Índice:
[I], [II], [III], [IV], [V], [VI], [VII], [VIII], [IX], [X], [XI], [XII], [XIII], [XIV], [XV], [XVI], [XVII], [XVIII], [XIX], [XX], [XXI], [XXII], [XXIII], [XXIV], [XXV], [XXVI].
Memorias de un cortesano de 1815
Nota de transcripción
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EPISODIOS NACIONALES
MEMORIAS DE UN CORTESANO DE 1815
Es propiedad. Queda hecho el depósito que marca la ley. Serán furtivos los ejemplares que no lleven el sello del autor.
B. PÉREZ GALDÓS
EPISODIOS NACIONALES
SEGUNDA SERIE
MEMORIAS
DE
UN CORTESANO
DE 1815
SÉPTIMA EDICIÓN
—
37.000
MADRID
OBRAS DE PÉREZ GALDÓS
132, Hortaleza
1903
EST. TIP. DE LA VIUDA E HIJOS DE TELLO
IMPRESOR DE CÁMARA DE S. M.
C. de San Francisco, 4.
MEMORIAS DE UN CORTESANO DE 1815
I
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, doy principio a la historia de una parte muy principal de mi vida; quiero decir que empiezo a narrar la serie de trabajos, servicios, proezas y afanes, por los cuales pasó, en poco tiempo, desde el más oscuro antro de las regias covachuelas, a calentar un sillón en el Real Consejo y Cámara de Castilla.
Abran los oídos, y escuchen, y entiendan cómo un varón listo y honrado podía medrar y sublimarse por la sola virtud de sus merecimientos, sin sentar el pie en los tortuosos caminos de la intriga, ni halagar lisonjero las orejas de los grandes con la música de la adulación, ni poner tarifa a su conciencia, o vil tasa a su honor, cual suelen hacer los menguados ambiciosillos del día, después que las sanas costumbres, la modestia, la sobriedad y la cristiana mansedumbre han huido avergonzadas del mundo, y son tan míseros de virtud los tiempos, que no se encuentra un hombre de bien aunque den por él medio millón de pícaros vividores.
¡Bendito sea Dios, padre de los menesterosos, sustento de los débiles, proveedor de los hambrientos, aposentador de los desamparados, amparo de los desnudos, alivio de todos los pobrecitos que quieren ganarse la vida, y despensero de las hormigas, de los pájaros y de los pretendientes!... ¡Bendito sea Dios, digo, que me ha conservado mis sueldos, gajes, pensiones, viáticos, emolumentos y obvenciones, para que desahogadamente y sin importunos cuidados pueda contar todos los pasos de mi fabulosa carrera! ¡Oh! ¿Por qué he de ocultarlo? Carrera como la mía no la hicieron más de cuatro, desde que brotó en la fecunda tierra el tallo de los empleos públicos, y abrieron sus polvorientas corolas de papel los expedientes de Arbitrios, Propios, Tercias reales, Noveno, Pósitos, Paja y Utensilios, Frutos civiles, Mandas, Renta de la Abuela, Chapín de la Reina, y demás hierbas que componían el placentero jardín de la Administración.
Verdad es que, si a grandes altitudes llegué, buenos porrazos recibí en aquella bendita escala, luchando y desgreñándome a machacaliendres con los que querían subir antes que yo. Si mucho y rápidamente subí, agarreme también a buenos faldones. Y no se diga que manchan mi vida, como la de otros muy lucidos en sus carreras, acciones feas y vergonzosas. Eso no; que antes que nada es la inmaculada blancura de mi alma cristiana. Dios es testigo de que jamás metí la mano en bolsillo ajeno... ¡Jesús, qué horror! Antes me habría dejado tostar en parrillas que tomar de las arcas del Tesoro un ochavo de los que allí estaban, conforme a los libros de cuenta y razón... ¡Huye, Luzbel maldito! ¡Vade retro!... Detesto las violentas acciones, mayormente cuando al varón allegador y celoso de su propio bien, no faltan mil ingeniosos arbitrios, sutilezas prudentes y habilísimas industrias para remediar sus escaseces. No fui yo el inventor de tales alivios; que los aprendí de maestros muy doctos, cargados de emolumentos, veneras, excelencias, y que pasaban por las más firmes columnas del estado y de la Iglesia, de lo cual colijo que las trazas antedichas no debían de ser pecaminosas. Y no digo más por ahora, que a su tiempo y sazón se verán palmariamente las agudezas de mi ingenio, y el filósofo, así como el moralista, no podrán menos de aprobarlas.
«¿Y quién es usted?...» —preguntarán seguramente los que me leen—. Yo soy aquel —respondo— que en los primeros años de su vida administrativa se llamaba Juan Bragas, nombre que a decir verdad no se distingue por su música, ni tiene saborcillo de elegancia, ni sonsonete o cancamurria de nobleza; así es que, no bien comencé a sacar el pie del lodo, añadí al apellido de mis padres el lugar de mi nacimiento, por lo cual, siendo este Pipaón en Rioja de Álava, vine a llamarme don Juan Bragas de Pipaón. Sonaba esto pomposamente en mis orejas, y yo repetía en voz alta mi propio nombre para engreírme con su grandiosidad, la cual anunciaba por el solo efecto del silabeo la persona de un embajador, consejero de Indias, fiscal de la Rota o asistente de Sevilla. Más adelante, como el Bragas no me pareciese del mejor gusto, lo suprimí completamente, quedándome para el mundo presente y para la posteridad en don Juan de Pipaón, nombre breve y rotundo, que va dejando ecos armoniosos doquiera que se pronuncia, y al cual no le vendría mal la conterilla del marquesado o condado que tengo entre ceja y ceja.
Bendito sea Dios, vuelvo a decir, que no abandona jamás a los menesterosos; bendita sea la pródiga mano que a cada cual le da su remedio, ora un pedazo de pan, si padece hambre, ora un buen amigo que le ayude, si tiene ambicioncillas de medro. ¿Qué habría sido de mí, si no hubiera tropezado de manos a boca con aquel nobilísimo, con aquel sin par sujeto, que echó de ver mis disposiciones, y me llevó desde el Purgatorio de la oscuridad y miseria, al Paraíso del favor, de la fama y de la hartura? Hombre mejor no nació del vientre de mujer, ni se ha visto un talentazo igual para todo aquello que fuera de la jurisdicción de la suprema intriga, por cuyas prendas era la gran cabeza de aquellos tiempos; y un maravilloso regalo hecho por Dios a la afortunada nación española, para que la sacara del mal traer en que se encontraba.
No estamparé aquí su nombre, porque los de personajes insignes no deben ser puestos a la vergüenza de las letras de molde, donde corren riesgo de que la Historia y la Posteridad (ambas señoras muy amigas de meterse en vidas ajenas) los tomen por su cuenta, atribuyéndoles esta o la otra picardía, y desfigurando con pérfido criterio sus honrados manejos. Pero sin nombrar al santo, puedo referir los milagros. Era mi protector diputado en las Cortes del año 14, donde brilló por su buen ojo y mejor mano para meter en un laberinto de enredos y compromisos al bando reformador. Acaudilló con singular tino a los que poco después se llamaron Persas, y fue uno de los que prepararon el paso dado por Fernando (a quien todos llamaban entonces el suspirado) contra la Constitución. Gozaba mi protector fama de hombre ignorantísimo, opinión que hubo de ser efecto de la ruin envidia, pues de su excelso ingenio fueron muestras la zancadilla que echó a todos los reformistas, y aquel celo y consumada destreza suya para ponerse en primer lugar, luego que el rey recobró sus legítimos derechos, así como la prontitud con que se proporcionó tres o cuatro sueldos por Obra Pía, Pósitos, Penas de Cámara, etc., de los cuales el menor habría contentado a un triste pedigüeño de otros tiempos.
Dios Todopoderoso, a quien no cesa de invocar mi gratitud, hizo que el cuitado narrador de estos sucesos topara con Su Excelencia en enero de 1814, y que le cautivase principalmente por su buena letra y singularísima habilidad para remedar la ajena, especialmente en toda suerte de firmas y rúbricas. ¡Oh, qué elogios hacía aquel buen hombre de mis talentos caligráficos! ¡Y cómo ponderaba mi pulso, mi excelente ojo, y aquella soltura con que despachaba en cuatro rasgos las más difíciles y para él inverosímiles imitaciones! Así es que me traía en palmitas, regalábame copiosamente, y aunque a veces solía decirme las cosas entre una sofocante llovizna de bofetones, mi humildad, y la mansedumbre cristiana que Dios me dio, le volvían a su pacífico ser, y a sus bondades y deferencias conmigo.
El primer asunto importante en que su merced me ocupara fue aquel que la historia llama el asunto Oudinot, y que fue saladísimo, como obra de tales ingenios, aunque de escaso efecto por torpeza de algunos. Con su poderosa inventiva fantaseó mi protector una conspiración que se suponía fraguada por los liberales, de acuerdo con Napoleón, para establecer en España la república Iberiana. ¡Diantre con la república, y cuánto nos dio que reír, y cuántas cuchufletas y bufonadas entretuvieron las nocturnas horas en que a solas nos dedicábamos a inventar cartas, a remedar tipos de letra, a confeccionar programas y comunicaciones en cifra! Lo cierto es que la conspiración salió que ni pintada, y daba gusto ver aquella sutil trama, en la cual don Agustín Argüelles aparecía carteándose con un pinche francés, a quien nosotros por ensalmo hicimos general Oudinot, con otras muchas imaginarias picardías, puestas tan al vivo, que aun los autores de todo llegamos a creerlo, y nos indignábamos contra los republicanos iberianos napoleónicos.
Todo se lo llevó la trampa, a pesar de estar hecho con tanto esmero en largas vigilias... ¡Lástima de trabajo! La torpeza del necio Berteau, criado de la duquesa de Osuna, y de cierto cura de Granada (a quien después hicieron arzobispo), echó por tierra el más grandioso edificio que levantaran humanos entendimientos. Descubriose que todo era invención; formose causa, y aunque nadie se metió con nosotros, tuvimos el pesar de que los mismos jueces se escandalizaran de tan atrevida y necia calumnia.
Pero desde entonces se redobló la buena amistad y estimación de mi generoso protector, quien me puso en el secreto de graves planes, convidándome a cooperar en su realización con todas las fuerzas de mi talento y travesura. Véase, pues, qué pronto me había destinado la divina Providencia a tomar parte en sucesos culminantes, de esos que mudan y trastornan las naciones. Sí, señores: delante de mí, en una sala del convento de Atocha, mi buen amigo, asistido de algunos padres graves de dicha casa, redactó el famoso manifiesto de los Persas, que quedó perfilado y puesto en limpio por mí, en 12 de abril. Firmáronlo sesenta y nueve individuos de lo más aprovechado que había en el reino y en las Cortes, hombres estimadísimos del soberano, que entre ellos repartió mitras y togas, para que no quedara sin premio su lealtad.
En cuanto a la mía acrisolada, continuó sin más premio por entonces que el antiguo destinillo en la covachuela, y hasta después del 10 de mayo, y de la caída de la Mamancia, y de la entrada en Madrid del encantador Fernando, no di señales de adelanto en mi carrera. ¡Oh, qué días aquellos! ¡Cuánta ansiedad sentíamos los buenos patricios, esclavos de la libertad, suspensos entre la vida y la muerte, sin saber cuándo veríamos el fin de la horrible tiranía de los mamones, caparrotas, cuácaros, lameplatos y ceposquedos, pues estos y otros graciosos nombres daba a los liberales en su Atalaya de la Mancha el reverendo padre Castro! ¡Y qué trasudores y congojas hubimos de pasar en todo abril, ora creyendo segura la llegada del rey con el desquiciamiento de todo el catafalco constitucional, ora sospechando que los infames francmasones nos secuestrarían al suspirado rey, haciéndole perdidizo en cualquier desfiladero, para encajarnos la república Iberiana, que tanto daba que hablar en los barrios bajos, y en los claustros de mendicantes!
Pero la aproximación de las tropas de Wittingham nos dio aliento, y la llegada del general Eguía, completa tranquilidad acerca del buen resultado de lo que entre manos traían los Persas. ¡Qué hombre aquel! Era de los pocos, y es lástima que nuestra nación, agradecida a su destreza y heroísmo, no le elevase una estatua ecuestre, representándole con su peluca de coleta, su gran joroba y aquel aire chusco y altanero que le hacía tan temible. General más valiente no le han conocido los siglos. Los historiadores, que todo lo enredan, han dado en decir que don Francisco Eguía no hizo más que majaderías y desaciertos, cuando mandó el ejército del Centro en la Mancha, antes de la batalla de Ocaña; pero aún falta probar que nuestro general no fue un Gran Federico en aquella guerra. Han dicho que no quería combatir; que apremiado por la Regencia para que atacase a los franceses, contestó que él solo anhelaba sucesos grandes que salvaran a la nación, dando a entender el noble deseo de no gastar su ingenio estratégico en batallejas de tres por un cuarto.
