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Comedias (2 de 3)

Nota de transcripción

  • Los errores de imprenta han sido corregidos.
  • La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.
  • También se han modernizado las transcripciones de los nombres propios y gentilicios de origen griego.
  • Las notas a pie de página han sido renumeradas y colocadas al final del libro.
  • Las páginas en blanco han sido eliminadas.

BIBLIOTECA CLÁSICA

TOMO XXXIV


COMEDIAS

DE

ARISTÓFANES

TRADUCIDAS DIRECTAMENTE DEL GRIEGO

POR

D. FEDERICO BARÁIBAR Y ZUMÁRRAGA

TOMO II.

MADRID

LUIS NAVARRO, EDITOR

COLEGIATA, NÚM. 6

1881


LAS AVISPAS.


NOTICIA PRELIMINAR.


A deplorable estado llegó la administración de justicia en Atenas durante los primeros años de la guerra del Peloponeso. Contribuían a ello grandemente de un lado la defectuosa organización de los tribunales, y de otro la manía de juzgar, litigar y perorar en público, desarrollada en los atenienses con una furia de que no hay otro ejemplo. Entre los principales vicios de aquel sistema, aparece desde luego como de más bulto el de la multiplicidad de los tribunales. Basta, en efecto, recordar los nombres del Areópago, el Heliástico, el Epipaladio, el Epidelfinio, el Enfreacio, el Epipritáneo, el Epitalacio y las Curias del Arconte epónimo, del Arconte-rey, del Polemarca, de los Tesmotetas, de los Once, de los Catademos, de los Diatetas y de los Nautódicos, con sus mal definidas y a veces encontradas atribuciones, para comprender a cuántos abusos y entorpecimientos daría lugar complicación semejante. Y, sin embargo, leemos con asombro en Jenofonte que con ser tantos los tribunales y dotados de personal numeroso, no eran todavía bastantes para dar solución a las infinitas cuestiones que a su decisión se sometían. «Muchos particulares, dice, vense obligados a esperar todo un año antes de poder presentar su demanda al Senado o al pueblo, porque la multitud de negocios es tal, que impide dar audiencia a todo el mundo.[1]» Pero el origen y verdadera fuente de las infamias y abusos que los jurados atenienses cometieron debe buscarse, sin duda alguna, en la ley de Solón que, equiparando la administración de justicia al ejercicio de los derechos políticos, permitía a todo ciudadano de treinta años formar parte de los tribunales; pues, como para el altísimo cargo de juzgar no se exigía circunstancia alguna de moralidad ni ilustración, los jueces eran fácilmente engañados por los oradores, que, o tergiversando los hechos, o falseando la ley, o enterneciendo al tribunal con peroraciones elocuentes, le hacían pronunciar fallos a todas luces injustos.

Así se explican hechos como el del anciano Tucídides[2], envuelto por la elocuencia de un hábil abogado, y condenado, no obstante su inculpabilidad, a una crecida multa: así se explica también, dice el citado Jenofonte[3], que tantos inocentes pereciesen víctimas de su altivez, mientras muchos criminales conseguían la absolución libre. Y si esto ocurría cuando los jueces eran ignorantes sin dejar de ser honrados, calcúlese a qué extremo llegarían los abusos cuando las agitaciones políticas y la guerra crearon tal estado de cosas, que el soborno, la venalidad y la falta de independencia llegaron a ser lo más corriente y ordinario.

Ya en Los Acarnienses y Los Caballeros pudimos observar que los campesinos refugiados en Atenas al verificarse la primera incursión lacedemonia, invadieron los tribunales e hicieron un modo de vivir de la profesión de juez. Faltos de ocupación y víctimas de una miseria que las escasas distribuciones de víveres no podían remediar, tenían su único recurso en los tres óbolos que el Estado pagaba por sesión: expuestos por su penuria a la venalidad y al soborno, sucedía que en los negocios privados daban su voto al rico particular que se lo compraba, y en los asuntos de interés común obedecían dócil y ciegamente al demagogo, de cuya voluntad dependía el cobrar o no su sueldo.

