Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (2 de 3)
Nota de transcripción
- Los errores de imprenta han sido corregidos.
- La ortografía del original ha sido respetada, normalizándose las variantes a la grafía más frecuente, excepto en el caso de los nombres propios y de los términos indígenas.
- En los casos dudosos, se ha adoptado la grafía utilizada en 1853 por la edición de E. Vedia en el tomo XXVI de la Biblioteca de Autores Españoles, que utiliza la misma versión del texto pero cuyos errores tipográficos son menores.
- No obstante lo anterior, se han acentuado las mayúsculas y se ha distinguido entre «mas» y «más», «aun» y «aún», y «que» y «qué», distinción no siempre presente en el original impreso.
- Para facilitar la lectura, la mayor parte de los puntos y seguido —y algunos de los puntos y coma— se han cambiado a puntos y aparte, con el fin de evitar los párrafos excesivamente largos del original.
- También se han aislado en párrafo aparte, precediéndolas de una raya de diálogo, la expresiones literales pronunciadas en público.
- Las páginas en blanco han sido eliminadas.
CONQUISTA DE NUEVA-ESPAÑA
POR
BERNAL DIAZ DEL CASTILLO.
VERDADERA HISTORIA
DE LOS SUCESOS
DE LA CONQUISTA DE LA NUEVA-ESPAÑA,
POR EL CAPITAN BERNAL DIAZ DEL CASTILLO,
UNO DE SUS CONQUISTADORES.
TOMO II.
MADRID.—1863.
Imprenta de Tejado, calle de Silva, número 12.
CONQUISTA DE LA NUEVA-ESPAÑA
POR
BERNAL DIAZ DEL CASTILLO.
CAPÍTULO CXII.
CÓMO CORTÉS, DESPUES DE BIEN INFORMADO DE QUIÉN ERA CAPITAN Y QUIÉN Y CUÁNTOS VENIAN EN LA ARMADA, Y DE LOS PERTRECHOS DE GUERRA QUE TRAIA, Y DE LOS TRES NUESTROS FALSOS SOLDADOS QUE Á NARVAEZ SE PASARON, ESCRIBIÓ AL CAPITAN É Á OTROS SUS AMIGOS, ESPECIALMENTE Á ANDRÉS DE DUERO, SECRETARIO DEL DIEGO VELAZQUEZ; Y TAMBIEN SUPO CÓMO MONTEZUMA ENVIABA ORO Y ROPA AL NARVAEZ, Y LAS PALABRAS QUE LE ENVIÓ Á DECIR EL NARVAEZ AL MONTEZUMA, Y DE CÓMO VENIA EN AQUELLA ARMADA EL LICENCIADO LÚCAS VAZQUEZ DE AILLON, OIDOR DE LA AUDIENCIA REAL DE SANTO DOMINGO, É LA INSTRUCCION QUE TRAIAN.
Como Cortés en todo tenia cuidado y advertencia, y cosa ninguna se le pasaba que no procuraba poner remedio, y como muchas veces he dicho ántes de ahora, tenia tan acertados y buenos capitanes y soldados, que, demás de ser muy esforzados, dábamos buenos consejos, acordóse por todos que se escribiese en posta con indios que llevasen las cartas al Narvaez ántes que llegase el clérigo Guevara, con muchas caricias y ofrecimientos que todos á una le hiciésemos, y que hariamos todo lo que su merced mandase; y que le pediamos por merced que no alborotase la tierra, ni los indios viesen entre nosotros disensiones; y esto deste ofrecimiento fué por causa que, como éramos los de Cortés pocos soldados en comparacion de los que el Narvaez traia, porque nos tuviese buena voluntad y para ver lo que sucedia; y nos ofrecimos por sus servidores, y tambien debajo destas buenas palabras no dejamos de buscar amigos entre los capitanes de Narvaez: porque el padre Guevara y el escribano Vergara dijeron á Cortés que Narvaez no venia bienquisto con sus capitanes, y que les enviase algunos tejuelos y cadenas de oro, porque dádivas quebrantan peñas: y Cortés les escribió que habia holgado en gran manera él y todos nosotros sus compañeros con su llegada á aquel puerto; y pues son amigos de tiempos pasados, que le pide por merced que no dé causa á que el Montezuma, que está preso, se suelte y la ciudad se levante, porque será para perderse él y su gente, y todos nosotros las vidas, por los grandes poderes que tiene: y esto, que lo dice porque el Montezuma está muy alterado y toda la ciudad revuelta con las palabras que de allá le ha enviado á decir; é que cree y tiene por cierto que de un tan esforzado y sábio varon, como él es no habian de salir de su boca cosas de tal arte dichas, ni en tal tiempo, sino que el Cervantes el chocarrero y los soldados que llevó consigo, como eran ruines lo dirian.
Y demás de otras palabras que en la carta iban, se le ofreció con su persona y hacienda, y que en todo haria lo que mandase.
Y tambien escribió Cortés al secretario Andrés de Duero y al oidor Lúcas Vazquez de Aillon, y con las cartas envió ciertas joyas de oro para sus amigos; y despues que hubo enviado esta carta secretamente, mandó dar al oidor cadenas y tejuelos y rogó al padre de la Merced que luego tras la carta fuese al real de Narvaez; y le dió otras cadenas de oro y tejuelos, y joyas muy estimadas que diese allá á sus amigos, y así como llegó la primera carta que dicho habemos que escribió Cortés con los indios ántes que llegase el padre Guevara, que fué el que Narvaez nos envió, andábala mostrando el Narvaez á sus capitanes, haciendo burla della y aun de nosotros; y un capitan de los que traia el Narvaez, que venia por veedor, que se decia Salvatierra, dicen que hacia bramuras desque la oyó, y decia al Narvaez, reprendiéndole, que para qué leia la carta de un traidor como Cortés é los que con él estaban, é que luego fuese contra nosotros, é que no quedase ninguno á vida; y juró que las orejas de Cortés que las habia de asar, y comer la una dellas; y decia otras liviandades.
Por manera que no quiso responder á la carta ni nos tenia en una castañeta.
Y en este instante llegó el clérigo Guevara y sus compañeros á su Real, y hablan al Narvaez que Cortés era muy buen caballero é gran servidor del Rey, y le dice del gran poder de Méjico, y de las muchas ciudades que vieron por donde pasaron, é que entendieron que Cortés que le será servidor y haria cuanto le mandase; é que será bien que por paz y sin ruido haya entre los unos y los otros concierto, y que mire el señor Narvaez á qué parte quiere ir de toda la Nueva-España con la gente que trae, que allí vaya é que deje al Cortés en otras provincias; pues hay tierras hartas donde se pueden albergar.
É como esto oyó el Narvaez, dicen que se enojó de tal manera con el padre Guevara y con el Amaya, que no los queria despues más ver ni escuchar; y desque los del real de Narvaez los vieron ir tan ricos al padre Guevara y al escribano Vergara é á los demás, y les decian secretamente á todos los de Narvaez tanto bien de Cortés é de todos nosotros, é que habian visto tanta multitud de oro que en el real andaba en el juego de los naipes, muchos de los de Narvaez deseaban estar ya en nuestro real; y en este instante llegó nuestro padre de la Merced, como dicho tengo, al real de Narvaez con los tejuelos que Cortés les dió y con cartas secretas, y fué á besar las manos al Narvaez, é á decille cómo Cortés hará todo lo que le mandare, é que tenga paz y amor; é como el Narvaez era cabezudo y venia muy pujante, no lo quiso oir; ántes dijo delante del mismo padre que Cortés y todos nosotros éramos unos traidores; é porque el fraile respondió que ántes éramos muy leales servidores del Rey, le trató mal de palabra; y muy secretamente repartió el fraile los tejuelos y cadenas de oro á quien Cortés le mandó y convocaba y atraia á sí los más principales del real de Narvaez.
Y dejallo hé aquí, y diré lo que al oidor Lúcas Velazquez de Aillon y al Narvaez les aconteció, y lo que sobre ello pasó.
CAPÍTULO CXIII.
CÓMO HUBIERON PALABRAS EL CAPITAN PÁNFILO DE NARVAEZ Y EL OIDOR LÚCAS VAZQUEZ DE AILLON, Y EL NARVAEZ LE MANDÓ PRENDER Y LE ENVIÓ EN UN NAVÍO PRESO Á CUBA Ó Á CASTILLA, Y LO QUE SOBRE ELLO AVINO.
Parece ser que, como el oidor Lúcas Vazquez de Aillon venia á favorecer las cosas de Cortés y de todos nosotros, porque así se lo habia mandado la real audiencia de Santo Domingo y los frailes jerónimos que estaban por gobernadores, como sabian los muchos y buenos y leales servicios que haciamos á Dios primeramente y á nuestro Rey y señor, y del gran presente que enviamos á Castilla con nuestros procuradores; é demás de lo que la audiencia Real le mandó, como el oidor vió las cartas de Cortés, y con ellas tejuelos de oro, si de ántes decia que aquella armada que enviaba era injusta, y contra toda justicia que contra tan buenos servidores del Rey como éramos era mal hecho venir, de allí adelante lo decia muy clara y abiertamente; y decia tanto bien de Cortés y de todos los que con él estábamos, que ya en el real de Narvaez no se hablaba de otra cosa.
Y demás desto, como veian y conocian en el Narvaez ser la pura miseria, y el oro y ropa que el Montezuma les enviaba todo se lo guardaba, y no daba cosa dello á ningun capitan ni soldado, ántes decia, con voz, que hablaba muy entonado, medio de bóveda, á su mayordomo:
—«Mirad que no falte ninguna manta, porque todas están puestas por memoria.»
É como aquello conocian dél, é oian lo que dicho tengo del Cortés y los que con él estábamos, de muy francos, todo su real estaba medio alborotado, y tuvo pensamiento el Narvaez que el oidor entendia en ello, é poner zizaña.
Y demás desto, cuando Montezuma les enviaba bastimento, que repartia el despensero ó mayordomo de Narvaez, no tenia cuenta con el oidor ni con sus criados, como era razon, y sobre ello hubo ciertas cosquillas y ruido en el real; y tambien porque el consejo que daban al Narvaez el Salvatierra, que dicho tengo que venia por veedor, y Juan Bono, vizcaino, y un Gamarra, y sobre todo, los grandes favores que tenia de Castilla de D. Juan Rodriguez de Fonseca, Obispo de Búrgos, tuvo tan gran atrevimiento el Narvaez, que prendió al oidor del Rey, á él y á su escribano y ciertos criados, y lo hizo embarcar en un navío, y los envió presos á Castilla ó á la isla de Cuba.
Y aun sobre todo esto, porque un hidalgo que se decia Fulano de Oblanco y era letrado, decia al Narvaez que Cortés era muy servidor del Rey, y todos nosotros los que estábamos en su compañía éramos dignos de muchas mercedes, y que parecia mal llamarnos traidores, y que era mucho más mal prender á un oidor de su majestad; y por esto que le dijo, le mandó echar preso; y como el Gonzalo de Oblanco era muy noble, de enojo murió dentro de cuatro dias.
Tambien mandó echar presos á otros dos soldados de los que traia en su navío, que sabia que hablaban bien de Cortés, entre ellos fué un Sancho de Barahona, vecino que fué de Guatimala.
Tornemos á decir del oidor que llevaban preso á Castilla, que con palabras buenas é con temores que puso al capitan del navío y al maestre y al piloto que le llevaban á cargo, les dijo que, llegados á Castilla, que en lugar de paga de lo que hacen, su majestad les mandaria ahorcar; y como aquellas palabras oyeron, le dijeron que les pagase su trabajo y le llevarian á Santo Domingo; y así, mudaron la derrota que Narvaez les habia mandado que fuesen; y llegado á la isla de Santo Domingo y desembarcado, como la audiencia Real que allí residia y los frailes jerónimos que estaban por gobernadores oyeron al licenciado Lúcas Vazquez, y vieron tan grande desacato é atrevimiento, sintiéronlo mucho, y con tanto enojo, que luego lo escribieron á Castilla al Real Consejo de su majestad; y como el Obispo de Búrgos era presidente y lo mandaba todo, y su majestad no habia venido de Flandes, no hubo lugar de se hacer cosa ninguna de justicia en nuestro favor; ántes el don Juan Rodriguez de Fonseca diz que se holgó mucho, creyendo que el Narvaez nos habia ya prendido y desbaratado; y cuando su majestad estaba en Flandes, y oyeron á nuestros procuradores, y lo que el Diego Velazquez y el Narvaez habian hecho en enviar la armada sin su Real licencia, y haber prendido á su oidor, les hizo harto daño en los pleitos y demandas que despues le pusieron á Cortés y á todos nosotros, como adelante diré, por más que decian que tenian licencia del Obispo de Búrgos, que era presidente, para hacer el armada que contra nosotros enviaron.
Pues como ciertos soldados, parientes y amigos del oidor Lúcas Vazquez, vieron que el Narvaez le habia preso, temieron no les acaeciese lo que hizo con el letrado Gonzalo de Oblanco, porque ya les traia sobre los ojos y estaba mal con ellos, acordaron de se ir desde los arenales huyendo á la villa donde estaba el capitan Sandoval con los dolientes; y cuando llegaron á le besar las manos, el Sandoval les hizo mucha honra, y supo dellos todo lo aquí por mí dicho, y cómo queria enviar el Narvaez á aquella villa soldados á prenderle.
Y lo que más pasó diré adelante.
CAPÍTULO CXIV.
CÓMO NARVAEZ CON TODO SU EJÉRCITO SE VINO Á UN PUEBLO QUE SE DICE CEMPOAL, É LO QUE EN EL CONCIERTO SE HIZO, É LO QUE NOSOTROS HICIMOS ESTANDO EN LA CIUDAD DE MÉJICO, É CÓMO ACORDAMOS DE IR SOBRE NARVAEZ.
Pues como Narvaez hubo preso al oidor de la audiencia Real de Santo Domingo, luego se vino con todo su fardaje é pertrechos de guerra á asentar su real en un pueblo que se dice Cempoal, que en aquella sazon era muy poblado; é la primera cosa que hizo, tomó por fuerza al cacique gordo (que así le llamábamos) todas las mantas é ropa labrada é joyas de oro, é tambien le tomó las indias que nos habian dado los caciques de aquel pueblo, que se las dejamos en casa de sus padres é hermanos, porque eran hijas de señores, é para ir á la guerra muy delicadas.
Y el cacique gordo dijo muchas veces al Narvaez que no le tomase cosa ninguna de las que Cortés dejó en su poder, así el oro como mantas é indias, porque estaria muy enojado, y le vernia á matar de Méjico, así al Narvaez como al mismo cacique porque se las dejaba tomar.
É más, se le quejó el mismo cacique de los robos que le hacian sus soldados en aquel pueblo, é le dijo que cuando estaba allí Malinche, que así llamaban á Cortés, con sus gentes, que no les tomaban cosa ninguna, é que era muy bueno él é sus soldados los teules, porque teules nos llamaban; é como aquellas palabras le oia el Narvaez, hacia burla dél, é un Salvatierra que venia por veedor, otras veces por mí nombrado, que era el que más bravezas é fieros hacia, dijo á Narvaez é otros capitanes sus amigos:
—«¿No habeis visto qué miedo que tienen todos estos caciques desta nonada de Cortesillo?»
