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El caballero encantado

Nota de transcripción

  • Los errores de imprenta han sido corregidos.
  • La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.
  • Se convierten los entrecomillados en rayas iniciales de diálogo donde el texto adopta forma dialogada. Se espacian las restantes rayas según las convenciones ortotipográficas más recientes.
  • En el original impreso, las indicaciones o acotaciones escénicas se distinguen del texto principal por su menor tamaño. En esta transcripción se presentan además en cursiva.

EL

CABALLERO ENCANTADO


Es propiedad. Queda hecho el depósito que marca la ley. Serán furtivos los ejemplares que no lleven el sello del autor.

B. PÉREZ GALDÓS

NOVELAS ESPAÑOLAS CONTEMPORÁNEAS


EL

CABALLERO ENCANTADO

(CUENTO REAL... INVEROSÍMIL)


9.000

MADRID

PERLADO, PÁEZ Y COMPAÑÍA

(Sucesores de Hernando)

Arenal, 11

1909

EST. TIP. DE LA VIUDA E HIJOS DE TELLO

IMPRESOR DE CÁMARA DE S. M.

C. de San Francisco, 4

EL CABALLERO ENCANTADO

I

De la educación, principios y ociosa juventud del caballero.

El héroe (por fuerza) de esta fábula verdadera y mentirosa, don Carlos de Tarsis y Suárez de Almondar, Marqués de Mudarra, Conde de Zorita de los Canes, era un señorito muy galán y de hacienda copiosa, criado con mimo y regalo como retoño único de padres opulentos, sometido en su adolescencia verde a la preceptoría de un clérigo maduro, que debía enderezarle la conciencia y henchirle el caletre de conocimientos elementales. Por voces públicas se sabe que quedó huérfano a los veinte años, desgracia lastimosa y rápida, pues padre y madre fallecieron con diferencia tan solo de tres meses, dejándole debajo de la autoridad de un tutor ni muy blando ni muy riguroso; sábese que en este tiempo Carlitos se deshizo del clérigo, despachándole con buen modo, y se dedicó a desaprender las insípidas enseñanzas de su primer maestro, y a llenar con ávidas lecturas los vacíos del cerebro.

Lo que se decía del señor Marqués de Torralba de Sisones, padrino y tutor de Carlitos, es como sigue: Aunque el buen señor vivía en continuo metimiento con gente de sotana y hocicaba con el Nuncio y el Marqués de Yébenes, estaba, como quien dice, forrado por dentro de tolerancia y benignidad, virtudes que no eran más que formas de pereza. Por esta razón gastó manga muy ancha con su pupilo, y no le puso ningún reparo para que leyese cuanto le pidieran el cuerpo y el alma, ni para mantener constante trato con muchachos de ideas ardorosas y atropellada condición, despiertos, redichos, incrédulos como demonios. Pero en estas menudencias o chiquilladas no paraba mientes el Marqués tutor, caballero de cortas luces. A su ahijado no exigía más que un cumplimiento exacto de las fórmulas y reglas del honor, la cortesía, el decoro en las apariencias. Nada de escándalos, nada de singularizarse en sitios públicos; evitar en todo caso la nota de cursi; proceder siempre con distinción; divertirse honestamente; al teatro a ver obras morales, cuando las hubiere; a misa los domingos por el que no digan, y por las noches, a casita temprano.

Mayor de edad, se halló Carlos de Tarsis entregado a sí mismo, libre, con dinero, que es doble riqueza y libertad doble, ventajas realzadas por la personal belleza y elegancia. Mirando a lo del alma, aparecían en don Carlos las virtudes caballerescas, y además la gracia, el ingenio, el don de simpatía, y por último, se despertó en él furiosamente el ansia de satisfacer todos los goces de la vida, sin poner en ello tasa ni freno.

El primer impulso de don Carlos, apurados los gustos de Madrid, fue irse en busca de los de París, donde se engolfó en diversiones sin cuento, y en los variados deleites de que es maestra la grande y espiritual Metrópoli. Bélgica, Londres y algunas partes de Alemania le tuvieron después de París, y en todos aquellos reinos y en la capital de Inglaterra, que forma como un reino por sí sola, gozó y estudió el de Tarsis, con más goce que estudio; pues este fue siempre somero y sin método, hartazgo de ideas que se desmentían unas a otras, y atarugaban el cerebro de un picadillo de mil substancias diferentes. Cuando a Madrid volvía, encontraba el caballero a nuestra capital muy provinciana, como arrabal distante que recibía de lejos la irradiación de la cultura europea; pero se acomodaba sin esfuerzo al ambiente social de esta Villa, por los muchos amigos que aquí le bailaban el agua, por el sinnúmero de señoras guapas, de señoritas muy monas y de lindas muchachas plebeyas que son preservativo contra el aburrimiento, y por la franqueza democrática con que nos juntamos y comemos en este magnífico bodegón.

Al año siguiente fue don Carlos a Italia, en primavera, y en otoño a Viena y Budapest. Otras partes de Europa hubo de recorrer viendo y gozando, hasta que, apaciguado su ardor centrífugo, le encontramos residente todo el año en Madrid, su patria, a los cinco o más años de su mayor edad y cuando no había llegado aún a los treinta de su existencia. Y es cosa probada que ya se le habían escurrido por entre los dedos todas las rentas y alguna parte de su cuantioso capital, motivado al lujo y refinamiento de sus regocijos en distintas tierras civilizadas. La civilización devora sin piedad a los que acuden a estudiarla prácticamente en sus ramificaciones más halagüeñas.

En la Villa del Oso hizo el caballero vida ociosa y descuidada. A sus amores con la Marquesa que honestamente llamaremos de Equis, sucedió el trapicheo con la viuda jovencita de un coronel, a quien por pudor llamaremos Hache. La afición de don Carlos al mujerío era una dolencia crónica, y como en los intermedios buscaba descanso a la vera del tapete verde, su bolsa iba enflaqueciendo por días. Sobre este particular le amonestó severamente el Marqués de Torralba de Sisones, y tales razones reforzadas con ejemplos hubo de darle, que el aturdido prócer hizo propósito de enmienda y de sana economía, como cualquier burgués.

Y viéndole en tan venturosa disposición, Torralba tuvo la feliz idea de aplicar revulsivos al espíritu del caballero, llamando a otras partes menos peligrosas el humor maligno. Excelente distracción era la política. Pensado y hecho, arregló para su ahijadito una fácil acta de diputado en elección parcial. De la noche a la mañana, sin quebraderos de cabeza y con muy reducido gasto, ascendió Tarsis a padre de la Patria, llevando advocación o estigma de cunero. Ni que decir tiene que Torralba le impuso la divisa reaccionaria y católica; y como estas recatadas doctrinas repugnaran al entendimiento de Tarsis, desviado hacia el radicalismo y la incredulidad por tanta insana lectura, el de Torralba le dijo:

—No seas necio y déjate conducir al terreno firme, donde será fácil encadenar las hidras revolucionarias. En estos tiempos todo se puede ser menos cursi.

Buscando Torralba nuevos modos de distraer al chico de su vida licenciosa, discurrió afiliarle en una Orden de caballería, Calatrava o Santiago, pues solo con pensar en los trámites de la ceremonia para recibir el hábito, y en el traje, armas, reglas de la comunidad y demás pormenores de la vistosa mascarada, tendría entretenimiento para muchos días y una desviación de su espíritu hacia las cosas nobles y solemnes. Dejose llevar Carlos a donde su padrino quería, y aunque interiormente se reía de tales pamemas y figuraciones, tomó el hábito, le fue ceñido el acero y calzada la espuela en función pomposa, con asistencia de gente alcurniada. ¡Y que no lució poco su airosa figura el Marqués de Mudarra! Los caballeros le vieron con envidia, las damas con admiración, y la Prensa le trompeteó de lo lindo. Pero él, que no podía ver en tal comedia más que un degenerado simbolismo de cosas que fueron grandes, se miraba y a los demás miraba con lástima, complaciéndose en exagerar la ridiculez de la vestimenta, que en los de mezquina talla era digna del lápiz de Goya. El manto blanco, los desaforados borlones y el birrete ochavado daban impresión de caricatura, no de la que regocija, sino de la que entristece. Era profanación de tumbas, traslado burlesco del antaño glorioso.

No se mordió la lengua don Carlos, hombre de mucha espontaneidad y franqueza, para decir a su excelso padrino todo lo que sentía. Anhelaba, sí, reformar su vida, pero no con ideas y elementos tan distantes de la realidad; a lo que replicó Torralba de Sisones, rezongando, que él, conocedor del tiempo en que vivía, era la realidad viva, y puso fin a la controversia con su frase ritual:

—Y sobre todo, hijo mío, no quiero verte cursi.

En su reducido cacumen se alojaban pocas ideas, las cuales, por ser pocas, vivían allí con holgura.

Al mes de haber metido a Tarsis en la militar y caballeresca Orden, dio Torralba en la tecla de decirle y recomendarle que se casara. A su juicio, no había cosa de peor tono que permanecer sistemáticamente en soltería. Él se cuidaba de buscarle novia rica y de buenas partes, y para no cansarse en investigaciones, desde luego le propuso la hija única de los Marqueses de Mestanza, Mariquita o Mary de Castronuño, riquísima heredera, buena chica, educada en Francia, de rostro no desagradable y figura esbeltísima. Entre las ideas elegantes de Torralba, descollaba la de que para fines de matrimonio no era menester hembra bonita; antes bien, la extremada hermosura era notoria impedimenta de la felicidad.

Sin rechazar ni admitir la idea ni la persona, Carlos se tomó tiempo para decidirse. A Mary conocía y trataba desde que la trajeron del colegio francés como de una fábrica de muñecas. Ocasión había tenido de apreciar en ella una corta inteligencia, cultivada en la estepa de los elementales estudios de carretilla, y aderezada con todo el saber de cortesanías aplicables a su eminente posición social. A su insignificancia no faltaba ningún toque de purpurina para deslumbrar al vulgo selecto. En lo físico, Mary ostentaba un seno enteramente plano, tabla rasa por la cual resbalaban con desconsuelo las miradas del amor; un rostro afilado, sin otro encanto que la dentadura de ideal perfección y limpieza, ojos claros y mudos, cabello bermejo, gentileza de palo vestido o de palmera tísica, y de añadidura un habla impertinente arrastrando las erres.

En las vacilaciones de Tarsis y en el aquel de pensarlo y estudiar el asunto, vio el de Torralba un indicio de que el galán apechugaría con la prójima desaborida y ricachona. En cuestiones de este linaje matrimoñesco mercantil, disparate estudiado es disparate hecho. Debe advertirse que el caballero, en el tiempo de su primer florecimiento juvenil, pensaba que jamás casaría con mujer de quien no estuviera o pudiera estar enamorado. Pero ya con el rodar veloz de una vida intensa, se marcó la evolución de sus pensamientos hacia el positivismo. Y tanto y tanto le había sermoneado su padrino sobre las ventajas de no ser cursi, que al fin esta idea se le fue metiendo en la voluntad y acababa por ganarle.

Conversando sobre tema tan sugestivo después de hacer la corte a la niña de Mestanza con miras de casorio, don Carlos decía:

—Quizás la más bella flor del buen tono es mirar a la conveniencia en achaques de tomar mujer para toda la vida. La sensiblería pasa sin dejar huella, el amor mismo no es más que la entrada al pórtico del templo del hastío. Los intereses son, en cambio, la solidez y el asiento del vivir... La cifra del buen gusto es mirar a la cifra de numerario antes que a las caras bonitas, las cuales se ajan, mientras que el oro es perdurable, siempre bello y sabroso. Yo veo con admiración a los millonarios, no tanto por el dinero que tienen, sino por los beneficios que pueden hacer a la Humanidad. Son los lugartenientes de la Providencia. Observe usted, padrino, que la Providencia será lo que se quiera; pero cursi no es.

II

Que trata de las amistades y relaciones del caballero.

Muchos y buenos amigos contaba Tarsis. Si de todos habláramos, se nos consumiría sin grande utilidad el papel de esta historia. Se hará enumeración sucinta de los más notables por su posición social, y de los que en altas, medianas o bajas posiciones influían más directamente en la vida y costumbres del caballero. Los segundones de la casa de Ruydíaz, César y Jaime, eran los que arrastraban a Tarsis a los devaneos esportivos, al vértigo del automóvil, y a las cacerías o juegos cinegéticos, ajetreo vano y ruidoso. Aunque don Carlos ponía muy escasa atención en la cosa pública, designamos como amigos políticos a Luis y Raimundo Pinel, que le hicieron diputado, sacándole como una seda por un distrito de cuya existencia geográfica tenía solo vagas noticias. Los Pineles eran sus maestros en el arte parlamentario, y le ayudaban a mantener la concomitancia caciquil con los manipuladores de la fácil elección.

Relaciones más sociales que políticas tenía Tarsis con otros individuos de la burguesía enriquecida en negocios de los que no exigen grandes quebraderos de cabeza: López Arnau, el flamante Marqués de Albanares, el de Casa la Encina, don Camilo Rodríguez Codes, don Alberto Samaniego, opulentos almacenistas, y otros que llegaron a la redondez económica, por inmediata herencia de padres laboriosos o por combinaciones mercantiles favorecidas de la ocasión o del acaso. Muchos de estos plebeyos enriquecidos ostentaban ya título de marqueses o condes, y a otros les tomaban las medidas para cortarles la investidura aristocrática; que la Monarquía constitucional gusta de recargar su barroquismo con improvisados ringorrangos chillones. Los villanos ennoblecidos recibían por título el lugar de su nacimiento, como don Alberto Samaniego, Marqués de Camuñas; o bien, como don Blas Núñez Urruñaga, titulaban añadiendo un Casa como una casa a su primer apellido. Este buen señor, tonto de capirote y lleno de dinero, ganado en la compra-venta de granos y en la usura campesina, tenía un hijo despabilado, instruidillo, de natural amable y risueño, Ramirito Núñez, que pretendía imitar a Tarsis en los modales, en la ropa, y en la personal y no estudiada soltura con que la llevaba. La imitación del uno y la simpatía del otro labraron cordial amistad. La diferencia de edades dio al Marqués de Mudarra superioridad en el trato de su amiguito: le tuteaba, bromeaba con él y se permitía poner en solfa el título del padre, llamándole Marqués de su Casa.

Aficionado a las letras, Ramirito espigaba en ellas sin pretensión de fama ni de lucro, y a lo mejor se salía con alguna croniquita, o arreglaba del francés tal cual pieza berrenda en verde, dándola con nombre supuesto en algún escenario de tercer orden. El teatro era su pasión. No perdía ningún estreno, y de estas duras batallas entre el público y los autores daba cuenta al amigo, que también era maestro y concluía siempre por tener razón en las peleas de crítica. Si vemos en Ramiro el amigo más grato al Marqués de Mudarra, el más tenaz y pegadizo era un sabio machacón llamado José Augusto del Becerro, que desde sus tiernos años se dedicó a la enmarañada ciencia de los linajes, a desenredar las madejas genealógicas, y a bucear en el polvoroso piélago de los archivos. Su apellido era una predestinación, pues el hombre sabía de memoria los becerros de todas las ciudades, monasterios y behetrías.

Las evacuaciones eruditas de Pepe Augusto en presencia del caballero escondían con poco disimulo el móvil de adulación, pues cuando le demostraba la ranciedad de su abolengo, sosteniendo que su primer apellido venía en línea directa de Tarsis, hijo de Túbal, nieto de Japhet y biznieto del patriarca y curda Noé, solicitaba directamente un socorro en metálico, que don Carlos nunca le negaba. Descender de Noé y no aprontar doscientas o más pesetas para el amigo necesitado, sería desmentir la nobleza más rancia que se podría imaginar.

