Índice:
[I], [II], [III], [IV], [V], [VI], [VII], [VIII], [IX], [X], [XI], [XII], [XIII], [XIV], [XV], [XVI], [XVII], [XVIII], [XIX], [XX], [XXI], [XXII], [XXIII], [XXIV], [XXV], [XXVI], [XXVII], [XXVIII], [XXIX].
El terror de 1824
Nota de transcripción
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EPISODIOS NACIONALES
EL TERROR DE 1824
Es propiedad. Queda hecho el depósito que marca la ley. Serán furtivos los ejemplares que no lleven el sello del autor.
B. PÉREZ GALDÓS
EPISODIOS NACIONALES
SEGUNDA SERIE
EL TERROR DE 1824
32.000
MADRID
OBRAS DE PÉREZ GALDÓS
132, Hortaleza
1904
EST. TIP. DE LA VIUDA E HIJOS DE TELLO
IMPRESOR DE CÁMARA DE S. M.
C. de San Francisco, 4.
EL TERROR DE 1824
I
En la tarde del 2 de octubre de 1823 un anciano bajaba con paso tan precipitado como inseguro por las afueras de la Puerta de Toledo en dirección al puente del mismo nombre. Llovía menudamente, sin cesar, según la usanza del hermoso cielo cuando se enturbia, y la ronda podía competir en lodos con su vecino Manzanares, el cual, hinchándose como la madera cuando se moja, extendía su saliva fangosa por gran parte del cauce que le permiten los inviernos. El anciano transeúnte marchaba con pie resuelto, sin que le causara estorbo la lluvia, con el pantalón recogido hasta la pantorrilla, chapoteando sin embarazo en el lodo con las destrozadas botas. Iba estrechamente forrado, como tizona en vaina, en añoso gabán oscuro, cuyo borde y solapa se sujetaba con alfileres allí donde no había botones, y con los agarrotados dedos en la parte del pecho, como la más necesitada de defensa contra la humedad y el frío. Hundía la barba y media cara en el alzacuello, tieso como una pared, cubriéndose con él las orejas y el ala posterior del sombrero, que destilaba agua como cabeza de tritón en fuente de Reales Sitios. No llevaba paraguas ni bastón. Mirando sin cesar al suelo, daba unos suspiros que competían con las ráfagas de aire. ¡Infelicísimo varón! ¡Cuán claramente pregonaban su desdichada suerte el roto vestido, las horadadas botas, el casquete húmedo, la aterida cabeza, y aquel continuo suspirar casi al compás de los pasos! Parecía un desesperado que iba derecho a descargar sobre el río el fardo de una vida harto enojosa para llevarla más tiempo. No obstante, pasó por el puente sin mirar al agua, y no se detuvo hasta el parador situado en la divisoria de los caminos de Toledo y Andalucía.
Bajo el cobertizo destinado a los alcabaleros y gente del fisco, había hasta dos docenas de hombres de tropa, entre ellos algunos oficiales de línea y voluntarios realistas de nuevo cuño en tales días. Los paradores cercanos albergaban una fuerza considerable, cuya misión era guardar aquella principalísima entrada de la corte, ignorante aún de los sucesos que en el último confín de la Península habían cambiado el gobierno de constitucional dudoso en absoluto verídico y puro, poniendo fin entre bombas certeras y falaces manifiestos a los tres llamados años. En aquel cuerpo de guardia eran examinados los pasaportes, vigilando con exquisito esmero las entradas y las salidas, mayormente estas últimas, a fin de que no escurriesen el bulto los sospechosos ni se pusieran en cobro los revolucionarios, cuya última cuenta se ajustaría pronto en el tremendo Josafat del despotismo.
Acercose el vejete al grupo de oficiales, y reconociendo prontamente al que sin duda buscaba, que era joven, adusto y morenote, bastante adelantado en su marcial carrera como proclamaban las insignias, díjole con mucho respeto:
—Aquí estoy otra vez, señor coronel Garrote. ¿Tiene vuecencia alguna buena noticia para mí?
—Ni buena ni mala, señor... ¿cómo se llama usted? —repuso el militar.
—Patricio Sarmiento, para servir a vuecencia y la compañía; Patricio Sarmiento, el mismo que viste y calza, si esto se puede decir de mi traje y de mis botas. Patricio Sarmiento, el...
—Pase usted adentro —díjole bruscamente el militar, tomándole por un brazo y llevándole bajo el cobertizo—. Está usted como una sopa.
Un rumor, del cual podía dudarse si era de burla o de lástima, y quizás provenía de las dos cosas juntamente, acogió la entrada del infeliz preceptor en la compañía de los militares.
—Sí, señor Garrote —añadió Sarmiento—; soy, como decía, el hombre más desgraciado de todo el globo terráqueo. Ese cielo que nos moja no llora más que lloro en estos días, desde que me han anunciado como probable, como casi cierta, la muerte de mi querido hijo Lucas, de mi niño adorado, de aquel que era manso cordero en el hogar paterno y león indómito en los combates... ¡Ah, señores! ¡Ustedes no saben lo que es tener un hijo único, y perderlo en una escaramuza de Andalucía, por descuidos de un general, o por intrepidez imprudente de un oficialete!... ¿Pero hay esperanzas todavía de que tan horrible noticia resulte incierta? ¿Se ha sabido algo? Por Dios, señor Garrote, ¿ha sabido vuecencia si mi idolatrado unigénito vive aún, o si feneció en esas tremendas batallas?... ¿Hay algún parte que lo mencione?..., porque Lucas no podía morir como cualquiera, no: había de morir ruidosa y gloriosísimamente, de una manera tal, que dé gusto y juego a los historiadores... ¿Ha sabido algo vuecencia de ayer acá?
—Nada —repuso Garrote fríamente.
—Ha seis días que vengo todas las tardes, y siempre me dice vuecencia lo mismo —murmuró Sarmiento con angustia—. ¡Nada!
—Desde el primer día manifesté a usted qué nada podía saber.
—Pero a todas horas entran heridos, soldados dispersos, paisanos, correos que vienen de las Andalucías. ¿Se ha olvidado usted de preguntar?
—No me he olvidado —indicó el coronel con semblante y tono más compasivos—; pero nadie, absolutamente nadie, tiene noticia del miliciano Lucas Sarmiento.
—¡Todo sea por Dios! —exclamó el preceptor mirando al cielo—. ¡Qué agonía! Unos me dicen que sucumbió, otros que está herido gravemente... ¿Han entrado hoy muchos milicianos prisioneros?
—Algunos.
—¿No venía Pujitos?
—¿Y quién es Pujitos?
—¡Oh! Vuecencia no conoce a nuestra gente.
—Soy forastero en Madrid.
—¡Oh! Pasaron aquellos tiempos de gloria —exclamó don Patricio con lágrimas en los ojos, y declamando con cierto énfasis que no cuadraba mal a su hueca voz y alta figura—. ¡Todo ha caído, todo es desolación, muerte y ruinas! Aquellos adalides de la libertad, que arrancaron a la madre España de las garras del despotismo; aquellos fieros leones matritenses, que con solo un resoplido de su augusta cólera desbarataron a la Guardia real, ¿qué se hicieron? ¿Qué se hizo de la elocuencia que relampagueaba tronando en los cafés, con luz y estruendo sorprendentes? ¿Qué se hizo de aquellas ideas de emancipación que inundaban de gozo nuestras corazones? Todo cayó, todo se desvaneció en tinieblas, como lumbre extinguida por la corriente de las aguas. La oleada de fango frailesco ha venido arrasándolo todo. ¿Quién la detendrá volviéndola a su inmundo cauce? ¡Estamos perdidos! La patria muere ahogada en lodazal repugnante y fétido. Los que vimos sus días gloriosos, cuando al son de patrióticos himnos eran consagradas públicamente las ideas de libertad y nos hacíamos todos libres, todos igualmente soberanos, los recordamos como un sueño placentero que no volverá. Despertamos en la abyección, y el peso y el rechinar de nuestras cadenas nos indican que vivimos aún. Las iracundas patas del déspota nos pisotean, y los frailes nos...
