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LO PROHIBIDO


Es propiedad. Queda hecho el depósito que marca la ley. Serán furtivos los ejemplares que no lleven el sello del autor.


B. PÉREZ GALDÓS

NOVELAS ESPAÑOLAS CONTEMPORÁNEAS


LO PROHIBIDO

Tomo segundo.


13.000

MADRID

PERLADO, PÁEZ Y COMPAÑÍA

(Sucesores de Hernando)

Arenal, 11

1906


EST. TIP. DE LA VIUDA É HIJOS DE TELLO

IMPRESOR DE CÁMARA DE S. M.

C. de San Francisco, 4


LO PROHIBIDO


XVI

De cómo al fin nos peleamos de verdad.

I

Una tarde del mes de Mayo fuí á ver á Eloísa con firme propósito de hablarle enérgicamente. No la encontré. Estaba en no sé qué iglesia, pues por aquel tiempo se le desarrolló la manía filantrópico-religioso-teatral, y se consagraba con mucha alma, en compañía de otras damas, á reunir fondos para las víctimas de la inundación. Lo mismo manipulaba funciones de ópera y zarzuela que lucidas festividades católicas, en las cuales las mesas de tapete rojo, sustentando la bandejona llena de monedas, hacían el principal papel. También inventaba rifas ó tómbolas que producían mucho dinero. Se me figuró que había transmigrado á ella el ánima propagandista del desventurado Carrillo. Casi todos los días había en su casa junta de señoras para distribuir dinero y disponer nuevos arbitrios con que aliviar la suerte de las pobres víctimas. Por eso aquel día no la pude ver: de tarde porque estaba en el petitorio, de noche porque había junta, y francamente, no tenía yo maldita gana de asistir á un femenino congreso ni de oir á las oradoras. La junta terminaba á las doce, y de esta hora en adelante bien podía ver á Eloísa; pero no me gustaba pasar allí la noche, y me iba con más gusto á la soledad de mi casa.

Al día siguiente creí no encontrarla tampoco; pero sí la encontré. Hízose la enojada por mis ausencias; púsome cara de mimos, de resentimiento y celos. ¡Desdichada! ¡Venirme á mí con tales músicas!... «Tengo que hablarte,» le dije de buenas á primeras, encerrándome con ella en su gabinete, lleno de preciosidades, que valían una fortuna. Allí estaba escrito, con caracteres de porcelana y seda, el funesto caso de la disminución de mi capital.

Comprendió ella que yo estaba serio y que le llevaba aquel día las firmezas de carácter que rara vez le mostraba. Preparóse al ataque con sentimientos favorables á mi persona, los cuales, según afirmó, rayaban en veneración, en idolatría. Cuando me tocó hablar, le presenté la cuestión descarnada y en seco. La reforma de vida que me prometiera no se había realizado sino en pequeña parte. Las ventas de cuadros y objetos de lujo continuaban en proyecto. No se quería convencer de que el estado de su casa era muy precario, y que no podía vivir en aquel pie de grandeza y lujo. Entre ella y su marido habían derrochado la fortuna que les dejó Angelita Caballero. Si no se variaba de sistema pronto, no quedarían más que los escombros, y el inocente niño, destinado más adelante á poseer el título de marqués de Cícero, no tendría que comer. Si ella se obstinaba en hundirse, hundiérase sola y no tratara de arrastrarme en su catástrofe. Yo, por sus locuras, había perdido una parte de mi fortuna. No perdería, no, lo que me restaba. No me cegaba la pasión hasta ese punto.

Sentándose junto á la ventana, díjome con tono displicente:

—Te pones cargante cuando tratas cuestiones de dinero. Haz el favor de no hacer el inglés conmigo. Me enfadan los ingleses... de cualquier clase que sean.

Y luego, echándolo á broma:

—Déjame en paz, hombre prosáico, prendero. Todo lo que hay aquí te pertenece. Trae mercachifles, vende, malbarata, realiza, hártate de dinero. Cogeré á mi hijito por un brazo y me iré á vivir á una casa de huéspedes...

—Con bromas no resolveremos nada. Si no quieres seguir el plan que te trace, dilo con nobleza, y yo sabré lo que debo hacer.

—Si lo que debes hacer es no quererme —respondió, sin abandonar las bromas—, humilla la cerviz... Te hablaré con franqueza. Dos cosas me gustan: tu individuo y mucho parné; tu señor individuo y mi casa tal como la tengo ahora. Si me dan á escoger, no tengo más remedio que quedarme contigo. Dispón tú.

—Pues dispongo que busquemos en la medianía el arreglo de todas las cuestiones, la de amor y las de intereses.

Dió un salto hacia donde yo estaba, y cayendo sobre mí con impulso fogoso, me estrujó la cara con la suya, me hizo mil monerías, y luego, sujetándome por los hombros, miróme de hito en hito, sus ojos en mis ojos, increpándome así:

—¿Te casas conmigo, mala persona? ¿De esto no se habla? De esto, que es el caballo de batalla, ¿no se dice nada? Para tí no hay más que dinero, y el estado, la representación social, no significan nada.

No sé qué medias palabras dije. Como yo no jugaba limpio; como lo que yo quería era romper con ella, no me esforzaba mucho por traerla á la razón.

—¡Ah! —exclamó seriamente, leyendo en mí—, tú no me quieres como antes. Te asusta el casarte conmigo, lo he conocido. El santo yugo te da miedo. No quieres tener por mujer á la que ya faltó á su primer marido y ha adquirido hábitos de lujo. Dudas de mí, dudas de poderme sujetar. La fiera está ya muy crecida, y no se presta á que la enjaulen. Dímelo, dímelo con sinceridad, ó te saco los ojos, pillo.

Su mano derecha estaba delante de mis ojos, amenazándolos como una garra. La obligué á sentarse á mi lado.

—Yo leo en tí —prosiguió—; me meto en tu interior, y veo lo que en él pasa. Tú dices: «Esta mujer no puede ser ya la esposa de un hombre honrado; esta mujer no puede hacerme un hogar, una familia, que es lo que yo quiero. Esta tía... porque así me llamarás, lo sé, caballero; esta tía no se somete, es demasiado autónoma...» Dime si no es ésta la pura verdad. Háblame con tanta franqueza como yo te hablo.

La verdad que ella descubría, desbordándose en mí, salió caudalosa á mis labios. No la pude contener, y le dije:

—Lo que has hablado es el Evangelio, mujer.

—¿Ves, ves cómo acerté?

Daba palmadas como si estuviéramos tratando de un asunto baladí. Yo me esforzaba en traerla á la seriedad, sin poderlo conseguir. Iba ella adquiriendo la costumbre de emplear á troche y moche expresiones de gusto dudoso, empleándolas también groseras cuando hablaba con personas de toda confianza.

—¿Quieres que nos arreglemos? Pues escucha y tiembla. Dame palabra de casamiento y no seas sinvergüenza... Me parece que ya es hora. Prométeme que habrá coyunda en cuanto pase el luto, y yo empezaré mi reforma de vida, me haré cursi de golpe y porrazo. Si ya lo estoy deseando... Si no quiero otra cosa... Tú editor responsable; yo señora que ha venido á menos: toma y daca, negocio concluído. ¿Te conviene? ¿Aceptas?

—¿Qué he de aceptar tus disparates? Lo primero es que te pongas en disposición de ser mi mujer. Tal como eres, no te tomo, no te tomaría aunque me trajeras un potosí en cada dedo.

Abalanzóse á mí como una leona humorística. Su rodilla me oprimió la región del hígado, lastimándome, y sus brazos me acogotaron después de sacudirme con violencia. Con burlesco furor exclamaba:

—¿Pues no dice este mequetrefe que no me toma? ¿Soy acaso algún vomitivo? ¿Soy la ipecacuana? ¡Qué has de hacer sino tomarme, tomador!... Y sin regatear, ¿entiendes? Y sin hacer muequecitas. Aquí donde usted me ve, señor honrado, soy capaz de llegar á donde usted no llegaría con sus miramientos ridículos de última hora. Soy capaz de rayar en el heroísmo, de ponerme el hábito del Carmen con su cordón y todo, de vivir en un sotabanco y de coser para fuera.

Mientras dijo esto y otras cosas, abarcaba yo con mi pensamiento, á saltos, el largo período de mis relaciones con ella, y notaba la enorme distancia recorrida desde que la conocí hasta aquel momento. ¡Cuán variada en dos años y medio! ¿Dónde habían ido á parar aquellas hermosuras morales que ví en ella? O era una hipócrita, ó yo era un necio, un entusiasta sin juicio, de éstos que no ven más que la superficie de las cosas. Asimismo pensaba que aquella transformación de su carácter era obra mía, pues yo fuí el descarrilador de su vida. Sus tratos irregulares conmigo escuela fueron en que aprendió á hacer aquellas comedias de liviandad, de enredos, de palabras artificiosas y de sentimientos alambicados. ¿Por qué la admiré tanto en otro tiempo y después no? La inconsecuencia no estaba en ella, sino en mí, en ambos quizás, y si hubiéramos sido personajes de teatro, en vez de ser personas vivas, se nos habría tachado de falsos sin tener en cuenta la complejidad de los caracteres humanos. Yo la oía, la miraba, diciendo para mí: «¿Eres tú la que me pareció un ángel? ¡Qué cosas vemos los hombres cuando nos atonta y alumbra el amor! ¡Y qué verdad tan grande dice Fúcar cuando afirma que el mundo es un valle de equivocaciones!»