Tengan atencion los curiosos letores cuán bueno fuera no decir mal de lo bueno; porque juro amen que cuando dimos sobre el Narvaez, uno de los más cobardes é para ménos fué el Salvatierra, como adelante diré; é no porque no tenia buen cuerpo é membrudo, mas era mal engalibado, mas no de lengua, y decian que era natural de tierra de Búrgos.
Dejemos de hablar del Salvatierra, é diré cómo el Narvaez envió á requerir á nuestro capitan é á todos nosotros con unas provisiones que decian que eran traslados de los originales que traia para ser capitan por el Diego Velazquez; las cuales enviaba para que nos las notificase escribano, que se decia Alonso de Mata, el cual despues, el tiempo andando, fué vecino de la Puebla, que era ballestero; é enviaba con el Mata á otras tres personas de calidad.
É dejallo he aquí, así al Narvaez como á su escribano, é volveré á Cortés, que como cada dia tenia cartas é avisos, así de los del real de Narvaez como del capitan Gonzalo de Sandoval, que quedaba en la Villa-Rica, é le hizo saber que tenia consigo cinco soldados, personas muy principales é amigos del licenciado Lúcas Vazquez de Aillon, que es el que envió preso Narvaez á Castilla ó á la isla de Cuba; é la causa que daban por que se vinieron del real de Narvaez fué, que pues el Narvaez no tuvo respeto á un oidor del Rey, que ménos se lo ternia á ellos, que eran sus deudos; de los cuales soldados supo el Sandoval muy por entero todo lo que pasaba en el real de Narvaez é la voluntad que tenia, porque decia que muy de hecho habia de venir en nuestra busca á Méjico para nos prender.
Pasemos adelante, y diré que Cortés tomó luego consejo con nuestros capitanes é todos nosotros los que sabia que le habiamos de ser muy servidores, é solia llamar á consejo para en casos de calidad, como estos; é por todos fué acordado que brevemente, sin más aguardar cartas ni otras razones, fuésemos sobre el Narvaez, é que Pedro de Albarado quedase en Méjico en guarda del Montezuma con todos los soldados que no tuviesen buena disposicion para ir á aquella jornada; é tambien para que quedasen allí las personas sospechosas que sentiamos que serian amigos del Diego Velazquez é de Narvaez; é en aquella sazon, é ántes que el Narvaez viniese, habia enviado Cortés á Tlascala por mucho maíz, porque habia mala sementera en tierra de Méjico por falta de aguas; porque teniamos muchos naborías é amigos del mismo Tlascala, habíamoslo menester para ellos; é trujeron el maíz que he dicho, é muchas gallinas é otros bastimentos, los cuales enviamos al Pedro de Albarado, é aún le hicimos unas defensas á manera de mamparos é fortaleza con arte ó falconete, é cuatro tiros gruesos é toda la pólvora que teniamos, é diez ballesteros é catorce escopeteros é siete caballos, puesto que sabiamos que los caballos no se podrian aprovechar dellos en el patio donde estaban los aposentos; é quedaron por todos los soldados contados, de á caballo, y escopeteros é ballesteros, ochenta y tres.
Y como el gran Montezuma vió é entendió que queriamos ir sobre el Narvaez, é como Cortés le iba á ver cada dia é á tenelle palacio, jamás quiso decir ni dar á entender cómo el Montezuma ayudaba al Narvaez é le enviaba oro é mantas é bastimentos.
Y de una plática en otra, le preguntó el Montezuma á Cortés que dónde queria ir, é para qué habia hecho ahora de nuevo aquellos pertrechos é fortaleza, é que cómo andábamos todos alborotados; é lo que Cortés le respondió é en qué se resumió la plática diré adelante.
CAPÍTULO CXV.
CÓMO EL GRAN MONTEZUMA PREGUNTÓ Á CORTÉS QUE CÓMO QUERIA IR SOBRE EL NARVAEZ, SIENDO LOS QUE TRAIA DOBLADOS MÁS QUE NOSOTROS, Y QUE LE PESARIA MUCHO SI NOS VINIESE ALGUN MAL.
Como estaba platicando Cortés con el gran Montezuma, como lo tenian de costumbre, dijo el Montezuma á Cortés:
—«Señor Malinche, á todos vuestros capitanes é compañeros os veo andar desasosegados, é tambien he visto que no me visitais sino de cuando en cuando; é Orteguilla el paje me dice que quereis ir de guerra sobre esos vuestros hermanos que vienen en los navíos, é que quereis dejar aquí en mi guarda al Tonatio; hacedme merced que me lo declareis, para que si yo en algo os pudiere servir é ayudar, lo haré de muy buena voluntad. É tambien, señor Malinche, no querria que os viniese algun desman, porque vos teneis muy pocos teules, y esos que vienen son cinco veces más; é ellos dicen que son cristianos como vosotros é vasallos de ese vuestro Emperador, é tienen imágenes y ponen cruz, é les dicen Misa, é dicen é publican que sois gentes que venistes huyendo de Castilla de vuestro rey y señor, é que os vienen á prender ó á matar; en verdad que yo no os entiendo. Por tanto, mirad primero lo que haceis.»
Y Cortés le respondió con nuestras lenguas doña Marina é Jerónimo de Aguilar, con un semblante muy alegre, que si no le ha venido á dar relacion dello, es como le quiere mucho y por no le dar pesar con nuestra partida, é que por esta causa lo ha dejado, porque así tiene por cierto que el Montezuma le tiene voluntad.
É que cuanto á lo que dice, que todos somos vasallos de nuestro gran Emperador, que es verdad, é de ser cristianos como nosotros, que sí son; é á lo que dicen que venimos huyendo de nuestro Rey y señor, que no es así, sino que nuestro Rey nos envió para velle y hablalle todo lo que en su Real nombre le ha dicho é platicado, é á lo que dice que trae muchos soldados é noventa caballos é muchos tiros é pólvora, é que nosotros somos pocos, é que nos vienen á matar é prender, Nuestro Señor Jesucristo, en quien creemos é adoramos, é Nuestra Señora Santa María, su bendita Madre, nos dará fuerzas, y más que no á ellos, pues que son malos é vienen de aquella manera.
É que como nuestro Emperador tiene muchos reinos é señoríos, hay en ellos mucha diversidad de gentes, unas muy esforzadas é otras mucho más, é que nosotros somos de dentro de Castilla, que llaman Castilla la Vieja, é nos nombran por sobrenombre castellanos; é que el capitan que está ahora en Cempoal y la gente que trae que es de otra provincia que llaman Vizcaya, é que tienen la habla muy revesada, como á manera de decir como los otomís tierra de Méjico; é que él verá cuál se los traeriamos presos; é que no tuviese pesar por nuestra ida, que presto volveriamos con vitoria.
É lo que ahora le pide por merced, que mire que queda con él su hermano Tonatio, que así llamaban á Pedro de Albarado, con ochenta soldados; que despues que salgamos de aquella ciudad no haya algun alboroto, ni consienta á sus capitanes é papas hagan cosas que sean mal hechas, porque despues que volvamos, si Dios quisiere, no tengan que pagar con las vidas los malos revolvedores; é que todo lo que hubiere menester de bastimentos, que se los diesen; é allí le abrazó Cortés dos veces al Montezuma, é asimismo el Montezuma á Cortés; é doña Marina, como era muy avisada, se lo decia de arte que ponia tristeza con nuestra partida.
Allí le ofreció que haria todo lo que Cortés le encargaba, y aun prometió que enviaria en nuestra ayuda cinco mil hombres de guerra, é Cortés le dió gracias por ello, porque bien entendió que no los habia de enviar; é le dijo que no habia menester su ayuda, sino era la de Dios nuestro Señor, que es la ayuda verdadera, é la de sus compañeros que con él íbamos; é tambien le encargó que mirase que la imágen de nuestra Señora é la cruz que siempre lo tuviesen muy enramado, é limpia la iglesia, é quemasen candelas de cera, que tuviesen siempre encendidas de noche y de dia, é que no consintiesen á los papas que hiciesen otra cosa; porque en aquesto conoceria muy mejor su buena voluntad é amistad verdadera.
É despues de tornados otra vez á se abrazar, le dijo Cortés que le perdonase, que no podia estar más en plática con él, por entender en la partida; é luego habló á Pedro de Albarado é á todos los soldados que con él quedaban, é les encargó que guardasen al Montezuma con mucho cuidado no se soltase, é que obedeciesen al Pedro de Albarado; y prometióles que, mediante Dios, que á todos les habia de hacer ricos; é allí quedó con ellos el Clérigo Juan Diaz, que no fué con nosotros, é otros soldados sospechosos, que aquí no declaro por sus nombres; é allí nos abrazamos los unos á los otros, é sin llevar indias ni servicio, sino á la ligera, tiramos por nuestras jornadas por la ciudad de Cholula, y en el camino envió Cortés á Tlascala á rogar á nuestros amigos Xicotenga y Masse-Escaci é á todos los más caciques, que nos enviasen de presto cuatro mil hombres de guerra; y enviaron á decir que si fueran para pelear con indios como ellos, que sí hicieran, é aun muchos más de los que les demandaban, é que para contra teules como nosotros, é contra bombardas é caballos, que les perdonen, que no los quieren dar; é proveyeron de veinte cargas de gallinas; é luego Cortés escribió en posta á Sandoval que se juntase con todos sus soldados muy prestamente con nosotros, que íbamos á unos pueblos obra de doce leguas de Cempoal, que se dicen Tampaniquita é Mitalaguita, que ahora son de la encomienda de Pedro Moreno Medrano, que vive en la Puebla; é que mirase muy bien el Sandoval que Narvaez no le prendiese, ni hubiese á las manos á él ni á ninguno de sus soldados.
Pues yendo que íbamos de la manera que he dicho, con mucho concierto para pelear si topásemos gente de guerra de Narvaez ó al mismo Narvaez, y nuestros corredores del campo descubriendo, é siempre una jornada adelante dos de nuestros soldados grandes peones, personas de mucha confianza, y estos no iban por camino derecho, sino por partes que no podian ir á caballo, para saber é inquirir de indios de la gente de Narvaez.
Pues yendo nuestros corredores del campo descubriendo, vieron venir á un Alonso de Mata, el que decian que era escribano, que venia á notificar los papeles ó traslados de las provisiones, segun dije atrás en el capítulo que dello habla, é á los cuatro españoles que con él venian por testigos, y luego vinieron los dos nuestros soldados de á caballo á dar mandado, y los otros dos corredores del campo se estuvieron en palabras con el Alonso de Mata é con los cuatro testigos; y en este instante nos dimos priesa en andar y alargamos el paso, y cuando llegaron cerca de nosotros hicieron gran reverencia á Cortés y á todos nosotros, y Cortés se apeó del caballo y supo á lo que venian.
Y como el Alonso de Mata queria notificar los despachos que traia, Cortés le dijo que si era escribano del Rey, y dijo que sí; y mandóle que luego exhibiese el título, é que si le traia, que leyese los recados, é que haria lo que viese que era servicio de Dios é de su Majestad; y si no le traia, que no leyese aquellos papeles; é que tambien habia de ver los originales de su Majestad.
Por manera que el Mata, medio cortado é medroso, porque no era escribano de su Majestad, y los que con él venian no sabian qué le decir; y Cortés les mandó dar de comer, y porque comiesen reparamos allí; y les dijo Cortés que íbamos á unos pueblos cerca del real del señor Narvaez, que se decian Tampanequita, y que allí podia enviar á notificar lo que su capitan mandase; y tenia Cortés tanto sufrimiento, que nunca dijo palabra mala del Narvaez, é apartadamente habló con ellos y les untó las manos con tejuelos de oro, y luego se volvieron á su Narvaez diciendo bien de Cortés y de todos nosotros; y como muchos de nuestros soldados por gentileza en aquel instante llevábamos en las armas joyas de oro, y otros cadenas y collares al cuello, y aquellos que venian á notificar los papeles les vieron, dicen en Cempoal maravillarse de nosotros; y muchos habia en el real de Narvaez, personas principales, que querian venir á tratar paces con Cortés y su capitan Narvaez, como á todos nos veian ir ricos.
Por manera que llegamos á Panguaniquita, é otro dia llegó el capitan Sandoval con los soldados que tenia, que serian hasta sesenta; porque los demás viejos y dolientes los dejó en unos pueblos de indios nuestros amigos, que se decian Papalote, para que allí les diesen de comer; y tambien vinieron con él los cinco soldados parientes y amigos del licenciado Lúcas Vazquez de Aillon, que se habian venido huyendo del real de Narvaez, y venian á besar las manos á Cortés; á los cuales con mucha alegría recibió muy bien; y allí estuvo contando el Sandoval á Cortés de lo que les acaeció con el Clérigo furioso Guevara y con el Vergara y con los demás, y cómo los mandó llevar presos á Méjico, segun y de la manera que dicho tengo en el capítulo pasado.
Y tambien dijo cómo desde la Villa-Rica envió dos soldados como indios, puestas mantillas ó mantas, y eran como indios propios, al real de Narvaez; é como eran morenos, dijo Sandoval que no parecian sino propios indios, y cada uno llevó una carguilla de ciruelas á vender, que en aquella sazon era tiempo dellas, cuando estaba Narvaez en los arenales, ántes que se pasasen al pueblo de Cempoal; é que fueron al rancho del bravo Salvatierra, é que les dió por las ciruelas un sartalejo de cuentas amarillas.
É cuando hubieron vendido las ciruelas, el Salvatierra les mandó que le fuesen por yerba, creyendo que eran indios, allí junto á un riachuelo que está cerca de los ranchos, para su caballo, é fueron é cogieron unas carguillas dello, y esto era á hora del Ave-María cuando volvieron con la yerba, y se estuvieron en el rancho en cuclillas como indios hasta que anocheció, y tenian ojo y sentido en lo que decian ciertos soldados de Narvaez que vinieron á tener palacio é compañía al Salvatierra, y despues les decia el Salvatierra:
—«¡Oh, á qué tiempo hemos venido, que tiene allegado este traidor de Cortés más de setecientos mil pesos de oro, y todos seremos ricos; pues los capitanes y soldados que consigo trae, no será ménos sino que tengan mucho oro!»
Y decian por ahí otras palabras.
Y desque fué bien escuro vienen los dos nuestros soldados que estaban hechos como indios, y callando salen del rancho, y van adonde tenia el caballo, y con el freno que estaba junto con la silla le enfrenan y ensillan, y cabalgan en él.
Y viniéndose para la villa de camino, topan otro caballo manco cabe el riachuelo, y tambien se lo trujeron.
Y preguntó Cortés al Sandoval por los mismos caballos, y dijo que los dejó en el pueblo de Papalote, donde quedaban los dolientes; porque por donde él venia con sus compañeros no podian pasar caballos, porque era tierra muy fragosa y de grandes sierras, y que vino por allí por no topar con gente del Narvaez; y cuando Cortés supo que era el un caballo de Salvatierra se holgó en gran manera, é dijo:
—«Ahora braveará más cuando lo halle ménos.»
Volvamos á decir del Salvatierra, que cuando amaneció é no halló á los dos indios que le trujeron á vender las ciruelas, ni halló su caballo ni la silla y el freno, dijeron despues muchos soldados de los del mismo Narvaez que decia cosas que los hacia reir; porque luego conoció que eran españoles de los de Cortés los que les llevaron los caballos; y desde allí adelante se velaban.
