| Nota del transcriptor: En esta edición se han mantenido las convenciones ortográficas del original, incluyendo las variadas normas de acentuación presentes en el texto. |
MAXIMINA
| NOVELAS DEL MISMO AUTOR | |
| Pesetas. | |
| El Señorito Octavio (nueva edición), un tomo | 4 |
| Marta y María (nueva edición), un tomo | 4 |
| Traducida al inglés por Mr. Nathan Haskell Dale.—Un tomo.—New-York. | |
| Traducida al ruso por Mr. Pawlosky: publicada en el Diario de SanPetersburgo. | |
| Traducida á la lengua bohemia por O. S. Vetti.—Un tomo.—Praga. | |
| Traducida al sueco por A. Hulman.—Un tomo.—Stockolmo. | |
| El Idilio de un enfermo (nueva edición), un tomo | 4 |
| Traducida al francés por Mr. Albert Savine: publicada en Les Heuresdu Salon et de l’Atelier. | |
| Traducida á la lengua bohemia por Mr. A. Pikhart.—Un tomo.—Praga. | |
| Aguas fuertes, un tomo | 3 |
| Traducidas y publicadas la mayor parte de estas novelitas por La IndependenciaBelga, El Diario de Ginebra, El Correo de Hannover,Hlas Národa Lumir y otros periodicos y revistas. | |
| José, un tomo | 3,50 |
| Edición española con prefacio y notas en inglés para el estudio delcastellano en Inglaterra y Estados Unidos, por el profesor Mr. Davidson.—Untomo.—New-York.—London. | |
| Traducida al francés por Mlle. Sara Oquendo y publicada en la Revuede la Mode.—París. | |
| Traducida al alemán y publicada en Interhaltungs-Beilage. | |
| Traducida al holandés por Mr. Hora Adema y publicada en HetNienws van den Dag.—Amsterdam. | |
| Traducida al sueco por A. Hillman.—Un tomo.—Stockolmo. | |
| Riverita, dos tomos | 6 |
| Traducida al francés por Mr. Julien Lugol y publicada en la Revue Internationale. | |
| Maximina (nueva edición), un tomo | 4 |
| Traducida al inglés por Mr. Haskell Dole.—Un tomo.—New-York. | |
| El Cuarto Poder, dos tomos | 6 |
| Traducida al holandés por Mr. Hora Adema.—Un tomo.—Amsterdam. | |
| Traducida al inglés por Miss Rachel Challice.—Un tomo.—New-York. | |
| La Hermana San Sulpicio (nueva edición), un tomo | 4 |
| Traducida al inglés por Mr. Haskell Dole.—Un tomo.—New-York. | |
| Traducida al holandés y publicada en El Correo de Rotterdam. | |
| Traducida al sueco por Mr. A. Hulman.—Un tomo.—Stockolmo. | |
| La Espuma (ilustrada por Alcázar y Cuchy), dos tomos | 8 |
| Traducida al inglés por Clara Bell.—Un tomo.—London. | |
| La Fe, un tomo | 4 |
| Traducida al inglés por Miss I. Hapgood.—Un tomo.—New-York. | |
| El Maestrante, un tomo | 4 |
| Traducida al francés por Mr. J. Gaure, con un estudio preliminar deMr. Bordes.—Un tomo.—París. | |
| Traducida al inglés por Miss Challice.—Un tomo.—London. | |
| El Origen del Pensamiento, un tomo | 4 |
| Traducida al inglés por I. Hapgood: publicada en The Cosmopolitan,con ilustraciones de Cabrinety. | |
| Traducida al francés por Mr. Max Delime: publicada en la Revue Britannique. | |
| Los Majos de Cádiz, un tomo | 4 |
| La Alegría del Capitán Ribot, un tomo | 4 |
| Traducida al inglés por Miss Minna C. Smith.—Un tomo.—New-York. | |
| Traducida al holandés por el Dr. A Fokker.—Un tomo.—Amsterdam. | |
| LOS PEDIDOS Á D. VICTORIANO SUÁREZ, PRECIADOS, 48, MADRID | |
OBRAS COMPLETAS
DE
D. ARMANDO PALACIO VALDÉS
TOMO VI
MAXIMINA
MADRID
Librería de Victoriano Suárez,
PRECIADOS, NÚMERO 48
1901
ES PROPIEDAD DEL AUTOR
MADRID.—Hijos de M. G. Hernández, Libertad, 16 dup.º
ÍNDICE
[I, ] [II, ] [III, ] [IV, ] [V, ] [VI, ] [VII, ] [VIII, ] [IX, ] [X, ] [XI, ] [XII, ] [XIII, ] [XIV, ] [XV, ] [XVI, ] [XVII, ] [XVIII, ] [XIX, ] [XX, ] [XXI, ] [XXII, ] [XXIII, ] [XXIV, ] [XXV, ] [XXVI, ] [XXVII, ] [XXVIII, ] [XXIX, ] [XXX, ] [XXXI]
I
LEGÓ á Pasajes Miguel, un viernes por la tarde. Al apearse del tren halló el esquife de Úrsula amarrado á la orilla.
—Felices tardes, D. Miguel—le dijo la batelera, expresando en su rostro, cada vez más encendido por el alcohol, una alegría sincera.—Ya me pensaba que no le vería más...
—¿Pues?
—¡Qué sé yo!... eso de casarse lo entienden tan mal los hombres... Pues mire usted, señorito, aquí en el pueblo todos se han alegrado mucho al saber la noticia... Sólo algunas envidiosas no querían creerlo... ¡Jesucristo lo que voy á hacerlas rabiar esta noche! Voy á recorrer el pueblo diciendo que yo misma le he llevado á casa de D. Valentín.
—Déjate de hacer rabiar á nadie—repuso el joven riendo—y aprieta un poco más á los remos.
—¿Tiene gana de ver á Maximina?
Era la hora del oscurecer. Las sombras amontonadas en el fondo de la bahía subían ya á lo alto de las montañas. En los pocos buques anclados la tripulación se ocupaba en la carga y descarga, y sus gritos y el chirrido de las maquinillas era lo único que turbaba la paz de aquel recinto. Allá enfrente comenzaban á verse algunas luces dentro de las casas. Miguel no apartaba los ojos de una que fulguraba débilmente en la morada del ex capitán del Rápido. Sentía un anhelo grato y deleitable que estremecía de vez en cuando sus labios y hacía perder el compás á su corazón. Pero en el balcón de madera, donde tantas veces se había reclinado para contemplar la salida y entrada de los buques, nadie parecía ahora. Su rostro contraído denunciaba el afán que le embargaba. Úrsula sonreía mirándole fijamente sin que él lo advirtiese.
Saltó en tierra, despidióse de aquella, subió la desigual escalera de piedra y se internó por la única y tortuosa calle del pueblo. Al llegar á la plazoleta de marras percibió en el balcón de la casa de su novia una figura que desapareció rápidamente. El joven sonrió de placer y á paso rápido se introdujo en el portal. Sin mirar siquiera al estanquillo, llamó á la puerta con los nudillos.
—¿Quién?—dijo de adentro en seguida una voz dulce y pastosa que sonó en su corazón como música celeste.
—Servidor.
Tiraron del cordel, empujó la puerta y vió en el primer descanso de la escalera á la misma Maximina con una bujía en la mano. Vestía un traje de cuadros blancos y negros y llevaba el peinado en trenza como siempre. Estaba un poco más pálida, y como testimonio de sus recientes inquietudes dibujábanse en torno de sus ojos garzos dos círculos levemente azulados. Presentóse sonriente y ruborizada á la vista de Miguel, quien de dos brincos salvó la distancia que le separaba de ella, y cogiéndole la cara le aplicó una razonable cantidad de besos, no sin que la niña protestase haciendo esfuerzos por separarse.
