó: é Inés, orgullosa de haberlo dado, cogió del gallinero uno á uno á los pobres animales, reunió sus ocho patas, como si hiciese un ramillete de flores, las envolvió y ató con un bramante, y los puso en la mano de Renzo, el cual, después de haber dado y recibido palabras de esperanza, salió por la parte del jardín con el objeto de no ser visto de los muchachos, que hubieran corrido tras él, gritando: “¡el novio, el novio!”. Se lanzó á través de los campos y veredas, lleno de cólera, pensando en su desgracia, y meditando en la conversación que iba á tener con el Dr. Azzecca-Garbugli. Dejo á la consideración del lector, cuán poco tranquilo hubo de ser el camino para aquellos pobres animales, de tal modo atados y cogidos por las patas, boca abajo, en las manos de un hombre que, agitado de tantas pasiones, acompañaba con el gesto los pensamientos que pasaban tumultuosamente por su imaginación. Ora extendía el brazo, dominado por la cólera; ora lo levantaba por la desesperación; ora lo sacudía en el aire como por amenaza, y hacía saltar aquellas cuatro cabezas suspendidas, las cuales, entre tanto, se entretenían en picarse mutuamente, según sucede con frecuencia entre tales compañeros de infortunio.

Habiendo llegado al pueblo, preguntó por la morada del doctor; fuéle indicada, y se dirigió á ella. Al entrar se sintió sobrecogido de aquella timidez que la gente del pueblo poco instruida experimenta en presencia de un señor y de un sabio. Olvidó todos los discursos que llevaba preparados de antemano; pero dió una ojeada á los capones y se serenó. Entró en la cocina y preguntó á la criada si se podía hablar al señor doctor: ella atisbó los animales, y como estaba acostumbrada á semejantes regalos, les echó la mano encima, aunque Renzo se hacía para atrás, porque quería que el doctor viera y supiese que le llevaba algo. Éste llegó en el momento mismo en que la sirvienta decía: “Traed y pasad adelante”.

Renzo hizo una grande reverencia; el doctor lo acogió bondadosamente con un “venid, hijo mío”, y lo hizo entrar consigo en su despacho. Era una pequeña estancia, en la cual en tres de sus paredes se veían colocados los retratos de los doce césares; la cuarta estaba cubierta con un enorme estante lleno de libros viejos y empolvados, en el centro una mesa atestada de alegaciones, súplicas, folletos, ordenanzas, con tres ó cuatros sitiales alrededor, y en un lado un sillón de brazos, de alto y cuadrado respaldo, terminado en los ángulos por dos adornos de madera, que se prolongaban en forma de cuernos, cubierto de vaqueta salpicada de gruesas tachuelas, algunas de las cuales, caídas ya desde largo tiempo, la dejaban en completa libertad para que se arrollase por todas partes. El doctor vestía el traje que se usaba en los tribunales; esto es, una toga muy raída que ya le había servido muchos años atrás para perorar en los días solemnes, cuando iba á Milán á defender alguna causa de importancia. Cerró la puerta, y animó al mancebo con estas palabras: “Hijo mío, referidme vuestro negocio”.

—Quisiera deciros una cosa en confianza.

—Ya os escucho, respondió el doctor, hablad. Y se acomodó en su sillón. Renzo, de pie delante de la mesa, puesta una mano en la copa del sombrero, y con la otra haciéndole dar vueltas, replicó: Yo quisiera saber de vos, caballero, que habéis estudiado...

—Contadme el hecho tal cual es, interrumpióle el doctor.

—Es indispensable que me disculpéis; nosotros los pobres no sabemos hablar bien. Yo quisiera, pues, saber...

—¡Benditas gentes! todos sois lo mismo; en vez de referir el hecho, queréis interrogar, porque ya tenéis en la imaginación vuestro designio.

—Disculpadme, señor doctor. Querría saber si uno puede ser castigado por amenazar á un cura que rehúsa el verificar un casamiento.