Volvamos á nuestra materia: y luego Cortés con todos nuestros capitanes y soldados estuvimos platicando cómo y de qué manera dariamos en el real de Narvaez; é lo que se concertó ántes que fuésemos sobre el Narvaez diré adelante.
CAPÍTULO CXVI.
CÓMO ACORDÓ CORTÉS CON TODOS NUESTROS CAPITANES Y SOLDADOS QUE TORNÁSEMOS Á ENVIAR AL REAL DE NARVAEZ AL FRAILE DE LA MERCED, QUE ERA MUY SAGAZ Y DE BUENOS MEDIOS, Y QUE SE HICIESE MUY SERVIDOR DEL NARVAEZ, É QUE SE MOSTRASE FAVORABLE Á SU PARTE MAS QUE NO Á LA DE CORTÉS, É QUE SECRETAMENTE CONVOCASE AL ARTILLERO QUE SE DECIA RODRIGO MARTIN É Á OTRO ARTILLERO QUE SE DECIA USAGRE, É QUE HABLASE CON ANDRÉS DE DUERO PARA QUE VINIESE Á VERSE CON CORTÉS; É QUE OTRA CARTA QUE ESCRIBIÉSEMOS AL NARVAEZ QUE MIRASE QUE SE LA DIESE EN SUS MANOS, É LO QUE EN TAL CASO CONVENIA, É QUE TUVIESE MUCHA ADVERTENCIA, Y PARA ESTO LLEVÓ MUCHA CANTIDAD DE TEJUELOS É CADENAS DE ORO PARA REPARTIR.
Pues como ya estábamos en el pueblo todos juntos, acordamos que con el padre de la Merced se escribiese otra carta al Narvaez, que decian en ella así, ó otras palabras formales como estas que diré, despues de puesto su acato con gran cortesía: que nos habiamos holgado de su venida, é creiamos que con su generosa persona hariamos gran servicio á Dios Nuestro Señor y á su majestad, é que no nos ha querido responder cosa ninguna, ántes nos llama de traidores, siendo muy leales servidores del Rey; é ha revuelto toda la tierra con las palabras que envió á decir á Montezuma; é que le envió Cortés á pedir por merced que escogiese la provincia en cualquiera parte que él quisiese quedar con la gente que tiene, ó fuese adelante, é que nosotros iriamos á otras tierras é hariamos lo que á buenos servidores de su majestad somos obligados.
É que le hemos pedido por merced que si trae provisiones de su majestad que envie los originales para ver y entender si vienen con la Real firma y ver lo que en ellas se contiene, para que luego que lo veamos, los pechos por tierra para obedecerla; é que no ha querido hacer lo uno ni lo otro, sino tratarnos mal de palabra y revolver la tierra; que le pedimos y requerimos de parte de Dios y del Rey nuestro señor que dentro en tres dias envie á notificar los despachos que trae con escribano de su majestad, é que cumpliremos como mandado del Rey nuestro señor todo lo que en las reales provisiones mandare; que para aquel efeto nos hemos venido á aquel pueblo de Panguenezquita, por estar más cerca de su Real; é que si no trae las provisiones y se quisiere volver á Cuba, que se vuelva y no alborote más la tierra, con protestacion que si otra cosa hace, que iremos contra él á le prender y enviallo preso á nuestro Rey y señor, pues sin su Real licencia nos viene á dar guerra é desasosegar todas las ciudades; é que todos los males é muertes y fuegos y menoscabos que sobre esto acaecieren, que sea á su cargo, y no al nuestro; y esto se escribe ahora por carta misiva, porque no osa ningun escribano de su majestad írselo á notificar, por temor no le acaezca tan gran desacato como el que se tuvo con un oidor de su majestad, y que ¿dónde se vió tal atrevimiento de le enviar preso?
Y que allende de lo que dicho tiene, por lo que es obligado á la honra y justicia de nuestro Rey, que le conviene castigar aquel gran desacato y delito, como capitan general y justicia mayor que es de aquesta Nueva-España, le cita y emplaza para ello, y se lo demandará usando de justicia, pues es crímen læsæ majestatis lo que ha tentado, é que hace á Dios testigo de lo que ahora dice; y tambien le enviamos á decir que luego volviese al cacique gordo las mantas y ropa y joyas de oro que le habian tomado por fuerza, y ansimismo las hijas de señores que nos habian dado sus padres, y mandase á sus soldados que no robasen á los indios de aquel pueblo ni de otros.
Y despues de puesta su cortesía y firmada de Cortés y de nuestros capitanes y algunos soldados, iba allí mi firma; y entónces se fué con el mismo Padre fray Bartolomé de Olmedo un soldado que se decia Bartolomé de Usagre, porque era hermano del artillero Usagre, que tenia cargo del artillería de Narvaez; y llegados nuestro religioso y el Usagre á Cempoal, adonde estaba el Narvaez, diré lo que dice que pasó.
CAPÍTULO CXVII.
CÓMO EL PADRE FRAY BARTOLOMÉ DE OLMEDO, DE LA ÓRDEN DE NUESTRA SEÑORA DE LA MERCED, FUÉ Á CEMPOAL, ADONDE ESTABA EL NARVAEZ É TODOS SUS CAPITANES, Y LO QUE PASÓ CON ELLOS, Y LES DIÓ LA CARTA.
Como el Padre fray Bartolomé de Olmedo, de la órden de la Merced, llegó al real de Narvaez, sin más gastar yo palabras en tornallo á recitar, hizo lo que Cortés le mandó, que fué convocar á ciertos caballeros de los de Narvaez y al artillero Rodrigo Mino, que así se llamaba, é al Usagre, que tenia tambien cargo de los tiros; y para mejor le atraer, fué un su hermano del Usagre con tejuelos de oro, que dió de secreto al hermano; y asimismo el padre fray Bartolomé de Olmedo repartió todo el oro que Cortés le mandó, y habló al Andrés de Duero que luego se viniese á nuestro real con Cortés; y demás desto, ya el fraile habia ido á ver y hablar al Narvaez y hacérsele muy gran servidor; y andando en estos pasos, tuvieron gran sospecha de lo en que andaba nuestro fraile, é aconsejaban al Narvaez que luego le prendiese, é así lo querian hacer.
Y como lo supo Andrés de Duero, que era secretario del Diego Velazquez, y era de Tudela de Duero, y se tenian por deudos, el Narvaez y él, porque el Narvaez tambien era de tierra de Valladolid ó del mismo Valladolid, y en toda la armada era muy estimado é preeminente, el Andrés de Duero fué al Narvaez y le dijo que le habian dicho que queria prender al padre fray Bartolomé de Olmedo, mensajero y embajador de Cortés; que mirase que ya que hubiese sospecha que el fraile hablaba algunas cosas en favor de Cortés, que no es bien prendelle, pues que claramente se ha visto cuánta honra é dádivas da Cortés á todos los suyos del Narvaez que hallaban; é que fray Bartolomé de Olmedo ha hablado con él despues que allí ha venido, é lo que siente dél es que desea que él y otros caballeros del real de Cortés le vengan á recibir, é que todos fuesen amigos; y que mire cuánto bien dice Cortés á los mensajeros que envia; que no le sale por la boca á él ni á cuantos están con él, sino el señor capitan Narvaez, é que seria poquedad prender á un religioso; que otro hombre que vino con él, que es hermano de Usagre el artillero, que le viene á ver; que convide á fray Bartolomé de Olmedo á comer, y le saque del pecho la voluntad que todos los de Cortés tienen.
Y con aquellas palabras, y otras sabrosas que le dijo, amansó al Narvaez. Y luego desque esto pasó, se despidió Andrés de Duero del Narvaez, y secretamente habló al Padre lo que habia pasado; y luego el Narvaez envió á llamar á fray Bartolomé de Olmedo, y como vino, le hizo mucho acato, y medio riendo (que era el Fraile muy cuerdo y sagaz) le suplicó que se apartase en secreto, y el Narvaez se fué con él paseando á un patio, y el Fraile le dijo:
—«Bien entendido tengo que vuestra merced me queria mandar prender; pues hágole saber, Señor, que no tiene mejor ni mayor servidor en su real que yo, y tengo por cierto que muchos caballeros y capitanes de los de Cortés le querrian ya ver en las manos de vuestra merced; y ansí, creo que vendremos todos; y para más le atraer á que se desconcierte, le han hecho escribir una carta de desvaríos, firmada de los soldados, que me dieron que diese á vuestra merced, que no la he querido mostrar hasta agora, que vine á pláticas, que en un rio la quise echar por las necedades que en ella trae; y esto hacen todos sus capitanes y soldados de Cortés por verlo ya desconcertar.»
Y el Narvaez dijo que se la diese, y el Padre fray Bartolomé de Olmedo le dijo que la dejó en su posada é que iria por ella; é ansí, se despidió para ir por la carta; y entre tanto vino al aposento de Narvaez el bravoso Salvatierra; y de presto el Padre fray Bartolomé de Olmedo llamó á Duero que fuese luego en casa del Narvaez para ver dalle la carta, que bien sabia ya el Duero della, y aun otros capitanes de Narvaez que se habian mostrado por Cortés; porque el fraile consigo la traia, sino porque tuviesen juntos muchos de los de aquel Real y le oyesen.
É luego como vino el Padre fray Bartolomé de Olmedo con la carta, se la dió al mismo Narvaez, y dijo:
—«No se maraville vuestra merced con ella, que ya Cortés andaba desvariando; y sé cierto que si vuestra merced le habla con amor, que luego se le dará él y todos los que consigo trae.»
Dejémonos de razones de fray Bartolomé, que las tenia muy buenas, y digamos que le dijeron á Narvaez los soldados y capitanes que leyese la carta, y cuando la oyeron, dice que hacian bramuras el Narvaez y el Salvatierra, y los demás se reian, como haciendo burla della; y entónces dijo el Andrés de Duero:
—«Ahora yo no sé cómo sea esto; yo no lo entiendo; porque este religioso me ha dicho que Cortés y todos se le darán á vuestra merced, y ¡escribir ahora estos desvaríos!»
Y luego de buena tinta tambien le ayudó á la plática al Duero un Agustin Bermudez, que era capitan é alguacil mayor del real de Narvaez, é dijo:
—«Ciertamente, tambien he sabido del Padre Fray Bartolomé de Olmedo muy en secreto que como enviase buenos terceros, que el mismo Cortés vernia á verse con vuestra merced para que se diese con sus soldados; y será bien que envie á su Real, pues no está muy léjos, al señor veedor Salvatierra é al señor Andrés de Duero, é yo iré con ellos.»
Y esto dijo adrede por ver qué diria el Salvatierra. Y respondió el Salvatierra que estaba mal dispuesto é que no iria á ver un traidor; y el padre fray Bartolomé de Olmedo le dijo:
—«Señor veedor, bueno es tener templanza, pues está cierto que le ternéis preso ántes de muchos dias.»
Pues concertada la partida del Andrés de Duero, parece ser muy en secreto trató el Narvaez con el mismo Duero y con tres capitanes que tuviesen modo con el Cortés como se viesen en unas estancias é casas de indios que estaban entre el real de Narvaez y el nuestro, é que allí se darian conciertos donde habiamos de ir con Cortés á poblar y partir términos, y en las vistas le prenderia; y para ello tenia ya hablado el Narvaez á veinte soldados de sus amigos; lo cual luego supo fray Bartolomé del Narvaez é del Andrés de Duero, y avisaron á Cortés de todo.
Dejemos al fraile en el real de Narvaez, que ya se habia hecho muy amigo y pariente del Salvatierra, siendo el fraile de Olmedo y el Salvatierra de Búrgos, y comia con él cada dia.
É digamos de Andrés de Duero, que quedaba apercibiéndose para ir á nuestro real y llevar consigo á Bartolomé de Usagre, nuestro soldado, porque el Narvaez no alcanzase á saber dél lo que pasaba; y diré lo que en nuestro real hicimos.
CAPÍTULO CXVIII.
CÓMO EN NUESTRO REAL HICIMOS ALARDE DE LOS SOLDADOS QUE ÉRAMOS, Y CÓMO TRAJERON DUCIENTAS Y CINCUENTA PICAS MUY LARGAS, CON UNOS HIERROS DE COBRE CADA UNA, QUE CORTÉS HABIA MANDADO HACER EN UNOS PUEBLOS QUE SE DICEN LOS CHICHINATECAS, Y NOS IMPONÍAMOS CÓMO HABIAMOS DE JUGAR DELLAS PARA DERROCAR LA GENTE DE Á CABALLO QUE TENIA NARVAEZ, Y OTRAS COSAS QUE EN EL REAL PASARON.
Volvamos á decir algo atrás de lo dicho, y lo que más pasó.
Así como Cortés tuvo noticia del armada que traia Narvaez, luego despachó un soldado que habia estado en Italia, bien diestro de todas armas, y más de jugar una pica, y le envió á una provincia que se dice los chichinatecas, junto adonde estaban nuestros soldados los que fueron á buscar minas; porque aquellos de aquella provincia eran muy enemigos de los mejicanos é pocos dias habia que tomaron nuestra amistad, é usaban por armas muy grandes lanzas, mayores que las nuestras de Castilla, con dos brazas de pedernal é navajas; y envióles á rogar que luego le trajesen á do quiera que estuviesen trecientas dellas, é que les quitasen las navajas, é que pues tenian mucho cobre, que les hiciesen á cada una dos hierros, y llevó el soldado la manera cómo habian de ser los hierros; y como llegó, de presto buscaron las lanzas é hicieron los hierros; porque en toda la provincia á aquella sazon habia cuatro ó cinco pueblos, sin muchas estancias, y las recogieron, é hicieron los hierros muy más perfectamente que se los enviamos á mandar; y tambien mandó á nuestro soldado, que se decia Tovilla, que les demandase dos mil hombres de guerra, é que para el dia de Pascua del Espíritu Santo viniese con ellos al pueblo de Panguenequita, que ansí se decia, ó que preguntase en qué parte estábamos, é que todos dos mil hombres trajesen lanzas; por manera que el soldado se los demandó, é los caciques dijeron que ellos venian con la gente de guerra; y el soldado se vino luego con obra de ducientos indios, que trajeron las lanzas, y con los demás indios de guerra quedó para venir con ellos otro soldado de los nuestros, que se decia Barrientos; y este Barrientos estaba en la estancia y minas que descubrian, ya otra vez por mí nombradas, y allí se concertó que habia de venir de la manera que está dicho á nuestro real; porque seria de andadura diez ó doce leguas de lo uno á lo otro.
Pues venido el nuestro soldado Tovilla con las lanzas, eran muy extremadas de buenas; y así, se daba órden y nos imponia el soldado é nos mostraba á jugar con ellas, y cómo nos habiamos de haber con los de á caballo, é ya teniamos hecho nuestro alarde y copia y memoria de todos los soldados y capitanes de nuestro ejército, y hallamos ducientos y seis, contados atambor é pífaro, sin el fraile, y con cinco de á caballo y dos artilleros y pocos ballesteros y ménos escopeteros; y á lo que tuvimos ojo, para pelear con Narvaez, eran las picas, y fueron muy buenas, como adelante verán; y dejemos de platicar más en el alarde y lanzas, diré cómo llegó Andrés de Duero, que envió Narvaez á nuestro real, é trujo consigo á nuestro soldado Usagre y dos indios naborías de Cuba, y lo que dijeron y concertaron Cortés y Duero, segun despues alcanzamos á saber.