—¡Eso lo veo yo!—dijo una voz desde arriba. Era la de D.ª Rosalía.
Á pesar del tono jocoso que había usado, Maximina se asustó tanto que dejó caer la bujía y quedaron enteramente á oscuras. D.ª Rosalía, sofocada de risa, vino con una lámpara; pero ya su sobrina había desaparecido.
—¿Ha visto usted qué criatura?... Se va á casar mañana, y se espanta lo mismo que si le conociese de ayer... De seguro que ya está cerrada en su cuarto... Le va á costar á usted trabajo hacerla salir.
Miguel subió en efecto á la habitación de su novia y llamó á la puerta suavemente. No contestaron.
—Maximina—dijo conteniendo á duras penas la risa.
—¡No quiero! ¡no quiero!—respondió la niña con cierta precipitación cómica.
—Pero ¿qué es lo que no quieres?
—No quiero salir.
—¡Ah! no quieres salir... Pues mira, el cura no va á casarnos con tanta madera por el medio...
Hubo unos momentos de silencio. El hijo del brigadier arrimó la boca á la cerradura y dijo suavizando la voz:
—¿Por qué no quieres abrir, tonta?... ¿Te da vergüenza?
—Sí—articuló desde dentro la niña.
—No tengas cuidado; tu tía no está aquí.
Al cabo de un rato y después de bastantes ruegos, se decidió á abrir. Aún estaba ruborizada hasta las orejas. Miguel se apoderó de sus manos, y le dijo reprendiéndola con mimo:
—Anda, pícara, que no me has esperado al balcón... Yo, mira que te mira hasta sacarme los ojos; pero de Maximina ¡ni rastro!
La chica bajó los ojos diciendo:
—Sí, sí.
—¿Qué quiere decir sí, sí? ¿Me has esperado?
—Desde que comimos no me he separado del balcón. Le he visto entrar en el bote; le he visto hablar con Úrsula y reirse, después saltar en tierra, y por fin le vi desde el otro balcón llegar á la plazuela...
—Eso último ya lo sé... Pero vamos á ver, ¿cuándo piensas apearme el tratamiento? ¿Vas á tratarme de usted después de casados?
—¡Oh, no!
Bajaron á la sala. Estaban en ella D. Valentín, Adolfo y las niñas, que saludaron al viajero con efusión. La efusión del ex capitán era, por supuesto, la que correspondía á un cetáceo no muy comunicativo; pero se traslucía bien que estaba satisfecho. Al instante llegó D.ª Rosalía, quien al ver á Maximina no pudo reprimir la risa, con lo cual, tanto se corrió la niña, que salió como un huracán por la puerta y subió á brincos otra vez la escalera. Miguel logró alcanzarla antes de llegar á su cuarto. Mientras procuraba hacerle volver á la sala por medio de súplicas, D.ª Rosalía, irritada por aquella huída, gritaba desde abajo:
—Déjela usted, D. Miguel; deje usted á esa tontuela mimosa... ¡No sé cómo hay quien la quiera! ¡Uf, qué mentecata!
Es inútil decir que con estos insultos Maximina se echó á llorar; pero estaba allí Miguel para consolarla, y nadie en el mundo lo podría hacer con tan buen éxito. Al poco rato bajaron los prometidos y se formó en la sala una tertulia con los vecinos que fueron llegando á felicitarles. D.ª Rosalía no pareció en mucho rato desabrida sin duda con su sobrina por el grave delito de tener pudor.
Lo que formaba el núcleo de la tertulia era una docena de jóvenes anhelantes por ver los regalos del novio; el cual, sin fijarse en este deseo que apenas comprendía, las hizo pasar una hora lo menos de tortura; hasta que la misma D.ª Rosalía le llamó aparte y le expresó la conveniencia de exhibirlos. Hízolo así nuestro joven arrastrando el baúl y una maletita de mano, donde traía algunas joyas, hasta el medio de la sala. Sacó los dos únicos vestidos que traía para su novia; uno, el que debía vestir en el acto de la ceremonia nupcial; otro, el que debía llevar en el viaje. Ambos fueron muy celebrados por lindos y elegantes. Lo mismo el rico aderezo de brillantes y perlas. No se hartaban las lugareñas de manosear aquellos objetos y loarlos, mostrando con sus hiperbólicas exclamaciones que estimaban como suprema felicidad en este mundo el poseer cosas parecidas. Maximina, detrás de todos, miraba con más estupor que curiosidad, abriendo mucho los ojos. Sus amigas le dirigían de vez en cuando miradas tan vivas como equívocas, á las cuales contestaba con una leve y forzada sonrisa, sin perder la expresión de susto que se pintaba en su rostro. Creció este susto cuando vió sacar del baúl el traje de boda, que era blanco y de seda y adornado con azahar. Se puso fuertemente colorada, y desde entonces no le abandonó el rubor y la inquietud en toda la noche.
Pasáronla alegremente cantando y bailando al son de la guitarra. D. Valentín ¡oh caso portentoso! bailó con una buena moza que, á fuerza de instancias, le llegó á calentar los cascos; mas hubo de retirarse al instante desesperado porque un vivo dolor reumático le paralizó la pierna derecha. Su dulce esposa le consoló diciendo:
—¡Bien empleado te está!... ¡Por fachenda!
Miguel también bailó, eligiendo con mucha frecuencia á Maximina por pareja. En los momentos de descanso se sentaban juntos allá por algún rincón de la sala y cambiaban pocas palabras, pero infinitas miradas. El hijo del brigadier, viendo sofocada á su novia, tomó un abanico y se puso á darla aire. Maximina, observando que los miraban y alguien sonreía, le detuvo suavemente diciendo:
—No necesito aire, muchas gracias. Usted está más acalorado que yo...
—¿Cómo usted? ¿Estamos en esas?
—Bien, pues... estás más acalorado que yo... Abanícate.
Á las diez se retiraron todos, despidiéndose de los novios con sonrisillas más ó menos maliciosas.
—Hasta mañana, Maximina... Que duermas bien.
—La última noche de soltera, querida. Hazte cargo bien de ello, ¡la última noche!—dijo una anciana matrona que había tenido once hijos y seis malos partos.
Maximina sonrió, acortada.
—Adiós, adiós... ¡Qué pena nos va á dar cuando te marches!
Y algunas jóvenes la besaron repetidas veces con grandes extremos de cariño.
—Niña, no olvides que es la última noche de soltera. Piénsalo bien, que el asunto es grave—dijo otra vez la matrona.
Entonces la vieja frunció la frente y dijo por lo bajo á la que estaba á su lado:
—¡Esta chica se figura que va á una romería! ¡Ay, Dios! Se necesita no tener pizca de sentido. El matrimonio es cosa muy seria... muy seria.
Y acerca de la seriedad de este vínculo fué disertando larga y eruditamente hasta su casa.
Nuestros novios se quedaron con D.ª Rosalía y don Valentín. Los niños ya se habían ido á acostar; el último, Adolfo, á quien su madre había tenido que llevar medio á rastras á la cama y con promesa de despertarle al día siguiente para asistir á la ceremonia. D. Valentín también les dió las buenas noches en seguida. Miguel y Maximina se sentaron en dos sillas bajas y se pusieron á cuchichear, mientras D.ª Rosalía, malhumorada aún, se decidió á coger la calceta reservándose el derecho de levantar la sesión antes de pocos minutos.
Miguel observó que su novia estaba distraída y algo inquieta.
—¿Qué tienes?... Te encuentro un nosequé en el semblante... ¿No estás contenta de ser mi mujer?
—¡Oh, sí! No tengo nada.
—Entonces, ¿por qué esa distracción?
Bajó la cabeza sin contestar. Miguel insistió.
—Vamos, díme, ¿qué te pasa?
—Tengo que pedirle un favor...—apuntó tímidamente.
