Índice:
[I], [II], [III], [IV], [V], [VI], [VII], [VIII], [IX], [X], [XI], [XII], [XIII], [XIV], [XV], [XVI], [XVII], [XVIII], [XIX], [XX], [XXI], [XXII], [XXIII], [XXIV], [XXV], [XXVI], [XXVII], [XXVIII], [XXIX], [XXX], [XXXI], [XXXII].
Un voluntario realista
Nota de transcripción
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EPISODIOS NACIONALES
UN VOLUNTARIO REALISTA
Es propiedad. Queda hecho el depósito que marca la ley. Serán furtivos los ejemplares que no lleven el sello del autor.
B. PÉREZ GALDÓS
EPISODIOS NACIONALES
SEGUNDA SERIE
UN VOLUNTARIO
REALISTA
35.000
MADRID
PERLADO, PÁEZ Y COMPAÑÍA
(Sucesores de Hernando)
ARENAL, 11
1906
Madrid. — Imp. de los Sucesores de Hernando, Quintana, 33.
UN VOLUNTARIO REALISTA
I
La ciudad de Solsona, que ya no es obispado, ni plaza fuerte, ni cosa que tal valga, y hasta se ha olvidado de su escudo, consistente en cruz de oro, castillo y cardo de los mismos esmaltes sobre campo de gules, era, allá por los turbulentos principios de nuestro siglo, una de las más feas y tristes poblaciones de la cristiandad, a pesar de sus formidables muros, de sus nueve esbeltos torreones, de su castillo romano, indicador de gloriosísimo abolengo, y a pesar también de su catedral, a que daban lustre cuatro dignidades, dos canonjías, doce raciones y veinticuatro beneficios. La que Ptolomeo llamó Setelsis, se ensoberbecía con la fábrica suntuosa de cuatro conventos que eran regocijo de las almas pías y motivo de constante edificación para el vecindario. Este se elevaba a la babilónica cifra de 2056 habitantes.
Estos 2056 habitantes setelsinos ocupaban, ¿a qué negarlo?, lugar muy excelso en el mundo industrial con sus ocho fábricas de navajas, tres de candiles y otras de menor importancia. También se dedicaban a criar mulas lechales que traían del cercano Pirineo; cultivaban con esmero las delicadas frutas catalanas, y eran maestros en cebar aves domésticas, así como en cazar la muchedumbre de codornices, palomas silvestres, ánades y becadas, que tanto abundan en aquellos espesos montes y placenteros ríos. No podían ser tales industrias de las menos lucrativas en tierra tan poblada de canónigos, racioneros y regulares.
En 19 de septiembre de 1810, los franceses, que nada respetaban, entraron en Solsona con estrépito, y después de cometer mil desmanes se entretuvieron en quemar la catedral: con tal siniestro desplomáronse las torres y vinieron al suelo las campanas. También pusieron mano en los conventos, encariñándose demasiado con los de religiosas, donde cometieron desafueros que mejor están callados que referidos. El convento de monjas dominicas, llamado de San Salomó por ser fundación del marqués de este nombre (1573), padeció diversos tormentos, de los que no pocas memorias guardaron las espantadas vírgenes del Señor. Tan horribles excesos no eximían a las santas casas de sufrir expoliaciones y derribos, y San Salomó, que perdiera en aquel horrendo día tantos tesoros, se quedó también sin copón, sin candeleros y sin las arracadas de la Virgen. Desaparecieron cuadros y estatuas, y un trozo del ala de poniente fue derribado a cañonazos, quedando reducidas a escombros seis celdas del piso alto y el refectorio en planta baja.
Era San Salomó un edificio de muy diversas partes compuesto, que semejaba una vieja capa de riquísima y descolorida tela, remendada con innobles trapos. Había allí algo del género ojival que domina en el Principado, restos de bóvedas románicas, puertas churriguerescas, trozos pertenecientes a la insulsa arquitectura del siglo pasado, paredes de ladrillo enyesado, tapia de adobes, muros hendidos, techos que se habían chafado cual sombrero; tragaluces bizcos, rodeados de una especie de marco palpebral de blanco yeso; rejas comidas de moho, tras de las cuales estaban las podridas celosías, por cuyos huecos solo cabía el dedo meñique de las monjas; vigas que servían de puntales; tapiales modernos que se empeñaban en cubrir huecos ocasionados por el desplome o abiertos por la bala de artillería; una torrecilla cuya espadaña solo tenía un esquilón; en suma, era un adalid valeroso combatido por los formidables enemigos que se llaman tiempo y guerra, pero que se defendía bien tapándose sus heridas y remendándose sus desgarrones como Dios le daba a entender, y desafiaba orgulloso lluvias y vientos, prometiéndose llegar con sus jorobas, infartos, bizmas y muletas a las más remotas edades venideras.
Estaba San Salomó en un extremo de la ciudad y en el punto más desierto de ella, por donde partía el camino de Guardiola y Peracamps, que a corto trecho se trocaba en intransitable cuesta escarpada, cuyas ramificaciones se perdían en la montaña. La calle de los Codos, llamada así porque formaba dos ángulos en opuesto sentido quebrándose como un biombo, limitaba el convento por poniente. Dicha calle no era otra cosa que un hueco, foso o pasadizo entre San Salomó y el lienzo occidental de la muralla de la ciudad, y los codos que daban nombre a la tal vía eran ocasionados por los ángulos estratégicos de la fortificación. Al fin de la calle se veía un torreón, y un poco más allá la puerta del Travesat.
Por oriente, con vuelta al mediodía, estaba la iglesia, en la calle de la Sombra, y no lejos de la puerta de aquella, la del torno y locutorio, que era un arco románico picado y bruñido por la barbarie académica del siglo anterior y pintorreado de azul por orden de la madre abadesa. Hacia el norte extendíase la gran tapia de la huerta, sin más huecos que las hendiduras producidas por el resentimiento de la fábrica. Las rejas y celosías, en la parte más alta, miraban al campo por encima de la muralla. Su estructura no permitía a los curiosos ojos monjiles ver la calle, en lo que verdaderamente perdían muy poco, pues rara vez pasaba por las calles de los Codos o de la Sombra alguna cosa digna de ser vista.
A pesar de su aspecto caduco, no reinaba la miseria en el interior de aquel silencioso retiro, como acontece en los conventos del día, que casi, casi no son otra cosa que asilos de mendicidad. Por el contrario, al decir de algunos curiosos solsoneses, imperaban allí dentro el bienestar y la abundancia. Siempre fueron las dominicas poco inclinadas a la pobreza absoluta: su Orden ha sido por lo general aristocrática, compartiendo con la del Císter la prerrogativa de acoger a las señoritas nobles a quienes vocación sincera, desgraciados amores o la imposibilidad de ocupar alta posición, arrojaban del mundo. San Salomó albergaba, en la época de nuestra historia, veintidós señoras, que habían llegado a sus tristes puertas impulsadas respectivamente por alguna de aquellas tres causas. Todas eran nobles, pues no podía convenir al decoro del reino de Dios que mancomunadamente con las hijas de marqueses y condes vivieran mujeres de baja estofa. Además de las rentas de la casa, que a todas por igual beneficiaban, algunas monjas, contraviniendo las reglas más elementales de la Orden, gozaban de rentillas y señalamientos privados que les otorgaran el padre, el tío o el abuelo, y esto se lo comían en la sagrada paz de su celda sin dar participación a las demás. Es probable que no reinara dentro de San Salomó la paz más perfecta, como acontece en los claustros donde se han relajado todas las reglas y sobre la fraternidad impera el egoísmo; pero también es probable que los solsoneses no supiesen nada de esto, porque entonces los conventos, si habían olvidado muchas cosas, aún sabían guardar a maravilla sus secretos.
Y sus secretos eran: que se permitían hacer vida separada, comiendo algunas en sus celdas y teniendo criadas para el servicio particular; que unas diez hermanas no se hablaban ni aun para saludarse, porque era evidente que si cambiaran dos palabras, de estas dos palabras había de nacer una docena de disputas; y finalmente, que algunas (afortunadamente eran las menos) se odiaban de todo corazón.
Por diversas cosas y motivos era célebre San Salomó; pero aquello en que su fama se elevaba hasta tocar el mismo cuerno de la luna, era el arte culinario. Váyanse noramala cuantas confituras han podido labrar manos de monja en todas las órdenes habidas y por haber; váyanse con mil demonios los platos suculentos e ingeniosos de la cocina extranjera; que nada hay comparable a lo que salió en tiempos felicísimos de los hornos, de las sartenes y de los peroles de San Salomó. Aún vivía, no hace muchos años, uno de los testimonios más entusiastas de aquella superioridad incontestable, el padre Mercader, arcipreste de Ager, vere nullius, que fue en su edad de oro capellán de aquellas benditas mujeres. Viejo y enfermo ya, se rejuvenecía refiriendo los sabrosos regalos que le enviaban en días solemnes, con la particularidad de que las señoras de San Salomó hacían platos nunca ideados por cocinera alguna, y que unían a la novedad el gusto más excitante y delicado. Ellas tenían hábiles trazas para preparar una colación en la cual se saborearan bocados muy exquisitos sin faltar al ayuno. Ellas aderezaban una comida de vigilia con tal arte, que sin faltar a las reglas literales de la penitencia, experimentaba el paladar regaladas delicias. Hacían, entre otras cosas, un guisote de abadejo que en la Semana Santa de cierto año produjo grandísimo zipizape en el cabildo catedral por los celos que de los felices gustadores de aquella ambrosía piscatoria tuvieron los que no lograron catarla. El deán y el arcipreste estuvieron siete años sin hablarse.
Basta de cocina.
II
Durante cuarenta años fue sacristán de San Salomó un buen hombre, sencillo y piadoso, que tenía por nombre José Armengol. Como sintiera que la muerte venía por él, pensó que era lamentable no dejar sucesor en la sacristía para que recayese en su linaje la recompensa de tantos años de servicios prestados a la religión con piedad y desinterés. No tenía hijos el señor Armengol, pues el único que Dios le concediera había muerto de un lanzazo en la guerra del Rosellón; pero tenía un nieto que, si bien de corta edad, podía servir para desempeñar el cargo, mayormente si las benévolas monjas le enderezaban a la virtud haciéndole hombre devoto o instruyéndole en todos los oficios de la sacristanía. El señor Armengol se murió tranquilo y satisfecho cuando la madre abadesa le prometió que el pequeñuelo sería sacristán de San Salomó.
Trajeron a Pepet de las montañas de la Cerdaña, en que se criaba libre y salvaje como los pájaros, familiarizado con las altas cimas piníferas, con las soledades abruptas y rumorosas, con el estrépito de los torrentes y la sombría majestad de la cordillera de Cadí, país propicio a las leyendas y al bandolerismo. Doce años tenía cuando se vio en poder de la madre abadesa, la cual, poniendo sobre la cabeza del rapaz su mano protectora, le dijo con grave y bondadoso acento:
—Noy, el Señor te ha favorecido desde tu tierna edad destinándote, aunque indigno, a servir en esta casa. Grande honra te cabe en esto, y no todos tropiezan a tu edad con tales prebendas. Pruébanos ahora que mereces el favor de Dios, y que eres capaz de sostener el buen nombre de tu abuelo.
Pepet miró a la madre abadesa con espanto. No comprendía lo que aquello significaba, aunque su instinto le hizo entender que se hallaba bajo el dominio de las señoras pálidas, de fantástico aspecto, cubiertas de blancos paños y de negras tocas. Quiso protestar; pero le faltaron voz y valor para ello.
La primera noche que pasó en el convento tuvo calentura y pesadillas horribles, durante las cuales giraron en su cerebro las pálidas caras de ojos mortecinos, desabrido sonreír y glacial aspecto. Aquel andar suave y vagaroso por los claustros y coro sin que se sintieran los pasos, infundíale más pavor que respeto. El susurro de sus apagadas voces, semejante al gotear de una fuente lejana, le hacía temblar. Pero los días pasaron, y aquella primera impresión penosa se calmó, llegando el inocente niño a ver sin miedo a las religiosas y a considerarlas como unas señoras muy buenas, infinitamente mejores que cuantas hembras de una y otra clase había visto en su corta vida.