CAPÍTULO CXIX.
CÓMO VINO ANDRÉS DE DUERO Á NUESTRO REAL Y EL SOLDADO USAGRE Y DOS INDIOS DE CUBA, NABORÍAS DEL DUERO, Y QUIÉN ERA EL DUERO Y Á LO QUE VENIA, Y LO QUE TUVIMOS POR CIERTO Y LO QUE SE CONCERTÓ.
Y es desta manera, que tengo de volver muy atrás á recitar lo pasado.
Ya he dicho en los capítulos más adelante destos que cuando estábamos en Santiago de Cuba, que se concertó Cortés con Andrés de Duero y con un contador del Rey, que se decia Amador de Lares, que eran grandes amigos del Diego Velazquez, y el Duero era su secretario, que tratase con el Diego Velazquez que le hiciesen á Cortés capitan general para venir en aquella armada, y que partiria con ellos todo el oro y plata y joyas que le cupiese de su parte de Cortés; y como el Andrés de Duero vió en aquel instante á Cortés, su compañero, tan rico y poderoso, y so color que venia á poner paces y á favorecer á Narvaez, y en lo que entendió era á demandar la parte de la compañía, porque ya el otro su compañero Amador de Lares era fallecido; y como Cortés era sagaz y manso, no solamente le prometió de dalle gran tesoro, sino que tambien le daria mando en toda la armada, ni más ni ménos que su propia persona, y que, despues de conquistada la Nueva-España, le daria otros tantos pueblos como á él, con tal que tuviese concierto con Agustin Bermudez, que era alguacil mayor del real de Narvaez, y con otros caballeros que aquí no nombro, que estaban convocados para que en todo caso fuesen en desviar al Narvaez para que no saliese con la vida é con honra y le desbaratase; y como á Narvaez tuviese muerto ó preso, y deshecha su armada, que ellos quedarian por señores y partirian el oro y pueblos de la Nueva-España; y para más le atraer y convocar á lo que dicho tengo, le cargó de oro sus dos indios de Cuba; y segun pareció, el Duero se lo prometió, y aun ya se lo habia prometido el Agustin Bermudez por firmas y cartas; y tambien envió Cortés al Bermudez y á un clérigo que se decia Juan de Leon, y al clérigo Guevara, que fué el que primero envió Narvaez, y otros sus amigos, muchos tejuelos y joyas de oro, y les escribió lo que le pareció que le convenia, para que en todo le ayudasen; y estuvo el Andrés de Duero en nuestro real el dia que llegó hasta otro dia despues de comer, que era dia de pascua de Espíritu Santo, y comió con Cortés y estuvo hablando con él en secreto buen rato; y cuando hubieron comido se despidió el Duero de todos nosotros, así capitanes como soldados, y luego fué á caballo otra vez adonde Cortés estaba, y dijo:
—«¿Qué manda vuestra merced? Que me quiero ir.»
Y respondióle:
—«Que vaya con Dios, y mire, señor Andrés de Duero, que haya buen concierto de lo que tenemos platicado; si no, en mi conciencia (que así juraba Cortés), que ántes de tres dias con todos mis compañeros seré allá en vuestro real, y al primero que le eche lanza será á vuestra merced si otra cosa siento al contrario de lo que tenemos hablado.»
Y el Duero se rió, y dijo:
—«No faltaré en cosa que sea contrario de servir á vuestra merced.»
Y luego se fué, y llegado á su real, diz que dijo al Narvaez que Cortés y todos los que estábamos con él sentia estar de buena voluntad para pasarnos con el mismo Narvaez.
Dejemos de hablar deso del Duero, y diré cómo Cortés luego mandó llamar á un nuestro capitan que se dice Juan Velazquez de Leon, persona de mucha cuenta y amigo de Cortés, y era pariente muy cercano del gobernador de Cuba Diego Velazquez; y á lo que siempre tuvimos creido, tambien le tenia Cortés convocado y atraido á sí con grandes dádivas y ofrecimientos que le daria mando en la Nueva-España y le haria su igual; porque el Juan Velazquez siempre se mostró muy gran servidor y verdadero amigo, como adelante verán.
Y cuando hubo venido delante de Cortés y hecho su acato, le dijo:
—«¿Qué manda vuestra merced?»
Y Cortés, como hablaba algunas veces muy meloso y con la risa en la boca, le dijo medio riendo:
—«Á lo que, señor Juan Velazquez, le hice llamar es, que me dijo Andrés de Duero que dice Narvaez, y en todo su real hay fama, que si vuestra merced va allá, que luego yo soy deshecho y desbaratado, porque creen que se ha de hacer con Narvaez; y á esta causa he acordado que por mi vida, si bien me quiere, que luego se vaya en su buena yegua rucia, y que lleve todo su oro y la fanfarrona (que era muy pesada cadena de oro), y otras cositas que yo le daré, que dé allá por mí á quien yo le dijere; y su fanfarrona de oro, que pesa mucho, llevará al hombro, y otra cadena que pesa más que ella llevará con dos vueltas, y allá verá qué le quiere Narvaez; y en viniendo que se venga, luego irán allá el Sr. Diego de Ordás, que le desean ver en su real, como mayordomo que era del Diego Velazquez.»
Y el Juan Velazquez respondió que él haria lo que su merced mandaba, mas que su oro ni cadenas que no las llevaria consigo, salvo lo que le diese para dar á quien mandase; porque donde su persona estuviere, es para le siempre servir, más que cuanto oro ni piedras de diamantes puede haber.
—«Ansí lo tengo yo creido, dijo Cortés, y con esta confianza, señor, le envio; mas si no lleva todo su oro y joyas, como le mando, no quiero que vaya allá.»
Y el Juan Velazquez respondió:
—«Hágase lo que vuestra merced mandare.»
Y no quiso llevar las joyas, y Cortés allí le habló secretamente, y luego se partió, y llevó en su compañía á un mozo de espuelas de Cortés para que le sirviese, que se decia Juan del Rio.
Y dejemos desta partida de Juan Velazquez, que dijeron que lo envió Cortés por descuidar á Narvaez, y volvamos á decir lo que en nuestro real pasó: que dende á dos horas que se partió el Juan Velazquez, mandó Cortés tocar el atambor á Canillas, que ansí se llamaba nuestro atambor, y á Benito de Veguer, nuestro pífaro, que tocase su tamborino, y mandó á Gonzalo de Sandoval, que era capitan y alguacil mayor, que llamase á todos los soldados, y comenzásemos á marchar luego á paso largo camino de Cempoal; é yendo por nuestro camino se mataron dos puercos de la tierra, que tienen el ombligo en el espinazo, y dijimos muchos soldados que era señal de vitoria; y dormimos en un repecho cerca de un riachuelo, y sendas piedras por almohadas, como lo teniamos por costumbre, y nuestros corredores del campo adelante, y espías y rondas; y cuando amaneció, caminamos por nuestro camino derecho, y fuimos á hora de medio dia á un rio, adonde está ahora poblada la villa rica de la Veracruz, donde desembarcan las barcas con mercaderías que vienen de Castilla; porque en aquel tiempo estaban pobladas junto al rio unas casas de indios y arboledas; y como en aquella tierra hace grandísimo sol, reposamos allí, como dicho tengo, porque traiamos nuestras armas y picas.
Y dejemos ahora de más caminar, y digamos lo que al Juan Velazquez de Leon le avino con Narvaez y con un su capitan que tambien se decia Diego Velazquez, sobrino del Velazquez, gobernador de Cuba.
CAPÍTULO CXX.
CÓMO LLEGÓ JUAN VELAZQUEZ DE LEON Y EL MOZO DE ESPUELAS QUE SE DECIA JUAN DEL RIO AL REAL DE NARVAEZ, Y LO QUE EN ÉL PASÓ.
Ya he dicho cómo envió Cortés al Juan Velazquez de Leon y al mozo de espuelas para que le acompañase á Cempoal, y á ver lo que Narvaez queria, que tanto deseo tenia de tenello en su compañía; por manera que ansí como partieron de nuestro real se dió tanta prisa en el camino, y fué amanecer á Cempoal, y se fué á apear el Juan Velazquez en casa del cacique gordo, porque el Juan del Rio no tenia caballo, y desde allí se van á pié á la posada de Narvaez.
Pues como los indios de Cempoal le conocieron, holgaron de le ver y hablar, y decian á voces á unos soldados de Narvaez que allí posaban en casa del cacique gordo, que aquel era Juan Velazquez de Leon, capitan de Malinche; y ansí como lo oyeron los soldados, fueron corriendo á demandar albricias á Narvaez cómo habia venido Juan Velazquez de Leon, y ántes que el Juan Velazquez llegase á la posada del Narvaez, que ya le iba á le hablar, como de repente supo el Narvaez su venida, le salió á recebir á la calle, acompañado de ciertos soldados, donde se encontraron el Juan Velazquez y el Narvaez, y se hicieron muy grandes acatos, y el Narvaez abrazó al Juan Velazquez, y le mandó sentar en una silla, que luego trajeron sillas cerca de sí, y le dijo que por qué no se fué á apear á su posada; y mandó á sus criados que le fuesen luego por el caballo y fardaje, si le llevaba, porque en su casa y caballeriza y posada estaria; y Juan Velazquez dijo que luego se queria volver, que no venia sino á besalle las manos, y á todos los caballeros de su real, y para ver si podia dar concierto que su merced y Cortés tuviesen paz y amistad.
Entónces dicen que el Narvaez apartó al Juan Velazquez, y le comenzó á decir airado cómo que tales palabras le habia de decir de tener amistad ni paz con un traidor que se alzó á su primo Diego Velazquez con la armada.
Y el Juan Velazquez respondió que Cortés no era traidor, sino buen servidor de su majestad, y que ocurrir á nuestro Rey y señor, como envió é ocurrió, no se le ha de atribuir á traicion, y que le suplica que delante dél no se diga tal palabra.
Y entónces el Narvaez le comenzó á hacer grandes prometimientos que se quedase con él, y que concierte con los de Cortés que se le dén y vengan luego á se meter en su obediencia, prometiéndole con juramento que seria en todo su real el más preeminente capitan, y en el mando segunda persona; y el Juan Velazquez respondió que mayor traicion haria él en dejar al capitan que tiene jurado en la guerra y desamparallo, conociendo que todo lo que ha hecho en la Nueva-España es en servicio de Dios nuestro Señor y de su majestad; que no dejará de acudir á Cortés, como acudia nuestro Rey y señor, y que le suplica que no hable más en ello.
En aquella sazon habian venido á ver á Juan Velazquez todos los más principales capitanes del real de Narvaez, y le abrazaban con gran cortesía, porque el Juan Velazquez era muy de palacio y de buen cuerpo, membrudo, y de buena presencia y rostro y la barba muy bien puesta, y llevaba una cadena muy grande de oro echada al hombro, que le daba vueltas debajo el brazo, y parecíale muy bien, como bravoso y buen capitan.
Dejemos deste buen parecer de Juan Velazquez y cómo le estaban mirando todos los capitanes de Narvaez, y aun nuestro Padre fray Bartolomé de Olmedo tambien le vino á ver y en secreto hablar, y ansimismo el Andrés de Duero y el alguacil mayor Bermudez, y parece ser que en aquel instante ciertos capitanes de Narvaez, que se decian Gamarra y un Juan Yuste, y un Juan Bono de Quejo, vizcaino, y Salvatierra el bravoso, aconsejaron al Narvaez que luego prendiese al Juan Velazquez, porque les pareció que hablaba muy sueltamente en favor de Cortés; é ya que habia mandado el Narvaez secretamente á sus capitanes y alguaciles que le echasen preso, súpolo Agustin Bermudez y el Andrés de Duero, y el Padre fray Bartolomé de Olmedo y un Clérigo que se decia Juan de Leon, y otras personas que se habian dado por amigos de Cortés, y dicen al Narvaez que se maravillan de su merced querer mandar prender al Juan Velazquez de Leon, que ¿qué puede hacer Cortés contra él, aunque tenga en su compañía otros cien Juan Velazquez? Y que mire la honra y acatos que hace Cortés á todos los que de su real han ido, que les sale á recebir y á todos les da oro y joyas, y vienen cargados como abejas á las colmenas, y de otras cosas de mantas y mosqueadores, y que á Andrés de Duero y al Clérigo Guevara, y á Amaya y á Vergara el escribano, y á Alonso de Mata y otros que han ido á su real, bien los pudiera prender y no lo hizo; ántes, como dicho tienen, les hace mucha honra, y que será mejor que le torne á hablar al Juan Velazquez con mucha cortesía, y le convide á comer para otro dia; por manera que al Narvaez le pareció bien el consejo, y luego le tornó á hablar con palabras muy amorosas para que fuese tercero en que Cortés se le diese con todos nosotros, y le convidó para otro dia á comer; y el Juan Velazquez respondió que él haria lo que pudiese en aquel caso; mas que tenia á Cortés por muy porfiado y cabezudo en aquel negocio, y que seria mejor que partiesen las provincias, y que escogiese la tierra que más su merced quisiese; y esto decia el Juan Velazquez por le amansar; y entre aquellas pláticas llegóse al oido de Narvaez el padre fray Bartolomé de Olmedo, y le dijo, como su privado y consejero que ya le habia hecho:
—«Mande vuestra merced hacer alarde de toda su artillería y caballos y escopeteros y ballesteros y soldados, para que lo vea el Juan Velazquez de Leon y el mozo de espuelas Juan del Rio, para que Cortés tema vuestro poder é gente, y se venga á vuestra merced aunque le pese.»
Y esto lo dijo fray Bartolomé de Olmedo como por via de su muy gran servidor y amigo, y por hacelle que trabajasen todos los de á caballo y soldados en su real.
Por manera que por dicho de nuestro fraile hizo hacer alarde delante el Juan Velazquez de Leon y el Juan del Rio, estando presente nuestro religioso; y cuando fué acabado de hacer dijo el Juan Velazquez al Narvaez:
—«Gran pujanza trae vuestra merced; Dios se lo acreciente.»
Entónces dijo el Narvaez:
—«Ahí verá vuestra merced que si quisiera haber ido contra Cortés le hubiera traido preso, y á cuantos estais con él.»
Entónces respondió el Juan Velazquez y dijo:
—«Téngale vuestra merced por tal, y á los soldados que con él estamos, que sabremos muy bien defender nuestras personas.»
Y ansí cesaron las pláticas; y otro dia llevóle convidado á comer al Juan Velazquez, como dicho tengo, y comia con el Narvaez un sobrino del Diego Velazquez, gobernador de Cuba, que tambien era su capitan; y estando comiendo, tratóse plática de cómo Cortés no se daba al Narvaez, y de la carta y requirimientos que le enviamos, y de unas palabras en otras, desmandóse el sobrino de Diego Velazquez, que tambien se decia Diego Velazquez como el tio, y dijo que Cortés y todos los que con él estábamos éramos traidores, pues no se venian á someter al Narvaez; y el Juan Velazquez cuando lo oyó se levantó en pié de la silla en que estaba, y con mucho acato dijo:
—«Señor capitan Narvaez, ya he suplicado á vuestra merced que no se consienta que se digan palabras tales como estas que dicen de Cortés ni de ninguno de los que con él estamos, porque verdaderamente son mal dichas, decir mal de nosotros, que tan lealmente hemos servido á su majestad.»