A aumentar el desconcierto y escandalosos abusos de los tribunales, contribuía no poco aquella extraña afición de los atenienses a todo lo que fuera litigio, proceso y discusión, avivada por los odios de partido que dividían su democracia.

A este propósito dice discretamente Artaud: «Los debates entre particulares fácilmente se transformaban en Atenas en públicas acusaciones; todo hombre distinguido era pronto sospechoso de aspirar a la tiranía; el derecho de acusar, concedido a todo ciudadano, secundaba las animosidades, las venganzas, y sobre todo, esas pasiones envidiosas y malignas de que adolecen los gobiernos populares; la delación era ya un oficio, y el que denunciaba a un conspirador era bien acogido con seguridad: he aquí, pues, una fuente abundante de procesos. En fin, el pasar la vida entera en la calle y en la plaza, producía una continua necesidad de diversiones y pasatiempos; los oradores, los sofistas, los retóricos, cuya única ocupación era el perorar, encontraban siempre una multitud de ociosos, ávidos de escucharles: los discursos de los abogados en los tribunales no se oían con menos afán que las arengas políticas; era esto una diversión como otra cualquiera, y todos los días el pueblo se apiñaba alrededor de la maroma que marcaba el recinto de los jueces en la plaza de Helia.[4]»

Tantos abusos y ridiculeces no podían pasar sin correctivo ante la cáustica musa de Aristófanes, pronta a azotar con el látigo de una sátira implacable todo lo que le parecía injusto o perjudicial. Así es que después de haberse desatado en Las Nubes contra los sofistas y sus doctrinas funestas para la juventud, trata de corregir en Las Avispas los vicios que acabamos de reseñar.

En esta comedia volvemos a encontrar en Filocleón una nueva personificación del pueblo ateniense, aunque solo bajo su aspecto de κυαμοτρώξ, mascullador de habas, es decir, entregado a la tarea de juzgar, que casi lo ha vuelto loco. Bdelicleón (enemigo de Cleón), hijo del maniático juez, le retiene en casa con ánimo de curarle; pero burlando la vigilancia de dos esclavos que guardaban la puerta de Filocleón, trata de evadirse, primero por el cañón de la chimenea, y después por el tejado, y, por último, parodiando a Ulises, escondido bajo la panza de su asno. Frustradas todas sus tentativas, auméntase su furor cuando ve llegar a sus colegas, que, vestidos de Avispas, le llaman para ir al tribunal: este disfraz es un emblema de su carácter irascible y feroz. Filocleón implora el socorro de sus amigos, y pronto se traba una contienda entre ellos y sus guardianes. Por fin hay un momento de tregua en que Bdelicleón refuta las quiméricas ventajas de ser jueces, y logra atraer a su partido al irritado enjambre.

Su padre cede también, pero con la condición de establecer en su casa una especie de tribunal. El primer acusado es el perro Labes, reo sorprendido infraganti delito de hurto de un queso siciliano. La causa se instruye con toda rapidez y formalidad, y al dar la sentencia Filocleón absuelve al reo por una equivocación. El haber dejado libre a un culpable le llena de desesperación, hasta que su hijo se la hace olvidar llevándole a fiestas y banquetes.

Al llegar a este punto, el asunto de la comedia cambia por completo; el carácter del juez se transforma en el de un viejo alegre, insolente y alborotador, y la acción se reduce a las reclamaciones a que da lugar su intemperancia y a un certamen coreográfico a que provoca el transformado heliasta a todos los danzantes que se quieran presentar.

Respecto al mérito de esta Comedia debemos decir que no es ciertamente de las obras más interesantes de Aristófanes, bajo el punto de vista literario; no abundan en ella tanto como en otras aquellas inagotables gracias que les dan tanta amenidad; la acción se arrastra lánguida y desmayadamente, y carece, además, de la unidad necesaria, condición sin la cual toda obra artística deja mucho que desear.