Pepet se adiestraba en su oficio bajo la dirección de un sacristán suplente traído para aquel objeto de Nuestra Señora del Claustro, hombre sesudo y riguroso, a quien llamaban por apodo Fray Tinieblas. De seguro habría tratado mal al neófito por envidia de sus altos destinos sacristaniles, si las monjas no lo impidiesen, manifestando al chico la protección más decidida. Los conocimientos y la práctica de Pepet adelantaron rápidamente, y la madre abadesa, que desde el coro atisbaba los primeros trabajos del predestinado niño, decía para sí con gozo:
—Este tierno arbolito será digno sucesor de aquel tronco robusto que se llamaba José Armengol.
A los dos meses de hallarse en San Salomó, presenció Pepet un espectáculo que produjo en su alma sensaciones muy hondas y patéticas. Era un día de gran solemnidad. La iglesia resplandecía como un ascua de oro, y eran tantas las luces, que él solo recordaba haber encendido más de doscientas. Debía de correr la estación primaveral, porque los altares estaban llenos de frescas y olorosas flores que embriagaban el sentido. Llenábase la estrecha nave de fieles, que pugnaban por hallar un hueco, y se estrujaban unos contra otros. El señor obispo, acompañado de un mediano ejército de canónigos y racioneros, había subido al altar mayor y entrado en la sacristía. Deslumbradoras ropas con encajes, oro, pedrerías, cubrieron los encorvados hombros, y sonaron melodiosos cantos de órgano combinados con la dulcísima voz de las monjas. Pepet miraba y oía con embeleso, sintiendo su alma en estado de arrobamiento y exaltación; su fantasía simpatizaba de un modo extraordinario con las cosas solemnes, ruidosas y bellas.
Pero el estupor del sacristán en ciernes llegó a su colmo al ver que entre la fila de monjas arrodilladas en la delantera del coro apareció una joven de sorprendente hermosura. Vestía las fastuosas ropas mundanas que jamás había visto él en tan lóbregos sitios. Lujosas pedrerías adornaban su garganta y orejas, y sobre sus hombros caían con admirable majestad y gracia los más hermosos cabellos negros que se podían ver en el mundo. Su divino rostro estaba tan pálido como la cera de la encendida vela que en la mano tenía. No alzaba del suelo los ojos, no movía ni las cejas ni los descoloridos labios, ni las negras pestañas que velaban sus miradas como vela el pudor a la hermosura, ni parte alguna de su cuerpo. Parecía una estatua, una mujer muerta que, acabada de morir en aquel mismo instante, se conservara derecha y de rodillas por milagroso don.
El obispo echó muchos latines, y todos echaron latines, incluso Pepet, que también había aprendido sus latines sin saber lo que querían decir; y el órgano seguía cantando como una endecha tierna y dulce, semejante o canción de amores, o al acordado ritmo de flautas pastoriles en las soñadas praderas de la égloga. El pueblo gemía lleno de admiración o quizás de lástima. Estaban todos en lo más serio de los latines, de la música y de los gemidos, cuando Pepet vio que rodearon a la hermosa doncella que parecía muerta; quitáronle sus joyas; arrancaron de su seno las flores que lo adornaban, y que ni aun en el mismo tallo natal habrían estado mejor puestas, y después... Pepet sintió que la sangre ardía en sus venas..., oyó el rechinar de unas tijeras. ¡Horrible, feroz atentado! ¡Le cortaban los cabellos!... Los tijeretazos que arrancaban una tras otra guedeja, destrozaron el corazón del pobre rapaz..., sintió que su alma minúscula se llenaba de una cólera sofocante, irresistible, volcánica; sintió una angustia mortal, y sin saber cómo, dio un salto y lanzó un terrible grito, diciendo:
—¡Brutos!... ¡Pillos!
Hubo pequeña alarma, y le recogieron del suelo, porque había perdido el conocimiento. El obispo se echó a reír, y los demás también. Repuesto de su desmayo, Pepet salió de la sacristía, donde le había metido Tinieblas. Desde aquel momento sintió que en su espíritu entraban de rondón ideas nuevas, y que su conciencia empezaba a sacudirse y a resquebrajarse como un gran témpano que se deshiela. Oyó con indiferencia las palabras huecas de un canónigo que subiera al púlpito para suplicar a todas las jóvenes solsonesas allí presentes que imitaran el ejemplo de la gentil doncella, que había dejado el regalo de su casa y el cariño paterno para desposarse con Jesús, aceptando la vida de humildad y de penitencia que estos celestiales desposorios traen consigo. La hermosa doncella que había tomado el velo era doña Teodora de Aransis y Peñafort, sobrina del conde de Miralcamp.
Poco después de este suceso, Pepet cayó gravemente enfermo de pertinaces calenturas; véase cómo. Las madres de San Salomó, que comprendían cuán necesitada de esparcimiento y solaz es la niñez, permitían a su acólito que fuese todos los días a jugar con los demás chicos del pueblo, los cuales tenían costumbre de congregarse al filo del mediodía en la ribera del río Negro, por ser este el sitio donde con más libertad se entregaban al juego de tropa, que era su mayor delicia. Allí organizaban ejércitos con espadas de caña y sombreros de papel; allí asaltaban formidables plazas, defendían castillos, se destrozaban a cañonazos (entiéndase pedradas) conquistando lauros inmortales y ganando gloriosísimas contusiones, tras de las cuales venía la zurribamba que en sus casas les administraban los enojados padres o el maestro de escuela.
Al poco tiempo de darse a conocer Pepet en aquella sociedad militar donde se estimaban en su justo valer las prendas del soldado, empezó a desplegar eminentes dotes. Tenía el condenado chico ese singular don de mando que aparece frecuentemente en la niñez como anuncio de una superioridad futura. Algunas veces desaparece, y los que de chicos fueron leones, al crecer se vuelven pollinos. Pepet era atrevido, daba grandes porrazos, no perdonaba las faltas de disciplina, sacaba de su cabeza admirables invenciones en cuanto a plan de batallas y pedreas, y resolvía gallardamente todas las disputas, ya fuesen personales o de antagonismo, entre los distintos cuerpos de ejército. A todo atendía con prudencia suma, por todo velaba; era astuto en las exploraciones, heroico en los encuentros, prudente en las retiradas, previsor en todos los casos. Si se trataba del aprovisionamiento de las plazas, nada se hacía sin Pepet, que al ver a sus bravos soldados faltos de vituallas, dirigía admirablemente el merodeo de fruta en las huertas del río, o el saqueo de una cabaña cuando estaban ausentes los dueños. Muchos palos y tirones de orejas ganaban todos a veces en estas guerreras trapisondas; pero las más veían recompensadas sus fatigas con el abundante esquilmo de las parras llenas de racimos, de los perales y de los melocotoneros.
Pepet no ascendió a general: lo fue desde el primer momento, porque su natural intrepidez y la energía de su carácter púsole desde luego en aquel elevado puesto, donde se habría conservado, con asombro y orgullo de ambas riberas, si no atajaran sus pasos gloriosos las calenturas. El río Negro, con sus verdosos charcos, era un foco de miasmas palúdicos. Muchos días pasó el chico entre la vida y la muerte; pero Dios y los cuidados de las buenas madres le salvaron.
Vivía el pobrecito general, en compañía de Tinieblas, en la habitación sacristanesca, pieza espaciosa y abovedada que estaba debajo del altar mayor. Una puerta comunicaba esta pieza con el claustro del convento, y aunque la regla mandaba que estuviera siempre condenada, y bien lo decían sus gruesos barrotes y candados, las madres la tenían abierta durante el día, y por ella entraban en la vivienda de Pepet con ánimo de asistirle. Merecía disculpa y aun perdón esta falta cometida con fines tan caritativos. La madre abadesa y sor Teodora hacían la buena obra con solicitud y piedad.
La convalecencia de Pepet fue muy larga y penosa. Quedose pálido y delgado como un cirio; sus ojos se habían agrandado tanto, que parecía que ellos solos ocupaban la cara. Apenas podía andar, y la buena Teodora de Aransis y la excelente sor Ángela de San Francisco, le sostenían cada cual por un brazo para que paseara un poco por el claustro y la huerta en las horas de sol. Sentábanle en un banco, y allí pasaba largos ratos con la mirada fija en el suelo, las manos cruzadas. Fortalecido al fin, buscaban las madres algo que le entretuviese, pues nada es tan necesario a los muchachos enfermos y decaídos como un juguete o pasatiempo cualquiera que les distraiga y alegre los espíritus. La madre Teodora, que en lo compasiva y generosa ganaba a todas las habitantes de San Salomó, lo mismo que les superaba en gracia y belleza, le dijo un día, hallándose con él en el claustro:
—Pobre Pepet, siento mucho que no tengamos en la casa un mal juguete con que puedas vencer tu tristeza.
Pepet sonrió, mirándose en los hermosos ojos de la monja, que cual espejos negros le fascinaban.
—¿Qué deseas tú? Dímelo y veré si puedo proporcionártelo —añadió la religiosa con dulce bondad—. Estás muy triste..., ¿qué deseas?
Pepet callaba, sin dejar de mirarla con una fijeza parecida al éxtasis. Interrogado de nuevo, murmuró:
—Yo deseo..., sí, señora; yo deseo...
—¿Qué?
—Un tambor —repuso el chico con firmeza.
La monja se echó a reír.
—Ya sé que eres muy guerrero —dijo—, pero en esta casa no tenemos nada de eso. ¡Sería bueno que se oyera aquí ruido de tambores!... Que se te quite eso de la cabeza, pobre Pepet... ¿Quieres que te haga un sombrero de papel y una espada de caña para que te pasees por la huerta como un general?
Sin esperar contestación, la de Aransis corrió a su celda con andar vivaracho, y al poco rato regresó, trayendo un sombrero hecho de papel que usaban para poner pastas al horno, y una espada de caña. Dando ambas prendas a Pepet, le dijo con orgullo:
—En un momento lo he hecho... ¿Verdad que está bien?
Pepet no hizo movimiento alguno para constituirse en propietario de aquellos enseres marciales. Permitió que sor Teodora le pusiera el gorro; pero sus ojos relampaguearon, y rechazó la espada diciendo:
—La espada que yo deseo no es de caña, sino de hierro.
III
Pepet se curó por completo. Pasaron años, y el muchacho crecía, y en el convento se desarrollaba placentera y sosegada la vida de las monjas. Con los años fue desplegando Armengol tan buenas aptitudes para aquel edificante servicio, que al fin quedose solo y despidieron como inútil a su maestro Fray Tinieblas, de Nuestra Señora del Claustro.
Fiel a sus deberes, respetuoso con las madres, puntual en las ocasiones, riguroso con los fieles, fanático por la religión, Pepet era un modelo de sacristanes. Su carácter adusto y reconcentrado, su trato más bien taciturno que amable, la aspereza de sus palabras, no eran realmente defectos en aquel difícil puesto. Su formalidad era objeto de grandes alabanzas; había olvidado los ruidosos juegos de su infancia. Jamás se le vio en tabernas ni en sitios malos, ni gastó palabra en disputas, ni dinero en francachelas, ni el tiempo en cosas frívolas, ajenas al cuidado y custodia de su querida iglesia. De esta manera llegó a los dieciocho años, siendo su salud perfecta, su vida triste y metódica, su castidad absoluta.