Viendo que yo callaba, repitió, exagerándolo, lo del hábito del Carmen, el sotabanco y otras tonterías.

—Como no es eso lo que te pido —observé al fin—; como eso es un disparate, no hay que pensar en ello. Es un recurso estratégico tuyo. Te pido lo razonable y te escapas por lo absurdo. Si yo no quiero que seas cursi, sino que vivas con modestia, como vivo yo.

—¡Ah! —exclamó sosegada—, si no fuera este pícaro luto, pronto se resolvería la cuestión. La semana que entra nos casábamos, y el mismo día empezaba la reforma... Pero tú quieres invertir el orden, y yo, te lo diré clarito, temo que me engañes; temo que después de hacerme pasar por el sonrojo de una almoneda y de un cambio de posición, me des un lindo quiebro y me dejes plantada. Porque sí: detrás de ese entrecejo está escondida una traición, la estoy viendo... ¡Ah! no me la das á mí... yo veo mucho. Y si sale verdad lo que sospecho, ¿qué me hago yo? ¿Qué es de mí, con cuatro trastos, un pañuelito de batista, y sin otro porvenir que el de convertirme en patrona de huéspedes?

No pude menos de reirme, y ella, viéndome risueño, se puso á cantar la tonadilla de la Mascotte, con aquello de yo tus pavos cuidaré. Pasó la música, y sin saber cómo, nos hallamos frente á frente hablando con completa seriedad. Repitió entonces lo de «matrimonio es lo primero,» y yo dije: «no, lo primero es lo otro.» Puesta su mano amistosamente en la mía, y mirándome con aquella dulzura que me había esclavizado por tanto tiempo, hablóme con el tono sincero y un poco doliente que había sido la música más cara á mi alma.

—Chiquillo, si quieres sacar partido de mí, trátame con maña; quiéreme y dómame. Pero lo que es domarme sin quererme, no lo verás tú. Estoy muy encariñada ya con mi manera de vivir, muy hecha á ella para que en un día, en una hora puedas tú volverme del revés, poniéndome delante un papelito con números. ¡Ah, los números! ¡Maldito sea quien los inventó!... Qué quieres, soy mujer enviciada ya en el lujo... No pongas esa cara de juez, después de haber sido mi Mefistófeles. Los placeres de la sociedad me son tan necesarios como el respirar. Un poco que yo tengo en mí desde que nací, y otro poco que me han enseñado... los amigos, tú, tú, tú; no vengas ahora haciéndote el apóstol... Sí: eres como los que todo lo quieren curar con agua... ó con números, que es lo mismo. Aquí tenemos al señor don Perfiles, que viene á que yo sea una santa, porque sí, porque él ha caído ahora en la cuenta de que la santidad es barata... Antes mucho amor, mucha idolatría, abrir mucho la mano para que yo gastara... Ahora todo lo contrario, y vengan economías. Ya no soy ángel, ya no se me dan nombres bonitos, ya no se me adora en un altar, ya no se me dice que por verme contenta se puede dar todo el dinero del mundo... Ahora se me dice que dos y tres no son más que cinco, ¡demasiado lo sé! y se me impone el sacrificio de una pasión sin compensarme con otra. ¿Sabes lo que te digo muy formal? Que si me quieres, todo se arregla: si te casas conmigo, cedo; pero si no, no. ¿Me quitas el lujo? Pues dame el nombre.

Después de echarme esta andanada, salió sin aguardar mi contestación, dejándome solo. Llamada por su doncella, pasó al guardarropa á probarse un vestido. Entre paréntesis, diré que ví con sorpresa en la persona de la sirviente la misma Quiquina, la italiana trapisondista á quien yo había despedido meses antes. ¡Y Eloísa la había admitido otra vez, contrariándome de un modo tan notorio! Era burlarse de mí, como cuando compraba perlas con el producto de los zafiros.

II

Y en aquel rato que estuve solo hice mental comparación entre el proceder de mi prima y el mío. Sí: por muy censurable que yo quisiese suponer su conducta, aventajaba moralmente á la del narrador de estos verídicos sucesos. Porque ella, al menos, obraba con lealtad, declaraba que el sacrificio de su lujo le era penoso; pero que lo haría si yo le cumplía solemnes promesas. Yo, en cambio, pedía la reforma de vida, reservándome mi libertad de acción; más claro, yo no la quería ya ó la quería muy poco, y al decirle «primero la mudanza de vida, después el casamiento,» procedía con perfidia, porque ni sin economías ni con ellas pensaba casarme. Esta es la verdad pura: yo reconocí en mí esta falta de nobleza, pero no la pude remediar; no estaba en mis facultades ni en mis sentimientos obrar de otra manera. Deseaba el rompimiento á todo trance, y para que éste apareciese motivado por ella antes que por mí, gustábame verla en el camino de la obstinación.

Al reaparecer, abrochándose la bata, prosiguió desde la puerta el sermón interrumpido:

—No soy una fiera. Tú puedes domarme, pero no con el látigo de las cuentas. Amor á cambio de lujo. Pero si le quitas todo de una vez á esta infeliz, figúrate qué será de mí... Sigo en mis trece. ¿Me vas á dar tu blanca mano? ¿Te arrancas al fin, te arrancas?

—¿Qué estás diciendo ahí, loca? ¡Yo tu marido! —exclamé sin poder contenerme—. ¡Tu marido después de la confesión que acabas de hacerme... después que has dicho que cuatro trapos y cuatro cacharros te apasionan más que yo!

—Déjame concluir... Eres un egoísta.

—Egoísta tú.

—¿Sabes lo que pienso? —dijo poniéndose grave, pues colérica no se ponía nunca—. ¿Sabes lo que me ocurre? Pues como no me quieres ya... ¡Ah! no me engañas, no. Bien lo conozco. No quisiera más sino saber quién es el pendoncito que me ha robado el corazón que era todo mío... Pero yo lo averiguaré... Estate sin cuidado... Déjame seguir. Como no me quieres, todo tu afán por mis economías no tendrá quizás más objeto que salvar el anticipo que hiciste á la administración de mi casa, cuando perdimos al pobre Carrillo, que era un ángel, sí, señor, un ángel, un santo... para que lo sepas... Déjame seguir: con la venta salvarás tu dinero; mi señor inglés se frotará las manos de gusto, y después yo... no te sulfures... yo me quedaré pobre, y me abandonarás. Podrá esto no ser la verdad; ¡pero qué verosímil es!

—Nunca hubiera creído en tí pensamientos tan viles —le dije.

Y la glacial mirada que advertí en ella irritóme de tal modo, que estallé en frases de ira.

—Tú no eres ya la misma. Has variado mucho. ¿Es esto culpa mía? Quizás. Tienes ideas groseras y un positivismo brutal... ¡Valiente papel haría yo si me casara contigo! No, no seré yo esa víctima infeliz. Con los resabios que has adquirido, ¿qué confianza puedes inspirar? Porque si no me parece bien vender el honor de un marido por el amor de otro hombre, ¡cuánto peor es venderlo por un aderezo de brillantes!... Y á eso vas tú, no me lo niegues; á eso vas sin que tú misma te des cuenta de ello. Ahí has de parar. Reconozco que tengo una parte de culpa, pues te he enseñado á arrastrar tu fidelidad conyugal por los mostradores de las tiendas de lujo... Y para que veas que haces mal en juzgarme á mí por tí; para que veas que aunque hago números no estoy tan metalizado como tú, que no sabes hacerlos, te diré que puedes quedarte con lo que anticipé á la administración de tu casa para que los usureros no profanaran el duelo del pobre Pepe, aquel ángel, aquel santo á quien no quiero parecerme, ¿sabes? á quien no quiero parecerme. Te regalo esos cuartos para que los gastes con tus nuevos amigos. Me felicito de esta nueva pérdida, que me libra de tí para siempre; lo dicho, para siempre (cogiendo mi sombrero). En la vida más vuelvo á poner los pies en esta casa. Quédate con Dios.

Me levanté para salir. Contra lo que esperaba, Eloísa permaneció muda y fría. O creyó que mi determinación era fingimiento y táctica para volver luego más amante, ó había perdido la ilusión de mí como yo la había perdido de ella. Salí al gabinete próximo, y mis pasos hacia la antesala fueron detenidos por una vocecita que siempre me llegaba al alma. Era la de Rafael, que, montado en un caballo de palo, lo espoleaba con un furor inocente. No me era posible salir sin darle cuatro besos. ¡Pobrecito niño! De buena gana me le habría llevado conmigo... Fuí á donde sonaba la voz, y... ¡otra interesante sorpresa!... Camila, con la mantilla puesta, como acababa de llegar de la calle, tiraba del caballo, que se movía al fin con rechinar áspero de sus mohosas ruedas. En el mismo instante entró Eloísa, que dijo á su hermana:

—Quédate á almorzar.

Y á mí también me dijo con acento firme:

—José María, quédate. Espero al Saca-mantecas y nos reiremos mucho.

