The Project Gutenberg eBook, María Luisa, Leyenda Histórica, by Andrés Portillo

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MARÍA LUISA.
LEYENDA HISTÓRICA

POR

Andrés Portillo.

OAXACA.
IMPRENTA DE LORENZO SAN-GERMAN.
Avenida Independencia, núm. 50.
1896.

Hidalgo, Julio de 1899.

¡Hay tantos verdugos del idioma!............ ¡Llegan á nuestras manos día á día tantos sacrilegios literarios! Confieso ingénuamente que cuando tuve entre las mías un ejemplar de la "María Luisa" del Sr. D. Andrés Portillo, lo abrí con desaliento, con esa dejadez melancólica que infunde en nuestro espíritu nostálgico de algo bello, el spleen de la eterna vulgaridad que nos envuelve.

Yo no tenía el honor de conocer al Sr. Portillo; sus producciones, sus facultades, ¡hasta su nombre! eran enteramente extraños para mí. Pero una cosa me consolaba: las dimensiones del librito, que eran bien reducidas, y no sería muy largo el tiempo que se perdiera en su lectura,......... si es que se perdía.

!Al mal paso darle prisa!—me dije ¡y comencé á recorrer las primeras páginas!

Vamos, el estilo no es enfático......... ¿eh?......... esta cláusula es fluída......... la frase se desencadena con naturalidad......... la palabra es correcta y los períodos......... reconozcamos que los períodos tienen cierto aire de distinción, esa elegante sencillez que promete feliz epílogo. ¡Continuemos!

Y sin sentirlo, como no se sienten en la soledad, como se deslizan las horas en que dejamos el pensamiento volar en alas de sus recuerdos dulces, se deslizaron para mí estos capítulos. ¡El interés crece! ¡se ha empeñado la acción! Veo en estas líneas las huellas de algunas lágrimas.

El autor nos conduce dentro de las sombrías arcadas de un monasterio, cuya quietud turba el estruendo del combate y cuyos muros ilumina el relámpago siniestro de la artillería.

¡Hermoso contraste! Parécenme aquellos los magistrales y bruscos tonos de luz y sombra de la "Cena de Emaus," de Zurbarán.

Pero allí debe tener patético desenlace lo que fuera al nacer tierno idilio de la adolescencia.

Y por cierto que el epílogo está lleno de interesante originalidad: una granada destrozando en obscura noche la bóveda del templo, cava en el pavimento el fúnebre y primero y último lecho de amor de dos amantes infortunados.

Pero no............ no quiero referiros el argumento de "María Luisa," porque abdicaría de su interés, sin que pusiera á vuestra vista los elementos que decoran sus interesantes escenas.

Ya las naves de un templo y el imponente sociego de un claustro; ya la lujuriosa naturaleza meridional, con sus arrogantes cordilleras, sus solemnes desiertos, sus selvas sombrías y sus diamantinos cielos.

Ya la estrecha celda en la que, entre los dulcísimos y consoladores salmos del cristianismo y la luz temblorosa de los cirios, descuella, como lucero de esperanza, en las borrascas del espíritu la ideal imagen de la Madre del Redentor del Mundo.

Pero............ no quiero continuar, os lo repito. Leed la obrita que puede penetrar desde el gabinete de un filósofo hasta el casto retrete de una virgen. Leedla, que es sana y no dañará vuestro espíritu como tantas otras de que se ruborizaría la biblioteca de un templo de Lupercio, y que sin embargo, con cien trompetas recomienda la prensa.

Y entre tanto, reciba el elegante escritor oaxaqueño, D. Andrés Portillo, nuestras humildes pero cinceras felicitaciones.

Tomás Domínguez Yilanes.

PRIMERA PARTE.

I.

Era joven aún este siglo XIX que hoy contemplamos anciano y moribundo, tan lleno de glorias y cargado de responsabilidades.

México había derramado su oro y su sangre por espacio de once años para librarse de la dominación española y lanzábase á la vida independiente con la vaguedad del hombre que acaba de tener un sueño penoso.

Se ensayaban todas las formas de gobierno, se convocaban congresos nacionales, se defendían principios y contraprincipios y había de una parte, quienes suspiraban por el régimen colonial, y de otra, quienes aplaudían las doctrinas más atrevidas de la revolución francesa.

Pero al mismo tiempo la luz se derramaba en las inteligencias, la escuela se abría para el campesino y el obrero y la ley daba iguales derechos á los mendigos y los poderosos.

Dijérase que amanecía en el horizonte de un porvenir halagador.

Y las claridades de aquel risueño crepúsculo, llevaban gérmenes preciosos para la libertad y para el progreso á todos los Departamentos de la Nación.

II.

Oaxaca era en aquella época el país del dinero y de la grana, que había proporcionado á España, durante mucho tiempo, tesoros para sus hijos y púrpura para sus reyes.

La ciudad capital, situada cerca de la Sierra Madre, al pié de una verde colina, recibió de los españoles el nombre de Antequera en memoria de una de las más bellas poblaciones de Andalucía.

Uníala con México un camino largo y estrecho por donde remitía sus valiosas producciones, recibiendo en cambio los géneros de Europa y con alguna frecuencia, grandes cantidades de plata acuñada.

