Napoleón en Chamartín
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EPISODIOS NACIONALES
NAPOLEÓN EN CHAMARTÍN
Es propiedad. Queda hecho el depósito que marca la ley. Serán furtivos los ejemplares que no lleven el sello del autor.
Imprenta de los Sucesores de Hernando, Quintana, 33.
B. PÉREZ GALDÓS
EPISODIOS NACIONALES
PRIMERA SERIE
NAPOLEÓN
EN
CHAMARTÍN
43.º millar.
MADRID
LIBRERÍA DE LOS SUCESORES DE HERNANDO
Calle del Arenal, núm. 11.
—
1907
NAPOLEÓN EN CHAMARTÍN
I
El Sr. D. Diego Hipólito Félix de Cantalicio Afán de Ribera, Alfoz, etc., etc., Conde de Rumblar y de Peña Horadada, hacía en Madrid la siguiente vida:
Levantábase tarde, y después de dar cuerda a sus relojes, se ponía a disposición del peluquero, quien en poco más de hora y media le arreglaba la cabeza por fuera, que por dentro solo Dios pudiera hacerlo. Luego daba al reloj de su cuerpo la cuerda del necesario alimento, como decía Comella, la cual cuerda pasaba aún más allá de la media docena de bollos de Jesús, reblandecidos en dos onzas de chocolate. Incontinenti seguía la operación de vestirse y calzarse, no consumada a dos tirones, sino con toda aquella pausa, aplomo, espaciosidad y mesura que la índole de los tiempos exigía. Una vez en la calle, dirigía sus pasos a cierta casa de la Cuesta de la Vega, donde es fama que habitaba la discreta mayorazga, con cuyo linaje la casa de Rumblar concertara genealógico y utilitario ayuntamiento. Esta visita no era de larga duración, y al poco rato salía D. Diego para encaminarse ligero como un corzo a la calle de la Magdalena, donde vivía un señor de Mañara, de quien era devotísimo y fiel amigo. Los más de los días comían juntos, y luego leían la Gaceta, el Semanario patriótico, el Memorial literario y cuantos papeles impresos venían de Valencia, Sevilla o Bayona, tarea que les entretenía hasta el anochecer; y por fin, a la hora en punto en que las calles de Madrid se tapujaban con aquel manto de simpática oscuridad que el positivismo alumbrador de estos tiempos ha rasgado en mil pedazos, nuestros dos galanes salían juntos, en luengas capas embozados, y a veces con traje muy distinto del que usaban durante el día. Aquí tenía principio, según opinión de los sesudos autores que se han ocupado de D. Diego de Rumblar, la verdadera existencia de aquel insigne rapazuelo, y también es cierto que todos los cronistas, si bien desacordes en algunos pormenores de estas escandalosas aventuras, están conformes en afirmar que siempre le acompañaba el supradicho Mañara, y que casi nunca dejaban de visitar a una altísima dama, la cual lo era sin duda por vivir en un tercer piso de la calle de la Pasión, y tenía por nombre la Zaina o la Zunga, pues en este punto existe una lamentable discordancia entre autores, cronistas, historiógrafos y demás graves personas que de las hazañas de tan famosa hembra han tratado.
Ante el inconveniente de aplicar a Ignacia Rejoncillos los dos apodos con que la apellidaban sus amigos, yo me decido a llamarla siempre la Zaina, y en verdad que ignoro por qué la aplicaron tal nombre, pues aunque a los caballos castaños se les llama zainos, no sé si esto cuadra a los cabellos del mismo color: ello es, sin embargo, que la palabreja significa también traidor, falso y poco seguro en el trato, y falta saber si la hija del tío Rejoncillos, alias Mano de Mortero, merecía aquellos dictados, y, por lo tanto, el ser tenida por la flor y espejo de la zainería.
Pero no quiero desviarme de mi principal objeto, que ahora es decir a cuáles sitios iba D. Diego y a cuáles no; y firme en tal propósito, afirmo y juro en realidad de verdad, y sin que ninguna persona honrada pueda desmentirme, que D. Diego y el Sr. de Mañara iban de noche a una reunión de masonería incipiente del género tonto, que se celebraba en la calle de las Tres Cruces, y a otra del género cómico fúnebre, que tenía su sala, si no me falta la memoria, en la calle de Atocha, número 11 antiguo, frente a San Sebastián. En estas reuniones, amén de las muchas pantomimas comunes a esta orden famosa, leíanse versos y se pronunciaban discursos, piezas literarias de las cuales espero dar alguna muestra a mis pacienzudos leyentes.
Sobre todo en la calle de Atocha, donde estaba la logia Rosa-Cruz, el rito era tal, que algunas veces púseme a punto de reventar, conteniendo las convulsiones de mi risa, pues aquello, señores, si no era una jaula de graciosos locos, se le parecía como una berenjena a otra. En una oscurísima habitación, que alumbraban macilentas luces, toda colgada de negro, reuníanse los tales masones, y porque allí fuera todo misterioso, tenían a la cabecera un Santo Cristo acompañado del compás, escuadra y llana, y a la derecha mano, como si dijéramos, al lado del Evangelio, un esqueleto muy bien puesto en un sillón, con la cabeza apoyada en la mano, en ademán meditabundo, y por lo bajo un letrerito que decía: Aprende a morir bien.
Debo indicar que en aquel año la masonería española era pura y simplemente una inocencia de nuestros abuelos, imitación sosa y sin gracia de lo que aquellos benditos habían oído tocante al Grande Oriente Inglés y al Rito Escocés. Yo tengo para mí que antes de 1809, época en que los franceses establecieron formalmente la masonería, en España ser masón y no ser nada eran una misma cosa. Y no me digan que Carlos III, el Conde de Aranda, el de Campomanes y otros célebres personajes eran masones, pues como nunca les he tenido por tontos, presumo que esta afirmación es hija del celo excesivo de aquellos buscadores de prosélitos, que no hallándolos en torno a sí, llevan su banderín de recluta por los campos de la historia, para echar mano del mismo padre Adán, si le cogen descuidado.
Después de 1809 ya es otra cosa. De aquellas dos logias infantiles, que yo conocí en la calle de las Tres Cruces y en la de Atocha, y donde se regocijaban con candorosas ceremonias unos cuantos desocupados, salieron la famosa logia de la Estrella, la de Santa Justa patrona de Córcega, la sociedad de caballeros y damas Philocoreitas, la de los Filadelfios de Salamanca, la Gran Logia nacional que estuvo en el edificio ocupado antes por la Inquisición, la logia de Santiago el Mayor en Sevilla, y las de Jaén, Orense, Cádiz y otras ciudades. Entrometiéndome en la Gran Logia nacional, oí hablar de cosas más serias y graves que los discursitos filosóficos en verso que le echaban al esqueleto de la Rosa-Cruz; oí hablar mucho de política, de igualdad; entonces fue cuando anduvo de boca en boca y llegó a ser muy de moda la palabra democratismo, que luego desapareció para presentarse de nuevo al cabo de medio siglo, aunque variada en su forma y tal vez en su significación. De la larva de aquellas logias, no es aventurado afirmar que salió al poco tiempo la crisálida de los clubs, los cuales a su vez, andando el voluble siglo, dieron de sí la mariposa de los comités.
Pero otra vez, sin quererlo, me aparto de mi objeto, y no ha de ser así, sino que vuelvo atrás para deciros que el señor Conde de Rumblar, luego que esparcía su ánimo en aquello del esqueleto, y hablaba por los codos durante una hora, iba en busca de entretenimientos más agradables; y aquí es donde viene como anillo al dedo la ocasión de nombrar a la Zaina, porque a eso de las once era cuando penetraba en sus salones el joven de que me ocupo, no acompañado solo por el citado Mañara, sino también por D. Luis de Santorcaz, que siempre se le unía en la Rosa-Cruz para seguir juntos hasta la madrugada.
Convendrá tener presente que no era la Zaina la única gran dama de aquellos aristocráticos barrios que abría de par en par las puertas de su casa y de su alma a nuestros tres amigos, y a fe mía que si hubiera yo de enumerar todas las ilustres casas de los cuarteles de San Lorenzo y San Millán, que por aquellos días obsequiaban a un pequeño número de habitués (¿por qué no decirlo en francés?), llenaría de seguro todo este libro y medio más. Pero sin renunciar a ser cronistas de los saraos de aquella matritense high life (¿por qué no decirlo en inglés?), seré muy breve por ahora, señores míos: estenme atentos, y no me interrumpan con exclamaciones de admiración, que me harían perder, mal de mi grado, el hilo del relato.
Los salones de la Zancuda, en la calle de Ministriles, se abrían muy temprano, y allí había cierta grave etiqueta, con poco de fandango y menos de seguidillas, razón por la cual escaseaba la concurrencia. Era la Zancuda mujer de grandes atractivos, a pesar de su feísimo nombre; pero no gustaba de alborotos, porque su marido, o lo que fuera, el señor Regodeo, era al modo de diplomático, hombre estirado, serio, ceñudo, y que en esto de burlar con sutilísima perspicacia las socaliñas de las aduanas, almojarifazgos o arbitrios de puertas, no se cambiaría por los más famosos de Sevilla y Ronda en el tal oficio. Don Diego y sus dos amigos frecuentaban poco esta casa, donde comúnmente se estaba como en misa.
En los salones de la Pelumbres (calle de la Torrecilla del Leal, tienda de hierro viejo) era todo animación, todo alegría, no solo por ser la dueña de la casa una de las mujeres más malignamente graciosas, más divertidas y de mejor mano para tocar las castañuelas que han existido a principios del siglo, sino porque allí concurrían personajes célebres en varias artes y oficios, tales como el distinguido curtidor Tres pesetas; el señor Medio diente, uno de nuestros más esclarecidos trajineros procedentes de las Tenerías de Toledo, y Majoma, curtidor de carne, el cual, cuando contaba sus viajes por las distintas cortes del mundo, tales como Melilla, Ceuta y el Peñón, les dejaba a todos con la boca abierta. Y como no faltaban tampoco ni la Narcisa, ni Menegilda, ni Alifonsa, todas tres estrellas esplendorosas del firmamento manolesco, la una vendedora de castañas, la otra de callos y caracoles, y la postrera de sal; como no se escatimaba el vino, ni las boleras, ni se ponía fin a los dichos, ni a la sabrosísima libertad en lengua y manos, D. Diego tenía sumo gusto en frecuentar aquella casa. Verdad es (y la historia no debe permanecer silenciosa en este punto) que las tertulias solían concluir con un refresco de palos, que, a oscuras y cual lluvia del cielo, caían de improviso sobre la escogida reunión; pero aquellos más bien regocijaban que afligían a D. Diego, el cual, ocupándose antes en darlos que en recibirlos, no se apuraba por unos cuantos cardenales más o menos, ni renunciaría a las fiestas de la Pelumbres, aunque llevara en sus espaldas todo el cónclave romano.
Pues ¿y qué diré de aquellas elegantísimas y suntuosas fiestas de Rosa la Naranjera, tan célebres en toda la redondez de Madrid, que hay historiadores muy concienzudos que aseguran haber visto a más de un Príncipe traspasar los umbrales de su bodegón, calle de las Maldonadas? Y si esta última atrevida afirmación no fuera cierta, eslo en lo tocante a duques, marqueses, condes y vizcondes, de lo cual certifico, por haberlos visto. No digo lo mismo de Príncipes y Reyes, pues de estos no recuerdo más que los de copas, bastos, oros y espadas, los cuales no faltaban ni una noche, y con toda familiaridad y franqueza se dejaban llevar de mano en mano. Eso sí: digan lo que quieran la ruin envidia y la mala fe de los que allí se quedaron limpios como patenas, el banquero Juan Candil era una persona honrada, y de recomendables antecedentes en aquel oficio, y hartas veces decía la Naranjera que en su casa no se consentían trampas, razón por la cual creemos que aquel era juego de ley, y que cuanto se decía acerca de las diestras manos de Candil y de las marcas de sus mugrientos naipes era, o cavilaciones de los parroquianos, o efecto de esa viciada atmósfera que rodea a las grandes instituciones cuando se las plantea entre gente díscola y pendenciera. ¡Y cómo gozaba D. Diego en aquella casa! ¡Y cuánto le querían y mimaban, y cómo se hacían lenguas todos en alabanza de su liberalidad, de su desprendimiento, de su nobleza, de aquel donaire con que entregaba sin muestras de aflicción la cantidad perdida! A este afecto correspondía Rumblar con una asistencia tan puntual, que si fuera al aula le habría hecho en poco tiempo un segundo Aristóteles.
Mas en aquella casa y en las que antes he mencionado, no se consagraba todo el tiempo a los reyes, sotas y demás real familia, pues siguiendo la general corriente de los tiempos, se hablaba mucho de política. A ellas iba con frecuencia, y durante sus días de vagar, el tío Mano de Mortero, que siempre llevaba noticias frescas. También concurría Pujitos, joven instruidísimo y de gran erudición, pues no dejaba de saber leer (aunque con pausa y cierto dejo o sonsonete), razón por la cual aquel esclarecido concurso estaba al tanto de las Gacetas y papeles nacionales y extranjeros, porque es de advertir que si el tío Mano de Mortero conocía a fondo la geografía ibérica (merced a sus frecuentes viajes científicos para desesperación del Estado y quebrantamiento del fisco); si por esta circunstancia conocía la posición de los ejércitos beligerantes, Pujitos iba mucho más allá: elevábase en alas del genio, y su pensamiento cerníase en las vertiginosas altitudes del arte militar y diplomático, como el águila sobre las eminentes cumbres.
