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CRISTÓBAL COLÓN
Y
EL DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA
BIBLIOTECA CLÁSICA
TOMO CLXIII
CRISTÓBAL COLÓN
Y
EL DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA
HISTORIA
DE LA GEOGRAFÍA DEL NUEVO CONTINENTE
Y DE LOS PROGRESOS DE LA ASTRONOMÍA NÁUTICA
EN LOS SIGLOS XV Y XVI
OBRA ESCRITA EN FRANCÉS
POR
ALEJANDRO DE HUMBOLDT
TRADUCIDA AL CASTELLANO
POR
D. LUIS NAVARRO Y CALVO
TOMO I
MADRID
LIBRERIA DE LA VIUDA DE HERNANDO Y C.ª
calle del Arenal, núm. 11
—
1892
ESTABLECIMIENTO TIPOGRÁFICO «SUCESORES DE RIVADENEYRA»
Paseo de San Vicente, 20.
PRÓLOGO.
Los siglos en que se revela con mayor viveza el movimiento intelectual presentan el carácter distintivo de una tendencia invariable hacia determinado objeto, y á la activa energía de esta tendencia deben su grandeza y su esplendor.
La no interrumpida serie de descubrimientos geográficos, producto de noble comunidad de inspiración y de arrojo de portugueses y castellanos, y la lucha tan larga como sangrienta por la reacción de la reforma religiosa y por los movimientos políticos encaminados á refundir las instituciones sociales, han preocupado sucesivamente los ánimos, dando á determinados períodos especial fisonomía.
El siglo XV, del cual me ocupo especialmente en esta obra, es de un interés tal, que podría ser calificado de posición en la escala cronométrica de los progresos de la razón. Situado entre dos civilizaciones de distinto carácter, preséntase como mundo intermedio que á la vez pertenece á la Edad Media y á los modernos tiempos. Es este siglo el de los grandes descubrimientos en el espacio; el de las nuevas rutas abiertas á las comunicaciones de los pueblos; el de los primeros vislumbres de una geografía física comprensiva de todos los climas y de todas las alturas. Sí; para los habitantes de la vieja Europa ha «duplicado las obras de la creación» el contacto con tantas cosas nuevas, proporcionando vasto campo á la inteligencia y modificando insensiblemente las opiniones, las leyes y las costumbres políticas. Jamás descubrimiento alguno puramente material, ensanchando el horizonte, produjo un cambio moral más extraordinario y duradero; levantóse entonces el velo bajo el cual, durante millares de años, permanecía oculta la mitad del globo terrestre, como esa mitad del globo lunar, que, á pesar de las pequeñas oscilaciones causadas por la libración, permanecerá invisible á los habitantes de la tierra, mientras no se perturbe esencialmente el sistema planetario.
También han sido, indudablemente, los modernos tiempos fecundos en descubrimientos geográficos, en empresas audaces y dignas de admiración, hacia el Sudeste del Gran Océano y en las regiones polares; pero estas empresas, relacionadas con intereses puramente científicos, no han sido, como las de la segunda mitad del siglo XV y principios del XVI, el carácter dominante de la época, su peculiar tendencia.
Las investigaciones históricas que en este momento publico son extracto de un trabajo al que he dedicado durante treinta años, y con la mayor predilección, todos los momentos libres de apremiantes tareas. Por haber visitado durante mis primeros viajes la parte meridional de la isla de Cuba, las extremidades oriental y occidental de Tierra Firme y esas costas de Guayaquil y de la Puná, célebres en la historia de los primeros descubrimientos, la lectura de las obras que contienen las narraciones de los Conquistadores ha tenido para mí especial atractivo, y las investigaciones hechas en algunos archivos de América y en bibliotecas de diferentes partes de Europa me han facilitado el estudio de una rama descuidada de la literatura española. Halagábame la esperanza de que una larga permanencia en las regiones menos visitadas del Nuevo Mundo; el conocimiento local del clima, de las comarcas y de las costumbres; el hábito de determinar la posición astronómica de las localidades, de trazar el curso de los ríos y la dirección de las cordilleras; el mayor cuidado, en fin, para averiguar las diferentes denominaciones que en la maravillosa variedad de sus idiomas dan los indigenas á los mismos puntos, me darían á conocer en los relatos de los primitivos viajeros algunas combinaciones de hechos que la sagacidad de los geógrafos é historiadores modernos de América no hubiese advertido. Esta esperanza alentó mi ánimo, mientras investigando las fuentes de estos conocimientos necesité estudiar libros donde sobresalía, en unos, el candor propio del antiguo lenguaje y una admirable exactitud de descripciones, y en otros, la prolijidad enfática y la afición á una falsa erudición que es característica en los escritores monásticos.
No he de limitarme á las investigaciones sobre la geografía de América y la primitiva historia de sus pueblos, que el estudio de las pinturas antiguas ó de las tradiciones y los mitos del Perú, de los Andes, de Quito y de Cundinamarca han puesto en claro; extenderé mi trabajo á la cosmografía del siglo XV y á los métodos astronómicos cuyo empleo ensayaban los navegantes desde que el decreto pontificio determinando la línea de demarcación aumentó el afán con que se buscaba «el secreto de las longitudes». Acudiendo constantemente á documentos que en los tiempos modernos son con más frecuencia citados que atentamente examinados, no siempre mis investigaciones han sido estériles, y el público que alentó y aceptó benévolamente mis largas publicaciones ha acogido con algún interés los resultados de este trabajo, consignados incidentalmente en el Ensayo político sobre la Nueva España, la Relación histórica de mis viajes á las regiones equinocciales y Los monumentos de los antiguos pueblos de América.
Antes de salir para la costa de Paria, el primer punto continental del Nuevo Mundo que vió Colón, tuve la buena suerte de escuchar en Madrid los consejos del sabio historiógrafo D. Juan Bautista Muñoz, y de admirar los preciosos materiales que había recogido por orden de Carlos IV en los archivos de Simancas, de Sevilla y de la Torre do Tombo. Estos documentos justificativos debían publicarse al final de su Historia del Nuevo Mundo, de la cual desgraciadamente sólo ha visto la luz el tomo I, que da idea muy imperfecta del extenso plan de esta empresa histórica.
Desde el año de 1825 quedó ampliamente indemnizado el mundo sabio de esta privación, por haber salido á luz tres tomos de la Colección de viajes y descubrimientos que hicieron por mar los españoles desde fines del siglo XV. Esta obra de D. Martín Fernández de Navarrete, emprendida en vastas proporciones y redactada en todas sus partes con sana crítica, es uno de los monumentos históricos más importantes de los tiempos modernos. Sólo la Colección diplomática contiene más de cuatrocientos documentos relativos al importante periodo de 1487 á 1515, algunos de los cuales eran conocidos por el Códice Colombo Americano, publicado en 1825 á costa de los Decuriones de Génova. Comparados entre sí y con las relaciones de los primeros Conquistadores, estudiados por personas conocedoras de las localidades del Nuevo Mundo y que comprendan bien el espíritu del siglo de Colón y de León X, podrán estos materiales progresivamente, y todavía durante largo tiempo, producir preciosos resultados en el estudio de los descubrimientos y del antiguo estado de América. Posee Francia una traducción de la mayor parte de la obra de Navarrete, hecha por M. de Verneuil y M. de la Roquette, y esta misma obra fué origen de la Vida de Colón, debida á la pluma de un escritor que ha ilustrado á su patria con composiciones en las que brillan á la vez la inspiración poética y el talento de pintar el cuadro de una tierra inculta, fecundada por una civilización naciente. Mr. Washington Irving ha demostrado que á los grandes talentos no les es incompatible la cultura de las artes de la imaginación y la facultad de dedicarse con fruto á los severos estudios del historiógrafo; pero por el objeto y la forma literaria de su trabajo, el autor americano tenía que prescindir de las minuciosas discusiones de geografía y astronomía náutica á que la aridez de mis habituales trabajos desde hace largo tiempo me condena.
Al examinar los sucesos que ocasionaron el descubrimiento del otro hemisferio, procuro sobre todo hacer ver la continuidad de ideas, la ligazón de opiniones que, al través de las supuestas tinieblas de la Edad Media, unen el final del siglo XV con los tiempos de Aristóteles, Eratosthenes y Strabón. He querido probar que en todas las épocas de la vida de los pueblos, cuanto se refiere á los progresos de la razón tiene las raíces en los siglos anteriores. El desarrollo de la inteligencia ó su aplicación á las necesidades materiales de las sociedades sólo parecen nulos cuando la lentitud ó el aislamiento de los progresos hacen su marcha insensible ó, mejor dicho, menos aparente. La raza humana no está sujeta, en mi opinión, á alternativas de esplendores y obscuridades que afecten á toda ella. En los individuos como en las masas, hay un principio conservador que mantiene el acto vital del desarrollo de la razón. Si el siglo XV llegó tan rápidamente á cumplir su misión, fué porque preparó los gérmenes la serie de hombres eminentes que vivieron en la Edad Media, Roger Bacon, Alberto el Grande, Duns Scot y Vicente de Beauvais.
Cuando Diego Rivero volvió en 1525 del Congreso de Puente de Caya, cerca de Yelves, ya estaban trazados los grandes contornos del Nuevo Mundo desde la Tierra del Fuego hasta el Labrador. Los progresos eran naturalmente más lentos en las costas occidentales, y, sin embargo, en 1545 Rodríguez Cabrillo avanzó ya hasta el Norte de Monterey; y cuando este grande é intrépido navegante pereció cerca del canal de Santa Bárbara, en Nueva California, su piloto Bartolomé Ferrelo continuó el reconocimiento de la tierra hasta el grado 43 de latitud, cerca del cabo Oxford de Vancouver.
Tal era entonces el ardimiento y la rivalidad de los pueblos comerciantes, españoles, ingleses y portugueses, que bastaron cincuenta años para diseñar la configuración de las grandes masas continentales del otro hemisferio, al Sud y al Norte del Ecuador. Tan cierto es, como observa un juicioso literato, M. Villemain (Melanges historiques, t. I, pág. 452), que «cuando un siglo empieza á trabajar, impulsado por una grande esperanza, no descansa hasta convertirla en realidad.»
La extensa obra que preparaba sobre la historia y geografía de ambas Américas y la rectificación progresiva de las posiciones astronómicas la abandoné cuando mi viaje al Asia boreal y al mar Caspio. Ha influído después en mi ánimo una nueva serie de ideas, disminuyendo la predilección que había concebido por este trabajo desde mi primera vuelta á Europa. Creo deber poner término á mis escritos relativos á América, y esta resolución es para mí menos sensible desde que un viajero de los más instruídos en los tiempos modernos, M. Boussingault, después de doce años de arriesgadas y penosas correrías, ha vuelto felizmente á su patria y podrá seguir proyectando luz sobre los fenómenos magnéticos y meteorológicos, sobre la geología, la configuración hipsométrica del suelo y la naturaleza química de las producciones del Nuevo Mundo.
Espero dar pronto á luz el cuarto y último tomo de la Relación histórica, única obra de esta larga serie de publicaciones americanas que está por terminar. De los dos Atlas que acompañan á la Relación histórica, el primero, el Atlas pintoresco, contiene la explicación de las láminas publicadas con los títulos de Vistas de las cordilleras y Monumentos de los pueblos indígenas de América. La obra que publico en este momento imprímese también en forma grande para que sirva de texto al Atlas geográfico y físico[1].
Por no perder completamente el fruto de las antedichas investigaciones, he concentrado en este examen crítico los resultados en mi concepto más interesantes. Al lado de hechos nuevos coloco otros, quizá conocidos de antiguo, pero que ofrecen combinaciones y puntos de vista de indudable novedad.
Daré algunos detalles acerca del misterioso personaje Martinus Hylacomilus y sobre su Introducción á la cosmografía, en la cual, ya en 1507, y por tanto un año antes de que el mapa fragmentario del Nuevo Mundo fuese publicado sin nombre en una edición de Ptolomeo, propuso la denominación de América. Encontraremos este nombre empleado, no en un mapa, sino en un libro anónimo (Globus Mundi) falsamente atribuído á Loritus Glareanus é impreso en 1509, tres años antes de la carta de Vadiano á Rodolfo Agrícola y anterior en trece al mapa de Ptolomeo con el nombre de América. Un mapamundi de Appiano, inserto en el Pomponio Mela, de Vadiano, presenta también dicho nombre y precede por tanto en dos años al mapa de Ptolomeo de 1522.
Sería faltar á los deberes de afectuoso reconocimiento si, al terminar este prólogo, no rindiera público homenaje al barón Walckenaer, mi colega en el Instituto, á cuyo noble celo en el cultivo de las ciencias no se limita enriquecerlas con sus propios trabajos, sino también procura ayudar con sus consejos y facilitando el libre uso de su vasta biblioteca á cuantos desean recorrer la misma senda que él. Entre las riquezas que contiene esta biblioteca, he tenido la dicha de averiguar con el señor Walckenaer, en la primavera del año 1832, durante mi último viaje á París, el autor y la fecha de un mapamundi que ha dado ocasión á observaciones interesantísimas.
El Nuevo Continente fué dibujado por Juan de la Cosa, que acompañó á Cristóbal Colón en su segundo viaje, y que era el piloto de Alonso de Ojeda en la expedición de 1499, en la cual iba Amérigo Vespucci. Para comprender la importancia de este monumento geográfico, basta recordar que es anterior en seis años á la muerte de Colón, y que los mapas más antiguos de América, no insertos en las ediciones de Ptolomeo ó en las cosmografías del siglo XVI conocidas hasta ahora, son los de 1527 y 1529 de la biblioteca del Gran Duque de Sajonia Weymar. La última es la más conocida, porque lleva el nombre de Diego Rivero.
Termino este prólogo con la expresión de un gran sentimiento. La viva alegría que me produjo la noticia, con tanta impaciencia esperada, de haber recobrado la libertad mi amigo y compañero de viaje Mr. Bonpland, la ha perturbado una pérdida dolorosa. Mr. Oltmanns, miembro de la Academia de Berlín, que me había demostrado su afectuosa adhesión al redactar mis observaciones astronómicas hechas en el Nuevo Continente, ha muerto hace pocos días víctima de cruel enfermedad. El mejor elogio que puedo hacer de él es recordar la prueba de estimación que le ha tributado un sabio ilustre, Mr. Delambre, en el análisis de los trabajos matemáticos presentados al Instituto. «Mr. Oltmanns, dice Mr. Delambre, ha demostrado con sus trabajos de geografía astronómica que posee notables conocimientos y la paciencia necesaria para ejecutar los cálculos más largos y monótonos, estando dotado de la sagacidad bastante para descubrir métodos nuevos ó reformar los conocidos.»
El interesante Annuaire du bureau des longitudes publica anualmente las tablas de Mr. Oltmanns, que sirven para calcular la altura de las montañas, conforme á las observaciones barométricas; tablas que por su precisión é ingeniosa brevedad tanto han contribuído al conocimiento de las desigualdades de la superficie del globo.
Poco tiempo antes de su muerte había terminado Mr. Oltmanns los cálculos de todas mis observaciones astronómicas hechas en Siberia, de las cuales sólo muy pocas pude yo calcular durante un rápido y á veces trabajoso viaje. Este recuerdo de inextinguible reconocimiento no está fuera de lugar en una obra destinada, como la presente, á investigaciones acerca de la historia de la Geografía.
A. de Humboldt.
Berlín, Noviembre 1833.
INTRODUCCIÓN.
El descubrimiento del Nuevo Mundo y los trabajos realizados para dar á conocer su geografía, no sólo han levantado el velo que durante siglos cubría una gran parte de la superficie del globo, sino ejercido incontestable influencia en el perfeccionamiento de los mapas y en general en los procedimientos gráficos, como también en los métodos astronómicos propios para determinar la posición de los lugares.
Al estudiar los progresos de la civilización vemos constantemente que la sagacidad del hombre aumenta á medida que se extiende el campo de sus investigaciones. La astronomía náutica, la geografía física (comprendiendo bajo este nombre hasta las nociones de las variedades de la especie humana, y la distribución de los animales y de las plantas), la geología de los volcanes, la historia natural descriptiva, todas las ramas de las ciencias han cambiado de aspecto desde fines del siglo XV y principios del XVI. La nueva tierra ofrecía á los marinos un desarrollo de costas en 120 grados de latitud; á los naturalistas, nuevas familias de vegetales y cuadrúpedos difíciles de clasificar conforme á los tipos y métodos conocidos; al filósofo, una misma raza de hombres diversamente modificada por larga influencia de alimentación, temperatura y costumbres, pasando (sin el estado intermedio de pueblos nómadas pastores) de la vida de cazador á la vida agrícola, dividida por infinidad de lenguas de rara estructura gramatical, pero modelada en un mismo tipo. Al físico y al geólogo presenta inmensa cordillera de montañas, levantada por fuegos subterráneos, rica en metales preciosos, conteniendo en su rápida pendiente y en sus escalonadas mesetas, en espacio pequeño, los climas y las producciones de las zonas más opuestas. Jamás, desde el principio de las sociedades, se engrandeció por tan prodigiosa manera la esfera de las ideas relativas al mundo exterior; nunca sintió el hombre una necesidad más apremiante de observar la naturaleza y de multiplicar los medios de interrogarla con éxito.
Podría creerse que estos asombrosos descubrimientos que, por decirlo así, se secundaban mutuamente; que estas dobles conquistas en el mundo físico y en el mundo intelectual, no fueron dignamente apreciadas hasta nuestros días, hasta un siglo en que la historia de la civilización humana ha sido descrita por filósofos capaces de abarcar de una mirada los progresos de la geografía astronómica y física, el arte del navegar, la botánica y la zoología descriptivas. Pero los contemporáneos de Cristóbal Colón nos ponen de manifiesto cómo en su misma época había hombres superiores que sentían profundamente el grande y maravilloso final del siglo XV. «Cada día, escribe Pedro Mártir de Anghiera en sus cartas de 1493 y 1494[2], nos llegan nuevos prodigios de ese Mundo Nuevo, de esos antípodas del Oeste, que un genovés (Christophorus quidam Colonus, vir Ligur) acaba de descubrir. Nuestro amigo Pomponio Lætus (el gran propagandista de la literatura clásica romana, perseguido en Roma á causa de la libertad de sus opiniones religiosas) no ha podido contener las lágrimas de alegría al darle yo las primeras noticias de este inesperado acontecimiento.» Y añade Anghiera con poética locuacidad: «¿A quién admirarán hoy entre nosotros los descubrimientos atribuídos á Saturno, á Ceres y á Triptolemo? ¿Qué más hicieron los fenicios cuando en apartadas regiones reunieron pueblos errantes y fundaron nuevas ciudades? Reservado estaba á nuestra época ver acrecentarse de esta suerte nuestras concepciones y aparecer impensadamente en el horizonte tantas cosas nuevas.»
Cuando se estudian los primeros historiadores de la conquista y se comparan sus obras, sobre todo las de Acosta, de Oviedo y de Barcia, á las investigaciones de los viajeros modernos, sorprende encontrar el germen de las más importantes verdades físicas en los escritores españoles del décimosexto siglo. Ante el aspecto de un nuevo continente aislado en la vasta extensión de los mares, presentábanse á la vez á la activa curiosidad de los primeros viajeros y de aquellos que meditaban sus relatos, la mayoría de las importantes cuestiones que aun hoy día nos preocupan acerca de la unidad de la especie humana y de sus desviaciones de un tipo primitivo; sobre las emigraciones de los pueblos, la filiación de las lenguas, más distintas á veces en las raíces que en las flexiones ó formas gramaticales; sobre las emigraciones de las especies vegetales y animales; sobre las causas de los vientos alisios y de las corrientes pelásgicas; sobre el decrecimiento del calor en la rápida pendiente de las cordilleras y en las profundidades del Océano, acerca de la reacción de unos volcanes sobre otros y de la influencia que ejercen en los terremotos. El perfeccionamiento de la geografía y de la astronomía náutica (dos objetos de los cuales nos ocuparemos con preferencia en esta obra) empiezan al mismo tiempo que el de la Historia natural descriptiva y el de la física del globo en general.
Vemos en el Fénix de las Maravillas del Mundo, compuesto por Raimundo Lulio[3], de Mallorca, en 1286, que se usaban verdaderas cartas marinas á fines de siglo XIII. Sin embargo, comparando los mapas anteriores de Andrés Bianco, de Benincasa, de Jacobo de Giroldis, de Fra Mauro y de Martín Behaim, con un mapamundi que el barón Walckenaer y yo hemos reconocido recientemente ser de 1500 y de mano de Juan de la Cosa, compañero de Colón, sorprende que sea bastante medio siglo para producir cambio tan grande, no sólo en las ideas cosmográficas, sino también en el trazado y concordancia de las líneas de yacimiento. No debe olvidarse que Behaim, Colón, Vespucci, Gama y Magallanes eran contemporáneos de Regiomontanus, de Pablo Toscanelli, de Rodrigo Faleiro y de otros astrónomos célebres que comunicaban sus conocimientos á los navegantes y geógrafos de sus tiempos.