—Basta —gritó una formidable voz interrumpiendo bruscamente al infeliz dómine—. Para sainete basta ya, señor Sarmiento. Si abusa usted de la benignidad con que se le toleran sus peroratas en atención al estado de su cabeza, nos veremos obligados a retirarle las licencias. Esto no se puede resistir. Si los desocupados de Madrid le consienten a usted que vaya de esquina en esquina y de grupo en grupo divirtiéndoles con sus necedades y reuniendo tras de sí a los chicos, yo no permito que con pretexto de locura o idiotismo se insulte al orden político que felizmente nos rige...
—¡Ah, señor Garrote, señor Garrote! —dijo Sarmiento moviendo tristemente la cabeza y sacudiendo menudas gotas de agua sobre los circunstantes—. Vuecencia me tapa la boca, que es el único desahogo de mi alma abrasada... Callaré; pero deme vuecencia nuevas de mi hijo, aunque sean nuevas de su muerte.
Garrote encogió los hombros y ofreció una silla al pobre hombre, que, despreciando el asiento, juzgó más eficaz contra la humedad y el fresco pasearse de un rincón a otro del cobertizo, dando fuertes patadas y girando rápidamente, como veleta, al dar las vueltas. Los demás militares y paisanos armados no ocultaban su regocijo ante la grotesca figura y ditirámbico estilo del anciano, y cada cual imaginaba un tema de burla con que zaherirle, mortificándole también en su persona. Este le decía que Su Majestad pensaba nombrarle ministro de Estado y llavero del reino; aquel que un ejército de carbonarios venía por la frontera derecho a restablecer la Constitución; uno le ponía una banqueta delante para que al pasar tropezase y cayese; otro le disparaba con cerbatana un garbanzo haciendo blanco en el cogote o la nariz. Pero Sarmiento, atento a cosas más graves que aquel juego importuno, hijo de un sentimiento grosero y vil, no hacía caso de nada, y solo contestaba con monosílabos, o llevándose la mano a la parte dolorida.
Había pasado más de un cuarto de hora en este indigno ejercicio, cuando de la venta salió un hombre pequeño, doblado, de mezquina arquitectura, semejante a la de esos edificios bajos y sólidos que no tienen por objeto la gallarda expresión de un ideal, sino simplemente servir para cualquier objeto terrestre y positivo. Siendo posible la comparación de las personas con las obras de arquitectura, y habiendo quien se asemeja a una torre gótica, a un palacio señorial, a un minarete árabe, puede decirse de aquel hombre que parecía una cárcel. Con su musculatura de cal y canto se avenía maravillosamente una como falta de luces, rasgo misterioso o inexplicable de su semblante, que a pesar de tener cuanto corresponde al humano frontispicio, parecía una fachada sin ventanas. Y no eran pequeños sus ojos ciertamente, ni dejaban de ver con claridad cuanto enfrente tenían; pero ello es que mirándole no se podía menos de decir: «¡Qué cara tan oscura!».
Su fisonomía no expresaba cosa alguna, como no fuera una calma torva, una especie de acecho pacienzudo. Y a pesar de esto no era feo, ni sus correctas facciones habrían formado mal conjunto si estuvieran de otra manera combinadas. Tales o cuales cejas, boca o narices más o menos distantes de la perfección, pueden ser de agradable visualidad o de horrible aspecto, según cual sea la misteriosa conexión que forma con ellas una cara. La de aquel hombre que allí se apareció era ferozmente antipática. Siempre que vemos por primera vez a una persona, tratamos, sin darnos cuenta de nuestra investigación, de escudriñar su espíritu y conocer por el mirar, por la actitud, por la palabra, lo que piensa y desea. Rara vez dejamos de enriquecer nuestro archivo psicológico con una averiguación preciosa. Pero enfrente de aquel sótano humano el observador se aturdía diciendo: «Está tan lóbrego que no veo nada».
Vestía de paisano con cierto esmero, y todas cuantas armas portátiles se conocen llevábalas él sobre sí, lo cual indicaba que era voluntario realista. Fusil sostenido a la espalda con tirante, sable, machete, bayoneta, pistolas en el cinto, hacían de él una armería en toda regla. Calzaba botas marciales con espuelas, a pesar de no ser de a caballo; mas este accesorio solían adoptarlo cariñosamente todos los militares improvisados de uno y otro bando. Chupaba un cigarrillo, y a ratos se pasaba la mano por la cara, afeitada como la de un fraile; pero su habitual resabio nervioso (estos resabios son muy comunes en el organismo humano) consistía en estar casi siempre moviendo las mandíbulas como si rumiara o mascullase alguna cosa. Su nombre de pila era Francisco Romo.
Don Patricio, luego que le vio, llegose a él y le dijo:
—¡Ah, señor Romo! ¡Cuánto me alegro de verlo! Aquí estoy por sexta vez buscando noticias de mi hijo.
—¿Qué sabemos nosotros de tu hijo ni del hijo del Zancarrón? Papá Sarmiento, tú estás en Babia... No tardarás mucho en ir al Nuncio de Toledo... Ven acá, estafermo —al decir esto le tomaba por un brazo y le llevaba al interior de la venta que servía de cuerpo de guardia—, ven acá y sirve de algo.
—¿En qué puedo servir al señor Romo? Diga lo que quiera con tal que no me pida nada de que resulte un bien al absolutismo.
—Es cosa mía —dijo Romo hablando en voz baja y retirándose con Sarmiento a un rincón donde no pudieran ser oídos—. Tú, aunque loco, eres hombre capaz de llevar un recado y ser discreto.
—Un recado... ¿a quién?
—A Elenita, la hija de don Benigno Cordero, que vive en tu misma casa, ¿eh? Me parece que no te vendrán mal tres o cuatro reales... Este saco de huesos está pidiendo carne. ¿Cuántas horas hace que no has comido?
—Ya he perdido la cuenta —repuso el preceptor con afligidísimo semblante, mientras un lagrimón como garbanzo corría por su mejilla.
—Pues bien, carcamal: aquí tienes una peseta. Es para ti si llevas a la señorita doña Elena...
—¿Qué?
—Esta carta —dijo Romo mostrando una esquela doblada en pico.
—¡Una carta amorosa! —exclamó Sarmiento ruborizándose—. Señor Romo de mis pecados, ¿por quién me toma usted?
El tono de dignidad ofendida con que hablara Sarmiento, irritó de tal modo al voluntario realista que, empujando brutalmente al anciano, le vituperó de este modo:
—¡Dromedario! ¿Qué tienes que decir?... Sí, una carta amorosa. ¿Y qué?
—Que usted es un simple si me toma por alcahuete —dijo don Patricio con severo acento—. Guarde usted su peseta, y yo me guardaré mi gana de comer. ¡Por vida de la chilindraina! No faltan almas caritativas que hagan limosnas sin humillarnos...
Inflamado en vivísima cólera el voluntario, y sin hallar otras razones para expresarla que un furibundo terno, descargó sobre el pobre maestro aburrido uno de esos pescozones de catapulta que abaten de un golpe las más poderosas naturalezas, y dejándole tendido en tierra, magullados y acardenalados el hocico y la frente, salió del cuerpo de guardia.
A don Patricio le levantaron casi exánime, y su destartalado cuerpo se fue estirando poco a poco en la postura vertical, restallándole las coyunturas como clavijas mohosas. Se pasó la mano por la cara, y dando un gran suspiro y elevando al cielo los ojos llorosos, exclamó así con dolorido acento:
—¡Indigno abuso de la fuerza bruta, y de la impunidad que protege a estos capigorrones!... Si otros fueran los tiempos, otras serían las nueces... Pero los yunques se han vuelto martillos, y los martillos de ayer son yunques ahora. ¡Rechilindrona! ¡Malditos sean los instantes que he vivido después que murió aquella preciosa libertad!...
Y sucediendo la rabia al dolor, se aporreó la cabeza y se mordió los puños. Habíanle abandonado los que antes le prestaran socorro, porque fuera se sentía gran ruido y salieron todos corriendo al camino. Don Patricio, coronándose dignamente con su sombrero, al cual se empeñó en devolver su primitiva forma, salió también arrastrado por la curiosidad.