—Ya entiendo, dijo el doctor: en verdad, nada había comprendido; ya entiendo. Y de pronto se puso serio, pero con una seriedad mezclada de compasión é interés: apretó fuertemente los labios, dejando oir un sonido inarticulado, expresión de un sentimiento que demostró más claramente por sus primeras palabras: “Éste es un caso grave, hijo mío; un caso previsto. Habéis hecho bien en venir á mí; es un caso muy claro, y previsto en cien ordenanzas, y... á propósito, en una del año último del señor gobernador actual; ahora os la haré ver y tocar con vuestra propia mano”.

Así diciendo, se levantó del sillón, y sepultó las manos en aquel caos de papelotes, revolviéndolos de arriba abajo, como si echase grano en una medida.

—¿Dónde está, pues? ¡Sal, sal! Ya se ve, tiene uno tantas cosas en qué pensar. Pero seguramente debe estar allí, porque es una ordenanza muy importante. ¡Ah! ¡Hela aquí, hela aquí! La tomó, abrió y miró la fecha; y habiéndose puesto aún más serio, exclamó: “Del 15 de octubre de 1627: ciertamente, es del año pasado; ordenanza reciente; son las que dan más que hacer. Hijo mío, ¿sabéis leer?”.

—Un poquito, señor doctor.

—Bien, acercaos: seguid con la vista, y veréis.

Y teniendo en el aire la ordenanza desplegada, empezó á leer, mascullando precipitadamente en algunos pasajes, y apoyándose distintamente y con grande expresión en otros, según la necesidad.

Si bien por el bando publicado de orden del señor duque de Feria, en 14 de diciembre de 1620, y confirmada por el Illmo. y Exmo. Sr. D. Gonzalo Fernández de Córdoba, &c... se haya prevenido con rigorosos y ejemplares castigos las vejaciones, exacciones y actos tiránicos que algunos osan cometer contra los muy fieles vasallos de S. M.; los excesos de toda especie han llegado á ser tan frecuentes, y la malicia... &c... ha crecido hasta tal punto, que S. E. se ha visto obligado... &c... Por lo cual, de acuerdo con el senado y una junta... ha resuelto que se publique el presente bando.

Y empezando por los actos vejatorios, la experiencia ha demostrado que muchos individuos, tanto en las ciudades como fuera de ellas... ¿comprendéis? de este estado tiranizan con exacciones, y oprimen de varios modos á los más débiles, obligándoles á que hagan contratos forzosos de compras, arrendamientos... &c.... ¿Dónde voy? ¡Ah! Helo aquí: escuchad: Que se hagan ó no los matrimonios: ¡eh! ¿qué tal?

—Éste es mi caso, dijo Renzo.

—Atended, atended además este otro; y después veremos la pena que les impone. Que haya ó no testigos; que el uno abandone el lugar donde habita... &c... que el otro pague una deuda; que aquél no lo moleste, y que vaya á su molino: todo esto no tiene nada que ver con nosotros. ¡Ah! aquí está: Que el sacerdote que no haga lo que tiene obligación de hacer por razón de su ministerio, ó se mezcle en cosas que no le pertenezcan... ¿eh?

—Parece que hayan hecho el bando expresamente para mí.

—¡Eh! ¿No es verdad? Oíd, oíd: y otras semejantes violencias, ejecutadas, ya sea por los feudatarios, nobles, de la clase media, villanos y plebeyos. Nadie escapa; todos están comprendidos, lo mismo que lo estarán en el valle de Josafat. Escuchad ahora la pena: Todas estas y otras semejantes malas acciones, aunque están prohibidas; sin embargo, conviniendo usar de mayor rigor, S. E. por el presente, no derogando, &c... ordena y manda que el que contraviniere á cualquiera de los citados: artículos ú otros equivalentes, se proceda por todos los jueces ordinarios de este Estado, imponiéndole penas pecuniarias y corporales, así como el destierro y galeras, y aun hasta la pena capital... ¡Es una friolera! al arbitrio de S. E. ó del senado, según la cualidad de los casos, personas y circunstancias; y esto ir-re-mi-si-ble-men-te y con todo rigor, &c.... ¡Eh! ¿qué tal? ¿Es esto un grano de anís? Y mirad aquí las firmas: Gonzalo Fernández de Córdoba: y más abajo, Platonus: y además aquí, Vidit Ferrer: no falta ningún requisito.