Y el Diego Velazquez respondió que eran bien dichas, y pues volvia por un traidor, que traidor debia de ser y otro tal como él, y que no era de los Velazquez buenos; y el Juan Velazquez, echando mano á su espada, dijo que mentia; que era mejor caballero que no él, y de los buenos Velazquez, mejores que no él ni su tio, y que se lo haria conocer si el señor capitan Narvaez les daba licencia; y como habia allí muchos capitanes, ansí de los de Narvaez y algunos de los de Cortés, se metieron en medio, que de hecho le iba á dar el Juan Velazquez una estocada; y aconsejaron al Narvaez que luego le mandase salir de su real, ansí á él como al padre fray Bartolomé de Olmedo é á Juan del Rio; porque á lo que sentian, no hacian provecho ninguno, y luego sin más dilacion les mandaron que se fuesen; y ellos, que no veian la hora de verse en nuestro real, lo pusieron por obra.
É dicen que el Juan Velazquez yendo á caballo en su buena yegua y su cota puesta, que siempre andaba con ella y con su capacete y gran cadena de oro, se fué á despedir del Narvaez, y estaba allí con el Narvaez, el mancebo Diego Velazquez, el de la brega, y dijo al Narvaez:
—«¿Qué manda vuestra merced para nuestro Real?»
Y respondió el Narvaez, muy enojado, que se fuese, é que valiera más que no hubiera venido; y dijo el mancebo Diego Velazquez palabras de amenaza é injuriosas á Juan Velazquez y le respondió á ellas el Juan Velazquez de Leon que es grande su atrevimiento, y digno de castigo por aquellas palabras que le dijo; y echándose mano á la barba, le dijo:
—«Para estas, que yo vea ántes de muchos dias si vuestro esfuerzo es tanto como vuestro hablar.»
Y como venian con el Juan Velazquez seis ó siete de los del real de Narvaez, que ya estaban convocados por Cortés, que le iban á despedir, dicen que trabaron dél como enojados, y le dijeron:
—«Váyase ya y no cure de más hablar.»
Y así se despidieron, y á buen andar de sus caballos se van para nuestro real, porque luego le avisaron á Juan Velazquez que el Narvaez los queria prender y apercebia muchos de á caballo que fuesen tras ellos; é viniendo su camino, nos encontraron al rio que dicho tengo, que está ahora cabe la Veracruz; y estando que estábamos en el rio por mí ya nombrado, teniendo la siesta, porque en aquella tierra hace mucho calor y muy recia; porque, como caminábamos con todas nuestras armas á cuestas y cada uno con una pica, estábamos cansados; y en este instante vino uno de nuestros corredores del campo á dar mandado á Cortés que vian venir buen rato de allí dos ó tres personas de á caballo, y luego presumimos que serian nuestros embajadores Juan Velazquez de Leon y fray Bartolomé de Olmedo y Juan del Rio; y como llegaron adonde estábamos, ¡qué regocijos y alegrías tuvimos todos! Y Cortés, ¡cuántas caricias y buenos comedimientos hizo al Juan Velazquez y á fray Bartolomé de Olmedo! Y tenia razon, porque le fueron muy servidores; y allí contó el Juan Velazquez paso por paso todo lo atrás por mí dicho que les acaeció con Narvaez, y cómo envió secretamente á dar las cadenas y tejuelos de oro á las personas que Cortés mandó.
Pues oir de nuestro fraile, como era muy regocijado, sabíalo muy bien representar, cómo se hizo muy servidor del Narvaez, y que por hacer burla dél le aconsejó que hiciese el alarde y sacase su artillería, y con qué astucia y mañas le dió la carta; pues cuando contaba lo que le acaeció con el Salvatierra y se le hizo muy pariente, siendo el fraile de Olmedo y el Salvatierra adelante de Búrgos, y de los fieros que le decia el Salvatierra que habia de hacer y acontecer en prendiendo á Cortés y á todos nosotros, y aun se le quejó de los soldados que le hurtaron su caballo y el de otro capitan; y todos nosotros nos holgamos de lo oir, como si fuéramos á bodas y regocijo, y sabiamos que otro dia habiamos de estar en batalla; y que habiamos de vencer ó morir en ella, siendo como hermanos, ducientos y sesenta y seis soldados, y los de Narvaez cinco veces más que nosotros.
Volvamos á nuestra relacion, y es que luego caminamos todos para Cempoal, y fuimos á dormir á un riachuelo, adonde está ahora una estancia de vacas.
Y dejallo he aquí, y diré lo que se hizo en el real de Narvaez despues que vinieron el Juan Velazquez y el fraile y Juan del Rio, y luego volveré á contar lo que hicimos en nuestro real, porque en un instante acontecen dos ó tres cosas, y por fuerza he de dejar las unas por contar lo que más viene á propósito desta relacion.
CAPÍTULO CXXI.
DE LO QUE SE HIZO EN EL REAL DE NARVAEZ DESPUES QUE DE ALLÍ SALIERON NUESTROS EMBAJADORES.
Pareció ser que como se vinieron el Juan Velazquez y el fraile é Juan del Rio, dijeron al Narvaez sus capitanes que en su real sentian que Cortés habia enviado muchas joyas de oro, y que tenia de su parte amigos en el mismo real, y que seria bien estar muy apercebido y avisar á todos sus soldados que estuviesen con sus armas y caballos prestos; y demás desto, el cacique gordo, otras veces por mí nombrado, temia mucho á Cortés, porque habia consentido que Narvaez tomase las mantas y oro é indias que le tomó; y siempre espiaba sobre nosotros en qué parte dormiamos, por qué camino veniamos, porque así se lo habia mandado por fuerza el Narvaez; y como supo que ya llegábamos cerca de Cempoal, le dijo al Narvaez el cacique gordo:
—«¿Qué haceis, que estais muy descuidado? ¿Pensais que Malinche y los teules que trae consigo que son así como vosotros? Pues yo os digo que cuando no os catáredes será aquí y os matará.»
Y aunque hacian burla de aquellas palabras que el cacique gordo les dijo, no dejaron de se apercebir, y la primer cosa que hicieron fué pregonar guerra contra nosotros á fuego y sangre y á toda ropa franca; lo cual supimos de un soldado que llamaban el Galleguillo, que se vino huyendo aquella noche del real de Narvaez, ó le envió el Andrés de Duero, y dió aviso á Cortés de lo del pregon y de otras cosas que convino saber.
Volvamos á Narvaez, que luego mandó sacar toda su artillería y los de á caballo, escopeteros y ballesteros y soldados á un campo, obra de un cuarto de legua de Cempoal, para allí nos aguardar y no dejar ninguno de nosotros que no fuese muerto ó preso; y como llovió mucho aquel dia, estaban ya los de Narvaez hartos de estar aguardándonos al agua; y como no estaban acostumbrados á aguas ni trabajos, y no nos tenian en nada sus capitanes, le aconsejaron que se volviesen á los aposentos, y que era afrenta estar allí, como estaban, aguardando á dos ó tres, y es que decian que éramos, y que asestase su artillería delante de sus aposentos, que era diez y ocho tiros gruesos, y que estuviesen toda la noche cuarenta de á caballo esperando en el camino por do habiamos de venir á Cempoal, y que tuviese al paso del rio, que era por donde habiamos de pasar, sus espías, que fuesen buenos hombres de á caballo y peones ligeros para dar mandado, y que en los patios de los aposentos de Narvaez anduviesen toda la noche veinte de á caballo; y este concierto que le dieron fué por hacelle volver á los aposentos; y más le decian sus capitanes:
—«Pues ¡cómo, Señor! ¿Por tal tiene á Cortés, que se ha de atrever con unos gatos que tiene á venir á este real, por el dicho deste indio gordo? No lo crea vuestra merced, sino que echa aquellas algaradas y muestras de venir porque vuestra merced venga á buen concierto con él.»
Por manera que así como dicho tengo se volvió Narvaez á su real, y despues de vuelto, públicamente prometió que quien matase á Cortés ó á Gonzalo de Sandoval que le daria dos mil pesos; y luego puso espías al rio á un Gonzalo Carrasco, que vive ahora en la Puebla, y al otro que se decia Fulano Hurtado; el nombre y apellido y señal secreta que dió cuando batallasen contra nosotros en su real habia de ser Santa María, Santa María; y demás deste concierto que tenian hecho, mandó Narvaez que en su aposento durmiesen muchos soldados, así escopeteros como ballesteros, y otros con partesanas, y otros tantos mandó que estuviesen en el aposento del veedor Salvatierra, y Gamarra, y del Juan Bono.
Ya he dicho el concierto que tenia Narvaez en su real, y volveré á decir la órden que se dió en el nuestro.
CAPÍTULO CXXII.
DEL CONCIERTO Y ÓRDEN QUE SE DIÓ EN NUESTRO REAL PARA IR CONTRA NARVAEZ, Y EL RAZONAMIENTO QUE CORTÉS NOS HIZO, Y LO QUE RESPONDIMOS.
Llegados que fuimos al riachuelo que ya he dicho, que estará obra de una legua de Cempoal, y habia allí unos buenos prados, despues de haber enviado nuestros corredores del campo, personas de confianza, nuestro capitan Cortés á caballo nos envió á llamar, así á capitanes como á todos los soldados, y de que nos vió juntos dijo que nos pedia por merced que callásemos; y luego comenzó un parlamento por tan lindo estilo y plática, tan bien dichas cierto otras palabras más sabrosas y llenas de ofertas, que yo aquí no sabré escribir; en que nos trajo á la memoria desde que salimos de la isla de Cuba, con todo lo acaecido por nosotros hasta aquella sazon, y nos dijo:
—«Bien saben vuestras mercedes que Diego Velazquez, gobernador de Cuba, me eligió por capitan general, no porque entre vuestras mercedes no habia muchos caballeros que eran merecedores dello; y saben que creisteis que veniamos á poblar, y así se publicaba y pregonó; y segun han visto, enviaba á rescatar; y saben lo que pasamos sobre que me queria volver á la isla de Cuba á dar cuenta á Diego Velazquez del cargo que me dió, conforme á su instruccion; pues vuestras mercedes me mandastes y requeristes que poblásemos esta tierra en nombre de su majestad, como, gracias á nuestro Señor, la tenemos poblada, y fué cosa cuerda; y demás desto, me hicistes vuestro capitan general y justicia mayor della, hasta que su majestad otra cosa sea servido mandar.
»Como ya he dicho, entre algunos de vuestras mercedes hubo algunas pláticas de tornar á Cuba, que no lo quiero más declarar, pues á manera de decir, ayer pasó, y fué muy santa y buena nuestra quedada, y hemos hecho á Dios y á su majestad gran servicio, que esto claro está; ya saben lo que prometimos en nuestras cartas á su majestad, despues de le haber dado cuenta y relacion de todos nuestros hechos, que punto no quedó, é que aquesta tierra es de la manera que hemos visto y conocido della, que es cuatro veces mayor que Castilla, y de grandes pueblos y muy rica de oro y minas, y tiene cerca otras provincias; y cómo enviamos á suplicar á su majestad que no la diese en gobernacion ni de otra cualquiera manera á persona ninguna; y porque creiamos y teniamos por cierto que el Obispo de Búrgos don Juan Rodriguez de Fonseca, que era en aquella sazon presidente de Indias y tenia mucho mando, que la demandaria á su majestad para el Diego Velazquez ó algun pariente ó amigo del Obispo, porque esta tierra es tal y tan buena para dar á un Infante ó gran señor, que teniamos determinado de no dalle á persona ninguna hasta que su majestad oyese á nuestros procuradores, y nosotros viésemos su Real firma, é vista, que con lo que fuere servido mandar los pechos por tierra; y con las cartas ya sabian que enviamos y servimos á su majestad con todo el oro y plata, joyas é todo cuanto teniamos habido.»
Y más dijo:
—«Bien se les acordará, señores, cuántas veces hemos llegado á punto de muerte en las guerras y batallas que hemos habido. Pues no hay que traellas á la memoria, que acostumbrados estamos de trabajos y aguas y vientos y algunas veces hambres, y siempre traer las armas á cuestas y dormir por los suelos, así nevando como lloviendo, que si miramos en ello, los cueros tenemos ya curtidos de los trabajos.
»No quiero decir de más de cincuenta de nuestros compañeros que nos han muerto en las guerras, ni de todos vuestras mercedes como estais entrapajados y mancos de heridas que aun están por sanar; pues que les queria traer á la memoria los trabajos que trajimos por la mar y las batallas de Tabasco, y los que se hallaron en lo de Almería y lo de Cingapacinga, y cuántas veces por las sierras y caminos nos procuraban quitar las vidas.
»Pues en las batallas de Tlascala en qué punto nos pusieron y cuáles nos traian; pues la de Cholula ya tenian puestas las ollas para comer nuestros cuerpos; pues á la subida de los puertos no se les habia olvidado los poderes que tenia Montezuma para no dejar ninguno de nosotros, y bien vieron los caminos todos llenos de pinos y árboles cortados; pues los peligros de la entrada y estada en la gran ciudad de Méjico, cuántas veces teniamos la muerte al ojo, ¿quién los podrá ponderar? Pues vean los que han venido de vuestras mercedes dos veces primero que no yo, la una con Francisco Hernandez de Córdoba y la otra con Juan de Grijalva, los trabajos, hambres y sedes, heridas y muertes de muchos soldados que en descubrir aquestas tierras pasastes, y todo lo que en aquellos dos viajes habeis gastado de vuestras haciendas.»
Y dijo que no queria contar otras muchas cosas que tenia por decir por menudo, y no habria tiempo para acaballo de platicar, porque era tarde y venia la noche; y más dijo:
—«Digamos ahora, señores: Pánfilo de Narvaez viene contra nosotros con mucha rabia y deseo de nos haber á las manos, y no habian desembarcado, y nos llamaban de traidores y malos; y envió á decir al gran Montezuma, no palabras de sábio capitan, sino de alborotador; y demás desto, tuvo atrevimiento de prender á un oidor de su majestad, que por sólo este delito es digno de ser castigado. Ya habrán oido cómo han pregonado en su real guerra contra nosotros á ropa franca, como si fuéramos moros.»
Y luego, despues de haber dicho esto Cortés, comenzó á sublimar nuestras personas y esfuerzos en las guerras y batallas pasadas, y que entónces peleábamos por salvar nuestras vidas, y que ahora hemos de pelear con todo vigor por vida y honra, pues nos vienen á prender y echar de nuestras casas y robar nuestras haciendas; y demás desto, que no sabemos si trae provisiones de nuestro Rey y señor, salvo favores del Obispo de Búrgos, nuestro contrario; y si por ventura caemos debajo de sus manos de Narvaez (lo cual Dios no permita), todos nuestros servicios, que hemos hecho á Dios primeramente y á su majestad, tornarán en deservicios, y harán procesos contra nosotros, y dirán que hemos muerto y robado y destruido la tierra, donde ellos son los robadores y alborotadores y deservidores de nuestro Rey y señor; dirán que le han servido, y pues vemos por los ojos todo lo que he dicho, y como buenos caballeros somos obligados á volver por la honra de su majestad y por las nuestras, y por nuestras casas y haciendas; y con esta intencion salí de Méjico, teniendo confianza en Dios y de nosotros; que todo lo ponia en las manos de Dios primeramente, y despues en las nuestras; que veamos lo que nos parece.»