II
Era que venían por el camino de Andalucía varias carretas precedidas y seguidas de gente de armas a pie y a caballo, y aunque no se veían sino confusos bultos a lo lejos, oíase un son a manera de quejido, el cual, si al principió pareció lamentaciones de seres humanos, luego se comprendió provenía del eje de un carro que chillaba por falta de unto. Aquel áspero lamento, unido a la algazara que hizo de súbito la mucha gente salida de los paradores y ventas, formaba lúgubre concierto, más lúgubre aún a causa de la tristeza de la noche. Cuando los carros estuvieron cerca, una voz acatarrada y becerril gritó: «¡Vivan las caenas! ¡Viva el rey absoluto y muera la nación!». Respondiole un bramido infernal, como si a una rompieran a gritar todas las cóleras del averno, y al mismo tiempo la luz de las hachas, prontamente encendidas, permitió ver las terribles figuras que formaban procesión tan espantosa. Don Patricio, quizás el único espectador enemigo de semejante espectáculo, sintió los escalofríos del terror y una angustia mortal que le retuvo inmóvil y casi sin respiración por algún tiempo.
Los que custodiaban el convoy y los paisanos que le seguían por entusiasmo absolutista, estaban manchados de fango hasta los ojos. Algunos traían pañizuelo en la cabeza, otros sombrero ancho; muchos, con el desgreñado cabello al aire, roncos, mojados de pies a cabeza, frenéticos, tocados de una borrachera singular que no se sabe si era de vino o de venganza, brincaban sobre los baches, agitando un girón con letras, una bota escuálida o un guitarrillo sin cuerdas. Era una horrenda mezcla de bacanal, entierro y marcha de triunfo. Oíanse bandurrias desacordes, carcajadas, panderetazos, votos, ternos, kirieleisones, vivas y mueras, todo mezclado con el lenguaje carreteril, con patadas de animales (no todos cuadrúpedos) y con el cascabeleo de las colleras. Cuando la caravana se detuvo ante el cuerpo de guardia, aumentó el ruido. La tropa formó al punto, y una nueva aclamación al rey neto alborotó los caseríos. Salieron mujeres a las ventanas, candil en mano, y la multitud se precipitó sobre los carros.
Eran estos galeras comunes con cobertizo de cañas y cama hecha de pellejos y sacos vacíos. En el delantero venían tres hombres, dos de ellos armados, sanos y alegres, el tercero enfermo y herido, reclinado doloridamente sobre el camastrón, con grillos en los pies y una larga cadena que, prendida en la cintura y en una de las muñecas, se enroscaba junto al cuerpo como una culebra. Tenía vendada la cabeza con un lienzo teñido de sangre, y era su rostro amarillo como vela de entierro. Le temblaban las carnes, a pesar de disfrutar del abrigo de una manta, y sus ojos extraviados, así como su anhelante respiración, anunciaban un estado febril y congojoso. Cuando el coronel Garrote se acercó al carro, y alzando la linterna que en la mano traía, miró con vivísima curiosidad al preso, este dijo a media voz:
—¿Estamos ya en Madrid?
Sin hacer caso de la pregunta, Garrote, cuyo semblante expresaba el goce de una gran curiosidad satisfecha, dijo:
—¿Conque es usted...?
Uno de los hombres armados que custodiaban al preso en el carro, añadió:
—El héroe de las Cabezas.
Y junto al carro sonó este grito de horrible mofa:
—¡Viva Riego!
Garrote se empeñó en apartar a la gente que rodeaba el carro, apiñándose para ver mejor al preso e insultarle más de cerca.
Un hombre alargó el brazo negro, y tocando con su puño cerrado el cuello del enfermo, gritó:
—¡Ladrón, ahora las pagarás!
El desgraciado general se recostó en su lecho de sacos, y callaba, aunque harto claramente imploraban compasión sus ojos.
—Fuera de aquí. Señores, a un lado —dijo Garrote, aclarando con suavidad el grupo de curiosos—. Ya tendrán tiempo de verle a sus anchas...
—Dicen que la horca será la más alta que se ha visto en Madrid —indicó uno.
—Y que se venderán los asientos en la plaza, como en la de toros.
—Pero déjennoslo ver..., por amor de Dios. Si no nos lo comemos, señor coronel —gruñó una dama del parador cercano.
—¡Si no puede con su alma...! ¿Y ese hombre ha revuelto medio mundo? Que me lo vengan a decir...
—¡Qué facha! ¿Y dicen que este es Riego?... ¡Qué bobería!... Si parece un sacristán que se ha caído de la torre cuando estaba tocando a muerto...
—Este es tan Riego como yo.
—Os digo que es el mismo. Le vi yo en el teatro cantando el himno.
—El mismo es. Tiene el mismo parecido del retrato que paseaban por Platerías.
Hasta aquí las mortificaciones fueron de palabra. Pero un grupo de hombres que habían salido al encuentro de los carros, una gavilla, mitad armada, mitad desnuda, desarrapada, borracha, tan llena de rabia y cieno que parecía creación espantosa del lodo de los caminos, de la hez de las tinajas y de la nauseabunda atmósfera de los presidios, un pedazo de populacho, de esos que desgarrándose se separan del cuerpo de la nación soberana para correr solo, manchando y envileciendo cuanto toca, empezó a gritar con el gruñido de la cobardía que se finge valiente fiando en la impunidad:
—¡Que nos lo den; que nos entreguen a ese pillo, y nosotros le ajustaremos la cuenta!
—Señores —dijo Garrote con energía—, atrás; atrás todo el mundo. El preso va a entrar en Madrid.
—Nosotros le llevaremos.
—Atrás todo el mundo.
Y los pocos soldados que allí había, auxiliados con tibieza por los voluntarios realistas, apartaban a la gente.
Unos corrieron a curiosear en los carros que venían detrás, y otros se metieron en la venta, donde sonaban seguidillas, castañuelas, desaforados gritos y chillidos. Un cuero de vino, roto por los golpes y patadas que recibiera, dejaba salir el rojo líquido, y el suelo de la venta parecía inundado de sangre. Algunos carreteros sedientos se habían arrojado al suelo y bebían en el arroyo tinto; los que llegaron más tarde apuraban lo que había en los huecos del empedrado, y los chicos lamían las piedras fuera de la venta, a riesgo de ser atropellados por las mulas desenganchadas que iban de la calle a la cuadra, o del tiro al abrevadero. Poco después veíanse hombres que parecían degollados con vida, carniceros o verdugos que se hubieran bañado en la sangre de sus víctimas. El vino, mezclado al barro y tiñendo las ropas que ya no tenían color, acababa de dar al cuadro en cada una de sus figuras un tono crudo de matadero, horriblemente repulsivo a la vista.
Y a la luz de las hachas de viento y de las linternas, las caras aumentaban en ferocidad, dibujándose más claramente en ellas la risa entre carnavalesca y fúnebre que formaba el sentido, digámoslo así, de tan extraño cuadro. Como no había cesado de llover, el piso inundado era como un turbio espejo de lodo y basura, en cuyo cristal se reflejaban los hombres rojos, las rojas teas, las bayonetas bruñidas, las ruedas cubiertas de tierra, los carros, las flacas mulas, las haraposas mujeres, el ir y venir, la oscilación de las linternas y hasta el barullo, los relinchos de brutos y hombres, la embriaguez inmunda, y, por último, aquella atmósfera encendida, espesa, suciamente brumosa, formada por los alientos de la venganza, de la rusticidad y de la miseria.
En el segundo carro estaban presos también y heridos los compañeros de Riego, a saber: el capitán don Mariano Bayo, el teniente coronel piamontés Virginio Vicenti y el inglés Jorge Matías. Don Patricio Sarmiento, que no se atrevió a acercarse al primer carro, se detuvo breve rato junto al segundo, pasó indiferente por el tercero, donde solo venían sacos y un guerrillero con su mujer, y se dirigió al cuarto, llamado por una voz débil que claramente dijo:
—Señor don Patricio de mi alma... ¡Bendito sea Dios que me permite verle!
