[Nota de transcripción]

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El criticón, tomo II




BIBLIOTECA RENACIMIENTO

DIRIGIDA POR

G. MARTÍNEZ SIERRA

COLECCIÓN DE

OBRAS MAESTRAS
DE LA LITERATURA UNIVERSAL

LA EDICIÓN Y COMENTARIO

DE LOS TEXTOS CLÁSICOS ESPAÑOLES, LA TRADUCCIÓN DE LOS EXTRANJEROS Y LOS PRÓLOGOS DE UNOS Y OTROS ESTÁN Á CARGO DE EMINENTES ESCRITORES, CRÍTICOS Y ERUDITOS, LOS MÁS COMPETENTES EN LA MATERIA:

GABRIEL ALOMAR, AZORÍN, PÍO BAROJA, JACINTO BENAVENTE, BERNARDO G. DE CANDAMO, AMÉRICO CASTRO, JULIO CEJADOR, ENRIQUE DÍEZ-CANEDO, FERNANDO FORTÚN, RICARDO FUENTE, VICENTE GARCÍA DE DIEGO, J. GÓMEZ OCERÍN, FRANCISCO A. DE ICAZA, JUAN R. JIMÉNEZ, RICARDO LEÓN, EDUARDO MARQUINA, G. MARTÍNEZ SIERRA, FRANCISCO MEDINA, ENRIQUE DE MESA, ANTONIO PALOMERO, R. PÉREZ DE AYALA, JACINTO O. PICÓN, CIPRIANO RIVAS CHERIF, FRANCISCO RODRÍGUEZ MARÍN, VÍCTOR SAID-ARMESTO, EUGENIO SELLÉS, RAMÓN M. TENREIRO, MIGUEL DE UNAMUNO, FRANCISCO F. VILLEGAS, NARCISO ALONSO CORTÉS, ETCÉTERA, ETC.

LA PARTE ARTÍSTICA
DE ESTAS EDICIONES ESTÁ ENCOMENDADA AL ILUSTRE DIBUJANTE
FERNANDO MARCO.


Biblioteca Renacimiento.
Obras maestras de la literatura universal.


EL CRITICÓN

POR

LORENZO GRACIÁN


EDICIÓN

TRANSCRITA Y REVISADA

POR

JVLIO CEJADOR


RENACIMIENTO

Casa Central: MADRID, Pontejos 3

SVCVRSALES:

BVENOS AIRES, Libertad 170
PARÍS, 26, Rue Richelieu


NOTA

“Sabido es que Gracián, en el pináculo de su fama, fué encerrado á pan y agua en su celda por haber publicado El Criticón sin permiso de sus superiores. Lo que escandalizaba á sus colegas era el pecado de desobediencia, no el tono de sus libros.” Así Fitzmaurice-Kelly en su Historia de la Literatura Española, Madrid, 1913. Las tres partes de El Criticón se publicaron, respectivamente, los años de 1651, 1653 y 1657; el año de 1658 murió Gracián. La primera parte salió sin su nombre, con el anagrama de García de Marlones, esto es: Gracián de Morales. En la segunda y tercera parte se lee: Lorenzo Gracián. En la Censura del Padre Don Antonio Liperi, Clérigo Regular, Doctor en Teología y en ambos Derechos. Por comission del Excelentissimo Señor Conde de Lemos y de Castro, Virrey y Capitán General deste Reyno, impresa en la primera parte se lee: “He leído con atención (según la orden de V. E.) el libro intitulado El Criticón y su primera parte, en la Primavera de la niñez y en el Estío de la juventud, compuesto por el Padre Lorenço Gracián, y en él no he hallado cosa opuesta á...” Vincencio Antonio Lastanosa, hijo del famoso arqueólogo D. Vincencio Juan de Lastanosa, amigo y admirador de Gracián, dió á la estampa, contra su voluntad, la mayor parte de sus obras, entre ellas El Criticón, como puede verse en documento que trae la Revista de Bibliotecas y Archivos, 1877, p. 29.

Si fué “contra su voluntad”, el P. Gracián no desobedeció á los superiores de la Compañía de Jesús. De todos modos, estas persecuciones dan razón de haber salido con anagrama la primera parte y mudado el propio nombre de Baltasar por el de Lorenzo en la Censura de la misma y en la portada de las otras dos partes. Dificultosa tarea echará sobre sí el que se empeñe en averiguar lo que al P. Gracián pasó con sus superiores respecto de sus libros y que se sospecha aceleró su muerte, un año después de publicada la tercera parte de El Criticón, asombroso esfuerzo del ingenio humano.

La crítica se ha portado con esta obra tan mal como la Compañía de Jesús con su autor. El lector que haya leído el primer tomo notará al leer el segundo que vale mucho más la segunda parte que la primera, y la tercera muchísimo más que la segunda. Este sol, que iba levantándose por momentos y brillando cada vez con más vivos resplandores, un año después cae en el sepulcro. Todos son misterios en Gracián, su vida, su muerte, su obra.

No lo es menos su bibliografía. En el Prólogo al primer tomo puse lo que trae Latasa acerca de El Criticón. Ni Gallardo ni Salvá ni Brunet dicen nada de particular. Heredia (4.246) pone la primera parte de El Criticón como impresa en Zaragoza, 1651; otra edición en Huesca, 1653; otra en Madrid, 1657. Fitzmaurice-Kelly, en su última edición de la Historia de la Literatura Española, Madrid, 1913, conténtase con poner entre paréntesis estas mismas fechas (1651, 1653, 1657). ¿Tomólas de Heredia ó ha visto ejemplares? En la Biblioteca Nacional de Madrid sólo hay un ejemplar, muy maltratado, de la primera edición de la segunda parte, Huesca, 1653.

De estas dudas, que ya tenía al escribir mi Prólogo, salí después de impreso el primer tomo, por haber logrado en Aragón un magnífico ejemplar de la primera edición de cada una de las tres partes de El Criticón, verdadero tesoro por lo raro; pero, sobre todo, por ser la edición primera de esta obra sin par en todas las literaturas. Comuniqué luego la noticia á mi excelente amigo R. Foulché-Delbosc, el más entendido de los hispanófilos extranjeros, preguntándole qué sabía acerca de estas primeras ediciones, y entre otras cosas me respondió: “El Museo Británico posee ejemplar de las tres primeras ediciones de El Criticón, ó si se quiere, ejemplar de la parte primera, de la parte segunda y de la parte tercera, cada una en su primitivo estado, con las fechas que señala Fitzmaurice-Kelly; de donde deduzco que casi seguramente vió dichas ediciones en el referido Museo Británico... Y ya que estamos hablando de Gracián, sepa usted que en el último número de la Révue Hispanique de 1913 habrá un estudio de cuatrocientas páginas sobre este autor.”