Aunque aparentaba interesarse en las cosillas heráldicas, Tarsis se reía interiormente de tales pamplinas; mas no era manco para socorrer al sabio genealogista. Se conocían desde la infancia. Becerro vivía con mil atrancos, y en días tristes faltó poco para que metiera el diente a los pergaminos de fueros y cartas pueblas; llevaba siempre a la casa de Tarsis una nota lúgubre, como estrambote de los embelecos genealógicos. Tenía por familia una cáfila de hermanas de distintas edades, ninguna joven, y todas dañadas terriblemente en su salud. No pasaba día sin que alguna estuviese de cuerpo presente o sacramentada. Era un coro de divinidades mortuorias agregadas a la siniestra trinidad de las Parcas; eran, por otra parte, una mina, según el provecho que el sabio sacaba de ellas y de sus tremendos achaques. Ya Carlos deseaba conocerlas y apreciar por sí el misterio de aquellas moribundas que jamás se morían.

Un día entró el ínclito Becerro con la bomba de que una de sus hermanas, después de puesta en el ataúd, había tornado a la vida, a un vivir lánguido y lastimoso, peor que la muerte. Otro día, viéndole llegar con cara fúnebre, Tarsis le dijo:

—¿Cómo están tus hermanitas?

Y él:

—Muy mal, siempre lo mismo. Todas mueren, todas viven...

Recibido el socorro, José Augusto rompió en estas explicaciones eruditas del apellido materno del caballero Tarsis. Descomponiendo y analizando el Suárez de Almondar, el maestro de linajes encontraba nombre y cognomen. El Suárez viene de Suero, y el Suero de Asur, nombre semítico sin duda. De Almondar es corruptela del árabe Abo l’Mondar, que quiere decir Hijo del victorioso. Reunidos y entramados estos nombrachos con el Tarsis, resultaban en una pieza las claras estirpes de Sem y Japhet, hijos del excelentísimo patriarca Noé.

No era este amigo chiflado el que más continuo trato tenía con el Marqués de Mudarra: la intimidad mayor gozábala un sujeto llamado don Asensio Ruiz del Bálsamo, a quien el caballero recibía y escuchaba todos los días, a veces mañana y tarde. Y con ser Becerro un poco vesánico y sablista empedernido, Carlos le soportaba y aun le quería, mientras que al otro, hombre sesudo y de claro juicio, le odiaba con toda su alma.

Explicación de esto: Bálsamo era el administrador de la casa, el genio del orden, llamado a poner al caballero en contacto con los números, con las realidades de una existencia desconcertada. La primera visita de Bálsamo a su señor era casi siempre matinal, cuando el galán se hallaba en el trajín de sus lavatorios, y de acicalarse y vestirse para ponerse guapo. Raro era el día en que el administrador no traía la cara feroz, anticipando con el ceño y el mohín las malas noticias que llevaba. No hallaba manera de atender a los gastos del señor Marqués, que en cuatro años se había comido parte de su capital, y en los últimos había gastado el triple de las rentas de la propiedad rústica. Sus deudas crecían, amenazando con embeber pronto gran parte del acervo heredado. Bálsamo se veía negro para contener a los acreedores, para exprimir a los colonos y sacarles las entrañas. Mas ni con estos actos de adhesión servil aplacaba la sed del señor, ávido de dinero con que atender a sus apremios suntuarios.

Tenía don Carlos dos automóviles para correr por el mundo, y había encargado a París el tercero, de la mar de caballos, pues no era justo que el Duque de Ruy-Díaz le superase en la velocidad de su traga-caminos. Por un lado el auto, las cacerías, el vértigo de viajes, francachelas y competencias deportivas, por otro el club enervante, las mujeres oferentes o vendedoras de amor, daban tales tientos a la bolsa del caballero, que apenas llenada con fatigas por Bálsamo, se iba quedando floja, hasta dar en vacía. No escuchaba Tarsis razones cuando en aprieto se veía. ¿Que las rentas no bastaban? Pues a subirlas. Ponían el grito en el cielo los pobres labrantes y elevaban al amo sus lamentos. Pero él no hacía caso: el tipo de renta era muy bajo. Los que chillen por pagar doce, que paguen veinte. El destripaterrones es un ser esencialmente quejón y marrullero: si le dieran gratis la tierra, pediría dinero encima. Gran tontería es compadecerle. Que labre, no como se labraba en tiempo de Noé, sino a la moderna, sacándole a la tierra todo lo que esta puede dar...

Un día entró Bálsamo a la cámara del señor cuando este salía del baño, y poniéndose su careta más fúnebre le dijo:

—Señor, los colonos de Macotera se han visto abrumados por la renta... Reunidos todos, me han notificado en esta carta que no pagan, que abandonan las tierras, y reunidos en caravana con sus mujeres y criaturas, salen hacia Salamanca, camino de Lisboa, donde se embarcarán para Buenos Aires. En el pueblo no quedan más que algunas viejas, fantasmas que rezando se pasean por las eras vacías.

No pudo el caballero afectar la tranquilidad que su orgullo le dictaba. Tan solo dijo, envolviéndose en la sábana como un romano en su toga:

—Si esto sigue así, también yo tendré que emigrar. En cualquier parte se está mejor que en esta España, que no es más que una pecera. Somos aquí muchos pececillos para tan poca agua.

Cuando agarrotado de fieros compromisos, planteaba Tarsis la cuestión de buscar dinero a raja-tabla, sin reparar en sacrificios, Bálsamo ponía la cara siniestra que usaba siempre que se le mandaba explorar los campos de la usura. Volvía dos o tres veces suspirante, maldiciendo a los capitalistas, y por fin, después de someter al señor a indecibles torturas, entraba con el dinero y la horrenda nota de la rebaja o descuento. Con la alegría del respirar no paraba mientes don Carlos en el ahogo que para el porvenir le deparaba la operación. Decían lenguas envidiosas que Bálsamo sacaba de apuros a su señor con el propio dinero de este, al interés del 60 u 80 por 100. Pero esto podía ser o podía no ser. ¿Quién descubriría la secreta incubación de estos malvados negocios? Quizás Bálsamo pondría en ellos sus ahorros, tal vez los no-ahorros de su señor; pero la mayor parte salía de las arcas de un sujeto maduro y afable, llamado don Francisco La Diosa, que no solía dar en aquellos tratos la cara, y esta la tenía muy plácida, frescachona y sonriente, cara o muestra de una conciencia en perfecta serenidad.

Antes que amigo, don Juan de Castellar, Marqués de Torralba de Sisones, era consejero y asesor económico del de Mudarra, aunque este, la verdad, si recibía en sus oídos las advertencias del prócer, no les daba paso a la voluntad. Bueno será decir que el egregio Torralba se había labrado y compuesto desde muy joven una personalidad artificial, y con ella vestido supo medrar fácilmente en el mundo. Tomó desde luego las posiciones que creía más ventajosas, y le fue tan bien en ellas, que en su edad madura campeaba en primera línea entre los que anteponen a toda denominación el dictado de católicos. Con un catolicismo dulzarrón conquistó a su mujer, de quien hubo de separarse corporalmente a los quince años de casado, y viviendo en la misma casa no tenían trato ni ayuntamiento. La considerable riqueza de su señora le permitía vivir con decorosa holgura, presentarse como uno de los mejores ornamentos de la sociedad, y alardear de paladín de la Romana Iglesia.

De su viudez de hecho se consolaba la Marquesa zambulléndose en las beaterías más complicadas y deprimentes: la que en su juventud fue mujer de poco talento, en los albores de la vejez se iba quedando idiota. Murió la infeliz señora dos años después de haber cesado Torralba en la tutoría de Tarsis. Ya sacramentada y a punto de quedarse en un suspiro, el director espiritual la reconcilió con don Juan. Este pasaba no pocos ratos junto a ella, y cuando ya el trance final se acercaba, la Marquesa requirió a su marido, y apretándole la mano le dijo con susurro místico:

—Juan, para que yo me muera contenta, prométeme que morirás católico...

—Sí, hija mía; ¿pues cómo he de morir yo? —replicó Torralba consternado de dientes afuera, acariciando el crucifijo que la moribunda tenía entre sus flacas manos—. ¿Cómo ha de morir el que ha vivido católico a macha-martillo y ferviente soldado de la Iglesia?...

La señora trató de echar de su boca una queja, una frase; pero no salieron más que las primeras gotas:

—Sí; pero...

Minutos después entraba en la opaca región del Limbo.

De Torralba se decía que por docenas contaba los hijos naturales. Mas no era cierto. Esposas artificiales o esposas ajenas sí tuvo en gran número; pero muy rara vez pudo la opinión burlar el sigilo de sus aventuras, pues nadie le igualó en cultivar el arte de las apariencias. Frecuentaba los actos cultuales de ostentación pontificia, y en sus paseos acompañábanle frailones extranjeros bien vestidos, o caballeros ignacianos de capa corta. En los demás órdenes de la vida social, principalmente en el económico, era don Juan correctísimo, ayudándole a ello la cuantía de las saneadas rentas que disfrutó y heredó de su entontecida esposa.

El triunfante caballero de Cristo gastaba en su persona y en sus recónditos recreos tan solo un tercio de sus rentas; lo demás lo capitalizaba, formando una pella que sabe Dios para quién sería. No debía un céntimo; solo tenía deudas con el Altísimo, de quien hablaba como se habla de un amigo de confianza. Debíale su conciencia, pues, con todo su catolicismo, Torralba se daba sus mañas para reducir los actos de penitencia a una hueca fórmula. Pero ya se arreglaría con su amigo el Altísimo cuando le llamaran a ocupar un asiento en el tren del otro mundo. Ya sabemos que ciertos privilegiados van a la eternidad en tren de lujo con sleeping-car y coche-comedor. Al despedirse de la vida en el fúnebre andén, dejando sus riquezas aplicadas al servicio de Dios, se les da billete de paso libre al Paraíso, sin las molestias de Fielato, Aduana o Almotacén anímico.

III

Donde se verá el interesante coloquio del caballero Tarsis con sus amigos.

Gabinete con desordenada elegancia. Puertas que comunican por aquí con el baño; por acá, con un salón que se supone más ordenado que lo que está a la vista; por acullá, con el entra-y-sal de los que visitan.

Torralba. (Sentado junto a Tarsis, que no está vestido ni desnudo.)—No he venido a reñirte... No es cristiano reñir al necesitado, a quien no podemos auxiliar. Practico las obras de misericordia consolando al triste y visitando al enfermo, que enfermo estás de la voluntad, y diciéndote: Hijo mío, te compadezco; hijo mío, deploro tu desdicha, que es como decir que la lloro. Pero llorándola no puedo remediarla. Hacienda tuviste y hacienda tienes, aunque mermada por tus desaciertos... Con Bálsamo te basta para ordenar tus asuntos, si quieres hacerlo. Bálsamo es un águila de la administración. Haz lo que él te diga; sométete a su tratamiento, y te salvarás.

Tarsis.—Aun para reducirnos a lo preciso y establecer un régimen de economía, necesitamos dinero, mi querido don Juan. ¿Concibe usted que a un edificio amenazado de ruina se le puede reparar sin poner andamios, que también cuestan dinero? Lo que usted me adelante para mi obra se lo devolveré con intereses. ¿A quién había yo de acudir sino a usted, que fue mi padrino en la pila, mi tutor en la menor edad, y ahora... no solo el mejor, sino el más rico de mis amigos?

Torralba. (Alargando una mano con gesto defensivo.)—Párate un poco y no desbarres, Carlitos; no te vea yo entre el vulgo que cree que yo tengo el oro y el moro. Mejor que nadie conoces tú la modestia con que vivo, dentro de lo que me impone, bien entendido, mi posición social. Dios me ha dado esta posición, y es mi deber mantenerme en ella con decoro, sí, pero sin fachenda, sin pompas de ninguna clase... Has de fijarte en otra cosa, que no sé cómo no has comprendido ya, sin duda por tener tu espíritu tan alejado del verdadero catolicismo. Caudal abundante me dejó mi pobre y santa Micaela; pero ¿te parece bien que distraiga yo ese caudal de los objetos píos a que ella lo dedicaba, con la mira puesta siempre en lo alto? ¿Qué diría Dios si yo empleara el óbolo santo... así he de llamarlo... el óbolo de Micaela, en pagarte tus deudas de juego, o en el costerío de tus automóviles, o en taparte los huecos que han abierto en tus arcas, por un lado Rosario Lepanto, por otro la Lucerito y Azotitos... Repugnan a mi boca estos nombres indecentes... Considera tú lo que pensaría y diría Micaela en el cielo, donde está, si viera que yo... Puede que creyera que... Carlos de mi alma, tú comprenderás mis escrúpulos, y te harás cargo de lo que me contraría y desespera el tener que negarte... (Levántase.) Un consejo te doy que vale más que dinero, y es que en tus aflicciones vuelvas los ojos a Dios... El Cual no desoye, yo te lo aseguro, a los que con fe y con dolor sincero imploran su misericordia. (Estrecha la mano del caballero.) Y ahora se me ocurre que tal vez en este instante te tenga Dios preparada una solución... He oído que llevas muy bien tu asunto con la chica de Mestanza. Ayer tarde la vi: estará muy guapa cuando entre un poco en carnes.

Tarsis. (Con sutil ironía.)—Para el buen término del negocio de Mary habría que contar con Dios. Pídaselo usted, padrino, que a mí no me hace maldito caso.

Torralba. (Risueño y meloso.)—No, tontín. Más caso ha de hacerte a ti si se lo pides con efusión del alma, echando por delante una conducta mejor que la que has traído hasta hoy... Me veo precisado a dejarte... Hace un siglo que no vas a almorzar conmigo... ¡Qué ingrato eres! (Entra Becerro y saluda.) Aquí tienes a tu amigo el gran heráldico, que te dará conversación más grata que la de este viejo regañón... Adiós, adiós... Y que tengas confianza con tu padrino, y le ocupes para todo. En cuanto tropieces con alguna dificultad, me avisas, ¿eh?... (Sale.)

Tarsis. (Con fino humorismo, envuelto en una calma estoica.)—Te avisaré, amado padrino, por el mismo mensajero que lleve el aviso a la funeraria cuando sea menester... Vienes a tiempo, mi querido Augusto, porque el humor que hoy tengo es de tal negrura, que solo tú y tu gracioso saber de linajes pueden traer a mi espíritu algún despejo. Háblame de los siglos distantes, llenos de amenidad. Montado mi pensamiento en el tuyo, como en un águila, podré alejarme de la realidad triste.

Becerro. (Más desmayado y mortecino que otros días. Su rostro flácido, sus ojos plorantes, reviven al son claro de su palabra correctísima.)—El mismo procedimiento uso yo para huir de mis penas. En mis lecturas favoritas encuentro yo las aves que me llevan al retiro de los siglos que fueron. Ya sabes que el autor más moderno que yo leo es el Arzobispo don Rodrigo Jiménez de Rada. También es de los míos el Obispo don Lucas de Tuy. Me deleito en estos amenísimos autores; y cuando quiero mayor deleite, que a olvido mayor de lo presente me conduzca, echo mano del Fuero de Avilés, de los Fueros de Brañosera o Zorita de los Canes, de las escrituras de donaciones o fundaciones, o me extasío con el Cronicón beldense y con el Becerro de Santillana.

Tarsis. (Acordándose de que es profesor de guasa viva.)—Yo también, mi querido Becerro, yo también me deleito con esos portentos de amenidad... Y como no estoy hoy de buen temple, y quiero alegrarme, acaba de referirme el fundamento de mi título de Mudarra, uno de los más gloriosos de Castilla. Si no recuerdo mal, mi título viene del hermano bastardo de los Siete Infantes de Lara.

