LO PROHIBIDO
Es propiedad. Queda hecho el depósito que marca la ley. Serán furtivos los ejemplares que no lleven el sello del autor.
B. PÉREZ GALDÓS
NOVELAS ESPAÑOLAS CONTEMPORÁNEAS
LO PROHIBIDO
Tomo primero.
13.000
MADRID
PERLADO, PÁEZ Y COMPAÑÍA
(Sucesores de Hernando)
Arenal, 11
1906
EST. TIP. DE LA VIUDA É HIJOS DE TELLO
IMPRESOR DE CÁMARA DE S. M.
C. de San Francisco, 4.
LO PROHIBIDO
I
Refiero mi aparición en Madrid, y hablo largamente de mi tío Rafael y de mis primas María Juana, Eloísa y Camila.
I
En Septiembre del 80, pocos meses después del fallecimiento de mi padre, resolví apartarme de los negocios, cediéndolos á otra casa extractora de Jerez tan acreditada como la mía; realicé los créditos que pude, arrendé los predios, traspasé las bodegas y sus existencias, y me fuí á vivir á Madrid. Mi tío (primo carnal de mi padre), don Rafael Bueno de Guzmán y Ataide, quiso albergarme en su casa; mas yo me resistí á ello por no perder mi independencia. Por fin supe hallar un término de conciliación, combinando mi cómoda libertad con el hospitalario deseo de mi pariente; y alquilando un cuarto próximo á su vivienda, me puse en la situación más propia para estar solo cuando quisiese ó gozar del calor de la familia cuando lo hubiese menester. Vivía el buen señor, quiero decir, vivíamos en el barrio que se ha construído donde antes estuvo el Pósito. El cuarto de mi tío era un principal de diez y ocho mil reales, hermoso y alegre, si bien no muy holgado para tanta familia. Yo tomé el bajo, poco menos grande que el principal, pero sobradamente espacioso para mí solo, y lo decoré con lujo y puse en él todas las comodidades á que estaba acostumbrado. Mi fortuna, gracias á Dios, me lo permitía con exceso.
Mis primeras impresiones fueron de grata sorpresa en lo referente al aspecto de Madrid, donde yo no había estado desde los tiempos de González Brabo. Causábanme asombro la hermosura y amplitud de las nuevas barriadas, los expeditivos medios de comunicación, la evidente mejora en el cariz de los edificios, de las calles y aun de las personas; los bonitísimos jardines plantados en las antes polvorosas plazuelas, las gallardas construcciones de los ricos, las variadas y aparatosas tiendas, no inferiores, por lo que desde la calle se ve, á las de París ó Londres, y, por fin, los muchos y elegantes teatros para todas las clases, gustos y fortunas. Esto y otras cosas que observé después en sociedad, hiciéronme comprender los bruscos adelantos que nuestra capital había realizado desde el 68, adelantos más parecidos á saltos caprichosos que al andar progresivo y firme de los que saben á dónde van; mas no eran por eso menos reales. En una palabra, me daba en la nariz cierto tufillo de cultura europea, de bienestar y aun de riqueza y trabajo.
Mi tío es un agente de negocios muy conocido en Madrid. En otros tiempos desempeñó cargos de importancia en la Administración: fué primero cónsul; después agregado de embajada; más tarde el matrimonio le obligó á fijarse en la corte; sirvió algún tiempo en Hacienda, protegido y alentado por Bravo Murillo, y al fin las necesidades de su familia le estimularon á trocar la mezquina seguridad de un sueldo por las aventuras y esperanzas del trabajo libre. Tenía moderada ambición, rectitud, actividad, inteligencia, muchas relaciones; dedicóse á agenciar asuntos diversos, y al poco tiempo de andar en estos trotes se felicitaba de ello y de haber dado carpetazo á los expedientes. De ellos vivía, no obstante, despertando los que dormían en los archivos, impulsando á los que se estacionaban en las mesas, enderezando como podía el camino de algunos que iban algo descarriados. Favorecíanle sus amistades con gente de éste y el otro partido, y la vara alta que tenía en todas las dependencias del Estado. No había puerta cerrada para él. Podría creerse que los porteros de los ministerios le debían el destino, pues le saludaban con cierto afecto filial y le franqueaban las entradas considerándole como de casa. Oí contar que en ciertas épocas había ganado mucho dinero poniendo su mano activa en afamados expedientes de minas y ferrocarriles; pero que en otras su tímida honradez le había sido desfavorable. Cuando me establecí en Madrid, su posición debía de ser, por las apariencias, holgada sin sobrantes. No carecía de nada, pero no tenía ahorros, lo que en verdad era poco lisonjero para un hombre que, después de trabajar tanto, se acercaba al término de la vida y apenas tenía tiempo ya de ganar el terreno perdido.
Era entonces un señor menos viejo de lo que parecía, vestido siempre como los jóvenes elegantes, pulcro y distinguidísimo. Se afeitaba toda la cara, siendo esto como un alarde de fidelidad á la generación anterior, de la que procedía. Su finura y jovialidad, sostenidas en el fiel de balanza, jamás caían del lado de la familiaridad impertinente ni del de la petulancia. En la conversación estaba su principal mérito y también su defecto, pues sabiendo lo que valía hablando, dejábase vencer del prurito de dar pormenores y de diluir fatigosamente sus relatos. Alguna vez los tomaba tan desde el principio y adornábalos con tan pueriles minuciosidades, que era preciso suplicarle por Dios que fuese breve. Cuando refería un incidente de caza (ejercicio por el cual tenía gran pasión), pasaba tanto tiempo desde el exordio hasta el momento de salir el tiro, que al oyente se le iba el santo al cielo distrayéndose del asunto, y en sonando el pum, llevábase un mediano susto. No sé si apuntar como defecto físico su irritación crónica del aparato lacrimal, que á veces, principalmente en invierno, le ponía los ojos tan húmedos y encendidos como si estuviera llorando á moco y baba. No he conocido hombre que tuviera mayor ni más rico surtido de pañuelos de hilo. Por esto y su costumbre de ostentar á cada instante el blanco lienzo en la mano derecha ó en ambas manos, un amigo mío, andaluz, zumbón y buena persona, de quien hablaré después, llamaba á mi tío la Verónica.
Mostrábame afecto sincero, y en los primeros días de mi residencia en Madrid no se apartaba de mí, para asesorarme en todo lo relativo á mi instalación y ayudarme en mil cosas. Cuando hablábamos de la familia y sacaba yo á relucir recuerdos de mi infancia ó anécdotas de mi padre, entrábale al buen tío como una desazón nerviosa, un entusiasmo febril por las grandes personalidades que ilustraron el apellido de Bueno de Guzmán, y sacando el pañuelo me refería historias que no tenían término. Conceptuábame como el último representante masculino de una raza fecunda en caracteres, y me acariciaba y mimaba como á un chiquillo, á pesar de mis treinta y seis años. ¡Pobre tío! En estas demostraciones afectuosas que aumentaban considerablemente el manantial de sus ojos, descubría yo una pena secreta y agudísima, espina clavada en el corazón de aquel excelente hombre. No sé cómo pude hacer este descubrimiento; pero tenía certidumbre de la disimulada herida cual si la hubiera visto con mis ojos y tocado con mis dedos. Era un desconsuelo profundo, abrumador, el sentimiento de no verme casado con una de sus tres hijas; contrariedad irremediable, porque sus tres hijas ¡ay, dolor! estaban ya casadas.
II
En la primera ocasión que se presentó, mi tío habló de sus tres yernos con muy poco miramiento. El uno era egoísta, el otro pobre y vanidoso, el tercero una mala persona. De confidencia en confidencia llegó hasta las más íntimas y delicadas, acusando á su esposa de precipitación en el casorio de las hijas. De esto colegí que mi tía Pilar, señora indolentísima y de cortos alcances, por quedarse libre y descansar del enfadoso papel de mamá casamentera, había entregado sus niñas al primer hombre que se presentó, llovido en paseos y teatros. También pudo ser que ellas se sobrepusieran á la disciplina paterna, apegándose al primer novio que les deparó la ilusión juvenil.
No habían pasado quince días de mi instalación cuando me puse malo. Desde niño padecía yo ciertos achaquillos de hipocondría, desórdenes nerviosos, que con los años habían perdido algo de su intensidad. Consistían en la ausencia completa del apetito y del sueño, en una perturbación inexplicable que más parecía moral que física, y cuyo principal síntoma era el terror angustioso, como cuando nos hallamos en presencia de inevitable y cercano peligro. Con intervalos de descanso melancólico, mi espíritu experimentaba aquel acceso de miedo inmenso que la razón no podía atenuar, ni la realidad visible combatir; miedo semejante al que sentiría el que, cayéndose sobre la vía férrea y no pudiendo levantarse, viera que el pesado tren se acercaba, le iba á pasar por encima... Cuando me ponía así, la vista de personas extrañas me excitaba más. Dábanme ganas de pegar á alguien ó de injuriar por lo menos á los que me visitaban, y padecía mucho conteniéndome. Por esta razón no quería recibir á nadie, y mi criado, que ya conoce bien este flaco mío y otros, no dejaba que llegase á mi presencia ni una mosca. Difícil era en Madrid extremar la consigna. Ni valían estos rigores con mi tío, el cual, atropellando la guardia, se colaba de rondón en mi gabinete. Y era que creía de buena fe llevarme en sus largos discursos la mejor medicina de mi mal; jactábase de conocerlo á fondo, y en vez de hablarme de cosas que engañosamente llevaran mi espíritu á esfera distinta de mi padecer, estimaba más eficaz encararlo con éste, hacerle meter la cabeza en él valientemente, como se corrige á los caballos espantadizos, acercándoles á los mismos objetos de que huyen. Díjome primero en su festivo exordio, que aquello era el mal del siglo, el cual, forzando la actividad cerebral, creaba una diátesis neuropática constitutiva en toda la humanidad. Esto se lo había dicho Augusto Miquis la noche antes. Por eso lo sabía y lo repetía como papagayo, sin entender una jota de medicina. En lo que principalmente hacía hincapié mi tío Rafael, era en dar á mi dolencia la importancia histórica de un mal de familia, que se perpetuaba y transmitía en ella como en otras el herpetismo ó la tisis hereditaria.
—Todos padecemos en mayor ó menor grado —me dijo amplificando mucho la relación que voy á extractar—, los efectos de una imperfeccioncilla nerviosa, cuyo origen se pierde en la crónica obscura de los primeros Buenos de Guzmán de que tengo noticia. En nuestra familia ha habido individuos dotados de cualidades eminentes, hombres de gran talento y virtudes; pero todos han tenido una flaqueza: llámala, si quieres, chifladura; bien pasión invencible que les ha descarrilado la vida, bien manía más ó menos rara que no afectaba á la conducta. A unos les ha tocado el daño en el cerebro, á otros en el corazón. En algunos se ha visto que tenían una organización admirable, pero que les faltaba, como se suele decir, la catalina. Por esto, abundando tanto en nuestra familia las altas prendas de entendimiento y de carácter, ha habido en ella tantos hombres desgraciados. No han faltado en la raza tragedias lastimosas, ni enfermedades crónicas graves, ni los manicomios han carecido en sus listas del apellido que llevamos. En cuanto á las mujeres, las ha habido ilustrísimas por la virtud, algunas heróicas; pero también las hemos tenido de temperamentos tan exaltados, que más vale no hablar de ellas.
Parecíame algo fantástico lo que me contaba aquel hablador sempiterno, que, por lucir el ingenio, era capaz de alimentar su facundia con materiales de invención.
—Usted hubiera sido un gran novelador —le dije; y él, acercándose más á mí, prosiguió de este modo:
—Recorre la historia de la familia en los individuos más cercanos, y verás cómo hay en ella una singularidad constitutiva que viene reproduciéndose de generación en generación, debilitándose al fin, pero sin extinguirse nunca. ¡Ah! nosotros los Buenos de Guzmán somos muy célebres. Si contara lo que sé de todos, no acabaría en tres meses. Sólo diré que mi abuelo, bisabuelo tuyo, era un hombre que á lo mejor se envolvía en una sábana y andaba de noche por las calles de Ronda haciendo de fantasma para asustar al pueblo.
»Tu abuelo, hermano de mi padre, se hizo construir un panteón magnífico para él solo, quiero decir, que ninguna otra persona de la familia se había de enterrar en él. Pero en el testamento dispuso que le fueran poniendo al lado los cuerpos de todos los niños pobres que se murieran en Ronda. Y así se hizo. En treinta años fueron sepultados allí más de doscientos cadáveres de ángeles. El tal tenía pasión por los niños ajenos. Acusábasele de haber aumentado considerablemente la raza humana, pues fué el primer galanteador de su tiempo.
»Tu tío Paco, hermano también de mi padre, no tuvo otra manía que criar gallinas y encuadernar. Coleccionaba papeletas de entierro y hacía libros con ellas.
»Tu papaíto, hijo de el del panteón, merece capítulo aparte. Fué el hombre más guapo de Andalucía. A él has salido tú, y llevas su retrato en la cara. Fué también el primer enamorado de su tiempo, y jamás puso defecto á ninguna mujer, porque le gustaban todas, y en todas encontraba algún incitativo melindre, que dijo el otro. Cuando se casó con la inglesa, tu madre, creímos que se corregiría; pero ¡quiá! tu mamá pasó muchas amarguras. Demasiado lo sabes.
»Vamos ahora á mi rama. Mi padre se sabía el Quijote de memoria, y hacía con aquel texto incomparable las citas más oportunas. No había refrán de Sancho ni sentencia de su ilustre amo que él no sacase á relucir oportuna y gallardamente, poniéndolos en la conversación, como ponen los pintores un toque de luz en sus cuadros. Cito esto porque también corrobora lo que voy contando. Hacía excelentes cometas y compuso una obra sobre los alfajores de la tierra.
»De mis hermanos algo sabes tú; pero algo puedo añadir á tus noticias. Javier fué la esperanza de mi padre. Era precocísimo; tuvo, como tú, esas melancolías, ese temor de que se le caía encima un monte. De pronto le entró la manía mística, dando en la flor de tener éxtasis y visiones. Mi padre, que quería fuese marino, se disgustó. No había más remedio que meterle en la Iglesia. Estudió en el Seminario de Baeza cuatro años, hasta que... Ya sabes que se fugó del Seminario y se casó con una aldeana. Fué dichoso, tuvo después mucha salud y no padecía más que unos fuertes ataques de dentera que le hacían sufrir mucho. Su mujer paría siempre gemelos.
»Mi hermano Enrique tenía un carácter grave, prodigiosa habilidad mecánica, delicadezas de mujer y un horror invencible á las aceitunas. Sólo de verlas se ponía malo. Hizo de corcho el famoso Tajo y el puente de Ronda. Mi padre quería que fuese á estudiar á Sevilla; pero repugnábanle los libros. Enamoróse perdidamente de una joven de buena familia. Eran novios y no había inconveniente en que se casaran. Pero de la noche á la mañana, Enrique empezó á caer en melancolías. Le acometió la idea de que no podía casarse, por carecer de facultades varoniles. ¡Pobre Enrique! Acabó en el manicomio de Sevilla á fines del 54.
»Mi hermana Rosario no dió más señales de la infección hereditaria que el tener toda su vida violentísimo odio á los perros. No los podía ver, y lo mismo era oir un ladrido que ponerse á temblar. Casó con Delgado, y en su hijo Jesús aparece pujante el mal. Tú no le has visto. Es un sér inocentísimo, que se pasa la vida escribiéndose cartas á sí mismo.
»De mis hermanos sólo quedamos Serafín y yo. Serafín fué siempre el más robusto de todos. Era un mocetón, la gala de Ronda y el primer alborotador de sus calles de noche y de día. Por su vigorosa salud y su constante buen humor, parecía tener completos los tornillos de la cabeza. Pusiéronle á estudiar marina en San Fernando, y se distinguió por su aplicación y laboriosidad. Salió á oficial el 43, y su carrera ha sido muy brillante. Estuvo en Abtao, en el desembarco de Africa, en el Pacífico. Hoy es brigadier retirado y vive en Madrid, donde no hace más que pasearse. Tú le conoces. ¿Pero á que no sabes todavía en qué consiste y de qué manera tan extraña se ha manifestado en él, al cabo de la vejez, esa maldita quisicosa que no ha perdonado á ningún Bueno de Guzmán? Te lo diré en confianza. Cuando le trates más, verás en Serafín el hombre más completo que puedes figurarte, el tipo del caballero atento, discreto y cumplido, el veterano valiente y pundonoroso, y seguirás teniéndolo en el más elevado concepto hasta que descubras su flaco, el cual es de tal naturaleza, que casi me da vergüenza hablar de él. Pues Serafín ha adquirido la maña... no me atrevo á llamarla de otro modo... de coger con disimulo tal ó cual objeto que ve en las casas que visita, metérselo en el bolsillo... ¡y llevárselo! No sabes los disgustos que hemos tenido... Nada: no te lo explicas, ni yo tampoco, ni él mismo sabe dar cuenta de cómo lo hace y por qué lo hace. Es un misterio de la Naturaleza, una aberración cerebral... Veo que te pasmas... Pues, nada: entra mi hombre en una librería, acecha el momento en que los dependientes están distraídos, agarra un libro, se lo guarda en el bolsillo del carrik, y abur. En varias casas ha cogido chucherías de esas que ahora se estila poner sobre los muebles, y hasta perillas de picaportes, aldabas de puertas, tapones de botellas... Me ha confesado que siente un placer inmenso en esto; que no sabe por qué lo hace; que es cosa de las manos... qué sé yo... mil desatinos que no entiendo.
Bien podría ser la relación de mi tío, como he dicho antes, puramente fantástica, una de esas improvisaciones que acreditan el numen de los grandes habladores; pero fuese verdad ó mentira, á mí me entretenía y agradaba en extremo. Pendiente de sus palabras, sentía yo que éstas se acabasen y con ellas la historia, cuyos pormenores referentes á dolencias ajenas eran eficaz bálsamo de la mía. Parecíame que faltaba aún lo más interesante, esto es, saber en qué grado estaban mi propio tío y su descendencia tocados del mal de familia, ó si por ventura se habían librado ya de tan pertinaz enemigo. Echóse á reir llorando cuando le manifesté esta curiosidad, y prosiguió de este modo:
III
—Me parece, querido, que yo soy, entre todos los Buenos de Guzmán, el que menor lote ha sacado de esa condenada maleza. La actividad de mi vida, el afán diario de los negocios, la aplicación constante del espíritu á cosas reales, me han preservado de graves desórdenes. Sin embargo, sin embargo, no ha sido todo rosas. En ciertas ocasiones críticas, á raíz de un trabajo excesivo ó de un disgusto, he sentido... así como si me suspendieran en el aire. No lo entenderás, ni lo entiende nadie más que yo. Voy por la calle, y se me figura que no veo el suelo por donde ando: pongo los pies en el vacío... Al mismo tiempo experimento la ansiedad del que busca una base sin encontrarla... Pero ando, ando, y aunque creo á cada instante que me voy á caer, ello es que no me caigo. La suspensión, como yo llamo á esto, me dura tres ó cuatro días, durante los cuales no como ni duermo; luego pasa, y como si tal cosa.
