SÁNCHEZ MOGUEL
ESPAÑA Y AMÉRICA
ESTUDIOS HISTÓRICOS Y LITERARIOS
MADRID
IMPRENTA Y LITOGRAFÍA DEL ASILO DE HUÉRFANOS
DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
Juan Bravo, núm. 5.
1895
REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA
INFORME
Si interesante es el libro publicado hace un año por D. Antonio Sánchez Moguel con el título de Reparaciones históricas, no lo es menos el que acaba de dar á luz con el de España y América, libro que bien pudiera considerarse como segunda parte de aquel primero, y cuyo examen é informe, para los efectos del Real decreto de 12 de Marzo de 1875, me han sido encomendados por nuestro digno Presidente, Director de esta Real Academia.
Si la intención patriótica, también, en que se inspiraba aquel escrito era laudable, como dirigida á estimular tendencias á la conciliación que vienen observándose entre portugueses y españoles, tan plausible es y del momento la nueva tarea emprendida por nuestro erudito compañero para reanudar y apretar los lazos que nos unieron y debieran para siempre unirnos con nuestros también hermanos de América, aquellos cuyos Estados formaron parte de la Monarquía española hasta principios del presente siglo.
Allí, la historia peregrina de los desdichados amores de Inés de Castro y la de su legendaria coronación después de muerta; la de la Santa Reina de Portugal, nieta de Jaime el Conquistador, y la de Doña Blanca, que lo era de Alfonso el Sabio; con otras varias de compatriotas nuestros y de portugueses tan dignos de memoria perdurable como el Dr. Eximio, Fray Luis de Granada y el Infante Don Enrique, Nuño Álvarez Pereira y muchos más entre unos y otros. Aquí, por otro lado, las gestas de los más insignes descubridores del Nuevo Mundo, las de los que más favorecieron el portentoso y entonces incomprensible proyecto de Colón, y el examen y juicio de los congresos, certámenes y fiestas con que se celebró en Europa y América el cuarto centenario del descubrimiento de tan hermosa parte del globo.
El pensamiento no puede ser más feliz ni más conveniente, y su desarrollo y ejecución corresponden á tan patriótico objeto.
Decíamos en un escrito á propósito del primero de esos libros: «El Sr. Sánchez Moguel tiende precisamente á convencer á los portugueses de que ni ahora ni nunca han debida ver en los españoles, y menos en nuestros soberanos, los desdenes, mala voluntad y rigores que se han forjado en su acalorada y recelosa imaginación. Amante de aquel país, á punto de haberse hecho aquí proverbiales sus aficiones lusitanas, lo ha estudiado detenidamente en las varias expediciones que sin otro objeto ha hecho á él, y ha podida comprobar, así como los prejuicios que suponía, el giro reciente que se verifica en los de muchos, y la consistencia de las ideas de conciliación, verdaderamente patrióticas, que van arraigando en las clases más ilustradas, en el mundo científico, sobre todo, y literario del reino portugués. Y siendo las glorias que pudiéramos decir peninsulares comunes, no pocas veces, á las dos naciones, nuestro Académico de la Historia ha procurado no deslindarlas como han hecho otros, excitados quizás por imprudentes controversias, sino amalgamarlas, para así concentrar en una general las aspiraciones más legítimas de ambas.»
Pues bien: de igual modo, con idea parecida y procedimiento en nada desemejante, procura el Sr. Sánchez Moguel atraer los americanos á su antigua metrópoli, lo mismo en las conferencias celebradas por el Ateneo de Madrid, á cuyo éxito en ese sentido contribuyó eficazmente, como en los varios escritos que dio á luz en La Ilustración Española y Americana, algunos de los cuales aparecen en el libro sometido al examen de esta Academia, y no pocos nuevos ó inéditos que ahora se presentan en él.
Y ciertamente que el tino, como antes he indicado, en la ejecución ha correspondido al fin á que se dirigía tan excelente pensamiento.
Cada capítulo del nuevo libro de nuestro asiduo colaborador en los trabajos encomendados á la Academia, exigiría un comentario tan extenso y erudito como el capítulo mismo, y, en algunos, como el libro entero, de haber de apreciar debidamente la importancia que entrañan casi todos, el espíritu en que se inspiran y la forma y adornos de que están revestidos. La vasta erudición de su autor, el dominio absoluto, si cabe, del asunto, y la dificilísima facilidad que posee para darlo á conocer tan clara como lacónicamente, hacen del libro del Sr. Sánchez Moguel uno en gran parte nuevo por las investigaciones, nuevas también, que contiene, y comentario breve quizás de cuanto se ha escrito y discutido sobre la historia del descubrimiento de América, la de los más conspicuos personajes que en él intervinieron, y la de cuantos, al celebrarse en el pasado año de 1892, lo aplaudieron y ensalzaron en congresos, academias, libros, revistas y periódicos.
Todo eso se necesita, y una gran perseverancia y aptitudes de investigación y crítica, hasta fortuna para ejercitarlas, si ha de darse vado á obra que abarca tan distintos asuntos, aunque todos estén dentro del general y sintético que dió motivo al Centenario del hallazgo de Colón en las tinieblas del Atlántico. Las conferencias americanistas del Ateneo, que se extendieron al estudio é historia de regiones que no llegó á ver Colón, abren el campo á las investigaciones de nuestro ilustrado colega; y arrancando también de aquel palenque literario, aparece en su libro la acción de los Reyes Católicos en tan estupendo suceso, acción reciamente disputada por el espíritu de regionalismo, no sé si útil ó pernicioso en España. La personalidad, después, del Rey Fernando, la del célebre Almirante de las Indias, tan expuesta desde el día, y aun antes también de su maravilloso descubrimiento, á los tiros de sus émulos; la de varios de los que en esferas más ó menos elevadas, unos guiados por la luz de una inteligencia superior, como el Cardenal Mendoza y Fray Diego de Deza, por ejemplo, y cegados otros por su ignorancia ó torpes preocupaciones de escuela; la de ilustres varones tan hábiles como esforzados, cuales Pedro de Valdivia y Gonzalo Jiménez de Quesada, historiadores, dramaturgos y hasta egregias damas, pendencieras amazonas y monjas literatas, contribuyendo todas á la historia de América y su esclarecimiento, son tratadas por el Sr. Sánchez Moguel con la más severa imparcialidad y con tino, en mi concepto, suficiente para darlas á conocer en su verdadera significación, que en este caso pudiéramos calificar de americanista.
La patria de Colón, su españolismo y el concepto que de él se ha formado en las publicaciones italianas del Centenario, han sido también objeto de examen especial en el libro á que se refiere este informe; examen á veces detenido, como sucede en el primero y tercero de esos tres capítulos, así por la importancia que se ha dado al conocimiento del lugar en que nació el insigne nauta, como por la grandísima que tiene la Raccolta di documenti e studi publicati dalla R. Commisione colombiana del quarto centenario dalla scoperta dell’ America.
No será quien esto escribe el que meta su hoz en mies cuya siega corresponde á otro, y menos en la confiada á la peritísima mano de un distinguido compañero, muy versado en materias americanistas, ajenas á mis estudios predilectos; limitándome así á manifestar que el Sr. Sánchez Moguel, después de definir la composición de la junta de hombres ilustres encargada de la Raccolta, señala los trabajos á que se debía dedicar con cuantos detalles pueden necesitarse para formar idea exacta de una obra en cuyo elogio acaba por decir: «De todos modos, la Raccolta merece bien de los estudios históricos, y será, en lo sucesivo, una de las fuentes más copiosas para los futuros trabajos colombinos, en los que, sin convencionales y mezquinas divisiones de nación ó de secta, se estudie el descubrimiento de América á la luz de la ciencia y dentro únicamente de los sagrados fueros de la verdad histórica.»
Lo cual quiere decir también que, transcurridos cuatro siglos y después de haberse escrito y publicado tantos y tan voluminosos y, al parecer, concienzudos trabajos sobre Colón y su admirable descubrimiento, estamos todavía muy lejos de oir la última palabra. Pasan días y días en disputas, no pocas veces enojosas por la pasión que las provoca y la candente también que las mantiene, para, al pensar que sacudimos un error, caer quizás en ciento sobre puntos esencialísimos de una polémica que viene el Sr. Sánchez Moguel á decirnos que durará todavía largo tiempo.
El deseo, repito, de hallar motivos de conciliación entre España y las repúblicas hispano-americanas ha conducido al Sr. Sánchez Moguel á recoger cuantas noticias nos llegan del Nuevo Mundo sobre las muestras de simpatía que allí se nos dieron al celebrarse el Centenario. Y para mejor satisfacer su patriótico anhelo, evoca en su libro el recuerdo de los honores tributados en Chile y el Perú á la memoria de Valdivia y de Pizarro; allí, coronando la ciudad de Santiago con la estatua del bravo conquistador de aquella tierra venturosa, y en Lima dando so las naves de la Catedral digna sepultura á los restos gloriosísimos de su insigne fundador.
Ese afán lleva al Sr. Sánchez Moguel á, recordando lo de la estatua de Valdivia, exclamar en su libro: «Aún no tienen estatuas: en Méjico, Hernán Cortés; en Lima, Pizarro; en Bogotá, Quesada; en Buenos Aires, Garay; y así otros grandes conquistadores de pueblos y fundadores de ciudades. Lejos de mi ánimo acusar de ingratas, sino de perezosas, á las naciones que se encuentran en este caso. Estoy seguro de que no ha de tardar mucho tiempo en que todas honrarán á sus conquistadores, como Chile á Valdivia.»
No es poco lo que, en su patriotismo, pretende el Sr. Sánchez Moguel. Es verdad que debe animarle á ello el discurso, que también estampa, del Alcalde de Lima al entregar en la Catedral los restos de Pizarro, en el que se dice: «Don Francisco Pizarro fué el conquistador del Perú, el fundador de esta capital, el que en sus propios hombros cargó el primer madero que sirvió para la fabricación del templo en que nos encontramos; y, lo que es más, fué el que nos legó la Religión que profesamos, dándonos hasta su última hora pruebas del respeto y de la veneración que tenia por ella; pues recordaréis que besando la Cruz del Calvario, que con su propia sangre y puño había formado para elevar sus preces al Todopoderoso, exhaló su último aliento.
Esto es para alentar al más escéptico en la obra que parece proponerse nuestro digno compañero.
La contestación al discurso leído por el señor Asensio el día de su recepción en esta Academia, cierra el libro España y América, de que voy dando cuenta; y, como tan recientemente pronunciada, es muy conocida para que haya de recordar yo ahora las bellezas en que abunda. La Academia la premió en aquella solemnidad con sus aplausos.
Aun por este, mejor que extracto, breve índice de los asuntos tratados en el nuevo libro del Sr. Sánchez Moguel, se hace fácil conjeturar cuáles sean las condiciones históricas que puedan avalorarlo en el concepto público, una vez destinado á tomar carta de naturaleza en las bibliotecas del Estado y populares, donde será muy útil su lectura, tan instructiva como amena.
Porque bajo este último aspecto, el de su amenidad, el libro ofrece atractivos que en nada ceden á los del científico, ya por la variedad de asuntos, ya por lo fácil, según dije antes, de su exposición, lo conciso y propio del lenguaje y lo elegante del estilo en que está escrito.
Un poco dogmático el autor, como dedicado al ejercicio de la cátedra, y batallador á veces por propia índole y la de su tierra natal, que tan hiperbólicamente nos describe en el último capítulo, no se entrega, sin embargo, á exponer las ideas y doctrina que abriga sobre las cuestiones interesantísimas en que se ocupa sin cuidarse de confirmarlas con documentos y datos de grande autoridad. Allá se las avenga con los que no acepten esas ideas; que no le faltará, como al Sr. Asensio y tantos otros de la misma escuela, quien las desapruebe y rechace. No entra en mi cometido la misión de discutirlas, dando á este informe las proporciones de un libro tan voluminoso como el que estoy describiendo; pero, de un modo ú otro, el del Sr. Sánchez Moguel nunca dejará de ofrecer un grandísimo interés y enseñanzas verdaderamente magistrales.
En resumen: el de España y América es un libro que reune todas las condiciones exigidas en el Real decreto de 12 de Marzo de 1875, siendo original, de relevante mérito y de utilidad para las Bibliotecas, según terminantemente previene aquella soberana disposición. La Academia, pues, podría recomendarlo á la Dirección general de Instrucción pública para que adquiriese el número de ejemplares que exige el mejor servicio del Estado en sus centros literarios y bibliotecas populares.
Esta es, al menos, la opinión del que suscribe[1].
[1] Leido este informe en junta celebrada por la Real Academia de la Historia el 28 de Junio, fué aprobado por unanimidad.
Madrid 28 de Junio de 1895.
José Gómez de Arteche.
LAS CONFERENCIAS AMERICANISTAS DEL ATENEO[2]
[2] Discurso resumen leído el 19 de Junio de 1892.
Señoras y Señores:
El Ateneo de Madrid, que desde hace más de medio siglo viene consagrando á la cultura de la patria el concurso meritorio de sus luces; que, fiel á sus tradiciones, había de contribuir al cuarto Centenario del descubrimiento de América en el modo y forma más adecuados á su instituto; que, á este fin, estimó preferible á toda obra la de preparar al país para la celebración del Centenario, mediante una serie de conferencias públicas relativas al descubrimiento, conquista y civilización del Nuevo Mundo, hoy, que esta obra toca felizmente á su término, al considerar los resultados obtenidos, al ver que oradores y escritores de toda filiación política y científica, militares y marinos, sacerdotes y seglares; y lo que es más hermoso todavía, americanos, portugueses y españoles, en armonioso concierto, han contribuído un día y otro día, durante dos años, á la ejecución de su pensamiento, se complace en publicar solemnemente su gratitud á todos y cada uno de sus generosos cooperadores, y en declarar muy alto que es su deseo, su aspiración más viva, que la campaña terminada no sea la última, sino la primera en pro de la fraternidad de los pueblos peninsulares y de sus hijos al otro lado del Atlántico.
Si la empresa de España y de Colón puso en contacto dos continentes, sea la conmemoración del singular acontecimiento el hecho venturoso que estreche los vínculos de uno y otro mundo; vínculos más apretados y duraderos que los antiguos de la conquista: los indestructibles vínculos de la fraternidad y del derecho.
Empequeñecidos por nuestras discordias, viviendo casi en exclusivo para los intereses y las luchas del momento, al acercarse el cuarto Centenario de nuestra gloria mayor, habíamos ya casi perdido la conciencia de la solidaridad nacional, los alientos para los combates regeneradores, la esperanza en los destinos de la patria, y hasta la memoria de lo que fuimos y de lo que hicieron nuestros padres.
Ni en la cátedra ni en los libros, bien lo sabéis, la historia del descubrimiento de América ha tenido hasta ahora la plaza que en justicia le corresponde. Si doctas corporaciones, como la Real Academia de la Historia y la Sociedad Geográfica, han consagrado alguna parte de su labor al estudio de la historia americana; si no han faltado nunca en nuestra patria entendidos americanistas, los trabajos de éstos y las publicaciones de aquéllas, apenas si habían trascendido más allá del contado número de los eruditos. La gran mayoría de los españoles, ignorante de estos estudios, satisfacía su escasa curiosidad por las cosas americanas en libros más novelescos que históricos; y hubiera llegado seguramente á los días del Centenario incapacitada para conmemorar dignamente hechos que ignoraba ó que conocía únicamente en relatos superficiales ó fabulosos, que es peor todavía.
Era, pues, necesario, imprescindible, despertar la atención y el interés del país por el conocimiento positivo y completo de la empresa descubridora, y esclarecer una por una, en numerosas conferencias, las cuestiones que entraña su estudio.
Estas conferencias, primero en los oyentes, después impresas, en toda clase de lectores responderían amplia y eficazmente á las exigencias de la cultura general, con tanto mayor motivo, cuanto que ninguna corporación había pensado en llenar este vacío. Las empresas imaginadas ó acometidas por los centros oficiales y particulares, exposiciones, monumentos, congresos, certámenes, publicaciones bibliográficas y eruditas, trabajos indudablemente valiosos, pero de distinta clase, y destinados todos para los días mismos del Centenario, estaban bien lejos de proponerse la preparación de este gran acontecimiento, ilustrando desde luego á la nación mediante una serie especial de conferencias apropiadas al efecto.
Para promoverla y llevarla á cabo, ninguna corporación tan adecuada como el Ateneo de Madrid, centro de la cultura nacional, tribuna siempre abierta á la libre propagación de todas las doctrinas, preparación y complemento al par de la vida científica de las demás corporaciones. La separación entre lo oficial y lo particular, como las divisiones en partidos, sectas y escuelas, son extrañas á su instituto. Templo de la tolerancia, caben en él todas las ideas, como en el Panteón romano todos los dioses.
