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EL DOCTOR CENTENO


Es propiedad. Queda hecho el depósito que marca la ley. Serán furtivos los ejemplares que no lleven el sello del autor.


B. PÉREZ GALDÓS

NOVELAS ESPAÑOLAS CONTEMPORÁNEAS



EL

DOCTOR CENTENO

TOMO II


14.000

MADRID

OBRAS DE PÉREZ GALDÓS

132, Hortaleza

1905


EST. TIP. DE LA VIUDA É HIJOS DE TELLO

IMPRESOR DE CÁMARA DE S. M.

Carrera de San Francisco, 4.


EL DOCTOR CENTENO

IV

EN AQUELLA CASA

I

Acuérdate, lectorcillo, de cuando tú y yo y otras personas de cuenta vivíamos en casa de doña Virginia, y considera cómo el rodar de los tiempos, dando la vuelta de veinte años, ha cambiado cosas y personas. La casa ya no existe; doña Virginia y su marido, ó lo que fuera, Dios sabe dónde andan. Ni he vuelto á verles, ni tengo ganas de encontrármeles por ahí. Aquellos guapos chicos, aquellos otros señores de diversa condición, que allí vimos entrar, permanecer y salir, en un período de dos años, ¿qué se hicieron? ¿Qué fué de tanto bullicioso estudiante, qué de tan variada gente?

En la marejada de estos veinte años, muchos se han ido al fondo, ahogados en el olvido ó muertos de veras. Los pocos que sobrenadan son: Zalamero, que ha llegado á ser ministro, cosa que entonces nos habría parecido inconcebible; Poleró, que estudiaba para Caminos y después pasó á la Armada, en la que ocupa excelente puesto; Arias Ortiz, que es hoy Ingeniero jefe de una gran empresa minera, y tiene canas y cuatro hijos, de los cuales uno es nada menos que bachiller; Cienfuegos, que es médico de un pueblo... En cambio, el pobre Sánchez de Guevara, que estudiaba Estado Mayor, pereció, siendo comandante del Cuerpo, en las calles de Valencia, combatiendo una sublevación. Pues y el bendito Miquis, ¿qué se hizo?... ¿y el Señor de los prismas, de misteriosa condición y oficio no comprendido? ¿y el infelicísimo eautepistológrafos?... ¿y el sesudo don Basilio Andrés de la Caña, á quien nunca humanos ojos vieron en otro estado que en el de la formalidad y seriedad más imponentes?... Estos y otros que no nombro, ¿do están? ¿viven? ¿se salvaron, ó se sumergieron para siempre?

Detente, memoria; deja á un lado las tristezas, y prueba á referir lo pasado y pintar el teatro de tan grandes sucesos y notables personas, sin interrumpir tu narración con ayes lastimeros. Procura reproducir, si para ello tienes poder bastante, aquel largo pasillo, con tres vueltas, parecido á una conciencia llena de malicias y traiciones; aquella estera rota, tan peligrosa para el que andaba un poco de prisa; aquellos cuartos que al angosto pasillo se abrían; aquella sala y gabinete donde se aposentaban los huéspedes de campanillas; aquel olor de fritanga que desde la cocina se esparcía por toda la casa, saliendo hasta la escalera para dar el quién vive á todo el que entraba.

Repite, memoria, la persona y hermosura de la gallarda Virginia, ama de tal cotarro; ayúdate, si es posible, de algún histórico papel para que puedas decir ahora qué casta de pájaro era la tal, de dónde había venido, por qué andaba en aquellos trotes hospederiles, y, en fin, cuál era su verdadero estado... No olvides al buen señor, marido suyo, ó cosa así, pintor de heráldica, holgazán de profesión todos los días, y los más de ellos consumado borracho, á quien llamábamos Alberique, sin más nombre de pila; ten presente aquel perro humilde que nunca ladraba, y que á la hora de comer iba de cuarto en cuarto avisando á los huéspedes; animal comedido, modesto y meditabundo, á quien llamaban, no sé por qué, Julián de Capadocia.

De los antecedentes de Virginia, nada debemos decir. Todo es obscuridad en esta parte de la historia patria, y las distintas versiones que corrían en lenguas de los estudiantes no tienen la suficiente autoridad para ser estampadas como verdades inconcusas. Algún atrevido sostenía haberla visto, años atrás, en tratos peores que los de Argel; pero ¿con qué pruebas corrobora esta declaración impertinente? Con ninguna. Mucho cuidado con las indiscreciones en lo que atañe á la buena fama de las personas; y antes se ha de romper la pluma que usarla para llevar al papel versiones maliciosas, no depuradas por una crítica severísima. Sobre que era guapetona, no cabe vacilación. Y más lo fuera si el constante trabajar y lo mal que vestía no disimularan un tanto su belleza. Representaba más de treinta años, y tenía el cutis blanquísimo, los dientes perfectos, el seno alto, el pelo negro, el genio irascible y pronto, las manos perdidas del trabajo, el habla dulce y castellana fina, el corazón ya duro, ya fundente, según las circunstancias; la voluntad fuerte y activa. No se explicaba su unión con aquel tagarote de Alberique que se pasaba la vida en el comedor, delante de una chica ó grande de Baviera, leyendo papeles políticos, y que las rarísimas veces que trabajaba, más era tormento que alivio de su mujer, porque no se le podía sufrir, y estaba todo el día riñendo con la criada, con Julián de Capadocia, con los huéspedes. Y todo, ¿por qué? Porque le echaban á perder sus trabajos, porque le ensuciaban las vitelas, porque le habían perdido el rojo, porque le habían quitado la tinta china. Hombre más inaguantable no ha existido en el mundo. Siempre con su gorro turco ó fez, la negra pipa en la boca, pictórico, harto y un poco asmático, parecía la imagen del sensualismo y de la brutalidad. Se pasaba el día enredando, haciendo y deshaciendo, echando pestes y pintando aquellas monerías insubstanciales y desabridas de la heráldica. Por aquí cuartelillos, animalejos por allá. Sus trabajos no se acababan nunca. Su taller era la mesa del comedor, y cuando, llegada la noche, había necesidad de quitar los chismes pictóricos para poner los manteles, tenía que oír... Todo era echar maldiciones y decir á cada instante su interjección favorita: ¡Verbo!... Allí, ¡Verbo! no entendían trabajos tan delicados. El señor de Alberique, ¡Verbo! se marcharía de la casa, y se iría á donde supieran apreciar el mérito de los artistas. Era de tierras de Levante: un morazo, un cartaginés ó sabe Dios qué, resultado de la mezcolanza de razas africanas, ó de la degeneración arábiga. Tenía facha berberisca, y no le faltaba más que el alquicel para estar con toda propiedad. Eran sus facciones bastas, su color retinto, su fuerza muscular cual de un caballo, su ánimo cobarde, como no fuera para echar maldiciones. Y, sin embargo, las manos de aquel bárbaro tenían delicadeza y pulso para hacer miniaturas y pequeñeces que se debían mirar con microscopio. El oso es un animal hábil.

II

Puesta la mesa y llegada la hora, iban entrando los huéspedes y cada cual ocupaba su sitio. Temporada hubo en que se reunieron veinte, la mayor parte jóvenes. Siempre había tres ó cuatro señores graves que daban respetabilidad á la mesa y á la casa. Entre los jóvenes distinguíanse los estudiantes, y no faltaba algún empleado ó pretendiente. De los señores que se denominaban fijos, merece principal mención uno que habitaba la casa desde que la estableciera doña Virginia. Su fijeza era ya proverbial, su persona y circunstancias dignas de estudio. Había, sin duda, misterio en aquel señor tan circunspecto y prudente, que nunca decía esta boca es mía, sequito, canoso, correcto y urbano. No molestaba á nadie, y se pasaba la vida en su cuarto escribiendo y leyendo cartas; no salía jamás como no fuera para ir al correo, ni recibía más visitas que la de un cierto sujeto, apoderado de la familia, que venía una vez al mes á pagar el hospedaje y á enterarse de sus necesidades. Se llamaba don Jesús Delgado, y cuando decían «á comer,» era el primero que franqueaba la puerta del comedor, y se paseaba un rato esperando á que vinieran los demás. Rara vez se le oía el metal de voz, y cuando éste sonaba era para preguntar á la criada ó á Virginia si había venido el cartero.

Contrastaba con este señor, en lenguaje y modales, un don Leopoldo Montes, andaluz, medio empleado y medio pretendiente, medio literato, medio propietario, medio agradable y medio antipático, hombre que de todo hacía un poco y de todo nada, que á veces parecía acomodado, á veces más pobre que las ratas, fachendoso, verboso, ampuloso, y que, por contera de su huero carácter, tenía la flaqueza de suponerse amigo de cuantos personajes crió Dios. También observábamos en la vida de don Leopoldo algo de misterio, pues no se le conocía empleo. Sin embargo, solía decir: «hoy, al salir de la oficina...» y otras cosas que ponían en grande confusión á los que le escuchábamos. Á éste le llamaban el Señor de los prismas, porque en su lenguaje petulante, hablando de cuanto hay que hablar, usaba de continuo la frase: «mirando tal ó cual cosa bajo el prisma...» En toda discusión política de las que un día y otro se trataban en la mesa, salían á relucir tantos prismas, que á poco más se vuelven prismáticos la mesa y los huéspedes.

