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EPISODIOS NACIONALES
ZARAGOZA
Es propiedad. Queda hecho el depósito que marca la ley. Serán furtivos los ejemplares que no lleven el sello del autor.
B. PÉREZ GALDÓS
EPISODIOS NACIONALES
PRIMERA SERIE
ZARAGOZA
SÉPTIMA EDICIÓN
ESMERADAMENTE CORREGIDA
MADRID
OBRAS DE PÉREZ GALDÓS
132, Hortaleza
1901
EST. TIP. DE LA VIUDA É HIJOS DE TELLO
IMPRESOR DE CÁMARA DE S. M.
C. de San Francisco, 4.
ZARAGOZA
[I]
Me parece que fué al anochecer del 18 cuando avistamos á Zaragoza. Entrando por la puerta de Sancho, oímos que daba las diez el reloj de la Torre Nueva. Nuestro estado era excesivamente lastimoso en lo tocante á vestido y alimento, porque las largas jornadas que habíamos hecho desde Lerma por Salas de los Infantes, Cervera, Agreda, Tarazona y Borja, escalando montes, vadeando ríos, franqueando atajos y vericuetos hasta llegar al camino real de Gallur y Alagón, nos dejaron molidos, extenuados y enfermos de fatiga. Con todo, la alegría de vernos libres endulzaba todas nuestras penas.
Eramos cuatro los que habíamos logrado escapar entre Lerma y Cogollos, divorciando nuestras inocentes manos de la cuerda que enlazaba á tantos patriotas. El día de la evasión reuníamos entre los cuatro un capital de once reales; pero después de tres días de marcha, y cuando entramos en la metrópoli aragonesa, hízose un balance y arqueo de la caja social, y nuestras cuentas sólo arrojaron un activo de treinta y un cuartos. Compramos pan junto á la Escuela Pía, y nos lo distribuímos.
D. Roque, que era uno de los expedicionarios, tenía buenas relaciones en Zaragoza; pero aquélla no era hora de presentarnos á nadie. Aplazamos para el día siguiente el buscar amigos, y como no podíamos alojarnos en una posada, discurrimos por la ciudad buscando un abrigo donde pasar la noche. Los portales del mercado no nos parecían tener las comodidades y el sosiego que nuestros cansados cuerpos exigían. Visitamos la torre inclinada, y aunque alguno de mis compañeros propuso que nos guareciéramos al amor de su zócalo, yo opiné que allí estábamos como en campo raso. Sirviónos, sin embargo, de descanso aquel lugar, y también de refectorio para nuestra cena de pan seco, la cual despachamos alegremente, mirando de rato en rato la mole amenazadora, cuya desviación la asemeja á un gigante que se inclina para mirar quién anda á sus pies. A la claridad de la luna, aquel centinela de ladrillo proyecta sobre el cielo su enjuta figura, que no puede tenerse derecha. Corren las nubes por encima de su aguja, y el espectador que mira desde abajo se estremece de espanto, creyendo que las nubes están quietas y que la torre se le viene encima. Esta absurda fábrica, bajo cuyos pies ha cedido el suelo cansado de soportarla, parece que se está siempre cayendo y nunca acaba de caer.
Recorrimos luego el Coso desde la casa de los Gigantes hasta el Seminario; nos metimos por la calle Quemada y la del Rincón, ambas llenas de ruínas, hasta la plazuela de San Miguel, y de allí, pasando de callejón en callejón, y atravesando al azar angostas é irregulares vías, nos encontramos junto á las ruínas del Monasterio de Santa Engracia, volado por los franceses al levantar el primer sitio. Los cuatro lanzamos una misma exclamación que indicaba la conformidad de nuestros pensamientos. Habíamos encontrado un asilo y excelente alcoba donde pasar la noche.
La pared de la fachada continuaba en pie, con su pórtico de mármol poblado de innumerables figuras de santos, que permanecían enteros y tranquilos como si ignoraran la catástrofe. En el interior vimos arcos incompletos, machones colosales, irguiéndose aún entre los escombros, y que al destacarse negros y deformes sobre la claridad del espacio, semejaban criaturas absurdas, engendradas por una imaginación en delirio; vimos recortaduras, ángulos, huecos, laberintos, cavernas y otras mil obras de esa arquitectura del acaso trazada por el desplome. Había hasta pequeñas estancias abiertas entre los pedazos de la pared con un arte semejante al de las grutas en la Naturaleza. Los trozos de retablo, podridos á causa de la humedad, asomaban entre los restos de la bóveda, donde aún subsistía la roñosa polea que sirvió para suspender las lámparas, y precoces yerbas nacían entre las grietas de la madera y del ladrillo. Entre tanto destrozo, había objetos completamente intactos, como algunos tubos del órgano y la reja de un confesonario. El techo se confundía con el suelo, y la torre mezclaba sus despojos con los del sepulcro. Al ver semejante aglomeración de escombros, tal multitud de trozos caídos sin perder completamente su antigua forma, las másas de ladrillo enyesado que se desmoronaban como objetos de azúcar, creeríase que los despojos del edificio no habían encontrado posición definitiva. La informe osamenta parecía palpitar aún con el estremecimiento de la voladura.
D. Roque nos dijo que bajo aquella iglesia había otra, donde se veneraban los huesos de los Santos Mártires de Zaragoza; pero la entrada del subterráneo estaba obstruída. Profundo silencio reinaba allí; más internándonos, oímos voces humanas que salían de aquellos antros misteriosos. La primera impresión que el escucharlas nos produjo fué como si hubieran aparecido las sombras de los dos famosos cronistas, de los mártires cristianos y de los patriotas sepultados bajo aquel polvo, y nos increparan por haber turbado su sueño. En el mismo instante, al resplandor de una llama que iluminó parte de la escena, distinguimos un grupo de personas que se abrigaban unas contra otras en el hueco formado entre dos machones derruídos. Eran mendigos de Zaragoza que se habían arreglado un palacio en aquel sitio, resguardándose de la lluvia con vigas y esteras. También nosotros nos pudimos acomodar por otro lado, y tapándonos con manta y media, llamamos al sueño. D. Roque me decía así:
—Yo conozco á D. José de Montoria, uno de los labradores más ricos de Zaragoza. Ambos somos hijos de Mequinenza, fuimos juntos á la escuela y juntos jugábamos al truco en el altillo del Corregidor. Aunque hace treinta años que no le veo, creo que nos recibirá bien. Como buen aragonés, todo él es corazón. Le veremos, muchachos; veremos á D. José Montoria... Yo también tengo sangre de Montoria por la línea materna. Nos presentaremos á él; le diremos...
Durmióse D. Roque y también me dormí.
[II]
El lecho en que yacíamos no convidaba por sus blanduras á dormir perezosamente la mañana; antes bien, colchón de guijarros hace buenos madrugadores. Despertamos, pues, con el día, y como no teníamos que entretenernos en melindres de tocador, bien pronto estuvimos en disposición de salir á hacer nuestras visitas. A los cuatro nos ocurrió simultáneamente la idea de que sería muy bueno desayunarnos; pero al punto convinimos, con igual unanimidad, en que no era posible por carecer de los fondos indispensables para tan alta empresa.
—No os acobardéis, muchachos—dijo Don Roque,—que al punto os he de llevar á todos á casa de mi amigo, el cual nos amparará.
Cuando esto decía, vimos salir á dos hombres y una mujer de los que fueron durante la noche nuestros compañeros de posada, y parecían gente habituada á dormir en aquel lugar. Uno de ellos era un infeliz lisiado, un hombre que acababa en las rodillas y se ponía en movimiento con ayuda de muletas ó bien andando á cuatro remos, viejo, de rostro jovial y muy tostado por el sol. Como nos saludara afablemente al pasar, dándonos los buenos días, D. Roque le preguntó hacia qué parte de la ciudad caía la casa de D. José de Montoria, oyendo lo cual repuso el cojo:
—¿D. José de Montoria? Le conozco más que á las niñas de mis ojos. Hace veinte años vivía en la calle de la Albardería; después se mudó á la de la Parra; después... Pero ustés son forasteros por lo que veo.
—Sí, buen amigo: forasteros somos, y venimos á afiliarnos en el ejército de esta valiente ciudad.
—¿De modo que no estaban ustés aquí el 4 de Agosto?
—No, amigo—le respondí,—no hemos presenciado ese gran hecho de armas.
—¿Ni tampoco vieron la batalla de las Eras?—preguntó el mendigo sentándose frente á nosotros.
—Tampoco hemos tenido esa felicidad.
—Pues allí estuvo D. José Montoria: fué de los que llevaron arrastrando el cañón hasta enfilarlo... pues. Veo que ustés no han visto nada. ¿De qué parte del mundo vienen ustés?
—De Madrid—dijo D. Roque.—¿Con que usted nos podrá decir dónde vive mi gran amigo D. José?
—¡Pues no he poder, hombre, pues no he de poder!—repuso el cojo, sacando un mendrugo para desayunarse.—De la calle de la Parra se mudó á la de Enmedio. Ya saben ustés que todas las casas volaron... pues. Allí estaba Esteban López, soldado de la décima compañía del primer tercio de voluntarios de Aragón, y él solo con cuarenta hombres hizo retirar á los franceses.
—¡Eso sí que es cosa admirable!—dijo Don Roque.
—Pero si no han visto ustés lo del 4 de Agosto, no han visto nada—continuó el mendigo.—Yo ví también lo del 4 de Junio, porque me fui arrastrando por la calle de la Paja, y ví á la artillera cuando dió fuego al cañón de 24.
—Ya, ya tenemos noticia del heroísmo de esa insigne mujer—manifestó D. Roque.—Pero si usted nos quisiera decir...
—Pues sí: D. José de Montoria es muy amigo del comerciante D. Andrés Guspide, que el 4 de Agosto estuvo haciendo fuego desde la visera del callejón de la Torre del Pino, y por allí llovían granadas, balas, metralla, y mi D. Andrés fijo como un poste. Más de cien muertos había á su lado, y él solo mató cincuenta franceses.
—Gran hombre es ese: ¿y es amigo de mi amigo?
—Sí, señor—respondió el cojo.—Y ambos son los mejores caballeros de Zaragoza, y me dan limosna todos los sábados. Porque han de saber ustés que yo soy Pepe Pallejas, y me llaman por mal nombre Sursum Corda, pues como fuí hace veintinueve años sacristán de Jesús, y cantaba... pero esto no viene al caso, y prosigo diciendo que yo soy Sursum Corda, y pué que hayan ustés oído hablar de mí en Madrid.
—Sí—dijo D. Roque, cediendo á un impulso de generosidad:—me parece que allá he oído nombrar al señor de Sursum Corda. ¿No es verdad, muchachos?
—Pues ello...—prosiguió el mendigo.—Y sepan también que antes del sitio yo pedía limosna en la puerta de este Monasterio de Santa Engracia, volado por los bandidos el 13 de Agosto. Ahora pido en la puerta de Jerusalén, donde me podrán hallar siempre que gusten... Pues como iba diciendo, el día 4 de Agosto estaba yo aquí, y ví salir de la iglesia á Francisco Quílez, sargento primero de la primera compañía del primer batallón de fusileros, el cual ya saben ustés que fué el que con treinta y cinco hombres echó á los bandidos del Convento de la Encarnación... Veo que se asombran ustés... ya. Pues en la huerta de Santa Engracia, aquí detrás, murió el subteniente D. Miguel Gila. Lo menos había doscientos cadáveres en la tal huerta, y allí perniquebraron á D. Felipe San Clemente y Romeu, comerciante de Zaragoza. Verdad es que si no hubiera estado presente D. Miguel Salamero... ¿ustés no saben nada de esto?
—No, amigo y señor mío—dijo D. Roque;—nada de esto sabemos, y aunque tenemos el mayor gusto en que usted nos cuente tantas maravillas, lo que es ahora más nos importa saber dónde encontraremos al D. José, mi antiguo amigo, porque padecemos los cuatro de un mal que llaman hambre, y que no se cura oyendo contar hechos sublimes.