Los grandes descubrimientos del hemisferio occidental no fueron producto de feliz casualidad. Injusto sería buscar el primer germen en esas disposiciones instintivas del alma á que atribuye la posteridad lo que es resultado de larga meditación. Colón, Cabrillo, Gali y tantos otros navegantes que hasta Sebastián Viscayno han ilustrado los anales de la marina española, eran, para la época en que vivieron, hombres notables por su instrucción. Hicieron importantes descubrimientos porque tenían ideas exactas de la figura de la tierra y de la longitud de las distancias por recorrer; porque sabían discutir los trabajos de sus antepasados, observar los vientos reinantes en las diversas zonas, medir la variación de la aguja magnética para corregir su ruta y lo largo del camino, poner en práctica los métodos menos imperfectos que los geómetras de entonces proponían para dirigir un barco en la soledad de los mares.
La astronomía náutica continuó sin duda en la infancia hasta que se conoció el uso de los instrumentos de reflexión y los relojes marinos. En el arte de la navegación, tan íntimamente ligado á los adelantos de las ciencias matemáticas y al perfeccionamiento de los instrumentos de óptica, los progresos, por causa de esta unión, son necesariamente lentos y á veces se interrumpen. Las prácticas de pilotaje usadas en las grandes expediciones de Colón, de Gama y de Magallanes, que tan inciertas nos parecen, hubieran admirado, no diré á los marinos fenicios, cartagineses y griegos, sino hasta á los hábiles navegantes catalanes, vascos, dieppeses y venecianos de los siglos XIII y XIV. Desde esta época encontramos los indicios de diversos métodos de longitud, casi idénticos á los nuestros, ideados con grandísimo trabajo, pero impracticables á causa de la imperfección de los instrumentos á propósito para medir el tiempo y las distancias angulares.
En este Examen crítico trataré sucesivamente: primero, de las causas que prepararon y produjeron el descubrimiento del Nuevo Mundo; segundo, de algunos hechos relativos á Colón y á Amérigo Vespucci, como también de las fechas de los descubrimientos geográficos; tercero, de los primeros mapas del Nuevo Mundo y de la época en que se propuso el nombre de América; cuarto, de los progresos de la astronomía náutica y del trazado de mapas en los siglos XV y XVI.
La relación que tienen entre sí los materiales empleados en las diferentes secciones de esta obra es tan íntima, que con frecuencia necesito acudir á las mismas fuentes para poner en claro la historia de un descubrimiento que ha influído hasta nuestros días en el destino de los pueblos de Europa, en el perfeccionamiento de las ciencias y en la teoría de las instituciones más ó menos favorables á la libertad.
CAUSAS
QUE PREPARARON Y PRODUJERON EL DESCUBRIMIENTO
DEL NUEVO MUNDO.
I.
Lo que se proponía Colón en sus viajes de descubrimiento.
Ingeniosamente ha dicho d’Anville que el mayor de los errores[4] en la geografía de Ptolomeo, guió á los hombres en el mayor descubrimiento de nuevas tierras. De igual manera puede decirse que la tradición fabulosa, ó más bien, el mito nestoriano del preste Juan, que desde el siglo XI hasta el XV ha ido avanzando poco á poco del Este del Asia hacia la meseta de Habesch, ha contribuído poderosamente á los conocimientos geográficos de la Edad Media.
El motivo que excita un movimiento, llámese como se quiera, error, previsión vaga é instintiva, argumento razonado, conduce á ensanchar la esfera de las ideas, á abrir nuevas vías al poder de la inteligencia.
Comparando entre sí documentos de distintas épocas, nótase que Cristóbal Colón, antes y después de su descubrimiento, á medida que avanzaba en edad, emitió opiniones contradictorias acerca de los verdaderos móviles de su primera y feliz expedición. Se ha demostrado recientemente[5] que fué en Portugal hacia 1470, esto es, tres años antes de recibir los consejos del florentino Pablo Toscanelli, donde y cuando Colón concibió la primera idea de su empresa. Fundáronse entonces las esperanzas de este grande hombre, como es sabido, en lo que llamó «razones de cosmografía», en la corta distancia que se suponía entre las costas occidentales de Europa y Africa y las del Cathay y Zipangu, en las opiniones de Aristóteles y de Séneca y en algunos indicios de tierras hacia el Oeste de que había tenido conocimiento en Porto Santo, Madera y las Azores.
Fernando Colón, en la Vida del Almirante, nos ha transmitido en cinco capítulos[6], y conforme á los manuscritos auténticos de su padre, el conjunto de razones en que fundaba un proyecto cuya ejecución fué aplazándose durante veintidós años hasta la vejez de Colón.
Newton á la edad de veinticuatro años lo había descubierto todo, el cálculo de las fluxiones, la atracción universal y lo que llamó análisis de la luz; mientras Colón contaba cincuenta y seis años cuando, saliendo de la barra de Río de Saltes el 3 de Agosto de 1492, emprendía la carrera de los grandes descubrimientos, y había cumplido sesenta y ocho cuando su último y peligroso viaje á las costas de Veragua y de los Mosquitos.
Antes de su primer viaje, en 1492, para acreditar su sistema y probar que por el Oeste y por camino más corto se podía ir «á la tierra de las especias», dió Colón importancia á motivos y sucesos de escaso valer que, después de su muerte, sirvieron á sus enemigos, en el famoso pleito entre el fiscal del Rey y D. Diego Colón, para hacer creer que el descubrimiento de América, fácil y previsto desde hacía largo tiempo, no había sido completamente nuevo. De estos sucesos insignificantes, de estos motivos deducidos de las opiniones de los antiguos, de algunos indicios de tierras, y en general de los conocimientos cosmográficos, prescindió Colón en sus últimos días. La lettera rarisima[7] dirigida al rey Fernando y á la reina Isabel desde Jamaica el 7 de Julio de 1503, y aun más el bosquejo de la obra extravagante de las Profecías, escrito en parte de puño y letra del Almirante con posterioridad al año de 1504 (diez y ocho meses antes de su fallecimiento), prueban con cuánta fuerza de persuasión se había apoderado progresivamente de su alma una teología mística[8]. «Ya dije, escribe Cristóbal Colón (folio IV de las Profecías), que para la esecucion de la impresa de las Indias, no me aprovechó razon, ni matemática, ni mapamundos: llanamente se cumplió lo que dijo Isías»[9]: «Nuestro Redentor dijo que antes de la consumacion deste mundo se habrá de cumplir todo lo questaba escrito por los Profetas, el Evangelio debe ser predicado en toda la tierra y la ciudad santa debe ser restituída á la Iglesia. Nuestro Señor ha querido hacer un gran milagro con mi viaje á la India. Preciso es apresurar el término de esta obra, lumbre que fué del Espíritu Santo, porque por mis cálculos, de aquí hasta el fenecer del mundo sólo restan ciento cincuenta años.»
Según Colón, debía, pues, ocurrir el fin del mundo en 1656, entre la muerte de Descartes y la de Pascal.
Sin seguir el rastro de estas ilusiones, examinaremos más de cerca lo que se relaciona con las primeras y verdaderas causas del gran descubrimiento de América. No ignoro que este asunto lo han tratado con frecuencia hábiles historiadores, aunque por lo general con una falta de crítica, de profundo conocimiento de los tiempos anteriores y de serios estudios de las fuentes y documentos originales que con pesar se nota hasta en algunas partes de la célebre obra de Robertson. La materia no está agotada, ni mucho menos, desde que el Gobierno español ha proporcionado con munificencia tantos materiales nuevos á la investigación de los hechos, y desde que los propios escritos del gran marino genovés nos han revelado perfectamente la especialidad de su carácter.
Vivió Colón en Portugal á fines del reinado de Alfonso V, desde 1470 hasta fin de 1484. En 1485 hizo un corto viaje á Génova para ofrecer sus servicios á dicha república. Estas fechas se fundan en documentos que reciente y cuidadosamente han sido examinados[10]. No se sabe de cierto si Colón fué de Lisboa á Génova, después de desembarcar en España.
Visitando sucesivamente el convento de la Rábida (cerca de Palos), Sevilla, Córdoba y Salamanca, sufrió las continuas dilaciones que se oponían á sus proyectos, hasta Abril de 1492. Dice Fernando Colón, en la Historia del Almirante, que en Portugal fué donde empezó éste á conjeturar que si los portugueses navegaban tan lejos hacia el Sud, podría navegarse también hacia Occidente y encontrar tierras en esta ruta. Dicha afirmación es por lo menos inexacta. Cuantos escritos poseemos de mano del Almirante, la carta del astrónomo Pablo Toscanelli y la gran Crónica de Bartolomé de las Casas[11], estudiada por Herrera, Muñoz y Navarrete, prueban que Cristóbal Colón designó, como objeto principal, y pudiera decir casi único de su empresa, «buscar el Levante por el Poniente[12]. Pasar á donde nacen las especerías[13] navegando al Occidente. He recibido al Almirante en mi casa—cuenta el amigo íntimo de Colón, Bernáldez[14], más conocido con el nombre de Cura párroco de la villa de los Palacios—cuando volvió á Castilla (de su segundo viaje) en 1496, llevando por devoción, y según su costumbre, un cordón de San Francisco y unas ropas de color, de hábito de fraile de San Francisco de la Observancia[15]. Traía entonces consigo el gran cacique, y refirióme cómo concibió la primera idea de buscar las tierras del Gran Khan (soberano del Asia Oriental) navegando al Occidente.»
Estas frases relativas al primer viaje del Almirante fueron admitidas tan usualmente hasta principios del siglo XVI, que las encontramos en la relación de las primeras aventuras de Sebastián Cabot, debida al legado Galeas Butrigarius[16]. «En Londres, cuando llegaron á la corte de Enrique VII, dice este legado, las primeras noticias del descubrimiento de las costas de la India, hecho por el genovés Cristóbal Colón, todo el mundo convino en que era cosa casi divina navegar por Occidente hacia Oriente, donde las especias se crian (a thing more divine than human, to sail by the West to the East, where spices grow).»
La idea de encontrar grandes tierras en el camino de Europa á las costas orientales de Asia era para Colón y Toscanelli un objeto secundario. En el primer viaje, encontrándose á unos 28° de latitud y á 9° al Occidente del meridiano de la isla de Corvo, el 19 de Septiembre de 1492, creyo el Almirante que estaban próximas algunas tierras[17]; pero su voluntad era (según las propias palabras del diario de ruta), «seguir adelante hasta las Indias, porque, placiendo á Dios, á la vuelta se vería todo.»
Toscanelli, que por lo menos desde el año 1474 se ocupaba teóricamente de los mismos proyectos que Colón, sólo nombra en el camino por recorrer al Occidente la isla Antilia, que se encontrará á 225 leguas de distancia antes de llegar á Cipango (al Japón). «La carta que os envió para S. M. (el Rey de Portugal), dice Toscanelli en su carta al canónigo de Lisboa Fernando Martínez, está hecha y pintada de mi mano, en la cual va pintado todo el fin del Poniente, tomando desde Irlandia al Austro, hasta el fin de Guinea, con todas las islas que están situadas en este viaje, á cuyo frente está pintado en derechura por Poniente el principio de las Indias, con las islas y lugares por donde podéis andar, y cuánto os podríais apartar del polo Artico por la línea equinoccial, y por cuánto espacio; esto es, con cuántas leguas podríais llegar á aquellos lugares fertilísimos de especería y piedras preciosas; y no os admiréis de que llame Poniente al país en que nace la especería, que comunmente se dice nacer en Levante, porque los que navegaren á Poniente siempre hallarán en Poniente los referidos lugares, y los que fueren por tierra á Levante siempre hallarán en Levante los dichos lugares.»
Según el sistema geográfico de esta época, fundado casi únicamente, en cuanto al Asia oriental y marítima, en las relaciones de Marco Polo, Balducci Pelogetti y Nicolás de Conti, figurábanse multitud de islas ricas en especias y oro en el mar de Cin, es decir, en los mares del Japón, de la China y del gran archipiélago de las Indias. El mapa mundi de Martín Behaim presenta, desde el grado 45 Norte hasta el 40 Sud, una serie de islas opuestas á la extremidad del Asia. Esta cadena de islas contiene el pequeño Cathay, Zipangu (Niphon), comprendido casi por completo en la zona tórrida, Argyré, colocado á la extremidad oriental del mundo conocido de los antiguos y de los árabes; Java Mayor (Borneo), Java Menor (Sumatra), donde permaneció Marco Polo cinco meses, y aprendió á conocer el sagotal y la especie de rinoceronte de dos cuernos y piel poco arrugada, propia de esta isla, Candym y Angama.
Cuando llegó Colón en su primer viaje (el 14 de Noviembre de 1492) á las costas septentrionales de Cuba, que al principio creyó ser Zipangu, maravillóle ante el Viejo Canal, cerca de Puerto del Príncipe, la belleza de un grupo de verdes cayos que en su ardiente imaginación juzgaba formar parte, según sus propias palabras, «de aquellas inumerabiles islas que en los mapamundos en fin del Oriente se ponen»[18].
Se ha dicho con bastante exactitud que Colón se mostró al defender su proyecto menos temerario y más sabio de lo que se le había supuesto[19]. La exposición de razones que alegaba, mejor hecha en las Décadas de Herrera[20] que en la Vida del Almirante, escrita por su hijo D. Fernando, ha pasado de este último libro á todas las historias modernas del descubrimiento de América. Clasificando estas razones conforme á la naturaleza de los conocimientos que las produjeron, y comparándolas en parte á los documentos originales que podemos consultar hoy, vemos que la esperanza de llegar, buscando el Levante por el Poniente, á las regiones de Asia, fértiles en especias, ricas en diamantes y en metales preciosos, la fundaba Colón en la idea de la esfericidad de la tierra; en la relación de la extensión de los mares y de los continentes; en la cercanía de las costas de la península ibérica y de Africa á las islas inmediatas al Asia tropical; en un grave error en la longitud de las costas asiáticas; en los informes tomados de obras antiguas, de escritores árabes y acaso de Marco Polo; en indicios de tierras situadas al Oeste de las islas de Cabo Verde, Porto Santo y las Azores, que en diversas épocas se creyó advertir ó por la observación de algunos fenómenos físicos ó por las relaciones de marinos á quienes arrastraron las tempestades ó las corrientes.
Conviene también distinguir entre las ideas que preocupaban al grande hombre antes y durante el curso de sus descubrimientos, y las reflexiones que estos mismos descubrimientos produjeron en él posteriormente. Debe comparárselas con hechos, no todos por igual comprobados ó bien interpretados, como la relación de un sacerdote budista, Hoeï-chin, sobre el Fusang y Tahan (año 500); los descubrimientos de la Groenlandia, del Vinland y de la embocadura del San Lorenzo, por Erik Rauda (985), Bjoern (1001) y Madoc ap Owen (1170); la aventurera expedición de los árabes errantes (Almagrurim)[21] de Lisboa (1147); la navegación al Oeste hacia la India del genovés Guido de Vivaldi (1281), y de Teodosio Doria (1292), cuya suerte se ignora; y finalmente, los viajes con tanta frecuencia comentados de los hermanos Zeni de Venecia (1380).
He colocado estos hechos y tradiciones por orden cronológico para demostrar que ascienden hasta mil años antes de Colón, quien, en un siglo de heroísmo y de erudición renaciente, aun se complacía con los recuerdos de la Atlántida de Solón y de la célebre profecía contenida en un coro de la Medea de Séneca.
II.
Progreso de las ideas cosmográficas antes de Colón.
El estado de nuestra civilización europea nos conduce involuntariamente á Grecia como punto de partida, lo mismo al investigar las opiniones que contienen los gérmenes de las que hoy dominan, que al recorrer la larga serie de las atrevidas tentativas realizadas con objeto de ensanchar el horizonte geográfico.
Durante largo tiempo, la tierra, conforme á las ideas de los primeros poetas de la escuela jónica, era un disco cuyas orillas ocupaba el Océano, disco inclinado un poco hacia el Sud á causa del peso que producía la abundante vegetación en los trópicos[22].
Hacia estas orillas se situaban el Elíseo, las islas de los Bienaventurados, los Hiperbóreos y el pueblo justo de los Etiopes. La fertilidad del suelo, la templanza del clima, la fuerza física de los hombres, la pureza de las costumbres, todos los bienes eran propios de las extremidades del disco terrestre[23]. De aquí el vago[24] deseo de llegar á él, ó por el Phase[25] ó por las columnas de Briareo. La especial configuración de la cuenca del Mediterráneo, abierta al Occidente, impulsó el interés de los navegantes fenicios hacia la parte atlántica del Océano. La historia de la Geografía presenta esta serie de intentos desde los tiempos más remotos para avanzar progresivamente en la dirección occidental, intentos debidos al ansia de ganancias, á curiosidad aventurera ó al azar de las tormentas; presenta además larga serie de descubrimientos presididos por la misma idea y favorecidos por los mismos accidentes. Desde Colæus de Samos, arrastrado por los vientos de Levante fuera de su camino, en su travesía de la isla de Platea á las costas de Egipto, se llega á las gigantescas empresas de Colón y de Magallanes. El horizonte geográfico se ensancha poco á poco desde el mar Egeo al meridiano de las Syrtes, desde aquí á las columnas de Hércules y fuera del Estrecho, con Hannón hacia el Sur y con Pytheas hacia el Norte. Las atrevidas empresas de los fenicios fueron precedidas[26] de los tímidos ensayos de los marinos de Creta, Samos y Focea. El antiguo conocimiento que los fenicios tenían del río Océano, más allá de las columnas de Hércules, acaso lo pone de manifiesto el mismo nombre que adoptaron los helenos para designar el mar exterior[27].
Desde los tiempos homéricos creían los griegos que á Poniente había parajes ricos y fértiles; pero su conocimiento exacto de la cuenca del Mediterráneo no se extendía más allá del meridiano de la Gran Syrte y de Sicilia. Toda la parte occidental de esta cuenca que los fenicios surcaban hacía ya largo tiempo, no la conocieron los helenos hasta después del viaje, cuya importancia reconoció Herodoto[28], de Colæus de Samos, que llegó hasta Tartesus y el cabo Soloé.
El Periplo atribuído á Scylax[29], compuesto probablemente en la época de Filipo de Macedonia, designa más allá de Cerne un mar de Sargazo, una abundancia de fuco que anuncia la proximidad de las islas de Cabo Verde, pero que no me parece idéntico al mar de Sargazo que menciona el pseudo Aristóteles en la compilación conocida con el nombre de Narraciones maravillosas[30].
Cuando no se quieren perder de vista las grandes divisiones naturales de la geografía física y su constante influencia en los destinos de los pueblos, reconócense en las épocas memorables de los progresos de la navegación del Mediterráneo de Este á Oeste las tres grandes cuencas parciales en que se subdivide la gran depresión de este mar, según he indicado ya en otra obra[31]. La cuenca del mar Egeo está limitada al Sur por una curva que pasa por Rodas, Candía, Cerigo y el cabo Meleo; la cuenca de las Syrtes tiende á cerrarse entre el cabo Bon, la isla Pantelaria, el banco que M. Smyth nombra Adventure Bank y el cabo Grantola, tendencia cuya acción continua acaba de demostrar la aparición de una nueva isla volcánica (isla de Graham). No debe olvidarse que esta reseña de geografía física presenta á Cartago fundada cerca del punto en que la cuenca tirrena (de Cerdeña y de las islas Baleares) se une á la cuenca jónica (de Malta y de las Syrtes), y que la Grecia comerciante dominaba á la vez por su posición en esta última cuenca y en la del mar Egeo. La expedición de Colæus de Samos[32] fué la que abrió á los griegos la tercera y más occidental de estas cuencas, terminada por las columnas de Hércules.
Desde que á la hipótesis del disco de la tierra nadando en el agua, sustituyó la idea de la esfericidad de la tierra, idea propia de los Pitagóricos (Hicétas, Ecphantos y Eraclides del Puente)[33] y de Parmenides de Elea; expuesta y defendida con admirable claridad por Aristóteles[34], no se necesitó grande esfuerzo de ingenio para entrever la posibilidad de navegar desde la extremidad de Europa y Africa á las costas orientales de Asia. Encontramos, en efecto, esta posibilidad claramente enunciada en el Tratado del cielo, del Stagirita (últimas líneas del libro segundo), y en dos lugares célebres de Strabón[35]. Por ahora basta enunciar aquí que ambos autores hablan de un solo mar que baña las costas opuestas. No considera Aristóteles la distancia muy grande, y deduce ingeniosamente de la geografía de los animales un argumento en favor de su opinión. Recuerda los elefantes que viven en las regiones extremas y opuestas, y así confirma (sea dicho incidentalmente) la antigua existencia de estos grandes paquidermos al Noroeste del desierto de Sahara[36]. Considera muy probable que además de la gran isla que forman Europa, Asia y Africa, existan en el hemisferio opuesto otras menos grandes[37]. Strabón no encuentra otro obstáculo para pasar de Iberia á las Indias que la desmesurada anchura del Océano Atlántico.