La idea de estar cerca de Camila me hizo dudar. Por un instante mi debilidad andaluza estuvo á punto de dar al traste con mi entereza inglesa; pero venció ésta y rehusé.

Camila se fué cantando. Iba á quitarse la mantilla y á dar un recado á Micaela. Nos quedamos solos Eloísa y yo con el pequeño, á quien besé con ardor.

—¡Pobre niño! —dije mientras él, apeándose, subía la silla que se había corrido á la barriga del caballo—. Aunque no nos hemos de ver más, me comprometo, con juramento que hago sobre la cabeza de este clavileño, á hacerme cargo de su educación y á costearle una carrera cuando su desdichada mamá esté en la miseria.

Eloísa volvió á otro lado la cara y no dijo nada. Con inquieta presteza, se puso Rafael á horcajadas. Yo le volví á besar... Entonces su madre, ella misma, sí, ¡cuán presente tengo esto! llegóse á él, y poniéndose de rodillas y rodeándole la cintura con su brazo, le dijo:

—Vamos á ver, Rafael, estate quieto un momento y contéstanos á lo que te vamos á preguntar. José María y yo nos vamos ahora de Madrid, nos vamos... él por un lado y yo por otro. (El chico miraba á su madre con profunda atención, y después me miraba á mí.) Tú no puedes ir á un tiempo con él y conmigo, porque no te vamos á partir por la mitad. ¿Qué te parece á tí? ¿Debemos partirte con un cuchillo? Claro que no. Has de ir enterito con uno de los dos... Vamos á ver, decide tú con quién vas á ir: ¿con José María ó conmigo?

Sin vacilar un instante, el niño me echó los brazos al cuello, hociqueándome primero y recostando después su cabeza en mi hombro como en una almohada. Cuando quise mirar á Eloísa, ya no estaba allí. Huyó la pícara. Oí el roce de su bata de seda, y nada más... Dejando al pequeñuelo en poder de Camila, que había vuelto á entrar, salí á la calle con vivísima opresión en el pecho.


XVII

Sigo narrando cosas que vienen muy á cuento en esta verdadera historia.

I

Parecerá quizás muy extraño que en una ocasión como aquélla mi primer pensamiento, al verme en la calle, fuera esperar á Camila para hacerme el encontradizo con ella é invitarla á dar un paseíto. La ingenuidad guía mi pluma y nada he de decir contrario á ella, aunque me favorezca poco. Mientras entretenía el tiempo en la calle, alargándome hasta la Plazuela de Antón Martín, ó dando la vuelta á la primera manzana de la calle de la Magdalena, reflexioné sobre lo que acababa de pasarme. La verdad, yo no podía estar orgulloso de mi conducta, pues si bien el rompimiento y el acto aquél de perdonar el dinero me honraban á primera vista (aun quitando de ellos lo que tenían de teatral), en rigor yo era tan vituperable como Eloísa. Así lo reconocí, aunque sin propósito de enmienda. Mi razón echaba luz, eso sí, sobre los errores de mi vida; mas no daba fuerza á mi voluntad para ponerles remedio. «Está muy bueno —me decía yo— que le exija virtudes que estoy muy lejos de tener... Pero los hombres somos así: creemos que todo nos lo merecemos, y que las mujeres han de ser heroínas para nosotros, mientras nosotros hacemos siempre lo que nos da la gana. Aquí lo natural y lógico sería que yo siguiera queriéndola como la quise, y que combinando hábilmente la disciplina del amor con la de la autoridad, la apartara poquito á poco de su camino para llevarla al mío. Esto es lo humanitario, lo digno, lo decente. Además, creo que no sería muy difícil. Pero no, yo me planto y digo: has de cambiar de vida de la noche á la mañana, porque yo lo mando, porque así debe ser, porque no quiero gastar dinero; y yo en tanto, hija mía, si te he visto no me acuerdo, y aunque sigo haciendo contigo la comedia de la consecuencia, en el fondo de mi alma te desprecio.»

¡Y aquella tunanta de Camila no parecía!... Ya me sabía de memoria todos los escaparates de la zona por donde andaba; ya había visto cien veces las abigarradas muestras del molino de chocolate, los pañuelos y piezas de tela de la tienda de ropas, los carteles de Variedades, los puestos de verdura y pescado de la calle de Santa Isabel. Oí en el reloj de San Juan de Dios las doce, las doce y media, la una... Yo no había almorzado y empezaba á tener apetito. No podía entretener el tedio de aquel plantón sino echando sondas á mi espíritu. ¡Ay, qué cosas hallé en tales profundidades! Navegando por entre el gentío de la calle, hallábame tan solo como en alta mar, y oía el murmullo sordo que me agitaba como el inextinguible mugido del viento y las olas. Siento desengañar á los que quisieran ver en mí algo que me diferencie de la multitud. Aunque me duela el confesarlo, no soy más que uno de tantos, un cualquiera. Quizás los que no conocen bien el proceso individual de las acciones humanas, y lo juzgan por lo que han leído en la historia ó en las novelas de antiguo cuño, crean que yo soy lo que en lenguaje retórico se llama un héroe, y que en calidad de tal estoy llamado á hacer cosas inauditas y á tomar grandes resoluciones. ¡Como si el tomar resoluciones fuera lo mismo que tomar pastillas para la tos! No: yo no soy héroe; yo, producto de mi edad y de mi raza, y hallándome en fatal armonía con el medio en que vivo, tengo en mí los componentes que corresponden al origen y al espacio. En mí se hallarán los caracteres de la familia á que pertenezco y el aire que respiro. De mi madre saqué un cierto espíritu de rectitud, ideas de orden; de mi padre fragilidad, propensión á lo que mi tío Serafín llama entusiasmos faldamentarios. Lo demás me lo hicieron, primero mi residencia en Inglaterra, luego mi largo aprendizaje comercial, y por fin mi navegación por este mar de Madrid, aguas turbias y traicioneras que á ningunas otras se parecen. Carezco de base religiosa en mis sentimientos; filosofía, Dios la dé; por donde saco en consecuencia que mi sér moral se funda más en la arena de las circunstancias que en la roca de un sentir puro, superior y anterior á toda contingencia. No domino yo las situaciones en que me ponen los sucesos y mi debilidad, no. Ellas me dominan á mí. Por esto, tal vez, muchos que buscan lo extraordinario y dramático no hallan interesantes estas memorias mías. ¡Pero cómo ha de ser! La antigua literatura novelesca, y sobre todo la literatura dramática, han dado vida á un tipo especial de hombres y mujeres, los llamados héroes y las llamadas heroínas, que justifican su gallarda existencia realizando actos morales de grandísimo poder y eficacia, inspirados en una lógica de encargo: la lógica del mecanismo teatral en la Comedia, la lógica del mecanismo narrativo en la Novela. Nada de esto reza conmigo. Yo no soy personaje esencialmente activo, como, al decir de los retóricos, han de ser todos los que se encarnan en las figuras del arte; yo soy pasivo: las olas de la vida no se estrellan en mí, sacudiéndome sin arrancarme de mi base; yo no soy peña: yo floto, soy madera de naufragio que sobrenada en el mar de los acontecimientos. Las pasiones pueden más que yo. ¡Dios sabe que bien quisiera yo poder más que ellas y meterlas en un puño!

II

¿Pero qué veo?... Ella al fin. Hacia mí la ví venir, alzando un poco su falda para apartarla de la suciedad de la calle de Santa Isabel.

—¡Camililla!... ¿tú por aquí? ¡Qué sorpresa!...

—¿Y tú, á dónde vas? ¿Vuelves á casa de Eloísa?

—No: iba á... ¡Pero qué encuentro tan feliz!

De fijo, los que quieren que yo sea héroe se asombrarán de que viviendo en la misma casa de Camila y pudiendo hablar con ella cuando me diese la gana, espiara sus pasos en la calle. Pero de estas rarezas é inconsecuencias están llenos el mundo y el alma humana. Tenía sed de lo imprevisto, y me lo procuraba como podía, es decir, previéndolo. Era, pues, un imprevisto artificial, ya que no podía ser del genuino, de aquél que tiene á la Providencia por propio cosechero. Porque aquella condenada pasión nueva nacía en mí con rebullicios estudiantiles, haciéndome cosquilleos románticos. La vanidad no tenía tanta parte en ella como en la que me inspiró Eloísa. Ya me estaba yo recreando con la idea de que mi triunfo, si al fin lo lograba, permaneciese en dulce secreto, y que sólo ella y yo lo paladeáramos, pues si en otra ocasión el escándalo me había sido grato, en ésta el misterio era mi ilusión. Púseme en aquellos días un tanto novelesco y un si es no es tonto, y mi fantasía no se ocupaba más que en imaginar bonitos encuentros con la mujer de Miquis, peligros vencidos, líos desenredados, tapujos, sorpresas, escenas teatrales en que el goce se sazonara con la salsa de lo furtivo y con esa pimienta dramática que rara vez aparece fuera de los bastidores de lienzo pintado. En fin, válgame la franqueza, yo estaba hecho un cadete, un seminarista, á quien acaban de quitar la sotana para lanzarle al mundo. Pensaba cosas que luego he reconocido eran puras boberías. ¿Qué más que seguir los pasos de Camila en la calle, ver que entraba en alguna tienda, entrar yo también, fingir sorpresa por verla allí, hacer el papel de que iba á comprar cualquier cosa, comprarla efectivamente, y después pagarle á ella su gasto? Y cuando creía encontrarla en un sitio y me llevaba chasco, ¡María Santísima, la que se me armaba entre pecho y espalda! ¡Cuántas veces, á prima noche, le tomé las medidas á la calle del Caballero de Gracia, desde la del Clavel á la Red de San Luis, esperando á que Camila saliera de casa de su cuñado Augusto, que vivía en el 13! Y la muy bribona no parecía. Sin duda yo me había equivocado creyendo que estaba allí. Observaba con disimulado afán la multitud, sorprendiéndome de que ninguna de aquellas caras fuera la que yo deseaba ver. El no interrumpido curso de semblantes, á trechos iluminados por el gas de las tiendas, á trechos embozados en tinieblas, me mareaba; y yo, impávido, mira que te mira.

