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MANFREDO, DRAMA EN TRES ACTOS,

Por Lord Byron.

TRADUCCION CASTELLANA.

En el cielo y en la tierra hay mil cosas que vuestros filosofos tampoco dudan.

HORACIO.

Paris, Libreria Americana, 1830.

PERSONAS.

UN CAZADOR DE GAMUZAS.

EL ABAD DE SAN MAURICIO.
MANUEL.
HERMAN.
LA ENCANTADORA DE LOS ALPES.
ARIMAN.
NEMESIS.
LOS DESTINOS.
ESPIRITUS.

La escena se representa en medio de los Alpes, unas veces en el castillo de Manfredo y otras en las montanas.

MANFREDO,

Drama en tres actos.

ACTO I, ESCENA PRIMERA.

[Manfredo esta solo en la galeria de un antiguo castillo. Es media noche.]

MANFREDO.

Mi lampara va a apagarse; por mas que quiera reanimar su luz moribunda; no podra durar tanto tiempo como mi desvelo. Si parece que duermo, no es el sueno el que embarga mis sentidos y si el descaecimiento que me causan una multitud de pensamientos que afligen mi alma y a los cuales no me es posible resistir. Mi corazon esta siempre desvelado y mis ojos no se cierran sino para dirigir sus miradas dentro de mi mismo; sin embargo estoy vivo, y segun mi forma y mi aspecto, me parezco a los otros hombres.

iAh! iel dolor deberia ser la escuela del sabio! Las penas son una ciencia, y los mas sabios son los que mas deben gemir sobre la fatal verdad. El arbol de la ciencia no es el arbol de la vida.

Filosofia, conocimientos humanos, secretos maravillosos, sabiduria mundana, todo lo he ensayado y mi espiritu puede abrazarlo todo, todo puedo someterlo a mi genio: iinutiles estudios! He sido generoso y bienhechor, he encontrado la virtud aun entre los hombres … ivana satisfaccion! He tenido enemigos; ninguno ha podido danarme y varios han caido delante de mi: iinutiles triunfos! El bien, el mal, la vida, el poder, las pasiones, todo lo que veo en los demas ha sido para mi como la lluvia sobre la arida arena. Despues de aquella hora maldita… No conozco el terror, estoy condenado a no esperimentar nunca el temor natural, ni los latidos de un corazon que hacen palpitar el deseo, la esperanza o el amor de alguna cosa terrestre… Pongamos en practica mis operaciones magicas.

Seres misteriosos, espiritus del vasto universo, o vosotros a quienes he buscado en las tinieblas y en las regiones de la luz; vosotros que volais al rededor del globo y que habitais en las esencias mas sutiles; vosotros a quien las cimas inaccesibles de los montes, las profundidades de la tierra y del Oceano sirven muchas veces de retiro… Yo os llamo en nombre del encanto que me da el derecho de mandaros; idespertaos y apareced!

[Un momento de silencio.]

iNo vienen todavia! ibien! por la voz de aquel que es el primero entre vosotros; por la senal que os hace temblar a todos; en nombre de aquel que no muere nunca … despertaos y apareced….

[Un momento de silencio.]

Si es asi… Espiritus de la tierra y del aire no eludireis seguramente mis ordenes. Por medio de un poder superior a todos los que acabo de servirme, por un hechizo irresistible nacido en un astro maldito, resto ardiente de un mundo que ya no existe, infierno errante en medio del eterno espacio; por la terrible maldicion que pesa sobre mi alma, por el pensamiento que tengo y que esta a mi rededor, os requiero la obediencia: pareced.

[Aparece una estrella en el fondo oscuro de la galeria; es una estrella inmovil, y una voz canta las palabras siguientes:]

PRIMER ESPIRITU.

Mortal, docil a tus ordenes, vengo de mi palacio situado sobre las nubes, formado de los vapores del crepusculo y que colorea de purpura y de azul el disco del sol poniente. Aunque me este privado el obedecerte, vuelo hacia ti sobre el rayo de una estrella; he oido tus conjuros. Mortal, ique tus deseos se cumplan!

LA VOZ DEL SEGUNDO ESPIIRITU.

El Monte-Blanco es el monarca de las montanas; esta coronado desde muchos siglos con una diadema de nieve sobre su trono de rocas. Esta revestido con un manto de nubes: los bosques forman su cenidor, tiene un avalange en sus manos como un rayo amenazador; pero espera mis ordenes para dejarlo caer en el valle. La masa fria e inmovil del hielo se va derritiendo todos los dias, pero soy yo quien le dice que precipite su marcha o que detenga sus tempanos. Yo soy el espiritu de estas montanas, podria hacerlas estremecer hasta sus cimientos cavernosos… ?Que es lo que quieres?

TERCER ESPIRITU.

En las profundidades azuladas de los mares, en donde no hay nada que agite las olas, en donde nunca ha soplado el viento, en los parages que habita la serpiente marina, y en donde la sirena adorna con conchas su verde cabellera, la voz de tu invocacion ha resonado como la tempestad sobre la superficie de las aguas, el eco la ha repetido en mi pacifico palacio de coral. Declara tus deseos al espiritu del Oceano.

CUARTO ESPIRITU.

En los parages en donde duerme el terremoto sobre una cama de fuego, en los parages en donde hierven los lagos de betun, en las concavidades subterraneas que reciben las raices de estas cordilleras cuyas cumbres ambiciosas se pierden en las nubes, he oido los acentos magicos, y subyugado por su poder, he dejado los lugares en que he nacido para ponerme cerca de ti. Ordena, yo obedecere.

QUINTO ESPIRITU.