Becerro. (Ufano de verse en su terreno.)—Mudarra, que en árabe es Mutarraf, esto es, Vengador. Autores hay que asimilan este nombre a los de Amenaya y Benaya, que es como decir Ben Yahia, o Hijo de Juan. Sea lo que quiera, ello es que el primer Mudarra fue concebido en una cárcel. Como te dije, Gonzalo Gustios, Gundisalvus Gudiestoz, entérate bien, padre de los caballeritos de Lara, fue mandado por Ruy Velázquez al Rey moro de Córdoba, Almanzor, para que le matase. El moro fue más benigno y se contentó con ponerle en prisión. Cautiverio muy ancho debió de ser, porque en su cárcel el viejo señor castellano recibió la visita de la hermana del Rey moro, que, aunque de la perversa religión mahometana, era hembra compasiva y blanda. Mira tú si sería punto de cuidado el buen Gonzalo Gustios, que a las tres visitas quedó la Princesa en el estado que ahora llamamos interesante, verbigracia encinta, vulgo embarazada.

Tarsis.—Y el desembarazo fue mi nacimiento, digo, el de mi tío, de mi abuelo, de mi tátara, tátara... Bien por el viejo Gustios. Eso es un hombre, eso es un caballero, un español de cuerpo entero y con toda la barba. ¡Y el hombre llevaba a cuestas sesenta años!... ¡Prisionero del Rey moro, le birla la hermana! ¡Vaya un tío! (Con reír nervioso y juguetón.) ¿Ves, Becerro? Solo con recordar esas grandezas de la raza hispánica se me ha pasado la murria: ya estoy alegre... Si es lo que te digo: esos hombres son los que regeneran las razas decaídas... Se comprende que un pueblo formado de varones tales como ese Gustios de Lara, conquistara medio mundo. (Paseándose con alborozo de travieso adolescente.) Aquí tienes un ejemplo. Ya me estoy regenerando... Sigue, sigue la historia...

Becerro.—Axa era el nombre de la real morita, hermana de Almanzor. Al chiquillo que tuvo le criaron para héroe, y salió con toda la pinta y toda la fiereza de los Laras de Salas. Vengó a sus hermanos, mereció los honores de un Romancero, y figura entre los más altos caballeros de Castilla.

Tarsis.—¡Y vengo yo de ese caballero... por cruce de la línea de los Tarsis, nieto de Noé, con la de los Mudarras, dichoso injerto de las ramas de Cristo y Mahoma! Bien, bravísimo. Esto alivia, esto conforta. Completa sería la gloria de tal estirpe, si viniera con dinero. Porque yo, querido Augusto, he dado en pensar que nobleza sin dinero es latón abrillantado por la industria. Donde no hay oro, todo es desdoro. (Su entereza se aplaca; déjase vencer del pesimismo.) Me arrimo a la genealogía de mi abuelo materno, que tuvo el negocio de harinas, y con este polvo, como decía en las cartas comerciales, amasó la riqueza que yo estoy desmigando ahora. Atrás Gustios y Mudarras, fuera el nieto de Noé, y viva mi Suárez, por donde, según tú, debo llamarme Asur, Hijo del victorioso... hijo del molinero, que, amparado del arancel, alimentó a tres generaciones de cubanos, y acá se traía las cajas de azúcar, que venían resudando el dulce. Yo me acuerdo. ¡Qué olor tan rico en aquellos almacenes, aroma de almíbares, mezclado con fragancia de canela; que allí había también fardos venidos de Ceilán! Llévate todos los chirimbolos de la caballería de Mudarra, y tráeme mis almacenes de coloniales... ¡Ah! También había cacao. América inocente nos mandaba mil primores cambiados por las harinas de acá... Las memorias de aquella riqueza se avivan en mi olfato. Huelo, huelo... ¿No hueles tú? ¡Ay! los pergaminos de tus cronicones apestan a ranciedad putrefacta... Becerro, Becerro, apártate, hueles a ti mismo. Tráeme el árbol genealógico que tiene por hojas los billetes de Banco, o no vengas acá. No me traigas la roña de tus archivos, cementerios de la nobleza pobre... La pobreza es muerte, ¡oh gran Becerro, ilustrado y vacío Becerro, sabio durmiente entre ratones! (Abatidísimo se desploma en un sillón. Sobre los brazos de este caen con grave pesadumbre las manos del caballero. Entran súbitamente, sin anunciarse, dos personas: Ramirito Núñez y don Francisco La Diosa. La teatral aparición de este señor es para Tarsis como una descarga eléctrica. Salta de su asiento; coge de un brazo al hombre plácido, de risueño y episcopal semblante, y se le lleva al salón próximo para hablar con él a solas. Quedan en el gabinete Becerro y el joven Núñez.)

Ramirito.—Este señor que sonríe, aun diciendo cosas tristes, ¿no es ese que llaman La Diosa?

Becerro. (Con erudición lúgubre.)—Su verdadero nombre es Abraham Samuel Zacuto, higienista, médico y matemático famoso... No, no: me equivoco... ¡Qué cabeza! Es don Isaac de Abrevanel, arbitrista y tesorero de los Católicos Reyes... ahora redivivo con la misión providencial de empobrecer a los nobles ricos, como preparación del reinado de la igualdad humana.

Ramirito. (Alelado, sin entender lo que oye.)—Don Augusto... ¿habla usted dormido?... Despabílese y charlemos. ¿Estuvo usted en el estreno de anoche?

Becerro. (Sin mirarle.)—Yo no voy a estrenos. (Mirándole.) Ya conoce usted mi simplicismo teatral: me he plantado en Bartolomé Torres Naharro. Ni a tres tirones paso más acá. ¿Estrenos dice? Pues estos pantalones me pongo hoy por primera vez... Pero no son obra original, sino arreglo, hecho por mis hermanas, de los que casi nuevos me dio Carlos. (De improviso aparece Tarsis por la derecha con vivo paso y rostro alegre. El señor La Diosa no le acompaña. Salió, sin duda, por otra parte de la casa.)

Tarsis. (Disimulando mal su júbilo, guarda en un bolsillo del batín un fajo de billetes que traía en la mano.)—¿Qué decías, Becerro? ¿Qué dices, Ramirillo? ¿Hablaban mal de La Diosa?

Ramirito.—Yo, no.

Becerro.—Yo he murmurado, he rutado. Rutar es en el hombre imitar con voz blanda el rugido de las fieras. Yo sé rugir.

Ramirito.—Augusto me ha contado que estrena hoy unos pantalones arreglados del francés por sus hermanas.

Tarsis. (Cariñoso.)—Dispénsame, Augusto. No me acordé de preguntarte por tus hermanas. ¿Cómo están hoy?

Becerro.—Como siempre, mejor y peor. En días alternos, mueren y resucitan.

Tarsis. (Casi por movimiento propio y espontáneo, la mano se le va al bolsillo en que ha guardado los billetes. Saca un fajo de ellos; del fajo despega dos y los da al amigo con liberal sencillez, sin humillarle.)—Toma, hijo, y remédiate. Ya sabes que no duermo tranquilo cuando me acuesto sin poder remediar las necesidades de los amigos... No te vayas... ¿Qué prisa tienes? Acompaña un rato al pequeño don Ramiro, que voy a concluir de arreglarme. (Entra por el fondo el administrador don Asensio.) Y aquí tenéis al buen Bálsamo, que me alegra la vida... Charlen aquí un rato. El barbero me aguarda. (Vase por el fondo. Bálsamo cambia con los dos amigos de Tarsis palabras de fría salutación, y se apoltrona en una butaca, quedando pensativo, mientras los otros hablan de literatura y teatro.)

Bálsamo. (Acariciándose la barba, fruncido el ceño, habla para sí.)—Se ha entendido directamente con La Diosa, esquivando mi mediación y desoyendo mis consejos. Bien le dije anoche que su dignidad no le permite someterse a condiciones usurarias tan escandalosas. Estás perdido, Marqués de Mudarra, si no te salva la niña petiseca de Mestanza... Y mis noticias son que ese negocio no va por buen camino. Ojalá sea falso lo que me han dicho. No quiero verte en la miseria, Carlos de Tarsis. Con golpes como el que acaba de arrearte La Diosa, pronto darás en tierra. Y ese granuja con cara de jamona verde, para acabar de arreglarlo, no me dará comisión. Ya lo veremos, ya... ¡Pobre Tarsis, cuándo tendrás juicio!... Pues hoy te traigo unas noticias... No te las daré hasta mañana, para no amargarte el dulzor del dinero que has tomado. Mañana sabrás que los colonos de Zorita de los Canes abandonan también la tierra; que el de Tordehita y Tordelepe pide prórroga, y llora y blasfema y coge el cielo con las manos... En cuanto a la dehesa de Santa Cruz de Juarros, bien puedo decir ya que es mía... Y de ello debes alegrarte, que peor fuera que a otras manos pasara... Yo te daré en usufructo, por si quieres retirarte del mundo, aquel palacete fundado sobre las ruinas de un castillo en que vivió, según dicen, el viejo camastrón mujeriego Gonzalo Bustos o Gustios.

(Ramirito y Becerro, que habían trabado conversación, fumando cigarrillos, sobre temas de vaga actualidad, engarmaron en su coloquio al taciturno Bálsamo, que se limitó a dar una opinión seca sobre los delirios de la aviación y sobre los disparates del socialismo, que ambas cosas eran lo mismo: monomanía de andar por los aires. En esto salió Tarsis ya bien acicalado del rostro, listo de la parte inferior del cuerpo y encapillándose la camisa, cuyos botones aseguraba con una mano por dentro de la pechera y otra por fuera. Siguió vistiéndose asistido de su ayuda de cámara. Ávido de conversación, cogió la primera hebra que halló pendiente en el coloquio de sus amigos, y con fácil elocuencia familiar disertó sobre los puntos del socialismo y de la navegación aérea. Sin saber cómo y por un quiebro que dio Ramirito, fueron a parar a la cuestión de teatros, al estreno de la noche anterior, y a la literatura dramática.)

Tarsis.—No te canses, Ramiro. Habéis aplaudido anoche un drama caballeresco, con su musiquilla de rimas; habéis festejado a su autor, cuyo talento reconozco. Pero esa obra, representada en familia, en familia se extinguirá, y dentro de cuatro noches no irán a verla más que los de la hermandad del tifus. Esas farsas rimbombantes a nadie interesan; se aplauden por rutina; la prensa las jalea; los cómicos se desgañitan y el público se aburre. Te convencerás de que nuestros autores, así los que desentierran asuntos con casco y chafarote, como los que cultivan la vida corriente, vistiendo a los actores de levita o blusa, no aciertan, créelo. Toda nuestra literatura dramática es esencialmente latosa, toda convencional, encogida, sin medula pasional, cuando no es grosera y desquiciada. Compara este arte, siempre abortado, con la dramática francesa, rebosante de vida y pasión. Las compañías extranjeras nos enseñan la ruindad de nuestro arte, la cual se manifiesta en el éxito de las traducciones, hoy con los autores exquisitos que se llaman Donnay, Berstein, Mirbeau, Lavedan, Feydeau, como lo fue hace años con las obras de Scribe, primero, y luego de Sardou. Yo soy en esto muy radical, muy antipatriota, y lo digo sin ningún reparo, añadiendo, amigos míos, que el teatro clásico, con su Lope y su Tirso, me carga también, y siempre que voy a una función de esta clase, llevo la mala idea de descabezar un sueño en mi butaca. Una obra del teatro clásico se titula como debieran titularse todas: La vida es sueño. Digo y repito con pleno convencimiento que no tenemos teatro, como no tenemos agricultura, como no tenemos política ni hacienda. Todo esto es aquí puramente nominal, figurado, obra de monos de imitación, o de histriones que no saben su papel. Aquí no hay nada. Cuanto veis es bisutería procedente de saldos extranjeros.

Bálsamo. (Displicente.)—No estoy conforme.

Ramirito.—Ni yo. Niego que el teatro español sea como Tarsis lo pinta.

Bálsamo.—En lo del teatro no me meto. De eso entiendo poco. Pero salgo a defender la agricultura, y afirmo que existe. Pues si no existiera, ¿qué sería de España? Dirase que está bastante atrasada. La culpa es de los grandes propietarios que viven lejos de sus tierras, como afrentados de ellas. Cobran la renta como un tributo del suelo al cielo... no sé si me explico... como un tributo de los cuerpos a las almas. Los labradores deben convencerse de que las almas son ellos... No acierto a decirlo.

Becerro. (Haciendo visajes, como si le picara una mosca.)—Propietario de la tierra y cultivador de ella no deben ser términos distintos.

Bálsamo.—Tiene razón este chiflado... Yo no lo entiendo; pero mi sentido natural me dice que el fruto de la tierra debe ser para el que lo saca de los terrones.

Becerro.—Presentando las cosas de otro modo, yo te he dicho mil veces, querido Carlos, que no habrá floreciente agricultura mientras esta no sea una aristocracia.

Tarsis. (Burlón.)—Medrada estaría la agricultura si de ella hiciéramos una aristocracia más. ¿Pues por qué sostengo que tampoco hay aquí política? Porque la que tenemos se ha hecho aristocrática. Fijaos en el pisto que nos damos los diputados, en la vanidad de los ministros, que ocupan ancho espacio en la sociedad por el viento de que están inflados. ¿Hay aquí un político que tenga algo en la cabeza? Ninguno. ¿Pues qué diré del ex-ministro, que solo por el dichoso ex nos mira a los demás mortales por encima del hombro? Aristocracia es la política, y todo lo que tome formas aristocráticas no lleva en sí más que figuración y vanas apariencias. Nobles y políticos somos lo mismo, es decir, nada.

Ramirito.—Paradójico estáis... Carlos, es usted hombre de grande ingenio.

Tarsis.—No es ingenio, es convicción.

Becerro.—Más bien prurito de originalidad y donaire. El noble de ilustre abolengo bromea con las cosas altas.

Tarsis.—La agricultura, digo, no puede ser nunca aristocracia. Es y será siempre servidumbre. Ellos esclavos y nosotros señores, acabaremos lo mismo, por consunción, por gangrena de inutilidad... Voy más allá... Si aquí no hay agricultura, ni teatro, ni política, tampoco hay justicia, ni banca, ni industria.

Bálsamo.—Capitales hay.

Tarsis.—Sí; pero solo trabajan en la comodidad de la usura, que es una cacería de acecho como la de las arañas. La poca industria que hay es extranjera, y la española, en funciones mezquinas, busca beneficio pronto, fácil y, naturalmente, usurario.

Bálsamo.—¡Qué gracia! Esto ya es manía.

Tarsis.—¡Trabajar! ¿Para qué? Los chispazos, los resplandores de fuegos fatuos que vemos en literatura, en artes gráficas y en algún otro orden de la vida intelectual, no nos invitan a que trabajemos. Todo nos llama al descanso, a la pasividad, a dejar correr los días sin intentar cosa alguna que parezca lucha con la inercia hispánica. Si me pusieran en el dilema de trabajar o perecer, yo escogería la muerte. El español que en este final de raza posea una renta, debe sostenerla y aumentarla si puede. Vivir bien, mientras la vida dure, y mientras en la lámpara del bienestar no se consuma la última gota de aceite. No trato de presentarme como superior a los demás. Soy el peor, soy el último perezoso, el último sacerdote o monaguillo de la inercia. Mi único mérito está en la brutal sinceridad de mi pesimismo.

(Vestido el caballero a punto de las doce, les convidó a almorzar.)

Becerro. (A Tarsis, camino del comedor.)—Has desatinado lindamente. Veo que estás alegre.

