Nota del Transcriptor:
Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.
Errores obvios de imprenta han sido corregidos.
Páginas en blanco han sido eliminadas.
La portada fue diseñada por el transcriptor y se considera dominio público.

HISTORIA
DE
LA DECADENCIA DE ESPAÑA

desde el advenimiento de Felipe III al Trono

HASTA LA MUERTE DE CARLOS II

Don Federico de Madrazo pintó, Kaulak reprodujo

EL RETRATO DE CÁNOVAS

POR MADRAZO

Deseando avalorar la presente reimpresión, publicamos el retrato, verdaderamente magistral, de Cánovas, que empezó á dibujar el eminente pintor don Federico de Madrazo; pues aun no siendo, como no es, sino un ligero esbozo, hecho á dos tintas, resulta, sin disputa, el mejor, más parecido y más completo de todos los del autor, por reproducir y contener, no sólo sus más genuinos rasgos fisionómicos, sino la expresión completa de su espíritu y de su carácter.

El original, de tamaño natural, lo posee y conserva como preciada reliquia el único hermano sobreviviente de Cánovas, y, con el tiempo, pasará, en calidad de donativo, al Museo Moderno.

HISTORIA

DE

LA DECADENCIA DE ESPAÑA

desde el advenimiento de Felipe III al Trono

HASTA LA MUERTE DE CARLOS II

POR EL EXCMO. SEÑOR

D. Antonio Cánovas del Castillo

Director de la Real Academia de la Historia, individuo de número de la Española, de la de Bellas Artes de San Fernando, de la de Ciencias Morales y Políticas, etc., etc., etc.

CABALLERO DE LA INSIGNE ORDEN DEL TOISÓN DE ORO

SEGUNDA EDICIÓN, CON PRÓLOGO

DEL EXCMO. SEÑOR

D. JUAN PÉREZ DE GUZMÁN Y GALLO

de la Real Academia de la Historia,
CABALLERO GRAN CRUZ DEL MÉRITO MILITAR

MADRID
LIBRERÍA GUTENBERG DE JOSÉ RUIZ, EDITOR
Plaza de Santa Ana, 13

1910

Madrid.—Imprenta de Fortanet, Libertad, 29.—Teléf.º 991.

Al Excmo. é Ilmo. Señor
D. Serafín Estébanez Calderón,

Caballero Gran Cruz de la Real Orden Americana de Isabel la Católica, Comendador de la Real y distinguida de Carlos III, Académico de número de la Real Academia de la Historia, condecorado con la cruz de San Fernando de primera clase y otras varias de distinción, Ministro togado del Tribunal Supremo de Guerra y Marina, Senador del Reino, etc.

Dedicar á Ud. la primera obra de alguna importancia que lleve mi nombre es en mí obligación de tal naturaleza, que, con desconocerla, daría sobrada ocasión á la censura de los buenos. No parece que cumpla dedicándole la presente, porque es tal que más consigue con eso autorizarse que declarar mi agradecimiento. Pero todo se remediará con que usted ponga á cuenta de lo pequeño de la obra lo grande de la voluntad mía; de ella por encarecimiento basta decir que es tanta cuanta me cumple para que se iguale con mi obligación. Débole á Ud. los principios, que será deberle los fines; débole cariño de padre más bien que no de deudo; débole el tal cual acierto que haya en mi estilo, si lo hay, ó si no harta lección y enseñanza para que lo hubiese, pues sólo ha de achacarse á mi torpeza la falta. Y singularmente he de confesar por de Ud. el amor á las cosas de España que en mí hay, fruto de sus palabras y ejemplos, y que, después de haber llenado mi fantasía de ilusiones dulcísimas durante los primeros años, aguardo que me acompañe y aliente por todos los de mi vida. Tales cosas no exigen menor paga que eterno agradecimiento, y bien puede servir en muestra del mío el que haya aguardado para decirlo tan pública ocasión como esta, porque los tramposos y escatimadores de beneficios antes los reconocen en tiempo y lugar donde puedan ser lisonja que dañe y lastime que no donde puedan ser cimiento de irrevocables deberes. Acepte, pues, la ofrenda esta, aunque tan humilde, y apúntela en la cuenta de la gratitud, que es cuenta que nunca se cierra en el concepto de su afectuoso sobrino

Antonio Cánovas del Castillo

EL PRIMER LIBRO HISTÓRICO

DEL

Excmo. Sr. D. Antonio Cánovas del Castillo

I

Cábeme el honor, que ha de constituir línea de relieve en las obscuras efemérides de mi vida, de ser el primero, que, lisonjeado por el bondadoso encargo de sus más amantes deudos, logra poner su pluma al frente del primer libro que, después de su muerte, se reimprime de la inmensa y exquisita labor histórica de aquel insigne publicista, hombre de Estado y altísima y universal inteligencia, que llenó, con los frutos sazonados de ésta y con los actos ejecutivos de su política y poder, más de la mitad del siglo antecedente en España, y que dejó ilustrado con lauros inmortales á la admiración de la posteridad el encumbrado nombre de D. Antonio Cánovas del Castillo.

Reconozco la inferioridad de medios en que me hallo, para acometer una empresa como esta, y que á algunos parecerá superflua, tratándose del hombre insigne de que se trata. Pero aquel de sus deudos más próximos, que sin atreverme á apellidar el más predilecto entre los suyos y que hasta en el nombre con él más se identifica, obedeciendo á altas consideraciones que el amor á su memoria le ha sugerido, y queriendo rendir este tributo de su afecto inextinguible, de su respeto reverente y de su admiración más entusiasta al que, sin dejar á los suyos más timbres nobiliarios que su apellido glorioso, después de haber sido por tanto tiempo el restaurador del Trono y de la dinastía, la columna de la Regencia en la casi orfandad de la Corona, el árbitro de los destinos de la Nación, el encumbrador de tantos otros y el objeto preclaro de la admiración de todo el mundo, el Excmo. Sr. D. Antonio Cánovas del Castillo y Vallejo, que une á los títulos de su elevada cuna y familia, el honor de los laureles del arte, me hizo la honra de acudir á mi amistad á comunicarme sus pensamientos y á invitarme á la asociación de su obra; y yo, que sin ser tampoco de los agraciados con los favores de la fortuna en los tiempos que tantos los alcanzaron, y que bajo todas las vicisitudes de mi laboriosa carrera profesé incondicionalmente la misma admiración, los mismos afectos hacia aquel hombre que en todas mis producciones políticas apellidé sin duelo monstruo de la naturaleza, y puse en la misma elevada jerarquía en los destinos de España, que en sus respectivos países alcanzaron Cavour en Italia, Thiers en Francia, Deak en Hungría, Bismarsk en Prusia y Disraeli en Inglaterra, no vacilé en aprovechar disposición tan ingenua para arrojar todavía mi última corona sobre la tierra que envuelve la sombra, acaso por muchos de sus más favorecidos ya olvidada, de aquel hombre que simboliza con su hermosa representación toda su época en España y fuera de ella, y que ocupará en la Historia de la Patria el lugar sublime de todos los que en el campo de la acción contribuyeron á sus grandezas y á su gloria.

El Sr. Cánovas del Castillo y Vallejo, el editor espléndido y el impulsor de esta obra en honor del que llevó hasta el nombre, que de él recibió en la pila del bautismo, y á quien, más que en los puestos de su abandonada carrera política, le impulsó hacia las gustosas inclinaciones del arte y del trabajo, que hoy constituyen su mayor satisfacción y su orgullo, me decía:—«Mi tío no vinculó la propiedad de ninguna de sus obras literarias á la parca fortuna que disfrutaba. Todas son del público dominio y cualquiera editor lícitamente puede reproducir las que quiera, atendiendo á su legítima especulación, no al honor y al nombre del que las produjo. La Historia de la decadencia de España desde el advenimiento de Felipe III al trono hasta la muerte de Carlos II, fué el primer libro histórico serio que salió de su pluma y entregó á la publicación, cuando el hervor de la sangre juvenil encendía las ideas que después templaron el curso de la vida, la colosal profundidad de sus estudios posteriores y la experiencia personal en los arcanos de los oficios del Estado y de las imposiciones de la vida pública; y aunque ninguna, como ésta, entre sus obras, rebosa aquella frescura de imaginación y de ideas, aquel vigor de concepción y de crítica, aquel desenfado y libertad de expresión con que la Historia de la decadencia está escrita, cuando operada en el yunque de los sucesos y de los estudios la gran evolución de su espíritu, que le condujo á sus puestos eminentes y á sus más grandes producciones literarias, entregó á éstas toda la honrada sinceridad de su alma, ansió recoger é inutilizar los ejemplares de aquella obra ingenua de su juventud, y corregir en parte ó tachar por capítulos enteros el pristino ejemplar que él conservaba. Aun no pareciéndole esto bastante, después de rectificarse á sí propio en aquel Bosquejo histórico de la casa de Austria, que escribió como un avance á la obra fundamental que tenía proyectada sobre todo el brillante período de los dos siglos que sobre el trono que ocuparon con gloria inmarcesible los Reyes Católicos D. Fernando de Aragón y Doña Isabel de Castilla tuvieron asiento los Reyes de la dinastía austriaca; en todos sus trabajos especiales, y más que en ningún otro, en el que tituló Estudios del reinado de Felipe IV, puso total empeño en desautorizar muchas de las ideas, conceptos y juicios vertidos en la Historia de la decadencia, la cual tal vez hubiera quedado enteramente anulada en el largo catálogo de su vasta labor intelectual, si Dios le hubiera concedido vida para llevar á cabo la que tenía dispuesta y preparada con un lujo de documentación y una profusión bibliográfica, que ni antes ningún otro escritor, ni en lo porvenir probablemente ningún otro artífice de nuestra Historia nacional, logrará reunir y organizar, al modo que él la había reunido y organizado en su ya desgraciadamente deshecha Biblioteca. Después de estos avisos del propio autor, una reproducción de la Historia de la decadencia hecha por cualquier editor especulador, sin una nota, sin un prólogo, sin algo que encierre el pensamiento correctivo y la voluntad resuelta que aquel tenía en la profunda rectificación que aquella obra merecía y reclamaba, no podrá ser impedida por nuestra parte y no será, para los que la adquieran y lean, la posesión del juicio histórico de D. Antonio Cánovas del Castillo sobre una época, á la que, por haber sido la más gloriosa y la más crítica de nuestra Historia, él consagró la preferencia de sus estudios en toda la intensidad de que eran capaces sus grandes disposiciones naturales: y los conceptos que de su lectura se formen y los testimonios que de sus textos puedan deducirse, no encarnarán ciertamente ni su pensamiento verdadero, ni su completa veracidad. Ante este temor y esta perspectiva, yo, que tanto le amé en vida y tanto le venero en su recuerdo, quiero adelantarme, quiero reproducir la obra en toda su integridad, como se halla en el ejemplar que él tenía para sí y yo conservo, y quiero que usted me ayude á llevar á la conciencia del lector lo que, en definitiva, su propio autor pensaba de ella, y la preparación que tenía hecha para rectificarla de una manera fundamental.»

No era posible renunciar á honor tan distinguido, aun reconociéndome sin fuerzas adecuadas á la magnitud de lo que se me proponía, tratándose, como se trataba, de una labor literaria de quien tan alto tenía colocado su nombre en el mundo, como historiador y como hombre de Estado. Pero si era demasiado para mis fuerzas atreverme á lanzar sobre ella juicios, que solo he de fundamentar en declaraciones testimoniales de su mismo autor, en cambio la Historia de la decadencia que para sus más celosos deudos se prestaba á estos respetabilísimos temores, tiene un lado de adquirido y legítimo aplauso en su mera tentativa en el tiempo en que se escribió, y este será el punto preferente de las líneas que aquí escribo, después de dejar consignado el tributo de mi reconocimiento á los que han querido distinguirme con esta honorífica preferencia.

II

Cuando en el primer tercio del siglo último apareció póstuma la Historia de la dominación de los árabes en España de nuestro laborioso D. Juan Antonio Conde, un escritor italiano, que á par de Botta, La Farina y Balbo, precedió á Cantú, dió simultáneamente á las prensas de Milán y Nápoles una Storia generale della Storia, el Sr. Gabriele Rosa, en la que á sí mismo felicitábase, escribiendo con ocasión de la publicación de aquella obra española: «La storia sembra rivivere in Spagna col secolo XIX. Era molto tempo che non ci accadeva incontrare un scrittore grave di storia in quella terra, che gareggiò coll'Italia pel primato storico dal 1500 al 1600»[1]. Indudablemente la Historia de Conde, aunque los estudios orientales posteriores hallen en ella muchas deficiencias y muchos errores, que no invalidan, sin embargo, el mérito de su gallarda tentativa, merecía justamente el aplauso y la exhortación que á la par argüía la juiciosa crítica del imparcial escritor italiano. Los historiadores de España que abrieron al campo científico de esta parte de la literatura un horizonte tan amplio como el que en la península hermana magnificaban los florentinos Nicolás Maquiavello y Francisco Guicciardini y el Obispo de Nocera, Paulo Jovio, con nuestro Gonzalo Fernández de Oviedo, con nuestro Juan Ginés de Sepúlveda, con nuestros Florián de Ocampo, Ambrosio de Morales, Jerónimo de Zurita y Esteban de Garibay, y el más insigne de todos Juan de Mariana, cualesquiera que fuesen las obras aisladas y peregrinas que de vez en cuando produjera originalmente nuestra Minerva castellana más adelante, desde la muerte de Felipe II, habían sufrido tan gran eclipse, que al cabo de dos siglos bien podía arrancar de la pluma del Sr. Gabriele Rosa la frase que queda estampada arriba la aparición de un libro de tendencias tan especiales, como no se había intentado todavía otro en Europa, en medio de los estudios preparatorios con que la erudición por un lado, la teoría histórica por otro y la asociación de todas las ciencias auxiliares, en definitiva, venían en todo este espacio de tiempo fertilizando el campo común del conocimiento de los hechos humanos, así generales, como particulares.

Desde el comienzo del siglo xvii España pareció disgregarse de todo el gran movimiento. Ampliando los términos de la crónica y la razón teológica, ya por aquel tiempo Grocio, en Holanda, señalaba un progreso considerable hacia la humanidad en las tradiciones históricas y en las ciencias sociales con su nueva organización dada al derecho común de gentes; Hobbes, en Inglaterra, en virtud de sus principios filosóficos y confesionales, afirmaba el espíritu de independencia en la crítica histórica; Strada, en Italia, generalizaba al interés de toda Europa los movimientos insurgentes de Holanda y los Países Bajos, y Bollando aportaba hasta los hechos menudos á la gran razón de los hechos generales; mientras en nuestra Península, después que Cabrera de Córdoba cerró el gran reinado de Felipe II y fray Prudencio de Sandoval hizo la síntesis del Emperador-Rey Carlos V, los que se erigieron en narradores de los sucesos del reinado de Felipe III y Felipe IV[2], ya dejáronse inocular en el deletéreo virus de las pasiones políticas, interiores y rivales, que derrocan y han derrocado siempre la unidad moral en que descansa el poder de los más grandes imperios y empequeñece el espíritu con que el caballero Gabriel Rosa, representó á los españoles compartiendo de 1500 á 1600 el magisterio de la Historia por todo el continente, enflaqueciendo á par la potencia universal de la nación, y haciéndola tocar los últimos términos de su decadencia al poner Carlos II con el de su vida fin al siglo xvii.

En vano al ocurrir el cambio de dinastía, Ferreras, Belando y San Felipe quisieron reanimar la llama, que encendida desde lejanos siglos, todavía en la esfera de la historia, como arte, hicieron resplandecer por un momento Melo y Solís: sus obras no revelaron las extinguidas llamaradas del antiguo genio español; y aunque la vena fecunda de la erudición, por una parte, comenzó á formar sus grandes colecciones documentarias, y aunque la creación de las Academias aplicó, por otra, su poderosa palanca al estímulo de los estudios preferidos, para hacer esculpir en la conciencia de los pueblos que la Historia, como la Biblia, es el libro sagrado de las naciones; y aunque unos con la sanidad de su crítica, como Feijoo, y otros con el incansable afán en la exploración de las príxtinas fuentes, como Florez y Risco, emprendieron un trabajo eficacísimo de restauración, á que se asoció el Conde de Campomanes, disponiendo y preparando la moción fecunda para una inmediata y enérgica iniciativa, hasta que las influencias obstructoras que nos venían del lado allá de los Pirineos no empezaron á ser combatidas para extirpar las obsesiones de nuestros hombres de estudio, contrarrestándolas con los vientos de otros cuadrantes, no se alcanzó intentar siquiera los primeros ensayos que volvieran á ponernos en la corriente del movimiento general. Esto ocurrió cuando la expulsión de nuestros jesuítas del territorio nacional empujó aquellas falanges de hombres sabios y virtuosos hacia las diversas comarcas de Italia, donde al respirar un nuevo ambiente, surgieron nombres como el del Abate Juan Andrés, que, desde Mantua, se halló capaz de hacerse narrador y censor de toda literatura[3], y como el del Abate Juan Francisco Masdeu, que, proscrito en Roma (1781), se atrevió á reseñar una Historia crítica de España, dándole una forma distinta de la adoptada por sus antecesores y manifestando en ella las miras extensas y filosóficas que á la sazón en Inglaterra habían colocado tan alto los nombres de David Hume, Guillermo Robertson y Eduardo Gibbon. Dado el espíritu restaurador nacional que en España se había despertado desde el advenimiento de Carlos III al Trono, y que heredaron con todo su entusiasmo su sucesor el vilipendiado Carlos IV y todos sus ministros, no menos patriotas é ilustrados que los del anterior reinado, indudablemente la Historia crítica nacional se habría brillantemente inaugurado en nuestra nación desde el último tercio del siglo xviii, si la, para nuestros destinos é intereses, siempre fatídica Francia no hubiera venido á oprimir de nuevo el espíritu nacional, primero con su revolución odiosa y después con su odioso Napoleón.

La influencia de las nuevas ideas sugeridas por la revolución é inmediatamente después por las napoleónicas contuvieron en toda Europa el curso que los estudios históricos habían tomado en todo el siglo xviii; mas cuando á su vez sobrevino la reacción general contra Napoleón, atizada en la misma Francia por el Vizconde de Chateaubriand y José de Maistre, en Alemania por madama Staël y Federico Schlegel, en Italia por Hugo Fóscolo y Carlos Botta, á los que casi continuamente siguieron en Francia misma Agustín Thierry, Adolfo Thiers y Pedro Francisco Guizot desde 1823, en Inglaterra Tomás Carlyle, Tomás Macauly y Enrique Brougham, Jorge Niebürg en Dinamarca, Francisco Carlos de Savigny y Carlos Ritter, precursores Ranke, Schlosser y Mommsem en Alemania, Fétis en Bélgica y Washington Irving en la América del Norte, España que parecía anhelar su asociación á aquel movimiento, sólo aportó á él el nombre del ilustre Conde de Toreno, porque los escritores más insignes que se afanaban por destacarse de la masa calenturienta que de las luchas de la independencia se transportó en cuerpo y alma á las aún más apasionadas y candentes de las civiles y políticas, eternos y serviles enamorados de la erudición extranjera y hasta de la crítica interesada de los extranjeros sobre nuestra propia Historia, diéronse tristemente con el gran Lista á traducir á Segur, con el abate Muriel á Coxe, con Alcalá Galiano á Dunham, y en vez de Historias Nacionales, se lanzaron al estudio de las gentes multitud de obras extrañas que el más vulgar sentido serio de la religión de la patria debió rechazar abiertamente, para no abrir en la desorientada conciencia, hasta de la juventud de las aulas, las brechas ominosas de los errores generales, que todavía se hace tan difícil esclarecer y extirpar. Al aparecer, todavía en 1844, el primero de los ocho volúmenes de que consta la Historia de España desde los tiempos primitivos hasta la mayoría de la Reina Doña Isabel II, redactada y anotada con arreglo á la que escribió en inglés el Doctor Dunham por D. Antonio Alcalá Galiano, así en el prospecto como en la portada del libro, se ofreció la adición de una Reseña de los Historiadores españoles de más nota, por D. Juan Donoso Cortés, que fué después Marqués de Valdegamas, y un Discurso sobre la Historia de nuestra nación, por D. Francisco Martínez de la Rosa. Ni aquel aparato de bibliografía histórica nacional tan constantemente prometido, ni aquel discurso sintético de la Historia de la Nación, aparecieron nunca, á pesar de la respetabilidad incuestionable de los dos nombres con que la promesa se autorizaba. Verdad es, que tanto Donoso Cortés como Martínez de la Rosa, á haberse propuesto realizar lo que ofrecieron, tal vez no lo hubieran cumplido como al honor de nuestra Historia correspondía, pues ni la Bibliografía histórica de España en aquel tiempo, y ni aun ahora mismo, estaba suficientemente preparada para emprender tal obra, ni Martínez de la Rosa se hallaba en posesión de los vastos conocimientos necesarios para lanzarse á lo que á él le tocaba. En 1847 se demostró esto, pues al tomar posesión el 28 de Mayo de dicho año, de la silla que ocupó en la Real Academia de la Historia, en el discurso que leyó titulado Bosquejo histórico de la política de España en tiempo de la dinastía austriaca, á pesar de la vulgaridad de su crítica y de la total carencia de elevación en sus conceptos y de profundidad en la investigación, todas sus fuentes de inspiración fueron por él tomadas, pidiendo una colaboración repugnante á la erudición de los extraños, á Mignet y á Ranke, á Watson y Coxe, á Robertson y Dunham, lo que probaba la carencia de estudios propios de que adolecía y la insuficiencia de sus medios para intentar siquiera lo que había prometido tres años antes al traducir á Dunham Alcalá Galiano.

Con todo, ya por aquel tiempo, otra ola de influencia más fecunda había batido los términos de España, ya imitando iniciativas plausibles de otros países, ya coincidiendo con ellas y de propia inspiración. Desde el final del siglo xvii, Nicolás Antonio había demostrado la utilidad de los inventarios bibliográficos de la Minerva nacional, á que se habían añadido en el xviii los de la Biblioteca rabínica y los de la Biblioteca arábiga. Se habían formado al mismo tiempo colecciones valiosas de crónicas de la Edad Media, de Tratados y de Concilios; y aunque fué casi nulo el influjo de los que en la Historia, desde Herder (Ideen über die Philosophie und Geschichte der Menscheit; Idea de la filosofía de la historia de la humanidad), hasta Vico en su Scienza nuova y Bunsen en su Gott in der Geschichte: (Dios en la Historia), quisieron buscar mejor la filosofía de los hechos que la demostración de la verdad de los hechos mismos, pues Tapia que intentó una Historia de la Civilización de España[4], y Martínez de la Rosa, que trató de renovar su Bosquejo histórico de la política de España (Madrid, 1857), fracasaron en sus ensayos baladíes; sin embargo, la reacción de las reivindicaciones históricas se impuso hasta sobre los que todavía aleteaban traduciendo al castellano cualquier libro que sobre España apareciera en la producción histórica de otros países, y haciendo, tal vez en nuestra Península, la primera prueba de la originalidad, en 1836, el jefe del Archivo de la Corona de Aragón, D. Próspero de Bofarull y de Mascaró, al dar á las prensas de la Ciudad Condal Los Condes de Barcelona vindicados y cronología y genealogía de los Reyes de España, dotó su libro de tal copia de documentos concordados ó inéditos, que no pudo menos de llamar la atención de los sabios dentro y fuera de nuestro país.

Esta apelación á la restauración documental, á la vez prosperaba ó se emprendía ya por todas partes. Inglaterra, á la que toda economía científica debe tantos impulsos originales, había comenzado á publicar la vasta serie de su Calendar of State Pappiers. En 1835 empezó á aparecer en París, é impresa en su Imprenta Real, la hermosa Collection des documents inédites sur l'histoire de France. En Turín, en 1836, se fundó la Comissione Reale di Storia, y el mismo año, en Florencia, se inauguró por Giuseppe Molini la publicación de los Documenti di Storia italiana, copiati sugli originali è per le più autografi esistenti á Parigi, y en 1839 Eugenio Alberi dió á la estampa, en Florencia también, la primera serie de las Relazioni degli Ambassiatori venete al Senato, que alcanzó hasta 1855, á la que siguieron de 1856 á 1858 las de Nicoló Barazzi é Guglielmo Berchet, y de 1858 á 1860 las de Dominico Caruti sulla corte di Spagna. Entre tanto, el Archivio Storico Italiano, bajo la dirección de Francesco Palermo, editaba, en 1846, las Narrazioni é documenti sulla storia del Regno di Napoli del anno 1522 al 1667, y en 1857 aparecía en Milán la Racolta di cronisti é documenti storici lombardi inéditi, obras todas interesantes para los historiadores españoles.

Pero donde este movimiento tan útil para nuestros estudios históricos tomó más cuerpo fué en el seno de la Société de l'Histoire de Belgique, desde 1841. Rompió en dicho año la marcha el archivero general de dicho país Mr. Louis Gachard, con su Lettre á Messieurs les Questeurs de la Chambre de Representants sur le projet d'une collection de documents concernants, les anciennes assemblées nationales de la Belgique. De este meritorio objeto se encumbró á todas las particularidades salientes de la Historia moderna de su país, es decir, durante el tiempo que prosperó bajo la dominación española. Vino en 1843 á desenvolver en Simancas una documentación tan varia y tan extensa que espanta, y en 1847 ya daba fe de la fecundidad de sus trabajos, publicando en Bruselas la Correspondance de Guillaume le Taciturne, Prince d'Orange; y en 1848 la Correspondance de Philippe II sur les affaires des Pays Bas; y en 1850 la Correspondance du Duc d'Alba sur le invasion du Comte Louis de Nassau en Frise en 1568, et les batailles de Heyligerlie et de Gemmingen; y en 1853 la Correspondance d'Alexandre Farnese, Prince de Parma, avec Philippe II dans les années 1578 á 1581; y en 1855 las Relations des ambassadeurs venitiens sur Charles Quint et Philippe II; y en 1859 la Correspondance de Charles Quint et d'Adrien VI; y en 1867 la Correspondance de Marguerite d'Autriche, duchesse de Parma, avec Philippe II, etc., etc.

Se ha dicho que para iniciar tan vastos trabajos vino á España á visitar y explorar el Archivo Histórico de Simancas, en 1843, y hay necesidad de apuntar aquí qué papel este Archivo comenzó á desempeñar también en este movimiento que produjo el estímulo más activo en el de España desde la muerte del rey Fernando VII. Á nuestra Real Academia de la Historia pertenecen los primeros trabajos para recabar, como recabó de los poderes públicos, desde 1833 las exenciones que se le concedieron y con que comenzó su tenaz labor en pro de la resurrección de los estudios históricos patrios. Y ¡cosa notable! los primeros en aprovecharse de ella fueron los más distinguidos institutos de nuestro ejército, en los que se encendió la emulación más viva para explorar las grandezas de su historia respectiva. La primera Comisión militar que en 1843, en Simancas, se entregó á los estudios históricos de su cuerpo fué la de Ingenieros, y estuvo formada por D. José Aparicio y D. Luis Pascual García; en 1844 fué en persona el conde de Cleonard, D. Serafín María de Soto, á instruirse por sí y á sacar los elementos constitutivos de su Historia orgánica de las armas de Infantería y Caballería. En 1845 se presentó á los mismos fines, en Simancas, otra Comisión del Cuerpo de Artillería, compuesta de D. Mario de la Sala, D. Rafael Biedma y D. Ramón López de Arce. Siguió á ésta, en 1846, la de Infantería, de que formaban parte D. Serafín Estébanez Calderón y D. José Ferrer de Couto, teniendo por secretario de la misma al archivero del Ministerio de la Guerra D. Manuel Juan Diana. Por último, en 1850, trabajó allí con la misma fe la Comisión del arma de Caballería, presidida por el brigadier don Manuel Arizcun con D. Manuel Rodríguez Labrador y D. Antonio López Gijón, y en 1854 funcionó otra de Administración militar de que fué jefe D. Antonio de Silva Bellagín.

Ya la reputación de las riquezas históricas y documentarias de Simancas servían de poderoso acicate dentro y fuera de España para traer á las puertas de la antigua fortaleza castellana un número considerable de exploradores estudiosos. Entre los primeros que allí obtuvieron licencia para practicar sus estudios, se contaban D. Luis López Ballesteros y D. Pascual Gayangos, que trabajaron en sus salas en 1844; D. Miguel Salvá y D. Antonio Ferrer del Río, que allí estuvieron gran parte del año 1845; D. Pedro José Pidal, primer marqués de Pidal, en 1847, y otros hombres ilustres del renacimiento histórico que vinieron después. De fuera de España llegaron príncipes como el duque de Aumale, y otros extranjeros distinguidísimos, entre los que se hicieron notar más el brasileño barón Adolfo de Varnhagen; el director del Real Archivo de Bolonia, Sr. Carlos Malagola; el ministro prusiano, barón Minutoli; el de Bélgica, conde Vanderstraten; Leva, profesor de Historia de la Universidad de Padua; el holandés Gustavo Bergenroth; el inglés, Mr. Samuel Rawson Gardiner; el presidente de la Comisión Real de la Historia de Bélgica, barón Kervyn de Lettenhave; el director de los Archivos de Varsovia, Adolfo Pawniski; el profesor del de Palermo, Isidoro Carnés; el de la Universidad de Burdeos, Mr. Combes, y una multitud de otros literatos distinguidos, de los que al cabo ha resultado la falange numerosa de entusiastas hispanistas que llenan el mundo con sus obras sobre hechos particulares de la Historia de España, singularmente durante el reinado de la dinastía austriaca. Por nuestra parte, en 1840, D. Miguel Salvá y el Marqués de Miraflores, fundaron la Colección de documentos inéditos para la Historia de España, y en 1847 en Cataluña, otro Bofarull, hijo del primero, D. Manuel de Bofarull y Sartorio, fundó también la Colección de documentos inéditos del Archivo de la Corona de Aragón, cuyas publicaciones fueron recibidas como verdaderas palancas para la promoción activa de los trabajos vindicatorios de nuestra Historia Nacional.

Mas entre tanto, al mediar el siglo xix en que apareció el libro histórico del entonces joven publicista D. Antonio Cánovas del Castillo, ¿cual era el estado verdadero de nuestra Minerva histórica?

III

Al proponerse en el año de 1854 el gerente de la Sociedad editora de la Biblioteca Universal, D. Ángel Fernández de los Ríos, publicar una Historia general de España, á fin de vulgarizar su conocimiento, no halló otra más adecuada al fin que perseguía, que la del P. Juan de Mariana. Mas no alcanzando esta más que hasta la muerte del rey D. Fernando de Aragón, llamado el Católico, á los principios del siglo xvi, para completarla hasta nuestros días, vióse en la necesidad de unir á aquélla la continuación que dejó escrita el P. Fr. José Manuel de Miñana, fraile trinitario valenciano, que vivió de 1671 á 1730, la cual solo abarcaba los reinados de aquella centuria, hasta el comienzo del reinado de Felipe III[5], confiando el resto del reinado de la dinastía austriaca al entonces joven batallador político, D. Antonio Cánovas del Castillo, que acababa de dejar la dirección de un periódico de partido que se tituló La Patria, órgano de aquellos moderados, avanzados y disidentes, á quienes se dió el apellido de los puritanos y que á la sazón se hallaban comprometidos en la trama revolucionaria que estalló en Julio de aquel mismo año; así como la del reinado de los Borbones de la Casa de Francia, á este mismo escritor y á su amigo y condiscípulo Don Joaquín Maldonado Macanaz. Otra obra histórica existía desde 1817, que basada en la reproducción también de la siempre clásica del P. Juan de Mariana, había sido proseguida, ilustrada y añadida con notas críticas y tablas cronológicas que alcanzaban hasta la muerte del Carlos III, y que llevaba en su portada el título de Historia general de España, compuesta, enmendada y añadida por el P. Juan de Mariana, de la Compañía de Jesús: ilustrada con notas históricas y críticas y nuevas tablas cronológicas desde los tiempos más antiguos hasta la muerte del Sr. Rey D. Carlos III, por el Dr. D. José Sabau y Blanco, Canónigo de San Isidro (Madrid, 1817.—Imprenta de D. Lorenzo Núñez). Pero ni al editor, ni á sus colaboradores pareció esta bien, sobre todo, porque en las notas bibliográficas que Sabau puso al final de cada uno de los períodos en que la dividió, desgraciadamente, resaltaba que toda, ó casi toda su erudición histórica se fundaba en el concurso de la erudición ó consulta de libros extranjeros. Limitándonos á los tres reinados de Felipe III, Felipe IV y Carlos II, que son los que constituían el período austriaco de que se encargó Cánovas del Castillo, los textos y autoridades de que Sabau se había servido para formar sus Tablas cronológicas fueron, Gabriel Chapuis, Camboers, Greinstons, Leonard, La Neuvil y Leclere para el primero; St Creux, La Cled, Burnet, Montglat, Ramsay y Vertot para el segundo, y Riencourt, Brandt, Basnarg, Jenquières, Lamberti y Abrigny para el último, y como la mayor parte de estos autores eran, ó desconocidos, ó poco popularizados en España, entre el corto número de los eruditos de entonces, cupo la sospecha de que la obra total que Sabau daba por original y consecutiva de la de Mariana, no era otra cosa sino una mera traducción francesa disfrazada.

En realidad, el nuevo movimiento documental ó de archivo al empezar el año de 1854 era todavía bastante incipiente para que sus frutos pudieran derramar una nueva luz sobre los escritores españoles; y aunque D. Modesto Lafuente había tenido la plausible arrogancia de intentar desde 1850 una nueva Historia general de España, desde los tiempos más remotos hasta nuestros días, la empresa que acometió, y en diez y siete años llevó á termino con impertérrita perseverancia, buena intención y no escaso estudio, estaba muy á sus principios para que dejara de ofrecer interés y oportunidad la que la casa editorial de la Biblioteca Universal había empezado á dar á luz y para la que había querido contar como colaborador con uno de los jóvenes, que en pocos años, desde que residía en Madrid, había universalmente conquistado una reputación de docto y brillante escritor, temprano anuncio de lo que en el desarrollo de su vida, siempre activa, había de llegar á ser en el palenque de la inteligencia y en las supremas posiciones de la política.

Tenía D. Antonio Cánovas del Castillo veintiséis años de edad cuando publicó como continuación de las obras de Mariana y Miñana, su Historia de la decadencia de España, desde el advenimiento de Felipe III al trono, hasta la muerte de Carlos II. Nacido y educado en Málaga, en 8 de Febrero de 1828, de diez y seis, en el de 1844, vino á Madrid, huérfano de padre, á la continuación de sus estudios bajo los auspicios de su próximo pariente, el escritor distinguidísimo D. Serafín Estébanez Calderón. No tomó de éste ninguna de sus aficiones, aunque las encarnó todas, porque en tan temprana edad ya constituían todas ellas la ambiciosa inclinación de su espíritu. Estudió en las Academias de San Isidro con Castelar, con Martos, con otros que también llegaron á ser hombres insignes, y entre todos sostuvo siempre la noble emulación de la superioridad en todas sus facultades. De diez y nueve años se inició en los ensayos de la publicidad de sus precoces producciones literarias en periódicos literarios, afamados, como el Semanario Pintoresco Español y El Conservador, que tenía por únicos redactores á D. Joaquín Francisco Pacheco, D. Antonio de los Ríos y Rosas, D. Nicomedes Pastor Díaz y D. Francisco de Cárdenas. Y cuando en 1849, teniendo Cánovas veintiún años, fundó Pacheco con el mismo Ríos y Rosas, con D. Antonio Benavides y D. Fermín Gonzalo Morón, el periódico político La Patria, dirigido á hacer la campaña de la fracción de los llamados puritanos hacia la revolución de 1854, juntos entraron á colaborar en él como sus más jóvenes redactores D. Eulogio Florentino Sanz y D. Antonio Cánovas del Castillo. ¡Quién se había de figurar que un año después, al cumplir este último veintidós de edad, había de ser designado por aquellos publicistas tan esclarecidos para sustituir á Pacheco, nada menos que en la dirección política de aquella publicación!

El trabajo periodístico desgasta aceleradamente las facultades é impide la ampliación de los estudios profundos, pues no sólo el tiempo material que en él se emplea no deja vacancia para nada, sino que á la vez enajena el espíritu, cautivándole en una de las pasiones más vehementes que ciegan el corazón del hombre: la pasión política; mas si La Patria fué para el joven Cánovas del Castillo escuela absorbente de esta pasión que le había de acompañar ya toda la vida, la vida reducida á dos únicos años que aquel periódico disfrutó bajo su dirección, hasta 1852, no coartó la inclinación poderosa del novel periodista á la instrucción y al estudio. Acaso en él, el periodismo fué un acicate á su sistematización, porque desde que se empeñó en sus luchas, refrenando sus preferencias primeras á la poesía, al teatro, á las obras de imaginación, le empujó al palenque de la historia, la maestra suprema de la vida, en la cual los entendimientos políticos se adelgazan y avaloran, abriéndoles el horizonte del mundo de la realidad y de la experiencia en que toda la vida han de girar. Término crítico del paso de unas inclinaciones á otras, luego que La Patria dejó de publicarse en 1852, fué su expedición á las montañas aragonesas, so pretexto de la visita á un amigo de la infancia, y su concepción allí de su primera obra seria literaria La campana de Huesca, en la que, dejando á la imaginación correr por el campo romántico de la novela de entonces, comenzó á sentir el freno poderoso de la Historia. En esta obra se desplegaron instintivamente ya en él, cada una de las tres grandes facultades en que durante todo el curso de su vida había de dar empleo á la continua ebullición de su inteligencia calenturienta: la amena literatura, la austera historia, la batalladora política. Las tres pasiones á la vez le inundaban ya el alma, desde las discusiones académicas de las aulas de San Isidro, desde las conversaciones románticas de los amigos jóvenes del Café de la Esmeralda, desde las ardientes lides de su primer ensayo del periodismo, desde el cual tan temprano empezó á ocupar puesto en las maquinaciones secretas de los hombres de partido que tan pronto se agitaban en las intrigas de corte ó en las conjuras de club, como se preparaban para la acción del Gobierno y las iniciativas de la legislación. ¿Qué era, pues, en este punto, á los veintiséis años de edad Cánovas del Castillo?

¿Un literato? ¿Un periodista? ¿Un hombre político? Nada definida é individualmente, y todo en conjunto. Era periodista apasionado, que se ponía á escribir una historia con las ideas de partido de que se hallaba ya llena su alma; un historiador de episodios de antiguos tiempos, que con la imaginación exaltada trataba de convertir en novela; un joven de acción, que en las reuniones de sus antiguos maestros del periodismo tomaba parte en sus planes, se brindaba á secundarlos y apoyarlos, y caminaba con ellos hacia una revolución, como se camina en compañía de buenos amigos á los deleites de una romería. En esta edad y en esta situación de mente y de espíritu emprendió en las vísperas de la revolución de 1854 el joven Cánovas del Castillo la Historia de la decadencia de España, desde el advenimiento de Felipe III al trono, hasta la muerte de Carlos II.

Con solo echar una ojeada á las Cuatro palabras que encabezan la obra de entonces del autor, se profundizan bien cuáles eran, en realidad y substancia, sus intenciones bajo el aspecto general y ulterior de su trabajo.—«Hemos querido, dice, llenar en algo un vacío que se nota en nuestra Historia, y es la descripción de nuestra decadencia, no menos notable, no menos grande ni menos digna de estudio que la romana. Que no lo hemos conseguido ya lo sabemos; pero puestos á la obra, debíamos hacer de nuestra parte todo lo posible por conseguirlo. Nuestra decadencia no sólo no está narrada hasta ahora sino que está ignorada, obscurecida, envuelta en falsedades y calumnias de extranjeros y nacionales; de aquéllos, como autores; de éstos, como imitadores ó copistas. Sabau y Blanco hizo no más que recoger noticias de libros extranjeros sin crítica, sin examen, con notoria precipitación é injusticia y con manifiestos y continuos errores. Á este han seguido después los más de los escritores nacionales. Los que mejor explican nuestra decadencia son los dos extranjeros: Ranke y Weiss; pero ni uno ni otro quisieron hacer historias sino más bien disertaciones, y además, aunque ambos imparcialísimos, no son, al cabo, españoles, y su crítica no puede siempre ser aceptada. Algo de esto puede decirse también de nuestro buen amigo D. Adolfo de Castro, que ha escrito sobre la decadencia de España, sin pretender hacer una Historia. De todo esto nace el grande amor con que miramos la primera parte de nuestra tarea y al extendernos más en ella de lo que, al parecer, exigía la buena proporción del libro. Y al propio tiempo hemos procurado beber siempre en fuentes originales y españolas; para ello no hemos perdonado medio en el poco espacio de que hemos podido disponer. Los juicios, buenos ó malos, son nuestros siempre; los hechos los hemos tomado donde hemos podido hallarlos. No nos hemos fiado casi nunca de las versiones extranjeras, porque, ante todo, hemos querido hacer un libro español y para España, que era lo que hacía falta.»—Como se ve, la suprema aspiración del joven Cánovas del Castillo, al escribir la Historia de la decadencia, se concretaba: «primero, á llenar un vacío que, desde el siglo xvii, como antes se ha apuntado, existía en España; segundo, á rectificar los errores en que habían incurrido los que antes, nacionales ó extranjeros, se habían propuesto la misma empresa, no recibiendo para ello más inspiración que la de las fuentes originales y españolas; tercero, á hacer un libro enteramente español y para España.» Ahora bien, ¿cumplió el joven Cánovas todo lo que se prometió? ¿Pudo cumplirlo?

IV

Al avance de los años y al avance de su encumbrada carrera, el libro de la primera edad, Historia de la decadencia de España, en vez de caer en absoluto olvido, como caen siempre los primeros defectuosos ensayos de toda labor humana, trató de despertarlo la emulación política, cuando el joven estudioso y apasionado de 1854 había alcanzado con su constante esfuerzo la plenitud de sus facultades todas, la absoluta posesión de sí mismo en sus ideas y en su conducta, la lenta y acabada instrucción que sólo se alcanza en virtud de una labor continua y de una reflexión intensa y el magisterio supremo con que la experiencia perfecciona y hace más reverberantes las llamaradas del genio. El mismo autor de la Historia de la decadencia, dilatados los horizontes de su crítica con la vasta extensión de sus estudios, y después de haber intentado esclarecer algunos puntos particulares de aquel mismo período de tiempo á que él había aplicado las primeras atenciones de su inteligencia, se reconcentró en sí mismo, y catorce años después de la publicación de aquella obra, con motivo de la aparición de un Diccionario de Administración y Derecho, que comenzaron á dar á luz en 1868 los laboriosos jurisconsultos D. Estanislao Suárez Inclán y D. Francisco Barca, con el título de Austria (Casa de), facilitóles para su inserción un breve Bosquejo histórico de la Casa de Austria, que, aun no siendo más que el segundo avance para la labor de más dilatado aliento que se reservaba para tiempos para él más sosegados y en que pensó siempre con un amor infinito, no sólo presentaba un cuadro casi completo y todo nuevo de aquellos dos siglos del reinado de aquella dinastía que engrandeció el nombre y el poder de España, como jamás este antiguo imperio se había hecho pesar en el mundo, y como probablemente nunca más podrá hacerse sentir, sino que siendo en conjunto y en detalle una completa rectificación de cuanto hasta entonces se había escrito sobre tan memorable época de la supremacía española, así por escritores extranjeros como nacionales, implicaba una rectificación aún más precisa de sí mismo, corrigiendo fundamentalmente todos los errores de hechos, de conceptos y de críticas en que, á causa de su juventud é inexperiencia, de las pasiones políticas de que en 1854 estaban apoderadas de su alma y de la falta de la documentación copiosa, que hasta muchos años después, su constancia no logró reunir y consultar, la Historia de la decadencia había abundado, y que señalados por él mismo poco después, eran rebuscados por los adversarios que la altura de las posiciones que alcanzó le produjeron, á fin de recriminarle con el enconado rencor, que es la musa perpetuamente inspiradora de la bacanal de la política.

Aunque las leales rectificaciones del Bosquejo histórico de la Casa de Austria, publicado en 1868, debieran haber bastado para ser admitidas en buena cuenta por los hombres de reflexión y de estudio, como, en efecto, lo fueron, todavía la rectitud del señor Cánovas del Castillo le estrechó á insistir en la fe plena de su sinceración, y cuando en 1888, haciendo otro avance sobre sus propósitos definitivos que la muerte atajó, dió á la estampa en la Colección de Autores Castellanos sus dos volúmenes de Estudios del reinado de Felipe IV, se apresuró á decir más abiertamente á sus lectores:—«Va para veinte años que en un Diccionario general de Política y Administración, de que sólo se publicaron pocas entregas, di á luz un extenso artículo, que se encuadernó y distribuyó luego por separado, con el título de Bosquejo histórico de la Casa de Austria. Corto fué el número de ejemplares de esta obra; pero no tanto el de las personas que han deseado poseerlas después. Alabada de otra parte con exceso por un académico francés, y habiéndose comenzado á traducir y publicar espontáneamente por un escritor de la propia nación, hube al fin de pensar que no era acaso indigna de mayor publicidad que le había dado y de más esmerada atención que le presté hasta entonces. Puse, pues, cuanto pude en juego para que no continuase en Francia su publicación del modo que estaba, ofreciendo corregirla y acrecentarla primero que se tradujera y diera allí del todo á la imprenta, mientras que á los amigos que, por afición ó curiosidad me la pedían, les anunciaba una próxima y mejor edición. Este propósito no se ha cumplido todavía; pero espero en Dios que antes de mucho se ha de cumplir. No cabe intentar un resumen exacto y substancioso de tan larga é importante Historia, como la de la Casa de Austria en España, sin estudios preparatorios de mucha extensión que dejen detrás de sí más ó menos completas monografías de sucesos particulares, y eso me ha acontecido á mí precisamente con el Bosquejo histórico. Tuvo como base aquella obra una continuación mía de la Historia del P. Mariana, comenzada á escribir, por cierto, cuando no tenía concluídos mis estudios de leyes, é impresa con el ambicioso título de Historia de la decadencia de España: obra incompletísima, por fuerza, y salpicada de graves errores, nacidos de no haber ejecutado por mi cuenta investigaciones directas y formales, sujetándome á lo impreso ya por otros en cuanto á la exposición de los hechos. Pero como á estos corresponden los juicios, naturalmente, resultan también plagadas dichas páginas de injusticias, que, no por ser comunes y andar todavía acreditadas, han empeñado menos mi conciencia en desvirtuarlas después, tanto y más, que son argumentos y razones, por medio de testimonios fehacientes, y en virtud de un examen mucho más atento y profundo de cosas y personas. Logré, sin embargo, la buena dicha de que, puestos aparte mis errores parciales é involuntarios, el concepto que en conjunto formé de la Historia de España durante los siglos xvi y xvii, ofrece el mismo que todavía abrigo, después de recoger harto mayor copia de datos, de muchísimo más trabajo empleado en depurar la verdad, y de la superior experiencia que por necesidad han tenido que darme los años y mi carrera misma, tan larga ya y accidentada. Mas aquel casual acierto no bastó, ni podía bastar á mi probidad de historiador, ya que comencé tan temprano un oficio, que me han permitido largo tiempo ejercitar bien poco las circunstancias. Natural era, pues, que en el Bosquejo histórico de la Casa de Austria aprovechase la ocasión, que esperaba y apetecía, para descargar mi conciencia, rectificando casi por completo los errores é injusticias esenciales que mi Historia de la decadencia encerraba. Quedaron, sin embargo, en pie algunos trozos de la mencionada obra, que pasaron á formar parte del Bosquejo, por hallarse libres de las manchas que quería borrar, sirviéndole, como acabo de decir, á mi nuevo trabajo de fecundamiento.» Á mayor abundamiento, el ejemplar de la Historia de la decadencia que el autor conservaba en su biblioteca desde que la dió á luz, y que en la actualidad la custodia como una reliquia su sobrino, el nuevo editor de esta obra, está lleno de anotaciones marginales, de correcciones de mayor ó menor importancia, y, sobre todo, tiene páginas enteras, pero muchas páginas, cruzadas de lápiz de arriba abajo, como tachadas íntegramente y á perpetuidad.