Yo soy quien vuela sobre el aquilon y el que prepara las tormentas. La tempestad que he dejado detras de mi esta todavia ardiendo con los fuegos de los truenos y de los relampagos. Para llegar mas pronto en donde tu te hallas ha atravesado la tierra y los mares en un huracan. Un cefiro favorable hinchaba las velas de una flota que encontre, pero estara sepultada en las olas antes que aparezca la aurora.

SESTO ESPiRITU.

Mi morada es constantemente la oscuridad de la noche. ?Porque tus conjuros me fuerzan a ver la odiosa claridad?

SEPTIMO ESPIRITU.

El astro que preside a tu destino estaba dirigido por mi desde antes que la tierra fuese creada. Nunca habia girado un planeta mas hermoso al rededor del sol: su curso era libre y regular, ningun astro mas benefico existia en el espacio. La hora fatal llego: este astro se convirtio en una masa de fuego, en un cometa vago que amenazo al universo girando siempre por su propia fuerza, sin esfera y sin curso; horror brillante de las regiones etereas, monstruo disforme entre las constelaciones del cielo. En cuanto a ti, nacido bajo su influencia; tu, gusano a quien yo obedezco y que desprecio, cediendo a un poder que no te pertenece, y que no te ha sido prestado sino para someterte algun dia al mio, vengo por un momento a reunirme a los espiritus debiles que doblan aqui su rodilla; vengo a hablar a un ser tal como tu. ?Que me quieres pues, criatura de barro? ?que me quieres?

LOS SIETE ESPIRITUS.

La tierra, el Oceano, el aire, la noche, las montanas, los vientos y el astro de tu destino estan a tus ordenes. Hombre mortal, sus espiritus esperan tus deseos. ?Que quieres de nosotros, hijo de los hombres? ?que quieres?

MANFREDO.

El olvido.

EL PRIMER ESPIRITU.

?El olvido de que?

MANFREDO.

De lo que esta dentro de mi corazon. Leedlo, vos lo sabeis bien y yo no puedo esplicarlo.

EL ESPIRITU.

Nosotros no podemos darte sino lo que poseemos. Pidenos vasallos, una corona, el trono del mundo o de uno de sus imperios; pidenos una senal con la cual gobernaras a los elementos que nos obedecen; habla, tu puedes obtenerlo todo.

MANFREDO.

El olvido; iel olvido de mi mismo! ?No podreis encontrar lo que pido en las regiones secretas que me ofreceis tan liberalmente?

EL ESPIRITU.

Esto no existe en nuestra esencia, ni en nuestra sabiduria; pero … tu puedes morir.

MANFREDO.

?La muerte me lo concedera?

EL ESPIRITU.

Nosotros somos inmortales, y no olvidamos nada, somos eternos, y para nosotros lo pasado y lo venidero son como lo presente: ved nuestra respuesta.

MANFREDO.

Esto es burlarse de mi; pero el poder que os ha conducido a mi presencia os ha puesto bajo mi disposicion. Esclavos, no hay que hacer mofa de las voluntades de vuestro senor. El alma, el espiritu, la chispa celeste, la luz de mi ser, tiene la misma brillantez y la misma penetracion que las vuestras, y no cedera jamas aunque se halle encerrada en una prision de barro. Respondedme, o sino sabreis quien soy.

EL ESPIRITU.

Nosotros repetiremos las mismas palabras; lo que acabas de decir puede ser tambien nuestra respuesta.

MANFREDO.

Esplicaos.

EL ESPIRITU.

Si como tu dices, tu esencia es semejante a la nuestra, te hemos respondido, diciendo que lo que los hombres llaman la muerte no tiene ningun poder sobre nosotros.

MANFREDO.

Sera pues en vano que os haya invocado en vuestras moradas; vosotros no quereis o no podeis socorrerme.

EL ESPIRITU.

Habla, te ofrecemos todo lo que poseemos: piensa bien en ello antes de despedirnos y pide. ?Quieres un reino, el poder sobre los hombres, la fuerza, una larga serie de dias?

MANFREDO.

iMalditos seais! ?que sacare de una larga vida? la mia ya ha durado demasiado; desapareced.

EL ESPIRITU.

Todavia un momento; mientras que estamos aqui quisieramos serte utiles. Piensa bien en esto; ?no hay algun otro don que pudieramos hallar digno de serte ofrecido?

MANFREDO.

Ninguno: esperad sin embargo… Un momento antes de separarnos, quisiera veros cara a cara. Oigo vuestras voces, cuya dulzura melancolica se asemeja a las armonias melodiosas en medio de un lago cristalino; veo la inmovil claridad de una grande estrella, pero nada mas. Pareced a mi presencia tales como sois, uno despues de otro o todos juntos, pero en vuestra forma acostumbrada.

EL ESPIRITU.

Nosotros no tenemos otra forma que la de los elementos de los que somos el alma y el principio; pero designanos la forma que quieras, y sera la que adoptaremos.

MANFREDO.

Poco importa la forma; no hay ninguna sobre la tierra que sea hermosa o hedionda para mi: que aquel que entre vosotros este dotado de mas poder, tome el aspecto que le convenga. Yo lo espero.

[El septimo Espiritu aparece bajo la figura de una hermosa muger.]

EL SEPTIMO ESPIRITU.

Miradme.

MANFREDO.

iO cielo! ?sera esto una ilusion? si tu no fueses un sueno o una imagen enganosa iaun podria considerarme dichoso! te estrecharia entre mis brazos y aun podriamos… (la muger desaparece). Mi corazon se halla destrozado.

[Manfredo cae desmayado, y una voz hace oir el canto que sigue.]