Estas conversaciones no duraban toda la noche, y entre juego y juego solía haber bolero y manchegas, así como también algo de aquello que los eruditos llaman palos, y el vulgo también; pero sabido es que los palos son para ciertas gentes gustosísimo postre, después de los manjares fuertes del amor y del vino. ¡Ay! puedo asegurar que D. Diego era muy feliz con aquella vida.
Pero el dorado alcázar, el Medina-al-Fajara, el Bagdad, la Síbaris y la Capua de sus impresionables sentidos, estaban en casa de la Zaina, aquella beldad incomparable; aquella que, al aparecer por las mañanas en la esquina de la calle de San Dámaso, dentro de su cajón de verduras, daría envidia a la misma diosa Pomona en su pedestal de frutas y hortalizas. ¿Y qué diremos de aquella gracia peculiar con que lavaba una lechuga, arrancándole las hojas de fuera con sus divinas manos, empedradas de anillos? ¿Qué del donaire con que hacía los manojitos de rábanos, que entre sus dedos racimos de corales parecían? ¿Qué de aquella por nadie imitada habilidad para poner en orden los pimientos y tomates, cuya encendida grana se eclipsaba ante el rosicler de su cara? ¿Qué de aquel lindísimo gesto con que metía los cuartos en la faltriquera, olvidándose casi siempre de dar la vuelta? ¿Qué de aquella postura (digna de llamar la atención de Fidias) cuando descolgaba una sarta de ajos, que al enroscarse en sus brazos no se tomarían por otra cosa que por rosarios de descomunales perlas? ¿Qué de la destreza y soltura con que arrojaba las hojas de col sobre los usías que iban a requebrarla? ¿Qué de su ciencia en el vender, y su labia en el regateo, y su diplomacia en el engañar, que a esto y a nada más propendían todas y cada una de las sales y monerías de su lengua y ademanes? Válgame Dios, que tuvo buen gusto D. Diego al prendarse de aquella princesa o semidiosa, pues tal era su mérito y de tal modo y con tanta presteza la rodeaba de poéticos atributos la imaginación, que el puesto era un trono, y las lechugas ramos de olorosas yerbas, y los rábanos jacintos de Holanda, y los repollos abiertas magnolias, y los ajos cerradas azucenas, y las cebollas conjunto perfumado de todas las flores, así como también podía suponerse que el agujereado mandil de la Zaina era un rico sayal de finísima puntilla de Flandes, y el cuchillo de partir varita de oro para dar gusto y ocupación a las movibles manos, y los ochavos desparramadas joyas que los príncipes y reyes, de remotas tierras venidos, echaban a sus pies para rendir el fuerte castillo de su honestidad.
¿Y qué me diréis si os aseguro que D. Diego, a pesar de sus atractivos y de su dinero, no había podido rendir a la Zaina? ¡Oh, inflexible ley de los hados, que en aquella ocasión dispusieron que la Zaina fuese esclava en cuerpo y alma de otro galán, al cual de antiguo mis lectores conocen, y no es otro que el propio D. Juan de Mañara, por segunda vez presentado en el escenario de estas historias! Pues sí: el Sr. de Mañara, como la muerte, lo mismo ponía el pie en pauperum tabernas que en regumque turres; y aunque era persona de alta posición por aquellos días, y estaba a punto de ser nombrado regidor de Madrid, sus preferencias en materia de costumbres y de amor íbanse del lado de lo que Horacio llamó tabernas, y en castellano podemos nombrar ahora con la misma palabra.
II
Por las noches, este caballero, lo mismo que D. Diego, después que salían de las logias, se vestían de majos, y... aquí viene ahora la coyuntura de describir la casa de la Zaina y su gente, con las fiestas y bailes, y el refresco aparatoso que les ponía fin; pero como aún me resta por manifestar un poquito de lo referente a D. Diego y a su vida, principal objeto que en este comienzo del libro me propuse, dejo aquello para después, y sigo diciendo que el hijo de Doña María, bien solo, bien acompañado de Santorcaz, iba de tertulia alguna vez a las librerías principales, que era donde más se hablaba de política.
No sé si recordaré todas las tiendas de libros que había entonces en Madrid; pero sí puedo asegurar que casi igualaba su número al de las que ahora existen, y las más concurridas eran las de Hurtado, Villarreal, Gómez Escribano, Bengoechea, Quiroga y Burguillos (antes Fuentenebro), en la calle de las Carretas; la de la viuda de Ramos, en la Carrera de San Jerónimo; la de Collado, en la calle de la Montera; la de Justo Sánchez, en la de las Veneras; la de Castillo, frente a San Felipe el Real, y el puesto de Casanova en la Plazuela de Santo Domingo. En estas tiendas se reunían muchos jóvenes escritores o que pretendían serlo; poetas hueros o con seso, aunque estos eran los menos; personas más aficionadas a la conversación que a los libros, gente desocupada, noticieros, y muchísimos patriotas. D. Diego era patriota.
Como yo me metía bonitamente en todas partes, también me daba una vuelta por las librerías, bien acompañando a D. Diego, bien solo, echándomelas de gran patriota, y en la de las Veneras me acuerdo que dije una noche muy estupendas cosas, que me valieron calurosos aplausos. ¡Ay! allí conocí al sombrerero Avrial y a Quintana, el mochuelo y el mirlo, el cisne y el ganso de aquellos tiempos literarios, tan turbados, tan confusos, tan varios y antitéticos en grandeza y pequeñez, como los políticos. Parece, en verdad, mentira que Moratín y Rabadán, que Comella y Meléndez hayan vivido en un mismo siglo. Pero España es así.
Tampoco dejaba D. Diego de concurrir al teatro alguna que otra vez, porque era muy de patriotas el ir a la representación de las famosas comedias de circunstancias La alianza de España e Inglaterra, con tonadilla, y Los patriotas de Aragón y bombeo de Zaragoza, que en aquellos días se representaban con frenético éxito. Y para que nada faltase en el círculo de relaciones de aquel joven ilustre, también asomaba las narices por el cuarto de Pepilla González, actriz famosa, si bien un día puso punto final a sus visitas, porque le hicieron no sé qué ingeniosa burla.
En casa de la Zaina, en casa de la Pelumbres, en la de la Naranjera, en la logia de Rosa-Cruz, en la librería de la calle de las Veneras y en el teatro, solíamos encontrarnos D. Diego y yo, pues, como he dicho, yo tenía especial empeño en seguirle a todas partes, venciendo para entrar en algunas la repugnancia de mi conciencia. El joven se franqueaba espontáneamente conmigo, y yo, mientras más me decía, más procuraba sacarle para que ningún escondrijo ni pliegue de su vida me fuese secreto. Solo cuando iba en compañía de Santorcaz me guardaba muy bien de preguntarle ciertas cosas.
¡Pobre D. Diego, y a cuántas pruebas se vieron sujetas su impetuosa juventud e inexperiencia! ¡Y qué de simplezas hizo, y qué terribles caídas tuvieron los atrevidos saltos de su entusiasmo, y qué porrazos se dio con las peñas del fondo al arrojarse desaforadamente en el mar de la vida, creyéndolo sin arrecifes, ni sumideros, ni bajíos! ¡Y cuánto se encanalló, y de qué extraña manera el mayorazgo poderoso viose en ocasiones pobre y miserable, con la circunstancia de que no podía menos de sostener el pie de su lujo y representación! Como era tan manirroto, gastaba en una semana la renta de un año, y aquí de los acreedores, usureros, prestamistas, judíos y demás chupadores de sangre, que se bebían la de mi Condesito. Este llegó a verse muy afligido, pues nadie le fiaba ya el valor de una peseta; y recuerdo que cierta noche, cuando salíamos del teatro del Príncipe, Don Diego me hizo una pintura horrenda de la plenitud de sus apuros y vaciedad de sus bolsillos; dijo después que se iba a suicidar, y luego me llamó insigne varón, ilustre amigo y el más caballeroso y caritativo de los hombres, siendo de notar que todos estos rodeos, elipsis, metonimias o hipérboles, terminaron con pedirme dos reales. Dile cuatro que tenía, y se despidió, suplicándome que dijese algo en su favor a cierto prestamista llamado Cuervatón, vecino mío, pues tenía pensado darle un tiento al siguiente día, aunque las cantidades adeudadas subían al séptimo cielo. Yo le prometí interceder en su favor, y deseándole las buenas noches entré en mi casa.
III
La cual era aquella misma honrada mansión donde fui recogido, curado y asistido en mi penosa enfermedad del mes de mayo, y vea el lector cómo de manos a boca nos encontramos de nuevo en la dulce compañía del Gran Capitán y de su esposa, y en alegre familiaridad con el Sr. de Cuervatón, con Don Roque, con el lañador y respetable familia, con la bordadora en fino y otras personas que, si no gozan en la historia de celebridad apropiada a sus méritos y eminentes calidades, tendranla en esta relación, mal que le pese a la ruin envidia, siempre empeñada en rebajar los altos caracteres.
Desde mi vuelta de Andalucía, yo moraba en casa de D. Santiago Fernández. Santorcaz no vivía ya allí, ni tampoco Juan de Dios, ni sus antiguos patronos sabían de su paradero, pues habiendo salido cierto día de agosto muy de mañana, hasta la fecha de lo que voy contando, que era por noviembre, no había vuelto, lo cual hacía decir a Doña Gregoria:
—No puede por menos sino que a ese bienaventurado Sr. de Arroiz le ha sucedido alguna desgracia, como no se haya ido al cielo en cuerpo y alma, que para eso estaba.
La casa (y aunque me parece que esto lo saben ustedes, no estará de más repetirlo) era de esas que pueden llamarse mapa universal del género humano, por ser un edificio compuesto de corredores, donde tenían su puerta numerada multitud de habitaciones pequeñas para familias pobres. A esto llamaban casas de Tócame Roque, no sé por qué. No lo indagaremos por ahora, y sepan que, en aquellos días, el que hubiera entrado en casa del Gran Capitán, habría visto a este en el centro de un animado corrillo, donde estábamos hasta ocho personas, todos buenos españoles o inflamados de patriótico afán por saber cómo iban las cosas de la guerra; habría visto con cuánta diligencia y precipitación acudían unos y otros en cuanto Fernández volvía de la oficina; habría visto cómo amorosamente preparaba Doña Gregoria el sahumado brasero, para que no se enfriara la concurrencia; cómo Fernández, golpeando la caja de rapé, tomaba un polvo, sonábase mirando a todos por encima del pañuelo, y luego se apresuraba a satisfacer la sed de su curiosidad en estos términos:
—La cosa va mejor de lo que se creía, y lo de Lerín no fue tan desgraciado como se nos quería pintar. Señores, hay que poner en cuarentena lo que dicen los papeles impresos, porque los diaristas no se cuidan más que de sorprender al público con noticiones; y como ninguno de ellos sabe palotada de lo que llamamos el arte de la guerra...
—Pues a mí me han dicho que lo de Lerín fue un desastre muy grande —afirmó D. Roque—. ¡Bah! Si tenemos unos generales... De lo que está pasando tienen ellos la culpa, y bien sabía yo que vendríamos a parar a esto. Pues qué, si esos señores, en vez de estarse en Madrid todo el mes de septiembre mordiéndose unos a otros; si en vez de estar aquí diciéndose «yo soy mejor que tú», y disputándose el mando de los Cuerpos como perros que riñen por un hueso; si en vez de esto, digo, se hubieran marchado al Norte a perseguir al enemigo, ¿estarían los franceses tan envalentonados?
—Tiene razón que le sobra por los tejados el Sr. D. Roque —dijo la mujer del lañador—. Y yo, que no sé de guerra, le decía a mi marido todas las noches cuando nos acostábamos: «Mira, Norberto, los generales, en lugar de estar aquí y en Aranjuez, hablando mal unos de otros y revolviéndolo todo con sus envidias y reconcomios, debieran andar por toda esa tierra de Burgos y Rioja persiguiendo al francés. Que si Llamas manda tal tropa; que si ya no la manda Llamas, sino Pignatelli; que si Castaños se opone a que venga Cruz; que si Blake quiere ser más que Cuesta, y Cuesta más que todos; que si Palafox manda este Cuerpo; que si La Peña no quiere mandar el otro... en fin, cuando después de la batalla de Bailén creímos vernos libres de franceses, emperadores y reyes de copas, ahora salimos con que por estarse los generales mano sobre mano en Madrid, al olorcillo de la Corte, y de los obsequios, y de las fiestas, han dejado que los otros se arreglen bien y tengan dispuesto todo para darnos un susto.»
—Ha hablado usted como un padre de la Iglesia, señora Doña María Antonia —dijo con oficiosa exaltación Doña Melchora, la bordadora en fino—. A mis niñas les dije yo eso mismo el mes pasado. ¿No es verdad, Tulita; no es verdad, Rosarito? Sí, señores, esa es la pura verdad; y lo que yo voy viendo es que desde que empezó la guerra; desde que hubo aquella de venir los franceses y caer Godoy, nadie ha sabido acertar más que nosotras, y cuando anunciábamos lo que iba a pasar, los hombres graves se reían diciendo: «¿Qué entienden las mujeres de guerras ni de historias?» Pues vean ahora si entendemos.