Pero sea de esto lo que quiera, y aun considerando que la Regencia tuvo razón al separarle del mando en 1809, no se le puede negar su heroísmo y militar ciencia en 1814. Como que él solo, ayudado de una división del ejército del Centro, dio al traste con la inmensa balumba de las Cortes, poniendo en vergonzosa fuga a más de cien diputados liberales, que se escondieron en sus casas sin atreverse a asomar las narices... ¿Qué tal? Hombres como aquel bravísimo Eguía son el mayor galardón que Dios Omnipotente puede dar a las atribuladas y huérfanas naciones. Admirablemente lo hizo, y allí era de ver cómo se presentó con su tropa en casa del Presidente de las Cortes, notificándole, con serenidad sublime, la ruina de la Constitución, y cómo ocupó después resueltamente y sin asomos de miedo, casi sin pestañear, el Palacio de las Sesiones, declarando con voz entera y firme que todo estaba por los suelos.
¡Qué noche la del 10 de mayo de 1814! ¡Oh sin igual ventura! ¡Oh inolvidable regocijo del alma después de tan larga opresión! Yo había pasado todo el día escribiendo un articulito, que remití a La Atalaya, por encargo de mi excelente patrono. Estoy tan orgulloso de aquella pieza, fruto precioso del frenético entusiasmo mío y de los ardores fernandistas de mi exaltado corazón, que no quiero que estas fieles memorias vayan a los confines de la posteridad sin llevar siquiera un par de párrafos, muestra de mi caliente estilo y de las gallardías de mi pluma. Decía así:
«¡Adónde estáis, potencias de mi alma! ¡Os busco, y por ninguna parte os encuentro! ¿Habéis volado en busca de aquel imán de nuestros corazones? ¿Adónde está Fernando? Hechizo de mi corazón, ¿adónde te encontraré? ¡Mi alma no acierta, en la efusión de su placer, a expresar de ningún modo los sentimientos de que se halla inundada! ¡Mi memoria... mi voluntad... mi entendimiento, sí!... Todo es vuestro, ¡Dios eterno! Pero si Fernando está en vos, y vos en Fernando, en vos mismo gozaré de su amorosa presencia; sí, Dios Omnipotente, permitid que me regocije en vos, pues que vos le elegisteis desde vuestros eternos alcázares para nuestro digno Rey; vos le perseverasteis con vuestra providencia en el principio; vos le guardasteis bajo la sombra de vuestras divinas alas... vos le quitasteis de un suelo manchado con tantos crímenes, para que no presenciase el espantoso castigo con que ibais, aunque tan lleno de misericordia, a castigar a tus hijos... sí, amado Fernando... sí, apetecido consuelo de todas nuestras aflicciones... sí, hermoso y deseado iris en todas nuestras horribles borrascas... tus fieles y huérfanos hijos te lloraron como miserables pupilos, y no hubo un placer verdadero en sus amantes corazones, considerándote cautivo...»
II
Y así seguía, soltando la abundosa vena de mi inspiración, para que sin tasa corriese, con lo cual se embobaba el vulgo, llegando mi fama como escritor hasta el punto de que un padre de la Merced, el venerable Salmón, dijese de mí que allá me iba con Cervantes en el manejo de la pluma. Pero la verdad es que mi genio me llamaba por caminos distintos de los de la literatura. ¿Se creerá que en aquella felicísima noche del 10 de mayo, no pudiendo contener mi exaltación en pro de Fernando, ni menos mi enojo contra los llamados mamones, me uní a los esbirros y jueces que iban de calle en calle prendiendo en sus casas a los famosos corifeos de las Cortes?
Uno de los jueces de policía era amigo mío, y también un oficial de los que mandaban la tropa encargada de proteger a los jueces. Fui, pues, de casa en casa, y no puedo dar idea de la indignación que ardía en mi alma contra aquellos bribones, a quienes era preciso buscar dentro de sus propias guaridas para prenderles. Era en realidad vergonzoso que varones tan eminentes como aquellos intachables jueces de policía, anduviesen, cual cuadrilleros de la Santa Hermandad, corriendo a caza de un Argüelles, de un Martínez de la Rosa, de un Calatrava... ¡Tunantes! ¡Cuándo recibieron ellos mayor honra que la de ser huroneados por individuos de toga, los cuales, en su desmedido ardor por la causa del rey, iban sudando gotas como puños; que tales angustias trae el oficio de polizonte!
La pesquería no fue mala, y si bien se nos escaparon Toreno, Antillón, Gallego y otros, cogimos a Argüelles (a quien no le valió su divinidad) en la calle de la Reina; a Gallardo, en la del Príncipe; a Canga Argüelles, en la misma calle y casa de San Ignacio; a Page, en la de Hita; a Cepero y a Martínez de la Rosa, en la calle de San José; a Larrazábal, en la de Jacometrezo; a García Herreros, en la plazuela de Celenque, y en diversos sitios que no recuerdo, a Quintana el Seminarista, a Feliú, Villanueva, Muñoz Torrero, Cano Manuel, Álvarez Guerra, O’Donojú, Capaz, Cuartero, a los cómicos Máiquez y Bernardo Gil, sin omitir al célebre Cojo de Málaga.
¡Oh, vil caterva de charlatanes! ¡Y qué bien os llegó vuestro San Martín! ¡Y con qué oportunidad y destreza fueron burladas vuestras malas artes, y destruidos vuestros planes diabólicos! Mala peste os consuma, y demos gracias a Dios que nos deparó el remedio contra tanta perfidia en la férrea mano de Eguía. Ni qué falta hacían en el mundo vuestros heréticos discursos, ni a cuenta de qué venía esa endiablada Constitución... ¡Ay! Aquella noche las almas se desbordaban de gozo, viendo destruida la infame facción, muerta la herejía, enaltecido el sacrosanto culto, restaurado el trono, confundidos volterianos y masones. Yo no cesaba de dar gracias a Dios por lo bien que conducía desde su celeste altura la empresa, y siempre que salíamos de una madriguera para entrar en otra, asegurado ya uno de los abominables delincuentes, me santiguaba devotísimamente, poniendo los ojos en el cielo, para que ni por un instante nos desamparase la bondad divina en tal trance, y llegáramos al fin de la jornada sin tropiezo alguno.
A medida que iban cayendo les llevábamos a la cárcel de la Corona y al cuartel de Guardias de Corps o a San Martín, donde quedaban encerrados. No hubo papel que no se guardase para dar luz sobre los procesos que se les iban a formar, porque habría sido en verdad lastimoso que las picardías de tanto malsín no tuviesen comprobación cumplida en los autos, para que a nadie quedara duda de sus maldades. Pues digo... si no se hubiera tenido mucho cuidado de cogerles los papeles, la justicia habría tenido que romperse los cascos par inventarlos después, lo cual es tarea larga y que da larga fatiga y quita mucho tiempo a los señores de la Comisión de Estado.
Siempre me acordaré de la insolencia de les diputadillos, que en vez de echarse a llorar y pedirnos perdón cuando les prendíamos, nos miraban con altaneros ojos, afectando una serenidad tranquila, propia de justos o inocentes, y expresándose en tales términos, que al oírles, ¡mal pecado!, pudiéramos creer que no habían roto plato ni escudilla. Quien los viera, creyéralos a ellos jueces y a nosotros ladrones en cuadrilla, trocados los papeles, y convertidos los ajusticiadores en ajusticiados. Viendo tan descarada desvergüenza no me pude contener, y a varios de ellos les dije cuatro frescas bien dichas y dos docenas de verdades como puños, siendo tal su cobardía que no se atrevieron a contestarme, ni aun siquiera a soportar el mortífero rayo de mis ojos.
Yo les veía pasar de sus casas a las cárceles, y siempre me parecían pocos. Hubiera deseado que aquellos bergantes se multiplicaran para que fuese más grande el esplendor de la fazaña que estábamos consumando. ¡Oh! ¡Ver a Madrid limpio de liberales, de gaceteros, de discursistas, de preopinantes, de soberanistas, de republicanos, de volterianos, de masones...! ¡Esto era para enloquecer al menos entusiasta!
Llegaste al fin, ¡oh día 11 de mayo!, y tus primeras luces vieron al devoto pueblo de Madrid corriendo por las calles como impetuoso río, sin que ningún dique bastase a contener las desbordadas olas de su gozo. ¡Oh, qué pueblo! ¡Y cómo gritaba celebrando el acabamiento de la tiranía! ¡Y con cuánto amor invocaba al Dios Todopoderoso y a su Santísima Madre, llevando en triunfo a los benditos frailes, y arrastrando por las enlodadas calles las sacrílegas imágenes de la libertad, que exornaban el palacio del charlatanismo; arrancando la lápida de la Constitución y cuantos letreros, signos y figuras recordasen la conjurada borrasca!... De seguro lo pasaran mal los señores encarcelados si por acaso les echara la zarpa el discreto y sapientísimo vulgo. Hubo quien a grito herido pidió que se permitiera al pueblo hacer justicia por sí mismo en la ruin persona de los orgullosos caídos; pero la cosa no pasó de aquí.
Por mi parte trabajé en aquel día más que en otro alguno de mi vida. ¡Virgen de las Angustias! ¡Qué idas y venidas, qué mareo, qué ansiedad!... Solo por causa tan santa y por el inextinguible amor del inocente Fernando puede un hombre molerse y descoyuntarse como yo lo hice aquel día, con los hígados en la boca durante diez horas, sin dar paz a los pies ni a la lengua, ora arengando a estos, ora recomendando a los otros lo que habían de hacer, disponiendo y ordenando, conforme a la voluntad de mi patrono y de otros personajes de viso que andaban en el negocio.
¡Jesús, María y José! Flojita era la tarea en gracia de Dios... Al más pintado se la doy yo, seguro de que a la mitad de la jornada desfallecería, como no recibiera del cielo broncíneas piernas y garganta de bronce. Ahí es nada... teníamos que repartir dinero por los barrios bajos, y convocar a determinados individuos de la majería, cuidando de andar con pulso en lo del distribuir, porque a mucho que se abriera la mano, no quedaba nada para el repuesto del comisionado. Asimismo era indispensable ir de taberna en taberna y de garito en garito, contratando gente; avistarse con el tío Mano de Mortero, con Majoma y otros próceres del Rastro, para encomendarles delicadas comisiones, de esas que solo a delicadísimos entendimientos pueden fiarse. También había que avisar a los padres franciscos y agustinos, que estaban ocultos, para que saliesen a arengar a la muchedumbre; propalar noticias falsas de conspiraciones fraguadas por los revolucionarios, con otros muchos menesteres y ocupaciones que habrían rendido el organismo más fuerte, y desquiciado el más sólido entendimiento y la más firme voluntad. ¿Pero de qué sirve la fe si no es para hacer prodigios? Por la fe los hice yo en aquel memorable día; por la fe tuve cuerpo y alma, sentidos e ideas para tantas cosas; por la fe hice más yo solo que veinte compañeros encargados de iguales trapisondas.
Recordando aquel día y mi cansancio, el alma se me inunda de frenético gozo. Habíamos vencido a la infame pandilla, a un centenar de deslenguados charlatanes; les habíamos destruido sin más auxilio que un ejército y la autoridad del rey, acompañada de la grandeza, del clero, de las clases poderosas; habíamos triunfado en sin igual victoria, y la monarquía absoluta, tal como la gozaron con pictórica felicidad nuestros bienaventurados padres, estaba restablecida; habíamos pisoteado la hidra asquerosa del democratismo extranjero, de la inmunda filosofía, devolviendo al trono su esplendor primero, y a la autoridad real el emblema de su origen divino; habíamos derrotado a la impiedad, sacando a la religión sacrosanta de la sombra y abatimiento en que yacía; habíamos realizado una maravilla; habíamos sido los soldados de Cristo; sentíamos en nuestro pecho el divino aliento, y el regocijo de la bienaventuranza enardecía nuestras almas.
«¡Noche del 10 de mayo! —decía el padre Castro en su inolvidable Atalaya—. ¡Ah, tú serás contada entre los días más solemnes que vio el mundo!... Españoles, alabemos y ensalcemos al Señor; que nuestra lengua no cese de cantar sus misericordias.