En Oaxaca no había entonces jardines públicos, ni teatros, ni periódicos, ni alumbrado en las calles; el carácter pacífico de sus habitantes no necesitaba de estas cosas.

No eran conocidos los hoteles porque había poquísimos viajeros; los próceres enviados de la Capital para servir empleos en el Gobierno, así como algunos extranjeros que deseaban conocer el árbol gigantesco del Tule y las legendarias ruinas de Mitla, eran alojados en casas particulares ó en los conventos, cuya supresión aun no se presentía.

La política era un misterio apenas conocido por pocos iniciados.

Pero ya el pueblo, sin abandonar el depósito de sus buenas costumbres y adorables tradiciones, daba indicios de su genio guerrero que más tarde hizo milagros de valor y patriotismo.

Ya había visitado á Oaxaca el gran Morelos y habían nacido en este país afortunado los hombres extraordinarios que algún día debieran ponerse frente á frente de los soberanos europeos, pidiendo para México un puesto de honor entre las naciones ilustradas.

III.

Era el día 21 de Diciembre de 18.........

A la hora en que se oculta la última estrella en el cielo y la brisa del crepúsculo viene á despertar á las aves y á besar á las flores, un repique á vuelo estalló en las torres de los numerosos templos de la ciudad, dejándose oir entre aquel confuso y agradable ruido, la voz sonora de la campana mayor del reloj de la Catedral, que por una tradicional costumbre, solamente una vez al año agitaba su martillo con violencia, celebrando la fiesta de Navidad.

Toda la mañana de aquel día hubo grande animación en las calles y plazas de la regocijada ciudad. Los criados vestidos de limpio, que conducían de una casa á otra los obsequios de la Pascua ó iban á los mercados en busca de comestibles para la noche buena; los chiquillos que corrían á comprar dulces, juguetes y adornos para el imprescindible Nacimiento; las señoras, que cubiertas de bordados pañuelones multicoloros, salían y entraban á las iglesias y las tiendas y los vendedores de diversas clases de objetos, impidiendo el paso en las entradas de los portales, formaban un abigarrado conjunto que daba idea de lo que era y lo que hacía el pueblo oaxaqueño en la víspera de sus solemnes festividades.

Los templos se hallaban engalanados con gran lujo de cirios, cortinas y adornos de metales preciosos.

En casi todas las casas se hablaba de la misa de media noche y se arreglaba el baile de Navidad, en el que tomaban parte solamente las personas mayores del sexo femenino, por exigirlo así las costumbres de la época.

Y aun en las viviendas más humildes había preparado un plato más para la mesa, un regalo para el hijo y una flor para la imagen protectora de la familia.

Pero donde había más trabajo y agitación era en el convento de.........

Allí no solamente se adornaban los altares, también se barrían los claustros, se desempolvaban la biblioteca y el refectorio y bajo la dirección del mismo Padre Guardián, se preparaba cómodo alojamiento para un huésped distinguido que debería llegar de un momento á otro.

IV.

Amable por su genio y su virtud y dotado de cualidades eminentes, era el Padre José un anciano alto y robusto, español de origen, pero mexicano por sus sentimientos.

Su barba encanecida y su frente maltratada por los años, como también por los pesares, contrastaban con la viveza de su mirada y el tinte nacarado de sus labios entreabiertos siempre para decir palabras de tolerancia y de cariño.

A pesar de su habitual moderación, frecuentemente se descubrían bajo el humilde sayal del misionero, la franqueza del marino y la noble gallardía del militar retirado.

Toda su existencia fué una lucha constante.

Cuando joven combatió con el mar para sostener á una madre anciana, luego peleó contra Napoleón en defensa de su patria; después llegó á México acompañando al General Mina para proteger á un pueblo abatido; muy pronto, enfermo y sentenciado á muerte, vino á Oaxaca con un nombre supuesto y como maestro de escuela, luchó por la civilización hasta que, por último, se ocultó en el claustro para batallar con sus propias pasiones.

Poseedor de virtudes antiguas é ideas modernas, era indulgente con todos y severo consigo mismo.

Su modesta sabiduría, sus ideas liberales, las mejoras que hizo en el convento y las polémicas que mantuvo sobre materias religiosas lo convirtieron en el personaje más notable del clero.

La sociedad estaba dividida en opiniones respecto á su persona: los enemigos del progreso le tenían por hereje, los hombres ilustrados y virtuosos le llamaban "el Maestro," los pobres le decían "el Padre" y sus compañeros de religión más de una vez quisieron elevarlo á la primera dignidad de su Orden, pero él sólo aceptó el puesto de Guardián.

Aquel día, llegada la hora de comer, se colocó en medio de sus hermanos después de bendecir la mesa, pero en seguida salió rápidamente á la portería, de donde le anunciaron la llegada del viajero que aguardaba.

V.

En la puerta del convento se había detenido una litera, de la que saltó con violencia un joven alto y moreno, de cabellera negra y agradable apostura, vestido con bata de indiana color de paja y cubierto por un sombrero de ancha falda.

Aun estaba despidiéndose de los conductores de la litera cuando se vió en los brazos del Padre que lo saludó con la franqueza y el cariño de un antiguo amigo é inmediatamente lo condujo al refectorio.