Su historia es la historia del progreso intelectual en nuestra patria. Político, filosófico y literario, principalmente, en sus orígenes, siguiendo después las fases y etapas de la evolución científica, fué luego cultivador de las ciencias históricas. Si éstas, en tiempos anteriores, no tuvieron la vida fecunda de las ciencias morales y políticas, y las exactas, físicas y naturales, que contaban desde la fundación de este Centro con secciones propias, hay que reconocer en justicia que de algunos años acá alcanzan en sus tareas igual ó semejante participación que estas otras ciencias, sobre todo desde el establecimiento de una sección especial de Ciencias históricas. Autor de este pensamiento, me es muy grato poder asegurar que el Ateneo entero lo acogió favorablemente desde el primer instante, como se reciben siempre las ideas que sólo necesitan ser enunciadas para pasar de la categoría de proyectos á la de hechos consumados.
Interesantes y animadas discusiones sobre materias históricas, así como las notables conferencias dadas durante los cursos de 1885 á 1886 y de 1886 á 1887, sobre La España del siglo XIX, aseguraron á los estudios históricos en la vida del Ateneo la participación que les correspondía y que hoy alcanzan en el movimiento científico contemporáneo.
El Centenario del descubrimiento de América debía llevar con preferencia la atención á la historia del Nuevo Mundo, á sentir la necesidad de darle entrada en la labor histórica del Ateneo, y al pensamiento de cooperar á la celebración del Centenario con el importante contingente de sus valiosos elementos. La bondad del Ateneo, elevándome á la presidencia de la sección de Ciencias históricas, en Junio de 1890, me proporcionó la honra de iniciar ya entonces esta obra, cuya ejecución me fué luego encomendada, y en la que he venido ocupándome hasta el día, no sé si con cabal acierto, pero sí con verdadera solicitud y entusiasmo.
Ante todo, las conferencias debían corresponder cumplidamente á la naturaleza del Centenario, que no era, como algunos habían dado en apellidarle, Centenario de Colón, sino Centenario del descubrimiento de América, y que comprendía, por lo tanto, no sólo los primeros descubrimientos del gran navegante, por principales que fuesen, sino también los verificados con posterioridad, así como los precedentes que pudieran tener en tiempos anteriores. Tampoco, por celebrarse en España, habían de reducirse los estudios á los descubrimientos de los españoles, sino abarcar igualmente todos los relativos á la tierra americana verificados por otras gentes, y asimismo los relacionados íntimamente con ellos en África, Asia y Oceanía. Por último, el examen de los descubrimientos, para ser completo, debía enlazarse con el conocimiento de la América prehispánica: el suelo, la flora, la fauna, las razas, las civilizaciones; del mismo modo que con el de la obra europea en América: conquistas, colonización, instituciones; en suma, debía estudiarse la historia americana, ya que no hasta la emancipación colonial, al menos en los primeros tiempos, y, como coronamiento de este vasto estudio, las influencias que en la vida de Europa vino á ejercer á su vez el descubrimiento de América, por ejemplo, en las ciencias geográficas, las ciencias médicas, etc., etc.
Obra, en primer término, eminentemente nacional, no debía el Ateneo limitarse en su ejecución á sus propias fuerzas, á la labor exclusiva de sus socios, sino, por el contrario, solicitar la cooperación de todas las personas competentes del país, ya conocidas por sus trabajos americanistas, ya entendidas en estudios históricos, que pudieran cultivar ahora los referentes á América, dando así á estos estudios la extensión y alcance que no tenían en nuestra patria.
Á todas, importa decirlo, á todas igualmente se dirigió el llamamiento del Ateneo, sin distinción de clases, doctrinas y partidos: todas, con excepciones contadísimas, respondieron á este patriótico llamamiento: la Iglesia, la Marina, el Ejército, las Corporaciones científicas y literarias, oficiales y particulares, especialmente la Universidad Central, la Academia de la Historia y la Sociedad Geográfica. Algunos de los conferenciantes, como el Sr. Pí y Margall, hacía ya muchos años que estaban alejados por completo de la vida ateneística; otros, como el Sr. Marqués de Cerralbo, no habían atrevesado ni una vez siquiera los umbrales del Ateneo. Por vez primera en España, historiadores, geógrafos, literatos, naturalistas, han tomado parte juntos en una misma obra: la obra gloriosa de nuestros padres.
Ninguna institución tan elevada como la Iglesia, ni de tan considerable influjo en la vida de la nación descubridora y en la de sus hijos americanos: ninguna, por consiguiente, con mayores derechos y deberes en la celebración del Centenario. ¿Cómo, pues, era imposible que el Ateneo desconociera aquellos derechos, dejando de invocar la cooperación de la Iglesia en la obra de sus conferencias? ¿Ni cómo, tampoco, que la Iglesia olvidara sus deberes dejando de responder al llamamiento del Ateneo?
De los sacerdotes llamados á compartir nuestras tareas, solamente aceptó su encargo el Sr. Jardiel, Canónigo de Zaragoza. Acaso, y sin acaso, la absoluta libertad que en el Ateneo disfrutan todas las doctrinas haya sido causa de que los otros sacerdotes invitados no hayan querido ó podido aceptar igualmente las conferencias encomendadas. Es innegable que dicha libertad no ha sido nunca muy del gusto de algunos católicos, como no lo es menos que otros, muchísimos por cierto, han creído más conveniente aceptarla y emplearla en la defensa y propagación de sus ideas y sentimientos genuinamente católicos.
Socios del Ateneo fueron sacerdotes tan insignes como Lista y Gallego, cuyos retratos figuran en la galería de ateneístas ilustres. En los bancos de nuestra casa hemos visto hasta ha poco al inolvidable D. Miguel Sánchez, librando descomunales batallas en pro de la ortodoxia más pura, con admiración y aplauso de todos. Entendía el docto Presbítero más conforme con el espíritu del Evangelio propagar sus creencias en abierto combate que abstenerse de toda lucha, que es como igualmente lo han entendido y entienden hoy, no ya simples sacerdotes, sino príncipes de la Iglesia.
He aquí la importancia excepcional que tuvo la solemnidad celebrada en el Ateneo el 21 de Marzo último: la entrada de la Iglesia en el Ateneo, en la persona del respetable Arzobispo de Santiago de Cuba, que presidió el acto, y del distinguido sacerdote aragonés encargado de llevar juntamente la voz de la Iglesia y del Ateneo en aquella noche memorable.
En la aceptación y venida del Sr. Jardiel corresponde participación altísima á su Prelado, el Emmo. Cardenal Benavides, Arzobispo de Zaragoza. «Ayer di cuenta al Emmo. Sr. Cardenal de la carta de usted (me escribía el señor Jardiel el 30 de Octubre del año pasado), y no sólo me concede permiso para aceptar el encargo que usted me propone, SINO QUE ME HA ANIMADO Á ELLO CON SEÑALADAS MUESTRAS DE SATISFACCIÓN.»
Al obrar así el Arzobispo cesaraugustano, respondía cumplidamente, no sólo á patrióticos sentimientos, sino á antiguas y arraigadas convicciones. En su Oración fúnebre en las honras de Cervantes, celebradas por la Real Academia Española en 1863, se hallan estas hermosas palabras: «¿Acaso la dulce y sonora voz evangélica será extraña al progreso intelectual? ¿No llevará con igual amor sus consuelos y sus lecciones al ignorante y al sabio? ¿Por ventura haremos odiosas distinciones que el divino Maestro rechazaba, entre el judío y el gentil, el griego y el romano, el bárbaro y el escita?»
Con la memoria de tan fausto acontecimiento se enlaza el recuerdo de otros también nuevos é importantes, no sólo en el Ateneo, sino en la celebración del Centenario. Antes que ninguna otra corporación, la nuestra, desde un principio, acordó solicitar el concurso de americanos y portugueses, teniendo en cuenta que la obra de Portugal en los descubrimientos es inseparable de la puramente española, y que á los americanos importaba tanto como á los peninsulares el esclarecimiento de hechos históricos de igual valor y alcance para toda la familia. Así, además de la importancia científica de la cooperación prestada por americanos y portugueses, podría darse el hermoso y trascendental espectáculo de aparecer por primera vez unidos portugueses, americanos y españoles en una misma empresa, principio fecundo de tantas otras en que, siempre á salvo las respectivas independencias políticas, están obligados á intervenir de igual modo, como la común historia reclama y el común interés exige.
No es de extrañar que no todos los portugueses y americanos que el Ateneo invitó aceptasen igualmente las conferencias ofrecidas, con sólo tener en cuenta la carencia de precedentes análogos. Por fortuna, el Sr. Oliveira Martins y los Sres. Riva Palacio, Solar y Zorrilla de San Martín, han venido á establecerlos, llevando dignamente en la empresa ateneísta, el primero la representación de Portugal, y los segundos la de América, con gratitud y regocijo, no ya del Ateneo, sino de España entera.
De este modo, nuestras conferencias, encaminadas ante todo á ilustrar la historia americana y á preparar al país para la celebración del Centenario, han contribuído además á estrechar fraternales vínculos, por una parte entre las diferentes instituciones y elementos de nuestra patria, y por otra entre los pueblos peninsulares y americanos; precediendo en esta obra á todas las corporaciones, no sólo en el campo de las teorías, sino en la esfera fecunda de la práctica. Bien puede decirse, en este sentido, que al Ateneo corresponde, en primer término, la gloria de abrir el camino y señalar el rumbo que debía seguirse en la celebración del Centenario.
Que no todas las conferencias son de igual mérito ni científico ni literario, que unas han sido fruto de nuevas investigaciones y otras mera vulgarización de conocimientos ya sabidos de los doctos, no hay que decirlo. Que unas y otras han servido, en mayor ó menor grado, á la cultura general, es evidente. La crítica digna de este nombre no podrá menos de reconocer en justicia que el Ateneo ha hecho cuanto le ha sido dable al mejor logro de su intento, y que si no ha hecho más no ha sido por falta de iniciativa y de deseo, sino porque no lo ha consentido el estado de los estudios históricos en España.
Temerario sería, señores, pretender compendiar en modo alguno el contenido de las conferencias, ni mucho menos aquilatarlo cumplidamente. ¿Quién, dentro ni fuera de nuestro país, posee á un tiempo aptitudes y conocimientos científicos de tan diversa índole para examinar obra tan vasta y tan compleja? ¿Ni quién menos autorizado que yo para intentarlo, ya por mi propia insuficiencia, ya por la parte que he tenido en esta obra? Sólo me es posible bosquejar ligeramente los caracteres generales que las conferencias han tenido, por vía de ojeada al conjunto y á sus partes principales, sin entrar en el examen analítico de todas y y cada una de las cuestiones estudiadas.
Como era de esperar, el descubridor del Nuevo Mundo ha sido objeto de distintas conferencias, en las cuales la erudición de primera mano y la verdadera crítica histórica han imperado algunas veces, y en otras las dos diversas leyendas colombinas, esto es, la apologética y la demoledora, la que diviniza á Colón y la que rebaja sus merecimientos reales y efectivos en pro de figuras subalternas ó en aras de un mal entendido patriotismo. En una y otra se rompe la unión esencial é indivisible que en el orden histórico existirá siempre entre los nombres de España y Colón, factores inseparables del descubrimiento de América, sacrificando con igual injusticia, ya España á Colón, ya Colón á España.
En la leyenda apologética, la más general y extendida, Colón no es un hombre, capaz, por su humana naturaleza, de errores y de culpas; es un santo, profeta de un Nuevo Mundo, á él solo revelado, y mártir de la ignorancia, la ingratitud y la barbarie de España. La nación descubridora, única en comprender los proyectos colombinos, única también en dar para su ejecución su patrocinio, sus recursos, sus naves, sus propios hijos, esa nación, salvo alguna que otra personalidad, es en la inicua leyenda un pueblo de ingratos y traidores, de envidiosos y malvados, enemigos, perseguidores, verdugos del sublime, impecable y santísimo genovés.
¿Qué extraño, señores, qué extraño que semejantes falsedades hayan provocado en nuestro suelo, no ya enérgicas protestas, sino injustas represalias? Herido por la indignación el sentimiento de algunos de nuestros compatriotas, no han podido ser, aunque quisieran, reivindicadores imparciales de nuestras glorias, severos jueces que separaran la verdad del error, la historia de la novela: no; en el ardor del combate han traspasado á su vez los límites de lo justo, y enfrente de la apoteosis de Colón ha surgido, no la historia, sino la apoteosis de España.
En esta nueva leyenda, Colón es la víctima; el genio divino se convierte en hombre de alguna ciencia, piloto, cuando no inferior, igual á lo sumo á los que entonces teníamos: calumniador envidioso de sus compañeros; desleal á sus palabras y compromisos; ladrón de premios debidos á otros; y para que nada falte en ese cuadro de horrores, hasta cobarde, que intentó volverse en el camino de su inmortal viaje. De igual modo, al santo ha sucedido ahora una especie de delincuente, sentado en el banquillo de los acusados, á quien no se interroga por sus virtudes y grandezas, sino por sus errores y culpas, con deleite indagadas, con crueldad abultadas y esparcidas, ya en irreverentes burlas, ya en sañudas sentencias inquisitoriales.
Á la luz de la historia, el descubrimiento del Nuevo Mundo no es un hecho aislado, sin precedentes ni relaciones inmediatas con hechos anteriores: así como el descubrimiento de la Oceanía fué continuación y consecuencia del de América, éste, como los descubrimientos de los portugueses en Asia, fueron también, á su vez, consecuencia y continuación de las navegaciones, descubrimientos y conquistas de nuestra Península en África, que habían patentizado con absoluta evidencia que la tierra no acababa en las columnas de Hércules, que era navegable el mar tenebroso, habitable la zona tórrida y razonable y posible arribar á la India siguiendo las costas de África. Así se explica que antes de 1474 el físico florentino Pablo Toscanelli idease nuevo camino de las Indias, el camino de Occidente, que fué el que diez y y ocho años más tarde siguieron, por primera vez, las naves descubridoras de Castilla. En el estado de los conocimientos actuales, no sabemos aún, á punto fijo, si Colón tuvo antes ó después que Toscanelli igual idea. En uno como en otro caso, es lo cierto que Toscanelli, astrónomo, filósofo, no habría podido jamás poner por obra su pensamiento. Colón, por el contrario, reunía las condiciones necesarias al logro de su empresa. «De muy pequeña edad, escribía, entré en la mar navegando, é lo he continuado fasta hoy. Ya pasan de cuarenta años que yo voy en este uso—decía en 1502;—todo lo que fasta hoy se navega, todo lo he andado.» «Hobe (de Dios) espíritu de inteligencia. En la marinería me fizo abondoso, de astrología me dió lo que abastaba, y ansí de geometría y aritmética, y engenio en el ánima y manos para debujar esfera y en ellas las cibdades, ríos y montañas, islas y puertos, todo en su propio sitio.» Glosando estas palabras, el doctísimo Navarrete estimaba que «los escritos de Colón sobre las profecías, sus relaciones, cartas y derroteros, dan pruebas evidentes de haber tenido la erudición y conocimientos que indica él mismo.» ¿Qué marino de aquellos tiempos se encontraba en este caso? ¿Cuál poseía, en la esfera científica y en la práctica de la navegación, iguales ó semejantes condiciones?
Como si ellas no bastasen, Colón disponía, y en altísimo grado, de otras facultades no menos precisas y necesarias, si cabe: voluntad de hierro, audacia insuperable, resistencia invencible. Era Colón, para decirlo de una vez, la inteligencia, el corazón, el carácter que necesitan para su ejecución proyectos como el suyo. Si hay genios que se caracterizan por el predominio absoluto de alguna de sus cualidades, hay otros que se distinguen por la plenitud y armonía de todas ellas. Colón fué de esta clase, en magnitud la primera.
Aun cuando en el orden teórico hubiese carecido de originalidad su pensamiento, no sería por eso menos grande el descubridor real y efectivo del Nuevo Mundo. Llenas están las páginas de la historia de ideólogos y proyectistas; ¡qué pocos saben vencer la inercia tradicional y propia! ¡Qué pocos encarnar en su vida y en sus hechos las iluminaciones de su espíritu! El progreso de la humanidad obra es de este corto número de elegidos, de esa apostólica falange de redentores, altruistas sublimes, que viven para convertir los sueños en realidades, que carecen de la noción de tiempo y de espacio, porque viven en la eternidad.