—Ahora mismo les llevaré á donde quieren ir—repuso Sursum Corda, después de ofrecernos parte de sus mendrugos.—Pero antes les quiero decir una cosa, y es que si D. Mariano Cereso no hubiera defendido la Aljafería como la defendió, nada se habría hecho en el Portillo. ¡Y que es hombre de mantequillas en gracia de Dios el tal D. Mariano Cereso! En la del 4 de Agosto andaba por las calles con su espada y rodela antigua, y daba miedo verle. Esto de Santa Engracia parecía un horno, señores. Las bombas y las granadas llovían; pero los patriotas no les hacían más caso que si fueran gotas de agua. Una buena parte del convento se desplomó; las casas temblaban, y todo esto que estamos viendo parecía un barrio de naipes, según la prontitud con que se incendiaba y se desmoronaba. Fuego en las ventanas, fuego arriba, fuego abajo; los franceses caían como moscos, señores, y á los zaragozanos lo mismo les daba morir que nada. Don Antonio Quadros embocó por allí, y cuando miró á las baterías francesas, se las quería comer. Los bandidos tenían sesenta cañones echando fuego sobre estas paredes. ¿Ustés no lo vieron? Pues yo sí, y los pedazos del ladrillo de las tapias y la tierra de los parapetos salpicaban como miajas de un bollo. Pero los muertos servían de parapeto, y muertos arriba, muertos abajo, aquello era una montaña. Don Antonio Quadros echaba llamas por los ojos. Los muchachos hacían fuego sin parar: su alma era toda balas. ¿Ustés no lo vieron? Pues yo sí, y las baterías francesas se quedaban limpias de artilleros. Cuando vió que un cañón enemigo había quedado sin gente, el comandante gritó: «¡Una charretera al que clave aquel cañón!» y Pepillo Ruiz echa á andar como quien se pasea por un jardín entre mariposas y flores de Mayo; sólo que aquí las mariposas eran balas, y las flores bombas. Pepillo Ruiz clava el cañón y se vuelve riendo. Pero velay que otro pedazo de convento se viene al suelo. El que fué aplastado, aplastado quedó. D. Antonio Quadros dijo que aquello no importaba nada, y viendo que la artillería de los bandidos había abierto un gran boquete en el muro, fué á taparlo él mismo con una saca de lana. Entonces una bala le dió en la cabeza. Retiráronle aquí; dijo que tampoco aquello era nada, y espiró.
—¡Oh!—dijo D. Roque con impaciencia.—Estamos encantados, señor Sursum Corda, y el más puro patriotismo nos inflama al oirle contar á usted tan grandes hazañas; pero si usted nos quisiera decir dónde...
—Hombre de Dios—contestó el mendigo,—¿pues no se lo he de decir? Si lo que más sé y lo que más visto tengo en mi vida es la casa de D. José de Montoria. Como que está cerca de San Pablo. ¡Oh! ¿Ustés no vieron lo del hospital? Pues yo sí: allí caían las bombas como el granizo. Los enfermos, viendo que los techos se les venían encima, se arrojaban por las ventanas á la calle. Otros se iban arrastrando y rodaban por las escaleras. Ardían los tabiques; oíanse lamentos, y los locos mugían en sus jaulas como fieras rabiosas. Otros se escaparon y andaban por los claustros riendo, bailando y haciendo mil gestos graciosos que daban espanto. Algunos salieron á la calle como en día de Carnaval, y uno se subió á la cruz del Coso, donde se puso á sermonear, diciendo que él era el Ebro, y que anegando la ciudad iba á sofocar el fuego. Las mujeres corrían á socorrer á los enfermos, y todos eran llevados al Pilar y á la Seo. No se podía andar por las calles. La Torre Nueva hacía señales para que se supiera cuándo venía una bomba; pero el griterío de la gente no dejaba oir las campanas. Los franceses avanzan por esta calle de Santa Engracia; se apoderan del Hospital y del Convento de San Francisco; empieza la guerra en el Coso y en las calles de por allí. D. Santiago Sas, D. Mariano Cereso, D. Lorenzo Calvo, D. Marcos Simonó, Renovales, el albéitar Martín Albantos, Vicente Codé, D. Vicente Marraco y otros, atacan á los franceses á pecho descubierto; y detrás de una barricada hecha por ella misma, les aguarda, llena de furor y fusil en mano, la Condesa de Bureta.
—¡Cómo! ¿una mujer, una Condesa—preguntó con entusiasmo D. Roque,—levantaba barricadas y apuntaba fusiles?
—¿Ustés no lo sabían?—dijo Sursum.—¿Pues en dónde viven ustés? La señora María Consolación Azlor y Villavicencio, que vive allá junto al Ecce-Homo, andaba por las calles, y á los desanimados les decía mil lindezas, y luego, haciendo cerrar la entrada de la calle, se puso al frente de una partida de paisanos, gritando: «¡Aquí moriremos todos antes que dejarles pasar!»
—¡Oh, cuánta sublimidad!—exclamó Don Roque, bostezando de hambre.—¡Y cuánto me agradaría oir contar hazañas de esa naturaleza con el estómago lleno! Con que decía usted que la casa de D. José cae hacia...
—Hacia allá—repuso el cojo.—Ya saben ustés que los enemigos se enredaron y se atascaron en el arco de Cineja. ¡Virgen mía del Pilar! aquello era matar franceses; lo demás es aire. En la calle de la Parra, en la plazuela de Estrevedes, en la calle de los Urreas, en la de Santa Fe y en la del Azoque los paisanos despedazaban á los franceses. Todavía me zumba en las orejas el cañoneo, el gritar de aquel día. Los gabachos quemaban las casas que no podían defender, y los zaragozanos hacían lo mismo. Fuego por todos lados... Hombres, mujeres, chiquillos... basta tener dos manos para trabajar contra el enemigo. ¿Ustés no lo vieron? Pues no han visto nada. Pues como les iba diciendo, aquel día salió Palafox de Zaragoza para...
—Basta, amigo mío—dijo D. Roque perdiendo la paciencia:—estamos encantados con su conversación; pero si no nos guía al instante á casa de mi paisano ó nos indica cómo podemos encontrar su casa, nos iremos solos.
—Al instante, señores, no apurarse—replicó Sursum Corda echando á andar delante de nosotros con toda la agilidad de sus muletas.—Vamos allá, vamos con mil amores. ¿Ven ustés esta casa? Pues aquí vive Antonio Laste, sargento primero de la compañía del cuarto tercio, y ya sabrán que salvó de la Tesorería los diez y seis mil cuatrocientos pesos, y quitó á los franceses la cera que habían robado.
—Adelante, adelante, amigo,—dije, viendo que el incansable hablador se detenía para contar de un modo minucioso las hazañas de Antonio Laste.
—Ya pronto llegaremos—repuso Sursum.—Por aquí iba yo en la mañana del 1.º de Julio, cuando encontré á Hilario Lafuente, cabo primero de la compañía de escopeteros del presbítero Sas, y me dijo: «Hoy van á atacar el Portillo.» Entonces yo me fuí á ver lo que había y...
—Ya estamos enterados de todo—le indicó D. Roque.—Vamos á prisa, y después hablaremos.
—Esta casa que ven ustés toda quemada y hecha escombros—agregó el cojo volviendo una esquina,—es la que ardió el día 4, cuando D. Francisco Ipas, subteniente de la segunda compañía de escopeteros de la parroquia de San Pablo, se puso aquí con un cañón, y luego...
—Ya sabemos lo demás, buen hombre—dijo D. Roque.—Adelante y más que de prisa.
—Pero mucho mejor fué lo que hizo Codé, labrador de la parroquia de la Magdalena, con el cañón de la calle de la Parra—continuó el mendigo deteniéndose otra vez.—Pues al ir á disparar, los franceses se echan encima: huyen todos; pero Codé se mete debajo del cañón; pasan los franceses sin verlo, y después, ayudado de una vieja que le dió una cuerda, arrastra la pieza hasta la boca-calle. Vengan ustés y les enseñaré.
—No, no queremos ver nada: adelante, adelante en nuestro camino.
Tanto le azuzamos, y con tanta obstinación cerramos nuestros oídos á sus historias, que al fin, aunque muy despacio, nos llevó por el Coso y el Mercado á la calle de la Hilarza, donde la persona á quien queríamos ver tenía su casa.
[III]
Pero ¡ay! D. José de Montoria no estaba en ella, y nos fué preciso buscarle en los alrededores de la ciudad. Dos de mis compañeros, aburridos de tantas idas y venidas, se separaron de nosotros, aspirando á buscar con su propia iniciativa un acomodo militar ó civil. Nos quedamos solos D. Roque y un servidor, y así emprendimos con más desembarazo el viaje á la torre de nuestro amigo (llaman en Zaragoza torres á las casas de campo), situada á Poniente, lindando con el camino de Muela y á poca distancia de la Bernardona. Un paseo tan largo á pie y en ayunas no era lo más satisfactorio para nuestros fatigados cuerpos; pero la necesidad nos obligaba á tan inoportuno ejercicio, y por bien servidos nos dimos encontrando al deseado zaragozano, y siendo objeto de su cordial hospitalidad.
Ocupábase Montoria, cuando llegamos, en talar los frondosos olivos de su finca, porque así lo exigía el plan de obras de defensa establecido por los jefes facultativos ante la inminencia de un segundo sitio. Y no era sólo nuestro amigo el que por sus propias manos destruía sin piedad la hacienda heredada: todos los propietarios de los alrededores se ocupaban en la misma faena, y presidían los devastadores trabajos con tanta tranquilidad como si fuera un riego, un replanteo ó una vendimia. Montoria nos dijo:
—En el primer sitio talé la heredad que tengo al lado allá de la Huerva; pero este segundo asedio que se nos prepara dicen que será más terrible que aquél, á juzgar por el gran aparato de tropas que traen los franceses.
Contámosle la capitulación de Madrid, lo cual pareció causarle mucha pesadumbre; y como elogiáramos con exclamaciones hiperbólicas las ocurrencias de Zaragoza desde el 15 de Junio al 14 de Agosto, encogióse de hombros y contestó:
—Se ha hecho todo lo que se ha podido.
Acto continuo D. Roque pasó á hacer elogios de mi personalidad, militar y civilmente considerada; y de tal modo se le fué la mano en este capítulo, que me hizo sonrojar, mayormente considerando que algunas de sus afirmaciones eran estupendas mentiras. Díjole primero que yo pertenecía á una de las más alcurniadas familias de la baja Andalucía en tierra de Doñana, y que había asistido al glorioso combate de Trafalgar en clase de guardia marina. Le dijo también que la Junta me había concedido un destino en el Perú, y que durante el sitio de Madrid había hecho prodigios de valor en la Puerta de los Pozos, siendo tanto mi ardimiento, que los franceses, después de la rendición, creyeron conveniente deshacerse de tan terrible enemigo, enviándome con otros patriotas á Francia. Añadió que mis ingeniosas invenciones habían proporcionado la fuga á los cuatro compañeros refugiados en Zaragoza, y puso fin á su panegírico asegurando que por mis cualidades personales era yo acreedor á las mayores distinciones,
Montoria en tanto me examinaba de pies á cabeza, y si llamaba su atención mi mal traer y las feas roturas de mi vestido, también debió advertir que éste era de los que usan las personas de calidad, revelando su finura, buen corte y aristocrático origen en medio de la multiplicidad abrumadora de sus desperfectos. Luego que me examinó me dijo:
—¡Porra! No le podré afiliar á usted en la tercera escuadra de la compañía de escopeteros de D. Santiago Sas, de cuya compañía soy capitán; pero entrará en el cuerpo en que está mi hijo; y si no quiere usted, largo de Zaragoza, que aquí no admitimos gente haragana. Y á usted, D. Roque, amigo mío, puesto que no está para coger el fusil, ¡porra! le haremos practicante en los hospitales del ejército.
Luego que esto oyó D. Roque, expuso por medio de circunlocuciones retóricas y de graciosas elipsis la gran necesidad en que nos encontrábamos, y lo bien que recibiríamos sendas magras y un par de panes cada uno. Entonces vimos que frunció el ceño el gran Montoria, mirándonos de un modo severo, lo cual nos hizo temblar, y pareciónos que íbamos á ser despedidos por la osadía de pedir de comer. Balbucimos tímidas excusas, y entonces nuestro protector, con rostro encendido, nos habló así:
—¿Con que tienen hambre? ¡Porra, váyanse al demonio con cien mil pares de porras! ¿Y por qué no lo habían dicho? ¿Con que yo soy hombre capaz de consentir que los amigos tengan hambre, porra? Sepan que no me faltan diez docenas de jamones colgados en el techo de la despensa, ni veinte cubas de lo añejo, sí, señor; y tener hambre y no decírmelo en mi cara sin retruécanos, es ofender á un hombre como yo. Ea, muchachos, entrad adentro y mandar que frían obra de cuatro libras de lomo, y que estrellen dos docenas de huevos, y que maten seis gallinas, y saquen de la cueva siete jarros de vino, que yo también quiero almorzar. Vengan todos los vecinos, los trabajadores y mis hijos, si están por ahí. Y ustedes, señores, prepárense á hacer penitencia conmigo. ¡Nada de melindres, porra! Comerán de lo que hay, sin dengues ni boberías. Aquí no se usan cumplidos. Usted, Sr. D. Roque, y usted, Sr. de Araceli, están en su casa hoy y mañana y siempre, ¡porra! José de Montoria es muy amigo de los amigos. Todo lo que tiene es de los amigos.