Merece otro lugar aquí don Basilio Andrés de la Caña, persona mayor, de suma importancia, de un peso tal que se podría creer que á todos les hacía favor en estar allí, y que, por descuido de la fortuna, no se sentaba en la poltrona de un ministerio. Lo que decía en las disputas de la mesa, considerábalo él mismo como la cifra y resumen de la sabiduría, y no debía ser puesto en duda. Era hombre de edad y sin familia ó apartado de ella, redactor de un periódico en la parte más difícil y áspera de cuanto contiene la Prensa, que es el ramo de Hacienda. Para atar cabos, conviene decir que este señor era el mismo á quien Felipe Centeno había visto por la ventana de la redacción, admirándole como á un ser superior, comprensivo de toda la humana ciencia. Era el mismo que en la memorable noche de Febrero, cuando Alejandro Miquis trajo á Felipe á su casa y le dió ropas y comida, había pronunciado las palabras aquéllas sentenciosas y solemnísimas, que no sé si recordarán los que esto han leído: «Concluirá en San Bernardino.»

Había otros de fisonomía moral y física menos caracterizada, y que además no tenían residencia constante en la casa. Cierto sujeto, que estuvo bastantes años en Filipinas, ocupaba un gabinete sólo por temporadas, pues su residencia habitual era Illescas. Había dos propietarios de la Alcarria que venían alternativamente á negocios y se alojaban en la sala; y además otros que se han desvanecido en la memoria, y si quisiéramos traerlos aquí, ocuparían término muy lejano en esta galería de verdad, presidida por la excelsa doña Virginia, teniendo á sus pies la modesta imagen canina de Julián de Capadocia.

Vamos ahora con la juventud que daba carácter, ruido, alegría y sér y espíritu á la casa. Entre éstos descollaba Zalamero, ofreciendo la singularidad de ser un estudiante ordenadísimo, puntual en todo, lo mismo en asistir á clase que en pagar su hospedaje. Estudiaba Leyes, y sólo con su asistencia se ganaba las notas de sobresaliente que era un primor. Su cuarto era el más arreglado de la casa. Tenía la ropa muy bien cepillada, distribuída en perchas ó cajones de cómoda; no conocía deudas, iba á misa los domingos, no alborotaba, no entraba tarde, ni se estaba las mañanas durmiendo, como tantos gandules. Observad ahora las pasmosas armonías que hay en la Naturaleza humana. Era Zalamero un buen mozo, de facciones bonitas y correctas, rubio, el pelo ensortijado, dividido en dos desde el occipucio á la frente por una raya que parecía pintada. Tenía barbita dorada, rubia, muy mona. En su hablar era el mismo comedimiento.

Sánchez de Guevara, el de Estado Mayor, era bastante parecido á Miquis en el carácter pronto y resuelto, pero más desordenado aún que el joven manchego. El cuarto del cadete tenía que ver. Por el suelo yacía el uniforme abrazado con la toalla. Se acostaba á dormir, en las noches de invierno, con el ros puesto, y después de leer un rato en la cama, apagaba la luz con la espada. Era guapo chico, pundonoroso; se pasaba las noches en vela, engolfado en las matemáticas, haciendo funcionar á muy alta presión esa energía intelectual y volitiva que los alumnos de estas carreras difíciles han llamado potencia empollatriz.

Poleró, catalán tan castellanizado que apenas se le traslucía el acento, era también bravo joven, estudiante de Caminos, con poca afición á la carrera; de buena figura, atlético, estudioso por pundonor más que por gusto. Á menudo se distraía del estudio, pasándose las horas muertas en los cuartos de sus compañeros charlando de teatros, chicas, política y música. En la mesa se divertía buscando camorra al de los prismas, y tomándole las vueltas para que se enredase en sus propios embustes. Se burlaba con frecuencia de don Basilio Andrés de la Caña, haciéndole creer que todos respetaban su opinión y que le conceptuaban hombre de gran seso, cuando en realidad le tenían por el mayor majadero del mundo. Era agresivo, pendenciero; gustaba de llevar la contraria, y si, por ejemplo, se hacía en la mesa política progresista, que era lo más común, salía él, como un rehilete, defendiendo el espadón de Narváez. Si, por el contrario, alguien abominaba de la revolución, ya le teníamos sacando á relucir las famosas llagas y el padre Claret ó Clarinete, que eran la comidilla más salada y gustosa de aquellos días. Espíritu activo, indagador, controversista, Poleró estaba destinado á ser hombre de provecho, como en efecto lo ha sido.

Arias Ortiz, alumno de Minas, era un andaluz serio (ave rara), apasionado de su carrera y de la metalurgia; mas con cierto desorden y falta de método, que felizmente han ido desapareciendo más tarde. Le faltaba una rueda, como suele decirse; pero el tiempo y el estudio han completado la máquina de su cerebro, y hoy no tiene más desvarío que el inocente de cultivar la música en sus ratos perdidos, que son pocos. Por las noches compone polkas y toca el piano, como recurso contra la soledad en que vive. Era en aquellos tiempos tan enfermizo, que se retrasaba en sus estudios más de lo que él quisiera; ahora, con los aires de Barruelo, con el polvo, el humo y las polkas se ha fortalecido tanto, que da gusto verle.

Á Cienfuegos ya le conocemos. Era hijo de viuda, y seguía la carrera de médico con grandes escaseces y humillaciones. Lo que el infeliz padecía y la hiel que tragaba por esta nefanda ley de relación entre las necesidades y el dinero, no se puede contar brevemente. Á veces desmayaba, y hacía propósito de ahorcar los libros y ponerse á cavar en Barajas de Melo, su patria; pero secreta energía le aguijaba, y al remo del estudio volvía, despreciando obstáculos y arrostrando los vejámenes de la pobreza con ánimo estóico. Llegó á adquirir con esto cierta rudeza glacial que algunos tomaban por cinismo. Su sereno desdén de ciertas conveniencias era más bien como una actitud de defensa contra la desgracia, ó bien el egoísmo del combatiente que en nada repara para evitar un golpe. No condenemos á este gladiador de la vida sin admirar antes su fortaleza y sufrimiento, y aquella calma solapada tras la cual se escondía pasmosa agilidad de espíritu.

III

Sentados á la mesa, cual hemos dicho, los quince ó más huéspedes, y servida la sopa de arroz, siempre tan igual á sí propia que la de hoy parecía la misma de ayer, empezaba el alboroto. Tal como se ponía aquel comedor algunas noches, la torre de Babel resultaría, en parangón suyo, lugar de recogimiento y devoción. En pocas épocas históricas se ha hablado tanto de política como en aquélla, y en ninguna con tanta pasión. Jamás tuvieron parte tan principal en las conversaciones populares los chismes palaciegos y las anécdotas domésticas de altas personas. No gozando de libertad la prensa para la controversia, se la tomaba el pueblo para la difamación. No se ponen puertas al campo, ni mordazas á la malicia humana. La opinión tiene muchas bocas á cual más fieras. Cuando se le tapa la del lenguaje impreso, abre la de las hablillas. Si con la primera hiere, con la segunda asesina. Estaba muy en la infancia la política española para conocer que nada adelantaba con suprimir las cortadoras espadas del periodismo, cuyos filos se embotan pronto cuando se les permite el constante uso. En tanto los cuentecillos envenenaban la atmósfera haciéndola irrespirable, y lo que se quería conservar y defender se moría más pronto. De fuertes y seculares imperios se cuenta que, habiendo podido defenderse de terribles discursos y escritos fogosos, han caído destrozados por los cuchicheos.

¿Quién podrá repetir la algarabía de aquel comedor virgiñesco? ¡Ay, Miquis, quién tuviera tu retentiva para intentarlo! Pero si tal lograra, el lector se volvería loco; con que más vale que se quede inédita esta parte tan principal de la historia de Centeno. Tan sólo retazos y frases sueltas que el héroe conservó en su memoria saldrán al descaro de las letras de molde. Él recordaba perfectamente haber oído á su amo una frase provocativa.

—Ó la Señora los llama, ó esto se lo lleva el Demonio... Yo lo digo muy alto: esto repugna, esto abochorna. ¿Qué gente le queda? Veamos: O’Donnell...

—O’Donnell es un pillo.

—¿Pues y Narváez? ¡Hombre de Dios...!

—Señores, calma, calma. Es porque aquí se han de mirar siempre todas las cosas bajo el prisma democrático... No, no es eso.

—¿Á mí qué me viene usted con historias...?

—Permítanme ustedes, señores...

—Dejemos á un lado la vida privada. Yo sostengo que...

—Permítame usted... pero permítanme ustedes...

El que esto decía, sin poder hacer silencio en la mesa para dejar oír su campanuda opinión, era don Basilio Andrés de la Caña, la voz más autorizada de la casa. Se ponía furioso cuando no le dejaban hablar...

—Silencio, que quiere hablar don Basilio.

—Permítanme, señores...

—Lo sé, lo sé de buena tinta por uno que va á Palacio. Á O’Donnell le desprecian allá, y sólo se aguarda una ocasión...

—Historias... ¿Á mí qué me viene usted con cuentos...? Esas son pamplinas.

—Verdad. ¡Pero si se cae de su peso!

—Permítanme...

—¡Silencio!

—Yo, francamente, no lo veo así... Qué quiere usted... Seré torpe. Siempre miro las cosas bajo el prisma de la lógica.

—Ya esto no tiene soldadura. Ya el partido ha declarado que va á la revolución.

—Al pesebre.

—Al presupuesto... Pero óigame usted... Así no se puede discutir.

—Permítanme ustedes, señores...

—Si tergiversamos las cuestiones...

—Permítanme...

Por fin tanto trabajó, tanto sudó, tantas manotadas repartió á un lado y otro en ademán neptuniano de aplacar tempestades; tanto hizo aquel bendito don Basilio para que emergiera su personalidad en el proceloso mar de las disputas, que al fin se callaron. Silencio imponente.

—Están ustedes fuera de la cuestión—dijo con reposado lenguaje.—Se ocupan aquí de si la situación tiene ésta ó la otra herida, cuando está comida por un cáncer interior que la devorará antes de que la maten las armas y la política. ¿Y cuál es este cáncer?

Pasmo expectante. Sólo se oye el ruido de los tenedores picando garbanzos.

