NOTAS DEL TRANSCRIPTOR
"Los desposados" es la traducción al castellano de la obra de Alejandro Manzoni, que en su versión original en italiano lleva el título de "I promessi sposi".
En otras versiones en castellano el título que se le ha dado es "Los novios". El transcriptor estima que "Los novios" está más acorde con el título original y el tenor de la obra.
En la versión de texto las palabras en itálicas están indicadas con _guiones bajos_.
El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido el de respetar las reglas de la Real Academia Española vigentes cuando la presente edición de esta obra fue publicada. El lector interesado puede consultar el Mapa de Diccionarios Académicos de la Real Academia Española.
En referencia a lo mencionado en el párrafo precedente, cabe destacar que palabras como vió, fué, dió, por ejemplo, en esa época llevaban acento ortográfico. Eso ha sido respetado.
En la presente transcripción se decidió adecuar la ortografía de las mayúsculas acentuadas a las reglas indicadas por la RAE, que establecen que el acento ortográfico debe utilizarse, incluso si la vocal acentuada está en mayúsculas.
La cubierta del libro fue modificada por el transciptor y se ha agregado al dominio público.
Errores evidentes de impresión y de puntuación han sido corregidos.
El Índice de capítulos, ha sido elaborado por el transcriptor.
LOS DESPOSADOS
TOMO SEGUNDO
LOS DESPOSADOS
HISTORIA MILANESA DEL SIGLO XVII
POR ALEJANDRO MANZONI
TRADUCIDA DEL ITALIANO
MÉXICO
IMP. DE. ANDRADE Y ESCALANTE
Calle de Cadena número 13
1858
ÍNDICE
| Pág. | |
| CAPÍTULO PRIMERO | [5] |
| CAPÍTULO SEGUNDO | [30] |
| CAPÍTULO TERCERO | [55] |
| CAPÍTULO CUARTO | [81] |
| CAPÍTULO QUINTO | [102] |
| CAPÍTULO SEXTO | [134] |
| CAPÍTULO SÉPTIMO | [178] |
| CAPÍTULO OCTAVO | [202] |
| CAPÍTULO NOVENO | [238] |
| CAPÍTULO DÉCIMO | [255] |
| CAPÍTULO DECIMOPRIMERO | [292] |
| CAPÍTULO DECIMOSEGUNDO | [318] |
| CAPÍTULO DECIMOTERCERO | [339] |
| CAPÍTULO DECIMOCUARTO | [359] |
| CAPÍTULO DECIMOQUINTO | [386] |
| CAPÍTULO DECIMOSEXTO | [422] |
| CAPÍTULO DECIMOSÉPTIMO | [458] |
| CAPÍTULO DECIMOCTAVO | [481] |
| CAPÍTULO DECIMONOVENO | [514] |
| CAPÍTULO VIGÉSIMO | [537] |
CAPÍTULO PRIMERO
El que viendo en un campo mal cultivado una yerba silvestre, por ejemplo, una bella planta de paciencia, quisiera saber con certeza si ésta se encontraba en aquel sitio por medio de una semilla germinada en el mismo campo, ó llevada por el viento, ó dejada caer por algún pájaro; por más que pensase, no llegaría jamás á sacar nada en conclusión: del mismo modo no sabremos decir si salió naturalmente del caletre del conde la resolución de servirse del padre provincial para cortar aquel nudo gordiano, ó si le fué sugerida por Attilio. Ciertamente que éste no había soltado aquellas palabras al acaso: y aunque debiera esperarse que á una insinuación tan directa, el amor propio del conde se sublevara, quiso, sin embargo, á toda costa, presentarle la idea de aquel expediente, y meterle en el camino por donde era preciso que andara. Además, dicho expediente era tan adaptado al genio del viejo conde, de tal modo indicado por las circunstancias, que se hubiera podido apostar que lo habría imaginado por sí solo sin necesitar sugestiones de nadie. Se trataba que en una guerra, sin embargo, demasiado abierta, uno que llevaba su nombre, un sobrino suyo, no quedase debajo; punto esencialísimo á la reputación del poder que tanto llenaba su corazón. La satisfacción que el sobrino podía tomar por sí solo, hubiera sido un remedio peor que la enfermedad, un manantial de disgustos, siendo preciso impedirla de cualquier modo que fuese, y sin pérdida de tiempo. Ordenarle que partiera en el mismo instante de su palacio, ya no sería obedecido; y aunque lo fuese, era ceder el campo, una retirada de la casa ante un convento. Órdenes, fuerza legal, y todos los espantajos de este género, no valían contra un adversario de aquella condición. El clero regular y secular se había hecho enteramente inmune de toda jurisdicción legal, extendiéndose dicha inmunidad no sólo á sus personas, sino también á los lugares que habitaban, según deben saber aun los que no hayan leído más historia que la nuestra, pues de lo contrario estaríamos frescos. Todo lo que podía hacerse contra tal adversario, era buscar el medio de alejarlo, lo cual sólo podía lograrse por el padre provincial.
Ahora bien: entre el conde y dicho padre provincial mediaba un conocimiento muy antiguo: se veían de tarde en tarde, pero siempre con grandes demostraciones de amistad, y con reiteradas ofertas de servirse mutuamente. Á veces es mejor tratar con uno que tenga muchos individuos á sus órdenes, que no con uno solo de éstos, el cual no ve más que su negocio, no siente más que su pasión, ni se cuida más que de su pundonor, mientras que el otro descubre en un momento cien relaciones, cien consecuencias, cien intereses, cien cosas que evitar, otras ciento que salvar; y así se le puede coger por cien partes.
Todo bien pesado, el conde invitó cierto día á comer al padre provincial, y le hizo encontrarse en medio de una tanda de convidados, elegidos con el tacto más exquisito. Veíanse allí algunos parientes de la más encopetada grandeza, cuyo solo nombre era un gran título; y que por su ademán, por cierta resolución, por cierto desdén caballeresco, al hablar de grandes cosas con términos familiares, lograban, aunque sin querer, imprimir y recordar á cada momento, la idea de la superioridad y del poder. Hallábanse también allí algunos clientes adheridos á la casa por una dependencia hereditaria, y al personaje por una servidumbre de toda la vida; los cuales, empezando desde la menestra á decir sí con la boca, con los ojos, con los oídos, con toda la cabeza, con todo el cuerpo, y con toda el alma, á los postres os habían puesto á un hombre en estado de no acordarse cómo se hacía para decir no.
En la mesa, el conde hizo recaer bien pronto la conversación sobre su tema favorito; esto es, el hablar de Madrid. Á Roma se va por muchos caminos; él iba por todos á Madrid. Habló de la corte, del conde-duque, de los ministros, de la familia del gobernador, de las corridas de toros que él podía describir perfectamente, porque había tenido el gusto de presenciarlas desde un sitio distinguido; del Escorial, del que podía dar cuenta muy exacta, porque un criado del conde-duque le había conducido por todos los rincones. Por espacio de algún tiempo, toda la reunión estuvo como un auditorio, atenta á él solo; después se dividió en coloquios particulares, y él entonces prosiguió refiriendo otras muchas cosas curiosas, como en confianza, al padre provincial que estaba á su lado, y que le dejó decir, decir, y más decir. Pero de pronto, dió otro giro á la conversación, la separó de Madrid; y de corte en corte, de dignidad en dignidad, la hizo caer sobre el cardenal Barberini, que era capuchino y hermano del papa que ocupaba entonces la silla apostólica, Urbano VIII nada menos. El conde se vió precisado á dejar hablar un poco á los demás, á ponerse á escuchar, y recordar por último, que en este mundo no era el solo personaje que lo hacía. Poco después de levantados de la mesa, rogó al padre provincial que pasase con él á otra estancia.
Dos potestades, dos ancianidades, dos experiencias consumadas, se hallaban frente á frente. El magnífico señor hizo sentar al muy reverendo padre, después de lo cual tomó él también asiento, y empezó á hablar en estos términos: “Convencido de la amistad que existe entre nosotros, he creído poder hablar á vuestra paternidad acerca de un negocio de interés común, y que debe concluirse aquí para entre nosotros, sin ir por otros caminos que podían... Y por tanto, buenamente, con el corazón en la mano, os diré de lo que se trata; y en dos palabras, estoy cierto, que nos pondremos de acuerdo. Decidme, ¿en vuestro convento de Pescarenico hay un tal padre Cristóbal de ***?”.
El provincial hizo un signo afirmativo.
—Suplico á vuestra paternidad me diga francamente, en buena amistad... ese sujeto... ese padre... yo no lo conozco personalmente; siendo así, que de padres capuchinos conozco muchos, celosos, prudentes, humildes, varones, en fin, que valen más oro de lo que pesan: he sido amigo de la orden desde mi infancia... pero en todas las familias un poco numerosas... hay siempre algún individuo, alguna cabeza... Y sé por ciertas noticias, que ese padre Cristóbal es un hombre... afecto á las querellas... que no tiene toda aquella prudencia, todos aquellos miramientos... Apostaría á que ha debido más de una vez dar qué pensar á vuestra paternidad.
—Entiendo; es un empeño, pensaba entretanto el provincial; yo tengo la culpa: bien sabía yo que á ese buen padre Cristóbal era preciso hacerle correr de púlpito en púlpito, y no dejarle descansar seis meses en un mismo lugar, especialmente en los conventos de la campiña.
—¡Oh!, dijo luego; siento de veras que vuestra magnificencia tenga en mal concepto al padre Cristóbal; siendo así que es un religioso que observa una conducta ejemplar en el convento, y al mismo tiempo tenido en mucha estima fuera de él.
—Entiendo perfectamente; vuestra paternidad debe... pero, sin embargo, yo quiero, como amigo sincero, advertiros de una cosa que conviene que sepáis; y si una vez informado de ella, puedo, sin faltar á mis deberes, haceros ver ciertos resultados... posibles; no digo más. Sabemos que dicho padre Cristóbal había tomado bajo su protección á un hombre de aquel pueblo, á un hombre... vuestra paternidad debe haber oído hablar de él; es el que se escapó con tanto escándalo de las manos de la justicia, después de haber hecho en el terrible día de S. Martín, las cosas... las cosas... En fin, llámase Lorenzo Tramaglino.
“¡Ah, ya!”, pensó el provincial, y dijo: “Esta particularidad es nueva para mí; pero vuestra magnificencia sabe bien, que una parte de nuestro ministerio es justamente ir en busca de escarriados para reducirlos...”.
—Muy bien; ¡pero proteger á los escarriados de cierta especie!... son cosas espinosas, negocios demasiado delicados... Y aquí, en lugar de inflar los carrillos y soplar, apretó los dientes y aspiró tanto aire, cuanto tenía costumbre de arrojar soplando; después de lo cual continuó: “He creído necesario daros este aviso, porque si alguna vez su excelencia... Podría haberse escrito algo á Roma... no sé nada... y de Roma venirle...”.
—Agradezco muchísimo dicho aviso á vuestra magnificencia; pero estoy cierto que si se tomaran informes sobre este asunto, resultara que el padre Cristóbal no habrá tenido relaciones con el hombre de que se trata, más que con el objeto de hacerle entrar en razón: conozco demasiado al padre Cristóbal.
—Vuestra paternidad sabe mejor que yo lo que él ha sido en el siglo, las travesuras que ha hecho en su juventud...
—Tal es la gloria de nuestro hábito, señor conde, que un hombre que en el siglo ha hecho que hablen mucho de él, con este traje llega á transformarse enteramente; y desde que el padre Cristóbal lleva este hábito...
—Quisiera creerlo: lo digo de todo corazón, mas á veces como dice el proverbio... el hábito no hace al monje.
El refrán no venía aquí á propósito; pero el conde lo había sustituido apresuradamente á otro que tenía en la punta de lengua: el lobo cambia el pelo, pero no sus malas mañas.
—Tengo indicios, proseguía, averiguaciones...
—Si vuestra magnificencia sabe positivamente que el expresado religioso ha cometido alguna falta (todos estamos sujetos á errar), me dispensaréis un verdadero favor, informándome de ello. Soy un superior, indigno sin duda; pero lo soy precisamente para corregir, para remediar...
—Os diré: junto con esta circunstancia enojosa de la protección abierta del padre para con el consabido, hay otra cosa muy desagradable, y que podría... Pero, entre nosotros, lo arreglaremos todo de una vez. El caso es, como iba diciendo, que el mismo padre Cristóbal se ha puesto á luchar con mi sobrino D. Rodrigo.
—¡Oh!, esto me desagrada, me desagrada; me desagrada formalmente.
—Mi sobrino es joven, vivo, recuerda lo que es, y se resiente; además, como no tiene costumbre de verse provocado...
—Será un deber mío el tomar buenos informes acerca de semejante hecho. Según he dicho ya á vuestra magnificencia, y hablo con un señor que es tan justo como experimentado en las cosas del mundo, todos somos de carne, sujetos á errar... tanto de un lado como de otro; y si el padre Cristóbal ha faltado...
—Pero, es preciso que vuestra paternidad advierta, que éstas son cosas, que deben terminarse entre nosotros, sepultarse aquí; cosas que mientras más se remueven... es peor. Vuestra paternidad sabe muy bien lo que sucede: estos piques, estas querellas empiezan con frecuencia por una bagatela y avanzan, avanzan... Si se quiere encontrar el fondo, no llega á conseguirse, ó bien nacen otros cien mil obstáculos. Apagar, cortar el negocio, reverendo padre; apagarlo, cortarlo; he aquí lo que es preciso. Mi sobrino es joven; el religioso, por lo que he podido comprender, tiene todavía todo el espíritu é inclinaciones de un joven también; y á nosotros toca, que tenemos ya nuestros años... acaso demasiados; ¿no es cierto, reverendísimo padre?
El que hubiese estado contemplando aquella escena, habría podido compararla á lo que sucede en medio de una ópera seria, cuando se levanta, por equivocación, un telón antes de tiempo, y se ve un cantante que no pensando en aquel momento que exista público en el mundo, conversa mano á mano con un compañero suyo. El semblante, el ademán, la voz del conde, al decir las palabras acaso demasiados, todo fué natural; allí no había política; era indudablemente cierto que le causaba fastidio el tener tantos años. No lamentaba los pasatiempos, y bríos, la gentileza de la juventud: ¡frivolidades, tonterías, miserias! El motivo de su disgusto era grave é importante; era que esperaba cierto puesto muy elevado, cuando estuviera vacante, y temía no llegar á tiempo. Luego de haberlo obtenido, se podía estar cierto de que no le hubieran dado mucho cuidado los años; no habría deseado otra cosa, muriendo contento, como aquellos que, ansiando mucho una cosa, aseguran querer hacer algo, cuando la han obtenido.
Mas dejemos hablar al conde,—Á nosotros toca, continuó, el tener juicio por los jóvenes, y reparar sus calaveradas. Por fortuna, aún estamos á tiempo; ello no ha metido mucho ruido, y todavía nos hallamos en el caso de un principiis obsta. Conviene alejar el fuego de la paja. Á veces una persona que en un paraje se conduce mal, ó que pudo ser causa de algún desorden, se porta en otro maravillosamente. Vuestra paternidad sabrá hallar muy bien el nicho conveniente para ese religioso. Además, puede militar otra circunstancia; esto es, quizá se haya hecho sospechoso á alguno del cual él desee alejarse: por lo tanto, colocándolo en un paraje un poco apartado, no hace más que un viaje, y prestamos dos servicios; todo se arregla por sí mismo, ó por mejor decir, no hay ningún compromiso.
El padre provincial aguardaba esta conclusión desde el principio del discurso del conde.
“¡Ah, ya!”, pensaba interiormente, veo adónde quiere ir á parar; siempre sucede lo mismo: cuando un pobre fraile se disgusta con vosotros, ó con uno de los vuestros, ú os causa la más pequeña sombra, el superior debe hacerle tomar prontamente las de Villadiego, sin tratar de inquirir si hay ó no razón para ello.
Cuando el conde hubo concluido, exhaló un suspiro, lo cual equivalía á una firme resolución: “Comprendo perfectamente, contestó el padre provincial, lo que el señor conde quiere decir; mas antes de dar un paso...”.
—Es un paso y no lo es, reverendísimo padre; es una cosa natural, ordinaria; que si no se pone un pronto y eficaz remedio, preveo una multitud de desórdenes, una ilíada de desgracias. Un disparate... no creeré que mi sobrino... yo estoy aquí para impedirlo... Mas al punto á que ha llegado el negocio, si entre ambos no le damos un corte bueno, sin pérdida de tiempo, no es posible detenerle, que permanezca en secreto... y entonces no será tan solo mi sobrino... Nosotros seremos los que irritemos el avispero, muy reverendo padre. Vos mismo lo veis; pertenecemos á una gran casa, estamos enlazados con familias...
—Ilustres.
—Ya me entendéis: toda gente que tiene sangre en las venas, y que en este mundo... valen alguna cosa. Se resiente el pundonor, llega á hacerse un asunto común; y entonces... aun el que es amigo de la paz... ¡Sería un verdadero quebranto para mí, de tener... de encontrarme... yo que siempre he profesado una tan grande inclinación á los padres capuchinos! Vuestros padres para hacer bien, como lo hacen con tanta edificación de las gentes, necesitan tranquilidad, no tener contiendas, estar en buena armonía con los que... y además, tienen parientes en el siglo... y estos asuntillos de pundonor, por poco que duren, se extienden, se ramifican, y hacen entrar á... medio mundo. Yo tengo este dichoso cargo, que me obliga á sostener un cierto decoro... su excelencia... mis señores colegas... todo viene á hacerse como asunto de corporación... sobre todo con aquella otra circunstancia... Vos ya sabéis cómo van esta especie de cosas.
—Es cierto, dijo el provincial, que el padre Cristóbal es predicador, y tenía ya algún pensamiento... Justamente se me ha pedido... Pero en este momento, en tales circunstancias, podría parecer un castigo; y un castigo antes de haber puesto bien en claro...
—No, castigo no; una precaución prudente, un remedio de conveniencia común, para impedir las desgracias que podrían... Vamos, me he explicado lo bastante.