—Tiene razón Doña Melchora —dijo el señor de Cuervatón—. También se reían de mí cuando anuncié lo que iba a pasar. Pero, señores, cuando los de arriba pierden la chaveta, como ha pasado aquí, a los tontos y a las mujeres corresponde el imperio del buen sentido.
—No obstante —dijo el Gran Capitán impaciente por poner el peso de su autorizado dictamen en aquella contienda—, aún no se puede hablar mal de esos valientes generales. Yo no les he explicado a ustedes todavía el plan de campaña. Es preciso que ustedes se penetren bien de esto. Las tropas que mandan Blake, Llamas, Castaños y Palafox, colocadas y extendidas desde el Ebro hasta Burgos, forman un gran semicírculo. Vienen los franceses: el semicírculo se cierra, convirtiéndose en círculo, y aquí me tienen ustedes a mi emperador cogido en una ratonera.
—Pero, en resumidas cuentas, ¿viene o no viene? —preguntó Doña Melchora.
—Yo creo que no —dijo el Gran Capitán, echándoselas de malicioso—. Y tengo para mí que todo eso que dicen los papeles acerca de lo que Napoleón leyó en el Senado, es pura invención. Como que hay quien dice que Napoleón está muy enfermo de un tumor que le ha salido en el sobaco izquierdo, y que ya le han sacramentado.
—¿Y usted es de los que dan crédito a los mil desatinos que cuentan los patriotas? —exclamó D. Roque levantándose de su asiento—. Aquí creen que se sale del paso contando mentiras y matando de calenturas o alfombrilla a todos nuestros enemigos.
—Y qué, ¿soy hombre para tragar todas las bolas que cuentan diariamente los papeles? —dijo el Gran Capitán, sin disimular el desprecio que le merecía la prensa—. Vamos a ver, ¿qué saca usted en limpio, Sr. D. Roque, de todas esas hojas que lee día y noche, y que le van a volver loco, como al bueno de Don Quijote los libros de caballería?
—Quédese cada uno en su sitio, y no se meta en los trigos ajenos —repuso D. Roque, procurando contener su irascibilidad—, que así como yo no me meto jamás en las honduras del arte de la guerra, que no entiendo, así debe usted respetar las ciencias, que no están a su alcance. ¡Qué sería de la sociedad sin papeles públicos! Aquí tengo yo el Semanario patriótico —añadió, sacando un voluminoso legajo de uno de los luengos bolsillos de su levitón— que es el mejor papel que hasta ahora se ha escrito, y contiene cosas muy lindas, y en todo lo que dice no parece sino que habla por boca de Aristóteles y Platón. Desde que en el primer número vi aquello de la opinión pública es mucho más fuerte que la autoridad malquista y los ejércitos armados, les digo a ustedes francamente que el tal papelito me enamoró. Yo me quito el garbanzo de la boca para ahorrar los 20 reales que me cuesta cada trimestre; y ¿cómo no hacerlo, si este manjar del espíritu es tan necesario a la vida como el alimento del cuerpo? Así es que los miércoles por la noche no duermo, y todo es dar vueltas en la cama, pensando en lo que traerá el Semanario al siguiente día. Los jueves son para mí días de delicia, y leyendo mi Semanario olvídaseme el comer y el beber, a más de todas mis penas y tristezas, que son muchas. ¡Y cómo trata las cuestiones! ¡Y con qué gracia le da a cada uno lo que es suyo! ¡Y qué sal tiene para decirle a la Francia todas sus picardías! ¿Pues y el paralelo que hace entre Bonaparte y Maximiliano Robespierre? No pierde ripio para decir a todos las verdades, y a los españoles les suele sacar los trapitos a la colada, como quien dice. En fin, señores, me entusiasma tanto, que el otro día, no pudiendo satisfacer mi deseo de conocer al autor de tan divino escrito, y averiguado que lo es un tal Manolito Quintana, me fui derecho allá, y abrazándole le dije: «Venga acá el extremo de toda discreción, el resumen de la elocuencia y del buen decir, el dechado de la lengua castellana, el azote de los tiranos, el heraldo del patriotismo y el cisne de los derechos del hombre.» A lo cual me contestó que él cumplía con su deber, y que agradecía tales alabanzas.
—¿Toda esa arenga le echó usted al buen autor del Semanario patriótico? —preguntó el Gran Capitán—. Pues en verdad digo que si la Junta oyera mis consejos, al punto mandaría suprimir ese y todos los demás papeles. ¿Para qué se quieren papeles?
—Hombre irracional, ¿y cómo se difunden las luces, y se propaga la buena doctrina, y se instruye a toda la gente del reino, chicos y grandes? ¡Pues flojitas verdades trae el Semanario patriótico!... Como todos dieran en leerlo con tanto fervor como yo, pronto se remediarían los males de la nación. Y no hay que darle vueltas, señores: lo que este dice es el Evangelio. ¿Quién podrá desmentir aquello de el tirano es un hombre que abusa de las fuerzas de la sociedad, para someterla a sus pasiones propias, y así la tiranía no es otra cosa que la injusticia apoyada en la violencia? ¿Qué tal? ¿Pues y dónde me dejan ustedes aquello de los derechos esenciales, sagrados e imprescriptibles que corresponden al hombre, y que le usurpa el pícaro del poder absoluto?... Nada, nada, Sr. D. Santiago, amigo Cuervatón, señoras y señoritas: tengan ustedes presentes estas palabras: «La violencia, la opresión, la credulidad, llegan frecuentemente a adormecer a los pueblos, a fascinar su entendimiento, a quebrantar en ellos los resortes de la naturaleza; pero cuando por favorables circunstancias abren los ojos y oyen la voz de la razón; cuando la necesidad les fuerza a salir de su letargo, entonces ven que los pretendidos derechos de sus tiranos no son sino efectos de la injusticia, de la fuerza o de la seducción; entonces es cuando las naciones, acordándose de su dignidad, ven que ellas no se han sometido a la autoridad sino para su bien, y que jamás han podido dar a nadie el derecho irrevocable de hacerlas felices.»
IV
Dotado de maravillosa memoria, D. Roque recitaba trozos enteros de lo que había leído en sus papelitos, sin mudar una sílaba. No he conocido varón más cándido e inofensivo que aquel fogoso lector del Semanario, comerciante que había venido muy a menos, y a la sazón, sin negocios, sin familia, y con poquísimo dinero, vivía en aquella casa, manteniéndose con su casi invisible renta. Así como el Gran Capitán oyó lo de la opresión y la injusticia, con los razonamientos puestos a continuación, que no entendiera menos si estuvieran escritos en caldeo, se encaró con su amigo, y burlonamente le dijo:
—¿Se ha acabado la jerga? ¡Lástima que no viniera por aquí el padre Salmón, para que le contestase, y entre los dos se armara una marimonera de distingo acá... distingo allá... necuacua... útiquis... reñega mayora... y otras palabrillas que se usan en las disputas de los tiólogos!
—¡Teólogos a mí! ¡A mí teólogos y con cascabeles!... ¡Y de la madera del padre Salmón! —exclamó D. Roque guardando el Semanario en el almacén de sus profundas faltriqueras.
—Y ha de venir esta tarde Su Paternidad —dijo agridulcemente la menor de las hijas de Doña Melchora—, pues prometió darme una receta para este mal de la barriga que ha diez días tengo.
—Sí que vendrá —añadió la mayor—, pues quedé en pegarle dos botones en el cuello, y él dijo que traería la cinta azul.
—Pronto tendremos aquí a ese reverendo Salmón —añadió Doña Gregoria—, y ya tengo echada la llave a la despensa, porque para saqueos bastante tenemos con los de los franceses.
No había concluido estas palabras la discreta esposa de Fernández, cuando se oyó en el patio de la casa gran ruido de voces, entre las cuales descollaba una cencerril, abajetada y bronca, que no era otra sino la de aquel lucero de la Merced, el padre Anastasio José de la Madre de Dios, vulgarmente conocido por padre Salmón, que este era su apellido, y no Salomón como algunos le llamaban, sin intención de burla.
—Ahí está, ahí está ese bendito —dijeron en coro las hembras de la reunión—. Gabriel: corre y tráele acá, porque si le cogen por su cuenta las del polvorista... ¡ay, qué pesadas son! Ya están llamándole las escofieteras. Pues no, no ha de venir sino acá.
Salí para impedir que la persona del reverendo fuera secuestrada por cualquiera de las familias que salían a su reclamo por las diversas puertas que se abrían en aquellos largos corredores, y lo primero que vi fue al fraile rodeado de enjambre de chiquillos, los cuales, haciendo mil cabriolas y juegos en su derredor, le mostraban, según su arte propio, la satisfacción de la casa toda por verle en ella.
—Tomad, piojosos, tomad esas almendras fallidas, que para vosotros serán bocado de ángel —les decía Salmón—. ¿Y salió tu padre de la cárcel, Jacintillo? Y por fin, ¿llevasteis a vuestra abuela a los Desamparados? Dime, hijo de la Canela, ¿está el oficialillo en el cuarto de tu madre?... ¿Conque se os murió la gallina?
Y al mismo tiempo, el antepecho del vasto corredor parecía la barandilla de un teatro, pues no había un palmo vacío, sino que allí estaba la vecindad toda, aguardando a que Su Paternidad subiese.
—Venga acá, Padre, que este trapalón de mi marido me quiere pegar por celos. Pero di, cabeza jilvanada, ¿no soy la mujer más honrada del mundo?
—Venga acá, Padre, y verá qué chocolate le tengo. ¿Pues no me está diciendo la capitana que Su Paternidad le comió ayer todas las magras?
—Venga acá, Padre, y suba pronto, que ya le apunta el diente a la niña. Mírale allí, cordera, resol, reina del mundo. Mírale, llámale con tu manecita... así, así.
—Venga acá, Padre, que ya parió la Zoraida cinco criaturas como cinco estrellas.
—Suba pronto, Padrito, que mi abuela pregunta si se le deben dar más friegas.
Y así continuaban, llamándole de distintas partes, cada uno según para aquello que le necesitaba, y todos con tan cariñosas palabras, que Salmón no sabía a qué sitio volverse, ni a cuáles solicitaciones contestar más pronto; y saludando a un lado y otro como un matador de toros que en medio de la plaza hace cortesías a la redonda, mostró a sus amigos que su corazón no era insensible a tantas bondades. En esto llegué yo, y besándole la correa, le dije:
—Doña Melchora y sus niñas, que están en casa del Gran Capitán, me mandan para suplicar a Su Reverencia que tenga la magnanimidad de subir, que allí le aguardan también D. Roque, el Sr. de Cuervatón y Doña María Antonia.
Pero antes que concluyera, el buen Salmón, con gran sorpresa mía, clavó en mí sus ojos lleno de admiración, y echándome los brazos al cuello, exclamó a gritos:
—Ven acá, portento de la sabiduría, milagro de precocidad, fruta temprana de las humanas letras. ¿Conque ha más de un año que te conozco y hasta hoy mismo he ignorado que eres un gran latino, autor del más famoso poema que han escrito modernas plumas? ¿Conque así te callabas tus méritos, picarón...? A ver, muéstrame pronto ese poema... ¡Quién me había de decir, cuando te conocí paje de la González, que bajo la montera de tal gaterilla estaba el cacumen de un Erasmus Roterodamensis, de un Picus Mirandolanus!
Turbado y confuso le contesté que sin duda Su Paternidad se equivocaba confundiendo mi ignorancia con la sabiduría de algún desconocido de mi mismo nombre, oyendo lo cual, dijo mientras subíamos la escalera:
—No; que lo acabo de saber por el Licenciado D. Severo Lobo, el cual te conoció desde el proceso del Escorial, y luego estuvo a punto de empapelarte, cuando el Príncipe de la Paz te quiso dar una placita en la Interpretación de lenguas. ¿Y tú qué culpa tenías de que el otro te quisiera colocar? Por lo que me han dicho, tu modestia iguala a tus méritos, ¡oh joven! Yo he visto la minuta en que Godoy te recomendaba; pero ¡qué guardado te lo tenías, raposilla!... ¿Y ahora en qué te ocupas? ¿Por qué no pides un hábito, por qué no eres fraile? Yo me encargo de catequizarte. ¿Sabes que he hablado de ti a los Padres de la Merced y todos quieren conocerte? A ver si te pasas por allí, rapaz, y ve después de la hora del refectorio. ¿Te gustan las pasas? Además tengo que conferenciar contigo, Horacio Flaco en ciernes y Virgilio en pañales; y como al salir de esta casa se me olvide hablarte (pues ya sabes que soy muy débil de memoria), ¿me lo recuerdas, eh?
A tal punto llegaba, cuando entramos en la sala del Gran Capitán. Levantáronse todos, y después de besarle uno tras otro la correa, diéronle el asiento del centro junto al brasero.
—Aquí está la seda azul —dijo el mercenario, dando lo indicado a Tulita.
—Mañana mismo tendrá Su Paternidad arreglado el cuello —contestó la muchacha—. Veamos ahora lo que me manda para este malestar de la barriga, que es tal que yo no lo puedo resistir, y todas las mañanas me dan unas arcadas, unos mareos y bascas tan fuertes, que no me para dentro nada.