—¿Nada más que uno? Quisiera que me pidieras cincuenta y que yo pudiese concedértelos.
—Este sí puede... Que me deje casarme con un vestido mío...
El joven quedó un instante suspenso. Después preguntó con tristeza:
—¿No quieres casarte con el que yo te he traído?
—¡Me da mucha vergüenza!
—Pues es costumbre casarse con traje blanco; sobre todo, las niñas como tú.
—Aquí no es costumbre... Me moriría de vergüenza.
Miguel trató suavemente de persuadirla, pero en vano. Agotadas sus razones, que no eran muchas, no tuvo inconveniente en transigir. Mas D.ª Rosalía había percibido algo y, levantando la cabeza, preguntó:
—¿Qué es eso? ¿Disputaban ustedes?
—Nada, D.ª Rosalía. Maximina no quiere casarse con el vestido blanco, porque le da vergüenza.
Oir esto y ponerse furiosa la estanquera, fué todo uno.
—¿Y usted hace caso de esa bobalicona? ¿Qué sabe ella lo que quiere y lo que no quiere?... ¡Se habrá visto!... ¡Un traje tan rico como usted ha traído, que habrá costado un dineral!... ¡Pues estamos frescos!... ¿Y qué quiere que se haga con ese vestido?...
El hijo del brigadier, comprendiendo lo que pasaría por el interior de su amada, le tomó disimuladamente la mano y se la apretó fuertemente. Maximina, que estaba confusa y angustiada, cobró valor.
—No hay por qué alterarse, D.ª Rosalía, pues la cosa no lo merece. Si Maximina no quiere casarse de blanco, es porque aquí no hay costumbre. La culpa ha sido mía por haberle traído el vestido sin consultarla. En cuanto á lo que se ha de hacer con él, ya Maximina me lo ha dicho: quiere que se regale á la Inmaculada de la iglesia de San Pedro.
La chica, que no había dicho nada, le oprimió la mano dándole las gracias. D.ª Rosalía aspiraba á dar golpe en el pueblo con el traje de su sobrina. Así que aún insistió con vehemencia por que no se la hiciese caso; pero Miguel se mantuvo firme dando la razón á su novia y defendiendo su derecho. Al fin D.ª Rosalía, sin poder disimular su despecho, se salió de la habitación dejándolos solos.
Miguel se encogió de hombros, y dijo á la niña, que estaba muy alterada:
—No te apures, querida. Tú puedes considerarte mi esposa, y á nadie tienes obligación de obedecer más que á mí.
Maximina le dirigió una tierna mirada de agradecimiento. Y comprendiendo que no estaban bien sin compañía, se levantó manifestando deseos de ir á acostarse. Era preciso despertarse muy temprano. La ceremonia estaba señalada para las cinco y media de la mañana. Miguel se levantó también, aunque de mala gana, y su novia fué á buscarle una bujía á la cocina. Al tiempo de entregársela, le dijo aquél en son de broma:
—¿Estás bien segura de que nos casamos mañana?
Maximina le miró con los ojos muy abiertos.
—Pues cuidado, porque aún tengo tiempo á arrepentirme. ¡Quién sabe si me escaparé esta noche, y mañana faltará para la boda la mitad de la gente!
Maximina sonrió forzadamente. Miguel, que adivinó su inquietud, le tomó la barba con los dedos, exclamando:
—¿Cómo eres tan inocente, criatura? ¿Sería posible que yo tirase mi felicidad por la ventana? Cuando por casualidad se encuentra en el mundo, es menester agarrarse bien á ella. Dentro de algunas horas no podrá separarnos nadie. Adiós... esposa mía.
El joven recalcó estas palabras alejándose. Desde lo alto de la escalera envió una sonrisa á la niña, que se había quedado inmóvil á la puerta de la sala, mostrando señales de hallarse todavía un poco turbada por la broma.
—Hasta mañana, ¿eh?
Maximina hizo un signo afirmativo con la cabeza.
No fué aquella noche de insomnio para Miguel, como dicen que acontece en vísperas de boda. Ni un solo presentimiento triste cruzó por su mente; ningún temor, ningún anhelo fogoso. Su determinación era tan firme y razonable, el entendimiento y el corazón le apoyaban tan vivamente, que no daba lugar á esa agitación malsana, á ese recelo que nos embarga en el momento de adoptar cualquier grave resolución. Por lo que se refería á Maximina, estaba seguro de ser feliz. Por lo que á él tocaba, cuidaría de serlo. Una vez despojado del deseo vanidoso de «hacer una boda brillante», estaba convencido de que ninguna mujer le convenía como aquélla. Ni siquiera la fiebre de una pasión ardorosa y violenta le causaba desasosiego. Sentía un amor intenso, pero tranquilo; ni espiritual ni sensual, sino tocado de ambas cosas á la vez. Se metió en la cama, estuvo algunos minutos pensando en su novia, y advirtiendo que el sueño venía á recogerle, apagó la luz y se durmió profundamente.
Antes de las cinco le despertó la voz de la criada. Era noche cerrada, y para serlo un rato todavía. Encendió de nuevo la bujía y se vistió y aderezó en algunos minutos con mano un poco trémula. Al acercarse el momento solemne, no pudo negar su naturaleza nerviosa é impresionable.
Cuando bajó á la sala, se encontró ya en ella bastante gente; la misma que había estado por la noche y alguna más; todos vestidos con los trapos más lucidos. D.ª Rosalía, que iba á ser la madrina, vestía un traje de merino negro y ostentaba algunas joyas de escaso valor. D. Valentín (el padrino) había sacado del fondo del baúl el frac con que se había retratado al hacerse piloto. Era un frac largo de talle, ancho de cuello y estrechísimo de manga. El ex capitán del Rápido lo llevaba con la misma gracia y soltura que una camisa de fuerza. En la planchada y rizada camisola brillaban dos gordas amatistas que le habían regalado el año cuarenta y dos en Manila. Por encima del chaleco, dando vuelta al cuello, pendía la cadena del reloj, que era de oro y con pasador guarnecido de ópalos. Pero donde D. Valentín había puesto los cinco sentidos era en los pies. Siempre había presumido su mujer (porque él era incapaz de presumir de nada) de que no hubiese otros en el pueblo tan breves y bien formados. Por lo cual el marino, en esta ocasión solemne, se creyó en el caso de dar lustre á las botas hasta dejarlas como lunas de Venecia; mas sólo con el fin de proporcionar á la compañera de su vida una nueva y pura satisfacción.
Faltaban entre los circunstantes algunas jóvenes, que, según le dijeron, estaban ayudando á vestir á la novia. No tardó ésta en aparecer con un modesto pero elegante vestido de lana, color azul oscuro, adornado con terciopelo negro. Traía puesto el rico aderezo del novio y en el pecho un ramito de azahar. Al entrar en la sala, todas las mujeres la besaron, exceptuando su tía, quien á la vista de aquel traje sintió abrirse la terrible herida de la noche anterior. Maximina la miró dos ó tres veces tímidamente y fué ella misma á besarla. Á quien no miró poco ni mucho fué á Miguel, que la devoraba en cambio con los ojos, comprendiendo perfectamente, á pesar de su fingida serenidad, el rubor de que estaba poseída. Las jóvenes artistas, que la habían aderezado, no acababan de estar satisfechas de su obra. Sentíanse al parecer atormentadas por esos vivos cuanto sutiles escrúpulos que al poeta ó pintor acometen siempre en los últimos momentos de la creación. Después de sentados todos, tan pronto se levantaba una y venía presurosa á prenderle el alfiler de brillantes más arriba, como llegaba otra y le daba un si no es más inclinación al ramo de azahar. Ésta le aliñaba el cabello con las manos, aquélla le desarrugaba el vestido, la otra le estiraba la gola. En fin, era un ir y venir incesante. Maximina les dejaba hacer, agradeciendo con una sonrisa estos cuidados.
