Índice:
[I], [II], [III], [IV], [V], [VI], [VII], [VIII], [IX], [X], [XI], [XII], [XIII], [XIV], [XV], [XVI], [XVII], [XVIII], [XIX], [XX], [XXI], [XXII], [XXIII], [XXIV], [XXV], [XXVI], [XXVII], [XXVIII], [XXIX].
La segunda casaca
Nota de transcripción
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- La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.
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EPISODIOS NACIONALES
LA SEGUNDA CASACA
Es propiedad. Queda hecho el depósito que marca la ley. Serán furtivos los ejemplares que no lleven el sello del autor.
Imprenta de los Sucesores de Hernando, Quintana, 33.
B. PÉREZ GALDÓS
EPISODIOS NACIONALES
SEGUNDA SERIE
LA
SEGUNDA CASACA
38.000
MADRID
LIBRERÍA DE LOS SUCESORES DE HERNANDO
Calle del Arenal, núm. 11.
—
1909
LA SEGUNDA CASACA
I
¡Qué infames eran los liberales de mi tiempo! En vez de conformarse a vivir pacífica y dulcemente gobernados por el paternal absolutismo que habíamos establecido, no cesaban en sus maquinaciones y viles proyectos para derrocar las sabias leyes con que diariamente se atendía al sosiego del reino y a hundir a todos los hombres eminentes que describí en la primera parte de mis Memorias.
¡Miserables, bullangueros! ¿Qué volcán os escupió de su pecho sulfúreo, qué infierno os vomitó, que hidra venenosa os llevó en sus entrañas? No os contentabais con aullar en los presidios, clamando contra nosotros y contra la augusta majestad soberana del mejor de los reyes, sino que también, ¡oh vileza!, agitasteis con nefandas conspiraciones la Península toda, amenazándonos con un nuevo triunfo de la aborrecida revolución. Después de insultar a todos los que componíamos aquel admirable conjunto y oligarquía poderosa, para mangonear en lo pequeño y lo grande, con el reino en un puño y el trono en otro, os atrevisteis a conjuraros con descontentos militares y paisanos inquietos para cambiar el gobierno. ¡Trece veces, trece veces alzó su horrible cabeza y clavó en nosotros sus sanguinolentos ojos el monstruo de la revolución! Trece veces temblaron nuestras pobres carnes, cubriéndose del sudor de la congoja y susto que tales tentativas de desorden nos producían. Así es que, en medio de la privanza y regalo en que vivíamos, se nos podía ahorcar con un cabello, y al despertar cada mañana, nos preguntábamos si había llegado ya la hora de bajar del machito.
¡Trece veces, trece conspiraciones! Al ver tal insistencia y la endemoniada tenacidad de aquella gente, que al pie de los cadalsos donde expiraba una conjuración, comenzaba a tender los hilos de otra, cualquiera hubiera creído que el despotismo era la peor cosa del mundo, y que el afligido reino no se consideraba con vida hasta no sacudírselo de encima. ¡Embrollones, farsantes, que así desdoraban una institución tan buena!
No quiero seguir adelante sin contar las abortadas conspiraciones que yo recuerdo:
1.ª Conspiración para asesinar a Elío y a La Bisbal (1814). — Fue una intriga misteriosa que unos atribuyeron a los masones y otros a la corte.
2.ª Conspiración de Cádiz (1814). — Tenía por objeto proclamar la Constitución del 12 y restablecer en el trono a Carlos IV, que en sus buenos tiempos había dado pruebas de muy entendido en aquello del reinar y no gobernar.
3.ª Sublevación de Mina en Navarra (1814). — Abortó a los pocos días.
4.ª Conspiración del café de Levante en Madrid (1815). — Andaban en esto varios afrancesados. Dejáronse coger tontamente, y casi todos fueron condenados a presidio.
5.ª Conspiración de Porlier en la Coruña (1815). — Esto ya fue un poco más formal. Frustrose el plan y ahorcaron al Marquesito.
6.ª Conspiración de Richard en Madrid (1815). — Fue misteriosa, grave, atrevida y la condujeron con destreza sus autores, que eran lo más perdido de todo el reino: un comisario de guerra y un sargento de marina, un soldado y un fraile, diversa gente, animada de brutales deseos. Los angelitos querían asesinar al mejor de los reyes, durante su paseo a las Ventas del Espíritu Santo, o en casa de Juana la Naranjera. La cabeza de Richard estuvo mucho tiempo clavada en un palo en la carretera de Aragón. Funcionó la horca, y algunos sufrieron un tormento muy simpático y persuasivo, que se llamaba los grillos a salto de trucha.
7.ª Conspiración del conde de Montillo en Granada (1816). — El tío Pedro del 19 de marzo en Aranjuez, había sido después afrancesado en Bayona, agitador en Cádiz más tarde, y luego absolutista acérrimo en la Junta de Daroca. Hallándose de capitán general en Granada, dicen que preparó, ayudado del Grande Oriente, las sublevaciones militares que estallaron más tarde.
8.ª Gran conspiración de Lacy en Cataluña (1817). — Compañías sublevadas, gritos, entusiasmo, soborno, audacia, traición, y, por fin, mucha sangre y un bravo general arcabuceado en Mallorca.
9.ª Conspiración de Torrijos en Alicante (1817). — Proyecto de alzamiento militar en varias plazas de Levante. La Inquisición se encargó de castigar a los culpables; pero lo hizo tan mal, que desde entonces se dijo: inquisidores y masones todos son unos.
10. Conspiración de Polo en Madrid (1818). — Se dijo que Polo y sus amigos deseaban poner en el trono al venerable Carlos IV. Enviose un emisario a Roma, y como el solitario rey no tenía qué comer, no le pareció mal el proyecto. Militares muy altos anduvieron en estos enredos; pero descubierto todo, hubo muchas prisiones...
11. Conspiración de Vidal en Valencia (1819). — Trama espantosa contra el tirano Elío. Dios amparó a este, y Valencia presenció una horrible tragedia. La horca y los fusiles la desenlazaron entre lágrimas y crujido de dientes. En las cárceles no cabían los presos. Para desahogarlas, fusilaban. La tierra sedienta, pedía sangre que beber. Cruzaba los aires pavoroso hálito de odio. Oíanse pasos de gigante. Algo muy terrible se acercaba.
12. Conspiración del conde de La Bisbal en el Palmar (1819). — Durante su vida política y militar, el conde encendió siempre una vela al santo y otra al demonio. En 1814, cuando se dirigía a felicitar al rey por su vuelta, llevaba dos discursos escritos, uno en sentido liberal y otro en sentido absolutista, para espetarle aquel que mejor cuadrase a las circunstancias. En 1819, después de merendar con los conspiradores de Cádiz y los oficiales del ejército expedicionario de América, los arrestó de súbito, haciendo una escena de farsa y bulla, que le valió la gran cruz de Carlos III. El ejército estaba furioso. Padecía la fiebre devoradora de la insurrección. Desde Madrid oíamos su resoplido calenturiento, y temblábamos. En las logias no había más que militares, infinitas hechuras de aquellos cinco años de guerra, los cuales habían de emplear en algo su bravura y sus sables. Todo indicaba tormenta. Cruzaban el negro cielo relámpagos de amenaza. Nos sentíamos en el cráter de la revolución, y nuestros pies se quemaban. A cada bufido de la subterránea lava creíamos ver la erupción.
13. Conspiración de los provinciales en Galicia (1819). — Órdenes falsificadas pusieron sobre las armas las milicias gallegas. ¡Qué escándalo!... ¡hasta las milicias gallegas!... Unos echaron la culpa a los empleados de la Inspección, otros a la Capitanía general de Galicia. Ello es que hasta los escribientes se creían autorizados para hacer revoluciones. Cada oficina era un infierno, y un ordenanza habilidoso, falsificando un sello, ponía con el alma en un hilo al trono y al gobierno. ¡Qué país!
La 14 se verá más adelante.
II
¡Qué hombre tan completo era el señor don Miguel de Baraona! Su gran patriotismo, su caballerosidad, su fervor religioso, su rectitud, su entereza, le hacían tan respetable, que era imposible oírle sin subordinarse con filial sumisión a su voluntad y a su pensamiento. Merecía muy bien el remoquete de Patriarca del Zadorra, y yo se lo daba con frecuencia, para tenerle contento y parecer amable ante él. Pues ¿y aquella energía moral que desplegaba a los setenta y tantos años, cuando no podía ni empuñar la espada ni alzar la voz sin peligro de estar tosiendo tres horas? Su cuerpo caduco participaba también de aquel vigor nervioso, más semejante a los tempranos ardores de la juventud que a las voluntariedades caprichosas de los viejos, y siempre que se enfadaba o se le contradecía, daba con la trémula mano tan fuertes bastonazos, que la casa se estremecía.
Otro más celoso por la causa del rey y por la monarquía absoluta no nació de madre. En su amor inmenso, en su fervor entusiasta y en su religiosa devoción por la patria inmutable, no había sutilezas ni distingos, ni cabían transacción ni arreglo alguno. Para él la templanza era traición. Miraba al liberalismo como una especie de horrenda herejía, más digna aún del fuego que las de Lutero y Calvino. Juntaba la religión con la política, haciendo de todas las creencias una fe sola o un solo pecado, y había amalgamado dogmas y opiniones, haciendo un evangelio en el cual Elío no era menos que un apóstol. Comprendía que el sol se ennegreciera; pero no que sus principios pudieran variar. Según él, la sociedad estaba perfectamente arreglada tal como entonces la conocíamos, y constituida por leyes tan inmutables como las del mundo físico. Discutiendo, no cedía ni una pulgada de su terreno.
—Mis principios —decía—, estos principios que sustento, no son míos, son de Dios, y no se puede ceder ni un ápice de lo ajeno. La maldad de los hombres no puede nada contra mis principios. Me vencerá la violencia; pero no me convencerá el sofisma. La infame revolución podrá triunfar un día por expreso consentimiento de Dios; pero aun triunfante, no dejará de ser alcázar de pecados fundado sobre la arena de la traición.