La ruda generosidad de aquel insigne varón nos tenía anonadados. Como recibiera muy mal los cumplimientos, resolvimos dejar á un lado el formulario artificioso de la Corte, y viérais allí cómo la llaneza más primitiva reinó durante el almuerzo.
—¿Qué, no come usted más?—me dijo Don José.—Me parece que es usted un boquirrubio que se anda con enjuagues y finuras. A mí no me gusta eso, caballerito: me parece que me voy á enfadar y tendré que pegar palos para hacerles comer. Ea, despache usted este vaso de vino. ¿Acaso es mejor el de la Corte? Ni á cien leguas. Con que, porra, beba usted, porra, ó nos veremos las caras.
Esto fué causa de que comiera y bebiera mucho más de lo que en mi cuerpo cabía; pero había que corresponder á la generosa franqueza de Montoria, y no era cosa de que por una indigestión más ó menos se perdiera tan buena amistad.
Después del almuerzo siguieron los trabajos de tala, y el rico labrador los dirigía como si fuera una fiesta.
—Veremos—decía,—si esta vez se atreven á atacar el castillo. ¿No ha visto usted las obras que hemos hecho? Menudo trabajo van á tener. Yo he dado doscientas sacas de lana, una friolera, y daré hasta el último mendrugo.
Cuando nos retirábamos á la ciudad, llevónos Montoria á examinar las obras defensivas que á la sazón se estaban construyendo en aquella parte occidental. Había en la puerta del Portillo una gran batería semicircular que enlazaba las tapias del Convento de los Fecetas con las del de Agustinos Descalzos. Desde este edificio al de Trinitarios corría otra muralla recta, aspillerada en toda su extensión y con un buen reducto en el centro, todo resguardado por profundo foso que se abría hacia el famoso campo de las Eras ó del Sepulcro, teatro de la heróica jornada del 15 de Junio. Más al Norte y hacia la puerta de Sancho, que da paso al pretil del Ebro, seguían las fortificaciones, terminando en otro baluarte. Todas estas obras, como hechas á prisa, aunque con inteligencia, no se distinguían por su solidez. Cualquier general enemigo, ignorante de los acontecimientos del primer sitio y de la inmensa estatura moral de los zaragozanos al ponerse detrás de aquellos montones de tierra, se habría reído de fortificaciones tan despreciables para un buen material de sitio; pero Dios ha dispuesto que alguien escape de vez en cuando á las leyes físicas establecidas por la guerra. Zaragoza, comparada con Amberes, Dantzig, Metz, Sebastopol, Cartagena, Gibraltar y otras célebres plazas fuertes tomadas ó no, era entonces una fortaleza de cartón. Y sin embargo...
[IV]
En su casa, Montoria se enfadó otra vez con D. Roque y conmigo porque no quisimos admitir el dinero que nos ofrecía para nuestros primeros gastos en la ciudad; y aquí se repitieron los puñetazos en la mesa y la lluvia de porras y otras palabras que no cito; pero al fin llegamos á una transacción honrosa para ambas partes. Y ahora caigo en que me ocupo demasiado de hombre tan singular sin haber anticipado algunas observaciones acerca de su persona. Era D. José un hombre de sesenta años, fuerte, colorado, rebosando salud, bienestar, contento de sí mismo, conformidad con la suerte y conciencia tranquila. Lo que le sobraba en patriarcales virtudes y en costumbres ejemplares y pacíficas (si es que esto puede estar de sobra en algún caso), le faltaba en educación, es decir, en aquella educación atildada que entonces empezaban á recibir algunos hijos de familias ricas. D. José no conocía los artificios de la etiqueta, y por carácter y por costumbres, era refractario á la mentira discreta, y á los amables embustes que constituyen la base fundamental de la cortesía. Como él llevaba siempre el corazón en la mano, quería que asimismo lo llevasen los demás, y su bondad salvaje no toleraba las coqueterías frecuentemente falaces de la conversación fina. En los momentos de enojo era impetuoso y dejábase arrastrar á muy violentos extremos, de que por lo general se arrepentía más tarde.
En él no había disimulo, y tenía las grandes virtudes cristianas en crudo y sin pulimento, como un macizo canto del más hermoso mármol, donde el cincel no ha trazado una raya siquiera. Era preciso saberlo entender, cediendo á sus excentricidades, si bien en rigor no debe llamarse excéntrico el que tanto se parecía á la generalidad de sus paisanos. No ocultar jamás lo que sentía era su norte, y si bien esto le ocasionaba algunas molestias en el curso de la vida ordinaria y en asuntos de poca monta, era un tesoro inapreciable siempre que se tratase con él un negocio grave, porque puesta á la vista toda su alma, no había que temer malicia alguna. Perdonaba las ofensas, agradecía los beneficios, y daba gran parte de sus cuantiosos bienes á los menesterosos.
Vestía con aseo; comía abundantemente, ayunando con todo escrúpulo la Cuaresma entera, y amaba á la Virgen del Pilar con fanático amor de familia. Su lenguaje no era, según se ha visto, un modelo de comedimiento, y él mismo confesaba como el mayor de sus defectos lo de soltar á todas horas porra y más porra, sin que viniese al caso; pero más de una vez le oí decir que, conocedor de la falta, no la podía remediar, porque aquello de las porras le salía de la boca sin que él mismo se diera cuenta de ello.
Tenía mujer y tres hijos. Era aquélla Doña Leocadia Sarriera, navarra de origen. De los vástagos, el mayor y la hembra estaban casados y habían dado á los viejos algunos nietos. El más pequeño de los hijos llamábase Agustín y era destinado á la Iglesia, como su tío del mismo nombre, arcediano de la Seo. A todos les conocí en el mismo día, y eran la mejor gente del mundo. Fuí tratado con tanto miramiento, que me tenía absorto su generosidad, y si me conocieran desde el nacer no habrían sido más rumbosos. Sus obsequios, espontáneamente sugeridos por corazones generosos, me llegaban al alma, y como yo siempre he sido fácil en dejarme querer, les correspondí desde el principio con muy sincero afecto.
—Sr. D. Roque—dije aquella noche á mi compañero cuando nos acostábamos en el cuarto que nos destinaron,—yo jamás he visto gente como ésta. ¿Son así todos los aragoneses?
—Hay de todo—me respondió;—pero hombres de la madera de D. José de Montoria, y familias como esta familia, abundan mucho en esta tierra de Aragón.
Al siguiente día nos ocupamos de mi alistamiento. La decisión de aquel vecindario me entusiasmaba de tal modo, que nada me parecía tan honroso como seguir tras ella, aunque fuera á distancia, husmeando su rastro de gloria. Ninguno de ustedes ignora que en aquellos días Zaragoza y los zaragozanos habían adquirido un renombre fabuloso; que sus hazañas enardecían las imaginaciones, y que todo lo referente al sitio famoso de la inmortal ciudad, tomaba en boca de los narradores las proporciones y el colorido de una leyenda de los tiempos heróicos. Con la distancia, las acciones de los zaragozanos adquirían dimensiones mayores aún, y en Inglaterra y en Alemania, donde les consideraban como los numantinos de los tiempos modernos, aquellos paisanos medio desnudos, con alpargatas en los pies y un pañizuelo arrollado en la cabeza, eran figuras de coturno. Capitulad y os vestiremos,—decían los franceses en el primer sitio, admirados de la constancia de unos pobres aldeanos vestidos de harapos.—No sabemos rendirnos—contestaban,—y nuestras carnes sólo se cubren de gloria.
Estas y otras frases habían dado la vuelta al mundo.
Pero volvamos á lo de mi alistamiento. Era un obstáculo para éste el manifiesto de Palafox de 13 de Diciembre, en que ordenaba la expulsión de forasteros, mandándoles salir en el término de veinticuatro horas; acuerdo tomado en razón de la mucha gente que iba á alborotar sembrando discordias y desavenencias; pero precisamente en los días de mi llegada se publicó otra proclama llamando á los soldados dispersos del ejército del Centro, desbaratado en Tudela, y en esto hallé una buena coyuntura para afiliarme, pues aunque no pertenecí á dicho ejército, había concurrido á la defensa de Madrid y á la batalla de Bailén; razones que, con el apoyo de mi protector Montoria, me valieron el ingreso en las huestes zaragozanas. Diéronme un puesto en el batallón de voluntarios de las Peñas de San Pedro, bastante mermado en el primer sitio, y recibí un uniforme y un fusil. No formé, como había dicho mi protector, en las filas de Mosén Santiago Sas, fogoso clérigo, puesto al frente de un batallón de escopeteros, porque esta valiente partida se componía exclusivamente de vecinos de la parroquia de San Pablo. Tampoco querían gente moza en su batallón, por cuya causa ni el mismo hijo de D. José de Montoria, Agustín Montoria, pudo servir á las órdenes de Sas, y se afilió como yo en el batallón de las Peñas de San Pedro. La suerte me deparaba un buen compañero y un excelente amigo.
Desdé el día de mi llegada oí hablar de la aproximación del ejército francés; pero esto no fué un hecho incontrovertible hasta el 20. Por la tarde una división llegó á Zuera, en la orilla izquierda, para amenazar el Arrabal; otra, mandada por Suchet, acampó en la derecha sobre San Lamberto. Moncey, que era el General en jefe, situóse con tres divisiones hacia el Canal y en las inmediaciones de la Huerva. Cuarenta mil hombres nos cercaban.
Sabido es que, impacientes por vencernos, los franceses comenzaron sus operaciones el 21 desde muy temprano, embistiendo con gran furor y simultáneamente el monte Torrero y el arrabal de la izquierda del Ebro, puntos sin cuya posesión era excusado pensar en someter la valerosa ciudad; pero si bien tuvimos que abandonar á Torrero, por ser peligrosa su defensa, en el Arrabal desplegó Zaragoza tan temerario arrojo, que es aquel día uno de los más brillantes de su brillantísima historia.
Desde las cuatro de la madrugada, el batallón de las Peñas de San Pedro fué destinado á guarnecer el frente de fortificaciones desde Santa Engracia hasta el Convento de Trinitarios, línea que me pareció la menos endeble en todo el circuito de la ciudad. A espaldas de Santa Engracia estaba la batería de los Mártires; corría luego la tapia aspillerada hasta el puente de la Huerva, defendido por un reducto; desviábase luego hacia Poniente formando un ángulo obtuso, y enlazándose con otro reducto levantado en la torre del Pino; seguía casi en línea recta hasta el Convento de Trinitarios, dejando dentro la puerta del Carmen. El que haya visto á Zaragoza comprenderá perfectamente mi ligera descripción, pues todavía existen las ruínas de Santa Engracia, y la puerta del Carmen ostenta aún, no lejos de la Glorieta, su despedazado umbral y sus sillares carcomidos.
Estábamos, como he dicho, guarneciendo la extensión descrita, y parte de los soldados teníamos nuestro vivac en una huerta inmediata al Colegio del Carmen. Agustín Montoria y yo no nos separábamos, porque su apacible carácter, el afecto que me mostró desde que nos conocimos, y cierta conformidad, cierta armonía inexplicable en nuestras ideas, me hacían muy agradable su compañía. Era él un joven de hermosísima figura, ojos grandes y vivos, despejada frente y cierta gravedad melancólica en su fisonomía. Su corazón, como el del padre, estaba lleno de aquella generosidad que se desbordaba al menor impulso; pero tenía sobre él la ventaja de no lastimar al favorecido, porque la educación le había quitado gran parte de la rudeza nacional. Agustín entraba en la edad viril con la firmeza y la seguridad de un corazón lleno, de un entendimiento rico y no gastado, de un alma vigorosa y sana, á la cual no faltaba sino ancho mundo, ancho espacio para producir bondades sin cuento. Estas cualidades eran realzadas por una imaginación brillante, pero de vuelo seguro y derecho, no parecida á la de nuestros modernos geniecillos, que las más de las veces ignoran por dónde van, sino serena y majestuosa, como educada en la gran escuela de los latinos.
Aunque con viva inclinación á la poesía (pues Agustín era poeta), había aprendido la ciencia teológica, descollando en ella como en todo. Los Padres del Seminario, hombres de mucha ciencia y muy cariñosos con la juventud, le tenían por un prodigio en las letras humanas y en las divinas, y se congratulaban de verle con un pie dentro de la Iglesia docente. La familia de Montoria no cabía en sí de gozo, y esperaba el día de la primera misa como el santo advenimiento.