Cuando la luna brillara en las regiones aereas, el gusano fosforico en los cespedes, el meteoro al rededor de las sepulturas y una llama rojiza sobre las lagunas; cuando aparecera el relampago repentino de las estrellas que caigan, cuando los buhos haran oir sus tristes conciertos y las hojas permaneceran inmoviles y silenciosas en el bosque que cubre la colina, mi alma pesara sobre la tuya con fuerza y de una manera terrible.

Por profundo que sea tu sueno tu espiritu no dormira; hay algunas sombras que nunca se desvaneceran para ti, y algunos pensamientos que nunca podras desterrar de tu corazon. Por un poder que te es desconocido, no podras nunca estar solo: este encanto secreto te envuelve como una mortaja, y es como una nube que te servira de prision.

Aunque tu no me veas pasar por tu lado, tus ojos me reconoceran como un objeto que no debe estar lejos, y que estaba cerca de ti habia muy poco. Cuando en este terror secreto volveras la cabeza, quedaras sorprendido de no verme con tu sombra sobre la tierra, y estaras obligado a disimular el poder cuyos efectos esperimentaras.

Las palabras magicas pronunciadas sobre tu cabeza han atraido alli una maldicion terrible, y uno de los espiritus aereos te ha hecho caer en el lazo: en el soplido del viento habra una voz que te privara el alegrarte; la noche te negara el silencio de las sombras, y no podras ver brillar el sol sin desear al momento el es del dia.

Yo he separado de tus lagrimas perfidas la esencia de un veneno mortal, he escogido la sangre mas negra de tu corazon, he arrancado a tu sonrisa la serpiente que se mantenia escondida en las arrugas de tu rostro, he tomado el hechizo que hacia tus labios tan peligrosos, he comparado todas estas ponzonas a los venenos mas sutiles; los tuyos son aun mas temibles.

Por tu corazon de hierro y tu sonrisa de vibora, por tus ardides fatales, por tus miradas enganosas, por tu alma hipocrita, por tus artificios seductores y tu falsa sensibilidad, por el placer que encuentras en el dolor de los otros, por la fraternidad con Cain, vengo a condenarte a que seas tu mismo tu infierno.

Derramo sobre tu cabeza el licor magico que te destina a los tormentos que te preparo, el sueno y la muerte estaran sordos a tus deseos y a tus suplicas; veras la muerte a tu lado para desearla y temerla. Pero ya tu decreto se cumple, y una cadena invisible te rodea con sus eslabones; mis palabras magicas producen su efecto: tu cabeza se turba y tu corazon esta proximo a marchitarse.

ESCENA II.

[El teatro representa el monte Jungfro; el dia da principio. Manfredo esta solo entre las rocas.]

MANFREDO.

Los espiritus que habia invocado me abandonan, las ciencias magicas que habia estudiado me son inutiles. Busco un remedio a mis males y no he hecho sino agriarlos: ceso de contar con el socorro de los espiritus; lo pasado no es de su resorte, y el porvenir … hasta tanto que tambien este sepultado en la noche de los tiempos, me causa muy poca inquietud. iO tierra en donde he nacido! aurora radiante, y vosotras altas montanas ? porque sois tan hermosas? Yo no puedo amaros. Y tu, antorcha brillante del universo, que estiendes tu luz sobre toda la naturaleza, y la haces temblar de gozo, tu no puedes lucir en mi helado corazon. Desde esta cima escarpada veo las orillas del torrente, los pinos magestuosos que la distancia los hace semejantes a los humildes arbustos; y cuando un solo movimiento bastaria para hacer pedazos mi cuerpo sobre esta cama de rocas, y para fijarlo en un eterno descanso, ?por que razon estoy dudoso?

Siento el deseo de precipitarme al pie de la montana y no me atrevo a ejecutarlo, veo el peligro y no pienso en huirle. Un vertigo se ha apoderado de mi vista, y sin embargo mis pies se mantienen inmoviles y firmes. Un poder secreto me detiene y me condena a vivir a pesar mio, si es vivir el llevar un desierto arido en mi corazon, y el ser yo mismo el sepulcro de mi alma, supuesto que no trato de justicar mis crimenes a mis propios ojos: esta es la ultima desgracia de los malos.

[Un aguila pasa sobre Manfredo.]

iO tu, reina de los aires, cuyo rapido vuelo te remonta hacia los cielos, que no te dignes caer sobre mi, para hacer presa de mi cadaver, y alimentar con el a tus hijuelos! Ya has atravesado el espacio en que podian seguirte mis ojos; y los tuyos pueden todavia descubrir todos los objetos que estan sobre la tierra y en el aire… iAh! icuantos objetos dignos de admiracion ofrece este mundo visible! icuan grande es en sus causas y en sus efectos! pero nosotros que nos llamamos sus senores, nosotros, criaturas de barro y semidioses al mismo tiempo, incapaces de poder caer a un rango mas inferior, y tambien de elevarnos, escitamos una guerra continua entre los elementos diversos de nuestra doble esencia, respirando a un mismo tiempo la bajeza y el orgullo, estamos indecisos entre nuestras miserables necesidades y nuestros deseos soberbios, hasta el dia en que la muerte triunfa y en que el hombre viene a ser … lo que no se atreve a confesar a si mismo, ni a sus semejantes.

[Un pastor toca la flauta en un parage lejano.]

iQue dulce melodia es el sonido natural de la zampona campestre! porque, en estos parages, la vida patriarcal no es ciertamente una fabula de la edad de oro; el aire de la libertad no resuena aqui sino en las armonias de la flauta pastoral, y en el ruido sonoro de los cencerros del ganado que retoza en las colinas. iMi alma esta hechizada con semejantes ecos!… iQue no sea yo el invisible espiritu de un sonido melodioso, de una voz viva, de una armonia animada, qne nace y muere con el soplo que la produce!