—Entre el señor conde y yo, la cosa no pasa de ahí; lo comprendo: pero siendo el hecho del modo que se ha referido á vuestra magnificencia, es imposible, á mi parecer, que no se haya traslucido algo en el país. Por todas partes existen gentes que atizan las discordias, que incitan al mal, ó á lo menos malignos ociosos que tienen un exquisito gusto en ver á los señores y á los religiosos en las prisiones; y olfatean, interpretan á su gusto, charlan... Cada uno tiene que conservar su decoro; y además yo, como superior (indigno sin duda), tengo un deber expreso... El honor del hábito... no es cosa mía... es un depósito del cual... Puesto que vuestro señor sobrino está tan alterado, como dice vuestra magnificencia, podría tomar la cosa como una satisfacción que se le da y... no digo vanagloriarse, triunfar, sino...
—¿Os chanceáis, reverendo padre? Mi sobrino es un caballero que está considerado en el mundo... según su rango, y como es debido; pero comparado conmigo es un niño, que no hará más ni menos de lo que yo le prescriba. Os diré más; mi sobrino nada sabrá. ¿Qué necesidad tenemos de darle cuentas? Éstas son cosas que hacemos aquí para entre nos, como buenos amigos, y que de nosotros no han de pasar. Esto no os debe causar inquietud alguna. Ya comprenderéis que debo estar acostumbrado á callar. Después de pronunciadas las anteriores palabras, dió su acostumbrado soplo y continuó: “Tocante á los charlatanes, ¿qué queréis que digan? ¡Un religioso que va á predicar á otro país, es una cosa muy natural! Y después, nosotros que vemos... que tenemos previsión... que nos corresponde... no debemos hacer caso de semejantes habladurías”.
—Sin embargo, con el objeto de prevenirlas, sería bueno que en esta ocasión, su señor sobrino hiciese una manifestación, diese alguna señal visible de amistad, de deferencia, no por nosotros, sino por el hábito.
—Seguramente, seguramente; es muy justo... pero no hay necesidad: sé que los capuchinos son siempre acogidos por mi sobrino como deben serlo: lo hace por inclinación; es un instinto de familia; y después sabe que así me complace. Por lo demás, en este caso... alguna cosa de extraordinario... es muy justo. Dejadme hacer, reverendísimo padre, mandaré á mi sobrino... es decir, será preciso insinuárselo con prudencia, á fin de que no trasluzca nada de lo que ha pasado entre nosotros, pues no quisiera que pusiéramos emplasto donde no hay herida. Con respecto á lo que hemos convenido, cuanto más pronto se haga, será mejor; y si se encontrase un nicho un poco lejos... para quitar toda ocasión...
—Precisamente me piden un predicador para Rímini, y quizás aun, sin otro motivo, hubiera dispuesto...
—Muy á propósito. ¿Y cuándo?...
—Ya que la cosa debe hacerse, se hará pronto.
—En seguida, en seguida, reverendísimo padre, mejor hoy que mañana. Y levantándose prosiguió: Si algo puedo hacer, tanto yo como mi familia, en favor de nuestros padres capuchinos...
—Sabemos por experiencia la bondad de la casa, dijo el padre provincial, levantándose también y encaminándose hacia la puerta detrás de su vencedor.
—Hemos apagado una chispa, dijo éste andando lentamente; una chispa, muy reverendo padre, que podía haber producido un grande incendio. Entre buenos amigos, en dos palabras se arreglan grandes cosas.
Habiendo llegado á la puerta, la abrió y quiso de todos modos que el padre provincial pasase el primero; luego entraron en la otra estancia, en donde se reunieron con los demás.
Aquel señor ponía un grande estadio, un gran arte y grandes palabras en manejar un negocio; mas después obtenía también los efectos correspondientes. Vamos al hecho: con la conversación que hemos referido, logró hacer ir á Fr. Cristóbal á pie desde Pescarenico á Rímini, que es una bella caminata.
Una tarde, un capuchino de Milán, llega á Pescarenico con un pliego para el padre guardián. Dicho pliego contiene la orden para que Fr. Cristóbal se trasladase á Rímini, con el objeto de predicar la Cuaresma. La carta dirigida al guardián trae las instrucciones para insinuar al consabido fraile que deponga toda idea de negocios que pueda tener entablados en el país del cual debe partir, y que no mantenga correspondencia de ninguna clase; el portador de la expresada carta debe ser su compañero de viaje. El guardián nada dice aquella tarde; pero á la mañana siguiente manda llamar á Fr. Cristóbal, le enseña la orden, le dice que vaya á buscar las alforjas, el bastón, el sudario y el cíngulo, y con aquel padre compañero que le presenta se ponga inmediatamente en camino.
Dejo á la penetración de mis lectores pensar el terrible golpe que sería éste para nuestro buen fraile. Renzo, Lucía, Inés, se presentaron súbitamente á su memoria, y exclamó, por decirlo así, en su interior: “¡Qué será de esos desventurados, no estando yo aquí, Dios mío!” Mas después alzó los ojos al cielo, se acusó de que le hubiese faltado la confianza y de haberse creído necesario para algo. Puso las manos en cruz sobre el pecho, en señal de obediencia; inclinó su cabeza ante el padre guardián, el cual lo llamó aparte y le dió aquel otro aviso como con palabras de consejo y como con significación de precepto. Fr. Cristóbal se encaminó á su celda, cogió la alforja, colocó en ella su breviario, su colección de sermones de cuaresma y el pan del perdón; apretó el cordón á su cintura, se despidió de todos sus hermanos; fué por último á recibir la bendición del guardián, y tomó en seguida, con su compañero, el camino que le había sido prescrito.
Hemos dicho que D. Rodrigo, obstinado más que nunca en llevar á cabo su infame empresa, había resuelto buscar la asistencia de un hombre terrible. De éste no podemos decir ni el nombre, ni el apellido, ni un título, y ni siquiera una conjetura sobre nada de todo esto, cosa tanto más extraña, cuanto que de dicho personaje encontramos memoria en más de un libro (de libros impresos digo) de aquella época. La identidad de los hechos no permite dudar que el personaje en cuestión, no sea el mismo; pero vese por todas partes un gran cuidado en evitar el trazar el nombre, como si éste hubiese de abrasar la pluma y la mano del escritor. Francisco Rivola, en la vida del cardenal Federico Borromeo, al hablar del expresado individuo, dice que es “un señor tan poderoso por sus riquezas, como noble por su nacimiento”, sin más. José Ripamonti, que en el libro 5.º, década 5.ª, de su Storia Patria, hace de él más larga mención, lo nombra uno, éste, aquél, este hombre, aquel personaje. Referiré, dice en su elegante latín, del cual traducimos este fragmento del mejor modo posible, la aventura de un hombre que, ocupando el primer lugar entre los grandes de la ciudad, había establecido su morada en un despoblado, situado en los confines del territorio; y en dicho paraje, asegurándose la impunidad á fuerza de crímenes, nada le importaban las sentencias, los jueces, la magistratura entera, ni la soberanía. Llevaba una vida en todo y por todo independiente; daba asilo á los frígidos, habiéndolo él sido también, después absuelto de la sentencia que había pesado sobre él, como si nada hubiese... Tomaremos de este escritor algún otro pasaje que venga á propósito para confirmar y esclarecer la relación del autor de nuestro anónimo, con el cual seguimos adelante.
Hacer lo que estaba prohibido por las leyes, ó impedido por una fuerza cualquiera; ser el árbitro, el único dueño en los negocios de los demás, sin otro interés más que el gusto de mandar; ser temido de todos, aun de los que se hacían temer de otros; tales habían sido en todo tiempo las pasiones del expresado individuo. Desde su adolescencia, al espectáculo y al rumor de tan poderosas hazañas, de tantas exacciones, á la vista de tantos tiranos, experimentaba un sentimiento mezclado de cólera y de envidia impaciente. Joven, y viviendo en la ciudad, no desperdiciaba ocasión alguna; así, iba en busca de armar contiendas con los más famosos espadachines de profesión, se les atravesaba en su camino, les hacía reconocer su superioridad por medio de pruebas convincentes, ó les obligaba á que buscasen su amistad. Superior á la mayor parte en riquezas y en servidores adictos, y quizá á todos en nacimiento y en audacia, redujo á muchos á renunciar á toda rivalidad, escarmentó á otros, y se captó la amistad de los restantes; pero no la amistad que existe entre personas iguales en categoría, sino una amistad como á él le agradaba; es decir, amigos subordinados que se reconociesen sus inferiores, y que le diesen siempre la preferencia. Sin embargo, en el hecho, era con frecuencia el paladín, el instrumento de todos ellos, los cuales no dejaban nunca de reclamar en sus apuros el socorro de tan poderoso auxiliar: para él, retroceder un momento, hubiera sido decaer de su reputación, faltar á su deber. De manera, que por cuenta suya y por la de otros, hizo tantas, que ni su nombre, ni sus parientes, ni sus amigos, ni su audacia, pudieron sostenerle contra los bandos públicos y contra tantas animosidades poderosas, viéndose obligado á salir del territorio. Creo que se refiere á esta circunstancia un hecho notable relatado por Ripamonti: “Una vez que éste tuvo que abandonar el país, el secreto, la timidez, el respeto que usó fueron los siguientes: atravesó la ciudad á caballo, con una numerosa jauría; á son de trompetas, y pasando por delante del palacio de la corte, dejó á la guardia una embajada de insultos para el gobernador”.
Durante su ausencia, no renunció á sus manejos, ni interrumpió las relaciones con sus amigos, que permanecieron unidos con él, para traducir literalmente á Ripamonti, en una liga oculta de consejos terribles y de cosas funestas. Parece también que entonces contrajo con personas muy elevadas, ciertas nuevas y terribles relaciones, de las cuales el historiador mencionado habla con una brevedad misteriosa. Príncipes extranjeros, dice, se valieron más de una vez de él para algunos crímenes importantes, y al mismo tiempo le hubieron de enviar desde muy lejos refuerzos de gentes que sirviesen bajo sus órdenes.
Finalmente (no se sabe después de cuánto tiempo), ora que se hubiese anulado el citado bando por alguna poderosa intercesión, ora que la audacia de aquel hombre le sirviese como de inmunidad, lo cierto es que resolvió volverse á su país, y en efecto volvió; no sin embargo á Milán, sino á un castillo confinando con el territorio de Bérgamo, que entonces pertenecía á los estados venecianos. Aquella casa, dice aún Ripamonti, era una especie de oficina de mandatos sanguinarios: veíanse servidores cuyas cabezas estaban puestas á precio, que tenían el oficio de cortar también cabezas; ni el cocinero, ni aun el mismo marmitón, estaban dispensados del asesinato; hasta las manos de los niños se veían ensangrentadas. Además de esta bella familia doméstica, había, según afirma el mismo historiador, otra de individuos de igual calaña, dispersos y apostados en varios lugares de los dos estados, en cuyos confines vivía aquél, dispuestos siempre á sus órdenes.
Todos los tiranos, en un vasto radio, habían sido obligados, quienes en una ocasión, quienes en otra, á elegir entre la amistad y la enemistad de aquel tirano extraordinario. Pero á los primeros que habían querido tratar de resistirle les fué tan mal, que nadie más desde entonces quiso hacer semejante prueba. No obstante de permanecer uno agazapado en su concha, como suele decirse, sin meterse con él, no podía conservar su independencia: le enviaba un mensajero con la orden de que abandonase tal empresa; que se abstuviese de molestar á tal deudor, ú otras cosas semejantes: se necesitaba responder sí ó no. Cuando una parte, rindiéndole vasallaje, había ido á poner bajo su decisión un negocio cualquiera, la otra se hallaba en la dura alternativa de conformarse con su sentencia, ó declararse su enemigo; lo cual equivalía á ser, como se decía en otro tiempo, tísico en tercer grado. Muchos, teniendo culpa, acudían á él para tener razón; otros muchos, teniendo razón, recurrían también para ganarse así su alto patrocinio y cerrar las avenidas á sus adversarios: los unos y los otros venían á ser más especialmente sus dependientes. Sucedió alguna vez que un débil oprimido, vejado por un poderoso, se dirigió á él; y éste, tomando el partido del débil, forzó á dicho poderoso á cesar en sus vejaciones, á reparar el daño causado, á pedir perdón: si éste se mantenía firme, se encarnizaba tanto con él, que le obligaba á alejarse de los lugares que había tiranizado, ó le hacía pagar una más pronta y más terrible pena. En estos casos, aquel nombre tan temido y odiado, era bendecido por un momento; porque en aquellos desgraciados tiempos no se hubiera podido esperar de ninguna otra fuerza pública ni privada, no diré semejante justicia, sino ningún remedio, la más pequeña compensación. Él había sido, y era casi siempre, el ministro, el instrumento de voluntades inicuas, de venganzas atroces, de infames caprichos; pero los diversos usos que hacía de su fuerza producían siempre el mismo efecto, esto es, imprimir en los ánimos una grande idea de todo lo que podía querer y ejecutar en desprecio de lo justo é injusto, dos cosas que acarrean tantos obstáculos á la voluntad de los hombres y los hacen con frecuencia retroceder.
La fama de los tiranos comunes permanecía encerrada en aquel pequeño espacio de país, en donde eran los más ricos y los más fuertes. Cada distrito tenía los suyos; y se asemejaban tanto, que no había razón para que la gente se ocupara de aquéllos, cuya tiranía no experimentaba. Pero el renombre del personaje de que estamos hablando se había esparcido hacía ya mucho tiempo por el milanesado entero: por todas partes, su vida era el objeto de narraciones populares, y su nombre significaba algo de irresistible, de extraño, de fabuloso. La sospecha que todos tenían de sus colegas y sicarios, contribuía, igualmente, á mantener siempre viva su memoria. Esto no eran más que sospechas; porque, ¿quién hubiera confesado abiertamente semejante dependencia? Pero cada tirano podía ser su aliado, cada tunante uno de los suyos, y la incertidumbre misma hacía más vasta la opinión y más profundo el terror de la cosa. Cada vez que en alguna parte se veían aparecer figuras de bravos desconocidas y más malas que de costumbre; á cada hecho enorme del cual no se supiese desde un principio indicar ó adivinar el autor, se profería, se murmuraba el nombre de aquel que nosotros, gracias á la bendita (por no decir otra cosa) circunspección de nuestros escritores, nos veremos precisados á llamarle el incógnito.
Del castillo de éste al de D. Rodrigo, no había más que siete millas; y este último, apenas llegado á ser tirano y dueño, había debido ver que á tan poca distancia de semejante personaje no era posible ejercer aquel oficio sin venir á las manos, ó vivir en buena armonía con él. Éste era el motivo por el cual se le había ofrecido, llegando á ser su amigo, como todos los demás, se entiende; le había prestado más de un servicio (el manuscrito no dice otra cosa), habiéndole correspondido con promesas de auxilio y reciprocidad en cualquiera ocasión. Ponía, sin embargo, mucho cuidado, en ocultar semejante amistad, ó á lo menos no dejar traslucir los grados de que constaba, y de qué naturaleza era. D. Rodrigo quería, sí, hacerse el tirano, mas no el tirano desenfrenado: la profesión era para él un medio, no un fin; quería permanecer libremente en la ciudad, gozar de las ventajas, de los placeres, de los honores de la vida civil; y para esto tenía que usar ciertos miramientos, guardar atenciones á los parientes, cultivar la amistad de personas de categoría, tener una mano sobre la balanza de la justicia, para en caso necesario hacerla inclinar hacia su lado, ó detenerla, ú obligarla á caer en ciertas ocasiones sobre la cabeza de alguno, por cuyo medio podía alcanzarlo con más facilidad que con las armas de la violencia privada. En las circunstancias presentes, la intimidad, ó mejor diremos, una liga con un hombre de aquella especie, con un enemigo declarado de la fuerza pública, seguramente no le hubiera servido de nada, principalmente cerca del conde su tío. Pero aquel poco de amistad que no era posible ocultar, podía pasar por un deber indispensable hacia un hombre cuya enemistad era demasiado peligrosa, y de este modo se escudaba en la necesidad; porque el que tiene que proveer á la seguridad general, y carece de voluntad, ó no encuentra el medio, acaba por consentir que los demás atiendan por sí, hasta cierto punto, á sus negocios; y si expresamente no consiente, cierra á lo menos los ojos.
Una mañana D. Rodrigo salió á caballo, en traje de caza, con una pequeña escolta de bravos á pie; el Griso iba al estribo, y otros cuatro detrás; aquél tomó la dirección del castillo del Incógnito.
CAPÍTULO SEGUNDO
El castillo del Incógnito estaba situado en la parte más elevada de un valle angosto y sombrío, sobre la cima de un pico que nace de una áspera cordillera de montes, no pudiendo al primer golpe de vista afirmarse con seguridad si estaba unido ó separado á ella por la inmensa mole de rocas, cavernas y precipicios que lo circuyen por todos lados. El que mira al valle, es el sólo practicable; forma una pendiente bastante rápida, pero igual y continua; vénse en la cumbre varios prados; en la falda campos cultivados, sembrados en algunos parajes de habitaciones. En el fondo aparece un lecho de guijarros, por donde se desliza, según la estación, un cristalino arroyuelo, ó se precipita un anchuroso torrente que entonces servía de límite á ambos territorios. Las cordilleras opuestas, que forman, por decirlo así, la otra muralla del valle, tienen también su pequeña falda cultivada; el resto no se compone más que de peñascos, rápidas pendientes desliadas de toda vegetación, excepto algunas zarzas que crecen por entre las grietas.
De lo alto de dicho castillo, como el águila desde su ensangrentado nido, el selvático señor dominaba en torno de sí todo el espacio en donde un pie mortal pudiera posarse, y no percibía el más leve ruido humano por encima de su cabeza. Echando una ojeada alrededor, abrazaba todo aquel recinto, á saber: las pendientes, las cimas y los caminos practicados en medio de éstas. Á los ojos del que lo contemplaba desde lo alto, el sendero tortuoso que iba á dar acceso á tan terrible mansión, se desplegaba á manera de una serpenteante cinta; desde las ventanas y almenas el señor podía contar con la mayor comodidad los pasos del que llegaba, y descargar cien veces las armas contra él. Con aquella guarnición de bravos que tenía en el castillo hubiera podido desafiar á todo un ejército, dejándolo tendido sobre el sendero mismo, ó haciendo rodar á muchos hasta el fondo del valle, sin que ni uno solo siquiera pudiese llegar á la cumbre. Por lo demás, nadie que no fuera mirado con buenos ojos por el dueño del castillo, se atrevía á poner el pie, no digo arriba, sino ni aun en el mismo valle, ni tan siquiera de paso. El esbirro, pues, que hubiera tenido la desgracia de dejarse ver, habría sido tratado como un espía que es cogido en un campamento. Se referían trágicas historias de los últimos que habían querido intentar semejante empresa, pero eran ya historias antiguas; y ninguno de los jóvenes vasallos se acordaba de haber visto en el valle un hombre de aquella especie, ni vivo, ni muerto.