—¡Pujitos!... ¡Pujitos mío!... —exclamó Sarmiento extendiendo sus brazos dentro del carro—. ¿Eres tú?... Sí, tú mismo... Dime, ¿estás herido? Por lo visto, también vienes preso.
—Sí señor —repuso el maestro de obra prima—; herido y preso estoy... Diga usted, ¿nos ahorcarán?
—¿Pues eso quién lo duda?
—¡Infeliz de mí!... Vea usted los lodos en que han venido a parar aquellos polvos. Bien me lo decía mi mujer... Señor don Patricio, al que está como yo medio muerto de un bayonetazo en la barriga, deberían dejarle en manos de Dios para que se lo llevase cuando a su Divina Majestad le diese la gana, ¿no es verdad?
—Sí, Pujitos mío —repuso Sarmiento estrechándole la mano—. ¿Sabes que tiemblo y tengo frío? Más frío y más miedo que tú, porque voy a preguntarte por mi hijo, en cuya compañía has vivido por esas tierras, y según lo que me contestes, así moriré o viviré... Hace seis días que estoy en la incertidumbre más horrible; hace seis días que bajo a este camino para interrogar a todos los que llegan... ¡Ah, por fin encuentro quien me diga la verdad! Pujitos de mi alma, tú me la dirás, aunque sea terrible.
—Sí, señor; sí, señor, yo se la diré —repuso el zapatero, cubriéndose con ambas manos el rostro y rompiendo a llorar como un chicuelo.
—¡Conque es cierto, amigo, conque es verdad que mi pobre Lucas!... —gimió el preceptor, la voz entrecortada por el llanto—. ¡Pobre hijo de mi alma!
—¡Pobre amigo mío! —añadió Pujitos secando sus lágrimas—. ¡Y era tan cariñoso, tan bueno, tan leal!... Sin cesar le nombraba a usted y no cesaba de cavilar en lo que haría su padre en Madrid o lo que no haría... «Si tendrá discípulos, decía; si pasará trabajos. Ahora estará barriendo la escuela...». No nos separábamos nunca, partíamos nuestra ración, y éramos en todo como hermanos. En las batallas siempre nos escondíamos juntos.
—¡Os escondíais! —exclamó don Patricio levantando el rostro con dignidad, pues esta era tan grande en él que ni el dolor podía vencerla.
—¡Ah, señor!... El pobre Lucas era el mejor chico del mundo... ¡Pobrecito!...
—Ha tiempo que el dardo estaba clavado en mi corazón... Yo le tenía por muerto; pero la falta de noticias dábame alguna esperanza. Yo me agarraba con desesperación a las conjeturas. Pero tú has disipado mis dudas. Más vale la desgracia verdadera y declarada que una incertidumbre desgarradora.
—Aquí está lo que queda del pobre Lucas —dijo el herido mostrando un pequeño lío de ropa.
Don Patricio se abalanzó a aquel objeto mudo, testimonio tristísimo de su última esperanza muerta, y lo besó con ardiente cariño. Por breve rato le vio Pujitos con la cabeza apoyada en el borde del carro, oprimiendo con ella el lío de ropa y regándolo con sus lágrimas. Respetuoso con el dolor del padre, el maestro de obra prima callaba.
—Esto es hecho —exclamó al fin don Patricio irguiendo la frente caduca, mas bastante fuerte para soportar, mediante la energía de su espíritu, el peso de una gran pena—. El autor de todas las cosas lo quiere así. Ya no tengo hijo... Toda esperanza acabó, y con ella la vida mía... Ahora, leal amigo, excelente joven, que has sido el Pílades de aquel noble Orestes, cuéntame sin omitir nada los pormenores de la muerte de mi hijo; dime cómo se extinguió aquella vida preciosa, porque siendo Lucas de ánimo tan intrépido, no podía morir como los demás milicianos, sino de una manera grande..., ¿me entiendes?, de una manera gloriosa, y en un momento de sublime heroísmo.
—Precisamente heroísmo no, señor don Patricio —dijo Pujitos con embarazo—. Yo le contaré a usted... Lucas...
—Heroísmo ha habido: no me lo niegues, porque yo conozco muy bien la raza de leones de que viene mi hijo; yo sé qué casta de bromas gastamos los Sarmientos con el enemigo en un campo de batalla. Si por modestia callas las acciones homéricas en que tú has tomado parte, haces mal, que al fin y al cabo todo se ha de saber, y si no, ahí están los historiadores, que en un abrir y cerrar de ojos desentrañarán lo más escondido.
—Si no hubo acciones heroicas ni cosa que lo valga, hombre de Dios —objetó Pujitos con pena—. Nosotros estábamos en Málaga con el general Zayas, cuando este representó a las Cortes al tenor de lo que dijo Ballesteros al capitular. ¿Usted me entiende? Vino entonces Riego, mandado por las Cortes, tomó el mando y nos llevó contra Ballesteros. ¿Usted me entiende?
—Y entonces se trabaron esas crueles batallas que yo imagino.
—No hubo más sino que el general llevaba el encargo de inflamarnos..., sí, señor, de inflamarnos, porque todos estábamos muy abatidos y sin ganas de guerra, porque la veíamos muy negra.
—¿Y os inflamó?
—¿Cómo se puede inflamar la nieve? Fuimos en busca de Ballesteros y le hallamos en Priego. Allí se armó una...
—¡Corrieron mares de sangre!...
—No, señor. Todo era ¡Viva Ballesteros!, por un lado, y por otro, ¡Viva Riego! Nos abrazamos, y los generales conferenciaron. Como no se pudieron avenir, don Rafael arrestó a Ballesteros.
—Bien hecho, muy bien... ¿Y Lucas?
—Lucas tan bueno y tan sano... Era aquella la mejor vida del mundo, porque como no había balas, sino conferencias... Pero un día se presentó delante de nosotros Balanzat, y tiros van, tiros vienen... Desde entonces perdió la salud el pobre Lucas, porque le entró como un súpito, y se quedó frío y yerto, temblando y quejándose de que le dolía esto y lo otro.
—¡Desgraciado hijo mío! Su principal pena consistiría en no poder batirse en primera fila.
—Puede que así fuera. Lo cierto es que empezó a decaer, a decaer, y la calentura seguía en aumento, y deliraba con los tiros. Riego abandonó el campo; nos fuimos con él, y el pobre Lucas parecía que recobraba la vida según nos íbamos alejando de las tropas de Balanzat. El general fue perdiendo su gente, porque oficiales y soldados desertaban a cada hora. ¡Qué tristeza, señor don Patricio! Pero el pobre Lucas se alegraba y decía: «Amigo Pujos, esto parece que acabará pronto». Había mejorado bastante, y estaba limpio de calentura... Pero de repente, cuando íbamos cerca de Jaén, aparecen los franceses...
—¡Oh! ¡Me tiemblan las carnes al oírte! ¡Cómo correría la sangre en ese glorioso cuanto infausto día!
—Más corrieron los pies, señor Sarmiento. Yo, la verdad sea dicha, no fui de los que más corrieron, porque no podía abandonar al pobre Lucas, que se descompuso todo, y se quedó en un hilo. Arrojamos los fusiles, que nos pesaban mucho, y nos refugiamos en una casa de labor. ¡Ay, pobre amigo mío! Le entró tal calenturón, que su cuerpo parecía un volcán, perdió el conocimiento, y a las treinta horas...
—No sigas, que se me parte el corazón — dijo don Patricio con voz entrecortada por los sollozos—. ¡Cuánto padecería al ver que su mísero estado corporal no le permitía batirse! ¡Qué lucha tan horrenda la de aquella alma de león, al sentirse sin cuerpo que la ayudara!
—El pobrecito, en su delirio nombraba a los franceses y se metía debajo del jergón. Serían las doce y media de la noche cuando entregó su alma al Señor...
—¡Ay, parece que me arrancas las entrañas! Calla ya.