Tarsis.—El día empezó nublado. La Diosa lo despejó trayendo a casa el sol.

Bálsamo. (A Ramirito.)—No le haga usted caso. Yo le conozco; se emborracha con el dinero, ya venga de Dios, ya de La Diosa.

IV

Cuéntase la rigurosa desdicha del caballero, seguida de sucesos increíbles.

Pasados bastantes días, cercana ya la inauguración o apertura del verano, cayó sobre el caballero Tarsis una fuerte desdicha que le puso fuera de sí. La sacudida que agitó su alma le llevó del pesimismo a la desesperación, y eran de oír sus voces iracundas, eran de ver sus gestos de rabia, como de hombre que se pierde en un laberinto y no sabe qué camino tomar para salir de él. Ello fue que cuando parecía pan comido la boda del caballero con la chica de Mestanza, tan pelada de carnes como guarnecida de riquezas, de pronto los padres de ella volvieron de su acuerdo; vaciló por unos días la novia, fluctuando entre la obediencia filial y un amor desabrido, hasta que al fin se le notificó oficialmente al Marqués de Mudarra que no había nada de lo dicho, y que podía llamar a otra puerta.

Indagado el motivo de tal infracción de la regla social, se puso en claro que los padres de la niña cedieron al consejo y halago de otros Padres, que así se llaman por serlo de las almas, y regidores de las conciencias. En una grave conversación que tuvo Tarsis con su excelso padrino Torralba de Sisones, confirmó este lo que públicamente sonaba.

—Desde que empezaron tus relaciones con esa que parece el espíritu de la golosina —le dijo—, te advertí que procurases poner en tus palabras el sentido más católico, y que no dejaras escapar en aquella casa concepto ni apreciación, ni siquiera chiste, que dañe a la única religión verdadera, o al culto, o a sus ministros. Sé que no me has hecho caso; no has sabido refrenar el flujo de las frases irónicas y punzantes para lucir tu ingenio. Bien merecido te está el desastre; porque del otro lado... yo lo supe hace un mes y traté de estar al quite... del otro lado los Padres trabajaban contra ti y en favor de un joven muy arrimado a ellos desde su tierna infancia. Pues ya sabes que te ha desbancado Luisito Codes, no necesito decirte de dónde ha venido tu desgracia, porque esos benditos Padres protegen a los chicos buenos, dóciles y observantes de la ley de Dios con celo y maneras devotas. Natural es que miren por esa juventud recoleta, y que traten de formar familias cristianas, ayuntando a los muchachos de conducta ejemplar con las chicas bien dotadas. Es una labor social muy meritoria que asegura la perfecta ortodoxia de la generación futura.

Respondió Tarsis a estas razones con el desprecio y burla de los de Mestanza, de su dinero y de la niña descarnada y angulosa. Su amor propio se rehizo al instante, y recompuso con excelentes reflexiones el castillete de su dignidad. Pasados dos o tres días volvió el padrino a la carga de sus consejos, encareciéndole que redujese a la mitad sus gastos, rebajando en mayor proporción sus apetitos y goces desaforados, y por fin de fiesta le dijo:

—Sujetándote a un plan de moralidad y economías, puedes esperar tranquilamente la ocasión de otra jugada como la que has perdido. Herederas ricas abundan. He tomado lenguas del género disponible, y sé que en todas las clases sociales las encontrarás. De una me han hablado que, a más de única y millonaria, es bonita de cara y cuerpo. Pero temo que no te agrade por su extracción demasiado baja. Su abuelo materno, a quien conocí mucho, tuvo la contrata de limpieza de pozos negros, y luego explotó la industria de aprovechamiento de animales muertos, en la cual ganó cuanto quiso. El padre de la chica vino de Cuba, al terminar la guerra, con un capitalazo. ¿Cómo lo hizo? Acerca de esto se cuentan horrores. De la señora, es decir, de la madre de la rica heredera, se susurra si tuvo o no tuvo en la Habana elegantes mancebías... Ahora tú verás. La muchacha es linda y discreta, si bien un poquito achulada, y escribe sin la menor idea de lo que es ortografía. Por si quieres conocer a esta familia, te advierto que este verano irán a Biarritz a darse pisto.

No se entusiasmó aceleradamente el buen Tarsis con la extravagante proposición del padrino; pero tampoco la echó en saco roto, pues su idea fija era encontrar una mina que le proveyera profusamente de cuanto necesitase para vivir en la elegante holganza de caballero noble y pesimista. Dinero buscaba y quería, viniera de donde viniese. La sociedad no es aquí tan escrupulosa que repudie la riqueza por la ruindad o porquería pestilente de sus orígenes... Las tristezas de su fracaso disimuló Tarsis en la vida de club, donde pasaba medio día y media noche abrevando su espíritu en el chorro de las conversaciones fútiles y perezosas. Se aburría variando la traza y colores de su irisado ensueño. Los amigos ya conocidos y los hermanos Pinel, sus directores políticos, constituían parte mínima de sus relaciones, muchas de las cuales eran flor de casino, que en él crecían y en él se cultivaban. De estos amigos, algunos eran peores que él; otros le superaban, si no en ingenio, en el buen gobierno de su hacienda. Los había riquísimos; los había que ociosamente y con toda elegancia vegetaban en disimulada ruina.

Transcurrió el verano, que el caballero pasó en las estaciones de moda, y ni en ellas ni en el dulce otoño de Madrid encontró el filón que buscaba. Las niñas ricachonas se le escabullían de las manos cuando hacía presa en ellas: la señorita de Porcuna, nieta del explotador de pozos negros, prefirió a un capitán de Ingenieros, y otra, muy bella, huérfana millonaria nacida en Bogotá y recriada en la Argentina, le entretuvo por meses y le plantó al fin, prefiriendo a un desabrido diplomático. Y de este fracaso hubo de quedar más llagado y dolorido que de los otros, porque se prendó locamente de la bogotana, tan adorable por su gallarda hermosura como por su fino, seductor talento. Su nombre era Cintia, de dulce sabor pastoril y pagano, y le caía tan bien, que habría desmerecido su gentileza si la llamaran Manuela o Francisca. En las americanas se advierte cierta inclinación a paganizar los nombres, cual si quisieran iniciar una graciosa escapada de las sombrías esferas del cristianismo. Así lo pensaba Tarsis, en cuya mente y corazón quedaron para siempre estampadas la imagen y asperezas de la hermosa colombiana.

Y corriendo los días aumentaron de tal suerte los infortunios del caballero, que llegó a tenerse por el más desdichado de los hombres. Golpe tras golpe iba perdiendo el caudal heredado, y cada vez que le visitaba el siniestro Bálsamo era para notificarle un nuevo desastre. Supo el triste caso de tener que malvender una de las mejores fincas rústicas de la casa para el pago perentorio de una deuda de juego, y recoger o renovar parte de los pagarés usurarios. Viendo cómo se deshacía su fundamento social, sin que ni en sí mismo ni en el mundo exterior viera el remedio, el Marqués de Mudarra se fue abismando en tristezas y murrias que afectaron a su propio carácter después de influir en sus costumbres, en su elegancia y hasta en sus estilos de vestir. Esquivaba la sociedad, dándose de baja en sus visitas y relaciones, y a tal punto llegó en su requerimiento de la oscuridad, que en la primavera de aquel año muchos de sus amigos creyeron que se había condenado a emigración voluntaria o forzosa.

El Marqués de Torralba y Ramirito Núñez, como buenos cristianos, no negaban al amigo la consolación de leales consejos; mas nunca le llevaron el desenlace de ningún conflicto, ni el alivio de sus ahogos. En tanto, pasaban meses sin que el gran Becerro entristeciera con su esmirriada persona la casa del que fue opulento amigo. ¿Para qué había de ir si estaba totalmente seco el manantial de los socorros? Por referencias fidedignas supo Carlos que Augusto padecía grave mal de miseria, y que recluido en su casa engañaba el hambre con las hartazgas de erudición. Día y noche trabajaba sin levantar mano en un prolijo estudio de la vida y sapiencia del famoso prócer don Enrique de Aragón, Marqués de Villena, reputado en su tiempo por letrado, astrólogo y alquimista, con ribetes de nigromante o brujo. Despertó esto la curiosidad del caballero, a quien toda novedad distraía por momentos de su aplanante hastío, y allá se fue.

Nunca había estado Tarsis en la morada de Becerro, calle de Don Pedro, altísimo piso de una casa vieja y de grandes y desniveladas anchuras, que fue palacio de aristocracia hoy fenecida, o aposentada en sitios más gratos. Llamó el caballero; le franqueó la puerta una persona que la oscuridad hizo invisible. Pisando baldosines rotos, que tecleaban con ruidillos que más parecían de risa que de llanto, llegó Carlos a la sala, toda libros, toda polvo, toda mugre, llena de cosas tuertas, cojitrancas y bizcas. Los estantes se caían de un lado, los rimeros de libros no tenían aplomo. Había desequilibrios inverosímiles, infolios que se balanceaban sobre rollos de balduque, papeles de mil formas acumulados sobre mesas perláticas, y sostenidos, para que no los arrebatase el aire, por una mano de bronce o una pezuña de mármol. Ventana torcida y balcón ancho, desiguales en tamaño y forma, como un doble mirar oblicuo, daban paso a la claridad, verdosa del empaño de los vidrios.

Aunque en aquella caverna papirácea de inclinado techo, no había esqueleto ni lechuza, ni retortas sobre hornillo, ni lagartos rellenos de paja, Tarsis creyó hallarse en la oficina de nigromante o alquimista que nos dan a conocer las obras de entretenimiento y las comedias de magia. En un costado de la estancia, tras una mesa que desaparecía bajo la balumba de libros viejos y rancios papeles, emergía Becerro, dejando ver tan solo medio cuerpo. Extremada era la delgadez exangüe de su rostro. A su amigo miró con ojos espantados, tardando un rato en reconocerle.

—Augusto —le dijo Tarsis cariñoso, poniéndole la mano en el hombro—, no esperabas esta visita. Vengo a enterarme de tus trabajos, vengo a charlar contigo, vengo a...

Después de breve pausa, el caballero puso unos duros sobre la mesa, diciendo:

—Aunque ahora estoy muy mal, chico, siempre hay algo para ti.

—Gracias, Asur —dijo el sabio sin tomar el dinero—. ¿Para qué te has molestado? El oro, la plata y los billetes, han llegado a serme indiferentes. Sabrás que ya no como... Todo es cuestión de acostumbrarse, de hacerse a no comer. Es una educación como otra cualquiera. Algún trabajo me ha costado adquirir este supremo hábito del perpetuo ayuno, de la emancipación del alma... ¿Sabes ya que me ocupo del Marqués de Villena, primer apóstol de las ciencias físicas en España, y precursor de esa otra ciencia que nos enseña las leyes y fenómenos del universo suprasensible?

Quedaron suspensos los dos amigos, mirándose uno a otro. Tarsis rompió el silencio, diciendo:

—De ese Marqués de Villena se cuenta que era algo así como brujo, hechicero.

A lo que respondió José Augusto que tales denominaciones aplicadas por el vulgo son el reconocimiento que las almas inocentes hacen de las verdades no comprendidas... Pero antes de meterse en tan laberíntico terreno, Becerro dio conocimiento a su amigo de lo que ya tenía escrito de su magna obra, a saber: la condición y alcurnia del de Villena, su historia completa desde el nacimiento, su boda con doña María de Albornoz, sus desavenencias matrimoniales, el repudio de doña María, las locas ambiciones del prócer por obtener el maestrazgo de Santiago, su saber de humanista, de astrólogo, de químico; su figura, en fin, achaparrada, y su habla enfática y pedantesca... El amigo, con tan hábil pintura, acabó por conocerle como si le hubiera visto y tratado. Callaron de nuevo, y Tarsis, que anhelaba lo extraordinario y maravilloso, único alivio de su agobiada voluntad y solaz de su abatido entendimiento, llevó la conversación al terreno de las mágicas artes, que a su parecer, opinando como el vulgo, están relacionadas con la malicia y sutileza de Lucifer. Los hombres le estomagaban; anhelaba trato y conocimiento con los demonios.

Por toda respuesta, el sabio mostró a Tarsis un montón de librotes y le dijo:

—Aquí tengo los autores españoles y extranjeros que tratan de magia y artes hechiceras, libros de tanta amenidad, que yo me los he leído cuatro veces de cabo a rabo, y aún he de gozar por quinta vez de tan entretenida y sabia lectura. Cógelos, apúralos hoja tras hoja, y pasarás ratos, horas, días, semanas y meses deliciosos.

Agradeció Carlos el obsequio, y se abstuvo de meter sus ojos en aquel zarzal. Con prodigiosa memoria y sin abrir los mamotretos, Becerro le hizo cuento y noticia de ellos, a saber: Andrés Cesalpino, Jacobo Sprengero, Juan Niderio, Abad Gunfridus, que escribieron en latín, y don Sebastián de Covarrubias, definidor castellano del hechizo; el Padre Martín del Río, y el historiador Gonzalo Fernández de Oviedo, que refiere los artilugios maléficos de los indios.

Lo que mayormente colmaba el asombro de Tarsis era que, hallándose Becerro en absoluto ayuno, tuviese la lengua tan destrabada y el cerebro tan listo para verbalizar las ideas. Hablaba como una taravilla, con dicción clara y aliento fácil. Dudoso el caballero de la efectividad de tal prodigio, le interrogó de nuevo.

—No sé ya lo que es comer —dijo Augusto con sequedad de palabra y de intelecto—. Tan olvidado tengo el comer, que ya no sé cómo se come. Serías feliz como yo lo soy, querido Carlos, si llegaras a este perfecto estado, que trae, entre otros beneficios, el de la abolición radical de la economía política y otras ciencias vanas inventadas por los glotones.

—He olvidado preguntarte por tus hermanas —dijo el de Mudarra, apurando su investigación—. ¿Dónde están esas nobles señoras?

—No podrás verlas, Carlos —replicó el sabio llevándose la mano a la frente para quitarse unas telarañas—. Viven y mueren en su grande elemento... No entiendes esto, ni lo entenderás mientras permanezcas en el estado de comercio mundial, o sea de ignorancia.

Tales desvaríos despertaron más la curiosidad del visitante, que, sin decir nada al amigo, emprendió una inspección ocular por toda la casa, en busca de la explicación del misterio. Recorrió aposentos, rincones y pasillos, hallando en unos enormes fajos polvorosos de papeles impresos y manuscritos, en otros sillas y trebejos inútiles. En una estancia con estructura de cocina, no vio carbones, ni ceniza, ni aun señales de que se hubiera encendido lumbre en mucho tiempo; no vio pucheros ni cacharros, ni más que fragmentos de loza, utensilios rotos. Como sintiera el tembliqueo de los baldosines, indicio del paso de alguna persona, se fue tras el sonidillo, creyendo encontrar a quien le había franqueado la puerta; pero ni sombra ni rastro de persona vio por parte alguna.

Después de vagar un buen rato volvió a encontrarse en la sala, donde Becerro continuaba tal como le dejara, atento al papel en que escribía con firme pulso y sin levantar mano. No se detuvo allí el curioso, que ansiaba explorar la otra parte de la casa, y por una puertecilla que cerca de la mesa del nigromante se abría, pasó a un gabinete mejor apañado y dispuesto que lo demás de la vivienda. En él vio la cama sin sábanas, doblados por la mitad los colchones. Algo de inveterado y permanente en el doblez de los colchones revelaba que si el señor de la casa no comía, tampoco dormía... Fijose Tarsis en dos cuadros y dos tablas de escuela flamenca, representando escenas religiosas con fondo de arquitectura y paisaje; y siguiendo su observación de izquierda a derecha, dio con sus miradas en un hermoso espejo con negro marco... Allí fue su estupor, allí su pasmo y sobrecogimiento.