D. Carlos Félix de Miranda, era un rico propietario mexicano, abogado notable y además Ministro de la Corte de Justicia de la Nación. Las líneas aristocráticas de su rostro, su tez morena y sus grandes ojos negros presentaban el tipo de esa raza belicosa, noble y bella, formada en México por la unión de la sangre azteca y española, cuyos hijos bien pudieran llamarse los árabes de América.

Aquel joven magistrado había conocido á Oaxaca en el año anterior y prendado de su cielo y de su clima, ofreció al Padre José volver pronto á establecerse no lejos de la ciudad en una finca del valle; al efecto, habíale remitido con anticipación varias cantidades de dinero.

VI.

Desde luego notó el buen Padre que su amigo había cambiado mucho en los doce meses que dejó de verle.

Ya no era el joven alegre cuya conversación animadísima revelaba un espíritu ilustrado y un corazón generoso.

En sus palabras áridas y sus ojos anegados en sombras de tristeza, encontraba los síntomas de un pesar oculto; mas no se atrevió á inquirir la causa de su situación.

Los otros comensales, menos prudentes que su jefe, le dirigían preguntas que D. Carlos contestaba con monosílabos, al mismo tiempo que adusto y cabizbajo, apenas probaba de los platos que le ofrecían.

Estrechado por un religioso para que le diera informes respecto á su malestar, le contestó con acento melancólico:—Sí, Padre, me hallo enfermo.........—y volviéndose al Guardián, concluyó en voz baja:—enfermo del alma.

Pero repentinamente, haciendo esfuerzos para mostrarse agradecido y complaciente por las atenciones con que lo distinguían, dijo para sí:—¿qué culpa tienen estos buenos padres de lo que yo padezco?—y les dirigió la palabra en tono festivo, contándoles algunos episodios de su viaje, mezclados con anécdotas y epigramas, que agradaron mucho á la comunidad.

VII.

En aquella época de turbulencias sociales, la conversación de casi todas las reuniones versaba sobre los temblores de tierra y los cambios de Gobierno.

El viajero procedente de la Capital tenía que dar cuenta minuciosa de los acontecimientos políticos más ó menos desastrosos que allá se repetían y de las fatigas soportadas en el camino durante quince días.

Para D. Carlos había en aquel monasterio un asunto más que tratar y aun discutir, muy grave ciertamente, y era el afán con que procuraban conquistarlo para que se hiciera fraile.

En otra ocasión se había excusado diciendo que su carácter parecía incompatible con las reglas monásticas y hablando cortésmente sobre las reformas que necesitaban los conventos.

El Padre José no tenía parte en aquellas discusiones; mas preocupado con la misteriosa enfermedad de su huésped, aquel día se permitió indicarle, que para ciertas dolencias no podría encontrarse mejor remedio que la paz y la soledad del claustro, terminando por invitarlo á que se quedara en el convento aunque no profesara.

D. Carlos, que por entonces sólo podía ocuparse de sus tristes ideas, continuó mintiendo y esforzándose por aparecer alegre, locuaz y aun descreído; dijo que la vida del claustro era fría, monótona é imposible para él y aseguró que solamente apetecía las distracciones y placeres que había venido á buscar en Oaxaca la víspera de Navidad.

—No obstante, yo me haría fraile—dijo con entusiasmo—si Udes. me proporcionasen aquí tertulias, banquetes, bailes......... aunque no fuera con frecuencia.

—Nadie puede resolver los problemas de la Providencia—contestó el anciano Guardián con acento de grave cortesía.—Si esa es la única condición, todo lo tendrá Ud. y en esta noche buena, por principio, le daremos un festín.

—¿Y habrá buen vino?

—Sí, señor.

—¿Concurrirán señoras?

—Quizás.

—Con una me conformo...... Vea Ud., Padre...... Si me proporcionaran en este retiro un departamento con balcones al jardín, una biblioteca de mi gusto y una compañera de quince años, le aseguro que ya no saldría de aquí.

—Todo se puede tener para el servicio y la gloria de Dios.

—¿Todo?

—Sí, D. Carlos, dándome Ud. su palabra...... yo le proporcionaré...... cuando Ud. guste......

—Hoy, si se puede.

—Sin duda, esta noche tendrá Ud. banquete, música.......

—¿Y la niña?

—También......

—¿A qué hora?

—A las doce.

—Convenido. ¿Es hermosa?

—Como los ángeles.

Al oir los otros padres tan atrevidas y poco edificantes afirmaciones de su venerable superior, unos se santiguaron creyendo que había perdido la razón, otros se dirigían miradas maliciosas y casi todos cesaron de comer.

VIII.

El Padre Guardián condujo á su amigo á la celda que le había preparado; era una pieza pequeña de los altos, con el suelo recién pintado de rojo y las paredes de blanco.

Frente á la puerta de entrada se abría un balcón para el jardín.

En un ángulo había un lecho modesto y en el otro una gran mesa con un pequeño crucifijo de metal; junto á varios libros un vaso con agua y útiles para escribir.

Algunas sillas de pino y un sillón tapizado de piel obscura, completaban el ajuar.

Sobre una de las sillas se había colocado la caja de madera con adornos chinescos, que contenía el equipaje de D. Carlos.

El anciano se despidió de su huésped y dándole una suave palmada en el hombro, le dijo:

—A las doce...... No lo olvide Ud.

El joven inclinó la cabeza y entró á la celda sin contestar.