De repente me salta el corazón. Veo á lo lejos una esbelta figura entre los bultos que vienen hacia mí. Un coche me la oculta; yo... ¡zas! á la otra acera... Acércome pensando en que es conveniente disimular la expresión ansiosa y fingir que voy tranquilamente por la calle... ¡Cristo de la Sangre! no es ella. Es una tarasca, que al pasar me mira, como si conociera el gran chasco que me ha dado. Entre tanto, me aprendo de memoria los escaparates de Bach y de Matute, y puedo dar cuenta de todo lo que hay en la pastelería, de todos los abanicos de Sierra y de todas las drogas, ortopedias y específicos de la botica de la esquina.

Fatigado de aquel ridículo trabajo, hago por fin propósito de retirarme. Aquello verdaderamente es impropio de un hombre como yo. Pero cuando me retiro, ocúrreme una idea desconsoladora. «¿Y si precisamente en aquel momento de mi retirada sale ella de la casa de Augusto?...» Vuelta á la centinela; vuelta á engancharme al árbol de aquella noria estúpida, de la que no saco ni un hilo de agua; vuelta á pasear, á ver caras antipáticas, á ver los aparatos de gas echando toda su luz sobre las tiendas, menos algún reflejo que cae sobre el piso lustroso y húmedo de la calle; vuelta á oir el estrépito de los coches sobre las cuñas de pedernal. Al fin, rendido de cansancio y sin esperanza de encontrar casualmente á Camila, me marcho...

Bien podía verla en su casa; ¡pero si allí estaba siempre el moscón de su marido, pegajoso, insufrible...! Y se pasaba toda la velada junto á ella como un bobo. Solían ir algunos amigos, y charlaban mil tontadas, ó jugaban á la brisca y á la lotería. ¡Cosa más necia no he visto en mi vida! Lo simpático de tal reunión era Camila, alma, centro y núcleo de ella. Cosía con atención tenaz, cantorreando entre dientes; decía á cada instante gracias y agudezas; se burlaba de todo bicho viviente, siempre fija en su obra y echándoselas de muy entusiasmada con el trabajo, que era una montaña de tela blanca, de trapos, recortes y cosas medio concluídas y vueltas á empezar. Le había entrado el capricho de las ocupaciones, y renegaba de no tener tiempo para nada. ¡Qué le duraría esta pasión! En aquella época se hacía de rogar mucho para ponerse al piano y divertirnos un rato con la música. Constantino inventaba cosas raras para entretener el tiempo: anticuados juegos de prendas, prestidigitaciones de las más inocentes, y, por fin, se ponía á imitar el mayido de los gatos y á representar una escena de riñas y galanteos gatunos, con lo que todos se morían de risa, menos yo, que no encontraba la tostada de tales sandeces.

Vuelvo á mi aventura. Aquel día que topé con Camila en la calle de Santa Isabel, la invité á dar un paseo.

—A pie, en coche, como quieras —le dije—. Siento que hayas almorzado. Si no, nos iríamos á un restaurant, al Retiro, á las Ventas, donde gustes. Está un día delicioso...

—Quita allá, tísico. ¿En qué estás pensando? ¡Yo á un restaurant! Por mí no me importaba; pero Constantino se pondría hecho un demonio... ¡Estaría bueno que después de haberle quitado el vicio de ir al café, lo adquiriera yo!

Y seguimos hablando.

—¿Vas de tiendas? Te acompañaré.

—Voy á comprar tela para hacerle camisas á mi mamarracho. Pero cuidado: si vienes conmigo no te empeñes en pagarme como otras veces... No lo consentiré. Mira todo el dinero que traigo.

Enseñóme su portamonedas, en que había mucha plata, algún oro y un billete muy sobadito, doblado en ocho dobleces.

—Estás hecha una capitalista. ¿A ver? ¡Chica...!

—Tengo para prestarte, si te ves en un apuro —me dijo cerrándolo de golpe, y acentuando el chasquido del muelle con un mohín muy gracioso de su hociquillo—. ¡Ajajá!... ¡tengo yo más guita...! Si te hace falta, no seas corto de genio, y tu boca será medida.

—Tengo yo mucho más dinero que tú, tonta —dije con un candor que me habría hecho ridículo á mis propios ojos, si no tuviera en éstos las cataratas de la chifladura amorosa—. Y te quiero pagar la tela. Déjame á mí, tonta.

—No, que no... ¡por Dios!

—Si es un obsequio que quiero hacer á Constantino. Mira, compraremos más tela, y me harás á mí media docena de camisas.

—¡Oh! sí, sí —exclamó riendo y dando palmadas en plena Plazuela de Matute—. Oye: mi asnito sostiene que no sé hacer camisas, que no sé cortar el cuello, y que la pechera la dejo con más picos que un candilón. ¡Ya verá él si sé!

—Si es un tonto... ¿Qué entiende él de eso?

—Constantino es abrutado, macizote; pero créeme, es un ángel.

—De cornisa.

—No te rías.

—Si no me río.

—Me quiere muchísimo, me idolatra...

—Ya estás exaltada. Todo lo abultas, todo lo amplificas. Así eres tú.

—Es que tú eres un tísico, y no comprendes esto. Por muy alta idea que tengas del amor de un hombre, no sabes cómo me quiere Constantino. Se dejaría matar cien veces por su mujer. Jamás me dice una mentira, y tiene tal fe en mí, que si le dijeran que yo era mala no lo creería.

Sin poner gran atención en estos elogios del asnito, seguimos avanzando hasta llegar á la mitad de la calle del Príncipe. Entramos en la tienda, que era una camisería elegante, llena de chucherías preciosas y de novedades parisienses; veinte mil monadas de cerámica, metal y hueso que sirven para regalos y se pagan á elevados precios. Camila pidió telas, y mientras en el mostrador le medían y cortaban, yo estaba mirando aquellas bagatelas elegantes. De pronto, mi prima se puso á mi lado para ver y admirar conmigo los caprichos. Comprendí que se le iban los ojos; pero que se contenía para que yo no gastara dinero. Todo lo encontraba carísimo. Empecé á hacer compras, y me llené los bolsillos de paquetitos.

—Por Dios, ¡qué disparates haces! En la vida más vuelvo á entrar contigo en una tienda.

Quise pagar la tela, pero ella la había pagado ya. Me enfadé de veras.

—¡Qué cosas tienes! Tú sí que estás tonto.

Al salir, miróme seria, muy seria. Entró en La Palma á comprar unas cintas de color. Aquella segunda parada fué breve. Salimos pronto.

—¿Quieres que tomemos un simón?

—No —me respondió, poniéndose más bien grave, y quizás algo enojada—. Los de La Palma te han mirado mucho y me miraban á mí. Nada, no vuelvo contigo á las tiendas. Y no lo hago porque Constantino piense mal de mí. El pobrecito creerá que el sol sale de noche; pero que yo sea mala no le cabe en la cabeza... Lo dicho, no quiero nada contigo... Y todas esas chucherías que has comprado guárdalas para las querindangas que tengas por ahí, que yo no las tomo.

—Vaya si las tomarás.

Entramos en la calle de Sevilla.

—Es que... —me dijo echándose á reir con espontaneidad candorosa—. Es que parece que me haces el amor, que me quieres conquistar.

—¿Y qué?

—Cualquiera diría que te has enamorado de mí —dijo columpiando su mirada entre la gravedad y la risa.

—Pues diría la verdad.

—¡Vaya con lo que sales ahora! —exclamó decidiéndose por la risa—. Tú estás chocho.

Y empezó á hablar de Constantino, de las paces que había hecho con su suegra doña Piedad, del proyectado viaje á la Mancha, de cómo sería el Toboso, sin dejarme meter baza ni salir por donde yo quería. En esto llegamos á casa, y subí con ella al tercero. Constantino no estaba. Yo tenía una debilidad horrible, pues eran las dos y media y no había almorzado. Sobrepúsose en mí la necesidad de alimento á todo lo demás, y se lo manifesté con franqueza.

—Si te contentas con una tortilla y una chuleta, ahora mismo...

—¿Pues no me he de contentar? Y servida por tales manos...

—Pues ya estás sentado...