Por un rato no dio el caballero crédito a sus ojos: se acercaba, retrocedía. Mas el cristal, que era de una limpidez asombrosa, no copiaba la imagen frente a él colocada. En vez de verse a sí mismo, Tarsis vio en el cristal, como asomándose a él, la propia y exacta imagen de la damita sud-americana, de quien estaba ciegamente enamorado. Mirole ella gozosa y risueña, mostrándose en la faceta más sugestiva y brillante de su hermosura, que era la dulce alegría. La suspensión del ánimo no fue tal que el caballero dejara de romper el silencio.

—Cintia —exclamó casi pegando su rostro al cristal, sin que por esta proximidad se acercara también el de la linda bogotana—, Cintia, ¿eres tú de verdad, o eres pintura, artificio de la luz en el vidrio, por obra del discípulo de Lucifer que vive en esta casa?

—Soy yo, Carlos de Tarsis. ¿Verdad que es gracioso vernos aquí? Yo no ceso de reírme...

—Sácame de esta horrible duda, Cintia. ¿Es esto una casa encantada?

—Encantada no. Yo estoy en mi casa. Acabo de levantarme.

—¿En tu casa de Madrid?

—No, tonto: estoy en París. Ayer compré este espejo en casa de un anticuario. Hoy, verás... me dan ganas de mirarme en él, y... ¡qué sorpresa, qué gracia, qué chiste tan modernista! Cuando creía ver mi cara en el espejo, veo la tuya.

—Esto me aterra, Cintia.

—A mí no. ¿Sabes, Carlos, que aquí me encontré con unas amigas argentinas muy simpáticas? No sabíamos qué hacer y nos hemos puesto a estudiar eso que llaman ciencias ocultas. Es divertidísimo, puedes creerlo. Tenemos una profesora que se llama Madame de Circe, y un adjunto chiquitín, Monsieur de Tiresias, que adivina cuanto hay que adivinar. Por las noches nos dan sesiones deliciosas en que oímos ruido de platos por el techo, y roce de manos que pasan arrebatando los objetos. Créelo: nos divertimos la mar.

—Mientras te oigo, hermosa Cintia —dijo Tarsis, abrumado de tristeza—, pienso que me he muerto, y que estoy vagando en el inmenso tedio de la inmortalidad, como astilla flotante en el océano.

—Vivir y morir todo viene a ser lo mismo —replicó Cintia, mostrando la doble carrera de sus lindísimos dientes al desplegar los labios en franca risa—. Ha sido para mí una suerte muy grande verte ahora, cuando creía que ya no te vería más, Carlos. ¿Es esto milagro, es esto hechicería? Sea lo que fuere, yo me alegro de poder decirte que no me he casado.

—¡Cintia!

—Que no me he casado con el diplomático. ¿Cómo quieres que te lo diga? Reñimos hace quince días por una simpleza... Un poco tarde, pero a tiempo aún, vine a conocer que no le quería. Es un cuco, un egoísta como todos... Vienen al olor de una rica dote...

—Cintia, tu riqueza te da derecho a despreciarnos. Quisiera que fueses un poco menos severa conmigo.

—Sí que lo seré... pero ahora, caballero Tarsis, no puedo entretenerme más... ¿Qué, qué ibas a decirme? He visto en tus labios una palabra que se ha retirado antes de sonar.

—Iba a decirte que nunca te vi tan bella como ahora te veo.

—¡Qué tonto! Estaré horrorosa. ¡Hace un rato que salí del baño! Me envolví en este ropón, y me acerqué al espejo para mirarme.

Aunque oprimía la vestimenta contra su busto para taparlo bien, aún exageró el movimiento pudoroso hasta no dejar ver más que la cabeza. El galán la contemplaba embelesado. La visión dijo:

—Me parece, caballero Tarsis, que ya es hora de que te deje en paz... Retírate tú también por tu lado...

Se alejó sin volver la espalda, hasta quedar en término lejano; hizo con la mano un gracioso saludo, y desapareció como luz extinguida por un soplo.

V

Siguen los prodigiosos y disparatados fenómenos, hasta determinar lo que es final y principio.

Abalanzose don Carlos de Tarsis al espejo, y puestos en él manos y rostro, se aseguró de que era cristal y no un hueco por donde pudieran verse estancias vecinas. Luego salió con paso y andar de borracho, tropezando en los muebles y agarrándose a cuanto encontraba, hasta llegar a la próxima sala, donde permanecía, como alma trasunta en papeles, el erudito endemoniado; y viendo una silla frente a la mesa en que aquel trabajaba, dejose caer en ella, soltando la voz a estas angustiadas razones:

—Tu casa está encantada, o tú eres un demonio con figura de Augusto Becerro.

Sin inmutarse, suspendiendo del papel la pluma, el embrujado amigo le respondió:

—No aceleres tu juicio, ni apliques dicterios infernales a este estado de felicidad perfecta. No interrumpas mis estudios, que ahora estoy en las apreturas de demostrar que el Rey Sabio don Alfonso X fue precursor de mi don Enrique de Villena, pues en su Libro de los juegos de ajedrez, dados et tablas dice que no se puede jugar bien al ajedrez sin saber de astrología. Lo mismo siente y declara el Maestre de Santiago en su Libro de Aojamiento y Fascinología, y ello concuerda... Verás.

Dijo esto tomando del rimero de la izquierda un gordo y mugriento librote, que abrió por un punto marcado.

—Verás: este es el famosísimo y fundamental libro de Encantamentos, escrito por el propio Merlín en lengua bretona, y traducido al italiano por Messer Zorzí...

—Déjame: tu erudición me produce horrible cefalalgia —dijo el prócer haciendo almohada de sus brazos sobre la mesa para descansar en ella la cabeza.

Impávido siguió el otro:

—Autores de más crédito, como el desconocido español que compuso El Baladro de Merlín, sienten y aseguran que este no nació de ayuntamiento del diablo con doncella bretona, sino que un ángel le dio la existencia. No el trato con demonios, sino el estudio de la astrología, le dio su saber profundo de cuanto se refiere al destino del alma, y al estado de encantamiento y beatitud de las criaturas... Te diré que baladro es como decir alarido o voz espantosa, porque el gran Merlín, padre de la verdadera ciencia, fue encantado por su mujer, digamos manceba, llamada Bibiana, la cual volvió contra él la virtud o maleficio de un amuleto poderoso. De mujer no se podía esperar cosa buena. Quedó Merlín preso para siempre en la espesura de un bosque de Inglaterra, donde aún está, y cuanto se ha hecho para encontrarle ha sido inútil. Desde la profundidad de su encantamiento lanza de vez en cuando unos baladros o bramidos que se oyen a mil leguas a la redonda y hacen temblar toda la tierra.

—Déjame, calla: eres un torbellino de disparates —murmuró el descendiente de Japhet, hijo de Noé, agarrándose el cráneo como para sujetar la razón que se le escapaba.

Sintió, al decir esto, un retemblido profundo como terremoto. El sacudimiento del suelo se transmitió a libros y papeles, que por un instante se movieron y saltaron. Oyó luego cerca de sí un retintín metálico. Eran los duros que había dejado sobre la mesa, y que iniciaron un ligero movimiento de baile. Al caballero le pesaba la cabeza como si fuese de plomo. Con vigoroso esfuerzo se levantó gritando:

—Dime por dónde salgo de esta cueva... ¿Dónde está la salida? Ábrete, laberinto...

Dio algunas vueltas por la estancia palpando el aire, y no pudiendo con su propio cuerpo, que requería la horizontal, fue a caer en una especie de banco acolchonado, diván o canapé, situado entre ventana y balcón. Allí quedó tendido, tieso y sin conocimiento; y aunque el pelote del relleno era duro y desigual, el noble marqués no se movió en largas horas.

En el tiempo que estuvo exánime, Asur, hijo del Victorioso fue a su casa y volvió de ella, lo cual no quiere decir que se moviera, sino que el espíritu, arrastrando a la que llaman vil materia, o tal vez solo, voló a su vivienda lejana, que era en lo alto del barrio de Salamanca. Desflorando calles, se aproximó a la suya, y a medida que se acercaba, una fuerza irresistible le cortaba la andadura, llamándole hacia atrás para que obedeciese a su voluntad, esclava y presa en la encantada mansión del sabio. A pesar de los tirones que hacia atrás le daban manos invisibles, Tarsis tuvo la sensación de entrar en su casa, que era grande y hermosa, bien dispuesta para morada de un rico. Con excepción de algunos cuadros y bronces de gran valor, que había tenido que vender, conservaba el rico ajuar que fue de sus padres. Llegó el hombre a su dormitorio, y después de contemplar con amoroso embeleso el retrato de Cintia que en marco de hierro nielado allí tenía, se acostó, quedándose profundamente dormido sin soñar cosa alguna, como no fuera una ligera visión de Bibiana, la querindanga de Merlín... Al despertar se vio en el camastro o divanastro de la morada becerril, y el dolor de sus huesos le dijo que había estado largo tiempo sobre aquellos pelotes duros, y en el suplicio de los gastados muelles, que al menor movimiento gemían, clavándose en las carnes.

Don Carlos dejó allí día y encontró noche, que le pareció muy avanzada. La caverna papirácea, sin otra luz que la de una bombilla eléctrica colgante sobre la mesa en que trabajaba el hechicero, era más triste de noche que de tarde. Dijérase que los innumerables libracos que por el día trataban de cosas divertidas y amenas, por la noche llenaban sus páginas de sucesos fúnebres y trágicos. Tarsis dio suelta a sus ideas para que libre y perezosamente se extendiesen con vuelo bajo, posándose donde quisieran, y este abandono de la disciplina mental le llevó a un dulce estado de inconsciencia melancólica.

Miró el buen señor su reloj y lo encontró parado. Al poco rato, sin saber la hora, sintió el tin-tin de los ladrillos mal sentados o rotos. Alguien andaba por los adentros de la casa; el ruidillo aumentaba; no eran una ni dos personas las que acusaron su presencia con el leve pisar en los baldosines musicantes... el tin-tin se acercaba, y por fin entró en la sala. El caballero apreció el paso de seres invisibles, como si entraran por la puerta de un lado y salieran por la del otro. Alguno pasó muy cerca de él, casi rozando con el diván. Por un momento pudo creer Tarsis que el ser aéreo se sentaba a su lado... Con movimiento instintivo, con calofrío y temor, se incorporó.

Mediano rato duraron las carreras de una parte a otra de la casa, y durante este inocente juego no visto, notó el caballero que algunos libros y papeles saltaron de las mesas, y fueron a caer en mitad de la estancia. Siguió ruido de palmoteo que andaba por el aire cerca del techo. El ruido pasó a un aposento que no debía de estar lejano, y con el cual no se veía comunicación abierta; y de allí, confundido con las palmadas, vino repiqueteo de crótalos. Estos sonaban apagados y sin vibración, como si el choque de la madera se ablandara en manos de trapo. El ritmo era extraño, absurdo. Tarsis no le encontró adaptación a ninguna danza conocida. Y al son de los crótalos con sordina y de manos algodonadas, trepidaba todo el suelo de la casa. Becerro proseguía inmóvil, como un santo doctor de los que están en los altares, la pluma en la mano, los ojos fijos en un infolio abierto por la mitad.

Contemplando la embalsamada figura de su amigo, el Marqués de Mudarra trató de confortarse, requiriendo la normalidad. Pensaba que todo aquel aparato ultrasensible, la visión de Cintia y el ruido de bailoteo de espíritus, podía ser una farsa, obra de la física recreativa, o de algún maestro en ilusionismo y prestidigitación. Afirmándose en esta idea, se levantó con ánimo de dar un papirotazo en la cabeza del fingido hechicero; pero apenas puso los pies en el suelo, estalló en los aires un trueno formidable, y casi al mismo tiempo, con diferencia de segundos, otro más rimbombante en lo hondo de la tierra, y la casa se abrió y desbarató cual si fuera de bizcocho. Desapareció el techo, dejando ver un cielo estrellado; las paredes se abrieron, los libros transformáronse en árboles, y don José Augusto saltó de su asiento por encima de la mesa, convertido en un perrillo cabezudo y rabilargo. Hallose Tarsis en un suelo de césped, rodeado de robustas encinas, sin rastro de casas ni edificación alguna. De la sorpresa y susto por tan maravilloso cambio de escena, trató de recobrarse el caballero diciendo: «Sigue la farsa. Ahora tenemos una mutación de teatro hecha por habilísimos maquinistas y escenógrafos.»

No le dejó completar su pensamiento la súbita presencia de un tropel de muchachas, lo menos cincuenta, guapísimas, vestidas tan a la ligera, que no llevaban más que un fresco avío de lampazos, con que cubrían lo que la honestidad quiere y ha querido siempre que se cubra. Piernas y brazos trazaban en el aire, con ritmo alegre, airosas curvas y piruetas. Eran, más que ninfas, amazonas membrudas, fuertes, ágiles, los rostros hermosísimos y atezados. Traza tenían de mujeronas de raza y edad primitivas, heroicas. Su aventajada talla y la solidez de su estructura muscular no consentían imitación por medios teatrales. Ni con actrices ni con escogida comparsería podían los taumaturgos de la escena presentar espectáculo semejante, por lo cual Tarsis abandonó el concepto de lo real para volverse al de lo maravilloso... Las ninfas hombrunas rompieron a coro en un grito salvaje, ijujú, que retumbó en los senos de la selva. Y conforme gritaban se partieron en dos alas, dejando en medio un ancho camino para que por él pasara, con porte de reina, una esbelta matrona que salió de la espesura de las encinas.

Tarsis quedó embelesado, y no se hartaba de mirar y admirar la excelsa figura, que por su andar majestuoso, su nobilísimo ademán, su luengo y severo traje oscuro, sin ningún arrequive, más parecía diosa que mujer. Era su rostro hermoso y grave, pasado ya de la juventud a una madurez lozana; los cabellos blancos, la boca bien rasgueada y risueña. Pensó Carlos que aquel rostro y aquel empaque de principal señora, no le eran desconocidos. ¿Habíala visto en algún salón de la alta sociedad de Madrid? Tal vez. No pudo darse cuenta de nada más, y la idea de que la dama veraneaba en aquellos selváticos parajes, cruzó por su mente como un relámpago... ¿Y quién demonios eran las danzantes morenas de libres piernas y arqueados brazos? El buen Tarsis no tenía idea de la naturaleza y origen de estas raras visiones. Nunca vio en la realidad figuras de tan robusta belleza. Estatuaria de carne y hueso como aquella, no se usaba ya en la humanidad. Cuando esto pensaba, dos o más de las mujeronas o dríadas fornidas se apoderaron del pobre caballero, cogiéndole de una y otra mano, y zarandeándole le llevaron consigo, cantando, entre risas y en lengua de él no comprendida, himnos alegres. En esto, Tarsis vio de espaldas a la matrona, que seguía con grave lentitud su camino. Tras ella iba Becerro, convertido, no ya en perrillo, sino en perrazo de tan lucida talla, que mirándolo bien se advertía que era león de tomo y lomo, un poco anciano ya y algo raído de melena, dando a entender su larga domesticidad... Miró al amigo y agitó su tiesa cola con bizarra señal de simpatía.

Sudoroso y sofocado seguía el prócer a las mujeres, que en fuerza y agilidad le superaban más de lo que él quisiera. Poniéndoles cara risueña y tratando de acomodar su flojedad pulmonar al incansable vigor de ellas, les dijo:

—Ninfas, zagalas, señoritas, amazonas, o lo que sean, ¿tendrán la bondad de decirme si estoy encantado?