En cambio, bajo el punto de vista histórico y jurídico, tiene una importancia inmensa, pues sirve para completar la historia interna de Atenas, y da curiosas noticias sobre el procedimiento y los tribunales en aquella ciudad.

Es digna también de mencionarse, al hablar de Las Avispas, la famosa imitación que de ella hizo Racine en sus Plaideurs, aunque no sea más que por ser única en su género. El célebre trágico conservó en Los litigantes muchos chistes y algunos episodios de Aristófanes; pero su comedia, como no podía menos, difiere esencialmente de las del poeta griego, no solo en la forma, sino en la intención, pues se limita a pintar en Dauclin el carácter de un juez maniático, sin la significación universal y política que tiene Filocleón.

Las Avispas se representaron un año después de Las Nubes, es decir, el 423 antes de nuestra era, noveno de la guerra del Peloponeso. No se sabe si fueron premiadas, porque el Escoliasta no nos lo dice, y es de notar la modestia con que el autor habla de sí mismo en la Parábasis, en cuya parte suele de ordinario encarecer sus medios de agradar.

PERSONAJES.


Sosias. Esclavos de Filocleón.
Jantias.
Bdelicleón.
Filocleón.
Coro de ancianos vestidos de Avispas.
Niños.
Un perro.
Una panadera.
Un acusador.

La escena en Atenas, delante de la casa de Filocleón. La acción principia algo antes de amanecer.

LAS AVISPAS.


SOSIAS.

¡Hola! ¿Qué haces, desdichado Jantias?

JANTIAS.

Procuro descansar de esta maldita centinela.[5]

SOSIAS.

¿Tan a mal estás con tus costillas? ¿O no sabes la casta de fiera que guardamos?

JANTIAS.

Lo sé; pero quiero dormir un poco.

SOSIAS.

Peligroso es, mas puedes hacerlo: yo también siento que sobre mis párpados pesa un sueño dulcísimo.[6]

JANTIAS.

¿Estás loco o frenético como un coribante?[7]

SOSIAS.

No, el sopor que de mí se apodera proviene de Sabacio.[8]

JANTIAS.

Entonces adoras como yo a Sabacio; porque hace un instante cayó también con sueño profundísimo sobre mis párpados, a modo de enemigo persa; y he tenido un ensueño maravilloso.

SOSIAS.

Y yo he tenido otro como nunca. Pero cuenta primero el tuyo.

JANTIAS.

Vi a un águila muy grande bajar volando a la plaza pública, y arrebatando en sus garras un escudo de bronce[9], elevarse con él hasta el cielo; después vi a Cleónimo[10] que arrojaba aquel mismo escudo.

SOSIAS.

De modo que Cleónimo es un verdadero logogrifo[11]. ¿Cómo, preguntará algún convidado, una misma fiera puede arrojar su escudo en el mar, en el cielo y en la tierra?

JANTIAS.

¡Ay de mí! ¿Qué desgracia me anunciará semejante sueño?

SOSIAS.

No te dé cuidado: ningún mal te sucederá, te lo aseguro.

JANTIAS.

Sin embargo, es terrible agüero el de un hombre arrojando su escudo. Pero cuenta tu sueño.

SOSIAS.

El mío es grandioso: se refiere a toda la nave del Estado.

JANTIAS.

Examina, pues, pronto la quilla del asunto.

SOSIAS.

Creí ver en mi primer sueño, sentados en el Pnix y celebrando una asamblea, una multitud de carneros, con báculos[12] y mantos burdos; después me pareció que entre ellos hablaba una omnívora ballena, cuya voz parecía la de un cerdo a quien están chamuscando.

JANTIAS.

¡Puf!

SOSIAS.

¿Qué te sucede?

JANTIAS.