[Llega un cazador de gamuzas que viene del pie de la montana.]

EL CAZADOR.

La gamuza ha salvado las rocas, y sus pies agiles la han llevado lejos de mi; apenas mi caza me habra proporcionado en el dia con que hacerme olvidar mis correrias peligrosas… ?Pero que veo? ?Quien es este hombre que parece que no es ninguno de nuestros cazadores, y que no obstante ha sabido recorrer estas alturas escarpadas que nuestros companeros los mas ejercitados son los unicos que pueden practicarlo? Sus vestidos anuncian la riqueza; su aspecto es varonil, y sus ojos son tan arrogantes como los de un labrador que sabe que ha nacido libre. Acerquemonos a el.

MANFREDO.

[Sin haber visto al cazador.]

iEs indispensable el verse encanecer por las penas; semejante a los pinos disecados, restos de los destrozos de un solo invierno, despojados de su corteza y de sus verdes hojas! iEs necesario conservar una vida que no sustenta en mi sino el sentimiento de mi ruina! ies preciso recordarme siempre de los tiempos mas dichosos! iTengo mi rostro lleno de arrugas, no por los anos, pero si por las horas y los momentos mas largos que los siglos! iy todavia puedo vivir! iCumbres coronadas del hielo, avalanges que un soplo puede separar de las montanas, venid a confundirme! He oido muchas veces rodar en los valles vuestras masas destructoras, pero vosotros no aniquilais sino los seres que todavia quisieran vivir, las tiernas plantas de un nuevo bosque, la cabana o la choza del inocente labrador.

EL CAZADOR.

La niebla empieza a levantarse en el centro del valle, voy a advertirle que se baje, se arriesgaria a perder a un mismo tiempo el camino y la vida.

MANFREDO.

Los vapores se amontonan al rededor de los hielos, las nubes se forman en copos blanquecinos y sulfureos, semejantes a la espuma que salta por encima de los abismos infernales, en donde cada ola burmugeante va a romperse en la costa en donde estan reunidos los condenados como las piedras en la de la mar. Un vertigo se apodera de mi.

EL CAZADOR

Acerquemonos con precaucion por temor de no sobrecogerle: parece que ya titubea.

MANFREDO.

Las montanas se han abierto un camino al traves de las nubes, y con su choque han hecho temblar toda la cordillera de los Alpes, cubriendo de escombros los verdes valles, deteniendo el curso de los rios por su caida repentina, reduciendo sus aguas en turbillones de vapores y forzando al manantial a que se forme una nueva madre. Asi cayo en otros tiempos el monte Rosemberg minado por los anos. iQue no hubiese caido sobre mi!

EL CAZADOR.

iAmigo tened cuidado! el dar otro paso pudiera seros fatal. Por el amor del Criador, no permanezcais a la orilla de este precipicio.

[Manfredo continua sin oirle.]

MANFREDO.

iHubiera sido un sepulcro digno de Manfredo! mis huesos habrian descansado en paz bajo un monumento semejante, no hubieran quedado sembrados sobre las rocas, viles juguetes de los vientos, como van a serlo, despues que me haya precipitado… iA Dios bovedas celestes; que vuestras miradas no me reprendan mi accion, vosotras no estais hechas para mi! iTierra, yo te restituyo tus atomos!

[Cuando Manfredo va a precipitarse, el cazador le coge y le detiene.]

EL CAZADOR.

iDetente! insensato: aunque te halles fatigado de la vida, no manches nuestros pacificos valles con tu sangre culpable. Ven conmigo, yo no te dejare.

MANFREDO.

Tengo el corazon desolado… Vaya, no me detengas mas… Me siento desfallecer… Las montanas dan vueltas delante de mi como si fuesen turbillones. Yo ceso de vivir… ?Quien eres?

EL CAZADOR.

Yo respondere despues, ven conmigo. Las nubes se apaciguan. Apoyate sobre mi brazo y pon aqui tu pie… Toma este baston y ostente un momento en este arbolito dame la mano y no abandones mi cinto… Poco a poco… Bien … de aqui a una hora estaremos en la casa en donde se hacen los quesos. Valor; muy luego encontraremos un pasage mas seguro, una especie de sendero abierto por un torrente de invierno… Vamos; ved que esta bueno. Tu hubieras sido un escelente cazador; sigueme….

[Descienden con trabajo por las rocas.]

FIN DEL ACTO PRIMERO.

ACTO II, ESCENA PRIMERA.

[El teatro representa una choza de los Alpes.]

MANFREDO Y EL CAZADOR DE GAMUZAS.

EL CAZADOR.

No, no, permaneced todavia, partireis mas tarde, vuestro espiritu y vuestro cuerpo tienen necesidad de mas descanso. De aqui a algunas horas estareis mejor, os servire de guia, ?pero adonde iremos?

MANFREDO.

Conozco el camino y no necesito guia.

EL CAZADOR.

Vuestros vestidos y vuestro aire anuncian un hombre de un nacimiento distinguido; vos sois sin duda uno de los senores cuyos castillos dominan los valles; ?cual es vuestra morada? Yo no conozco sino la puerta de los palacios de los grandes. Mi modo de vivir me conduce muy rara vez a sus vastos hogares, para sentarme alli al rededor del fuego con sus vasallos; pero los senderos que se dirigen a dichos castillos me son muy conocidos desde mi infancia. ?Cual es el que os pertenece?

MANFREDO.

Poco te importa.