Salió para dar órdenes á su criada. Pronto la ví poniéndose un delantal blanco y azul. La casa no era ya lo que fué meses antes. Había más arreglo, y sin perder el sello especial de la personalidad tumultuosa de su ama, parecíame más casa, menos manicomio. Ya no había en ella perros sabios, ni otro animal que Miquis. En cuanto á Camila, si lo esencial de ella permanecía, había perdido muchas mañas muy feas, como el pedir billetes de teatro y otros excesos. En aquel curso educativo que se daba á sí misma, aprendió delicadezas que antes no conocía.

—No, no acepto tus regalos —me dijo bruscamente como si reanudara la disputa interrumpida, ó más bien dando una vuelta á la idea que se había fijado en ella—. ¡Vaya con tus regalitos...! Ya pasan de la raya. Dilo con toda tu alma: ¿es que me haces el amor?

Rompió á reir, pegó un brinco, le cogí al vuelo una mano; pero se me escapó y salió enfilando una carcajada. Yo sentía en mí felicidad expansiva, ganas de reirme también. La tortilla que me sirvió estaba abrasando. Me la comí, voraz, quemándome todo el gaznate; pero no hacía caso: el hambre, el amor no me permitían pararme en ello.

—Pues sí, Camila... tú lo has dicho.

Y vuelta á reir.

—Me alegro, me alegro —dijo cuando yo creía que se enfadaba—. Para que sepa Constantino el tesoro que tiene en casa, para que vea cuánto valgo, él que me adora, creyendo que ni él ni yo valemos un comino.

—Pero no me dejas concluir... —observé, tartamudeando y abrasándome vivo—. Es que... me tienes loco... ¡Jesús, qué fuego!... me tienes fa... natizado.

Pegó otro brinco. Salió como un pájaro que levanta el vuelo. Al poco rato la oí gritar desde la puerta del gabinete:

—Pues no te queda más recurso que éste.

Me apuntaba con el revólver de Constantino, diciendo:

—No creas, está cargado. Si quieres, ahora puedes curarte esa pasión con una píldora.

—No pienso usar tal medicina, porque tú al fin me has de querer, aunque sólo sea por lástima. Mira, haz el favor de no jugar con ese chisme. No me gusta ver armas cargadas.

Poco tardó en reaparecer desarmada.

—¿Conque apasionadísimo... ísimo?... —declamó con afectación burlesca, apoyando ambas manos sobre la mesa, enfrente de mí—. En cuanto venga mi asnito se lo he de decir. Verás cómo se ríe.

—Mira, más vale que no le digas nada.

—Pero tú eres memo —dijo, volviéndose hacia donde estaba el trofeo de toros—. ¡Yo cargar de cuernos á mi querido Constantino!... ¡Yo decorar su noble frente con esos indecentísimos atributos!... ¡Yo faltar á mi mozo de cordel, como tú dices, y exponerlo á las rechiflas de los tontos con todas esas mitras en la cabeza!... ¡Ay! no te canses en seducirme, porque no me seducirás, perdis... La cornamenta no es para él, sino para tí, para tu hermosa cabeza de tísico. Lo menos que piensas es que cuando tú quieres plantarle cuernecitos á otros, se te carga la cabeza de ellos sin que tú lo sepas, tontín...

Paréceme que me puse verde al oir esto. No sé qué le habría dicho en contestación á aquellas extrañas palabras si no hubiera entrado á la sazón el propio Constantino.

—Mira si será tonta tu mujer —le dije—. Nos encontramos en una tienda, le compré estas baratijas, y no las quiere aceptar. Entérate: esta corbata y estos gemelos son para tí. ¿Ves qué bonito?

—¿Acepto? —preguntó ella con ojos de dicha, bebiéndose en una mirada las miradas de él.

—Sí: ¿por qué no? —contestó Miquis, acariciándole la barba—. Acéptalo, chiquilla.

Ella le dió un abrazo.

—¡Patrona! —gritó el muy bruto en seguida, sentándose frente á mí—. Háganos café... al momento: venga la maquinilla. Y tráigase usted la botella de ron de Jamáica.

—No me da la gana —fué la réplica de ella.

—¿Cómo es eso?

—No se hace ahora café. No saco el ron... Aquí no se fomentan vicios.

—Si es en obsequio al primo de la patrona...

—No hay obsequio que valga. Si quiere mi primo emborracharse, que se vaya á la taberna.

—¡Patrona, el ron! —repetí yo.

—No me da la real gana. Noramala todos. A la calle, á la calle. Y desocuparme prontito la mesa, que la necesito para cortar.

—Bueno, mujer, no te enfades —gruñó Miquis, desocupando la mesa—: lo tomaremos en el café.

—Lo tomará él si quiere —declaró Camila con autoridad—. ¡Usted, señor mío, aquí!

—Vaya, ¿tampoco me dejas salir?

—Tampoco. Este José María es un perdido, y quiere pervertirte.

—Es que vamos á la sala de armas.

—Aquí, y chitito callando.

—¿Ha visto usted qué tarasca?

—A callar. Quítese usted al momento la levita... y los pantalones nuevos... Así me rompes la ropa, condenado. Eso, eso: restriega los coditos sobre la mesa.

—Pero, vamos á ver, ¿tengo yo que hacer algo en casa? —preguntó él, mirando embobado á su mujer.

—Pues nadita que digamos... Escribir á tu mamá. Ahora que la tenemos como un confite, ¿vamos á enojarla por no escribirle? Desde el domingo te estoy diciendo: «Escribe, hombre; escribe á tu mamá...»

—Bueno: ¿y qué más?

—Ayudarme á cortar.

—Yo ¿qué sé de cortes?

—Y hacer de maniquí para probar los cuellos y pecheras.

—¡Yo maniquí! Pero, señora, ¿usted qué se ha llegado á figurar?

—Y clavarme clavos en el pasillo para colgar la ropa.

—¿Y yo qué tengo que hacer? —le pregunté á mi vez.

—Usted, señor tísico, lo que tiene que hacer es plantarse ahora mismo en la calle. Aquí no nos sirve más que de estorbo. ¿No le hemos llenado ya la tripa?

—Dí que me has abrasado vivo. ¡Vaya un modo de despedir á los amigos! No, hija: lo que es los clavos te los he de clavar yo, mientras Constantino escribe á su mamá. Es que me opongo á que nadie más que yo ponga clavos en mi finca.

—¡A ponerse la ropa vieja! —gritó Camila á su marido—, y tú...

—Los clavos, hija, los clavos. Déjame...

—Bueno, consiento. Trabajando se quitan las malas ideas.

Y me trajo un martillo y unas puntas de París tomadas, torcidas y roñosas.

—Pero, hija, lo primero que tengo que hacer es enderezar esto.

—Enderézalos con los dientes.

Y me puse á trabajar con fe, haciendo yunque de la barandilla de hierro del balcón. No pasaban diez minutos sin que Constantino y yo fuéramos á consultar con la patrona.

—¿Y qué le digo de nuestro viaje á la Mancha? —preguntaba él, ya vestido con los trapitos más usados que tenía.

—¡Qué burro! Pues que sí; á todo se le dice siempre que sí.

—Camililla de mis entretelas, la mayor parte de estos clavos no tienen punta.

—Pues sácasela como puedas... No me vengas con cuentos. A trabajar. Aquí no se quieren vagos. Después me vas á poner argollas á esos marcos que están por el suelo.

—Bueno, bueno. También las argollas.

—Y callarse la boca. Cada uno á su obligación.

Era aquello una comedia.

—Constantino, ¿ya has escrito? Trae la carta. Quiero leerla. De fijo has puesto algún disparate. Hay que mirar mucho lo que se dice á esa gente de pueblo, que es muy desconfiada. Y tú, ¿qué haces ahí como un papamoscas?

—Esperando á que me digas dónde van los clavos.

—¡Ay, qué hombre! Tengo que discurrir por todos... No hay aquí más talento que el mío. ¿Pero dónde han de ir?... Ven acá, mastuerzo...

Y me señaló los puntos donde se debían poner las cuerdas; y empecé á golpear con tanta furia, que se podía creer que deseaba derribar mi casa y hacerla polvo.

—¿Y yo, qué hago ahora?

—Ea, ya están los clavos. ¿Y ahora...?

—Pues entre los dos... Dí, bandido, ¿te has puesto los pantalones viejos?... ¡Ah! sí. Pues entre los dos me vais á apartar esta cómoda para buscar unas tijeras que deben haberse caído por detrás... Después, Constantino, á sacar la máquina, limpiarla, engrasarla, ponerle las canillas... Y el tísico que se prepare á fijar las argollas... ¡Ea! mover esas manazas y esas patazas. Adelante con la cómoda.

Y todo lo que nos mandaba lo hacíamos gozosos, riendo y bromeando, y me pasé allí la tarde, encantado, embelesado, respirando á todo pulmón el delicioso ambiente de aquel Paraíso terrestre y casero, en el cual yo quería hacer el papel de culebra.


XVIII

De los diferentes procedimientos usados por los madrileños para salir á veranear.

I

Estaba yo en la firme creencia de que Eloísa se presentaría en mi casa á pedirme perdón y á buscar las paces conmigo. Sin mi ayuda, su ruina era inmediata. Pero no acerté por aquella vez. Pasaban días, y la viuda no iba á verme. Dos ó tres veces, en la calle, la ví pasar en su carruaje, y su mirada dulce y amistosa me decía que no sólo no me guardaba rencor, sino que deseaba una reconciliación. Pero yo quería evitarla á todo trance, impulsado por dos fuerzas igualmente poderosas: el hastío de ella, y el temor de que acabara de arruinarme. Huía de todos los sitios donde pudiera encontrarla, pues si me venía con lagrimitas era muy de temer que la delicadeza y la compasión torciesen mi firme propósito.

Ya se acercaba el verano, y yo tenía curiosidad de ver cómo se las arreglaba Eloísa para hacer aquel año su excursión de costumbre; pues de una manera ú otra, empeñando sus muebles ó vendiendo sus alhajas, ella no se había de quedar en Madrid. Lo que entonces pasó causóme viva pena, sin que la pudiera calmar apelando á mi razón. Súpelo por un amigo oficioso, el que designé antes por el Saca-mantecas, por no decir su verdadero nombre. Aquel condenado fué á verme una mañana, y se convidó á almorzar conmigo so pretexto de hablarme de un asunto que tenía en Fomento, aguardando la resolución del Ministro. Pero su verdadero objeto era llevarme un cuento, un cuento horrible que adiviné desde las primeras reticencias con que lo anunció. Tenía aquel hombre el entusiasmo de la difamación, y, sin embargo, lo que me iba á decir era, no sólo verosímil, sino verdadero, y las palabras del infame arrojaban de cada sílaba destellos de verdad. En mi conciencia estaban las pruebas auténticas de aquella delación, y yo no tenía que hacer esfuerzo alguno para admitirla como el Evangelio. No se valió el Saca-mantecas de parábolas, sino que de buenas á primeras me dijo:

—Mucho dinero tiene Fúcar, querido; pero como se descuide, se quedará por puertas... En buenas manos ha caído... Supongo que estará usted al tanto de lo que pasa, y que esta observación no es un trabucazo á boca de jarro.

—Enterado, enterado... —dije con no sé qué niebla parda delante de mis ojos.

Yo no había oído nada, no lo sabía, en el rigor de la palabra; pero lo sospechaba: tenía de ello un presagio muy vivo, equivalente en mi espíritu á la certidumbre del suceso. Entróme entonces fuerte curiosidad de saber más, y fingiendo estar enterado de lo esencial, hice por sacarle más concretos informes.

—Esto no lo sabemos todavía en Madrid más que los íntimos, usted, yo, dos ó tres más —añadió—; pero cundirá pronto, cundirá. Hasta ayer tenía yo mis dudas. Lo sospechaba por ciertos síntomas. Como no me gusta que me escarben dentro las dudas, me fuí á ver á Fúcar... Yo soy así: me agrada beber en los manantiales. Encaréme con él y le puse los puntos sobre las íes. «A ver, don Pedro, ¿es cierto esto?» Él se echó á reir, y me dijo que como las cosas caen del lado á que se inclinan... En fin, que hay tales carneros. No crea usted: Fúcar, en su depravación, es hombre muy práctico. Me dijo que no piensa hacer locuras más que hasta cierto punto; que gastará con su cuenta y razón; en una palabra, que va muy prevenido, por conocer las mañas de la prójima.

Irritóme que aquel tipo hablara de Eloísa con tanta desconsideración. Sospechando por un instante que la calumniaba, pensé poner correctivo á la calumnia; pero algo clamaba dentro de mí apoyando el aserto, y me callé. Era verdad, era verdad. La tremenda lógica de la fragilidad humana lo escribía en letras de fuego en mi cerebro. Lo que me causaba extrañeza era sentirme contrariado, lastimado, herido por la noticia. ¿Qué me importaba á mí la conducta de aquella prójima, si yo no la quería ya...? No sé si era despecho, ó injuria del amor propio, lo que yo sentía; pero fuera lo que fuese, me mortificaba bastante. Al propio tiempo, me dolía ver en el camino de la degradación á la que me fué tan cara, y alguna parte debieron tener también en mi pena los remordimientos por haberla puesto yo en semejante sendero.

Pero disimulé y supe afectar indiferencia ó el interés superficial que es propio, entre caballeros, de las relaciones mujeriles entabladas por la tarde, á la mañana rotas. Creo que me reí, que declaré no tener con ella ya ningún trato; y el maldito Saca-mantecas se entusiasmó tanto con esto hacia la mitad próximamente del almuerzo, que dijo más, mucho más... Su lengua era como el hierro afilado de un cepillo de carpintero, y pasando por sobre mí me sacaba virutas de carne del corazón.

—Es monísima, pero no se harta nunca de dinero. Como usted no va allá por las noches, no sabe que ha puesto mesas de monte. La otra noche decía con terror: «Si José María viera esto, me pegaría.» Los tresillistas le teníamos un miedo de mil demonios. Pregúntele usted á Cícero y á Carlos Chapa. Es de las que dicen: «Cobra y no pagues, que somos mortales...»

¡Qué trabajo me costó disimular mi rabia! Pero con cabezadas, ya que no con palabras, daba yo á entender que todo lo sabía, que todo aquello era historia vieja.

—Es monísima —volvió á decir el Saca-mantecas echando una ojeada á las paredes por ver si hallaba un espejo en que mirarse...— pero ¡ay del que caiga en sus garras!... Cuando está tronada, se queja mucho de tener la pluma en la garganta. Sí, querido, sí: en ciertas mujeres esos estados nerviosos no son más que anemia de bolsillo... Al principio me pareció que la consabida no era como todas. Pero sí, querido, sí: es como todas. Gracias que lo tomamos con calma, y nos quedamos tan frescos cuando un Fúcar nos desbanca.

El miserable, en su vanidad ridícula, quería presentarse también como víctima. Se preciaba de haber recibido favores de Eloísa; pero esto era una falsedad, de que yo no tenía, no podía tener duda alguna. Aquélla era la ocasión de haberle soltado cuatro frescas; pero si lo hubiera hecho, habría entregado la carta y denunciado mi despecho. Preferí contenerme con violentísimos esfuerzos, y dejarme cepillar, cepillar.

—No he conocido mujer de más imaginación —prosiguió— para discurrir modos de gastar. Ella es persona de gusto, eso sí, querido, sí... pero con nada se conforma. La otra noche le alabamos su casa, ¡y nos puso una carita de ascos!... Se lamentó de no tener más que porquerías; de que todos sus muebles, sus porcelanas y bronces son industriales; de que se encuentran idénticos en todas las tiendas y en las casas de Fulano y Zutano; de que no posee cosas de verdadero mérito ni de verdadero chic. «Este lujo, al alcance de todas las fortunas —nos dijo—, me carga; esto de que no pueda usted tener nada que no tengan los demás, me aburre. A veces me dan ganas de coger un palo y empezar á romper cacharros...» Le ponderamos sus cuadros modernos... ¡Pero si se cansa de todo!... Tiene la pretensión de vender estos lienzos para comprar Velázquez y Rembrandts. Hipa por lo grande esta prójima. Cuando se pone triste, dice: «Aquí no hay más que pobretería, imitación.» En fin, que quiere más, más todavía. Siempre que se habla de casas, para ella no hay más que la de Fernán-Núñez. Es su ilusión. Asegura que se pone mala cuando la ve, y que sueña con tener aquella estufa, el Otelo, las latanias plantadas en el suelo, la escalera de nogal, la galería, los cuadros y tapices, la montura de Almanzor y la Flora de Casado. Patrañas, querido. Estas mujeres son el diablo con nervios. A nosotros no nos cogen ya, ¿verdad? Somos perros viejos. ¡Qué Madrid éste! Todo es una figuración. Vaya usted entre bastidores si quiere ver cosas buenas. La mayoría de las casas en que dan fiestas están devoradas por los prestamistas. En otras no se come más que el día en que hay convidados. Los cocineros son los que hacen su agosto. Un detalle que sé por M. Petit: el cocinero de Eloísa, en el tiempo de los célebres jueves, sacó más de seis mil duros. Se ha establecido. Ha tomado la fonda de los baños de Guetaria. ¡Así prospera la industria! En cambio, cuando usted implantó las economías en casa de Carrillo, los criados se marcharon porque no les daban de comer.

—Eso sí que es falso —dije, sin poderme contener—. ¡Hambre! eso no lo ha habido allí nunca.

—Perdone usted, querido —replicó muy serio—: me lo ha contado Quiquina.

—¿Esa italiana...?

—Una mujer deliciosa... Cuando la despidió Eloísa, se fué con la Peri... ¿Sabe usted quién es la Peri? Esa que Pepito Trastamara recogió en Eslava. Mujer hermosísima, pero muy animal. Trastamara la llevó á París para desasnarla; pero ¡quiá! Siempre tan cerril. Dice que le gustan los merecotones en vino. Dice también que su padre murió de una heroísma. Come con los dedos, y hace mil groserías. Pero Pepito y sus amigotes están muy entusiasmados con ella, y sostienen que es la primera medio-mundana que hemos tenido. Se precian ellos de la incubación del tipo. La verdad es que son unos pobres mamarrachos. Yo me divierto con ellos. Pues bien: Quiquina se refugió en casa de la Peri. Allí nos ha contado intimidades de Eloísa... No, no ponga usted cara feroz; no ha sido nada de infidelidades. Cosas de los apurillos de la señora, de sus trazas para procurarse dinero. A Quiquina le hizo sacar del Monte sus ahorros, y aún no se los ha devuelto. Nos hablaba también del pobre Carrillo, ¡que le quería á usted tanto!; de las carantoñas que le hacía su mujer, con otros mil detalles graciosos.