Mientras leía el doctor, Renzo lo seguía lentamente con la vista, tratando de profundizar el verdadero sentido, ver por sí mismo aquellas benévolas y santas palabras que, según él, debían ser su amparo; el doctor se maravillaba de ver á su cliente más atento que aterrado. Debe estar inscrito en la asociación de los bravos, decía para sí.—¡Ah, ah! dijo en seguida: vos os habéis hecho sin embargo, cortar el tupé: habéis sido prudente; pero queriendo poneros en mis manos, no era necesario. El caso es serio; mas vos no sabéis de todo lo que soy capaz en ciertas ocasiones.

Para comprender el sentido de esta salida del doctor, es preciso saber ó acordarse de que en aquel tiempo los bravos de profesión y los malvados de todas clases acostumbraban llevar un largo tupé, que se echaban luego á la cara como una visera en el momento de atacar á alguno, en el caso de que no quisiesen ser conocidos, y la empresa fuese de aquéllas que requieren fuerza y al propio tiempo prudencia.

Las ordenanzas tampoco habían guardado silencio sobre este punto. S. E. (el marqués de la Hinojosa) ordena: Que cualquiera que lleve los cabellos de tal longitud, que cubran la frente hasta las cejas inclusive, ó la red hasta las orejas, ó que pase de ellas, incurrirá en una multa de trescientos escudos; y en caso de insolvencia, de tres años á galeras por la primera vez; y por la segunda, á más de la pena mencionada á una aún mayor pecuniaria y corporal al arbitrio de S. E.

Sin embargo, se permite al que con motivo de ser calvo, ó por otra razonable causa, como por señal ó herida, pueda, para su mayor decoro y salud llevar los cabellos tan largos como sea preciso para cubrir semejantes defectos, y nada más, con el bien entendido que no se excedan un ápice de lo estrictamente preciso, y de lo que está prevenido, so pena de incurrir en el castigo impuesto á los demás contraventores.

Igualmente manda á los barberos, bajo la multa de cien escudos, ó de tres carreras de azotes dados en la plaza pública, y aun mayor pena corporal, siempre al arbitrio de S. E., que no dejen á aquellos á quienes corten el pelo ninguna clase de trenzas, tupés, rizos ni cabellos más largos que lo de ordinario, así en la frente como á los lados, ni más bajo de las orejas, teniendo cuidado que estén todos iguales, exceptuando los calvos y otros defectuosos, según va dicho anteriormente.

El tupé era, pues, casi como una parte de la armadura y un distintivo de los matones y gentes de mal vivir; y de ahí el origen de llamárseles ciuffo. Esta palabra ha quedado y subsiste todavía en la significación más reducida en el dialecto; y acaso no habrá ningún milanés que no se acuerde de haber oído decir en su niñez, bien á sus padres ó al maestro, ya á algún amigo de la casa, ó por último á algún criado: es un ciuffo, un pequeño ciuffo.

—En verdad, yo, pobre muchacho, repuso Renzo, puedo jurar que jamás he llevado tupé.

