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EPISODIOS NACIONALES


EL 19 DE MARZO Y EL 2 DE MAYO


Es propiedad. Queda hecho el depósito que marca la ley. Serán furtivos los ejemplares que no lleven el sello del autor.


Imprenta de los Sucesores de Hernando, Quintana, 33.

B. PÉREZ GALDÓS

EPISODIOS NACIONALES

PRIMERA SERIE


EL 19 DE MARZO

Y EL

2 DE MAYO


44.000

MADRID

PERLADO, PÁEZ Y COMPAÑÍA

(Sucesores de Hernando)

ARENAL, 11

1907

EL 19 DE MARZO Y EL 2 DE MAYO


I

En marzo de 1808, y cuando habían transcurrido cuatro meses desde que empecé a trabajar en el oficio de cajista, ya componía con mediana destreza, y ganaba tres reales por ciento de líneas en la imprenta del Diario de Madrid. No me parecía muy bien aplicada mi laboriosidad, ni de gran porvenir la carrera tipográfica; pues aunque toda ella estriba en el manejo de las letras, más tiene de embrutecedora que de instructiva. Así es que sin dejar el trabajo ni aflojar mi persistente aplicación, buscaba con el pensamiento horizontes más lejanos y esfera más honrosa que aquella de nuestra limitada, oscura y sofocante imprenta.

Mi vida al principio era tan triste y tan uniforme como aquel oficio, que en sus rudimentos esclaviza la inteligencia sin entretenerla; pero cuando había adquirido alguna práctica en tan fastidiosa manipulación, mi espíritu aprendió a quedarse libre, mientras las veinticinco letras, escapándose por entre mis dedos, pasaban de la caja al molde. Bastábame, pues, aquella libertad para soportar con paciencia la esclavitud del sótano en que trabajábamos, el fastidio de la composición y las impertinencias de nuestro regente, un negro y tiznado cíclope, más propio de una herrería que de una imprenta.

Necesito explicarme mejor. Yo pensaba en la huérfana Inés, y todos los organismos de mi vida espiritual describían sus amplias órbitas alrededor de la imagen de mi discreta amiga, como los mundos subalternos que voltean sin cesar en torno del astro que es base del sistema. Cuando mis compañeros de trabajo hablaban de sus amores o de sus trapicheos, yo, necesitando comunicarme con alguien, les contaba todo sin hacerme de rogar, diciéndoles:

—Mi amiga está en Aranjuez con su reverendo tío, el Padre D. Celestino Santos del Malvar, uno de los mejores latinos que ha echado Dios al mundo. La infeliz Inés es huérfana y pobre; pero no por eso dejará de ser mi mujer, con la ayuda de Dios, que hace grandes a los pequeños. Tiene diez y seis años, es decir, uno menos que yo, y es tan linda, que avergüenza con su carita a todas las rosas del Real Sitio. Pero díganme ustedes, señores, ¿qué vale su hermosura comparada con su talento? Inés es un asombro, es un prodigio; Inés vale más que todos los sabios, sin que nadie la haya enseñado nada. Todo lo saca de su cabeza, y todo lo aprendió hace cientos de miles de años.

Cuando no me ocupaba en estas alabanzas, departía mentalmente con ella. En tanto las letras pasaban por mi mano, trocándose de brutal y muda materia en elocuente lenguaje escrito. ¡Cuánta animación en aquella masa caótica! En la caja, cada signo parecía representar los elementos de la creación, arrojados aquí y allí, antes de empezar la grande obra. Poníalos yo en movimiento, y de aquellos pedazos de plomo surgían sílabas, voces, ideas, juicios, frases, oraciones, períodos, párrafos, capítulos, discursos, la palabra humana en toda su majestad; y después, cuando el molde había hecho su papel mecánico, mis dedos lo descomponían, distribuyendo las letras: cada cual se iba a su casilla, como los simples que el químico guarda después de separados; los caracteres perdían su sentido, es decir, su alma, y tornando a ser plomo puro, caían mudos e insignificantes en la caja.

¡Aquellos pensamientos y este mecanismo todas las horas, todos los días, semana tras semana, mes tras mes!... Verdad es que las alegrías, el inefable gozo de los domingos compensaban todas las tristezas y angustiosas cavilaciones de los demás días. ¡Ah! permitid a mi ancianidad que se extasíe con tales recuerdos; permitid a esta negra nube que se alboroce y se ilumine traspasada por un rayo de sol. Los sábados eran para mí de una belleza incomparable: su luz me parecía más clara, su ambiente más puro; y en tanto, ¿quién podía dudar que los rostros de las gentes eran más alegres y el aspecto de la ciudad más alegre también?

Pero la alegría no estaba sino en mi alma. El sábado es el precursor del domingo, y a eso del mediodía comenzaban mis preparativos de viaje, de aquel viaje al cielo que mi imaginación renueva hoy, sesenta y cinco años después. Aún me parece que estoy tratando con los trajineros de la calle Angosta de San Bernardo sobre las condiciones del viaje: me ajusto al fin, y no puedo menos de disertar un buen rato con ellos acerca de las probabilidades de que tengamos una hermosa noche para la expedición. En seguida me lavo una, dos, tres, cuatro veces, hasta que desaparezcan de mi cara y manos las últimas huellas de la aborrecida tinta, y me paseo por Madrid esperando que llegue la noche. Duermo un poco, si la inquietud me lo permite, y cuando el reloj del Buen Suceso da las doce campanadas más alegres que han retumbado en mi cerebro, me visto a toda prisa con mi traje nuevo; corro al lado de aquellos buenos arrieros, que son sin disputa los mejores hombres de la tierra; subo al carromato, y ya estoy en viaje.

Con voluble atención observo todos los accidentes del camino, y mis preguntas marean y enfadan a los conductores. Pasamos el Puente de Toledo; dejamos a derecha mano los caminos de Carabanchel y de Toledo, el portazgo de las Delicias, el ventorrillo de León; las ventas de Villaverde van quedando a nuestra espalda; dejamos a la derecha los caminos de Getafe y de Parla, y en la venta de Pinto descansan un poco las caballerías. Valdemoro nos ve pasar por su augusto recinto, y la casa de Postas de Espartinas ofrece nuevo descanso a las perezosas mulas. Por fin nos amanece bajando la cuesta de la Reina, desde donde la vista abarca toda la extensión del inmenso valle en que se juntan Tajo y Jarama; atravesamos el famoso puente largo; entramos más tarde en la calle Larga, y al fin ponemos el pie en la plaza del Real Sitio.

Mis miradas buscan entre los árboles y sobre las techumbres la modesta torre de la iglesia. Corro allá. El Sr. D. Celestino está en la misa, que por ser día festivo es cantada. Desde la puerta oigo la voz del tío de Inés, que exclama: Gloria in excelsis Deo. Yo también canto gloria en voz baja, y entro en la iglesia. Una alegría solemne y grave, que da idea de la bienaventuranza eterna, llena aquel recinto y se reproduce en mi alma como en un espejo. Los vidrios incoloros permiten que entre abundante luz, y que se desparrame por la bóveda desnuda, sin más pinturas que las del yeso mate. El altar mayor es todo oro; los santos y retablos todos polvo: en el primero veo al santo varón, que se vuelve hacia el pueblo y abre sus brazos; después consume; suenan las campanillas dentro y las campanas fuera; se arrodillan todos, golpeándose el pecho pecador. El oficio adelanta y concluye: durante él he mirado sin cesar los grupos de mujeres sentadas en el suelo, y de espaldas a mí: entre aquellos centenares de mantillas negras distingo la que cubre la hermosa cabeza de Inés. La conocería entre mil.

Inés se levanta cuando todo ha concluido, y sus ojos me buscan entre los hombres, como los míos la buscan entre las mujeres. Por fin me ve, nos vemos; pero no nos decimos una palabra. La ofrezco agua bendita, y salimos. Parece que nuestras primeras palabras al vernos juntos han de ser arrebatadas y vehementes; pero no decimos cosa alguna que no sea insignificante. Nos reímos de todo.

La casa está a espalda de la iglesia, y entramos en ella cogidos de las manos. Hay un patio con un ancho corredor, en cuyos gruesos pilares retuerce sus brazos negros, ásperos y leñosos una vieja parra, junto a un jazmín que aguarda la primavera para echar al mundo sus mil flores. Subimos, y allí nos recibe Don Celestino, cuyo cuerpo no se cubre ya con la sotana verdinegra de antaño, sino con otra flamante. Comemos juntos, y luego los tres, Inés y yo delante, él detrás apoyándose en su bastón, nos vamos a pasear al jardín del Príncipe, si hace buen tiempo y los pisos están secos. Inés y yo charlamos con los ojos o con las palabras; pero no quiero referir ahora nuestros poemas. A cada instante el Padre Celestino nos dice que no andemos tan a prisa, porque no puede seguirnos, y nosotros, que desearíamos volar, detenemos el paso. Por último, nos sentamos a orillas del río, y en el sitio en que el Tajo y el Jarama, encontrándose de improviso, y cuando seguramente el uno no tenía noticias de la existencia del otro, se abrazan y confunden sus aguas en una sola corriente, haciendo de dos vidas una sola. Tan exacta imagen de nosotros mismos, no puede menos de ocurrírsele a Inés al mismo tiempo que a mí.

El día se va acabando, porque aunque a nuestros corazones les parezca lo contrario, no hay razón ninguna para que se altere el sistema planetario, dando a aquel día más horas que las que le corresponden. Viene la tarde, el crepúsculo, la noche, y yo me despido para volver a mis galeras; estoy pensativo, hablo mil desatinos, y a veces me parece que me siento muy alegre, a veces muy triste.

Regreso a Madrid por el mismo camino, y vuelvo a mi posada. Es lunes, día que tiene un semblante antipático, día de somnolencia, de malestar, de pereza y aburrimiento; pero necesito volver al trabajo, y la caja me ofrece sus letras de plomo, que no aguardan más que mis manos para juntarse y hablar; pero mi mano no conoce en los primeros momentos sino cuatro de aquellos negros signos que al punto se reúnen para formar este solo nombre: Inés.