Tal es la descripción que el anónimo hace del paraje; del nombre, nada; al contrario, por no ponerse en el compromiso de descubrirlo, no dice nada del viaje de D. Rodrigo, y lo coloca de repente en medio del valle, al pie del pico, á la entrada del escarpado y tortuoso sendero. En este sitio existía una taberna, que se hubiera podido llamar también cuerpo de guardia. Una vieja muestra, en la cual estaba pintado por ambos lados un sol radiante, veíase suspendida sobre la puerta; pero la voz pública que repite algunas veces los nombres que le enseñan, después de lo cual los rehace á su modo, no designaba la expresada taberna más que con el nombre de Malanotte[1].
Al ruido de una cabalgata que se aproximaba, apareció en el umbral un muchacho armado hasta los dientes. Después de haber echado una rápida mirada, entró á dar el aviso á tres bandidos que estaban jugando con unas cartas asquerosas y dobladas en forma de tejas. El que parecía ser el jefe se levantó, se plantó en el umbral, y habiendo reconocido á un amigo de su amo, lo saludó respetuosamente. D. Rodrigo le devolvió el saludo con mucho garbo, y le preguntó si el señor se hallaba en el castillo: habiéndole contestado aquél que así lo creía, D. Rodrigo se apeó y arrojó la brida á Tiradritto, uno de los bravos de su comitiva. Se quitó la escopeta que llevaba á la espalda, y se la entregó á Montanarolo, como para desembarazarse de un peso inútil y subir más ligero; mas en realidad, porque sabía muy bien que en aquellos sitios no era permitido andar con ella. En seguida sacó de su bolsillo algunas monedas, y se las dió á Tanabuso, diciéndole: “Vosotros, quedaos aquí esperándome; entretanto, podréis entreteneros con estas buenas gentes”. Sacó, por último, algunos escudos de oro, y los puso en la mano del jefe, asignando la mitad para éste y la otra para sus compañeros. Finalmente, acompañado del Griso que había dejado también su arcabuz, empezó á subir el sendero. En el ínterin, los tres mencionados bravos y Sguinternotto, que era el cuarto (¡vaya unos nombres bonitos para conservarlos con tanto cuidado!), se reunieron á los tres del Incógnito y á aquel muchacho educado para la horca, poniéndose á jugar, á beber, y contarse mutuamente sus proezas.
Otro guapetón de los del Incógnito, que subía, se unió poco después á D. Rodrigo; lo miró, lo reconoció, y siguió andando en su compañía, evitándole así el fastidio de decir su nombre y de dar cuenta de su persona á todos los que hubiera encontrado que no le conociesen. Cuando hubo llegado y fué introducido en el castillo (dejando, sin embargo, al Griso en la puerta), se le hizo atravesar una larga crujía de oscuros corredores, y una infinidad de salas tapizadas de mosquetes, sables y partesanas; en cada una de dichas estancias se veía un bravo que estaba de centinela: después de haber aguardado un poco de tiempo, fué introducido á la en que se hallaba el Incógnito.
Éste le salió al encuentro, devolviéndole el saludo y mirándole al mismo tiempo al semblante y á las manos, según tenía de costumbre, y casi siempre involuntariamente, á cualquiera que iba á verle, aunque fuera uno de sus más antiguos y experimentados amigos. Era de elevada estatura, morena tez, y calvo: á primera vista los escasos cabellos blancos que le quedaban y las arrugas de su rostro, habrían hecho creer que contaba más edad que la que en realidad tenía, pues acababa de cumplir sesenta años; mas su continente y movimientos, la pronunciada dureza de sus facciones, y el resplandor siniestro que brillaba en sus ojos, indicaban una fortaleza de cuerpo y alma que hubiera sido extraordinaria en un joven.
D. Rodrigo dijo que venía á pedirle consejos y ayuda; que hallándose metido en una empresa difícil, de la cual su honor no le permitía retirarse, se había acordado de las promesas de aquel que nunca las hacía de más, ni en vano, y le expuso su abominable intriga. El Incógnito que tenía ya, aunque confusamente, algunas noticias, estuvo escuchando atentamente y con la mayor curiosidad, aquella narración, principalmente porque iba mezclado un nombre que le era muy conocido y sumamente odioso, el del padre Cristóbal, enemigo declarado de los tiranos, y que les hacía la guerra siempre que podía, tanto con palabras, como con acciones. D. Rodrigo, conociendo con quién hablaba, se puso en seguida á exagerar las dificultades de dicha empresa, la distancia del lugar, un monasterio, la señora... Á esto, el Incógnito, como si hubiese sido inspirado por un espíritu maligno, oculto en su interior, le interrumpió de súbito, diciendo que tomaba el negocio á su cargo. Apuntó el nombre de nuestra pobre Lucía, y despidió á D. Rodrigo dirigiéndole las siguientes palabras: “Dentro de poco recibiréis un aviso mío tocante á lo que tendréis que hacer”.
Si el lector se acuerda de aquel malvado llamado Egidio, que habitaba junto al monasterio en donde la desventurada Lucía se había refugiado, sepa ahora que éste era uno de los más íntimos compañeros de maldades que tuvo el Incógnito, siendo la causa por la cual este último había empeñado su palabra con tanta prontitud y resolución; mas apenas quedó solo, se encontró, no diré arrepentido, sino despechado de haberla dado. Hacía ya algún tiempo que comenzaba á experimentar, cuando no remordimientos, á lo menos cierta vaga inquietud, con respecto á sus maldades.
Cada vez que cometía una nueva, el recuerdo de las que se amontonaban á su memoria, si no en su conciencia, se volvía á despertar, y se las presentaba con más negros colores y en mayor número: se asemejaba á una carga ya incómoda de suyo, y cuyo peso crece á cada instante. Una cierta repugnancia experimentada al cometer sus primeros crímenes, repugnancia vencida después y que se había desvanecido casi enteramente, tornaba entonces á hacerse sentir. Pero en aquellos primeros tiempos, la imagen de un porvenir vasto, indeterminado, el sentimiento íntimo de una poderosa y larga vitalidad, llenaban su corazón de una confianza irreflexiva; ahora, por el contrario, los pensamientos del citado porvenir le hacían el pasado más doloroso. ¡Envejecer!, ¡morir!, ¿y después? ¡Cosa admirable! la imagen de la muerte, que en un peligro cercano, al frente de un enemigo, solía redoblar el ardor de ese hombre, é inspirarle una furiosa cólera; dicha imagen, repito, apareciéndosele en medio del silencio de la noche, dentro del castillo, asilo seguro é impenetrable, lo sumía en una repentina consternación. Esta muerte no era aquella con la que le hubiera amenazado un implacable adversario, mortal lo mismo que él; no se la podía rechazar con armas mejores, con brazo más pronto; venía sola, nacía de él; quizá estaba lejos todavía, pero á cada momento daba un paso más, y mientras que su espíritu luchaba dolorosamente para alejarla del pensamiento, cada vez se acercaba también más. Al principio, los ejemplos tan frecuentes, el espectáculo, por decirlo así, perpetuo de la violencia, de la venganza, del asesinato, inspirándole una emulación feroz, le habían servido también como una especie de autoridad contra su conciencia: al presente renacía á cada instante, en su espíritu, la idea confusa, pero terrible, de un juicio personal, de una razón independiente del ejemplo; la idea de haber salido de la turba vulgar de los malvados, el haberlos igualmente dejado á todos muy atrás: esta idea que tanto le lisonjeaba en otro tiempo, le causaba ahora el sentimiento de una soledad tremenda. Ese Dios del cual había oído hablar, pero que mucho tiempo hacía no trataba de negar ni reconocer, ocupado solamente en vivir como si no existiera, al presente, en ciertos momentos de abatimiento sin motivo, de terror sin peligro, le parecía oir una voz en su interior que decía: “¡Sin embargo, yo existo!”. En la primera efervescencia de sus pasiones, la ley que había oído proclamar en nombre de aquel Dios, no le parecía más que una cosa odiosa; ora, cuando venía á asaltar su mente de improviso, ésta, á su pesar, la concebía como una cosa que tiene su cumplimiento. Pero en lugar de franquearse con alguno sobre esta su nueva inquietud, la ocultaba profundamente, y la disfrazaba bajo la apariencia de la más intensa ferocidad, buscando por este medio el encubrírsela á sí mismo ó sofocarla. Envidiando (ya que no podía aniquilarlos ni olvidarlos) aquellos tiempos en que solía cometer maldades sin ninguna especie de remordimientos, sin más solicitud que la de su buen éxito, se esforzaba todo lo posible para hacerlos volver ó para retener y recobrar aquella antigua voluntad, pronta, soberbia, imperturbable, con el objeto de convencerse que aún era el mismo hombre de otras veces.
Ésta fué la causa de haber tan pronto empeñado su palabra á D. Rodrigo, para cerrar la entrada á toda perplejidad. Mas apenas éste hubo partido, cuando sintió de nuevo que se debilitaba la resolución que había formado y el compromiso que él mismo había creado, percibiendo al mismo tiempo presentarse poco á poco á su imaginación los pensamientos que le inducían á faltar á su palabra, y que le habían expuesto casi á flaquear en presencia de un amigo, de un cómplice subalterno: para cortar de un golpe tan penoso contraste, llamó á Nibbio, uno de los más diestros y atrevidos ejecutores de sus crímenes, y del cual tenía costumbre de servirse para la correspondencia con Egidio. Habiéndosele aquél presentado, el Incógnito, con ademán resuelto, le ordenó que montara en seguida á caballo, que se encaminase directamente á Monza, é informase á Egidio del compromiso contraído, requiriendo su ayuda para cumplirlo.
El digno mensajero volvió más pronto de lo que su amo esperaba, con la siguiente respuesta de Egidio: que la empresa era fácil y segura; que le mandase en seguida un carruaje con dos ó tres bravos, bien disfrazados, encargándose él de todo lo demás. Á este aviso, el Incógnito ordenó inmediatamente al mismo Nibbio que lo dispusiera todo según había dicho Egidio, y que partiese con otros dos que designó á dicha expedición.
Si para dar cumplimiento al horrible servicio que se le había pedido, hubiese tenido Egidio que contar con sus solos medios ordinarios, ciertamente no hubiera dado una contestación tan decisiva. Pero en aquel mismo asilo en donde parecía que todo debían ser obstáculos, el malvado tenía un medio conocido de él tan solo, sirviéndole de instrumento lo que para otros hubiera sido una dificultad. Ya hemos referido que la desventurada señora prestó una vez oídos á sus palabras; y el lector puede haber comprendido que no sería la última, y sí sólo el primer paso hacia el camino de abominación y de sangre. Aquella misma voz que había adquirido fuerza, y casi podría decirse autoridad por el crimen, le impuso al presente el sacrificio de la inocente que estaba bajo su amparo.
La proposición fué espantosa para Gertrudis. Perder á Lucía por un accidente imprevisto, sin culpa, le parecía una desgracia, un castigo amargo; habiéndosele ordenado que se deshiciese de ella por medio de una criminal perfidia, cambiando de este modo en un nuevo remordimiento, un motivo de expiación. La desgraciada probó todos los medios para eximirse de tan horrible orden; todos, repito, á excepción del único que hubiera sido infalible, y que sin embargo, estaba al alcance de su poder. El crimen es un dueño severo é inflexible, contra el cual no llega uno á ser fuerte si no se subleva enteramente. Gertrudis no pudo resolverse á esto último, y obedeció.
El día prefijado había llegado; acercábase la hora convenida: Gertrudis, retirada con Lucía en su locutorio particular, la colmaba de caricias más que de ordinario, y ésta las recibía y devolvía con creciente ternura; como la oveja estremeciéndose sin temor bajo la mano del pastor que la palpa y la arrastra suavemente, se vuelve á lamer su mano; y no sabe que el carnicero á quien el pastor acaba de venderla, está aguardando que salga del redil para sacrificarla.
Necesito un gran servicio, y vos sola podéis prestármelo. Poseo mucha gente que me obedezca, pero nadie de quien fiarme. Para un negocio de la más alta importancia, que os referiré en seguida, necesito hablar al momento, con el padre guardián de capuchinos que os ha conducido aquí, mi pobre y querida Lucía; mas con todo, es preciso que nadie sepa que yo lo he mandado llamar. No tengo á otra persona más que vos sola para verificar con el más escrupuloso secreto este mensaje.
Lucía se quedó aterrada al escuchar semejante petición; y con su ordinaria timidez, pero no sin manifestar una grande admiración, alegó de pronto, con el objeto de excusarse, las razones que la señora debía comprender, que hubiera debido prever: sin su madre, sin nadie, en un camino solitario, en medio de un país desconocido... Pero Gertrudis, educada en una escuela infernal, manifestó á su vez también tanta admiración, y tanto disgusto de experimentar tal negativa de una persona con la cual creía poder contar, que fingió hallar muy frívolas semejantes excusas: “¡Á la mitad del día, cuatro pasos, un camino que Lucía había andado pocos días antes, y que aun cuando no lo hubiese visto jamás, con una pequeña indicación era imposible equivocarse!”... Tanto dijo, que la pobrecita, conmovida á la vez de reconocimiento y vergüenza, dejó escapar de su boca: “¡Y bien!, ¿qué debo hacer?”.
—Id al convento de capuchinos; y al decir esto, le hizo de nuevo la descripción del camino: Haced llamar al padre guardián; decidle, á solas por supuesto, que venga aquí al instante; pero que no diga absolutamente á nadie que soy yo la que lo manda llamar.
—Mas, ¿qué diré á la portera, que nunca me ha visto salir y que me preguntará adónde voy?
—Procurad pasar sin ser vista; y si no podéis conseguirlo, decid que vais á la iglesia tal, donde habéis prometido ir á rezar.
Nueva dificultad para la infeliz joven; ¡mentir! Pero la señora se manifestó de nuevo tan afligida de la repulsa, hizo ver á Lucía que era una cosa tan fea el anteponer un vano escrúpulo al reconocimiento, que esta desgraciada, aturdida más bien que convencida, y sobre todo, conmovida más que nunca, respondió: “Bien, iré: ¡Dios me ampare!”. Dicho lo cual, se puso en marcha.
Cuando Gertrudis, que desde la reja del locutorio la seguía con los ojos fijos y turbados, la vió poner el pie en el umbral de la puerta, como dominada por un sentimiento irresistible, abrió la boca y dijo: “¡Escuchad, Lucía!”.
Ésta se volvió, y se dirigió de nuevo á la reja. Mas ya otro pensamiento, un pensamiento habituado á predominar, había prevalecido en el ánimo de la desventurada Gertrudis. Fingiendo no estar satisfecha de las instrucciones que le había dado, explicó por segunda vez á Lucía el camino que debía tomar, y la despidió diciendo: “Hacedlo todo del modo que os he dicho, y volved pronto”. Lucía partió.
Pasó sin ser observada la puerta del claustro, emprendió el camino, con los ojos bajos, muy inmediata á la tapia; encontró con las indicaciones que la señora le había hecho y con sus propios recuerdos, la puerta de la villa; salió, se encaminó toda sobrecogida y temblorosa por el camino real; llegó en pocos momentos á la entrada del que conducía al convento, y lo reconoció. Este camino formaba, y forma ahora todavía, una especie de hondonada, semejante al cauce de un río, entre dos elevadas márgenes orladas de arbustos, constituyendo también en su parte superior una estrecha vereda. Lucía entró en el expresado camino, y viéndolo enteramente desierto, sintió aumentarse el miedo, y apresuró el paso; mas poco después se tranquilizó algún tanto al ver un coche de camino que estaba parado, y cerca de él, enfrente de la portezuela abierta, dos viajeros que miraban á todas partes, como dudosos del camino. Siguió andando, y oyó que uno de aquellos dos individuos decía: “He aquí á propósito una buena joven que nos indicará el camino”. Efectivamente, cuando hubo llegado delante del carruaje, aquel mismo hombre, con palabras más corteses que no denotaban su aspecto, se volvió á ella y le dijo: “Excelente joven, ¿podríais enseñarnos el camino de Monza?”.
—El que seguís es enteramente opuesto, respondió la infeliz; Monza cae hacia aquel lado... Al volverse para señalárselo con la mano, el otro compañero (que era Nibbio, á quien ya conocemos), la cogió de improviso por la mitad del cuerpo, y la levantó haciéndole perder la tierra. Lucía aterrada vuelve la cabeza y lanza un grito; el malvado la mete á la fuerza en el carruaje: un tercero que estaba sentado en el fondo, la sujeta y la obliga, aunque la infeliz hace desesperados é inútiles esfuerzos á sentarse delante de él; otro le tapa la boca con su pañuelo y ahoga sus gritos. Entonces Nibbio entra también precipitadamente en el carruaje; ciérrase la portezuela, y parte al escape. El que había hecho la pérfida pregunta, permaneció parado en medio del camino real, lanzó una ojeada á todos lados, para ver si por acaso había acudido alguno á los gritos de Lucía: nadie, sin embargo, se presentó; saltó á una de las márgenes asiéndose á las ramas de un arbusto, y desapareció. Era éste un servidor de Egidio; se había colocado cerca de la puerta del monasterio, haciéndose el tonto, con el objeto de espiar la salida de Lucía: después de haberla visto salir, la había observado bien, para poderla reconocer, y se había dirigido apresuradamente por un camino más corto á esperarla en el sitio convenido.
¡Quién es capaz de describir el terror, las angustias de la infortunada Lucía, de expresar lo que pasaba en su interior! En su cruel ansiedad, quería conocer su horrible situación; abría sus ojos despavoridos, y los cerraba de repente, á causa del miedo que le infundían aquellos espantosos semblantes; forcejeaba para desasirse, mas estaba enteramente sujeta: reunía todas sus fuerzas, y daba inútiles sacudidas, para arrojarse hacia la portezuela; pero dos nervudos brazos la tenían como clavada en el fondo del carruaje: además de esto, cuatro enormes manazas parecían encadenarla. Cada vez que abría la boca para lanzar un grito, el pañuelo estaba pronto á ahogarlo en su garganta. Mientras tanto, tres infernales bocas, con la voz más humana que les había sido posible tomar, le decían: “Quedo, quedo; no tengáis miedo, no queremos haceros mal alguno”. Después de breves momentos de una lucha tan angustiosa, pareció calmarse; dejó caer los brazos y la cabeza hacia atrás, sus párpados apenas se abrían, y sus pupilas veíanse inmóviles: aquellas horribles caras que tenía delante parecieron confundirse y agitarse en una monstruosa miscelánea; el color huyó de sus mejillas, cubriéronse de un sudor frío, cayendo desvanecida y sin sentido.
