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SAN IGNACIO DE LOYOLA

BIBLIOTECA FILOSÓFICA


LOS GRANDES FILÓSOFOS ESPAÑOLES

SAN IGNACIO DE LOYOLA

Biografía.—Bibliografía.—Su doctrina filosófica
expuesta en los «Ejercicios espirituales».—Influencia
de ésta en el mundo.
POR
B E N J A M Í N M A R C O S
(CABALLERO DEL PILAR)
CON UN PRÓLOGO DEL
ILLMO. SR. D. ENRIQUE VÁZQUEZ CAMARASA
Canónigo Magistral de la S. I. C. de Madrid
y Caballero del Pilar
MADRID
1923

IMPRENTA DE CARO RAGGIO: MENDIZÁBAL, 34, MADRID.

DEDICATORIA

A los caballeros de la Congregación de Nuestra Señora del Pilar y de San Francisco de Borja.

VERDADERO RETRATO DE SAN IGNACIO TOMADO DEL ORIGINAL QUE PINTÓ ALONSO SÁNCHEZ COELLO

IHS

ALOCUCIÓN

Si el estado de descomposición que presenta nuestra querida España es grande, por lo que se refiere a los importantes problemas de instrucción, moral e ideas, no lo es menos el que atañe al estado actual de la Filosofía, puesto que parecen aumentarse de día en día los vestigios del materialismo y escepticismo y se arraigan hondamente los sistemas socialista, comunista y sindicalista.

Por eso entendemos que este momento es el más oportuno para dar una sabia y verdadera dirección a nuestra vida social, a nuestra Patria, porque se hace preciso acabar con este período tormentoso en que nos agitamos y nos ahogamos. Urge poblar las inteligencias, fortalecer los corazones y entrar, con paso seguro, en una vida en la que predomine la conciencia y la paz de espíritu[1].

Este es el momento en que podemos conocer la causa de tanta inquietud, de tanto sobresalto; este es el instante en que podemos llegar a descubrir si el amor desordenado a las concepciones sintéticas que, como fuegos fatuos, distraen la atención de los pueblos, son férreos lazos que encadenan el espíritu filosófico de nuestra Patria.

La hora presente es la de saber si la conciencia puede revelarnos su naturaleza racional y eterna, mandándonos, con la imperiosa y santa voz de la verdad, que a la luz de la Ciencia miremos la vida entera, para que cese la anarquía intelectual que hoy nos gangrena y podamos encontrar todo lo que hay de racional en este ser, creado a imagen y semejanza de Dios, principio absoluto de toda verdad y de toda ciencia.

Nosotros, en nuestra pequeñez, deseamos, queremos, anhelamos colaborar eficazmente a esta gran labor, a la que esperamos nos ayudéis con vuestra cooperación moral y material; y de ahí que nos hayamos atrevido a ofreceros esta obra, que, por ser nuestra, quizá no pueda llenar las aspiraciones de los más exigentes, pero que, bien mirada, puede ser algo así como un aliciente y una ayuda eficaz para completar aquélla.

Porque, si uno de los medios más eficaces que han contribuído a la transformación y regeneración de las costumbres, ha sido ese libro de oro titulado EJERCICIOS ESPIRITUALES, de San Ignacio de Loyola, bien puede considerarse también como un gran paso para esta obra social la publicación de nuestro libro, en el que estudiamos esa Obra admirable desde el punto de vista filosófico, y, por ende, venimos en incluír al Santo Fundador de la Compañía de Jesús entre los GRANDES FILÓSOFOS ESPAÑOLES, pues en aquel libro encontramos teorías filosóficas admirables y doctrinas divinizadas.

Por otra parte, San Ignacio quiso cumplir, al pie de la letra, aquello del Redentor: “Salvar todo lo que se ha perdido, rescatar a las ovejas descarriadas, encender al mundo en el fuego del amor de Dios y declarar guerra abierta a Luzbel, que es el error”.

Siendo esto así, bien se advierte cómo nuestra obra responde a un mismo fin, y, por tanto, bajo su égida y la protección vuestra queremos poner nuestro trabajo.

Esto de un lado; de otro, que acaba de celebrarse bien solemnemente el III centenario de la canonización del Santo Fundador; y ya que nuestro deseo fué contribuír, en la medida de nuestras fuerzas, a la mayor esplendidez de esta solemnidad y ensalzar aún más, si es posible, ese nombre bendito, esa figura excelsa de nuestra Sacrosanta Religión y gloria de nuestra Patria, faltándonos los medios materiales para dar a la estampa en tan oportuna época este nuestro estudio, sirva como broche de oro para cerrar con él estas fiestas, de las que tan gratos recuerdos guardan sus devotos y la Nación entera, pues no habrá restado ello interés, ya que la buena doctrina esparcida es siempre buena semilla, para fructificar.

Si, por tanto, aceptáis esta nuestra ofrenda humilde, nuestro único galardón queremos que sea tan sólo la satisfacción de haber sido útiles en algo y la de haber cumplido con un deber de ciudadanos, de católicos y de hombres de conciencia, cooperando, con nuestros esfuerzos, al engrandecimiento de nuestra Patria, al bien de nuestro prójimo, a la mayor gloria de Dios y la de su Santa Iglesia, nuestra Madre amantísima.

Recibid, pues, esta ofrenda del último y más indigno de vuestro hermano en Congregación.

BENJAMIN MARCOS.
(Caballero del Pilar.)

Madrid, 12 de octubre de 1922, día de Nuestra Patrona, la Virgen del Pilar.

P R Ó L O G O

Si yo estuviera hecho a las lides periodísticas o supiese luchar con la pluma tajante y con la tizona punzante, a buen seguro que podría salir airoso de esta empresa o aventura, en la que me ha querido meter el erudito autor de este libro, mi amigo el señor Marcos, figura prestigiosa del periodismo español, luchador infatigable y avezado a los estudios filosóficos, según lo viene demostrando en los dos primeros volúmenes publicados en esta Biblioteca, obra que merece los aplausos de los estudiosos y la gratitud de los buenos españoles.

Pero no me ha sido dado este privilegio de escribir, y tan sólo la oratoria sagrada ha invadido mi ser y mi alma toda, dedicándome por entero a ella y deseando plegue a Dios que, con mi modesta, pero incesante labor evangélica, consiga conquistar muchas almas para la eterna bienaventuranza.

Por eso temo que estas breves líneas con que el señor Marcos, congregante fervoroso del Pilar, quiere que encabece su meritísimo trabajo, no responda a lo que de mí espera, puesto que nemo dat quod non habet, y yo no tengo lo que de mí quiere y desea.

Autor y lector me habrán de perdonar estas consideraciones que voy a hacer respecto a la obra de mi ilustre hermano en Congregación.

* * *

Siéntese desde que se empieza a leer este libro algo así como una efusión espiritual, como una fruición interna, pues comienza presentándonos un cuadro real y exacto del estado social moderno, bien que basado en palabras de la más alta autoridad de la Iglesia, de nuestro Santísimo Padre el actual Pontífice, cuya primera carta encíclica, Arcano Dei, con la que ha inaugurado su pontificado, es como una intensa luz que derrama raudales de irisaciones sobre toda la faz de la tierra con su sabia y santísima palabra, reverbero de la luz increada, destello del Perínclito Espíritu, eco de la voz del Eterno.

Pero, no contento con esto, el señor Marcos va caminando poco a poco por la senda de los razonamientos y nos jumenta las facetas distintas o estados diversos del hombre espiritual, y aun material, ya sea su anhelo compenetrarse con la soberana Belleza y la infinita Santidad, ya sea su deseo tan sólo mirar a las cosas de la tierra entendiendo que ex nihilo nihil fit, y, por tanto, el hombre, que es sólo polvo, ceniza—memento homo quia pulvis est et in pulverem reverteris—, en eso quedará convertido in aeternum, puesto que, según los materialistas, el cuerpo humano en ninguna de sus partes tiene señales del posarse del alma, espiritual, inmaterial, incorpórea.

* * *

Esto en cuanto a la introducción que el autor hace de su obra.

Pasando a la primera y segunda parte, o sea a la biografía y a la bibliografía, sólo habremos de decir cuan bien se advierte la erudición que atesora el señor Marcos, pues los libros que cita, los testimonios que aduce, las opiniones que aporta al tratar de la inspiración de los Ejercicios Espirituales, de San Ignacio, obra es de un concienzudo y meditado estudio y de un tenaz rebuscamiento, buceamiento de datos, textos y autores, que acusan un amor vehemente al estudio y estar acostumbrado ya a esta busqueda.

El libro de San Ignacio, el que inmortalizó su nombre y fué como la piedra angular de esa Ínclita Orden que se llama Compañía de Jesús, no cabe duda—como prueba el autor—que es verdaderamente universal, semilla que, diseminada por todo el orbe católico, y aun infiel, ha dado tan ópimos frutos, que ha estrellado de santos el cielo y ha llenado de sabios el mundo, pudiéndose aplicar a esta Compañía y al libro inmortal lo que decía el gran Tertuliano de los cristianos: Somos de ayer y ya lo llenamos todo: templos, calles, plazas, etc.

De ahí que hayan tenido para el fundador y para su gran obra (la Compañía y los Ejercicios) frases inspiradísimas y encomiásticas los papas, los sabios, los hombres de ciencia, aun heterodoxos, y no hay que decir los católicos.

