LA FAMILIA DE LEÓN ROCH
Es propiedad. Queda hecho el depósito que marca la ley. Serán furtivos los ejemplares que no lleven el sello del autor.
Est. tip. de los Hijos de Tello. Carrera de San Francisco, 4.
NOVELAS ESPAÑOLAS CONTEMPORÁNEAS
POR
B. PÉREZ GALDÓS
(Primera época.)
LA FAMILIA
DE
LEÓN ROCH
TOMO II
30.000
MADRID
LIBRERÍA DE LOS SUCESORES DE HERNANDO
Calle del Arenal, núm. 11.
1920
LA FAMILIA DE LEÓN ROCH
SEGUNDA PARTE
(CONTINUACIÓN)
X
Razón frente á pasión.
Al día siguiente recibió León un anónimo, después la visita de dos amigos que le comunicaron algo muy interesante, pero también muy penoso para él, y á consecuencia de esto pasó en gran desasosiego el día y en vela la noche. Levantóse temprano y anunció á Facunda que se marchaba; una hora después, dijo: «No: me quedo, debo quedarme.» Por la tarde salió á pasear á caballo, y al regreso envió un recado á Pepa, diciéndole que deseaba hablar con ella. Desde el día en que se supo la noticia de la muerte de Cimarra, León no había visto á la hija del Marqués de Fúcar sino dos ó tres veces. Un sentimiento de delicadeza le había impedido menudear sus visitas á Suertebella.
Recibióle Pepa poco después de anochecer en la misma habitación donde Monina había estado enferma y moribunda. La graciosa niña, medio desnuda sobre la cama, se rebelaba contra la regla que manda dormir á los chicos á prima noche, y sin hacerse de rogar como otras veces, contaba todos los medios cuentos que sabía, y decía todas sus chuscadas y agudezas; empezaba una charla que concluía en risa, y castigaba á su muñeca después de darla de mamar; saludaba como las señoras, y con sus dedillos hacía un aro para imitar el lente monóculo del Barón de Soligny. Después de mucha batahola, vacilando entre la risa y una severidad fingida, Pepa logró hacerla arrodillar, cruzar las manos y decir de muy mala gana un hechicero Padrenuestro, mitad comido, mitad bostezado. Siguió á esta oración el Con Dios me acuesto, con Dios me levanto, y como si esta ingenua plegaria tuviese en cada palabra virtud soporífera, Monina guiñó los ojos, cerró sus párpados con dulce tranquilidad, y murmurando las últimas sílabas, quedóse dormida en los brazos del Señor. Después que ambos la contemplaron en silencio durante largo rato, León la besó en la frente.
«Adiós, nena,—dijo con cierta emoción.
—¿Y por qué adiós?—preguntó Pepa muy inquieta.—¿Te vas?
—Sí.
—Me avisaste que querías hablarme.
—Despedirme.
—¿No estás bien aquí?
—Demasiado bien; pero no debo estar.
—No te comprendo. ¿Te has reconciliado con tu mujer?
—No.
—¿Vas al extranjero?
—Tal vez.
—¿A dónde?
—No lo sé todavía.
—Pero avisarás, escribirás, dirás: «estoy en tal parte.»
—Es posible que no te diga nada.»
Pepa miró torvamente al suelo.
«Es necedad que tú y yo hablemos con medias palabras y con frases veladas y enigmáticas—dijo León.—Hace algunos meses que hablamos como los que ocultan una intención perversa. Si hay maldad, mejor estará dicha que hipócritamente ocultada. Es preciso decirlo todo. Desde que perdí completamente las ilusiones de mi bienestar doméstico, frecuento tu casa; quizás, ó sin quizás, la he frecuentado demasiado en este tiempo. Mi soledad, mi tedio mi anhelo de saborear la vida de los afectos, hacíanme buscar ese arrimo que al alma humana es tan necesario como el equilibrio al cuerpo. Yo estaba helado; ¿qué extraño es que me detuviera allí donde encontré un poco de calor? Empecé admirando á Monina y acabé por adorarla, porque yo tenía, más que afán, rabiosa sed de afectos íntimos, de amar y ser amado. ¡Es tan fácil hacerse amar de un niño!... Yo sentía en mí afanes imperiosos de deleitarme en cosas pueriles, de poner mi corazón, vacío ya de grandes afecciones, bajo los piececillos de un chicuelo para que lo pateara. No sé cómo explicártelo... presumo que tú comprenderás esto. Se me figura que lees en mí, así como tú no me eres, no, desconocida. Me parece que hace tiempo estamos representando una comedia...
—Yo no represento jamás,—dijo Pepa con aplomo.
—Pues yo tampoco. Oye lo que ha pasado en mí. Yo me sentía solo en mi casa, solo en la calle, solo en medio de la sociedad más bulliciosa, solo en todas partes menos junto á tí. Una fatalidad... Pero no demos este cómodo nombre á lo que es resultado de nuestra imprevisión y nuestros errores... digamos que la situación creada por nosotros mismos nos impedía declarar con la frente alta un afecto del corazón... Ambos éramos casados.
—Sí,—dijo con serenidad y firmeza la de Fúcar, como si ella hubiera ya pensado muchas veces aquello mismo, y considerándolo bajo infinitos aspectos.
—Ahora ya tú no lo eres; yo sí. La situación es casi la misma. Pero tu viudez me ha hecho más insensato... Yo no debo estar aquí, y sin embargo estoy; y cuando veo ese color negro de tus vestidos y del vestido de Monina, siento en mí no sé qué horrible levadura de osadía y sacrilegio; lucho por ahogarla y callarme; pero tú misma, con una fuerza de atracción de que apenas te das cuenta, me obligas... no puedo decirlo de otro modo, me obligas á decirte que te amo, que te amo desde hace tiempo... No tengo fuerzas ni palabras para maldecir un sentimiento que en mí ha nacido de este lúgubre destierro doméstico en que vivo, y en tí... no sé de qué.
—Nació conmigo—afirmó Pepa, que apenas respiraba.—Me has dicho una cosa que presumía mi corazón... ¡Pero oírtela decir... oir de tu misma boca, aquí, delante de mí... donde sólo Dios y yo podemos oirlo!...»
Le faltó la voz. Transfigurada y sin color como el moribundo, no pudo hallar para el desahogo de su alma lenguaje más propio que apoderarse de una mano de León y besársela tres veces con ardiente ternura.
«Hemos llegado á una situación difícil—dijo él.—Afrontémosla con dignidad.
