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Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (1 de 3)

Nota de transcripción

  • Los errores de imprenta han sido corregidos.
  • La ortografía del original ha sido respetada, normalizándose las variantes a la grafía más frecuente, excepto en el caso de los nombres propios y de los términos indígenas.
  • En los casos dudosos, se ha adoptado la grafía utilizada en 1853 por la edición de E. Vedia en el tomo XXVI de la Biblioteca de Autores Españoles, que utiliza la misma versión del texto pero cuyos errores tipográficos son menores.
  • No obstante lo anterior, se han acentuado las mayúsculas y se ha distinguido entre «mas» y «más», «aun» y «aún», y «que» y «qué», distinción no siempre presente en el original impreso.
  • Para facilitar la lectura, la mayor parte de los puntos y seguido —y algunos de los puntos y coma— se han cambiado a puntos y aparte, con el fin de evitar los párrafos excesivamente largos del original.
  • También se han aislado en párrafo aparte, precediéndolas de una raya de diálogo, la expresiones literales pronunciadas en público.
  • Las páginas en blanco han sido eliminadas.

CONQUISTA DE NUEVA-ESPAÑA

POR

BERNAL DIAZ DEL CASTILLO.


VERDADERA HISTORIA

DE LOS SUCESOS

DE LA CONQUISTA DE LA NUEVA-ESPAÑA,

POR EL CAPITAN BERNAL DIAZ DEL CASTILLO,

UNO DE SUS CONQUISTADORES.

TOMO I.

MADRID.—1862.

Imprenta de Tejado, calle de Silva, número 12.

PRÓLOGO.


Cuatro palabras nada más sobre el autor de este libro, y sobre las calidades de su obra.

En cuanto al autor, nació en Medina del Campo, sin que sepamos la fecha exacta de este suceso ni la menor particularidad de su niñez; bien es verdad que nada tiene de extraño este silencio respecto á un individuo que, nacido sin duda de padres pobres, emprendió la carrera militar en la humilde situacion de soldado. Pasó á América el año de 1514 en compañía de Pedrárias Dávila, á quien el Gobierno acababa de conceder la gobernacion del Darien; desde allí, despues de los sucesos ocurridos en aquel pais, se trasladó á la isla de Cuba, que gobernaba á la sazon Diego Velazquez. La situacion de aventurero en que se hallaba Bernal Diaz le obligó á tomar parte en cuantas empresas se ofrecian; así es que al emprenderse la expedicion del descubrimiento de Yucatan se alistó bajo las banderas de Francisco Fernandez de Córdoba, y se embarcó con él, haciéndose á la vela el dia 8 de Febrero de 1517; pasó luego á la Florida con Juan Ponce, y dió vuelta á Cuba con los pocos que se salvaron de aquella empresa desgraciada. Nuevamente se embarcó en la expedicion de Grijalva el 5 de Abril de 1518, y vuelto á Cuba, salió por tercera vez con la expedicion mandada por Hernan Cortés, embarcándose en la nave de Pedro de Albarado. Hizo en aquella conquista cuanto era de esperar de un buen soldado; y terminada que fué en todas sus partes, recibió, en recompensa de sus servicios, una encomienda en Goatemala, donde se estableció, siendo uno de los primeros pobladores de la ciudad de Santiago de los Caballeros, en la que ocupó el cargo de regidor.—El mérito y servicios militares de Bernal Diaz fueron muy distinguidos, como que Hernan Cortés le recomendó especialmente al Emperador en carta escrita en Méjico el año de 1540; la misma honra mereció despues del virey D. Antonio de Mendoza; y por último, habiendo él mismo presentado unas probanzas en el consejo de Indias, el Emperador se sirvió recomendarle por Real cédula expresa y expedida en su favor.

Tomamos estas noticias acerca de Bernal Diaz, de la breve reseña biográfica que le dedica el último editor de su obra en la Biblioteca de Autores Españoles que con tanto acierto y perseverancia sigue publicando el señor don Manuel Rivadeneira.

Del mismo documento sacamos la siguiente calificacion, con la cual nos hallamos conformes.—Respecto, dice, al estilo de Bernal Diaz, aunque poco culto y pulido,—respira la ruda franqueza de un soldado; Robertson calificó su mérito con las siguientes palabras: «Contiene (dice, hablando de este libro) una narracion confusa y llena de pormenores de todas las operaciones de Cortés, en el estilo rudo y vulgar propio de un hombre sin letras ni instruccion; pero, como refiere los hechos que presenció y en que tuvo tanta parte, su narracion lleva todo el sello de la autenticidad, y respira tal naturalidad y gracia, cuenta pormenores tan interesantes y demuestra un amor propio y vanidad tan graciosos, aunque disimulables en un soldado que, segun nos dice, asistió á ciento diez y nueve batallas, que su libro es uno de los más singulares que se pueden encontrar en lengua alguna.» Nada añadiremos nosotros al testimonio de un escritor tan ilustre y juez tan competente en la materia, y únicamente nos tomaremos la libertad de indicar á nuestros lectores que la relacion de la batalla de Tabasco, la de la prision de Montezuma en la estancia de los españoles, y otros trozos que seria fácil mencionar, son los que caracterizan perfectamente á Bernal Diaz como escritor de historia, y los que manifiestan su candor, naturalidad y sencillez.

CONQUISTA DE LA NUEVA-ESPAÑA

POR

BERNAL DIAZ DEL CASTILLO.


CAPÍTULO PRIMERO.

EN QUÉ TIEMPO SALÍ DE CASTILLA, Y LO QUE ME ACAECIÓ.

En el año de 1514 salí de Castilla en compañía del gobernador Pedro Arias de Ávila, que en aquella sazon le dieron la gobernacion de Tierra-Firme; y viniendo por la mar con buen tiempo, y otras veces con contrario, llegamos al Nombre de Dios; y en aquel tiempo hubo pestilencia, de que se nos murieron muchos soldados, y demás desto, todos los más adolecimos, y se nos hacian unas malas llagas en las piernas; y tambien en aquel tiempo tuvo diferencias el mismo gobernador con un hidalgo que en aquella sazon estaba por capitan y habia conquistado aquella provincia, que se decia Vasco Nuñez de Balboa; hombre rico, con quien Pedro Arias de Ávila casó en aquel tiempo una su hija doncella con el mismo Balboa; y despues que la hubo desposado, segun pareció, y sobre sospechas que tuvo que el yerno se le queria alzar con copia de soldados por la mar del Sur, por sentencia le mandó degollar.

Y despues vimos lo que dicho tengo y otras revueltas entre capitanes y soldados, y alcanzamos á saber que era nuevamente ganada la isla de Cuba, y que estaba en ella por gobernador un hidalgo que se decia Diego Velazquez, natural de Cuéllar; acordamos ciertos hidalgos y soldados, personas de calidad de los que habiamos venido con el Pedro Arias de Ávila, de demandalle licencia para nos ir á la isla de Cuba, y él nos la dió de buena voluntad, porque no tenia necesidad de tantos soldados como los que trujo de Castilla, para hacer guerra, porque no habia qué conquistar; que todo estaba de paz, porque el Vasco Nuñez de Balboa, yerno del Pedro Arias de Ávila, habia conquistado, y la tierra de suyo es muy corta y de poca gente.

Y desque tuvimos la licencia, nos embarcamos en buen navío y con buen tiempo; llegamos á la isla de Cuba, y fuimos á besar las manos al gobernador della, y nos mostró mucho amor, y prometió que nos daria indios de los primeros que vacasen; y como se habian pasado ya tres años, ansí en lo que estuvimos en Tierra-Firme como en lo que estuvimos en la isla de Cuba aguardando á que nos depositase algunos indios, como nos habia prometido, y no habiamos hecho cosa ninguna que de contar sea, acordamos de nos juntar ciento y diez compañeros de los que habiamos venido de Tierra-Firme y de otros que en la isla de Cuba no tenian indios, y concertamos con un hidalgo que se decia Francisco Hernandez de Córdoba, que era hombre rico y tenia pueblos de indios en aquella isla, para que fuese nuestro capitan, y á nuestra ventura buscar y descubrir tierras nuevas, para en ellas emplear nuestras personas; y compramos tres navíos, los dos de buen porte, y el otro era un barco que hubimos del mismo gobernador Diego Velazquez, fiado, con condicion que, primero que nos le diese, nos habiamos de obligar todos los soldados, que con aquellos tres navíos habiamos de ir á unas isletas que están entre la isla de Cuba y Honduras, que ahora se llaman las islas de los Guanajes, y que habiamos de ir de guerra y cargar los navíos de indios de aquellas islas para pagar con ellos el barco, para servirse dellos por esclavos.

Y desque vimos los soldados que aquello que pedia el Diego Velazquez no era justo, le respondimos que lo que decia no lo mandaba Dios ni el Rey, que hiciésemos á los libres esclavos.

Y desque vió nuestro intento, dijo que era bueno el propósito que llevábamos en querer descubrir tierras nuevas, mejor que no el suyo; y entónces nos ayudó con cosas de bastimento para nuestro viaje.

Y desque nos vimos con tres navíos y matalotaje de pan cazabe, que se hace de unas raices que llaman yucas, y compramos puercos, que nos costaban en aquel tiempo á tres pesos, porque en aquella sazon no habia en la isla de Cuba vacas ni carneros, y con otros pobres mantenimientos, y con rescate de unas cuentas que entre todos los soldados compramos, y buscamos tres pilotos, que el más principal dellos y el que regia nuestra armada se llamaba Anton de Alaminos, natural de Pálos, y el otro piloto se decia Camacho, de Triana, y el otro Juan Álvarez, el Manquillo de Huelva; y asimismo recogimos los marineros que hubimos menester, y el mejor aparejo que pudimos de cables y maromas y anclas, y pipas de agua, y todas otras cosas convenientes para seguir nuestro viaje, y todo esto á nuestra costa y mision.

Y despues que nos hubimos juntado los soldados, que fueron ciento y diez, nos fuimos á un puerto que se dice en la lengua de Cuba, Ajaruco, y es en la banda del Norte, y estaba ocho leguas de una villa que entónces tenian poblada, que se decia San Cristóbal, que desde á dos años la pasaron á donde agora está poblada la dicha Habana.

Y para que con buen fundamento fuese encaminada nuestra armada, hubimos de llevar un Clérigo que estaba en la misma villa de San Cristóbal, que se decia Alonso Gonzalez, que con buenas palabras y prometimientos que le hicimos se fué con nosotros; y demás desto elegimos por veedor, en nombre de su majestad, á un soldado que se decia Bernardino Iñiguez, natural de Santo Domingo de la Calzada, para que si Dios fuese servido que topásemos tierras que tuviesen oro ó perlas ó plata, hubiese persona suficiente que guardase el real quinto.

Y despues de todo concertado y oido Misa, encomendándonos á Dios nuestro Señor y á la Vírgen Santa María, su bendita Madre, nuestra Señora, comenzamos nuestro viaje de la manera que adelante diré.

CAPÍTULO II.

DEL DESCUBRIMIENTO DE YUCATAN Y DE UN RENCUENTRO DE GUERRA QUE TUVIMOS CON LOS NATURALES.

En 8 dias del mes de Febrero del año de 1517 años salimos de la Habana, y nos hicimos á la vela en el puerto de Jaruco, que ansí se llama entre los indios, y es la banda del Norte, y en doce dias doblamos la de San Anton, que por otro nombre en la isla de Cuba se llama la tierra de los Guanataveis, que son unos indios como salvajes.

Y doblada aquella punta y puestos en alta mar, navegamos á nuestra ventura hácia donde se pone el sol, sin saber bajos ni corrientes, ni qué vientos suelen señorear en aquella altura, con grandes riesgos de nuestras personas; porque en aquel instante nos vino una tormenta que duró dos dias con sus noches, y fué tal, que estuvimos para nos perder; y desque abonanzó, yendo por otra navegacion, pasado veinte y un dias que salimos de la isla de Cuba, vimos tierra, de que nos alegramos mucho, y dimos muchas gracias á Dios por ello; la cual tierra jamás se habia descubierto, ni habia noticia della hasta entónces; y desde los navíos vimos un gran pueblo, que al parecer estaria de la costa obra de dos leguas, y viendo que era gran poblacion y no habiamos visto en la isla de Cuba pueblo tan grande, le pusimos por nombre el Gran-Cairo.

Y acordamos que con el un navío de ménos porte se acercasen lo que más pudiesen á la costa, á ver qué tierra era, y á ver si habia fondo para que pudiésemos anclar junto á la costa; y una mañana, que fueron 4 de Marzo, vimos venir cinco canoas grandes llenas de indios naturales de aquella poblacion, y venian á remo y vela. Son canoas hechas á manera de artesas, son grandes, de maderos gruesos y cavadas por dedentro y está hueco, y todas son de un madero macizo, y hay muchas dellas en que caben en pié cuarenta y cincuenta indios.

Quiero volver á mi materia. Llegados los indios con las cinco canoas cerca de nuestros navíos, con señas de paz que les hicimos, llamándoles con las manos y capeándoles con las capas para que nos viniesen á hablar, porque no teniamos en aquel tiempo lenguas que entendiesen la de Yucatan y mejicana, sin temor ninguno vinieron y entraron en la nao capitana sobre treinta dellos, á los cuales dimos de comer cazabe y tocino, y á cada uno un sartalejo de cuentas verdes, y estuvieron mirando un buen rato los navíos; y el más principal dellos, que era cacique, dijo por señas que se queria tornar á embarcar en sus canoas y volver á su pueblo, y que otro dia volverian y traerian más canoas en que saltásemos en tierra; y venian estos indios vestidos con unas jaquetas de algodon y cubiertas sus vergüenzas con unas mantas angostas, que entre ellos llaman mastates, y tuvímoslos por hombres más de razon que á los indios de Cuba, porque andaban los de Cuba con sus vergüenzas defuera, excepto las mujeres, que traian hasta que les llegaban á los muslos unas ropas de algodon que llaman naguas.

Volvamos á nuestro cuento: que otro dia por la mañana volvió el mismo cacique á los navíos, y trujo doce canoas grandes con muchos indios remeros, y dijo por señas al capitan, con muestras de paz, que fuésemos á su pueblo y que nos darian comida y lo que hubiésemos menester, y que en aquellas doce canoas podiamos saltar en tierra. Y cuando lo estaba diciendo en su lengua, acuérdome que decia: Con escotoch, con escotoch; y quiere decir, andad acá á mis casas; y por esta causa pusimos desde entónces por nombre á aquella tierra Punta de Cotoche, y así está en las cartas de marear.

Pues viendo nuestro capitan y todos los demás soldados los muchos halagos que nos hacia el cacique para que fuésemos á su pueblo, tomó consejo con nosotros, y fué acordado que sacásemos nuestros bateles de los navíos, y en el navío de los más pequeños y en las doce canoas saliésemos á tierra todos juntos de una vez, porque vimos la costa llena de indios que habian venido de aquella poblacion, y salimos todos en la primera barcada.

Y cuando el cacique nos vido en tierra y que no íbamos á su pueblo; dijo otra vez al capitan por señas que fuésemos á sus casas; y tantas muestras de paz hacia, que tomando el capitan nuestro parecer para si iriamos ó no, acordóse por todos los más soldados que con el mejor recaudo de armas que pudiésemos llevar y con buen concierto fuésemos. Llevamos quince ballestas y diez escopetas (que así se llamaban, escopetas y espingardas, en aquel tiempo), y comenzamos á caminar por un camino por donde el cacique iba por guia, con otros muchos indios que le acompañaban.