EL CAZADOR.

iY bien! perdonadme mis preguntas; pero dignaos estar mas alegre. Venid a gustar mi vino; es muy viejo: muchas veces me ha confortado el corazon en medio de nuestros hielos; recurrid a el para reanimar vuestro valor. Vamos, bebamos juntos.

MANFREDO.

Separa, separa esa copa; isus bordes estan mojados con sangre! iNo vere nunca esta sangre sepultada bajo la tierra!

EL CAZADOR.

?Que quereis decir? ?vuestros sentidos estan turbados?

MANFREDO.

Digo que es mi sangre, mi propia sangre, la sangre pura que corria en las venas de nuestros padres y en las nuestras, cuando en los primeros dias de nuestra juventud no teniamos sino un corazon, y nos amabamos como no hubieramos nunca debido amarnos. Esta sangre ha sido derramada, pero se eleva eternamente de la tierra y va a tenir las nubes que me cierran la entrada del cielo, en donde tu no estas y en donde yo no estare jamas!

EL CAZADOR.

iHombre singular en tus palabras, a quien sin duda persigue algun remordimiento y a quien el delirio manifiesta las fantasmas! cualesquiera que sean tus terrores y tus penas, todavia hay consuelos para ti en la piedad de los hombres justos y en la paciencia….

MANFREDO.

iLa paciencia! iy siempre la paciencia! esta palabra fue creada para los hombres dociles y no para las aves de presa… Predica la paciencia a los mortales formados con el miserable polvo, yo soy de otra especie.

EL CAZADOR.

iGracias a Dios! yo no quisiera ser de la tuya por la gloria de Guillermo Tell. Pero cualquiera que sea el mal que te oprime, es preciso soportarle, y todos esos movimientos convulsivos son inutiles.

MANFREDO.

Yo le soporto sobradamente. Mirame: yo vivo.

EL CAZADOR.

Tu te agitas con terror, pero no vives.

MANFREDO.

Te respondere que he vivido muchos anos, y que no cuentan por nada en el dia en comparacion de los que me faltan vivir. Veo delante de mi siglos, el infinito, la eternidad, mi conciencia y la sed ardiente de la muerte que me atormenta sin cesar.

EL CAZADOR.

Apenas se reconoce en tu frente la edad de la virilidad, yo cuento muchos mas anos que tu.

MANFREDO.

?Crees que la existencia depende del tiempo? Las acciones; ved nuestras epocas. Las mias han multiplicado mis dias y mis noches al infinito; los han hecho innumerables como los granos de arena de una costa, y los han convertido en un desierto arido y helado alque vienen a espirar las olas que al retirarse no dejan sino cadaveres, escombros de las rocas y algunas yerbas amargas.

EL CAZADOR.

iAy! ha perdido el juicio, pero yo no debo abandonarle.

MANFREDO.

iQue no le haya perdido como tu dices! todo lo que ahora veo no seria sino el sueno de un cerebro enfermo.

EL CAZADOR.

?Que ves pues, o que crees ver?

MANFREDO.

A ti y a mi, un paisano de los Alpes, tus modestas virtudes, tu choza hospitalaria, tu valerosa paciencia, tu alma arrogante, libre y piadosa; tu respeto por ti mismo fundado sobre tu inocencia, tus dias llenos de salud, tus noches consagradas al sueno, tus trabajos ennoblecidos por el riesgo y sin embargo esentos del crimen, tu esperanza de una dichosa vejez y de una sepultura pacifica, en donde una cruz y una guirnalda de flores adornaran los cespedes, y a la cual serviran de epitafio los tiernos sentimientos de tus nietos: esto es lo que veo; y si miro dentro de mi mismo … pero ya no es tiempo; mi alma estaba ya dolorida….

EL CAZADOR.

?Y no cambiarias con gusto tu suerte por la mia?

MANFREDO.

No, amigo mio, yo no querria hacer un cambio tan funesto paro ti, y no lo haria con ningun otro viviente. Solo, puedo resistir a mis angustias, solo, puedo vivir soportando lo que los otros hombres no podrian conocer, ni aun en suenos, sin perder la vida.

EL CAZADOR.

?Como con este generoso interes por tus semejantes, puedes verte cargado de crimenes? cesa de decirmelo; ?un hombre capaz de un sentimiento tan tierno puede haber inmolado a su furor a sus enemigos?

MANFREDO.

No, no, ijamas! he sido cruel con los que me amaban, con aquellos a quienes yo amaba. Jamas he dado un golpe a un enemigo sino en mi legitima defensa; pero iay! mis caricias eran fatales.

EL CAZADOR.

iQue el cielo restituya la tranquilidad a tu alma! ique el arrepentimiento te vuelva a ti mismo! yo te prometo mis oraciones.

MANFREDO.

No tengo ninguna necesidad de ellas; pero no desprecio tu piedad, me retiro; a Dios. Te dejo este bolsillo, igualmente que mis gracias, no hay que rehusarle … esta recompensa te es debida … no me sigas … conozco mi camino, no tengo que atravesar los senderos peligrosos de la montana; lo repito otra vez, no quiero que se me siga.

[Manfredo se va.]

ESCENA II.

[El teatro representa un valle de los Alpes inmediato a una catarata.]

MANFREDO.

El sol no se halla a la mitad de su carrera, y el arco iris que corona el torrente recibe de sus rayos sus hermosos colores[1]. Las aguas estienden sobre el declivio de las rocas su manto de plata, y su espuma que se eleva como un surtidor, se parece a la cola del enorme y palido caballo del Apocalipsis sobre el que vendra la Muerte.

Mis ojos solamente gozan en el momento de este magnifico espectaculo, estoy solo en esta pacifica soledad, y quiero disfrutar del homenage de la cascada con el genio de este lugar. Llamemosle.