Entónces respondimos, y tambien juntamente con nosotros Juan Velazquez de Leon y Francisco de Lugo y otros capitanes, que tuviese por cierto que, mediante Dios, habiamos de vencer ó morir sobre ello, y que mirase no le convenciesen con partidos, porque si alguna cosa hacia fea, le dariamos de estocadas.
Entónces, como vió nuestras voluntades, se holgó mucho, y dijo que con aquella confianza venia; y allí hizo muchas ofertas y prometimientos que seriamos todos muy ricos y valerosos.
Hecho esto, tornó á decir que nos pedia por merced que callásemos, y que en las guerras y batallas es menester más prudencia y saber para bien vencer los contrarios, que no demasiada osadía; y que porque tenia conocido de nuestros grandes esfuerzos que por ganar honra cada uno de nosotros se queria adelantar de los primeros á encontrar con los enemigos, que fuésemos puestos en ordenanza y capitanías; y para que la primera cosa que hiciésemos fuese tomalles el artillería, que eran diez y ocho tiros que tenian asestados delante de sus aposentos de Narvaez, mandó que fuese por capitan suyo de Cortés uno que se decia Pizarro, que ya he dicho otras veces que en aquella sazon no habia fama de Perú ni Pizarros, que no era descubierto; y era el Pizarro suelto mancebo, y le señaló sesenta soldados mancebos, y entre ellos me nombraron á mí; y mandó que, despues de tomada el artillería, acudiésemos todos á los aposentos de Narvaez, que estaba en un muy alto cu; y para prender á Narvaez señaló por capitan á Gonzalo de Sandoval con otros sesenta compañeros; y como era alguacil mayor, le dió un mandamiento que decia así:
«Gonzalo de Sandoval, alguacil mayor desta Nueva-España por su majestad, yo os mando que prendais el cuerpo de Pánfilo de Narvaez, é si se os defendiere, matadle, que así conviene al servicio de Dios y de su majestad, y le prendió á un oidor. Dado en este real.» y la firma, Hernando Cortés, y refrendado de su secretario Pedro Hernandez.
Y despues de dado el mandamiento, prometió que al primer soldado que le echase la mano le daria tres mil pesos, y al segundo dos mil, y al tercero mil; y dijo que aquello que prometia que era para guantes, que bien viamos la riqueza que habia entre nuestras manos; y luego nombró á Juan Velazquez de Leon para que prendiese á Diego Velazquez, con quien habia tenido la brega, y le dió otros sesenta soldados.
Narvaez estaba en su fortaleza é altos cues, y el mismo Cortés por sobresaliente con otros veinte soldados para acudir adonde más necesidad hubiese, y donde él tenia el pensamiento de asistir era para prender á Narvaez y á Salvatierra; pues ya dadas las copias á los capitanes, como dicho tengo, dijo:
—«Bien sé que los de Narvaez son por cuatro veces más que nosotros; mas ellos no son acostumbrados á las armas, y como están la mayor parte dellos mal con su capitan, y muchos dolientes, les tomaremos de sobresalto; tengo pensamiento que Dios nos dará vitoria, que no porfiarán mucho en su defensa, porque más bienes les haremos nosotros que no su Narvaez; así, señores, pues nuestra vida y honra está, despues de Dios, en vuestros esfuerzos é vigorosos brazos, no tengo más que os pedir por merced ni traer á la memoria sino que en esto está el toque de nuestras honras y famas para siempre jamás; y más vale morir por buenos que vivir afrentados.»
Y porque en aquella sazon llovia y era tarde no dijo más.
Una cosa he pensado despues acá, que jamás nos dijo tengo tal concierto en el real hecho, ni Fulano ni Zutano es en nuestro favor, ni cosa ninguna destas, sino que peleásemos como varones; y esto de no decirnos que tenia amigos en el real de Narvaez fué de muy cuerdo capitan, que por aquel efeto no dejásemos de batallar como esforzados, y no tuviésemos esperanza en ellos, sino, despues de Dios, en nuestros grandes ánimos.
Dejemos desto, y digamos cómo cada uno de los capitanes por mí nombrados estaban con los soldados señalados, poniéndose esfuerzo unos á otros.
Pues mi capitan Pizarro, con quien habiamos de tomar la artillería, que era la cosa de más peligro, y habiamos de ser los primeros que habiamos de romper hasta los tiros, tambien decia con mucho esfuerzo cómo habiamos de entrar y calar nuestras picas hasta tener la artillería en nuestro poder, y cuando se la hubiésemos tomado, que con ella misma mandó á nuestros artilleros, que se decian Mesa y el siciliano Aruega, que con las pelotas que estuviesen por descargar se diese guerra á los del aposento de Salvatierra.
Tambien quiero decir la gran necesidad que teniamos de armas, que por un peto ó capacete ó casco ó babera de hierro diéramos aquella noche cuanto nos pidieran por ello y todo cuanto habiamos ganado; y luego secretamente nos nombraron el apellido que habiamos de tener estando batallando, que era Espíritu Santo, Espíritu Santo; que esto se suele hacer secreto en las guerras porque se conozcan y apelliden por el nombre, que no lo sepan unos contrarios de otros; y los de Narvaez tenian su apellido y voz Santa María, Santa María.
Ya hecho todo esto, como yo era gran amigo y servidor del capitan Sandoval, me dijo aquella noche que me pedia por merced que cuando hubiésemos tomado el artillería, si quedaba con la vida, siempre me hablase con él y le siguiese; é yo le prometí, é así lo hice, como adelante verán.
Digamos ahora en qué se entendió un rato de la noche, sino en aderezar y pensar en lo que teniamos por delante, pues para cenar no teniamos cosa ninguna; y luego fueron nuestros corredores del campo, y se puso espías y velas á mí y á otros dos soldados, y no tardó mucho, cuando viene un corredor del campo á me preguntar que si he sentido algo, é yo dije que no; y luego vino un cuadrillero, y dijo que el Galleguillo que habia venido del real de Narvaez no parecia, y que era espía echada del Narvaez; é que mandaba Cortés que luego marchásemos camino de Cempoal, é oimos tocar nuestro pífaro y atambor, y los capitanes apercibiendo sus soldados, y comenzamos á marchar; y al Galleguillo hallaron debajo de unas mantas durmiendo; que, como llovió y el pobre no era acostumbrado á estar al agua ni frios, metióse allí á dormir.
Pues yendo nuestro paso tendido, sin tocar pífaro ni atambor, que luego mandó Cortés que no tocasen, y nuestros corredores del campo descubriendo la tierra, llegamos al rio, donde estaban las espías de Narvaez, que ya he dicho que se decian Gonzalo Carrasco é Hurtado, y estaban descuidados, que tuvimos tiempo de prender al Carrasco, y el otro fué dando voces al real de Narvaez y diciendo:
—«Al arma, al arma, que viene Cortés.»
Acuérdome que cuando pasábamos aquel rio, como llovia, venia un poco hondo, y las piedras resbalaban algo, y como llevábamos á cuestas las picas y armas, nos hacia mucho estorbo; y tambien me acuerdo cuando se prendió á Carrasco decia á Cortés á grandes voces:
—«Mira, señor Cortés, no vayas allá; que juro á tal que está Narvaez esperándoos en el campo con todo su ejército.»
Y Cortés le dió en guarda á su secretario Pedro Hernandez; y como vimos que el Hurtado fué á dar mandado, no nos detuvimos cosa, sino que el Hurtado iba dando voces y mandando dar al arma, y el Narvaez llamando sus capitanes, y nosotros calando nuestras picas y cerrando con su artillería, todo fué uno, que no tuvieron tiempo sus artilleros de poner fuego sino á cuatro tiros, y las pelotas algunas dellas pasaron por alto, é una dellas mató á tres de nuestros compañeros.
Pues en este instante llegaron todos nuestros capitanes, tocando al arma nuestro pífaro y atambor; y como habia muchos de los de Narvaez á caballo, detuviéronse un poco con ellos, porque luego derrocaron seis ó siete dellos.
Pues nosotros los que tomamos el artillería no osábamos desampararla, porque el Narvaez desde su aposento nos tiraba saetas y escopetas; y en aquel instante llegó el capitan Sandoval y sube de presto las gradas arriba, y por mucha resistencia que le ponia el Narvaez y le tiraban saetas y escopetas y con partesanas y lanzas, todavía las subió él y sus soldados; y luego como vimos los soldados que ganamos el artillería que no habia quien nos la defendiese, se la dimos á nuestros artilleros por mí nombrados, y fuimos muchos de nosotros y el capitan Pizarro á ayudar al Sandoval, que les hacian los de Narvaez venir seis ó siete gradas abajo retrayéndose, y con nuestra llegada tornó á las subir, y estuvimos buen rato peleando con nuestras picas, que eran grandes; y cuando no me cato oimos voces del Narvaez, que decia:
—«Santa María, váleme; que muerto me han y quebrado un ojo;»
Y cuando aquello oimos, luego dimos voces:
—«Vitoria, vitoria por los del nombre del Espíritu Santo; que muerto es Narvaez.»
Y con todo esto no les pudimos entrar en el cu donde estaban hasta que un Martin Lopez, el de los bergantines, como era alto de cuerpo, puso fuego á las pajas del alto cu, y vinieron todos los de Narvaez rodando las gradas abajo; entónces prendimos á Narvaez, y el primero que le echó mano fué un Pero Sanchez Farfan, é yo se lo dí al Sandoval y á otros capitanes del mismo Narvaez que con él estaban todavía dando voces y apellidando:
—«Viva el Rey, viva el Rey, y en su Real nombre Cortés; vitoria, vitoria; que muerto es Narvaez.»
Dejemos este combate, é vamos á Cortés y á los demás capitanes que todavía estaban batallando cada uno con los capitanes del Narvaez que aún no se habian dado, porque estaban en muy altos cues, y con los tiros que les tiraban nuestros artilleros y con nuestras voces, é muerte del Narvaez, como Cortés era muy avisado, mandó de presto pregonar que todos los de Narvaez se vengan luego á someter debajo de la bandera de su majestad, y de Cortés en su Real nombre, so pena de muerte; y aun con todo esto no se daban los de Diego Velazquez el mozo ni los de Salvatierra, porque estaban en muy altos cues y no les podian entrar; hasta que Gonzalo de Sandoval fué con la mitad de nosotros los que con él entramos, y se prendieron así al Salvatierra como los que con él estaban, y al Diego Velazquez el mozo; y luego Sandoval vino con todos nosotros los que fuimos en prender al Narvaez á ponelle más en cobro, puesto que le habiamos echado dos pares de grillos, y cuando Cortés y el Juan Velazquez y el Ordás tuvieron presos á Salvatierra y al Diego Velazquez el mozo y á Gamarra y á Juan Yuste y á Juan Bono, vizcaino, y á otras personas principales, vino Cortés desconocido, acompañado de nuestros capitanes, adonde teniamos á Narvaez, y con el calor que hacia grande, y como estaba cargado con las armas é andaba de una parte á otra apellidando á nuestros soldados y haciendo dar pregones, venia muy sudando y cansado, y tal, que no le alcanzaba un huelgo á otro, é dijo á Sandoval dos veces, que no lo acertaba á decir del trabajo que traia, é dijo:
—«¿Qué es de Narvaez? ¿Qué es de Narvaez?»
É dijo Sandoval:
—«Aquí está, aquí está, é á muy buen recaudo.»
Y tornó Cortés á decir muy sin huelgo:
—«Mirá, hijo Sandoval, que no os quiteis dél vos y vuestros compañeros, no se os suelte miéntras yo voy á entender en otras cosas; é mirad estos capitanes que con él teneis presos que en todo haya recaudo.»
Y luego se fué, y mandó dar otros pregones que, so pena de muerte, que todos los de Narvaez luego en aquel punto se vengan á someter debajo de la bandera de su majestad, y en su Real nombre de Hernando Cortés, su capitan general y justicia mayor, é que ninguno trajese ningunas armas, sino que todos las diesen y entregasen á nuestros alguaciles; y todo esto era de noche, que no amanecia, y aun llovia de rato en rato, y entónces salia la luna, que cuando allí llegamos hacia muy escuro y llovia, y tambien la escuridad ayudó; que, como hacia tan escuro, habia muchos cucuyos (así los llaman en Cuba), que relumbraban de noche, é los de Narvaez creyeron que eran mechas de las escopetas.
Dejemos esto, y pasemos adelante: que, como el Narvaez estaba muy mal herido y quebrado el ojo, demandó licencia á Sandoval para que un cirujano que traia en su armada, que se decia maestre Juan, le curase el ojo á él y otros capitanes que estaban heridos, y se la dió, y estándole curando llegó allí cerca Cortés disimulando, que no lo conociesen, á le ver curar; dijéronle al Narvaez que estaba allí Cortés, y como se lo dijeron, dijo el Narvaez:
—«Señor capitan Cortés, tené en mucho esta vitoria que de mí habeis habido y en tener presa mi persona.»
Y Cortés le respondió que daba muchas gracias á Dios, que se la dió, y por los esforzados caballeros y compañeros que tenia, que fueron parte para ello. É que una de las menores cosas que en la Nueva-España ha hecho es prendelle y desbaratalle; y que si le ha parecido bien tener atrevimiento de prender á un oidor de su majestad.
Y cuando hubo dicho esto se fué de allí, que no le habló más, y mandó á Sandoval que le pusiese buenas guardas, y que él no se quitase dél con personas de recaudo; ya le teniamos echado dos pares de grillos y le llevábamos á un aposento, y puestos soldados que le habiamos de guardar, y á mí me señaló Sandoval por uno dellos, y secretamente me mandó que no dejase hablar con él á ninguno de los de Narvaez hasta que amaneciese, que Cortés le pusiese más en cobro.
Dejemos desto, y digamos cómo Narvaez habia enviado cuarenta de á caballo para que nos estuviesen aguardando en el paso del rio cuando viniésemos á su real, como dicho tengo en el capítulo que dello habla, y supimos que andaban todavía en el campo; tuvimos temor no nos viniesen á acometer para nos quitar sus capitanes é al mismo Narvaez que teniamos presos, y estábamos muy apercebidos; y acordó Cortés de les enviar á pedir por merced que se viniesen al real, con grandes ofrecimientos que á todos prometió; y para los traer envió á Cristóbal de Olí, que era nuestro maestre de campo, é á Diego de Ordás, y fueron en unos caballos que tomaron de los de Narvaez, que de todos los nuestros no trajimos ningunos, que atados quedaron en un montecillo junto á Cempoal; que no trajimos sino picas, espadas y rodelas y puñales; y fueron al campo con un soldado de los de Narvaez, que les mostró el rastro por donde habian ido, y se toparon con ellos; y en fin, tantas palabras de ofertas y ofrecimientos les dijeron por parte de Cortés, y ántes que llegasen á nuestro real ya era de dia claro; y sin decir cosa ninguna Cortés ni ninguno de nosotros á los atabaleros que el Narvaez traia, comenzaron á tocar los atabales y á tañer sus pífaros y tambores, y decian:
—«Viva, viva la gala de los romanos, que siendo tan pocos han vencido á Narvaez y á sus soldados.»
É un negro que se decia Guidela, que fué muy gracioso truhan, que traia el Narvaez, daba voces que decia:
—«Mirad que los romanos no han hecho tal hazaña.»