Las ideas que acabamos de exponer se conservaron y propagaron entre gran número de hombres notables á través de la Edad Media hasta la época de Colón. Verdad es que los escrúpulos teológicos de Lactancio, de San Juan Crisóstomo y de algunos otros Padres de la Iglesia, contribuyeron á impulsar el espíritu humano en un sentido retrógrado. Repetíanse las objeciones y las burlas que emplearon los epicúreos para combatir el dogma pitagórico y la esfericidad de la tierra. Por fortuna la generalidad no asintió á estas ilusiones. La Topografía cristiana[38] vagamente atribuída á un mercader de Alejandría, que se hizo fraile en el reinado del emperador Justiniano, y al cual llaman Cosmas Indicopleustes, nos da á conocer en forma sistemática las extrañas opiniones de los Padres de la Iglesia. Vuelve á ser la tierra una superficie plana, no un disco, como en tiempo de Thales, sino un paralelógramo rodeado de las aguas del Océano y simétricamente recortado por cuatro golfos (el mar Caspio, los golfos de Arabia y de Persia y el Romanorum sinus, es decir, nuestro Mediterráneo).
Según la enumeración que Strabón hizo clásica[39]: «Más allá del Océano que circunda los cuatro lados del continente interior, el cual representa el área del tabernáculo de Moisés, hay situada otra tierra que contiene el paraíso y que habitaron los hombres hasta la época del diluvio.» Equivocadamente se ha querido comparar á América, esta tierra antediluviana, opuesta no á la Europa occidental, sino á toda la isla de forma cuadrilonga del antiguo continente.
Se ha supuesto que al llegar Cristóbal Colón á la embocadura del Orinoco reconoció en esta región el paraíso terrestre, según los dogmas de la Topografía cristiana; pero el Almirante no menciona para nada á Cosmas, ni en la carta que en 1498 dirigió á los Reyes Católicos, fechada en la isla de Haïtí, carta llena de rasgos de pedantesca erudición, ni en el libro de las Profecías. Para situar el paraíso en la América del Sur no tuvo otros motivos que la abundancia de las aguas dulces que la riegan, la belleza de un clima que, sobre el mar, parecióle singularmente templado y la extraña hipótesis[40] de una protuberancia irregular de la tierra hacia Occidente, donde «la costa de Paria está más próxima á la bóveda celeste que España».
Acaso sea más exacta la conjetura de que en la cosmología de Dante (mezcla de ideas cristianas y árabes) esta tierra habitada sólo por la prima gente, y á la cual se llega saliendo del Estrecho y navegando entre Sibilia y Setta (Sevilla y Ceuta), primero de Este á Oeste dietro al sole, y después al Sudoeste, está relacionada con la cosmología de algunos Padres de la Iglesia, del modo que Cosmas (si efectivamente hubo un monje así llamado) la sistematizó. Pero Dante, muy erudito y filósofo, admitía la esfericidad de la tierra, y el paraíso que coronaba la cima de la montaña del purgatorio está situado, según él, en medio de los mares del hemisferio austral, en los antípodas de Jerusalén[41].
El mapamundi del Indicopleustes llama la atención por su ingenua y bárbara sencillez. Producto del siglo VI, apenas presenta la imagen de los primeros ensayos geográficos de los griegos, y muy bien puede creerse que, á pesar de ser más de trescientos años posterior á Claudio Ptolomeo, es muy inferior al Pinax de Hecátea que el tirano Aristagoro[42] llevó á Esparta.
El autor de la Topografía cristiana, á quien se debe la interesante inscripción del monumento de Adulis, tuvo, no obstante, el mérito de saber que las costas del país de los Tzines[43], de donde viene la seda, están opuestas al Levante y bañadas por un mar oriental. Este fué el primer paso dado para rectificar las ideas acerca de la posición de la India y de la China (país de los Tzines) y de la dirección de las costas de Asia, hacia las cuales bogaba la expedición de Colón[44].
Inspirado por los árabes, por los cosmógrafos italianos y alemanes, por las narraciones de Marco Polo, que le transmitió Toscanelli, y sobre todo por las obras del cardenal Pedro d’Ailly, el gran navegante bebía en fuentes que le proporcionaban abundantes motivos para la ejecución de su proyecto y le animaban á buscar el Levante y las preciosas especias por la vía de Poniente.
Escojamos entre los árabes el geógrafo de la Nubia: «El mar que baña las costas occidentales de Africa, dice el scherif Edrisi, entra en el Mediterráneo (Mare Damascenum) por el canal que Dhoulcarnaïn, personaje heróico bicorne, confundido con el hijo de Filipo de Macedonia, hizo abrir en tiempo de Abraham. Este bicorne ordenó la nivelación de la superficie de las aguas. Una reunión de geómetras encontró el Mar Tenebroso (el Océano) algo más elevado[45] que el Mediterráneo» (rasgo de un mito geográfico; alude á la dirección de la corriente que, según Rennell, viene del cabo Finisterre á lo largo de las costas de Portugal y entra por el Estrecho de Gibraltar). El Mar Tenebroso llámase así (Edrisi[46] mismo dice el motivo en estos términos, según la versión latina): Quoniam scilicet ultra illud quid sit ignoratur. Nullus enim hominum habere potuit quidquam certi de ipso ob difficilem ejus navigationem, lucis obscuritatem (singular propiedad de un mar en que Edrisi sitúa las islas Afortunadas, el dschasajir el chalidath, derivando de chuld, paraíso, islas que gozan del más bello cielo) «et frequentiam procellarum. Nemo nautarum auserit illud sulcare aut in altum navigare. Si se han explorado algunos puntos es á corta distancia de las costas; sábese, sin embargo, que el Mar Tenebroso (el Atlántico) contiene muchas islas, unas habitadas y otras desiertas» (non obrutæ, devastadas, como dice la versión latina). «El mar de Sin (de la China) que baña las tierras de Gog y de Magog (la extremidad oriental del Asia) comunica con el Mar Tenebroso. Por la parte de Asia las últimas tierras son las islas Vac-vac, ultra quas quid sit ignoratur»[47]. He aquí, pues, mencionada por los árabes, como en el pasaje de Aristóteles (De Cœlo, II, 14), con tanta frecuencia citado por Colón, la unión de los mares de la China y del Atlántico tenebroso. Pero Edrisi, en vez de suponer, como los escritores de la antigüedad, muchas grandes islas terrestres, es decir, otras masas continentales, separadas de las que forman Europa, Asia y Africa, cree que el hemisferio opuesto al nuestro es enteramente acuático. Oceanus ambit mediam partem terræ quasi zona, adeo ut media tantum pars terræ appareat ac si esset ovum immersum in aquam cratere contentam[48]; nam eodem modo dimidia pars terræ est obruta mari.
Sabido es que entre los cosmógrafos de la Edad Media como entre los de la antigüedad, desde Parmenides de Elea hasta los Alejandrinos, había dos opiniones respecto á la extensión de las zonas habitables. Edrisi, á quien acabamos de nombrar, y cuya influencia ha sido tan poderosa durante siglos, colocaba toda la tierra habitada en la zona templada septentrional[49]; pero cien años después de él, Alberto el Grande (Alberto de Bollstadt) no dudaba en manera alguna que la superficie del globo estaba habitada hasta el grado 50 de latitud austral[50]. Celoso propagandista de las obras de Aristóteles, que empezaban á dar á conocer los árabes de España y los rabinos arabizantes, fué Alberto para la Europa cristiana lo que Avicenas había sido para el Oriente. Sus diversos tratados son más que paráfrasis de Aristóteles: el Liber cosmographicus de natura locorum es un compendio de geografía física en que expone el autor, no sin sagacidad, cómo la diferencia de latitud y el estado de la superficie terrestre producen simultáneamente la diferencia local de los climas[51]. «Toda la zona tórrida es habitable, y es una inepcia del pueblo (vulgaris imperitia) el creer que los que tienen los pies dirigidos hacia nosotros deben necesariamente caerse. Los mismos climas se repiten en el hemisferio inferior al otro lado del Ecuador, y existen dos razas de etiopes (negros de cabellos lanosos), los del trópico boreal y los negros del trópico austral (no necesito recordar que estas ideas las enunciaron claramente Aristóteles, Cicerón, Strabón y Pomponio Mela). El hemisferio inferior, antípoda al nuestro, no es completamente acuático; en gran parte está habitado, y si los hombres de estas lejanas regiones no llegan á nosotros es á causa de los anchos mares interpuestos; acaso también (la afición á lo maravilloso, y á lo maravilloso más raro, mézclase siempre en el siglo XIII á las observaciones más juiciosas), acaso también algún poder magnético retiene las carnes humanas, como el imán retiene el hierro.
«Además los pueblos de la zona tórrida, lejos de sufrir en su inteligencia por el calor del clima, son muy instruídos, como lo prueban los libros de filosofía y de astronomía que han llegado á nosotros de la India»[52]. En la edición de Estrasburgo, de que me valgo, y que se publicó tres años después de la muerte de Amerigo Vespucci[53], el editor Jorge Tanstetter se maravilló tanto de las conjeturas de Alberto el Grande acerca de las tierras del hemisferio austral, habitado hasta el grado 50 de latitud, que consideró la navegación de Amerigo Vespucci como una profecía cumplida.
Estas mismas nociones sobre la posibilidad de ir directamente á la India por la vía del Oeste, sobre las partes de la tierra que son habitables y la relación entre las superficies de los continentes y de los mares (la extensión de éstos considerábase erróneamente entonces menor que la de las tierras), encuéntranse en Roger Bacon, hombre prodigioso por la variedad de sus conocimientos, la libertad de su espíritu y la tendencia de sus trabajos hacia la reforma de los estudios físicos. Continuando la vía abierta por los árabes para perfeccionar los instrumentos y los métodos de observación, no sólo fué el fundador[54] de la ciencia experimental, sino que abarcó simultáneamente en su vasta erudición cuanto podía aprender en las obras de Aristóteles, más asequibles desde poco tiempo antes por las versiones de Miguel Scott, y en las relaciones de dos viajeros contemporáneos suyos, Rubruquis y Plano Carpini. No rebaja el mérito de Colón el recuerdo de esta continuación de opiniones y de conjeturas, que se reconoce (á través de la pretendida universalidad de las tinieblas de la Edad Media) desde los cosmógrafos de la antigüedad, hasta el fin del siglo XV. Las tinieblas se extendían sin duda sobre las masas; pero en los conventos y en los colegios conservaron algunas personas las tradiciones de la antigüedad. Bacon mismo, reconociendo lo que llama el poder de la erudición y del conocimiento de las lenguas, «da cuenta de una ardiente afición al estudio que observa, sobre todo desde hace cuarenta años, en las ciudades y en los monasterios, al lado de la ignorancia general de los pueblos».
Cuando se trata de una continuación de ideas, de un enlace de opiniones, preciso es contar por algo esa parte de la Edad Media en que se agrupan, alrededor de Roger Bacon, Alberto el Grande, Scott, Vicente de Beauvais y viajeros de tanto mérito como Plano Carpini, Ascelin, Rubruquis y Marco Polo. En todas las épocas de la vida de los pueblos, lo que toca al progreso de la razón, al perfeccionamiento de la inteligencia, tiene las raíces en los siglos anteriores, y esta división de edades, consagrada por los historiadores modernos, tiende á separar lo que está ligado por mutuo encadenamiento. A veces en medio de una aparente inercia germinan grandes ideas en algunos privilegiados talentos, y en el curso de un desarrollo intelectual no interrumpido, pero limitado, por decirlo así, á un corto espacio, débense memorables descubrimientos á impulsos lejanos y casi inadvertidos.
Entre los autores que consultaba Colón y que después examinaremos, á ninguno cita con tanta predilección como al cardenal Pedro de Ailly[55], ó como se le llama en latín, Petrus de Alliaco. Probablemente el Almirante aprendió en el tratado De Imagine Mundi cuanto sabía de las opiniones de Aristóteles, de Strabón y de Séneca sobre la facilidad de ir á la India por el camino de Occidente. Un hecho raro parece probar especialmente la profunda impresión que dejó en su ánimo la lectura del octavo capítulo del tratado de Alliaco que se titula De quantitate terræ habitabilis. Sorprende encontrar un largo extracto, y casi la traducción de este capítulo, en una carta de Colón escrita desde la isla de Haití (Hispaniola) á los Reyes Católicos, pocas semanas después de volver de la costa de Paria[56]. Forman las obras de Alliaco doce trataditos, cuatro de ellos de cosmografía, reunidos todos en un solo volumen de unas 350 páginas[57], al cual hay añadidos algunos escritos del canciller de la Universidad de París Juan Charlier de Gerson. Es probable que este tomo no fuera impreso hasta 1490. Como en las Profecías cita también Colón páginas enteras de las obras de Alliaco[461], y al mismo tiempo cita también á Gerson, es probable que poseyera el tomo indicado, ó que llevara consigo á bordo del buque en su tercer viaje una copia manuscrita[58] del Imago Mundi sólo, y que la mención simultánea de los nombres de Alliaco y Gerson sea puramente accidental. He observado, comparando diferentes textos, que el párrafo traducido por el Almirante en su carta á los Monarcas, lo tomó casi literalmente Alliaco del Opus majus de Roger Bacon. Verdad es que el Cardenal dice al final del Imago Mundi: «scriptura ex pluribus auctoribus recollecta anno MCCCCX»; pero entre tantos nombres de autores clásicos y de cosmógrafos árabes, jamás cita el nombre célebre de Roger Bacon.
Puede creerse que Colón tenía también á la vista el final de este mismo pasaje de Alliaco, cuando al principio de la carta de 1498 excita á los Monarcas á continuar las grandes empresas, á imitación «de Alejandro, que envió á ver el regimiento de la isla de Trapobana en India, y Nerón César á ver las fuentes del Nilo y la razón por qué crecían en el verano, cuando las aguas son pocas, y de Salomón, que envió á ver el monte Sopora»[59].
Es verosímil que la obra de Roger Bacon, ciento cuarenta años más antigua que los tratados cosmográficos de Pedro d’Ailly, no la conociera el Almirante; sin embargo, el Opus majus contenía muchas más noticias sobre el interior de Asia y la extremidad oriental de este continente que el Imago Mundi.
De igual suerte que Vicente Beauvais en el Speculum majus, especie de Djihan numa (espejo del mundo), compuesto por orden de San Luis y de la reina Margarita de Provenza, nos ha conservado, conforme á las relaciones de Simón de Saint Quentin los viajes de Ascelin, Roger Bacon presenta los preciosos extractos de las relaciones oficiales de Juan de Plano Carpini, y sobre todo de Ruisbroek ó Rubruquis, que generalmente llama frater Willielmus, quem dominus rex Franciæ misit ad Tartaros. El viaje del monje de Brabante al Este de Asia precedió en diez y ocho años al de Marco Polo, y confirmó la exactitud de las primeras nociones de Herodoto, Aristóteles, Diodoro y Ptolomeo acerca de la existencia del mar Caspio como mar interior. Fué el primero que dió á conocer la analogía del alemán con un idioma indogermánico, que habían conservado en Crimea algunos restos de tribus de godos ó de alanos. Atravesó la Gran Hunnia ó Hungría (Yugria), pasando el Volga (Ethel) hacia la extremidad del Ural Baschkir (tierra Pascatyr, corrupción del nombre Bachghird), y por lo que creo poder deducir de mis conocimientos de estas comarcas, es probable que recorriera las planicies de Guberlinsk y de Orskaja. Es el primero de todos los geógrafos cristianos que da una idea exacta de la posición de China, la cual designa con el nombre mogol de Khathay (Cathaia), de sus fábricas de seda y de su papel moneda, en el que hay impresos algunos signos «Ultra Thebet qui solent comedere parentes suos causa pietatis, ut non faceret eis alia sepulchra nisi viscera sua, est Magna Catahia[60] quæ Seres dicitur apud philosophos; et est in extremitate orientis á parte aquilonari respectu Indiæ, divisa ab ea per sinum maris et montes. Hic fiunt panni sericci, et istorum Cathaiorum moneta vulgaris est carta de gambasio in qua imprimunt[61] quasdam lineas.»
Las valerosas expediciones que como humildes monjes hicieron Plano Carpini, Rubruquis, Bartolomé de Cremona y Ascelin á las comarcas más lejanas de Asia, pusieron en circulación nueva serie de ideas en la época de Bacon. El funesto desbordamiento de los mogoles á través de Polonia hasta más allá del Oder, donde les detuvo la batalla de Wahlstad (9 de Abril de 1241), debilitando sus fuerzas, dió ocasión á estos viajes extraordinarios en que la diplomacia monacal se ocultaba bajo el velo del proselitismo y de la piedad. Era aquella la época memorable entre la muerte de Tchinghiz y de Kublaï-Khan, en que el gran imperio Mogol, que acababa de dividirse entre los descendientes del fundador, aun conservaba alguna unidad por la supremacía de la dinastía de los Yuan, residente en la extremidad oriental del mundo conocido.
Esta unidad de voluntad y de instituciones facilitaba el acceso, en condiciones no reproducidas posteriormente de una vasta región del Asia central al Sud del Altaï y al Norte de la cordillera de Kuenlum ó Kulkun, que rodea el Tibet septentrional, desde la depresión del mar Caspio, desde el Djihun (Oxus) y el Sihun (Jarxates), hasta la embocadura de Huang-ho y las costas de Quinsaï y de Zaitun. Las obras cosmográficas escritas en esta época anuncian ese crecimiento de ideas que acompaña siempre al ensanche físico del horizonte. Favoreció los largos viajes de los Poli (Maffio ó Mateo, Nicolás y Marcos, de 1250 á 1295), el estado del Asia central, en donde, por las relaciones y comunicaciones rápidas entre pueblos pastores y semisalvajes y pueblos letrados ó instruídos desde hacía largo tiempo, la barbarie y la civilización por extraño modo se tocaban.
Roger Bacon terminó su larga y gloriosa carrera un año antes del regreso de Marco Polo; no podía, pues, tener conocimiento alguno de este viaje extraordinario.
La segunda mitad del siglo XIII, fecundada por tantos gérmenes de conceptos nuevos, poniendo por el comercio de los pisanos, de los genoveses y de los venecianos el Occidente en contacto con las regiones de Oriente, tan interesantes por las producciones de su suelo, los progresos de las artes industriales y la variedad de las instituciones sociales, dió poderoso impulso al movimiento de ideas, al ardiente deseo de atrevidas empresas que ilustraron la era del infante D. Enrique, de Colón y de Gama.
III.
Ideas cosmográficas de Colón y causas que le impulsaban
al descubrimiento de las Indias.
El cardenal d’Ailly, cuyas obras tanto estimaba Colón, ocupábase desgraciadamente más en trabajos de erudición clásica que de las relaciones de los viajeros inmediatos á su época. Aunque escribió ciento cuarenta años despues de Roger Bacon, jamás cita los trabajos de Marco Polo, consignados desde 1320 en un manuscrito latino de Franco Pipino de Bolonia: ignora los vastos proyectos de Sanuto Torsello, encaminados á cambiar la dirección del comercio de la India, la existencia de las islas Antilia y Brasil (Bracir) revelada por Picigano, y los viajes de los Zeni á las regiones septentrionales del Atlántico. No fué en los tratados cosmográficos del Cardenal donde Colón aprendió las nociones de las tierras occidentales que según Toscanelli ofrecían abrigo en el camino de la India por el Oeste. Pedro d’Ailly ni siquiera conocía el nombre de Cathaï, y su geografía, á excepción de algunas citas árabes, recuerda menos el siglo de Ptolomeo que el de Isidoro de Sevilla. Únicamente insiste con frecuencia (y quizá por ello era el afecto de Colón á compilaciones tan medianas) en la gran extensión del Asia hacia el Oriente, y en lo próximas que estaban la India y España. Al notable párrafo (Imago Mundi, cap. viii) tomado literalmente de Roger Bacon, y que antes cité, pueden añadirse los siguientes: «Multo major est longitudo terræ versus Orientem quam ponat Ptholomeus, et secundum philosophos Oceanus qui extenditur inter finem Hyspaniæ ulterioris, id est Africæ á parte Occidentis, et inter principium Indiæ á parte Orientis, non est magne latitudinis. Nam expertum est quod hoc mare navigabile est paucissimis diebus si ventus sit conveniens, et ideo illud principium Indiæ in Oriente non potest multum distare á fine Africæ.—Frontem Indiæ meridianum alluit maris brachium descendens á mari Oceano quod est inter Indiam et Hyspaniam inferiorem, seu Africam.—A polo in polum decurrit aqua in corpus maris et extenditur inter finem Hyspaniæ et inter principium Indiæ non magnæ latitudinis, ut principium Indiæ possit esse ultra medietatem æquinoctialis circuli sub terra valde accedens ad finem Hyspaniæ. Et Aristoteles et ejus comentator, libro Cœli et Mundi, adhuc inducunt rationem quod elephantes esse non possent: ideo concludit hæc loca esse propinqua et mare intermedium esse parvum»[62]. Se concibe que una misma idea, tantas veces repetida, debía agradar grandemente á los que, como Toscanelli y Colón, meditaban de contínuo pasar desde España á las costas orientales de Asia (ad illam partem sub pedibus nostris sitam) por la vía de Occidente.