Había venido don Miguel a la corte a varios asuntos privados y del común. Era hombre que no se acobardaba ante los desaires de las oficinas, ni ante la tiesura y desdén de los personajes más envanecidos. Tuvo la dicha de encontrarme después de dar los primeros pasos en la corte, y nos entendimos perfectamente. Todo aquello que podía resolverse con facilidad, fue arreglado entre los dos, sin que jamás frunciéramos el ceño por palabra ni por peseta de más o de menos. Don Miguel había traído un bolsón de cuero lleno de onzas de oro, y siempre que echábamos bendiciones, frotadas las manos con el dorado unto milagroso, se abrían de par en par las puertas de las oficinas, y con ellas el corazón de los más cerrados covachuelos. Baraona había venido también a estar a la mira de un pleito de tenuta que no tenía trazas de acabarse en medio siglo.
Acompañaba en Madrid a Baraona su nieta, una tal Jenarita, muy hermosa e interesante mujer, a quien yo había conocido en mis verdes abriles en la Puebla de Arganzón. Era rubia, callada, grave, pensativa, poco franca, de carácter velado. Su tranquilidad y calma eran como la tenue oscuridad de los días bochornosos. Ya se sabe que detrás de las nubes está el sol. ¡Aquella hermosura, cuán distinta era de la de mi funesta Presentacioncita, la risueña asesina, que me ponía ante los ojos las frescas rosas de su cara para que no viera las aleves manos con que a la muerte me empujaba! Presentacioncita, sin ser hermosa, era lindísima. Tenía toda la gracia de Dios en sus ojos flecheros, y burlándose de uno, daba idea de las bromas que deben de gastar los ángeles en el cielo. Jenara era hermosa como una ideal figura, antes soñada que vista; hermosa como las creaciones del arte que ha sabido escoger todas las perfecciones, desechando lo feo. No se burlaba nunca; hablaba seriamente, como habla la discreción pura, la prudencia suma, la cortesanía y la urbanidad. Su gracia (pues también la tenía) no era la desenvoltura picante y alegre de una muchacha juguetona; consistía en lo que llaman gracia los artistas clásicos, en la perfecta nobleza de los ademanes y de las palabras, en la armonía sin discrepancias, en el misterioso ritmo que se desprende de toda la persona y es don rarísimo acordado a pocos sobre la tierra. Distinguíase además por una expresión magnífica, tan llena de elegancia como de soberbia. Su fisonomía era pura, delicada, sin la más ligera incorrección, y su mirar de una diafanidad celeste. Hermosa hasta no más, se envolvía en una capa de nieve, bajo la forma de un silencio sistemático, de miradas castas, de indiferencia hacia la mayor parte de los asuntos y las personas.
En 1815, como dije en la primera parte de mis Memorias, vinieron a Madrid el señor de Baraona y su nieta. Poco después se casó esta con un joven guerrillero, del cual no puedo menos de ocuparme para disipar las dudas que acerca de su persona puedan haber corrido. Carlos Navarro, hijo del nunca bien ponderado don Fernando Garrote, fue gravemente herido en un duelo al día siguiente de la batalla de Vitoria. Dejole el fiero matador sobre el campo, del cual fue al poco rato recogido con más señales de muerte que de vida, pues la existencia se le iba a borbotones por la descomunal hendidura que su contrario le abriera en el pecho. Largo tiempo estuvo el infeliz héroe suspenso de un hilo sobre el negro abismo del morir. Los médicos de Vitoria le sentenciaban todos los días para la mañana del siguiente. Pero la enérgica naturaleza del enfermo, ayudada por cuidados asiduos, le sostuvieron, hasta que al fin la caída existencia se fue enderezando poco a poco. El convalecer fue tan largo como la enfermedad, y un año después del suceso, Carlos Garrote, reconocido coronel del ejército, apenas podía tener el sable en la mano.
A principios de 1816 vino a Madrid y se casó con Jenara. Vivieron algún tiempo acompañados de Baraona en la calle de Cosme de Médicis. Pero en septiembre del 18, Navarro tuvo precisión de ir a Treviño a asuntos de interés, y en los días a que me refiero no había vuelto todavía, aunque se le esperaba todas las semanas. No podía haber ocurrido desavenencia en el matrimonio, porque ambos cónyuges se escribían con frecuencia. Repetidas veces oí a Carlos renegar de la corte y de los cortesanos, asegurando que Madrid era para él destierro espantoso más bien que agradable residencia.
Yo vivía en una hermosa casa de la calle de la Inquisición, esquina a la Flor Baja, cerca del edificio de la Inquisición de Corte y a poca distancia de los Premostratenses. Mis servicios a determinado prócer diéronme aquella habitación demasiado grande para un soltero, mas tan suntuosa, que me acomodé con gusto en ella para aparentar grandeza ante el vulgo y dar en los hocicos con mi magnificencia a los pobres petates paisanos míos, que tanto me habían despreciado en mis tiempos de miseria y nulidad. No me envanecí poco con don Miguel de Baraona, infanzón y ricacho alavés, mostrándole mi vivienda; y enamorose tanto de ella mi venerable paisano, que algunos meses después de la partida de su yerno, me dijo:
—Pipaón, en esta gran casa vives tú como garbanzo en olla. ¿No te ha acontecido algún día perderte en sus cuadras y corredores, y no poderte encontrar? En cambio yo estoy muy estrecho en aquella fría y triste casa de la calle de Cosme de Médicis. ¿Por qué no he de venirme a vivir contigo mientras llega el día en que, terminado ese maldito pleito, pueda volverme a la Puebla? Aquí hay espacio para todos, y sin que tú nos molestes ni molestarte nosotros a ti, podemos acomodarnos. Yo pagaré lo que me corresponda, y si no lo llevas a mal ocuparemos mi nieta y yo estas hermosas piezas asoleadas que se abren al Mediodía y caen a ese patio, lindante con el jardín vecino. Aquí estamos muy bien guardados: por un lado la Inquisición; por otro el santo Rosario.
Acepté sin vacilar. Lejos de molestarme, me agradaba la compañía, y como me habían dado la casa sin otro gravamen que algunos censillos y costas de poco precio, nada más confortativo para mí que sacarle algún jugo, arrendando una parte de ella. Instalose en seguida Baraona, ocupando una deliciosa y alegre crujía solana que daba a lugar abierto, y desde la cual se veían los árboles de un jardín de la vecindad. Yo seguí en las mismas piezas que antes ocupaba, sin más novedad que la mejor compañía y algunos gastos menos. Cada cual tenía su servidumbre, y aunque comíamos juntos, contribuíamos separadamente al plato común.
Por las noches, después de la cena, nos reuníamos todos en amena tertulia, a la cual solía concurrir algún amigo, tal como don Blas Arriaga, capellán de monjas, y don Pedro Retolaza, secretario de la Inquisición de Logroño, ambos personajes establecidos accidentalmente en Madrid por motivo de pretensiones y otras cosillas. También nos honraba alguna vez don Juan Esteban Lozano de Torres, que era entonces ministro de Gracia y Justicia, y mi antiguo protector don Buenaventura, que era ya marqués.
Allí no se hablaba más que de las conspiraciones descubiertas, de las que se iban a descubrir, y de las que por todas partes descaradamente se fraguaban. Esta era entonces la comidilla habitual de las gentes en todo Madrid. Luego que cada cual expresaba su opinión sobre los peligros que amenazaban a la desdichada monarquía, y sobre las probabilidades de que desapareciese arrastrado por huracanes de traición, pecado y osadía el gallardo edificio del gobierno absoluto, se iban retirando los tertulios y quedábamos solos los de casa, charlando otro ratito, más ocupados de asuntos domésticos que de la revuelta política. Una noche, luego que Arriaga y don Buenaventura se retiraron, Baraona, que había estado harto pensativo durante todo el tiempo de la tertulia, pronunció, en coloquio consigo mismo, no sé qué balbucientes expresiones, y golpeando repetidas veces el brazo del sillón en que se sentaba, se encaró conmigo y me dijo:
—¡Vive Dios, que si ahora se nos escapa, estos justicias de Madrid merecerían ser ahorcados al lado de los ladrones a quienes ayudan y protegen!
Yo le miró interrogándole con los ojos.
—Querido Pipaón —añadió cuando las toses le dieron algún respiro—, tengo que comunicarte un asunto importante, y espero tu parecer, y con tu parecer tu ayuda.
—¿Qué ocurre?
—El infame asesino de mi hijo Carlos, del esposo de Jenara, está en España.
—¡Salvador Monsalud en España! —exclamé—. No lo creo. Por don Pedro Cevallos, con quien solía cartearse antes de que este fuera a Viena... (tratos de masonería, señor don Miguel), por don Pedro Cevallos, digo, que es un hermanuco de tomo y lomo, supe hace tiempo que Salvadorcillo seguía en París.
—¡Hace tiempo! No se trata de hace tiempo, se trata de ahora. Es indudable que ese vil trabaja dentro de España en las tenebrosas conspiraciones que Dios está permitiendo para fines solo conocidos de la Sabiduría infinita.
—Puede ser.
—No puede ser, sino que es —dijo repentina y enérgicamente Jenara, que hasta entonces había permanecido silenciosa—. Yo le he visto.
—¿Le ha visto usted? ¿Luego está en Madrid?
—¡En Madrid, en la corte, en donde está el trono, el gobierno, el rey, los Consejos, la suprema Justicia! —exclamó Baraona con aquella furia senil que se desbordaba de su pecho en las contrariedades graves—. ¡Esto es escandaloso!... No sé de qué valen las medidas adoptadas contra los afrancesados... ¿Es esto gobierno?... ¿Es esto justicia?... ¡Ah, Pipaón, aquí están poseídos de necedad! Persiguen a los mentecatos inofensivos, y dejan en libertad a los perversos. ¡Ahorcan a los sargentos, y permiten que todos los oficiales del ejército se vendan a la masonería!
—Monsalud no es oficial del ejército.
—Pero es malo, rematadamente malo, y listo... ahí tienes el secreto de su impunidad... ¡Dios soberano! Ese rey, esos ministros, esos consejeros, ¿en qué piensan?
—Descuide usted, señor don Miguel —repliqué agitando en mis manos la badila, después de acariciar la ya moribunda lumbre del brasero—. Si Salvador está en Madrid, no se escapará.