Ya que al preparar el primer tomo de esta edición de El Criticón, que publica “Renacimiento”, no podía disponer de las primeras ediciones, me he aprovechado, al menos, de las que hoy poseo para la publicación del segundo tomo, el cual puedo asegurar que es copia fiel de ellas: la segunda parte de la primera edición de Huesca, 1653; la tercera parte de la primera edición de Madrid, 1657, mudadas tan sólo la ortografía y puntuación.

Véase la portada de la primera edición de cada una de las tres partes:

El Criticón | Primera Parte | en la Primavera | de la niñez, | y en | el Estío de la ivventud. | Autor García de Marlones, | y lo dedica | al valeroso cavallero | Don Pablo de Parada, | de la Orden de Christo, | General de la Artillería y Governa | dor de Tortosa. | Con Licencia. | En Zaragoza, por Ivan Nogves, y á su costa. | Año M. DC. LI.

El Criticón | Segunda Parte. | ivyziosa cortesana | filosofía, | en el Otoño de la | varonil edad. | por | Lorenzo Gracián. | y | lo dedica | al Serenissimo Señor | D. Ivan de Austria. | Con Licencia, | En Huesca: Por Iuan Noguès. Año 1653. | A costa de Francisco Lamberto, Mercader de Libros. | Véndese en la Carrera de San Gerónimo.

El Criticón, | Tercera parte. | en el Invierno de la vejez. | por Lorenzo Gracián. | y lo dedica | al Doctor Don Lorenço Francés de Vrritigoyti, | Deán de la Santa Iglesia de Siguença. | Con Privilegio. | En Madrid. Por Pablo de Val. Año de 1657. | A costa de Francisco Lamberto, véndese en su casa | en la Carrera de San Gerónimo.

Sólo he de añadir que ediciones tan raras como éstas, de las cuales no hay ni en Madrid otro ejemplar que el mío completo de las tres partes y el maltrecho de la segunda parte de la Nacional, que sólo se conoce además el ejemplar del Museo Británico, y que hasta ahora fueron enigma para los bibliógrafos, deberían reproducirse con todos sus pelos y señales para que la república de las letras goce en su entereza una de las más poderosas obras del ingenio español, y la crítica acabe de levantar á Baltasar Gracián al encumbrado puesto que merece en la Historia de la Filosofía y de la Literatura.

Julio Cejador.


CRISI VII

El hiermo de Hipocrinda.

Componían al hombre todas las demás criaturas, tributándole perfecciones; pero de prestado. Iban á porfía amontonando bienes sobre él; mas todos al quitar. El cielo le dió la alma, la tierra el cuerpo, el fuego el calor, el agua los humores, el aire la respiración, las estrellas ojos, el sol cara, la fortuna haberes, la fama honores, el tiempo edades, el mundo casa, los amigos compañía, los padres la naturaleza y los maestros la sabiduría. Mas viendo él que todos eran bienes muebles, no raíces, prestados todos y al quitar, dicen que preguntó:

¿Pues qué será mío? Si todo es de prestado, ¿qué me quedará?

Respondiéronle que la virtud. Ésa es bien propio del hombre, nadie se la puede repetir. Todo es nada sin ella y ella lo es todo. Único bien. demás bienes son de burlas; ella sola es de veras. Es alma del alma, vida de la vida, realce de todas las prendas, corona de las perfecciones y perfección de todo el ser. Centro es de la felicidad, trono de la honra, gozo de la vida, satisfación de la conciencia, respiración del alma, banquete de las potencias, fuente del contento, manantial de la alegría. Es rara porque es dificultosa y, dondequiera que se halla, es hermosa y por eso tan estimada.

Excelencias
de la Virtud.

Todos querrían parecer tenerla; pocos de verdad la procuran. Hasta los vicios se cubren con su buena capa y mienten sus apariencias: los más malos querrían ser tenidos por buenos. Todos la querrían en los otros; mas no en sí mismos. Pretende éste que aquél le guarde fidelidad en el trato, que no le murmure ni le mienta ni le engañe, trate siempre verdad, que en nada le ofenda ni agravie; y él obra todo lo contrario.

Con ser tan hermosa, noble y apacible, todo el mundo se ha mancomunado contra ella. Y es de modo, que la verdadera virtud ya no se ve ni parece; sino la que le parece. Cuando pensamos está en alguna parte, topamos con sola su sombra, que es la hipocresía. De suerte, que un bueno, un justo, un virtuoso florece como la Fénix, que por único se lleva la palma.

Esto les iba ponderando á Critilo y Andrenio una agradable doncella, ministra de la Fortuna, de sus más llegadas, que, compadecida de verlos en el común riesgo, estando ya para despeñarse, les asió del copete de la Ocasión y los detuvo De la dicha
á la virtud.
dando una voz al Acaso, le mandó echar la puente levadiza, con que los traspuso de la otra parte, de un alto á otro, de la Fortuna á la Virtud, con que se libraron del fatal despeño.

De la Virtud
á la Honra.

Ya estáis en salvo, les dijo. Dicha de pocos lograda, pues visteis caer mil á vuestro lado y diez mil á vuestra diestra. Seguid ese camino, sin torcer á un lado ni á otro; aunque un ángel os dijese lo contrario, que él os llevará al palacio de la hermosa Virtelia, aquella gran reina de las felicidades. Presto le divisaréis encumbrado en las coronillas de los montes. Porfiad en el ascenso; aunque sea con violencias: que de los valientes es la corona. Fin premiado. Y aunque sea áspera la subida, no desmayéis, poniendo siempre la mira en el fin premiado.

Despidióse con mucho agrado echándoles los brazos. Volvióse á pasar de la otra parte y al mismo punto levantaron la puente.

¡Oh!, dijo Critilo: ¡qué cortos hemos andado en no preguntarla quién era! ¿Es posible que no hayamos conocido una tan gran bienhechora?

Aún estamos á tiempo, dijo Andrenio: que aún no la habemos perdido ni de vista ni de oída.

Diéronla voces y ella volvió un cielo en su cara y dos soles en un cielo, esparciendo favorables influencias.

Perdona, señora, dijo Critilo, nuestra inadvertencia, no grosería, y así te favorezca tu reina más que á todas, que nos digas quién eres.

Aquí ella sonriéndose: No lo queráis saber, dijo, que os pesará.