Siento un golpe en el hombro: es el cíclope o regente que me llama holgazán, y me pone delante un papelejo manuscrito que debo componer al instante. Es uno de aquellos interesantes y conmovedores anuncios del Diario de Madrid, que dicen:

«Se necesita un joven de diez y siete a diez y ocho años, que sepa de cuentas, afeitar, algo de peinar, aunque solo sea de hombre, y guisar si se ofreciere. El que tenga estas partes, y además buenos informes, puede dirigirse a la calle de la Sal, número 5, frente a los peineros, lonja de lanería y pañolería de Don Mauro Requejo, donde se tratará del salario y demás.»

Al leer el nombre del tendero, un recuerdo viene a mi mente. «D. Mauro Requejo —digo—. Yo he oído este nombre en alguna parte.»

II

He recordado días tan felices, y ahora me corresponde contar lo que me pasó en uno de aquellos viajes. No se olvide que he empezado mi narración en marzo de 1808, y cuando yo había honrado el Real Sitio con diez o doce de mis visitas. En el día a que me refiero, llegué cuando la misa había concluido, y desde el portal de la casa un armonioso son de flauta me anunció que D. Celestino estaba tan alegre como de costumbre, señal de que nada desagradable ocurría en la modesta familia. Inés salió a recibirme, y hechos los primeros cumplidos, me dijo:

—El tío Celestino ha recibido una carta de Madrid, que le ha puesto muy alegre.

—¿De quién? —pregunté.

—No me lo ha dicho su merced, ni tampoco lo que la carta reza; pero él está contento y... dice que la carta trae muy buenas noticias para mí.

—Eso es particular —añadí confundido—. ¿Quién puede escribir desde Madrid cartas que a ti te traigan buenas noticias?

—No sé; pero pronto saldremos de dudas —repuso Inés—. El tío me dijo: «Cuando venga Gabriel y nos sentemos a la mesa, os contaré lo que dice la carta. Es cosa que interesa a los tres: a ti principalmente, porque eres la favorecida; a mí porque soy tu tío, y a él porque va a ser tu novio cuando tenga edad para ello.»

No hablamos más del caso, y entré en el cuarto del buen sacerdote y humanista. Una cama, cubierta de blanquísima colcha rameada de verde, ocupaba el primer puesto en el reducido local. La mesa de pino con dos o tres sillas que le servían de simétrica compañía, llenaba el resto, y aún quedaba espacio para una cómoda estrambótica, con chapas y remiendos de diversos palos y metales. Completaban tan modesto ajuar un crucifijo y una virgen vestida de terciopelo, y acribillada de espadas y rayos, ambas imágenes con sendos ramos de carrasca o de olivo clavados en varios agujeritos que para el caso tenían las peanas. Los libros, que eran muchos, no cubrían, por el orden de su colocación, más que media mesa y media cómoda, dejando hueco para algunos papeles de música y otros en que borrajeaba versos latinos el buen cura. Desde la ventana se veía un huerto no mal cultivado, y a lo lejos las elevadas puntas de aquellos olmos eminentes que guarnecen, como hileras de gigantescos centinelas, todas las avenidas del Real Sitio. Tal era la habitación del Padre Celestino.

Sentámonos los tres, y el tío de Inés me dijo:

—Gabrielillo: tengo que leerte una poesía latina que he compuesto en loor del serenísimo señor Príncipe de la Paz, mi paisano, amigo y aun creo que pariente. Me ha costado una semanita de trabajo; que componer versos latinos no es soplar a los buñuelos. Verás, te la voy a leer, pues aunque tú no eres hombre de letras, qué sé yo... tienes un pícaro gancho para comprender las cosas... Luego pienso enviarla a Sánchez Barbero, el primero de los poetas españoles desde que hay poesía en España; y no me hablen a mí de Fray Luis de León, de Rioja, de Herrera, ni de todos esos que compusieron en romance. Fruslerías y juegos de chicos. Un verso latino de Sánchez Barbero vale más que toda esa jerga de epístolas, sonetos, silvas, églogas, canciones con que se emboba el vulgo ignorante... Pero vuelvo a lo que decía, y es que antes que aquel fénix de los modernos ingenios la examine, quiero leértela a ti a ver qué te parece.

—Pero, Sr. D. Celestino, si yo no sé ni una palabra en latín, a no ser Dominus vobiscum y bóbilis bóbilis.

—Eso no importa. Precisamente los profanos son los que mejor pueden apreciar la armonía, la rimbombancia, el ore rotundo, con que tales versos deben escribirse —dijo el clérigo con tenacidad implacable.

Inés me dirigió una mirada en que me recomendaba, con su habitual sabiduría, la abnegación y la paciencia para soportar al prójimo impertinente. Ambos prestamos atención, y D. Celestino nos leyó unos cuatrocientos versos, que sonaban en mi oído como una serie de modulaciones sin sentido. Él parecía muy satisfecho, y a cada instante interrumpía su lectura para decirnos:

—¿Qué os parece ese pasajillo? Inés: a esa figura llamamos litote, y a este paloteo de las palabras para imitar los ruidos del mar tempestuoso de la nación cuando lo surca la nave del Estado, diestramente guiada por el timonel que yo me sé, se llama onomatopeya, la cual figura va encajada en otra, que es la alegoría.

Así nos fue leyendo toda la composición, de la cual figúrense ustedes lo que entenderíamos. Aún conservo en mi poder la obra de nuestro amigo, que empieza así:

Te, Godoie, canam: pacis tua munera cœlo

Inserere ægrediar; per te Pax alma biformem

Vincla recusantem conduxit carcere Janum.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Cuatrocientos versos por este estilo nos tragamos Inés y yo, siendo de notar que ella atendía a la lectura con tanta formalidad como si la comprendiera, y aun en los pasajes más ruidosos hacía señales de asentimiento y elogio para contentar al pobre viejo: ¡tal era su discreción!

—Puesto que os ha agradado tanto, hijos míos —dijo D. Celestino guardando su manuscrito—, otro día os leeré parte del poema. Lo dejo para mejor ocasión y así se comparte el placer entre varios días, evitando el empacho que produce la sucesión de manjares demasiado dulces y apetitosos.

—¿Y piensa usted leérsela también al Príncipe de la Paz?

—¿Pues para qué la he escrito? A Su Alteza Serenísima le encantan los versos latinos... porque es un gran latino... y pienso darle un buen rato uno de estos días. Y a propósito, ¿qué se dice por Madrid? Aquí está la gente bastante alarmada. ¿Pasa allá lo mismo?

—Allá no saben qué pensar. Figúrese usted, la cosa no es para menos. Temen a los franceses, que están entrando en España a más y mejor. Dicen que el Rey no dio permiso para que entrara tanta gente, y parece que Napoleón se burla de la Corte de España, y no hace maldito caso de lo que trató con ella.

—Es gente de pocos alcances la que tal dice —repuso D. Celestino—. Ya saben Godoy y Bonaparte lo que se hacen. Aquí todos quieren saber tanto como los que mandan; de modo que se oyen unos disparates...

—Lo de Portugal ha resultado muy distinto de lo que se creía. Un general francés se plantó allá, y cuando la familia real se marchó para América, dijo: «Aquí no manda nadie más que el Emperador, y yo en su nombre. Vengan cuatrocientos milloncitos de reales; vengan los bienes de los nobles que se han ido al Brasil con la familia real.»

—No juzguemos por las apariencias —dijo D. Celestino—: sabe Dios lo que habrá en eso.

—En España van a hacer lo mismo —añadí—; y como los Reyes están llenos de miedo, y el Príncipe de la Paz tan aturrullado, que no sabe qué hacer...

—¿Qué estás diciendo, tontuelo? ¿Cómo tratas con tan poco respeto a ese espejo de los diplomáticos, a esa natilla de los ministros? ¿Que no sabe lo que se hace?

—Lo dicho, dicho. Napoleón les engaña a todos. En Madrid hay muchos que se alegran de ver entrar tanta tropa francesa, porque creen que viene a poner en el trono al Príncipe Fernando. ¡Buenos tontos están!

—¡Tontos, mentecatos, imbéciles! —exclamó con enfado el Padre Celestino.

—Lo que fuere sonará. Si vienen con buen fin esos caballeros, ¿por qué se apoderan por sorpresa de las principales plazas y fortalezas? Primero se metieron en Pamplona, engañando a la guarnición; después se colaron en Barcelona, donde hay un castillo muy grande que llaman el Montjuich. Después fueron a otro castillo que hay en Figueras, el cual no es menos grande, el mayor del mundo, según dice Pacorro Chinitas, y lo cogieron también, y, por último, se han metido en San Sebastián. Digan lo que quieran, esos hombres no vienen como amigos. El ejército español está trinando: sobre todo, hay que oír a los oficiales que vienen del Norte y han visto a los franceses en las plazas fuertes... le digo a usted que echan chispas. El Gobierno del Rey Carlos IV está que no le llega la camisa al cuerpo, y todos conocen la barbaridad que han hecho dejando entrar a los franceses; pero ya no tiene remedio... ¿Sabe usted lo que se dice por Madrid?

—¿Qué, hijo mío? Sin duda alguna de esas vulgarísimas aberraciones propias de entendimientos romos. Ya lo he dicho: nosotros no entendemos de negocios de Estado; ¿a qué viene el comentar las combinaciones y planes de esos hombres eminentes, que se desviven por hacernos felices?

—Pues allá dicen que la familia real de España, viéndose cogida en la red por Bonaparte, ha determinado marcharse a América, y que no tardará en salir de Aranjuez para Cádiz. Por supuesto, los partidarios del Príncipe Fernando se alegran, y creen que esto les viene de perillas para que el otro suba al trono.

—¡Necios, mentecatos! —exclamó el tío de Inés, incomodándose de nuevo—. ¡Pensar que había de consentir tal cosa el señor Príncipe de la Paz, mi paisano, mi amigo y aun creo que pariente!... Pero no nos incomodemos fuera de tiempo, Gabriel, y por cosas que no hemos de resolver nosotros. Vamos a comer, que ya es hora, y el cuerpo lo pide.

Inés, que se había retirado un momento antes, volvió a decirnos que la comida estaba pronta. Durante ella, el respetable cura nos comunicó el contenido de la misteriosa carta que había llegado a la casa por la mañana.