IX.

Lento, mudo, cargado con el peso de inefables sufrimientos, fué á sentarse D. Carlos ante la mesa y permaneció con la frente apoyada entre ambas manos.

Algo terrible pasaba en su corazón.

De repente se paró, dió vueltas á largos pasos en toda la extensión del cuarto hablando palabras ininteligibles y volvió á sentarse con señales de fatiga y amarga melancolía.

Luego escribió velozmente algunas líneas en su cartera y volvió á pararse oprimiéndose la cabeza, como si quisiera detener sus ideas arrebatadas por el huracán del desvarío.

Irguiéndose con penoso esfuerzo, exclamó:—¡Llorar y sufrir!...... Esta es la vida...... ¿Para qué se vive? ¿De qué sirve el amor puro y honrado?......

Sentóse otra vez y estuvo más de una hora con la frente caída como si se inclinara bajo la enormidad de un gran suceso.

A veces lloraba con la sencillez de un niño y otras con el estrépito de un desesperado.

Su alma ya no podía soportar el combate de pasiones por largo tiempo sofocadas.

Cuando anocheció fué un criado á poner luz en la mesa y le preguntó si algo se le ofrecía; pero D. Carlos no dió señales de haberle oído.

X.

La noche adelantaba en silencio, apenas iluminada por pálidos luceros.

La fuente sollozaba en el fondo del jardín.

Algunas aves nocturnas se detenían graznando sobre las tapias.

Un viento helado agitaba las copas de los árboles y gemía lúgubremente al entrar por el balcón para mover la flama de la vela y la cabellera de D. Carlos.

La campana de la torre inmediata sonaba tan melancólica, tan lenta, como si repitiera el toque de agonías.

El pobre joven, no de otro modo que si huyera de la tempestad de su propia conciencia, repentinamente corrió hacia el balcón y se inclinó demasiado como para precipitarse al vacío, pero en el acto se retiró diciendo con profunda tristeza:—Está muy cerca el suelo.

Luego con firme pulso, pero deteniéndose á cada momento para reflexionar sobre lo que hacía, escribió dos cartas; una para el criado que había dejado en México cuidando su casa y la otra dirigida al Padre José.

La primera decía:

Mariano: Estoy enfermo. Cuando recibas esta carta ya no existiré. Ocurre á mi notario y él te dará los títulos de propiedad de la casa que te ofrecí por tus buenos servicios......

La otra carta estaba concebida en estos términos:

Padre: Hay infortunios superiores á las fuerzas humanas. El vacío del corazón, la ingratitud del mundo y el oprobio inmerecido no tienen remedio. Yo no he sido culpable hasta este momento, pero mi porvenir está vacío de esperanzas; la tierra me abandona y el cielo ya no me oye. Hay un abismo en mi pasado; tengo una enfermedad incurable en el corazón, que devora mi vida. El destino ha pronunciado su oráculo: soy desgraciado y necesito morir. No desconozco que hago mal, pero me es imposible retroceder. Perdóneme que haya venido á turbar con mis pasiones la calma de este retiro consagrado á la oración. Ruego á Ud. que mi cadáver se oculte en un rincón ignorado. El capital que tengo en su poder, cuya existencia sólo Ud. conoce, repártalo á los pobres sin mentar mi nombre. Querido y muy querido Padre, como último favor le pido que olvide para siempre á su infeliz amigo

Carlos Félix.

Concluida esta carta, la puso con la otra en un extremo de la mesa y vacilando como si caminara entre tinieblas, se dirigió á su caja de viaje, sacó una gran pistola de chispa y con febril violencia, se colocó la extremidad del cañón en el pecho, tirando del martillo que sonó ásperamente, pero el arma no dió fuego.

El desdichado intentó dispararse por segunda vez y todo fué inútil; el ambiente húmedo del camino había descompuesto la pólvora.

Entonces, con los cabellos en desorden y los ojos inyectados de sangre, volvió á dirigirse á la caja y apresuradamente, como si temiera perder la ocasión de morir, tomó un paquete de sales, vació una parte en el vaso de agua y mirando que los polvos no se disolvían, con la mano trémula y en movimiento giratorio, sacudió el vaso fuertemente y se llevó á los labios el veneno, mas en el acto volvió á ponerlo en la mesa porque había escuchado golpear suavemente la puerta y la voz del Padre José que le decía:—Señor Magistrado, aquí está la niña.

En el reloj del convento habían dado las doce.

XI.

El aturdido Magistrado corrió hasta la puerta extendiendo los brazos para impedir que se abriera, pero ya era tarde.

Un torrente de luz, de armonías y de perfumes inundó la estancia y una lluvia de rosas cubrió el pavimento mientras D. Carlos retrocedía lleno de asombro hasta chocar con la pared.

Colocada en el umbral de la puerta, estaba como celeste aparición, una virgen cándida, modesta y hermosísima, vestida de aljofaradas flores y coronada de diamantes.

Arquetipo del cielo, apocalíptica escultura, preciosa imagen de la Madre de Dios, con los brazos abiertos dirigiéndose al joven, parecía envolverlo en sus miradas y decirle:—Yo soy la virgen del amor sin límites. Venid á mí los que tenéis pesares y os aliviaré. Yo he sufrido mucho y sé consolar á los que lloran, mi amor es inmortal y mis caricias dan la gloria.