É yendo de la manera que he dicho, cerca de unos montes breñosos comenzó á dar voces y apellidar el cacique para que saliesen á nosotros escuadrones de gente de guerra, que tenian en celada para nos matar; y á las voces que dió el cacique, los escuadrones vinieron con gran furia, y comenzaron á nos flechar de arte, que á la primera rociada de flechas nos hirieron quince soldados, y traian armas de algodon, y lanzas y rodelas, arcos y flechas, y hondas y mucha piedra, y sus penachos puestos, y luego tras las flechas vinieron á se juntar con nosotros pié con pié, y con las lanzas á manteniente nos hacian mucho mal.

Mas luego les hicimos huir, como conocieron el buen cortar de nuestras espadas, y de las ballestas y escopetas el daño que les hacian; por manera que quedaron muertos quince dellos.

Un poco más adelante donde nos dieron aquella refriega que dicho tengo, estaba una placeta y tres casas de cal y canto, que eran adoratorios, donde tenian muchos ídolos de barro, unos como caras de demonios y otros como de mujeres, altos de cuerpo, y otros de otras malas figuras; de manera que al parecer estaban haciendo sodomías unos bultos de indios con otros; y dentro en las casas tenian unas arquillas hechizas de madera, y en ellas otros ídolos de gestos diabólicos, y unas patenillas de medio oro, y unos pinjantes y tres diademas, y otras piecezuelas á manera de pescados y otras á manera de ánades, de oro bajo.

Y despues que lo hubimos visto, así el oro como las casas de cal y canto, estábamos muy contentos porque habiamos descubierto tal tierra, porque en aquel tiempo no era descubierto el Perú, ni aún se descubrió dende allí á diez y seis años.

En aquel instante que estábamos batallando con los indios, como dicho tengo, el Clérigo Gonzalez iba con nosotros, y con dos indios de Cuba se cargó de las arquillas y el oro y los ídolos, y lo llevó al navío; y en aquella escaramuza prendimos dos indios, que despues se bautizaron y volvieron cristianos, y se llamó el uno Melchor y el otro Julian, y entrambos eran trastabados de los ojos.

Y acabado aquel rebato acordamos de nos volver á embarcar, y seguir las costas adelante descubriendo hácia donde se pone el sol; y despues de curados los heridos, comenzamos á dar velas.

CAPÍTULO III.

DEL DESCUBRIMIENTO DE CAMPECHE.

Como acordamos de ir la costa adelante hácia el Poniente, descubriendo puntas y bajos y ancones y arrecifes, creyendo que era isla, como nos lo certificaba el piloto Anton de Alaminos, íbamos con gran tiento, de dia navegando y de noche al reparo y parando; y en quince dias que fuimos desta manera, vimos desde los navíos un pueblo, y al parecer algo grande, y habia cerca dél gran ensenada y bahía; creimos que habia rio ó arroyo donde pudiésemos tomar agua, porque teniamos gran falta della; acabábase la de las pipas y vasijas que traiamos, que no venian bien reparadas; que, como nuestra armada era de hombres pobres, no teniamos dinero cuanto convenia para comprar buenas pipas; faltó el agua, hubimos de saltar en tierra junto al pueblo, y fué un domingo de Lázaro, y á esta causa le pusimos este nombre, aunque supimos que por otro nombre propio de indios se dice Campeche; pues para salir todos de una barcada, acordamos de ir en el navío más chico y en los tres bateles, bien apercebidos de nuestras armas, no nos acaeciese como en la Punta de Cotoche.

Porque en aquellos ancones y bahías mengua mucho la mar, y por esta causa dejamos los navíos anclados más de una legua de tierra, y fuimos á desembarcar cerca del pueblo, que estaba allí un buen paso de buena agua, donde los naturales de aquella poblacion bebian y se servian dél, porque en aquellas tierras, segun hemos visto, no hay rios; y sacamos las pipas para las henchir de agua y volvernos á los navíos.

Ya que estaban llenas y nos queriamos embarcar, vinieron del pueblo obra de cincuenta indios con buenas mantas de algodon, y de paz, y á lo que parecia debian ser caciques, y nos decian por señas que qué buscábamos, y les dimos á entender que tomar agua é irnos luego á los navíos, y señalaron con la mano que si veniamos de hácia donde sale el sol, y decian Castilan, Castilan, y no mirábamos bien en la plática de Castilan, Castilan. Y despues destas pláticas que dicho tengo, nos dijeron por señas que fuésemos con ellos á su pueblo, y estuvimos tomando consejo si iriamos.

Acordamos con buen concierto de ir muy sobre aviso, y lleváronnos á unas casas muy grandes, que eran adoratorios de sus ídolos y estaban muy bien labradas de cal y canto, y tenian figurados en unas paredes muchos bultos de serpientes y culebras y otras pinturas de ídolos, y al rededor de uno como altar, lleno de gotas de sangre muy fresca; y á otra parte de los ídolos tenian unas señales como á manera de cruces, pintados de otros bultos de indios; de todo lo cual nos admiramos, como cosa nunca vista ni oida.

Segun pareció, en aquella sazon habian sacrificado á sus ídolos ciertos indios para que les diesen vitoria contra nosotros, y andaban muchos indios é indias riéndose y al parecer muy de paz, como que nos venian á ver; y como se juntaban tantos, temimos no hubiese alguna zalagarda como la pasada de Cotoche; y estando desta manera vinieron otros muchos indios, que traian muy ruines mantas, cargados de carrizos secos, y los pusieron en un llano, y tras estos vinieron dos escuadrones de indios flecheros con lanzas y rodelas, y hondas y piedras, y con sus armas de algodon, y puestos en concierto en cada escuadron su capitan, los cuales se apartaron en poco trecho de nosotros; y luego en aquel instante salieron de otra casa, que era su adoratorio diez indios, que traian las ropas de mantas de algodon largas y blancas, y los cabellos muy grandes, llenos de sangre y muy revueltos los unos con los otros, que no se les pueden esparcir ni peinar si no se cortan; los cuales eran Sacerdotes de los ídolos, que en la Nueva-España comunmente se llaman Papas; otra vez digo que en la Nueva-España se llaman Papas, y así los nombraré de aquí adelante; y aquellos Papas nos trujeron zahumerios, como á manera de resina, que entre ellos llaman copal, y con braseros de barro llenos de lumbre nos comenzaron á zahumar, y por señas nos dicen que nos vamos de sus tierras ántes que á aquella leña que tienen llegada se ponga fuego y se acabe de arder, si no que nos darán guerra y nos matarán.

Y luego mandaron poner fuego á los carrizos y comenzó de arder, y se fueron los Papas callando sin más nos hablar, y los que estaban apercibidos en los escuadrones empezaron á silbar y á tañer sus bocinas y atabalejos.

Y desque los vimos de aquel arte y muy bravosos, y de lo de la Punta de Cotoche aún no teniamos sanas las heridas, y se habian muerto dos soldados, que echamos al mar, vimos grandes escuadrones de indios sobre nosotros, tuvimos temor, y acordamos con buen concierto de irnos á la costa; y así, comenzamos á caminar por la playa adelante hasta llegar enfrente de un peñol que está en la mar, y los bateles y el navío pequeño fueron por la costa tierra á tierra con las pipas de agua, y no nos osamos embarcar junto al pueblo donde nos habiamos desembarcado, por el gran número de indios que ya se habian juntado, porque tuvimos por cierto que al embarcar nos darian guerra.

Pues ya metida nuestra agua en los navíos y embarcados en una bahía como portezuelo que allí estaba, comenzamos á navegar seis dias con sus noches con buen tiempo, y volvió un Norte, que es travesía en aquella costa, el cual duró cuatro dias con sus noches, que estuvimos para dar al través: tan recio temporal hacia, que nos hizo anclear la costa por no ir al través; que se nos quebraron dos cables, y iba garrando á tierra el navío. ¡Oh en qué trabajo nos vimos! Que si se quebrara el cable, íbamos á la costa perdidos, y quiso Dios que se ayudaron con otras maromas viejas y guindaletas.

Pues ya reposado el tiempo, seguimos nuestra costa adelante, llegándonos á tierra cuanto podiamos para tornar á tomar agua, que (como he dicho) las pipas que traiamos vinieron muy abiertas y asimismo no habia regla en ello; como íbamos costeando, creiamos que do quiera que saltásemos en tierra la tomariamos de jagueyes y pozos que cavariamos.

Pues yendo nuestra derrota adelante vimos desde los navíos un pueblo, y ántes de obra de una legua dél hácia una ensenada, que parecia que habria rio ó arroyo: acordamos de seguir junto á él; y como en aquella costa (como otras veces he dicho) mengua mucho la mar y quedan en seco los navíos, por temor dello surgimos más de una legua de tierra en el navío menor y en todos los bateles; fué acordado que saltásemos en aquella ensenada, sacando nuestras vasijas con muy buen concierto, y armas y ballestas y escopetas.

Salimos en tierra poco más de medio dia, y habria una legua desde el pueblo hasta donde desembarcamos, y estaban unos pozos y maizales, y caserías de cal y canto. Llámase este pueblo Potonchan, y henchimos nuestras pipas de agua; mas no las pudimos llevar ni meter en los bateles, con la mucha gente de guerra que cargó sobre nosotros; y quedarse ha aquí, y adelante diré las guerras que nos dieron.

CAPÍTULO IV.

CÓMO DESEMBARCAMOS EN UNA BAHÍA DONDE HABIA MAIZALES, CERCA DEL PUERTO DE POTONCHAN, Y DE LAS GUERRAS QUE NOS DIERON.

Y estando en las estancias y maizales por mí ya dichas, tomando nuestra agua, vinieron por la costa muchos escuadrones de indios del pueblo de Potonchan (que así se dice), con sus armas de algodon que les daba á la rodilla, y con arcos y flechas, y lanzas y rodelas, y espadas hechas á manera de montantes de á dos manos, y hondas y piedras, y con sus penachos de los que ellos suelen usar, y las caras pintadas de blanco y prieto enalmagrados; y venian callando, y se vienen derechos á nosotros, como que nos venian á ver de paz, y por señas nos dijeron que si veniamos de donde sale el sol, y las palabras formales segun nos hubieron dicho los de Lázaro, Castilan, Castilan, y respondimos por señas que de donde sale el sol veniamos. Y entónces paramos en las mieses y en pensar qué podia ser aquella plática, porque los de San Lázaro nos dijeron lo mismo; mas nunca entendimos al fin que lo decian.

Seria cuando esto pasó y los indios se juntaban, á la hora de las Ave-Marías, y fuéronse á unas caserías, y nosotros pusimos velas y escuchas y buen recaudo, porque no nos pareció bien aquella junta de aquella manera.

Pues estando velando todos juntos, oimos venir, con el gran ruido y estruendo que traian por el camino, muchos indios de otras sus estancias y del pueblo, y todos de guerra, y desque aquello sentimos, bien entendido teniamos que no se juntaban para hacernos ningun bien, y entramos en acuerdo con el capitan qué es lo que hariamos; y unos soldados daban por consejo que nos fuésemos luego á embarcar; y como en tales casos suele acaecer, unos dicen uno y otros dicen otro, hubo parecer que si nos fuéramos á embarcar, que como eran muchos indios, darian en nosotros y habria mucho riesgo de nuestras vidas; y otros éramos de acuerdo que diésemos en ellos esa noche; que, como dice el refran, quien acomete, vence; y por otra parte veiamos que para cada uno de nosotros habia trescientos indios.

Y estando en estos conciertos amaneció, y dijimos unos soldados á otros que tuviésemos confianza en Dios, y corazones muy fuertes para pelear, y despues de nos encomendar á Dios, cada uno hiciese lo que pudiese para salvar las vidas.

Ya que era de dia claro vimos venir por la costa muchos más escuadrones guerreros con sus banderas tendidas, y penachos y atambores, y con arcos y flechas, y lanzas y rodelas, y se juntaron con los primeros que habian venido la noche ántes; y luego, hechos sus escuadrones, nos cercan por todas partes, y nos dan tal rociada de flechas y varas, y piedras con sus hondas, que hirieron sobre ochenta de nuestros soldados, y se juntaron con nosotros pié con pié, unos con lanzas, y otros flechando, y otros con espadas de navajas de arte, que nos traian á mal andar, puesto que les dábamos buena priesa de estocadas y cuchilladas, y las escopetas y ballestas que no paraban, unas armando y otras tirando; y ya que se apartaban algo de nosotros, desque sentian las grandes estocadas y cuchilladas que les dábamos, no era léjos, y esto fué para mejor flechar y tirar al terrero á su salvo; y cuando estábamos en esta batalla, y los indios se apellidaban, decian en su lengua, al Calachoni, al Calachoni, que quiere decir que matasen al capitan; y le dieron doce flechazos, y á mí me dieron tres, y uno de los que me dieron, bien peligroso, en el costado izquierdo, que me pasó á lo hueco, y á otros de nuestros soldados dieron grandes lanzadas, y á dos llevaron vivos, que se decia el uno Alonso Bote y el otro era un portugués viejo.

Pues viendo nuestro capitan que no bastaba nuestro buen pelear, y que nos cercaban muchos escuadrones, y venian más de refresco del pueblo, y les traian de comer y beber y muchas flechas, y nosotros todos heridos, y otros soldados atravesados los gaznates, y nos habia muerto ya sobre cincuenta soldados; y viendo que no teniamos fuerzas, acordamos con corazones muy fuertes romper por medio de sus batallones, y acogernos á los bateles que teniamos en la costa, que fué buen socorro, y hechos todos nosotros un escuadron, rompimos por ellos; pues oir la grita y silbos y vocería y priesa que nos daban de flecha y á mantiniente con sus lanzas, hiriendo siempre en nosotros.

Pues otro daño tuvimos, que, como nos acogimos de golpe á los bateles y éramos muchos, íbanse á fondo, y como mejor pudimos, asidos á los bordes, medio nadando entre dos aguas, llegamos al navío de ménos porte, que estaba cerca, que ya venia á gran priesa á nos socorrer, y al embarcar hirieron muchos de nuestros soldados, en especial á los que iban asidos en las popas de los bateles, y les tiraban al terrero, y entraron en la mar con las lanchas y daban á mantiniente á nuestros soldados, y con mucho trabajo quiso Dios que escapamos con las vidas de poder de aquella gente.

Pues ya embarcados en los navíos, hallamos que faltaban cincuenta y siete compañeros, con los dos que llevaron vivos, y con cinco que echamos en la mar, que murieron de las heridas y de la gran sed que pasaron.

Estuvimos peleando en aquellas batallas poco más de media hora. Llámase este pueblo Potonchan, y en las cartas del marear le pusieron por nombre los pilotos y marineros Bahía de Mala Pelea.

Y desque nos vimos salvos de aquellas refriegas, dimos muchas gracias á Dios; y cuando se curaban las heridas los soldados, se quejaban mucho del dolor dellas, que como estaban resfriadas con el agua salada, y estaban muy hinchadas y dañadas, algunos de nuestros soldados maldecian al piloto Anton Alaminos y á su descubrimiento y viaje, porque siempre porfiaba que no era tierra firme, sino isla; donde los dejaré ahora, y diré lo que más nos acaeció.

CAPÍTULO V.

CÓMO ACORDAMOS DE NOS VOLVER Á LA ISLA DE CUBA, Y DE LA GRAN SED Y TRABAJOS QUE TUVIMOS HASTA LLEGAR AL PUERTO DE LA HABANA.