—Hijos míos —dijo cuando los tres habíamos tomado asiento—: voy a participaros un suceso feliz; tú, Inesilla, regocíjate. La fortuna se te entra por las puertas, y ahora vas a ver cómo Dios no abandona nunca a los desvalidos y menesterosos. Ya sabes que tu buena madre, que santa gloria haya, tenía un primo llamado D. Mauro Requejo, comerciante en telas, cuya lonja, si no me engaño, cae hacia la calle de Postas, esquina a la de la Sal.

—D. Mauro Requejo... —dije yo recordando—, justamente. Doña Juana le nombró delante de mí varias veces, y ahora caigo en que ese comerciante pone en el Diario unos anuncios que me dan bastante que hacer.

—Le recuerdo —dijo Inés—. Él y su hermana eran los únicos parientes que tenía mi madre en Madrid. Por cierto que siempre se negó a favorecernos, aunque lo necesitábamos bastante: dos veces le vi en casa. ¿Creería su merced que fue a consolarnos, a socorrernos? No: fue a que mi madre le hiciera algunas piezas de ropa, y después de regatear el precio, no pagó más que la mitad de lo tratado, y decía: «De algo ha de servir el parentesco.» Él y su hermana no hablaban más que de su honradez o de lo mucho que habían adelantado en el comercio, y nos echaban en cara nuestra pobreza, prohibiéndonos que fuéramos a su casa, mientras no nos encontráramos en posición más desahogada.

—Pues digo —afirmé con enfado— que ese D. Mauro y su señora hermana son dos grandísimos pillos.

—Poco a poco —continuó el cura—. Déjenme acabar. El primo de tu madre habrá faltado; pero lo que es ahora, sin duda, Dios le ha tocado en el corazón, y se dispone a enmendar sus yerros, favoreciéndote como buen pariente y hombre caritativo. Ya sabes que es bastante rico, gracias a su laboriosidad y mucha economía. Pues bien: en la carta que he recibido esta mañana me dice que quiere recogerte y ampararte en su casa, donde estarás como una reina; donde no te faltará nada, ni aun aquello de que gustan tanto las damiselas del día, tal como joyas, trajes bonitos, perfumes primorosos, guantes y otras fruslerías. En fin, Dios se ha acordado de ti, sobrinita. ¡Ah! ¡si vieras qué interés tan grande demuestra por ti en sus cartas; qué alabanzas tan calurosas hace de tus méritos; si vieras cómo te pone por esas nubes, cómo lamenta tu orfandad y cómo se enternece considerando que eres de su misma sangre, y que, a pesar de esta natural preeminencia, careces de lo que a él le sobra! Te repito que trabajando mucho y ahorrando más, el Sr. Requejo ha llegado a ser muy rico. ¡Qué porvenir te espera, Inesilla! El párrafo más conmovedor de la carta de tus tíos —añadió sacando la epístola— es este: ¿A quién hemos de dejar lo que tenemos, sino a nuestra querida sobrinita?

Inés, confundida ante tan inesperado cambio en los sentimientos y en la conducta de sus antes cruelísimos parientes, no sabía qué pensar. Me miró, buscando sin duda en mis ojos algo que le diera luz sobre tan inexplicable mudanza; mas yo, que algo creía comprender, me guardé muy bien de dejarlo traslucir ni con palabras ni con gestos.

—Estoy asombrada —dijo la muchacha—; y por fuerza, para que mis tíos me quieran tanto, ha de haber algún motivo que no comprendemos.

—No hay más sino que Dios les ha abierto los ojos —dijo D. Celestino, firme en su ingenuo optimismo—. ¿Por qué hemos de pensar mal de todas las cosas? D. Mauro es un hombre honrado: podrá tener sus defectillos; pero ¿qué valen esos ligeros celajes del alma cuando está iluminada por los resplandores de la caridad?

Inés, mirándome, parecía decirme:

—¿Y tú qué piensas?

Algunos meses antes de aquel suceso, yo hubiera acogido las proposiciones de D. Mauro Requejo con el imprevisor optimismo, con el necio entusiasmo que afluían de mi alma juvenil ante los acontecimientos nuevos e inesperados; pero los contratiempos me habían dado alguna experiencia: conocía ya los rudimentos de la ciencia del corazón, y el mío principiaba a reunir ese tesoro de desconfianzas, merced a las cuales medimos los pasos peligrosos de la vida. Así es que respondí sencillamente:

—Puesto que ese tu reverendo tío era antes un bribón, no sé por qué hemos de creerle santo ahora.

—Tú eres un chicuelo sin experiencia —me dijo D. Celestino algo enojado—, y yo no debiera consultar esto contigo. ¡Si sabré yo distinguir lo verdadero de lo falso! Y sobre todo, Inés, si él quiere favorecerte, poniéndote en pie de gente grande; si él quiere gastarse sus ahorros con su querida sobrina, ¿por qué no lo has de aceptar? Mucho más podría decirte; pero él mismo en persona te explicará mejor el gran cariño que te tiene.

—¿Pues qué —preguntó Inés turbada—, vendrá a Aranjuez?

—Sí, chiquilla —repuso el clérigo—. Yo te reservaba esta noticia para lo último. El domingo próximo tendrás el gusto de ver aquí a tu amado tío y protector. ¡Ah, Inés! Mucho sentiré separarme de ti; pero servirame de consuelo la idea de que estás contenta, de que disfrutas mil comodidades que yo no te puedo dar. Y cuando este viejo incapaz eche un paseíto a Madrid para visitarte, espero que le recibirás con alegría y sin orgullo; espero que no te ofuscará la ruin vanidad al considerarte en posición superior a la mía, porque tío por tío, hermano soy de tu difunto padre, mientras que el otro...

D. Celestino estaba conmovido, y yo también, aunque por distinta causa.

—Sí —continuó el cura—. Dentro de ocho días tendremos aquí a ese eminente tendero de la calle de la Sal. Me dice que habiendo comprado unas tierras en Aranjuez, junto a la laguna de Ontígola, vendrá con el doble objeto de conocer su finca y de verte. Él espera que irás a Madrid en su compañía y en la de su hermana Doña Restituta, a quien también tendremos el gusto de ver en casa.

Después de oír esto, todos callamos. Revolviendo en mi cabeza extraños y no muy alegres pensamientos, dije a Inés:

—Pero ese hombre, ¿es casado?

Ella leyó en mi interior con su intuición incomparable, y me respondió con viveza:

—Es viudo.

Después volvimos a callar, y solo D. Celestino, tarareando una antífona, interrumpía nuestro grave silencio.

III

Tristísimo sobre toda ponderación me volví a Madrid, y pasé toda la semana meditabundo y como alelado, deseando y temiendo que el domingo siguiente llegase, porque de un lado la curiosidad y de otro el temor solicitaban mi espíritu. Tan grande era mi sobresalto en la noche del sábado, que no pegué los ojos, y de madrugada me fui al mesón de la calle de la Aduana a buscar un acomodo en cualquier galera que partiese para el Real Sitio. Mi escasez de numerario me puso en peligro de no poder ir, lo que me desesperaba y afligía extraordinariamente.

Pero con ruegos y razones sutilísimas, unidas al poco dinero que tenía, logré ablandar el corazón duro de un carromatero, que al fin consintió en llevarme. Las tres mulas emplearon no sé si un siglo en el viaje. Yo temía que se me adelantaran los tíos de Inés; pero no fue así. Cuando llegué, D. Celestino estaba en la misa mayor: entré en la iglesia lo mismo que los domingos anteriores; pero el templo me pareció triste y fúnebre. Al salir di agua bendita a Inés, esperamos al buen párroco en la puerta de la sacristía, y nos fuimos los tres a la casa. ¡Cosa singular! No hablamos nada por el camino. Los tres suspirábamos. Durante la comida traté de animar a los demás con fingido buen humor; pero no pude conseguirlo. Viendo la tardanza de la anunciada visita, yo creí que los Requejos no vendrían; pero mi alegría se disipó cuando estábamos concluyendo de comer. De improviso sentimos ruido de voces en el patio de la casa; levantámonos, y saliendo yo al corredor, oí una voz hueca y áspera que decía:

—¿Vive aquí el latino y músico D. Celestino Santos del Malvar, cura de la parroquia?

D. Mauro Requejo y su hermana Doña Restituta, tíos de Inés, habían llegado.

Entraron en la habitación donde estábamos, y al punto que D. Mauro vio a su sobrina, dirigiose a ella con los brazos abiertos, y al estrecharla en ellos, exclamó endulzando la voz:

—¡Inés de mi alma, inocente hija de la pobre Juana! Al fin, al fin te veo. Bendito sea Dios que este consuelo me da. ¡Qué linda eres! Ven, déjame que te abrace otra vez.

Doña Restituta hizo lo mismo, pero exagerando hasta lo sumo el mohín lacrimoso de su rostro, así como la apretura de sus abrazos; y luego que ambos hubieron desahogado sus amantes corazones, saludaron a D. Celestino, quien no pudo menos de derramar algunas lágrimas al ver tal explosión de sensibilidad. Por mi parte, de buena gana habría correspondido con bofetones a los abrazos con que estrujaban a Inés aquellos gansos, cuya descripción no puedo menos de considerar ahora como indispensable.

D. Mauro Requejo era un hombre izquierdo. Creo que no necesito decir más. ¿No habéis entendido? Pues lo explicaré mejor. ¿Ha sido la Naturaleza o es la costumbre quien ha dispuesto que una mitad del cuerpo humano se distinga por su habilidad y la otra mitad por su torpeza? Una de nuestras manos es inepta para la escritura, y en los trabajos mecánicos solo sirve para ayudar a su experta compañera, la derecha. Esta hace todo lo importante: en el piano ejecuta la melodía; en el violín lleva el arco, que es la expresión; en la esgrima maneja la espada; en la náutica el timón; en la pintura el pincel; es la que abofetea en las disputas; la que hace la señal de la cruz en el rezo, y la que castiga el pecho en la penitencia. Iguales disposiciones tiene el pie derecho; si algo eminente y extraordinario ha de hacerse en el baile, es indudable que lo hará el pie derecho; él es también el que salta en la fuga, el que golpea la tierra con ira en la desesperación, el que ahuyenta al perro atrevido, el que aplasta al sucio reptil, el que sirve de ariete para atacar a un despreciable enemigo que no merece ser herido por delante. Esta superioridad mecánica, muscular y nerviosa de las extremidades derechas, se extiende a todo el organismo. Cuando estamos perplejos sin saber qué dirección tomar, si el cuerpo se abandona a su instinto, se inclinará hacia la derecha, y los ojos buscarán la derecha como un oriente desconocido. Al mismo tiempo en el lado siniestro todo es torpeza, todo subordinación, todo ineptitud; cuanto hace por sí resulta torcido, y su inferioridad es tan notoria, que ni aun en desarrollo puede igualar al otro lado. La mitad de todo hombre es generalmente más pequeña que la otra: para equilibrarlas, sin duda, se dispuso que el corazón ocupara el costado izquierdo.