Y ellas le contestaron con vocerío de júbilo y burlas, y con el sonoro ijujú, que lo decía todo... Siguieron, y como él se rindiera, lleváronle largo trecho en volandas, a retaguardia de la fantástica procesión... Al llegar a una meseta despejada de arboleda alta, donde se deprimía bruscamente el suelo por la izquierda, arrancando en ladera que hacia profundos barrancos descendía, las juguetonas ninfas hombrunas se divirtieron zarandeando a don Carlos de Tarsis, entre gozosos ijujúes y ajijíes, y después de balancearle como a un pelele, le lanzaron con ímpetu por la pendiente abajo.

¡Ay, caballero de mi alma, qué será de ti en ese rodar hacia la desconocida hondura! Válgante tus buenas obras para salvarte, que algunas ha de haber entre tus innúmeros pecados; favorézcate Dios con que no caigas sobre peñascales duros, sino sobre retamas tiernas o tomillos olorosos, o disponga que en sus brazos te reciba una grácil hada de blanco y blando seno.

VI

Donde verdaderamente empiezan las verdaderas e inverosímiles andanzas del caballero encantado.

Se sabe que Tarsis, hallándose vivo y sano muchos días después de lo narrado, tenía por dormitorio un pajar erigido sobre el establo en que diversos animales pasaban la noche. Hecho a nueva vida sin notorio aprendizaje, se despertaba al alba, sacudía y estiraba sus miembros, se vestía, y al instante prestaba su ayuda al amo, dando pienso a las bestias y unciendo la yunta para el trabajo... Se sabe también que en aquel primer período de su encanto, el caballero había perdido toda noción de su primitiva personalidad, por un embotamiento absoluto de la memoria. Tan solo recordaba los hechos próximos al estado presente; su nueva conciencia embrionaria los completaba con vagas y equívocas impresiones de una edad anterior a la villana condición que encantado tenía.

En esta baja existencia, el caballero se llamaba Gil, nombre que en su sentir había tenido desde la cuna, y se hallaba dotado de gran fuerza muscular. De sus supuestos padres, que padres había de tener, vivos o difuntos, nada o poco sabía, ni de ello se curaba. La subconciencia o conciencia elemental estaba en él como escondida y agazapada en lo recóndito del ser, hasta que el curso de la vida la descubriera y alentara de nuevo. Así lo dicen los estudiosos que examinan estas cosas enrevesadas de la física y la psiquis, y así lo reproduce el narrador sin meterse a discernir lo cierto de lo dudoso.

Andaban ya de soslayo por la tierra los rayos del sol espantando la neblina, cuando Gil llegaba con su yunta al campo llamado de Algares, extenso barbecho que ya en tiempo oportuno había sido alzado, y en mayo recibía la segunda labor, a la que dicen binar. Iba con él el amo, de quien se hablará luego. Quería ver cómo acometía el mozo faena tan larga y dura, y calcular por el aire que llevara si podría terminarla en dos mañanas cumplidas. Ya en el punto del primer surco, marcado por la labor de alzar, metió Gil la reja, azuzó la yunta con un sóo cariñoso, y empuñada la esteva con vigorosa mano, empezó a trazar el surco, llevándolo tan derecho, que por regla sobre un papel no se trazara mejor.

—Vas bien, Gil —le dijo el amo viéndole llegar de la primera vuelta—. Haz por labrar hoy hasta la olmeda, y lo demás quedará para mañana. Yo me voy a ver cómo está lo de Tordehita, que quedó encharcado con las aguas del sábado, y luego me subo al Toral para decirle a Ginio que esta tarde me lleve las ovejas a Nafría, donde a la cuenta que tenemos mejor pasto. Adiós, y no te tumbes cuando yo me vaya.

Diciéndolo se fue, y su figura escueta se perdió en la planicie solitaria, a trechos verde, a trechos amarilla.

Quedó Gil solo arando, sin más compañía que la del sol, que a la ida le caldeaba las espaldas, y a la vuelta le bailaba delante de los ojos. Con toda su voluntad puesta en el puño y este en la esteva, regía con inflexible derechura la labor. Trazados seis surcos, descansó para su almuerzo, que fue breve y frugal. Junto al arranque del primer surco tenía su chaqueta, el barrilillo de agua, el saco de su comida, y otro con el pienso de las vacas; custodiaba estos avíos un perro de la casa llamado Moro, que no se movía de su guardia. Perro y gañán frente a frente, en amor y compaña, comieron de un trozo de pan con torreznos que les había puesto en el morral la señá Usebia. A entrambos les supo a gloria por lo avanzado de la mañana, y después volvió el uno a coger la esteva, y el otro quedó guardando la chaqueta y costales. Toda la mañana transcurrió en esta guisa, el can dormitando, el mozo haciendo rayas con el arado, labor harto penosa, la más primitiva y elemental que realiza el hombre sobre la tierra, obra que por su antigüedad, y por ser como maestra y norma de los demás esfuerzos humanos, tiene algo de religiosa.

Sudaba Gil la gota gorda, y todos los músculos de su cuerpo contribuían con su tensión a la faena sagrada. De la misma fatiga sacaba mayor esfuerzo. No desmayaba; que sobre las flaquezas del cuerpo resplandecía en el alma el sentimiento de la obligación. Gil era fiel pagador del pan que ganaba, y daba su energía por su sustento. De la ruda tarea no tenía más testigos que el cielo que le miraba, el perro dormitante y los pájaros que se adueñaban de aquellos anchos aires. Las maricas vocingleras venían a merodear con aleteo y brinquitos en los surcos recién abiertos; las abubillas se llamaban de olmo a olmo con tres golpes, y bandadas de chovas o grajos volaban con solemnidad procesional del llano a la sierra o de la sierra al llano.

Terminada la media huebra que el amo le asignara, Gil retirose con su yunta, sus talegos y el perro, y a la casa llegó antes que el amo, que andaba en la inspección de sembrados y majadas. Preguntole el ama si había hecho la media huebra, y dada la respuesta afirmativa sin jactancia, procedió a quitar el arado; luego desligó de los cuernos de las vacas las coyundas que sujetaban el yugo, separó este, y los benéficos animales se fueron a su establo requiriendo con sus húmedos hocicos el pienso. El de la familia tardaría un poco más, porque el amo no parecía; salió el hijo a un altozano, orilla de la casa, de donde oteaba el sendero por donde había de recalar el padre. Usebia, en el portal, cortaba de un pan las rebanadas para la sopa, y Gil, servido el pienso al ganado, fue a servir a la cochina y sus crías, cuyo cubil allí se llama corte, y les regaló con mondaduras de patatas envueltas en harina de centeno. En esto el chico que estaba de vigía vino a la carrera diciendo:

—Ya viene padre.

Y la señá Usebia, que ya tenía la mesa puesta y el cocido en su punto, se dispuso a calar la sopa.

No se pasa de aquí sin decir que el lugar se llamaba Aldehuela de Pedralba, situado como a legua y media de la caída occidental de la sierra de Guadarrama, y que el amo de Gil era José Caminero, honradísimo trabajador, esclavo del áspero terruño y de la inclemente comarca en que había nacido. Como unos veinte años le llevaba en edad a su mujer Eusebia, todavía en cierto punto de frescura y lozanía. La esposa, con su nativa fortaleza, se defendía de los estragos del trabajo incesante y rudo, mientras el marido, al cabo de cuarenta años o más de tremenda porfía con la tierra, era ya un atleta cansino y derrengado, con todo el vigor recluido en los pensamientos, en la palabra y en la voluntad. Tenían un hijo, a la sazón de diez años, que también se llamaba Pepe, por el afán del padre de perpetuarse, no solo en la tierra, sino en el nombre, avidez de vida durable ya que no eterna. El chico iba a la escuela, donde si un poco le enseñaba el maestro, más le enseñaban los otros chicos, profesores de juegos, enredos y travesuras. En verano, que es tiempo de vacaciones, olvidaban lo poco que aprendieron en invierno (escaso de días por el descuento de fiestas religiosas, patrióticas y palatinas), y la bandada se establecía de sol a sol en los aledaños del pueblo, ejercitándose en la barbarie de coger nidos. Cosechaban además endrinas y moras de zarza en campo libre, y afanaban fruta en terrenos vedados, o bien apedreábanse con rápido manejo de hondas que ellos mismos hacían.

Poseía José Caminero, por herencia, la casa en que vivía, dos huertas y hermoso prado, dos o tres hazas de excelente tierra, en que cosechaba patatas, trigo para el pan de la casa, garbanzos, algarroba. Con esto, y el averío, y el cerdo, y las terneras, vivía pobremente sin ahogos, sin mirar demasiado la cara al día de mañana. Pero a poco de casarse le picó la ambición: queriendo dar mejor empleo a su pericia de labrador, tomó en arrendamiento las tierras de Algares, Tordehita y Tordelepe, que por su miga y anchuras eran buen campo de ilusiones campesinas. Los primeros años no le fue mal; pero luego empezó a cojear el galgo, como decía el pobre Caminero: vinieron, ahora la seca, ahora el pedrisco; se pidió rebaja de la renta, y la subieron; se esperó alivio en la contribución, y la recargó el maldito Gobierno; siguieron los arbitrios para salir del año, los enredos del préstamo y la usura, y así, por fatal gradación, se llegó al desequilibrio de la casa en el tiempo en que Gil entró a servir en ella. Siempre había tenido Caminero dos criados para su labranza; pero aquel año la necesidad de economías le obligó a reducir la servidumbre a un solo mozo, y este de los que llaman agosteros, contratados por pocos meses, que terminaban el día de San Agustín. En esta fecha cobraría Gil su soldada de catorce duros, quedando libre para buscar otro acomodo.

Pues, señor, como se ha dicho, llegó el punto de ponerse a comer. Sentáronse a la mesa, que más bien era banco, cubierto de un mantel de días, Caminero y su hijo, enfrente Gil. Al lado derecho del amo debía comer Eusebia, que en pie hizo el calado de la sopa, vertiendo en la cazuela, sobre las rebanadas de pan, el hirviente caldo. Luego se sentó a comerlas con los demás, soplando todos en la cucharada para enfriar. Después el ama volcó el cocido en la misma cazuela, apartando la carne, y de la cazuela comían todos, que es un comer más familiar y democrático que el usado por gente fina. Siguieron la carne y tocino, que eran engaño para meter en la barriga buena carga de pan. Eusebia cortaba con suma destreza las rebanadas que iba dando a cada uno.

Mientras comían no era la conversación serena y plácida, sino ansiosa y entrecortada de graves aprensiones. Comían como los soldados que a prisa engullen su alimento entre batalla y batalla. Caminero y su mujer, sin mirarse apenas, cambiaban frases recelosas.

—Desmedrado tenemos el trigo, que no granará si no manda Dios agua...

—Yo, por esta rodilla mía derecha, barruntaba ayer agua, y hoy, por el poco de sordera, barrunto secura. Dios nos mire y el cielo nos llore...

—Mujer, sobre tanta calamidad, me paiz que tendremos la tiña del garbanzo...

—Ni en chanza lo digas, José. Eso nos faltaba. Si enferma el garbanzal, ¿año, a dónde vas?...

—Las patatas de Tordelepe piden con necesidad que las aporquemos. No pase de esta tarde. Vámonos todos a remediarlas con la segunda cava.

Todo lo decían Caminero y su mujer. Gil no desplegaba sus labios. De las buenas cualidades del mozo, la que más estimaban sus amos era el silencio. Obedecía, sin chistar, cuantas órdenes se le daban, y jamás ponía comentario ni observación. Por su docilidad y apego al trabajo, los amos le querían... Pues en cuanto comieron se apresuró el mozo a enalbardar la borrica para el ama, y se fueron todos a Tordelepe, cada cual con su azada, y hasta el chico llevó la suya de juguete, y toda la santa tarde estuvieron cavando. La Usebia era una fiera para el trabajo, y doblada de cintura cavaba y arrimaba la tierra que daba gusto. José, tronzado por el violento esfuerzo que su dignidad de labrador le imponía, hizo lo que pudo, y Gil, incansable jayán, remató la labor antes que fuera de noche, con lo que respiraron, limpiándose el sudor, y se volvieron, Usebia en la burra con el chico, y las azadas colgadas de la grupa. No iban alegres, pues cada cual llevaba su afán: la mujer llegar a tiempo de hacer la cena, el hombre, traer a su magín los afanes del día siguiente. No descansaban, no vivían; cada hora, preñada de inquietudes, paría en sus últimos minutos las inquietudes de las horas sucesivas.

A prima noche, encendidas las teas en la cocina y avivada la lumbre, Usebia preparaba un calderón de patatas con briznas de bacalao... Cenaron; el chico se durmió con la cuchara en la mano. Marido y mujer hacían cálculos de lo que podrían reunir para pagar la renta. Usebia, que entre ceja y ceja llevaba el libro de caja, o sea mental aritmética de las monedas sepultadas en el arcón, aseguró que por mucho que estiraran no llegarían a juntar lo preciso. El buen Caminero se rascaba la oreja, sin que del rasquido saliera la solución del problema. Oía Gil estas cosas y callaba, compadecido de sus amos, a quienes daría sus ojos si con los ojos pudieran remediarse...

En previsión de un gravísimo atasco, se acordó llevar al mercado de Pedralba cuanto se pudiese... Como el mercado era en jueves, el martes lo dedicó Gil a terminar la huebra; el miércoles fue al monte por leña, operación que era para él un descanso, pues iba en el carro, cortaba la leña, cargaba, y en ello se le iba todo el día sin gran fatiga muscular. Gustábale la expedición al monte por lo que tenía de paseo, de divagación en ambiente fresco y puro, de hablar con gente que a la ida y a la vuelta encontraba, parloteando en alguna vereda con muchachas bonitas, que le decían burlas y veras graciosas, como rozadura de cardo y olor de tomillos.

Aquel día montó el gañán en el carro con el niño de la casa y otros dos, amiguitos de este, que se pirraban por llevar al monte el programa de sus diabluras. Gil no dio paz al hacha, y cortó carrascas, ramas de fresno y de escaramujo, estepa y jara cuanto pudo; gran cantidad de retama para el horno y de helechos para la cama del ganado. Los chicos con febril actividad le ayudaban, trabajando con hoces y hachuelas de juguete. Con certera pedrada mataron a un pobre conejo, y a palos dieron cuenta de una culebra que no les hacía ningún daño... De vuelta a la casa, al caer de la tarde, se pensó en disponer lo que al siguiente día había de llevarse al mercado. El ama supo atraer a su parecer el del fatigado marido, y ella fue quien organizó y determinó la pacotilla de artículos para la venta por buen dinero. Viéraisla al romper el día montada en su burra, con un saco de trigo a la grupa, alforjas en el arzón, varios líos, uno de ellos con merienda, y ella bien compuesta, con su pañuelo cruzado al pecho, prendido con un vistoso alfiler, y otro, de colorines, liado a la cabeza con el nudo sobre la frente.

A su lado iba Gil, también un poquito aseado. En la mano derecha llevaba el cordel con que sujetaba y conducía tres lechoncitos atados por la pata; en la izquierda, la vara con que a la pollina dirigía, al hombro un saco mediado de garbanzos. Delante, con carrera retozona, iba el perro Moro. Por el camino, que era largo, de más de legua y media, Usebia charlaba de diversos asuntos; el mozo nunca iniciaba la conversación, por ser muy corto y bien mirado. Si ella no enhebraba la palabra, irían todo el camino como dos cartujos. Debe decirse que el ama quería mucho a su sirviente, por las buenas prendas de él, por su talante sufrido y humilde, y porque jamás hizo ascos a las obligaciones por duras que fuesen. Queríale también, mejor dicho, le miraba con buenos ojos, porque era muy guapo, de cuerpo gallardísimo, la cara bien adornada y la boca pulida. Con alma cándida y sin malicia le elogiaba ante las vecinas diciendo:

—Tengo un criado como un pino de oro.