En su fervor religioso, que siempre fué extraordinario, Colón atribuía á favor divino el origen de su pensamiento. «La Santísima Trinidad me puso en memoria, y después llegó á perfecta inteligencia, que podría navegar é ir á las Indias desde España, pasando el mar Océano al Poniente», escribía en una ocasión. Y en otra decía, en análogos términos: «Abrióme el Señor el entendimiento con mano palpable á que era hacedero navegar de aquí á las Indias, y me abrió la voluntad para la ejecución de ello.» Asimismo, al dar cuenta del descubrimiento, decía: «He arribado á una empresa que no tocó hasta ahora mortal alguno; pues si bien ciertos habían escrito ó hablado de la existencia de estas islas, todos hablaron y escribieron con dudas y por conjeturas; pero ninguno asegura haberlas visto, de que procedía que se tuviesen por fabulosas.»
Según estas declaraciones, Colón pensó únicamente en ir á las Indias pasando el Océano al Poniente. ¿Cómo, pues, se dirá, se ha pretendido atribuirle el proyecto de descubrir un mundo nuevo? Y sin embargo, en el proyecto de ir á las Indias iba comprendido el descubrir un mundo; ó, en otros términos, uno y otro proyecto son uno solo: el mismo. Me explicaré. Creía Colón que navegando al Oeste hallaría nuevas tierras. Y tanto lo creía, que antes de emprender su viaje se hizo nombrar Virrey y Gobernador de las islas y tierra firme que descubriera. En sus viajes descubrió, en efecto, no sólo islas, sino la tierra firme; en una palabra, lo que buscaba, lo que fué á descubrir seguro, segurísimo de su existencia. Es no menos cierto que Colón creyó también que las tierras descubiertas constituían otro mundo. Dícelo así el gran navegante á los Reyes Católicos en estas palabras: «Ningunos príncipes de España jamás ganaron tierra alguna fuera de ella, salvo agora que vuestras Altezas tienen acá OTRO MUNDO.»
El error de Colón estuvo únicamente en creer, con areglo á los conocimientos de su época, como aquí ha sido doctamente demostrado, que ese mundo, esas tierras, pertenecían al Asia, que eran las Indias. Error secundario ante la magnitud de la empresa acometida y realizada. Si se engañó al dar á las nuevas tierras el nombre de Indias, ¿qué diremos de los que mudaron este nombre en el de América?
Entre tanto como se ha publicado estos días tocante al gran descubrimiento, hay una especie que no ha sido rectificada hasta ahora en las conferencias colombinas, y que no debe quedar sin respuesta. Me refiero á la pretendida novedad que supone que Colón no descubrió el Nuevo Mundo en 1492, sino en 1477. Ahora bien: hace más de tres siglos y medio que en obras como las Ilustraciones de la Casa de Niebla, de Pedro Barrantes Maldonado, publicada en 1857 por la Real Academia de la Historia, se dice que Colón había descubierto las Indias antes de 1492, y que el viaje de este año no fué, por consiguiente, el primero, sino el segundo. No trae Barrantes la fecha de aquél, pero en el Códice Colombino, de Spotorno, publidado en 1815, se señala la de 1477, esto es, la misma que ahora se quiere dar como cosa nueva. ¿Puede dudarse, en vista de estos testimonios, que la flamante especie del descubrimiento de América en 1477 es una novedad antigua?
Á este linaje pertenecen del mismo modo otras especies no menos fantásticas tocante al piloto innominado ó bautizado con el nombre de Alonso Sánchez, vizcaíno, portugués ó andaluz, llegado á América, sin saberlo, por las tormentas de la mar ó la fuerza de las corrientes, y que á su regreso había revelado á Colón la existencia de un Nuevo Mundo y el derrotero que debía seguir para llegar á él. Hablillas y consejas, como tantas otras de igual clase con que la ignorancia ó la malicia ha pretendido amenguar, de antiguo, la gloria de Colón, ó simplemente explicarse á placer de la imaginación, por vía novelesca, como tantos otros descubrimientos, el de América.
Sobre estos puntos capitales son bien claras y terminantes las declaraciones de Colón, ya cuando dice que su «empresa era ignota á todo el mundo», «é abscondido el camino á cuantos se fabló» (de las Indias), ya cuando, de un modo más categórico todavía, asegura que por el camino de Occidente—son sus palabras—«no sabemos por cierta fe que haya pasado nadie.» ¿Y qué testimonios, qué pruebas existen en contra de estas declaraciones? Absolutamente ninguna. Por el contrario, otras que las fortifican y comprueban. Los mismos marineros que compartieron las glorias y los trabajos de la singular empresa, «nunca oyeron hablar de descubrimientos, ni siquiera de la existencia de las Indias, hasta la llegada de Cristóbal Colón.» Después del descubrimiento, los Reyes Católicos escribían al descubridor: «Una de las principales cosas porque esto nos ha placido tanto es por ser inventada, principiada é habida por vuestra mano, trabajo é industria. Y cuanto más en esto platicamos y vemos, conocemos cuán gran cosa ha seido este negocio vuestro, y que habéis sabido en ello más que nunca se pensó que pudiera saber ninguno de los nacidos.» España entera, con profundo convencimiento y con inmensa gratitud, debe repetir siempre estas palabras de los Reyes Católicos, y más que nunca en los días del Centenario.
El verdadero patriotismo debe mirar como propios el nombre y los merecimientos de Colón, que si no nació en España la sirvió y enalteció como el mejor de sus hijos. Con razón ha escrito un célebre historiador de nuestros días: «Trajano, nacido en España, fué el primero de los romanos; Colón, nacido en Italia, fué el primero de los españoles.»
No es posible, señores, ni en una ni en muchas conferencias, examinar cumplidamente las negociaciones de Colón en los reinos de Castilla para llevar á cabo su empresa. La historia del primer Almirante de las Indias, desde que vino de Portugal á Andalucía hasta que de esa misma Andalucía salió á descubrir las nuevas tierras, es, al presente, ó una serie descarnada é incompleta de datos sueltos, insuficiente para formar un cuadro histórico, ó un conjunto novelesco de conjeturas, hipótesis, juicios é incidentes contradictorios, en que dominan á sus anchas la imaginación y el sentimiento. La ida del futuro descubridor al convento de la Rábida, con su hijo Diego de la mano, como Belisario, pidiendo un vaso de agua para el niño; las juntas de letrados y sabidores, las intrigas de las camarillas palaciegas en pro ó en contra de los proyectos colombinos, como si se tratase de la provisión de una prebenda, las corazonadas proféticas de la Reina Isabel, la oposición encarnizada de Don Fernando, que cede, al fin, ante la actitud resuelta de su esposa, todo publica que no hay hecho ni figura de que no se haya apoderado la leyenda para alterarlas á su capricho.
De todos modos, es indudable lo más esencial, á saber: que los Reyes de Castilla dieron á Colón, como él mismo nos dice: «aviamiento de gentes y navíos, y le hicieron su Almirante en el dicho mar (Océano), Visorey y Gobernador de la tierra firme é islas que yo fallase y descubriese.» Es no menos cierto que la empresa descubridora entraba de lleno en la política atlántica de Castilla. Los intereses creados en África por los castellanos, principalmente los de Andalucía; el incremento poderoso que iban adquiriendo los portugueses en las islas y costas africanas, y el espíritu religioso y aventurero de nuestros padres, debían naturalmente aprovechar la ocasión que se ofrecía de dilatar los dominios de la fe y de la patria en nuevas tierras. Los Reyes Católicos, que, aun en los mismos días de la conquista de Granada, se afanaban por la adquisición definitiva y completa de las Canarias, no podían en manera alguna dejar de proseguir las empresas oceánicas. La ida á las Indias había de halagar tan vivamente á los castellanos como á los portugueses. Portugal tenía su camino; Castilla lo tuvo con los proyectos de Colón. Ya los dos pueblos hermanos tenían señalados los respectivos rumbos de la expansión peninsular en que habían de eclipsar á fenicios y griegos, á la cabeza de la civilización europea, en la obra redentora de los descubrimientos y conquistas.
Obra de los Reyes Católicos debe ser apellidada la empresa política de Castilla, aunque tuviese mayor parte en ella la Reina Católica que su augusto esposo, como se dice obra de los Reyes Católicos la conquista de Granada, en la que es indudable que corresponde la parte principal á Don Fernando. Los monumentos de la época representan siempre juntos á los egregios consortes. Estaba reservado á nuestros días interrumpir la antigua y loable costumbre en monumentos recientes. En esta cátedra se han oído sobre ello voces de protesta; pero para el Ateneo eran ya tardías, porque mucho antes, su Delegado en la Junta del Centenario, con no ser natural de la vieja corona de Aragón, sino de la de Castilla, las había alzado ya en el seno de dicha Junta, seguro de interpretar así los sentimientos del Ateneo.
En iguales injusticias se incurre intentando amenguar la gloria, por una parte de Colón y por otra de los marinos españoles, en provecho de los Pinzones, mejor dicho de Martín Alonso Pinzón. Fué éste persona esforzada y de buen ingenio, al decir de Colón. Ni Portugal ni Castilla tenían entonces mejor marinero. Sus hermanos y parientes, sus amigos y paisanos reconocían la superioridad de Martín Alonso, y es indudable que al contar Colón con él, contaba con los demás. Corresponde, pues, al marino de Palos el más alto lugar entre los compañeros del primer Almirante de las Indias. Pero de esto á suponerle otro Colón, como algunos pretenden, hay gran distancia, tanta como la que separa la verdad de sus indisputables merecimientos, de las injusticias y calumnias con que han tratado al capitán de La Pinta los idólatras del marino genovés.
Si los de Palos, como Colón escribía, «no cumplieron con el Rey y la Reina lo que habían prometido, dar navíos convenientes para aquella jornada», ello es que los dieron, y no Pinzón, como ha dicho alguno.
No menos fabulosa es la especie que supone que al llegar Colón á Palos se encontró con que nadie quería acompañarle, y que entonces solicitó de los Reyes provisión especial para reclutar su gente entre los presos de la cárcel, de los cuales no hubo uno solo que consintiese en seguirle. La falsedad de semejantes aserciones quedará probada con decir que la cédula mandando suspender el conocimiento de los negocios y causas criminales contra los que fuesen con Colón data de 30 de Abril de 1492, con anterioridad á la ida del Almirante á Palos á disponer su expedición, y que no consta en modo alguno que hiciese uso de aquella cédula, que llevó consigo para el caso en que fuese necesaria, demostración evidente de que encontró muy luego quienes se prestasen á ir en su compañía. Que los Pinzones, con su ejemplo y con su influjo, contribuyeron sin duda al mejor logro de la empresa, está fuera de duda; pero no hay que rebajar por ello los merecimientos de los demás, atribuyéndoles apocamientos, resistencias ni cobardías anteriores, impropias de los valerosos copartícipes de los Pinzones en la gloriosa empresa.
Perdonad, señores, que me haya alargado más de lo que pensaba en el examen de estas cuestiones colombinas. Por fortuna, réstame poco que decir de las demás conferencias, las cuales han estado bien distantes de los apasionamientos de que aquellas otras adolecen, y no por voluntad ni propósito de sus autores, sino por el estado actual de las controversias históricas.
Las ciencias naturales, con la severidad de sus procedimientos, nos han informado copiosamente respecto á la gea, la metalurgia, la flora, la fauna y la razas indígenas del continente americano. Y en íntima consonancia con estos trabajos, la filología y la arqueología han venido á completar el conocimiento de las sociedades primitivas con el de las más altas manifestaciones de su vida, de sus instituciones y de su cultura.
Únicamente en lo tocante á las relaciones históricas del nuevo con el viejo mundo antes del descubrimiento se ha presentado alguna disparidad, siempre serena, siempre científica, en las doctrinas sustentadas por los conferenciantes, ya en el orden de la arqueología y antropología, como en los estudios geográficos y en lo relativo á los precedentes colombinos.
En cambio las conferencias consagradas á los descubridores y conquistadores han resultado esencialmente armónicas en la exposición de las empresas y en el juicio de los héroes que las llevaron á cabo. Cortés, Balboa, Pizarro, Valdivia, Magallanes, Elcano, Solís, Quirós, se destacan del fondo de esas doctas lecciones con la grandeza y majestad que corresponde á sus hechos inmortales. Cabe decir otro tanto del Pacificador del Perú y del venerable Obispo de la Puebla de los Ángeles, cuyos grandes merecimientos han sido noble é imparcialmente patentizados en elocuentes conferencias. Ovando, Bobadilla, la condición social de los indios, la propagación del Cristianismo, el Consejo y las leyes de Indias, el Virreinato, el apostolado redentor de los misioneros, las campañas jurídicas de Fr. Bartolomé de las Casas, el influjo científico del descubrimiento; en suma, la obra civilizadora de España en el Nuevo Mundo, han tenido inteligentes intérpretes en nuestras conferencias. Y para que nada faltase, ha venido á tomar parte en ellas ilustre escritora que ha mantenido con gloria la doble representación de su sexo y de su elevada inteligencia.
Sólo en el orden político y religioso ha existido alguna vez disconformidad verdadera al apreciar la bondad y alcance de la civilización española, y, sobre todo, al compararla con la de los pueblos germánicos. El Ateneo ha escuchado con el mayor respeto y con la más afectuosa consideración las doctrinas sustentadas por todos los conferenciantes, demostrando una vez más que tiene bien ganado el nombre de culto y tolerante que disfruta.
Resta sólo que el magnífico espectáculo de fraternidad y unión que hemos venido ofreciendo sirva de ejemplo y estímulo á todos los actos del Centenario, y que la conmemoración de la mayor empresa de nuestra historia sea principio de una nueva edad de amor y de concordia entre todos los españoles, y entre los españoles, portugueses y americanos.
He dicho.
LOS REYES CATÓLICOS EN EL DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA
I
Así como en lo pasado y en lo presente han pretendido algunos menoscabar la legítima gloria del descubridor del Nuevo Mundo, en provecho de subalternas figuras, no han faltado, ni faltan, por desgracia, quienes intenten de igual modo amenguar la obra de la Corona de Castilla en el descubrimiento, atribuyendo soñadas participaciones á la Corona de Aragón en esta hazaña incomparable.
El colmo de la arbitrariedad en este punto corresponde de derecho á la especie consignada en unas Gestas Catalanas, que vieron la luz pública en el Calendari Catalá de 1864, en las cuales, hablando del primer viaje de Colón, se dice «que había ido al Nuevo Mundo bajo la protección del Rey Don Fernando el Católico, y con los dineros que le había dado la ciudad de Barcelona.»
Por fortuna, no ya los historiadores más autorizados, sino los padres mismos del descubrimiento, á quienes hay que suponer mejor enterados de los hechos que el novísimo autor de las Gestas Catalanas, nos han dejado abundantes y concluyentes testimonios para saber á qué atenernos en la materia, de la manera más evidente y positiva. Á un lado historiadores y críticos. Interroguemos directamente á Colón y á los Reyes Católicos.
El conquistador de Granada, en su testamento, otorgado el 20 de Enero de 1516, al instituir heredera de sus reinos de la Corona de Aragón á su hija Doña Juana, no comprende entre ellos en modo alguno las islas y tierra firme del mar Océano, esto es, el Nuevo Mundo. Sin duda no pertenecía, ni en todo ni en parte, á su Corona aragonesa, cuando no lo menciona. No cabe atribuirlo á olvido, porque no los hay de tanta monta, ni menos aún en documentos de esta clase.
En cambio su egregia esposa, la magnánima Reina de Castilla, en su testamento, fechado en Medina del Campo el 12 de Octubre de 1504, habla de las islas y tierra firme del mar Océano como parte integrante de sus reinos de Castilla. Y ¿por qué? Sea la gloriosa Reina quien nos responda. «Por quanto..... fueron descubiertas e conquistadas á costa destos Regnos e con sus naturales dellos.»
Véase, pues, cuánta verdad encierra la vieja letra:
Por Castilla y por León
Nuevo Mundo halló Colón.
Ó esta otra, no menos exacta:
Á Castilla y á León
Nuevo Mundo dió Colón.
¿Á qué intentar hoy reformarlas, contra toda verdad y justicia?
Hoy la gloria del descubrimiento de América es de toda España, porque no hay ya ni Castilla, ni Aragón, ni León, ni Navarra, sino, afortunadamente, provincias de la Nación española; pero cuando se trata de recordar el origen de su descubrimiento, fuerza será que todos reconozcan, en justo homenaje de admiración y gratitud á sus héroes, que este acontecimiento, tan capital en la Historia, fué obra tan exclusiva de la Corona de Castilla como las empresas de aragoneses y catalanes otros días, orgullo igualmente hoy de todos los españoles, de la Corona de Aragón.