»Sí, españoles: Confitemini Domino, quoniam bonus, quoniam in sæculum misericordia ejus. Los principales cabezas de esta rebelión están ya presos en la capital y en las provincias. La sabiduría de nuestro idolatrado Fernando ha sabido combinar de tal modo los caminos de nuestra futura dicha, que es menester confesar que el Señor está en él. En un mismo día y en una misma hora han sido sorprendidos todos estos verdugos de nuestra patria, y su ejemplar castigo será la garantía más segura de nuestra perpetua felicidad. Confitemini Domino, quoniam bonus, quoniam in sæculum misericordia ejus. Españoles, alabad y bendecid al Señor. Nuestra patria es ya feliz; ya reina Fernando.»
¡Sí, ya reinan Dios y Fernando!
III
¡Alabado sea el Santísimo Sacramento del altar!... Señor, ¿con qué lengua cantaré tus alabanzas? ¿Qué palabras hay que no sean pálidas y frías para expresar mi gratitud? En la humildad nací, y del muladar de mi oscura condición sacome tu mano poderosa para llevarme a los dorados alcázares, donde las grandezas humanas dan idea de las grandezas divinas. Mi corazón se estremece de gozo al recordar mi primer paso por la dorada senda.
Era un domingo; habían pasado algunos días después de la entrada del rey; funcionaba ya el nuevo ministerio; habían levantado su majestuosa cabeza, coronada con los laureles de cien siglos, el Real Consejo y Cámara de Castilla y la Sala de Alcaldes, cuando don Buenaventura (algún nombre he de dar a mi buen protector para que se le distinga entre los individuos de que haré mención) me llamó a su despacho, y melifluamente me habló así:
—Dime, Braguitas, en cuál oficina quieres colocarte, pues ya he dado tu nombre al ministro, y no falta más que saber tu deseo para satisfacerlo al punto.
—Señor —repuse—, como vayan por delante los veinte mil reales que Vuecencia me ha prometido, lo demás es cuestión secundaria. Sin embargo, mis aficiones...
—Ya sé que tú te inclinas a la Real Hacienda. Vas a lo positivo. ¿Te convendría la Caja de Amortización, los Pósitos, la Revisión de juros?...
—Iré, si Vuecencia no lo toma a mal, a Paja y Utensilios.
—Corriente... Mañana mismo tendrás tu nombramiento... Dime, ¿has llevado la carta a las monjas bernardas?
—Esta mañana.
—¿Me has limpiado las botas?
—Están como espejos.
—Bueno: antes de marcharte pídele a doña Nicanora los calzones y la casaca que te prometí ayer. Con un poco de obra quedarán ambas prendas como nuevas... Ahora necesitas cierta ostentación, Juan: es preciso que te presentes como corresponde a un señor oficial segundo de Paja y Utensilios, y lo primero que has de hacer es dar gracias al señor ministro...
—¿Las gracias?
—Seguramente. Ganabas cinco mil reales en las covachuelas de la secretaría de Gracia y Justicia, y de golpe y porrazo pasas con veinte mil a Paja y Utensilios...
Mortificado por mi dignidad, un poco ofendida, permanecí en silencio; pero el insigne repúblico debió de adivinar mis pensamientos con su seguro tino, y me dijo:
—¿Qué, no estás contento todavía? No sé en qué piensan los muchachos del día... Ya se ve... ¡los tiempos que corren y los escándalos de estos últimos años han despertado las ambiciones de tal modo!... En mis tiempos, lo que hoy se te da equivalía a un arzobispado de los de mejor renta.
—No me quejaré —repuse humildemente—, porque es propio de mi condición no pedir nada y aceptar lo que me dan; pero... si han de acomodarse las recompensas a los merecimientos...
—¡Tus merecimientos! —exclamó su señoría con desdén—. ¿Cuáles son? ¿Qué letras has cursado, perillán? ¿Qué tratados de materia jurídica o teológica has escrito? ¿Qué servicios has prestado a la Administración, bergante? ¿Qué ejércitos acaudillaste, zopenco, ni qué rey te debió la corona?
—Sobre eso hay mucho que hablar, señor don Buenaventura de mi alma —respondí con brío—. Si a todos se repartiera por igual, no me quejaría; pero se están viendo improvisaciones escandalosas. Ahí tiene usted a Antonio Moreno. ¿Qué era hace un mes? Ayuda de peluquero, pues ni siquiera podía llamarse maestro peluquero. ¿Qué es hoy?... Consejero de Hacienda.
Don Buenaventura calló. Le dejé suspenso y absorto.
—Es verdad —dijo al fin—. Ya lo sabía... pero eso no tiene nada de particular. Antonio Moreno era... un excelente profesor de cabezas... No debe olvidarse que en Valencia sirvió de amanuense cuando se redactó el célebre decreto del 4.
—¡Consejero de Hacienda! —exclamé yo alzando los brazos—. ¡Consejero de Hacienda un vil peluquero!
—Pero a nosotros, ¿qué nos importa? Allá se las compongan... Dime tú, ¿qué pedazo de pan nos quitan de la boca, haciendo a Moreno consejero? Además, el honor de haber redactado tan sublime documento, merece perpetuarse con una posición decente... ¿Qué piensas? ¿Qué opinas? ¿Por qué has hecho ese gesto de monja escandalizada, cuando he nombrado el decreto del 4 de mayo? ¿No te gusta? ¿No te parece categórico? ¿No lo crees una obra admirable y que nada deja que desear?
Yo callaba, porque mil dudas y desconfianzas ocupaban mi espíritu.
—No puede escribirse nada más contundente —continuó don Buenaventura leyendo un papel— que el párrafo en el cual se declara «aquella Constitución y decretos nulos y de ningún valor ni efecto, ahora ni en tiempo alguno, como si no hubiesen pasado jamás tales actos, y se quitaran de en medio del tiempo...» Está dicho todo, y con tales palabras bastaba.
—Esa es mi opinión. Con eso bastaba. Pero más arriba, el rey, obedeciendo a pérfidas inspiraciones, ha dicho que aborrece el despotismo, que convocará Cortes, que establecerá la seguridad individual, con otras zarandajas que, o mucho me engaño, o son el primer paso para volver a las andadas, mi señor don Buenaventura.
—Pero ven acá, majadero impenitente, ¿cuándo has visto que tales fórmulas sean otra cosa que una satisfacción dada a esas entrometidas naciones de Europa, que quieren ver las cosas de España marchando al compás y medida de lo que pasa más allá de los Pirineos? Ríete de fórmulas. No se pueden hacer, ni menos decir, las cosas tan en crudo que los afeminados cortesanos de Francia, Inglaterra y Prusia se escandalicen. ¡Reunir Cortes! Primero se hundirá el cielo que verse tal plaga en España, mientras alumbre el sol... ¡Seguridad individual! ¡Bonito andaría el reino, si se diesen leyes para que los vasallos obraran libremente dentro de ellas, y se dictaran reglas para enjuiciar, y se concedieran garantías a la acción de gente tan ingobernable, díscola y revoltosa! El rey, sus ministros y esos sapientísimos y útiles Consejos y Salas, sin cuyo dictamen no saben los españoles dónde tienen el brazo derecho, bastan para consolidar el más admirable gobierno que han visto humanos ojos. Así es y así seguirá por los siglos de los siglos... ¿Eres tan tonto que crees en manifiestos de reyes? Como los de los revolucionarios, dicen lo que no se ha de cumplir y lo que exigen las circunstancias. Bajo las fugaces palabras están las inmóviles ideas, como bajo las vagas nubes las montañas ingentes, que no dan un paso adelante ni atrás. Las nubes pasan y los montes se quedan como estaban. Así es el absolutismo, hijo mío: sus palabras podrán ser bonitas, rosadas, luminosas y movibles; pero sus ideas son fijas, inmutables, pesadas. No mires lo de fuera, sino lo de dentro. Estudia el corazón de los hombres y no atiendas a lo que articulan los labios, que siempre han de pagar tributo a las conveniencias, a la moda, a las preocupaciones...
Don Buenaventura se expresaba con calor. No me atreví a contestarle, y mis pensamientos se acomodaron a los suyos, como sucedía casi siempre que hablábamos de política.
—¡Ah! Se me olvidaba una cosa —exclamó después de breve pausa—: ya he dicho al ministro que te exima durante algunos días de ir a la oficina. Es preciso que me ayudes en este delicado negocio que tengo entre manos... Ya sabes que Su Majestad me ha nombrado fiscal de la Comisión de Estado que ha de sentenciar a los presos de la noche del 10.
—Tarea fácil, a mi modo de ver, mientras no desaparezcan del mapa Melilla, Ceuta y el Peñón.
—Eres excesivamente ejecutivo. No puede hacerse la distribución, sin fundar en algo los castigos. Es preciso buscarle el pelo al huevo, como suele decirse; registrar papeles, sacar de ellos la quintaesencia de la maldad, allegar testigos aunque sea en las entrañas de la tierra, estrujar los autos hasta que destilen la amarga hiel de la evidencia, cumplir en todas sus partes la larga serie de procedimientos que son gloria de nuestra jurisprudencia, y, en fin, hacer los procesos de tal modo que no les falte ni una tilde, y aparezcan en toda su horrible desnudez las necesarias maldades de esos hombres.
—Con el plan de república (algo más verosímil que el de la Iberiana), revelado por el padre Castro en su Atalaya —repuse—, bastará para hacer las más lindas causas que se han visto en tribunales españoles.
—A eso vamos. La Confederación descubierta por el Atalayero es ingeniosa. Además, algunos testigos han hecho declaraciones de perlas.
—El conde del Montijo...
—Asegura que los liberales formaron causa al rey en un café de Cádiz y le condenaron a muerte.
—Ostolaza...
—Ha delatado los pensamientos de sus compañeros de Cortes, asegurando que querían deshonrar al rey, con otras preciosísimas afirmaciones que constituyen un verdadero tesoro.
—La persecución del obispo de Orense y del marqués del Palacio, así como el destierro del nuncio señor Gravina, son materia abundante.
—Abundantísima.
—Bien sabemos todos que Mejía dijo en las Cortes que no existe Dios; Argüelles, que no debían obedecerse los preceptos de la Iglesia.
—Feliú sostuvo que la religión era una farsa...
—Y Arispe afirmó que la grandeza española tenía sangre de perro. Bien mirado, el testigo más explícito, más claro, es el archivo, las actas de las Cortes.
—Sin duda. ¿No está allí escrito que el danzante de Martínez de la Rosa propuso fuera condenado a muerte el que propusiese adición o reforma en la Constitución de Cádiz?
—Recuerdo perfectamente su pedantesco discurso del 21 de abril en que decía que los pueblos deben darse ellos mismos las leyes fundamentales.
—También yo tengo buena memoria —añadió don Buenaventura—. Habló mucho de derechos imprescriptibles, y concluyó así: Se acabaron nuestras desgracias. Ya reinan las leyes.
—Que es como decir que no reinará el rey —afirmé, tomando un polvo que don Buenaventura me ofreció.
—¡Y qué más, mi querido Bragas! ¿No consta en el libro de las sesiones la abominable expresión de Canga Argüelles?
—Que estaba pronto a derramar la última gota de su sangre en defensa de la Constitución.
—Así mismo lo dijo.
—No recuerdo bien cuál de ellos aseguró que destruidos los conventos, se cortan las fuentes que mantienen las preocupaciones y cuentos de viejas.
—Page, el mismo que expresó la opinión de que es delito de lesa majestad llamar soberano al rey... ¿No fue Istúriz quien dijo aquellas palabrotas...?
—Sí, ya recuerdo. Hoy somos ciudadanos de una gran república, aunque bajo las formas características de la monarquía; el rey no es nuestro señor, es nuestro jefe, porque queremos, y de la manera que queremos que lo sea, y nada más.
—Admirable memoria tienes —dijo don Buenaventura, tomando la pluma—. Voy a apuntar eso. Se confrontarán las Sesiones.
—No olvidará usted los méritos y servicios de Gallardo. Fue el que estampó en letras de molde que los obispos debían echar bendiciones con los pies, colgados de una cuerda. Ahora recuerdo también que Ramajo, redactor de El Conciso, amenazó al rey con la venida de Carlos IV, si no juraba la Constitución.
—Deliciosísimo, amigo Bragas. Tras los diccionaristas y gaceteros, viene la pestilente chusma de poetas, a quienes es preciso también poner como nuevos. Ahí tienes, por ejemplo, a Sánchez Barbero.
—El autor de aquellos versitos:
Aquí nosotros los sagrados dones
De independencia y libertad gozamos,
Y monarca, no déspota, juramos.
—Yo también me acuerdo, yo también —exclamó con júbilo mi amigo—. El infame bibliotecario de San Isidro se despachó a su gusto en estas endechas:
El fanático error vencido cede,
Y la sin par Constitución sucede;
Constitución resuena
Doquiera ya; Constitución inflama...