—Oiga usted, D. Miguel—dijo D.ª Rosalía.—¿Usted no se ha confesado todavía?
—Pues es verdad, que no me acordaba—respondió aquél levantándose con prisa.—¿Y Maximina?
—Ya lo ha hecho.
—Pues hasta luego, señores.
Y al salir volvió á clavar en Maximina una intensa mirada, que la niña fingió no advertir.
Aún no se vislumbraban los primeros resplandores del día: verdad que la noche había sido tenebrosa y en toda ella no había cesado de llover. Con el paraguas abierto y rebujados en los abrigos atravesaron Miguel y D. Valentín la calle desierta. Ninguna noche estrellada y diáfana del mes de Agosto le pareció jamás tan bella á nuestro joven. Aquella madrugada fría, húmeda y triste quedó grabada en su corazón como la más risueña de su vida. La iglesia ofrecía un aspecto más tenebroso y más triste aún. Pasaron recado al cura, y no tardó en llegar. Era un señor anciano, que en gracia á la importancia de la boda, se había resignado á levantarse á tal inusitada hora. Llevóle suavemente de la mano á un rincón oscuro del templo y allí le confesó. Aún estaba arrodillado ante el confesor, cuando percibió el rumor de la comitiva nupcial que entraba en la iglesia con no poco estrépito; y su corazón se estremeció, no de dolor de haber ofendido á Dios, digámoslo en su mengua, sino con anhelo dulce y placentero. Fuése el párroco, después de darle la absolución, á revestirse á la sacristía, y él se unió á la gente sin lograr echar la vista encima á su novia. Sólo cuando el sacristán les vino á decir que podían acercarse al altar mayor fué cuando la vió acompañada de su tía. Los amigos les fueron empujando hacia adelante y se encontraron, sin saber cómo, uno al lado del otro, cerca del altar y delante del cura.
Contra lo que se esperaba, Maximina mostróse bastante serena durante la ceremonia y respondió á las demandas del sacerdote con voz clara, lo cual hubo de complacer tanto al buen señor, que exclamó:
—¡Eso es! Así se contesta... no como esas melindrosas que están rabiando por casarse y luego no hay quien les saque las palabras del cuerpo.
La salida era tosca; pero los feligreses de San Pedro estaban acostumbrados á otras tales, y sonrieron con regocijo. El buen párroco les bendijo extendiendo sobre ellos las manos grave y majestuosamente, imitando en lo posible á Moisés al separar las aguas del mar Rojo. Después comenzó la misa. Hincáronse de rodillas los novios y los padrinos. Al llegar cierto momento, que D.ª Rosalía presumía muy bien de conocer, se levantó y prendió una cadena á la cabeza de Maximina, invitando á su marido á que hiciese lo mismo con el extremo opuesto en el hombro de Miguel. Cuando quedaron de este modo uncidos, el hijo del brigadier comenzó á moverse dando leves tirones á la cadena. Maximina no le había dirigido siquiera una mirada. Aguantó el primer tirón juzgándolo casual; mas al segundo, sin levantar la vista, aunque sonriendo, le dijo en voz baja:
—Estése quieto.
—¡Por Dios, que se va á desprender!
Cuando hubo terminado el oficio, los que asistían á él, que ya formaban una muchedumbre, los rodearon para darles en voz de falsete la enhorabuena. Apretones de manos furtivos, empujones discretos, risas disimuladas. Todo el mundo temía descomponerse en el templo. Al salir rayaba el alba. Algunos curiosos madrugadores se asomaban á las ventanas para ver pasar la comitiva. Miguel se había quedado rezagado entre un grupo de hombres, y perdió de vista nuevamente á Maximina, que había marchado delante con sus amigas. En la sala de la casa de D. Valentín les aguardaba una mesa más abundantemente provista de confites y licores que artísticamente aderezada. Miguel tomó chocolate con los testigos. La novia había ido á cambiar de traje, según le dijeron. Al poco rato fué él á hacer lo mismo. En un descanso de la escalera encontró á su mujer, á quien la criada estaba abrochando los botones de las botas. Ambos quedaron confusos. Maximina siguió con la vista fija en las manos de la doméstica. Miguel se detuvo un momento vacilante, y exclamó, por decir algo:
—¡Ah! ¿ya estás vestida?... Voy á hacer lo mismo.
Y como si algún enemigo le persiguiese de cerca, subió á brincos la escalera.
Tornaron á reunirse poco después en la sala. Maximina estaba muy bien con su vestido gris de viaje y un sombrerito de última moda. Como se acercarse ya la hora de la partida, comenzaron las despedidas, y con ellas el torrente de las lágrimas, que en esta ocasión fué caudaloso como pocas veces. En el sexo femenino hubo un verdadero desbordamiento: hasta una joven quiso desmayarse. Tan sólo la novia aparecía serena y sonriente, lo cual indignó á D.ª Rosalía de un modo indecible, y le obligó á formar idea muy pobre de su sobrina, según confesaba después á sus comadres.
—¡Qué falta de sentido! Siquiera por el buen parecer...
Una amiguita se acercó á ella hecha un mar de lágrimas y la abrazó.
—¿No lloras, Maximina?
—No puedo—contestó la niña.
Sin embargo, cuando sus primas, las niñas de doña Rosalía, se abrazaron á sus rodillas, gritando:—¡No queremos que marches, Maximina!—se puso fuertemente encarnada, y la sonrisa particular que contrajo sus labios indicaba, á quien la conociese, que no estaba lejos de soltar la llave.
Hasta embarcar en el bote los acompañaron todos ó casi todos; pero á la estación sólo fueron D. Valentín y otros dos amigos, que eran los que cabían en el esquife. Hay que advertir que con los novios iba á Madrid en calidad de doncella una chica del pueblo. Se llamaba Juana, y era una muchachona fresca, robusta y no enteramente desgraciada de rostro. Miguel, conociendo el carácter de Maximina, no había querido que su servidumbre fuese toda madrileña.
Una vez en la estación y llamados al tren los viajeros por la voz estridente del mozo, D. Valentín se autorizó el lujo desusado de conmoverse. Abrazó á su sobrina estrechamente y la besó con efusión en los cabellos. Maximina también se mostró más agitada que hasta entonces lo había estado, aunque hacía esfuerzos por sonreir. Silbó la máquina. Partió el tren. Dentro del coche no había más viajeros que ellos. Los novios se colocaron uno frente á otro á un lado. Juana, por respeto, fué á sentarse en el extremo opuesto.
Los ojos de los esposos se encontraron, y Miguel sintió un suave estremecimiento de gozo, algo inefable y celestial que hizo palpitar fuertemente su corazón. Y después de cerciorarse de que Juana estaba distraída mirando por la ventanilla, se apoderó de una mano de su mujer y la dió un beso furtivo, inclinando para ello todo el cuerpo. Pero la mano ¡qué fastidio! estaba enguantada. Al cabo de un instante la hizo seña de que se quitase el guante. Maximina, después de hacerse rogar por medio de muecas expresivas, se decidió, riendo, á despojarse de él; y el joven dió porción de callados besos sobre la mano desnuda, observando con el rabillo del ojo á la doncella.
La conversación se hizo general entre los tres. Juana, que no había pasado nunca de San Sebastián, se maravillaba de cuanto veía, y muy particularmente de los carneros. Las gallinas también le daban pie para muchas y graves reflexiones. Miguel se deshacía en atenciones con su mujer.
—Maximina, si te incomoda el sombrero, quítatelo... Trae, lo pondremos aquí... así, para que no se caiga.—Mira, quítate también las botas. Aquí te traigo las zapatillas en el bolsillo... se las he pedido á tu tía... ¿No quieres? Pues haces mal: vas á tener frío en los pies... Aguarda un poco; entonces voy á liártelos con mi manta...