Y, como libro inspirado por Dios, ha logrado el máximo de perfección, ya en su letra, ya en su espíritu, pues de tal manera, leyéndolo, se va infiltrando en el alma el sentimiento del amor a Dios, la virtud santa, el deseo de bien obrar, el temor de perder al Bien Sumo, el ardimiento por adorar a Jesús en el augusto Sacramento, la devoción bella y tierna de Nuestra Madre la Virgen María, que, como escalones, van formándose en el espíritu por los que el alma cristiana va acercándose cada vez más a la Única y Suma Verdad y a la Incomparable Belleza.

Libro mágico, a cuyo conjuro, los más empedernidos pecadores, los más enfangados en el vicio, los más descreídos, han caído de rodillas, llorando sus culpas, detestando sus extravíos, confesando su error; y así comenzando y después siguiendo por el verdadero arrepentimiento, por la penitencia austera, por el firme propósito, han llegado al amor, a la virtud, al deseo del sacrificio y hasta a la íntima unión con el Sumo Bien, con la Divinidad increada y de todo creadora.

* * *

Ahora bien; el señor Marcos ha hecho un verdadero alarde de erudición en su parte tercera, en la que estudia, desde el punto de vista filosófico, el libro inmortal del Ermitaño de Manresa—como llama a San Ignacio—, pues, basándose en sanas teorías de autores cristianos, y aun profanos, deduce conclusiones verdaderamente sorprendentes, admirables y lógicas.

Claro es que por ellas él afirma que puede catalogarse desde hoy a San Ignacio entre los GRANDES FILÓSOFOS ESPAÑOLES, teoría que no nos atrevemos a compartir en absoluto.

San Ignacio fué un inspirado, un iluminado, como Teresa, como Francisco de Asis, etc., etc.; pero no sabemos si, fuera de esa inspiración, hubiera podido escribir, como lo hizo en aquel entonces, carente de cultura básica y fundamental, pues posible fuera que ni siquiera hubiera sabido razonar filosóficamente las verdades eternas, y menos las metafísicas. Esto, claro es, en el terreno especulativo.

Ahora bien; existe un hecho, y es que el libro está ahí henchido de doctrina filosófica, en sus razonamientos, en la forma de sentar las premisas y sacar las conclusiones verdaderas, en el estudio psicológico del humano corazón, en la metafísica de su doctrina y hasta en la Teodicea de sus inspiradas meditaciones.

Y, siendo esto así, en el terreno práctico, no se le puede negar al señor Marcos el derecho a formular esta aseveración, que prueba suficientemente, y hasta consideramos de justicia, el que se le dé al Santo Fundador el calificativo de gran filósofo por este su libro, que es como el río de oro que va surcando las conciencias todas y todos los corazones, en los que florecen al contacto de la frescura de esas aguas, purísimas y virginales, las virtudes más hermosas de obediencia, castidad y pobreza, trinidad augusta que forman el triángulo del alma santificada y aureolada por ellas; espejo donde puede verse a Dios tal cual es, para temerle, para amarle y hasta para enamorarle y con Él compenetrarse íntima y eternamente.

No hemos, pues, de discutir al autor de este libro el mérito de su trabajo ni de su ingenioso descubrimiento, y más de admirar es el que un seglar haya parado mientes en esta faceta, en este aspecto, nuevos por completo, y haya salido tan airoso de su empresa.

Claro es que el señor Marcos tiene otros hábitos y otras virtudes que le permiten hacer este alarde.

Por último; si miramos, no ya a la parte técnica del libro, llamémosla así, a la que se refiere a la Filosofía, sino al estilo literario, quedaremos perplejos, sin saber cuál de las dos cosas habremos de admirar más en este trabajo, si el fondo o la forma. Yo no sé decirlo, como no sé aquilatar lo bastante el mérito de este trabajo, pues que los encuentro iguales en belleza, en intensidad, en emotividad, en galanura.

Quede esto para los eruditos, para los hombres de ciencia, pues yo no he podido hacer otra cosa que poner mi granito de arena en este colosal edificio que se intenta construír, y quiera Dios que le veamos terminado, pues esta Biblioteca sería una perla más, colocada en la corona inmarcesible de la ciencia filosófica española.

Madrid, 10-3-23.

INTRODUCCIÓN

Promesa cumplida.—Nuestros propósitos. La gran campaña social.—Estado social y filosófico de nuestro siglo.—Influencia benéfica de la Filosofía.—Los «Ejercicios», de San Ignacio, encierran la verdadera filosofía.

Sin duda habrás pensado, lector amigo, que la Biblioteca Filosófica de los Grandes Filósofos Españoles, iniciada en 1914 con el primer tomo dedicado a Francisco de Valles (el Divino), había quedado en promesa, quizá por falta de energías o por falta de decisión en los autores.

No ha sido así, y porque te debo una explicación de esta tardanza de nueve años en reanudar la publicación de los tomos sucesivos al primero, de esta Biblioteca, he de dártela cumplida.

Aparte de las dificultades económicas que se han presentado a mi paso en estos años, impidiéndome dar a la estampa y a la publicidad éste y los sucesivos volúmenes, la guerra europea vino a conturbarnos más aún, pues tal situación se creó a las industrias del papel y del libro, que no permitían otros dispendios y otras atenciones que las más perentorias y las más apremiantes.

Y una desgracia mayor vino a entorpecer mi propósito. Fué ésta la muerte prematura de mi querido e inolvidable amigo y colaborador D. Eusebio Ortega, que, víctima de ese terrible azote que tantas vidas siega en flor, sucumbió cuando le sonreía un porvenir brillante, ganado por su trabajo, por su talento, por su actividad y por sus simpatías.

Alma hermosa, corazón bueno, pasó por este mundo haciendo sólo bien.

Dios Nuestro Señor habrá acogido su alma en el seno de la gloria, pues, al decir de San Agustín: tuvo una muerte tan santa como había sido su vida: sicut vita finis ita.

Creo, pues, un deber no sólo de compañerismo, sino de conciencia, rendirle, con esta ocasión, un tributo de admiración y de cariño.

Colaboró con gran talento, y dispuesto estaba a continuar esta obra; mas el hombre propone y Dios dispone, por lo cual habremos de repetir con el poeta:

Dios lo ha querido así,
Bendito sea[2].

Esta pérdida, para mí casi irreparable, ha hecho que mi trabajo fuese más lento, más intenso, y que mi labor se dilatara más, ya que, sin colaboración de nadie, he tenido necesidad de invertir doble tiempo, en la preparación de este tomo, al que empleamos en el anterior.

También, merced a esta pérdida tan por mí llorada, notarás, quizá, algunas deficiencias que sabrás perdonar, así como la tardanza en salir a la luz pública, amén de otras causas de índole puramente económica con que he tropezado.

Subsanadas hoy, gracias a Dios, y esperando obtener el éxito que obtuvo el primer tomo[3], me encomiendo a tu juicio severo, pero imparcial y justo.

*
* *

Si, por un espíritu de sutileza o por un deseo de notoriedad, alguien se hubiera atrevido a entrar en las regiones de la ciencia filosófica para estudiar la obra escrita por el cenobita de Manresa, titulada Ejercicios Espirituales, de San Ignacio de Loyola, seguramente se le hubiera tachado, no ya de temerario, sino de iluso o de fantástico.

Y, sin embargo, he aquí nuestro propósito en esta obra.

Fieles cumplidores de la misión que nos hemos impuesto, al comenzar nuestra Biblioteca filosófica, y en el deseo de estudiar a LOS GRANDES FILÓSOFOS ESPAÑOLES, entendemos como un deber moral estudiar a San Ignacio de Loyola COMO FILÓSOFO.

Bien sabemos que se nos objetará diciendo que nada tiene el libro de los Ejercicios como sistema filosófico o como escuela; mas nosotros entendemos que la filosofía es “todo aquello que concierne a Dios, al mundo y al hombre”, pues así la definen algunos autores, y, por tanto, la obra de Ignacio cabe, según más tarde hemos de probar, no sin analizarla, dentro de la Filosofía.

Gran temeridad supone por nuestra parte tal empresa, por la que quizá alguien nos califique de atrevidos; mas entendemos que si la Filosofía, en la época presente, se ciñera, con exclusividad, a explicar los fenómenos intelectuales y morales, valiéndose para ello de un principio exclusivo, fácil sería concretar quiénes son los verdaderos filósofos; mas la experiencia nos demuestra que la Filosofía se extiende a más vastos horizontes y enseña de continuo que se debe mirar con desconfianza el espíritu sistemático, puesto que tan sólo deja ver en los hechos la parte que se relaciona con la doctrina de ellos recibida.

El materialismo que arrastra, en los modernos tiempos, a sus secuaces a la escuela sensualista, de un lado[4], y de otro los que consideran al hombre como si fuese un espíritu puro, han hecho que cuantos al estudio de la Filosofía se dedican procuren huír de los opuestos principios, ya que bien conocido es el axioma: in medio consistit virtus.

Por otra parte, esta falta de convicciones, este vaivén de inteligencias que caracteriza a la generación moderna, esta babel de teorías y de métodos, hace que cuantos amamos la Ciencia, la Religión y la Patria nos aunemos para emprender una cruzada que venza esa ola de materialismo que, al decir de un gran pontífice, todo lo ha invadido[5], teniendo por único fin la gloria de Dios y la grandeza de España, fin que se propusieron siempre nuestros padres contra Mahoma cuando sostuvieron una lucha cruenta durante siete centurias; fin que tuvieron nuestros navegantes, nuestros descubridores, nuestros misioneros; fin que llevaron a cabo siempre los españoles nobles cuyos nombres nadie borrará del libro inmortal de la Historia, escritos con tinta sacada del Corazón abierto de Jesús[6].