—Yo caí prisionero, fui herido de un bayonetazo, y después de tenerme algunos días en un calabozo de la Carolina, me metieron en este carro. Por el camino se nos unió el general, preso y herido también, y juntos hemos llegado aquí. Dicen que nos ahorcarán a todos.
—Eso es indudable —contestó Sarmiento en tono que más era de satisfacción y orgullo que de lástima—. ¡Fin lamentable, pero glorioso! ¿Qué mayor honra que morir por la libertad y ser mártires de tan sublime idea?
Pujitos, que sin duda no había dado hospedaje en su pecho a tan elevados sentimientos, suspiró acongojadamente.
—Bendice tu muerte, hijo mío —añadió Sarmiento, extendiendo hacia él sus venerables manos, en la actitud de un sacerdote antiguo—, bendice tus nobles heridas, pregoneras de tu indomable valor en los combates. Has sido atravesado de un bayonetazo, y además tienes heridos la cabeza y el brazo.
—Esto que tengo en el arca del estómago es fechoría de un francés, a quien vea yo comido de perros. Lo de la cabeza es una pedrada, y lo del brazo un mordisco, En los pueblos por donde hemos pasado nos han recibido lindamente, señor. Como los curas salían diciendo que estábamos todos condenados y que ya nos tenían hecha la cama de rescoldo en el infierno, no había para nosotros más que palos, amenazas y pedradas. En Santa Cruz de Mudela nos dieron una rociada buena. El general y yo salimos descalabrados, y gracias a que los carros echaron a andar, que si no, allí nos quedamos como san Esteban. En Tembleque nos quisieron matar, y si la tropa no nos defiende a culatazos, allí perecemos todos. Hombres y mujeres salían al camino aullando como lobos. Uno que debía de ser pariente de caníbales, después de molerme a coces y puñadas, me clavó los dientes en este brazo y me partió las carnes... ¿Qué ganará el rey absoluto con esto? Mala peste le dé Dios... Pero dicen que todo esto es por obra y gracia de los condenados frailes... ¿Es verdad, señor don Patricio?
—Hijo mío, mucho me temo que esos bribones se venguen ahora de lo que les hicimos con razón. Y no serán, como nosotros, generosos y templados en el condenar, sino fieros, vengativos y sanguinarios cual líbicas hienas... Hemos de ver lo que nadie ha visto, ¡por vida de la ch...!
No pudo acabar su frase el buen preceptor, porque un voluntario realista se acercó al carro y brutalmente gritó:
—Atrás, don Camello, o le parto... ¡fuera de aquí, estantigua!
Sarmiento corrió dando zancajos hacia el parador. Con su gran levitón, cuyos faldones se agitaban en la carrera, parecía una colosal ave flaca que volaba rastreando el suelo. Después de recoger del fango su sombrero, que había perdido en la huida, confundiose entre la multitud para estar más seguro. Entonces oyó al coronel Garrote dar esta orden al capitán Romo.
—Siga adelante el convoy. Custódielo usted con su media compañía. Tengo orden de que no entre en las calles de Madrid. Pase el río; tome la ronda a la izquierda hacia la Virgen del Puerto; adelante siempre, y subiendo por la cuesta de Areneros, diríjase al Seminario de Nobles, donde esperan a los presos. En marcha, pues. Guárdense los curiosos de seguir al convoy, porque haré fuego sobre ellos. Marche cada cual a su casa, y buenas noches.
El convoy se puso en movimiento, carro tras carro, oyéndose de nuevo el rechinar áspero y melancólico de los ejes, que aun desde muy lejos se percibía clarísimo en el tétrico silencio de la noche. Los farolillos recogíanse poco a poco en el cuerpo de guardia como luciérnagas que corren a sus agujeros; se apagaron las hachas y se extinguieron los graznidos, cayendo todo en una especie de letargo, precursor del profundo sueño en que termina la embriaguez.
Sarmiento se alejó de allí, y antes de tomar el camino de los Ocho Hilos para subir a la Puerta de Toledo, parose para ver los carros, que ya a mediana distancia iban por el Paseo Imperial. Bien pronto dejó de verlos, a causa de la oscuridad; mas conocía su situación por el farolillo que el vehículo delantero llevaba. Con voz sorda habló así el viejo patriota:
—¡Oh, tú, el héroe más grande que han producido las edades todas, insigne campeón de la libertad española, soldado ilustre, Riego, amigo mío, si ahora vas conducido entre sayones en ignominioso carro, mañana tendrás un trono en el corazón de todos los españoles! Si te arrastran a suplicio afrentoso los infames verdugos a quienes perdonamos cuando éramos fuertes, tu nombre, que tanto repugna a despóticos oídos, será un símbolo de libertad y una palabra bendita cuando, humillada la tiranía, se restablezca tu santa obra. Subirás a la morada de los justos entre coros de patrióticos ángeles que entonen tu himno sonoro, mientras tu patria se revuelve en el lodo de la reacción domeñada por tus verdugos. ¡Oh, feliz tú, feliz cuanto grande y sublime! ¡Varón excelso, el más precioso que Dios ha concedido a la tierra, si fuera dable a este humilde mortal participar de tu gloria!... ¡Si al menos pudiera yo compartir tu martirio y entrar contigo en la cárcel, y oír juntos la misma sentencia, y subir juntos a la misma horca!... Este honor yo lo ambiciono y lo deseo con todas las fuerzas de mi alma. Vacío y desierto está el mundo para mí, después que he perdido al lucero de mi existencia, a aquel preciosísimo mancebo inmolado como tú al numen sanguinario de la reacción... Quiero morir, sí, y moriré.
Inflamado en furor que no tenía nada de risible, añadió corriendo con agitación:
—Quiero morir gloriosamente; quiero ser víctima sublime; quiero ser mártir de la libertad; quiero subir al patíbulo... ¡Sicarios, venid por mí!
Tropezando en un árbol, estuvo a punto de caer en tierra. Entonces añadió hablando consigo mismo:
—¡Ah, Patricio, tu noble arranque me causa la más viva admiración!... Mañana has de hacer algo digno de pasar a las más remotas edades. Sí, mañana. Vámonos a casa.
Echó a andar, y al poco rato dijo:
—¿Pero en dónde está mi casa? ¡Pues no se me ha olvidado dónde está mi casa!...
Miraba a la tierra como quien ha perdido el sombrero.
—¡Ay! Ya me acuerdo —exclamó sonriendo—. Tu casa está en la calle de la Emancipación Social, ¿no es verdad, Patricio?
Meditaba con el índice puesto en la punta de la nariz.
—No... —dijo después de una pausa, en el tono gozoso del que hace un descubrimiento útil—. Es que yo solicité del ayuntamiento que llamase calle de la Emancipación Social a la de Coloreros; pero no accedió, y sigue llamándose calle de Coloreros. Allí vivo, pues.
Entró en Madrid resueltamente. Subiendo por la calle de Toledo, dijo:
—Tengo hambre.
Pero después de registrar todos los bolsillos de su ropa, que no bajaban de ocho, adquirió una certidumbre aterradora, que expresó en angustiosos suspiros:
—Parece que se me doblan las piernas y que voy a caer desfallecido... ¡Comer! ¡Que esto sea indispensable!... Miserable carne, ¿por qué eres así?... ¿A dónde iré?... Mi casa está vacía: no hay en ella ni una miga de pan... ¿Pediré limosna? Jamás. Los hombres de mi temple sucumben, pero no se humillan... A casa, señor don Patricio; si es preciso, se comerá usted el palo de una silla: a casa.
Al entrar en la calle de Coloreros encontrola tenebrosa y desierta por ser muy avanzada la noche. Como su extenuación era grande, se habían debilitado sus sentidos, particularmente el de la vista, y necesitó palpar las paredes para encontrar la puerta. Sin saber por qué, vino entonces a su mente un recuerdo muy triste, que ya otras veces había turbado profundamente su espíritu. Parecíale estar viendo delante de sí, en una noche oscura como aquella, al sin ventura Gil de la Cuadra arrojado en el suelo, arrastrando ignominiosa cadena, insultado por los polizontes. De todos los incidentes de aquella lúgubre escena, el más presente en la memoria de don Patricio y el que le causaba más dolor, era el ocurrido cuando su infeliz vecino preso pidió agua, y Sarmiento, inspirándose en el más cruel fanastimo, se la negó.
