GLORIA
Es propiedad. Serán furtivos todos los ejemplares de esta obra que no lleven el sello del periódico La Guirnalda.
NOVELAS ESPAÑOLAS CONTEMPORÁNEAS
POR
B. PÉREZ GALDÓS
GLORIA
SEGUNDA PARTE
SÉPTIMA EDICIÓN
MADRID
Imprenta de LA GUIRNALDA
calle de las Pozas, núm. 12.
1890
GLORIA
SEGUNDA PARTE
I
Serafinita y D. Buenaventura de Lantigua.
Lo que vamos á referir ocurrió en Abril y en Semana Santa, que vino aquel año algo atrasada. En cambio la Primavera se había adelantado tanto, que San José trajo muchas flores, la Encarnación más y San Venancio entró lleno de rosas y claveles. Pocas veces se había visto Ficóbriga tan bien engalanada para las festividades religiosas más interesantes al alma y á los ojos del cristiano; y además de la placentera estación y del delicioso temple con que le favorecía Naturaleza, tenía aquel devotísimo pueblo otros motivos de gozo. Sí, sabedlo: aquel año habría procesiones, regocijo de que estuvieron privados los anteriores á causa de la pobreza del clero y lastimosa decadencia del culto.
Y aquel año habría procesiones, porque ofrecieron costearlas de su bolsillo particular dos beneméritos ficobrigenses, el Excelentísimo Sr. D. Buenaventura y la señora doña Serafina de Lantigua, hermanos de D. Angel y del difunto D. Juan Crisóstomo, que falleció repentinamente el día de Santiago del año anterior. En el capítulo IV de la primera parte hicimos rápida mención de estas dos estimables personas; mas no era entonces ocasión de hablar mucho de ellas: ahora sí.
—Venturita y la Serafina—decía á sus amigos en el pórtico de la Abadía la esposa de D. Juan Amarillo,—han venido á Ficóbriga con el objeto que todos sabemos, y cuanto digan de arreglar la testamentaría del señor D. Juan es farsa y enredo... Aquel desgraciado señor, aunque murió como si le partiera un rayo, dejó sus intereses y sus papeles en orden completo... Pero es preciso decir algo para que el público no se fije en la verdad... ¡Ah, la verdad! ¡Bienaventurados los que, como yo, la ponen por encima de todas las cosas!... Y la verdad es que...
Y al decir esto, Teresita la Monja susurraba al oído de sus amigas sílabas misteriosas. Sonreían persignándose las señoras, y acto contínuo entraban todas en la Iglesia, porque las misas iban á empezar.
En efecto, D. Buenaventura y su hermana habían ido á Ficóbriga (ésta en Septiembre del año anterior y aquél en Marzo del que corría) para asuntos no relacionados con la testamentaría del Sr. D. Juan. ¡Y qué excelentes personas eran uno y otro! Verdad es que tratándose de aquella privilegiada y sin igual familia, no pueden sorprender á nadie las perfecciones morales y altas prendas del alma que parecían vinculadas en ella, como en otras el superior ingenio ó la belleza.
Serafinita seguía en edad al difunto don Juan. El obispo era el primogénito y D. Buenaventura el más joven. Este era felíz esposo, y felicísimo autor de numerosa prole; en cambio su hermana era viuda y no tenía ni había tenido nunca hijos. Distinguíase la noble señora por una semejanza tan peregrina con don Angel, que verla á ella era ver á Su Ilustrísima vestido de mujer, con un peinado entre antiguo y moderno, traje negro sin pretensiones de elegancia, pero también sin abandono, alguna vez guantes negros de hilo, mantón negro y anillo negro en uno de los colorados y regordetes dedos de su mano derecha. En días de Nordeste, que es un viento muy amigo de las neuralgias, solía ceñir fuertemente su cabeza con un pañuelo negro, y pegarse en las sienes negros parchecillos. Cuando las humedades la hacían claudicar de la pierna izquierda á causa de la detestable propensión al reuma adquirida años atrás, se apoyaba en un bastón negro. En los días serenos y templados que convidaban á gozar de la Naturaleza y confiarse sin miedo á ello, iba á dar una vuelta por la orilla del mar en compañía de Francisca. Sentándose en cualquier roca, sacaba del hondo bolsillo la labor que jamás olvidaba, y picoteando con las agujas se ponía á trabajar en una media negra.
Tenía el semblante agraciado y tranquilo, teñidas las mejillas de leve rosicler mustio, como de flor tiempo há tronchada. Lo mismo que en el señor prelado, en ella la sonrisa era el signo más elocuente y sostenido del lenguaje de su cara, y sus hermosos ojos claros que habían visto tanto mundo y llorado tantas penas, relucían con cierta expresión festiva entre las negruras de que estaban rodeados. Del mismo modo, el alma de Serafinita se sostenía confiada y valerosa, con el admirable temple que dan la conciencia pura y una creencia inmutable, en medio de las borrascas de su amarga vida, y éstas habían sido tantas, que ninguna otra mujer padeció más que ella.
De su matrimonio puede decirse, como del infierno cristiano, que había sido el conjunto de todos los males sin mezcla de bien alguno. El hombre con quien se casó por compromisos de familia reunía en su alma proterva todas las maldades, vicios y groserías imaginables, y era libertino, disipador, cruel, falso, tramposo. La pobre Serafinita sufrió con resignación malos tratamientos, infidelidades, escaseces y molestias á que no estaba acostumbrada; presenció escándalos, vilezas, vergonzosas intervenciones de la justicia, riñas, estafas; y por último padeció la mayor humillación y la pena más aguda al ser maltratada salvajemente por aquel mónstruo. Horror causa referirlo. Un día el bárbaro esposo la abofeteó públicamente. Otro día, en la intimidad de la casa, la arrastró por los cabellos. La admirable entereza y resignación de virtud tan modesta le enfurecía más, como si en el heróico silencio de ella oyera terribles anatemas de su vil conducta. En aquella lucha horrible, á la humillada víctima pertenecía el grandioso valor, la cobardía al verdugo victorioso. Al fin Dios introdujo en la casa su mano justiciera. El marido cayó enfermo con lepra repugnante. La esposa abofeteada y arrastrada, viendo llegar la ocasión propicia de su venganza, tomóla con arreglo á la idea evangélica tan arraigada en su alma, es decir, que le abrumó á cariños, le abofeteó con cuidados, y le clavó en la cruz de la más dulce solicitud y ternura. Aseguran que el infame murió convertido; y Serafinita, hablando de aquella muerte, decía:
—El Demonio me lo entregó á mí y yo lo entregué á Dios. Buen chasco te has llevado, Satán.
Al enviudar manifestó deseos de retirarse del mundo, consagrando sus días al amor de Dios, y en verdad aquel trabajador había hecho bastante en la viña, y merecía jornal y descanso; pero la muerte de D. Juan con las horribles circunstancias que la acompañaron impidieron su santo propósito. Dios decía á Serafinita: «Todavía te necesito en el mundo algún tiempo más...» De la puerta del convento marchó á Ficóbriga.
Don Buenaventura tenía poca semejanza en lo físico con sus tres hermanos, mas por lo bueno y honrado y cabal se conocía muy bien en él la casta de Lantigua. Era el menos guapo, así como D. Juan había sido el más hermoso. En cambio parecía ser el más felíz. Dedicado á los negocios de banca, había sabido acrecentar su fortuna, y vivía holgadísimamente, muy estimado de todo el mundo, en el seno de una familia ejemplar, que se divertía cuanto era posible sin ofender á Dios. Además, D. Buenaventura no había declarado la guerra á la generación presente, como su hermano; tenía un carácter más franco, humor más tolerante, conciencia menos rigorista, pensar más elástico, aunque mucho menos brillante, facultad de adaptación que aquél no conocía; y á causa de estas prendas que cada cual juzgará como mejor le acomode, y del lisonjero estado de sus asuntos y de la bienaventuranza que por doquiera le sonreía, inclinábase á creer que el mundo no iba tan mal como alguien decía, ni que la sociedad presente era la más ruín y execrable de las sociedades posibles.