Basta, basta; no cuentes más; ese sueño apesta a cuero podrido.[13]

SOSIAS.

Aquella maldita ballena tenía una balanza en la cual pesaba grasa de buey.[14]

JANTIAS.

¡Oh desgracia! Quiere dividir nuestro pueblo.[15]

SOSIAS.

A su lado creí distinguir a Teoro[16], sentado en el suelo con cabeza de cuervo, y Alcibíades[17] me dijo tartajeando: «Mila, Teolo tiene cabeza de cuelvo.»

JANTIAS.

Nunca ha balbuceado más oportunamente Alcibíades.[18]

SOSIAS.

¿Y no es un mal agüero el haberse convertido en cuervo Teoro?

JANTIAS.

Nada de eso; es excelente.

SOSIAS.

¿Cómo?

JANTIAS.

¿Que cómo? ¿Era hombre y de repente se ha convertido en cuervo? ¿No puede conjeturarse sin dificultad, que nos abandonará para irse a los cuervos?[19]

SOSIAS.

¿Y no te he de dar dos óbolos de salario, siendo tan hábil para interpretar los sueños?

JANTIAS.

Aguarda, quiero antes exponer el asunto a los espectadores y hacerles algunas breves advertencias. No esperéis de nosotros nada grandioso, ni siquiera una risa robada a Mégara.[20] No tenemos ni esclavos que arrojen de su cesta nueces a los concurrentes,[21] ni un Hércules furioso por su cena frustrada[22], ni siquiera Eurípides[23] será otra vez implacablemente censurado; ni sacaremos de nuevo a relucir con su sal y pimienta a Cleón,[24] por más que le haya elevado tanto la fortuna. Pero tenemos un argumento bastante racional, no superior ciertamente a nuestros alcances, pero sí más discreto que el de cualquiera insustancial comedia. Nuestro dueño, hombre poderoso, que duerme en la habitación que está bajo el tejado, nos ha mandado que guardemos a su padre, a quien tiene encerrado para que no salga. Este se halla atacado de una enfermedad tan extraña que difícilmente la podríais conocer vosotros, ni aun figurárosla, si no os dijéramos cuál era. ¿No lo creéis? Pues tratad de adivinarlo. Aminias,[25] el hijo de Prónapo, dice que es la afición al juego; pero se equivoca.

SOSIAS.

¡Ya lo creo! Se le figura que los demás tienen sus vicios.

JANTIAS.

No; el mal tiene su raíz en otra afición... Ahí está Sosias que le dice a Dercilo[26] que es la afición a la bebida.

SOSIAS.

No por cierto; esa es una afición de personas decentes.

JANTIAS.

Nicostrato,[27] el de Escambónides,[28] asegura que es la afición a los sacrificios o a la hospitalidad.

SOSIAS.

Nicostrato, te lo juro por el perro;[29] no es la afición a la hospitalidad; basta que el nombre impúdico de Filóxeno[30] suene a hospitalidad, para que él la deteste.

JANTIAS.