—Nada hacemos, replicó el doctor, meneando la cabeza con una sonrisa entre maliciosa é impaciente. Si no tenéis confianza en mí, nada hacemos. Mirad, hijo mío: el que no dice la verdad al doctor es un imbécil, que la dirá al juez. Es preciso que al abogado se le cuenten las cosas como son en sí; á nosotros toca después el embrollarlas. Si queréis que yo os ayude, es absolutamente indispensable que me lo digáis todo, desde el principio hasta el fin, como si dijéramos, con el corazón en la mano, del mismo modo que al confesor. Debéis nombrarme la persona de la cual habéis recibido el mandato: naturalmente será de importancia; y en este caso me personaré con él, y haré lo que deba hacerse. No le diré: mirad que yo sé que habéis mandado tal cosa; decidme si es cierto. Le manifestaré que voy á implorar su protección á favor de un infeliz mancebo calumniado, y tomaré con él las oportunas medidas para concluir el negocio honrosamente. Tened entendido que salvándose él, os salvará á vos también. Mas si esta pequeña travesura fuese exclusivamente vuestra, ¡bah! no me vuelvo atrás; de otros peores embrollos he salido bien... Porque entendámonos: con tal de que no hayáis ofendido á ninguna persona de categoría, me empeño en sacaros del atolladero, mediante un pequeño gasto; es necesario que nos entendamos bien. En primer lugar debéis decirme quién es el ofendido, y cómo se llama; en segundo, la posición, cualidad y carácter del protector, y entonces se verá si conviene tener á raya al que ofende, amenazándole con el que protege, ó buscando de cualquier modo el atacarle criminalmente; porque, mirad, para el que conoce y sabe manejar bien las ordenanzas, ninguno es culpable; y tampoco ninguno es inocente. Con respecto al cura, si es persona de juicio, él se estará quieto; si fuese un mala cabeza, tengo yo un buen remedio para curarle. Se puede salir bien de todas las intrigas, pero es preciso ser hombre capaz para ello; y vuestro caso es serio, serio repito, y muy serio. La ordenanza está clara; y si la cosa ha de decidirse entre la justicia y vos, así, entre cuatro ojos, ya estáis fresco. Yo os hablo como amigo: las travesuras es necesario pagarlas. Si queréis salir purificado, es indispensable dinero y sinceridad, tener confianza en el que bien os quiere, obedecer y seguir en un todo aquello que se os prescriba.

Mientras el doctor hablaba de aquel modo, Renzo, estático, lo estaba mirando atentamente de la misma manera que un rústico contempla en la plaza á un jugador de manos, que después de haber escondido en su boca estopa y más estopa, empieza á sacar de ella cintas, cintas, y más cintas, siendo cosa de nunca acabar. Sin embargo, cuando hubo comprendido bien lo que el doctor quería decir, y en qué sentido tan equivocado lo había tomado, le cortó la cinta en la boca, diciendo: “¡Oh, señor doctor! ¿de qué modo lo habéis entendido? ello es precisamente todo al revés. Yo no he amenazado á nadie; yo no hago tales cosas: preguntad más bien á todo mi lugar, y veréis cómo se os dirá, que yo jamás he tenido que hacer con la justicia. La bribonada ha sido hecha á mí, y vengo á saber de vos qué es lo que he de hacer para obtener justicia, estando muy satisfecho de haber visto esa ordenanza”.

—¡Diablo! exclamó el doctor, abriendo sobremanera los ojos. ¿Qué galimatías me hacéis? Todos sois por el mismo estilo. ¿Es posible que no sepáis jamás decir las cosas claras?

—Perdonad, vos no me habéis dado tiempo; ahora os lo contaré como ello es en sí. Sabed, pues, que yo debía casarme hoy; y aquí la voz de Renzo se conmovió: debía casarme con una joven con la cual llevaba relaciones amorosas desde fines del verano, y hoy, como digo, era el día fijado por el señor cura, y todo estaba dispuesto. Mas he aquí que éste empieza á proponer ciertas excusas... Basta; por no ser molesto: yo le he hecho hablar claro, como era justo, y me ha confesado que se le había prohibido, bajo pena de la vida, el hacer este casamiento. ¡Ese prepotente de D. Rodrigo!...

—¡Y bien! le interrumpió súbitamente el doctor, frunciendo las cejas, arrugando su colorada nariz y torciendo la boca; ¡y bien! ¿qué venís á quebrarme la cabeza con esas patrañas? Id á referir tales cuentos á gentes de vuestra calaña, ya que no sabéis medir las palabras; y no venir á un hombre como yo que sabe todo lo que valen. Marchaos, marchaos; no sabéis lo que decís: yo no me comprometo por chiquillos; no quiero oir semejantes despropósitos y palabras vacías de sentido.

—Os juro.

—Marchaos, os digo; ¿qué queréis que yo haga de vuestros juramentos? Yo no me mezclo en esas cosas, yo me lavo las manos; y se las restregaba como si efectivamente se las estuviera lavando. Aprended á hablar; no se viene á sorprender así á una persona de pundonor.