—Vamos, ánimo, decía Nibbio; ánimo, repetían los otros dos malvados; pero el desvanecimiento de todos los sentidos preservaba en aquel momento á Lucía de oir las exhortaciones de aquellas horribles voces.
—¡Diantre, parece muerta!, dijo uno de ellos; ¿si estará muerta de veras?
—¡Bah!, replicó otro; esto es uno de los desmayos que suelen dar á las mujeres. Yo sé por experiencia que cuando he querido mandar á alguno al otro mundo, fuese hombre ó mujer, ha sido preciso hacer otra cosa.
—Vamos, dijo Nibbio, atended á vuestro deber, y no traigáis á colación cosas pasadas. Sacad las armas de debajo del asiento, y tenedlas dispuestas; porque en el bosque donde ahora entramos, se guarecen siempre muchos bandidos: ¡no así, en la mano, diablo!, colocáoslas detrás, ocultadlas: ¿no veis que ésta es una marica que se desmaya por nada? Si ve armas es capaz de morirse de veras. Cuando recobre el sentido, procurad no asustarla; no la toquéis mientras yo no os lo avise; para sujetarla basto yo, y chitón; dejadme hablar.
En el ínterin el carruaje, continuando siempre al escape, había entrado en el bosque.
Poco tiempo después, la infeliz Lucía empezó á volver en sí como de un sueño penoso y profundo, y abrió los ojos. En un principio le costó mucho trabajo poder distinguir los espantosos objetos que la rodeaban y reunir sus ideas; mas al fin comprendió de nuevo su terrible situación. El primer uso que hizo de las pocas fuerzas que había recobrado, fué el de arrojarse otra vez hacia la portezuela, para precipitarse fuera del carruaje; pero se la sujetó, y no pudo entrever más que por un momento, la salvaje soledad del sitio por donde pasaban. Lanzó de nuevo un grito; mas Nibbio, levantando su enorme mano, juntamente con el pañuelo, “vamos”, le dijo, dando á su voz la entonación más dulce que le fué posible; “estaos quieta, y será mucho mejor para vos; no queremos causaros daño alguno; pero si no queréis callar, nos veremos precisados á usar de la fuerza para conseguirlo”.
—¡Dejadme ir!, ¿quién sois?, ¿adónde me conducís?, ¿por qué me detenéis? ¡Dejadme marchar, dejadme ir!
—Os repito que no tengáis miedo: no sois una niña, y por consiguiente, debéis comprender que no queremos haceros mal alguno. ¿No veis que habríamos podido mataros cien veces si hubiésemos tenido malas intenciones? Por lo tanto, tranquilizaos.
—No, no; dejadme ir por mi camino: yo no os conozco.
—Os conocemos nosotros.
—¡Oh, Virgen santísima! ¿Cómo me conocéis?, ¿quiénes sois?, ¿por qué me habéis cogido?
—Porque así se nos ha mandado.
—¿Quién, quién? ¿Quién puede haberlo mandado?
—¡Silencio!, replicó Nibbio con ademán severo; á nosotros no se nos hacen preguntas.
Lucía intentó de nuevo el lanzarse de improviso á la portezuela; mas viendo que era inútil acudió otra vez á las súplicas; y con la cabeza baja, los ojos bañados de lágrimas, la voz entrecortada por los sollozos, y las manos unidas junto á sus labios: “¡Oh!” decía, “¡por el amor de Dios y de la Virgen santísima, dejadme ir! ¿Qué es lo que os he hecho? Soy una infeliz criatura que ningún mal os ha causado: el que vosotros me habéis hecho, os lo perdono de corazón, y rogaré á Dios por vosotros. Si tenéis una hija, una esposa, una madre, pensad lo que padecerían si se hallasen en esta situación. Acordaos que todos hemos de morir, y que un día desearéis que Dios use con vosotros de misericordia. Soltadme, dejadme aquí: el Señor hará que encuentre mi camino”.
—No podemos.
—¿No podéis? ¡Oh, Señor! ¿Por qué no podéis?, ¿dónde queréis conducirme?, ¿por qué?...
—No podemos; no os canséis en vano: no tengáis miedo, pues no queremos causaros daño alguno; estaos quieta y nadie os tocará.
Lucía, cada vez más temblorosa, alarmada y aterrada de ver que sus palabras no producían efecto alguno, se volvió al que tiene en sus potentes manos el corazón de los hombres, y puede, cuando quiere, ablandar á los más duros. Se estrechó todo lo posible en el rincón del carruaje, cruzó los brazos sobre el pecho, y oró algún tiempo mentalmente; después sacó su rosario, y empezó á rezar con más fe y fervor que nunca. De cuando en cuando, esperando haber alcanzado la gracia que imploraba, volvía á suplicar de nuevo á aquellos hombres; mas siempre inútilmente. Luego recaía en su abatimiento, y se rehacía para sufrir nuevas angustias; pero el corazón se resiste á describirlas por más tiempo: una piedad sumamente dolorosa nos hace apresurar el término de aquel viaje, que duró más de cuatro horas, y después del cual tendremos otras penosas que pasar. Trasladémonos al castillo donde la infeliz era esperada.
El Incógnito la aguardaba con una inquietud y con una agitación de ánimo extraordinarias. ¡Cosa extraña! Aquel hombre que había dispuesto á sangre fría de tantas vidas, que en medio de tantos crímenes cometidos, no había tenido en cuenta los tormentos que había hecho sufrir, á no ser para saborear algunas veces una salvaje voluptuosidad de venganza; al presente, al tiranizar á una humilde aldeana, sentía como cierta impresión de pena, podría decirse, casi de terror. Desde una elevada ventana del castillo, miraba hacía algún tiempo á una de las entradas del valle: ve aparecer de pronto el carruaje que se adelanta lentamente, porque la precipitación de la primera carrera había apagado la fogosidad y domado las fuerzas de los caballos; y aunque en el sitio desde el cual estaba observando, el convoy no pareciese más que uno de esos cochecitos que sirven de juguete á los niños, sin embargo, al instante lo reconoció y sintió latir de nuevo su corazón con más fuerza.
“¿Sí será?”, pensó súbitamente, “¡qué incomodidad me causa esa joven!”, proseguía en su interior. “Es indispensable librarme de ella”.
Y quería llamar á uno de sus sicarios y enviarlo en seguida al encuentro del carruaje para que diese la orden á Nibbio de volverse, y conducir á Lucía al palacio de D. Rodrigo. Mas un no imperioso que resonó en su mente hizo desvanecer semejante designio. Atormentado, sin embargo, por la necesidad de mandar algo, siéndole intolerable el permanecer esperando ociosamente aquel carruaje que tan despacio avanzaba, á manera de traición ó de castigo, ¡qué sé yo! hizo llamar á una anciana que estaba á su servicio.
Ésta había nacido en el mismo castillo, era hija de un antiguo servidor, y había pasado allí toda su vida. Lo que había visto y oído desde su nacimiento, había impreso en su imaginación una opinión terrible del poder de sus dueños, y la principal máxima que había retenido de las instrucciones y de los ejemplos, consistía en que era preciso obedecerlos en todo y por todo, porque podían hacer mucho mal. La idea del deber, depositada como un germen en el corazón de todos los hombres, desenvolviéndose en el suyo, juntamente con los sentimientos de respeto, de temor y de servil codicia, la había asociado y adherido á ellos. Cuando el Incógnito, llegado á ser dueño, empezó á hacer aquel uso espantoso de su fuerza, ella experimentó al principio cierta pena y á la vez un sentimiento más profundo de sumisión. Con el tiempo se había acostumbrado á lo que veía y oía todos los días: la voluntad poderosa y sin freno de tan gran señor, era para ella como una especie de justicia fatal. Ya mujer formada, se había casado con un criado de la casa, el cual habiendo ido poco después á una peligrosa expedición, había dejado el pellejo en el camino y á la viuda en el castillo. La venganza que tomó su señor al momento de dicha muerte, la consoló en extremo. Desde entonces no puso los pies fuera del castillo sino muy raras veces; y poco á poco no le quedó de la vida humana ninguna otra idea, á excepción de las que recibía en aquel lugar. No estaba adherida á servicio alguno especial; pero en medio de aquella cuadrilla de bandidos, ya el uno, ya el otro, le daban á cada instante algo que hacer, lo cual constituía su tormento. Tan pronto tenía que repasar la ropa y preparar la comida á los que volvían de una expedición, como cuidar á los heridos. Tanto las órdenes y los reproches de éstos, como las gracias que le daban, estaban llenas de mofa y de improperios: no la llamaban más que la vieja, y los requiebros que unían á este nombre, variaban según las circunstancias y el humor del que hablaba. Ella, turbada en su pereza, y provocada en su amor propio, que eran dos de sus predominantes pasiones, cambiaba algunas veces aquellos cumplimientos con palabras, en las cuales Satanás hubiera conocido mejor su espíritu que en las de los provocadores.
—¿Ves allá abajo aquel carruaje? le dijo el señor.
—Lo veo, respondió la vieja, adelantando su afilada barba y abriendo sus hundidos ojos, como si tratase de lanzarlos fuera de sus órbitas.
—Manda preparar al punto una litera, entra en ella, y hazte llevar á la Malanotte. Pronto, pronto; que llegues antes que el carruaje, que se va acercando con el paso de la muerte. En dicho carruaje está... debe estar... una joven... Si en efecto está, di á Nibbio, de orden mía, que la meta en la litera, y que él se venga al momento... Tú entrarás en la litera con esa... joven; y cuando lleguéis aquí, la conducirás á tu cuarto. Si te pregunta adónde la llevas, y de quién es el castillo... guárdate bien de decir...
—¡Oh!, replicó la vieja.
—Pero, continuó el Incógnito, anímala.
—¿Qué he de decirle?
—¿Qué has de decirle?, anímala, te repito. ¿Has llegado por ventura á tu edad sin saber cómo se inspira el ánimo á una criatura cuando es preciso? ¿Tu corazón no ha sido lacerado por ninguna clase de aflicciones? ¿Has tenido miedo alguna vez? ¿Ignoras las palabras que agradan en semejantes momentos? Dile de estas palabras; búscalas en el recuerdo de tus desgracias: anda.
Luego que la vieja hubo partido, el Incógnito permaneció algún tiempo en la ventana, con los ojos fijos sobre el carruaje, que ya aparecía mucho mayor; en seguida los levantó al sol, que en aquel instante se ocultaba detrás de la montaña; luego miró las nubes esparcidas por la atmósfera, cuyo color oscuro se cambió de repente en color de fuego. Retiróse de la ventana, la cerró y se puso á pasear de arriba abajo por la estancia, con el paso de un caminante que lleva prisa.
NOTAS:
[1] Mala noche.
CAPÍTULO TERCERO
La vieja se había apresurado á obedecer y á mandar con la autoridad de un nombre que por cualquiera que fuese pronunciado en aquel paraje, hacía brincar á todos, porque á nadie le pasaba por la imaginación que hubiese una sola persona que se sirviese de él falsamente. En efecto, se halló en la Malanotte un poco antes de llegar el carruaje; al verlo venir, salió de la litera é hizo una señal al cochero para que parase; se acercó á la portezuela, y refirió en voz baja á Nibbio, que había sacado la cabeza fuera, las órdenes del amo.
Lucía, al detenerse el carruaje, se estremeció y salió de la especie de letargo en que estaba sumida. Sintió que se le agolpaba toda la sangre en la cabeza, abrió la boca y los ojos, y miró á todas partes. Nibbio se había hecho un poco atrás, y la vieja, con la puntiaguda barba sostenida en la portezuela, mirando á Lucía, decía: “Venid, niña mía: venid, pobrecita; venid conmigo; pues tengo orden de trataros bien y de tranquilizaros”.
Al sonido de una voz de mujer, la desventurada experimentó cierto consuelo y valor momentáneo; pero en seguida volvió á caer en un más profundo terror. “¿Quién sois?”, dijo con voz trémula, fijando sus miradas atónitas en el semblante de la vieja.
—Venid, venid, pobrecita, seguía ésta repitiendo.
Nibbio y sus dos compañeros, adivinando por las palabras y por la voz tan extraordinariamente sosegada de la vieja cuáles fuesen las intenciones de su señor, trataban por medios suaves de persuadir á la infortunada á que se manifestase obediente; mas ella continuaba mirando á su alrededor; y aunque el lugar solitario y desconocido, y el aire de seguridad de sus guardianes no le dejaban concebir esperanza alguna de socorro, sin embargo, abrió la boca para gritar; pero viendo á Nibbio que le enseñaba el pañuelo, se detuvo, y se puso á temblar; después de lo cual la cogieron y la metieron en la litera, entrando la vieja en pos de aquélla. Nibbio ordenó á los otros dos bribones que fuesen escoltándola, acudiendo él al llamamiento de su señor.
—¿Quién sois?, preguntaba Lucía con ansiedad á la vista de aquel semblante desconocido y deforme: ¿por qué me encuentro en vuestra compañía?, ¿en dónde estoy?, ¿adónde me conducís?
—¡Á la morada del que quiere haceros bien, respondió la vieja! ¡Dichosos aquellos á los que él quiere hacer bien! ¡Para vos es una felicidad, una verdadera felicidad. No tengáis miedo; alegraos, pues me ha mandado que os tranquilice. ¿Se lo diréis, eh?, ¿le diréis que os he tranquilizado?
—¿Quién es?, ¿qué quiere de mí? Yo no le pertenezco. Decidme en dónde estoy, dejadme marchar; decid á esos hombres que me dejen ir, que me lleven á alguna iglesia. ¡Oh, vos que sois una mujer!, ¡en nombre de la Virgen María!...
Este santo y dulce nombre, repetido con veneración en los primeros años, y luego nunca más invocado en muchísimo tiempo, ni acaso oído proferir, causaba en la mente de la desventurada que lo escuchaba en aquel momento una impresión confusa, extraña, lenta, como el recuerdo de la luz en un anciano, ciego desde niño.
Mientras tanto el Incógnito, de pie en la puerta del castillo, miraba al camino; veía venir la litera muy despacio, como antes el carruaje, y á Nibbio subir precipitadamente, adelantándose á la litera, cuya distancia se aumentaba más á cada paso que ésta daba. Cuando llegó arriba, el señor le hizo seña de que le siguiese, dirigiéndose con él á una de las habitaciones del castillo.
—¿Y bien?, dijo parándose.
—Todo ha salido á pedir de boca, respondió Nibbio, inclinándose respetuosamente: el aviso á tiempo, la mujer también, el paraje solitario, un solo grito, ningún aparecido, el cochero pronto, ágiles los caballos, ningún encuentro: mas...
—¿Mas qué?
—Mas... digo la verdad; hubiera querido mejor que la orden hubiese sido la de descargarle un arcabuzazo en las espaldas, sin oirla hablar, sin verle el rostro.
—¡Hola, hola! ¿Qué es lo que quieres decir?
—Quiero decir, que todo aquel tiempo... me ha causado mucha compasión.
—¡Compasión! ¿Qué entiendes tú de compasión?, ¿sabes acaso lo que es?
—Jamás la he comprendido como ahora: la compasión es una cosa parecida al miedo; si uno se deja apoderar de ella, es hombre perdido.
—Oigamos cómo se ha compuesto para moverte á compasión.
—¡Oh, ilustrísimo señor!, ¡tanto tiempo!... Orar, suplicar de cierto modo, y volverse pálida, pálida como la muerte; y después sollozar y rezar de nuevo, y ciertas palabras...
“No quiero á esa mujer en mi castillo”, decía para sí entretanto el Incógnito; “he sido un bruto en empeñarme en semejante cosa; mas lo he prometido... en fin, lo he prometido... Cuando estará lejos..”. Y levantando la cabeza, en actitud de mando, hacia Nibbio: “ahora deja la compasión á un lado”, dijo; “monta á caballo, toma un compañero, dos si quieres, y vuela al palacio del consabido D. Rodrigo. Dile que mande... pero que sea pronto, pronto; porque de otro modo...”
Mas otro no interior más imperioso que el primero, le impidió el concluir la frase. “No”, dijo con voz resuelta, como para manifestarse á sí mismo el mandato de aquella voz secreta: “no, vete á descansar, y mañana por la mañana... harás lo que te diga”.
“Es preciso que esa muchacha tenga algún demonio que la proteja”, pensó en seguida. Habiendo quedado solo, de pie con los brazos cruzados sobre el pecho, y la mirada inmóvil sobre cierta parte del pavimento, en donde los rayos de la luna, entrando por una elevada ventana, dejaban ver un cuadrado de pálida luz, cortado á trechos por la sombra de los barrotes de hierro, y atravesado en divisiones de los vidrios; “algún demonio ó... ángel que la defienda... ¡Causar compasión á Nibbio!... Mañana, mañana muy temprano, es indispensable que esa mujer esté fuera del castillo; que vaya á su destino, y que no se hable más de esto; y después proseguía, con ese ademán con el cual se intima una orden á un niño indócil: ¡jum!, ¡que no se hable más de esto! Que ese animal de D. Rodrigo no me venga á romper la cabeza con sus gracias; porque... no quiero oir hablar más de semejante cosa. Lo he servido, porque... se lo prometí; y se lo prometí... porque... era mi destino. Mas yo haré que me pague este servicio con usura. Vamos á ver...”.
Y él trataba de imaginar una empresa difícil que encargarle en compensación y como en represalias; pero vinieron á atravesársele de nuevo en la mente estas palabras: “¡Causar compasión á Nibbio! ¿Cómo ella puede haberlo conseguido?, se decía arrastrado por aquel pensamiento. Quiero verla... ¡oh!, no... Sí, quiero verla”.
Y de una en otra estancia, llegó á una escalerilla; subióla á tientas, se encaminó á la habitación de la vieja, y llamó á la puerta por medio de un puntapié.
—¿Quién es?
—Abre.
Á aquella voz, la vieja dió un salto: en el mismo instante se oyó descorrer el cerrojo, y la puerta se abrió de par en par. El Incógnito, desde el umbral, lanzó una ojeada al interior, y á la luz de una lámpara que ardía encima de la mesa, vió á Lucía echada en el suelo, en el rincón más lejano de la puerta.