Y por más que les deciamos que callasen y no tañesen sus atabales, no querian, hasta que Cortés mandó que prendiesen al atabalero, que era medio loco, que se decia Tapia; y en este instante vino Cristóbal de Olí y Diego de Ordás, y trajeron á los de á caballo que dicho tengo, y entre ellos venia Andrés de Duero y Agustin Bermudez y muchos amigos de nuestro capitan; y así como venian, iban á besar las manos á Cortés, que estaba sentado en una silla de caderas, con una ropa larga de color como naranjada, con sus armas debajo, acompañado de nosotros.
Pues ver la gracia con que les hablaba y abrazaba, y las palabras de tantos cumplimientos que les decia, era cosa de ver qué alegre estaba; y tenia mucha razon de verse en aquel punto tan señor y pujante; y así como le besaban la mano se fueron cada uno á su posada.
Digamos ahora de los muertos y heridos que hubo aquella noche.
Murió el alférez de Narvaez, que se decia Fulano de Fuentes, que era un hidalgo de Sevilla; murió otro capitan de Narvaez que se decia Rojas, natural de Castilla la Vieja; murieron otros dos de Narvaez; murió uno de los tres soldados que se le habian pasado, que habian sido de los nuestros, que llamábamos Alonso García el Carretero, y heridos de los de Narvaez hubo muchos; y tambien murieron de los nuestros otros cuatro, y hubo más heridos, y el cacique gordo tambien salió herido; porque, como supo que veniamos cerca de Cempoal, se acogió al aposento de Narvaez, y allí le hirieron, y luego Cortés le mandó curar muy bien y le puso en su casa, y que no se le hiciese enojo.
Pues Cervantes el loco y Escalonilla, que son los que se pasaron al Narvaez que habian sido de los nuestros, tampoco libraron bien, que Escalona salió bien herido, y el Cervantes bien apaleado, é ya he dicho que murió el Carretero.
Vamos á los del aposento de Salvatierra, el muy fiero, que dijeron sus soldados que en toda su vida vieron hombre para ménos ni tan cortado de muerte cuando nos oyó tocar al arma y cuando deciamos:
—«Vitoria, vitoria; que muerto es Narvaez.»
Dicen que luego dijo que estaba muy malo del estómago, é que no fué para cosa ninguna. Esto lo he dicho por sus fieros y bravear; y de los de su compañía tambien hubo heridos.
Digamos del aposento del Diego Velazquez y otros capitanes que estaban con él, que tambien hubo heridos, y nuestro capitan Juan Velazquez de Leon prendió al Diego Velazquez, aquel con quien tuvo las bregas estando comiendo con el Narvaez, y le llevó á su aposento y le mandó curar y hacer mucha honra.
Pues ya he dado cuenta de todo lo acaecido en nuestra batalla, digamos agora lo que más se hizo.
CAPÍTULO CXXIII.
CÓMO DESPUES DE DESBARATADO NARVAEZ SEGUN Y DE LA MANERA QUE HE DICHO, VINIERON LOS INDIOS DE CHINANTA QUE CORTÉS HABIA ENVIADO Á LLAMAR, Y DE OTRAS COSAS QUE PASARON.
Ya he dicho en el capítulo que dello habla, que Cortés envió á decir á los pueblos de Chinanta, donde trajeron las lanzas é picas, que viniesen dos mil indios dellos con sus lanzas, que son mucho más largas que no las nuestras, para nos ayudar, é vinieron aquel mismo dia y algo tarde, despues de preso Narvaez, y venian por capitanes los caciques de los mismos pueblos é uno de nuestros soldados, que se decia Barrientos, que habia quedado en Chinanta para aquel efecto: y entraron en Cempoal con muy gran ordenanza, de dos en dos; y como traian las lanzas muy grandes y de buen cuerpo, y tienen en ellas una braza de cuchilla de pedernales, que cortan tanto como navajas, segun ya otra vez he dicho, y traia cada indio una rodela como pavesina, y con sus banderas tendidas, y con muchos plumajes y atambores y trompetillas, y entre cada lancero é lancero un flechero, y dando gritos y silbos decian:
—«Viva el Rey, viva el Rey, y Hernando Cortés en su real nombre.»
Y entraron bravosos, que era cosa de notar, y serian mil y quinientos, que parecian, de la manera y concierto que venian, que eran tres mil; y cuando los de Narvaez los vieron se admiraron, é dicen que dijeron unos á otros que si aquella gente les tomara en medio ó entraran con nosotros, qué tal que les pararan; y Cortés habló á los indios capitanes muy amorosamente, agradeciéndole su venida, y les dió cuentas de Castilla, y les mandó que luego se volviesen á sus pueblos, y que por el camino no hiciesen daño á otros pueblos, y tornó á enviar con ellos al mismo Barrientos.
Y quedarse ha aquí, y diré lo que más Cortés hizo.
CAPÍTULO CXXIV.
CÓMO CORTÉS ENVIÓ AL PUERTO AL CAPITAN FRANCISCO DE LUGO, Y EN SU COMPAÑÍA DOS SOLDADOS QUE HABIAN SIDO MAESTRES DE HACER NAVÍOS, PARA QUE LUEGO TRAJESE ALLÍ Á CEMPOAL TODOS LOS MAESTRES Y PILOTOS DE LOS NAVÍOS Y FLOTA DE NARVAEZ, Y QUE LES SACASEN LAS VELAS Y TIMONES É AGUJAS, PORQUE NO FUESEN Á DAR MANDADO Á LA ISLA DE CUBA Á DIEGO VELAZQUEZ DE LO ACAECIDO, Y CÓMO PUSO ALMIRANTE DE LA MAR.
Pues acabado de desbaratar al Pánfilo de Narvaez, é presos él y sus capitanes, é á todos los demás tomado sus armas, mandó Cortés al capitan Francisco de Lugo que fuese al puerto donde estaba la flota de Narvaez, que eran diez y ocho navíos, y mandase venir allí á Cempoal á todos los pilotos y maestres de los navíos, y que les sacasen velas y timones é agujas, porque no fuesen á dar mandado á Cuba á Diego Velazquez; é que si no le quisiesen obedecer, que les echase presos; y llevó consigo el Francisco de Lugo dos de nuestros soldados, que habian sido hombres de la mar, para que le ayudasen; y tambien mandó Cortés que luego le enviasen á un Sancho de Barahona, que le tenia preso el Narvaez con otros soldados. Este Barahona fué vecino de Guatimala, hombre rico; y acuérdome que cuando llegó ante Cortés, que venia muy doliente y flaco, y le mandó hacer honra.
Volvamos á los maestres y pilotos, que luego vinieron á besar las manos al capitan Cortés, á los cuales tomó juramento que no saldrian de su mandado, é que le obedecerian en todo lo que les mandase; y luego les puso por almirante y capitan de la mar á un Pedro Caballero, que habia sido maestre de un navío de los de Narvaez; persona de quien Cortés se fió mucho, al cual dicen que le dió primero buenos tejuelos de oro; y á este mandó que no dejase ir de aquel puerto ningun navío á parte ninguna, y mandó á todos los maestres y pilotos y marineros que todos le obedeciesen, y que si de Cuba enviase Diego Velazquez más navíos (porque tuvo aviso Cortés que estaban dos navíos para venir), que tuviese modo que á los capitanes que en él viniesen les echase presos, y les sacase el timon é velas y agujas, hasta que otra cosa en ello Cortés mandase. Lo cual así lo hizo Pedro Caballero, como adelante diré.
Y dejemos ya los navíos y el puerto seguro y digamos lo que se concertó en nuestro real é los de Narvaez, y es que luego se dió órden que fuesen á conquistar y poblar á Juan Velazquez de Leon á lo de Pánuco, y para ello Cortés le señaló ciento y veinte soldados, los ciento habian de ser de los de Narvaez, y los veinte de los nuestros entremetidos, porque tenian más experiencia en la guerra: y tambien habia de llevar dos navíos para que desde el rio de Pánuco fuesen á descubrir la costa adelante; y tambien á Diego de Ordás dió otra capitanía de otros ciento y veinte soldados para ir á poblar á lo de Guacacualco, y los ciento habian de ser de los de Narvaez y los veinte de los nuestros, segun y de la manera que á Juan Velazquez de Leon; y habia de llevar otros dos navíos para desde el rio de Guacacualco enviar á la isla de Jamáica por ganados de yeguas y becerros, puercos y ovejas, y gallinas de Castilla y cabras, para multiplicar la tierra, porque la provincia de Guacacualco era buena para ello.
Pues para ir aquellos capitanes con sus soldados y llevar todas sus armas, Cortés se las mandó dar y soltar todos los prisioneros capitanes de Narvaez, y el Salvatierra, que decia que estaba malo del estómago.
Pues para dalles todas las armas, algunos de nuestros soldados les teniamos ya tomado caballos y espadas y otras cosas, y mandó Cortés que luego se las volviésemos, y sobre no dárselas hubo ciertas pláticas enojosas, y fueron, que dijimos los soldados que las teniamos muy claramente, que no se las queriamos dar, pues que en el real de Narvaez pregonaron guerra contra nosotros á ropa franca, y con aquella intencion venian á nos prender y tomar lo que teniamos, é que siendo nosotros tan grandes servidores de su majestad, nos llamaban traidores, é que no se las queriamos dar; y Cortés todavía porfiaba á que se las diésemos, é como era capitan general, húbose de hacer lo que mandó, que yo les dí un caballo que tenia ya escondido, ensillado y enfrenado, y dos espadas y tres puñales y una adarga, y otros muchos de nuestros soldados dieron tambien otros caballos y armas; y como Alonso de Ávila era capitan y persona que osaba decir á Cortés cosas que convenian, é juntamente con él el Padre fray Bartolomé de Olmedo, hablaron aparte á Cortés, y le dijeron que parecia que queria remedar á Alejandro Macedonio, que despues que con sus soldados habia hecho alguna gran hazaña, que más procuraba de honrar y hacer mercedes á los que vencia que no á sus capitanes y soldados, que eran los que lo vencian; y esto, que lo decian porque lo han visto en aquellos dias que allí estábamos despues de preso Narvaez, que todas las joyas de oro que le presentaban los indios de aquellas comarcas y bastimentos daba á los capitanes de Narvaez, é como si no nos conociera, ansí nos obligaba; y que no era bien hecho, sino muy grande ingratitud, habiéndole puesto en el estado en que estaba.
Á esto respondió Cortés que todo cuanto tenia, ansí persona como bienes, era para nosotros, é que al presente no podia más sino con dádivas y palabras y ofrecimientos honrar á los de Narvaez; porque, como son muchos, y nosotros pocos, no se levantasen contra él y contra nosotros, y le matasen.
Á esto respondió el Alonso de Ávila, y le dijo ciertas palabras algo soberbias, de tal manera, que Cortés le dijo que quien no le quisiese seguir, que las mujeres han parido y paren en Castilla soldados; y el Alonso de Ávila dijo con palabras muy soberbias y sin acato que así era verdad, que soldados y capitanes é gobernadores, é que aquello mereciamos que dijese.
Y como en aquella sazon estaba la cosa de arte que Cortés no podia hacer otra cosa sino callar, y con dádivas y ofertas le atrajo á sí; y como conoció dél ser muy atrevido, y tuvo siempre Cortés temor que por ventura un dia ó otro no hiciese alguna cosa en su daño, disimuló; y dende allí adelante siempre le enviaba á negocios de importancia, como fué á la isla de Santo Domingo, y despues á España cuando enviamos la recámara y tesoro del gran Montezuma, que robó Juan Florin, gran corsario frances; lo cual diré en su tiempo y lugar.
Y volvamos ahora al Narvaez y á un negro que traia lleno de viruelas, que harto negro fué en la Nueva-España, que fué causa que se pegase é hinchase toda la tierra dellas, de lo cual hubo gran mortandad; que, segun decian los indios, jamás tal enfermedad tuvieron, y como no la conocian, lavábanse muchas veces, y á esta causa se murieron gran cantidad dellos.
Por manera que negra la ventura de Narvaez, y más prieta la muerte de tanta gente sin ser cristianos.
Dejemos ahora todo esto, y digamos cómo los vecinos de la Villa-Rica, que habian quedado poblados, que no fueron á Méjico, demandaron á Cortés las partes del oro que les cabia, y dijeron á Cortés que, puesto que allí les mandó quedar en aquel puerto y villa, que tambien servian allí á Dios y al Rey como los que fuimos á Méjico, pues entendian en guardar la tierra y hacer la fortaleza, y algunos dellos se hallaron en lo de Almería, que aun no tenian sanas las heridas, y que todos los más se hallaron en la prision de Narvaez, y que les diesen sus partes; y viendo Cortés que era muy justo lo que decian, dijo que fuesen dos hombres principales vecinos de aquella villa con poder de todos, y que lo tenia apartado, y que se lo darian; y paréceme que les dijo que en Tlascala estaba guardado, que esto no me acuerdo bien; é así, luego despacharon de aquella villa dos vecinos por el oro y sus partes, y el principal se decia Juan de Alcántara el viejo.
Y dejemos de platicar en ello, y despues diremos lo que sucedió al Alcántara y al otro; y digamos cómo la adversa fortuna vuelve de presto su rueda, que á grandes bonanzas y placeres siguen las tristezas; y es que en este instante vienen nuevas que Méjico estaba alzado, y que Pedro de Albarado está cercado en su fortaleza y aposento, y que le ponian fuego por todas partes en la misma fortaleza, y que le han muerto siete soldados, y que estaban otros muchos heridos; y enviaba á demandar socorros con mucha instancia y priesa; y esta nueva trujeron dos tlascaltecas sin carta ninguna, y luego vino una carta con otros tlascaltecas que envió el Pedro de Albarado, en que decia lo mismo.
Y cuando aquella tan mala nueva oimos, sabe Dios cuánto nos pesó, y á grandes jornadas comenzamos á caminar para Méjico, y quedó preso en la Villa-Rica el Narvaez y el Salvatierra, y por teniente y capitan paréceme que quedó Rodrigo Rangel, que tuviese cargo de guardar al Narvaez y de recoger muchos de los de Narvaez que estaban enfermos.
Y tambien en este instante, ya que queriamos partir, vinieron cuatro grandes principales que envió el gran Montezuma ante Cortés á quejarse del Pedro de Albarado, y lo que dijeron llorando con muchas lágrimas de sus ojos fué, que Pedro de Albarado salió de su aposento con todos los soldados que le dejó Cortés, y sin causa ninguna dió en sus principales y caciques, que estaban bailando y haciendo fiesta á sus ídolos Huichilóbos y Tezcatepuca, con licencia que para ello les dió el Pedro de Albarado, é que mató é irió muchos dellos, y que por se defender le mataron seis de sus soldados.
Por manera que daban muchas quejas del Pedro de Albarado; y Cortés les respondió á los mensajeros algo desabrido, é que él iria á Méjico y pornia remedio en todo; y así, fueron con aquella respuesta á su gran Montezuma, y dicen la sintió por muy mala y hubo enojo della.
Y asimismo luego despachó Cortés cartas para Pedro de Albarado, en que le envió á decir que mirase que el Montezuma no se soltase, é que íbamos á grandes jornadas; y le hizo saber de la vitoria que habiamos habido contra Narvaez; lo cual ya sabia el gran Montezuma.
Y dejallo hé aquí, y diré lo que más adelante pasó.
CAPÍTULO CXXV.