En vano os cansáis; no daréis en ello. Mas si lo deseáis saber, callad y yo os diré el mal que aqueja a mi dueño: es amante del tribunal como ninguno;[31] su pasión por juzgar le vuelve loco; se desespera si no se sienta el primero en el banco de los jueces. Durante la noche no disfruta ni un instante de sueño: si por casualidad se le cierran un momento los ojos, ya su pensamiento revolotea en el tribunal alrededor de la clepsidra,[32] y acostumbrado a tener la piedrecilla de los votos,[33] se despierta con los tres dedos apretados, como quien ofrece incienso a los dioses en el novilunio. Si ve escrito en alguna puerta: «Hermoso Demo, hijo de Pirilampo»; en seguida pone al lado: «Hermosa urna[34] de las votaciones.» Habiendo cantado su gallo al anochecer, dijo que sin duda le habían sobornado los criminales para que le despertase tarde.[35] En cuanto cena, pide a gritos los zapatos; corre al tribunal antes de amanecer, y duerme allí recostado y pegado como una lapa a una de las columnas. Su severidad le hace trazar siempre sobre las tablillas la línea condenatoria,[36] de suerte que siempre, como las abejas o los zánganos, vuelve a su casa con las uñas llenas de cera. Temeroso de que le falten piedrecitas para las votaciones, mantiene ahí dentro un banco de grava. Tal es su manía;[37] cuanto más se trata de corregirle, más se empeña en juzgar. Ahora le tenemos encerrado con cerrojos para que no salga, pues su hijo siente en el alma tal enfermedad. Primero trató de persuadirle con afables palabras a que no llevase el manto burdo, ni saliese de casa, mas no cambió por eso. Luego le bañó y purgó; y siempre lo mismo. Después trató de curarle con los ejercicios de los coribantes, y el buen viejo se escapó con el tambor y se presentó a juzgar en el tribunal. Viendo la ineficacia de estos medios, lo llevó a Egina y le hizo acostarse una noche en el templo de Esculapio.[38] Mas en el momento de amanecer apareció ante la cancela del tribunal. Desde entonces no le dejábamos salir; pero como se nos escapaba por las canales y buhardillas, tuvimos que tapar y cerrar con paños todos los agujeros. Mas él, clavando palitos en la pared, saltaba de uno a otro como un grajo. Por último, hemos tenido que rodear con una red todo el patio, y así le guardamos. El viejo se llama Filocleón;[39] ningún nombre, por Júpiter, le está más propio: su hijo se llama Bdelicleón,[40] y trata de corregir el feroz carácter de su padre.

BDELICLEÓN (Asomándose a la ventana).

¡Eh, Jantias, Sosias! ¿estáis durmiendo?

JANTIAS.

¡Oh!

SOSIAS.

¿Qué hay?

JANTIAS.

Bdelicleón se ha despertado.

BDELICLEÓN.

A ver, pronto aquí uno de vosotros. Mi padre ha entrado en la cocina y está royendo no se qué como un ratón dentro del agujero. Tú, mira no se escape por el tubo de los baños; y tú recuéstate contra la puerta.

SOSIAS.

Está bien, señor.

JANTIAS.

¡Oh poderoso Neptuno! ¿Quién hace tanto ruido en la chimenea? ¡Eh, tú! ¿quién eres?

FILOCLEÓN.

Soy el humo que salgo.

BDELICLEÓN.

¡El humo! ¿De qué leña?

FILOCLEÓN.

De higuera.[41]

BDELICLEÓN.

Ya se conoce, por Júpiter, pues es la que despide humo más acre. Ea, adentro pronto. ¿Dónde está la tapa de la chimenea? Adentro he dicho. Encima, para mayor seguridad, pondré esta vigueta. Busca ahora otra salida; soy el más desdichado de los hombres: ¡mañana podrán llamarme el hijo del ahumado![42]

SOSIAS.

Empuja la puerta. Aprieta ahora mucho y fuerte. Allá voy yo también. Ten sumo cuidado de la cerradura y el cerrojo, no vaya a roer el pestillo.

FILOCLEÓN.

¿Qué hacéis? ¿No me dejáis salir a juzgar, grandísimos bribones, y Dracóntides[43] será absuelto?

BDELICLEÓN.

¿Y eso te causará mucha pena?

FILOCLEÓN.

Apolo, a quien consulté en Delfos, me predijo que moriría cuando se me escapase un acusado.[44]

BDELICLEÓN.

¡Oh Apolo, patrono nuestro, vaya un oráculo!

FILOCLEÓN.

Vamos, por piedad, déjame salir o estallo.

BDELICLEÓN.

Nunca, Filocleón, nunca; lo juro por Neptuno.

FILOCLEÓN.

Bueno, romperé la red a mordiscos.

BDELICLEÓN.

Si no tienes dientes.

FILOCLEÓN.