Desque nos vimos embarcados en los navíos de la manera que dicho tengo, dimos muchas gracias á Dios, y despues de curados los heridos (que no quedó hombre ninguno de cuantos allí nos hallamos que no tuviesen á dos y á tres y á cuatro heridas, y el capitan con doce flechazos; sólo un soldado quedó sin herir), acordamos de nos volver á la isla de Cuba; y como estaban tambien heridos todos los más de los marineros que saltaron en tierra con nosotros, que se hallaron en las peleas, no teniamos quien marchase las velas, y acordamos que dejásemos el un navío, el de ménos porte, en la mar, puesto fuego, despues de sacadas dél las velas y anclas y cables, y repartir los marineros que estaban sin heridas en los dos navíos de mayor porte; pues otro mayor daño teniamos, que fué la gran falta de agua; porque las pipas y vasijas que teniamos llenas en Champoton, con la grande guerra que nos dieron y priesa de nos acoger á los bateles no se pudieron llevar, que allí se quedaron, y no sacamos ninguna agua. Digo que tanta sed pasamos, que en las lenguas y bocas teniamos grietas de la secura, pues otra cosa ninguna para refrigerio no habia.

¡Oh qué cosa tan trabajosa es ir á descubrir tierras nuevas, y de la manera que nosotros nos aventuramos! No se puede ponderar sino los que han pasado por aquestos excesivos trabajos en que nosotros nos vimos.

Por manera que con todo esto íbamos navegando muy allegados á tierra, para hallarnos en paraje de algun rio ó bahía para tomar agua, y al cabo de tres dias vimos uno como ancon, que parecia rio ó estero, que creimos tener agua dulce, y saltaron en tierra quince marineros de los que habian quedado en los navíos, y tres soldados que estaban más sin peligro de los flechazos, y llevaron azadones y tres barriles para traer agua; y el estero era salado, é hicieron pozos en la costa, y era tan amargosa y salada agua como la del estero; por manera que, mala como era, trujeron las vasijas llenas, y no habia hombre que la pudiese beber del amargor y sal, y á dos soldados que la bebieron dañó los cuerpos y las bocas. Habia en aquel estero muchos y grandes lagartos, y desde entónces se puso por nombre el estero de los Lagartos, y así está en las cartas del marear.

Dejemos esta plática, y diré que entre tanto que fueron los bateles por el agua, se levantó un viento nordeste tan deshecho, que íbamos garrando á tierra con los navíos; y como en aquella costa es travesía y reina siempre norte y nordeste, estuvimos en muy gran peligro por falta de cable; y como lo vieron los marineros que habian ido á tierra por el agua, vinieron muy más que de paso con los bateles, y tuvieron tiempo de echar otras anclas y maromas, y estuvieron los navíos seguros dos dias y dos noches; y luego alzamos anclas y dimos vela, siguiendo nuestro viaje para nos volver á la isla de Cuba.

Parece ser el piloto Alaminos se concertó y aconsejó con los otros dos pilotos que desde aquel paraje donde estábamos atravesásemos á la Florida, porque hallaban por sus cartas y grados y alturas que estaria de allí obra de setenta leguas, y que despues, puestos en la Florida, dijeron que era mejor viaje é más cercana navegacion para ir á la Habana que no la derrota por donde habiamos primero venido á descubrir; y así fué como el piloto dijo; porque, segun yo entendí, habia venido con Juan Ponce de Leon á descubrir la Florida, habia diez ó doce años ya pasados.

Volvamos á nuestra materia: que atravesando aquel golfo, en cuatro dias que navegamos vimos la tierra de la misma Florida; y lo que en ella nos acaeció diré adelante.

CAPÍTULO VI.

CÓMO DESEMBARCARON EN LA BAHÍA DE LA FLORIDA VEINTE SOLDADOS, Y CON NOSOTROS EL PILOTO ALAMINOS, PARA BUSCAR AGUA, Y DE LA GUERRA QUE ALLÍ NOS DIERON LOS NATURALES DE AQUELLA TIERRA, Y LO QUE MÁS PASÓ HASTA VOLVER Á LA HABANA.

Llegados á la Florida acordamos que saliesen en tierra veinte soldados de los que teniamos más sanos de las heridas: yo fuí con ellos y tambien el piloto Anton de Alaminos, y sacamos las vasijas que habia, y azadones, y nuestras ballestas y escopetas; y como el capitan estaba muy mal herido, y con la gran sed que pasaba muy debilitado, nos rogó que por amor de Dios que en todo caso le trujésemos agua dulce, que se secaba y moria de sed; porque el agua que habia era muy salada y no se podia beber, como otra vez ya dicho tengo.

Llegados que fuimos á tierra, cerca de un estero que entraba en la mar, el piloto reconoció la costa y dijo que habia diez ó doce años que habia estado en aquel paraje, cuando vino con Juan Ponce de Leon á descubrir aquellas tierras, y allí le habian dado guerra los indios de aquella tierra, y que les habian muerto muchos soldados, y que á esta causa estuviésemos muy sobre aviso apercebidos, porque vinieron en aquel tiempo que dicho tiene muy de repente los indios cuando le desbarataron; y luego pusimos por espías dos soldados en una playa que se hacia muy ancha, é hicimos pozos muy hondos donde nos pareció haber agua dulce, porque en aquella sazon era menguante la marea; y quiso Dios que topásemos muy buena agua, y con el alegría, y por hartarnos della y lavar paños para curar las heridas, estuvimos espacio de una hora; y ya que queriamos venir á embarcar con nuestra agua muy gozosos, vimos venir al un soldado de los que habiamos puesto en la playa dando muchas voces diciendo:

—«Al arma, al arma; que vienen muchos indios de guerra por tierra y otros en canoas por el estero.»

Y el soldado dando voces, é venia corriendo, y los indios llegaron casi á la par con el soldado contra nosotros, y traian arcos muy grandes y buenas flechas y lanzas, y unas á manera de espadas, y vestidos de cueros de venados, y eran de grandes cuerpos, y se vinieron derechos á nos flechar, é hirieron luego seis de nuestros compañeros, y á mí me dieron un flechazo en el brazo derecho de poca herida; y dímosles tanta priesa de estocadas y cuchilladas y con las escopetas y ballestas, que nos dejan á nosotros los que estábamos tomando agua de los pozos, y van á la mar y estero á ayudar á sus compañeros los que venian en las canoas donde estaba nuestro batel con los marineros, que tambien andaban peleando pié con pié con los indios de las canoas, y aun les tenian ya tomado el batel y le llevaban por el estero arriba con sus canoas, y habian herido á cuatro marineros, y al piloto Alaminos le dieron una mala herida en la garganta; y arremetimos á ellos, el agua más que á la cinta, y á estocadas les hicimos soltar el batel, y quedaron tendidos y muertos en la costa y en el agua veintidos de ellos, y tres prendimos, que estaban heridos poca cosa, que se murieron en los navíos.

Despues desta refriega pasada, preguntamos al soldado que pusimos por vela qué se hizo su compañero Berrio (que así se llamaba); dijo que lo vió apartar con una hacha en las manos para cortar un palmito, y que fué hácia el estero por donde habian venido los indios de guerra, y que oyó voces de español, y que por aquellas voces vino de presto á dar mandado á la mar, y que entónces le debieran de matar; el cual soldado solamente él habia quedado sin ninguna herida en lo de Potonchan, y quiso su ventura que vino allí á fenecer; y luego fuimos en busca de nuestro soldado por el rastro que habian traido aquellos indios que nos dieron guerra, y hallamos una palma que habia comenzado á cortar, y cerca della mucha huella en el suelo, más que en otras partes; por donde tuvimos por cierto que le llevaron vivo, porque no habia rastro de sangre, y anduvimos buscándole á una parte y á otra más de una hora, y dimos voces, y sin más saber de él nos volvimos á embarcar en el batel y llevamos á los navíos el agua dulce, con que se alegraron todos los soldados, como si entónces les diéramos las vidas; y un soldado se arrojó desde el navío en el batel con la gran sed que tenia, tomó una botija á pechos, y bebió tanta agua, que della se hinchó y murió.

Pues ya embarcados con nuestra agua y metidos nuestros bateles en los navíos, dimos vela para la Habana, y pasamos aquel dia y la noche que hizo buen tiempo junto de unas isletas que llaman los Mártires, que son unos bajos que así los llaman, los bajos de los Mártires.

Íbamos en cuatro brazas lo más hondo, y tocó la nao capitana entre unas como isletas é hizo mucha agua; que con dar todos los soldados que íbamos á la bomba no podiamos estancar, é íbamos con temor no nos anegásemos.

Acuérdome que traiamos allí con nosotros á unos marineros levantiscos, y les deciamos:

—«Hermanos, ayudad á sacar la bomba, pues veis que estamos muy mal heridos y cansados de la noche y el dia, porque nos vamos á fondo.»

Y respondian los levantiscos:

—«Facételo vos, pues no ganamos sueldo, sino hambre y sed y trabajos y heridas, como vosotros.»

Por manera que les haciamos dar á la bomba aunque no querian, y malos heridos como íbamos, mareábamos las velas y dábamos á la bomba, hasta que nuestro Señor Jesucristo nos llevó á Puerto de Carenas, donde ahora está poblada la villa de la Habana, que en otro tiempo Puerto de Carenas se solia llamar, y no Habana.

Y cuando nos vimos en tierra dimos muchas gracias á Dios, y luego se tomó el agua de la capitana un buzano portugués que estaba en otro navío en aquel puerto, y escribimos á Diego Velazquez, gobernador de aquella isla, muy en posta, haciéndole saber que habiamos descubierto tierras de grandes poblaciones y casas de cal y canto, y las gentes naturales dellas andaban vestidos de ropa de algodon y cubiertas sus vergüenzas, y tenian oro y labranzas de maizales; y desde la Habana se fué nuestro capitan Francisco Hernandez por tierra á la villa de Santispíritus, que así se dice, donde tenia su encomienda de indios; y como iba mal herido, murió dende allí á diez dias que habia llegado á su casa; y todos los demás soldados nos desparecimos, y nos fuimos unos por una parte y otros por otra de la isla adelante; y en la Habana se murieron tres soldados de las heridas, y los navíos fueron á Santiago de Cuba, donde estaba el gobernador, y desque hubieron desembarcado los dos indios que hubimos en la Punta de Cotoche, que ya he dicho que se decian Melchorillo y Julianillo, y en el arquilla con las diademas y ánades y pescadillos, y con los ídolos de oro, que aunque era bajo y poca cosa, sublimábanlo de arte, que en todas las islas de Santo Domingo y en Cuba y aun en Castilla llegó la fama dello, y decian que otras tierras en el mundo no se habian descubierto mejores, ni casas de cal y canto; y como vió los ídolos de barro y de tantas maneras de figuras, decian que eran del tiempo de los gentiles; otros decian que eran de los indios que desterró Tito y Vespasiano de Jerusalen, y que habian aportado con los navíos rotos en que les echaron en aquella tierra; y como en aquel tiempo no era descubierto el Perú, teníase en mucha estima aquella tierra.

Pues otra cosa preguntaba el Diego Velazquez á aquellos indios, que si habia minas de oro en su tierra; y á todos les respondian que sí, y les mostraban oro en polvo de lo que sacaban en la isla de Cuba, y decian que habia mucho en su tierra, y no le decian verdad, porque claro está que en la Punta de Cotoche ni en todo Yucatan no es donde hay minas de oro; y asimismo les mostraban los indios los montones que hacen de tierra, donde ponen y siembran las plantas de cuyas raices hacen el pan cazabe, y llámanse en la isla de Cuba yuca, y los indios decian que las habia en su tierra, y decian Tale, por la tierra, que así se llama la en que las plantaban; de manera que yuca con tale, quiere decir Yucatan.

Decian los españoles que estaban hablando con el Diego Velazquez y con los indios:

—«Señor, estos indios dicen que su tierra se llama Yucatan.»

Y así se quedó con este nombre, que en propia lengua no se dice así.

Por manera que todos soldados que fuimos á aquel viaje á descubrir gastamos los bienes que teniamos, y heridos y pobres volvimos á Cuba, y aun lo tuvimos á buena dicha haber vuelto, y no quedar muertos con los demás mis compañeros; y cada soldado tiró por su parte, y el capitan (como tengo dicho) luego murió, y estuvimos muchos dias en curarnos los heridos, y por nuestra cuenta hallamos que se murieron al pié de sesenta soldados, y esta ganancia trujimos de aquella entrada y descubrimiento.

Y Diego Velazquez escribió á Castilla á los señores que aquel tiempo mandaban en las cosas de Indias, que él lo habia descubierto, y gastado en descubrillo mucha cantidad de pesos de oro, y así lo decia D. Juan Rodriguez de Fonseca, Obispo de Búrgos y Arzobispo de Rosano, que así se nombraba, que era como presidente de Indias, y lo escribió á S. M. á Flandes, dando mucho favor y loor del Diego Velazquez, y no hizo mencion de ninguno de nosotros los soldados que lo descubrimos á nuestra costa.

Y quedarse ha aquí, y diré adelante los trabajos que me acaecieron á mí y á tres soldados.

CAPÍTULO VII.

DE LOS TRABAJOS QUE TUVE HASTA LLEGAR Á UNA VILLA QUE SE DICE LA TRINIDAD.

Ya he dicho que nos quedamos en la Habana ciertos soldados que no estábamos sanos de los flechazos, y para ir á la villa de la Trinidad, ya que estábamos mejores, acordamos de nos concertar tres soldados con un vecino de la misma Habana, que se decia Pedro de Ávila, que iba asimismo á aquel viaje en una canoa por la mar por la banda del Sur, y llevaba la canoa cargada de camisetas de algodon, que iba á vender á la villa de la Trinidad.

Ya he dicho otras veces que canoas son de hechura de artesas grandes, cavadas y huecas, y en aquellas tierras con ellas navegan costa á costa; y el concierto que hicimos con Pedro de Ávila fué que dariamos diez pesos de oro porque fuésemos en su canoa.

Pues yendo por la costa adelante, á veces remando y á ratos á la vela, ya que habiamos navegado once dias en pareje de un pueblo de indios de paz que se dice Canarreon, que era término de la villa de la Trinidad, se levantó un tan recio viento de noche, que no nos pudimos sustentar en la mar con la canoa, por bien que remábamos todos nosotros; y el Pedro de Ávila y unos indios de la Habana y unos remeros muy buenos que traiamos hubimos de dar al través entre unos ceborucos, que los hay muy grandes en aquella costa; por manera que se nos quebró la canoa y el Ávila perdió su hacienda, y todos salimos descalabrados de los golpes de los ceborucos y desnudos de carnes; porque para ayudarnos que no se quebrase la canoa y poder mejor nadar, nos apercebimos de estar sin ropa ninguna, sino desnudos.

Pues ya escapados con las vidas de entre aquellos ceborucos, para nuestra villa de la Trinidad no habia camino por la costa, sino malos paises y ceborucos, que así se dicen, que son las piedras con unas puntas que salen dellas que pasan las plantas de los piés, y sin tener qué comer.

Pues como las olas que reventaban de aquellos grandes ceborucos nos embestian, y con el gran viento que hacia llevábamos hechas grietas en las partes ocultas que corria sangre dellas, aunque nos habiamos puesto delante muchas hojas de árboles y otras yerbas que buscamos para nos tapar.

Pues como por aquella costa no podiamos caminar por causa que se nos hincaban por las plantas de los piés aquellas puntas y piedras de los ceborucos, con mucho trabajo nos metimos en un monte, y con otras piedras que habia en el monte cortamos cortezas de árboles, que pusimos por suelas, atadas á los piés con unas que parecen cuerdas delgadas, que llaman bejucos, que nacen entre los árboles; que espadas no sacamos ninguna, y atamos los piés y cortezas de los árboles con ello lo mejor que pudimos, y con gran trabajo salimos á una playa de arena.

Y de ahí á dos dias que caminamos llegamos á un pueblo de indios que se decia Yaguarama, el cual era en aquella sazon del padre fray Bartolomé de las Casas, que era Clérigo Presbítero, y despues le conocí fraile dominico, y llegó á ser Obispo de Echiapa; y los indios de aquel pueblo nos dieron de comer.