—Pero oídme, oídme, repetía en vano Renzo; el doctor gritando siempre, le empujaba con ambas manos fuera de la habitación. Cuando lo hubo echado abrió la puerta de par en par, llamó á la criada y la dijo: “Volved pronto á este hombre lo que ha traído: yo no quiero nada, no quiero nada”.

Aquella mujer, en todo el tiempo que hacía que estaba en la casa, no había jamás cumplido una orden semejante; pero había sido proferida con tal resolución, que no vaciló un instante en obedecerla. Tomó los cuatro pobres animales, y se los dió á Renzo echándole una mirada de desdeñosa compasión, que parecía querer decir: es preciso que hayáis cometido una gran necedad. Renzo quería hacer algunos cumplimientos, mas el doctor fué inexpugnable, y el joven más atónito y enfurecido que nunca de tener que volver á tomar las víctimas rehusadas y volver al pueblo á referir á sus señoras el buen éxito de su expedición.

Éstas, durante la ausencia de Renzo, después de haberse despojado tristemente de sus vestidos de boda, cambiándolos con los de los días de trabajo, se pusieron á consultar de nuevo, sollozando Lucía y suspirando Inés. Cuando esta última hubo hablado bastante de los grandes efectos que debían esperarse de los consejos del doctor, Lucía dijo que era indispensable ver de buscar auxilios de todos modos; que el padre Cristóbal era hombre, no sólo para dar consejos, sino también para ponerlos en ejecución cuando se trataba de socorrer á los pobres, y que sería muy conveniente el poderle hacer saber todo lo que había sucedido. Seguramente, dijo Inés; y se pusieron á reflexionar en los medios de que se valdrían, ya que no se sentían con valor aquel día para ir al convento, distante de allí cerca de dos millas, y que ciertamente ninguna persona sensata se lo hubiera aconsejado. Pero mientras examinaban los partidos que se presentaban á su imaginación, he aquí que oyeron un golpecito dado á la puerta, y en el mismo momento un humilde pero distinto Deo gratias. Lucía, imaginándose quién podía ser, corrió á abrir; y luego, habiendo hecho una pequeña inclinación familiar, entró seguida de un capuchino fraile lego, con sus alforjas pendientes en el hombro izquierdo, cuya abertura retorcida y estrecha sujetaba con ambas manos sobre su pecho. ¡Oh, hermano Galdino! dijeron las dos mujeres.

—El Señor sea con vosotras, dijo el fraile. Vengo en busca de las nueces.

—Ve á buscar las nueces para el padre, dijo Inés.

Lucía se levantó y se encaminó á otra estancia; mas antes de entrar, se paró detrás de Fr. Galdino, que permanecía de pie en la misma postura, y llevando un dedo á su boca, dirigió á la madre una mirada, en la cual se traslucía que le encargaba el secreto con ademán tierno y suplicante, aunque también con cierta autoridad.

El mendicante, que se conservaba á bastante distancia de Inés, mirando á esta al soslayo, dijo: “¿Y esa boda? Á la verdad que debía verificarse hoy; he notado en el lugar una cierta confusión, como si hubiese ocurrido alguna novedad. ¿Qué ha sucedido?”.

—El señor cura está enfermo, y ha sido preciso diferirla, repuso con prontitud la mujer. Si Lucía no la hubiese hecho aquella señal, la respuesta habría sido probablemente distinta. ¿Y cómo va de colecta? añadió en seguida para variar de conversación.

—No muy bien, buena señora, no muy bien; aquí está toda. Y esto diciendo, se quitó las alforjas del hombro, y las hizo saltar entre sus dos manos. Aquí está toda, y para reunir esta gran abundancia, he tenido que tocar á diez puertas.

—Pero el año es escaso, Fr. Galdino, y cuando tiene que haber medida en el pan, no se puede alargar la mano en lo demás.

—Y para hacer volver el buen tiempo, ¿qué remedio hay, señora mía? La limosna. ¿Tenéis noticia del milagro de las nueces, que tuvo lugar hace ya muchos años en nuestro convento de la Romaña?