También en el Cuadro del mundo conocido[63] de Pedro d’Ailly pudo aprender Colón que, según Alfragan, el valor absoluto de los grados expresados en leguas es menor de lo que generalmente se admite. Alfragan, ó más bien Al Fergani, llamado así por el sitio donde nació (porque el verdadero nombre del astrónomo árabe es Ahmed Mohammed Ebn Kotahir, ó Kethir, de Fergana en Sagdiana), no da en rigor más que el resultado de la célebre medida de algunos grados terrestres que el califa Almamum hizo practicar en la llanura de Sindjar. En vez de expresar este resultado por codos negros, lo expresa por millas, y el Almirante, sin fijarse en la perfecta ignorancia en que hasta Ebn Iouni, el más ingenioso astrónomo de aquel tiempo, nos dejaron, relativamente al valor del módulo empleado, tomó las millas de Alfragan, por las millas italianas de que habitualmente se servía en sus viajes. Don Fernando Colón, al conservarnos el extracto del tratado[64] de su padre «sobre la posibilidad de habitar todas las zonas», y también otro manuscrito[65] que comprende las causas en que el grande hombre fundaba las esperanzas en el buen éxito de su expedición, nos muestra la importancia que entonces se daba á la opinión de Alfragan sobre el verdadero tamaño de la tierra. «Lo que hacía creer más al Almirante, dice Fernando Colón, que aquel espacio (la distancia entre España y Asia) era la opinión de Alfragano, y los que le siguen, que pone la redondez de la tierra mucho menor que los demás autores y cosmógrafos, no atribuyendo á cada grado de ella mas que 56 millas y dos tercios, de cuya opinión infería que, siendo pequeña toda la esfera, había de ser por fuerza pequeño el espacio que Marino dejaba por desconocido, y en poco tiempo navegado, de que infería asimismo que, pues aun todavía no estaba descubierto el fin oriental de la India, sería aquel fin el que está cerca de los otros por Occidente (de la parte más occidental de Europa y de África).» Pero hay más aún; en otro sitio (en el Tratado de las zonas habitables) dice expresamente el Almirante: «Navegando muchas veces desde Lisboa á Guinea, encontré[66], observando con atención, que el grado corresponde en la tierra á 56 millas y dos tercios».
Si estas nociones no las aprendió el Almirante en las obras del cardenal d’Ailly, las obtendría por vía menos indirecta, por alguna de las traducciones árabe-latinas, á las que, según parece, recurría con frecuencia durante sus estudios cosmográficos en Portugal y en España.
Después de largas consideraciones acerca de Ptolomeo y Marín de Tyro, Catigara y la Etiopía, el Ganges y la posición del Paraíso terrestre, añade Colón en una carta dirigida á los reyes Fernando é Isabel y fechada en Jamaica el 7 de Julio de 1503: «El mundo no es tan grande como dice el vulgo, y un grado de la equinoccial está 56 millas y dos tercios; pero esto se tocará con el dedo.» Véase, pues, la importancia que el Almirante daba á la idea de la pequeñez del globo y de la brevedad del camino por donde se llega á la tierra aurífera de Veragua, «de que Vuestras Altezas, dice, son tan señores como de Xerez y de Toledo».
Es muy interesante observar el desarrollo progresivo de una grande idea y descubrir una á una las impresiones que determinaron el descubrimiento de un hemisferio entero. La permanencia en puntos situados, por decirlo así, en el límite del mundo conocido, en Lisboa, en las Azores, en Puerto Santo; la costumbre de ver partir con frecuencia expediciones de descubrimiento por una ruta que se desaprueba; la posibilidad de oir de boca de los mismos marinos los hechos ó las ilusiones que les proporcionaron las aventuradas expediciones hacia el Oeste; finalmente, el atento examen de las cosmografías de las diversas épocas, fueron las circunstancias que excitaron, vivificaron, por decirlo así, en el alma ardiente de Colón tan grandes y nobles proyectos. No se debe atribuir á una sola causa lo que pertenece al conjunto de inspiraciones que recibe un hombre superior durante los largos años que preceden á un descubrimiento.
En un tratadito[67] escrito probablemente hacia 1499 por el genovés Antonio Gallo (De Navigatione Columbi per inaccesum antea Oceanum Conmentariolus) se afirma que el «mundo de la India» (mundus quem Indiam vocitabant) fué adivinado, no por Cristóbal Colón, sino por su hermano Bartolomé, «que concibió la idea de una navegación hacia el Oeste al fijar en Lisboa los descubrimientos hechos por los portugueses más allá de San Jorge de la Mina en los mapamundis que dibujaba para ganarse la vida». El autor habla con algún desdén de Cristóbal Colón (intra pueriles annos parvis literulis imbuti). Este mismo aserto repite el obispo Agustín Giustiniano, que de la proyectada edición de una Biblia políglota completa, solamente imprimió en Génova en 1516 la colección de los Salmos. Sabiendo que el Almirante se vanagloriaba de haber realizado las profecías del salmo diez y ocho, Giustiniano, que era obispo de Nebbio, en Córcega, y monje de la orden de Santo Domingo, aprovechó esta ocasión[68] para dar una biografía de Cristóbal Colón y noticia de sus descubrimientos. Don Fernando Colón[69] ha probado con los manuscritos de su padre que fué éste quien enseñó á Bartolomé, «hombre poco letrado», el arte náutico y el dibujo de cartas de marear, y rechaza[70] con la urbanidad que en todos tiempos ha caracterizado las disputas literarias «las trece mentiras de Giustiniano». La magistratura de Génova empleó otra refutación más directa; con penas severas confiscó la obra. Por lo demás, vemos en documentos encontrados en los archivos, que, aun durante sus viajes, acostumbraba Cristóbal Colón á trazar la configuración de las costas. Una carta de marear de la isla de la Trinidad y del golfo de Paria, dibujada durante su tercer viaje (probablemente en Agosto de 1498), llegó á ser célebre en el pleito entre el fiscal del Rey y los herederos del Almirante. Éste hace mención de ella al fin de la carta dirigida á los Reyes á su vuelta á Santo Domingo. Es la pintura, ó, como dice Alonso de Ojeda, la figura de lo que el Almirante había descubierto[71]; carta que guió á los navegantes á quienes el fiscal quería atribuir el mérito del descubrimiento del continente americano.
Adviértese en lo poco que nos ha quedado de los escritos de Colón, sea en lo que conservó su hijo, ó en su correspondencia con los soberanos ó con personas de la corte de Isabel, ó, en fin, en el bosquejo de la obra de las Profecías, que lo que más atormentaba la imaginación del grande hombre y lo que buscaba con mayor empeño en las obras de los antiguos y en los cosmógrafos más inmediatos á su siglo era la proximidad entre la India y las costas de España; el conocimiento de la grande extensión de Asia hacía el Oriente; el número de islas ricas y fértiles que rodeaban las costas orientales del continente asiático; la pequeñez absoluta de nuestro planeta, y la relación que en general presenta el área de las tierras y de los mares en la superficie del globo.
Esta variedad de consideraciones, que debían conducir todas al mismo objeto, anuncia una amplitud de miras poco común. Pero en un siglo en que faltaba conocimiento preciso de los hechos, puesto que el mismo descubrimiento de Colón asentaba las bases de una geografía física, ésta extensión de miras no encontraba apoyo en la exactitud de las observaciones.
Por fortuna, los errores favorecían la ejecución del proyecto, inspirando un valor que las ideas más exactas de las dimensiones del globo, de la longitud de Catigara, del Cathaï y de Zipanga, del tamaño de los mares y de la pequeñez de los continentes hubieran quebrantado.
Colón censura á Ptolomeo por haber acortado la extensión de las tierras hacia el Este, fijada por Marin de Tyro, y rechaza todas las opiniones de los antiguos[72] sobre la relación en que están los continentes y los mares, afirmando, según hemos visto antes, que «el mundo es poco: el enjuto de ello es seis partes, la séptima solamente cubierta de agua»[73]. Este es el resultado de la geografía física que aprendió Colón en el cuarto libro de Esdras, llamado antiquísimamente en la iglesia griega el Apocalipsis de Esdras, é inventado probablemente por un judío que vivía fuera de Palestina en el siglo primero de nuestra era. Este Apocalipsis forma el primer libro de Esdras en la versión etiópica publicada recientemente en Oxford.
Á los catorce años interrumpió Colón sus estudios académicos en Pavía. Sin estar de completo acuerdo con Antonio Gallo respecto á la insignificancia de estos estudios (parvulæ literulæ), se comprende que la causa del desarreglo de erudición y de teología algo mística, advertida en muchos de sus escritos, data de la época de su permanencia en Lisboa[74]. A una vida aventurera, á los viajes al Levante y al Norte (á las islas Færöer ó á Islandia), sucedió algún descanso favorable á los trabajos literarios. Es probable que durante su larga permanencia en Portugal desde 1470 á 1484, desde los treinta y cuatro á los cuarenta y ocho años de edad, rehiciera, por decirlo así, sus estudios. «Para confirmarse más en el dictamen de navegar la vuelta de Occidente (dice Fernando Colón) para llegar á la tierra del Gran Kan, empezó de nuevo á ver los autores cosmógrafos que había leído antes y á considerar las razones astrológicas que podían corroborar su intento.»
En las investigaciones históricas conviene descender de las generalidades á los detalles de los hechos, y como el objeto de mi trabajo es obtener por el examen crítico de los documentos que nos quedan de puño y letra de Cristóbal Colón el conocimiento íntimo de las ideas que le indujeron al descubrimiento de América, he tratado de formar juicio exacto de los libros que consultaba Colón habitualmente, procurando adivinar cuáles eran los autores antiguos que más influyeron en su imaginación, incesantemente ocupada en vastos proyectos. Reuniré los pasajes mencionados por el Almirante en los escritos que de él tenemos, y los que su hijo D. Fernando presenta como causas de la empresa (Autoridad de los escritores para mover al Almirante á descubrir las Indias) conforme á las memorias de su padre.
Los autores de este tiempo indican rara vez, y cuando lo hacen, con muy poca precisión, el libro y capítulo de donde toman las citas, porque años antes del descubrimiento de América los libros impresos eran tan raros, que no existía ninguna edición del texto de Herodoto, de Strabón, ó de los libros de física de Aristóteles. En general, me ha sido fácil adivinar los pasajes de autoridades clásicas en que el Almirante fundaba sus pruebas cuando, al alegar las opiniones de los escritores antiguos, las desarrollaba. Puede creerse que durante su permanencia en Lisboa y Sevilla, desde 1470 á 1492, hizo que le ayudaran los eruditos de estas poblaciones; al menos vemos que, poco después, en 1501, tuvo el buen tino de consultar al Padre Gaspar Gorricio y de conseguir le proporcionara, para el libro de las Profecías, autoridades que hacían al caso de Jerusalén, es decir, relacionadas con la conquista del Santo Sepulcro, objeto definitivo de la conquista de los tesoros de la India Occidental.
Debe creerse, sin embargo, que, en general, el Almirante debió sus inspiraciones más bien á las obras de Isidoro de Sevilla, de Averroës y de Pedro de Ailly, que á las raras traducciones latinas y españolas[75] que podía consultar cuando llegó á Portugal. Confirma esta afirmación lo que antes copió de la carta de Colón de 1498, comparándola al Opus majus, de Roger Bacon, y á la Enciclopedia (Imago Mundi), del Cardenal d’Ailly.
Llego, pues, al detalle de los hechos.
Don Fernando Colón cita, conforme á los manuscritos de su padre (Historia del Almirante, capítulos VI, VII y VIII), como causas que indujeron á éste á emprender el viaje de descubrimiento las siguientes:
1.º Aristóteles, en el segundo libro Del Cielo y del Mundo, con el comentario de Averroës, dice que desde las Indias se puede pasar á Cádiz en pocos días. Es el pasaje De Cœlo, II, 14; pero la frase «en pocos días» es de Séneca y no de Aristóteles. También Pedro Mártir de Anghiera, en carta escrita en 1495 (Ep. 164, ed. Elzevir, 1670, pág. 93) al cardenal Bernardino, añade, después de hablar de las maravillas del segundo viaje de Colón, en el cual creyó éste no estar apartado más de dos horas (en longitud expresada por una medida de tiempo) del Quersoneso de Oro de Ptolomeo: «Hanc ergo terram Almirantus iste se humano generi præbuise, quia latentem invenerit sua industria suoque labore, gloriatur. Indiæ Gangetidis continentem, eam esse plagam contendit: nec Aristoteles, qui in libro de Cœlo et Mundo non longo intervallo distare á littoribus Hispaniæ Indiam ait, Senecaque ac nonnulli alii ut admirer patiuntur.» Estos mismos recuerdos clásicos se presentaron á la imaginación de Anghiera, después del primer viaje de Colón, en una carta dirigida al Arzobispo de Braga, fechada en el mes de Octubre de 1493 (Ep. 135, pág. 74).
2.º «Séneca, en las Naturales Quæstiones, lib. I, dice que desde las últimas partes de España pudiera pasar un navío á las Indias en pocos días, con vientos.» Este es el pasaje de Séneca, Naturales Quæst., Præf., § 11, que el cardenal d’Ailly, engañado[76] por el Opus major de Bacon, pág. 185, cita como perteneciente al lib. V de Séneca. Nada he encontrado en éste referente á las ideas que preocupaban á Colón, sino es en Quæst. Natur., V, 18, 9, donde dice: «An Alexander ulterior Bactris et Indis velit quærere quid sit ultra Magnum Mare?» Cuando Cristóbal Colón, en su tercer viaje, escribió á los monarcas españoles desde la isla de Haïti, en 1498, una carta interesantísima, induciéndoles á imitar los valerosos ejemplos de «Nero César, que envió á ver las fuentes del Nilo» (Navarrete, t. I, pág. 244), indudablemente tenía á la vista el texto de Séneca, en que el filósofo cortesano muestra á Nerón como noble apreciador de todas las virtudes en una época en que éste desdeñaba «flagitiorum et scelerum valamenta». «Ego quidem», dice Séneca (Natur. Quæst., VI, 8, 3) «centuriones duos quos Nero Cæsar, ut aliarum virtutum ita veritatis amantissimus, ad investigandum caput Nili miserat[77], audivi narrantes.....»
3.º El poeta trágico Séneca, que algunos creen ser el mismo filósofo (duda expresada también por D. Fernando Colón), escribió para el coro de Medea: «Vienient annis sæcula seris»; profecía que el Almirante ha cumplido. Tanto fijó la atención de Colón este pasaje, que se le encuentra copiado entero dos veces[78] de su letra en el bosquejo de su famoso libro de las Profecías, comenzado en 1501. Añade allí una traducción española tan inexacta como la que pone su hijo, y mucho menos poética de lo que es frecuentemente la prosa del Almirante, por ejemplo, la famosa relación dirigida á los Monarcas[79] y fechada en Jamaica el 7 de Julio de 1503, relación tan animada como un drama. Una de estas copias de los seis versos de Medea encuéntrase intercalada en una carta á la reina Isabel, llena de citas bíblicas; la otra está entre las observaciones de eclipses lunares hechas en Haïti y en Janahica (Jamaica) en 1494 y 1504. El historiador Herrera[80] acusa á Séneca, sin añadir la cita del texto, de un grande error, porque el filósofo romano imaginó que América sería descubierta algún día por la parte del Norte y no hacia el Oeste. Este concepto de Herrera contiene una alusión al citado coro de Medea. Indudablemente, Séneca no es profeta; pero Herrera se equivocó por una falsa interpretación del verso Nec sit terris ultima Thule. Lo que genuinamente dice el poeta es que la nueva tierra estará más lejana que la isla que se creía en su tiempo colocada en el extremo del mundo conocido, pero no que se encontrará en la dirección de Thule, á la cual Colón en sus Profecías paganas y bíblicas llama, no Thyle[81], sino «última Tille», y en su manuscrito sobre las «cinco zonas habitables» pretende[82] haberla visitado, en Febrero de 1477, lo cual, cronológicamente, es poco probable. Antes de dejar de hablar de Séneca, más asequible que Aristóteles, y por tanto, de mayor autoridad y más universalmente reconocida en la Edad Media, debo indicar un error de los catedráticos de Salamanca en sus disputas cosmográficas con Cristóbal Colón. Sabido es que los Monarcas encargaron, probablemente hacia el fin de 1487, al Prior del Prado[83], fraile de San Jerónimo y confesor de la Reina, defender la gran causa de los descubrimientos occidentales, ante los profesores, «que eran ignorantes», dice D. Fernando Colón en la Vida de su padre, «y no pudieron comprender nada de los discursos del Almirante, que tampoco quería explicarse mucho, temiendo no le sucediese lo que en Portugal», donde trataron de robarle el secreto para aprovecharlo sin su concurso, conforme á la treta aconsejada por el doctor Calçadilla, ó más bien (porque así era el verdadero nombre de este prelado) de D. Diego Ortiz, obispo de Ceuta, natural de Calçadilla, cerca de Salamanca. Con razón observa Muñoz cuán sensible es que no hayan quedado documentos de esta controversia científica, porque nos darían á conocer de un modo preciso el estado de las matemáticas y de la astronomía en las Universidades españolas del siglo XV. Sólo sabemos que Colón llevaba escritos de antemano los argumentos que debía explanar en favor de su empresa durante las conferencias tenidas en el convento de dominicos de San Esteban. Es probable que los documentos conteniendo las principales causas del descubrimiento, y que quedaron en manos del hijo de Colón, de Bernáldez, cura de los Palacios, y de Bartolomé de las Casas, estuvieran redactados conforme á las notas comunicadas á los catedráticos de Salamanca. Fernando Colón refiere que los catedráticos objetaron al Almirante con la autoridad de Séneca, que (por vía de cuestión) trataba si el Océano era infinito, de suerte que el mundo era muy grande para ir en tres años al fin del Levante, como quería. Nada, absolutamente nada, hay en las Cuestiones Naturales de Séneca que pueda justificar este aserto. Al contrario, está refutado en el pasaje de Séneca (Præf., § 11) que no era desconocido á D. Fernando (Vida del Almirante, capítulo VII).
4.º Aristóteles, «en el libro de Las Cosas Naturales, habla de haber navegado por el mar Atlántico algunos mercaderes cartagineses á una isla fertilísima, la cual ponían los portugueses en sus mapas con el nombre de Antilia, fuera ella, ó una de las islas que se veían todos los años (á favor de ciertas circunstancias meteorológicas) al Oeste de las Azores, de Madera y de la Gomera.» Este es el pasaje de las Mirabiles Auscultationes del pseudo Aristóteles, libro que Mr. Niebuhr cree escrito hacia la 130 Olimpiada, es decir, seis Olimpiadas después de la muerte de Theophrasto. Tómase gran trabajo Fernando Colón para probar, contra Oviedo, que esta isla de los cartagineses no era Haïti ni Cuba, ni ninguna de las descubiertas por su padre, y cuyo número, en la época más desventurada de su vida (en 1500), en un fragmento de carta autógrafa (Navarrete, Colección diplom., t. II, pág. 254), exagera hasta 1.700. Verdad es que en esta controversia quéjase D. Fernando de que, ignorando el griego, su adversario no haya podido leer el pasaje de Aristóteles sino en los libros de fray Teófilo de Ferraris; pero él mismo en esta ocasión no daba pruebas de una erudición muy sólida. Confunde la isla de Atlanta, al Norte del Euripo, en el canal, entre la Lócrida y la Eubea, separada del continente por un terremoto (Thucydides, III, 39; Plinio, II, 88), con la Atlántida de Solón y de Platón[84]; convierte en dos personas distintas á Statio Seboso[85], que permaneció algún tiempo en Cádiz para adquirir noticias de las islas del mar exterior, y toma las islas Azores, cuyas minas nadie ha elogiado, por las Cassitérides[86].
5.º Strabón, «en el lib. primo y secundo de su Cosmografía», habla de la extensión desmesurada del Atlántico, única causa que impide el paso de España á la India (es el texto lib. I, pág. 113 Alm., páginas 64 y 65 Cas., y la opinión de Posidonio sobre la navegación del Atlántico cuando es favorecida por los vientos de Sudeste, lib. II, página 161 Alm., pág. 102 Cas.).