¡Ya te inflamarán a ti!... ¡Miserables poetas, se os ha acabado el doquiera! Encerraditos en Melilla, podréis cantar la soberana.
—Muñoz Torrero —añadí, gozoso de poner mi retentiva al servicio del estado— fue el que dijo que la soberanía de la nación estaba en las Cortes, lo cual es como poner a la burra las arracadas.
—Justamente. Y que las personas de los diputados eran inviolables. ¡Inviolables el veneno de la serpiente y la lengua del escorpión!
—Pues ¿y García Herreros? Fue el que tuvo el atrevimiento de asentar que los reyes están sujetos a las leyes que les dicta la nación.
—Y que la ley es superior al rey, lo cual es como decir que la espuela gobierna al jinete.
—Casi todos ellos firmaron el decreto de 2 de febrero, en el cual se dijo que no se conocería por libre al rey, ni menos se le prestaría obediencia, hasta que él prestase juramento a la Constitución.
—Gutiérrez de Terán firmó como secretario el manifiesto de 19 de febrero, que era la segunda parte del tal decreto.
—Y Martínez de la Rosa, o sea el señor Bello Rosal, como le llama La Abeja, lo escribió.
—Y Feliú lo leía a voz en cuello en los cafés.
—A donde iban a emborracharse.
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
Don Buenaventura tomaba apuntes, demostrando a cada nueva adquisición cierta alegría pueril. Como hombre que en el cumplimiento de sus deberes y en el servicio del rey y del estado ponía su alma toda entera, sin proceder jamás de ligero en ningún asunto grave, allegaba cuantos datos pudieran ilustrar su entendimiento en materia tan ardua, y con ansiedad de avariento los iba guardando. El buen señor se veía precisado a sentenciar a muerte o a presidio a unos cuantos malvados, y no pudiendo hacerse esto rectamente sin pruebas, las buscaba para que aquellos infelices no fueran al patíbulo sin saber por qué. ¡Tunantes! ¡Cuándo merecieron ellos tropezar con varón tan justo, tan humanitario y compasivo como aquel! ¡Ni cómo habían ellos de soñar que, merced a los cristianos sentimientos de tan ejemplar magistrado, enemigo del derramamiento de sangre, se verían galardonados, como quien dice, con unos cuantos años de presidio en vez de la horca que merecían!
Más adelante se sabrá su destino; que ahora no puedo levantar mano del trabajo de mi propia historia, en la cual ocupan lugar muy preferente los sucesos que se verán a continuación.
IV
Siempre fui hombre que lo mismo servía para un fregado que para un barrido, y de tanta actividad que solapadamente me multiplicaba, esclavo de diversas y contrapuestas obligaciones, atento siempre al servicio del estado y a mi propio interés, como Dios manda, vigilante y despierto en todos los momentos de la vida para que ninguna ocasión de ganancia se me escapase, y con cien ojos puestos en el panorama de los acontecimientos para sacar de ellos provecho. Así es que ayudaba a don Buenaventura en sus quebraderos de cabeza dentro de la Comisión de Estado, y servía mi plaza en Paja y Utensilios, mereciendo plácemes sinceros del jefe, y no poca envidia de mis compañeros. En poco tiempo supe conquistar la amistad de muchos personajes eminentes de aquella era feliz, tales como don Blas Ostolaza, espejo de los predicadores, confesor del infante don Carlos y hombre de muchísimo influjo; don Pedro Ceballos; don Juan Lozano de Torres; don Juan Pérez Villamil, célebre por lo de Móstoles; don Pedro Labrador, el incomparable diplomático que en el Consejo de Viena dejó pasmados a todos los embajadores de las grandes potencias; don Miguel de Lardizábal, ministro de Indias; el gran magistrado don Ignacio Villela; el señor Vadillo, alcalde de Casa y Corte, y otros muchos individuos tan insignes, tan eminentes, que bien podía decirse de ellos que tenían las cabezas podridas de talento.
Como yo era tan entrometido, fácilmente ensanchaba el círculo de mis amistades, unas veces solicitando favores con tal empeño que me los concedían porque me quitase de encima; otras prestando los pequeños servicios que de mi reducido poder dependían... Pues digo... cuando alguno de aquellos señorones venía a mi oficina, a la inmediata de Rentas Decimales (donde yo tenía tantos amigos), o a otra cualquiera de las del ramo, a solicitar reservadamente que se hiciera perdidizo un miserable expedientillo de Propios o de Arrendamiento de oficios... vamos... aquello era una bendición. Viendo que yo abría la mano y no me hacía de rogar, siempre que se trataba de poner mi firma en un Cargo y Data, enviado por el alcalde, por el contratista o por el recaudador, me traían en volandas. ¿Qué le importaba a la nación que se escurrieran entre los papeles algunos disimulados sapos y culebras, o que se variara con caligráfico ingenio un par de números, siempre que quedase contento aquel o el otro empingorotado repúblico, cuyo bienestar importaba tanto al estado? ¡Pues no faltaba más, sino que, por no hacer el gusto a un regidor amigo o a un alcabalero pariente, se sofocara un esclarecido varón, y revolviéndosele los humores, perdiera la salud, tan necesaria al buen servicio y esplendor de la monarquía!
Unas veces era preciso conseguir moratoria de diez años para que tal o cual duque no se viese importunado por los estúpidos de sus acreedores... Otras veces había que beber los vientos para conseguir que el fuero del Honrado Concejo amparase a Fulanito, en cuyo caso, y mientras aquel decidiera, este no tenía que apurarse por la fruslería del pago de sus arrendamientos... Pues ¿y cuándo había que conseguir de la sala de Alcaldes una provisioncita para que en tal o cual pueblo se repartieran los oficios dos o tres individuos de una familia, de modo que por ser hermanos el alcalde, el secretario, el escribano y el procurador síndico, no había la más mínima disputa en el arreglo del común? Existiendo estos asuntillos, era necesario entonces tener en Madrid un amigo listo y de mucha mano en las oficinas, para que volviese lo blanco negro y lo verde encarnado en las cuentas, para que visitase a algún señor del Consejo y con él se entendiese; que si no, capaz era el tal Consejo de darse de calabazadas por averiguar dónde se había escurrido algún terreno baldío rematado en tiempo de los franceses...
También solían ocuparme los señores de Madrid y muchos de provincias en diversos negocios referentes a Tercias Reales, o ciertos atrasillos de Alcabalas, a compaginar las cuentas del receptor de bulas de tal pueblo para que no apareciesen distintas de las del alcalde, a resucitar cuál expediente de Manda Pía forzosa, añadiéndole un par de planas a la antigua, tan diestramente imitadas que ni aun les faltaba la polilla, y... ¿para qué cansar más?... ocupábanme en todo lo que fuese del mangoneo subterráneo de las oficinas, pues yo, por mi índole rebuscona, mi carácter dulce, y la prodigiosa facultad de insinuación que me otorgó Natura, había establecido una red oculta, hilos de connivencia tendidos de covachuela en covachuela y de despacho en despacho, con tal arte que nada me era difícil.
Verdad es que algunos envidiosos dieron en decir que se deshonraban teniéndome a su lado, y hasta se susurró que Su Excelencia quería echarme a la calle... (ya se hubiera tentado la ropa antes de hacerlo); pero yo tenía muy buenos asideros en la administración y de todo me burlaba. Antes hubieran movido de sus graníticos cimientos el Escorial, que moverme a mí de mi silla en Paja y Utensilios. Como que mis calumniadores eran unos pobres papanatas que apenas sabían hacer otra cosa que el trabajo material de su oficina, y así era de ver el mal trato de sus casas, pues muchos de ellos no tenían camisa que poner a sus chiquillos. En cuanto al aspecto de sus rostros y personas, daba grima verles, según estaban de rotos, descomidos y trasijados, y no podía uno menos de avergonzarse al pensar qué idea formarían de la administración española los extranjeros que acertaran a conocerles.
Mi casa, por el contrario, era una tierra de promisión. ¡Bendito sea Dios que a nadie desampara! Tan pronto venía la caja de dulce como la tarea de chocolate macho, ora las sartas de chorizos, ora un par de jamones: el plato de leche no faltaba nunca en las solemnidades, ni el par de capones en 24 de julio... en fin, aquello parecía una colmena. Tanto iban creciendo mi clientela y buena suerte, que me ocurrió poner una agencia de negocios. Había que ver cómo me solicitaban damas, oficiales, canónigos, marquesitos, ¿qué digo?... ¡hasta un señor obispo me honró con su confianza! Mi nombre fue bien pronto conocido en todo Madrid, quizás en todo el reino y sus Indias; transformose mi persona; me sentí crecer, ¡oh!, crecer hasta sobresalir por encima de las eminencias cortesanas; vi bajo mis pies a muchos de carroza y venera; miré cara a cara el sol de la grandeza y del poder, y la ambición empezó a morderme las entrañas; ¡pero qué ambición y qué entrañas las mías!
Entre tanto, mi don Buenaventura seguía enredado con los procesos, sin acertar a despacharlos. Las causas eran un embrollo estúpido, y en ellas no constaba nada positivo ni terminante, por lo cual los tontainas de la Comisión de Estado no acertaban a condenar a muerte a ningún diputadillo. Lleno de ansiedad el rey porque se hiciera pronta justicia, nombró una segunda Comisión de Estado, y como esta se atascara también, fue preciso designar la tercera, hasta que el gobierno se cansó de Comisiones que nada hacían, y supo dictar por sí aquella saludable medida que cortó de plano la cuestión. Hízolo, si se quiere, por humanidad, pues a los infelices diputados que se estaban pudriendo en las fétidas mazmorras de Madrid les venía bien tomar los salutíferos aires de Melilla y el Peñón por ocho o diez años.
Y no se crea que un rey tan recto y tan celoso por el buen gobierno se dormía en las pajas. Él mismo extendió de su real puño una orden disponiendo que el señor Argüelles no se moviese de Ceuta durante ocho años, sin duda porque así convenía a la quebrantada salud del divino asturiano.
Este decreto contra los diputados y el que en 30 de mayo de 1814 se dio contra los afrancesados que estaban en la emigración, además de sus ventajas como contraveneno del constitucionalismo, ofreció el inestimable beneficio de librarnos de toda la plaga de literatos, poetas y prosadores que desde años atrás habían empezado a infestar al país. Pues no sé... ¡Si no andan listos nuestros gobernantes, buenas se hubieran puesto las cosas! De seguro que Moratín nos habría aturdido con sus comedias y Meléndez con su pastoril caramillo, y Gallego con su retumbante trompa. De fijo que Quintana y Sánchez Barbero, Burgos y Lista, Tapia y Martínez de la Rosa habrían lanzado sobre la afligida nación un diluvio de obras poéticas de diversos géneros, teniendo después el descaro de pretender que el público se las pagara en época de tan poco dinero. También Conde y Toreno nos hubieran mareado con sus historietas, y Antillón y Ciscar con sus obras científicas, soliviantando a la nación y metiendo ruido, para que los españoles despertaran del plácido letargo sabroso en que por fortuna vivían entonces.
A fin de establecer en todo el país aquella calma perfecta y absoluta que es condición precisa para que puedan lucirse los buenos gobernantes, fue preciso encausar a muchos que no habían sido diputados, ni literatos, ni siquiera poetas, sino simples particulares oscuros, aunque cargados de crímenes nefandos. ¡Si era cosa que daba horror oír contar las maldades de aquella gente!... Hubo quien conversando en los cafés, en círculo de amigos, habló mal del despotismo. Me acuerdo de la causa formada al brigadier Moscoso por no haber desplegado los labios, mientras otros oficiales elogiaban la Constitución... Vamos, si no se puede uno contener tratando de esto. Bien hizo el fiscal en pedir para Moscoso la pena de muerte, porque el deber de este era reprender a los desvergonzados oficiales... Pues ¿y los muchos a quienes se formó sumaria y fueron a Ceuta por haber escrito en los papeles públicos en tiempo de la Constitución, o por haber sido partidarios de ella, a pesar de que nunca dijeron «esta boca es mía»?... Nada, nada se les escapaba a aquellos benditos señores de la Comisión de Estado, y de ellos puede decirse que se excedían a sí mismos y hacían los imposibles por la rápida y eficaz administración de justicia.
Verdad es que tenían en su auxilio a multitud de patricios vehementes que delataban sin cesar a los pícaros, refiriendo lo que oyeron tres años antes y descifrando minuciosa y hábilmente el pensamiento de tal o cual persona. La delación, ¡ay!, no era cosa fácil, sino muy trabajosa y comprometida, porque había que meterse en las casas fingiéndose amigo, interceptar cartas en el correo, seducir a los criados, engañar a los tontos y llevarles a los cafés, excitándoles a hablar; en fin, era obra difícil, a la cual solo podían hacer frente la mucha fe y el desmedido amor al monarca.