—No, en verdad; contádmelo.

—¡Oh! Pues debéis saber que en dicho convento había un padre, el cual era un santo, y se llamaba el padre Macario. Un día de invierno, pasando por una pequeña senda practicada en medio del campo de un bienhechor nuestro, tan hombre de bien como el mismo padre Macario, vió éste al citado bienhechor cerca de un gran nogal de su propiedad, y á cuatro aldeanos que con el hacha levantada empezaban á excavar el pie para poner las raíces al sol.—“¿Qué hacéis á este pobre árbol? preguntó el padre Macario.—¡Ay padre! hay una porción de años que no me quiere dar nueces; por lo tanto, yo hago leña de él.—Dejadlo estar, dijo el padre: sabed que este año dará más nueces que hojas”. El bienhechor, que conocía muy bien al que acababa de pronunciar las anteriores palabras, ordenó prontamente á los trabajadores que echasen de nuevo la tierra sobre las raíces, y habiendo llamado al padre, que continuaba su camino,—“Padre Macario, le dice: la mitad de la cosecha será para el convento”. Se esparció la voz de semejante pronóstico, y todos corrían á ver el nogal. En efecto, llegada la primavera echó flores con fuerza, y á su debido tiempo nueces, pero nueces en grande. El honrado bienhechor no tuvo el consuelo de varearlo, porque antes de la recolección fué á recibir el premio de su caridad. Mas el milagro fué mucho mayor, según vais á oir. Aquel digno hombre había dejado un hijo, cuyas cualidades eran bien diferentes de las suyas. Estando ya en la época de la recolección, el hermano mendicante fué á recoger la mitad que era debida al convento; pero el hijo, fingiendo la mayor extrañeza, tuvo la temeridad de responder que jamás había oído decir que los capuchinos supiesen hacer nueces. Ahora bien: ¿pues sabéis lo que sucedió? Cierto día (atended bien á esto), el libertino había invitado á varios de sus amigos de la misma calaña que él: y en medio de la francachela que tenían, les contaba la historia de las nueces, burlándose á su sabor de los frailes. Aquellos imprudentes jovenzuelos tuvieron deseos de ir á ver una tan enorme porción de nueces, y él los condujo al granero. Mas oíd bien: abre él la puerta, se dirige al rincón en donde estaba colocado el gran montón, y mientras dice mirad, mira él mismo, y ve... ¿qué es lo que ve? un bello montón de hojas secas de nogal. ¿No fué esto un magnífico ejemplar? Y el convento, en vez de perder con eso ganó mucho; porque después de tan gran suceso, los donativos de las nueces rendían tanto y tanto, que un bienhechor, movido á compasión hacia el hermano mendicante, tuvo la caridad de regalar un asno al convento, con el objeto de ayudar á dicho hermano á conducirlas al mismo. Además, se hacía con ellas tanto aceite, que todos los pobres iban á buscar según sus necesidades; porque nosotros somos como el mar, que recibe agua de todas partes para volver á distribuirla luego á todos los ríos.

En esto volvió á aparecer Lucía con el delantal tan lleno de nueces, que con trabajo podía soportar su peso, sosteniendo en alto ambos extremos con los brazos extendidos y separados; mientras que el hermano Galdino se quitaba de nuevo las alforjas del hombro, las hacía descansar en el suelo, y ponía expedita la abertura para introducir la abundante limosna. La madre miró á Lucía con semblante atónito y severo á la vez por su prodigalidad; pero esta última le echó una ojeada que quería significar, yo me justificaré. Fr. Galdino se deshizo en elogios, promesas y favorables predicciones, manifestándose sumamente agradecido; y volviendo á colocar las alforjas en su lugar, iba á partir; mas Lucía, llamándole de nuevo le dice: “Quisiera que me hicieseis un favor: desearía que dijeseis al padre Cristóbal que tengo gran necesidad de hablarle, y que haga la caridad de venir á nuestra humilde casa, pronto, pronto; porque á nosotras no nos es posible ir á la iglesia”.

—¿No queréis otra cosa? No se pasará una hora sin que el padre Cristóbal sepa vuestro deseo.