—Ese cáncer es la Hacienda, ese cáncer es la cuestión económica, ese cáncer es el estado del Tesoro, ese cáncer es el déficit... Porque, señores, lo he dicho y no me cansaré de repetirlo, con los números no se juega. Para los conflictos de números no tienen solución la espada ni la oratoria. El país, entregado por una parte á los chismes y por otra á las conspiraciones, no se ocupa de esto. Los que estudiamos día y noche estas áridas cuestiones sabemos que el mal es grave, y lo que es peor, señores, que el mal no tiene remedio.

Terror. Doña Virginia oculta la cabeza detrás del hombro de su marido para poder reir á sus anchas. Cáusale más risa que el discurso de don Basilio la seriedad con que le oye Poleró.

—El déficit, señores, sube ya á la aterradora cifra de ochenta y cinco millones, y no hay que fiarse de lo que diga el ministro, presentando las cosas...

—Bajo un falso prisma...

—Permítanme ustedes... Á esto hay que añadir la deuda del Tesoro... los compromisos que traerá la última operación con la casa Laffitte, las resultas del empréstito Mirés...

—La verdad, señor de la Caña, nosotros no entendemos de eso...—dijo Arias interpretando el cansancio de algunos.—En lo que usted cuenta habrá, sin duda, mucho de fantasmagórico...

—Permítame usted...

—Tiene razón don Basilio—gritó Poleró saliendo á su defensa y enredando la cuestión á ver si se sulfuraba el hacendista, que era el paso más cómico que podían desear.—Así no se puede discutir. Los que no conocen bien la Hacienda...

—Eso es música.

—Por Dios, Caña, no nos hable usted de jeroglíficos.

—Para ustedes, lo que no sea traer y llevar á Sor Patrocinio y á... Que les aproveche.

—No es eso, no es eso.

—Cállate, Poleró.

—Cállate tú, Cienfuegos.

—Dejar hablar, hombre, dejar hablar. Cuando vuelva Narváez...

—Si no ha de volver...

—Lo dijiste tú... Nada: estos señores, después que han planteado su fórmula de todo ó nada...

—No se les puede sufrir.

—Permítanme ustedes...

—Y sobre todo, ¿de qué se trata?

—Á mí no me embaucan esos señores con tanto discurso, con su retraimiento estúpido...

—Más estúpido es quien no ve venir la tormenta y se empeña en...

—¿Qué dices tú? Eso es comulgar con ruedas de molino.

—Poleró, que le va á hacer á usted daño la comida...

Para mofarse de don Basilio, Poleró le decía cualquier día con énfasis y misterio: «¿No sabe usted, amigo Caña? Ya se habla de otro empréstito...» Oyendo lo cual, el eximio Necker se llevaba las manos á la cabeza y murmuraba: «Perdición, ruína... ¡Pobre país!... Yo lo digo un día y otro; no me canso de predicar... Pero no hacen caso... Al freir será el reir.»

Y al de los prismas le decían siempre: «¿Á ver, don Leopoldo, á que no cuenta dónde ha estado usted hoy?... ¿Cuántas conquistas lleva esta semana? Porque usted las mata callando. ¿Ha sido marquesa ó qué ha sido?»

El tal Montes se reía, dando por ciertas, con su silencio, las indicaciones de Cienfuegos y Poleró. Luego contaba historias de mujeres, en las que, á ser verdaderas, se dejaba atrás á don Juan, á Lovelace y á cuantos conquistadores de este linaje ha tenido el mundo. Una vez en Sevilla... aquél sí que fué lance. Otra vez en Valencia... ¡oh... cosa más dramática! Lo extraño era que él no las buscaba, y se le venían á las manos las aventuras ya bien amasadas y cocidas. Pues cuando estuvo en París, á negocios de la casa... (por cierto que nunca se pudo averiguar qué casa era aquélla). En fin, si lo iba á contar todo, no acabaría nunca. Precisamente aquella mañana, cuando salía de la oficina... (nadie sabía nunca cuál oficina era), vió una moza de buen trapío que pasó á la acera de enfrente y le miró... ¿Para qué seguir? Era la historia de siempre. Después había estado en el café con Milans del Bosch, y al poco rato entró Sagasta, el cual le dijo... Pero ¿á qué referirlo? ¡Qué máquina de embustes! Él no se ocupaba más que de sus negocios, y cuando volviera á Sevilla, lo haría sin que se enterase nadie, porque con sigilo es como se llevan adelante las grandes empresas. Bien querían los progresistas conquistarle; pero él no les hacía caso, porque veía las cosas bajo el prisma de la serena razón, y... á buena parte iban...

Concluído el comer, la única persona que no había desplegado sus labios en toda la noche, el taciturno y comedido don Jesús Delgado, era quien primero se levantaba, y dando tímidamente las buenas noches, íbase tranquilo á su cuarto, donde le aguardaba la interrumpida obra de sus cartas. Los demás salían en tropel ó separadamente. Unos corrían presurosos al café; los más aplicados se encerraban á empollar las lecciones del día siguiente, y en el comedor sólo quedaban al fin Virginia y su berberisco esposo, el cual, á tal hora, siempre había de tener reyerta con ella, unas veces en bárbaro tono, otras humorísticamente, siendo el motivo y término de tales disputas que Virginia le diera algún dinero para irse al café y al billar. Cuando ella sacaba, generosa, un portamonedas más mugriento que su conciencia; paz y risotadas; cuando no, mugidos y un soliloquio de verbos y amenazas que duraba hasta media noche... Comparada con él, era Virginia una hembra superior, heroína de virtud, abnegación y trabajo. La explicación de que una mujer de mérito (relativo) estuviese unida á un bárbaro semejante y que trabajase para mantenerle, no se encuentra, no, en la superficie de la humana naturaleza; hay que ir á buscarla á los senos más hondos y secretos de ella. Pero Virginia se vengaba de su gigante aborreciéndole y despreciándole en gran parte de las ocasiones de su vida, de tal manera, que le ponía en el postrer lugar de sus afectos y le consideraba menos que al último de los huéspedes, menos que á la criada, menos que á Julián de Capadocia.

IV

Á vivir en esta sociedad y entre tales personas quiso la Providencia llevar á Felipe, después de pasarle por la escuela y familia de don Pedro Polo. Ella se sabrá por qué lo hacía. Hubo dimes y diretes entre Virginia y el manchego Alejandro sobre la admisión de Felipe en la casa. Era muy desusado, en verdad, que los huéspedes tuvieran sirvientes, y un estudiante con escudero no lo había visto Virginia en todos los días de su vida. Pero á Miquis no había quien le quitara de la cabeza el proteger á su querido Doctor y facilitarle medios de aprender alguna cosa. Tocado de una como demencia filantrópica, estaba decidido á pagarle hospedaje, como lo hizo, celebrando formal convenio con su patrona... No faltaba en la buhardilla un huequecito, ni en la mesa de la cocina un plato más ó menos lleno. Convenido y realizado. Siempre que aprontase un diario de seis reales por cabeza de criado, don Alejandro podría llevar á la casa todos los Doctores que quisiera.

Por de pronto, Centeno estaba contentísimo, y no se habría cambiado por los mortales más dichosos, ni por los que se hartan de honores y ganancias en elevados puestos, ni por los que vuelven de América cargados de caudales. ¡Verse entre tanto señorito listo, entre estudiantes que hablaban y contendían á todas horas sobre cosas de sabiduría, y además de esto comer bien, no recibir porrazos, no ver á doña Claudia...! Esto era como vivir en la gloria y ver colmadas las ambiciones más atrevidas.

Fuera de Cienfuegos, ninguno de los compañeros de Miquis sabía el origen del repentino engrandecimiento de éste. Quién lo atribuía á inesperada herencia, quién á lotería ó hallazgo. Y que la cosa era gorda no podía ponerse en duda, porque las liberalidades del manchego casi rayaban en sardanapalescas. Por mañana y tarde no cesaba de convidar á los amigos en el café; había saldado las cuentas con el mozo y con cierto usurero á quien Arias llamaba Gobseck, y se puso en paz con otros británicos de menor cuantía. Entre los del cotarro que se formaba en un rincón del café, se hizo corriente y como proverbial, siempre que se proyectaba teatro, diversión ó merienda, la locución: «Miquis paga.»

Y para no ser el último en gozar del provecho de su opulencia, el manchego se lanzaba ¡oh sibaritismo! á la vida de gran señor, proporcionándose unos lujos, señores; unas tan grandes pompas mundanas... ¿Qué hizo nuestro hombre? Pues tomar para su vivienda exclusiva el gabinete de la esquina, que no se daba sino á dos ó tres que vivieran juntos y pagaran el máximum de pupilaje. ¡Qué gusto vivir él solo en aquella habitación regia, donde había una cama semidorada, alfombra mosaico hecha de distintos pedazos de fieltro y moqueta, consola de caoba, cajas que fueron de dulces, un espejo de los de ver visiones, y dos grandes láminas compuestas de retratitos fotográficos de todos los alumnos de un curso final de Medicina ó Derecho! Para rematar dignamente su señorío, conveníale tener un servidor, ayuda de cámara, ó si se quiere secretario particular y del despacho, y para todos estos menesteres le venía de molde el insigne Felipe, que era listo, activo, obediente y le manifestaba un afecto rayano en la idolatría.