6.º Strabón, en el lib. V, por la inmensa prolongación de la India hacia el Este, según Ctésias, Onesicrito y Nearco. La cita del lib. V es falsa, porque en este libro sólo se habla de Italia; pero el testimonio invocado de tres viajeros á la India da á conocer fácilmente que Colón quiso alegar el texto de Strabón, lib. XV, pág. 1011 Alm., pág. 690 Cas.
Casi superfluo es repetir aquí que una parte de estos pasajes (los de Aristóteles, Séneca y Ptolomeo) se encuentran también mencionados en la carta del Almirante del año 1498 y en su Libro de las Profecías. Este último, si se exceptúa el coro de la Medea de Séneca, sólo contiene citas de Profetas, de Padres de la Iglesia y de algunos rabinos convertidos, mezcla de teología mística y de erudición cosmográfica que, al parecer, caracteriza la vejez de Cristóbal Colón. En efecto, cuanto no toca al círculo estrecho de los intereses materiales de la vida, se eleva en el alma ardiente de este hombre extraordinario á una esfera más noble, á un espiritualismo misterioso. En su opinión, la conquista de la India recién descubierta no debe tener importancia sino en cuanto realiza las antiguas profecías y conduce, por los tesoros que da, á la conquista de la tumba de Cristo (á la restitución de la Casa Santa). Todas las cartas del Almirante expresan su ansiedad por acumular oro. Aunque duda, hasta la época de su muerte, que América esté separada del Asia Oriental, escribe ya en 1498 á la Reina que Castilla posee hoy otro mundo y que recibirá pronto barcos cargados de oro, el cual servirá para extender la fe en el universo, «porque el oro es excelentissimo; del oro se hace tesoro, y con él, quien lo tiene, hace quanto quiere en el mundo, y llega á que echa las animas al Paraíso.» Extraña mezcla de ideas y de sentimientos en un hombre superior, dotado de clara inteligencia y de invencible valor en la adversidad; imbuído en la teología escolástica, y, sin embargo, muy apto para el manejo de los negocios; de una imaginación ardiente y hasta desordenada, que impensadamente se eleva, del lenguaje sencillo é ingenuo del marino á las más felices inspiraciones poéticas, reflejando en él, por decirlo así, cuanto la Edad Media produce de raro y sublime á la vez.
IV.
Opiniones de los antiguos sobre la geografía física del globo
y manera de figurarla.
En el Apéndice á esta obra publicaremos los textos citados en los escritos de Colón y que por confesión propia influyeron en su empresa. Creo que su reunión tendrá además otro interés: el de aclarar la historia de la geografía en general.
Es curiosísimo reunir y comparar las opiniones que los antiguos se habían formado de la posibilidad de comunicaciones entre las extremidades opuestas de la tierra habitada, como de la existencia de algunas otras masas continentales separadas de ella. Estas opiniones fueron transmitiéndose en no interrumpida serie al través de la Edad Media.
Desde los Orígenes de Isidoro de Sevilla hasta la Margarita filosófica de Jorge Reisch, prior del convento de los Cartujos de Friburgo, libro que tan grande influencia ejerció en el estado de los conocimientos en el siglo XVI[87] y cuyo nombre está hoy casi olvidado; los hombres más célebres, Vicente de Beauvais (Vincentius Bellovacensis, autor del Speculum majus), Juan Salisbury (Joannes parvus Sarisberiensis), Roger Bacon y Pedro d’Ailly tomaron de Aristóteles, de Plinio, desgraciadamente más conocido que Strabón, y de Séneca lo que se relaciona con la cosmografía y la física del globo. Por esta continua filiación, las indicadas ideas se conservaron y dominaron los ánimos cuando el ardiente deseo de las empresas marítimas sucedió al no menos ardiente de las largas peregrinaciones por el interior de las tierras.
Al llegar á las cuestiones que ofrecen importancia é interesan á los estudios filológicos, no puedo pasar en silencio lo que pertenece menos á la descripción del mundo real que al ciclo de la geografía mítica.
Sucede al espacio lo mismo que al tiempo. No se puede tratar la historia bajo un punto de vista filosófico, dejando en completo olvido los tiempos heroicos. Los mitos de los pueblos, mezclados á la historia y á la geografía, no pertenecen por completo al mundo ideal; si uno de sus rasgos distintivos es la vaguedad: si el símbolo cubre en ellos la realidad con un velo más ó menos espeso, los mitos, íntimamente ligados entre sí, revelan, sin embargo, la raíz de las primeras nociones cosmográficas y físicas.
Los hechos de la historia y de la geografía primitivas no son sólo ficciones ingeniosas, puesto que reflejan las opiniones formadas acerca del mundo real. El gran continente más allá del Mar Cronieno y esa Atlántida de Solón que preocupaba á los contemporáneos de Cristóbal Colón, jamás tuvieron la realidad local que se les asigna; ¿pero es preciso, por ello, considerarlos sentina fabularum y desdeñar como á los Cabiros, los misterios samotracios y cuanto se refiere á las primeras formas de creencias, relativas á los cultos, lo que atañe á la configuración del globo y á la filiación de los pueblos y de las lenguas, creencias que son el producto instintivo de la inteligencia humana?
La idea de la probable existencia de una masa de tierra separada de la que habitamos por vasta extensión de mares, debió ocurrir desde los tiempos más remotos. Es tan natural al hombre franquear con la imaginación los límites del espacio y soñar la existencia de algo más allá del horizonte oceánico, que aun en los tiempos en que se creía la tierra un disco de superficie plana ó ligeramente cóncava, podía imaginarse que más allá de la cintura del Océano homérico existía alguna otra habitación de hombres, otra οἰκουμένη, el Lokaloka de los mitos indios, anillo de montañas situado más allá del séptimo mar.
Este concepto debía tomar más desarrollo conforme se iba extendiendo la navegación al Oeste de las columnas de Briareo ó de Ægænon, multiplicándose los cuentos de los viajeros fenicios; y cuando se pudo formar alguna idea de los contornos, ó, mejor dicho, de la forma limitada de nuestra masa continental. La gran tierra situada hacia el Noroeste, que, como Meropis, está indicada en los fragmentos de Theopompo y como continente cronieno en dos pasajes de Plutarco que después examinaremos, corresponde á una serie de mitos que, á pesar de los sarcasmos poco ingeniosos de los Padres de la Iglesia[88], es de remota antigüedad en la esfera de las opiniones helénicas, como todo lo que se relaciona con Sileno, adivino y personaje cosmogónico, ó á ese imperio de los Titanes y de Saturno, progresivamente rechazado hacia el Oeste y Noroeste[89].
El mito de la Atlántida ó de un gran continente occidental, aunque no se le crea importado de Egipto y sí debido exclusivamente al genio poético de Solón, data por lo menos del siglo VI antes de nuestra era. Cuando la hipótesis de la esfericidad de la tierra, producto de la escuela de los Pitagóricos llegó á extenderse y á apoderarse de los ánimos, las discusiones sobre las zonas habitables y la probabilidad de la existencia de otras tierras cuyo clima era igual al nuestro en paralelos heterónimos y en estaciones opuestas, convirtiéronse en materia de un capítulo indispensable en todo tratado de la esfera ó de cosmografía.
Los que como Polibio y Eratósthenes no habían observado que la elevación de las tierras, el decrecimiento de la marcha aparente del sol al aproximarse á los trópicos y el alejamiento de dos pasos del sol por el zenit de la localidad, hacían la zona ecuatorial y el Ecuador mismo menos cálidos que las regiones más próximas á los trópicos, sumergían, por efecto de una corriente ecuatorial, esta parte de la superficie del globo, que, quemada por el sol, no la creían en manera alguna á propósito para ser habitada.
Propagaron principalmente esta cuestión el estoico Cleanthes y el gramático Cratés. Refutóla Gemino, pero reapareció con gran crédito á principios del siglo V en la teoría de las impulsiones oceánicas que Macrobio expuso como una explicación del flujo y reflujo del mar. Mas allá de este brazo del Océano ecuatorial que atraviesa la zona tórrida, más allá de nuestra masa de tierras continentales, extendidas en forma de clamyde y aisladas en una parte del hemisferio boreal, suponíase la existencia de otras masas de tierras, en las cuales se repiten los mismos fenómenos climatéricos que observamos en las nuestras. No parecía probable que la gran porción de la superficie del globo no ocupada por nuestro οἰκουμένη estuviera toda cubierta de agua. Ideas de equilibrio y simetría cuya falsa aplicación han producido, hasta en tiempos modernos, muchas ilusiones geográficas, oponíanse, al parecer, á ello.
Bajo la influencia de estas ideas empezaron á aparecer grupos aislados de continentes en el hemisferio opuesto, indicados por Aristóteles y su escuela (Meteorologica, II, 5; De Mundo, cap. III); los dos pueblos etíopes de Cratés, uno de los cuales habitaba al Sud del brazo de mar ecuatorial; el otro mundo de Strabón; el alter orbis de Pomponio Mela; una verdadera tierra austral[90]; las dos zonas (cinguli) habitables[91] de Cicerón (Somn. Scip., cap VI), una de las cuales es la de nuestros antípodas insulares; en fin, la tierra quadrífida ó las quatuor habitationes vel insulæ (cuatro masas de tierra separadas entre sí) de Macrobio (Comm. in Somn. Scip., II, 9).
En el sistema pitagórico de Philolao, conforme al cual el sol es un inmenso reflector que recibe la luz de un cuerpo central (Hestia), la tierra y el Antichthon de Hicetas de Siracusa (Nicetas, según algunos manuscritos de Cicerón, Academ. Quæst., VI, 39; Œcetes, según Plutarco, de Plac. Phil., III, 9), movíanse paralelamente conforme á su órbita común; pero el Antichthon era el hemisferio opuesto al nuestro, hemisferio que los geógrafos poblaban á su gusto[92].
He creído deber dar esta reseña general de las ideas que constantemente se han formado los hombres acerca de la existencia de otro mundo ó de continentes transoceánicos desde los tiempos más remotos. Los Padres de la Iglesia, de quienes el monje Cosmas fué intérprete, desfiguraron estos conceptos primitivos del modo más extraño, suponiendo una terra ultra Oceanum que encuadraba el paralelógramo de su mapa mundi. Viviendo la Edad Media sólo de recuerdos que suponía clásicos y sin fe en sus propios descubrimientos, si no creía encontrar en los antiguos indicios de ellos, estuvo hasta los tiempos de Colón agitada por todas las ilusiones cosmográficas de los siglos anteriores.
Al lado de esta tendencia tan natural, y por lo mismo tan general, de suponer muchas tierras habitadas que los mares separaban, encuéntrase otra no menos antigua: la de considerar las islas ó los puntos de tierras nuevamente descubiertos, como contiguos y formando parte de un gran continente. En esta última forma fueron representadas primeramente las Islas Británicas (Dión Cassio XXXIX, 50; Flor., III, 10), y Ceylán (Trapobana ó Sielediv), «quæ Hipparcho[93] prima pars Orbis alterius dicitur» (Mela, III, 7, 7). Esta expresión tan característica de un otro mundo, encuéntrase en Plinio unida á la de tierra de los antichtones «Trapobanen alterum orbem esse diu existimatum est, Antichthonum appellatione». (Plin., VI, 22, § 24.)
La historia de los descubrimientos geográficos modernos nos muestra la misma inclinación á transformar, gracias á prolongaciones de contornos fantásticos y uniones imaginarias, los cabos de muchas islas y de vastos continentes. Hay más; la predilección por las ligaduras que acabamos de indicar en el trazado de los mapas, conduce á otro procedimiento, hallado lo mismo en Ptolomeo que en los geógrafos de nuestro siglo. Cuando las extremidades de las tierras que se han unido ó alineado en continentes se acercan á nuestros οἰκουμένη, abandónase la hipótesis de los continentes separados y se les une á puntos antiguamente conocidos. De este modo Marin de Tyro y Ptolomeo transformaron el mar de la India en un mar cerrado ó mediterráneo. Imaginábase que la península transgangética, donde estaba situada Catígara (Caitogora, Edrisi, pág. 57), más allá del Sinus Magnus, en la extremidad oriental del Asia, se unía hacia el Oeste por medio de una tierra incógnita al promontorio Prasum (cabo Delgado), y á la costa africana de Azania (Ayan, el Zingium de Cosmas Indicopleustes, Montfaucon, II, 132). Afortunadamente esta hipótesis de un mar cerrado, desconocido para Strabón, que rechaza todos los istmos desde el estrecho de Hércules hasta el mar Rojo, no estorbó ni detuvo los descubrimientos de los intrépidos navegantes del siglo XV, á pesar de que la falsa erudición ejercía en ellos más influencia de lo que generalmente se cree.
Por un procedimiento semejante, en el célebre mapa de América que Juan Ruysch añadió á la edición de la Geografía de Ptolomeo, publicada en Roma en 1508, encuéntrase, según la observación de Mr. Walckenaer, no sólo la Gruenlant (Groenlandia), sino también Terranova y los Baccalauræ, completamente separados de la América insular, es decir del Mundus Novus, de la Terra Sanctæ Crucis, y reunidos al continente septentrional de Asia (la tierra de Gog, las costas del Plisacus Sinus, y el país de Ergigaï).
Separaciones idénticas, aunque mucho más atrevidas[94], porque unen todo el Canadá y la Florida al Asia boreal, y los separan de Brasilia (la América del Sud) «extendida hacia Melacha (Malacca) y Zanzíbar (costa é isla de Zanguébar, quizá la isla Akgia de los árabes)», reaparecen en 1533 en la cosmografía de Juan Schoner.
Posteriormente, Sebastián Munster, uno de los restauradores de las ciencias geográficas, une la Groenlandia á la Noruega, y aun en nuestros días, entre los meridianos del cabo de Hornos y el de Buena Esperanza, hay de vez en cuando el capricho de reunir islas próximas al círculo polar antártico en grandes masas continentales.
V.
Influencia de Pablo Toscanelli en los proyectos
de Cristóbal Colón.
Sin negar la influencia que las opiniones y los testimonios de los antiguos han ejercido en el ánimo de Cristóbal Colón, no diremos, sin embargo, que el descubrimiento de América se debe á Pytheas[95], á Eratosthenes[96] ó á Posidonio[97]. Colón, después de lograr su propósito, distingue con legítimo orgullo entre el mérito de la ejecución y el de los acertados presentimientos. Al llegar á Lisboa, de vuelta de su primer viaje, escribe (el 14 de Marzo de 1493) á su protector D. Luis Santángel, ministro de Hacienda por la corona de Aragón: «Consecuti sumus quæ hactenus mortalium vires minime attigerant: nam si harum Insularum (Indiæ supra Gangem) quidpiam aliqui scripserunt aut locuti sunt, omnes per ambages et conjeturas, nemo, se eas vidisse asserit; unde prope videbatur fabula»[98].
Algún tiempo después añade el Almirante en la carta á los Reyes, fechada en la isla de Haïti en Octubre de 1498: «Todos los que habían oído (mi) plática, todos lo tenían á burla, salvo dos frailes que siempre fueron constantes» (probablemente el guardián del convento de la Rábida, fray Pérez de Marchena, franciscano, y el dominico fray Diego de Deza, que permanecieron constantes en sus opiniones).
A la influencia de ambos religiosos y al gran corazón de la reina Isabel[99] debió Colón la dicha de realizar su vasto proyecto, y también á la de Pablo (del Pozzo) Toscanelli, que, con sus consejos, dióle mayor seguridad de ejecutarlo. No esperaba, sin duda, la buena fortuna de encontrarse en perfecta identidad de miras con uno de los más ilustres geógrafos de su época, y el mismo Colón confiesa que esta conformidad de razonamientos le alentó en la idea que se había formado de las ventajas de un camino á la India por la vía del Oeste, y de la esperanza de encontrar islas antes de llegar á la costa de Asia. No pondré aquí el texto[100] de las dos cartas de Toscanelli, escritas primitivamente en latín é impresas muchas veces; limitaréme á llamar la atención sobre algunos conceptos de ellas, cuya importancia histórica no se ha hecho resaltar bastante, porque en cuestiones de esta índole siempre habrá que acudir á los documentos del siglo XV.
«La autoridad de los autores clásicos y otras semejantes de este autor (Pedro de Heliaco), dice Fernando Colón, fueron las que movieron más al Almirante para creer su imaginación, como también un maestro, Paulo Físico[101], florentín, hijo de Domingo, contemporáneo del mismo Almirante, el cual dió causa en gran parte á que emprendiese este viaje con más ánimo.»
Toscanelli, inclinado al estudio de las matemáticas, á causa de un convite en casa de Felipe Bruneleschi y de la ingeniosa conversación que en él sostuvo este arquitecto y mecánico, distinguióse entre todos los astrónomos de su época durante una larga carrera (llegó á la edad de ochenta y cinco años), por su constante atención á los descubrimientos náuticos y á los viajes por tierra.
Era entonces Italia el centro de las grandes operaciones comerciales que los pisanos, venecianos y genoveses hacían con el Asia austral[102], por la vía de Alejandría, del mar Rojo y de Bassora y con las costas del mar Caspio y la Sogdiana, por la vía de Azov (Tana). No se ocupaba sólo Toscanelli en la corrección de las tablas solares y lunares por las observaciones gnomónicas y de astrolabio, como de cuanto podía facilitar el empleo de los métodos de astronomía náutica, ampliamente discutidos, pero rara vez empleados hasta entonces; aplicó también su inteligencia á la comparación de la geografía antigua con los resultados de los descubrimientos modernos y con la utilidad práctica que el comercio de Europa podría sacar de este género de trabajos abriendo un camino directo al país de las especias por medio de la navegación hacia el Oeste.
La prueba de este encadenamiento de ideas, de este movimiento intelectual desde la segunda mitad del siglo XV, la encontramos en las cartas de Toscanelli y en todos los escritores notables de su época. Cristóforo Landino, florentino, traductor de Plinio y comentador de Virgilio, habla del concurso de extranjeros en su patria, de hombres que llegaban de las regiones más lejanas, que circa initia Tanais habitant. Ego autem interfui cum Florentiæ illos Paulus physicus diligenter quaque interrogaret[103]. Estas relaçiones con los negociantes que venían de Oriente, hasta de la misma India y del archipiélago indio, como el veneciano Nicolás Conti[104], enardecieron la imaginación del anciano.
Más de setenta y siete años contaba ya cuando escribió á Colón: «Alabo vuestro designio de navegar á Occidente, y estoy persuadido que habréis visto, por mi carta, que el viaje que deseáis emprender no es tan difícil como se piensa; antes al contrario, la derrota (es decir, la travesía desde las costas occidentales de Europa á las Indias de las especias, Indie delle-spezierie, como decían los florentinos y los venecianos) es segura por los parajes que he señalado; quedaríais persuadido enteramente si hubieseis comunicado como yo con muchas personas que han estado en estos países (la India de las especias), y estad seguro de ver reinos poderosos, cantidad de ciudades pobladas y ricas provincias», etc.
En la carta al canónigo Martínez dice también Toscanelli: «De sólo el puerto de Zaiton (Zaithun), uno de los más hermosos y famosos de Levante, parten todos los años más de cien bajeles cargados de pimienta, sin contar otros que vuelven cargados de toda clase de especias. Es grande y poblado el país; tiene muchas provincias y muchos reinos del dominio de un príncipe solo, llamado el Gran Can (Khan), que es lo mismo que Rey de Reyes. Ordinariamente tiene su residencia en el Catay. Sus predecesores deseaban tener comercio con los cristianos, y ha doscientos años que enviaron embajadores al Papa, pidiéndole maestros que les instruyesen en nuestra fe; pero no pudieron llegar á Roma y se vieron precisados á volverse por los embarazos que hallaron en el camino. En tiempo del papa Eugenio IV vino un embajador que le aseguró el afecto que tenían á los católicos los príncipes y pueblos de su país; estuve con él largo tiempo; me habló de la magnificencia de su Rey, de los grandes ríos que había en su tierra, y que se veían doscientas ciudades con puentes de mármol, fabricadas sobre las riberas de un río solo. El país es bello, y nosotros debíamos haberle descubierto por las grandes riquezas que contiene y la cantidad de oro, plata y pedrería que puede sacarse de él; escogen para gobernadores los más sabios, sin consideración á la nobleza y á la hacienda. Hallaréis en el mapa que hay desde Lisboa á la famosa ciudad de Quisay, tomando el camino derecho á Poniente, veintiséis espacios, cada uno de 150 millas. Quisay (Quinsai) tiene 35 leguas de ámbito; su nombre quiere decir ciudad del cielo: vense allí diez grandes puentes de mármol sobre gruesas columnas de una extraña magnificencia: está situada en la provincia de Mango, cerca de Catay»[105].