Sin embargo (me veo obligado á decirlo desde el principio), Agustín no tenía vocación eclesiástica. Su familia, lo mismo que los buenos Padres del Seminario, no lo comprendían así ni lo comprendieran aunque bajara á decírselo el Espíritu Santo en persona. El precoz teólogo, el humanista que tenía á Horacio en las puntas de los dedos, el dialéctico que en los ejercicios semanales dejaba atónitos á los maestros con la intelectual gimnasia de la ciencia escolástica, no tenía más vocación para el sacerdocio que la que tuvo Mozart para la guerra, Rafael para las matemáticas, ó Napoleón para el baile.
[V]
—Gabriel—me decía aquella mañana,—¿tienes ganas de batirte?
—Agustín, ¿tienes tú ganas de batirte?—repliqué. (Como se ve, nos tuteábamos á los tres días de conocernos.)
—No muchas—dijo.—Figúrate que la primera bala nos matará...
—Moriríamos por la patria, por Zaragoza; y aunque la posteridad no se acordara de nosotros, siempre es un honor caer en el campo de batalla por una causa como ésta.
—Dices bien—repuso con tristeza;—pero es una lástima morir. Somos jóvenes. ¿Quién sabe lo que nos está destinado en la vida?
—La vida es una miseria, y para lo que vale mejor es no pensar en ella.
—Eso que lo digan los viejos; pero no nosotros que empezamos á vivir. Francamente, yo no quisiera ser muerto en este terrible cerco que nos han puesto los franceses. En el otro sitio también tomamos las armas todos los alumnos del Seminario, y te confieso que estaba yo más valiente que ahora. No sé qué fuego enardecía mi sangre, y me lanzaba á los puestos de mayor peligro sin temer la muerte. Hoy no me pasa lo mismo: estoy medroso, y el disparo de un fusil me hace estremecer.
—Eso es natural—contesté.—El miedo no existe cuando no se conoce el peligro. Por eso dicen que los más valientes soldados son los bisoños.
—No es nada de eso. Francamente, Gabriel, te confieso que esto de morir sin más ni más, me sabe muy mal. Por si muero, voy á hacerte un encargo, que espero cumplirás con la solicitud de un buen amigo. Atiende bien á lo que te digo. ¿Ves aquella torre que se cae de un lado y parece inclinarse hacia acá para ver lo que aquí pasa, ú oir lo que estamos diciendo?
—La Torre Nueva. Ya la veo: ¿qué encargo me vas á dar para esa señora?
Amanecía, y entre los irregulares tejados de la ciudad, entre las espadañas, minaretes, miradores y cimborrios de las iglesias, se destacaba la Torre Nueva, siempre vieja y nunca derecha.
—Pues oye bien—continuó Agustín.—Si me matan á los primeros tiros en este día que ahora comienza, cuando acabe la acción y rompan filas, te vas allá...
—¿A la Torre Nueva? Llego, subo...
—No, hombre, subir no. Te diré: llegas á la plaza de San Felipe donde está la Torre... Mira hacia allá: ¿ves que junto á la gran mole hay otra torre, un campanario pequeñito? Parece un monaguillo delante del señor canónigo, que es la torre grande.
—Sí, ya veo el monaguillo. Y si no me engaño es el campanario de San Felipe. Y ahora toca el maldito.
—A misa, está tocando á misa—dijo Agustín con grande emoción.—¿No oyes el esquilón rajado?
—Pues bien: sepamos lo que tengo que decir á ese señor monaguillo que toca el esquilón rajado.
—No, no es nada de eso. Llegas á la plaza de San Felipe. Si miras al campanario, verás que está en una esquina; de esta esquina parte una calle angosta: entras por ella, y á la izquierda encontrarás al poco trecho otra calle angosta y retirada que se llama de Antón Trillo. Sigues por ella hasta llegar á espaldas de la iglesia. Allí verás una casa: te paras...
—Y luego me vuelvo.
—No: junto á la casa de que te hablo hay una huerta, con un portalón pintado de color de chocolate. Te paras allí...
—Me paro allí, y allí me estoy.
—No, hombre: verás...
—Estás más blanco que la camisa, Agustinillo. ¿Qué significan esas torres y esas paradas?
—Significan—continuó mi amigo con más embarazo cada vez,—que en cuanto estés allí... Te advierto que debes ir de noche... Bueno: llegas, te paras, aguardas un poquito, luego pasas á la acera de enfrente, alargas el cuello y verás por sobre la tapia de la huerta una ventana. Coges una piedrecita, y la tiras contra los vidrios de modo que no haga mucho ruido.
—Y en seguida saldrá ella.
—No, hombre: ten paciencia. ¿Qué sabes tú si saldrá ó no saldrá?
—Bueno: pongamos que sale.
—Antes te diré otra cosa, y es que allí vive el tío Candiola. ¿Tú sabes quién es el tío Candiola? Pues es un vecino de Zaragoza, hombre que, según dicen, tiene en su casa un sótano lleno de dinero. Es avaro y usurero, y cuando presta saca las entrañas. Sabe de leyes y moratorias y ejecuciones más que todo el Consejo y Cámara de Castilla. El que se mete en pleito con él está perdido.
—De modo que la casa del portalón pintado de color de chocolate será un magnífico palacio.
—Nada de eso: verás una casa miserable, que parece se está cayendo. Te digo que el tío Candiola es avaro. No gasta un real aunque le fusilen, y si le vieras por ahí le darías una limosna. Te diré otra cosa, y es que en Zaragoza nadie le puede ver, y le llaman tío Candiola por mofa y desprecio de su persona. Su nombre es D. Jerónimo de Candiola, natural de Mallorca, si no me engaño.
—Y ese tío Candiola tiene una hija.
—Hombre, espera. ¡Qué impaciente eres! ¿Qué sabes tú si tiene ó no tiene una hija?—me dijo, disimulando con estas evasivas su turbación.—Pues, como te iba contando, el tío Candiola es muy aborrecido en la ciudad por su gran avaricia y mal corazón. A muchos pobres ha metido en la cárcel después de arruinarlos. Además, en el otro sitio no dió un cuarto para la guerra, ni tomó las armas, ni recibió heridos en su casa, ni le pudieron sacar una peseta; y como un día dijera que á él lo mismo le daba Juan que Pedro, estuvo á punto de ser arrastrado por los patriotas.
—Pues es una buena pieza el hombre de la casa de la huerta del portalón color de chocolate. ¿Y si cuando arroje la piedra á la ventana sale el tío Candiola con un garrote, y me da una solfa por hacerle chicoleos á su hija?
—No seas bestia, y calla. ¿No sabes que desde que obscurece, Candiola se encierra en un cuarto subterráneo y se está contando su dinero hasta más de media noche? ¡Bah! Ahora va él á ocuparse... Los vecinos dicen que sienten un cierto rumorcillo ó sonsonete, como si estuvieran vaciando sacos de onzas.
—Bien: llego, arrojo la piedra, espero, ella sale y le digo...
—Le dices que he muerto... no, no seas bárbaro. Le das este escapulario... no, le dices...no, más vale que no le digas nada.
—Entonces, le daré el escapulario.
—Tampoco: no le lleves el escapulario.
—Ya, ya comprendo. Luego que salga, le daré las buenas noches y me marcharé cantando La Virgen del Pilar dice...
—No: es preciso que sepa mi muerte. Tú haz lo que yo te mando.
—Pero si no me mandas nada.
—¿Pero qué prisa tienes? Deja tú. Todavía puede ser que no me maten.
—Ya. ¡Cuánto ruido para nada!
—Es que me pasa una cosa, Gabriel, y te la diré francamente. Tenía muchos, muchísimos deseos de confiarte este secreto que se me sale del pecho. ¿A quién lo había de revelar sino á tí, que eres mi amigo? Si no te lo dijera, me reventaría el corazón como una granada. Temo mucho decirlo de noche en sueños, y por este temor no duermo. Si mi padre, mi madre ó mi hermano lo supieran, me matarían.
—¿Y los Padres del Seminario?
—No nombres á esos. Verás: te contaré lo que me ha pasado. ¿Conoces al Padre Rincón? Pues el Padre Rincón me quiere mucho, y todas las tardes me sacaba á paseo por la ribera ó hacia Torrero, ó camino de Juslibol. Hablábamos de teología y de letras humanas. Rincón es tan entusiasta del gran poeta Horacio, que suele decir: «Es lástima que ese hombre no haya sido cristiano para canonizarle.» Lleva siempre consigo un pequeño Elzevirius, á quien ama más que á las niñas de sus ojos, y cuando nos cansamos en el paseo, él se sienta, lee y entre los dos hacemos los comentarios que se nos ocurren... Bueno... ahora te diré que el Padre Rincón era pariente de Doña María Rincón, difunta esposa de Candiola, y que éste tiene una heredad en el camino de Monzalbarba, con una torre miserable, más parecida á cabaña que á torre, pero rodeada de frondosos árboles y con deliciosas vistas al Ebro. Una tarde, después que leímos el Quis multa gracilis te puer in rosa, mi maestro quiso visitar á su pariente. Fuimos allá, entramos en la huerta, y Candiola no estaba. Pero nos salió al encuentro su hija, y Rincón le dijo:—Mariquilla, da unos melocotones á este joven, y saca para mí una copita de lo que sabes.
—¿Y es guapa Mariquilla?
—No preguntes eso. ¿Que si es guapa? Verás... El Padre Rincón le tomó la barba, y haciéndole volver la cara hacia mí, me dijo:—«Agustín, confiesa que en tu vida has visto una cara más linda que ésta. Mira qué ojos de fuego, que boca de ángel y qué pedazo de cielo por frente.» Yo temblaba, y Mariquilla, con el rostro encendido como la grana, se reía. Luego Rincón continuó diciendo:—«A tí que eres un futuro Padre de la Iglesia, y un joven ejemplar sin otra pasión que la de los libros, se te puede enseñar esta divinidad. Joven, admira aquí las obras admirables del Supremo Creador. Observa la expresión de este rostro, la dulzura de esas miradas, la gracia de esa sonrisa, el frescor de esa boca, la suavidad de esa tez, la elegancia de ese cuerpo, y confiesa que si es hermoso el cielo, y la flor, y las montañas, y la luz, todas las creaciones de Dios se obscurecen al lado de la mujer, la más perfecta y acabada hechura de las inmortales manos.» Esto me dijo mi maestro, y yo, mudo y atónito, no cesaba de contemplar aquella obra maestra, que era sin disputa mejor que la Eneida. No puedo explicarte lo que sentí. Figúrate que el Ebro, ese gran río que baja desde Fontibre hasta dar en el mar por los Alfaques, se detuviera de improviso en su curso, y empezase á correr hacia arriba volviendo á las Asturias de Santillana: pues una cosa así pasó en mi espíritu. Yo mismo me asombraba de ver cómo todas mis ideas se detuvieron en su curso sosegado, y volvieron atrás, echando no sé por qué nuevos caminos. Te digo que estaba asombrado y lo estoy todavía. Mirándola sin saciar nunca la ansiedad, tanto de mi alma como de mis ojos, yo me decía:—«La amo de en modo extraordinario. ¿Cómo es que hasta ahora no había caído en ello?» Yo no había visto á Mariquilla hasta aquel momento.
—¿Y los melocotones?
—Mariquilla estaba tan turbada delante de mí como yo delante de ella. El Padre Rincón se puso á hablar con el hortelano sobre los desperfectos que habían hecho en la finca los franceses (pues esto pasaba á principios de Septiembre, un mes después de levantado el primer sitio), y Mariquilla y yo nos quedamos solos. ¡Solos! Mi primer impulso fué echar á correr, y ella, según me ha dicho, también sintió lo mismo. Pero ni ella ni yo corrimos, sino que nos quedamos allí. De pronto sentí una grande y extraña energía en mi cerebro. Rompiendo el silencio, comencé á hablar con ella: dijimos varias cosas indiferentes al principio; pero á mí me ocurrían pensamientos que, según mi entender, sobresalían de lo vulgar, y todos, todos los dije. Mariquilla me respondía poco; pero sus ojos eran más elocuentes que cuanto yo le estaba diciendo. Al fin, llamónos el Padre Rincón, y nos marchamos. Me despedí de ella, y en voz baja le dije que pronto nos volveríamos á ver. Volvimos á Zaragoza. ¡Ay! Por el camino, los árboles, el Ebro, las cúpulas del Pilar, los campanarios de la ciudad, los transeuntes, las casas, las tapias de las huertas, el suelo, el rumor del viento, los perros del camino, todo me parecía distinto; todo, cielo y tierra habían cambiado. Mi buen maestro volvió á leer á Horacio, y yo dije que Horacio no valía nada. Me quiso comer, y amenazóme con retirarme su amistad. Yo elogié á Virgilio con entusiasmo, y repetí aquellos célebres versos
Est mollis flamma medullas
interea, et tacitum vivit sub pectore vulnus.