—Bendito sea el nombre de Dios —exclamó el Padre tomando un polvo de la caja del Gran Capitán—. A fe, Doña Melchora, que si esta matutina estrella de su hija de usted fuera casada, ya sabríamos el pie de que cojea su estómago; pero no siéndolo, y tratándose ahora de una familia con quien la misma honradez no podría ponerse en parangón, ordeno y mando que con siete palitos del árbol de Santo Domingo, cocidos en baño-maría, por espacio de tres credos rezados con pausa y por supuesto con devoción, esta niña se quedará como nueva. ¡Qué nueces frescas las de ayer, señora Doña Melchora; qué nueces frescas! Pero dígame, ¿qué santo del cielo le hizo tan rico presente? Yo no sabía que en montes alcarreños, asturianos ni encartados existiesen unas tan hermosas obras de Dios.
—Obsequio fue de un primo mío que es guarda de las dehesas del señor Duque de Altamira, en tierra de Cameros, y como, si no de buen salario, el pobrecito disfruta de ojos listos y manos libres, siempre nos manda lo mejor de aquellos castañares y nocedales.
—Así le hicieran canónigo —añadió Salmón—. ¿Y qué noticias, Sr. D. Santiago Fernández?
—No me digan nada, ni me calienten más la cabeza —replicó el Gran Capitán encubriendo, bajo la ficción de un estudiado cansancio, el placer que le causaba el ver sacado a plaza un tema tan de su gusto—. Mire Su Paternidad que estoy ya que no doy por mi cuerpo un real. ¡Qué ir y venir! ¡Qué jaleo! ¡Todo el día poniendo nombres en la lista, y haciendo recuento de cartuchos, y examinando armas, y disponiendo, y mandando! Aquellos señores son muy remolones, y todo lo tengo que hacer yo.
—¿Y resistiremos, si, como dicen, se nos viene encima ese monstruo, ese troglodita, ese antropófago, señores, que no se sacia nunca de devorar carne humana?
—¡Pues no hemos de resistir! —exclamó el Gran Capitán—. ¿Hemos de ser menos que los zaragozanos? Además de que yo creo que no viene.
—¡Y sabe Dios —dijo Doña María Antonia— si será cierto lo que dicen de que allá en Rusia o Prusia le echaron unos polvitos en el cocido para que reventara!
—Como que hay quien asegura que está sacramentado y que hizo testamento, devolviendo todas las naciones que ha robado y abjurando de sus herejías.
—¡Oh gente ignorante y crédula! —exclamó de improviso D. Roque, desenvainando su cartapacio de papeles públicos—. ¡Y cómo se conoce la rusticidad de los que atienden más a los dichos y simplezas del vulgo que a la palabra impresa de los hombres doctos! Vean, vean lo que dice ese papel, y no hagan caso de tonterías: «Napoleón se presentó al Senado el 25 del pasado, y dijo que bien pronto pondría sus banderas en las torres de Madrid y en las fortalezas de Lisboa.» También cuenta la Gaceta, que ciento sesenta mil hombres del ejército grande están sobre la frontera de España, y que el Emperador dijo que antes de fin de año no quedará aquí una sola aldea en insurrección.
—Conque ni una sola aldea... —indicó el fraile—. Pero sabe Dios la intención que llevará el que ha escrito esos papeles. Lo que es por mí, mandaría suprimir todos los que se imprimen en España, pues para envolver especias, mejor es el papel no impreso y limpio, como sale de las fábricas.
—¿Pues eso qué duda tiene? —dijeron a una las dos niñas de Doña Melchora.
—Y yo —declaró como un basilisco D. Roque— mandaría suprimir todos los frailes o les quitaría el hábito, dando a cada uno un fusil para que fueran a limpiar a España de franceses.
—Sin fusil lo hacemos, hermano —dijo Salmón riendo—. Lejos de suprimir frailes, yo los aumentaría en grado máximo, y así la mayor parte de los españoles vivirían gordos y contentos, y no veríamos tanto vagabundo mendigo por esas calles.
—Chúpate esa y vuelve por otra —dijo a D. Roque la menor de las hijas de la bordadora en fino, suponiendo al viejo completamente apabullado bajo el peso de aquellas incontestables razones.
—¿Conque más todavía? Pues sepa mi señor Salmonete —dijo D. Roque, llevando al último extremo su familiaridad con el fraile— que ahora se va a reunir la nación en Cortes. ¿No lo quieren creer? ¡Ah! Pues no doy dos maravedises por lo que de Gobierno absoluto hubiere después de la guerra. ¡Abajo los tiranos! —añadió poniéndose en pie y alzando los brazos con endemoniada exaltación—. Y si hay un frailazo chocolatero que me desmienta, alce la voz, y venga delante de mí, que yo le reto a singular polémica, aunque traiga más textos que escribió Pedro Lombardo, y más latines y aforismos y comprobatorias y distingos que han eructado en diez siglos las cátedras salmantinas y complutenses.
—¿Y cómo había yo de ponerme a disputar con semejante pedazo de acebuche con nudos, más duro que roca? ¿Y de qué valdrían mis argumentos contra la asnal cerrazón de su mollera? —argumentó el Padre Salmón levantándose también de su asiento; mas no enfadado ni nervioso, sino riendo a todo reír, pues su humor de mantequillas era tal, que no se le vio colérico más que una sola vez.
—Pues empecemos —dijo D. Roque poniéndose verde.
—Empecemos —replicó Salmón restregándose las manos y haciendo después grotescos gestos, como de quien imita los movimientos de un grave predicador.
—No quisiéramos más para reírnos de Don Roque —dijo la mayor o la menor (que esto no lo tengo bien presente) de las hijas de Doña Melchora.
—Pero para restaurar nuestras fuerzas, señores y señoras mías —dijo Salmón—, venga ese chocolate, que aquí mi amigo D. Roque dice que no se puede pasar sin él.
—Quien no se puede pasar sin él —contestó el aludido— es su magnificencia reverendísima, que en llegando a estas horas, como no ponga un puntal al estómago se cae rendido.
—Pues usted lo dice, amigo papelista eminentísimo —contestó Salmón dando otra vez rienda suelta a la risa—, así sea, y venga ese chocolate; y pues es más agradable el goce de una amena tertulia que el disputar, dejémonos de querellas, y pelillos a la mar, y cada uno piense lo que quiera, y ruede la bola, y viva Fernando VII.
—Es lo más conveniente, toda vez que este D. Roque está chiflado —dijo Fernández—, y un día hemos de verle por esas calles con una Gaceta en cada dedo.
—¡Pero qué graves y circunspectas están mis niñas! —añadió Salmón dando unas palmaditas en el hombro, no recuerdo bien si de la mayor o de la menor de las hijas de Doña Melchora—. Y esos piquitos de oro, ¿por qué no echan una canción por todo lo alto, para que se nos alegren los espíritus?
—Bueno, bueno.
Y una de ellas rompió al instante a cantar de esta manera:
Con un albañilito
Madre, me caso,
Porque son de mi gusto
Los hombres blancos.
—Eso tiene poca gracia —dijo Salmón—. A ver otra.
—Pues allá va la que está de moda:
Bonaparte en los infiernos
Tiene su silla poltrona,
Y a su lado está Godoy
Poniéndole la corona.
Sus compañeros
Van de dos en dos:
Murat, Solano,
Junot y Dupont.
—¡Bravo, magnífico! Doña Melchora, tiene usted dos niñas que envidiaría cualquier princesa. Y qué tal, ¿se gana mucho?
—En estos tiempos, Padrito —dijo la madre—, suele caer algún bordado de uniforme; pero ¿dónde se ven aquellos ternos de plata y oro, aquella ropa de altar que tanta ganancia nos daban antes de estas malditas guerras? Ya sabe su grandeza que las mejores capas pluviales, las mejores casullas que se han lucido en procesiones, así como las mejores chaquetas toreras que han brillado en plazas y redondeles, pasaron por estas manos. ¡Ay, quién me lo había de decir! La que bordó los calzones que llevaba Pepe-Hillo cuando le cogió aquel enrabiscado toro; la que bordó la capa que llevaba en sus santos hombros el Eminentísimo Cardenal de Lorenzana el día que tomó posesión, está hoy consagrada a miserables letras de cuello de uniforme, y a las dos o tres insignias de consejero, o ropón de Niño Jesús, que caen de peras a higos. ¡Buenos están los tiempos!
—Cuando esto se acabe... —dijo el fraile.
—¿Cómo cuando esto se acabe? —gritó de improviso D. Roque, interrumpiendo con muy feo gesto a su amigo—. Antes, muy antes de que esto se concluya se reunirá el país en Cortes. ¡Y estos alcornoques no lo quieren creer!
—Que te despeñas, Roque amigo.
—¿También eso lo dicen los papeles? —preguntó con mucha sorna el Gran Capitán.
—También lo dicen, sí señor. ¿Pues no lo han de decir? Y cómo se me ha de olvidar, si lo sé de memoria, y anoche, luego que me acosté, estuve recitando en voz alta aquello de... «Después de tantos años de abatimiento y opresión en que los leales y generosos españoles han sufrido mayores ultrajes y vilipendios que los salvajes africanos, amanecerá el glorioso día en que se reúnan los pueblos por medio de sus representantes para tratar del bien común. Este es el objeto con que se instituyeron las sociedades civiles; no el engrandecimiento de un solo hombre, con perjuicio de todos los demás. Reunidas aquellas es como puede conocerse a fondo el estado de una nación, sus recursos, sus necesidades y los medios que deben adoptarse para su bienestar y prosperidad; y donde faltan estas solemnes Asambleas, los monarcas, mal aconsejados, caminarán ciegamente al despotismo, tal vez contra sus buenos deseos.»
—¡Lindísimo sermón! —exclamó el Gran Capitán—. Ayer le contaba a mi compañero en la portería de Cuenta y Razón las extravagancias de mi vecino D. Roque, y me dijo que esto se llamaba el democratismo. ¿Es así, Padre?
—Llámese como se quiera —repuso el venerable Salmón—, lo que digo es que este chocolate, que ahora nos trae la señora Doña Gregoria, y cuyo olor se adelanta hasta nosotros anunciándonos la nobleza de lo que viene en el canjilón, me parece tal, que solo podría servírsele semejante al Sumo Pontífice.
—Y a la abadesa de las Huelgas de Burgos —dijo Doña Gregoria—; que ella y el Papa son las dos más altas personas de la cristiandad, y por eso se dice que si el Papa se casara, la única mujer digna de ser su esposa es la tal abadesa de las Huelgas.
—Así es —añadió Salmón, olvidándose de todo lo que no fuera el canjilón—; y por lo que hace a eso del democratismo, yo le aconsejo a D. Roque que se deje de tonterías y no piense en novedades, pues por ahora, y en muchísimos años para adelante, estamos y estaremos libres de ellas.
—Los españoles guerrean porque no quieren que los manden los franceses —dijo la mayor de las hijas de Doña Melchora—, y también para defender los usos y pláticas del reino contra las novelerías que quiere poner aquí Napoleón. Así me lo dice todos los días Paco el plumista, que es sargento de voluntarios.
—Pues a mí me dijo Simplicio Panduro, ese saladísimo paje de D. Gaspar Melchor de Jovellanos —añadió la otra—, que los españoles guerrean por echar a los franceses y por mejorar la mala condición de los reinos, quitando las muchas cosas malas que hay, al modo de lo que dice D. Roque por las noches, cuando predica a solas y a oscuras en su cuarto.
Estas dos opiniones dieron pie a una acalorada disputa que no copio porque nada sacarían de ella en limpio mis lectores, toda vez que es público y notorio que en lo que va de siglo, la historia, la grave y cachazuda historia, no ha podido dilucidar la cuestión planteada por aquellas dos niñas, y aun hoy andan a la greña eminentes escritores por averiguar si decía verdad la mayor o la menor de las hijas de Doña Melchora.
Salmón, consumido su chocolate, dijo:
—Conque, amiguitos, ¿me dan ustedes su venia para retirarme?
—¿Tan pronto, Padre? ¡Que siempre nos ha de tener Vuestra Reverencia con hambre de su compañía!
—Bastante os acompaño, hijitas mías.
—Pues siempre nos sabe a poco.
—Ya sabéis que tenemos en casa desde esta tarde octava misión y solemnes cultos para desagraviar a Jesús Nazareno y a María Santísima de los sacrílegos insultos que han sufrido, en nuestros templos, de los impíos ejércitos franceses, e implorar de la Divina Misericordia que robustezca y ampare a nuestros soldados, y conserve y dirija en todos los negocios a los que nos gobiernan. Después habrá procesión a la Virgen de la Paloma, patrona de todo el majerío. ¿Pero no lo sabíais, pajaritas volanderas? Por supuesto, que no faltaréis el día que me toque predicar.
—Antes faltará la tierra y prados en ella, como dijo el otro.
Y estaba en pie para retirarse el Padre mercenario, cuando el Sr. de Cuervatón, que poco antes había sido llamado de su casa, donde le esperaba una visita, volvió dando voces; y lleno de cólera, que en los ojos con fulminantes rayos le centelleaba, habló así:
—¡No sé cómo no le ahogo!... ¡Vaya con el lindo currutaco, harto de ajos!... ¡Cuando creí que vendría a pagarme, viene a pedirme más dinero!... ¡Y ahora sale con que su señora mamá es muy rica! Miserable, pringoso, vestido con harapos de príncipe, ¿por qué esa señora no reventó antes que os pariera?
