LA ALEGRIA
DEL
CAPITÁN RIBOT

OBRAS DE PALACIO VALDÉS
4 PESETAS TOMO

El Señorito Octavio, un tomo.

Marta y María, un tomo. Traducida al francés, al inglés, al sueco, al ruso y al tcheque.

El idilio de un enfermo, un tomo. Traducida al francés y al tcheque.

Aguas fuertes (novelas y cuadros, un tomo). Traducidas al francés, al inglés, al alemán, al holandés, al sueco y tcheque. Edición española con notas y vocabulario en inglés.

José, un tomo. Traducida al francés, al inglés, al alemán, al holandés, al sueco, al tcheque y al portugués. Edición española con notas en inglés para el estudio del español en Inglaterra y E. U. A.

Riverita, un tomo. Traducida al francés.

Maximina (segunda parte de Riverita), un tomo. Traducida al inglés.

El cuarto Poder, un tomo. Traducida al francés, al inglés y al holandés.

La Hermana San Sulpicio, un tomo. Traducida al francés, al inglés, al holandés, al ruso, al sueco y al italiano.

La Espuma, un tomo. Traducida al inglés.

La Fe, un tomo. Traducida al francés, al inglés y al alemán.

El Maestrante, un tomo. Traducida al francés y al inglés.

El origen del pensamiento, un tomo. Traducida al francés y al inglés.

Los majos de Cádiz, un tomo. Traducida al holandés.

La alegría del Capitán Ribot, un tomo. Traducida al francés, al inglés, al sueco y al holandés. Edición española con notas y vocabulario en inglés.

Tristán o el pesimismo, un tomo. Traducida al inglés.

Semblanzas literarias (Los oradores del Ateneo, Los novelistas españoles, Nuevo viaje al Parnaso), un tomo.

Papeles del Doctor Angélico, un tomo. Traducidos al alemán.

Años de juventud del Doctor Angélico, un tomo.

OBRAS COMPLETAS
DE
D. ARMANDO PALACIO VALDÉS
———
TOMO XII
LA ALEGRÍA
DEL

MADRID
Librería general de Victoriano Suárez
PRECIADOS, NÚMERO 48
1920

Es propiedad del autor.
Queda hecho el depósito
que marca la ley.
Imp. «Fantoches», Cardenal Cisneros, 47. Teléf. J. 923

[I, ] [II, ] [III, ] [IV, ] [V, ] [VI, ] [VII, ] [VIII, ] [IX, ] [X, ] [XI, ] [XII, ] [XIII, ] [XIV, ] [XV, ] [XVI, ] [XVII, ] [XVIII.]

I

EN Málaga no los guisan mal; en Vigo, todavia mejor; en Bilbao los he comido en más de una ocasión primorosamente aliñados. Pero nada tienen que ver estos ni otros que me han servido en los diferentes puntos donde suelo hacer escala con los que guisa una señora Ramona en cierta tienda de vinos y comidas llamada El Cometa, situada en el muelle de Gijón. Por eso cuando esta inteligentísima mujer averigua que el Urano ha entrado en el puerto, ya está preparando sus cacerolas para recibirme. Suelo ir solo por la noche, como un ser egoísta y voluptuoso que soy; me ponen la mesa en un rincón de la trastienda, y allí, a mis anchas, gozo placeres inefables y he pillado más de una indigestión.

Arribé el 9 de febrero, a las once de la mañana, y, como siempre, comí poco, preparándome con saludable abstinencia para la solemnidad de la noche. Dios no lo quiso. Poco antes de sonar la hora, un bárbaro marinero, al trasladar un farol, lo rompió, cayó la mecha encendida sobre una pipa de petróleo, se prendió fuego, acudimos a atajarlo, y con no poco trabajo, arrojando al agua esa y otras pipas, lo conseguimos. Se quemó la caseta del piloto, mucha jarcia y una parte de la obra muerta. En fin, la avería nos tuvo afanosos y en pie casi toda la noche. Y este fué el motivo de que no fuese a comer el plato de callos de la señora Ramona, como tuve a bien comunicárselo por medio del grumete, advirtiéndole al mismo tiempo que me aguardara sin falta aquella misma noche.

Eran las diez, poco más o menos. Contento y sigiloso bajé la escala del Urano, salté en el bote, y en cuatro paladas el marinero me hizo atracar al muelle, que estaba solitario y obscuro. Apenas se distinguían los cascos de los barcos y en ellos reinaba absoluto silencio. Sólo la silueta de los carabineros de ronda o la de algún paseante melancólico se destacaba borrosamente de las tinieblas. Pero aquella obscuridad, que los escasos faroles no bastaba a disipar, se alegraba de pronto por la ola de luz que salía de las dos puertas de El Cometa. Con el ansia de una mariposa me dirigí a ellas. En la tienda sólo había tres o cuatro parroquianos; los demás habían ido saliendo, unos espontáneamente, otros por las intimaciones cada vez más perentorias de la señora Ramona, que cerraba indefectiblemente a las diez y media.

Mi aparición fué saludada con una carcajada de esta mujer. Ignoro qué raro y misterioso cosquilleo producía en sus nervios mi presencia; pero puedo jurar que jamás me vió después de una ausencia más o menos larga sin que su abdomen dejase de experimentar violentas sacudidas de risa, que originaban ineludiblemente algunos golpes de tos, inflamaban sus mejillas y las transportaban del rojo grana al violeta. De todos modos, yo agradecía profundamente aquella carcajada y también los accesos de tos, considerándolos como prenda de inalterable amistad y de que podía contar en vida y en muerte con sus conocimientos culinarios. Era mi deber en tales ocasiones doblar el espinazo, sacudir la cabeza y reir estrepitosamente, hasta que la señá Ramona se sosegase. Y lo cumplí religiosamente.

—¡Ay, qué bien me salieron ayer, D. Julián!

—Y hoy ¿por qué no?

—Porque ayer era ayer y hoy es hoy.

Ante esa razón invencible me puse serio y dejé escapar un suspiro. La señá Ramona cayó de nuevo en un espasmo de risa, seguido del correspondiente ataque de tos asmática. Una vez que logró salir de él, terminó de lavar el vaso que tenía entre las manos y dijo a los tres o cuatro marineros que charlaban en un rincón:

—¡Ea! despejar, que voy a echar la llave.

Uno de ellos se atrevió a responder:

—Aguárdese un momento, señá Ramona. Saldremos cuando ese señor.

La tabernera frunció el entrecejo y profirió con acento solemne:

—Este señor viene a comer un guisado de callos y ya tiene la mesa preparada.

Entonces los parroquianos, sintiendo el peso de esta indicación y comprendiendo la gravedad de las circunstancias, no vacilaron en ponerse en pie, me contemplaron un instante con mezcla de respeto y admiración y se retiraron dando las buenas noches.

—Pues sí, don Julián, sí—exclamó la señá Ramona, cuyo rostro se dilató nuevamente—; los de ayer levantaban la lengua en vilo.

Mi fisonomía debió de expresar la más profunda desesperación.

—Y los de hoy, ¿no levantarán nada?—pregunté con acento afligido.

—Hoy... hoy... Usted lo verá.

Y alzó su mano carnosa de cierto modo propio para dejarme sumido en un piélago de dudas.

Mientras daba los últimos toques a su obra, preparé adecuadamente el estómago con ajenjo, meditando al mismo tiempo acerca de las últimas graves palabras que acababa de oir.

¿Estarían o no tan sazonados, picantes y aromáticos como mi imaginación me los representaba?

Pero cuando me senté a la mesa, cuando los vi delante y sentí en la nariz su tibio aroma penetrante, un rayo de luz inundó mi cerebro disipando el negro fantasma de la duda. Palpitó mi corazón con inexplicable dulzura y comprendí que los dioses me tenían aún reservados algunos instantes de dicha en este mundo.

La señá Ramona adivinó la emoción que embargaba mi alma y sonrió con maternal benevolencia.

—¿Qué es eso, señá Ramona?—exclamé quedando inmóvil con el tenedor en el aire—, ¿Ha oído usted?

—Sí, señor; un grito.

—Han dicho ¡socorro!

—En el muelle.

—¡Otro grito!

Solté el tenedor y me lancé a la puerta, seguido de la tabernera. Cuando abrí sonaron en mis oídos lamentos desgarradores.

—¡Mi madre!... ¡Socorro!... ¡Por Dios!... ¡Se ahoga!

Bajé en dos saltos la rampa que me separaba del muelle y percibí la figura de una mujer que, agitando los brazos convulsivamente, exhalaba aquellos gritos lastimeros.

Comprendí lo que pasaba, y corriendo a ella pregunté:

—¿Quién ha caído?