—Muy pronto lo has dicho... Me parece que he de renunciar al más grande regocijo que ha soñado últimamente mi imaginación desconsolada. Me moriré sin ver el castigo de un miserable, convicto de los siguientes crímenes: asesinato, infidencia, herejía, afrancesamiento y traición. La idea de que ese monstruo naciera en aquella honrada tierra de Álava, que no ha sabido ser madre sino de hombres eminentes, de caballeros piadosos y ejemplares campesinos, me enardece la sangre, Pipaón amigo. Según todos los indicios, él dio muerte a nuestro insigne compatriota, a aquel espejo de la caballería alavesa, el gran don Fernando Garrote; también hirió gravemente al hijo de este y mío por los lazos del corazón, Carlos...
—En duelo... —dijo Jenara interrumpiéndole—. Un duelo temerario y horroroso.
—No fue duelo —afirmó Baraona resueltamente, enojado de la interrupción—. Aunque Carlos, impulsado por su noble generosidad, lo diga así, y aun sostenga que él lo provocó, es mentira, mentira, mentira... Hiriole a traición Monsalud. Cuando el pobre mártir cayó, apoderáronse del asesino algunos guerrilleros que a la sazón pasaban. Confesó él mismo su crimen con hipócritas palabras; hizo la farsa de que deseaba morir conformándose con su destino, y hubiera perecido, en efecto, al siguiente día, si la diligente protección de una señora afrancesada no comprara su libertad, primero con ruegos, después con dádivas, pues todas sus alhajas (que eran muchas y habían sido ocultadas en el momento de la derrota) las dio por ponerle en salvo. El criminal se refugió en Francia. Nosotros, deseosos de hacer pronta justicia, trabajamos porque el gobierno español lo reclamase al gobierno francés; pero nada se pudo conseguir. Allá están tan embobados como aquí. Respondieron que se ignoraba su paradero. Para averiguarlo, aprehendimos a la madre del delincuente. Diole tormento la Inquisición de Logroño, en cuyas cárceles está todavía; pero de los labios de la infeliz no ha salido una sola palabra que sea luz de nuestra oscuridad, certeza de nuestra ignorancia. ¡Ah! Pipaón, mientras no se haga pronta justicia; mientras no desaparezca este espectáculo de los bribones, que se pasean impunes por el reino, insultando con sus miradas a la gente honrada, no tendréis gobierno firme y respetable. Os ocupáis de tonterías, de crear cruces, de mudar los ministros todos los meses, de dictar leyes que no se cumplen. Esto es hacer pajaritas de papel, mientras el suelo se estremece, mientras la tempestad se prepara y el volcán ruge. Vendrá la revolución y os encontrará disputando sobre el color de una venera, o sobre si la reina está o no está embarazada... En verdad no sé a dónde volveremos nuestras miradas los partidarios del gobierno de Cristo, de la verdadera política cristiana, que tiene por base la justicia. ¡Desgraciado, de mí! Cerraré para siempre los ojos, sin que en la postrera mirada de ellos pueda ver otra cosa que miseria y debilidades, los buenos patricios olvidados, los criminales libres, la revolución amenazando o quizás triunfante, los mayores delitos impunes o quizás premiados, y Salvadorcillo Monsalud paseándose tranquilo por las calles de Madrid.
Hundió la barba en el pecho y permaneció en silencio largo rato.
—Si está aquí —dije yo, por decir algo—, y mucho lo dudo...; pero, en fin, si está no es difícil averiguar su domicilio y llevarle a la cárcel. Ya sabe usted que ahora estoy en desgracia y no puedo nada; pero, sin embargo, intentaré...
—Harías la obra más meritoria y más patriótica de tu brillante carrera, Pipaón —manifestó Baraona con semblante adusto—. Mi nieta y yo te lo agradeceríamos mucho más que esos mil favores de oficina que nos hiciste. ¡La justicia! ¡El castigo del crimen, de la traición, de la herejía, del engaño!... Yo deliro por esto. La justicia sin aplicación no es ni será más que una palabra inútil. No hay que decir que se encargue Dios de castigar al criminal, no. Aparte de esto, a nosotros, hombres, nos corresponde no dar paz a la cuchilla, para que los díscolos aprendan, para que los buenos teman y los extraviados se corrijan... ¿Por ventura habría llegado a la tierra de Promisión el pueblo elegido, si Moisés, por orden de Dios, no hubiera aplicado tremendos y merecidos castigos? ¡Oh! ¡Cuán hermoso espectáculo dio aquí Su Majestad dictando a poco de su llegada rigurosas leyes contra los francmasones y liberales! Yo creí que el pueblo elegido llegaría a la tierra de Canaán; pero no, ya veo que se quedará en mitad del camino. Todo es debilidad: las leyes no se cumplen; cada cual hace lo que más le agrada; son presos los pequeñuelos, mientras los grandes conspiran; alrededor del trono alzan su cabeza enmascarada de sonrisas la traición y la sedición; todos los militares trabajan sordamente en la masonería. Es esto un constante hervidero de inquietud, de amenaza, de ambiciones locas que surgen, como los insectos en el muladar, de la gran escoria del reino; los magnates se ocupan de convites y cenas, mientras los masones proyectan comerse a la nación; son cogidos algunos criminales conspiradores, y a poco se les suelta; reina una confabulación espantosa entre los conspiradores y la policía, entre presos y carceleros, entre alguaciles y alguacilados para taparse sus respectivas infamias, y hasta la Inquisición, volviéndose tibia y complaciente, es un cuchillo que se ha hecho alfiler; apenas pincha... Todo es flojedad, enervación, raquitismo, pequeñez. La nación, que tan enérgica, varonil y potente ha sido contra el extranjero, es en su vida interior un juego de chiquillos, que retozan en el fango, y con el fango hacen bolas que se arrojan unos a otros, no para matarse, sino para mancharse... ¡Quiero morirme de una vez, si no he de vivir más que para ver esto! ¡Los hombres como yo estamos de más en reuniones de muchachos! El papel de Herodes es difícil, y el de maestro de escuela ridículo.
III
Dijo, y siguió accionando en silencio durante un rato. Estaba desasosegado y colérico. La enorme desproporción entre su energía intelectual y su fuerza física, entre sus ideas y su posición, le ponían en aquel estado de frenesí, tan semejante a una monomanía furiosa.
—En algunas cosas tiene usted razón, señor don Miguel —dije—. No se castiga todo lo que debiera castigarse; pero si ese humor de mil demonios que usted tiene se ha de aplacar con la prisión y escarmiento de Salvador Monsalud, dese usted por curado... Hablaremos a Lozano de Torres... aunque sigo en mis trece, y sostengo que ese desgraciado no está en Madrid. Debe de haber error en esto.
—Está, está en Madrid —afirmó segunda vez Jenara, clavando en mí sus ojos azules, cuya serenidad se alteró visiblemente—. Yo le he visto.
Al decir yo le he visto, se puso pálida. Su semblante expresaba más bien miedo que cólera.
—¿Le ha visto usted?
—Hace seis días —dijo palideciendo más— fui a misa a la iglesia del Rosario, que está aquí cerca. Después de oír misa y de rezar, me dirigí a la puerta. La iglesia era toda oscuridad. Pasaba yo junto a la entrada de una capilla, cuando sentí más bien que observé la proximidad de un bulto, de una figura, de un hombre. Llegó hasta mí una corriente de aire frío, cual si una capa se agitara a mi lado; yo temblé. Al mismo tiempo, llevadas por aquel aire glacial, sonaron en mis oídos estas palabras, dichas con marcado tono de burla o ironía: «Adiós, Generosa...» Me estremecí toda; tropecé en una estera, y ya tocaban mis rodillas en el suelo, cuando una mano me levantó con energía. En el mismo instante, alguien levantó la cortina del cancel, entró alguna luz, y vi a mi lado una cara muy morena, la misma cara. ¡Jesús!
Daba Jenara a su relación un interés inmenso. La patética emoción del drama se pintaba en su semblante.
—Nunca he tenido —añadió— tan fuerte impresión, no sé si de miedo, no sé si de ira, no sé si de lástima... En término muy breve mis sensaciones fueron muy diversas, traídas la una por la otra. Temblé, como si sintiera la mano del demonio agarrando la mía... creí que iba a ser asesinada en aquel mismo instante... me pareció que aquel hombre no era un diablo ni un asesino, sino simplemente un pobre que me pedía limosna... se me representaron uno tras otro los crímenes de Monsalud, desde su traición a la causa nacional hasta su duelo con Carlos... no vi luego más que desgracia, mendicidad, hambre... ¡y qué cara, santo Dios!
—¿Le observó usted bien?
—Está más moreno, mucho más moreno que antes. Sus ojos queman; su boca, al sonreírse con ironía, no sé si hambrienta o sanguinaria, muestra unos dientes más blancos que el marfil; su aspecto infunde miedo y dolor. Viste de un modo extraño, anda de prisa, pasa y mira.
—¿Pero le ha visto usted una sola vez? —pregunté, asombrado de tantos detalles.
Un ratito tardó en contestarme. Luego, mirando al suelo, dijo:
—Una sola vez... Yo corrí para salir de la iglesia. Desde la puerta miré hacia dentro, y vi que un fraile se le acercó.
—¡Un fraile!... —murmuró sordamente Baraona—. ¡Buenos están también!
—¿Y dice usted que desde ese día no ha vuelto a verle? —pregunté a Jenara.
Después de vacilar, me contestó:
—No... no puedo asegurar que haya vuelto a verle... ni tampoco que no le haya visto.
—¿Cómo es eso?
—Quiero decir que la impresión que en mí produjo aquel encuentro ha sido tan duradera, que a veces se reproduce ella misma, sin causa real... La imaginación...
—Diga usted los nervios. Cuidado con creer en duendes y apariciones.
Callamos todos, contemplando las menudas ascuas de la copa de bronce que, mezclándose con la blanca ceniza, lanzaban su último brillo; existencias que, próximas a expirar, dirigían a los vivos su postrer mirada. Baraona, Jenara y yo mirábamos en silencio la moribunda lumbre. Todo callaba en derredor nuestro. Era la hora en que los espíritus pusilánimes y los niños suelen tener miedo, y para ahuyentarlo, al ir a acostarse, atraviesan corriendo y cantando los largos pasillos y las oscuras piezas. Era la hora en que las puertas de algún ventanejo alto y lejano suelen dar porrazos, estremeciendo la casa y el corazón de sus habitantes. Era la hora en que el gato trasnochador suele lanzar lastimeros ayes, que parecen llanto de criaturas, o algazara de voladoras brujas que van por los aires a sus repugnantes asambleas. Era la hora en que el viento suele ponerse en la boca el tubo de la chimenea, como un gigante que sopla su bocina, y cantar, decir o refunfuñar alguna horripilante estrofa, que hiela la sangre en las venas del inquieto durmiente... Los tres nos hallábamos profundamente pensativos, cuando sonó de improviso en lo interior de la casa inusitado estrépito, una puerta que se cerró, un mueble que vino al suelo, un golpe, un tiro, qué sé yo... una nada, una tontería, un fútil accidente; pero que sin duda, a causa de la hora y de cierta predisposición de espíritu, nos estremeció a todos.