—¿Quién te ha mandado que la arrojases ahí como un lío de trapos viejos, desgraciada?, dijo á la vieja con ademán iracundo.
—Se ha puesto donde ha querido, contestó ésta humildemente; he hecho todo lo posible para tranquilizarla; ella misma os lo podrá decir; pero no he sido escuchada.
—Levantaos, dijo á Lucía, aproximándose á ella; mas ésta, á quien el modo de llamar, el abrir, la aparición de aquel hombre, sus palabras, habían infundido un nuevo espanto en su espíritu alarmado, se acurrucó más y más en el rincón, con el rostro oculto entre sus dos manos, inmóvil, silenciosa y sobrecogida de un temblor general.
—Levantaos, que no quiero causaros ningún mal... y puedo dispensaros mucho bien, repitió el señor. ¡Levantaos!, gritó en seguida con voz de trueno, irritado de haber mandado dos veces una misma cosa inútilmente.
Como si el espanto la hubiese reanimado, la infortunada se arrodilló de súbito, y con las manos juntas, en ademán de súplica, como hubiera hecho delante de una imagen, alzó los ojos hacia el Incógnito, y bajándolos al momento exclamó: “Aquí me tenéis, matadme”.
—Os he dicho que no quiero haceros mal alguno, respondió el Incógnito con acento más dulce, mirando fijamente aquel semblante alterado por la aflicción y el terror.
—Ánimo, ánimo, decía la vieja; si él mismo dice que no quiere causaros mal alguno...
—¿Y por qué?, replicó Lucía, con una voz en la cual, á pesar de la turbación y espanto se traslucía cierta seguridad de indignación desesperada, ¿por qué me hace padecer las penas del infierno?, ¿qué es lo que yo le he hecho?
—¿Os han maltratado quizás?, hablad.
—¡Oh, maltratado! ¡Se han apoderado de mí, á traición, por fuerza! ¿Por qué, por qué he sido robada?, ¿por qué me encuentro en este sitio?, ¿en dónde estoy? Soy una infeliz muchacha: ¿qué he hecho yo? En el nombre de Dios...
—¡Dios, Dios!, interrumpió el Incógnito; ¡siempre Dios! Los que no pueden defenderse á sí mismos, los que carecen de fuerza, continuamente ponen á Dios por delante, como si le hubiesen hablado. ¿Pretendéis con semejante palabra hacerme... y dejó la oración sin concluir.
—¡Oh, señor!, ¡pretender!... ¿Qué puedo yo pretender, estando cautiva, sino que uséis conmigo de misericordia? ¡Dios perdona tantas cosas por una sola obra de misericordia! ¡Dejadme ir; por caridad, dejadme ir! Ninguna cuenta tiene al que en su día ha de morir, el hacer padecer tanto á una pobre criatura. ¡Oh, vos que podéis mandar, decid que me dejen ir! Me han traído aquí á la fuerza. Enviadme con esta mujer á *** en donde mi madre se halla. ¡Oh, Virgen santísima! ¡Madre mía, mi querida, mi idolatrada madre!, ¡quizá no esté lejos de aquí!... ¡He divisado mis montañas! ¿Por qué me hacéis padecer? Disponed que me conduzcan á una iglesia: rogaré por vos toda mi vida. ¿Qué os cuesta decir una palabra?, ¡he aquí que os enternecéis!, ¡decid una sola palabra, decidla! ¡Dios perdona tantas culpas por una obra de misericordia!
“¡Oh, por qué no será hija de uno de esos perros que me han desterrado!, pensaba el Incógnito; ¡de uno de esos miserables que me quisieran ver muerto!, cómo gozaría ahora con sus sufrimientos! y en vez de...”.
—¡No desechéis una tan buena inspiración!, continuaba fervorosamente Lucía, reanimada al ver un cierto aire de duda en el rostro y en el ademán de su tirano. Si vos no me concedéis esta gracia, el Señor me la concederá: me hará morir y todo se habrá concluido para mí; pero vos... acaso un día, también... pero no, no; yo siempre rogaré al Señor que os preserve de todo mal. ¿Qué os cuesta decir una palabra? Si vos llegaseis alguna vez á sufrir estos tormentos...
—Vamos, ánimo, interrumpió el Incógnito, con una dulzura que admiró á la vieja. ¿Os he causado yo por ventura algún mal? ¿Os he hecho algunas amenazas?
—¡Oh!, no; veo que tenéis buen corazón, que os compadecéis de una infeliz criatura. Si vos quisierais, podríais infundirme doble miedo que todos los demás, podríais hacerme morir; y por el contrario, me habéis... consolado un poco. Dios os lo premiará. Acabad la obra de misericordia; salvadme, salvadme.
—Mañana por la mañana.
—¡Oh!, salvadme ahora, en seguida...
—Os repito que mañana por la mañana nos volveremos á ver. En el ínterin, tranquilizaos, descansad; debéis tener necesidad de tomar algún alimento; ahora os lo traerán.
—No, no, yo me muero si alguno entra aquí; yo me muero. Conducidme á una iglesia cualquiera... lo cual Dios os lo pagará.
—Vendrá una mujer para traeros la comida, dijo el Incógnito; y dicho esto, se quedó estupefacto al ver que le hubiese venido á la imaginación semejante salida, y que hubiera pensado en la necesidad de buscarlo para tranquilizar á una mujer.
—Y tú, replicó en seguida, volviéndose á la vieja, anímala á que coma, y haz que descanse en este lecho; si quiere que te acuestes con ella, bien; si no, puedes dormir en el suelo por esta noche. Repito que la animes, que la alegres; y, sobre todo, guárdate que no tenga que quejarse de ti.
Pronunciadas las anteriores palabras, se dirigió hacia la puerta. Lucía se levantó y corrió con el objeto de detenerle y renovar sus súplicas; pero ya había desaparecido.
—¡Oh, infeliz de mí! Cerrad, cerrad pronto. Y cuando hubo oído cerrar la puerta y echar el cerrojo, volvió á acurrucarse en su rincón. ¡Oh, pobre de mí!, exclamó sollozando de nuevo. Y ahora ¿á quién suplicaré?, ¿en dónde estoy? Decidme, decidme por piedad, ¿quién es ese señor... ése que me ha hablado?
—¿Quién es, eh?, ¿quién es? ¡Queréis que os lo diga! Ya podéis esperarlo: os habéis puesto orgullosa porque os protege: con tal de que estéis satisfecha, nada os importa que yo sea la víctima; preguntádselo á él. Si yo os complaciera en esto, no recibiría palabras tan dulces como las que habéis oído. Yo soy vieja, soy vieja, continuó murmurando entre dientes. ¡Malditas sean las jóvenes, que así poseen la gracia de llorar como de reir y siempre tienen razón! Mas oyendo sollozar á Lucía se acordó de las órdenes amenazadoras del amo; se inclinó hacia la infortunada que permanecía acurrucada en su rincón, y con la voz más dulce que le fué posible, repuso: “Vamos, en todo esto no os he dicho nada de mal, alegraos. No me preguntéis cosas que no puedo deciros; por lo demás, tranquilizaos. ¡Oh, si supierais cuánta gente se hubiera alegrado de oirle hablar como lo ha hecho con vos! Regocijaos, que ahora traerán de comer; y yo que comprendo... según el modo con que os ha hablado, que va á venir algo bueno. Y luego os acostaréis y... espero que dejaréis un ladito para mí”, añadió con un acento de despecho, un tanto comprimido á su pesar.
—No quiero comer, no quiero dormir. Dejadme, no os acerquéis; no os mováis de aquí.
—No, no, vamos; dijo la vieja retirándose y yéndose á sentar en un ancho y carcomido sitial, desde donde lanzaba á la infeliz ciertas miradas de terror y de cólera á la vez; después de lo cual contemplaba su lecho, enfurecida al pensar que acaso estaría privada de él toda la noche y tiritando de frío; mas por otro lado se alegraba con la idea de la cena, con la esperanza que también participaría de ella. Lucía no sentía frío, ni tenía hambre, y como aturdida no experimentaba de sus mismos dolores más que un sentimiento confuso y vago, parecido á esas imágenes vanas que se presentan en el delirio de la fiebre.
Al oir tocar á la puerta de la estancia, se estremeció; y alzando su aterrado semblante, gritó: “¿Quién es, quién es? ¡que nadie entre!”.
—No es nada, nada; una buena noticia; es Marta que nos trae algo que comer.
—Cerrad, cerrad, exclamaba Lucía.
—¡Oh, ciertamente!, en seguida, en seguida, replicó la vieja; y tomando una cesta de las manos de la expresada Marta, á la cual despidió apresuradamente, cerró la puerta, y fué á colocar dicha cesta sobre una mesa que había en medio de la habitación. Después invitó repetidas veces á Lucía para que se aproximase á gozar de aquellos deliciosos manjares. Empleaba las palabras más eficaces, á su parecer, con el objeto de infundir apetito á la desgraciada, y prorrumpía en exclamaciones de júbilo, hablando de la excelencia de la comida. “Cuando la gente como nosotras puede llegar á disfrutar de semejantes manjares, se acuerdan toda la vida. Este vino es del que el amo bebe en compañía de sus amigos... cuando le vienen á visitar... y quieren estar alegres... ¡Hem!”. Mas viendo que todas sus tentativas eran inútiles: “¡Sois vos la que no queréis!, dijo; es preciso no olvidar el decirle mañana que yo os he animado. Mientras tanto, yo comeré dejándoos lo suficiente para cuando entréis en razón y queráis obedecer”. Dicho esto, se puso á comer ávidamente. Saciada que estuvo, se encaminó al rincón, y bajándose hacia Lucía, la invitó de nuevo á comer y á acostarse.
—No, no quiero nada, respondió ésta, con voz débil y como soñolienta; en seguida dijo con más resolución: “¿Está la puerta cerrada, bien cerrada?” Y después de haber echado una ojeada por toda la estancia, se levantó, y con las manos puestas adelante, con paso sospechoso, se dirigió hacia aquel lado.
La vieja llegó corriendo antes que ella, cogió el cerrojo, lo corrió, y dijo: “¿Lo veis?, ¿está bien cerrado? ¿estáis ahora satisfecha?”.
—¡Oh, contenta! ¡Yo contenta aquí! replicó Lucía, volviéndose de nuevo á su rincón; pero Dios sabe dónde estoy.
—Venid á acostaros; ¿qué queréis hacer ahí echada como un perro? ¿Se han visto rehusar jamás los comodidades, cuando se pueden tener?
—No, no; dejadme.
—Vos sois la que lo queréis. Vamos, he aquí un buen sitio; me pongo en la orilla; estaré incómoda por vos. Si queréis venir á la cama, ya sabéis que lo podéis hacer. Acordaos que os lo he rogado muchas veces. Así diciendo, se metió vestida como estaba debajo del cobertor, y todo quedó en el más profundo silencio.
Lucía permanecía inmóvil, en su rincón, con las rodillas pegadas al pecho, las manos colocadas sobre ellas, y el rostro oculto entre dichas manos. El estado de abatimiento en que se hallaba, no era sueño ni desvelo, sino una sucesión rápida, dolorosa y vaga, de terribles pensamientos, de ideas penosas, de latidos de corazón. Ora más segura de su razón, y recordando mejor todos los horrores que había presenciado y sufrido aquel día, recordaba dolorosamente hasta las más pequeñas circunstancias de la oscura y formidable realidad en la cual se veía envuelta; ora su mente transportada á una región aún más tenebrosa, luchaba contra los fantasmas nacidos de la incertidumbre y del terror. Largo tiempo permaneció siendo presa de semejantes angustias; pero al fin, abatida, fatigada, sintiendo aflojar sus atormentados miembros, se acostó, ó más bien, se dejó caer sobre el pavimento, y permaneció algún tiempo en un estado muy parecido al sueño. Mas de repente se despertó, como al ruido de una voz exterior que la estuviese llamando, y experimentó el deseo de despertar enteramente, de dar toda la extensión posible á su pensamiento, de saber en dónde estaba, cómo y por qué. Prestó atento oído al ruido que se percibía, el cual no era otra cosa más que la respiración lenta y embarazosa de la vieja. Abrió sus espantados ojos, y distinguió una opaca claridad, que por intervalos aparecía y desaparecía: era la torcida de la lámpara que, estando muy cerca de apagarse, despedía una luz trémula, y en seguida se retiraba, por decirlo así, como la ola que va y viene sobre la playa. Aquella luz que huía antes que los objetos hubiesen recibido de ella un reflejo y color distinto, no ofrecía á la vista más que una sucesión de cosas flotantes é indecisas. Pero bien pronto las recientes impresiones, reapareciendo en su mente, la ayudaron á distinguir lo que se presentaba á su vista de una manera tan confusa. La desventurada, despierta ya del todo, reconoció su prisión; todos los recuerdos del horrible día transcurrido, todos los terrores del porvenir la asaltaron á la vez: aquella nueva calma, después de tantas agitaciones, aquella especie de reposo, aquel abandono en que había estado sumida, le producían un nuevo terror, y se apoderó de ella tal ansiedad que deseó morir. Pero en semejante momento se acordó que podía á lo menos dirigir sus súplicas al cielo, y juntamente con dicho pensamiento apareció en su corazón como una repentina esperanza de felicidad. Tomó de nuevo su rosario, y empezó á rezar. Á medida que las oraciones se desprendían de sus trémulos labios, su corazón se entreabría á una confianza indeterminada. Mas de pronto se le presentó otra idea á la imaginación, esto es, que sus oraciones serían mejor acogidas y escuchadas, si en medio de su desolación hiciese alguna promesa. Trajo á la memoria lo que más amaba, lo que más había amado; y aun cuando su espíritu no podía sentir otra afección que el espanto, ni concebir otro deseo que el de la libertad, se acordó, sin embargo, y resolvió súbitamente, hacer un sacrificio. Se incorporó, colocando sus manos unidas junto al pecho, de las cuales pendía el rosario, elevó los ojos al cielo, y dijo: “¡Oh, Virgen Santísima! ¡Vos, á quien me he acogido tantas veces, y que tantas me habéis consolado! ¡Vos, que habéis padecido tantos dolores, y sois ahora tan gloriosa, y habéis obrado tantos milagros en favor de los infelices atribulados, socorredme, sacadme de este peligro; haced que vuelva sana y salva al lado de mi madre, Madre del Señor! y hago voto de permanecer virgen; renuncio para siempre á mi desventurado prometido, para no ser jamás de nadie, más que vuestra”.
Dichas las anteriores palabras, bajó la cabeza y se puso el rosario alrededor del cuello, casi como en señal de consagración, y á la vez de resguardo como una armadura de la nueva milicia, á la cual se había inscrito. Habiéndose vuelto á sentar en el suelo, sintió renacer en su alma una cierta tranquilidad, una más larga confianza. Le vino á la imaginación aquel mañana por la mañana repetido por el poderoso desconocido, y le pareció entrever en aquella palabra una promesa de salvación. Los sentidos, fatigados por tantas luchas, se adormecieron poco á poco en aquella tranquilidad de pensamientos, y por último, ya cercano el día, con el sagrado nombre de su protectora en los labios, se durmió gozando de un sueño perfecto y continuado.
Mas había otra persona en aquel mismo castillo, que hubiera querido hacer otro tanto, y no le fué posible. Habiéndose separado, ó más bien, huido de Lucía, después de haber dado las órdenes convenientes para la cena de ésta, y visitado, según costumbre, ciertos puestos del castillo, siempre preocupado con la imagen de Lucía, y con aquellas palabras que resonaban sin cesar en sus oídos, el señor se había retirado á su estancia.
Se había encerrado precipitadamente, como si hubiera tenido que atrincherarse contra un ejército de enemigos; y desnudándose sumamente agitado, se acostó. Pero aquella imagen cada vez más presente en su mente, pareció que en aquel momento le decía: tú no dormirás. “¡Qué loca curiosidad he tenido de ver á esa muchacha! se decía. Tiene razón ese imbécil de Nibbio; ¡uno no es ya hombre, es hombre perdido! ¡Yo!... ¿no soy yo hombre por ventura? ¿Qué ha pasado, pues? ¿Qué me ha pasado? ¿Qué diablos tengo? ¿Qué hay de nuevo? ¿No sabía antes de verla que las mujeres siempre chillan? ¡Lloran aun los hombres algunas veces, cuando no son bastante fuertes para defenderse! ¡Qué diablo!, ¿esto consiste en que yo no he oído lloriquear jamás mujeres?”
Y aquí, sin que tuviese necesidad de fatigar su memoria, ésta le presentó más de un caso, en que las súplicas ni lamentos habían podido quebrantar la resolución de llevar á cabo sus empresas. Mas lejos de darle el valor que le faltaba para cumplir ésta, como esperaba y deseaba, todos sus recuerdos no hicieron más que añadir á su irresolución una especie de consternación y de terror. De modo, que el volver á la primera imagen de Lucía, contra la cual había tratado de afirmar todo su valor, pareció que le aliviaba. “Ella vive, pensaba: se halla en el castillo; aún es tiempo; le puedo decir: partid, regocijaos; puedo ver cambiar aquel semblante; además le puedo decir: perdonadme... ¡Perdonadme! ¡Yo pedir perdón!, ¡y á una mujer!, ¡yo!... Y sin embargo, ¡si una palabra, si una palabra tal me pudiese hacer bien!, si me ayudase á sacudir por un momento el demonio que se ha apoderado de mí, la pronunciaría. ¡Á qué estado me veo reducido! ¡Ya no soy hombre, no soy hombre!... ¡Vamos!, dijo en seguida, revolviéndose furiosamente sobre su lecho, que le parecía tan duro como una piedra, y debajo de sus cobertores que le pesaban horriblemente: vamos, éstas son simplezas que me han pasado por la cabeza otras veces; ésta pasará también”. Y para hacerla pasar trató de buscar con el pensamiento algún proyecto, alguno de aquellos que solían ocuparle fuertemente, y no le dejaban un instante siquiera para reflexionar; mas no encontró ninguno. Todo se le presentaba cambiado: lo que otras veces estimulaba con más fuerza sus deseos, ahora no tenía para él ningún atractivo. La pasión rehusaba avanzar, del mismo modo que cuando un caballo se asusta de repente de una sombra cualquiera. Pensando en las empresas comenzadas y no acabadas, en vez de animarse á dar cima á ellas, en lugar de irritarse con los obstáculos (en semejante momento, la cólera misma le hubiera parecido dulce), experimentaba una sombría tristeza, se espantaba casi de los pasos ya dados. El tiempo se presentaba á su imaginación desnudo de todo interés, de todo querer, de toda acción, lleno únicamente de recuerdos intolerables: todas las horas que iban á sucederse se le representaban semejantes á la que corría tan lentamente, y que tanto pesaba sobre su cabeza. Repasaba en su imaginación á todos sus secuaces, y no encontraba nada importante que mandar á ninguno de éstos: la idea misma de volverlos á ver, de hallarse en medio de ellos, era un nuevo peso, un motivo de disgusto y embarazo. Cuando quería encontrar una ocupación para el día siguiente, una cosa que fuese factible, no se detenía más que en un solo pensamiento; éste era, que á la mañana siguiente podía dejar en libertad á aquella infortunada.