Oigamos ahora al primer Almirante de las Indias, tocante á sus negocios con los Soberanos de Castilla; ¡qué autoridad más competente y decisiva que la suya! Después de referir á los Reyes sus navegaciones y estudios, añade: «Me abrió Nuestro Señor el entendimiento con mano palpable á que era hacedero navegar de aquí á las Indias, y me abrió la voluntad para la ejecucion dello.» «Con este fuego vine á vuestras Altezas.....» «Siete años se pasaron en la plática», «disputando el caso con tantas personas, de tanta autoridad, y sabios en todas artes, y en fin concluyeron que todo era vano.» «Dios fue en mi favor, y después de Dios sus Altezas.» «Plugo á sus Altezas de me dar aviamiento y aparejo de gentes y navios» «y de me hacer su Almirante en el mar Océano..... Virrey y Gobernador de la tierra-firme é islas que yo fallase y descubriese.....»
Sirvan estas frases de Colón, entresacadas fielmente de sus documentos, de cumplida respuesta á los que, por ignorancia ó por malicia, privan de toda participación en las negociaciones colombinas á uno de los dos Monarcas reinantes, quiénes á Don Fernando, quiénes á Doña Isabel. Los dos, de hecho y de derecho, intervinieron en aquellas negociaciones inmortales; los dos autorizaron las capitulaciones con el gran navegante: en nombre de los dos partió á descubrir; en nombre de los dos tomó posesión de las tierras descubiertas; á los dos alabanza y gloria.
Pero ¿fué igualmente efectivo en los dos Reyes el favor que dispensaron á los proyectos de Colón? Ó en otros términos: ¿cabe atribuirles la misma participación, el mismo apoyo en la iniciativa, curso y resolución de las negociaciones? Salgamos del terreno legal y político, y entremos en el orden privado. Prescindamos ahora de los documentos oficiales de Colón á los dos Reyes, y acudamos á las cartas del gran descubridor. De estas cartas se deduce con la mayor evidencia que, no sólo en los tratos para el descubrimiento, sino en todo y siempre, fué incomparablemente más grande el patrocinio de la Reina.
Recordando la acogida que tuvieron al principio sus proyectos, decia: «En todos hobo incredulidad, y a la Reina mi Señora dió dello el espíritu de inteligencia y esfuerzo grande, y lo hizo de todo heredera como á cara y muy amada hija.» Refiere los inconvenientes que todos oponían á su pensamiento, y añade: «Su Alteza lo aprobaba al contrario y lo sostuvo hasta que pudo.» «El esfuerzo de Nuestro Señor y de su Alteza fizo que yo continuase.»
En los días tristes en que el desposeído Virrey y Gobernador de las Indias procuraba con ahinco el cumplimiento de las reparaciones ofrecidas, al saber que la gran Reina estaba en trance de muerte, escribía: «Plega á la Santa Trinidad de dar salud á la Reina nuestra Señora, porque con ella se asiente lo que ya va levantando.» Muerta Doña Isabel, daba rienda suelta á su dolor en estas sentidas y elocuentes palabras, verdadero retrato de la gloriosa Reina: «Lo principal es de encomendar afectuosamente con mucha devoción el ánima de la Reina nuestra Señora á Dios. Su vida siempre fué católica y santa, y PRONTA Á TODAS LAS COSAS DE SU SANTO SERVICIO; y por eso se debe creer que está en su santa gloria, y fuera del deseo deste áspero y fatigoso mundo.»
La justicia y el cariño de Colón á su gran protectora son comparables únicamente á los de ésta con su protegido, «home sabio é que tiene mucha plática é experiencia en las cosas de la mar», como le llama la misma Reina en una de sus cartas. Es el juicio más verdadero y compendioso que conozco del descubridor del Nuevo Mundo.
No es de extrañar que en las negociaciones relativas al descubrimiento tuviese participación tal y tan grande la Reina Católica. En los asuntos de sus reinos de Castilla y de León, singularmente los de mayor magnitud y alcance, como el presente, ejerció siempre el mismo influjo. Verdad es esta que reconocen por entero, no ya los escritores castellanos, sino los mismos historiadores aragoneses, si bien, como tales aragoneses, atribuyendo el origen, no á las verdaderas causas, sino, como hace Zurita, «á la condición de la Reina, que era de tanto valor y de tan gran punto, que no parecía contentarse con tener con Don Fernando el Gobierno del Reyno como con su igual», por cuyo motivo el Rey «se vió forzado á llevar aquel Gobierno en su compañía con tanta disimulación y mansedumbre.»
Semejantes juicios son tan inexactos como los de algunos historiadores castellanos referentes al Rey Católico. Más adelante, en que he de tratar exclusivamente de Don Fernando y de su participación personal en el descubrimiento, me haré cargo de estas injusticias, para desvanecerlas con pruebas y documentos de igual clase de los que empleo en el presente estudio.
La pasión de Zurita es tan ciega, por amor á su Rey, que le lleva hasta el extremo de atribuir por entero á Don Fernando la gloria de la expedición descubridora, omitiendo en absoluto, al tratar de este hecho, no sólo la participación, sino hasta el nombre de la Reina Isabel. Pase que se hubiera hecho en las ediciones romanas de la traducción latina de la relación de Colón de su primer viaje. Pase igualmente que autores extranjeros, como el italiano Paolo Giovio y el portugués Juan de Barros, incurran en el mismo error, engañados acaso por las ediciones romanas que acabo de indicar. Pase, por último, que historiadores aragoneses y catalanes de segunda fila lo reproduzcan ó lo inventen de nuevo. Pero ¡historiador tan circunspecto y bien informado, ordinariamente, como el insigne analista aragonés!... Verdaderamente es doloroso cuanto incomprensible, tanto más teniendo en cuenta la admiración justísima que tributa á la Reina en diferentes lugares de su Historia de Don Hernando el Cathólico, sobre todo en el cap. LXXXIV, donde, al referir la muerte de la Reina, dice que «ella fué tal, que la menor de las alabancas que se le podía dar era, aver sido la más excelente y valerosa muger que huvo, no sólo en sus tiempos, pero en muchos siglos.»
Con verdadera imparcialidad, por su cualidad de extranjero, el más eminente de los historiadores de Italia, Francisco Guicciardini, Embajador de la Señoría de Florencia en la corte del Rey Católico, poco después de la muerte de la Reina, en la Relación de su viaje, traducida y publicada en la colección de Libros de antaño, al tratar de los grandes hechos de España en el reinado de los Católicos Reyes, escribía estas palabras, no tenidas hasta ahora en cuenta para el estudio de aquél período: «Y en esas acciones tan memorables no fué menor la gloria de la Reina, sino que, antes al contrario, todos convienen en atribuirle la mayor parte de estas cosas, porque los negocios pertenecientes á Castilla se gobernaban principalmente por su mediación y autoridad. Despachaba los más importantes, y en los ordinarios no era menos útil persuadirla á ella que á su marido. Ni esto se puede atribuir á falta de capacidad del Rey, pues por lo que hizo después se comprende fácilmente cuánto valía; por cuya razón, ó hay que decir que la Reina fué de mérito tan singular que hubo de aventajar al mismo Rey, ó que siendo suyo el reino de Castilla, su esposo, con algún fin loable, lo dejase encomendado á su gobierno.»
«Cuéntase, añadía, que la Reina fué muy amante de la justicia, muy casta, y que se hacía amar y temer de sus súbditos; muy ansiosa de gloria, liberal y de ánimo muy generoso.» En su Historia de Italia, decía que fué la gran Reina (lo dejaré en italiano para conservar la hermosura de la frase) «donna di onestissimi costumi, e in concetto grandissimo nei Regni suoi di magnanimità e prudenza.»
La prudencia de la Reina fué tal siempre, que no conozco un sólo hecho en que no se manifestasen juntamente el cariño y la consideración debidas á su marido. Básteme recordar aquí un hecho que habla por todos, precisamente de historia aragonesa. Asistió una vez á una fiesta de toros, y fué tal la repugnancia que este espectáculo le produjo, que, según escribía á su confesor, «luego, allí propuse con toda determinación de nunca verlos en toda mi vida, ni ser en que se corran;» pero—añade—«defenderlos (prohibirlos) no, PORQUE ÉSTO NO ERA PARA MÍ Á SOLAS», esto es, sin que fuese también en ello su marido.
Mas ¿qué ejemplo de prudencia mayor que el que nos ofrece su conducta en lo relativo á las negociaciones colombinas? Creyente en los proyectos de Colón, más que por ningún otro motivo por la causa suprema que inspiró siempre sus grandes acciones, la Religión Católica, por llevar la fe de Cristo á nuevas tierras, lejos de proceder novelescamente á impulsos de irreflexivos arrebatos de su corazón de mujer, como tanto se ha supuesto infundadamente, obró, por el contrario, con la gravedad y circunspección de una gran Reina, haciendo que asunto tan dudoso se examinase detenidamente en su Real Consejo y se discutiese por las personas más entendidas, hasta que las cosas tuvieron la madurez necesaria y la Corona de Castilla, conquistada Granada, estuvo en condiciones de acometer tan singular aventura.
Ya veremos, en artículos consagrados á los verdaderos favorecedores de Colón cerca de los Católicos Reyes, singularmente de la Reina, cómo la influencia real y efectiva de todos ellos se inspiró siempre en los ejemplos de religiosidad y de prudencia de su católica Soberana, y en el cariño, confianza y respeto que en todos infundían sus admirables virtudes.
Huérfana de padre á los tres años de edad, viviendo con una madre loca en el apartamiento de Arévalo, educada en la escuela de la adversidad y de las privaciones, entregada á sí misma, la extraordinaria prudencia de su entendimiento y la inmensa fe religiosa de su corazón fueron desde la infancia los maravillosos resortes de aquella voluntad invencible, de aquel carácter magnánimo, admiración y encanto de sus vasallos, como después de los españoles todos, que vieron y verán siempre en ella la encarnación más sublime de las ideas y sentimientos, de los ideales y aspiraciones eternas de nuestra patria.
Su nombre, pronunciado siempre con filial ternura, de siglo en siglo, por la familia española de la Península, que exaltó á su mayor grandeza, como de la tierra americana, que ayudó á descubrir, ha sido igualmente siempre admiración de las naciones extrañas. Los elogios de Paolo Giovio y Justo Lipsio, de Bayard y de Comines, de Guicciardini y Navagero, así como los modernos de Robertson y Gervinus, de Prescott, Irving y tantos otros, acreditan sobremanera la merecida universalidad de alabanzas tributadas á su gloria.
Entre los homenajes rendidos á sus admirables excelencias, hay uno que de intento he reservado para lugar aparte y preferente: el homenaje que el no extinguido afecto, y acaso los remordimientos de haber subido al tálamo y al trono de la gran Reina á otra mujer después de ella, dictaban al Rey Católico, moribundo, en su testamento:
«Entre las muchas y grandes mercedes, bienes y mercedes—dice—que de Nuestro Señor, por su infinita bondad, y no por nuestros merecimientos, habemos rescebido, una é muy señalada ha sido en habernos dado por muger é compañía á la Serenísima Señora Reina Doña Isabel, nuestra muy cara y muy amada mujer, que en gloria sea, el fallescimiento de la qual sabe Nuestro Señor quánto lastimó nuestro corazón, é el sentimiento entrañable que dello tuvimos, como es muy justo; que allende de ser tal persona, y tan conjunta á Nós, merecia tanto por sí, en ser dotada de tantas y tan singulares excelencias, que ha sido su vida exemplo en todos actos de virtud é del temor de Dios, é amaba é celaba tanto nuestra vida, salud é honra, que nos obligaba á quererla y amarla sobre todas las cosas de este mundo.»
He aquí, noblemente declarados por el Rey Católico, los motivos verdaderos del valimiento y del influjo que en él ejercieron las excepcionales cualidades de su augusta esposa. Sirvan de respuesta las frases del Rey de Aragón á sus panegiristas aragoneses, y veamos todos en ellas la explicación cumplida del «amor é unión é conformidad en que el Rey mi Señor é yo estuvimos siempre», que decía Doña Isabel en su testamento, proponiéndolos como ejemplo á sus hijos; conformidad, unión y amor que hicieron posibles una nueva edad de prosperidad y de unión entre todos los españoles, y el engrandecimiento y gloria de España en ambos continentes.
II
Si la Reina Católica favoreció decididamente los proyectos de Colón, mereciendo, en justicia, el título de protectora del gran navegante; si su participación en las negociaciones colombinas fué mucho mayor sin duda que la de su augusto esposo, ¿hemos de inferir por ello que ha de corresponder necesariamente al gran Monarca el papel contrario, esto es, el de adversario de Colón, como algunos suponen? ¿Hemos de reconocer tampoco, como otros afirman, que la participación de Doña Isabel excluye por entero la de Don Fernando?
La especie más extendida, sobre todo fuera de España, es la que coloca al Monarca de Aragón y de Castilla en abierta oposición á la empresa descubridora, más aún á todos los actos de Cristóbal Colón antes y después del descubrimiento; llegándose en este punto, en menguados escritos como los del Conde Roselly de Lorgues, hasta el extremo de presentarnos al gran Rey como el peor de los hombres y de los reyes, monstruo de perversidad y de envidia, de avaricia y de falsía, no ya enemigo, sino perseguidor y verdugo del primer Almirante de las Indias.
Y, sin embargo, para vergüenza de nuestra patria, hay quienes, presumiendo de historiadores y de españoles, admitan sin reparo, divulguen con amor y encomien con entusiasmo semejantes patrañas, mejor dicho, miserables calumnias, tan opuestas á la verdad como atentatorias al honor y la gloria del Rey Católico por excelencia, uno de los monarcas más insignes que hemos tenido, y uno también de los más grandes que registra la historia.
Por lo que toca á la participación del Rey en el descubrimiento de América, examinadas y comprobadas una por una las doctrinas sustentadas hasta el presente, es ante todo cierto que no cabe suponer, en justicia, á Don Fernando ni protector entusiasta, ni enemigo declarado de los proyectos de Colón.
La protección del Rey Católico ha sido, y aun es hoy, mantenida por algunos escritores de la Corona de Aragón. Obra del cariño al Monarca aragonés, cuando no de tendencias regionalistas más ó menos pronunciadas, las afirmaciones de estos autores carecen de toda prueba. Así se explica que otros escritores, naturales también de los antiguos reinos de Aragón, se hayan creído obligados á rebatirlas, poniendo más alto los sagrados derechos de la verdad que los apasionamientos infundados.
Dormer, Argensola y Lasala, en otros días, y en los presentes escritores que no nombraré, pretenden distribuir á su capricho entre Aragón y Castilla, Doña Isabel y Don Fernando, la gloria del descubrimiento, alegando en apoyo de sus pretensiones el hecho supuesto de haber mandado librar Don Fernando por la Tesorería de Aragón los fondos necesarios para la empresa, á causa de la penuria del Erario de Castilla, disponiendo después que del primer oro que se trajo de las Indias se diese parte á Aragón, que se empleó luego en dorar los techos y artesones de la Sala mayor de la Aljafería de Zaragoza.
Ahora bien: un catalán, Bofarull (D. Antonio), y un aragonés, Nougués y Secall, han evidenciado respectivamente: el primero, que entre los papeles de la Tesorería de Aragón no existe orden ni registro de semejante libramiento; y el segundo, que el dorado de la Sala mayor de la Aljafería es anterior á la vuelta de Colón de su primer viaje, como lo prueban las inscripciones de la misma Sala. Por último, un valenciano, Danvila, ha ilustrado esta cuestión con razonamientos irrebatibles.
Digámoslo de una vez: ni Aragón ni su Rey, como tal Rey de Aragón, contribuyeron lo más mínimo á la empresa del descubrimiento, obra exclusiva de los reinos y los Reyes de León y de Castilla. Si no satisfacen las pruebas aducidas; si el testimonio mismo de los Reyes Católicos no basta, ahí están, por último, la Bula de Alejandro VI concediendo las tierras descubiertas á los Reyes de Castilla, descubridores, y á sus herederos en estos reinos, y la legislación primitiva de Indias no consintiendo pasar á ellas sino á los castellanos, en términos «que si algún aragonés allá iba era con licencia y expreso mandamiento», como escribe el doctísimo catalán Capmany. Sirva de muestra el permiso otorgado el 17 de Noviembre de 1504 por el Rey Católico al aragonés Juan Sánchez, de Zaragoza, para que pudiese llevar mercaderías á la isla Española, aunque no era natural de los reinos de Castilla. Hasta muy cerca de un siglo después del descubrimiento, reinando Felipe II, en 1585, en las Cortes de Monzón, no fueron derogadas las prohibiciones establecidas por los Reyes Católicos. ¿Hubieran jamás existido si Aragón, ó su Rey, como tal Rey, hubieran tenido alguna parte en el descubrimiento?