Era Pepet de cuerpo más bien pequeño que mediano, de enjutas carnes, complexión acerada y movimientos fáciles. Su rostro no tenía gracia alguna, a no ser la fijeza y vivacidad de la mirada, la cual, dotada de gran potencia, distinguía los objetos más lejanos con tanta seguridad, que antes parecía adivinarlos que verlos. Sus cejas eran corridas y juntas, formando un ceño poco apacible, que a veces infundía miedo. Tenía la tez terrosa, los labios gruesos, buenos dientes, la barba rayada por una cicatriz que ganó en río Negro, la frente ancha, rodeada de cabellos negros y duros como crines. Su cuerpo, de una agilidad pasmosa, no conocía dificultades para subir, encaramarse, saltar, escabullirse, doblarse y hacer los más estupendos equilibrios, como no sin susto podían observar todos los años las señoras monjas cuando se armaba monumento.
A los dieciocho años ganó Armengol un nombre que puso en olvido el que le dieran en el bautismo. Fue este culminante suceso del modo siguiente. Ya se sabe que desde aquella feroz acometida que dieron los franceses de Napoleón al convento en 1810, perdió este muchas cosas preciosísimas que en diversos órdenes atesoraba: en este número de joyas perdidas y jamás recobradas estaban las campanas. No tenía, pues, San Salomó, en tiempo de Pepet Armengol, más que un menguado esquilón que servía para dar los toques canónicos, llamar a misa y echar de tiempo en tiempo algún repiqueteo que era objeto de punzantes bromas en todo Solsona. «Ya suena el almirez de las Madres», decían; o bien: «Hoy tienen fiesta las monjas cascabeleras». Un día que pasaba Pepet por la plaza, una mujer le dijo: «Adiós, señor Tilín».
Y desde aquel día, cuando el joven iba solo y meditabundo como de costumbre por la calle de la Sombra, los chicos, escondiéndose detrás de una esquina y asomando la carilla burlona, gritaban: ¡Tilín, Tilín!, y apretaban a correr en seguida para librar sus nalgas de la venganza del ofendido.
No se sabe cuál es la misteriosa ley que divulga los nombres postizos y los fija y los esculpe dándoles una perpetuidad que en vano pretenden las sentencias más graves de los filósofos. No se sabe cómo fue; pero ello es cierto que desde entonces Pepet Armengol no tuvo otro nombre que Tilín, y Tilín se llamó toda su vida.
No se sabe tampoco cómo penetran en los conventos las noticias, las novedades y aun las hablillas y picardihuelas del mundo; pero es lo cierto que penetran, sí, en aquellos santuarios de recogimiento y ascetismo, porque para la atmósfera moral, como para la física, no se conocen puertas. Una tarde detuvo a Pepet en el claustro la madre Teodora de Aransis, a quien él tributaba desde su enfermedad culto ardentísimo de gratitud y admiración. Sonriendo le dijo la buena religiosa:
—Tilín, dame un poco de cera para pegar estas flores. ¿Qué haces, Tilín?..: ¿No oyes lo que te digo?... Anda pronto, Tilín.
Desde este momento Pepet se resignó con su nuevo bautismo.
El capellán de San Salomó, hombre instruido y amigo de las letras, había puesto particular cariño a su acólito y quiso enderezarle por el camino de la Iglesia docente. La tentativa no tuvo resultado, y Pepet mostrose tan rebelde al latín, que mosén Crispí de Tortellá diputó a su protegido como el más torpe y zafio de los hombres. No obstante, Tilín cobró grandísima afición a los libros del capellán, y se pasaba largas horas en la excelente biblioteca de este, leyendo obras de historia que eran las que sobre todo lo escrito le enamoraban. Reprendíale mosén Crispí por su antipatía a los poetas y a los teólogos; pero Tilín, firme en sus gustos como todo aquel que los tiene de veras y desconoce el capricho, estrechaba más y más su exaltado consorcio con Plutarco, Solís, Tito Livio, Masdeu, Mariana y todos aquellos que hablaran mucho de guerras, trapisondas, matanzas, heroicidades, asaltos y acometidas.
Durante aquel tiempo hízose su carácter más sombrío y taciturno, y empezó a padecer tan lamentables distracciones, que las madres se quejaron de ciertos descuidos en el servicio de la iglesia. Durante tres, cuatro o quizás cinco años (pues no hay gran exactitud en las fechas anteriores a la presente historia), prosiguieron las horas taciturnas de Tilín, así como los quejumbrosos murmurios de la madre abadesa y los fruncimientos de cejas de sor Teodora de Aransis a causa del mal servicio. Esta solía amonestarle suavemente en tono de madre a hijo, aunque la diferencia de edad entre ambos no pasaba de diez años, que debía cargarse en la cuenta de la siempre hermosísima monja; y un día que halló coyuntura para decirle cosas que ha tiempo meditaba, le habló en la huerta de esta manera:
—Tilín, tu conducta no es la de un buen sacristán; no es tampoco la de un hombre agradecido. La madre abadesa ha dicho que si sigues descuidándote en el servicio de la iglesia, se verá precisada a ponerte en la calle.
Tilín se estremeció, y con muestras de espanto repuso:
—¡Me echará la señora!
—No lo sé..., quizás no. Yo espero te portarás bien.
—¡Portarme bien! —exclamó Tilín con sarcasmo—. ¿Y qué llaman portarme bien?
—Hacer todas las cosas al derecho, y no equivocarse en la misa, y tener bien limpio todo el metal, y no dejar la mitad de las luces sin encender, y hacer todo como lo hacía el buen Tilín de otros tiempos, que era como un oro, cuidadoso y puntual.
—El otro Tilín... —murmuró Pepet como si estuviera lelo—. ¡Ay! Aquel era un niño y yo soy un hombre.
—¡Un hombre! ¡Ah! ¿Por qué no completas la idea? ¿Por qué no dices «un ambicioso»?
—Señora —afirmó Tilín con súbita energía que asustó a la hermosa monja—. Yo sacristán es lo mismo que el demonio con casulla... Se acabó, se acabó...
—¡Ah, tunante! —replicó Teodora de Aransis con emoción—. ¿De ese modo tratas a las pobres monjitas que te han criado? ¡Qué ingratitud!...
—Señora, yo no sé lo que digo —manifestó Pepet, pasando la mano por su ancha frente, semejante a una convexa placa de bronce rodeada de crines—. Hace tiempo que me siento como loco, tonto, maniático o no sé qué... Yo no puedo olvidar lo que debo a las buenas madres... Yo no quiero dejar esta casa; pero yo quiero... yo deseo probar que Tilín sirve para algo más que para sacristán de monjas.
—Tilín, tú eres un ambicioso, un alucinado, un pecador que está sediento, sí, con la abrasadora sed del mundo —dijo la madre tomando tanto interés en aquel tema que sus mejillas se tiñeron de ligero rosicler—. Tú estás dominado por Satanás, que te quiere arrastrar al mundo, al pecado. Tu alma se pierde, Tilín; que se pierde tu alma... Cuidado, detente; cuidadito, hijo mío... Por ser ambicioso como tú, un hermano mío a quien quise y quiero con toda mi alma, ha sido muy desgraciado. Abandonó la casa de mis padres, metiose en las bullangas del mundo, y hoy le tienes emigrado, pervertido por el jacobinismo. Es al mismo tiempo el amparo y el tormento de mi anciana madre.
Cruzó la mano como si suplicara, y parecía que de sus enrojecidos ojos iban a salir lágrimas.
—¿Qué deseas tú, qué quieres? —añadió—. ¿Cuál es tu ambición? ¿Quieres ser rico, quieres ser poderoso?
—No.
—Si no estuvieras en esta santa casa, ¿qué posición, qué oficio elegirías tú?
Tilín irguió su cabeza, y echando lumbre por los ojos, exclamó prontamente:
—El de soldado, el de guerrero.
—¡Ah! —exclamó burlonamente sor Teodora de Aransis, arrancando unas hojas de sándalo y oliéndolas—. ¿Conque te gusta matar gente?... ¡Bonito oficio! ¡Oh! Se puede ser guerrero y santo al mismo tiempo. Ahí tienes a San Fernando, a San Jorge, a San Luis. En el mismo cielo hay milicias angélicas de que es capitán el gloriosísimo San Miguel.
La expresión profundamente desconsolada del rostro de Pepet indicaba que no era su deseo figurar en las milicias del cielo, sino en las de la tierra.
—Yo soy un desgraciado que delira despierto —murmuró con desaliento—. Si usted me promete no reírse, yo le contaré todo lo que pienso y siento, cosas que ciertamente la maravillarán, haciéndole sentir por mí... no sé si diga interés o lástima.
—Quizás las dos cosas. Ya te escucho.
La monja se sentó en un banco de piedra; Pepet en una carretilla de transportar escombros.
IV
—Yo, señora —dijo Tilín—, no tengo vocación para la Iglesia ni para estar metido entre monjas. Desde muy niño, y cuando andaba solo por los montes de Cadí saltando de peña en peña y descolgándome por los precipicios; trepando a los picachos y metiéndome en las cuevas donde se esconden las bestias feroces; vadeando torrentes y rompiendo jaras y malezas como el jabalí que se abre paso con los dientes, desde entonces, señora madre, yo no tenía más que un pensamiento... ¿Cuál? Pues meter ruido en el mundo. Me parecía que yo estaba destinado a hacer trastornos, a luchar... y vencer, se entiende; todas mis trapisondas habían de concluir con vencer, poniendo bajo mis pies a los pillos que no habían querido reconocer mi grandeza.
La monja sonreía.
—Ya sé que la señora se reirá de mí. Es natural; ¡cosas de chiquillos! Dicen que todos los chiquillos sueñan como yo soñaba, aunque cada cual según sus gustos: aquel sueña con verse obispo echando bendiciones, el otro con verse en un teatro representando comedias. A mí nunca me dio por tales simplezas, sino por arremeter espada en mano contra mucha gente, y destrozarla y poner mi ley sobre todas las leyes... Después he ido conociendo el mundo, y a veces me he reído un poquillo, como la señora se está riendo ahora... Pero ¡qué triste es reírse uno de sí mismo, de todo aquello que ha soñado y visto en la niñez!... Muchas cosas que eran grandes se han vuelto chicas delante de mis ojos... Yo he crecido, yo he llegado a hombre, y todavía sueño. No, no nací yo para estar metido entre monjas. Yo vivo con dos vidas, la del sacristán y la del guerrero: con la primera enciendo velas, ayudo a misa, fregoteo plata, toco la campana; con la segunda mando ejércitos, conquisto plazas, allano ciudades, destruyo pueblos, aplasto tronos, conduzco a los hombres como rebaños de carneros, quito y pongo fronteras, todo esto sin dejar de ser el mismo Tilín de siempre, sin enfatuarme, ni gastar lujo, ni probar más alimento que el de los campos de batalla, un pedazo de carne y un vaso de vino; durmiendo sobre el suelo con una cureña por almohada, escribiendo mis órdenes sobre un tambor; siempre valiente, señora, y siempre sencillo, que es la manera de ser siempre grande.
Sor Teodora de Aransis miró a Pepet de un modo que revelaba tanta curiosidad como admiración. Después, expresándose maquinalmente como el corista que repite una fórmula litúrgica, dijo:
—Vanidad de vanidades.
—A veces he creído que estas vidas, señora, venían la una de Dios nuestro padre, y la otra del demonio malo, que inventa tantas picardías para perdernos. Pero no: Satanás no tiene nada que ver en esto. Dios es el que ha puesto este fuego dentro de mí. Hay cosas que no pueden venir más que de Dios: eso se conoce, sí, lo conozco en que cuando pienso en las guerras, todo mi afán de revolver y alborotar en el mundo lleva el objeto de hacer justicia y castigar a los bribones, y poner sobre todas las cosas la religión, y sobre todos los hombres al mismo Dios.
La madre se quedó meditabunda, la mejilla sostenida en la palma de la mano y balanceando el cuerpo hacia adelante. Ya no decía «vanidad de vanidades», sino:
—¡Vaya con Tilín..., vaya con Tilín!