—¿Situación difícil?—indicó Pepa, con cierta sorpresa candorosa, como si la situación le pareciera á ella muy fácil.
—Sí; porque á estas horas somos víctimas de la calumnia.»
Pepa alzó los hombros, como queriendo decir: «¿Y qué me importa á mí la calumnia?
—Convendrás conmigo en que he cometido una gran falta en venir á vivir tan cerca de tí.
—¿Falta? ¿Falta venir aquí?—dijo la dama dando á entender que si aquello era falta, también lo era la salida del sol.
—Falta ha sido. Te advierto que yo, á quien muchos tienen por hombre de entendimiento, me equivoco siempre en las cosas prácticas.»
Pepa indicó su conformidad con aquella idea.
«Mi último error ha desatado la lengua á la maledicencia, ¡Pobre amiga mía! Ya es cosa averiguada en Madrid que á los dos meses de viuda tienes un amante, que ese amante soy yo, que vivimos juntos injuriando la moral pública. No contenta con esto, la gente hace un odioso trabajo retrospectivo, dando á nuestras relaciones criminales un origen remoto, y de esto resulta una afirmación fuera de toda duda.
—¿Cuál?
—Que Monina es hija mía.»
Pepa se quedó un instante perpleja. Creeríase que la tremenda afirmación no hacía gran mella en su alma. Argumentando mentalmente, no sabemos de qué modo, dijo:
«Pues bien: cuando la calumnia es tan grosera, tan absurda, no debemos afligirnos por ella.
—¿Sabes tú cuál es el escudo en que la calumnia puede estrellarse?—le dijo León con serenidad.—¿Lo sabes tú? Pues es la inocencia. Nuestra inocencia, Pepa, es tan sólo relativa, ó mejor dicho, parcial. Las hablillas que nos agobian llevan en sí algo de fundado: se equivocan sólo en los hechos. Mienten cuando dicen que soy tu amante y que vivimos juntos; pero aciertan cuando dicen que te amo. Mienten cuando dicen que Monina es hija mía; pero...»
Pepa no le dejó concluir. A borbotones se le salieron las palabras de la boca para exclamar con júbilo:
«Pero aciertan al decir que la adoras como su fuera tu hija: lo mismo da.
—La calumnia se equivoca en los hechos; pero á falta de hechos hay intenciones, sentimientos, esperanzas. Contéstame: ¿crees tú que somos inocentes?
—No. Por lo menos yo no lo soy. La calumnia que ha caído sobre mí y me hiere en mi honor, parece que trae consigo algo de justicia—afirmó Pepa con acento patético.—¡La miro con menos horror del que debía sentir, porque hay dentro de mí tanto, tanto, que podría justificar una parte, lo principal, el fundamento de ella!... Tú eres una persona de rectitud y de conciencia; yo no lo soy. Estoy acostumbrada á cultivar, acariciándolos en el secreto y en la soledad de mi alma, sentimientos contrarios á mi deber; yo soy una mujer mala, León; yo no merezco ese afecto tardío que sientes por mí; yo soy criminal, y como criminal no puedo tener ese pavor escrupuloso que tú tienes á la calumnia.
—Pepa, Pepa, no hables de ese modo—dijo León estrechando la mano de su amiga.—No es así como te he visto y te he contemplado en mi alma, cuando te apoderabas de ella y lentamente te hacías reina de todos mis afectos.
—¡Oh! Si no te gusto así—replicó la de Fúcar en un tono de amargura y dolor que obscurecía sus palabras,—¿por qué no viniste á tiempo? Si hubieras llegado cuando se te esperaba, ¡qué pureza y qué elevación de sentimientos habrías podido hallar! ¡Qué noble y santa pasión, tan propia y tan digna de tí! Si hubieras venido á tiempo, dignándote agraciar con una palabra de amor á la voluntariosa, á la pobre loca, á la necia, ¡qué hermoso tesoro de afectos habrías descubierto, tesoro íntegramente reservado para tí y que en tus manos habría perdido su tosquedad!... Yo parecía no valer nada; yo era una calamidad, ¿no es cierto?... Es que yo quería estar en manos que no querían cogerme; era un instrumento muy raro que no podía dar sonidos gratos sino en las manos para que se creía nacido. Fuera de mi dueño natural, todo en mí era desacorde y disparatado... No te quejes ahora si me encuentras un poco destituida de conciencia y con escaso, muy escaso sentido moral. Yo he llevado una vida de lucha incansable y espantosa conmigo misma, de desacuerdo constante con todo lo que me rodeaba; he llevado sobre mí el peso de un desprecio recibido, y este desprecio, extraviándome la razón y haciéndome correr de desatino en desatino, me ha quitado aquella pureza de sentimientos que un tiempo guardé y atesoré para quien no quiso tomarla. No soy tan rigorista como tú; no tengo valor para mayores sacrificios, porque mi corazón está fatigado, herido, lleno de llagas como el loco que se muerde á sí mismo; no creo al mundo con derecho á exigirme que me atormente más, y así te ruego que tampoco seas rigorista, que no hagas caso de la moral enclenque de la sociedad, que des algo al corazón, que sigas viviendo aquí, que me visites todos los días, y que me pagues algo de lo mucho que me debes, queriéndome un poco.»
No pudo conservar su entereza hasta el fin del discurso, y rompió á llorar.
«Mi necio orgullo—dijo León, más bien acusándose que defendiéndose,—nos hizo á entrambos desgraciados. ¡Que aquel desprecio que te hice caiga sobre mi cabeza; que todos los infortunios ocasionados por mi error sean para mí!
—No más infortunios, no. Basta con los pasados. La culpa toda no fué tuya. Yo no tenía más cualidad buena que la de quererte; yo hacía locuras, yo desvariaba. Comprendo tu preferencia por otra, que además era guapa; yo nunca he sido bonita... ¡Y ahora vienes á mí, después de tanto tiempo, por los caminos más raros; y ahora...!»
Un sacudimiento nervioso desfiguró las facciones de Pepa. Hizo un gesto de pavura, como apartando de sí una visión terrible, y exclamó sordamente:
«¡Tu mujer vive!»
No encontró León palabras para comentar ni para atenuar la terrible elocuencia de esta frase. Humillando su frente, calló.
«¡La hermosa, la santa, la perfecta!...—añadió Pepa con júbilo.—¿Pero no es así más grande mi triunfo? Has venido á mí, la abandonas.