“La libertaré, sí; apenas empiece á apuntar el día, volaré á su lado, y le diré: partid, partid. La haré acompañar... ¿Y mi promesa? ¿y el compromiso que tengo? ¿y D. Rodrigo?... ¿Quién es D. Rodrigo?”
Como un hombre á quien su superior dirige de improviso una pregunta embarazosa, el Incógnito pensó de pronto responder á la que él mismo se había hecho, ó mejor diremos, aquel nuevo él que en un momento había tomado tan colosales y terribles dimensiones, y se levantaba como para juzgar al antiguo. Iba, pues, buscando las razones por las cuales, antes casi de ser rogado, se había podido resolver á tomar el empeño de hacer sufrir tanto, sin ningún motivo de aborrecimiento ni de temor, á una infeliz desconocida, únicamente para servir á D. Rodrigo; pero lejos de conseguir hallar en aquel momento ninguna razón que le pareciese propia para excusar semejante acción, no sabía casi explicarse á sí mismo cómo había sido inducido á ello. Aquel rasgo, más bien que una deliberación, había sido un movimiento instantáneo de un espíritu obediente á sentimientos antiguos y habituales, la consecuencia de mil hechos anteriores; y en medio del doloroso examen, al cual se entregaba para darse cuenta de un solo hecho, se encontró engolfado en repasar toda su vida.
Remontándose á tiempos muy lejanos, de año en año, de empresa en empresa, de crimen en crimen, de asesinato en asesinato, cada una de sus acciones se presentaba á su nuevo espíritu separada por sentimientos que le habían determinado y hecho cometer, apareciendo bajo un aspecto monstruoso, que estos mismos sentimientos no le habían dejado hasta entonces comprender. Todos le pertenecían, eran suyos: el horror de este pensamiento, que nacía á cada una de estas imágenes, y que estaba adherido á todas ellas, creció hasta la desesperación. Se levantó furioso, llevó con rabia las manos hacia la pared cercana á su lecho, agarró una pistola, apretóla convulsivamente, la montó, y... en el instante de ir á terminar una vida que le era insoportable, su pensamiento, sorprendido por un terror, por una inquietud, por decirlo así, supersticiosa, se lanzó al tiempo que seguiría después de su muerte. Figurábase con estampa su cadáver desfigurado, inmóvil, en poder de los hombres más viles; la sorpresa, la confusión que reinarían al día siguiente en el castillo; él mismo, sin fuerza, sin voz, arrojado quién sabe dónde. Se figuraba oir las conversaciones que tendrían lugar con motivo de semejante catástrofe, y que no dejarían de correr en todos los alrededores, y la alegría de sus enemigos. Las tinieblas mismas, el silencio de la noche, le hacían ver en la muerte cierta cosa de más triste, de más espantosa. Le parecía que no habría vacilado si hubiese sido de día, fuera de su casa y en presencia de alguno. Además, ¿qué tenía de particular echarse en el río y desaparecer? Absorto en estas desgarradoras contemplaciones, montaba y desmontaba con fuerza convulsiva el gatillo de la pistola, cuando le vino á la imaginación otra idea: si esa otra vida de la cual me han hablado siendo muchacho, de la cual se me habla siempre como si fuese una cosa segura; si esa vida consiste únicamente en no ser; si es una invención de los sacerdotes, ¿qué hago entonces? ¿qué importa todo lo que yo he hecho? ¿no dejará de ser una locura mía?... ¿Y si hay en efecto otra vida?...
Á semejante duda, á tal riesgo, se vió sobrecogido por una desesperación aun más sombría, más grave, y contra la cual ni aun podía hallar un refugio en la muerte. Dejó caer el arma fatal, llevó las manos á sus cabellos, sus dientes rechinaban, un temblor convulsivo se había apoderado de todos sus miembros. De repente, las palabras que había oído pocas horas antes, volvieron á resonar en su memoria: “¡Dios perdona tantas cosas por una obra de misericordia!” No volvían á su espíritu del mismo modo que habían sido pronunciadas, con un acento de humilde súplica, sino con un tono de autoridad, que dejaba entrever al mismo tiempo una lejana esperanza. Esto fué para él un momento de consuelo: dejó caer las manos, y en una actitud más tranquila, fijó mentalmente sus miradas, como si la hubiera tenido delante, en aquella que las había proferido; y la veía, no como su prisionera, ni como una persona que suplica, sino con el ademán del que dispensa gracias y consuelos. Esperaba con ansiedad que viniera el día para correr á devolverle la libertad, para escuchar de su boca otras palabras de alivio y de vida, imaginándose conducirla él mismo al lado de su madre. “¿Y luego, yo, qué haré mañana, el resto del día? ¿Qué haré el día que sigue después de mañana? ¿y al otro? ¿y á la noche? ¡la noche que volverá con sus doce horas! ¡Oh, la noche, la noche; no, no pensemos en la noche!”. Y volviendo á caer en el vacío espantoso del porvenir, trataba en vano de buscar un modo de emplear el tiempo, una manera de pasar los días y las noches. Tan pronto se proponía abandonar el castillo y huir á países remotos, en donde jamás se hubiese oído hablar de él, en que no se le conociera, ni aun siquiera de nombre; como le renacía una confusa esperanza de recobrar el antiguo ánimo, los antiguos gustos, no considerando la situación del momento más que como un delirio pasajero; tan pronto, por último, temía la luz del día que debía mostrarle á los suyos tan miserablemente cambiado; y finalmente, suspiraba por esta misma luz que también debía iluminar sus pensamientos. Mas he aquí que de pronto, al rayar el alba, pocos momentos después que Lucía se había quedado dormida, mientras que él estaba sentado é inmóvil sobre su lecho, un sonido vago y confuso, pero que sin embargo tenía un cierto no sé qué de alegre, vino á herir sus oídos. Prestó atención, y percibió un campaneo como si tocasen á fiesta; después de algunos instantes, distinguió también que el eco de la montaña repetía lánguidamente la lejana armonía, y se confundía con ella. De allí á poco siente que el ruido se aproxima, es una campana que está más cerca del castillo; después otra que le responde, y en seguida todavía otra. “¿Qué alegría es ésta? ¿Por qué este ruido de fiesta? ¿De qué se regocijan estas gentes?”. Salta de aquel lecho de espinas; medio se viste apresuradamente, vuela á la ventana, la abre, y mira por todas partes. Los montes estaban todavía medio velados por la niebla; el cielo parecía cubierto por una oscura y vasta nube; pero á la claridad del día que á cada instante iba creciendo, se divisaba allá á lo lejos, en el camino que atravesaba el fondo del valle, gentes que caminaban muy aprisa, otras que salían de sus casas y se ponían en camino, y se dirigían todas hacia el mismo lado, á la entrada de dicho valle, á la derecha del castillo, con los trajes domingueros, y una alegría extraordinaria.
“¿Qué diablos tienen esas gentes? ¿qué hay de alegre en este maldito país? ¿dónde va toda esa canalla?” Y habiendo llamado á un bravo de confianza que dormía en una próxima habitación, le preguntó la causa de todo aquel movimiento. Éste, que estaba tan enterado como su amo, le contestó que iría al momento á informarse. El señor permaneció apoyado en la ventana, sumamente atento al movible espectáculo. Veíanse hombres, mujeres, niños, en grupos, solos, uno alcanzando al que iba delante se unía á él; otro al salir de su casa se acompañaba con el primero que encontraba, y caminaban juntos como amigos á hacer un viaje convenido de antemano. Distinguíase en todos sus movimientos una celeridad y alegría común; las campanas más ó menos próximas, más ó menos distintas que resonaban á lo lejos, algunas veces sin estar acordes, pero siempre concertadas, se asemejaban en cierto modo á la voz de todo aquel pueblo y á la expresión de las palabras que no podían llegar al castillo. El Incógnito miraba, miraba sin cesar, y sentía nacer en su alma una ávida curiosidad de saber lo que podía comunicar un transporte igual á tan diversas gentes.
CAPÍTULO CUARTO
Pocos momentos después, el bravo volvió y contó á su señor, que el cardenal Federico Borromeo, arzobispo de Milán, había llegado la víspera á *** en donde permanecería todo el día siguiente (que era el en que estábamos). El ruido de la llegada se había esparcido la misma tarde á lo lejos y por todas las cercanías, lo cual había hecho que el pueblo tuviese deseos de ir á ver á aquel personaje, y tocaban las campanas en señal de regocijo, y para avisar al mismo tiempo á la gente. El Incógnito volvió á quedar solo, y continuó mirando en dirección al valle, cada vez más pensativo. “¡Por un hombre!, ¡todos presurosos, todos alegres, para ver á un hombre! ¡Y sin embargo, cada uno de éstos tendrá su demonio que le atormente! ¡Pero nadie, nadie deberá tener uno como el mío; nadie habrá pasado una noche como la mía! ¿Qué tiene, pues, ese hombre para excitar la alegría de todo un pueblo? Algún dinero que distribuirá así á la aventura... ¡Mas toda esa gente no va á recibir una limosna! ¡Y bien: algunas cruces en el aire, algunas palabras!... ¡Oh, si tuviese para mí palabras que pudieran consolarme!, ¡sí!... ¿Por qué no había yo de ir también?, ¿por qué no?... Iré, iré y le hablaré: le hablaré cara á cara. ¿Qué es lo que le diré? ¡Y bien!, aquello que, que... veré lo que él sabe”.
Tomada esta vaga determinación, concluyó de vestirse precipitadamente, poniéndose una especie de traje, cuyo corte tenía algo de militar; cogió la pistola que había dejado encima de la cama, se la colocó en un lado de su cinto, y en el otro una segunda que descolgó de la pared, así como también su puñal; y habiendo alcanzado una carabina tan famosa casi como él, se la puso á guisa de bandolera; tomó su sombrero, salió de la estancia, y antes de partir se encaminó á la en que había dejado á Lucía. Dejó su carabina en un rincón junto á la puerta, y llamó haciendo al mismo tiempo oir su voz. La vieja se precipitó del lecho de un salto, y corrió á abrir. El señor entró, y echando una ojeada por la estancia, vió á Lucía acurrucada en su rincón y muy quieta.
—¿Duerme?, preguntó en voz baja á la vieja. ¡Duerme en semejante sitio! ¿Eran éstas mis órdenes?, ¡desventurada!
—He hecho todo lo que he podido, respondió ésta; pero no ha querido absolutamente comer ni tampoco venir...
—Déjala dormir en paz; guárdate de turbar su sueño; y cuando se despierte... Marta vendrá aquí, á la habitación próxima, y la mandarás á buscar lo que la joven pida. Cuando despierte... dile que yo... que el señor ha salido por poco tiempo, que volverá, y que... hará todo lo que ella quiera.
La vieja se quedó toda estupefacta, pensando entre sí: ¿será acaso alguna princesa?
El castellano salió, tomó su carabina, mandó á Marta que permaneciese en la antecámara; dió orden al primer bravo que encontró que se pusiera de centinela para que ninguna otra persona más que ésta entrara en la habitación, y después salió del castillo y bajó la pendiente con la mayor agilidad y precipitación.
El manuscrito no dice la distancia que había desde el castillo al pueblo en donde se hallaba el cardenal; pero por los hechos que vamos á referir, resulta que no debía haber más que un largo paseo. Por el solo acudir de los lugareños á dicho pueblo, no se podrían sacar consecuencias, pues que en las memorias de aquel tiempo encontramos que, de veinte millas y más, corría la gente en tropel para ver al cardenal Federico.
Los bravos que acertaban á pasar mientras el Incógnito bajaba, se paraban respetuosamente, esperando si tenía órdenes que darles, ó si quería que le siguiesen á alguna expedición, no sabiendo qué pensar de aquel aire y aquellas miradas con que contestaba á sus saludos.
Cuando estuvo ya en el camino real, lo que admiraba á los pasajeros era el verlo sin acompañamiento. Por lo demás, todos le hacían lugar y se desviaban, dejándole sitio suficiente, no sólo para él, sino también para su séquito si lo hubiese llevado, y se quitaban respetuosamente los sombreros. Habiendo llegado al pueblo, lo halló enteramente cuajado de una inmensa muchedumbre de gentes; pero aun á pesar de esta circunstancia, su nombre, pasando de repente de boca en boca, bastaba para que la multitud le abriera paso. Se acercó á uno y le preguntó en dónde estaba el cardenal. En la casa del cura, le contestó aquél saludándole, y le indicó cuál era. El señor se dirigió á ella: entró en un patiecillo, en donde había muchos sacerdotes, los cuales le miraron con ademán atónito y de desconfianza. Divisó al frente una puerta abierta que daba entrada á una salita, en donde se hallaban reunidos otros muchos sacerdotes. Se desembarazó de la carabina y la dejó en un rincón del patio; después entró en la mencionada salita, y allí fué también acogido con miradas furtivas, murmullos, su nombre repetido de boca en boca, concluyendo por guardar un profundo silencio. Dirigiéndose el Incógnito á uno de ellos, le preguntó dónde se hallaba el cardenal, porque quería hablarle.
“Yo soy forastero”, contestó el interrogado; y después de haber echado una mirada en derredor, llamó á un capellán, familiar del cardenal, el cual desde un rincón de la sala, estaba justamente diciendo, en voz baja, á un compañero suyo: “¿Es ése el famoso?... ¿Á qué vendrá aquí? ¡Aparta!” No obstante, al llamamiento que resonó en medio del silencio general, se vió precisado á acudir. Saludó al Incógnito, escuchó su pregunta, y levantando la vista con una curiosidad inquieta sobre aquel rostro, y bajándola en seguida, permaneció allí un poco como aturdido, y después dijo, ó más bien balbuceó: “No sé si monseñor ilustrísimo... en este instante se encuentra... éste... pueda... Bien: voy á ver”. Y se dirigió de muy mala gana á la vecina estancia, en la cual se hallaba el cardenal.
Llegados á este pasaje de nuestra historia, no podemos menos de detenernos un poco, como el caminante fatigado y triste, á causa de un largo viaje por un terreno árido y escabroso, se recrea y pierde un poco de tiempo á la sombra de un frondoso árbol, sobre la yerba, ó al lado de una cristalina fuente de agua viva. Nos hemos encontrado con un personaje, cuyo nombre y recuerdo, presentándose á la mente en cualquier tiempo que sea, le causan una emoción tranquila de respeto y un agradable sentimiento de simpatía. Pero ¿cuánto más dulce es dicho sentimiento, después de tantas imágenes dolorosas, después de la contemplación de tanta perversidad? Es absolutamente indispensable que nosotros digamos cuatro palabras tocante al expresado personaje; los que no deseen oirlas y quieran sin embargo saber la continuación de la historia, que salten en derechura al capítulo siguiente.
Federico Borromeo, nacido en el año de 1564, fué uno de esos hombres raros en todo tiempo, que han empleado un esclarecido talento, todos los recursos de una opulenta fortuna, todas las ventajas de una condición privilegiada, una aplicación continua en buscar y practicar el bien. Su vida es como un arroyuelo que, naciendo límpido de la roca, sin estancarse ni enturbiarse jamás en un largo curso por diversos terrenos, va á echarse límpido al caudaloso río. En medio de los placeres y la magnificencia, se dedicó desde su más tierna infancia á esas palabras de abnegación y de humildad, á esas máximas sobre la vanidad de los goces, sobre la injusticia del orgullo, sobre la verdadera dignidad y verdaderos bienes que, comprendidos ó no por los corazones, son trasmitidos de generación en generación, siendo la doctrina fundamental de la religión. Se aplicó, repito, á esas palabras, á esas máximas; las adoptó formalmente, las gustó, las halló verdaderas, reconoció que no podía haber verdad en las palabras y máximas opuestas que se trasmiten también de una en otra generación con la misma perseverancia, y tal vez por los mismos labios, y se propuso tomar por norma de sus acciones y de sus pensamientos las que eran realmente verdaderas. Persuadido que la vida no es para el mayor número más que una pesada carga, y un placer para algunos pocos, pero de cuya inversión es indispensable dar cuenta, empezó á pensar desde niño cómo podría hacer la suya útil y santa.
En el año 1580 manifestó la resolución de consagrarse al ministerio eclesiástico, y recibió el hábito de manos de su primo Carlos[2], á quien la fama ya universalmente y desde largo tiempo proclamaba santo. Poco después entró en el colegio fundado por éste en Pavía, y que lleva todavía el nombre de la familia; y aplicándose con asiduidad á las ocupaciones que estaban prescritas, se impuso además otras dos voluntariamente, siendo la una el enseñar la doctrina cristiana á los más pobres é ignorantes, y la otra el visitar, servir, consolar y socorrer á los enfermos.
Se valió de la autoridad que tenía en aquel paraje para atraer á sus compañeros á secundarle en dichas buenas obras; ejerció en todo lo que era honesto y provechoso como una primacía de ejemplo, una primacía que hubiera obtenido sólo por sus dotes personales, aunque hubiese pertenecido á la más ínfima clase. Las ventajas de otro género que su cuna le hubiera podido procurar, lejos de buscarlas, hizo un estudio particular en esquivarlas. Quiso que su mesa fuera más mezquina que frugal, sus vestidos más bien pobres que sencillos, y conforme á esto todo lo demás, al tenor de su persona ó modo de vivir. No se creyó jamás precisado á mudarlos, aun cuando algunos de sus parientes ponían el clamor en el cielo, y se quejaban de que de semejante modo deshonraba la dignidad de la casa. Tuvo también que sostener una guerra con sus maestros, los cuales furtivamente, y como por sorpresa, procuraban ponerle delante, detrás, á los lados, objetos más ricos, ciertas cosas que lo distinguiesen de los demás, y le hiciesen parecer como el príncipe del lugar donde se hallaba. Esto lo hacían tal vez porque creerían que andando el tiempo podrían sacar algún partido granjeándose su voluntad, ó acaso también movidos por esa bajeza servil que se envanece y se recrea en el esplendor de otros, ó bien porque fuesen de esos hombres prudentes que se asombraban tanto de la virtud como del vicio, y proclaman siempre que la perfección conste en un buen medio, y este medio lo fijan justamente en el punto donde ellos se encuentran á su comodidad. Federico, en vez de dejarse vencer por tales tentativas, reprendía á los que las hacían, y esto en una edad tierna, á saber, entre la pubertad y la juventud.