»En mis hijos he observado fenómenos diferentes. Raimundo tiene indudablemente un gran desequilibrio en su organismo. No puedo menos de relacionar su carácter con el de otros Buenos de Guzmán, que habiendo tenido, como él, imaginación vivísima, gran aptitud teórica para todas las ramas del saber humano, no han servido para maldita cosa ni supieron hacer nada de provecho. Así es mi hijo Raimundo: un pasmoso talento improductivo, un árbol hermosísimo, cuya pingüe cosecha de flores se pudre antes de ser fruto. De niño era el prodigio de la casa. Híceme la ilusión de tener un hijo que llegaría á los puestos más altos de la Nación. Pero creció, y me encontré con un soñador, con un enfermo de hidropesía imaginativa. No le falta un tornillo: yo creo que le sobra. En aquella cabeza hay algo de más. Tres ó cuatro cerebros dentro de un cráneo no pueden funcionar sin estorbarse y producir un zipizape de todos los demonios.
»Paso á mis tres hijas. En ellas observo el maleficio de familia tan gastado ya, que es como un agente químico, cuyas propiedades se extinguen y acaban con el mucho uso. Y eso que son mujeres, y en opinión mía (que será un disparate fisiológico, pero es una opinión) las mujeres tienen más nervio que los hombres. Ninguna de las tres ha presentado hasta ahora desconciertos nerviosos que me pongan en cuidado, á excepción de aquéllos que vienen á ser como de rúbrica en el bello sexo y sin los cuales hasta parece que perdería parte de sus encantos. María Juana, mi primogénita, es una mujer como hay pocas. ¡Qué buen juicio, qué seriedad de carácter, qué vigor de creencias y opiniones! Te digo que me tiene orgulloso. De cuando en cuando le entran misantropías, cefalalgias, y sufre la inexplicable molestia de cerrar fuertemente la boca por un movimiento instintivo que no puede vencer. Ha tratado de dar explicaciones de lo que siente; pero lo único que le he podido entender es que se figura tener un pedazo de paño entre los dientes, y que se ve obligada, por una fuerza superior á su voluntad, á masticarlo y triturarlo hasta deshacer el tejido y tragarse la lana. Fíjate bien, y verás que es un suplicio horrible. Desde que se casó, estos ataques son poco frecuentes.
»La complexión de Eloísa es menos vigorosa que la de su hermana mayor. Guapa como pocas, cariñosísima, dulce, sensible hasta no más, por la menor cosa se altera. Se apasiona pronto y con vehemencia, y en sus afectos no hay nunca tibieza. Era de niña tan accesible al entusiasmo, que no la llevábamos nunca al teatro, porque siempre la traíamos á casa con fiebre. Gustaba de coleccionar cachivaches, y cuando un objeto cualquiera caía en sus manos, lo guardaba bajo siete llaves. Reunía trapos de colores, estampitas, juguetes. Cuando ambicionaba poseer alguna chuchería y no se la dábamos, por la noche le entraba delirio. Sufría la privación en silencio; pero el anhelo de su pobre almita se pintaba en sus lánguidos ojos. De mujer nos ha sorprendido con una simpleza que á veces me parece ridícula, á veces digna de la más viva compasión. Tiene horror á las plumas, no á las de escribir, sino á las de las aves, y, por tanto, horror á todo lo volátil. Pregúntale sobre esto, y te dirá que la acompaña casi constantemente, pero unos días más que otros, la penosa sensación de tener una pluma atravesada en la garganta sin poder tragarla ni expulsarla. Es terrible, ¿verdad? Se pone nerviosísima á la vista de un canario. En la mesa no hay quien la haga comer un ave, por bien asada que esté. Hasta las plumas con que se adornan los sombreros le hacen mal efecto, y como pueda las destierra de su cabeza... A veces nos reímos de ella por esto, á veces la compadecemos. Es un ángel de bondad, y su marido (á tí te lo digo en confianza) no merece tal joya.
»Por último, mi hija Camila, la menor de las tres, es la menos favorecida en dotes morales. No es esto decir que sea mala. ¡Oh! no, no la juzgues por la apariencia. Como era la más pequeña, la hemos mimado más de la cuenta y nos ha salido mal educada. Parece una loca, parece más bien casquivana y superficial; pero yo sé que hay en ella un gran fondo de rectitud. No puedes figurarte la pena que siento cuando oigo decir que Camila acabará en un manicomio. ¡Qué injusticia! Los que tal dicen no la conocen como la conozco yo. Esas prontitudes suyas, esas extravagancias, esas sinceridades tan chocantes y á veces de tan mal gusto, no son más que chiquilladas que se le irán curando con la edad. Tres meses há que se nos casó. Creo que este matrimonio ha sido algo prematuro; pero se puso la niña en tales términos, que una mañana me espeluznó Pilar contándome que la había sorprendido preparando una toma de fósforos disueltos en agua... Ya sentará la cabeza. Si es forzoso que también descubra y señale en Camila una puntada de neurosis, no encuentro otra más merecedora de tal nombre que querer á ese bruto...
Al llegar aquí, la facundia de aquel gran hablador, engolosinada por la sangre de uno de sus yernos, á quien acababa de morder, la emprendió con los tres á un tiempo, dejándoles al fin bastante magullados. Hizo luego de mí, sin venir á cuento, elogios que me avergonzaron. Yo era, según él, un hombre como se ven pocos en el mundo, por las dotes físicas y por las morales. De todo este panegírico saqué otra vez en limpio, leyendo en la intención y en el desconsuelo de mi tío, que éste habría deseado que sus tres hijas fuesen una sola, y que esta hija única suya hubiera sido mi mujer.
Fenómeno singular, que recomiendo á los médicos para que se acuerden de él cuando les caiga un caso de neurosis: lo mismo fué acabar mi tío aquel prolijo cuento, historia ó pliego de aleluyas de la calamidad que te aflige, ¡oh perínclita raza de los Buenos de Guzmán! me sentí aliviadísimo de la parte que me correspondía por fuero de familia, y este alivio fué creciendo en términos que un rato después me encontraba completamente bien. El ataque había pasado como nube arrastrada por el viento.
IV
Ratos muy buenos pasaba yo en casa de mi tío, donde nunca faltaba animación. Eloísa vivía con sus padres; Camila en un tercero de la misma casa, pero todo el santo día lo pasaba en el principal; María Juana, que habitaba en el barrio de Salamanca, hacía largas visitas á la casa de Recoletos. Viéndolas allí á todas horas alrededor de su madre, charla que charla, unas veces riendo, otras disputando sobre cualquier tema de actualidad, se habría podido creer que eran solteras, si la presencia de los respectivos consortes no lo desmintiese.
Pocas mujeres he visto más arrogantes que María Juana. Era una belleza estatuaria, diosa falsificada, clasicismo vestido, si los mármoles admitieran el corsé de ballenas y las telas modernas. Desde que la conocí, inspiróme más admiración que estima, pues algo va de escultura á persona. Su airecillo presuntuoso no fué nunca de mi agrado. Por aquellos días no había empezado á engordar todavía, y así su engreimiento no tenía la encarnación monumental que ha tomado después. Su marido me fué más simpático. Parecióme un hombre de gran rectitud, veraz, sencillo, con cierta tosquedad no bien tapada por el barniz que le daba su riqueza; callado, prudente, modesto en todo, y muy principalmente en la estatura, pues era uno de los hombres más pequeños que yo había visto. Cuando paseaba con su mujer, por cada dos pasos que ella daba, él tenía que dar tres. Después supe que no era ambicioso; que no aspiraba á ser padre de la patria, ni á fatigar á los órganos de la publicidad con la repetición de su nombre; lo que me sorprendió, pues es de hombres chicos el apetecer cosas altas. Gustaba de la vida obscura, arreglada y cómoda, y sus ideas, poco brillantes, giraban dentro del círculo estrecho del ya anticuado criterio progresista; pero siendo el tal una de las personas que con más sinceridad deploraban los males del país, no tenía la petulancia de creerse llamado, como otros campeones del vulgo, á remediarlos por sí mismo. Contáronme que su origen era humilde. Su padre, que había hecho mucho dinero con los transportes en la primera guerra civil, usaba siempre en Madrid el pintoresco traje de Astorga.
Muerto su padre, Cristóbal Medina heredó con sus dos hermanos una pingüe fortuna. Casó con mi prima dos años antes de mi venida á Madrid, y hasta entonces no habían tenido sucesión, ni después la han tenido tampoco. Viviendo en plácida armonía, en su casa todo era orden y método. Gastaban mucho menos de lo que tenían, y no se señalaban por su generosidad. Así llegó la malicia á tacharles de sordidez y del prurito de alambicar, apurar y retorcer demasiadamente los números. No sé si era ésta ú otra la causa de que tuvieran algunos enemigos, gente quizás desgobernada y maldiciente que persigue con sátiras de mal gusto á los que no tiran el dinero por la ventana. Una señora muy conocida que fué compañera de colegio de mi prima y después, por ciertas cuestiones, ha trocado su cariño en odio implacable, le puso un apodo que por suerte no ha prevalecido sino en el círculo de los envidiosos. Recordando que al padre de Cristóbal se le conocía hace cuarenta años por el ordinario de Astorga, dió aquella mala lengua en llamar á María Juana la ordinaria de Medina.
En cuanto al mérito intelectual de ésta, bastaba tratarla un poco para descubrir en ella ideas muy juiciosas; por ejemplo: dar más valor á las satisfacciones de una conducta honrada que á los vanos éxitos de la vida oficial; preferir los moderados goces de una fortuna bien distribuída á los regocijos escandalosos con que algunas casas ocultan sus trampas y su ruina. De sus conversaciones se desprendía un tufillo puritano, una filosófica reprobación de las farsas sociales, guerra sorda á los que suponen más de lo que son y gastan más de lo que tienen. Pagaba su tributo á la sátira corriente, que se ha hecho amanerada de tanto pasar y repasar por labios españoles, quiero decir, que daba curso á esas resobadas frases que parecen un fenómeno atmosférico, porque las hallamos diluídas en el aire de nuestro aliento y en las ondas sonoras que nos rodean: «¡Oh! si aquí se trabajara; si no hubiera tanto vago, tanto noble arruinado que vive del juego, tanto abogadillo cesante ó ambicioso que vive de las intrigas políticas...» Debo añadir que María Juana había adquirido, no sé si en libros ó en algún periódico, ciertas menudencias de saber político, religioso y literario, que eran la admiración mayor de todas las admiraciones que su marido tenía por ella. El amor de Medina principiaba en ternura y acababa en veneración, motivada sin duda por la superioridad de ella en todos los terrenos. Tenía este matrimonio muchas y buenas relaciones. ¿Cómo no tenerlas si eran ricos, cuando hasta los más necesitados y humildes se codean aquí con los poderosos, con tal que sepan envolver su miseria en el paño negro de una levita?
V
Mi prima Eloísa era tan guapa como su hermana mayor, y mucho, pero mucho más linda. María Juana era una belleza marmórea; mas Eloísa parecióme obra maestra de la carne mortal, pues en su perfección física creí ver impresos los signos más hermosos del alma humana: sentimiento, piedad, querer y soñar. Desde que la ví me gustó mucho, y la tuve por mujer sin par, lo que todos soñamos y no poseemos nunca, el bien que encontramos tarde y cuando ya no podemos cogerlo, en una vuelta inesperada del camino. Cuando ví aquella fruta sabrosa, otro la tenía ya en la mano y le había hincado el diente.
Al poco tiempo de tratarla mis simpatías se avivaron, y me confirmé en la idea de que sus hechizos personales eran simplemente el engaste de mil galas inestimables del orden espiritual. Figuréme hallar en su cara no sé qué expresión de dolor tranquilo, ó bien cierto desconsuelo por verse condenada á la existencia terrestre. Parecía estar diciendo con los ojos: «¡Qué lástima que yo sea mortal!» Al menos así me lo hacía ver mi exaltada admiración. Pronto creí notar en ella un gusto exquisito, un discernimiento admirable para juzgar casi todas las cosas, sin pedantería ni sabiduría, tan natural y peregrinamente como cantan los pájaros, no entendiendo de música. Igual admiración me produjo el sentido práctico que á mi parecer mostraba en las cuestiones y disputas con su mamá y hermanas. Quizás estaba yo alucinado al creer que Eloísa tenía siempre razón.
La diligencia con que sabía atender al aseo, al arreglo y á la apropiada colocación de todas las cosas, me cautivaba más. A medida que iba yo teniendo más confianza con ella, mostrábame nuevas notas de su carácter, en consonancia con las armonías del mío. En su ropero y en una hermosa cómoda antigua tenía colecciones bonitísimas de encajes, de abanicos, de estampas y algunas alhajas de mérito artístico. Al enseñarme aquellos tesoros con tanto amor guardados, solía dejar entrever desconsuelo de que no fueran mejores y de no tener objetos sobresalientes por la riqueza del material y el primor de la obra. El «si yo fuera rica», esa expresión, esa queja universal que sale de los labios de toda persona de nuestros días (y de estos alientos se forma la atmósfera moral que respiramos), brotaba de los suyos con entonación tan patética, que me causaba pena. Por otras conversaciones que tuvimos hube de atribuirle notable aptitud para apreciar el valor de las acciones humanas, teniendo, por tanto, andada la mitad del camino de la virtud. Todo esto pensaba yo en mi entusiasmo caballeresco y silencioso por aquella perla de las primas. Habríame parecido un ideal humanado, criatura superior á las realidades terrestres, si éstas no estuvieran por aquellos meses inscriptas y como estampadas en su contextura mortal. Cuando aquella divinidad me fué conocida, se hallaba en estado interesante. No sé decir si me parecía que ganaba ó perdía en ello su carácter ideal. Creo que á ratos la rebajaba á mis ojos, y á ratos la enaltecía, aquella prueba evidente de la reproducción de sus gracias en otro sér.
Una mañana, á los cuatro meses de vivir yo en Madrid, mi criado, al despertarme, díjome que aquella noche la señorita Eloísa había dado á luz un robusto niño con toda felicidad. Grande alegría en la casa. Yo también me alegré mucho. Sentía hacia la que ya era mamá un cariño leal y respetuoso, verdadero cariño de familia, sin mezcla de maldad alguna.
El marido de mi prima Eloísa era noble, quiero decir, aristócrata. Pertenecía á una de esas familias históricas que con los dispendios de tres generaciones han concluído en punta. Pepe Carrillo (Carrillo de Albornoz) había venido haciendo monos á mi primita desde que ella estaba en el colegio y él en la Universidad. Si se amaron ó no formalmente, no lo sabía yo entonces. Sólo me consta que fueron novios más ó menos entusiasmados como unos ocho años, y que cumplieron todo el programa de cartitas, soserías y de telegrafía pavisosa en teatros y paseos. Carrillo era pobre por sí; pero tenía en perspectiva la herencia de su tía materna, Angelita Caballero, marquesa de Cícero, que era muy anciana y estaba ciega y medio baldada. Esta condición de presunto heredero de un título y de un capital le hizo interesante á los ojos de mis tíos. Casó con Eloísa cuando ésta había cumplido veinticuatro años. Cuando le conocí, estaba el infeliz atenido á un triste sueldo en el ministerio de Estado; pero la esperanza de la herencia le daba alientos para conllevar su vida obscura.
Tenía buena estampa, fisonomía agradable, maneras distinguidísimas; pero una salud tan delicada y una naturaleza tan quebradiza, que la mitad del año estaba enfermo. Respecto á su saber intelectual y moral, debo decir que mis primeras impresiones le fueron muy favorables. Carrillo era un joven estudioso, discreto, y que anhelaba sin duda honrar la clase á que pertenecía. Quería contarse entre esa docena de personas tituladas que, no satisfechas con saber leer y escribir, aspiran á reconstituir la nobleza como una fuerza social y á rehacer esta importante rueda para engranarla en la mecánica política de la Nación. Carrillo, en sus horas de soledad doliente, leía á Erskine May y á Macaulay, deseando saciar en tan ricas fuentes su sed del conocimiento de un sistema admirable, que entre nosotros es pura comedia. Su conversación me declaraba un juicio claro, con pocas ideas propias, pero con aprovechada asimilación de las ajenas.
Pronto hube de observar contraste chocante entre aquel marido de una de mis primas y el marido de la otra, Cristóbal Medina. Este mostraba simpatías hacia instituciones contrarias en absoluto á la humildad de su origen, y dejaba entrever exagerados respetos hacia las clases históricas y castizamente conservadoras, mientras que Carrillo, aristócrata de sangre, no ocultaba su querencia á los sistemas cuyo verbo es la sanción popular. Su mujer le daba alas para esto, poniendo el sello simpático de la aprobación femenina á un orden de ideas que, aun fundadas más bien en lecturas recientes que en añeja convicción, siempre son generosas. Alguien afirmaba que aquel liberalismo del buen Carrillo era un fenómeno de pobreza y señal de lo mucho que tardaba en morirse la marquesa de Cícero, siendo muy probable que todo cambiaría cuando hubiera cuartos que conservar. En aquellos días yo no había podido juzgar aún por mí mismo de asunto tan importante.
VI
Voy ahora con mi prima Camila, la más joven de las tres. Desde que la ví me fué muy antipática. Creo que ella lo conocía y me pagaba en la misma moneda. A veces parecía una chiquilla sin pizca de juicio, á veces una mala mujer. Serían tal vez inocentes sus desfachateces, pero no lo parecían, y el parecer dicen que en achaque de moral no es menos importante que la moral misma. Era una escandalosa, una mal educada, llena de mimos y resabios. No debo ocultar que á veces me hacía reir, no sólo porque tenía gracia, sino porque todo lo que sentía lo expresaba con la sinceridad más cruda. El disimulo, que es el pudor del espíritu, era para ella desconocido; y en cuanto á las leyes del otro pudor, venían á ser, si no enteramente letra muerta, poco menos. No podré pintar el asombro que me causó verla correr por los pasillos de su casa con el más ligero vestido que es posible imaginar. Un día se llegó á mí en paños, no diré menores, sino mínimos, y me estuvo hablando de su marido en los términos más irrespetuosos. A veces, después de correr tras las criadas y hacer mil travesuras, impropias de una mujer casada, se ponía á tocar el piano y á cantar canciones francesas y españolas, algunas tan picantes, que, la verdad, yo hacía como que no las entendía. A lo mejor, cuando parecía sosegada, se oía un gran estrépito. Estaba en la cocina jugando con las criadas. Su mamá la reñía sin enfadarse, consintiéndole todo, y aseguraba que era aquello pura inocencia y desconocimiento absoluto del mal. Otras veces dábale por ponerse triste y llorar sin motivo y decir cosas muy duras á su marido, á sus padres mismos, á sus hermanas, á mí, quejándose de que no la queríamos, de que la despreciábamos. Mi tía Pilar, alarmándose al verla así, mandaba preparar abundante ración de tila. Eran los nervios, los pícaros nervios.
Tenía la mala costumbre de hacer desaires á respetables amigos de la casa. Era por esto muy temible, y sus padres pasaron sonrojos por causa de ella. Tenía flexible talento de imitación; remedaba graciosamente la voz y el gesto de todos los de la casa, y de los parientes, amigos y allegados; sabía hablar como las chulas más descocadas y como las beatas más compungidas. Cuando estaba de vena, era una comedia oirla.
Era la menos guapa de las tres hermanas, bastante morena, esbeltísima, vigorosa, saludable como una aldeana, y se jactaba de que jamás un médico le había tomado el pulso. Su agilidad era tan notable como aquella coloración caliente, sanguínea de su piel limpia y tostada, indicio de un gran poder físico. Sus ojos eran grandes, profundamente negros y flechadores, como algunos que solemos ver cuando visitamos un manicomio. Francamente, me pareció que si no era loca le faltaba muy poco. Yo sentía miedo al oirle conceptos y reticencias que nunca están bien en boca de una señora. No podía soportar aquel carácter, que era la negación de todo lo que constituye el encanto de la mujer. La discreción, la dulzura, el tacto social, el reposo del ánimo, el culto de las formas, éranle extraños. Considerábala como la mayor calamidad de una familia, y al hombre condenado á cargar semejante cruz, teníale por el más infeliz de los seres nacidos.
El nazareno de aquella cruz era un joven oficial de caballería, llamado Constantino Miquis, de familia manchega, hermano de Augusto Miquis, médico de fama. Al tal le consideré, desde que le ví, destituído de todo mérito, de toda prenda seductora y de todo atractivo personal que pudieran encender el cariño de una joven. Por no tener nada, no tenía ni dinero, pues habiéndose casado á disgusto de su familia, ésta no le daba socorro alguno. Matrimonio más disparatado no creí yo que pudiera existir. Sin duda en aquella extravagante prima mía las acciones debían de ser tan absurdas como las palabras y los modos. No podía explicarme su casamiento sino por un desvarío cerebral, por la falta absoluta del tornillo ó tornillos que tan importante papel hacían, según mi tío, en la existencia de los Buenos de Guzmán. A poco de ver y oir al oficialete, preguntábame yo con asombro: «Pero esta condenada, ¿qué encontró en tal hombre para enamorarse de él?» Porque Constantino era feo, torpe, desmañado, grosero, puerco, holgazán, vicioso, pendenciero, brutal. Lo único que podía yo alegar en favor suyo, dudando mucho de que fuese un mérito, era su constitución, no menos vigorosa que la de mi prima, y la humildad con que se sometía á todos los caprichos de ella. No sabía nada de nada; sólo entendía de hacer planchas gimnásticas, tirar al florete y montar á caballo. El deseo que yo tenía de ver justificada de algún modo la ilusión de Camila, llevábame á dar á aquellas habilidades físicas más valor del que tienen como adorno de la persona; pero ni aun poniendo á los acróbatas y gandules de circo sobre todos los demás hombres, lograba yo motivar razonablemente la inclinación de mi prima. ¡Misterios del cariño humano, que á menudo va por sendas tan contrarias á las de la razón! Contáronme que mis tíos se opusieron al casamiento; pero que la niña manejó con tal arte el resorte de sus nervios, mimos, y de sus temibles espontaneidades, que los papás hubieron de ceder por miedo á que llegara el caso de llamar al doctor Ezquerdo. Cuando tuve confianza con ella, le decía yo:
—Vamos á ver, Camila, sé franca conmigo. ¿Por qué te enamoraste de Constantino? ¿Qué viste, qué hallaste, qué te gustó en él para distinguirle entre los demás y entregarle tu corazón?
Y ella, con naturalidad que me confundía, replicaba:
—Pues le quise porque me quiso, y le quiero porque me quiere.
Dijéronme que, después de casada, las rarezas de mi prima habían tenido alguna ligera modificación. «¡Pues buena sería antes!» pensaba yo. A su marido le trataba, delante de todo el mundo, con extremos y modales chocantes. Unas veces le daba besos y abrazos públicamente; otras le decía mil perrerías, tirábale del pelo y aun le pegaba, gritando:
—Quiero separarme de este bruto... ¡Que me lo quiten!...
Pero el estado pacífico era el más común, y las breves riñas paraban pronto en reconciliaciones empalagosas, con besuqueo y tonterías poco decentes á mi ver.
El oficialete era una alhaja. Quejábase con insolente amargura de estar muy atrasado en su carrera.
—Pero usted —le preguntaba yo—, ¿qué ha hecho? ¿En qué acciones de guerra se ha encontrado? ¿Cuáles son sus servicios?
Al oir esto un día, miróme de tal modo que pensé iba á sacar el sable y á pegarnos á todos los presentes. Pero lo que hizo fué soltar una andanada de groseras injurias contra toda la plana mayor del ejército. Francamente, me daba tanto asco, que le volví la espalda sin decirle nada. No le creía merecedor ni aun de la impugnación de sus estupideces. María Juana, que estaba allí, díjome aparte con mal contenida ira:
—Siento no ser hombre... para darle dos bofetadas.
II
Indispensables noticias de mi fortuna, con algunas particularidades acerca de la familia de mi tío y de las cuatro paredes de Eloísa.
I
Voy á hacer la declaración exacta de la fortuna que yo poseía cuando me establecí en Madrid. Este es un dato importante por todos conceptos y que debo exponer con la mayor claridad, aunque no sea sino para desmentir las absurdas consejas que corrían como dogma evangélico acerca de mi capital, y según las cuales (obra de la excitada fantasía de tanto hambriento), yo era puesto en la misma categoría rentística de los Larios de Málaga, López de Barcelona, Misas de Jerez, Céspedes, Murgas y Urquijos de Madrid.
Vais á ver lo que yo tenía.
Al desaparecer del mundo comercial la casa que giraba con mi firma, celebré un convenio con los Hijos de Nefas, que se hicieron cargo de todos mis negocios mercantiles, para unirlos á los de su casa, quedando además encargados de liquidar los asuntos pendientes. Según mi cuenta, la liquidación arrojaría unos cuarenta mil duros á mi favor, que los referidos Hijos de Nefas se reservarían, puesto que yo entraba á formar parte de la casa como socio comanditario.
Las viñas arrendadas podían capitalizarse en otros cuarenta mil duros. Lo que obtuve de las vendidas, de las existencias cedidas á diferentes casas y de créditos realizados, subía á más de cien mil, que iría recibiendo en Madrid, según convenio, en plazos trimestrales y en letras sobre Londres. Pensaba emplear este dinero, conforme lo fuera cobrando, en valores públicos ó en inmuebles urbanos.
Producto de ventas anteriores y de la legítima de mi madre, tenía yo en Londres diez y siete mil libras, parte situadas en casa de Mildred Goyeneche, parte empleadas en renta inglesa del 3 por 100. Estos setenta y cinco mil duros, unidos á lo anterior, hacen ya doscientos cincuenta y cinco mil. Debo añadir un pico que tenía en París en poder de Mitjans, y que le ordené empleara en renta francesa del 4 ½ por 100, con el cual pico mi cuenta anda muy cerca ya de los seis millones de reales.
Aún había más. En Obligaciones de Banco y Tesoro, 3 por 100 Consolidado, Ferros, Obligaciones sobre Aduanas, Resguardos al portador de la Caja de Depósitos, tenía más de ochenta mil duros efectivos. Toda esta diversidad de papeles la había comprado mi padre, y yo la conservaba, esperando que se realizase la feliz unificación que me había anunciado mi tío, y con la cual cesaría el mareo que me producía tal balumba de títulos y la desigualdad laberíntica de sus valores.
Item: cuarenta acciones del Banco de España que mi padre había comprado, por dicha mía, cuando estaban á tres mil reales, y que á fin del 80 valían cuatrocientos cincuenta duros, dándome un capital efectivo de diez y ocho mil duros. Añadiendo á lo expuesto varios créditos pequeños de seguro cobro y existencias en metálico, salían, en cifra más ó menos redonda, unos nueve millones de reales, que bien manejados podían darme de treinta á treinta y cinco mil duros de renta. Esta es la verdad de mi tan cacareada riqueza, que algunos, especialmente los que deliran con el dinero ajeno, no pudiendo delirar con el propio, hacían subir á un par de millones de pesos. En esto de apreciar el caudal de los ricos que viven con holgura, he notado siempre una tendencia á la hipérbole que produce grandes perturbaciones en la vida económica de la capital, por los grandes chascos que suelen llevarse las industrias y los comercios nacidos al calor de tan necio optimismo. No necesito encarecer lo bien recibido que fuí en toda clase de círculos. Los que esto lean comprenderán al punto que teniendo yo lo que en claros números queda dicho, y suponiéndome el vulgo mucho más aún, no me habían de faltar relaciones. No necesitaba ciertamente buscarlas; ellas venían solas, me perseguían, me acosaban con descargas de saludos, invitaciones y cortesanía. Prendas personales de que no quiero hablar afianzaron y remataron mi éxito. Las amistades formaron pronto en derredor mío espesa red, contribuyendo no poco á ello la familia de mi tío, muy conocida en la Corte y relacionada con lo mejor, así por el parentesco que mi tía Pilar tenía con familias ilustres, como por el roce constante de su marido con personas y personajes de todas las clases sociales.
II
En el principal de mi casa no reinaba siempre una paz perfecta. No pocas veces, al subir á casa del tío, asistí contra mi voluntad á escenas dramáticas. Un día ví á Eloísa llorando cual si le ocurriera una gran desgracia, y á su mamá tratando de calmarla con la aplicación simultánea de varios antiespasmódicos. Estaba en meses mayores y podía sobrevenir una catástrofe. No pude conseguir que me enterasen del motivo de semejante duelo: ¡tan afanadas parecían ambas! Pero Camila, que estaba en el comedor besando al gato y arañando á su marido, púsome al corriente de los trágicos sucesos. La noche antes, María Juana, Camila y el esposo de Eloísa habían tenido una discusión un poco agria sobre cosas políticas. Hubo algunas expresiones acaloradas... Pero el prudente Medina cortó la disputa con discretas y conciliadoras razones. Lo malo fué que al día siguiente la renovaron las dos mujeres. Palabra tras palabra, ambas hermanas se encendieron poco á poco en ira, y oyéronse conceptos un tanto vivos... «Los Carrillos eran unos hambrones aduladores...» «Los Medinas unos tíos ordinarios de la Cava Baja...» «La marquesa de Cícero había sido una acá y una allá...» «Los maragatos, en cambio, vendían pescado...» «Los Carrillos eran revolucionarios porque no tenían una peseta...» «Los Medinas no eran nada porque no tenían entendimiento...» En fin, mil tonterías. Eloísa, menos fuerte que su hermana en la polémica, se embarullaba, tenía rasgos de ira infantil, concluyendo por echarse á llorar. Sentí mucho haber perdido la escena, pues llegué cuando la tempestad había pasado, y sólo se oían truenos lejanos. En el gabinete de la derecha de la sala, la pobre Eloísa daba respiro á su corazón oprimido, diciendo entre sollozos:
—Me alegraría de que viniese una revolución... grande, grande, para ver patas arriba á tanto... idiota.
En el gabinete de la izquierda, María Juana, mal sentada en una silla, el manguito en una mano, el devocionario en otra, la cachemira cogida con imperdible y abierta como una cortina para mostrar su bien formado pecho, el velo echado hacia atrás, las mejillas pálidas, la nariz un poco encendida á causa del frío, los quevedos (que empezaba á usar por ser algo miope) calados y temblorosos sobre la ternilla, los pies inquietos estrujando la lana de una piel de carnero, hacía constar la urgente necesidad de una revolución... grande, grande, que acabara de una vez para siempre con los... me parece que dijo «los mamalones que viven á costa del prójimo.»
—Pero, señoras —dije yo interviniendo y pasando de un gabinete á otro para ponerlas en paz—, ¿qué piropos son esos y qué furor de revoluciones ha entrado en esta casa?...
Por fin, después que las aplaqué burlándome de sus antojillos demagógicos, les dije:
—Hoy es mi cumpleaños. Convido... Todo el mundo á almorzar en Lhardy.
(Gran sensación, tumulto, preparativos, sonrisas que brillaban tras un velo de lágrimas, gorjeos de Camila, alegría y reconciliaciones.)
Los móviles de estas domésticas jaranas no eran siempre políticos. Otro día Camila, después de llamar hipócrita á su hermana mayor, rompió á chillar como un ternero, jurando que no volvería á poner los pies en aquella casa. Averiguada la razón de este tumulto y de las contorsiones que mi primita hacía, resultaba ser celillos del papá. Sí: mi tío, al decir de Camila, quería más á María Juana que á sus demás hijos, distinguiendo comunmente á aquélla con mil cariñosas preferencias; de donde se deducía que mi tío no era un modelo de imparcialidad paterna, como hasta entonces habíamos venido creyendo. Siempre que las hermanas altercaban sobre cualquier asunto, por nimio que fuera, como, por ejemplo, la elección de un color para vestido, cuál teatro era más bonito, si había llovido este año más que el pasado, el padre apoyaba ciegamente el partido de María Juana.
—Un padre debe querer á sus hijos por igual —decía Camila aquel día entre sollozos y lágrimas. Más tarde vine á saber que todo aquel alboroto fué por un paquete de caramelos de la Pajarita. Otras veces la grave causa era «si tú me quitaste el periódico cuando yo lo estaba leyendo», ó bien «que yo no fuí quien dejó la puerta abierta, sino tú», ó cosa por el estilo.
Debo decir, en honor de la verdad, que pasaban también semanas enteras sin que la paz se turbase, viviendo todos, padres, hijos, hermanas y yernos, en aparente concordia. Siempre habría sido lo mismo si mis tíos hubieran establecido en la casa, antes de que la prole creciera, una estrecha disciplina. Mas no lo hicieron así. Era mi tía Pilar una excelente señora; pero de tan flojo carácter, que sus hijos, y aun los criados, y hasta el gato, hacían de ella lo que querían. Mi tío no se cuidó nunca de sus hijos más que para comprarles dulces y llevarles un palco para que fueran al teatro algún domingo por la tarde. Todo el día estaba en la calle, y los festivos solía ir de caza al coto que en sociedad con varios amigos tenía arrendado.
Mi primo Raimundo, de quien no he hablado aún, vivía en completa paz con mis tres primas, pues había adoptado en todos los asuntos domésticos un temperamento flemático; y aunque su mamá tenía marcadas preferencias por su único varón, éste, que era insigne filósofo, como se verá más adelante, cuidaba de no hacerlas patentes delante de sus hermanas para aprovecharlas mejor.
III
He dicho que en Enero del 81 dió á luz Eloísa el primer nieto que tuvieron mis tíos. El tal absorbía por completo la atención de toda la familia. Abuelos, tías y madre eran pocos para mimarle. Las funciones de su organismo nuevecito, al estrenar la vida y ensayarse en los procederes elementales del egoísmo humano, preocupaban hondamente á todos los de casa.
A las inocentes brutalidades de aquel cachorro de hombre se les daba la importancia de verdaderas acciones humanas. No hay para qué hablar de la fama que tenía. Había corrido la voz de que era un rollo de manteca, y además muy mala persona, es decir, que ya tenía sus malicias, y se valía de ingeniosas tretas para hacer su gusto. Todos los recién nacidos gozan de esta opinión desde que respiran; todos son guapos, robustos y muy pillos. Y, sin embargo, todos son lo mismo: feos, flácidos, colorados, más torpes que los niños de los animales y siempre mucho menos graciosos. Del de Eloísa se contaban maravillas. Era un granuja. A los dos meses ya protestaba contra las horas metódicas á que le daba el pecho el ama, y quería atracarse sin orden ni tasa. Era, pues, un gastrónomo y un libertino. A los cuatro meses mostraba su desagrado á algunas personas, y pataleaba cuando quería que le paseasen. Tenía la poca vergüenza de reirse de todo, y cuando le ponían un reloj en la oreja, se la echaba de listo, como diciendo: «Ya, ya sé lo que es eso: á mí no me la dan ustedes.» A los cinco meses era realmente una preciosidad. Se parecía á su mamá. Salía á los Buenos de Guzmán en la figura y en el carácter. El ama relataba mil incidentes y malicias que indicaban el talento que iba á sacar. Algunas noches había conciertos, á que felizmente no asistía yo. Para impedirle que durmiera de día, le paseaban por la casa, le bajaban alguna que otra vez á la mía, y procuraban entretenerle haciéndole fijar la vista en objetos de colores vivos. Cuando se cansaba, restregábase el hocico con los puños cerrados, que parecían dos rosas sin abrir, y á veces me obsequiaba con una sonata de las mejores suyas. Alguna vez le cogía yo en mis brazos y le paseaba, procurando que se fijara en una lámpara colgante, objeto al cual repetidas veces consagraba una atención profunda como de persona inteligente. Parecía decir: «Vean ustedes... éstas son las cosas que á mí me gustan...» No sé en qué consistía que en mis brazos se tranquilizaba casi siempre. Sin duda sentía hacia mí una respetuosa estimación que no le inspiraba el ama. Mirábame con atónita dulzura, mascando sosegadamente un aro de goma y arrojando sobre mi pecho las babas que no podía recoger su babero. Con aquella muda saliva me decía sin duda: «Estoy pensando, aquí para mis babas, que usted y yo vamos á ser muy buenos amigos.»
Todos le querían mucho, y yo también, correspondiendo á la confianza y consideración que le merecía. Ved aquí cuán fácilmente me asimilaba los sentimientos de la familia, porque mi carácter fué siempre, salvo en las ocasiones de mal nervioso, refractario á la soledad. No me gustaba vivir en lo interior de aquella república, pero sí en sus agradables cercanías. Poco á poco fuí acostumbrándome al calor lejano de aquel hogar. Así lo quería yo: bastante cerca para matar el frío, bastante lejos para que no me sofocara. Mis tíos, mis primas, los maridos de mis primas y el retoño aquél baboso me interesaban ya y eran necesarios en cierto grado á mi existencia.
Pero he de confesar que Eloísa era, de todos ellos, la que se llevaba la mejor parte de mis afectos. Solía consultarme sobre cosas de su exclusivo interés; y yo, que todo el invierno lo empleé en instalarme bien y cómodamente, pues era muy tardo y dificultoso en elegir los muebles, le pedía un día y otro el concurso de su buen juicio y de su gusto supremo para aquel fin. Entre paréntesis, diré que yo decoraba mi casa con lujo, adquiriendo todo lo bonito y elegante que encontraba en las tiendas, y haciendo traer directamente algunos objetos de París y Londres. Soltero, rico y sin obligaciones, bien podía darme el gusto de engalanar suntuosamente mi vivienda, y ser, conforme lo exigía mi posición social, amparo de las artes y la industria. Desconfiando siempre de mí mismo en materia de gusto artístico, me sometía al parecer de Eloísa, y nada se ponía en las paredes de mi casa sin que antes pasase por la prueba de su entendida crítica. Comprendí que ella gozaba extraordinariamente en ello, y como había tela de donde cortar, yo adquiría, adquiría cada vez mejores y más escogidas cosas.
Mi afecto hacia ella era de una pureza intachable; tan así, que gozaba oyéndola elogiar á su marido. Díjome un día:
—El pobre Pepe vale bastante más de lo que creen papá... y los amigos de casa. Tiene inteligencia; pero la pobreza y su poca salud le acobardan mucho.
Otro día me dijo con acento bastante triste que estaba hastiada de vivir en casa de sus padres; que además de la idea de serles gravosa, le mortificaba la falta de independencia; que deseaba ardientemente tener su casa, casa propia, sus cuatro paredes, para vivir solita con su marido y con su hijo. Con la renta de Pepe no había que contar para este propósito tan honrado y tan legítimo, pues la paga del ministerio y el producto de unos foros gallegos que además disfrutaba, apenas eran suficientes para vestirse ambos y para el ama y algunas menudencias.
—Oye lo que ocurre —me dijo otro día, en ocasión que subí á su casa para que me hiciera el favor de elegirme unas alfombras—. A ver qué opinas. El ministro de Ultramar, que es muy amigo nuestro... anoche comieron él y papá en casa de la de San Salomó... ha ofrecido á Pepe un buen destino en Cuba. Dice papá que si tiene arreglo, puede sacar en un par de años cien mil duros... sin hacer cosas malas, se entiende. Otros han traído más en mucho menos tiempo. ¿Te parece que debe aceptar? En toda la noche he podido dormir pensando en esto, pues si por un lado quisiera resolver este acertijo de nuestro modo de vivir, por otro no me haría maldita gracia separarme de mi marido... Y lo que es irme yo á América... al pensarlo, no son plumas, sino nidos de avestruces lo que siento en mi garganta. El pobre Pepe no tiene salud para aquellos climas... y al mismo tiempo no sé... ¡La idea de verle entrar en casa acompañado de cien mil duros!... Es terrible alternativa ésta, ¿no es verdad? Parece que la marquesa de Cícero está ahora muy fuerte. ¿Qué opinas tú? ¿Debemos aceptar el destino?
Esta inesperada consulta me puso en gran perplejidad. Pero mi buen juicio y mi conciencia, que, teóricamente al menos, estaba llena de rectitud, inspiráronme pronto la respuesta. No: Pepe no debía exponerse á los peligros de la fiebre amarilla... no faltaba más. ¡Qué sería de su pobrecita mujer, sola y muerta de pena en Madrid!... Por ningún caso. Estaría siempre en un puro afán, pensando si le daba ó no le daba el vómito, y de correo en correo su vida sería un martirio de incertidumbre... ¿Y todo por qué? Por una riqueza ilusoria... Pepe era decente y honrado, y no sabría centuplicar, como otros, los gajes de su empleo.
—Ríete —le dije— de esas ganancias, sin hacer cosas malas. Pepe se volverá á España con las manos tan limpias como su conciencia, y los bolsillos más limpios aún...
Añadí que la Providencia se encargaría de arreglar aquel asunto mejor que el ministro de Ultramar. Por más que dijeran, Angelita Caballero no podía ya vivir mucho. Yo la había visto el día antes en su carruaje, hecha una hoz, tan encorvada que parecía estar besándose las rodillas... Paciencia, paciencia y calma.
Esto ocurría en Mayo: lo recuerdo, porque después de aquella conferencia fuimos todos, Camila inclusive, á casa de María Juana, á ver pasar la gran procesión del Centenario de Calderón. Los prudentes consejos que dí á Eloísa fueron bien acogidos por ella y aceptados con alma. Aquel día y los siguientes estuve pensando cuán fácil me sería realizar el noble sueño de mi prima, pues con parte de lo que yo gastaba en superfluidades, habría bastado para que ella tuviese aquellas cuatro paredes suyas que la traían tan desazonada. Pero esto era tan irregular y contravenía de tal modo las leyes sociales, que no era posible expresarlo ni aun como un ofrecimiento de pura fórmula, de esos que previamente sabemos no serán aceptados. Hablar de tal cosa habría sido imperdonable falta de delicadeza. Calléme, pues, repitiendo para mi sayo una cosa que más de una vez había oído de labios de la propia Eloísa en sus horas de tristeza, y era que los bienes de la tierra están muy mal repartidos.
III
Mi primo Raimundo, mi tío Serafín y mis amigos.
I
Con este Bueno de Guzmán había tenido yo trato anteriormente, por haber pasado conmigo una larga temporada en Jerez y Cádiz. Pocas personas poseen, como mi primo Raimundo, el don envidiable de cautivar y agradar de primera intención, porque á pocos seres concedió Naturaleza tal caudal de prendas brillantes, calidades de esas que podríamos llamar ornamentales, porque no dan valor positivo á la persona, sino que lo fingen. Cuando le conocí en Andalucía, estaba Raimundo en todo su esplendor y en el apogeo de su deslumbradora originalidad. En Madrid ya le encontré algo decaído. Se me parecía á los artistas que, abusando de sus facultades, caen en el amaneramiento. En ocasiones, lo que antes hacía en él tanta gracia principiaba á ser enfadoso. Sus excentricidades y paradojas, sus ráfagas de ingenio eran para un rato nada más. Comenzaba á tener manías estrambóticas y á padecer lamentables descuidos en su conducta social y privada. No era ya el hombre entretenidísimo, ameno y simpático de otros tiempos; mejor dicho, tenía temporadas, días muy buenos, horas felices á las que seguían períodos en que se hacía de todo punto insoportable.
En España son comunes los tipos como este primo mío. Creeríase que son producto del garbanzo, y que este vegetal ha ingerido en la raza los talentos decorativos. He conocido muchos que se le parecen, aunque en pocos he visto combinarse tan marcadamente como en él lo brillante con lo insubstancial. Había tenido Raimundo una educación muy incompleta; había leído poco, muy poco, y no obstante, hablaba de todas las cosas, desde las más frívolas á las más serias, con un aplomo, con una facundia, con un espíritu que pasmaban. Los que por primera vez le oían y no le conocían, se quedaban turulatos.
A este don de tratar bien de todo reunía mi primo otros muchos. Hablaba francés é italiano con rara perfección. El inglés no lo hablaba, pero lo traducía, y de alemán se le alcanzaba algo. Aprendía las lenguas con facilidad suma, sin esfuerzo, no se sabe cómo. Su memoria estupenda descollaba también en la música. Repetía las óperas del repertorio moderno, con recitados, coros y orquesta, y trozos difíciles de música sinfónica y de cámara. Cantaba lo mismito que Tamberlick y declamaba como Rossi, imitando también á los actores cómicos más en boga. En esto de remedar voces y de asimilarse todos los acentos humanos, superaba con mucho á su hermana Camila, que igualmente tenía dotes de actriz y habría lucido en las tablas si á ello se dedicara.
Mi primo no era pintor porque no se había puesto á pintar; pero buena prueba era de su aptitud lo que hacía con lápiz ó pluma cuando por entretenimiento dibujaba cualquier figura. Hacía caricaturas deliciosas, frescas, fáciles, y á veces le ví trazar en serio, observando el natural, contornos de una verdad y elegancia que me pasmaban. «¿Por qué no te has dedicado á la pintura?» le preguntaba yo á veces; y él alzaba los hombros, como diciendo: «Si me hubiera dedicado á todo aquello para que tengo disposición, no me habrían bastado la vida ni el tiempo.»
Porque también hacía versos, y tan buenos como los de otro cualquiera. Los componía serios y epigramáticos, burlescos y trágicos, según le daba. En la prosa también hacía primores. La escribía de todas las castas posibles: académica y periodística, atildada y pedestre, declamatoria y picaresca. Cuando estaba de humor literario, cogía la pluma y decía: «voy á imitar á Víctor Hugo.» Pues escribía un trozo que parecía arrancado de Los Miserables. Otras veces imitaba á los clásicos de un modo que no había más que pedir, y como cogiera por su cuenta el estilo parlamentario y oficial que aquí priva, hacía cosas muy divertidas. También se las daba de crítico, y tenía un golpe de vista admirable para juzgar de todas las artes y descubrir en cada obra aspectos y fases que se ocultan á la generalidad.
Pues con tales disposiciones, las pocas veces que se vió en letras de molde no fué con lucimiento, porque pensar que hiciera y consumara un trabajo completo, regular, con principio y fin, era pensar lo imposible. A menudo, sus tareas literarias, empezadas con febril entusiasmo, se quedaban sin concluir. Cuando se le reprendía por su inconstancia, disculpábase con la carencia de estímulo, que es la asfixia del escritor en nuestro país; con la falta de editores. ¡Oh! si aquí se cobrara por escribir... Esta era su muletilla, que iba siempre acompañada de la amarguísima exclamación de Larra: «El genio ha menester del eco, y no se produce eco entre las tumbas.»
Estoy convencido de que si hubiéramos tenido un editor espléndido y sabio detrás de cada esquina, Raimundo no habría compuesto libro alguno ni aun del tamaño de una lenteja. Es más: llegué á comprender que mi primo, dotado de aptitudes tan varias, no habría sido jamás poeta eminente, ni pintor de nota, ni músico, ni orador, ni cómico, ni crítico, aunque se dedicara exclusivamente á alguna de estas artes, porque carecía de fondo propio, de fuerza íntima, de esa impulsión moral, que es tan indispensable para los actos de creación artística como para las obras de la voluntad.
Elogiado desde la niñez por su feliz talento, mirado como gloria de la familia, defraudó las esperanzas de su padre, que no pudo sacar partido de él. A once carreras se aplicó. Empezaba con mucho brío; pero en el primer año se plantaba. Habíase preparado para Estado Mayor, Minas, Montes, Medicina, Telégrafos, Ayudante de Obras públicas, y para no sé qué más. Oirle hablar de sus carreras y de sus estudios era como hojear una enciclopedia. Por fin, hízose abogado á fuerza de recomendaciones. «Mi camino al través de la Universidad —decía—, ha sido una senda de tarjetas.»
En los días de esta narración, Raimundo debía de tener treinta años (era el segundo hijo de mi tío) y representaba más de cuarenta. Su naturaleza febrilmente activa parecía haber burlado la ley del tiempo, madurándose con demasiada prisa. Vivía en un constante esfuerzo por huir de lo presente, hipotecando el porvenir, y nutriéndose hoy por adelantado con la savia de mañana. Pródigo de su sangre, de todas las energías de su espíritu y de su cuerpo, devoraba el capital vital, como si la juventud fuera un estado que le estorbase y padeciera nostalgias de la vejez. Cuando le ví en Madrid, me asustó la extraordinaria flaqueza de su rostro. Comprendí que en aquella lámpara había ya poco aceite, por haber sido encendida muy pronto y atizada constantemente; pero no le dije nada, porque supe que se había vuelto aprensivo. Su cara de hombre guapo era como la de un Cristo viejo, muy despintado, muy averiado de la carcoma y profanado por las moscas. Tenía la voz cavernosa, la mirada mortecina, los movimientos perezosos. Un día que estábamos solos en mi cuarto, le ví acomodarse en una butaca, estirar las piernas sobre otra, buscar postura, hacer muecas de dolor y hastío como el que padece gran quebranto de huesos, cerrar luego los ojos y respirar fatigosamente. A mis inquietas preguntas respondió levantándose de un salto, dando paseos por la habitación con las manos á la espalda y la barba sobre el pecho.
—La inacción es lo que me mata —decía sin detenerse—. Me estoy atrofiando, me estoy enmoheciendo...
Luego se paró ante mí, y mirándome con aquellos ojazos que parecían muertos, díjome entre carraspeos:
—Tengo un principio de enfermedad grave. ¿Sabes lo que es? Reblandecimiento de la médula.
—¿Has consultado algún médico?
—No: no es preciso. He estudiado esa enfermedad, y conozco bien su proceso, sus síntomas y su tratamiento.
Dióme una lección de fisiología, en la cual habló de la pía mater, del canal raquídeo, de la substancia gris, de las perturbaciones vasomotoras, con otros terminachos que no recuerdo. Debía de ser su atropellado discurso un tejido de disparates; pero tenía todo el aparato de lucubración científica, y para los legos en medicina, como yo, era un asombro. Sentóse luego, y tras aquellas sabidurías, dió en afirmar vulgaridades de curandero. Después le oí pronunciar en voz baja y con precipitación maniática sílabas obscuras.
—¿Sabes —me dijo de súbito, contestando á mis preguntas— cuál es uno de los principales síntomas del reblandecimiento? La afasia, ó sea pérdida de la palabra. Empieza por inseguridad, por torpeza en la emisión de algunas sílabas. Las que primero se resisten á ser pronunciadas fácilmente y de un golpe son las de r líquida después de t, es decir, las sílabas tra, tre, tri, tro, tru...
Observé que Raimundo, haciendo visajes como los tartamudos, se expresaba con dificultad. Tenía su rostro palidez cadavérica. De súbito se marchó sin decirme adiós, pronunciando entre dientes no sé qué conceptos obscuros de una jerga ininteligible. Acostumbrado ya á sus extravagancias, no me ocupé más de él. Al día siguiente entró en mi cuarto con apariencia de estar muy gozoso. Se frotaba las manos y su semblante tenía mucha animación.
—Hoy estoy muy bien, muy bien... al pelo —me dijo—. Mira, para probar el estado de los músculos de mi lengua y cerciorarme de que funcionan bien, he compuesto un trozo gimnástico-lingüístico. Recitándolo, puedo sintomatizar la afasia y también prevenirla, porque fortalezco el órgano con el ejercicio. Si lo digo con dificultad, es que estoy malo; si lo digo bien... Escucha.
Y con la seriedad más cómica del mundo, con asombrosa rapidez y seguridad de dicción, cual si estuviera imitando el chisporroteo de una rueda de fuegos artificiales, me lanzó de un tirón, de un resuello, este incalificable trozo literario:
—Sobre el triple trapecio de Trípoli trabajaban trigonométricamente trastrocados tres tristes triunviros trogloditas tropezando atribulados contra trípodes triclinios y otros trastos triturados por el tremendo Tetrarca trapense.
Y lo volvió á decir una vez y otra, sin poner punto ni coma, hasta que cansado de reirme y de oir aquel traqueteo insufrible, le rogué por Dios que se callara.
Raimundo se apegó á mi persona con tenacidad cariñosa. Era mi primer amigo y me acompañaba y entretenía mucho. Había en él algo del parásito, que adula á los ricos por recoger sus sobras, y un poquillo del bufón que divierte á los poderosos. Me hacía pasar ratos agradables, charlando de cosas diferentes, ya por lo campanudo, ya por lo familiar; hacía la crítica de la obra que habíamos visto estrenar la noche antes; remedaba á los oradores del Congreso, y me contaba anécdotas políticas y sociales de las que jamás por su índole personal transcienden á la prensa. Todo iba bien mientras no le entraba la murria del reblandecimiento, pues entonces no se le podía aguantar. Así, desde que empezaba con el triple trapecio de Trípoli, ya estaba yo tomando mis medidas para echarle de mi cuarto.
No sólo era mi amigo, sino mi huésped, pues desde el parto de Eloísa se bajó á dormir á mi casa.
—Arriba no se cabe —me dijo un día—. Me han ido acorralando poco á poco, y por fin me han metido en un triclinio en que estoy trigonométricamente trastrocado. Si quieres, puesto que tienes casa de sobra, me vengo á vivir contigo, y así estaré más divertido y tú más acompañado.
Tomóse para sí la holgada habitación interior que yo no necesitaba, y en las últimas horas de la noche, como en las primeras de la mañana, le tenía siempre junto á mí como mi sombra.
Desde que perdió la esperanza de hacer carrera de él, su padre le proporcionó un empleíllo en Fomento, el cual respetaban todos los gobiernos, considerándolo como sagrado tributo que la patria pagaba á mi tío. Raimundo no iba al ministerio más que el día de cobrar. «Yo —decía— no reconozco más jefe que el habilitado.» Desde el 20 del mes, ó antes, se le acababan los fondos, fenómeno que se traducía al punto en síntomas de reblandecimiento y en la matraca insufrible de los triunviros trogloditas.
—No me marees —le decía yo—. Si no tienes dinero, pídelo en castellano.
A él se le encendían los espíritus con esto.
—¿Es verdad ó no que no hay guita?... ¡Oh! si tengo yo un ojo médico...
—Puesto que me pones una pistola al pecho para que lo confiese —exclamaba con solemnidad cómica—, cierto es.
—¿Por qué no te clareabas?
—¡Ah! porque yo digo, como Fontenelle, que si tuviera la mano llena de verdades, no las soltaría sino una á una.
II
De los amigos de fuera de casa, los más fieles y constantes y los que más quería yo eran Severiano Rodríguez y Jacinto María Villalonga, el primero andaluz neto, el segundo casado con una parienta mía, ambos excelentes muchachos, de buena posición, muy cariñosos conmigo. A Severiano Rodríguez le trataba yo desde la niñez; á Villalonga le conocí en Madrid. El primero era diputado ministerial, y el segundo de oposición, lo cual no impedía que viviesen en armonía perfecta, y que en la confianza de los coloquios privados se riesen de las batallas del Congreso y de los antagonismos de partido. Representantes ambos de una misma provincia, habían celebrado un pacto muy ingenioso: cuando el uno estaba en la oposición, el otro estaba en el poder, y alternando de este modo, aseguraban y perpetuaban de mancomún su influencia en los distritos. Su rivalidad política era sólo aparente, una fácil comedia para esclavizar y tener por suya la provincia, que, si se ha de decir verdad, no salía mal librada de esta tutela, pues para conseguir carreteras, repartir bien los destinos y hacer que no se examinara la gestión municipal, no había otros más pillines. Ellos aseguraban que la provincia era feliz bajo su combinado feudalismo.
Por supuesto, el pobrecito que cogían en medio, ya podía encomendarse á Dios... A mí me metieron más adelante en aquel fregado, y sin saber cómo hiciéronme también padre de la patria por otro distrito de la misma dichosa región. Para esto no tuve que ocuparme de nada, ni de decir una palabra á mis desconocidos electores. Mis amigos lo arreglaron todo en Gobernación, y yo con decir sí ó no en el Congreso, según lo que ellos me indicaban, cumplía.
Manolito Peña, diputado también, muy decidor é inquieto, fué uno de mis íntimos. Por la amistad que tenía con mi tío y por haberle tratado con motivo de un pequeño negocio, vino también á ser mi amigo el marqués de Fúcar, viejo que tenía el prurito de remozarse y reverdecerse más de lo que consentían sus años y su respetabilidad. Raro era el día que no almorzaban conmigo Severiano Rodríguez y mi primo Raimundo. Los domingos almorzaban los que he citado y también Pepe Carrillo, el marido de Eloísa. Luego solíamos ir todos á los toros, donde yo tenía palco y Fúcar también. De otros amigos hablaré más adelante.
No quiero dejar de decir algo de mi excelso pariente, el tío Serafín, brigadier de marina retirado, que me visitaba con frecuencia. Era un solterón viejo que se pasaba la vida paseando. Todas las mañanas infaliblemente, lloviera ó venteara, iba al relevo de la guardia de Palacio; después daba un vistazo á los mercados y se corría hacia la calle de Sevilla para arreglar su remontoir por la hora del reloj de Ganter; daba dos ó tres vueltas á la Puerta del Sol, iba á almorzar á su casa, tomaba café en el Suizo nuevo, y por la tarde, después de andar un poco á pie inspeccionando las obras de las casas en construcción, hacía en cualquier tranvía un recorrido de diez ó doce kilómetros, de pie en la plataforma delantera. Por las noches iba al Círculo de la Juventud, del cual era socio, y después se le veía invariablemente en la primera ó segunda pieza de Eslava.
Pocos hombres existen de presencia más noble que mi tío Serafín, de un aspecto más venerable y al mismo tiempo más simpático. Conserva admirablemente la urbanidad atildada de la generación anterior, y tiene cierto empeño en inculcar los preceptos de ella á los jóvenes con quienes trata. Es enemigo declarado de la grosería y de las malas formas. Es muy pulcro, pero un poco anticuado en el vestir. La moda no ha tenido influjo en él para hacerle abandonar un inmenso y pesado carrik que le acompaña desde Noviembre á Mayo, ni la bufanda espesa que le da dos vueltas al cuello, sirviendo de base á aquella hermosísima cabeza de Cristóbal Colón, siempre echada atrás, cual si el hábito de mirar al cielo, para tomar alturas con el sextante, le hubiera deformado el pescuezo.
Las visitas de mi tío fueron al principio muy gratas. Tenía unos modos tan afables, respiraba todo él tanta nobleza y caballerosidad, que habría deseado tenerle siempre en mi casa. Pero cuando empecé á advertir el pícaro defecto de aquel excelente hombre, ya me daba tristeza verle entrar. Su hermano Rafael me había dado noticias de aquella maña feísima de sustraer disimuladamente los objetos que le gustaban y guardárselos en los bolsillos del carrik. Creo que él mismo no se daba cuenta de lo que hacía; que sus hurtos eran un fenómeno neuropático, un acto irresponsable, independiente de toda idea moral. En la época en que le daba por visitarme, cada día echaba yo de menos algo: bien un libro, bien un pequeño bronce, un cenicero, arandela ó cualquier otra fruslería. Por nada del mundo le hubiera yo dado á entender que conocía al ladrón. Lo que hacía era vigilarle y estar muy atento á sus manos, pues él, cuando se sentía observado, no hacía de las suyas. ¡Pobre don Serafín Bueno de Guzmán! ¡Que así se envileciera un hombre que había realizado actos de heroísmo en la vida militar, y en la privada otros no menos dignos de alabanza; un hombre que tenía ideas tan puras y hermosas sobre la justicia, sobre el derecho, y que había sabido darlas á conocer con algo más que con palabras! Otras chifladuras de mi tío no me maravillaban por ser propias de solterones viejos. El que en edad madura había sido un galanteador de alto vuelo, en la vejez perseguía las criadas bonitas, ó que á él le parecían tales, pues debemos creer que las aberraciones del gusto andarían á la par con la afición senil. Sus paseos matinales y crepusculares eran una cacería activa, febril, casi siempre infructuosa. Decía Raimundo que cuando se lo encontraba en la calle al anochecer, camino de su casa, tarareando entre dientes y con las manos á la espalda, era señal de que la jornada había sido mala y de que el incansable ojeador no había descubierto ninguna de aquellas reses bravas que perseguía.
IV
Debilidad.
I
Llegó el verano y con él la desbandada. Yo me fuí al extranjero. Estuve en Hamburgo con el marqués de Fúcar, que iba á hacer contratas de tabacos, y después en Londres con Jacinto María Villalonga, á quien el ministro de Fomento había encargado la compra de algunas máquinas de agricultura y de caballos para mejorar las castas de la Península. En Inglaterra recibía yo frecuentes noticias de la familia, que veraneaba en Biarritz, ya por el tío que me escribía algunas veces, ya por Raimundo que lo hacía casi todas las semanas. Sus cartas eran muy divertidas; escribíalas en estilo espeluznante cuando me contaba alguna trivialidad, y en el más ligero cuando me transmitía noticias de importancia. Usaba en unas la forma víctorhuguesca, y en otras el tosco lenguaje de los cuentos de baturros. «Me ha salido un grano en la nariz —decía—. ¿Qué es esto? Es la madurez de lo insondable. Es el alerta de la sangre, la espuma roja del naufragio interior. Hay tempestades en las venas.» No escribía así por burla del gran poeta, sino como una especial manera suya de admirarle. A la semana siguiente me decía en una postdata: «¡Otra que Dios! Chico, ya los Carrillos heredaron. Reventó la tía Cícero...» Esta noticia dióme que pensar.
Creí encontrar á la familia en Biarritz cuando pasé por allí á mediados de Septiembre; pero habían apresurado su regreso á Madrid con motivo de la herencia de Carrillo. Comprendí la impaciencia de Eloísa, y francamente, alegrábame de verla ya en posesión de un bienestar al cual me parecía tan acreedora. Sobre la dichosa herencia corrían en la colonia de Biarritz voces que me parecieron absurdas. Algunos la hacían subir á un caudal fabuloso. Angelita Caballero había dejado á su sobrino catorce dehesas, veinticinco casas y gruesas sumas en valores del Estado. Se decía que en un cuarto inmediato á la alcoba de la buena señora se habían encontrado enormes sacos llenos de metálico acuñado, en plata y oro, consolidación avariciosa de las rentas de los últimos años. La plata labrada era también de una riqueza fenomenal. Oía yo estas cosas, y en mi mente quitaba dehesas, quitaba casas, reducía á su mínima expresión los sacos de dinero, seguro de no equivocarme. Ya he dicho algo del afán concupiscente con que agrandan é hiperbolizan la riqueza ajena los que no tienen ninguna. Creeríase que se meten algo en el bolsillo, ó que se les vuelve dinero la saliva que gastan en aumentar el de los demás.
En Madrid la verdad confirmó mis conjeturas. Por mi tío y el padre de Jacinto Villalonga, ambos testamentarios, supe que la herencia no era, ni con mucho, fabulosa. Lo de los talegos (y en esto se aferraba más que en ningún otro detalle el crédulo vulgo), era pura fantasía; la plata labrada escasísima y de baja ley, y los predios y valores públicos suponían, descontados los gastos de traslación de dominio, un capital de ciento veinte mil duros. Con esto bien podrían Pepe y Eloísa ser felices y vivir, no sólo con desahogo, sino con cierta esplendidez. Tal fortuna era lo que llena y sacia las ambiciones del hombre modesto, apartándole tanto de la escasez como de los desvanecimientos y peligros de la opulencia; era la fortuna discreta y templada que invita á disfrutar algo de los placeres del lujo sazonándolos con los de la sobriedad, y combinando dos cosas tan opuestas y al mismo tiempo tan solubles la una en la otra, como son el goce y la continencia.
Llegué á Madrid á principios de Octubre. ¡Qué gusto ver mi casa, el semblante amigo de mis muebles y entregarme á la rutina de aquellas comodidades adquiridas con mi dinero, y que tanta parte tenían en mis propias costumbres! Eran las costras, digámoslo así, de mi carácter. Como á ciertos moluscos, se nos puede clasificar á los humanos por el hueco de nuestras viviendas, molde infalible de nuestras personas.
Nada nuevo encontré en la familia, como no lo fuera la febril diligencia de Eloísa por instalarse en la casa que fué de Angelita Caballero. Entre paréntesis, diré que el título no estaba comprendido en la herencia. Pasaba á un señor, tío también de Pepe, á quien yo no trataba todavía; pero como después le conocí y traté bastante, he de traerle á este relato, agarrado por sus grandes bigotes, cuando sea ocasión de hacerlo. Hasta el fallecimiento del tal no disfrutaría Pepe, según el testamento de la anciana, el título de marqués de Cícero. Eloísa no parecía dar importancia á esto; y en cuanto á Carrillo, si tenía pesadumbre por el marquesado, lo disimulaba con buen juicio.
Pues decía que hallé á mi prima entregada en cuerpo y alma á la faena deliciosa de poner su casa. Al fin le había deparado Dios aquellas cuatro paredes tan honradamente deseadas. Radicaban en la calle del Olmo, que no es alegre, ni vistosa, ni céntrica; pero ¿qué importaba? Por allí cerca vivían familias de la más empingorotada alcurnia, y el edificio era espacioso. En repararlo y modernizarlo ponía mi prima sus cinco sentidos con aquella habilidad organizadora, aquel altísimo ingenio suntuario y artístico que la distinguía. Diariamente se asesoraba de mí sobre el color de una alfombra, sobre la forma de un juego de cortinas, sobre la elección de un cuadro de tal ó cual artista. ¡Ella que era la propia musa del Buen Gusto, si me es permitido decirlo así, consultaba conmigo, el más lego de los hombres en estas materias, y que no sabía sino lo que ella me había enseñado! Pero, en fin, como Dios me daba á entender, yo le aconsejaba, distinguiéndome particularmente en lo tocante á precios y en fijarle límites prudentes á los gastos que hacía.
II
Pronto hube de suspender estas funciones de asesor, porque caí enfermo... No sé qué fué aquello. Mi médico sostenía que había en mi mal algo de paludismo, y que ya lo traía de los Pirineos. Pero la fiebre fué poco intensa, si bien tan rebelde á la quinina, que hubo de pasar un mes antes de que el termómetro me indicara la temperatura normal. La convalecencia fué el cuento de nunca acabar. A los días de alivio sucedían otros de alarmante recaída; pero Moreno Rubio estaba tranquilo y me recetaba dosis de paciencia. Según Raimundo, que en todo metía su cucharada, las lentitudes de mi restablecimiento eran, lo mismo que mi enfermedad, una manifestación del estado adinámico, carácter patológico del siglo XIX en las grandes poblaciones. Poca fuerza febril primero, poca fuerza reparatriz después, debilidad siempre: tal era mi naturaleza en la enfermedad y en la convalecencia. Molestábame sobre todo, al recobrar á sorbos la salud, mi lamentable estado nervioso, la pícara desazón crónica, que apareció con sus síntomas castizos. ¡Otra vez en mí aquel terror inexplicable, aquel azoramiento, aquella previsión fatigosa de peligros irremediables! ¡Qué esfuerzos hacían mi voluntad y mi razón para vencer esta tontería! «¿Pero á qué tengo yo miedo, á qué? vamos á ver», me decía tratando de corregirme y aun de avergonzarme como si hablara con un chiquillo. Nada conseguía con este sermoneo de maestro de escuela. No era la razón, según el médico, sino la nutrición, la que debía equilibrarme. No discurriendo, sino digiriendo, debía recobrar yo mi estado normal; mas el bergante de mi estómago se había declarado en huelga y hacía lo que le daba su real gana. Casi tanto como aquel indefinible temor me mortificaba otro fenómeno, una tontería también, pero tontería que me sacaba de quicio, llevándome al abatimiento, á la desesperación. Era un pertinaz ruido de oídos que no me dejaba un momento y que resistía á toda medicación. Dijéronme que era efecto de la quinina; mas yo no lo creía, pues de muy antiguo había observado en mí aquel zumbar del cerebro, unas veces á consecuencia de debilitación, otras sin causa conocida. Es en mí un mal constitutivo que aparece caprichosa y traidoramente para mi martirio, y que yo juzgaba entonces compensación de los muchos beneficios que me había concedido el Cielo. En cuanto me siento atacado de esta desazón insoportable, me entra un desasosiego tal, que no sé lo que me pasa. En aquella ocasión padecí tanto, que necesitaba del auxilio de mi dignidad para no llorar. El zumbido no cesaba un instante, haciendo tristísimas mis horas todas del día y de la noche. En mi cerebro se anidaba un insecto que batía sus alas sin descansar un punto, y si algunos ratos parecía más tranquilo, pronto volvía á su trabajo infame. A veces el rumor formidable crecía hasta tal punto, que se me figuraba estar junto al mar irritado. Otras veces era el estridente, insufrible ruido que se arma en un muelle donde están descargando carriles, vibración monstruosa de las grandes piezas de acero, en cierto modo semejante al vértigo acústico que produce en nuestros oídos una racha de Nordeste frío, continuo y penetrante. Creía librarme de aquel martirio poniéndome un turbante á lo moro y rodeándome de almohadas; pero cuanto más me tapaba más oía. El insomnio era la consecuencia de semejante estado, y pasaba unas noches crueles, oyendo, oyendo sin cesar. Por fin, no eran runrunes de insectos ni ecos del profundo mar, sino voces humanas, á veces un extraño coro, del cual nada podía sacar en claro; á veces un solo acento tan limpio, sonoro y expresivo, que llegaba á producirme alucinación de la realidad.
Excuso decir que en las horas tristes de aquella larga convalecencia me acompañaban mis amigos y la familia de mi tío. Mi estado débil habíame llevado á aquel grado de impertinencia en el cual recibimos de un modo parcial y caprichoso las atenciones de nuestros íntimos; quiero decir, que no todas las personas que iban á hacerme compañía me eran igualmente gratas. Sin saber por qué, algunas despertaban en mí vehementes antipatías que procuraba disimular. Su presencia irritaba mis males. Ni Camila ni María Juana me hacían maldita gracia, y lo mismo digo de mi amigo Manolito Peña, cuya suficiencia y desparpajo me encocoraban. Pero la persona cuya presencia me molestaba más era Carrillo, el marido de Eloísa. Y no porque él fuese poco amable ó enfadoso. Al contrario, mostrándose cariñosísimo, atento y grandemente interesado en mi salud, parecía recomendarse más que ningún otro á mi benevolencia. Y, sin embargo, yo no le podía sufrir. No era antipatía, era algo más: era como un respeto cargante. Me cohibía, me azoraba. Lo mismo era verle entrar, que se agravaban considerablemente los fenómenos de mi dolencia. Aumentaba el ruido, aquel pavor estúpido, y el estruendo de mi tímpano crecía de un modo desesperante.
Raimundo y Severiano me entretenían mucho, éste contándome realidades graciosas, aquél con los juegos malabares de su ingenio. Imitaba á Martos y á Castelar con tal perfección, que no cabía más. Después nos contaba con deliciosa ingenuidad los grandes consuelos que obtenía de la fuerza de su imaginación y de la vida artificial que por este medio se labraba, contrarrestando así las miserias de la vida afectiva.
—Cada noche —nos decía— me acuesto pensando en una cosa con tanta energía, y me caldeo tanto el cerebro, que llego á figurarme que es verdad lo que pienso. Gracias que me duermo, que si no haría mil disparates. Anteanoche me acosté pensando que era Presidente del Consejo de Ministros. A eso de la una ya había resuelto en el Congreso, charla que te charla, una cuestión grave. Los decretos me salían á docenas... Y conferencia va, conferencia viene, con el Nuncio, con el embajador de Francia, con el gobernador, con mis compañeros de Gabinete... Luego iba á la firma con Su Majestad, mandaba sueltos á los periódicos, y... Por fin, me dormí cuando estaba hablando por teléfono con el Ministro de la Guerra para ver de sofocar una sublevación militar. Anoche me dió por ser director de orquesta del Teatro Real. Cuando me quitaba la ropa para acostarme, estaban los oboes comenzando detrás de mí el preludio de Los Hugonotes, el gran coral protestante. A mi izquierda los primeros violines, á mi derecha los segundos, á un extremo el metal, á otro las arpas... Ñi, ñi... ¡Qué bien! En aquel rifi-rafe de la cuerda no se me escapó una nota... En fin, que dijeron el preludio admirablemente. Luego, al arrebujarme en las sábanas, tiré del timbre, empezó á subir lento y majestuoso el telón. Nevers y el coro aparecieron delante de mí... después Raúl, que, por ser debutante, venía muy turbado. Pusimos gran cuidado en la romanza... Más tarde, cuando me dormía, ya no era yo el director: yo era Marcello, y estaba cantando el pif-paf... El director era el señor de Meyerbeer, buena persona, que había resucitado para oirme cantar...
Y por aquí seguía. ¡Pobre Raimundo!
III
Mi tío me acompañaba poco, porque sus ocupaciones se lo impedían; pero siempre, al entrar y salir, pasaba á decirme alguna palabra consoladora. Mi tía Pilar bajaba algunas veces á inspeccionar mi casa y criados, cuidando de que no me faltase nada. Mas como la pobre señora estaba muy obesa y bastante torpe de las piernas, sus visitas fueron menos frecuentes en el período de mi convalecencia, y su hija Eloísa la sustituía en aquella cariñosa obligación, que tan vivamente agradecía yo. Aún no había mi prima arreglado su casa y continuaba viviendo en la de sus padres: érale, pues, fácil vigilar la mía, mantener en ella el orden y la limpieza y no perder de vista á mis criados. La casa de un soltero enfermo exige solicitudes y vigilancias extremadas para que no se convierta en una leonera, y gracias á Eloísa, todo marchó en la mía con el orden más perfecto. Verdad que mi prima tenía, á mi parecer, dotes singulares para disponer y arreglar todo lo concerniente á una casa en las circunstancias difíciles como en las ordinarias. Ella era quien gobernaba la morada de sus padres. Desde el salón á la cocina, todo estaba bajo su mando; era, si así puede decirse, el alma de la casa, la autoridad, el poder ejecutivo, lo mismo en lo referente á la compra y á los ínfimos detalles de cocina y despensa, que á las más altas determinaciones de la etiqueta y del mueblaje.
—El día en que yo falte de aquí —me decía—, ya se conocerá mi ausencia.
La compañía de Eloísa era la más agradable de todas para mí; digo mal, érame en altísimo grado consoladora. Por las noches, cuando mis amigos estaban presentes, yo les decía: «me voy á dormir», para que se fueran y me dejaran solo con la familia, generalmente representada por mi prima, su madre y el pequeñuelo con el ama. Eloísa me animaba con su sola presencia, y hablándome seriamente de cualquier asunto trivial me hacía más feliz que Raimundo con sus agudezas. Gracias también á su bondad y á su saber doméstico, mi rebelde estómago iba poco á poco entrando en caja. Valíase ella para esto de esas mañas que sólo puede usar quien posee secretos culinarios y la suficiente delicadeza de paladar para entender el caprichoso apetito de un enfermo. Del principal me enviaban cositas raras, sabrosas y al mismo tiempo sanas, de cuya invención no era capaz el talento rutinario, aunque sólido, de mi cocinera. Otras veces las frioleras se condimentaban en mi propia casa, entre risas y discusiones de cocina. Bastaba que Eloísa tomase parte en ellas y pusiera sus manos en la obra, para que á mí me pareciese de perlas, y me gustaba más aún si era ella quien me lo servía.
Aún me parece estar en aquél mi gabinete bajo, con ventana al paseo. No me apartaba del sillón colocado junto á los cristales, y cuando no tenía visitas leía periódicos y novelas. Los ruidos de la calle, lejos de molestarme, me distraían, apagando en cierto modo la música doliente de mi propio cerebro. Me agradaba ver pasar cada cinco minutos el tranvía, siempre de derecha á izquierda, con las plataformas llenas de gente; me gustaba ver las hojas secas arrancadas de los árboles por el viento y esparcidas por todo el paseo, barridas luego por los operarios de la Villa y hacinadas en el hueco de los alcorques. Me acompañaban los carros que á todas horas pasaban, y el grito de los carreteros, aquel incomprensible ¡ues... que! de extraño acento y significación desconocida. Me entretenían los simones, la gente dominguera que por las tardes invadía la acera de enfrente, pollería de ambos sexos, alquiladores varios de las sillas de hierro. Pasaba ratos buenos observando el público especial de los puestos de agua; público sobrio, compuesto de los bebedores más inofensivos, y las tertulias que se forman en aquellos bancos, colocados á manera de estrado entre los evonymus del paseo. Observaba también las conjunciones de personas diversas en las distintas horas del día, la aguadora y el barrendero de la Villa, el manguero y la beata que sale de la iglesia, el sargento y el ama de cría, la niñera y el mozo de tienda, y otros grupos de difícil clasificación. Las fiestas religiosas de San Pascual animaban por las tardes el paseo. Al mediodía, la comida de los albañiles que trabajaban en diferentes obras era un pintoresco cuadro. Yo envidiaba su apetito, y habría dado quizás mi posición por poder comer con ellos, sentado al sol, aquel cocido de color de canario y aquel racimo de tintillo aragonés.