—Ya, ya lo sé —dijo don Patricio cerrando los ojos para dominar mejor su terror—, ya sé que aquello fue una gran bellaquería.
Y abriendo, no sin trabajo, la puerta, entró, apresurándose a cerrar tras sí porque le parecía que feos espectros y sombras iban en su seguimiento, y que oía el lamentable son de la cadena de Gil de la Cuadra arrastrando por las baldosas. Buscó en sus bolsillos eslabón y yesca para encender luz; mas nada halló de que pudiera sacarse lumbre. Sin desanimarse por esto, acometió la escalera con mucho cuidado y empezó a subir, deteniéndose en cada escalón para tomar fuerzas. Pero no había subido ocho, cuando le fue preciso andar a gatas, porque las piernas no podían con el peso del desmayado cuerpo.
—¡Si me iré a morir aquí! —dijo con angustia bañado en sudor frío—. ¡Oh, Dios mío! ¿Me estará reservada una muerte oscura, en mísera escalera, aquí, olvidado de todo el mundo...? Piedad, Señor...
Sus fuerzas, a causa de la inacción, se extinguían rápidamente. Llegó a no poder mover brazo ni pierna. Entonces dio un ronquido y entregose a su malhadado destino.
«¡Oh, no, Señor! —pensó allá en lo más hondo de su pensar—. No era así como yo quería morir».
Sus sentidos se aletargaron; pero antes de perder el conocimiento, vio un espectro que hacia él avanzaba.
Era un hermoso y brillante espectro que tenía una luz en la mano.
III
Cuando volvió en su acuerdo, el buen anciano se encontró en un lugar que era indudablemente su casa, y que, sin embargo, bien podía no serlo. Llena de confusión su mente, miraba en derredor y decía:
—Indudablemente es mi casa; pero mi casa no es así.
Se incorporó en el canapé donde yacía, tocó la pared cercana, midió con la vista las distancias, y a medida que se aclaraba su entendimiento, más grande era su confusión. La semejanza entre su casa y aquella en que estaba era muy grande, pero también había diferencias, siendo las principales el aseo, los muebles y el orden perfecto de todo. Pero lo que más sorprendió al maestro de escuela fue ver en mitad de la encantada pieza una mesa puesta como para cenar, alumbrada por lámpara de pantalla, y que en la blancura de sus manteles y en el brillo de los platos revelaba las hacendosas manos que habían andado por allí. Como la mesa puesta, y puesta de aquel modo, era el más grande fenómeno que podía presentarse ante los ojos de Sarmiento en su propia casa, creyose juguete de duendes o artes demoníacas. Probó a levantarse, y pudo sostenerse en pie aunque apoyándose en la silla. Junto a la mesa había un sillón, y como Sarmiento lo creyese destinado a su persona, no vaciló en ocuparlo. En el mismo instante llegaron a su nariz olores de comida muy picantes y aperitivos. El anciano exclamó con mayor confusión:
—No, esta no es mi casa.
Decíalo por aquellos olores, que hacía mucho tiempo habían dejado de acompañarle en su domicilio. A pesar de no ser supersticioso, afirmose en la idea de hallarse bajo la acción de una magia o bromazo de Satanás. Y sin embargo, era la cosa más sencilla del mundo. Pronto se convenció de ello nuestro amigo viendo entrar a una joven vestida de negro, la cual se llegó a él sonriendo y le dijo:
—Buenas noches, señor don Patricio. ¿Ya se le pasó a usted el desmayo? Bien decía yo que no era nada. Sin embargo, mandamos llamar un médico.
—¡Por vida de cien mil chilindrones! —repuso Sarmiento, saliendo poco a poco del estupor en que había caído—. Pues no me queda duda de que estoy hablando con Solita en persona.
—La misma —dijo la joven acercándose a la mesa y apoyando ambas manos en ella para contemplar más de cerca al viejo.
—¿Y cómo es que estoy en mi casa y no estoy en ella?
—Está usted en la mía.
—¡Ah! Bien lo decía yo, bien lo decía. Estos platos, estos ricos olores, este arreglo, no pueden existir en la casa de un pobre maestro de escuela sin discípulos. Como todos los cuartos de la casa son iguales, de aquí que... Pues con permiso de usted..., me retiro a mi vivienda...
—Antes cenará usted —dijo la muchacha sonriendo con bondad—. Me han dicho que no hay gran abundancia por allá arriba.
—¿Cómo ha de haber abundancia donde reina con imperio absoluto la desgracia? He caído, señorita doña Sola, a los más profundos abismos de la miseria. Vea usted en mí una imagen del santo patriarca Job. ¡Dios me ha quitado todo, me ha quitado a mi hijo!
—Como ha de ser... Es preciso aceptar con resignación esos golpes y todos los que vengan detrás. Ahora cene usted, que Dios manda a los desgraciados no abandonarse al dolor y dar al cuerpo todo lo que el cuerpo necesita.
—Usted me invita a cenar...
—No invito, sino que obligo —afirmó Sola poniendo en la mesa pan y vino—. Aguarde usted un momento, que no le haré esperar.
Al poco rato volvió con una cazuela de sopas, cuyo gratísimo olor despertó en Sarmiento las más dulces sensaciones y una generosa reconciliación con la vida.
—Debe usted recordar, señorita doña Sola —dijo el preceptor, cuando la joven le ataba las dos puntas de la servilleta detrás del cogote—, que yo fui encarnizado enemigo de su padre de usted, porque jamás he transigido ni podré transigir con las perras ideas absolutistas.
—Lo recuerdo, sí; pero eso no hace al caso.
—Es que mi delicadeza —añadió Sarmiento tomando la cuchara— no me permite aceptar un banquete... Con usted personalmente no hay resentimiento..., pero ¿a qué negarlo? Usted y yo no podemos ser amigos hoy ni nunca... Dígolo para que no se crea que adulo, que me dejo seducir y sobornar por este fino obsequio, que agradezco.
—Cene usted, cene usted... —dijo Solita llenándole el vaso—. La mucha conversación podrá ser perjudicial a su cabeza, que, según me han dicho, no está del todo buena.
—Cenaré, señora, puesto que usted lo toma tan a pechos... Conste que yo no he mendigado esta cena; conste que me han traído aquí por fuerza; que no he solicitado esta amistad; conste, en fin, que no podemos ser amigos.
—Aunque no quiera serlo mío, yo me empeño en serlo de usted y lo he de conseguir —dijo Soledad sonriendo y hablando al viejo en el tono que se emplea con los chiquillos.
—Dale, dale —repuso Sarmiento engullendo a prisa—. Conque amiguitos, ¿eh? ¡Chilindrón!... Usted no tiene memoria, sin duda.
—Verdaderamente no tengo mucha para el daño recibido.
—Su dichosito papaíto de usted y yo éramos como el agua y el fuego... Mi deber era perseguirle, denunciarle, no dejarle respirar... Yo siempre cumplo mi deber, yo soy esclavo de mi deber. Pertenezco a mi patria, y a una idea, ¿me entiende usted?
—Entiendo.
—Con nada transijo. El enemigo de la patria es mi enemigo, y la hija del enemigo de mi patria es mi enemiga. ¿Qué dice usted a eso?
—Que no ha tratado a las sopas como enemigas de la patria.
—No, ciertamente, porque hace mucho tiempo que no las había comido tan buenas.
—Ahora voy por la perdiz.
—¿Perdiz?... Vamos, esto parece un cuento de brujas... Si se empeña usted..., pero conste que yo no he pedido la perdiz; que yo no he mendigado nada, que...
Un momento después Sola partía la perdiz, ofreciéndola pedazo tras pedazo al hambriento anciano.