Y poniéndose de rodillas, le envolvió en efecto los pies con el mayor esmero. La alegría les hizo tan comunicativos, que al poco tiempo los señores y la criada charlaban y reían como buenos compañeros. Sin embargo, Maximina daba largos rodeos para no dirigir la palabra directamente á su marido, pues no quería llamarle de usted, y al propio tiempo le causaba vergüenza el tutearlo. Miguel comprendía los esfuerzos que estaba haciendo, pero no iba en su auxilio. Por fin, después de algún tiempo y de mucho vacilar, cuando aquél le preguntó:
—¿Deseas que almorcemos?
—Como tú quieras—se resolvió á contestar tímidamente.
Miguel levantó la cabeza vivamente, haciéndose el sorprendido.
—¡Hola, señorita! ¿Qué confianza es ésa? ¿Ya me tuteas?
Maximina se puso colorada y, tapándose el rostro con las manos, exclamó:
—¡Oh, por Dios, no me hable así, porque no vuelvo á hacerlo más!
—¡Qué tonta!—dijo el joven separándole las manos cariñosamente.—¡Estaría gracioso eso!
Juana reía á carcajadas.
II
ESPUÉS de almorzar, se encontraron sin agua. Maximina tenía sed. En la primer estación Juana se apeó, y vino con un vaso lleno. Durante su corta ausencia, se supone con algún fundamento que Miguel besó á su mujer en otro sitio distinto de la mano; pero no podemos asegurarlo. En Venta de Baños entraron en el mismo coche otros cuatro viajeros, tres señoras y un caballero. Pasaban de los cuarenta todos. Eran hermanos, según se enteraron después, y hablaban con marcado acento gallego. Miguel pasó á ocupar el asiento al lado de su mujer, colocando á la doncella enfrente, y decidió aparecer circunspecto, á fin de que aquellos señores no conociesen que eran recién casados. Sin embargo, no pudo escapárseles esta circunstancia. Las miradas insistentes y la conversación secreta que los novios sostenían, los denunciaban claramente. Las señoras sonrieron primero, hablaron luego entre sí y, por último, pusieron los medios para trabar conversación, consiguiéndolo presto. No tardaron tampoco en informarse de cuanto deseaban saber; con lo cual, se les despertó, sin saber por qué, una viva simpatía hacia Maximina, y procuraron demostrársela colmándola de atenciones. La niña, que no estaba avezada á ser objeto de ellas, mostrábase confusa y acortada, sonriendo con aquella apariencia vergonzosa que la caracterizaba.
Esto concluyó de seducir á las gallegas. Decididamente la tomaban bajo su protección. Eran solteras todas, y el hermano lo mismo. Ninguno había querido casarse «por el dolor que les causaba la idea solamente de separarse»: esto afirmaban á una voz. Por lo demás, ¡Virgen del Carmen, las proporciones que habían despreciado! Una de ellas, Dolores, al decir de las otras dos, había estado en relaciones seis años con un estudiante de derecho, en Santiago. Al concluir la carrera, Dolores, sin saber por qué, cortó las relaciones, y el estudiante se fué á su pueblo, donde despechado se casó inmediatamente con una prima rica. Otra, Rita, había tenido unos amores contrariados por su papá. El joven que amaba era poeta; estaba pobre. Nada pudo vencer la resistencia del papá á aceptarlo por yerno. Desesperado, desapareció, cuando menos se pensaba, de Santiago, después de haberse despedido tiernamente de Rita (los pormenores románticos de esta despedida no quiso la interesada que se contasen), y no volvió á saberse más de él. Algunos aseguraban que había perecido entre las garras de un tigre, buscando en California una mina de oro. En cuanto á la tercera, Carolina, era una verdadera locuela. Nunca habían conseguido sus hermanos que sentase la cabeza. Cuando más creído tenían en casa que estaba enamorada y que la cosa iba seria, ¡pum! de la noche á la mañana dejaba plantado al novio, y lo reemplazaba con otro. Carolina, que tendría unos cuarenta y cinco años, mal contados, quiso ruborizarse al escuchar estas afirmaciones, y exclamó sonriendo graciosamente:
—¡No haga usted caso, Maximina! ¡Qué tonta es esta niña!... Yo no puedo negar que me gusta la variación; pero ¿á quién no le gusta un poco? Á los hombres hay que castigarlos de vez en cuando, porque son muy malos, ¡muy malos! No se enfade usted, Sr. Rivera... Por eso yo me dije... lo que es á mí no me la da ninguno.
—Eso consiste—dijo Rita—en que todavía no te has enamorado de veras.
—Podrá ser. Hasta ahora no he sentido esos afanes y esas fatigas que pasan los enamorados, según dicen. Ningún hombre me gusta más de quince días.
—¡Qué horror!—exclamaron riendo Dolores y Rita.
—No digas esas cosas, loca.
—¿Por que no he de decir lo que siento, Rita?
—Porque está mal visto. Las jóvenes deben tener cuidado con las palabras.
—Vamos, Carolina—manifestó Miguel revistiéndose de gravedad,—yo, en nombre de la humanidad, le suplico que aplaque usted sus rigores y haga pronto á algún hombre feliz.
—Sí, ¡buenos pillos están ustedes!
—¡Muchacha!—gritó Dolores.
—Déjela usted, déjela usted—interrumpió Miguel.—Con el tiempo ya llegará á sentar esa cabecita. Tengo esperanza de que no tardará alguno en vengarnos á todos.
—¡Ca!...
Á todo esto, el hermano, que era un señor obeso con grandes bigotes blancos, roncaba como una foca. Maximina escuchaba sorprendida aquellas cosas, que apenas podía comprender, y miraba á Miguel de vez en cuando, tratando de inquirir si hablaba en serio ó se estaba burlando.
Las señoritas de Cuervo (que éste era su apellido) iban á Madrid á pasar una temporada. Todos los años hacían lo mismo. El resto del invierno lo pasaban en Santiago, y el verano en una aldea muy pintoresca donde se espaciaban á su talante, corriendo como cervatillas por el campo, subiéndose á los árboles para comer las cerezas y los higos y las manzanas, bebiendo el agua en las manos, haciendo excursiones en borrico á las aldeas vecinas (¡qué risa! ¡cuánto se divertían, madre mía!), presenciando las faenas agrícolas y bebiendo la leche que el criado acababa de ordeñar.
—Esta Carolina se pone insufrible en cuanto llegamos. Se sale por la mañana y nadie vuelve á saber de ella hasta la hora de comer. Con el bocado en la boca vuelve á salir, y hasta la noche.
—¡Pues tú puedes hablar, Lola! Yo me voy con las demás muchachas á buscar nidos ó á lavar la ropa al río... Pero tú te pasas las horas muertas dando palique desde el corredor á los galanes que te hacen la rosca...
—¡Jesús, qué atrocidad! Supongo, Sr. Rivera, que usted no creerá á esa aturdida, insustancial... ¡Figúrese usted que los galanes que allí hay son todos labradores!...
—Eso no importa—manifestó Miguel.—También tienen los labradores corazón y pueden amar las cosas bellas. No dudo que usted tendrá mucho partido entre ellos.
—En cuanto á eso—respondió Lola con rubor—si he de decir la verdad, sí, señor, me quieren mucho. Todos los años, en cuanto saben que vamos á llegar, se preparan los mozos para darme una serenata y cortan un arbolito para ponérmelo delante de la ventana.
—La serenata no es á ti sola—interrumpió vivamente Carolina.—Es á todas.
—Pero el árbol sí—respondió malhumorada Lola.
—El árbol, bueno; pero la serenata no—replicó aquélla un poco picada.
