Juan Martín el Empecinado
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EPISODIOS NACIONALES
JUAN MARTÍN EL EMPECINADO
Es propiedad. Queda hecho el depósito que marca la ley. Serán furtivos los ejemplares que no lleven el sello del autor.
Imprenta de los Sucesores de Hernando, Quintana, 33.
B. PÉREZ GALDÓS
EPISODIOS NACIONALES
PRIMERA SERIE
JUAN MARTÍN
EL EMPECINADO
41.000
MADRID
LIBRERÍA DE LOS SUCESORES DE HERNANDO
Calle del Arenal, núm. 11.
—
1908
JUAN MARTÍN EL EMPECINADO
I
Anteriormente he contado a ustedes las hazañas de los ejércitos, las luchas de los políticos, la heroica conducta del pueblo dentro de las ciudades; pero esto, con ser tanto, tan vario y no poco interesante, aunque referido por mí, no basta al conocimiento de la gran guerra.
Hablaremos ahora de las guerrillas, que son la verdadera guerra nacional; del levantamiento del pueblo en los campos; de aquellos ejércitos espontáneos, nacidos en la tierra como la yerba nativa, cuya misteriosa simiente no arrojaron las manos del hombre; voy a hablar de aquella organización militar hecha por milagroso instinto a espaldas del Estado, de aquella anarquía reglamentada que reproducía los tiempos primitivos.
Sabrán ustedes que a mitad de 1811, Napoleón, creyendo indispensable tomar a Valencia, puso esta empresa en manos del mariscal Suchet, que había ganado a Lérida en 13 de mayo de 1810, a Tortosa en 2 de enero del siguiente año y en 28 de junio a Tarragona. Asimismo sabrán que las Cortes, dispuestas a defender la ciudad del Turia, enviaron allá al general Blake, regente a la sazón, hombre muy honrado, buen patriota, modesto, respetable, conocedor del arte de la guerra, pero de muy mala fortuna. Sabrán que las fuerzas llevadas por Blake desembarcaron mitad en Alicante, mitad en Almería, uniéndose al tercer ejército, que se vio obligado a empeñar en la venta del Baúl acción muy reñida contra las divisiones de Godinot y Leval. Sabrán que el pobre D. Ambrosio de la Cuadra y el desgraciado D. José de Zayas tuvieron la desdicha de sufrir una derrota medianilla en el mencionado punto, retirándose a Cúllar después de dejar 1.000 prisioneros en poder de los franceses y 450 cuerpos sobre el campo de batalla. Sabrán que Blake marchó a Valencia, recogiendo en el camino cuantas tropas encontró a mano; pero lo que indudablemente no saben es que yo, aunque formaba parte de la expedición desembarcada en Alicante, ni fui a Valencia, ni me encontré en la funesta jornada de la venta del Baúl.
¿Por qué, señores? Porque se enviaron 2.000 hombres a las Cabrillas a unirse a la división del segundo ejército, que mandaba el conde de Montijo, y entre aquellos 2.000 hombres encontrose, no sé si por fortuna o por desgracia, mi humilde persona. La condesa y su hija, que habían desembarcado también en Alicante, y a quienes acompañé mientras me fue posible, separáronse de mí cerca de Alpera para marchar a Madrid, donde residirían, si contrariedades que la madre presentía no las echaban de la corte, en cuyo caso era su propósito establecerse en el solitario castillo de Cifuentes, propiedad de la familia.
De las Cabrillas nos llevaron a Motilla del Palancar, en tierra de Cuenca, donde nos batimos con la división francesa de d’Armagnac, y algunos nos adelantamos por orden superior hasta Huete. Entonces ocurrieron lamentables disensiones entre el Marqués de Zayas y el general Empecinado, saliendo al fin triunfante este último, a quien dieron las Cortes el mando de la quinta división del segundo ejército, con lo cual se evitó la desorganización de las fuerzas que operaban en aquel país. El Empecinado, que en mayo de 1808 había salido de Aranda con un ejército de dos hombres, mandaba en septiembre de 1811 tres mil.
Recuerdo muy bien el aspecto de aquellos miserables pueblos asolados por la guerra. Las humildes casas habían sido incendiadas primero por nuestros guerrilleros para desalojar a los franceses, y luego vueltas a incendiar por estos para impedir que las ocuparan los españoles. Los campos desolados no tenían mulas que los arasen, ni labrador que les diese simiente, y guardaban para mejores tiempos la fuerza generatriz en su seno, fecundado por la sangre de dos naciones. Los graneros estaban vacíos, los establos desiertos, y las pocas reses que no habían sido devoradas por ambos ejércitos se refugiaban, flacas y tristes, en la vecina sierra. En los pueblos no ocupados por la gente armada, no se veía hombre alguno que no fuese anciano o inválido, y algunas mujeres andrajosas y amarillas, estampa viva de la miseria, rasguñaban la tierra con la azada, sembrando en la superficie con esperanza de coger algunas legumbres. Los chicos, desnudos y enfermos, acudían al encuentro de la tropa, pidiendo de comer.
La caza, por lo muy perseguida, era también escasísima, y hasta las abejas parecían suspender su maravillosa industria. Los zánganos asaltaban como ejército famélico las colmenas. Pueblos y villas, en otro tiempo de regular riqueza, estaban miserables, y las familias de labradores acomodados pedían limosna. En la iglesia arruinada o volada o convertida en almacén no se celebraba oficio, porque frecuentemente cura y sacristán se habían ido a la partida. Estaba suspensa la vida, trastornada la Naturaleza, olvidado Dios.
Los militares que habíamos estado en Cádiz echábamos de menos la hartura y abundancia de la improvisada corte, y experimentábamos gran molestia con aquel exiguo comer y beber del segundo ejército. Las largas marchas nos ponían enfermos, y en vano pedíamos un pedazo de pan a la infeliz comarca que atravesábamos.
Cuatro compañías destinadas a reforzar el ejército del Empecinado entraron en Sacedón en una hermosa tarde de otoño. Cerca de la villa vimos un árbol, de cuyas ramas pendían ahorcados y medio desnudos cinco franceses, y un poco más allá algunas mujeres se ocupaban en enterrar no sé si doce o catorce muertos. La gran inopia que padecíamos no nos permitió en verdad enternecernos mucho con lo fúnebre de aquel espectáculo, y atendiendo antes a comer que a llorar (por mandato de la estúpida bestia humana), nos acercamos al primer grupo de enterradoras, significándolas bruscamente que nuestras respetables personas necesitaban vivir para defender la patria.
—Vayan al diablo a que les dé raciones —nos contestó de muy mal talante una vieja—. Con dos cebollas podridas nos hemos quitado un día más de encima mis nietas y yo, ¡y nos piden ustedes que les llenemos la panza!
—Señora, tripas llevan pies, que no pies tripas, como dijo el otro; y que nos han de dar raciones no tiene duda, porque estos valientes soldados no han probado nada desde ayer.
—Sigan adelante, y en Tabladillo o Cereceda puede que encuentren algo. Lo que es en Sacedón...
—De aquí no hemos de pasar porque no somos máquinas. Venga lo que haya al momento, o si no lo tomaremos; que eso de derrotar ejércitos franceses sin probar bocado, no está escrito en mis libros.
—¡Derrotar ejércitos franceses! —exclamó la vieja con desdén—. ¿Quién? ¿Ustés? ¿Los militares de casaca azul y morrioncete? Hasta ahora no lo hemos visto.
—¿Duda de nuestro valor la señora?
—La gente de tropa no sirve para nada. Van y vienen, dan dos tiros al aire, y luego ponen un parte diciendo que han ganado una batalla... Señores oficialetes, estos ojos han visto mucho mundo... y en verdad que si no fuera por los empecinados y demás gente que se ha echado al campo por dar gusto al dedo meneando el gatillo...
—Bueno: dejemos a la Historia que nos juzgue —dijo con festiva gravedad mi compañero, que era algo chusco—. Entretanto, nosotros necesitamos para nuestra gente pan, un poco de cecina, caza, legumbres, y vino si lo hay... Veamos quién manda aquí. ¿No hay alcalde, corregidor, gobernador, ministro, rey o demonio a quien dirigirnos?
—Aquí no hay nada de eso, amiguito —repuso la vieja—. Ya he dicho que sigan hacia Tabladillo o Cereceda.
—¿De modo que en este bendito pueblo no hay autoridades? Así anda ello —exclamó con enfado mi compañero.
—¡Autoridades hay, hombre! Y no griten tanto, que no soy sorda. Ahí está la señá Romualda. Eh, señá Romualdita, aquí piden pan.
Vimos una mujer fornida y varonil, la cual, echándose al hombro la azada, después de dictar las últimas órdenes para que se rematara la triste inhumación, se nos acercó y se dignó mirarnos.
—Raciones, señor alcalde; raciones para la tropa, que se muere de hambre.
—No hay nada, mi general —respondió bajando hasta el suelo el hierro de su instrumento agrícola y apoyándose majestuosamente en el cabo—. Ayer hicimos una cochura por orden de D. Juan Martín. Vino por la noche el pícaro francés, señor Tarugo, y se la llevó. ¡Bonito dejaron el pueblo, bonito! Siete doncellas de menos, y veinte cuerpos de más bajo la tierra... A mí me quitaron el cuero... un cuero de vino que tenía, quiero decir, y toda la miel... Se llevaron los pendientes de todas las muchachas de la villa, y allí está casi muerta Nicasia Moranchel, a quien arrancaron media oreja con la fuerza del tirón... Cargaron hasta con la lana que había en los telares, y al tío Sotillo, que tenía un sombrero de paja traído de las Indias por su sobrino, le dejaron con la cabeza desnuda. El sombrero, con el palmito que había en el balcón de mi casa desde el domingo de Ramos, se lo dieron a comer a los caballos.
—Siempre habrá quedado algo para nosotros, señá Romualda —dijo mi compañero—, aunque sea otro sombrerito de paja.
—Ni un sacramento, señores. Me falta decirles que esta madrugada los franceses salían por un lado, y la partida de Orejitas entraba por otro. Hubo algunos tiros... pin, pum... los franceses mataron algunos paisanos, y los de la partida pusieron en aquel árbol el racimo que desde aquí se ve... Orejitas pidió raciones... no había... yo me enfadé con Orejitas... Orejitas me amenazó... yo le di dos palos a Orejitas, que al fin hizo saquear el pueblo, llevándose lo poco que quedaba.