—Dios —añadió este— fue quien me llevó a la biblioteca del señor capellán, donde los libros de historia acabaron de enloquecerme, presentándome escrito lo que yo había supuesto, y ofreciéndome vivo lo que yo había visto soñado. De tanto gozar, yo padecía leyendo, señora. Figurábame que era yo mismo el autor de tantas proezas, y que las había realizado en otra época remota y olvidada. Yo decía: «Lo que fue podrá volver a ser, y tan hombre soy yo como César». Pero al decir esto miraba mi sotana, y caía como un pájaro a quien una bala parte el corazón cuando va volando por el cielo... ¡Mi sotana! Aquí tiene usted el demonio, señora: el verdadero demonio mío es mi sotana.
Tilín dio un puñetazo en el banco de piedra, con tanta fuerza cual si sus manos tuvieran la culpa de su desgracia.
—Sí, señora —añadió—: yo llamo el demonio a este perro destino mío que me ha puesto en situación de no poder ser nunca nada. ¡Un sacristán de monjas! No: en todo lo que he leído no he visto que ninguno de los grandes guerreros fuera en su juventud lo que yo soy. O nacieron en el trono o entre la nobleza, y los que nacieron en el pueblo fueron soldados desde su niñez y jamás conocieron otro oficio. Algunos han dado saltos muy grandes pasando de una posición a otra; pero ninguno vio delante de sí distancias como las que yo veo... ¡Sacristán de monjas!... No, no se concibe que se empiece la vida en una sacristía y se continúe en el Capitolio, o en el campo de Mantinea o en el de Cerinola o en Narwa, donde Carlos XII de Suecia con ocho mil suecos derrotó a ochenta mil rusos. Todos esos hombres han demostrado desde su primera edad el destino que Dios les había dado, y hasta sus nombres parece que son los más propios para la inmortalidad. Epaminondas, Hernán Cortés, el gran Federico, no habrían sido nada si hubieran estado donde yo estoy y se hubieran llamado como yo me llamo. ¡Ay!, este nombre mío es mi muerte, mi esclavitud. Paréceme que tener este nombre es lo mismo que estar encerrado dentro de un arca de hierro o debajo de una losa enorme. Dígame usted, señora madre, con toda franqueza si no es así. ¡Ay!, ¿cree usted que Hernán Cortés habría conquistado a Méjico si en vez de llamarse Hernán Cortés se hubiese llamado Tilín?... No, yo no concibo un libro de historia que se titule: «De la conquista de tal o cual reino por Tilín I», o «Relación de la batalla que ganó Tilín al emperador Fulano».
Las quejas amargas del pobre Pepet revelaban, juntamente con la energía de una vocación entusiasta, el candor más extraordinario. Aquel cachorro de león que mostraba la garra, tenía aún la boca teñida con la leche de la leona madre. La monja le miraba atentamente, y mirándole revolvía en su cabeza atrevidos y desusados pensamientos, que rara vez, como no sea en España, ocupan el amodorrado cerebro de una religiosa. No decía nada por temor de decir demasiado con una sola palabra.
—Y yo —continuó Tilín con acento de desesperación—, no solo veo en mí grandes estorbos para el cumplimiento de mi destino, sino que los veo también fuera. Ya en el mundo no hay guerras. Todo está quieto. España quiere paz y más paz. Después que echamos a los franceses y quitamos a los liberales, no queda nada que hacer. Ni siquiera tenemos un rey intruso a quien combatir: no tenemos más que el legítimo, el verdadero, aquel en quien no se puede poner la mano. Nada, señora: paz y más paz es lo que se ve a derecha e izquierda.
—¿Paz? —preguntó sor Teodora de Aransis con graciosa ironía.
—Sí, señora, paz.
—Pues yo no la veo.
La monja irguió su hermoso cuello, moviendo la cabeza y arqueando las cejas con expresión enteramente mundana.
—Yo no veo sino guerra —dijo después de una pausa, durante la cual miraba delante de sí como se mira a un espejo.
—¿En dónde está esa guerra?
—En España.
—¿En España? No hay guerra por ahora.
—Pero la habrá —afirmó sor Teodora con aplomo.
—¿Por qué motivo? ¿No tenemos rey? ¿Acaso podrán levantarse otra vez los liberales?
—No se levantarán. Pero los masones tienen minado el trono.
—¡El trono! —exclamó Pepet lleno de confusión—. Es el más seguro del mundo.
—Tal vez no.
—¿No tenemos gobierno absoluto?
—A medias: gobierno con puntas de masónico, que no se decide a poner la religión por encima de todo... Veo que no entiendes una palabra, Tilín. Nosotras, que jamás salimos de esta casa, conocemos lo que pasa en el mundo mejor que tú. En la biblioteca del padre capellán no aprenderás sino cosas muertas y pasadas para siempre. Voy a explicarte lo que ignoras, fiando en tu discreción y en el respeto que me tienes. Has de guardarme el secreto, porque esto no lo saben aún sino pocas personas.
Tilín prometió a la señora ser más reservado que un sepulcro, y con tal declaración, ella cobró ánimos para hablar de este modo:
—Te equivocas grandemente al suponer que tendremos paz. No, hijo mío: guerra, y guerra muy empeñada y tremenda nos aguarda. Todo está por hacer: con la derrota de los liberales no se ha conseguido casi nada; todo está, pues, del mismo modo: la religión por los suelos, la Inquisición sin restablecer, los conventos sin rentas, los prelados sin autoridad. Ya no tenemos aquellos gloriosísimos días en que los confesores de los reyes gobernaban a las naciones; se publican libros que no son de religión, o le son contrarios; en pocas materias se consulta al clero, y muchas, muchísimas cosas se hacen sin contar con él para nada. ¡Qué vergüenza! Es verdad que no hay Cortes; pero hay Consejos y ministros que son todos seglares y carecen de la divina luz del Espíritu Santo. No gobiernan los liberales, es verdad; pero ello es que sin saber cómo, gobierna su espíritu, y las sectas, las infames sectas masónicas no han sido destruidas. El ejército, que se compone absolutamente de masones, no ha sido disuelto y desbaratado, y en cambio están sin organizar los voluntarios realistas. Mil novedades execrables han subsistido después de aquella horrorosa tormenta, y en cambio no funcionan ya las comisiones de purificación que habían empezado a limpiar el reino. ¡Cuánta ignominia! Es verdad que se han concedido mercedes al clero; pero los primeros puestos los han atrapado los jansenistas, y están en la oscuridad hombres que pelearon con la lengua y con la espada, en el púlpito y en los campos de batalla. Andan sueltos muchos, muchísimos que fueron milicianos nacionales y asesinos de frailes y monjas, y la masonería se extiende hasta el mismo trono, hasta el mismo trono, Tilín.
Absorto, anonadado estaba el sacristán oyendo aquellas graves razones que la monja decía con firmeza y devoción, añadiendo a su elocuencia, para hacerla más seductora, las gracias de su persona. No desplegaba sus labios Pepet, y oía la voz de la dama cual si esta fuera un ángel de Dios que había bajado del cielo con un recado para los hombres.
—Ese trono que tanto ha costado —prosiguió la madre con brioso entusiasmo—, que fue preciso defender primero de los franceses y después de los liberales, no satisface las aspiraciones de nuestro católico reino. La religión no ha triunfado todavía, y es preciso que la religión triunfe. Santiago, nuestro glorioso patrón, no ha de permitir que sus escuadrones estén mano sobre mano. Lo que se puede hacer, ¿por qué no se hace? Contra la masonería, que es el gobierno de Satanás, se levantará la religión, que es el gobierno de Dios. Todo lo que se opone, o si no se opone estorba al triunfo de la fe, caerá, y si lo que estorba es un trono, caerá también. Veo que te asombras, Tilín; veo que te espantas.
—No, señora, no: Tilín no se asusta de nada que sea caída de cosas altas y enormes, hundimientos y choque de unas gentes con otras, sorpresas terribles, cataclismos y erupciones de la rabia humana... Pero yo no creía, no sospechaba que los derechos de nuestro rey, tan deseado y querido, pudieran ser puestos en duda.
—Culpa será de quien no ha sabido seguir el camino que le trazó la Divina Providencia —replicó vivísimamente la exaltada monja—. ¿Tú no sabes que hay un príncipe insigne, ferviente católico, amante de su pueblo, fiel cumplidor de los preceptos de la Iglesia, y que hasta en sus menores actos demuestra que vive para la fe y por la fe? Ese príncipe santo se rodea de los varones más sabios, de los prelados más virtuosos, de clérigos previsores y de seglares devotísimos; ama la religión sobre todas las cosas, y para él la religión está sobre todo lo humano, y sobre pueblos, reinos y monarquías; ese príncipe confiesa y comulga todas las semanas, dando así una lección a cuantos príncipes hay en la tierra, y no se separa jamás de una imagen de la Inmaculada Concepción, que es su dulcísima patrona y consejera... ¿Quieres saber más? ¿Necesito decirte más?
—Sí... sí —exclamó Tilín, que ya no tenía curiosidad, sino fiebre.
—La religión debe triunfar, y para que triunfe es preciso que haya quien la defienda —dijo la monja, asemejándose por su acento y su apostura a la Sibila cumana—. Tú dices que habrá paz, y yo digo que habrá guerra, guerra cruel y reñida... Nada te digo respecto a tu vocación ni a tu destino. Tú sabrás lo que haces. Únicamente he querido probarte que las circunstancias no son tan impropias como creías... que los tiempos son para cosas grandes, ruidosas y heroicas; que la vocación guerrera no tiene hoy nada de trasnochada, y que un hombre puede llamarse Tilín, y, sin embargo...
Cambiando bruscamente de tono y levantándose, añadió:
—¡Pero si anochece...! ¡Qué tarde! Tilín, corre a tocar el Angelus... ¡Qué dirá la madre abadesa si me ve aquí charla que charla!... Corre, hombre, corre... parece que estás lelo.
La monja se alejó apresuradamente. Tilín, inmóvil y con la vista fija en ella, la vio desaparecer bajo la arquería del claustro, como una sombra que se difundía en la masa oscura de la noche. Lentamente marchó a la sacristía, y empuñando la soga del esquilón, tocó el Angelus. La campana, difundiendo su gangoso tañido por los aires mucho más allá de Solsona, hasta los montes lejanos, parecía proclamar aquel nombre irrisorio que debía ser el nombre de un héroe, y gritaba con insistencia: «Tilín, Tilín».
—¡Jesús, María y José! —exclamaba la madre abadesa—. ¡Vaya un modo de tocar el Angelus! Tilín se ha vuelto loco. Parece que toca a rebato.
Y los vecinos decían: «Las monjas cascabeleras están tocando a fuego».
V
Transcurrieron muchos días (eran los de marzo de 1827) sin que sor Teodora de Aransis volviese a departir tan extensa y acaloradamente con el sacristán de San Salomó, y en este se acentuaron más las distracciones y los descuidos, llegando a cometer faltas de servicio que eran escándalo de las madres y desdoro del culto. Pasaba a veces la noche entera en la ciudad, y su trato era por demás adusto y misantrópico.
Una tarde de abril presentáronse dos damas en el locutorio. Era una de ellas hermosa por todo extremo, ricamente ataviada, con ademán un poco altanero y edad que podía sin gran seguridad suponerse entre los treinta y cinco y los cuarenta años. Vestía con lujo y sin remilgos, dando a entender que no la mortificaba ninguna cosa que diera realce a su belleza, tanto más cuanto que esta iba necesitando auxilio para que no se conociera demasiado su occidente. Doña Josefina Comerford, pues tal era el nombre de aquella histórica dama, era una hermosura en decadencia; mas no por esto dejaba de ser magnífica, como es magnífica una puesta de sol. La mujer que la acompañaba parecía servidora.
Después de esperar breve rato, descorriose la cortina que tapaba la reja, y una voz dijo:
—¡Oh!, Josefina... No me habían dicho que era usted... Voy a mandar que se le abra la puerta.
—Mande usted abrir y entraré —repuso doña Josefina mirando al través de la reja sin ver nada.
Después dio algunos paseos por el locutorio con impaciente desenvoltura. Miraba al suelo, como miran los hombres cuando tienen un grave proyecto entre ceja y ceja.