Con esto cumplía Alejandro dos fines: el egoísta de ser amo de alguien, y el nobilísimo y cristiano de amparar al chico y ponerle al estudio. Convinieron en que le daría libros y le matricularía en un Instituto. ¡Qué gustazo tener un paje á quien mandar, á quien dar gritos, á quien decir á toda hora: «Felipe, tráeme esto... ven acá, corre allá... muévete...!» Lo peor del caso era que, pasados dos días de la entrada de Felipe en la casa, éste resultó ser criado de todos, y todos eran sus amos, porque sin cesar le mandaban á la calle con éste ó el otro recadillo. No era la última en aprovecharle Virginia, que vió en el chico una buena ayuda de su negocio. Cuando no le ponía á limpiar cubiertos, me le mandaba por carbón; ya le llevaba consigo á la compra, ya, en fin, le hacía barrer la casa. No tenía, en verdad, Felipe un momento de sosiego. Era, pues, muy común que Alejandro llamaba á su criado, y que éste no respondiese. El impetuoso amo sé ponía furioso, y sus gritos y aspavientos casi se oían desde la calle: «Le voy á matar... esto no se puede sufrir.» Pero todo concluía cuando entraba don Basilio Andrés de la Caña, diciendo:

—Permítame usted, señor de Miquis. Me tomé la libertad de mandar á Felipe por una cajetilla.

Ó bien era Alberique, que decía:

—¡Si fué á traerme tinta china y cerveza...!

Á esta comunidad de los servicios de Felipe correspondía la comunidad del lujoso gabinete de Miquis, pues los huéspedes amigos le tomaron por suyo. Era el casino de la casa, el disputadero, Ateneo, Bolsa, club, salón de conferencias, el Prado y el Conservatorio, porque allí se charlaba, se fumaba, se discutían cosas hondas, se leían los autores sublimes, se contaban aventuras, se escribían versos, se leían cartas de novias, se tiraba al sable, se hacían contratos y se cantaban óperas. Contentísimo estuvo Alejandro algún tiempo en medio de aquel bullicio; pero, al fin, tan larga y fastidiosa era la invasión en su cuarto, que llegó á cansarse. Algunos días se encerraba con llave y se estaba solo largas horas. Poleró y Zalamero, acercándose á la puerta, tocaban suavemente. «¿Cómo va esa escena?» le decían... Desde fuera le oían recitar versos, y daban palmadas, gritando: «¡Bien, bravo; que salga el autor!»

No está de más decir que tanto Poleró como Arias y Sánchez de Guevara se permitían bromas, á veces pesadas, con Felipe; pero éste lo llevaba todo con paciencia. Lo que no parecía era el estudio, ni las prometidas matrículas.

—Tiempo tienes todavía—le decía el bueno de Arias viéndole impaciente.—Á tu edad yo no sabía ni leer. Estás aventajadísimo, y casi, casi eres un pozo de ciencia.

Hacíanle preguntas de Historia Sagrada y profana, de Aritmética y Gramática, para reirse con lo que contestaba. Era, en efecto, divertidísimo oirle.

—Tiene tinturas de todo este Doctor—indicaba Zalamero riendo.—Á poco más estará en disposición de hacer oposiciones á alguna plaza de tintorero.

—Lo que es éste—decía Arias,—va á ser algo.

—Donde ustedes lo ven, éste hará dinero... Formal.

Pero Octubre corría y se pasaba la mejor sazón para sentar plaza de soldado raso en los ejércitos del bachillerato. Cienfuegos y Arias fueron los que un día decidieron á Miquis á matricular á su escudero... Gracias á Dios, ya tenemos á mi señor don Felipe en el Noviciado, metiéndole el diente al latín. La enseñanza primaria era en él tan incompleta como se ha visto; ¿pero qué importaba? Mejor.

Para lo que allí había de aprender, más valía que entrara limpito de toda ciencia, pues que limpito había de salir. Vedle cómo apechuga con su latín y con la abominable Gramática, de la cual maldijéralo Dios si entendía una sola palabra. Al dichoso latín debiera llamársele griego por lo obscuro. Ni él se explicaba para qué servía, ni á qué cuento venía en el problema de su educación. Y confuso, lleno de dudas, osaba, en su rudeza, protestar contra la mal enseñada y peor aprendida jerga, diciendo:

—Yo quiero que me enseñen cosas, no esto.

¡Cómo se reían sus amos con estos disparates! Pero él se esforzaría en cumplir sus deberes académicos, aprendiéndose de memoria el traqueteo de sílabas que componen la declinación, y pensaba así:

—Vamos á ver en qué para esto.

Apenas le dejaba Virginia el vagar necesario para ir diariamente tres horas al Instituto. Estudiaba un poco por las noches, pero de muy mala gana, porque francamente... Vamos, que se le indigestaba el latín... Era un narcótico... Le bastaba coger el libro para caerse de sueño.

Como Alejandro, desde que era rico, entraba á hora avanzadísima de la noche, Felipe pasaba el tiempo durmiéndose en una silla, ó visitando y acompañando á los amigos de su amo en sus respectivos aposentos. Cuando estaban en el café, gozaba el Doctor lo indecible yendo de cuarto en cuarto y examinando y registrando libros y apuntes de clase. Los libros de Sánchez de Guevara le producían pasmo, mareo, vértigo. Ver sus páginas era como asomarse á insondable y misterioso abismo. ¡Re... contra! ¿qué querían decir aquellas letras separadas por palitos, comas y tanto rabillo por acá y por allá? Luego había unos números montados sobre otros números, y letritas chicas por arriba, encima de palitroques que parecían grúas. Él miraba, miraba, volvía páginas, y luego observaba los apuntes que el cadete hacía con lápiz, en los cuales había los mismos signos, la propia mezcolanza de guarismos y letras. A, palito, B; y todo por el estilo. ¿Y aquello era la matemática? ¿Y para qué servía la matemática? Felipe alargaba el hocico husmeando el aire... ¡Vaya con Dios! ¿para qué ha de servir, recontra-córcholis, sino para saber todo lo que se sabe?

Pasaba luego al cuarto de Cienfuegos, y de todos los libros que sobre la mesa había, se iba derecho á uno lleno de láminas; ¡pero qué láminas! Inspiraban á Felipe una especie de horror sagrado y curiosidad febril. ¡Ave María Purísima! Allí había vientres abiertos, tripas sanguinolentas, cráneos levantados como se levanta la tapa de una fosforera. Era algo como lo que cuelga en los ganchos de las carnecerías... Con el alma en los ojos, Felipe leía los letreritos... Páncreas... estómago... Más adelante: bronquios. «Sopla, pues esto es los gofes.» Músculo ciático. Y se tentaba el cuerpo diciendo: «Aquí está. Estas figuras son lo propio de nuestro cuerpo.» Se pasaba allí las horas muertas, absorto, hasta que entraba Cienfuegos y le sorprendía: se enfadaba un poco; pero desenojándose pronto, decíale:

—Ve á ver si Guevara tiene cigarrillos.

Los libros de don Basilio no ofrecían maldito interés, y Felipe les habría arrojado al fuego si le dejaran. La Deuda del Tesoro y el déficit. Este folletito estaba encima de un voluminoso libro. ¿Á ver? Presupuestos de 1862-63... ¡Vaya unas papas! El señor de los prismas no tenía en su cuarto más que un Calendario del Zaragozano y una novela de á peseta, cuya mugrienta cubierta estaba llena de redondeles de sebo, señal de que Montes apagaba la luz con el libro. Muchos volúmenes y apuntes tenía Zalamero; pero ¡qué cosas tan insulsas! Nunca pudo Felipe sacar substancia de aquello. La Cuarta Falcidia... Los Testamentos. ¿Qué le importaban á él los testamentos?... La mesa de su amo contenía revuelta colección de obras diferentes; pero había sin fin de libracos en francés... ¿Á ver? Balzac, Scribe... ¿De qué trataría aquello? Le pe... re Gori... Gori... Memo... moires, memorias de Deux jeunes... de Diógenes querría decir... El demonio que lo entendiera. Centeno no acertaba á comprender para qué leía su amo aquellas tonterías... Don Víctor Hugo... Ruy Blas... esto sí era claro. Schiller... Don Carlos... también clarito. Seguían muchas comedias ó dramas en verso castellano. Aquello ya era más claro. Leía mi Doctor las primeras escenas; pero luego se cansaba, porque, á su parecer, todas decían lo mismo.

Poleró, que le tenía cariño, le llamaba:

—Ponte á estudiar, Felipe. No le revuelvas los papeles á tu amo. Ven á mi cuarto... Siéntate aquí, á mi lado. Coge tu libro.

Y él se ponía á estudiar Analítica y Mecánica. El Doctor leía también un poco; pero aburrido muy pronto, salía y entraba para matar el fastidio.

—Estate quieto. Me estás distrayendo. Mira que te pego... ¿Quién anda ahora por el pasillo?

—El señor de Zalamero.

—¿Pero estaba en casa Zalamero?

—Sí, señor. Ahora salía del cuarto de la patrona.

Poleró rompió á reir. Endeble tabique separaba su cuarto del de Zalamero, y en él daba algunos golpes el maligno catalán diciendo:

—Zalamerín, ¿estabas en casa?

No respondía el otro. Mas Poleró, saliendo al pasillo, se ponía á toser fuerte.

—Ejem, ejem.

Y Sánchez de Guevara respondía desde su cuarto con iguales toses. Arias aparecía también tosiendo.

—Vete al comedor—decían á Felipe,—y mira á ver si está Alberique.

—¿Qué ha de estar? La señora le dió dinero para que se fuera al café...

Cuchicheos, risas, reunión de los tres en el cuarto de Poleró, y redobles en el tabique, sin lograr que Zalamero responda. Felipe, mensajero de Cienfuegos, entra de súbito:

—Dice don Juan que si alguno de ustedes tiene cigarrillos.

—Toma dos... ¿Ha entrado don Leopoldo?

—Sí, señor. Está en su cuarto remendando la levita y pegándose botones.

—¿Y don Basilio?

—Ahora entra.

Oíase el resoplido de aquel señor, que hasta en el respirar revelaba autoridad. Salía Poleró al pasillo, para trastearlo un poco:

—¿Qué ha habido hoy, don Basilio?