—Luego quedaba algo. Ahora también quedará... Pero vamos a cuentas. ¿Usted es la autoridad en esta insigne villa?
—Sí, mi general —contestó ella contrariada porque se pusiese en duda la autenticidad de sus atribuciones concejiles—. Yo soy el alcalde, o mejor dicho, la alcaldesa, porque soy mujer.
—Ya nos lo figurábamos.
—Mi señor marido, que es D. Antonio Sacecorbos, ha ido con D. Juan Martín a la conquista de Calatayud. Allí están todos los hombres del pueblo.
—Pues señora de Sacecorbos, nosotros no arrancaremos las orejas ni la doncellez a las muchachas de este pueblo; pero tomaremos todo lo que caiga bajo la jurisdicción del estómago, sin más dimes ni diretes.
Señá Romualdita gritó y vociferó; mas nada valieron las amenazas y protestas de la caterva mujeril. El pueblo fue saqueado por tercera vez en un solo día, y aún se encontró algo: aún se encontró una pequeña cochura que la alcaldesa había preparado aquella tarde para la partida de Sardina. Ignoro si cometieron los soldados algún desafuero en cosas comprendidas dentro de jurisdicción distinta de la del estómago. No lo aseguro ni tampoco lo niego, y envolviéndome, como suele decirse, en el manto de mi irresponsabilidad, dejo a la Historia y a la señora de Sacecorbos el cuidado de averiguarlo. Pocos días después nos unimos a la partida de D. Vicente Sardina, subalterno del Empecinado. He aquí cómo:
Dormíamos en Val de Rebollo, cuando nuestros centinelas avisaron la aproximación de gente armada. El recelo de que fuesen los franceses se disipó bien pronto, porque las avanzadas de la partida gritaban y cantaban a lo lejos, y la gente del pueblo que, aun antes que nuestros escuchas, había olfateado carne española, salió ruidosamente a su encuentro. Pronto vimos desfilar por la única calle del lugar, sin formación, orden ni concierto, un pequeño ejército compuesto de infantes y jinetes, armados los unos de trabuco, de escopeta los otros, cada cual vestido según su calidad, gusto o hacienda, casi todos con un pañizuelo puesto en la cabeza por único tocado, el ceñidor en la cintura, la manta puesta al hombro, y la alpargata en el infatigable pie. Veíanse, sin embargo, en algunas cabezas sombreros, chacós, cascos de franceses, y algún descolorido y rancio uniforme español en el cuerpo de otros.
Iban llegando y se acomodaban en las casas, escogiendo cada cual la que mejor le parecía, sin ceremonia ni cumplidos, y fraternizando al punto con la tropa, aunque sin dejar de mostrarnos cierto desdén, como si fuéramos unos desdichados incapaces de intentar la conquista de Calatayud. Los habitantes de Val de Rebollo ofrecían a unos y otros la poca hacienda que les quedaba, y en un instante las llamas de los hogares, lamiendo las repletas panzas de ollas y peroles, iluminaron las habitaciones, despidiendo por puertas y ventanas tanta claridad, que el lugar, alegrado al mismo tiempo por las voces, gritos y cantorrios, parecía celebrar una fiesta.
El jefe de la partida, D. Vicente Sardina, se alojó en la misma casa donde yo estaba. Era un hombre enteramente contrario a la idea que hacía formar de él su apellido; es decir, voluminoso, no menos pesado que un toro, bien parecido, con algo de expresión episcopal o canonjil en su mofletudo semblante, muy risueño, charlatán, bromista y franco hasta lo sumo. Cuando mis compañeros y yo nos presentamos a él, diciéndole que mandábamos la fuerza destinada por O’Donnell a engrosar las filas del Empecinado, nos miró con aquella expresión de generosidad propia del hombre dispuesto a proteger al prójimo desvalido, y nos dijo:
—Bueno: veremos cómo se portan ustedes... Creo que aprenderán el oficio en poco tiempo... Parecen buenos muchachos; pero tiernecitos, tiernecitos todavía. Ea, fuera miedo: ya se irán haciendo al fuego y se les quitará esa cortedad...
—Mi coronel —repuse—, no somos nuevos en la guerra; pues de nosotros el que más y el que menos ya ha despachado catorce batallas, diez sitios y más de cincuenta encuentros menores.
—¿Batallitas, eh? —dijo riendo con pueril candidez—. Y mandadas por generales de entorchado... Me parece que las veo... Mucha escritura, parte acá, parte allá, oficios en papel amarillo con sello, y mucho de Excelentísimo señor, participo a vuecencia que habiéndose presentado el enemigo... Farsa, pura farsa. En fin, señores, ustedes aprenderán a hacer la guerra, porque no les falta entendimiento ni voluntad... Ahora, ayúdenme a despachar esta pierna de carnero, y lo que contiene este bendito zaque.
II
Sin que nos lo rogara dos veces, nos apresuramos a participar de la cena. Olvidaba decir que a la derecha de Sardina estaba, animado también de propósitos hostiles contra la pierna de carnero, el segundo jefe de la partida, un hombre altísimo, descarnado y morenote, con barba entrecana, pelo corto, ojos fieros, cejas pobladísimas y unas manos tan largas como velludas, que velozmente pasaban del plato a la boca. Era mosén Antón Trijueque, cura aragonés, que había tomado las armas desde el principio de la guerra, y servía en las filas de Sardina, no como capellán, sino como... jefe de la caballería.
—A fe, mosén Antón —dijo Sardina empinando el vaso—, que no creí pasar esta noche más allá de Almadrones. ¿Cree usted que encontraremos el destacamento de Gui siguiendo la vuelta de Brihuega?
—Me parece que no se nos escapan mañana —repuso el cura dando muestras de excelente apetito.
—Los espías del francés habrán ido contando que caminábamos hacia Torremocha del Campo. Por la sotana que visto, Sr. D. Antonio, que hemos de hacer una buena presa. Mi ayudante, el sargento Santurrias, se nos unió, como usted sabe, en Mirabueno. Venía de espiar la dirección del enemigo. No hay otro Santurrias bajo el sol, Sr. Sardina, y con su traje de pastor y su aspecto y habla de idiota es capaz de engañar a media Francia, cuanto más al general Gui.
—¿Y qué dice Santurrias?
—Que parte de la tropa francesa que desde Daroca bajó al auxilio de Calatayud en la gran embestida que le dimos hace tres días, se ha corrido por Cogolludo, y como en su cobardía se les figura sentir el resoplido del caballo de D. Juan Martín, van tan a prisa que mañana han de llegar a Brihuega.
—¿Y cómo se sabe que van a Brihuega?
—¿Cómo se ha de saber? Sabiéndolo —exclamó con energía mosén Antón, que además de jefe de la caballería era el mayor general de la partida, y el gran estratégico, y el verdadero cerebro de D. Vicente Sardina—. Esas cosas no se saben, se adivinan. Pasaron ayer por Cogolludo, ¿sí o no? Se les vio desviarse del camino real y tomar las alturas de Hita, ¿sí o no?
—Sí; tal era, en efecto, su camino... —dijo Sardina con modestia, reconociendo el genio de mosén Antón.
—Ahora, si no nos hemos de mover hasta que el enemigo no nos mande aviso de dónde está... —dijo el cura reanudando las interrumpidas relaciones con un sabroso hueso.
—Pues adelante —afirmó Sardina con decisión—. Vamos a Brihuega. Les cogeremos desprevenidos, y ni uno solo volverá a Madrid. Ahora que tenemos el refuerzo de cuatro compañías de tropa...
Mosén Antón miró a mi compañero y a mí con menos desdén que antes lo hiciera el jefe.
—Cuatro compañías... —dijo observándonos de hito en hito—. Veremos qué tal se portan estos señores, que aún no se han batido.
Nuevamente tuvimos que exponer mi compañero y yo los distintos encuentros en que habíamos tenido el honor de hallarnos; pero Trijueque, refiriéndonos en pocas palabras sus proezas, desde el primer sitio de Zaragoza hasta la acción del Tremedal, nos cerró la boca y abatió nuestro orgullo.
—Aquí —nos dijo al concluir su poema heroico— espera a ustedes una vida distinta. Aquí no hay descanso; aquí se come lo que se encuentra, y se descabeza un sueño con el dedo puesto en el gatillo, dormido un ojo, despierto y vigilante el otro. Además, el que no tenga buenas piernas, que se marche a su casa, porque aquí no se corre, se vuela.
Mientras el jefe de Estado Mayor general decía esto, D. Vicente Sardina estiraba los brazos y echaba la cabeza hacia atrás, no con intento de remedar a Jesucristo en la cruz, sino por lo que llaman desperezarse, lo cual advertido por el fiero clerizonte, inspiró a este las siguientes palabras, que en ejércitos de otra clase no hubieran sido dirigidas a un jefe por un subalterno:
—Sr. D. Vicente, ¿hay pereza? Bien: iré yo solo en busca de Gui con la gente y las cuatro compañías. Somos cuatrocientos hombres y trescientos soldados. Adelante. Cogeremos al general Gui y se lo presentaremos a Juan Martín.
—Amigo Antón —dijo el general riendo—, no puede uno ni abrir la boca para un condenado bostezo delante de usted... Y gracias que me ha dejado poner un puntal al estómago... ¡Maldito cura! Pero ¿olvida usted que va para tres noches que no hemos dormido? Vamos, que digan las señoras si hay cuerpo que resista a tan larga velada, aunque sea el cuerpo de D. Vicente Sardina el de Valdeaveruelo...
Mosén Antón miró al jefe de la partida con expresión de lástima, y luego, arqueando las cejas más negras que ala de cuervo, alargando el hocico y cerrando el puño, se expresó de esta manera:
—¡Dormir, dormir cuando los franceses han quemado nuestras casas y asesinado a nuestros padres y deshonrado a nuestras mujeres!... sí, señor, a nuestras mujeres.