—No, no...—dijo León vivamente.—Yo he sido abandonado. Yo he querido á mi mujer, yo he sido fiel esclavo de mi juramento hasta ahora, hasta ahora que lo he roto.
—Bien roto está—afirmó la de Fúcar briosa.—¿Por qué temes el fallo de los tontos? ¿Por qué el fantasma de tu mujer te aleja de mí?
—Pepa, amiga querida, tu despreocupación me causa miedo.
—Ya te he dicho que yo no tengo sentido moral: lo perdí, me lo quitaste tú con la última ilusión. Perder toda ilusión ¿no equivale á ser mala? Yo fuí mala desde aquella noche horrenda en que la última esperanza salió de mí como si hubiera salido el alma dejándome yerta, vacía, helada, verdaderamente loca. Desde entonces, todo en mí ha sido desvariar: me casé lo mismo que me hubiera arrojado á un río; me casé en vez de suicidarme. No supe lo que hice. Si al menos hubiera tenido educación... Pero tampoco tenía educación. Yo era un salvaje que ostentaba riquezas, fórmulas sociales y apariencias deslumbradoras, como otros cafres se adornan con plumas y vidrios. ¡Luego aquel despecho, aquel puñal clavado en mi corazón!... El despecho me inclinaba á entregar al menos digno lo que yo reservaba para el más digno. ¿No había podido obtener el primero? Pues me entregaba al último. ¿No recuerdas que echaba mis joyas al muladar? Pues lo mismo quería hacer conmigo. ¿De qué servía mi pobre ser despreciado? ¡Casarme con un hombre estimable, con un hombre de bien! eso habría sido tonto... ¡Qué gusto tan grande aborrecer al más cercano, al que el mundo llamaba mi mitad y la Iglesia mi compañero! Es que yo quería ser mala. Ya sabes que en ciertas esferas, á la joven de malos instintos que quiere entrar en la libertad, se le abre una puerta muy ancha. ¿Cuál es? El matrimonio. En mi turbación decía yo: «soy rica, me casaré con un imbécil, y seré libre.» ¡Pero no pensé en mi pobre padre! ¡Qué mala he sido! Muchas hacen lo mismo que hice yo, pero sin tan fatales consecuencias. Al casarme, todas las desgracias cayeron sobre mi casa... Yo era libre, continuaba en la desesperación, y en tanto tú... lejos, siempre lejos de mí. Tu honradez me enloquecía y me hacía meditar. ¿Creerás que me sentía abofeteada por tu honradez, y que á veces mi alma se encariñaba con la idea de ser también honrada?... No sé dónde hubiera concluído. Al fin Dios me salvó dándome esta hija, que al nacer me trajo lo que nunca había yo conocido, tranquilidad. Cuando á mi lado crecía Monina, yo adquirí por don milagroso cultura de espíritu, sensatez, amor al orden, sentido común. Fuí otra, fuí lo que hubiera sido desde luego pasando de los delirios de mi amor contrariado á la paz y al yugo de tu autoridad de esposo. Ahora me encuentras curada de aquellas extravagancias que me hicieron célebre; pero no soy tan buena como debería serlo: hay en mí un poco, quizás mucho, de falta de temor de Dios; no me hallo dispuesta á sacrificar mis sentimientos á las leyes que tanto me han martirizado, y así te digo: libre soy, libre eres...
—Yo...
—Sí, tú; porque libre es quien rompe sus cadenas. ¿No dices que has sido abandonado?
—Sí.»
Vacilación dolorosa se pintaba en las facciones de León.
«¡Oh, ya veo que aquí la abandonada siempre soy yo, siempre yo!—exclamó Pepa con desesperación.—Bien, bien.
—Abandonada no; pero hay una imposibilidad moral que ni tú ni yo debemos despreciar. Yo me hallo en el conflicto quizás más delicado y temeroso en que hombre alguno se ha visto jamás.»
Pepa fijó en él sus ojos, atendiendo con toda el alma á lo que iba á decir.
«Soy casado. No amo á mi mujer ni soy amado por ella; somos incompatibles; entre los dos existe un abismo; nos separa una antipatía inmensa. ¿Pero por qué mi mujer ha llegado á ser extraña para mí? No ha sido por adulterio: mi mujer es honrada y fiel, mi mujer no ha manchado mi nombre. Si hubiera sido adúltera, la habría matado; pero no puedo matarla, ni puedo divorciarme, y hasta la separación legal es imposible. No nos ha separado el crimen, sino la religión. ¿De qué acuso á mi mujer? De que es fanática creyente en su religión. ¿Acaso esto es una falta? ¡Quién puede decirlo! A veces viene á mi mente un sofisma, y me digo que puedo acusarla de demencia. ¡Horrible idea! ¿Con qué derecho me atrevo á llamar demencia á la práctica exagerada de un culto? Sólo Dios puede determinar lo que en el fondo de la conciencia pasa, y fijar el límite entre la piedad y el fanatismo.»
Al expresarse así en frases entrecortadas y preguntas y respuestas, la boca de León, por donde aquel lenguaje agitado y vivo salía, era como un tribunal donde se discutían el pro y el contra de un crimen.
«Mi mujer ha faltado al cariño, que es ley del matrimonio como lo es la fidelidad—añadió;—pero no ha escarnecido ni llenado de befa mi nombre. Mi nombre está puro. ¿Hay bastante motivo para que yo me declare libre?
—Sí, porque tu mujer no te ama, porque ella ha destruido el matrimonio.
—Lo ha destruido por el fanatismo religioso. Y yo miro á mi conciencia turbada y digo: «¿No seré yo tan culpable como ella?» Así como ella tiene creencias que la impelen á aborrecerme, ¿no tengo yo también otras que me la hacen aborrecible? ¿Por ventura no seré también fanático?
—¡Tú no: ella, ella!—afirmó Pepa con encono.
—En el extremo á que nuestra desunión ha llegado, ¿quién es más culpable? María es incapaz de toda acción verdaderamente deshonrosa... Es fanática, sí, y de pocas luces; pero su fidelidad no puede ponerse en duda. A mí no me ama; pero tampoco á otro. ¿Por ventura no soy más culpable yo, que amo fuera de casa?»
Pasó la mano por su frente abrasada; después meditó para buscar salida á aquel dédalo terrible.