*
* *

Esta gran campaña social y religiosa es menester llevarla a cabo para entronizar a Dios en España y en el Mundo todo, pues desde que la sociedad ha expulsado a Dios de su seno[7] parece que todo se ha trastrocado, olvidándose los principios de la verdad.

Y España, que es la predilecta, la Nación mimada de Dios, la santificada por la presencia en carne mortal, de su Madre Santísima, la Virgen del Pilar, ha de ser la primera en acudir a este campo y dar la batalla decidida al enemigo común[8].

Cierto que esta gran campaña social se inició en 1921 y tuvo en sus comienzos una vibración estruendosa y una radiante perspectiva para nuestra Patria; mas, a pesar del hermoso y admirable plan trazado y de la entusiasta y fervorosa acogida que tuvo por el pueblo madrileño, y podríamos decir que español, abortó apenas nacida. El rosicler que apareció en nuestro cenit, llegó rápidamente al nadir.

¿A qué obedeció tal fenómeno?

¡Ah! Es que cuando un pueblo tiene por gobernantes hombres que ni prevén las catástrofes, ni pechan con responsabilidades; cuando tiene por gobernados a quienes ni cuidan de echar a esos hombres, ni castigarles, cual merece su dejación, su torpeza, su ignorancia o su debilidad, y aguanta paciente el derrumbamiento de nuestro poderío colonial y hasta marroquí, nada de extraño habrá verle también impávido ante esta otra maniobra política, indigna de hombres, no ya de políticos, que impide por todos los medios llevar a cabo esta magnífica empresa que traía consigo la reforma de las costumbres sociales y morales, vigorizando el corazón, iluminando la mente y obligando a ejercitar la voluntad decidida del pueblo español.

No se realizó, pues, esa campaña, con los augurios que de ella se hizo, con las esperanzas que en ella se habían cifrado; pero, ¿se dejará, por esto, de llevarla a cabo, aunque sea lenta, indirecta, pero enérgica, insistentemente?

Queremos ser nosotros los promotores de ella y deseamos sea, con este nuestro libro, el primer paso a realizarla, esperando ser secundados por cuantos sientan en su pecho amor a España y en su espíritu cariño a la Religión Cristiana[9].

Y ningún arma puede esgrimirse mejor que la Ciencia aunada a la doctrina de Dios, pues que se transforma en el divino verbo, y, así como las tinieblas desaparecen con la luz, así el error desaparecerá con la verdadera ciencia[10].

Y ¿dónde hay más ciencia filosófica, ni más divinidad de palabra que en los Ejercicios de San Ignacio?

Ese libro, sólo comparable, después de la Biblia, con el Kempis y con el Quijote, por su universalidad y por su difusión, fué lo bastante para matar el luteranismo y el protestantismo[11].

¿Por qué, pues, no estudiarle hoy, no ya como causa de esa milagrosa transformación en la vida espiritual y material del hombre, y aun de las sociedades, sino como campo de investigaciones filosóficas, como base para fundamentar un sistema, como principio de creación de una escuela en el sentido filosófico?

*
* *

Muchas veces habremos sentido en el fondo de nuestro ser la dolorosa agonía de este hombre interno que vive como emparedado entre nosotros, porque el aire que necesita son las ideas, la sangre que debe animarle son las convicciones razonadas; y las ideas y las convicciones en los modernos tiempos—ha dicho un ilustre pensador—no dejan de ser sino exquisitos manjares, reservados para pocos, y por los que suspira la hambrienta inteligencia de nuestro pueblo.

Pues en el libro de Ignacio se nos pone bien claramente de manifiesto la síntesis de toda esta doctrina, porque él nos muestra ese hombre que llevamos dentro de nosotros mismos, y nos proporciona ideas nuevas, sanas y saludables; convicciones firmes y arraigadas; pensamientos honrados y altos y, con todo esto, sacia esta hambre y esta sed a todo el que se acerca a su mesa.

Claro es que, como toda obra grande, los Ejercicios, de San Ignacio, han dado lugar a grandes controversias y desorientaciones[12]; mas también han producido en muchas inteligencias y en no pocos corazones efectos bien saludables.

*
* *

Movidos por esto habremos de presentar el cuadro de dudas, temores e inquietudes que asaltan a la generación contemporánea cuando intenta levantarse a la pura región de las ideas, y que son causa de ese desasosiego, de esa contradicción en que vive Europa, y que hace que presenciemos ese rápido y sangriento panorama de revoluciones y guerras que han venido a confundir y trastrocar imperios, repúblicas y monarquías.

Quizá nunca como en este siglo de vanidad y sutileza, de vacuidad y erotismo, encontremos tendencias más opuestas, doctrinas más subversivas y heterogéneas. Y es que el siglo XX, nacido en un cráter de revolución y alimentado por una guerra, la más grande que registra la Historia en sus anales, ha visto caer imperios de anchas fronteras que sucumbieron al empuje de la Europa entera (¡que tanto fué menester para vencerlos!) y escuchado atrevidas negaciones que han declarado desierto el Cielo, por no decir desaparecido, huérfana o desolada la tierra, levantando altares al Dios Exito y a la Diosa Fortuna.

Pero dejemos hablar sobre estos particulares a quien tiene la suprema autoridad, a quien lo ve todo desde lo alto del Vaticano; cedamos la palabra a quien mejor puede hacer uso de ella, por ser la más exacta y la más fiel de la realidad; dejemos que hable, en fin, nuestro Santísimo Padre Pío XI, pues él nos describirá la situación de Europa tal cual es, con el verismo, con la realidad, con la amarga realidad que tanto apena a su magnánimo corazón y su paternal sentimiento.

“Los hombres—nos dice en su primera encíclica[13]—, las clases sociales y los pueblos no han encontrado la verdadera paz después de tan tremenda guerra.

“Parecen escritas para nuestros días las inspiradas palabras de los grandes profetas: Esperábamos la paz y no había bien; tiempos de curación, y he ahí el temor y la turbación; esperábamos la luz, y he ahí las tinieblas; esperábamos juicio, y no le hay; la salud, y se ha alejado de nosotros.

“Las repetidas tentativas de estadistas y políticos para curar los males de la sociedad, agitada y enferma, no han servido para nada.

“Otro mal mucho más deplorable es la misma trabazón social amenazada y sacudida por hombres y partidos subversivos, principalmente por la lucha de clases, que ya ha llegado a ser la enfermedad más inveterada y mortal de la sociedad, que acecha todas las fuerzas vitales: trabajo, industria, arte, comercio, agricultura, todo, en fin, lo que contribuye al bienestar público y privado. De ahí las revoluciones y motines, las reacciones y represiones, el manifestarse con amenazas y públicos movimientos y aun con cubiertas rebeliones y otros desórdenes.

“Y, como si esto fuera poco, aumenta en el santuario de la familia la corrupción y la licencia de las costumbres; el pudor de las mujeres y de las niñas conculcado en licencia del vestido, de la conversación, del lúbrico solaz de bailes inverecundos; con manifiesto insulto a la miseria de los otros, haciéndose cada vez más provocadoras la ostentación y la impudicia de aquellos que las repentinas ganancias hicieron ricos, pero no mejores.

“Los hombres ya no son hermanos entre sí, como dicta la ley cristiana, sino enemigos y extraños; se ha perdido el sentido de la dignidad nacional y del valor de la persona humana, con el solo fin de gozar más y mejor los bienes de esta vida, olvidando los bienes espirituales y eternos; y para arrancarse esos bienes perecederos chocan rudamente y se destrozan individuos y pueblos.”

¿No es ésta la verdadera visión de la realidad?

La voz del Pontífice ha resonado por todos los ámbitos del mundo y ojalá haga enmudecer a los hombres y a los pueblos.

Y en medio de esta turbación general y de este espanto, de esta confusión científica y de este círculo vicioso, se levanta la ciencia filosófica, la verdad eterna, la voz de un hombre que habla a sus hermanos como podría hacerlo el Redentor a sus hijos, Ignacio de Loyola, y nos revela los derechos y deberes del hombre para con Dios, para con sus prójimos, para consigo mismo.

Esto, claro es, sobrecoge a la humanidad y quizá la detenga en su marcha vertiginosa de vicio y de crápula, abriendo ancha senda por donde camine la civilización y el progreso, recogiendo, además, a cuantos caminan por la vida sin rumbo, sin brújula, sin ideales, sin creencias, sin ciencia ni fe, sin religión y sin Dios, sin timón, en fin, donde aferrarse, porque son juguete del embate de las olas de las pasiones, de los vicios, de una ciencia falsa, de una religión acomodaticia.

Ignacio consigue romper estos diques y valladares, y sacará de las tinieblas a los que estaban cegados por falsas leyes, por principios falaces, por instituciones ficticias, y conseguirá también evitar el que unos, reclinados quizá en el seno del escepticismo, busquen el remedio a sus males morales con el suicidio de la inteligencia; otros, invoquen a la materia y miren con un amor profano a la tierra a la que han de volver, juzgando que su destino limítase a que el cuerpo viva y crezca; éstos, que amordazan la razón y la conciencia; aquéllos, mascullando verdades racionales y destinos que el hombre ha de cumplir en su terrenal existencia, haciendo ver a todos cómo buscando la vida del amor divino y del temor a Dios se encuentra un gran lenitivo al angustioso vivir que les atormenta.