Sardina reía y nosotros también; pero Trijueque, imponiéndonos silencio con su habitual imperioso gesto, prosiguió así:
—Me gustan estos señoriticos que no piensan más que en dormir. ¿Por qué el Sr. Sardina no lleva consigo en campaña un colchón de pluma o canapé de rasos y holandas para echar la siesta? Buenos soldados tiene la patria, buenos, sí... como que se tumban, cuando el enemigo, ocultándose en las sombras de la noche, intenta sorprendernos. Es preciso que los curas echen la llave a la parroquia, se la guarden en el bolsillo, y cogiendo una escopeta, un sable y dos pistolas, corran al campo a enseñar a los patriotas su deber. Aquí estoy yo que no duermo, no, Sr. D. Vicente, no duermo —al decir esto, los ojos negros que despedían pasajeros reflejos como una noche de tempestad, parecían querer salírsele de las sanguinolentas órbitas— porque no puedo dormir, aunque quisiera... porque si cierro los párpados, dentro de ellos veo al general Gui, y al general Hugo, y al general Belliard con sus manadas de gabachos. Cuando de tarde en tarde me arrojo en el suelo, procurando dar descanso a mi cuerpo, los caminos, las veredas, las trochas, los atajos, los montes, los cerros, los ríos y los arroyos se me meten en la cabeza, y todo se me vuelve pensar si iremos por allí, si pasaremos por allá, si les encontraremos por acullá... Aquí está un hombre que no tiene más descanso que inclinar la cabeza sobre el pecho y amodorrarse un poco con el paso del caballo, que es más suave que una litera llevada por buenos jayanes... ¡Dormir! ¡Por las benditas ánimas del Purgatorio! ¡Voto a Barrabás! ¡Reviento en Judas! Juro que desde el 3 de junio de 1808 no sé lo que es una sábana. Estoy despierto, estoy velando por la patria, y temo que la dejen perecer los que duermen.
Trijueque dio un resoplido, no menos fuerte que el de un mulo, y se levantó. ¡Dios mío, qué hombre tan alto! Era un gigante, un coloso, la bestia heroica de la guerra, de fuerte espíritu y fortísimo cuerpo, de musculatura ciclópea, de energía salvaje, de brutal entereza, un pedazo de barro humano, con el cual Dios podía haber hecho el físico de cuatro almas delicadas; era el genio de la guerra en su forma abrupta y primitiva, una montaña animada, el hombre que esgrimió el canto rodado o el hacha de piedra en la época de los primeros odios de la historia; era la batalla personificada, la más exacta expresión humana del golpe brutal que hiende, abolla, rompe, pulveriza y destroza.
Para que fuera más singular y extraño aquel guerrillero, cuya facha no podía mirarse sin espanto, vestía la sotana que llevaba cuando echó las llaves de la parroquia el 3 de junio en 1808, y de un grueso cinto de cuero sin curtir pendían dos pistolas y el largo sable. Abierta la sotana desde la cintura, dejaba ver sus fornidas piernas, cubiertas de un calzón de ante en muy mal uso, y los pies calzados con botas monumentales, de cuyo estado no podía formarse idea mientras no desapareciesen las sucesivas capas de fango terciario y cuaternario que en ellas habían depositado el tiempo y el país. Su sombrero era la gorra peluda y estrecha que usan los paletos de tierra de Madrid, el cual se encajaba sobre el cráneo, adaptado a un pañuelo de color imposible de definir y que le daba varias vueltas de sien a sien.
Después que estiró brazos y piernas, dio dos puñetazos en la mesa y dijo con voz temerosa:
—El que quiera dormir, que duerma. Yo me voy en busca del general Gui. ¡Mal cuerno!
D. Vicente Sardina, risueño primero, mas luego atemorizado ante la ruidosa energía de su segundo, quiso contemporizar con él y dijo:
—Bueno, mosén Antón. Celebraremos consejo de guerra. Señores oficiales, ¿qué opinan ustedes?
Sin vacilar dijimos mi compañero y yo que convenía seguir el dictamen de mosén Antón.
—Pues yo —dijo Sardina bostezando de nuevo y haciendo la señal de la cruz sobre la boca—, creo que si marchamos esta noche, no encontraremos ni sombra de franceses. ¿Cómo es posible, señores, que la división de Gui se corriera por el lado allá del Henares?... Vamos, que ni mosén Antón con todo su talento militar, tan grande como el de Epaminondas, me lo hará creer.
—Sr. D. Vicente —dijo el clérigo asiendo la solapa del uniforme de Sardina—, yo me voy con los que me quieran seguir.
—Poco a poco, despacito. Sepamos en qué se funda el señor pastor Curiambro para creer...
—Que vengan los espías.
El jefe, con voz de trueno, gritó:
—¡Viriato, maldito Viriato!... ¿Dónde se ha metido ese condenado?
Sorprendiome el nombre de la persona llamada, que era el ayudante de D. Vicente Sardina.
El amo de la casa apareció riendo, y dijo a nuestro jefe:
—El Sr. Viriato está cortejando a las mozas del pueblo.
—Ya le ajustaré las cuentas a mi ayudante —dijo D. Vicente—, por no estar aquí cuando le llamo. Hágame usted el favor, tío Bartolomé, de llamar al Sr. Santurrias, que creo está en la caballeriza.
Apareció al poco rato, soñoliento y malhumorado, el famoso personaje a quien la historia conoce con el nombre de Santurrias, y al punto reconocí su abominable efigie. Era el mismísimo acólito de D. Celestino del Malvar; el mismo rostro que no indicaba ni juventud ni vejez; la misma boca, cuyo despliegue no puedo comparar sino a la abertura de una gorra de cuartel cuando no está en la cabeza; la misma doble fila de dientes; la misma expresión de desvergüenza y descaro.
—A ver, Sr. D. Gorito Santurrias, ¿qué tienes que decirme de tu espionaje? ¿Qué lugares has recorrido y qué has visto?
—Mi general —dijo Santurrias respetuosamente—, anteayer, al filo de mediodía, entré en Robledarcas pidiendo limosna. Llevaba la pierna pintada al modo de llaga y un niño de pechos en brazos. El niño era el que recogimos en Honrubia cuando los franceses pegaron fuego al lugar matando a todos sus habitantes.
—Bien: ¿y dónde viste al enemigo?
—El chiquillo lloraba, y yo lloraba también, pidiendo limosna a los franceses, que venían de Atienza.
—¿Venían de Atienza?
—Sí, señor.
Trijueque hacía gestos afirmativos y de aprobación, sin quitar los ojos del sacristán, mendigo y guerrillero.
—Venían con mal modo —continuó este—, y me parece que rabiaban de hambre. Un oficial me dio un pedazo de pan... Yo pedía para el pobrecito niño de pecho, que dije era mi nieto; pasó el general con algunos húsares, y al fin, un sargento que me miró mucho como queriendo conocerme... Mi general, para no cansar, ello es que me dieron 20 palos y me amenazaron con fusilarme... ¡Qué palos! Las llagas fingidas se trocaron por mi desgracia en verdaderas, y ahora estaban descansando mis lomos en la cuadra.
—Vamos a lo principal: ¿qué dirección tomaron los franceses?
—No tenía yo ganas de quedarme en su compañía después de las misas, quiero decir, de los palos, y cogiendo al chiquillo, me vine por la vuelta de Jadraque buscando a mi gente... Allí me junté con la señá Damiana Fernández, la cual me dijo que los franceses habían ido a Cogolludo.
—Que venga la señá Damiana Fernández —dijo el jefe—. ¿En dónde está?
—¿Dónde ha de estar? —replicó Santurrias—. Con el señó Cid Campeador. Ambos son uña y carne, y van montados siempre en un mismo caballo.
—Que la traigan —gritó el general—. ¿Pero dónde demonios está mi ayudante? ¡Viriato, Viriatillo de todos los demonios!
No tardó en aparecer la señá Damiana, que era una mujer joven, delgada y de buena estatura; algo varonil, de color malo, ojos muy negros, y un conjunto de facciones, si no hermoso, regularmente simpático y agradable. Vestía de la cintura arriba arreos militares, llevando pistolas y mochilas, y en la cabeza un morrioncete ladeado, cuyas carrilleras de cobre sucio se juntaban en el pico de la barba con no poco donaire. El resto de su persona lo cubría a lo mujeril, y una halda negra, sobre refajo amarillo, apenas dejaba ver las botas de cuero crudo, con espuela tan solo en la izquierda.
—¿Qué quiere saber mi general? —preguntó con marcial despejo.
—¿Estás segura de que los franceses entraron en Cogolludo?
—Mi general, yo fui a Montañón a llevar a mi madre los tres duros y medio que me dieron en Tor del Rábano. Dejé este vestido en Villanueva de Argecilla, y poniéndome el de labranza, cogí a mis dos hermanitos, los monté en la burra y... ¡arre! a Miralrío... de Miralrío, ¡arre! a Carrascosa... de Carrascosa, ¡arre! a Montañón... Mi madre se había muerto. Di los tres duros y medio a mi abuela y estuve llorando dos horas... Después, al volver para unirme a la gente, pasé muy cerca de Fuencemillán, y vi a los franceses dentro de Cogolludo, que está a un cuarto de hora de andadura... ¡arre! apreté a correr... ¡arre! volví a Carrascosa, y llegué por la mañana a Villanueva, donde dejando los chicos, la burra y el miedo, y poniéndome el uniforme, me junté a la partida.
—Está bien, señora Damiana —dijo el general—. Retírese usted, y si por casualidad encuentra al tuno de mi ayudante, puede darle dos sopapos y mandármelo acá.
—Está jugando al naipe con el señó don Pelayo —contestó la guerrillera.
Por tercera vez habíamos oído designar con nombres de antiguos héroes españoles a individuos de la partida, y cada vez sentíamos mi compañero y yo más vivos deseos de conocer al señó Viriato, al señó Cid Campeador, y al señó don Pelayo.
—¡Jugando al naipe! —exclamó Sardina—. Han de llevar el maldito vicio a todas partes... En resumen, querido mosén Antón: sabemos con certeza (porque esta gente dice la verdad) que los franceses han entrado en Cogolludo. ¿En qué podemos fundarnos para creer que pasen el Henares y se refugien en Brihuega? Deben de estar cansados. Por aquí no encontrarán que comer, y lo más natural es que pasen a tierra de Madrid por El Casar de Talamanca.
—Los franceses pasarán el Henares —dijo mosén Antón, llevando el dedo índice a la frente con tanta fuerza como si la quisiera agujerear.
—Usted lo adivina, sin duda.
—Sí... lo adivino, lo preveo... no sé en qué me fundo... —replicó el cura con cierta expresión de hombre iluminado—; lo tengo aquí entre ceja y ceja... Sr. D. Vicente: ¿me he equivocado alguna vez? Cuando he dicho: «Están en tal parte», ¿hemos dejado de encontrarles?... Sepa usted que los franceses van aprendiendo de nosotros esta difícil guerra de partidas. Tantas veces les hemos sorprendido, que también ellos discurren el modo de sorprendernos...
—Lo sé, lo sé.