En aquella imagen hallábase algo superior á la belleza plástica.

Sus cabellos flotaban en ondas de oro salpicadas de perlas, sus ojos vertían raudales de luz celestial, su boca era una concha de nácar y su semblante iluminada por la luz prismática de la fulgente diadema, ofrecía todos los encantos de la mujer velados por la mística pureza de los ángeles.

Sobre su pecho y casi escondido entre las blondas de la túnica, mostraba un corazón de rubíes que parecía palpitar con amorosa trepidación.

A su lado el venerable sacerdote, revestido con sus ornamentos sagrados, tenía en la mano un cáliz de oro cubierto con blancas telas de seda; inspirado por un fuego divino, murmuraba palabras de misericordia.

Al compás de una música suave, cuyas notas remedaban suspiros y plegarias, salían del claustro inmediato voces melancólicas y dulces que clamaban: "Ruega por nosotros, María, madre de los huérfanos, ángel de los ángeles, consuelo de los desgraciados, reina del paraíso, salud de los enfermos."

—¡María! ¡María!—Exclamó D. Carlos con voz desgarradora y se dejó caer en el sillón poniéndose una mano en la boca como si temiera descubrir algún secreto misterioso.

La música cesó, los padres que habían llevado la estatua desde la iglesia, la colocaron sobre la mesa y pusieron á sus piés dos velas encendidas y un gran libro con broches de oro, retirándose inmediatamente.

Después de cerrar la puerta, el prelado dijo cariñosamente á su amigo:—Ya tiene Ud. á la virgen; ahora vamos al banquete.

D. Carlos no respondió; continuaba sentado pasándose á veces la mano sobre la frente como para desechar algún pensamiento que lo tiranizaba.

Su pecho se deprimía y se ensanchaba con precipitación y sus lágrimas rodaban hasta el suelo.

El momento era grande y solemne.

La mesa del suicida se había convertido en altar de la misericordia.

XII.

El sacerdote aproximándose á la mesa se inclinó profundamente, colocó el cáliz á los piés de la imagen y alzó los ojos al cielo exclamando con aire de inspiración:

"Llego ante el altar de Dios que me rejuvenece y me consuela........."

"Quiero bañar mi corazón en la fuente de la vida....."

"Alma mía...... ¿Por qué estás triste?......"

"Yo, pecador, me confieso y me arrepiento...... ¡Dios mío!...... Tened piedad de mí...... Por mi culpa, por mi culpa......"

—¡No, Padre, yo no tengo la culpa!—gritó D. Carlos parándose y volvió á sentarse arrepentido de haber hablado.

El Padre continuó:

"Gloria á Dios en el cielo y paz en el alma conturbada de la pobre humanidad......"

Luego fué á un lado del altar y después de examinar la carta que para él vió en la mesa, abrió el libro de los sellos de oro y leyó en voz grave, dirigiéndose á D. Carlos:

"No hay corazón que no tenga una herida oculta."

"La sed de felicidad que sin cesar está devorando á la familia de Adán, solamente se apaga con el llanto derramado en el seno de la religión."

"El hombre es un viajero que camina de dolor en dolor...... vive como las flores y pasa como las sombras..... sus días están contados en el libro de la eternidad y no le es permitido extinguir el aliento de la vida."

Pasando al otro lado volvió á leer:

"¡Cuán penoso es el sendero del error!...... ¡Qué obscuridad en la noche de la duda!...... Las pasiones mal dirigidas hacen verter muchas lágrimas y dejan para siempre un rastro de fuego en el corazón. El pobre corazón humano, mezcla de oro y de escoria, fué formado para el amor purísimo del cielo; pero con frecuencia se mancha con el fango de la tierra...... La barca del pescador se pierde en el mar si se ocultan los luceros y el alma tropieza en los arrecifes del mundo cuando se olvida de Dios y de sus leyes......"

El fresco ambiente que llegaba del jardín, los aromas esparcidos por las flores, el suave chispear de las antorchas, el misionero rezando cargado de días y de experiencia y el joven lleno de vida y de pasiones, que apuraba las agonías del alma, ofrecían una escena de conmovedora sublimidad.

XIII.

D. Carlos continuaba con la cabeza inclinada y los brazos cruzados en actitud de contener las palpitaciones de su corazón; mas repentinamente se arrodilló cubriéndose el rostro con las manos.

Había escuchado al Padre, que alzando el cáliz, decía muy conmovido:

"Esta Víctima, tan pura como el inocente Abel, yo la ofrezco por mi vida...... por mi madre...... por la salvación de mi alma......"

Después de un intervalo de recogimiento y adoración profunda, el celebrante rezó el Padre nuestro, mas cuando dijo: perdónanos como nosotros perdonamos, alzó D. Carlos su ardorosa frente y con acento de febril resolución gritó:—No, Padre, yo no perdono...... me es imposible perdonar......

El Padre leyó una vez más en el libro de la sabiduría:

"¿Qué importan las injusticias de los hombres, si es tan corta la noche de la vida, que de un momento á otro hemos de contemplar el sol eterno de la eterna justicia?"