Hemos hecho tan fastidiosa digresión para que se comprenda lo que dijimos de D. Mauro Requejo. Los dos lados de aquel hombre eran dos lados izquierdos; es decir, que todo él era torpe, inepto, vacilante, inhábil, pesado, brusco, embarazoso. No sé si me explico. Parecía que le estorbaban sus propias manos: al verle mirar de un lado para otro, creeríase que buscaba un rincón donde arrojar aquellos miembros inútiles, cubiertos con guantes sin medida, que quitaban la sensibilidad a los oprimidos dedos, hasta el punto de que su dueño no los conocía por suyos.

Habíase sentado en el borde de la silla, y sus piernas, pequeñas y rígidas, no eran los miembros que reposan con compostura: extendíanse a un lado y otro como las dos muletas que un cojo arrima junto a sí. Ya no le servían para nada, sino para arrastrar de aquí para allí los pesados pies. Al quitarse el sombrero, dejándolo en el suelo; al limpiarse el sudor con un luengo pañuelo de cuadros encarnados y azules, parecía el mozo de cuerda que se descarga de un gran fardo. La buena ropa que vestía no era adorno de su cuerpo, pues él no estaba vestido con ella, sino ella puesta en él. En cuanto a los guantes, embruteciéndole las manos, se las convertían en pies. A cada instante se tocaba los dijes del reloj y los encajes de las chorreras para cerciorarse de que no se le habían caído; pero como tras la gamuza había desaparecido el tacto, necesitaba emplear la vista, y esto le hacía semejante a un mono que al despertar una mañana se encontrase vestido de pies a cabeza.

Su inquietud era extraordinaria, como la de un cuerpo mortificado por infinito número de picazones, y cada pliegue del traje debía hacer llaga en sus sensibles carnes. A veces aquella inerte manopla de ante amarillo, rellena de dedos tiesos e insensibles, partía en dirección del sobaco o de la cintura con la ansiosa rapidez de una mano que va a rascar; pero se contenía subiendo a acariciar la barba recién afeitada. También movía con frecuencia el cuello, como si algún bicho extraño agarrado a su occipucio juguetease en el pescuezo entre el pelo y la solapa. Era el coleto encebado que irreverentemente se metía entre piel y camisa, o escarbaba la oreja. La mano de ante amarillo se alzaba también en aquella dirección; pero también se detenía pasando a frotar la rodilla.

La cara de D. Mauro Requejo era redonda como una muestra de reloj: no estaba en su sitio la nariz, que se inclinaba del un hemisferio buscando el siniestro carrillo que, por obra y gracia de cierto lobanillo, era más luminoso que su compañero. Los ojos verdosos y bien puestos bajo cejas negras y un poco achinescadas, tenían el brillo de la astucia, mientras que su boca, insignificante si no la afearan los dos o tres dientes carcomidos que alguna vez se asomaban por entre los labios, tenía todos los repulgos y mohínes que el palurdo marrullero estudia para engañar a sus semejantes. La risa de D. Mauro Requejo era repentina y sonora: en la generalidad de las personas este fenómeno fisiológico empieza y acaba gradualmente, porque acompaña a estados particulares del espíritu, el cual no funciona, que sepamos, con la rigurosa precisión de una máquina. Muy al contrario de esto, nuestro personaje tenía sin duda en su organismo un resorte para la risa, de la cual pasaba a la seriedad tan bruscamente como si un dedo misterioso se quitara de la tecla de lo alegre para oprimir la de lo grave. Yo creo que él en su interior pensaba así: «ahora conviene reír», y reía.

IV

Imposible decir si Doña Restituta sería más joven o más vieja que su hermano: ambos parecían haber pasado bastante más allá de los cuarenta; pero si en la edad se asemejaban, no así en la cara ni el gesto, pues Restituta era una mujer que no se estorbaba a sí misma y que sabía estarse quieta. Había en ella, si no fineza de modales, esa holgada soltura, propia de quien ha hablado con gente por mucho tiempo. Comparando aquellas dos ramas humanas de un mismo tronco, se podía decir: «Mauro ha estado toda la vida cargando fardos, y Restituta midiendo y vendiendo; el uno es un sabandijo de almacén, y la otra la bestezuela enredadora de la tienda.»

Alta y flaca, con esa tez impasible y uniforme que parece un forro; de manos largas y feas, a quien el continuo escurrirse por entre telas había dado cierta flexibilidad; de escaso pelo, tan lustrosamente aplastado sobre el casco, que más parecía pintura que cabello; con su nariz encarnadita y algo granulenta, aunque jamás fue amiga de oler lo de Arganda; la boca plegada y de rincones caídos, la barba un poco velluda, y un mirar así entre tarde y noche, como de ojos que miran y no miran, Restituta Requejo era una persona cuyo aspecto no predisponía a primera vista ni en contra ni en favor. Oyéndola hablar, tratándola, se advertía en ella no sé qué de escurridizo, que escapaba a la observación, y se caía en la cuenta de que era preciso tratarla por mucho tiempo para poder hacer presa con dedos muy diestros en la piel húmeda de su carácter, el cual para esconderse poseía la presteza del saurio y la flexibilidad del ofidio. Pero dejemos estas consideraciones para su lugar, y por ahora conténtense ustedes con oír hablar a los tíos de Inés.

Este estaba tan impaciente por venir —dijo Restituta, señalando a su hermano— que con la prisa nos fue imposible traer alguna cosita, como hubiéramos deseado.

D. Celestino les dio las gracias con su amable sonrisa.

—Tenía tanta impaciencia por venir a ver esas tierras —dijo D. Mauro— que... y al mismo tiempo el alma se me arrancaba en cuajarones al pensar en mi querida sobrinita, huérfana y abandonada... porque las tierras, señor D. Celestino, no son ningún muladar, Sr. Don Celestino, y me han costado obra de trescientos cuarenta y ocho reales, trece maravedís, sin contar las diligencias ni el por qué de la escritura. Sí, señor: ya está pagado todo, peseta sobre peseta.

—Todo pagado —indicó Doña Restituta, mirando uno tras otro a los tres que estábamos presentes—. A este no le gusta deber nada.

—¡Quiten para allá! Antes me dejo ahorcar que deber un maravedí —declaró D. Mauro, llevando la manopla a la garganta, oprimida por el corbatín.

—En casa no ha habido nunca trampas —añadió la hermana.

—A eso deben ustedes el haber adelantado tanto —dijo D. Celestino.

—La suerte... eso sí; hemos tenido suerte —dijo Requejo—. Luego esta es tan trabajadora, tan ahorrativa, tan hormiguita...

—Pero todo se debe a tu honradez —añadió Restituta—. Sí, créanlo ustedes, a su honradez. Este tiene tal fama entre los comerciantes, que le entregarían los tesoros del Rey.

—En fin... algo se ha hecho, gracias a Dios y a nuestro trabajo. Si fuera a hacer caso de esta, compraría tierras y más tierras. A esta no le gustan sino las fincas.

—Y con razón: si este me hiciera caso —dijo la hermana, mirando otra vez sucesivamente a los circunstantes—, todas nuestras ganancias se emplearían en tierras de labor.

—Como yo soy así, tan... pues —indicó Requejo.

—Sin soberbia, Sr. D. Celestino —dijo Restituta—, bueno es aparentar que se tiene lo que se tiene.

—Y me hace comprar vestidos, sombreros, alhajas —indicó D. Mauro—. Qué sé yo la tremolina de cosas que ha entrado en casa. Ello, como se puede... Vea usted esta cadena —añadió, mostrando a D. Celestino una que traía al cuello—; vea usted también este alfiler. ¿Cuánto cree usted que me han costado? La friolenta de mil reales... Psh: yo no quería; pero esta se empeñó, y como se puede...

—Son hermosas piezas.

—Y bien te dije que te quedaras también con la tumbaga de la esmeralda, que ya recordarás la daban en poco más de nada. Es una lástima que la haya tomado el Duque de Altamira.

Al decir esto nos miraban, y nosotros les contestábamos con señales de asentimiento, pero sin palabras, porque ni a Inés ni a mí se nos ocurrían.

—Pero ¿cómo está ahí mi sobrina tan calladita? —dijo Requejo riéndose de improviso y quedándose muy serio un instante después.

Inés se sonrojó y no dijo nada, porque, en efecto, no tenía nada que decir.

—¡Ay, no puede negar la pinta! ¡Cómo se parece a su madre, a la pobre Juana, mi prima querida! —exclamó Requejo llevándose la manopla a la boca para tapar un bostezo—. ¡Y qué pronto se murió la pobrecita!

—Ya que pasó a mejor vida aquella santa y ejemplar mujer —dijo Restituta—, no la nombremos, porque así se renueva nuestro dolor y el de esa pobre muchacha, aunque ella es niña, y los niños se consuelan más fácilmente.

Inés no dijo nada tampoco; pero el color encendido de su rostro se trocó en intensa palidez. Creyó conveniente el cura variar la conversación, dijo:

—¿Y ha visto usted esas tierras de la laguna de Ontígola?

—Todavía no —respondió Requejo—; pero me han dicho que son magníficas. Psh... para mí, poca cosa. Esta se empeñó en que me quedara con ellas, y al fin me decidí. Allá en el país tenemos muchas más, que hemos ido comprando poco a poco.

—En su país de usted, hacia el Bierzo, si no me engaño.

—Más acá del Bierzo, en Santiagomillas, que es tierra de Maragatería. De allí semos todos, y allí está todavía el solar de los Requejos.

—Familia hidalga, según creo —afirmó el cura.

—Ello... no deja de tener uno su motu propio —contestó D. Mauro—; y según nos decía un sabio escribano de mi pueblo, nuestros ascendientes tenían un gran quejigar, de donde les vino el nombre de Requejo.