—¡Mi madre!... ¡Sálvela usted!... ¡Sálvela usted!

—¿Dónde?

—Aquí.

Y me enseñó el estrecho espacio que quedaba entre un patache y el muelle.

Aunque estrecho, para saltar al barco era demasiado ancho. Tuve ánimo, no obstante, y me lancé, no a la cubierta, sino al aparejo, logrando quedar asido de un cable. Me dejé caer después a la cubierta, y tomando el primer cabo con que tropecé lo amarré apresuradamente a la obra muerta y me deslicé por él hasta el agua. Felizmente la mujer aún no se había sumergido, gracias a la ropa. Me acerqué a ella y le eché mano a lo primero que hallé, que fué la cabeza, y se la arranqué. Esto es, me quedé con una peluca en la mano. Volví a agarrarla, y esta vez lo hice por un brazo. Tiré de ella hasta acercarla al casco del barco. Sólo entonces se me ocurrió que era imposible salvarla sin auxilio de otra persona. ¿Cómo subir a pulso por un cable teniendo ocupada una mano? Por fortuna, a los gritos que la hija había dado y a los que yo di también despertó la tripulación del patache, compuesta de cuatro marineros, y nos izaron fácilmente. Tendieron luego unas tablas y pudimos transportarla al muelle, y de allí a la botica más próxima, donde, al fin, recobró el conocimiento.

Mientras el farmacéutico la atendía, su hija, pálida y silenciosa, se inclinaba sobre ella con el rostro bañado en lágrimas. Era una joven de buena estatura, delgada, blanca, el cabello negro y ondeado; el conjunto de su persona, si no de suprema belleza, atractivo e interesante. Vestía con elegancia, y su madre lo mismo, por lo que vine a entender que se trataba de dos personas distinguidas de la población. Pero un curioso de los que habían acudido a la botica me dijo al oído que eran dos señoras forasteras, y que sólo hacía algunos días que se hallaban en Gijón.

Cuando me hube cerciorado de que no estaba muerta ni herida de consideración, sintiendo que el frío del baño me penetraba y me hacía temblar, di las buenas noches para retirarme.

La joven alzó la cabeza, se dirigió a mí vivamente y, apretándome las manos con fuerza y clavando en los míos sus ojos húmedos, balbució con emoción:

—¡Gracias, gracias, caballero! ¡Nunca olvidaré!...

Le di a entender que aquel servicio nada valía, que cualquiera hubiera hecho otro tanto, porque en realidad así lo pensaba. El único sacrificio real que había hecho era el del guisado de callos; pero esto no lo dije, como es natural.

Cuando llegué al vapor y bajé a mi camarote me sentí tan mal que barrunté un catarro fuerte, si no una pulmonía. Pero me di prontamente una fricción enérgica con aguardiente de caña y me arropé tan bien en la cama, que al día siguiente desperté como si tal cosa, sano y ágil y de un humor excelente.

II

LUEGO que me vestí, y después de cumplir con los ordinarios quehaceres de mi cargo y vigilar el trabajo de los carpinteros que reparaban nuestras averías, me acordé de la señora que había estado a punto de ahogarse aquella noche. Valga la verdad; de quien me acordé fué de su hija. Aquellos ojos eran de los que no pueden ni deben olvidarse. Y con la vaga esperanza de tornar a verlos salté a tierra y encaminé mis pasos a la botica.

El farmacéutico me informó de que alojaban en la fonda de la Iberia. Fuí a preguntar por su salud.

—¿Es necesario que les pase recado?—me preguntó la camarera.

Bien lo hubiera deseado, pero no me atreví. Le manifesté que no había necesidad, si podía informarme de cómo habían pasado la noche, a lo cual me respondió que D.ª Amparo (la vieja) había descansado regularmente, y que el médico, que acababa de salir, no la había encontrado tan mal como pensaba. D.ª Cristina (la joven) estaba perfectamente. Dejé mi tarjeta y bajé las escaleras un poco mustio. Pero cuando iba ya a pisar la calle la camarera me llamó y, haciéndome subir de nuevo, me hizo presente que las señoras deseaban verme.

Doña Cristina salió al pasillo a mi encuentro. Vestía un elegante traje de mañana, color violeta, y sus negros cabellos estaban a medias aprisionados por un gorro blanco de batista, con cintas violeta también. Brillaron sus ojos con alegría y me tendió su mano de un modo cordial.

—Buenos días, capitán. ¿Por qué evita usted que le demos las gracias? Justamente acababa de escribirle una carta en que le expresaba si no toda la gratitud que le debemos, al menos una parte. Ayer estaba tan aturdida que no acerté a hacerlo. Pero más vale que usted haya venido... y eso que la cartita no estaba del todo mal—añadió sonriendo—. Aunque ustedes no lo piensen, las mujeres solemos ser más elocuentes por escrito que de palabra.

Me hizo pasar a una salita donde había una alcoba cuyas puertas vidrieras estaban cerradas.

—Mamá—dijo en voz alta—, aquí tienes a tu salvador, el capitán del Urano.

Oí un murmullo lamentable, algo como sollozos y suspiros reprimidos, y entre ellos algunas palabras que no pude comprender. Interrogué con la vista a su hija.

—Dice que siente mucho haberle expuesto a perder la vida.

Respondí en voz alta que no había corrido peligro alguno; pero aunque así fuera, no había hecho más que cumplir con mi deber.

De nuevo salieron de la alcoba algunos ruidos confusos.

—Me manda que le dé a usted una cucharada de azahar.

—¡Cómo!... ¿Para qué?—exclamé sorprendido.

—Es que supone que aún estará usted asustado—manifestó riendo D.ª Cristina—. Mamá lo usa mucho y nos lo hace usar a todos. Diga usted que lo va a tomar y quedará extraordinariamente satisfecha.

Sin salir de mi sorpresa hice lo que doña Cristina me ordenó y pude oir inmediatamente un murmullo aprobador.

Acabo de dársela, mamá—dijo aquélla, haciéndome un guiño malicioso—. Puedes estar tranquila.

—Muchas gracias, señora. Creo que me probará bien, porque me sentía un poco nervioso—grité yo.

Doña Cristina me apretó la mano pugnando por no reir y me dijo en voz baja:

—¡Bravo! Me parece que va usted a salir maestro consumado.

Vuelta a los ruidos extraños, ininteligibles.

—Pregunta si ha telegrafiado usted a su señora, y le aconseja que no lo haga para evitarle un disgusto.

—No tengo señora. Estoy soltero.

—Entonces a su mamá—tuvo la bondad de interpretar D.ª Cristina.

—Tampoco la tengo, ni padre, ni hermanos. Estoy solo en el mundo.

Doña Amparo, por lo que pude entender, se mostró sorprendida y disgustada de esta soledad y me invitaba para que, sin pérdida de tiempo, tomase estado. También debió añadir que un hombre como yo estaba destinado a hacer feliz a cualquier mujer. Ignoro qué cualidades de marido pudo observar en mí aquella señora, como no fuese las de saltar y deslizarme bien por los cables. De todos modos, respondí que no deseaba otra cosa; pero que no se me había presentado ocasión hasta entonces. Mi vida de marino, hoy en un sitio, mañana en otro; la timidez de que adolecemos los que no frecuentamos la sociedad, y acaso también el no haber hallado aún una mujer que de veras me interesase, habían impedido realizarlo.

Al tiempo de decir esto fijaba mis ojos en los de D.ª Cristina, que me sonreían.

Un pensamiento dulce y solapado se deslizó entonces en mi cerebro.

—Dejemos ese tema, mamá. Cada cual hace lo que más le conviene; y si el capitán no se ha casado debe de ser, por cierto, que no le ha apetecido.

—En efecto—dije yo riendo y mirandola con fijeza petulante—; no me ha apetecido hasta ahora...; pero no respondo de que me apetezca el día menos pensado.

—Entonces celebraremos que sea para bien, que tenga usted una esposa muy guapa y media docena de niños gordos y vivarachos y traviesos.

—¡Amén!—exclamé.

La franqueza y la gracia de aquella joven me sedujeron instantáneamente. Me sentía tan complacido y libre a su lado como si hiciera algunos años que la tratase. Me invitó a sentarme en el sofá, y lo hizo también para dejar que su madre descansase, pues no le convenía hablar, según la opinión del médico.

Pedíle informes más exactos acerca de su salud y me dijo que había sufrido una rozadura y contusión en la espalda, a las cuales el médico no dió importancia. También se había logrado evitar los efectos nocivos del enfriamiento. Lo único verdaderamente temible era el susto. Su mamá era muy nerviosa; padecía del corazón, y nadie podía prever el resultado de aquella terrible emoción. Hice lo posible por desvanecer sus temores, y, empeñada la conversación, le pregunté si eran asturianas, a sabiendas de que no, tanto por los informes del boticario como porque no lo revelaba su acento.

—No, señor; somos valencianas.

—¿Cómo? ¡Valencianas!—exclamé—. ¡Pues si somos casi paisanos! Yo he nacido en Alicante.

Y acto continuo nos pusimos a hablar en valenciano, con placer indecible por mi parte, y juzgo que también por la suya. Me enteró de que sólo hacía nueve días que se hallaban en Gijón, adonde habían venido para visitar a una monja hermana de su mamá. Hacía bastantes años que formaran ese proyecto, y nunca lo habían realizado por lo largo y molesto del viaje. Al fin lo habían decidido, y no en buen hora, pues faltó poco para dejar allí la vida. El país les había gustado, aunque les parecía bastante triste al lado del suyo.

—¡Oh, Valencia!—exclamé entonces con fuego—. Yo, que visité las más apartadas regiones de la tierra y puse el pie en tantas playas diversas, nada hallé jamás comparable a ella. Allí el sol no se levanta sangriento como en el Norte, ni hiere y aniquila como en Andalucía: su luz se cierne suave por un ambiente embalsamado y tranquilo. El mar no aterra como aquí, y es más azul, y su espuma más blanca y más ligera. Allí los pájaros cantan con gorjeos más dulces y variados; allí la brisa acaricia por la noche como por el día; allí las frutas azucaradas, que en otras partes sólo se sazonan con el calor del verano, las gustamos todo el año; allí no sólo huelen las flores y las yerbas, sino la tierra misma exhala un aroma delicado. Allí la vida no es tristeza ni fatiga. Todo es suave, todo sereno y armónico. Y esta tranquilidad de la Naturaleza parece reflejarse en la mirada profunda de sus mujeres.

La de D.ª Cristina, que era la más suave y profunda que jamás había visto, brilló con cierta alegría maliciosa.

—¡Quién diría al oirle que es usted un lobo marino! Habla usted como un poeta... y casi, casi estoy tentada a pensar que ha publicado usted versos en los periódicos.

—¡Oh, no!—exclamé riendo—. Soy un poeta inofensivo. Ni escribo versos ni prosa; pero dispénseme usted que le diga que los ojos de usted me han traído a la memoria una porción de cosas hermosas, todas valencianas... y se me subió la poesía a la cabeza.

Doña Cristina pareció quedar un momento suspensa; me miró con más curiosidad que agradecimiento, y cambiando de conversación me preguntó, con amabilidad:

—¿Y el vapor que usted manda hace la carrera de América?

—Sólo una que otra vez. Ordinariamente vamos desde Barcelona a Hamburgo.

—¿De modo que está usted aquí de escala por muchos días?

—Los que necesite para arreglar ciertas averías que un pequeño incendio nos ha causado anteayer.

A mi vez quise enterarme del tiempo que ellas pensaban permanecer en Gijón.

—Pues teníamos pensado irnos pasado mañana y detenernos algunos días en Madrid, donde debía de esperarnos mi marido; pero ahora es fuerza dilatar el viaje a causa de lo ocurrido. De todos modos, en cuanto se haya tranquilizado por completo y el médico lo permita, nos pondremos en camino.

Debo confesarlo, aunque parezca ridículo: aquel “mi marido” causó en mí una sensación extraña de frío y abatimiento que apenas logré disimular. ¿Cómo, diablos, no se me había ocurrido que aquella joven podía ser casada? Lo ignoro todavía. Y dado caso que así fuera, ¿por qué tal noticia me había producido tan áspera impresión tratándose de una persona que acababa de conocer? Tampoco lo sé. Estoy tentado a pensar que es cierto lo que sucede en las comedias antiguas cuando el galán se inflama repentinamente de amor a la vista de la dama. Si yo no estaba inflamado, por lo menos ya tenía el fuego a bordo.

La razón se sobrepuso, no obstante, en seguida. Comprendí lo absurdo y ridículo de mi sensación, y tranquilizándome le pregunté con naturalidad y afectuoso interés por su esposo. Me dijo que se llamaba Emilio Martí y era uno de los socios de la casa armadora Castell y Martí, cuyos vapores hacían la carrera de Liverpool. Además tenía otros negocios, porque era hombre activo y emprendedor. Sólo hacía dos años que estaban casados.

—¿Y no tienen ustedes familia?

—Hasta ahora no—respondió, levemente ruborizada.

Me enteró además de que ambos eran naturales de Valencia y allí habitaban; por el invierno, en la misma ciudad, calle del Mar; durante el verano, en una casa de placer que tenían en el Cabañal.

Yo conocía algunos de los vapores de la casa Castell y Martí. Le hice presente mi satisfacción en ponerme a las órdenes de la señora de uno de los armadores.

Hablamos poco más tiempo. Estaba triste y sentía deseos de irme. Efectuélo al cabo, no sin mantener otro diálogo con D.ª Amparo, a puertas cerradas y con intérprete. Pronto se disipó aquella infundada y hasta irracional tristeza al salir a la calle y hablar con los conocidos y emplearme en los asuntos de mi cargo. Pero en todo el día no dejó de ofrecérseme a la imaginación repetidas veces la figura de D.ª Cristina. Adoro las mujeres delgadas y blancas, con grandes ojos negros. Mis amigos solían decirme en otro tiempo que para gustarme a mí una mujer era necesario que estuviese en cuarto grado de tisis. Acaso tuviesen razón. La única novia que tuve era una tísica confirmada, y se murió consentido ya y preparado nuestro matrimonio.

Al día siguiente me creí en el deber de ir, como el anterior, al hotel y preguntar por la salud de las señoras forasteras. D.ª Cristina me hizo pasar nuevamente y me recibió con mayor cordialidad aún, llevándose el dedo a los labios e invitándome a hablar en falsete como ella hacía. Su mamá estaba durmiendo. Nos sentamos en el sofá y charlamos bajito y alegremente. D.ª Amparo estaba bien, no tenía más que mimos.

—Además (se lo digo a usted en reserva), mientras no concluyan de hacerle la peluca, no hay que esperar verla fuera de la alcoba.

—¡Ah, la peluca! Sí, me acuerdo que...

—Sí, acuérdese usted de que se la arrancó, mala persona—exclamó riendo.

—Señora, yo no podía calcular... ¡Vaya un susto! Pensé que le había arrancado la cabeza de cuajo.

Reímos bastante, esforzándonos por no hacer ruido. Al cabo de un rato me dijo con naturalidad, que agradecí mucho:

—Tengo mucho apetito, capitán, y voy a almorzar. ¿Quiere usted acompañarme?

Le di las gracias y me excusé; pero como no pude afirmarle que había almorzado, dió por resuelto en un instante que almorzaría con ella, y salió a dar las órdenes oportunas. Yo me sentí alegrísimo, y si digo entusiasmado no diré mentira. Mientras la camarera nos ponía la mesa en el mismo gabinete, no dejamos de charlar, creciendo más y más nuestra confianza. Durante el almuerzo usó conmigo una franqueza tan atenta y servicial que concluyó de seducirme. Por sus propias manos me partía el pan y la carne y me escanciaba el vino y el agua. Cuando me hacía falta cubierto o plato, sin aguardar a la doméstica, ella misma se levantaba con llaneza provinciana y lo tomaba de la mesita donde se hallaban.

Yo le contaba burlando la grave ocupación en que me había sorprendido con sus gritos la noche del percance. Reía ella de todo corazón, y me prometía resarcirme cuando fuese a Valencia, guisándome una paella con todas las reglas del arte.

—No es que tenga la loca presunción de hacerle olvidar los callos de la señora Ramona. Me satisfago con que usted se coma un par de platos.

—¿Cómo un par? Veo con tristeza que me tiene usted por un ser material y grosero. Espero demostrarle con el tiempo que, fuera de esas horas de callos y caracoles, soy hombre espiritual, poético y hasta un si es no es lánguido.

Se burlaba ella, colmándome el plato de un modo escandaloso e invitándome a que no disimulase mi verdadera condición y comiese lo mismo que si ella no estuviera presente.

—No piense usted en que soy una dama. Figúrese que está almorzando con un compañero..., con el piloto, por ejemplo.

—No tengo bastante imaginación para eso. El piloto es bizco y le faltan dos dientes.

Aquella charla íntima y alegre me embriagaba más que el burdeos que sin cesar me escanciaba. Y sus ojos me embriagaban más que el vino y la charla. Aunque hablábamos en falsete y reíamos a la sordina, alguna vez se me escapaba una nota discrepante. Doña Cristina se llevaba el dedo a los labios.

—Silencio, capitán, o le pongo de patitas en el corredor y se queda usted a medio almorzar.

Me invitó a darle algunos pormenores de mi vida. Satisfice su curiosidad, narrándole mi historia, bien sencilla. Discurrimos acerca de los placeres del marino, que ella encontraba superiores a los de los demás hombres.

—Yo adoro el mar...; pero el mar de mi país sobre todo. Este me da miedo y tristeza. ¡Si viera usted cuántos ratos paso a la ventana de nuestra alquería del Cabañal contemplándole!

—Pues yo, en Valencia, prefiero al mar las mujeres—manifesté, demasiado alegre ya.

—Lo creo—respondió ella riendo—. ¡Oh! las hay muy hermosas. Tengo una primita llamada Isabel que es un verdadero dechado. ¡Qué ojos los de aquella niña!

—¿Serán más hermosos que los suyos?—pregunté osadamente.

—¡Oh! los míos no valen nada—contestó ruborizándose.

—¿Que no valen nada?—exclamé con arrebato—. ¡Pues si no los hay tan preciosos en toda la costa de Levante, con haberlos allí tan lindos!... ¡Si parecen dos luceros del cielo!... ¡Si son un sueño feliz del cual jamás quisiera uno despertar!

Se puso repentinamente seria. Guardó silencio unos instantes sin levantar la vista del mantel. Al cabo, dijo afectando indiferencia, no exenta de severidad:

—Habrá usted comido medianamente, ¿verdad? A bordo se suele comer mejor que en los hoteles.

Guardé a mi vez silencio, y sin responder a su pregunta dije después de un momento:

—Perdóneme usted. Los marinos nos expresamos con demasiada franqueza. No conocemos las etiquetas, pero debe salvarnos la intención. La mía no ha sido decir algo impertinente...

Se dulcificó en seguida, y proseguimos nuestra plática con la misma cordialidad mientras dábamos fin al almuerzo.

III

ME fuí al barco en peor estado que el día anterior. Aquella señora me estaba preocupando más de lo necesario para mi reposo y buen humor. Volví por la tarde y volví al día siguiente. Su figura interesante, sus ojos tan negros, tan inocentes y picarescos a un tiempo mismo, iban penetrando a paso de carga en mi alma. Y como sucede siempre en casos tales, empezaron agradándome sus ojos, y no tardó en encantarme su voz; luego sus manos finas de alabastro; poco después el vello suave que adornaba sus sienes; inmediatamente tres pequeños lunares que tenía en la mejilla izquierda. Hasta que, por fin, de una en otra llegó a hacerme feliz cierta manera defectuosa que tenía de pronunciar las erres.

Estos y otros descubrimientos de análoga importancia no podían llevarse a efecto, claro está, sin la atención debida, lo cual, en vez de lisonjear, molestaba visiblemente a la dama. Me recibía siempre con alegría, pero no con igual franqueza. Pude observar, no sin dolor, que, a pesar de la jovialidad y animación de su charla, se descubría en el fondo un dejo de inquietud o recelo, cual si temiera siempre que yo le dirigiera algún piropo como el de marras. Comprendiéndolo así, no tenía, sin embargo, fuerza de voluntad bastante para dejar de mirarla más de lo justo.

Vino al fin la peluca en secreto al hotel; la probó D.ª Amparo con el mayor sigilo; hallóla imperfecta; volvió a manos del artífice; se le dieron algunos toques sin que el público ni las autoridades se enterasen; y después de varios ensayos igualmente reservados surgió la buena señora, fresca y juvenil, como si jamás mis manos pecadoras hubiesen atentado a sus gracias. Porque a pesar de todo, esto es, a pesar de la peluca, de los años y la obesidad, D.ª Amparo no las había perdido por completo.

Me invitaron a dar un paseo con ellas en coche por los alrededores de la villa. Cualquiera puede imaginarse el gusto con que acepté. Cuando ya estuvimos en el campo nos apeamos y gozamos una hora de aquella risueña y espléndida naturaleza. Yo me encontraba alegre y esta alegría me empujaba a mostrarme con D.ª Cristina sobrado obsequioso y almibarado. Sentía comezón de decirle todo lo hermosa y lo interesante que me iba pareciendo. Pero ella, como si adivinase estas disposiciones aviesas de mi lengua, las refrenaba con tacto y firmeza, atajándome con cualquier pregunta indiferente cuando me advertía cercano a soltarle un piropo, o dejándome con su mamá para echar a correr delante, o esforzándose en hacer hablar a ésta. No me desanimé por ello. Fuí tan tonto o tan indiscreto que, a pesar de estas claras señales, todavía persistí en buscar rodeos habilidosos para dirigirle algunos golpes de incensario. Declaro, no obstante, que no pensaba que la estaba galanteando. Creía de buena fe que aquellos obsequios y lisonjas eran legítimos; porque los españoles desde la más remota antigüedad nos hemos arrogado el derecho de decir a todas las mujeres guapas que lo son, sin otras consecuencias. Mas ella debía de abrigar sus dudas acerca de esto. Que estas dudas no se hallaban desprovistas de fundamento lo veo ahora bien claro; ahora que el velo de mis sentimientos se ha descorrido por completo y leo en mi alma como en un libro abierto.

Sucedió que aquella misma tarde, de regreso ya para la villa y mirando las muchas y hermosas casas de campo que por allí se parecen, acertó a decir D.ª Cristina:

—Nuestra alquería del Cabañal es muy linda, pero nada suntuosa. Mi marido no está contento; tiene ganas de algo mejor.

Impremeditadamente repuse:

—¿Tiene ganas de algo mejor? Pues yo, si fuera su marido, ya no tendría ganas de nada.

Quedó suspensa la señora, volvió su rostro hacia la ventanilla del coche para mirar el camino y murmuró en tonillo irónico:

—Pues señor, bien; tengamos paciencia.

Pienso que no solamente las mejillas, la frente y las orejas se me pusieron coloradas, sino hasta el blanco de los ojos. Durante algunos minutos sentí en el rostro la impresión de dos ladrillos calientes. No supe qué decir, y queriendo escapar a la vergüenza me volví hacia la otra portezuela y quedé en contemplación extática del paisaje. D.ª Amparo, que en nada había reparado, dijo contestando a la última observación de su hija:

—Emilio es un hombre muy bueno, muy trabajador, aunque algo fantástico.

—¿Por qué fantástico?—exclamó Cristina volviéndose como si la hubieran pinchado—. ¿Porque apetece lo mejor, lo más hermoso y aspira con su esfuerzo a conseguirlo? Eso le acredita más bien de tener gusto y voluntad. Pues si en el mundo no existiesen hombres que ansían la perfección, que ven siempre un «más allá» y que ponen los medios para acercarse a él, ni estas hermosas casas de recreo ni otras mejores ni ninguna de las comodidades que hoy disfrutamos existirían tampoco. Los holgazanes, los gandules o los pobres de espíritu se burlan de sus pensamientos mientras no los ven realizados; pero cuando llega la hora de verlos y tocarlos, se cierran en su casa y no vienen a felicitarle porque no quieren confesar su necedad. Además, tú sabes bien que Emilio, aunque fantástico, jamás ha tenido la fantasía de pensar en sí mismo; que todos su esfuerzos se dirigen a proporcionar alegría y bienestar a su familia, a sus amigos, a sus vecinos, y que toda su vida hasta ahora ha sido un constante sacrificio por los demás.

Doña Amparo, ante aquel discurso vehemente, se sintió sobrecogida de un modo extraño. Quedé estupefacto viéndola tartamudear, hacer pucheros, ponerse encendida y dejarse caer hacia atrás como acometida de un síncope.

—¡Yo!... ¿Puedes creer?... ¡Mi hijo!

Pronunciadas estas incoherentes palabras, perdió la noción del mundo externo. Para infundírsela nuevamente fué necesario que su hija le frotase las sienes con agua de Colonia y le aplicase a la nariz el frasco de las sales volátiles. Cuando al cabo abrió los ojos brotó de ellos un raudal de lágrimas, que se derramaron por sus mejillas y cayeron como copiosa lluvia sobre su regazo, y algo también tocó a mi gabán. Doña Cristina, en presencia de este síntoma, abrió de nuevo el saquito de piel que llevaba a prevención y donde pude ver alojados bastantes frascos; sacó uno de ellos, luego un terrón de azúcar, vertió sobre él algunas gotas del líquido y se lo metió en la boca a su mamá, quien fué recuperando poco a poco la sensibilidad y supo al fin dónde se hallaba y entre qué gente.

Por mi parte, causa indirecta de aquella desdicha, comprendí que nada era más adecuado que arrojarme por la ventanilla, aunque me estrellase la cabeza; pero imaginando esto demasiado triste, hallé un modo decoroso de evitarlo chupando el puño del bastón y poniendo los ojos en blanco. Doña Cristina no quiso reparar en estas señales trágicas; pero de tal modo penetraron en el corazón de su mamá, que me apretó las manos convulsivamente, murmurando con extravío:

—¡Ribot!... ¡Ribot!... ¡Ribot!

Temí que entrase de nuevo en el mundo de lo inconsciente y me apresuré a tomar el frasco de sales y metérselo por la nariz.

El resto del camino se pasó, a Dios gracias sin nuevo quebranto, y yo hice esfuerzos desesperados por que se olvidara mi tontería y se perdonase, hablando con formalidad de asuntos diversos, principalmente de aquellos que eran más del agrado de D.ª Cristina. Al cabo logré ver su frente desarrugada y sus ojos expresando la franca alegría de siempre. Y todavía, arrastrada de su humor, llegó a embromar con gracia a su mamá.

—¿Sabe usted, Ribot? Mamá no se desmaya sino cuando está en familia o entre personas de confianza. La mejor prueba de la simpatía que usted le inspira ha sido lo que acaba de hacer.

—¡Cristina! ¡Cristina!—exclamó D.ª Amparo entre risueña y enfadada.

—Has de ser franca, mamá... Si Ribot no te inspirase confianza, ¿te hubieras atrevido a desmayarte en su presencia?

Doña Amparo concluyó por reirse, pellizcando a su hija. Cuando nos despedimos a la puerta del hotel me invitaron para almorzar al día siguiente con ellas, habiendo determinado partir al otro para Madrid.

No podía dudarlo ya: si no estaba enamorado, marchaba hacia allá empopado y a todo paño. ¿Por qué había logrado impresionarme tan profundamente aquella mujer en tan corto tiempo? No pienso que fuera por su figura solamente, aunque coincidiese con el tipo ideal de belleza que había adorado siempre. Si me enamorase de todas las mujeres blancas y delgadas, con grandes ojos negros, que tropecé en mi vida, no hubiera tenido tiempo a hacer otra cosa. Pero había en ésta un atractivo especial, al menos para mí, que consistía en una mezcla singular de alegría y gravedad, de dulzura y rudeza, de osadía y timidez que alternativamente se reflejaban en su semblante expresivo.

A la hora señalada me presenté al día siguiente en el hotel. D.ª Cristina estaba de humor alegrísimo y me hizo saber que almorzaríamos solos, porque su mamá no había dormido bien aquella noche y estaba descansando. Esto me llenó de egoísta satisfacción, y más observando el genio expansivo y jovial que mostraba. Antes del almuerzo me sirvió un aperitivo, burlándose graciosamente de mí.

—Como le veo siempre tan desganado, tan desmayadito, he mandado subir un amargo, a ver si logramos entonar un poco ese estómago.

Yo seguía la broma.

—Estoy desesperado. Es ridículo tener tan abierto el apetito, lo comprendo; pero soy hombre de honor y lo confieso. Una vez que quise ocultarlo me salió mal el cálculo. Iba conmigo a bordo cierta dama muy linda y espiritual, a la cual pretendí hacer un poco la corte. No hallé medio mejor de inspirarle algún interés que mostrar falta absoluta de apetito, acompañada, como es consiguiente, de languidez y de poética melancolía. A la mesa rechazaba la mayor parte de los manjares. Mi alimentación consistía en tapioca, crema a la vainilla, alguna fruta y mucho café. Entre hora me quejaba de grandes debilidades y me hacía servir copitas de jerez con bizcochos. Claro está que me quedaba con un hambre terrible; pero la mataba a solas lindamente. La dama estaba entusiasmada; me profesaba ya una estimación profunda y sincera y despreciaba por groseros a todos los que en la mesa se servían alimentos más nutritivos. Pero ¡ay! llegó un momento en que, bajando al comedor de improviso, me sorprendió engullendo una lonja de tocino frío... Y todo concluyó entre nosotros. No volvió a dirigirme la palabra.

—Ha hecho bien—manifestó D.ª Cristina riendo—. Es más vergonzosa la hipocresía que el apetito.

Nos pusimos a almorzar y le hice presente que ya que aborrecía tanto la hipocresía me proponía usar de toda franqueza.

—¡Eso es! ¡Completamente franco!...—y me sirvió una ración inmensa de tortilla.

Seguimos charlando y riendo lo más bajito que podíamos; pero D.ª Cristina no se descuidaba en punto a servirme cantidades fabulosas de alimento, superiores en verdad a mis jugos gástricos. Quería rechazarlas, pero no lo permitía.

—¡Sea usted franco, capitán! Me ha prometido usted ser completamente franco.

—Señora, esto pasa ya de franqueza. Cualquiera puede llamarlo grosería.

—Yo no lo llamo. ¡Adelante! ¡Adelante!

Mas de pronto, echándose un poco hacia atrás en la silla y adoptando un tono solemne, manifestó:

—Capitán, ahora voy a proceder con usted, no como si hubiera salvado la vida a mi madre solamente, sino como si me la hubiera salvado a mí también. Quiero pagarle de una vez su vida y la mía.

Abrí los ojos desmesuradamente sin comprender lo que tales palabras significaban. Doña Cristina se levantó de la silla, y dirigiéndose a la puerta la abrió de par en par. Y apareció la camarera con una fuente de callos entre las manos.

—¡Callos!—exclamé.

—Guisados por la señora Ramona—profirió D.ª Cristina gravemente.

La broma me puso de mejor humor aún. ¡Cuán poco duró, sin embargo, aquel estado de embriagadora alegría! Al llegar los postres me dijo con naturalidad:

—¿Sabe usted una cosa?... Que ya no nos vamos mañana. Mi marido debe de llegar pasado a buscarnos.

—¿Sí?—exclamé con la expresión de un hombre a quien hacen hablar mientras le aplican una ducha.

—Aunque el viaje es un poco incómodo para venir y marcharse en seguida, dice que como mamá todavía no se habrá repuesto por completo del susto no quiere que viajemos solas.

Al decir esto sacó la carta del bolsillo y se puso a repasarla.

—Me encarga también que le dé un millón de gracias y celebra tener ocasión de dárselas en persona.

Yo veía la carta del revés, pero así y todo pude leer al final un «adiós, alma mía» que aumentó mi tristeza.

Manifesté, no obstante, mi satisfacción de conocer en breve plazo al Sr. Martí, pero necesité algún esfuerzo para ello. Como la melancolía se iba apoderando de mí y D.ª Cristina tardaría poco en advertirlo, no hallé medio mejor de combatirla que beber más cognac de lo justo detrás del café. Esto me produjo una excitación que semejaba alegría sin serlo. Hablé por los codos y debí de expresar muchas cosas ridículas y algunas inconvenientes, aunque no me acuerdo. D.ª Cristina sonreía con benevolencia. Mas como echase por quinta o sexta vez mano a la botella para escanciar otra copita, me tuvo el brazo diciendo:

—Ahora ya es usted demasiado franco, capitán. Le relevo a usted de su palabra.

—Soy esclavo de ella, señora, aunque me costase la vida—repuse riendo—. Pero no beberé más. Estoy resuelto a obedecer a usted en esto como en todo lo que me ordene... Hay, sin embargo—proseguí mirándola con osadía a los ojos—, cosas que embriagan más que el cognac y todas las bebidas espirituosas...

Doña Cristina bajó la vista y su tersa frente se arrugó. Pero volviendo al instante a sonreir dijo alegremente:

—Pues no se embriague usted de ningún modo. Aborrezco a los borrachos.

No quise seguir el consejo; y si es cierto que bebí poco más, en cambio me harté de mirar a la interesante señora. Continué charlando como un sacamuelas, y en medio de la charla intenté deslizar más de un requiebro; pero D.ª Cristina con ingenio y prudencia los cortaba antes de madurar.

Me había levantado de la silla y ella también. Estábamos al lado del balcón contemplando el trajín y movimiento del muelle. Yo, con su permiso, fumaba un tabaco habano. Como su hermosa cabeza me ocupaba mucho más qué el trajín del muelle, advertí que se le caía un peinecillo de concha que sujetaba sus cabellos.

—Si yo fuera este peinecillo me hallaría muy bien en mi sitio. No trataría de escaparme.

Y osadamente, sin darme cuenta de lo que hacía, llevé mi mano a su cabeza y le clavé de nuevo la peineta.

Se puso roja como una cereza, bajó los ojos, estuvo algunos instantes suspensa; y al fin, encarándose conmigo altivamente, profirió con voz alterada:

—Caballero, no sé qué motivos pude haberle dado a usted para que se tome conmigo ciertas libertades... El servicio que nos ha prestado le da derecho a mi gratitud, pero no a tratarme sin respeto...

Se me disipó como por ensalmo la media borrachera que tenía. Quedé aturdido y avergonzado como jamás lo estuve en mi vida ni pienso estarlo ya, y apenas pude balbucir algunas palabras de excusa. Pienso que ella no llegó a oirlas. Volvió la espalda con desprecio y entró en su alcoba.

Al cabo de un instante cruzó por mi mente una idea que no dejaba de tener ciertos visos de verosimilitud; es a saber, que estaba sobrando en aquel sitio. Y sin pararme a examinarla con suficiente atención a la luz de una crítica razonada y seria, la puse inmediatamente en práctica tomando el sombrero y alejándome sin levantar polvo.

Aunque estuve en el barco y en la oficina del consignatario y en otra porción de parajes de la villa, la vergüenza no se me quitó en todo el día. Estaba pegada a mi rostro con lacre rojo y me molestaba lo indecible. Los amigos sonreían y mascullaban las palabras Martel tres estrellas, Jamaica, Anís del Mono y otras, que sonaban a marcas de licores; pero yo sabía a qué atenerme y esto aumentaba mi malestar. Todavía al día siguiente, después de lavarme y frotarme enérgicamente con jabón, me pareció advertir algunas migajitas adheridas a la piel.

Por supuesto, hice cuanto me fué posible por no acordarme ya de D.ª Cristina ni del santo de su nombre; y me parece que lo conseguí durante aquel día. Pero de noche su imagen no quiso apartarse el canto de un é de mi litera, me tiró de los piés, me agarró de los pelos, me dió de bofetadas y más tarde, para indemnizarme de estas atroces vejaciones, se inclinó suavemente y rozó con sus labios mis mejillas.

Al despertar me asaltó una idea luminosa. Debiendo llegar Martí aquel día, yo estaba en el deber ineludible de ir a esperarle a la estación: primero, por cortesia; segundo, por evitar que preguntase por mí y esto originase alguna turbación a su esposa; tercero, porque a D.ª Amparo le sorprendería que no lo hiciese; cuarto, porque era necesario no dejar traslucir el desabrimiento que entre nosotros se había suscitado; quinto... No sé lo que era el quinto, pero tengo una idea vaga de que existía y que era algo parecido al deseo rabioso que yo sentía de volver a ver a D.ª Cristina.

El tren correo llegaba por la tarde. Tenía, pues, tiempo sobrado para medir los inconvenientes de semejante paso y arrepentirme. Pero después de considerarlo en todos sus aspectos y volverlo a considerar y hacer infinitos esfuerzos por que Dios me tocase en el corazón, el arrepentimiento no vino y las piernas me condujeron, casi a mi despecho, a la estación.

Al poner el pie en el andén atisbé a mis señoras hablando con un empleado. Desplegando entonces las prodigiosas aptitudes diplomáticas con que al cielo le plugo favorecerme, crucé por delante de ellas a paso lento y profundamente absorto en la contemplación de unos montones de remolacha.

—¡Ribot...! ¡Ribot!

Me paro en firme, lleno de asombro. Vuelvo la cabeza al Sudeste, luego al Norte, después al Noroeste, y así sucesivamente a todos los puntos de la rosa náutica, hasta que, después de muchos ensayos infructuosos, logro dar con el sitio de donde partía la voz.

—¡Oh, señoras!

Me acerqué rebosando de sorpresa y estreché la mano de D.ª Amparo. Fuí a hacer lo mismo con Cristina y... ¿no había dicho antes que esta dama tenía la tez blanca? Pues hay que rectificar. En aquel momento me pareció que había nacido en el Senegal.

Le pregunté por su salud, sin atreverme a extender la mano, y me respondió, volviendo su mirada a otro lado:

—¿Cómo ha sido eso, Ribot? En todo el día de ayer no ha parecido por casa, y hoy tampoco.

Me excusé con mis ocupaciones. D.ª Amparo no quiso aceptar la disculpa y me reprendió cariñosamente. Aquella señora se mostraba conmigo cada vez más afectuosa y amable. Mientras hablábamos, D.ª Cristina no despegó los labios. Yo estaba molesto y confuso. No me atrevía a mirarla de frente; pero la observaba con el rabillo del ojo y advertía que su rostro, en vez de recobrar el aspecto ordinario, se iba oscureciendo todavía más. Sus ojos se obstinaban en mirar al lado contrario en que yo estaba.

Doña Amparo, sin darse cuenta de nada, hizo el gasto de la conversación. Por mi parte, hablaba poco y mal ordenado. Me estaba pesando atrozmente el haber venido, y sentía impulsos de marcharme con cualquier pretexto y no aguardar la llegada de Martí. Mas antes de que pudiera resolverme sonó la trompeta del guarda-agujas anunciado que el tren estaba a la vista. Ya no era posible hacerlo sin grave descortesía.

Penetró el tren en la estación, y entre el buen número de cabezas que venían asomadas a las ventanillas de los coches los ojos de D.ª Cristina descubrieron la de su marido.

—¡Emilio!—gritó con alegría.

—¡Cristina!—respondió él lo mismo.

Y sin aguardar a que el tren parase por completo, saltó al suelo y la abrazó y la besó con efusión. Pero ella, ruborizada como una colegiala, sonriendo al mismo tiempo de gozo, se zafó bruscamente de sus brazos.

—¡Siempre la misma!—exclamó él riendo a carcajadas, mientras tendía la mano a su suegra.

Esta no se satisfizo con la mano, sino que le tomó la cabeza como un niño y le besó repetidas veces, preguntándole con afanoso interés por el viaje, y él a ella por su salud.

Mientras hablaban, yo me mantenía respetuosamente alejado del grupo. Mas he aquí que a los pocos instantes D.ª Cristina vuelve los ojos hacia mí y me dirige una sonrisa afectuosa, haciéndome al mismo tiempo seña con la mano para que me acercarse. Aquella sonrisa inesperada me causó tal gozo y sorpresa que apenas pude disimular la impresión. Me apresuré a obedecer.

—¡El salvador de mamá!—dijo con un poco de énfasis, presentándome a su marido.

Este me estrechó las manos cariñosamente, repitiéndome infinitas gracias. Era un hombre de veintiocho a treinta años, alto, delgado, de rostro pálido y ojos negros, con barba negra también, sedosa y abundante; un tipo levantino como el de su esposa, pero débil y enfermizo, al menos en la apariencia.

—Gracias a su arrojo—prosiguió la dama—no lloramos hoy una desgracia.

—¡Señora!—exclamé—. ¡El hecho no tiene valor alguno! Lo mismo haría cualquier marinero que por allí cruzase.

Pero ella, sin atenderme, relató el lance con todos sus pormenores, realzando exageradamente mi conducta.

Este panegírico en su boca, después de lo que había ocurrido, me causó más vergüenza que alegría. Sentí remordimientos, y lo que en un principio me pareció solamente leve imprudencia se me representó ahora como una falta de delicadeza.

Regresamos a la villa y los dejé a la puerta del hotel sin querer subir, a pesar de las instancias de Martí. En aquellos primeros momentos la presencia de un extraño tenía que ser molesta. Pero convine con él en que tomaríamos café juntos por la noche en el Suizo. Abrigaba la esperanza de que traería a su señora, pues a ésta le gustaba dar un paseo después de la comida.

No se verificó tal esperanza. Martí se presentó solo, manifestando que su mujer se sentía fatigada y con jaqueca. Pensé que era un pretexto y me causó tristeza. Quizá disipado el primer instante de alegría efusiva, habría vuelto la desconfianza y el rencor a su corazón.

Antes de una hora Martí y yo éramos excelentes amigos. Me pareció hombre simpático, de genio abierto, cariñoso, alegre y un poco cándido. Los cien negocios que tenía entre manos no le dejaban vagar para fijarse mucho tiempo en una misma cosa. Saltaba en la conversación de uno a otro asunto con ligereza, aunque siempre mostrando despejo y energía. Yo le dejaba hablar observándole con una curiosidad intensa. Lo que más impreso me quedó de él en aquella primera conversación fué cierto modo de ahuecar su cabellera ondeada metiendo los dedos por detrás a modo de peine y tosiendo levemente cuando iba a expresar alguna idea que juzgaba importante. Este ademán, que en otro quizá pareciera ridículo, resultaba en él gracioso y de amable ingenuidad. No puedo expresar claramente los sentimientos que Martí me inspiraba entonces. Eran una mezcla indefinible de simpatía y repulsión, de curiosidad y recelo que sólo podrá explicarse el que se haya encontrado alguna vez en situación análoga a la mía.

El Urano debía zarpar al día siguiente en la marea de la tarde. Por la mañana me presenté en el hotel a despedirme de mis nuevos amigos. Martí y su suegra expresaron con calor su disgusto por mi marcha. Cristina no se presentó. Estaba encerrada en su alcoba arreglándose, a lo que pude entender, y no tuvo la amabilidad de pedirme que aguardara: antes, al contrario, se despidió tan apresuradamente que parecía temerlo.

—Adiós, Ribot—gritó desde adentro—. Dispénseme que no salga: es imposible en este momento. Que lleve usted un viaje muy feliz y le repito un millón de gracias. No olvidaremos jamás lo que usted ha hecho. Buen viaje.

Martí quiso que almorzara con ellos; pero tenía mucho que hacer y rehusé. Además, lo confieso, me sentía tan melancólico que deseaba verme en la calle. Tanto él como doña Amparo me hicieron mil amables ofrecimientos para que cuando volviese a Barcelona, ya que el vapor se detenía allí siempre ocho o diez días, hiciese una escapatoria a Valencia. Lo mismo él que su esposa tendrían gran placer en hospedarme en su casa. Vime necesitado a prometérselo, pero con el designio formado de no cumplir la promesa. Había siempre dificultad en dejar el barco; pero sobre todo la frialdad hostil que advertía en doña Cristina no me alentaba a ello.

Por la tarde se presentó a bordo para apretarme otra vez la mano antes de marchar. Me instó de nuevo calurosamente para que no dejase de hacerle una visita. Volví a prometérselo con la reserva mental ya indicada. Al cabo nos despedimos muy afectuosamente y me hice a la mar prosiguiendo mi viaje a Hamburgo.

IV

SÓLO cuando me hallé sobre el puente entre el cielo y el mar pude darme cuenta de la impresión que en mi espíritu había causado la esposa de Martí. ¡Cuántas horas había pasado de aquel modo en la soledad del océano entregado a mis pensamientos! Pocas veces habían sido tristes. Mi vida, después de la profunda pena que la muerte de la novia de que he hablado me hizo experimentar, se había deslizado generalmente tranquila, si no feliz.

Nací en Alicante, hijo de padre marino. Mostré en la segunda enseñanza afición al estudio. Mi padre hubiera deseado que fuese abogado ó médico; todo menos marino. Pero yo hallaba las carreras con que me brindaba asaz prosaicas, y arrastrado del romanticismo propio de la adolescencia y de mi temperamento un poco soñador y fantástico preferí justamente esta carrera. Cedió mi padre con disgusto en la apariencia, tal vez halagado en el fondo por el aprecio que hacía de su profesión: me hice piloto en corto tiempo: navegué en dos viajes a Cuba como agregado. Pero habiendo fallecido la única hermana que tenía y quedando mi madre demasiado sola, me vi impulsado a quedarme en casa y llevar en Alicante la vida de señorito ocioso. Á nadie sorprendió eso. Como se decía que mi padre había reunido un razonable caudal, me eximía de buen grado de la dura ley del trabajo.

Pocos años después me enamoré. Concertóse mi matrimonio, y se hubiera llevado a efecto si Matilde, que así se llamaba mi futura, no hubiera enfermado. Se esperó a que mejorase, y esperando, esperando, la buena y hermosa niña se murió. Fué tan violento el dolor que experimenté que se temió por mi salud y hasta por mi razón. Mis padres no hallaron medio más adecuado para curarme que hacerme viajar. Lo acepté con indiferencia. De nuevo navegué como segundo en un vapor de la misma compañía en que estaba empleado mi padre. Al cabo de pocos meses éste quedó paralítico del reuma y mientras se curaba los armadores me confiaron interinamente el mando del Urano. Desgraciadamente mi padre no pudo ejercerlo de nuevo: arrastró algún tiempo una existencia penosa y al cabo falleció. Mi madre hubiera deseado que dejase la profesión y viviese de nuevo a su lado y ocioso; pero me había acostumbrado de tal modo a la mar y a la existencia varia y activa, hoy en un puerto, mañana en otro, del navegante, que no pudo la cuitada persuadirme a ello. A bordo, pues, de mi vapor, al cual había tomado gran cariño, cumplí los treinta y seis años. Murió mi madre y poco después se efectuó el lance que acabo de relatar.

Digo, pues, que a solas con mi pensamiento entendí que D.ª Cristina se había apoderado demasiado de él. Su imagen flotaba ante mí como un sueño. Aquella mirada, tan pronto grave como picaresca, de sus ojos negros, aquel pudor susceptible, su firmeza, su rubor de colegiala contrastando con un desenfado gracioso; luego su facilidad en el perdón, la ternura reprimida que había mostrado a su marido, todo tendía a idealizarla. Pero más que nada, lo confieso, contribuía a ello mi propio temperamento y la soledad en que el marino pasa lo más del tiempo. Después de la muerte de Matilde, no había vuelto a ocuparse mi corazón con un amor verdadero. Devaneos, aventuras de algunos días, bureos en los diferentes puntos de escala. Así había llegado a ver las primeras canas en mi barba y cabello. Pero mi natural romántico, aunque dormido en el fondo del corazón, no había muerto. Las aventuras truhanescas, las zambras corridas en los puertos, lejos de asfixiarlo, lo hacían revivir. Nunca me sentía más pensativo y melancólico que después de una de estas noches de orgía. Para recobrar el equilibrio me tumbaba bajo la toldilla con un libro entre las manos; aspirando a plenos pulmones el aire puro del mar y abriendo mi alma a las ideas de los grandes poetas y filósofos, me tornaba la paz y la alegría. La lectura fué siempre el recurso supremo de mi vida, el bálsamo más eficaz para mitigar sus inquietudes.

La aventura de D.ª Cristina me trasportaba en plena idealidad, me hacía respirar el ambiente en que me hallaba más sano y feliz. Así que detenía complaciente mi pensamiento sobre ella, sin pensar que esto pudiera acarrearme ningún disgusto. Muchas veces, al cruzar a mi lado en cualquier puerto una joven hermosa, procuraba guardar su imagen en la retina tenazmente. Luego, en la soledad del mar, la evocaba mi fantasía, la hacía vivir colocándola en situaciones diversas, la hacía hablar y reir y enojarse y llorar, dotándola de mil cualidades amables. Y abrazado a este fantasma pasaba algunos días dichoso. Hasta que llegaba a un puerto y se disipaba o era sustituído por otro.

Pues ahora quise hacer lo mismo. No pude lograrlo sino a medias. Doña Cristina no había cruzado fugazmente a mi lado como tantas otras mujeres hermosas. La impresión que de ella me quedó era mucho más honda; había agitado casi todas las fibras de mi ser. En vez de representármela a mi gusto, la veía como se me ofreciera en la realidad. Y volvía a sentir la vergüenza y la tristeza que me había hecho experimentar. Por otra parte, su estado de casada privaba a mis sueños de la amable inocencia que otras veces tenían, los teñía de un matiz sombrío poco gustoso para la conciencia.

Estas razones me determinaron a trabajar para alejarlos de mi mente. Procuré distraerme de tales imaginaciones, olvidar a la bella valenciana y recobrar la calma. Gracias a mis esfuerzos, y aún más, a mis prosaicas ocupaciones, no tardé en lograrlo. Mas al cruzar la costa de Levante, de vuelta de Hamburgo, cuando doblé el cabo de San Antonio y se extendió ante mi vista aquella campiña de suavidad incomparable que Valencia recoge y cierra con su huerta eternamente verde como un broche de esmeralda, la imagen de doña Cristina se me ofreció de nuevo más ideal, más seductora que antes; se apoderó de mi imaginación para no dejarla ya más.

No sé cómo fué, pero al día siguiente de llegar a Barcelona, arreglados apresuradamente los negocios más precisos, confié el barco al segundo y me metí en el tren de Valencia. Llegué al oscurecer, me alojé en un buen hotel, comí, me vestí de limpio y acicalé con más pulcritud que lo había hecho en mi vida y salí a la calle en busca de la casa de Martí.

Sólo entonces me di cuenta de la tontería que había hecho. Sabía bien que Martí me recibiría con los brazos abiertos, y aun agradecería mi visita; pero ¿qué pensaría de ella su esposa? ¿No recelaría que era interesada y se pondría en guardia? La idea de que pudiera sospechar que quería hacerle pagar con un galanteo molesto el servicio de Gijón me abochornaba. Estuve tentado a dar la vuelta al hotel, meterme en la cama y partir al día siguiente sin dar cuenta a nadie de mi estancia en Valencia. Sin embargo, un impulso irresistible me arrastraba a verla de nuevo. Un instante, tan sólo un instante, para grabar su imagen más profundamente en mi espíritu y después partir y soñar con ella toda la vida.