—Eso pasó á principios de Septiembre—le dije.—¿Y de entonces acá?
—Desde aquel día ha empezado para mí la nueva vida. Comenzó por una inquietud ardiente que me quitaba el sueño, haciéndome aborrecible todo lo que no fuera Mariquilla. La propia casa paterna me era odiosa, y vagando por los alrededores de la ciudad sin compañía alguna, buscaba en la soledad la paz de mi espíritu. Aborrecí el colegio, los libros todos y la teología; y cuando llegó Octubre y me querían obligar á vivir encerrado en la santa casa, me fingí enfermo para quedarme en la mía. Gracias á la guerra, que á todos nos ha hecho soldados, puedo vivir libremente, salir á todas horas, incluso de noche, y verla y hablarle con frecuencia. Voy á su casa, hago la seña convenida, baja, abre una ventana con reja, y hablamos largas horas. Los transeuntes pasan; pero como yo estoy embozado en mi capa hasta los ojos, con esto y la obscuridad de la noche, nadie me conoce. Por eso los muchachos del pueblo se preguntan unos á otros: «¿Quién será el novio de la Candiola?» De algunas noches á esta parte, recelando que nos descubran, hemos suprimido la conversación por la reja. María baja, abre el portalón de la huerta y entro. Nadie puede descubrirnos, porque D. Jerónimo, creyéndola acostada, se retira á su cuarto á contar el dinero, y la criada vieja, única que hay en la casa, nos protege. Solos en la huerta, nos sentamos en una escalera de piedra que allí existe, y al través de las ramas de un álamo negro y corpulento, vemos á pedacitos la claridad de la luna. En aquel silencio majestuoso nuestras almas comprenden lo divino, y sentimos con una intensidad que no puede expresarse por el lenguaje. Nuestra felicidad es tan grande, que á veces es un tormento vivísimo; y si hay momentos en que uno desearía centuplicarse, también los hay en que uno desearía no existir. Pasamos allí largas horas. Anteanoche estuve hasta cerca del día, pues como mis padres me creen en el cuerpo de guardia, no tengo prisa para retirarme. Cuando principiaba á clarear la aurora, nos despedimos. Por encima de la tapia de la huerta se ven los techos de las casas inmediatas y el pico de la Torre Nueva. María, señalándole, me dijo:
—Cuando esa torre se ponga derecha, dejaré de quererte.
No dijo más Agustín, porque sonó un cañonazo del lado de Monte Torrero, y ambos volvimos hacia allá la vista.
[VI]
Los franceses habían embestido con gran empeño las posiciones fortificadas de Torrero. Defendían éstas diez mil hombres mandados por D. Felipe Saint-March y por O’Neille, ambos Generales de mucho mérito. Los voluntarios de Borbón, de Castilla, del Campo Segorbino, de Alicante y el provincial de Soria, los cazadores de Fernando VII, el regimiento de Murcia y otros cuerpos de que no hago memoria, rompieron el fuego. Desde el reducto de los Mártires vimos el principio de la acción, y las columnas francesas que corrían á lo largo del Canal para flanquear á Torrero. Duró gran rato el fuego de fusilería; mas la lucha no podía prolongarse mucho tiempo, porque aquel punto no se prestaba á una defensa enérgica, sin la ocupación y fortificación de otros inmediatos como Buenavista, Casa-Blanca y el partidor del Canal. Sin embargo, nuestras tropas no se retiraron sino muy tarde y con el mayor orden, volando el puente de América y trayéndose todas las piezas, menos una que había sido desmontada por el fuego enemigo.
Entre tanto, sentíamos fuertísimo estruendo que á lo lejos resonaba; y como por allí casi había cesado el fuego, supusimos trabada otra acción en el Arrabal.
—Allá está el brigadier D. José Manso—me dijo Agustín,—con el regimiento suizo de Aragón, que manda D. Mariano Walker; los voluntarios de Huesca, de que es jefe D. Pedro Villacampa; los voluntarios de Cataluña, y otros valientes cuerpos. ¡Y nosotros aquí mano sobre mano! Por este lado parece que ha concluído. Los franceses se contentarán hoy con la conquista de Torrero.
—O yo me engaño mucho—repuse,—ó ahora van á atacar á San José.
Todos miramos al punto indicado, edificio de grandes dimensiones, que se alzaba á nuestra izquierda, separado de Puerta Quemada por la hondonada de la Huerva.
—Allí estaba Renovales—me dijo Agustín;—el valiente D. Mariano Renovales, que tanto se distinguió en el otro sitio, y manda ahora los cazadores de Orihuela y de Valencia.
En nuestra posición todo estaba preparado para una defensa enérgica. En el reducto del Pilar, en la batería de los Mártires, en la torre del Pino, lo mismo que en Trinitarios, los artilleros aguardaban con mecha encendida, y los de infantería aguardaban tras los parapetos las posiciones que nos parecían más seguras para hacer fuego, si alguna columna intentaba asaltarnos. Se sentía mucho frío, y los más tiritábamos. Alguien hubiera creído que era de miedo; pero no, era de frío, y quien dijese lo contrario, miente.
No tardó en verificarse el movimiento que yo había previsto, y el Convento de San José fué atacado por una fuerte columna de infantería francesa, mejor dicho, fué objeto de una tentativa de ataque ó más bien sorpresa. Al parecer, los enemigos tenían mala memoria, y en tres meses se les había olvidado que las sorpresas eran imposibles en Zaragoza. Llegaron, sin embargo, con mucha confianza hasta tiro de fusil, y sin duda aquellos desgraciados creían que, sólo con verlos, caerían muertos de miedo nuestros guerreros. Los pobrecitos acababan de llegar de la Silesia, y no sabían qué clase de guerra era la de España. Además, como ganaran á Torrero con tan poco trabajo, creyéronse en disposición de tragarse el mundo. Ello es que avanzaban como he dicho, sin que San José hiciera demostración alguna, hasta que, hallándose á tiro de fusil ó poco menos, vomitaron de improviso tan espantoso fuego las troneras y aspilleras de aquel edificio, que mis bravos franceses tomaron soleta con precipitación. Bastantes, sin embargo, quedaron tendidos, y al ver este desenlace de su valentía, los que contemplábamos el lance desde la batería de los Mártires, prorrumpimos en exclamaciones, gritos y palmadas. De este modo celebra el feroz soldado en la guerra la muerte de sus semejantes, y el que siente instintiva compasión al matar un conejo en una cacería, salta de júbilo viendo caer centenares de hombres robustos, jóvenes y alegres, que después de todo no han hecho mal á nadie.
Tal fué el ataque de San José: una intentona rápidamente castigada. Desde entonces debieron comprender los franceses que si se abandonó á Torrero, fué por cálculo y no por flaqueza. Sola, aislada, desamparada, sin baluartes exteriores, sin fuertes ni castillos, Zaragoza alzaba de nuevo sus murallas de tierra, sus baluartes de ladrillos crudos, sus torreones de barro amasado la víspera para defenderse otra vez contra los primeros soldados, la primera artillería y los primeros ingenieros del mundo. Grande aparato de gente, formidables máquinas, enormes cantidades de pólvora, preparativos científicos y materiales, la fuerza y la inteligencia en su mayor esplendor, traen los invasores para atacar el recinto fortificado que parece juego de muchachos, y aun así es poco: todo sucumbe y se reduce á polvo ante aquellas tapias que se derriban de una patada. Pero detrás de esta deleznable defensa material está el acero de las almas aragonesas, que no se rompe, ni se dobla, ni se funde, ni se hiende, ni se oxida, y circunda todo el recinto como una barra indestructible por los medios humanos.
La campana de la Torre Nueva suena con clamor de alarma. Cuando esta campana da al viento su lúgubre tañido, la ciudad está en peligro y necesita de todos sus hijos. ¿Qué será? ¿Qué pasa? ¿Qué hay?
—En el Arrabal—dijo Agustín,—debe andar mala la cosa.
—Mientras nos atacan por aquí para entretener mucha gente de este lado, embisten por la otra parte del río.
—Lo mismo fué en el primer sitio.
—¡Al Arrabal, al Arrabal!
Y cuando decíamos esto, la línea francesa nos envió algunas balas rasas para indicarnos que teníamos que permanecer allí. Felizmente, Zaragoza tenía bastantes hombres en su recinto y podía acudir con facilidad á todas partes. Mi batallón abandonó la cortina de Santa Engracia, y púsose en marcha hacia el Coso. Ignorábamos á dónde se nos conducía; pero era probable que nos llevaran al Arrabal. Las calles estaban llenas de gente. Los ancianos, las mujeres salían impulsados por la curiosidad, queriendo ver de cerca los puntos del peligro, ya que no les era posible situarse en el peligro mismo. Las calles de San Gil, de San Pedro y la Cuchillería[1], que son camino para el puente, estaban casi intransitables: inmensa multitud de mujeres las cruzaba, marchando todas á prisa en dirección al Pilar y á la Seo. El estrépito del lejano cañón más bien animaba que entristecía al fervoroso pueblo, y todo era gritar disputándose el paso para llegar más pronto. En la plaza de la Seo ví la caballería que, con el gran gentío, casi obstruía la salida al puente, lo cual obligó á mi batallón á buscar más fácil salida por otra parte. Cuando pasamos por delante del pórtico de este santuario, sentimos desde fuera el clamor de las plegarias con que todas las mujeres de la ciudad imploraban á la santa Patrona. Los pocos hombres que querían penetrar en el templo eran expulsados por ellas.
Salimos á la orilla del río por junto á San Juan de los Panetes, y nos situaron en el malecón esperando órdenes. Enfrente, y al otro lado del Ebro, se divisaba el campo de batalla. Veíase, en primer término, la arboleda de Macanaz; más allá, y junto al puente, el pequeño Monasterio de Altabás; más allá el de San Lázaro, y á continuación el de Jesús. De tras de esta decoración, reflejada en las aguas del gran río, la vista distinguía un fuego horroroso, un cruzamiento interminable de trayectorias, un estrépito ronco de las voces del cañón y de humanos gritos formado, y densas nubes de humo que se renovaban sin cesar y corrían á confundirse con las del cielo. Todos los parapetos de aquel sitio estaban construídos con los ladrillos de los cercanos tejares, formando con el barro y la tierra de los hornos una masa rojiza. Creeríase que la tierra estaba amasada con sangre.
Los franceses tenían su frente desde el camino de Barcelona al de Juslibol, más allá de los tejares y de las huertas que hay á mano izquierda de la segunda de aquellas dos vías. Desde las doce habían atacado con furia nuestras trincheras, internándose por el camino de Barcelona y desafiando con impetuoso arrojo los fuegos cruzados de San Lázaro y del sitio llamado el Macelo. Consistía su empeño en tomar por audaces golpes de mano las baterías, y esta tenacidad produjo una verdadera hecatombe. Caían muchísimos; clareábanse las filas, y llenadas al instante por otros, repetían la embestida. A veces llegaban hasta tocar los parapetos, y mil luchas individuales acrecían el horror de la escena. Iban delante los jefes blandiendo sus sables, como hombres desesperados que han hecho cuestión de honor el morir ante un montón de ladrillos, y en aquella destrucción espantosa que arrancaba á la vida centenares de hombres en un minuto, desaparecían, arrojados por el suelo, el soldado, y el sargento, y el alférez, y el capitán, y el coronel. Era verdaderamente una lucha entre dos pueblos, y mientras los furores del sitio inflamaban los corazones de los nuestros, venían los franceses frenéticos, sedientos de venganza, con toda la saña del hombre ofendido, peor acaso que la del guerrero.
Precisamente este prematuro encarnizamiento les perdió. Debieron principiar batiendo cachazudamente nuestras obras con su artillería; debieron conservar la serenidad que exige un sitio, y no desplegar guerrillas contra posiciones defendidas por gente como la que habían tenido ocasión de tratar el 15 de Julio y el 4 de Agosto; debieron haber reprimido aquel sentimiento de desprecio hacia las fuerzas del enemigo, sentimiento que ha sido siempre su mala estrella, lo mismo en la guerra de España que en la moderna contra Prusia; debieron haber puesto en ejecución un plan calmoso que produjera en el sitiado antes el fastidio que la exaltación. Es seguro que de traer consigo la mente pensadora de su inmortal jefe, que vencía siempre con su lógica admirable lo mismo que con sus cañones, habrían empleado en el sitio de Zaragoza un poco del conocimiento del corazón humano, sin cuyo estudio la guerra, la brutal guerra, ¡parece mentira!, no es más que una carnicería salvaje. Napoleón, con su penetración extraordinaria, hubiera comprendido el carácter zaragozano, y se habría abstenido de lanzar contra él columnas descubiertas, haciendo alarde de valor personal. Esta es una cualidad de difícil y peligroso empleo, sobre todo delante de hombres que se baten por un ideal, no por un ídolo.