Por las noches disminuía el bullicio. Desde las cinco estaba yo esperando al que enciende los faroles para verle dar luz á los mecheros, corriendo de uno á otro y tocándolos con un palo. Poco á poco se iba estrellando el suelo, formando una constelación, cuyo hormigueo lejano se perdía en la polvorosa soledad del Prado. Los ruidos eran menos variados que por el día. Cada cinco minutos, trepidación sorda anunciaba el tranvía, y toda la noche un monólogo de vapor, con resoplidos de válvula y vértigo de volante, acusaba la máquina instalada en el Ministerio de la Guerra para producir la luz eléctrica. Los toques canónicos de las monjas rompían á ciertas horas este uniforme canto llano de la noche con notas metálicas, claras, frías, que agujereaban el oído como un estilete de acero. Un pobre hombre que pregonaba café hasta muy tarde con perezosa y obscura voz, me hacía pensar en la enormísima diversidad de los destinos humanos.
Mi tía Pilar tenía la bendita costumbre de apoltronarse en un sillón y quedarse dormida, después de protestar enérgicamente contra la suposición de que pudiera tener algo de sueño. Eloísa tomaba el barbián (yo le llamaba así) de manos del ama (la cual se iba adentro á charlar con Juliana, mi cocinera, y con Ramón, mi ayuda de cámara), y poniéndomele delante le excitaba á repetir en mi presencia todas las gracias que sabía. Estas eran muchas. La más mona era estornudar. Pero cuando se le mandaba hacer el estornudito, no había medio de que obedeciera. Verdadero artista, no quería quitar al arte su condición primera, que es la espontaneidad. Por el mismo principio negábase á saludar con la mano, á repetir los cinco lobitos y la pandereta. No hacía más que asombrarse de todo, besarme, llenarme de hilos de saliva, abrazarse á mi cuello, cogerme la nariz, tirarme de la barba y echar unas carcajadas locas, mostrándome su bocaza encendida, húmeda, gelatinosa, y sus tumefactas encías, en las cuales empezaban á retoñar esos huesos que, al decir de un chusco, son como los cuernos, pues duelen cuando nacen y después se come con ellos.
IV
El barbián solía dormirse, y el ama se lo llevaba. Acostábanle á veces en mi lecho, y lo cubrían con mi tapabocas. Con ser tan pequeño en la superficie de mi ancha cama, parecía que llenaba la casa, pues todas las miradas fijábanse con respeto y cariño en aquel bulto que respiraba. Se le sentía como se siente un reloj, y en el momento de despertar parecía que iba á dar la hora.
Eloísa me hablaba de sus proyectos, de lo que pensaba hacer en su nueva casa, de las personas á quienes recibiría, de sus criados, de sus coches, de su servicio, montado con tanta inteligencia como orden. Dábame por admirar cuanto decía, fuera lo que fuese, y por buscar nuevos aspectos al tema de nuestra conversación para ver cómo los trataba y hasta dónde iban los vuelos de un talento que se me antojaba superior. Empezando por hablar de una sillería ó del presupuesto de cocheras, de lo que cuesta una buena planchadora, ó de lo que valen doce docenas de botellas de Château Laffitte, concluíamos por tratar de cosas hondas, como política, religión. Eloísa hablaba con sencillez, sin pretensiones ni aun de buen sentido, pues el buen sentido, cuando quiere aguzarse mucho, tiene pedanterías tan insufribles como las de la erudición; expresaba lo que sentía, claro, sincero y con gracia. Y lo que ella decía parecíame trasunto fiel del sentimiento general; no chocaba por su originalidad ni por su vulgaridad. Observé que sus ideas religiosas venían á ser poco más ó menos como las mías, débiles, tornadizas, convencionales y completamente adaptadas al temperamento tolerante, á este pacto provisional en que vivimos para poder vivir. Sobre otros temas mostróme pensamientos más originales, de los cuales hablaré á su tiempo.
Una noche me pasó una cosa muy rara, digo mal, no fué cosa rara; antes bien lo considero natural, atendidas las circunstancias. Es el caso que aquel maldito Raimundo me contaba todos los días un nuevo desenfreno de su imaginación violentada. Su vida artificial y sonambulesca le ofrecía á cada momento ratos de soñado placer y aun satisfacciones del amor propio.
—Mira, chico, anoche me acosté pensando que era alcalde de Madrid, no un alcaldillo de tres al cuarto, sino un auténtico Barón Haussmann. Me quité de cuentos. Madrid necesita grandes reformas. Como disponía de mucha guita, mandé abrir la gran vía de Norte á Sur, que está reclamando hace tiempo esta apelmazada Villa. ¿Ves lo que se ha hecho en la calle de Sevilla? Pues lo mismito se hizo en la calle del Príncipe, es decir, demolición completa de todo el lado de los pares. Después rompimiento de la misma calle hasta la de Atocha... hasta la de la Magdalena... Por el otro lado, varié la dirección de la calle de Sevilla, y enfrente, en la casa donde está el Veloz-Club, hice otro rompimiento hasta la Red de San Luis. El desnivel es muy poca cosa... Siguieron luego los derribos: ¡qué nube de polvo!... siete mil obreros... aire, luz, higiene... En fin, cuando me dormí, ya estaba abierta la magnífica vía de treinta metros de anchura desde la calle del Ave-María hasta el Hospicio...
Y cuando no entraba con esta monserga de la urbanización, venía con otra semejante.
—Mira, chico, anoche me acosté pensando que era yo Sullivan. Venía del teatro, de verlo representar...
O bien:
—Me acosté pensando que había descubierto la dirección de los globos...
En mi estado de debilidad, nada tenía de extraño que estos ajetreos de la mente, este vivir imaginativo fuera contagioso; es decir, que se me pegó la maña de pensar y figurarme cosas y sucesos ideales, si bien nunca completamente absurdos. Yo no estaba, como el pobre Raimundo, trigonométricamente trastrocado; quiero decir, que mi imaginación no iba ni con mucho tan lejos como la de mi primo, en quien el imaginar era una especie de vicio solitario, nacido de la flojera orgánica, fomentado por la holganza y convertido por la costumbre en imperiosa necesidad. Las tonterías que yo pensaba, las acciones y fábulas que forjaba en mi mente, harto parecidas á los argumentos de las novelas más sosas, aburrirían al que esto lee, si tuviera yo la humorada de contarlas aquí. Carecían de aquel encanto pintoresco y de aquel viso de realidad que tenían las volteretas cerebrales de mi primo, atleta eminente, trabajando sin cesar en el triple trapecio del vacío.
Como una media hora estuve aquella noche hablando con Eloísa. Después creo que me quedé aletargado en el sillón. Escasa luz había en mi gabinete, no sé por qué. Paréceme recordar que llevaron la lámpara á la alcoba, donde estaba el pequeñuelo. Medio dormido oí la voz del ama y la de Juliana. Eloísa hablaba también, siendo el tono de las tres como de personas que tenían muchas ganas de reirse. Creí comprender que estaban mudando la ropa de mi cama, mojada por el barbián, y alguna de ellas le reprendió graciosamente por su falta de respeto al lugar en que reposaba. A mi lado, una respiración arrastrada y penosa hacíame comprender que mi tía Pilar estaba más profundamente dormida que yo.
Veía yo la alcoba iluminada y mi cama de nogal, grande como las de matrimonio; oía las voces de las tres mujeres que se reían quedito como si me supusieran dormido; luego los rebullicios y cacareos del chiquillo, protestando contra las malas intenciones que se le atribuían. Por último, el ama le tapaba la boca con el biberón vivo y se oían sus chupidos... después silencio profundo. Todo esto se presentaba á mi mente como la cosa más natural del mundo, sin causarle ninguna extrañeza, cual si fuera suceso común y rutinario que había ocurrido el día anterior y que ocurriría también en el venidero. Del fondo de mi alma salían dos fenómenos espirituales: aprobación afectuosa de lo que veía, y certidumbre de que lo que pasaba debía pasar y no podía ser de otra manera. Cada persona estaba en su sitio, y yo también en el mío.
Un ratito después, creo que me hundí un poco en el sueño. Pero resurgí pronto viendo á Eloísa que entraba por la puerta de la alcoba. Vestía de color claro, bata de seda ó no sé qué. Acercábase acompañada de un rumorcillo muy bonito, de un tin-tin gracioso que me daba en el corazón, causándome embriaguez de júbilo. Traía en la mano izquierda una taza de té y en la derecha una cucharilla, con la cual agitaba el líquido caliente para disolver el azúcar. Ved aquí el origen de tan linda música. Avanzó, pues, á lo largo de mi gabinete, que estaba, como he dicho, medio á obscuras, y se acercó á mi persona inclinándose para ver si dormía... Pues bien: en aquel instante, hallándome tan despierto como ahora y en el pleno uso de mis facultades, creí firmemente que Eloísa era mi mujer.
Y no fué tan corto aquel momento. El craso error tardó algún tiempo en desvanecerse, y la desilusión me hizo lanzar una queja. Eloísa se reía de mi aturdimiento y de mi torpeza para coger la taza y beber del contenido de ella. A mí me embargaba el temor de haber dicho alguna tontería en el medio minuto aquél de mi engaño. Temía que el poder de la idea hubiera sido bastante grande para mover la lengua, y que ésta, sin encomendarse á Dios ni al Diablo, hubiera pronunciado dos ó tres palabras contrarias á todo razonable discurso. Dudaba yo de mi propia discreción en aquel breve lapso de irresponsabilidad, y me atormentaba la sospecha de haberme puesto en ridículo ó de haber ofendido á mi prima en su dignidad, que conceptuaba quisquillosa. Y como la veía reirse de mí, la preguntaba azorado, al tomar de sus manos la taza:
—¿Pero he dicho algo, he dicho algo?
—¿Pero qué tienes, qué te pasa? Eres como mamá, que se enfada cuando suponemos que tiene sueño.
—No, no es eso. Háblame con franqueza. ¿He dicho algún disparate?... Es que, la verdad, temo haber dicho alguna majadería, alguna estupidez hace un momento, cuando...
—No has hecho más que dar un suspiro tan grande que... (¡cómo se reía!) tan grande que creí caerme de espaldas. En cuanto á la majadería, no dudo que la habrás pensado; pero ten por cierto que no la has dicho.
V
A la noche siguiente fué también Camila y cantó, para entretenerme, peteneras, malagueñas, la canción de la bata, y, por último, trozos de ópera. Todo lo desempeñaba á la perfección, con gracia inimitable en la música nacional, con patético acento en la dramática. Su voz era bonita y robusta. Con igual maestría tocaba el piano y la guitarra. Del mango de ésta colgaba espesa moña de cintas rojas y amarillas que parecía un trofeo, la melena del león de España convertida en emblema de la dulzura indolente de nuestros cantos populares. La figura morena, esbelta y gitanesca de Camila era digna de ser pintada en aquella facha de cantadora, con estremecimientos epilépticos, ojos en blanco, gemidos de placer que duele, y mil visajes y donaires en su boca grande, fresca y sin vergüenza. En el piano (un media-cola de Pleyel con caja de palisandro y meple), Camila sabía tomar luego la actitud elegante y sentimental de una concertista inglesa, hasta el momento en que, rompiendo la etiqueta y dejándose llevar de su natural bullanguero, empezaba á hacer los mayores desatinos y á mezclar lo clásico con lo flamenco. Mi pobre piano la obedecía estremecido, y ella, más loca á cada instante, hería las teclas como una furia, sacando del instrumento expresiones de ternura profunda ó carcajadas picantes. Su marido la contemplaba embobado, y era como el director del concierto. No quería que ninguna habilidad de su mujer fuese desconocida, y sin dejarla descansar decía: «Ahora, Camililla, tócanos el Testamento, el Vorrei morir de Tosti, los couplets de Bocaccio y del Petit Duc.» Todos los presentes estaban admirados y entretenidísimos; pero yo, aunque en mi obsequio se hacían tales gracias, me aburría, me aburría sin poderlo manifestar. No se me ocultaba el mérito de Camila, y agradecía mucho su buena intención. Mas aplaudiéndola sin cesar, deseaba con toda mi alma que se callara y se fuera á su casa. Sus amables aptitudes no me la hacían simpática. Aquel descaro con que besaba en presencia nuestra al feo, al gaznápiro de Constantino, me atacaba los nervios. Cuando se ponía á jugar á la besigue con Carrillo y con mi tía Pilar y Severiano, armaba unos líos, enredaba de tal modo el juego y hacía tales trampas, que ninguno de los cuatro se entendía. Era esto motivo de diversión para todos, menos para mí, pues tanta informalidad me enfadaba lo que no es decible. Casi prefería oirla tocar y cantar, aunque me molestara. Realmente el principal fastidio para mí era tener que aclamar y palmotear á la artista á cada momento, mientras hacía votos en mi interior por que se fuera con su música á otra parte. Era que mi espíritu estaba en una situación muy particular, y la música lo chapuzaba en un mar de tristezas. Más me alegraba el tin-tin de Eloísa, la cucharilla de plata cantando en la taza de té, que cuantas maravillas hacía su hermana con el gran Beethoven crucificado sobre el atril.
A última hora, cuando las mujeres se retiraban con sus respectivos esposos, entraba mi tío. Dábame un ratito de tertulia en mi alcoba, cuando ya me entregaba yo al brazo secular de Ramón, mi ayuda de cámara. Principiaba por decirme dónde había comido, lo que se había hablado... Cánovas había dicho tal ó cual frase ingeniosa, afilada como una navaja de afeitar... Pero en lo que don Rafael Bueno de Guzmán tenía particular empeño por aquellos días, poniendo en ello todos los recursos persuasivos de su locuacidad inagotable, era en informarme de la famosa conversión de nuestra Deuda. Por Enero del 82 me daba unos solos que me partían. Al fin teníamos un ministro de Hacienda de pensamientos altos; al fin había planes verdaderos y profundos en la casa de la calle de Alcalá; al fin iba á pasar á la historia la multiplicidad laberíntica de nuestros valores. Y con prolijos detalles me enteraba mi tío de aquellos asuntos, que no dejaban de interesarme por mi afición á los negocios. La turbamulta de papeles diversos llamados Obligaciones del Banco y Tesoro, de Aduanas, Bonos, Resguardos al portador de la Caja de Depósitos, Acciones de carreteras, Títulos del 2 por 100 amortizable, Deuda del personal, se estaban convirtiendo en un 4 por 100 amortizable en cuarenta años por sorteos trimestrales, y emitido al tipo de 85. Se habían ya fijado las bases, entre el ministro y los comisionados de las Deudas, para el arreglo de los otros valores. El 3 por 100 y los Ferros se convertirían en un 4 por 100 Perpetuo. El tipo de emisión del primero sería de 43,75, y el de los segundos de 87,50, y los nuevos títulos saldrían al mercado en Mayo. Jamás en un cerebro de ministro español se engendró y realizó proyecto tan vasto... Las Cubas no se convertían... ¡Ah! Si quería yo emplear en acciones del Banco de España el dinero que tenía en papel inglés sin más producto que un escuálido 2 por 100, bien podía apresurarme, pues las acciones andaban alrededor de 495. Mi tío creía firmemente que se plantarían en 500, tipo del cual no era fácil que pasaran... Yo oía estas cosas con bastante interés al principio; mas tanta charla, exacerbando al fin el ruido de mis oídos, producíame aturdimiento y unas ganas vivísimas de que el buen señor se retirara. Dejábame al fin medio dormido, delirando en cosas de amor y proyectos bursátiles, viendo cómo los viejos Ferros y las Obligaciones de Aduanas se despedían del mundo financiero, con lágrimas y jipidos, antes de ser absorbidos por los novísimos títulos; viendo al veterano y decrépito Consolidado espirar sobre un lecho de números, para dar vida, de sus cenizas, al flamante 4 Perpetuo. Los Bonos del Tesoro protestaban de aquella muerte airada, y amenazaban al Sr. Camacho con una pistola cargada de cupones. Las acciones del Banco de España se paseaban orgullosas, diciendo á todo el que las quisiera oir que ellas treparían á 500, á 600, ¡á 1000...! La idea de que subían y subían siempre no me abandonaba en toda la noche. Yo les tiraba de los pies para que no subieran tanto.
V
Hablo de otra dolencia peor que la pasada y de la pobre Kitty.
I
Mi enfermedad había empezado en Noviembre, cuando los alcarreños, vestidos de paño pardo, pregonaban por Madrid buena castaña, buena nuez. No estuve en situación de salir de casa hasta los días precursores de la Pascua, cuando el mazapán atarugaba las tiendas y andaban ya los niños tocando tambores por las calles. Navidad, la familiar, alegre y cristiana fiesta, se acercaba. Pasé buenos ratos discurriendo los regalos que haría. Hice tantos, que sólo en dulces y vinos gasté un dineral. Yo quería que todos participasen de la dicha de mi restablecimiento, y la mejor manera de conseguirlo era hacer emisarios de mi buena nueva á los respetables pavos, enviándolos á todas partes para que los sacrificaran en honor mío. María Juana nos dió una excelente cena en la noche del 25. Eramos unos quince, todos de la familia de Bueno de Guzmán y de Medina. Los dueños de la casa estuvieron muy amables conmigo, prodigándome los cuidados que mi endeble estómago exigía. Todo lo que sirvieron parecióme excelente; pero Eloísa, que era un tanto criticona, me habló en confianza al día siguiente de la abundancia ordinaria que reinaba en la mesa y de las maneras excesivamente campechanas de Cristóbal Medina, en quien ella no podía menos de ver el tipo de castellano viejo que puso Larra en uno de sus admirables artículos de costumbres. Nada ocurrió en la cena digno de contarse, como no sea que Carrillo se puso malo y tuvo su mujer que llevársele á casa antes de concluir. Venía padeciendo el infeliz de una enfermedad no bien diagnosticada por los médicos. Debía de ser alguna perturbación nutritiva, algo como albuminuria, diabetes ó cosa tal. Sufría horribles cólicos nefríticos. Al día siguiente, cuando fuí á verle, ya estaba mejor, y me dió un solo de política sobre la feliz aproximación de la democracia á la monarquía, cosa que en verdad, como otras muchas de este jaez, me tenían á mí sin cuidado. Carrillo parecía vivir en cuerpo y alma para fin tan glorioso; había entrado en relaciones estrechas con diferentes hombres políticos de medianas vitolas, y probablemente sería senador muy pronto. Gustaba de trabajar y de leer autores ingleses, traducidos al francés, porque era de los que se entusiasman con las instituciones británicas, creyendo que las vamos á imitar de sopetón y á implantarlas aquí en menos que canta un gallo.