Por fin una vieja criada del convento presentose a ella, cerró la puerta del locutorio que daba a la calle, mandó a la servidora que esperase allí, y haciendo señas a doña Josefina para que la siguiese, condújola por un pasadizo oscuro que iba a parar al claustro. Desde allí no necesitó guía la de Comerford para dirigirse a la sala interior del locutorio, donde la aguardaban tres monjas.
Era la sala grande y no muy clara, a pesar de la blancura de sus paredes. Zócalo de pintados azulejos cubría, hasta la altura de dos varas, la parte inferior de aquellas, y añosa estera de esparto libraba los pies de la frialdad de los ladrillos. Un tríptico de relevante mérito, y dos o tres cuadros oscuros y muy borrosos en que apenas se distinguían el cordero de San Juan, o el caballo de San Martín, o el hábito de San Bernardo, por ser trozos pintados con blanco, compendiaban el interés iconográfico de la sala. En ella reinaba mortecina y difusa claridad roja, producida por la transparencia de las dos cortinillas encarnadas que cubrían las ventanas. Media docena de sillones y un gran banco que parecían las obras más ingeniosas de la Inquisición, por lo duros, incómodos y rígidos, servían para martirio de los huesos. En uno de ellos se sentó la visitante después de saludar a las tres monjas una tras otra.
La claridad roja daba al rostro de doña Josefina el aspecto de una llamarada en figura humana, con lo cual se avenía perfectamente el inextinguible ardor de sus palabras. Las tres monjas, encendidas también, y asemejadas en cierto modo a espectros sanguinosos, ocupaban sus puestos con correcta simetría, haciendo honor a los sillones de nogal por la tiesura con que se sentaban en ellos. Trabose al punto vivísima conversación en lengua catalana.
—Ayer esperábamos a usted —dijo la madre abadesa.
—No se puede, no se puede, señora —repuso la de Comerford—. Van los negocios muy atrasados. Acabo de llegar de Berga y apenas he tenido tiempo para vestirme... Debo salir esta noche misma para Manresa; el tiempo es corto. Diré en pocas palabras lo que tengo que decir, y hasta otro día.
—También nosotras seremos breves —indicó la madre abadesa moviendo un brazo—. Ante todo, díganos usted... ¿Es cierto que han sido ahorcados Planas y Lloret?
—Cierto es que la serpiente nos ha herido a dos de nuestros bravos leones —dijo la de Comerford con vehemencia—. Pero todo no puede ser flores. Ha de haber muchas víctimas y no pocos mártires. Si no los hubiera, no sería tan santa nuestra causa... Las partidas que hoy existen no tienen más objeto que ir tanteando a los pueblos en los límites del Principado. Más adelante se verá quién es Cataluña. Ahora lo que nos importa es que la empresa no se malogre por precipitación. De eso nos ocupamos, y si las órdenes se cumplen bien, se conseguirá el objeto. Tenemos de nuestra parte muchas autoridades militares que se han vendido en secreto. Alguien sospecha que nos harán traición: yo no lo creo. Además, de Madrid vienen un día y otro las mayores seguridades de que tendremos apoyo en altas esferas. ¡Ay!, aquella celosa Junta no se duerme en las pajas. Ha sabido unir todos los deseos en uno solo, y hoy, amigas mías, muchos personajes de aquí y de allá que tenían distintas opiniones, piensan ya de la misma manera. El acuerdo es perfecto, puedo asegurarlo a ustedes, entre el arzobispo de Tarragona, el señor Miguel, vicecancelario de Cervera, el padre Barrí de Santo Domingo, el señor don José Corrons, lectoral de Vich, el domero de Manresa, el guardián de Capuchinos de esta ciudad y el valiente entre los valientes, nuestro indomable Jep dels Estanys. Las instrucciones que ha recibido de Madrid la Junta son precisas y resuelven todas las dudas que había en puntos muy esenciales; los escrúpulos de algunos se han disipado, el beneplácito de la Santa Sede es ya evidente, y aun se tiene por segura la protección de la Rusia y de la Francia. ¿Qué tal? En el palacio de Madrid se sabe todo lo que pasa aquí, y no se dará un paso por estas leales montañas que sea hijo del acaso o del capricho, sino que todos, chicos y grandes, nos moveremos con arreglo a un plan admirablemente concertado. ¡Oh!, amigas mías, regocijémonos, entusiasmémonos con la idea de que esta tierra de cristianos tendrá al fin el verdadero gobierno cristiano.
—¡Loado sea el Señor! —exclamó la abadesa moviendo por igual los dos brazos—. Este acuerdo entre tales varones nos prueba que no obedecen al capricho ni a la fantasía, sino a una voz divina que en el interior de todos ellos ha sonado. La Virgen Santísima sea con ellos. Ahora bien, amiga querida; puesto que para gloria y salvación nuestra nos corresponde hacer algo, en la medida de nuestras escasas fuerzas, en pro de la causa del Señor, aquí estamos aguardando las órdenes de la Junta de Manresa, de la cual es usted órgano tan precioso.
—A eso voy, amiga mía —dijo doña Josefina acercando más su inquisitorial sillón al de las madres—. Primeramente, al dinerillo que ustedes tienen en depósito, se unirá dentro de poco el que se está recaudando en esta diócesis de Solsona y parte del que vendrá de Madrid. Lo entregará el señor deán de esta Santa Iglesia Catedral, y ustedes lo darán a Jep dels Estanys, a Caragol o a Pixola, previa presentación de un vale reservado y en cifra donde se especificará la suma. También podrá usted recibir dinero del alcalde de Solsona o dárselo. Aquí traigo la clave de la cifra, y la explicaré para que no hallen dificultades.
Doña Josefina sacó un papel de su ridículo (porque doña Josefina llevaba ridículo), y acercándose a las madres explicoles durante corto rato los signos y combinaciones que aquellas debían conocer. Después, la simetría que se había alterado cuando se inclinaron en una misma dirección las tres señoras, volvió a restablecerse.
—He comprendido perfectamente —dijo melifluamente la abadesa—. Se hará todo como lo mandan los señores. Dulcísimo es para nosotras prestar este concurso a obra tan insigne.
Era la madre abadesa señora muy redicha, como se habrá observado. Tenía buen fondo; pero el fanatismo le había sorbido los sesos. Lanzada por las bullidoras eminencias del país a los torbellinos de una odiosa conspiración, había llegado a olvidar el lenguaje sencillo, dulce y místico de las enclaustradas, adoptando un tonillo presuntuoso con puntas de diplomático, que era como un eco del charlar vehemente de la gran intrigante catalana doña Josefina Comerford, la cual solía dar a la expresión de su fanatismo algo de la atropellada facundia de los clubs.
—Ahora, amigas de mi alma —manifestó doña Josefina—, ahora que todo lo material está preparado, falta tan solo que se esgriman aquellas armas sutiles contra las cuales no pueden nada los más altos torreones ni la artillería más formidable: hablo de las armas de la oración. Yo, como pecadora, poco puedo alcanzar con mis preces; pero ustedes, amantísimas esposas del que da las victorias, del que con sus batallones de ángeles tiene a raya al Malo, pueden conseguir mucho. El auxilio de la devoción y la piedad es de gran precio. El señor lectoral de Vich dijo delante de mí a las clarisas de aquella ciudad: «Las lágrimas suplicantes de los débiles darán a los fuertes la victoria».
La madre abadesa se inclinó de un lado, cruzando las manos en señal de la magnitud de su emoción, y con esto se alteró por completo la simetría del grupo. Al mismo tiempo dejose oír una voz hueca, telarañosa, si es permitido decirlo así, una voz gastada y oscurecida por los años, la cual voz provenía, según todos los indicios, de la carcomida laringe de la señora monja que se sentaba a la derecha de la madre abadesa, y que hasta entonces había sido mudo testigo de la conferencia. Aquella voz dijo con lastimero tono:
—¡Oh, si pudiera conseguirse tan alto fin con las oraciones!... Todos los lectores de Vich y todos los prelados de la cristiandad no me convencerán de que la causa del Señor y el triunfo de su fe hayan de conquistarse con guerras, violencias, brutalidades y matanzas. Doña Josefina nos habla de las oraciones, como aprestos de guerras... Esos, esos solos deben de ser los sables, los cañones y los fusiles de los regimientos de Jesucristo.
Alzando sus brazos, a que daban majestad las amplias mangas blancas, la monja se animaba. Era una mujer anciana y cadavérica, cuyas palabras sonaban con tono de solemnidad, como palabras salidas de la tumba.
Antes que la última sílaba de la anciana religiosa acabase de vibrar, oyose en la sala una leve exclamación, una de esas tenues inflexiones de voz que son como el preludio de una risa de desdén. Provenía este bullicio de la tercera monja, que aún no había dicho nada y estaba sentada a la izquierda de la madre. Sonó después la risa y luego estas palabras:
—¡Qué cosas tiene la madre Monserrat!
El delicioso y fresco timbre de la voz, la gracia de la entonación y el festivo reír, indicaban claramente la persona por demás simpática de sor Teodora de Aransis.
—Es lo que me quedaba que oír —añadió con desenvoltura—. ¡Que las sectas y el imperio de los malos puedan derribarse con oraciones! ¡Que una nación invadida por herejes sea limpia por rezos de monjas!... Decir eso es vivir en el limbo. Bueno es rezar; pero cuando el mal ha tomado proporciones y domina arriba y abajo, en el trono y en la plebe, ¿de qué valen los rezos?... ¿Por qué tantos ascos a la guerra? La guerra impulsada y sostenida por un fin santo es necesaria, y Dios mismo no la puede condenar. ¿Cómo ha de condenarla, si Él mismo ha puesto la espada en la mano de los hombres cuando ha sido menester? Nos asustamos de la guerra, y la vemos en toda la historia de nuestra fe, desde que hubo un pueblo elegido. ¿No peleó Josué, no peleó Matatías, gran sacerdote; no pelearon los Macabeos y el santo rey David? Bonito papel habría hecho San Fernando si en vez de arremeter espada en mano contra los moros, se hubiera puesto a rezar esperando vencerlos con rosarios. No es tan mala la guerra cuando un apóstol de Jesucristo se dignó tomar parte en ella con su manto de peregrino, caballero en un caballo blanco, repartiendo tajos y mandobles. La guerra contra infieles y herejes es santa y noble. ¡Benditos los que mueren en ella, que es como morir en olor de santidad! En el cielo hay un lugar placentero destinado a los valientes que han sucumbido peleando por Dios.
Hablando de este modo, las bellas facciones de sor Teodora de Aransis tenían el divino sello de la inspiración. Atendían a sus palabras con muestras de asentimiento doña Josefina y la madre abadesa; pero la madre Monserrat, dirigiendo una mirada rencillosa a la audaz defensora de la fuerza, rumió estas palabras:
—Hermana Teodora de Aransis, usted es una niña.
—Tengo treinta y dos años —repuso con brío la de Aransis, sin dignarse mirar a su contrincante.
—Y yo tengo sesenta —afirmó esta—; he visto guerras y usted no. Yo he visto las horrorosas calamidades de la guerra; yo he visto este santo asilo profanado, derribadas sus paredes a cañonazos, y sus claustros y celdas invadidos por una soldadesca infame. ¡Todo lo envilece, sí, todo lo envilece! Yo vi caer el ala del poniente y desaparecer hechas escombros tres celdas arriba y el refectorio abajo, quedando solo en pie lo que llamamos la Isla, donde usted vive; yo vi a tres hermanas degolladas y a otras injuriadas horriblemente. Los pocos cabellos que tengo se erizan todavía en mi cabeza al recordar aquel día de septiembre de 1810. ¡Vaya un día, Señor Dios sacramentado! ¿Cómo quieren que me entusiasme con la guerra? La aborrezco, le tengo miedo: el ruido de un tambor me hace morir... Esta buena Teodora de Aransis es una niña, piensa mundanamente, a pesar de llevar algunos años dentro de esta casa, y tiene los espíritus muy levantiscos.