Que viviendo el cardenal Carlos, que le llevaba veintiséis años, en presencia de una persona tan imponente, y por decirlo así, tan solemne, rodeado de homenajes y respeto, realzado por un tan gran renombre, marcado al propio tiempo con señales de santidad, Federico, niño todavía, procurase conformarse á las maneras y modo de pensar de tal superior, no es ciertamente una cosa que admire; pero lo que sorprende más es que después de la muerte de tan santo varón, nadie pudo apercibirse de que Federico, el cual contaba apenas veinte años, estuviese privado de un guía y un censor. El ruido siempre creciente de sus talentos, de su instrucción y piedad, el parentesco y los influjos de más de un poderoso cardenal, el crédito de su familia, su mismo nombre, al cual el cardenal Carlos había adherido en los ánimos una idea de santidad y de preeminencia, todo lo que debe y puede conducir los hombres á las dignidades eclesiásticas, concurría á pronosticárselas. Pero él, persuadido en el fondo de su corazón, y un buen cristiano no lo puede negar, persuadido de que un hombre no debe tener una justa superioridad sobre los demás, si no están á su servicio, temía las dignidades y trataba de eludirlas; no porque huyese de servir á los otros, pues pocas existencias se ocuparon en esto tanto como la suya, sino porque no se consideraba bastante digno ni con suficiente capacidad para tan importante y peligroso servicio. Por esto, siendo en el año 1595 propuesto por Clemente VIII para el arzobispado de Milán, se le vió sumamente agitado y rehusó sin titubear este cargo; mas luego cedió á causa de una orden expresa y terminante del Papa.
Semejantes demostraciones no son difíciles ni raras. ¿Quién no sabe esto? La hipocresía no tiene necesidad de grandes esfuerzos de ingenio para hacerlas, y la bufonería para burlarse de ellas á buena cuenta y á cada paso. Mas, ¿dejan por ventura por esto de ser la expresión natural de un sentimiento virtuoso y sabio? La vida es la piedra de toque de las palabras; y las palabras que expresan dicho sentimiento, aunque pasen por los labios de todos los impostores y bufones del mundo, serán siempre bellas cuando vayan precedidas y seguidas de una vida de desinterés y de sacrificio.
Federico, una vez fué arzobispo, hizo un estudio particular y continuo de no tomar para sí más riquezas, más tiempo, más cuidados, ni nada más en fin, que lo estrictamente necesario. Decía, como todos dicen, que las rentas eclesiásticas son el patrimonio de los pobres; ahora vamos á ver cómo ponía en práctica semejante máxima. Quiso que se apreciase á cuánto podía ascender su manutención y la de su servidumbre; y habiéndosele dicho que unos seiscientos escudos (escudo se llamaba entonces á la moneda de oro que, quedando siempre con el mismo peso y nombre, fué después llamada zequí), dió orden para que todos los años se sacasen otros tantos de su caja particular, para la de la mensa, no creyendo que á él, siendo tan rico, le fuera lícito vivir con aquel patrimonio. Era tan escaso y minuciosamente económico para sí mismo, que procuraba no quitarse un vestido hasta que estuviese muy usado, uniendo, sin embargo, según fué notado por los escritores contemporáneos, á la costumbre de una extremada sencillez, la de una limpieza esmerada, dos circunstancias remarcables en aquel tiempo de desaseo y despilfarro. Hizo más: á fin de que no se desperdiciase nada, dispuso que las sobras de su frugal mesa se dieran á un hospicio, y uno de los pobres del expresado establecimiento entraba todos los días por orden suya al comedor á recoger todo lo que había quedado. Estos pequeños cuidados acaso podrían inducir á formar el concepto de una virtud avara y miserable, de un espíritu entregado á minuciosidades é incapaz de elevados designios, si no atestiguase lo contrario esa biblioteca ambrosiana que aún existe en el día, la cual proyectó con tan animosa magnificencia y erigió con tantos dispendios. Para proveerla de libros y manuscritos, además del regalo que hizo de los que él mismo había compilado con grande estudio y enormes gastos, envió ocho individuos, los más hábiles é instruidos que pudo hallar, con el objeto de hacer compras por Italia, Francia, España, Alemania, Flandes, Grecia y al monte Líbano, en Jerusalén. De este modo logró reunir cerca de treinta mil volúmenes impresos y catorce mil manuscritos. Añadió á la biblioteca un colegio de doctores (fueron nueve, pensionados por Federico mientras vivió; después, no siendo suficientes las entradas ordinarias para semejante gasto, quedaron reducidos á dos), y su oficio era cultivar varios ramos de conocimientos humanos, como la teología, la historia, las bellas letras, las antigüedades eclesiásticas y las lenguas orientales, con la obligación cada uno de ellos de publicar algún trabajo sobre la materia que les estaba señalada; añadió, igualmente, un colegio llamado por él Trilingüe, para el estudio de las lenguas griega, latina é italiana; un colegio de alumnos, á quienes se instruía en las mencionadas facultades y lenguas para que ellos llegasen también á enseñarlas algún día; estableció allí mismo una imprenta para las lenguas orientales, esto es, para el hebreo, caldeo, árabe, persa y armenio; una galería de pinturas, otra de escultura, y una escuela de las tres principales artes del dibujo.
Para esto encontró fácilmente profesores ya formados; para lo demás, sabemos qué de trabajos le habían costado el hallar los libros y manuscritos. Pero los caracteres de las mencionadas lenguas, mucho menos cultivadas en Europa que lo están en el día, eran ciertamente muy difíciles de hallar; y mucho más todavía que los caracteres, los profesores. Bastará decir, que de nueve doctores sacó ocho de entre los jóvenes alumnos del seminario, juicio enteramente conforme al que parece haber traído la posteridad, que ha condenado á unos y á otros al olvido. En las reglas que planteó para el uso y gobierno de la biblioteca, se trasluce una intención perpetua de utilidad, no solamente bella en sí misma, sino sabia y bien entendida; y en muchas partes, sobrepujando á las ideas y costumbres ordinarias de aquel tiempo. Prescribió al bibliotecario que mantuviese correspondencia con los hombres más doctos de Europa, para que le pusieran al corriente del estado de las ciencias, y le diesen aviso de los mejores libros extranjeros de todo género que salieran á luz, y que tratara de adquirirlos: encargóle también, que indicase á los que quisieran estudiar, las obras que podrían serles útiles, y ordenó que ya fuesen nacionales, ya extranjeros, se les diese todo el tiempo y comodidad posibles para servirse de ellas según la necesidad. Tal intención debe parecer al presente muy natural, y aun inherente á la fundación de una biblioteca; mas sin embargo, en aquella época no era así. En una historia de la biblioteca Ambrosiana, escrita con la mira de utilidad y con la elegancia propia del siglo, por un tal Pierpaolo Bosca, que fué bibliotecario después de la muerte de Federico, se nota expresamente como cosa muy singular, que en dicha biblioteca, fundada por un particular y casi toda á sus expensas, los libros estaban expuestos á la vista del público, eran llevados por cualquiera que los pedía, dando también á todo el mundo sillas para sentarse, papel, plumas y tinta para tomar apuntaciones, mientras que en todas las grandes bibliotecas de Italia, no sólo no estaban visibles los libros, sino que también estaban cuidadosamente cerrados en los armarios: jamás salían de ellos, á no ser que los bibliotecarios se dignasen, por condescendencia, á manifestarlos por un instante: respecto á facilitar á los concurrentes las comodidades indispensables para estudiar, no se tenía una idea siquiera. De modo que enriquecer semejantes bibliotecas, era sustraer los libros al uso común; esto era un modo de cultivar que había entonces, y hay todavía, que vuelve estériles los campos.
No vayáis ahora á preguntar cuáles han sido los efectos de la fundación de Borromeo sobre la instrucción pública: sería fácil demostrarlo en dos palabras, del mismo modo que se demuestra que fueron prodigiosos ó que fueron nulos. Buscar y explicar hasta cierto punto cuáles hayan sido verdaderamente, sería cosa muy pesada, de poca utilidad y extemporánea. Pero imaginaos qué generoso, qué ilustrado, qué benévolo, qué amigo tan perseverante de las mejoras humanas debió haber sido el que pudo querer semejante cosa, que la quiso así, que la puso en ejecución en medio de aquella inercia, de aquella antipatía general para toda aplicación estudiosa, y por consecuencia en medio de los ¿qué importa?... ¡otras cosas hay en qué pensar!... ¡Oh, bella invención!... ¡No faltaba más que ésta!... y otras mil cosas por el estilo. Seguramente, los propósitos debieron ser más números aún que los escudos que gastó en la empresa, y eso que no bajaron de quinientos mil.
Para dar á un hombre semejante el título de benéfico y liberal en el más alto grado, puede parecer que no sea preciso saber si gastó mucho dinero en socorrer inmediatamente á los necesitados: hay mucha gente que opina, que los gastos de este género (iba á decir todos los gastos) constituyen la mejor y más útil limosna. Mas en la opinión de Federico, la limosna, propiamente dicha, era un deber esencial; y en esto, como en lo demás, sus acciones estuvieron de acuerdo con su opinión. Su vida fué una larga y perpetua limosna; y á propósito de aquella misma carestía, de la cual nuestra historia ha hablado ya, tendremos dentro de poco ocasión de referir algunos rasgos que harán ver cuánta sabiduría y generosidad supo prestar aun á sus liberalidades. De los muchos ejemplos singulares que de una tal virtud han descrito sus biógrafos, no citaremos más que uno solo. Habiendo cierto día llegado á su conocimiento que un noble usaba de mil artificios y malos tratamientos para obligar á una de sus hijas á ser religiosa, que deseaba más bien casarse, hizo llamar al padre; y habiéndole arrancado que el verdadero motivo de semejante tiranía era el no tener cuatro mil escudos, cuya cantidad, á su parecer, hubiera sido necesaria para casar á su hija convenientemente, Federico la dotó con cuatro mil escudos. Esto acaso parecerá á alguno una largueza excesiva, mal entendida, demasiado condescendiente con los tontos caprichos de un orgulloso, y que cuatro mil escudos podían ser mejor empleados de otras mil maneras; á la cual nada tenemos que responder, sino que sería de desear que se viesen con frecuencia tales excesos de una virtud tan libre de opiniones dominantes (cada época tiene las suyas), tan independientes de la tendencia general, como lo fué en este caso la que movió á un individuo á dar cuatro mil escudos para que una joven no se viese forzada á ser religiosa.
La caridad inagotable de aquel hombre resplandecía no menos en su continente que en sus larguezas. De fácil acceso para todo el mundo, creía deber manifestar un semblante jovial, una cortesía afectuosa á aquellos á quienes llaman de baja condición, tanto más, cuanto que éstos encuentran pocos en el mundo. Y en este punto tuvo que combatir con los caballeros del ne quid nimis[3]. Un día que en una de sus visitas á un país montañoso y salvaje, Federico instruía á unos pobres niños, y en un momento de descanso los acariciaba amistosamente con la mano, uno de esos nobles de que acabo de hablar, le advirtió que usara más miramiento en hacer caricias á aquellos muchachos, porque estaban demasiado sucios y asquerosos, como si hubiera supuesto el buen hombre que Federico no poseía bastante sentido común para conocerlo, ó la suficiente penetración para adivinar lo que se ocultaba bajo semejante consejo. Tal es la desgracia de los hombres constituidos en dignidad, que mientras que las gentes que les adviertan de sus faltas son muy raras, se encuentran multitud de personas atrevidas que les reprenden el bien que hacen. Pero el buen obispo respondió, no sin algún resentimiento: Son almas encomendadas á mi custodia; acaso no me volverán á ver nunca más; ¡y no queréis que los abrace!
Sin embargo, el resentimiento era bien raro en él, estimado como era por su tranquilidad de espíritu, por la dulzura de su genio, que se hubiera atribuido á una felicidad extraordinaria de temperamento, y sólo era, sin embargo, el efecto de una lucha constante contra una índole pronta y viva. Si alguna vez se mostró severo y brusco, fué con sus subordinados, culpables de avaricia y negligencia, ú otros vicios diametralmente opuestos al espíritu de su noble y santo ministerio. Por todo lo que podía tener alguna relación con sus intereses, ó á su gloria temporal, no daba jamás señales de alegría, pesar, ardor ni agitación: admirable en efecto si estos movimientos no se presentaban á su espíritu, más prodigioso todavía si se presentaban. No sólo en un gran número de cónclaves, á los cuales asistió, se atrajo el concepto de no haber aspirado jamás al puesto que ocupaba, tan envidiado por la ambición y tan terrible para la verdadera piedad, sino que una vez uno de sus colegas más eminentes fué á ofrecerle su voto y el de su facción (palabra muy fea, pero era la que usaban): Federico rehusó esta proposición tan resueltamente, que aquél renunció á su idea, y volvió sus miras á otra parte. Esta misma modestia, esta aversión á dominar, aparecía igualmente en todas las ocasiones más ordinarias de su vida. Atento é infatigable á disponer, á gobernar lo que él juzgaba que era un deber suyo el hacerlo, huyó siempre de entrometerse en los negocios de otros; aun cuando se reclamase su intervención, se defendía con todo su poder; discreción y comedimiento poco comunes en los hombres tan celosos del bien, como lo era Federico.
Si quisiéramos abandonarnos al placer de recoger los rasgos notables de su carácter, resultaría seguramente una mezcla singular de méritos opuesta en apariencia, y que á la verdad es difícil encontrar reunidos; sin embargo, no omitiremos el señalar una particularidad de aquella hermosa existencia: llena como fué de actividad, de cuidados importantes, de funciones, de enseñanza, de audiencias, de visitas diocesanas, de viajes, de controversias, no sólo el estudio tuvo su parte, sino que tuvo tanta, que hubiera bastado á un literato de profesión. Efectivamente, además de muchos títulos dignos de alabanza, Federico obtuvo también, entre sus contemporáneos, el de hombre docto.
No debemos, con todo, disimular que adoptó con una firme persuasión y que sostuvo con una larga constancia ciertas opiniones, que hoy día parecerían á todos más bien extrañas que mal fundadas aun á los mismos que tuviesen deseos de hallarlas justas. Si se le quisiera defender acerca de dicho punto, se tendría esta excusa tan corriente y recibida, que eran errores de aquella época más bien que suyos; excusa que cuando resulta del examen particular de los hechos, puede tener algún valor y significar alguna cosa; pero cuando se aplica en general y enteramente á ciegas, nada vale absolutamente. Sin embargo, como no queremos resolver por medio de simples fórmulas cuestiones complicadas, ni alargar demasiado un episodio, nos abstendremos también de exponerlos. Bástanos haber indicado de paso, que estamos lejos de pretender, que en un hombre tan admirable en conjunto, lo fuese igualmente en todo, porque tenemos miedo que se nos diga hemos querido escribir una oración fúnebre.
No es ciertamente hacer una injuria á nuestros lectores, el suponer que alguno de ellos pregunte, si un hombre tan sabio y tan estudioso no ha dejado por ventura algún monumento. ¡Sí lo ha dejado! Las obras que han quedado de Federico, grandes y pequeñas, latinas é italianas, impresas y manuscritas, llegan á más de ciento, las cuales se conservan en la biblioteca fundada por él: tratados de moral, de oraciones, disertaciones sobre la historia, antigüedades sagradas y profanas, literatura, bellas artes y otras muchas.
¿Y cómo, pues, dirá el lector, tanta diversidad de obras están condenadas al olvido, ó á lo menos son tan poco conocidas, tan poco buscadas? ¿Cómo, pues, con tanto ingenio, con tanto estudio, con tanta experiencia de los hombres y de las cosas, con tanto meditar, con una tan viva pasión por lo bueno, con un alma tan candorosa, con todas estas cualidades que forman al grande escritor, ese hombre en cien obras no ha dejado tan siquiera una sola de las que son reputadas insignes por los mismos que no las aprueban del todo, y conocidas por el título aun de aquellos que no las leen? ¿Cómo, pues, todas juntas no son suficientes, á lo menos por su número, para dar á su nombre una fama literaria que llegue hasta nosotros, que para él constituimos la posteridad?
La demanda es razonable, sin duda, y el debate muy interesante. Las causas de este fenómeno no se encuentran; sería preciso hallarlas en una multitud de hechos generales. Encontrados que fueran, conducirían á la explicación de muchos otros fenómenos semejantes, pero serían numerosos y prolijos; ¿y después si os agradasen?,¿si os hiciesen arrugar el entrecejo? Vamos; lo mejor será que volvamos á tomar el hilo de nuestra historia, en vez de parlotear más tiempo acerca del mencionado personaje; y vamos á verle obrar, guiados por nuestro autor.
NOTAS:
[2] S. Carlos Borromeo.
[3] Nada de más.
CAPÍTULO QUINTO
Mientras que el cardenal Federico esperaba la hora de ir á la iglesia á celebrar los divinos oficios, y se entretenía en estudiar, como tenía de costumbre en sus ratos de ocio, entró el familiar con aire inquieto y turbado.
—Una extraña visita; extraña en verdad, monseñor ilustrísimo.
—¿Quién es?, preguntó el Cardenal.
—Nada menos que el señor ***, replicó el capellán, y apoyándose en cada sílaba con ademán significativo, pronunció aquel nombre que nosotros no podemos decir á nuestros lectores. Luego añadió: Está ahí fuera en persona, y no pide más que ser introducido á la presencia de vuestra señoría.
—¡Él!, dijo el cardenal con semblante animado, cerrando el libro y levantándose del sitial; ¡que venga, que venga pronto!
—Pero... replicó el capellán sin moverse; vuestra señoría ilustrísima debe saber quién es este individuo: aquel desterrado, aquel famoso...
—Y no es una fortuna para un obispo el que haya nacido en un hombre semejante la voluntad de venir á encontrar...