Es probable que las animadas relaciones del veneciano Nicolás de Conti, que vino á Florencia en 1444, después de veinticinco años de viajes por Syria, el golfo Pérsico, la India á ambos lados del Ganges, la China meridional, el archipiélago de la Sonda, Ceylán, el mar Rojo y Egipto, de igual suerte que la frecuencia de relaciones comerciales con estas ricas comarcas, hicieran muy familiar á Toscanelli el conocimiento topográfico del Asia meridional y oriental. Toscanelli vivió siempre en Florencia, y allí fué donde el papa Eugenio IV (de la familia Condolmeri de Venecia) perdonó al viajero Conti, su compatriota, la apostasía[106], imponiéndole por penitencia referir con entera verdad las aventuras de sus viajes al secretario pontificio, el célebre filólogo Francisco Poggio Bracciolini. Perteneciendo también yo á la clase de viajeros, no examinaré imprudentemente si, al imponer tal penitencia, hubo más malicia que benignidad. Se concibe que la lectura de ciertos viajes pueda imponerse como ruda expiación; pero referir los incidentes de una vida de aventuras con toda verdad, con ogni verità (así era la cláusula de la absolución pontificia), sólo es castigo cuando se desconfía de la formalidad del viajero[107].
La permanencia de Nicolás de Conti y de Poggio en una ciudad en que Toscanelli, según su propio testimonio y el de Cristóforo Landino, buscaba sin cesar ponerse en relación con los hombres que el comercio había conducido al país de las especias, debía necesariamente hacer revivir los recuerdos que Marco Polo dejó de las maravillas de Quinsay y de Cambalu, del frecuente arribo de buques al puerto de Zaithun y de las riquezas del Mango. Esta conformidad de tradiciones, la celebridad de las mismas localidades, renovada con siglo y medio de intervalo, debían influir tanto en el activo espíritu de Toscanelli, que probablemente es Nicolás de Conti el designado, sin nombrarle en la segunda carta á Colón, entre los viajeros al Asia á quienes conviene oir para comprender la facilidad y utilidad del viaje á la India por el Oeste.
No puedo creer, sin embargo, como el abate Ximénez y tantos otros autores que le han copiado, que «el embajador del Gran Can», llegado á Florencia en tiempo de Eugenio IV, y del que se habla en la carta al canónigo Martínez, sea el mismo Nicolás de Conti. En la carta se designan dos embajadores Mogoles; el uno «doscientos años antes, el otro en tiempo de Toscanelli». La primera embajada es, sin duda, la que fracasó en 1267 por la enfermedad de un señor mogol[108], Khogatal, cuando el regreso de Nicolás y de Maffeo (Mateo) Poli, padre y tío del célebre Marco Polo, conocido primeramente con el nombre un poco satírico de Messer Marco Milione. Éste fué quien, según la oportuna frase del viejo Sansovino, descubrió un nuevo mundo antes de Colón, y cuya admirable obra poseemos.
En cuanto á la segunda embajada en tiempo de Eugenio IV, no hay indicio alguno en el viaje de Conti de que trajera misión alguna del Gran Can. ¿Cómo es posible que Poggio, en el corto epílogo añadido en honor del viajero «que ha visto, dice, países por nadie recorridos desde los tiempos de Tiberio», no había de mencionar incidente tan honroso? ¿Cómo Toscanelli, que niega á Nicolás y Maffeo Poli el título de embajadores[109], y que recuerda expresamente que los encargados de la misión quedaron en el camino y sin llegar á Italia, hubiera hablado del veneciano Conti como de un embajador mogol «que ponderaba la magnificencia de su rey y el afecto de su país hacia los católicos?»
Nicolás de Conti, después de perder en la peste de Egipto su mujer, dos hijos y dos criados, volvió con los otros dos hijos que le quedaban á Venecia. De venir en su compañía algún embajador del Can, no hubiese sido olvidado en la minuciosa y detallada relación de su viaje. Ignoro absolutamente quién fuera el personaje mogol con el cual tuvo Toscanelli, según dice, larga conferencia durante el pontificado de Eugenio IV, que duró diez y seis años; pero, por las razones expuestas, creo poco probable fuera un viajero veneciano que llegaba como penitente á Florencia. Acaso hubo alguna equivocación, quizá un error originado por una de esas mistificaciones diplomáticas á que hemos visto expuestas las primeras cortes de Europa, aun en tiempos modernos, cuando algunos aventureros asiáticos ó africanos se suponían encargados de los intereses de sus príncipes.
Sea cualquiera la influencia que ejerciese en el ánimo de Colón la carta de Toscanelli, es, sin embargo, una prueba cierta (y lo recordamos en honor de aquél) de la anterioridad de los proyectos del navegante genovés. Llegó éste á Lisboa en 1470 é hizo amistad con el florentino Lorenzo Giraldi, como en Sevilla vivió en íntimas relaciones con otro florentino, Juan Berardi, jefe de una casa de comercio en la que estaba empleado Amerigo Vespucci. En todos los puertos de movimiento comercial, tanto de Europa como de las costas septentrionales de África y de Levante, había entonces establecidos negociantes italianos. Supo con certeza Colón que el rey de Portugal Alfonso V había hecho pedir á Toscanelli, por medio del canónigo Fernando Martínez, una instrucción detallada acerca del camino de la India por la vía del Oeste, y esta noticia debió alarmar á quien con grande empeño proyectaba lo mismo.
La gran fama que gozaba el astrónomo de Florencia engendró en Colón la esperanza de aprovechar las luces del sabio italiano para la consolidación de su empresa. Lorenzo Giraldi se encargó de que llegaran á Toscanelli las cartas escritas por Colón. Sólo conocemos las respuestas de éste en número de dos:
«Veo, dice la primera carta de Toscanelli, el noble y gran deseo vuestro de querer pasar adonde nacen las especerías, por lo cual, en respuesta de vuestra carta, os envío la copia de otra que escribí algunos días ha á un amigo mío, doméstico del Serenísimo Rey de Portugal, antes de las guerras de Castilla, en respuesta de otra que me escribió de orden de su Alteza sobre el caso referido.» Como la carta al canónigo de Lisboa está fechada en Florencia el 25 de Junio de 1474, puede creerse, á causa de la frase incidental algunos días ha[110], que Colón consultó á Toscanelli á principios del mismo año. Esta fecha no carece de importancia para la historia del descubrimiento de América, porque directamente contradice el cuento que refieren el inca Garcilaso, Gomara y Acosta[111], de que un piloto de Huelva llamado Alonso Sánchez, que en una travesía de España á las islas Canarias, en 1484, pretendió haber llegado á impulso de los vientos del Este hasta las costas de Santo Domingo, fué, sin duda, quien, al volver á la isla Tercera, hizo nacer en el ánimo del Almirante la primera idea de su expedición. Ya Oviedo califica esta anécdota de «fábula que circula entre la plebe», y el misterioso viaje de Alonso Sánchez es posterior en diez años á la correspondencia con Toscanelli.
Pero si esta correspondencia prueba que Colón se ocupaba del proyecto de buscar el país de las especias por el Oeste mucho antes de entrar en relaciones con el célebre astrónomo de Florencia, queda indeciso cuál de los dos, Colón ó Toscanelli, fué el primero en entrever la posibilidad de esta nueva vía abierta á la navegación de la India.
Toscanelli, según antes hemos dicho, contaba setenta y siete años de edad cuando habló de su proyecto al canónigo Martínez y probablemente la persuasión de la brevedad del camino (brevisimo camino) á través del Océano Atlántico databa de mucho antes en su ánimo.
Dice terminantemente: «Aunque yo he tratado otras muchas veces del brevísimo camino que hay de aquí á las Indias donde nacen las especerías, por la vía del mar, el cual tengo por más corto que el que hacéis á Guinea, ahora me decís que su Alteza quisiera alguna declaración ó demostración para que entienda y se pueda tomar este camino, por lo cual, sabiendo yo mostrársele con la esfera en la mano, haciéndole ver cómo está el mundo, sin embargo he determinado, para más facilidad y mayor inteligencia, mostrar el referido camino en una carta semejante á las de marear, y así se la envío á su Majestad, hecha y pintada de mi mano, en la cual va pintado todo el fin del Poniente, tomando desde Irlandia al Austro hasta el fin de Guinea, con todas las islas que están situadas en este viaje, á cuya frente está pintado en derechura por Poniente el principio de las Indias, con las islas y lugares por donde podéis andar y cuánto os podríais apartar del Polo Artico por la línea equinoccial, y por cuanto espacio, esto es, con cuántas leguas podríais llegar á aquellos lugares fertilísimos de especería y piedras preciosas.»
Este párrafo prueba suficientemente que mucho antes de 1474 había aconsejado Toscanelli al Gobierno portugués el camino que siguió Colón y que accidentalmente produjo el descubrimiento de América.
Parece natural que esta misma idea ocurriera á la vez á muchos hombres instruídos y con empeño ocupados en extender la esfera de los descubrimientos: debió nacer en la imaginación de Martín Behaim, cuyo famoso globo construído en 1492 (Apfel, la manzana terrestre) sitúa «el rey de Mango, Cambalu y el Cathay á 100 grados al Oeste de las Azores», como lo hacían Toscanelli, Colón y cuantos creían al Asia excesivamente prolongada hacia Oriente.
Ya hemos visto que Toscanelli y Colón distinguen en sus escritos el objeto principal de la empresa (encontrar el camino más corto para ir á la India) del secundario (el descubrimiento de algunas islas). Toscanelli distingue además «las islas que se encontrarán en el camino (que están situadas en este viaje), por ejemplo, la Antilia, de las próximas á la India continental, por ejemplo, Cipango, y las islas con las cuales trafican los negociantes de diferentes naciones».
Hasta la misma nota histórica que Colón puso al frente de su Diario de navegación, terminado en 15 de Marzo de 1493, da por motivo del viaje el deseo de los Reyes Católicos de conocer las inclinaciones de un poderoso príncipe de la India, el Gran Can, en favor de la religión cristiana, «y ordenaron, añade, que yo no fuese por tierra al Oriente, por donde se acostumbra de andar, salvo por el camino de Occidente, por donde hasta hoy no sabemos, por cierta fe, que haya pasado nadie»[112].
No se trata (en este preámbulo del Diario de Colón) de las islas y de la Tierra Firme por descubrir en la Mar Océana, sino como resultado probabilísimo de una empresa cuyo principal objeto es dirigirse con la armada suficiente á las dichas partidas de India. (Las del Gran Can.)
La expedición proyectada no fué, pues, en un principio, propiamente hablando, un viaje de descubrimiento de tierras nuevas, sino un viaje que debía comprobar la existencia del paso libre á las Indias por el Oeste, como Magallanes, Parry, Ross y Franklin comprobaron ó intentaron los pasos por Suroeste y el Noroeste[113].
La influencia que Toscanelli ejerció en el ánimo de Colón recuerda involuntariamente la cuestión promovida por Vincent, de si el descubrimiento de la navegación á las Indias doblando el cabo de Buena Esperanza se debe á Corvilham ó á Gama. No cabe duda de que Corvilham, después de vivir en Calicut, en Goa y entre los árabes de Sofala en la costa oriental de Africa, escribió á Juan II, rey de Portugal, por mediación de dos judíos, Abraham y Josef[114], que los barcos portugueses, si continuaban costeando el Africa occidental hacia el Sud, llegarían á la extremidad de este continente, y al llegar á este extremo debían dirigir la ruta en el Océano oriental hacia Sofal y la isla de la Luna[115] (Madagascar). Renovaba también Corvilham, fundándose en las recientes experiencias de los navegantes árabes de Sofala y de toda la costa de Zanguébar y de Mozambique, las ideas expuestas por muchos en la antigüedad sobre la forma triangular del Africa austral, aumentando así la confianza de Gama; pero hay gran distancia de la posibilidad del éxito, probado con argumentos irrecusables, á la atrevida ejecución de los proyectos de Colón y de Gama. Por lo demás, este último tenía una ventaja que no podía ofrecer Toscanelli al navegante genovés. Cuando el 20 de Noviembre de 1497 llegó á la extremidad de Africa[116], sabía ya que encontraría al otro lado una costa en dirección del Oeste-Sudoeste al Este-Nordeste, puesto que el cabo Tormentoso, que el rey Juan con feliz presentimiento llamó cabo de Buena Esperanza, no sólo lo descubrió Bartolomé Díaz, sino también lo dobló en Mayo de 1487. Esta circunstancia, á que no se ha dado el valor que tiene, la expresa claramente Barros en el tercer libro de la primera Década: «Bartholomeu Díaz (con sus compañeros de fortuna) per caus dos perigos é tormentos que em dobrar delle pasaram, Ihe puzeram nome Tormentoso»[117]. Gama fué, pues, por decirlo así, precedido en una empresa que, para la prosperidad comercial de los portugueses, fué el principio de nueva vida.
Mencioné antes la carta marítima que Toscanelli había dibujado para el canónigo Martínez, á fin de mostrar la ruta que debía seguirse para llegar desde las costas de Portugal al «principio de las Indias.» Este mapa, en el cual el astrónomo florentino había «pintado de su mano» todas las islas situadas en el camino, sirvió, por decirlo así, de guía á Colón en su primer viaje: en tal sentido merece mayor interés del que hasta ahora ha inspirado. Al enviar Toscanelli á Colón una copia de su carta al canónigo Fernando Martínez, dice claramente: «os envío otra carta de marear semejante á la que envié (al Canónigo)»[118]. En la carta escrita al Canónigo añade que hay «desde Lisboa á la famosa ciudad de Quisay, tomando el camino derecho á Poniente, 26 espacios cada uno de 150 millas, mientras desde la isla Antilia hasta la de Cipango, se encuentran 10 espacios, que hacen 225 leguas.»
Ignoramos á cuántos espacios situaba Toscanelli el Japon (Cipango), al Este de Kanphu (hoy Hantgcheu-fu y entonces Quinsay ó Quisay); pero como esta distancia es efectivamente, tomando á Ieddo por el centro del Japón, de 16 grados de longitud, y la valuación de Behaim[119] difiere muy poco de la moderna, se deduce que Toscanelli contaba probablemente desde Portugal á Antilia un quinto y de Antilia á Quinsay aproximadamente cuatro quintos de todo el camino desde Lisboa á la China.
Más difícil es averiguar el valor absoluto de los espacios del mapa de Toscanelli. Estas grandes divisiones que abarcan cierto número de grados, y que aun empleamos para no desfigurar nuestros mapas trazando los meridianos grado por grado, se usaban ya en la época de Ptolomeo. Encuéntraselas indicando un número redondo de millas marinas ó de grados de longitud en casi todos los mapas manuscritos de los siglos XV y XVI que he podido examinar, por ejemplo, en los de Ribero y de Juan de la Cosa. El geómetra de Florencia presenta dos valuaciones de los espacios que emplea, una en leguas y otra en millas. Si, según él, un espacio es igual á 22½ leguas ó 150 millas, resulta que una legua equivale á 6½ millas. No se refiere, pues, á la legua marina italiana de 4 millas, usada en tiempo de Colón en Génova, y que este marino emplea en su Diario de ruta[120]; acaso sea una milla más pequeña, de 760 toesas, cinco de las cuales forman una legua geográfica de 15 al grado. Como los espacios no se valúan en grados y las conjeturas del abate Ximénez, comentador de la carta de Toscanelli, son erróneas[121], es imposible encontrar salida á este laberinto de medidas con tan vagas denominaciones. No se puede reducir con precisión á grados de longitud la distancia de veintiséis veces 22½ leguas que Toscanelli supone que tendría que recorrer Colón, «derechamente al Occidente» desde Lisboa á Quinsay: sin embargo, en la hipótesis de las leguas más largas (de 15 al grado ecuatorial), no se llega sino cerca del grado 50 de longitud (para 585 leguas) en el paralelo de 38° 42′, lo que situaría la costa de la China en el meridiano del río Essequibo y de la parte occidental de Terranova.
Ocasión tendré de hablar más adelante de esta proximidad del Asia oriental, que motivaba la frase brevisimo camino empleada por Toscanelli en su carta al canónigo Martínez, mientras que en la segunda carta dirigida á Colón dice sencillamente: «habréis visto que el viaje que deseáis emprender no es tan difícil como se piensa.»
En su primer viaje de descubrimiento guiábase Colón por una carta marina que llevaba á bordo, y navegaba con la seguridad propia de un hombre que sabe debe encontrar lo que busca. El Diario descubierto por Muñoz en los archivos del Duque del Infantado es buena prueba de ello.
Hay una circunstancia notabilísima que merece ser examinada con los datos proporcionados en el texto, copia de puño y letra del Obispo de Chiapa: tres días después que Colón creyó haber observado por primera vez la declinación de la aguja imantada, el 13 de Septiembre de 1492, el estado del cielo, las masas de fuco flotante y otras circunstancias le hicieron creer que se encontraba cerca de alguna isla, pero no de tierra firme, «porque la tierra firme, dice el Almirante, hago más adelante»[122]. El 19 de Septiembre continuaban las señales de proximidad de tierra, y lloviznaba sin viento. El Almirante no quiso apartarse de su camino para buscar esta tierra. Estaba seguro de que por las partes del Norte y del Sud había islas, y en efecto las había, navegando por medio de ellas, porque su voluntad era ir primero á la India con tiempo tan favorable, y «á la vuelta se vería todo placiendo á Dios». Son sus palabras.
En la mañana del 20 de Septiembre vinieron á cantar en lo alto de los mástiles pajarillos que viven en tierra, y se fueron á la caída de la tarde[123]. El martes 25 de Septiembre fué el Almirante á la carabela Pinta para hablar con Martín Alonso Pinzón sobre una carta que le había enviado tres días antes, y en la cual parece que el Almirante había pintado algunas islas en este mar. Martín Alonso decía que estaban próximos á estas islas, y así parecía al Almirante, añadiendo que la causa de no encontrar las islas debía ser la corriente, que llevaba los barcos á Nordeste y que no habían andado tanto (al Oeste) como los pilotos decían. Por consecuencia, el Almirante, al volver á su carabela, quiso que se le enviase la carta marina, lo cual se hizo por medio de una cuerda, y «comenzó á cartear en ella con su piloto y marineros, hasta que, al sol puesto, subió el Martín Alonso en la popa de su navío, y con mucha alegría llamó al Almirante pidiéndole albricias que veía tierra.» Lo que no resultó cierto.
El 3 de Octubre, dice el Almirante en su Diario «que no se quiso detener, barloventeando la semana pasada y estos días que había tantas señales de tierra, aunque tenía noticia de ciertas islas en aquella comarca, por no se detener, pues su fin era pasar á las Indias, y si se detuviera, dice él que no fuera buen seso.»
Finalmente, el 6 de Octubre, seis antes del gran día del descubrimiento de Guanahaní (viernes 12 de Octubre), «Martín Alonso Pinzón dijo que sería bien navegar á la cuarta del Oeste, á la parte de Sudueste; y al Almirante pareció que no decía esto Martín Alonso por la isla de Cipango, y el Almirante vía que si la erraban que no pudieran tan presto tomar tierra, y que era mejor una vez ir á la tierra firme, y después (al retorno) á las islas»[124].
Comprendo perfectamente por qué entonces inquietaba á Colón y á Pinzón no ver la isla de Cipango (Zipangri, de Marco Polo), porque Colón había anunciado que era la primera tierra que encontrarían á 750 leguas al Oeste de Canarias, según lo refiere su hijo Fernando. El Diario original dice que hasta el 1.º de Octubre habían andado 707 leguas, no desde el Puerto de Palos, sino desde la Gomera, ó en general las Canarias, según la explicación del Almirante relativa á la distancia en que se encontraba el 19 de Septiembre. Ahora bien; del 1.º al 6 de Octubre, el camino andado al Oeste era, adicionando los datos parciales, de 259 leguas. El 6 de Octubre creíase Colón, por tanto, á 966 leguas de distancia, ó sean 216 más allá del punto en que calculaba la situación de Cipango.
He reunido todos los pasajes relativos á la carta marina que parece haber guiado á Colón antes de llegar á la isla de Guanahaní. Más adelante, el 14 de Noviembre de 1492, menciona el diario, con ocasión de los cabos ó islotes que bordean la costa Nordeste de Cuba, «las islas innumerables que en los mapamundos al fin del Oriente se ponen.»
Un historiador muy juicioso, M. Sprengel, traductor de la obra de Muñoz, no titubea en suponer que Colón se guiaba por la misma carta de ruta que le envió Toscanelli en 1474. Indudablemente, esta carta se consideraba importantísima, porque los manuscritos dejados por Las Casas dicen (lib. I, cap. XII de la Historia de las Indias) que este prelado, á la edad de ochenta y cinco años, época en que terminó la citada Historia, aun poseía tan notable monumento, «la carta de marear que Toscanelli envió á Colón». Ahora bien; una carta marina conservada cincuenta y tres años después de la muerte de su autor, con mayor motivo debía encontrarse en 1492 á bordo de la carabela (capitana) Santa María. Observemos, sin embargo, que la que Colón envió el 25 de Septiembre á la carabela Pinta estaba pintada (dibujada) por sus propias manos. Las Casas dice claramente en el extracto que poseemos del Diario: «donde según parece tenía pintadas el Almirante ciertas islas.»