—¿Qué es eso? —chillamos a una vez.
Miré a Jenara. Estaba blanca como el papel, y sus dientes chocaban.
—Es la puerta de mi cuarto que ha dado un golpe. Quedó abierta la ventana de la calle... —dije yo, tranquilizándome por completo.
Al cabo de un instante me sentaba de nuevo junto al brasero, después de cerciorarme de la insignificante causa de nuestro pueril miedo. Jenara seguía temblando; yo me reí, y ella, arropándose en su mantón, dijo que tenía frío. Baraona, levantándose, dio la orden de acostarse todo el mundo.
Les acompañé a sus habitaciones. Al pasar por la extensa galería que las separaba de las mías y del comedor, observé que Jenara dirigía miradas inquietas a un lado y otro. La sombra de nuestros cuerpos sobre la pared atraía sus miradas con más fijeza de lo que una vana sombra merece. Yo iba tras ellos. Cuando les despedí en la puerta, Jenara me dijo: «Entre usted.» Seguía temblando, y como yo le interpelase sobre aquella injustificada desazón, solo contestaba:
—Tengo frío.
Obligome a que registrara su habitación; a que asegurase las puertas, las cerraduras de las ventanas, y cuando me retiré al fin después de manifestarle lo innecesario de tales precauciones, echó llaves y cerrojos por dentro, quedándose acompañada de su criada.
Dirigime a mis habitaciones, sin dar importancia a las voluntariedades de mi hermosa huéspeda; pero al llegar a mi alcoba y lecho, y cuando a acostarme me disponía, recibí una sorpresa, una impresión tan fuerte, que mis carnes temblaron, dieron unos contra otros mis dientes, y me quedé frío, absorto, mudo, petrificado. Sobre mi lecho y en la misma vuelta de las sábanas, había un papel escrito. Con trémula mano lo tomé; recorriéronlo mis ojos en un instante; decía así:
«Infame Bragas: Tú que eres amigo y compinche del Tigre y del Zorro, podrás conseguir que manden poner en libertad a Fermina Monsalud, presa y atormentada en la Inquisición de Logroño por supuesto delito de infidencia. El Elefante trabaja en pro de la mujer inocente. Ha asegurado que la Culebra, es decir, tú, podrás ayudarle con éxito seguro.
»Infame Bragas: si dentro de quince días está libre mi madre, no te pesará; si no lo estuviere, te acordarás de
Salvador Monsalud.»
IV
Juzgad, ¡oh amigos!, de mi asombro, de mi anonadamiento. Largo rato estuve con el papel en las manos sin saber qué partido tomar, sin poder concretar mis ideas, sin resolverme a dar un paso, incapaz de formar un juicio claro sobre aquel hecho. En mi cerebro bullía el caos. Llenaba mi espíritu un miedo horroroso, un miedo cual nunca lo he tenido.
Pasé algún tiempo en dolorosa incertidumbre. Como si tuviera la conciencia de que mi cuerpo era una masa de apretada aunque suelta arena, que se desmoronaría al menor movimiento, no me atrevía a dar un paso ni a menear un dedo. Poco a poco fuime recobrando; empecé a discurrir; me esforcé en atenuar la gravedad del caso, y la curiosidad se abrió paso en mi espíritu. ¿Quién había traído aquella hoja amenazadora? El hombre que me escribía, mi camarada antaño, ¿por qué había ideado tan singular modo de comunicarse conmigo? ¿Era él realmente o algún chusco desocupado? Y quienquiera que fuese, ¿de qué medios se había valido para dirigirme tan atroz apercibimiento?
Mi casa no era casa de duendes, aunque muy antigua y grande, propia, por lo tanto, para que se pasearan por ella los invisibles habitantes de la sombra, si el miedo les permitía la entrada. Felizmente yo no creía en brujerías, ni en fabulosas chuscadas de almas en penas. Ni por un instante pensé en tales puerilidades. Pero al mismo tiempo tenía la seguridad, gracias a un reconocimiento prolijo que a poco de mi mudanza hice, de que en mi casa, con ser de dos puertas, no había comunicaciones novelescas, ni sótanos, ni compuertas, ni armarios maravillosos, ni escotillones, ni ninguna tramoya de esas que en el teatro y en los libros dan materia para un sorprendente enredo. No teniendo, pues, mi casa secreto alguno, era evidente que alguno de los criados había sido conductor del extraño mensaje.
Eran tres: el primero, que tenía por nombre Farrancho, servíame de mandadero, ayuda de cámara y también de amanuense en casos de mucha urgencia, y era hombre de honradísimos antecedentes, por su cacumen, casi incapaz de sacramento, pues discurría como una acémila, por su carácter moral, apreciabilísimo al parecer. Jamás le cogí en mentira, ni en hurto, ni en falta alguna.
La segunda persona de mi servidumbre era una mujer, venerable matrona bastante vieja y fea para no incurrir en deslices amorosos, bastante joven y aseada para servir bien y guisar mejor, Marta por lo diligente y entendida en cosas domésticas, Magdalena por lo piadosa. Había servido a monjas durante veinte años, con lo cual dicho se está que era la prudencia misma, la santidad personificada, la honradez en efigie. Jamás se ocupó de chismes domésticos, y parecía carecer del uso de la palabra, como no fuera para emplear ciertas fórmulas piadosas: nunca entraba en mi cuarto sin decir lúgubremente el estribillo cartujo de morir tenemos. Su obediencia era ciega, su solicitud extremada, su cariño firme y mudo como el de los buenos esclavos, su arte culinario de plata, su silencio de oro. Hasta su nombre era admirable de concisión y santidad. Se llamaba doña Fe.
Había además en la casa otra hembra; pero no me servía a mí (aunque bien lo quisiera yo), sino a Jenara, de quien era doncella. Paquita, guapa moza, llevaba poco tiempo en casa, y no me eran conocidas las prendas de su carácter. Parecía excelente muchacha. Mis sospechas recaían principalmente en ella, después en Farrancho. Doña Fe quedaba libre de toda suposición desfavorable, porque además de tener un carácter formalísimo, incapaz de toda farsa o enredo, hallábase a la sazón en cama, molestada de horribles dolores en la cara y oídos.
Una vez repasadas mentalmente las cualidades de aquel doméstico triunvirato, recayó mi atención en el asunto principal, en la extraña hoja que tan a deshora había venido a turbar la tranquilidad de un hombre de bien, servidor diligente de su rey y de su patria. Lo más singular del singularísimo documento, era que el autor de él, ya fuese en realidad Monsalud u otro cualquier pelanduscas de su propio estambre, al mismo tiempo que solicitaba mi auxilio, me ofrecía su protección como parecía indicarlo el no te pesará. Pero a renglón seguido me amenazaba de un modo insolente. El te acordarás de mí me ponía en gran cuidado... ¿Sería aquello una farsa ridícula? El que ofrece protección o castigo es porque tiene poder; y si Monsalud tenía poder, ¿por qué solicitaba mi auxilio?... ¿Debía yo despreciar el escrito, o fijar en él toda mi atención?
Pensando en esto, venían a mi memoria recuerdos del ardiente carácter de mi antiguo amigo; surgía ante los ojos de mi imaginación su figura, representándomela desmelenada, horrible, teñida de la palidez siniestra del jacobinismo. Volviendo a contemplar el escrito en cuyos caracteres se conocía la mano de Salvador, y dueño de mi espíritu, el miedo me sumergía de nuevo en vacilaciones sin fin.
Las palabras del escrito indicaban una resolución firme. Lo que a mis lectores podrá parecer oscuro y enigmático, para mí no lo era entonces, por ser común y aun popular el tiznar con viles apodos la persona de hombres esclarecidos y respetabilísimos, que consagraban su vida al servicio del reino. Así, el Zorro era don Juan Esteban Lozano de Torres, ministro de Gracia y Justicia; el Tigre, mi amigo y protector don Buenaventura, recientemente convertido en marqués de M***, y el Elefante, don Ignacio Martínez Villela, consejero de Castilla y hombre muy metido en Palacio, aunque por entonces corrían voces de que era masón.
Después de mucho meditar, no repuesto del mortal susto, juzgué que para requerir a los criados convenía esperar al siguiente día. Acosteme; pero el sueño huía de mis ojos. No se apartaban de mi mente las anécdotas que acerca de los masones y su audacia había oído contar últimamente sin darles importancia; recordé lo que por entonces se decía de connivencias misteriosas, de sobornos de criados, con otras artimañas atrevidas que establecían una verdadera mina dentro y debajo de la sociedad.
Yo procuraba determinar algo; pero ninguna resolución definitiva lograba echar su raíz en mi vacilante y perturbada voluntad. Mi entendimiento, excitado por la vigilia, iba de aquí para allí, entre las revueltas olas de un mar de ideas, empujado, ya de un lado, ya de otro, sin poder llegar a ninguna orilla, ni sumergirse en el silencioso y quieto fondo, que era el dormir y lo que yo más deseaba.
Pero la luz del día, ¡bendita sea mil veces!, disipó aquel delirio caliginoso en que mi pensamiento con angustia se revolvía como un loco en su jaula. Se me presentó el hecho en proporciones muy pequeñas, y libre ya del miedo, si no del recelo, tomé dos resoluciones: no hacer caso del escrito, e interrogar a mis criados para despedir de mi honrado hogar al delincuente.