No me extenderé en pormenores sobre esta espantosa acción del 21 de Diciembre, una de las más gloriosas del segundo sitio de la capital de Aragón. Sobre que no la presencié de cerca, y sólo podría dar cuenta de ella por lo que me contaron, me mueve á no ser prolijo la circunstancia de que son tantos y tan interesantes los encuentros que más adelante habré de narrar, que conviene cierta sobriedad en la descripción de estos sangrientos choques. Baste saber por ahora que los franceses, al caer de la tarde, creyeron oportuno desistir de su empeño, y que se retiraron dejando el campo cubierto de cadáveres. Era la ocasión muy oportuna para perseguirlos con la caballería; pero después de una breve discusión, según se dijo, acordaron los jefes no arriesgarse en una salida que podía ser peligrosa.
[VII]
Llegada la noche, y cuando parte de nuestras tropas se replegó á la ciudad, todo el pueblo corrió hacia el Arrabal para contemplar de cerca el campo de batalla, ver los destrozos hechos por el fuego, contar los muertos, y regocijar la imaginación representándose una por una las heróicas escenas. La animación, el movimiento y bulla hacia aquella parte de la ciudad eran inmensas. Por un lado, grupos de soldados cantando con febril alegría; por otro, las cuadrillas de personas piadosas que transportaban á sus casas los heridos; en todas partes general satisfacción, que se mostraba en los diálogos vivos, en las preguntas, en las exclamaciones jactanciosas, y con lágrimas y risas, mezclando la jovialidad al entusiasmo.
Serían las nueve cuando rompimos filas los de mi batallón, porque faltos de acuartelamiento, se nos permitía dejar el puesto por algunas horas, siempre que no hubiera peligro. Corrimos Agustín y yo hacia el Pilar, donde se agolpaba un gentío inmenso, y entramos difícilmente. Quedéme sorprendido al ver cómo forcejeaban unas contra otras, las personas allí reunidas, para acercarse á la capilla en que mora la Virgen del Pilar. Los rezos, las plegarias y las demostraciones de agradecimiento formaban un conjunto que no se parecía á los rezos de ninguna clase de fieles. Más que rezo era un hablar continuo, mezclado de sollozos, gritos, palabras tiernísimas y otras de íntima é ingenua confianza, como suele usarlas el pueblo español con los santos que le son queridos. Caían de rodillas, besaban el suelo, se asían á las rejas de la capilla, dirigíanse á la santa imagen llamándola con los nombres más familiares y más patéticos del lenguaje. Los que por la aglomeración de la gente no podían acercarse, hablaban con la Virgen desde lejos agitando sus brazos. Allí no había sacristanes que prohibieran los modales descompuestos y los gritos irreverentes, porque éstos y aquéllos eran hijos del desbordamiento de la devoción, semejante á un delirio. Faltaba el silencio solemne de los lugares sagrados: todos estaban allí como en su casa; como si la casa de la Virgen querida, la madre, ama y reina de los zaragozanos, fuese también la casa de sus hijos, siervos y súbditos.
Asombrado de aquel fervor, á quien la familiaridad hacía más interesante, pugné por abrirme paso hasta la reja, y ví la célebre imagen. ¿Quién no la ha visto, quién no la conoce al menos por las innumerables esculturas y estampas que la han reproducido hasta lo infinito de un extremo á otro de la Península? A la izquierda del pequeño altar que se alza en el fondo de la capilla, dentro de un nicho adornado con lujo oriental, estaba entonces, como ahora, la escultura. Gran profusión de velas de cera la alumbran, y las piedras preciosas pegadas á su vestido y corona, despiden deslumbradores reflejos. Brillan el oro y los diamantes en el cerquillo de su rostro, en la ajorca de su pecho, en los anillos de sus manos. Una criatura viva rendiríase sin duda al peso de tan gran tesoro. El vestido sin pliegues, rígido y estirado de arriba abajo como una funda, deja asomar solamente las manos; y el niño Jesús, sostenido en el lado izquierdo, muestra apenas su carita morena entre el brocado y las pedrerías. El rostro de la Virgen, bruñido por el tiempo, es también moreno. Posee una apacible serenidad, emblema de la beatitud eterna. Dirígese al exterior, y su dulce mirada excruta perpetuamente el devoto concurso; brilla en sus pupilas un rayo de las cercanas luces, y aquel artificial fulgor de los ojos remeda la intención y fijeza de la mirada humana. Era difícil, cuando la ví por primera vez, permanecer indiferente en medio de aquella manifestación religiosa, y no añadir una palabra al concierto de lenguas entusiastas que hablaban en distintos tonos con la Señora.
Yo contemplaba la imagen cuando Agustín me apretó el brazo, diciéndome:
—Mírala, allí está.
—¿Quién, la Virgen? Ya la veo.
—No, hombre: Mariquilla. ¿La ves? Allá enfrente, junto á la columna.
Miré y sólo ví mucha gente: al instante nos apartamos de aquel sitio, buscando entre la multitud un paso para transportarnos al otro lado.
—No está con ella el tío Candiola—dijo Agustín muy alegre.—Viene con la criada.
Y diciendo esto, codeaba á un lado y otro para hacerse camino, estropeando pechos y espaldas, pisando pies, chafando sombreros y arrugando vestidos. Yo seguía tras él, causando iguales estragos á derecha é izquierda, y por fin llegamos junto á la hermosa joven, que lo era realmente, según pude reconocerlo en aquel momento por mis propios ojos. La entusiasta pasión de mi buen amigo no me engañó, y Mariquilla valía la pena de ser desatinadamente amada. Llamaban la atención en ella la tez morena y descolorida, los ojos de profundo negror, la nariz correctísima, la boca incomparable y la frente hermosa, aunque pequeña. Había en su rostro, como en su cuerpo delgado y ligero, cierto voluptuoso abandono; cuando bajaba los ojos, creyérase que una dulce y amorosa obscuridad envolvía su figura, confundiéndola con las nuestras. Sonreía con gravedad, y cuando nos acercamos, sus miradas revelaban temor. Todo en ella anunciaba la pasión circunspecta y reservada de las mujeres de cierto carácter, y debía de ser, según me pareció en aquel momento, poco habladora, falta de coquetería y pobre de artificios. Después tuve ocasión de comprobar aquél mi prematuro juicio. Resplandecía en el rostro de Mariquilla una calma platónica y cierta seguridad de sí misma. A diferencia de la mayor parte de las mujeres, y semejante al menor número de las mismas, aquella alma se alteraba difícilmente; pero al verificarse la alteración, la cosa iba de veras. Blandas y sensibles otras como la cera, ante un débil calor sin esfuerzo se funden; pero Mariquilla, de durísimo metal compuesta, necesitaba la llama de un gran fuego para perder la compacta conglomeración de su carácter, y si este momento llegaba, había de ser como el metal derretido que abrasa cuanto toca.
Además de su belleza, me llamó la atención la elegancia y hasta cierto punto el lujo con que vestía, pues acostumbrado á oir exagerar la avaricia del tío Candiola, supuse que tendría reducida á su hija á los últimos extremos de la miseria en lo relativo á traje y tocado. Pero no era así. Según Montoria me dijo después, el tacaño de los tacaños, no sólo permitía á su hija algunos gastos, sino que la obsequiaba de peras á higos con tal cual prenda, que á él le parecía el non plus ultra de las pompas mundanas. Si Candiola era capaz de dejar morir de hambre á parientes cercanos, tenía con su hija condescendencias de bolsillo verdaderamente escandalosas y fenomenales; aunque avaro, era padre: amaba regularmente, quizás mucho, á la infeliz muchacha, hallando por esto en su generosidad el primero, tal vez el único agrado de su árida existencia.
Algo más hay que hablar en lo referente á este punto; pero irá saliendo poco á poco durante el curso de la narración, y ahora me concretaré á decir que mi amigo no había dicho aún diez palabras á su adorada María, cuando un hombre se nos acercó de súbito, y después de mirarnos un instante á los dos con centelleantes ojos, dirigióse á la joven, la tomó por el brazo, y enojadamente le dijo:
—¿Qué haces aquí? Y usted, tía Guedita, ¿por qué la ha traído al Pilar á estas horas? A casa, á casa pronto.
Y empujándolas á ambas, ama y criada, llevólas hacia la puerta y á la calle, desapareciendo los tres de nuestra vista.
Era Candiola. Lo recuerdo bien, y su recuerdo me hace estremecer de espanto. Más adelante sabréis por qué. Desde la breve escena en el templo del Pilar, la imagen de aquel hombre quedó grabada en mi memoria, y no era ciertamente su figura de las que prontamente se olvidan. Viejo, encorvado, con aspecto miserable y enfermizo, de mirar oblicuo y desapacible, flaco de cara y hundido de mejillas, Candiola se hacía antipático desde el primer momento. Su nariz corva y afilada como el pico de un pájaro lagartijero, la barba igualmente picuda, los largos pelos de las cejas blanquinegras, la pupila verdosa, la frente vasta y surcada por una pauta de paralelas arrugas, las orejas cartilaginosas, la amarilla tez, el ronco metal de la voz, el desaliñado vestir, el gesto insultante, toda su persona, desde la punta del cabello, mejor dicho, desde la bolsa de su peluca hasta la suela del zapato, producía repulsión invencible. Se comprendía que no tuviera ningún amigo.
Candiola no tenía barbas: llevaba el rostro, según la moda, completamente rasurado, aunque la navaja no entraba en aquellos campos sino una vez por semana. Si D. Jerónimo hubiera tenido barbas, le compararía por su figura á cierto mercader veneciano que conocí mucho después, viajando por el vastísimo continente de los libros, y en quien hallé ciertos rasgos de fisonomía que me hicieron recordar los de aquél que bruscamente se nos presentó en el templo del Pilar.
—¿Has visto qué miserable y ridículo viejo?—me dijo Agustín cuando nos quedamos solos, mirando á la puerta por donde las tres, personas habían desaparecido.
—No gusta que su hija tenga novios.
—Pero estoy seguro de que no me vió hablando con ella. Tendrá sospechas; pero nada más. Si pasará de la sospecha á la certidumbre, María y yo estaríamos perdidos. ¿Viste qué mirada nos echó? ¡Condenado avaro, alma negra forrada en la piel de Satanás!
—Mal suegro tienes.
—Tan malo—dijo Montoria con tristeza,—que no doy por él dos cuartos con cardenillo. Estoy seguro de que esta noche la pone de vuelta y media, y gracias que no acostumbra á maltratarla de obra.
—Y el Sr Candiola—pregunté,—¿no tendrá gusto en verla casada con el hijo de D. José de Montoria?
—¿Estás loco? Sí... ve á hablarle de eso. Además de que ese miserable avariento guarda á su hija como si fuera un saco de onzas y no parece dispuesto á darla á nadie, tiene un resentimiento antiguo y profundo contra mi buen padre, porque éste libró de sus garras á unos infelices deudores. Te digo que si él llega á descubrir el amor que su hija me tiene, la guardará dentro de un arca de hierro en el sótano donde esconde los pesos duros. Pues no te digo nada si mi padre llega á saberlo... Me tiemblan las carnes sólo de pensarlo. La pesadilla más atroz que puede turbar mi sueño, es aquélla que me representa el instante en que mi señor padre y mi señora madre se enteren de este inmenso amor que tengo por Mariquilla. ¡Un hijo de D. José de Montoria enamorado de la hija del tío Candiola! ¡Qué horrible pensamiento! ¡Un joven que formalmente está destinado á ser obispo... obispo, Gabriel; yo voy á ser obispo, en el sentir de mis padres!
Diciendo esto, Agustín dió un golpe con su cabeza en el sagrado muro en que nos apoyábamos.
—¿Y piensas seguir amando á Mariquilla?
—No me preguntes eso—me respondió con energía.—¿La viste? Pues si la viste, ¿á qué me dices si seguiré amándola? Su padre y los míos antes me quieren ver muerto que casado con ella. ¡Obispo, Gabriel; quieren que yo sea obispo! Compagina tú el ser obispo y el amar á Mariquilla durante toda la vida terrenal y la eterna; compagina tú esto, y ten lástima de mí.
—Dios abre caminos desconocidos,—le dije.
—Es verdad. Yo tengo á veces una confianza sin límites. ¡Quién sabe lo que nos traerá el día de mañana! Dios y la Virgen del Pilar me sacarán adelante.
—¿Eres devoto de esta imagen?