—Así debe de ser: los más ilustres apellidos traen su origen de alguna yerba o legumbre. Y si no, ahí están en la Roma antigua los Léntulos, los Fabios y los Pisones, que se llamaban así porque alguno de sus mayores cultivó las lentejas, las habas y los guisantes. En cuanto a mí, creo que este nombre de Malvar me viene de que algún abuelo mío se pintaba solo para el cultivo de las malvas.

—Pues yo creo —dijo D. Mauro volviendo a reír— que eso de que la nobleza viene de las guerras y de las hazañas de algunos caballeros es pura mentira. Que no me vengan a mí con bolas: yo no creo que haya habido nunca esas heroicidades. No hay más sino que los reyes hicieron Duque a uno porque tenía un huerto de cebollas, y a otro Marqués porque sabía escoger melones. De todos modos, nuestra familia no viene de ningún cardo borriquero.

—Y venga de donde viniere —dijo Doña Restituta—, lo principal es lo principal. Lo que es en nuestra casa, Sr. D. Celestino, no falta nada en gracia de Dios, y aunque por fuera no gastamos lujo, ni nos gusta andar en carroza, ni figurar, lo que es la gallina en el puchero todos los días... eso sí: este y yo no nos podemos pasar sin ciertas comodidades.

—Lo que es por mí —interrumpió Requejo—, con cualquier cosa me sustento. Teniendo un pedazo de pan, otro de tocino y agua de la fuente del Berro, vamos viviendo; pero esta se empeña en poner las cosas en buen pie. Todos los días ha de traer libra y media de carne de vaca, y jamón rancio a porrillo, y abadejo del mejor todos los viernes, y para cenar una perdiz por barba, y los domingos tres capones, y por Navidad y por el día de San Mauro, que es el 15 de enero, o por San Restituto, que es el 10 de junio, andan los pavos por casa como si esta fuese la era del Mico. El Mayordomo de los Duques de Medina de Rioseco, que suele ir a casa a pedirnos dinero prestado, se queda estupefacto de ver tanta abundancia, y asegura que no ha visto despensa como la nuestra.

—Eso sí —dijo Restituta—, no nos duele gastar en el plato, ni en buena ropa para vestir, ni en buen cisco de retama para la lumbre. Vivimos tranquilos y felices. Nuestra única pena ha consistido hasta ahora en no tener una persona querida a quien dejar lo que poseemos, cuando Dios se sirva llamarnos a su santa gloria; porque los parientes que nos quedan en Santiagomillas son unos pícaros que nos dan mucho que hacer.

Al oír esto, D. Mauro movió el resorte de risa y miró a Inés, diciendo:

—Pero aquí nos depara Dios a nuestra querida sobrinita, a esta rosa temprana, a esta señoritica que parece un ángel: ¡ay! si no puede negar la pinta, si es éntica a su madre...

—Por Dios, Mauro —exclamó Restituta—, no traigas a la memoria a aquella santa mujer, porque yo estoy todavía tan impresionada con su muerte, que si la recuerdo, se me vienen las lágrimas a los ojos.

—Todo sea por Dios, y hágase su santa voluntad —dijo Requejo tocando el resorte de la seriedad—. Lo que digo es que cuanto tengo y pueda tener será para esta palomita torcaz, pues todo se lo merece ella con su cara de princesa.

—Ya, ya... —indicó Restituta guiñando el ojo—, que no tendrá pretendientes en gracia de Dios. Marquesitos y condesitos conozco yo que no suspirarán poco debajo de nuestras ventanas cuando sepan que guardamos en casa tal primor.

—Pelambrones, hija, pelambrones sin un cuarto —añadió Requejo—. Cuando la niña haya de tomar estado, ya le buscaremos un joven de una de las principales familias de España, que sea digno de llevarse esta joya.

—Eso por de contado. Casas hay muy ricas, donde no es todo apariencia, y mayorazgos conozco que en cuanto la vean y sepan la riqueza que ha de heredar de sus tíos, beberán los vientos por conseguir su mano. A fe mía que nuestra casa no es ningún guiñapo, y cuando pongamos en la sala las cortinas de sarga verde con ramos amarillos, y aquellos pájaros color de pensamiento que parecen vivos, no estará de mal ver para recibir en ella a todos los señores del Consejo Real. ¡Pues poco tono se va a dar la niñita en su gran casa!

D. Celestino, viendo que su sobrina no contestaba nada a tan patéticas demostraciones de afecto, creyó conveniente hablar así:

—Ella les agradece a ustedes con toda el alma los beneficios que va a recibir.

—Ya estoy contento, Sr. D. Celestino —dijo Requejo—. Una cosa me faltaba, y ya la tengo. Inés será mi heredera. Inés se casará con una persona que la merezca y que traiga también buenas peluconas: ella será feliz y nosotros también.

—No hables mucho de eso, porque lloro —dijo Doña Restituta—. ¡Qué gusto es tener quien la acompañe a una en la soledad, y quien comparta las comodidades que Dios y nuestro trabajo nos han proporcionado! ¡Ay, Inesita, eres tan linda, que me recuerdas mi mocedad cuando iba a jugar a la huerta del convento de las madres Recoletas de Sahagún, donde me crié! Me parece que si ahora te separaran de mí, no tendría fuerzas para vivir.

Diciendo esto abrazó a Inés, y pareciome que el forro de su cara, es decir, la piel, se teñía de un leve rosicler.

—Puesto que Inés está impaciente por irse con nosotros —dijo Requejo—, esta misma tarde nos la llevaremos.

—¡Cómo! ¡esta tarde! ¡yo! —exclamó ella vivamente.

—Hija mía —dijo Restituta—, no conviene disimular el cariño que nos tienes. Somos tus tíos, y de veras te digo que no debes agradecernos lo que hacemos por ti, pues obligación nuestra es.

—Tal vez ponga reparos a ir con ustedes así... tan pronto —indicó con timidez D. Celestino—; pero no dudo que comprenda pronto las ventajas de su nueva posición, y se decida...

—¡Que no quiere venir! —exclamó Requejo con asombro—. ¿Conque nuestra sobrina no nos quiere? ¡Jesús! ¡Mayor desgracia!

—Sí... les quiere a ustedes —añadió el cura, tratando de conciliar la repugnancia que notaba en el semblante de Inés con el deseo de los Requejos.

—Hermano, no sabes lo que te dices —afirmó Restituta—. Nuestra sobrina es un dechado de modestia, de ingenuidad y de sencillez. ¿Quieres que se ponga ahora a hacer aspavientos en medio de la sala, saltando y brincando de gusto porque nos la llevamos? Eso no estaría bien. Por el contrario, se está muy calladita, y como muchacha honesta y bien criada... ¡ya se ve! como hija de aquella santa mujer... disimula su alborozo y se está así, mano sobre mano, bendiciendo mentalmente a Dios por la suerte que le depara.

—Entonces, Sr. D. Celestino —dijo Requejo—, nosotros nos vamos ahora a ver esas tierras de Ontígola que están ahí hacia la parte de Titulcia, y por la tarde, cuando volvamos, Inés estará preparada para venirse con nosotros a Madrid.

—No tengo inconveniente, si ella está conforme —repuso el clérigo, mirando a su sobrina.

Mas no dieron tiempo a que esta expresara su opinión sobre aquel viaje, porque los Requejos se levantaron para marcharse, diciendo que un coche de dos mulas les esperaba en el paradero del Rincón. Abrazaron por turno dos o tres veces a su sobrina; hicieron ridículas cortesías a D. Celestino, y sin dignarse mirarme, lo cual me honró mucho, salieron, dejando al clérigo muy complacido, a Inés absorta y a mí furioso.

V

Al punto se trató de resolver en consejo de familia lo que debía hacerse; pero deseando yo conferenciar con el buen cura para decirle lo que Inés no debía oír, rogué a esta que nos dejase solos, y hablamos así:

—¿Será usted capaz, Sr. D. Celestino, de consentir que Inés vaya a vivir con ese ganso de D. Mauro, y la lechuza de su hermana?

—Hijo —me contestó—, Requejo es muy rico, Requejo puede dar a Inesilla las comodidades que yo no tengo, Requejo puede hacerla su heredera cuando estire la zanca.

—¿Y usted lo cree? Parece mentira que tenga usted más de sesenta años. Pues yo digo y repito que ese endiablado D. Mauro me parece un farsante hipocritón. Yo, en lugar de usted, les mandaría a paseo.

—Yo soy pobre, hijo mío; ellos son ricos: Inés se irá con ellos. En caso de que la traten mal, la recogeremos otra vez.

—No la tratarán mal, no —dije muy sofocado—. Lo que yo temo es otra cosa, y eso no lo he de consentir.

—A ver, muchacho.

—Usted sabe como yo lo que hay sobre el particular: usted sabe que Inés no es hija de Doña Juana; usted sabe que Inés nació del vientre de una gran señora de la Corte, cuyo nombre no conocemos; usted sabe todo esto, y ¿cómo sabiéndolo no comprende la intención de los Requejos?

—¿Qué intención?

—Los Requejos despreciaron siempre a Doña Juana; los Requejos no le dieron nunca ni tanto así; los Requejos ni siquiera la visitaron en su enfermedad; y ahora, Sr. D. Celestino de mi alma, los Requejos lloran recordando a la difunta; los Requejos echan la baba mirando a su sobrinita, y no puede ser otra cosa sino que los Requejos han descubierto quiénes son los padres de Inés; los Requejos han comprendido que la muchacha es un tesoro, y ¡ay! no me queda duda de que el Requejo mayor, ese poste vestido, trae entre ceja y ceja el proyecto de casarse con Inés, obligándola a ello en cuanto la pille en su casa.

—Sosiégate, muchacho, y óyeme. Puede muy bien suceder que la intención de los Requejos sea la que dices, y puede muy bien que sea la que ellos han manifestado. Como yo me inclino siempre a creer lo bueno, no dudo de la sinceridad de D. Mauro, hasta que los hechos me prueben lo contrario. ¿Qué sabes tú si de la mañana a la noche verás a Inés hecha una damisela, paseando en magnífica carroza, con dos caballos empenachados y un encartonado cochero? Sí: verasla rodeada de lacayos y pajes, llena de diamantes como avellanas, y viviendo en uno de esos caserones que hay en Madrid más grandes que conventos.