[Manfredo toma algunas gotas de agua en el hueco de su mano y las arroja al aire pronunciando su conjuro magico. Al cabo de un momento de silencio aparece la Encantadora de los Alpes bajo el arco iris del torrente.]

iEspiritu de una hechicera hermosura, que yo pueda admirar tu cabellera luminosa, los ojos resplandecientes y las formas divinas que reunen todos los hechizos de las hijas de los hombres a una sustancia aerea y a la esencia de los mas puros elementos! Los colores de tu tez celeste se parecen al bermellon que hermosea las megillas de un nino dormido en el seno de su madre y mecido con los latidos de su corazon; se parecen al color de rosa que dejan caer los ultimos rayos del dia sobre la nieve de los ventisqueros, y que puede equivocarse con el pudico sonrosado de la tierra recibiendo las caricias del cielo. Tu aspecto suaviza el resplandor del arco brillante que te corona; yo leo sobre tu frente serena que refleja la calma de tu alma inmortal, leo que tu perdonaras a un hijo de la tierra, con quien se dignan comunicar algunas veces los espiritus de los elementos, el atreverse a hacer uso de los secretos magicos para llamarte a su presencia y contemplarte un momento.

LA ENCANTADORA DE LOS ALPES.

Hijo de la tierra, yo te conozco; igualmente que los secretos a que debes tu poder, te conozco por un hombre de pensamientos profundos, estremoso en el mal y en el bien, fatal a los otros y a ti mismo; te esperaba, ?que quieres de mi?

MANFREDO.

Admirar tu hermosura, nada mas. El aspecto de la tierra me sumerge en la desesperacion; busco un refugio en sus misterios, huyo cerca de los espiritus que la gobiernan; pero ellos no pueden socorrerme; les he pedido lo que no pueden darme, no les pido nada mas.

LA ENCANTADORA.

?Que es pues lo que pides, que no pueden concedertelo aquellos que lo pueden todo y que gobiernan los elementos invisibles?

MANFREDO.

?Para que repetire la relacion de mis dolores? seria en vano.

LA ENCANTADORA.

Yo los ignoro, tened la bondad de referirmelos.

MANFREDO.

iBien! por cruel que sea para mi esta confesion, hablara mi dolor.

Desde mi juventud, mi espiritu no estaba de acuerdo con las almas de los hombres, y no podia mirar la tierra con amor. La ambicion que devoraba a los demas me era desconocida; su objeto no era el mio … mis placeres, mis penas, mis pasiones y mi caracter me hacian parecer un estrano en medio del mundo. Aunque revestido de la misma forma de carne que las criaturas que me rodean, no sentia ninguna simpatia por ellas … una sola … pero yo hablare de ella luego.

Mis placeres eran el ir en medio de los desiertos a respirar el aire vivo de las montanas cubiertas de hielo, sobre cuya cumbre los pajaros no se hubieran atrevido a construir su nido, y en donde el granito desnudo de yerbas se ve desierto de los insectos alados. Gustaba de atravesar las aguas de los torrentes furiosos, o de volar sobre las olas del Oceano iracundo; me encontraba ufano de ejercitar mi fuerza contra los corrientes rapidas; gustaba durante la noche de observar la marcha silenciosa de la luna y el curso brillante de las estrellas; miraba fijamente los relampagos durante las tempestades hasta tanto que mis ojos quedasen deslumbrados, o bien escuchaba la caida de las hojas cuando los vientos del otono venian a despojar los bosques. Tales eran mis placeres, y tal era mi amor por la soledad, que si los hombres, de quienes me afligia el ser hermano, se encontraban a mi paso, me sentia humillado y degradado, hasta no ser ya, como ellos, sino una criatura de barro.

En mis paseos delirantes descendia a la profundidad de las cavernas de la muerte para estudiar su causa en sus efectos, y desde los montones de huesos y del polvo de los sepulcros, me atrevia a sacar consecuencias criminales; consagre las noches en aprender las ciencias secretas olvidadas hace ya mucho tiempo. Gracias a mis trabajos y a mis desvelos, a las pruebas terribles y a las condiciones a que nos someten la tierra, los aires y los espiritus que despueblan el espacio y el infinito, familiarice mis ojos con la eternidad, como habian hecho en otros tiempos los magicos y el filosofo que invoco en su profundo retiro a Eros y a Anteros[2]. Con mi ciencia crecio mi ardiente deseo de aprender, mi poder y el enagenamiento de la brillante inteligencia que….

LA ENCANTADORA.

Acaba.

MANFREDO.

iAh! me complacia en detenerme estensamente sobre estos vanos atributos, porque cuanto mas me acerco del momento en que descubrire la llaga de mi corazon … pero quiero proseguir: aun no te he nombrado, ni padre, ni madre, ni querida, ni amigo, con quienes me hallase unido por nudos humanos: padre, madre, querida, amigo, estos titulos no eran nada para mi; pero habia una muger….

LA ENCANTADORA.

Atrevete a acusarte a ti mismo: prosigue.

MANFREDO.

Se me parecia en lo esterior, en los ojos, en la cabellera, en sus facciones y aun en su metal de voz; pero en ella todo estaba suavizado y hermoseado por sus atractivos. Lo mismo que yo, tenia un amor decidido por la soledad, el gusto por las ciencias secretas y un alma capaz de abrazar al universo; pero tenia ademas la compasion, el don de los agasajos y de las lagrimas, una ternura … que ella sola podia inspirarme, y una modestia que yo nunca he tenido. Sus faltas me pertenecen: sus virtudes eran todas suyas. Yo la amaba y le prive de la vida.

LA ENCANTADORA.

?Con tus propias manos?