—¿Qué hay, Sr. de Cuervatón? ¿Qué le pasa?
—Que después que me estoy arruinando por favorecer con mi pequeña hacienda a los necesitados, he aquí que un señor Condesito de Rumblar o de Barrabás con pintas, me debe más de nueve mil reales, y después de no pagarme ni un céntimo de interés (que no son más de peseta por duro al mes), viene a pedirme más dinero. Canalla, catacaldos: ¿qué me importa que sea noble y que le vayan a caer dos mayorazgos?
—¿D. Diego de Rumblar? —dijo Salmón; y luego, volviéndose a mí, añadió—: no olvides, Gabriel, que tenemos que hablar.
—Pues o me paga —prosiguió Cuervatón—, o el mejor día le desnudo en medio del Prado delante de las damas.
En esto salimos al corredor, y ¡oh, espectáculo lamentable! se ofreció a nuestra vista el de D. Diego azuzado en medio del patio por todos los chicos de la vecindad como novillo en plaza. Mujeres habladoras habían salido por los cien agujeros de aquella colmena, y unas con cáscaras de castañas, otras con palabras picantes, le mortificaban en lo moral y en lo físico. Especialmente la mujer de Cuervatón, que era una hidra con más rabos y espinas y escamas en su alma que las mitológicas en su cuerpo, poniéndose de pechos en el barandal, después de escupirle, le decía:
—Tío pingajo de oro, ¿tenemos nuestro dinero para mantener haraganes?... ¿Ahorramos nosotros para daros esa agua de bergamota de que apestáis? Coma usted clavos, y si es noble y espera mayorazgos, póngase a roer sus jicutorias, o coja una espuerta y vaya a vender arena, como hacen mis dos hijos, que aunque no les falta para comer y vestir como niños de príncipe, andan al trabajo de la arena desde que saben llevar la mano a la boca. ¡Cuidado con el señorito D. Pelagatos! Y dice que es Conde... Conde es él como mi abuelo. Ea, muchachos, rociadle un poco con la esencia de ese fango de azahar argentino que hay en el patio... Coged también esas cáscaras de nuez, y la ceniza de aquel braserillo.
Los muchachos que esto oyeron, y que se habían adelantado a poner en ejecución auctoritate propia lo del rociar, descargaron sobre el infeliz D. Diego, a punto que este salía, tal lluvia de inmundas substancias, le persiguieron tan encarnizadamente por el portal y luego por toda la calle del Barquillo, que daba compasión ver al infeliz magnate corrido, avergonzado y lloroso.
El Padre Salmón, que era hombre caritativo, reprendió a los muchachos su grosería, y a la señora de Cuervatón su crueldad. Cuando se dispuso a bajar, todos se lo disputaban no queriendo dejarle de la mano: este le enseñaba los cinco perritos recién paridos por Zoraidilla; aquel le hacía tocar con el dedo el diente de la niña; uno le pedía receta para el dolor de muelas; otro le cantaba una seguidilla nueva, y todos le daban tales muestras de cariño y admiración, que bien se le podía considerar como el hombre más popular de su tiempo.
Cuando bajaba, allí eran de oír las exclamaciones, las palmadas, los vítores, y de ver los besos de correa, y el pedir y dar bendiciones.
—¿Cuándo me receta para estos desmayillos?
—Ya sé de cabo a rabo la oración a San Antonio. ¿Cuándo se la echo a Su Paternidad?
—Razón tenía el Padrito en decir que el aguardiente de Chinchón da mejor gusto a los puches que el de Ocaña, y que no hay plato de lentejas sin dos ajitos machacados. Así lo hemos hecho.
—Padre, ¿las ranas son carne o son pescado? Porque mi abuela las comió el viernes y está llena de escrúpulos.
—¿Qué nombre le pondremos a lo que ha de venir si sale macho? Pondrémosle Anastasio como Su Reverendísima, en señal de agradecimiento por habernos ayudado a criar al mayorcito.
—Ya están compradas las dos velas para la Virgen de la Buena Dicha, y aquí Ramona las está adornando con flores y lentejuelas.
—Viva cientos de miles de años su magnitud sapientísima y empingorotadísima para alivio de estos pobres a quienes socorre.
Y así continuaban hasta que el Padre salía a la calle. No: no ha existido hombre más popular que el Padre Salmón. Casi, casi estoy por asegurar que su popularidad excedió dos dedos y aun tres a la de Fernando VII. ¡Desventurado Salmón! ¡Oh, tú, varón felicísimo, harto de lisonjas, de regalos y de bienestar!; ¡oh, tú, teólogo de tumba y hachero, predicador burdo y de cuatro suelas, fraile mercenario que si no redimiste ningún cautivo, tampoco hiciste daño a nadie!; ¡oh, tú, hombre dichoso sobre todos los dichosos de la tierra, pues no cavilaste jamás ni te apasionaste, ni aborreciste, ni padeciste mal alguno en muchos años, ni viste turbada tu apacible existencia!: ¡quién te había de decir entonces que aquel mismo pueblo tan solícito en vitorearte, en regalarte, en aplaudirte, en venerarte y adorarte como a persona divina, te había de coser a puñaladas veintiséis años después en la enfermería de tu santa casa, y cuando ya viejo, enfermo, inválido y sin alientos, no pensabas más que en Dios! ¡Quién te había de decir que aquel mismo pueblo de quien fuiste ídolo, te había de echar al cuello un cordel de cáñamo para arrastrarte por los profanados claustros, sirviendo tu antes regalado cuerpo de horrible trofeo a indecentes mujerzuelas! ¡Ay, lo que es el mundo y qué cosas tan atroces ofrece la historia! Y así es bien que digas: si buen chocolate sorbí, buenos palos me dieron; si buenos abrazos, y agasajos, y besos de correa recibí, con buen pie de puñaladas se lo cobraron.
V
Pero como nada de esto viene ahora al caso, voy a dar cuenta del asombro que me causó la conversación que inmediatamente después de su salida tuve con aquel popularísimo fraile; y lo ocurrido fue que, apoyándose en mi brazo para descargar sobre él parte del peso de su bien aprovechada humanidad, me dijo:
—Gabriel, o mejor, Sr. D. Gabriel, pues a todo un Pico de la Mirandola se le debe tratar con miramiento: has de saber que necesito que me informes detenidamente de la vida de ese D. Diego de Rumblar, en cuya compañía te he visto varias veces. Tú dirás que qué me importa a mí si el tal niño canta o llora; pero a esto te respondo que no soy yo quien tiene interés en saber sus malas mañas, sino una elevadísima familia, cuya casa frecuenta mi inutilidad las más de las tardes. Como Don Diego está para casar con la niña, las señoras, que ya barruntan la mala vida que lleva el rapaz en Madrid, están muy disgustadas. Ayer, cuando afirmé que le había visto en esta casa, me dijo la señora Condesa: «Por Dios, Padre Salmón, haga usted el favor de averiguar con qué hombres se junta, a qué sitios va, en qué gasta su dinero, porque si es cierto lo que sospechamos, antes se hundirá el cielo que entre él en nuestra familia.»
—Pues el señor Conde —le respondí— es un poco calavera. Cosas de la juventud... Yo creo que se enmendará.
—Se enmendará. Luego es malo. Bien, Gabriel. Has dicho lo que necesitaba saber. ¿A dónde va por las noches? ¿Con quién se junta?
—Todo lo sé perfectamente —respondí—, y no da un paso sin que yo me entere de ello.
—¿De modo que podré satisfacer a la señora Condesa? ¡Oh! Bendito seas, que me proporcionas la ocasión de corresponder a las grandes finezas de la dama más hermosa de España, al menos según mi indocto parecer en asunto de mujeres. Mañana tengo que ir a su casa, porque has de saber que la señora Condesa es la que ha formado la Congregación de lavado y cosido.
—¿Y qué es eso?
—Una Junta de señoras de la nobleza para lavar y coser la ropa de los soldados en estas críticas circunstancias. Y no creas que es cosa de engañifa, sino que ellas mismas, con sus divinas manos, lavan y cosen. También pertenece la señora Condesa a la Junta de las Buenas patricias, en que hay damas de todas categorías, desde la duquesa a la escofietera. Pero esto no hace al caso, sino que mañana tengo que ir allá y les diré todo lo que tú me confíes. Aunque ahora se me ocurre que más fácil y expedito será cogerte por la mano y plantarte en presencia de tan alta señora para que por ti mismo y con tus buenas explicaderas, le des cuenta y razón de lo que desea saber.
—Padre, no sé si estará bien que yo vaya a esa casa —dije tratando de disimular la alegría que el anuncio de la visita me causara.
—Yendo conmigo, no tengas cuidado. Además, has de saber que la señora Condesa es una persona ilustradísima, y que entiende de poesía y letras humanas; de modo que al saber tus conocimientos en la lengua latina, es seguro que te recibirá bien, y aun espero que te proporcione una buena colocación.
—Eso será lo de menos, con tal que yo consiga prestar a tan buena señora el servicio que desea. Y dígame, Padre, ¿conoce Su Reverencia, por ventura, a la que va a ser mujer de D. Diego?
—¡Que si la conozco! Como que soy su amigo y su confidente, y desde que entro en la casa viene a mí saltando y brincando, y todo el día está «Padre Salmón por aquí, Padre Salmón por acullá.»
—¿Y es Vuestra Paternidad su confesor?
—Eso no, que lo es mi compañero y amigo el Padre Castillo, el cual va también todas las tardes a la casa.
—Y ella estará tan enamorada de D. Diego que beberá los vientos por él.
—Me figuro que no le puede ver ni en pintura. Es opinión general en la casa que la niña tiene puesto el pensamiento y el corazón en otra persona; pero aunque se vuelven locos, no ha sido posible dar con ella. El señor Marqués y su hermana no piensan más que en averiguar quién podrá ser ese desconocido zascandil que ha trastornado el seso a la más discreta y bella muchacha que ha peinado azabaches y llorado perlas en el mundo; y todo se vuelve averiguaciones y acechos, y observa por aquí y husmea por allí. La Condesa no se afana tanto y suele decir: «Eso se la pasará»; pero yo conozco que no las tiene todas consigo. He aquí la causa de que hayan querido apresurar el casamiento; pero aquí viene lo de que Rumblarito es un perdido y un mala cabeza, y todo proyecto se desbarata, y allá va el estira y afloja de las consultas: «¿Padre, qué haremos? ¿Padre, qué no haremos?» A cuyo apremiante cuestionar les contesto: «Calma, señoras mías, calma, que a mucha prisa gran vagar. Que mi estrella querida Doña Inés es el super omnia de la virtud, de la buena crianza, del recato, de la modestia, no queda duda alguna, y capaz soy de decirlo en el púlpito si me pinchan tanto así. Al mismo tiempo, tampoco puede dudarse que algo le hace cosquillas en su pensamiento, que algo como triste recuerdo o vago deseo la trae a mal traer, porque ¿cómo se explica aquel no hablar en dos días, aquel suspirar tan tierno, con la añadidura de mirar al suelo en ademán cogitabundo, sin que razones ni halagos, ni aun mis chistes escogidos, ni mis cuentos entresacados del Tesoro de los dichos agudos la hagan pestañear?» Y oyendo estas prudentes razones, la Marquesa se entristece, y me vuelve a consultar, y aquí viene lo de: «Averígüelo el reverendo Salmón, que como tiene tanto arte para el confesonario y es el mayor sacador de pecados que hemos conocido, sabrá explorarla.» Entonces el Marqués añade: «Si por artes del demonio esa muchacha durante el tiempo en que vivió lejos de nosotros tuvo el mal gusto de enamoriscarse de algún cabrahigo de esas calles, ¿cómo es posible que en su nueva posición no le haya olvidado?» Y yo, lleno de celo por el reposo de tan ilustre familia, llamo a la niña, me la llevo a un rinconcito de la casa o a uno de los cenadores del jardín, y le tomo una mano, y se la acaricio, o le cuento dos cuentos, le digo tres gracias y le doy una flor, y echando a correr con estas mis pesadas piernazas, le digo: «A que no me cogéis», y ella vuela y me agarra del hábito a los tres pasos, y con estos juegos preparo su ánimo para la confesión de amigo, no de sacerdote, que de ella espero. Sentados otra vez, le digo: «Niñita mía, flor de esta casa, retoñito temprano, fresa de Abril, ¿queréis decirme cuál es la causa de esa melancolía? Vamos a ver, acá para entre los dos, pues esto no ha de salir de mí. Antes de que vuestro papá os recogiera, ¿amasteis a alguien?» Y al oír esto, los ojos se le llenan de lágrimas, echa a correr, la sigo y al poco trecho la veo parada, mirando al suelo y mordiendo la punta del pañuelo. Vuelvo a mis preguntas y nada saco en limpio, lo cual me desespera. Entonces la Marquesa y su hermano me preguntan si creo conveniente que se rompa el trato hecho con la familia de D. Diego, a lo cual les contesto: «Calma, señores: indagaremos primero si es cierto lo que del mozalbete se cuenta. Yo me encargo de hacer diligencias, pues varias veces le he visto entrar en cierta casa que frecuento, y conozco un joven que a menudo le acompaña.» Nada, hijo mío, lo dicho, dicho. Mañana vas allá y les cuentas todo lo que sabes et quibusdam aliis, con lo cual mi encargo queda hecho y el Rumblar desmascarado.