—Nada. Siguen con el delirium tremens. De Santo Domingo hay muy malas noticias. Esto no tiene atadero. Á todos lo digo y no me hacen caso. Con su pan se lo coman. Yo no sé lo que va á venir aquí... no sé. Me asusto, créalo usted... Ahora tengo entre manos un trabajo, que me parece ha de meter ruido. Pruebo con números... porque todo lo que no sea números es música... Pase usted á mi cuarto y le enseñaré...

—Otra noche... Estamos aquí con mucho cuidado. ¿Sabe usted que Zalamero se nos ha puesto malo?

—¿Sí? ¿Y qué es?

—No sabemos. Entre usted en su cuarto... Á nosotros no nos quiere decir lo que tiene.

Entra don Basilio en el cuarto de Zalamero, y al poco rato sale y hace este diagnóstico:

—Está delirando... Me ha despedido á cajas destempladas... ¿No llaman ustedes un médico?

—Cienfuegos dirá.

—Porque... Buenas noches, jóvenes. Con permiso de ustedes, me voy á mis habitaciones.

Las habitaciones de don Basilio eran el cuarto más obscuro y estrecho de la casa. No era mejor el de don Leopoldo Montes, que, al decir de Felipe, estaba disimulando los deterioros de su ropa para poder salir bien compuestito y reluciente al otro día. Poleró y Cienfuegos le visitaban á tal hora para sorprenderle y avergonzarle; pero él, siempre en su papel, escondía rápidamente los chismes de costura y afectaba ocuparse de ordenar papeles.

—¿Cuándo es ese viaje á París?

Aquel viaje era la muletilla de todos los días, porque Montes lo estaba anunciando siempre.

—Creo que no pasará del jueves. Aquí tengo dos partes que he recibido esta mañana... El jueves ó viernes á más tardar.

Después que le mareaban un rato, se iban á la puerta del cuarto de don Jesús Delgado, anhelosos de descubrir el misterio de sus ocupaciones epistolares. El huésped taciturno trabajaba aún: se oía el rasguear de su pluma y los suspiros que daba.

De pronto salía Guevara al pasillo:

—Á ver si dejan estudiar. ¡Qué ruido!

Reuníanse los tres en el cuarto de Arias, que se estaba acostando, y hablaban de Zalamero:

—Vaya con el moderadito. Un hombre que defiende á los Paúles...

—El año pasado había aquí un huésped... ¿Le alcanzaste tú, Guevara? Aquel Romero, andaluz. Daba de palos á Virginia y á Alberique... ¡qué escenas!... ¡Felipe!

—Señor.

—¿Ha entrado Alberique?

—Ahora llega. Voy á abrirle la puerta.

Oíanse pasos de elefante.

—Hola, amigo Alberique... ¿no sabe usted lo que hemos tenido aquí?

—¿Qué... ¡verbo! qué?

—Fuego. Por poco nos quemamos todos.

—¿En dónde, verbo?

—Ya está apagado...

—Váyanse ustedes á... ¿En dónde está mi cuarto? ¡Felipe, condenado, verbo!... trae luz: no se ve.

—¡Arre!—murmuraba Felipe empujándole hacia el gabinete matrimonial.

Abrían la puerta, le empujaban dentro y... buenas noches.

—¿Pero ese Miquis no viene todavía? Es la una.

—¡Pobre Alejandro! Ya sé dónde está. Nada, nada: se lo beben, se lo sorben...

—Acabará mal.

Y quebrando el diálogo, subdividiéndolo hasta llegar á frases y palabras sueltas pronunciadas en éste ó el otro cuarto, se iban retirando, cada cual al suyo. Uno se acostaba y seguía leyendo; otro, después de cumplir con las matemáticas, hacía rezos de Balzac y se encomendaba á Víctor Hugo; todos tenían aficiones literarias. Por último, reinaba el silencio del sueño en la casa, y muy tarde, sobre las dos ó las tres, entraba Alejandro. Sus primeras palabras eran siempre: «Felipe, acuéstate.»

Y él permanecía en vela, leyendo ó escribiendo. Se acostaba de día, y casi nunca se levantaba antes de las cuatro. La hora de sus trabajos era la madrugada, hora febril, hora de caldeamiento cerebral y de emancipación del espíritu. Dormíase Felipe en el sofá, y á lo mejor despertaba asustado oyendo á su amo declamar...

Vive Dios, que es tal hazaña

digna de un Téllez Girón...

Como ecos, repercutían en su cerebro las rimas de la redondilla: galardón... España. Y volvía á dormirse para despertar de nuevo alarmado con estos gritos:

¡Hola!... ¡prendedle!... ¡traición!

¡Necio, atrás!... ¡Italia es mía!

V

Porque Alejandro era autor dramático. Tenía tres dramas, ya desechados por su propio criterio, y uno flamante, nuevecito, que era su sueño, su gloria, su ambición, sus amores. Tan cierto estaba él de que se había de representar como de su propia existencia, y tan seguro y patente consideraba el éxito, cual si lo estuviera viendo con los ojos de la cara... Ideas para otros dramas, planes brillantísimos, ¡oh! teníalos por docenas y se le ocurrían á cada momento: al levantarse, al salir, al tomar café; mas érale forzoso apartarlos de sí para que no le atormentaran, apoderándose antes de tiempo de los ricos moldes de su cerebro. Convenía que tanto verbo fecundo aguardase la oportunidad de su encarnación, y que tanta vida nueva tuviera calor interno antes de ser sometida al trabajo de forja. Después que se representara El Grande Osuna, vendrían otras obras y éxitos más colosales, ¡Misión altísima la suya! Iba á reformar el Teatro; á resucitar, con el estro de Calderón, las energías poderosas del arte nacional. Como los más puros místicos ó los mártires más exaltados creen en Dios, así creía él en sí mismo y en su ingenio, con fe ardientísima, sin mezcla de duda alguna, y mayor dicha suya, sin pizca de vanidad.

¿Y por qué no había de tener razón? Entre sus compañeros y amigos no eran unánimes los pareceres respecto al superior ingenio de Miquis. Unos le tenían en mucho; otros en poco; quién por un visionario; quién por tonto ó algo menos. Los compañeros de casa le amaban por sus prendas morales, entre las cuales descollaba el corazón más generoso, más expansivo, más copioso de afectos que puede imaginarse; pero en lo tocante al numen, también variaban las opiniones. Poleró, sin conocer el drama, sostenía que era un hatajo de inocentadas, y que el mayor favor que se podía hacer al joven manchego era quitarle de la cabeza sus pretensiones de autor dramático. Cienfuegos no pensaba lo mismo, y veía en Alejandro, mejor dicho, columbraba en aquel espíritu algo misterioso y grande que no existía en los demás.

Físicamente era raquítico y de constitución muy pobre, con la fatalidad de ser dado á derrochar sus escasas fuerzas vitales. Sus nervios se hallaban siempre en grado muy alto de tensión, y todo él vibraba constantemente, como cuerda de templado metal, sin cesar herida por el divino plectro de las ideas. La fiebre era en él fisiológica, y el organismo del cerebro constitucional y normal. Era un enfermo sin dolor, quizás loco, quizás poeta. En otro tiempo se habría dicho que tenía los demonios en el cuerpo. Hoy sería una víctima de la neurosis.

Desde la infancia se había distinguido por su precocidad. Era un niño de éstos que son la admiración del pueblo en que nacieron, del cura, del médico y del boticario. Á los cuatro años sabía leer, á los seis hacía prosa, á los siete versos, á los diez entendía de Calderón, Balzac, Víctor Hugo, Schiller, y conocía los nombres de infinitas celebridades. Á los doce había leído más que muchos que á los cincuenta pasan por eruditos. Su feliz retentiva le había familiarizado con la historia de los libros de texto. Á los catorce Abriles, varones graves del país le consultaban sobre materias de Historia, Mitología y Lenguaje. Era general allí la creencia de que el Toboso, ya tan célebre en el mundo por imaginario personaje, lo iba á ser por uno de carne y hueso. Destináronle á estudiar Leyes. Los amigos de su papá decían:

—Éste que empieza por literato y poeta, acabará, como todos, por orador político y ministro de cuenta. El Toboso tendrá al fin su prohombre.

Le hemos conocido cuando llevaba tres años en Madrid y veintiuno de existencia... ¡Pobre Miquis, trabajador incansable de lo ideal, aprendiz de creador! Merecería ingresar en las familias mitológicas y que le representaran en figura de un forjador maravilloso, alumno de Vulcano, ó ladrón de sagrado fuego como Prometeo. ¡Desgraciado Miquis, siempre devorado del afán del arte; perseguidor con fiebre y congoja de la forma fugaz, y rara vez aprehensible; atormentado por feroces apetitos mentales; ávido del goce estético, de esa inmaterial cópula con la cual verdad y belleza se reproducen y hacen familias, generaciones, razas! También las ideas son una especie inmortal que habla con briosos instintos en las entrañas del artista, diciéndole: «Propágame, auméntame.»

Hombre dado á los demonios, ó en otros términos, consagrado al peligrosísimo ejercicio de la imaginación, odiaba el Derecho. Para él, la humanidad inteligente no había echado de sí cosa más antipática que aquel jus, idea suspicaz, prosáica y reglamentadora de la vida; idea enemiga de la pasión, de lo ideal, destructora de la personalidad libre y de la poesía. El jus no era otra cosa que el eterno Sancho Panza... Iba Alejandro á clase lo menos posible, y siempre de mala gana. Pero había sabido ganar sus cursos y aun obtener con poco trabajo regulares notas. Nunca fuiste tirano, amigo Sancho.