Siguiendo a San Ignacio, cada cuál podrá declarar muy alto y muy orgulloso cuál es el ideal de su vida, cuál la ley moral que acata y con la que relaciona su existencia. Ya no habrá aquello de buscar, como en la mayoría de las gentes se observa hoy en día, en prácticas externas la satisfacción de las necesidades morales y religiosas, o creer indigno de su alteza personal rendir acatamiento a verdades supremas y creerse ligados con deberes externos tan sólo a los demás hombres; ni bastará, tampoco, creer llenar su vida con verdades de sentido y de experiencia, juzgando visión todo lo que se refiere al orden nacional, ni juzgar como ley suprema de la vida acomodar sus actos a las exigencias sociales, sino que hay que hacer el bien por el bien mismo, hacerse comprender de todos por su caridad, por su sumisión, por su amor y por su abnegación.

De ahí que al estudiar esta portentosa vitalidad del espíritu de Ignacio y al leer las páginas de sus Ejercicios nos sintamos animados, alentados, vigorosos y potentes para prestar auxilio a los náufragos de ese inmenso Océano de la ciencia enciclopédica moderna y a animar a los pocos que, con serena frente y ánimo resuelto, se lanzan al fondo de su conciencia y buscan un punto de partida para perseverar, apoyados en él, hasta poseer la verdad primera que sea verbo redentor en el mundo de la inteligencia.

*
* *

Cuando consideramos, pues, las diferentes luchas a que se ve condenado el hombre en el curso de su vida, hasta llegar a conseguir la verdad, ninguna nos parece más grande ni más angustiosa que la que libra para vivificar su corazón y para ver con la luz clara el ideal esplendente en que debe desenvolver su existencia.

Por esto, quizá, no sea tanto de extrañar este espíritu general de tolerancia y benevolencia que reina en el examen y definición de las doctrinas, pues bien se ve cumplida la sentencia de aquel poeta inglés, Byron: La ciencia es el dolor; y remedándola, podríamos decir: “La verdad religiosa es el continuo sacrificio del hombre”, pues que para profesar esta doctrina se ha tenido que atravesar un purgatorio, en el que, a veces, muere no sólo la inteligencia, sino también la propia voluntad; y al través de esa predicación se comprende que aquellas palabras son fruto nacido entre tormentas intelectuales, y, por eso, hemos de acatar con respeto al hombre cuando vemos que abarca la sana doctrina tras lucha titánica y prolongada con el error.

Y si descendemos al fondo de nosotros mismos e interrogamos a nuestro espíritu sobre esta confusión, veremos que nos dice que no es otra la causa que la falta de verdad en la Filosofía moderna[14].

He ahí por qué creemos casi imposible una existencia social donde falte la concepción de las verdades eternas, y es imposible que se ande sobre la base sólida en religión cuando se desdeña el culto de la Filosofía.

La Historia nos pone, además, de manifiesto, cómo todos los grandes beneficios que la humanidad ha alcanzado han tenido su origen y han provenido de las verdades filosóficas proclamadas por esta raza divina que comienza en Sócrates y continúa perpetuándose, como gloriosa dinastía, produciendo los hombres más venerandos de la humanidad.

Y esta verdad la vemos corroborada por la simple reflexión de las verdades contenidas en el estudio de la Filosofía, y que son las que más tarde surgen y se levantan como diosas en los distintos templos; y según sea el carácter o sello que la Filosofía imprima en su frente, así será el culto que se las tribute y la veneración en que se las tenga.

El derecho, la humanidad y la naturaleza son ideas y seres que la Filosofía define y revela. De aquí nace, sin duda, que las generaciones modernas busquen siempre en el estudio de la Filosofía la clave de los problemas todos, que, como poderosas esfinges, se presentan ante su vista y a su atención, sin que puedan conocerse de otro modo que por lo esencial, lo eterno, lo necesario, lo racional: por eso la ciencia moderna se consagra con tanto entusiasmo al estudio de la razón o al órgano de las verdades absolutas, por cuyo medio es posible la ciencia, pues sólo la razón, con la fe, puede darnos el conocimiento de Dios, principio y fundamento de todo ser y de todo conocimiento; y por eso, también, la ciencia filosófica y los psicólogos son considerados hoy como forjadores de sueños, y la metafísica, algo así como esa evocación de las vulgares supersticiones.

No ocurre esto con el libro de San Ignacio, tan combatido por el incoherente Castelar, pues que en él forja, no sueños de la vida, sino la realidad de la vida misma; y con esa lógica, con esa metafísica, con esa psicología plasmantes, a través de las cuales presenta al hombre tal y como es, con sus flaquezas, con sus debilidades morales, con sus macas y con sus espirituales laceraciones, nos hace ver cómo en él se encierra todo un cuerpo de doctrina filosófica y toda una escuela.

*
* *

Muchas veces la Ciencia sólo nos cautiva en su parte de aplicación, y las más de las veces cuidamos poco de los principios que la determinan; pero inquirimos con solicitud sus aplicaciones a la vida social, y, llevados por esta necesidad de obrar que nos atormenta, preferimos siempre la solución concreta a las largas y laboriosas indagaciones sobre la naturaleza; preferimos siempre la revelación a la demostración; corremos fácilmente tras las brillantes creaciones de la fantasía, y siempre nos encuentra recelosos y suspicaces al raciocinio[15].

Pero el libro de San Ignacio nos enseña la verdad; pues presenta siempre ante nuestros ojos, no sólo al Dios del Diluvio y de Sodoma, sino que también nos ofrece al Dios de la Bondad y de la Misericordia; pone en los labios las terribles maldiciones de los profetas, pero lleva al corazón las promesas gloriosas del Nuevo Testamento y de la Redención de la Humanidad.

La doctrina, pues, que encierra ese admirable libro de San Ignacio es bella, admirable y sublime.

“En pocas partes—dice Menéndez y Pelayo[16]—puede aprenderse tan bien como en el libro de los Ejercicios, de San Ignacio, la diferencia entre el bueno y el mal espíritu; el verdadero y el engañoso; como que el conocimiento que allí se da no es tanto especulativo como práctico, y más que para saber, para obrar.”

Y no es de extrañar; porque, elevado al seno de la Divinidad, fuente de todas las perfecciones, y hablando Dios por él, ¡qué torrentes admirables de verdad, de belleza y de sublimidad no se deslizan de su pluma!

Bien quisiéramos llegar a la entraña de estas doctrinas filosóficas, encerradas en ese libro de oro; mas quizá nuestras fuerzas no alcancen a tanto, porque las obras de Dios sólo Dios puede explicarlas.

Las rayos del sol—dice un ilustre teólogo—, al atravesar un prisma, o ciertos cuerpos, suelen descomponerse y tomar los colores de éstos.

Plegue al cielo que, antes de profanar la santa doctrina que ahí se encierra, enmudezca nuestra lengua y se pare nuestra pluma.

Humildes, como somos, tenemos, sin embargo, el deseo legítimo de permanecer incólumes ante tanta desorientación científica, y anhelamos llevar los rayos de nuestra pequeña inteligencia por doquiera, pues colocada sobre el celemín, de que habla el Evangelio, podrá irradiar, no por la propia fuerza, ni por el impulso propio, que no los tiene, sino por la fuerza y el impulso que la preste la verdad que defiende, la ciencia que la alimenta, la razón que la apoya y la fe que la vivifica.

En esto, fiados, emprendemos nuestra obra y esperamos salir airosos de ella, pues, como dice el castellano adagio: “¡Dios sobre todo!”

Madrid, 19-III-XXII.

CASA SOLAR DE LOYOLA.

DONDE NACIÓ SAN IGNACIO

B I O G R A F Í A

PARTE PRIMERA
BIOGRAFÍA
DE LOS
«EJERCICIOS ESPIRITUALES»
DE
SAN IGNACIO DE LOYOLA

VISIÓN DE LA COMPAÑIA POR SAN IGNACIO

(CUADRO DEL SR. CERVERA, CABALLERO DEL PILAR, QUE ADORNA EL SALÓN DEL CIRCULO, EN MADRID)

PREÁMBULO

Características o particularidades del libro de los «Ejercicios espirituales» de San Ignacio.—Argumento.—Nexo del libro.—Opiniones autorizadas acerca de la bondad del libro.—La Iglesia y los últimos Papas.—Fuentes internas y externas en que se inspiró San Ignacio para hacer este libro.

En esta sección del libro, y siguiendo la norma que nos trazamos desde el primer tomo, daríamos una ligera biografía de nuestro escritor-filósofo; mas como sería alardear de dotes que no tenemos y de recursos bibliófilos de que carecemos, el hacer una biografía aportando datos y noticias nuevas acerca de su vida, siendo esto más reprochable, cuando San Ignacio ha tenido tantos y tan grandes varones sabios que le han dado todo el relieve a su figura insigne y universalmente conocida, al escribir con su pluma esas obras tan bellas y admirables como las del Padre Ribadeneira, Padre Mir, etc., renunciamos a hacerlo.

Por otra parte, como ni nada nuevo podíamos añadir, ni podíamos escribir mejor que ellos, hemos creído lo más acertado no dar esta reseña biográfica, remitiendo al lector a aquellos varios autores de los que damos, en su lugar, extensa reseña, lo más exacta que nos ha sido posible.

Así, pues, nos ocupamos de la biografía del libro inmortal Ejercicios Espirituales, base de todo nuestro trabajo, y en la que hemos recogido datos bien interesantes y que no serán conocidos, pues, si están publicados en el Monumenta, como su lenguaje es el latino, no habrá llegado a muchos, aun devotos y amantes de saber estas cosas.

De ahí también que hayamos querido completar esta sección, y creemos que será del agrado del lector, de por sí siempre, y naturalmente, curioso.