Cuando conté el caso a doña Fe llenose de miedo, trajo al punto de la iglesia un cantarillo de agua bendita, y roció toda la casa, recitando exorcismos. La piadosa mujer, hecha un mar de lágrimas al ver el peligro que mi persona había corrido, me dijo haber visto a Farrancho en la calle el día anterior, secreteándose con individuos de aspecto tan revolucionario como heterodoxo, y aunque el tunante protestó y lloró, mojándome las manos con la baba de sus hipócritas besos, le despedí. Su culpabilidad era evidente. Jenara me respondió de la inocencia de su doncella, y antes hubiera dudado yo de mí propio que de la venerable matrona a quien tan bien sentaba el nombre de Fe. Baraona quiso levantarse a deshora del lecho para dar dos palos al infame y desleal muchacho; pero le contuvimos, y durante un rato Jenara y yo hablamos vagamente del asunto.
—Yo tampoco he dormido nada en toda la noche —me dijo.
Le pregunté si también había recibido papelito; pero no se dignó contestarme.
V
El incidente que he referido dejó de inquietarme al siguiente día, y poco a poco fue olvidado por completo. Salgamos ahora de mi casa y veamos cómo andaban las cosas públicas en aquellos días, que eran los últimos de octubre de 1819, a los once meses de la sangrienta conspiración de Vidal en Valencia y a los cuatro de los sucesos del Palmar.
Grandes mudanzas habían ocurrido en la corte desde 1815 a 1819. En tan breve tiempo Fernando se había casado dos veces: la primera con Isabel de Braganza (cuyas bodas concertó en el Brasil fray Cirilo de Alameda y Brea, enviado secreto de Su Majestad Católica); la segunda con María Amalia de Sajonia, hermosa y desabrida, humilde y bondadosísima, devota y también algo poetisa. Mientras reinó Isabel, la influencia política de los criados mermó mucho en Palacio, y este fue lo que debía ser una vivienda de reyes; pero desde diciembre del 18, en que Dios se llevó de la tierra a la insigne princesa, las culebras de la camarilla empezaron a recobrar su imperio. Sin embargo, ni Alagón ni Chamorro fueron tan poderosos. Ramírez de Arellano y un tal Villar Frontín, antiguo escribano del resguardo, eran los que se comían el reino crudo.
Nueva gente se encontraba en las oficinas, en los Consejos, en Palacio, y los ministros variaban a menudo; que no es la inconstancia don peculiar de los poderes constitucionales. En seis años vi bajar y subir tantos, que casi se pierde la cuenta de ellos. Ceballos se hundió en octubre de 1816. Don Tomás Moyano había desaparecido también del escenario, cayendo en la oscuridad, de donde jamás volvió a salir, quedando tan solo, cual muestra de su paternal administración, los mil y un parientes que en su breve poltronazgo sacó de la miseria y soledad del campo; don Francisco Eguía también dejó por algún tiempo al ejército huérfano de su protección. Hubo un divertido minueto de señores ministros de la Guerra durante corto plazo, porque a Eguía sucedió Ballesteros, a Ballesteros el marqués de Campo Sagrado, y al marqués de Campo Sagrado otra vez el señor Eguía, sin cuya coleta creyérase que no podía existir la atribulada nación. La Marina había perdido a Cisneros, y era gobernada por Figueroa. Desgraciada andaba la Marina en aquellos tiempos, pues para que su orfandad fuera completa, también perdió en abril de 1817 a aquel imponderable terror de los mares, el infante don Antonio Pascual, de quien dijo el poeta:
¡Neptuno, Tetis, Céfiro y Favonio
Eterno mostrarán llanto abundante.
Pues falleció el infante don Antonio!
Así terminaba el soneto que al triste suceso dedicó don Diego Rabadán, el primero de los poetas de aquel tiempo, Rioja de los líricos y Herrera de los heroicos, hombre de esclarecido ingenio, gloria de su época, y al cual la envidiosa posteridad ha tratado injustamente, equiparándolo al don Hermógenes de Moratín... ¡Como si no fuera la mejor pieza del mundo aquel célebre soneto en que, para decir que don Antonio había muerto de pulmonía, se manifestaba que el cierzo quiso dar testimonio de su aridez,
arruinando a la España su almirante!
No puede darse imagen más hermosa ni entonación más robusta que la de aquel comienzo:
Ya vencidos de Acuario los rigores
que aprisionan a líquidos cristales...
Pero llevado de mi afición a la poesía y a los buenos poetas de mi tiempo, me he apartado de lo que estaba tratando, y era, si no recuerdo mal, los cambios de ministros. Don Felipe González Vallejo, a quien pusimos en Hacienda, salió como había entrado, es decir, que se lo llevó un viento cortesano, y el pobrecito, con ser tan inocentón y tan para poco, no se libró del destierro. Entonces era común que a todos los caídos les recetaran un paseo higiénico para recobrar las fuerzas gastadas en el servicio de la patria. Sucedióle Ibarra; luego López Araujo, que apenas sabía leer y escribir, y al fin entró el célebre don Martín Garay, que más que hombre era una escuela, pues trajo al ministerio todo un plan e idea completa para reformar la Hacienda pública, tarea equivalente a beberse el mar, o a ponerse por montera el Moncayo. Gozaba el señor de mucha fama, que aún conserva su nombre; pero todos los hombres de mi tiempo, desde el rey y los ministros y el clero hasta el último zascandil, se pusieron en contra suya, y tuvo que salir del ministerio y marcharse con la música y el sistema a otra parte. Por fortuna no tuvo tiempo de hacer nada de provecho; que si le dejáramos, capaz hubiera sido de volver la Hacienda del revés, elevando los ingresos y mermando los gastos. Su sucesor, Imaz, era un bendito.
En Estado, el célebre León Pizarro, amigo y compinche de don Antonio Ugarte, no duró mucho tiempo, ni tampoco Irujo, que empezó su carrera por paje de Bolsa de un consejero y la acabó marqués y millonario. El duque de San Fernando, su sucesor, no fue menos afortunado, porque al principio de la guerra era soldado raso, y en 1818 teniente general, duque, grande de España y no sé qué más.
En Gracia y Justicia, después del obispo de Mechoacán, que fue ministro veinticuatro horas (¡tanto se emprende en término de un día!), entró y duraba aún en la época de mi relación, don Juan Esteban Lozano de Torres, la gran figura de aquellos tiempos, y no porque la tuviera gallarda, ni aun digna de ser vista, sino porque con su hermosura moral a todos cautivaba, empezando por el rey. Había sido Lozano de Torres en su mocedad relojero. No había hecho estudios de ninguna clase, siendo el primero y el único ministro de Gracia y Justicia lego en jurisprudencia. Ni siquiera sabía latín, cosa rara y chocante en aquellos tiempos.
La carrera de este benemérito español había sido el comisariato del ejército. ¡Y qué herejías dijeron de él a propósito de la administración del hospital militar de la Isla! Con ser tan fuertes, sin embargo, las especies que acerca del comisario dijo el vulgo, no llegaban, ni con mucho, a lo que decían los enfermos, unos tunantes que ponían el grito en el cielo desde que les faltaba caldo. ¡Qué tal fama de abastecedor y despensero tendría el niño, cuando, destinado a la intendencia de Castilla la Vieja, no quiso darle posesión el gran Wellington, jefe del ejército aliado!
La causa de su elevación a la silla de Gracia y Justicia fue el desmedido y loco amor que a Fernando tenía, el cual era de tal naturaleza que raras veces se presentaba ante Su Majestad sin derramar lágrimas de ternura, y para besarle la real mano hincaba la rodilla en tierra. Había en el alma de Lozano un sentimiento parecido a la dulce fibra del misticismo, que le llevaba a la identificación con el objeto amado, haciéndole partícipe no solo de las impresiones morales de este, sino también de sus sensaciones físicas. Cuando Fernando estaba enfermo, Lozano de Torres se quejaba de la misma dolencia, y si a Su Majestad le dolía un pie, al punto cojeaba el amigo: tal era la fuerza de simpatía entre los dos.
Pero cuando el ministro de Gracia y Justicia desplegaba toda la vehemencia de su alma fervorosa, era cuando la reina Isabel estaba embarazada. En cierta ocasión, mi hombre celebró en San Isidro por su cuenta solemne función religiosa y manifiesto, que había de durar hasta que Su Majestad saliese de cuidado; y queriendo dar pública muestra de su amor a la monarquía, hizo en medio de la iglesia tales aspavientos de devoción, golpeándose el pecho y desollándose las rodillas ante el altar, que los fieles no pudieron contener la risa. No quedó sin premio lealtad tan ardiente... ¡pues no faltaba más! Según puede verse en la Gaceta, Fernando VII dio a Lozano de Torres la gran cruz de Carlos III por haber publicado el embarazo de la reina.
Desde 1815 éramos muy amigos don Juan Esteban y yo. El pobrecito no recibía recomendación mía sin que al punto la despachase, y en la camarilla partíamos un confite, según éramos de tolerantes y condescendientes el uno con el otro, sin estorbarnos ni quitarnos de la boca el hueso, como hacían algunos, más semejantes a perros hambrientos que a cortesanos hartos. Yo no dejaba de prestarle servicios menudos, a más de los grandes, bien desempeñando ante Su Majestad un papel entre Lozano y yo convenido, bien llevándole secretitos y noticias, sabiamente pescados al vuelo detrás de una cortina.
Conste, ante todo, que yo estaba cesante desde el verano, pues una cuestión de delicadeza (yo siempre fui muy delicado) obligome a ceder mi plaza a un sobrino del ministro de Estado; pero se me había ofrecido el primer puesto que vacase en el Real Consejo. Como la ambición y el dorado sueño de mi vida eran esta canonjía, la esperaba con viva ansiedad.
¡Crítico y solemne momento! A fines de octubre estaba vacante una de las canonjías del Consejo. Yo tenía derecho a esperar que se cumpliría la oferta, no solo por mis méritos personales, que eran muchos, dicho sea sin modestia, sino porque repetidas veces y por mediaciones de ambos sexos, me había prometido la plaza Su Majestad.
Verdad es que las promesas de Fernando eran como los cien pájaros volando del viejo refrán; ¡pero tenía yo tantos amigos! Como el viajero que después de larga travesía divisa la ansiada orilla, así estaba yo cuando divisé la tal vacante. No cabía en mi pellejo de puro angustiado, inquieto y caviloso. Estudiaba hasta las más insignificantes palabras de los íntimos de Fernando; atendía a los gestos y a las miradas, porque no había accidente alguno en que no viese esperanzas de obtener mi prebenda.