—Pues bien... Los franceses saben que andamos por aquí, Sr. D. Vicente; los franceses que escaparon de Guijosa el martes, cuando sorprendimos el destacamento, debieron decir a Gui que nos habíamos corrido por los cerros de Algora... Gui se está empecinando... Gui quiere ser guerrillero... Gui quiere sorprendernos, y si descansamos, si nos dormimos, Gui nos sorprenderá... Usted dice que el francés va hacia Madrid en busca de descanso y raciones, y yo digo que viene hacia acá en busca de gloria y de costillas que quebrantar... No me pregunte usted en qué me fundo. El mismo mosén Antón que está hablando no lo sabe... pero mosén Antón no se equivoca nunca; mosén Antón adivina; mosén Antón tiene un diablillo que viene a decirle al oído dónde están los franceses.
Oyendo esto D. Vicente Sardina, que conocía la singular previsión estratégica de su jefe de Estado Mayor general, sacudió de súbito la pereza, y dando una fuerte palmada y levantándose, dijo:
—¡Voto al demonio, que tiene razón el curita!... Eso mismo debí pensar yo... pero no lo pensé... Es que soy un bruto, y luego el maldito sueño...
—¡En marcha! —gritó mosén Antón, no con palabras, sino con aullidos; no con entusiasmo, sino con una exaltación salvaje.
—¡En marcha! —repitió el jefe.
—¡En marcha! —gritamos mi compañero y yo, sintiendo que nos identificábamos poco a poco con el silvestre militarismo de aquella gente.
La partida, a la cual desde aquella noche pertenecíamos los de tropa, se puso en movimiento. Apagose el fuego de los hogares; sacudieron el sueño los que se entregaban a él dulcemente; desluciéronse las honestas intimidades y las tertulias que en distintas casas se habían formado entre soldados y vecinos de ambos sexos; cada cual recogió lo que pudo de condumio sólido o líquido, y unos a caballo y otros a pie salieron del pueblo. Aquel ejército marchaba en desorden. Mosén Antón y D. Vicente Sardina, que iban a la cabeza, detuviéronse en el camino junto a las últimas casas del pueblo, y entonces el primero dirigió la vista a los cuatro puntos del horizonte; recapacitó un buen espacio de tiempo, llevándose el dedo índice a la frente, y después volvió a dirigir el rostro a distintas partes del obscuro paisaje, no como quien mira, sino como quien olfatea.
III
El jefe le miraba con asombro, no exento de malicia, como diciendo:
—¿Por dónde nos querrá llevar este condenado?
—Hay que pensar qué dirección tomaremos, Sr. Sardina —dijo el jefe de Estado Mayor y de la caballería—. Las veredas son nuestra ciencia militar.
—Creo que no hay lugar a duda —replicó Sardina—. El sendero de Yela está diciéndonos: «Corred por aquí.»
—No hemos de ir por ahí, sino por aquí —dijo Trijueque imperiosamente, señalando un cerro bastante elevado que a nuestra derecha teníamos—. Por aquí, por aquí.
—Hombre de Dios... ¿pero vamos a conquistar el cielo? —exclamó con displicencia Sardina—. ¿A dónde demonio vamos en esta dirección?
—Por aquí —repitió el cura señalando a la tropa el cerro—. Yo sé lo que me digo.
—¿En qué se funda usted para creer...?
—Me fundo en lo que me fundo —replicó con impaciencia el atroz cura guerrillero—. Y no hay más que hablar. Cuando yo lo mando, sabido tengo por qué. Y a prisita, a prisita, muchachos... hacer poco ruido.
Empezamos a echarnos a pecho la cuestecilla, que era más que regular para los que marchábamos a pie. En los primeros momentos de la marcha satisfice mi curiosidad de conocer a los misteriosos personajes, a quienes oí nombrar por los apodos, pues apodos eran, de Viriato, Cid Campeador y D. Pelayo, porque los tres iban junto a mí, y al punto me brindaron, lo mismo que a mi compañero, con su franca amistad. No eran barbudos personajes de teatro, ni fantasmas de héroes históricos evocados por la noche y la poesía, sino tres estudiantillos de Alcalá, que desde el comienzo de la guerra se habían afiliado en la partida. Conservaban el traje clerical de las aulas, con el sombrerete tripico, amén de la faja de cuero para el pedreñal y un sable corvo ganado entre los despojos de cualquier acción desfavorable a los franceses. Eran muy jóvenes, y uno de ellos casi tierno niño; los tres alegres, animosos, entusiasmados con aquella vida que para gente de otra casta será penosa, pero que para españoles ha sido, es y será siempre placentera.
—Yo, señor oficial —me dijo el que llamaban Viriato—. estudiaba en la Complutense cuando declaramos la guerra a Napoleón. Soy hijo de unos labradores del Campillo de las Ranas, y vivía en Alcalá, unos días de limosna, otros de la sopa boba, y otros de lo que mis compañeros me quisieran dar... En los veranos era el primer corredor de tuna que se ha conocido desde que el gran Cisneros fundó la Universidad... De este modo, y aunque no lo parezca, adelantaba mucho en mis estudios, siendo nemine discrepante en Humanidades e Instituta; pero llegó la guerra, y al oír yo el quadrupedante putrem sonitu quatit ungula campum; al oír tal ruido de trompetas, tal redoble de tambores, tal relinchar de guerreros caballos, me sentí inflamado en bélico ardor. Cuando apareció la primera partida, creí volverme loco de entusiasmo; púseme yo mismo el nombre de Viriato, en memoria del más grande y el más célebre guerrillero que hemos tenido, y soldado me soy. Esta es la mejor vida del mundo. Tengo el grado de alférez, y como esto dure pienso no parar hasta brigadier, renunciando para siempre a los pícaros estudios, que no traen más que trabajo en la juventud y hambre en la vejez.
—Brava gente es esta —exclamé—. Pensar que con semejantes hombres nos han de quitar a nuestro Rey Fernando, es majadería.
—No satisfecho aún —continuó Viriato— con el nombre que me puse (el mío verdadero es Aniceto Tortuera), expedí carta de heroísmo a estos venerables amigos míos, y a ese más pequeño, que apenas levanta cuatro tercias del suelo, por ser más bravo que un toro le puse Cid Campeador. Ahí donde usted le ve tan callado y modesto, hijo es del señor Marqués de Aleas, uno de los señores más ricos de esta tierra; mas con tener tanta hacienda, prefiere el niño esta áspera vida a los regalos de su casa, y no se aparta de mí, su amigo y paje en Alcalá. Bien hizo el señor Marqués en encomendarlo a mi cuidado y dirección durante la paz, porque pienso devolvérsele en disposición de conquistar a Valencia, como el otro Cid.
—Mi señor padre —dijo el Cid Campeador con voz y gestos infantiles— me ha llamado varias veces, enviándome veinte propios para que me lleven a casa; pero ya le he dicho que estoy aquí defendiendo a la patria, y que en diez años no me hablen de casas, ni de mamás, ni de golosinas... A fe que es triste cosa dejar esto, cuando uno va para alférez, y cuando el mejor día le pueden caer del cielo las insignias de coronel. Militar quiero ser toda la vida, que no estudiante, ni legista, ni físico, ni retórico ni matemático.
—De todo ha de haber en el mundo —dijo enfáticamente Viriato—; y si no, ahí está mi amigo el príncipe de sangre goda D. Pelayo, que es legista de la partida. Púsele el nombre de Pelayo por lo venerable y augusto de su persona. ¡Vean ustedes qué majestad en sus movimientos, qué mirar regio!
Le miramos, y, en efecto, su fisonomía era la del pillete más redomado y pulido que han dado de sí claustros universitarios, porterías de convento, mesones y posadas de estudiantes more tunesca.
—Es hijo de uno de los bedeles de la Universidad —añadió Viriato—, y en fuerza de tratar con estudiantes, sabe más leyes que Gregorio Sala, que el gran Madera y el célebre Montalvo reunidos. Buscaba posada a los estudiantes nuevos; acompañaba en sus diversiones a los antiguos, y compraba libros viejos para cambiarlos por sotanas y zapatos. Es grande amigo nuestro, y cuando llegamos a un lugar donde parece que no hay nada, él siempre encuentra algo. Señores oficiales, ustedes tendrán muchísimos buenos amigos en la partida, la cual con todos sus trabajos y fatigas vale más, mucho más que las siete famosas de D. Alfonso el Sabio, por lo cual nosotros resolvimos trocar las siete por una sola.
Seguimos departiendo alegremente, y cuando atravesábamos un áspero monte sentí dentro de las mismas filas, no un estruendo de combate, no un grito de guerra, no un redoble de tambor ni son bélico de cornetas, sino unos lastimeros lamentos de criatura de pecho, que con toda la fuerza de sus débiles pulmoncitos pedía lo que no suelen dar los ejércitos, sino las amas de cría. Tan inusitados chillidos, que yo no había oído en ninguna de mis campañas, despertó de tal modo mi curiosidad, que pregunté el motivo de llevar en la partida tan extraño apéndice.
No tardé en divisar al Sr. Santurrias, que llevando en brazos una criatura como de dos años, mal agasajada en un medio refajo amarillo, procuraba, condolido de su incapacidad para desempeñar las funciones maternas, acallarla con exhortaciones, promesas y silogismos que habrían convencido a un doctor de la Iglesia, mas no a un infeliz huérfano hambriento.
—Este muchacho —me dijo Viriato— lo encontramos en un caserío donde entramos una mañana hace dos meses. Los franceses, después de quemar el lugar, habían matado allí mucha gente: solo quedó vivo ese caballero que da tales berridos. El Sr. Santurrias le cogió, y le lleva en brazos cuando va al espionaje, fingiéndose mendigo. Nosotros le damos sopas de leche y migas de pan; pero él no quiere sino teta y más teta, porque a pesar de tener dos años no le habían despechado todavía. Cuando llegamos a un pueblo donde hay alguna mujer criando, se da buenos hartazgos, y así va viviendo el infeliz. Pasamos el rato con sus monadas y gracias infantiles, y procuramos despecharle, no sin trabajo ni malos ratos. Será un buen soldado, ¿qué digo, buen soldado? será general; sí, señores, general. Le llamamos el Empecinadillo.
—Pero condenado, tragón —decía Santurrias al pobrecito personaje que llevaba en brazos—, ¿no estuviste dos horas en Val de Rebollo, chupando de la señá Gumersinda?... Pues si ella decía que le sacabas los tuétanos... Callas, o te estrello.