Y otro dia fuimos hasta otro pueblo que se decia Chipiona, que era de un Alonso de Ávila é de un Sandoval (no digo del capitan Sandoval el de la Nueva-España), y desde allí á la Trinidad; y un amigo mio, que se decia Antonio de Medina, me remedió de vestidos, segun que en la villa se usaban, y así hicieron á mis compañeros otros vecinos de aquella villa; y desde allí con mi pobreza y trabajos me fuí á Santiago de Cuba, adonde estaba el gobernador Diego Velazquez, el cual andaba dando mucha priesa en enviar otra armada; y cuando le fuí á besar las manos, que éramos algo deudos, él se holgó conmigo, y de unas pláticas en otras me dijo que si estaba bueno de las heridas, para volver á Yucatan.

É yo riyendo le respondí que quién le puso nombre Yucatan; que allí no le llaman así. É dijo:

—«Melchorejo, el que trujistes, lo dice.»

É yo dije:

—«Mejor nombre seria la tierra donde nos mataron la mitad de los soldados que fuimos, y todos los demás salimos heridos.»

É dijo:

—«Bien sé que pasastes muchos trabajos, y así es á los que suelen descubrir tierras nuevas y ganar honra, é su majestad os lo gratificará, é yo así se lo escribiré; é ahora, hijo, id otra vez en la armada que hago, que yo haré que os hagan mucha honra.»

Y diré lo que pasó.

CAPÍTULO VIII.

CÓMO DIEGO VELAZQUEZ, GOBERNADOR DE CUBA, ENVIÓ OTRA ARMADA Á LA TIERRA QUE DESCUBRIMOS.

En el año de 1518 años, viendo Diego Velazquez, gobernador de Cuba, la buena relacion de las tierras que descubrimos, que se dice Yucatan, ordenó enviar una armada, y para ella se buscaron cuatro navíos; los dos fueron los que hubimos comprado los soldados que fuimos en compañía del capitan Francisco Hernandez de Córdoba á descubrir á Yucatan (segun más largamente lo tengo escrito en el descubrimiento), y los otros dos navíos compró el Diego Velazquez de sus dineros.

Y en aquella sazon que ordenaba el armada, se hallaron presentes en Santiago de Cuba, donde residia el Velazquez, Juan de Grijalva y Pedro de Albarado y Francisco de Montejo é Alonso de Ávila, que habian ido con negocios al gobernador; porque todos tenian encomiendas de indios en las mismas islas; y como eran personas valerosas, concertóse con ellos que el Juan de Grijalva, que era deudo del Diego Velazquez, viniese por capitan general, é que Pedro de Albarado viniese por capitan de un navío, y Francisco de Montejo de otro, y el Alonso de Ávila de otro; por manera que cada uno destos capitanes procuró de poner bastimentos y matalotaje de pan cazabe y tocinos; y el Diego Velazquez puso ballestas y escopetas, y cierto rescate, y otras menudencias, y más los navíos.

Y como habia fama destas tierras que eran muy ricas y habia en ellas casas de cal y canto, y el indio Melchorejo decia por señas que habia oro, tenian mucha codicia los vecinos y soldados que no tenian indios en la isla, de ir á esta tierra; por manera que de presto nos juntamos ducientos y cuarenta compañeros, y tambien pusimos cada soldado, de la hacienda que teniamos, para matalotaje y armas y cosas que convenian; y en este viaje volví y con estos capitanes otra vez, y parece ser la instruccion que para ello dió el gobernador Diego Velazquez fué, segun entendí, que rescatasen todo el oro y plata que pudiesen, y si viesen que convenia poblar que poblasen, ó si no, que se volviesen á Cuba.

É vino por veedor de la armada uno que se decia Peñalosa, natural de Segovia, é trujimos un Clérigo que se decia Juan Diaz, y los tres pilotos que ántes habiamos traido cuando el primero viaje, que ya he dicho sus nombres y de dónde eran, Anton de Alaminos, de Pálos, y Camacho, de Triana, y Juan Álvarez, el Manquillo, de Huelva; y el Alaminos venia por piloto mayor, y otro piloto que entónces vino no me acuerdo el nombre.

Pues ántes que más pase adelante porque nombraré algunas veces á estos hidalgos que he dicho que venian por capitanes, y parecerá cosa descomedida nombralles secamente, Pedro de Albarado, Francisco de Montejo, Alonso de Ávila, y no decilles sus ditados é blasones, sepan que el Pedro de Albarado fué un hidalgo muy valeroso, que despues que se hubo ganado la Nueva-España fué gobernador y adelantado de las provincias de Guatimala, Honduras y Chiapa, é comendador de Santiago.

É asimismo el Francisco de Montejo, hidalgo de mucho valor, que fué gobernador y adelantado de Yucatan; hasta que S. M. les hizo aquestas mercedes y tuvieron señoríos no les nombraré sino sus nombres, y no adelantados.

Volvamos á nuestra plática: que fueron los cuatro navíos por la parte y banda del Norte á un puerto que se llama Matanzas, que era cerca de la Habana vieja, que en aquella sazon no estaba poblada donde ahora está, y en aquel puerto ó cerca dél tenian todos los más vecinos de la Habana sus estancias de cazabe y puercos, y desde allí se proveyeron nuestros navíos lo que faltaba, y nos juntamos así capitanes como soldados para dar vela y hacer nuestro viaje.

Y ántes que más pase adelante, aunque vaya fuera de órden, quiero decir por qué llamaban aquel puerto que he dicho de Matanzas, y eso traigo aquí á la memoria, porque ciertas personas me lo han preguntado la causa de ponelle aquel nombre, y es por esto que diré.

Ántes que aquella isla de Cuba estuviese de paz dió al través por la costa del Norte un navío que habia ido desde la isla de Santo Domingo á buscar indios, que llamaban los lucayos, á unas islas que están entre Cuba y la canal de Bahama, que se llaman las islas de los Lucayos, y con mal tiempo dió al través en aquella costa, cerca del rio y puerto que he dicho que se llama Matanzas, y venian en el navío sobre treinta personas españoles y dos mujeres; y para pasallos aquel rio vinieron muchos indios de la Habana y de otros pueblos, como que los venian á ver de paz, y les dijeron que les querian pasar en canoas y llevallos á sus pueblos para dalles de comer.

É ya que iban con ellos, en medio del rio les trastornaron las canoas y los mataron; que no quedaron sino tres hombres y una mujer, que era hermosa, la cual llevó un cacique de los más principales que hicieron aquella traicion, y los tres españoles repartieron entre los demás caciques.

Y á esta causa se puso á este puerto nombre de puerto de Matanzas; y conocí á la mujer que he dicho, que despues de ganada la isla de Cuba se le quitó al cacique en cuyo poder estaba, y la vi casada en la villa de la Trinidad con un vecino della, que se decia Pedro Sanchez Farfan; y tambien conocí á los tres españoles, que se decia el uno Gonzalo Mejía, hombre anciano, natural de Jerez, y el otro se decia Juan de Santisteban, y era natural de Madrigal, y el otro se decia Cascorro, hombre de la mar, y era pescador, natural de Huelva, y le habia ya casado el cacique con quien solia estar, con una su hija, é ya tenia horadadas las orejas y las narices como los indios.

Mucho me he detenido en contar cuentos viejos; volvamos á nuestra relacion. É ya que estábamos recogidos, así capitanes como soldados, y dadas las instrucciones que los pilotos habian de llevar y las señas de los faroles, despues de haber oido Misa con gran devocion, en 5 dias del mes de Abril de 1518 años dimos vela, y en diez dias doblamos la punta de Guaniguanico, que los pilotos llaman de San Anton, y en otros ocho dias que navegamos vimos la isla de Cozumel, que entónces la descubrimos, dia de Santa Cruz, porque decayeron los navíos con las corrientes más bajo que cuando venimos con Francisco Hernandez de Córdoba, y bajamos la isla por la banda del sur; vimos un pueblo, y allí cerca buen surgidero y bien limpio de arrecifes, y saltamos en tierra con el capitan Juan de Grijalva buena copia de soldados, y los naturales de aquel pueblo se fueron huyendo desque vieron venir los navíos á la vela, porque jamás habian visto tal, y los soldados que salimos á tierra no hallamos en el pueblo persona ninguna, y en unas mieses de maizales se hallaron dos viejos que no podian andar y los trujimos al capitan, y con Julianillo y Melchorejo, los que trajimos de la Punta de Cotoche, que entendian muy bien á los indios, y les habló; porque su tierra dellos y aquella isla de Cozumel no hay de travesía en la mar sino obra de cuatro leguas, y así hablan una misma lengua; y el capitan halagó aquellos viejos y les dió cuentezuelas verdes, y les envió á llamar al calachioni de aquel pueblo, que así se dicen los caciques de aquella tierra, y fueron y nunca volvieron; y estándoles aguardando, vino una india moza, de buen parecer, é comenzó á hablar la lengua de la isla de Jamáica, y dijo que todos los indios é indias de aquella isla y pueblo se habian ido á los montes, de miedo; y como muchos de nuestros soldados é yo entendimos muy bien aquella lengua, que es la de Cuba, nos admiramos, y la preguntamos que cómo estaba allí, y dijo que habia dos años que dió al través con una canoa grande en que iban á pescar diez indios de Jamáica á unas isletas, y que las corrientes la echaron en aquella tierra, y mataron á su marido y á todos los demás indios jamaicanos sus compañeros, y los sacrificaron á los ídolos; y desque la entendió el capitan, como vió que aquella india seria buena mensajera, envióla á llamar los indios y caciques de aquel pueblo, y dióla de plazo dos dias para que volviese; porque los indios Melchorejo y Julianillo, que llevamos de la Punta de Cotoche, tuvimos temor que, apartados de nosotros, se huirian á su tierra, y por esta causa no los enviamos á llamar con ellos; y la india volvió otro dia, y dijo que ningun indio ni india queria venir, por más palabras que les decia.

Á este pueblo pusimos por nombre Santa Cruz, porque cuatro ó cinco dias ántes de Santa Cruz le vimos; habia en él buenos colmenares de miel y muchos boniatos y batatas y manadas de puercos de la tierra, que tienen sobre el espinazo el ombligo; habia en él tres pueblezuelos, y este donde desembarcamos era mayor, y los otros dos eran más chicos, que estaba cada uno en una punta de la isla; terná de bojo como obra de dos leguas.

Pues como el capitan Juan de Grijalva vió que era perder tiempo estar más allí aguardando, mandó que nos embarcásemos luego, y la india de Jamáica se fué con nosotros, y seguimos nuestro viaje.

CAPÍTULO IX.

DE CÓMO VENIMOS Á DESEMBARCAR Á CHAMPOTON.

Pues vuelto á embarcar, é yendo por las derrotas pasadas (cuando lo de Francisco Hernandez de Córdoba), en ocho dias llegamos en el paraje del pueblo de Champoton, que fué donde nos desbarataron los indios de aquella provincia, como ya dicho tengo en el capítulo que dello habla; y como en aquella ensenada mengua mucho la mar, anclamos los navíos una legua de tierra, y con todos los bateles desembarcamos la mitad de los soldados que allí íbamos, junto á las casas del pueblo, é los indios naturales dél y otros sus comarcanos se juntaron todos, como la otra vez cuando nos mataron sobre cincuenta y seis soldados y todos los más nos hirieron, segun dicho tengo en el capítulo que dello habla; y á esta causa estaban muy ufanos y orgullosos, y bien armados á su usanza, que son: arcos, flechas, lanzas, rodelas, macanas y espadas de dos manos, y piedras con hondas, y armas de algodon, y trompetillas y atambores, y los más dellos pintadas las caras de negro, colorado y blanco; y puestos en concierto, esperaron en la costa, para en llegando que llegásemos dar en nosotros; y como teniamos experiencia de la otra vez, llevábamos en los bateles unos falconetes, é íbamos apercebidos de ballestas y escopetas; y llegados á tierra, nos comenzaron á flechar y con las lanzas dar á mantiniente; y tal rociada nos dieron ántes que llegásemos á tierra, que hirieron la mitad de nosotros, y desque hubimos saltado de los bateles les hicimos perder la furia á buenas estocadas y cuchilladas; porque, aunque nos flechaban á terrero, todos llevábamos armas de algodon, y todavía se sostuvieron buen rato peleando con nosotros, hasta que vino otra barcada de nuestros soldados, y les hicimos retraer á unas ciénagas junto al pueblo.

En esta guerra mataron á Juan de Quiteria y á otros dos soldados, y al capitan Juan de Grijalva le dieron tres flechazos y aun le quebraron con un cobaco dos dientes (que hay muchos en aquella costa), é hirieron sobre sesenta de los nuestros.

Y desque vimos que todos los contrarios se habian huido, nos fuimos al pueblo, y se curaron los heridos y enterramos los muertos, y en todo el pueblo no hallamos persona ninguna, ni los que se habian retraido en las ciénagas, que ya se habian desgarrado; por manera que todos tenian alzadas sus haciendas.

En aquellas escaramuzas prendimos tres indios, y el uno dellos parecia principal. Mandóles el capitan que fuesen á llamar al cacique de aquel pueblo, y les dió cuentas verdes y cascabeles para que los diesen, para que viniesen de paz; y asimismo á aquellos tres prisioneros se les hicieron muchos halagos y se les dieron cuentas porque fuesen sin miedo; y fueron y nunca volvieron, é creimos que el indio Julianillo é Melchorejo no les hubieran de decir lo que les fué mandado, sino al revés.

Estuvimos en aquel pueblo cuatro dias. Acuérdome que cuando estábamos peleando en aquella escaramuza, que habia allí unos prados algo pedregosos, é habia langostas que cuando peleábamos saltaban y venian volando y nos daban en la cara, y como eran tantos flecheros y tiraban tanta flecha como granizos, que parecian eran langostas que volaban, y no nos rodelábamos, y la flecha que venia nos heria, y otras veces creiamos que era flecha, y eran langostas que venian volando: fué harto estorbo.

CAPÍTULO X.

CÓMO SEGUIMOS NUESTRO VIAJE Y ENTRAMOS EN BOCA DE TÉRMINOS, QUE ENTÓNCES LE PUSIMOS ESTE NOMBRE.

Yendo por nuestra navegacion adelante, llegamos á una boca, como de rio, muy grande y ancha, y no era rio como pensamos, sino muy buen puerto, é porque está entre unas tierras é otras, é parecia como estrecho: tan gran boca tenia, que decia el piloto Anton de Alaminos que era isla y partian términos con la tierra, y á esta causa le pusimos el nombre de Boca de Términos, y así está en las cartas de marear; y allí saltó el capitan Juan de Grijalva en tierra, con todos los más capitanes por mí nombrados, y muchos soldados estuvimos tres dias hondando la boca de aquella entrada, y mirando bien arriba y abajo del ancon donde creiamos que iba é venia á parar, y hallamos no ser isla, sino ancon, y era muy buen puerto; y hallamos unos adoratorios de cal y canto y muchos ídolos de barro y palo, que eran dellos como figuras de sus dioses, y dellos de figuras de mujeres, y muchos como sierpes, y muchos cuernos de venados, é creimos que por allí cerca habria alguna poblacion, é con el buen puerto, que seria bueno para poblar; lo cual no fué así, que estaba muy despoblado; porque aquellos adoratorios eran de mercaderes y cazadores que de pasada entraban en aquel puerto con canoas y allí sacrificaban, y habia mucha caza de venados y conejos: matamos diez venados con una lebrela, y muchos conejos.

Y luego, desque todo fué visto y sondado, nos tornamos á embarcar, y se nos quedó allí la lebrela, y cuando volvimos con Cortés la tornamos á hallar, y estaba muy gorda y lucida. Llaman los marineros á esto Puerto de Términos.