Gran sorpresa me causó la relación del venerable mercenario, y cuando me separé de él prometiéndole ir en su compañía al siguiente día, quedeme pensando en las extrañas cosas que había oído, y muy dudoso acerca de si había obrado cuerdamente al comprometerme en tan arriesgada visita. Pero debo explicar las causas de mis dudas, así como el estado de mi ánimo por aquellos días, pues algo hay que mis lectores no deben ignorar, aunque les sean indiferentes las desdichas de este su humilde servidor. El palacio de mi señora la Condesa (y debo advertir que a la sazón vivían todos reunidos en el de la Cuesta de la Vega), era un asilo infranqueable para mí. Desde mi vuelta de Andalucía, ni por el pensamiento me pasó el poner allí los pies, teniendo como tenía la seguridad de una expulsión ignominiosa cual la de Córdoba. Entrar valiéndome de la astucia, habría sido, si posible, infructuoso, pues la superchería o ficción de que me valiera, no podrían durar sino hasta que la señora Amaranta me viese el rostro. Frecuentemente iba a pasear de noche por los callejones que rodean el palacio, y allá en lo alto del muro, la claridad de una ventana atraía mis miradas. Falto de la imagen de su persona, aquel cuadro de débil luz se me representaba como ella misma. Largas horas pasaba allí sin más compañía que la imagen de piedra de María Santísima de la Almudena, con quien en mi soledad entablaba místicos diálogos. Alumbrábame con sus dos faroles y me miraba compasiva. Una noche, tanto miré al palacio frontero a la Virgen, y con tanto arrobo contemplaba aquella ventana, que me entraron tentaciones de dar a conocer mi presencia al habitante del caserón que con semejante luz se alumbraba, habitante que, según mi capricho, era Inés y no otro alguno. Resolvime a ello, y tomando una chinita la arrojé contra los cristales: al poco rato se dibujó en ellos una sombra; pero esta y la luz desaparecieron pronto. Repetí el disparo a la noche siguiente, y catad la sombra otra vez. Pero cuando esperaba ver abierta la ventana y oír una voz querida ceceando dulces y temblorosas sílabas en el silencio de la noche, apareciose en el fondo del callejón, y como saliendo de las cocheras del palacio, un grupo de hombres en actitud hostil contra mi persona. Me puse en cobro a toda prisa, y no volví más.
Pasó agosto, pasaron también septiembre y octubre, y aquellos noventa días, depositándose unos tras otros como noventa capas de tierra en el hoyo de mi existencia, iban sepultando ilusiones, alegrías, sueños, porvenir. De improviso, la diferencia de jerarquía social había puesto entre Inés y yo murallas inexpugnables, y para romper su jaula no bastaban mis fuerzas, pues no era la nueva como aquella de los Requejos, hecha de frágiles cañas y alambres, sino de fuertísimos barrotes, más que el diamante duros.
Entonces comprendí claramente que yo no era nada, ni valía en el mundo más que un grano de anís, y esta consideración, irritándome en sumo grado, me infundía el mayor desprecio hacia mí mismo. ¿Por qué he nacido como he nacido? me preguntaba; y según es fácil comprender, no podía acertar con la contestación.
Y después decía: el espesor y fortaleza de estas paredes son tales, que si toda mi vida la empleara en hacerme más sabio que Séneca, más valiente que el Cid y más rico que los Fúcares, aun así no podría romperlas. Sin embargo, tal rumbo pueden llevar las cosas, que venga un día en que a los Fúcares no se les pida su ejecutoria para emparentar con la nobleza. Pero vamos a ver, ¿cómo me las compondré para llegar a ser rico? ¡Oh, miserable de mí! ¿Rico quien nada tiene? Es evidente que no se pueden ganar dos sin tener uno... Pues estudiaré hasta que pierda el seso, por ver si me hago sabio... o entraré formalmente en el ejército, por ver si de soldado raso llego a general en estos revueltos tiempos...
Y considerando esto, me golpeaba el cráneo, castigándole por su estupidez y su tardanza en dar a luz felices pensamientos. Entre tanto, la idea de la imposibilidad de mi dicha, de lo inútil de mis esfuerzos, y de la inconmensurable pequeñez a que estaba reducido, iba labrando en mi alma con tanta tenacidad, que bien pronto aquel laborioso gusanito me minó de parte a parte, me socavó, llenó de agujeros los fundamentos de mi entusiasmo y fe poderosa, y... ¡misericordia! todo yo caí al suelo.
Las dificultades insuperables, la imposibilidad evidente de destruir, con el solo auxilio de mis dedos, aquella montaña que Dios había puesto en mi camino, me rendían de tal suerte, que me crucé de brazos, hallándome incapaz para todo. Y desde la inmensa profundidad donde me encontraba, decía, mirando el pedacito de cielo que difícilmente percibía encima de mí: «¡Oh, cielo! ¡Cuán lejos te veo, y qué bajo estoy, después que creí tocarte con mi mano! Pero, pues Dios ha dispuesto mi caída, renuncio por ahora a estar cerca de ti, y me arrastraré por estos oscuros fondajes, buscando un pedazo de pan que comer, sin más objeto ni aspiración que dar a la bestia de mi despreciable persona el forraje que diariamente necesita.»
Así dije; mas no recuerdo si empleé las mismas palabras.
¿Qué es el hombre sin ideal? Nada, absolutamente nada: cosa viva entregada a las eventualidades de los seres extraños, y de que todo depende, menos de sí misma; existencia que, como el vegetal, no puede escoger en la extensión de lo creado el lugar que más le gusta, y ha de vivir donde la casualidad quiso que brotara, sin iniciativa, sin movimiento, sin deseo ni temor de ir a alguna parte; ser ignorante de todos los caminos que llevan a mejor paraje, y para quien son iguales todos los días, y lo mismo el ayer que el mañana. El hombre sin ideal es como el mendigo cojo que, puesto en medio del camino, implora un día y otro la limosna del pasajero. Todos pasan, unos alegres, otros tristes, estos despacio, aquellos velozmente, y él, sin aspirar a seguirlos, ocúpase tan solo del cuarto que le niegan o del desprecio que le dan. Todos van y vienen, cuál para arriba, cuál para abajo, y él se queda siempre, pues ni tiene piernas para andar, ni tampoco deseos de ir más lejos. Es, pues, la vida un camino por donde mucha y diversa gente transita, y sobre cuyos arrecifes y descansos se encuentran también muchos que no andan: estos, según mi entender, son los que no tienen ideal alguno en la tierra, así como aquellos son los que lo tienen, y van tras él aprisa o con calma, aunque los más, antes de llegar, suelen hacer alto en la posada de la muerte, donde por lo pronto se acaban los viajes en este camino.
Pues bien: en aquellos tres meses yo lo había perdido todo, y me encontraba tullido y con muletas en mitad del camino. La meditación, la razón, la evidencia que tenía delante, mil poderosos estímulos, me llevaron al siguiente resultado: renunciar completamente a Inés, si no en mi corazón, en lo real de la vida. Era lo justo, lo lógico, lo natural.
Y con esto queda dicho todo lo necesario para que se comprenda la impresión vivísima que experimenté cuando el Padre Salmón quiso tan impensadamente y por tan raros caminos llevarme en presencia de la Condesa.
«Iré, y sea lo que Dios quiera», dije para mí, ocupándome en arreglar el vestido que en tan solemne ocasión debía llevar sobre mi cuerpo. ¡Oh, infeliz de mí! Era el mes de noviembre, y no tenía más traje decente que uno de verano, sutilísimo, a quien cuidaba más que si fuera las telas de mi corazón, y me lo puse, con peligro de perecer helado, que a tales desperfectos están expuestos los pobres. Aquello, a más de incómodo, era ridículo; así es que al acostarme pedí fervorosamente a Dios y a los santos que aclararan el día siguiente, haciéndolo como los de mayo, templado y hermoso; pero los de arriba no me oyeron, o sin duda juzgaron más atendibles las razones de los labradores, que pedían agua y más agua.
Tomando algunas cosas que indispensables creía para la visita, salí a la calle tiritando, encogido, hecho un ovillo y resguardando de los canalones la limpieza de mi ropa; pero aun así no pude salvar sino una pequeña parte de mi persona. Al fin, aprovechando los claros y alguno que otro descanso de las llovedoras nubes, después de hacer varias paradas y estaciones en los portales, llegué al convento, y juntándome con Salmón, él muy festivo y yo más serio y pálido que si me llevaran a ajusticiar, nos dirigimos al palacio de Amaranta.
Entramos primero en una habitación lujosísima del piso bajo, donde encontramos al señor diplomático en poder de su peluquero, que le arreglaba la cabeza con tenacillas, untos y menjurjes. Estaba el buen Marqués en traje ligero y abigarrado, que daba risa, y oía con mucha seriedad los donaires y chascarrillos del maestro, que era un redomado tunante. No me reconoció Su Excelencia. Acercósele el fraile: hablaron aparte cosas que no entendí, y después nos mandó subir, diciendo que arriba estaba Amaranta con el Padre Castillo, revolviendo unos libros que le habían traído. Subimos, pues, y sin tardanza nos introdujo un paje. Al punto en que Amaranta se fijó en mí, púsose pálida y ceñuda, demostrando la cólera que el verme allí le causaba. Pero como hábil cortesana, la disimuló al instante y recibió a Salmón con bondad, ordenándome a mí que me sentase junto a la gran copa de azófar que en mitad de la sala había, de lo cual colijo que ella debió de comprender el intenso frío que, a causa del rigor de la estación y de la diafanidad de mis veraniegas ropas, me mortificaba.
VI
—Este muchacho —dijo Salmón— enterará a usía de aquello que deseaba averiguar, pues todo lo sabe de la cruz a la fecha; y al mismo tiempo tengo el honor de decir a usía que aquí tenemos un portento de precocidad, un gran latino, señora, autor de cierto inédito poema, por quien S. A. el Príncipe de la Paz le destinaba a la Secretaría de la Interpretación de lenguas.
El Padre Castillo volviose a mí y dijo con afabilidad:
—En efecto, ayer nos habló de usted el licenciado Lobo. ¿Y en qué aulas ha estudiado usted? ¿Querrá leernos algo de ese famoso poema?
Yo le contesté que lo de mi ciencia latina era una equivocación, y que el licenciado Lobo me daba aquella fama usurpándola a otro.
—¡Oh, no!... que también, si no recuerdo mal, nos dijo que en usted la modestia es tanta como el talento, y que siempre que se le habla de estas cosas lo niega. Bien está la modestia en los jóvenes; mas no en tanto grado que oscurezca el mérito verdadero.
Amaranta no dijo nada. El Padre Castillo pasaba revista a varios libros, en montón reunidos sobre la mesa, y los iba examinando uno por uno para dar su parecer, que era, como a continuación verá el lector, muy discreto. Hombre erudito, culto, ilustrado, de modales finos, de figura agradable y pequeña, de ideas templadas y tolerantes, que le hacían un poco raro y hasta exótico en su patria y tiempo, Fray Francisco Juan Nepomuceno de la Concepción, en los estrados conocido por el Padre Castillo, se diferenciaba de su cofrade, el Padre Salmón, en muchísimas cosas que al punto se comprenderán.
—Estos son los libros y papeles que han salido en los tres últimos meses —dijo Amaranta—. Buena remesa me han mandado hoy Doblado y Pérez, mis dos libreros; pero no me pesa, pues entre tantas obras malas y de circunstancias como aparecen en estos revueltos días, alguna habrá buena, y hasta las impertinentes y ridículas tienen su mérito para ilustrar la historia de los actuales en los venideros tiempos.
—Así es —indicó el Padre Castillo—. No hay obra, por mala que sea, que no contenga algo bueno, y hace bien vuestra grandeza en comprarlas todas.
—He leído un poco de este voluminoso papel —dijo Amaranta tomando un folleto que parecía recién salido de la imprenta—, y me ha causado mucha risa. El título es de los de legua y media. Dice así: Manifiesto de los íntimos afectos de dolor, amor y ternura del augusto combatido corazón de nuestro invicto monarca Fernando VII, exhalados por triste desahogo en el seno de su estimado maestro y confesor D. Juan Escóiquiz, quien por estrecho encargo de S. M, lo comunica a la nación en un discurso.
—Pues aquí veo otro —dijo Castillo hojeándole— que si no es del mismo autor, lo parece. Se titula La inocencia perseguida o las desgracias de Fernando VII: poesía. Verdad que está en verso, y ahora es moda tratar en metro las cuestiones serias, aun aquellas más extrañas al arte de la poesía, como, por ejemplo, este papel que ahora me viene a las manos y se llama Explicación del capítulo IX del Apocalipsis, aplicado según su sentido literal al extraordinario acontecimiento de la pérfida irrupción de España: oda por un capellán.
—Y ha de saber Vuestra Reverencia que también nuestro prisionero monarca da en la flor de hablar en verso —dijo Amaranta con sorna—, pues aquí tengo la Epístola férvida que nuestro amado soberano el Sr. D. Fernando VII dirige a sus queridos vasallos desde su prisión: pieza patética, tierna y de locución majestuosa.