«Y en caso de que pueda declararme libre—dijo al fin,—no puedo unirme con otra, no puedo tratar de formarme una nueva familia, ni por la ley ni por la conciencia. Debo aceptar las consecuencias de mis errores. No soy, no puedo ser como la muchedumbre, para quien no hay ley divina ni humana; no puedo ser como esos que usan una moral en recetas para los actos públicos de la vida, y están interiormente podridos de malos pensamientos y de malas intenciones. La familia nueva que yo pueda formar será siempre una familia ilegítima... hijos deshonrados y sin nombre... No creas tú que al hablarte así y al asustarme de la situación en que nos hallamos, obedezco á las hablillas de Madrid, ni que me fundo, para tratar de ilegitimidad, en el sentido de la ley, que casi es impotente para resolver esta cuestión tremebunda: obedezco y atiendo á mi conciencia, que tiene el don castizo de hacerme oir siempre su voz por cima de todas las otras voces de mi alma. Interroga tú también á tu conciencia...»
Pepa se inclinó suavemente como si fuera á caer desfallecida, y sosteniéndose la frente con la mano, murmuró:
«Mi conciencia es amar.»
Este arranque de sensibilidad tenía elocuencia concisa en los labios de la que conservaba en su alma tesoros inmensos de ternura, y habiendo estado mucho tiempo sin saber qué hacer de ellos, aún se veía condenada á la reserva, y á desarrollar sus afectos en la vida calenturienta y tenebrosa de la imaginación.
XI
Esperar.
«Represéntate—le dijo León,—todo lo que hay de odioso y de disolvente en una familia ilegítima, mejor dicho, inmoral... hijos sin nombre... la imagen siempre presente de la que...
—No la nombres... te repito que no la nombres—dijo Pepa, procurando que su enojo no pareciera muy violento.—Su fanatismo loco la excluye, la excluye.
—¿Y si también yo soy fanático?
—No importa.
—Bien: contra la turbación que á tu mente y á la mía pueda traer esa idea, hay un remedio.
—¿Cuál?
—Esperar.
—Esperar—murmuró la de Fúcar moviendo la cabeza, en cuyo centro la palabra esperar retumbaba con eco lúgubre.—¡Esperar, ese es mi destino! Hay alguien para quien la esperanza no es una dulzura, sino un tormento.
—¿Ves ese ángel?—le dijo León señalando á Monina, que dormía muy ajena á la tempestad que arrullaba su sueño de pureza.—Pues ahí tienes tu verdadera conciencia. Cuando las agitaciones pasadas y tu despecho, aún no extinguido, te empujen por una senda extraviada, pon en el pensamiento á tu hija. ¡Verás qué prodigioso amuleto! Lo que cien sermones y toda la lógica del mundo no podrían enseñarte, te lo enseñará una sonrisa de esta criatura, que por su pura inocencia parece que no es aún de este mundo, y en cuyos ojos verás siempre un reflejo de la verdad absoluta.
—¡Es verdad, es verdad!—exclamó Pepa rompiendo en llanto.
—Esos ojos y ese rostro divino son un espejo, en el cual, si sabes mirarlo, verás algo del porvenir. Considera á tu hija ya crecida, considérala mujer. Dentro de quince años, ¿te gustará que una voz malévola susurre en su oído palabras deshonrosas acerca de la conducta de su desgraciada madre? Figúrate el trastorno de su conciencia pura cuando le digan: «tu madre no esperó á que pasaran dos meses de viudez para tomar por amante á un hombre casado, al esposo de una mujer honrada.»
—¡Oh! no, no—gritó Pepa con súbita indignación.—No le dirán eso.
—Se lo dirán, ¿por qué no? Se dice lo que es mentira, ¿cómo no habrá de decirse lo que sería verdad? ¿Has reflexionado en la influencia decisiva, lógica, que tienen sobre la conducta de los hijos las acciones de los padres?... Hay en las familias una moral retrospectiva que evita muchas caídas y deshonras.
—Por favor, no me hables de que mi hija deje de ser la misma virtud,» dijo Pepa con brío, anegada en lágrimas.
Callaron ambos, y sentados junto al lecho de Ramona, enlazados los brazos, casi juntas las caras, envueltos en una atmósfera de ternura que de ambos emanaba con el aire tibio de la respiración, estuvieron largo rato contemplando íntimamente su dicha. En el fondo, muy en el fondo del alma de Pepa, había una idea que hablaba así: «Hija de mi vida, soy feliz haciéndome la ilusión de que eres toda mía y de que puedo darte á quien me agrade. Naciste de mis entrañas y de mi pensamiento.»
Después se apartaron de la cama donde dormía la pequeñuela. Pepa se sentó en un ángulo de la sala.
«Ya es hora de que me retire,—indicó León.
—¿Ya?» murmuró la dama con sorpresa y temor, acariciándole con su mirada.
León iba á decir algo; pero calló de improviso, porque había sentido pasos. El Marqués de Fúcar entró en la habitación. Tenía costumbre de despedirse de su hija y de su nieta antes de recogerse. Al ver á León manifestó sorpresa, aunque la hora no era impropia ni desusada la visita.
«Pues qué, ¿está mala la chiquilla?
—No, papá. Está buena.
—¡Ah!... Me figuré...»
El Marqués besó á su nieta.
«Gracias á Dios que se te ve por aquí,—dijo cariñosamente á León.
—He venido á despedirme de Pepa... y de usted.
—¿Viajas? Hombre, es lo mejor que puede hacer un cónyuge aburrido. ¿Hacia dónde vas?
—No lo sé todavía.
—¿Y sales?...
—Mañana.
—Si vas á París te daré un encargo. ¿No habrá tiempo mañana?... Pasaré por tu casa temprano... Yo me voy á mi cuarto: tengo jaqueca.»
León comprendió que debía retirarse al momento. «Adiós, adiós,» dijo estrechando las manos de la hija del Marqués.
La mirada de Pepa y la de él se cruzaron como las dos espadas de un duelo: la de ella era todo enojo por aquella súbita despedida. Después León miró un momento á Monina y salió con apariencia serena. Al pasar por las espléndidas habitaciones silenciosas, se sentía extraño en ellas; pero la hermosa estancia de donde acababa de salir le parecía tan suya, que casi estuvo á punto de volver para respirar un instante más aquella atmósfera de paz y sosiego, saturada del delicioso perfume del hogar propio, que simplemente se formaba del amor de una mujer y del sueño de un niño.
Al retirarse á su cuarto, D. Pedro le dijo:
«Estoy muy inquieto por no haber recibido detalles de la muerte de Federico.»
Sin responder nada, León salió del palacio al jardín. Tanto le llamaban de atrás sus afectos, que á cada seis pasos se detenía. Había entrado en la alameda, cuando se sintió llamado por una voz, por un ce que sonaba como la vibración del aire al paso de una saeta. Se volvió: era Pepa, que hacia él iba, envuelta en un pañuelo de cachemira, descubierta la cabeza, vivo el paso, difícil la respiración. Su mano hizo presa con fuerza en la mano del matemático.
«No he podido resignarme á que te despidas así—le dijo.—Eso no está bien.
—Así debió ser...—replicó León muy turbado.—¿Y qué importa? Hubiera vuelto mañana un momento.
—¡Un momento!—exclamó la dama con elocuente dolor.—¡Qué triste es haber dado años como siglos, y verse pagada con momentos!»
León le tomó las dos manos diciéndole:
«Querida mía: es preciso que uno de los dos se someta al otro. He comprendido que si me dejara arrastrar por tí, nuestra perdición sería segura. Déjate, no arrastrar, sino conducir por mí, y nos salvaremos.
—Pues dí... Ya sé lo que vas á decirme... ¡Esperar! Cada loco con su estribillo.»
Puso una cara que demostraba profunda lástima de sí misma; y como la compasión suele anunciarse con sonrisas desgarradoras, sonrió la dama de un modo que haría llorar á las piedras, y dijo:
«¡Esperar! ¿Y si me muero antes?
—No, no te morirás,—murmuró León cogiendo entre sus dos manos la cabeza de ella, como se cogería la de un niño, y besándola.
—Está visto que soy más tonta...—balbució Pepa, que apenas podía hablar.—Harás de mí lo que quieras, bárbaro.
—¿Me obedecerás?
—Eso no se pregunta á quien durante tanto tiempo te ha obedecido con el pensamiento. Yo he soñado que tú venías á mí cuando ni siquiera te acordabas de mi persona; he soñado que me mandabas faltar á todos los deberes, y con la idea, con la inspiración de mi alma te he obedecido. Esta obediencia ha sido mi único gozo, ¡qué satisfacción tan triste! No me acuses por estas miserias de mi corazón lacerado... Es para hacerte ver que la que hubiera ido detrás de tí al crimen, no puede negarse á seguirte si la llevas al bien.
—¿A donde quiera que yo te lleve?—murmuró León, pasándose la mano por la frente.—Dime: ¿y si yo te dijera...?
—¿Qué?—preguntó ella sin aguardar á que concluyera, mejor dicho, cazando la idea con la presteza del pájaro que coge el grano en el aire antes de que caiga.
—La idea de la fuga... ¿ha pasado por tu imaginación?
—¡Oh! por mi imaginación han pasado todas las ideas.
—De modo que si yo te dijera...
—«Vamos,» partiría sin vacilar.
—¿Ahora?
—Ahora mismo. Tomaría en brazos á mi hija...»
Encendida en amante impaciencia, Pepa miraba á su casa y á su amigo. Su alma, desligada de todo lo del mundo, fluctuaba entre dos objetos queridos, dos solos. León tuvo un momento de terrible lucha interior. Después hirió el suelo con el pie, como los brujos antiguos cuando llamaban al genio tutelar.
«Pues te mando que me dejes partir solo y que me esperes,» dijo al fin con resolución que tenía algo de heroísmo.
Pepa inclinó la frente con expresión de cristiana paciencia.
«Te lo mando así, porque te quiero con el corazón; te lo mando así, porque mi egoísmo no quiere destruir un hermoso sueño.
—Me someto,» dijo Pepa envolviendo su palabra en un gemido.
Sollozó sobre el pecho de su amigo. Después añadió:
«Pero fija un término, un término... Si me muero antes...»
La idea de un morir prematuro brillaba en su mente como una luz siniestra que de ningún modo quiere apagarse.
«Fijaré un término. Te lo juro.
—Y pasado ese término... Pasado ese término...—repitió León, cuyo pecho respiraba difícilmente entre el nudo de aquella soga ferozmente apretado por los demonios.
—Supón que Dios no quiera allanarnos el camino...
—Verás como lo allanará.
—¿Y si no lo allana?
—Verás como sí lo allana.
—Pero... ¿y si no?
—Verás como sí.
—Diciéndomelo tú de ese modo, no sé por qué lo creo—afirmó Pepa, acomodando mejor su cabeza sobre el pecho de su amigo, como la acomodamos en la almohada cuando empezamos á dormir.—Ahora, si quieres que me vaya contenta á mi casa, dime que me quieres mucho.»
Su pasión tomaba un tono pueril.
«¿No lo sabes?
—Que me querías hace tiempo.
—Que debí quererte desde que jugábamos cuando éramos niños, cuando nos pintábamos la cara con moras silvestres...—añadió León estrujando la cabeza de oro.
—¡Qué tiempos!—dijo Pepa sonriendo como un bienaventurado en la gloria.—¡Si pudiéramos hablar largamente de eso y recordarlo pasando los recuerdos de memoria á memoria y las palabras de boca á boca...! ¡Si nuestra vida fuese ahora verdadera vida, y no estos momentos pasajeros, estos saltos horribles!... ¡Si pudiéramos hablar, reir, recordar, pensar cosas, decir disparates, reñir de broma, adivinarnos las ideas y los deseos!...
—Si pudiéramos eso...
—Pero no: hemos de separarnos. Separados hemos estado toda la vida, y ahora me parece que es la primera vez que te digo adiós. Tú á ese caserón; yo á mi palacio.
—Espérame con tu hija.
—¡Oh! qué triste pensamiento me ocurre!... Si tardas mucho, Monina no te va á conocer cuando vuelvas, ¡alma mía!... te tendrá miedo.
—Se acostumbrará pronto.
—Pero ¿no vuelves mañana á casa?
—¿Para qué? ¿Para que una nueva despedida nos haga más amarga nuestra separación? Si te viera otra vez, quizás me faltaría valor.
—Mandaré á la niña á tu casa mañana.
—Si, mándala.»
León tosió secamente.
«¡Hombre, por Dios!—exclamó Pepa con amante solicitud, alzándole el cuello de la levita.—Que te constipas... hace frío... déjate cuidar... así.
—Gracias, querida mía. Es verdad que tengo frío.
—Pero qué, ¿nos separamos ya?
—Sí. Ahora ó nunca.»
La dama tuvo ya en sus labios las palabras Pues nunca; pero no se atrevió á pronunciarlas.
«¿Me escribirás con frecuencia, chiquillo?
—Todas las semanas.
—¿Cartas largas?