—¡Bah, bah! Eso es como cuando yo quería ser Príncipe, Generalísimo y Secretario del Despacho. A los diez y seis años se pueden decir tales cosas; pero no a los sesenta.

—Viviendo conmigo, Inés ha de estar condenada a perpetua estrechez. ¿No vale más que se la lleven los parientes de su madre, que parecen personas muy caritativas? En todo caso, Gabriel, si la muchacha no estuviera contenta allí, tiempo tenemos de recogerla, porque a mí, como tío carnal, me corresponde la tutela.

—¿Y por qué la deja usted marchar?

—Porque los Requejos son ricos... ¿lo comprenderás al fin?... porque Inés en casa de esa gente puede estar como una princesa, y casarse al fin con un comerciante muy rico de la calle de Postas o Platerías.

—Alto allá, señor mío —exclamé muy amostazado—, ¿qué es eso de casarse Inés? Inés, Dios mediante, no se casará más que conmigo. Sí, ¡vaya usted a hablarle de comerciantes y de usías!

—Es verdad: no me acordaba, hijito —dijo el cura con algo de mofa—. ¡Casarse a los diez y siete años! ¿El matrimonio es algún juego? Y además, hazme el favor de decirme qué ganas tú en la imprenta donde trabajas.

—Sobre tres reales diarios.

—Es decir, noventa y tres reales los meses de treinta y uno. Algo es; pero no basta, chiquillo. Ya ves tú: cuando Inés esté en su sala con cortinas verdes de ramos amarillos, y se siente en aquellas mesas donde hay siete pavos por Navidad, y todas las noches cena de perdiz por barba... ya ves tú, no sé cómo podrá arrimarse a ella un pretendiente con noventa y tres reales al mes, en los que traen treinta y uno.

—Eso ella es quien lo ha de decir —repuse con la mayor zozobra—; y si ella me quiere así, veremos si todos los Requejos del mundo lo pueden impedir. En resumidas cuentas, señor D. Celestino, ¿usted está decidido a que Inés se vaya esta tarde con D. Mauro?

—Decidido, hijo mío: es para mí un caso de conciencia.

—¿Y quién le dice a usted que con noventa y tres reales al mes no se puede mantener una familia? Pues a mí me da la gana de casarme, sí, señor.

—¡Casarse a los diez y siete años! Uno y otro debéis esperar a tener los treinta y cinco cumplidos. La vida se pasa pronto: no te apures. Para entonces podréis casaros. Sois a propósito el uno para el otro. Casar y compadrar cada uno con su igual. Veremos si de aquí allá te luce más el oficio.

—¿Y no puedo yo buscar un destinillo?

—Eso es como cuando se te puso en la cabeza que te iba a caer un principado.

—No: un destinillo de estos que se dan a cualquier pelón, en la contaduría de acá o en la de allá.

—¿Pero crees tú que un empleo es cosa fácil de conseguir?

—¿Por qué no? —respondí enfáticamente—. ¿Pues para qué son los destinos sino para darlos a todos los españoles que necesitan de ellos?

—Hijo, las antesalas están llenas de pretendientes. Ya recordarás que a pesar de ser paisano y amigo del Príncipe de la Paz, estuve catorce años haciendo memoriales.

—Pero al fin... Visita usted a S. A. y le trata; de modo que si le pidiera para mí una placita, no creo que se la negara.

—¡Ah! —exclamó D. Celestino con satisfacción—. El día que visité a S. A. fue para mí el más lisonjero de mi vida, porque oí de sus augustos labios las palabras más cariñosas. Si vieras con cuánto agasajo me trató; ¡y qué amabilidad, qué dulzura, qué llaneza, sin dejar por eso de ser Príncipe en todos sus gestos y palabras! Cuando entré, yo estaba todo turbado y confuso, y la lengua se me quedó pegada al paladar. Mandome S. A. que me sentara, y me preguntó si yo era de Villanueva de la Serena. ¿Ves qué bondad? Contestele que había nacido en los Santos de Maimona, villa que está en el camino real, como vamos de Badajoz a Fuente de Cantos. Luego me preguntó por la cosecha de este año, y le respondí que, según mis noticias, el centeno y cebada eran malos; pero que la bellota venía muy bien. Ya comprenderás por esto el interés que se toma por la agricultura. En seguida me dijo si estaba contento en mi parroquia, a lo cual contesté afirmativamente, añadiendo que me tenía edificado la piedad de mis feligreses. Al decir esto no pude contener las lágrimas. Bien claro se ve que al Príncipe le interesa mucho cuanto se refiere a la Religión. Hablele después de que entretenía mis ocios con la poesía latina, y notifiquele haber compuesto un poema en hexámetros, dedicado a él. Enterado de esto, dijo que bueno, en lo cual se demuestra palmariamente su desmedida afición a las letras humanas; y por fin, a los diez minutos de conferencia, me rogó afectuosamente que me retirara, porque tenía que despachar asuntos urgentísimos. Esto prueba que es hombre trabajador, y que las mejores horas del día las consagra puntualmente a la administración. Te aseguro que salí de allí conmovido.

—¿Y no vuelve usted?

—¡Pues no he de volver! Supliqué a S. A. que me fijara día para llevarle el poema latino, y mañana tendré el honor de poner de nuevo los pies en el palacio de mi ilustre paisano.

—Pues yo iré con usted, Sr. D. Celestino —dije con mucha determinación—. Iremos juntos, y usted le pedirá un destino para mí.

—¡Estás loco! —exclamó el sacerdote con asombro—. No me creo capaz de semejante irreverencia.

—Pues se lo pediré yo —dije, más resuelto cada vez a entrar en la administración.

—Modera esos arrebatos, joven sin experiencia. ¿Cómo quieres que te presente sin más ni más al Príncipe de la Paz? ¿Qué puedo decir de ti, cuáles son tus méritos? ¿Conoces acaso por el forro los versos latinos? ¿Has saludado siquiera el Divitias alius fulvo sibi congerat auro, el Passer delitiœ meœ puellœ, o el Cynthia prima suis me cepis ocellis? ¿Estás loco? ¿Piensas que los destinos están ahí para los mocosos a quienes se les antoja pedirlos?

—Usted le dice que soy un chico pariente suyo, y yo me encargo de lo demás.

—¿Pariente mío? Eso sería una mentira, y yo no miento.

Así disputamos un buen rato, y al fin, entre ruegos y razones, logré convencer al Padre Celestino para que me llevara a presencia del Serenísimo señor Godoy. Mi tenaz proyecto se explica por el estado de desesperación en que me puso la visita de los Requejos y su propósito de cargar con la pobre Inés. La viva antipatía que ambos hermanos me inspiraron desde que tuve la desdicha de poner los ojos sobre ellos, engendró en mi espíritu terribles presentimientos. Se me representaba la pobre huérfana en dolorosa esclavitud bajo aquel par de trasgos, condenada a perecer de tristeza si Dios no me deparaba medios para sacarla de allí. ¿Cómo podía yo conseguirlo, siendo, como era, más pobre que las ratas? Pensando en esto, vino a mi mente una idea salvadora, la que desde aquellos tiempos principiaba a ser norte de la mitad, de la gran mayoría de los españoles, es decir, de todos aquellos que no eran mayorazgos ni se sentían inclinados al claustro: la idea de adquirir una plaza en la administración. ¡Ay! aunque había entonces menos destinos, no eran escasos los pretendientes.

España había gastado en la guerra con Inglaterra la espantosa suma de siete mil millones de reales. Quien esto derrochó en una calaverada, ¿no podía darme a mí cinco mil para que me casara? Por supuesto, el pretender casarse entonces a los diez y siete años, era una calaverada peor que la de gastar siete mil millones en una guerra. Aquella idea echó raíces en mi cerebro con mucha presteza. A la media hora de mi conferencia con D. Celestino, ya se me figuraba estar desempeñando, ante la mesa forrada de bayeta verde, las funciones que el Estado tuviera a bien encomendarme para su prosperidad y salvación. Atrevido era el proyecto de pedir yo mismo al poderoso Ministro lo que me hacía falta; pero la gravedad de las circunstancias y el loco deseo de adquirir una posición que me permitiera disputar la posesión de Inés a la temerosa pareja de los Requejos, disminuía los obstáculos ante mis ojos, dándome aliento para las empresas más difíciles.

No disimuló la huérfana, al hablar conmigo, la repugnancia que le inspiraban sus tíos: tal vez hubiera yo logrado impedir el secuestro; pero D. Celestino repitió que era para él caso de conciencia, y con esto Inés no se atrevió a formular sus quejas: ¡tan grande era entonces la subordinación a la autoridad de los mayores! La escrupulosidad del buen sacerdote no impidió, sin embargo, que yo hablara mil pestes de los dos hermanos, criticando sus fachas y vestidos, y comentando a mi manera aquello de los siete pavos y capones, con la añadidura de las perdices por barba en la hora de la cena. También me reí con implacable saña de los tratamientos que se daban hermano y hermana, pues, según el lector observaría, se llamaban simplemente este y esta. D. Celestino me dijo que tratase con más miramientos a dos personas respetables que habían sabido labrar pingüe fortuna con su trabajo y honradez, y, entre tanto, Inés preparaba de muy mala gana su equipaje.

No tardó la casa del cura en verse honrada de nuevo con las personas de los Requejos, que llegaron a eso de las cuatro, haciendo mil ponderaciones de las tierras adquiridas cerca de Ontígola; y su contento al ver que Inés se disponía a seguirles, fue extraordinario.

—No te des prisa, pimpollita —decía Don Mauro—, que todavía hay tiempo de sobra.

—Su impaciencia por emprender el viaje —añadió Doña Restituta, plegando de un modo indefinible el forro cutáneo de su cara— es tan viva, que la pobrecilla quisiera tener alitas para salir más pronto de aquí.

—Eso no —dijo D. Celestino algo amoscado—, que su tío no le ha dado malos tratos para que así se impaciente por abandonarle.

Inés se arrojó llorando en brazos del cura, y ambos derramaron muchas lágrimas. Por mi parte, tenía interés en que los Requejos no conocieran que un antiguo y cordial amor me unía a Inés; así es que disimulé mi sofocación, y acechándola fuera, cuando salió en busca de un objeto olvidado, le dije:

—Prendita, no me digas una palabra, ni me mires, ni me saludes. Yo me quedo aquí; pero descuida, pronto nos hemos de ver allá.

Llegó por fin la hora de la partida; el coche se acercó a la puerta de la casa. Inés entró en él muy llorosa, y los Requejos tomaron asiento a un lado y otro, pues aun en aquella situación temían que se les escapara. Jamás he visto mujer ninguna que se asemejara a un cernícalo como en aquel momento Doña Restituta. El coche partió, y al poco rato nuestros ojos le vieron perderse entre la arboleda. D. Celestino, que hacía esfuerzos por aparentar serenidad, no pudo conservarla, y haciendo pucheros como un niño, sacó su largo pañuelo y se lo llevó a los ojos.

—¡Ay, Gabriel! ¡Se la llevaron!

Mi emoción también era intensísima, y no pude contestarle nada.

VI

Al día siguiente llevome D. Celestino al palacio del Príncipe de la Paz. Era el 15 de marzo, si no me falla la memoria.

Aunque no tenía ropa para mudarme en tan solemne ocasión, pues la que llevaba a Aranjuez era la mejorcita, con una camisa limpia que me prestó el cura, quedé en disposición, según él mismo me dijo, de presentarme aunque fuera a Napoleón Bonaparte. Por el camino, y mientras hacíamos tiempo hasta que llegara la hora de las audiencias, D. Celestino sacaba del bolsillo interior de su sotana el poema latino para leerlo en alta voz.

—Quizás el señor Príncipe —decía— me mande leer algún trozo, y conviene hacerlo con entonación clásica y ritmo seguro, mayormente si hay delante algún embajador o general extranjero.

Después, guardando el manuscrito, añadió con cierta zozobra:

—¿Sabes que el sacristán de la parroquia, ese condenado Santurrias... ya le conoces... me ha puesto esta mañana la cabeza como un farol? Dice que el señor Príncipe de la Paz no dura dos días más al frente de la Nación, y que le van a cortar la cabeza. Esto no merece más que desprecio, Gabrielillo; pero me da rabia de oír tratar así a persona tan respetable. Pues ¿qué crees tú? he descubierto que ese pícaro Santurrias es jacobino, y se junta mucho con los cocheros del Infante D. Antonio Pascual, los cuales son gente muy alborotada.

—¿Y qué dice ese reverendo sacristán?

—Mil necedades: figúrate tú. ¡Como si a personas de estudios y que tienen en la uña del dedo a todos los clásicos latinos, se les pudiera hacer tragar ciertas bolas! Dice que el señor Príncipe de la Paz, temiendo que Napoleón viene a destronar a nuestros queridos Reyes, tiene el propósito de que estos marchen a Andalucía para embarcarse y dar la vela a las Américas.

—Pues anoche —dije yo—, cuando fui al mesón a decir a los arrieros que no me aguardaran, oí decir lo mismito a unos que estaban allí, y por cierto que hablaban de su amigo y paisano de usted con más desprecio que si fuera un bodegonero del Rastro.

—No saben lo que se pescan, hijo —replicó el cura—. Pero o yo me engaño mucho, o los partidarios del Príncipe de Asturias andan metiendo cizaña por ahí. Ello es que en Aranjuez hay mucha gente extraña y... ¡quiera Dios!... Ya me notificó esta mañana Santurrias que su mayor gusto será tocar las campanas a vuelo si el pueblo se amotina para pedir alguna cosa; pero ya le he dicho —y al hablar así D. Celestino se paró, y con su dedo índice hacía demostraciones de la mayor energía—, ya le he dicho que si toca las campanas de la iglesia sin mi permiso, lo pondré en conocimiento del señor Patriarca para lo que este tenga a bien resolver.

Con esta conversación llegó la hora, y nosotros al palacio de S. A. Atravesamos por entre varios guardias que custodiaban la puerta, porque ha de saberse que el Generalísimo tenía su guardia de a pie y de a caballo, lo mismo que el Rey, y mejor equipada, según observaban los curiosos.

Nadie nos puso obstáculo en el portal ni en la escalera; pero al llegar a un gran vestíbulo, en cuyo pavimento taconeaban con estrépito las botas de otra porción de guardias, uno de estos nos detuvo, preguntando a D. Celestino con cierta impertinencia que a dónde íbamos.

—S. A. —balbució el clérigo muy turbado— tuvo el honor de señalarme... digo... yo tuve el honor de que él señalara el día de hoy y la presente hora para recibirme.

—S. A. está en palacio. Ignoramos cuándo vendrá —dijo el guardia dando media vuelta.

D. Celestino me consultó con sus ojos, y también iba a consultarme con sus autorizados labios, cuando se sintió ruido en el portal.

—¡Ahí está! S. A. ha llegado —dijeron los guardias, tomando apresuradamente sus armas y sombreros para hacer los honores.

Pero el Príncipe subió a sus habitaciones particulares por la escalera excusada que al efecto existía en su palacio.

—Quizá S. A. no reciba hoy —dijo a Don Celestino el guardia que poco antes nos había detenido—. Sin embargo, pueden ustedes esperar, si gustan, y él avisará si da audiencia o no.

Dicho esto, nos hizo pasar a una habitación contigua y muy grande, donde vimos a otras muchas personas que desde por la mañana habían acudido en solicitud del favor de una entrevista con S. A. Entre aquella gente había algunas damas muy distinguidas, militares, señores a la antigua, vestidos con históricas casacas y cubiertos con monumentales pelucas, y también algunas personas humildes.

Los pretendientes allí reunidos se miraban con recelo y mal humor, porque a todo el que hace antesala molesta mucho el verse acompañado, considerando sin duda que si el tiempo y la benevolencia del Ministro se reparten entre muchos, no puede tocarles gran cosa. Un ujier se acercó a nosotros y preguntó a D. Celestino quiénes éramos, a lo cual repuso el buen eclesiástico:

—Nosotros somos curas de la parroquia de... quiero decir, soy cura de la parroquia, y este joven... este joven gana noventa y tres reales en los meses de treinta y uno; y venimos a... pero yo no pienso pedirle nada al señor Príncipe, porque este picarón (señalando a mí) no se morderá la lengua para decirle lo que desea.

Cuando el ujier se alejó, dije a mi acompañante que tuviera cuidado de no equivocarse tan a menudo; que no anunciara anticipadamente nuestra comisión pedigüeña, y que no había necesidad de ir pregonando lo que yo ganaba; a lo que me respondió que él, como persona nueva en antesalas y palacios, se turbaba a la primera ocasión, diciendo mil desatinos. Uno de los señores que aguardaban se nos acercó, y reconociendo al cura, se saludaron ambos muy cortésmente, diciendo el desconocido:

—Sr. D. Celestino, ¿qué bueno por aquí?

—Vengo a visitar a S. A. Ya sabe usted que somos paisanos y amigos. Mi padre y su abuelo hicieron un viaje juntos desde Trujillo a la Vera de Placencia, y un tío de mi madre tenía en Miajadas una dehesa donde los Godoyes iban a cazar alguna vez. Somos amigos, y le estoy muy reconocido, porque a la munificencia de S. A. debo el beneficio que disfruto, el cual me fue concedido en cuanto S. A. tuvo conocimiento de mi necesidad; así es que desde mi primer memorial hasta el día en que tomé posesión, solo transcurrieron catorce años.

—Se conoce que el Príncipe quiso servirle a usted —afirmó nuestro interlocutor—. No a todos se les despacha tan pronto. Hace veintidós años que yo pretendí que se me repusiera en mi antigua plaza de la Colecturía, del Noveno y del Excusado, y esta es la hora, señor D. Celestino. A pesar de todo, yo no me desanimo, y tengo por seguro que la semana que viene...

—No todos son tan afortunados como yo —dijo el optimista D. Celestino—. Verdad es que, como paisano y amigo de S. A., estoy en situación muy favorable. De mi pueblo a Badajoz, cuna de D. Manuel Godoy, no hay más que trece leguas y media por buen camino, y estoy cansado de ver la casa en que nació este faro de las Españas. Así es que en cuanto supo mi necesidad...

—Pero diga usted —preguntó bajando la voz el señor de la semana que viene—, ¿tenemos viaje de los Reyes a Andalucía o no tenemos viaje?

—¿Pero usted cree tales paparruchas? —dijo D. Celestino—. Esa voz la ha corrido Santurrias, el sacristán de mi iglesia. Ya le he dicho que si tocaba las campanas sin mi permiso...

—Todo el mundo lo asegura. Ya sabe usted que ha venido mucha tropa de Madrid, y por las calles del pueblo se ve gente de malos modos.

—¿Pero qué objeto puede tener ese viaje?

—Amigo, ya Napoleón tiene en España la friolera de cien mil hombres. Ha nombrado general en jefe a Murat, el cual dicen que salió ya de Aranda para Somosierra. Y a todas estas, ¿hay alguien que sepa a qué viene esa gente? ¿Vienen a echar a toda la Familia Real? ¿Vienen simplemente de paso para Portugal?

—¿Quién se asusta de semejante cosa? —dijo D. Celestino—. Pongamos por caso que vengan con mala intención. ¿Qué son cien mil hombres? Con dos o tres regimientos de los nuestros se podrá dar buena cuenta de ellos, y ahí nos las den todas. Como S. A. se calce las espuelas... Eso del viaje es pura invención de los desocupados y de los enemigos de S. A., que le insultan porque no les ha dado destinos. Como si los destinos se pudieran dar a todo el que los pretende.

No siguió esta conversación, porque el ujier se acercó a nosotros, haciéndonos señas de que le siguiéramos. S. A. nos mandaba pasar. Cuando los demás pretendientes vieron que se daba la preferencia a los que habían llegado los últimos, un murmullo de descontento resonó en la sala. Nosotros la atravesamos muy orgullosos de aquella predilección, y mientras D. Celestino saludaba a un lado y otro con su bondad de costumbre, yo dirigí a los más cercanos una mirada de desprecio, que equivalía al convencimiento de mi próximo ingreso en la administración de ambos mundos.

Pasamos de aquella sala a otras, todas ricamente alhajadas. ¡Qué bellos tapices, qué lindos cuadros, qué hermosas estatuas de mármol y bronce, qué vasos tan elegantes, qué candelabros tan vistosos, qué muebles tan finos, qué cortinajes tan espléndidos, qué alfombras tan muelles! No pude detenerme en la contemplación de tan bonitos objetos, porque el ujier nos llevaba a toda prisa, y yo me sentía atacado de una cortedad tal, que se disipó mi anterior envalentonamiento, y empecé a comprender que me faltarían ideas y saliva para expresar ante el Príncipe mis anhelos. Por fin llegamos al despacho de Godoy, y al entrar vi a este en pie, inclinado junto a una mesa y revisando algunos papeles. Aguardamos un buen rato a que se dignase mirarnos, y al fin nos miró.

Godoy no era un hombre hermoso, como generalmente se cree; pero sí extremadamente simpático. Lo primero en que se fijaba el observador era en su nariz, la cual, un poco grande y respingada, le daba cierta expresión de franqueza y comunicatividad. Aparentaba tener sobre cuarenta años: su cabeza, rectamente conformada y airosa; sus ojos vivos, sus finos modales y la gallardía de su cuerpo, que más bien era pequeño que grande, le hacían agradable a la vista. Tenía sin duda la figura de un señor noble y generoso: tal vez su corazón se inclinaba también a lo grande; pero en su cabeza bullían el desvanecimiento, la torpeza, los extravíos y falsas ideas acerca de los hombres y las cosas de su tiempo.

Nos miró, como he dicho, y al punto Don Celestino, que temblaba como un chiquillo de diez años, hizo una profunda cortesía, a la cual siguió otra hecha por mi persona. A mi acompañante se le cayó el sombrero; recogiolo, dio algunos pasos, y con voz tartamuda habló así:

—Ya que V. A. tiene el honor de... no... digo... ya que yo tengo el honor de ser recibido por V. A. Serenísima... decía que me felicito de que la salud de V. A. sea buena, para que por mil años sigamos haciendo el bien de la nación...

El Príncipe parecía muy preocupado, y no contestó al saludo sino con una ligera inclinación de cabeza. Después pareció recordar, y dijo:

—¿Es usted el señor chantre de la catedral de Astorga, que viene a...?

—Permítame V. A. —interrumpió D. Celestino—, que ponga en su conocimiento cómo soy el cura de la parroquia castrense de Aranjuez.

—¡Ah! —exclamó el Príncipe—, ya recuerdo... el otro día... se le dio a usted el curato por recomendación de la señora Condesa de X, (Amaranta). ¿Es usted natural de Villanueva de la Serena?

—No, señor: soy de los Santos de Maimona. ¿No recuerda V. A. esa villa? En el camino de Fuente de Cantos. Allí se cogen unas sandías que pesan muchas arrobas, y también hay muchos melones... Pues, como decía a V. A., hoy venía con dos objetos: con el de tener el honor de presentarme a V. A. para que este chico lea un poema latino que ha compuesto... no, quiero decir...

D. Celestino se atragantó, mientras que el Príncipe, asombrado de mi precocidad en el estudio de los clásicos, me miraba con ojos benévolos.

—No —dijo el cura entrando de nuevo en posesión de su lengua—. El poema ha sido compuesto por mí, y, accediendo a los deseos de V. A., voy a comenzar su lectura.

El Príncipe adelantó la mano con ese instintivo movimiento que parece apartar un objeto invisible. Pero D. Celestino no comprendió que su protector rechazaba por medio de un movimiento físico la amenazadora lectura del poema, y firme en su propósito, desenvainó el manuscrito homicida. En el mismo instante, Godoy, que atendía poco a nosotros y parecía estar pensando cosas muy graves, volviose bruscamente hacia la mesa, y empezó a hojear de nuevo los papeles.

D. Celestino me miró, y yo miré a D. Celestino.

Así transcurrió un minuto, al cabo del cual el Príncipe dirigiose hacia nosotros y dijo, señalando unas sillas:

—Siéntense ustedes.

Después siguió en su investigación de papeles. Sentados en nuestros asientos el cura y yo, nos hablábamos en voz baja.

—Para exponerle tu pretensión —me dijo el tío de Inés—, debes esperar a que yo lea mi poema, en lo cual, con la pausa conveniente, no tardaré más que hora y media. El admirable efecto que le ha de producir la audición de los versos clásicos, a que es tan aficionado, le predispondrá en tu favor, y no dudo que te concederá cuanto le pidas.

Después de otro rato de espera, un oficial entró para dar un despacho al Príncipe. Este le abrió al punto, y después que lo hubo leído con mucha ansiedad, dejolo sobre la mesa y se dirigió hacia D. Celestino.

—Dispénseme usted —dijo— mi distracción. Hoy es día para mí de ocupaciones graves e inesperadas. No pensaba recibir a nadie en audiencia, y si le mandé entrar a usted fue porque sabía no es de los que vienen a pedirme destinos.

D. Celestino se inclinó en señal de asentimiento, y yo dije para mí: «Lucidos hemos quedado.» Después dirigiose S. A. a mí, y me dijo:

—En cuanto al poema latino que este joven ha compuesto, ya tengo noticias de que es una obra notable. Persista usted en su aplicación a los buenos estudios, y será un hombre de provecho. No puedo hoy tener el gusto de conocer el poema; pero ya me habían hablado de usted con grandes encomios, y desde luego formé propósito de que se le diera a usted una plaza en la oficina de Interpretación de Lenguas, donde su precocidad sería de gran provecho. Sírvase usted dejarme su nombre...

D. Celestino iba a contestar, rectificando el error; pero su turbación se lo impidió. Antes que mi compañero pudiera decir una palabra, levanteme yo, y extendiendo mi nombre sobre un papel que en la mesa encontré, ofrecilo respetuosamente al Príncipe, que concluyó así:

—Ruego a ustedes que tengan la bondad de retirarse, pues mis ocupaciones no me permiten prolongar esta audiencia.

Hicimos nuevas cortesías; D. Celestino balbuceó las fórmulas pomposas propias del caso, y salimos del despacho del Príncipe. Al pasar por la sala donde esperaban con impaciencia los demás pretendientes, el ujier lanzó esta terrorífica exclamación: «¡No hay audiencia!»

Al encontrarse en la calle, el buen cura, recobrando la serenidad de su espíritu y la soltura de su lengua, me dijo con cierto enojo:

—¿Por qué no le dijiste tú que el poema no era tuyo, sino mío?

No pude menos de soltar la risa viéndole picado en su amor propio, y considerando el extraño resultado de nuestra visita al Príncipe de la Paz.

VII

—Pues, Gabrielillo —me dijo D. Celestino cuando entrábamos en la casa—, cierto es que hay demasiada gente en el pueblo. Se ven por ahí muchas caras extrañas, y también parece que es mayor el número de soldados. ¿Ves aquel grupo que hay junto a la esquina? Parecen trajineros de la Mancha... y entre ellos se ven algunos uniformes de caballería. Por este lado vienen otros que parecen estar bebidos... ¿oyes los gritos? Entrémonos, hijo mío, no nos digan alguna palabrota. Aborrezco al vulgo.

En efecto: por las calles del Real Sitio y por la plaza de San Antonio discurrían más o menos tumultuosamente varios grupos, cuyo aspecto no tenía nada de tranquilizador. Asomábase a las ventanas el vecindario todo para observar a los transeúntes, y era opinión general que nunca se había visto en Aranjuez tanta gente. Entramos en la casa, subimos al cuarto de D. Celestino, y cuando este sacudía el polvo de su manteo y alisaba con la manga las rebeldes felpas del sombrero de teja, la puerta se entreabrió, y una cara enjuta, arrugada y morena, con ojos vivarachos y tunantes; una cara de esas que son viejas y parecen jóvenes, o al contrario, a la cual daba peculiar carácter toda la boca necesaria para contener dos filas de descomunales dientes, apareció en el hueco. Era Gorito Santurrias, sacristán de la parroquia.

—¿Se puede entrar, señor cura? —preguntó sonriendo con aquella jovialidad mixta de bufón y demonio que era su rasgo sobresaliente.

—A tiempo viene el Sr. Santurrias —dijo el cura frunciendo el ceño—, porque tengo que prevenirle... Sepa usted que estoy incomodado, sí, señor; y pues los sagrados cánones me autorizan para imponerle castigo... allá veremos... y digo y repito que la gente que se ve por ahí no viene a lo que usted me indicó esta mañana. ¡Pues no faltaba más!

—Señor cura —contestó irrespetuosamente Santurrias—, esta noche me desollará las manos la cuerda de la campana grande. Es preciso tocar, tocar para reunir la gente.

—¡Ay de Santurrias si suenan las campanas sin mi permiso!... Pero ¿qué quiere esa canalla? ¿Qué pretende?

—Eso lo veremos luego.

—Ande usted con Barrabás, diablo de siete colas. ¿Pero a qué viene a Aranjuez esa gentuza? —repitió D. Celestino dirigiéndose a mí—. Gabriel, se nos olvidó advertir al señor Príncipe de la Paz lo que pasa, y aconsejarle que no esté desprevenido. ¡Cuánto nos hubiese agradecido S. A. nuestro solícito interés!

—Ya se lo dirán de misas —murmuró burlonamente Santurrias—. Lo que quiere esa gente es impedir que nos lleven para las Indias a nuestros idolatrados Reyes.

—¡Ja, ja! —exclamó el sacerdote, poniéndose amarillo—. Ya salimos con la muletilla. Como si uno no tuviera autoridad para desmentir tales rumores; como si uno no fuera amigo de personas que le enteran de lo que pasa; como si uno no estuviera al tanto de todo.

Diciendo esto, D. Celestino no quitaba de mi los ojos, buscando sin duda una discreta conformidad con sus afirmaciones. En tanto Santurrias, que era uno de los sacristanes más tunos y desvergonzados que he visto en mi vida, no cesaba de burlarse de su superior jerárquico, bien contradiciéndole en cuanto decía, bien cantando con diabólica música una irreverente ensaladilla compuesta de trozos de sainete mezclados con versículos latinos del Oficio ordinario.

—¡Ay, señor cura, señor cura! —gritaba—. Si veremos correr a su paternidad por el camino de Madrid con los hábitos arremangados. ¡Ja, ja, ja!

Préstame tu moquero,