BIOGRAFÍA DE LOS “EJERCICIOS”

En dos partes, pues, hemos dividido esta sección: en la primera analizamos las características o particularidades del libro de los Ejercicios; en la segunda damos a conocer los biógrafos y comentaristas de este libro del Santo Fundador y Filósofo.

De esta manera se completará la biografía que nos proponemos hacer y que queremos sea lo más perfecta posible.

PARTE PRIMERA

En todo libro bien escrito han de encontrarse tres partes; a saber: introducción o argumentación, nexo o cuerpo de doctrina y apéndices o ampliaciones en el desarrollo de las teorías que se exponen para su mejor esclarecimiento.

En el libro de San Ignacio se ven claramente estas divisiones, cuales son: prefacio, cuerpo y apéndices.

En el prefacio se hace una cumplida explicación de cómo deben hacerse los Ejercicios y da reglas, por las que han de guiarse director y ejercitando para sacar mayor provecho espiritual de ellos.

En el cuerpo están las meditaciones todas, que se hallan subdivididas en cuatro semanas; y en los apéndices se exponen los tres modos de orar; los misterios de la vida de Cristo[17]; las reglas para distribuír mejor las limosnas, para conocer y desechar los escrúpulos, para distinguir si nos guía el espíritu bueno o el malo, y, en fin, para sentir y obrar conforme desea la Santa Madre Iglesia.

Bien se advierte que esta doctrina no fué inventada por San Ignacio, sino que es tan antigua como la Iglesia Católica, y bien lo da a entender el sabio jesuíta P. Suárez, cuando dice que todos los autores cristianos han sostenido, defendido y aceptado estos sistemas y estos principios[18].

El P. Alfonso Rodríguez, S. J., tomó no pocos pasajes de los Ejercicios[19] e igual hizo el P. Luis de Palma en sus obras, Camino espiritual, de la manera que lo enseña el bienaventurado Padre San Ignacio y Tractatus de examine conscientiæ secundum doctrinam S. P. N. Ignatii[20].

Otros autores modernos han tratado también del examen de conciencia, entre los que encontramos al P. H. Watrigant, que escribió una obra titulada La meditation fondamente evant Saint-Ignace[21], y otra, que llamó De examine conscientiæ juxta Æclesia Patres Sanctum Thomam et fratres vitæ communis.

En ambas aduce testimonios de infinitos autores, que trataron, como fundamento capital, de la doctrina católica, el examen de conciencia.

Y no sólo en lo que hace a este punto, sino en otras materias de que tratan los Ejercicios, nos encontramos con igual doctrina, expuesta por muchos Santos Padres, especialmente San Atanasio, San Basilio, San Juan Crisóstomo, San Gregorio Nacianceno, San Ambrosio, San Jerónimo, San Agustín y San Gregorio el Magno, y así lo dice el P. Pedro Vogt, S. J., cuando trata de los Ejercicios, en sus obras Die Grundwahrheiten del Exercitien des heiligen Ignatius ausführlich dargeleg in Aussprüchen der heiligen Kirchenvater[22] y Die Exercitien de heiligien Ignatius ausführlich dargelegt in Ausprüchen der heiligen Kirchenvater[23].

Claro es que San Ignacio no podía inventar ni el fin del hombre ni otros dogmas de la fe, pues todo esto es común a cuantos caminan con la luz de la razón y con la revelación que Dios da a los hombres.

Lo que hizo San Ignacio fué seleccionar, escoger, adoptar estas doctrinas y acoplarlas para dar unidad, cohesión y viabilidad a la forma en que habían de hacerse los ejercicios, bajo un plan fijo, con reglas concretas, con normas seguras, a fin de poder obtener los frutos espirituales para los ejercitantes, según él lo ideaba.

En esto estriba el mérito intrínseco de este libro.

DEL NEXO DE LOS “EJERCICIOS”

Para que mejor se conozca, no sólo la unidad que el autor quiso dar a la obra, si que también la unidad de tiempo[24] en ella invertido, apuntaremos algo que pueda ser interesante al lector.

Ya hemos dicho que el pensamiento de San Ignacio fué—según el Padre Suárez[25]—abarcar todas aquellas cosas, todos aquellos conceptos, todas aquellas reglas que pudieran contribuír o conducir a la instrucción espiritual de los hombres en lo exterior y a la eterna salvación del alma en lo interior; porque no ignoraba que para alcanzar una vida espiritual se requieren dos cosas principales, a saber: la corrección de las costumbres y la unión con Dios.

Para conseguir la primera se hace preciso purgar los pecados pasados, con una frecuente confesión, y curando así poco a poco la conciencia.

Para lo segundo es menester la meditación frecuente, la oración y el ejercicio de las virtudes.

Y con estos dos elementos se puede llegar a una elección de vida recta y se instruye perfectamente el hombre en los ejercicios.

San Ignacio establece, además, los dos exámenes de conciencia, el general y el particular para mejor llegar a la perfección de vida y que deben hacerse no sólo durante los ejercicios para adquirir el hábito, sino también después, para quitar los defectos que se noten o adquirir las virtudes que se necesitan, haciendo ver cómo el examen de conciencia es siempre el mejor medio para cuidar bien del alma.

Después, para explicar cómo han de unirse las cuatro semanas, por medio de las correlativas meditaciones, pone como principio de nuestra perfección y salud espiritual la Vida de Cristo, la que hemos de procurar imitar, estableciendo grados, y, después, ir considerando los misterios sacratísimos y su vida, ya común o privada, ya pública y perfectísima, procurando imitar sus excelsas virtudes, por medio de la constante meditación y el ejercicio de aquéllas, en orden a las tres clases de humildad, y, por tanto, de los tres grados de virtud que hay en el hombre, pudiendo, de este modo, llegar a la elección o reforma de la vida.

Esto es lo que quiso exponer el autor en su gran libro de los Ejercicios y éste es su nexo, su cuerpo, su entraña.

OPINIONES AUTORIZADAS ACERCA DE LA BONDAD DEL LIBRO

Bien quisiéramos aportar aquí cuantas opiniones han expuesto los hombres que más han brillado por su sabiduría, virtud y santidad, acerca del juicio que les mereciera este libro de oro; mas como esta tarea la creemos superior a nuestras fuerzas, procuraremos acercarnos, lo más posible, a esta aspiración, y presentaremos aquellas que hemos encontrado más a mano. Y aunque algunos crean que bastaría aducir el testimonio de aquel Sumo Pontífice, Paulo III, que fué quien aprobó este libro, nuestra opinión no coincide con ellos, y de ahí nuestro propósito, porque queremos revestirle de la máxima autoridad, y para demostrar, además, su grandeza y su universalidad.

Comenzaremos por aducir las opiniones de los que, viviendo apartados de la Religión Católica, sin embargo, le han prodigado elogios.

El celebérrimo Tomás Macaulay[26], después de poner de manifiesto cómo este libro había sido recomendado muy eficazmente y con gran encarecimiento a todos los fieles y religiosos por el Romano Pontífice y por el Prepósito general de la Compañía de Jesús, dice que no puede menos de reconocer que los elogios que estas dos ilustres autoridades eclesiásticas le han prodigado son justos y se ve impelido a unirse a ellos. “Se ha de saber—añade—que el propio Juan Knax, príncipe de los herejes en Escocia, es de la misma opinión que el Pontífice, sin duda por estar vendido”.

Cierto pastor de la Iglesia Anglicana, llamado Orby Shipley, hizo una edición de los Ejercicios, para uso de los anglicanos[27], y en el prefacio de este libro dice que encierra un método especial y tiene una virtud y fuerza de convicción que parece mentira que por la simple razón se llegue a tan profundos conocimientos[28].

Pedro Laffite, de la escuela positivista francesa, no se ha recatado en decir lo siguiente: “Estos exercicios constituyen como un aviso y como una obra de sagacidad política y moral del individuo y que mediante un trabajo personal, solitario y prolongado se llega a ver realizado el milagro de un admirable equilibrio moral”[29].

El insigne pedagogo alemán Carlos Holl decía que no solo no perjudicaban a la propia persona y a la naturaleza humana las meditaciones de los Ejercicios, sino que más bien exaltan, elevan, sublimizan el ingenio peculiar de cada uno de los ejercitantes[30].

Estas son las opiniones de varones sabios que encontramos entre los no afectos a la ortodoxia católica.

Entre nuestros grandes escritores católicos también hay juicios que nos harán comprender las excelencias de este libro.

El gran Ludovico Blossio, abad de Lieja y honra de la Sagrada Orden de San Benito, maestro de las almas, dice que primero hizo él los ejercicios en Lovaina[31] y después dirigió otros, para los jóvenes novicios de la Orden, y, ponderando los grandes frutos espirituales que vió habían sacado todos, exclama en una carta que dirigió al P. Adrián, S. J.: “Ojalá que estos ejercicios los hubiera hecho hace veinte años, porque llegaría a la vejez con más fortaleza de ánimo. Alabemos, sin embargo, a la benignidad de Dios, que, por vos, nos ha enseñado el camino de la razón y de la verdadera vida”[32].

Y en otra ocasión dice también que esta obra “es toda oro potable, llena de jugo de sabiduría y tesoro tan precioso, que se debían dar muchas gracias a Dios por haberla descubierto en estos últimos tiempos, para gloria suya y bien universal del mundo”.

No menos entusiasmado se muestra el prior de los Cartujos de Colonia, Gerardo Haunnontano, quien dice en una carta, dirigida al P. Pedro Fabro, compañero de San Ignacio en la fundación de la Compañía, lo siguiente: “Dejad que los hombres de buena voluntad hagan estos ejercicios y veréis cómo en pocos días adquieren el conocimiento perfecto de sí mismos y de sus pecados, llorándolos amargamente y obteniendo una conversión verdadera, con ánimos para vivir en la virtud; conquistando la gracia suficiente para adquirir el verdadero amor a Dios y llegar a la consecución de una cierta estrecha amistad y aun familiaridad con Dios, por medio de una virtud acrisolada”[33].