¡Oh, qué desdicha!... ¿Cómo podría matarte? ¿Cómo? Traedme pronto mi espada, o la tablilla condenatoria.

BDELICLEÓN.

Este hombre maquina alguna mala pasada.

FILOCLEÓN.

No, yo te lo aseguro: solo deseo salir a vender el asno con su albarda: hoy es el día de la luna nueva.[45]

BDELICLEÓN.

Y dime, ¿no lo podría yo vender lo mismo?

FILOCLEÓN.

No tan bien como yo.

BDELICLEÓN.

Muchísimo mejor, por Júpiter. Ea, trae el asno. (Filocleón vase en busca del asno.)

JANTIAS.

¡Qué buen pretexto ha imaginado para que le sueltes!

BDELICLEÓN.

Pero no he tragado el anzuelo: en seguida he conocido a dónde iba a parar. Voy a llevar yo mismo el asno, y así el viejo no conseguirá salir. — ¡Pobre borriquillo! ¿Por qué te quejas? ¿Porque vas a ser vendido? Vamos pronto. ¿Por qué gimes? ¿Llevas acaso algún Ulises?

JANTIAS.

Sí, por Júpiter; lleva uno atado al vientre.[46]

BDELICLEÓN.

¿Quién? Veamos.

JANTIAS.

Es él.

BDELICLEÓN.

¿Qué es esto? ¿Quién eres, buen hombre?

FILOCLEÓN.

Ninguno, por Júpiter.

BDELICLEÓN.

¿Ninguno tú? ¿Y de qué tierra?

FILOCLEÓN.

De Ítaca, de la familia fugitiva.

BDELICLEÓN.

Por vida mía, ya sentirás el haberte llamado ninguno. Sácalo cuanto antes. ¡Oh desdichado, dónde se había metido! ¡Si parece un pollino escondido debajo de su madre!

FILOCLEÓN.

Si no me soltáis, litigaremos.

BDELICLEÓN.

¿Por qué?

FILOCLEÓN.

Por la sombra del asno.[47]

BDELICLEÓN.

No vales para ello, a pesar de tu extremada audacia.

FILOCLEÓN.

¡Que no valgo! Es que no sabes todavía lo que yo soy; ya lo sabrás cuando comas lo que te deje el anciano juez.[48]

BDELICLEÓN.

Entra con el asno en casa.

FILOCLEÓN.

¡Oh jueces compañeros míos, y tú, Cleón, socorredme!

BDELICLEÓN.

Grita adentro a puerta cerrada. — Pon tú una porción de piedras en la entrada; echa de nuevo el cerrojo; atraviesa esa tranca; y, para mayor seguridad, afiánzala con ese gran mortero.

SOSIAS.

¡Ay! ¿de dónde me ha caído este terroncillo?

JANTIAS.

Quizá te lo haya arrojado algún ratón.

SOSIAS.

¿Un ratón? ¡Ca! Es ese maldito juez que se desliza por entre las tejas.

JANTIAS.

¡Oh desgracia! Ese hombre se ha convertido en pájaro. Va a volar. ¿Dónde está, dónde esta la red? (Como quien espanta un pájaro.) — ¡Eh! ¡Pchist! ¡Pchist! ¡Fuera de ahí! ¡Pchist!

BDELICLEÓN.

Por Júpiter, más quisiera guardar a Escione[49] que a mi padre.

SOSIAS.

Puesto que le hemos espantado, y ya no puede escapársenos furtivamente, ¿por qué no dormimos un poco?

BDELICLEÓN.

Pero, desdichado, ¿no ves que dentro de poco vendrán a llamarle sus compañeros de tribunal?

SOSIAS.

¿Qué dices? Si aún no ha amanecido.

BDELICLEÓN.

Es verdad; hoy se levantan más tarde de lo acostumbrado, porque suelen venir con sus linternas a media noche, y le llaman cantando dulces versos de las Fenicias del antiguo Frínico.[50]

SOSIAS.