Andaba tan desasosegado, que apenas comía. ¡Ay, si hubieran provisto la vacante en individuo distinto del que está dentro de esta casaca, me habría muerto de pena! Y verdaderamente había motivos para que no estuviese tranquilo, por ser España la tierra de la injusticia y de la ingratitud. ¿El sin par Colón no murió en el olvido? ¿No acabó sus días Hernán Cortés oscurecido en una aldea? ¿Y qué diré de Cervantes?... ¡Vive Dios, que si no me daban la plaza, yo había de hacer algo sonado; rey y cortesanos y ministros se habían de acordar de mí!
Pero últimamente yo no tenía en la corte el favor a que me hacían acreedor mis servicios y adhesión al monarca. Tocome a mí también un poco de aquel hálito de desgracia que a tantos había matado, y aunque no me persiguieron ni me desterraron, hallábame en situación bastante equívoca, ni elevado ni caído, lejos de Palacio, a pesar de que Su Majestad me enviaba hipócritas recadillos. Yo no podía tragar al señor Ramírez de Arellano, ni este me tragaba a mí. Supe que se hacían esfuerzos para desprestigiarme; pero como yo tenía tantos amigos, como conservaba excelentes relaciones con los hombres más eminentes, no solo esperaba defenderme de los que me querían empujar hacia abajo, sino también recobrar el terreno perdido. Alagón, Ugarte, don Buenaventura, Imaz, Villela, San Fernando, Lozano de Torres, me tenían en gran aprecio y me halagaban con fastuosas promesas.
Yo no descansaba. Comprendiendo, como groseramente dice el refrán, que el que no llora no mama, vivía sobre un pie, de visita en visita, de conferencia en conferencia, de lamento en lamento, pidiendo a todos, ya en desnudas, ya en artificiosas razones; exponiendo mis méritos, como se exponían entonces; desacreditando a todo el que estuviese en olor de candidato; trabajando a lo topo y a lo castor, en la oscuridad y a la luz del día; armando muchos enredillos, y ganando voluntades, y levantando polvaredas de intriga y humaredas de adulación; en fin, practicando todo lo que un hombre listo practicaba entonces y practica hoy en circunstancias análogas, que estas viejas mañas son de hoy como ayer, y primero faltarán garbanzos que Pipaones en España. Oí decir un día que la vacante se proveería al siguiente. Corrí a ver al señor Lozano en su despacho del ministerio, y cuando me vio puso cara agridulce, como de quien sonríe para disimular disgusto. Temblando aguardé mi sentencia. Lozano de Torres era pequeño y cari-fruncido, con un airoso moñito de pelo rubio sobre la frente, graciosamente arremolinado. Iba ya para viejo: sus movimientos eran tardos, sus pasos meditados, y al andar colocaba en el suelo con una especie de estudio el blando pie, calzado con zapato de paño. Poníase ordinariamente muy serio, queriendo de este modo tomar la máscara de los hombres de saber; pero con los amigos de confianza, y cuando no se trataban asuntos graves del ramo, era francote y risueño, mostrando a las claras su alma sencilla y su rústico entendimiento. Tan declaradamente manifestaba su índole al hablar, que solo le faltaba decir: «¡Dios mío, cuán bobo soy!»
Hízome sentar a su lado; ofreciome un polvo, que rehusé; diome después un cigarrillo, y tras un par de toses, habló de esta manera:
—Querido Pipaón, anoche me habló largamente de usted Su Majestad. Conviene en la precisión de dar a usted un puesto correspondiente a sus dilatados... a sus dilatados servicios.
—En efecto —repuse—: la última vez que tuve el honor de entrar en la cámara real, Su Majestad me dijo que la plaza vacante del Consejo Real sería para mí.
El ministro cerró fuertemente un ojo, torciendo con extraño mohín la boca.
—¿La vacante del Consejo?... —balbució—. Sí... en efecto: yo mismo prometí a usted... Si de mí solo dependiese; pero...
—¿Pero qué... pero qué? —dije remedando la perplejidad de Lozano—. ¿Es esto formal? ¿Se puede decir hoy una cosa y mañana otra? Si se me cree indigno de formar parte de una corporación en la cual han entrado peluqueros, boticarios y mozos de caballerizas, díganlo de una vez... ¿Por ventura la he pretendido yo?
—No: ya sé que es usted modesto.
—Yo no he pedido la plaza... han venido a ofrecérmela, empezando por el rey; me han estado pinchando mucho tiempo; me han sacado de mis casillas... ¡Si yo no quiero ser consejero, si no quiero figurar!... Por todo el oro del mundo no sacrificaría mi dignidad a cambio de una posición.
—Vaya, señor de Pipaón, no se amosque por tan poca cosa —dijo el buen Torres—. ¿Por qué no espera usted ocasión más favorable? Siendo usted quien es, no tardará en ser consejero. Pronto habrá más vacantes. Aguarde usted unos meses... Su Majestad la reina doña Amalia estará embarazada bien pronto. Cuando venga lo que ha de venir, se repartirán muchas mercedes, sobre todo si es príncipe...
—Señor ministro —repuse, sin poder contener mi sofocación—, se han burlado ustedes de mí. Esto no se hace con un hombre que ha prestado tantos y tan delicados servicios al reino, al rey, a los amigos, a usted mismo.
—Es verdad: por eso dije que anoche acordamos darle a usted una recompensa magnífica —afirmó Su Excelencia melifluamente.
—¿Cuál?
—Puede usted escoger. La Superintendencia de la Moneda en Méjico, la...
—¡India, señor Lozano! —exclamé con el mayor desdén—. Ya sabe usted que no me gustan viajes por mar. Puesto que se me trata de ese modo, renunciaré a servir en la Administración. Para ir a América y labrarme en cinco años una fortuna, no necesito que el gobierno me dé un destino con visos de destierro.
—Entonces, amiguito... Debo advertirle que Su Majestad fue quien manifestó deseos de que marchase usted a América.
—Es raro —respondí—. La última vez que nos vimos, Su Majestad no me dio un canastillo de cerezas como a Campo Sagrado, ni un mazo de cigarros como a Villamil. Yo no pretendí la plaza de consejero; yo no la quería; yo no di paso alguno para que se me diera; pero me la ofrecieron: se ha dicho que yo iba a entrar en el Consejo; he recibido ya las felicitaciones, y aun algunos regalos anticipados, como previa acción de gracias por beneficios que no he hecho todavía... Por consiguiente, si ahora salimos con que no hay nada, mi situación no puede ser más grotesca. Mi dignidad, mi honor, indúcenme a no admitir otro destino que el de consejero.
—Pues hijo —repuso Lozano, dando un suspiro—, lo que es eso... La vacante está ya provista.
Y me alargó un papel que tomó de la próxima mesa.
VI
—¡Me lo figuraba! —exclamé con indignación, devolviendo la minuta después de leerla—. El nuevo consejero es el sobrino del marqués de M***. ¡Bonito nombramiento!
La ira apenas me permitía articular las palabras. Pegajosa saliva entorpecía mi lengua, y con los crispados dedos arañaba los brazos del sillón en que me sentaba.
—¡El sobrino del marqués de M***! —repetí—. ¡Me lo temía!...
—Mañana aparecerá en la Gaceta.
—Y mañana sabrá España, ¿qué digo?, sabrá la Europa entera, sí, señor, la Europa entera, cuáles son las prendas, cuáles los antecedentes que se necesitan aquí para escalar los puestos del Consejo. En primer lugar, ser jugador, borracho, calavera, no pagar las deudas contraídas, deber más de tres mil reales en Canosa; y en segundo lugar, no saber más que un poco de latín, echársela de traductor de Horacio, decir mil pedanterías a propósito de leyes antiguas, defender malamente algún pleito de tenuta, criticar en todo, fantasear en la Sala de Alcaldes, hablar mal de los funcionarios honrados y respetables como usted, y también tener de brevas a higos algún tratadillo con los masones de Granada y de Madrid.
Don Juan Esteban alzó los hombros.
—¡Qué personajes, santo Dios! —proseguí sin que con tanto hablar se desfogara mi cólera—. Tal sobrino para tal tío...
—Silencio —dijo vivamente Lozano—. El marqués está aquí.
En efecto: sin previo anuncio, porque a causa de su intimidad con el ministro no lo necesitaba, apareció en el despacho el marqués de M***, el cual no era otro que aquel famoso personaje a quien puse el nombre de don Buenaventura, tapando con esta especie de benevolencia el suyo propio, para que la posteridad no le mortificase. Fue mi protector, mi amigo, mi Providencia en los primeros años de mi carrera.[1] Por esta razón infundíame siempre mucho respeto, y aunque últimamente solía mostrar envidia de mi rápido encumbramiento y me molestaba cuanto podía, yo, hombre agradecido, le ponía generosamente a él, como a sus sobrinos, fuera del alcance de mis artimañas y de mi lengua.
[1] Memorias de un cortesano de 1815.
Don Buenaventura, a quien solían llamar el Tigre, se había hecho marqués de la manera más sencilla. Nombrado consejero de Hacienda en 1814, reunió en poco tiempo una gran fortuna, comprando fincas que estaban adjudicadas al crédito público. Por aquellos tiempos, necesitando los padres de Atocha algún dinerillo para reparar su templo, dioles Fernando dos títulos de nobleza para que los vendiesen. Don Buenaventura compró en veinte mil duros el de marqués de M***. Era familiar de la Inquisición, hombre cruel, y absolutista tan fanático, que se pasaba la vida buscando masones por todos lados, y averiguando picardías de liberales para contárselas al rey. Tenía en 1819 gran privanza en Palacio; pero le hacía sombra Villela, de quien se contaban no sé qué masónicas liviandades. Conmigo sostenía buenas relaciones; pero a pesar de eso, solapadamente y sin dejar de halagarme, bebió los vientos para quitarme la plaza de consejero; y a pesar de lo mucho que me moví, ganome la partida, como se ha visto.
—¿Se murmura, eh? —dijo amistosamente, después de saludarnos—. Este diablo de Pipaón no está nunca contento.
—Ya le he dicho que puede esperar mejor ocasión —añadió don Juan Esteban, ofreciendo un cigarrillo a su amigo—. Grandes acontecimientos van a venir... Puede que nazca un príncipe...