Es de advertir que esto lo escribía sin haber practicado aun los ejercicios y sólo por conocer la obra de San Ignacio.

Poco después los hizo[34], pero no hemos encontrado documento alguno que nos revele su opinión.

El gran maestro del espíritu P. Juan de Avila llamaba a los ejercicios Escuela de celestial sabiduría.

El P. Luis de Estrada, español y general de los cistercienses, dice: “Y si tratamos de los santos exercicios, que, para provecho universal de todo cristiano, compuso y adornó el varón de Dios (Ignacio), ¿no es cosa maravillosa? Sí, por cierto. En las otras iglesias... sólo a sus feligreses procuran de informar en la vida espiritual...; pero si miramos a la santa Compañía y la fuerza con que extiende las raíces el granito de mostaza, hallaremos que son padres de novicios de todo cristiano, que vienen a sus casas. Tan de propósito ponen en razón el ánimo del oficial, y del caballero, y del eclesiástico, y del casado, procurando encerrarlos en noviciaría...”

Y más adelante, dice: “Los efectos grandes que esta medicina de los santos ejercicios ha hecho y hace en personas de diversos estados, no se pueden encarecer, ni los creerán los que no han visto, como yo, muchas ánimas recuperadas a la vida espiritual”[35].

Otra lumbrera de aquellos tiempos fué el gran San Francisco de Sales, quien se hacía lenguas de los beneficios espirituales que reportaba la práctica de los ejercicios y atribuía a ellos cuanto de bueno sentía en sí mismo[36].

De los demás autores de los tiempos modernos escogeremos uno muy valioso, el de Francisco de Hettinger, profesor de Teología en la Universidad de Würzburg (Baviera), el cual se dedicó muy especialmente a estudiar y analizar el libro de San Ignacio[37] y al que llama admirable por parecer siempre nuevo; dotado de gran unidad, revela una constancia y un cúmulo de enseñanzas, pues contiene todas aquellas que son más a propósito para hacer desaparecer los pecados, y limpiar el alma de ellos, conducirla a un grado de perfección, que pone en condiciones de ser predestinada para gozar de Dios[38].

Cuánto renombre ha alcanzado este libro lo dice aquella frase conocidísima: “Ha convertido más almas a Dios que letras tiene”[39].

*
* *

Nos parece obligado, ya que estamos en plan de aportar testimonios, aducir la opinión del propio San Ignacio, pues así como el arquitecto es el que mejor conoce las bellezas y las utilidades de la obra que ha construído, así él podrá darnos su opinión acerca de su libro.

Y no temamos que nos hable con énfasis y vanidad, porque quien está henchido de humildad y conoce su insignificancia, ha de hablarnos como cuando conversaba con Dios, con la verdad, lisa y llana.

Y la opinión de San Ignacio la encontramos en una carta que en Noviembre de 1536 dirigió al presbítero Manuel Miova, en la que, exhortándole a practicar los ejercicios, le dice textualmente: “Y porque es razón responder a tanto amor y voluntad como siempre me habéis tenido, y como yo oy en esta vida no sepa en qué alguna centella os pueda satisfacer, que poneros por un mes en exercicios espirituales... y aun offrecistes de lo hacer, por servicio de Dios N. S. os pido, si lo aueis probado y gustado, me lo escriuais y si no, por su amor y acerbissima muerte que pasó por nosotros os pido os pongais en ellos; y si os arrepintieredes dello, demás de la pena que me quisieredes dar, a la qual yo me pongo, tenedme por burlador de las personas espirituales, a quien deuo todo”.

Y, poco después, añade:

“Dos y tres y otras quantas vezes puedo, os pido por servicio de Dios N. S. lo que hasta aquí os tengo dicho, porque a la postre no nos diga su Divina Majestad por qué no os pido con todas mis fuerzas, siendo todo lo mejor que yo en esta vida puedo pensar, sentir y entender assi para el hombre poderse aprovechar así mesmo como para poder fructificar, ayudar y aprovechar a otros muchos”[40].

De donde, claramente, se deduce de sus últimas palabras la fe que tiene en que su obra es provechosa, en el camino de la vida espiritual, a todos los hombres.

Mas si estas opiniones no fueran lo bastante para convencer, de la excelencia de este libro, aun a los más despreocupados, aportaremos lo que entendemos culmina en un elogio, que es la autoridad de la Iglesia, cuya opinión está expuesta en los documentos pontificios, en el Derecho Canónico y en las pastorales de todos los prelados.

Aducidas en otro lugar las aprobaciones de todos los Papas desde la sanción de los Ejercicios, hemos tan sólo de fijarnos en los elogios que los han prodigado los últimos Pontífices.

El inmortal León XIII, en una carta dirigida al Clero de Carpintero decía: “Mucho he procurado hacer por el bien de mi país natal; pero de todo lo que he hecho, lo más saludable y lo que más me llena el alma de consuelo, es el haber facilitado al Clero la práctica de los Ejercicios Espirituales.

“Yo mismo, en otros tiempos, yendo en busca de un alimento sólido, para mi alma, recorrí gran número de libros, sin que ninguno llenara mis deseos. Por fin, hallando entre mis manos el libro de los Ejercicios Espirituales, de San Ignacio, no pude menos de exclamar al conocerlo: He aquí el alimento que deseaba para mi alma; y desde entonces no me he separado de aquel libro. La meditación del fin del hombre bastaría para renovar todo el orden social”[41].

El Papa Pío X, en una carta que dirigió al P. Carlos Criquilión, el 8 de diciembre de 1904, decía:

“Exercitiorum spiritualium consuetudinem qualem praesertim caelesti, prorsus consilia Sanctus Ignatius, legifer, Pater vester induxit, semper nos magni fecimus, utpote in qua ad emendandos mores et christianos refovendos spiritus mirifica quaedan insit efficacitas. Nunc autem eum in hoc apostolatus fastigio collocati sumus, eo clarius apparet nobis quantum adjumenti affere possit consuetudo ejusmodi ad propositum, quod habemus, instaurandi omnia in Christo”[42].

Y el propio Pío X incluyó en el Derecho Canónico[43], como ley, las letras de la Sagrada Congregación del Concilio, publicadas con autoridad del Papa Clemente XII[44], en las que se dispensa a los eclesiásticos, obligados a residencia y coro, de ambas cosas y hacen suyos los frutos de los Ejercicios.

He aquí el texto de esta disposición ya canónica: “Parochos insuper per idem tempus semel tantum in anno exercitiis hujusmodi vacantes a residentia absolvit; quod ipsum servari vult quad canónicos, beneficiatos aliosque personali residencia obstrictos et chori servicio mancipatos, quos nihilhominus lucrari decernit integros fructus et quotidianas morum respective canonicatuum et beneficiorum distributiones quascumque, aliaque emolumento, per inde ac si choro divinisque oficiis personaliter interessent; dummodo tamen eadem exercitia peragant, obtenta prius ab ordinario licencia a quo nullatenus concedenda erit Adventus et Quadragesima temporibus, ac in solemnioribus festivitatibus, nec unquam omnibus simul canonicis aliisque choro insirvientibus; sed ea adhibita circunspectione, ut chori servitium nequaquam inttermitatus; et quoad parochos, idoneis prius subragatis œcónomis ab ipsomet ordinario approbandis, qui interim animarum cura recte administrent”.

Por último, aduciremos el testimonio del actual Pontífice, que siendo prefecto de la Biblioteca Vaticana publicó la gran obra titulada “San Carlos Borromeo nel terzo centenario de la canonizzazione”, de la que hizo una traducción al francés el P. Watrigant, S. J.[45], y en ella dice el cardenal Ratti lo siguiente: “Bien puede decirse que San Carlos debió su conversión a la práctica de los Ejercicios Espirituales, y todos sus biógrafos están conformes en atestiguar que el Santo tenía la piadosa costumbre de practicar los Ejercicios, no una, sino dos veces al año, y estos ejercicios los hacía siguiendo fielmente el método de San Ignacio, sin que se pueda dudar de esto, ya que le dirigió en ellos el P. Ribera, de la Compañía de Jesús”[46].

Más adelante extracta de las cartas inéditas de San Carlos al cardenal Paleotti lo siguiente:

“Por lo que respecta a los ejercicios espirituales que hacen los ordenandos antes de recibir las Ordenes Sagradas, el tiempo determinado por el visitador apostólico y nuestro Concilio provincial era de un mes, aproximadamente; pero, en la práctica, era de unos quince días... Después, en cuanto a la forma, se intentó imitar a los padres jesuítas y tomar algunas de sus reglas, las cuales todavía tienen una cierta forma del Padre Ignacio, impresa en aquel librito que a Vuestra Señoría Ilustrísima debe ser conocidísimo. Pero de ello, seguramente, tendrá pleno conocimiento”[47].

Más adelante añade: “También, después de su conversión, San Carlos se complacía en tomar por guía en sus ejercicios espirituales a los hijos de aquel que había sido el providencial inventor”[48].

Y transcritas las cartas inéditas del mismo San Carlos, el cardenal Pallotti extracta lo siguiente: “El prudentísimo Carlos se había hecho un maestro no sólo en practicar los ejercicios, sino en darlos, y se le agregó al directorio formado para esto. De tal directorio es el ilustrísimo Ratti el primero en dar la noticia, y para formar este directorio se valió San Carlos de aquellas notas que Ignacio tomó de muchos libros y las puso en el suyo, las cuales no cabe duda que tienen gran mérito para este directorio”.