—Cuento con ello.

—No lo dudéis: y dicho esto se fué un poco más encorvado y más contento de lo que había venido.

Al ver que una pobre muchacha mandaba llamar con tanta confianza al padre Cristóbal y que el mendicante aceptaba la comisión sin maravilla y sin dificultad, no se juzgue por esto que dicho padre Cristóbal fuese un fraile adocenado, una persona despreciable; todo lo contrario, era un hombre que ejercía mucha influencia entre los suyos y en todo el contorno; pero era tal la condición de los capuchinos, que para ellos nadie había ni demasiado bajo, ni demasiado elevado. Servir á la clase ínfima y hacerse servir por los poderosos; entrar en los palacios y en las chozas con el mismo continente de modestia y seguridad; ser tal vez en una misma casa un objeto de pasatiempo, á la par que un personaje sin el cual nada se decida; pedir limosna por todas partes y hacerla á todos los que iban á pedirla al convento; á todo esto estaba acostumbrado un capuchino. Viajando, podía igualmente tropezar con un príncipe que le besase reverentemente la punta del cordón, ó con una cuadrilla de pilluelos que fingiendo reñir entre sí le salpicasen de barro la barba. La palabra fraile era pronunciada en aquella época con el mayor respeto y con el más amargo desprecio: y los capuchinos, acaso más que los de ninguna otra orden, eran objeto de dos contrarios sentimientos, y experimentaban las dos opuestas fortunas; porque no poseyendo nada, revestidos de hábitos más extraños y distintos que de ordinario, y haciendo más abierta profesión de humildad, se exponían más de cerca á la veneración y al vilipendio que estas cosas pueden inspirar á los hombres, según la diversidad de su carácter ó su modo de pensar.

Habiendo partido Fr. Galdino, Inés exclamó: “¡Tantísimas nueces en un año como éste!”.

—Mamá, perdonadme, respondió Lucía; mas si hubiésemos hecho una limosna como las de costumbre, ¡Dios sabe cuántas vueltas hubiera tenido que dar Fr. Galdino antes de llenar las alforjas; Dios sabe cuándo habría vuelto al convento, y con los cuentecillos que hubiera referido ó escuchado, Dios sabe si él se habría acordado!...

—Has pensado muy bien; y luego que toda caridad trae siempre buen fruto, dijo Inés, la cual, á pesar de sus defectillos, era una excelente mujer, y se hubiera, según vulgarmente se dice, arrojado al fuego por su única hija en quien tenía puesto todo su cariño.

En esto llegó Renzo, y entrando con semblante mortificado á la par que de despecho, echó los capones sobre una mesa: ésta fué la última vicisitud de aquellos pobres animales por aquel día.

—¡Qué hermoso consejo me habéis dado! dijo á Inés; ¡me habéis mandado á casa de bellísimo sujeto, de uno que ayuda verdaderamente á los infelices! Esto dicho, refirió su entrevista con el doctor. La mujer, estupefacta de tan triste resultado, quería meterse á demostrar que el consejo sin embargo era bueno, y que Renzo no debía haber sabido expresarse; mas Lucía interrumpió esa cuestión, anunciando que esperaba haber encontrado un auxilio mejor. Renzo acogió todavía esta esperanza, como acontece á los que están en el mayor embarazo y aflicción.—Mas si el padre, dijo él, no halla algún medio, yo le hallaré de un modo ú de otro. Las mujeres le aconsejaron que tuviese prudencia, calma y paciencia.—Mañana, dijo Lucía, vendrá seguramente el padre Cristóbal, y veréis cómo encontrará algún remedio de aquellos que nosotros ni siquiera podemos imaginar.

—Así lo espero, dijo Renzo; mas en todo caso sabré hacerme razón, ó declarármela por otros. En este mundo, ésta es finalmente la justicia.

Con tan dolorosos discursos, y con tantas idas y venidas, según va referido, se había pasado el día, y empezaba ya á oscurecer.

—Buenas noches, dijo tristemente Lucía á Renzo, el cual no sabía resolverse á marchar.

—Buenas noches, respondió éste con más tristeza todavía.