Yo no podía aguantar más. Aquello colmaba el vaso. Las confidencias del Saca-mantecas me revolvían de tal modo el estómago, que poco me faltaba para vomitar el almuerzo. Supliquéle que variara de conversación, y él se echó á reir. Empecé á encolerizarme; se me subió la mostaza á la nariz... Por fortuna entró Jacinto María Villalonga, y se volvió la hoja. Los tres debíamos ir juntos al Ministerio de Fomento, y tomamos café á prisa.

II

Y en la Trinidad, ocupándome de lo que no me importaba, no podía apartar de mi mente las virutas que me había sacado aquel cepillador, las cuales subían enroscándose desde mi corazón á mi cerebro. Lo que íbamos á solicitar era que el Ministerio le comprara al Saca-mantecas unos papeles ó pergaminos viejos que, al decir de un informe académico, interesaban grandemente á la historia patria. Con estos auxilios oficiales trampeaba mi amigo. Tiempo hacía que chupaba del Estado en una ú otra forma, ya so color de comisiones en el extranjero, para estudiar cualquier cosa de que él entendía tanto como de afeitar ranas, ya con el aquél de las excavaciones arqueológicas que se hacían en una finca suya, allá por donde Cristo dió las tres voces.

El Ministro nos recibió á los tres con toda la cordialidad de su temperamento andaluz y maleante. Era un hombre de palabras flamencas y de pensamientos elevados, iniciador de más osadía que perseverancia. Aquel día estaba de buenas. Después de ponerse á nuestras órdenes, añadiendo que nos daría el copón si se lo pedíamos, llevóme aparte y me dijo mil perrerías. Yo era un acá y un allá. Cuando se desvergonzaba en broma, me parecía un gran talento que necesita abonarse constantemente, con palabras estercolosas, todas las materias de lenguaje en descomposición que manchan, apestan y fecundan. Por fin, en términos comedidos, me reprendió amistosamente por mi apatía política. Yo no me cuidaba de nada; no hacía caso de las quejas de mis electores, y éstos tenían que valerse de otros diputados para impetrar el favor oficial. Yo era, en suma, un padrastro de la patria. Contestéle que dejaría gustoso un cargo que me aburría soberanamente. Insistí mucho en esto de mi fastidio político; pero durante aquella misma conversación, en que intervino también Villalonga, se posesionó de mí una idea. Quizás me convenía variar de conducta, mirar á la política con ojos más amantes, pues con ayuda de este útil instrumento, podía ir reparando mi agrietada fortuna. Salí de la Trinidad, dejando al Saca-mantecas con Villalonga en la habilitación. Deseaba averiguar á todo trance por qué capítulo cobraría, y cuándo le daban el libramiento, pues le hacía mucha falta.

Lo mismo fué verme solo en la calle, que volver á pensar en Eloísa. Las virutas se enroscaban más... No sé si aquella mujer me inspiraba compasión tan sólo, ó un sentimiento de despecho y envidia, que podría considerarse como reincidencia de la antigua pasión. Lo que me había dicho el Saca-mantecas me hería en lo vivo, y ansiaba tener la evidencia de ello. Al instante me acordé de Evaristo, mi criado antiguo, aquel perro fiel que yo había colocado en casa de Carrillo. Hícele venir á mi casa, y me contó cosas que me sacaron los colores á la cara. Tuve que mandarle callar. Cuando me quedé solo, estaba nerviosísimo, me zumbaban horriblemente los oídos. Pasé una noche muy aburrida, porque Camila y su esposo fueron al teatro, y no tuve con quién entretener la velada. Me cansaba el teatro, me fastidiaba la sociedad. «Mañana —pensé—, ó voy á casa de esa... á decirle cuatro cosas, ó reviento.» No tenía derecho á pedirle cuentas de su conducta; pero se las pedía porque sí, porque me daba la gana, porque aquel Fúcar se me había atragantado, y eso de que bebiera en la copa que yo bebí me sacaba de quicio. Mi egoísmo había de resollar por alguna parte para que no estallara dentro. «La voy á poner buena —pensaba—. ¡Venderse por dinero! Es una ignominia en la familia que no debo consentir.»

Fuí por la tarde. Estaba furioso, deseando llegar para desahogar mi ira. ¿Qué cara pondría delante de mí? ¿Se disculparía?... Quedéme frío al entrar, cuando advertí cierta soledad en la casa. El mismo Evaristo fué quien me dijo:

—La señora ha salido para Francia en el expreso de las cinco de la tarde.

¡Ah, miserable! Huía de mí, de mi severa corrección, de la voz que le iba á ajustar las cuentas por su liviandad y por haber pisoteado el honor de la familia. ¡Qué vergüenza!... ¡y yo qué necio!

A la tarde siguiente bajé á la estación á despedir á la familia de Severiano Rodríguez, y me encontré á Fúcar que se acomodaba en un departamento del sleeping-car.

—Hola, traviatito —me dijo abrazándome—. ¿Manda usted algo para París?

—Que usted se divierta —le respondí, afectando, no sólo serenidad, sino contento hasta donde me fué posible.

Algo más hablé, dándole á entender que no me inspiraba envidia, sino compasión, y nos despedimos hasta la vuelta.

—Yo no pienso salir de España —añadí—. No quiero hacer gastos. Necesito tapar ciertas brechas y reedificar ciertas ruinas...

Y como él se riera, concluí con esto:

—Los convalecientes compadecemos á los enfermos... Adiós, adiós... Deje usted mandado... Divertirse.

III

Cuando Camila me dijo: «nosotros no tenemos dinero para veranear y nos quedamos en Madrid,» sentí una gran aflicción. ¿De qué trazas me valdría para costearles el viaje y llevármeles conmigo? Dije sencillamente á mi prima:

—Tú no has estado nunca en París: ¿quieres ir á dar un vistazo?

Pero se escandalizó de mi proposición echándome mil injurias graciosas. Yo estaba dispuesto á pagarles el viaje á San Sebastián ó á donde quisieran, y con más gusto lo habría hecho llevándomela á ella sola; pero como no había medio de separarla del antipático apéndice de su maridillo, les invité á los dos.

—Gracias —me dijo Constantino—. Si mi mamá Piedad me manda lo que me ha prometido, nos iremos unos días á San Sebastián ó á Santander en el tren de recreo.

—¡En el tren de recreo! ¿Pero estáis locos?

—Sí: en el tren de botijos —afirmó Camila batiendo palmas—. Así nos divertiremos más. ¿Qué importa la molestia? Tenemos salud. La mujer de Augusto vendrá también.

—¡Qué cosas se os ocurren! Iréis como sardinas en banasta. Eres una cursi...

—Dí que somos pobres.

—Vaya... Me han ofrecido habitaciones en una magnífica casa en San Sebastián. Viviremos todos juntos en ella. Id en el tren que queráis, aunque sea en un tren de mercancías.

Yo me regocijaba secretamente con la perspectiva de aquel viaje. «Allí caerás —pensé—; no tienes más remedio que caer.»

A la noche siguiente, el tontín de Constantino entró diciendo que irían á Pozuelo, lo que desconcertó mis planes. Marido y mujer discutieron, y yo combatí el proyecto con calor y hasta con elocuencia. Por fin apelé á las aficiones taurómacas de Miquis, hablándole de las corridas de San Sebastián. ¡Ya vería él qué toros, qué animación! Vaciló, cayó al fin en la red. Quedó, pues, concertado el viaje; pero ellos no podían ir hasta Agosto, y yo, muerto de impaciencia, agobiado por los calores de Madrid, tuve que estarme en la villa todo el mes de Junio, viendo defraudados cada día mis ardientes anhelos. Aquella dichosa mujer era una enviada de Satanás para martirizarme y conducirme á la perdición. Como el badulaque de Constantino seguía de reemplazo, casi nunca salía de la casa. Las pocas veces que encontraba sola á Camila, convertíase para mí en una verdadera ortiga: no se dejaba tocar, suspiraba por su marido ausente y acababa de helarme hablándome de aquel Belisario que no venía, que no quería venir, que se empeñaba en seguir en la mente de Dios.

—Si no vas á tener más chiquillos... —decíale yo—; y da gracias á Dios para que no se perpetúe la raza de ese animal manchego.

Al oir esto me pegaba con lo que quiera que tuviese en la mano. Y no se crea... pegaba fuerte: tenía la mano pronta y dura. Me hizo un cardenal en la muñeca que me dolió muchos días.

—Si sigues haciéndome el amor —me chilló una tarde—, le canto todo al manchego para que te sacuda. Puede más que tú.

—Sí, ya sé que es un peón. Pero ven acá, ¿cómo es posible que le quieras tanto? ¿Qué hallas en él que te enamore?

—¡Qué risa!... que es mi marido, que me quiere... Y tú no vienes más que á divertirte conmigo y á hacer de mí una mujer mala.

Y no había medio de sacarla de este orden de argumentos. «¡Que me quiere, que es mi marido!»