Eloísa, en confianza, me había manifestado cierto disgusto pocos días antes, porque lo primerito que se le había ocurrido á su marido, al tener dinero, era contribuir á la fundación de un periodicazo que iba á salir pronto. ¿No era esto una tontería? Las cosas que Carrillo me hablaba, su manía anglo-política, la creación del diario destinado á casamentar la Democracia con el Trono y fundir en el molde de las ideas lo tradicional y lo revolucionario, hiciéronme comprender que tenía ambición. Confieso que lo sentí. Parece que la ambición implica facultades, y siempre que Pepe me manifestaba tenerlas, bien por su conversación, bien por sus acciones, yo me entristecía. Habría deseado que aquel hombre careciese de mérito. Y, sin embargo, este anhelo mío era defraudado á cada instante, porque el marido de Eloísa me revelaba un día y otro, al mostrarme sus pensamientos, calidades que yo no creía tener. Cuando hablaba de asuntos políticos; cuando diagnosticaba las lepras de nuestra Nación, y los remedios (ingleses se entiende) que á gritos pide nuestra sociedad política, hallábale yo tan elocuente, tan razonable, tan talentudo, que me llenaba de tristeza. ¿Valía ó no valía? Severiano sostenía que no. Yo, triste, me figuraba que sí. En mi mente le daba valor, sólo por el hecho de envidiarle, y razonaba así: «Es imposible que el dueño de Eloísa haya llegado á la posesión de ella sin merecerla.»
Yo... ¿para qué andar con rodeos? válgame mi sinceridad... yo estaba enamorado de mi prima. Entróme aquella desazón del espíritu, aquella enfermedad terrible, no sé cómo, por su belleza, por su gracia, por mi flaqueza; ello es que me atacó de firme, embargándome de tal modo, que no me dejaba vivir. Se apoderó de mis sentidos, de mi espíritu y de mis pensamientos con fuerza irresistible. No había razón ni voluntad contra mal tan grande. Lo hacían doblemente grave lo criminal del objeto y lo divino del origen. Diré las cosas claras, así es mejor. Aquella prima mía me gustaba tanto, tanto, que por el simple hecho de gustarme extraordinariamente la consideraba mía. El ser de otro era un desafuero, una equivocación de los hombres, nacida de una trastada del tiempo. ¿Por qué no vine yo á Madrid dos años antes? ¿Por qué no se podía deshacer lo hecho atropellada y neciamente? Con este modo de razonar cohonestaba yo mi criminal inclinación, apoyándola en el fuero de la Naturaleza y dando de lado á las leyes sociales y eclesiásticas.
Desde que el diente aquél invisible empezó á roerme las entrañas, el objeto principal de mis cavilaciones era el siguiente: «¿Valía Carrillo más que yo? ¿Valía yo más que él?» Para mayor desgracia mía, cuando, movido de un cierto espíritu de reparación, le consideraba yo adornado de grandes méritos, y por ende superior á mí por los cuatro costados, los demás se inclinaban á la opinión contraria; de lo que resultaba que enalteciendo mi bondad, estimulaban mi maldad. ¡Qué espantosa confusión!
Y debo decirlo sin inmodestia. La opinión de la familia era unánime en favor mío. La misma Eloísa, hablando conmigo una noche, me había llenado el alma de fatuidad. Medio en serio, medio en burla, tratábamos del carácter de diversas personas, y el mío no se quedó en el tintero. Parecía que había un empeño particular en acribillarme con chanzas inocentes. Por fin, en un tonillo de broma, de esa broma que es la quinta esencia de la seriedad, Eloísa me dijo:
—Pues mira, si hubiera en casa una hermana soltera, te la endosaríamos... no tendrías más remedio que cargar con ella.
Mi tía Pilar, sin faltar á la discreción, me había hecho comprender varias veces, hablando conmigo de asuntos de familia, que el casamiento de su hija con Carrillo había sido una precipitación, uno de esos desaciertos que no se explican. La herencia era una mezquindad, y Eloísa merecía más. Mi tío había sido, como se recordará, algo más explícito, y echaba la culpa de tal precipitación á su mujer. En resumen: la opinión más favorable á Carrillo en aquella casa era siempre la mía.
Lo que no estorbaba que yo estuviese prendado de mi prima con una vehemencia romántica, con una ilusión de mozalbete y de principiante que decía mal con mis treinta y siete años. Yo pensaba lo que es de cajón pensar en tales casos, es decir, que ella y yo éramos el uno para el otro; que habíamos nacido para unirnos, para ser dos piezas inseparables de un solo instrumento, y que la disgregación fatal en que vivíamos era uno de los mayores absurdos del Universo, un tropiezo en la marcha de la sociedad. Y al mismo tiempo que esto pensaba, la idea de tener relaciones ilícitas con ella me causaba pena, porque de este modo habría descendido del trono de nubes en que mi loca imaginación la ponía. Si yo hubiera manifestado estos escrúpulos á cualquiera de mis amigos, á Severiano Rodríguez, por ejemplo, se habría estado riendo de mí dos semanas seguidas, pues no merecía otra cosa un quijotismo tan contrario á mi época y al medio ambiente en que vivíamos. Mi ilusión era vivir con ella en vida regular, legal y religiosa. De otra manera, tanto ella como yo valdríamos menos de lo que valíamos. Por esto se verá que yo tenía buenas ideas, ó lo que es lo mismo, que yo era moral en principio. Serlo de hecho es lo difícil, que teóricamente todos lo somos.
Este quijotismo, esta moral de catecismo había sido uno de los principales ornatos de mi juventud, cuando la vida serena, regular, pacífica, no me había presentado ocasiones de desplegar mis energías iniciales propias. Yo era, pues, como un soldado que ha estado sirviendo mucho tiempo sin ver jamás un campo de batalla, y para quien el valor es aún fórmula consignada en la hoja de servicios, persuasión vaga de la dignidad, no comprobada aún por los hechos. Por fin, cuando menos lo pensaba, el humo de la batalla me envolvía. Pronto se vería quién era yo y cuál era el valor de mi valor, ó dejando á un lado el símil, qué realidad tenían mis convicciones.
Para mejor inteligencia de estas páginas, dictadas por la sinceridad, quiero referir ciertos antecedentes de mi persona. Alguno de los que esto leen los habrá echado de menos, y no quiero que se diga que no me manifiesto de cuerpo entero, tal cual soy en todas mis partes y tiempos.
II
Nací en Cádiz. Mi madre era inglesa católica, perteneciente á una de esas familias anglo-malagueñas, tan conocidas en el comercio de vinos, de pasas, y en la importación de hilados y de hierros. El apellido de mi madre había sido una de las primeras firmas de Gibraltar, plaza inglesa con tierra y luz españolas, donde se hermanan y confunden, aunque parezca imposible, el cecear andaluz y los chicheos de la pronunciación inglesa. Pasé mi niñez en un colegio de Gibraltar dirigido por el obispo católico. Después me llevaron á otro en las inmediaciones de Londres. Cuando vine á España, á los quince años, tuve que aprender el castellano, que había olvidado completamente. Más tarde volví á Inglaterra con mi madre, y viví con la familia de ésta en un sitio muy ameno que llaman Forest Hill, á poca distancia de Sydenham y del Palacio de Cristal. La familia de mi madre era muy rigorista. A donde quiera que volvía yo los ojos, lo mismo dentro de la casa que en nuestras relaciones, no hallaba más que ejemplos de intachable rectitud, la propiedad más pura en todas las acciones, la regularidad, la urbanidad y las buenas formas casi erigidas en religión. El que no conozca la vida inglesa apenas entenderá esto. Murió mi buena madre cuando yo tenía veinticinco años, y entonces me vine á Jerez, donde estaba establecido mi padre.
Era yo, pues, intachable en cuanto á principios. Los ejemplos que había visto en Inglaterra, aquella rigidez sajona que se traduce en los escrúpulos de la conversación y en los repulgos de un idioma riquísimo, cual ninguno, en fórmulas de buena crianza; aquel puritanismo en las costumbres, la sencillez cultísima, la libertad basada en el respeto mutuo, hicieron de mí uno de los jóvenes más juiciosos y comedidos que era posible hallar. Tenía yo cierta timidez, que en España era tomada por hipocresía.
Mi padre era un hombre de pasiones caprichosas, todo sinceridad, indiscreto á veces, de genio vivísimo y bastante opuesto á lo que él llamaba los remilgos británicos. Se reía de las perífrasis de la conversación inglesa, y hacía alarde de soltar las franquezas crudas del idioma español en medio de una tertulia de gente de Albión. A veces sus palabras eran como un petardo, y las señoras salían despavoridas. Al poco tiempo de vivir con él, noté que sus costumbres distaban mucho de acomodarse á mis principios. Mi padre tenía una querida en la propia vivienda. Un año después tenía tres: una en casa, otra en la ciudad y la tercera en Cádiz, á donde iba dos veces por semana. Debo decir que en vida de mi madre había sido muy hábil y decoroso mi padre en sus trapicheos, y por esta razón los disgustos que dió á su señora no fueron extremados.
Sin faltarle al respeto, emprendí una campaña contra aquellos desafueros paternos. Si no logré todo lo que pretendía, al menos conseguí que rindiera culto á las apariencias. La mujer que vivía en casa se trasladó á otra parte. Esto era un principio de reforma. Lo demás lo trajeron la vejez del delincuente y su invalidez para la galantería. En tanto yo daba viajes á Inglaterra, haciendo allí vida de soltero por espacio de tres ó cuatro meses. Sólo dos veces por semana iba á comer á Forest Hill, donde seguían viviendo las hermanas y sobrinas de mi madre, y el resto del tiempo lo pasaba bonitamente entre los amigos que tenía en la City y en el West. Me alojaba en Langham Hotel y pasaba los días y las noches muy entretenido. Frecuentaba la sociedad ligera sin abandonar la regular, y al volver á mi patria, notaba en mí síntomas de decadencia física que me alarmaban. Puesto que mis ideas eran siempre buenas, hacía propósito firme de practicarlas fundando una familia y volviendo la hoja á aquella soltería estéril, infructuosa y malsana.
Cuando mi padre se retiró de los negocios, dejando todo á mi cargo, mis viajes á Inglaterra fueron menos frecuentes y muy breves. En quince días ó veinte entraba por Dover y salía por Liverpool ó viceversa. Murió repentinamente mi padre cuando ya empezaba á curarse de sus funestas manías mujeriegas, y entonces, falto de todo calor en Jerez, sin familia, con pocos amigos, y viendo también que entraba en un período de gran decadencia el tráfico de vinos, realicé, como he dicho al principio, y me establecí en Madrid.
Pero aún falta un dato que, por ser muy principal, he dejado para lo último. Tuve una novia. Acaeció esto en la época en que, por cansancio de mi padre, estaba yo al frente de la casa. Era también de raza mestiza, como yo; española por el lado materno, inglesa católica por su padre, el cual había tenido comercio en Tánger y á la sazón era dueño de los grandes depósitos de carbón de Gibraltar. Además recibía órdenes de casas de Málaga y trabajaba en la banca. Llamábase mi novia Catalina. Le decían Kitty. Habíase criado en Inglaterra, con lo cual dicho se está que su educación era perfecta, sus maneras distinguidísimas. Prendéme de ella rápida y calurosamente un día en que, hallándome de paso en Gibraltar, me convidó á comer su padre. Su belleza no era notable; pero tenía una dulzura, una tristeza angelical que me enamoraban. La pedí y me la concedieron. Mi padre y el suyo se congratulaban de nuestra unión...
¡Maldita sea mi suerte! Aquel verano, cuando Kitty volvió con su padre de una breve excursión á Londres, la encontré muy desmejorada. La pobrecilla luchaba con un mal profundo que el régimen y la ciencia disimulaban sin curarlo. Octubre la vió decaer día por día. Noviembre la llamaba á la fría tierra con susurro de hojas caídas y secas. Yo iba todas las semanas á Gibraltar. Un lunes, cuando más descuidado estaba, porque el viernes precedente la había visto mejor, recibí un telegrama alarmante. Corrí á Cádiz; el vapor había salido; fleté uno, y cuando me dirigía al muelle para embarcarme, un amigo de la casa salióme al encuentro en Puerta de Mar, y echándome su brazo por encima del hombro, me dijo con mucho cariño y tono muy lúgubre que no fuera á Gibraltar. Comprendí que la pobre Kitty había muerto. Se me representó fría y marmórea, su mirar triste apagado para siempre. Mi dolor fué inmenso. Tuve horribles tristezas, dolencias que me agobiaron, ruidos de oídos que me enloquecieron. El tiempo me fué curando con la pausada sucesión de los días, con el rodar de las ocupaciones y de los negocios. Cuando vine á Madrid habían pasado cinco años de esta desgracia, que truncó mis soberbios planes domésticos, dió á mi vida giros inesperados y á mi conciencia direcciones nuevas.
Eloísa no se parecía nada á Kitty. La pobre inglesa difunta era graciosa, modesta, descolorida, de voz tenue y ojos claros que revelaban ingenuidad y delicadeza; mi prima era arrogante, hermosa, tenía coloración enérgica en la tez y el cabello, y sus ojos quemaban. No obstante esta radical diferencia, yo había dado en creer que el alma de Kitty se había colado en el cuerpo de Eloísa y se asomaba á los ojos de ésta para mirarme. ¡Qué simpleza la mía! Era esto quizás una nueva manifestación de las manías de nuestra raza, tan bien monografiadas por mi tío, porque bien me sabía yo que las almas no juegan á la gallina ciega, y mis ideas respecto á la transmigración eran tan juiciosas como las de cualquier contemporáneo. Pero no lo podía remediar. Echaba la vista sobre Eloísa y veía en sus ojos el cariño apacible y confiado de Kitty. Era ella, la mismísima, reencarnada, como las diosas á quien los antiguos suponían persiguiendo un fin humano entre los mortales; y asomada á la expresión de aquel semblante y de aquellos ojos, me decía: «Aquí estoy otra vez: soy yo, tu pobrecita Kítty. Pero ahora tampoco me tendrás. Antes te lo vedó la muerte; ahora la ley.»
VI
Las cuatro paredes de Eloísa.
I
De tal modo se fijaron en mi mente los peligros de aquella inclinación, que pensé en marcharme de Madrid. Es lo que se le ocurre á cualquiera en casos como aquél. ¡Pero una cosa tan lógica y razonable era tan difícil de ejecutar!... ¿Cuándo me iba? ¿Mañana, la semana que entra, el mes próximo? En mi pensamiento estaba acordada la partida con esa seguridad pedantesca que tiene todo lo que se acuerda... en principio. Tal determinación era prueba admirable de las energías de mi conciencia. Pero faltaba un detalle, el cuándo, y este detalle era el que me hacía cosquillas en el cerebro, no dejándose coger. Se me escapaba, se me deslizaba, como un reptil de piel viscosa resbala entre los dedos.
La cosa no era tan baladí. Levantar casa; deshacer aquel hermoso domicilio que representaba tantos quebraderos de cabeza, tanto dinero y los puros goces de las compras pagadas... ¿Y á dónde demonios me iba? ¿A Jerez? La situación comercial y agraria de aquel país era muy alarmante. Bueno estaría que me cogieran los de la Mano negra y me degollaran. ¿A Londres? Sólo el recuerdo de las nieblas y de aquel sol como una oblea amarilla, me causaba tristeza y escalofríos... Nada: la necesidad de huir de Madrid era tan imperiosa, estaba tan claramente indicada por la moral, por las conveniencias sociales, que poquito á poco, sin darme cuenta de ello, fuí tomando la heróica resolución de quedarme. Aquí de mis sofismas. Era una cobardía huir del peligro; se me presentaba la ocasión de vencer ó morir. O yo tenía principios ó no los tenía.
Diferentes veces había contado á mi prima lo de Kitty, y cada vez lo hacía en términos más patéticos y recargando el cuadro todo lo posible. Un día de Enero que paseábamos á pie por el Retiro con Carrillo, una tía de éste y Raimundo, dije á Eloísa (en un rato que nos adelantamos como unos cuarenta pasos) que por motivos reservados había pensado marcharme de Madrid. A lo que respondió ella con risas y burlas, diciendo que lo de la marcha ó era locura romántica ó santidad hipócrita. Otra tarde, en su casa, hablábamos de tristezas mías, y sin saber cómo se me vinieron á la boca sinceridades que la hicieron palidecer. Ella me dijo que alguien me tenía trastornado el seso, y entonces, quitándome de cuentos, respondíle que quien me trastornaba el seso era ella... Tomándolo á broma, trajo al barbián y se puso á saltarle delante de mí y á decirle: «llámale tonto, llámale majadero.» Con sus risas inocentes creo que me lo llamaba.
Seguía viviendo mi prima en la casa de sus padres; pues aunque estaban casi terminadas las reformas de la suya, como habían derribado tabiques y hecho obra de albañilería, temía la humedad. Diariamente iba á inspeccionar la obra, acompañada de su madre ó de Camila. Usaba para esta excursión el hermoso landó de cinco luces que había adquirido; mas algunas tardes, para no privar á Carrillo del paseo que daba por el Retiro y Atocha, le prestaba yo mi berlina.
La casa en que había vivido y muerto Angelita Caballero era grandísima, tristona y estaba enclavada en un barrio mísero y antipático. Su aspecto exterior era muy feo; pero interiormente revelaba ya el soberano arreglo de su nueva dueña. Contóme Eloísa que lo primero que tuvo que hacer fué despejar el terreno, deshacerse de aquellas horribles sillerías botón de oro, y esconder los biscuits y los entredoses de bazar y las arañas de pedacitos de vidrio donde nadie los viera. Porque la tal Angelita era notable por la perversidad de su gusto. Fuera de un buen vargueño y de un Cristo de bronce, no tenía en su casa ninguna antigüedad notable: todo el ajuar era moderno, de la época del 40 al 60, y se componía de artículos de exportación francesa de la peor calidad. «Calcula —me dijo Eloísa— si habrá sido difícil el despejo.» La transformación del palacio era en verdad grandiosa. Sorprendióme ver en su gabinete dos países de un artista que acostumbra cobrar bien sus obras. En el salón ví además un cuadrito de Palmaroli; una acuarela de Morelli, preciosísima; un cardenal, de Villegas, también hermoso, y en el tocador de mi prima había tres lienzos que me parecieron de subidísimo precio: una cabeza inglesa, de De Nittis; otra holandesa, de Román Ribera, y una graciosa vista de azoteas granadinas, de Martín Rico. Pregunté á Eloísa cuánto le había costado aquel principio de museo, y díjome en tono vacilante que muy poco, por haber adquirido los cuadros en la almoneda de un hotel que acababa de desmoronarse.
Cada día que visitábamos la casa, hallaba yo algo nuevo y de valor. En la antesala ví dos enormes vasos japoneses de Imaris, hermosísimos, los mejores que había visto en mi vida. Las parejas de platos Hissen y Kiotto no valían menos. Ví también tapices franceses, imitación de gobelinos viejos, que debían haber costado bastante. Dos terracottas, firmadas la una Maubach y la otra Carpeaux, acabaron de pasmarme. Bronces parisienses no faltaban, ni esos muebles ingleses de capricho que sirven para hacer exhibición de preciosas chucherías, y que tienen algo de los antiguos chineros y de los modernos aparadores. Eloísa gozaba con mi sorpresa y con mis alabanzas tanto como con la posesión de aquellas preciosidades. Júbilo vanidoso animaba su semblante; sus ojos brillaban; entrábale inquietud espasmódica, y su charlar rápido, sus observaciones, los términos atropellados con que encomiaba todo, señalándolo á mi admiración, decíanme bien claro el dominio que tales cosas tenían en su alma. Poníase al cabo tan nerviosa, que creía sentir amenazas de la diátesis de familia en el cosquilleo de garganta producido por la interposición imaginaria de una pluma. Tragando mucha saliva, procuraba serenarse.