É vueltos á embarcar, navegamos costa á costa junto á tierra, hasta que llegamos al rio de Tabasco, que por descubrile el Juan de Grijalva, se nombra agora el rio de Grijalva.

CAPÍTULO XI.

CÓMO LLEGAMOS AL RIO DE TABASCO, QUE LLAMAN DE GRIJALVA, Y LO QUE ALLÁ NOS ACAECIÓ.

Navegando costa á costa la via del poniente de dia, porque de noche no osábamos por temor de bajos é arrecifes, á cabo de tres dias vimos una boca de rio muy ancha, y llegamos muy á tierra con los navíos y parecia buen puerto; y como fuimos más cerca de la boca, vimos reventar los bajos ántes de entrar en el rio, y allí sacamos los bateles, y con la sonda en la mano hallamos que no podian entrar en el puerto los dos navíos de mayor porte: fué acordado que anclasen fuera en la mar, y con los otros dos navíos que demandaban ménos agua, que con ellos é con los bateles fuésemos todos los soldados rio arriba, porque vimos muchos indios estar en canoas en las riberas, y tenian arcos y flechas y todas sus armas, segun y de la manera de Champoton; por donde entendimos que habia por allí algun pueblo grande, y tambien porque viniendo, como veniamos, navegando costa á costa, habiamos visto echadas nasas en la mar, con que pescaban, y aun á dos dellas se les tomó el pescado con un batel que traiamos á jorro de la capitana.

Aqueste rio se llama de Tabasco porque el cacique de aquel pueblo se llamaba Tabasco; y como le descubrimos deste viaje, y el Juan de Grijalva fué el descubridor, se nombra rio de Grijalva, y así está en las cartas del marear.

É ya que llegamos obra de media legua del pueblo, bien oimos el rumor de cortar de madera, de que hacian grandes mamparos é fuerzas, y aderezarse para nos dar guerra, porque habian sabido de lo que pasó en Potonchan y tenian la guerra por muy cierta.

Y desque aquello sentimos, desembarcamos de una punta de aquella tierra donde habia unos palmares, que era del pueblo media legua; y desque nos vieron allí, vinieron obra de cincuenta canoas con gente de guerra, y traian arcos y flechas y armas de algodon, rodelas y lanzas y sus atambores y penachos y estaban entre los esteros otras muchas canoas llenas de guerreros, y estuvieron algo apartados de nosotros, que no osaron llegar como los primeros.

Y desque los vimos de aquel arte, estábamos para tirarles con los tiros y con las escopetas y ballestas, y quiso nuestro Señor que acordamos de los llamar, é con Julianico y Melchorejo, los de la Punta de Cotoche, que sabian muy bien aquella lengua; y dijo á los principales que no hubiesen miedo que les queriamos hablar cosas que desque las entendiesen, hubiesen por buena nuestra llegada allí é á sus casas, é que les queriamos dar de lo que traiamos.

É como entendieron la plática, vinieron obra de cuatro canoas, y en ellas hasta treinta indios, y luego se les mostraron sartalejos de cuentas verdes y espejuelos y diamantes azules, y desque los vieron parecia que estaban de mejor semblante, creyendo que eran chalchihuites, que ellos tienen en mucho.

Entónces el capitan les dijo con las lenguas Julianillo ó Melchorejo, que veniamos de léjas tierras y éramos vasallos de un grande Emperador que se dice D. Cárlos, el cual tiene por vasallos á muchos grandes señores y calachioníes, y que ellos le deben tener por señor y les irá muy bien en ello, é que á trueco de aquellas cuentas nos dén comida de gallinas.

Y nos respondieron dos dellos, que el uno era principal y el otro papa, que son como Sacerdotes que tienen cargo de los ídolos, que ya he dicho otra vez que papas les llaman en la Nueva-España, y dijeron que harian el bastimento que deciamos é trocarian de sus cosas á las nuestras; y en lo demás, que señor tienen, é que agora veniamos, é sin conocerlos, é ya les queriamos dar señor, é que mirásemos no les diésemos guerra como en Potonchan, porque tenian aparejados dos jiquipiles de gentes de guerra de todas aquellas provincias contra nosotros: cada jiquipil son de ocho mil hombres; é dijeron que bien sabian que pocos dias habia que habiamos muerto y herido sobre más de ducientos hombres de Potonchan, é que ellos no son hombres de tan pocas fuerzas como los otros, é que por eso habian venido á hablar, por saber nuestra voluntad; é aquello que les deciamos, que se lo irian á decir á los caciques de muchos pueblos, que están juntos para tratar paces ó guerra.

Y luego el capitan les abrazó en señal de paz, y les dió unos sartalejos de cuentas, y les mandó que volviesen con la respuesta con brevedad, é que si no venian, que por fuerza habiamos de ir á su pueblo, y no para los enojar.

Y aquellos mensajeros que enviamos hablaron con los caciques y papas, que tambien tienen voto entre ellos, y dijeron que eran buenas las paces y traer bastimento, é que entre todos ellos y los pueblos comarcanos se buscara luego un presente de oro para nos dar y hacer amistades; no les acaezca como á los de Potonchan.

Y lo que yo vi y entendí despues acá, en aquellas provincias se usaba enviar presentes cuando se trataba paces, y en aquella punta de los palmares, donde estábamos, vinieron sobre treinta indios é trujeron pescados asados y gallinas é fruta y pan de maíz, é unos braseros con ascuas y con zahumerios, y nos zahumaron á todos, y luego pusieron en el suelo unas esteras, que acá llaman petates, y encima una manta, y presentaron ciertas joyas de oro, que fueron ciertas ánades como las de Castilla, y otras joyas como lagartijas, y tres collares de cuentas vaciadizas, y otras cosas de oro de poco valor que no valía doscientos pesos; y más trujeron unas mantas é camisetas de las que ellos usan, é dijeron que recibiésemos aquello de buena voluntad, é que no tienen más oro que nos dar; que adelante, hácia donde se pone el sol, hay mucho; y decian Culba, Culba, Méjico, Méjico; y nosotros no sabiamos qué cosa era Culba, ni aun Méjico tampoco.

Puesto que no valía mucho aquel presente que trujeron, tuvímoslo por bueno por saber cierto que tenian oro, y desque lo hubieron presentado, dijeron que nos fuésemos luego adelante, y el capitan les dió las gracias por ello é cuentas verdes; y fué acordado de irnos luego á embarcar, porque estaban en mucho peligro los dos navíos por temor del norte, que es travesía, y tambien por acercarnos hácia donde decian que habia oro.

CAPÍTULO XII.

CÓMO VIMOS EL PUEBLO DE AGUAYALUCO, QUE PUSIMOS POR NOMBRE LA-RAMBLA.

Vueltos á embarcar, siguiendo la costa adelante, desde á dos dias vimos un pueblo junto á tierra, que se dice el Aguayaluco, y andaban muchos indios de aquel pueblo por la costa con unas rodelas hechas de conchas de tortugas, que relumbraban con el sol que daba en ellas, y algunos de nuestros soldados porfiaban que eran de oro bajo, y los indios que los traian iban haciendo grandes movimientos por el arenal y costa adelante, y pusimos á este pueblo por nombre La-Rambla, y así está en las cartas del marear.

É yendo más adelante costeando, vimos una ensenada, donde se quedó el rio de Fenole, que á la vuelta que volvimos entramos en él, y le pusimos nombre rio de San Antonio, y así está en las cartas del mar.

É yendo más adelante navegando, vimos adonde quedaba el paraje del gran rio de Guacayualco, y quisiéramos entrar en el ensenada que está, por ver qué cosa era, sino por ser el tiempo contrario; é luego se parecieron las grandes sierras nevadas, que en todo el año están cargadas de nieve, y tambien vimos otras sierras que están más junto al mar, que se llaman agora de San Martin, y pusímoslas por nombre San Martin, porque el primero que las vió fué un soldado que se llamaba San Martin, vecino de la Habana.

Y navegando nuestra costa adelante, el capitan Pedro de Albarado se adelantó con su navío, y entró en un rio que en Indias se llama Papalohuna, y entónces pusimos por nombre rio de Albarado, porque lo descubrió el mesmo Albarado.

Allí le dieron pescado unos indios pescadores, que eran naturales de un pueblo que se dice Tlacotalpa; estuvímosle aguardando en el paraje del rio donde entró con todos tres navíos, hasta que salió dél, y á causa de haber entrado en el rio sin licencia del general, se enojó mucho con él, y le mandó que otra vez no se adelantase del armada, porque no le aviniese algun contraste en parte donde no le pudiésemos ayudar.

É luego navegamos con todos cuatro navíos en conserva, hasta que llegamos en paraje de otro rio, que le pusimos por nombre rio de Banderas, porque estaban en él muchos indios con lanzas grandes, y en cada lanza una bandera hecha de manta blanca, revolándolas y llamándonos.

Lo cual diré adelante cómo pasó.

CAPÍTULO XIII.

CÓMO LLEGAMOS Á UN RIO QUE PUSIMOS POR NOMBRE RIO DE BANDERAS, É RESCATAMOS CATORCE MIL PESOS.

Ya habrán oido decir en España y en toda la más parte della y de la cristiandad, cómo Méjico es tan gran ciudad, y poblada en el agua como Venecia; y habia en ella un gran señor que era Rey de muchas provincias y señoreaba todas aquellas tierras, que son mayores que cuatro veces nuestra Castilla; el cual señor se decia Montezuma, é como era tan poderoso, queria señorear y saber hasta lo que no podia ni le era posible, é tuvo noticia de la primera vez que venimos con Francisco Hernandez de Córdoba, lo que nos acaesció en la batalla de Cotoche y en la de Champoton, y agora deste viaje la batalla del mismo Champoton, y supo que éramos nosotros pocos soldados y los de aquel pueblo muchos, é al fin entendió que nuestra demanda era buscar oro á trueque del rescate que traiamos, é todo se lo habian llevado pintado en unos paños que hacen de henequén, que es como de lino; y como supo que íbamos costa á costa hácia sus provincias, mandó á sus gobernadores que si por allí aportásemos que procurasen de trocar oro á nuestras cuentas, en especial á las verdes, que parecian á sus chalchihuites; y tambien lo mandó para saber é inquirir más por entero de nuestras personas é qué era nuestro intento.

Y lo más cierto era, segun entendimos, que dicen que sus antepasados les habian dicho que habian de venir gentes de hácia donde sale el sol, que los habian de señorear.

Agora sea por lo uno ó por lo otro, estaban en posta á vela indios del grande Montezuma en aquel rio que dicho tengo, con lanzas largas y en cada lanza una bandera, enarbolándola y llamándonos que fuésemos allí donde estaban.

Y desque vimos de los navíos cosas tan nuevas, para saber qué podia ser fué acordado por el general, con todos los demás soldados y capitanes, que echamos dos bateles en el agua é que saltásemos en ellos todos los ballesteros y escopeteros y veinte soldados, y Francisco Montejo fuese con nosotros, é que si viésemos que eran de guerra los que estaban con las banderas, que de presto se lo hiciésemos saber, ó otra cualquier cosa que fuese.

Y en aquella sazon quiso Dios que hacia bonanza en aquella costa, lo cual pocas veces suele acaecer; y como llegamos en tierra hallamos tres caciques, que el uno dellos era gobernador de Montezuma é con muchos indios de propio, y tenian muchas gallinas de la tierra y pan de maíz de lo que ellos suelen comer, y frutas que eran pinas y zapotes, que en otras partes llaman niameyes; y estaban debajo de una sombra de árboles, puestas esteras en el suelo, que ya he dicho otra vez que en estas partes se llaman petates, y allí nos mandaron asentar, y todo por señas, porque Julianillo, el de la Punta de Cotoche, no entendia aquella lengua; y luego trujeron braseros de barro con ascuas, y nos zahumaron con uno como resina que huele á incienso.

Y luego el capitan Montejo lo hizo saber al General, y como lo supo, acordó de surgir allí en aquel paraje con todos los navíos, y saltó en tierra con todos los capitanes y soldados.

Y desque aquellos caciques y gobernadores le vieron en tierra y conocieron que era el capitan general de todos, á su usanza le hicieron grande acatamiento y le zahumaron; y él les dió las gracias por ello y les hizo muchas caricias, y les mandó dar diamantes y cuentas verdes, y por señas les dijo que trujesen oro á trocar á nuestros rescates.

Lo cual luego el gobernador mandó á sus indios, y que todos los pueblos comarcanos trujesen de las joyas que tenian á rescatar; y en seis dias que estuvimos allí trujeron más de quince mil pesos en joyezuelas de oro bajo y de muchas hechuras; y aquesto debe ser lo que dicen los cronistas Francisco Lopez de Gómora y Gonzalo Hernandez de Oviedo en sus corónicas, que dicen que dieron los de Tabasco; y como se lo dijeron por relacion, así lo escriben como si fuese verdad; porque vista cosa es que en la provincia del rio de Grijalva no hay oro, sino muy pocas joyas.

Dejemos esto y pasemos adelante, y es que tomamos posesion en aquella tierra por su majestad, y en su nombre Real el gobernador de Cuba Diego Velazquez.

Y despues desto hecho, habló el General á los indios que allí estaban, diciendo que se queria embarcar, y les dió camisas de Castilla.

Y de allí tomamos un indio, que llevamos en los navíos, el cual, despues que entendió nuestra lengua, se volvió cristiano y se llamó Francisco, y despues de ganado Méjico, le vi casado en un pueblo que se llama Santa Fe.

Pues como vió el General que no traia más oro á rescatar, é habia seis dias que estábamos allí y los navíos corrian riesgo, por ser travesía norte, nos mandó embarcar.

É corriendo la costa adelante, vimos una isleta que bañaba la mar y tenia la arena blanca, y estaria, al parecer, obra de tres leguas de tierra, y pusímosle por nombre isla Blanca, y así está en las cartas del marear.

Y no muy léjos desta isleta Blanca vimos otra isla, mayor, al parecer, que las demás, y estaria de tierra obra de legua y media, y allí enfrente della habia buen surgidero, y mandó el general que surgiésemos.

Echados los bateles en el agua, fué el capitan Juan de Grijalva con muchos de nosotros los soldados á ver la isleta, y hallamos dos casas hechas de cal y canto y bien labradas, y cada casa con unas gradas por donde subian á unos como altares, y en aquellos altares tenian unos ídolos de malas figuras, que eran sus dioses, y allí estaban sacrificados de aquella noche cinco indios, y estaban abiertos por los pechos y cortados los brazos y los muslos, y las paredes llenas de sangre. De todo lo cual nos admiramos, y pusimos por nombre á esta isleta isla de Sacrificios.

Y allí enfrente de aquella isla saltamos todos en tierra, y en unos arenales grandes que allí hay, adonde hicimos ranchos y chozas con ramas y con las velas de los navíos.

Habíanse allegado en aquella costa muchos indios que traian á rescatar oro hecho piecezuelas, como en el rio de Banderas, y segun despues supimos, mandó el gran Montezuma que viniesen con ello, y los indios que lo traian, al parecer estaban temerosos, y era muy poco.

Por manera que luego el capitan Juan de Grijalva mandó que los navíos alzasen las anclas y pusiesen velas, y fuésemos adelante á surgir enfrente de otra isleta que estaba obra de media legua de tierra, y esta isla es donde agora está el puerto.

Y diré adelante lo que allí nos avino.

CAPÍTULO XIV.

CÓMO LLEGAMOS AL PUERTO DE SAN JUAN DE CULÚA.