Túvola, sin duda, Don Fernando de hecho y de derecho, pero exclusivamente como Rey de Castilla. Dicen algunos que Don Fernando, por tradición, por herencia, por inclinación propia, sólo podía mirar con interés las empresas mediterráneas, y en su virtud, que ó debió oponerse abiertamente á las aventuras oceánicas, ó mostrarse al menos con ellas indiferente ó desdeñoso. Suposiciones semejantes provienen igualmente de considerar á Don Fernando exclusivamente como Rey de Aragón, desconociendo ú olvidando que el Rey Católico fué ante todo y sobre todo Rey de Castilla.
Hijo de padre y madre castellanos, casado muy joven con una Princesa castellana, Castilla fué su residencia continua, teatro de las glorias del militar y el gobernante, escuela de sus talentos políticos, plantel de sus grandes hombres, centro mayor y preferente de su actividad y de su vida. Muerto, su cadáver, por voluntad del regio finado, descansa en tierra de Castilla. Amólo ésta, no ya como Rey, sino como padre. El inicuo atentado que puso una vez en peligro su existencia, ni ocurrió en Castilla, ni era castellano el regicida.
Aun sin estas circunstancias, el hecho solo de ser Rey de Castilla había de llevar forzosamente su atención y sus cuidados al otro lado del Estrecho, para la prosecución de la política castellana, no sólo en la cruzada contra los infieles, sino para amparar y favorecer los intereses castellanos, máxime teniendo en cuenta las conquistas y descubrimientos portugueses en las islas y costas del Atlántico.
Gloriábase nuestro Rey de haber trabajado mucho «por tener ganados en África puertos de mar» y de que «la guerra contra los infieles era (son sus palabras) la cosa que sobre todas las del mundo he yo más siempre deseado y deseo.» Los esfuerzos para la adquisición definitiva y completa de las Canarias, llevados á cabo por los Católicos Reyes, acreditan cumplidamente cuánto interesaban á uno y otro soberano las empresas oceánicas.
Los proyectos de Colón entraban de lleno en la tradición y en las aspiraciones del pueblo castellano: ensanchar los dominios de la patria y llevar la fe católica á nuevas tierras. ¿Cómo, pues, podían ser nunca indiferentes estos proyectos ni al Rey ni á la Reina de Castilla?
Para precisar en lo posible la intervención de Don Fernando en los asuntos colombinos, importa distinguir en ellos la cuestión científica y la empresa política. Ahora bien: la primera era de todo en todo ajena á las condiciones personales de Don Fernando. La esfericidad de la tierra, los antípodas, la posibilidad ó imposibilidad de navegar á las Indias, competían á los doctos y podían interesar en algún modo á la ilustrada Reina, amantísima de las Ciencias y las Letras, favorecedora incesante de sabios y letrados; mas era imposible que hallasen eco en Don Fernando, hombre de Estado y de guerra como pocos, pero al propio tiempo uno de los Reyes más iletrados de su época.
El insigne autor Del Rey y de la Institución Real, tratando de lo necesarias que son las letras á los Príncipes, después de mencionar algunos que las cultivaron poco ó nada, escribía: «Tenemos ahora recientemente el ejemplo de Fernando el Católico, que no sólo ha logrado arrojar á los moros de toda España, sino también sujetar á su imperio muchas naciones; más ¿quién duda que si á su excelente índole se hubiese añadido el estudio, hubiera salido mucho más grande y aventajado?»
Y cuenta, que Mariana no es ciertamente parco en alabanzas para el Rey Católico, sino, por el contrario, abundante en elogios. En su Historia de España lo califica de «varón admirable, el más valeroso y venturoso caudillo que de muchos años atrás salió de España.» «Príncipe el más señalado en valor y justicia y prudencia que en muchos siglos España tuvo.» «Tachas—añade—á nadie pueden faltar, sea por la fragilidad propia ó por la malicia y envidia ajena, que combate principalmente los altos lugares. Espejo, sin duda, por sus grandes virtudes, en que todos los Príncipes de España se deben mirar.»
La carencia de letras de Don Fernando fué tan evidente, que Guicciardini lo califica de iliterato sin ambajes ni rodeos, en términos categóricos y precisos. En esta parte, contrastaba extraordinariamente Don Fernando, no sólo con su esposa, sino con su padre Don Juan II de Aragón, y mucho más todavía con su sabio tío Don Alfonso V. En aquellos días clásicos del Renacimiento, y en persona de las cualidades del Rey Católico, debía maravillar mucho más su incultura.
Cabe formar cabal idea de ella con saber que encontró excelente una de las crónicas más indigestas y destartaladas que conocemos, la Crónica de los Reyes de Aragón, de Fray Gauberto Fabricio de Vagad, hasta el punto de aumentar á su autor el salario que como cronista disfrutaba.
No es, por consiguiente, aventurado creer que Don Fernando no debió mezclarse en modo alguno en las disputas científicas á que dieron tanto motivo los proyectos de Colón, ni para favorecerlos ni para contrariarlos en este punto. Cuando las cosas pasaron del dominio de la ciencia al terreno de la política; cuando llegó el caso de negociar la empresa, no es creíble que dejase de intervenir en ella, si no en el grado y medida de la Reina, en algún modo. La oposición resuelta que se le atribuye es tan infundada como la protección decidida que otros le suponen.
Si Don Fernando hubiese sido adversario de Colón, éste, así como nos dejó dicha la protección especial de la Reina, nos habría contado ó indicado siquiera la oposición del Rey, á lo menos en sus documentos familiares. Por el contrario, á su hijo D. Diego, después de lamentar la muerte de Doña Isabel, escribía lo siguiente: «Después (de encomendar á Dios el alma de la Reina) es de en todo y por todo de se desvelar y esforzar en el servicio del Rey nuestro Señor, y trabajar de le quitar de enojos. Su Alteza es la cabeza de la cristiandad: ved el proverbio que diz: cuando la cabeza duele, todos los miembros duelen. Ansí que todos los buenos cristianos deben suplicar por su larga vida y salud, Y LOS QUE SOMOS OBLIGADOS Á LE SERVIR MÁS QUE OTROS, DEBEMOS AYUDAR Á ESTO CON GRANDE ESTUDIO Y DILIGENCIA.»
¿Se quiere prueba mayor de que Don Fernando, lejos de ser para Colón lo que las calumnias de algunos inventaron, fué, por el contrario, y por confesión del primer Almirante de las Indias, favorecedor verdadero é indiscutible?
Del mismo modo, Bernáldez y Oviedo, que conocieron á Colón, nada dicen de la supuesta oposición de Don Fernando. Es cierto que habla ya de ella en 1512, viviendo aún el Rey Católico, Juan Rodríguez Mafra, en su declaración en el famoso pleito de la Corona y los Colones; pero esta declaración aislada, eco de algún rumor infundado, no basta por sí sola para constituir prueba positiva. Es cierto, igualmente, que en la Historia del primer Almirante, atribuida á su hijo D. Fernando, se dice que Colón halló siempre al Rey «poco apacible, aun contrario á sus negocios;» mas no consta de un modo auténtico que esta obra saliese á luz tal y como la escribió D. Fernando, debiendo creerse, por el contrario, que hay en ella alteraciones y errores de bulto que no cabe atribuir en justicia al fundador de la Biblioteca Colombina.
Por último, la oposición de Don Fernando, tal y como nos la pintan sus autores, está en abierta contradicción con el carácter y condiciones de Don Fernando. Guicciardini (por no citar autores españoles), que trató y conoció muy bien al gran Monarca, escribía que «sus acciones, sus palabras y hábitos, y la opinión común que existe hoy, prueban que es un hombre muy prudente y muy reservado;» añadiendo en otro lugar: «es fácil llegar hasta él, y sus respuestas son gratas y muy atentas, y pocos son los que no salen satisfechos á lo menos de sus palabras.» «Me consta que sabe disimular más que todos los demás hombres.» «No es jactancioso, ni sus labios pronuncian nunca sino palabras pensadas y propias de hombres prudentes y rectos.»
Con estos antecedentes, podemos asegurar, sin temor de equivocarnos, que el Rey Católico, aun en el caso de ser contrario á los proyectos de Colón, no habría procedido nunca con la violencia y arrebato que se le supone; del mismo modo que su esposa, al abogar con entusiasmo por aquellos proyetos, no se habría nunca empeñado en contrariar abiertamente la voluntad de su esposo, ella, tan prudente en sus actos, tan respetuosa y amante de su marido. ¿Qué idea es esa que tienen algunos de las cualidades intelectuales y morales de la excelsa Soberana, suponiéndola, y en són de elogio, obrando por corazonadas y terquedades de heroína de folletín?
En suma: Don Fernando entró como debía entrar en la empresa descubridora, convencido y gustoso. Quizás en algunos puntos de las negociaciones, sobre todo en lo tocante á los extraordinarios privilegios que el gran navegante exigía (tanto ó más celoso de su provecho que de su gloria), opusiera, al principio, algún reparo el previsor y sagaz monarca. Sea de ello lo que fuere, es lo cierto que Don Fernando autorizó, por su parte, la empresa, sin lo cual las capitulaciones no habrían llegado jamás á feliz término.
Esto dicho, supongamos por un instante que no hubiese obrado así el gran Rey: ¿serían por eso menos grandes sus merecimientos, anteriores y posteriores al descubrimiento de las Indias? Tendría una gloria menos, y nada más. Sólo los servicios prestados á Castilla en otras empresas y de muchos modos, bastarían á conquistarle imperecedera nombradía. Oigamos á su magnánima compañera. Son sus palabras la mejor hoja de servicios que tenemos del Rey Católico. Recomendando á sus hijos la obediencia y amor que debían á su padre, les dice que era mucha razón que éste fuera «servido e acatado e honrado más que otro padre, así por ser tan excelente Rey e Príncipe, e dotado e insignido de tales y tantas virtudes, como por lo mucho que ha fecho e trabajado con su Real Persona en cobrar estos mis Reynos que tan enagenados estaban al tiempo que yo en ellos sucedí, e en evitar los grandes males e daños e guerras que con tantas turbaciones e movimientos en ellos había e non con menos afrenta de su Real Persona: En ganar el Reyno de Granada e echar dél los enemigos de nuestra santa Fe Católica, que tantos tiempos habia que lo tenian usurpado e ocupado: en reducir estos Reynos á buen regimiento e gobernación e justicia, segun que hoy por la gracia de Dios están.»
¿Cabe elogio más exacto y cumplido de los merecimientos de Don Fernando? Está visto que los mismos Reyes Católicos han de ser siempre los que defiendan el uno al otro de injustos olvidos ó infundadas suposiciones.
Es inútil que algunos se esfuercen en divorciar el matrimonio más afortunado y bien avenido que ha podido existir sobre la tierra. Sus hechos, sus palabras, protestarán siempre, aun desde el fondo del sepulcro, donde, unidos, descansan. Y si en monumentos modernos, olvidando la antigua y loable costumbre, aparece uno solo de los egregios consortes; si se ha creído de este modo enaltecer las glorias de la gran Reina, olvidando ó desconociendo las no menos grandes del vencedor de Toro y del conquistador de Granada, provocando futuras represalias, no menos injustas, todo español protestará siempre contra tales arbitrariedades, y más alto que nadie la Reina Católica con aquellas palabras de su voluntad postrera, en que decía: «Quiero que mi cuerpo sea sepultado junto con el cuerpo de Su Señoría, porque el ayuntamiento que tovimos viviendo, y que nuestras ánimas espero en la misericordia de Dios ternán en el cielo, lo tengan é representen nuestros cuerpos en el suelo.»
EL CARDENAL MENDOZA EN EL DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA
Después de los Reyes Católicos, el personaje naturalmente llamado á intervenir en primer término en la empresa colombina era el gran Cardenal de España D. Pedro González de Mendoza, Canciller mayor de Castilla, que hoy diríamos primer ministro; el cual, como escribía el Padre Las Casas, «por su gran virtud, prudencia, fidelidad á los Reyes y generosidad de linaje y de ánimo, y eminencia de dignidad, era el que mucho con los Reyes privaba;» en tales términos, que bien pudo apellidarle el cronista contemporáneo Pedro Mártir de Angleria: Tertius Hispaniae Rex, Tercer Rey de España.
Se dirá que no conocemos documento alguno de la época que nos hable de la intervención real y efectiva del Cardenal en las negociaciones colombinas, siendo como son muchos los que han llegado á nosotros referentes á otros hechos de su vida. Es no menos cierto que ni el cronista de los Reyes Católicos, Bernáldez, ni el primitivo historiador del descubrimiento, el ya citado Pedro Mártir de Angleria, hacen mención alguna del Cardenal al tratar de este punto. Es verdad, por último, que el biógrafo más antiguo del célebre Purpurado, Francisco de Medina y Mendoza, con referirnos hasta la parte non sancta de la vida de su biografiado, por ejemplo, sus amores con Doña Mencía de Lemos, siendo ya Obispo de Sigüenza, y lo que es más, atribuyendo como atribuye al Cardenal eminente participación en los hechos de su época, nada nos dice de su intervención en la empresa descubridora, mencionada después por los biógrafos posteriores Salazar y Mendoza, Porreño, Sánchez Gordillo y otros.
Con arreglo á estas observaciones podrían tal vez algunos, cuando no negar, poner al menos en tela de juicio la participación natural y legítima del Canciller en el asunto que examinamos. Pero al proceder así, con visos de justicia, obrarían realmente de ligero, porque todos esos argumentos negativos carecen de consistencia, como vamos á ver.
En primer lugar, el silencio de Bernáldez y Angleria se explica fácilmente con decir que uno y otro hablan únicamente de Colón y los Reyes Católicos, omitiendo por completo los nombres de los intermediarios entre el marino genovés y los Reyes de Castilla; por lo cual, de su silencio en esta parte no podrá inferirse nunca que no existieran tales mediadores.
Consta del modo más positivo la intervención de algunos de ellos, aun por testimonios del propio Colón y de los mismos Reyes Católicos. La omisión del biógrafo más antiguo del Cardenal corre parejas con otra por el estilo, en hechos probados, tales como la toma de Loja, en cuyos hechos tuvo mucha parte el insigne Arzobispo de Toledo.
Y por lo que toca á la carencia de documentos, es cierta, entendiendo por tales únicamente las cartas, los diplomas y otros documentos oficiales y privados de igual clase, pero no lo es si consideramos como documentos de idéntico valor y alcance las declaraciones y memorias de historiadores de la época, en cuyo caso se encuentra, afortunadamente, el importante testimonio del cronista Fernández de Oviedo, testigo de mayor excepción de los sucesos, criado en la Corte de los Reyes Católicos, paje del Príncipe Don Juan, y que conoció á Colón y al Cardenal, así como á otras muchas personas conocedoras de los hechos.
Ahora bien: Oviedo, no sólo menciona la intervención de Mendoza en las negociaciones colombinas, sino que la concreta y precisa en términos convincentes, diciendo que Colón, recién llegado á la Corte, por intercesión de Alonso de Quintanilla, Contador mayor de los Reyes, «fué conosçido del reverendíssimo é ilustre cardenal de España, arçobispo de Toledo, D. Pedro Gonçalez de Mendoça, el qual començó á dar audiencia á Colom, é conosçio dél que era sabio e bien hablado, y que daba buena raçon de lo que decía. Y túvole por hombre de ingenio é de grande habilidad; e concebido esto, tomóle en buena reputación é quísole favoresçer. Y como era tanta parte para ello, por medio del Cardenal y de Alonso de Quintanilla fue oydo del Rey e de la Reyna; é luego se prinçipió á dar algun crédito á sus memoriales y peticiones é vino á concluirse el negoçio.»
En las palabras que acabo de transcribir está el origen y la fuente de cuanto después se ha escrito sobre la materia, desde Fray Bartolomé de Las Casas y Francisco López de Gómara hasta los historiadores de nuestros días, españoles y extranjeros. Lo que tiene es, que no todos se han contentado con referir puntualmente las cosas tal y como las cuenta Fernández de Oviedo, permitiéndose, por el contrario, como en otros tantos puntos de la historia colombina, alteraciones y ensanches; más aún: innovaciones de pura imaginación, abiertamente opuestas á la verdad de los hechos.