En los primeros años de la vida de este jovenzuelo en Madrid, era su carácter jovial, exaltado, bullicioso. Amenizaba el círculo del café con su peregrino ingenio. Las metáforas símiles y paradojas brotaban de sus labios como de un manantial inagotable. Cuando él no iba, faltaba el espíritu de la tertulia, el sentido cómico y transcendente de todo lo que allí se hablaba... Pero al tercer año empezó á determinarse en Miquis una transformación que había de ser pronto mudanza profundísima ó paso orgánico, precursor de otro paso moral. Su humor festivo se trocó en melancólico; cada día le eran menos simpáticos el bullicio y la gárrula palabrería del café, y si bien quería con leal cariño á todos sus amigos, muchos de éstos le molestaban. La gran batahola que se hacía en su cuarto érale ya insoportable. No teniendo carácter para expulsar á los intrusos, pues era incapaz de ofender á sus compañeros, esperaba las horas silenciosas para aislarse. De día paseaba por lugares solitarios, buscando la dulce impresión que traen al alma los objetos extraños y no vistos constantemente. De noche y á la hora en que nadie podía turbarle, leía y escribía, protegido del silencio y paz de la madrugada.

El drama, aquel pedazo de Cielo caído sobre la frente de un hombre, estaba ya terminado. ¡Feliz suceso que dejaba una marca indeleble en el tiempo! Él solo bastaba á hacer rosadas las auroras, suaves y poéticas las noches y las tardes, hermosas las horas todas. Alejandro lo había leído á un autor mediano, pero muy corrido en la escena, hombre de éstos que llaman prácticos en el arte, el cual, callándose su opinión sobre el mérito real de la obra, hizo observaciones que dejaron helado al pobre Miquis. La división en cinco actos era inadmisible. Habían de ser tres solamente, porque nuestro público no aguanta más. Pues, y aquella lista de treinta personajes, ¿cómo podía ajustarse al exiguo personal de nuestras compañías? El Schiller hispano había explanado sus ideas, como el tudesco, en un escenario inmenso, lleno de diversas figuras, con pueblo y todo. ¡Qué inocencia! Forzoso era cortar por lo sano, no dejando más que el cogollo de la obra. ¡Fuera aquel cardenal Borja, el gonfalonier, los cuatro capitanes ó arraeces de galeras, los dos lazzaronis, el príncipe Colonna! ¡Fuera también el jefe de los uscoques, los dos frailes camaldulenses y otras figuras que más eran decorativas que esenciales! Resumen: hacer de cinco actos tres, sin que ninguno subiera de 1.000 ó 1.100 versos; quitar quince personajes lo menos; simplificar mucho, y hacer decoraciones fáciles, pues la que decía Ribera de Chiaja, con varias galeras atracadas á la derecha, el palacio vicerreal á la izquierda y al fondo el Vesubio, era para hacer morir de espanto al pintor y maquinista.

Con grandísimo dolor emprendió el manchego la refundición de su obra. Á cada miembro cortado, echaba sangre su corazón de padre; pero no había remedio, ¡zas! Más que trabajo de reducción, debía serlo de compresión. Era necesario coger al gigante y comprimirlo hasta poder encerrarlo en un frasco de alcohol, como los fetos. Mucho padeció el poeta; pero al fin triunfó de sí mismo. Sólo que no pudo reducir los cinco actos á tres, y la obra quedó en cuatro. Había quitado trece personajes, y entresacado casi la mitad de los versos.

¡Gracias á Dios! El director de un teatro leyó la obra y la encontró excepcional. Estaba el hombre entusiasmado; pero al expresar su regocijo á Miquis y al felicitarle, indicóle la necesidad de nuevas modificaciones. Todavía era forzoso comprimir más. La obra cabía ya en un frasco: era menester que cupiera dentro de un dedal. ¡Nuevo trabajo, nuevos afanes! En esto se ocupaba Alejandro en aquellas madrugadas, viviendo solo en el gabinete de la esquina, después de su cambio de fortuna. Á tales horas, excitado por su labor, sentía febril entusiasmo; había algo de convulsivo y epiléptico en la onda de vibraciones nerviosas que de su cerebro salía, viniendo á morir en su epidermis. Su sangre era lumbre; el pulso se aceleraba, corría, como viajero impaciente. Su fantasía poderosa encendíase á la acción magnética de aquel estilo ampuloso y calderoniano. Los personajes del drama tomaban á sus ojos figura y realidad teatral; vivían, si no la vida del mundo, la oropelesca y convencional del teatro, cubierta de vistosos remedos vitales. Veía, tan claramente cual si lo tuviese delante, á don Pedro Téllez Girón, duque de Osuna, virrey de Nápoles, insigne caudillo de mar y tierra, político, diplomático y muy galán, figura que el poeta soñaba como la más gallarda muestra del ánimo español, de la ambición sublime y del desorden caballeresco; veía también al solapado veneciano Ángelo Barbarigo, figura sombría y trágica con olor y color de sangre; al aventurero normando Jacques Pierres; al sarcástico y honradísimo Quevedo, secretario del Duque, y, por último, á la enamorada Catalina Paoli, la Carniola, robada á los uscoques por Jacques Pierres, como verían bien los que la obra conocieran. El lugar de la escena igualmente revivía en la fantasía del poeta, y poco le faltaba para ver con los ojos mortales al propio Nápoles con su Vesubio ardiente, su pintoresco mercado, su mar y su cielo más azules que lo azul, la delirante alegría de su pueblo, su naturaleza á la vez florida y plutónica, llena de hierbas y lavas, prodigio de la Naturaleza, arca del paganismo, compendio de toda la hermosura terrestre.

Sentir este entusiasmo vidente y no poder comunicarlo á otro sér, era el mayor de los tormentos. Sus amigotes no le comprendían, y algunos de sus compañeros de casa se burlaban de él. Ya el maligno Poleró, hablando del drama, lo había llamado El gran Cerco de Viena, y Cienfuegos, el mejor amigo de Alejandro, no le mostraba un afecto muy vivo sino cuando necesitaba de él para salir de sus apuros. No podía comunicarse más que con Felipe, él cual era un inocente y no entendía palotada de teatro, ni de arte, ni de historia; pero tenía un alma cariñosa y entusiasta, que respondía siempre con dulces vibraciones de amor á toda acción ó ideas procedentes del alma idolatrada de su amo.

Dormíase Felipe algunas noches en el sofá del gabinete. Su sueño era profundo; pero bastaba que Alejandro le llamase para que se despertara, como él excitado, como él dispuesto á las alucinaciones. Sin duda, por la simpatía y parentesco de ambas almas, la pasión artística de la una se comunicaba á la otra, venciendo su rudeza.

Entre serio y burlón, Alejandro le decía:

—El célebre Molière le leía sus comedias á la criada. Yo te voy á leer á tí algunos pasajes...

Felipe no había visto nunca una verdadera función de teatro. El origen de sus conocimientos en el arte dramático no podía ser más humilde. Una tarde de Navidad se había colado con Juanito del Socorro en un teatrucho donde representaban el Nacimiento con figuras, no con actores; y aún no habían tenido tiempo de reir las gracias del pastor Bato y de la tía Gila, cuando les echaron á la calle. Esto y los cosmoramas ó tutilimundis instalados en la vía pública, diéronle la noción primera del arte de fingir sucesos y personas... Desde que su amo empezó á leer, comprendió Centeno que aquello pertenecía á un orden más elevado, al teatro grande que él no había visto, aunque lo soñaba y como que lo presentía. Así, el efecto de la lectura en su atento espíritu era extraordinario, colosal. Sin entender la mayor parte de las cosas, parecía como que se las apropiaba por el sentimiento, extrayendo del seno de un lenguaje no bien comprendido, el espíritu y esencia de ellas. La armonía de versos, ahora floridos, ahora graves; la música de las rimas, el relumbrar de las imágenes, el énfasis de los apóstrofes, producían en él efectos de vértigo y desmayo. Era como el influjo, en los sentidos, de multiplicadas luces giratorias ó de aromas muy fuertes. Se aturdía y se mareaba... En cuanto á la acción, la realidad misma no tuviera poder más grande que aquella mentira para cautivar el espíritu del buen Centeno. Cuando llegaba Alejandro á una escena dramática en que había choque de espadas, uno que se cae, otro que grita, ó cosa así, ya estaba Felipe con los pelos de punta, lo mismo que si presenciara el lance entre personas de carne y hueso. Pues digo... si el poeta leía una escena de amor, con ternezas y sentimientos expresados á lo vivo, ya estaba Felipe soltando de sus ojos lagrimones como garbanzos.

La aurora les sorprendía en esta exaltación, ambos gozando lo increíble: el uno por lo sabio, el otro por lo ignorante. Siendo tan diferentes, algo les era común: el entusiasmo, quizás la inocencia. La excitación cerebral de Miquis concluía en enfermizo marasmo. Se acostaba rendido de fatiga, y le entraba delirio, con escalofríos muy penosos. Felipe le arropaba, echándole encima hasta el tapete de la mesa y parte de la ropa, pues el abrigo de la cama no era suficiente, y apagaba la luz, á quien hacía lúgubre la claridad del día. Cerraba las maderas para fingir la noche, y acostábase vestido en el sofá. Por un rato, oía el canto de los machos de perdiz, colgados en el balcón del vecino, y los pasos de los madrugadores, que sonaban secos en la calle aún casi desierta; al fin se dormía profundamente para soñar con magnates, con príncipes vestidos de tela como la de las casullas, con venecianos forrados de hierro, con las galeras del Duque, que él creía eran carromatos; con el Vesubio, que es un monte encendido, y con aquellas frases tan bonitas, tan finas y amorosas que la Carniola decía siempre que hablaba.