Caminando a paso lento llegué a la plaza de la Reina, sitio el más céntrico y concurrido de la ciudad. La noche estaba serena, el ambiente tibio, los balcones abiertos; delante de los cafés, los parroquianos sentados al aire libre. ¡Y pensar que dejaba allá en Hamburgo a los pobres alemanes tiritando aún de frío! Sentéme debajo del toldo del café del Siglo, tanto para tranquilizarme como para dejar que en casa de Martí terminasen de cenar. Cuando calculé que ya era tiempo entré por la calle del Mar, que cerca de allí desemboca. Seguíla entre turbado y alegre, y me detuve delante del número que Martí me había indicado. Era una de las casas más suntuosas de la calle, elegante, de moderna construcción, con elevado piso principal y un ático de buen gusto encima. El portal grande, adornado de estatuas y plantas y esclarecido por dos mecheros de gas. Uno de los balcones estaba entreabierto y por él se escapaban en aquel momento las notas alegres de un piano.—¿Será ella quien lo toca?—me pregunté con emoción—. Gocé algunos instantes de aquella música y me acerqué al fin a la puerta. El portero llamó a un criado, el cual, enterado de que deseaba hablar con su amo para un asunto urgente, me hizo pasar al despacho. No tardó en presentarse Martí. ¡Qué grito de sorpresa! ¡Qué abrazo cordial me dió! Luego, llevándome por un corredor y hablándome en falsete para no privar de la sorpresa a su esposa, me empujó hacia la puerta de un gabinete donde había gente.

—Cristina, ahí tienes una mala persona.

Estaba sentada al piano. Al oir la voz de su marido volvió la cabeza: su mirada se encontró con la mía. Apartóla instantáneamente y se volvió de nuevo hacia el piano, con la misma rapidez que si hubiera visto algo muy triste o espantable. Pero, dominándose, casi al mismo tiempo, se levantó y, avanzando hacia mí con sonrisa forzada, me tendió la mano diciéndome:

—Mucho gusto en verle, Ribot. Agradecemos infinito su visita....

Yo tenía el corazón apretado y no pude menos de responderle con cierto despecho:

—No la agradezca usted. Ha sido casual. Tenía un asunto que evacuar en Valencia y por eso me hallo aquí.

Martí me abrazó de nuevo riendo.

—Me encanta esa franqueza ruda de los marinos. Así se debe hablar. Fuera esas mentiras convencionales que a nadie engañan y sólo sirven para declararnos por farsantes. Lo importante es que le tenemos a usted aquí y que su visita nos causa un vivo placer.

Luego, volviéndose a los circunstantes, añadió, no sin cierto énfasis:

—Señores, les presento al capitán del Urano. ¡No tengo más que decir!

Se acercó a darme la mano un joven extraordinariamente flaco, de piel rugosa y tostada como si acabase de ejecutar largos y penosos trabajos al sol, prematuramente calvo, y de cuya boca pendía una pipa enorme atiborrada de tabaco. Vestía con elegancia, aunque poca curiosidad.

—Mi hermano político Sabas.

Llegó después otro sujeto de la edad de Martí, poco más o menos, más alto que bajo, rubio, de bigote exiguo y sedoso, ojos azules de mirar firme y escrutador, pelo lacio y atusado con esmero. Vestía igualmente a la moda, pero con una pulcritud que contrastaba con la negligencia del otro.

—Mi íntimo amigo y socio D. Enrique Castell.

Éstos eran los únicos hombres que allí había. En seguida me llevó delante de D.ª Amparo, que hacía crochet sentada en un silloncito de raso encarnado; después me presentó a la señora de su cuñado, una mujercita regordeta, carirredonda, rubia, con ojos azules, que sentada en un diván tenía sobre el regazo un bastidor en que bordaba. A su lado estaba una jovencita de diez y seis o diez y siete años, cuyo rostro de corrección admirable, suave y nacarado ofrecía la misma expresión de tímida inocencia que las vírgenes de Murillo. Era hija de una señora de cabello blanco, nariz aguileña, fisonomía severa e imponente que estaba sentada al lado de una mesilla dorada, con un periódico en las manos. Martí me la presentó como su tía Clara, prima hermana de su madre política.

Toda esta sociedad me acogió con extremada benevolencia, y muy particularmente doña Amparo, que con los ojos rasados de lágrimas me estrechó ambas manos fuertemente y me las retuvo largo tiempo hasta que el exceso de la emoción la obligó a soltarlas para llevarse el pañuelo a los ojos. En los primeros momentos la conversación versó sobre el percance de aquella señora. Se hicieron elogios de mi conducta, que me avergonzaron y pusieron inquieto, y se discutieron las causas que habían originado el suceso. El cuñado de Martí, con voz cavernosa y velada, tal vez por el abuso del tabaco, censuró agriamente la conducta de las autoridades de Gijón, que no tenían alumbrado de un modo conveniente el muelle. Respondí yo que los muelles estaban casi todos alumbrados de la misma manera por no hallarse originariamente destinados a paseo público, sino a la carga y descarga de las mercancías. Insistió él manifestando que de hecho en todas las ciudades marítimas los muelles constituyen un sitio de esparcimiento. Repliqué yo que en ese caso los paseantes debían de atenerse a las consecuencias. Martí vino a cortar la disputa preguntándome en qué hotel había dejado mi maleta para enviar por ella. En vano quise oponerme. Observé que mi negativa le molestaba, y al cabo consentí en ello tanto más cuanto que toda la familia se unió a él para rogármelo.

Mientras tanto Cristina tecleaba al piano con mano distraída, hablando al mismo tiempo con su cuñada. Vestía una elegante bata suelta de color rojo, al través de cuyos pliegues quise adivinar que estaba encinta. Siempre que podía la miraba con intensa atención. Y como lo advirtiese, se mostraba inquieta, nerviosa y ponía empeño en que su mirada no tropezase con la mía.

Martí salió a dar las órdenes oportunas para mi alojamiento. Su amigo y socio, que había guardado silencio, reclinado con negligencia en la butaca, una pierna sobre otra, se puso a hacerme preguntas sobre mis viajes, los fletes, las escalas y todo lo referente al comercio a que los buques de nuestros armadores se dedicaban. La plática adquirió todo el aspecto de un examen, porque Castell demostraba saber tanto o más que yo de tales asuntos; había viajado mucho, conocía dos o tres lenguas a la perfección y de sus viajes no sólo había sacado útiles conocimientos para los negocios comerciales, sino una muchedumbre de noticias etnográficas, históricas y artísticas que yo estaba lejos de poseer. Era un hombre realmente instruído, pero no pude menos de notar que le placía demasiado exhibir su ilustración, que redondeaba con esmero los períodos al hablar y se escuchaba, y que, sin faltar a la cortesía, no ocultaba el poco aprecio que hacía de las opiniones de los demás. En suma, aquel buen señor no me fué simpático, aunque reconociese las estimables cualidades de que estaba adornado. Tenía una voz clara, pastosa, de predicador, y accionaba grave y noblemente, lo cual le permitía lucir su mano, que era breve y bella y adornada de sortijas.

Entró Martí de nuevo, y su tía Clara, sin abandonar el periódico, le interpeló:

—Vamos a ver, Emilio, ¿cómo han quedado los aceites? ¿No es cierto que han subido esta semana veinte céntimos?

—Sí, tía, tengo entendido que han subido y que subirán más aún.

—¡No podía menos!—exclamó en tono triunfal—. Se lo he anunciado a Retamoso el mes pasado y no me ha hecho caso. Es tozudo como buen gallego y de una vista tan corta para los negocios, que apenas ve más allá de sus narices. Si no me tuviese a su lado estoy persuadida de que muy pronto daríamos quiebra.

La voz de aquella señora era vibrante, poderosa; su cabeza escultural se erguía con tanta altivez al hablar, su nariz aguileña se hinchaba y sus ojos parpadeaban de un modo tan imponente que en su presencia se creía uno transportado a los tiempos heroicos de la república romana. Cornelia, la madre de los Gracos, no pudo ser más severa y majestuosa.

Martí tosió evitando responder, por no atreverse a llevar la contraria a su tía y no ofender tampoco a su tío.

—¿Y qué me dices de la baja del cacao?—prosiguió con el acento heroico que si hubiese preguntado a un cónsul por una legión sorprendida y deshecha por los galos.

Martí se contentó con alzar los hombros.

—Aún tenía valor para negarme que estaba herido de muerte—añadió con creciente altivez—. Sólo a un hombre de criterio estrecho, completamente inepto para las especulaciones al por mayor, se le pudo ocultar. Así que vi llegar los vapores de Ibarra cargados de guayaquil me dije: «¡Alto! Este grano está de baja.»