Un día, que la encontré sola, llegóse á mí con cierta oficiosidad, y dándome un billete de quinientas pesetas, me dijo:

—Ahí tienes lo que me prestaste. Puede que ya no te acuerdes.

—En efecto, ya no me acordaba. Chica, no me avergüences... Guarda esa porquería de billete, y perdonada la deuda. Por algo somos primos.

—No, no quiero tu dinero. He pasado mil apuritos para reunirlo, y ahí lo tienes. Antes te lo pensaba dar; pero tuve que renovar el abono de la barrera de Constantino... ¡Pobrecito mío! ¡Cuánto he penado porque no se prive de la diversión que más le gusta! Para esto he tenido que dejar de comprarme algunas cosillas que me hacían falta, y no comer postre en muchos días. Me habrás oído decir que no tenía gana. Ganitas no me faltaban. Pero es preciso economizar. ¡Economizar! ¡Qué cosa más cargante! Discurre por aquí, discurre por allá; aquí pongo, aquí quito... Créete que me hacía cosquillas el cerebro... Pero todo se aprende con voluntad... Conque ahí tienes tus cuartos, y gracias.

—Que no lo tomo. Quita allá.

—Te echaré de mi casa.

—No me marcharé... Mira, ya me devolverás los dos mil reales cuando estés más desahogada. Debes suponer que no me hacen falta.

—Eso, ¿á mí qué?...

¡Pobrecilla! Toda mi terquedad fué inútil. Tan pesada se puso, que no tuve más remedio que tomar el dinero, temeroso de que se enojara de veras.

—Bien —le dije—, guardo el billete; pero lo guardo para tí. Soy tu caja de ahorros. Esto y todo lo que necesites está á tu disposición. No tienes más que abrir esa bocaza y... enseñarme esos dientazos tan feos... Todo lo que poseo es para tí, para tí sola, gitana negra, loba.

Lo dije con tanto ardor alargando mis manos hacia ella, que me tuvo miedo y de un salto se puso al otro lado de la mesa.

—Si no te callas, tísico pasado —gritó—, te tiro este plato á la cabeza. Mira que te lo tiro...

—Tíralo y descalábrame —le contesté fuera de mí—; pero descalabrado y chorreando sangre te diré que te idolatro; que todo lo que poseo es para tí, para esa bocaza, para la lumbre que tienes en esos ojos; todo para tí, fiera con más alma que Dios.

Sus carcajadas me desconcertaron. Se reía de mi entusiasmo poniéndolo en solfa y apabullándome con estas palabras:

—Sí, para tí estaba. ¿Ves esta bocaza? No beberás en este jarro. ¿Ves estos faroles? (los ojos). Otro se encandila con ellos. Emborráchate tú con las tías de las calles, perdido. ¿Ves este cuerpecito? Es para que nazcan de él los hijos que voy á tener, para agasajarlos, para darles de mamar. ¡Y rabia, rabia, rabia... y púdrete y requémate!

Constantino entró. Su aborrecida cara me trajo á la realidad. Le habría dado de palos hasta matarle. Pero en mis secretos berrinches, decía siempre para mí con invariable constancia: «Caerá, caerá; no tiene más remedio que caer.»

Otro día les hallé retozando con libertad enteramente pastoril. Ella, que tenía calor hasta en invierno, estaba vestida á la griega. Él andaba por allí con babuchas turcas, en mangas de camisa, alegre, respirando salud. Ambos se me representaban como la misma inocencia. Parecía aquello la Edad de Oro, ó las sociedades primitivas. Camila se bañaba una ó dos veces al día. Era fanática por el agua fresca, y salía del baño más ágil, más colorada, más hermosa y gitana. Él no era tan aficionado á las abluciones; pero su mujer, unas veces con suavidad, otras con rigor, le inculcaba sus preceptos higiénicos, asimilándole al modo de ser de ella. ¡Una mañana presencié la escena más graciosa!... Me reí de veras. Mi prima, vestida como una ninfa, daba á su marido una lección de hidroterapia. Desnudo de medio cuerpo arriba, mostrando aquella potente musculatura de gladiador, estaba Miquis de rodillas, inclinado delante de una gran bañera de latón. Su actitud era la del reo que se inclina ante el tajo en que le han de cortar la cabeza. El verdugo era ella, toda remangada, con la falda cogida y sujeta entre las piernas para mojarse lo menos posible. El hacha que esgrimía era una regadera. Pero había que oirles. Ella: «restriégate, cochino; frótate bien; toma el jabón.» Él: «socorro, que me mata esta perra; que me hielo; que se me sube la sangre á la cabeza.» Ella: «lo que se te sube es la mugre; ráspate bien, hasta que te despellejes. Grandísimo gorrino, lávate bien las orejas, que parecen... no sé qué.» Y no teniendo paciencia para aguardar á que él lo hiciese, soltaba la regadera, y con sus flexibles dedos le lavaba el pabellón auricular con tanta fuerza como si estuviera lavando una cosa muerta. «Que me duele, mujer...» «Lo que duele es la porquería,» respondía ella pegándole un sopapo. Parecía meterle los dedos hasta el cerebro.

Después le frotaba con jabón la cabeza, la cara, el pescuezo, y él, apretando los párpados cubiertos de jabón, gritaba como los chiquillos: «¡No más, no más!...» En seguida volvía Camila á tomar la regadera y á dejar caer la lluvia, y él á pedir socorro y á echar ternos y maldiciones. El agua invadía toda la habitación. Se formaban lagos y ríos que venían corriendo en busca de los pies de los que presenciábamos la escena (mi tía Pilar y yo). Era preciso andar á saltos.

—Hija —dijo mi tía—, vas á inundar el piso y á pudrir las maderas. Mira qué cara pone éste, porque le estropeas su casa.

—Para eso la pago.

Y salía sin esquivar los charcos, metiendo los pies en el agua. Llevaba zapatillas de baño, de esparto, bordadas con cintas de colores; pero á lo mejor se le caían, y seguía descalza, como si tal cosa, sobre los fríos ladrillos.

Su mamá se reía como yo. Díjome después:

—Es increíble cómo esta cabeza de chorlito ha transformado á su marido. En esto del aseo, ha hecho una verdadera doma. Era Constantino uno de los hombres más puercos que se podían ver. ¡Qué manos, qué orejas, qué cogote! Y míralo ahora. Da gusto estar á su lado. Parece un acero de limpio. Verdad que mi hija se toma todas las mañanas el trabajo de lavarle como lavaba al Currí, cuando tenían perros en la casa.

Poco después, Camila se presentó más vestida. Miquis llegó al comedor, colorado, frescote, con los pelos tiesos, riendo como un niño grande y abrochándose los botones de la camisa.

—Estas lejías no las aguanta nadie más que yo... ¿Ha visto usted qué hiena es mi mujer?

Corría Camila á hacer el almuerzo, pues estaban sin criada, pienso que por economizar.

—Patrona, que tengo gana... que le como á usted un codo si no me trae pronto el rancho.

Y sentíamos rumor de fritangas en la cocina, y estrellamiento y batir de huevos.

—Ahora —me dijo Miquis con beatitud—, nos pasamos con una tortillita y café. Hemos suprimido la carne como artículo de lujo. Y tan ricamente... A todo se jace uno. Esta Camila es el mismo demonio. ¿Pues no dice que va á reunir dinero para comprarme un caballo?... ¡No sé qué me da de sólo pensarlo!... ¿Será capaz?...

Miré á Constantino y advertí en su rostro una emoción particular. O yo no entendía de rostros humanos, ó se humedecían con lágrimas sus ojos. «Dios mío, Dios mío —pensé en un paroxismo de aflicción—, ¿por qué no he de poseer yo una felicidad semejante á la de este par de fieras?»

IV

—Aquí tienes el pienso —dijo Camila trayendo la tortilla de jamón—. Esto de ser á un tiempo ayuda de cámara del señorito, señora y doncella de la señora, cocinera y criada es cargante, ¿verdad? ¡Ay! quién fuera rica, para estar todo el día abanicándome en mi butaca.

¡Y qué apetito, Dios inmortal! Los dos lo tenían bueno, y á mí se me iban los ojos tras los pedazos que metían en la boca. Observé que ella se reservaba para que á él le tocase más de la mitad de la tortilla. Él también, dirélo en honor suyo, porque es verdad, fingía estar harto para que á su mujer le tocase más. Por fin quedaba un pedazo que ninguno de los dos quería tomar.

—Para tí, hija...

—No: para tí, nenito.

—Vamos —decía yo—, no se sabe cuál de los dos tiene más gana. Echar suertes... No, yo decidiré. Que se lo coma la hiena.

Y echándose á reir, se lo comía, y él se mostraba más feliz. Hacían el café en una maquinilla rusa. Al mismo tiempo devoraban pan á discreción y queso manchego, de que tenían repuesto abundante. Sin saber cómo, la conversación iba rodando á las esperanzas de prole. ¡Oh! Belisario vendría. Hacían proyectos contando con él, como si lo tuvieran allí en una silla alta, con su babero al pescuezo.

—Vendrá, vendrá el señor de Belisario —decía ella encendiendo el alcohol—. Verán ustedes cómo con los baños de mar...