Pero ellos más deseosos con esto, porfiaron en saberlo y así les dijo:

Yo soy la hija mayor de la Fortuna, yo la pretendida de todos, yo la buscada, la deseada, la requerida, yo soy la Ventura.

Y al momento se traspuso.

Dicha
desconocida.

Juráralo yo, dijo suspirando Critilo, que en conociéndote habías de desaparecer. ¡Hase visto más poca suerte en la dicha! Así acontece á muchos cada día. ¡Oh cuántos, teniendo la dicha entre manos, no la supieron conocer y después la desearon! Pierde uno los cincuenta, los cien mil de hacienda y después guarda un real. No estima el otro la consorte casta y prudente, que le dió el cielo, y después la suspira muerta y adorada en la segunda. Pierde éste el puesto, la dignidad, la paz, el contento, el estado, y después anda mendigando mucho menos.

Verdaderamente, que nos ha sucedido, dijo Andrenio, lo que á un galán apasionado, que, no conociendo su dama, la desprecia y después, perdida la ocasión, pierde el juicio. Desta suerte malograron muchos el tiempo, la ocasión, la felicidad, la comodidad, el empleo, el reino, que después lo lamentaron harto. Así sollozaba el rey navarro pasando el Pirineo y Rodrigo en el río de su llanto. ¡Pero desdichado sobre todo quien pierda el cielo!

Hombres
de artificio.

Así se iban lamentando, prosiguiendo su viaje, cuando se les hizo encontradizo un hombre venerable por su aspecto, muy autorizado de barba, el rostro ya pasado y todas sus faciones desterradas, hundidos los ojos, la color robada, chupadas las mejillas, la boca despoblada, ahiladas las narices, la alegría entredicha, el cuello de azucena lánguido, la frente encapotada, su vestido por lo pío remendado, colgando de la cinta unas disciplinas, lastimando más los ojos del que las mira, que las espaldas del que las afecta, zapatos doblados á remiendos, de más comodidad que gala. Al fin, él parecía semilla de ermitaños. Saludóles muy á lo del cielo para ganar más tierra y preguntóles para adónde caminaban.

Vamos, respondió Critilo, en busca de aquella flor de reinas, la hermosa Virtelia, que nos dicen mora aquí en lo alto de un monte, en los confines del cielo. Y si tú eres de su casa y de su familia, como lo pareces, suplícote que nos guíes.

Aquí él, después de una gran tronada de suspiros, prorrumpió en una copiosa lluvia de lágrimas.

¡Oh, cómo vais engañados!, les dijo, ¡y qué lástima que os tengo! Porque esa Virtelia, que buscáis, reina es; pero encantada. Vive, aunque más muere, en un monte de dificultades, poblado de fieras, serpientes que emponzoñan, dragones que tragan, y sobre todo hay un león en el camino, que desgarra á cuantos pasan. Á más de que la subida es inaccesible, al fin cuesta arriba, llena de malezas y deslizaderos, donde los más caen haciéndose pedazos. Bien pocos son y bien raros los que llegan á lo alto.

Y cuando toda esa montaña de rigores hayáis sobrepujado, queda lo más dificultoso, Dificultades
de la virtud.
es su palacio encantado, guardadas sus puertas de horribles gigantes, que con mazas aceradas en las manos defienden la entrada y son tan espantosos, que sólo el imaginarlos arredra. Verdaderamente me hacéis duelo de veros tan necios, que queráis emprender tanto imposible junto.

Un consejo os daría yo y es que echéis por el atajo, por donde hoy todos los entendidos y que saben vivir caminan. Porque habéis de saber que aquí más cerca, en lo fácil, en lo llano, mora otra gran reina, muy parecida en todo á Virtelia en el aspecto, en el buen modo, hasta en el andar, que la ha cogido los aires. Al fin un retrato suyo; sólo que no es ella. Pero más agradable y más plausible, tan poderosa como ella y que también hace milagros. Para el efecto es la misma.

Porque decidme, vosotros ¿qué pretendéis en buscar á Virtelia y tratarla? ¿Que os honre, que os califique, que os abone, para conseguir cuanto hay, la dignidad, el mando, la estimación, la felicidad, el contento? Pues sin tanto cansancio, sin costaros nada, á pierna tendida, lo podéis aquí conseguir. No es menester sudar ni afanar ni reventar como allá. Dígoos que éste es el camino de los que bien saben. Todos los entendidos echan por este atajo y así está hoy tan valido en el mundo, que no se usa otro modo de vida.

Milagros de
la apariencia.

¿De suerte, preguntó Andrenio, ya vacilando, que esa otra reina, que tú dices, es tan poderosa como Virtelia?

Y que no la debe nada, respondió el Ermitaño. Lo que es el parecer, tan bueno le tiene y aun mejor y se precia dello y procura mostrarlo.

¿Que puede tanto?

Ya os digo que obra prodigios. Otra ventaja más y no la menos codiciable, que podréis gozar de los contentos, de los gustos desta vida, del regalo, de la comodidad, de la riqueza, juntamente con este modo de virtud, que aquella otra, por ningún caso los consiente. Ésta en nada escrupulea. Tiene buen estómago, con tal que no haya nota ni se sepa. Todo ha de ser en secreto. Aquí veréis juntos aquellos dos imposibles de cielo y tierra juntos, que los sabe lindamente hermanar.

No fué menester más para que se diese por convencido Andrenio. Hízose al punto de su banda. Ya le seguía, ya volaban.

Aguarda, decía Critilo, que te vas á perder.

Mas él respondía:

No quiero montes. Quita allá gigantes. ¿Leones? ¡Guarda!

Iban ya de carrera arrancada. Seguíales Critilo voceando:

Mira que vas engañado.

Y él respondía:

¡Vivir!, ¡vivir!, ¡virtud holgada!, ¡bondad al uso!

Seguidme, seguidme, repetía el falso Ermitaño, que éste es el atajo del vivir; que lo demás es un morir continuado.

Fuélos introduciendo por un camino encubierto y aun solapado entre arboledas y ensenadas, y al cabo de un laberinto con mil vueltas y revueltas dieron en una gran casa, harto artificiosa, que no fué vista hasta que estuvieron en ella. Parecía convento en el silencio y todo el mundo en la multitud. Todo era callar y obrar, hacer y no decir. Que aun campana no se tañía, por no hacer ruido: no se dé campanada. Era tan espaciosa y había tanta anchura, que cabrían en ella más de las tres partes del mundo y bien holgadas.

Casa
á obscuras.

Estaba entre unos montes, que la impedían el sol, coronada de árboles tan crecidos y tan espesos, que la quitaban la luz con sus verduras.