Pues, si hay necesidad, los apedrearemos.

BDELICLEÓN.

Pero, temerario, esa casta de viejos, cuando se la enfurece es como la de las avispas; pues en la rabadilla tienen un aguijón agudísimo con el cual pican, y saltan gritando, y lo lanzan como una centella.[51]

SOSIAS.

Pierde cuidado; tenga yo piedras, y dispersaré todo un enjambre de jueces.

(Entran en la casa y llega el coro.)


CORO.

Adelante, paso firme. ¿Te retrasas, Comias? Por Júpiter, antes no eras así; al contrario, eras más duro que una correa de perro: ahora Carinades te gana a andar. ¡Oh Estrimodoro de Contilo,[52] el mejor de los jueces! ¿están ahí por casualidad Evérgides y Cabes de Flíos? ¡Diantre, diantre! Aquí se halla cuanto queda de aquella juventud que florecía cuando tú y yo hacíamos centinela en Bizancio: entonces en nuestras correrías nocturnas le robamos su artesa a aquella panadera; la hicimos astillas, y cocimos unas verdolagas. Pero apresurémonos, amigos; hoy es el juicio de Laques;[53] todos dicen que tiene su colmena llena de dinero. Por eso Cleón, nuestro patrono, nos mandó ayer que acudiéramos temprano provistos para tres días de terrible cólera contra él,[54] a fin de vengarnos de sus injurias. Ea, aprisa, compañeros, antes de que amanezca. Marchemos mirando a todas partes con ayuda de las linternas,[55] no caigamos por falta de precaución en algún lazo.

UN NIÑO.

Padre, padre, cuidado con ese lodazal.

CORO.

Coge esa pajita del suelo, y espabila la linterna.

EL NIÑO.

No, ya la espabilaré con el dedo.

CORO.

Niño, ¿no ves que con el dedo vas a alargar la mecha, ahora que anda tan escaso el aceite? ¡Ya se conoce que tú no lo compras!

EL NIÑO.

Por Júpiter, si continuáis amonestándonos a puñetazos, apagamos las linternas y nos vamos a casa. Entonces os quedaréis a oscuras y andaréis removiendo lodos, como si fueseis patos.

CORO.

Yo castigo a otros mayores. Pero me parece que voy pisando barro. Mucho será que a lo más dentro de cuatro días no llueva copiosamente. ¡Tanto crece el pábilo de mi lámpara! Este suele ser signo de gran lluvia. Además, los frutos tardíos están pidiendo el agua y el soplo del Bóreas. Pero ¿qué le habrá sucedido al colega que vive en esa casa, que no sale a reunirse con nosotros? A fe que antes no había que sacarle a remolque; él iba delante de nosotros cantando versos de Frínico, pues el amigo es aficionado a la música. Pienso, compañeros, que debemos pararnos aquí, y llamarle cantando; quizá la melodía de mi canción le haga salir.

¿Por qué no se presenta el viejo delante de su puerta y ni siquiera nos responde? ¿Habrá perdido los zapatos? ¿Se habrá dado algún golpe en el pie andando a oscuras y tendrá hinchado el tobillo? ¿Tendrá quizá algún bubón? Pues era el más acérrimo de nosotros y el único inexorable. Si alguno le suplicaba, le decía bajando la cabeza: «Cueces un guijarro».[56] Puede que haya tomado a pecho el habérsenos escurrido con mentiras aquel acusado, proclamándose amigo de los atenienses y primer revelador de lo ocurrido en Samos;[57] quizá esto le tenga con fiebre, porque el hombre es así. Vamos, amigo mío, levántate, no te dejes consumir por la ira. Hoy va a ser juzgado un hombre opulento de los que entregaron a Tracia.[58] Ven a condenarlo.

Anda adelante, muchacho, anda adelante.

EL NIÑO.

Padre, ¿me darás lo que te pida?

CORO.