Cuidaba de tenerle la ropa lavada y bien arregladita; reservábale alguna golosina para después de comer, y cuando le veía rendido del trabajo, y no estaban presentes José ni el chiquillo, llamábale a la cocina y le daba un huevo asado en la ceniza, añadiendo maternales consuelos:

—Toma, hijo, que ese cuerpo necesita que le echen un reparo, y dos.

Como se ha dicho, Eusebia planteaba las conversaciones durante el viaje, las cuales solían recaer en lo desabrido que era Gil con las mozas del pueblo, pues otro menos metidijo en sí se habría echado ya cuantas novias quisiera; que si comúnmente hubo tres Giles para una moza, estando él habría diez para un Gil; y todas le habían de querer, y en alguna encontraría holgura para casarse. A esto respondía Gil con respetuosas y discretas razones, diciendo que antes era el ganar que el enamorar, porque hombre sin blanca es despreciado de sí mismo. Huérfano era y arrimado a la pared de una buena casa, y por el pronto no haría más que dar gusto a sus amos y aprender la labranza. Eusebia unas veces asentía con aires de persona sesuda; otras celebraba con risas las sosadas del mancebo, oyéndolas como agudezas y donaires.

Con este inocente parlar llegaron a Pedralba, lugar asentado en una peña flanqueada de murallones, con una sola puerta. Encamináronse a la plaza y cogieron puesto. En otras circunstancias, Eusebia vendía sus frutos y compraba escabeche, azúcar, pimentón, cebollas, alguna herramienta, y una túrdiga de pellejo para hacer las abarcas. Pero en aquella ocasión triste, a casa no se llevaría más que un poco de pimentón y una zafrita con vinagre. Sus garbanzos, su trigo, sus pollos y huevos, sus lechoncitos y demás cosas que llevaba, los cambiaría por dinero contante para llevarle a José una buena ayuda de la renta. Así lo hizo; mas no pudo allegar todo el numerario que quería. El dinero escaseaba. Decidiéndose a vender algunos artículos a desprecio, pudo llevarse algo más de trescientos reales.

Desalentados tomaron el camino de Aldehuela; mas el sentimiento del mal negocio no impidió a la curiosa Usebia tirar de la lengua al criado para que, descuidándose en el hablar, diese a conocer sus intenciones y pensamientos.

—Si tanto callas, Gil —le dijo—, pensaré que estás encantado.

Con esto se avivó la conversación, y el ama se entretuvo en tocar delicadamente diferentes puntos de amor, como relación de mozo con moza, de soltero con viuda, o de casada con mozo libre, que era gran pecado de escandalorio, cosa fea, en verdad, por el mal ejemplo. Contestaba Gil con discreción y juicio. Mas esta conversación y otras que se sucedieron, no merecen referencia por ahora, que noticias de mayor fuste reclaman la atención del narrador.

Pasaron días después de aquel en que fueron al mercado de Pedralba, y al mercado volvieron, y en estos ires y venires iba resurgiendo en el alma de Gil la conciencia de su primitiva personalidad. Era como luz tenue y rosada de Oriente después de noche oscura. Apuntaron primero nociones vagas de anterior vida, atisbos de memoria que remusga y se despereza. En su existencia villana, Gil no sabía leer ni escribir. Un día, estando en Pedralba, vio un letrero de tienda, y lo leyó y se hizo cargo de su sentido; poco después vio en las esquinas un bando del alcalde, y se enteró sin perder sílaba. En el suelo encontró un cacho de periódico, y se recreó en su lectura. Empezaba, pues, el desdoblamiento de las dos figuras, de las dos personalidades, desdoblar lento, que los estudiosos de la psiquis comparan a las primitivas funciones de la vida vegetal. Poco a poco se daba cuenta de que había sido otro, y de que la anterior y la presente naturaleza se reconocían demarcándose, y se aproximaban como procurando la reconciliación. Serían, pues, dos en uno, o un uno doble, y aunque esto no se entienda, fuerza es declararlo así, dándolo por posible, para que lo crea el vulgo y lo acepte con fe ciega y no razonada; que si se admite el imposible del milagro, también se ha de admitir el absurdo del encantamiento, y en ambas formas del misterio habrá que decir: las bromas o pesadas o no darlas.

Sucedió, pues, que por grados llegó Gil a la conciencia de su anterior vida de caballero, y la plenitud del desdoblamiento fue determinada de súbito por un incidente, por una palabra... Hallándose en la cocina, oyó el mozo que sus amos, azorados y medrosos, hablaban del aprieto de sus intereses. A la luz de las teas humeantes, José leyó unos apuntes de su sobado libro de cuentas, y después dijo:

—Aun para el plazo atrasado nos faltan doscientos reales; que para el vencido de antier no tenemos ni con qué empezar.

A lo que replicó Eusebia con impávida resolución:

—No hemos de morir por eso, José. Desentendámonos de don Gaytán, y escribamos mañana mismo al señor de Bálsamo.

Esta palabra, este Bálsamo, fue el golpe o manotazo que acabó de descorrer el velo. Gil vio su interior inundado de luz, y se dijo: «Ya estoy en mí, en el mí de ayer. Soy don Carlos de Tarsis.»

VII

De la venida de don Gaytán de Sepúlveda, con otros inauditos sucesos que verá el que leyere.

Al siguiente jueves (que lo narrado fue un martes), llegó a la delantera de la casucha un hidalgo viejo montado en una yegua pía. Era don Gaytán de Sepúlveda, a quien la gente del país designaba con la forma arcaica de su nombre de pila, sin duda por ser él un viviente arcaísmo. Andaba don Cayetano de Sepúlveda al ras de los setenta años, y se mantenía terne y activo de todos sus órganos, excepto de la vista, por lo que usaba gafas muy fuertes de présbita, montadas en concha y con vidrios laterales. Su rostro afilado más parecía de dómine que de lo que era, un ricachón de quien se decía que traspalaba las onzas; mas como ya no hay onzas, debía decirse que apilaba los fajos de billetes de Banco. Llevaba un sombrero negro, achambergado, y un capote de barragán que no soltaba hasta el cuarenta de mayo, o más. Era terrateniente, fuerte ganadero y monopolizador de lanas, banquero rural, y de añadidura cacique o compinche de los cacicones del distrito; hombre, en fin, que a todo el mundo, a Dios inclusive, llamaba de tú...

Acudió Gil a tenerle el estribo, al punto que salían a recibirle José y Eusebia, ambos con sonrisa de conejo, que es mixtura de risa y temor. Pasaron el visitante y sus amigos a la cocina. La plática fue breve, pues don Gaytán era hombre que ahorraba la saliva tanto como el dinero, y excesivamente modesto en todo, había suprimido el lujo de las vagas conversaciones. Después de darse y tomarse varias explicaciones, don Gaytán sacó un papelejo escrito y dijo a Caminero:

—Amigo, ahorremos palabras. Fírmame esto, y se acabaron tus afanes. Y para redondear la cifra, que no me gustan picos, ya lo sabes, toma estas trescientas veinticinco pesetas. Ea, ya estás salvado por hoy... Mañana, Dios, que a los buenos no abandona, acabará de sacarte el pie del lodo...

Firmó José, que por hallarse con el agua al cuello no veía nada más allá del momento presente. Mirándole trazar la embrollada rúbrica, don Gaytán masculló esta frase:

—Y ya no tienes para qué escribirle a Bálsamo, que ya sabes que soy su poderhabiente para todo. Ya le diré yo que has pagado. Descansa, hijo, y ve tirando, que el que tira llega, y el que cae se levanta.

Tanto José como Eusebia tuvieron que mostrarse agradecidos, porque si bien el viejo zorro les hipotecaba el mañana con el aumento de una deuda ya muy crecida, habíales quitado del pescuezo la cuerda que les ahogaba. Invitole el ama a remojar el gaznate con vinillo blanco, del que siempre tenía corta provisión para casos como el que aquel día se presentaba. Aceptó el viejo con gusto, y mientras se relamía entre sorbo y sorbo, sacó súbitamente de la memoria un asunto de interés que se le había olvidado.

—Ya decía yo —exclamó— que algo se me trascordaba. Es que quiero pediros un favor. Tenéis aquí un jayán que vale por dos; ese Gil, de quien decíais que es una bestia para el trabajo y un ángel por la fidelidad. Como ahora, José, tu primer cuidado debe ser meterte en las economías, cédeme ese chicarrón, que a mí me hará buena obra, ya sea en Tagarabuena, donde no falta labor, ya en Micereses de Suso, donde tengo la cabaña. Tú le trataste de agostero, y lleva mes y medio contigo. Págale cuatro duros, que es lo que por hoy le debes, y yo me cargo con lo restante hasta San Agustín o más, que según lo que él vale por su estampa y alzada, así como por su buen natural, pienso que lo tomaré para el año entero.

Rascándose la mollera, por lo duro que se le hacía ceder tan buen criado, Caminero dijo a su mujer:

—¿Qué te parece, Usebia?

Y Usebia, haciéndose cargo de que no podían dar un no al ricacho camandulero, se violentó terriblemente para contestar:

—Por mí, que se lo lleve.

Y al punto salió a la puerta de la casa para echar fuera un gran suspiro, que se levantó como tempestad dentro de su pecho.

Ajustada la cesión del esclavo, don Gaytán quiso antes de marcharse dar un golpe de vista a las tierras de Tordehita. Como José había de ir a Nafría y Gil al molino, Eusebia tuvo que acompañar al maldito vejestorio, y lo hizo muy a contrapelo por la gran ojeriza que le había tomado. Al volver de la visita campestre, que fue muy del gusto del hidalgo, este bromeó con Eusebia, recordándole el feliz tiempo en que la tuvo de servicio en su casa de Tagarabuena, siendo ella mocita. En tales añoranzas, parose el viejo; palpó con atrevida mano las mejillas y papada de la rústica jamona de buen ver, y con risilla desdentada soltó estos cínicos piropos:

—No pasan años, Usebilla, y aún estás muy lozana, y como quien dice, tentadora de un santo. Si quieres que holguemos un ratico, me hallarás en Nafría de hoy en ocho.

—¡Oxte, que pico... Oxte, que restrego, señor! Déjeme quieta.

—Respingona, párate un poco. Es un proponer. A Nafría puedes ir con el pretexto de llevarme unos pollos... que en buena ley nada harías de más, Eusebia, por el favor que habéis recibido de mí. Ea, no cocees, hija, que se te corre la albarda. Ten entendido que no estoy viejo ni cansado más que de la vista... Tú piénsalo, que de pensar las cosas nada se pierde.

Aceleró Eusebia el paso para zafarse de tal impertinencia y volvieron a la casa, donde don Gaytán montó en su yegua y se fue bendito de Dios. Quedó concertado que Gil se reuniría con su nuevo señor en Nafría, entrada de la sierra, para seguir luego juntos hacia Tagarabuena... La despedida del mozo fue harto triste, porque él había tomado ley a sus amos, y estos le querían, el ama con cariño más hondo y con mayor pena de la despedida, por ser pena y cariño disimulados.

Hallándose Gil en el oscuro establo dando a las vacas el último pienso que de sus manos habían de recibir, llegose a él Eusebia con el propósito manifiesto de llevarle su ropa bien arregladita y el oculto de darle los íntimos adioses. Lo primero fue entregarle, para merienda en el camino, dos huevos asados en la ceniza, escogidos entre los más gordos; un cuarterón de pan, y sobre ello estas tiernas palabras:

—Dos penas tuve contigo: la de no poder quererte a cara levantada, y la de ofender a mi marido, que es un santo. Santo él y yo pecadora, ahora viene el que te nos vayas, dejándonos a José y a mí muy desconsolados: a él, porque te quería para mulo de trabajo; a mí, porque te quiero para animal de mi gusto... Adiós, mi pino de oro; adiós, mi barragán florido...

Al decirlo, echábale Eusebia los brazos y acariciaba los graciosos rizos que ornaban la frente de Gil... Este correspondió a las ternezas del ama, que maldiciendo la ausencia no quería dar por finiquitos sus criminales amores, y así le dijo:

—Si te deja en Tagarabuena ese perro de don Gaytán, irás alguna vez al mercado de Pedralba, y allí nos encontraremos y podremos venir juntos hasta la espesura de los castaños de Algodre, donde loqueábamos sin que nos viera nadie: solo Dios nos veía... y la burra y el Moro.

Gil asentía galanamente a todo, y ella, soltando y secando lágrimas, le despidió con las postreras ternuras:

—Adiós, hijo. Dios te guíe, la Virgen te acompañe y a los dos nos perdone. Tras de ti se me quiere ir el alma. ¡Ay! aquí me quedo penando por no verte y por la perrada que hago a mi José, que cuando el cuco canta él se rasca la cabeza... Adiós mil veces, pedazo de gloria, estrella de tu ama.

Partió Gil atristado, mas con espera de mejor acomodo; que en él renacían vagas ambiciones. Y nunca fue más verdadero el viejo refrán Más mal hay en el aldegüela del que se suena, porque en la vecindad de la Usebia, y en todo el lugar, corría el vientecillo de que despedían al mozo por barraganía, y que cuando José Caminero salía al campo, los pájaros, cantando el cucú, le decían su mal... Llegó Gil a Nafría[*], donde pasó la noche: allí tenía don Gaytán un hato de doscientas cabezas. El nuevo amo partió de mañana, llevando consigo a Gil en un caballejo ropero, y al paso llegaron a Tagarabuena y de allí a Micereses, que es el cruce de la cañada real de Burgos con otros caminos pastoriles por donde los ganados subían a la sierra. El lugar y todo su contorno embelesaron a Gil; que si como tal Gil había visto poco mundo, como Tarsis refrescaba en su memoria las viajatas por Europa, y nada de lo que en ellas gozó igualaba en belleza a lo que miraba entonces. Bien es verdad que según se vean las cosas, así toman mayor o menor relieve en nuestro espíritu. No es lo mismo admirar la naturaleza desde la ventanilla de un tren o desde la terraza de un hotel, que contemplar un trozo de laderas y monte con absoluta libertad de espíritu, sintiéndose el espectador tan bravío y salvaje como lo que contempla, y siendo, en verdad, parte o complemento del paisaje, ser de su ser, pincelada de su pintura, rima y cadencia de su poesía.

[*] Los nombres de senderos y lugares, absolutamente castizos, se emplean aquí con criterio convencional, prescindiendo del rigor geográfico.

Los vellones de niebla que se desgarraban al calentar del sol, iban descubriendo las altas rocas y las mansas colinas, con un juego caprichoso que demostraba el bello desorden y las armónicas irregularidades de la Naturaleza. Por momentos se despejaban las cimas antes que los bajos; por momentos se iluminaba lo próximo mientras se encapuchaban los oteros lejanos. Cuando todo quedó desnudo de vapores, se vio brillar el verde húmedo de las diferentes matas y del intrincado follaje arbóreo que matizaba las pendientes, dejando calvas aquí y allí, o escondiendo el cauce torcido de los regatos que bulliciosos bajaban rezongando entre piedras. Tal era Micereses de Arriba, desde donde Gil veía extenderse hasta lo infinito la llanada de Castilla, inmenso blasón con cuarteles verdes franjeados de bordadura parda, cuarteles de oro con losanges de gules, que eran el rojo de las amapolas. En medio de este campo iluminado de tan nobles colorines, aparecían desperdigados en la lejanía pueblecillos de aspecto terroso con altas y puntiagudas torres, como velas de fantásticos bajeles que navegaban hacia el horizonte.