—Pues ¿y qué me dice la señora Condesa de este otro librito que ahora me cae en las manos, y lleva por nombre La Corte de las tres nobles artes, ideada para el inocente Fernando VII: anacreónticas? Y la primera de estas anacreónticas se encabeza así: Reglas que contribuyen a que un pueblo sea sano y hermoso. Por mi hábito de la Merced, que no entiendo esto del pueblo sano y hermoso, que se ha de conseguir por la Corte de las tres nobles artes, y ha de exponerse en anacreónticas. Con permiso de vuecencia me lo llevaré al convento para leerlo esta noche.
—Lleve también Su Paternidad este papel suelto que dice: Lágrimas de un sacerdote, en dos octavas acrósticas.
—Esto de los acrósticos y pentacrósticos, es juego del ingenio, indigno de verdaderos poetas —dijo Castillo—, y más aún de un sacerdote, cuyo entendimiento parecería mejor consagrado a graves empleos. Pero démelo acá usía, que me lo llevaré, juntamente con este sermón que se titula Bonaparciana u oración, que a semejanza de las de Cicerón, escribió contra Bonaparte un capellán celoso de su patria. Y en verdad que no anduvo modesto el tal capellancito comparándose con Cicerón; pero en fin, eso me prueba qué tal será la dichosa Bonaparciana.
—Por Dios, señora Condesa —dijo a esta sazón el Padre José Anastasio de la Madre de Dios—. Ruego a vuecencia que me deje llevar al convento para leerlo esta noche, este otro graciosísimo libro que se titula: Las Pampiroladas, letrillas en que un compadre manifiesta a su comadre que en las circunstancias actuales no debe temer a la fantasma que aterraba a todo el mundo. ¡Qué obra más salada! Si no queda cosa que no se les ocurre...
—También puede llevarse, pues viene muy bien al ingenio y buen humor de Su Paternidad —agregó Castillo—, este otro que aquí veo, y es Deprecación de Lucifer a su Criador contra el tirano Napoleón y sus secuaces, asustado de ver entrar tantos malvados franceses en el infierno. ¡Hola, hola! también está en octavas. Serán mejores que las de Juan Rufo, Ercilla y Ojeda.
—¡Oh! Este sí que es bueno. ¡Válgame nuestra santa Patrona! —exclamó Salmón—. Óiganme: Seguidillas para cantar las muy leales y arrogantes mozas del Barquillo, Maravillas y Avapiés, el día de la proclamación de nuestro muy amado Rey. ¿Me las llevo, señora Condesa?
—Sí, Padre; ya que está por seguidillas, aquí veo otras que le parecerán muy buenas. Seguidillas que cantó el famoso Diego López de la Membrilla, jefe de la Mancha, después que consiguió las gloriosas victorias contra los franceses.
—El pueblo español —declaró Castillo— es de todos los que llenan la tierra el más inclinado a hacer chacota y burla de los asuntos serios. Ni el peligro le arredra, ni los padecimientos le quitan su buen humor; así vemos que rodeados de guerras, muertes, miseria y exterminio, se entretiene en componer cantares, creyendo no ofender menos a sus enemigos con las sátiras punzantes que con las cortadoras espadas. ¿Y qué me dicen usías de este Asalto terrible que dieron los ratones a la galleta de los franceses, poema en dos cantos? ¿Qué de este Elogio del Sr. D. Napoleón, por un artífice de telescopios? ¿Qué de esta Gaceta del infierno, o sea Noticia de los nuevos amores de la Pepa Tudó con Napoleón, y celos de Josefina?
—Esas son groserías de vulgares o indecentes escritores —afirmó con enfado Amaranta—, pues todo el mundo sabe que ni la Tudó ha tenido amores con Bonaparte, ni este ha hecho nada que menoscabe su fama de hombre de buenas costumbres.
—Cierto es —dijo Castillo—; pero si usía me lo permite, le haré una observación, y es que el pueblo no entiende de esas metafísicas, y al verse engañado y oprimido por un tirano y bárbaro intruso, no debemos extrañar que le ridiculice y aun le injurie. El pueblo es ignorante, y en vano se le exige una decencia y compostura que no puede tener, razón por la cual yo me inclino a perdonarle estas chocarrerías si conserva la dignidad de su alma, donde el grande sentimiento de la patria como que disimula y oscurece los rencorcillos pequeños y vituperables.
—No me defienda usted tales chocarrerías, Padre —repuso Amaranta—. ¿Tiene perdón de Dios este otro impreso que ahora leo? Oiga usted el título: Lo que pueden cuatro borrachos, o sea despique al vil dictado con que se han querido oscurecer los honrados procedimientos de un pueblo fiel a su Religión, Rey y Patria.
—La obra —dijo riendo el fraile— tiene traza de no ser un segundo Don Quijote ni mucho menos; pero en su mismo título hallará vuecencia la explicación del llamar borrachos a los Bonapartes, dictado que tanto repugna a mi señora Condesa. Cierto que los Bonapartes no son borrachos, y harto sabemos que el pobre Rey José ni por pienso lo bebía; pero el pueblo no lo entiende así, del mismo modo que jamás dejó de llamarle tuerto, aunque harto bien pudo reparar la hermosura de sus dos ojos. El pueblo le llamó borracho y tuerto, sin motivo, es cierto; pero ¿tienen razón los franceses en llamar insurgentes, bandidos y ladrones de caminos a los héroes que en los campos de batalla defienden generosamente la independencia patria?
—Convengo en ello —contestó Amaranta—; pero la cosa más justa si se hace con malas formas, parece como que se deslustra y encanalla. Vea usted. Para hacer una pintura de las calamidades ocasionadas por la guerra, no era preciso que el autor de este papel lo titulara Inventario de los robos hechos por los franceses en los países donde han invadido sus ejércitos.
—Señora, concedo que al autor se le ha ido un tanto la mano en la forma —dijo Castillo—; pero por lo poco que de este libro he leído, me parece que dice verdades como el puño.
—¡Y tan como el puño! —exclamó Salmón alzando los ojos de un libelo cuyas páginas a la ligera recorría—. Pues lo que es este que al azar ha caído en mis manos, tiene unas explicaderas...
—¿Cuál?
—Es de lo más gracioso y bien parlado que imaginarse puede. Su anónimo autor lo titula Carta primera de un vecino de Madrid a un su amigo, en que le cuenta lo ocurrido después de la prisión del execrable Godoy hasta la vergonzosa fuga del tío Copas. La agudeza de los dichos, la oportunidad de los chistes, apodos y chanzonetas es tal, que harían reír a la misma seriedad.
—¡Bonito modo de escribir la historia! Y ese palurdo vecino de Madrid, que sin duda será algún sacristán rapavelas o bodegonero del Rastro, ¿qué entiende de execrables Godoyes ni otras zarandajas?
—¿Pues no ha de entender, señora? —dijo el Padre Castillo—. A veces en personas rudas y zafias se ve mejor sentido y criterio de las cosas que en las ilustradas, quizás por su misma ilustración desvanecidas. Lo que les falta es el decoro en la forma. Oiga mi señora Condesa una observación que quiero hacerle. Entre esta multitud de papeles, que los libreros de Madrid le envían para que coleccione todo lo publicado, hay tal balumba de despropósitos y estolideces, que sería más necio y simple que sus autores el que dejara de reconocerlo así. Pero en medio de tanta faramalla, encuentro algunos productos del ingenio que suspenden, cautivan y enamoran, por ser fruto espontáneo de la mente popular, como lo son las heroicas acciones que desde el principio de la guerra estamos presenciando. Vea vuecencia: aquí hay una Convocatoria que a todos los pastores de España dirige un mayoral de la sierra de Soria para la formación de compañías de honderos. Este es un hombre ignorante, cuya actividad e interés por la patria no puede menos de elogiarse. También merece encomios lo que ha escrito esta Doña María Piquer y Pravia, con el título de ¿Qué es héroe? Exhortación a los jóvenes españoles, pues todo lo que tienda a encender los alientos de la juventud en las actuales circunstancias, es digno de aplauso. No le negaré tampoco los míos a estos Cargos que hace el tribunal de la razón de España al Emperador de los franceses, porque los tales cargos están hechos con mesura; ni tampoco a este Engaño de Napoleón descubierto y castigado, obra en que se manifiesta con la mayor claridad la infidelidad del Emperador en sus convenios con España, porque todo cuanto se diga acerca de la manera desleal y traidora con que nos declararon la guerra, me sabe siempre a poco. No seré tan benévolo con esta Carta del licenciado Siempre y Quando al Doctor Mayo de 1808, porque me repugnan las formas chocarreras en formales asuntos, ni daré dos higos por esta Alegoría poética que descubre las iniquidades del más perjudicial y maligno hipócrita del mundo, Bonaparte, porque ya dije que este afán de tratar en malos versos lo que está pidiendo a gritos clara y valiente prosa, me indigna y pone fuera de mí.
VII
—Gracias a Dios —dijo entonces Amaranta— que encuentro entre esta garrulería una obra de reconocida utilidad durante los tiempos de guerra. Vea Su Reverencia: Arte universal de la guerra del Príncipe Raimundo de Montecuculi.
—En efecto, señora: yo daría un par de abrazos y otros tantos apretones de manos a Quiroga y Burguillos, que son impresores y editores de esta gran obra. Y aquí veo otra, a cuyo autor le pondría yo en los cuernos de la luna, pues no conozco hoy por hoy tarea más meritoria que escribir un Prontuario en que se hallan reunidas las obligaciones del soldado, cabo y sargento para la pronta metódica instrucción de las compañías. Vea mi señora Condesa cómo también sacamos pepitas de oro puro del escorial de este montón que tenemos delante. Aquí veo la Higiene militar o arte de conservar la salud del soldado en guarniciones, marchas, campamentos, hospitales, etc. Queden a un lado, para que no se confundan con lo demás, y en su compañía vaya El buen soldado de Dios y del Rey, libro donde se asocian las máximas militares con las cristianas. Esto me parece muy del caso, pues será mejor soldado aquel que lleve en su corazón la fe, única fuente de toda heroica acción, y de la humildad y obediencia, que mantienen la disciplina, remedo mundano del divino orden puesto por Dios a la autoridad religiosa.
—Pues hagamos aquí un apartado de los buenos libros —dijo la Condesa graciosamente, reuniendo los que el fraile le indicaba.
—Pero tate, señora mía —dijo este—, que me parece que en ese departamento de las cosas buenas se ha colado El laurel de Andalucía y sepulcro de Dupont, que, aunque muy patriótica, es de las más necias y enfadosas comedias que se han impreso en estos tiempos. Vaya fuera, y lléveselo Salmón si quiere leerlo, y en su lugar póngase esta Colección de proclamas, bandos, diversos estados del ejército y relaciones de batallas, que por ser un conjunto de documentos fehacientes, será en día no lejano de grande interés para la historia, que en tales tesoros se alimenta y bebe la verdad, sin la cual no puede vivir. ¿Pero qué libro es ese que con tanta atención vuecencia lee?
—Leo —repuso la Condesa— las Poesías patrióticas de D. Manuel Josef Quintana, que ahora salen por segunda vez a luz. Este tomo contiene la Expedición de la Vacuna, las odas a Juan de Padilla, a España libre, al panteón del Escorial y a la Invención de la imprenta.
—¡Oh! —exclamó el Padre Castillo—. Bien lo decía yo: no pepitas de oro, sino perlas orientales habían de aparecer entre esta balumba. Póngame vuecencia a ese poeta sobre las niñas de mis ojos, pues no me canso nunca de leerlo, y es tan grande el encanto que en mí producen su fogosa entonación, su grave estilo, su arrebatado estro, su numerosa cadencia, la gallardía de las imágenes, la verdad de los pensamientos, la elegancia de los símiles, la escogida casta de todas las voces y frases, que me olvido del apasionamiento y saña con que ataca institutos y personas que yo a causa de mi estado no puedo menos de reverenciar. Pero tal es el privilegio del arte cuando da en buenas manos; y es que enamora con la forma aun a los mismos a quienes no puede conquistar con las ideas.
—Quítenmelo de delante —dijo Salmón—, y no pongan a ese autor ni a cien leguas del de esta composición que ahora tengo en la mano: Godoy, sátira por D. José Mor de Fuentes.
—Pues si Su Paternidad es tan entusiasta de Mor de Fuentes, nosotros se lo regalamos, para que lo disfrute por los siglos de los siglos. ¿No es verdad, señora Condesa? ¿A ver qué otro volumen es este, que parece recién publicado? Poesías líricas o rimas juveniles por D. Juan Bautista Arriaza. Este no debe ser despreciado, pero tampoco agasajado. El aprecio que conquista con su gracia y primorosa frivolidad, lo pierde por maldiciente, sin que tenga, como Juvenal, el mérito de reprender los vicios y malas costumbres. Sus mejores obras son las que podríamos llamar Vejámenes, dirigidas contra cómicos y poetas; y estas Rimas juveniles son finas, pulcras, bonitas, pasajeras; pero carecen de aquella sal de la inspiración, sin cuyo ingrediente no hay manjar poético que se pueda traspalear. ¿Qué hacemos, señora Condesa? ¿Se lo damos a Salmón, o se queda en el departamento escogido?
—Quédese aquí —dijo Amaranta—, aunque no sea sino porque me ha dedicado casi todos sus versos llamándome Clori, Belisa, Dorila, Mirta, Dafne, Febea y Floridiana. Y para que el reverendo Salmón no se enfade, le daremos el Napoleón rabiando, casi-comedia; el Bonaparte sin máscara, y la Descomunal batalla de los invencibles gabachos contra los ratones del Retiro, que aquí están pidiendo que Vuestra Reverencia les dé su dictamen.