No se crea que este dejó sin premio tan grandes virtudes y la abnegación de aquellos leales sujetos que olvidaban los menesteres de sus casas para meterse en las ajenas; no, aquel sabio gobierno premió largamente a los delatores, dando a unos el privilegio de abastos de tal villa; a otros una plaza de fiel de matanza; a Fulano una procuraduría; a Zutano un oficio enajenable, etc., etc.
Lo más notable es que no se vio en aquellos días ninguna ejecución de pena capital, pues ni el mismo Cojo de Málaga llegó a bailar en la cuerda, como lo tenía dispuesto el gobierno, en castigo de haber alborotado y aplaudido en las tribunas públicas de las Cortes. Delito tan feo, tan contrario a los fueros de la Nación, a la dignidad del rey y a la fe católica, exigía expiación durísima, y un ejemplar que sonase en todos los ámbitos de la feliz España. Furioso estaba el pueblo contra el Cojo, el clero escandalizado, los patricios muertos de impaciencia porque de una vez y sin pérdida de tiempo desapareciese de entre los vivos el inmundo reo; pero ved aquí que el embajador de Inglaterra (son los extranjeros muy amigos de farandulear) se interpuso, rogó, suspiró, aun dicen que amenazó, hasta que nuestro rey, no queriendo malquistarse con la Gran Bretaña por un cojo de más o de menos, le conmutó la pena capital por la de presidio indefinido. La suerte fue que cuando llegó la orden, ya estaba Pablo Rodríguez con un pie en el cadalso y había tragado lo más amargo de la alcuza. Quien más perdió fue el pueblo, que ya contaba por segura la ejecución y se quedó a media miel.
Tampoco subió al cadalso doña María Villalba, señora de mucha bondad y hermosura, según decían. Sí, ¡buena sería ella!... ¿Qué puede pensarse de una dama que cometió la felonía de escribir en confianza a cierta amiga, contándole algunos lances amorosos del rey?... Afortunadamente el gobierno de entonces tenía la gracia de que no se escapaba en correos una pícara carta que contuviese algo importante... ¡Y la doña María se quedaría tan fresca, creyendo que su gran crimen no iba a ser descubierto! ¡Véase si vale de mucho el ojo diligente de la Administración; véanse las ventajas de una estafeta celosa del bien público! Los buenos gobiernos han de estar en todo, y meter la cabeza hasta dentro de las faltriqueras de los gobernados, porque si no... ¡No faltaba más sino que cada uno pudiera escribir lo que le diese la gana, y después encargar al gobierno la comisión de llevarlo!... En fin, doña María Villalba fue puesta a la sombra, y si conservó la vida, fue porque se movieron en su pro muchas personas de influencia y todo Madrid se puso sobre un pie.
Pero todo no había de ser blanduras, porque en aquellos días restablecimos la Inquisición.
V
Restablecimos: permitidme que hable en plural. Yo tenía derecho a ello desde que logré meter mi cucharada en la tertulia del infante don Antonio. ¡Quién me había de decir que me vería en tales excelsitudes, mano a mano con gente nacida de vientre de reinas! Parecíame mentira, y me causaban admiración mi propia persona, mis propias palabras. Sin quererlo me hacía cortesías a mí mismo. Aprendí a vestirme con elegancia, y los que me habían conocido meses antes, se asombraban de mi transformación.
Antes de dar a conocer la tertulia del infante, enumeraré la serie de relaciones que me condujeron a Palacio.
Desde que comencé a hacerme hombre de pro solía visitar a las señoras de Porreño, una de ellas hermana del señor marqués de Porreño, que había muerto poco antes; hija del mismo la otra, y sobrina la tercera. Aquella casa, que ya venía muy agrietada desde el siglo anterior, estaba a punto de hundirse completamente, por cuya razón las tres excelentes señoras necesitaban buenos amigos que les ayudaran con amena tertulia y delicado trato a conllevar las pesadumbres de su lamentable decadencia.
En casa de estas señoras conocí a don Blas Ostolaza, confesor del infante don Carlos y predicador de Palacio, hombre de los más eminentes que han vivido en España. Eclesiásticos como aquel debieran nacer aquí todos los días, y aunque saliera uno detrás de cada piedra, no estaría de más. Él fue quien felicitó a Fernando desde el púlpito por el restablecimiento de la Inquisición, diciéndole: «Apenas ha vuelto Vuestra Majestad de su cautiverio y ya se han borrado todos los infortunios de su pueblo. La sabiduría y el talento han salido a la pública luz del día, y se ven recompensados con los grandes honores, y la religión, sobre todo, protegida por Vuestra Majestad, ha disipado las tinieblas como el astro luminoso del día.»
Él fue quien escandalizó en las Cortes de Cádiz por su frescura olímpica, que hacía reír a la gente de las tribunas; y como mi hombre, tanto a los galerios como a los diputados, les aporreaba a verdades, cada vez que hablaba todo Cádiz se ponía en movimiento. La fama de estas hazañas, así como la de sus mortíferos discursos, corrió por todo el reino de tal suerte que, cuando Su Majestad volvió de Valencey, estuvo en un tris que me le hiciera obispo.
Él fue quien, durante las causas de que antes hablé, reveló los pensamientos de sus compañeros de Congreso en las sesiones secretas. Eso sí, tenía mi don Blas una memoria asombrosa, y no dijeron los charlatanes palabrilla pecaminosa ni herética argucia que él no recordase, por lo cual su boca fue una mina de oro en aquellos benditos autos.
Era tan celoso por la causa del rey y del buen régimen de la monarquía, que si le dejaran, ¡Dios poderoso!, habría suprimido por innecesaria la mitad de los españoles, para que pudiera vivir en paz y disfrutar mansamente de los bienes del reino la otra mitad. Fue de ver cómo se puso aquel hombre cuando se restableció la Inquisición. Parecía no caber en su pellejo de puro gozoso. Una sola pena entristecía su alma cristiana, y era que no le hubieran nombrado Inquisidor general. ¡Oh!, entonces no se habría dado el escándalo de que se pasearan tranquilamente por Madrid muchos tunantes que tenían sus casas atestadas de libros y que recibían gacetas extranjeras sin que nadie se metiese con ellos.
No solo era predicador insigne, sino que como escritor religioso bien puede decirse que Melchor Cano, Sánchez y el padre Rivadeneyra, comparados con él, ignoraban dónde tenían las narices. ¿A qué rincón de la Europa culta no llegaron sus célebres novelas, impresas con las armas reales, amén del retrato del monarca, y en las cuales, ora en prosa, ora en verso, aparecían charlando barba con barba Dios y Fernando VII? ¡Válganme los cielos! Aquello era escribir, y quien no ha visto tales cosas no sabe lo que es literatura.
En tratándose de púlpito no había otro. Era cosa de oírle con la boca abierta, sin perder ni una sílaba de su pasmosa elocuencia. No le habían de pedir que hablase de los santos ni de religión, que eso era para predicadorcillos de tumba y hachero. Él, desde que ponía el pie en la grada, la emprendía con las Cortes, con los diputados, con las ideas liberales, y mientras más hablaba, aún parecía que se le quedaban dentro más vituperios por decir. En tocando este punto, llevaba hilo de no acabar en tres días. La gente se aporreaba en las puertas de los templos para entrar a oírle, y... no hay que darle vueltas... ni don Ramón de la Cruz con sus sainetes populares atrajo más gente. ¡Y cómo entusiasmaba a la multitud! Oíanse gritos dentro de la iglesia, y si al salir de ella hubieran topado los fieles con algún liberal, ya habría podido este encomendarse al diablo.
Fue en verdad grandísimo error que no le dieran la mitra que pretendió y por la cual bebió vientos y tempestades en las antecámaras de Palacio. El señor Creux, a quien prefirieron, no había revelado tan fielmente como Ostolaza los pensamientos de sus compañeros los diputados. Pero no era hombre mi don Blas de los que se quedan callados ante el desaire, y volviendo por los fueros de su dignidad ofendida, habló más que siete procuradores, aderezando su charla con cierta intriga un poco subida de punto. Pero ni por esas: en vez de hacerle caso, le mortificaron más. No puede darse mayor injusticia. Llegó la crueldad hasta el extremo de alejarle de la Corte, nombrándole director de la Casa de niñas huérfanas de Murcia. Y lo peor es que no paró aquí la persecución del inimitable don Blas, pues, ¡mentira parece!, se dijo que su conducta en el referido colegio no era un modelo de honestidad; y lo aseguraba todo el mundo, siendo tales y tan feos los casos que se contaban, que parecían pura verdad. Lo que más me confirmaba a mí, conocedor de nuestra Justicia, en que don Blas era inocente, fue el ver que le formaron causa. ¡Desgraciado sujeto! Preso estuvo en la Cartuja de Sevilla, y después confinado en las Batuecas, consumiéndose de tristeza. ¡Quién se lo había de decir a él y a todos sus amigos! ¡Triste era en verdad considerar incapacitados aquellos grandes bríos que tenía para todo, oscurecida aquella luminosa facundia para el púlpito, imposibilitadas aquellas manos de ángel para enredar los hilos de la conspiración menuda!
De su piedad y devoción, ¿qué puedo decir sino que edificaba a todos, y especialmente al infante, de quien era director espiritual? Pues ¿a quién sino a mi amigo debió don Carlos el haber salido tan temeroso de Dios, tan fiel esclavo de los preceptos religiosos, que más que príncipe y futuro candidato al trono, parecía un santo, según era de compungido dentro de la iglesia, y ejemplar fuera de ella en todos sus actos y palabras? Amaba tan entrañablemente don Carlos a su confesor que no podía vivir sin él. Rezaban juntos por las noches, y cuando el príncipe se acostaba, Ostolaza, después de decir las últimas oraciones, fervorosamente prosternado ante la imagen de Nuestra Señora, rociaba el lecho de Su Alteza con agua bendita para alejar los sueños pecaminosos.
No se crea por esto que mi amigo era gazmoño ni melindroso, que esto habría sido grave falta en un hombre llamado a las luchas del mundo. Sabía perfectamente dar a cada hora su propio afán, concediendo parte del tiempo a las buenas relaciones sociales, porque igualmente se ha de cumplir con Dios y con los hombres. Por tal ley, Ostolaza, luego que dejaba a su hijo espiritual dentro de las purificadas sábanas, bien santiguado y bien rociado por banda y banda, de tal modo que en la alcoba regia se podrían pasear los serafines; luego que don Blas, repito, desempeñaba así su difícil cargo, se embozaba en su capa, ya avanzada la noche, y corría a la calle, apretado por el deseo de compensar los muchos afanes con un poco de libre holganza. Yo no sé a dónde iba, porque se recataba mucho de los amigos; pero es indudable que no pasaba la noche al raso, ni buscando hierbas a lo anacoreta, ni mirando al cielo como astrólogo. Lo de no querer que sus amigos le vieran a tales horas, y el esconderse de ellos, se explican en varón tan meticuloso por su deseo de apartarse de los peligros que siempre traen consigo las malas compañías.
Cara redonda y arrebolada; gestos muy vivos, y un modo de mirar que daba a conocer a tiro de ballesta su superioridad; cuerpo sólido; voz campanuda y gruesa, como toda voz creada para decir grandes cosas, formaban el físico de aquel mi nuevo amigo, a quien tanto debí, y a quien hoy pago un piquillo nada más de la inmensa deuda de gratitud que con él tengo, sacándole a relucir en estas mis Memorias, aunque su fama no necesita tardías trompetas para sonar por todo el orbe.
¡Ay!, ya no nacen hombres como aquel. No sé qué se ha hecho del jugo poderoso de esta tierra fecunda. Generación de enanos, mira aquí los gigantes de que has nacido.
VI
Nos tratamos, como he dicho, en casa de las señoras de Porreño. Él había oído hablar de mí, y deseaba conocerme. Pidiome el primer día de nuestro trato algunos favores, y se los hice con el mayor gozo. No era más que emparedar ciertos expedientes de un hermano suyo, teniente de resguardo, a quien la Real Hacienda se había empeñado en mortificar impíamente por unas cuentas... ¿Pues no se le había antojado al badulaque del ministro oprimir y vejar instituciones tan honradas como las tenencias de resguardo? En fin, todo se arregló a maravilla, y se acabaron los disgustos. Por mi parte, nada pedí a don Blas sino que me tuviera presente en sus oraciones; pero un día, sin previa solicitud, ni esperanza, ni aun sospecha, encontreme ascendido a una plaza de cuarenta mil reales en Tercias Reales.