—Está sabrosísima... Pero con la sorpresa de esta cena había olvidado... ¿Cuándo ha llegado usted, señora doña Solita? ¿Qué tal le ha ido en su viaje?
—He llegado esta mañana. Los de Cordero me hablaron de usted... Dijéronme que estaba usted loco...
—¡Loco yo!
—O poco menos.
—Que andaba usted mal de fondos.
—Eso sí que es como el evangelio.
—Que había perdido usted a su hijo Lucas.
—También, ¡ay!, es verdad.
—Esperé verle a usted y ofrecerle algo de lo poco que yo tengo.
—Gracias...
—Pero usted había salido antes que yo llegara. Había ido, según me dijeron, a correr por las calles divirtiendo a los chicos, y sirviendo de entretenimiento, con sus discursos, a los desocupados de los cafés y de la Puerta del Sol.
—¡Yo!
—Descansé un poco. Todo el día lo he empleado en arreglar mi casa. He buscado una sirviente, he hecho parte de lo mucho que hay que hacer cuando se ha tenido todo abandonado por una ausencia de cinco meses. Ya muy entrada la noche, sentí pasos en la escalera, y después lamentos y quejidos como de una persona enferma. Salimos y hallamos al gran don Patricio tendido boca abajo. Los vecinos salieron, y unos decían: «¡Buena turca ha cogido!». Otros: «¡Ya las pagó todas juntas!». ¡Cómo reían algunos!... «El maldito viejo ya echó su último discurso...». «Qué feísimo está». Don Juan de Pipaón dijo: «No tiene sino hambre. Denle a oler sopas, y verán como resucita...». Me pareció que esta opinión era la más razonable. Entre el mancebo de los Cordero, mi criada y yo entramos el cuerpo desmayado en mi casa, que estaba seis escalones más arriba; le tendimos en ese sofá...
—Conste que yo no entré por mi pie, que no pedí... —dijo Sarmiento con viveza, arqueando las cejas.
—Le abrigamos bien; vino el veterinario del sotabanco, y dijo que usted padecía estos desvanecimientos desde que había dado en el hito de hablar mucho y no comer... Yo había cenado ya: al momento dispuse otra cena para el nuevo huésped.
—Traído por fuerza, es decir, cogido, secuestrado, usurpado durante su desmayo.
—Mandé venir un médico mientras hacía la cena —añadió Sola, observando con la mayor complacencia el buen apetito de Sarmiento—. Creí que al pobre hombre no le vendrían mal estos cuidados. Yo dije para mí: «Cuando se ponga bueno y se le despeje la cabeza, abrirá de nuevo la escuela, se llenarán sus bolsillos, y podrá vivir otra vez solo y holgado en su casa. Entre tanto lo conservaré en la mía, si quiere, y partiré con él lo poco que tengo».
—¡Cuidarme, conservarme aquí, darme asilo!... —murmuró don Patricio con estupefacción y aturdimiento.
—Me han dicho que el casero le va a plantar a usted en la calle esta semana.
—Ese troglodita será capaz de hacerlo como lo dice.
—En aquel cuarto le he preparado a usted una cama —manifestó Soledad, señalando una alcoba cercana.
Don Patricio miró y vio un lecho, cuyas cortinas blancas le deslumbraron más que si fueran rayos de sol.
—¡Una cama!..., ¡para mí!..., ¡para mí que hace cinco meses duermo en el suelo!...
—Aquí podrá usted vivir. Yo estoy sola; quizá lo esté por mucho tiempo —añadió la joven poniendo delante del anciano un plato de uvas—. La casa es demasiado grande para mí... No tendrá usted que ocuparse de nada..., le cuidaré, le alimentaré.
—¡Me cuidará, me alimentará!... Repito que esto es magia.
—Es caridad... ¿Por ventura no entienden de caridad los patriotas?
—Sí entendemos, sí —replicó Sarmiento tan aturdido ya que no sabía qué decir—. ¡La caridad!, sublime sentimiento. Pero no ha de sobreponerse al tesón ni a la fijeza de ideas. La caridad puede llegar a ser un mal muy grande si se emplea en los enemigos de la patria, en los ministros del error... ¿Qué le parece a usted?
—Que las uvas no deben ser ministros del error, según usted las acoge.
—Están riquísimas... Yo, ¿cómo negarlo?, agradezco a usted sus obsequios... Quizás pueda algún día corresponder a tantas finezas con otras igualmente delicadas... ¿Conque dice que me dará una cama?...
—Aquella...
—¿Y desayuno?
—También.
—¿Y comida?...
—Y cena. Soy pobre, pero tengo para vivir algún tiempo. Después Dios nos dará más. Ya ve usted que si a veces quita, también da cuando menos se espera.
—Es cierto, sí, es cierto —dijo Sarmiento con viva emoción que se apresuró a disimular—. Pero me asombra una cosa.
—¿Qué?
—La poca memoria de usted.
—¿Poca memoria? En verdad no es mucha —dijo Sola ofreciéndole un vaso de agua—. A veces no sirve la memoria sino de estorbo.
—Pues sí —añadió Sarmiento, mascullando las palabras y algo cortado—. Usted no se acuerda... de que yo... no era santo de la devoción de su papá de usted... Porque que digan arriba, que digan abajo, su papá de usted conspiraba. Así es que yo... Mire usted, siempre que me acuerdo de esto, tengo una congoja... Cierta noche, cuando llevaron preso al señor Gil de la Cuadra, yo... Repito que él conspiraba y que hacían bien en prenderle... ¿Usted recuerda...?
Soledad, pálida y abatida, miraba fijamente el mantel.
—Usted recuerda que su papá..., cuando le pusieron las cadenas, ¿eh?..., pues sí, parece que tenía sed. Me pidió agua y yo no se la quise dar. Hice mal, mal, mal; aquello fue una bellaquería, una brutalidad..., una infamia: seamos claros. Más adelante, cuando vivían ustedes en casa de Naranjo..., que, entre paréntesis, era un gran bribón, yo..., en fin, recordará usted que la noche que murió el señor Gil de la Cuadra, me metí en la casa con otros milicianos para registrarla... Confiese usted que teníamos razón, porque su papá de usted conspiraba, es decir, nones, ya no conspiraba por causa de estar muerto; pero...
La confesión de sus brutales actos de fanatismo costaba al preceptor sudores y congojas; pero sentía la necesidad imperiosa de echar de sí aquel tremendo peso, y como con tenazas iba sacándose las palabras.
—Ello es que yo me porté mal aquella noche... Verdad que éramos enemigos; que él conspiraba contra la libertad; que yo tenía una misión que cumplir..., el gobierno descansaba en mi vigilancia... Pero de todos modos, señora doña Solita, usted no obra cuerdamente al tratarme como me trata.
—¿Por qué? —dijo la joven alzando sus ojos llenos de lágrimas.
—Porque somos enemigos políticos.
Bañado el rostro en lágrimas, Sola se echó a reír, lo que producía singular contraste.
—Porque somos enemigos encarnizados..., porque me porté mal, y si ahora salimos con que usted me da carne y mesa... Además, mi dignidad no me permite aceptarlo, no, señora. Parecerá que he cedido en mis opiniones..., que transijo con ciertas ideas.
Sola reía más.
—Usted se burla de mí. Bien: no hablemos más del asunto. Se me figura que usted me perdona aquellos desmanes. Bien, muy bien. Reconozco que es un proceder admirable; pero yo..., póngase usted en mi lugar...
—Me parece —dijo Sola— que ya es hora de que se acueste usted.
—¡En esa cama! —exclamó Sarmiento con incredulidad y abriendo mucho los ojos.
—En esa.
—¡Y tiene colchones!
—Y manta... Ya que tiene usted repugnancia de aceptar lo que le ofrezco, no insistiré —indicó la muchacha con malicia—; pero valga mi hospitalidad por esta noche. Mañana se volverá usted a su casa.