—Es claro —dijo el marqués, mirándome con sorna—. Pero ¿tú qué crees? ¿Se hacen consejeros de treinta y seis años? Estos sietemesinos, apenas dejan el biberón, ya ambicionan los primeros puestos del estado... ¡qué tiempos, señores! No se a dónde vamos a parar. He aquí un chiquilicuatro a quien saqué de las covachuelas hace seis años. Le hemos visto subir como la espuma; le hemos ayudado como buenos amigos, y ahora, ingrato y descontentadizo, todo lo quiere para sí. Paciencia, amiguito; paciencia, y aguardar. Felizmente no estamos en los tiempos en que el señor Chamorro y Paquito Córdova disponían de los destinos y sueldos del reino. Ya los caprichos de una bella no conmueven la monarquía; ya no caen y se levantan los ministros al compás de la escoba de los mozos de retrete: estamos en tiempos mejores.
—Las personas han variado, convengo en ello —respondí con malicia—; pero las cosas, no. Entre las ruinas de la antigua camarilla, eleva su majestuosa frente la negra del señor Villela.
—Silencio —dijo Lozano de Torres—. Le espero de un momento a otro; puede venir.
—¿Quién gobierna? ¿Quién aconseja a Su Majestad? ¿Quién empuña el timón de la nave, como generalmente se dice? —proseguí—. Todos sabemos que si Artieda no tiene el poder de antaño, lo tienen Ramírez de Arellano y Villar Frontín, pues los ayudas de cámara también caen y se levantan, como los ministros, aunque sin canastillos de cerezas ni mazos de cigarros.
—Bueno —dijo don Buenaventura riendo—. Sigue tú en la agencia universal y diplomática de don Antonio Ugarte. Sigue comprando barcos rusos y contratando empréstitos. ¿Qué más quieres, pelafustán? ¿Aspiras también a comprar a los rusos sus barbas, para ponérnoslas a nosotros después de hacérnoslas pagar?
Don Juan Esteban se reía como un bendito.
—¿Quieres ser consejero? —añadió el marqués—. ¿Y para qué? ¿Qué vas tú a hacer en el Consejo? Sepámoslo. ¿Meditas algún informe luminoso sobre cualquier materia? ¿Vas a poner en olvido las dotes eminentes de Jovellanos, Campomanes, don Arias Mon y demás notabilidades? Para traer y llevar los recados de don Antonio Ugarte, para ayudarle en sus negocios, ¿no estás mejor en cualquier oficina que en el Consejo? A pesar de ello, yo te prometo que te apoyaré decididamente en la primera vacante: ¿qué más quieres?
—Sé lo que es el Consejo—respondí breve y sentenciosamente—; sé lo que son las oficinas: todo lo conozco y aprecio en su justo valor, menos las influencias que imperan hoy, las cuales son de tal naturaleza que no sabe uno a qué atenerse.
Me levanté para marcharme. En el mismo instante un portero anunció a don Ignacio Martínez de Villela, que no tardó en entrar. Me quedé.
Este venerable señor, uno de los que más trabajaron en 1814 cuando la persecución de los diputados, era entonces muy influyente en Palacio.
Él, Lozano de Torres y otros que no menciono, formaban a la sazón la pequeña corte del monarca, sustituyendo a la antigua, que con gran trabajo desbancaron y de la cual tuve la gloria de formar parte. Era Villela, además de corpulento como un elefante, hombre muy vividor, y en la apariencia grave y respetable, con grandes humos de probo y justiciero. Oyéndole, parecía que por su boca hablaba el derecho público y privado. Poseía bastantes conocimientos jurídicos, lo cual le daba respetabilidad, poniéndole en situación muy favorable; porque desde 1816 y desde la venida de la reina (que coincidió con el eclipse de nuestra camarilla), comenzaron a estar en alza los llamados sabios, los jovellanistas, y los de la escuela de Garay, verificándose un descenso rápido en el influjo de toda la gente lega y romancista.
Pero la mayor notoriedad del magistrado en cuestión no era su sabiduría, sino su negra, una tal doña Inés, ama de llaves y gobernadora de la casa, de cuya intervención en los negocios públicos se habló durante mucho tiempo. Habíase captado de tal modo la voluntad de su dueño, que teniendo este la clave de muchos nombramientos, túvola ella también. Especialmente las mitras, que se concedían siempre a propuesta del Consejo, fueron de tal modo monopolizadas por doña Inés, que esta no abría la mano sin que saliera de ella un obispo. Había previo convenio y eclesiástico arreglo antes de que una mitra fuese provista, y era cosa sabida: ni el más pintado, aunque fuera el mismo san Pedro, empuñaba el báculo si antes no se ponía a bien con la tal negra, impetrando y consiguiendo su soberana gracia. Con este motivo ocurrió más adelante un suceso curioso que no quiero callar.
Vacó la diócesis de Astorga, y siguiendo los trámites ordinarios, fue presentado para la silla un sujeto, cuyo nombre no hace al caso. Llevose el decreto al rey para que lo firmara, y Fernando, que tenía felicísimas salidas de aticismo cómico, leyó detenidamente el pliego, sonriendo con la socarronería que le era habitual. Estaba verdaderamente cargado, como ahora se dice, de aquella ambición desmedida de la negra de su amigo, y decidiendo emplear su iniciativa y usar sus facultades con tanta insolencia usurpadas, no colérico, sino con mucha calma y gravedad, tomó la pluma, y al margen de la propuesta puso estas sencillas palabras, que constan en un archivo: «Será obispo de Astorga don X... X..., y perdone por esta vez doña Inés.»
Pues bien: aquel que acababa de entrar en el despacho del ministro era el venerable magistrado, el celoso juez de 1814, el Consejero de la Sala de Justicia del Consejo Real, con honores del de la de Cámara; era el amo de su negra, en fin.
VII
—Señores —dijo sin responder a nuestro saludo—, ocurre una cosa muy importante. El señor Requena acaba de morir de un ataque de apoplejía fulminante. ¡Pobre señor, pobre amigo mío! ¡Nos queríamos tanto!... Pero, en fin, puesto que Dios ha querido llamarle a su seno... ello es que con esta muerte hay ya otra vacante en el Consejo.
Yo di un salto en mi sillón.
—¡Una vacante en el Consejo! —repitieron el marqués de M*** y Lozano de Torres.
—Si, señores —añadió Villela sentándose—: una vacante en la Sala de Provincia.
—No podía venir más a propósito —dijo Lozano de Torres mirándome.
—Ahí tienes, Pipaón, ahí tienes... —dijo el marqués de M***—. La Providencia no abandona jamás a quien confía en ella. He aquí que cae del cielo una vacante y te toca en la punta de la nariz.
—Poco a poco, señores —dijo el señor Villela de muy mal talante, mirándome por encima de sus gafas verdes—. No me toquen a esa vacante, que es para mi primo.
Toda la hiel de mi cuerpo vino a mis labios al oír esto, y era tanto lo que se me ocurría decir, que no dije nada.
—Tengo promesa de Su Majestad para la primera vacante —añadió Villela—; y además, amigo Lozano, ¿no hablamos de esto la otra noche?
—Sí, es cierto... —repuso con turbación el ministro—; pero, a la verdad, no sé cómo contentar a todos. Pasan ya de media docena las personas a quienes Su Majestad ha prometido la primera vacante. Creo que lo mejor será echar suertes.
—¡Bah! —exclamó Villela con su impaciencia habitual y mirándome de hito en hito—; ¿lo dice usted por Pipaón, que nos está oyendo? Amiguito, usted es joven aún y puede esperar. En mis tiempos no se entraba en el Consejo antes de los sesenta años. En los que vivo no he visto un mozo más favorecido que usted por la fortuna... Cuando mucho se sube, más peligrosa puede ser la caída. Usted se ha encaramado con excesiva prontitud, y me temo que si no se detiene un tantico, vamos a ver pronto el batacazo... Un polvito, señor marqués; un polvito, señor Lozano; amigo Pipaón, un polvito.
Describió un lento semicírculo con su caja de rapé, en la cual iban entrando sucesivamente los dedos de los amigos.
—Señor don Ignacio —repuse yo aspirando con placer el oloroso polvo—, admito los consejos de una persona tan autorizada como usted... pero debo hacer una indicación. Jamás pretendí la plaza de consejero; pero como se me ha ofrecido repetidas veces, y se ha hecho pública mi pronta entrada en la insigne corporación, sostengo el cuasi derecho que me da la real promesa.
—¡Oh!... usted puede sostener lo que quiera —indicó Villela, volviendo risueño el rostro y elevando la mano, cuyos dedos sostenían aún el polvo—. Cada uno es dueño de tener las ilusiones que quiera. Por eso no hemos de reñir.
—Con perdón del señor Villela —dije yo, inclinándome y poniendo un freno a mi cólera—, seguiré esperando, pues Su Majestad no me ha de dejar en ridículo.
—¡Tantas veces han puesto en ridículo a Su Majestad personas que yo conozco...! —indicó el consejero de la Sala de Justicia, llevándose a la nariz los dedos y aspirando el tabaco con cierto adormecimiento voluptuoso en sus ojos ratoniles.
—¡No lo dirá usted por mí! —repliqué colérico.
Villela se puso muy encendido.
—Por todos —murmuró.
—Señores, señores, basta de tonterías —dijo el ministro, conociendo que la cuestión se agriaba un poco—. Basta de pullas. Se procurará contentar a todos. Esto se acabó.
—Por mi parte, concluido —dijo Villela estirando el cuerpo, arqueando las cejas, sacudiendo los dedos y tirando de la punta del monumental pañuelo para sacarlo del bolsillo.
—Por mi parte, ni empezado siquiera —indiqué yo.
—Háblese de otra cosa —dijo el marqués de M***.
—Hablarán ustedes, porque yo me voy al Consejo —dijo Villela, después de sonarse con estrépito.
—¿Tan pronto?
—Pero no sin hacer al señor ministro una recomendación. A eso he venido.
Diciendo esto, Villela sacó un papelito.
—Veamos qué es ello.
—Lo primero que pido al señor Lozano de Torres, confiado en que lo hará, es una obra de justicia: es que ponga término a una iniquidad horrenda, a un atropello impropio de los tiempos que corren.
—¿Qué?
—En las cárceles de la Inquisición de Logroño —continuó Villela— está una pobre mujer anciana, llamada Fermina Monsalud, a la cual se ha dado tormento para arrancarle declaraciones en la causa que se sigue a un hijo suyo que vive en Francia. Es mujer piadosísima, y a nadie se le ha ocurrido tacharla de herejía. ¿Por qué ha de pagar esa inocente las faltas de otro? Si no pueden atar a la rueda al verdadero criminal, ¿por qué se ensañan en la que no ha cometido otra falta que haberle parido?