La correspondencia con Toscanelli precedió en diez y ocho años á la grande época del descubrimiento del nuevo continente, y Colón aprovechó, sin duda, este intervalo para procurarse otros materiales. Seguramente no llegó á ver, como pronto probaremos, el mapamundi de Martín Behaim, pero pudo estudiar en los de Jacobo de Giroldis, de Andres Bianco ó de Grazioso Benincasa.
Cuando por primera vez escribió á Toscanelli, fundaba su razonamiento en una esferilla que envió á maestro Paulo, según dice su hijo D. Fernando. Es probable que después, y sobre todo cuando la famosa disputa con los profesores de Salamanca, empleara esferas y mapas como argumentos en favor de su proyecto de navegación hacia el Oeste. Lo que él defendía era su sistema y no el de Toscanelli, y por grande que haya sido la influencia de los consejos y de la carta del astrónomo florentino en el ánimo de Colón, sería fiar demasiado en la humildad y abnegación del genio creador, suponer que el Almirante explicó á los sabios de Salamanca, ó durante el viaje, á Martín Alonso Pinzón, la dirección de la travesía hacia la India valiéndose de una carta ó mapa de Toscanelli.
Aficionado Colón á los trabajos gráficos, dibujaría él mismo, con los datos de Toscanelli y otros materiales, una carta marina representando esa tercera parte de la superficie del globo que permanecía desconocida desde las costas de Portugal y de la Mina hasta las costas orientales y australes del Asia.
Muñoz insiste (lib. II, § 17) en que Colón supo la existencia de la Antilia por la carta y el mapa de Toscanelli; pero creo poder afirmar que en ningún escrito del Almirante, ni aun de su hijo D. Fernando, se encuentra el nombre de Antilia, que ya era conocido en el siglo XIV, ni el de Antillas que, especialmente desde el reinado de Carlos V, se dió al archipiélago tropical de América[125].
Colón conservó la costumbre de llamar á las Pequeñas Antillas «islas Caribes», ó las primeras islas de las Indias[126]. Además, el camino que siguió en 1492 no es el que Toscanelli trazó en su carta y que parecía seguir el paralelo de Lisboa («tomando el camino derecho á Poniente»), aunque la diferencia de latitud entre Lisboa y Quinsai (Hangtheufu) sea casi de nueve grados, y de que Toscanelli, al principio de la misma carta, hable también, aunque vagamente, de la distancia que en este camino «podríase apartar del polo Artico hacia la línea equinoccial». Colón determinó, sin duda por las hipótesis de la posición de Cipango, seguir una dirección más meridional. Durante más de la mitad del camino siguió el paralelo de la Gomera, con tanta mayor constancia, cuanto que, como dice ingenuamente su hijo, temía perder su autoridad si, cambiando de rumbo, pareciera no saber dónde iba.
Esta ruta, muy distinta de la que los marinos toman hoy para ir á las Antillas, condujo á Colón directamente al través del gran banco de fucus, que se extiende al Oeste del meridiano de Corvo, desde los 19 á los 22 grados de latitud; y á pesar de dos desviaciones de la ruta hacia el Sudoeste (el 24 de Septiembre y el 8 de Octubre), Colón se creía en el paralelo[127] de la isla de Hierro (latitud 27° 45′) cuando el descubrimiento de Guanahaní.
No discutiré aquí la existencia de otra carta que debió haber guiado al Almirante, y que su contemporáneo Gonzalo Fernández de Oviedo[128] atribuye á un marino portugués (Vicente Díaz, de la villa de Tabira), suponiendo que este marino, al volver de la costa de Guinea, encontró una tierra al Oeste de Madera. Este cuento de Oviedo, relacionado con las pretendidas tentativas de los hermanos Lucas y Francisco de Cazzana, no merece atención[129].
VI.
Cristóbal Colón y Martín Behaim.
En todas las épocas de avanzada civilización ha ocurrido á los descubrimientos geográficos lo mismo que á las invenciones en las artes y á las grandes inspiraciones en literatura y en las ciencias, por medio de las cuales intenta el espíritu humano abrirse nuevos caminos; al principio se niega el descubrimiento ó la exactitud del invento, después su importancia, y, últimamente, su originalidad. Estos tres grados de duda alivian, por lo menos durante algún tiempo, las penas que la envidia ocasiona. Tal costumbre, cuyo motivo es casi siempre menos filosófico que las discusiones á que sirve de origen, data de mucho antes de la fundación de aquella Academia de Italia que dudaba de todo menos de sus propios acuerdos[130].
«Cuando Colón prometió un nuevo hemisferio, dice el ilustre autor del Estudio sobre las costumbres y el genio de las naciones, decíasele que este hemisferio no podía existir, y, cuando lo descubrió, se pretendía que era ya conocido de largo tiempo atrás.»
He procurado precisar el grado de importancia que debe atribuirse á las relaciones de Toscanelli con Colón en una época en que éste había adquirido ya por sí mismo la convicción del éxito de su empresa. Toscanelli proporcionó nuevos datos, que, por ser numéricos, eran más seguros y preciosos para meditaciones de esta índole; fué, como dice D. Fernando Colón, la causa más poderosa del ánimo con que el Almirante se lanzó á la inmensidad de un mar desconocido, y, cosa extraña, la posteridad casi ha olvidado[131] esta influencia del geómetra florentino, obstinándose durante largo tiempo en colocar al lado de Cristóbal Colón otro personaje, merecedor sin duda de la mayor consideración como geógrafo, como viajero y como marino, pero que verosímilmente dirigió todas sus miras al camino de la India rodeando la extremidad de Africa.
Se ha dicho que Martín Behaim ó Beheim había descubierto el archipiélago de las Azores y revelado á Colón, no sólo el camino hacia el Asia oriental, sino también la existencia de un nuevo continente; y que señaló en un globo el estrecho á que dió su nombre Magallanes, por lo que con más justicia se le debía llamar[132] Fretum Bohemicum, como América entera Behaimia y hasta Bohemia occidental.
Cuanto más misterioso aparece este hombre en su origen, más se le quiere engrandecer. Se le supone unas veces noble portugués, otras bohemio de raza slava, nacido en la isla de Fayal[133] (en el grupo de las Azores), otras ciudadano de Nuremberg. Encuéntrasele en Venecia, en Amberes y en Viena, ocupado durante más de veinte años en el comercio de paños; construyendo en Lisboa un astrolabio que llegó á ser de grande importancia para los marinos; viajando con Diego Cam por las costas de Africa hasta más allá del Ecuador, y trayendo la malagueta[134] (una de las especias más estimadas) del país que la produce. Se le halla en Nuremberg, en la Zistelgasse, en casa de su primo el senador Miguel Behaim, terminando en 1492 el globo que quiere dejar como recuerdo «á su cara patria antes de partir para el lugar donde tiene su casa á 700 millas de Alemania», mientras Colón emprende su primera expedición; está en las Azores en casa de su suegro el caballero Iobst con Hürter, mientras Vasco de Gama descubre el camino á las Indias, rodeando la parte meridional de Africa.
Nació probablemente el mismo año que Cristóbal Colón, y muere en Lisboa (según las investigaciones de Mr. de Murr), en el mismo mes que el descubridor de América, cuya gloria jamás quiso empañar. Su muerte precedió en cerca de dos años al descubrimiento del mar del Sur por Vasco Núñez de Balboa, y en trece años á la expedición de Magallanes, á quien debió confiar «el secreto del estrecho».
Vida tan extraordinaria y constantemente agitada, la gran fama de cosmógrafo de un hombre que fija su domicilio durante diez y seis años en la isla de Fayal, á la extremidad occidental del mundo conocido, debía prestarse, aun en los tiempos en que comenzaba á imperar una sana crítica histórica, á conjeturas é hipótesis especiosas.
El ardimiento con que un profesor de Altorf, Cristóbal Wagenseil, había atribuído á Behaim el descubrimiento de América, excitó el interés patriótico de Leibnitz, según se ve en un párrafo de una carta suya á Tomás Burnet, del año 1697. Los trabajos de Federico Stuven[135] (en Giessen), de Doppelmayr y de Mr. Otto[136], han obedecido á las mismas ilusiones, y puede creerse que las disertaciones juiciosas de Tozen[137], profesor de Gœttinga, del conde Rínaldo Carli[138], de Mr. de Murr[139], compatriota de la respetable familia de los Behaim, aun floreciente en Nuremberg, habrían sido suficientes para refutar cargos tan vagos contra Colón y Magallanes. Pero han aparecido posteriormente las mismas dudas en obras que son, por otra parte, muy dignas de estimación.
Creo, pues, que aislando menos los hechos que presenta la biografía del cosmógrafo, suficientemente desenredada hoy de la serie de descubrimientos de los españoles y de los portugueses en el mismo período, se puede llegar á algunas consideraciones más satisfactorias que las presentadas hasta ahora.
No ha sido por causa de la analogía de los sonidos el llamar á Behaim Martín de Bohemia en el Diario de Navegación de Pigafetta y en las Décadas de Barros. La familia del cosmógrafo pretende descender de la antigua familia bohemia de Schwarzbach, en el círculo de Pilsen. He visto que el magistrado de la ciudad libre de Nuremberg, en una carta al rey D. Manuel de Portugal (del 7 de Junio de 1518), usa indistintamente los nombres de Martinus Behaim y de Martinus Bohemus. También advierto que el cosmógrafo, al firmar una carta de Amberes (del 11 de Marzo de 1494), Martein Beheim, quiere que sus parientes le escriban á las islas Flamencas (Azores), con las señas Domino M. Boheimo militi. No cometen, pues, error ni Pigafetta ni Barros confundiendo un nombre de país con otro de familia[140]. Los parientes y los contemporáneos del hombre célebre hablan en el primer documento que acabo de citar «de Bohemorum[141] familia in civitate Nurinbergensi ultra ducentos[142] annos perdurante.»
Es también probable que el nombre de Behaim ó Beheim, que esta familia ilustre empleaba indiferentemente á fines del siglo xv, sea sólo una designación étnica (aus Böheim ó Böhem, natural de Bohemia), como los nombres tan comunes en Alemania de Schwabe, de Sachs y de Preuss.
Resulta del conjunto de estos hechos, minuciosamente expuestos, ser verosímil que nuestro gran cosmógrafo dió ocasión por sí mismo á la costumbre seguida en Portugal y en España de llamarle Martín de Bohemia. Herrera, añadiendo á su nombre el elogio de cosmógrafo de gran opinión, le llama dos veces[143] portugués nacido en la isla de Fayal. No debe sorprender este error, considerando que Behaim estuvo al servicio del Rey de Portugal en una célebre expedición marítima á las costas de Africa; que en 1485 fué nombrado caballero de la Orden de Cristo, y que en unión de los dos médicos del rey D. Juan II, «maese Rodrigo y el judío maese Josef, se le nombró miembro de una Junta de Mathematicos encargada de indicar el medio de navegar con arreglo á la altura del sol[144], y que pasó más de veinte años de su vida en Lisboa ó en una colonia portuguesa, en la factoría flamenca de Fayal».
Cristóbal Colón y Martín Behaim, tan próximos en las épocas de su nacimiento y de su muerte, presentan en su vida privada otra identidad de situación que contribuyó singularmente al desarrollo de sus aficiones á los descubrimientos geográficos. Uno y otro entraron por casamiento en familias que poseían por herencia el gobierno de islas consideradas entonces, aunque por error, como nuevamente descubiertas y situadas en los confines del mundo conocido, en el Mare Tenebrosum de los geógrafos árabes ultra quod nemo scit quid contineatur[145].
El suegro de Colón, Bartolomé Muñiz Perestrello, tuvo en Porto Santo la misma posición política que Iobst (Jodocus) de Hürter, señor de Murkirchen (Moerkerken) y Harbrck (en Flandes), suegro de Martín Behaim, tenía en Fayal. Cristóbal Colón vivió algún tiempo en las posesiones de su esposa D.ª Felipa Muñiz Perestrello en Porto Santo, donde nació su hijo Diego Colón; de igual manera Behaim habitó con su esposa Juana de Macedo en Fayal, donde ésta dió á luz un hijo que, poco después de la muerte de su padre, fué preso á causa de un homicidio involuntario.
Discútese si estos dos hombres célebres (y la celebridad de Behaim precedió sólo en doce años á la de Colón) se vieron en las islas Azores, y si Behaim dió á Colón las noticias de troncos de pinos, cadáveres y hasta canoas cubiertas de pieles y llenas de hombres de raza desconocida que las corrientes y los vientos habían llevado á las costas de Fayal, de la Graciosa y de Flores; noticias que, unidas á las que el Almirante adquirió en Porto Santo, le alentaron en sus esperanzas de grandes descubrimientos.
Cierto es que su hijo D. Fernando dice (Vida del Almirante, cap. VIII): «Los moradores de las Azores le contaron (á Colón) que cuando soplaba viento de Poniente.....»; pero el Almirante podía adquirir estos informes en cualquier puerto de Portugal ó de España, pues sabemos positivamente por la Historia de las Indias, de Las Casas, que en España y en el monasterio de la Rábida fué donde conoció Colón el viaje de Pedro de Velasco, natural de Palos, que, partiendo de Fayal y después de navegar al Poniente 150 leguas (lo que debió situarle más allá del borde oriental de la gran banda de fucus), reconoció la isla de Flores.
Antes del descubrimiento de América sólo estuvo Behaim en Fayal durante los años 1486 y 1490, y en este intervalo no salió Colón de España; pero los dos marinos vivieron en Lisboa desde 1482 á 1484. En este último año fué cuando Behaim partió con Diego Cam para un largo viaje á Africa, y Colón, enojado por los desdenes del Gobierno portugués, fué á Sevilla. El conocimiento positivo y sincrónico[146] de los hechos puede únicamente disipar las dudas que suscita la historia de esta época. No negaré que Colón haya tocado anteriormente en Fayal, porque se ignoran las fechas de sus expediciones lejanas á Tyle (Islandia?), á San Jorge de la Mina[147] y á la costa de Guinea, ya fueran antes de 1470, ó entre 1470 y 1482. En su Memoria «sobre las cinco zonas habitables», dice positivamente Colón, aunque merezca el dicho poco crédito, «que estuvo en el mes de Febrero de 1477 cien leguas más allá de Tyle, cuya parte austral está á 73 grados de latitud.» En su vida, tan llena de aventuras, no sería sorprendente que Colón hubiera tocado en las Azores.
En cuanto á que Behaim y Colón tuvieran relaciones personales, la cosa es muy probable, aunque no exista ninguna prueba directa. Estos dos hombres célebres se encontraron en Lisboa en los mismos años y ocupados en proyectos náuticos. Los mismos médicos del rey Juan II, maese Rodrigo y el judío maese Josef, que recibieron encargo de Diego Ortiz, obispo de Ceuta, de examinar el proyecto de Colón relativo á un viaje á Cipango[148], y en general hacia el Oeste, trabajaron con Martín Behaim, según he dicho antes, en la construcción de un astrolabio adaptado á la navegación. Parece natural que médicos del Rey á quienes «era costumbre consultar en todos los asuntos de cosmografía» pusieran á Colón en relaciones con Behaim: también Herrera, sin que sepamos en qué otro motivo se funda, dice que Colón fué alentado en sus ideas sobre la proximidad del Asia por su amigo Martín de Bohemia. Debo, sin embargo, hacer constar aquí que estos consejos fueron seguramente muy tardíos, porque vemos por las cartas de Toscanelli que, seis años antes de la llegada de Behaim á Lisboa, preocupaba ya á Colón tenazmente su expedición.
Otro sabio que hubiera podido relacionar á Colón y Toscanelli con Behaim, fué el más célebre astrónomo de esta época, Regiomontanus (Camilo Juan Müller, natural de Kœnigsberg en Franconia) que habitó desde 1471 á 1475 en la patria de Behaim y dedicó en 1463 á Toscanelli su tratado de Quadratura circuli, es decir, su refutación de la pretendida resolución de este problema, por el cardenal Nicolás de Cusa. No satisfecho de las Tablas del rey Alfonso que satíricamente califica de Somnium Alphonsinum, publicó Regiomontanus en Nuremberg sus famosas Efemérides astronómicas calculadas de antemano para los años de 1475 á 1506 y que sirvieron en las costas de Africa, América y la India en los primeros grandes viajes de descubrimientos de Bartolomé Díaz, de Colón, de Vespucci[149] y de Gama.
Aun admitiendo que Behaim, durante la época de sus viajes de comercio á Venecia, Viena y Flandes, sólo haya residido accidentalmente en su ciudad natal, no es menos probable que ha podido aprovecharse, si no de las lecciones, al menos de los escritos de su compatriota Regiomontanus. Ya hemos citado el testimonio de Barros, que dice, hablando «de la necesidad sentida por los portugueses de no seguir tímidamente las costas, sino de acudir á la observación de los astros», que Behaim (probablemente poco antes de 1484) fué miembro á la Junta que por orden del rey Juan II estuvo encargada de construir un astrolabio, de calcular las tablas de la declinación del sol y de enseñar á los marinos una maneira de navegar per altura do sol. Barros designa[150] al cosmógrafo con estas palabras: «Martin de Bohemia natural daquellas partes ó qual se gloreaba ser discipulo de Joanne de Monte Regio, affamado astronomo.» Sin duda porque Behaim se vanagloriaba de ser discípulo de Regiomontanus y, por llegar de la misma ciudad en que el papa Sixto IV había hecho proponer á Regiomontanus ir á Roma para trabajar en la reforma del calendario, su reputación de cosmógrafo se acreditó pronto en Portugal, al lado de la de tantos hombres ocupados en perfeccionar el arte de la navegación[151].
Regiomontanus era entonces célebre por la invención de su meteoróscopo, y el astrolabio de Behaim, que se fijaba al palo mayor del barco, acaso no era más que una imitación simplificada de aquél. Además, los instrumentos de astronomía náutica «á propósito para encontrar en el mar la hora de la noche por las estrellas» existían desde fines del siglo XIII en la marina catalana y en la de Mallorca. Tal era el astrolabio que inventa y describe Raimundo Lulio en 1295 en su Arte de navegar[152]. Se equivoca Barros al creer que en la época de los descubrimientos hechos á lo largo de la costa de Africa bajo los auspicios del infante D. Enrique de Portugal se empezó á comprender la necesidad de guiarse en plena mar por la observación de los astros. Parece que ignora el descubrimiento de las Azores por los normandos, y los largos y atrevidos viajes de los marinos catalanes á las costas tropicales de Africa y á las partes septentrionales de la Gran Bretaña.
La larga permanencia de Behaim en las Azores durante dos épocas, una de 1486 á 1490, y otra de 1494 á 1506, constituye un poderoso argumento contra la pretensión de que Joao Vas Cortereal descubrió la tierra de los Bacallaos (Terranova) en 1463. Este marino había sido nombrado, según Cordeyro, autor de la Historia insulana del Océano occidental, gobernador de Terceira el 12 de Abril de 1464. Ahora bien; sabemos que el suegro de Behaim, Iobst de Hürter, llegó pocos años después á las Azores, con el título de gobernador y feudatario de la colonia flamenca de Fayal. ¿Cómo es posible que Behaim no tuviera conocimiento, ó por sí mismo ó por su suegro, de un suceso como el descubrimiento de los Bacallaos por los portugueses, que habría precedido en veintinueve años á la llegada de Colón á Guanahani? ¿Cómo es posible que no situara estas tierras occidentales en su globo construído en 1492? ¿Cómo es posible que ni siquiera las mencionase en una de las minuciosas notas que acompañan al mapamundi? Estas consideraciones deben añadirse á los argumentos que el ingenioso y sabio autor del Memoir of Sebastián Cabot[153] ha expuesto recientemente contra el viaje de Joao Vas Cortereal á las costas de América del Norte y en pro del descubrimiento de este continente por Juan Cabot el 24 de Junio de 1497[154].
Llama la atención que el excelente historiador portugués Barros, que cita á Martín Behaim como miembro de la comisión náutica del astrolabio, ignore, al parecer[155], la parte que tomó en la expedición de Diego Cam en 1484 á la embocadura del río Zaire ó Congo; nombrado primero río Pedrao á causa de un pilar de piedra puesto como señal de toma de posesión. De ello se ha querido deducir que esta participación es tan fabulosa como su influencia sobre Colón y sobre Magallanes. Para mí no existe tal duda. Si Behaim se embarcó con Cam como piloto y cosmógrafo para practicar su astrolabio, casi lo mismo que Vespucci en la expedición de Alonso de Ojeda (Diciembre de 1498—Junio de 1500), el silencio de Barrios nada tiene de extraordinario.