Desembarcados en unos arenales, hicimos chozas encima de los mastos y medaños de arena, que los hay por allí grandes, por causa de los mosquitos, que habia muchos, y con bateles sondearon el puerto y hallaron que con el abrigo de aquella isleta estarian seguros los navíos del norte y habia buen fondo, y hecho esto, fuimos á la isleta con el General treinta soldados bien apercibidos en los bateles, y hallamos una casa de adoratorio donde estaba un ídolo muy grande y feo, el cual se llamaba Tezcatepuca, y estaban allí cuatro indios con mantas prietas y muy largas con capillas, como traen los dominicos ó canónigos, ó querian parecer á ellos, y aquellos eran Sacerdotes de aquel ídolo, y tenian sacrificados de aquel dia dos muchachos, y abiertos por los pechos, y los corazones y sangre ofrecidos á aquel maldito ídolo, y los Sacerdotes, que ya he dicho que se dicen papas, nos venian á zahumar con lo que zahumaban aquel su ídolo, y en aquella sazon que llegamos le estaban zahumando con uno que huele á incienso, y no consentimos que tal zahumerio nos diesen; ántes tuvimos muy gran lástima y mancilla de aquellos dos muchachos é verlos recien muertos é ver tan grandísima crueldad.

Y el general preguntó al indio Francisco; que traiamos del rio de Banderas, que parecia algo entendido, que por qué hacian aquello, y esto le decia medio por señas, porque entónces no teniamos lengua ninguna, como ya otras veces he dicho. Y respondió que los de Culúa lo mandaban sacrificar; y como era torpe de lengua, decia: Olúa, Olúa. Y como nuestro capitan estaba presente y se llamaba Juan, y asimismo era dia de San Juan, pusimos por nombre á aquella isleta San Juan de Ulúa, y este puerto es agora muy nombrado, y están hechos en él grandes reparos para los navíos, y allí vienen á desembarcar las mercaderías para Méjico é Nueva-España.

Volvamos á nuestro cuento: que como estábamos en aquellos arenales, vinieron luego indios de pueblos allí comarcanos á trocar su oro en joyezuelas á nuestros rescates; mas eran tan pocos y de tan poco valor, que no haciamos cuenta dello; y estuvimos siete dias de la manera que he dicho, y con los muchos mosquitos no nos podiamos valer, y viendo que el tiempo se nos pasaba, y teniendo ya por cierto que aquellas tierras no eran islas, sino tierra firme, y que habia grandes pueblos, y el pan de cazabe muy mohoso é sucio de las fátulas, y amargaba, y los que allí veniamos no éramos bastantes para poblar, cuanto más que faltaban diez de nuestros soldados, que se habian muerto de las heridas y estaban otros cuatro dolientes; é viendo todo esto, fué acordado que lo enviásemos á hacer saber al gobernador Diego Velazquez para que nos enviase socorro; porque el Juan de Grijalva muy gran voluntad tenia de poblar con aquellos pocos soldados que con él estábamos, y siempre mostró un grande ánimo de un muy valeroso capitan, y no como lo escribe el coronista Gómora.

Pues para hacer esta embajada acordamos que fuese el capitan Pedro de Albarado en un navío que se decia San Sebastian, porque hacia agua, aunque no mucha, porque en la isla de Cuba se diese carena y pudiesen en él traer socorro é bastimento.

Y tambien se concertó que llevase todo el oro que se habia rescatado y ropa de mantas, y los dolientes; y los capitanes escribieron al Diego Velazquez cada uno lo que le pareció, y luego se hizo á la vela é iba la vuelta de la isla de Cuba, adonde los dejaré agora, así al Pedro de Albarado como al Grijalva, y diré cómo el Diego Velazquez habia enviado en busca nuestra.

CAPÍTULO XV.

CÓMO DIEGO VELAZQUEZ, GOBERNADOR DE LA ISLA DE CUBA, ENVIÓ UN NAVÍO PEQUEÑO EN NUESTRA BUSCA.

Despues que salimos con el capitan Juan de Grijalva de la isla de Cuba para hacer nuestro viaje, siempre Diego Velazquez estaba triste y pensativo no nos hubiese acaecido algun desastre, y deseaba saber de nosotros, y á esta causa envió un navío pequeño en nuestra busca con siete soldados, y por capitan dellos á un Cristóbal de Olí, persona de valía, muy esforzado, y le mandó que siguiese la derrota de Francisco Hernandez de Córdoba hasta toparse con nosotros.

Y segun parece, el Cristóbal de Olí, yendo en nuestra busca, estando surto cerca de tierra, le dió un recio temporal, y por no anegarse sobre las amarras, el piloto que traian mandó cortar los cables, é perdió las anclas, é volvióse á Santiago de Cuba, de donde habia salido, adonde estaba el Diego Velazquez, y cuando vió que no tenia nuevas de nosotros, si triste estaba ántes que enviase al Cristóbal de Olí, muy más pensativo estuvo despues.

Y en esta sazon llegó el capitan Pedro de Albarado con el oro y ropa y dolientes, y con entera relacion de lo que habiamos descubierto. Y cuando el gobernador vió que estaba en joyas, parecia mucho más de lo que era, y estaban allí con el Diego Velazquez muchos vecinos de aquella isla, que venian á negocios.

Y cuando los oficiales del Rey tomaron el Real quinto que venia á su majestad estaban espantados de cuán ricas tierras habiamos descubierto; y como el Pedro de Albarado se lo sabia muy bien praticar, dice que no hacia el Diego Velazquez sino abrazallo, y en ocho dias tener gran regocijo y jugar cañas; y si mucha fama tenian de ántes de ricas tierras, agora con este oro se sublimó en todas las islas y en Castilla, como adelante diré; y dejaré al Diego Velazquez haciendo fiestas, y volveré á nuestros navíos, que estábamos en San Juan de Ulúa.

CAPÍTULO XVI.

DE LO QUE NOS SUCEDIÓ COSTEANDO LAS SIERRAS DE TUSTA Y DE TUSPA.

Despues que de nosotros se partió el capitan Pedro de Albarado para ir á la isla de Cuba, acordó nuestro general con los demás capitanes y pilotos que fuésemos costeando y descubriendo todo lo que pudiésemos; é yendo por nuestra navegacion, vimos la sierra de Tusta, y más adelante de ahí á otros dos dias vimos otras sierras muy altas, que agora se llaman las sierras de Tuspa; por manera que unas sierras se dicen Tusta, porque están cabe un pueblo que se dice así, y las otras sierras se dicen Tuspa, porque se nombra el pueblo junto adonde aquellas están Tuspa; é caminando más adelante vimos muchas poblaciones, y estarian la tierra adentro dos ó tres leguas, y esto es ya en la provincia de Pánuco; é yendo por nuestra navegacion, llegamos á un rio grande, que le pusimos por nombre rio de Canoas, é allí enfrente de la boca dél surgimos; y estando surtos todos tres navíos, y estando algo descuidados, vinieron por el rio diez y seis canoas muy grandes llenas de indios de guerra, con arcos y flechas y lanzas, y vanse derechos al navío más pequeño, del cual era capitan Alonso de Ávila, y estaba más llegado á tierra, y dándole una rociada de flechas, que hirieron á dos soldados, echaron mano al navío como que lo querian llevar, y aun cortaron una amarra; y puesto que el capitan y los soldados peleaban bien, y trastornaron tres canoas, nosotros con gran presteza les ayudamos con nuestros bateles y escopetas y ballestas y herimos más de la tercia parte de aquellas gentes; por manera que volvieron con la mala ventura por donde habian venido; y luego alzamos áncoras é dimos vela, é seguimos costa á costa hasta que llegamos á una punta muy grande; y era tan mala de doblar, y las corrientes muchas, que no podiamos ir adelante; y el piloto Anton de Alaminos dijo al general que no era bien navegar más aquella derrota, é para ello se dieron muchas causas, y luego se tomó consejo de lo que se habia de hacer, y fué acordado que diésemos la vuelta á la isla de Cuba, lo uno porque ya entraba el invierno é no habia bastimentos, é un navío hacia mucha agua, y los capitanes desconformes, porque el Juan de Grijalva decia que queria poblar, y el Francisco Montejo é Alonso de Ávila decian que no se podia sustentar por causa de los muchos guerreros que en la tierra habia; é tambien todos nosotros los soldados estábamos hartos é muy trabajados de andar por la mar.

Así que dimos vuelta á todas velas, y las corrientes que nos ayudaban, en pocos dias llegamos en el paraje del gran rio de Guacacualco, é no pudimos estar por ser tiempo contrario, y muy abrazados con la tierra entramos en el rio de Tonala, que se puso nombre entónces San Anton, é allí se dió carena al un navío que hacia mucha agua, puesto que tocó tres veces al estar en la barra, que es muy baja; y estando aderezando nuestro navío vinieron muchos indios del puerto de Tonala, que estaba una legua de allí, é trujeron pan de maíz y pescado é fruta, y con buena voluntad nos lo dieron; y el capitan les hizo muchos halagos é les mandó dar cuentas verdes y diamantes, é les dijo por señas que trujesen oro á rescatar, é que les dariamos de nuestro rescate; é traian joyas de oro bajo, é se les daban cuentas por ello. Y desque lo supieron los de Guacacualco é de otros pueblos comarcanos que rescatábamos, tambien vinieron ellos con sus piecezuelas, é llevaron cuentas verdes, que aquellos tenian en mucho.

Pues demás de aqueste rescate, traian comunmente todos los indios de aquella provincia unas hachas de cobre muy lucidas, como por gentileza é á manera de armas, con unos cabos de palo muy pintados, y nosotros creimos que eran de oro bajo, é comenzamos á rescatar dellas; digo que en tres dias se hubieron más de seiscientas de ellas, y estábamos muy contentos con ellas, creyendo que eran de oro bajo, é los indios mucho más con las cuentas; mas todo salió vano; que las hachas eran de cobre é las cuentas un poco de nada.

É un marinero habia rescatado secretamente siete hachas y estaba muy alegre con ellas, y parece ser que otro marinero lo dijo al capitan, é mandóle que las diese; y porque rogamos por él, se las dejó, creyendo que eran de oro.

Tambien me acuerdo que un soldado que se decia Bartolomé Pardo fué á una casa de ídolos, que ya he dicho que se decia cues, que es como quien dice casa de sus dioses, que estaba en un cerro alto, y en aquella casa halló muchos ídolos, é copal, que es como incienso, que es con que zahuman, y cuchillos de pedernal, con que sacrificaban ó retajaban, é unas arcas de madera, y en ellas muchas piezas de oro, que eran diademas é collares, é dos ídolos, y otros como cuentas; y aquel oro tomó el soldado para sí, y los ídolos del sacrificio trujo al capitan.

Y no faltó quien le vió é lo dijo al Grijalva, y se lo queria tomar; é rogámosle que se lo dejase; y como era de buena condicion, que sacado el quinto de S. M., que lo demás fuese para el pobre soldado; y no valía ochenta pesos.

Tambien quiero decir cómo yo sembré unas pepitas de naranjas junto á otras casas de ídolos, y fué desta manera: que como habia muchos mosquitos en aquel rio, fuíme á dormir á una casa alta de ídolos, é allí junto á aquella casa sembré siete ú ocho pepitas de naranjas que habia traido de Cuba, é nacieron muy bien; porque parece ser que los papas de aquellos ídolos les pusieron defensa para que no las comiesen hormigas, é les regaban é limpiaban desque vieron que eran plantas diferentes de las suyas.

He traido aquí esto á la memoria para que se sepa que estos fueron los primeros naranjos que se plantaron en la Nueva-España, porque despues de ganado Méjico é pacíficos los pueblos sujetos de Guacacualco, túvose por la mejor provincia, por causa de estar en la mejor conmodacion de toda la Nueva-España, así por las minas, que las habia, como por el buen puerto, y la tierra de suyo rica de oro y de pastos para ganados; á este efecto se pobló de los más principales conquistadores de Méjico, é yo fuí uno, é fuí por mis naranjos y traspúselos, é salieron muy buenos.

Bien sé que dirán que no hace al propósito de mi relacion estos cuentos viejos, y dejallos; é diré como quedaron todos los indios de aquellas provincias muy contentos, é luego nos embarcamos y vamos la vuelta de Cuba, y en cuarenta y cinco dias, unas veces con buen tiempo y otras veces con contrario, llegamos á Santiago de Cuba, donde estaba el gobernador Diego Velazquez, y él nos hizo buen recibimiento; y desque vió el oro que traiamos, que seria cuatro mil pesos, é con el que trujo primero el capitan Pedro de Albarado seria por todo unos veinte mil pesos, unos decian más é otros decian ménos, é los oficiales de S. M. sacaron el Real quinto; é tambien trujeron las seiscientas hachas que parecian de oro, é cuando las trujeron para quintar estaban tan mohosas, en fin como cobre que era, y allí hubo bien que reir y decir de la burla y del rescate.

Y el Diego Velazquez con todo esto estaba muy contento, puesto que parecia estar mal con el pariente Grijalva; é no tenia razon, sino que el Alfonso de Ávila era mal acondicionado, y decia que el Grijalva era para poco, é no faltó el capitan Montejo que le ayudó del mal.

Y cuando esto pasó, ya habia otras pláticas para enviar otra armada, é á quién elegirian por capitan.

CAPÍTULO XVII.

CÓMO DIEGO VELAZQUEZ ENVIÓ Á CASTILLA Á SU PROCURADOR.

Y aunque les parezca á los lectores que va fuera de nuestra relacion esto que yo traigo aquí á la memoria ántes que entre en lo del capitan Hernando Cortés, conviene que se diga por las causas que adelante se verán, é tambien porque en un tiempo acaecen dos ó tres cosas, y por fuerza hemos de hablar de una, la que más viene al propósito.

Y el caso es que, como ya he dicho, cuando llegó el capitan Pedro de Albarado á Santiago de Cuba con el oro que hubimos de las tierras que descubrimos, y el Diego Velazquez temió que primero que él hiciese relacion á su majestad, que algun caballero privado en córte tenia relacion dello y le hurtaba la bendicion, á esta causa envió el Diego Velazquez á un su Capellan, que se decia Benito Martinez, hombre que entendia muy bien de negocios, á Castilla con probanzas, é cartas para don Juan Rodriguez de Fonseca, Obispo de Búrgos, é se nombraba Arzobispo de Rosano, y para el licenciado Luis Zapata é para el secretario Lope Conchillos, que en aquella sazon entendian en las cosas de las Indias, y Diego Velazquez era muy servidor del Obispo y de los demás oidores, y como tal les dió pueblos de indios en la isla de Cuba, que les sacaban oro de las minas, é á esta causa hacia mucho por el Diego Velazquez, especialmente el Obispo de Búrgos, é no dió ningun pueblo de indios á su majestad, porque en aquella sazon estaba en Flandes; y demás de les haber dado los indios que dicho tengo, nuevamente envió á estos oidores muchas joyas de oro de lo que habiamos enviado con el capitan Albarado, que eran veinte mil pesos, segun dicho tengo, é no se haria otra cosa en el Real Consejo de Indias sino lo que aquellos señores mandaban; é lo que enviaba á negociar el Diego Velazquez era que le diesen licencia para rescatar é conquistar é poblar en todo lo que habia descubierto y en lo que más descubriese, y decia en sus relaciones é cartas que habia gastado muchos millares de pesos de oro en el descubrimiento.

Por manera que el Capellan Benito Martinez fué á Castilla y negoció todo lo que pidió, é aun más cumplidamente; que trujo provision para el Diego Velazquez para ser adelantado de la isla de Cuba. Pues ya negociado lo aquí por mí dicho, no dieron tan presto los despachos, que primero no saliese Cortés con otra armada.