—¿Cómo se llama esa señora? —preguntó Lozano, haciendo memoria—. Ese apellido...
—Fermina Monsalud —repuso Villela, guardando el papelito.
—Monsalud... —repitió don Buenaventura, apoyando la barba en la mano y haciendo también memoria.
Tuve intenciones de hablar; pero después de un rápido juicio, resolví no decir una palabra y observar tan solo.
—Esto es una iniquidad, una brutalidad sin nombre —exclamó Villela, golpeando el brazo de la silla—. Hablé anoche de ello a Su Majestad, y Su Majestad se escandalizó...
El ministro y el marqués meditaban.
—Pero eso es cosa del Supremo Consejo —observó Lozano de Torres.
—No quiero cuentas con el Supremo Consejo —repuso Villela—. Bien sabemos todos que este no hace sino lo que le manda el ministro de Gracia y Justicia. Haga usted que pongan en libertad a esa pobre mujer, y cumplirá con la ley de Dios.
—Y con la de los masones —murmuré.
—¿Alguno de los presentes tiene que decir algo en contra de lo que he manifestado? —preguntó Villela con soberbia.
Nuevamente sentí deseos de hablar; pero el recuerdo de la epístola, acompañado de cierto miedo, me cortó la voz.
Don Buenaventura tampoco dijo nada, y seguía meditando.
—Déjeme usted nota —indicó Torres—. Yo veré...
El consejero escribió la nota y la entregó al ministro. Al retirarse, habló así:
—Tengo gran empeño en ello, señor Lozano; pero grandísimo empeño. Si consigo arrancar a esa mártir de las garras de los verdugos de Logroño, me conceptuaré dichoso.
Cuando don Ignacio Martínez de Villela se fue, alzó de súbito la meditabunda frente el señor don Buenaventura, y dando un porrazo con el bastón, exclamó:
—¡Vive Dios, señor Lozano de Torres, que ya no me queda duda!
Don Juan Esteban reía como un zorro, y graciosamente se atusaba con la mano derecha el remolino de cabellos rubios que Dios, cual digno coronamiento de una obra perfecta, había puesto sobre su frente.
—¡Fermina Monsalud! —repitió, leyendo el papel que había dejado Villela.
—Madre de Salvador Monsalud —dijo el marqués—; madre del hombre que anda trayendo y llevando mensajes de los masones; de ese que ha logrado hasta ahora burlar, con su ingenio peregrino, las pesquisas de la justicia.
—El mismo —añadió Lozano—. ¡Ese pobre señor Villela...! vamos, parece increíble.
—Vox populi, vox cœli —repuso el Marqués—. Hace tiempo se viene diciendo que muchos elevados personajes de la corte están en connivencia con la masonería; hace tiempo se viene diciendo que el señor Villela... Lo que digo: vox populi, vox cœli.
—Cuando el río suena, agua lleva —afirmó Lozano, que, por no saber latín, expresaba la misma idea en refrán español—. Para mí hace tiempo que no es un secreto el francmasonismo de Villela; pero Su Majestad, a quien don Ignacio ha sabido embaucar con tanto arte, no consiente que se le hable de esto, y sostiene que todo lo que se dice de las sociedades secretas es pura fábula.
—También yo tengo datos para asegurar el francmasonismo del señor consejero que acaba de salir —dijo don Buenaventura.
—Desde que estoy en esta casa —afirmó Lozano— no ha pasado una semana sin que haya venido con pretensiones de indulto, de sobreseimiento o de evasión en favor de algún agitador o revolucionario.
—Y este empeño porque se ponga en libertad a la mamá de ese... Cuando la Inquisición de Logroño le ha dado tormento, ya sabrá por qué lo ha hecho.
—Pues claro está.
—Salvador Monsalud... ¿dónde he oído yo ese nombre? —dijo don Buenaventura, procurando recordar, e irritado de su fatal memoria.
—Hace días que hablé de él en este mismo sitio —repuso Lozano—. Es un revoltoso a quien nunca se ha podido echar el guante.
—Ya... ¡si no se puede castigar a nadie! —dijo el marqués con enfado—. ¡Si todos los criminales se escabullen, protegidos por estos señores que, afectando servir al trono y a las buenas ideas, son los más firmes auxiliares de la revolución! No sé cómo Su Majestad protege a tan pérfidos hipócritas... Ya lo he dicho: la serpiente de la anarquía se agasaja en los mismos cojines del regio solio... ¡Y pretende ahora la nueva vacante del Consejo! Pipaón, o hemos de poder poco, o será para ti.
Me incliné, dando las gracias con lenguaje mudo.
—Es triste lo que está pasando —dijo el ministro—. Prendemos a los revolucionarios, y los primates del absolutismo, los más íntimos amigos del rey, vienen a implorar que se les ponga en libertad.
—Soy familiar de la Santa Inquisición —declaró con vehemencia el Marqués—. Mi deber es seguir la pista a los criminales. Es preciso trabajar con pies y manos para que no se nos venga encima la revolución, ¿estamos? Adelante: urge desenmascarar a los bribones, poner de manifiesto las malas artes y la perfidia de los que les protegen.
—Pues señor familiar de la Inquisición —dijo Lozano sonriendo—, descúbrame usted el paradero de este Salvador Monsalud; proporcióneme los medios de cogerle, y yo le respondo de que no se burlará por más tiempo de los ministros de Su Majestad...
—¿Está en Madrid? —preguntó el marqués.
—Creo que no.
—Está en Madrid —afirmé yo, rompiendo al fin el silencio.
El ministro y don Buenaventura me miraron asombrados.
—No se pasmen ustedes —añadí—: yo no soy masón. Por una casualidad he sabido que está en la corte ese señor mensajero de los revoltosos. Hablando con toda franqueza, debo decir que en nuestra primera mocedad fuimos amigos Salvador Monsalud y yo; pero desde el año 13 no hemos vuelto a vernos.
—¿Y cómo sabe usted que está en Madrid?
—Una señora paisana mía, que por desgracia le conoce muy bien, asegura haberle visto hace días.
—Soy familiar de la Inquisición —repitió gravemente don Buenaventura— y como tal tendría un gozo vivísimo en poder echar mano a un propagador del jacobinismo y de la herejía... ¡Ah, Pipaón, si tú quisieras ayudarme!... ¿Dices que le conociste en tu juventud?
—Somos paisanos.
—¿Y qué tal hombre es?
Me llevé el dedo a la frente para indicar ingenio.
—Sí: debe de ser listo... pero un tunante, ¿eh?...
—Sirvió al rey José.
—¡Afrancesado!
—¿Y respondes de que está en Madrid?
—Respondo.
—Ha demostrado en las últimas conspiraciones un atrevimiento y una constancia que confunden —dijo Lozano.
—Hemos de cogerle aunque no sea sino por dar en los hocicos al masón vergonzante señor Villela que le protege... —dijo el marqués—. Pipaón, ¿me ayudas o no?
—Ayudo.
—Soy familiar de la Inquisición: pondré de mi parte cuanto pueda. ¿No hemos visto a los más insignes hombres de la nobleza, a los Medinacelis y Albas y Osunas saltando de tejado en tejado, en calidad de alguaciles mayores del Santo Oficio, para perseguir a los criminales?
—Voy a dar a ustedes un resumen de las fechorías de ese Salvador Monsalud —dijo Lozano de Torres, tirando de la campanilla—. Los corregidores y las Salas de Alcaldes han suministrado algunos datos, los cuales, unidos a los informes que tomé en el ministerio de Seguridad pública, forman un curioso expediente.
Se presentó un oficial de secretaría, el cual, por indicación de Lozano, trajo poco después un grueso legajo.
—Se cree que tomó parte en la conspiración de Richard para asesinar a Su Majestad —dijo Lozano fijándose en el primer pliego.
—Se cree... eso es, y debe de ser cierto —indicó don Buenaventura—. No puede menos de ser cierto.
—Viósele en Granada el año 16 —continuó Lozano leyendo—, y al poco tiempo estuvo en Murcia y Alicante, donde le protegían López Pinto, el brigadier Torrijos y algunos oficiales del regimiento de Lorena.
—Esta fue la conspiración del regimiento de Lorena, abortada por fortuna... Ojo, señores. Por empeños de Villela fueron puestos en libertad los conspiradores.
—El año 17 estuvo en los baños minerales de Caldetas, donde pasaba por criado del malogrado Lacy, y el 5 de abril salió de Tarragona con las dos compañías de Quer. Desapareció en Arenys de Mar.
—Desapareció... —dijo con enfado don Buenaventura—. Si no existiera esta sorda y astuta confabulación de todos los pillos, no se habría evaporado tan fácilmente.
—Volvió a aparecer en Gibraltar, visitando la casa del judío Benoltas, que dio dinero para la sublevación de Alicante —continuó Lozano, hojeando los papeles—. Después se le vio en Murcia muy unido a Romero Alpuente y a Torrijos; pero cuando este fue descubierto y preso, el otro... desapareció.
—¡Desapareció!... Lo de siempre.
—Pero al poco tiempo se le vio en Madrid, donde los masones de Murcia tienen tan buenas aldabas. Sostuvo relaciones epistolares con don Eusebio Polo y con Manzanares, oficiales de Estado Mayor, y otros muchos militares distinguidos, afiliados en la masonería. Cuando estos fueron reducidos a prisión, se pudo echar mano al Monsalud; pero al poco tiempo de encierro...
—Desapareció. Ya sabemos lo que son esas desapariciones —afirmó colérico el familiar de la Inquisición—. Los hermanos del Grande Oriente han tenido buen ojo en la elección de sus venerables. Son estos algunos señores de la grandeza, generales y consejeros, como Villela.
—Reapareció en Valencia —prosiguió Lozano— a principios de este año. Trabajó con don Diego Calatrava en los preparativos de la conspiración de Vidal. Frustrada esta, fue herido gravemente y preso con otros muchos. Llevado a la cárcel en camilla, se le encerró en un calabozo, donde era imposible la evasión. Cuando fueron a sacarle para conducirle al patíbulo, encontraron en su lugar...
—¿Qué?
—Un muñeco vestido con sus ropas.