—Largas y difusas como el pensamiento del que espera.
—¿A dónde te escribo?
—Ya te lo diré... Vamos hacia tu casa. No quiero que vuelvas sola. Nos separaremos allí.
—Acompáñame hasta la puerta del museo; por allí salí y por allí entraré.»
Anduvieron un rato. León la rodeaba con su brazo derecho, y con la mano izquierda le estrechaba ambas manos.
«Está obscura la noche,—dijo ella obedeciendo á esas inexplicables desviaciones del pensamiento que ocurren cuando éste actúa más fijamente en un orden de ideas determinado...
—¿Estás contenta?—le preguntó León queriendo dar al diálogo un tono ligero.
—¿Cómo he de estarlo cuando te vas? Y sin embargo, lo estoy por lo que me has dicho. No sé lo que hay en mí de júbilo y pena al mismo tiempo. Yo digo: «¡qué dicha tan inmensa!» y digo también: «¡si me muero antes!...»
—En mí sucede lo propio,» replicó León sombríamente.
Llegaron á la puertecilla del museo.
«Adiós...—murmuró ella devorándole con sus ojos.—Adiós... ¡Todo mío!
—Hasta luego—dijo León con voz imperceptible, dándole dos besos.—Este para Monina; éste para su mamá.»
La puerta del museo abierta mostraba una escalera obscura. León empujó suavemente á Pepa hacia adentro y se alejó despacio. Ella volvió al umbral; él la saludó de lejos con la mano...
Poco después entraba en su casa, y medio muerto de dolor se revolcaba en el sillón de estudio como un enfermo, como un demente, no sabiendo si buscar en el llanto ó en la desesperación honda el lenitivo de su corazón destrozado. No obstante, aún no había llegado el momento de que aquel vaso de reserva, que en su ancha capacidad contenía pasiones ó ideas mil del género más turbulento, estallase atropellando todo lo que hallara delante de sí.
XII
Donde se trata de la hidalguía castellana, de las leyes morales, de todo lo que hay de más venerando, y de otras cosillas.
La crisis por que pasaba la casa de Tellería continuaba sin resolución. Era tan grande el desastre, que parecía locura pensar en ponerle remedio y sólo quedaba el recurso de disimularlo hasta donde fuera posible. Antes de llegar á una bochornosa declaración de pobreza, los histriones incorregibles apuraban todos los artificios para prolongar su reinado exterior; y si en sus soliloquios domésticos decían: «vivimos sin criados; no hay tienda que quiera abastecernos; carecemos hasta de ese pan de la vanidad que se llama coche,» públicamente era preciso hacer creer que todos estaban enfermos... El Marqués, ¡ah! sufría horriblemente de su reúma. La Marquesa, ¡oh! ¡pobrecita! se hallaba en un estado espasmódico muy alarmante... La familia toda gemía bajo el peso de una gran tribulación. No se recibía ni á los íntimos, no se daba de comer ni á los hambrientos, no se paseaba, no se iba ya ni á los estrenos ruidosos. La iglesia era lugar propicio para mostrarse con entristecido continente. ¿Qué cosa más edificante que ir á escuchar la palabra de Dios y derramar una lágrima delante de la que es consuelo de los afligidos? ¡Pobre Milagros! Los que la veían entrar y salir dando con su compunción ejemplo á los más tibios, tributaban á su pena el debido homenaje diciendo: «¡Infeliz señora, cuánto ha padecido con sus hijos!»
La tertulia de la San Salomó, refugio de la desgraciada familia, era una reunión recogida, de poco bullicio, á donde iban algunos poetas, guapísimas damas, media docena de beatos y otros que lo parecían sin serlo. Allí se hablaba mucho de Roma, se leía L’Univers y se recitaban versos muy cargados de perfume religioso, y entre los vapores sofocantes de tal incienso se excomulgaba á todo el género humano. Se anunciaba con anticipación cada discurso político de Gustavo Sudre para que se preparase á aplaudir la alabarda (no hay mejor vocablo) de uno y otro sexo; se fabricaban reputaciones de mancebos recién salidos de las aulas, y que ya eran, cuál un San Agustín, cuál un San Ambrosio, bien un Tertuliano ó un Orígenes, por lo que toca al talento, se entiende; en una palabra, la tertulia de San Salomó tenía ese marcadísimo carácter de club, que es un fenómeno muy atendible de la sociabilidad contemporánea. Las pasiones políticas han subido la escalera y rugen entre el plácido aliento de las damas. Ya se conspira más en los salones que en los cuarteles, y hasta los demagogos encuentran de mal gusto las logias. La tertulia de que hablamos era, pues, un club de cierta clase, así como hay tertulias que son el Grande Oriente del doctrinarismo, y otras que lo son de la democracia.
La Marquesa era joven, bonita, alta y bien distribuída de miembros, aunque un poco ajada; graciosa, amante de los versos, sobre todo cuando tenían mucha melaza mística y palabreo largo de cándidas tórtolas, palmeras de Sión, etc.; furiosa enemiga de toda la cursilería materialista y liberalesca, y delirante por los discursos contra esa basura de la civilización moderna. Elegante y muy discreta, sabía hacer brevísimas las horas á sus fervorosos tertulios; tenía el don de salpimentar con gracia mundana y joviales conceptos el constante anatema que allí se fulminaba, y mantenía en su casa y en su mesa un delicioso confortamiento que agradaba á los patriarcas, á los poetas, á los San Agustines y á los San Ambrosios. El Marqués de San Salomó, hombre también que se hubiera dejado asar en parrillas antes que ceder ni un ápice de sus doctrinas, ¡vaya si tenía doctrinas! era el menos asiduo en las tertulias. Iba mucho al teatro, al casino ó á otros pasatiempos obscurísimos. De día recibía en su despacho á toreros, caballistas, cazadores de reclamo, derribadores de vacas, y este sport burdo y de mal gusto, junto con las barrabasadas de sus compañeros de aventuras, constituía las tres cuartas partes de su conversación y de sus ideas. Era rico, y tenía asignada á su mujercita, á más de la partida de alfileres, otra no floja para los triduos y novenas. Había en la administración de la casa una cuenta corriente con el Cielo. De la que el Marqués tenía abierta con las bailarinas, no es ocasión de hablar.
Aquella noche (y todos los datos comprueban que fué la noche del día, recuérdese bien, en que el Marqués de Tellería visitó á León Roch), Milagros hablaba animadamente con un señor viejo y engomado, caballero de no sabemos qué Orden, varón inocentísimo, no obstante su jerarquía militar, pues era uno de esos generales que parecen existir para probarnos que el ejército es una institución esencialmente inofensiva.