Lola le dirigió una mirada penetrante y siguió:
—Figúrese usted, Rivera, si tendrán pasión por mí, que cuando vinieron los ingenieros á construir un puente, yo dije que no me gustaba que lo pusiesen donde lo tenían marcado, sino más arriba. Pues en cuanto los mozos se enteraron de lo que yo había dicho, se presentaron á los ingenieros y les dijeron que el puente se había de hacer donde la señorita Lola quería, y que no se pensara en otro sitio, porque ellos lo estorbarían. Y como los ingenieros no quisieron variar el plano, así se está el puente sin construir hace ya cuatro años.
—Todo eso—dijo Miguel,—no tanto le honra á usted como á esos inteligentes jóvenes.
—¡Son tan buenos los pobrecillos!
—Nada santifica tanto el alma como el amor y la admiración—volvió á decir sentenciosamente Rivera.
Lola dijo—¡Ah!—y se ruborizó.
Aquellas tres señoritas vestían de un modo inverosímil y, si podemos decirlo así, anacrónico. Sus trajes eran vistosos, pintorescos y hasta un si es no es fantásticos, como sólo se consiente á las niñas de quince años. Carolina llevaba el cabello partido en dos trenzas con lacitos de seda en las puntas, y apretaba su flaco y arrugado cuello una cinta de terciopelo azul, de donde pendía una crucecita de esmeraldas. Las otras, como un poco más formales, lo llevaban recogido, aunque no con menos perifollos.
La noche ya había llegado tiempo hacía. La familia Cuervo propuso que se cenase, convidando galantemente á sus nuevos amigos con las viandas que llevaban: Aceptaron éstos presentando también las suyas, y en buen amor y compaña se pusieron á engullirlas, extendiendo previamente las servilletas sobre las rodillas. El hermano, que había despertado muy apropósito, comió como un elefante. Durante la cena dijo pocas frases, pero buenas. Una de ellas fué:
—Yo, para el tomate, ¡soy un águila!
Miguel se le quedó mirando un buen rato, y al cabo comprendió la profundidad que guardaba este concepto estrambótico.
Había llegado á establecerse entre todos una confianza ilimitada. No siendo bastante llamar á Miguel por su nombre en vez del apellido, Dolores propuso á Maximina que se tratasen de tú.
—Yo no puedo tener confianza con una amiga si no la tuteo... Además, entre chicas es la costumbre.
La joven sonrió avergonzada de aquella extraña proposición. Las gallegas, sin más preámbulos, comenzaron á menudear el segundo pronombre de lo lindo. Pero Maximina, aunque la serrasen viva, no podía corresponder al tuteo, y á la primera ocasión se le escapó el usted. Entonces las de Cuervo se mostraron ofendidas. La pobre niña se vió precisada á dar mil rodeos á fin de no hablarles directamente. Miguel, por vengarse alegremente de la molestia que ocasionaban á su esposa, comenzó á su vez á hablarles con gran familiaridad, lo cual no dejó de sorprenderlas al principio; pero se acostumbraron pronto de buen grado. No contento con esto, al poco rato sacudió rudamente por el brazo al señor de los bigotes blancos:
—Oyes, chico, no duermas tanto... ¿Quieres un poco de ginebra?
D. Nazario, que así se llamaba, abrió los ojos muy espantado, se echó al coleto la copa que le ofrecían, y volvió á quedar inmediatamente dormido.
Ya era hora de hacer todos lo mismo. Miguel corrió la cortinilla del farol, y «para que les molestase menos la luz», metió todavía un periódico doblado entre ambos. El coche quedó casi en tinieblas. Sólo por las ventanas entraba el pálido resplandor de las estrellas. Era una noche de Enero serena y fría como sólo se ven en las llanuras de Castilla. Acomodóse cada cual lo mejor que pudo en un rincón rebujándose en los abrigos y mantas. Rivera dijo á su esposa:
—Reclina la cabeza sobre mí. Yo no puedo dormir en el tren.
La niña obedeció á su pesar: creía molestarle.
Todo quedó en silencio. Miguel tenía cogida una de sus manos y la acariciaba suavemente. Al cabo de un rato, inclinando la cabeza y rozando con los labios la frente de su mujer, le dijo muy quedo al oído:
—Maximina, te adoro—y con más emoción volvió á repetir:—¡Te adoro, te adoro!
La niña no contestó, fingiéndose dormida. Miguel le preguntó con voz insinuante:
—¿Me quieres tú? ¿me quieres?
La misma inmovilidad.
—¿Me quieres, dí? ¿me quieres?
Entonces Maximina, sin abrir los ojos, hizo un leve signo de afirmación, y dijo después:
—Tengo mucho sueño.
Miguel sonrió advirtiendo el temblor de su mano, y repuso:
—Pues duerme, hermosa.
Y ya no se oyeron en el coche más que los ronquidos de D. Nazario, el cual era especialista en el ramo. Comenzaba generalmente á roncar de un modo acompasado, solemne, en períodos firmes y llenos. Poco á poco se iba precipitando, haciéndolos más concisos y enérgicos, y al mismo tiempo acentuando la nota gutural, que en un principio apenas se advertía. Desde las fosas nasales bajaba la voz á la garganta, volvía á subir, tornaba á bajar, y así por largo tiempo. Pero á lo mejor, dentro de aquel ritmo al parecer invariable, se dejaba oir un silbido agudo y penetrante como anuncio de tempestad. Y en efecto, al silbido contestaba prontamente un gruñido profundo y amenazador, y después otro más alto, y después otro... Repetíase de nuevo el silbido aún más estridente, y al momento era ahogado por un confuso rumor de chiflidos discordantes que infundían pavura en el alma. Y este rumor iba creciendo, creciendo hasta que, sin saber por qué, se trasformaba súbito en tos asmática y perruna. Don Nazario daba un gran suspiro, descansaba breves momentos y cogía de nuevo el hilo de su oración en tono mesurado y digno.
Miguel soñaba con los ojos abiertos. Á su imaginación acudían en tropel ideas risueñas, mil presagios de ventura. La vida se le presentaba con un aspecto suave y amable que hasta entonces no había descubierto. Se había divertido, había gozado de los placeres mundanales; mas siempre detrás de ellos, y á veces enmedio, percibía un dejo amargo, la estela de tedio y de dolor que el demonio va trazando en la vida de sus adoradores. ¡Qué diferencia ahora! Su corazón le decía: «Has hecho bien, serás feliz». Y su entendimiento, pesando escrupulosamente y comparando el valor de lo que abandonaba con lo que recogía, también le daba el pláceme. Por largo rato estuvo así despierto, sintiendo en el hombro el peso de la cabeza de su mujer. De vez en cuando la miraba de reojo, y aunque parecía tener los ojos cerrados, dudaba que durmiese. Al cabo prendióle á él el sueño. Cuando abrió los ojos entraba ya en el coche la claridad de la aurora. Miró á su esposa, y observó que estaba despierta.
—Maximina—le dijo con voz de falsete para no turbar á los demás.—¿Hace mucho que estás despierta?
—No; un poco—respondió la niña incorporándose.
—¿Y por qué no te has levantado?
—Porque temía quitarte el sueño al moverme.
—¡Pues qué más hubiera querido yo! ¿No sabes que tenía ya muchos deseos de hablar contigo?
Y los jóvenes entablaron un diálogo en voz tan apagada, que más se adivinaban que se oían; mientras las señoritas de Cuervo, su hermano y Juana dormían en varia y original postura. ¿De qué hablaron en aquellos momentos? Ni ellos mismos lo sabían. Las palabras tenían un valor convencional, y todas ellas, sin exceptuar una, expresaban lo mismo. Miguel, huyendo de hablar de sí mismos porque advertía que á Maximina le causaba vergüenza, encauzaba la conversación hacia algún asunto alegre, y procuraba hacerla reir á fin de que desapareciese su natural embarazo. No obstante, se aventuró á decir una vez, mirándola fijamente:
—¿Estás contenta?