—Pero... insistió el capellán: nosotros no podemos hablar de ciertas cosas, porque monseñor dice que son charlatanerías; mas cuando llega el caso, me parece que es un deber... El celo le hace á uno cobrar enemigos, monseñor; y sabemos positivamente que más de un malvado ha osado vanagloriarse que un día ú otro...
—¿Y qué han hecho?, interrumpió el cardenal.
—Digo que ese hombre es un encubridor de delitos, un calavera, que tiene correspondencia con los calaveras mayores, y que acaso puede ser enviado...
—¡Oh!, ¿qué disciplina es ésta?, interrumpió el cardenal con una sonrisa. ¡Qué! ¿Los soldados exhortan al general á tener miedo? Luego con aire grave y pensativo replicó: San Carlos no hubiera deliberado un momento si debía recibir á semejante hombre; hubiera ido á buscarlo en seguida. Hacedlo entrar al instante: demasiado ha esperado ya.
El capellán salió, diciendo entre sí: No hay remedio; todos estos santos son obstinados.
Abrió la puerta, y habiéndose presentado en la estancia donde se encontraba el señor y la gente reunida, vió á ésta retirada á un lado, ocupada en cuchichear y mirar de reojo á aquél, abandonado y enteramente solo en otro extremo. Se encaminó hacia él, y mientras lo miraba según podía con el rabo del ojo, estaba pensando qué diablo de armas podía llevar ocultas bajo aquel traje. Verdaderamente, antes de introducirlo hubiera debido, á lo menos, proponerle... mas no pudo resolverse á ello... Se le acercó, y dijo: “Monseñor aguarda á vuestra señoría: hacedme el obsequio de venir conmigo”. Y precediéndolo en medio de aquella pequeña multitud que de súbito se abrió dejando paso, echaba á derecha é izquierda ciertas miradas, las cuales significaban: ¿Qué queréis?, ¿no sabéis vosotros tan bien como yo que ese buen señor hace siempre lo que se le antoja?
Apenas el Incógnito fué introducido, cuando Federico le salió al encuentro, con semblante alegre y sereno, con los brazos abiertos, como á una persona que esperaba con ansia, y en seguida hizo seña al capellán que saliese: éste obedeció.
Los dos permanecieron por espacio de algún tiempo sin hablar, y diversamente indecisos. El Incógnito, que había sido llevado allí como á la fuerza, por un delirio inexplicable, más bien que conducido por un determinado designio, estaba como violentado, desgarrado por dos pasiones opuestas: experimentaba á la vez el deseo, la esperanza confusa de encontrar un alivio en sus tormentos interiores, y por otra parte una cólera, una vergüenza de llegar á aquel sitio como vencido por el arrepentimiento, como un súbdito, como un miserable para confesarse culpable, para implorar á un hombre; él no encontraba palabras, ni tampoco casi las buscaba. Sin embargo, alzando los ojos hacia el rostro de aquel hombre, se sentía cada vez más sobrecogido por un sentimiento de respeto suave, irresistible, que aumentando la confianza, mitigaba el despecho, y sin hacer frente al orgullo, lo hacía alejarse y le imponía silencio.
La presencia de Federico era en efecto de aquellas que anuncian cierta superioridad. Su porte era naturalmente modesto y casi involuntariamente majestuoso, no encorvado ni destruido por los años; su mirada era grave y viva, la frente serena y pensativa; en la blancura de sus cabellos, en la palidez de su semblante, al través de las huellas de la abstinencia, de la meditación, de la fatiga brillaba un cierto no sé qué de virginal: todos los rasgos de su semblante indicaban que en otro tiempo había sido dotado de lo que con más propiedad llamamos belleza; el hábito de los pensamientos solemnes y benévolos, la paz interna de una larga vida, el amor hacia los hombres, la alegría continua de una esperanza inefable, habían sustituido una, si así podemos decirlo, hermosura de anciano, que sobresalía todavía más en medio de la magnífica sencillez de la púrpura cardenalicia.
El cardenal tuvo un momento fija sobre el Incógnito su mirada penetrante y ejercitada en leer los pensamientos de los hombres en su semblante, y bajo aquel aire sombrío y turbado, creyó descubrir alguna cosa que estaba conforme con la esperanza que había concebido al primer anuncio de semejante visita. ¡Oh!, exclamó con voz animada; ¡qué preciosa visita es ésta para mí! ¡Cuán agradecido debo estaros por tan buena resolución, aunque para mí tenga cierto aire de reproche!
—¡Reproche!, exclamó el señor atónito, pero tranquilo por aquellas palabras y suaves maneras, como también satisfecho de que el cardenal hubiese roto la valla y entablado la conversación.
—Ciertamente es para mí un reproche, replicó éste, el haber dejado prevenirme por vos. ¡Cuántas veces y cuánto tiempo hace, que hubiera podido, que yo hubiera debido ir á buscaros!
—¡Á mí, vos!, ¿sabéis quién soy yo?, ¿os han dicho verdaderamente mi nombre?
—¡Ah!, este consuelo que yo experimento y que á la verdad se manifiesta en mi semblante, ¿os parece que yo lo hubiera sentido al anuncio, á la vista de un desconocido? Vos sois el que me lo habéis hecho experimentar; vos, repito, á quien debería haber ido á buscar; vos, á quien tanto he amado y compadecido, y por el cual tanto he rogado; vos, aquel de mis hijos, que sin embargo los amo á todos de corazón, aquel de mis hijos á quien más hubiera deseado acoger y abrazar si yo lo hubiese creído posible. Pero Dios solo sabe obrar milagros, y suple á la debilidad, á la lentitud de sus miserables servidores.
El Incógnito permanecía admirado á aquella acogida tan ardiente, á aquellas palabras que respondían tan resueltamente á lo que él no había dicho todavía, ni estaba determinado á decir. Conmovido y bastante turbado, guardaba el más profundo silencio.
—¡Pues cómo!, replicó aún más afectuosamente Federico: ¿tenéis una buena noticia que darme, y me la hacéis esperar tanto?
—¡Una buena noticia, yo! Tengo el infierno en el corazón ¡y vendría á daros una buena noticia! Decidme vos si lo sabéis, ¿cuál es esta buena noticia que esperáis de un hombre como yo?
—Que Dios ha tocado vuestro corazón y quiere haceros suyo, respondió el cardenal con la mayor calma.
—¡Dios! ¡Dios! ¡Dios! ¡Si yo lo viese! ¡si yo lo sintiese! ¿en dónde está ese Dios?
—¡Vos me lo preguntáis, vos! ¿y quién más que vos lo tiene tan cerca? ¿No lo sentís en vuestro corazón, que os oprime, que os agita, que no os deja un momento de reposo, y que al mismo tiempo os atrae, os hace presentir una esperanza de tranquilidad, de consuelo, de un consuelo que está lleno, inmenso, tan pronto como vos lo reconozcáis, lo confeséis y lo imploréis?
—¡Oh! sí, sí; yo tengo aquí alguna cosa que me oprime, que me devora. Pero, ¡Dios!... si es ese Dios, ése que decís, ¿qué queréis que haga de mí?
Estas palabras fueron pronunciadas con acento de desesperación: mas Federico, con tono solemne y como de plácida inspiración, respondió: “¿Qué cosa puede hacer Dios de vos? ¿qué es lo que quiere hacer? una señal de su poder y de su bondad: quiere recabar de vos una gloria que ningún otro pudiera darle. Vos, contra quien el mundo grita hace tanto tiempo; vos, contra quien mil y mil voces se levantan y cuyos hechos detestan... (El Incógnito se estremeció y permaneció un momento estupefacto al oir aquel lenguaje tan insólito, más estupefacto todavía de no experimentar ni un átomo de cólera, y de encontrar al mismo tiempo casi una especie de consuelo). ¡Cuánta gloria, prosiguió Federico, no reportará á Dios! Ésos son gritos de terror, son gritos de interés; quizá también gritos de justicia, pero ¡de una justicia tan fácil, tan natural! Entre los que os acusan, los hay á quienes anima la envidia de ese desgraciado poder que habéis ejercido, de esa deplorable seguridad de ánimo que habéis conservado hasta hoy. Pero cuando vos mismo os levantaréis para condenar vuestra vida y para acusaros, entonces, ¡oh, entonces Dios será glorificado! ¿Y preguntáis lo que Dios puede hacer de vos? ¿Quién soy yo, criatura indigna, para deciros qué provecho puede sacar Dios en adelante de vos, el que puede hacer de esta voluntad impetuosa, de esta imperturbable constancia, cuando la haya animado, enardecido con su amor, de esperanza y arrepentimiento? ¿Quién sois vos, pobre mortal, que habéis pensado ejecutar cosas más grandes por medio del mal, que Dios no puede hacer que hagáis y deis cumplimiento por medio del bien? ¿Lo que Dios puede hacer de vos? ¿Y perdonaros, salvaros? ¿Y consumar en vos la obra de la redención? ¿No son acaso cosas magníficas y dignas de él? ¡Oh, mirad si yo, humilde pecador; si yo tan miserable, y sin embargo tan lleno de mí mismo; si yo, tal cual soy, me regocijo de vuestra salvación, que para asegurarla daría con alegría (el Señor me es testigo) estos pocos días que me restan de vida! ¡Oh, juzgad cuánta debe ser la caridad de ese Dios que me infunde una tan viva, aunque tan imperfecta; y cuánto os ama, cuánto os quiere, él que me ordena y me inspira hacia vos un amor que me abrasa!”
Á medida que estas palabras salían de sus labios, su semblante, sus miradas, cada uno de sus movimientos expresaba lo que sentía. La cara de su oyente, hasta entonces consternada, convulsa, primeramente comenzó á aparecer admirada y atenta, luego dejó traslucir una emoción más profunda y menos angustiada: sus ojos, que desde la infancia no conocían las lágrimas, se hincharon; cuando Federico dejó de hablar, aquél ocultó el rostro entre sus manos, y dió rienda suelta al llanto, que fué como su última y más clara respuesta.
—¡Dios grande y bueno!, exclamó el cardenal, alzando los ojos y las manos al cielo: ¡qué he podido yo hacer jamás, servidor inútil, pastor negligente, para que vos me hayáis llamado á este convite de gracia, para que me hayáis considerado digno de asistir á un tan agradable prodigio! Así diciendo, extendió la mano para coger la del Incógnito.
—¡No!, gritó éste: ¡no, apartaos, apartaos de mí! No manchéis esta mano inocente y benéfica. No sabéis todo lo que ha hecho esta mano que queréis estrechar.
—Dejad, dijo Federico, cogiéndola con dulce violencia; dejad que estreche esta mano que reparará tantos males, que derramará tantos beneficios, que aliviará á tantos afligidos, que se extenderá desarmada, pacífica, humilde á tantos enemigos.
—¡Esto es demasiado!, dijo sollozando el Incógnito: ¡dejadme, monseñor!, ¡buen Federico, dejadme! Una multitud de gente reunida os aguarda con ansia; hay tantas almas puras, tantos inocentes que han venido desde muy lejos para veros una sola vez, para oiros; y vos os entretenéis... ¡con quién!
—Dejemos las noventa ovejas, respondió el cardenal, ellas están seguras en el monte; al presente quiero permanecer con la que estaba descarriada. Esas almas están ahora, quizá, más contentas que si viesen á este pobre obispo. Acaso Dios, que ha obrado en vos un prodigio de misericordia, infunde á aquéllas alegría, cuya causa no penetran todavía. Esa multitud está quizá unida á nosotros sin saberlo; acaso el Espíritu Santo introduce en sus corazones un ferviente ardor de caridad, les inspira una súplica, que exhala por vos acciones de gracias, de las cuales sois el objeto aún ignorado. Al decir esto, echó los brazos al cuello del Incógnito; el cual, después de haber intentado sustraerse, y resistido un momento, cedió como vencido por aquel ímpetu de caridad, abrazó á su vez al cardenal, y dejó caer sobre su hombro su trémulo y demudado semblante. Sus ardientes lágrimas se deslizaban sobre la púrpura sin mancha de Federico, y las manos puras del obispo estrechaban afectuosamente aquellos miembros, oprimían aquel traje habituado á llevar las armas de la violencia y de la traición.
El Incógnito, desasiéndose de los brazos del cardenal, se cubrió de nuevo los ojos con las manos, y alzando al mismo tiempo la cabeza, exclamó: “¡Dios verdaderamente grande! ¡Dios verdaderamente bueno, ahora me reconozco, comprendo quién soy!, ¡tengo á la vista mis iniquidades; me horrorizo de mí mismo; y sin embargo... sin embargo, experimento un consuelo, una alegría, sí, una alegría tal como nunca la he sentido en todo el trascurso de mi horrible vida!”.
—Es una gracia, dijo Federico, que Dios os concede para atraeros á su servicio, para animaros á entrar resueltamente en la nueva vida, en la cual tanto tendréis que deshacer, tanto que reparar, tanto que lamentar.
—¡Yo, desventurado!, exclamó el señor: ¡cuántas... cuántas cosas hay, las cuales no podré hacer más que lamentar! Pero á lo menos hay algunas que apenas están empezadas, y que yo podré deshacer, y tengo una, principalmente, que puedo deshacer en seguida, romper, reparar.
Federico prestó la mayor atención, y el Incógnito refirió sucintamente, pero con palabras más execrables, más enérgicas, quizá, que nosotros lo hubiéramos hecho, la violencia cometida con Lucía, los terrores y padecimientos de la infortunada, el modo con que le había implorado, y la especie de frenesí que las súplicas de dicha joven había hecho nacer en su alma, y cómo ella seguía aún en el castillo.
—¡Ah, no perdamos tiempo!, exclamó Federico, palpitante de piedad y de solicitud. ¡Bienaventurado vos! Ésta es una prenda del perdón de Dios: él hace de vos un instrumento de salvación para aquella de quien vos queríais ser un instrumento de ruina. ¡Dios os ha bendecido!... ¿Sabéis de dónde es nuestra pobre desgraciada?
El señor nombró el pueblo de Lucía.
—No está lejos de aquí, dijo el cardenal: ¡Dios sea loado! y probablemente... Al hablar así, corrió á una pequeña mesa y tocó una campanilla. El capellán entró al momento con aire inquieto, y la primera cosa que hizo fué mirar al Incógnito. Al ver aquella figura tan descompuesta, aquellos ojos preñados de lágrimas, miró al cardenal, y al través de aquella modestia, aquella calma inalterable, descubrió en su semblante como una especie de gran contento, de extraordinaria solicitud. Hubiera permanecido extasiado y con la boca abierta, si el cardenal no le hubiese sacado repentinamente de aquella contemplación, preguntándole, si entre los párrocos reunidos en la otra estancia se encontraba el de ***.
—Está efectivamente, monseñor ilustrísimo, respondió el capellán.
—Hacedlo entrar en seguida, dijo Federico, y con él al párroco de esta iglesia.
El capellán salió y se dirigió á la sala en donde los sacerdotes estaban reunidos. Todas las miradas se fijaron en él, el cual con la boca siempre abierta, la admiración pintada sobre su rostro, dijo levantando las manos y agitándolas en el aire: “¡Señor, Señor! hic mutatio dexteræ excelsi”; y permaneció un momento sin añadir nada más. Después, tomando el tono y la voz correspondientes al encargo que llevaba, añadió: “Su señoría ilustrísima y reverendísima pregunta por el señor cura de la parroquia y el señor cura de ***”.
El primer llamado apareció en seguida, y al mismo tiempo salió, de entre la multitud, un “¿yo?” tardío y pronunciado con acento de sorpresa.
—¿No sois por ventura el señor cura de ***? prosiguió el capellán.
—Justamente; mas...
—Su señoría ilustrísima y reverendísima os llama.
—¿Á mí?, dijo todavía aquella voz, significando claramente en aquel monosílabo: “¿Qué tengo que hacer allá dentro?”. Pero esta vez el hombre salió de la multitud juntamente con la voz, no siendo otro que D. Abundio en persona. Se adelantó con forzado paso y con semblante entre atónito y disgustado. El capellán le hizo una seña con la mano, que quería decir: “Vamos, vamos; ¿cuesta esto tanto?”. Y precediendo á los dos curas, se encaminó hacia la puerta, la abrió y los introdujo.
El cardenal abandonó la mano del Incógnito, con el cual entretanto había concertado lo que debían hacer. Se separó un poco de él y llamó por medio de una seña al cura de la parroquia. Contóle en pocas palabras el asunto del cual se trataba, y le preguntó si podría encontrar en seguida una buena señora que quisiese ir en una litera al castillo para traer á Lucía. Era preciso que fuese una mujer decidida, caritativa, que supiese gobernarse bien en una expedición tan nueva, y usar las maneras más convenientes, encontrar las palabras más adaptadas para reanimar y tranquilizar á aquella infeliz, á quien después de tantas angustias é inquietudes la idea de su libertad podía causar una nueva turbación en su alma.
Después de haber reflexionado un momento, el cura dijo que tenía una persona á propósito, y dicho esto salió. El cardenal llamó con otra seña al capellán, á quien ordenó que hiciese preparar una litera y ensillar un par de mulas. Luego que hubo partido el capellán, se volvió hacia D. Abundio.
Éste, que se había ya colocado cerca del cardenal por estar lejos de aquel otro señor, y que miraba de reojo, tan pronto al uno como al otro, perdiéndose en conjeturas acerca de lo que podía significar todo aquello, se adelantó un poco más, hizo una profunda reverencia, y dijo: “Se me ha significado que vuestra señoría ilustrísima me llamaba; mas creo que debe haber sido una equivocación”.
—No es equivocación, respondió Federico; tengo que daros una noticia á la vez agradable y consoladora, y un encargo dulcísimo. Una de vuestras feligresas, que habéis llorado como perdida, Lucía Mondella, ha sido hallada; está aquí cerca, en la casa de este mi estimado amigo que tenéis presente. Iréis con él y con una señora que el cura de esta población ha ido á buscar: iréis, repito, al sitio en que se encuentra, y la acompañaréis aquí.
D. Abundio hizo todo lo posible para disimular el disgusto, ¡qué digo!, el tormento, el martirio que le causaba semejante proposición, semejante mandato. Demasiado adelantado para contener un gesto desagradable formado ya sobre su rostro, trató de ocultarlo, inclinándose profundamente en señal de obediencia; y no se levantó más que para hacer otro pequeño saludo al Incógnito, dirigiéndole una mirada piadosa que equivalía á decir: “Estoy en vuestras manos, compadeceos de mí: parcere subjectis”.