Solos ella y yo, mientras su mamá ordenaba en el comedor los montones de manteles y servilletas aún sin estrenar, recorríamos el salón primero, el segundo, la sala grande, los dos gabinetes, el tocador, la alcoba, el despacho, el cuarto del niño y todas las piezas de la casa. Aquí, colgándose de mi brazo, me detenía cuando no quería que fuese tan á prisa, y me incitaba con cierto tono de queja á ver las cosas más atentamente. Allí me empujaba atrayéndome hacia un objeto obscurecido entre las vitrinas. En otra parte me oprimía el cuello suavemente para que me inclinara y pudiera mirar de cerca un cuadrito de estilo muy concluído. A veces su alegría se expresaba humorísticamente. Estaba yo contemplando un delicado estantillo japonés, de esos que no parecen hechos por manos de hombres, y ella, repentina y graciosamente, sacaba su pañuelo y me lo pasaba por la boca.
—¿Qué? —decía yo, sorprendido de este movimiento.
—Es que se te cae la baba.
Al fin, cansados de andar, nos sentábamos.
—Una casa bien puesta —me decía— es para mí la mayor delicia del mundo. Siempre tuve el mismo gusto. Cuando era chiquitina, más que las muñecas, me gustaban los muebles de muñecas. Si alguna vez los tenía, me entraba fiebre por las noches, pensando en cómo los había de colocar al día siguiente. Todavía no era yo polla, y me atontaba delante de los escaparates de Baudevin y de Prevost. Cuando íbamos á paseo con papá y pasábamos por allí, me pegaba al cristal, y como se empañaba con mi aliento, habías de verme limpiándolo con el pañuelo para poder mirar. Papá tenía que tirarme del brazo y llevarme á la fuerza. Gracias á Dios, hoy puedo proporcionarme algunas satisfacciones, que de niña me parecían realizables, porque sí... yo soñaba que sería muy rica y que tendría una casa como la que ves, mejor aún, mucho mejor... Pero no vayas á creerte, en medio de estas satisfacciones soy razonable. Dios ha querido que antes de ser rica fuese pobre, y esto me ha valido de mucho; he aprendido á contener los deseos, á estirar los cuartitos y á defenderlos contra esta pícara imaginación, que es la que se entusiasma. Sí, hay que tener mucho cuidado con esto... Porque yo lo he dicho siempre: el infierno está empedrado de entusiasmos... ¡Qué lástima no poseer muchísimos millones para comprar todo lo que me gusta! Se ha dado el caso de tener, durante tres ó cuatro días, el pensamiento fijo, clavado en un par de vasos japoneses ó un medallón Capo di Monte, y sentir dentro de mí una verdadera batalla por si lo compraba ó no lo compraba... Gracias á Dios, he sabido refrenarme, ir despacito, hacer muchos números, y decir al fin: «no, no más; bastante tengo ya...» Los números son la mejor agua bendita para exorcisar estas tentaciones; convéncete... Yo sumaba, restaba y... vencía. No vayas á figurarte: también he pasado malos ratos. Después de comprar en casa de Bach un bronce, veía otro en casa de Eguía que me gustaba más... ¡Qué marimorena entonces en mi cabeza! ¿Lo compro también? Sí... no... sí otra vez... pues no... que dale, que torna, que vira. Nada, hijo, que he tenido que vencerme. A poco más me doy disciplinazos. Por las noches me acostaba pensando en la soberbia pieza. ¿Qué crees? he pasado noches crueles, delirando con un tapiz chino, con un cofrecito de bronce esmaltado, con una colección de mayólicas... Pero me decía yo: «Todas las cosas han de tener un límite. Pues bueno fuera que... Me conformo con lo que poseo, que es bonito, variado, elegante, rico hasta cierto punto.» ¿No es verdad? ¿No crees lo mismo?
Díjele que su casa era preciosa; que debía detenerse allí y no aspirar á más, pues si se dejaba llevar del fanatismo de las compras, podría comprometer su fortuna y quedarse por puertas. En números tenía yo mucha más experiencia que ella, y la imaginación no me engañaba jamás, mixtificándome el valor de las cifras.
—Yo te dirigiré —añadí—. Prométeme no entrar en una tienda sin previa consulta conmigo, y marcharás bien.
Eloísa se entusiasmó con esto, dió palmadas, hizo mil monerías, y entre ellas expresó conceptos muy sensatos, mezclados con otros que revelaban ciertas extravagancias del espíritu.
—Porque verás —me dijo, juntando los dedos de entrambas manos como quien se pone en oración—, yo sé contenerme, sé consolarme cuando esas bribonadas de la aritmética me privan de hacer mi gusto. ¿Sabes lo que me consuela? pues lo mismo que me atormenta: la imaginación. Nada, que cuando me siento tocada, dejo á esa loca que salte y brinque todo lo que quiera, la suelto, le doy cuerda, y ella, al fin, acaba por hacerme ver todo lo que poseo como superior, muy superior á lo que es realmente. Soy como mi hermano, que se acuesta pensando que es Presidente del Consejo, y al fin se lo cree... Yo me acuesto pensando que soy la señora de Rothschild. Vas á ver... ¿Tengo un cuadrito cualquiera, antiguo, de mediano mérito? Pues sin saber cómo llego á persuadirme de que es del propio Velázquez. ¿Tengo un tapiz de imitación? Pues lo miro como si fuera un ejemplar sustraído á las colecciones de Palacio... ¿Un cacharrito? Pues no creas, es del propio Palissy... ¿Tal mueble? Me lo hizo el señor de Berruguete. Y así me voy engañando, así me voy entreteniendo, así voy narcotizando el vicio... el vicio, sí: ¿para qué darle otro nombre?
II
Yo me reí; pero en mi interior estaba triste. Quince años de trabajo en un escritorio me habían dado la costumbre de apreciar fácilmente las cantidades, y con esta experiencia y mi saber del precio de las cosas, pude hacer una cuenta mental. Los señores de Carrillo se habían gastado en poner casa la cuarta parte y quizás el tercio de lo que habían heredado. Tal desproporción debía traer sus consecuencias más ó menos tarde. Amonesté segunda vez á Eloísa, quien se mostró asombrada primero, ensimismada después, y me prometió ser, en lo sucesivo, no ya económica, sino cicatera... «Vas á ver...»
Carrillo fué á buscarnos al volver de su paseo. Antes de ir á casa hicimos escala en la tienda de Eguía, donde Pepe tenía en trato un busto de Shakespeare para su despacho. ¡Qué lástima no encontrar el de Macaulay! Pero éste, por más que lo buscó afanosamente, en ninguna parte lo había. Su apetito anglo-parlamentario no pudo saciarse sino con un velador muy cursi, maqueado, chillón, que ostentaba la vista del palacio y puente de Westminster. Eloísa me indicó, cuando recorríamos la tienda, que había hecho juramento de no entrar más allí, porque se le iba la cabeza. Vimos muchos objetos de mérito y alto precio.
—Hay aquí una cosa —me dijo después mi prima en voz baja, tapándose la boca con el manguito— que la semana pasada me produjo dos noches de fiebre, con escalofríos, amargor de boca, calambres, cefalalgia y cuantos males nerviosos te puedes figurar. No era pluma lo que yo tenía en mi garganta, sino un palomar entero y verdadero.
Señalaba con la mano y el manguito á uno de los extremos de la tienda. Carrillo y su suegra examinaban una vajilla. Yo miré.
—No mires, no mires. Esto trastorna, esto deslumbra, esto ciega. No es para nosotros. Este señor Eguía se ha figurado que aquí hay lores ingleses y trae cosas que no venderá nunca.
Era un espejo horizontal, biselado, grande como de metro y medio, con soberbio marco de porcelana barroca imitando grupos y trenzado de flores que eran una maravilla. Quedéme absorto contemplando obra tan bella, digna de que la describiera Calderón de la Barca. Las flores, interpretadas decorativamente, eran más hermosas que si fuesen copia de la realidad. Había capullos que concluían en ángeles; ninfas que salían de los tallos, perdiendo sus brazos en retorceduras de mariscos; ramilletes que se confundían con los crustáceos, y corolas que acababan en rejos de pulpo. En el color dominaban los esmaltes metálicos de rosa y verde nacarino, multiplicándose en los declivios del puro cristal. Hacían juego con esta soberana pieza dos candelabros que eran los monstruos más arrogantes, más hermosos que se podían ver; grifos que parecían producto de la flora animalizada, pues tenían uñas y guedejas como pistilos de oro, enroscadas lenguas de plata. Un reloj...
—Vamos —ordenó Eloísa impaciente, desconcertada, sin dejarme acabar de ver aquello.
Y agarrando el brazo de su marido, se lo llevó hacia el coche, diciendo:
—¿Has tomado el Séspir?...
—La vajilla es preciosa —declaró mi tía Pilar, como queriendo que yo me convenciera de ello por mis propios ojos.
Pero Eloísa, ya en la puerta, repetía:
—Vámonos, vámonos: no más compras. Esta tienda es la sucursal del Infierno.
A su imperioso deseo nadie pudo resistir, y nos fuimos á casa. Al día siguiente volví á la sucursal y compré las cuatro piezas aquéllas, espejo, pareja de candelabros y reloj. Costáronme unos cuarenta y cinco mil reales. ¿Pero qué significaba esto para mí? Yo tenía á la sazón en caja unos cuantos miles de duros, producto de letras que inopinadamente recibí de Jerez, y no sabía qué hacer de ellos. Había estado dudando si incorporar aquel dinero á mi cuenta corriente del Banco, ó reservármelo para caprichos y gastos imprevistos. Opté al fin por dejarlo en casa, pues la cuenta corriente me garantizaba todos mis gastos del semestre por excesivos que fuesen. Pocas veces he hecho una compra más á mi gusto. Pensaba en la sorpresa que tendría Eloísa al recibir aquel presente. Mandé que se lo llevaran á su palacio, y esperé á que ella misma me diese cuenta de la impresión que le causaba.
Cuando la ví entrar en mi casa, temblé de emoción. Venía con su hermana Camila, la cual, hablando del espejo y elogiándolo con reservas, se mostró celosa. Era ella tan prima mía como Eloísa, y tenía el mismo derecho á mis obsequios de pariente ricacho. Sí: yo era un ricacho sin conciencia, un vulgarote que no me acordaba de los pobres. Ella tenía su casa muy mal puesta, y á mí, al primo millonario, no se me había ocurrido mandar allá ni aun media docena de sillas de madera encorvada. Esta filípica, dicha con el desparpajo que usaba siempre aquella mujer inconveniente, me llegó al alma. No tuve reparo en reconocer y lamentar la preterición, y prometí que los señores de Miquis tendrían pronto noticias mías.
A Eloísa, contra lo que esperaba, la encontré triste. Puso cara de Dolorosa, y dió á sus ojos expresión de dulce reprimenda para decirme:
—¡Qué tonterías haces!... ¡Un gasto tan enorme! Vaya, que ahora se han trocado los papeles: yo soy la aritmética y tú el entusiasmo... De veras te lo digo: si repites esas calaveradas, no te volveré á dirigir la palabra.
Camila y yo nos reíamos. Eloísa no hacía más que mirarnos con tristeza.
—Tu boca será medida. Cuenta con la media docenita de sillas —manifesté á Camila, que me respondió á gritos:
—Ha sido una broma. No me hacen falta tus obsequios. Formal, formal, te lo digo formalmente. Si me mandas las sillas, te las devuelvo.
Estaba rabiosa. Por la tarde, siguiendo la chanza en casa de mi tío, le dije:
—¿Las quieres blancas ó negras? Elígelas á tu gusto y que me manden la cuenta.
Me tiró á la cara su manguito, diciéndome:
—Toma... cochino.
Mi tía Pilar, secreteando en mi oído, hízome la pintura más lastimosa de la casa de su hija Camila. Tenían una salita regular, alcoba decente; pero comedor... Dios lo diera. Ponían los platos encima de un velador, y como Constantino tenía la mala costumbre de empinar las sillas para sentarse, descargando todo el peso sobre las dos patas de atrás, de la media docena que compraron no quedaban útiles más que dos. Esta pintura hizo desbordar en mi corazón los sentimientos caritativos. Regalé á Camila un comedor completo de nogal, con aparador, trinchero, doce sillas y mesa, todo bonito, de medio lujo, sólido y elegante.
Vino á darme las gracias una mañana. Detrás de su máscara de risa y burla, advertí mal encubierta la emoción. Le temblaban los labios. Hizo mil muecas, me dió las gracias, me pegó con un bastón mío, me llamó generoso, pillo, grande hombre y gatera, demostrando en todo su incorregible extravagancia. Era, más que una cabeza destornillada, una salvaje, una fierecilla indócil criada dentro de la sociedad como para ofrecernos una muestra de todo lo incivil que la civilización contiene. Concluyó diciendo que su marido y ella habían acordado dar un banquete en honor mío y como inauguración del comedor...
—Una gran comida, no te creas: verás qué cosa más buena y más chic... Rigurosa etiqueta, ya sabes. Habrá diplomáticos, algún ministro, toda la jilife... Mi cuñado Augusto, el primo de Constantino, que estudia Farmacia, Veterinaria ó no sé qué; en fin, lo más escogido... Frac y condecoraciones. Mi marido estará en mangas de camisa; pero eso no importa. El amo de la casa, ya ves... Te daremos nidos de avestruz, fideos escarchados, pechugas de rinoceronte, jabalí en su tinta y Chateau-Peleón.
Nunca oí más disparates.
Eloísa, Raimundo y Pepe éramos los invitados. Fuí con mi primo poco antes de la hora señalada. Los señores de Carrillo no habían llegado aún.
VII
La comida en casa de Camila.
La casa de Camila era digna de estudio por el desorden que en ella reinaba. Sicut domus homo, se podía decir allí con más razón que en parte alguna. Todas las cosas, en aquella vivienda, estaban fuera de su sitio; todo revelaba manos locas, entendimientos caprichosos. Para honrar mis muebles habían hecho de la sala comedor; en la alcoba, á más de la cama de matrimonio, había una pajarera, y lo que antes había sido comedor estaba convertido en balneario, pues Camila, que aun en invierno tenía calor, se chapuzaba todos los días. La sala había sido llevada á un cuartucho insignificante, próximo á la entrada, arreglo que por excepción me parecía laudable, pues contravenía la mala costumbre de adornar suntuosamente para visitas lo mejor de la casa, reservando para vivir lo más estrecho, lóbrego y malsano. Fuera de este rasgo de buen sentido, el conjunto de aquel domicilio no tenía pies ni cabeza. Lo más culminante en la sala era una mesa de caoba de las que llaman de ministro, y una cómoda antigua que Constantino había heredado de su tía doña Isabel Godoy. El piano se había ido á la alcoba, creyérase que por su pie, pues no se concebía que ninguna ama de casa dispusiera los muebles tan mal.
En los pasillos, Constantino había tapizado la pared con enormes y abigarrados carteles de las corridas de toros de Zaragoza y San Sebastián, y en el gabinete ocupaba lugar muy conspicuo un trofeo de esgrima compuesto de floretes, caretas, manoplas, con más una espada de torero y una cabeza de toro perfectamente disecada. Veíase por allí, así como en el comedor, algún otro mamotreto procedente de la testamentaría de la señora Godoy. Constantino tenía en su casa todas las cómodas que no cabían en la de su hermano Augusto. Los muebles regalados por mí hacían papel brillantísimo en medio de tanta fealdad y confusión, y cuando, después de recorrer la casa, se entraba en el comedor, parecía que se visitaba una ciudad europea después de viajar por pueblos de salvajes. Lo único que hablaba en favor de Camila era la limpieza, pues todo lo demás la condenaba. Algunas de las láminas de la historia de Matilde y Malek-Adhel tenían el cristal roto. No ví una silla que no cojeara, ni mueble que no tuviera la chapa de caoba saltada en diferentes partes. Muchos de estos siniestros lastimosos, así como la decapitación de una ninfa de porcelana, y las excoriaciones de la nariz que afeaban el retrato del abuelo de Constantino, eran triste resultado de la afición de éste á la esgrima y de los asaltos que daba un día sí y otro no, yéndose á fondo y acalorándose, sin reparar que su contrario era indefenso mueble ó bien un cuadro al óleo, al cual no se podía acusar de crimen alguno como no fuera artístico.
Y á propósito de láminas, alcancé á ver, no recuerdo bien dónde, una buena fotografía de Constantino, retratado como suelen hacerlo los que presumen de atletas, esto es, con sencillez estatuaria, el cuerpo á lo gimnasta, con almilla y grueso cinturón, cruzados los brazos para que se le viera bien el desarrollo del biceps y de los músculos del tórax, y con un empaque y mirar arrogante que movían á risa. Camila estaba retratada de cuerpo entero, y se había puesto ante la máquina violentando su temperamento para salir formal; de modo que, á más de salir fea, no tenía el retrato ningún parecido.
—Habías de ver esta casa —me dijo Raimundo al oído— cuando mi hermanita se pone á tocar frenéticamente el piano, en camisa, y el mulo de su marido á dar estocadas en todo lo que encuentra al paso.
Yo no había visto nada de esto, pero lo comprendía por los efectos.
Camila nos había recibido muy al desgaire, vistiendo una batilla ligera, el pelo medio suelto, el pecho tan mal cubierto que recordaba la inocencia de los tiempos bíblicos, los pies arrastrando zapatillas bordadas de oro. Nos acompañó un momento para enseñarnos la casa, diciéndonos:
—Acabo de bañarme. No les esperaba á ustedes tan pronto.
—Esta hermana mía —indicó Raimundo tiritando— siempre tiene calor. Se baña en agua fría en pleno invierno. Jamás enciende una chimenea, y es la vestal encargada de conservar el frío sagrado... ¡Demonio! la casa es una sorbetera... ¡Que me voy!
Camila nos empujó á Raimundo y á mí fuera de la alcoba, donde á la sazón estábamos, y dijo á su marido:
—Entretenme á esos tipos un rato, que me voy á arreglar.
Nos llevó Miquis al comedor, donde al punto se personaron dos perros: el uno grande, de lanas; el otro pequeño y tan feo como su amo. Ambos hicieron diferentes habilidades, distinguiéndose el feo, que marchaba en dos pies con un bastón cogido al modo de fusil, y hacía también el cojito. De repente veíamos á mi prima pasar, medio vestida, como exhalación. Iba á la cocina. Oíamos su voz en vivo altercado con la criada... después la sentíamos regresar á su cuarto... llamaba á su marido con gritos que atronaban la casa.
—Será para que le alcance algo... —decía él sin mostrar mal humor—. Esto de no tener más que una criada es cargante. Si al menos estuviera yo en activo, me darían un asistente... ¡Allá voy!
Camila volvía corriendo á la cocina. Necesitaba estar en todo. Aun así, temía que aquella girafa de Gumersinda echase á perder la comida. Al poco rato, vuelta á correr hacia la alcoba. Ya estaba peinada; pero aún no se había puesto el vestido ni las botas. De pronto, oímos la argentina voz de la señora de la casa que decía con cierto acento trágico:
—Constantino, traidor... ¿qué, no pones la mesa?