La muerte de D. Juan, á quien amaba con delirio, hizo en su espíritu desastroso efecto, y la desgracia de su adorada sobrinita le tenía sin consuelo. En Marzo del año siguiente á la catástrofe llegó á Ficóbriga. Sus paisanos se alegraron de verle, y corrió la voz de que D. Buenaventura proyectaba algo muy interesante para su familia y para el buen nombre de su hermano difunto y deshonrado. ¿Era esto verdad? No queda duda de que su mente trabajaba. Veíasele pasear por la playa, ó detenerse largas horas en el cementerio, examinando el sepulcro que se estaba construyendo para su hermano, ó vagar solo por los alrededores de la casa, huyendo de toda amistosa compañía, con las manos á la espalda, la cabeza inclinada, fijos los ojos en el suelo, ligeramente fruncido el ceño, lento el paso. A ratos alzaba semblante y mirada hacia el cielo, como quien va á preguntar algo; mas volvía pronto á leer en la tierra, sin duda por no haber recibido contestación.
Vestía cómodo traje negro, calzando zapatos de cuero amarillo á prueba de arenas y lodos, por cuya combinación de colores los holgazanes de Ficóbriga, que pasaban su vida murmurando en la botica, decían al ver á don Buenaventura: «ahí viene el mirlo.» Era su cuerpo alto y no fornido, un poco echado hacia adelante, sin duda por el hábito de vivir largas horas sobre los libros en el escritorio. Su rostro, sin dejar de ser harto común, era muy agradable, uno de esos rostros mundanos que parecen hechos para el saludo y el comercio social, y que siempre aparecía pulcramente afeitado, pues en los varones de aquella familia el aspecto eclesiástico era como una tradición. Apenas se advertían canas en su cabeza, y de su cuello pendían lentes azules, que usaba en días muy claros, porque sus ojos, ya que no lloraran por penas, lloraban por la luz meridional. Rara vez usaba bastón, y las manos, por lo común se volvían hacia atrás, se juntaban, se acariciaban, dándose cordiales apretones como dos buenas amigas.
Así era D. Buenaventura de Lantigua. Cierto día (precisamente el viernes de Dolores), al volver de una diligencia, encontró á su hermana, que sentada en un banco del jardín trabajaba en su media negra. Ambos hablaron.
II
Lo que dijeron.
—¿Tampoco hoy ha querido salir?—preguntó D. Buenaventura.
—Tampoco—repuso Serafinita sin levantar la vista de su obra.—¡Pobrecilla!... Hazte cargo, Ventura, de cómo estará su espíritu. Ni sé yo cómo vive, ni sé cómo no ha muerto de tristeza, de dolor, de vergüenza.
—Pues es preciso—dijo él con entereza,—que no muera de ninguna de esas tres cosas, sino que viva.
—¡Vivir!—exclamó doña Serafina suspirando.—Sí, ese es nuestro deber. ¡Ay! para algunos es una obligación bastante pesada... Comprendo la angustia de esa infelíz hija de mi hermano, ¡pobre flor tronchada por el bárbaro pié del asno, que en un momento de descuido entró en el jardín!... No, no he conocido en mi ya larga vida ejemplo semejante, ni hay otra caída que á ésta se iguale, como no sea la de Satanás... Y no me digas que tiene remedio en el orden mundano, Ventura. Tú has perdido el juicio, y si insistes en que esto puede arreglarse...
—Para todo hay remedio en el mundo—replicó D. Buenaventura tomando una silla de hierro y sentándose frente á su hermana.
—Ventura—dijo Serafinita alzando los ojos de la obra negra,—recuerda bien lo que nos manifestó nuestro bendito hermano al partir para Roma en Enero.
—Lo recuerdo bien.
—Nos dijo estas mismas palabras: «Queridos hermanos; en el asunto de la pobre Gloria, obrad con arreglo á las ideas de nuestro idolatrado Juan Crisóstomo, que está en el cielo. Haced lo que él habría hecho si hubiera sobrevivido á la horrenda catástrofe de su honor. Inspirémonos en su recuerdo; seamos herederos fieles de su conducta, ya que no podemos serlo de su inteligencia poderosa. En Roma no olvidaré este espantoso asunto, y cuando vuelva espero traer alguna luz.»
—Eso dijo, sí—repuso D. Buenaventura.—Yo creo que el mejor modo de proceder con arreglo al pensamiento del pobre Juan es hacer lo que nos inspire nuestra conciencia. Juan habría hecho lo mismo.
—¡La conciencia!—exclamó Serafinita moviendo la cabeza.—Esa palabra, por decirlo todo, á veces no dice nada. ¡La conciencia! ¡Ay! Ventura, yo veo á la tuya inclinada á ciertos acomodamientos más deshonrosos que la misma deshonra que pretenden evitar; la veo dispuesta á eso que el mundo llama transacción, justo medio ó no sé qué. Piénsalo bien y dí si en este caso horrible puede hacerse más que aceptar el golpe que el Señor se ha dignado descargar sobre nuestra familia, abrumándola de vilipendio; díme si es posible otra cosa más que sucumbir gimiendo y llorar nuestra deshonra, haciendo todo lo posible para que no se divulgue lo que no debe divulgarse.
—Y al fin será del dominio público.
—No...—dijo vivamente Serafinita con cierto orgullo.—Hay algo que no se sabrá nunca, al menos por ahora... Mi prudencia responde de ello; mi discreción me asegura que en eso no picarán las viperinas lenguas de Ficóbriga.
—También en eso picarán...
—Pues sea lo que quiera... Si Dios dispone que la vergüenza aumente, aumentará. Estoy preparada á todo. Ya nada me espanta. El Señor ha querido probarnos. ¡Bendita sea su mano!
—¡Bendita sea!—repitió D. Buenaventura.
—No, tú no puedes decir eso,—objetó vivamente Serafinita.—Tú no puedes bendecir la mano que nos ha herido, porque quieres rebelarte contra ella; quieres hacer ahí unas composturas y unos amasijos y unas combinaciones de que no puede resultar nada bueno para la conciencia ni para la fe cristiana. ¿A qué aspiras tú? Vamos á ver; dímelo claramente.
—A lo que se aspira siempre cuando ocurren estas desgracias en una familia honrada—repuso D. Buenaventura con flemático acento.
—Si el caso presente fuera como otros muchos que vemos un día y otro en nuestra sociedad, pase—dijo la señora sintiéndose fuerte con sus argumentos;—pero ya sabes que desde que el mundo es mundo, Ventura, no ha ocurrido un caso como éste, al menos en España. Se podría creer que Dios ha enviado tan singularísimo y horrendo suceso como una especie de aviso, con el cual quiere advertir á los españoles los conflictos dolorosos que les aguardan...
—Hermana—dijo D. Buenaventura interrumpiéndola,—sin quererlo tal vez, has dicho una cosa muy sabia.
—No te burles—repuso Serafinita rascándose tras de la oreja con una de las agujas;—lo que quiero decir es que si el caso que estamos llorando fuera como otros... Estoy cansada de ver niñas caídas en un momento de debilidad, por una ilusión funesta... pero hijo, la ley, la religión y la misericordia paterna hallan medio de arreglar estas cosas entre nosotros.
—¿Y por qué no hemos de aspirar ahora á un resultado semejante?
Serafinita miró con estupor á su hermano, dejando caer la media negra sobre sus rodillas.
—¡Estás loco!—exclamó.—Ventura, Ventura, ten presente que para que caiga la bendición del cura sobre este nudo horrible y lo desate y lo ate después debidamente, es preciso que Dios deshaga el mundo y lo vuelva á hacer de otro modo; que veamos desbaratada pieza por pieza la sociedad actual con sus creencias, sus castas, sus leyes, y vuelta á armar después, conforme á tu gusto y capricho.
—Puede ser que quedara mejor—dijo don Buenaventura sonriendo y balanceándose en la silla.
—Pues anda, pon tu mano en la obra, enmienda la hechura de Dios y de tantos siglos...
—En suma, querida hermana—manifestó Lantigua resueltamente;—yo no quiero enmendar la obra de Dios, ni volver el mundo del revés. Reconozco la fuerza del argumento terrible que acabas de hacerme. ¿Pero no es lo más prudente y lo más cristiano tentar todos los medios antes de declarar irreparable esta desgracia? Todo el daño producido en las esferas de lo humano es humanamente susceptible de remediarse.
—Remedios que están en tu imaginación. Pareces un niño, Ventura. No siendo posible que una religión falsa y otra verdadera se mezclen y confundan como el agua y el vino que se echan en un vaso; no siendo posible que nuestra santa fe católica transija en esto ni se humille ante las mentiras sacrílegas de una secta infame, ignoro cómo vas á componerlo.
—Precisamente deseo intentar algo que proporcione un gran triunfo á nuestra santa fe católica—dijo D. Buenaventura.