A este propósito dice el cardenal Ratti:

“Nuestro San Carlos dirigió la mano y la vista de aquel primer directorio ignaciano, y, recogiendo los dispersos elementos y coordinándolos e iluminándolos a veces con títulos y didascalias, llegó a componer un cuerpo solo. Coincidiendo con el título que la misma mano de San Carlos escribiera a la cabeza del Código, hallamos recogidos todos, y solamente aquellos signos, aquellas reglas y notas que se refieren al oficio y la labor del director, y omite todos los demás. Los diversos textos están tomados y transcritos textualmente del volumen”: Exercitia spiritualia a R. admodum in Christo Patre Nostro M. Ignatio de Loyola, Societatis Jesu, institutore. et. primo, generali, praeposito auctore. Vianae Austriae in aedibus Caesareicollegii dictae Societatis. Ano Domini 1563[49].

Habla después el cardenal Ratti de otro manuscrito encontrado, del cual hace un nuevo argumento sobre el juicio anterior, diciendo:

“De ahí el amor y el estudio que él (San Carlos) había hecho de los ejercicios de San Ignacio, y el método a que se sometía su aplicación. Por lo demás, era bien natural, por no decir felizmente inevitable, que tal ocurriese. Un libro como los Ejercicios, de San Ignacio, que casi de repente se afirmó e impuso como el más sabio y universal código de gobierno espiritual de las almas, surgiendo inagotablemente de la piedad más profunda, a la vez que más sólida, que era estímulo irresistible y guía segurísima para las conversiones y para la más alta espiritualidad y percepciones; un libro así no podía dejarse de colocarse en primera fila entre los predilectos de nuestro Santo, en el cual revelaba el genio característico, sus más nobles aspiraciones, y, en una palabra, todo un espíritu”[50].

Y, para dar término a tan valiosos testimonios, habremos de aportar como broche de oro, el Breve, publicado por el ya Pontífice Pío XI (antes cardenal Ratti), en el que declara a San Ignacio de Loyola patrono de los Ejercicios Espirituales, fuente y perfección, y que tantas almas han ganado a Cristo de los que de Él vivían alejados y a otros les ha hecho subir a las cumbres de la Santidad:

“El principal cuidado de los Sumos Pontífices fué siempre recomendar, con las mayores alabanzas, y promover con vigorosas excitaciones, todo aquello que, en gran manera, ayudase y condujese a la piedad y a la perfección cristiana.

“Ahora bien; entre los diversos auxilios de este género, reclaman lugar principalísimo los Ejercicios Espirituales, que introdujo en la Iglesia San Ignacio, llevado por cierto divino instinto.

“Porque, aunque, gracias a la benignidad de Dios misericordioso, nunca faltaron quienes, penetrando profundamente en las cosas celestiales, las propusiesen convenientemente a la consideración de los fieles de Cristo; sin embargo, San Ignacio fué el primero que, en el librito compuesto por él, cuando todavía estaba desprovisto de letras, y al cual llamó él mismo Ejercicios Espirituales, comenzó a enseñar cierto método y manera especial de practicar los retiros espirituales, por medio del cual método fuesen maravillosamente ayudados los fieles a detestar sus pecados y disponer santamente su vida, con el ejemplo de Cristo Nuestro Señor.

“Y, gracias a la eficacia de este método ignaciano, se ha conseguido que la suma utilidad de estos ejercicios, según afirmó nuestro predecesor, de preclara memoria, León XIII, esté ya comprobada por la experiencia de tres siglos..., y por el testimonio de todos los varones que más han florecido durante ese tiempo en la enseñanza de la ascética o en santidad de costumbres[50a].

“Y, además de tantos varones tan ilustres en santidad, aun de la misma familia ignaciana, que han declarado abiertamente haber sacado toda su virtud de esta como fuente de los Ejercicios, plácenos recordar, por lo que toca al clero secular, a aquellos dos luminares de la Iglesia, San Francisco de Sales y San Carlos Borromeo. El primero, para prepararse a la consagración episcopal, se entregó diligentemente a los ejercicios ignacianos, y en ellos fué donde se impuso de aquel método de vida que siempre guardó después, conforme a los principios acerca de la reforma de vida, escritos por San Ignacio en su libro.

“Por lo que hace a San Carlos Borromeo, cierto es, como afirmó Nuestro Predecesor, de feliz memoria, Pío X[51] y Nos mismo demostramos antes de Nuestro Sumo Pontificado, publicando documentos históricos, que habiendo esperimentado en sí mismo la eficacia de estos Ejercicios, por los cuales había sido impulsado a vida más perfecta, divulgó el uso de ellos entre el clero y el pueblo. Y, entre los santos varones y mujeres de Ordenes religiosas, basta con citar, por ejemplo, a aquella maestra de altísima contemplación, Santa Teresa de Jesús, y al hijo del Seráfico Patriarca, San Leonardo de Puerto Mauricio, el cual estimaba en tanto el librito de San Ignacio, que confesó haberlo seguido siempre al ganar almas para Dios.

“Habiendo, pues, los Romanos Pontífices aprobado solemnemente, desde su primera edición, este libro, aunque de poco tomo, realmente “admirable”[52] y colmándole de alabanzas y robusteciéndole con autoridad apostólica, no dejaron, después, de aconsejar su uso derramando sobre él los tesoros de las santas indulgencias y honrándole sucesivamente con nuevas alabanzas.

“Por tanto, estando Nos persuadidos de que los males de nuestros tiempos se derivan, en gran parte, de que ya no hay quien medite dentro de su corazón[53]; y convencidos de que los Ejercicios Espirituales, hechos según las enseñanzas de San Ignacio, son eficacísimos para vencer las terribles dificultades que atormentan hoy a la sociedad humana; y conociendo bien la consoladora cosecha de virtudes que se recoge en los retiros espirituales, así entre las comunidades religiosas y sacerdotes seculares, como entre los seglares y—cosa digna de singular mención, principalmente en nuestro tiempo—aun entre los mismos obreros, deseamos, con la mayor vehemencia, que cada día se difunda más el uso de estos Ejercicios Espirituales y sean cada vez más numerosas y florecientes esas casas de piedad adonde, como para prepararse a la palestra de una perfecta vida cristiana, se retiran los fieles un mes entero, u ocho días, o algunos solamente, no pudiendo otra cosa.

“Esto rogamos a Dios por el amor de Nuestra Santa Iglesia; y accediendo Nos mismo en este año en que se celebra el tercer centenario de la canonización de San Ignacio, y el cuarto de este áureo libro; deseando, pues, dar al Santo Patriarca clara señal de Nuestra gratitud, siguiendo el ejemplo de Nuestros Predecesores, que designaron los Patronos y Tutelares de otros Institutos, oídos en Consejo Nuestros Venerables Hermanos los Cardenales de la Santa Iglesia Romana puestos al frente de la Sagrada Congregación de Ritos, con Nuestra Autoridad Apostólica, declaramos, constituímos y proclamamos a San Ignacio de Loyola Patrono de todos los Ejercicios Espirituales, y, por tanto, de las fundaciones, cofradías y asociaciones de cualquier género consagradas a los que practican los Ejercicios Espirituales.

“Y decretamos que estas Nuestras Letras son y serán siempre firmes, válidas y eficaces, y tengan y produzcan sus plenarios e íntegros efectos, sin que valga ninguna otra cosa en contrario.

“Dado en Roma y en San Pedro el año del Señor 1922, el día 25 del mes de julio, en el año primero de Nuestro Pontificado.

“Pío XI.”

DE LAS FUENTES DE LOS “EJERCICIOS”

No podemos sustraernos a tratar de esta importante cuestión, ya que son muchos los autores que divagan sobre el particular.

De dos clases pueden considerarse las fuentes de donde tomó San Ignacio la doctrina y las materias que incluyó en su libro: las internas y las externas.

En cuanto a las primeras, no cabe dudar que fueron la inspiración de Dios, la unción del Espíritu Santo, al decir del Padre Polanco, de la lectura de la Sagrada Escritura y de una intensa, aunque corta, vida espiritual, según el Papa Paulo III[54].

Por lo que hace a las segundas, recogeremos las opiniones más autorizadas, a fin de no errar en cuestión tan importante.

El P. Yepes afirma lo siguiente: “Comunicóle los Ejercicios que escribió Fray García de Cisneros, y éstos llevó consigo el Padre Ignacio a Manresa; en ellos se ejercitaba los primeros años de su conversión, y éstos enseñaba a los que al principio le comunicaban, y destos se aprovechó en los años de adelante, cuando habiendo oído arte y Teología compuso aquel tan docto y provechoso de los Ejercicios[55].

Y más adelante dice: “Después, cuando ya vino a ser hombre perfecto y consumado, docto en artes y Teología, hombre de grande espíritu, poderoso en obras, palabras y escritos, puso, quitó y añadió muchas cosas en el Ejercitatorio que le habían dado en Monserrate, y acomodóle a su instinto y modo de vivir con que hizo tanto provecho en el mundo, y con sus hijos y discípulos hacen tan extraordinarios efectos”.

El propio Santo dice que en Manresa recibió grandes beneficios de Dios.