—Deme acá, deme acá ese Heliogábalo, señor Santurrias —dijo Viriato alargando los brazos para recoger la carga—. Ven acá, tragaldabas: no hay teta... Comerá usted rancho, si lo hay, y beberá un cuartillo de vino... Un general pidiendo teta... Calla hombre, no toques diana que nos vuelves sordos... Arro, roooo... Ahora llegaremos a un pueblo; sorprenderemos a los franceses, matando unos cuantos, y por fuerza habrá allí otra señora Gumersinda que te dé una mamada... Vamos... es preciso ir dejando esas mañas... Los hombres no maman... Es preciso comer. ¿Para qué quieres esos dentazos?
Después Viriato, arrullando al niño en sus brazos, le adormeció con cantares de cuna; y el guerrillero de dos años, metiéndose ambos puños en la boca para acallar su violento apetito, se durmió. La señá Damiana Fernández vino a pedirnos municiones.
—Señá Damiana —le dijo Viriato—, cargue usted este mostrenco, que antes debe ir en sus brazos que en los míos.
—Una doncella no carga chiquillos —repuso con desdén la guerrillera—; que si entro con él en un pueblo, si a mano viene creerá la gente que es mío. Hay que guardar la honra, Sr. Viriato.
—¿Qué honra? ¡Ay, honradillo está el tiempo! Mal cosida has dejado la sotana del Cid Campeador. Damiana, por Dios, carga un rato este becerro.
—Cuando los eche al mundo los cargaré... Cartuchos, señores; un cartucho por amor de Dios.
—¿El Cid no te los da, pimpolla? Pícaro Cid Campeador... si le cojo...
Estas conversaciones y otras igualmente festivas siguieron adelante; pero no pude gozar de ellas, porque me adelanté llamado por mosén Antón. El cura iba caballero en un gran jamelgo, que parecía, por su gran alzada, hecho de encargo, para que sobre la muchedumbre ecuestre y pedestre se destacase de un modo imponente la tosca y tremebunda estampa del jefe de Estado Mayor. Caballo y jinete se asemejaban en lo deforme y anguloso, y ambos parece que se identificaban el uno con el otro, formando una especie de monstruo apocalíptico. Los brazos larguísimos y negros de mosén Antón dictando órdenes desde la altura de sus hombros; las piernas, ciñendo la estropeada silla, que echaba fuera el relleno por informes agujeros; la sotana partida en dos luengos faldones que agitaba el viento, y que en la penumbra de la noche parecían otros dos brazos u otras dos piernas, añadidas a las extremidades reales del caballero; el escueto cuello del corcel, ribeteado por desiguales crines, que le daban el aspecto de una sierra; su cabeza negra y descomunal, que, moviéndose a compás de las patas, parecía un martillo hiriendo en visible yunque; el son metálico de las herraduras medio caídas, que iban chasqueando como piezas próximas a desprenderse, todo esto, que no se parecía a cosa ninguna vista por mí, se ha quedado hasta hoy fijamente grabado en mi memoria.
IV
—A estos barbilindos que ha traído usted —me dijo mosén Antón, mirando hacia abajo como quien está en lo alto de una torre—, ¿se les puede confiar una comisión delicada?
—Sí, mi Coronel —respondí—. Ya saben lo que se hacen.
—Una comisión delicada —repitió—: por ejemplo, tapar la salida de un pueblo, poniéndose como muralla de carne desde una casa a otra.
—Haremos todo lo que se nos mande, pues para eso hemos venido.
Mientras esto hablábamos miré al jefe de la partida, el cual, con las manos cruzadas sobre la barriga, aflojadas las riendas del caballo y dejándole marchar pausadamente, se había sumergido en beatífico sueño. Despierto, vigilante, inquieto como un sabueso que adivina la presa, mosén Antón escudriñaba con sus ojos de buitre el estrecho horizonte del valle por donde caminábamos y las cercanas colinas.
Habíamos comenzado a descender, y a nuestra izquierda el cielo empezaba a teñirse de rosa y oro pálido, anunciando el cercano día. Las crestas de los cerros irregulares, cuyas siluetas semejaban, cuál un perro dormido, cuál un pellejo de vino, principiaban a aclararse, dejando ver desparramados caseríos, manchas de carrascales, olmedas y grupos de colmenas.
—Quiero saber otra cosa —me dijo mosén Antón inclinándose de nuevo sobre mí, como un picacho próximo a desprenderse—. En caso de entrar en combate las tropas regulares que manda usted y su amigo, ¿deben batirse por separado o mezcladas con mi gente?
—Creo que de una manera u otra lo harán bien. Mezclándolas se evitan las envidias y la rivalidad, que siempre existe entre la tropa de ejército y la voluntaria.
La cara de mosén Antón se contrajo de un modo especial, indicando disgusto.
—Ya, ya comprendo lo que mi coronel desea —dije con viveza, y era verdad que lo comprendía—. Lo que mi coronel quiere es precisamente que exista esa rivalidad y emulación. Ahora caigo en que lo mejor es hacerles pelear por separado para que unos se estimulen con el ejemplo de los otros, si hay diferencia en el modo de combatir.
—Muy bien, señor oficial —repuso con satisfacción—. Veo que usted tiene todo el saber militar en la punta de la uña.
Llegamos a lo hondo de un estrecho barranco, y la partida hizo alto. Mosén Antón dispuso que se guardase el mayor silencio, y D. Vicente Sardina despertó exclamando:
—¿Qué hay? ¿Hemos dado con los franceses? ¡A ellos!... ¡Que se escapan!... ¡Viva Fernando VII, muera Napoleón!
—Despabílese usted, hombre —dijo entre veras y burlas el cura—. Aquí no se ven franceses más que en sueños.
—¿Acaso yo dormía...?
—No, velaba.
—Eso es un insulto, mosén Antón... ¡Sostener que el jefe de la partida dormía, cuando!... Si se me cerraron los ojos fue porque estaba recapacitando sobre la bobería y descuido de esos tontos de franceses que se dejan sorprender...
—Silencio —dijo el jefe de Estado Mayor bajándose del caballo—, voy a hacer un reconocimiento.
—Sí —indicó con burlona malignidad Sardina—. Puede que detrás de aquella peña esté el general Gui con 20.000 hombres... Pero si no me engaño, tras aquel muro arruinado se ve el sombrerito de Napoleón. Gran presa hemos hecho... Lo menos caen hoy en nuestras manos 50.000 gabachones.
—Descabece usted otro sueño —dijo Trijueque.
—¿Pero dónde estamos? Por fuerza este endiablado cura nos ha traído a Madrid. ¿Apostamos a que quiere sorprender al Rey José en su misma corte y cogerle prisionero? ¿Aquel mojón no es la puerta de Atocha?... ¡Pero quia! Si es una colmena... Querido mosén, hablemos ahora con franqueza: ¿no hubiera sido más cuerdo quedarnos sosegadamente en aquel cómodo lugar de Val de Rebollo? A esta hora ni a usted ni a mí nos hubiera faltado un buen tazón de chocolate.
Mosén Antón no contestaba a las burlas de su jefe, y haciéndonos señas de que le siguiéramos, a mí, al Sr. Viriato y a otro guerrillero llamado Narices, hombre pequeño, flaco y resbaladizo como una culebra, llevonos por una vereda adelante y por entre espesos carrascales, cuyas ramas apartábamos a un lado y a otro para poder pasar.
—No hacer ruido —nos decía a cada momento—. Si el enemigo está donde sospecho, tendrá por aquí sus escuchas.
Mosén Antón apartaba, tronchándolas, ramas corpulentas que impedían el paso. El jabalí perseguido no se abre camino en la trocha con mejor arte. A ratos se agachaba, atendiendo con viva ansiedad; pintábase en su rostro, tan feo como expresivo, una dolorosa duda; volvía a emprender el paso; por último, llegamos a lo más alto del cerro y a un punto desde donde se veía otra hondonada como aquella en que acababa de hacer alto la partida. En la meseta donde nos hallábamos, el monte tenía una extensa calva, no reapareciendo la vegetación sino en lo más bajo del declive.
Mosén Antón se echó de barriga en el suelo. Parecía una inmensa cigarra negra en el momento en que, contrayendo las angulosas zancas y plegando las alas, se dispone a dar el salto. Nos colocamos a su lado en análoga posición, y entonces nos habló así:
—¿Ven ustedes abajo el pueblo?
En efecto: bajo nosotros se veían los tejados rojos de algunas casas apiñadas.
—Ese pueblo es Grajanejos —añadió—. Anoche se me metió en la cabeza que los franceses que estaban en Cogolludo habían de venir a pernoctar aquí por Miralejo... Se me metió en la cabeza, sí, señores; y cuando a mí se me mete una cosa en la cabeza...
—Tiene que suceder, aunque Dios no quiera —dijo Viriato.
—Yo no me equivoco —añadió con cierta confusión el padre Trijueque—. Yo dije: «Pues que los franceses están en Cogolludo de regreso de Aragón, han de tomar una de estas dos direcciones: o la vuelta del Casar de Talamanca para ir a tierra de Madrid, o la vuelta de Grajanejos para tomar el camino real y marchar hacia Guadalajara o hacia Brihuega.» El primer movimiento es inverosímil, porque están muy hambrientos y habían de tardar tres o cuatro días en llegar a la corte; el segundo movimiento es seguro, y sentado que es seguro, ahora digo: «Si pasan el Henares, ¿cuál puede ser su intención? O tratar de sorprendernos en este laberinto de barrancos y pequeños valles, lo cual sería fácil si ellos fueran nosotros y nosotros ellos, o simplemente guarecerse dentro de los muros de Brihuega o Guadalajara, donde tienen abundantes provisiones.» En uno u otro caso, entrarán en el camino real, que está a nuestra vista. Observen ustedes: a la luz de la aurora se ve claramente el camino real que va desde Madrid a Zaragoza. Es una hermosa calzada, que podría empedrarse con los cráneos de franceses que hemos matado en ella.
Vimos, en efecto, el camino real de Aragón, que serpenteaba entre el arroyo y la montaña de enfrente, siguiendo las sinuosidades del angosto valle.
—Todos esos cálculos —dijo Viriato— son admirables, y demuestran el consumado talento de vuecencia. ¡Y dice mosén Antón que no ha estudiado lógica!... No puede ser. Lo que hay de malo en esto, es que por de pronto esas ingeniosas previsiones han resultado fallidas, porque yo estoy ciego de tanto mirar, y no veo franceses en Grajanejos.
Mosén Antón no decía nada, y miraba atentamente a los extremos visibles del valle y a las suaves colinas que enfrente teníamos. En su rostro se pintaba una ira reconcentrada y profunda; apretaba las mandíbulas; fruncía el ceño, haciendo culebrear las cejas negras y espesas como dos bigotes, y el resoplido de su aliento no discrepaba en fuerza y calor del de un caballo.
He dicho que se había tendido de barriga, con las palmas de las manos en tierra y los codos en alto, en actitud muy parecida a la de los cigarrones cuando se disponen a dar el salto. De súbito, mosén Antón saltó todo lo que puede saltar un hombre en tal postura: levantose en pie, extendió los brazos, lanzaron las cavidades de su pecho un graznido de ave de rapiña, brilló el rayo en sus ojos, y señalando a la derecha hacia el punto donde desaparecía el valle formando un recodo, exclamó:
—¡Los franceses, ahí están los franceses!
No vimos nada; pero oímos un rumor vago y lejano, que acrecían con sus hondos ecos las angosturas del valle. Era ruido de caballos, de gentes de armas; el ruido a ningún otro parecido de un ejército que se acerca.
—¿No lo dije? ¿No lo dije?... ¿Me he equivocado alguna vez? —gritaba mosén Antón desfigurado por el júbilo, con toda su persona descompuesta y alterada, cual máquina que se va a desengranar—. Cogidos, cogidos en una ratonera. Ni uno solo escapará... Lo que pensé, lo mismo que pensé: pasaron el Henares por Carrascosa, subieron a los altos de Miralrío, vadearon el Vadiel, y han cogido el camino real en Argecilla... Todo esto lo estaba yo viendo anoche, señores; lo estaba viendo como se ve un cuadro que uno tiene delante.
Agitaba los brazos, sacudía las piernas y ponía en movilidad espantosa todos los músculos de su rostro, asemejándose a Satanás cuando padece un ataque de nervios, si es que el ministro de la eterna sombra experimenta iguales debilidades que las damas del mundo visible; desenvainaba su sable, volvíalo a envainar, frotábase las anchas manos con tal presteza, que causaba asombro que no despidieran chispas; se acomodaba en la cabeza el mugriento pañizuelo y la gorrilla, se apretaba el cinto y profería vocablos ya patrióticos, ya indecentes, mezclados con blasfemias usuales y aforismos de guerra.
Las avanzadas de los franceses aparecieron en el camino real.
—¡Con cuánta confianza vienen! —dijo mosén Antón—. Esos bobalicones no aprenden nunca. No flanquean la marcha. ¿Ven ustedes columnas volantes en las alturas?
—Por este lado —dijo Viriato— se ven brillar algunos cañones de fusil.
—Retirémonos abajo —dijo Trijueque—. Dejémosles entrar tranquilamente en el pueblo.
Poco después de esto, la partida marchaba despacio y con orden admirable por una senda de escasa pendiente, que conducía, faldeando el cerro en repetidas vueltas, al lugar de Grajanejos. Mosén Antón dispuso que una parte de la fuerza se escondiese en el carrascal, adelantándose con toda precaución para no ser vista ni oída. El resto marchó adelante.
—Mucho silencio —dijo Sardina—, mucho silencio. Cuidado no se escape algún tiro... Al que respire fuerte, le fusilo.
Cuando esto decía, oyose un chillido prolongado y lastimero. Era el Empecinadillo que pedía la teta.
—Si ese condenado chiquillo no calla —exclamó mosén Antón con furia—, arrojarle al barranco.
El Empecinadito, extraño a la estrategia, seguía gritando. El jefe de Estado Mayor, que llevaba del diestro a su caballo, se detuvo ciego de ira, y repitió:
—¡Arrojarle al barranco! ¿No hay quien tape la boca a ese trompetero de mil demonios?
El Sr. Santurrias se esforzó en hacer callar al pobre niño; mas no le convencían los argumentos empleados, ni aunque se le dijo «que te va a comer mosén Antón» se resignó a la obediencia que el grave caso requería. Al fin creo que taparon su boca o sofocaron sus gritos envolviéndole en sus propios abrigos, con lo cual se libró por aquella vez de ser arrojado al barranco en castigo de sus escandalosos discursos.
D. Vicente Sardina, de acuerdo con su segundo, dispuso que los de la izquierda de la senda nos adelantáramos con objeto de cortar la salida del pueblo por el camino real en dirección opuesta a aquella por la cual entraban los franceses.
—No me fío de estos señoritos —dijo mosén Antón al vernos partir—. Que vaya el Crudo con ellos. ¡Crudo, Crudo!
Presentose un guerrillero rechoncho y membrudo, bien armado y que parecía hombre a propósito lo mismo para un fregado que para un barrido en materia de guerra.
—Crudillo —ordenó el jefe—, a ti y a estos señores os toca cortar la salida por abajo. Lleva cien hombres de lo bueno. Apretar de firme.
Reforzados por la gente del Crudo, que era de lo mejor que había en la partida, emprendimos la marcha por un suave declive que nos condujo a las inmediaciones del camino real por el mediodía del pueblo. Los otros, al hallarse próximos y con la ventaja que les daba su excelente posición en lo alto, atacaron a un pequeño destacamento francés que avanzó a reconocer la altura, mientras el resto de la fuerza enemiga descansaba en el pueblo. Esta conoció al punto que había sido sorprendida, y pensando en defenderse ocupó precipitadamente las casas. Los de la partida les atacaron, no solo con brío, sino con plena confianza por la fuerza moral que la sorpresa les daba, y los franceses se defendían mal a causa de la turbación, del cansancio y la estrechez del lugar en que se habían metido.
Después de un breve combate, los enemigos comprendieron que no tenían otra salvación que la fuga por la carretera abajo, o bien por la misma dirección de Argecilla que habían traído en sentido contrario. Muchos intentaron escapar por donde estábamos; pero viendo bien guardada la salida y divisando hacia aquella parte uniformes de ejército y hasta veinte caballos, que en su atolondramiento se les figuraron doscientos, creyeron que todo el segundo ejército, al mando de D. Carlos O’Donnell, se había corrido desde Cuenca a tomar el camino de Aragón, y optaron por la salida opuesta. El barullo y confusión que esto produjo en sus azoradas tropas fue tal, que Don Vicente Sardina, con su gente escogida, acuchilló sin piedad y sin riesgo a muchos infelices que no hacían fuego ni tenían alma y vida más que para buscar entre el laberinto de callejuelas el mejor hueco que les diera salida de tal infierno.
Algunos que advirtieron la imposibilidad de retroceder sin ser despedazados en la pequeña plaza, arriesgáronse a abrirse camino por el mediodía, y vimos que se nos echó encima regular masa de caballería, cuya veloz carrera y varonil decisión nos hizo temblar un momento. Habíamos ocupado la casa del portazgo, y en el breve espacio de tiempo de que dispusimos habíamos amontonado allí algunas piedras, ramas y troncos que encontramos a mano. Se les hizo fuego nutrido, y cuando los briosos caballos saltaban relinchando con furia por entre los obstáculos allí mal puestos, el Crudo lanzose con los suyos, quién a la bayoneta, quién esgrimiendo la navaja, a dar cuenta de los pobres dragones. Estimulados por el ejemplo, corrimos los demás y pudimos detener el empuje de los caballos y desarmar los infantes que tras ellos corrían. Duró poco este lance; pero fue de los de cáscara amarga, y en él perdimos alguna gente, aunque no tanta como los enemigos. Bastantes de estos murieron, y excepto dos o tres que fiados en la enorme bravura de sus caballos lograron escapar, todos los vivos fueron hechos prisioneros.
Cuando presentamos nuestra presa a Don Vicente Sardina y a mosén Antón, que estaban en la plaza dictando órdenes para asegurar la victoria, ambos nos felicitaron con calor.
—Es preciso pegar fuego a este condenado Grajanejos —dijo mosén Antón—. Es un lugar de donde salen todos los espías de los franceses.
—Quemarle, no —repuso Sardina con benevolencia.
—Eso es, eso es —dijo con arrebatos de destrucción el jefe de la caballería—. Mieles y más mieles. Así los pueblos se ríen de nosotros. En Grajanejos han tenido los franceses muy buen acomodo, y se susurra que de aquí han sacado ellos más raciones en un día que nosotros en un mes.
—No se hable más de eso —dijo Sardina—. El pueblo no será quemado. ¿Para qué? No rebajemos la gloria de esta gran jornada con una atrocidad. Gran día ha sido este... Bien sabía yo que los franceses habían de venir aquí... Mosén Antón, nada de quemar. Mande usted saquear el lugar, y al vecino que oculte algo tirarle de las orejas...
—Señor Mosca Verde —dijo mosén Antón a un guerrillero que venía a recibir órdenes—. ¿Cuántos prisioneros tenemos?
—Sesenta y ocho he contado ya. Entre ellos un coronel.
—Es demasiada gente —repuso el cura—; sesenta y ocho bocas a las cuales es preciso dar pan. Sr. Sardina, ¿doy la orden de quintarlos?
—¿Para qué? —dijo el jefe—. Dejémosles las vidas, y los entregaremos sanos y mondos a D. Juan Martín para que haga de ellos lo que quiera... ¿Pero no hay en este infernal pueblo un poco de chocolate?... ¡Sr. Viriato de mil demonios!... que siempre ha de desaparecer el tuno de mi ayudante cuando más lo necesito...
—Aquí estoy, mi general —gritó Viriato que venía corriendo con una sarta de chorizos en la mano—. ¿Pedía vuecencia chocolate? Ya lo he mandado hacer para vuecencia y mosén Antón.
—Yo —dijo este— tengo bastante para todo el día con un pedazo de pan y queso, señor Viriato; o si no, dadme uno de esos chorizos y buscadme un zoquete que lo acompañe... Si todos fueran tan sobrios como yo... Repito que será preciso quintar a los prisioneros, si nuestra gente ha de tener ración para tres días.
—Mando que no se fusile a ningún prisionero —dijo Sardina—. ¿Se niegan los vecinos a dar lo que tienen?
—No, señor —respondió Mosca Verde—. No se niegan, porque como no dan, sino que lo tomamos... Algunas arcas repletas de pan y queso y miel se han encontrado.
—¿Ha muerto alguna gente dentro de las casas?
—Nada más que el tío Genillo, el albéitar, que está clavado en la pared como un murciélago.
—Pero ese chocolate, ese chocolate... Señor Viriato, ¿sabe usted que tengo más hambre que seis estudiantes juntos?
Presentose de improviso Santurrias, diciendo:
—Mi general, hemos encontrado al fin una mujer con cría; pero no quiere dar de mamar al Empecinadillo.
—¡Qué alevosía, qué desacato! —exclamó mosén Antón—. Que la fusilen al momento.
—Venga acá esa señora, y yo la haré entrar en razón —dijo con benevolencia Sardina—. Este Trijueque quiere fusilar a todo el género humano.
El Cid Campeador, la señá Damiana y otro guerrillero trajeron casi a rastras a una mujer joven y hermosa, la cual, clamando al cielo con lastimeros gritos, se esforzaba en desasirse de los brazos de aquellos bárbaros.
—Aquí está, aquí, mi general, la mala patriota, la afrancesada.
—Señora —dijo mosén Antón mirando a la buena mujer con fieros y aterradores ojos—, ¿no sabe usted que la hacienda del buen español ha de ponerse a disposición de los buenos servidores de la patria y del Rey?
—La hacienda, sí; pero no los pechos —repuso la mujer con varonil denuedo.
—Señora, rece usted el Credo —vociferó Trijueque—. Que vengan cuatro escopeteros. Atadle las manos a la espalda.
—Pues qué, ¿me quieren fusilar? —gritó la infeliz con angustia.
—Este condenado mosén Antón —me dijo en voz baja Sardina— quiere hoy una víctima, y al fin habrá que dársela.
Creyendo luego conveniente interponer su autoridad para impedir un hecho abominable, habló así:
—Buena mujer, ponga usted sus pechos a disposición de la patria y del Rey... El Empecinadillo es hijo adoptivo de este ejército... dele usted de mamar, y tengamos la fiesta en paz... Y a usted, Sr. Santurrias, le ordeno que despeche a ese becerro de dos años lo más pronto posible, o que lo deje en cualquiera de estos lugares. Todos los días hay una cuestión por la teta que necesita el muñeco.
La hermosa mujer, comprendiendo el peligro que la amenazaba si no ponía a disposición de la patria los dones que natura le concediera, tomó al muchacho y lo arrimó a su seno. El gusto que debió experimentar nuestro Empecinadillo cuando se vio regalado con lo que en abundancia tenía su improvisada madre, figúreselo el lector, y traiga a la memoria las hambres y los hartazgos de sus verdes niñeces, si es que tan remotas impresiones pueden venir a la memoria. El huerfanillo tragaba con voracidad insaciable, y según la fuerza con que sus manecitas apretaban lo que tenían más cerca, parecía querer tragarse también aquellas partes, causa de su regocijo, y que demostraban la longanimidad del Criador para con la señá Librada, pues tal era el nombre de aquella mujer.
Los circunstantes veían con alborozo el glotón rechupar del huérfano, y aplaudían en coro diciendo:
—¡Cómo traga! ¡La va a dejar en los huesos! Es un fraile dominico que nunca acaba de llenar el buche.
D. Vicente Sardina, que continuaba teniendo más hambre que seis estudiantes, miraba al hijo de la guerrilla con ansiosa envidia.
Cuando el jefe marchó a despachar el almuerzo que le había dispuesto el Sr. Viriato, mosén Antón me dijo:
—Veo que están ustedes indignados, y con mucha razón. No se castiga a nadie, no se escarmienta a los pueblos, no se procura hacer respetables a los soldados de la patria y el Rey... Paciencia, señores. Ustedes están indignados como yo por las blanduras de D. Vicente Sardina y D. Juan Martín. El mal viene de arriba, del jefe de nuestro ejército.
Le respondimos que, en efecto, era grande nuestra cólera; pero que confiábamos en el inmediato triunfo de las ideas de justicia contra la anticuada y rutinaria bondad del jefe de la partida. Él se consoló un poco con esto, y fue a dictar órdenes para la mayor seguridad de los prisioneros.
V
No permanecimos muchas horas en Grajanejos, y cuando la tropa se racionó con lo poco que allí se encontrara, dieron orden de marchar hacia la sierra, en dirección al mismo pueblo de Val de Rebollo, de donde habíamos partido. Nada nos aconteció en el camino digno de contarse, hasta que nos unimos al ejército (pues tal nombre merecía) de D. Juan Martín, general en jefe de todas las fuerzas voluntarias y de línea que en aquel país operaban. El encuentro ocurrió en Moranchel. Venían ellos de Sigüenza por el camino de Mirabueno y Algora, y nosotros, que conocíamos su dirección, pasamos el Tajuña y lo remontamos por su izquierda.
Caía la tarde cuando nos juntamos a la gran partida. Los alrededores de Moranchel estaban poblados de tropa, que nos recibió con aclamaciones por la buena presa que llevábamos, y al punto la gente de nuestras filas se desparramó, difundiéndose entre la muchedumbre empecinada como un arroyo que entra en un río. Encontré algunos conocidos entre los oficiales de línea del segundo y tercer ejército, que Don Juan Martín había recogido en distintos puntos, según las órdenes de Blake, y me contaron la insigne proeza de Calatayud, realizada algunos días antes.
Yo tenía suma curiosidad de ver al famoso Empecinado, cuyo nombre, lo mismo que el de Mina, resonaba en aquellos tiempos con estruendo glorioso en toda la Península, y a quien los más se representaban como un héroe de los tiempos antiguos, resucitado en los nuestros como una prueba de la protección del cielo en la cruel guerra que sosteníamos. No tardé en satisfacer mi curiosidad, porque Don Juan Martín salió de su alojamiento para visitar a los heridos que habíamos traído desde Grajanejos. Cuando se presentó delante de su gente, advertí el gran entusiasmo y admiración que a esta infundía, y puedo asegurar que el mismo Bonaparte no era objeto por parte de los veteranos de su guardia de un culto tan ferviente.
Era D. Juan Martín un Hércules de estatura poco más que mediana, organización hecha para la guerra, persona de considerable fuerza muscular, cuerpo de bronce que encerraba la energía, la actividad, la resistencia, la contumacia, el arrojo frenético del mediodía junto con la paciencia de la raza del norte. Su semblante moreno amarillento, color propio de castellanos asoleados y curtidos, expresaba aquellas cualidades. Sus facciones eran más bien hermosas que feas, los ojos vivos, y el pelo, aplastado en desorden sobre la frente, se juntaba a las cejas. El bigote se unía a las cortas patillas, dejando la barba limpia de pelo, afeite a la rusa que ha estado muy en boga entre guerrilleros, y que más tarde usaron Zumalacárregui y otros jefes carlistas.
Envolvíase en un capote azul que apenas dejaba ver los distintivos de su jerarquía militar, y su vestir era en general desaliñado y tosco, guardando armonía con lo brusco de sus modales. En el hablar era tardo y torpe, pero expresivo, y a cada instante demostraba no haber cursado en academias militares ni civiles. Tenía empeño en despreciar las formas cultas, suponiendo condición frívola y adamada en todos los que no eran modelo de rudeza primitiva, y sí de carácter refractario a la selvática actividad de la guerra de montaña. Sus mismas virtudes y su benevolencia y generosidad, eran ásperas como plantas silvestres que contienen zumos salutíferos, pero cuyas hojas están llenas de pinchos.
Poseía en alto grado el genio de la pequeña guerra, y después de Mina, que fue el Napoleón de las guerrillas, no hubo otro en España ni tan activo ni de tanta suerte. Estaba formado su espíritu con uno de los más visibles caracteres del genio castizo español, que necesita de la perpetua lucha para apacentar su indomable y díscola inquietud, y ha de vivir disputando de palabra u obra para creer que vive. Al estallar la guerra, se había echado al campo con dos hombres, como D. Quijote con Sancho Panza, y empezando por detener correos, acabó por destruir ejércitos. Con arte no aprendido, supo y entendió desde el primer día la geografía y la estrategia, y hacía maravillas sin saber por qué. Su espíritu, como el de Bonaparte en esfera más alta, estaba por íntima organización instruido en la guerra y no necesitaba aprender nada. Organizaba, dirigía, ponía en marcha fuerzas diferentes en combinación, y ganaba batallas sin ley ninguna de guerra, mejor dicho, observaba todas las reglas sin saberlo, o de la práctica instintiva hacía derivar la regla.
Suele ser comparada la previsión de los grandes capitanes a la mirada del águila que, remontándose en pleno día a inmensa altura, ve mil accidentes escondidos a los vulgares ojos. La travesura (pues no es otra cosa que travesura) de los grandes guerrilleros, puede compararse al vigilante acecho nocturno de los pájaros de la última escala carnívora, los cuales, desde los tejados, desde las cuevas, desde los picachos, torreones, ruinas y bosques, atisban la víctima descuidada y tranquila para caer sobre ella.
En las guerrillas no hay verdaderas batallas; es decir, no hay ese duelo previsto y deliberado entre ejércitos que se buscan, se encuentran, eligen terreno y se baten. Las guerrillas son la sorpresa, y para que haya choque es preciso que una de las dos partes ignore la proximidad de la otra. La primera calidad del guerrillero, aun antes del valor, es la buena andadura, porque casi siempre se vence corriendo. Los guerrilleros no se retiran, huyen, y el huir no es vergonzoso en ellos. La base de su estrategia es el arte de reunirse y dispersarse. Se condensan para caer como la lluvia, y se desparraman para escapar a la persecución; de modo que los esfuerzos del ejército que se propone exterminarlos son inútiles, porque no se puede luchar con las nubes. Su principal arma no es el trabuco ni el fusil: es el terreno; sí, el terreno, porque según la facilidad y la ciencia prodigiosa con que los guerrilleros se mueven en él, parece que se modifica a cada paso prestándose a sus maniobras.
Figuraos que el suelo se arma para defenderse de la invasión; que los cerros, los arroyos, las peñas, los desfiladeros, las grutas son máquinas mortíferas que salen al encuentro de las tropas regladas, y suben, bajan, ruedan, caen, aplastan, separan y destrozan. Esas montañas que se dejaron allá y ahora aparecen aquí; estos barrancos que multiplican sus vueltas; esas cimas inaccesibles que despiden balas; esos mil riachuelos, cuya orilla derecha se ha dominado, y luego se tuerce presentando por la izquierda innumerable gente; esas alturas, en cuyo costado se destrozó a los guerrilleros, y que luego ofrecen otro costado donde los guerrilleros destrozan al ejército en marcha: eso, y nada más que eso, es la lucha de partidas; es decir, el país en armas, el territorio, la geografía misma batiéndose.
Tres tipos ofrece el caudillaje en España, que son: el guerrillero, el contrabandista, el ladrón de caminos. El aspecto es el mismo: solo el sentido moral los diferencia. Cualquiera de esos tipos puede ser uno de los otros dos sin que lo externo varíe, con tal que un grano de sentido moral (permítaseme la frase) caiga de más o de menos en la ampolleta de la conciencia. Las partidas que tan fácilmente se forman en España, pueden ser el sumo bien o mal execrable. ¿Debemos celebrar esta especial aptitud de los españoles para congregarse armados y oponer eficaz resistencia a los ejércitos regulares? ¿Los beneficios de un día son tales que puedan hacernos olvidar las calamidades de otro día? Esto no lo diré yo, y menos en este libro, donde me propongo enaltecer las hazañas de un guerrillero insigne que siempre se condujo movido por nobles impulsos, y fue desinteresado, generoso, y no tuvo parentela moral con facciosos, ni matuteros, ni rufianes, aunque sin quererlo y con fin muy laudable, cual era el limpiar a España de franceses, enseñó a aquellos el oficio.
Los españoles nacieron para descollar en varias y estimadísimas aptitudes, por lo cual tenemos tal número de santos, teólogos, poetas, políticos, pintores; pero con igual idoneidad sobresalen en los tres tipos que antes he indicado, y que a los ojos de muchos parece que son uno mismo, según las lamentables semejanzas que la Historia nos ofrece. Yo traigo a la memoria la lucha con los romanos y la de siete siglos con los moros, y me figuro qué buenos ratos pasarían unos y otros en esta tierra, hostigados constantemente por los Empecinados de antaño. Guerrillero fue Viriato, y guerrilleros los jefes de mesnada, los adelantados, los condes y señores de la Edad Media. Durante la monarquía absoluta, las guerras en país extraño llevaron a América, Italia, Flandes y Alemania a todos nuestros bravos. Pero cesaron aquellos gloriosos paseos por el mundo, y España volvió a España, donde se aburría, como el aventurero retirado antes de tiempo a la paz del fastidioso hogar, o como D. Quijote lleno de bizmas y parches en el lecho de su casa, y ante la tapiada puerta de su biblioteca sin libros.
Vino Napoleón y despertó todo el mundo. La frase castellana echarse a la calle, es admirable por su exactitud y expresión. España entera se echó a la calle, o al campo; su corazón guerrero latió con fuerza, y se ciñó laureles sin fin en la gloriosa frente; pero lo extraño es que Napoleón, aburrido al fin, se marchó con las manos en la cabeza, y los españoles, movidos de la pícara afición, continuaron haciendo de las suyas en diversas formas, y todavía no han vuelto a casa.
La guerra de la Independencia fue la gran academia del desorden. Nadie le quita su gloria, no, señor: es posible que sin los guerrilleros la dinastía intrusa se hubiera afianzado en España, por lo menos hasta la Restauración en Francia. A ellos se debe la permanencia nacional, el respeto que todavía infunde a los extraños el nombre de España, y esta seguridad vanagloriosa, pero justa, que durante medio siglo hemos tenido de que nadie se atreverá a meterse con nosotros. Pero la guerra de la Independencia, repito, fue la gran escuela del caudillaje, porque en ella se adiestraron hasta lo sumo los españoles en el arte para otros incomprensible de improvisar ejércitos y dominar por más o menos tiempo una comarca; cursaron la ciencia de la insurrección, y las maravillas de entonces las hemos llorado después con lágrimas de sangre. ¿Pero a qué tanta sensiblería, señores? Los guerrilleros constituyen nuestra esencia nacional. Ellos son nuestro cuerpo y nuestra alma; son el espíritu, el genio, la Historia de España; ellos son todo, grandeza y miseria, un conjunto informe de cualidades contrarias, la dignidad dispuesta al heroísmo, la crueldad inclinada al pillaje.
Al mismo tiempo que daban en tierra con el poder de Napoleón, nos dejaron esta lepra del caudillaje que nos devora todavía. ¿Pero estáis definitivamente juzgados ya, oh insignes salteadores de la guerra? ¿Se ha formado ya vuestra cuenta, oh Empecinado, Porlier, Durán, Amor, Mir, Francisquete, Merino, Tabuenca, Chaleco, Chambergo, Longa, Palarea, Lacy, Rovira, Albuín, Clarós, Saornil, Sánchez, Villacampa, Cuevillas, Aróstegui, Manso, el Fraile, el Abuelo?
No sé si he nombrado a todos los pequeños grandes hombres que entonces nos salvaron, y que en su breve paso por la Historia dejaron la semilla de los Misas, Trapense, Bessières, el Pastor, Merino, Ladrón, quienes a su vez criaron a sus pechos a los Rochapea, Cabrera, Gómez, Gorostidi, Echevarría, Eraso, Villarreal, padres de los Cucala, Ollo, Santés, Radica, Valdespina, Samaniego, Tristany, varones coetáneos que también engendrarán su pequeña prole para lo futuro.
VI
Perdóneseme la digresión, y a toda prisa vuelvo a mi asunto. No sé si por completo describí la persona de D. Juan Martín, a quien nombraban el Empecinado, por ser tal mote común a los hijos de Castrillo de Duero, lugar dotado de un arroyo de aguas negruzcas, que llamaban pecina. Si algo me queda por relatar, irá saliendo durante el curso de la historia que refiero; y como decía, señores, D. Juan Martín salió de su alojamiento a visitar los heridos, y al regresar, envionos a mi compañero y a mí orden de que nos presentásemos a él.
Después de tenernos en pie en su presencia un cuarto de hora sin dignarse mirarnos, fija su atención en los despachos que redactaba un escribiente, nos preguntó:
—A ver, señores oficiales, díganme con franqueza qué les gusta más: ¿servir en los ejércitos regulares o en las partidas?
—Mi general —le respondí—, nosotros servimos siempre con gusto allí donde tenemos jefes que nos den ejemplo de valor.
No nos contestó, y fijando los ojos en el oficio que torpemente escribía el otro a su lado, dijo con muy mal talante:
—Esos renglones están torcidos... ¡qué dirá el general cuando tal vea!... Pon muy claro y en letras gordas eso de obedeciendo las órdenes de vuecencia... pues. Después de los latines... (porque estos principios son latines o boberías), pon: participo a vuecencia y pongo en conocimiento de vuecencia; pero son estos muchos vuecencias juntos...
El Empecinado se rascaba la frente buscando inspiración.
—Bueno: ponlo de cualquier modo... Ahora sigue... que hallándonos en Ateca el general Durán y yo... Animal, Ateca se pone con H... eso es, que hallándonos en Ateca risolvimos... está muy bien... risolvimos con dos erres grandes a la cabeza... así se entiende mejor... atacar a Calatayud... Calatayud también se pone con H... no, me equivoco. ¡Maldita gramática!
Luego, volviéndose a nosotros, nos dijo.
—Aguarden ustedes un tantico, que estoy dictando el parte de la gran acción que acabamos de ganar.
Emprendiéndola de nuevo con el escribiente, prosiguió así:
—¡Si tú supieras de letras la mitad que aquel bendito escribano de Barriopedro, que nos mataron el mes pasado! Estas letras gordas y claras con un rasguito al fin que dé vueltas, y los palos derechitos... Cuidado con los puntos sobre las íes... que no se te olviden... ponlos bien redondos... Sigamos. Yo (coma) no llevaba conmigo (coma) más que la mitad (coma) de la gente (dos comas).
—No son necesarias tantas comas —replicó con timidez el escribiente.
—La claridad es lo primero —dijo el héroe—, y no hay cosa que más me enfade que ver un escrito sin comas, donde uno no sabe cuándo ha de tomar resuello. Bien: puedes comearlo como quieras... Adelante... porque había dejado en tierra de Guadalajara la división de D. Antonio Sardina; pero Durán llevaba consigo toda su gente, y toda la de D. Antonio Tabuenca y D. Bartolomé Amor (punto, punto grande). Reuníamos entre todos 5.000 hombres... ¿Hombres con h? Me parece que se pone sin h... No estoy seguro. En el infierno debe estar el que inventó la otografía, que no sirve más sino para que los estudiantes y los gramáticos se rían de un general... Adelante: Pues como iba diciendo a vuecencia... no, no: quita el como iba diciendo... eso no es propio, y pon: el 26 de septiembre entre dos luces, aparecimos Durán y yo sobre Calatayud y les sacudimos a los franceses tan fuerte paliza...
—Eso de la paliza —dijo el escribiente mordiendo las barbas de la pluma— no me parece tampoco muy propio.
—Hombre, tienes razón —repuso el Empecinado rascándose la sien y plegando los párpados—. Pero es lo cierto que no sabe uno cómo decir las cosas para que tengan brío... En los oficios se han de poner siempre palabritas almibaradas, tales como embestir, atacar, derrotar, y no se puede decir les sacudimos el polvo, ni les espachurramos, lo cual, al decirlo, parece que le llena a uno la boca y el corazón. Escribe lo que quieras... Bien: les embestimos, desalojándoles de la altura que llaman los Castillos, y pescando algunos prisioneros.
Entusiasmado por el recuerdo de su triunfo volviose a nosotros, y con semblante vanaglorioso nos dijo:
—Bien hecho estuvo aquello, señores. Si les hubiesen visto ustedes cómo corrían... Y eso que había mucha diferiencia en las fuerzas. Ellos eran más... Pon eso también —añadió dirigiéndose al escribiente—, pon lo de la diferiencia... así, está bien. Ahora sigue: La guarnición se encerró en el convento fortificado de la Merced, y los mandaba un tal musiú Muller... escribe con cuidado eso del musiú... se pone MOSIEURRE... muy bien... Ahora descansemos, y un cigarrito.
D. Juan Martín nos dio a cada uno de los presentes un cigarrillo de papel, y fumamos. Aunque habló por breve rato de asuntos ajenos a la acción de Calatayud, el general no podía apartar de su mente la comunicación que estaba redactando, y dijo a su amanuense:
—Vamos a ver. Adelante. Pues como iba diciendo a vuecencia... no: eso no; ¡maldita costumbre! Pon: Durán atacó el convento de la Merced, y como no tenía artillería abrió minas... en fin, para no cansar a vuecencia, Durán los amoló.
El escribiente, comiéndose otra vez las barbas de la pluma, miró al general con expresión dubitativa.