—Sí. Mi madre pone velas á la que tenemos en casa, para que no me hieran en las batallas; yo la miro, y para mis adentros la digo:—¡Señora, que esta ofrenda de velas sirva también para recordaros que no puedo dejar de amar á la Candiola!
Estábamos en la nave á que corresponde el ábside de la capilla del Pilar. Hay allí una abertura en el muro, por donde los devotos, bajando dos ó tres peldaños, se acercan á besar el pilar que sustenta la venerada imagen. Agustín besó el mármol rojo; besélo yo también, y luego salimos de la iglesia para ir á nuestro vivac.
[VIII]
El día siguiente, 22, fué cuando Palafox dijo al parlamentario de Moncey que venía á proponerle la rendición: No sé rendirme: después de muerto hablaremos de eso. Contestó en seguida á la intimación en un largo y elocuente pliego que publicó la Gaceta (pues también en Zaragoza había Gaceta); pero según opinión general, ni aquel documento ni ninguna de las proclamas que aparecían con la firma del Capitán General eran obra de éste, sino de la discreta pluma de su maestro y amigo el Padre Basilio Boggiero, hombre de mucho entendimiento, á quien se veía con frecuencia en los sitios de peligro rodeado de patriotas y jefes militares.
Excusado es decir que los defensores estaban muy envalentonados con la gloriosa acción del 21. Era preciso, para dar desahogo á su ardor, disponer alguna salida. Así se hizo, en efecto; pero ocurrió que todos querían tomar parte en ella al mismo tiempo, y fué preciso sortear los cuerpos. Las salidas, dispuestas con prudencia, eran convenientes, porque los franceses, extendiendo su línea en derredor de la ciudad, se preparaban para un sitio en regla, y habían comenzado las obras de su primera paralela. Además, el recinto de Zaragoza encerraba mucha tropa, lo cual, á los ojos del vulgo, era una ventaja, pero un gran peligro para los inteligentes, no sólo por el estorbo que causaba, sino porque el gran consumo de víveres traería pronto el hambre, ese terrible general que es siempre el vencedor de las plazas bloqueadas. Por esta misma causa del exceso de gente eran oportunas las salidas. Hizo una Renovales el 24 con las tropas del fortín de San José, y cortó un olivar que ocultaba los trabajos del enemigo; por el Arrabal salió el 25 D. Juan O’Neille con los voluntarios de Aragón y de Huesca, y tuvo la suerte de coger desprevenido al enemigo, matándole bastante gente, y el 31 se hizo la más eficaz de todas por dos puntos distintos y con fuerzas considerables.
Durante el día, en los anteriores, habíamos divisado perfectamente las obras de su primera paralela, establecida como á ciento sesenta toesas de la muralla. Trabajaban con mucha actividad, sin descansar de noche, y notamos que se hacían señales en toda la línea con farolitos de colores. De vez en cuando disparábamos nuestros morteros; pero les causábamos muy poco daño. En cambio, si se les antojaba destacar guerrillas para un reconocimiento, eran despachadas por las nuestras en menos que canta un gallo. Llegó la mañana del 31, y á mi batallón le tocó marchar á las órdenes de Renovales, encargado de mortificar al enemigo en su centro, desde Torrero al camino de la Muela, mientras el brigadier Butrón lo hacia por la Bernardona, es decir, por la izquierda francesa, saliendo con bastantes fuerzas de infantería y caballería por las puertas de Sancho y del Portillo.
Para distraer la atención de los franceses, el jefe mandó que un batallón se desplegase en guerrillas por las Tenerías, llamando hacia allí la atención del enemigo, y entre tanto, con algunos cazadores de Olivenza y parte de los de Valencia, avanzamos por el camino de Madrid, derechos á la línea francesa. Desplegadas guerrillas á un lado y otro del camino, cuando los enemigos se percataron de nuestra presencia, ya estábamos encima, veloces como gamos, y arrollábamos la primera tropa de infantería francesa que nos salió al paso. Tras una torre medio destruída se hicieron fuertes algunos, y dispararon con encarnizamiento y buena puntería. Por un instante permanecimos indecisos, pues flanqueábamos la torre unos veinte hombres, mientras los demás seguían por la carretera, persiguiendo á los fugitivos; pero Renovales se lanzó delante y nos llevó, matando á boca de jarro y á bayonetazos á cuantos defendían la casa. En el momento en que pusimos el pie dentro del patiecillo delantero, advertí que mi fila se clareaba: ví caer, exhalando el último gemido, á algunos compañeros; miré á mi derecha, temiendo no encontrar entre los vivos á mi querido amigo; pero Dios le había conservado. Montoria y yo salimos ilesos.
No podíamos emplear mucho tiempo en comunicarnos la satisfacción que experimentábamos al ver que vivíamos, porque Renovales dió orden de seguir adelante en dirección hacia la línea de atrincheramientos que estaban levantando los franceses; pero abandonamos la carretera, y torcimos hacia la derecha con intento de unirnos á los voluntarios de Huesca, que acometían por el camino de la Muela. Se comprende, por lo que llevo referido, que los franceses no esperaban aquella salida, y que, completamente descuidados, sólo tenían allí, además de la escasa fuerza que custodiaba los trabajos, las cuadrillas de ingenieros que abrían las zanjas de la primera paralela. Les embestimos con ímpetu, haciéndoles un fuego horroroso, aprovechando muy bien los minutos antes que llegasen fuerzas temibles; cogíamos prisioneros á los que encontrábamos sin armas; matábamos á los que las tenían; recogíamos los picos y azadas, todo esto con una fuerza sin igual, animándonos con palabras ardientes y exaltados por la idea de que nos estaban viendo desde la ciudad.
En aquel lance todo fué afortunado, porque mientras nosotros destrozábamos tan sin piedad á los trabajadores de la primera paralela, las tropas que por la izquierda habían salido á las órdenes del brigadier Butrón, empeñaban un combate muy feliz contra los destacamentos que tenía el enemigo en la Bernardona. Mientras los voluntarios de Huesca, los granaderos de Palafox y las guardias walonas arrollaban la infantería francesa, aparecieron los escuadrones de caballería de Numancia y Olivenza, cautelosamente salidos por la puerta de Sancho, y que, describiendo una gran vuelta, habían venido á ocupar el camino de Alagón por una parte y el de la Muela por otra, precisamente cuando los franceses retrocedían de la izquierda al centro, en demanda de mayores fuerzas que les auxiliaran. Hallándose en su elemento los briosos caballos, lanzáronse por el arrecife, destruyendo cuanto encontraban al paso, y allí fué el caer y el atropellarse de los desgraciados infantes que huían hacia Torrero. En su dispersión, muchos fueron á caer precisamente entre nuestras bayonetas, y si grande era su ansiedad por huir de los caballos, mayor era nuestro anhelo de recibirlos dignamente á tiros. Unos corrían, arrojándose en las acequias por no poder saltarlas; otros se entregaban á discreción, soltando las armas; algunos se defendían con heroísmo, dejándose matar antes que rendirse, y, por último, no faltaron unos pocos que, encerrándose dentro de un horno de ladrillos cargado de ramas secas y de leña, le pegaron fuego, prefiriendo morir asados á caer prisioneros.
Todo esto que he referido con la mayor concisión posible, pasó en brevísimo tiempo, sólo mientras pudo el cuartel general, harto imprevisor en aquella hora, destacar fuerzas suficientes para contener y castigar nuestra atrevida expedición. Tocaron á generala en Monte Torrero, y vimos que venía contra nosotros fuerte caballería. Pero los de Renovales, lo mismo que los de Butrón, habíamos conseguido nuestro deseo, y no teníamos para qué esperar á los que tan tarde llegaban á la función: sin vacilar nos retiramos, dándoles desde lejos los buenos días con las frases más pintorescas y más agudas de nuestro repertorio. Tuvimos aún tiempo de inutilizar algunas piezas de las dispuestas para su colocación al día siguiente; recogimos una multitud de herramientas de zapa, y destruímos á toda prisa lo que pudimos en las obras de la paralela, sin dejar de la mano las docenas de prisioneros á quienes habíamos echado el guante.
Juan Pirli, uno de nuestros compañeros en el batallón, traía al volver á Zaragoza un morrión de ingeniero, que se puso para sorprender al público, y además una sartén, en la cual aún había restos de almuerzo, comenzado en el campamento frente á Zaragoza y terminado en el otro mundo.
Habíamos tenido en nuestro batallón nueve muertos y ocho heridos. Cuando Agustín se reunió á mí, cerca de la puerta del Carmen, noté que tenía una mano ensangrentada.
—¿Te han herido?—le dije, examinándole.—No es más que una rozadura.
—Una rozadura es—me contestó;—pero no de bala, ni de lanza, ni de sable, sino de dientes, porque cuando le echó la zarpa al francés que alzó el azadón para descalabrarme, el condenado me clavó los dientes en esta mano como un perro de presa.
Cuando entrábamos en la ciudad, unos por la puerta del Carmen, otros por el Portillo, todas las piezas de los reductos y fuertes del Mediodía hicieron fuego contra las columnas que venían en nuestra persecución. Las dos salidas combinadas habían hecho bastante daño á los franceses. Sobre que perdieron mucha gente, se les inutilizó una parte, aunque no grande, de los trabajos de su primera paralela, y nos apoderamos de un número considerable de herramientas. Además de esto, los oficiales de ingenieros que llevó Butrón en aquella osada aventura, habían tenido tiempo de examinar las obras de los sitiadores, y explorarlas y medirlas para dar cuenta de ellas al Capitán General.
La muralla estaba invadida por la gente. Habíase oído desde dentro de la ciudad el tiroteo de las guerrillas, y hombres, mujeres, ancianos y niños, todos acudieron á ver qué nueva acción gloriosa era aquélla entablada fuera de la plaza. Fuimos recibidos con exclamaciones de gozo, y desde San José hasta más allá de Trinitarios, la larga fila de hombres y mujeres mirando hacia el campo, encaramados sobre la muralla y batiendo palmas á nuestra llegada, ó saludándonos con sus pañuelos, presentaban un golpe de vista magnífico. Después tronó el cañón; los reductos hicieron fuego á la vez sobre el llano que acabábamos de abandonar, y aquel estruendo formidable parecía una salva triunfal, según se mezclaban con él los cantos, los vítores, las exclamaciones de alegría. En las cercanas casas, ventanas y balcones estaban llenos de mujeres, y la curiosidad, el interés de algunas era tal, que se las veía acercarse en tropel á los fuertes y á los cañones, para regocijar sus varoniles almas y templar sus acerados nervios con el ruido, á ningún otro comparable, de la artillería. En el fortín del Portillo fué preciso mandar salir á la muchedumbre. En Santa Engracia, la concurrencia daba á aquel sitio el aspecto de un teatro, de una fiesta pública. Cesó al fin el fuego de cañón, que no tenía más objeto que proteger nuestra retirada, y sólo la Aljafería siguió disparando de tarde en tarde contra las obras del enemigo.
En recompensa de la acción de aquel día, se nos concedió en el siguiente llevar una cinta encarnada en el pecho, á guisa de condecoración; y haciendo justicia á lo arriesgado de aquella salida, el Padre Boggiero nos dijo, entre otras cosas, por boca del General: «Ayer sellásteis el último día del año con una acción digna de vosotros... Sonó el clarín, y á un tiempo mismo los filos de vuestras espadas arrojaban al suelo las altaneras cabezas, humilladas al valor y al patriotismo. ¡Numancia! ¡Olivenza! ¡Ya he visto que vuestros ligeros caballos sabrán conservar el honor de este ejército y el entusiasmo de estos sagrados muros!... ¡Ceñid esas espadas ensangrentadas, que son el vínculo de vuestra felicidad y el apoyo de la patria!...»
[IX]
Desde aquel día, tan memorable en el segundo sitio como el de las Eras en el primero, empezó el gran trabajo, el gran frenesí, la exaltación ardiente en que vivieron por espacio de mes y medio sitiadores y sitiados. Las salidas verificadas en los primeros dos días de Enero no fueron de gran importancia. Los franceses, concluída la primera paralela, avanzaron en zig-zag para abrir la segunda, y con tanta actividad trabajaron en ella, que bien pronto vimos amenazadas nuestras dos mejores posiciones del Mediodía, San José y el reducto del Pilar, por imponentes baterías de sitio, cada una con diez y seis cañones. Excusado es decir que no cesábamos en mortificarles, ya enviándoles un incesante fuego, ya sorprendiéndoles con audaces escaramuzas; pero así y todo, Junot, que por aquellos días sustituyó á Moncey, llevaba adelante los trabajos con mucha diligencia.