Quedarse ha aquí, así los despachos del Diego Velazquez como la armada de Cortés, é diré cómo estando escribiendo esta relacion vi una corónica del coronista Francisco Lopez de Gómora, y habla en lo de las conquistas de la Nueva-España é Méjico, é lo que sobre ello me parece declarar, adonde hubiere contradicion sobre lo que dice el Gómora, lo diré segun y de la manera que pasó en las conquistas, y va muy diferente de lo que escribe, porque todo es contrario de la verdad.

CAPÍTULO XVIII.

DE ALGUNAS ADVERTENCIAS ACERCA DE LO QUE ESCRIBE FRANCISCO LOPEZ DE GÓMORA, MAL INFORMADO, EN SU HISTORIA.

Estando escribiendo esta relacion, acaso vi una historia de buen estilo, la cual se nombra de un Francisco Lopez de Gómora, que habla de las conquistas de Méjico y Nueva-España, y cuando leí su gran retórica, y como mi obra es tan grosera, dejé de escribir en ella, y aun tuve vergüenza que pareciese entre personas notables; y estando tan perplejo como digo, torné á leer y á mirar las razones y pláticas que el Gómora en sus libros escribió, é vi que desde el principio y medio hasta el cabo no llevaba buena relacion, y va muy contrario de lo que fué é pasó en la Nueva-España; y cuando entró á decir de las grandes ciudades, y tantos números que dice que habia de vecinos en ellas, que tanto se le dió poner ocho como ocho mil.

Pues de aquellas grandes matanzas que dice que haciamos, siendo nosotros obra de cuatrocientos soldados los que andábamos en la guerra, que harto teniamos de defendernos que no nos matasen ó llevasen de vencida; que aunque estuvieran los indios atados, no hiciéramos tantas muertes y crueldades como dice que hicimos; que juro amen que cada dia estábamos rogando á Dios y Nuestra Señora no nos desbaratasen.

Volviendo á nuestro cuento, Atalarico, muy bravísimo Rey, é Atila, muy soberbio guerrero, en los campos catalanes no hicieron tantas muestras de hombres como dice que haciamos.

Tambien dice que derrotamos y abrasamos muchas ciudades y templos, que son sus cues, donde tienen sus ídolos, y en aquello le parece á Gómora que aplace mucho á los oyentes que leen su historia, y no quiso ver ni entender cuando lo escribia que los verdaderos conquistadores y curiosos letores que saben lo que pasó, claramente le dirán que en su historia en todo lo que escribe se engañó, y si en las demás historias que escribe de otras cosas va del arte del de la Nueva-España, tambien irá todo errado; y es lo bueno que ensalza á unos capitanes y abaja á otros; y los que no se hallaron en las conquistas dice que fueron capitanes, y que un Pedro Dircio fué por capitan cuando el desbarate que hubo en un pueblo que le pusieron nombre Almería; porque el que fué por capitan en aquella entrada fué un Juan de Escalante, que murió en el desbarate con otros siete soldados; é dice que un Juan Velazquez de Leon fué á poblar á Guacacualco; mas la verdad es así: que un Gonzalo de Sandoval, natural de Ávila, lo fué á poblar.

Tambien dice cómo Cortés mandó quemar un indio que se decia Quezal-Popoca, capitan de Montezuma, sobre la poblacion que se quemó. El Gómora no acierta tambien lo que dice de la entrada que fuimos á un pueblo é fortaleza: Anga Panga escríbelo, mas no como pasó. Y de cuando en los arenales alzamos á Cortés por capitan general y justicia mayor, en todo le engañaron. Pues en la toma de un pueblo que se dice Chamula, en la provincia de Chiapa, tampoco acierta en lo que escribe.

Pues otra cosa peor dice, que Cortés mandó secretamente barrenar los once navíos en que habiamos venido; ántes fué público, porque claramente por consejo de todos los demás soldados mandó dar con ellos al través á ojos vistas, porque nos ayudase la gente de la mar que en ellos estaba, á velar y guerrear.

Pues en lo de Juan de Grijalva, siendo buen capitan, le deshace é disminuye. Pues en lo de Francisco Fernandez de Córdoba, habiendo él descubierto lo de Yucatan, lo pasa por alto. Y en lo de Francisco de Garay dice que vino él primero con cuatro navíos de lo de Pánuco ántes que viniese con la armada postrera; en lo cual no acierta, como en lo demás.

Pues en todo lo que escribe de cuándo vino el capitan Narvaez y de cómo le desbaratamos, escribe segun é como las relaciones. Pues en las batallas de Taxcala hasta que hicimos las paces, en todo escribe muy léjos de lo que pasó.

Pues las guerras de Méjico de cuando nos desbarataron y echaron de la ciudad, é nos mataron é sacrificaron sobre ochocientos y sesenta soldados; digo otra vez sobre ochocientos y sesenta soldados, porque de mil trecientos que entramos al socorro de Pedro de Albarado, é íbamos en aquel socorro los de Narvaez é los de Cortés, que eran los mil y trecientos que he dicho, no escapamos sino cuatrocientos y cuarenta, é todos heridos, y dícelo de manera como si no fuera nada.

Pues desque tornamos á conquistar la gran ciudad de Méjico é la ganamos, tampoco dice los soldados que nos mataron é hirieron en las conquistas, sino que todo lo hallábamos como quien va á bodas y regocijos.

¿Para qué meto yo aquí tanto la pluma en contar cada cosa por sí, que es gastar papel y tinta? Porque si en todo lo que escribe va de aquesta arte, es gran lástima; y puesto que él lleve buen estilo, habia de ver que para que diese fe á lo demás que dice, que en esto se habia de esmerar.

Dejemos esta plática, é volveré á mi materia; que despues de bien mirado todo lo que he dicho que escribe Gómora, que por ser tan léjos de lo que pasó es en perjuicio de tantos, torno á proseguir en mi relacion é historia; porque dicen sábios varones que la buena política y agraciado componer es decir verdad en lo que escribieren, y la mera verdad resiste á mi rudeza; y mirando en esto que he dicho, acordé de seguir mi intento con el ornato y pláticas que adelante se verán, para que salga á luz y se vean las conquistas de la Nueva-España claramente y como se han de ver, y su majestad sea servido conocer los grandes é notables servicios que le hicimos los verdaderos conquistadores, pues tan pocos soldados como venimos á estas tierras con el venturoso y buen capitan Hernando Cortés, nos pusimos á tan grandes peligros y le ganamos esta tierra, que es una buena parte de las del Nuevo-Mundo, puesto que su majestad, como cristiano Rey y señor nuestro, nos lo ha mandado muchas veces gratificar; y dejaré de hablar acerca de esto, porque hay mucho que decir.

Y quiero volver con la pluma en la mano, como el buen piloto lleva la sonda por la mar, descubriendo los bajos cuando siente que los hay, así haré yo encaminar á la verdad de lo que pasó la historia del coronista Gómora, y no será todo en lo que escribe; porque si parte por parte se hubiese de escribir, seria más la costa en coger la rebusca que en las verdaderas vendimias.

Digo que sobre esta mi relacion pueden los coronistas sublimar é dar loas cuantas quisieren, así al capitan Cortés como á los fuertes conquistadores, pues tan grande y santa empresa salió de nuestras manos, pues ello mismo da fe muy verdadera; y no son cuentos de naciones extrañas, ni sueños ni porfias, que ayer pasó á manera de decir, sino vean toda la Nueva-España qué cosa es, y lo que sobre ello escriben.

Diremos lo que en aquellos tiempos nos hallamos ser verdad, como testigos de vista, é no estaremos hablando las contrariedades y falsas relaciones (como decimos) de los que escribieron de oidas, pues sabemos que la verdad es cosa sagrada, y quiero dejar de más hablar en esta materia; y aunque habia bien que decir della é lo que sé, sospecho del coronista que le dieron falsas relaciones cuando hacia aquella historia; porque toda la honra y prez della la dió sólo al marqués D. Hernando Cortés, é no hizo memoria de ninguno de nuestros valerosos capitanes y fuertes soldados; y bien se parece en todo lo que el Gómora escribe en su historia serle muy aficionado, pues á su hijo, el marqués que agora es, le eligió su corónica é obra, é la dejó de elegir á nuestro Rey y señor; y no solamente el Francisco Lopez de Gómora escribió tantos borrones é cosas que no son verdaderas, de que ha hecho mucho daño á muchos escritores é coronistas que despues del Gómora han escrito en las cosas de la Nueva-España, como es el doctor Illescas y Pablo Iovio, que se van por sus mismas palabras y escriben ni más ni ménos que el Gómora.

Por manera que lo que sobre esta materia escribieron es porque les ha hecho errar el Gómora.

CAPÍTULO XIX.

CÓMO VENIMOS OTRA VEZ CON OTRA ARMADA Á LAS TIERRAS NUEVAMENTE DESCUBIERTAS, Y POR CAPITAN DE LA ARMADA HERNANDO CORTÉS, QUE DESPUES FUÉ MARQUÉS DEL VALLE, Y TUVO OTROS DITADOS, Y DE LAS CONTRARIEDADES QUE HUBO PARA LE ESTORBAR QUE NO FUESE CAPITAN.

En 15 dias del mes de Noviembre de 1518 años, vuelto el capitan Juan de Grijalva de descubrir las tierras nuevas (como dicho habemos), el gobernador Diego Velazquez ordenaba de enviar otra armada muy mayor que las de ántes, y para ello tenia ya diez navíos en el puerto de Santiago de Cuba; los cuatro dellos eran en los que volvimos cuando lo de Juan de Grijalva, porque luego les hizo dar carena y adobar, y los otros seis recogieron de toda la isla, y los hizo proveer de bastimento, que era pan cazabe y tocino, porque en aquella sazon no habia en la isla de Cuba ganado vacuno ni carneros, y este bastimento no era para más de hasta llegar á la Habana, porque allí habiamos de hacer todo el matalotaje, como se hizo.

Y dejemos de hablar en esto, y volvamos á decir las diferencias que se hubo en elegir capitan para aquel viaje. Habia muchos debates y contrariedades, porque ciertos caballeros decian que viniese un capitan muy de calidad, que se decia Vasco Porcallo, pariente cercano del conde de Feria, y temióse el Diego Velazquez que se alzaria con la armada, porque era atrevido; otros decian que viniese un Agustin Bermudez ó un Antonio Velazquez Borrego, ó un Bernardino Velazquez, parientes del gobernador Diego Velazquez; y todos los más soldados que allí nos hallamos deciamos que volviese el Juan de Grijalva, pues era buen capitan y no habia falta en su persona y en saber mandar.

Andando las cosas y conciertos desta manera que aquí he dicho, dos grandes privados del Diego Velazquez, que se decian Andrés de Duero, secretario del mismo gobernador, y un Amador de Larez, contador de su majestad, hicieron secretamente compañía con un buen hidalgo, que se decia Hernando Cortés, natural de Medellin, el cual fué hijo de Martin Cortés de Monroy y de Catalina Pizarro Altamirano, é ámbos hijosdalgo, aunque pobres; é así era por la parte de su padre Cortés y Monroy, y la de su madre Pizarro é Altamirano: fué de los buenos linajes de Extremadura, é tenia indios de encomienda en aquella isla, é poco tiempo habia que se habia casado por amores con una señora que se decia doña Catalina Suarez Pacheco, y esta señora era hija de Diego Suarez Pacheco, ya difunto, natural de la ciudad de Ávila, y de María de Mercaida, vizcaina y hermana de Juan Suarez Pacheco; y este, despues que se ganó la Nueva-España, fué vecino y encomendado en Méjico; y sobre este casamiento de Cortés le sucedieron muchas pesadumbres y prisiones, porque Diego Velazquez favoreció las partes della, como más largo contarán otros; y así pasaré adelante y diré acerca de la compañía, y fué desta manera: que concertaron estos dos grandes privados del Diego Velazquez que le hiciesen dar á Hernando Cortés la capitanía general de toda la armada, y que partirian entre todos tres la ganancia del oro y plata y joyas de la parte que le cupiese á Cortés; porque secretamente el Diego Velazquez enviaba á rescatar, y no á poblar.

Pues hecho este concierto, tienen tales modos el Duero y el contador con el Diego Velazquez, y le dicen tan buenas y melosas palabras, loando mucho á Cortés, que es persona en quien cabe aquel cargo, y para capitan muy esforzado y que le seria muy fiel, pues era su ahijado, porque fué su padrino cuando Cortés se veló con doña Catalina Suarez Pacheco; por manera que le persuadieron á ello y luego se eligió por capitan general; y el Andrés de Duero, como era secretario del gobernador, no tardó en hacer las provisiones, como dice en el refran, de muy buena tinta, y como Cortés las quiso bastantes, y se las trujo firmadas.

Ya publicada su eleccion, á unas personas les placia y á otras les pesaba. Y un domingo, yendo á Misa el Diego Velazquez, como era gobernador, íbanle acompañando las más nobles personas y vecinos que habia en aquella villa, y llevaba á Hernando Cortés á su lado derecho por le honrar; é iba delante del Diego Velazquez un truhan que se decia Cervantes el Loco, haciendo gestos y chocarrerías:

—«Á la gala de mi amo; Diego, Diego, ¿qué capitan has elegido? Que es de Medellin de Extremadura, capitan de gran ventura. Mas temo, Diego, no se te alce con la armada; que le juzgo por muy gran varon en sus cosas.»

Y decia otras locuras, que todas iban inclinadas á malicia. Y porque lo iba diciendo de aquella manera le dió de pescozazos el Andrés de Duero, que iba allí junto con Cortés, y le dijo:

—«Calla, borracho, loco, no seas más bellaco; que bien entendido tenemos que esas malicias, so color de gracias no salen de tí.»

Y todavía el loco iba diciendo:

—«Viva, viva la gala de mi amo Diego y del su venturoso capitan Cortés. É juro á tal, mi amo Diego, que por no te ver llorar tu mal recaudo que ahora has hecho yo me quiero ir con Cortés á aquellas ricas tierras.»

Túvose por cierto que dieron los Velazquez parientes del gobernador ciertos pesos de oro á aquel chocarrero porque dijese aquellas malicias, so color de gracias.

Y todo salió verdad como lo dijo. Dicen que los locos muchas veces aciertan en lo que hablan; y fué elegido Hernando Cortés, por la gracia de Dios, para ensalzar nuestra santa fe y servir á su majestad, como adelante se dirá.

CAPÍTULO XX.

DE LAS COSAS QUE HIZO Y ENTENDIÓ EL CAPITAN HERNANDO CORTÉS DESPUES QUE FUÉ ELEGIDO POR CAPITAN, COMO DICHO ES.

Pues como ya fué elegido Hernando Cortés por general de la armada que dicho tengo, comenzó á buscar todo género de armas, así escopetas como pólvora y ballestas, é todos cuantos pertrechos de guerra pudo haber y buscar, todas cuantas maneras de rescate, y tambien otras cosas pertenecientes para aquel viaje.

É demás desto, se comenzó de pulir é abellidar en su persona mucho más que de ántes, é se puso un penacho de plumas con su medalla de oro, que le parecia muy bien. Pues para hacer aquestos gastos que he dicho no tenia de qué, porque en aquella sazon estaba muy adeudado y pobre, puesto que tenia buenos indios de encomienda y le daban buena renta de las minas de oro; más todo lo gastaba en su persona y en atavíos de su mujer, que era recien casado.

Era apacible en su persona y bien quisto y de buena conversacion, y habia sido dos veces alcalde en la villa de Santiago de Boroco, adonde era vecino, porque en aquestas tierras se tiene por mucha honra.