Es que el gobierno buscaba empleados celosos, y cuando alguno llegaba a hacerse nombre en la Administración, no necesitaba empeños. Llegó a mis oídos que el ministro, al ver mi nombramiento, se puso furioso, diciendo de mí cuanto la envidia y mala voluntad pueden inspirar a un ministro regañón, y no solo me puso cual no digan dueñas, sino que se negó a darme posesión del nuevo destino; pero la orden venía de arriba, es decir, venía de la cámara real, en forma de minuta, extendida por el ayuda de cámara y firmada por Él... Don Cristóbal Góngora, ministro de Hacienda, bajó la cabeza y yo alcé la mía. No está de más decir que los ministros eran entonces ceros a la izquierda, secretarillos del despacho que a veces daban compasión. No servían para maldita la cosa, y fuera del coram vobis, allá se iban con cualquier escribiente. Todos saben que a un célebre ministro y hombre de estado y gran repúblico le destituyó el rey entonces por su cortedad de vista.
Llevome Ostolaza, como he dicho, a la tertulia del infante don Antonio, hijo de Carlos III y famoso por su despedida al señor Gil en 2 de mayo de 1808. Aquella epopeya tuvo también su bufonada. El infante era viejo y no tenía pretensiones de buen decir, siendo su lenguaje, así como sus ideas, de hombre campechano y rudo. Hacía gala de ignorancia. Carlos III, ante quien los ayos de don Antonio se alzaron en queja, lamentando la desaplicación del niño, dijo: «Si el infante no quiere estudiar, que no estudie», y el chico lo hizo al pie de la letra. Cuando fue grande, se dedicó a los libros... quiero decir que era encuadernador.
Sí; encuadernaba primorosamente, hacía jaulas y tocaba la zampoña, artes de gran utilidad y nobleza en un hijo de reyes. Su fisonomía era inocentona, y cuantos le veían juzgábanle bueno. En su edad madura aprendió a conspirar. Conspiró en Aranjuez para echar a Godoy y destronar a su hermano. Conspiró en Valencia y en todo el camino de Valencey a Madrid para dar el golpe a la Constitución. Últimamente había descuidado la zampoña y las jaulas, y metídose a repúblico, mostrándose tan entusiasta que su cuarto era, como si dijéramos, el gabinete de las piadosas delaciones o la primera instancia de las Comisiones de Estado. La Inquisición restablecida, el decreto contra los afrancesados, el que dispuso la devolución a los frailes de los bienes vendidos, fueron primero, ¡oh Providencia!, huevecillos que, al calor de aquella reunión y bajo las alas del infante, se abrieron para echar al mundo arrogantes polluelos. ¡Cuántas medidas benéficas salieron de allí! ¡Cuántos hombres modestos y oscuros se dieron a conocer por tal medio! ¡Cuántas grandezas dio a luz la famosa tertulia, en que resplandecían astros tan brillantes como don Pedro Gravina, el célebre nuncio a quien dio los pasaportes la Regencia de Cádiz; el duque del Infantado, general que tenía la mejor mano del mundo para perder todas las batallas en que se encontraba; el famoso canónigo Escóiquiz, a quien Napoleón tiraba de las orejas, y mi buen Ostolaza, del cual ya he dicho todo cuanto hay que decir!
¡Qué hombres tan eminentes! ¡Cuán agradable era su conversación, cuán ameno su trato, sin dejar de ser provechoso, por las muchas enseñanzas útiles que a cada instante caían como celestial maná de aquellas insignes bocas! No se crea que el nuncio don Pedro Gravina nos aburría con teologías ni palabrotas de moral cristiana; por el contrario, era el hombre más salado del mundo para idear persecuciones, y su agudo ingenio nos tenía siempre con la felicitación en los labios.
El duque del I... era otro que tal. ¡Cuántas grandezas podrían contarse de aquel insigne prócer y guerrero! Acaudillando nuestras tropas en la guerra de la Independencia, tuvo la amargura de verlas derrotadas. Como político, aunque en Cádiz le calumniaron, suponiéndole algo liberal, bien puede asegurarse que era más realista que el rey. En 1815 ocupaba uno de los primeros puestos de la nación: la presidencia del Real Consejo de Castilla. Había que ver su llaneza en todo lo que no fuera de oficio. ¡Excelente señor! ¡Cuántas veces le vi en un palco del teatro del Príncipe, acompañado de Pepa la Malagueña!
En la tertulia del infante era el noticiero mayor, por lo cual, siempre que entraba, decíamos: «Ahí viene la Gaceta de Holanda.» No faltaban nunca nuevas de importancia que nos sirvieran de placentera distracción, tales como un buen cargamento de presos para Filipinas, el feliz éxito de las comisiones militares en provincias, y el inimitable celo con que Negrete sentaba la mano a los liberalotes de Andalucía.
Escóiquiz criticaba mucho al gobierno porque no era bastante enérgico y consentía que un Macanaz soñase con resucitar las Cortes, aunque vestidas a la antigua. Ostolaza y yo hacíamos un expurgo de todos, absolutamente de todos los individuos que figuraban por aquellos días. Señalábamos los que nos parecían buenos a carta cabal, los tibios o fililíes, y los sospechosos a quienes precisaba quitar de en medio lo más pronto posible. Aquí era donde yo me lucía, porque se me ocurrían invenciones tan peregrinas para echar por tierra a cualquier señorón de los más trompeteados, sin hacer ruido ni ofenderle descubiertamente, que se embobaban oyéndome. Bien pronto gané tal ascendiente en la pequeña corte del infante, que este mismo, siempre que se hablaba de zancadillas en proyecto o de quiebros por realizar, me miraba atentamente para conocer mi opinión antes de emitir la suya.
¡Y cuidado si era sabio el príncipe! Como que la Universidad de Alcalá le hizo doctor de golpe y porrazo, dándole patente de Aristóteles. Nombrole el rey poco después gran almirante de sus escuadras, por cuyo motivo, aunque nunca había visto el mar, diose al estudio de la náutica, y en la conversación corriente encajaba términos de marina, diciendo con mucho énfasis: «Las cosas van viento en popa», o bien: «echaremos a pique a los liberales.»
Yo crecía en favor, en importancia, en poder de día en día. Eran tantos los asuntos delicados, espinosos y resbaladizos que se me confiaban, que me vi obligado a valerme de agentes. ¡Y cómo me festejaban y mimaban los grandes señores, sin dejarme nunca de la mano! Todo era «Pipaón acá, Pipaón allá», y a cualquier hora, Pipaón para todo.
Pues ¿y las peticiones de destinos? Como las minutas que yo extendía en la tertulia del infante pasaban muy bien recomendadas a manos de quien sabía despacharlas con gran primor, no había candidato que no cuajase, ni ahijado mío que no se viese en camino de papa o senescal desde que yo le tornaba por mi cuenta. Así es que llovían las peticiones. Las cartas entraban en mi casa por almudes, no siempre solas, en verdad, sino a menudo acompañadas del bocadito, de la caja de cigarros, del tarro de dulce. Siempre que iba a mi vivienda encontrábala atestada de hambrones menudos, como portería de convento en tiempo de miserias.
Yo procuraba quitarme de encima tanto gorrón holgazán que, cual enjambre de langosta, caía o anhelaba caer sobre la Real Hacienda; pero son los pretendientes como las moscas, que cuanto más las sacuden, más se pegan. A muchos coloqué; pero como el frecuente ir y venir de oficina en oficina me obligaba a gastar mucho tiempo y no pocos zapatos, discurrí el arbitrio de que los interesados me indemnizaran módicamente de aquellas pérdidas.
Cuando se me presentaba alguno en cuya facha conocía yo que era hombre de posibles, mayormente si venía de provincias con cierto cascarón de inocencia, lo recibía cordialmente, nos encerrábamos, conferenciábamos a solas, le persuadía de la necesidad de tapar la boca a la gente menuda de las oficinas, conveníamos en la cantidad que me había de dar, y si se brindaba rumbosamente a ello, cogía su destino. Siempre era una friolera, obra de diez, doce o veinte mil reales, lo que cerraba el contrato, menos cuando se trataba de una canonjía, pensión sobre encomienda, u otro terrón apetitoso, en cuyo caso había que remontarse a cifras más altas. Si nos arreglábamos, se depositaba la cantidad en casa de un comerciante que estaba en el ajo, y después yo me entendía con los superiores.
Asunto era este delicadísimo y que exigía grandes precauciones. Por no tomarlas y fiarse de personas indiscretas, no dotadas de aquella fina agudeza a pocos concedida, cayó desde la altura de su poltrona a la ignominia de un calabozo un célebre ministro de Gracia y Justicia.[1]
[1] Macanaz.
VII
Con estas y otras artimañas iba yo viento en popa, como diría el infante. Era tan considerable el número de mis amigos, que no acertaba a contarlos.
Seguía en buenas relaciones con mi antiguo protector don Buenaventura; pero ni este se atrevía a ocuparme en viles menesteres, ni yo lo habría consentido. Despachábamos juntos y mano a mano algunos asuntos delicados, tocantes al Real Consejo, porque ha de saberse que el don Ventura, desde que cuajara el despotismo y se restableciera el régimen antiguo, alcanzó la plaza de camarista, por la cual tenía antojos el pobrecito señor desde su mocedad, o casi desde el vientre materno. ¡Oh! ¡Ningún arrimo se puede comparar al arrimo del Real Consejo y Cámara! Daba gana de dormir en aquellos sillones, bajo aquellos techos eminentes, en medio de aquella paz, de aquel reposo, de aquella estabilidad inalterable, de aquella majestuosa petrificación de los siglos, de aquel silencio, solo turbado por los estornudos de algún camarista y el ruido de los viejos, polvorosos y amarillos folios, cuando la flaca, la rapante mano del escribano los volvía. Era una tumba para el mundo, y un paraíso para los que estaban dentro... Para el reino la muerte; para los privilegiados dulce y reposada vida.
—No hay institución más sabia que esta del Consejo —me decía don Buenaventura, con aquel entusiasmo que ponía siempre en sus palabras, al hablar de las cosas venerandas, sublimadas por los siglos—. Eso de que no pueda moverse un dedo en todo el reino sin que nosotros entendamos de ello, es admirable para el buen concierto de las Españas y sus Indias. Nuestra sala de Alcaldes vale un imperio. Con ser tan pequeña todo lo abraza: sin que ella lo autorice no puede el español sacar un pececillo de las aguas de un río, ni vender una libra de uvas, ni echar la sal al puchero. Todo lo pequeño está en nuestras manos, lo mismo que lo grande; sin nuestro permiso el reino no puede sublevarse ni tampoco rascarse. No puede hacer revoluciones, ni cambiar de dinastía, ni reunir Cortes, ni establecer formas de gobierno, ni tampoco ir a los toros, ni cazar con hurón, ni tener un desahoguillo mujeril, ni escupir, ni toser.
»Somos una máquina admirable que con sus grandes palancas aporrea el mundo, y con sus dientecillos roe lo que encuentra. Aquí todo se convierte en polilla. Nada se nos escapa, y el vasallo de Fernando VII tiene que venir aquí para que le digamos dónde tiene las manos. ¡Ay de aquel que se atreva a alterar la dulce armonía en que vive la Nación, regocijándose en sí misma y mirándose en el espejo de su estabilidad secular, como Narciso en la fuente! Si alguna cabeza hueca concibe proyectos de aparente utilidad para desviar el suave curso de la española vida, bien alterando las leyes del comercio, bien las de la fabricación, ora los impuestos, ora la agricultura, nosotros acudimos solícitos allí donde prendió el incendio de la reforma y procuramos apagarlo, apoderándonos del proyecto, solicitud o requisitoria, informe o memorándum, para ponerle encima una losa de papel, bajo la cual se queda criando musgo, si no gusanos, ¡por los siglos de los siglos!
»En suma, es nuestra misión sostener en las esferas todas del país el estado de sabrosísimo sueño que constituye su felicidad desde que renunció a las conquistas. Nosotros arrullamos esta inmensa cuna, cantando el ro-ro; y si por acaso en la agitación de su placentero dormir saca la criatura una mano, se la metemos entre las sábanas; si pronuncia alguna palabra, le tapamos la boca; si suspira, la rociamos con agua bendita; si se mueve, ¡ay!, si se mueve nos asustamos mucho, porque creemos que va a despertar... Pero ahora tenemos tranquilidad para un rato, amigo mío: el turbulento niño duerme; todo es calma, todo es silencio, todo es paz, y apenas oímos un murmullo de inquietud en el fondo de este gran pecho, que suavemente se alza y se deprime con el reposado aliento de la satisfacción.»