—Bien, bien —dijo Sarmiento—. Por vida de la chilindraina, que es una excelente idea. Mañana lo decidiremos, y esta noche, como estoy tan cansado... En verdad, ¿para qué necesito yo colchones ni platos exquisitos, si están contados mis días?... ¡Ay! La pérdida de mi hijo me ha secado el corazón. Para mí ha concluido el mundo. Conozco que estoy de más, y me apresuro a emprender el viaje. Pero ha de saber usted que mi idea es morir gloriosamente, mi plan tener un fin que corresponda a la grandeza de las doctrinas que he sustentado en vida. Yo no puedo morir como otro cualquiera, señora doña Solita, y aquí me tiene usted en camino de llenar una página de la historia.
Sola parecía inquieta oyendo los disparates de su huésped.
—Sí, señora —añadió Sarmiento exaltándose y echando lumbre por los ojos—. Voy a morir por la patria; voy a morir por la libertad, por esa luz que ilumina el mundo; voy a ser mártir; voy a elevar mi frente como los héroes, conquistando con un fin heroico la inmortalidad.
—Lo que yo veo es que no iban descaminados los que me dijeron...
Don Patricio se levantó, y tomando una actitud de estatua, prosiguió de este modo:
—¿A qué arrastrar una vejez oscura y miserable, cuando las circunstancias me brindan con la inmortalidad? El ejemplo de ese héroe a quien he visto conducido como los criminales, y que subirá al Calvario dentro de poco, me sirve de guía. ¡Oh luz de mi inteligencia, bendita seas por haberme inspirado esta idea!
Pasando luego bruscamente al tono familiar, dijo a Solita:
—Pocos días me restan de vida. Quizás tres, quizás dos, quizás uno solo. Como he de molestar por tan poco tiempo, apreciable señora, me quedaré aquí.
—Está muy bien pensado. Ahora a dormir.
Vino el médico que habían llamado, y Sarmiento le despidió de mal talante, diciendo que no necesitaba medicinas, porque para él, el cuerpo no era nada y el alma todo. Advirtió el médico reservadamente a Sola que le encerrara si tenía empeño en que tal estafermo viviese. Después de la partida del galeno, don Patricio mostró deseos de acostarse.
—Buenas noches, señora —dijo el preceptor entrando en la alcoba—. ¿Tomaré mañana chocolate?
—¿Eso había de faltar? Si no fuera por esa dichosa muerte heroica que le espera, lo tomaría usted muchos días. ¡Qué necedad privarse de ese gusto por la gloria, que no es más que humo!
—Usted habla en broma —dijo don Patricio, cuya voz se oía débilmente desde la sala, porque había cerrado la puerta para acostarse—. No puedo comprender que su claro entendimiento compare unas cuantas onzas de soconusco con la inmortalidad y la gloria... ¡Ah!, señora mía, lo único que me consuela de la pérdida que acabo de experimentar, es el saber que mi adorado hijo está gozando de esa inextinguible luz de la gloria, premio justo de los que han muerto defendiendo la libertad. ¡Mártir sublime, que Dios te bendiga como te bendigo yo!..., ¡yo que me apresuro a imitarte!... Solita, ¿se ha marchado usted?
—No, señor; aquí estoy oyéndole con mucho gusto. ¡Cuánto siento la muerte del pobre Lucas!... ¡Era tan buen muchacho!...
—¡Válgame Dios lo que he perdido! Era un dechado de virtudes —dijo Sarmiento dando un gran suspiro— y de amor filial. Su inteligencia superior se remontaba a las más altas concepciones. Su valor indomable no tenía igual, y creeríase al verle que en él había resucitado un héroe antiguo. Vamos, que en aquel famoso 7 de julio dejó bien puesto el pabellón... ¡Pobre hijo mío! Sus nobles facciones eran idénticas a las de su madre. ¡Si supiera usted cuán hermosa era mi Refugio!... ¿Está usted ahí, Solita?...
—Aquí estoy. Sí, debía de ser muy hermosa doña Refugio.
—¡Ah! ¡Si usted la hubiera visto!... ¡Qué boca!..., ¡qué ojos!..., ¡qué pie!... Me parece que la estoy mirando. La llamaban la diosa de Calabazar del Buey, por ser este el lugar de su nacimiento... ¡Oh dulces memorias!, ¿por qué venís a atormentarme en estas aflictivas horas?... Yo me enamoré de Refugio como un insensato, porque siempre he sido así, un fuego vivo. ¡Cuánto me costó sacarla de la casa paterna!... En fin, nos unimos en dulce lazo el día de la Encarnación... Por Nochebuena nació nuestro Lucas, que parecía una bola de oro y manteca... ¡Oh tiempos!... ¿Señora doña Solita...?
—¿Qué?
—¿Se ha marchado usted?
—No, señor; aquí estoy.
—Parece que se ríe usted.
—De ningún modo.
—Hágame el favor de abrir la puerta porque deseo verla a usted antes de dormir. Es una necesidad de mi pobre espíritu.
Soledad abrió. Completamente arrebujado en las sábanas, don Patricio no mostraba más que la cabeza.
—Está usted mucho más guapa que cuando vivía el señor Gil de la Cuadra —insinuó el viejo.
—Podrá ser.
—¿Se acuesta usted ya?
—Antes tengo que hacer.
—Pues buenas noches, porque a causa del mucho cansancio... Perdone usted mi descortesía; pero no lo puedo remediar: me duermo como un animal. ¡Oh gloria, oh lauros inmortales, oh libertad!... Esta cama... es tan... buena...
IV
Pasando sobre treinta y cinco días, nos trasladamos con el lector al 6 de noviembre.
La plazuela de la Cebada, prescindiendo del mercado que hoy la ocupa, desfigurándola y escondiendo su fealdad, no ha variado cosa alguna desde 1823. Entonces, como hoy, tenía aquel aire villanesco y zafio que la hace tan antipática, el mismo ambiente malsano, la misma arquitectura irregular y ramplona. Aunque parezca extraño, entonces las casas eran tan vetustas como ahora, pues indudablemente aquel amasijo de tapias agujereadas no ha sido nuevo nunca. La iglesia de Nuestra Señora de Gracia, viuda de San Millán desde 1868, tenía el mismo aspecto de almacén abandonado, mientras su consorte, arrinconado entre las callejuelas de las Maldonadas y San Millán, parecía pedir con suplicante modo que le quitaran de en medio. La fundación de doña Beatriz Galindo no daba a la plaza sino podridos aleros, tuertos y llorosos ventanuchos, medianerías cojas y covachas miserables. La elegante cúpula de la capilla de San Isidro, elevándose en segundo término, era el único placer de los ojos en tan feo y triste sitio.
Esta plazuela había recibido de la Plaza Mayor, por donación graciosa, el privilegio de despachar a los reos de muerte, por cuya razón era más lúgubre y repugnante. Aquella boca monstruosa y fétida se había tragado ya muchas víctimas, y ¡cuántas le quedaban aún por tragar desde aquella célebre fecha de noviembre de 1823, que ennobleció la plaza-cadalso, dándole nombre más decoroso que el que siempre ha llevado!
En la mañana del 6, centenares de curiosos afluían por las calles próximas para ver dos palos largos plantados en medio de tal plaza, y asistir con curiosidad afanosa a la tarea de seis hombres que se ocupaban en unir los topes de dichos árboles con un tercer madero horizontal. Los corrillos eran muchos, y la gente iba y venía paseando como en los preliminares de una fiesta. Veíanse hombres uniformados, otros con armas y sin uniforme, mucha gente del populacho que por aquellos barrios tiene sus albergues, y no pocas personas de la clase acomodada. Un hombre alto, seco, moreno, de ojos muy saltones, de rostro fiero y ademán amenazador, mirar insolente, boca bravía, como de quien no muerde por no menoscabar la dignidad humana; un hombre que francamente mostraba en todo su condición perversa, y en cuyo enjuto esqueleto el uniforme de brigadier parecía una librea de verdugo, avanzó resueltamente por entre el gentío, abriéndose calle bastón en mano; y dirigiéndose después con airada voz y gesto a los que trabajaban en el cadalso, les dijo:
—¡Malditos!... ¡Mal haya el pan que se os da! ¿No he mandado que se pusieran los palos más grandes que hay en los almacenes de la villa?