—No se trata ahora de soldados del infame Napoleón, señora —dijo Teodora burlándose—. Precisamente es todo lo contrario. Los soldados de la fe no darán sustos a la asustadiza madre Monserrat.
—Todos los soldados son iguales y todas las guerras odiosas... Hay cabezas tan duras que no entenderán nunca.
—Y hay personas que jamás han tenido en su mollera ni pizca de discernimiento —dijo sor Teodora de Aransis con tono de sofocada ira.
—Y hay jóvenes que se olvidan del hábito que visten, renegando de la humildad y del respeto que se debe a las personas mayores —gruñó la madre Monserrat.
—Y hay espectros tan empingorotados y tan tiesos que causan horror.
—Y hay monjillas tan casquivanas que se componen y acicalan dentro de sus celdas, cuando nadie las ve, y no pueden olvidar que en tiempos muy desgraciados han ido a bailoteos y teatros.
—Y hay madrazas de cara verde, del propio color de la envidia, que han vivido setenta años encolerizadas contra todo lo que valía más que ellas.
—Y yo sé de quien tiene la lengua muy larga...
—Y yo sé de quien la tiene llena de veneno...
—Y yo...
—Paz, paz... —indicó la abadesa, extendiendo a un lado y otro sus blancas manos.
—La madre Teodora es demasiado vehemente —dijo doña Josefina guiñando el ojo a sor Teodora—, y la madre Monserrat muy rigorista. Todo esto ha provenido de una opinión sobre las guerras. Yo creo también que la guerra es a veces necesaria y que Dios mismo la dispone. Hay santos del combatir como hay santos del ayunar. Pero no es esto motivo para que la madre Monserrat se enfade.
—Ni para que se altere la armonía que en estas casas debe reinar —expresó la madre abadesa con afectada unción—. En nombre de Nuestro Señor Jesucristo, que a todos perdonó, yo ruego a las dos hermanas que me oyen..., sí, yo les ruego, como hermana y como superiora, que sofoquen al punto el rencor y se reconcilien dándose el ósculo de paz.
—Mi alma es incapaz de rencor —dijo la madre Monserrat.
—Yo perdono de todo corazón —murmuró sor Teodora.
Se besaron. La vieja imprimió sus labios sobre las hermosas mejillas de la joven, y esta contestó al beso fijando apenas sobre la seca piel ajena sus frescos labios. Aquel besuqueo fue una ventosa contestada por una picadura. Doña Josefina, después de repetir sus instrucciones, se retiró.
VI
A pesar de los preparativos, cuya importancia se daba a conocer por la actividad bullidora de doña Josefina Comerford, pasaron los meses de mayo y junio en aparente paz. Cataluña parecía tranquila y desarmada. Solsona continuaba viviendo con aquella serenidad y monotonía que eran la delicia de sus canónigos. La compañía medio organizada de voluntarios realistas y los pocos artilleros que prestaban el servicio militar dentro de los muros, más parecían figuras decorativas que soldados en la víspera de una batalla.
Cierto día de fines de junio vio Solsona una cosa que dio mucho que hablar. Por la calle Mayor adelante iba Tilín vestido con el uniforme de voluntario realista. Su figura no era un tipo acabado de militar gallardía; pero él marchaba por la calle abajo con desenfado, aunque sin fanfarronería, indiferente a las hablillas que sus insólitos arreos suscitaban.
—Mejor le sienta la sotana —decían en los corrillos—. ¿A dónde va ese holgazán con media vara de cartuchera y un quintal de morrión?... Mírenlo... Pues no va poco tieso... Todos los bordados del cuello y solapa, así como las charreteras y los cordones del morrión, se los han hecho las monjas... Es el uniforme más guapo que hay en toda Solsona... Y diz que entra en el cuerpo con el grado de alférez... ¡Si no hay como ser sacristán de las monjas cascabeleras para llegar pronto a general!... No, mujer: no entra de alférez, sino de sargento; pero como haya guerra, y dicen que la habrá, verás cómo sube más vivo que un águila, con el favor de las madres... Mírale, mírale cómo pasa sin saludar a nadie... ¡Condenado Tilín! ¡Cómo se reirá de él la tropa! No habrá un solo voluntario que le obedezca.
Y siguieron los comentarios.
Así como la aparición de ciertas aves exóticas anuncia la proximidad de tempestades, la desusada vestimenta del sacristán de San Salomó anunció un acontecimiento que puso en grande zozobra y pasmo a la ciudad de Solsona. Era la madrugada, cuando el sueño de los pacíficos moradores fue bruscamente turbado por estrepitoso ruido de tambores. Echáronse los vecinos de las camas, se abrieron todas las puertas, y acudieron los voluntarios a la plaza, donde había ya un par de compañías, venidas, según después se supo, de Berga al mando del excarnicero Pixola (don Narciso Abres). Un fraile, alzándose en medio de la plaza, entre la gente armada, hizo callar con solemne gesto a los tambores, y enderezó a los solsoneses una arenga diciéndoles que Cataluña se lanzaba a la guerra porque el monarca no gozaba de la libertad necesaria para gobernar el reino. ¡Qué pico de oro! Sin abandonar su tono de sermón, añadió que Su Majestad había expedido órdenes reservadas autorizando el pronunciamiento e invistiendo de mandos militares a aquellos bravos y piadosísimos cabecillas, los cuales, ¡oh abnegación evangélica!, abandonaban sus hogares por defender la fe de Cristo y el glorioso trono de las Españas.
Después que el fraile hubo desembuchado lo que en su mollera traía, volvieron a sonar los tambores, y los pelotones de voluntarios recorrieron la ciudad y la muralla toda en redondo, como por fórmula de toma de posesión de la plaza y de su absoluto rendimiento a las tropas apostólicas. Los pocos soldados de línea se entregaron sin vacilar, porque ya estaban concertados para ello; repicaron las campanas, declarose en rebelión el municipio, y alguna que otra banderola hecha por manos claustradas subió, agitándose y haciendo gestos, a lo alto de un palo para anunciar a los pueblos vecinos la grata nueva.
Pixola publicó en seguida un bando disponiendo que se entregasen todas las armas, y que los oficiales indefinidos domiciliados en la ciudad y su término se presentasen inmediatamente en esta comandancia general para recibir órdenes. Obedecieron algunos por miedo o porque simpatizaban con la insurrección, o quizás porque estaban cansados de una vida oscura; pero otros contestaron a los emisarios de Pixola con insultos y bravatas, por lo cual, enfurecido el cabecilla, juró que haría una degollina de indefinidos si Dios no lo remediaba. El más reacio fue un coronel retirado, viejo, terco y realista por más señas, que tenía por nombre don Pedro Guimaraens y por vivienda una casa solar a media legua de Solsona y a la opuesta orilla del río Negro.
—Di a ese desollador de carneros —contestó al portador del mensaje— que si voy a Solsona será para arrancarle las orejas por bandido y ladrón, y que tengo aquí muchas armas, sí, muchas, para defensa del rey y de la religión, y que si él desea probarlas, que se dé un paseo por acá con toda esa cuadrilla de sacristanes y salteadores de caminos.
Tal como lo oyó de los labios de Guimaraens se lo dijo el emisario a don Narciso Abres, el cual, bramando de ira, se levantó de la mesa donde comía para ir en persona a castigar tamaña afrenta.
—Sosiéguese vuecencia —le dijo con calma Pepet Armengol, que en la misma mesa comía, juntamente con otros dos jefes y el padre capellán de San Salomó, pues allí no había categorías—. A ese espantajo de Guimaraens no se le conquista con amenazas. Yo le conozco bien, porque he ido muchas veces a llevarle recados de las madres... Ya sabe usted que una hermana suya está en San Salomó... Le conozco bien, y sé que es una oveja. Déjeme vuecencia ir allá, y verá cómo sin ruido ni amenazas, sino antes bien, con maña y tiento, le sonsaco las armas y le obligo a reconocer la autoridad que ha dado a vuecencia la Junta de Cataluña.
—Me parece buena idea —dijo mosén Crispí de Tortellá dando un golpe en la mesa con el vaso de vino después de vaciado—. Veamos el estreno de Tilín... Una hazaña, querido Abres; tendremos una hazaña, porque este Tilín ha leído mucho.
Pixola se echó a reír.
—No se tome esto a broma —añadió el capellán—. Tilín es amigo de Guimaraens, el cual es el mayor y más refinado glotón que ha comido perdices en todo el Principado... ¡Ah!, señores; no solo el pez muere por la boca: muere también el valiente por la misma parte. Guimaraens, que en una batalla sería más bravo que cien leones, no hará jamás lo que hizo don Mariano Álvarez en Gerona, porque no tiene el heroísmo del ayuno. ¿Saben ustedes cómo se conquista a ese hombre? Con la artillería de las monjas de San Salomó, cuyo ginovesado ha rendido ya muchas plazas... Dese esta empresa a Tilín, querido Abres, y verá usted qué victoria alcanza nuestro bravo rapavelas si, como creo, consigue de las madres un par de perdices en adobo, o siquiera un mediano plato de esas natillas sin igual, que no deben divulgarse mucho para que el género humano no se corrompa y enerve con las delicias de Capua.
Pixola y los demás reían a carcajadas.
—Anda, hijo, anda —dijo Tortellá a su antiguo acólito dándole un pescozón—. Dile a la madre Purificación que se esmere... Se trata de una gran conquista: se trata de ganar el nuevo Zaragoza.
—Puedes ir —indicó Abres al sacritán-soldado—. ¿Necesitas gente?
—Tres hombres escogidos por mí.
—Toma los que quieras.
—Dentro de dos horas estaré de vuelta. Conozco la casa. El señor Guimaraens estará en la huerta fumándose un cigarro. No le faltará la compañía de los dos artilleros viejos y de los dos criados, y de la señora Badoreta... Vamos allá... La casa tiene dos puertas... En la huerta hay un ángulo... Después se suben tres escalones..., ya..., ya... Haremos una visita de cumplimiento al señor coronel.
Poco después Tilín pasaba el río por el puente de Llobera, acompañado de tres montañeses de la Cerdaña sin uniforme y con armas. En vez de tomar en línea recta la dirección de la casa de Guimaraens, que a la distancia de un cuarto de legua se destacaba sobre la verdura de un bosque espeso, caminaron a la derecha río abajo, y describiendo luego una gran curva, subieron hacia la montaña por extensa ladera de viñas y almendros. No tardaron en penetrar en el bosque, y allí, con precaución y en silencio, se acercaron a la casa. Por espacio de un cuarto de hora estuvo Tilín cuchicheando con su gente. Subió después a un árbol, desde donde podía explorar la huerta, y vio a la señora Badoreta tendiendo ropa en el jardinillo delantero; Valentín, el más bravo de los dos veteranos, limpiaba el caballo, y Suárez estaba regando las judías y poniéndoles tutores. No viendo por ninguna parte a los otros dos criados, supuso que estaban dentro de la casa. Bajando del árbol, dio Tilín sus órdenes a los que le seguían, repitiéndoselas hasta tres veces para que se les clavaran bien en la mollera; les señaló una ventana baja que desde allí se veía abierta; indicoles los puntos por donde podían escalar fácilmente la tapia, y después penetró solo en la casa.
Condújole la señora Badoreta al interior, no sin reírse de su chistosa metamorfosis, y al verse Tilín en presencia del señor de Guimaraens en la sala donde este residía comúnmente, oyó una carcajada de franca burla, seguida de estas palabras:
—Tilín, Tilín de todos los demonios... ¿Conque es cierto que te has echado a militar? ¡No he visto en mi vida mamarracho semejante! ¡Hombre, vuélvete de espaldas para verte por detrás!... ¡Y tienes bayoneta!... ¿Cómo no te han dado fusil esos pillos? ¡Serías capaz hasta de hacer fuego con él!... ¡Vaya con Tilín!... Hombre de Dios, pues es verdad que así, así, con esa albarda, nadie diría que eres sacristán... ¡Qué demonio!, si ayudas a misa con esa facha, te juro que he de ir a verte. ¿Y qué dicen las reverendas?