CÓMO FUIMOS GRANDES JORNADAS, ASÍ CORTÉS CON TODOS SUS CAPITANES COMO TODOS LOS DE NARVAEZ, EXCEPTO PÁNFILO DE NARVAEZ, Y SALVATIERRA, QUE QUEDABAN PRESOS.
Como llegó la nueva referida cómo Pedro de Albarado estaba cercado y Méjico rebelado, cesaron las capitanías que habian de ir á poblar á Pánuco y á Guacacualco, que habian dado á Juan Velazquez de Leon y á Diego de Ordás, que no fué enemigo dellos, que todos fuesen con nosotros; y Cortés habló á los de Narvaez, que sintió que no irian con nosotros de buena voluntad á hacer aquel socorro, y les rogó que dejasen atrás enemistades pasadas por lo de Narvaez, ofreciéndoles de hacerlos ricos y dalles cargos; y pues venian á buscar la vida, y estaban en tierra donde podrian hacer servicio á Dios y á su majestad, y enriquecer, que ahora les venia lance; y tantas palabras les dijo, que todos á una se le ofrecieron que irian con nosotros; y si supieran las fuerzas de Méjico, cierto está que no fuera ninguno.
Y luego caminamos á muy grandes jornadas hasta llegar á Tlascala, donde supimos que hasta que Montezuma y sus capitanes habian sabido cómo habiamos desbaratado á Narvaez, no dejaron de darle guerra á Pedro de Albarado, y le habian ya muerto siete soldados y le quemaron los aposentos; y cuando supieron nuestra vitoria cesaron de dalle guerra; mas dijeron que estaban muy fatigados por falta de agua y bastimento, lo cual nunca se lo habia mandado dar Montezuma; y esta nueva trujeron indios de Tlascala en aquella misma hora que hubimos llegado.
Y luego Cortés mandó hacer alarde de la gente que llevaba, y halló sobre mil y trecientos soldados, así de los nuestros como de los de Narvaez, y sobre noventa y seis caballos y ochenta ballesteros y otros tantos escopeteros; con los cuales le pareció á Cortés que llevaba gente para poder entrar muy á su salvo en Méjico; y demás desto, en Tlascala nos dieron los caciques dos mil hombres, indios de guerra; y luego fuimos á grandes jornadas hasta Tezcuco, que es una gran ciudad, y no se nos hizo honra ninguna en ella ni pareció ningun señor, sino todo muy remontado y de mal arte; y llegamos á Méjico dia de señor San Juan de Junio de 1520 años, y no parecian por las calles caciques, ni capitanes, ni indios conocidos, sino todas las casas despobladas.
Y como llegamos á los aposentos que soliamos posar, el gran Montezuma salió al patio para hablar y abrazar á Cortés y dalle el bien venido, y de la vitoria con Narvaez; y Cortés, como venia vitorioso, no le quiso oir, y el Montezuma se entró en su aposento muy triste y pensativo.
Pues ya aposentados cada uno de nosotros donde soliamos estar ántes que saliésemos de Méjico para ir á lo de Narvaez, y los de Narvaez en otros aposentos, é ya habiamos visto é hablado con el Pedro de Albarado y los soldados que con él quedaron, y ellos nos daban cuenta de las guerras que los mejicanos les daban y trabajo en que les tenian puesto, y nosotros les dábamos relacion de la vitoria contra Narvaez.
Y dejaré esto, y diré cómo Cortés procuró saber qué fué la causa de se levantar Méjico, porque bien entendido teniamos que á Montezuma le pesó dello, que si le pluguiera ó fuera por su consejo, dijeron muchos soldados de los que se quedaron con Pedro de Albarado en aquellos trances, que si Montezuma fuera en ello, que á todos les mataran, y que el Montezuma los aplacaba que cesasen la guerra; y lo que contaba el Pedro de Albarado á Cortés, sobre el caso era, que por libertar los mejicanos al Montezuma, é porque su Huichilóbos se lo mandó porque pusimos en su casa la imágen de Nuestra Señora la Vírgen Santa María y la Cruz.
Y más dijo, que habian llegado muchos indios á quitar la santa imágen del altar donde la pusimos, y que no pudieron quitalla, y que los indios lo tuvieron á gran milagro, y que se lo dijeron al Montezuma, é que les mandó que la dejasen en el mismo lugar y altar, y que no curasen de hacer otra cosa; y así, la dejaron.
Y más dijo el Pedro de Albarado, que por lo que el Narvaez les habia enviado á decir al Montezuma, que le venia á soltar de las prisiones y á prendernos, y no salió verdad; y como Cortés habia dicho al Montezuma que en teniendo navíos nos habiamos de ir á embarcar y salir de toda la tierra, é que no nos íbamos, é que todo eran palabras, é que ahora habian visto venir muchos más teules, ántes que todos los de Narvaez y los nuestros tornásemos á entrar en Méjico, que seria bien matar al Pedro de Albarado y á sus soldados, y soltar al gran Montezuma, y despues no quedar á vida ninguno de los nuestros é de los de Narvaez, cuanto más que tuvieron por cierto que nos venciera el Narvaez.
Estas pláticas y descargo dió el Pedro de Albarado á Cortés, y le tornó á decir Cortés que á qué causa les fué á dar guerra estando bailando y haciendo sus fiestas y bailes y sacrificios que hacian á sus Huichilóbos y á Tezcatepuca; y el Pedro de Albarado dijo que luego le habian de venir á dar guerra, segun el concierto tenian entre ellos hecho, y todo lo demás que lo supo de un papa y de dos principales y de otros mejicanos; y Cortés le dijo:
—«Pues hanme dicho que os demandaron licencia para hacer el areito y bailes.»
É dijo que así era verdad, é que fué por tomalles descuidados; é que porque temiesen y no viniesen á dalle guerra, que por esto se adelantó á dar en ellos; y como aquello Cortés le oyó, le dijo, muy enojado, que era muy mal hecho, y grande desatino y poca verdad; é que pluguiera á Dios que el Montezuma se hubiera soltado, é que tal cosa no la oyera á sus ídolos; y así le dejó, que no le habló más en ello.
Tambien dijo el mismo Pedro de Albarado que cuando andaba con ellos en aquella guerra, que mandó poner á un tiro que estaba cebado fuego, con una pelota y muchos perdigones, é que como venian muchos escuadrones de indios á le quemar los aposentos, que salió á pelear con ellos, é que mandó poner fuego al tiro, é que no salió, y que hizo una arremetida contra los escuadrones que le daban guerra, y cargaban muchos indios sobre él, é que venia retrayéndose á la fuerza y aposento, é que entónces sin poner fuego al tiro salió la pelota y los perdigones y mató muchos indios; y que si aquello no acaeciera, que los enemigos los mataran á todos, como en aquella vez le llevaron dos de sus soldados vivos.
Otra cosa dijo el Pedro de Albarado, y esta sola cosa la dijeron otros soldados, que las demás pláticas sólo el Pedro de Albarado lo contaba; y es, que no tenia agua para beber, y cavaron en el patio, é hicieron un pozo y sacaron agua dulce, siendo todo salado tambien.
Todo fué muchos bienes que nuestro Señor Dios nos hacia.
É á esto del agua digo yo que en Méjico estaba una fuente que muchas veces y todas las más manaba agua algo dulce; que lo demás que dicen algunas personas, que el Pedro de Albarado, por codicia de haber mucho oro y joyas de gran valor con que bailaban los indios, les fué á dar guerra, yo no lo creo ni nunca tal oí, ni es de creer que tal hiciese, puesto que lo dice el Obispo fray Bartolomé de las Casas aquello y otras cosas que nunca pasaron; sino que verdaderamente dió en ellos por metelles temor, é que con aquellos males que les hizo tuviesen harto que curar y llorar en ellos, porque no le viniesen á dar guerra; y como dicen que quien acomete vence, y fué muy peor, segun pareció.
Y tambien supimos de mucha verdad que tal guerra nunca el Montezuma mandó dar, é que cuando combatian al Pedro de Albarado, que el Montezuma les mandaba á los suyos que no lo hiciesen, y que le respondian que ya no era cosa de sufrir tenelle preso, y estando bailando irles á matar, como fueron; y que le habian de sacar de allí y matar á todos los teules que le defendian.
Estas cosas y otras sé decir que lo oí á personas de fe y que se hallaron con el Pedro de Albarado cuando aquello pasó.
Y dejallo hé aquí, y diré la gran guerra que luego nos dieron, y es desta manera.
CAPÍTULO CXXVI.
CÓMO NOS DIERON GUERRA EN MÉJICO, Y LOS COMBATES QUE NOS DABAN, Y OTRAS COSAS QUE PASAMOS.
Como Cortés vió que en Tezcuco no nos habian hecho ningun recibimiento, ni aun dado de comer, sino mal y por mal cabo, y que no hallamos principales con quien hablar, y lo vió todo rematado y de mal arte, y venido á Méjico lo mismo; y vió que no hacian tianguez, sino todo levantado, é oyó al Pedro de Albarado de la manera y desconcierto con que les fué á dar guerra; y parece ser habia dicho Cortés en el camino á los capitanes, alabándose de sí mismo, el gran acato y mando que tenia, é que por los pueblos é caminos le saldrian á recibir y hacer fiestas, y que en Méjico mandaba tan absolutamente, así al gran Montezuma como á todos sus capitanes, é que le darian presentes de oro como solian; y viendo que todo estaba muy al contrario de sus pensamientos, que aun de comer no nos daban, estaba muy airado y soberbio con la mucha gente de españoles que traia, y muy triste y mohino; y en este instante envió el gran Montezuma dos de sus principales á rogar á nuestro Cortés que le fuese á ver, que le queria hablar, y la respuesta que le dió fué:
—«Vaya para perro, que aun tianguez no quiere hacer ni de comer nos manda dar.»
Y entónces, como aquello le oyeron á Cortés nuestros capitanes, que fué Juan Velazquez de Leon y Cristóbal de Olí y Alonso de Ávila y Francisco de Lugo, dijeron:
—«Señor, temple su ira, y mire cuánto bien y honra nos ha hecho este Rey destas tierras, que es tan bueno, que si por él no fuese ya fuéramos muertos y nos habrian comido, é mire que hasta las hijas le han dado.»
Y como esto oyó Cortés, se indignó más de las palabras que le dijeron, como parecian de reprension, é dijo:
—«¿Qué cumplimiento tengo yo de tener con un perro que se hacia con Narvaez secretamente, é ahora veis que aun de comer no nos da?»
Y dijeron nuestros capitanes:
—«Esto nos parece que debe hacer, y es buen consejo.»
Y como Cortés tenia allí en Méjico tantos españoles, así de los nuestros como de los de Narvaez, no se le daba nada por cosa ninguna, é hablaba tan airado y descomedido.
Por manera que tornó hablar á los principales que dijesen á su señor Montezuma que luego mandase hacer tianguez y mercados; si no, que hará é que acontecerá; y los principales bien entendieron las palabras injuriosas que Cortés dijo de su señor, y aun tambien la reprension que nuestros capitanes dieron á Cortés sobre ello; porque bien los conocian, que habian sido los que solian tener en guarda á su señor, y sabian que eran grandes servidores de su Montezuma; y segun y de la manera que lo entendieron, se lo dijeron al Montezuma, y de enojo, ó porque ya estaba concertado que nos diesen guerra, no tardó un cuarto de hora que vino un soldado á gran priesa muy mal herido, que venia de un pueblo que está junto á Méjico, que se dice Tacuba, y traia unas indias que eran de Cortés, é la una hija del Montezuma, que parece ser las dejó á guardar allí al señor de Tacuba, que eran sus parientes del mismo señor, cuando fuimos á lo de Narvaez.
Y dijo aquel soldado que estaba toda la ciudad y camino por donde venia lleno de gente de guerra con todo género de armas, y que le quitaron las indias que traia y le dieron dos heridas, é que si no se les soltara, que le tenian ya asido para le meter en una canoa y llevalle á sacrificar, y habian deshecho una puente.
Y desque aquello oyó Cortés y algunos de nosotros, ciertamente nos pesó mucho; porque bien entendido teniamos los que soliamos batallar con indios, la mucha multitud que de ellos se suelen juntar, que por bien que peleásemos, y aunque más soldados trujésemos ahora, que habiamos de pasar gran riesgo de nuestras vidas, y hambres y trabajos, especialmente estando en tan fuerte ciudad.
Pasemos adelante, y digamos que luego mandó á un capitan que se decia Diego de Ordás, que fuese con cuatrocientos soldados, y entre ellos, los más ballesteros y escopeteros y algunos de á caballo, é que mirase qué era aquello que decia el soldado que habia venido herido y trajo las nuevas; é que si viese que sin guerra y ruido se pudiese apaciguar, lo pacificase; y como fué el Diego de Ordás de la manera que le fué mandado, con sus cuatrocientos soldados, aún no hubo bien llegado á media calle por donde iba, cuando le salen tantos escuadrones mejicanos de guerra y otros muchos que estaban en las azuteas, y les dieron tan grandes combates, que le mataron á las primeras arremetidas ocho soldados, y á todos los más hirieron, y al mismo Diego de Ordás le dieron tres heridas.
Por manera que no pudo pasar un paso adelante, sino volverse poco á poco al aposento; y al retraer le mataron otro buen soldado, que se decia Lezcano, que con un montante habia hecho cosas de muy esforzado varon; y en aquel instante si muchos escuadrones salieron al Diego de Ordás, muchos más vinieron á nuestros aposentos, y tiran tanta vara y piedra con hondas y flechas, que nos hirieron de aquella vez sobre cuarenta y seis de los nuestros, y doce murieron de las heridas.
Y estaban tanto sobre nosotros, que el Diego de Ordás, que se venia retrayendo, no podia llegar á los aposentos por la mucha guerra que les daban, unos por detrás y otros por delante y otros desde las azuteas.
Pues quizá aprovechaban mucho nuestros tiros y escopetas, ni ballestas ni lanzas, ni estocadas que les dábamos, ni nuestro buen pelear; que, aunque les matábamos y heriamos muchos dellos, por las puntas de las picas y lanzas se nos metian; con todo esto, cerraban sus escuadrones y no perdian punto de su buen pelear, ni les podiamos apartar de nosotros.
Y en fin, con los tiros y escopetas y ballestas, y el mal que les haciamos de estocadas, tuvo lugar el Ordás de entrar en el aposento; que hasta entónces, aunque queria, no podia pasar; y con sus soldados bien heridos y veinte y tres ménos, y todavía no cesaban muchos escuadrones de nos dar guerra y decirnos que éramos como mujeres, y nos llamaban de bellacos y otros vituperios.
Y aun no ha sido nada todo el daño que nos han hecho hasta ahora, á lo que despues hicieron.
Y es, que tuvieron tanto atrevimiento, que, unos dándonos guerra por una parte y otros por otra, entraron á ponernos fuego en nuestros aposentos, que no nos podiamos valer con el humo y fuego, hasta que se puso remedio en derrocar sobre él mucha tierra y atajar otras salas por donde venia el fuego, que verdaderamente allí dentro creyeron de nos quemar vivos; y duraron estos combates todo el dia y aun la noche, y aun de noche estaban sobre nosotros tantos escuadrones, y tiraban varas y piedras y flechas á bulto y piedra perdida, que entónces estaban todos aquellos patios y suelos hechos parvas dellos.
Pues nosotros aquella noche en curar heridos, y en poner remedio en los portillos que habian hecho y en apercibirnos para otro dia, en esto se pasó.