Levantábase Alejandro muy tarde, cada día más tarde; sentía, al despertar, un embrutecimiento invencible. La pereza le dominaba y no podía vencerla. Su cuerpo era de plomo... Felipe iba á clase, si había tiempo, generalmente sin saber palotada de la lección, y á su regreso, ya doña Virginia le tenía preparadas diversas faenas. Como pudiera no hacía nada, y se metía en el cuarto de su amo á arreglar la desordenada mesa y limpiar un poco. Andaba de puntillas, por no despertar á Miquis, y movía con mucho cuidado los muebles. Si el drama había quedado en la mesa, cogía uno á uno los cuadernos y les quitaba el polvo con su mano con un respeto tal, que no lo empleara mayor el cura para coger la Hostia consagrada. Á veces aventurábase á leer un poquito, con cuidado, se entiende, por ver en qué paraba tal ó cual lance que su amo en la lectura había dejado á la mitad. Después ponía los cuadernos uno sobre otro, á un lado, muy bien colocaditos por orden de actos; los libros á otra parte, el tintero en medio, las plumas en su sitio; en fin, todo como Dios mandaba.

Los malignos huéspedes, que se enteraron de que leía Miquis al criado sus composiciones, hicieron la burla que puede imaginarse. Uno de ellos dijo á Felipe con mucha sorna:

—¿Y qué opina del drama el Doctor Centeno, hombre inteligente?

El muchacho se ruborizaba y no respondía nada. Pero en su fuero interno, decía con rabia: «¡Valiente ganso estás tú!... Mejor te pusieras á estudiar...»

Para Felipe, las obras más perfectas, las creaciones más sublimes del humano entendimiento, en lo antiguo y en lo moderno, eran las de su amo.

VI

El hidalguete manchego, cuya primera hazaña fué arrancar á la historia la figura de El Grande Osuna para vaciarla en un molde dramático, estaba cada día más triste, por motivos que no eran de arte. Á medida que iba gastando lo que le diera su tía, más se aplanaba su ánimo, y no por la idea de que el tesoro se acabase, sino por los remordimientos que el gastarlo tan sin substancia le causaba. Pasado algún tiempo desde la famosa noche de la calle del Almendro, parecía que se enfriaba su caldeado cerebro, permitiéndole ver la verdad de aquel caso peregrino. Su tiíta estaba loca, y él, recibidos los dineros, debió ponerlos á disposición de su padre. No lo había hecho, por afán de satisfacer gustos y deseos irresistibles de la niñez y de la juventud... Había dispuesto de lo que casi no era suyo, de un caudal venido á sus manos por caminos torcidos... Pero el hervor de su sangre y el iluminismo de su mente habían podido más que su conciencia. Poseer dinero era para él como la razón del vivir, como la florescencia, el fruto y flor de la vida. Carecer de ello se asemejaba á un árbol que tiene raíces, leña y hojas; pero nunca se viste de flores ni se engalana de fruto alguno. ¡Disponer, pues, de aquella savia social y no nutrirse de ella, no cubrirse de la hermosa gala de la vida, pudiendo hacerlo; no dar á los labios el auténtico sabor de humanidad, teniéndolo tan á la mano...! ¡Oh! esto era superior á su conciencia de hombre, á su respeto de hijo. En el estado actual del mundo, la vida sin moneda es una vida teórica, un mecanismo fisiológico, que hace de los hombres muñecos para divertir á los verdaderos hombres, á los que están provistos de aquel Jugo vital. Hemos de remontarnos á la época del pastoreo para imaginar al hombre indiferente á las ideas de tuyo y mío, y considerarlo como tal hombre á pesar de la mutilación de esa víscera que se llama bolsillo. Esto pensaba Miquis, y añadía Cienfuegos que no era mutilación la voz propia, sino que aquella entraña estuvo mucho tiempo en forma rudimentaria, y así siguió hasta que el uso hizo de un elemento orgánico un verdadero órgano.

¡Pobre Miquis, qué cosas pensaba para disculparse á sí mismo y atenuar la falta que le atormentaba! Y derretía de lo lindo el dinero más en el prójimo que en sí mismo. Era en esto secuaz ardiente del Evangelio. Desde que un amigo se veía en apuro, lo que pasaba un día sí y otro no, ya le faltaba tiempo á Miquis para volar á socorrerle. Muchos ¡tales traiciones tiene la amistad! fingían penurias para sacarle dinero y gastarlo en francachelas. En la cómoda tenía los billetes, y conforme iba necesitando jugo, iba sacando de aquel depósito, sin enterarse de lo que salía ni de lo que daba.

Porque Miquis, dirémoslo claro, era refractario á la cantidad. Así como el aceite sobrenada en el agua sin penetrar jamás en ella, así la idea de cantidad flotaba sobre el espíritu de Alejandro, saturado de poesía, de ideales. Si teóricamente distinguía bien la idea de 100 de la de 10, en el tráfago del vivir, cuando aquellas cifras eran cosa monetaria, venían á resultar indistintas, cual los tamaños y forma de las nubes. ¡Ay, cómo resbalan en vuestras rosadas manos, ¡oh Musas locas! estos pedazos de papel, hechura de los modernos Bancos, y que llevan impresos, como signo de andar á prisa, los alados borceguíes de vuestro hermanito Mercurio!

Porque habíais de ver al célebre manchego entrando en una y otra tienda para comprar cosas que, á su parecer, necesitaba, y metiéndose en las librerías para adquirir todo lo nuevo y bonito, obras de lujo que maldita falta le hacían, y que vistas una vez no servían para nada. En los puestos de libros dejó también puñados de dinero, porque no había autor clásico ó romántico, español ó extranjero, que él no quisiera poseer. Para enterarse bien de todo lo que compraba, necesitaría la vida eterna.

Pero la mayor parte de sus caudales no tomaban el camino de las librerías. Iban presurosos hacia otra parte, llevados por magnética ó nerviosa corriente... ¡Pobre Alejandro! Sus compañeros de casa conocían bien el género de vida que llevaba, y los unos con interés y lástima, los otros con desdén y mofa, hacían comentarios mil y tristísimos augurios.

—Es un perdido. ¡Lástima de talento!... Corazón demasiado grande y jamás harto de sensaciones... ¡Pobre Alejandro! Se consume en su propio fuego.

—Es un tontaina... Cualquiera le engaña... Pero de ésta las pagará todas juntas, porque me parece que se lo sorben.

El bondadoso Zalamero le disculpaba diciendo: «Se detendrá á tiempo.» Poleró le zahería, Arias y Guevara le desollaban. El informal Cienfuegos afectaba un interés fraternal por Alejandro, y lo expresaba así: «Le voy á coger de una oreja y á sujetarle... ¡Vicioso! Yo le quiero mucho: impediré que corra al abismo... Verán, verán ustedes...» Pero con tanto hablar no hacía nada, y era el primero que, á solas con él, disculpaba sus errores.

Por su parte, Miquis se mostraba cada vez más esquivo con sus compañeros. No iba de tertulia al cuarto de ninguno de ellos; había cerrado el suyo á las reuniones tumultuosas de las tardes, y muchos días faltaba á comer, lo que ponía en gran confusión y sobresalto al ama de la casa.

—Este don Dulcineo del Toboso arruinará á su padre—decía.—No estudia, y gasta el dinero que es un primor. ¡Pobre padre!

Más de una vez, cuando le pillaba solo y en buena ocasión, se permitía sermonearle cariñosa. Era buena Virginia y gustaba de hacer de madre con los huéspedes.

—Pero don Alejandro... está usted muy echadito á perder. Su papá haciendo tanto sacrificio, y usted aquí gastándole el dinero, y lo que, es peor, sin estudiar... Porque dicen que no coge un libro de los de clase, y es lástima... Dice don Basilio que usted es el de más talento que hay en la casa. ¿Y de qué le sirve? Porque eso de las comedias... desengáñese usted, niño: eso no da de comer... Y, sobre todo, no sea usted perdido, no gaste su salud. En Madrid hay mucha perdición. ¡Pobres chicos, y cómo caen en las trampas que les arman por ahí! ¡Qué bribonadas! Crea usted que me pongo furiosa. ¡Cuándo habrá un Gobierno, Señor, un Gobierno que haga una buena limpia de gentuza, echando una red en que ningún pájaro se escape...! Los padres lo agradecerían. Anoche estábamos hablando de esto, y el señor Caña dijo que tengo razón... Con que, don Dulcineo, no sea malo. ¿Se va usted á enmendar? ¿Me lo promete usted?... Dice que sí, y después como si tal cosa... Á ver, sea usted franco conmigo: ¿qué gusto encuentra en ser malo? ¿No se cansa, no se aburre?... Porque á otros engañará usted, haciéndose pasar por un santito; pero á mí no. Á ver, dígame, confiese, tenga conmigo franqueza... yo no lo he de decir á nadie. ¿En dónde se pasa las noches? ¿Por qué viene á casa á las tantas de la mañana? ¡Ah! Si fuera usted hijo mío, á bofetones de cuello vuelto le enderezaba.

Atendía sonriendo el estudiante á estas razones, y parecía conforme con ellas. Sin duda había en su alma propósitos de enmienda... Y en prueba de ello, viósele algunos días bastante corregido: entraba temprano, iba á clase; pero lentamente á las andadas volvía y á su vida miserable.

Su capital mermaba rápidamente, creciendo en igual grado sus remordimientos. Cuando pensaba en la ira de su padre, entrábanle congojas. Era don Pedro Miquis de carácter violento, y como llegara á entender el uso que había hecho su hijo del dinero recibido de una loca, bueno se pondría. Falta grave, delito más bien, había cometido Alejandro. Con ninguna argucia podía disculparse ni acallar su conciencia; y cuando el dinero se acababa, cuando anunciadas por síntomas lúgubres volvían las escaseces, iba faltando ya el atenuador de los remordimientos, que era el dinero mismo y los goces que proporcionaba.

Una carta de su padre le puso en gran zozobra. «Me han asegurado—le decía,—que te estás dando vida de príncipe. Haz el favor de explicarme esto.» Cobarde para afrontar la verdad, negó, y á poco le escribía su padre: «Trata de averiguar con buenos modos si la tiíta ha realizado una cierta cantidad de juros, etc.. Es lástima que intereses de cuantía estén en manos de una demente...»

Para ahogar la pena que esto le causaba, érale preciso engolfarse en el arte, sumergirse en sus ondas purísimas y engañar la imaginación con soñados triunfos y delicias. Como otros lo están de vanidad, estaba él hinchado de optimismo. El Grande Osuna se representaría en aquella temporada. Dudar esto era como no ver la luz del sol. Teníalo Alejandro por tan seguro como si viera la obra en los carteles. ¿Y qué más? Siempre que leía un periódico, se asombraba de que las gacetillas no anunciaran ya el estreno, y deploraba lo mal montado que está el servicio de noticias teatrales. Siempre que sonaba la campanilla de la casa salía presuroso, creyendo que venía recado del empresario llamándole. El curso de uno y otro día sin cartas, sin gacetilla, sin recado, no le quitaba su dulce ilusión... Sentía lástima de los que no eran autores de El Grande Osuna, y de Madrid por lo mucho que tardaba en gozarlo.

Pues bien: representada la obra, había de tener éxito colosal. Esto era como el Evangelio. Le daría mucho, muchísimo dinero... Con este capital tendría lo bastante para reintegrar á su padre el dinero de la loca... ¡Hermoso plan! y podría hacerlo sin que su padre se enterase de nada. ¡Vaya una cartita que le pondría! «Mi querido papá: ayer me entregó la tiíta diez y seis mil doscientos doce reales... etc. Usted me dirá cómo se los envío, ó si los entrego á...» Lo más bonito era que después de este rasgo de honradez y respeto filial, aún le había de quedar abundante moneda para seguir divirtiéndose... ¡Y luego...! Tenía ya pensada otra obra que al teatro llevaría en cuanto se representara El Grande Osuna... ¡Vaya una obrita! Se había de llamar El condenado por confiado, y era cosa sublime: un señor de horca y cuchillo que se hacía fraile, y después de hecho fraile se enamoraba de una monja... En fin, había tela, y honda materia dramática, religiosa y hasta filosófica... Con los inefables placeres mentales de la gestación se consolaba el infeliz de sus dolores morales y físicos.

Físicos, sí, porque empezaba á padecer cruelmente de una como debilidad general con desvanecimientos de cabeza. La tos penosísima le quitaba el sueño; no apetecía más que golosinas, y se alimentaba con caramelos, café y fruta. Para que la depravación de su paladar fuera completa, hasta llegó á aceptar invitaciones de su tía, y se hartaba de gachas, cañamones, y bebía tazones de salvia. Por grandes que fueran sus sufrimientos, nunca tuvo aprensión ni miedo á la muerte. Su optimismo le llevaba hasta creerse poco menos que exento del fuero de la Parca; y el hábito de mirar cara á cara la inmortalidad, inspirábale confianza en su existencia carnal, y con la confianza el deseo de comprometerla á cada instante. Por esto dijo tantas veces: «La pulmonía que á mí me ha de matar no se ha fundido aún.»

VII

La tertulia que se había formado en el gabinete de Alejandro, pasó, á causa de los desvíos de éste, al cuarto de Arias Ortiz. Este era muy devoto de Balzac, lo tenía casi completo, y á los personajes de la Comedia humana conocía como si los hubiera tratado. Rastignac, el barón Nucingen, Ronquerolles, Vautrin, Adjuda Pinto, Grandet, Gobseck, Chabert, el primo Pons y los demás, éranle tan familiares como sus amigos. Locamente aficionado á la música, era el más inteligente de todos en este arte. Como la reunión era en su cuarto, decía que daba té y que se quedaba en casa. Era un salón literario y artístico. La parte de concierto corría á cargo del mismo Arias, que tenía prodigiosa memoria musical.

Formóse, pues, una sociedad comanditaria para tomar café mañana y tarde. Poleró había trazado un plan, ¡oh grandeza de los principios económicos! y resultaba que haciendo el café en una maquinilla, salía á cuatro cuartos por barba y taza. Además, era mejor que el del café. Por las noches, á primera hora, aquello era una Babel. Poca gracia le hacían á doña Virginia los planes económicos de Poleró, por el gran estrépito que de ellos resultaba; y Alberique, que en casos tales la echaba muy de bravo, decía que les iba á tirar á todos por el balcón. Una noche que daba gritos en el comedor, salió Poleró del cuarto y con serenidad burlona le dijo:

—Señor Alberique... Parece que está usted incomodado, y que me ha nombrado usted... Repítalo delante de mí, porque quiero enterarme.

Amedrentado el berberisco, respondió con gruñido de lisonja:

—Nada, señor Poleró... sostenía que tiene usted mucho talento.

Pero el catalán, por seguir la camorra, decía:

—¿Y usted qué sabe si yo tengo talento ó no?...

Virginia, deseando paz, daba algún dinero á su fornido esposo para que se fuese á correrla al café ó al billar. Ya se sabía que el morazo no había de volver hasta la madrugada.

Volvió Poleró al cuarto-casino á referir la escena. Felipe no descansaba un momento en la noble tarea de hacer el café. Salía y entraba con éste ó el otro recado del comedor al cuarto, del cuarto á la cocina.

—Doña Virginia, que si quiere usted café.

—No, hijo: que les aproveche.

—Doña Virginia, que me dé usted otra taza.

—Que manden por ella á la cacharrería.

En el cuarto crecía el barullo y se espesaba la atmósfera.

—No eches todavía el agua caliente.

—¡Pero si esta taza está sucia!... ¡Felipe!...

—Falta una cucharilla... ¡Doctor!

—¡Alguien se ha comido el azúcar!... ¡Centeno!

—Si ya hierve.

—No hacerlo muy fuerte, que quita el sueño.

—¡Eh!... cuidado, que se come un terrón Julián de Capadocia...

—¡Felipe!... ¿Pero dónde se mete éste?

—Si ha ido por cigarros.

—El de los prismas está aún en su cuarto, de punta en blanco, con el mondadientes de plata en la boca. Está haciendo tiempo á ver si le convidamos.

—No convidarle.

—Dárselo sin azúcar... ¡Eh!... ¡Felipe...!

—¿Y Zalamero, dónde está?

—Ahora viene.

El señor de los prismas, antes de partir para la calle, llegábase á la puerta y saludaba cortésmente á todos.

—¿Usted gusta?

—Gracias...

—¿Y cuándo...?

—Si quieren ustedes algo para París...

Risas generales y sofocadas.

—Aguarde usted y le daremos una taza de café.

—Son ustedes muy amables...

—¿Y don Basilio ha salido?... Felipe, llama á don Basilio.

—Permítanme ustedes, señores—decía el redactor de Hacienda, asomándose ala puerta.—Hace tiempo que he renunciado al café, porque me quita el sueño. Si me hicieran el favor de un poco de azúcar para un vaso de agua...

—Oro molido que fuera...

—Pues muchas gracias... Permítanme ustedes que me retire. Me toca hacer artículo esta noche.

—Don Leopoldo, nos va usted á traer de París una buena maquinilla de café... ¡Felipe!

—No tienen más que darme una notita... No: lo apuntaré en mi cartera.

—Apunte usted... maquinilla de hacer café, para... doce tazas.

—Bien, bien: no se me olvida ya...

—Tome usted... vea si tiene poco azúcar...

—Si no tiene ninguno...

—¡Felipe... condenado... el azúcar!...

—¡Un terrón!

—¿Pero dónde está el azúcar?...

—Se lo ha comido Julián de Capadocia.

—Todos están concluyendo su ración, y no ha sobrado nada de azúcar... ¡Qué descuido!

—Señores, si esto es veneno...

—Perdone usted, don Leopoldo...

—Abajo con él... Aunque sea amargo...

—Así es más estomacal.

—Muchas gracias, señores...

—Que usted se divierta mucho, y haga muchas conquistas esta noche.

Sale Montes. Jaleo, risas, música... Óyese aquello de: Don Basilio, giungete á tempo... ¿La calunnia cos’è, voi non sapete?... Se don Basilio venessi á ricercarmi, ditelli ch’aspetti, y otras frases en que sonaba el venerable nombre de aquel buen sujeto que estaba no lejos de allí, sacando de su seco caletre el tremendo artículo sobre el déficit, todo números y cálculos; artículo que si alguien lo leyera se quedaría yerto de patriótico espanto.

Lo mismo Poleró que Arias y el propio Miquis tenían, de tiempo atrás, vivísimos deseos de entablar conversación con el taciturno huésped don Jesús Delgado, para del coloquio pasar á la confianza y poder con ella penetrar el misterio de aquel hombre y sus inexplicables quehaceres epistolares. Todo era inútil. Sucesivas noches le enviaron con Felipe un recado invitándole á tomar café. Pero respondía siempre con mucha finura, dando las gracias y declinando el honor que se le hacía.

Poleró, con ardiente curiosidad, no perdía ocasión de hablarle. Si le encontraba por acaso en el pasillo, le detenía:

—Muy ocupado, ¿eh...?

—¡Ah!... eso siempre, figúrese usted, ¡oh!...—respondía el otro haciendo visajes, pues los nervios de su cara estaban siempre tan alborotados que ninguna facción quería estar en su sitio.

Otra vez le decía el catalán:

—¿Estuvo usted malo anoche? Me parece que le sentí levantarse...

—No, señor... ¡oh! Trabajando hasta la madrugada... Figúrese usted... á lo mejor recibo trece, catorce, quince cartas, y á todas, ¡ah! he de contestar. Buenas noches.