¡Qué poca luz tiene este convento!, dijo Andrenio.

Así conviene, respondió el Ermitaño: que donde se profesa tal virtud no convienen lucimientos.

Estaba la puerta patente y el portero muy sentado, por no cansarse en abrir. Tenía calzados unos zuecos de conchas de tartugas, desaliñadamente sucio y remendado.

Éste, dijo Critilo, á ser hembra, fuera la pereza.

¡Oh, no!, dijo el Ermitaño. No es, sino el sosiego. No nace aquello de dejamiento, sino de pobreza; no es suciedad, sino desprecio del mundo.

Saludóles, dando gracias de su linda vida. Intimóles luego, sin moverse, con un gancho, un letrero, que estaba encima de la puerta y decía con unas letras góticas:

Silencio.

Y comentóseles el Ermitaño:

Vivir
de tramoya.

Quiere decir que de aquí adentro no se dice lo que se siente, nadie habla claro; todos se entienden por señas, aquí callar y callemos.

Entraron en el claustro; pero muy cerrado: que es lo más cómodo para todos tiempos.

Iban ya encontrando algunos, que en el hábito parecían monjes y era, aunque al uso, bien extraño. Por defuera lo que se veía era de piel de oveja; Capa
de virtud.
mas por dentro lo que no se parecía era de lobos novicios, que quiere decir rapaces. Notó Critilo que todos llevaban capa y buena.

Es instituto, dijo el Ermitaño: no se puede deponer jamás ni hacer cosa, que no sea con capa de santidad.

Yo lo creo, dijo Critilo, y aun con capa de lastimarse. Está aquél murmurando de todo, con capa de corregir se venga el otro. Con capa de disimular permite éste que todo se relaje. Con capa de necesidad hay quien se regala y está bien gordo. Con capa de justicia es el juez un sanguinario. Con capa de celo todo lo malea el envidioso. Con capa de galantería anda la otra libertada.

Aguarda, dijo Andrenio. ¿Quién es aquella que pasa con capa de agradecimiento?

¿Quién ha de ser, sino la Simonía y aquella otra la Usura paliada?

Con capa de servir á la República y al bien público se encubre la ambición.

¿Quién será aquel, que toma la capa ó el manto para ir al sermón á visitar el santuario? Parece el Festejo.

El mismo.

¡Oh maldito sacrílego!

Con capa de ayuno ahorra la avaricia, con capa de gravedad nos quiere desmentir la grosería. Aquél, que entra allí, parece que lleva capa de amigo y realmente lo es y aun con la de pariente se introduce el adulterio.

Éstos, dijo el Ermitaño, son de los milagros que obra cada día esta superiora, haciendo que los mismos vicios pasen plaza de virtudes y que los malos sean tenidos por buenos y aun por mejores. Los que son unos demonios hace que parezcan unos angelitos y todo con capa de virtud.

Basta, dijo Critilo. Que desde que al mismo Justo le sortearon la capa los malos, ya la tienen por suerte: andan con capa de virtud, queriendo parecer al mismo Dios y á los suyos.

¿No notáis, dijo el falso Ermitaño y verdadero embustero, qué ceñidos andan todos, cuando menos ajustados?

Sí; dijo Critilo; pero con cuerda.

Eso es lo bueno, respondió, para hacer bajo cuerda cuanto quieren y todo va bajo manga. No se les ven las manos, tanto es su recato.

No sea, replicó Critilo, que tiren la piedra y escondan la mano. ¿No veis aquel bendito, qué fuera del mundo anda? ¡Qué metido va, pues no piensa en cosa suya, sino en las ajenas! Que no tiene cosa propia. No se le ve la cara, no es lo mejor lo descarado. Á nadie mira á la cara y á todos quita el sombrero. Anda descalzo por no ser sentido, tan enemigo es de buscar ruido.

¿Quién es el tal?, preguntó Andrenio. ¿Es profeso?

Sí, con que cada día toma el hábito y es muy bien diciplinado. Dicen que es un arrapaaltares, por tener mucho de Dios. Hace una vida extravagante. Toda la noche vela, nunca reposa. No tiene cosa ni casa suya y así es dueño de todas las ajenas. Y sin saber cómo ni por dónde, se entra en todas y se hace luego dueño dellas. Es tan caritativo, que á todos ayuda á llevar la ropa y cuantos topa, las capas, y así le quieren de modo, que, cuando se parte de alguna, todos quedan llorando y nunca se olvidan dél.

Ladrón
centimano.

Éste, dijo Andrenio, con tantas prendas ajenas más me huele á ladrón, que á monje.

Ahí verás el milagro de nuestra Hipocrinda, que siendo lo que tú dices, le hace parecer un bendito. Tanto, que está ya consultado en un gran cargo, en competencia de otro de casa de Virtelia, y se tiene por cierto que le ha de hurtar la bendición. Y cuando no, trata de irse á Aragón, donde muera de viejo.

¡Qué lucido está aquel otro!, dijo Critilo.

Es honra de la penitencia, respondió el Ermitaño, y aunque tan bueno, no puede tenerse en pie ni acierta á dar un paso.

Bien lo creo, que no andará muy derecho.

Pues sabed que es un hombre muy mortificado: nadie le ha visto comer jamás.

Eso creeré yo: que á nadie convida, con ninguno parte; todo es predicar ayuno y no miente. Que en habiéndose comido un capón, con verdad dice: ay uno. Yo juraré por él que en muchos años no se ha visto un pecho de perdiz en la boca.

Y yo también.

Y tras toda esta austeridad, que usa consigo, es muy suave.

Así lo entiendo: suave de día y su ave de noche. ¿Mas cómo está tan lucido?

Ahí verás la buena conciencia. Tiene buen buche, no se ahoga con poco ni se ahita con cosillas. Engorda con la merced de Dios y así todos le echan mil bendiciones. Pero entremos en su celda, que es muy devota.

Recibiólos con mucha caridad y franqueóles una alhacena no tan á secas, que no fuese de regadío, dando fruto de dulces, perniles y otros regalos.

¿Así se ayuna?, dijo Critilo.

Y así hay una gentil bota, respondió el Ermitaño. Éstos son los milagros desta casa, que siendo éste antes tenido por un Epicuro, en tomando tan buena capa, se ha trocado de modo, que compite con un Macario. Y es tanta verdad ésta, que antes de mucho le veréis con una dignidad.

¿También hay soldados cofadres de la apariencia?, preguntó Andrenio.

Y son los mejores, respondió el Ermitaño. Tan buenos cristianos, que aun al enemigo no le quieren hacer mala cara, con que no le querrían ver. Soldado
hipócrita.
¿No ves aquél? Pues, en dando un Santiago, se mete á peregrino. En su vida se sabe que haya hecho mal á nadie. No tengan miedo que él beba de la sangre de su contrario. Aquellas plumas, que tremola, yo juraría que son más de Santo Domingo de la Calzada, que de Santiago. El día de la muestra es soldado y el de la batalla, Ermitaño. Más hace él con un lanzón, que otros con una pica. Sus armas siempre fueron dobles. Desde que tomó capa de valiente, es un Ruy Díaz atildado. Es de tan sano corazón, que siempre le hallarán en el cuartel de la salud. No es nada vanaglorioso y así suele decir que más quiere escudos, que armas. En dando un espaldar al enemigo, acude al consejo con un peto y así es tenido por un buen soldado, muy aplaudido y en competencia de dos Bernardos está consultado en un generalato. Y dicen que él será el hombre y los otros se lo jugarán. Que aquí más importa el parecer, que el ser.

Sabiduría
aparente.

Aquel otro es tenido por un pozo de sabiduría, más honda que profunda. Y él dice que en eso está su gozo. Aquí más valen testos, que testa. Nunca se cansa de estudiar. Su mayor conceto dice ser el que dél se tiene y aun todos los ajenos nos vende por suyos, que para eso compra los libros. De letras, menos de la mitad basta y lo demás de fortuna. Que el aplauso más ruido hace en vacío. Y al fin, más fácil es y menos cuesta el ser tenido por docto, por valiente y por bueno, que el serlo.

¿De qué sirven, preguntó Andrenio, tantas estatuas como aquí tenéis?

¡Oh!, dijo el Ermitaño, son ídolos de la imaginación, fantasmas de la apariencia. Todas están vacías y hacemos creer que están llenas de sustancia y solidez. Métese uno por dentro en la de un sabio y húrtale la voz y las palabras; otro en la de un señor y á todos manda y todos sin réplica le obedecen, pensando que habla el poderoso y no es sino un vergante. Ésta tiene la nariz de cera, que se la tuercen y retuercen como quieren la información y la pasión, ya al derecho, ya al siniestro, y ella pasa por todo. Mirad bien, reparad en aquel ministro de Justicia, ¡qué celoso, qué justiciero se muestra! No hay alcalde Ronquillo rancio ni fresco Quiñones, que le llegue. Con nadie se ahorra y con todos se viste, á todos les va quitando las ocasiones del mal, para quedarse con ellas. Siempre va en busca de ruindades y con ese título entra en todas las casas ruines libremente, desarma los valientes y hace en su casa una armería. Destierra los ladrones, por quedar él solo. Siempre va repitiendo ¡justicia! mas no por su casa. Y todo esto con buen título y aun colorado.

Vieron otros dos, que con nombre de celosos eran dos grandísimos impertinentes. Todo lo querían remediar y todo lo inquietaban, sin dejar vivir á nadie, diciendo se perdía el mundo y ellos eran los más perdidos. Á esta traza iban encontrando raros milagros de la apariencia, estrañas maravillas de la hipocresía, que engañaran á un Ulises.

Oficina
de hipócritas.

Cada día acontece, ponderaba el Ermitaño, salir de aquí un sujeto, amoldado en esta oficina, instruído en esta escuela, en competencia de otro de aquella de arriba, de la verdadera y sólida virtud, pretendiendo ambos una dignidad, y parecer éste mil veces mejor, hallar más favor, tener más amigos y quedarse el otro corrido y aun cansado. Porque los más en el mundo no conocen ni examinan lo que cada uno es; sino lo que parece. Y creedme que de lejos tanto brilla un claveque como un diamante. Pocos conocen las finas virtudes ni saben distinguirlas de las falsas. Veis allí un hombre más liviano que un bofe y parece en lo exterior más grave que un presidente.

¿Cómo es eso?, dijo Andrenio. Que querría aprender esta arte de hacer parecer. ¿Cómo se hacen estos plausibles milagros?

Yo os lo diré. Aquí tenemos variedad de formas para amoldar cualquier sujeto, por incapaz que sea, y ajustarle de pies á cabeza. Arte
de artimaña.
Si pretende alguna dignidad, le hacemos luego cargado de espaldas; si casamiento, que ande más derecho que un huso; y, aunque sea un chisgaravís, le hacemos que muestre autoridad, que ande á espacio, hable pausado, arquee las cejas, pare gesto de ministro y de misterio, y para subir alto, que hable bajo. Ponémosle unos antojos, aunque vea más que un lince, que autorizan grandemente. Y más, cuando los desenvaina y se los calza en una gran nariz y se pone á mirar de á caballo, hace estremecer los mirados.

Á más desto tenemos muchas maneras de tintes, que de la noche á la mañana transfiguran las personas, de un cuervo en un cisne callado y que, si hablare, sea dulcemente, palabras confitadas. Si tenía piel de víbora, le damos un baño de paloma, de modo, que no muestre la hiel, aunque la tenga, ni se enoje jamás, porque se pierde en un instante de cólera cuanto se ha ganado de crédito y de juicio en toda la vida. Mucho menos muestre asomo de liviandad ni en el dicho ni en el hecho.

Vieron uno, que estaba escupiendo y haciendo grandes ascos.

¿Qué tiene éste?, preguntó Andrenio.

Acércate y le oirás decir mucho mal de las mujeres y de sus trajes.

Cerraba los ojos por no verlas.

Éste sí, dijo el Ermitaño, que es cauto.

Más valiera casto, replicó Critilo. Que desta suerte abrasan muchos el mundo en fuego de secreta lujuria. Introdúcense en las casas como golondrinas, que entran dos y salen seis.

Mas ahora, que hemos nombrado mujeres, díme, ¿no hay clausura para ellas? Pues de verdad, que pueden profesar de enredo.

Sí le hay, dijo el Ermitaño. Convento hay y bien malignante: Dios nos defienda de su multitud. Aquí están de parte.

Y asomóles á una ventana para que viesen de paso, no de propósito, su proceder. Vieron ya unas muy devotas, aunque no de San Lino ni de San Hilario, que no gustan de devociones al uso, sí de San Alejos y de toda romería.

Aquélla, que allí se aparece, dijo el Ermitaño, es la viuda recatada, que cierra su puerta al Ave María. Mira la doncella, qué puesta en pretina, no sea en cinta. Profesas
de enredo.
Aquella otra es una bella casada. Tiénela su marido por una santa y ella le hace fiestas, cuando menos de guardar. Á esta otra nunca le faltan joyas, porque ella lo es buena. Á aquélla la adora su marido: será porque lo dora. No gusta de galas, por no gastar la hacienda, y gástale la honra. De aquélla dice su marido que metería las manos en un fuego por ella. Más valiera que las pusiera en ella y apagara el de su lujuria.

Estaba una riñendo unas criadas pequeñas, porque brujuleó no sé qué ceños, y ella con mayor decía:

En esta casa no se consiente ni aun el pensamiento.

Y repetía entre dientes la criada el eco. Desta otra anda siempre predicando su madre lo que ella no se confiesa. Decía otra buena madre de su hija:

Es una bienaventurada.

Y era así, que siempre quisiera estar en gloria.

¿Cómo están tan descoloridas aquéllas?, reparó Andrenio.

Y el Ermitaño:

Pues no es de malas; sino de puro buenas. Son tan mortificadas, que echan tierra en lo que comen, no sea barro. Mira qué celosas se muestran éstas; más valiera celadas.

¿Nunca llegamos, dijo Critilo, á ver esta virtud acomodada, esta prelada suave, esta plática bondad?

No tardaremos mucho, respondió el Ermitaño: que ya entramos en el refitorio, donde estará sin duda haciendo penitencia.

Fueron entrando y descubriendo cuerpo y cuerpo y más cuerpo, al fin una mujer toda carne y nada espíritu. Tenía el gesto estragado; mas no el gusto, desmentidor del regalo.

Engañamundo.

Y cuanto más amarillo, dice que tiene mejor color.

Hasta el rosario era de palo santo y tenía por estremo, que siempre anda por ellos, una muerte para darse mejor vida. Estaba sentada, que no podía tenerse en pie, equivocando regüeldos con suspiros, muy rodeada de novicios del mundo, dándoles liciones de saber vivir.

No me seáis simples, les decía; aunque lo podéis mostrar. Que es gran ciencia saber mostrar no saber. Sobre todo os encomiendo el recato y el no escandalizar.

Ponderábales la eficacia de la apariencia.

Aquí está todo en el bienparecer, que ya en el mundo no se atiende á lo que son las cosas; sino á lo que parecen. Porque, mirad, decía, unas cosas hay que ni son ni lo parecen y ésa es ya necedad. Que, aunque no sea de ley, procure parecerlo. Otras hay que son y lo parecen y eso no es mucho. Otras que son y no parecen y ésa es la suma necedad. Pero el gran primor es no ser y parecerlo. Eso sí que es saber. Cobrad opinión y conservadla, que es fácil. Que los más viven de crédito. No os metáis en estudiar; pero alabaos con arte. Todo médico y letrado han de ser de ostentación. Mucho vale el pico: que hasta un papagayo, porque le tiene, halla cabida en los palacios y ocupa el mejor balcón. Mirá que os digo que, si sabéis vivir, os sabréis acomodar y sin trabajo alguno, sin que os cueste cosa. Sin sudar ni reventar, os he de sacar personas. Por lo menos que lo parezcáis, de modo, que podáis ladearos con los más verdaderos virtuosos, con el más hombre de bien. Y si no, tomad ejemplo en la gente de autoridad y de experiencia y veréis lo que han aprovechado con mis reglas y en cuán grande predicamento están hoy en el mundo ocupando los mayores puestos.

Estaba tan admirado Andrenio, cuan pagado de tan barata felicidad, de una virtud tan de balde, sin violencias, sin escalar montañas de dificultades, sin pelear con fieras, sin correr agua arriba, sin remar ni sudar. Trataba ya de tomar el hábito de una buena capa, para toda libertad y profesar de hipócrita, cuando Critilo, volviéndose al Ermitaño, le preguntó:

Díme, por tu vida larga, si no buena, ¿con esta virtud fingida miremos nosotros conseguir la felicidad verdadera?

¡Oh, pobre de mí!, respondió el Ermitaño: en eso hay mucho que decir. Quédese para otra sitiada.


CRISI VIII

Armería del valor.

Estando ya sin virtud el Valor, sin fuerzas, sin vigor, sin brío á punto de espirar, dícese que acudieron allá todas las naciones, instándole hiciese testamento en su favor y les dejase sus bienes.

No tengo otros, que á mí mismo, les respondió. Testamento
del valor.
Lo que yo os podré dejar será este mi lastimoso cadáver, este esqueleto de lo que fuí. Id llegando, que yo os lo iré repartiendo.

Fueron los primeros los italianos, porque llegaron primeros pidieron la testa.

Yo os la mando, dijo. Seréis gente de gobierno, mandaréis el mundo á entrambas manos.

Inquietos los franceses, fuéronse entremetiendo y, deseosos de tener mano en todo, pidieron los brazos.

Temo, dijo, que, si os los doy, habéis de inquietar todo el mundo. Seréis activos, gente de brazo. No pararéis un punto. Malos sois para vecinos.

Pero los ginoveses de paso les quitaron las uñas, no dejándoles ni con qué asir ni con qué detener las cosas. Pero á los españoles les han dado tan valientes pellizcos en su plata, que no hiciera más una bruja, chupándoles la sangre, cuando más dormidos.

Item más, dejo el rostro á los ingleses. Seréis lindos, unos ángeles; mas temo que, como las hermosas, habéis de ser fáciles en hacer cara á un Calvino, á un Lutero y al mismo diablo. Sobre todo, guardaos no os vea la vulpeja, que dirá luego aquello de ¡hermosa fachata, mas sin cerebro!

Muy atentos los venecianos, pidieron los carrillos. Riéronse los demás; pero el Valor:

No lo entendéis, les dijo: dejad, que ellos comerán con ambos y con todos.

Mandó la lengua á los sicilianos y, habiendo duda entre ellos y los napolitanos, declaró que á las dos Sicilias. Á los irlandeses el hígado. El talle á los alemanes.

Seréis hombres de gentil cuerpo; pero mirá que no lo estiméis más que el alma.

La melsa á los polacos, el liviano á los moscovitas. Todo el vientre á los flamencos y holandeses.

Con tal que no sea vuestro Dios.

El pecho á los suecos. Las piernas á los turcos, que con todos pretenden hacerlas y, donde una vez meten el pie, nunca más lo levantan.

Las entrañas á los persas, gente de buenas entrañas.

Á los africanos los huesos, que tengan que roer, como quien son.

Las espaldas á los chinos, el corazón á los japoneses, que son los españoles del Asia, y el espinazo á los negros. Manda á los Españoles. Llegaron los últimos los españoles, que habían estado ocupados en sacar huéspedes de su casa, que vinieron de allende á echarlos de ella.

¿Qué nos dejas á nosotros?, le dijeron:

Y él:

Tarde llegáis: ya está todo repartido.

¿Pues á nosotros, replicaron, que somos tus primogénitos qué menos que un mayorazgo nos has de dejar?

No sé ya qué daros. Si tuviera dos corazones, vuestro fuera el primero; pero mirá, lo que podéis hacer es que, pues todas las naciones os han inquietado, revolved contra ellas y lo que Roma hizo antes, haced vosotros después: dad contra todas, repelad cuanto pudiéredes, en fe de mi permisión.

No lo dijo á los sordos. Hanse dado tan buena maña, que apenas hay nación en el mundo, que no la hayan dado su pellizco, y á pocos repelones se hubieran alzado con todo el Valor de pies á cabeza.

Esto les iba exagerando á Critilo y Andrenio á la salida de Francia por la Picardía un hombre, que lo era y mucho. Pues, así como tienen unos cien ojos para ver y otros cien manos para obrar, éste tenía cien corazones para sufrir y todo él era corazón.

¿Saldréis, decía, con cariño de la Francia?

No por cierto, le respondieron, cuando sus mismos naturales la dejan y los estranjeros no la buscan.

Francia
definida.

¡Gran provincia!, dijo el de los cien corazones.

Sí, respondió Critilo, si se contentase con sí misma.

¡Qué poblada de gentes!

Pero no de hombres.

¡Qué fértil!

Mas no de cosas sustanciales.

¡Qué llana y qué agradable!

Pero combatida de los vientos, de donde se les origina á sus naturales la ligereza.

¡Qué industriosa!

Pero mecánica.

¡Qué laboriosa!

Pero vulgar.

La provincia más popular, que se conoce. ¡Qué belicosos y gallardos sus naturales!

Pero inquietos: los duendes de la Europa en mar y tierra. Son un rayo en los primeros acometimientos y un desmayo en los segundos.

Son dóciles.

Sí; pero fáciles.

Oficiosos.

Pero despreciables y esclavos de las otras naciones. Emprenden mucho y ejecutan poco y conservan nada. Todo lo emprenden y todo lo pierden.

¡Qué ingeniosos! ¡qué vivos! ¡y qué prontos!

Pero sin fondo.

No se conocen tontos entre ellos.

Ni doctos, que nunca pasan de una medianía.

Es gente de gran cortesía.

Mas de poca fe, que hasta sus mismos Enricos no viven esentos de sus alevosos cuchillos.

Son laboriosos.

Así es, al paso que codiciosos.

No me podéis negar que han tenido grandes reyes.

Pero los más de poquísimo provecho.

Tienen bizarras entradas para hacerse señores del mundo.

¡Pero, qué desairadas salidas! Que, si entran á laudes, salen á vísperas.

Acuden con sus armas á amparar cuantos se socorren de ellas.

Es que son los rufianes de las provincias adúlteras.

¿Son aprovechados?

Sí y tanto, que estiman más una onza de plata, que un quintal de honra. El primer día son esclavos; pero el segundo amos, el tercero tiranos insufribles. Pasan de estremo á estremo sin medio: de humanos á insolentísimos. Tienen grandes virtudes y tan grandes vicios, que no se puede fácilmente averiguar cuál sea el rey, y al fin, ellos son antípodas de los españoles.

Pero decidme, ¿cómo fué aquello del Ermitaño? ¿Qué salida dió á la sagaz pregunta de Critilo?

Confesóme que á la virtud aparente no le corresponde premio sólido ni verdadero. Que bien se les puede echar dado falso á los hombres; pero que Dios no es reído. Oyendo esto, hicímonos del ojo y, en viendo la nuestra, tratamos de colgar el mal hábito de fingidos y saltar las bardas de la vil hipocresía.

¡Oh, qué bien hicistes! Porque el gozo del hipócrita no dura un instante entero, es como un punto. Entended una verdad, que de cien leguas se conoce la que es verdadera virtud ó falsa. Está ya muy despabilada la advertencia. Luego le conocen á uno de qué pie se mueve y de cuál cojea. Al paso que el engaño anda metafísico, también la cautela sutil le va á los alcances, y por más capa que tome de bondad, no se le escapa de vicio. La virtud sólida y perfecta es la que puede salir á vistas del cielo y de la tierra. Ésa la que vale y dura, que es tenida por clara y por eterna. La bellísima Virtelia es la que importa buscar y no parar hasta hallarla; aunque sea pasando por picas y por puñales, que ella os encaminará á vuestra Felisinda, en cuya busca toda la vida vais peregrinando.

Animábales mucho á emprender aquel montón de dificultades, que tan acobardado tenía á Andrenio.

Ea, acaba, le decía: que esa tu cobarde imaginación te pinta aquel leonazo del camino muy más bravo de lo que es. Advierte que muchos tiernos mancebos y delicadas doncellitas le han desquijarado.

¿De qué suerte?, preguntó Andrenio.

Armándose primero muy bien y peleando mejor después: que todo lo vence una resolución gallarda.

¿Qué armas son ésas y dónde las hallaremos?

Venid conmigo, que yo os llevaré donde las podréis escoger, si no al gusto, al provecho.

Íbanle ya siguiendo y razonando.

¿Qué importa, decía, sobren armas, si falta el Valor? Eso, más sería llevarlas para el enemigo.

¿De modo, que ya finó el Valor?, preguntó Critilo.

Sí, ya acabó, respondió él. Ya no hay Hércules en el mundo, que sujeten monstruos, que deshagan entuertos, agravios y tiranías; que las hagan, sí; que las conserven, también, obrando cien mil monstruosidades cada día. Un solo Caco había entonces, un embustero sólo, un ladrón en toda una ciudad; y ahora en cada esquina hay el suyo y cada casa es su cueva. Muchos Anteos, hijos del siglo, nacidos del polvo de la tierra. ¡Pues harpías agarradoras, hidras de siete cabezas y de siete mil caprichos, jabalís de su torpeza, leones de su soberbia! Todo está hirviendo de monstruos adocenados, sin hallarse ya quien tenga valor para pasar las columnas de la fortaleza y fijarlas en los fines de los humanos intentos, poniendo término á sus quimeras.

El valor
apurado.

¡Qué poco duró el Valor en el mundo!, dijo Andrenio.

Poco: que el hombre valiente y aquellas sus camaradas nunca duran mucho.

¿Y de qué murió?

De veneno.

¡Qué lástima!