“Una vez—añade—yua por su deuoçion a una yglesia, que estaua poco mas de una milla de Manrresa, que creo yo que se llama Sant Pablo, y el camino va junto al río, el cual iba hondo. Y estando allí sentado se le empeçaron a abrir los ojos del entendimiento; y no que viese alguna visión, sino entendiendo y conociendo muchas cosas espirituales, como de cosas de la fe y de letras; y esto con una ilustraçion, que le pareçian todas las cosas nueuas. Y no se puede declarar los particulares que entendió entonces, aunque fueron muchos, sino que reciuió una grande claridad en el entendimiento; de manera que en todo el discurso de su vida, hasta pasados sesenta y dos años, coligiendo todas cuantas ayudas aya tenido de Dios, y todas cuantas cosas a sabido, aunque las ayunte todas en uno, no le pareçe aber alcançado tanto, como de aquella voz sola”[56].

Por lo que hace a la experiencia de la vida espiritual, el P. Palma sacó de los escritos del P. Ribadeneyra lo siguiente: “Quien considere la oración que tenía nuestro Padre en este tiempo, las penitencias que hacía (habla de cuando estaba en Manresa), la mortificación en que se ejercitaba, las tentaciones que había padecido y las victorias que había alcanzado, y las consolaciones e ilustraciones con que Nuestro Señor le visitaba, hallará que todo esto era tanto y en tan alto grado, que no solamente pudo escribir un libro tal como decimos, sino que, habiendo de escribir, no podía ser sino que el libro de este género fuese muy acabado y perfecto”[57].

Y poco más adelante dice:

“Tenía ya experiencia del consuelo interior y del desconsuelo, de la devoción y de la sequedad, de la alegría del espíritu en el ejercicio de la penitencia y mortificación, y de la contradicción y repugnancia de la carne, y, finalmente, había probado los malos espíritus que como vientos turbian el corazón del hombre; y en una borrasca, nacida de los escrúpulos, se había visto en punto de anegarse, y, con la gracia de Dios, había salido bien de todo y había cobrado ánimo y destreza de buen marinero y piloto experimentado para gobernar su navío entre estas olas y tempestades, hasta ponerle en puerto seguro por medio de la fe y confianza y conformidad con la voluntad de Dios.”

Hizo San Ignacio los Ejercicios teniendo a Dios por principal maestro, y así lo confesaba él a Consalvio de Cámara, cuando decía: “En Manresa no tuve a otro maestro que a Dios, pues no tuve otra persona que me enseñara”.

Esto los autores lo llaman con varios nombres:

Nadal: “Beneficio e instinto de Dios”[58]. Polanco: “Doctrina recibida de Dios y ungida por el Espíritu Santo”[59]. Suárez: “Gran auxilio de Dios[60], rayos de luz divina[61] y unción del Espíritu Santo”[62]. Y los jueces de la Rota, Ludovico, Manzanedo y Panfilio: “Conocimiento y luz sobrenatural infusa”[63]. Y, más adelante[64], dicen: “Estos Ejercicios están llenos de piedad y santidad y fueron hechos en aquel tiempo en que el B. Padre carecía de instrucción, por lo cual se ve que más fué conocimiento e inspiración sobrenatural infusa que adquirida por los estudios”.

El P. Debuchy dice: “Sans cette grace la composicion des Exercices reste un mystéree”, y el P. Ludovico Pastor dice que es admirable que un hombre guerrero, que tan sólo aprendió a leer y escribir, haya podido hacer esta obra, en la que presenta con tanta claridad, con tan alta doctrina y con tan gran fuerza, los distintos estados del alma. Añade que el propio San Ignacio y sus primeros alumnos se ve que fueron inspirados por el Espíritu Santo[65].

El P. Ludovico de Palma, aunque dice que no quiso Dios enseñar de súbito a Ignacio, ni le infundió por revelación la doctrina de los Ejercicios, afirma, sin embargo, que tuvo por maestro a Dios, pero fué aprendiendo no súbita, sino paulatinamente,

LA VÍRGEN SANTÍSIMA DICTANDO A SAN IGNACIO LOS «EJERCICIOS»

instruyéndose durante el tiempo que estuvo en Manresa, y procuró salir un gran maestro[66].

DE LA AYUDA QUE LA SANTÍSIMA VIRGEN LE PRESTÓ PARA ESCRIBIR LOS “EJERCICIOS”

Son muchos los autores que afirman que San Ignacio recibió, durante el tiempo que estuvo en Manresa, las visitas de la Virgen, y que le dictaba los Ejercicios.

Sin embargo de esto, en la gran obra Monumenta Ignaciana se dice que esta doctrina se tiene como probable, pero no nos atrevemos a tomarla como segura[67], aunque esta tradición ha venido creyéndose durante cuatro siglos y hasta se han hecho pinturas y esculturas en las que se representa a San Ignacio escribiendo sobre una roca y la Virgen, teniendo sobre sus rodillas al niño Jesús y asido con sus divinas manos por debajo de los sobacos, en actitud de dictar a San Ignacio.

Ningún documento fehaciente que acredite esto dejó San Ignacio, y el único testimonio, que algunos autores atribuyeron a Laynio, no se ha encontrado aún[68].

Únicamente ha llegado hasta nosotros una narración del P. Gonzalo de Cámara, que afirma oyó de labios de San Ignacio, y que racionalmente se ha venido admitiendo, los siguientes extremos:

“Primero. Que Dios enseñaba a San Ignacio como un maestro enseña a su discípulo, porque no tenía quien le enseñase.

“Segundo. Muchas veces y por mucho tiempo, estando en oración, veía con los ojos interiores la humanidad de Xpo.

“Tercero. A Nuestra Señora también a visto en símil forma.

“Cuarto. Estas cosas que a visto le confirmaron entonces (cuando se encontraba en Manresa) y le dieron tanta confirmaçion siempre de fe, que muchas veçes a pensado consigo etc.”[69].

De todo lo cual se deduce como cierto: que San Ignacio escribió los Ejercicios en Manresa, teniendo cierta ilustración sobrenatural; que en Manresa sólo Dios fué su maestro y ningún otro hombre de los mortales (lo cual no significa que San Ignacio nada aprendiera de los hombres, sino que ningún hombre puede atribuírse este nombre de maestro de Ignacio); que muchas veces vió a Jesucristo, y, aunque San Ignacio no dice cuántas veces vió a la Virgen María, si eran más o menos frecuentes sus visitas, pero afirma que vió a ambos; y, así, dice[70]: “Y con sollozos sintiendo seer la Madre y el Hijo intercesores..., viendo y sintiendo los Mediadores...”

El P. Juan Creixell, S. J., asegura, por último, que San Ignacio recibió auxilio directo de Cristo y de la Virgen para escribir los Ejercicios.

Por último, hemos de aducir el testimonio de aquel pasaje que se encuentra en el códice Piedad de los Amigant (fol. 23), en que se dice: “San Inacio dió los exercicios espirituales a la señora Angela de Amigant, luego que se los uvo dictado la Virgen. Es constante que la Virgen Santísima enseñó los exercicios espirituales, que oi dia practica la Compañia de Jesus a San Inacio. Conociendo el Santo el copioso fruto que se coje dellos, los comunicó a la señora Angela de Amigant, como tan discipula de su enseñanza. Assí lo declara el processo de la canonizazion de San Ignacio, folio 377.”

Esto es cuanto se puede alegar en este sentido.

Por lo cual, si San Ignacio nunca reveló esto claramente, pudieron ser muchas las causas que a ello le obligaron, o porque entendiera que todos debían tener como cierta la autoridad de la Santa Iglesia Católica al aprobar los Ejercicios Espirituales, no por estar estos escritos con una ilustración particular, sino por altas y divinas inspiraciones.

DE LAS FUENTES EXTERNAS DE LOS “EJERCICIOS”

Lo primero que se necesita consignar es qué libros leyó San Ignacio en Manresa, esto es, mientras hacía los ejercicios, y cuáles los que leyó en Loyola, o sea antes de hacer los ejercicios, porque si encontraras en ellos pasajes que convengan con los de otros autores, terminaremos por comprender que los había leído.

El propio Santo, contando a Consalvio las cosas por él realizadas, dice, refiriéndose a los libros que leyó en la casa paterna de Loyola: “Le dieron un Vita Christi y un libro de la Vida de los Santos, en Romance.”

Respecto a los que leyó en Manresa, solía decir con frecuencia:

En Manresa hauia uisto primero el Gerçonzito y nunca mas hauia querido leer otro libro de deuocion.

Por último, dice: “Ordinariamente leya a la misa de pasión”.

Hay que tener en cuenta que—según nos dice Menéndez y Pelayo—[71] “en los primeros años del siglo XVI apenas había en España libros de devoción, y éstos no eran de primer orden.

“Faltaban, además, catecismos; faltaba sólida instrucción dogmática en la gran masa del pueblo y hasta en los conventos de monjas: y, si es verdad que circulaban, entre la gente piadosa, libros tan maravillosos y de tan pura doctrina como el Kempis que entonces llamaban Contemptus mundi, la Escala Espiritual de San Juan Clímaco, algunos tratadillos de San Buenaventura, las Epistolas de Santa Catalina de Sena y pocos más...”

Por tanto, las principales fuentes externas del libro de los Ejercicios son: Vita Christi, Kempis o Imitación de Cristo, Flos Sanctorum y la Santa Biblia.

Para que el lector se dé cuenta de la importancia de estas obras, parécenos conveniente apuntar algunos juicios explicativos de ellas.

Vita Christi.

Esta obra es una exposición y comentario de la vida del Salvador, según los evangelistas, interpretados por los más ilustres varones de la Tradición y de la Patrística, poniéndose al final de cada capítulo oraciones muy piadosas que revelan un espíritu abrasado en el divino amor.