—Las señoras no tienen novedad —repuso Tilín secamente.
—¿Me traes algo de parte de ellas?... Vamos, tú nunca has venido a mi casa con las manos vacías.
El señor Guimaraens era un tipo militar de los de la guerra del Rosellón, viejo, sin barba ni bigote, con el blanco pelo un poco largo, cual si no hubiese renunciado aún a ponerse coleta. Aunque anciano, era fuerte y membrudo, y tenía la presencia majestuosa, la talla corpulentísima, el semblante agraciado y noble. Era hombre muy devoto y realista ferviente, aunque no de los furibundos; y cuando Tilín se presentó a él, estaba sentado en su lustroso sillón de cuero, leyendo la vida del santo del día, costumbre piadosa a que no había faltado en treinta años. Era célibe y vivía en compañía de dos viejos, leales camaradas de sus campañas allá en los tiempos del general Ricardos, y ora criados que parecían amigos. Un pinche, un mozo de cuadra y la señora Badoreta, famosa en el cocinar y antaño criada en San Salomó, completaban la familia del pacifico veterano.
Vio con desconsuelo que Tilín no traía consigo cesta ni bandeja cubierta con la blanquísima servilleta monjil, y dando un desconsolado suspiro, le dijo:
—Esas señoras reverendísimas, ocupadas de la insurrección, han dejado apagar los hornillos. ¡Qué picaras! Siéntate, Tilín: hablaremos un poco y echarás un cigarro.
—Gracias, señor: tengo que marcharme pronto —dijo el voluntario dando un paso hacia él.
—¿Entonces a qué has venido?
—A traer a usted un recado.
—¿De las monjas?
—Da las monjas, sí, señor.
—¿Qué quieren esas señoras mías?
—Que me entregue usted inmediatamente todas las armas que tiene en su casa, y que se venga conmigo para ponerse a las órdenes de Pixola.
Dijo esto Tilín con tal osadía y aplomo, que Guimaraens se quedó perplejo por un momento; pero al punto recobrose, y tomando el caso a risa, como era natural, empezó a batir palmas. Reía con estrépito, echado el cuerpo hacia atrás y apretándose los ijares.
—¡Bravísimo, deliciosísimo, señor sacristán! —exclamó poniéndose como la grana de tanto reír—. Di a tus amas que me he reído de la gracia hasta morir... ¿Conque armas?... ¡Bendito sea Dios! ¡Pobre Tilín!... Me dan ganas de abrazarte por el gusto que me das. Eres un mamarracho..., pero chistosísimo..., y con esa casaca..., y esos humos de general... ¿Conque mis armas?
Guimaraens dejó de reír, porque vio a Tilín transformado de súbito. El rostro del voluntario realista estaba lívido, sus ojos centelleaban, y su mano convulsa mostraba una pistola. Fiero e imponente, el monago exclamó:
—No he venido aquí a hacer reír.
—Miserable, ¿qué haces? —dijo Guimaraens levantándose y poniéndose a la defensiva.
—Saltarle a usted la tapa de los sesos si no me obedece.
Tilín apuntó al rostro del venerable anciano, que al punto echó mano a una silla.
—Si usted se mueve —dijo Tilín intrépido y osado hasta lo sumo—, si usted da un grito pidiendo socorro, le mato como a un perro. Tengo cuarenta hombres en el bosque a espaldas de la casa, con encargo de arrasarla y de matar a todos sus moradores si se me hace resistencia.
—¡Ratero! —gritó furioso Guimaraens—. ¡Qué has de tener tú!... ¡Hola, Valentín..., Suárez!
Al punto apareció despavorido un hombre, un jovenzuelo. Oyéronse dos disparos en la huerta y los gritos de la señora Badoreta, que exclamaba: «¡Ladrones!» El jovenzuelo abalanzose a la defensa de su amo; pero Tilín, rápido como el pensamiento, guardose las espaldas apoyándose en un alto ropero, y disparó sobre el criado, que cayó muerto sin exhalar un grito. Guimaraens, al ver desarmado a Tilín, que arrojara al suelo su pistola, arremetió a él como un león. Pero recibiole Pepet con un puñal, sin que por esto se acobardase el veterano. Trabáronse estrechamente de manos, y después de una lucha breve y terrible, en la cual Armengol se esforzaba en defenderse de su enemigo sin herirle, apareció bañado en sangre uno de los tres montañeses de Pixola.
—¡Miserables ladrones! —gritó el coronel—. ¡No os valdrá vuestra alevosía!... ¡Suárez!... ¡Valentín!
Guimaraens fue acorralado, vencido; pero aún se necesitó el concurso de otro guerrillero para atarle los brazos por la espalda. El valiente y noble anciano rugía, y de su espumante boca salían blasfemias, como sale del volcán la hirviente lava.
Valentín, uno de los veteranos que servían a don Pedro, entró mal herido, echando venablos por la boca, armado de tremenda espada, con que acometió ciego de ira a los guerrilleros que sometían a su amo; pero como se hallaba descalabrado, tuvo que someterse sin que le valiera de nada su fiera intrepidez. Suárez estaba atado al tronco de un árbol y herido también. Sorprendidos cuando el uno se hallaba limpiando el caballo y el otro trabajando en las hortalizas, no tuvieron tiempo ni de armarse ni de pedir auxilio a los payeses de las cercanías. El plan de Pepet Armengol había tenido realización cumplida, aunque no fácil, porque uno de los guerrilleros quedó muerto por Suárez, que pudo disponer de la azada; otro recibió un sartenazo de la señora Badoreta, a quien el peligro dio los alientos y el rencor de una leona.
Antes de anochecer, Tilín y los tres hombres de su cuadrilla penetraron en Solsona llevando atado, como alimaña recién cogida, al respetable coronel don Pedro Guimaraens. A poca distancia les seguía un carro lleno de armas diversas. Inmenso gentío se agolpaba para ver al preso, a quien no compadecían muchos por ser hombre reputado de orgulloso, y que últimamente, a causa de la sospechosa templanza de su realismo, era acusado de jacobino.
VII
Al día siguiente Pixola, después de encomiar la acción de Tilín, dijo al señor capellán:
—Me parece que tenemos un hombre. Cuando las madres me lo recomendaron, le destinó mentalmente a ranchero; pero me parece que ese caballero del esquilón va a picar un poco alto. Le voy a dar el mando de una compañía. Ahí tiene usted un sacristán que valdrá más que cien obispos.
Las hordas de Pixola eran un conjunto heterogéneo de voluntarios realistas uniformados, procedentes de los cuerpos que se formaran el 24, de soldados desertores, de payeses que se armaban con lo que podían, y de trabucaires o contrabandistas de la Cerdaña y de los valles de Arán y de Andorra. En el improvisado ejército las jerarquías militares iban saliendo de los acontecimientos, de las hazañas individuales y también de las intrigas, fruto natural de toda colectividad donde hierven las pequeñas pasiones al lado de las grandes. Así es que el prestigio adquirido en un buen golpe de mano, y la recomendación de personas a quienes se tenía en mucho, bastaron a elevar a Tilín a una categoría semejante a la de teniente. El carnicero le llamó aparte, y agarrándole por un botón de la pechera, como era su costumbre siempre que hablaba con un amigo, díjole así:
—Mira, Tilín: yo voy ahora hacia Balaguer y la Conca de Tremp a recoger las tropas que se están organizando. Tú te vas hacia Pinós, donde hay mucha gente que no ha querido afiliarse. Allí se necesita una mano pesada. Te llevarás cincuenta hombres con el encargo de que has de reclutar doscientos. En ese país hay muchos caballos: no perdones ninguno... Oye otra cosa —añadió reteniéndole por el botón—. También hay mucho dinero; es preciso que recaudes todo lo que puedas: hombres, dinero, caballos. Abre bien las orejas: hombres, dinero, caballos. Espero que nuestro monago sabrá ayudar esta misa de sangre. Después nos reuniremos en Cardona para ir todos sobre Manresa, donde nos espera el general en jefe, Jep dels Estanys... ¡Ah!, se me olvidaba otra cosa: si encuentras tropas del gobierno, te retiras a la montaña y las dejas pasar.
Con estas instrucciones y sus cincuenta hombres partió Tilín el 8 de julio en dirección a Clariana y al río Cardoner. Asombró a todos la atinada organización que supo dar a su pequeña hueste, principiando por establecer en ella la más rigurosa disciplina. El segundo día de expedición, dos individuos de malísima estofa que habían sido contratados por Pixola en la raya de Andorra, no mostraron gran celo por cumplir una orden que el gran Tilín les diera. Reprendioles este con severidad, pero sin malas palabras ni grosería, y lo mismo fue oír la voz del jefe, rompieron ellos a reír diciéndole que harto hacían en dejarse mandar por un sacristán de monjas, y que no se les hurgara mucho porque también ellos sabían repicar campanas. El denodado teniente les mandó fusilar: hubo un momento de vacilación; pero los delincuentes perecieron; y a los disparos que les cortaran la vida siguió ese silencio congojoso de la disciplina, que es como el de la muerte. Tenía Tilín un núcleo de diez o doce hombres feroces que le obedecían ciegamente, y sobre esta sólida base fundó el orden y la cohesión admirables de su pequeño ejército.
Siempre sereno, atento a su deber, previsor, demostrando gran conocimiento del terreno y un tacto singular para dirigir la marcha, aquel prodigioso monaguillo se parecía a un gran general.
Antes de llegar a Cardona se internaron en la montaña buscando la sierra de Pinós. En todos los caseríos Tilín reclamaba los hombres útiles, y si algunos se le unían de buen grado, otros buscaban refugio en los bosques; pero él supo encontrar en su caletre trazas muy ingeniosas para que la mayor parte no se le escapase. El primer pueblo donde puso en práctica su plan fue San Salvador de Torroella. Hizo que se le presentaran el alcalde y los dos o tres vecinos más acomodados del pueblo; pidioles los mozos útiles desde veinte a cuarenta y cinco años, con más todo caballo, mula o animal cuadrúpedo que sirviese para transportes de guerra, y por añadidura una suma que concienzudamente fijó en treinta mil reales. Alborotáronse los prohombres, a pesar de su férvido y jamás sospechoso realismo, jurando y perjurando que ni aun vendiéndose al moro todos los vecinos juntarían los treinta mil. En cuanto a mozos, todos los del pueblo estaban ya en la evangélica facción, y de cuadrúpedos no había que hablar, porque allí el trabajo de los animales lo hacían los hombres.
Hallábanse durante estas conferencias en un mesón que hay a la entrada del pueblo. Tilín, económico de palabras como todo el que es pródigo de acciones, mandó al alcalde que bajase al patio.
—¡Perdón! —gritó el pobre hombre cayendo de rodillas.
Tilín dio una orden terrible como quien da un consejo, y el alcalde fue fusilado. Igual suerte habrían sufrido los otros caciques si al punto no acudieran los vecinos con todo el dinero que tenían y seis caballos, presentándose además catorce hombres que antes de la cruel sentencia y suplicio del alcalde andaban escondidos en pajares y desvanes.
En Prades tuvo mejor acogida. El alcalde salió vara en mano a recibirle, y denunció la existencia en el pueblo de dos sargentos indefinidos y de cuatro liberales, que a todas horas hablaban mal de sus majestades y de la religión. Sin atender a estas menudencias, Tilín pidió lo de siempre: dinero, armas, hombres, caballos. Hablósele de un rico que tenía cinco hijos útiles, muchos ahorros, dos pares de mulas, seis escopetas de caza y un pedazo de cañón de los que se cogieron a los franceses en el Bruch. Tilín mandó visitar la casa del rico y pudo allegar la mitad de aquellos tesoros, despreciando el medio cañón, que era de un valor puramente arqueológico. Los frailes salieron a recibirle en comunidad, y poco faltó para que salieran también con palio; le abrazaron, obsequiándole con gran mesa; pero él se mostró sobrio y discreto. Por la tarde, y delante de la misma puerta del convento, arcabuceó a dos reclutas que se le habían querido escapar. En Quadrells fueron cinco las víctimas; pero ya los mozos recogidos ascendían a ochenta, siendo menos de la mitad los recogidos por fuerza; los demás se filiaban voluntariamente por entusiasmo, o por vagancia o por miedo. El dinero recaudado se elevaba a diez mil duros, y las armas formaban un arsenal respetable, aunque heterogéneo. En caballos y mulas habían juntado lo bastante para organizar un pequeño escuadrón.