Si fuera en una inmortal, por tan mortal, batalla de Norlinguen, en un sitio de Barcelona, pase: que un buen fin toda la vida corona; ¿pero de veneno? ¡Hay tal fatalidad! ¿Y en qué se le dieron?

En unos polvos más letíferos, que los de Milán; más pestilentes, que los de un royo, de un malsín, de un traidor, de una madrastra, de un cuñado y de una suegra.

¿Diráslo porque estos valientes siempre acaban levantando polvaredas, que paran en lodos de sangre?

No; sino con toda realidad digo que la malicia humana se ha adelantado de modo, que no deja de obrar á los venideros. Ella ha inventado ciertos polvos tan venenosos y tan eficaces, que han sido la peste y la ruina de todos los grandes hombres. Y desde que éstos corren y aun vuelan, no ha quedado hombre de valor en el mundo. Con todos los famosos han acabado. No hay que tratar ya de Cides ni de Roldanes, como en otros tiempos. Fuera ahora Hércules juguete, viviera Sansón de milagro. Dígoos que han desterrado del mundo la valentía y la braveza.

¿Y qué polvos son esos tan traidores?, preguntó Critilo. ¿Son acaso de basiliscos molidos? ¿De entrañas de víboras destiladas? ¿De colas de escorpiones? ¿De ojos envidiosos ó lascivos? ¿De intenciones torcidas? ¿De voluntades malévolas? ¿De lenguas maldicientes? ¿Hase vuelto á quebrar otra redomilla en Delfos, apestando toda la Asia?

Aún son peores y, aunque dicen componerse de aquel alcrebite infernal, del salitre estigio y de carbones alentados á esternudos del demonio; pero yo digo que del corazón humano, que excede á la intratabilidad de las Furias, á la inexorabilidad de las Parcas, á la crueldad de la guerra, á la tiranía de la muerte. Que no puede ser otro una invención tan sacrílega, tan execrable, tan impía y tan fatal, Estragos
de la pólvora.
como es la pólvora, dicha así, porque convierte en polvo el género humano. Ésta ha acabado con los Héctores de Troya, con los Aquiles de Grecia, con los Bernardos de España. Ya no hay corazón ni valen fuerzas ni aprovecha la destreza. Un niño derriba un gigante, un gallina hace tiro á un león y al más valiente el cobarde, con que ya ninguno puede lucir ni campear.

Antes ahora, dijo Critilo, he oído ponderar que está más adelantado el valor, que antes. Porque ¿cuánto más corazón es menester para meterse un hombre por cien mil bocas de fuego? ¿Cuánto más ánimo para esperar un torbellino de bombardas, hecho terrero de rayos? Ése sí que es valor; que todo lo antiguo fué niñería. Ahora está el valor en su punto, que es en un corazón intrépido; que entonces en un buen brazo, en tener más fuerza que un gañán, en los jarretes de un salvaje.

Engáñase de barra á barra quien tal dice. ¡Qué dictamen tan exótico y errado! Temeridad
valerosa.
Pues ése, que él celebra, no es valor ni lo conoce; no es sino temeridad y locura, que es muy diferente.

Ahora digo, confirmó Andrenio, que la guerra es para temerarios y aun por eso diría aquel gran hombre, tan celebrado de prudente en España, en la primera batalla y la última en que se halló, oyendo zumbir las balas:

¿Es posible, que desto gustaba mi padre?

Y hanle seguido muchos, confirmándose en su opinión tan segura. Siempre oí decir que desde que riñeron la Valentía y la Cordura, nunca más han hecho paz. Aquélla salió de sus casillas á campaña y ésta se apeló el juicio.

No tienes razón, dijo el Valeroso. ¿Qué hiciera la fortaleza, sin la prudencia? Que por eso en la varonil edad está en su sazón, y del valor tomó el renombre de varonil. Es en ella valor lo que en la mocedad audacia y en la vejez recelo. Aquí está en un medio muy proporcionado.

Armería
victoriosa.

Llegaron ya á una gran casa, tan fuerte como capaz. Dieron y tomaron el nombre: que aquí se cobra la fama. Entraron dentro y vieron un espectáculo de muchas maravillas del valor, de instrumentos prodigiosos de la fortaleza. Era una armería general de todas armas antiguas y modernas, calificadas por la experiencia y á prueba de esforzados brazos, de los más valientes hombres, que siguieron los pendones marciales. Fué gran vista lograr juntos todos los trofeos del valor, espectáculo bien gustoso y gran empleo de la admiración.

Acercaos, decía, reconocé y estimá tanto y tan ejecutivo portento de la fama.

Pero salteóle de pronto un intensísimo sentimiento á Critilo, que le apretó el corazón hasta exprimirle por los ojos. Reparando en ello el Valeroso, solicitó la causa de su pena y él:

¿Es posible, dijo, que todos esos fatales instrumentos se forjaron contra una tan frágil vida? Si fuera para conservarla, estuviera bien: merecían toda recomendación; ¿pero para ofendella y destruilla, contra una hoja, que se la lleva el viento, tantas hojas afiladas ostentan su potencia? ¡Oh, infelicidad humana, que haces trofeo de tu misma miseria!

Señor, los filos deste alfanje cortaron el hilo de la vida á un famoso rey don Sebastián, digno de la vida de cien Néstores. Este otro, la del desdichado Ciro, rey de Persia. Esta saeta fué la que atravesó el lado al famoso rey don Sancho de Aragón y esta otra al de Castilla.

¡Malditos sean tales instrumentos y execrable su memoria! No los vea yo de mis ojos. Pasemos adelante.

Esta tan luciente espada, dijo el Valeroso, fué la celebrada de Jorge Castrioto y esta otra del marqués de Pescara.

Déjamelas ver muy á mi gusto.

Y después de bien miradas, dijo:

No me parecen tan raras como yo pensaba. Poco se diferencian de las otras. Muchas he visto yo de mejor temple y no de tanta fama.

Trofeos
del valor.

Es que no ves los dos brazos, que las movían, que en ellos consistía la braveza.

Vieron otras dos, todas teñidas en sangre desde la punta al pomo, muy parecidas.

Estas dos están de competencia. ¿Cuál venció más batallas campales y cúyas son?

Ésta es del rey don Jaime el Conquistador y esta otra del Cid castellano.

Yo me atengo á la primera, como más provechosa y quédese el aplauso para la segunda, más fabulosa. ¿Dónde está la de Alejandro Magno, que deseo mucho verla?

No os canséis en buscarla, que no está aquí.

¿Cómo no, habiendo conquistado todo un mundo?