En este último caso se hallan la especie consignada por el abad Gordillo al afirmar que el Cardenal «aiudó á los Reies Cathólicos con dineros que por medio de Christóual Colon tratasen del descubrimiento de las Indias;» la no menos fantástica, que leemos en W. Irving, de que Mendoza, cuando se le habló de los proyectos de Colón, se alarmó vivamente, creyendo vislumbrar en ellos algunas proposiciones heréticas; y por último, la novelesca suposición del Conde Roselly de Lorgues, de que el Cardenal «dès qu’il eut vu Colomb, il comprit sa supériorité», sin necesidad siquiera de conocer sus intentos, «au premier coup d’œil» únicamente.
Hay que añadir á estas patrañas la popular conseja, que aún hoy circula so color de hecho histórico, á pesar de las sólidas impugnaciones de Navarrete, vulgarmente conocida con el nombre de El huevo de Colón, que se supone haber ocurrido en un banquete con que obsequió en Barcelona al primer Almirante de las Indias, al regreso de su primer viaje, el gran Cardenal de España. Banquete imaginario, á cuya divulgación ha contribuído no poco la conocida estampa de Teodoro Bry, tan imaginario como las invenciones mencionadas en el párrafo precedente.
En cambio, los hechos que nos cuenta Fernández de Oviedo, aun prescindiendo de la autoridad que les presta el testimonio de su autor, conforman perfectamente con las condiciones y prendas personales del Cardenal Mendoza, y se comprueban al mismo tiempo por hechos análogos y por circunstancias históricas íntimamente relacionadas con ellos.
La privanza de Alonso de Quintanilla con el Cardenal, y la de éste con los Reyes, hechos son de absoluta evidencia en la historia de aquella época. Nada, pues, menos extraño que fuese conocido Colón del Cardenal por intercesión de Quintanilla, y de los Reyes por mediación del Cardenal, ó del Cardenal y Quintanilla á un tiempo.
Las audiencias dadas por Mendoza á Colón, aun sin recomendaciones especiales al efecto, habrían seguramente existido, no sólo por la naturaleza del asunto de que se trataba y las obligaciones que el alto cargo que el Canciller Mayor de Castilla desempeñaba le imponían, sino también porque en aquellos tiempos era quizá más fácil que hoy el acceso á los grandes personajes, incluso los mismos Reyes, máxime por lo que respecta al gran Cardenal, de quien sabemos que «notóse mucho dél que nunca tuvo ora ynpedida ni retirada para el que le hubiese menester hablar, ni nunca negó su ayuda ni haçienda al que llegase á él con neçesidad della.»
Es posible, mejor dicho, natural y lógico, que en dichas audiencias conociese los talentos de Colón; más todavía: la naturaleza é importancia de sus proyectos, si no con la profundidad y amplitud que las personas especialmente versadas en las ciencias, al menos con perspicacia y cultura propias de su elevada inteligencia.
Habituados como estamos á representarnos solamente al gran Canciller en los consejos de la Corona y en los campos de batalla, hemos llegado á olvidar ó desconocer al hombre inteligente y culto en otros órdenes, y al favorecedor de las ciencias y de las letras. Heredero de las aficiones literarias de su ilustre padre el gran Marqués de Santillana, fué Mendoza de todos los hijos del docto prócer el que mostró más favorables disposiciones para los estudios, por cuya razón fué enviado á Salamanca, donde cursó Cánones y Leyes y se ejercitó en el manejo de los clásicos, con tal aprovechamiento, que su padre le encargaba la traducción de algunas obras (son sus palabras) «por consolaçión y utilidat mía e de otros», «En la prosa castellana tenía harto buena elegancia clara, donde se muestra su entendimiento y eloquencia», escribía el más antiguo de sus biógrafos. De su protección á los estudios habla por todas las memorias que podría citar aquí la fundación del colegio de Santa Cruz de Valladolid, uno de los más notables que España ha tenido. Especialista, digámoslo así, para distinguir los hombres de mérito, y generoso sin medida para favorecerlos, Cisneros, Deza, Talavera, Quintanilla, y tantos otros varones insignes como enaltecieron el reinado de los Reyes Católicos, debieron, en todo ó en parte, su encumbramiento al insigne Prelado de Toledo. ¿Qué extraño, pues, que quisiese favorecer también los proyectos de Colón? Lo extraño, precisamente, hubiera sido lo contrario.
Pero los proyectos del gran navegante, así en el orden de la ciencia como en la esfera política, requerían amplias y maduras deliberaciones por parte de los sabios y estadistas, y á ellos debían ser y fueron confiados. Ni los Reyes ni el Cardenal-Ministro debían resolver de plano, por pura simpatía, cuestiones tan nuevas y tan graves. Así, pues, la obra personal de Mendoza, como la de la Reina, sobre todo en los comienzos de la negociación, no podía ir más allá de las favorables inclinaciones que sentían en pro de la empresa, dejando su resolución á la competencia de los doctos.
Y no se diga á este propósito que el Cardenal lo podía todo con los Reyes: que ni en la paz ni en la guerra determinaron nunca nada de importancia sin su parecer, ni se dió el caso de que le negaran jamás cosa que les suplicase. Todo esto es verdad; pero no lo es menos que el Cardenal-Arzobispo mereció siempre tal valimiento, no sólo por su fidelidad y sus servicios verdaderamente incomparables, sino ante todo y sobre todo por la madurez y prudencia con que trataba los negocios, oyendo siempre el dictamen de sabios y letrados, á los que tenía por costumbre encomendar el examen de las cuestiones arduas, entre las cuales ningunas tanto como las cuestiones colombinas. Lo que sí puede decirse que en la resolución de éstas, en el terreno político y de Estado, debió entrar por mucho la intervención y el parecer del Canciller Mayor de Castilla, no sólo por razón de su cargo, sino por sus merecimientos y prendas personales.
Era el Cardenal Mendoza como Ministro lo que los Reyes Católicos como soberanos. Pocas veces en la historia de España se ha dado el caso como entonces de adecuidad tan proporcionada y excelente. Noble, sacerdote, militar, político, letrado, Mendoza reunía en su persona las condiciones necesarias para estar al frente del Gobierno de Castilla en época como la suya, y ejercer universal influjo en todos los órdenes de la sociedad española.
Hijo de una de las casas más nobles y opulentas de Castilla, la aristocracia veía en él insigne representante á quien podía obedecer sin mengua de su orgullo; más todavía: sin la repugnancia con que resistió después el poder de Cisneros, cuyo humilde origen mortificó siempre la soberbia de los nobles castellanos.
Personaje ya influyente en la corte de Don Juan II y en la de Don Enrique IV, fué la más valiosa adquisición con que pudieron contar los Reyes Católicos en el principio de su reinado. En la batalla de Toro peleó como el más valiente soldado en compañía del Rey Católico, y lo mismo en la guerra de Granada, señaladamente en la toma de Loja. Su cruz fué puesta en la más alta torre de la Alhambra, en la conquista de Granada. Y las pingües rentas de sus dignidades eclesiásticas contribuyeron no poco á estas empresas.
Por último, si por la grandeza de los discípulos puede juzgarse la de los maestros, por la de Cisneros puede ser apreciada la de su maestro y protector especialísimo el gran Cardenal de España. La gloria de Cisneros, lejos de eclipsar, aumenta el brillo de la gloria de Mendoza. En estos días preparatorios de la celebración del Centenario, el nombre del Canciller mayor de los Reyes Católicos debe ser recordado, en justa veneración y cariño, no sólo como favorecedor del gran navegante, sino como una de las figuras más nobles de nuestra historia y de las que más han contribuído á la prosperidad y esplendor de nuestra patria.
COLÓN Y FRAY DIEGO DE DEZA
Los modernos historiadores colombinos, todos, amigos como adversarios del gran descubridor, están contestes en contar entre los mayores favorecedores de Colón y de su empresa al sabio catedrático de la Universidad salmantina, maestro doctísimo del Príncipe Don Juan, D. Fr. Diego de Deza.
En cambio, ni los primitivos historiadores de Indias, ni el único cronista de los Reyes Católicos que trata del descubrimiento, ni los antiguos biógrafos del insigne dominico, nos han dejado noticia alguna referente á este punto. El silencio de Pedro Mártir de Angleria y el de Gonzalo Fernández de Oviedo son menos de notar que el del célebre Cura de los Palacios, que fué Capellán de Deza, y que, en su virtud, debía estar bien enterado en la materia, y tenía motivos de gratitud y respeto para no haber callado hechos que, de ser verdaderos, honraban sobremanera á su ilustre favorecedor y Prelado.
Todavía, por lo que toca á Fernández de Oviedo, es de advertir que no sólo en su Historia general de las Indias, sino en las noticias que escribió de Deza en sus Quincuagenas, omite por completo toda memoria concerniente á la participación del preceptor del Príncipe Don Juan en el descubrimiento del Nuevo Mundo. Y sube de punto la extrañeza teniendo en cuenta que Oviedo fué paje del primogénito de los Reyes Católicos, que conoció y trató mucho á Deza, y, sobre todo, que en las Quincuagenas nos habla de diferentes protegidos de D. Fray Diego, y nada mas nos dice, ni de lejos ni de cerca, del primer Almirante de las Indias.
Bien es verdad que la biografía de Oviedo, como las de otros biógrafos del mismo gran Prelado, no pueden servir de guía para conocer los hechos principales de su vida, ya omitidos, ya muy á la ligera indicados en estas narraciones, mientras que, por el contrario, se alargan por extremo refiriendo cosas y sucesos de escasa ó de ninguna importancia. La mitad del relato de Oviedo se reduce á contarnos que Deza, siendo Arzobispo de Sevilla, tenía un león domesticado que le acompañaba á todas partes, incluso á la Catedral, con el susto y espanto consiguiente de los diocesanos.
De igual manera, el Licenciado Sánchez Gordillo, en la biografía de Deza, comprendida en su Catálogo de los Arzobispos de Sevilla, original é inédito en la Real Academia de la Historia, dedica las dos terceras partes de su escrito á relatar menudamente la Fiesta del Obispillo, como si su establecimiento hubiera sido la obra capital del pontificado de nuestro Arzobispo. Asimismo, las dos monografías que ha merecido á su Orden el docto dominico, las de Quetif y Echard y Tourón, pasan en silencio hechos principalísimos de la vida de Deza. La biografía más extensa de éste que se conoce, la del sevillano D. Diego Ignacio de Góngora, contenida en su Historia del Colegio Mayor de Santo Tomás de Sevilla, fundación admirable de Deza, historia recientemente publicada, se compone de noticias de referencia en lugar de primera mano, siendo, además, bastante deficiente en lo que á la vida y hechos del Prelado hispalense se refiere, como atinadamente observa un religioso de la Orden de Predicadores tan conspicuo como el Cardenal D. Fr. Ceferino González en el prológo de dicha Historia.
Trata Góngora de la intervención de Deza en el descubrimiento del Nuevo Mundo, pero ignorando las primeras fuentes y refiriéndose siempre á autores que escribieron más de un siglo ó siglo y medio después del descubrimiento. Básteme decir que el primero de los historiadores de Indias que menciona la participación de Deza en la obra colombina, Fray Bartolomé de Las Casas, no viene comprendido entre los autores consultados por Góngora.
Es, en efecto, el P. Las Casas el primer historiador que consigna la intervención de su hermano de Orden en la empresa descubridora. Y, ante todo, es de notar en este punto que el Obispo de Chiapa, que en tantos otros sigue á la letra la Historia del Almirante de su hijo D. Fernando, se apartó de ella en este caso, toda vez que aquél omite por entero en su relato el nombre de Deza; en lo cual obró cuerdamente Las Casas, porque lo que calla D. Fernando Colón lo cuenta D. Cristóbal, su padre, como vamos á ver, y entre el testimonio del padre y el del hijo en este asunto no es dudosa la preferencia.
«El Sr. Obispo de Palencia, siempre, desde que yo vine á Castilla, me ha favorecido y deseado mi honra», escribía Colón á su hijo Don Diego, en carta fechada en Sevilla el 21 de Noviembre de 1504. Y en otra carta al mismo D. Diego, de 21 de Diciembre del propio año, añadía el Almirante que el Sr. Obispo de Palencia «fué causa que sus Altezas hobiesen las Indias, y que yo quedase en Castilla, que ya estaba yo de camino para fuera.» El Sr. Obispo de Palencia se llamaba Don Fray Diego de Deza. Ante tan terminantes y categóricas declaraciones del mejor testigo y juez de los hechos, terminan los olvidos, acaban las injusticias, y Deza entra en legítima y perpetua posesión del puesto de honor y gloria que le corresponde en la historia del descubrimiento de América.
Examinemos ahora, parte por parte, las declaraciones contenidas en la ejecutoria de nobleza que acabamos de leer.
Colón vino á Castilla en 20 de Enero de 1485. En esta fecha su protector no había aún alcanzado las altas dignidades que después obtuvo, á saber: Obispo, sucesivamente, de Zamora, Salamanca, Palencia y Jaén; Arzobispo de Sevilla y electo de Toledo; Canciller Mayor de Castilla, Capellán Mayor, y del Consejo Real, Inquisidor General de España y Confesor del Rey Católico. Las ayudas de costa que se dieron á Colón desde el 5 de Mayo de 1487 á 16 de Junio de 1488, por cédulas expedidas por Alonso de Quintanilla, con mandamiento del Obispo, no pueden referirse á Fr. Diego de Deza, como se viene escribiendo, porque Deza no fué Obispo hasta tres años después del descubrimiento, en 1495, en que lo fué de Zamora. Y menos aún como Obispo de Palencia, porque lo fué de esta Diócesis en 1500, por fallecimiento de Fray Alonso de Burgos, ocurrido el 8 de Diciembre de 1499.
Cuando Colón vino á Castilla, Deza era entonces una de estas dos cosas: ó catedrático, todavía, de Prima de Teología, en la Universidad de Salamanca, puesto que había alcanzado en 1477, ó maestro ya del primogénito de los Reyes Católicos. El P. Las Casas da por sentado esto último, y de Las Casas lo han tomado los demás. Sin embargo, si Deza no fué maestro del Príncipe, como otros creen, hasta que éste tuvo ocho años, no pudo serlo hasta el año siguiente de 1486, porque Don Juan nació en Sevilla el 30 de Junio de 1478. Por mi parte, la mención más antigua que conozco del magisterio de Deza se refiere á 1491. Se lee en la portada de su obra principal: «In defensiones Sancti Thome ab inpugnationibus magistri Nicholai», en la cual se titula: «magni ac serenissimi principis Hispaniarum et Siciliæ preceptore.»
De todos modos, catedrático de Teología ó maestro del Príncipe, Deza favoreció á Colón desde la llegada de éste en 1485. Colón venía con el único y exclusivo objeto de proponer á los Reyes la empresa descubridora: ésta fué sometida al examen de sabios y letrados: ¿fué Deza de los miembros de la junta encargada de dicho examen? No hay documento alguno que lo acredite, pero es bien verosímil y probable, ya que no verdadero y positivo. Era Deza uno de los mayores teólogos de su tiempo, versadísimo en el conocimiento de las Sagradas Escrituras y Doctores, como lo prueban sus escritos y la cátedra misma que desempeñó en Salamanca, que era, como queda dicho, nada menos que la de Prima de Teología. Las doctrinas de Colón se referían, además, en muchos casos, á la Escritura y los Doctores: ¿no era, pues, natural que al examen de aquellas doctrinas fuese llamado el insigne teólogo salmantino?
Mucho se ha escrito sobre la ida de Colón á Salamanca después que sus proyectos fueron desechados por la mayoría de los vocales de la famosa junta, de su hospedaje en San Esteban, de sus conferencias en este convento y en la quinta de Valcuevo, las cuales atrajeron á su opinión, no sólo á los frailes dominicos, sino también á los principales maestros de la Universidad, y, sobre todo, de la principal parte que en todo esto corresponde á Deza. Pero es de advertir, desde luego, que no consta en documento alguno de la época la existencia de estas conferencias; que Colón habla sólo del patrocinio personal de Deza, sin referirse en lo más mínimo á los frailes de San Esteban; que el P. Las Casas, con pertenecer á la Orden, tampoco menciona la participación ó intervención de dichos frailes, sino exclusivamente la de Deza, y que semejante intervención ó participación en tales conferencias comienza á ser nombrada nada menos que á principios del siglo XVII, en Remesal (1619) y Pizarro y Orellana (1639), como no han podido menos de reconocer los apologistas más entusiastas del convento de San Esteban, Doncel, Rodríguez Pinilla y Torre y Vélez. Este último, en sus Estudios críticos acerca de un período de la vida de Colón, obra recién publicada, de extraordinaria erudición é ingenio, declara lealmente que «el hospedaje de Colón en San Esteban no ha sido consignado hasta entonces», si bien cree que tiene por base antiguas tradiciones. Pero, como es consiguiente, semejantes tradiciones, aun admitiendo que real y efectivamente existieran anteriormente, no bastan por sí solas para constituir indiscutibles pruebas en el terreno de la historia verdaderamente científica. Además, ni la Orden de Santo Domingo ni la Escuela Salmantina necesitan nuevas glorias en lo tocante al descubrimiento de América. Bástanle á la gran Universidad los nombres de Mendoza, Talavera y Deza, esto es, las tres personas que mayor influjo ejercieron en las negociaciones colombinas. Deza, por su parte, asocia la Orden de Santo Domingo á la gloria del descubrimiento en mayor grado que ninguna otra Orden, como más tarde Las Casas y tantos otros dominicos, al generoso apostolado del derecho y la justicia.
Pasemos ahora á la segunda de las declaraciones de Colón referentes á Deza. Afortunadamente dice cuanto necesitamos saber en este punto, á saber: que Fray Diego fué causa de que el gran navegante quedase en Castilla cuando ya estaba de camino para fuera. Si la primera declaración del Almirante nos pone de manifiesto la injusticia de su hijo D. Fernando omitiendo el nombre de Deza entre los favorecedores de su padre, la segunda deshace por completo otra injusticia aún más grande, pues que al referir las últimas causas que detuvieron al descubridor en Castilla, no sólo omite la principal, la única, esto es, Deza, sino que (en el supuesto de que el relato que ha llegado á nosotros esté tal y como lo escribió) atribuye á Santángel la quedada de Colón en Castilla que el mismo Colón atribuye á Deza en las palabras que ya conocemos.
Llegados á este punto, podemos fácilmente desvanecer la flamante y peregrina especie que supone que los castellanos favorecedores de Colón, á saber: Mendoza, el Duque de Medinaceli, el maestro del Príncipe Don Juan, Fray Diego de Deza, el Contador mayor Quintanilla y los demás castellanos, que fueron los primeros que obsequian y atienden á Colón, «pasado cierto tiempo se cansan, al parecer, y remiten de su entusiasmo y dan al fin la cosa por desesperada, dejando que Colón se marche del Real de Santa Fe y abandone á España, tal vez para siempre;» mientras que los aragoneses Santángel, Coloma, Cabrero, y Gabriel Sánchez, si llegan á última hora, «su acción es más certera y eficaz, su entusiasmo tal vez más íntimo y profundo, y el resultado de su acción más seguro y definitivo.» ¿Caben más inexactitudes en menos palabras? Baste en este caso lo relativo á Deza. Según acabamos de ver, el amigo leal é infatigable, el favorecedor incesante, la persona de mayor confianza de Colón, el que fué causa de que se quedase en Castilla, aparece en este relato todo lo contrario, esto es, entre los que pasado cierto tiempo se cansan y dan al fin la cosa por desesperada, dejando que Colón se marche del Real de Santa Fe y abandone á España.
Así escribe la ceguedad y la pasión; pero, afortunadamente, contra esas ceguedades y pasiones estará siempre el testimonio del gran navegante, recabando para su favorecedor la gloria merecida. Estarán también los testimonios y las altas pruebas de veneración y cariño que el gran Prelado recibió, á porfía, de los Reyes Católicos, ya unidos confiándole la educación de su primogénito y elevándole á las mayores dignidades, ya individualmente cada uno de los regios consortes, la Reina instituyéndole su albacea, el Rey nombrándole su confesor y confiriendo con él hasta su muerte los asuntos más arduos de Aragón y de Castilla. Á más de otras, en la Real Academia de la Historia existen muchas cartas originales y autógrafas del insigne Prelado, que acreditan cumplidamente la estimación, el respeto y la confianza que mereció siempre en justicia del Rey Católico.
Pruébanlo no menos las cartas de Colón á su hijo D. Diego, así como también la incansable protección que recibió siempre del Confesor del Rey y «la tanta confianza que en su merced tengo», como Colón escribía catorce años después del descubrimiento. En los días de las mayores tribulaciones del desposeído Virrey y Gobernador de las Indias, cuando con mayor ahinco reclamaba las reparaciones merecidas y ofrecidas, ¿á quién acudía en demanda de favor y de auxilio? Á su favorecedor de siempre, escribiéndole y escribiendo también á sus hijos (son sus palabras) «de le suplicar que le plega de entender en el remedio de tantos agravios míos y que el asiento y cartas de merced que sus Altezas me hicieron, que las manden cumplir y satisfacer tantos daños.»
Refiere el P. Las Casas que cuando Colón se presentó al Rey en Segovia, en Mayo de 1505, «suplicando que le renovase las mercedes fechas, con acrescentamiento, el Rey le respondió que bien via él que le había dado las Indias y había merecido las mercedes que le había hecho, y que para que su negocio se determinase sería bien señalar una persona, dijo el Almirante: «Sea la que Vuestra Alteza mandare,» y añadió: «¿quién lo puede mejor hacer que el Arzobispo de Sevilla, pues había sido causa, con el Camarero, que Su Alteza hobiese las Indias?... Respondió el Rey al Almirante que lo dijese de su parte al Arzobispo, el cual respondió que, para lo que tocaba á la hacienda y rentas del Almirante, que señalase letrados, pero no para la gobernación: quiso decir, según yo entendí, porque no era menester ponello en disputa, pues era claro que se le debía.»
De esta suerte, en el transcurso de más de veinte años, desde su venida á Castilla hasta su muerte, tuvo Colón en Deza el más constante y eficaz de sus protectores y amigos.
Christophori Colombi generosus fidusque patronus (protector generoso y fiel de Cristóbal Colón) se lee en el sepulcro de Deza. Ningún título más exacto ni de mayor gloria para el ilustre Arzobispo de Sevilla.
EL NUEVO MUNDO DESCUBIERTO POR COLÓN
COMEDIA DE LOPE DE VEGA
Hecho de la magnitud del descubrimiento de América había de ser, necesariamente, tema fecundo de poéticas inspiraciones, sobre todo en la epopeya y en el drama.
En este último género bien puede decirse que no es escaso el número de las composiciones escritas hasta el presente, dentro y fuera de España. En Italia y Francia, acaso más que en nuestro país, Colón y su empresa han sido objeto de diferentes tentativas dramáticas. Por lo que toca á la primera de dichas naciones, baste citar aquí las obras de Polleri, Garassini, Giacometti, Gherardi d’Arezzo, Briano y Cerlone; y por lo que á Francia respecta, las de J. J. Rousseau, Mestépès y Barré, Lemercier y Lhermite. He dicho tentativas, porque en realidad ninguna de las composiciones aludidas ha logrado traspasar los límites de meros ensayos, aun las de Giacometti y Lhermite, que son quizás los autores que han revelado en las suyas más felices disposiciones dramáticas.
Obras de imaginación, invenciones novelescas, apenas si tiene cabida en ellas la verdad histórica, casi siempre ó puesta en olvido ó desfigurada, aun tratándose de los hechos más elementales y conocidos. Así, por ejemplo, en la obra de Lhermite, Colomb dans les fers, muere asesinado Bobadilla; en el Colombo de Mestépès y Barré, el Guardián de la Rábida es arrojado por una tempestad á las playas de Génova, donde lo conoce Colón; y en Il ritorno di Colombo, de Cerlone, es México la primera tierra descubierta por el gran navegante, y, lo que es más, bautizada por éste con el nombre de América, reconociendo que Américo Vespucio había tenido noticia antes que él de tal tierra. Semejantes desatinos sólo pueden compararse con los que contiene el drama Columbus del alemán Dedekind, publicado en Leipzig este año, entre los cuales sobresale, sin duda, en primer término la originalísima especie de que la amistad de Colón con los Pinzones tuvo origen en la Universidad de Pavía, siendo condiscípulos en sus aulas el marino genovés y los célebres pilotos de Palos.
En comparación con tales dislates, insignificantes resultan los errores históricos de los dramaturgos españoles, comenzando por frey Lope Félix de Vega Carpio.
El Nuevo Mundo descubierto por Christoual Colon es anterior á 1604, fecha en que había sido ya escrita esta comedia, como lo prueba el hecho de venir incluída en la lista publicada en El Peregrino, dada á luz en aquel año. Diez más tarde, en 1614, fué impresa en la Cuarta parte de comedias de Lope. Como hasta ahora, que sepamos, no ha merecido estudio especial, bueno será dar alguna noticia de ella con ocasión del presente Centenario.
Al descubrimiento de América se refieren propiamente, en esta obra, la mayor parte del acto primero, las primeras escenas del segundo y las últimas del tercero. Las demás tienen por asunto, ya la conquista de Granada, ya los compañeros que dejó Colón en las primeras tierras descubiertas entre los cuales incluye Lope á D. Bartolomé Colón y al P. Buil, que no fueron en el primer viaje, como es notorio. Las escenas de esta parte abarcan más de la mitad del acto segundo y casi todo el tercero. La celebración de la primera Misa, y los amores y amoríos de indias é indios, indias y españoles, groseramente presentados, les sirven de argumento. Nada de esto se refiere, pues, directamente á Colón ni á la empresa descubridora.
Tratemos de ésta únicamente. Y desde luego diremos que, desde el principio hasta el fin, las escenas de nuestra comedia se ajustan esencialmente á la historia del descubrimiento contenida en las crónicas españolas que corrían por entonces. El poeta tomó de unas y otras lo que tuvo á bien escoger, permitiéndose luego algunos ensanches y alteraciones. Con razón podríamos, pues, calificar su obra de crónica dialogada, lo mismo en lo que toca á los preliminares del descubrimiento, que en lo relativo al primer viaje, que en lo tocante al regreso y presentación de Colón á los Reyes en Barcelona.
Ni las mocedades de Colón, ni sus amores con D.ª Beatriz Enríquez, explotados después por otros dramaturgos, así como tampoco la supuesta intervención de la Universidad de Salamanca en las negociaciones colombinas, y menos aún las decantadas burlas de sus maestros de los proyectos del gran navegante, figuran en modo alguno en nuestra comedia. Lope nos presenta solamente al descubridor en los tres momentos capitales de su empresa: buscando favorecedores hasta que los encuentra en los Reyes Católicos; llevando á cabo su inmortal viaje; regresando vencedor á España á noticiar su triunfo.
De estos tres momentos, el primero es el tratado con mayor extensión en nuestra comedia. Colón, viviendo en la isla de la Madera, hospeda en su casa á un piloto, el cual, al morir, en premio de la hospitalidad recibida, le entrega sus papeles, y con ellos el secreto de la existencia de un Nuevo Mundo. Porque es de saber que aquel piloto, navegando por el mar Océano en una carabela empujada por contrarios vientos y arrastrada por las corrientes, había arribado á América. Refiérelo á Colón, añadiendo que
La misma tormenta fiera
Que allí me llevó sin alas,
Casi por el mismo curso
Dió conmigo vuelta á España.
No se vengó solamente
En los árboles y jarcias,
Sino en mi vida, de suerte
Que ya, como ves, se acaba.
Toma esas cartas, y mira
Si á tales empresas bastas,
Que si Dios te da ventura,
Segura tienes la fama.
Que Lope no inventó tal historieta, no hay que decirlo. Es ésta en un todo la misma que nos refiere ya Oviedo, teniéndola por falsa, repetida después, creyéndola verdadera, por López de Gómara, el Inca Garcilaso, Acosta y otros, que bautizaron al piloto con el nombre de Alonso Sánchez de Huelva. Lo más curioso del caso está en que, siendo Colón, según esta historieta, el único depositario del secreto, y no habiéndolo revelado jamás á nadie, se haya sabido, sin embargo. Que es saber.
Poseedor de tan inapreciable secreto, Colón propone su empresa al Rey de Portugal, quien se mofa del futuro descubridor en los siguientes términos:
No sé cómo te he escuchado,
Colón, sin auer reído,
Hasta el fin, lo que has hablado;
El hombre más loco has sido
Que el cielo ha visto y criado
Un muerto con frenesí
Te pudo mover ansí
Con dos borrados papeles:
Si de engañar vivir sueles,
¡Cómo te atreves á mí!
La repulsa del Monarca portugués es histórica; pero seguramente no están en ese caso ni los motivos ni el lenguaje que Lope le atribuye. Por lo demás, si Colón no hubiera tenido otro argumento que emplear en apoyo de su empresa que el simple dicho del muerto piloto, habría obrado cuerdamente al rechazarla el Rey de Portugal. Lo extraño es que, sin otras pruebas, se dé por convencido y abogue en pro de Colón un Duque de Alencastre que Lope introduce en los consejos del Monarca lusitano.
En cambio los españoles Duques de Medina Sidonia y Medina Celi, á quienes Colón acude una vez venido á Castilla, se pronuncian resueltamente en contra de sus proyectos, y eso que en esta ocasión, más cauto y mejor avisado, el primer Almirante de las Indias ofrecía en apoyo de sus ideas más valederas razones, por ejemplo: la esfericidad de la tierra, la habitabilidad de la zona tórrida, la existencia de los antípodas, y otros argumentos por el estilo.
¿Inventó Lope las repulsas de ambos Duques? En manera alguna. Leyólas en los cronistas que las refieren. Lo único que hizo fué pintarlas á su modo, poniendo también en esta ocasión en boca de uno y otro prócer groserías semejantes á las que coloca en los labios del Rey de Portugal. En cuanto á la verdad histórica, los cronistas leídos por Lope están bien lejos de reproducirla fielmente, porque ni el Duque de Medina Celi fue adversario, sino favorecedor de Colón, hasta el punto de haber estado dispuesto á llevar á cabo por su cuenta la expedición, que creyó prudente reservar á la Reina Católica, ni tampoco el Duque de Medina Sidonia dejó de favorecer á Colón por encontrar disparatados sus proyectos, sino más bien por estar en desgracia de los Reyes y no atreverse á acometer empresa de esta índole.
Afortunadamente, los proyectos de Colón tuvieron en nuestra patria, si no muchos, señalados favorecedores en todas las clases de la sociedad: en la aristocracia, con personalidades como el Duque de Medina Celi y la Marquesa de Moya; en la Iglesia, en el Cardenal Mendoza y fray Diego Deza; y en el pueblo, doblemente representado en los frailes mendicantes y en la gente de mar.
Prosigamos el examen de nuestra comedia. Después de los Duques de Medina Sidonia y Medina Celi, es Enrique VII de Inglaterra quien rechaza las ofertas de Colón, hechas por conducto de su hermano Bartolomé. Ya no le resta otra esperanza que los Reyes Católicos. Pinzón, el Contador mayor Quintanilla y el Cardenal Mendoza, que dan crédito á sus proyectos, le instan vivamente á que espere la rendición de Granada. Lograda ésta, los Reyes aceptan la empresa, presta Santángel el dinero necesario y parte Colón para Palos, prometiendo á la Reina dar nombre
Á la tierra que hallare conveniente
Del vuestro, y que llamándola Isabela
Exceda á la de César y Alexandro;
promesa que no cumple luego, poniendo á la tierra descubierta por nombre el de Deseada, de la cosecha de Lope.
Salvo el patrocinio de Pinzón, en los demás se atuvo Lope á las tradiciones y las crónicas. Es de advertir también que en los tratos de Colón con los Reyes no es Doña Isabel, en nuestra comedia, quien principalmente interviene, sino Don Fernando.
El viaje de Colón que Lope nos presenta se reduce, en suma, á la escena del motín á bordo de las naves descubridoras, motín puesto en duda y aun negado hoy por algunos, contra el unánime sentir de los historiadores primitivos de Indias, Pedro Mártir de Angleria, el Cura de los Palacios y Fernández Oviedo.
No son sólo, en nuestra comedia, simples marineros los alzados, sino también Pinzón. En boca de los amotinados pone Lope estos versos:
Este, pues, Luzbel Segundo
Como Dios se quiso hacer;
Y mirad en qué me fundo:
Que por mostrar su poder
Quiso formar otro mundo.
Pues quien le quiso igualar
Y su poder y gobierno
Como aquel ángel tomar,
Ya que no cae al Infierno,
Justo es que cayga en la mar.
Y así lo habrían hecho sin la bondadosa intervención del P. Buil, que no fué en este viaje.
Descubierta al fin la anhelada tierra, regresa Colón á España. Llega con seis indios bozales, barras de oro, papagayos y alcones.