"El más sabio, el más justo, el más santo de los hombres, el Hijo de Dios, vino á la tierra para sufrir y perdonar...... Amó á los pobres, curó á los ciegos, sanó á los enfermos y resucitó á los muertos...... pero los ciegos, los enfermos y los ingratos exclamaron: ¡Que muera! Y fué crucificado...... Mas en el instante supremo del martirio, le dijo á su Padre: Perdónalos......... Y murió por culpas nuestras."

Al oir estas sublimes palabras, D. Carlos hacía esfuerzos para contener su llanto y pronunciaba frases incomprensibles, exhalando sordos gemidos.

Por fin se resolvió á perdonar, á esperar y pedir......

Oró con la devoción del creyente y el fervor del náufrago.

Pronto se sintió menos fatigado, porque la oración es el alimento del espíritu y hay muchos dolores que sólo se calman con el bálsamo de la plegaria.

El Padre había vuelto á cubrir el cáliz y contemplando cariñosamente á su amigo, le dijo:

—Adiós; he cumplido mi palabra y dejo á Ud. muy bien acompañado.

El joven abrazó al bondadoso anciano contestándole:—No, Padre, no me deje Ud. solo... Está hundido mi corazón en un abismo de pasiones...... Me quedo en el convento, pero...... necesito decirle todo lo que sufro y depositar en su seno mi pasado y mi dolor.

—En el seno de Dios que todo lo sabe y todo lo perdona,—repuso el Padre con acento convulsivo abrazándole también.

Una ráfaga de viento apagó las velas y la celda quedó en completa obscuridad.

XIV.

Cerca del amanecer salió el Padre José con dirección á la calle y pronto regresó acompañado por el médico del monasterio.

Una fiebre violenta estaba devorando el cerebro de D. Carlos.

Tendido en la cama, con la mirada vaga, el rostro enardecido y sin conocer á las personas que le asistían, era presa de repetidas convulsiones.

Todo aquel día estuvo diciendo palabras incoherentes y quejándose de dolores en la cabeza y frío en el corazón.

Por la noche cayó en un profundo letargo.

Unicamente daba señales de vida por las tristes quejas que salían de su pecho lacerado y el lúgubre chispear de su mirada moribunda.

El médico había dicho que el caso era grave y mandó que sólo estuvieran en la pieza los que tenían obligación de ver al enfermo.

El bondadoso Guardián se encargó de atenderle y no se apartaba de su lado sino breves instantes.

Después de siete días la gravedad no cesaba y la demencia era completa.

El desorden de sus palabras denotaba que las ideas pasaban por su cerebro en rápida tormenta, provocando las alucinaciones del vértigo.

A veces con violencia frenética procuraba incorporarse dando gritos de pasión ó lamentos de agonía.

Ya suplicaba que le dieran la muerte, ya se cubría con las ropas de su lecho, como si le persiguieran ó llamaba personas que no eran conocidas por las que le rodeaban.

Una mañana, después de haber pasado el Padre José toda la noche prodigando consuelos y atenciones á su desdichado huésped, salió de la celda diciendo en voz baja:—María Luisa...... María Luisa......

Todo ese día permaneció el médico á la cabecera del moribundo y al retirarse, sin haber recetado cosa de importancia, dijo al Guardián:—Si acaso amanece con vida, pueden trasladarlo á otra pieza menos estrecha y me da Ud. aviso. Yo veo esto imposible.

XV.

Al día siguiente se fumigó la celda, se pintaron de nuevo las paredes y ordenó el prelado que no se hablara más de la enfermedad ni de la presencia de D. Carlos en el convento, dando por motivo el temor de que la autoridad mandara sacarlo de allí para evitar el contagio.

Pronto se supo en México el fallecimiento del Magistrado Carlos Félix de Miranda.

Aquella sociedad sintió mucho la desaparición del hombre probo é ilustrado; el Supremo Tribunal suspendió sus trabajos por tres días y algún periódico enlutó sus columnas dando los detalles del suceso muy variados con el material de su inventiva.

Poco después, como no tenía familia, ya nadie hablaba del finado; su sirviente también, poseyendo la finca que le había cedido, muy pronto lo olvidó.

SEGUNDA PARTE.

I.

D. Carlos no murió.

En la noche que el médico desesperó de su curación, la fiebre hizo crisis presentando los síntomas de un alivio repentino.

El enfermo abrió los ojos y viendo á su lado al Padre José, le dijo resueltamente:—Creo que he dormido y he soñado mucho. Antes no sabía qué camino tomar en el desierto de mi vida...... pero ya estoy decidido..... Quiero huir de mis pasiones y de mis errores...... Hay infortunios que nos separan del resto de los hombres..... Como si hubiese muerto, desearía ser olvidado de cuantos me han conocido, ya que sólo me quedan recuerdos y lágrimas para todos los días del porvenir.

Después de un rato de calma, volvió á decir con doloroso sentimiento:

—Me quedo aquí, según lo he prometido. El hombre nuevo pide á Ud. un asilo en este lugar adonde no llegan las olas que se azotan en la sociedad...... Solamente necesito un poco de paz para mi corazón. Ruego á Ud., Padre, haga lo posible para que no sea conocida mi permanencia en el convento, á lo menos de personas extrañas. Yo procuraré que pronto llegue á México la noticia de mi muerte.

Volvió á callar y después de algunos instantes, prosiguió con voz apenas perceptible:

—Ojalá que á la sombra de la muerte y bajo el peso del olvido, llegue yo á ser bueno......

—Para serlo, hijo mío,—repuso el anciano—es necesario llevar la cruz hasta la cumbre de la estéril montaña de la vida; en el otro lado se halla la tierra de promisión.

II.

Volvió á caer el enfermo en un sueño letárgico que lo tuvo insensible durante algunas horas, pero ya sin señales de fiebre.

La naturaleza enérgica de la juventud había triunfado de la muerte.

Cumpliendo sus deseos y las prescripciones del médico, se le trasladó á una casa deshabitada que se comunicaba con el convento por el lado del jardín.

Allí pasó su convalecencia que fué corta y en cuanto pudo escribir, mandó algunas cartas á México, firmadas por personas desconocidas, que daban la noticia de su fallecimiento.

Desde entonces consagró sus días al estudio, al trabajo y la beneficencia.

Deseoso aún de libertad no quiso profesar, pero vestido con el tosco hábito de la Orden, se ocultó en aquella casa solitaria.

Unicamente lo veían en el convento cuando la campana llamaba á la oración, cuando había trabajos humildes que desempeñar ó algún enfermo que socorrer; mas siempre escondiendo su abatida frente bajo la capilla del monje.

III.

Los religiosos que no ignoraban quién era su nuevo compañero, le llamaban el Padre Félix y pasaban á su lado con respetuosa consideración, admirando la caída de aquella grande alma y el triunfo del arrepentimiento.

Muchas veces lo veían pasar largas horas rezando en el coro y otras, barriendo los claustros ó regando el jardín.

Algunas ocasiones lo sorprendieron en el campanario arrojando monedas á los pobres.

Casi siempre andaba solo, silencioso y oprimido bajo el peso de sufrimientos ignorados de todos excepto del Guardián que lo veía como si fuera su hijo y cuando estuvo convaleciendo, lo acompañaba dándole el brazo para que hiciera ejercicio en el jardín.

La vejez y la experiencia sostenían á la juventud y la desgracia.

La hoguera que habían apagado los años, apagaba con sus cenizas á la hoguera encendida por las pasiones.

Una tarde bajaron al jardín más temprano de lo acostumbrado.

Largas hileras de álamos y abetos, pintorescos cuadros de flores y hortaliza, toldos de caprichosas enredaderas, grandes árboles frutales que fueron plantados cuando se levantó el monasterio, una fuente monumental derramando el agua con estrépito en un estanque inmediato y todo esto rodeado por el muro que circuía el convento, formaba el pequeño vergel que los padres denominaban la huerta.

Era día de recreo y el Padre José pudo permanecer más tiempo con su hijo adoptivo.

Cerca de la fuente sentáronse al pié de un álamo cuyas hojas plateadas, sacudidas por el viento, caían formando una alfombra que parecía de rosas blancas.

IV.

Estaba la tarde tibia y serena, los rayos del sol abrillantaban las tapias de piedra doradas por los siglos; la fuente gemía sin cesar; un aire ligeramente perfumado agitaba las copas de los árboles y el luminoso espejo del estanque.

El joven inclinó su frente pensativa y cerró los ojos cual si tratara de impedir que se le escapasen las lágrimas.

El Guardián, respetando el silencio de su amigo, pasaba repetidas veces la mano sobre su opulenta barba y movía los labios como si murmurara una oración.

Aquel cuadro, que hoy solamente pudiéramos contemplar entre los maronitas del Líbano, recordaba el pasaje de "Los Mártires" de Chateaubriand, cuando Eudoro refirió la historia de su juventud al sacerdote de Homero, en la ribera del Alfeo.—¿Está Ud. cansado?—Dijo el Padre á D. Carlos, que contestó vivamente:—Cansado no, pero sí cargado con la deuda de gratitud y de respeto que no puedo pagar á Ud. La causa principal de mis desdichas y mi resolución de morir, siquiera para el mundo, no le son desconocidas; más todavía, me avergüenzo ante Ud. por haber querido perder mi eternidad en un arrebato de culpable delirio.

Después de unos instantes de silencio, continuó:—Para que me compadezca...... y también como tributo de confianza, voy á contar á Ud. detalladamente los acontecimientos de mi vida si quiere permitírmelo.

—Con mucho agrado escucharé su narración.—Respondió el Padre cruzando los brazos entre las mangas de su hábito y añadió después de una breve pausa:—La vida del hombre es un arroyo fugitivo que se lleva las efímeras flores de sus ilusiones y las ramas secas de sus desengaños...... Aunque se haya doblado el cabo de las tempestades y se viva tantos años como yo, los recuerdos de afectos perdidos y goces pasados, ya sean propios ó ajenos, traen al corazón perfumes de dulzura y enseñanzas provechosas.

V.

D. Carlos fijó la vista en el suelo y habló de esta manera:

"Era yo un niño de seis años cuando comencé á sentir el peso del funesto destino que me ha perseguido toda la vida...... Mas no acuso á la Providencia; mi extraño carácter ó la fatalidad de los acontecimientos han hundido á mi espíritu en este abismo de dudas y desengaños donde Ud. lo encontró."

"Corto fué para mí el tiempo en que la niñez pasa encantada y escondida en la ignorancia de los dolores del alma."

"Yo apenas pude saborear la vaguedad deliciosa y fugitiva de la adolescencia."

"Muy pronto ví convertidos en áridos espectros esos fantasmas de ventura, esas imágenes risueñas que acarician á la juventud."

"Mi Padre, originario de Michoacán, heredó del suyo una fortuna considerable, que unida á la de su esposa, le permitía vivir en la Capital con grandes comodidades."

"Era bien reputado como médico porque recibió el título en España, pero sólo ejercía su profesión en favor de los pobres."

"Habiendo hecho sus estudios preparatorios en Valladolid, bajo la dirección del inolvidable cura Hidalgo, le amaba con un afecto lleno de admiración y cuando aquel hombre extraordinario emprendió la famosa guerra de independencia, mi padre que había presenciado en Europa los prodigios de la libertad, corrió á buscar á su maestro para ofrecerle la fortuna y la vida."

VI.

"Recuerdo que una noche al acostarme, cuando mi madre me había puesto á rezar, medio desnudo y arrodillado en la cama, llegó mi padre vestido con traje de camino y tomando mi cabeza entre sus manos, me besó la frente con ternura y tristeza; después abrazó á mi madre y partió."

"Aquella despedida debería ser la última."

"Yo le pregunté por qué nos dejaba y no quiso contestarme."

"Luego los criados me dijeron que había ido á una de sus haciendas, mas no lo creí porque nunca emprendía sus viajes por la noche."

"Poco tiempo después llegó á México la noticia de la batalla de Las Cruces, en la que los insurgentes obtuvieron aquel triunfo glorioso, cuyo resultado hubiera sido la libertad de la Nación, si el vencedor hubiese marchado inmediatamente sobre la Capital."

"Mas por una de las funestas emergencias de la guerra, los realistas, antes de ser vencidos, pudieron aprehender á varios insurgentes que se habían introducido demasiado en sus líneas y con gran lujo de fuerza y de odio los llevaron á México para disimular su derrota."

"Entre aquellos desdichados se hallaba mi padre."

"Entonces tuve otra noche fatal."

"Desperté oyendo en los corredores pasos precipitados, ruido de armas y llanto de mi madre."

"Al llamarla sobrecogido de terror y dando gritos, una mano muy dura me tapó la boca y nada pude ver, porque me envolvieron todo en las ropas de la cama, me cargaron y corrieron."

VII.

"Pensé que soportaba una pesadilla, pero pronto me sentí realmente sofocado por falta de aire."

"Después de correr mucho, fuí desenvuelto y me ví en la casa de mi tío Juan, hermano de mi madre, atendido por criados extraños y al lado de Carolina, mi prima, que tan pequeña como yo, también estaba llorando."

"Al día siguiente supe que mi madre estaba en la cárcel, mi casa convertida en cuartel y que á mi padre lo habían fusilado."

"No quise creer tanta desdicha y hacía esfuerzos para persuadirme de que me engañaban, porque es tan débil, tan miserable la condición humana, que con el mismo afán busca ilusiones increíbles y se resiste á soportar el peso de la espantosa verdad."

"Mas luego me convencí de que ya era yo huérfano, proscrito y desheredado."

"Mi padre no existía, su infeliz viuda expiaba en los calabozos el crimen de haber sido esposa de un hombre que se inmoló por su patria y nuestros bienes todos habían sido confiscados en provecho del rey."

VIII.

"Mucho tiempo viví de limosna en la casa de mi tío con el criado Sebastián que no quiso separarse de mí."

"Desatendido cual un mueble inútil y aun gravoso, porque con frecuencia me enfermaba, tuve una vida ociosa y solitaria."

"Mis días eran tristes y mis noches llenas de fantasmas."

"¡Cuántas veces lloré como un niño, serví como un criado y sufrí como un hombre!"

"Mi tío no me estimaba, era poco afable y demasiado económico; decía que sus múltiples negocios le impedían pensar en mi educación."

"Posteriormente supe que sus inclinaciones por el partido realista le obligaban á tratarme mal; no obstante, me dió el pan de la caridad y no lo he olvidado."

"Su hija Carolina era una niña rubia, con tez de azucena y ojos cariñosos que iluminaban un semblante lleno de tranquila sencillez; las líneas armónicas y esculturales de su rostro, prometían que llegada la juventud sería una belleza de primer orden."

"Sólo ella, que guardaba en su alma un tesoro de inocencia y de dulzura, condolida de mi orfandad inmensa, sostenía mis abatimientos y calmaba mis pesares cuando la permitían estar conmigo."

"Yo por mi parte, poseído siempre de una vaga tristeza, huía de su presencia como avergonzado por la situación en que la suerte me había puesto."

IX.

"Al cabo de dos años devolvieron á mi madre su libertad, y sus bienes muy menoscabados, quedando perdidos los que pertenecían á mi padre."

"Cuando fué á sacarme de la casa de mi tío, corrí hacía ella sintiendo una mezcla indefinible de dolor y de alegría y la abracé llorando."

"Su frente se había marchitado, su cabellera estaba encanecida, me veía con tristeza y caminaba lentamente como cansada de sufrir, pero no pronunciaba una queja contra sus verdugos."

"Como las rentas que le habían quedado aun eran cuantiosas, le permitieron desde luego, continuar sus obras de caridad y proporcionar á su hijo los maestros que necesitaba."