Así dijo. Concluía de comer, y levantándose, añadió:
—Adiós, Pipaón; me voy al Consejo a dormir la siesta.
La pintura de aquella alta institución narcótico-nacional despertaba más en mí el deseo de afincarme en ella, como quien dice, proporcionándome una plaza de camarista, que era la mejor almohada del mundo para reposar una cabeza cargada de años y de trabajos. Contrariábame mi juventud, y la poca duración de mis servicios; si bien es verdad que para cubrir una vacante en aquellos tiempos no había los ridículos escrúpulos y reparos de antaño. Ya no se buscaba con candil, como en los días de Jovellanos y Campomanes, un vejete sabihondo para endilgarle la cédula de nombramiento, sin más méritos que haber escrito mil indigestos informes. Godoy echó por tierra estos abusos, llevando a la Cámara a quien le dio la gana, sin distinción de talentos reales o postizos; y en mi época esta tolerancia había llegado a su colmo, siendo evidente que, desde la entrada de don Antonio Moreno en el Consejo de Hacienda, todos los peluqueros de Madrid se vieron ya con un pie dentro de la Sala.
Esto me daba alientos, y no me acostaba ninguna noche sin pensar, al persignarme, en las dulzuras de la anhelada canonjía del Consejo. Crecía mi favor como la espuma, y a los comienzos de 1815 pude pasar del cuarto del príncipe al del rey, que era el Olimpo de la cortesanía, y trabar comercio más íntimo con personajes del mayor prestigio, y que, al decir de las gentes, traían en los cinco dedos de su mano toda la grandeza del reino, del cual eran árbitros, sin dar de ello cuenta al diablo ni a Dios.
Impulsome por estos excelsos caminos la amistad que en octubre de 1814 contraje con un hombre que en aquella época comenzaba a ser poderoso, y después lo fue en tan alto grado, que, siendo su nombre don Antonio Ugarte, el vulgo le llamaba Antonio I para significar un poder, grandeza y predominio que al del mismo monarca se igualaba.
¿Y quién era ese Ugarte, quién era ese hombre poderoso que por algún tiempo dispuso del tesoro de la nación, y tuvo a sus pies a todas las eminencias civiles y militares, y dio que hablar dentro y fuera de España casi tanto como Godoy en el reinado de Carlos IV? Pues era, simplemente, un maestro de baile.
Hombre tan insigne merece capítulo aparte.
VIII
En los últimos años del siglo anterior, Ugarte había venido de Vizcaya a los quince de su edad. Menos afortunado que yo y con menos recursos, tuvo que ponerse a servir de mozo de esportilla en casa del señor Consejero de Hacienda don Juan José Eulate y Santa, donde se dio tan buena maña y mostró tanto ingenio, que bien pronto, ayudado de su buena letra y de sus conocimientos aritméticos, logró ser amanuense de la casa. Habiendo nacido Antoñuelo para grandes empresas, no quiso su destino que se prolongase por mucho tiempo la oscuridad de aquella vida, y ved aquí que una aventurilla doméstica, en la cual apareció demasiado listo, le obligó a separarse del señor Eulate. El mancebo vizcaíno, viéndose sin arrimo, pasó revista a todas las artes y ciencias, y discurriendo cuál de ellas tomaría por instrumento de la gran ambición que en su noble pecho abrigaba, adoptó la coreografía. Ya le tenemos de maestro de baile, o como si dijéramos, con ambos pies dentro de la esfera de la fortuna, que en aquellos tiempos solía favorecer a la gente danzante.
Era Ugarte de hermosa presencia, agraciado, vivaracho, ingeniosísimo en las frases, saludos y cumplidos, y extremadamente listo, con el más claro ojo del mundo para conocer a las personas y captarse su simpatía y buena voluntad. Vestía con toda la elegancia que sus mermados emolumentos le permitían; conocía a fondo el ars umbelaria, que era el modo de ponerse el sombrero, y el ars ingrediaria, que era lo que modernamente y con más llaneza llamamos el modo de andar. No solo daba lecciones de baile, sino que las daba también de zorongo, es decir, enseñaba a los jóvenes a hacer con la mayor elegancia posible el gesto de afectadísima urbanidad conocido con este nombre.
A pesar de tan supinos talentos, Ugarte no salía de su pobreza, que entonces acompañaba, como el lazarillo al ciego, a las más nobles artes de la cabeza o de los pies. Pero quiso el cielo que se prendase del bailante vizcaíno una dama burgalesa (cuyo nombre no hace al caso), la cual vivía en la Costanilla de Capuchinos de la Paciencia. Desde entonces todo cambió. Baste decir que Godoy gobernaba a España y sus Indias. Para medrar, Antoñuelo, que tanto había movido los pies, no necesitó más que el apoyo de una blanca mano. Sintiéndose con un gran caudal de iniciativa y de recursos de ingenio, resolvió no meterse entre las telarañas de las covachuelas, y se hizo agente de negocios de Indias, de los Cinco Gremios y de la Dirección de Rentas. ¡Colosal mina! Antoñuelo tenía talento en la cabeza, y dedos en las manos.
Por lo que yo hice con mediana ciencia en tiempos posteriores, y ya muy explotados, júzguese lo que haría Ugarte con más genio para los negocios que Nelson para la Marina, y en tiempos tan primitivos y virginales que bastaba alargar la mano para coger el sustento de hoy... y el de mañana. La Providencia divina, que en lo de mimar a Ugarte era una madre débil y complaciente, le puso entonces en relaciones con el barón Strogonoff, embajador de Rusia, el cual encargó a nuestro exbailarín el desempeño de diversos asuntillos. Hízolo a pedir de boca, quedando el moscovita tan complacido, que se fue para las Rusias en 1808, y dejó a cargo de Ugarte todos sus intereses.
Durante la guerra, don Antonio no se movió de Madrid. Firme en su agencia, servía a españoles y franceses, sin malquistarse jamás con unos ni con otros, que este es privilegio de ciertos hombres sutilísimos. Ni los franceses le molestaron en 1812, aunque encubiertamente favorecía a los nacionales, ni en 1814 le persiguieron por afrancesado los españoles de la restauración. Con todo el mundo tenía buenas relaciones; para todo se echaba mano de Ugarte. Murat y José lo mismo que los regentes de Cádiz, el cardenal de la Scala lo mismo que Fernando, el botellesco Cabarrús igualmente que el leal Eguía, le consideraban y atendían. Hízose superior a los partidos, y a todos servía. Había tenido hasta entonces el singular talento de no funcionar dentro de la jurisdicción de las pasiones políticas, reservándose la esfera interior de los negocios. Mientras arriba los bobos andaban al pelo por la soberanía del pueblo y los derechos del trono, él resbalaba abajo ingiriéndose en los intereses públicos y particulares... No era nada; no era más que agente.
Aquí hemos visto muchos hombres de esta clase; pero el maestro, el patriarca, el Adán de estos bienaventurados camaleones, fue, sin duda alguna, Antonio I, agente de todo lo agenciable.
Por entonces empezó la gran influencia de los rusos en la corte de España, aunque todavía no habían aparecido por las Ventas de Alcorcón. Concluida la guerra, vino acá el célebre Tattischief (a quien daré a conocer más adelante), el cual, por su antecesor, tenía ya noticia de las sutilezas de nuestro agente. Se hicieron tan amigos, que ambos salían de paseo, dándose el brazo, confundiéndose los bailarinescos antecedentes del uno con la noble prosapia del otro, para regocijo de la democracia, que ya empezaba a invadirlo todo. El ruso, que era emprendedorcillo, como se verá en lo sucesivo, y no había venido a Madrid a coger moscas, encontró su mano derecha en Ugarte, y este halló en el ruso un admirable espantajo que le sirviese de pantalla en la corte. Llevó Tattischief a Antonio I a la tertulia de Fernando, hízole conocer a este las altas dotes del antiguo maestro de zorongo, y no fue preciso más. La agencia de Ugarte se extendió; puso una mano en el corazón de la monarquía, y extendió la otra a los últimos confines de ella en Europa y en América. Un solo mundo no le bastaba.
Por aquella época (repito que al concluir 1814) nos hicimos amigos. Habíame ocupado don Antonio en diversos menesteres de mi incumbencia, los cuales desempeñé tan bien que se me confirieron secretos importantes y fui asociado a empresas de mayor cuantía. Nos comprendimos; encajamos el uno en el otro como el pie en el zapato: él conociéndome y yo conociéndole, habíamos hecho la principal conquista de nuestra vida.
Y aquí levanto la mano del bosquejo de este hombre, porque sus hechos principales no han ocurrido aún en los días a que me refiero. Ellos irán saliendo poco a poco, y le pintarán por completo en todas sus fases, siendo tan solo mi propósito ahora trazar una breve figura lineal, que por sí irá vistiéndose de colorido con la misma luz de los próximos sucesos. Cuando yo conocí a don Antonio, empezaba el gran poder de aquel hombre, arbitrista, asentista, factotum; de aquel agente universal, que resolvió, en connivencia secreta con el rey, graves negocios de estado; que tramó revoluciones y mudanzas, celebró tratados y manejó la Hacienda publica sin responsabilidad; organizó ejércitos y compró buques, todo esto sin intervención ninguna de los vanos ministros, y obrando casi siempre a espaldas del llamado gobierno.
La figura de mi don Antonio no revelaba entonces su antiguo oficio de maestro danzante, ni tenía la ligereza que arte de tantos vuelos exigía: era bastante obeso y de procerosa estatura, rostro de satisfacción, doble barba con mucha enjundia, ojos muy movibles y una sonrisa más bien esculpida que pintada en su rostro por la fijeza de ella, y por la feliz concordancia con todas sus palabras. Ponía semblante afectuoso a chicos y grandes, y con todos aparecía obsequioso y servicial, aunque después no lo fuese. Tenía suma destreza para resolver en todo; respondía siempre a medida, sin decir más ni menos de lo necesario; disimulaba sus proyectos con discreción excelsa, a prueba de ajena perspicacia; jamás emitía ideas exageradas; por el contrario, era juicioso, y en sus conversaciones sobre fútil política siempre daba la razón a su interlocutor; hablaba con veneración del rey, guardando prudente silencio sobre la dominación francesa, y no insultaba jamás a los vencidos, sin duda por la consideración de que pudieran ser vencedores. Cuando nombraba a alguno de los personajes desterrados o presos, decía mi desgraciado amigo Fulano de Tal, y a todos los hombres de viso que entonces privaron, les sahumaba con vanos elogios en presencia y ausencia.
Delante de los tontos decía afectadamente tonterías, y sabidurías delante de los sabios, y jamás habló mal de ninguna persona, aunque esta estuviese en Melilla o Ceuta. Era religioso y cuchicheaba con frailes y monjas; pero nunca le vi abogar celosamente por la Inquisición, ni dio al fuego sus libros filosóficos y enciclopedistas, pues los tenía buenos. Se lamentaba de que los revolucionarios fueran tan malos; pero en más de una ocasión le sorprendí en secreto con ciertos pajarracos que a cien leguas me olían al musguillo húmedo de las logias y a sociedad secreta; en fin, era hombre tan completo que difícilmente se encontraría otro ejemplar, ni quien, como él, estuviese siempre en la justa medida, atento a su beneficio, y realizando las supremas leyes de la vida con tal arte que el Criador del mundo debía de estar muy satisfecho por haber criado a Ugarte. Sin duda después que lo echó al mundo vio que era bueno.
Este y Ostolaza fueron los dos arcángeles que tiraron (permítaseme la figura) del carro celestial de mi encumbramiento. Si uno me introdujo en el cuarto del infante, llevome el otro al del rey. Muchas y no despreciables cosas tengo que contar de mis conexiones con los primeros cortesanos de la época; pero antes de llegar al lugar sagrado, se me permitirá que me ocupe de otras menudencias que, no por serlo, dejan de ser indispensables para el conocimiento de lo que vendrá después, y de cierto asunto que por mi propia cuenta emprendí. Como aquí entran personas de menos copete y algunas madamitas, también abro capítulo aparte.
IX
A casa de las de Porreño iba yo a menudo, y constantemente desde que se apareció en aquellos tristes salones cierta condesa de Rumblar, acompañada de un lindo femenil pimpollo, nombrado Presentacioncita, la cual era un conjunto de gracias, seducciones y monerías de imposible descripción. Tenía tal garabato para burlarse de Ostolaza y de mí, elogiándonos en apariencia, que ni él ni yo sabíamos enfadarnos para salvar la dignidad. Nos zahería muy sandungueramente, y por mi parte me moría de gusto. La luz chispeante de sus ojitos, negros como la noche, deslumbraba los míos y se me entraba y esparcía por todo el cuerpo, escarbándome el corazón. Cuando reía, figurábasele a uno tener delante un coro de angelitos insolentes, jugueteando de nube en nube; cuando se ponía seria, era preciso estar en guardia, porque de fijo tramaba alguna ingeniosa picardía. Su gravedad era una máscara, detrás de la cual se fraguaban hipócritamente todas las aleves conspiraciones contra nuestras casacas, contra nuestras chupas, y también contra nuestras pobres carnes.