—Pues vengan —dijo Salmón—, y no creo que vuestra grandeza me niegue este saladísimo papel, cuyo solo título hace desternillar de risa, y es El juego de Fernando VII con Napoleón y Murat al tresillo, libro en el que baxo las voces propias del tresillo se da una idea de lo acaecido con nuestro augusto soberano, del orgullo de Napoleón, y concluye con las exclamaciones más tiernas de nuestro oprimido monarca.
—Esto de decir en términos de tresillo lo que se puede expresar en castellano seco, me enamora —indicó Castillo.
—Precisamente en lo intrincado está el mérito de la invención —observó el otro fraile—. La prosa llana se cae de las manos, y así no comprendo cómo Vuestra Paternidad está ahora tan embebecido en la lectura de ese folleto, Gobierno pronto y reformas necesarias.
—Más que por lo que dice, me interesa por lo que todos los papeles de esta clase indican de alteraciones y disputas para lo porvenir.
—Los españoles —dijo la Condesa— no se cuidan ahora de lo porvenir.
—Permítame usía que le diga que está muy equivocada —repuso Castillo—. Observando atentamente todos los impresos que salen a luz (y los papeles impresos son quien más que otra cosa alguna da a conocer lo que piensa y anhela un pueblo cualquiera); observando, digo, esto que aquí tenemos, se ve que los españoles, bajo la aparente conformidad que nos da la guerra, estamos muy divididos, y eso se conocerá cuando con las paces venga el deseo de establecer las nuevas leyes que nos han de regir. Aquí tengo unas Reflexiones de un español, y modo de organizar un Gobierno que concluya la grande obra de la eterna libertad y prosperidad de la nación. No parece mal escrito, y apunta con timidez la idea que creo desarrolla atrevidamente este cuaderno que se intitula Política popular acomodada a las circunstancias del día: propone la Constitución que la España necesita para cortar de raíz el despotismo. Por el mismo estilo y con igual tendencia está hecho este otro que dice Reflexiones de un viejo activo a un amigo suyo sobre el modo de establecer una Constitución.
—Y por lo que veo —dijo Amaranta leyendo la portada de otro libro—, este trata del mismo asunto: Manifiesto del español, ciudadano y soldado, donde se da conocimiento de nuestros anteriores padeceres y esperanzas en nosotros mismos, respecto al mundo individual.
—Por San Buenaventura y los cuatro doctores, que no sé lo que ha querido decir ese buen hombre con lo del mundo individual; pero lo apartaremos para leerlo después.
—¿Y cree Vuestra Paternidad que hay divergencia de pareceres entre los diversos autores que tratan de política y de Constitución? —preguntó Amaranta.
—¡Oh! —exclamó Castillo—, por aquí aparece la punta de un impreso, en quien desde luego conozco la opinión contraria. Sí, señora Condesa: no hay más que leer este título, Higiene del cuerpo político de España, o medicina preservativa de los males con que la quiere contagiar la Francia, para comprender que este es amigo del despotismo. Pues ¿y dónde me deja usía estas Conclusiones político-morales que ofrece a público certamen contra los herejes de estos tiempos un fraile gilito? No me gusta que los regulares se ocupen de estos asuntos, y desearía que, concretándose a su ministerio de paz, aguardaran tranquilos lo que los tiempos futuros traigan de calamitoso para nuestro instituto. Pero no es posible contener esta gritería que por todos lados sale en defensa de opuestos intereses, y venga lo que viniere, que si Dios no lo remedia, será gordo y sonado. Entre tanto, póngame usía a un ladito estos libros que tratan de la Constitución y el despotismo, pues pienso examinarlos espaciosamente. ¿Pero qué veo? ¿Ha puesto vuecencia en el montón escogido esos cuatro librillos de novelas simples? Parece mentira que en esta época empleen nuestros libreros su tiempo y dinero en traducir del francés tales majaderías... ¿A ver? La marquesa de Brainville, la Etelvina, los Sibaritas, el Hipólito. Vaya toda esta romancil caterva a deleitar al Padre Salmón, y si tarda en devolverla, mejor, que así podrá vuestra grandeza entretenerse en mejores lecturas.
—En esto de novelas andamos tan descaminados —dijo Amaranta—, que después de haber producido España la matriz de todas las novelas del mundo y el más entretenido libro que ha escrito humana pluma, ahora no acierta a componer una que sea mayor del tamaño de un cañamón, y traduce esas lloronas historias francesas, donde todo se vuelve amores entre dos que se quieren mucho durante todo el libro, para luego salir con la patochada de que son hermanos.
—Pues para mí —dijo Salmón—, no hay más regocijada lectura que esa; y vengan todos para acá.
—Abulta bastante, señora Condesa —indicó Castillo—, el apartado de los que defienden la Constitución. Hágame vuestra merced otro con los apóstoles del despotismo, que hasta ahora parecen los menos. Pero no: por aquí sale un libelo titulado Gritos de español en su rincón, que al instante puedo colocar entre los del despotismo.
—Y aquí hay otro —dijo Amaranta— que, si no me equivoco, también es del mismo estambre. Titúlase Carta de un filósofo lugareño que sabe en qué vendrán a parar estas misas.
—¡Magnífico! Desde que oí eso del filósofo lugareño, lo diputé por enemigo de los constitucionales. Vaya al segundo montón; y los leeremos a unos y a otros para saber, como dice el encabezamiento, en qué vendrán a parar estas misas. Esta lucha, señora mía, o yo me engaño mucho, o ahora es un juego de chicos comparada con lo que ha de venir. Cuando se acabe la guerra, aparecerá tan formidable y espantosa, que no me parece podrá apaciguarla ni aun el suave transcurso de todos los años de este siglo en cuyo principio vivimos. Yo que observo lo que pasa, veo que esa controversia está en las entrañas de la sociedad española, y que no se aplacará fácilmente, porque los males hondos quieren hondísimos remedios, y no sé yo si tendremos quien sepa aplicar estos con aquel tacto y prudencia que exige un enfermo por diferentes partes atacado de complicadas dolencias. Los españoles son hasta ahora valientes y honrados; pero muy fogosos en sus pasiones, y si se desatan en rencorosos sentimientos unos contra otros, no sé cómo se van a entender. Mas quédese esto al cuidado de otra generación, que la mía se va por la posta al otro mundo, con más prisa de lo que yo deseo. Y entre tanto, guárdeme usía esos dos montones de libros, que todos quiero leerlos. Aquí el departamento de la Constitución, a este otro lado el del despotismo... pero ¡pecador de mí! A vuecencia se le ha ido la mano, dejando que se colara en estas regiones un papelejo que desde su principio fue destinado al paladar de mi reverendo amigo. Afuera ese desvergonzado intruso.
—¡Ah! —exclamó Amaranta riendo—. Es un Retrato poético del que vende santi barati y el sartenero victoreando al primer pepino que plantó un corso en tierra de España, y no ha prendido.
—¡Venga acá! —dijo con gran alegría Salmón—. ¡Y cómo se escapaba esa joya! Al convento me lo llevo junto con este otro, que aunque no trata de la guerra ni de política, parece libro de recreación científica y de honestísimo divertimiento. Es la Pirotécnica entretenida, curiosa y agradable, que contiene el método para que cada uno pueda formarse en su casa los cohetes, carretillas y bombas, etc., con tres láminas demostrativas de todas las operaciones del sublime arte de polvorista.
—Y ahora, señora Condesa de mi alma —dijo el Padre Castillo levantándose—, ya que he molestado bastante a usía, y hecho el escrutinio que vuestra grandeza deseaba, me retiro, pues esta tarde celebra solemne rosario la Hermandad del Socorro de Nuestra Señora del Traspaso, y me toca predicar.
—Yo pertenezco a la del Rescate —indicó Amaranta—, y creo que es la semana que entra cuando hacemos nuestra función de desagravios. Y Vuestra Paternidad, Padre Salmón, ¿no predica en estas fiestas?
—¿Cómo no? La Real Congregación y Esclavitud de Nuestra Señora de la Soledad, me ha encargado dos pláticas para la semana que entra. Veremos qué tal salgo de ellas.
El Padre Castillo, que sin duda tenía prisa, se fue, y allí quedamos Salmón y yo. Desde que hubo salido su compañero, tomó aquel la palabra y dijo:
—Pues como tuve el honor de indicar a usía, este muchacho sabe todo lo concerniente a D. Diego, a sus artimañas, trapicheos y correrías, y él satisfará a vuecencia mejor que cuanto yo, relata referendo, pudiera decirle. Pero ¿será cierto, señora mía, lo que al entrar me ha dicho el señor Marqués D. Felipe?
—¿Qué?
—Que usía ha tenido anoche la felicísima suerte de hacer confesar a esa linda niña todo lo que de ella queríamos saber.
—Así es —dijo Amaranta—. Todo me lo ha confesado.
—La paz de Dios sea en esta ilustre casa. ¿Dónde está ese blanco lirio, que la quiero felicitar por el buen acuerdo que ha tenido?
—Esta tarde no se la puede ver, Padre. Ya que su merced ha tenido la buena ocurrencia de traerme este joven, a quien supone al tanto de lo que quiero saber, tenga la bondad de dejarme a solas con él, para que la presencia de una persona grave y respetabilísima como Vuestra Reverencia no le impida decirme todo lo que sabe, aunque sea lo más secreto.
—Con mil amores obedeceré a usía —dijo el Padre Salmón; y con esto se retiró, dejándome solo con aquella estrella de la hermosura, con aquella deslumbradora cortesana, a quien nunca me había acercado sin sacar de su trato el fruto de una gran pesadumbre.
VIII
—No ha sido una simpleza de este buen religioso lo que te ha traído aquí —me dijo severamente—; esto ha sido obra de tu astucia y malignidad.
—Señora —le respondí—, por mi madre juro a usía que no pensaba volver a esta casa, cuando el Padre Salmón se empeñó en traerme, con el objeto que él mismo ha manifestado.
—¿Y qué sabes tú de D. Diego?
—Yo no sé más sino aquello que no ignora nadie que le trata.
—D. Diego es jugador, francmasón, libertino; ¿no es cierto?
—Usía lo ha dicho; y si lo confirmo, no es porque me guste ni esté en mi condición el delatar a nadie, sino porque eso de D. Diego todo el mundo lo sabe.
—Bien: ¿y tú querrías llevarme a mí o a otra persona de esta casa a cualquiera de los abominables sitios que el Conde frecuenta por las noches, para sorprenderle allí, de modo que no pueda negarnos su falta?
—Eso, señora, no lo haré, aunque usía, a quien tanto respeto, me lo mande.
—¿Por qué?
—Porque es una fea y villana acción. Don Diego es mi amigo, y la traición y doblez con los amigos me repugna.
—Bueno —dijo Amaranta con menos severidad—. Pero me parece que tú eres tan necio como él, y que le llevas a la perdición, incitándole y adulando sus vicios.
—Al contrario, señora: a menudo le afeo su conducta, diciéndole que tal proceder es indigno de caballeros, y que al paso que deshonra su casa, deshonra también a aquella con quien va a emparentarse.
—Eso está muy bien dicho —afirmó con pesadumbre—. Lo que hace Rumblar no tiene perdón de Dios. ¿Y quién le acompaña en su libertinaje?
—El Sr. de Mañara y D. Luis de Santorcaz.
—¡También ese! —dijo con sobresalto y súbita transformación en su bello rostro—. ¿Qué hombre es ese? ¿Le conoces tú? ¿Dónde vive? ¿En qué se ocupa?
—Si he de decir verdad, aún ignoro qué clase de hombre es. Tampoco sé dónde vive; pero he oído que es espía de los franceses, y que estos le dan un sueldo para que les escriba todo lo que pasa. Esto me han dicho; pero no lo aseguro.
Entonces Amaranta acercó su silla a la mía; mirome como quien se dispone a entablar relaciones de confianza, y me habló así con voz dulce:
—Gabriel, está de Dios que me prestes de vez en cuando servicios de esos que no se encomiendan sino a la despierta observancia y a la discreta malicia. ¿Querrás averiguar si D. Diego anda también en conspiraciones y malos pasos con ese que has llamado espía de los franceses?
—No sé si podré hacerlo, señora. Tendría que hacerme dueño de su confianza para abusar de ella. Por otro conducto podrá averiguarlo su señoría.
—Estás orgulloso; pero ven acá, chicuelo: ¿quién eres tú? ¿A quién sirves ahora?
—No sirvo a nadie, ni quiero servir. Por ahora soy soldado, si soldado es ser alguna cosa. Vivo de la paga que da el Ayuntamiento de Madrid a las tropas que ha levantado. Pero no tengo afición a las armas, y si las tomo hoy es por puro patriotismo y solo mientras dure la guerra. Después Dios dispondrá de mí, aunque, como no tengo riquezas, ni padres, ni parientes, ni papeles de nobleza, ni protección alguna, espero que no saldré de esta humilde esfera en que he nacido y vivo.
—¿Quieres que te proteja yo? ¿Necesitas algo? —me preguntó con bondad—. Te buscaré un buen acomodo, te socorreré, si por acaso no estás muy desahogado.
—Aunque el recibir limosnas no deshonra a nadie, antes me asparían que tomarlas de vuecencia.