Sí, hijito mío. ¿Qué cosa buena quieres que te compre? Creo que vas a pedirme un juego de tabas.

EL NIÑO.

No, papá mío; higos, que me gustan más.

CORO.

Eso no, aunque te ahorques.

EL NIÑO.

Bien; pues no te acompaño.

CORO.

Con mi mezquino sueldo de juez tengo que comprar pan, leña y carne, ¿y aún me pides higos?

EL NIÑO.

Y bien, padre mío, si al arconte se le antoja que no haya hoy tribunal, ¿dónde compraremos la comida? ¿Puedes darme alguna nueva esperanza o solo designarme el sagrado camino de Hele?[59]

CORO.

¡Ay! ¡Ay! No sé en verdad cómo cenaremos.

EL NIÑO.

¿Por qué me pariste, madre infeliz, si tanto había de costarme sostener mi vida?[60]

CORO.

Saquito mío, eres un adorno inútil.[61]

EL NIÑO.

¡Ay! gemir es nuestra suerte.


FILOCLEÓN (asomándose a la ventana).

Hace rato, amigos míos, que os oigo desde esta ventana y deseo responderos; pero no me atrevo a cantar. ¿Qué haré? Estos me tienen cerrado porque quiero ir con vosotros a las judiciales urnas para hacer alguna de las mías. ¡Oh Júpiter, truena con furia y conviérteme de repente en humo,[62] o en Proxénides, o en el hijo de Selo,[63] charlatán infatigable! Compadecido de mi suerte, otórgame esta gracia, Numen poderoso, o si no, redúceme a cenizas con tu ardiente rayo o arrástrame con tu impetuoso viento a una salmuera ácida e hirviente, o trasfórmame en aquella piedra sobre la cual se cuentan los votos.

CORO.

Pero ¿quién te detiene y te cierra la puerta? Di, ya sabes que hablas con amigos.

FILOCLEÓN.

Mi hijo; pero no gritéis; duerme en la parte anterior de la casa: hablad más bajo.

CORO.

Pero, tonto, ¿qué pretende impedir al hacer eso?

FILOCLEÓN.

El que juzgue y condene, amigos míos: por lo demás, trata de regalarme; pero yo no quiero.

CORO.

¿Eso se ha atrevido a decir ese tuno, ese orador a lo Cleón? . . . . .[64] Nunca hubiera tenido tal osadía ese hombre si no estuviera comprometido en alguna conspiración. Mas ya que esto sucede, tienes que intentar alguna nueva estratagema para bajar aquí sin que te vea tu carcelero.

FILOCLEÓN.

¿Cuál puede ser? Inventadla vosotros; a todo estoy dispuesto; ¡tal deseo me abrasa de recorrer los bancos con mi concha![65]

CORO.

¿Hay, di, algún agujero que puedas ensanchar por dentro, para escurrirte por él cubierto de andrajos como el prudente Ulises?[66]

FILOCLEÓN.

Todos están cerrados; no puede salir ni un mosquito. Buscad, buscad otro medio: ese es impracticable.

CORO.

¿Te acuerdas cuando en la toma de Naxos, estando de servicio, te escapaste clavando en la muralla unos asadores que habías robado?[67]

FILOCLEÓN.

Ya me acuerdo; pero ¿y qué? Ahora no es lo mismo. Entonces era joven, y lleno de vigor y energía para robar; además, nadie me custodiaba, y podía huir seguramente. Ahora hombres armados hasta los dientes están apostados en todas las salidas: dos de ellos, colocados junto a la puerta, me observan con asadores en las manos como a un gato que ha robado carne.

CORO.

Pues inventa cuanto antes otro medio, dulce amigo: ya despierta la aurora.

FILOCLEÓN.

Lo mejor será roer mi red. Perdóneme este destrozo Dictina,[68] diosa de las redes.

CORO.

Eso es obrar como hombre que busca su salvación. Dale duro a las mandíbulas.

FILOCLEÓN.