MANFREDO.

iCon mis propias manos! no; fue mi corazon el que marchito el suyo y le destrozo. He derramado su sangre, pero no ha sido la suya. Su sangre ha corrido sin embargo, he vislo su pecho desgarrado y no he podido curar sus heridas.

LA ENCANTADORA.

?Es esto todo lo que tienes que decir? haciendo parte a pesar tuyo de una raza que tu desprecias, tu que quieres ennoblecerla elevandote hasta nosotros ipuedes olvidar los dones de nuestros conocimientos sublimes y caer en los bajos pensamientos de la muerte! no te reconozco.

MANFREDO.

iHija del aire! te protesto que, despues del dia fatal… Pero la palabra es un vano soplo, ven a verme en mi sueno, o a las horas de mis desvelos, ven a sentarte a mi lado; he cesado de estar solo, mi soledad se halla turbada por las furias. En mi rabia rechino los dientes mientras que la noche estiende sus sombras sobre la tierra, y desde la aurora hasta ponerse el sol no ceso de maldecirme. He invocado la perdida de mi razon como un beneficio, y no se me ha concedido: he arrostrado la muerte; pero en medio de la guerra de los elementos, los mares se han retirado a mi presencia. Los venenos han perdido toda su actividad; la mano helada de un demonio cruel me ha detenido en la orilla de los precipicios por solo uno de mis cabellos que no ha querido romperse. En vano mi imaginacion fecunda ha creado abismos en los cuales ha querido arrojarse mi alma; he sido rechazado, como si fuese por una ola enemiga, en los abismos terribles de mis pensamientos. He buscado el olvido en medio del mundo, lo he buscado por todas partes y nunca le he hallado; mis secretos magicos, mis largos estudios en un arte sobrenatural, todo ha cedido a mi desesperacion. Vivo, y me amenaza una eternidad.

LA ENCANTADORA.

Quizas yo podre aliviar tus males.

MANFREDO.

Seria necesario llamar los muertos a la vida o hacerme bajar entre ellos a la sepultura. Ensaya el reanimar sus cenizas y hacerlos aparecer bajo una forma cualquiera y a cualquier hora que sea; corta el hilo de mis dias, y sea cual fuere el dolor que acompane mi agonia, no importa, a lo menos sera el ultimo.

LA ENCANTADORA.

Ni una cosa ni otra estan en mi arbitrio, pero si tu quieres jurar una ciega obediencia a mis voluntades y someterte a mis ordenes, podre serte util en el cumplimiento de tus deseos.

MANFREDO.

iYo jurar! iyo obedecer! ?y a quien? a los espiritus que domino. iYo venir a ser el esclavo de los que me reconocen por su senor!… iJamas!

LA ENCANTADORA.

?Es esta toda tu respuesta? ?no tienes otra mas dulce? iPiensa bien en ello antes de negarte a lo que te propongo!

MANFREDO.

He dicho no.

LA ENCANTADORA.

Puedo pues retirarme; habla.

MANFREDO.

Retirate.

[La Encantadora desaparece.]

MANFREDO solo.

Somos la victima del tiempo y de nuestros terrores; cada dia se nos presentan nuevas penas; vivimos sin embargo maldiciendo la vida y temiendo la muerte. Gimiendo bajo el yugo que nos oprime, y cargado con el peso de la vida, nuestro corazon no late sino en las ocasiones que esperimentamos alguna contrariedad, o algun goce perfido que finaliza por crueles angustias y por la estenuacion y la debilidad. ?En el numero de nuestros dias pasados y por venir (porque lo presente no existe en la vida) no hay algunos, no hay uno solo en el que el alma no deje de desear la muerte, y no obstante de huirla, como un rio helado por el invierno cuya fria impresion bastaria el arrostrarla un momento?

Mi ciencia me ofrece todavia algun recurso. Puedo invocar los muertos y preguntarles cual es el objeto de nuestros terrores. La nada de los sepulcros quizas me responderan… ?Y si no responden?… iEl profeta sepultado respondio a la encantadora de Endor! y el rey de Esparta supo su destino futuro por las sombras de la virgen de Bizancio. Habia quitado la vida a la que amaba sin conocer que era su victima, y murio sin obtener perdon. Fue en vano que invocase a Jupiter, y que por la voz de los magicos de la Arcadia suplicase a la sombra irritada el ceder o a lo menos el fijar un termino a su venganza. Obtuvo una respuesta oscura, pero que fue demasiado cierta[3].

Si yo no hubiese vivido nunca, lo que amo viviria todavia; si no hubiera amado nunca, lo que amo aun conservaria la hermosura, la felicidad y el don de poder hacer dichosos. ?Que se ha hecho la victima de mis maldades?… Un objeto en el cual no me atrevo a pensar… Nada quizas… De aqui a algunas horas habre salido de mis dudas… Sin embargo tiemblo al ver llegar el momento deseado… Hasta ahora jamas me ha hecho temblar el acercarse un espiritu bueno o uno malo… Me estremezco… Siento un peso de hielo sobre mi corazon. Pero puedo atreverme a lo que temo y desafiar los recelos de la materia. La noche llega….

[Se va.]

ESCENA III.

[La cumbre del monte Jungfro.]

EL PRIMER DESTINO.

El disco plateado de la luna empieza a brillar en los cielos. Nunca el pie de un mortal vulgar ha manchado las nieves sobre las cuales andamos durante la noche sin dejar ninguna huella. Apenas rozamos ligeramente esta mar de escarchas que cubre las montanas con sus olas inmoviles, semejantes a la espuma de las aguas que el frio ha helado repentinamente despues de una tempestad; imagen de un abismo reducido al silencio de la muerte. Esta cumbre fantastica, obra de algun terremoto, y sobre la cual descansan las nubes de sus viages vagamundos, esta consagrada a nuestros misterios y a nuestras vigilias: yo espero en ella a mis hermanos que deben venir conmigo al palacio de Ariman; esta noche se celebra nuestra grande fiesta… ?Porque tardan en venir?