Ya sois Duque de Beragua.
le dice Don Fernando, anticipando á Colón el ducado que no llevaron hasta bastantes años después sus descendientes. Duplícale también las armas que el verdadero Rey Católico le concediera, otorgándole.
Dos castillos, dos leones,
Y aquí, Senado, se acaba
La historia del Nuevo Mando.
Si no tuviera Lope otros títulos que presentar á la admiración de las edades que el de autor de esta comedia, medrada sería la gloria del Fénix de los Ingenios. Bien es verdad que no han sido mucho más afortunados los demás dramaturgos españoles y extranjeros. Si en alguna de las obras de éstos podemos hallar más poesía, en cambio la verdad histórica suele salir peor librada que en las escenas que acabamos de examinar. De todos modos, fuerza es decirlo, la gigantesca figura de Colón y su asombrosa empresa no han tenido hasta el día intérpretes de primer orden en el teatro. Dudamos que los tenga en lo futuro, y no tanto por carencia de facultades en los poetas, cuanto por la índole y grandeza del asunto. Lo mismo sucede con la epopeya y por iguales causas.
LA PATRIA DE COLÓN
La debatida cuestión del pueblo en que vino al mundo Cristóbal Colón está juzgada en España desde su principio por fe cumplida en la declaración de quien mejor podía resolver las dudas. «Siendo yo nacido en Génova—dijo—vine á servir aquí en Castilla.... De Genova—repitió—noble ciudad y poderosa por la mar.... de ella salí y en ella nací.» Con estas palabras, americanista tan entendido como el Sr. Fernández Duro respondía cumplidamente, hace dos años, á los defensores de supuestas patrias colombinas.
¿Qué ha ocurrido de entonces acá, para que el ilustrado autor de estas palabras abandone, de pronto y en absoluto, la causa de Génova, declarándose resueltamente partidario de una de aquellas pretendidas patrias, la ciudad de Saona? ¿Acaso el hallazgo de la fe de bautismo del gran navegante, ú otro documento análogo, capaz de dar al traste con la autoridad de quien mejor podía resolver las dudas? ¿Ó es que ha resultado apócrifa y supuesta la escritura que contiene las declaraciones atribuídas á Colón? Solamente en uno ó en otro caso, esto es, demostrando que Colón no dijo que había nacido en la ciudad de Génova, ó probando que mintió al decirlo, es como cabe abandonar fundadamente la causa de Génova, para abrazar la de Saona ó de cualquier otra de las innumerables poblaciones que pretenden haber dado nacimiento al descubridor del Nuevo Mundo.
Veamos ahora si se encuentran en uno ó en otro caso las probanzas recientemente aducidas en pro de Saona. Contiénense en un elegante y erudito opúsculo de D. Francisco R. de Uhagón, intitulado La Patria de Colón según los documentos de las Órdenes militares. Bien concluyentes ha debido juzgar el Sr. Uhagón las pruebas deducidas de estos documentos, para acabar como acaba su folleto con estas palabras: «No debe discutirse más en este asunto; la materia está agotada, el problema histórico resuelto.... Digamos con la autoridad de cosa ya juzgada: Colón nació en Saona.»
En consonancia con tales juicios, escribía después el Sr. Fernández Duro: «Habrán, pues, de estimarse el hallazgo del Sr. Uhagón y su obra divulgadora entre los más felices resultados de investigación del Centenario, por darlo definitivo, resolviendo documentalmente uno de los problemas históricos más enredados.»
Declaro sinceramente que al leer unas y otras palabras, las del autor del hallazgo y las de su docto padrino, antes de acometer de lleno la lectura del precioso opúsculo me sentí poseído de alegría y tristeza á un tiempo: la alegría que toda nueva verdad inspira; la tristeza del desengaño sufrido, tanto mayor en este caso, cuanto que el engañador resultaba ser nada menos que Colón en persona. ¡Colón falsario! Era ya la única acusación que le faltaba, para haber sido objeto de todas. Sólo que las anteriores se dirigían al genio, al sabio, al marino, al descubridor y al gobernante, y esta nueva al hombre, acusado de embustero.
Pero leí después el folleto; lo estudié detenidamente, y ¡cuál no sería mi asombro al observar que me sentía más colombino que nunca, y más que nunca creyente en la veracidad del glorioso navegante! No: Colón no había mentido al decir que nació en la ciudad de Génova. Contra su testimonio no resultaba en el folleto en cuestión ningún otro superior y decisivo, como vamos á ver.
Se trata de las pruebas de nobleza que hizo D. Diego, nieto de Colón, para el hábito de Santiago. En esta Información, con fecha 8 de Marzo de 1535, declararon como testigos Pedro Arana, el Licenciado Rodrigo Barreda y Diego Méndez. Preguntados que fueron acerca de la patria de D. Cristóbal, respondieron: Arana, que «oyó dezir que hera ginoves, pero que no sabe dondés natural;» Barreda, que «oyó decir que era de la senioria de Genova, de la cibdad de Saona;» y Méndez, que «hera natural de Saona ques una villa cerca de Genova.» Á estas respuestas se reducen, en suma, las famosas pruebas. Ó en otros términos: tres testigos, de referencia los tres, comienzan por no estar de acuerdo en materia que por sus declaraciones se da por resuelta: uno declara ignorar el lugar de nacimiento de Colón; otro, que oyó decir que fué Saona; y el restante testigo, aunque dijo que era de Saona, sin mencionar que lo había oído decir, bien claro se sobrentiende que hablaba de oídas, en el mero hecho de no referirse en su respuesta á otra clase de fuentes ni de pruebas.
Nótese también que Diego Méndez, que fué también grande amigo de Colón y uno de sus más leales servidores, no dice haber oído de labios de Colón que era de Saona. Si lo hubiera escuchado de boca del descubridor, lo habría dicho, sin duda, como argumento y razón de su aserto. Referíase, pues, como el Licenciado Barreda, á las voces que corrían entonces sobre la patria de Colón, sobre todo entre sus compatriotas, los cuales, como refiere Fernández de Oviedo, unos decían que fué Saona, otros que Nervi, y otros que Cugureo; lo que por más cierto se tiene, añadía Oviedo. En cambio, Gallo, Geraldini, Senarega y Toglietto, contemporáneos todos de Colón, se inclinaron á Génova, como Galíndez de Carvajal, antes que nuestros testigos, y Cieza de León, después, se pronunciaron en favor de Saona. Como se ve, Génova, Saona y Cugureo tenían entonces partidarios decididos y especiales. ¿Qué extraño, pues, que Méndez y Barreda siguiesen el bando de los de Saona, como otros los de Génova y Cugureo? Sus declaraciones, ni añaden ni quitan nada á lo conocido. Eco de lo que habían oído decir, ni inventan ni prueban nada. Dos votos más, á lo sumo, en pro de Saona, si esta cuestión se resolviera simplemente por votos y no por razones y probanzas.
Con mejor acuerdo, los primitivos historiadores de Indias, Pedro Mártir de Angleria, Bernáldez y Fernández de Oviedo, como más tarde Las Casas, careciendo de pruebas auténticas, no se resolvieron por ninguna de las citadas patrias. Y esta sería, aun hoy mismo, la resolución más prudente, en presencia de tan diversos y contradictorios pareceres, si quien mejor podía sacarnos de duda no lo hubiese hecho ya va para cuatro siglos, el 22 de Febrero de 1498. En la escritura de Institución del Mayorazgo, á más de esta frase: siendo yo nacido en Génova, encontramos la cláusula siguiente, que importa transcribir á la letra:
«Item: mando al dicho D. Diego, mi hijo, ó á la persona que heredare el dicho Mayorazgo, que tenga y sostenga siempre en la Ciudad de Génova una persona de nuestro linage que tenga allí casa e muger, e le ordene renta con que pueda vivir honestamente como persona tan llegada á nuestro linage, y haga pie y raiz en la dicha Ciudad como natural della, porque podrá haber de la dicha Ciudad ayuda é favor en las cosas del menester suyo, PUES QUE DELLA SALÍ Y EN ELLA NACÍ.» ¿Se quiere declaración más precisa y terminante?
Sólo la prueba de falsedad de la escritura que la contiene podría invalidarla. Y ni esta prueba ha existido nunca, pero ni fundado recelo de que pudiera ser falso dicho documento. Confundiéndolo lastimosamente con el testamento otorgado por Colón en Valladolid, y éste á su vez con el apócrifo y supuesto Codicilo militar del marino genovés, ha podido escribir algún autor italiano que era apócrifa la declaración de Colón como contenida en el strombazzato testamento. En honor de la verdad, ni el Sr. Uhagón ni el Sr. Fernández Duro han incurrido en tan graves errores. Y era así de esperar, teniendo en cuenta que ya el insigne Navarrete, al publicar la Institución del Mayorazgo, escribía que, aunque no había disfrutado el original ni copia legalizada en toda forma, «no tenemos motivo fundado—son sus palabras—para desconfiar de la legitimidad de este documento, que ha sido varias veces y desde antiguo presentado en juicio ante los tribunales y nunca convencido de apócrifo ó supuesto.»
Pero concedamos por un momento que tal declaración no existiera ó que fuese apócrifa, que no es poco conceder: ¿quedaría por eso resuelta la cuestión en favor de Saona y en contra de Génova, Nervi, Cugureo y tantas otras pretendidas patrias de Colón? Y no se diga que Saona tiene de su parte la declaración de Diego Méndez y toda una información de nobleza; porque ni tales informaciones son de aquellos documentos que mayor fe merecen, ni en el dicho de Méndez concurren tampoco circunstancias singulares de autoridad sobre los de los partidarios de otras patrias colombinas.
Quien, como yo, ha manejado las pruebas de nobleza de muchos hombres ilustres, precisamente para el mismo hábito de Santiago; quien ha visto, entre otras, las de Pizarro, cuya bastardía no parece en ellas por ninguna parte; las de D. Nicolás Antonio, cuyos abuelos, mercaderes, figuran como caballeros hijosdalgo de la más limpia y encumbrada nobleza, y, sobre todo, las de Velázquez, en las cuales nada menos que setenta y cuatro testigos declaran á una que el egregio autor de Las Meninas pintaba únicamente «por hacer gusto y obedecer á Su Majestad para adorno de su Real Palacio», no puede conceder á esas probanzas, sólo por titularse tales, la autoridad decisiva é inapelable en lo histórico, como en lo jurídico, que el señor Uhagón, Ministro del Tribunal de las Órdenes Militares, les concede. Ya Morobeli de Puebla, en escrito de su puño y letra, elevado al Consejo de las Órdenes, tronaba contra las hidalguías que llama de trapos, hablando lisa y llanamente de testigos comprados y «de otras mañas que se suelen usar en estas pruebas.» En cuanto á las de D. Diego Colón, que examinamos, ¿qué pruebas de nobleza son esas, en que bastan las declaraciones de tres testigos para resolverlo todo?
En cuanto á la autoridad de Diego Méndez, yo no pondré frente á ella la «pesquisa hecha contra el Alguacil mayor de la Isla Española Diego Méndez», que ha creído curioso sacar á luz, en su importante libro Autógrafos de Colón y papeles de América, la ilustre Duquesa de Alba, «por cuanto aquél, en su testamento, otorgado en Valladolid, asegura que no obtuvo, á pesar de las promesas de Colón y de su sucesor, el alguacilazgo de dicha Isla.»
No quiero entrar tampoco en el examen de este documento, ni siquiera en el de la acusación de falsario que se deduce de las palabras transcritas. Consideraré á Diego Méndez, como sus padrinos pretenden, esto es, como «honrado caballero y buen cristiano, incapaz de decir bajo juramento una cosa por otra; declaró ser Don Cristóbal natural de Saona; pues por cierto lo tuvo.» Perfectamente, añadiremos nosotros: lo tuvo por cierto del mismo modo y con iguales fundamentos que otros honrados caballeros y buenos cristianos como él tuvieron por cierto igualmente que Colón nació en Cugureo, en Nervi, en Génova, ó en otras partes de la antigua Señoría. Pero en estas cuestiones no se trata de si es ó no buen cristiano ni honrado caballero; se trata de verdades históricas, y de las pruebas y fundamentos en que descansan.
Por otra parte, después de decirnos Colón cuál fué su patria, ¿cabe sostener sin pruebas en contrario el simple dicho de Méndez ni de nadie? Aun en el terreno mismo en que se quiere colocar la cuestión, si la autoridad de Méndez proviene únicamente de ser honrado caballero y buen cristiano, ¿es que Colón no fué igualmente caballero honrado? Y sobre todo, ¿cómo se acredita que sabía Méndez mejor que Colón dónde este había nacido?
Así, pues, los documentos de las Órdenes Militares, lejos de venir á resolver una cuestión siglos ha fallada por sentencia firme, han venido á enredarla de nuevo, ofuscando aparentemente y por el momento las nociones sólidas y positivas que, afortunadamente, poseíamos. ¡Ojalá que todas las cuestiones colombinas fueran tan claras como la de la patria del gran navegante!
ESPAÑOLISMO DE COLÓN
A la terminación de las fiestas onubenses de Agosto, salieron para Cádiz, á bordo de El Piélago, los Almirantes de las escuadras italiana, portuguesa y española. íbamos con ellos los individuos de la Comisión encargada de examinar los archivos gaditanos, para escoger los documentos que debieran figurar en la Exposición Hispano-Americana. La Compañía Transatlántica nos obsequió espléndidamente, como acostumbra. Llegó, en el banquete, la hora de los brindis: húbolos entusiastas, señaladamente los de los italianos y portugueses. La bondad del Almirante español, mi respetable amigo D. Zoilo Sánchez Ocaña, me concedió la honra de responder á estos brindis, á nombre de los españoles: «Brindo, dije, por las tres patrias de Colón: la de su nacimiento, Italia; la de su iniciación, Portugal; la de su gloria, España.»
De éstas, las verdaderamente patrias, las que Colón amó como tales, reservando para ellas los tesoros de sus afectos y memorias, fueron, á no dudarlo, Italia y España, ó, en términos exactos y precisos, Génova y Castilla: el cariño por la una fué siempre compatible, como era natural y debido, con el amor de la otra, así en su corazón como en los hechos de su vida.
Pero la patria castellana, después del descubrimiento, había de ser para él la principal, y lo fué seguramente. En 1498, en la Institución del mayorazgo, lo consignaba así, del modo más explícito y terminante. He aquí sus mismas palabras: «Item: mando al dicho D. Diego (su primogénito), ó á quien poseyere el dicho mayorazgo, que procure y trabaje siempre por la honra y bien y acrecentamiento de la ciudad de Génova, y ponga todas sus fuerzas e bienes en defender y aumentar el bien e honra de la república della, no yendo contra el servicio de la Iglesia de Dios y alto Estado del Rey ó de la Reina, nuestros Señores, e de sus Sucesores.» Nada, pues, más justo que mantener vivo el afecto de su tierra natal, pero colocando sobre este afecto la Religión y España. No fué, pues, Colón, ni renegado del país donde nació, ni ingrato y desleal con su nueva patria. La compatibilidad de ambos afectos, así como el orden y subordinación que entre uno y otro establece honran sobremanera á la justicia y nobleza de su alma.
¿Existieron igualmente ese orden y esa subordinación en los hechos del primer Almirante de las Indias? Ó en otra forma: ¿fué siempre Colón fiel á sus Reyes, á su patria adoptiva? No vacilo en responder afirmativamente, sin reservas ni limitaciones de ningún género, sino del modo más estricto y categórico. Si en dos ocasiones distintas fué tachado de desleal y traidor por la malicia y malquerencia de algunos, la primera cuando arribó á Lisboa al regreso de su primer viaje, diciéndose que había ido allí para dar las Indias al Rey de Portugal; la segunda cuando fué despojado por Bobadilla del gobierno de la Española, suponiéndose, entre otros cargos, que había tratado de alzarse con la soberanía de las islas, bien pronto se vió, en el primer caso, que no había ido á Lisboa con tal propósito, ni siquiera por obra de su voluntad, sino de la tormenta que allí le arrojó sin velas. Y por lo que toca al segundo, no cabe en manera alguna poner en tela de juicio la lealtad del Virrey de la Española á sus Reyes y á su patria castellana; el mismo P. Las Casas, que tan duramente censura otros actos del Almirante, es el primero en reconocer y proclamar resueltamente su intachable fidelidad. «Verdaderamente—escribía—á lo que del yo entendí, y de mi mismo padre, que con él fué cuando tornó con gente á poblar esta isla Española el año de 93, de otras personas que le acompañaron y otras que le sirvieron, entrañable fidelidad y devoción tuvo y guardó siempre á los Reyes.»