En las notas que Behaim añadió á su globo en 1492, habla en cuatro sitios distintos (en el título del globo; en Cabo Verde; cerca de las islas del Príncipe y de Santo Tomás, y en el cabo de Buena Esperanza) de dos carabelas con las cuales el rey Juan II hizo explorar las costas de Africa. Añade, del modo más terminante, «que fué enviado en esta expedición por su rey, y que duró diez y nueve meses.» Behaim no nombra á Diego Cam; pero Hartmann Schedel en su Liber Chronicarum[156], impreso en Nuremberg en 1493, cuando el cosmógrafo vivía aún en esta ciudad, reunió los dos nombres: «Præfecit galeis beni instructis Johannes II Portugaliæ rex, anno 1483, patronos duos Jacobum (?) Canum Portugalensem, et Martinum Bohemum, hominem germanum ex Nuremberga, de bona Bohemorum familia natum, qui superato circulo equinoxiali in alterum orbem excepti sunt.»
La ingenuidad con que Behaim habla de las primeras expediciones portuguesas, de sí mismo y de «su querido suegro M. Iobst, residente en Fayal,» da gran carácter de verosimilitud á los comentarios de su carta; y no creo que se deba oponer á estos testimonios la fecha del día (18 de Febrero de 1485), en que, según una nota conservada en los archivos de familia, recibió Martín Behaim la Orden de caballero de Cristo en la ciudad de Albassauas (Alcobaça?). Este documento, cuya época se ignora, y que no tiene carácter alguno oficial, ni es de letra de Behaim, ni está redactado en su nombre. Sabido es á cuántos errores se ha prestado la manera de escribir los números árabes (indios) á fines del siglo XV. Si no hay error en el año y debe leerse 1483 por 1485, podría verse en ello un simple error en la indicación del mes de Febrero, porque el viaje de Cam, comenzado en 1484, duró sólo diez y nueve meses. Behaim encontrábase todavía seguramente en la costa de Africa el 18 de Febrero de 1485; y es menos probable que el nombramiento de caballero fuera una recompensa por la invención del astrolabio, que una gracia concedida al compañero de Diego Cam á consecuencia de una expedición en que habían pasado el Ecuador hasta mas allá del sexto grado de latitud austral y recogido el grano del Paraíso (malagueta) en el clima en que se produce.
La época de la residencia de Colón y de Behaim en Lisboa era aquella de verdadera gloria y entusiasmo nacional en que el hijo de Alfonso V, al subir al trono, continuaba la serie de descubrimientos á lo largo de la costa de Africa, interrumpida por la muerte (1460) del infante D. Enrique, duque de Viseo, tío de Alfonso V.
Pero conviene no olvidar que los trabajos de los marinos catalanes fueron para el Africa occidental lo que los de los marinos normando-escandinavos habían sido para el Norte del Nuevo Continente. Unos y otros precedieron á los descubrimientos que han ilustrado los nombres de D. Enrique y de Isabel de Castilla.
La isla de Mallorca fué desde el siglo XIII un centro de conocimientos científicos en el difícil arte de navegar. Sabemos por el Fénix de las maravillas del orbe, de Raimundo Lulio, que los mallorquines y los catalanes[157] usaban cartas de marear mucho antes de 1286; que se fabricaban en Mallorca instrumentos, groseros sin duda, pero destinados á determinar el tiempo y la altura del polo á bordo de los barcos. Desde allí los conocimientos, que en su origen fueron aprendidos de los árabes, se extendieron á toda la cuenca del Mediterráneo. Las ordenanzas de Aragón prescribieron desde el año 1359 que cada galera debía ir provista, no sólo de una, sino de dos cartas marinas[158]. Un marino catalán, D. Jaime Ferrer, llegó en el mes de Agosto de 1346 á la desembocadura de Río de Oro[159], cinco grados al Sur del famoso Cabo de Non que el infante D. Enrique se vanagloriaba de que lo hubieran doblado por primera vez los barcos portugueses en 1419. Los marinos de Dieppe habían ido en 1364 á Sierra Leona y á Río Sestos (Sesters River), llamado entonces Río del Pequeño Dieppe. En 1365 llegaron á la Costa de Oro, según la relación de Villaut, señor de Bellefonds[160]. Un mallorquín, maese Jacobo, fué elegido por el Infante para presidir la célebre Academia de Sagres.
En los descubrimientos geográficos ha ocurrido lo mismo que en los de las ciencias físicas. Las tentativas con buen éxito, pero que permanecen aisladas largo tiempo, ó no se saben ó son condenadas al olvido; sólo cuando los descubrimientos se suceden y relacionan entre sí, se coloca el primer eslabón de una serie en el punto en que comienza á no ser interrumpida. Llena está la historia de la geografía de estos errores sistemáticos que comprenden hasta el siglo XVI las navegaciones á Nueva Guinea, Nueva Holanda y á muchos archipiélagos del Océano Pacífico[161]. Atribúyese el descubrimiento de las Azores, que son las Cassiterides de Pedro Mártir de Anghiera[162] y de Behaim, el de la isla de Madera[163], el de las islas de Cabo Verde y de las costas equinocciales del Africa occidental á los navegantes del siglo XV. Confúndense los marinos que reconocieron tierras con los primeros que las descubrieron; y no aludo ahora á la relación tan debatida del viaje de Hannon que Rennell y M. Heeren (II, I, pág. 520) llevan hasta más allá del Gambia, situando «la región ardiente de Thymiamata» en Cabo Verde y tomando por el Senegal, no el Chrestes, que creo muy distinto de Chremetes, «uno de los mayores ríos del mundo», según Aristóteles (Met., lib. I, pág. 350, Bekk), sino el río sin nombre, poblado, según Hannón, de cocodrilos y de hipopótamos; limitaréme á nociones más ciertas y recientes.
Mucho antes de los nobles esfuerzos del infante don Enrique, duque de Viseo, y de la fundación de la Academia de Sagres (Tercanabal en el Algarve ó villa do Infante), dirigida por un piloto cosmógrafo catalán, maese Jacobo de Mallorca[164], los cabos Non (Nam) y Bojador habían sido ya doblados[165] (el último es el cabo Buzedor de Andres Bianco y de Livio Sanuto). El Portulano Mediceo, obra de un piloto genovés, que el conde Baldelli nos ha dado á conocer (Polo, t. I, página CLV), indica desde 1351 el Cavo di Non. Marinos catalanes, como lo prueba el Atlas de 1374 examinado por M. Buchon, habían estado al jorn de Sant Lorens, qui es a X d’agost de 1346, ochenta y seis años antes que el almirante portugués Gilianez[166] en Río de Oro (Río do Ouro, lat. 23° 56′). El valeroso Juan de Betancourt sabía que antes de la expedicion de Alvaro Becerra, es decir, antes de terminar el siglo XIV, los marinos normandos habían llegado hasta Sierra Leona (latitud 8° 30′), y procuraba seguir sus huellas. Pero antes que los portugueses, creo que los de ninguna nación de Europa fueron más allá del Ecuador[167]. La región al Sur de la bahía de Biafra, notable por el encuentro en ella de dos corrientes opuestas (del NO. y SE.), llegó á ser desde 1471 á 1474, ocho ú once años después de la muerte del infante D. Enrique, el centro del comercio (rescate) del oro, dado en firme á un activísimo mercader de Lisboa, Fernando Gómez.
En esta época fueron sucesivamente descubiertas la isla de Fernando Pó, llamada primero Ilha Formosa, y las de S. Thomás, do Príncipe y d’Anno Bom[168]. Esta última isla (lat. aust. 1° 24′ 18″) fué la primera que encontraron los portugueses al Sur del Ecuador; pero en las dos expediciones, inmediata una á otra, que emprendió Juan Cam al reino del Congo en 1484 y 1485, en una de las cuales tomó parte Martín Behaim, fué descubierto (no me detengo en las latitudes, referidas con bastante corrección por el mismo Barros) un espacio de costa comprendido entre los paralelos de 1° 50′ (cabo de Santa Catalina), y 22° de latitud austral (la señal de piedra[169], Manga de Areas, al Sur de cabo Frío). Entre estos dos puntos extremos se encuentra situada la señal (Padrao de San Jorge) de la desembocadura del río Zaire ó «Río do Padrâo do Reyno de Congo» (latitud aust. 6° 5′) y la señal del cabo San Agustín (Padrâo do Sancto Agostinho, lat. aust. 13°)[170].
Behaim no nombra nunca á Diego Cam, ni en sus cartas, ni en las aclaraciones de su globo; pero repito que cita claramente y muchas veces esta expedición[171], «en la cual el que ha construído este globo tomó parte y fué enviado por el Rey de Portugal para descubrir lo que Ptolomeo no había visto», llamándola la expedición de dos carabelas de 1484 y 1485. Indica el gran río Zaïre con el nombre que le dió Diego Cam á causa de la señal de piedra (Padrâo de San Jorge), pero tan poco correcto en la antigua ortografía portuguesa, como en la de su propia lengua, llama al Zaïre, no río de Pedrâo, sino río de Patrón. Todos nuestros mejores mapas modernos han conservado la costumbre de nombrar al cabo al Sur de la embocadura del Zaïre Cabo Padrón.
El conocimiento que Behaim tenía de la factoría de Angra de Gato[172] y del santo personaje[173] que sólo enseñaba la punta del pie por detrás de una cortina de seda, y de quien los misioneros cristianos enviados á Asia y Africa se sirvieron durante tres siglos para mixtificar á los soberanos de Europa, prueban también, al parecer, la existencia de relaciones íntimas entre Martín Behaim y Diego Cam. Como este último hizo dos viajes («descubrió por duas vezes», dice Barros), podría suponerse que Behaim sólo le acompañó en la primera expedición de 1484, lo cual no explicaría, sin embargo, ni el error de una señal colocada, según el globo de Nuremberg, el 18 de Enero de 1485 en la bahía de la Tabla, ni la posibilidad de que Behaim fuera el 18 de Febrero de 1485 al convento de Alcobaça para recibir la orden de caballero del Cristo.
VII.
Martín Behaim y Magallanes.
«No hablaré, dice Voltaire en el Estudio sobre las costumbres, de ese ciudadano de Nuremberg, de quien fabulosamente se asegura que fué en 1460 al estrecho de Magallanes.» Pretensión tan absurda, y sin embargo, tan repetida, merecería escasa atención, si no hubiera en la vida de Magallanes y hasta en el relato que de la expedición de este marino hizo Antonio Pigafetta algo tan extraordinario que, al parecer, obliga al historiador á someter el problema á concienzudo examen.
Creo que arrojará nueva luz sobre hechos que á primera vista parecen singularmente enigmáticos, un dato que he tomado de una antiquísima edición de la Geografía de Ptolomeo.
Dos obras de cuya autoridad no puede dudarse: las Décadas de Antonio de Herrera, y el Manuscrito de Pigafetta, conservado en la Biblioteca Ambrosiana de Milán, y publicado por el Sr. Amoretti en 1800, dan á conocer la influencia que ejerció Behaim en el descubrimiento del estrecho patagónico. Merece preferencia la autoridad de Pigafetta, por ser uno de los diez y ocho compañeros de Magallanes que tuvieron la dicha de volver á Europa el 6 de Septiembre de 1522. «Prætore Portugallico Fernando, ab insularibus bello exagitatis in regione aromatum æquatori vicina interfecto, quatuorque reliquis é classicula quinque navium deperditis, una tantum regressa est, dicta Victoria, cribro terebratior», escribe el mismo mes Pedro Mártir de Anghiera al Obispo de Cosenza[174].
Pero la obra que poseemos de Pigafetta no es el mismo Diario que tan cuidadosamente redactó día por día hasta el 9 de Julio de 1522 en que llegó á la isla de Santiago de Cabo Verde, y supo que los portugueses habitantes de dicha isla llamaban jueves al mismo día que según su Diario era miércoles. «Mi sorpresa, dice Pigafetta, fué tanto más grande[175], cuanto que por no haber estado enfermo durante el viaje, tenía indicados sin interrupción todos los días de la semana. Posteriormente advertimos que no había ningún error, y que, viajando siempre hacia Occidente y siguiendo el camino del sol, al volver al mismo sitio debíamos haber ganado veinticuatro horas.»
El verdadero Diario de Pigafetta fué presentado al emperador Carlos V. Lo que existe en la Biblioteca Ambrosiana es el extracto de otro Diario enviado al Papa Clemente VII y al gran maestre de Rodas, Felipe de Villiers de Lisle Adam.
Indudablemente López de Castanheda, Barros y Herrera tuvieron á la vista las notas originales del piloto más instruído de la expedición, Andrés de San Martín. Herrera, que pudo disponer libremente de los archivos de Felipe II desde 1596, y que en 1601 había publicado ya las cuatro primeras décadas de su historia, encontraría el Diario del piloto entre gran número de documentos que después se han perdido, y ha dado, desgraciadamente sin comprenderlos, extensos detalles de observaciones astronómicas, tanto respecto á las latitudes, como á las tentativas, bastante infructuosas, de aplicar los preceptos que Ruy Faler ó Faleiro (ó del demonio familiar de este astrónomo) le había enseñado para encontrar las longitudes por la declinación[176] de la Luna, las ocultaciones de las estrellas, la diferencia de altura de la Luna y de Júpiter[177] y las oposiciones de la Luna y de Venus[178].
Las nociones publicadas por Herrera sobre la primera expedición alrededor del mundo, son las más circunstanciadas: las de los autores portugueses, por lo demás muy recomendables, no podían ser igualmente detalladas, porque se debían á comunicaciones parciales y clandestinas llegadas de la India. El embajador veneciano Contarini habla también desde el año 1522 del día perdido.
Examinemos primero los documentos alegados en favor de Martín Behaim, documentos anteriores á la partida de Magallanes. Cuando éste, diez años después de la muerte del geógrafo alemán, irritado por la ingratitud del Gobierno portugués en la India, con una pierna lisiada por un lanzazo, temerario en sus proyectos, inflexible al ejecutarlos, presentóse por primera vez á la corte de España en Valladolid y mostró á Juan Rodríguez de Fonseca, obispo de Burgos, «un globo bien pintado», en el cual estaba marcada la ruta que pensaba seguir, dejó en blanco, como era de suponer, el estrecho, para que no le pudieran robar su secreto. Como los ministros del Rey (sin duda el cardenal Ximénez y monseñor de Gebres) le apremiaban con preguntas, Magallanes les confió que iría primero á tocar en el cabo de Santa María, es decir, en la desembocadura del Río de la Plata (Rio de Solís) y que desde allí seguiría la costa (al Sud) hasta hallar el estrecho; si no encontraba el paso al otro mar (porque los ministros objetaban la posibilidad de no encontrarlo), iría á las Molucas por el camino de los portugueses, es decir, por el cabo de Buena Esperanza. Añadió que estaba tanto más seguro de encontrar un estrecho, cuanto que lo había visto (sin indicar el lugar) «en una carta marina construída por Martín de Bohemia, portugués, natural de la isla de Fayal, cosmógrafo de gran reputación, carta que le había dado mucha luz acerca del estrecho.»
Tal es la relación que hace Herrera[179] de la primera entrevista de Magallanes con los españoles en 1517. Transcurrieron dos años antes de que la expedición pudiera darse á la vela (el 10 de Agosto de 1519). Los diplomáticos portugueses trabajaron tenazmente, mientras permaneció la corte en Barcelona, para desacreditar al jefe de la expedición, diciendo que era un aventurero ligero, hablador é indigno de confianza[180].
He aquí el testimonio de Pigafetta[181], amigo personal de Magallanes y (según se ve en la narración del terrible suceso ocurrido en Río San Julián, cuando el tesorero Luis de Mendoza fué descuartizado) inclinado á enaltecer la reputación de su jefe. «El 21 de Octubre de 1520 encontramos un estrecho, al cual dimos el nombre de las once mil Vírgenes, por ser el día consagrado á ellas. Sin el saber de nuestro capitán, no se hubiera podido desembocar este estrecho porque todos creímos que estaba cerrado; pero nuestro capitán se había informado de que debía pasar por un estrecho singularmente oculto, habiéndole visto en una carta conservada en los archivos (tesorería) del Rey de Portugal y dibujada por un cosmógrafo excelente, Martín de Bohemia.»
Estos testimonios, tomados de escritos contemporáneos (porque claro es que Herrera poseía el Diario de San Martín), prueban dos cosas: primero, que Magallanes había visto en una carta en Portugal[182] el estrecho que buscaba al Sud de la desembocadura del Río de la Plata; segundo, que atribuía esta carta á Behaim, muerto hacía diez años en las Azores.
Es bastante raro que, dada su aversión patriótica contra España, el mordaz é ingenioso historiógrafo de la India portuguesa, Barros, no haya procurado rebajar el mérito del traidor recordando que el descubrimiento del estrecho no se debió á su sagacidad, sino á haber visto una carta marina conservada en los archivos del rey D. Manuel. Este silencio de Barros parece probar que la tradición de la supuesta previsión de Behaim no había llegado á las Molucas.
Compréndese, en efecto, que Magallanes tuviera más interés en hablar de la existencia de un estrecho como de cosa indudable y conocida de cosmógrafos célebres antes de haber llegado á él y cuando sólo trataba de inspirar confianza en sus proyectos, que más tarde, cuando pasó al Océano Pacífico.
Las traducciones del viaje de Benzoni y las numerosas obras del orientalista Guillermo Postel[183] contribuyeron mucho á propagar la idea de que Magallanes no había hecho más que seguir la ruta indicada por Behaim. Postel también, como antes he indicado, sólo habla de «Fretum Martini Bohemi á Magaglianesco Lusitano alias nuncupatum, quodque terram incognitam australem ab Atlantide (America) separat».
Ante todo, expondré la serie de los descubrimientos hechos en la costa oriental de la América del Sur hasta la época en que Magallanes vino á hablar del estrecho al Obispo de Burgos. Los datos parciales que voy á referir fúndanse en el atento estudio de documentos recientemente publicados.
VIII.
Primeros descubrimientos en la costa oriental de América.
Cristóbal Colón[184] comenzó su tercer viaje el 30 de Mayo de 1498, partiendo de Sanlúcar. El 1.º de Agosto del mismo año descubrió la Tierra Firme del delta del Orinoco (isla Santa), y cuatro días después hizo desembarcar su tripulación por primera vez en el continente americano equinoccial, en el golfo de Paria (en la costa de la isla de Gracia).
El descubrimiento que hizo Sebastián Cabot de la América septentrional, desde la bahía de Hudson hasta el sur de Virginia, con un barco de Brístol (the Matthew) data del verano de 1497.
Alonso de Ojeda, acompañado de Juan de la Cosa y de Amerigo Vespucci (Ojeda nombra á este último, Morigo Vespuche, en el pleito del Fiscal contra los herederos de Colón, según se ve en la 5.ª pregunta del mismo), partió el 19 de Mayo de 1499, y tocó tierra á fin de Junio del mismo año en las costas de Surinam hacia el 6° de latitud boreal. A su vuelta vió las desembocaduras de río Esequibo y del Orinoco.
Vicente Yáñez Pinzón, el mismo que mandaba la Niña en el primer viaje de Colón, salió de Palos á principios de Diciembre de 1499, atravesó por primera vez el Ecuador en la región americana del Océano Atlántico, y el 20 de Enero de 1500 descubrió el cabo de San Agustín, llamado por Pinzón (Pleito, preg. 7.ª; Navarrete, t. III, páginas 547 y 552) cabo de Santa María de la Consolación, latitud austral 8° 19′. Vió, por tanto, una parte del Brasil, la provincia de Pernambuco, cuarenta y ocho días antes de la partida de Cabral, á quien generalmente se atribuye el descubrimiento del Brasil. Favorecido por las corrientes de ESE. al ONO. (porque hacia la parte más convexa y más oriental de la América meridional, como hacia la parte cóncava del Africa en la bahía de Biafra, que parece corresponderle, las corrientes se dividen y cambian de dirección), Vicente Yáñez Pinzón siguió la costa al Oeste del Cabo de San Roque (lat. aust. 5° 28′), y descubrió la desembocadura del Amazonas, que llamó Paricura.
Del mismo puerto de Palos, y poco después de la partida de Vicente Yáñez Pinzón, probablemente en los últimos días del año 1499, salió Diego Lepe. Siguió la misma ruta y tocó también en el Cabo de San Agustín (Cabo de Santa María de la Consolación; después Cabo de Santa Cruz, según Manuel de Valdovinos). Fué el primero que en la desembocadura del Iviapare ú Orinoco, por medio de un artificio improvisado (escalfador de barbero), que sólo podía abrirse en el fondo del agua, reconoció que en una profundidad de ocho brazas y media, las primeras dos brazas del fondo eran de agua salada, cubierta hacia la superficie de agua dulce (testimonio del médico García Hernández en el pleito: Navarrete, t. III, pág. 549).
Desde la desembocadura del río de las Amazonas volvió á la costa de Paria.