Comió Gil con los pastores en medio del campo, donde sesteaban otras doscientas o más ovejas, parte pequeña de la riqueza pecuaria de don Gaytán. Con fraternal confianza se sentaron todos en el santo suelo musgoso, formando rueda en torno del cazolón, y con cucharas de palo despacharon el condumio, que por la sazón del aire serrano y del bárbaro apetito, a todos supo a gloria. Luego trincaron, pasándose de uno en otro a la redonda un voluminoso zaque, y a todos les quedó el dejo de una pueril alegría. Y a medida que se aclaraba en el alma de Gil la conciencia de su anterior naturaleza, crecía su gusto de la vida villana, y en esta, más que la ocupación labradora, le agradaba la pastoril, por gozar en ella de absoluta independencia de espíritu.

Al rabadán del hato que allí pastaba conoció Gil en Aldehuela. Sin más que el breve trato y yantar en Micereses de Suso, quedaron muy amigos. Llamábanle Sancho, y era un hombrachón como un castillo, de condición leal y ruda cortesía. Todo fue satisfactorio para Gil-Tarsis en aquel día risueño, porque el amo destinó a Sancho a la mayoralía de otro rebaño más copioso que no tardaría en venir por la Cañada Real a Micereses de Abajo, y con él iría Gil en calidad de zagal de segunda. Al atardecer partieron ambos a pie, y por el camino Sancho iba instruyendo al mozo de sus obligaciones, y dándole una ilustrada conferencia sobre el ordenamiento de los grandes rebaños, que vienen a ser como ejércitos, con su general en jefe, al que obedecen los pastores que rigen los distintos cuerpos o masas ovejunas, con su impedimenta de vituallas y ropa, su vigilancia y guardería de perros, y su arte de campaña para ir por el camino más corto a los prados más suculentos.

Al amanecer de un claro día, hallándose Gil con su amigo en un sitio llamado la Cuernanava, por donde pasa el ancho camino pastoril, vio venir el rebaño grande de Gaytán, o de los Gaytanes (que era cofradía de hijo y padre), el cual desde lejos se anunciaba por el grave son de los zumbos. Delante venía el mayoral con las manos colgadas del palo que sobre los hombros traía, y a un lado marchaban dos enormes carneros barbudos y bien cornados, de cuyos pescuezos pendían los cencerros o campanos zumbantes. Seguía la grey apiñada, balando y apretándose unas reses con otras, como friolentas, pues ya dejado habían la riqueza de sus lanas en los esquileos de Santo Tomé de Nieva. Como un tercio de ellas eran merinas, las demás manchegas. Avanzaban poco, porque en los bordes de la cañada y en la cañada misma encontraban qué comer. Los pastores y zagales acudían a las que salían de filas, trayéndolas con voces y amenaza de palos al apiñado conjunto que ondulaba marchando. Arreciaban los balidos; repicaban los cencerros con belénica armonía rústica de nacimiento del Niño Dios. Los perros diligentes corrían por los flancos de la comunidad restableciendo el orden y trayendo a filas, con ladridos y achuchones, a las ovejas desmandadas. En el centro del lanoso cotarro andante, se destacaba el caballo ropero cargado de morrales, en que traían el repuesto de aceite, vinagre y sal, que llaman cundido, el corto dinero para sus gastos, las sartenes y cazolones para sus comidas. Era un animal selvático y paciente, todo crinoso y peludo, contento de su suerte y servidor fiel de la cuadrilla, hombres y cuatropea.

Llegó la grey a un sitio llamado Sesmo de Trogeda, donde se cruzan la Real de Burgos con la Real de Soria; tomó por una chaparrada, después entró en el concejo de San Bartolomé del Querque, siguieron por la Hoya de Horcajada; de la Cañada Real pasaron a un camino transversal, que en lenguaje mesteño se llama cordel, y por él llegaron a Micereses de Yuso, donde pararon ya bien entrado el día. Allí tenían pasto abundante las ovejas, y los hombres descanso, conversación y un vislumbre de esparcimiento social.

Hízose allí el cambio de personal, quedando Sancho de generalísimo, con Gil a sus inmediatas órdenes, y después de mediodía siguieron su camino por el Mojón de los Enebrillos, y por un largo y yermo campo, llamado Iloluengo, llegaron al sitio en que habían de pasar la noche, que era un otero verdegueante, salpicado de peñas, al que llamaban descansadero, sitio de abrigo y amenidad. Se hizo alto a prima noche, a punto que salía la luna, redonda y amarilla, dando al cielo gala, y a la tierra dulce y templada claridad.

Cenando las sabrosas migas, Sancho prosiguió la información que de la vida pastoril venía dando a su compañero.

—Este oficio —le dijo— es el más holgado y menos enfermizo que conocen los hombres, y con ser tan antiguo como el roncar, no se ha encontrado cosa más arrimada a lo natural que esta vida nuestra. Probes semos hogaño, tan probes como cuando adoramos al Niño Dios en el Portal de Belén. Pero la probeza es nuestra honra y nuestra paz. La mesma sopa y las mesmas migas que comíamos entonces comemos ahora, y la mesmísima licencia de los amos tenemos para comernos la oveja perniquebrada, y alguna sobrera que en días de recio queramos matar... Desventajas tiene el oficio por un lado, y es que viva separadico de su mujer el pastor que la tenga, y que a todos nos falte calor y trato de hembra; pero, si bien lo miras, es por otro lado ventaja que estemos libres del quebradero que trae la vida con la mujer en casa, y del sobresalto de tener que cuidar de ella. Mejor es que Dios tome sobre sí ese cuidado, y nosotros vivamos en descanso, fiados en que la honra de ellas está a cargo de la Santísima Virgen y del Santo Ángel de la Guarda.

Todo esto le pareció muy bien a Gil, el cual estuvo de acuerdo con su jefe en que la ausencia y privación de mujer no había de ser absoluta, porque alguna vez entraban y se detenían en poblado. En lugares y villas o en sus aledaños, milagro había de ser que no les salieran haldas a que agarrarse. Y a esto dijo Sancho con humor sentencioso y castizo:

—Con lobos y con mujeres, toparás más que quisieres.

Dentro de una gran rastrojera, cercada de piedra y que a los Gaytanes pertenecía, se acomodó el ganado. Algunos pastores se guarecieron en el chozo que en el extremo más elevado del cerco había. El ambiente era tibio y sereno. Gil, que gustaba de tumbarse al aire libre en noches plácidas de verano bajo un cielo esplendoroso, eligió para su descanso un lugar blando de hierba ya seca, al amparo de una peña que lo guardaba del Norte. Al rato de mirar al firmamento, echó la boina sobre sus ojos, y pensando que pensaba, lo que hizo fue dormirse... A una hora que le pareció la del alba por la claridad que vio en la faja de Oriente, despertó el zagalón sobrecogido, como si alguien le llamara. A un tiempo creyó sentir un golpecito en su cuello y una voz que le nombraba. Pero a su lado no había nadie. Despabilado y en pie, persistió la ilusión de la voz... Gil volvió sus miradas de nuevo hacia el resplandor creciente de la aurora.

Hacia aquella parte subía el terreno por escalones naturales de césped y de rocas bajas, y como a las diez varas de suave subida se veían enormes piedras de extraña forma, que más parecían estar allí por colocación que por natural asiento. Unas había que semejaban deformes cuadrúpedos, otras osamentas de monstruosos animales de fauna desconocida. No faltaba cierta simetría en la erección de estos bultos de piedra sobre un suelo plano. Al fondo de aquel ingente propileo, vio Gil dos colosales monolitos plantados como columnas, y sosteniendo sobre sus cabeceras otro témpano horizontal. Pasando bajo aquel pórtico, vio una rampa, en la cual aglomeraciones musgosas parecían vestigios de una escalera. Subió el pastor hasta llegar a un túmulo, que también podía ser trono, y en este... ¡Ay! si no le engañaban sus ojos, si no era un durmiente que se paseaba por los espacios del ensueño, lo que vio era una mujer, una señora sentada en aquel escabel, y la maravilla de tal visión fue completada con otra maravilla de la Naturaleza. Precipitó el sol su salida, y sus rayos se esparcieron por el cielo en deslumbrador semicírculo y en disposición tan peregrina, que parecían salir de la cabeza de la señora, o que esta coincidía propiamente con el padre sol.

Del estupor y sobresalto que embargaron el ánimo del pobre Gil, cayó este de rodillas, casi tocando la orla del vestido de la dama, y próximo a ella pudo advertir que se hallaba en presencia de la matrona que vio en la noche de su encantamiento, escoltada por las ninfas o amazonas galanas que danzaban con claqueteo de crótalos, y que a él le zarandearon de lo lindo... Reconoció la faz de augusta nobleza, los cabellos blancos, la severa vestimenta, la mirada benigna, el sonreír afable... Sintió Gil renovado el miedo intensísimo de aquella hora fatídica del encanto, y no sabía sacar de su oprimido pecho palabra alguna. La dama entonces, sin énfasis de teatro, sin tonillo de aparición fantástica, antes bien con el llano y gentil lenguaje que emplear podría cualquier señora viva de la más ilustre clase social, le dijo:

—Sosiéguese el buen Tarsis, y no se asuste de mi presencia, ni vea en ella un caso sobrenatural para regocijo de niños y pastores inocentes... Yo soy quien soy; mi reino no es el cielo, sino la tierra, y mis hijos no son ángeles, sino hombres.

Oyendo estas palabras, Gil se fue recobrando de su pavura. A una señal cariñosa de la dama se puso en pie, y otra señal, maternalmente imperativa, le indujo a sentarse en un pedrusco frontero al que la prodigiosa figura ocupaba. Con nuevos alientos, pudo sacar de su pecho estas graves expresiones:

—Señora, la gloriosa majestad que en tu semblante y modos se manifiesta, me dice que eres reina, divinidad, espíritu que por su propia virtud se hace visible.

Y ella dijo:

—Reina es poco, divinidad es demasiado; espíritu y materia soy, madre de gentes y tronco de una de las más excelsas familias humanas. Adórame si vivo en tu sentimiento; pero no me rebajes a la condición de imagen erigida en altares idolátricos.

Se adelantó Gil con piadosa efusión a besarle la mano, y ella, requiriendo la del pastor como apoyo para levantarse, dijo así:

—Vieja soy, hijo mío; pero mi ancianidad no es más que la expresión visible de mi luenga vida. Debajo de estas canas llevo escondida mi juventud para cuando sea de mi gusto mostrarla. Vivo en todos y en cada uno de los dominios que poseo. Si hoy me has visto en este triste collado, es porque aquí suelo venir atraída de fuertes querencias atávicas. Yo también he tenido infancia. Estas piedras adustas me vieron mozuela, más bien niña, ofrendando a dioses que ya se fueron para no volver. Soy más vieja que las lenguas, más vieja que las religiones, y he visto pasar pueblos como pasan tus ovejas por mis cañadas seculares... Pero ya es hora de que me dejes y te incorpores a tu rebaño, que ya está el buen Sancho disponiendo la marcha. Vuelve a tu majada, hijo mío, y si deseas verme y hablarme con descanso, yo deseo lo propio, ya que estás encantadito para bien tuyo y mío, como te diré... Andaréis todo este día y parte de la noche, hasta llegar a beber en aguas de mi Duero. Pasando el río por mi San Esteban de Gormaz, seguiréis por el camino que va de este pueblo a mi querida ciudad de Hotzema, que ahora llamáis Osma. En un punto, que yo escogeré, de ese largo camino me hallarás... Adiós, Tarsis. No te entretengas; Sancho te busca: vais a partir. En el chozo tienes tu desayuno, pan con torreznos. No dejes de tomarlo (con elegante humorismo), ni por hablar conmigo creas que eres solo espíritu. Hay que comer, hijo. Yo también como. (Mostrando un pan celtíbero de centeno y miel.) Adiós, hijo. Tu Madre no te olvida.

VIII

Prodigiosa y familiar conversación que tuvieron el caballero y la Madre desconocida.

Descendió Gil de aquel foro salvaje, y apenas llegó junto a Sancho, este le dijo que había hecho mal en andar por entre aquellos erguidos pedruscos, donde moraban duendes o endriagos.

—Esos peñascones que ves fueron altares, no de moros, como algunos creen, sino de otras plebes que antes de ellos vinieron a España.

—¿Fenicios... cartagineses?

—No... Otro nombre tenían de más antigüedad, que no se me acuerda. Lo que ves es el despiazo de las iglesias que aquí tenían, y que eran gentiles, o de un sacerdocio que comulgaba comiéndose carneros crudos... En los recovecos de las peñas quedan diablos que fueron de aquella seta, y yo te aseguro por mi fe que vi a dos o tres de ellos una noche que me dio la mala idea de subirme allí a dormir. Son cuatropea, al modo de micos grandes; la cabeza tienen de cabrón, rabo corto y empinado, y los ojos como ascuas de fuego azul tirando a verde.

Recogieron los pastores sus bártulos, y el ganado se puso en marcha. Todo el día anduvieron por lugares cuyos nombres oía Gil por primera vez. Recorriendo cañadas y cordeles pernoctaron en un corralón que no era ya de los Gaytanes, sino de otra familia llamada los Gaitines; pasaron una puente jorobada de cinco ojos, y ¡hala, hala!... fueron a dormir al amparo de una villa no pequeña, toda de color barroso, de pobre y desordenado caserío. No había casa que no pareciese reñida con la inmediata, ni calle que no estuviera enemistada con los pies de los transeúntes, pues todo era guijarros, hoyos, charcos y montones de basura y escombros.

Tempranito fue Gil a echar un vistazo al pueblo; vio huertos de lino en flor, plantíos de alcacer, y al embocar en una plazoleta de estrambótica irregularidad, abierta a las eras por uno de sus lados, vio una puerta románica muy bella y toda desmochada en su gracioso adorno, como si hubiera estado rodando durante siglos por un despeñadero. Era puerta de iglesia humilde, y por ella salían mendigos de cuyos hombros colgaban jironadas anguarinas o capas pardas, cojos, tullidos, legañosos; salían mujeres, viejas las más, alguna joven y bonita, con sus pañuelos o las sayas en la cabeza. Parose Gil a mirar a las que le parecieron guapas, que de esta curiosidad ingénita y examen de bellezas no le curara ningún encantamiento, y estando en ello vio que salía también por la vetusta puerta la señora de los albos cabellos, la del aire augusto, la de extremada belleza madura, la Madre, en fin, que se le apareció en el bárbaro santuario céltico.

Vestía la dama la misma túnica severa, sin más novedad que un velo negro echado desde el cabello a la espalda; traía en una de sus manos un rosario menudo liado en los dedos. Dirigiose a él con semblante afable, diciéndole:

—Ya sabía que estabas aquí... Vámonos a esta otra parte y podremos hablar.

Maravillado quedó Tarsis de la sencillez y del tono familiar con que la señora le acogía, y ella con noble gracejo le dijo:

—Ya ves cómo puedo hacer mi aparición sin ningún aparato, ni comparsería, ni rayos de sol...

Luego, con paso tranquilo, se internaron en angosta calleja rematada en un arco, por el cual salieron a un campillo donde había corpulentos álamos y una fuente sin agua, flanqueada de bancos de piedra. En uno de estos sentáronse la buena Madre y el pastor Gil, y a su gusto y comodidad platicaron. Discurrían por allí raros transeúntes que saludaban sin manifestar estrañeza ni asombro ante las dos figuras. Veían a la Madre como a persona familiar de todos conocida... Lo que hablaron fue como sigue:

Tarsis.—En cuanto me hice cargo de mi encantamiento, días ha, señora y Madre, comprendí que este no era por daño mío, sino al modo de enseñanza o castigo por mis enormes desaciertos.