—¿Qué? ¿Convertirle?... Me pareces tonto. Lo que nuestro bendito hermano no pudo conseguir, ¿has de lograrlo tú?... ¡Ah! Como no intentes su conversión por la vía de los negocios... El corazón de esa gente se ha de ablandar más por las emociones del interés que por los sentimientos religiosos.
—Cuando mi hermano intentó convertirle, no existían para él las poderosas razones sociales, los graves compromisos de honor, de dignidad, de delicadeza, los deberes de humanidad...
—¡Honor, dignidad, delicadeza, humanidad!... Probablemente no entenderá esa lengua el que ha causado nuestra ignominia.
—Esta es lengua universal. En fin, querida hermana, pronto saldremos de dudas.
—¿Cómo?
—Oyéndole.
—¡Pues qué...!—exclamó Serafinita con terror.—¿Ese hombre...?
—Va á llegar. Le he llamado yo.
—¡Ventura, Ventura!...
Serafinita no pudo decir más. Era incapáz de cólera; pero su corazón se llenó de pena. Emprendiendo con frenética actividad su obra, fijaba sus animadas pupilas en las puntas de las dos agujas, que, chocando con fuerza, parecían las espadas de irritados duelistas que se batían furiosamente.
Después de un rato de silencio, Serafinita dijo:
—¡Ventura, Ventura!... ¿Has escrito al hebreo?
—Sí, y vendrá.
—Tal vez no. Ya sabes que en Diciembre estuvo aquí, y nuestra sobrina no quiso recibirle.
—Ya lo sé.
—Y que le ha escrito muchas cartas...
—Sin que ella se haya dignado leerlas. También lo sé.
—Pues ahora tampoco le recibirá.
—Allá lo veremos. No creo que mi venida á Ficóbriga sea en balde, ni que mi autoridad sea una irrisión—dijo Lantigua demostrando gran confianza en la eficacia de su voluntad.
—Querido hermano, tú has olvidado la recomendación de Angel.
—No; ya sé que nos dijo: «Haced lo que haría Juan Crisóstomo si viviese.»
—¿Y tú crees—preguntó Serafinita con expresión de triunfo, pensando que su argumento no tenía replica,—tú crees que nuestro hermano habría escrito á ese hombre rogándole que viniera?
—No lo sé... Juan no pudo pronunciar una sola palabra sobre su deshonra. Murió callado.
—Juan no murió de apoplegía—manifestó con emoción muy honda doña Serafina,—murió de ira; que también la indignación mata. Su pensamiento se abrasó, su alma huyó escandalizada del cuerpo en un instante horrible. El cielo desplomósele encima. Me parece que oigo la íntima exclamación de su espíritu al volar temblando de este mundo... Ventura, Ventura, inspírate en nuestro hermano, muerto por su deshonra; identifícate con él y represéntate aquel instante tremendo, su sorpresa, su terror, su congoja de padre amantísimo y de católico ferviente; haz un esfuerzo y procura creer que tú eres él mismo y no tú; que él ha resucitado en tí...
—Inspirándome en mi conciencia—dijo serenamente el banquero,—creo inspirarme en él...
Y levantándose, echó ambas manos á la espalda, encorvó ligeramente el cuerpo y se puso á pasear por el jardín de un ángulo á otro, sin apartar la vista de la arena que crujía bajo sus amarillos zapatos. Serafinita, desbaratando un gran trozo de media negra que estaba detestablemente hecho, empezólo de nuevo.
III
Cosas que se ignoran y otras que se saben y deben decirse.
La casa no estaba lo mismo que el año anterior. El jardín hallábase bastante descuidado, creciendo en él, ó con excesiva libertad ó sin la cariñosa esclavitud del jardinero, las flores de primavera que ornaban sus verdes cuadros. Los arbustos y árboles de sombra, los recortados setos, las enredaderas de mil brazos, el césped y los tiestos vivían angustiadamente bajo el imperio del olvido. En cambio los caracoles habían sacado el vientre de mal año en aquellos meses, y se extendían, cual inmenso rebaño jamás saciado, por todo lo verde, subiendo por los tallos arriba, hasta llenar de inmundas babas la más alta hoja; que tal es el oficio de estos ministros de la envidia. Algunos tenían tal descaro, que se subían por las faldas de doña Serafina y la observaban con sus ojuelos, y movían ante ella sus expresivos tentáculos, como diciendo: «¿qué habrá venido á hacer aquí esta buena señora?...»
En lo exterior de la casa, los desperfectos causados por el último invierno no habían sido reparados. Faltaban pedazos de yeso y molduras. Por no hallarse en buen estado los canalones, existía en la pared de Levante una gran mancha de humedad, al modo de sombra irregular y compleja, que casualmente parecía representar una especie de figura ó mónstruo de muchas patas y amenazante boca. La veleta se había doblado con los poderosos bofetones del huracán, y la flecha desquiciada y sin movimiento señalaba siempre al Norte. Estaba muerta.
Dentro podían notarse asimismo los tristes efectos del abandono. Algunas estancias no habían sido abiertas en mucho tiempo. El reloj de gran esfera y resonante timbre que estaba en el vestíbulo para advertir á todos los de la casa la hora de las obligaciones, de los placeres, del descanso y del trabajo, había enmudecido, y su rostro mofletudo que tan bien sabía responder antes á los que le preguntaban cosas del tiempo, no expresaba ya nada, como no fuera la inmovilidad y el tétrico silencio de la muerte. En vano D. Buenaventura trató de ponerle en movimiento con el dedo, ora impulsando las agujas, ora el péndulo. El reloj daba dos ó tres latidos, unas cuantas pulsaciones quejumbrosas, y volvía á caer en su hondo letargo. Había en la quietud de sus agujas, sobre la blanca esfera numerada, algo semejante á entornados párpados y á respiración sosegada y profunda. Viéndole, veíase á uno que duerme.
En las habitaciones altas, había otro de chimenea que, trocado en bufón, reía de los grandes chascos que daba á sus amos y del trastorno que producía. Su conducta era más propia de un pillete que de un reloj. Así, cuando eran las seis, él marcaba y tañía las once, ó viceversa, y á veces se tragaba medio día lindamente, ó se empeñaba en hacer creer que el sol salía después de misa mayor. Siempre que este buena pieza le daba un bromazo, decía Francisca tristemente:
—Anda, hijo, anda: no eres tú solo el que disparata. Como tú van todas las cosas de esta casa.
Las habitaciones de D. Juan, su alcoba y su despacho habían permanecido cerradas hasta que llegó D. Buenaventura, que, tomándolas para sí, pasaba allí largas horas, ordenando los manuscritos y cartas de su hermano y completando el catálogo de la biblioteca. Serafinita vivía en la planta baja, por ser enemiga de escaleras, y Gloria continuaba morando en su habitación primitiva. Pero hacía muchos meses que los habitantes de Ficóbriga no habían visto á la señorita de Lantigua en la calle, ni en el jardín, ni en los balcones. Los mismos criados de la casa, á excepción de las dos mujeres, tampoco la veían. ¿Dónde estaba? ¿Qué hacía? No faltó en Ficóbriga quien asegurase que la señorita de Lantigua se había vuelto fea, ni quien dijese que se había vuelto loca. Sus tíos dijeron que estaba enferma de cuerpo y de espíritu. Teresita la Monja enunciaba con su sibilítico labio mil abominables cosas, y ningún ficobrigeño pasaba por el camino real ni por la plazoleta sin mirar á las tristes ventanas, cerradas también, cual ojos de durmiente, ni decir para sí: «¿Qué hará?»
Durante algunos meses, Gloria había sido objeto de comentarios diversos. Bastante trabajó la curiosidad en aquellos días, muchísimo la envidia. Se quería demostrar que las grandes reputaciones son casi siempre usurpadas; que no hay nada superior ni sublime; que todo es pequeño y miserable; que las flores no son flores sino fango; que el diamante no es luz solidificada sino carbón; en fin, que todos somos iguales, y que si alguno sube mucho por hipocresía ó arte mundano, debe bajar y ponerse al nivel de los demás, restableciendo la armonía del vulgo, tan necesaria á la de los mundos.
¿Tenía razón la plebe? ¿Quién puede decirlo sin conocimiento de cosas y personas? La señorita se oculta de todo el mundo, se esconde de todas las miradas, haciendo de su vida un misterio impenetrable; y como el laborioso insecto, ha tejido un capullo y quedádose dentro, con intención sin duda de no salir sino con alas, ó sea, en espíritu. Si penetramos en la casa, no nos es posible llegar hasta ella, porque los criados detienen á todo intruso. Hasta el taciturno reloj del vestíbulo parece decir con su torvo silencio: «¿A dónde vas, insensato? Aquí ya no hay nada»... Creemos sentir leves pasos sobre el entarimado superior. Son sin duda los pasos de la señorita... pero no: son los de un gatito que juega. Aunque ponemos gran atención, no conseguimos oir su voz, que ha querido extinguirse para siempre como la del reloj, creyéndose indigna de sonar entre los vivos.
Atrevidos subimos; mas no nos es posible verla tampoco. La puerta de su habitación está cerrada. Por la noche, si la sorprendemos por breve instante abierta, descubrimos vaga sombra de una cabeza sobre la pared. La cabeza se mueve: es ella sin duda; pero convertida en leve mancha obscura sin alma y sin vida. Si hay conversación dentro de la alcoba, percibimos, aguzando mucho el oído, el vago silbido de las eses que se destacan sobre la pronunciación castellana, como la espuma sobre las olas. Nada más puede oirse en aquel murmullo lejano.
Si continuamos observando, vemos al través de la puerta, que no ha sido bien cerrada, súbita claridad rojiza que se extingue pronto. No hay duda de que la señorita ha quemado un papel. Por Roque, que dice todo lo que sabe, sabemos que Gloria ha recibido poco antes una carta con sellos encarnados, que no son los de España. Después sale Francisca, entra D. Buenaventura y se entabla nueva y más viva conversación, que dura hasta hora muy avanzada. Pero no podemos atrapar sino las fluctuantes eses que marean y nada dicen solas. D. Buenaventura se retira al fin meditabundo como siempre; óyese el rumor de los perezosos rezos que preceden al sueño, y sale después Serafinita tranquila y mística, como un santo que baja de su nicho para pasearse. Luégo se siente el chasquido de la llave. ¡Adiós! La señorita se ha encerrado; duerme, y envuelta en delicada nube de silencio, de obscuridad, de reposo, ha lanzado su espíritu á las zonas infinitas. Avancemos, apliquemos nuestro oído indiscreto al hueco de la llave. ¿Oís algo? Nada... Quizás un rumor más tenue que el de las alas del más pequeño insecto batiendo en el aire, una leve cadencia que no sabemos si es la respiración de Gloria ó el aliento de su Angel de la Guarda, que vela con la mano puesta sobre la frente de ella.
Un día, que era sábado de Pasión, el narrador espió también. A la escalera llegaba gratísimo olor de claveles y rosas, accidente relativo á ella que parecía ella misma. La señorita estaba haciendo un ramo. Si nos hubiéramos hallado en el jardín, habríamos sentido ligero rumor en la persiana alta, y alzando la cabeza con la prontitud del curioso, habríamos visto una mano que en breve instante apareció y huyó, después de arrojar palos de flores y ramitas inútiles. Aquella mano era la misma que muchísimos días antes había empujado la puerta de la casa para no dejar entrar á un hombre. En cuanto á la cara, sólo la vieron los pájaros alineados como tropa en el alambre, ó los que volando y piando pasaban.
Francisca bajó por más flores y doña Serafina subió llevando unos alelíes que ella misma cogiera. Oyéronse los tijeretazos cortando los palos demasiado largos en el tronco del ramo. Ni el mismo Roque, que todo lo sabe, sabía para quién era aquel ramo.
Pronto lo sabremos nosotros. Era media tarde cuando entraron y se reunieron en el comedor D. Buenaventura y los dos personajes de más peso en la república ficobrigense. Bien se comprende que no podían ser otros que D. Silvestre Romero y D. Juan Amarillo, este último elevado poco antes á la categoría de alcalde, con lo cual su respetabilidad, que ya era grande, se había remontado á lo sublime.
Don Silvestre, á poco de estar en el comedor, subió con objeto de ver á su amada penitente, como él decía. Era de los pocos que gozaban el privilegio de visitarla. Quedándose solos D. Buenaventura y el digno alcalde, éste habló á su amigo de los últimos acuerdos del Ayuntamiento referentes á las procesiones de Semana Santa, costeadas por el generoso banquero, y que debían de ser dos, á la usanza antigua, la del Salvador el Domingo de Ramos, y la del Crucificado, con dos pasos más y la Dolorosa, el Jueves. A todo dijo amén don Buenaventura; mas no se mostró muy gozoso cuando el representante de la autoridad municipal le hizo saber que á él, al propio señor de Lantigua, correspondía lugar muy honroso en ambas procesiones, debiendo en la del Salvador acompañar á la sagrada imagen, propiedad de su esclarecida familia.
Pero debemos decir que esto y otras cosas municipales de que habló el insigne Amarillo, como el acuerdo recién tomado por el Ayuntamiento de llamar en lo sucesivo plaza de Lantigua á la plazoleta de la Charca, y colocar una corona en el sepulcro que se estaba labrando al Sr. D. Juan, no fueron sino pretextos que el alcalde tomaba para hablar de un asunto de vivísimo interés para él. Desde la catástrofe del día de Santiago, corrió por Ficóbriga la voz de que la desgraciada joven, antaño llamada joya de aquella villa, entraría en un convento, y que la familia pensaba vender la casa, por ser muy antipáticos para ella los lugares de su desgracia y deshonor. Enunciada esta idea, D. Juan Amarillo, que era dueño de copiosos caudales, ganados Dios sabe cómo, concibió la felicísima idea de adquirir tan hermosa finca y establecerse en ella, haciéndola trono de su omnipotencia y de la gran superioridad que sobre toda la redondéz de Ficóbriga había adquirido.
La idea culminante, la idea madre de todas las ideas de D. Juan Amarillo era esta: «ser el primer personaje de Ficóbriga.»
La idea cardinal que gobernaba toda la máquina intelectual de Teresita la Monja era esta: «ser la primera señora de Ficóbriga.»
La presencia de los Lantiguas en aquel pueblo que por tradición les veneraba, era grandísimo estorbo, porque la villa obedecía aquella ley que dijo: «no servirás á dos señores.» Pero si los Lantiguas se marchaban, después que la joya fuese guardada en el estuche de un convento, ¡oh! indudablemente la dinastía de Amarillo reinaría ya sin rival entre el mar y la Pesqueruela, entre el cerro de doña Fronilde y Monteluz. El coronamiento admirable de esta idea, su representación simbólica era la adquisición del palacio en que los Lantiguas habían morado.
Ambos esposos vivían desasosegadamente esperando saber lo que se determinaría, por cuya inquietud no cesaba D. Juan de hacer indiscretas preguntas al banquero. Aquel día repitió sus proposiciones para quedarse con la casa; pero D. Buenaventura no pudo contestarle nada categórico.
—Pronto creo que daré á usted una contestación terminante—dijo el banquero.—Esto ha de decidirse pronto; pero muy pronto.
En esto, oyéronse acompasados taconazos en la escalera, que retemblaba, cual si un gigante bajara por ella. Era D. Silvestre que volvía de su visita, trayendo un gran ramo de flores, entre cuyas frescas hojas hundía á cada rato su carnosa y sensual naríz para aspirar la fragancia de ellas.
—La encuentro—dijo el cura,—mucho más animada... Mejor color, menos tristeza, algunas ganitas de hablar, interés por las cosas... en fin, resucita, la pobre resucita poco á poco.
—Así me parece á mí—indicó D. Buenaventura, demostrando la importancia que daba al bienestar de su sobrina.—¡Si Dios quisiera apiadarse de ella y de todos nosotros...!
—Vean ustedes qué hermoso ramo me ha dado—dijo el cura acercándolo á la picuda naríz de D. Juan Amarillo, que olió por espíritu de adulación.—Es para el Salvador, para la histórica imagen de los Lantiguas. Se lo pondremos en las alforjas al borriquito.
—Ya el Sr. D. Buenaventura—manifestó Amarillo levantándose,—está conforme en dar realce con su presencia á las dos procesiones.
—Pasaremos por aquí. Ya me ha prometido la señorita que saldrá al balcón—afirmó don Silvestre con regocijo.—¡Ah! le he dicho que dejaré de ser su amigo si no va mañana á la misa mayor y á la hermosísima festividad de las palmas. La pobrecita no quiere, pero en fin...
—Irá; yo le prometo á usted que irá—dijo D. Buenaventura despidiendo á sus amigos.—Esta situación debe acabar pronto.
En el jardín, D. Juan Amarillo alzaba la cabeza circundada de rayos de autoridad, y poniéndose la mano á guisa de pantalla en la frente, para que el brillante sol no ofendiera sus ojos, contemplaba la fachada de la casa, diciendo para su hondísimo y jamás explorado capote:
—En reparaciones tendré que gastar otro tanto de lo que vales; pero no importa si al fin eres mía. ¡Oh! ¡mía...!
IV
Las amigas del Salvador.
La capilla del Salvador, propiedad de la familia de Lantigua, estaba en la derecha nave de la Abadía, con ventana ojiva abierta al atrio, altar churrigueresco, pesados bancos de nogal, dos ó tres inscripciones sepulcrales, y un cuadro de ánimas en el cual los desnudos cuerpos bailaban entre rojas llamaradas. Pequeña puerta de arco escarzano daba entrada á la sacristía ó camarín, pieza no muy clara, abovedada y húmeda, donde generalmente no ocurría nada digno de ser contado, como no fueran los devastadores progresos de la carcoma, mónstruo imperceptible que parece la representación viva de otro mónstruo, el tiempo.
Pero el sábado de Pasión, alegre cháchara de mujeres bachilleras resonaba en la olvidada estancia, como discorde piar de urracas más que de jilgueros; parlerío semejante al de un taller de modista; rumor entreverado de risas y exclamaciones, y salpicado de broncas toses y truenos de naríz, lo cual indicaba que no era aquello congregación de juventud.
En el centro del camarín, puesto ya sobre las plateadas andas que le habían de sostener, estaba el Salvador, imagen de madera cuya hermosa cabeza llena de expresión debió ser modelada por algún escultor del gran siglo. Sus ojos negros miraban con seriedad dulce y profunda. De sus labios iba á salir la palabra... Hablaba, faltaba poco para oir una voz, á ninguna humana voz parecida. Su majestuosa frente descubierta en forma de triángulo por la caída de las dos bandas de cabellos, superaba á cuanto ha podido idear la escultura griega. Pero sobre todas las perfecciones de tan ideal rostro, descollaba aquel mirar que era la irradiación de la inteligencia suprema, y que infundía pasmo y veneración. La pupila inmensa que todo lo ve y que penetra hasta lo más íntimo de los corazones no podía tener representación más adecuada.
El resto de la imagen no correspondía á la cabeza. Había tomado el escultor por su cuenta busto y extremidades, dejando lo demás para el carpintero. El divino cuerpo consistía en un tosco madero que la humedad y el tiempo habían roído á competencia; mas como debía cubrirse con la rica vestidura de tisú, el efecto artístico no se perdía. Montaba el Señor aquella asna que los discípulos tomaron en la aldea cercana á Betfagé, y fuerza es confesar que el escultor tampoco puso la mano en ella ni en el pollino que la seguía. Ambas figuras eran de tosca labor; pero aun así desempeñaban bien su papel, y principalmente el borriquito hacía las delicias de toda la grey devota y de los chicuelos, que no podían menos de ver en él un santo juguete.
El Salvador estaba aún sin vestido, y el borriquito sin alforjas. Tres mujeres trabajaban allí con celo incansable. La una varonilmente subida en las andas, lavaba con esponja el rostro de la sagrada imagen. La segunda cosía una rica tela, añadiéndole tal cual pieza y fijando los galones. La tercera manejaba flores de trapo, combinándolas en graciosos ramos y lindos festones. Si ocupadas estaban las seis manos, no lo estaban menos las tres lenguas.
Teresita la Monja, esposa de D. Juan Amarillo, era la que lavaba. Mujer rica y desocupada, por tener más dinero que hijos y más devoción que menesteres domésticos, había mostrado siempre exaltada afición á las cosas de Iglesia, y á meterse en sacristías y enredar en camarines, ora vistiendo santos, ora manipulando cofradías, gustando además de saber y comentar todo lo que pasaba y todo lo que iba á pasar entre el coro y el altar mayor, y de dar su voto sobre cuanto atañese á las ceremonias religiosas, cuyo sentido litúrgico no comprendía ni podía comprender.
La segunda era cuñada de la primera, por ser mujer infelicísima del hombre más desautorizado y más perdido de Ficóbriga, del filósofo y ateo y mentecato D. Bartolomé Barrabás, hermano de Teresita la Monja; pero Isidorita la del Rebenque (que tal nombre tenía por haber sido su padre dueño del prado del Rebenque) llevaba con gran paciencia la cruz de su nefando matrimonio; y todo lo que Barrabás perdía en opinión y en intereses por su mala cabeza, ganábalo ella con su trabajo y ejemplar conducta. Hacía con igual arte ropa de mujer, de hombre y de clérigo, pudiendo competir sus levitas con las de Caracuel, como lo probaba la gallardía y elegante soltura del cuerpo de D. Juan Amarillo. En la temporada de verano albergaba huéspedes, tratándoles bien. Había sido hermosa; mas últimamente la obesidad y las penas la tenían en lastimoso estado. Unida con vínculos de parentesco y de cordial amistad á la Monja, de quien recibía frecuentes favores, acompañábala en la Iglesia y en casa, siendo un eco de ella en las opiniones, y un admirable estímulo preguntón para que Teresita, ó sea el Confesonario de Ficóbriga, satisficiese su ardiente necesidad de contar todos los secretos de la villa.
La tercera, ó sea la que se ocupaba en arreglar las flores, era la más joven de las tres, y si se quiere la más hermosa, pues había en su rostro vestigios de una belleza varonil y provocativa. Llamábanla comúnmente la Gobernadora de las armas, por haber sido esposa de uno que componía armas, ó que las gobernaba, como es uso de decir. Doña Romualda era florista y braguerista, y así consta en los estados de la contribución de subsidio industrial, donde puede verlo quien dude de las múltiples habilidades de esta señora. La muerte repentina del gobernador de las armas la había dejado viuda; pero ella se sostenía regularmente, aunque no está averiguado que lo hiciera con la virtud de aquellas dos preciosas industrias.
De Teresita la Monja se nos olvidó decir que era flaca y lustrosa, y su piel tan á modo de placa cobriza, que las malas lenguas de Ficóbriga decían de ella que se frotaba todas las mañanas largo rato con polvos y ante para sacarse brillo. Era su perfil á lo griego, de líneas rectas formado, pero con cierta indecisión ó vaguedad á la manera de moneda gastada por el uso. Sus ojuelos grises y á veces dorados como los de los gatos, no paraban un momento, y lo que más envidiaba á la Divinidad era el don supremo de ver lo invisible y de leer en los corazones. Llamábanla Monja, porque la exclaustración la sorprendió novicia en las Clarisas, con lo cual torcióse la vereda de su destino, y enfriándose su religioso anhelo ante las gracias personales de D. Juan Amarillo (cuando era pollo), cayó en sus dulces brazos y se descarrió en un momento de tentación funesta ó de falso idealismo. El matrimonio puso luégo las cosas al derecho; pero Teresita no perpetuó el linaje de los Amarillos. En efecto, aunque esto no pueda definirse bien, había en ella una como representación figurativa de la esterilidad.
V
Realismo.
Pasó suavemente la esponja por el augusto semblante de la imagen, que representaba la encarnación de lo divino, y después la exprimió sobre el cubo para que saliese el agua sucia. Al mismo tiempo decía:
—¡Ay! ¡Jesús mío, cómo estás!... Ya se ve... ¡Catorce años pudriéndote en ese nicho! Vaya, que los Lantiguas pueden hablar... ¡Tanta devoción, y esta sacratísima imagen olvidada!... ¡Qué horror! Si la mitad de la pintura se queda en el paño...
—Estás haciendo de Verónica, Teresa—dijo sonriendo Isidorita la del Rebenque.—Con poco más sacarás el divino rostro en el lienzo.
—Pues has dicho la verdad. Vamos, no fregoteo más—dijo Teresita mostrando la húmeda tela con leves manchas;—bien está así. Ahora le pasaré un paño seco. Así, viejecita y despintada, no hay otra cara como ésta en todo el mundo. Miren qué expresión... parece que nos oye y que nos mira y que nos quiere hablar.
—Parece que nos agradece los cuidados que tenemos con él—dijo la Gobernadora de las armas apartando sus ojos de las flores y fijándolos en el Salvador...—Pero ¡ay! amigas lo que me ocurre en este momento... Sabéis que en efecto...
—¿Qué?
—Se parece, sí, no hay duda de que se parece...
—¡Ah! no sigas, por Dios—exclamó Teresita—bajando la escalera y sujetándose las faldas para que el borriquito, que estaba todavía en el suelo, no le viera las piernas.—No digas más... por Dios. Es verdad que se parece... Pero esto no se puede decir, ni aun pensar. Es un sacrilegio.
—Todas las cosas, incluso las malas, son hechura de Dios—dijo la esposa de Barrabás.—Pero hay quien dice que las caras guapas son obra de Satanás. Más vale que no hablemos de esto...
—Venga la camisa—indicó Teresita tomando una especie de funda de riquísimo hilo que le alargó la del Rebenque.
—Me parece que en ningún tiempo, ni aun en las épocas del mayor esplendor de los Lantiguas, se ha puesto el Salvador una prenda como ésta. Es lo que sobró de aquella pieza que compré el año pasado para hacerle camisas á mi Juan... En fin, Isidora, á ver cómo se la ponemos... Coge tú por allí... Tratemos de meter las mangas sin romperlas... Cuidado con los encajes. Son los de aquella mantilla antigua que deshice.
—¿Voy yo también á ayudar?—preguntó la Gobernadora.
—No, mujer... acaba esas flores; que esto pronto lo despachamos.
Así fué en efecto, y luégo ocupáronse ambas de la túnica de terciopelo morado, no por cierto inconsútil, que acababa de componer Isidora.
—De veras digo—manifestó Teresita,—que si sé que tenemos procesión este año, le regalo una túnica nueva al Salvador. Entre mis sobrinas y yo la hubiéramos hecho en un momento. Esta no se puede mirar. Serafinita me dispense; pero esto es un pingajo... ¡Qué galones! ¡Qué forros! Y gracias á que tú has hecho prodigios con la aguja, Isidora. Vamos, no puedo ver este descuido. ¡Ah! los Lantiguas, los Lantiguas... mucha devoción de pico, mucho hablar de cosas santas... mucho discurso y mucho librote... Pero los hechos, las obras; ¡ah! yo me fijo en las obras y sólo por ellas juzgo... Arriba con la túnica. Yo subiré la escalera; alarga los brazos todo lo que puedas.
Apenas quedara cubierto el cuerpo del Señor, abrióse la puerta de la capilla, dejando ver una boca remilgada y sonriente, dos alegres ojos pequeños, apenas visibles entre los pliegues de la cara contraída por la sonrisa, una naríz redonda como avellana, un cuerpo forrado en verdinegra funda desde el cuello á los piés, dos brazos negros, en fin, toda la persona de Agustín Cachorro, sacristán de la Abadía. Ya sabemos que el año anterior se había quitado la plaza á José Mundideo, á quien más tarde se dió la de sepulturero. Su sucesor en la sacristía era un hombre que había sabido conquistar simpatías en puestos análogos, y, la verdad sea dicha, ninguno existía más atento á sus deberes. Honrado, activo, complaciente, respetuoso y siempre festivo, el buen Cachorro agradaba á un tiempo al cura y á los fieles, al pastor y al rebaño.
—¿Qué tal, señoras mías, se trabaja muchito?—dijo desde la puerta.
—Entre usted... entre usted... hermano Cachorro—respondieron á una y chillonamente las tres.
—Esperen un ratito, que voy á meter las palmas en la sacristía. Vaya, que está muy guapo el Salvador... ajajá... ¿quién conoce á este caballero?... Ya se ve, con tales ayudas de cámara...
—Entra, Cachorrillo—dijo Teresita, que tenía gran familiaridad con él.—No podías haber venido más á tiempo. Las tres te necesitamos.
—¿De veras?... ¿Y si me riñe el señor cura porque abandono mis obligaciones?
Agustín entró riendo, pues la risa era en él su fisonomía.
—Vas á ayudarnos á poner el borriquito en su sitio.
Cachorro tomó el tiento á la escultura, que no era de plumas.
—¡Ay, mi niño, cómo pesas!... pareces un pecado—exclamó echándoselo á cuestas.
El animal tenía en sus patas cuatro espigones de madera, que encajaban en otros tantos agujeros abiertos en las andas al lado izquierdo del asna madre que montaba el Señor.
—Ya está—dijo Cachorro afirmando al animal en su sitio.—Señoras, adiós.
—¿Pero te vas?
—No se vaya usted.
—Señoras, hay que tener paciencia—dijo el sacristán.—Yo me estaría aquí todo el día con mucho gusto, ayudando á mis niñas y cargando el borriquito; pero el señor cura me riñe y dice: «¡Anda, hipocritón, que no sirves más que para retozar con las santurronas!...»
—Es el tal D. Silvestre el hombre más deslenguado...
—¡Qué cabeza la mía!—murmuró Agustín.—¿En dónde he dejado el ramo?
—¿Qué ramo?
—¡Ah! lo he dejado en la capilla. Voy por él.
Salió ligero como un ratoncillo.
—Ahora—dijo Teresita,—pongamos las alforjas.
Isidorita mostró su más bella obra, que era un par de alforjas de raso encarnado con galones y lentejuelas, como las chaquetas de los toreros.
—¡Lindísimo!—exclamó la Monja metiendo la mano en ellas para medir su cavidad.
Reapareció entonces Cachorro trayendo un hermoso ramo.
—Aquí está—dijo presentándolo con orgullo.—Me lo ha dado el señor cura para que las señoras lo pongan en la alforja de ese tunante. ¡Ay qué guapo vas á estar!...
—¡Preciosas flores!
—¡Magnífico ramo!
—Es regalo de la señorita de Lantigua—añadió el sacristán.
—¡De la señorita de Lantigua!—exclamó absorta Teresita, deteniendo sus flacas y amarillas manos en el momento en que iba á coger el ramillete.
Isidorita iba á olerlo; pero también se detuvo. La Gobernadora de las armas no se movía de su sitio, y Cachorro, viendo que nadie quería tomar el ramo, lo dejó sobre la mesa. Pero el chusco sacristán debía de sentir en su alma necesidad imperiosa de expansión, porque estirando los brazos y haciendo castañetear los dedos y dando ligero brinco, dijo alegremente:
—Señoras, el cura se ha ido... ¡Ah! me ha encargado que las obsequie á ustedes... En la sacristía ha dejado bizcochos, una botella de anisete, y tres de vino muy rico; pero muy rico. Al marcharse el Sr. D. Silvestre me dijo: «Ve y pregunta á esas señoras si quieren tomar alguna cosa... Las pobrecitas han estado trabajando como negras todo el día.»
—Yo no quiero nada—dijo Teresita meditabunda.
—Yo tengo mala la cabeza.
—Mejor que mejor—afirmó Cachorro dando una palmada.
—Y yo no estoy bien del estómago—indicó la Gobernadora.
—Eso quiere decir que vaya por el calicem salutis... ¿Pero qué tienen las señoras?—agregó observándolas preocupadas.—¿No quieren poner el ramo en las alforjas?
Aspirando el delicado olor de las tempranas rosas, hizo un mohín grotesco.
—Señoras—se dejó decir,—¿saben ustedes que esto me huele á judiíto pasado? En fin, voy por aquello.
De un brinco se puso en la puerta y desapareció. Las tres damas habían revestido su semblante de una seriedad oficiosa, y la más respetable de ellas expresó el pensamiento de la cofradía en esta forma:
—Esas flores no se pueden poner en las alforjas.
—No deben poderse.
—Es claro, porque ella está en pecado mortal.
—Sería un ultraje, un sacrilegio.
Cachorro entró de nuevo con una gran bandeja de pasteles, bizcochos y algunas botellas.
—Corpus et sanguinem—exclamó desde la puerta, y avanzó alzando la bandeja á la altura de la cabeza con la actitud propia de los mozos de café.—Aquí está lo que resucitó á Lázaro... Parece que sigue la perplejidad. ¿Se ponen ó no las flores judáicas?
—Mi opinión es que no se pongan—afirmó la de Amarillo, consultando con la mirada á sus amigas.
—En fin, ¿tenemos concilio ecuménico para decidir?...
—Mi opinión—manifestó la Gobernadora,—es que se pongan, puesto que el cura lo ha mandado así. Nuestro primer deber es la obediencia.
—Es verdad.
—Tiene razón.
—Póngase el ramo—ordenó la Monja apartando con soberano desdén sus ojos del animalito, á punto que Cachorro le ponía la preciosa carga de flores, contrapesándolas con el racimo de panojas que estaba preparado para el caso.
Las tres damas habían concluído su tarea; pues si bien las flores artificiales no estaban puestas en los agujeros de las andas, ya habían sido ordenadas en graciosos ramilletes por quien era tan maestra en floreos. Fatigadas de tanto trabajo, se habían sentado en tres sillas preparadas al objeto por el sacristán, y contemplaban en silencio su obra, pudiéndose observar en el semblante de dos de ellas la satisfacción y arrobo del artista vencedor, mientras la de Amarillo, frunciendo la dorada piel de la frente, demostraba hallarse ocupada por otros pensamientos.
—Todavía no sale de la casa—dijo, cual si contestara á una pregunta que nadie le había hecho.
—¿Quién?
—La señorita Gloria.
—Hace bien—afirmó la del Rebenque.—Su vergüenza es mucha.
—¡Qué mimitos!... ¿También tiene vergüenza de venir á la Iglesia? ¿No está ya convencida de que no puede casarse?... ¿A qué aspira?... ¿Piensa que en Ficóbriga se le seguirá teniendo el amor que siempre merecieron los Lantiguas?... ¿Creerá conservar la respetabilidad del difunto D. Juan, á quien mató con sus liviandades?... Por supuesto que la niña conservará su orgullito, y cuidado cómo se pone en duda que es la primera persona del pueblo...
—¿Y no ha salido aún?
—Ni siquiera al jardín. Se levanta á las seis... toma chocolate... se peina... Yo lo observo todo desde mi ventana alta. Lee en dos ó tres libros... trabaja en costura... va á la biblioteca de su padre... vuelve... se acuesta temprano... le suben la comida... no habla casi nada... ¡Y qué destrozada tiene la casa! Da lástima verla. Pero Juan me asegura que será nuestra, y en verdad que la pobre lo merece.
A la sazón había empezado á escanciar el bueno del sacristán.
—Vaya, señora doña Isidora, usted dirá—indicó inclinando la botella sobre el cortadillo.
—Una gota, nada más que una gotita... Basta, hombre, basta; que tomo eso para ver si mi estómago entra en caja.
Isidorita gustó del precioso licor. La Gobernadora de las armas hizo ascos al anisete, pero no á un delicado néctar de la Nava que en otra botella tenía el Sr. Cachorro, y lo acompañó con bizcochos para que la confortase más.
—Esto da la vida—gruñó Agustín probando de una y otra cosa.
Teresita no probó nada.
—Vamos, vamos á colocar las flores—dijo á sus amigas poniendo fin al descanso.—Aún queda bastante que hacer... Por cierto que si yo no hubiera mandado á buscar las flores á S... ¡Dios mío, qué abandonado tenían esto los Lantiguas!
—Señora, ¿qué es esto? ¿qué tengo yo?—murmuró la Gobernadora pasándose la mano por los ojos.—Si parece que se me va la cabeza.
—Pues á mí también—añadió Isidorita dándose aire.—Este diablo de Cachorro nos ha dado algún brebaje...
—Animo, señoras; esto se llama hallarse en estado anacreóntico, como dice D. Bartolomé Barrabás. Cuando no es vicio, no hay pecado.
—Váyase usted allá, borrachón. ¿Cree que somos como él?
En el mismo instante sintióse un chasquido como de madera que se agrieta; la alforja había caído de los lomos del pollinito, y por el suelo rodaban las panojas y el ramo.
Teresita y doña Isidora se miraron aterradas.
—Es que se ha caído el clavo que sujetaba la alforja—observó Agustín examinando el animal.—Ya se ve. Está la madera apolillada y se cae á pedazos. Digo lo que Teresita. Esos Lantiguas tenían muy abandonados á los asnos del Señor.
—No se comprende cómo han podido desprenderse las alforjas—añadió la Monja acercándose con cautela.
El sacristán tomó el ramo.
—No, lo que es mientras yo dirija esto—manifestó la señora de Amarillo gravemente,—no se vuelven á poner las tales flores sobre el pobre animalito.
—Hay algo, señoras, aquí hay algo que no comprendemos.
—Yo he visto al asnito dar coces y tirar las alforjas—afirmó la Gobernadora de las armas.—Sí, señoras, lo he visto.
—¡Jesús, lo que dice esa mujer!—exclamó con terror Teresita.—Yo no he visto nada de coces, pero aquí hay algo, indudablemente aquí hay algo.
—Eso no tiene duda—repuso Cachorro con cómica gravedad tirando de la oreja al asno.—Aquí hay algo. Cuando yo digo que este bergante tiene malas mañas.
—Hermano Cachorro—dijo Teresita,—hágame usted el favor de tomar ese ramillete y ponerlo sobre una silla. Yo no lo toco con mis manos.
—Ni yo.
—Pues ni yo.
El sacristán, que había salido llevándose las botellas, volvió sin ellas y dijo en voz baja.
—Ahí está la señora doña Serafina. Viene á ver cómo ha quedado esto.
—¡Qué á tiempo llega! ¿En dónde está?
—En la capilla rezando.
—Voy á hablarle. Sigan ustedes colocando los ramos de trapo—ordenó la Monja.
Pero las dos amigas no podían tenerse fácilmente en pié.
En la capilla, de hinojos, devotamente humillada ante el altar de su familia y junto á los sepulcros donde reposaban sus ilustres antepasados, estaba doña Serafina de Lantigua. No vió acercarse á la señora de Amarillo, que salió lentamente por la puertecilla de arco escarzano, y se fué acercando poco á poco, más como quien resbala que como quien anda. Cuando silbó la primera palabra de su saludo al oído de la ilustre señora, ésta se estremeció, exhalando ligero grito.
—¡Ah! señora...—exclamó,—me ha asustado usted.
—Mi queridísima amiga...—dijo Teresita dándole la mano.
VI
Domingo de Ramos.
En la mañana del Domingo, D. Buenaventura dijo á su hermana:
—Ya la he convencido de que debe ir hoy conmigo á la preciosa función de las palmas.
—¡La pobre hace un gran sacrificio!—repuso Serafinita.—Pues si la llevas, que se arregle pronto. Yo me voy delante, que tengo que rezar.
Y tomando su bastón negro salió. D. Buenaventura tuvo que esperar algún tiempo, y discutiendo con Gloria sobre el mismo tema, oyó de sus labios estas palabras:
—Bien, tío: iré porque no diga usted que no le complazco. No tengo gusto en salir; pero por lo mismo... por lo mismo saldré.
Poco más tarde, la señorita de Lantigua salía de la casa paterna en compañía de su tío, después de muchísimos días de reclusión voluntaria. Vestía de riguroso luto, con el cual su palidéz era realzada. Grande y triste huella habían dejado en su rostro, antes lleno de gracia y lozanía, los huracanes que pasaron meses atrás y todas las penas que arrastraron tras sí, las cuales bastarían á consumir y acabar la belleza más perfecta. Pero la de Gloria más que perdida parecía modificada, adquiriendo una dulce maduréz y cierto aire de consternación que inspiraba lástima á cuantos sin odio la veían. Había adelgazado bastante, aumentándose así la fascinadora elocuencia de sus ojos. Cuando miraban parecían comunicar extraordinaria tristeza hasta á los objetos inanimados. Si antaño todo lo que contínua ó pasajeramente estaba unido á su persona decía: «gracia, amor, esperanza,» ahora todo decía: «compasión.» Verla y no sentir el más vivo interés hacia ella era imposible.
Antes de que sobrina y tío llegaran á la Abadía, ya se habían repetido mucho en Ficóbriga estas palabras: «la señorita Gloria ha salido.» En el último cabo de la villa repetía un eco de femeninas voces: «ha salido.» Los muchachos que vagaban en la puerta del templo, por ser día de ceremonia, la miraron, unos con asombro, casi todos con lástima, algunos con curiosidad descortés y sin delicadeza. Pasó ella con los ojos bajos, tomando el brazo de su tío. Dentro de la Iglesia sintió gran fatiga á causa del esfuerzo que había hecho; pero su espíritu experimentó una dilatación placentera, súbito arrebato de sentimiento místico que por breve espacio la tuvo sobrecogida y anonadada.
—Vete á nuestra capilla y siéntate, que estarás cansada—le dijo D. Buenaventura al darle el agua bendita.
En aquel instante empezaba la sublime ceremonia de la bendición de las palmas, y el coro cantaba: Hosanna filio David. Benedictus qui venit in nomine Domini. ¡Oh Rex Israel! Hosanna in excelsis.
Estas palabras resonaron en el alma de la joven como atronador llamamiento, y se sintió confundida ante una superior grandeza. Detúvose junto á la pila de agua bendita sin poder dar un paso. D. Buenaventura, tomándole la mano, le dijo:
—Si quieres, ven conmigo al altar mayor para que veas el Salvador, puesto ya en sus andas para salir esta tarde.
—No, no quiero verle—repuso Gloria con súbito terror dejando caer la cabeza sobre el pecho.
Don Buenaventura, al tomarle la mano, notóla fría y temblorosa.
—¿Qué tienes?...—le dijo.—¿Estás mala?... Siéntate... Has hecho un esfuerzo demasiado grande viniendo de casa aquí. Yo voy á sentarme en los bancos del centro. Vete á nuestra capilla.
El subdiácono había empezado á cantar la dramática relación del Exodo: «Y llegaron á Elim, donde había doce fuentes de agua y setenta palmas; y asentaron allí junto á las aguas.» Este sublime capítulo mosáico, contiene las murmuraciones de los israelitas contra Moisés por haberles llevado al desierto después de pasar el mar Rojo, la escaséz que sufrieron, y óyese la tremenda voz de Jehová que les dice: Ecce ego pluam vobis panes de cœlo. «Hé aquí que os haré llover pan del cielo.»
Gloria conocía perfectamente estos cantos y toda la serie de interesantes ceremonias de aquel clásico día. Sabía que la salida de Egipto era la redención, el maná la gracia, y contemplando en su espíritu tan maravillosas ideas, trataba de regocijarse en ellas.
—Iré á nuestra capilla—dijo á su tío.
Aún tardaron algún rato en separarse. D. Buenaventura se dirigió á los bancos del centro donde estaban las autoridades, mientras Gloria entraba en su capilla, cuando el diácono cantaba la Sequentia. En la capilla de Lantigua había muchas mujeres. Gloria creyó encontrar allí á su tía; pero ésta había ido á la capilla de los Dolores. Entró la señorita sin mirar á las que, de rodillas ó sentadas en los bancos, asistían devotamente al parecer á la piadosa ceremonia. Si Gloria hubiera atendido más á lo que ocurría á su alrededor que á lo que pasaba en su espíritu, habría visto que desde que entró en la capilla fué observada con impertinentísima atención por las fieles; que entre todas distinguíase una por su indiscreto reconocimiento de las facciones y del vestido de la desgraciada huérfana. Después oyóse en la capilla sordo cuchicheo de murmuraciones y susurrantes comentarios, el cual, empezando por un rincón, se fué extendiendo hasta agitar todo el conjunto de negros mantos. Uníanse unas á otras las cabezas; buscaban los movibles labios el oído; inquietábase el rebaño, y por último sonaron también las almidonadas faldas al levantarse tal cual oveja que padecía gran desasosiego. Gloria no alzaba los ojos de su libro de rezos. Si los alzara habría visto á Teresita la Monja acompañada de sus tres sobrinas, las hijas del escribano D. Gil Barrabás. Pero sí advirtió que la señora de Amarillo se levantaba, y dando terminante orden á las niñas, salía con ellas de la capilla.
Distraída un momento por esta brusca desaparición, Gloria volvió á atender á su piadosa lectura. Pero no habían pasado dos minutos cuando otra señora, seguida de dos niñas, abandonó también la capilla. Era la Gobernadora de las armas.
—Huyen de mí—pensó la joven.
Al poco rato otras dos señoras y un hombre huyeron también de allí como se huye de un sitio infestado. Sólo quedaron dos viejas y un anciano marinero, que atentos con profunda edificación al acto religioso, no ponían mientes en lo demás. Gloria sintió opresión insoportable en su pecho y una necesidad de llorar que no podía satisfacer; pero al fin de sus ojos corrieron á raudales las lágrimas cuando oyó cantar: «Oh Dios que enviáste á tu hijo á este mundo para salvarnos, para que se humillara entre nosotros.»
El sacerdote había bendecido las palmas, que fueron rociadas con agua bendita y ahumadas con incienso. Distribuídas aquéllas empezó la procesión. El coro entonaba el capítulo de San Mateo: Cum appropinquaret Dominus. Gloria cerró los ojos, orando recogidamente y con profunda ternura, mientras pasaban clérigos y seglares. No quería ver nada, ni mirar al presbiterio donde estaban el Salvador y el borriquito, objeto de la atención general y del fervor más pío por parte de los muchachos. Sentía los lentos pasos, el grave canto, la humareda de incienso, el murmullo del conmovido pueblo, y sometiendo su imaginación y su pensamiento á la idea religiosa de tan bello símbolo, contemplábalo en toda su grandeza sublime.
Las ceremonias con que la Iglesia conmemora en Semana Santa el extraordinario enigma de la Redención son de admirable belleza. Si bajo otros aspectos no fueran dignas de excitar el entusiasmo cristiano, seríanlo por su importancia en el orden estético. Su sencilla grandeza ha de cautivar la fantasía del más incrédulo, y comprendiéndolas bien, penetrándose de su patético sentido, es por lo menos frivolidad mofarse de ellas. Quédese esto para los que van á la Iglesia como al teatro, que son, en realidad de verdad, porción no pequeña de los católicos más católicos á su modo, con faláz creencia de los labios, de rutinario entendimiento y corazón vacío.
Es evidente que las ceremonias de Semana Santa despiertan ya poco entusiasmo, y muchos que se enfadan cuando se pone en duda su catolicismo, las tienen por entretenimiento de viejas, chiquillos y sacristanes. Sólo en Jueves Santo, cuando la afluencia de mujeres guapas convierte á las Iglesias en placenteros jardines de humanas flores, son frecuentadas aquéllas por la varonil muchedumbre de nuestro orgulloso estado social, el más perfecto de todos, según declaración de él mismo. Nuestra sociedad se cree irresponsable de tal decadencia y la atribuye al excesivo celo y mojigatería de la generación precursora, la cual, adulando al clero y adulada por él, quitó á las ceremonias religiosas su conmovedora sublimidad. ¿Cómo? multiplicándolas sin criterio, y haciéndolas complejas y teatrales por el abuso de imágenes vestidas, de procesiones y pasos y traspiés irreverentes, absurdos, profanos, sacrílegos, irrisorios; por la introducción de prácticas que nada añaden á la hermosa representación simbólica de los misterios; por la falta de seriedad y edificación que trae consigo la ingerencia de seglares beatos en las cosas del culto. No es fácil designar quiénes son responsables de esto; pero á nadie se oculta el hecho peregrino de que, en el país católico por excelencia, las cuatro quintas partes de los fieles se resistan á tomar parte en ese carnaval de las mojigatas, como dicen muchos que oyen misa por costumbre y aun confiesan y comulgan, aunque no sea sino por no parecer demagogos.
VII
Tía y sobrina.
Después de la procesión de las palmas y de la bellísima ceremonia y cánticos en la puerta al regreso de aquélla, se celebró la misa de Pasión. Muy tarde salieron de ella, y D. Buenaventura fué en busca de su sobrina para dirigirse á la casa, donde les aguardaba la comida. No les acompañó en esta función doña Serafina porque ayunaba, y sin más sustento que el chocolate, se estaba todo el día en la Iglesia hasta el anochecer, hora en que iba á su casa y tomaba la colación.
Don Buenaventura llevó nuevamente á Gloria por la tarde á la Abadía, para que viese salir la procesión del Salvador. Dejóla en la capilla; repitióse el mismo desaire de la mañana; pero ni un instante decayó el valeroso ánimo de la joven. Cuando se puso en marcha la procesión y salió el Salvador, Gloria cerró los ojos para no verlo. Pasaron, salieron todos, santos, clérigos, señores, pueblo. En la Abadía no quedaban sino algunos ancianos inválidos, dos cojos, y las nubes de incienso suspendidas con imperceptible movimiento en el aire. Gloria, al hallarse casi sola, encontró más fácil la subida de su mente hacia Dios, y la angustia que oprimía su pecho comenzó á ceder. Fatigada extremadamente de estar de hinojos, se levantaba para sentarse en un banco, cuando oyó pasos acompañados de un golpecito de bastón, y reconoció la persona de su tía, que se acercaba. Serafinita entró en la capilla.
—Al fin has venido—le dijo.—¡Pobrecita! mi hermano es muy terco y pesado. Perdónale, porque su intención ha sido buena.
—¡Perdonarle!... Antes le agradezco que me haya hecho salir. Me siento bien.
—¿Te sientes bien?—preguntó la tía con expresión de lástima.—¿Estás contenta?
—Contenta no; pero tranquila sí.
—¡Y yo que venía á consolarte...!
—¿A consolarme? ¿De qué?
—Entremos en el camarín. Tengo que hablarte. Allí descansarás mejor.
Ambas entraron. Gloria vió sobre una silla, abandonado, pisoteado, mustio y lleno de polvo el ramo que entregara á D. Silvestre con el fin que sabemos.
—¡Está aquí!—exclamó con asombro, fijando los ojos en su tía.