Temblábamos ante ella, y por mi parte me derretía de gozo cuando mi cara se bañaba en su aliento durante una partida de mediator. Moralmente hablando, nos pellizcaba sin cesar, pues no podían ser otra cosa sus punzantes burlas. Digo punzantes, porque en cierta ocasión clavó en los sillones donde Ostolaza y yo nos sentábamos, algunos alfileres tan soberanamente dispuestos, que mi buen amigo y yo vimos, sin ser astrólogos, todo el sistema planetario. Otra vez cosió mis faldones a un infame aparato, que moviéndose echó por tierra la cesta de la costura donde doña Paz tenía distintas suertes de labores, ovillos, canutillos y lienzos, de tal modo que levantarme yo y venir el mujeril aparato al suelo fue todo uno. A veces inventaba un juego de acertijo, en el cual había un plato artificiosamente ahumado, que nos aplicábamos a la cara para saber el secreto, y puesta la sala a oscuras, resultaba después que aparecíamos Ostolaza y yo con la cara tiznada, de lo cual se holgaban y reían mucho los concurrentes. A menudo recibía yo cartitas y recados de monjas mandándome llamar, y luego salíamos con que era mentira. Y no digo nada de aquella graciosísima invención que consistía en darme un dulce, y cuando yo todo almibarado de gozo me lo metía en la boca, resultaba más amargo que la misma hiel.
¡Ay! En aquellas tertulias había verdadero entretenimiento; se divertía uno con la más rigurosa honestidad, sin propasarse jamás a cosas mayores, y aunque se padecía un poco del mal de Tántalo, el lindo juego de la gallina ciega nos proporcionaba algún yo y tú casual entre tapices, y se podía coger al vuelo un par de blancas manos, algún torneado brazo, u otra cualquier obra admirable del Criador. Daba la maldita casualidad de que, siempre que estábamos rezando el rosario, sonaba adentro descomunal y pavoroso ruido, y a oscuras o con un candilejo era preciso ir a ver lo que era, no faltando damas valerosas que le acompañasen a uno por los solitarios corredores. Por supuesto, al fin venía a resultar que aquellos espantables ruidos eran obra del gato, haciendo de las suyas en la cocina.
Con estos y otros inocentes placeres, se pasaban dos o tres horas de la noche sin sentirlo.
Una noche noté que Presentacioncita no nos dio bromas ni a Ostolaza ni a mí. No di importancia al suceso. A la noche siguiente no fue a la tertulia y se dijo que estaba enferma; pero apareció tres noches después bastante desmejorada y muy triste, lo cual me sorprendió mucho, y observé. Observé su semblante, su mirar, qué conversaciones prefería, a cuáles palabras prestaba más atención. Atisbé sus suspiros y la distracción honda en que comúnmente estaba, deduciendo de todo que Presentacioncita tenía un gran pesar sobre su alma. Pero lo más extraño fue que la graciosa niña no solo se abstenía por completo de toda burla mordaz conmigo, sino que me trataba con inusitadas consideraciones, fijando en mí su mirada, cual si quisiese leer mis pensamientos, y por ellos adivinar mi voluntad para satisfacerla.
Atendía al juego, alegrándose mucho cuando yo ganaba, y demostrándome en sus ojos profunda pena si la suerte no me era propicia. Al retirarme, me preguntó con vivísimo interés si faltaría a la tertulia de la noche siguiente.
Acosteme y no dormí. Los dos ojos de Presentación fulguraban en la oscuridad de mi alcoba como estrellas en el negro cielo. Pero yo no soy hombre que pierde el tino por afán de ideales amores, ni en mi vida he sentido el embrutecimiento de que hablan los poetas, dolencia común a cabezas hueras y a gente vagabunda. Reíme, pues, de aquello, y vino el día y tras él la noche. Pareciome, al entrar en la tertulia, que con mi vista se disipaba la tristeza de la preciosa niña, como con la presencia del sol huyen las nieblas que oscurecen y enfrían la tierra. ¿A qué negarlo? Yo estaba inflado de orgullo.
Conocí que deseaba hablarme, y por mi parte sentía ardiente anhelo de decirle un par de palabritas al oído, sin que lo viera mi señora la condesa. Ofreciósenos a entrambos ocasión propicia cuando los demás hablaban ardientemente de la caída de Macanaz. Presentacioncita me dijo con la mayor zozobra:
—Señor de Pipaón, tengo que hablar con usted.
—Y yo también, señora doña Presentacioncita, tengo que... —repuse, sin poder encontrar una fórmula de madrigal.
—Pero mucho, mucho —añadió ella, poniéndose más encarnada que un cardenal.
—¿Mucho?
—Tengo... tengo que confiar a usted...
—Sí, yo también...
—Un gran pesar.
—¿Pesar?
—Sí, una gran pesadumbre, y espero...
—Yo también espero...
—Espero que usted me hará el favor que he de pedirle... Usted, sí, me han dicho que solo usted...
Yo estaba confundido y nada contesté.
—Mañana, señor de Pipaón... —dijo disimulando todo lo posible su inquietud—; mañana...
—Mañana, o cuando usted quiera...
—Venga usted aquí. Estaremos solas doña Salomé y yo. Mi madre, doña Paz y doña Paulita van a visitar a las monjas de Chamartín. Yo he dicho que vendré a ayudar a doña Salomé en una labor que trae entre manos.
Al siguiente día, a la hora marcada, acudí presuroso a la cita, poniéndome de veinticinco alfileres. Retirose la de Porreño cuando yo entré, y Presentacioncita no esperó a que me sentara para decir:
—Señor de Pipaón, en usted confío, en su mucha bondad y cortesanía. Se trata de una obra de caridad.
—¡Una obra de caridad!... ¡y para eso...! —murmuré desconcertado.
—Se lo agradeceré a usted toda mi vida, toda mi vida —afirmó ella cruzando las manos y clavando en mí hechiceras miradas.
Empecé a sospechar si sería yo víctima de una refinada ingeniosa burla.
—Veamos: ¿qué obra de caridad es esa? —pregunté tan inquieto y sobrecogido cual si sintiera en el asiento de la silla los alfileres de marras.
Presentacioncita fijó los ojos en el suelo, y doblando y desdoblando la punta del pañuelo, dijo:
—Yo tengo...
—Vamos, acabe usted.
—Me cuesta mucho trabajo, señor de Pipaón; pero no me queda otro remedio que decírselo a usted.
—Pues oigo. ¿Tiene usted...?
—Vergüenza.
—¿Es algún pecado?
—Pecado, no.
—Entonces, amor.
Presentación respiró cual si la quitaran de encima un gran peso.
—Eso es. Cuesta mucho decirlo... Gracias, señor don Juan. Me ha adivinado usted. Bien dicen que otro de más pesquis no le hay bajo el sol.
—¿Y quién es ese dichoso joven? —pregunté de muy mal talante, esforzándome en poner cara indiferente.
—Ese joven... es... vamos, un joven... muy desgraciado por cierto, si usted no lo remedia.
—¿Yo?... ¿Y en qué puedo servirle?
—¡Ay! Para un hombre como usted no hay nada imposible. Por su mucho talento ha logrado ganarse una buena posición; es amigo de Antonio I, del infante, y tiene gran poder en la Corte... —añadió con mucha zalamería.
—¡Yo!
—O en el gobierno. ¡Qué gusto para la madre que tal hijo crió! Verle encumbrado por sus méritos nada más, por su entendimiento; verle solicitado de los grandes señores y hasta de los obispos... No sabemos a dónde va a llegar usted, señor de Pipaón, y si no para de subir, le veremos ministro o gobernador del Consejo, o embajador el día menos pensado.
—Gracias, señora doña Presentacioncita. Pero...
—Pero... déjeme usted seguir —repuso impaciente, porque la revelación del principal secreto le había devuelto su normal viveza y desenvoltura.
—Ya oigo.
—Decía que si usted me libra de la profunda aflicción que tengo, rezaré todas las noches un padrenuestro para que Dios le haga a usted embajador o ministro.
—Hecho el trato —respondí riendo—. Su novio de usted...
—¡Por Dios y todos los santos, sea usted reservado! Hago a usted esta confianza porque conozco su prudencia, su bondad, su discreción. Antes moriría que fiarme de Ostolaza.
—Lo creo.
—Si usted dice una palabra por la cual mi señora madre pueda sospechar...
—¡Oh! Lo que es eso...
—Entonces tomaré venganza tan horrenda, tan espantosa...
—Lo creo, sí, lo creo sin juramento.
—Tan espantosa, que... vamos: ya estoy teniendo compasión de usted. ¡Oh! de veras... será usted el más desgraciado de los hombres.
—El más feliz seré si consigo sacar a usted de ese mal paso.
—A mí no, a él —declaró con viveza.
—¿Quién es? ¿No se puede saber?
—Usted le conoce —dijo fiando a mi penetración lo que solo correspondía a su franqueza.
Avergonzábase de pronunciar el nombre de su adorado; y todo era medias palabritas, reticencias, adivinanzas, mucho de que se quema usted, hasta que al fin, con más trabajo que para sacar alma del Purgatorio, le saqué del cuerpo el dichoso vocablo, resultando que aquella Tisbe tenía por Píramo a un mozalbete de buena familia llamado Gasparito Grijalva, hijo de don Alonso de Grijalva, propietario muy adinerado.
—¿Y en qué apreturas se encuentra ese joven, que tanto necesita de mí?
Presentacioncita se sintió conmovida, y llevándose el pañuelo a los ojos, dijo:
—Está preso.
—Vamos, madamita, no llorar. Eso no conduce a nada —repuse dándole algunas palmadas en el hombro—. ¿Y qué diabluras ha hecho el mozo?... ¿Alguna pendencia, alguna disputa quizás por esos lindos ojos?...
—No es nada de eso —añadió sollozando—. Le prendieron porque en el café dijo que Su Majestad era narigudo.
No pude contener la risa.
—¿Por eso, nada más que por eso?
—Y por haber dicho que Su Majestad escribía cartas a Napoleón desde Valencey, felicitándole y pidiéndole una princesa para casarse.
—¡Oh! grave desacato es ese...
—¡Ay! Señor don Juan —exclamó cubriéndose el rostro y llorando sin freno—, yo me muero de aflicción, yo no puedo vivir...
—Calma, mucha calma, señora mía, y discurramos lo que se ha de hacer.
—¡Y dicen que le van a ahorcar, señor de Pipaón! —agregó, volviendo a mostrar los ojos, más bellos entre la humedad del llanto, como es más bello el sol después de la lluvia—. Eso sería una iniquidad, un crimen... ¡Ahorcarle por una tontería!...
—Por eso se ahorca hoy... Discurramos. El delito es horrendo...
—¿Horrendo?
—Sí: ¡calumniar a Su Majestad, diciendo que anduvo en tratos con el infame monstruo!
—¡Cosas de muchachos! Como su padre es algo liberal, según dicen, y parece que no quiere toda la Inquisición, sino una parte de ella, desean castigarle en la persona del pobre, del inocente Gaspar... ¡Ah! ¡Si viera usted qué carta me escribió ayer!... Yo no sé cómo se las compuso para escribirla en la cárcel y enviármela; pero ello es que la recibí. Me suplica que le mande secretamente un cordel o un puñal para darse la muerte, antes que el verdugo ponga sus manos sobre él. ¡Esto parte el corazón! Parece que siento ya el puñal clavado en mi pecho, y la cuerda alrededor de mi cuello... Y gracias a que Dios me ha deparado un amigo tan bueno y generoso como usted; pues ¿quién duda que beberá los vientos para que pongan a Gasparito en libertad?
—Falta que lo consiga, porque la justicia de estos tiempos no se anda con bromas; y si bien es posible que el niño no lleve corbata de cáñamo por ahora, casi casi se le puede dar una carta de recomendación para los huéspedes de Ceuta o de Melilla.
—¡En África, en presidio!... Para usted, según dicen, no hay nada difícil; todo lo allana, y es el más activo correveidile, el más bullidor y hormiguilla de los empleados públicos de hoy.
—Gracias.
—De modo que si usted no quiere verme morir de pena; si no quiere que le maldiga en mi última hora, y que desde este momento le aborrezca como a mi más cruel enemigo, prométame que dentro de unos pocos días estará Gaspar en libertad.