—Sí.
—¿No te pesa de ser mía?
—¡Oh, no! ¡Si supieras!
—¿Qué?
—Nada, nada.
—Sí, algo ibas á decir; habla.
—Era una tontería.
—Pues dímela; tengo derecho ya á saber hasta lo más insignificante que cruce por tu imaginación.
Necesitó instarla mucho y muy cariñosamente para lograr saberlo.
—Vamos, dímelo bajito.
Y la atrajo suavemente. Maximina depositó en su oído:
—Ayer he pasado muy mala noche.
—¿Por qué?
—Desde que me dijiste que tenías tiempo aún á dejarme, no pude pensar en otra cosa... Se me figuró que me lo habías dicho con cierto retintín... Toda me volvía dar vueltas en la cama... ¡Ay, madre mía, qué pena!... Me levanté antes que nadie en la casa y fuí descalza hasta tu cuarto; puse el oído á la cerradura á ver si escuchaba tu respiración; pero nada. ¡Me dió una congoja! Cuando la criada se levantó, le pregunté como quien no quiere la cosa si te había llamado. Me dijo que sí, y respiré. Pero aún no las tenía todas conmigo. Tenía miedo que al preguntarte el cura si me querías dijeses que no... Cuando te oí decir sí, ¡me entró una alegría! y dije para mí: ¡Ya estás cogido!
—¡Y bien que lo estoy!—exclamó el joven besándola en la frente.
El tren corría ya por los campos vecinos á Madrid. Las señoritas de Cuervo despertaron. La luz natural no favoreció gran cosa sus naturales gracias; pero se apresuraron á venir en su ayuda con una serie de minuciosos trabajos que dejaban bien probadas sus inclinaciones artísticas. De un magno estuche de piel de Rusia sacaron peines, cepillos, pomada, horquillas, polvos de arroz y un frasquito de colorete. Y unas á otras se fueron aliñando y retocando escrupulosamente en medio de mil frases cariñosas y carocas infantiles.
—Vamos, chica, estáte quieta... Mira que te voy á pinchar... ¡Jesús, qué niña tan mala!
—Estoy nerviosa, Lola, estoy nerviosa.
—Ya se conoce que vas á ver pronto á quien tú sabes y yo me callo.
—¡Qué tonta! Calla. Rivera se lo va á creer.
Maximina contemplaba sorprendida, con los ojos muy abiertos, aquel repentino tocado. Las de Cuervo la invitaron á hacer lo mismo, y entonces salió de su estupor dando confusamente las gracias.
En la estación aguardaban á nuestros viajeros la brigadiera Ángela y Julia. Ésta abrazó y besó repetidas veces á su cuñada. Aquélla le dió la mano y también la besó en la frente. Después de despedirse las gallegas con mil ofrecimientos amistosos, subieron á la carretela que la brigadiera había traído, colocándose ésta y Maximina en el sitio de preferencia por indicación de Julia, que no quitaba ojo á su nueva hermana y le tenía cogidas las manos apretándoselas á menudo con efusión. Ésta procuraba vencer su cortedad para mostrarse cariñosa; y con gran trabajo lo conseguía. La madrastra se mostraba afable y atenta, mas sin que pudiera abandonarla aquella apariencia altiva y desdeñosa que siempre había caracterizado su persona. La joven esposa le echaba de vez en cuando rápidas y tímidas miradas. Al llegar á casa, Julia fué corriendo á enseñarle la habitación que les tenían destinada y que ella había arreglado con minucioso esmero. No faltaba un solo pormenor, ni se había visto jamás diligencia más fina para prevenir todas las necesidades de la vida de una dama, desde los ramos de flores y el estuche de costura hasta el abrochador de guantes y las horquillas. Desgraciadamente, Maximina no podía apreciar estos refinamientos de la elegancia y del buen gusto. Todo era para ella igualmente nuevo y hermoso.
Miguel encontró á su hermana en un corredor.
—¿Dónde está Maximina?
—La he dejado en su cuarto quitándose el abrigo. Aguarda á su doncella, que dice que le trae las zapatillas.
—Yo también voy á quitarme el abrigo y á cepillarme un poco—dijo el joven algo vacilante.
Julia le soltó una carcajada en las narices y echó á correr.
Al entrar en el cuarto se despojó efectivamente del gabán, y dirigiéndose á su mujer, que ya estaba con su trajecito gris, la estrechó fuertemente contra su corazón y la dió repetidos besos. Después, llevándola por la mano hacia una silla, la sentó sobre sus rodillas y tornó á besarla apasionadamente. Maximina estaba roja como una cereza, y aunque entendía que todo aquello debía ser así, todavía procuraba con suavidad desasirse. Miguel, que también estaba turbado, la dejó levantarse y salir de la habitación, siguiéndola poco después.
Era domingo y precisaba oir misa. Como la brigadiera y Julia ya la habían oído, salieron solamente Maximina, Miguel y Juana, y entraron en San Ginés. La criada, que jamás había transigido con no ver al cura de pies á cabeza, rompió por entre la gente y fué á colocarse cerca del altar. Los esposos se quedaron hacia atrás. Nunca le pareció tan bien á nuestro joven el incruento sacrificio ni asistió tan á su placer á él, aunque su imaginación no volaba precisamente hacia el Gólgotha ni sus ojos iban siempre derechos al oficiante. Pero el cielo, que es muy clemente con los recién casados, le ha perdonado ya estos pecados.
Después de almorzar, Miguel propuso dar un paseo por el Retiro. La tarde, aunque fría, estaba serena y apacible. La brigadiera no quiso acompañarles. ¡Con qué gozo pasó Julita á ocuparse en el adorno y tocado de su cuñada! Ella eligió el traje que había de ponerse, y le ayudó á vestírselo, ella la peinó á la moda, ella le puso el aderezo y las flores en el pecho, y hasta ella misma le abrochó las botas. Estaba roja de placer ejecutando estos oficios. Luego que se vieron en la calle, marchaba ebria de orgullo llevando á su cuñada en el medio, como si fuese diciendo á la gente: «¿Ven ustedes esta jovencita, más niña que yo todavía?... ¡Pues es una señora casada! Respétenla ustedes». Antes de llegar al Retiro, echando casualmente la vista atrás, acertó Miguel á ver muy lejano, muy lejano, desvaído en el ambiente de la calle de Alcalá, el perfil finísimo de Utrilla, aquel famoso cadete de marras, y dijo á su esposa con seriedad:
—Aquí donde nos ves, Maximina, que parecemos simples particulares yendo á tomar el sol al Retiro, llevamos escolta.
Julita se puso colorada.
—¿Escolta? No veo nada—contestó volviendo la cabeza.
—No es fácil. Más adelante te daré los gemelos, á ver si logras distinguirla.
Julita la apretó la mano, diciéndola por lo bajo:
—¡No hagas caso de ese tonto!
Ya que estuvieron en el Retiro, el perfil de Utrilla se fué señalando mejor en la atmósfera serena, á modo de raya delicada. Maximina iba contemplando, con mezcla de sorpresa y de vergüenza, aquella balumba de caballeros y señoras que á su lado cruzaban, y que la miraban fija y descaradamente al rostro y al vestido, con esa expresión altiva é inquisitorial con que los madrileños suelen mirarse unos á otros en el paseo. Y hasta se le figuró escuchar á su espalda algunos comentarios acerca de su persona: «—El traje es rico, sí, ¡pero qué mal lo lleva esa chica! Parece una santita de aldea». No le ofendió esto, porque estaba bien convencida de su insignificancia al lado de tanto gran señor y señora; pero le causaba tristeza no hallar siquiera un rostro amigo, y se estrechaba á menudo contra su esposo, buscando refugio contra la vaga é injustificada hostilidad que en torno suyo percibía. Mas al volver los ojos á éste, observó que marchaba también con el entrecejo fruncido, reflejando en su fisonomia la misma indiferencia desdeñosa y el mismo tedio que todos los demás. Y se le apretó aún más el corazón, porque no sabía que el sentimiento á la moda en Madrid es el odio, y que si no se siente, como es de obligación, precisa aparentarlo, al menos, cuando nos hallamos en público. Pero de estos refinamientos de la civilización no era posible que estuviese enterada todavía nuestra heroína.