[Una voz canta a lo lejos.]

El usurpador cautivo, precipitado del trono, sepultado en un infame reposo, estaba olvidado y solitario: yo he interrumpido su sueno, le he dado el socorro de una multitud de traidores; el tirano esta todavia coronado. Pagara mis cuidados con la sangre de un millon de hombres, con la ruina de una nacion, y yo le abandonare de nuevo a la huida y a la desesperacion.

[Una segunda voz.]

Un navio bogaba rapidamente sobre las aguas, impulsado por los vientos propicios: he rasgado todas sus velas y roto todos sus masteleros, no ha quedado ni una sola tabla de esta ciudad flotante; no ha sobrevivido un solo hombre para llorar su naufragio… Me engano, hay uno que yo mismo he sostenido sobre las aguas por un mechon de sus cabellos … era un sugeto muy digno de mis cuidados, un traidor en la tierra y un pirata en el Oceano. Sabra reconocer mis bondades por medio de nuevos crimenes.

EL PRIMER DESTINO.

[Respondiendo a sus hermanos.]

Una ciudad floreciente esta sumergida en el sueno, la aurora alumbrara su desolacion: la horrible peste ha caido de repente sobre los habitantes durante su descanso. Pereceran a millares. Los vivos huiran de los moribundos que deberian consolar; pero nada podra defenderlos de los tiros crueles de la muerte. El dolor y la desesperacion, la enfermedad y el terror envuelven a toda una nacion. iDichosos los muertos de no ser testigos del espantoso espectaculo de tantos males! La ruina de todo un pueblo es para mi la obra de una noche; la he verificado en todos los siglos, y no sera todavia la ultima vez.

[Llegan el segundo y el tercer Destino.]

LOS TRES DESTINOS JUNTOS.

Nuestras manos encierran los corazones de los hombres, sus sepulcros nos sirven de tarima. No damos la vida a nuestros esclavos sino para volversela a quitar.

EL PRIMER DESTINO.

Salud, hermanos mios. ?En donde esta Nemesis?

EL SEGUNDO DESTINO.

Prepara sin duda alguna grande obra, pero lo ignoro porque me encuentro demasiado ocupado.

EL TERCER DESTINO.

Vedle aqui.

EL PRIMER DESTINO.

?De adonde vienes Nemesis? tu y mis hermanos habeis tardado mucho esta noche.

NEMESIS.

Estaba ocupada en levantar los tronos abatidos, en componer himnos funestos, en volver la corona a los reyes desterrados, en vengar a los hombres de sus enemigos a fin de hacerlos arrepentir de sus venganzas. He castigado con la locura a los que estaban detenidos por sabios, los gefes inhabiles han sido proclamados por mi, dignos de gobernar el mundo … los mortales empezaban a disgustarse de los tiranos, se atrevian a pensar por si mismos, a poner los reyes en equilibrio, y a hablar de la libertad, que para ellos es el fruto vedado… Pero esta tarde … montemos en nuestras nubes.

[Desaparecen.]

ESCENA IV.

[El palacio de Ariman.—Ariman esta sobre un globo de fuego que le sirve de trono, rodeado por los Espiritus.]

HIMNO DE LOS ESPIRITUS.

iSalud a nuestro monarca! al principe de la tierra y de los aires, que vuela sobre las nubes y sobre las aguas. En su mano se halla el cetro de los elementos, quienes, a sus ordenes, se confunden como el tiempo del caos. Sopla, y una tempestad alborota los mares; habla, y las nubes le responden por la voz de los truenos; mira, y los rayos del dia desaparecen, anda, los terremotos conmueven el mundo. Los volcanes se forman bajo sus pasos. Su sombra es la verdadera peste; los cometas le preceden en los ardientes senderos de los cielos, y se reducen a cenizas al menor de sus deseos. La guerra le ofrece sus sacrificios, la muerte le paga su tributo; la vida de los hombres y sus innumerables dolores le pertenecen: es el alma de todo lo que existe.

[Entrada de los Destinos y de Nemesis.]

EL PRIMER DESTINO.

Gloria al grande Ariman. Su poder se estiende cada dia mas sobre la tierra: mis dos hermanos han ejecutado fielmente sus ordenes, y yo no he descuidado mi deber.

EL SEGUNDO DESTINO.

Gloria al grande Ariman, nosotros doblamos la rodilla a su presencia, nosotros, que pisamos las cabezas de los hombres.

EL TERCER DESTINO.

Gloria al grande Ariman; nosotros esperamos la senal de su voluntad.

NEMESIS.

Rey de los reyes, nosotros somos tus vasallos, y todos los seres que tienen vida lo son nuestros. Aumentar nuestro poder seria aumentar el tuyo; no olvidamos nada para conseguirlo. Tus ultimas ordenes quedan fielmente ejecutadas.

[Entra Manfredo.]

UN ESPIRITU.

?Quien es este audaz? iun mortal! itemeraria criatura, pon la rodilla en tierra y adora!

SEGUNDO ESPIRITU.

Este hombre no me es desconocido, es un poderoso magico cuya ciencia es temible.

TERCER ESPIRITU.

Arrodillate y adora a Ariman, vil esclavo, ?no reconoces a nuestro senor y al tuyo? Tiembla y obedece.

TODOS LOS ESPIRITUS.

Arrodillate, hijo del polvo vil, y teme nuestra venganza.