«No intente usted consolarme, General. Estoy abrumada de pena... Usted ha dicho en versos preciosos que el corazón de una madre es tesoro inagotable de sufrimiento; pero el mío ya está hasta los bordes, el mío no puede resistir más, rebosa.
—¿Y de qué sirve la resignación cristiana, querida?—dijo aquel Marte, cuya inocencia envidiarían los querubines á quienes pintan sólo con cabeza y alas.—El Señor enviará á usted consuelos inesperados. ¿Y María, está resignada?
—¿Cómo ha de estar ese ángel? ¡Pobre hija mía! ¡La crucificarán; y no exhalará un gemido!... Dios permite siempre que los seres más virtuosos y más santos se vean sujetos á mayores pruebas. Como á mi adorado Luis, á María la quiere Dios para sí; á aquél dió padecimientos físicos, á ésta se los da morales.
—Cada día—dijo el General haciendo un movimiento de horror que daba cómica ferocidad á su cara de arcángel con bigotes blancos,—vemos que aumenta el número de los escándalos, de las miserias, de las desvergonzadas infamias... Cada día disminuye el respeto á las leyes divinas y humanas... No se ve un carácter entero, no se ve un rasgo caballeresco, no se ve más que descaro y cinismo... Juzgue usted, querida Milagros, á dónde llegará una sociedad que cada día, cada hora se aparta más de las vías religiosas... Pero no, ¡pese á tal! aún hay santos, señora, aún hay mártires. Su hija de usted, abandonada cruelmente por su marido, á causa de su misma virtud, y precisamente por su inaudita virtud, precisamente por su virtud, repitámoslo mil veces, es un ejemplar glorioso, es más, una enseña, una bandera de combate.»
Era ciertamente bandera de guerra. En el salón había varios grupos, y en todos se hablaba de lo mismo. ¡Abandonarla sólo por la misma sublimidad de su virtud!... Esto merecía la ira del cielo, esto clamaba venganza, un nuevo diluvio, la sima de Coré, Dathán y Abirón, el fuego de Sodoma, las moscas de Egipto, la espada de Atila... De todas estas calamidades, la que parece prevalecer hoy, cuando los extravíos de los hombres exigen expiación, es la de las moscas de Egipto, pues esta muchedumbre picona es lo que más se asemeja á la cruzada de chismes, anatemas de periódico y excomuniones láicas con que la gente de ciertos principios azota á la humanidad prevaricadora.
«Si la separación hubiera sido por otros móviles...—decía un poeta á un periodista,—podría tolerarse... pero ya es un hecho evidente que León...»
Siguió un cuchicheo mezclado de risillas. Dos viejas metían su hocico en el grupo para aspirar con delicia la atmósfera de maledicencia, más grata para ellas que el aroma de rosas y jazmines.
«Hace tiempo que yo lo sospechaba—dijo la de San Salomó á un diputado que ocupaba el sillón arzobispal en el coro ultramontano.—Pepa Fúcar es una descocada. En esa casa de Fúcar la moral ha sido siempre un mito. El modo de hacer millones corre parejas con el modo de querer.
—Sin duda las relaciones de León con Pepa son antiguas,—dijo el diputado, que gustaba mucho de comer en casa de San Salomó, y que solía agradecerlo aceptando con aumento las insinuaciones malignas de la Marquesa.
—Por lo que se sabe ahora y por ciertos datos que yo tenía—indicó Pilar saludando con una mirada de reconvención á Gustavo, que á la sazón entraba,—puede asegurarse firmemente que son muy antiguas.»
Después siguió hablando al oído de aquel digno hombre, que á pesar de estar resuelto á no asombrarse de nada malo, no pudo ocultar su pasmo y perplejidad.
«¡Hija de León!» murmuró.
No lejos de allí, el de Tellería expresaba una idea nueva, enteramente nueva; una idea que salía de su boca entre alambicadas frases, que eran como los cuidados de que la rodeaba el cariño paternal. Esta idea era que todos somos iguales, que no hay nadie que sobresalga, que el mundo es horriblemente uniforme; que él (el Marqués) iba perdiendo la fe en la tradicional y proverbial caballerosidad del pueblo español...
«Se ve palpablemente la ruína y acabamiento de la sociedad—declaró el General;—y aún hay ilusos que no quieren creerlo, lo cual no empece que sea cierto... Observen ustedes un hecho, un hecho inconcuso...»
Todos miraron al General, esperando la declaración de aquel hecho que podría parecer una batalla, según la expresión de valor negativo con que el ilustre caballero lo anunciaba.
«Observen ustedes este hecho. Siempre que hay un escándalo, un ruidoso escándalo, véase quién lo ha producido. ¿Quién lo ha producido? Pues un hombre sin religión, uno de esos homúnculos enfatuados y soberbios que insultan con su desprecio á la moral cristiana, y á quienes vemos por ahí haciendo gala de una fortaleza imprudente, alzar la fronte e minacciar le stelle.»
Un silencio solemne, señal del asentimiento más solemne aún de los circunstantes, acogió estas palabras. Entre el diputado arzobispal y un periodista trabóse ligera disputa sobre si León Roch era un criminal de ligereza ó criminal de perversión.
«Desengáñese usted—dijo el diputado:—la corrupción es general; pero si los que tienen fe están en situación de enmienda probable, y, por consiguiente, en la posibilidad de salvarse, los racionalistas caminan á su completa ruína. Ellos han derribado el templo como Sansón, y como Sansón perecerán entre los escombros.»
La San Salomó y Gustavo hablaban en voz baja donde los demás no podían oirles.
«Es preciso, es indispensable—afirmaba ella,—decirle la verdad á María.
—¿La verdad?... No nos fiemos de apariencias. Yo no he formado aún juicio sobre la conducta de León. Mientras yo no le vea y le hable, nada diré á mi hermana.
—Pues se le dirá.
—Pues no se le dirá.»
Mostraba Pilar un empeño maligno, una impaciencia de mujer quisquillosa, de esas que creen carecer del aire respirable todo el tiempo que tardan en clavar su aguijón en el pecho de la amiga.
«Aseguro que se le dirá,—añadió mostrando las ventanillas de la nariz muy dilatadas, la mirada viva, demudado el color.
«En asuntos de mi familia, mi familia decidirá.