Cuando hubieron dado unas cuantas vueltas, dijo Miguel á su hermana:
—Oyes, Julita, ¿por qué no se acerca Utrilla, ahora que no va mamá con nosotros?
—Porque yo no quiero—repuso aquélla inmediatamente y con gran decisión.
—¿Y por qué no quieres?
—Porque no quiero.
Miguel la miró un instante con expresión burlona y dijo:
—Bien... pues como quieras.
Mientras duró el paseo, Utrilla trazó con increíble habilidad geométrica una serie de circunferencias, elipses, parábolas y otras curvas cerradas ó erráticas, de las cuales eran siempre foco nuestros amigos. Cuando volvieron á casa, tomó también la línea recta, si bien procurando en la medida de sus fuerzas que el contorno de su silueta se borrase en los confines del horizonte. Antes de retirarse, entraron en el reservado del Suizo á tomar chocolate. Estando allí, Rivera percibió, por un instante no más, el rostro del cadete pegado á los cristales.
—Julita, ¿me permites que salga á invitar á ese muchacho á tomar chocolate?
—¡No quiero! ¡no quiero!—exclamó la joven, poniéndose muy seria.
—Es que me da lástima...
—¡No quiero! ¡no quiero!—volvió á exclamar en tono casi rabioso.
No hubo más remedio que dejarla mortificar á su gusto al desdichado hijo de Marte.
—¿A que no sabes, Maximina—dijo al entrar en casa la cruel madrileña—cómo se llaman estos chicos que nos siguen hasta el portal?
—¿Cómo?
—Encerradores.
Y subió riendo la escalera.
Se comió en buen amor y compaña. La brigadiera hizo sol aquel día, como solía decir Miguel; habló bastante, autorizándose contar con su gracioso acento sevillano algunas anécdotas de las personas conocidas en Madrid. Pero al llegar los postres, Maximina comenzó á sentir algún desasosiego, porque se había convenido antes entre todos que aquella noche no saldrían y se retirarían temprano, no sólo por Miguel y por ella, sino también por la brigadiera y Julita, que á causa del madrugón necesitaban descanso. El problema de levantarse de la mesa y retirarse cada cual á su habitación se presentaba terrible y pavoroso para la niña de Pasajes. Por fortuna, la brigadiera estaba en vena y Julia también. La sobremesa se prolongaba sin advertirlo nadie más que ella. Según iban trascurriendo los minutos crecía su confusión y su temor, y sentía un temblor extraño que corría por el interior de su cuerpo y le impedía, bien á su pesar, tomar parte en la conversación. Y en efecto, así como lo temía, llegó un instante en que ésta comenzó á languidecer. Miguel, para ocultar también su migajita de vergüenza, procuró reanimarla, y lo consiguió por un buen cuarto de hora. Mas sin saber por qué feneció de pronto. La brigadiera bostezó dos ó tres veces. Julita levantó la vista hacia el reloj, que señalaba las nueve y media. Maximina clavó los ojos en el mantel jugando con el aro de la servilleta, mientras su marido, presa de cierta inquietud, hacía rechinar la silla. Al fin Julita se levantó bruscamente, salió del comedor, y volvió enseguida con una palmatoria en la mano, se acercó rápidamente á su cuñada y la besó en la mejilla diciendo:
—Hasta mañana.
Y salió otra vez corriendo, con la sonrisa en los labios, para ocultar la vergüenza que también ella sentía.
—Vaya, niños—dijo la brigadiera levantándose con decisión,—podéis retiraros, que todos necesitamos descanso... Isabel, encienda usted luz en el cuarto de los señoritos.
Maximina, ruborizada, desfallecida casi de vergüenza, fué á besarla. Miguel, disfrazando con una sonrisa de hombre de mundo la inquietud verdadera que sentía, hizo lo mismo.
III
UNQUE no había hablado de ello, Miguel tenía resuelto vivir en casa aparte; pero que fuese vecina á la de su madrastra. Cuando Julita supo esta decisión, experimentó grave disgusto y quiso indignarse contra su hermano. No tardó, sin embargo, en comprender que obraba cuerdamente. La brigadiera trataba á Maximina con toda la amabilidad de que era susceptible. Aquélla la abrumaba con atenciones y caricias; y á pesar de todo, no era posible vencer su timidez. No se la oía pedir nada de lo que la hiciese falta, lo cual hacía presumir que muchas veces se quedaba sin ello. En la mesa, cuando deseaba alguna cosa, lo más que se autorizaba era hacer disimuladamente una seña á Miguel para que se la diese. Jamás ordenaba cosa alguna á los criados de la casa. Sólo con su doncella Juana se entendía para los mil menesteres de la vida. Miguel, con esto, andaba un poco inquieto, porque bien se le alcanzaba, á pesar del rostro alegre de su esposa, que no debía de estar muy á su gusto en la casa; y aun la había reprendido suavemente por su falta de confianza. Un día, á los pocos de haber llegado, viniendo de la calle y disponiéndose á entrar en su cuarto, Juana le llamó aparte con mucho misterio y le dijo:
—Señorito, voy á decirle una cosa para que la sepa... La señorita tenía costumbre de merendar allá en su casa... Aquí se conoce que no se atreve á pedirlo... Hoy me ha mandado comprarle unas galletas... Mire usted, aquí las tengo.
—¡Ay, probrecita mía!—exclamó Miguel con emoción.—¡Pero qué tonta!
—No vaya por Dios á decírselo, porque entonces ya no vuelve á tener confianza conmigo.
—Pierde cuidado.
Y se entró en el cuarto de su esposa diciendo:
-Maximina, traigo el apetito muy despierto de la calle. No puedo aguardar la hora de comer. Anda, vé al comedor y dí que me traigan algo.
—¿Qué quieres?
—Cualquier cosa... Lo que tú hayas merendado.
La niña se quedó suspensa.
—Es que... es que yo todavía no he merendado.
—¿Cómo no?—exclamó Miguel en el colmo de la sorpresa.—¡Pues si ya son cerca de las seis!... ¿No te lo han traído?... Á ver, Juana, Juana (á grandes voces), llame usted á la señorita Julia.
—¿Qué vas á hacer? ¡por Dios! ¿qué vas á hacer?—exclamó la chica llena de terror.
—Nada, enterarme de por qué no te han servido el dulce, ó los pasteles, ó lo que tomes...
—¡Pero si no lo he pedido!
—No importa; tienen obligación de servirte á la misma hora lo que acostumbres á tomar.
—¿Qué querías, Miguel?—preguntó Julia entrando.
—Quería preguntarte por qué no han servido la merienda á Maximina, siendo ya cerca de la seis.
Julia quedó á su vez confusa.
—Es que... es que Maximina no merienda.
—¿Cómo que no merienda?—exclamó estupefacto.
—Se lo he preguntado el primer día y me dijo que no tenía costumbre.
Miguel volvió los ojos á Maximina, que bajó los suyos ruborizada como si hubiese cometido un delito.
—Pues yo te digo que sí—profirió en alta voz volviéndose á Julia con semblante severo.—Yo te digo que tiene esa costumbre, y has hecho muy mal, conociendo su carácter, en no insistir, ó al menos en no preguntármelo á mí.
—¡Por Dios, Miguel!—murmuró la esposa con acento de angustia.