Y como ciertos mercaderes amigos suyos, que se decian Jaime Tria ó Gerónimo Tria y un Pedro de Jerez, le vieron con capitanía y prosperado, le prestaron cuatro mil pesos de oro y le dieron otras mercaderías sobre la renta de sus indios, y luego hizo hacer unas lazadas de oro, que puso en una ropa de terciopelo, y mandó hacer estandartes y banderas labradas de oro, con las armas Reales y una cruz de cada parte, juntamente con las armas de nuestro Rey y Señor, con un letrero en latin, que decia: «Hermanos, sigamos la señal de la Santa Cruz con fe verdadera, que con ella venceremos;» y luego mandó dar pregones y tocar sus atambores y trompetas en nombre de su majestad, y en su Real nombre por Diego Velazquez, para cualesquier personas que quisiesen ir en su compañía á las tierras nuevamente descubiertas á las conquistar y doblar, les darian sus partes del oro, plata y joyas que se hubiese, y encomiendas de indios despues de pacificada, y que para ello tenia el Diego Velazquez de su majestad.

É puesto que se pregonó aquesto de la licencia del Rey nuestro Señor, aún no habia venido con ella de Castilla el Capellan Benito Martinez, que fué el que Diego Velazquez hubo despachado á Castilla para que le trujese, como dicho tengo en el capítulo que dello habla.

Pues como se supo esta nueva en toda la isla de Cuba, y tambien Cortés escribió á todas las villas á sus amigos que se aparejasen para ir con él á aquel viaje, unos vendian sus haciendas para buscar armas y caballos, otros comenzaban á hacer cazabe y salar tocinos para matalotaje, y se colchaban armas y se apercebian de lo que habian menester lo mejor que podian.

De manera que nos juntamos en Santiago de Cuba, donde salimos con el armada, más de trescientos soldados; y de la casa del mismo Diego Velazquez vinieron los más principales que tenia en su servicio, que era un Diego de Ordás, su mayordomo mayor, y á este el mismo Velazquez lo envió para que mirase y entendiese no hubiese alguna mala trama en la armada; que siempre se temió de Cortés, aunque lo disimulaba; y vino un Francisco de Morla y un Escobar y un Heredia, y Juan Ruano y Pedro Escudero, y un Martin Ramos de Lares, vizcaino, y otros muchos que eran amigos y paniaguados del Diego Velazquez. É yo me pongo á la postre, ya que estos soldados pongo aquí por memoria, y no á otros, porque en su tiempo y sazon los nombraré á todos los que se me acordare.

Y como Cortés andaba muy solícito en aviar su armada, y en todo se daba mucha priesa, como ya la malicia y envidia reinaba siempre en aquellos deudos del Diego Velazquez, estaban afrentados como no se fiaba el pariente dellos, y dió aquel cargo y capitanía á Cortés, sabiendo que le habia tenido por su grande enemigo pocos dias habia sobre el casamiento de la mujer de Cortés, que se decia Catalina Suarez la Marcaida (como dicho tengo); y á esta causa andaban mormurando del pariente Diego de Velazquez y aun de Cortés, y por todas las vías que podian la revolvian con el Diego Velazquez para que en todas maneras le revocasen el poder; de lo cual tenia dello aviso el Cortés, y á esta causa no se quitaba de la compañía de estar con el gobernador y siempre mostrándose muy gran su servidor. Él decia que le habia de hacer muy ilustre señor é rico en poco tiempo.

Y demás desto, el Andrés de Duero avisaba siempre á Cortés que se diese priesa en embarcar, porque ya tenian trastrocado al Diego Velazquez con importunidad de aquellos sus parientes los Velazquez. Y desque aquello vió Cortés, mandó á su mujer doña Catalina Suarez la Marcaida que todo lo que hubiese de llevar de bastimentos y otros regalos que suelen hacer para sus maridos, en especial para tal jornada, se llevase luego á embarcar á los navíos.

É ya tenia mandado apregonar é apregonado, é apercebidos á los maestres y pilotos y á todos los soldados, que para tal dia y noche no quedase ninguno en tierra.

Y desque aquello tuvo mandado y los vió todos embarcados, se fué á despedir del Diego Velazquez, acompañado de aquellos sus grandes amigos y compañeros, Andrés de Duero y el contador Amador de Lares, y todos los más nobles vecinos de aquella villa; y despues de muchos ofrecimientos y abrazos de Cortés al gobernador y del gobernador á Cortés, se despidió dél; y otro dia muy de mañana, despues de haber oido Misa, nos fuimos á los navíos, y el mismo Diego Velazquez le tornó á acompañar, y otros muchos hidalgos, hasta acercarnos á la vela, y con próspero tiempo en pocos dias llegamos á la villa de la Trinidad; y tomado puerto y saltados en tierra, lo que allí le avino á Cortés adelante se dirá.

Aquí en esta relacion verán lo que á Cortés le acaeció y las contrariedades que tuvo hasta elegir por capitan y todo lo demás ya por mí dicho; y sobre ello miren lo que dice Gómora en su historia, y hallarán ser muy contrario lo uno de lo otro, y cómo á Andrés de Duero, siendo secretario que mandaba la isla de Cuba, le hace mercader, y al Diego de Ordás, que vino ahora con Cortés, dijo que habia venido con Grijalva.

Dejemos al Gómora y á su mala relacion, y digamos cómo desembarcamos con Cortés en la villa de la Trinidad.

CAPÍTULO XXI.

DE LO QUE CORTÉS HIZO DESQUE LLEGÓ Á LA VILLA DE LA TRINIDAD, Y DE LOS CABALLEROS Y SOLDADOS QUE ALLÍ NOS JUNTAMOS PARA IR EN SU COMPAÑÍA, Y DE LO QUE MÁS LE AVINO.

É así como desembarcamos en el puerto de la villa de la Trinidad, y salidos en tierra, y como los vecinos lo supieron, luego fueron á recibir á Cortés y á todos nosotros los que veniamos en su compañía, y á darnos el parabien venido á su villa, y llevaron á Cortés á aposentar entre los vecinos, porque habia en aquella villa poblados muy buenos hidalgos; y luego mandó Cortés poner su estandarte delante de su posada y dar pregones, como se habia hecho en la villa de Santiago, y mandó buscar todas las ballestas y escopetas que habia, y comprar otras cosas necesarias y aun bastimentos; y de aquesta villa salieron hidalgos para ir con nosotros, y todos hermanos, que fué el capitan Pedro Albarado y Gonzalo de Albarado y Jorge de Albarado y Gonzalo y Gomez é Juan de Albarado el viejo, que era bastardo; el capitan Pedro de Albarado es el por muy muchas veces nombrado; é tambien salió de aquesta villa Alonso de Ávila, natural de Ávila, capitan que fué cuando lo de Grijalva, é salió Juan de Escalante é Pedro Sanchez Farfan, natural de Sevilla, y Gonzalo Mejía, que fué tesorero en lo de Méjico, é un Baena y Juanes de Fuenterrabia, y Cristóbal de Olí, que fué forzado, que fué maestre de campo en la toma de la ciudad de Méjico y en todas las guerras de la Nueva-España, é Ortiz el músico, é un Gaspar Sanchez, sobrino del tesorero de Cuba, é un Diego de Pineda ó Pinedo, y un Alonso Rodriguez, que tenia unas minas ricas de oro, y un Bartolomé García y otros hidalgos que no me acuerdo sus nombres, y todas personas de mucha valía.

Y desde la Trinidad escribió Cortés á la villa de Santispíritus, que estaba de allí diez y ocho leguas, haciendo saber á todos los vecinos cómo iba á aquel viaje á servir á su majestad, y con palabras sabrosas é ofrecimientos para atraer á sí muchas personas de calidad que estaban en aquella villa poblados, que se decian Alonso Hernandez Puertocarrero, primo del conde de Medellin, y Gonzalo de Sandoval, alguacil mayor é gobernador que fué ocho meses, y capitan que despues fué en la Nueva-España, y á Juan Velazquez de Leon, pariente del gobernador Velazquez, y Rodrigo Rangel y Gonzalo Lopez de Jimena y su hermano Juan Lopez, y Juan Sedeño.

Este Juan Sedeño era vecino de aquella villa; y declárolo así porque habia en nuestra armada otros dos Sedeños; y todos estos que he nombrado, personas muy generosas, vinieron á la villa de la Trinidad, donde Cortés estaba; y como lo supo que venian, los salió á recibir con todos nosotros los soldados que estábamos en su compañía, y se dispararon muchos tiros de artillería y les mostró mucho amor, y ellos le tenian grande acato.

Digamos ahora cómo todas las personas que he nombrado, vecinos de la Trinidad, tenian en sus estancias, donde hacian el pan cazabe, y manadas de puercos cerca de aquella villa, y cada uno procuró de poner el más bastimento que podia.

Pues estando desta manera recogiendo soldados y comprando caballos, que en aquella sazon é tiempo no los habia, sino muy pocos y caros; y como aquel hidalgo por mí ya nombrado, que se decia Alfonso Hernandez Puertocarrero, no tenia caballo ni aun de qué comprallo, Cortés le compró una yegua rucia y dió por ella unas lazadas de oro que traia en la ropa de terciopelo que mandó hacer en Santiago de Cuba (como dicho tengo); y en aquel instante vino un navío de la Habana á aquel puerto de la Trinidad, que traia un Juan Sedeño, vecino de la misma Habana, cargado de pan cazabe y tocinos que iba á vender á unas minas de oro cerca de Santiago de Cuba; y como saltó en tierra el Juan Sedeño, fué á besar las manos á Cortés, y despues de muchas pláticas que tuvieron, le compró el navío y tocinos y cazabe fiado, y se fué el Juan de Sedeño con nosotros.

Ya teniamos once navíos, y todo se nos hacia prósperamente, gracias á Dios por ello; y estando de la manera que he dicho, envió Diego Velazquez cartas y mandamientos para que detengan la armada á Cortés; lo cual verán adelante lo que pasó.

CAPÍTULO XXII.

CÓMO EL GOBERNADOR DIEGO VELAZQUEZ ENVIÓ DOS CRIADOS SUYOS EN POSTA Á LA VILLA DE LA TRINIDAD CON PODERES Y MANDAMIENTOS PARA REVOCAR Á CORTÉS EL PODER DE SER CAPITAN Y TOMALLE LA ARMADA, Y LO QUE PASÓ DIRÉ ADELANTE.

Quiero volver algo atrás de nuestra plática, para decir que como salimos de Santiago de Cuba con todos los navíos de la manera que he dicho, dijeron á Diego Velazquez tales palabras contra Cortés, que le hicieron volver la hoja; porque le acusaban que ya iba alzado y que salió del puerto como á cencerros tapados, y que le habian oido decir que aunque pesase al Diego Velazquez habia de ser capitan, y que por este efecto habia embarcado todos sus soldados en los navíos de noche, para si le quitasen la capitanía por fuerza hacerse á la vela, y que le habian engañado al Velazquez su secretario Andrés de Duero y el contador Amador de Lares, y que por tratos que habia entre ellos y entre Cortés, que le habian hecho dar aquella capitanía.

É quien más metió la mano en ello para convocar al Diego Velazquez que le revocase luego el poder eran sus parientes Velazquez, y un viejo que se decia Juan Millan, que le llamaban el Astrólogo; otros decian que tenia ramos de locura é que era atronado, y este viejo decia muchas veces al Diego Velazquez:

—«Mira, señor, que Cortés se vengará ahora de vos de cuando le tuvistes preso, y como es mañoso, os ha de echar á perder si no lo remediais presto.»

Á estas palabras y otras muchas que le decian dió oidos á ellas, y con mucha brevedad envió dos mozos de espuelas, de quien se fiaba, con mandamientos y provisiones para el alcalde mayor de la Trinidad, que se decia Francisco Verdugo, el cual era cuñado del mismo gobernador; en las cuales provisiones mandaba que en todo caso le detuviesen el armada á Cortés, porque ya no era capitan, y le habian revocado poder y dado á Vasco Porcallo.

Y tambien traian cartas para Diego de Ordás y para Francisco de Morla y para todos los amigos y parientes del Diego Velazquez, para que en todo caso le quitasen la armada.

Y como Cortés lo supo, habló secretamente al Ordás y á todos aquellos soldados y vecinos de la Trinidad que le pareció á Cortés que serian en favorecer las provisiones del gobernador Diego Velazquez, y tales palabras y ofertas les dijo, que los trujo á su servicio; y aun el mismo Diego de Ordás habló é invocó luego á Francisco Verdugo, que era alcalde mayor, que no hablasen en el negocio, sino que lo disimulasen; y púsole por delante que hasta allí no habia visto ninguna novedad en Cortés, ántes se mostraba muy servidor del gobernador; é ya que en algo se quisiesen poner por el Velazquez para quitarle la armada en aquel tiempo, que Cortés tenia muchos hidalgos por amigos, y enemigos del Diego Velazquez porque no les habia dado buenos indios; y demás de los hidalgos sus amigos, tenia grande copia de soldados y estaba muy pujante, y que seria meter zizaña en la villa, é que por ventura los soldados le darian sacomano é le robarian é harian otro peor desconcierto; y así, se quedó sin hacer bullicio; y el un mozo de espuelas de los que traian las cartas y recaudos se fué con nosotros, el cual se decia Pedro Laso, y con el otro mensajero escribió Cortés muy mansa y amorosamente al Diego Velazquez que se maravillaba de su merced de haber tomado aquel acuerdo, y que su deseo es servir á Dios y á S. M., y á él en su Real nombre; y que le suplicaba que no oyese más á aquellos señores sus deudos los Velazquez, ni por un viejo loco, como era Juan Millan, se mudase.

Y tambien escribió á todos sus amigos, en especial al Duero y al contador, sus compañeros: y despues de haber escrito, mandó entender á todos los soldados en aderezar armas, y á los herreros que estaban en aquella villa, que siempre hiciesen casquillos, y á los ballesteros que desbastasen almacen para que tuviesen muchas saetas, y tambien atrujo y convocó á los herreros que se fuesen con nosotros, y así lo hicieron; y estuvimos en aquella villa doce dias, donde lo dejaré, y diré cómo nos embarcamos para ir á la Habana.

Tambien quiero que vean los que esto leyeren la diferencia que hay de la relacion de Francisco Gómora cuando dice que envió á mandar Diego Velazquez á Ordás que convidase á comer á Cortés en un navío y lo llevase preso á Santiago. Y pone otras cosas en su corónica, que por no me alargar lo dejo de decir, y al parecer de los curiosos letores si lleva mejor camino lo que se vió por vista de ojos ó lo que dice el Gómora que no lo vió.

Volvamos á nuestra materia.

CAPÍTULO XXIII.

CÓMO EL CAPITAN HERNANDO CORTÉS SE EMBARCÓ CON TODOS LOS DEMÁS CABALLEROS Y SOLDADOS PARA IR POR LA BANDA DEL SUR AL PUERTO DE LA HABANA, Y ENVIÓ OTRO NAVÍO POR LA BANDA DEL NORTE AL MISMO PUERTO, Y LO QUE MÁS LE ACAECIÓ.

Despues que Cortés vió que en la villa de la Trinidad no teniamos en qué entender, apercibió á todos los caballeros y soldados que allí se habian juntado para ir en su compañía, que embarcasen juntamente con él en los navíos que estaban en el puerto de la banda del Sur, y los que por tierra quisiesen ir, fuesen hasta la Habana con Pedro de Albarado, para que fuese recogiendo más soldados, que estaban en unas estancias que era camino de la misma Habana; porque el Pedro de Albarado era muy apacible, y tenia gracia en hacer gente de guerra. Yo fuí en su compañía por tierra, y más de otros cincuenta soldados.

Dejemos esto, y diré que tambien mandó Cortés á un hidalgo que se decia Juan de Escalante, muy su amigo, que se fuese en un navío por la banda del norte. Y tambien mandó que todos los caballos fuesen por tierra.