Se ha preguntado antes, y hay que contestar, á pesar de las explícitas manifestaciones del autor, á estas preguntas: ¿Cumplió el joven Cánovas al escribir y publicar en 1854 la Historia de la decadencia todo lo que se prometió en las cuatro palabras que le sirvieron de Introducción? ¿Hubiera podido cumplirlo?

En los párrafos que se han citado de la Introducción á los Estudios del reinado de Felipe IV, el mismo autor de la Historia de la decadencia con la mayor ingenuidad confiesa que cuando la escribía en 1854, antes de acabar su carrera de las leyes, los estudios de la Historia estaban entre nosotros tan descuidados, que ni existían originales y documentadas monografías completas de sucesos particulares, ni mucho menos colecciones de documentos copiados de las fuentes originarias entre nosotros de toda buena investigación. Él mismo no había practicado esas investigaciones directas y formales, que no se improvisan y que exigen que para hacerlas útiles y fértiles se las consagre mucho tiempo, mucha paciencia y mucha atención. Creyendo, como en el prólogo decía, haberse inspirado en libros que al parecer se habían ilustrado con buenos datos de los archivos nacionales, halló después que sus autores, en su mayor parte extranjeros, fundábanse en otros archivos para ellos, al parecer, nacionales, que no eran los de nuestra nación, y cuando más tarde tuvo ocasión de compulsar algunos de estos documentos citados como procedentes principalmente de Simancas, en Simancas adquirió, al par que el desengaño, la plena conciencia de la frecuencia de la falsificación, ó cuando menos de encontrarlos truncados, de manera, que al parecer testificaban lo contrario de lo que en realidad debían testificar. ¿Cómo con tales instrumentos había de poder cumplir lo que se había propuesto y deseaba más; esto es, hacer un libro español y para España, que era, según su opinión, y opinión muy acertada, lo que hacía falta? De defecto tan substancial, no podía menos de emanar otro no menos enorme, el de la falsedad de los juicios principalmente sobre los hechos particulares y sobre los personajes salientes de la acción directiva que se reflejaba en los sucesos. Cánovas, aun transcurridos más de treinta años, desde que apareció la Historia de la decadencia, hasta que se dieron á luz sus Estudios del reinado de Felipe IV, recababa el honor de no haberse equivocado, á pesar de tamañas deficiencias, en la crítica general del período de tiempo que en 1854 bosquejó, y cuyas tesis le sirvieron posteriormente de fundamento para su Bosquejo histórico de la Casa de Austria y aun para sus últimos Estudios sobre Felipe IV. Esto no sólo revela su gran intuición inicial como futuro historiador, sino que, á decir verdad, esto es lo que valorará siempre la Historia de la decadencia aun sobre las mismas condenaciones de su autor. Aunque su primera obra histórica estuviera únicamente reducida á la hermosa Introducción de que va precedida y al Epílogo que la cierra, resultaría siempre un trabajo del mayor interés para nuestra Historia. El espíritu esencialmente nacional que él quería que de su obra efluyese, efluye de sus juicios, en efecto, con toda la intensidad que impuso andando los años, sobre otros actos propios, cuando los sucesos accidentados de nuestras convulsiones políticas encarnaron en él el papel del gran restaurador de la Monarquía y de la Dinastía, el clausurador del largo litigio de nuestras reformas jurídicas, políticas y sociales y el conciliador potente de todos los intereses rivales por tanto tiempo en lucha y produciendo á la integridad, á la economía y al progreso del país tan hondos males. Su obra, además, tuvo otra importancia: la de despertar entre los hombres de inteligencia el dormido amor de las cosas propias posponiéndolas á las extranjeras, y la de haber iniciado los estudios de regeneración y vindicación de la Historia nacional tan maltrecha desde el fin del siglo XVI, y en cuya restauración habían fracasado hombres tan insignes como el Conde de Campomanes en el siglo XVIII y Tapia, Alcalá Galiano, Donoso Cortés y Martínez de la Rosa en el XIX.

Indudablemente ayudó á la acción de Cánovas á este respecto el estímulo que en España promovió el ejemplo de los extranjeros que de lejanas tierras vinieron á la consulta de nuestros archivos históricos, principalmente los italianos y belgas. Resuelto á profundizar la época más gloriosa que en la Historia ha alcanzado la Monarquía y el poder de España, su primer movimiento fué la acaparación de libros que constituyesen á la vez la Biblioteca especial del historiador y del hombre de Estado é inmediatamente la inspección personal de los Archivos Nacionales, públicos y privados, la revisión de los tesoros diplomáticos y la selección de las series que habían de contribuir al esclarecimiento general de los sucesos de España durante los siglos XVI y XVII, con la razón política que los motivaron, con la discusión jurídica que los debatió, y con los instrumentos armados que siempre resuelven los conflictos de la toga y del gabinete. No existe ya esa Biblioteca, cuyo conjunto solo, formaba la mayor aureola de un grande hombre de Estado y de Gobierno, y cuya dispersión constituye un crimen de lesa nación para los que, pudiendo, no la han evitado[6]. Más contrayéndonos á la obra inicial de los trabajos históricos de Cánovas, no podrá nunca dejarse de tener en cuenta qué edad tenía el autor cuando la escribió, en qué ambiente de pasiones políticas se influía ya su espíritu, como precoz colaborador de la revolución de 1854, que estalló poco después de la aparición de su obra, qué elementos de ilustración documental aún le ofrecía el atrasado movimiento en que en el curso de los estudios históricos en Europa, después de la reacción contra Napoleón, España aun se encontraba al mediar aquel siglo y la casi total falta de las monografías particulares que tanto ayudan á los trabajos de índole general. Cánovas, como también dejó anunciado en sus cuatro palabras preliminares, no quiso al recibir el encargo que desempeñó, someterse á una simple continuación cronológica de Mariana y Miñana. Su Historia de la decadencia, escrita con mayor libertad, constituyó una verdadera monografía, y singularizándose también en esto, invitaba á seguir su ejemplo al corto número de los que sentían inclinación á los estudios históricos, que en aquel tiempo solo se aprovechaban casi totalmente en el sentido anecdótico para nutrir las creaciones románticas de nuestro teatro renacido con Zorrilla, con Hartzenbuch, con García Gutiérrez y de la novela principiante con Espronceda, con Eguilaz, con Navarro Villoslada y con Fernández y González. Todos estos puntos de vista bajo los cuales hay que juzgar la primera de las obras históricas de Cánovas, la dan, en medio de sus defectos, una importancia considerable, sobre todo, si se tiene presente que, con la única excepción del Duque de San Miguel, que en 1844 ensayó una Historia de Felipe II y del primer Marqués de Pidal que en 1862 publicó la Historia de las alteraciones de Aragón, durante este mismo reinado, de la escuela histórica que con su Historia de la decadencia de España, fundó Cánovas á los veintiséis años de edad, en 1854, salieron después los Rosell, los Janer, los Galindo de Vera, los Manriques, los Barrantes, los Balaguer, los Llorente, los Fernández Guerra, los Fabié, los Fernández Duro, los Rada y Delgado, los Muñoz y Rivero y otros á quienes se deben muchos trabajos serios de renovación.

V

No puede tratarse de la primera obra histórica de Cánovas del Castillo, cuando tenía veintiséis años de edad, era estudiante de Derecho, esgrimía como periodista la pluma en La Patria, y entraba en las conjuraciones políticas que tenían por impulsores civiles á D. Joaquín Francisco Pacheco y militares al general don Leopoldo O Donnell, conde de Lucena, sin comparar su Historia de la decadencia de España con las obras que escribía, ó murió teniendo en proyecto, después de haber pasado largos años entre los libros de superior Minerva, en los Archivos, donde encontró las fuentes originales del desarrollo y verdad de los sucesos, y en su mayor parte, vírgenes de nuestra Historia, y en los altos puestos gubernativos del Estado, en la serena labor de las Academias, en las disputadas discusiones del Parlamento y, por último, en las supremas responsabilidades de la dirección y gobierno de la Monarquía. Todas las audacias del corazón y la mente virgen de la juventud, se templan con la batalla de los años, con las reflexiones del estudio, con la penetración profunda y práctica en los misterios de la alta política de gabinete y con el trato lleno de las exigencias de la moderación más insistente en las relaciones de la política exterior. En 1854, á pesar de todas sus disposiciones naturales, verdaderamente excepcionales, Cánovas del Castillo, abordando la Historia, no era más que un literato precoz y un brillante periodista: de historiador, no tenía sino una intuición suprema, la intuición del genio. Pero renuncie á escribir de Historia el que carezca de esta intuición lenta y segura del perfecto hombre de Estado. Cánovas, á pesar de la intuición suprema de su juventud y de su genio, no fué un historiador perfecto, con todas sus prendas personales y toda la vasta instrucción recibida, hasta que se hizo y fué ese hombre completo de Estado. Esta, sin excepciones, es una ley de la Naturaleza, tan inviolable como son todas las leyes naturales. Cuando la Historia estaba en su cuna, aun sin pretender convertir su observación en precepto, Polibio la consagró, siendo él mismo ejemplo de ella[7]. El había sido capitán y hombre de Estado de la liga aquea; él había viajado por Italia, por África, por España y por las Galias, y en Roma estuvo en íntima relación con los personajes más insignes de su tiempo. En estas expediciones para conocer mundo, estuvo en posición de poder confrontar las condiciones de muchos y diversos pueblos, penetrar el fondo de la política de cada uno y engalanarse con todo el esplendente ropaje de la cultura griega y romana. El se halló en medio de las ardientes luchas de los dos partidos políticos que se agitaban en Grecia, el democrático, que fomentado por Filipo y por Alejandro, y después por sus sucesores en Macedonia, alzóse con las masas populares, y el aristocrático que, después de la guerra de Pirro, imploraba socorros á Roma. Mas si en la Historia y su estudio fué en donde encontró las enseñanzas para poder cumplir los deberes de las posiciones que ocupó, hasta que en el manejo personal de los negocios de la política perfeccionó su genio, y osó tomar la pluma de historiador, con que ya le fué fácil adivinar que el porvenir inexorablemente era para Roma, donde en medio de las contiendas que destrozaban su patria, se desenvolvía poderosamente el concepto, el deseo y el poder para alcanzar aquel dominio universal, que al cabo logró absorber en el poder romano todos los poderes parciales que entre sí mismos se destruían. En la Historia de la decadencia, de Cánovas, no había más que crítica, porque no era más que una obra literaria, admirable como prodigio de precocidad; pero ninguna visión política. La visión política del porvenir, con el ejemplo y la enseñanza de la Historia pasada, comenzó á dibujarla en el Bosquejo histórico de la Casa de Austria; la amplió aún más en sus Estudios del reinado de Felipe IV, donde el hombre de Estado-historiador traspira por todas las líneas de la obra; asciende algunos grados más en el prólogo que, cuando murió, tenía preparado para la edición ya prevenida de las Memorias militares de D. Jaime Miguel de Guzmán Dávalos Spínola, marqués de la Mina, sobre las guerras de Cerdeña, Sicilia y Lombardía, durante los treinta y seis años primeros del siglo XVIII, y hubiera llegado á toda la intensidad de las Historias romanas del gran historiador y hombre de Estado Polibio Megalitano, si, como estaba en su pensamiento y como tenía dispuesto con acopio de material que en España ningún otro escritor anterior había logrado reunir tan vasto y tan ordenado, constituyendo su propia biblioteca, de no haberle sido interrumpida la existencia por el más abominable de los crímenes, se hubiese emancipado de la carga y el trabajo asiduo del Gobierno, descargándolo en el más instruído de sus discípulos, se hubiera aislado entre sus libros, sus documentos y la energía de su voluntad, y hubiera dado triunfal cima á aquélla Historia general del reinado de la Casa de Austria en España, desde los casamientos de los hijos augustos de los Reyes Católicos D. Fernando de Aragón y Doña Isabel de Castilla hasta la muerte de Carlos II, cuya empeñada labor él la veía como el término más puro de los triunfos y de la gloria de su vida. Para que su publicación fuese inmediata, ya bajo su dirección, había hecho fundar aquella empresa del Progreso Editorial, que en espléndidas monografías hábilmente distribuídas únicamente entre individuos de número de la Real Academia de la Historia, comenzó á dar á luz la Historia General de España, enteramente rectificada y nutrida de la ilustración de los documentos inéditos de nuestros Archivos nacionales, y en que tan brillante parte tomaron Menéndez y Pelayo, que se reservó describir las fuentes de la Historia y la introducción del cristianismo en España; Vilanova y Rada y Delgado, que estudiaban las revoluciones geológicas que han formado el suelo de la península ibérica; Coello, que emprendió su descripción geográfica; Fernández y González, que había de remontarse á la noción de los primeros pobladores históricos; Fernández Guerra é Hinojosa, á cuyo cargo quedó la Historia de España desde la invasión de los pueblos germánicos hasta la ruina de la monarquía visigótica; Codera, Riaño y Saavedra, que habían de abarcar toda la dominación árabe; Madrazo, que tomó para sí los principios de la reconquista; Colmeiro, que se limitó á los reinados de los Reyes de Castilla, Aragón, Navarra y Portugal, desde el de Alfonso VI hasta Alfonso XI de Castilla; Fabié y Catalina García, que proseguían con los de D. Pedro I hasta el fin del siglo xv; Fita, que se encargó de la historia de los judíos; Oliver, de la de los Reyes Católicos D. Fernando y Doña Isabel; Pujol, que eligió la de Felipe V de Borbón; Danvila, la de Carlos III, y Gómez de Arteche, la de Carlos IV y Fernando VII. En este reparto fué en el que Cánovas guardó para sí la Historia de la Casa de Austria en España, que había de ser el resumen de todos los estudios de su vida, y lo que es más, el programa de la resurrección del porvenir, con la que su mente, nutrida de la fe de la patria, sin cesar soñaba.

VI

Este progreso en la conciencia histórica del autor de la Historia de la decadencia, es uno de los fenómenos más dignos de estudio en la vida literaria y política de Cánovas del Castillo. Para poder formar su contraste en la sana balanza de la buena crítica, parece que providencialmente confluye la división de la época respectiva en que escribió cada una de las tres más importantes obras históricas que nos ha dejado: La Historia de la decadencia, el Bosquejo histórico de la Casa de Austria y los Estudios del reinado de Felipe IV. La primera es de su precoz juventud, de 1854, cuando no tenía veintiséis años, no había acabado su carrera del Derecho y era periodista batallador en las columnas de La Patria. El segundo, se publicó en 1869: es decir, á los cuarenta y un años de su edad, cuando ya había desempeñado cargos diplomáticos en Roma y superiores administrativos en el Ministerio de la Gobernación, llevaba largo embate en las contiendas del Parlamento, había sido ministro de la Corona, ocupaba sitiales en las Reales Academias, y había practicado estudios históricos de personal investigación en los Archivos públicos, como el Asalto y saco de los españoles en Roma[8], El barcho ó parque de Pavía; la Batalla de Rocroy[9], Las relaciones de España y Roma en el siglo xvi[10] en trabajos de Revistas, y en discursos académicos La dominación española en Italia[11], la Invasión de los moros africanos en nuestra Península[12] y otros semejantes. Por último, Los estudios del reinado de Felipe IV aparecieron en 1888, á los sesenta años de su edad, á los trece de haber hecho la restauración de la Monarquía y de la Dinastía en España, de ser el supremo director de la política española dentro y fuera de la nación, y de hallarse en el apogeo de su poder, de su saber y de su experiencia. En las tres obras históricas de 1854, de 1868 y de 1888, de necesidad se imponen, siendo unos mismos los grandes actores de los sucesos que relatan, la repetición del juicio, no sobre los hechos, sino sobre los personajes sobre quienes caía la responsabilidad del tiempo, del éxito y de la Historia. Nudo de toda la política de España durante el siglo de la decadencia, por toda la extensión del XVII mas que ningunos otros personajes, son evidentemente el rey Felipe IV y su gran ministro ó privado el Conde-Duque de Olivares, D. Gaspar de Guzmán. Ante estas dos figuras sólo desempeñan un papel secundario, las que las precedieron en el Trono ó en el Gobierno, Felipe III y el duque de Lerma, D. Francisco Gómez de Sandoval y Rojas, y las que le siguieron en análoga posición, la Reina Doña Mariana de Austria con el P. Neïdthard y D. Fernando de Valenzuela, primer marqués de Villasierra; Carlos II y D. Juan José de Austria, y sobre el fárrago de sus ministros circunstanciales, sus dos mujeres, á quienes sobre él y su Gobierno se atribuye una influencia determinante: Doña María Luisa de Orleans y Doña María Ana de Neoburg. Pues bien: ni el Felipe IV de la Historia de la decadencia es el Felipe IV del Bosquejo histórico, ni el Felipe IV de ésta y aquella obra el Felipe IV de los Estudios históricos. Todavía esta diferencia de apreciación, de juicio y de concepto se nota más en estas tres obras, cuando se trata del Conde-Duque de Olivares. De haberse escrito para las monografías de la Historia general de España, la que el Sr. Cánovas del Castillo se reservó, hubiera aún pronunciado el juicio definitivo sobre aquel Rey y aquel ministro, tan injusta é innoblemente vilipendiado durante tres siglos, habiendo sido este con su monarca, los únicos espíritus verdaderamente españoles que trabajaron cuanto pudieron por devolver á España su esplendor empañado y por conservar su prestigio, su supremacía y su poder: juicio definitivo que está aún por pronunciar, y que, muerto Cánovas del Castillo, la vista angustiada no alcanza á ver el espíritu suficientemente independiente é ilustrado que lo pueda consagrar.

Como Cánovas del Castillo fué siempre, desde su primera juventud, un hombre de buena fe, ni en esto, ni en otros extremos que más adelante él mismo condenó en sí mismo, siendo obra suya, no puede culpársele más que de haber extremado en la Historia de la decadencia, tal vez la nota adversa bajo la presión que en su espíritu juvenil ejercían las ideas con que se aprontaba á colaborar ciegamente en una próxima revolución. Pero considerando atentamente los medios de que disponía para formar y escribir en su Historia los juicios que emitió, no puede menos de tenerse en cuenta, lo que antes se dijo, cuál era en general, el estado de los estudios históricos en España, cuando él la escribió. Las investigaciones reivindicatorias de los Archivos empezaban á practicarse. Y todos los libros de que podíamos disponer, ó constituían el inmenso bagaje con que la literatura francesa, hostil á la Casa de Austria, había sustituído hacía dos siglos nuestra literatura histórica, ó eran libros españoles solamente en el nombre, porque, ó estaban servilmente traducidos del francés ó en libros franceses habían tomado su inspiración, su espíritu y sus doctrinas, ó eran libros totalmente extranjeros. No había otras fuentes á que acudir, y aunque Cánovas se propuso hacer un libro español y para España, este deseo no podía realizarse más que en las nobles ambiciones de una aspiración, entonces sin realizar.

La exploración avanzaba siempre, y cuando los Archivos italianos nos dieron á conocer las riquezas atesoradas en los de la Cancillería véneta, con las informaciones de los embajadores de la República durante los siglos XVI y XVII, á su explotación acudieron instantáneamente todos los hombres estudiosos de Europa, creyendo haber encontrado el más opulento filón de noticias y de verdad. Cánovas fué uno de los más ansiosos de fomentar el prestigio de estas novedades, y las figuras de los reinados de Felipe III y de Felipe IV, que retrató en su Bosquejo histórico de 1868, fueron tomadas con su característico calor de entendimiento, de las Relaciones de los Valaressos, de los Gritti, de los Corder, de los Justiniani, etc., que aunque servían en España, eran como los gobiernos todos de la Señoría, más amigos de Francia que de nuestra Nación. También más tarde hubo que rectificar esto; y así, en los Estudios históricos, las figuras mencionadas ya son las que se acercan más á su realidad. Es verdad, que ya Cánovas no se inspiraba, como en 1854, en los libros traducidos del francés, ni como en 1868, en las Relaciones interesadas de los embajadores vénetos. Su biblioteca se había nutrido de una documentación sacada de los originales, principalmente en Simancas, de la que los 15 volúmenes que tengo ante los ojos, son un tesoro de revelaciones inéditas, con las cuales hay bastante para escribir una Historia nueva de lo que hasta aquí las literaturas extranjeras, y, principalmente la francesa, nos han dado tan adulterado. Su biblioteca se había nutrido también de toda ó de la mayor parte de la bibliografía polemística del tiempo mismo en que se efectuaron los sucesos políticos y militares de aquellos reinados, que entran en el círculo de la decadencia, y el conocimiento profundo de estas controversias en sus fondos originales, eran para él un nuevo manantial de revelaciones que, hasta ahora nos habían sido completamente desconocidas. Esta es la única literatura extranjera que el historiador español, vindicador del honor de su patria, debe consultar, y consultándola Cánovas en sus últimos trabajos que dejó, pudo rectificarse noblemente á sí mismo, porque con estas rectificaciones, no sólo hacía honor á la verdad, sino á la gloria de su patria y á la justificación de los ilustres caracteres que más la sirvieron y con más buena fe en aquel tiempo. Ya en 1883, al escribir otro de sus más hermosos libros, El Solitario y su tiempo, con toda franqueza decía: «Triste, pero honrado papel—permítaseme decirlo—, me ha tocado á mí en lo referente á la Historia de España, que durante algunos años he cultivado con cierto empeño. Nací, y he vivido entre españoles, justamente soberbios de su grandeza antigua, pero poco curiosos por inquirir y analizar los motivos que la originaron y las causas por qué decayó tan brevemente; convencidos de que tal decaimiento es excepción y natural estado de su grandeza, sin sospechar siquiera que á esta tierra, ó á sus habitantes en general, se debe la inferioridad en que nos hallamos ahora respecto á los demás pueblos numerosos y de límites extensos; seguros, por último, de que ciertos Reyes y ciertos ministros, algunas instituciones y algunas leyes, eclesiásticas y profanas, son las causas únicas del doloroso cambio de fortuna que experimenta España. Del poco tiempo que mi agitada vida me ha consentido dedicar á los libros, he consagrado ya bastante á desvanecer tales errores, y no sin éxito, pues las más de aquellas ideas mías, que un día se tuvieron por paradojas, comienzan á hacerse vulgares, siendo patrimonio común de todos, ó la mayor parte de mis puntos de vista sobre la Historia de la Nación, que como tal no existe, sino desde que en Carlos V se unieron con Castilla Aragón y Navarra.»—«Confiésolo sin rebozo y hasta por deber riguroso de conciencia: el motivo que me ha impulsado á hacer de los estudios sobre la Casa de Austria en España, la mayor ocupación literaria de mi vida posterior, consiste en el remordimiento que quedó en mí de haber copiado con ligereza, y creído sin bastante examen, muchas de las calumnias históricas que pesan sobre los gobernantes españoles de la época, juzgándome más obligado que otros á inquirir y buscar la verdad, con el fin DE DESMENTIRME siempre que lo mereciera, cual he desmentido ya frecuentemente y pienso también desmentir cada día más á mis poco escrupulosos antecesores»[13].

En contraposición con lo que la Historia de la decadencia y de 1854 y aun el Bosquejo histórico de 1868 bajo la fe de los embajadores vénetos, dijeron sobre el Conde-Duque de Olivares, véase como Cánovas del Castillo le dibuja, en su monografía de su Separación de Portugal inclusa en los Estudios históricos de 1888.—«Era, dice, el Conde-Duque de Olivares hombre de sanas intenciones, desinteresado, sagaz, atento á los negocios, con corazón bastante grande para vencer las dificultades ó afrontar sin miedo los mayores peligros.» Del Rey Felipe IV veamos, á seguida, estos otros juicios: «La antigua leyenda que le supone exclusivamente entregado á toros y cañas, comedias y galanteos, tiene que recibir un golpe final y decisivo. Fué, en realidad, Felipe IV muy aficionado á divertirse en la primera mitad de su reinado, cuando todo le sonreía á primera vista y no había sonado la hora suprema de los infortunios aún; pero nunca pensó en eso tan solo, como la falsa historia ha contado. Á los vencedores de Nordlingen y aun en Fuenterrabía, érales, después de todo, lícito sentir alegrías y frecuentar todavía diversiones. Por lo demás, preciso será que los más incrédulos se convenzan también, si no quieren negar el testimonio patente de documentos innumerables, ya en Simancas existentes, ya detentados en París, de que ningún Monarca moderno, ni casi ningún Ministro parlamentario, ha intervenido tanto de su puño en los expedientes, consultas y negociaciones como el calumniado Felipe IV. No fué, no, por andar en comedias, toros y cañas exclusivamente por lo que se separó Portugal de España: esto resulta ya evidente. Muchos, muchísimos otros motivos, y más graves, hubo para aquella nacional desgracia y las demás que la acompañaron.»

Si la publicación de la Historia de la decadencia, con todos sus defectos, tuvo el alto mérito de abrir horizonte nuevo de investigaciones y de ideas nacionales á la generación contemporánea de su autor que se consagró á los estudios históricos, las últimas obras de Cánovas y sus últimos conceptos vertidos en ella, pronto lograron fructuosos proselitismos. ¡Cuánto se ha disparatado sobre las causas de nuestra decadencia en el siglo xvii! Pero el magisterio histórico de Cánovas ha hecho á los nuevos críticos dirigir la mirada hacia otras causas más fundamentales que las interiores en que la influencia de fuera ha hecho por más de dos siglos envenenar nuestro espíritu naturalmente pesimista y envidioso cuando tratamos de nosotros mismos. No existía ya Cánovas del Castillo, cuando el más correcto pensador de sus discípulos, D. Francisco Silvela, fué recibido el día 1.º de Diciembre de 1901 como individuo de número de la Real Academia de la Historia. Su discurso de recepción tenía por tema los Matrimonios de España y Francia en 1615. Este discurso fué toda una reacción, la reacción á que Cánovas tendía con su larga y concienzuda labor. La rivalidad de Francia contra España, su penetración cautelosa en nuestra nación por medio de sus matrimonios políticos y su característica desenvoltura en las intrigas de gabinete y en las alianzas con que siempre ha obtenido todas las ventajas que ha querido conseguir, forman el nudo íntimo de toda la política de nuestra decadencia. Silvela lo decía: «su propósito mediante los matrimonios reales de 1615, fué minar el poder de España para despojarle de él é investirse ella de todo lo que hiciera perder á nuestra Nación, y fué el trabajo tenaz de todo el siglo xvii, hasta que al comenzar el xviii se apoderó del Trono, nos trajo su sangre á él, nos convirtió en casi una provincia francesa y nos obligó á firmar aquel Pacto de familia que extremó para siempre nuestro ruina».

VII

Á pesar de los defectos que el mismo Cánovas del Castillo, hombre ya de Estado y con una instrucción histórica y política que en España no ha tenido quien le iguale, y acaso fuera de España, más que Thiers en Francia, denunció en sus libros de la edad provecta, todavía la Historia de la decadencia sigue siendo libro único en el tema que desenvuelve en la literatura histórica de nuestra patria. El Bosquejo histórico de la Casa de Austria no es más que un resumen, pero no una historia, y en Lafuente la parte que comprende los reinados de Felipe III, Felipe IV y Carlos II, adolece enteramente de los propios defectos que la primera obra histórica de Cánovas. Aventaja ésta última también á la de Lafuente en la forma literaria, que revela toda la frescura, toda la espontaneidad y toda la viveza de que el espíritu de Cánovas del Castillo estuvo dotado siempre, pero que, á semejanza de la planta espléndida que se viste de pomposas flores ó de sazonados frutos, mas cuya primera flor ó cuya primera poma aventaja á todas las demás en robustez, belleza, dulzura y lozanía, la Historia de la decadencia como primera flor de aquel ingenio, seduce con el vigor y frescura de que hace y puede hacer gallardo alarde.

Se ha indicado repetidas veces en este proemio y crítica de tal obra, que en su espíritu fué influída por las pasiones políticas en cuya atmósfera entonces se sazonaba la actividad vertiginosa del entendimiento y de la acción de su autor. El tiempo empaña la trasparencia de las alusiones multiplicadas que, principalmente, al emitir ciertos juicios sobre las desdichadas reinas Doña Mariana de Austria y Doña María Ana de Neoburg, madre y segunda esposa respectivamente del Rey Carlos II, se dirigieron entonces á las combatidas autoridades augustas de las Reinas Doña María Cristina de Borbón y Doña Isabel II. Hay que congratularse de que esas alusiones ya solo pueden apercibirse por un corto número de entendimientos muy cultos así en la historia del último siglo del reinado de los Austrias en España, como en la historia íntima de aquel período demasiado revuelto de nuestras revoluciones contemporáneas. Nadie como el mismo Cánovas se lamentó después de aquellas dobles injusticias. Ni Doña Mariana de Austria, durante su gobierno en la minoridad de Carlos II, fué la que nos dejaron descrita los villanos partidarios de D. Juan de Austria, ni Doña María Ana de Neoburg, la que dejaron á su gusto retratada para la posteridad, primero los partidarios del cambio de dinastía, y después los escritores franceses que se tomaron la interesada molestia de sustituirnos en la redacción de nuestra propia historia. Pero si estas figuras augustas de aquel siglo tan vilipendiadas fueron por los que siempre han conspirado contra el honor y la grandeza de nuestra patria, sosteniendo el espíritu de división ambiciosa que nos ha arruinado, que nos arruina, que obstruye toda tentativa de resurrección nacional, no menos injustamente infamadas quedaron las de los tiempos cercanos en cuya desopinión y amarguras todos hemos tenido parte. Cánovas, hombre de rectitud extrema, cuando se vió en sus altas posiciones de pie derecho delante del espejo de la historia, no tomó la pluma para desdecirse, como lo había hecho en sus juicios históricos sobre Felipe IV y el gran Conde-Duque de Olivares; pero con actos de su poder volvió noblemente por el honor de aquellas damas. La estatua á la Reina María Cristina que se levantó en bronce en uno de los parajes más públicos de Madrid, dirá á la posteridad que las vejaciones que en vida se cometieron contra su nombre, fueron actos inicuos de la falta de honradez de los partidos políticos exaltados. Por fortuna, repetimos, las alusiones vivas que para los lectores de la Historia de la decadencia en 1854 estaban claras y fomentaban las iras de la revolución que estalló en Julio del mismo año, son ya charadas y enigmas que el común de las gentes no alcanza á descifrar.

Para reasumir: La Historia de la decadencia de España desde el advenimiento de Felipe III al trono hasta la muerte de Carlos II, sigue siendo todavía, desde la época en que se escribió, la única monografía histórica que de aquel período de tiempo posee nuestra literatura. La inspiró un alto sentimiento de ideas nacionales, y fué el modelo á que en lo sucesivo se ajustaron todos los que, comprendiendo que la Historia general no puede escribirse mientras cada una de sus particularidades, de sus personajes y de sus grandes sucesos no haya sido estudiado bajo la ilustración del mayor número posible de documentos, posteriormente se dedicaron á una labor que ha hecho insignes los nombres de Rosell, Janer, Fernández Duro, Rodríguez Villa, Muro, Martín Arrúe, general Fuentes y otros. No son los españoles tan dados á los estudios históricos como los extranjeros, y da pena confesar que el número de hispanistas extraños que sin cesar enriquecen la Minerva histórica española en todas las lenguas cultas que se hablan en los dos mundos, sobrepuja de una manera desproporcionada al de los que en España consagran sus talentos á esta parte principal de la cultura de la nación. Uno de los últimos libros históricos sobre España, que este mismo año ha aparecido en las prensas de Copenhague, ha sido el titulado Filip II af Spanien del sabio escritor danés Carl Bratli. Este libro va enriquecido con una extensa bibliografía de autores de todas las lenguas que han escrito sobre Felipe II en los tiempos modernos. ¡Ciento sesenta y nueve nombres de autores extranjeros están comprendidos en esta bibliografía! ¡Los nuestros son solos treinta y cinco!: Barado, Baquero Sáenz, Boronat y Barrachina, Cánovas del Castillo, el jesuíta P. Cappa, Castro (D. Adolfo de), Cedillo (conde de), el jesuíta P. Coloma, Danvila Burguero (Alfonso), Danvila Collado (Manuel), Estébanez Calderón, Fernández Duro, Fernández Montaña, general Fuentes, Gayangos, Gómez (Valentín), González (D. Tomás), Hinojosa (D. Ricardo), Janer, Lafuente (D. Modesto), Lafuente (D. Vicente), Manrique, general Martín Arrúe, el agustino P. Mateos, Menéndez y Pelayo, el agustino P. Montes, Muro, Ortí y Lara, Picatoste, Pidal (marqués de), Rodríguez Villa, Rosell, Sánchez (el presbítero D. Miguel) y San Miguel (duque de). Entre los extranjeros se hacen inolvidables: Baumgarten (Munich), Baumstark (Lieja), Bergenroth (Londres), Böhmer (Berlín), Boglietti (Florencia), Bongi (Lucca), Borget (Bruselas), Bozzo (Palermo), Büdinger (Viena), Cabié (Albi), Campori (Módena), Capefigue (París), Coxe W. (Londres), Croze (París), Cunninghame Graham (Londres), Diedo (Milán), Döllinger (Regensburg), Donais (Toulouse), Dumesnil (París), Du Prat (marqués de) (París), Erslew (Copenhague), Esser (Copenhague), Fea (Turín), Forneron (París), Froude (Berlín), Fruin (Gravenhage), Gachard (Bruselas), Gams (Rogensburg), Gayarré (Nueva York), Gossard (Bruselas), Grahl (Leipzig), Greppi (conde de) (Turín), Groen van Prinsterer (Utrecht), Häbler (Berlín), Havemann (Gottinga), Helfferich (Berlín), Herre (Leipzig), Hume (Martín) (Londres), Jurien de la Gravière (París), Juste (Bruselas), Kervyn de Lettenhove (Brujas), Kretzschmar (Leipzig), La Ferrière (París), Lassalle (Montanbau), Lea (Filadelfia), Marcks (Estrasburgs), Mariéjol (París), Maurenbrecher (Berlín), Mignet (París), Montplainchamp (Amsterdam), Morel Fatio (París), Motley (Londres), conde de Moüy (París), Namèche (Lovaina), Nores (Florencia), Oliveira Martins (Lisboa), Pellegrini (Lucca), Philippson (Berlín), Prescott (Londres), Rachfahl (Munich), Ranke (Berlín), Raumer (Leipzig), Reiffenberg (Bruselas), Reynier (París), Romain (París), Rousselot (París), Sarrazin (Arras), Schäfer (Gütersloh), Schepeler (Leipzig), Schmidt (Berlín), Stirling-Maxwel (Londres), Stübel (Viena), Teulet (París), Thomsen (Copenhague), Tilton (Friburgo), Turba (Viena), barón de Viel-Castel (París), Varnkönig (Stuttgart), Weiss (Pecis) y Wilkens (Gütersloh).

Como se ve, no van aquí citados todos los autores extranjeros de la bibliografía de Felipe II publicada por Bratli; ¿pero los enumerados no bastan para dar idea de lo que sobre España y de un solo reinado se escribe del otro lado de nuestras fronteras de tierra y mar? Hay que convenir en que, si toda esta bibliografía espléndida y numerosa es el resultado del movimiento que hacia la investigación de las documentaciones originales, principalmente en los archivos de Estado, se inició desde el impulso que en toda Europa produjo la reacción contra la literatura revolucionaria y bonapartista de Francia durante el breve reinado de la casa de Orleans en este país, en lo que á España toca, fué á Cánovas, desde tan juvenil edad, al que correspondió tomar sobre sí la representación nacional de todo este movimiento. La Historia de la decadencia, en realidad, fué su ensayo; pero ella le sirvió á él mismo de acicate para sus posteriores exploraciones propias, á la vez que de palanca para la escuela de prosélitos que de aquí surgió. Nuestras siempre desoladoras divisiones y contiendas políticas han sido la causa eficiente para que este movimiento regenerador se haya entibiado; pero como cada día se siente más la necesidad de reanudarlo por nuestra misma gloria y por nuestro propio estímulo, la semilla que se arrojó á la tierra hace cerca de sesenta años, algún día ha de convertirse en espigas de recompensa. Esa esperanza nos alienta á todos los que amamos la patria por la patria; y cuando el vergel preparado se cubra de flores, todos habrán de reconocer que el primero que hendió con su reja la tierra esterilizada por la inercia de dos siglos fué el ilustre autor de la Historia de la decadencia de España en 1854.

Juan Pérez de Guzmán y Gallo.

HISTORIA

DE

LA DECADENCIA DE ESPAÑA

CUATRO PALABRAS Á LOS LECTORES

Creemos que un libro de esta clase necesita siempre de ciertas explicaciones, y por eso nos determinamos á escribir estas líneas. De otra suerte, nos expondríamos á que, sobre las censuras que merezca verdaderamente, recayesen otras infundadas.

No faltará quien pregunte por qué hemos hecho dos obras separadas en lugar de una sola, continuación de Mariana y Miñana[14]. Es muy sencillo. Nosotros opinamos que la continuación de una obra debe á ella semejarse; que no es continuación de una obra otra distinta en el método, en el estilo, en el espíritu. No queremos con esto ofender á nadie: decimos sólo la opinión que nos ha traído á proceder de diverso modo que otras personas, alguna muy estimable. Porque habiendo de escribir de otra suerte que Mariana y Miñana, verdadero continuador éste de aquél, hemos aceptado la dificultad tal como se nos presentaba, y hémosla resuelto haciendo un libro diferente en el nombre y la forma como en todo lo demás tenía que serlo.

Otros habrá que extrañen el que no hayamos puesto más atención en lo moderno que en lo antiguo, en la época de los Borbones[15] que en la época de los príncipes austriacos. También hemos tenido para esto razones propias. En primer lugar, hemos querido llenar en algo un vacío que se nota en nuestra Historia, y es la descripción de nuestra decadencia, no menos notable, no menos grande ni menos digna de estudio que la romana. Que no lo hemos conseguido ya lo sabemos; pero puestos á la obra, debíamos hacer de nuestra parte todo lo posible por conseguirlo. Nuestra decadencia no sólo no está narrada hasta ahora sino que está ignorada, obscurecida, envuelta en falsedades y calumnias de extranjeros y nacionales; de aquéllos, como autores; de éstos, como imitadores ó copistas. Sabau y Blanco hizo no más que recoger noticias de libros extranjeros sin crítica, sin examen, con notoria precipitación é injusticia y con manifiestos y continuos errores. Á este han seguido después los más de los escritores nacionales. Los que mejor explican nuestra decadencia son dos extranjeros: Ranke y Weiss; pero ni uno ni otro quisieron hacer historias sino más bien disertaciones, y además, aunque ambos imparcialísimos, no son, al cabo, españoles, y su crítica no puede siempre ser aceptada. Algo de esto puede decirse también de nuestro buen amigo D. Adolfo de Castro, que ha escrito sobre la decadencia de España, sin pretender hacer una Historia. De todo esto nace el grande amor con que miramos la primera parte de nuestra tarea y el extendernos más en ella de lo que, al parecer, exigía la buena proporción del libro. Y al propio tiempo para no ser tan largos en la época de los Borbones, hemos tenido en cuenta que si la Historia próxima ó contemporánea es siempre espinosa y casi pudiera decirse imposible, señálase esto más á medida que se hace más detallada y minuciosa, porque se tropieza con mayor número de personas y de simpatías ó antipatías particulares. «Trabajo es—decía Quevedo—escribir de los modernos: todos los hombres cometen errores; pocos, después de haber incurrido en ellos, los quieren oir; conviene adularlos ó callar. El discurrir de sus acciones es un querer enseñar más con el propio ejemplo que con el de los otros.»

Por último, hemos procurado beber siempre en fuentes originales y españolas; para ello no hemos perdonado medio en el poco espacio de que hemos podido disponer. Los juicios, buenos ó malos, son nuestros siempre; los hechos los hemos tomado donde hemos podido hallarlos. No nos hemos fiado casi nunca de las versiones extranjeras, porque, ante todo, hemos querido hacer un libro español y para España, que era lo que hacía falta.

INTRODUCCIÓN

Vamos á anudar la historia de nuestra nación en el punto mismo en que comienza su decadencia. Mariana, que tomó su relación desde los tiempos más remotos, pudo recoger en sus principios á la Monarquía, y seguirla por los gloriosos caminos que la trajeron á la grandeza que alcanzó en el reinado de los Reyes Católicos. No fué menor asunto el de Miñana, que relató los hechos de Carlos V y los consejos y empresas de Felipe II. Aquí llegó el astro de España á su apogeo. Nosotros hemos de contar ahora cómo de tanta grandeza vinimos á humillación tan grande; cómo de tan alto poderío, á tamaña impotencia, y de sucesos tan prósperos, á tan inauditas desgracias como lloraron ojos españoles en los días de Carlos II. Tarea ingrata y penosa, donde el amor patrio contiene ó corta los vuelos de la fantasía; donde la razón se ofende y la fe se quebranta, y el corazón se lastima. Con harto placer trocaríamos nuestra tarea por las que llevaron á cabo Mariana y Miñana; pero quiso Dios que así como es inferior nuestro juicio y estilo al de aquellos historiadores, así fuesen menores los hombres y los sucesos que habían de ocupar nuestra pluma.

Al acabar el siglo xvi, sentía la nación cierto cansancio disculpable en lo grande de las obras que había ejecutado, y de las empresas que durante el anterior había acometido. Pero era cansancio, no decadencia aún lo que sentía. Si Dios hubiera concedido á Felipe II sucesores tan grandes como eran los estados y los empeños de la Monarquía, hubiérase conservado como estaba, y reparando y mejorando su constitución lentamente con la facilidad de los tiempos, el desengaño de los sucesos adversos y la enseñanza de los prósperos, quizá la hubieran alcanzado nuestros ojos dominadora aún, y grande y temida. Ello es que era ya uno el territorio de la Península después de tantos siglos de división y desconcierto entre las diversas provincias. El turco, nuestro mortal enemigo, estaba vencido y humillado. Aún la infantería de España no había cejado jamás en los campos de batalla. Proseguíanse las conquistas en África, y en América y Asia se adquirían cada día nuevos dominios y nuevas minas ó mercancías preciosas con que reparar, á poco que se acertase en los remedios, la penuria del erario y la pobreza de los pueblos. Todavía en los consejos del mundo era la primera voz y más sabia la de España. Todavía nuestros historiadores eran los más doctos y más elegantes, y nuestros poetas y novelistas, y arquitectos y pintores daban aún asombro á los presentes, esperando á que llegase el tiempo de infundirlo en los venideros. Ciertamente, la Monarquía tenía ya dentro de sí los gérmenes de corrupción que más tarde habían de destruirla, y cierto es también que Felipe II había cometido no pocas faltas en su reinado. Mas ha de tenerse en cuenta que aquellos gérmenes de corrupción no habían sido antes sino principios de vida y engrandecimiento que eran naturales en la Monarquía, y que lo mismo se advertían en ella cuando comenzaron á reinar los Reyes Católicos que á la muerte de Felipe II. De tales flaquezas se hallan en todos los imperios del mundo, y viven y crecen, sin embargo, mientras hay manos hábiles que acudan á su mantenimiento. Y no ha de olvidarse tampoco que si faltas cometió Felipe II, faltas quizá mayores cometieron Fernando el Católico y el emperador Carlos V, sin que se diga por eso que en su tiempo decayese España.

Pero el vulgo no acierta á comprender de qué manera las mismas causas que produjeron engrandecimiento, pueden producir decadencia; de qué manera las ideas y las instituciones y los hechos que fueron buenos para crear, pueden servir también para destruir, trocados los hombres y las ocasiones. Entonces se fijan los ojos en errores accidentales y faltas más ó menos grandes, pero comunes y reparables al cabo, para explicar la ruina de las naciones, como si con aquéllas y con éstas no hubiesen coincidido las antiguas prosperidades, ó se encontrase gobierno antiguo ó nuevo que no haya caído en tamaños desvaríos por glorioso y feliz que lo muestre el éxito de sus empresas. Por eso ha habido quien achaque á Felipe II nuestra decadencia, cuando más bien reforzó los resortes y acrecentó las fuentes del poderío de España. No sean parte sus faltas como hombre para negarle las prendas de Rey, que por desgracia no aparecen reñidas como debieran estas cosas en el sombrío campo de la historia. Y líbrenos Dios de disculpar las faltas ni de creerlas menores porque las cometan los reyes, antes las tendremos siempre por más grandes. Pero hay afectación ó ignorancia en las modernas escuelas, que, dadas á explicar faltas ó crímenes políticos y á inquirir las razones filosóficas con que se cometieron, cierran los ojos de espanto, y otra cosa no ven ni examinan en los de Felipe II que no sea su ejecución. En verdad que nosotros hemos sentido el llanto en los ojos al leer, pasados tres siglos, la relación del tormento de Diego de Heredia, el noble campeón de los fueros aragoneses; mas no hemos probado mayor dureza en el alma al repasar con la memoria el triste fin de los Girondinos en Francia; y es que las grandes ideas, haciéndose absolutas y exclusivas dentro del limitado entendimiento del hombre, traen consigo la intolerancia, la cual engendra el crimen en todos los tiempos, y es digna siempre de igual dolor y censura. Tales escritores se hallan, sin embargo, que, ó bien legitiman ó bien disculpan los cadalsos innumerables levantados en 1793, al paso que no hay anatema que no fulminen contra las crueldades de la represión religiosa y política del siglo xvi. Representante fué de ésta y encarnación de sus ideas y sentimientos Felipe II. Y cierto que si se mira lo que hizo aquel Monarca, por odioso que parezca á las veces, todavía no puede tomarse por mejor ni más preferible lo que hicieron los filósofos revolucionarios del siglo xviii, ni siquiera lo que á los mismos intentos religiosos y políticos que él, ejecutó en Inglaterra la sanguinaria y deshonesta Isabel y en Francia el déspota y disoluto Luis XIV. Absurdo parecerá á algunos; pero no vacilamos en sostener que Felipe II, así por la austeridad inflexible que empleaba consigo propio á la par que con los demás, como por el sacrificio continuo del sentimiento á la idea, de la pasión al deber, que se advierte en toda su vida, tiene más semejanza que con estos príncipes, con el primer Bruto que condenó á muerte á sus hijos, y con aquel otro famoso que hirió en César á su padre. Porque en Felipe, como en los héroes romanos, el pensamiento y la creencia eran todo; nada los sentimientos y pasiones dulces del alma; y tal era la causa de sus rigores.

No se han contentado, sin embargo, con encarecer su crueldad sus enemigos, y ha habido aún quien de ineptitud le censure. Niegan el sol y contradicen la evidencia los que ponen en duda la profunda comprensión y sagacidad y prudencia del que llamaron los extranjeros demonio del mediodía. Afortunado en unas empresas, infeliz en otras, como todos los reyes de la tierra, ambicioso como sus antecesores y como todos los que sienten en sí poder para adquirir y gozar aún más de lo que tienen y gozan, fanático en materias religiosas como lo fué su padre y su abuelo y lo fueron sus nietos, no desconoció, sin embargo, los flacos de la Monarquía, ni despreció su cansancio cuando llegó á advertirlo, que son las cosas porque más se le censura. Y de aquel hombre, que sabía cambiar de conducta y modificar sus instintos á medida de la conveniencia como ningún otro, puede creerse fundadamente que, á reinar en lugar de Felipe III, no habría acometido empresas grandes, ni habría suscitado guerras, ni habría hecho más que dar reposo al Estado y recoger sus esparcidas fuerzas. No sólo la paz de Vervins, donde cedió sin ser vencido, lo persuade; sino que la cesión que hizo de los estados de Flandes en favor de su hija, casada con el príncipe Alberto, erigiéndoles bajo su protección en estados independientes, lo pone en entera evidencia. Aplicó á la Hacienda, á la Marina, al Ejército toda la atención que más tarde han puesto en ello las demás naciones, comprendiendo que en esto se cifra el poder del Estado. Y no fué culpa suya el que su Marina no se enseñorease de los mares, asegurándonos el comercio del mundo y la explotación de las minas de América; ni lo fué tanto como se supone el que la Hacienda no quedase en próspera situación, dado que no la alcanzó mejor en tiempo de sus antecesores. Aún el fanatismo religioso no le impidió á Felipe cumplir con sus obligaciones de príncipe, acudiendo en armas á Roma, cuando fué necesario, y manteniendo, si humilde y respetuoso en las palabras, duro é inflexible en las obras, los derechos de su potestad. Y ello es que si su hijo y sus nietos hubieran estudiado en paz y en guerra sus lecciones, jamás Rocroy hubiera sido tumba de nuestras banderas; jamás los protocolos de Nimega habrían afrentado á nuestra diplomacia; jamás los embajadores de Luis XIV habrían ido en corte extranjera delante de los de España.

La providencia dispuso otra cosa, y el cansancio de la nación se convirtió en lenta y total ruina. Supieron los sucesores de Felipe II lo que él había hecho en sus tiempos, y no lo que hubiera hecho en tales ocasiones como ellos se encontraron. No alcanzó su sagacidad á descifrar las miras políticas del rey prudente, y en lugar de imitar sus obras y seguir sus pensamientos, como acaso pretendían, dieron al traste con todos sus pensamientos y con todas sus obras. Entonces, los gérmenes de destrucción, contenidos ó modificados por Fernando el Católico, por Carlos V y por Felipe II, comenzaron á desenvolverse libremente en el seno de la Monarquía, y emponzoñaron sus venas, y secaron su pensamiento, y aniquilaron sus fuerzas. Y es indudable que si los Reyes Católicos hubieran tenido los sucesores que tuvo Felipe II, habría durado un siglo menos la prosperidad de España, y no habría sido jamás lo que llegó á ser en la tierra.

Mas tiempo es de que hablemos de los gérmenes de corrupción que desde los principios trajese en sí la Monarquía, puesto que su desenvolvimiento lento y progresivo es precisamente la decadencia que nos toca relatar. Ya que no pretendamos decirlo todo y explicar una por una las causas que pudieran influir en los males de España durante aquella aciaga época, ayudando á quitar de sus brazos la fuerza y el acierto de sus pensamientos y empresas, trataremos de las principales, de las más poderosas, de las que en sí pueden comprender y encerrar á las otras.

Los más de nuestros historiadores han hablado de la exageración del principio religioso en España con escaso juicio. Hija legítima era de nuestra patria semejante exageración, si ya no es que digamos que fué su madre. Ni podía ser de otra suerte. Una nación que peleó ochocientos años contra hombres que profesaban distinta creencia, que llevaba la cruz en todas sus banderas y miraba á la religión hermanada con todas sus glorias; cuyo grito de guerra era un grito religioso; cuyos soldados estaban hechos á ganar indulgencias en las batallas; á obtener absolución de sus culpas muriendo en el campo; á sentir en su ayuda espadas de santos; cuyos obispos y sacerdotes eran guerreros; cuyos príncipes y princesas solían ser monjes, tenía necesariamente que colocar sobre todos los intereses el interés de la cristiandad, y anteponer la idea mística á toda idea política ó literaria. Y esa nación misma, acostumbrada á defender su fe con las armas y á imponer con la fuerza á los vencidos; acostumbrada á mirar en los infieles á su Dios enemigos eternos, cuya muerte era no sólo lícita, sino loable, y cuya vida era afrenta suya cuando no pecado, tenía que ser intolerante hasta el extremo de constituir la Inquisición, y hasta el punto de entrometerse en todas las guerras religiosas del mundo. Á la verdad, tanto ha podido decirse que los reyes de España eran esclavos del fanatismo de sus súbditos, como que éstos lo fuesen de la piedad exagerada de sus monarcas, que es la opinión vulgar. Y ahora cúlpese cuanto se quiera aquel fanatismo religioso por el cual hubo España, y sin el cual no la habría; cúlpese el fanatismo que guió á los guerreros cristianos desde la cueva de Covadonga y el monte Pano hasta las puertas de la Alhambra; cúlpese á nuestra nación por lo que era, por lo que debía ser, por lo que el tiempo y los sucesos mandaban que fuese.

Bien sabemos que en pocas naciones se había hablado y escrito con tanta libertad y dureza sobre los desórdenes de la Iglesia como en España en el siglo xvi. Famosas son, entre otras, las obras del arcipreste de Hita, de Juan de Padilla y de Bartolomé de Torres Naharro, á quienes no empescieron los hábitos sacerdotales para fulminar tremendos cargos contra los clérigos y contra la misma corte de Roma. Mas nunca estas censuras llegaron á lo sagrado del dogma y de la creencia, y en el reinado de los Reyes Católicos y de sus sucesores, bien pudo decirse que era España la nación donde más sólidos fundamentos tuviesen las prácticas y las doctrinas de la Iglesia. Ni faltaron quejas y clamores contra la Inquisición y aun contra las guerras religiosas; pero tales protestas fueron á perderse en la opinión nacional severa y compacta, que se alimentaba con recuerdos de victorias y venganzas contra los infieles, y con propósitos y esperanzas de alcanzarlas nuevas. Harto se dió á conocer esta saña contra los judíos que, ricos y opulentos, vivían de muchos siglos antes confundidos con los cristianos, desempeñando importantes empleos en los palacios de los reyes, y ejercitando el comercio con tanta fortuna, que eran, como en casi todas las naciones de aquella época, los que poseían las principales riquezas. El odio contra la nación que había llevado al suplicio al Redentor del mundo, fué profundo y general en el pueblo desde los principios de la Monarquía, y la historia de los siglos medios muestra que eran tan perseguidos y maltratados por el vulgo como los mismos musulmanes. En el fuero de los muzárabes que dió el conquistador á los de Toledo, tratando de las multas que habían de pagar los ladrones y homicidas, se exceptúan en ellas los que no hubiesen cometido sino «furto ó muerte de judío ó moro». Y el fuero de Sepúlveda, uno de los más humanos, tasa en sólo cien maravedís el homicidio de judío. Pocos años después las calles de Toledo se ensangrentaron con la muerte de centenares de aquellos infelices, que el populacho desenfrenado inmoló sin motivo alguno, y desde entonces hasta su expulsión apenas pudo la autoridad de los monarcas refrenar los crueles intentos de sus vasallos contra la raza aborrecida. Ni era en ellos el odio de sólo el vulgo; pues los grandes de Castilla, puestos en armas en 1460 contra Enrique IV, propusieron como una de las condiciones para dejarlas el «que echase de su servicio y estados á los judíos». Otro tanto que en Castilla acontecía en Aragón y en los demás reinos de España, y los Reyes Católicos, no bien tomada Granada, acabaron con el poder de los musulmanes, dieron allí mismo un edicto expulsándolos del reino, cumpliendo evidentemente con el deseo de los grandes y de los pueblos, pero dando fatal precedente á la expulsión que más tarde se verificó en los moriscos. No muchos años después de aquel decreto terrible nació la reforma, y las doctrinas de Lutero y de Calvino, contrarias á las antiguas prácticas de la Iglesia, no pudieron menos de ser tan aborrecidas y menospreciadas en España como el islamismo y el judaísmo. Hubo no pocos hombres de mérito, así eclesiásticos como seculares, que se inficionaron con las doctrinas de la herejía, tales como el doctor Egidio y el doctor Constantino, el famoso Agustín de Cazalla y Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera, y otros que han dejado muchas obras esparcidas por países extraños y no poca memoria de sus desdichas. Pero hombres tan grandes y más nos habían dado los judíos, y no por eso se excusó su persecución ni pudo decirse que la nación transigiese con ellos. Verdad es que se llegó á temer tanto de los muy doctos, que solía decirse en España por encarecer á alguno: «está en peligro de ser luterano». Mas no es menos cierto, sin duda, que el mayor número de los sabios y doctores, y sobre todo la gente común, apegada como siempre á las antiguas cosas, siguieron ciegamente la doctrina católica. Cobró entonces más fuerza que nunca la preocupación antigua de limpieza de sangre, ó sea la pretensión, general en las familias españolas, de probar que ninguna de ellas se había mezclado por matrimonio ó de otra manera con gente infiel y herética. No se tardó en llamar cara de hereje al feo y desalmado; hereje, al mal intencionado y cruel; hereje, en fin, á todo el que merecía por cualquier modo aborrecimiento ó menosprecio. Y las demostraciones particulares correspondían muy bien, en tanto, á aquellas otras de la opinión común ó nacional. Un doctor llamado Alonso Díaz vino desde Roma á Ratisbona, donde se hallaba cierto hermano suyo, celosísimo partidario de Lutero, pretendiendo apartarle de la predicación de tales doctrinas, y no pudiendo conseguirlo de otra suerte, le mató con sus manos. Y más adelante hubo un caballero en Valladolid que obtuvo por merced del Santo Oficio que le dejasen cortar la leña y prender fuego en la hoguera donde habían de arder dos hijas suyas, doncellas ambas y hermosas, condenadas por heréticas. Tales sucesos traen al ánimo la exacta idea de lo que se pensaba en España de los reformadores.

Y al llegar á este punto conviene que hagamos resaltar cierta circunstancia tan notable como poco observada; y es que la ciencia española de aquella época, lejos de defender la libertad del entendimiento y de protestar contra la intolerancia y la exageración del principio religioso, las ayudó en su obra. Es la filosofía madre y generadora de toda la ciencia, y á cultivarla con mucha aplicación y esmero se consagraron los españoles desde muy temprano. Pedro, el español, fué el asombro de Italia á mediados del siglo xiii, y mereció ser cantado del Dante. Raimundo Lull ó Lullio llenó con su nombre los primeros años del siglo xiv, y dejó escritas una multitud de obras de todo género, que fueron y son todavía estimadísimas de los sabios. Matemático profundo, propendía al empirismo y á la observación y experiencia, dejando sometido á reglas casi geométricas y mecánicas el arte de pensar; y si las ciencias siguieran el camino que él las trazó en sus obras, fueran harto mayores y más rápidos sus primeros pasos. Pero su doctrina se perdió en el caos de doctrinas dogmáticas que ocupaban las escasas escuelas de entonces. Juan Luis Vives vino después de Lullio á sostener ya la necesidad del método empírico, y uno y otro antes que el inglés Bacon conocieron la imperfección de la filosofía escolástica, y trataron de remediarla mejorando los estudios. Mas no era tiempo aún de lograr semejante fruto. En vano Vives, en el tratado De corruptione artium et scientiarum y en el De tradendis disciplinis esforzó sus argumentos para convencer á los sabios de su tiempo de los errores de la dialéctica. En vano quiso sustituir á ella su método de pensar, vicioso al cabo, pero más á propósito para ir desenvolviendo las ciencias y la razón en su cuna. No alcanzó otra cosa sino la gloria, mucho tiempo desconocida, de haber mostrado antes que algún otro á la Europa el camino que vino á seguirse en adelante. Por lo pronto, el escolasticismo y aristotelismo continuaron reinando en las escuelas, y, sobre todo, en las de España produjeron copiosos frutos. Durante el siglo xvi florecieron entre estos escolásticos Francisco Vitoria, catedrático de Salamanca, que escribió un tratado sobre la potestad eclesiástica y otro sobre la potestad civil, de donde Grocio tomó no pocas de sus doctrinas; Domingo Yáñez, catedrático también de aquella Universidad sapientísima, y el famoso Domingo de Soto, autor del tratado De justitia et jure, aún hoy tenido en mucho por los jurisconsultos, y de otros varios libros sobremanera apreciados por sus contemporáneos dentro y fuera del reino. De los aristotélicos fué el más grande Juan Ginés de Sepúlveda, traductor y anotador de las obras del maestro, hombre de inflexible lógica y de vasta erudición y doctrina. Negar el talento y la ciencia en tales escritores sería injusticia ó locura, y la historia de la civilización humana habrá de reparar al cabo el olvido en que les tiene, señalándoles alto puesto á todos ellos. Pero la índole particular de una y otra filosofía produjo las extrañas resultas que arriba indicamos.

Perdidos los escolásticos en el laberinto sin salida de su dialéctica, y aplicándola á asuntos de suyo tan sutiles como los teológicos, llegaron á formar una logomaquia perpetua en las escuelas, impidiendo que dedicasen sus esfuerzos al estudio de las grandes verdades morales y políticas. Achaque fué éste, que sintieron todas las escuelas del mundo por aquel tiempo; pero como en ninguna de ellas hallase el escolasticismo tanto cultivo y entusiasmo como en España, ni en otra alguna parte se viese tan protegido y apoyado por el clero, aconteció que aquí primero, allá después, se fueran disipando sus tinieblas, y entre nosotros se hiciesen cada vez más densas é impenetrables. No era más favorable la filosofía griega que lo fuera de por sí el escolasticismo al principio de libertad y á la generación de las ideas modernas. Formóse una amalgama extraña de la Providencia cristiana con el fatalismo griego, de la moral de Jesús con la de Epicteto y los demás estoicos, de las verdades del Calvario con las del Pórtico y la Academia. Entonces, á impulso de las mismas ideas que precedieron y protegieron acaso las tiranías de Filipo y de Tiberio y la esclavitud romana y griega, se fueron desenvolviendo en lo íntimo del catolicismo español, que de tan puro y severo se preciaba, principios esencialmente paganos é hijos de la civilización idólatra. Halláronse en solemne contradicción y lucha la idea cristiana en su pureza y la idea pagana en su más franca y terminante expresión, cuando disputaron en Valladolid sobre el tratamiento que había de darse á los indios conquistados, el doctor Sepúlveda de una parte, y de otra el virtuoso obispo de Chiapa, fray Bartolomé de las Casas. Aprobó el primero cuantas crueldades se cometían con aquellos desdichados «por la rudeza de sus ingenios, decía, que son de su natura gente servil y bárbara y por ende obligada á servir á los de ingenio más elegante, como son los españoles.» Doctrina enteramente aristotélica y sacada palabra por palabra del libro III de la Política. Contestóle el padre Las Casas con la sencilla doctrina de los cristianos de que Dios hizo hermanos á todos los hombres; ¡idea de fecundidad inmensa, conquista la más alta que hayan hecho las ciencias morales en el mundo! Pero fué en vano; la Filosofía tenía de su parte el interés particular y el egoísmo, y la Iglesia, encerrada en el Estado y confundida con él en deseos y conveniencias, no hizo lo que pudiera por sacar triunfante la doctrina purísima de Las Casas. Así, Sepúlveda y su filosofía pagana triunfaron, y los indios continuaron siendo tan maltratados como al principio por los conquistadores. Viéronse al propio tiempo predicadores y dogmatizantes invocando los principios estoicos de Epicteto y proponiendo sus lecciones por modelo á los cristianos. La idea de la servidumbre, tan opuesta al cristianismo, se fortificó así entre nosotros, y con ella, como hermana y compañera, tuvo entrada en todos los ánimos la justificación de la tiranía, cobrando más fuerza el instinto de opresión al flaco y al vencido. Y lejos de recibir la nación de la filosofía doctrinas de progreso y sentimientos de humanidad, no recogió otra cosa que la resignación de los estoicos, cierto espíritu de pequeñez, de nimiedad, de sofistería, producto de la lógica ergotizante, y mayor suma de intolerancia, si cabe, que la que daba de sí el catolicismo. Así fué también como llegaron tiempos en que Nicolás Antonio pudo contar en España hasta doscientos catorce autores que tratasen filosóficamente de la Summa de Santo Tomás, y ciento cincuenta que hubiesen hecho libros de enseñanza ó de texto para las escuelas, encerrando en ellos las más altas materias de la filosofía, sin que entre tantos se encontrara uno solo que haya influído después en las ciencias, ni que lograse entonces contener la decadencia que á tan tristes extremos iba llegando.

Sólo la exageración del principio religioso y esta filosofía ergotizante tan bien anudada con ella, trajeron males capaces de trastornar cualquier grandeza de monarquía: primero, la emigración de muchos miles de moros y judíos y luteranos, expulsos ó perseguidos del Santo Oficio; luego, la ruina, el envilecimiento y la destrucción de tantas familias como vinieron á los autos de fe; además la parálisis de las ciencias y su muerte lenta, pero completa, mientras por todas las naciones de Europa, al calor de las disputas y de la libertad de pensamiento y de controversia, nacían ideas fecundas, asomaban descubrimientos útiles y desarrollábase lozana y gloriosamente el progreso humano; por último, que fué lo más fatal, la transformación del carácter en la nación. Era España joven, vigorosa, libre en el pensamiento, y en el obrar, franca, entusiasta, alegre, aunque grave, dada á seguir los vuelos de la fantasía y á obedecer á las inspiraciones de la voluntad, aunque piadosa y prudente. Vino sobre ella una vejez temprana, contemplativa y descontentadiza; vino una timidez penosa en el pensamiento y en las determinaciones; vino un íntimo recelo de todas las cosas, que inclinaba á las personas á desconfiar hasta de sí propias; vino la indiferencia terrenal de quien no funda ilusiones sino sobre los bienes del otro mundo; vino cierta melancolía antipática á las otras naciones, y enemiga de adelantos; vino cierto espíritu de obediencia pasiva y de resignación fatalista á cuanto parecía disposición del cielo que encadenó aquella voluntad poderosa, que antes todo estorbo lo hallaba leve y toda resistencia desproporcionada á sus fuerzas. Quedaron relegadas á lo más hondo de los pechos para ser transmitidas secretamente de padres á hijos aquellas antiguas y nobles cualidades del carácter de España; en las obras, en las palabras fueron desapareciendo primero en el mayor número, luego en el menor, por último en el limitado guarismo de almas excepcionales y privilegiadas que Dios suele conceder á las naciones, hasta borrarse del todo. Fué muy bien secundada la represión religiosa por la represión política, y así pudo decirse que apenas quedaba un español á la muerte de Carlos II.

Ni en el reinado de los Reyes Católicos ni en los del Emperador y de Felipe II se sintió, sin embargo, tal decadencia de carácter. Y aunque á la verdad, las persecuciones del Santo Oficio pesaron sobre casi todos los hombres ilustres, perseguidos ó no, hubo, de todas suertes, en tiempo de este último príncipe, médicos y matemáticos que levantasen las ciencias; escritores satíricos que criticasen, hasta con licencia, las costumbres del Clero y de los poderosos; jurisconsultos que profesasen ideas muy libres y muy altas; canonistas que defendiesen con enérgica franqueza los derechos del Estado; pensadores, en fin, que fuera de España eran oídos con asombro en las cátedras de la orgullosa Sorbona y en las Universidades de Italia y Alemania. Andrés Laguna, Hurtado de Mendoza, Arias Montano, Melchor Cano, Garcilaso, fray Luis de León y Herrera, escribieron en aquella era, y es harto conocido tal siglo por el siglo de oro de nuestras letras, para que no pareciera ocioso el citar otros nombres. Pero la Inquisición siguió adelante, y poco á poco fué enroscándose, á manera de serpiente, en torno del pensamiento español, hasta que, debajo del imperio de los sucesores de Felipe II, estrechó su anillo tanto que lo ahogó en él y le dió muerte. Y cada vez fué creciendo el empeño en mantener guerras religiosas, y las medidas de intolerancia y de persecución fueron en aumento de tal modo, que pudieran causar, por sí solas, la total ruina.

Los monarcas estuvieron ciegos, sobre este punto, como los pueblos: ni los unos ni los otros conocieron el precipicio adonde aquel funesto tribunal podía conducir á la Monarquía. Los Reyes Católicos habían dejado que ardiesen los tesoros de la ciencia árabe que se hallaron en la Alhambra; habían expulsado á los judíos, que tan buenos servicios prestaran á la nación, sobre todo en la guerra de Granada; habían permitido los bautismos forzosos de Cisneros, las hogueras de Lucero y el enjuiciamiento del buen arzobispo Hernando de Talavera, confesor de la Reina misma. Carlos V autorizó las mayores persecuciones contra sus continuos y amigos, tildados por el Santo Oficio. Felipe II dejó luego que se persiguiese á fray Luis de León y al grande arzobispo de Toledo fray Bartolomé Carranza, y que se atreviese la Inquisición hasta á la vida particular de los grandes y de los príncipes; dejó también que alimentasen las santas hogueras millares de sus vasallos, y dijo, tratándose de los de Flandes, aquella frase famosa: «Más quiero no tenerlos, que tenerlos herejes». Tiempos habían de venir forzosamente en que ni el Rey mismo estuviese seguro, como lo probó Carlos II en su persona y en que un millón de pobladores inteligentes y laboriosos, la flor de nuestras provincias meridionales y occidentales, tuviesen que abandonar nuestro suelo, llevándose consigo los restos de nuestra riqueza agrícola, industrial y comercial, y abriendo en el corazón de la Monarquía tan honda llaga, que apenas han podido cauterizarla dos siglos.

No menos funesto que el fanatismo religioso fué, para la Monarquía española, el provincialismo, que es la falta de unidad civil y de unidad política. La separación y discordancia de las diversas provincias de España, se advierte en la Historia desde los primeros tiempos. Quizá la tierra misma se prestó á ello, dando á cada localidad opuesto clima y distintas producciones y poniendo entre ellas límites y fronteras naturales; quizá ayudó eficazmente al establecimiento de colonias de diversas naciones. La dominación romana impuso algo de unidad en la Península, pero la invasión de las diversas naciones septentrionales, que ocuparon diversas provincias, volvió á separar las partes mal unidas y á dar á cada provincia distintas tradiciones y leyes. No bien establecida la unidad por los godos en el reinado de Sisebuto, se perdió en D. Rodrigo la Monarquía, y los moros, que ocuparon la mayor parte, no tardaron en repartirse en muy distintas soberanías, al propio tiempo que los cristianos, que huyendo de las desdichas del Guadalete se refugiaron en las montañas, tomaban allí distintos jefes, lejos los unos de los otros, sin poder comunicarse ni entenderse en la empresa común. Y muchas dinastías y muchas leyes y muchas historias se formaron antes que el valor y la fortuna pusiesen todos aquellos estados en manos de los Reyes Católicos, menos la parte de Portugal, constituyéndose la Monarquía española.

Pero, al entrar en ella, cada pueblo se conservó como era: con sus mismos usos, con su propio carácter, con sus leyes, con sus tradiciones diferentes y contrarias. Ni siquiera era igual la condición de todos los Estados: los había de condición más y menos noble, más y menos privilegiados; éstos, libres, y aquéllos, casi esclavos; como que la unión había ido ejecutándose por muy diversos motivos, viniendo unos pueblos voluntariamente, como pretenden los vascongados, y otros por medio de matrimonios, como Castilla y León de una parte, y, de otra, Aragón y Cataluña; tales como Valencia y Granada, que estaban pobladas de moros todavía, por fuerza de armas; tales, mitad por derecho, mitad por fuerza, como Navarra. Y no era esto sólo sino que, dentro de una misma provincia, cada población tenía un fuero y cada clase una ley. España presentaba, de esta suerte, un caos de derechos y de obligaciones, de costumbres, de privilegios y de exenciones, más fácil de concebir, que de analizar y poner en orden. Era imposible saber con cuántos hombres y con cuánto dinero pudiese contar la Monarquía; imposible enumerar sus fuerzas ni sus flaquezas; ni siquiera, en algunas ocasiones, dónde estaban sus verdaderas ventajas ni sus peligros y pérdidas. Para colmo de confusión, tuvo esta Monarquía, desde sus principios y antes de fundarse, muchas posesiones y colonias extranjeras. Trajo consigo el reino de Aragón á Sicilia y Cerdeña; descubriéronse los dilatados imperios del Nuevo Mundo; Gonzalo de Córdoba puso á Nápoles debajo de nuestras banderas; el casamiento de Felipe el Hermoso con Doña Juana la Loca, nos dió los Países Bajos; al cardenal Cisneros debimos algunas posesiones en África, y Carlos V redujo á su obediencia el Milanesado. Al contemplar en los mapas tantos y tan diversos países, se asombra el ánimo y no hay más que exclamaciones líricas en los labios para celebrar la grandeza de España; pero, á poco que la razón cobra su imperio, se trueca en pena el primer contento. La situación de la verdadera Monarquía, de lo que era la verdadera nación, repartida en tantos intereses y en tantos pensamientos, no podía ser más peligrosa. Y la inmensa balumba de posesiones y territorios que pesaban sobre aquella desconcertada máquina, debía hacer temer desde el principio que, no acudiendo muy eficazmente al remedio, viniesen las catástrofes que acontecieron al cabo.

Á la verdad, la falta de unidad en las diversas partes de la Península, que era lo primero que debía mirarse, parecía cosa de muy difícil remedio y muy lento. No podían alterarse en un año aquellas costumbres tan antiguas y tan diversas, aquellas leyes tan respetadas y tan contrarias. Pero era preciso emprender la obra con resolución y constancia si había de llegarse alguna vez á buen término.

Dos caminos se ofrecían. Era el uno igualar á todas las provincias en derechos políticos, transportar lo bueno y ventajoso de estas á las otras, y quitar de todas ellas los gravámenes inútiles y las cosas dañosas al común. De este modo hubieran podido formarse más tarde unas Cortes generales en España, en las cuales los brazos de Aragón y Castilla, Navarra y Andalucía y Cataluña hubieran entrado con igualdad de derechos y de influencia; y no hay duda de que aquel gran Congreso, representando la libertad general del país, habría acabado por establecer naturalmente y sin esfuerzo la unidad apetecida. Ninguna provincia perdía nada con que las demás se igualasen á ella en libertad; ninguna habría podido fundar agravios en que lo mejor y lo substancial de sus instituciones se comunicase á las otras. Harto más difícil habría sido el reunir en un solo Congreso á los brazos de todas las provincias y el ir suprimiendo las malas instituciones y remediando los errores añejos. Pero la fuerza del bien general y de la libertad de todos, tenía que ser, por fuerza, tan grande, que poco á poco habría desaparecido toda resistencia injusta y no fundada en razón ó conveniencia. La libertad de todos, representada en estas Cortes generales de la Monarquía, habría uniformado los nombres que tanta influencia suelen tener en las cosas; habría creado un lenguaje político común, y antes de mucho la legislación civil y criminal y los intereses y las aspiraciones de todos hubieran venido juntándose y fundiéndose y creándose una nación sola de tantas naciones diferentes. Teníamos, para favorecer esta empresa, la unidad religiosa que nos costaba tanto, y no habría sido difícil contar con el apoyo de la nobleza más ilustrada, de una parte, y, de otra menos disconforme en su composición y más semejante aquí y allá en derechos y en intereses, que no las municipalidades y los pueblos. Así también el régimen representativo, por el cual hemos trabajado tanto después y con tan poca fortuna, se habría encontrado por sí mismo constituído en España.

Á ninguna nación le hubiera sido más fácil que á la nuestra su ejercicio en aquella sazón, y acaso la Inglaterra misma, con su Carta magna, hubiera tenido que imitar algo en nosotros, en lugar de tanto como nosotros imitamos en ella. Había aquí ya costumbres públicas, pueblos enseñados á entender en sus intereses y grandes que no sabían ceder al trono en sus empeños; había leyes como aquella segunda del Libro de las leyes, que decía: «Doncas faciendo derecho el Rey debe haber nomne de Rey; et faciendo torto, pierde nomne de Rey. Onde los antigos dicen tal proverbio: Rey seras si fecieres derecho é si non fecieres derecho, non seras Rey»; y aquella otra del octavo Concilio Toledano: «é si alguno dellos for cruel contra sus poblos, por braveza ó por cobdicia ó por avaricia, sea escomungado»; había fueros como el de Sobrarbe, donde se establecía «que Rey ninguno no oviese poder nunquas de facer cort sin conseyllo de los ricos hombres naturales del Reyno, et ni con otro Rey ó Reina guerra et paz ni tregoa»; había antecedentes de resistencia, como aquellos de Epila y Olmedo. Y porque tales leyes y tal principio de resistencia no engendrasen, por salvar la libertad, la anarquía, teníamos un grande y general amor á la institución del trono, nunca puesta en duda, nunca y en ninguna parte combatida hasta entonces, y teníamos leyes que, así como las que arriba citamos, amonestaban á los malos reyes ordenasen al pueblo completa y total obediencia á los buenos. Ahí están las Partidas, declarando que los reyes que no fuesen tiranos y no «tornasen el Sennorío que era derecho en torticero», son «vicarios de Dios cada uno en su regno puestos sobre las gentes para mantenerlas en justicia.» Sentados estaban los cimientos del régimen representativo, sin que se echase alguno de menos: la libertad y el orden, la resistencia y la obediencia, antítesis de difícil resolución en una sola tesis general y fecunda, pero indispensable para que tal régimen subsista.

Bien conocemos que era mucho pedir en los reyes de entonces el que acometiesen con sinceridad y energía tal empresa. Pero si los reyes no querían procurar la unidad de la Monarquía á costa de extender las libertades y de cercenar su poderío, todavía contaban con otros medios para traer á punto la unidad deseada.

Fuera de las sendas de la libertad había otro camino por donde llegar á ella, harto contrario, aunque no de más fácil logro; y era nivelar todos los derechos, no á medida del más alto, sino á medida del más bajo; era quitarles á todos la libertad política y las exenciones civiles, y dejarlos por igual sujetos á la voluntad del soberano. Así fué como la Francia llegó al punto de unidad que siglos hace alcanza. Necesitábase para ello emplear dentro del reino las fuerzas que se emplearon fuera, y dedicar al logro de tan grande empresa toda la atención política y todo el poder de la corona. No había que transigir con uno solo de los privilegios, porque con eso desaparecía la autoridad y la fuerza de la nivelación, al propio tiempo que se interrumpía la unidad misma. Un día y otro, un año y otro empleados en esta tarea, y la ayuda de la Inquisición y las sangrías que ocasionaban á las provincias las Américas y las guerras extranjeras, habrían acabado por hacer posible semejante empresa, que con ser mala en sus fines y en sus principios, que con ser injusta, habría proporcionado algún beneficio á la Monarquía, trayéndole la unidad: mas con lo que se hizo, ni se ganó la unidad ni se excusaron tamaños males.

Hubo represión, hubo tiranía, hubo atentados contra la libertad antigua de los ciudadanos y de los pueblos, mas no se logró por eso la unidad. Hallaron los monarcas que, lo mismo en Aragón que en Castilla, cabezas de la Monarquía, los grandes y los plebeyos estaban divididos desde muy antiguo en enemistades y emulaciones. Miraban de reojo los grandes la libertad que alcanzaban las ciudades, y los ciudadanos llevaban muy á mal las exenciones y el poder de la nobleza, mayores en Aragón que en Castilla, pero en ambas partes muy grandes. Comenzaron los monarcas á excitar y aumentar aquella rivalidad, fundada en los diversos intereses de las dos clases. Primero se concedieron fueros y cartas pueblas, no con otro ánimo que con el de libertar á los pueblos de la tiranía de los grandes; después se fué aumentando el poder del brazo popular en las Cortes, hasta el punto de equilibrarse con su poder el poder del brazo noble. Acostumbráronse por tal manera los pueblos á hallar protección en el trono y á considerar como adversarios á los grandes y ricos-hombres; y éstos, despreciando la enemistad de los pueblos, redoblaron sus abusos y acrecentaron su soberbia. Declaráronse los pueblos por uno de los bandos, y los grandes por otro en las discordias que hubo en Castilla durante el siglo xv: los primeros se inclinaron á Doña Juana la Beltraneja, y los segundos, á los Reyes Católicos; aquéllos tomaron la parte de Felipe el Hermoso contra su suegro D. Fernando, y estotros sostuvieron á Don Fernando á todo trance. La muerte impensada de Felipe dió al fin la victoria al suegro, y algunos grandes de los más soberbios é independientes, de los que por sus padres y por sí propios habían hecho temblar al trono en tantas ocasiones, hubieron de emigrar á Flandes, y desde allí asistieron despechados al júbilo de sus contrarios, que, como todos los que vencen, no sabían disfrutar de la victoria sin abusar de ella. Vino Carlos de Austria á reinar, y aunque los grandes vinieron con él y se agruparon en torno suyo, no lograron reparar sus pérdidas, ni pudieron considerar la vuelta como victoria, porque el poder que nace de la fuerza y de la ocasión sin fundamento racional muy evidente, si una vez se pierde, no se recobra jamás: así ha de decirse que entonces cayó la nobleza castellana. Pero no tardaron en llegar los días de Villalar, y, peleando con todo su poder contra los pueblos, tomó de su afrenta desdichada venganza. En vano el noble Hurtado de Mendoza formuló la unión indispensable de nobles y plebeyos en aquella sentencia enérgica que conservan sus manuscritos: «El clamor de la injuria del pueblo despierta é incita á la venganza el ánimo de los nobles.» Ya era tarde, y el poder real, apoyado por los grandes, acabó en Castilla con las franquicias populares, lo mismo que á aquéllos los habían humillado antes con el favor del pueblo.

Buen pago dió la corona á los grandes por tamaño servicio. Caliente estaba aún la sangre de Villalar cuando en 1539 los echó Carlos V de las Cortes de Toledo, porque se negaban á contribuir con pechos y tributos á los gastos del Estado, alegando la exención de que disfrutaban, resto injusto de la libertad antigua, y el pueblo más que nunca debió tomar aquella humillación á propio desagravio.

Una cosa harto distinta había sucedido en Inglaterra. El rey Enrique I tuvo ya que modificar muchas leyes de Guillermo el Conquistador, hostigado por los nobles y los plebeyos coaligados. Fuése perfeccionando sin sentir tal alianza durante los reinados de Enrique II y Ricardo corazón de león, por manera que cuando Juan sin tierra abusó de las prerrogativas reales, pudo formarse contra él aquella confederación general que le obligó á firmar en Runymede la Carta de bosques y la Carta magna, principios y aún hoy día fundamentos de la Constitución inglesa.

Como en Castilla no se pudo llegar á tal concierto, se perdieron las libertades. Mirándose aquí absolutos, puesto que no quedaba más que una vana apariencia de libertad en las Cortes, los monarcas quisieron serlo en todo y en todas partes; pero no supieron llevarlo á cabo. Cayeron los privilegios del reino de Valencia casi al mismo tiempo que los de Castilla, vencidas las facciones y bandos que allí se levantaron con nombre de germanías. Y aunque las de Aragón, mal vistas y amenazadas ya por Isabel la Católica, subsistieron más tiempo, vinieron á morir, en fin, á manos de Felipe II, legítimo sucesor y continuador de la política de aquella Reina, notándose en su perdición las mismas causas que se vieron en Castilla, y, principalmente, el propio desconcierto y división que allí hubo entre los grandes y los pueblos. Fomentó muy especialmente la antigua discordia Felipe II antes de dar el golpe que meditaba á los fueros aragoneses. Pretendían todavía los señores la absoluta, que así se llamaba el derecho de bien, y maltratar á los vasallos, y ejercitábanlo de hecho con harta dureza. Insurreccionáronse por este motivo contra el duque de Villahermosa sus vasallos los ribagorzanos, y el Rey les hizo dar todo género de ayuda, excitando más que aplacando los excesos que de una y otra parte se cometían. Lo propio aconteció con otros, y hasta llegó á proteger el Rey á algunos vasallos que, cansados de la tiranía del señor, se alzaron en armas y le dieron muerte. Así se vió que, cuando llegada la ocasión acudieron los grandes á las armas, apenas encontraron gente que viniese á servir debajo de sus banderas, y los que vinieron depositaban muy poca confianza en ellos. Las Universidades ó Municipios que regían las principales ciudades y villas grandes á manera de señorío, tuvieron más fe en las seguridades que daba el Rey que no en los reparos de la nobleza, que con harta razón no creía en ellas. Sólo Zaragoza se puso en armas, y ella sola y los nobles llevaron el castigo. Contra éstos no escasearon los suplicios, claros y manifiestos unos, encubiertos otros, é ignorados hasta nuestros días, en que se han abierto de repente los archivos que guardaban aquellos dolorosos misterios.

No tuvieron mejor suerte que los aragoneses, ni en verdad la merecían, los moriscos ó cristianos nuevos que poblaban algunas provincias. No disfrutaban éstos de derechos políticos; pero los disfrutaban civiles de mucha cuenta y exenciones que, en lugar de atraerles afrenta, les proporcionaron mayor holgura y riqueza; como que á causa de ellos no entendieron ni en las guerras, ni en la colonización inmensa que por entonces empobrecieron y despoblaron las provincias del reino. Es indudable que aquella gente de raza enemiga, de poco firmes creencias, distinta de nosotros en usos y leyes, ofrecía muchos peligros, repartida como estaba en las costas meridionales y occidentales del reino, donde tras de no servir para defensa, brindaba con un apoyo probable, cuando no cierto, á nuestros adversarios. Así que el alejarlos de los puertos y lugares de desembarco, reemplazándolos en ellos por una población enérgica y numerosa de cristianos viejos, habría sido determinación prudente y que debió tomarse desde los principios. Mas era preciso al propio tiempo con tolerancia en las cosas pequeñas y domésticas y con rigor inflexible en las grandes y que tocasen á la seguridad del Estado, ir dando tiempo á que nuestras costumbres fuesen las suyas y suyo de corazón nuestro culto, como ya lo era el habla. Así había acontecido sin afán y estrépito en otras provincias del reino que habían ocupado también los moros, y donde ya en el siglo xvi apenas podía hallarse rastro de ellos. No se hizo esto; antes con prohibiciones impertinentes y odiosos mandatos contra sus costumbres y usos domésticos, se provocó aquella rebelión de los Alpujarras que tanta sangre costó y tantas pérdidas, dejando en el corazón de los vencidos la saña que á tales extremos obligó en adelante. Y al propio tiempo que así se obraba en Castilla, en Aragón y en contra de los moriscos, dejábanse intactos los fueros de Cataluña, Portugal, Navarra y las Provincias Vascongadas, no menos contrarios y enemigos de la unidad nacional que los que con tanto empeño se habían suprimido. No había allí, ciertamente, las mismas causas que en Aragón y Castilla para que la libertad se perdiese. Vióse siempre en las Provincias Vascongadas la gente noble de la parte misma que la plebeya; porque ni tuvo aquélla privilegios odiosos, ni ésta pudo acopiar agravios, por consiguiente; y en Cataluña y Navarra, donde había también harta desigualdad de condiciones, mostráronse todos unidos, grandes y pequeños, para la defensa de los fueros. Pero ya que la obra estaba comenzada, ya que en otras partes no los había, era flaqueza ó error grave el dejarlos allí imperar y echando cada día más profundas raíces, porque eso mataba la unidad pretendida y dejaba la llaga del provincialismo ó fuerismo, tanto más exclusiva y privilegiada, cuanto más profunda y peligrosa en el corazón de la Monarquía. Sobre todo, fué notable lo de Portugal. Esta provincia, que por ser tan importante y por tener menos vínculos con la Monarquía que ninguna otra, á causa de su larga separación y de su unión tan inmediata, exigía más robustez que ninguna en la administración y más fuerza en la autoridad, conservó después de la conquista todas sus franquicias, aun aquéllas que claramente favorecían su emancipación, como se vió por desdicha más tarde. Y desde luego se advirtió, tanto en Portugal como en Cataluña, Navarra y las Provincias Vascongadas, que fueron las provincias donde se toleraron las antiguas franquicias, una cosa, para ellas de provecho y honra, fatal para la unidad del Estado, que fué que al calor de la libertad se conservó más entero y más firme el carácter individual que en las demás partes de España. No tuvo medios para hacerse tan eficaz la represión religiosa, ni dejaron nunca los ciudadanos de pensar y de discurrir para atender á los intereses públicos, que en mucha parte les estaban confiados; y así se hallaron todavía fuertes y enérgicos cuando los castellanos y aragoneses habían caído ya de su antigua firmeza. Error de aquellos tiempos que también tuvo influjo en las revueltas posteriores. Todavía en Cataluña, Navarra y las Provincias Vascongadas se nota cierta superioridad de carácter sobre el resto de España, producto de la desigualdad de condiciones que entonces alcanzaron.

Comparando cosas tan contrarias y tan diversos modos de conducta, llégase á dudar si el pensamiento de la unidad nacional tuvo cabida en el ánimo de los grandes reyes del siglo de oro de nuestra política. Diríase que obraron al azar y á medida del capricho momentáneo ó de las necesidades del día. Pero lo más probable es que cuando el pensamiento de la unidad estuviese en todos ellos, y principalmente en Felipe II, distraídos con las empresas lejanas y las guerras extranjeras, no acertaron á obrar con el concierto y la constancia que tamaño intento requería. Fué que se dieron treguas á Cataluña y Portugal y las demás provincias para que conservasen sus fueros, mientras venía la ocasión oportuna de igualarlas con Aragón y Castilla. Y en esto precisamente hallamos nueva falta, porque no había ningún interés que debiera preferirse al de la unidad, ninguna cosa que debiera hacerse antes á costa de dejarla á ella para después.

No era menos dificultoso, ni fué cosa en que se cometieron menos errores, el conservar las inmensas posesiones que tenía España fuera de la Península, principalmente en Europa. Natural era que se quisiera conservar el gran dominio adquirido, porque eso aconsejaban la razón política y el sentido común, enemigos ambos de las exageraciones filantrópicas de nuestra Edad. Mas por lo mismo, para conservar tan gran dominio era preciso saber preferir unos territorios á otros, unos esenciales, otros accidentales: éstos, que redondeaban y afirmaban la Monarquía; aquéllos, en que sólo podía hallar efímera gloria. Aún convenía abandonar Estados que hubiesen de perjudicar á la conservación de otros mayores, y dejar las empresas inútiles por las ciertas y de seguro éxito. No desconocieron tales principios de buena política ni Fernando V, ni Carlos V ni Felipe II; pero no supieron ponerlos en práctica con oportuna constancia.

Fernando V se propuso y alcanzó, en compañía de su esposa la magnánima Isabel, la grande obra de arrojar de España á los mahometanos, y más tarde se apoderó, no bien halló pretexto para ello, del reino de Navarra, que era una parte esencial y necesaria de la Monarquía española. También se hizo restituir los condados de Rosellón y Cerdaña, que de tiempo antes estaban empeñados en poder de la Francia, y que eran esencialísimos para resguardar la Península por aquella parte y para tener en respeto á nuestros turbulentos vecinos, poseyendo tal puerta por donde invadir á mansalva su territorio. Pero apartó de su cauce la política española, empleando en Nápoles y en las guerras de Italia las sumas y soldados con que debió pesar en África. Cabalmente alcanzó tiempos en que pudo hacerlo con ventaja, porque caídos los benimerines en el Mogreb-el-acsa ó imperio de Marruecos, hubo allá una horrible división y anarquía, que duró ochenta años, hasta la derrota de los beni-wataces y la exaltación al trono de los sanguinarios xerifes. Aprovecháronse de ella los portugueses; hicieron grandísimas conquistas con ayuda de los mismos naturales, que á la sazón se alistaban sin empacho debajo de las banderas cristianas; pero no supieron conservar lo adquirido. Y Fernando el Católico, que tantos recursos tenía en sus reinos, echados los moros de Granada, para hacerlas mayores y conservarlas eternamente, descuidó de esta manera el constituir de nuevo la España romana y goda, que pasando el estrecho tenía puestas sus fronteras en el Atlas, límite que la Naturaleza al propio tiempo que la Historia, nos tienen señalado. Grande error fué, que no disculparían ni aun los empeños del descubrimiento y conquista del Nuevo Mundo. Acometiéronse empresas parciales; tomáronse algunas plazas de la costa; pero el error de Fernando V fué perpetuándose en los reinados sucesivos, y después de no pequeños gastos y pérdidas de hombres y navíos, después de muchas batallas ganadas y de harta sangre vertida en aquellos arenales, no pudimos recobrar la España transfretana, y quedaron nuestras costas y nuestros mares á merced de los piratas berberiscos, que nos causaron gravísimos perjuicios los años adelante, todo por no haber hecho á tiempo el esfuerzo que se requería, llevando de una vez nuestras armas á aquellas regiones, donde de ir entonces todavía estarían de seguro imperando. Arrastró á Fernando V el orgullo de preponderar en Europa, y pudo más en él esto que no el útil de España.

Dejó también sembrada Fernando V copiosa cizaña con el matrimonio que pactó entre su hija y Felipe el Hermoso, del cual nos vinieron los Estados de Flandes. ¿Cómo era posible que Carlos V abandonase luego fácilmente aquella herencia tan legítima de sus padres? Sostúvola, que era ya grave error, y además cometió por su parte mayores faltas que Fernando V: unas dictadas por el propio espíritu de preponderancia, apoderándose de Milán, ni más ni menos que como aquél se había apoderado de Nápoles; otras por la cualidad que tuvo de Emperador de Alemania. Acrecentadas con esto sus fuerzas, se acrecentó su ambición naturalmente, y además, teniendo que acudir á defender el Imperio, empleó en ello parte de las fuerzas nacionales, desperdiciándolas: bien que sea preciso convenir en que los alemanes tienen razón cuando se quejan de que Carlos V no pareció más que Rey de España. La verdad es que aquel Príncipe fué español en sus sentimientos, y lo fué en sus conquistas, dejándolo todo á beneficio de España. Su falta estuvo en que, deslumbrado con las grandes fuerzas de que á la sazón disponía, llevó demasiado adelante sus pensamientos. No tuvo idea de lo que España con sus fuerzas ordinarias podía sustentar, y de lo que particularmente la convenía, y así le vemos no sólo desatender la conquista del Mogreb-el-acsa, entreteniendo el ocio de sus armas cuando no eran empleadas contra alemanes y franceses, ya en Argel y Túnez, ya en otras expediciones menos importantes, sino dejar á la Francia vencida la merindad de San Juan de Pie del Puerto que había pertenecido siempre al reino de Navarra, tierra española. Más tarde, dió también la isla de Malta á los caballeros de San Juan de Jerusalem, isla de suma importancia para la dominación del Mediterráneo.

Felipe II conquistó á Portugal con ventaja tan grande de la Monarquía, que basta con ello para que su memoria sea honrada en España. Hubo en este Príncipe más idea que en otro alguno de nuestros verdaderos intereses; pero de una parte se encontró ya planteados los más de los errores nacionales por Fernando V y Carlos V, dueño á su pesar de Nápoles y Milán y Flandes, Borgoña y Sicilia, y de otra, sus medidas y sus nuevas empresas pecaron siempre ó de poco maduras ó de sobrado grandes, por lo cual no sacó de las más el buen partido que se proponía. Encadenado á la política de sus antecesores, no hizo más que aplicar á ella todo lo grande de sus pensamientos y el impulso de su voluntad invencible. De aquéllos y ésta tuvo sobradamente para cambiar de política; pero era doloroso y ofensivo á su orgullo el cambio, y así vino á tomar el verdadero camino demasiado tarde. ¿No había más que abandonar la herencia de su padre y abuelo, los campos donde fueron las hazañas de Gonzalo de Córdoba y de Antonio de Leiva? Felipe, en lugar de retroceder luego, siguió adelante. Á la verdad, sus intentos contra los ingleses no han de culparse porque salieron desgraciados, que el éxito no da ni quita la razón á las cosas. Véase adonde la Inglaterra ha llegado después, lo que ha sido para nosotros mientras hemos tenido Américas y hemos tenido Marina, y acaso se encuentren justificados los proyectos de aquel Monarca. Él, antes que Napoleón, acometió la grande empresa de humillar al leopardo inglés en su guarida, y supo hacer más para lograrlo; hasta el bloqueo continental, ese sueño magnífico del capitán del siglo, fué imaginado por Felipe II, llevando para su ejecución muy adelante los tratos. Pero en sus intentos contra la Francia anduvo mucho menos acertado. Si en vez de poner en el trono de Francia á una hija suya, hubiera intentado, prevaliéndose de las luchas civiles, el desmembrar el territorio y extender lejos del Pirineo nuestra frontera, con harto ahorro de dinero y de fatiga, lo habría conseguido. Entonces la Francia no habría podido tomar sobre nosotros la superioridad que tomó en adelante. Dueño como fué de Marsella y de otras plazas importantes del Mediodía, fácil habría sido que nuestra nación se estableciese allí de un modo duradero.

No desconoció Felipe tal sistema, pero comenzó á emplearlo tarde, cuando ya su influencia y sus fuerzas estaban muy quebrantadas. Más diestro anduvo Luis XIV, que abusando de la incapacidad de nuestros gobernantes y del estado mísero de la nación, fué apoderándose, debajo de frívolos pretextos, de tantas provincias nuestras; y luego que nos traía despojados de todo lo que le convenía, fué cuando emprendió las negociaciones para sentar á un príncipe de su sangre en el trono de España. Y cierto que á Felipe II le habrían sido más fáciles que á Luis XIV semejantes empresas, porque el monarca francés tuvo que acabar de abrir con su espada nuestros aportillados baluartes, y tuvo que derramar en el campo de batalla la poca sangre que quedaba en nuestras venas; mas al Rey de España le tenían vendida la Francia los franceses á precio vil de oro, duques y arzobispos, soldados y burgueses: de suerte que no había más que tomar de ella al antojo. Algo alcanzamos al principio, pero no lo que más convenía; Marsella era de mayor importancia que Calais, que hubo al fin que entregar á los franceses, y cuatro plazas de la parte del Rosellón valían más que muchas en Flandes, puesto que bien se pudo preveer, aun queriendo sostenerlas entonces por honor ú orgullo, que tarde ó temprano habían de perderse aquellas provincias.

Tales errores hicieron que el Imperio de España, que debía hallarse á la muerte de Felipe II con fronteras seguras y ventajosas en las montañas de África y en el corazón de la Francia; que debía ser señor del Mediterráneo, poseyendo ambas orillas del estrecho de Gibraltar y el puerto de Marsella, por lo menos, en la costa francesa, Sicilia, Cerdeña, Malta y las Baleares, en medio del mar, y el gran puerto de Nápoles, que al abrigo de tales puertos y fronteras debía parecer invulnerable, fuese dificilísimo de defender y facilísimo para la ofensa, débil y flaco por su grandeza misma.

Réstanos hablar de la despoblación y pobreza del reino y del desorden y penuria de la hacienda pública, que con el fanatismo religioso y la falta de unidad política, han de contarse también entre las causas que influyeron en la ruina de nuestro poderío. No conviene tratar separadamente de tales objetos, porque son por su índole tan semejantes y caminan tan juntos en la Historia que, sin lo uno, difícilmente puede comprenderse lo otro.

No hay datos que den á conocer cuál fuese el número de pobladores ni la riqueza é industria que tuviese España durante los siglos medios. Dividida en tantos reinos cristianos y moros, éstos bien y aquéllos mal gobernados; pasando los territorios y provincias de unas manos á otras con tanta frecuencia; no habiendo propiedad, ni dominio, ni nación, ni gobierno seguro, es imposible, no sólo que tales datos los haya, sino aun que á falta de ellos pueda formarse algún cálculo probable, ni en lo particular ni en lo general de la nación. Pero sábese á ciencia cierta que siempre fueron grandes los apuros en Castilla. Sólo D. Pedro el Cruel logró algún desahogo y acopio de dinero entre aquellos soberanos de la Edad Media. Los gastos de la guerra continua contra los moros, las donaciones de los reyes al Clero y á los grandes, la amortización y las exenciones de pagar que de aquí nacían, y más que todo el natural atraso y casi abandono de la Agricultura, del Comercio y las Artes que, trayendo muy pobre al país, le imposibilitaban de conllevar grandes tributos, eran los principales motivos. Alteróse el valor de la moneda en casi todos los reinados, desde Fernando III hasta los Reyes Católicos, y se contrataron muchos empréstitos; mas agravándose el mal con tales remedios, encontraban los reyes mayores dificultades cada día para atender á las crecientes necesidades del Estado. Así se puede creer de Enrique III que no hallase con qué cenar cierta noche, como dicen las consejas. Y, sin embargo, las Cortes de Castilla le dijeron á su hijo Don Juan II, en 1447: «que non demandase ningunas cuantías de maravedises, porque non pudiéndose soportar tales pedidos é monedas, se iban los vasallos á poblar otras tierras é reinos». No por eso cesó el fatal impuesto de la Alcabala ó 5 por 100 sobre la venta de mercaderías, introducido en el reinado anterior, y en el siguiente se creó la renta de Cruzada y la contribución llamada paga del subsidio. Y pensando aliviar las miserias de los pueblos y ponerlos en estado de atender á tales tributos, se dieron ya por entonces leyes suntuarias y se puso tasa al precio de las cosas: mezquinos y falsos remedios, harto probados después en los tiempos de decadencia de la dinastía austriaca.

Por esto, que pasaba en Castilla á principios del siglo xv, puede colegirse cuán infundada sea la opinión de los que suponen muy desahogado el Tesoro público y muy florecientes las Artes, el Comercio y la Agricultura durante el siglo xvi. Verdaderamente, aunque no hubiese datos ni documentos que contradijesen la opinión, el recto sentido habría de desaprobarla. ¿Qué industria, ni qué comercio, ni qué maravillas en la Agricultura podían alcanzar tales pueblos, que habían vivido ocho siglos lidiando de provincia á provincia, de pueblo á pueblo, de heredad á heredad? ¿Cómo habían de ser fabricantes ni comerciantes hombres á quienes no daba descanso ni un solo día el ejercicio de la espada? Antes que no caminos, y puertos, y máquinas, y cosas de aquellas que se emplean en el tráfico y producción industrial, mirábanse en España sendas naturales entorpecidas ó quebradas á intento, á fin de estorbar los pasos, antiguos puentes derruidos, fortalezas sembradas por llanos y montes y atestadas de instrumentos de guerra. Parte de ello era obra de los moros, parte de los cristianos, ya de los reyezuelos que ocupaban las distintas provincias, ya de los concejos para defenderse de los ricos hombres. España era un campo de batalla, y en tales campos no nacen ni se conservan las flores de la paz. Además de estas razones de buena crítica, tenemos noticias de viandantes, principalmente una muy detallada del veneciano Navajero, que prueban que las Castillas, como Aragón y Navarra, á no dudarlo, eran ya al empezar el siglo xvi tierras de abundancia estéril, provincias de poca población, y pobres y mal cultivadas, por donde los rebaños merinos, favorecidos del privilegio de la Mesta, y que formaban la base de nuestro escaso comercio é industria, vagaban á su placer asolándolo todo, como en los tiempos bárbaros y de continua guerra, en que ellos eran la sola riqueza posible y provechosa. Y luego que la paz interior pudo desarrollar entre nosotros las artes útiles, produciendo la emulación y la concurrencia, nacieron ó se desarrollaron rápidamente nuevas causas que apartaron á la nación del camino de la prosperidad. Los judíos dejaron despobladas, según cierto analista, ciento setenta mil casas, y salieron de estos reinos en número de cuatrocientos mil, según unos, de ochocientos mil, según otros, aunque no falta también quien rebaje á treinta y cuatro mil las familias, que podían componer hasta ciento setenta mil almas; gran muchedumbre, de todos modos. Vedóseles extraer oro ni plata, pero como se les permitiese llevar consigo cualquiera otro género de mercaderías, y como no se les pudiese impedir el uso de las letras de cambio, á que estaban muy habituados, sacaron indudablemente inmenso caudal del reino. Fué grande también el número de los emigrados por causa del Santo Oficio, y aun el de los quemados y penitenciados se puede calcular en muchos millares, sacando aquéllos del reino oro y plata en abundancia y perdiéndose en éstos mucha gente laboriosa y útil, y, además, la tranquilidad y la confianza, que son alma y vida del comercio y del trabajo. Y á la par consumieron innumerables hombres tantas y tan sangrientas guerras, apartándose de los oficios y producción en que se empleaban, al cebo de la gloria y del honor muchos, y no pocos al de la ganancia que ofrecía el saco frecuente de ciudades y la ruina de los países conquistados.

Pero, sobre todo, fué fatal á nuestra población y al espíritu de laboriosidad y de producción el descubrimiento de América. Los españoles que allá caminaron fueron tantos, que bastaron para poblar centenares de ciudades y villas en aquel continente; y si vinieron en cambio grandes conductas de oro y plata, ni fueron ciertamente tan grandes como se ha supuesto, ni recompensaron los males que nacieron de ellas. Dió el pronto enriquecimiento más y más crédito á la antigua preocupación económica, que hacía cifrar en el oro y plata la prosperidad de las naciones, primero en los gobernantes, luego en el pueblo. Ninguno viendo volver poderosos en pocos años á los que fueron pobres y mendigos, sujetaba sus pensamientos á ganar con lenta y penosa utilidad ó la riqueza ó la subsistencia; y lo inesperado del acontecimiento y su lejanía, daban aún estímulos á la sorpresa y valor á la fama para encarecer y mentir, fingiendo montes, ríos y mares de plata y oro y piedras preciosas con que la codicia despertaba á los más modestos y los apartaba de su hogar y antiguas ocupaciones. Todo el que sentía en su corazón sed de bienestar, de placer y de gloria; todo el que para procurárselos amaba el trabajo y la fatiga; todos los emprendedores y laboriosos y alentados salieron por tal manera de España; la mayor parte al Nuevo Mundo, bastantes, como arriba indicamos, á las guerras de África y Europa. Bien pudiera decirse que el quedar en España en tales tiempos y con tan deslumbradoras esperanzas por fuera, era señal casi segura de poquedad de ánimo, de imbecilidad ó pereza. Y cierto que no eran los que tales cualidades poseían á propósito para continuar la industria y el cultivo que hubiese, cuanto y más para adelantar en ellos, como forzosamente había de suceder cuando nuestros frutos y producciones hallasen mercados. El hecho fué que se abandonó todo género de trabajo, viéndonos obligados antes de mucho á traer de países extraños hasta los objetos más necesarios para el consumo, comprándolos con los tesoros que venían de América, y por lo mismo ha podido decirse con mucha razón que no fué España sino un puente para que éstos pasasen seguros á otras naciones más laboriosas. Sólo en Segovia, Toledo, Sevilla, Granada y Valencia se sabe que floreciesen algunas industrias, y esas no tardaron en decaer completamente, contribuyendo con las grandes causas que dejamos apuntadas otra, pequeña al parecer, grande en realidad, que fué la introducción de nuevas modas, y, por consecuencia, de distintas telas en los trajes. Eran sencillas las costumbres en esta tierra de combates, y nuestros industriales sólo labraban sencillas telas; la corte flamenca y alemana y el frecuente trato de los españoles con aquellas naciones y con Italia trajo nuevas necesidades, y, por consecuencia, nuevo género de consumo. ¿Y cómo había de acudir á él y de luchar con los ricos tejidos de Flandes, ejecutando dentro de sí tales cambios, una industria puesta en tan desfavorables condiciones como á la sazón afligían á la de Castilla? No era posible.

El comercio era ya tan pobre, que apenas se halla en los siglos medios el nombre de una plaza española que se contase entre las concurridas y ricas del mundo. La exportación se reducía á algunas primeras materias, y la importación no era bastante para satisfacer las necesidades del país. Y siendo el mayor beneficio que nos brindase la América éste del comercio, tampoco supimos aprovecharlo; planteóse un sistema inmenso de monopolio que á un tiempo ataba los brazos de Europa y de América, dañando tanto á la una como á la otra, sin favorecer á nadie en suma: que es lo que suele suceder con tal género de errores. Á Carlos V se atribuye, si no la invención, la ejecución de tal sistema, que fué y ha sido después no sólo español, sino europeo; pero como nacido aquí, fué aquí, sin duda, donde mayores males produjo. Todo se volvió prohibiciones, todo trabas y dificultades al tráfico. El fisco tomó oficiosamente á su cuidado la riqueza pública, y como sucederá siempre que tal cosa se intente, en lugar de favorecerla, la ahogó en su cuna. Entre otras cosas, se prohibió el hacer el comercio de América á los extranjeros, y sólo pudo suceder que ni ellos ni nosotros lo hiciésemos, que no establecer un privilegio en provecho nuestro como se pretendía.

Al compás que el sistema prohibitivo de Carlos V echaba las hondas raíces en que le vemos sostenerse todavía, brotaban preocupaciones particulares no menos funestas que aquella otra gran preocupación económica. Húbolas en todas partes; pero causas diversas, religiosas y políticas, hicieron que ellas se afirmaran y duraran más que en alguna otra en España. De ellas fué la amortización eclesiástica, tan combatida por algunos fueros y leyes españolas de la Edad Media, tan favorecida después por la devoción exagerada de los vasallos, la tolerancia de los reyes y la codicia de los clérigos, y ahora más que nunca acrecentada. No nos detendremos á examinar y encarecer los males de este género de amortización; sabidos de todo el mundo, estudiados hasta la saciedad, probados en la experiencia dolorosa de tantos años, no hay ya lugar á disputas ni serias controversias sobre este punto. Será verdad que la acumulación de capitales en manos de comerciantes, industriales ó agricultores proporcione ventajas á las grandes empresas y acreciente la producción en ocasiones; mas no lo es de seguro que tal acumulación pueda haberla sin notorio perjuicio en manos de eclesiásticos. Lo mismo podemos decir de los pequeños mayorazgos y vínculos con que la gente común, émula en esto de los grandes, lo mismo que ellos habían sido émulos de los reyes, ató la propiedad á los posesores y la apartó del tráfico y negociaciones fructuosas, reduciéndola verdaderamente á la condición de muerta, como decía su nombre. De tales preocupaciones fué también, y acaso la más funesta, el juzgar impropios de la nobleza y la hidalguía la profesión del comercio y de las artes útiles, lo cual amortizó por sí solo los inmensos capitales que poseían los grandes é hidalgos y otros muchos de personas ricas que, vendiéndose los títulos á dinero, preferían comprarlos con él á emplearlos en cosa que les deshonraba. Llegóse á tener por más digno el servir á las personas de calidad que no el vivir con el trabajo propio en libertad y holgura. Errores y preocupaciones todas que desde Carlos V han venido perpetuándose con diversas formas hasta nuestros días.

Felipe II, lejos de retroceder en la obra de su padre, la llevó adelante con su ordinaria tenacidad y empeño; unió el monopolio comercial á la intolerancia política y religiosa: así fué la represión completa. Prohibió la entrada de mercancías extranjeras, como si ya hubiera sido posible estar sin ellas, y la salida del oro, como si pudiera entretenerse á sus solas en nuestros mercados sin empleo alguno. Y es que Felipe II, lo mismo que Carlos V, desconocieron los altos principios que después ha desenvuelto la ciencia económica, y quiso la suerte que ni siquiera por azar diesen con ellos, como aconteció en otras partes. Porque á tientas fué; pero ello es que la paciente república de Holanda, y la Inglaterra primero y luego la Francia dieron con ciertas verdades, á las cuales debieron muchas ventajas. Como ejercitaban ya mucho la industria; como no tenían por qué temer la competencia, sino más bien por qué buscarla; como carecían de otro medio de proporcionarse el oro que no fuese el cultivo de las artes mecánicas y el tráfico, á pesar de los nuevos errores económicos y de las nuevas preocupaciones, no dejaron de labrarse una prosperidad duradera, mientras que los españoles, sin grande interés en la industria, sin medios de sostener por lo pronto competencia alguna en los mercados, con oro en abundancia y esperanza de tenerlo siempre y de tener más cada día, dejaban tal camino casi completamente abandonado.

Y juntando con esto el atraso antiguo de la Agricultura, producido por la guerra de ocho siglos, la falta de brazos que comenzaba á sentirse por la expulsión de los judíos, las emigraciones voluntarias de los moros, los destierros forzosos de muchos, las persecuciones del Santo Oficio, la amortización civil y eclesiástica y el sinnúmero de soldados que exigieron las dilatadas y sangrientas campañas del siglo xvi, compréndese finalmente cuán pobres y tristes debían ser á últimos de él aquellas provincias que estaban á la cabeza de tantos países y hacían de centro, de alma, de señor de todos ellos. Hasta nuestros días no ha sido puesta en su punto de verdad esta situación, obscurecida primero por los cantos hiperbólicos de los poetas árabes, y después por el pomposo patriotismo de los escritores castellanos. Aquéllos, comparando nuestra tierra con el África, de donde solían venir, no podían menos de hallarla muy bien cultivada y con grandes artes y comercio; y éstos, que por lo común no habían salido de nuestra tierra, tampoco podían hallar en otra ventaja alguna. Los extranjeros solían juzgarnos mejor en esta parte; y los pocos que visitaron nuestro país durante el siglo xvi, están conformes en que las Artes y la Agricultura y el interior del país presentaban entonces el aspecto miserable que han presentado hasta nuestros días.

Así la hacienda no pudo andar mejor en el siglo xvi de lo que anduvo en los siglos medios; y acrecentándose cada vez más los empeños del Estado, se ocasionaron no pocas cuitas. Los Reyes Católicos, no obstante que incorporaron á la corona los maestrazgos, y que rescindieron muchas de las donaciones de sus antecesores, y rescataron no poca hacienda usurpada en otros reinados, murieron, primero el uno, el otro luego, sin ver igualados los gastos con los ingresos. No osaron ellos acudir al único remedio que pudiera traer provecho al Tesoro, y era obligar á contribuir á la nobleza y al clero en igual proporción que á los pecheros para los gastos del Estado. Mal era que, como la amortización crecía de hora en hora, iba también de hora en hora aumentándose. Carlos V osó llegar á él, pero no con la decisión y firmeza que convenía; de modo que apenas pasó de intento. En tiempo de este Monarca comenzó á dar al Tesoro algún rendimiento el quinto impuesto sobre el producto de las minas de América; ni tan grandes como se supuso, ni tampoco bastantes para atender á los gastos de aquel belicoso reinado. Hay datos para creer que en 1526 no montaron más estos rendimientos que unos cien mil ducados. Fué preciso, pues, que Carlos V impusiese grandes tributos á sus Estados, señaladamente á los de Flandes, que por su industria y prosperidad estaban más para conllevarlos que los otros; causa de quejas y reclamaciones por parte de los flamencos, que no poco influyeron en los posteriores sucesos. Y vióse aquel Príncipe tan estrecho en ocasiones, que llegó á contraer empréstitos muy crecidos y hasta fabricar copia de moneda de mala ley en escudos castellanos, según afirman graves autoridades.

Por lo mismo, al subir al trono Felipe II estaban las cosas de modo, que su favorito Ruy Gómez de Silva hubo de decir á cierto enviado de nación amiga, que hallaba el reino sensa prattica, sensa soldati, sensa dennari, palabras que han conservado ciertas memorias contemporáneas. Los usureros se llevaban ya buena parte de las rentas públicas. Todo lo que hubieran costado de más la conquista de Granada, y la de Napóles, y la de Navarra, y las guerras de África y de Alemania, se reunía á la sazón en un capital inmenso que el Estado debía y que tiraba crecidísimos intereses. Cierto embajador veneciano calculaba entonces esta deuda en veinticinco millones de ducados. Aconsejáronle al rey Felipe la bancarrota; aconsejáronle que fabricase moneda falsa; aconsejáronle, en fin, cuantas medidas, malas ó buenas, pudo discurrir la ciencia de los economistas de la época. Pero con practicarse algunos de tales consejos no cesaron los apuros. Las flotas de América comenzaron á venir ricamente cargadas; pero más en provecho de los particulares que del Rey, y de todas suertes, no venían, como se ha dicho, tantas barras de oro y plata, sino para ir á países extraños; con que las provincias de España no estaban por eso más en estado de soportar los tributos. Siguió la desigualdad en los contribuyentes; el clero y la nobleza, que poseían lo más y lo mejor de la riqueza pública sin acudir apenas á los gastos del Estado, y los míseros pecheros arrastrando solos tan penosa carga. Y entre tanto el Rey necesitó dinero para armar el ejército de San Quintín y de Gravelingas; necesitólo para la guerra de Flandes, y para el equipo de la Invencible y de la flota que venció en Lepanto á los infieles; necesitólo, porque fuerza es decir tales yerros, para crear las maravillas de El Escorial, que no debiera en tiempos de tanta penuria, y para asoldar, que fué gasto menos útil que crecido, á casi todos los príncipes y cardenales y hombres influyentes, movidos solo de tal estímulo á secundar sus planes. Inventáronse, entonces, impuestos sobre impuestos; las lanas y las harinas y los objetos más necesarios al consumo fueron extraordinariamente cargados; ideáronse servicios ordinarios y extraordinarios, en alcabala y renta de millones. Y al propio tiempo se dejaron de pagar muchos intereses en la deuda pública; se hicieron en ella reducciones arbitrarias y, por tanto, injustas; se alteró, por fin, como en tiempos antiguos, el valor de la moneda de oro, fatal recuerdo y harto aprovechado en los reinados sucesivos, pesando tales disposiciones sobre todas las provincias, y principalmente sobre Castilla, y levantando grandes y justas quejas.

Fueron fundadísimas las de los particulares interesados en las flotas de América, que por espacio de cinco años miraron sus caudales pasar á manos del Rey, debajo de promesa de devolución, que bien sabían ellos que no podían cumplirse, y de garantías ineficaces. Jamás el derecho de propiedad padeció mayor insulto, ni fué más desconocido que con tal despojo, solamente posible en tan despótico gobierno, como ya lo era el de España. Y fué lo peor que tamañas exacciones no trajeron ventaja alguna á la hacienda, ni por eso se vieron más desempeñadas las rentas, ni mejor atendidas las cosas. «España, decía el maestro Gil González Dávila, cabeza de tan dilatada monarquía, era la sola que por acudir á la conservación de tanto mundo estaba pobre, y más en particular los leales reinos de Castilla.» El mismo rey Felipe escribió en cierta ocasión al sabio consejero de Castilla, D. Francisco de Garnica, pidiéndole cierto parecer, estas palabras: «El remedio de lo que ahora se trata, es el último que puede haber; si éste se desbarata, mirad lo que con razón lo sentiré: viéndome de cuarenta y ocho años de edad y con el príncipe de tres, dejándole la hacienda tan sin orden como hasta aquí. Y demás de esto, qué vejez tendré; pues parece que ya la comienzo, si paso de aquí adelante, con no ver un día con lo que tengo de vivir otro.» Frases que bien denotan el cuidado que daban al rey Felipe los negocios de hacienda; pero que no han de causar asombro si se considera que ya por los tiempos de D. Alonso el Sabio y de Enrique III, solían pronunciarlas los reyes, no menos tristes y melancólicas, con la propia ocasión y estímulo. Con todo, fuerza es observar que á medida que pasaban los años, juntándose apuros con apuros y acrecentándose los presentes y próximos con los más antiguos y lejanos, el peso de las deudas iba haciéndose más grande, y mayor cada día la pobreza del Erario. Peor era la situación de la hacienda que á la muerte de Fernando V, á la muerte de Carlos I; peor se mostró que á la muerte de éste, á la muerte de Felipe II.

Con esto dejamos terminado nuestro objeto, que era señalar las causas principales que influyeron en la decadencia y ruina de España. Las hemos hallado en ella desde los primeros tiempos coincidiendo con nuestras prosperidades. Hemos visto también que ninguno de los príncipes que imperaron entre nosotros durante el siglo xvi acertó con los medios de destruir ó de aminorar en tanto como se pudo las llagas de la Monarquía.

Pero si aquellos grandes reyes no hicieron todo lo que debían, tuvieron hartas prendas para esconderlas de modo que no apareciesen á los ojos extranjeros. Ellos hicieron útil empleo las más veces del poder de la nación, que era, á pesar de todo, muy grande, y aprovechándose de las ventajas que ofrecía el espíritu de los naturales, su valor, su sobriedad y el oro de América y la muchedumbre de sus fortalezas y provincias, vivieron y murieron grandes reyes. No de otra manera la Roma de Augusto escondía en su seno las flaquezas que vinieron á destruir el imperio de Honorio. Es que como nada hay perfecto en este mundo y los grandes imperios, por lo mismo que tienen mayores fuerzas, suelen tener mayores enfermedades que otros, necesitan precisamente de príncipes ilustres que los gobiernen. Tales fueron en España Fernando V, Carlos V y Felipe II.

Tócanos decir, en adelante, cómo otros reyes más desidiosos y menos inteligentes, entregados á vergonzosas tutelas, dejaron que los ocultos males de la Monarquía saliesen á la faz del mundo y que llegaran á ser inmensos é irremediables. Más de una vez la pluma ha de vacilar en el propósito de seguir adelante, al inquirir y apuntar los hechos de esta era desdichada; más de una vez el rubor ha de manchar nuestras mejillas y la ira ha de agitar nuestro corazón. Míseros reyes y ministros torpes que cometieron todas las faltas de sus antecesores y no supieron estudiar ni imitar ninguno de sus aciertos; movidos, príncipes y súbditos, no de erróneos pensamientos de religión ó de política, sino de la pereza del ánimo ó del deleite del cuerpo, de lujuria, vanidad y codicia. Bien ha sido hacer alto en la severa y noble relación de Mariana y Miñana antes de pasar á referir cosas tan diversas y tan inferiores. Sólo se echará ahora de menos la pluma con que pintó Tácito las vilezas de Galba y de Vitelio y la decadencia de la virtud romana.

LIBRO PRIMERO

SUMARIO

De 1598 á 1610.—Principios del reinado de D. Felipe III.—Grandeza de la Monarquía.—Carácter del Rey.—El duque de Lerma.—Destituciones y nombramientos.—D. Rodrigo Calderón.—El marqués de Villalonga.—Nuevo modo de administración.—Hacienda.—Política exterior.—Expedición de Irlanda.—Paz con Inglaterra.—Conspiraciones en Francia.—Italia: el Marquesado de Saluces, la Valtelina, Final, diferencias entre el Pontífice y Venecia.—Flandes: Gobierno del cardenal Andrea, Orsoy, Rimberg, los príncipes alemanes, Bomel, ejército de los príncipes, rota de la Caballería holandesa. Llegan á Flandes la infanta Clara Eugenia y el archiduque Alberto, su Gobierno, batalla funesta de las Dunas, sitio de Ostende, Spínola, sus primeras campañas, motín de los soldados, su castigo, guerra marítima, treguas.—Guerra con los infieles, el Archipiélago, Túnez, Arauco.

El día 13 de Septiembre de 1598, en fin, las campanas de El Escorial anunciaron á los labradores humildes del contorno que, en la obscuridad y desnudez de una de sus celdas, acababa de morir Felipe II. Y al eco de aquellos tañidos, comunicándose de gente en gente, se fueron levantando, túmulos primero por el Rey difunto, luego tablados para proclamar al Rey nuevo, por todos los reinos de la Península española, por el Rosellón, Nápoles, Sicilia, Milán, Cerdeña, los Países Bajos, el Franco Condado, las Islas Baleares, Canarias y Terceras, por las plazas españolas ó tributarias de la costa septentrional de África, por Méjico, el Perú, el Brasil, Nueva Granada, Chile y las provincias del Paraguay y de la Plata, por Guinea, Angola, Bengala y Mozambique, donde tenían grandes establecimientos los portugueses, por los reinos de Ormuz, de Goa y de Cambaya, la costa de Malabar, Malaca, Macao, Ceylán, las Molucas, las Filipinas y todas las Antillas.

Jamás en tantos y tan diversos países se han alzado preces por un Rey ni se ha proclamado por tal á otro, ni antes ni después. La Monarquía española era entonces la más extensa que haya habido en el mundo; y aun cuando la población no fuese tanta como á tan dilatados dominios correspondía, llegaba á nueve millones en sólo los reinos de Aragón y Castilla, y era numerosa en Portugal, Flandes, los reinos de Italia y las colonias, pobladas en pocos años de españoles.

Frisaba en los veintiún años el rey Felipe III cuando sucedió á su padre. En tan corta edad pocos hombres habrían sido capaces de atender á las vastas necesidades de la Monarquía; y el nuevo Príncipe no era de ellos, por cierto. Tímido de natural, de fácil imaginación y frías pasiones, criado luego en el retiro y las prácticas de devoción, sin otra amistad y compañía que el conde de Lerma, que se amoldaba mañosamente á sus gustos piadosos y los favorecía con su hacienda y consejos, cuando llegó á verse en el trono fué su primer cuidado el desprenderse del peso del Gobierno y depositarlo en los hombros del favorito.

Cuéntase que Felipe II se quejó en muchas ocasiones de la incapacidad de su hijo para el gobierno, principalmente con el archiduque Alberto, el que casó con la infanta Isabel Clara Eugenia, que era su confidente y amigo. También previó muy temprano que aquel conde de Lerma, á quien él propio había designado para que entrase en la servidumbre del Príncipe, vendría á ser con el tiempo el árbitro de España. Pero ni supo remediar con una educación sabia los defectos naturales del hijo, ni logró privar al favorito de su ascendiente sobre él, aunque llegó á intentarlo. Acaso el ejemplo fatal del príncipe Carlos, acrecentando en el ánimo del Rey los recelos naturales de su carácter, le movió á dar una educación humilde y monacal á su hijo en los primeros años. Y cuando quiso que comenzase á tomar parte en las deliberaciones y negocios del Estado, para disponerle á las altas obligaciones que le esperaban en el mundo, ya era tarde. Creó un Consejo de Estado, donde se examinaban dos veces por semana los negocios más arduos, bajo la presidencia del Príncipe, y ordenábale luego á éste que le hiciese relación de lo tratado, de la resolución tomada y de las razones en que ella se fundaba. Pero el Príncipe, tímido siempre y silencioso, ni dió nunca un parecer, ni supo hacer relato alguno á su padre. Ni siquiera osó elegir esposa á su gusto: mostráronle retratos de tres princesas, y apenas fijó en ellos los ojos; aguardóse inútilmente su resolución, y al fin, muertas dos, hubo de casarse con la tercera, que era Doña Margarita de Austria. Casto, limosnero y devoto, dió á conocer el nuevo Príncipe desde los principios que limitaba sus intentos á ser buen católico, y la muerte le dió hartas treguas al Rey prudente para que viese desde su dolorosa silla que el conde de Lerma venía á heredar sus pensamientos y sus obras y á disfrutar de su poder. Húbolo de llorar, tanto porque sabía que los favoritos, por buenos que fueran, habían de traer consigo la ruina del Estado, como porque á su gran penetración no podía esconderse que el de Lerma no era hombre de prendas ni de aptitud para tan alto empleo.

Era D. Francisco Gómez de Sandoval y Rojas, marqués de Denia y Conde á la sazón de Lerma, palaciego hábil y hombre de negocios activo y diestro, mas no profundo político, ni administrador inteligente como España necesitaba. Ambicioso, desconfiado, suspicaz, poco cuidadoso de la propia hacienda y largo en recoger la ajena, acostumbrado á los medios pequeños y á las pequeñas cuestiones, no acertó á remediar uno solo de los males de la Monarquía, ni hizo más que empeorarlos al mismo tiempo en que favorecía pródigamente su casa y persona. Muy desde los principios pudieron notarse tales calidades. Comenzó trocando su título de Conde por el de Duque de Lerma. Luego echó del lado del rey á su preceptor D. García de Loaisa, ahora Arzobispo de Toledo, y al Inquisidor general D. Pedro Portocarrero, y muertos, uno primero, después otro, por enfermedad de cólera y desengaños, puso en su tío don Bernardo de Sandoval y Rojas entrambas dignidades. Los ministros de Felipe II, Cristóbal de Moura, el conde de Chinchón y Francisco de Idiáquez, hombres todos ellos de mejor ó peor ánimo, pero muy experimentados en los negocios y muy útiles para el despacho, bien dirigidos, fueron alejados de la corte con pretextos más ó menos honrosos, y en su lugar entraron deudos del privado. Salváronse del general naufragio Juan de Idiáquez y el marqués de Velada, mas por encogimiento y poca estima, que no por virtud y fama; pero no Rodrigo Vázquez, presidente del Consejo de Castilla, varón de virtud antigua, aunque de corazón duro y severo, grande estorbo á liviandades. En lugar de este entró el conde de Miranda, tibio defensor de los derechos de aquel Consejo insigne, amigo del placer y del oro que lo proporciona, hombre en todo á gusto del favorito.

Dió este en el arte, sobradamente cultivado después, de repartir los empleos públicos por salario y paga de los servicios que á su persona se prestaban, y así llenó con sus deudos y hechuras todos los virreinatos, y puestos de importancia. Poco después comenzó á venderlos, é introdujo aún la dañosa costumbre de conferirlos por gracia ó venta antes de que vacasen, con que comenzaron á verse en cada uno dos dueños, el que lo poseía y otro que esperaba á que este muriese para disfrutar de tan extraño don ó mercancía. Por aquí comenzó la corrupción que á tan lastimosos extremos llegó los años adelante. Á ejemplo de su principal, los secretarios y ministros que lo servían, y señaladamente D. Rodrigo Calderón, que de paje suyo llegó hasta á hacerse dueño de su confianza, comenzaron á vender cuanto pasaba por sus manos. Cundió pronto el daño: viéronse ministros que habían servido honradamente por largos años en el reinado antecedente, hacerse culpables de todo género de cohechos y desmanes. Fué notable entre otros el ejemplo del conde de Villalonga, D. Pedro Franqueza, secretario del estado de Aragón, que en treinta y seis años con Felipe II no tuvo nota, y metido luego al manejo de la hacienda con D. Lorenzo Ramírez de Prado y otros favorecidos del duque de Lerma, en poco tiempo llegaron á tanto sus concusiones y escándalos, que el mismo Duque se espantó de ellos, prendióle, y hallándose contra él en su proceso hasta cuatrocientos setenta y cuatro cargos, le dejó morir en la cárcel. Publicáronse pragmáticas contra los cohechos que en el duque de Lerma que las ordenaba eran hipocresías. El hecho era que los virreyes y gobernadores de las provincias pagaban por llegar á serlo subsidios muy gruesos al privado y sus amigos, y que las provincias mismas los pagaban para obtener justicia, con que en todo intervino el oro en adelante. Y entre tanto los cargos que podían acercar al Rey personas que no eran de su devoción, suprimíalos el de Lerma ó los acumulaba en su persona, para evitar que se le suscitasen émulos y oposiciones. Aun los Consejos del reino comenzaron á estorbarle: el de Castilla, el de Hacienda, el de Indias, el de la Guerra y los llamados de Italia, Flandes, Aragón, de las Ordenes, de Inquisición y de Cruzada, á cuyo cargo estaba la administración de los negocios públicos, principalmente en los cuatro primeros, y la gobernación de las provincias; porque con el respeto que inspiraban y la noble entereza de los magistrados que solían componerlos, no era posible que él pudiese llevar á término ciertos abusos y desmanes.

Entonces nació aquel sistema funesto de juntas particulares formadas para resolver todos los negocios en que tenía interés el favorito, con individuos sacados y escogidos en todos los Consejos de entre sus criaturas, y los magistrados, pocos aún, que por flaqueza ó infamia estaban á su devoción y mandado. No satisfecho aún con tal cúmulo de poder y tanta independencia, puso impedimentos á la comunicación, antes libre, de la familia real, no fuese que en ella se levantase alguno que quisiera quitarle ó compartir el poder con él. Ofendióse tanto la vieja emperatriz María, hermana de Felipe II y tía del príncipe reinante, que estaba en Madrid en el convento de las Descalzas Reales, y comenzó á mostrar su desagrado de tal suerte, que á creer algunas memorias del tiempo, por huir de ella fué el trasladar la corte á Valladolid, como en efecto se trasladó corriendo el año de 1600, y estuvo allí cinco años. Sea de esto lo que quiera, ello es que la influencia del favorito no se mermó en lo más mínimo con el despego de la familia real, y que llevó sus celos y su audacia hasta el punto de señalar límites á las relaciones del Rey con la Reina su esposa; hecho increíble en otro ministro que el duque de Lerma y con otro Rey que Felipe III. Con esto y con poner de confesor del Rey á un fray Gaspar de Córdoba, hombre de vulgar inteligencia y bajos intentos, sin ambición ni destreza, aseguró completamente su dominación; y así él solo desde su casa con sus secretarios y ministros particulares, su favorito y corte, haciendo de ella archivo de todos los papeles importantes, y palacio de todas las solicitudes, comenzó á disponer del Estado á su antojo, mientras que el Rey en el despacho no hacía más que practicar bien y minuciosamente sus devociones.

Cuáles fuesen las conveniencias de la Monarquía, dejámoslo atrás explicado. Era preciso sobre todo organizar la Hacienda, obra á la cual había consagrado sus últimos años Felipe II, aunque no con mucho éxito por las circunstancias que le acosaron. Y como principal remedio de la penuria del Tesoro, y como fundamento de las mejoras que tanto necesitaban la Agricultura y Comercio, y las atrasadas artes del país, era indispensable el reposo, la paz que sabiamente buscó Felipe II en el tratado de Vervins. Ni una cosa ni otra se supo alcanzar. Y malos principios eran para lograr lo primero, el invertir en las fiestas que se hicieron en Valencia al recibir á la reina Doña Margarita, que vino por Italia á juntarse allí con su esposo, no menos que un millón de ducados que hacían harta falta en Flandes y en otras partes, para atender al Ejército y Armada, y más aún para pagar los préstamos y deudas, que mientras más se dilataban más consumían las rentas de la Monarquía. Desplegó además el duque de Lerma un lujo como de Monarca en sus cosas propias, y muy grande también en las cosas del Estado, desde los primeros años de su administración. Gastó él de por sí trescientos mil ducados en Valencia, al propio tiempo que le hacía gastar un millón al Erario, y envió desde luego gruesas sumas al Emperador y á otros príncipes para prevenirlos en favor de su política.

Reuniéronse las Cortes de Castilla en el mismo año de 1598 en que comenzó el nuevo reinado, y propúsose en ellas la gran estrechez y empeño del real patrimonio, y en comprobación de lo mismo se presentaron dos relaciones del valor de todas las rentas del reino, por donde se vió que las fijas no pasaban de cuatro millones, y que las demás, que estaban encabezadas y arrendadas, importaban cinco millones seiscientos cuarenta y cinco mil seiscientos sesenta y ocho ducados. Unas y otras estaban empeñadas y enajenadas, de suerte que no podía el Estado valerse de ellas. Entonces se establecieron las sisas, que después fueron conocidas con el nombre de servicio de veinte y cuatro millones. Poco hubieron de arbitrar estas primeras Cortes para los grandes gastos y prodigalidades del duque de Lerma, cuando en 1600 se convocaron nuevas, las cuales consintieron en desembarazar y desempeñar las rentas reales, tomando á cargo del reino un censo de siete millones y doscientos mil ducados, y concediendo al propio tiempo un servicio de diez y ocho millones de ducados en seis años, á tres por cada uno, para pagar el principal é intereses de aquella deuda. Prefirió de esta suerte el reino á admitir nuevos tributos ó á acrecentar los antiguos, el tomar sobre sí las deudas de la Hacienda y desempeñarla, como con efecto se desempeñó. Pero no se logró con esto el propósito; porque continuando la mala administración de la Hacienda, hallóse esta de nuevo empeñada en doce millones que se debían á hombres de negocios, los cuales tiraban muy grandes intereses, sin contar las deudas de juros situados y sueltos, con que fué preciso pedirles á las Cortes, otra vez reunidas en 1607, que otorgasen el servicio de millones para esto, y la paga de toda la gente de guerra de dentro y fuera del reino, armada, fortificaciones y gastos de la corte. También los procuradores vinieron en concederlo. Así votaron diez y siete millones y medio en siete años, á dos y medio por cada uno. Por último, á los judíos portugueses se les obligó á pagar dos millones cuatrocientos mil cruzados, por manera de multa ó castigo de sus apostasías.

Cargábanse los impuestos, parte sobre el consumo de ciertos artículos de necesidad para la vida; parte en censos sobre los propios de los pueblos: añadidos á los ordinarios y antiguos, que eran ya muy pesados, causaron muchas lástimas y miserias en Castilla. No tuvieron mejor suerte las demás provincias: en todas se impusieron más contribuciones de las que buenamente podían soportar, añadiéndolas á las que ya pagaban en los reinados anteriores. Sólo Vizcaya tuvo valor para resistir (1601), y eso en mengua de la Monarquía, porque no se negó á pagar los nuevos impuestos, alegando el interés común y general de los pueblos, sino sólo sus propios fueros y exenciones. Cedió Felipe III á las reclamaciones enérgicas de Vizcaya por consejos del favorito, y escribió una carta á la provincia, revocando su determinación y confirmando todos sus privilegios antiguos: que fué perder los recursos con que ya se contaba y perder á la par mucha parte de su dignidad el Gobierno, retardándose más y más la necesaria y deseada unidad de la Monarquía.

Mas no bastaron las nuevas contribuciones y recursos ordinarios para apagar la sed del Tesoro, y lo demás que se imaginó fué de poca eficacia y muy ruinoso. Alzóse el valor de la moneda de cobre (1603), lo cual hizo que los comerciantes extranjeros se apresurasen á inundar de cobre nuestros mercados, llevándose en cambio mayor cantidad de plata de la que el cobre valía, con que se perdieron muchos millones en aquella operación disparatada, además del crédito. Y no fué esto sólo, sino que tal especie de moneda se acrecentó á punto de entorpecer las transacciones. Durmióse tanto el Gobierno, que en vez de hacerlo consumir, acrecentó las licencias de acuñarlo, y contempló impasible el continuo arribo de bajeles que vaciaban en las costas españolas aquella moneda vil de que venían cargados, retornando llenos del oro y plata de América. Poco antes de esta alteración de la moneda, sonaron intentos misteriosos sobre la plata labrada, que en gran copia tenían los particulares y principalmente las iglesias, los cuales no llegaron á realizarse (1602), pero pusieron en no poca tribulación y descontento los ánimos. La expoliación y la violencia del fisco tocaba así ya en los mayores extremos. El duque de Lerma no acertaba con otros medios para llenar el vacío de las arcas públicas. Claramente se veía que el más eficaz era la economía en los gastos y en la administración; pero esto cabalmente no quería practicarlo el favorito. Así fué que desde los primeros años del reinado de D. Felipe, que vamos relatando, la Hacienda pública se vió en mayor pobreza que hubiera sentido hasta entonces. Faltan documentos originales para determinar su verdadero estado; pero en una memoria presentada al rey de Francia, Enrique IV, por sus espías en España, cuando meditaba sus grandes proyectos de guerra contra la casa de Austria, se leen datos curiosos, que si no del todo exactos, puede creerse por el objeto que se acercaban bastante á la verdad. Asegurábase que las rentas de la corona, prescindiendo de las de Portugal, llegaban á quince millones seiscientos cuarenta y ocho mil ducados; pero que en 1610 estaban ya todas empeñadas en ocho millones trescientos ocho mil quinientos ducados, á pesar de los esfuerzos y sacrificios de las Cortes de Castilla, que cada año concedían nuevos subsidios. Las rentas de las Baleares, Nápoles, Milán, Sicilia y Flandes no bastaban para su administración y defensa; y sólo las provincias de España, y más que ninguna, Castilla, conllevaban aquella carga inmensa capaz de agobiar á los países más prósperos.

Sin embargo, el duque de Lerma no hizo lo que debía por mantenernos en el reposo á que prudentemente nos había traído Felipe II. Sin ser de carácter tan emprendedor y belicoso como otros ministros que antes y después tuvo por aquellos siglos la Monarquía, pagó también algún tributo al orgullo nacional, y se lanzó sin reparo en nuevas expediciones y aventuras. Para prolongar la lucha ya irrevocablemente resuelta del catolicismo contra la reforma, continuó pagando las pensiones cuantiosas que en tiempo de Felipe II recibían con el propio objeto los católicos de Inglaterra y Alemania y los descontentos de Francia. Aprobaba la política de la época, harto imbuída en las máximas que reveló Maquiavelo, semejante sistema de hostilidades; y Felipe II lo empleó contra sus enemigos políticos, como ellos lo emplearon contra él en Flandes y en otras partes. Pero pasadas las ocasiones de guerra, cuando la reforma estaba consumada en Inglaterra y Alemania, dada por imposible su conversión por las armas y hecha la paz con Francia, ni eran necesarias tales pensiones, ni parecía siquiera sensato el continuarlas pagando. El duque de Lerma las mantuvo, sin embargo, como estaban, porque aspiraba aún á levantar el catolicismo en Alemania y en Inglaterra, á desmembrar cuando menos á la Francia y á dominar en Italia. Por locos que parezcan tales pensamientos, no hay que culpar de ellos al duque de Lerma solamente: justo es decir que dominaban en muchas personas de cuenta, y en no poca parte del pueblo, que habiéndose criado en las grandezas de Carlos V ó en las altas empresas de Felipe II, juzgaban á la nación capaz de tanto todavía. Faltóle al favorito firmeza de ánimo y una conciencia de su deber bastante ilustrada para no ceder á las exigencias insensatas del orgullo nacional; que bien pudo despreciar por esta parte sus murmuraciones, quien sabía despreciarlas en cosas menos injustas, y que más herían su honra. Hubiérale ayudado en ello el clamor de los muchos que ante todo pedían algún alivio en sus miserias. Ni era aquella la ocasión de pensar en altas empresas, ni era él hombre para llevarlas á cabo; y acontece en las cosas políticas que lo que en tal hombre y en tal día es grande y digno de aplauso, ó cuando menos de respeto, parece ridículo en otra ocasión y en otras manos.

Los temporales solamente pudieron impedir que la Invencible destruyera el poder del protestantismo inglés; mas las empresas que intentó contra aquella nación el ministro de Felipe III llevaban la destrucción en sí mismas y en su propia pequeñez é impotencia. Mandó una expedición en favor de los católicos de Irlanda que estaban hacía tiempo en armas contra la metrópoli (1602), donde apenas se contarían seis mil hombres de desembarco gobernados de D. Juan del Águila, capitán criado en la escuela del duque de Alba, y luego Maestro de campo debajo del príncipe de Parma, valerosísimo y prudente. Desembarcó esta gente y se apoderó de Baltimore y de Kinsale. Desde allí envió Águila un escuadrón de dos mil españoles, al mando de su segundo Ocampo, á que se incorporase con las fuerzas del conde de Tyron, caudillo principal de los rebeldes. Hallábanse éstos muy disminuídos y desalentados con las derrotas que habían padecido antes de llegar los españoles; de suerte que solo se reunirían con los nuestros unos cuatro mil soldados. Montjoy, Virrey de la isla, llegó con el ejército inglés y encontró al conde de Tyron y á Ocampo no bien habían logrado reunirse. Trabóse al punto un combate, en el cual los nuestros hicieron prodigios de valor y mantuvieron por largo espacio indecisa la victoria: con todo fueron vencidos. Las tropas allegadizas y tumultuarias de los irlandeses, con pocas armas y menos disciplina, no supieron resistir y abandonaron el campo, y solo los nuestros perdieron ya inútilmente más de dos mil doscientos hombres. Ocampo y muchos de sus oficiales quedaron prisioneros. Á estas nuevas, D. Juan del Águila, sitiado por mar y tierra, se vió con el resto de la gente forzado á capitular. Estipuló ante todo el capitán español que se daría una completa amnistía á los habitantes de Baltimore y de Kinsale que habían prestado muy buena acogida á los nuestros; y luego que una escuadra inglesa conduciría á España sus tropas con toda la artillería, municiones y efectos desembarcados. Á todo accedió el Virrey, que, habiendo visto pelear á los nuestros, contábase por feliz con que á tan poca costa dejasen la tierra. El conde de Tyron tuvo entonces que someterse á la reina Isabel; mas no juzgándose seguro en Inglaterra, fué á acabar sus días en Roma.

Murió á poco Isabel de Inglaterra, y con su muerte abriéronse de nuevo los tratos de paz tantas veces comenzados; mas ahora llegaron á terminarse por la buena voluntad del rey Jacobo y de sus ministros que en todo se pusieron de parte de España. Hubo primero que resolver cuestiones de etiqueta muy graves para aquel tiempo. No sabiendo en qué orden habían de sentarse los embajadores, se imaginó ponerlos en derredor de una mesa redonda. La paz fué ventajosa, y aún por eso se dijo que el rey Jacobo era de corazón católico, y que á sus ministros para que favoreciesen nuestros intereses y la política de España, los ganó el duque de Lerma con dinero. Si esto fué cierto, bien puede causarnos maravilla la venalidad de los ministros extranjeros de aquel tiempo, porque en todas partes hallaba nuestra política tales ayudas. Añádese que el primer intento del duque de Lerma después de las paces, fué incitar á la Inglaterra contra Francia, formando una liga con aquella potencia para devolverle las provincias que había poseído en otro tiempo y repartir el resto en varios dominios, los unos libres, los otros dependientes de España. Sacrificábase aquí, si fué cierto, el interés católico al gran interés político y de conservación de la Monarquía, cosa rarísima verdaderamente en nuestra corte; pero la traza, así como imaginada en los días de Felipe II y de la reina María, pudiera haber sido de efecto, no podía serlo entonces de modo alguno, porque Francia estaba ya libre de disensiones, y harto flaca España para soportar los empeños de tamaña empresa. No se intentó al fin, acaso porque no se prestase el pacífico Monarca inglés á entrar en la liga, y comenzó el Duque á tramar conjuraciones dentro de Francia.

Descubrióse la más extensa y mejor combinada de ellas, á cuya cabeza estaba el Mariscal de Byrón, uno de los mayores capitanes de Enrique IV, y en la cual tomó parte muy principal el duque de Saboya. El Mariscal fué condenado á muerte, y ejecutado en la Bastilla, y la conspiración quedó frustrada. Fontenelles, de noble familia de Bretaña, tuvo después la propia suerte por haber querido entregar el fuerte de Donarnenés á España, y diez ó doce personas más de las principales de la provincia fueron por el mismo motivo decapitadas. Ahora los intentos de nuestro Gobierno se encaminaban principalmente á tomar á Marsella, cosa que tan fácil hubiera sido en otras ocasiones; y si la conjuración del Mariscal de Byrón hubiera alcanzado buen éxito, estaba ajustado que viniese á nuestro poder. Frustrada aquella trama, se imaginó otra que no tuvo mejor suerte. Luis de Alagón, barón de Mairargues, que mandaba las galeras de Francia en el puerto de Marsella, y al propio tiempo era uno de los magistrados municipales de aquella plaza, se ofreció á ponerla en manos de los españoles. Supo también su intento el Gobierno francés, y perdió la cabeza en el cadalso. Pero aun esto no contuvo la venalidad en Francia: porque pocos días después fueron ajusticiados en Tolosa dos hermanos que iban á entregar las plazas de Narbona y Leucata al Gobernador del Rosellón. Empleó España sin fruto en tales intentos crecidas cantidades, que vinieron á recargar dolorosamente el exhausto Erario.

Algo mejor librados salieron en Italia los intereses políticos y religiosos de nuestra corte, mas no por virtud del duque de Lerma. El Papa Clemente VIII, nombrado árbitro por el tratado de Vervins entre Francia y el duque de Saboya que pretendían á un tiempo el Marquesado de Saluces (1601), adjudicó estos Estados al Duque, mediante alguna indemnización al francés, merced al influjo de España que no quería que por aquel territorio tuviese su rival entrada libre en Italia.

Quien tuvo la mayor parte en el buen éxito de tales negociaciones fué D. Pedro Enríquez de Acebedo, conde de Fuentes, que del Gobierno de Flandes había venido al de Milán. Era el Conde discípulo del duque de Alba[16]. Preciábase de tener sus mismos sentimientos y de observar la propia disciplina que él. Sagaz, altivo y fastuoso, despreciador de todos los hechos militares que no fuesen los suyos, y de otra nación ó potencia que no fuese España, llegó á influir de un modo poderoso y decisivo en los negocios de Italia. El echó allí los fundamentos de la política hábil que, á pesar de todos los desaciertos y miserias de la corte, mantuvo por España el Milanesado hasta la muerte de Carlos II. Fué el primero en comprender la importancia de la Valtelina para la conservación del Milanesado, porque ponía en comunicación esta provincia con los Estados del Emperador, natural aliado y amigo de España. Propuesto desde entonces á que fuese nuestro aquel territorio, levantó un fuerte en los confines del Milanés y de la Valtelina, al que llamó de su nombre, fuerte de Fuentes, y comenzó á ganarse los ánimos de los naturales. No tardó en apoderarse del Marquesado de Final, poseído por Alejandro Caretto, anciano octogenario que no dejaba sucesión. Á la verdad, sobre estos Estados podía alegar ciertos derechos España; mas su conveniencia y su fuerza fueron los verdaderos títulos en que se fundó la conquista. El dominio de Final era también importante para la conservación del Estado de Milán, porque en su puerto podían desembarcar nuestras flotas y mantenerse, por él, á la par que por Mónaco, la comunicación con España. Poco después estallaron grandes diferencias entre el Pontífice Paulo V y la República Veneciana (1606), con motivo de haber sometido aquélla á los tribunales civiles las causas de varios eclesiásticos. Y llegando el asunto á trance de guerra, tomó nuestra corte la defensa del Papa: previno el de Fuentes un ejército, y los venecianos no osaron medirse con él y se avinieron con la corte de Roma. Ningún suceso fué tan agradable como éste á los ojos del rey Felipe y aun á los del vulgo, porque él hacía representar á la España el papel de cabeza y amparo del catolicismo que tanto ambicionaba. Y, sin embargo, dióse con él un ejemplo funesto, por dicha no repetido más tarde, que fué sostener con las armas las pretensiones, no ya dogmáticas, sino disciplinales de la corte de Roma, contribuyendo á que la potestad temporal en una nación independiente quedase vencida por la potestad espiritual, y no en discursos ni negociaciones, sino por medio de las armas: hecho harto más católico que prudente ni político, á no ser que fuera el propósito del hábil conde de Fuentes y del de Lerma, humillar á los venecianos nuestros naturales enemigos.

Mas el punto adonde mayormente inclinaba su atención la corte eran las provincias de Flandes. Porque no obstante que el rey D. Felipe II había cedido el dominio de aquellos Estados, de suerte que ya no componían parte de la Monarquía, continuaba la guerra con la propia obstinación que antes, mantenida de un lado por las provincias unidas con el nombre ya de República de Holanda, y de otro por las armas españolas que ocupaban aún las plazas y lugares en defensa y protección de los derechos de la infanta Isabel Clara y del archiduque Alberto. Malográronse con esto muchas de las esperanzas que había dejado nacer la cesión de aquellos Estados, pues no parecía razón que por cosa que no la pertenecía mantuviese la nación tan costosa guerra. Pero de una parte los holandeses se mostraban tan soberbios y tan poco inclinados á la paz, que parecía afrenta el dejar la guerra; de otra parte la manera con que se había pactado la cesión, constituyéndonos en protectores de la nueva soberanía y haciendo á esta feudataria de nuestra corona, nos obligaba á su defensa; y, por último, y más que todo, el rey Felipe III, lleno de religioso celo, y su ministro, arrastrado por temerarias miras de engrandecimiento, ni querían ajustar paces con tan aborrecidos herejes, ni renunciaban aún á avasallarlos, ni se prestaban de buena voluntad á abandonar del todo aquellas provincias, contando con que si no tenían sucesión los príncipes habían de volver á sus manos. Error este notable, porque lo que se propuso sin duda Felipe II, y lo que convenía á la nación, era apartarse de guerra tan inútil y costosa con algún honroso motivo, y no podía haberlo mayor que aquel para lograr, tarde ó temprano el intento. Fuera del país las tropas españolas y el Archiduque y la Infanta entregados á sus fuerzas naturales, habrían logrado sin duda mantenerse en él á la sombra del Rey de España y del Emperador, haciendo treguas ó paces con los holandeses mucho antes que se hicieron y quizás con más ventajas. No se siguió este buen consejo, y vino á acontecer que la cesión no aprovechase de nada.

Mientras el Archiduque y la Infanta estaban en España se puso el Gobierno de aquellos Estados á cargo del cardenal Andrea, hijo de la casa de Austria y deudo de entrambos. Era el Cardenal hombre de no escaso entendimiento y esfuerzo, y supo administrarlos con celo, ya que no con mucha fortuna. Resolvióse bajo su consejo y mandó sujetar ó castigar á las ciudades alemanas del Rhin que por ser protestantes solían ofrecer ayuda y resguardo á los holandeses. El Almirante de Aragón, don Francisco de Mendoza, hermano del duque del Infantado y Capitán general de la Caballería, en quien recayó el mando del ejército, pasada muestra de las tropas que montaban á 20.000 infantes y 2.500 caballos, tomó la vuelta de Güeldres, rindió á Orsoy y otros castillos sin mucho trabajo, y de allí se fué á poner sitio en Rimberg, ciudad importante y fortalecida. Plantáronse las baterías por tres partes y se comenzó á batir la plaza con mucha furia, porque se temía que los enemigos viniesen al socorro. No dió tiempo á tanto la defensa, porque habiendo caído una bala de cañón en ciertos barriles de pólvora, se voló toda con gran estrépito y muerte de muchos soldados y burgueses, lo cual causó tal confusión y espanto, que al punto determinaron rendirse á partido. Tomada Rimberg, guarneció el Almirante algunos lugares para dejar afirmadas las espaldas, y en seguida pasó el Rhin con sus tropas. Arrimóse á Wesel, ciudad imperial, pero herética, para poner en ella guarnición; y los vecinos con gruesa contribución primero, y luego restituyéndose falsamente al culto católico, obtuvieron que se desistiese de tal intento. Después trató de acometer á Desborech; pero el conde Mauricio, que acudió al socorro de aquella plaza, supo estorbarlo. Más felices fueron los nuestros delante de Doetecon, villa cercana y no tan fuerte, y eso que, al encaminarse allí la Caballería española, recibió algún daño de los enemigos emboscados al paso. En tanto el invierno venía ya bien entrado en aguas y fríos, de manera que no se podía campear en aquel país. Esto y la falta de vituallas y forrajes, determinó al Almirante á dar cuarteles á su ejército sin hacer más daños en los contrarios. Fué, pues, la campaña por demás infecunda y no conforme con las esperanzas que hubo al emprenderla.

Pero anduvo aún más desacertado el Almirante en el alojar el ejército que en la campaña. Habíale mandado el cardenal Andrea que se alojase por amor ó por fuerza en tierras de enemigos. Comprendiólo el Almirante, de suerte que envió y distribuyó las tropas por Munster, Westfalia y otras provincias de la jurisdicción del Imperio. Negábanse los naturales, como era justo, á recibir á los españoles; mas éstos, en cumplimiento de las órdenes de su general, se hicieron abrir á viva fuerza las puertas de los lugares y se alojaron en las casas de los moradores. Quejáronse los príncipes del Imperio, pusiéronse en armas las ciudades, y negaron los naturales vituallas y auxilios de todo género, tratando á los nuestros como enemigos; mas á medida de la necesidad y de los malos tratos que padecían doblaban su rabia los soldados para usar del rigor, pareciéndoles también, como dice un cronista, que no era ninguno el que tenían con aquella gente bárbara y tan grandes herejes. Dióse ocasión á que, acudiendo el conde Mauricio en socorro de algunas de las ciudades imperiales, tuviesen que salir de ellas por fuerza las compañías españolas. Los príncipes alemanes hablaban entre tanto de declarar la guerra al Rey de España y de venir con ejércitos formados á echar al Almirante de sus tierras. Calmaba sus ímpetus el Emperador, muy obligado á la España. Procuraba también el cardenal Andrea sosegar á los pueblos asegurándoles que pronto se retiraría de ellos el ejército; mas no por eso se acalló el descontento que hubo de estallar más tarde en los príncipes, y en los pueblos siguió produciendo grandes contiendas. La gente española y alemana del ejército católico, mal pagada y peor servida, no cesó en sacar contribuciones forzosas y en tomar cuanto les faltaba de la hacienda de los naturales sin reparo alguno.

Al fin se pasó el invierno en tales trabajos, y en la primavera del año siguiente volvió á ponerse el ejército en campaña. Antes el Cardenal juntó dinero entre los mercaderes con que pagar á ciertos soldados que había amotinados en Amberes y otras plazas, y procuró reunir cuanto necesitaba el ejército para emprender de nuevo la guerra. Los enemigos eran grandes y temibles. De una parte los holandeses mostrábanse más obstinados y más poderosos que nunca en paz y en guerra. De otra parte, los príncipes protestantes del Imperio, teniendo en el corazón los pasados disgustos, no hacían más que allegar soldados y armas con que daban á sospechar lo que hicieron más adelante; y además el Rey de Francia, á pesar de las recientes paces, no cesaba de hostilizar debajo de mano nuestras tierras, ya entrando en inteligencias con algunas plazas del Artois para apoderarse por traición de ellas, ya atendiendo á tomar también por inteligencia la plaza de Cambray, ya permitiendo que hiciesen los enemigos grandes levas de gente en sus Estados, no tan secretamente que no fuese sabido de todo el mundo, ya, en fin, prestándoles grandes sumas de dinero y armas. Ni faltaban como siempre socorros de Inglaterra á los holandeses tanto en hombres como en dinero. Á todo había que atender y con pocos recursos, porque eran tardíos y no suficientes los que dejaba venir de España la penuria de la Hacienda. Malográronse los tratos que tenían los católicos para apoderarse de algunas plazas rebeldes, y padecimos un descalabro antes de comenzar la campaña. El conde de Busquoi, Gobernador de Emerique, habiendo caído en una celada que le pusieron los enemigos, fué herido y preso con muerte de los que le acompañaban.

Abrióse aquel año la campaña, partiéndose el ejército en dos trozos que tomaron por uno y otro lado del Rhin: rindióse á poca costa el fuerte de Crevecoeur. Era el intento amenazar con el uno el fuerte de Schenque que el enemigo tenía muy fortificado, para coger más descuidada y desguarnecida la isla de Bomel, situada entre el río Mosa ó Mosella y el Wael, que era la verdadera empresa. Frustróse por decidia y mala inteligencia de los capitanes católicos. No se pudo coger desprevenidos á los contrarios como se pensaba, aunque bien se pudiera, y tuvo que pasar todo el ejército á acometer formalmente la isla. Allí se mantuvo un largo y sangriento sitio sin ventaja de una y otra parte. El conde Mauricio con su ejército plantó sus cuarteles enfrente de la isla, comunicándose con ella por medio de puentes. El cardenal Andrea con el ejército de España tenía puesto el pie en la isla, pero sin poder llegar á la villa, ni adelantar un paso en su expugnación, determinaron al fin los nuestros hacer un fuerte en la isla de la parte donde, juntándose los dos ríos, comienzan á formarla; que por hacer allí punta el terreno daba mucha proporción para impedir con buenas baterías la navegación provechosísima de los enemigos. Hízose el fuerte, lográndose esto al menos de tan costosa empresa. Mientras se adelantaban las obras no cesaban de acometerse los dos ejércitos, procurando cada uno sorprender los cuarteles de los contrarios; mas de ambas partes en vano. Viéronse con tal ocasión grandes hazañas. Algunas compañías españolas é italianas acometieron con tanto esfuerzo un reducto de los contrarios, situado en la misma isla de Bomel, que ya comenzaban éstos á desampararlo; mas visto por el conde Mauricio mandó que se apartasen de la orilla los bajeles que allí ofrecían retirada á sus soldados, con que los puso en el estrecho de morir ó de conservar, como lo hicieron, el puesto. Y fué famoso el hecho del sargento mayor Durango, que sorprendido con pocos soldados españoles y algunos valones del grueso de los contrarios, á tiempo en que se ocupaba en labrar un reducto, aunque muchos de los suyos hubieron de pelear con los picos y palas con que trabajaban por no hallar sazón para tomar las armas, mantuvo el puesto brazo á brazo y dejó en él más enemigos muertos que eran en número sus soldados. Por fin, no bien acabada la obra, el Cardenal gobernador tuvo que retirarse de Bomel para atender á otros peligros más cercanos con mucha parte de las fuerzas.

Habían al cabo juntado ejército los príncipes protestantes y acometido con él á las guarniciones españolas que quedaron á la parte allá del Rhin en tierra de la jurisdicción del Imperio, amenazando reunir sus fuerzas con las del conde Mauricio, que si lo hicieran, llegara á ser muy crítica la situación de los nuestros; mas no pudieron venir á punto. Wesel, no bien se vió libre del temor de los españoles al abrigo del ejército alemán, se apartó de nuevo del culto católico. Pero en tanto este ejército que sitió á Rimberg fué de allí valerosamente rechazado por un tercio que guarnecía la plaza, á pesar de estar amotinado y vivir como solían vivir los soldados en tal ocasión con cierto género de independencia. En seguida acometió el enemigo á Reez, defendida del capitán D. Ramiro de Guzmán con poca gente; mas no alcanzó mejor fortuna. Envió el Almirante de Aragón en socorro de la plaza á Andrés Ortiz, capitán experimentado, el cual logró entrar en ella, y desde allí hizo tales salidas, é imaginó tales acometimientos, que obligó á los contrarios á alzar el cerco. Con esto abandonaron el campo los príncipes confederados, y se retiraron á sus tierras con mengua de la reputación y pérdida crecida en hombres y dinero. Sólo consiguieron que los nuestros, por no irritarlos más y no estimularlos á nuevas empresas, dejasen á Orsoy y otras pequeñas plazas de la jurisdicción del Imperio, que tenían aún ocupadas.

Al retirarse la guarnición de Doetecon, que fué uno de los puntos abandonados, pensaron los holandeses sorprenderla y destruirla, y salieron contra ella con lo mejor de su Caballería. Dió esto ocasión á una de las mayores derrotas que padecieron los holandeses en aquella guerra. Porque sabido el caso por Juan Contreras Gamarra, Comisario general, determinó salir contra ellos con algunas compañías de caballos, dando aviso á Ambrosio Landriano, Teniente general de la Caballería, para que con mayores fuerzas viniese á apoyarle en el trance. Divisó Contreras á los contrarios en un paso estrecho donde no podían maniobrar todos los caballos á un tiempo, y animando á los suyos se arrojó impetuosamente sobre los que venían de vanguardia, matando y desordenando cuanto se le puso delante. En esto los enemigos habían logrado desenvolverse y mejorar de posición; pero fué tanto el espanto que les causó el pelear bizarro de los nuestros, que, con ser doblado número, no pudieron sus oficiales y capitanes traerlos á que hiciesen buen rostro. Llegaba ya Landriano con más fuerzas, y sin esperar á cruzar lanzas con él, se declararon los contrarios en total derrota. Corría el Mosella no lejos del campo de batalla, y los jinetes enemigos, desalentados, se arrojaron á esguazarlo sin tiento, con que fueron muchos los ahogados y más los caballos y armas perdidas. De los vecinos lugares salió alguna Infantería alemana en defensa de la Caballería holandesa, mas fué acuchillada y deshecha. En suma, de toda la Caballería enemiga muy pocos quedaron de servicio. Contreras, en quien se desconoció la gloria del triunfo, volvió desabrido á España. Aconteció este suceso á tiempo que el archiduque Alberto y la infanta Isabel Clara Eugenia estaban ya en Flandes.

Dejó el cardenal Andrea el Gobierno, y el Archiduque y su esposa comenzaron al punto á ejercerlo. Convocaron primero á los Estados ó Cortes de la Nación para exigirles el juramento de obediencia, sobre lo cual hubo no escasas dificultades. Pedían los naturales que antes de prestar ellos el juramento de obediencia jurasen los príncipes conservar sus privilegios, de los cuales era el poner todas las plazas y fortalezas debajo de su mano, haciendo salir de ellas las tropas extranjeras. Á esto no podían avenirse los príncipes, porque el Rey de España no quería dejar las fortalezas ni abandonar del todo el dominio del país, como arriba dijimos. Añadíase que las tropas allí levantadas no eran muy de fiar en guerra como aquélla, sostenida entre provincias hermanas, y así se resistió la pretensión hasta que cedieron los Estados. Pasearon los príncipes todas las provincias de su Imperio, tomando el juramento á cada una de ellas especialmente, y lograron con buenas trazas que se les concediesen algunos subsidios.

Entonces el Archiduque volvió á poner los ojos en las necesidades de la guerra. Eran éstas á la sazón muy grandes. Wachtendoch, plaza muy fuerte, junto á Güeldres, fué sorprendida por el enemigo. Y sintiendo la falta de pagas y la vecindad del invierno, los soldados del trozo de ejército que estaba aún sobre Bomel se amotinaron en mucha parte. Como estaban terminadas del todo las obras del fuerte, tomóse por buen partido el retirar de allí el ejército, juzgando que no vendría con ello algún daño; mas habiendo quedado de guarnición ciertas compañías de valones, lo entregaron éstos á pocos días después al conde Mauricio por gruesa suma de dinero. Rindióse también por tratos á los enemigos el fuerte de Crevecoeur, guarnecido de alemanes y flamencos. Hechos que daban más y más por imposible el fiar las plazas á otras guarniciones que las españolas. Hallábanse algunas de éstas alteradas, y todas descontentas por la misma falta de pagas; mas no se halló que ninguna de ellas, aun peleando por causa extranjera, como ya á la sazón peleaban, rindiese su puesto al enemigo. Contentábanse con sacar por fuerza del país grandes tributos con que remediaban sus escaseces.

No tardó en ofrecerse una prueba solemne de la diferente condición de nuestros soldados y los extraños en el suceso que ahora sobrevino. Porque animados los holandeses con las recientes ventajas y con el desconcierto de nuestra gente, reuniendo todas las fuerzas que pudieron juntar, con gran priesa y esmero, salieron de sus puertos y desembarcaron en un lugar no lejos de Gante, con ejército de más de veintitrés mil hombres, el más poderoso que jamás hubiese llevado sus banderas. Era su intento socorrer la guarnición de Ostende, harto apurada de nuestros presidios, y tomar á Newport y otras plazas allí cercanas, de suerte que quedara debajo de su dependencia aquella provincia. Á la nueva de tal peligro, el Archiduque envió á requerir á los soldados de aquí y allá amotinados en los presidios, que saliesen á defender la tierra, manifestándoles el grande apuro en que se hallaba. Negáronse los italianos y valones; prestáronse de muy buena voluntad los españoles. Con ellos, principalmente, se compuso el ejército, que marchó al punto la vuelta de Gante en busca del enemigo.

Allí se presentó delante de él la infanta doña Isabel Clara Eugenia, y dió gracias á los soldados españoles por su leal comportamiento, recordándoles que eso y más debían al nombre glorioso de su patria. Enardecidos los viejos tercios con tal discurso, pidieron á voces que sin más dilación se los encaminase al combate. Echaron delante los amotinados, jurando lavar en sangre el pasado extravío. Tomaron al paso el fuerte de Andemburg, que se rindió sin defensa. No anduvieron tan presto en rendirse los del presidio de Suaesquerch, y antes que pudieran meditar lo que les estaría mejor, fué asaltada la plaza y pasados todos á cuchillo. Más adelante tropezaron los amotinados y vanguardia de los nuestros con dos mil soldados escoceses y holandeses que enviaba ya el conde Mauricio á ejecutar el socorro de Ostende, cerraron con ellos y no dejaron hombre á vida en pocos instantes.

Sabido por los enemigos cómo avanzaba aquel impetuoso torrente, determinaron evitar su furia embarcándose. Pero no les dieron tiempo los nuestros, que sin descansar un momento llegaron á ponérseles delante. Habían dejado atrás, para asegurar ciertos pasos, cuatro mil infantes y los cañones al mando de D. Luis de Velasco, general de la Artillería, de suerte que el total no pasaba de seis mil hombres de infantería con seiscientos caballos. Dióles frente el conde Mauricio con diez y seis mil infantes y dos mil seiscientos caballos, fortificados en siete dunas ó colinas de arena puestas á la orilla del mar entre Newport y Ostende. La Infantería ocupaba el centro formada en lo alto de las dunas. Los flancos de la posición, que eran los espacios que se hallaban entre las dunas y el mar, estaban defendidos de la Artillería, plantada también en lo alto de éstas, señaladamente en las dos puestas á los extremos. Además, la Caballería, partida en dos trozos al diestro y siniestro lado, así como emboscada entre las dunas y el mar, cubría ventajosamente al centro. Muchos de los capitanes españoles fueron de opinión que no se empeñase la batalla. Proponían que haciendo alto el ejército, tomase allí posiciones entre Ostende y el mar, de suerte que cerrase al enemigo el camino de esta plaza fortísima, donde podría fácilmente embarcarse, obligándole á pelear con manifiesta desventaja ó á embarcarse en la playa abierta, donde no podría menos de ser destruído. No dió oídos á aquel consejo prudente el ardor irreflexivo de los más, ni se quiso esperar siquiera á que llegase D. Luis de Velasco con la gente que quedaba atrás y la Artillería. Así, en aquel lugar donde pudo acaso acabar la guerra con victoria nuestra, nacieron mayores desdichas para en adelante y una fatal derrota. Era el ejército español menos de la mitad en número que el de los contrarios. Hería el sol en lo más recio del día y mortificaba mucho á nuestros soldados, que venían ya hartas horas sin comer y con largo camino, después de haber asaltado plazas y peleado á campo raso con numeroso escuadrón. Estaban los holandeses descansados y en muy buenas posiciones fortalecidos, con la espalda á las brisas frescas del mar. Con todo, se empeñó la batalla.

Á ella acudieron por el centro los seis mil hombres de infantería española y extranjera, al mando del Archiduque mismo con Zapena, Villar, Monroy y otros Maestres de campo muy nombrados, y embistieron con las dunas, defendidas por más de diez y seis mil soldados. Era difícil el asalto, porque las piernas de los que subían se enterraban en la arena, de suerte que apenas podían ellos dar un paso, mientras que los que estaban en lo alto disparaban la artillería á pie firme y hacían muy ordenadamente sus fuegos. Tomóse, sin embargo, la más avanzada de las dunas, y acometióse otra que era la mayor y mejor defendida. Allí pelearon los nuestros pica á pica por espacio de una hora, y aunque tan inferiores en número, lograron quitar algunos cañones á los contrarios y poner de su parte las probabilidades del vencimiento. Pero entre tanto nuestra Caballería, que acometió por los costados entre las faldas de las dunas y el mar, fué puesta en derrota. El Almirante de Aragón, Capitán general de nuevo de la Caballería, que entró por uno de los costados, fué detenido por el fuego de la artillería enemiga, plantada en la duna que allí hacía frente; y tal estrago hicieron las balas en sus filas, que espantados los caballos y confundidos los jinetes, no fué posible hacerlos pasar adelante. Al propio tiempo el comisario Pedro Gallego, sucesor de Contreras, había acometido por el ala opuesta, y saliendo contra él seiscientos corazas francesas que defendían aquel costado, puestos en emboscada detrás de las dunas, destrozaron sus compañías.

No se contentó con este triunfo el ímpetu de los franceses, y pasando adelante vinieron á caer sobre el centro. En vano el capitán Rodrigo Laso con dos solas compañías de caballos cerró con todo el escuadrón de los enemigos; él fué derribado medio muerto y dispersada su escasa gente. Entonces la Infantería española, que coronaba ya las dunas, viendo tomada de los enemigos la retaguardia, se puso en retirada. Pero al pie de las mismas posiciones que abandonaba fué acometida por los triunfantes corazas franceses, mientras que los infantes enemigos bajaban ordenadamente á acometerla por la espalda. No era posible la defensa; los soldados bajaban sueltos y sin orden, como habían peleado en lo alto. No se podía formar escuadrón que resistiese á los caballos ni á los escuadrones de la infantería enemiga, y el campo se convirtió entonces en una carnicería horrible, donde los infantes españoles uno á uno peleaban por la vida y la honra. Ordenóse la retirada, que fué peor que la batalla en aquel trance. El Archiduque, que no se había separado un momento del combate, estuvo á punto de morir, y por defenderlo cayeron á su lado los más esforzados de los españoles. Perdimos en esta batalla dos mil quinientos hombres de escasos siete mil con que entramos en ella, todos capitanes y soldados viejos, que no habían vuelto nunca rostro al enemigo. Y sólo pudo servir de siniestro consuelo el que de cerca de diez y nueve mil hombres de todas armas con que nos aguardó el enemigo, seis mil quedaron en el campo. De entre los muertos merecieron contarse los capitanes Andrés Ortiz, D. Ramiro de Guzmán, Ulloa, Dávila, Ezpeleta y otros no menos valientes, y el Maestre de campo Zapena. Tal fué la jornada de las Dunas (1600), la más funesta que hubiesen empeñado hasta entonces las armas de España en los campos extranjeros. Perdióse, como se ha visto, por sobra de valor y falta de cordura.

El conde Mauricio vió tan maltratada á su gente, que no se atrevió á seguir el alcance, ni á emprender otra conquista que el sitio de Newport, ciudad de poca fortaleza y arrimada al campo de batalla. Pero ni aun esto pudo conseguir y tuvo que reembarcarse con tanta gente de menos y sin ventaja alguna. Entre tanto, el Archiduque acudió á reparar sus fuerzas. Diéronle los Estados dineros y auxilios, y con ellos los soldados extranjeros amotinados en las plazas vinieron á partido. Formóse un ejército numeroso; pero no hubo necesidad de él, porque ni de una ni de otra parte se emprendió nada el resto de la campaña.

Á la siguiente, determinado el archiduque á reparar la derrota de las Dunas con un hecho de cuenta, comenzó el sitio de Ostende. No bien supieron esta empresa los holandeses, comenzaron á distraer la atención de los nuestros con sitios y acometimientos. Pusiéronse sobre Rimberg y la ganaron, á pesar de su esforzada defensa, porque el socorro llegó tarde y no pudo aprovecharse. Con la misma felicidad ganaron á Grave, valerosamente mantenida de los españoles, y la fortísima plaza de la Esclusa, que sólo el hambre pudiera reducir á semejante extremo por imprevisión de su Gobernador, que no supo abastecerla; y si no ganaron á Bolduch fué porque acudió á socorrerla dos veces el Archiduque en persona. Entre tanto se rindió Ostende. Contar las operaciones de este sitio y los heroicos hechos de los españoles en él, sería larguísima tarea y ajena de nuestro propósito. Era aquella plaza muy importante, porque desde allí tenían los holandeses á toda la provincia de Flandes en continuo respeto, y por eso estaba muy bien fortificada y guarnecida. Habían suplicado los Estados de Flandes al Archiduque que de tal padrastro los libertase, ofreciéndole para ello cuantos auxilios necesitase. Comenzó el sitio el Archiduque en persona, y luego se encargaron de él los mejores capitanes católicos, hasta que el marqués de Spínola la rindió, mandando con el nombre de maestre de campo general el ejército. Fueron varios los asaltos, muchas las salidas y escaramuzas, inauditas las máquinas y trazas de que se valían los sitiadores, y terrible el fuego de la artillería de los sitiados. El conde Mauricio vino á alzar el cerco con una armada de seiscientos bajeles y mucho ejército; pero los españoles no le dejaron desembarcar en toda la costa, y tuvo que volverse á sus puertos con no poca pérdida y mayor despecho. Al fin se dió un asalto general á la plaza (1604), en el cual se ganó lo mejor de la ciudad, y ya no fué posible dilatar la defensa. Perdieron los sitiadores cerca de cuarenta mil hombres en esta empresa, y entre ellos seis Maestres de campo, los cuatro españoles, y casi todos los coroneles y capitanes de los tercios: Monroy, Durango, Castriz y otros muchos de los buenos y viejos soldados que sirvieron con el duque de Alba. La plaza perdió siete gobernadores durante el sitio y más de dos mil oficiales, con un número inmenso de ciudadanos y de soldados, porque como tenía libre el mar, cada día entraban algunos de refuerzo. Mantúvose con esta conquista el honor de nuestro nombre; pero se desperdiciaron notables ocasiones, y hubo de nuestra parte tanta ó más pérdida que ganancia, pues habiendo pretendido cerrar la entrada de la provincia de Flandes á los enemigos, se abrieron ellos otras puertas más fáciles, mientras era tomada Ostende.

Debiéronse muchas de las pérdidas al motín que se llamó de Ruremunda, el más funesto de cuantos hubieran acontecido en aquellos Estados, donde eran harto frecuentes por desgracia. Movidas algunas compañías italianas y valonas de la falta de pagas, se encerraron en la ciudad de Hoochstraet, negándose á servir como de costumbre é imponiendo contribuciones al país. Con esto se malogró el socorro de Grave y se perdió aquella plaza, é irritado el Archiduque los declaró por traidores y envió ejército contra ellos. Pidieron auxilio los amotinados á los holandeses; diéronselo, de manera que no fué posible rendirlos; y juntándose en seguida con los enemigos, pelearon contra los nuestros en diversos encuentros. Al fin hubo de avenirse con ellos el Archiduque, por excusar mayor daño: malísimo precedente que sembró nuevos disgustos para en adelante. En el ínterin se pasó toda la campaña sin que aquellas gentes, que ya formaban un ejército con los muchos que se habían ido agregando, sirviese, como debía, debajo de nuestras banderas. Así, no lograron otra ventaja nuestras armas, fuera de la toma de Ostende, sino la rota que dió el Gobernador de Bolduch á un buen escuadrón de caballería enemiga que pasaba por sus términos. Concluída la campaña, vino á España el marqués de Spínola á tratar de las cosas de la guerra, donde fué muy bien recibido y asistido de cuanto solicitó para llevar adelante la guerra.

Era este Marqués natural de Génova y hermano de Federico Spínola, general de las galeras de España, el cual con ellas sirvió muy bien, haciendo gran daño á los holandeses, hasta que, poco después de la llegada de su hermano, murió en un combate naval que con ocho galeras empeñó en aquellas costas contra dos galeras y tres grandes navíos holandeses, quedando indecisa la victoria. Entró Ambrosio Spínola, que así se llamaba el Marqués, en el servicio de España por recomendación de Federico, y fué á Flandes gobernando diez mil italianos que levantó á su costa. Allí dió tales muestras de su persona que se le encargó del sitio de Ostende, prefiriéndole á muchos capitanes de más reputación que él; y saliendo á punto con la empresa, se acrecentó su fama de manera que fué nombrado ya para el mando de todo el ejército. Fué verdaderamente un suceso afortunado la aparición de aquel general, que tuvo pocos rivales en su siglo á tiempo en que escaseaban ya tanto en España. Con él salió á campaña (1605) de vuelta de Madrid, llevando trece mil quinientos infantes y tres mil caballos. Pasó el Rhin y entró en Frisa, burlando al enemigo, que le creía ocupado en otra empresa, y allí se apoderó sin mucha dificultad de Oldenzeil y de la importante plaza de Linghen, metida muy adentro en el territorio enemigo.

Entre tanto los holandeses, que quisieron tomar á Amberes al desprovisto, tuvieron que desistir de ello con no poca pérdida, y á los españoles se les frustraron también las tentativas que hicieron para apoderarse de Bergs y Grave. Pero el marqués de Spínola, alentado con los buenos principios de la campaña, dejando muy guarnecido á Linghen que ponía en contribución mucha parte de la Frisa, se vino á Wachtendonock y la puso cerco. En vano quisieron socorrerla los holandeses aprovechándose del descuido de los sitiadores: ochocientos infantes y otros tantos caballos del ejército de España contuvieron largas horas á todo su ejército á costa de prodigios de valor, y dieron tiempo á que, acudiendo el Marqués con toda sus fuerzas, los obligase á la retirada. Rindióse con esto la plaza, y en seguida fueron tomados muchos castillos importantes, mientras los holandeses eran vencidos y rechazados en Güeldres que quisieron tomar por sorpresa.

Mas eran escasas tales ventajas, porque la falta de dinero imposibilitaba de tal modo el movimiento de los ejércitos y causaba tales disgustos, que no podía llegarse á decisivas consecuencias. Lleno de amor y entusiasmo á la causa de España, vino el noble Spínola otra vez á Madrid á demandar socorros. No pudo hallarlo á crédito del Rey de España, que á tan miserable estado habían llegado las cosas, y tuvo que poner á prueba el suyo propio, con lo cual lo consiguió y volvió á Flandes imaginando lograr en la siguiente campaña mayores triunfos. No le salieron como pensaba sus proyectos; mas hizo con todo eso harto gloriosa campaña. Halló que se habían malogrado durante su ausencia dos sorpresas que se dieron á las plazas de Bredevord y la Esclusa, ambas muy fuertes, y que sin duda se ganaran á obrar los nuestros con más previsión y presteza. Ahora el Marqués dividió su ejército en dos trozos, dando el mando de uno al conde de Busquoi, capitán de mucho valor y experiencia, rescatado ya de sus prisiones, y conservando al otro bajo su mano. Con estos dos ejércitos se debía obrar de manera que pasando el Isel el uno, llegase hasta Utrecht, y el otro esguazando el Wael se pusiese delante de Nimega, y que mientras éste contuviese al enemigo, lograse aquél al improviso apoderarse de algunas de tales plazas y sujetar las provincias confinantes, muy ricas y poco guardadas. Pero los temporales fueron tan recios en aquel verano, que era imposible vadear los ríos, ni echar puentes sobre ellos, ni correr siquiera por la campiña. Sufrieron nuestros soldados con prodigiosa constancia el frío y los ardores del sol que allí alternaban desconcertadamente, y las aguas y la falta de bastimentos que se originaba, haciendo largas jornadas y campañas por tierras inundadas sin carros ni artillería. Los enemigos, que se mantenían á la defensiva, no padecían cosa alguna y se fortificaban y prevenían nuestros intentos con sobrado espacio. Tomóse, sin embargo, el castillo de Lochem y la plaza de Groll, y se emprendió el sitio de Rimberg, tantas veces tomada y perdida, que á la sazón defendían más de seis mil soldados asistidos de muchas vituallas y artillería. Rindióse la plaza después de un porfiado sitio en presencia del conde Mauricio, que con mayor ejército que el nuestro no supo impedirlo. Pero no bien acabada esta empresa, hubo en nuestro ejército un total desconcierto por la falta de pagas.

No bastando los recursos que trajo Spínola de España, amotináronse muchos italianos y alemanes con los más de los soldados del país, y el resto se mostraba gran descontento: hubo que deshacer el ejército y repartir en diversos lugares la gente. Animados con esto los holandeses, y viéndose con ejército de más de quince mil hombres sanos y bien dispuestos, cayeron sobre Groll para recobrarla; pero el marqués Spínola, reuniendo las fuerzas que pudo de entre la gente no amotinada, fué sobre ellos y les obligó á alzar el cerco. Dió fin la campaña con la sorpresa que lograron los enemigos en la plaza de Erquelens, saqueándola y destruyéndola por no acertar á conservarla. Vióse claramente á pesar de los temporales que estorbaron la ejecución del plan trazado por nuestro general, que hubiéramos logrado nosotros no poca ventaja, á no sobrevenir aquel nuevo motín que excedió ya á todos los conocidos, y fué el último que hubiese en los Estados; porque irritado á lo sumo el Archiduque, y convencido de que con perdonar á los culpables y conservarlos debajo de sus banderas, después de pagados y satisfechos, no hacía más que abrir la puerta á nuevas y más duras señales de indisciplina, determinó tratar á éstos con ejemplar rigor. Pagóles cuanto se les debía, que importó más de cuatrocientos mil escudos, y en seguida publicó un bando señalándoles veinticuatro horas para dejar los Estados, desterrándolos de ellos perpetuamente y de todos los dominios de España bajo pena de la vida. Fueron muchos los que la perdieron, porque siendo naturales del país costábales trabajo abandonarlo. Los demás se derramaron por las provincias vecinas.

Mas en tanto los holandeses se mostraban ya cansados y abatidos con la ventaja que por todas partes le llevaban los nuestros, y soportaban mal el gran peso de la guerra. Á la verdad sus escuadras habían sido más afortunadas que sus ejércitos en las últimas campañas. Una de ellas, mandada por el almirante Heemskirck, logró destruir, aunque con muerte de éste y mucha pérdida, en las aguas de Gibraltar, la que don Juan Álvarez Dávila mandaba por nuestra parte, compuesta de veintiún bajeles; y en las costas de Flandes y en las Indias Occidentales alcanzaron otras ventajas, apoderándose de las Molucas. Pero, sin embargo, sus marinos fueron derrotados delante de Malaca por don Alfonso Martín de Castro, Virrey de Goa, y su general Pedro Blens fué rechazado en el ataque de Mozambique y en otro que intentó al volver á Europa contra el fuerte de la Mina, donde fué muerto con muchos de los suyos. Poco antes D. Luis Fajardo quemó diez y nueve naves que llevaban su bandera en las salinas del Arroyo, y las Molucas fueron también reconquistadas. De todas suertes bien conocían ellos que no compensaban sus triunfos marítimos la esterilidad de las campañas de tierra.

Aprovechóse el Archiduque de esta disposición de ánimo de los enemigos para entablar preliminares de paz ó treguas. Dieron oídos los Estados de Holanda á tales pláticas, y al fin se consiguió ajustar una suspensión de armas primero, y luego una tregua por doce años (1699), ya que no fué posible venir á tratos de duraderas y definitivas paces. En ellas reconoció España á la Holanda como potencia independiente; cosa que se procuró excusar con largas trazas, mas no fué posible. De esta manera pudo darse por terminado lo principal de aquel empeño. Reconocíase ya como imposible el sujetar de nuevo á nuestro dominio aquellas provincias; cosa que bien pudiera estar averiguada de mucho antes, dada la obstinación de los naturales, alimentada por las preocupaciones religiosas y los auxilios constantes que de ingleses, franceses y alemanes recibían, la multitud de plazas fuertes, la disposición del terreno cortado por grandes ríos, por diques, por canales y obstáculos de todo género, y la penuria de nuestra Hacienda, que privaba á los ejércitos de las cosas más indispensables para la guerra; provocando al propio tiempo frecuentes motines, principalmente entre la gente extranjera y advenediza, sin honor y sin patria, que defendían por dinero nuestra causa. Pero la fama de nuestras armas quedó ilesa, y todavía para mirada con pavor en el mundo. Sólo que con la larga y sangrienta guerra se iban agotando los capitanes viejos y los soldados veteranos, y extinguiéndose con ellos el espíritu de la gloria antigua y la experiencia tan costosamente adquirida; falta que no remediada á tiempo, debía contribuir muy principalmente á nuestras futuras desgracias.

Vióse con ocasión de estas treguas cuál fuese el espíritu de nuestra nación todavía, porque no hubo alguno de los hechos escandalosos del duque de Lerma, que levantase tantas murmuraciones en España como el haberlas aconsejado y aceptado. Aquellas negociaciones, que pueden mirarse como la obra más loable de su ministerio, fueron miradas con disgusto por el Rey, que llevaba á mal que con tan grandes herejes se hiciese trato alguno, y más aún por los pueblos, que sobre alegar la propia causa de descontento, temían que con vernos ceder á la fortuna parte de nuestras pretensiones, se entibiase el miedo de nuestro nombre en el mundo.

Algo pudieron consolarse el Monarca y los súbditos de no haber sujetado á los holandeses herejes con los triunfos obtenidos durante aquel período contra otros enemigos de Dios. La guerra contra los berberiscos y turcos se continuó con mucho empeño, peleando con gloria en todas partes. Derrotó D. Nuño de Mendoza, Gobernador de Tánger y Arcila, á los moros que iban á sitiar sus plazas. El marqués de Santa Cruz apresó con sus navíos muchas embarcaciones turcas en el Archipiélago, y entró y dió á saco las islas de Longo, Patmos, Zante, Durazzo y otras circunvecinas. También el marqués de Villafranca, D. Pedro de Toledo, tomó once bajeles de corsarios turcos en el Archipiélago. Pero quien ganó más gloria fué D. Luis Fajardo, que salió de Cádiz con doce navíos, y después de apoderarse de uno muy rico de los moros, llegó á la goleta de Túnez, destruyó muchos bajeles turcos que estaban al abrigo de aquella fortaleza, cogió mucho botín y ocasionó en la costa grandes daños.

En tanto en Asia, D. Felipe Brito, Gobernador de Siriam, deshizo las naves del Sultán ó régulo de Astracán y se apoderó del reino de Pegú, tomando por allí una extensión nuestros dominios verdaderamente inmensa, y además en América sostuvimos larga y al fin afortunada guerra contra los araucanos, tribu valentísima del reino de Chile, levantada en contra de nuestra dominación. Fué el caudillo de ellos el famoso Caupolican; y al principio vencieron algunas batallas, haciendo gran destrozo en los nuestros, hasta que fué allá el marqués de Cañete, y con muerte de los más redujo á los que quedaron á la esclavitud y puso paz en aquellas apartadas provincias. Cantó esta guerra, como es sabido, con más color de historia que de poema don Alonso de Ercilla.

LIBRO SEGUNDO

SUMARIO

De 1610 á 1621.—Expulsión de los moriscos, sus principios y sus fines.—Guerra contra los infieles.—Francia: proyectos y muerte de Enrique IV.—Alemania: campaña de Spínola en el país de Julliers.—Italia: humillación del duque de Saboya, tramas de éste y de Venecia, sucesión del Monferrato, guerra con Saboya, batalla de Asti, Oneglia, tratado de Asti, batalla de Apertola, sitio de Vercelli, derrota de D. Sancho de Luna, Lesdiguières y el marqués de Villafranca, el duque de Osuna y el marqués de Bedmar, empresas de Osuna, los Uscoques, Venecia, combate naval en Gravosa, paz de Pavía, falsa conjuración y desgracia de Osuna.—España: últimos años de la privanza de Lerma, Calderón, Uceda, el P. Aliaga, el conde de Lemus, D. Francisco de Borja, caída del privado.—Guerra marítima: principio de la guerra de los treinta años, batalla de Praga.—Muerte de Felipe III.—Estado en que dejó la Monarquía.

Las treguas con Holanda, vituperadas ó alabadas, ofrecieron al fin á España el descanso de que tanta necesidad tenía: grande ocasión para aprovecharla en aliviar la Hacienda pública, y en comenzar la obra de reparación y regeneración indispensable, si había de contenerse la decadencia del reino. No se emplearon en esto ciertamente los días de tregua. El duque de Lerma continuaba por entonces disfrutando sin contradicción del favor regio, y aumentaba su fausto y crecían para sostenerlo sus cohechos. Daba soberbios banquetes, y celebraba en fiestas públicas costosísimas los sucesos alegres de su familia, ni más ni menos que se suelen celebrar los de las familias reales. El Rey seguía orando, y él trabajando, sin saberlo acaso, por impericia ó ambición en la ruina total del país. Ayudábale aquel don Rodrigo Calderón, su privado; hombre de no escaso talento y astucia, pero más fastuoso y codicioso aun que él, y que más adelante mostró peores mañas y cualidades. Este, que era su confidente y consejero, ha de ser mirado en todo como su cómplice.

Fué poco después de las treguas cuando se verificó el suceso más desgraciado que hubiera presenciado España en muchos siglos. Corría aún el año de 1609, y oíase gran rumor de armas en la Península, que parecía desusado por la ocasión, puesto que no se hallaba enemigo en nuestras fronteras. Carlos Doria, duque de Tursis, y el marqués de Santa Cruz, nieto el uno del famoso Andrea, hijo el otro del grande Almirante de Felipe II, y Villafranca, Fajardo y D. Octavio de Aragón, inclinaron las proas de sus naves al mar de España. Los tercios viejos de Italia dejaron apresuradamente sus costas. Tomáronse en lo interior grandes precauciones militares, en especial por la parte de Granada y Valencia. Formáronse ejércitos, nombráronse generales, y no parecía sino que alguna invasión temible ó insurrección sangrienta iba á encender en armas la Península. Y, sin embargo, todo estaba al parecer en paz.

Era que uno de los males más profundos de la Monarquía, nacido de su propia constitución, y desconocido ó mal curado los años anteriores, acababa de cegar los ojos de nuestros políticos, tratando de acudir al reparo. Los moriscos que habitaban principalmente las costas orientales y meridionales de la Península no cesaban de mantener inteligencias con sus vecinos marroquíes y argelinos, y aun con el mismo Sultán de los turcos. Tratados con rigor sobrado y notable injusticia, antes habían aumentado que no disminuído los años el antiguo rencor á nuestra raza. Después de pacificados por fuerza de armas, el odio había ido en aumento cada día. No se devolvieron á los de Granada los bienes confiscados durante la rebelión, ni siquiera á los que, lejos de la guerra, habían sido encausados y desterrados solamente por precaución y sospechas. Mantúvose en muchos el destierro que comenzaron á padecer entonces, y la Inquisición redobló sus persecuciones contra todos ellos, mirándolos con más prevención y con menos piedad que nunca. Huyeron algunos de los moriscos á tierras extranjeras por no soportar tales rigores; pero lo general de la raza oprimida, no pudiendo huir, comenzó á tramar conspiraciones contra el Estado, poniéndose en comunicación y tratos con varios príncipes enemigos nuestros, y principalmente con Enrique IV de Francia, á quien llegaron á ofrecer, según se dijo, que seguirían bajo su dominio la religión protestante, con tal de no ser católicos en España.

Cuando los ingleses tomaron y saquearon á Cádiz, tuvo Felipe II temores de un levantamiento general de los moriscos andaluces, cosa que acaso se habría verificado á mantenerse algo más los extranjeros en aquella plaza. Tratóse luego de que los marroquíes hiciesen un desembarco en la Península, prometiéndoles que se alzarían ellos en su ayuda, y que juntos acabarían con el poder español en su propio lecho. Pero Muley Cidam, que gobernaba entonces en la ciudad y provincias de Marruecos, tenía demasiado en que entender con sus contrarios los de Fez, por andar á la sazón dividido el Imperio, y no pudo acudir como hubiera deseado en socorro de sus hermanos: con esto hubo lugar á que la conjuración fuese descubierta. Las cosas habían llegado, pues, á tal punto que necesitaban de enérgico y pronto remedio. Si en tiempo de Fernando V se hubiera comprendido cuanto importaba que aquella nación se hiciese una con la nuestra y se hubieran tomado medidas adecuadas al caso en aquel reinado y los posteriores, no hay duda, como atrás dejamos dicho, en que jamás habrían llegado tan críticas circunstancias. Pero el mal estaba hecho, y el remedio tenía de todas suertes que ser doloroso.

No tardó en imaginarse la expulsión, tan bien ensayada en los judíos, y que desde los días de la conquista había tenido muchos partidarios; pero se tropezaba con un obstáculo tan poderoso que pasaban años y años y no podía llevarse á cabo. Eran vasallos muchos moriscos de ricos-hombres de cuenta, principalmente en Valencia, donde se miraban más numerosos que en otra alguna parte, fundándose en su vasallaje grandes fortunas. Así fué que siempre que se pidió dictamen sobre el caso á los ricos-hombres y barones, se halló que el mayor número contradecía la expulsión. Y si los vasallos por serlo oponían tal dificultad, mayor la oponían los moriscos que no eran vasallos y vivían opulentos y libres, atesorando en sí las mayores riquezas. Estos tenían defensores asalariados entre los poderosos de aquella corte de España, donde todo se lograba á la sazón por salario ó precio, y aun al clero mismo que había de endoctrinarlos ó vigilarlos ó solicitar su castigo, le traían en cierto modo sobornado con los grandes diezmos y rentas que le proporcionaban. Llegaban las riquezas hasta á librarlos de las garras de la Inquisición, tolerándoles á ellos desmanes que el fuego y el hierro corregían tan duramente en los demás españoles. Sábese que el conde de Orgaz era el protector de los moriscos de Valencia, y recibía por ello cada un año más de dos mil ducados; y en la corte de Roma lo era un cierto Quesada, canónigo de Guadix, el cual cuidaba de que las disposiciones del Pontífice no se ajustasen bien con las del Rey, á fin de estorbar unas y otras, lo mismo que los protectores que estaban en Madrid cuidaban de parar ó desvanecer cualquier intento que pudiera serles dañoso, desmintiendo las traiciones de que se les acusaba y atribuyendo á ignorancia sus malas obras. Sin embargo, las traiciones, aunque acaso provocadas por nuestros rigores, eran evidentes; y sus obras eran más de moros, que solo por fuerza aparecían cristianos, y de hombres sedientos de venganza, que no de ignorantes. Los cristianos viejos que vivían en sus comarcas no osaban salir de noche, y en las regaladas lunas de verano, orillas del mar de Valencia, no era raro el hallar al hospedaje y festejo de los moriscos cuadrillas de piratas argelinos y saletinos, saqueando haciendas de cristianos, matándoles ó cautivándoles á mansalva. Crecía con esto cada día el recelo en los nuestros y la cólera y la audacia en los moriscos. Contábanse las casas de moriscos y cristianos, y hallábase que las de aquéllos se aumentaban de año en año, al paso que las de éstos mermaban. Veíase donde quiera armados á los moriscos, y aunque se intentó por varios modos desarmarlos, no se halló medio de ejecutarlo completamente. Todo esto obligó á tomar algunas prevenciones, particularmente en Valencia, y cuando el duque de Lerma, Conde entonces todavía, gobernaba en aquel reino corriendo los últimos años de Felipe II, fundó la llamada milicia efectiva ó general, compuesta de todos los cristianos aptos para la guerra, y que llegó á ascender á diez mil infantes y muchos caballos, los cuales, en sus casas, con lugares de reunión y plazas de armas preparados, con armas y pertrechos, esperaban la hora del peligro para acudir á conjurarlo.

Pero tantas prevenciones no parecieron bastantes todavía. En 1602, el Patriarca de Antioquía y Arzobispo de Valencia, D. Juan de Rivera, escribió un papel al Rey proponiéndole francamente la expulsión; mas pedida explicación de los medios con que había de ser ejecutada se halló que el buen Prelado no entendía por moriscos sino á los de Castilla, Aragón y Andalucía, porque los de Valencia, aunque más numerosos y temibles que ningunos, juzgábalos necesarios para el sostenimiento de su persona humilde y de su casa de Dios. Nada mas curioso que la argumentación de aquel Prelado lleno de celo y deseoso de ver fuera de España á los infieles; más no tan enemigo de su particular conveniencia y comodidades que consintiera por tal celo y deseo en disminuir sus rentas. Desechóse la distinción en la corte como era razón, viendo cuán incompleto quedaba con ello el intento, y no faltaron personas que en sendos libros la combatiesen. Tenía acaso más partidarios la opinión mostrada en otro tiempo por el célebre Torquemada, de que en caso de infidelidad de los moriscos á todos los mayores de edad debía pasárseles á cuchillo, y á todos los menores repartirlos como esclavos; pero la que prevalecía en los más prudentes era la de ejecutar la expulsión total, echando de España á los moriscos de Valencia lo mismo que á los de Castilla, Sierra Morena, Extremadura y riberas del Segre. Y cierto que dada la expulsión no podía concebirse otra cosa.

Comenzó á formárseles un género de proceso secreto en la corte, oyendo el Rey á todos los que alegaban contra ellos, y no dejando también de oir á algunos de sus defensores, que, á más de los asalariados, hubo de éstos algunos no desconfiados de su conversión y pacificación, como los obispos de Segorbe y de Orihuela, mayormente el primero. Fué de los enemigos más grandes de los moriscos el fraile Bleda, que escribió de aquel suceso en su Crónica de los moros, el cual por conseguir la expulsión hizo tres viajes á Roma, y escribió libros y memoriales, é hizo cuanto puede dictar el celo más desapiadado. Comprobóse que traían inteligencia con Enrique IV de Francia, el cual, aunque cristianísimo, no había titubeado en prestarles favor, bien que, como arriba indicamos, se dijo que le habían ofrecido hacerse protestantes bajo su mano. Mas puede creerse que quien los ayudaba con promesa de tan poco verosímil cumplimiento, también los habría ayudado aún cuando renovaran los tiempos de Taric-ben-Zeyyad y de Muza-ben-Nosseir y los desastres del Guadalete. Al lado de estos cargos, verdaderamente graves, aparecieron otros contra los tales moriscos, oídos entonces con horror en España. Uno era que no criaban puercos, animales aborrecidos de Mahoma; otro era, que cumpliendo á veces sus tratos mejor que los cristianos, no convenía dejar en pie tan mal ejemplo, y que se notase que los nuestros con ser en la fe antiguos eran menos honrados y virtuosos que los que ahora acababan de recibirla y no estaban en ella muy seguros: ni fué tampoco de los menores el suponer que en las misas ejecutaban socapa y á escondidas de los cristianos, irreverentes demostraciones. No pudo resistir más Felipe III: y como el duque de Lerma anduviese tan de antiguo receloso de los moriscos acabó de decidirle en un todo. En 1606 era ya cosa resuelta la expulsión.

Dilatóse, sin embargo, tres años por los empeños en que andaba á la sazón la Monarquía. Guardóse grande y maravilloso secreto sobre ello, y fué de notar la conducta del duque del Infantado, posesor de la baronía de Alberique y otras pobladas de moriscos y muy ricas á causa de ellos, el cual, sabiendo lo que había de ejecutarse tan en daño suyo, como que de un golpe iba á perder millares de vasallos y copiosísimas rentas, no hizo movimiento alguno, ni se aprovechó de la noticia para negociar sus intereses, tal como si estuviese ignorante de todo. No fueron tan generosos otros señores, ricos-hombres y corporaciones interesadas en la conservación de los moriscos.

Eran de los principales intereses los que se fundaban sobre los censos. Había cristianos que vendían á los moriscos ropas y oro y alhajas de mala ley al fiado, por mucho más precio de lo que valían y con crecida usura; otros, que prestaban á las aljamas ó Universidades gruesas cantidades al diez por ciento de usura, y de tales préstamos eran no pocos para los mismos barones y señores de ellas; otros, en fin, que tenían dinero consignado sobre casas y campos de propiedad de moriscos particulares. Con el producto de tales censos vivía la mayor parte de la nobleza, conventos, parroquias, cabildos y otra infinidad de gente honrada del reino, las iglesias, colegiatas y catedrales. Y así fué que el rumor de la expulsión llenó de espanto á todas las provincias donde había moriscos y censos; y que muchos, no tan generosos como el duque del Infantado, con noticia cabal del intento se apresuraron á negociar sus créditos. No dió tiempo, sin embargo, el edicto para que pudieran excusarse tales daños en los cristianos, ni tampoco para que los moriscos ricos, que, aunque nada sabían, recelaban lo bastante para desear convertir en dinero sus haciendas, pudieran ejecutarlo. Por Agosto de 1609 se decretó la expulsión de los de Valencia, al propio tiempo que se tomaban todas las medidas que parecieron necesarias para ejecutarla.

Era Capitán general del reino de Valencia el marqués de Caracena, D. Luis Carrillo de Toledo; enviósele por Maestre de campo general de las armas á D. Agustín Mejía, soldado viejo de Flandes y castellano allí de Amberes; aprestáronse las llamadas milicias generales, y acercáronse á las fronteras de Valencia y Aragón los jinetes de Castilla; Doria y Santa Cruz trajeron: el primero, en diez y seis galeras, el tercio de Lombardía, mandado por D. Juan de Carmona con mil doscientos cincuenta soldados efectivos; y el segundo, el de Nápoles, con dos mil setenta, gobernados del Maestre de campo D. Sancho de Luna y Rojas. Las galeras que tenía en Sicilia el duque de Osuna vinieron también, y eran nueve, con D. Octavio de Aragón por general; bien que aquella armada estuviese á las órdenes de don Pedro de Leiva y ochocientos hombres en nueve compañías. D. Luis Fajardo, con catorce galeras de la carrera de Indias y mil soldados, y el marqués de Villafranca, duque de Fernandina, D. Pedro de Toledo, con las galeras de España, que eran veintiuna, y hasta mil trescientos soldados también acudieron á la empresa. Fué el punto de reunión de todas las armadas Mallorca, y desde allí se repartieron los puestos. Los bajeles de España y los de Génova vinieron á cerrar la boca de los Alfaques: los de Nápoles se apostaron en Denia, los de Sicilia en Cartagena y en Alicante los de Indias. Desembarcaron las tropas, repartiéndolas los capitanes en los puestos donde se creyó que pudieran los moriscos fortificarse: D. Pedro de Toledo por la parte del Norte del reino hacia Aragón, y D. Agustín Mejía por la del Sur hacia Murcia. Luego se publicó el edicto en Valencia. Disponíase que dentro de tres días de publicado el bando todos los moriscos saliesen de sus casas, bajo pena de muerte, yendo adonde el Comisario real que se enviase á sus comarcas les ordenara, para ser transportados á Berbería, llevando consigo los bienes muebles que pudieran conducir por sí mismos. Permitíase que en cada lugar quedasen seis personas para que conservasen el cultivo del azúcar y las artes moriscas, y que quedasen también los niños menores de cuatro años, con licencia de sus padres, para ser criados entre los cristianos viejos, esto como favor singular. Luego se les dieron sesenta días de término para disponer de sus bienes, muebles y semovientes, y llevarse el producto, no en metales ni en letras de cambio, sino en mercaderías, y éstas, compradas de los naturales de estos reinos y no de otros, á no ser que prefiriesen dejar la mitad de la hacienda para el Rey, en cuyo caso bien podían llevar consigo todo lo prohibido en oro y plata y letras de cambio. Los bienes raíces fueron sin excepción confiscados, tales eran las principales disposiciones.

Los moros, aterrados al principio con lo violento de tal resolución, trataron al fin de defenderse y acudieron á las armas. Uno de ellos, por nombre Turiji, persona principal del valle de Ayora, levantó banderas de rebelión, y á poco un molinero de Guadalest llamado Milini, insurreccionó también el valle de Alahuar, saqueando y destruyendo sin piedad los pueblos de cristianos y matando á cuantos caían en sus manos. Pero sin armas, sin enseñanza militar y cogidos al desprovisto, tuvieron que ceder al fin á los aguerridos tercios de España y someterse á su destino. No fué con todo sin algunos combates. Las cumbres de los montes, los llanos y los caminos parecían cubiertos de ellos, que corrían furiosos de acá para allá, á pie y á caballo, con armas y sin ellas, comunicándose los acuerdos y animándose unos á otros. Hombres, mujeres y ancianos, grandes y pequeños, se mostraban en el último punto de la desesperación. Y no es decir que faltaran moriscos que tomasen la expulsión á regocijo: habíalos, sin duda, tan celosos de la fe de Mahoma y tan deseosos de salir entre cristianos, que no suspiraban por otra cosa y que respondieron con gritos de júbilo al mandato de salir de España. Pero éstos no eran los más, á lo que puede deducirse de los hechos, sobre todo luego que llegó á susurrarse que no los recibían tan bien en África como se esperaba.

Dió altas muestras de su sagacidad y talento el marqués de Villafranca, duque de Fernandina, D. Pedro de Toledo, porque en la parte del reino que él tomó á su cargo fueron tales sus disposiciones que no se oyó un solo grito de rebelión. Pero el Maestre de campo, general D. Agustín Mejía, anduvo algo más descuidado y dió tiempo á que Millini ó Mellini por un lado, y Turigi por otro, se fortificasen y reunieran fuerzas que llegaron á parecer temibles, aclamándose uno y otro por reyes en sus comarcas. Entró D. Agustín Mejía en la sierra de Alahuar, llevando por delante á las cuadrillas de moriscos rebelados en el contorno; tomó el castillo de las Azavaras, en cuyo asalto dió heroica muestra del valor de su persona D. Sancho de Luna; luego los moriscos guarecidos en las peñas se pusieron al opósito del ejército, y hubo gran matanza de ellos y alguna pérdida de los nuestros, pereciendo entre otros el reyezuelo Mellini, con que los rebeldes pusieron en su lugar á un cierto Miguel Piteo. Al fin, llegó D. Agustín Mejía con el tercio de Nápoles, el de Sicilia y muchos soldados de milicias y particulares al castillo de Polop, último asilo de los rebeldes: allí padecieron horrible hambre y sed por no haber hecho provisión de nada, hasta que al cabo de nueve días se rindieron á condición de salvar las vidas. Entre tanto Vicente Turigi, que así se llamaba el reyezuelo de Ayora, reunió muchos moriscos en la Muela de Cortés, lugar muy proporcionado para la defensa: salió á reconocerlos el Gobernador de Játiva, D. Francisco Milán y Aragón, y tuvo con ellos un encuentro, donde, peleando valerosísimamente, les hizo mucho daño: luego D. Juan de Cardona, con su tercio de Lombardía y milicias, vino á atacarlos en sus posiciones, y no osando aguardarlo, se desbandaron, abandonando cuanto tenían y pereciendo los más de los que allí se recogieron al filo de la espada, hombres, niños y mujeres. Turigi, sin embargo, anduvo algún tiempo escondido por la ribera del Júcar, hasta que al fin fué preso y ejecutado en Valencia, donde murió como cristiano. Hubo á la par muchísimas muertes por todas partes entre cristianos y moriscos, pretendiendo aquéllos robar á los que iban pacíficamente á embarcarse, solícitos éstos en vengar su afrenta y daño.

Al cabo se completó la expulsión en Valencia, y en el año siguiente (1610) fuéronse dando edictos y expulsando á los moriscos que quedaban en las demás partes de España. De las costas de Valencia pasaron las armadas á las de Cataluña y Aragón, y fué también D. Agustín Mejía; salieron de allí los moriscos sin resistencia alguna, coadyuvando muy eficazmente al logro de la empresa el Capitán general de Rosellón y Cataluña, duque de Monteleón, y el Virrey de Aragón, don Gastón de Moncada, marqués de Aitona. Á los de Extremadura los expulsó el licenciado Gregorio López Madera; á los de Castilla, el conde de Salazar, D. Bernardino de Velasco, y á los de las Andalucías, el duque de San Germán, Capitán general de la provincia, sin que en parte alguna se notase ya resistencia. Luego se hicieron indagaciones é inquisitorias por las ciudades y campos para rebuscar á los pocos moriscos que habían quedado escondidos; algunos fueron cazados en los montes, como fieras; otros fueron atraídos con halagos y embarcados, y así acabó de desarraigarse aquella raza triste de nuestro suelo. Á fines de 1610 podía reputarse por terminada la obra.

Tachóse de impolítico y de injusto el edicto en las naciones extranjeras; tanto, que el cardenal Richelieu dijo de él que fué el consejo más osado y bárbaro que hubiese visto el mundo. Sobre todo han sido censuradas ciertas disposiciones derechamente encaminadas á enriquecer la hacienda del Rey con los despojos, ó más bien la del duque de Lerma y sus parciales. De cierto pueden considerarse aquellas medidas como desacertadas y fatales para España. Aun en el trance extremo en que estaban las cosas, aun siendo tan necesario el reprimir duramente á los moriscos y siendo tan peligrosos á la Monarquía, pudiéronse hallar expedientes que no causasen con su expulsión total tamaños males. Había moriscos que profesaban sinceramente la religión católica, y tanto que murieron como mártires por ella entre los de su nación. Los más de ellos ignoraban ya la lengua y literatura árabe, y, por el contrario, hablaban la lengua y dialectos de España como los mismos cristianos; escribían libros que podían pasar por clásicos en nuestra literatura, y mostraban gran conocimiento de nuestros escritores y de los escritores greco-latinos, que andaban entonces en moda. Cursaban en nuestras Universidades, aprendían nuestras artes, á la par que nos enseñaban las suyas; y en sus gentilezas y bizarrías y hasta en la desenvoltura de sus mujeres, más se parecían á los españoles que á los moros ó turcos, sus hermanos. Aun los hubo tan apegados á nuestras cosas, que en el destierro conservaron nuestra lengua y costumbres, y las guardaron por mucho tiempo después, transmitiéndolas de sus personas á las de sus descendientes en las muchas ciudades y villas que fundaron en África. Y los más de ellos sentían tanto amor al suelo de España, que por no dejarlo hicieron al Rey los ofrecimientos más extraordinarios, ya prestándose á rescatar á todos los cautivos cristianos en Berbería, ya á pagar las flotas y las guarniciones españolas de sus provincias.

Algo pudiera, por tanto, aprovecharse en tanta gente y tan diversa, conservando en el reino á los que lo mereciesen, y expulsando con efecto á los más indóciles y aun á los sospechosos de sedición, siendo cierto que contendría á los que se quedasen el castigo de los que se iban. Lo principal era apartarlos de las costas y meterlos en el interior de España; y eso bien pudo hacerse con muchos, sin peligro alguno ni dificultad muy grande, que yermos y tierras baldías que poblar no faltaban ciertamente en nuestro suelo. Pero no se pensó en otra cosa que en echarlos y en tomar sus despojos. Ni aun esto se logró como se quería; antes bien, fueron ellos quien nos empobrecieron: unos, llevándose, como los judíos, grandes letras de cambio; otros, que, aprovechándose del permiso que se les dió de exportar oro y plata, dejando la mitad para las arcas reales, pusieron en circulación inmensa cantidad de moneda falsa y de falsas alhajas, y se llevaron consigo el oro y plata de buena ley. No alcanzaron tampoco los moriscos el fruto de este último engaño, por la ocasión disculpable. Muchos de los barcos que habían de transportarlos, mal preparados y dispuestos y por demás cargados, naufragaron, haciendo presa el mar de millares de cadáveres. En muchos, no los naufragios, sino la crueldad y mala fe de los pilotos y marineros causaron igual suerte, porque, deseosos de soltar pronto la carga para tener tiempo de volver por otra, echaron al mar á los moriscos que llevaban. Y aun no paraba aquí su desdicha, sino que, al llegar luego á los puertos donde los dejaban, eran asesinados y saqueados, por lo común, sin piedad alguna. En África mismo, viéndolos los moros ignorantes de su lengua y de sus historias y devociones, y tan distintos en usos, maneras é industrias, no quisieron ya reconocerlos por hermanos, y robaron y despedazaron á la mayor parte.

Es imposible recordar los pormenores de aquella catástrofe sin sentir el corazón oprimido y sin lamentar la suerte de tantos infelices hijos de España, criados al fin á nuestro sol y alimentados en nuestros campos. Pocos libraron su vida, menos aun las riquezas que poseyeron. Y no fueron ellos solos los perjudicados, sino que de nuestra parte fué no menor el daño y ruina. Las ricas y populosas costas de Valencia y Granada quedaron entonces miserablemente perdidas; olvidóse casi la industria, que solamente los moros ejercían; abandonáronse los campos que ellos solos sabían cultivar; centenares de pueblos desiertos, millares de casas derruídas, quedaron por señal de su partida. Calcúlase de diversas maneras el número de los moros expulsados; pero pocos lo bajan de un millón de personas de toda edad y sexo. Hecho verdaderamente grande y admirable, á no ser tan infeliz para España.

No se sació con echar á los moriscos del reino la saña de los Ministros de Felipe III. Pareció por un momento que se iba á resucitar la antigua política de España, extendiendo nuestro poderío por las tierras infieles, cosa que ofrecía más facilidad y menos gastos que las empresas de Italia y de Flandes, y podía ser de mucho más provecho á la Monarquía. Harto mejor campo era este para esgrimir las armas en defensa de la religión y en contra de los enemigos de la fe. Y si, en efecto, España hubiese consagrado todas sus fuerzas al África, todavía los males de la expulsión de los moriscos no hubieran sido tan grandes, aunque siempre hubieran sido de mal ejemplo y precedente aquellas muestras de demasiado rigor para que los africanos se rindiesen á los nuestros sin grande esfuerzo. Pero todo paró en la toma de Larache, por astucia, en la de la Mamora, y en algunos arrebatos y empresas marítimas.

Ya en 1602 Carlos Doria había llevado una armada delante de Argel, que acaso se hubiera apoderado de aquella plaza indefensa entonces, á no ser deshecha por las tempestades, tan enemigas de España. Al ver lo frecuente que eran tales desgracias en nuestra marina por aquellos tiempos, sospéchase con fundamento que los bajeles españoles, aunque mandados por hábiles y experimentados Generales y llenos de gente valerosa, no estaban bien aparejados ni tripulados con buena marinería, dado que las armadas inglesas y holandesas corrían en tanto los mares con mucha mejor fortuna.

Encamináronse ahora, dejado lo de Argel, los intentos del Gobierno español contra Larache. Era aquel puerto madriguera y abrigo de corsarios berberiscos y saletinos, y de piratas holandeses, franceses é ingleses, que desde allí tenían en continuo desasosiego nuestras costas. Propuesto el apoderarse de la plaza, se aprovechó la ocasión de los tratos que había movido de proprio motu con nuestra Corte Muley Xeque, Rey de Fez, que era quien la poseía, el cual estando en guerra bravísima y larga con Muley Cidan, que gobernaba en Marruecos, deseaba tener propicio al Rey de España, para hallar refugio en cualquier desmán en sus Estados. Un cierto Juanetín Mortara, genovés avecindado en África, fué el mensajero que escogió el moro para pedir el seguro, el cual, ganado por nuestra Corte, trabajó con mucha astucia y acierto, y con exposición notable de su persona en que el marroquí nos cediese á Larache. Logróse después de muchas dificultades (1610), y de muchas idas y venidas de nuestra armada á aquellas costas y un año de negociaciones; pero no fué sin gastos, porque entre otros, hubo que darle á Muley Xeque doscientos mil ducados en dinero y seis mil arcabuces. Manía singular aquella de comprar aún lo que podía adquirirse por armas, porque á la verdad era España en ellas todavía más rica y poderosa que no abundante en dineros.

Más acierto hubo en la toma de la Mamora, donde, perdida Larache, habían trasladado los piratas moros y cristianos su madriguera. Rindióla D. Luis Fajardo, que salió de Cádiz (1614) para el caso con una armada de noventa velas, cogiéndola al desprovisto y casi sin defensa; y el Gobernador que allí quedó, Cristóbal de Lechuga, supo conservar la plaza de modo que, aunque bien la acometieron los moros los años adelante, no pudieron recobrarla.

No menos afortunado por mar que D. Luis Fajardo, se presentó el marqués de Santa Cruz con su armada destinada á cruzar en las costas de Nápoles delante de la Goleta de Túnez, quemó once naves que allí había al abrigo de la fortaleza; y desembarcando luego en la isla de Querquenes la saqueó, trayéndose mucho botín y número grande de cautivos, aunque no sin pérdida, porque los moros obstinadamente defendieron sus puestos. Y el duque de Osuna, Virrey á la sazón de Sicilia, donde comenzaba ya á echar los cimientos de su fama, aprestó una armada en aquellos puertos, la cual, viniendo á las costas berberiscas, echó gente á tierra en el lugar de Circeli, y á pesar de la valiente defensa de los turcos que lo defendían, lo entró á fuego y sangre, con muerte de más de doscientos de ellos y poca pérdida de su parte.

Alentado Osuna con la gloria y provecho de este triunfo, juntó mayor armada al mando de D. Octavio de Aragón, marino muy ejercitado. Navegó este General á los mares de Levante; y encontrándose con diez galeras de turcos algo separadas de una grande armada que tenían ya á punto aquellos infieles, las combatió, y después de un recio combate tomó seis sin que el grueso de las naves contrarias acudiera á estorbárselo, con lo cual y otras presas que hizo se volvió á Palermo, rico y glorioso. No tardó Osuna en ordenar otra vez á don Octavio que saliese al mar; habían hecho los turcos un desembarco en Malta, y sabedor de ello el General de los nuestros, llegó y atacó su escuadra anclada en las costas, echó á pique unas galeras, apresó otras y obligó á los enemigos á embarcarse y huir. En tanto don Juan Fajardo, D. Rodrigo de Silva y D. Pedro de Lara hicieron muy ricas presas en los corsarios mahometanos, principalmente el último, que, en dos naves marroquíes que rindió, halló más de tres mil manuscritos árabes de filosofía, medicina, política y otras artes, los cuales fueron traídos á la biblioteca del Escorial, donde algunos se hallan todavía; y otros, los más, perecieron en el doloroso incendio de 1674.

Mas siguió predominando en los consejos el interés de influir y dominar en Europa; y cierto que á la sazón nos aquejaban aquí graves cuidados, porque el rey de Francia, Enrique IV, no había cesado de hacer aprestos de guerra desde la paz de Vervins, ni de procurarse alianzas, además de ayudar á nuestros enemigos tanto al menos como nosotros ayudamos en la ocasión á los suyos. Secundábale Sully, su gran privado, hombre de gran capacidad y celo, al cual debió Francia la gran prosperidad en que se halló los años adelante. Tanto el Rey como el Ministro aborrecían de corazón á España, por el calor que había dado á la liga católica. Alarmada nuestra Corte con los preparativos del francés, comenzó á inquirir sus intentos para destruirlos antes de que llegasen á ejecución. Trajeron en nuestro favor el oro y las promesas de alianza y amparo, á casi todos los ministros de Enrique IV, y hasta la reina María de Médicis y á María de Verneuil, querida del Monarca francés. Dícese que éste no podía hacer cuajar sus proyectos, ni preparar ninguna trama contra España sin que de nosotros fuese conocido el intento, por secreto que pareciera. Pero á la verdad el de movernos ahora guerra no lo era ni se cuidaba mucho Enrique IV de que lo fuese. En una conferencia con nuestro embajador don Iñigo de Cárdenas, que fué á pedirle cuentas de sus armamentos tan inesperados, exclamó lleno de cólera: «¿Quiere vuestro Rey ser señor de todo el mundo? Pues yo tengo la mi espada en la cinta tan larga como otra.» Á lo cual respondió D. Iñigo, con la gravedad y nobleza que solían tener los ministros de Felipe II, que el Rey de España no quería ser dueño del mundo, porque ya Dios le había hecho señor de lo mejor de él; y que «sin meterse en el tamaño de las espadas, era tal el de la espada de su Rey, que en Europa y las demás partes del mundo podía sustentar lo que tenía y mantener su reputación de modo que quien la provocase habría de sentirla.» Pasaron allí otras razones tanto y más duras, y públicamente se hablaba ya del tiempo y el modo con que Enrique IV había de invadir nuestras provincias de Flandes.

Indudablemente para el Monarca francés eran bastantes motivos de guerra el odio que profesaba á España y el deseo de destruir nuestra preponderancia en Europa; mas la Historia no puede callar un motivo pueril propio de aquel Rey tan flaco con las mujeres, aunque dotado de altas prendas y cualidades. El príncipe de Condé se había refugiado en Bruselas con su mujer joven y hermosa de quien estaba locamente prendado el rey Enrique. Hablando con nuestros embajadores apenas dejaba de nombrar entre los negocios de Estado que lo traían descontento de España, el que alejase aquél la mujer de sus manos, y hablaba en su particular de ir á Bruselas y traérsela por fuerza de armas contra la voluntad del esposo. En esto le sorprendió el puñal de Ravaillac, que le quitó tales proyectos con la vida (1610). Aquel crimen fué sin duda útil para España, puesto que con él quedó libre de tan peligroso enemigo; y aun por eso sin duda hubo quien lo atribuyese á nuestras artes. Calumniaron torpemente los que dejaron correr tales voces á nuestro buen rey Felipe III, que era tal, que al decir de un embajador veneciano en ciertos despachos á su Gobierno, «no habría hecho un pecado mortal por todo el mundo». Ni los hechos del duque de Lerma autorizan á creer que de por sí tramase tamaña alevosía, ni era fácil que sin conocimiento del piadoso Rey la intentase. Á la verdad, el Gobierno español obedecía al maquiavelismo indigno de la época, empleando las artes de la seducción con harta frecuencia; mas no la usaban menos contra él los extranjeros, aunque no con tanta fortuna, porque no se hallaban españoles que hiciesen traición á su patria. Ni ha de ser razón ésta para que se atribuya á nuestro Gobierno un crimen que pudo ser más ventajoso, y no se imaginó en los días de Felipe II.

Descansó con la muerte de Enrique IV la política española por aquella parte, y ya no se trató sino de aprovechar las circunstancias. Logró de la reina regente, María de Médicis, D. Iñigo de Cárdenas, no sólo que apartase al ministro Sully de los negocios, sino también que lo redujese á prisión, libertándonos así de aquel otro enemigo. Y en seguida para asegurarnos más se ajustó el matrimonio del príncipe de Asturias, don Felipe, con Doña Isabel de Borbón, y el de la infanta Doña Ana de Austria con el rey de Francia, Luis XIII. Casi al propio tiempo (1611) murió de sobreparto la reina Doña Margarita de Austria, con gran sentimiento de su esposo, que no quiso ya contraer segundas nupcias; y los funerales de la Reina se confundieron con los festejos ruidosos que produjeron los nuevos matrimonios, de que se esperaba por cierto más felicidad que hubo.

Libre ya de temores el Gobierno español, se dispuso á ejecutar sus intentos un tanto contenidos por atender á los proyectos del difunto Enrique IV en Alemania é Italia. Eran los de Alemania poner en posesión de los Estados de Cleves y de Julliers al conde Palatino de Neoburgo, católico, contra las pretensiones del marqués de Brandeburgo, protestante y enemigo de la casa de Austria. Habían convenido primero aquellos Príncipes en repartirse amistosamente los Estados; pero como suele suceder en tales transacciones, no tardaron uno y otro en acudir á las armas. Vinieron los protestantes alemanes y el conde Mauricio de Nasau con los holandeses al socorro del de Brandeburgo, y Spínola recibió orden al punto de salir de Flandes á combatirlos y restituir á Neoburgo los Estados. Reunió Spínola un ejército que se hizo subir á treinta mil hombres, y con él sorprendió á Aix-la-Chapelle sin resistencia; pasó luego el Rhin, y rindió á Orsoy sin dificultad, y apareció delante de Wesel. Bien recordaban los moradores de aquella ciudad herética los agravios que tenían hechos á los españoles, sometiéndose á ellos cuando los miraban cercanos, y ultrajándolos y persiguiendo el culto católico no bien los sentían apartados. Por lo mismo resolvieron estorbarles la entrada, y opusieron tenacísima resistencia; mas Spínola combatió la plaza de tal manera, que antes que pudiera ser socorrida de los protestantes la obligó á rendirse. Fortificóla más que estaba y puso allí guarnición muy crecida al mando del marqués de Belveder D. Luis de Velasco. Ocupó luego otros lugares y fortalezas, y se volvió á Flandes sin dar batalla, porque tenía órdenes de evitarla.

En Italia fué á la sazón el principal intento de nuestra Corte tomar venganza del duque de Saboya. Hacía tiempo que este Príncipe sentía bullir en su cabeza el pensamiento de echar de Italia á los extranjeros, formando con ella un reino para su casa. Públicamente se dejaba llamar el libertador de Italia; y fuéralo acaso á tener tantas fuerzas como voluntad y astucia. Por entonces, olvidando los beneficios que debía á España, había ajustado un tratado que se llamó de Brusol con Enrique IV para apoderarse del Milanés, mientras aquel Monarca ponía en práctica por otro lado los intentos que contra nosotros meditaba. Ordenósele deshacer su ejército, y el Duque se negó á ello con altivez. Entonces el Gobernador de Milán recibió orden de invadir sus Estados. Anticipóse el de Saboya, y entró con ejército en las tierras de España, juzgando acaso que los venecianos y los franceses, viéndole tan empeñado, vendrían á ayudarle en su empresa. Pero abandonado de ellos, y viendo ya sobre sí al ejército español, se apresuró á ceder proponiendo la paz. Negósela el Rey de España mientras no diese larga satisfacción de sus agravios, mandando á su hijo primogénito á Madrid para que delante de toda la Corte mostrase el arrepentimiento y enmienda del padre. No sin razón tuvo por duras el de Saboya tales condiciones, y por no someterse á ellas, imploró, no sólo el auxilio de Venecia, sino también el de Francia y de los potentados de Italia. Pero Venecia no osó aún dar la cara al peligro; la política francesa estaba vendida á nuestra Corte, y los Príncipes italianos temían demasiado nuestro poder todavía para que se determinasen á empuñar las armas, que era lo que requería el caso. Al fin tuvo que prestarse á todo.

El príncipe Filiberto vino á Madrid (1611), y en pública audiencia dió verbal satisfacción por las faltas de su padre; pero ni aun con eso se contentó nuestra Corte. Exigióse que fuera por escrito: dictósele la fórmula misma, que era harto humillante. El Príncipe consultó á su padre, y hubo duda y vacilaciones sobre ello: al cabo triunfó la firmeza de España. Aquel documento contenía la declaración más afrentosa que Príncipe ó nación hayan hecho nunca. «Mi padre, decía Filiberto en tales ó semejantes palabras, me envía aquí porque á él la edad y las obligaciones no se lo consienten, á suplicar humildemente al Rey de España que acepte el arrepentimiento y satisfacción que ofrece de sus errores. No aceptaré yo á explicar el dolor que siente el ánimo de mi padre al verse privado de la gracia del Rey, pues sólo habría de demostrarlo no alzándome del suelo sin obtener el perdón que pido. Gran muestra será de su piedad el perdonarle y mostrarse aún benévolo con una casa que respeta en él á un tiempo señor y padre. Confiado en que lo será el duque de Saboya, se pone enteramente á merced del Rey de España, entregándose á su misericordia; y seguramente el perdón que ahora le conceda, será un lazo de eterna duración con que él y yo y todos los de nuestra casa quedaremos atados á su voluntad y servicio.» Concediósele la paz al Duque después de tal declaración: y ¿cómo pudiera negársele? Bien mostró España en esto su antigua soberbia, y sólo faltó que el poder la acompañase para mantener tal superioridad perpetuamente.

Pero el duque Carlos Manuel, más airado que arrepentido con la pasada humillación, no cejó un punto en sus proyectos de engrandecimiento. Logró al fin atraerse los venecianos, inclinados ya á ello, porque hacía tiempo que aquella república aspiraba á dominar sola en el Adriático, y por tanto necesitaba enseñorearse de los puertos que en la Dalmacia, Istria y Croacia poseía el archiduque Fernando de Austria como Rey de Hungría, y al propio tiempo tenía pretensiones sobre muchas plazas de Italia en tierra firme, que cerraban el camino de la ciudad de las lagunas. Como las fuerzas de Saboya y Venecia no eran tan grandes como sus intentos, comenzaron á teger una trama inmensa y á valerse de todas las astucias y trazas imaginarias. Era España el principal estorbo que tuviesen sus miras, porque su política era la más hábil, y su brazo el más poderoso todavía, y contra ella se encaminaron los mayores esfuerzos. Aguardaban para renovar la guerra una ocasión en que de cierto Francia no pudiera abandonarlos á merced de España, llegando el último trance: el de Saboya había de prestar las armas por lo pronto, y el dinero Venecia.

Hallaron la ocasión apetecida en la sucesión del Monferrato (1613). Por muerte del duque de Mantua, Francisco de Gonzaga, tales Estados recayeron en María, nieta del de Saboya, nacida del matrimonio de aquél con Margarita, hija de éste, más adelante virreina de Portugal, á la cual y á sus descendientes les estaban adjudicados por manera de dote. Pidió primero Carlos Manuel la tutela de la nieta, y no consintiendo en que la tuviese el nuevo duque de Mantua, su tío, desembozó los planes, y levantando tropas numerosas con el dinero de los venecianos, cayó á mano armada sobre Monferrato y se apoderó de todas sus plazas, excepto de Casal, que estaba bien guarnecida. España y el Imperio, alarmados, se prepararon á un tiempo á desposeerle de su conquista; pero el artificioso Duque hizo tanto, que ni una ni otra, envuelta en sus intrigas, supieron qué hacer por algún espacio. Al cabo el Gabinete de Madrid, que era el más perjudicado, se decidió á obrar, y el marqués de Hinojosa, D. Juan de Mendoza, ahora Gobernador de Milán, antes soldado de valor en Flandes, entró con las armas de España en el Monferrato.

Á orillas del río Versa se presentó por primera vez el enemigo, resuelto á disputar el paso; pero los nuestros le desalojaron fácilmente (1615), llevándole en retirada á la cordillera que se extiende por ellas hasta la ciudad de Astí. Allí se empeñó la batalla. Sostúvola con valor el de Saboya; pero no eran sus gentes para contener el ímpetu y la ordenanza de nuestros tercios, y fueron al fin arrolladas y puestas en total derrota y dispersión. Entre tanto, el marqués de Santa Cruz se acercó con su escuadra á las costas enemigas y rindió á Oneglia, á pesar de su esforzada defensa, y poco después la fortaleza de Marro. No se aprovechó como debió y pudo el marqués de Hinojosa de estas victorias; y en vez de acometer al punto las plazas fuertes que ocupaba el enemigo y señorearse de ellas, mantuvo á su ejército largo mes y medio en las montañas cercanas de Astí como en amago de la plaza, donde el calor y la falta de víveres y hasta de agua potable debilitaron sus fuerzas sobremanera. Con todo, el duque de Saboya, incapaz de resistir entonces, pidió la paz, y el de Hinojosa se la concedió por mediación del marqués de Rambouillet, embajador de Francia, y de los enviados de Venecia y del Papa. Firmóse el tratado en Astí, estipulando en él que el duque de Saboya renunciaría á tomar por armas el Monferrato, que devolvería cuanto hubiese ganado en la guerra, poniendo en libertad á los prisioneros, y que España haría otro tanto retirando sus tropas al milanés, mientras licenciaba las suyas el saboyano.

Lo peor de este tratado fué que se puso su cumplimiento bajo la garantía del mariscal de Lesdiguières y de los demás Gobernadores franceses de la frontera, los cuales quedaban autorizados para entrar con las armas en nuestro territorio á la menor infracción. Era sin duda esta condición vergonzosa é inadmisible, y la sospecha de que lo que quería el saboyano era tomar treguas para descansar y volver en mejor ocasión á la guerra, hizo que más lo pareciese á muchos. Ello fué que la Corte la desaprobó, y en lugar del marqués de Hinojosa, á quien trataban de inhábil unos, de traidor otros, envió de Gobernador á Milán á D. Pedro de Toledo, marqués de Villafranca, hombre de virtud antigua y de probado valor y destreza en los hechos más memorables de su tiempo.

No bien llegó el nuevo Gobernador se puso en campo; pero la estación estaba harto avanzada, y pronto las lluvias excesivas del otoño le obligaron á aplazar sus empresas. Desde sus cuarteles de invierno movió tratos con el duque de Nemours, de la casa de Saboya, que se hallaba retirado en Francia y tenía de Carlos Manuel muchas quejas, ofreciéndole la soberanía de aquellos Estados si por su parte nos ayudaba á la conquista. La conducta del de Saboya justificaba sin duda el que los españoles quisieran desposeerle de sus Estados, y harto más político era en tal caso el ponerlos en mano amiga que no el guardarlos para nosotros, cosa que los franceses jamás podían ver tranquilos, y tampoco los Príncipes de Italia. Entró el duque de Nemours en tales intentos, y reuniendo cuanta gente pudo de aventureros franceses y flamencos, invadió la Saboya, mientras el marqués de Villafranca con el ejército español invadía el Piamonte y se apoderaba de San Germán y otras plazas, amenazando á Vercelli.

Á las nuevas de estos sucesos corrieron á juntarse con el duque de Saboya muchos aventureros franceses enviados principalmente por el mariscal de Lesdiguières, Gobernador por Francia del Delfinado, protestante, antiguo consejero y amigo del difunto Enrique IV, y por tales conceptos declarado enemigo de España. Con ellos y los suizos, asoldados á costa de Venecia, y la gente levantada en sus propios Estados, guarneció Carlos Manuel las plazas de la frontera por donde el de Nemours ejecutó su invasión, y formó ejército bastante para salir al encuentro del de España. Con éste caminaba el marqués de Villafranca la vuelta de Vercelli resuelto á ponerla sitio. Hostigóla en su marcha el saboyano, interceptándole los convoyes, cogiéndole los rezagados, y causándole en pequeños choques alguna pérdida; mas el Marqués siguió tranquilo su marcha esperando ocasión favorable de combatir. La halló al adelantarse el Duque para entrar antes que él en el llano de Apertola, y fingiendo que iba á tomar posiciones donde luego empeñar la batalla, mientras el enemigo ponía en la vanguardia sus mejores tropas para sostenerla, se arrojó impensadamente sobre la retaguardia con unos diez mil infantes y algunos caballos que eran la flor de su ejército. Aturdidas las tropas del Duque iban desfilando á la sazón por un bosque pensando romper ellas las primeras el combate, no supieron resistir ni retirarse en buena ordenanza, y á pesar de los esfuerzos de Carlos Manuel y de sus capitanes se pusieron en abierta fuga, arrojando muchos las armas y abandonando el bagaje y heridos. Á dicha vino la noche, y con sus tinieblas impidió el alcance, que si no, así como fueron muchos los prisioneros y muertos, fuera total la presa y ruina de aquel ejército. Pero entre tanto Nemours no hizo por la opuesta frontera el efecto que se esperaba. No se levantaron en su favor los naturales; no pudo tomar por sorpresa ninguna plaza, porque todas estaban sobrado prevenidas para el caso, y falto de dinero, de víveres y en soldados, tuvo que entrarse de nuevo en Francia, desde donde se concertó con el de Saboya.

Era ya en esto bien entrado el invierno; mas no por eso abandonaron el campo los españoles y saboyanos, ni dilataron sus operaciones. Viéndose Villafranca sin el opósito del ejército contrario, puso sitio á Vercelli, como de antes traía pensado, y la rindió después de dos meses de sitio, falta ya la plaza de víveres y municiones. El duque de Saboya intentó en vano por dos veces socorrerla; mas la fortuna no le fué por todas partes tan adversa. Su hijo Víctor Amadeo entró en tanto con alguna gente en el principado neutral de Masserano, apoderándose de la capital y de Cravecoeur, que tomó por asalto. Sabido esto por el marqués de Villafranca, temiendo que la pérdida de esta última plaza le impidiese rendir á Vercelli, envió por aquella parte contra el enemigo al valeroso Maese de campo D. Sancho de Luna y Rojas, con algunas compañías de infantes y caballos; pero atacado por fuerzas muy superiores, quedó muerto en el campo con los más de los suyos. Antes de que pudiera repararse tal descalabro, hubo de causarles mayores otro acontecimiento, si inesperado de nuestra Corte, harto previsto del de Saboya. No podían los franceses mirar indiferentes que los españoles, con la rota de aquel Príncipe, se hiciesen señores de toda Italia. El envilecimiento de su Gobierno, durante la menor edad del rey Luis XIII, no le dejaba pensar en tales cosas; pero hubo quien pensase por él en Francia, y se dispuso la expedición, alegando las condiciones del tratado de Astí, que, verdaderamente no lo era, puesto que no había sido aceptado de nuestra Corte. Fué el alma y ejecutor de todo el mariscal de Lesdiguières, tan enemigo de España como dejamos dicho, el cual, con las ventajas alcanzadas por los nuestros, á pesar de los encubiertos auxilios que él prestaba á los contrarios, conoció que no era tiempo de más espera. La confusión de Francia era tan grande á la sazón, que el Mariscal pudo llevar á efecto sus pensamientos, contra el deseo primero, y luego contra las órdenes terminantes de su Gobierno. Entró con ocho mil hombres en Italia, y reuniendo sus fuerzas con las del príncipe Víctor Amadeo, juntos rindieron á San Damián, más por astucia que por armas, y luego entraron en Alba. Las órdenes imperiosas de su Corte obligaron á Lesdiguières á volverse á Francia, y en seguida el marqués de Villafranca, acudiendo á reparar las anteriores pérdidas, tras de rendir á Vercelli, se apoderó de Soleri, Feliciano y todos los puestos importantes de las riberas del río Tánaro. Y el duque de Saboya vió entonces su perdición más que nunca cercana.

Habíanse reunido por azar en Italia tres españoles ilustres contra cuyo valor y experiencia se estrellaban todos sus cálculos. El marqués de Villafranca el uno, el duque de Osuna el otro, y el último el marqués de Bedmar, embajador en Venecia. No tardó en ser conocida de ellos la liga del Saboyano con Venecia y cuanto ayudaba á aquél esta República, asegurándose que para tal guerra le había prestado hasta veintidós millones de ducados, mientras divertía la atención de España y del Imperio con sus empresas en la Croacia, Dalmacia é Istria. No es de culpar, ciertamente, que Venecia hiciese por echar á los españoles de Italia, lo mismo que el duque de Saboya, antes las historias italianas habrán por eso de dispensarla elogios. Pero tampoco ha de vituperarse en Villafranca, Osuna y Bedmar el pensamiento de aniquilarlos, quitándoles los medios de dañar á su nación y á su patria: tal es la ley de las cosas.

Encargóse de sujetar á la República el duque de Osuna, con noticia y acuerdo del de Bedmar, para que no pudiera señorearse del Adriático ni acudir al Saboyano. Era el duque de Osuna, D. Pedro Téllez Girón, el más notable de aquellos tres ilustres españoles, y aun por eso le llamaban ya el Grande. Su fama es tan singular, que no parece bien pasar adelante sin dar cumplida cuenta de su persona. Nacido de tan noble casa, fué en su juventud sobremanera disipado y revoltoso á punto de caer en prisiones: de ellas se escapó á duras penas y pasó á Francia, desde donde, sin prestar atención á los halagos de aquella Corte, caminó á Flandes y sentó plaza de soldado en sus banderas. Distinguióse mucho en el sitio de Ostende y en otras ocasiones, y en pocos años llenó de heridas su cuerpo y se cubrió de gloria; mas dió tales muestras de insubordinación y soberbia, que el archiduque Alberto pidió por merced al Rey que de allí se lo sacase. Vuelto á Madrid acertó á ajustar el matrimonio de su hijo mayor con una hija del duque de Uceda, primogénito del de Lerma: de suerte que á la privanza del abuelo y al empeño del padre de la desposada, debió Osuna ser nombrado para el virreinato de Sicilia. Allí dió ya buenas muestras de su alta capacidad y de las grandes cualidades que lo recomendaban y señalaban para el Gobierno. Conociendo el flaco de que entonces adolecía nuestra Corte, fué su primer objeto el procurarse oro; mas lo hizo de tal suerte que favoreció al propio tiempo al país, granjeándose el amor y el entusiasmo de las muchedumbres. Votó gustosamente por complacerle el Parlamento de Sicilia grandes cantidades para el servicio del Rey, cosa difícil en aquella provincia, y al propio tiempo votó una pensión muy crecida para el duque de Uceda, que, como hijo del de Lerma, tuvo siempre gran poder é influjo en la Corte, á título de favorecedor del reino, no siéndolo, en verdad, sino del de Osuna. Mientras estuvo en aquel Gobierno no cesó de enviar grandes cantidades á Uceda, que se asegura llegaron á dos millones de ducados, y otras no mucho menores al Padre Fray Luis de Aliaga, cuando fué ya confesor del Rey, á D. Rodrigo Calderón y á las demás personas influyentes en la Corte. Ganó así bastante prestigio para ser elegido Virrey de Nápoles; y dejando en Sicilia mucho sentimiento de su partida, pasó allá, donde, viéndose con más poder, hizo subir más altos sus pensamientos.

Formó una escuadra poderosa de los escasos y mal prevenidos bajeles napolitanos, y un ejército temible de aquella nación y extranjeros, sin contar los españoles que ya tenía, y los que, á la fama de su esplendidez y generosidad, se le fueron allegando. Con estas fuerzas hizo cruda guerra á los turcos y berberiscos, y limpió de piratas aquellos mares, logrando por sus capitanes muchos triunfos. Fué el más notable el que por este mismo tiempo que el Saboyano mantenía la guerra en Lombardía, consiguió su teniente D. Francisco de Ribera contra los turcos. Sabedor Osuna de que éstos disponían una armada de cien galeras para venir contra las costas de Sicilia y Calabria, se aprestó como pudo á la defensa, y envió á D. Francisco á que observase sus movimientos y los comunicase con solo cinco galeras y un patache. Llegaron estas naves á las costas enemigas, y pasaron tan adelante en la observación, que dieron tiempo á los turcos para que, dándose á la vela en cincuenta y cinco galeras que había ya aparejadas, viniesen á su encuentro. No era posible excusar el combate, ni Ribera lo intentó tampoco. Allí, rodeado de naves enemigas, metido en un círculo de fuego que formaba en derredor suyo la numerosa escuadra turca, se mantuvo tres días peleando casi sin descansar. Al amanecer del cuarto, se halló solo con sus naves y treinta de turcos rendidas ó deshechas, y más de tres mil cadáveres de ellos que flotaban sobre las aguas. El resto de la escuadra enemiga sin general, porque quedaba también muerto, huía á lo lejos. Extendióse más y más con esto la fama del gobierno de Osuna, y tembló toda la Italia amagada de sus armas. Era el Duque altivo con los grandes, benévolo con los pequeños, liberal y magnífico en todas sus cosas, verdadero ejemplar de la antigua nobleza española, aquella que combatió en Olmedo y en Epila, y luego, especialmente, mordaz, iracundo, no habiendo cosa mala que no dijese, ni cosa buena que no hiciese: más capaz de sustentar cetro en sus manos, que no de respetar otro, aunque fuese el de su propio Rey. Llegaba en su ira á hablar en público, con poco respeto de Felipe, y aun se añade que solía llamarle el tambor mayor de la Monarquía. Deslucieron principalmente sus buenas cualidades la lascivia y la codicia; pero éstas, á cuenta de las otras, perdonábaselas la muchedumbre popular y era cada día más querido de ella. No había para él ni leyes, ni tribunales, ni regalías: su voluntad era únicamente la que regía, aunque fundada las más veces en la justicia; y como las leyes de entonces estuviesen hechas más en ventaja y favor de las clases altas que no de las bajas y plebeyas, todo lo que por este motivo era más alabado del pueblo, venía á ser aborrecido de los nobles, de los tribunales y clero. Pero él no reparaba en eso y seguía constante en su camino, guiado solo por la sed de nombre y de gloria que le acosaba. Un hombre de esta naturaleza no podía menos de simpatizar con los patrióticos intentos del marqués de Villafranca. El de Bedmar, D. Alfonso de la Cueva, no era indigno, ciertamente, de alternar con aquellos dos hombres ilustres; antes los igualaba en muchas cosas, y en astucia y destreza los superaba, ayudándoles en todo.

Comenzó Osuna por proteger á los Uscoques, que así se llamaba á los habitantes de Segnia, ciudad y puerto de Croacia, hombres muy valerosos y prácticos en el mar, que con continuas piraterías traían afligido el comercio de Venecia. Éstos con tal ayuda causaron en los venecianos infinitos daños, sin que ellos pudieran tomar venganza, aunque repetidas veces lo intentaron. Envió luego al marqués de Villafranca un refuerzo de seis mil buenos soldados, y sin miramiento ni consideración alguna les hizo pasar desde Nápoles á Milán por las tierras de los demás potentados de Italia, que, aunque lo resistieron, no osaron impedirlo con las armas. Por último, desembozando ya sus intentos, mandó al valeroso D. Francisco de Rivera que con su escuadra napolitana, tan rica de triunfos, entrase en el Adriático. Bastó esto para que los venecianos abandonasen sus empresas en las fronteras costas de Istria y, dejando allí tranquilos á los imperiales, se recogiesen á las lagunas. El espanto y la indignación fueron en los venecianos incomparables: miraban ya como suyo aquel mar, y afrentábalos sobremanera ver en él ondear tan soberbio el pabellón de España. Determinaron hacer un esfuerzo supremo que restableciese su superioridad en aquellas aguas; armaron ochenta bajeles, y con ellos fueron á buscar á los españoles. Á vista de Gravosa, en Dalmacia, esperaron los nuestros á la armada de la República con solo diez y ocho bajeles; pero eran de los mismos que con aquel D. Francisco Rivera, que los mandaba, habían triunfado tantas veces de los turcos. Pelearon ahora desesperadamente; y no les fué menos próspera la fortuna, porque rompieron toda la armada veneciana y, á traer galeras consigo, se la llevaran toda de remolque á Nápoles. Poco después, nuestra armada, dueña del mar, tomó tres naves riquísimamente cargadas con mercancías de Levante, en que iba empleado mucha parte del caudal de la República. Desfalleció ésta á punto que ni su propia capital tenía por segura, y suplicó al rey Felipe que la amparase contra aquel poderoso vasallo, abandonando de todo punto la causa de Saboya. Por esto y los triunfos de Villafranca era por lo que parecía ya tan perdido.

Pero á tal punto las cosas, pasó de nuevo la frontera el mariscal Lesdiguières, enviado ahora de su Corte, que, más avisada, ya atendía por sí al grave peligro de que los españoles lo avasallasen todo en Italia, si bien le ordenó que caminase lentamente, así como para amagar, más bien que no para empeñar un combate. Lesdiguières, enemigo tan encarnizado de nuestro nombre, se aprovechó de aquellas órdenes para entrar repentinamente, y sorprendiendo á las guarniciones españolas de la ribera del Tánaro, pasó á cuchillo cuatro ó cinco mil soldados antes de que hubiese ocasión de prepararse contra su embestida. No tardó el marqués de Villafranca, reforzado con la gente que le envió Osuna, en acudir al remedio, y hubiera arrojado á Lesdiguières de Italia, según eran de numerosas y aguerridas sus tropas, si el duque de Saboya, viéndose sin soldados y sin el auxilio de Venecia y entregado su territorio á dos ejércitos extranjeros, igualmente temibles para él, no se hubiese apresurado á pedir la paz. Medió el Nuncio del Papa y medió también Francia, que no aparecía en estos sucesos ni en paz ni en guerra con nosotros, y al fin se ajustó en Pavía un tratado que comprendía condiciones semejantes á las de Asti, mas no tan vergonzosas garantías como en aquél se puso. Logramos también que el duque de Saboya y la República de Venecia quedasen escarmentados y seguros de que por sí solos no podían nada contra España. Venecia, principalmente, quedó muy flaca y sin paciencia para soportar las humillaciones que de España había recibido.

Para vengarse inventó aquella fábula famosa de tantos autores creída, principalmente extranjeros. Supuso que entre el duque de Osuna, el marqués de Villafranca y el de Bedmar, principalmente, se había formado una conjuración horrible para sorprender la ciudad de Venecia, y con muerte de su Senado y nobleza, reducirla al dominio español. La verdadera trama era la suya para hacer odioso nuestro nombre en el mundo. Publicáronse entonces detalles y pormenores muy minuciosos; hubo dentro de Venecia no pocos suplicios de gente, por la mayor parte extranjera y desconocida; dió el Senado de la República gracias á Dios en los templos por haberla librado de tan grave peligro, y afectó, en fin, todo lo necesario para que la fábula se creyese. Decíase que una parte de las tropas de la República estaba ganada por el oro de Bedmar; que lo estaban también algunos capitanes de mar y tierra; que no se aguardaba más que una señal para poner en ejecución el proyecto, y que para eso las escuadras de Osuna no se apartaban del Adriático, y el ejército de Villafranca aparecía no lejos de las fronteras. Pero ello es que la República no se quejó oficialmente á la Corte de Madrid, como debiera, de semejante atentado, y que, registrados minuciosamente sus archivos y los nuestros, no se ha hallado un solo documento que ofrezca grande ó pequeña prueba.

El único efecto que se vió de nuestra parte fué la separación del marqués de Bedmar de aquella embajada; pero no si no para darle mejor puesto en Flandes, y fué condescendencia de nuestra Corte hecha para evitar los continuos disgustos, que no podían ya menos de acontecer en el estado de los ánimos. Poco después comenzó á correr otra voz, que también tenía traza de inventada por los venecianos para cumplir en todo su venganza, y era que el duque de Osuna quería levantarse con el reino de Nápoles. Que el carácter del Duque se prestase á tal sospecha no hay que dudarlo, y los hubo entre sus hechos que algo inclinan el ánimo á darla crédito. Sus obras dentro y fuera de Nápoles eran de rey; él hacía por sí guerras y treguas; él sentenciaba las causas sometidas á los Tribunales reales; imponía tributos, suprimía los que le parecían dañosos al pueblo, revocaba donaciones, tenía corte propia y escuadras y ejércitos, que por sí solo disponía y gobernaba. Pero no pasó de ser un rumor vago la acusación de que implorase la alianza de Francia y Venecia para arrancar aquel reino á la corona de España, ni de su probado patriotismo puede sin mayores indicios suponerse tamaña traición. Los pocos Grandes de España que no habían humillado sus nombres en la servidumbre del Monarca recordaban aún por aquel tiempo lo que había sido en siglos anteriores; y Osuna parecía en Nápoles, no con mucha más independencia y soberbia que su antecesor el marqués de Mondéjar y el gran duque de Alba, y el famoso conde de Fuentes y el de Villafranca, y el de Medinasidonia, que gobernó más tarde en Andalucía.

No obstante, la malicia de los extranjeros, harto acostumbrados á ver traiciones en sus magnates, vendidos casi siempre por dinero á los intereses de otras naciones, dió por indudable el propósito; y el odio de algunos napolitanos descontentos, el clero, la nobleza y la magistratura, principalmente, acogió apresuradamente la sospecha y fulminó la acusación. Reunidos en un propósito los descontentos, y contando con pretexto tan plausible, escribieron al cardenal D. Gaspar de Borja, que estaba en Roma y era de las personas en quien más confianza depositaba la Corte de España, rogándole que viniese con sigilo á apoderarse del mando, so pena de perderse el reino. Vino el de Borja, y fué de tal manera que no lo advirtió el duque de Osuna hasta que estaba dentro de los castillos de Nápoles. Pusiéronse al punto de parte del recién venido todos los nobles con sus gentes, los tribunales y clero, con sus familiares y allegados, mas el pueblo permaneció fiel al Virrey. Hubiera podido empeñarse una batalla de éxito, harto dudosa y quizás funesta á los conjurados, si el Duque no se resignara á dejar el mando y tornar á España. Prueba en su notorio valor y soberbia, de singular patriotismo, y bastante para poner en duda la acusación que se le hacía, si ya no fuera para calificarla de injusta. En tanto Saboya y Venecia, particularmente la última, celebraron el suceso con demostraciones de triunfo, indicio también no poco importante para sospechar de dónde pudo venir la acusación contra Osuna.

Mas ya es razón de que, dejadas las cosas que pasaban por fuera de España, veamos las que por dentro acontecían al propio tiempo. El duque de Lerma, que desde antes de comenzar á reinar Felipe III fué su consejero y el árbitro de sus determinaciones, había continuado muchos años con el propio favor. Así todas las veces que hemos hablado hasta aquí de los intentos de la Corte y del gobierno de España, debe entenderse de los del duque de Lerma. No había mejorado de condición y de conducta el favorito por virtud de los años; antes á medida que ellos pasaban, iba aumentándose su codicia y su despilfarro, y ofreciendo mayores pruebas de ineptitud. Enriquecióse con los despojos de los moriscos y otros arbitrios, á punto de poder gastar cuatrocientos mil ducados en las fiestas que se celebraron por el doble matrimonio del Príncipe y de la Infanta de España, y de dedicar más de un millón á obras pías. Sólo en donaciones adquirió más de cuarenta y cuatro millones de ducados, según sus contemporáneos, aunque la cantidad es tal que pudiera pasar por increíble. Contemporáneamente llegaba la Hacienda á tal extremo de penuria, que no pudiera concebirlo la mente si no hubiera sido mayor todavía en los siguientes reinados. Las rentas estaban empeñadas por la mitad de su valor y debíanse crecidas cantidades á usureros genoveses y de otras naciones, que consumían con los intereses que sacaban del Estado el resto de ellas. Las plazas fuertes se mostraban, por consecuencia, desmanteladas; los ejércitos, mal pagados y descontentos; no se reponían los arsenales; no se conservaba la marina; no podía emprenderse obra alguna de interés público. El Duque ni se atrevía á aconsejar al Rey que impusiese nuevos tributos, ni quería tampoco aminorar los gastos del Estado. En 1617 dieron las Cortes de Castilla los ordinarios diez y ocho millones, en nueve años, á dos cada uno, sin que por eso se viese más desahogo en la Hacienda.

Había sostenido el de Lerma la ruinosa guerra de Flandes, ni más ni menos que si nos perteneciesen aún aquellos Estados; se había entremetido sin necesidad forzosa en ciertos asuntos de Italia, y había enviado desdichadas expediciones contra Argel y contra Irlanda, levantado á precio de oro discordias en Francia y expulsado al propio tiempo á los moriscos. Esta conducta varia del privado, ya buscando la paz para España, ya lanzándola audazmente á descomunales empresas, empujado por el orgullo nacional, fué censurada por el Papa Clemente VIII en un dicho, que por lo oportuno merece mención histórica. Representábale cierto fraile no poco favorecido del de Lerma cuán conveniente parecía la expulsión de los moriscos, y mostraba recelos de que sin ella se perdiese España, cuando le respondió el sagaz Pontífice: «Si estando, como decís, de esa suerte oprimidos con tal freno y rodeados de enemigos no hay quien se averigue con vosotros, ¿que sería si os viéseis libres?» Y así era la verdad; que con tantos peligros y dificultades como agobiaban á España, no dejaba de entremeterse en todo, cosa que acrecentó mucho la pobreza y decaimiento del reino, sin darle ninguna ventaja, ni aun aparente de gloria ó engrandecimiento. Murmurábase por todas partes del Ministro; el clero y los grandes plebeyos miraban de consuno en él la causa de todos los males, y juzgaban que con solo perderle se remediarían: ilusión harto frecuente en las naciones afligidas del yugo de un favorito ó de un mal ministro, sin pensar en que tan fácil como es obrar el daño, tan difícil y lento es el repararlo después de causado.

En fin, combatido por todas partes el Ministro, sintió vacilar su ánimo; comprendió que no estaba lejos el día en que había de perder la gracia del Rey, y temió que entonces se le sujetase á recio castigo. Para evitarlo redobló sus cuidados, poniendo cerca de la persona del Rey, con cargo de sumiller de corps, á su hijo el duque de Uceda, joven de escaso mérito, más ducho ya en las intrigas y algo en negocios, y dotado de algunas prendas de cortesano. Y habiendo ascendido al capelo el maestro Javierre, confesor ahora del Rey, puso en tal lugar al Padre Luis de Aliaga, que era confesor suyo, hombre al parecer de humildes intentos, pero en verdad muy codicioso y soberbio. No tardó de esta manera en haber tres favoritos á quien contentar en la Corte y á quien dar mercedes, pues todos las admitían sin empacho del Rey y de los particulares. Hubo muy luego quien prefiriese comprar por su dinero el favor de Uceda y del Padre Aliaga, á gastarlo en favor y amparo del de Lerma, como antes se solía, tal hemos visto que hizo el duque de Osuna.

No se descuidaba tampoco D. Rodrigo Calderón por su parte, que era acaso el que tenía más talento de todos, y así la confusión de los negocios y la inmoralidad de los gobernantes iban llegando al último punto. Mas estando la influencia en tantas manos no podían menos de originarse discordias, y con efecto se originaron muy pronto. El mozo Uceda comenzó á disputarle á su padre la gracia del Rey, ayudado al principio del confesor, que, como suele suceder en ánimos viles, cobró al viejo Duque desde luego tanto odio como obligaciones le debía, tomando el beneficio por ofensa de su vanidad, y la gratitud antigua por desmerecimiento de su actual grandeza. La lucha entre el padre y el hijo fué larga, y de ejemplo tan miserable, como penosa memoria. Pronto se vió estallar otra entre Uceda y el confesor, que no quería compañero en la privanza, mas concertáronse al fin viendo que separados no podían derribar al de Lerma. Éste en tanto procuraba tenazmente defenderse. Puso en la cámara del Rey á su sobrino el conde de Lemus y á D. Francisco de Borja, también deudo suyo, para que combatiesen á su hijo y lo sostuviesen á él en el mando. Pero ni uno ni otro supieron contrapesar el influjo de Uceda y de Aliaga. Era el duque de Lerena ayo del príncipe de Asturias D. Felipe, y aun siendo niño como era, propusiéronse Lemus y Borja darle en él un apoyo que lo sostuviese, moviéndole con continuas alabanzas á amarlo, al paso que desacreditaban al de Uceda. Súpolo éste, y entre él y su confidente Aliaga lograron que D. Francisco de Borja fuese honrosamente desterrado, dándole el virreinato de Aragón. Entonces el de Lemus, dotado de no vulgar espíritu, fué á ver al Rey para rogarle que de desterrar á Borja no le dejase á él en la corte: «idos adonde quisiéreis»—le contestó Felipe—, y el Conde se retiró al punto á sus haciendas, después de haber hecho los más generosos esfuerzos por salvar á su tío el duque de Lerma, y con el dolor de que éste, lejos de agradecérselo, llegase en los últimos días á dudar de su lealtad.

En tanto, en la opinión pública se mostraba de día en día mayor el odio y mayor el esfuerzo para derribar el poder del viejo Duque, achacándole todo lo que hacían entre muchos. Doblaban sus enemigos los esfuerzos, multiplicaban las trazas y los expedientes y las intrigas, y aunque á todo respondía el de Lerma, valiéndose de la maña y artificios de Calderón, no dejaban de llevarle ventaja, porque con su largo gobierno traía ya gastados todos los resortes de su poder y prestigio personal. Sosteníale, sin embargo, en su puesto el cariño del Rey, que no se había disminuído en lo más pequeño, y por lo mismo fué preciso que sus adversarios inventasen algo para neutralizar tal influjo. Halló el Padre Aliaga el remedio, que fué ya de por sí, ya por medio de frailes de su confianza, el dejar entender al Rey en pláticas y confesiones, que llamándole Dios á la gobernación del reino, era gran pecado dejarla en manos de otro. Tal idea, imbuída en el ánimo devoto del Rey, se mantuvo en él hasta su muerte, causándole vivísimos y extraños remordimientos. Conoció el duque de Lerma que no podía resistir ya mucho tiempo, y para procurarse un seguro en todo trance, pidió y obtuvo de Roma el capelo de Cardenal. Verdad es que siempre manifestó alguna inclinación en todos sus pesares á entrar en la vida religiosa, apartándose de las pompas del mundo. Mas puesto en la pendiente, el capelo mismo apresuró su caída, porque el Rey, con el respeto que su dignidad le inspiraba, no se acomodaba á tratar con él de los negocios ni á ordenarle cosa alguna.

Á tal punto las cosas, hicieron un gran empuje sus enemigos, y lograron por fin ponerle en tierra. Hallándose la Corte en El Escorial, le dió el Rey en propia mano (1617) un papel donde le mandaba que se fuese á Valladolid. Imploró entonces bajamente la piedad de sus enemigos y señaladamente la de un cierto Padre Florencia á quien veneraba el Rey mucho; mas no logró con sus bajezas sino menosprecio. Tuvo que partir, aunque no sin consuelo, porque en el camino recibió todavía señaladas muestras de la benevolencia del Soberano, que no había quitado de él ni un punto del amor que le profesaba. Sin ser perverso el de Lerma, será siempre uno de los ministros que con más razón censure la Historia. Su defecto capital fué la codicia; pero ella dió ocasión á que incurriese en faltas de todo género. Pocos defectos hay tan grandes ni tan viles en los ministros como la codicia y la falta de pureza en el manejo de la hacienda pública. Y el duque de Lerma, sobre ser tan señalado en esto, alcanzó el privilegio triste de ser el primero que abriese en el Gobierno tal camino, por desdicha seguido luego de tantos.

Siguiéronse á su caída míseros espectáculos de esos que tan comunes suelen ser en los Gobiernos absolutos como el de España lo era. Los vencedores saciaron la ira contra sus favorecidos y los pocos amigos que le habían quedado. De ellos fué D. Rodrigo Calderón, marqués de Siete-Iglesias, privado del privado; á este pusieron en prisiones y comenzaron á formarle un proceso, que tuvo lastimoso fin en el reinado siguiente. Hombre fué el D. Rodrigo de singular historia, y á quien es imposible olvidar, tratando de los sucesos de esta época. En todos tuvo muy gran parte, y en algunos de ellos la principal, puesto que desde el tiempo en que logró el favor del duque de Lerma no se apartó de su lado, dirigiendo ó encaminando todos sus negocios. Pueden atribuirse á D. Rodrigo muchos hechos que corren á cargo del duque de Lerma. En codicia y ambición no era menor, y superábale sin duda en orgullo. Señalóse también en no reparar tanto como su favorecedor en derramar sangre, si por acaso le convenía. Ordenó dar garrote sin proceso á un alguacil llamado Ávila ó Avililla, y á un tal Francisco de Juara, porque no revelase secretos suyos lo mandó asesinar, cosas ambas que alborotaron á la Corte. Llegó á despachar con el Rey, y parecía más privado que el mismo duque de Lerma. La reina Margarita vino á aborrecerle mortalmente por desafueros, de donde emanó sin duda la acusación de que por él había sido envenenada cuando murió de sobreparto, que fué tan anteriormente á su caída. La Corte toda le detestaba; no tenía otro sostén ni apoyo sino el duque de Lerma. Y, sin embargo, era tal, que comenzó á desacreditarlo por celos de que se entregaba todo á un cierto criado suyo, por nombre García Pareja, que á la verdad tuvo por entonces sobrado influjo en los negocios públicos. Celos de favorito para los cuales tampoco tenía razón alguna. Cuéntase que la primera vez que el Duque Cardenal miró airado contra sí el semblante del Rey, fué por excusar á D. Rodrigo; y era tanto el generoso afecto que le tenía, que no lo desamparó por eso un momento. Cuando cayó él fué cuando D. Rodrigo no pudo sostenerse más y vino al suelo, comenzando entonces á correr sus desventuras.

No alteraron tales catástrofes la política de España, ni se mejoraron por eso las rentas, ni hallaron algún remedio los males públicos, cosas, si esperadas del vulgo, con razón calificadas de imposibles. Ya que no tuviese Lerma sucesor en el cariño del Monarca, los tuvo más ó menos ostensibles en el Gobierno, ni mejores por cierto, ni más hábiles que él. Ni el duque de Uceda, ni D. Baltasar de Zúñiga, ayo ahora del Príncipe, ni su confesor y los demás clérigos y devotos que le rodeaban, supieron obtener ó aconsejar mejores cosas. Consultóse (1619) al Consejo de Castilla y á varias personas graves, principalmente eclesiásticas, sobre el remedio de los males de la Monarquía; pero en sus dictámenes no se halló cosa de provecho, si no fué la idea de reducir el número de los monasterios y dificultar las profesiones religiosas; y aun por eso no se llevó á ejecución. Lo demás se redujo á arbitrios pueriles, y propios solamente de las erradas miras económicas de aquel tiempo. Ganó en tanto D. Juan Ronquillo en el mar de Filipinas una gran victoria naval á los holandeses, que no obstante las treguas combatían nuestras colonias y pirateaban en nuestros mares: tomóles ocho bajeles y degolló y aprisionó á cuantos lo tripulaban. Las nuevas del suceso pudieron alegrar los funerales de la antigua privanza. Fué no menos glorioso el suceso de Adra, en las costas de Granada. Arribaron acá siete galeras de turcos, y desembarcando quinientos hombres, acometieron la villa. Defendióla D. Luis de Tovar con unos veinte soldados hasta morir en el trance con ellos, y luego los vecinos recogidos en el castillo se sostuvieron tanto, que dieron tiempo á que, acudiendo la caballería de la costa y gente armada de las Alpujarras, tuvieran los enemigos que embarcarse con mucha pérdida. Hízose célebre también por aquel tiempo la capitana San Julián, que separada de una escuadra que iba á las Indias, se vió acometida de cuatro navíos ingleses que andaban al pirateo. Mandaba la nave D. Juan de Meneses, y supo pelear de tal manera, que después de dos días de combate, obligó á los enemigos á huir muy maltratados. También el marqués de Santa Cruz apresó delante de Barcelona dos grandes bajeles de moros. Y por los mismos años (1617) ganaron en Italia y Alemania ventajas y laureles las armas españolas, que fué nuevo motivo de orgullo y consuelo.

Había sucedido D. Gómez Suárez de Figueroa, duque de Feria, al marqués de Villafranca en el Gobierno de Milán. El nuevo Gobernador, hallando á los habitantes de la Waltelina, que eran católicos, en abierta rebelión contra sus señores los grisones, que al parecer querían imponerles el calvinismo, se determinó á intervenir en la contienda, y fué de modo que tomó para España aquel territorio. Hemos dicho en otra parte que era de grande importancia para nosotros el poseerlo, porque ponía en comunicación al milanés con los países hereditarios de la casa de Austria, y que el conde de Fuentes, famoso Gobernador de aquel Estado, había ya hecho mucho para ello, ganando los ánimos de los naturales y acercando allá nuestras fuerzas. Con esto fuéle fácil ahora al duque de Feria echar del territorio á los grisones, y al punto, para asegurarlo, levantó en él fortalezas, de manera que los enemigos intentaron en vano recobrarlo. Gran ventaja sin duda á poder conservarse. Mas lejos de atender á aprovecharla y consolidarla, puso los ojos nuestra Corte en nuevos intentos, que por mayores tuvieron desde el principio menos fortuna. Había ya comenzado en Alemania la guerra de los treinta años que tanto lugar ocupa en la Historia. Tiempo hacía que España era el amparo del catolicismo alemán y el brazo derecho de los Emperadores: desde los días de Carlos V y de la confesión de Augsburgo, no ocurrió allí cosa en que no mediara nuestro nombre y nuestro poder. El espíritu nacional, dominado siempre por el recuerdo de lo antiguo, y alimentado por las predicaciones continuas del clero y los ejemplos de intolerancia extrema del Tribunal del Santo Oficio, ya sabemos que no se mostraba contrario á las guerras religiosas y á los sacrificios hechos en defensa del catolicismo; antes bien, se solían mirar como necesarios y justos, por más que doliese el soportarlos. Luego el poder de la policía tradicional era tan grande que, como también dejamos indicado, muchos españoles, y acaso el mayor número, aceptaban gustosos los más caros proyectos de engrandecimiento, al paso que rechazaban las más prudentes medidas, con tal que fuesen indicios de flaqueza en la Monarquía.

Bien se mostró esto en las treguas de Holanda, tan murmuradas y censuradas, que no fueron de los menores cargos que se hicieron al duque de Lerma y que ayudaron á su caída. Junto el interés religioso con el interés político en la guerra de los treinta años, no era posible que nosotros dejásemos de tomar en ella parte. Que el interés religioso nos lo aconsejase, no ofrece duda ni necesita pruebas por consiguiente; pero lo del interés político, no tan claro ni averiguado, necesita de explicación oportuna. Había muerto en 1618 el emperador Matías sin dejar hijos varones, y no teniéndolos tampoco sus hermanos, parecía fundado el derecho del Rey de España, sobrino del emperador Maximiliano, á los Estados hereditarios de la casa de Austria. Fernando II, que sucedió en el Imperio, había sido antes elegido Rey por los habitantes de Bohemia, sublevados contra el emperador Matías porque violaba sus antiguos fueros y privilegios; pero no bien le vieron levantado á más alta dignidad, mudaron de propósito y ofrecieron la corona á Federico, elector Palatino. Naturalmente, Fernando de Austria desde los primeros días de su exaltación al Imperio trató de recobrar aquellos Estados, antes unidos á su casa; pero los protestantes alemanes que habían formado en tiempo de su antecesor la llamada Unión Evangélica, para defenderse contra las pretensiones, á la verdad muy grandes, de los católicos, acudieron en socorro del príncipe Palatino, á la par que el Rey de Inglaterra, su pariente, y el famoso Betlem Gabor, Príncipe de Transilvania. No tuvo Fernando en este trance otro recurso que pedir ayuda á los Príncipes católicos, y señaladamente al Rey de España, que era tenido aún por el más poderoso, y cuya ayuda por los lazos de la religión, la sangre y la política debía ser, como había sido en tantas ocasiones, más sincera y eficaz que otra alguna. Pero no se prestó este al socorro, sin pedir y pactar antes cierta compensación y paga. No sabemos de documentos españoles que prueben este hecho; pero él está atestiguado por el conde de Khevenhuller, Embajador del Imperio por muchos años, y muy sabedor por lo mismo de las cosas de nuestra Corte, en sus Anales de Fernando II. La compensación era por los derechos importantes que tenía Felipe III á la corona de Hungría y de Bohemia, y la paga por los grandes auxilios que había de dar en hombres y dineros. En virtud de una y otra se firmó un tratado secreto, por el cual el Emperador se obligó á ceder á España la parte de Austria llamada anterior ú occidental, siempre que llegase á poseer con nuestra ayuda aquellos otros Estados.

No sería bastante el dicho de Khevenhuller para persuadirnos de que con efecto hubo tal promesa ó pacto, si no lo viésemos confirmado por anteriores y posteriores sucesos. Desde el tiempo de Felipe II y del conde de Fuentes no había descansado un punto nuestra Corte en la empresa de unir el Milanesado con las provincias de Flandes por medio de los países hereditarios del Emperador. Y dados los derechos de Hungría y de Bohemia y los apuros del Emperador, que era darnos la posibilidad de hacer españoles los mismos países hereditarios, uniendo por tierras nuestras las provincias de Italia y Flandes, ¿no parece natural que se extendieran á tanto los intentos? No nos atrevemos á censurarlos de locos, porque la ventaja que de su ejecución podía venir era tan grande, que bien podía correrse por alcanzarla cualquier riesgo. Con la situación de Francia, no favorable todavía para empeñar una guerra y la alianza con el Emperador, que de todos modos era poderoso, no parecía el éxito imposible. Difícil y costoso sí era; pero ¡cuántas cosas de igual dificultad y costo no se habían acometido antes y se acometieron después sin tan lisonjeras esperanzas ni interés de tanta monta! Lo que merecería graves censuras sería que sin tamaño intento se hubiesen hecho los sacrificios que se hicieron, y hubiésemos tomado sobre nuestros hombros tan pesada carga, como llevamos, durante aquella guerra. El celo religioso por sí solo no basta á explicarlo; y es menester juntar con sus efectos los efectos de un plan político, para disculpar en la penuria del Tesoro y en la falta de soldados que sentíamos, las campañas del Palatinado y de la Alsacia y las expediciones de Spínola, del duque de Feria y del cardenal Infante. Ellas no produjeron fruto alguno, y el intento de la dominación en las provincias occidentales de Austria no tuvo ejecución. Pero esto no persuade que no lo hubiera, ni debe ser parte para desaprobarlo: ni España ni el Imperio pudieron imaginar que la espada de Gustavo Adolfo pesase en la contienda.

Á comenzarla salieron de los Países Bajos ocho mil soldados, los cuales se incorporaron con el ejército imperial que caminaba ya á encontrar al del conde Palatino en el corazón de la Bohemia. Y entre tanto, para matar en el origen y fuente el poder del Palatino, se determinó juntar nuevo ejército en el Rhin que entrase á ocupar sus Estados de Alemania. Pasó el río el marqués de Spínola con veintidós mil infantes y cuatro mil caballos, dejando las armas en Flandes al cuidado de D. Iñigo de Borja, y poniendo á la parte de Frisa y en defensa de las plazas imperiales del Rhin, al marqués de Belveder, D. Luis de Velasco. Al saber estas noticias la Unión Evangélica, levantó también un ejército que se compuso de veinticuatro mil hombres al mando del marqués de Auspach, con el cual creyó asegurar el Palatinado situándolo en Oppenheim, por donde forzosamente tenían que pasar los nuestros. Burló Spínola con su ordinario acierto los planes de los protestantes. Desde Coblentza, tierra del arzobispado de Tréveris, se puso en camino para Francfort, fingiendo que iba á acometer esta plaza, con lo cual atrajo hacia allí al general enemigo, y entre tanto, con marcha rápida y atrevida, se lanzó sobre Oppenheim, y, cogiéndola desprevenida, entróla por asalto. Salvó de nuevo el Rhin, y ya sin obstáculo, entró en el Palatinado, haciéndose dueño en breve tiempo de todo el país. En vano el conde de Auspach, con ayuda de holandeses que trajo el conde Enrique de Nassau, pretendió quitar á los nuestros las adquiridas ventajas, porque ellos supieron hacer sus puestos inexpugnables á la Unión Evangélica. Y en tanto, los imperiales, al mando del duque de Baviera, ganaron con ayuda del refuerzo de España la famosa batalla de Praga, donde fué completamente deshecho el ejército del elector Palatino, con pérdida de más de diez mil hombres muertos y prisioneros, y toda la artillería y bagajes. Pelearon allí valentísimamente el conde de Busquoi, flamenco de nación, y el coronel de walones D. Cristóbal Verdugo, uno y capitanes de España. Pareció por un momento que con tal victoria los intentos del emperador Fernando II y del Rey de España no habían de hallar obstáculos considerables. Halláronles, sin embargo, y España, sin provecho alguno, tuvo que hacer grandes gastos y sacrificios los años adelante por haber entrado en la empresa.

No tuvo tiempo de sentirlos Felipe III, porque á los 31 de Marzo de 1621, rindió su alma al Criador, siendo cuarenta y tres los años de su edad y veintitrés los de su reinado. Hacía ya tiempo, que su salud, frágil siempre, venía muy quebrantada. La desconfianza de su salvación y el temor de las penas de la otra vida apresuraron acaso la muerte: tal era de escrupulosa la conciencia de aquel buen Príncipe. Aquella idea que el confesor Aliaga y los frailes sus secuaces, principalmente el prior de San Lorenzo y un cierto P. Santa María, le habían infundido de que Dios no podría perdonarle el haber entregado el gobierno de los reinos que le dió á un favorito, si produjo la ruina del de Lerma como se pretendía, causó también en el Rey horribles tormentos, principalmente á la última hora de su vida. Murió pidiendo perdón á Dios de no haber gobernado por su persona, y repitiendo con lastimosas voces: «¡Ah, si Dios me diera vida cuán diferente gobernara!» Y por todo consuelo el P. Florencia no supo más que recordarle cuántas veces le había dicho que no cometería un pecado mortal por todo el mundo, y cómo había sustentado las guerras de Alemania contra protestantes y había echado de España á los moriscos. Alabóse en este Padre el que no se hubiese aprovechado de aquella hora suprema para sacar alguna merced del Rey; no fueron todos tan mirados, y entre otros el Padre Aliaga que le sacó merced de cuatro mil ducados anuales por toda su vida, y el prior de San Lorenzo del Escorial el obispado de Tuy. ¡Miserable y desconsolador espectáculo el que ofreció por todos conceptos aquella estancia de muerte! Forjó el Embajador francés Bassompierre un cuento increíble, de esos de que tanto gustan los de su nación, suponiendo que por etiqueta los grandes de su servidumbre no acudieron á quitar de su lado cierto día un brasero que le ocasionó la muerte: ¡lástima que otros historiadores hayan dado crédito á tales patrañas!

Así acabó Felipe III, Príncipe que dejó de ser Rey antes de empezar á reinar. «En su corazón, dice el autor de los Grandes anales de quince días, sólo existían la religión y la piedad: fué de costumbres tan candorosas, que con su mirar daba tanta devoción como respeto: tan virtuoso, que se podían esperar de la pureza de su espíritu tantos milagros, como hazañas de su poder.» Mas con todo eso, ni fué el Rey que España necesitaba, ni hizo otra cosa que empujarla poderosísimamente hacia su ruina. El propio autor de los Anales añade que muchos, acordándose de su santidad, llamaban á los sucesos en la conservación de la Monarquía milagro continuado: y lo fué sin duda muy raro. Acaso por defuera se ostentaba el poder de España más extenso y grande que nunca; pero en el interior se sentían ya los síntomas de la decadencia.

Sostuvo nuestro nombre en el mundo el espíritu antiguo de grandeza y la costumbre de dominar y de vencer que guardaban en sus ánimos algunos buenos capitanes y políticos españoles, más perseguidos y penados que recompensados por ello. Vivióse en todo de lo pasado, y no pareció en muchas ocasiones sino que el Estado se gobernase sólo, abandonados á su arbitrio los Virreyes y Capitanes generales de las provincias y los diplomáticos que representaban á la nación en Cortes extrañas. Incapaces de comprender la política que conviniese á España en aquella era, el duque de Lerma y los ministros que heredaron su influjo sólo por la fuerza de la tradición fueron hábiles algunas veces y tuvieron levantados pensamientos. Mas faltó en todo la oportunidad y el acierto que únicamente se alcanza en el propio estudio y en el verdadero conocimiento de las cosas. El Ejército y la Marina quedaban en mucho peor estado que á la muerte de Felipe II; las artes y oficios mecánicos más decaídos; había menos comercio é industria, y la agricultura proporcionaba aun al labrador empobrecido menos ventajas. La amortización de la propiedad tocó en este reinado los mayores extremos, principalmente la eclesiástica, produciendo sus ordinarios males. Y no era de los menores la desigualdad en el repartimiento de los tributos que con ella venía. No montaban los donativos voluntarios del clero y la nobleza tanto ni con mucho como debieran pagar por sus haciendas, y así los pequeños propietarios cada año se sentían más decaídos. Con esto la Hacienda, lejos de concertarse y mejorarse como se pudiera, dado que ni se hicieron conquistas, ni á pesar de todo se mantuvieron grandes guerras, se había dado un gran salto hacia el abismo en cuyos bordes la dejó el Monarca anterior. La nobleza, vencida por Carlos V y sujeta y oprimida por Felipe II, daba de sí á las veces altas muestras recordando lo que había sido; pero en lo general puede decirse que no mejoró de posición ni de fortuna. Aun las altas muestras de sí las daba la nobleza fuera de España; porque aquí dentro no osaba mover la lengua, sino en caballerescos galanteos, ni el brazo, sino en desafíos y aventuras. Púsose en este reinado más cerca del trono que en el anterior; pero no para que cobrase la dignidad antigua, sino para que le sirviese de ornamento y de cómplice. Mejor estaba la grandeza recogida en sus castillos ruinosos, murmurando de los ministros plebeyos de Felipe II, que no autorizando con su asistencia las dilapidaciones de los favoritos de su hijo, y acaso contribuyendo á ellas, cambiando sus títulos viejos tan gloriosos, por títulos nuevos y dignidades de la Real Casa.

Las ciencias quedaban ya casi subyugadas á la teología y del todo envueltas en las tinieblas del escolasticismo y aristotelismo. Fueron los teólogos y filósofos de más nota, Ángel Manrique, llamado el Atlas, por su vasta doctrina, natural de Burgos, hombre elocuentísimo y catedrático de Salamanca; Marsilio Vázquez, Pedro de Oviedo, Gabriel Vázquez, Baltasar Téllez, Francisco Suárez, Francisco de Toledo, Rodrigo Arriaga, y, sobre todo, el ilustrísimo Juan Caramuel, uno de los talentos más singulares que haya habido jamás, teólogo, filósofo y orientalista. Todos ellos escribieron obras eruditísimas y de copiosa doctrina, pero sin grande elevación ni libertad filosófica. Dos cosas pueden llamar la atención en este punto, porque dan á entender en nuestro concepto que ni aun del escolasticismo y aristotelismo se fiaba ya la Inquisición española. Es la una, que no hubo filósofo alguno que no fuese eclesiástico, como si el serlo no se les permitiese ya á los legos. La otra es todavía más importante. Durante el reinado de Carlos V y de Felipe II, sin contar los que dentro del reino se miraron con más ó menos razón perseguidos, hubo algunos teólogos y filósofos que fueron á profesar sus doctrinas en tierras extrañas; mas no parecía singular, porque eran, por lo común, las que se iban, personas más ó menos inficionadas en la herejía. Ahora se notaba ya que ni uno solo, aun siendo muy buenos católicos, permanecía al fin en España, saliendo fuera de ella con diversos pretextos á enseñar sus doctrinas y á publicar sus obras. Fué á parar Marsillo Vázquez á Italia, y allí explicó filosofía con mucha reputación en las Universidades de Florencia y Ferrara; Pedro de Oviedo murió de Obispo en el Río de la Plata; Juan Caramuel, no bien concluyó sus estudios en la Universidad de Alcalá, pasó á Flandes y luego á Italia, donde tuvo que ver alguna cosa con el Sacro Colegio por cierta obra suya calificada de dudosa en la fe; Francisco de Toledo enseñó en Roma filosofía y teología, y fué nombrado por el Papa Gregorio XIII censor de sus propias obras, que fué concederle una especie de libertad de pensar exclusiva; Rodrigo de Arriaga, el más atrevido de aquellos filósofos, fué á parar con sus lecciones y doctrina en Bohemia; solo Ángel Manrique, Baltasar Téllez y el granadino Francisco Suárez, metafísico profundo y de clarísimo estilo, autor del libro De legibus y otros muchos, en los cuales estudió Vico un año entero la filosofía, por ser los más famosos de su tiempo, murieron en la Península; pero aun no en estos reinos, sino en Portugal, donde hubo siempre otro género de libertad religiosa y civil que en Aragón y Castilla. Fueran tales hechos para casuales demasiados en número, y bien pueden fundarse sobre ellos, cuando no evidencias, por lo menos muy razonables sospechas. Y aun pueden añadirle crédito algunos hechos que tuvieron lugar por entonces. Fué el P. Juan de Mariana el último de los grandes pensadores que tuvo España, y uno de los mayores de su siglo. Su historia, no desnuda ciertamente de defectos, fué la primera que vió Europa después del renacimiento de las letras que mereciera tal nombre, y los extranjeros, tan parcos en alabar nuestros hombres y nuestras cosas, han tributado al sabio jesuíta grandes homenajes de admiración y respeto. Permitiósele escribir acerca de los Reyes con libertad, aun hoy tenida de muchos por demasiada, porque entonces el sentimiento monárquico era tal, que no había en ello el menor peligro, y más parecía entretenimiento que doctrina el tratar de tales asuntos los sabios. Pero no bien trajo su pensamiento á censurar moderadamente las cosas presentes ó á explicar teorías de aplicación inmediata, fué rigurosamente perseguido, ocasionándole grandes pesares. Tal aconteció al escribir el tratado famoso sobre la alteración de la moneda, medida tan perjudicial de aquel reinado. Los lazos de la represión estaban, pues, más estrechos que nunca. Algunos años más, y doctrinas tales como las de Mariana en el libro De Rege, ni por entretenimiento podrían ser enseñadas ni defendidas. Argensola y el P. Sigüenza escribieron también en esta época libros históricos notables por la belleza del estilo, mas no por la crítica y filosofía de Mariana.

Pero en tanto que morían las ciencias, el ingenio español ofrecía altísimas muestras de sí en otro género de letras. Sin más pretensión aparente que el entretenimiento y recreo, dió á luz el inmortal Cervantes su Ingenioso Hidalgo, maravillosa lucha y contraste de lo real con lo imaginario, del mundo práctico con el mundo poético, de lo sublime con lo ridículo; cuadro inmenso de costumbres que no pierde su oportunidad con los siglos, símbolo eterno, libro, en fin, el más grande de nuestra literatura y que apenas halla rivales en el mundo. Menos afortunado en sus novelas, hízolas, sin embargo, dechado de estilo, y alguna de ellas singularísima en la pintura de caracteres y costumbres. Sus obras poéticas son las que menos boga han alcanzado; y aunque á la verdad no la merecían muy grande, siempre es cierto que la reputación del autor en otras cosas las ha perjudicado bastante. Floreció á la par Balbuena, poeta de talento colosal, que tal vez hubiera parecido más grande á tenerlo menor, y escribiendo con más estudio y en mejor ocasión sus obras. En el Bernardo dejó los trozos de poesía épica más valientes que haya en castellano, envueltos en un fárrago de versos insoportables, y en la Grandeza Mejicana describió la Primavera con gran belleza en la dicción, y mucha novedad y galanura en los pensamientos, á la par que con sus ordinarios defectos: también en el Siglo de oro dejó buenas églogas, aunque amaneradas y frías, como solía ser siempre aquel género de poesía, imitación eterna de la literatura latina. Con éstos ha de juntarse el nombre insigne de Lope de Vega, monstruo de fecundidad y de imaginación que dió su nombre á mil novecientas comedias, si no buenas todas, ninguna falta de belleza y de ingenio, verdadero maestro del arte dramático en España, y harto encarecido de propios y extraños, para que mucho nos detengamos en su elogio. Fué época aquella gloriosa, en fin, y grande para las bellas letras; pero no ha de atribuirse por ello honor alguno al Monarca ni á sus Ministros. Era que todas las fuerzas intelectuales de la nación se habían refugiado en la literatura, cerrado el camino de la Filosofía, de la Historia y de las Ciencias físicas y matemáticas. Aún allí no habían llevado sus armas la Inquisición y el escolasticismo, pero no andaban muy lejos. La representación de las comedias, bien tolerada por Felipe II, se vió ahora amenazada de muchos teólogos. Felipe III, aunque asistió á algunas, y señaladamente á una que se representó en cierto teatro mandado levantar por el duque de Lerma sobre las aguas del Tormes, no gustaba mucho de ellas: acaso hubiera caído entonces el arte dramático á no ser sostenido y defendido vigorosamente por otros teólogos y frailes muy aficionados á tal espectáculo.

En suma, sólo puede decirse que merecieran favor al rey Felipe III las costumbres privadas y el catolicismo. En su reinado no es posible olvidar á los confesores, antes parece preciso irlos recordando á la par de los ministros y capitanes. Acrecentáronse extraordinariamente los monasterios, tanto en bienes como en número de religiosos, á pesar de los clamores de las personas prudentes y en algún tiempo del mismo Consejo de Castilla, y llegó al último punto la influencia del clero en los pueblos. También se acrecentaron los santos, porque Roma, que tanto partido sacaba de Felipe III, no regateaba en cambio las canonizaciones y beatificaciones. Ni se echaron de menos los autos de fe, siendo entre todos notable el de 1610 en Logroño, donde fué quemada por bruja confitente una cierta María de Zozaya, y diversamente castigadas por igual delito ó por practicar distinto culto del católico, hasta otras cincuenta y dos personas. Mas ello fué que con el predominio de la idea religiosa, aunque produciendo tan dolorosos extremos á las veces, con los ejemplos piadosos del Rey y con la hipócrita moderación de la Corte, se logró que las costumbres públicas, lejos de decaer de como las había dejado Felipe II, se mejorasen todavía. Quizás en ninguna época se han visto en España tan pocos escándalos y crímenes como en este reinado, ni en país alguno del mundo se han respetado más la moral y las conveniencias sociales, obras todas de un rey cristiano. En cambio, la moralidad de la administración y del gobierno padecieron gran mengua. Salió á la plaza la lisonja poco sufrida de los reyes anteriores; diéronse al envilecimiento los puestos que solía tener antes el mérito; comenzaron las dádivas de todo género á hacer las veces del Consejo y á producir persuasión en los ánimos; la vanidad y la codicia y la abnegación se abrieron á todo camino, obras estas propias de un rey inepto. Buen católico y mal rey, he aquí formulado el carácter de Felipe III: lo que quiso ser y lo que fué para España.

LIBRO TERCERO

SUMARIO

De 1621 á 1636.—Principios del reinado de Felipe IV.—Privanza de Olivares.—Autoridad anticipada.—Castigos y venganzas, el P. Aliaga, Calderón, Osuna, Uceda, el duque de Lerma.—Reformas en el Gobierno.—La moneda.—La Hacienda y las Cortes.—Disgustos en las de Cataluña y Castilla.—Empeños de la Monarquía.—Alemania: victoria en Hoecht.—Holanda: renuévase la guerra, rota de su escuadra en el estrecho de Gibraltar, muere el archiduque Alberto.—Genepp, Meurs, Berg-Op-Zoom, batalla gloriosa de Fleurus, sitio y toma de Breda.—Triunfos navales en América.—La Mamora.—Venida á España del Príncipe de Gales, negociaciones matrimoniales, guerra con Inglaterra, rota de los ingleses en Cádiz.—Italia: guerra de la Valtelina, sitio de Verrua, hostilidades entre Francia y España, paz de Monzón, armada á la Rochela.—Italia: sucesión del ducado de Mantua, sitio de Cazal; pasa allá Spínola; fuerzan los franceses el paso de Suza; levántase el sitio de Cazal; concierto de Suza; campaña de Richelieu; derrota de los saboyanos en Javennes; muerte del duque de Saboya; nuevo sitio de Cazal; mala defensa del puente de Cariñán; muerte de Ambrosio Spínola; tregua de Cazal, Quierasco.—Flandes: malos sucesos del conde de Berg.—Pérdidas marítimas.—Liga de Leipzig.—Campaña en el Rhin de Gustavo-Adolfo.—Oppenheim, Maguncia.—Funesta campaña del duque de Feria en la Alsacia; su muerte.—Flandes: vuelve á España la soberanía.—Traición del conde de Berg; gobierno del marqués de Santa Cruz; pérdidas; combate de Maestrik y gobierno de los cuatro generales; derrota de nuestra armada en Zelanda; gobierno de Lerma; muerte de la Infanta; gobierno del marqués de Aytona; sucesos varios; nómbrase al cardenal Infante D. Fernando, para el gobierno de los Estados; su carácter y cualidades; viene por Alemania con un ejército; batalla gloriosa de Nordlinghen. Francia declarada enemiga.—Algunas empresas de Asia y África.

Dejó el difunto Rey cinco hijos, y de ellos era Don Felipe IV el primogénito, que le sucedió á la edad de diez y seis años, el cual estaba casado desde los once con la princesa Doña Isabel de Borbón. Viéronse al comenzar este reinado los mismos síntomas que cuando empezó el anterior. La cámara del Príncipe estaba puesta desde 1615, y en ella había entrado como Gentilhombre D. Gaspar de Guzmán, tercer conde de Olivares, de noble casa y muy agraviada porque no se la hubiese concedido aún grandeza de España. No se inclinaba el nuevo Rey en los principios al Conde; amaba más á otros de su cámara; y sólo el duque de Lerma, con su ojo perspicaz y ejercitado, acertó á comprender que en él tenía sucesor y acaso rival temible. Quiso entonces apartarlo del Príncipe, pero ya no pudo; y el Conde, disimulando mucho y alimentando á su costa con su ingenio y arbitrios las pasiones voluptuosas del joven Príncipe, no de otro modo que el de Lerma había alimentado la devoción del padre, logró al fin la privanza que apetecía. Así, desde mucho antes que muriese el rey D. Felipe III, sabíase en la corte y en todo el mundo, quién había de ser el ministro y favorito de su sucesor, y el árbitro de las cosas del Estado.

Dió muy pronto el de Olivares muestra de sí y de su valimiento. En los últimos días del Rey difunto, los amigos del duque de Lerma, que estaba retirado en su villa de este nombre, quisieron tentar por último á la fortuna, mandándole venir á toda prisa. Parecía vivo todavía en aquel Príncipe el cariño del Duque, y era de temer su llegada para muchos, aun en aquel trance, sobre todo si prolongaba por azar la vida, que de ello había, como siempre, alguna esperanza y duda. Pero como supo el caso Olivares, determinó llevar á cabo uno de esos atrevimientos, que sólo en el buen éxito pueden recibir aplauso, aun de parte de aquéllos que no ven en las cosas sino la utilidad que proporcionan. Aconsejó al Príncipe que ejerciendo jurisdicción anticipada enviase un mensaje al Duque Cardenal, mandándole que se volviese á su villa de Lerma, sin llegar á la corte. Hízolo el Príncipe; llegó el mensaje, y el de Lerma obedeció, aunque notando que no tenía aún autoridad quien lo ordenaba. Tampoco había muerto todavía Felipe III cuando Olivares le dijo públicamente al duque de Uceda, su antecesor y rival: ya todo es mío. Y mostrólo muy pronto, porque no eran pasados tres días de muerto Felipe III, cuando desagraviándose á sí mismo del agravio que aquél le debía por no haberlo querido hacer Grande, ni aun en los últimos días de su vida, hizo que el nuevo Príncipe le dijese comiendo: Conde de Olivares, cubríos, con que recibió la grandeza que ambicionaba.

Después de desagraviarse á sí mismo, aparentó el conde de Olivares que iba á desagraviar á la nación de las ofensas que en ella habían hecho los ministros y cortesanos de Felipe III. El primero que padeció sus iras fué el P. Aliaga, confesor del Monarca difunto, al cual mandó salir desterrado de la corte; tal merecía y mayor castigo aquel fraile indigno, que vendía á precio de oro la influencia que ejercía en el Monarca y que tanta parte tomaba en las intrigas cortesanas. Apresuróse luego el proceso de D. Rodrigo Calderón, marqués de Siete Iglesias, aquel amigo del duque de Lerma, que á poco de la caída de éste fué puesto en prisiones. Acumuláronsele cargos gravísimos, algunos de ellos justificados, otros no tanto, y en los cuales parecía que obraba más la pasión que la verdad. Habíase hecho á todo el mundo odioso D. Rodrigo, por su desmesurada soberbia, y así fué que en la ocasión no halló más que acusadores y verdugos. Al fin, fué condenado á muerte y ejecutado en la Plaza Mayor de Madrid. La noble entereza con que murió (1620) disculpó en la opinión generosa del pueblo todos sus yerros. Por el contrario, no faltó quien culpase al conde de Olivares de aquella muerte, atribuyendo á impulsos de envidia antigua y de odio no vencido con la ruina de D. Rodrigo, el que lo dejase ir al suplicio, cuando una palabra suya podía salvarle. Dió calor á la sospecha el ver que al propio tiempo que terminaba el proceso de Calderón, se comenzaban los de tres duques y ministros famosos en el anterior reinado: el uno el de Lerma, de Uceda el otro y otro el de Osuna. Y aunque las faltas de Calderón mereciesen riguroso castigo, también causaba grima el ver que sus acusadores adoleciesen de las mismas faltas que él, y el hallar en sus mismos pasos ya al ministro que consentía ó acaso ordenaba su muerte. Fué de esta manera de más escándalo que ejemplo el castigo de Calderón, dado que antes se atribuyó á venganza, que no á justicia.

Los propios efectos se sintieron en la muchedumbre con la prisión del gran duque de Osuna. Andaba éste por la corte desde 1620 en que vino de Nápoles, suscitándose nuevas enemistades antes que no aplacando las antiguas, con la soberbia de su condición y el lujo desmesurado de su casa y persona. Públicamente se le acusaba en corrillos y papeles de haberse enriquecido malamente en el gobierno de Nápoles, y el conde de Villamediana le llegó á apellidar ladrón en unas coplas. Despreciaba el de Osuna tales murmuraciones y aun las alentaba cada día más con su conducta; traía siempre detrás de sí veinte coches, donde iban multitud de caballeros españoles y napolitanos, á quienes favorecía; cincuenta capitanes y alféreces reformados, formaban la guardia de su casa y caminaban en torno de su persona; los vestidos eran de telas extrañas y costosísimas, sembrados de piedras preciosas. En una de las fiestas de Madrid entró á justar en la Plaza Mayor con cien lacayos, vestidos de azul y plata; no había ningún Príncipe ni Grande que le igualase en magnificencia, dado que se allegaba la suya á la del Rey. Mientras vivió Felipe III y el duque de Uceda, á quien tenía tan ganado por el parentesco y dádivas, tuvo el Gobierno en las manos, la emulación no pudo nada contra él; pero ahora se encargó de ser ministro de ella el Conde-Duque.

Acaso se sentía éste más que ningún otro humillado con aquellos alardes de grandeza. Halló que la nobleza y tribunales de Nápoles, habían hecho una información contra Osuna, para justificar el haberlo desposeído del virreinato y dádoselo al cardenal Borja sin órdenes de España; presentaban documentos denunciando sediciosos intentos en el Duque, y relataban multitud de injusticias y vejaciones. No necesitaba de más el favorito para satisfacer sus iras en aquel rival aborrecido: decretó su prisión y, luego, al punto, mandó que se le formase proceso. Recordó entonces todo el mundo los notables servicios del Duque, y extrañando que no se contentase con ellos, para descargo de sus faltas, entró luego la piedad en el pueblo, loable sentimiento que siempre manifiesta el de España, aunque perjudicialísimo en muchas ocasiones: así el castigo se convirtió en descrédito de quien lo ordenaba. El Duque conllevó su desgracia con notable entereza durante dos años y medio, que estuvo prisionero primeramente en el castillo de la Alhameda, cuyos muros á medio caer se levantan aún no lejos de la magnifica posesión que con aquel nombre ahora tienen sus sucesores, y,[17] al fin, en Madrid, donde murió más de saña y afectos vengativos, que no de enfermedad incurable. Hombre memorable y que siempre ocupará lugar entre los buenos capitanes y políticos españoles, dignísimo de otra suerte, dado que el mayor de los delitos que se le atribuyeron, que fué el de pretender alzarse por Rey en Nápoles, no pasó de sospecha, y más, sobrando razones para recelar que aquella voz fuese esparcida y autorizada por los venecianos con ánimo de perderle, en venganza de las humillaciones y daños que de él habían recibido. Su muerte, aunque no tan desdichada, fué no menos sentida que la de D. Rodrigo Calderón y con harto mayor justicia.

Salvó al de Lerma de correr los mismos pasos que Calderón y Osuna el capelo cardenalicio que había tomado con tanta cordura antes de perder la privanza, porque no osó el favorito tocar á su persona. Pero Uceda, su hijo, que no tenía semejante defensa, cayó en poder de los Tribunales del Conde-Duque; y sabe Dios adonde llegara al fin su castigo, si el Rey no hubiese intervenido de repente y contra su costumbre en el asunto, declarando por sí propio en una cédula que aquel ministro no había faltado en cosa alguna á su deber y obligaciones. Épocas tristes aquellas en que es de alabar la arbitraria resolución de un Príncipe que arranca á un reo de manos de los Tribunales de justicia; mas tales andaban ellos de honrados. Fuera, sin embargo, el castigo de Uceda, mal hijo y peor ministro, sin cualidad ninguna que disculpase sus vicios, menos sentido que el de los otros.

Aunque burlado Olivares en sus intentos contra estos dos ministros, padre é hijo, no por eso dejó de mortificarlos, hasta que les originó la muerte. El de Uceda, viéndose sin licencia para venir á la corte, y sin poder ni valimento, murió de pesadumbre, y su padre no tardó en seguirle al sepulcro. Porque Olivares, para completar la ruina de sus antecesores, creó una Junta llamada de reformación de costumbres, mandando que á todos los que eran y habían sido ministros desde el año de 1603, se registrase la hacienda que poseían y la que habían enajenado, bajo gravísimas penas: de manera que fuera conocida fácilmente la parte del primer caudal y si había aumentado por medio ilícito. Aplaudió el vulgo la determinación: muchos, viendo llevar tan adelante los castigos y persecuciones de los malos ministros, decían que, aunque á ser tan riguroso le moviese más el odio particular que razón alguna de interés público, quien tales cosas ejecutaba con los demás, no podía merecer nunca iguales censuras. Había también, ¡cosas disculpables en las preocupaciones de la época!, quien creyese que por aquel medio volverían á llenarse las arcas públicas. El suceso mostró muy á las claras lo equivocado de tales conceptos. El duque de Lerma fué condenado á pagar al fisco setenta y dos mil ducados anuales y el atraso de veinte años por las rentas y riquezas adquiridas en su ministerio, condena que no pudiendo sufrir el codicioso viejo, le hizo morir de pena como su hijo; pero muchos que habían administrado mal las rentas, enriqueciéndose en cohechos y desmanes, conservaron cuanto tenían, sólo porque no hacían sombra á la privanza de Olivares. Y éste, aunque algunos dicen que procuró menos por sí que sus antecesores, dió harta ocasión en adelante á toda censura y castigo. El interés del momento ciega á las veces los ojos de los pequeños ambiciosos, que no ven en el poder la gloria y la satisfacción legítima del mando, sino sólo un camino para hallar el placer y el deleite, y contentar á las pasiones viles del alma; y á trueque de conseguir una cosa, no vacilan en sentar precedentes que pueden serles de vergüenza y daño en lo futuro.

No contento, naturalmente Olivares con rebajar á los contrarios y exterminarlos, cayendo en sus mismos errores, comenzó á elevar á otros sin consideración alguna, procurando hacerse de clientela. Alzó varios destierros de personas importantes que antes los padecían, y devolvió algunas plazas y dignidades mal quitadas, robusteciendo con el agradecimiento los muros de su poder. Entre otros, se levantó el destierro y prisión que padecía D. Francisco de Quevedo, ya en obras famoso, por su amistad con Osuna, y aun se le dió colocación en Palacio. Pero los más de los destinos públicos los ocupó el Privado con sus amigos personales. Con ellos compuso la regia servidumbre, despidiendo á los que antes la formaban, y cuando ya no tenía destinos que dar allí, determinó poner casa aparte al infante don Fernando, que por su corta edad vivía aún con el Rey, su hermano, á fin de crearlos nuevos y repartirlos de la propia suerte, como lo ejecutó con efecto. Quitó de los Tribunales á muchos magistrados, porque alcanzaban reputación de inflexibles; y de ellos fué el Presidente del Consejo de Castilla D. Fernando de Acebedo, en cuyo lugar puso á D. Francisco de Contreras, uno de los jueces de Calderón, que era de sus mayores amigos y parciales. Sólo conservó en alto puesto á D. Baltasar de Zúñiga, por tío suyo y por fingir también con eso que no quería ser solo en el mando. Era D. Baltasar hombre de antigua carrera y muy práctico en los negocios; mas como viejo y tío, afectaba algo de superioridad y entereza, que ofendía la vanidad quebradiza del de Olivares. Murió á poco, y murió á tiempo porque ya comenzaba á rugir la discordia entre ellos, y la perdición de Zúñiga no parecía muy lejana.

No hallando ya quien le disputase el Poder, se puso á disfrutar tranquilo de su fortuna. Y no pareciéndole ninguna casa acomodada á su grandeza, vínose á vivir á Palacio, ocupando con mengua de la Familia Real, menos cómodamente alojada, el cuarto que solían los Príncipes de Asturias, donde Felipe IV había residido hasta la muerte de su padre. Allí, siguiendo los pasos del de Lerma y acrecentando sus abusos, se hacía traer todos los papeles importantes sacados de los archivos y secretarías sin cuenta ni resguardo alguno; allí daba las audiencias que antes solían los Reyes; despachaba con los ministros, dictaba órdenes á los Consejos, y hacía todos los alardes de poder y mando que pudiera siendo suya la corona. No tardó, como el de Lerma, en hacer sentir su privanza á la Real Familia. Cobró, principalmente, aborrecimiento á los dos infantes D. Carlos y D. Fernando, ambos muy queridos en la corte, porque, dotados de noble espíritu, no llevaban con paciencia su dominio. Y siempre será mengua de aquel favorito el haber procurado indisponer al Rey con sus hermanos por bajos medios.

Á la verdad, en un principio mostrábase en los negocios públicos tan solícito, como fué descuidado y flojo más tarde. Si no acertó con lo bueno y lo útil, no fué por falta de arbitrios, que los tuvo y aplicó en gran número, sino porque su inteligencia y desordenadas pasiones no le dejaron ver más y mejor de lo que veía en las cosas. De todos los arbitrios que imaginaba y de la situación de la Monarquía, dirigió al Rey una Memoria muy alabada entonces, donde hubo quien hallase principios é ideas de gran político: la verdad era que ya había en la nación, apartada por la Inquisición del estudio y de la meditación verdaderamente filosófica, poquísimas personas capaces de juzgar bien en tales materias. En cambio, pululaban los arbitristas, hombres incansables que no cesaban de publicar peregrinos libros, donde se proponían remedios á todas las necesidades y enfermedades públicas, disparadamente chistosos, cuando no torpes y fatales. De éstos recogió no pocas ideas el Conde-Duque y así fueron ellas. Determinó que los servicios no se recompensasen más con donativos de dinero en cantidad de maravedís ó ducados, como antes se solía hacer, sino que á cuenta de ellos se repartiesen los honores y las dignidades, con que se evitaron algunos gastos, pero se envilecieron las grandezas y las encomiendas á fuerza de prodigarse; mal quizás tan grande como el que se trataba de remediar, porque no viven menos las Monarquías con economía en el dinero que con economía en las honras y dignidades. Siguióse la mala costumbre introducida en el anterior reinado de crear para el conocimiento de todos los negocios importantes juntas especiales compuestas de individuos de diversos Consejos, y se introdujo otra peor todavía, que era la de que los consejeros no deliberasen de viva voz, sino que cada uno diese su dictamen por escrito al Rey; de forma, que pasando tales papeles del Rey al favorito, no se determinaba cosa que éste no tuviese por útil. Dióse también sucesión á los empleos antes de que vacasen poniendo en cada uno dos dueños; pero algo se remediaron los daños de esto último con repartirlos por merecimiento verdadero ó supuesto, y no por dinero como al principio. Tratóse de acortar los términos de los pleitos, que por lo largos y ruinosos eran de las principales causas de decadencia en las familias que hubiese en el reino, entreteniendo con ellos la esperanza muchos odios, alimentando la dilación muchas disensiones, y fabricando los desengaños no pocas perdiciones de gente hidalga y capaz, bien dirigidas y de altos servicios. Y por lograrlo fácilmente, se redujo á la tercera parte el número, á la verdad exorbitante que había de consejeros, escribanos, procuradores, alcaldes, alguaciles y demás oficiales públicos. Fijóse, por último, un plazo, dentro del cual los litigantes forasteros pudiesen solo residir en la corte, y para evitarles la venida, se dispuso que los pleitos, aun los privilegiados, se viesen ante las justicias ordinarias. También se mandó á los señores de vasallos que residiesen en sus pueblos á fin de aliviarlos en vez de oprimirlos. Prohibiéronse las emigraciones, aun para las Américas, que era para donde más comúnmente se verificaban con tanto daño de los reinos de la Península, que se miraban despoblados, mas sin conocer que no hay otro remedio para evitar tales emigraciones, sino ofrecer ventaja y buen gobierno á los pobladores para que no dejen sus hogares; y, por último, se prohibieron algunas modas un tanto costosas, que era pueril remedio y tan ineficaz como se halló luego. Vióse á los alcaldes de casa y corte dar de rebato en las tiendas de mercaderes y sacando todos los valones, zapatillas bordadas, almillas, ligas, bandas, puntas, randas, abanicos, puños aderezados y otras galas de mujeres á este modo prohibidas por sobrado ricas, hacer con todas ellas ridículo auto de fe en las calles de Madrid. Calculóse que había cuello cuyo aderezo costaba al año seiscientos escudos y prohibióse tal uso, dando el Rey y el favorito el ejemplo, que ellos creyeron glorioso, de no llevar sino valonas sencillas. ¡Mezquinos ejemplos! Harto más graves si no más oportunas fueron las medidas tomadas para desahogar la Hacienda en sus apuros.

Rebajóse nuevamente el interés que del Erario tiraba la deuda conocida con el nombre de juros reales, y se dió facultad á las Cortes para conceder tributos sin permiso de las ciudades; con que ganados los procuradores, no imposibles de ganar ya entonces, podía el Rey más fácilmente sacar dinero de los pueblos. Ni una ni otra de estas medidas sentó bien en la nación; pero se soportaron ambas, porque todo el mundo conocía que el estado deplorable de la Hacienda pública exigía grandes remedios. La moneda que tanto dió que hablar en el anterior reinado, hubo también de ocupar en éste, desde los principios, la atención del Gobierno y de la nación entera. Hizo el Conde-Duque que el Rey dictase un decreto prohibiendo que se sacase del reino el oro y la plata y se introdujese en él la moneda de vellón; poco después se mandó que el trueco y reducción de la moneda de oro y plata á la de vellón no excediese del diez por ciento. Pero esto no bastó para evitar que el vellón sobrase en nuestros mercados, y en 1626 hubo que pregonar Real cédula para que no labrase más moneda de vellón en veinte años. Todavía sobraba esta moneda infeliz de tal suerte, que el año después se publicó una pragmática famosa para su disminución, encomendando la obra á una especie de Junta y Caja de amortización, al modo de las que después hemos visto destinadas á la amortización de papel moneda, con el nombre de Diputación general del consumo. Tratábase de ir recogiendo poco á poco en las principales capitales del reino la moneda de vellón, cambiándola por oro y plata, inutilizando una parte, y poniendo la demás en su justo valor, alterado desde el tiempo de Felipe III. Mas sin embargo de que esta Diputación hizo cuanto pudo, en 1628 hubo que expedir nueva pragmática, rebajando ya violentamente la moneda de vellón á la mitad de su valor y originándose con esto las pérdidas y quejas que eran naturales. Así se pensaba entretener algún tiempo el oro y la plata que á más andar desaparecía del reino; pero todo era en vano, y en el propio año de 1628 hubo que mandar aún que la moneda de estos metales no pasase de puerto alguno sin registrar, revocando la antigua que permitía sacar moneda con obligación de volver mercaderías.

No alcanzó esta disposición más fortuna que las otras, y en adelante todavía dió harto en que entender el arreglo de la moneda. Pero el caso era, que en estos cambios y alteraciones, si los pueblos padecían mucho, no dejaban de ganar los ministros. Era en todo con sus altas y bajas la moneda, lo que por ventura ha sido la deuda del Estado en nuestro siglo. Los favoritos y ministros codiciosos que por su posición tenían noticia anticipada de las alteraciones, se aprovechaban de eso para expender ó recoger moneda y cambiarla por más ó menos, según el caso, y así realizaban inmensas y vergonzosas utilidades; todo en ruina de la nación y más confusión y desbarate de la Hacienda pública.

Crecieron en tanto los tributos y fueron mayores que nunca desde los principios de este reinado. Las Cortes de Castilla otorgaron en 1623 veinticuatro millones en cada doce años, por la manera misma con que fué practicada la exacción en el anterior reinado, y perpetuándose tal cantidad en los pedidos, tomó de ella esta contribución el nombre con que fué en adelante conocida. Las de Aragón en 1627 ofrecieron dos mil hombres armados y pagados por seis años; mil hombres pusieron también en armas las de Valencia del mismo año: solo las de Cataluña se mostraron parcas y desabridas. Ya en 1620 se había solicitado de aquella provincia que diese cuenta de sus rentas y pagase el quinto; mas no se insistió mucho en ello. Luego que entró á tratar de las cosas de la hacienda, el Conde-Duque aconsejó al Rey que pidiese formalmente á Cataluña el quinto de sus réditos; hízose la petición y respondió Barcelona que estaba exenta por sus privilegios, mas en las Cortes de 1626 se esforzó la pretensión, recordándose otra antigua de establecer allí la renta del Escusado. Hubo disgustos, precursores de los que en los años venideros trajeron tantas desdichas: exacerbáronse las pasiones á punto que el conde de Santa Coloma y el duque de Cardona vinieron á las espadas en el recinto mismo donde se celebraban las Cortes; y fué mucho que se pudiese evitar mayor escándalo. Negábanse los brazos catalanes unidos á introducir la alteración más pequeña en los antiguos privilegios de la provincia, y no faltó quien previese ya todo lo que había de sobrevenir de continuar en la demanda. El almirante de Castilla D. Juan Alfonso Enríquez de Cabrera, duque de Medina de Ríoseco, hombre ilustre, nacido para preveer y llorar las torpezas de aquella época sin poder remediarlas, manifestó al Rey con noble libertad el peligro, lo cual le trajo disgustos con el Conde-Duque, y el odio de éste que le acompañó por toda su vida. Irritado el Rey con las penalidades que le costaba sacar algún socorro y ayuda de los catalanes, dejó un día inpensadamente á Barcelona y se vino á Madrid. Envió entonces Barcelona en su seguimiento ciertos diputados que le alcanzaron todavía en el camino y le ofrecieron cincuenta mil escudos. Volvió el Rey en 1632 á sentir grandísimos apuros y á pedir nuevos tributos á las Cortes; negáronse las de Castilla en Madrid á concederlos, pretextando que el dinero iba á emplearse en pagar los ejércitos del Emperador: plausible pretexto y muestra de fortaleza pocas veces repetida por los procuradores castellanos en aquellos tiempos.

Las Cortes catalanas que el Rey en persona fué á abrir el propio año, dejando para que las continuara, con permiso de la provincia, á su hermano el infante don Fernando, se resistieron como siempre, á dar tributos, habiendo nuevos empeños y disgustos por esta causa entre el Almirante y el Conde-Duque. Por fin se lograron cuatrocientas cuatro mil libras, muchísimo menos que se pretendía. Hizo éste que algún tiempo después, se tornase á la pretensión primera de que Barcelona diese cuenta de sus réditos para pagar el quinto al Erario. Negáronse los catalanes más enérgicamente que nunca. El Virrey, que á la sazón era el duque de Cardona, quiso registrar de por si los libros de la ciudad, á fin de averiguar el importe de tales réditos: fortificáronse los conselleres en la casa de la ciudad, donde el Virrey no osó acometerlos, y el Conde-Duque y el Rey, enojados ya al último punto contra Barcelona, determinaron trasladar la Audiencia á Gerona. Todo principios de lo que sucedió más tarde.

No bastando, pues, los tributos concedidos por las Cortes, fué preciso acudir á nuevos arbitrios, para llenar las arcas públicas. Pidiéronse donativos á la nobleza y al clero que los hicieron cuantiosos: solo el cardenal Borja envió de Roma quinientos mil ducados, y el clero dió gratuitamente siete millones de tal moneda. Poco era esto para lo que se necesitaba, y mediante una bula del Papa se obtuvieron del Estado eclesiástico otros diez y nueve millones de ducados. Al propio tiempo se creó (1632) la contribución conocida aún en nuestros días con el nombre de lanzas y medias annatas. No se tardó en inventar otro servicio de millones sobre consumos no gravados todavía, y que no podían mirarse como de primera necesidad, el cual importaba dos millones y medio de ducados en seis años. Las Cortes de Castilla lo concedieron al fin á fuerza de importunaciones y halagos, mas no para socorrer al Emperador de Alemania como se quiso antes, sino para atender á los gastos interiores del Estado.

Pero con tantos arbitrios y derramas como dejamos enumerados no se logró ver mejoría en el Erario, ni acrecentar las decaídas fuerzas de la nación, ni remediar la despoblación y la ruina de las ciudades y de los campos; antes visiblemente se miraban empeorar las cosas. El mal, como venido de tan lejos y tan hondo, necesitaba de remedios, no tanto heroicos y atrevidos, como bien meditados; de los cuales el primero y más eficaz era la paz, según dejamos ya apuntado en el reinado antecedente. Paz necesaria para que se disminuyesen los gastos públicos, y para preparar el camino de otras disposiciones tenidas ya de todo el mundo por indispensables, que restableciesen ó hicieran prosperar el Comercio y la Agricultura é Industria. Mas en esto, cabalmente puso aún menos atención el conde de Olivares que su antecesor el duque de Lerma. Desde el principio hasta el fin de su privanza, no hizo Olivares otra cosa que promover y sostener luchas desiguales, costosísimas y sangrientas, despilfarrando en festines y obras de recreo lo que quedaba, y los recursos mismos que pedían los ejércitos y la guerra. Así en 1633, cuando nuestros ejércitos en Holanda y Alemania solicitaban dinero de continuo y no se les enviaba por no haberlo; cuando por eso no podían salir al mar las armadas; cuando el Emperador nos importunaba más, pidiendo socorro y las Cortes de Castilla lo negaban y á las de Cataluña se sacaban contribuciones tan mezquinas á tanta costa y con tan grandes penalidades, vieron levantarse los madrileños los palacios y jardines magníficos del Buen Retiro con gasto inmenso, porque ni el terreno los consentía; obra tan deleitosa y tan alabada ahora, como maldecida entonces por los hombres previsores y sensatos.

El de Olivares en tanto para no aparecer como autor de todo, aunque verdaderamente lo fuese, encomendó á una junta de tres personas autorizadas el examen de cuantos negocios había de despachar el Rey, dando sobre ellos su dictamen. Y más tarde rogó el Rey en un papel, el cual quedó por honra en su mayorazgo, que asistiese personalmente al despacho de todo, y viese y dispusiese por sí las cosas. No faltó quien tomase á moderación estos pasos, y con tales trazas, aunque corrieron siempre hartas murmuraciones sobre su conducta, mucha parte del pueblo no le quería mal en los principios y esperaba de él mejor fortuna. Amábale sobre todo y cada día más el Rey, que depositaba en él toda su confianza, no sólo en las cosas del Estado, sino en aquellas otras viles que afrentan, más que á los reyes que las hacen, á los ministros que las protegen y ayudan. Era Felipe IV muy dado á aventuras y galanteos, y tanto que sólo en ellas ponía atención y cuidado. Los papeles y los libros de la época lo pintan como liberal, generoso, valiente y no desnudo de ingenio y de instrucción, gustándole mucho el trato de los poetas y artistas, y aun la misma profesión de las Musas. Pero el caso es que distraído en liviandades no hubo monarca más esclavo que él de sus privados, ni aun su tímido y devoto padre.

El conde-duque D. Gaspar de Guzmán, que lo era único y absoluto y lo fué por tantos años, no carecía ciertamente de talento, bien que no fuese tanto como su vanidad; pero no tenía la sagacidad política, la profunda comprensión, y la instrucción y vasta experiencia que necesitaba en tan peligrosas circunstancias la Monarquía. Fué también más atento al provecho propio y á contentar sus pasiones que al bien del Estado, cosa harto común por desgracia en los ministros y privados, sobre todo, en España y en aquellos tiempos. Con la grandeza de España, tomó para sí el título de duque de San Lúcar, de donde le vino el ser Conde-Duque, y no tardó en formarse copiosísimas rentas. Luego, á cambio sin duda de los favores que á manos llenas recibía, dióle el ministro al Rey gratuitamente el título de Grande, y fué vergüenza que éste llegase á admitirlo como merecimiento, en lugar de despreciarle como lisonja. Hecho en que harto se dieron á conocer entrambos, mostrando bien desde los principios lo que de tal Príncipe y tal ministro podía esperar la Monarquía.

Eran muy grandes sus empeños en 1621 al empezar el nuevo reinado. Francia patrocinaba los intentos de los que pretendían la restitución de la Valtelina á su primer estado, y á los grisones, sus anteriores dueños, de cuyas manos la había quitado el duque de Feria, y también ayudaban á ello los holandeses con dos regimientos pagados á su costa. Faltaban cinco meses para cumplir las treguas ajustadas con éstos, todavía tenidos por rebeldes, treguas tan mal vistas de la soberbia española, que no hubo en catorce años, que duraron, quien quisiera prohijar su negociación, excusándose todos unos con otros ministros y embajadores y hasta el mismo príncipe Alberto. Continuaban conspirando contra nuestro poder los venecianos, libres del meditado castigo del otro reinado. Nápoles andaba á pleito con el Gobierno, y tenía en la corte diputados representando agravios de los virreyes, sobre todo del duque de Osuna, y en Sicilia estaban situadas por diferentes créditos las rentas del Rey, sin haber de dónde costear la defensa del reino. La Marina, que tanta gloria había alcanzado en el reinado de Felipe III, siendo la principal defensa de la Monarquía, quedaba arruinada; la armada del Océano constaba de solo siete navíos, y las galeras de España que eran aún en menor número, apenas salían del puerto por desproveídas. Las fuerzas de los protestantes alemanes, suscitadas de consuno contra el Imperio y contra España que era su aliada; las de Inglaterra, más quietas que seguras, mediante la plática de casamiento entre su príncipe y la infanta Doña María, comenzadas en el reinado de Felipe III y que ahora venían á formalizarse. Y entre tanto la Hacienda, tan afligida como atrás dejamos explicado, consignada á deudas antecedentes por todo el año de 1623, habiendo aún rentas sobre las que pesaban más largos empeños, sin que las medidas del conde de Olivares fuesen eficaces para traer los recursos que faltaban.

Á pesar de tan mala situación, el nuevo Gobierno no se arredró un punto; y á la verdad la fortuna sonrió en los principios sus empresas. No desalentados los protestantes alemanes con la pérdida de la batalla de Praga, continuaron la guerra contra el Emperador y el Rey de España, y éste por su parte no desistió de la alianza y de los empeños que con aquél contrajo su padre. El conde de Tilly, general de los imperiales, y D. Gonzalo Fernández de Córdova, hijo del duque de Sesa y biznieto del Gran Capitán, que comenzaba entonces la carrera de las armas, atacaron en Hoecht sobre el Meín á Cristiano de Brunswick y al conde de Mansfeldt que mandaban á los protestantes (1622), y los pusieron en derrota; arrojáronse los protestantes en confusión á pasar el río por un puente que allí tenía, y hundiéndose éste al peso enorme, fueron muchos los que se ahogaron y otros se salvaron á gran pena, de suerte que su pérdida llegó á seis mil hombres entre muertos y prisioneros.

Cumpliéronse en esto las treguas con Holanda, y el archiduque Alberto envió al punto mensajes á las provincias unidas en república, ordenándolas que volviesen á su obediencia. Mandato ridículo, puesto que era su inutilidad tan evidente. Habíase calculado, no se sabe cómo, que aquella guerra costaba poco menos que la paz; erradísima cuenta, aunque no se mirase más que la destrucción lenta, pero segura, de los pocos ejércitos que quedaban á la Monarquía, sin que permitiese ya la despoblación reponerlos y reparar sus pérdidas. No se pensó en esto; y la guerra encendida del lado allá del Rhin se comunicó á esta otra orilla pudiéndose considerar como una sola por los accidentes comunes y porque los ejércitos ya acudían á una, ya acudían á la otra parte indistintamente. Comenzaron las hostilidades por decomisarse en nuestros puertos más de doscientos sesenta buques holandeses que comerciaban con bandera alemana; pero ellos vengaron bien esta pérdida. Armaron escuadras y corsarios que saquearon á Lima y el Callao; echaron allí á fondo veintidós bajeles que llevaban nuestra bandera; rindieron y dieron también á saco la ciudad de San Salvador en la bahía de Todos Santos, cogiéndola desprevenida á semejante ataque, y causaron en las costas del Brasil infinitos daños. Pero la fortuna no dejó de recompensarnos con una gloriosa victoria habida al punto mismo en que se rompió la tregua. D. Fadrique de Toledo, hijo del gran marqués de Villafranca y Capitán general de la Armada del Océano, salió de Cádiz con siete navíos y dos pataches, y hallando en el estrecho de Gibraltar una escuadra de hasta treinta y un bajeles holandeses, peleó con ellos diez horas, tomó cinco, echó tres á pique y obligó á las demás á huir con vergüenza. Fué grande el valor con que pelearon los españoles en este trance, y señaladamente el don Fadrique, el general Carlos Ibarra, Roque Centeno y otros Maestres de campo y capitanes. En tanto el marqués de Spínola, justísimamente honrado ahora con el título de marqués de Belvis ó los Balbases, dejadas las cosas del lado allá del Rhin volvió á Flandes.

Halló moribundo al archiduque Alberto, que de allí á pocos días rindió la vida, y así recayó sobre él todo el peso de los negocios, porque la Infanta, que quedó de señora, no sabía más que llorar su pérdida. Sin embargo, no tardó en poner á punto las cosas y entrar en campaña. Tomó á Genep y Meurs y fué á acamparse delante de Burich. Era su intento atraer á sí al príncipe Mauricio que mandaba á los holandeses, para que éste dejase descubierta á Juliers, y no le salió mal la traza. Desguarneció el holandés aquella fortaleza, y al punto Spínola envió allá al conde de Berg que, plantando sus cuarteles y abriendo luego sus trincheras, impidió el socorro y la rindió á los cinco meses de sitio. Spínola se puso en tanto sobre Ber-op-Zoom, plaza importante de los contrarios; pero acudiendo Mauricio al socorro, no pudo evitarse que metiera dentro más número de soldados que tuviesen los sitiadores; con que hubo que levantar el cerco cuarenta y seis días después de plantado el campo. Mas este revés lo compensó con harta ventaja una dichosa victoria.

Mansfeldt, y el malvado Obispo de Halberstad, Cristian de Brunswick, dos de los principales corifeos de los protestantes en Alemania, echados de allí por los recientes triunfos del Emperador, acudieron á reforzar á los holandeses. Salió á estorbarlo D. Gonzalo Fernández de Córdova, que venía de vencerlos en Alemania. Los enemigos, pasado el Sambra, quemaron con licenciosa crueldad las aldeas del contorno y cometieron infinitos desórdenes; el número de su Caballería llegaba á seis mil soldados; el de la Infantería no se supo bien; pero hubo quien lo estimase en ocho mil. Aguardólos D. Gonzalo cinco leguas de Bruselas en los campos de Fleurus, que caen en los confines de Bravante, y Namur con ocho mil infantes y mil quinientos caballos; y allí empeñó la batalla. La noche había sido tempestuosa, y los españoles, inferiores en número á sus contrarios, estaban también más fatigados que ellos; con todo, nuestra Infantería sostuvo con tal esfuerzo la carga de los numerosos caballos enemigos, que los puso en derrota obligándolos á abandonar á los infantes. Antes hubo algún desorden en el costado derecho de los nuestros, porque el Maestre de campo D. Francisco Ibarra, que allí mandaba con imprudente heroísmo, lejos de esperar á pie firme á los caballos enemigos, salió precipitadamente á su encuentro. Remedióse por virtud de nuestra Artillería, que hábilmente dirigió el capitán Oteiza; huyeron los caballos y quedaron los infantes. Entonces cayó sobre estos toda la furia de nuestra gente: murieron los más de los capitanes españoles, pero no por eso cejaron los soldados, y animados del ejemplo del General, rompieron también la Infantería enemiga y casi entera la pasaron á cuchillo. Los pocos de los enemigos que se salvaron de esta matanza, huyeron, dejando en el campo banderas, bagajes y artillería. Murieron de ellos mil quinientos; de los nuestros el Maestre de campo Ibarra y mucha gente de cuenta; los prisioneros no fueron muchos por la furia de los vencedores; pero los hubo de valía. Tal fué la batalla de Fleurus (1622), una de las gloriosas, que ganaron los españoles por el esfuerzo con que pelearon y que fué de mucha reputación al joven caudillo D. Gonzalo Fernández de Córdova. Duró cinco horas y media, y fué el pelear con tal furia, que en el escuadrón de la Infantería española no quedaron en pie más oficiales que el Maestre de campo Boquin y el capitán Castel. Siguió D. Felipe de Silva, que mandaba nuestra Caballería, el alcance de los enemigos, haciendo nuevos destrozos, y cerca de Ham, en la frontera de Lieja, degolló el resto de los fugitivos.

Recibiéronse con el júbilo natural en Bruselas las nuevas de estos sucesos, y dieron aliento para continuar la guerra con los holandeses, al paso que éstos sintieron profundamente aquel descalabro que venía tan en su daño. Sin embargo, por falta de recursos no pudo Spínola darle á la guerra poderoso impulso, y como los holandeses se mantenían á la defensiva casi siempre, se continuó con tibieza en los dos años sucesivos, limitándose todo á la empresa de Amberes que intentaron los holandeses sin éxito alguno.

Al fin, comenzó el famoso sitio de Breda. Henchido de arrogancia Felipe IV, como quien no había experimentado reveses todavía, ni escuchaba más que lisonjas, escribió aquel mandato célebre: «Marqués de Spínola, tomad á Breda», y no hubo más si no comenzar el sitio (1626), el cual pudo compararse con el de Ostende, por lo largo y costoso. La guarnición era tan numerosa, que llegó en ocasiones á cuarenta mil hombres; la artillería mucha; terribles las fortificaciones; pero todo cedió á la constancia y al valor de los españoles. En vano Mauricio de Nassau con numeroso ejército pretendió obligarlos á levantar el cerco: frustrados una vez y otra sus intentos, murió sin verlos logrados, y Breda se rindió al fin á los dos meses de sitio. Sucedió á Mauricio en el mando de los ejércitos enemigos su hijo Enrique de Nassau.