Nuestro batallón continuaba en el reducto, obra levantada en la cabecera del puente de la Huerva y á la parte de fuera. El radio de sus fuegos abrazaba una extensión considerable, cruzándose con los de San José. Las baterías de los Mártires, del Jardín Botánico y de la torre del Pino, más internadas en el recinto de la ciudad, tenían menos importancia que aquellas dos sólidas posiciones avanzadas, y le servían de auxiliares. Nos acompañaban en la guarnición muchos voluntarios aragoneses, algunos soldados del resguardo, y varios paisanos armados de los que espontáneamente se adherían al cuerpo más de su gusto. Ocho cañones tenía el reducto. Era su jefe D. Domingo Larripa; mandaba la artillería D. Francisco Betbezé, y hacía de jefe de ingenieros el gran Simonó, oficial de este distinguido cuerpo, hombre de tal condición, que se le puede citar como modelo de buenos militares, así en el valor como en la pericia.
Era el reducto una obra, aunque de circunstancias, bastante fuerte, y no carecía de ningún requisito material para ser bien defendida. Sobre la puerta de entrada, al extremo del puente, habían puesto sus constructores una tabla con la siguiente inscripción: Reducto inconquistable de Nuestra Señora del Pilar. ¡Zaragozanos: morir por la Virgen del Pilar ó vencer!
Allí dentro no teníamos alojamiento, y aunque la estación no era muy cruda, lo pasábamos bastante mal. El suministro de provisiones de boca se hacía por una Junta encargada de la administración militar; pero esta Junta, á pesar de su celo, no podía atendernos de un modo eficaz. Por nuestra fortuna y para honor de aquel magnánimo pueblo, de todas las casas vecinas nos mandaban diariamente lo mejor de sus provisiones, y á menudo éramos visitados por las mismas mujeres caritativas que desde la acción del 31 se habían encargado de cuidar en su propio domicilio á nuestros pobres heridos.
No sé si he hablado de Pirli. Pirli era un muchacho de los arrabales, labrador, como de veinte años y de condición tan festiva, que los lances peligrosos desarrollaban en él una alegría nerviosa y febril. Jamás le ví triste; acometía á los franceses cantando, y cuando las balas silbaban en torno suyo, sacudía manos y pies haciendo grotescos gestos y cabriolas. Llamaba al fuego graneado pedrisco, á las balas de cañón las tortas calientes, á las granadas las señoras, y á la pólvora la harina negra, usando además otros terminachos de que no hago memoria en este momento. Pirli, aunque poco formal, era un cariñoso compañero.
No sé si he hablado del tío Garcés. Era un hombre de cuarenta y cinco años, natural de Garrapinillos, fortísimo, atezado, con semblante curtido y miembros de acero, ágil cual ninguno en los movimientos, é imperturbable como una máquina ante el fuego; poco hablador y bastante desvergonzado cuando hablaba, pero con cierto gracejo en su garrulería. Tenía una pequeña hacienda en los alrededores, y casa muy modesta; mas con sus propias manos había arrasado la casa, y puesto por tierra los perales, para quitar defensas al enemigo. Oí contar de él mil proezas realizadas en el primer sitio; ostentaba bordado en la manga derecha el escudo de premio y distinción de 16 de Agosto. Vestía tan mal que casi iba medio desnudo, no porque careciera de traje, sino por no haber tenido tiempo para ponérselo. El y otros como él, fueron sin duda los que inspiraron la célebre frase de que antes he hecho mención. Sus carnes sólo se vestían de gloria. Dormía sin abrigo y comía menos que un anacoreta, pues con dos pedazos de pan acompañados de un par de mordiscos de cecina, dura como cuero, tenía bastante para un día. Era hombre algo meditabundo, y cuando observaba los trabajos de la segunda paralela, decía mirando á los franceses: Gracias á Dios que se acercan, ¡cuerno!... ¡Cuerno! esta gente le acaba á uno la paciencia.
—¿Qué prisa tiene usted, tío Garcés?—le decíamos.
—¡Recuerno! Tengo que plantar los árboles otra vez antes que pase el invierno—contestaba,—y para el mes que entra quisiera volver á levantar la casita.
En resumen: el tío Garcés, como el reducto, debía llevar un cartel en la frente que dijera: Hombre inconquistable.
Pero ¿quién viene allí, avanzando lentamente por la hondonada de la Huerva, apoyándose en un grueso bastón, y seguido de un perrillo travieso que ladra á todos los transeuntes por pura fanfarronería y sin intención de morderles? Es el Padre Fray Mateo del Busto, lector y calificador de la Orden de Mínimos, capellán del segundo tercio de voluntarios de Zaragoza, insigne varón á quien, á pesar de su ancianidad, se vió durante el primer sitio en todos los puestos de peligro, socorriendo heridos, auxiliando moribundos, llevando municiones á los sanos, y animando á todos con el acento de su dulce palabra.
Al entrar en el reducto, nos mostró una cesta grande y pesada que trabajosamente cargaba, y en la cual traía algunas vituallas algo mejores que las de nuestra ordinaria mesa.
—Estas tortas—dijo sentándose en el suelo y sacando uno por uno los objetos que iba nombrando,—me las han dado en casa de la excelentísima señora Condesa de Bureta, y ésta en casa de D. Pedro Ric. Aquí tenéis también un par de lonjas de jamón, que son de mi Convento y se destinaban al Padre Loshoyos, que está muy enfermito del estómago; pero él, renunciando á este regalo, me lo dió para traéroslo. A ver qué os parece esta botella de vino. ¿Cuánto darían por ella los gabachos que tenemos enfrente?
Todos miramos hacia el campo. El perrillo, saltando denodadamente á la muralla, empezó á ladrar á las líneas francesas.
—También os traigo un par de libras de orejones, que se han conservado en la despensa de nuestra casa. Ibamos á ponerlos en aguardiente; pero primero que nadie sois vosotros, valientes muchachos. Tampoco me he olvidado de tí, querido Pirli—añadió volviéndose al chico de este nombre,—y como estás casi desnudo y sin manta, te he traído un magnífico abrigo. Mira este lío. Pues es un hábito viejo que tenía guardado para darlo á un pobre: ahora te lo regalo para que cubras y abrigues tus carnes. Es vestido impropio de un soldado; pero si el hábito no hace al monje, tampoco el uniforme hace al militar. Póntelo, y estarás muy holgadamente con él.
El fraile dió á nuestro amigo su lío, y éste se puso el hábito entre risas y jácara de una y otra parte; y como conservaba aún, llevándolo constantemente en la cabeza, el alto sombrero de piel que el día 31 había cogido en el campamento enemigo, hacía la figura más extraña que puede imaginarse.
Poco después llegaron algunas mujeres también con cestas de provisiones. La aparición del sexo femenino transformó de súbito el aspecto del reducto. No sé de dónde sacaron la guitarra; lo cierto es que la sacaron de alguna parte: uno de los presentes empezó á rasguear primorosamente los compases de la incomparable, de la divina, de la inmortal jota, y en un momento se armó gran jaleo de baile. Pirli, cuya grotesca figura empezaba en ingeniero francés y acababa en fraile español, era el más exaltado de los bailarines, y no se quedaba atrás su pareja, una muchacha graciosísima, vestida de serrana, y á quien desde el primer momento oí que llamaban Manuela. Representaba veinte ó veintidós años, y era delgada, de tez pálida y fina. La agitación del baile inflamó bien pronto su rostro, y por grados avivaba sus movimientos, insensible al cansancio. Con los ojos medio cerrados, las mejillas enrojecidas, agitando los brazos al compás de la grata cadencia, sacudiendo con graciosa presteza sus faldas, cambiando de lugar con ligerísimo paso, presentándosenos, ora de frente, ora de espaldas, Manuela nos tuvo encantados durante largo rato. Viendo su ardor coreográfico, más se animaban el músico y los demás bailarines, y con el entusiasmo de éstos aumentábase el suyo, hasta que al fin, cortado el aliento y rendida de fatiga, aflojó los brazos, y cayó sentada en tierra sin respiración y casi como la grana.
Pirli se puso junto á ella, y al punto formóse un corrillo, cuyo centro era la cesta de provisiones.
—A ver qué nos traes, Manuelilla—dijo Pirli.—Si no fuera por tí y el Padre Busto, que está presente, nos moriríamos de hambre. Y si no fuera por este poco de baile con que quitamos el mal gusto de las tortas calientes y de las señoras, ¡qué sería de estos pobres soldados!
—Os traigo lo que hay—repuso Manuela sacando las provisiones.—Queda poco, y si esto dura, comeréis ladrillos.
—Comeremos metralla amasada con harina negra—dijo Pirli.—Manuelilla, ¿ya se te ha quitado el miedo á los tiros?
Al decir esto tomó con presteza su fusil, disparándolo al aire. La moza dió un fuerte grito, y sobresaltada huyó de nuestro grupo.
—No es nada, hija—dijo el fraile.—Las mujeres valientes no se asustan del ruido de la pólvora; antes al contrario, deben encontrar en él tanto agrado como en el son de las castañuelas y bandurrias.
—Cuando oigo un tiro—dijo Manuela acercándose llena de miedo,—no me queda gota de sangre en las venas.
En aquel instante, los franceses, que sin duda querían probar la artillería de su segunda paralela, dispararon un cañón, y la bala vino á rebotar contra la muralla del reducto, haciendo saltar en pedazos mil los deleznables ladrillos.
Levantáronse todos á observar el campo enemigo; la serrana lanzó una exclamación de terror, y el tío Garcés púsose á dar gritos desde una tronera contra los franceses, prodigándoles insolentes vocablos, acompañados de mucho cuerno y recuerno. El perrillo, recorriendo la cortina de un extremo á otro, ladraba con exaltada furia.
—Manuela, echemos otra jota al son de esta música, y ¡viva la Virgen del Pilar!—exclamó Pirli saltando como un insensato.
Impulsada por la curiosidad, alzábase Manuela lentamente, alargando el cuello para mirar al campo por encima de la muralla. Luego, al extender los ojos por la llanura, parecía disiparse poco á poco el miedo en su espíritu pusilánime, y al fin la vimos observando la línea enemiga con cierta serenidad y hasta con un poco de complacencia.
—Uno, dos, tres cañones—dijo contando las bocas de fuego que á lo lejos se divisaban.—Vamos, chicos, no tengáis miedo. Eso no es nada para vosotros.
Oyóse hacia San José estrépito de fusilería, y en nuestro reducto sonó el tambor, mandando tomar las armas. Del fuerte cercano había salido una pequeña columna que se tiroteaba de lejos con los trabajadores franceses. Algunos de éstos, corriéndose hacia su izquierda, parecían próximos á ponerse al alcance de nuestros fuegos: corrimos todos á las aspilleras, dispuestos á enviarles un poco de pedrisco, y sin esperar la orden del jefe, algunos dispararon sus fusiles con gran algazara. Huyeron en tanto por el puente y hacia la ciudad todas las mujeres, excepto Manuela. ¿El miedo le impedía moverse? No: su miedo era inmenso; temblaba, dando diente con diente, desfigurado el rostro por repentina amarillez; pero una curiosidad irresistible la retenía en el reducto, y fijaba los atónitos ojos en los tiradores, y en el cañón que en aquel instante iba á ser disparado.
—Manuela—le dijo Agustín.—¿No te vas? ¿No te causa temor esto que estás mirando?
La serrana, con la atención fija en aquel espectáculo, asombrada, trémula, los labios blancos y el pecho palpitante, ni se movía ni hablaba.
—Manuelilla—gritó Pirli, corriendo hacia ella,—toma mi fusil y dispáralo.
Contra lo que esperábamos, Manuelilla no hizo movimiento alguno de terror.
—Tómalo, prenda—añadió Pirli, haciéndole tomar el arma:—pon el dedo aquí, apunta afuera y tira. ¡Viva la segunda artillera Manuela Sancho, y la Virgen del Pilar!
La serrana tomó el arma, y á juzgar por su actitud y el estupor inmenso revelado en su mirar, parecía que ella misma no se daba cuenta de su acción. Pero alzando el arma con mano temblorosa, apuntó hacia el campo, tiró del gatillo é hizo fuego.
Mil gritos y ardientes aplausos acogieron este disparo, y la serrana soltó el fusil. Estaba radiante de satisfacción, y el júbilo encendió de nuevo sus mejillas.
—¿Ves? ya has perdido el miedo—dijo el Mínimo.—Si á estas cosas no hay más que tomarlas el gusto. Lo mismo debieran hacer todas las zaragozanas, y de ese modo la Agustina y Casta Alvarez no serían una gloriosa excepción entre las de su sexo.
—¡Venga otro fusil!—exclamó la serrana,—que quiero tirar otra vez.