—¡Oh! también he decidido yo en asuntos de tu familia,—dijo Pilar dando al tu familia una entonación impertinente.
—No ha sido con mi aprobación,» repuso Gustavo, que contenía en su pecho la ira.
Palideció: su frente, su ceño, su seriedad hosca anunciaban tormentas pasadas. Tiempo vendrá de conocerlas.
«Me anuncia este padre de la patria—dijo Pilar alzando la voz,—que no pronunciará mañana el discurso contra la totalidad del artículo veintidós.»
Sonó un rumor de descontento.
«El presidente le cambiará el turno.
—¡Y yo que tengo las papeletas en casa!
—¿Cuándo será?
—Este triste asunto de su hermana—dijo la de San Salomó mirando á Gustavo con expresión de afectada pena,—le ha trastornado el cerebro.»
Gustavo se acercó al grupo en que estaba su madre.
«Serénate, hijo—le dijo ésta con acento cariñoso.—Todos padecemos tanto como tú; pero no nos falta paciencia.
—Pues á mí me falta.»
Siguió la conversación sobre este tema, sin más de notable que haber afirmado el Marqués su creencia firmísima de que todos somos lo mismo. Después clareóse considerablemente el grupo: Pilar atrajo mucha gente leyendo en voz alta un artículo de Luis Veuillot. Gustavo y su madre pasaron al gabinete inmediato.
«¿Es cierto que papá ha estado hoy á ver á León?
—Es cierto.
—Me temo que su viaje á Carabanchel llevaría otro objeto. Será una nueva ignominia...
—¿Qué hablas ahí de ignominia, tonto, quijote?
—Sí—dijo Gustavo, revelando en los ojos su ira:—me temo que papá haya ido á postrarse á los pies de nuestro enemigo para pedirle...
—¡Qué absurdo, hijo!... Nosotros, nosotros solicitar de ese...
—No me llamaría la atención. Estoy acostumbrado á ver cosas muy horrendas. No extrañe usted, mamá, que las vea en todas partes. Yo visitaré á León, yo le hablaré. ¡Quién sabe si no es tan culpable como le suponen!... Si realmente ha abandonado á mi hermana para vivir con otra mujer, nuestras relaciones con él deben concluir. Será un extraño para nosotros. ¡Qué cosa tan infame, tan infernal, haber recibido ciertos favores de tal hombre, y no poder arrojarle á la cara...!
—¡Por Dios, no te pongas así!... Vas á llamar la atención—dijo la Marquesa alarmada de la altivez de su hijo.—Estás ridículo.
—¡Ridículo!—exclamó Gustavo con acento de amargura.—No me importa. Después de todo, yo soy aquí el único que conoce el envilecimiento en que vivimos.
—¡Gustavo!
—Lo digo por mí, sólo por mí. Esta casa, lo mismo que la mía, ha llegado también á causarme horror. El susurro constante de la moral hablada me ha ensordecido, impidiéndome oir el grito de la verdad, que tanto menos se dice cuanto más se siente. No estoy nada satisfecho de mi papel en el mundo, ni del estado de mi casa, ni de la conducta de mi familia, ni del giro mundano y cínico de mis amistades. No estoy satisfecho de nada, y ambiciono un destierro voluntario que me ponga á distancia de todos los que llamo míos.
—¿Quieres añadir nuevos disgustos á los que ya sufre tu pobre madre?—dijo ella con visibles muestras de enternecimiento.—¡Emigrar tú, renunciar á tu porvenir...! ¡No esperar siquiera á ser ministro...! Ya sabes... otros...
—¡Es un delirio esto de emigrar! Yo no puedo salir de aquí. Mi ambición y mi vergüenza son una misma cosa, y estoy pegado á ellas como el caracol á su covacha. ¡Aquí siempre! Siempre pegado á mi familia, á mi partido, á mi clase, á mi moral.»
Dió á este último vocablo amargo acento de ironía.
«Seguiré viendo lo que veo y oyendo lo que oigo... ¡Ah! tengo que anunciar á usted una nueva calamidad. Polito ha sido abofeteado públicamente esta tarde en una casa que no quiero nombrar, á consecuencia de una disputa por deudas de juego. Hubo golpes, botellazos, gritos de mujeres borrachas, intervención de la policía...
—¿Pero han hecho daño á mi hijo?—exclamó la de Tellería con maternales ansias.
—No: una contusión ligera; pero se ha enterado toda la calle de... tampoco quiero nombrar la calle. ¡Ay!—añadió dando un gran suspiro.—Vivimos en la época de las tristezas y en el verdadero día de la ira celeste. Pero desde hoy quiero tomar la dirección de los asuntos de casa. Veremos si yo la saco de este conflicto, salvando el honor aparente, ese honor que no es una virtud, sino un letrero. Por de pronto, censuro que papá haya visitado á León con las miras que sospecho.
—Sospechas necedades.
—¡Oh, no!... Milagro será que me equivoque. Sabré la verdad, porque pienso ver á León.
—¿Tú?
—Sí, yo; deseo saber por él mismo su culpa. Le tengo por un extraviado, mas no por un perverso. Yo le hablaré el lenguaje de la franqueza para que él me conteste del mismo modo. Si es un miserable, él mismo me lo ha de decir... Entre tanto, que no sepa María las hablillas que corren.
—¡Oh, no! Es preciso decírselo. ¡Pobre hija de mi alma! No quiero yo que ignore las lindezas de su cara mitad. Figúrate que una persona indiscreta se lo cuenta, exagerándolo ó desfigurándolo.
—No se dirá nada á mi hermana.
—No te empeñes en eso. Esta noche misma... No, no me enseñarás mis deberes de madre amante y solícita: sé lo que debo hacer. Es preciso que María se entere. ¿Quién te dice que no podremos llegar hasta la reconciliación?»
Iba á contestar Gustavo cuando entró en el gabinete un poeta que no era, al decir de la gente, saco de paja para Milagros, hombre de aspecto vulgar, casi chabacano y más viejo de lo que parecía. No revelaba en la figura ni en el rostro aquel delicado estro suyo que hablarle hacía en variedad de metros de perennales fuentes de dulzura, de los cabritillos de Galaab, del místico dulcísimo amor de las almas, ni aquella indignación evangélica con que apostrofaba á los materialistas, pidiendo á Dios que los aplastase con las ruedas de su carro y que los mandase al Báratro. Era incomprensible tanta grandeza dentro de tan menguada efigie.
«Es delicioso—dijo al entrar,—y no tiene contestación.
—¿Qué?