En Torá hubo conatos sediciosos, porque algunos descontentos quisieron separarse de la cuadrilla incitados por un voluntario de Berga, que era al modo de alférez. Tilín cortó la conspiración mandando arcabucear a siete; y a un bendito y chismoso lego de San Francisco que le acompañaba con hábito y sable, hízole obsequio de cincuenta palos por no haber dado cuenta de la trama, que conocía desde sus principios. Respetado y temido, Tilín avanzaba en su empresa, y fue terror de los pueblos y brazo potente de la insurrección en aquella agreste comarca, donde reclutaba zorros para hacer de ellos leones.
Al salir de Torá, sus espías le dijeron que una fuerza del ejército bajaba por la carretera de Manresa. Se la había visto el día anterior en Fals, y parece que seguiría en dirección a Castelfullit. Al punto ambicionó ardientemente el monago sorprender aquella fuerza, cualquiera que fuese su importancia: concebir un plan y dar las primeras órdenes para su inmediata ejecución, fue todo uno. Hermosísima noche le favorecía. Avanzó con buenos guías delante de sus tropas para hacerse cargo del terreno, y pagó a peso de oro el espionaje, en lo cual le favorecía la adhesión del país a una causa propagada al calor del fanatismo religioso; apostó sus tropas convenientemente después de obligarlas a una marcha titánica en seis horas por sierras y vericuetos; repartió palos a los morosos, fusiló a los díscolos, recompensó a los valientes, avanzó, acechó, olfateó, inquirió el rastro del enemigo con ese instinto felicísimo del guerrillero, que es la desesperación de la estrategia, y antes de que amaneciera el día 20 de julio cayó como una lluvia de verano sobre las tropas del coronel Roda (división de Carratalá), que recorrían la carretera de Cataluña para intimidar a los pueblos y desarmar a los voluntarios. Tres batallones y cuarenta caballos componían aquella fuerza, que fue materialmente destrozada y hecha trizas por un sacristán ávido de los laureles de Viriato. Había dado orden a sus guerrilleros de que no dieran cuartel. El estrago fue inmenso, la lucha breve y sangrienta, el gozo de Tilín delirante. Dispersose la mitad de los soldados por la vertiente de Monserrat; muchos perecieron batiéndose con ardor; cincuenta quedaron prisioneros con treinta y dos caballos y gran número de armas.
Era aquella la primera victoria formal del águila que había tenido por nido una sacristía y por plumaje una sotana. Pero él miró su triunfo como hombre acostumbrado a saborearlos, y se apresuró a tomar las medidas necesarias para hacerlo más fructífero. Sin dar descanso o su gente recorrió los pueblos de la carretera hasta cerca de Cervera. Calaf, Vilamajor, Montfalcó, Rabasa le vieron dentro de sus muros, y de grado o a regañadientes diéronle cuanto se le antojó pedir. Los mozos ingresaban con gusto, porque ya los frailes habían hecho su papel y tenían soliviantado al país; no así el dinero, para cuya percepción necesitaba Tilín emplear argumentos un poco fuertes y hablar con los fusiles de sus bárbaros soldados. Ovaciones y plácemes tuvo el héroe, y allí eran de ver cómo le ensalzaban los frailes y le mandaban golosinas las monjas, y le predecían todos magnífico porvenir y fama no menos grande que la de los más esclarecidos guerreros de la cristiandad.
No quiso llegar a Cervera, y retrocediendo volvió a internarse en Pinós, para de allí pasar a la cuenca del Cardoner y marchar a Cardona, donde esperaba recibir nuevas órdenes de Pixola. Había recogido doscientos hombres, más de quince mil duros, muchas armas y ochenta caballos. Por el camino instruía y armaba su nueva gente, aumentaba y organizaba un escuadrón. Satisfecho de tantos y tan rápidos triunfos, y comprendiendo por estos y por la magnitud de su suerte que merecía ser coronel, pensó darse a sí mismo este grado; mas la modestia habló en su alma, y contentose con ser comandante por el momento. Lo hizo extendiendo un oficio en que textualmente decía: «En atención a mis eminentes servicios a la causa de la religión y del trono absoluto, vengo en nombrarme comandante de los ejércitos de la fe».
Revolviendo en su monte estos y otros pensamientos, decía para sí:
—¡Rabo y uñas de Lucifer! Si Pixola no me reconoce el grado... le fusilaré.
VIII
Llegó a tierra de Cardona el 1.º de agosto. El calor era sofocante, y un sol canicular abrasaba y asfixiaba el país. Existe en aquel ducado uno de los más admirables prodigios de la naturaleza en Europa, y es la montaña de sal, que tiene más de cien varas de altura y una legua de circunferencia; inmenso cristal duro y brillante, con el cual podrían abastecerse todas las cocinas del mundo durante siglos de siglos, si fuese suprimido el mar. Los mágicos reflejos irisados, los cambiantes de mil colores que producen los rayos del sol al herir las vertientes de aquel peñasco, que semeja colosal diamante caído de las arracadas del cielo, seducen y embelesan la vista. No se parece aquel monte a nada de cuanto en otras sierras se ve. Sus crestas relampaguean, sus costados fulguran, en sus caprichosas grutas compiten los reflejos de todas las piedras preciosas.
Al caer de la calurosa tarde, las tropas de Tilín descansaban junto a una aldea y a la sombra de espesos bosques. El jefe avanzó paseando por la carretera, en compañía de su segundo y del padre Maza, no el de los cincuenta palos, sino un beato mínimo de Cervera que se le había incorporado en calidad de capellán, asesor militar, intendente, con ciertos vislumbres y pujos de jefe de Estado Mayor por su gran pericia topográfica en aquel país. Iba Tilín meditabundo, con las manos a la espalda, ademán harto común en los grandes genios militares, y contemplaba el monte de sal, que con la fuerza de los rayos del sol parecía estar sudando, y brillaba de tal modo, que en ciertos parajes no era posible fijar la vista en él. De pronto vieron los paseantes que por el camino abajo venía un hombre a caballo. No se le pudo distinguir bien en el primer momento, porque los resplandores del vibrante sol en la montaña cristalina le envolvían en diabólica luz, semejante a telarañas de fuego; pero cuando estuvo cerca, advirtiose que era el caballero de buen porte y el corcel de magnífica estampa.
—He aquí un viajero que me parece sospechoso —dijo el padre Maza—. Trae una valija a la grupa, y yo juraría que es militar aunque viste de paisano.
—Y yo —dijo Tilín— creo que en toda Cataluña no hay un caballo como este.
Cuando estuvo a diez pasos, Tilín gritó:
—¡Alto! Deténgase el jinete.
Este se detuvo de mal talante.
—¿A dónde va usted? —preguntole Tilín ásperamente.
—¿Y a usted qué le importa?... ¿Quién es usted?
—Soy el comandante Armengol, que manda un batallón de la división de Solsona —dijo el guerrillero, pareciendo muy complacido de tomar en su boca aquellos sonoros términos militares.
—¡Ah!... ¡ya! —exclamó el jinete con sorna—. ¿Pero qué batallón y qué ejércitos son esos?... ¿Me encuentro entre la gente del célebre Tilín, que estos días da tanto que hablar en el país?
—Ese soy yo —dijo el exsacristán con orgullo.
El jinete saludó.
—Muy señor mío... Lo celebro mucho. Espero que no habrá inconveniente para seguir mi camino.
—Según y conforme. ¿Quién es usted?
—Soy hombre de paz. Realistas, liberales, jacobinos y apostólicos son lo mismo para mí.
—¿De modo que usted no es nada?
—Nada.
—Grandísima falta: es preciso ser apostólico.
—Soy comerciante.
—¿Cómo se llama usted?
—Es curioso el señor militar.
—¿De dónde viene usted?
—Cansado es el interrogatorio.
—Poco a poco —dijo Tilín tomando la brida del fogoso animal—. Usted no pasa adelante sin probarnos que no es hombre sospechoso, un espía de Calomarde o del marqués de Campo-Sagrado. Será usted registrado: veremos si lleva papeles. En caso de que sea inocente, le dejaré marchar quedándome con el caballo.
—No permitiré que me quiten mi caballo —afirmó el caballero con resolución y enojo—. Sabré defenderlo.
Pepet llamó a los guerrilleros que estaban más cerca.
—Este hombre es preso —les dijo—. Llevadle al ventorrillo donde está mi alojamiento. Vamos allá, padre Maza, que, o mucho me engaño, o este encuentro ha de dar algo de sí.
Viendo el jinete que la resistencia, a más de ser muy arriesgada, habría empeorado su ya malísima situación, se dejó llevar con el alma inflamada de ira, maldiciendo entre dientes la hora menguada en que su mala suerte le llevara por aquel infernal camino. En el breve trayecto hasta la vivienda del jefe, esforzose en tomar cierto aire de dignidad y confianza, porque mostrarse débil y receloso entre semejante gente, habría sido excitarla más y más a la barbarie. Si le tomaban por un personaje de posición elevada, de esos que con sus amistades y relaciones se sobreponen a todos los obstáculos, incluso a los de la justicia, fácil sería que no le hicieran daño. Así, cuando se apeó junto al tinglado del ventorrillo entre un círculo de soldados y guerrilleros que admiraban la soberbia estampa del caballo, entregó este al mismo que le había conducido, y en tono señoril le dijo:
—Dale un pienso y agua. Cuídalo bien si quieres una buena propina. Si en vez de la propina quieres tres palos míos y una reprimenda del señor Tilín, trátamelo mal.
Dando dos palmadas de cariño al generoso bruto, entró en el alojamiento, que consistía en dos fementidas piezas comunicadas entre sí, y ambas horriblemente sucias y desmanteladas, sin más muebles que las cojas mesas y los bancos de figón manchados de polvo y vino. El caballero hizo que entraran su valija, y después se paseó por la estancia sin dignarse mirar a los guerrilleros que allí había, dormitando unos, y bebiendo o jugando los otros.
Era el preso un hombre como de treinta y cuatro años, de gallarda figura y hermoso semblante. Sus modales y su vestir revelaban esa hidalguía que antes se consideraba principalmente vinculada en la alcurnia, pero que ha tiempo ha pasado al patrimonio de todas las clases, aunque siempre viene desde la cuna. Su mirar tenía severidad y altivez en la precisa dosis que cabe dentro de la cortesía. Era bastante moreno, con hermoso pelo y bigotes negros; calzaba botas polacas, y el corte de su traje indicaba la mano de sastre extranjero. Su sombrero, que llevaba con gracia, no tenía entonces precedente en las modas españolas, pues era uno de esos blancos platos de lana que después se usaron mucho llevando el nombre de boinas. Este no era aún un nombre fatídico.
No hacía diez minutos que el caballero estaba allí, cuando entró Armengol, acompañado de su segundo y del padre Maza. Antes que le dirigiera la palabra, el preso dijo:
—Conviene que estemos un rato solos, señor brigadier.
Y él mismo señaló con un gesto la puerta a los guerrilleros. El padre Maza, juzgando que la orden de despejo no rezaba con él, acomodaba su crasa humanidad en un banco, cuando el caballero le dijo sonriendo:
—Si hoy necesito confesión religiosa, llamaré al padre mínimo. Por ahora únicamente tengo que hablar con el señor brigadier.
Quedáronse solos, y Tilín le dijo: