Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (3 de 3)
Nota de transcripción
- Los errores de imprenta han sido corregidos.
- La ortografía del original ha sido respetada, normalizándose las variantes a la grafía más frecuente, excepto en el caso de los nombres propios y de los términos indígenas.
- En los casos dudosos, se ha adoptado la grafía utilizada en 1853 por la edición de E. Vedia en el tomo XXVI de la Biblioteca de Autores Españoles, que utiliza la misma versión del texto pero cuyos errores tipográficos son menores.
- No obstante lo anterior, se han acentuado las mayúsculas y se ha distinguido entre «mas» y «más», «aun» y «aún», y «que» y «qué», distinción no siempre presente en el original impreso.
- Para facilitar la lectura, la mayor parte de los puntos y seguido —y algunos de los puntos y coma— se han cambiado a puntos y aparte, con el fin de evitar los párrafos excesivamente largos del original.
- También se han aislado en párrafo aparte, precediéndolas de una raya de diálogo, la expresiones literales pronunciadas en público.
- Las páginas en blanco han sido eliminadas.
CONQUISTA DE NUEVA-ESPAÑA
POR
BERNAL DIAZ DEL CASTILLO.
VERDADERA HISTORIA
DE LOS SUCESOS
DE LA CONQUISTA DE LA NUEVA-ESPAÑA,
POR EL CAPITAN BERNAL DIAZ DEL CASTILLO,
UNO DE SUS CONQUISTADORES.
TOMO III.
MADRID.—1863.
Imprenta de Tejado, calle de Silva, número 12.
CONQUISTA DE LA NUEVA-ESPAÑA
POR
BERNAL DIAZ DEL CASTILLO.
CAPÍTULO CLXVIII.
CÓMO FUERON ANTE SU MAJESTAD PÁNFILO DE NARVAEZ Y CRISTÓBAL DE TAPIA, Y UN PILOTO QUE SE DECIA GONZALO DE UMBRÍA Y OTRO SOLDADO QUE SE LLAMABA CÁRDENAS, CON FAVOR DEL OBISPO DE BÚRGOS, AUNQUE NO TENIA CARGO DE ENTENDER EN COSAS DE INDIAS, QUE YA LE HABIAN QUITADO EL CARGO Y SE ESTABA EN TORO: TODOS LOS POR MÍ REFERIDOS DIERON ANTE SU MAJESTAD MUCHAS QUEJAS DE CORTÉS, Y LO QUE SOBRE ELLO SE HIZO.
Ya he dicho en el capítulo pasado cómo Su Santidad vió y entendió los grandes servicios que Cortés y todos nosotros los conquistadores que en su compañía militábamos habiamos hecho á Dios Nuestro Señor é á Su Majestad é á toda la cristiandad, y de cómo se le hizo merced á Cortés de le hacer gobernador de la Nueva-España, é las bulas é indulgencias que envió para las iglesias é hospitales, y las santas absoluciones para todos nosotros; y visto por su majestad lo que el Santo Padre mandaba, despues de bien informado de toda la verdad, lo confirmó con otros Reales mandos; y en aquella sazon se quitó el cargo de presidente de Indias al Obispo de Búrgos, y se fué á vivir á la ciudad de Toro; y en este instante llegó á Castilla Pánfilo de Narvaez, el cual habia sido capitan de la armada que envió Diego Velazquez contra nosotros; y tambien en aquel tiempo llegó Cristóbal de Tapia, el que habia enviado el mismo Obispo á tomar la gobernacion de la Nueva-España, y llevaron en su compañía á un Gonzalo de Umbría, piloto, é á otro soldado que se decia Cárdenas, y todos juntos se fueron á Toro á demandar favor al Obispo de Búrgos para se ir á quejar de Cortés delante de su majestad, porque ya su majestad habia venido de Flandes.
Y el Obispo no deseaba otra cosa sino que hubiese quejas de Cortés y de nosotros; é tales favores é presas les dió el Obispo, que se juntaron los procuradores del Diego Velazquez que estaban en la córte, que se decian Bernardino Velazquez, que ya le habia enviado desde Cuba para que procurase por él, y Benito Martin é Manuel de Rojas, y fueron todos juntos delante del Emperador nuestro señor, y se quejaron reciamente de Cortés; y los capítulos que contra él pusieron fué, que Diego Velazquez envió á descubrir y poblar la Nueva-España tres veces, y que gastó gran suma de pesos de oro en navíos y armas y matalotaje, y en cosas que dió á los soldados, y que envió con la armada á Hernando Cortés por capitan, y se alzó con ella, y que no le acudió con ninguna cosa.
Tambien le acusaron que, no embargante todo esto, que envió el Diego Velazquez á Pánfilo de Narvaez por capitan de más de mil trescientos soldados, con diez y ocho navíos y muchos caballos y escopeteros y ballesteros, y con cartas y provisiones de su majestad, y firmadas de su presidente de Indias, que era el Obispo de Búrgos é Arzobispo de Rosano, para que le diesen gobernacion de la Nueva-España, y no lo quiso obedecer; ántes le dió guerra y desbarató, y mató su alférez y sus capitanes, y le quebró un ojo, y que le quemó cuanta hacienda tenia, y le prendió al mismo Narvaez y á otros capitanes que tenia en su compañía.
Y que, no embargante este desbarate, que proveyó el mismo Obispo de Búrgos para que fuese el Cristóbal de Tapia, que presente estaba, como fué á tomar la gobernacion de aquellas tierras en nombre de su majestad, y que no lo quiso obedecer, y que por fuerza le hizo volver á embarcar; y acusábanle que habia demandado á los indios de todas las ciudades de la Nueva-España mucho oro en nombre de su majestad, y se lo tomaba y encubria y lo tenia en su poder; acusábanle que, á pesar de todos sus soldados, llevó quinto como Rey de todas las partes que se habian habido en Méjico; acusábanle que mandó quemar los piés á Guatemuz é á otros caciques porque diesen oro; acusáronle que no dió ni acudió con las partes del oro á los soldados, y que todo lo resumió en sí; acusábanle los palacios que hizo y casas muy fuertes, y que eran tan grandes como gran aldea, y que hacia servir en ellas á todas las ciudades de la redonda de Méjico, y que les hacia traer grandes cipreses y piedra desde léjas tierras, y que habia dado ponzoña á Francisco de Garay por le tomar su gente y armada; y le pusieron otras muchas cosas y acusaciones, y tantas, que su majestad estaba enojado de oir tantas sinjusticias como del Cortés decian, creyendo que era verdad.
Y demas desto, como el Narvaez hablaba muy entonado, dijo estas palabras que oirán:
—«Y porque vuestra majestad sepa cuál andaba la cosa, la noche que me prendieron y desbarataron, que teniendo vuestras reales provisiones en el seno, que las saqué de priesa, y mi ojo quebrado, porque no me quemasen, porque ardia en aquella sazon el aposento en que estaba, me las tomó por fuerza del seno un capitan de Cortés, que se dice Alonso de Ávila, y es el que ahora está preso en Francia, y no me las quiso dar, y publicó que no eran provisiones, sino obligaciones que venia á cobrar.»
Entónces dice que se rio el Emperador, y la respuesta que dió fué, que en todo mandaria hacer justicia; y luego mandó juntar ciertos caballeros de sus Reales consejos y de su Real cámara, personas de quien S. M. tuvo confianza que harian recta justicia, que se decian, Mercurio Catirinario, gran canciller italiano, y mosiur de Lasao y el doctor de La-Rocha, flamencos, y Hernando de Vega, señor de Grajales y comendador mayor de Castilla, y el doctor Lorenzo Galindez de Carvajal y el licenciado Vargas, tesorero general de Castilla; y desque á su majestad le dijeron que estaban juntos, les mandó que mirasen muy justificadamente los pleitos y debates entre Cortés y Diego Velazquez é aquellos querellosos, y que en todo hiciesen justicia, no teniendo aficion á las personas ni favoreciesen á ninguno dellos, excepto á la justicia; y luego visto por aquellos caballeros el Real mando, acordaron de se juntar en unas casas y palacios donde posaba el gran canciller, y mandaron parecer al Narvaez y al Cristóbal de Tapia, y al piloto de Umbría y á Cárdenas, y á Manuel de Rojas y á Benito Martin y á un Velazquez, que estos eran procuradores del Diego Velazquez; y asimismo parecieron por la parte de Cortés su padre Martin Cortés y el licenciado Francisco Nuñez y Francisco de Montejo y Diego de Ordás, y mandaron á los procuradores del Diego Velazquez que propusiesen todas las quejas y demandas y capítulos contra Cortés, y dan las mismas quejas que dieron ante su majestad.
Á esto respondieron por Cortés sus procuradores, que á lo que decian que habia enviado el Diego Velazquez á descubrir la Nueva-España de los primeros, y gastó muchos pesos de oro, que no fué así como dicen: que los que lo descubrieron fué un Francisco Hernandez de Córdoba con ciento y diez soldados á su costa; y que ántes el Diego Velazquez es digno de gran pena, porque mandaba á Francisco Hernandez y á los compañeros que lo descubrieron que fuesen á la isla de los Guanajes á cautivar indios por fuerza para se servir dellos como esclavos; y desto mostraron probanzas, y no hubo contradiccion en ello.
Y tambien dijeron que si el Diego Velazquez volvió á enviar á su pariente Grijalva con otra armada, que no le mandó el Diego Velazquez poblar, sino rescatar, y que todo lo más que se gastó en la armada pusieron los capitanes que fueron en los navíos, y no Diego Velazquez, y que uno dellos era el mismo Francisco Montejo, que allí estaba presente, y los demas fueron Pedro de Albarado y Alonso de Ávila, é que rescataron veinte mil pesos, é que se quedó con todo lo más dellos el Diego Velazquez, y lo envió al Obispo de Búrgos para que le favoreciese, y que no dió parte dello á su majestad, sino lo que quiso, y que, demas de aquello, le dió indios al mismo Obispo en la isla de Cuba, que le sacaban oro: y que á su majestad no le dió ningun pueblo, siendo más obligado á ello que no el Obispo; de lo cual hubo buena probanza, y no hubo contradiccion en ello.
Tambien dijeron que si envió á Fernando Cortés con otra armada, que fué elegido primeramente por gracia de Dios y en ventura del mismo Emperador nuestro César é señor, é que tienen por cierto que si otro capitan enviaran, que le desbarataran, segun la multitud de guerreros que contra él se juntaban; y que cuando le envió el Diego Velazquez que, no le enviaba á poblar, sino á rescatar; de lo cual hubo probanzas dello; y que si se quedó á poblar fué por los requirimientos que los compañeros le hicieron, y que viendo que era servicio de Dios y de su majestad, pobló, y fué cosa muy acertada, y que dello se hizo relacion á su majestad y se le envió todo el oro que pudo haber, y que se le escribió sobre ello dos cartas haciéndole saber todo lo sobredicho: y que para obedecer sus Reales mandos estaba Cortés con todos sus compañeros los pechos por tierra; y se le hizo relacion de todas las cosas que el Obispo de Búrgos hacia por el Diego Velazquez, y que enviamos nuestros procuradores con el oro y cartas, y que el Obispo encubria nuestros muchos servicios, y que no enviaba á su majestad nuestras cartas, sino otras de la manera que él queria, y que el oro que enviamos, que se quedaba con todo lo más dello, y que torcia todas las cosas que convenian que su majestad fuese sabidor dellas, y que en cosa ninguna le decia verdaderamente lo que era obligado á nuestro Rey y señor, y que porque nuestros procuradores querian ir á Flandes delante de su Real persona, echó preso al uno dellos, que se decia Alonso Hernandez Puertocarrero, primo del conde de Medellin y que murió en la cárcel, y que mandaba el mesmo Obispo á los oficiales de la casa de la contratacion de Sevilla que no diesen ayuda ninguna á Cortés, así de armas como de soldados, sino que en todo le contradijesen, é que á boca llena nos llamaban de traidores; é que todo esto hacia el Obispo porque tenia tratado casamiento con el Diego Velazquez ó con el Tapia de casar una sobrina que se decia doña Petronila de Fonseca, y le habia prometido que le haria gobernador de Méjico; y para todo esto que he dicho mostraron traslados de las cartas que hubimos escrito á su majestad, é otras grandes probanzas; y la parte de Diego Velazquez no contradijo en cosa ninguna, porque no habia en qué.
É que á lo que decian de Pánfilo de Narvaez, que envió el Diego Velazquez con diez y ocho navíos y mil trescientos soldados y cien caballos, y ochenta escopeteros é otros tantos ballesteros, é habia hecho mucha costa, á esto respondieron que el Diego Velazquez es digno de pena de muerte por haber enviado aquella armada sin licencia de su majestad, y que cuando enviaba sus procuradores á Castilla, en nada ocurria á nuestro Rey y señor, como era obligado, sino solamente al Obispo de Búrgos, y que la Real audiencia de Santo Domingo y los frailes jerónimos que estaban por gobernadores le enviaron á mandar al Diego Velazquez á la isla de Cuba, so graves penas, que no enviase aquella armada hasta que su majestad fuese sabidor dello, y que con su Real licencia le enviase, porque hacer otra cosa era grande deservicio de Dios y de su majestad, poner zizañas en la Nueva-España en el tiempo que Cortés y sus compañeros estábamos en las conquistas y conversion de tantos cuentos de los naturales que se convertian á nuestra santa fe católica, y que para detener la armada le enviaron á un oidor de la misma audiencia Real, que se decia el licenciado Lúcas Vazquez de Ayllon, y en lugar de le obedecer, y los Reales mandos que llevaba, le echaron preso, y sin ningun acato le enviaron en un navío; y que pues que Narvaez estaba delante, que fué el que hizo aquel tan desacatado delito, por tocar en crímen læsæ majestatis, es digno de muerte, que suplicaban á aquellos caballeros por mí nombrados, que estaban por jueces, que le mandasen castigar; y respondieron que harian justicia sobre ello.
Volvamos á decir en los descargos que daban nuestros procuradores, y es, que á lo que dicen que no quiso Cortés obedecer las Reales provisiones que llevaba Narvaez, y le dió guerra y le desbarató y quebró un ojo, y prendió á él y todos sus compañeros y capitanes, y les puso fuego á los aposentos.
Á esto respondieron que, así como llegó Narvaez á la Nueva-España y desembarcó, que la primera cosa que hizo el Narvaez fué enviar á decir al gran cacique Montezuma, que Cortés tenia preso, que le venia á soltar y á matar todos los que estábamos con Cortés, y que alborotó la tierra de manera, que lo que estaba pacífico se volvió en guerra, é que como Cortés supo que habia venido al puerto de la Veracruz, le escribió muy amorosamente, y que si traia provisiones de su majestad, que las queria ver y obedeceria con aquel acato que se debe á su Rey y señor; y que no le quiso responder á sus cartas, sino siempre en su real llamándole de traidor, no lo siendo, sino muy leal servidor de su majestad; é que mandó pregonar Narvaez en su real guerra á fuego y sangre y ropa franca contra Cortés é sus compañeros; y que le rogó muchas veces con la paz, y que mirase no revolviese la Nueva-España de manera que diese causa para que todos se perdiesen, y que se apartaria á una parte, cual él quisiese, á conquistar, y el Narvaez fuese por la parte que más le agradase, y que entrambos sirviesen á Dios y á su majestad, é pacificasen aquellas tierras; y tampoco le quiso responder á ello; y como Cortés vió que no aprovechaban todos aquellos cumplimientos ni le mostraba las Reales provisiones, y supo el gran desacato que habia hecho el Narvaez en prender al oidor de su majestad, que para lo castigar por aquel delito acordó de ir á hablar con él para ver las Reales provisiones, é á saber por qué causa prendió al oidor; y que el Narvaez tenia concertado de prender á Cortés sobre seguro; y para ello presentaron probanzas y testimonios bastantes, y aun por testigo á Andrés de Duero, que se halló por la parte del Narvaez cuando aquello pasó, y el mismo Duero fué el que dió aviso á Cortés dello; y á todo esto la parte del Diego Velazquez no habia en qué contradecir cosa ninguna sobre ello.
É á lo que le acusaban que vino á Pánuco Francisco de Garay, y con grande armada, y provisiones de su majestad en que le hacian gobernador de aquella provincia, y que Cortés tuvo astucias y gran diligencia para que se le amotinasen al Garay sus soldados, y los indios de la misma provincia mataron á muchos dellos, y le tomó ciertos navíos, é hizo otras demasías hasta que el Garay se vió perdido y desamparado y sin capitanes y soldados, y se fué á meter por las puertas de Cortés y le aposentó en sus casas, y que dende á ocho dias que le dió un almuerzo de que murió, de ponzoña que le dieron en él; á esto respondieron que no era así, porque no tenia necesidad de los soldados que el Garay tenia para les hacer amotinar, sino que, como el Garay no era hombre para la guerra, no se daba maña con los soldados, y como no toparon con la tierra cuando desembarcó, sino grandes rios y malas ciénagas y mosquitos y murciégalos, y los que traia en su compañía tuvieron noticia de la gran prosperidad de Méjico y las riquezas y la buena fama de la liberalidad de Cortés, que por esta causa se le iban á Méjico, y que por los pueblos de aquellas provincias andaban á robar sus soldados á los naturales y les tomaban sus hijas y mujeres, y que se levantaron contra ellos y le mataron los soldados que dicen, y que los navíos, que no los tomó, sino que dieron al través; y si envió sus capitanes Cortés, fué para que hablasen al Garay, ofreciéndoseles por Cortés, y tambien para ver las Reales provisiones, si eran contrarias de las que ántes tenia Cortés; y que viéndose el Garay desbaratado de sus soldados, y navíos dados al través, que se vino á socorrer á Méjico, y Cortés le mandó hacer mucha honra por los caminos y banquetes de Tezcuco, y cuando entró en Méjico le salió á recebir y le aposentó en sus casas, y habian tratado casamiento de los hijos, é que le queria dar favor é ayudar para poblar el rio de Palmas, é que si cayó malo, que Dios fué servido de le llevar deste mundo, ¿qué culpa tiene Cortés para ello? Y que se le hicieron muchas honras al enterramiento y se pusieron lutos, y que los médicos que lo curaban juraron que era dolor de costado, y que esta es la verdad; y no hubo otra contradiccion.
É á lo que decian que llevaba quinto como Rey, respondieron que cuando lo hicieron capitan general y justicia mayor hasta que su majestad mandase en ello otra cosa, le prometieron los soldados que le darian quinto de las partes, despues de sacado el real quinto, é que lo tomó por causa que despues gastaba cuanto tenia en servicio de su majestad, como fué en lo de la provincia de Pánuco, que pagó de su hacienda sobre seis mil pesos de oro, y envió en presentes á su majestad mucho oro de lo que le habia caido del quinto; y mostraron probanzas de todo lo que decian, y no hubo contradiccion por los procuradores de Diego Velazquez.
É á lo que decian que á los soldados les habia tomado Cortés sus partes del oro que les cabia, dijeron que les dieron conforme á la cuenta del oro que se halló en la toma de Méjico, porque se halló muy poco, que todo lo habian robado los indios de Tlascala y Tezcuco y los demas guerreros que se hallaron en las batallas y guerras; y no hubo contradiccion sobre ello.
É á lo que dijeron que Cortés habia mandado quemar los piés con aceite á Guatemuz é otros caciques porque diesen oro, á esto respondieron que los oficiales de su majestad se los quemaron, contra la voluntad de Cortés, porque descubriesen el tesoro de Montezuma; y para esto dieron informacion bastante.
Y á lo que le acusaban que habia labrado muy grandes casas, y habia en ellas una villa, y que hacia traer los árboles y cipreses y piedras de léjas tierras, á esto respondieron que las casas es verdad que son muy suntuosas, y que para servir con ellas y cuanto tiene Cortés á su majestad las hizo fabricar en su Real nombre, é que los árboles é cipreses, que están junto á la ciudad é que los traian por agua, é que piedra, que habia tanta de los adoratorios que deshicieron de los ídolos, que no habia menester traella de fuera, é que para las labrar no hubo menester más de mandar al gran cacique Guatemuz que las labrase con los indios oficiales, que hay muchos de hacer casas é carpinteros, é que el Guatemuz llamó de todos sus pueblos para ello, é que así se usaba entre los indios hacer las casas y palacios de los señores.
É á lo que se quejaba Narvaez que le sacó Alonso de Ávila las provisiones Reales por fuerza, y no se las quiso dar y publicó que eran obligaciones que le debian al Narvaez de ciertos caballos é yeguas que habian vendido, que venia á cobrar, é que fué por mandado de Cortés; á esto respondieron que no vieron provisiones, sino solamente tres obligaciones que le debian al Narvaez de caballos é yeguas que habia vendido fiadas, é que Cortés nunca tales provisiones vió ni le mandó tomar.
É á lo que se quejaba el piloto Umbría, que Cortés le mandó cortar y deszocar los piés sin causa ninguna, á esto respondieron que por justicia y sentencia que sobre ello hubo se le cortaron, porque se queria alzar con un navío y dejar en la guerra á su capitan y venirse á Cuba él y otros dos hombres que Cortés mandó ahorcar por justicia.
É á lo que el Cárdenas demandaba, que no le habian dado parte del primer oro que se envió á su majestad, dijeron que él firmó con otros muchos que no queria parte de ello, sino que se enviase á su majestad, y que allende desto, le dió Cortés trescientos pesos para que trujese á su mujer é hijos, é que el Cárdenas no era hombre para la guerra, é que era mentecato é de poca calidad, é que con los trescientos pesos estaba muy bien pagado.
Y á la postre respondieron que, si fué Cortés contra el Narvaez, y le desbarató y quebró el ojo, y le prendió á él y á sus capitanes, y se le quemó su aposento, que el Narvaez fué causa dello por lo que dicho y alegado tienen, y por le castigar el gran desacato que tuvo de prender á un oidor de su majestad, y como la justicia era por la parte de Cortés y sus compañeros, que en aquella batalla que hubo con Narvaez fué nuestro Señor servido dar victoria á Cortés, que con ducientos y sesenta y seis soldados, sin caballos é sin arcabuces ni ballestas, desbarató con buena maña y con dádivas de oro al Narvaez, y le quebró el ojo, y prendió á él y sus capitanes, siendo contra Cortés mil trescientos soldados, y entre ellos ciento de á caballo y otros tantos escopeteros y ballesteros, y que si Narvaez quedara por capitan, la Nueva-España se perdiera.
Y á lo que decian el Cristóbal de Tapia, que venia para tomar la gobernacion de la Nueva-España con provisiones de su majestad, y que no le quisieron obedecer, á esto responden que el Cristóbal de Tapia, que delante estaba, fué contento de vender unos caballos y negros; que si él fuera á Méjico, adonde Cortés estaba, y le mostrara sus recaudos, obedeciera; mas que viendo todos los caballeros y cabildos de todas las ciudades y villas que convenia que Cortés gobernase en aquella sazon, porque vieron que el Tapia no era capaz para ello, que suplicaron de las Reales provisiones para ante su majestad, y segun parecerá de los autos que sobre ello pasaron.
Y cuando hubieron acabado de poner por la parte del Diego Velazquez y del Narvaez sus demandas, é aquellos caballeros que estaban por jueces vieron las respuestas y lo que por la parte de Cortés fué alegado, y todo probado, y sobre ello habian estado embarazados cinco dias en ir á los unos y á los otros, acordaron de ponello todo en la consulta con su majestad; y despues de muy acordado por todos en ella, lo que fué sentenciado es esto: lo primero, que dieron por muy bueno y leal servidor de su majestad á Cortés y á todos nosotros los verdaderos conquistadores que con él pasamos, y tuvieron en mucho nuestra gran felicidad, y loaron y ensalzaron en gran manera las grandes batallas y osadía que contra los indios tuvimos, y no se olvidó de decir cómo, siendo nosotros tan pocos, desbaratamos al Narvaez; y luego mandaron poner silencio al Diego Velazquez acerca del pleito de la gobernacion de la Nueva-España, y que si algo habia gastado en los armadas, que por justicia lo pidiese á Cortés; y luego declararon por sentencia que Cortés fuese gobernador de la Nueva-España, segun lo mandó el Sumo Pontífice, é que daban en nombre de su majestad los repartimientos por buenos, que Cortés habia hecho, y le dieron poder para repartir la tierra desde allí adelante, y por bueno todo lo que habia hecho, porque claramente era servicio de Dios y de su majestad.
En lo de Garay ni en otras cosas de las acusaciones que le ponian, que pues no daban informaciones tocantes acerca dello, que lo reservaban para el tiempo andando, y le enviarian á tomar residencia; y en lo que Narvaez pedia, que le tomaron sus provisiones del seno, é que fué Alonso de Ávila, que estaba en aquella sazon preso en Francia, que le prendió Juan Florin, frances, gran corsario, cuando robó la recámara que llamábamos de Montezuma, dijeron aquellos caballeros que lo fuese á pedir á Francia, y que le citasen pareciese en la córte de su majestad, para ver lo que sobre ello respondia; y á los dos pilotos Umbría y Cárdenas les mandaron dar cédulas Reales para que en la Nueva-España les dén indios que renten á cada uno mil pesos de oro.
Y mandaron que todos los conquistadores fuésemos antepuestos y nos diesen buenas encomiendas de indios, y que nos pudiésemos asentar en los más preeminentes lugares, así en las santas iglesias como en otras partes.
Pues ya dada y pronunciada esta sentencia por aquellos caballeros que su majestad puso por jueces, lleváronla á firmar á Valladolid, donde su majestad estaba, porque en aquel tiempo pasó de Flandes, y en aquella sazon mandó pasar allí toda su Real córte y consejo, y firmóla su majestad, y dió otras sus Reales provisiones para echar los tornadizos de la Nueva-España, porque no hubiese contradiccion en la conversion de los naturales.
Y asimismo mandó que no hubiese letrados por ciertos años, porque do quiera que estaban revolvian pleitos é debates y zizañas; y diéronse todos estos recaudos firmados de su majestad y señalados de aquellos caballeros que fueron jueces, y de don García de Padilla, en la misma villa de Valladolid, á 17 de Mayo de mil y quinientos y tantos años, y venian refrendadas del secretario don Francisco de los Cóbos, que despues fué comendador mayor de Leon; y entónces escribió su majestad cesárea á Cortés é á todos los que con él pasamos, agradeciéndonos los muchos y buenos é notables servicios que le haciamos; y tambien en aquella sazon el Rey don Hernando de Hungría, Rey de romanos, que ansí se nombraba, padre del Emperador que agora es, escribió otra carta en respuesta de lo que Cortés le habia escrito, y enviado presentadas muchas joyas de oro; y lo que decia el Rey de Hungría en la carta que escribió á Cortés era, que ya tenia noticia de los muchos y grandes servicios que habia hecho á Dios primeramente, y á su señor y hermano el Emperador, y á toda la Cristiandad, y que en todo lo que se le ofreciese, que se lo haga saber, porque sea intercesor en ello con su señor y hermano el Emperador, porque de mucho más era merecedora su generosa persona, y que diese sus encomiendas á los fuertes soldados que le ayudaron; y decia otras palabras de ofrecimientos; y acuérdaseme que en la firma decia: «Yo el Rey, é Infante de Castilla;» y refrendada de su secretario, que se decia Fulano de Castillejo; y esta carta yo la leí dos ó tres veces en Méjico, porque Cortés me la mostró para que viese en cuán grande estima éramos tenidos los verdaderos conquistadores, de su majestad.
Pues como todos estos despachos tuvieron nuestros procuradores, luego enviaron con ellos por la posta á un Rodrigo de Paz, primo de Cortés y deudo del licenciado Francisco Nuñez, y tambien vino con ellos un hidalgo de Extremadura, pariente del mismo Cortés, que se decia Francisco de las Casas, y trajeron un buen navío velero, y vinieron camino de la isla de Cuba, y en Santiago de Cuba, donde Diego Velazquez estaba por gobernador, se le notificaron las Reales provisiones y sentencia, para que se dejase del pleito de Cortés y le demandase los gastos que habia hecho; la cual notificacion se hizo con trompetas; y el Diego Velazquez, de pesar, cayó malo, y dende á pocos meses murió muy pobre y descontento, y por no volver yo otra vez á recitar lo que en Castilla negoció el Francisco de Montejo y el Diego de Ordás, dirélo ahora, y fué así: que al Francisco de Montejo su majestad le hizo merced de la gobernacion y adelantamiento de Yucatan é Cozumel, y trajo don y señoría, y al Diego de Ordás su majestad le confirmó los indios que tenia en la Nueva-España y le dió una encomienda del señor Santiago, y el volcan que estaba cabe Guaxocingo por armas, y con ello se vinieron á la Nueva-España.
Desde á dos ó tres años el mismo Ordás volvió á Castilla y demandó la conquista del Marañon, donde se perdió él y su hacienda.
Dejemos desto, y digamos cómo el Obispo de Búrgos, que en aquella sazon supo los grandes favores que su majestad hizo á Cortés y á todos nosotros los conquistadores, y cómo muy claramente aquellos caballeros que fueron jueces habian alcanzado á saber los tratos que entre él y Diego Velazquez habia, y cómo tomaba el oro que enviábamos á su majestad, y encubria y torcia nuestros muchos servicios, y aprobaba por buenos los de su amigo Diego Velazquez, si muy triste y pensativo estaba de ántes, ahora desta vez cayó malo dello y de otros enojos que tuvo con un caballero su sobrino, que se decia D. Alonso de Fonseca, Arzobispo que fué de Santiago, porque pretendia aquel arzobispado de Santiago el don Juan Rodriguez de Fonseca.
Dejemos de hablar desto, y digamos cómo el Francisco de las Casas y el Rodrigo de Paz llegaron á la Nueva-España, y entraron en Méjico con las Reales provisiones que de su majestad traian para ser gobernador Cortés, qué alegrías y regocijos se hicieron, y qué de correos fueron por todas las provincias de la Nueva-España á demandar albricias á las villas que estaban pobladas, y qué mercedes hizo Cortés al de las Casas y al Rodrigo de Paz y á otros que venian en su compañía, que eran de Medellin, su tierra de Cortés; y es, que al Francisco de las Casas le hizo capitan y le dió luego un buen pueblo que se dice Anguitlan, y al Rodrigo de Paz le dió otros muy buenos y ricos pueblos, y le hizo su mayordomo mayor y su secretario, y mandaba absolutamente al mismo Cortés; y tambien á los que vinieron de su tierra de Medellin, á todos les dió indios, y al maestre del navío en que trajeron la nueva de cómo Cortés era gobernador le dió oro, con que volvió rico á Castilla.
Dejemos ahora esto de recitar las alegrías y albricias que se dieron por las nuevas, y quiero decir lo que me han preguntado algunos curiosos letores, y tienen razon de poner plática sobre ello, que, ¿cómo pude yo alcanzar á saber lo que pasó en España, así de lo que mandó Su Santidad como de las quejas que dieron de Cortés, y las respuestas que sobre ello propusieron nuestros procuradores, y la sentencia que sobre ello se dió, y otras muchas particularidades que aquí digo y declaro, estando yo en aquella sazon conquistando en la Nueva-España é sus provincias, no lo pudiendo ver ni oir? Yo les respondí que, no solamente lo alcancé yo á saber, sino que todos los más conquistadores que lo quisieron ver y leer en cuatro ó cinco cartas y relaciones por sus capítulos declarado, cómo y cuándo y en qué tiempo acaeció lo por mí dicho; las cuales cartas y memoria las escribieron de Castilla nuestros procuradores porque conociésemos que entendian con mucho calor en nuestros negocios.
Yo dije en aquel tiempo muchas veces que solamente lo que procuraban, segun pareció, era por las cosas de Cortés y las suyas dellos, y que nosotros los que lo ganábamos y conquistábamos, y le pusimos en el estado que Cortés estaba, quedamos siempre con un trabajo sobre otro, y roguemos á nuestro Señor Dios nos dé favor y ánimo, y ponga en corazon á nuestro gran César mande que su recta justicia se cumpla, pues que en todo es muy católico.
Pasemos adelante, y digamos en lo que Cortés entendió desque le vino la gobernacion.
CAPÍTULO CLXIX.
DE EN LO QUE CORTÉS ENTENDIÓ DESPUES QUE LE VINO LA GOBERNACION DE LA NUEVA-ESPAÑA, CÓMO Y DE QUÉ MANERA REPARTIÓ LOS PUEBLOS DE INDIOS, É OTRAS COSAS QUE MÁS PASARON, Y UNA MANERA DE PLATICAR QUE SOBRE ELLO SE HA DECLARADO ENTRE PERSONAS DOCTAS.
Ya que le vino la gobernacion de la Nueva-España á Hernando Cortés, paréceme á mí y á otros conquistadores de los antiguos, de los más experimentados y maduro consejo, que lo que habia de mirar Cortés era acordarse desde el dia que salió de la isla de Cuba y tener atencion á todos los trabajos en que se vió, así cuando en lo de los arenales, cuando desembarcamos, qué personas fueron en le favorecer para que fuese capitan general y justicia mayor de la Nueva-España; y lo otro, quién fueron los que se hallaron siempre á su lado en todas las guerras, así de Tabasco y Cingapacinga, y en tres batallas de Tlascala, y en la de Cholula cuando tenian puestas las ollas con ají para nos comer cocidos; y tambien quién fueron en favorecer su partido cuando por seis ó siete soldados que no estaban bien con él le hacian requirimientos que se volviese á la Villa-Rica y no fuese á Méjico, poniéndole por delante la gran pujanza de guerreros y gran fortaleza de la ciudad; y quién fueron los que entraron con él en Méjico y se hallaron en prender al gran Montezuma; y luego que vino Pánfilo de Narvaez con su armada, qué soldados fueron los que llevó en su compañía y le ayudaron á prender y desbaratar al Narvaez; y luego quién fueron los que volvieron con él á Méjico al socorro de Pedro de Albarado, y se hallaron en aquellas fuertes y grandes batallas que nos dieron, hasta que salimos huyendo de Méjico, que de mil y trecientos soldados quedaron muertos sobre ochocientos y cincuenta, con los que mataron en Tustepeque é por los caminos, y no escapamos sino cuatrocientos y cuarenta muy heridos, y á Dios misericordia.
Y tambien se le habia de acordar de aquella muy temerosa batalla de Obtumba, quién, despues de dos dias, se la ayudó á vencer y salir de aquel tan gran peligro; y despues quién y cuántos le ayudaron á conquistar lo de Tepeaca y Cachula y sus comarcas, como fué Ozucar y Guacachula y otros pueblos; y la vuelta que dimos por Tezcuco para Méjico, y de otras muchas entradas que desde Tezcuco hicimos, así como la de Iztapalapa, cuando nos quisieron anegar con echar el agua de la laguna, como echaron, creyéndonos ahogar; y asimismo las batallas que hubimos con los naturales de aquel pueblo y mejicanos que les ayudaron; y luego la entrada del Saltocan y los peñoles que llaman hoy dia del Marqués, y otras muchas entradas; y el rodear de los grandes pueblos de la laguna, y de los muchos rencuentros y batallas que en aquel viaje tuvimos, así de los de Suchimileco como de los de Tacuba; y vueltos á Tezcuco, quién le ayudó contra la conjuracion que tenian concertado de le matar, cuando sobre ello ahorcó un Villafaña; y pasado esto, quién fueron los que le ayudaron á conquistar á Méjico, y en noventa y tres dias, á la continua de dia y de noche, tener batallas y muchas heridas y trabajos, hasta que se prendió á Guatemuz, que era el que mandaba en aquella sazon á Méjico; y quién fueron en le ayudar y favorecer cuando vino á la Nueva-España un Cristóbal de Tapia para que le diese la gobernacion.
Y demas de todo esto, quiénes fueron los soldados que escribimos tres veces á su majestad en loor de los grandes y muchos y buenos servicios que Cortés le habia hecho, y que era digno de grandes mercedes y le hiciese gobernador de la Nueva-España.
No quiero aquí traer á la memoria otros servicios que siempre á Cortés haciamos; pues los varones y fuertes soldados que en todo esto nos hallamos, y ahora que le vino la gobernacion, que, despues de Dios, con nuestra ayuda se la dieron, bien fuera que tuviera cuenta con Pedro, Sancho y Martin y otros que lo merecian; y el soldado y compañero que estaba por su ventura en Colima ó en Zacatula, ó en Pánuco ó en Guacacualco, y los que andaban huyendo cuando despoblaron á Tutepeque, y estaban pobres y no les cupo suerte de buenos indios, pues que habia bien que dalles; y sacalles de mala tierra, pues que su majestad muchas veces se lo mandaba y encargaba por sus reales cartas misivas, y no daba Cortés nada de su hacienda, habíales de dar con que se remediasen, y en todo anteponelles; y siempre cuando escribiese á los procuradores que estaban en Castilla en nuestro nombre, que procurasen por nosotros; y el mismo Cortés habia de escribir muy afectuosamente para que nos diese para nosotros y nuestros hijos cargos y oficios reales, todos los que en la Nueva-España hubiese; mas digo que mal ageno de pelo cuelga, á que no procuraba sino para él; lo uno la gobernacion que le trajeron ántes que fuese marqués, é despues que fué á Castilla y vino marqués.
Dejemos esto, y pongamos aquí otra manera, que fuera harto buena y justa para repartir todos los pueblos de la Nueva-España, segun dicen muy doctos conquistadores, que lo ganamos, de prudente y maduro juicio; que lo que habia de hacer es esto; hacer cinco partes la Nueva-España, y la quinta parte de las mejores ciudades y cabeceras de todo lo poblado dalla á su majestad de su Real quinto, y otra parte dejalla por repartir, para que fuese la renta della para iglesias y hospitales y monasterios, y para que S. M., si quisiese hacer algunas mercedes á caballeros que le hayan servido en Italia, de allí pudiera haber para todos; y las tres partes que quedaran repartillas en su persona de Cortés y en todos nosotros los verdaderos conquistadores, segun y de la calidad que sentia que era cada uno, y dallas perpétuos, porque en aquella sazon su majestad lo tuviera por bien; porque, como no habia gastado cosa ninguna en estas conquistas, ni sabia ni tenia noticia destas tierras, estando como estaba, en aquella sazon en Flandes, y viendo una buena parte de las del mundo que le entregamos, como sus muy leales vasallos, lo tuviera por bien y nos hiciera merced dellas, y con ello quedáramos; y no anduviéramos ahora, como andamos, abatidos y de mal en peor, y muchos de los conquistadores no tenemos con qué nos sustentar; ¿que harán los hijos que dejamos? Quiero decir lo que hizo Cortés, y á quién dió los pueblos.
Primeramente al Francisco de las Casas, á Rodrigo de Paz, al factor y veedor y contador que en aquella sazon vinieron de Castilla; á un Avalos y á Saavedra, sus deudos; á un Barrios, con quien casó su cuñada, hermana de su mujer doña Catalina Juarez; y á Alonso Lúcas, y á un Juan de la Torre, y á Luis de la Torre, á Villegas, y á un Alonso Valiente, y á un Ribera el tuerto.
Y, ¿para qué cuento yo estos pocos? Que á todos cuantos vinieron de Medellin, á otros criados de grandes señores, que le contaban cuentos de cosas que le agradaban, los dió lo mejor de la Nueva-España.
No digo yo que era malo el dar á todos, pues habia de qué; mas que habia de anteponer primero lo que su majestad le mandaba, y á los soldados que le ayudaron á tener el ser y valor que tenia, ayudalles; y pues que ya es hecho, no quiero volver á repetirlo; y para ir á entradas y guerras y á cosas que le convenian, bien se acordaba adónde estábamos, y nos enviaba á llamar para las batallas y guerras, como adelante diré.
Y dejaré de contar más lástimas y de cuán avasallados nos traia, pues no se puede ya remediar.
Y no dejaré de decir lo que Cortés decia despues que le quitaron la gobernacion, que fué cuando vino Luis Ponce de Leon, y como murió el Luis Ponce, dejó por su teniente á Márcos de Aguilar, como adelante diré; y es, que íbamos á Cortés á decille algunos caballeros y capitanes de los antiguos que le ayudamos en las conquistas, que nos diese de los indios, de los muchos que en aquel instante Cortés tenia, pues que su majestad mandaba que le quitasen algunos dellos, como se los habian de quitar, é luego se los quitaron; y la respuesta que daba era, que se sufriesen como él se sufria; que si le volvia su majestad á hacer merced de la gobernacion, que en su conciencia (que así juraba) que no lo erraria como en lo pasado, y que daria buenos repartimientos á quien su majestad le mandó, y enmendaria el gran yerro pasado que hizo; y con aquellos prometimientos y palabras blandas creia que quedaban contentos aquellos conquistadores.
Dejémoslo ya, y digamos que en aquella sazon, á pocos dias ántes, vinieron de Castilla los oficiales de la hacienda Real de su majestad, que fué Alonso de Estrada, tesorero, y era natural de Ciudad-Real, y vino el factor Gonzalo de Salazar, y vino Rodrigo de Albornoz por contador, que ya habia fallecido Julian de Alderete, y este Albornoz era natural de Paladinas ú de la Gama, y vino el veedor Pedro Almíndes Chirino, natural de Úbeda ó Baeza, y vinieron muchas personas con cargos.
Dejemos esto, y quiero decir que en este instante rogó un Rodrigo Rangel á Cortés (el cual Rangel muchas veces le he nombrado) que, pues no se habia hallado en toma de Méjico ni en ningunas batallas con nosotros en toda la Nueva-España, que porque hubiese alguna fama dél, que le hiciese merced de le dar una capitanía para ir á conquistar á los pueblos de los zapotecas, que estaban de guerra, y llevar en su compañía á Pedro de Ircio, para ser su consejero en lo que habia de hacer; y como Cortés conocia al Rodrigo Rangel, que no era para dalle ningun cargo, á causa que estaba siempre doliente y con grandes dolores y bubas, y muy flaco y las zancas y piernas muy delgadas, y todo lleno de llagas, cuerpo y cabeza abierta, denegaba aquella entrada, diciendo que los indios zapotecas eran gente mala de domar por las grandes y altas sierras adonde están poblados, y que no podian llevar caballos; y que siempre hay neblinas y rocíos, y que los caminos eran angostos y resbalosos, y que no pueden andar por ellos sino á manera de decir los piés junto á las cabezas de los que vienen atrás: entiéndanlo de la manera que aquí lo digo, que así es verdad; porque los que van arriba, con los que vienen detrás vienen cabezas con piés; y que no era cosa de ir á aquellos pueblos, y que ya que fuese, que habia de llevar soldados bien sueltos y robustos, y experimentados en las guerras; y como el Rangel era muy porfiado y de su tierra de Cortés, húbole de conceder lo que pedia; y segun despues supimos, Cortés lo hubo por bueno embialle do se muriese, porque era de mala lengua; é Cortés escribió á Guacacualco á diez ó doce que nombró en la carta, que nos rogaba que fuésemos con el Rangel á le ayudar, y entre los soldados que mandó ir me nombró á mí, y fuimos todos los vecinos á quien Cortés escribió.
Ya he dicho que hay grandes sierras en lo poblado de los zapotecas, y que los naturales de allí son gente muy ligeros é sueltos, y con unas voces é silbos que dan, retumban todos los valles como á manera de ecos; y como habiamos de llevar al Rangel, no podiamos andar ni hacer cosa que buena fuese.
É ya que íbamos á algun pueblo, hallábamosle despoblado, y como no estaban juntas las casas, sino unas en un cerro y otras en un valle, y en aquel tiempo llovia, y el pobre Rangel dando voces de dolor de las bubas, y la mala gana que todos teniamos de andar en su compañía, y viendo que era tiempo perdido, y que si por ventura los zapotecas, como son ligeros y tienen grandes lanzas, muy mayores que las nuestras, y son grandes flecheros, que si nos aguardaban é hiciesen cara, como no podiamos ir por los caminos sino uno á uno, temiamos no nos viniese algun desman, y el Rangel estaba más malo que cuando vino, acordó de dejar la negra conquista, que negra se podia llamar, y volverse cada uno á su casa; y el Pedro de Ircio, que traia por consejero, fué el primero que se lo aconsejó, y le dejó solo, y se fué á la Villa-Rica, donde vivia; y el Rangel dijo que se queria ir á Guacacualco con nosotros, por ser la tierra caliente, para prevalecerse de su mal, y los que éramos vecinos de Guacacualco que allí estábamos, por peor tuvimos llevarle con nosotros que á la venida que venimos con él á la guerra; y llegados á Guacacualco, luego dijo que queria ir á pacificar las provincias de Cimatan y Talatupan, que ya he dicho muchas veces en el capítulo que dello habla cómo no habian querido venir de paz á causa de los grandes rios y ciénagas tembladeras entre quien estaban poblados; y demas de la fortaleza de las ciénagas, ellos de su naturaleza son grandes flecheros, y tenian muy grandes arcos y tiran muy á certero.
Volvamos á nuestro cuento: que mostró Rangel provisiones en aquella villa, de Hernando Cortés, cómo le enviaba por capitan para que conquistase las provincias que estuviesen de guerra, y señaladamente la de Cimatan y Tulapan; y apercibió todos los más vecinos de aquella villa que fuésemos con él; y era tan temido Cortés, que aunque nos pesó, no osamos hacer otra cosa, como vimos sus provisiones, y fuimos con el Rangel sobre cien soldados, dellos á caballo y á pié, con obra de veinte y seis ballesteros y escopeteros; é fuimos por Tonala é Ayagualulco, é Copilco, Zacualco, y pasamos muchos rios en canoas y en barcas, y pasamos por Teutitan, Copilco y por todos los pueblos que llamamos la Chontalpa, que estaban de paz, é llegamos obra de cinco leguas de Cimatan, é en unas ciénagas y malos pasos estaban juntos todos los más guerreros de aquella provincia, y tenian hechos unos cercados y grandes albarradas de palos y maderos gruesos, y ellos de dentro con unos petriles y saeteras, por donde podian flechar; é de presto nos dan una tan buena refriega de flecha y vara tostada con tiraderas, que mataron siete caballos é hirieron ocho soldados, y al mismo Rangel, que iba á caballo, le dieron un flechazo en un brazo, y no le entró sino muy poco; y como los conquistadores viejos habiamos dicho al Rangel que siempre fuesen hombres sueltos á pié descubriendo caminos y celadas, y le habiamos dicho de otras veces cómo aquellos indios solian pelear muy bien y con maña, y como él era hombre que hablaba mucho, dijo que votaba á tal, que si nos creyera, que no le aconteciera aquello, y que de allí adelante que nosotros fuésemos los capitanes y le mandásemos en aquella guerra.
Y luego como fueron curados los soldados y ciertos caballos que tambien hirieron, demas de los siete que mataron, mandóme á mí que fuese adelante descubriendo, y llevaba un lebrel muy bravo, que era del Rangel, y otros dos soldados muy sueltos y ballesteros, y le dijeron que se quedase bien atrás con los de á caballo, y los soldados y ballesteros fuesen junto conmigo; é yendo nuestro camino para el pueblo de Cimatan, que era en aquel tiempo bien poblado, hallamos otras albarradas y fuerzas, ni más ni ménos que las pasadas, y tírannos á los que íbamos delante tanta flecha y vara, que de presto mataron el lebrel, é si yo no fuera muy armado, allí quedara, porque me dieron siete flechas, que con el mucho algodon de las armas se detuvieron, y todavía salí herido en una pierna, y á mis compañeros á todos hirieron; y entónces yo dí voces á unos indios nuestros amigos, que venian un poco atrás de nosotros, para que viniesen de presto los ballesteros y escopeteros y peones, y que los de á caballo quedasen atrás, porque allí no podian correr ni aprovecharse dellos, y se los flecharian; y luego acudieron ansí como lo envié á decir, porque deantes cuando yo me adelanté así lo tenia concertado, que los de á caballo quedasen muy atrás y que todos los demas estuviesen muy prestos en teniendo señal ó mandado, y como vinieron los ballesteros y escopeteros, les hicimos desembarazar las albaradas, y se acogieron á unas grandes ciénagas que temblaban, y no habia hombre que en ellas entrase, que pudiese salir sino á gatas ó con grande ayuda.
En esto llegó Rangel con los de á caballo, é allí cerca estaban muchas casas que entónces despoblaron los moradores dellas, y reposamos aquel dia y se curaron los heridos.
Otro dia caminamos para ir al pueblo de Cimatan, y hay grandes cabanas llenas, y en medio de las cabanas muy malísimas ciénagas, y en una dellas nos aguardaron, y fué con ardid que entre ellos concertaron para aguardar en el campo raso de las cabanas, y propusieron que los caballos, por codicia de los alcanzar y alancear, irian corriendo tras ellos á rienda suelta y atollarian en las ciénagas, y ansí fué como lo concertaron, que por más que habiamos dicho y aconsejado á Rangel que mirase que habia muchas ciénagas y que no corriese por aquellas cabanas á rienda suelta, que atollarian los caballos, y que suelen tener aquellos indios estas astucias, y hechas saeteras y fuerzas junto á las ciénagas, no lo quiso creer; y el primero que atolló en ellas fué el mismo Rangel, y allí le mataron el caballo, y si de presto no fuera socorrido, ya se habian echado en aquellas malas ciénagas muchos indios para le apañar y llevar vivo á sacrificar, y todavía salió descalabrado en las llagas que tenia en la cabeza; y como toda aquella provincia era muy poblada, y estaba allí junto otro pueblezuelo, fuimos á él, y entónces huyeron los moradores, y se curó el Rangel y tres soldados que habian herido.
Y dende allí fuimos á otras casas que tambien estaban sin gente, que entónces las despoblaron sus dueños, y hallamos otra fuerza con grandes maderos y bien cercada y sus saeteras; y estando reposando aún no habia un cuarto de hora, vienen tantos guerreros cimatecas, y nos cercan en el pueblezuelo, que mataron un soldado y á dos caballos, y tuvimos bien que hacer en hacellos apartar; y entónces nuestro Rangel estaba muy doliente de la cabeza, é habia muchos mosquitos, que no dormia de noche ni dia, y murciégalos muy grandes que le mordian y desangraban; y como siempre llovia, y algunos soldados que el Rangel habia traido consigo, de los que nuevamente habian venido de Castilla, vieron que en tres partes nos habian aguardado los indios de aquella provincia, y habian muerto once caballos y dos soldados, y herido á otros muchos, aconsejaron al Rangel que se volviese dende allí, pues la tierra era mala de ciénagas y estaba muy malo; y el Rangel, que lo tenia en gana, y porque pareciese que no era de su albedrio y voluntad aquella vuelta, sino por consejo de muchos, acordó de llamar á consejo sobre ello á personas que eran de su parecer para que se volviesen; y en aquel instante habiamos ido veinte soldados á ver si podiamos tomar alguna gente de unas huertas de cacaguatales que allí junto estaban, y trujimos dos indios y tres indias; y entónces el Rangel me llamó á mí aparte é á consejo, y díjome de su mal de cabeza, é que le aconsejaban todos los demas soldados que se volviese donde estaba Cortés, y me declaró todo lo que habia pasado; y entónces le reprendí su vuelta, y como nos conociamos de más de cuatro años atrás, de la isla de Cuba, le dije:
—«¿Cómo, Señor? ¿Qué dirán de vuesa merced, estando cerca del pueblo de Cimatan quererse volver? Pues Cortés no lo terná á bien, y maliciosos que os quieren mal os lo darán en cara, que en la entrada de las zapotecas ni aquí no habeis hecho cosa ninguna que buena sea, trayendo, como traeis, tan buenos conquistadores, que son los de nuestra villa de Guacacualco; pues por lo que toca á nuestra honra y á la de vuesamerced, é yo y otros soldados somos de parecer que pasemos adelante; y iré con todos mis compañeros descubriendo ciénagas y montes, y con los escopeteros pasaremos hasta la cabecera de Cimatan, y mi caballo déle vuesa merced á otro caballero que sepa muy bien menear la lanza é tener ánimo para mandalle, que yo no puedo servirme dél yendo á lo que voy, y que va más en alancear, y véngase con las de á caballo algo atrás.»
Y como el Rodrigo Rangel aquello me oyó, como era hombre vocinglero y hablaba mucho, salió de la casilla en que estaba el consejo, é á muy grandes voces llamó á todos los soldados; é dijo el Rodrigo Rangel:
—«Ya es echada la suerte que hemos de ir adelante, que voto á tal (que siempre era este su jurar y su hablar), que Bernal Diaz del Castillo me ha dicho la verdad y lo que á todos conviene.»
Y puesto que á algunos soldados les pesó, otros lo hubieron por muy bueno; y luego comenzamos á caminar puestos en gran concierto, los ballesteros y escopeteros junto conmigo, y los de á caballo atrás por amor de los montes y ciénagas, donde no podian correr caballos, hasta que llegamos á otro pueblo, que entónces lo despoblaron los naturales dél, y dende allí fuimos á la cabecera de Cimatan, y tuvimos otra buena refriega de flecha y vara, y de presto les hicimos huir, y quemaron los mismos vecinos naturales de aquel pueblo muchas casas de las suyas, y allí prendimos hasta quince hombres y mujeres, y les enviamos á llamar con ellos á los cimatecas que viniesen de paz, y les dijimos que en lo de las guerras se les perdonaria; y vinieron los parientes y maridos de las mujeres y gente menuda que teniamos presos, y dímosles toda la presa, é dijeron que traerian de paz á todo el pueblo, é jamás volvieron con la respuesta; y entónces me dijo á mí el Rangel:
—«Voto á tal, que me habeis engañado, é que habeis de ir á entrar con otros compañeros, é que me habeis de buscar otros tantos indios é indias como los que me hicisteis soltar por vuestro consejo.»
Y luego fuimos cincuenta soldados, é yo por capitan, é dimos en unos ranchos que tenian en unas ciénagas que temblaban, que no osamos entrar en ellas; y dende allí se fueron huyendo por unos grandes breñales y espinos, que se llaman entre ellos Xiguaquetlan, muy malos, que pasan los piés, y en unas huertas de cacaguatales prendimos seis hombres y mujeres con sus hijos chicos, y nos volvimos adonde quedaba el capitan, y con aquello le apaciguamos; y les tornó luego á soltar para que llamasen de paz á los cimatecas, y en fin de razones, no quisieron venir, y acordamos de nos volver á nuestra villa de Guacacualco; y en esto paró la entrada de zapotecas é la de Cimatlan, y esta es la fama que queria que hubiese dél Rangel cuando pidió á Cortés aquella conquista.
Y dende allí á dos años, ó poco tiempo más, volvimos de hecho á los zapotecas y á las demas provincias, y las conquistamos y trujimos de paz; y el buen Fray Bartolomé de Olmedo, que era santo fraile, trabajó mucho con ellos, y les predicaba y enseñaba los artículos de la fe, y bautizó en aquellas provincias más de quinientos indios; pero, en verdad que estaba cansado y viejo, y que no podia ya andar caminos, que tenia una mala enfermedad: y dejemos esto, y digamos cómo Cortés envió á Castilla á su majestad sobre ochenta mil pesos de oro con un Diego de Soto, natural de Toro, y paréceme que con un Ribera el tuerto, que fué su secretario; y entónces envió el tiro muy rico, que era de oro bajo y plata, que le llamaba el Ave Fénix, y tambien envió á su padre Martin Cortés muchos millares de pesos de oro.
Y lo que sobre ello pasó diré adelante.
CAPÍTULO CLXX.
CÓMO EL CAPITAN HERNANDO CORTÉS ENVIÓ Á CASTILLA, Á SU MAJESTAD, OCHENTA MIL PESOS EN ORO Y PLATA, Y ENVIÓ UN TIRO, QUE ERA UNA CULEBRINA MUY RICAMENTE LABRADA DE MUCHAS FIGURAS, Y TODA ELLA, Ó LA MAYOR PARTE, ERA DE ORO BAJO, REVUELTO CON PLATA DE MECHOACAN, QUE POR NOMBRE SE DECIA EL FÉNIX, Y TAMBIEN ENVIÓ Á SU PADRE, MARTIN CORTÉS, SOBRE CINCO MIL PESOS DE ORO; Y LO QUE SOBRE ELLO AVINO DIRÉ ADELANTE.
Pues como Cortés habia recogido y allegado obra de ochenta mil pesos de oro, y la culebrina que se decia el Fénix ya era acabada de forjar, y salió muy extremada pieza para presentar á un tan alto Emperador como nuestro gran señor César, y decia en un letrero que tenia escrito en la mesma culebrina: «Esta ave nació sin par, yo sin segundo, y vos sin igual en el mundo.» Todo lo envió á su majestad con un hidalgo natural de Toro, que se decia Diego de Soto, y no me acuerdo bien si fué en aquella sazon un Juan de Ribera, que era tuerto de un ojo, que tenia una nube, el cual habia sido secretario de Cortés.
Á lo que yo sentí del Ribera, era un hombre no de buenas entrañas, porque cuando jugaba á naipes é á dados no me parecia que jugaba bien, y demas desto, tenia muchos malos reveses; y esto digo porque, llegado á Castilla se alzó con los pesos de oro que le dió Cortés para su padre Martin Cortés, y porque se lo pidió Martin Cortés, y por ser el Ribera de suyo mal inclinado, no mirando á los bienes que Cortés le habia hecho siendo un pobre hombre, en lugar de decir verdad y bien de su amo, dijo tantos males, y por tal manera los razonaba, que, como tenia gran retórica é habia sido su secretario del mismo Cortés, le daban crédito, especial el Obispo de Búrgos.
Y como el Narvaez y el Cristóbal de Tapia, y los procuradores del Diego Velazquez y otros que les ayudaban, y habia acaecido en aquella sazon la muerte de Francisco de Garay, todos juntos tornaron otra vez á dar muchas quejas de Cortés ante su majestad, y tantas y de tal manera, é dijeron que fueron parciales los jueces que puso su majestad, por dádivas que Cortés les envió para aquel efeto, que otra vez estaba revuelta la cosa, y Cortés tan desfavorecido, que lo pasara mal si no fuera por el duque de Béjar, que le favoreció y quedó por su fiador, que le enviase su majestad á tomar residencia é que no le hallaria culpado.
Y esto hizo el duque porque ya tenia tratado casamiento á Cortés con una señora sobrina suya, que se decia doña Juana de Zúñiga, hija del conde de Aguilar, don Cárlos de Arellano, y hermana de unos caballeros y privados del Emperador.
Y como en aquella sazon llegaron los ochenta mil pesos de oro y las cartas de Cortés, dando en ellas muchas gracias y ofrecimientos á su majestad por las grandes mercedes que le habia hecho en dalle la gobernacion de Méjico, y haber sido servido mandalle favorecer con justicia en la sentencia que dió en su favor, cuando la junta que mandó hacer de los caballeros de su Real consejo y cámara.
En fin de más razones, todo lo que estaba dicho contra Cortés se tornó á sosegar con que le fuesen á tomar residencia, y por entónces no se habló más en ello.
Y dejemos ya de decir destos nublados que sobre Cortés estaban ya para descargar, y digamos del tiro y de su letrero de tan sublimado servidor como Cortés se nombró; que, como se supo en la córte, y ciertos duques y marqueses, y condes y hombres de gran valía se tenian por tan grandes servidores de su majestad, y tenian en sus pensamientos que otros caballeros tanto como ellos no hubiesen servido á su majestad, tuvieron que murmurar del tiro, y aun de Cortés porque tal blason escribió.
Tambien otros grandes señores, como fué el almirante de Castilla y el duque de Béjar y el conde de Aguilar, dijeron á los mismos caballeros que habian puesto en pláticas que era muy bravoso el blason de la culebrina, no se maravillen que Cortés ponga aquel escrito en el tiro.
Veamos ahora, ¿en nuestros tiempos ha habido capitan que tales hazañas haga, y que tantas tierras haya ganado sin gastar ni poner en ello su majestad cosa ninguna, y tantos cuentos de gentes se hayan convertido á nuestra santa fe? Y demas desto, no solamente el Cortés, sino los soldados y compañeros que tiene, que le ayudaron á ganar una tan fuerte ciudad, y de tantos vecinos y de tantas tierras, son dignos de que su majestad les haga muchas mercedes; porque, si miramos en ello, nosotros de nuestros antepasados, que hicieron heróicos hechos y sirvieron á la corona real y á los reyes que en aquel tiempo reinaron, como Cortés y sus compañeros han hecho, lo heredamos, y nuestros blasones y tierras é rentas; y con estas palabras se olvidó lo del blason; y porque no pasase de Sevilla la culebrina, tuvimos nueva que á don Francisco de los Cóbos, comendador mayor de Leon, le hizo su majestad merced della, y que la deshicieron y afinaron el oro, y lo fundieron en Sevilla, é dijeron que valió sobre veinte mil ducados.
Y en aquel tiempo, como Cortés envió aquel oro y el tiro, y las riquezas que habia enviado la primera vez, que fueron la luna de plata y el sol de oro, y otras muchas joyas de oro con Francisco de Montejo y Alonso Hernandez Puertocarrero, y lo que hubo enviado la segunda vez con Alonso de Ávila y Quiñones, que esto fué la cosa más rica que hubo en la Nueva-España, que era la recámara de Montezuma y de Guatemuz y de los grandes señores de Méjico, y lo robó Juan Florin, frances; y como esto se supo en Castilla, tuvo Cortés gran fama, ansí en Castilla como en otras muchas partes de la cristiandad, y en todas partes fué muy loado.
Dejemos esto, y digamos en qué paró el pleito de Martin Cortés con el Ribera sobre los tantos mil pesos que enviaba Cortés á su padre, y es, que andando en el pleito, y pasando Ribera por la villa de Cadahalso, comió ó almorzó unos torreznos, y ansí como los comió murió súpitamente y sin confesion; perdónele Dios, amen.
Dejemos lo acaecido en Castilla, y volvamos á decir de la Nueva-España, cómo Cortés estaba siempre entendido en la ciudad de Méjico que fuese muy bien poblada de los naturales mejicanos, como de ántes estaba, y les dió franquezas y libertades que no pagasen tributo á su majestad hasta que tuviesen hechas sus casas y aderezadas calzadas y puentes, y todos los edificios y caños por donde solia venir el agua de Chalputepeque para entrar en Méjico, y en la poblacion de los españoles tuviesen hechas iglesias y hospitales, de los cuales cuidaba como superior y vicario el buen Padre Fray Bartolomé de Olmedo, y habia él mismo recogido en un hospital todos los indios enfermos y los curaba con mucha caridad, y otras cosas que convenian.
Y en aquel tiempo vinieron de Castilla al puerto de Veracruz doce frailes franciscos, y por Vicario general de ellos un muy buen religioso que se decia Fray Martin de Valencia, y era natural de una villa de tierra de campo que se decia Valencia de don Juan; y este muy reverendo religioso venia nombrado por el Santo Padre para ser vicario, y lo que en su venida y recebimiento se hizo diré adelante.
CAPÍTULO CLXXI.
CÓMO VINIERON AL PUERTO DE LA VERACRUZ DOCE FRAILES FRANCISCOS DE MUY SANTA VIDA, Y VENIA POR SU VICARIO Y GUARDIAN FRAY MARTIN DE VALENCIA, Y ERA TAN BUEN RELIGIOSO, QUE HUBO FAMA QUE HACIA MILAGROS; Y ERA NATURAL DE UNA VILLA DE TIERRA DE CAMPO QUE SE DICE VALENCIA DE DON JUAN, Y LO QUE CORTÉS HIZO EN SU VENIDA.
Como ya he dicho en los capítulos pasados que sobre ello hablan, habiamos escrito á su majestad suplicándole nos enviase religiosos franciscos de buena y santa vida para que nos ayudasen á la conversion y santa doctrina de los naturales desta tierra para que se volviesen cristianos, y les predicasen nuestra santa fe, como se la habia fray Bartolomé de Olmedo dado á entender dende que entramos en la Nueva-España, y sobre ello habia escrito Cortés, juntamente con todos nosotros los conquistadores que ganamos la Nueva-España, á don fray Francisco de los Ángeles, que era general de los franciscos, que despues fué Cardenal, para que nos hiciese mercedes que fuesen los religiosos que enviase de santa vida, para que nuestra santa fe siempre fuese ensalzada, y los naturales destas tierras conociesen lo que les deciamos cuando estábamos batallando con ellos, y les deciamos que su majestad enviaria religiosos, y de mucha mejor vida que nosotros éramos, para que les diesen á entender los razonamientos y predicaciones de nuestra fe; y ellos nos preguntaban si eran como el padre fray Bartolomé de Olmedo, y nosotros deciamos que sí.
Dejemos esto, y digamos cómo el general don fray Francisco de los Ángeles nos hizo merced que luego envió los religiosos que dicho tengo; y entónces vino con ellos fray Toribio Motolinea, y pusiéronle este nombre de Motolinea los caciques y señores de Méjico, que quiere decir el fraile pobre, porque cuanto le daban por Dios lo daba á los indios, y se quedaba algunas veces sin comer, y traia unos hábitos muy rotos y andaba descalzo, y siempre les predicaba, y los indios le querian mucho, porque era una santa persona.
Volvamos á nuestra relacion. Como Cortés supo que estaban en el puerto de la Veracruz, mandó en todos los pueblos, ansí de indios como donde vivian españoles, que por donde viniesen les barriesen los caminos, y adonde pasasen les hiciesen ranchos si fuese en el campo, y en poblado, cuando llegasen á las villas ó pueblos de indios, les saliesen á recebir y les repicasen las campanas, y que todos comunmente, despues de los haber recebido, les hiciesen mucho acato; y que los naturales llevasen candelas de cera encendidas y con las cruces que hubiese, y por más humildad, y porque los indios lo viesen, para que tomasen ejemplo, mandó á los españoles se hincasen de rodillas á besarles las manos y hábitos, y aun les envió Cortés al camino mucho refresco y les escribió muy amorosamente.
Y viniendo por su camino, ya que llegaban cerca de Méjico, el mismo Cortés, acompañado de fray Bartolomé de Olmedo y de nuestros valerosos capitanes y esforzados soldados, los salimos á recebir, y juntamente fueron con nosotros Guatemuz, el señor de Méjico, con todos los más principales mejicanos y otros muchos caciques de otras ciudades; y cuando Cortés supo que allegaban cerca, se apeó del caballo, y todos nosotros juntamente con él; é ya que nos encontramos con los reverendos religiosos, el primero que se arrodilló delante del fray Martin de Valencia y le fué á besar las manos fué Cortés, y no lo consintió y le besó los hábitos; é el padre fray Bartolomé les abrazó é saludó muy tiernamente, y los besamos el hábito arrodillados todos los capitanes y soldados que allí íbamos, y el Guatemuz y los señores de Méjico; y de que el Guatemuz y los demas caciques vieron ir á Cortés de rodillas á besarles las manos, espantáronse en gran manera; y como vieron á dos frailes descalzos y flacos, y los hábitos rotos, y no llevar caballo, sino á pié y muy amarillos, y ver á Cortés, que le tenian por ídolo ó cosa como sus dioses, ansí arrodillado delante dellos, dende entónces tomaron ejemplo todos los indios, que cuando agora vienen religiosos les hacen aquellos recebimientos y acatos, segun y de la manera que dicho tengo; y más digo, que cuando Cortés con aquellos religiosos hablaba, que siempre tenia la gorra en la mano quitada y en todo les tenia grande acato; é digo que se me olvidaba que fray Bartolomé les hospedó por órden de Cortés en una muy buena casa, é se fué á vivir con ellos é los regaló mucho.
Dejémoslos en buena hora y digamos de otra materia, y es, que de ahí á tres años y medio, ó poco tiempo más adelante, vinieron doce frailes dominicos, é venia por provincial ó por prior dellos un religioso que se decia Fray Tomás Ortiz; era vizcaino, é decian que habia estado por prior ó provincial en unas tierras que se dice la Punta del Drago; é quiso Dios que cuando vinieron les dió dolencia de mal de modorra, de que todos los más murieron; lo cual diré adelante, é cómo é cuándo é con quién vinieron, é la condicion que decian que tenia el prior, é otras cosas que pasaron; é despues han venido otros muchos y buenos religiosos y de santa vida, y de la misma órden de señor Santo Domingo, en ejemplo muy santos, é han industriado á los naturales destas provincias de Guatimala en nuestra santa fe muy bien, é han sido muy provechosos para todos.
Quiero dejar esta materia de los religiosos, é diré que, como Cortés siempre temia que en Castilla, por parte del Obispo de Búrgos, se juntarian los procuradores de Diego Velazquez, gobernador de Cuba, é dirian mal dél delante del Emperador nuestro señor, é como tuvo nueva cierta, por cartas que le escribió su padre Martin Cortés ó Diego de Ordás, que le trataban casamiento con la señora doña Juana de Zúñiga, sobrina del duque de Béjar, don Álvaro de Zúñiga, procuró de enviar todos los más pesos que podia allegar, ansí de sus tributos como de los que le presentaban los caciques de toda la tierra, lo uno para que conociese el duque de Béjar sus grandes riquezas, juntamente con sus heróicos hechos é hazañas; é lo más principal, para que su majestad le favoreciese é hiciese mercedes; é entónces le envió treinta mil pesos, é con ellos escribió á su majestad; lo cual diré adelante.
CAPÍTULO CLXXII.
CÓMO CORTÉS ESCRIBIÓ Á SU MAJESTAD Y LE ENVIÓ TREINTA MIL PESOS DE ORO, Y CÓMO ESTABAN ENTENDIENDO EN LA CONVERSION DE LOS NATURALES É REEDIFICACION DE MÉJICO, Y DE CÓMO HABIA MANDADO UN CAPITAN QUE SE DECIA CRISTÓBAL DE OLÍ Á PACIFICAR LAS PROVINCIAS DE HONDURAS CON UNA BUENA ARMADA, Y SE ALZÓ CON ELLA, Y DIÓ RELACION DE OTRAS COSAS QUE HABIAN PASADO EN MÉJICO, Y EN EL NAVÍO QUE IBAN LAS CARTAS DE CORTÉS ENVIÓ OTRAS CARTAS MUY SECRETAS EL CONTADOR DE SU MAJESTAD, QUE SE DECIA RODRIGO DE ALBORNOZ, Y EN ELLAS DECIAN MUCHO MAL DE CORTÉS, Y DE TODOS LOS QUE CON ÉL PASAMOS, Y LO QUE SU MAJESTAD SOBRE ELLO MANDÓ QUE SE PROVEYESE.
Teniendo ya Cortés en sí la gobernacion de la Nueva-España por mandado de su majestad, parecióle seria bien hacerle sabidor cómo estaba entendiendo en la santa conversion de los naturales y la reedificacion de la gran ciudad de Tenustitlan, Méjico; y tambien le dió relacion de cómo habia enviado un capitan que se decia Cristóbal de Olí á poblar unas provincias que se nombraron Honduras, y que le dió cinco navíos bien abastecidos, é gran copia de soldados y muchos caballos y tiros, y escopeteros y ballesteros, y todo género de armas, y que gastó muchos millares de pesos de oro en hacer la armada, y que el Cristóbal de Olí se le alzó con ella, y quien le aconsejó que se alzase fué un Diego Velazquez, gobernador de la isla de Cuba, que hizo compañía con él en el armada, y que si su majestad era servido, que tenia determinado de enviar con brevedad otro capitan para que le tome la misma armada ó le traiga preso, ó ir él en persona por ella; porque, si quedaba sin castigo, se atreverian otros capitanes á se levantar con otras armadas que por fuerza habia de enviar á conquistar y poblar otras tierras que están de guerra, é á esta causa suplicaba á su majestad que le diese licencia para ello.
Y tambien se envió á quejar del Diego Velazquez, no tan solamente de lo del capitan Cristóbal de Olí, sino por las conjuraciones y escándalos, y por sus cartas que enviaba dende la isla de Cuba para que le matasen á Cortés; porque, en saliendo de aquella ciudad de Méjico para ir á conquistar algunos pueblos recios, que se levantaban y hacian conjuraciones los de la parte del Diego Velazquez para le matar y levantarse con la gobernacion, y que habia hecho justicia de uno de los más culpados; y que este favor les daba el Obispo de Búrgos, que estaba por presidente de Indias, por ser muy amigo del Diego Velazquez; y escribió cómo le enviaba y servia con treinta mil pesos de oro, y que si no fuera por los bulliciosos y conjuraciones pasadas, que recogiera mucho más oro, y que con el ayuda de Dios y en la buenaventura de su Real majestad, que en todos los navíos que de Méjico fuesen enviaria lo que pudiese.
Y ansimismo escribió á su padre Martin Cortés é á un su deudo, que se decia el licenciado Francisco Nuñez, que era relator del Real consejo de su majestad, y tambien escribió á Diego de Ordás, en que les hacia saber todo lo atrás dicho; y tambien dió noticia cómo un Rodrigo de Albornoz, que estaba por gobernador en Méjico, que secretamente andaba murmurando en Méjico de Cortés porque no le dió tan buenos indios como él quisiera, y tambien porque le demandó una cacica, hija del señor de Tezcuco, y no se la quiso dar, porque en aquella sazon la casó con una persona de calidad; y les dió aviso que habia sabido que fué secretario en Flandes y que era muy servidor de don Juan Rodriguez de Fonseca, Obispo de Búrgos, y que era hombre que tenia costumbre de escribir cosas nuevas y aun por cifras, y que por ventura escribiria al Obispo, como era presidente de Indias, porque en aquel tiempo no sabiamos que le habian quitado el cargo, cosas contrarias de la verdad; que tuviesen aviso de todo; y estas cartas envió Cortés duplicadas, porque siempre se temió que el Obispo de Búrgos, como era presidente, habia mandado á Pedro de Isazaga y á Juan Lopez de Recalte, oficiales de la casa de la contratacion de Sevilla, que todas las cartas y despachos de Cortés se las enviasen por la posta para saber lo que en ellas iba, porque en aquella sazon su majestad habia venido de Flandes y estaba en Castilla, para hacer relacion á su majestad cesárea, y el Obispo de Búrgos, por ganar por la mano, ántes que nuestros procuradores le diesen las cartas de Cortés; y aun en aquella sazon no sabiamos en la Nueva-España que habian quitado el cargo al Obispo de Búrgos, don Juan Rodriguez de Fonseca, de ser presidente de Indias.
Dejémonos de las cartas de Cortés, y diré que deste navío donde iba el pliego que dicho tengo de Cortés, envió el contador Albornoz, ya por mí memorado, otras cartas á su majestad y al Obispo de Búrgos y al Real consejo de Indias, y lo que en ellas decia por capítulos, hizo saber todas las causas y cosas que de ántes habia sido acusado Cortés, cuando su Real majestad le mandó poner jueces á los caballeros de su Real consejo, ya otra vez por mí nombrados en el capítulo que dello habla, cuando por sentencia que sobre ello dieron, nos dieron por muy leales servidores de su majestad; y demas de aquellos capítulos que hubieron acusado á Cortés, agora de nuevo escribió el Albornoz que Cortés demandaba á todos los caciques de la Nueva-España muchos tejuelos de oro y les mandaba sacar mucho oro de minas, y esto que les decia Cortés que era para enviar á su Real majestad, y se quedaba con todo ello y no lo enviaba á su majestad, y que hizo unas casas muy fortalecidas, y que ha juntado muchas hijas de grandes señores para las casar con soldados españoles, y se las piden hombres honrados por mujeres y que no se las quiere dar, por tenerlas por amigas; y dijo que todos los caciques y principales le tenian en tanta estima como si fuese Rey, y que en esta tierra no conocen á otro Rey ni señor sino es á Cortés, é como Rey llevaba quinto, y que tiene muy grande cantidad de barras de oro atesorado, y que no ha sentido bien de su persona, si está alzado ó será leal para adelante, y que habia necesidad que su majestad con brevedad mandase venir á estas partes un caballero con grande copia de soldados muy bien apercebidos para le quitar el mando y señorío; y escribió otras cosas sobre esta materia.
Quiero dejar de más particularizar lo que iba en las cartas, y diré que fueron á manos del Obispo de Búrgos, que residia en Toro; y como en aquella sazon estaba en la córte el Pánfilo de Narvaez y Cristóbal de Tapia, ya otras muchas veces por mí nombrados, y todos los procuradores del Diego Velazquez, é con aquella carta de Albornoz les avisó el Obispo de Búrgos para que nuevamente se quejasen ante su majestad de Cortés de todo lo que de ántes le hubieron dado relacion y dijesen que los jueces que puso su majestad se mostraron mucho por la parte de Cortés, y que su majestad fuese servido viese agora nuevamente lo que escribe el contador su oficial; y para testigo dello hicieron presentacion de las cartas que dicho tengo.
Pues viendo su majestad las cartas y las palabras y quejas que el Narvaez decia muy entonado, porque ansí hablaba, demandando justicia, creyó que eran verdaderas; y el Obispo de Búrgos don Juan Rodriguez de Fonseca, que les ayudó con otras muchas cartas de favor; dijo su majestad:
—«Yo quiero enviar á castigar á Cortés, pues tanto mal dicen dél que hace, aunque más oro envie; porque más riqueza es hacer justicia que no todos los tesoros que puede enviar.»
Y mandó proveer que luego despachasen al almirante de Santo Domingo que viniese á costa de Cortés con seiscientos soldados, y si se hallase culpado le cortase la cabeza, y castigase á todos los que fuimos en desbaratar á Pánfilo de Narvaez; y porque viniese el almirante le habia prometido su majestad el almirantazgo de la Nueva-España, que en aquella sazon traia pleito en la córte sobre él.
Pues ya dadas las provisiones, pareció ser el almirante se detuvo ciertos dias ó no se atrevió á venir, porque no tenia dineros, y ansimismo porque le aconsejaron que mirase la buenaventura de Cortés, que con haber traido Narvaez toda la armada que trajo le desbarató, y que era aventurar su vida y estado, y no saldria con la demanda, especialmente que no hallarian en Cortés ni en ninguno de sus compañeros culpa ninguna, sino mucha lealtad; y demas desto, segun pareció, dijeron á su majestad que era gran cosa dar el almirantazgo de la Nueva-España por pocos servicios que le podria hacer en aquella jornada que le enviaba; é ya que se andaba apercibiendo el almirante para venir á la Nueva-España, alcanzáronlo á saber los procuradores de Cortés y su padre Martin Cortés y un fraile que se decia fray Pedro Melgarejo de Urrea, y como tenian las cartas que les envió Cortés duplicadas, y entendieron por ellas que habia trato doble en el contador Albornoz ó en otras personas que no estaban muy bien con Cortés, todos juntos se fueron luego al duque de Béjar y le dieron relacion de todo lo arriba por mí memorado y le mostraron las cartas de Cortés; y como supo que enviaban tan de repente al almirante con muchos soldados, hubo muy grande sentimiento dello el duque, porque ya estaba concertado de casar á Cortés con la señora doña Juana de Zúñiga, sobrina del mismo duque de Béjar.
Y luego sin más dilacion fué delante de su majestad, acompañado con ciertos condes amigos suyos y deudos, y con ellos iba el viejo Martin Cortés, padre del mismo Cortés, y fray Pedro Melgarejo de Urrea, y cuando llegaron delante del Emperador nuestro señor se humillaron é hicieron todo el acatamiento debido, que eran obligados á nuestro Rey y señor, y dijo el mismo duque que suplicaba á su majestad que no diese oidos á una carta de un hombre como era el contador Albornoz, que era muy contrario á Cortés, hasta que hubiese otras informaciones de fe y de creer, y que no enviase armada; y más dijo el duque á su majestad, que ¿cómo, siendo tan cristianísimo y recto en hacer justicia, tan deliberadamente enviaba á mandar prender á Cortés y á sus soldados, habiéndole hecho tan buenos y leales servicios, que otros en el mundo no se han hecho, ni aun hallado en ningunas escrituras que hayan hecho otros vasallos á los Reyes pasados?
Y que ya una vez ha puesto la cabeza por fiadora de Cortés y por todos sus soldados, y que son muy leales y lo serán de aquí adelante, y que agora la torna á poner de nuevo por fiadora, con todo su estado, con mucho gusto, de que siempre nos hallaria muy leales, lo cual su majestad veria adelante; demas desto, le mostraron las cartas que Cortés enviaba á su padre Martin Cortés, en que en ellas daba relacion por qué causa el contador Albornoz escribia mal contra Cortés, que fué, como dicho tengo, porque no le dió buenos indios, como él los demandaba, y una hija de una cacica muy principal; y más le dijo el duque, que mirase su Real majestad cuántas veces le habia enviado y servido con mucha cantidad de oro, é dió otros muchos descargos por Cortés; y viendo su majestad la justicia clara que Cortés y todos nosotros los conquistadores teniamos, mandó proveer que le viniese á tomar la residencia persona que fuese de calidad y ciencia y temeroso de Nuestro Señor.
En aquella sazon estaba la córte en Toledo, y por teniente de corregidor del conde de Alcaudete un caballero que se decia el licenciado Luis Ponce de Leon, primo del mismo conde don Martin de Córdoba, que ansí se llamaba, porque en aquella sazon era corregidor de aquella ciudad; y su majestad mandó llamar á este licenciado Luis Ponce de Leon, y le mandó que fuese luego á la Nueva-España y tomase residencia á Cortés, y que si en algo fuese culpante de lo que le acusaban, que con rigor de justicia le castigase; y el licenciado Luis Ponce de Leon dijo que él cumpliria el Real mandato, y se comenzó á apercibir para el camino, y no vino con tanta priesa, porque tardó en llegar á Nueva-España más de dos años y medio.
Y dejallos hé aquí, ansí á los del bando del gobernador de Cuba, Diego Velazquez, que acusaban á Cortés, como al licenciado Luis Ponce de Leon, que se aderezaba para el viaje, como dicho tengo; y aunque vaya muy fuera de mi relacion y pase adelante, es por lo que agora diré, que al cabo de dos años alcanzamos á saber todo lo por mí aquí dicho de las cartas de Cortés y del Albornoz, porque lo escribió Martin Cortés de la córte; y para que sepan los curiosos letores cómo siempre tenia por costumbre el mismo Albornoz de escribir á su majestad lo que no pasó, bien ternán noticia las personas que han estado en la Nueva-España y en la ciudad de Méjico cómo en el tiempo que era virey D. Antonio de Mendoza, que fué muy ilustrísimo varon, digno de gran memoria, que haya santa gloria, y como gobernaba tan justificadamente y con tan recta justicia, el Rodrigo Albornoz no estaba bien con él y escribió á su majestad diciendo mal de su gobernacion, y las mismas cartas que envió á la córte volvieron á la Nueva-España á manos del mismo virey; y como las hubo entendido, y el mal que decia, envió á llamar al Rodrigo de Albornoz, y con palabras muy blandas y de espacio, que ansí hablaba vagoroso el virey, le mostró las cartas y le dijo:
—«Pues que teneis por costumbre de escribir á su majestad, escribid la verdad, y andad con Dios, para ruin hombre.»
Y quedó muy avergonzado y corrido el contador.
Dejemos de hablar de esta materia, y diré cómo Cortés, sin saber en aquella sazon cosa de todo lo pasado que en la córte se habia tratado con él, envió una armada contra Cristóbal de Olí á Honduras, y lo que pasó diré adelante.
CAPÍTULO CLXXIII.
CÓMO, SABIENDO CORTÉS QUE CRISTÓBAL DE OLÍ SE HABIA ALZADO CON LA ARMADA Y HABIA HECHO COMPAÑÍA CON DIEGO VELAZQUEZ, GOBERNADOR DE CUBA, ENVIÓ CONTRA ÉL Á UN CAPITAN QUE SE LLAMABA FRANCISCO DE LAS CASAS, Y LO QUE ENTÓNCES SUCEDIÓ DIRÉ ADELANTE.
He menester volver muy atrás de nuestra relacion para que bien se entienda.
Ya he dicho en el capítulo que dello habla, cómo Cortés envió á Cristóbal de Olí con una armada á las Higueras y Honduras, y se alzó con ella; é como Cortés supo que Cristóbal de Olí se habia alzado con la armada, con favor de Diego Velazquez, gobernador de Cuba, estaba muy pensativo; y como era animoso y no se dejaba mucho burlar en tales casos, y como ya habia hecho relacion dello á su majestad, como dicho tengo, en la carta que le escribió, y que entendia de ir ó enviar contra el Cristóbal de Olí á otros capitanes; en aquella sazon habia venido de Castilla á Méjico un caballero que se decia Francisco de las Casas, persona de quien se podia fiar, é su deudo de Cortés; acordó de enviar contra el Cristóbal de Olí cinco navíos bien artillados y bastecidos, y cien soldados, y entre ellos iban conquistadores de Méjico, de los que Cortés habia traido de la isla de Cuba en su compañía, que era un Pedro Moreno Medrano y un Juan Nuñez de Mercado y un Juan Bello, y otros que aquí no nombro, que murieron en el camino.
Pues ya despachado el Francisco de las Casas con poderes muy bastantes y mandamientos para prender al Cristóbal de Olí, salió del puerto de la Veracruz, con sus navíos buenos y abastecidos, y con sus pendones con las armas Reales, y con buen tiempo llegó á una bahía que llamaron el triunfo de la Cruz, donde el Cristóbal de Olí tenia su armada, y allí junto poblada una villa que se llamó Triunfo de la Cruz, y segun ya otras veces he dicho en el capítulo que dello habla; y como el Cristóbal de Olí vió aquellos navíos surtos en su puerto, puesto que el Francisco de las Casas mandó poner en sus navíos banderas de paz, no lo tuvo por cierto el Cristóbal de Olí, ántes mandó apercebir dos carabelas muy artilladas con muchos soldados, y les defendió el puerto para no les dejar saltar en tierra.
Y como aquello vió el de las Casas, que era hombre animoso, mandó sacar y echar á la mar sus bateles con muchos hombres apercebidos, y con unos tiros, falconetes y escopetas y ballestas, y él con ellos, con pensamiento de tomar tierra de una manera ó de otra, y el Cristóbal de Olí para defendella, tuvieron buena pelea, y el de las Casas echó una de las dos carabelas del contrario á fondo, y mató á cuatro soldados é hirieron á otros.
Y como vió el Cristóbal de Olí que no tenia allí todos los soldados, porque los habia enviado pocos dias habia en dos capitanías, á entrar en un rio que llaman de Pechin, á prender á otro capitan que estaba conquistando en aquella provincia, que se decia Gil Gonzalez de Ávila, porque aquel rio del Pechin caia en la gobernacion del Golfo-Dulce, y estaba aguardando por horas á sus gentes, acordó el Cristóbal de Olí de demandar partidos de paz al Francisco de las Casas, porque bien entendió el Cristóbal de Olí que si tomaba tierra, que habian de venir á las manos, y por tener soldados juntos demandó las paces.
Y el de las Casas acordó de estar aquella noche con sus navíos en la mar, apartado de tierra al reparo, ó esperando con intencion de se ir á otra bahía á desembarcar, y tambien porque cuando andaban las diferencias y pelea de la mar le dieron al de las Casas una carta secretamente que serian en su ayuda ciertos soldados de la parte de Cortés que estaban con el Cristóbal de Olí, y que no dejase de venir por tierra para prender al Cristóbal de Olí.
Pues estando con este acuerdo, fué la ventura tal de Cristóbal de Olí, y desdicha del de las Casas, que hubo aquella noche un viento norte muy recio, y como es travesía en aquella costa, dió con los navíos de Francisco de las Casas al través en tierra, de manera que se perdió cuanto traia y se ahogaron treinta soldados, y todos los demas fueron presos y estuvieron sin comer dos dias, muy mojados del agua salada, porque en aquel tiempo llovia mucho, y tuvieron trabajo y frio; y el Cristóbal de Olí estaba muy gozoso y triunfante por tener preso al Francisco de las Casas, y á los demas soldados que prendió les hizo luego jurar que siempre serian en su ayuda, y serian contra Cortés si viniese á aquella tierra en persona; y como hubieron jurado, los soltó de las prisiones; solamente tuvo preso al Francisco de las Casas; y dende á poco tiempo vinieron sus capitanes que habia enviado á prender á Gil Gonzalez de Ávila; que, segun pareció, el Gil Gonzalez de Ávila habia venido por gobernador y capitan de Golfo-Dulce, y habia poblado una villa que la nombraron San Gil de Buena-Vista, que estaba obra de una legua del puerto que agora llaman Golfo-Dulce, porque el rio del Chipin en aquel tiempo era poblado de buenos pueblos, y el Gil Gonzalez no tenia consigo sino muy pocos soldados, porque habian adolecido todos los más, é dejaba poblada con todos los soldados la misma villa de San Gil de Buena-Vista.
Y como el Cristóbal de Olí tuvo noticia dello, les envió á prender, y sobre no dejarse prender, le mataron ocho españoles de los de Gil Gonzalez y á un su sobrino, que se decia Gil de Ávila; y como el Cristóbal de Olí se vió con dos prisioneros que eran capitanes, estaba muy alegre y contento; y como tenia fama de esforzado, y ciertamente lo era por su persona, para que se supiese en todas las islas, lo escribió á la isla de Cuba á su amigo Diego Velazquez, y luego se fué dende el Triunfo de la Cruz la tierra adentro á un pueblo que en aquel tiempo estaba muy poblado, y habia otros muchos pueblos en aquella comarca; el cual pueblo se dice Naco, que agora está destruido él y todos los demas; y esto digo porque yo los vi y me hallé en ellos, y en San Gil de Buena-Vista y en el rio de Pichin y en el rio de Balama, y lo he andado en el tiempo que fuí con Cortés, segun más largamente lo diré cuando venga su tiempo y lugar.
Volvamos á nuestra relacion: que ya que el Cristóbal de Olí estaba de asiento en Naco con sus prisioneros y copia de soldados, dende allí enviaba á hacer entradas á otras partes, y envió por capitan á un Briones, el cual Briones fué uno de los primeros consejeros para que se alzara el Cristóbal de Olí, y de suyo era bullicioso, y aun tenia cortadas las asillas bajas de las orejas, y decia el mismo Briones que estando en una fortaleza siendo soldado se las habian cortado porque no se queria dar él ni otros capitanes; el cual Briones ahorcaron despues en Guatimala por revolvedor y amotinador de ejércitos.
Volvamos á nuestra relacion: pues yendo por capitan aquel Briones con gran copia de soldados, túvose fama en el real de Cristóbal de Olí que se habia alzado el Briones con todos los soldados que llevaba en su compañía, y se iba á la Nueva-España, y salió verdad.
Y viendo esto Francisco de las Casas y el Gil Gonzalez de Ávila, que estaban presos y hallaban tiempo oportuno para matar á Cristóbal de Olí, y como andaban sueltos sin prisiones, por no tenellos en nada, porque se tenia por muy valiente el Cristóbal de Olí, muy secretamente se concertaron con los soldados y amigos de Cortés que en diciendo: «¡Aquí del Rey, y Cortés en su real nombre, contra este tirano!» le diesen de cuchilladas.
Pues hecho este concierto, el Francisco de las Casas, medio burlando y riendo, le decia al Olí:
—«Señor capitan, soltadme; iré á la Nueva-España á hablar á Cortés y á dalle razon de mi desbarate, é yo seré tercero para que vuestra merced quede con esta gobernacion y por su capitan, y mire que es su hechura de Cortés; pues mi prision no hace á su caso, ántes le estorbo en las conquistas.»
Y el Cristóbal de Olí respondió que él estaba muy bien ansí, y que se holgaba de tener un tal varon en su compañía; y de que aquello vió el Francisco de las Casas le dijo:
—«Pues mire bien vuesamerced por su persona, que un dia ó otro tengo de procurar de le matar.»
Esto se lo decia medio burlando y riendo.
Y al Cristóbal de Olí no se le dió nada por lo que le decia, y teníalo como cosa de burla; y como el concierto que he dicho estaba hecho por los amigos de Cortés, estando cenando á una mesa y habiendo alzado los manteles, y se habian ido á cenar los maestresalas y pajes, y estaban delante Juan Nuñez de Mercado y otros soldados de la parte de Cortés que sabian el concierto, el Francisco de las Casas y el Gil Gonzalez de Ávila cada uno tenia escondido un cuchillo de escribanía muy agudos como navajas, porque ningunas armas se las dejaban traer; y estando platicando con el Cristóbal de Olí de las conquistas de Méjico y ventura de Cortés, y muy descuidado el Cristóbal de Olí de lo que le avino, el Francisco de las Casas le echó mano de las barbas y le dió por la garganta con el cuchillo, que le traia hecho como una navaja para aquel efecto, y juntamente con él, el Gil Gonzalez de Ávila y los soldados de Cortés de presto le dieron tantas heridas, que no se pudo valer, y como era muy recio é membrudo y de muchas fuerzas, se escabulló dando voces:
—«¡Aquí de los mios!»
Mas como todos estaban cenando, ó su ventura fué tal que no acudieron tan presto, se fué huyendo á esconder entre unos matorrales, creyendo que los suyos le ayudarian, y puesto que vinieron de presto muchos dellos á le ayudar, el Francisco de las Casas daba voces y apellidando:
—«¡Aquí del Rey é de Cortés contra este tirano; que ya no es tiempo de más sufrir sus tiranías!»
Pues como oyeron el nombre de su majestad y de Cortés, todos los que venian á favorecer la parte del Cristóbal de Olí no osaron defenderle, ántes luego les mandó prender el de las Casas; y despues de hecho, se pregonó que cualquiera persona que supiese de Cristóbal de Olí y no le descubriese, muriese por ello; y luego se supo dónde estaba y le prendieron, y se hizo proceso contra él, y por sentencia que entrambos á dos capitanes dieron, le degollaron en la plaza de Naco; y ansí murió por se haber alzado por malos consejeros, con ser hombre muy esforzado, é sin mirar que Cortés le habia hecho su maese de campo y dado muy buenos indios, y era casado con una portuguesa que se decia doña Filipa de Araujo, y tenia una hija en ella.
Y porque en el capítulo pasado tengo dicho el estatura de Cristóbal de Olí y facciones, y de qué tierra era y qué condicion tenia, en esto no diré más sino de que el Francisco de las Casas y Gil Gonzalez de Ávila se vieron libres, y su enemigo muerto, juntaron sus soldados, y entrambos á dos fueron capitanes muy conformes, y el de las Casas pobló á Trujillo y púsole aquel nombre porque era él natural de Trujillo de Extremadura; y el Gil Gonzalez envió mensajeros á San Gil de Buena-Vista, que dejaba poblada, á hacer saber lo que habia pasado, y á mandar á su teniente, que se decia Armenta, que se estuviesen poblados como los dejaba y no hiciesen alguna novedad, porque iba á la Nueva-España á demandar socorro é ayuda de soldados á Cortés, y que presto volveria.
Pues ya todo esto que he dicho concertado, acordaron entrambos capitanes de se venir á Méjico á hacer saber á Cortés todo lo acaecido.
Y dejallo hé aquí hasta su tiempo y lugar, y diré lo que Cortés concertó sin saber cosa ninguna de lo pasado que se hizo en Naco.
CAPÍTULO CLXXIV.
CÓMO HERNANDO CORTÉS SALIÓ DE MÉJICO PARA IR CAMINO DE LAS HIGUERAS EN BUSCA DE CRISTÓBAL DE OLÍ Y DE FRANCISCO DE LAS CASAS Y DE LOS DEMAS CAPITANES Y SOLDADOS; DÁSE CUENTA DE LOS CABALLEROS Y CAPITANES QUE SACÓ DE MÉJICO PARA IR EN SU COMPAÑÍA, Y DEL GRANDE APARATO Y SERVICIO QUE LLEVÓ HASTA LLEGAR Á LA VILLA DE GUACACUALCO, Y DE OTRAS COSAS QUE ENTÓNCES PASARON.
Como el capitan Hernando Cortés habia pocos meses que habia enviado al Francisco de las Casas contra el Cristóbal de Olí, como dicho tengo en capítulo pasado, parecióle que por ventura no habria buen suceso la armada que habia enviado, y tambien porque le decian que aquella tierra era rica de minas de oro, y á esta causa estaba muy codicioso, ansí por las minas, como pensativo en los contrastes que podrian acaecer á la armada, poniéndosele por delante las desdichas que en tales jornadas la mala fortuna suele acarrear; y como de su condicion era de gran corazon, habíase arrepentido por haber enviado al Francisco de las Casas, sino haber ido él en persona, y no porque no conocia muy bien que el que envió era varon para cualquiera cosa de afrenta.
Y estando en estos pensamientos, acordó de ir, y dejó en Méjico buen recaudo de artillería, ansí en las fortalezas como en las atarazanas, y dejó por gobernadores en su lugar como tenientes al tesorero Alonso de Estrada y al contador Albornoz, y si supiera de las cartas que al contador Albornoz hubo escrito á Castilla á su majestad diciendo mucho mal dél, no le dejara tal poder, y aun no sé yo cómo le aviniera por ello.
Y dejó por su alcalde mayor al licenciado Zuazo, ya otras muchas veces por mí nombrado, y por teniente de alguacil mayor y su mayordomo de todas sus haciendas á un Rodrigo de Paz, su deudo, y dejó el mayor recaudo que pudo en Méjico, y encomendó á todos aquellos oficiales de la hacienda de su majestad, á quien dejaba el cargo de la gobernacion, que tuviesen muy grande cuidado de la conversion de los naturales, y ansimismo lo encomendó á un fray Toribio Motolinea, de la órden del señor San Francisco, y al Padre fray Bartolomé de Olmedo, de mí tantas veces nombrado, fraile de la órden de nuestra Señora de la Merced, é que tenia mucha mano y estimacion en todo Méjico, é lo merecia, porque era muy buen fraile é religioso.
Y les encargó que mirasen no se alzase Méjico ni otras provincias; y porque quedase más pacífico y sin cabeceras de los mayores caciques, trajo consigo al mayor de Méjico, que se decia Guatemuz, otras muchas veces por mí memorado, que fué el que nos dió guerra cuando ganamos á Méjico, y tambien al señor de Tacuba, y á un Juan Velazquez, capitan del mismo Guatemuz, y á otros muchos principales, y entre ellos á Tapiezuela, que era muy principal; y aun de la provincia de Mechoacan trajo otros caciques, y á doña Marina la lengua, porque Jerónimo de Aguilar ya habia fallecido.
Y trajo en su compañía muchos caballeros y capitanes vecinos de Méjico, que fueron Gonzalo de Sandoval, que era alguacil mayor, y Luis Marin y Francisco Marmolejo, Gonzalo Rodriguez de Ocampo, Pedro de Ircio, Avalos y Saavedra, que eran hermanos, y un Palacios Rubios, y Pedro de Saucedo el Romo, y Jerónimo Ruiz de la Mora, Alonso de Grado Santa Cruz, burgalés; Pedro de Solís Casquete, que ansí le llamábamos; Juan Jaramillo, Alonso Valiente, y un Navarrete y un Serna, y Diego de Mazariegos, primo del tesorero, y Gil Gonzalez de Benavides, y Hernan Lopez de Ávila y Gaspar de Garnica, y otros muchos que no se me acuerdan sus nombres; y trajo á fray Juan de las Varillas el de Salamanca, fraile de la Merced, y un clérigo y dos frailes franciscos, flamencos, buenos teólogos, que predicaban, y trajo por mayordomo á un Carranza y por maestresala á Juan de Iasso y á un Rodrigo Mañueco, y por botiller á Cervan Bejarano, y por repostero á un Fulano de San Miguel, que solia vivir en Guaxaca; por despensero á un Guinea, que ansimismo fué vecino de Guaxaca; y trajo grandes vajillas de oro y de plata, y quien tenia cargo de la plata era un Tello de Medina, y por camarero un Salazar, natural de Madrid; por médico á un licenciado Pero Lopez, vecino que fué de Méjico, y cirujano á maese Diego de Pedraza, y otros muchos pajes, y uno dellos era don Francisco de Montejo, el cual fué capitan en Yucatan el tiempo andando, no digo al adelantado su padre; y dos pajes de lanza, que el uno se decia Puebla, y ocho mozos de espuelas, y dos cazadores halconeros, que se decian Perales y Garcicaro y Álvaro Montañés; y llevó cinco chirimías y sacabuches y dulzainas, y un volteador, y otro que jugaba de manos y hacia títeres, y caballerizo Gonzalo Rodriguez de Ocampo, y acémilas con tres acemileros españoles, y una gran manada de puercos, que venian comiendo por el camino; y venian con los caciques que dicho tengo sobre tres mil indios mejicanos con sus armas de guerra, sin otros muchos que eran de su servicio de aquellos caciques.
É ya que estaba Cortés de partida para venir su viaje, viendo el factor Salazar y el veedor Chirinos, que quedaban en Méjico, que no les dejaba Cortés cargo ninguno ni se hacia tanta cuenta dellos como quisieran, acordaron de se hacer muy amigos del licenciado Zuazo y de Rodrigo de Paz y de todos los amigos y viejos conquistadores de Cortés que quedaban en Méjico, y todos juntos le hicieron un requirimiento á Cortés que no salga de Méjico, sino que gobierne la tierra, y le ponen por delante que se alzará toda la Nueva-España, y sobre ello pasaron grandes pláticas y respuestas de Cortés á los que le hacian el requirimiento; y de que no le pudieron convencer á que se quedase, dijo el factor y el veedor que le querian venir á servir y acompañarle hasta Guacacualco, que por allí era su viaje.
Pues ya partidos de Méjico de la manera que he dicho, saber yo decir los grandes recebimientos y fiestas que en todos los pueblos por donde pasaban se les hacia, fuera cosa maravillosa; y más se le juntaron en el camino de otros cincuenta soldados y gente estravagante, nuevamente venidos de Castilla, y Cortés les mandó ir por dos caminos hasta Guacacualco, porque para todos juntos no habria tantos bastimentos.
Pues yendo por sus jornadas el factor, Gonzalo de Sandoval y el veedor, íbanle haciendo mil servicios á Cortés, en especial el factor, que cuando con Cortés hablaba estaba la gorra quitada hasta el suelo, y con muy grandes reverencias y palabras delicadas y de grande amistad, y con retórica muy subida, le iba diciendo que se volviese á Méjico y no se pusiese en tan largo y trabajoso camino, y poniéndole por delante muchos inconvenientes; y aun algunas veces por le complacer iba cantando por el camino junto á Cortés, y decia en los cantares:
—«Ay tio, volvámonos; ay tio, volvámonos;»
Y respondia Cortés cantando:
—«Adelante, mi sobrino; adelante, mi sobrino, y no creais en agüeros; que será lo que Dios quisiere; adelante, mi sobrino,» etc.
Dejemos de hablar en el factor y de sus blandas y delicadas palabras, y diré cómo en el camino, en un pueblezuelo de un Ojeda el tuerto, cerca de otro pueblo que se dice Orizaba, se casó Juan Jaramillo con doña Marina la lengua delante de testigos.
Pasemos adelante, y diré cómo iban camino de Guacacualco, y llegan á un pueblo grande que se dice Guazpaltepeque, que era de la encomienda de Gonzalo de Sandoval, y como lo supimos en Guacacualco, que venia Cortés con tanto caballero, ansí alcalde mayor como capitanes, y todo el cabildo y regidores, fuimos treinta y tres leguas á le recebir y dalle el parabien-venido, como quien va á ganar beneficio; y esto digo aquí para que vean los curiosos letores é otras personas cuán tenido y aun temido estaba Cortés, porque no se hacia más de lo que él queria, ahora sea bueno ó malo; y dende Guazpaltepeque fué caminando á nuestra villa, y en un rio grande que hay en el camino comenzó á tener contrastes, porque al pasar se le trastornaron tres canoas y se le perdió cierta plata y ropa, y aun al Juan Jaramillo se le perdió la mitad de su fardaje, y no se pudo saber cosa ninguna á causa que estaba el rio lleno de lagartos muy grandes; y dende allí fuimos á un pueblo que se dice Uluta, y hasta llegar á Guacacualco le fuimos acompañando, y todo por poblado; y quiero decir el gran recaudo de canoas que teniamos ya mandado que estuviesen aparejadas y atadas de dos en dos en el gran rio junto á la villa, que pasaban de trecientas.
Pues el gran recebimiento que le hicimos con arcos triunfales y con ciertas emboscadas de cristianos é moros, y otros grandes regocijos é invenciones de fuegos, y le aposentamos lo mejor que pudimos, ansí á Cortés como á todos los que traia en su compañía; y estuvo allí seis dias, y siempre el factor le iba diciendo que se volviese del camino que iba, y que mirase á quién dejaba en su poder; que tenia al contador por muy revoltoso y doblado, amigo de novedades, y que el tesorero se jactanciaba que era hijo del Rey católico, y que no sentia bien de algunas cosas de pláticas que en ellos vió que hablaban en secreto despues que les dió el poder, y aun de ántes; y demas desto, ya en el camino tenia Cortés cartas que enviaba dende Méjico diciendo mal de su gobernacion de los que dejaba, y dello avisaban al factor sus amigos; y sobre ello decia el factor á Cortés que tambien sabria él gobernar, y el veedor que allí estaba delante, como los que dejaba en Méjico, y se le ofrecieron por muy servidores; y decia tantas cosas melosas y con tan amorosas palabras, que le convenció para que le diese poder al factor y al veedor Chirinos para que fuesen gobernadores, y fué con esta condicion: que si viesen que el Estrada y el Albornoz no hacian lo que debian al servicio de nuestro Señor y de su majestad, gobernasen ellos solos.
Estos poderes fueron causa de muchos males y revueltas que hubo en Méjico, como diré de que haya pasado cuatro capítulos é hayamos hecho un muy trabajoso camino, y hasta le haber acabado y estar en una villa que se llama Trujillo no contaré en esta relacion lo acaecido en Méjico; pero diré que el padre fray Bartolomé de Olmedo y los frailes de San Francisco murmuraban de Cortés porque habia dado estos poderes, y decian que plegue á Dios no haya Cortés arrepentimiento dello; y no decian muy mal, como luego veremos; pero poco importó que ellos lo murmurasen, que no hacia Cortés mucha monta dellos, aunque eran buenos frailes, porque no les tenia tanta voluntad como al padre fray Bartolomé de Olmedo, que era siempre su consejero.
Pero dejemos esto, y diré que cuando se despidieron el factor y el veedor de Cortés para se volver á Méjico, ¡con cuántos cumplimientos y abrazos! Y tenia el factor una manera como de sollozos, que parecia que queria llorar al despedirse, y con sus provisiones en el seno de la manera que él las quiso notar, y el secretario, que se decia Alonso Valiente, que era su amigo, las hizo.
Vuélvense para Méjico, y con ellos Hernan Lopez de Ávila, que estaba malo de dolores y tullido de bubas, y dejémosles ir su camino; que no tocaré en esta relacion en cosa ninguna de los grandes alborotos y zizañas que en Méjico hubo, hasta su tiempo y lugar, desque hubiéremos llegado con Cortés todos los caballeros por mí nombrados, con otros muchos que salimos de Guacacualco, y hasta que ya hayamos hecho esta tan trabajosa jornada, que estuvimos en punto de nos perder, segun adelante diré: y porque en una sazon acaecen dos ó tres cosas, y por no quebrar el hilo de lo uno por decir de lo otro, acordé de seguir el de nuestro trabajosísimo camino.
CAPÍTULO CLXXV.
DE LO QUE CORTÉS ORDENÓ DESPUES QUE SE VOLVIÓ EL FACTOR Y VEEDOR Á MÉJICO, Y DEL TRABAJO QUE LLEVAMOS EN EL LARGO CAMINO, Y DE LOS GRANDES PUENTES QUE HICIMOS, Y HAMBRE QUE PASAMOS EN DOS AÑOS Y TRES MESES QUE TARDAMOS EN ESTE VIAJE.
Despues de despedidos el factor y el veedor, lo primero que mandó Cortés fué escribir á la Villa-Rica á un su mayordomo, que se decia Simon de Cuenca, que cargase dos navíos que fuesen de poco porte, de bizcocho de maíz, porque en aquella sazon no se cogia pan de trigo en Méjico, y seis pipas de vino y aceite y vinagre y tocinos, herraje, y otras cosas de bastimentos, y mandó que se fuesen costa á costa del norte, y que le escribiria y haria saber dónde habia de aportar, y que el mismo Simon de Cuenca viniese por capitan; y luego mandó que todos los vecinos de Guacacualco fuésemos con él, que no quedaron sino los dolientes.
Ya he dicho otras veces que estaba poblada aquella villa de los conquistadores más antiguos de Méjico, y todos los más hijosdalgo, que se habian hallado en las conquistas pasadas de Méjico, y en el tiempo que habiamos de reposar de los grandes trabajos y procurar de haber algunos bienes y granjerías, nos mandó ir jornada de más de quinientas leguas, y toda la más tierra por donde íbamos de guerra, y dejamos perdido cuanto teniamos, y estuvimos en el viaje más de dos años y tres meses.
Pues volviendo á nuestra plática, ya estábamos todos apercebidos con nuestras armas y caballos, que no le osábamos decir de no; é ya que alguno se lo decia, por fuerza le hacia ir; y éramos por todos, ansí los de Guacacualco como los de Méjico, sobre ducientos y cincuenta soldados, y los ciento y treinta de á caballo, y los demas escopeteros y ballesteros, sin otros muchos soldados nuevamente venidos de Castilla; y luego me mandó á mí que fuese por capitan de treinta españoles y de tres mil indios mejicanos, y fuese á unos pueblos que estaban de guerra, que se decian Cimatan, é que en aquellos pueblos mantuviese los tres mil indios mejicanos, y si los naturales de aquella provincia estuviesen de paz ó se viniesen á someter al servicio de su majestad, que no les hiciese enojo ni fuerza ninguna, salvo mandar dar de comer á aquellas gentes; y si no quisiesen venir, que los enviase á llamar tres veces de paz, de manera que lo entendiesen muy bien, é por ante un escribano que iba conmigo é testigos; y si no quisiesen venir, que les diese guerra, y para ello me dió poder y sus instrucciones, las cuales tengo hoy dia firmadas de su nombre y de su secretario Alonso Valiente; y ansí hice aquel viaje como lo mandó, quedando de paz aquellos pueblos; mas dende á pocos meses, como vieron que quedaban pocos españoles en Guacacualco, é íbamos los conquistadores con Cortés, se tornaron á alzar, y luego salí con mis soldados españoles é indios mejicanos al pueblo donde Cortés mandó que saliese, que se decia Iquinuapa.
Volvamos á Cortés y á su viaje: que salió de Guacacualco y fué á Tonala, que hay ocho leguas, y luego pasó un rio en canoas y fué á otro pueblo que se dice el Ayagualulco, y pasó otro rio en canoas, y dende el Ayagualulco pasó siete leguas de allí un estero que entra en el mar, y le hicieron una puente que habia de largo cerca de medio cuarto de legua; cosa espantosa cómo la hicieron en el estero, porque siempre Cortés enviaba adelante dos capitanes de los vecinos de Guacacualco, y uno dellos se decia Francisco de Medina, hombre diligente, que sabia muy bien mandar á los naturales desta tierra.
Pasada aquella gran puente, fué por unos pueblezuelos, hasta llegar á otro gran rio que se dice Mazapa, que es el que viene de Chiapa, que los marineros llaman rio de dos bocas; allí tenian muchas canoas atadas de dos en dos; y pasado aquel gran rio, fué por otros pueblos, adonde yo salí con mi compañía de soldados, que se dice Iquinapa, como dicho tengo, y dende allí pasó otro rio en puentes que hicimos de maderos, y luego un estero, y llegó á otro gran pueblo que se dice Copilco, y dende allí comienza la provincia que llaman la Chontalpa, y estaba toda muy poblada y llena de huertas de cacao, y muy de paz; y dende Copilco pasamos por Nacaxuxuica, y llegamos á Zagutan, y en el camino pasamos otro rio por canoas.
Aquí se le perdió á Cortés cierto herraje; y este pueblo cuando á él allegamos estaba de paz, y luego á la noche se fueron huyendo los moradores dél, y se pasaron de la parte de un gran rio entre unas ciénagas, y mandó Cortés que les fuésemos á buscar por los montes, que fué cosa bien inconsiderada é sin provecho aquello que mandó, y los soldados que los fuimos á buscar pasamos aquel gran rio con harto trabajo, y trujimos siete principales y gente menuda; mas poco aprovecharon, que luego se volvieron á huir, y quedamos solos y sin guias.
En aquella sazon vinieron allí los caciques de Tabasco con cincuenta canoas cargadas de maíz y bastimento; tambien vinieron unos indios de los pueblos de mi encomienda que en aquella sazon yo tenia, é trajeron cargadas ciertas canoas de bastimentos; los cuales pueblos se dicen Teapan; é fuimos á Tepetitan é Iztapa, y en el camino habia un rio muy caudaloso que se dice Chilapa, y estuvimos cuatro dias en hacer barcas.
Yo dije á Cortés que el rio arriba, por relacion que tenia, habia un pueblo que se dice Chilapa, que es del nombre del mismo rio, que seria bien enviar cinco indios de los que traiamos por guias en una canoa quebrada que allí hallamos, y les enviase á decir que trajesen canoas; y con los cinco indios fué un soldado, y como se lo dije á Cortés; y ansí lo mandó; y fueron el rio arriba é toparon dos caciques que traian seis grandes canoas y bastimento, y con aquellas canoas y barcas pasamos, y estuvimos cuatro dias en el pasaje; y dende allí fuimos á Tepetitan, y hallámosle despoblado y quemadas las casas; y segun supimos, habíanles dado guerra otros pueblos y llevado mucha gente cautiva, y quemado el pueblo de pocos dias pasados, y en todos los tres dias que anduvimos de camino, despues de pasado el rio de Chilapa, era muy cenagoso, y atollaban los caballos hasta las cinchas, y habia muy grandes campos.
Y desde allí fuimos á otro pueblo que se dice Iztapa, y de miedo se fueron los indios, y se pasaron de la parte de otro rio muy caudaloso, y fuímoslos á buscar, y trajimos los caciques y muchos indios con sus mujeres y hijos, y Cortés las habló con halagos, y mandó que les volviésemos cuatro indias y tres indios que les habiamos tomado en los montes; y en pago dello, y de buena voluntad, trajeron presentadas, á Cortés ciertas piezas de oro de poca valía; y estuvimos en este pueblo tres dias, porque habia buena yerba para los caballos y mucho maíz, y decia Cortés que era buena tierra para poblar allí una villa; porque tenia nueva que en los rededores, habia buenas poblaciones para servicio de la tal villa.
Y en este pueblo de Iztapa se informó Cortés de los caciques y mercaderes de los naturales del mismo pueblo, el camino que habiamos de llevar; y aun les mostró Cortés un paño de nequen que traia de Guacacualco, donde venian señalados todos los pueblos del camino; por donde habiamos de ir hasta Huyacala, que en su lengua se dice la Gran Acala, porque habia otro pueblo que se decia Acala la Chica; y allí dijeron que en todo lo más de nuestro camino habia muchos rios y esteros, y para llegar á otro pueblo que se dice Tamaztepeque habia otros tres rios y un gran estero, y que habiamos de estar en el camino tres jornadas; y desque aquello entendió Cortés é supo de los rios, les rogó que fuesen todos los caciques á hacer puentes y llevasen canoas, y no lo hicieron; y con maíz tostado y otras legumbres hicimos mochila para los tres dias, creyendo que era como lo decian, y por echarnos de sus casas dijeron que no habia más jornada, y habia siete jornadas, y hallamos los rios sin puentes ni canoas, y hubimos de hacer una puente de muy gruesos maderos, por donde pasaron los caballos, y todos nuestros soldados y capitanes fuimos en cortar la madera y acarrealla, y los mejicanos ayudando lo que podian; y estuvimos en hacella tres dias, que no teniamos qué comer sino yerbas y unas raices de unas que llaman en esta tierra quecuexque, montesinas, las cuales nos abrasaron las lenguas y bocas.
Pues ya pasado aquel esteron, no hallábamos camino ninguno, y hubimos de abrirle con las espadas á manos, y anduvimos dos dias por el camino que abrimos, creyendo que iba derecho al pueblo; y una mañana tomamos el mismo camino que abrimos y desque Cortés lo vió, queria reventar de enojo, y como oyó él murmurar del mal que decian dél y aun de su viaje, con la gran hambre que habia, y que no miraba más de su apetito, sin pensar bien lo que hacia, y que era mejor que nos volviésemos para Méjico que no morir todos de hambre.
Pues otra cosa habia, que eran los montes muy altos en demasía y espesos, y á mala vez podiamos ver el cielo, pues ya que quisieron subir en algunos árboles para atalayar la tierra, no vian cosa ninguna, segun eran muy cerradas todas las montañas; y las guias que traiamos las dos huyeron, y la otra que quedaba estaba malo, que no sabia dar razon de camino ni de otra cosa; y como Cortés en todo era diligente, y por falta de solicitud no se descuidaba, traiamos una aguja de marear, y á un piloto que se decia Pedro Lopez, y con el dibujo del paño que traiamos de Guacacualco, donde venian señalados los pueblos, mandó Cortés que fuésemos con el aguja por los montes, y con las espadas abriamos caminos hácia el leste, que era la señal del paño donde estaba el pueblo; y aun dijo Cortés que si otro dia estábamos sin dar en pueblo, que no sabia qué hiciésemos; y muchos de nuestros soldados, y aun todos los más, deseábamos volvernos á la Nueva-España; y todavía seguiamos nuestra derrota por los montes, y quiso Dios que vimos unos árboles antiguamente cortados, y luego una vereda chica, é yo y el Pedro Lopez, que íbamos delante abriendo camino con otros soldados, volvimos á decir á Cortés que se alegrase, que habia estancias; con lo cual todo nuestro ejército tomó mucho contento; y ántes de llegar á las estancias estaba un rio y ciénagas, mas con harto trabajo lo pasamos de presto, y dimos en el pueblo, que aquel dia se habia despoblado, y hallamos muy bien de comer maíz y frisoles y otras legumbres; y como íbamos muertos de hambre, dímonos buena hartazga, y aun los caballos se reformaron, y por todos muchas gracias á Dios; y ya en el camino se habia muerto el volteador que llevábamos, ya por mí nombrado, y otros tres españoles de los recien venidos de Castilla; pues indios de los de Mechoacan y mejicanos morian muchos, é otros muchos caian malos y se quedaban en el camino como desesperados.
Pues como estaba despoblado aquel pueblo, y no teniamos lengua ni quien nos guiase, mandó Cortés que fuésemos dos capitanes por los montes y estancias á los buscar, y en unas canoas que estaban en un gran rio junto al pueblo fueron otros soldados y dieron con muchos indios de aquel pueblo, y con buenas palabras y halagos vinieron sobre treinta dellos, y todos los más caciques y papas; y Cortés les habló amorosamente con doña Marina, y trajeron mucho maíz y gallinas, y señalaron el camino que habiamos de llevar hasta otro pueblo que se dice Izguatepeque, el cual estaba tres jornadas, que serian diez y seis leguas; y ántes de llegar á él estaba otro pueblo sujeto deste Tamaztepeque, donde salimos.
Ántes que pase más adelante, quiero decir que con gran hambre que traiamos, así españoles como mejicanos, pareció ser que ciertos caciques de Méjico apañaron dos ó tres indios de los pueblos que dejábamos atrás, y traíanlos escondidos con sus cargas, á manera y trage como ellos, y con la hambre, en el camino los mataron y los asaron en hornos que para ello hicieron debajo de tierra y con piedras, como en su tiempo lo solian hacer en Méjico, y se los comieron; y asimismo habian apañado las dos guias que traimos, que se habian huido, y se los comieron; y alcanzólo á saber Cortés, y mandó llamar á los caciques mejicanos, y riñó malamente con ellos, que si otra tal hacian que los castigaria; y predicó un Fraile francisco de los que traiamos, cosas muy santas y buenas; y de que hubo acabado el sermon, mandó Cortés por justicia quemar á un indio mejicano por la muerte de los indios que comieron, puesto que supo que todos eran culpantes en ello, porque pareciese que hacia justicia, y que él no sabia de otros culpantes sino el que quemó.
Dejemos de contar muy por extenso otros muchos trabajos que pasábamos, y cómo las chirimías y sacabuches y dulzainas que Cortés traia, que otra vez he hecho memoria dellos, como en Castilla eran acostumbrados á regalos y no sabian de trabajos y con la hambre habian adolecido y no le daban música, excepto uno, y renegábamos todos los soldados de lo oir, y deciamos que parecian zorros ó adibes que aullaban, que más valiera tener maíz que comer que música.
Volvamos á nuestra relacion, y diré cómo algunas personas me han preguntado que cómo habiendo tanta hambre como dicho tengo, por que no comiamos la manada de los puercos que traian para Cortés, pues á la necesidad de hambre no hay ley; y viendo la hambre que habia, que Cortés los habia de mandar repartir por todos en tales tiempos.
Á esto digo que ya habia echado fama uno que venia por dispensero y mayordomo de Cortés, que se decia Guinea y era hombre doblado, y hacia en creyente que en los rios al pasar dellos los habian comido tiburones y lagartos; y porque no los viésemos venian siempre cuatro jornadas atrás rezagados; y demas desto, para tantos soldados como éramos, para un dia no habia en todos ellos, y á esta causa no se comieron; y demas desto, para no enojar á Cortés.
Dejemos esta plática, y diré que siempre por los pueblos y caminos por donde pasábamos dejábamos puestas cruces donde habia árboles para se labrar, en especial ceibas, y quedaban señaladas las cruces, y son más fijas hechas en aquellos árboles que no de maderos, porque crece la corteza y quedan más perfectas, y quedaban cartas en partes que las pudiesen leer, y decia en ellas: «Por aquí pasó Cortés en tal tiempo;» y esto se hacia porque si viniesen otras personas en nuestra busca supiesen cómo íbamos adelante.
Volvamos á nuestro camino para ir á Ciguatepecad, que fueron con nosotros sobre veinte indios de aquel pueblo de Tamaztepeque, y nos ayudaron á pasar dos rios y en barcas y canoas, y aun fueron por mensajeros á decir á los caciques del pueblo donde íbamos que no hubiesen miedo, que no los hariamos ningun enojo; y así, aguardaron en sus casas muchos dellos; y lo que allí pasó diré adelante.
CAPÍTULO CLXXVI.
CÓMO DESQUE HUBIMOS LLEGADO AL PUEBLO DE CIGUATEPECAD ENVIÓ CORTÉS POR CAPITAN Á FRANCISCO DE MEDINA PARA QUE, TOPANDO Á SIMON DE CUENCA, VINIESEN CON LOS DOS NAVÍOS YA OTRA VEZ POR MÍ MEMORADOS AL TRIUNFO DE LA SANTA CRUZ, AL GOLFO-DULCE, Y DE LO QUE MÁS PASÓ.
Pues como hubimos llegado á este pueblo que dicho tengo, Cortés halagó mucho á los caciques y principales y les dió buenos chalchinuíes de Méjico, y se informaron á qué parte salia un rio muy caudaloso y recio que junto á aquel pueblo pasaba, y le dijeron que iba á dar en unos esteros donde habia una poblacion que se dice Gueyatasta, y que junto dél estaba otro gran pueblo que dice Xicalango; parecióle á Cortés que seria bien luego enviar dos españoles en canoas para que saliesen á la costa del Norte y supiesen del capitan Simon de Cuenca y sus dos navíos, que habia mandado cargar de vituallas para el camino que dicho tengo, y escribióle haciéndole saber nuestros trabajos y que saliese por la costa adelante; y despues de bien informado cómo podria ir por aquel rio hasta las poblaciones por mí dichas, envió dos españoles, y el más principal dellos, que ya le he nombrado otras veces, se decia Francisco de Medina, y dióle poder para ser capitan, juntamente con el Simon de Cuenca, que este Medina era muy diligente y tenia lengua de toda la tierra, y este fué el soldado que hizo levantar el pueblo de Chamula cuando fuimos con el capitan Luis Marin á la conquista de Chiapa, como dicho tengo en el capítulo que dello habla; y valiera más que tal poder nunca le diera Cortés, por lo que en adelante acaeció, y es, que fué por el rio abajo hasta que llegó adonde el Simon de Cuenca estaba con sus dos navíos en lo de Xicolango, esperando nuevas de Cortés, y despues de dadas las cartas de Cortés, presentó sus provisiones para ser capitan, y sobre el mandar tuvieron palabras entrambos capitanes, de manera que vinieron á las armas, y de la parte del uno y del otro murieron todos los españoles que iban en el navío, que no quedaron sino seis ó siete; y cuando vieron los indios de Xicalango é Gueyatasta aquella revuelta, dan en ellos y acabáronlos de matar á todos, é queman los navíos, que nunca supimos cosa ninguna dellos hasta de ahí á dos años y medio.
Dejemos más de hablar en esto, y volvamos al pueblo donde estábamos, que se dice Ciguatepecad, y diré cómo los indios principales dijeron á Cortés que habia dende allí á Gueyacala tres jornadas y que en el camino habia de pasar dos rios, y el uno dellos era muy hondo y ancho, y luego habia unos malos tremedales y grandes ciénagas, y que si no tenia canoas que no podria pasar caballos ni aun ninguno de su ejército; y luego Cortés envió á dos soldados con tres indios principales de aquel pueblo para que se lo mostrasen y tanteasen el rio y ciénagas, y viesen de qué manera podriamos pasar, é que trajesen buena relacion dellos; y llamábanse los soldados que envió, Martin García, y era valenciano y alguacil de nuestro ejército, y el otro se decia Pedro de Ribera; y el Martin García, que era á quien más se lo encomendó Cortés, vió los rios, y con unas canoas chicas que tenian en el mismo rio lo vió, y miró que con hacer puentes podria pasar, y no curó de ver las malas ciénagas que estaban una legua adelante; y volvió á Cortés y le dijo que con hacer puentes podrian pasar, creyendo que las ciénagas no eran trabajosas, como despues las hallamos; y luego Cortés me mandó á mí y á un Gonzalo Mejía, y mandó que fuésemos con ciertos principales de Ciguatepecad á los pueblos de Acala, y que halagásemos á los caciques y con buenas palabras los atrajésemos para que no huyesen, porque aquella poblacion de Acala eran sobre veinte pueblezuelos, dellos en tierra firme y otros en unas como isletas, y todo se andaba en canoas por rios y esteros; y llevamos con nosotros los tres indios de los de Ciguatepecad por guias, y la primera noche que dormimos en el camino se nos huyeron, que no osaron ir con nosotros; porque, segun despues supimos, eran sus enemigos y tenian guerra unos con otros; y sin guias hubimos de ir, y con trabajos pasamos las ciénagas; y llegados al primer pueblo de Acala, puesto que estaban alborotados y parecia estar de guerra, con palabras amorosas y con dalles unas cuetas les halagamos, y les rogamos que fuesen á Ciguatepecad á ver á Malinche y le llevasen de comer.
Pareció ser que el dia que llegamos á aquel pueblo no sabian nuevas ningunas de cómo habia venido Cortés y que traia mucha gente, así de á caballo como mejicanos, é otro dia tuvieron nueva de indios mercaderes del gran poder que traia, y los caciques mostraron más voluntad de enviar comida que cuando llegamos, y dijeron que cuando hubiese llegado á aquellos pueblos le servirian y harian lo que pudiesen en dalle de comer, y en cuanto ir adonde estaba, que no querian ir, porque eran sus enemigos.
Pues estando que estábamos en estas pláticas con los caciques, vinieron dos españoles con cartas de Cortés, en que me mandaba que con todo el bastimento que pudiese haber saliese de allí á tres dias de camino con ello, por causa que ya le habian despoblado toda la gente de aquel pueblo donde le habia dejado, y me hizo saber que venia ya camino de Acala, y que no habia traido maíz ninguno ni lo hallaba, y que pusiese mucha diligencia en los caciques no se ausentasen; y tambien los españoles que me trajeron las cartas me dijeron cómo Cortés habia enviado el rio arriba de Ciguatepecad cuatro españoles, y los tres dellos de los nuevamente venidos de Castilla, en canoas, á demandar bastimento á otros pueblos que decian que estaban allí cerca, y que no habian vuelto y que creian que los habian muerto, y así salió verdad.
Volvamos á Cortés, que comenzó de caminar, y en dos dias llegó al gran rio que ya otras veces he dicho, y luego puso mucha diligencia en hacer una puente, y fué con tanto trabajo y con maderos gruesos y grandes que, despues de hecha, se admiraron los indios de Acala del haber de tal manera puesto los maderos, y estúvose en hacer cuatro dias; y como salió Cortés del pueblo ya otras veces por mí nombrado con todos sus soldados, no traian maíz ni bastimento, y con los cuatro dias que estuvo en el camino pasaron muy gran hambre é trabajo, é lo peor de todo, que no sabian si adelante ternian maíz ó si estaba de paz aquella provincia; aunque algunos soldados viejos se remediaban con cortar árboles muy altos que parecen palmas, que tienen por fruta unas al parecer de nueces muy encarceladas, y aquellas asaban y quebraban y comian.
Dejemos de hablar en esta hambre, y diré cómo la misma noche que acabaron de hacer la puente llegué yo con mis tres compañeros y con ciento y treinta cargas de maíz y ochenta gallinas y miel y frisoles y sal, y otras frutas, y como llegué de noche ya que escurecia, estaban todos los más soldados aguardando el bastimento, porque ya sabian que yo habia ido á lo traer; y Cortés les decia á los capitanes y soldados que tenia esperanza en Dios que presto tendrian todos de comer, pues que yo habia ido á Acala para traello, si no me habian muerto los indios, como mataron á los otros cuatro españoles que envió á buscar comida.
É volviendo á nuestra materia: así como llegué con el maíz y bastimento á la puente, como era de noche, cargaron todos los soldados dello y lo tomaron todo, que no dejaron á Cortés ni á ningun capitan ni á Sandoval cosa ninguna, con dar voces:
—«Dejadlo, que es para el capitan Cortés.»
Y asimismo su mayordomo Carranza, que así se llamaba, y el despensero Guinea daban voces y se abrazaban con el maíz, que les dejasen siquiera una carga; y como era de noche, decíanle los soldados:
—«Buenos puercos habeis comido vosotros y Cortés, y nos habeis visto morir de hambre é no nos dábades nada dellos.»
Y no curaban de cosa que les decian, sino que todo se lo apañaban.
Pues como Cortés supo que se lo habian tomado y que no le dejaron cosa ninguna, renegaba de la paciencia y pateaba, y estaba tan enojado, que decia que queria hacer pesquisa y castigar á quien se lo tomó, é dijeron lo de los puercos que comió.
Y como vió y consideró que el enojo era por demas y dar voces en desierto, me mandó llamar á mí, y muy enojado me dijo que cómo puse tal cobro en el bastimento.
Yo le dije que procurara su merced de enviar adelante guardias para ello, y aunque él en persona estuviera guardándolo, se lo tomaran, porque le guarde Dios de la hambre, que no tiene ley; y como vió que no habia remedio ninguno, y que tenia mucha necesidad, me halagó con palabras melosas, estando delante el capitan Gonzalo de Sandoval, y me dijo:
—«Oh señor hermano Bernal Diaz del Castillo, por amor de mí, que si dejastes algo escondido en el camino, que partais conmigo, que bien creido tengo de vuestra buena diligencia que traeríades para vos y para vuestro amigo Sandoval.»
Y como vi sus palabras y de la manera que lo dijo, hube lástima dél; y tambien Sandoval me dijo:
—«Pues yo juro á tal, tampoco tengo un puño de maíz de que tostar y hacer cacalote.»
Y entónces concerté y dije que conviene que esta noche al cuarto de la modorra, despues que esté reposado el real, vamos por doce carros de maíz y veinte gallinas y tres jarros de miel y frisoles y sal, y dos indias para hacer pan, que me dieron en aquellos pueblos para mí, y hemos de venir de noche, que nos lo arrebatarán en el camino los soldados, y esto hemos de partir entre vuestra merced y Sandoval y yo é mi gente; y él se holgó en el alma y me abrazó; y Sandoval dijo que queria ir aquella noche conmigo por el bastimento, y lo trajimos, con que pasaron aquella hambre, y tambien le dí una de las dos indias á Sandoval; é preguntó Cortés si los frailes tenian qué comer, é yo le respondí que cuidaba Dios mejor dellos que él, porque todos los soldados les daban de lo que habian tomado por la noche, é que no moririan de hambre.
He traido aquí esto á la memoria para que vean en cuánto trabajo se ponen los capitanes en tierras nuevas; que á Cortés, que era muy temido, no le dejaron maíz que comer, y que el capitan Sandoval no quiso fiar de otro la parte que le habia de caber, que él mismo fué conmigo por ello, teniendo muchos soldados que pudiera enviar.
Dejemos de contar del gran trabajo del hacer de la puente y de la hambre pasada, y diré cómo obra de una legua adelante dimos en las ciénagas muy malas, y eran de tal manera, que no aprovechaba poner maderos ni ramos ni hacer otra manera de remedios para poder pasar los caballos, que atollaban todo el cuerpo sumido en las grandes ciénagas, que creimos no escapar ninguno dellos, sino que todos quedarian allí muertos; y todavía porfiamos de ir adelante, porque estaba obra de medio tiro de ballesta tierra firme y buen camino, y como iban los caballos con tanto trabajo y se hizo un callejon por la ciénaga de lodo y agua, que pasaron sin tanto riesgo de se quedar muertos, puesto que iban á veces medio á nado entre aquella ciénaga y el agua; pues ya llegados en tierra firme, dimos gracias á Dios por ello, y luego Cortés me mandó que con brevedad volviese á Acala y que pusiese gran recaudo en los caciques que estuviesen de paz, y que luego enviase al camino bastimento; y así lo hice, que el mismo dia que llegué á Acala de noche envié tres españoles que iban conmigo con más de cien indios cargados de maíz é otras cosas; y cuando Cortés me envió por ello, dije que mirase que él en persona lo aguardase, no lo tomasen como la otra vez; y así lo hizo, que se adelantó con Sandoval y Luis Marin, y lo hubieron todo y lo repartieron; y otro dia, á obra de mediodia llegaron á Acala, y los caciques le fueron á dar el bienvenido y le llevaron bastimento; y dejallo he aquí, y diré lo que más pasó.
CAPÍTULO CLXXVII.
DE EN LO QUE CORTÉS ENTENDIÓ DESPUES DE LLEGADO Á ACALA, Y CÓMO EN OTRO PUEBLO MÁS ADELANTE, SUJETO AL MISMO ACALA, MANDÓ AHORCAR Á GUATEMUZ, QUE ERA GRAN CACIQUE DE MÉJICO, Y Á OTRO CACIQUE QUE ERA SEÑOR DE TACUBA, Y LA CAUSA POR QUÉ; Y OTRAS COSAS QUE ENTÓNCES PASARON.
Desque Cortés hubo llegado á Gueyacala, que así se llamaba, y los caciques de aquel pueblo le vinieron de paz, y les habló con doña Marina la lengua de tal manera que al parecer se holgaban, y Cortés les daba cosas de Castilla, y trajeron maíz y bastimento, y luego mandó llamar todos los caciques, y se informó dellos del camino que habiamos de llevar, y les preguntó que si sabian de otros hombres como nosotros con barbas y caballos, y si habian visto navíos ir por la mar; y dijeron que ocho jornadas de allí habia muchos hombres con barbas y mujeres de Castilla y caballos, y tres acales (que en su lengua acales llaman á los navíos); de la cual nueva se holgó Cortés de saber; y preguntando por los pueblos y camino por donde habiamos de ir, todo se lo trujeron figurado en unas mantas, y aun los rios y ciénagas y atolladeros; y les rogó que en los rios pusiesen puentes y llevasen canoas, pues tenia mucha gente y eran grandes poblaciones; y los caciques dijeron que, puesto que eran sobre veinte pueblos, que no les querian obedecer todos los más dellos, en especial unos que estaban entre unos rios, y que era necesario que luego enviase de sus teules, que así nos llamaban á los soldados, á les hacer traer maíz y otras cosas, y que les mandase que los obedeciesen, pues que eran sus sujetos.
Y como aquello entendió Cortés, luego mandó á un Diego de Mazariegos, primo del tesorero Alonso de Estrada, que quedaba por gobernador en Méjico, que porque viese y conociese que Cortés tenia mucha cuenta de su persona, que le hacia honra de envialle por capitan á aquellos pueblos y á otros comarcanos; cuando le envió, secretamente le dijo que porque él no entendia muy bien las cosas de la tierra, por ser nuevamente venido de Castilla, y no tenia tanta experiencia por ser en cosa de indios, que me llevase á mí en su compañía, y lo que yo le aconsejase no saliese dello; y así lo hizo, y no quisiera escribir esto en esta relacion, porque no pareciese que me jactanciaba dello; y no lo escribiera, sino porque fué público en todo el real, y aun despues lo vi escrito de molde en unas cartas y relaciones que Cortés escribió á su majestad, haciéndole saber todo lo que pasaba y del viaje de Honduras, y por esta causa lo escribo.
Volvamos á nuestra materia. Fuimos con el Mazariegos hasta ochenta soldados en canoas que nos dieron los caciques, y cuando hubimos llegado á las poblaciones, todos de buena voluntad nos dieron de lo que tenian, y trajimos sobre cien canoas de maíz é bastimento y gallinas y miel y sal, y diez indias que tenian por esclavas, y vinieron los caciques á ver á Cortés; de manera que todo el Real tuvo muy bien que comer, y dentro de cuatro dias se huyeron todos los más caciques, que no quedaron sino tres guias, con los cuales fuimos nuestro camino y pasamos dos rios, el uno en puentes, que luego se quebraron al pasar, y el otro en barcas, y fuimos á otro pueblo sujeto al mismo Acala, y estaba ya despoblado, y allí buscamos comida y maíz que tenian escondido por los montes.
Dejemos de contar nuestros trabajos y caminos, y digamos cómo Guatemuz, gran cacique de Méjico, y otros principales mejicanos que iban con nosotros, habian puesto en plática, ó lo ordenaban, de nos matar á todos y volverse á Méjico, y llegados á su ciudad, juntar sus grandes poderes y dar guerra á los que en Méjico quedaban, y tornarse á levantar; y quien lo descubrió á Cortés fueron dos grandes caciques mejicanos, que se decian Tapia y Juan Velazquez; este Juan Velazquez fué capitan general de Guatemuz cuando nos dieron guerra en Méjico.
Y como Cortés lo alcanzó á saber, hizo informaciones sobre ello, no solamente de los dos que lo descubrieron, sino de otros caciques que eran en ello, y lo que confesaron era que, como nos vian ir por el camino descuidados y descontentos, y que muchos soldados habian adolecido, y que siempre nos faltaba la comida, y que ya se habian muerto de hambre cuatro chirimías y el volteador y otros cinco soldados, y tambien se habian vuelto otros tres soldados camino de Méjico, y se iban á su aventura por los caminos por donde habian venido, y que más querian morir que ir adelante; que seria bien que cuando pasásemos algun rio ó ciénaga dar en nosotros, porque eran los mejicanos sobre tres mil y traian sus armas y lanzas, y algunos con espadas.
El Guatemuz confesó que así era como lo habian dicho los demas; empero que no salió dél aquel concierto, y que no sabe si todos fueron en ello ó se efectuaria, y que nunca tuvo pensamiento de salir con ello, sino solamente la plática que sobre ello hubo; y el cacique de Tacuba dijo que entre él y Guatemuz habian dicho que valía más morir de una vez que morir cada dia en el camino, viendo la gran hambre que pasaban sus macechuelas y parientes.
Y sin haber más probanzas, Cortés mandó ahorcar al Guatemuz y al señor de Tacuba, que era su primo, y ántes que los ahorcasen, los frailes franciscos y el mercenario fueron esforzándolos y encomendando á Dios con la lengua doña Marina; y cuando le ahorcaron dijo el Guatemuz:
—«¡Oh capitan Malinche! Dias habia que yo tenia entendido é habia conocido tus falsas palabras, que esta muerte me habias de dar, pues yo no me la dí cuando te entregaste en mi ciudad de Méjico: ¿por qué me matas sin justicia? Dios te lo demande.»
El señor de Tacuba dijo que daba por bien empleada su muerte por morir junto con su señor Guatemuz.
Y ántes que los ahorcasen los fué confesando fray Juan el mercenario, que sabia, como dicho he, algo de la lengua, y los caciques les rogaban les encomendasen á Dios, que eran para indios buenos cristianos, y creian bien é verdaderamente; é yo tuve gran lástima del Guatemuz y de su primo, por habelles conocido tan grandes señores, y aun ellos me hacian honra en el camino en cosas que se me ofrecian, especial en darme algunos indios para traer yerba para mi caballo.
Y fué esta muerte que les dieron muy injustamente dada, y pareció mal á todos los que íbamos aquella jornada.
Volvamos á ir nuestro camino con gran concierto, por temor que los mejicanos, viendo ahorcar á su señor, no se alzasen; mas traian tanta mala ventura de hambre y dolencia, que no se les acordaba dello; y despues que los hubieron ahorcado, segun dicho tengo, luego fuimos camino de otro pueblezuelo, y ántes de entrar en él pasamos un rio bien hondable en barcas, y hallamos el pueblo sin gente, que aquel dia se habian ido, é buscamos de comer por las estancias, é hallamos ocho indios que eran Sacerdotes de ídolos, y de buena voluntad se vinieron á su pueblo con nosotros, é Cortés les habló con doña Marina para que llamasen sus vecinos, y que no hubiesen miedo y que trujesen de comer; y ellos dijeron á Cortés que le rogaban que mandase que no les llegasen á unos ídolos que estaban junto á la casa donde Cortés posaba, é que le traerian comida y harian lo que pudiesen; y Cortés dijo que él haria lo que decian, é que no llegarian á cosa ninguna; mas que para qué querian aquellas cosas de ídolos, que son de barro y de maderos viejos, y que eran cosas malas, que les engañaban; y tales cosas les predicó con los frailes y doña Marina, que respondieron muy bien á lo que les decian, que los dejarian, y trajeron veinte cargas de maíz y unas gallinas; y Cortés se informó dellos que si sabian qué tantos soles de allí habia hombres con barbas como nosotros, y caballos; y dijeron que siete soles, que se decia el pueblo donde estaban los de á caballo Nito, y que ellos irian por guias hasta otro pueblo, y que habiamos de dormir una noche en despoblado ántes de llegar á él; y Cortés les mandó hacer una cruz en un árbol muy grande, que se dice ceiba, que está junto á las casas adonde tenian los ídolos.
Tambien quiero decir que, como Cortés andaba mal dispuesto, y aun muy pensativo y descontento del trabajoso camino que llevábamos, é como habia mandado ahorcar á Guatemuz é su primo el señor de Tacuba sin tener justicia para ello, é habia cada dia hambre, é que adolescian españoles é morian muchos mejicanos, pareció ser que de noche no reposaba de pensar en ello, y salíase de la cama donde dormia á pasear en una sala adonde habia ídolos, que era aposento principal de aquel pueblezuelo, adonde tenian otros ídolos, y descuidóse y cayó más de dos estados abajo y se descalabró la cabeza, y calló, que no dijo cosa buena ni mala sobre ello, salvo curarse la descalabradura, y todo se lo pasaba y sufria.
É otro dia muy de mañana proseguimos á caminar con nuestras guias, y sin acontecer cosa que de contar sea, fuimos á dormir cabe un estero y cerca de unos montes muy altos; é otro dia fuimos por nuestro camino, é á hora de Misa mayor llegamos á un pueblo nuevo, y en aquel dia se habia despoblado y metido en unas ciénagas, y eran nuevamente hechas las casas y de pocos dias, y tenian en el pueblo hechas albarradas de maderos gruesos, y todo cercado de otros maderos muy recios, y hechas caras hondas ántes de la entrada en él, y dentro dos cercas, la una como barbacana, y con sus cubos y troneras; y tenian á otra parte por cerca unas peñas muy altas, llenas de piedras hechizas á mano, con grandes mamparos; y por otra parte una gran ciénaga, que era fortaleza.
Pues desque hubimos entrado en las casas hallamos tantos gallos de papada y gallinas cocidas, como los indios las comen, con sus ajíes y pan de maíz, que se dice entre ellos tamales, que por una parte nos admirábamos de cosa tan nueva, y por otra nos alegrábamos con la mucha comida, y dió que pensar en tan nuevo caso; y tambien hallamos una gran casa llena de lanzas chicas y arcos y flechas, y buscamos por los rededores de aquel pueblo si habia maizales y gente, y no habia ninguna, ni aun grano de maíz.
Estando desta manera, vinieron hasta quince indios que salieron de las ciénagas, que eran principales de aquel pueblo, y pusieron las manos en el suelo y besaron la tierra, y dicen á Cortés medio llorando que le piden por merced que aquel pueblo ni cosa alguna no se la quemen, porque son nuevamente venidos allí á hacerse fuertes por causa de sus enemigos, que me parece que dijeron que se decian lacandones, porque les han quemado y destruido dos pueblos en tierra llana, adonde vivian, y les han robado y muerto mucha gente; los cuales pueblos habiamos de ver abrasados adelante por el camino adonde habiamos de ir, que están en tierra muy llana; y allí dieron cuenta cómo y de qué manera les daban guerra; y la causa porque eran sus enemigos; é Cortés les preguntó que cómo tenian tanto gallo y gallinas á cocer; y dijeron que por horas aguardaban á sus enemigos, que les habian de venir á dar guerra, é que si les vencian, les habian de tomar sus haciendas y gallos y llevalles cautivos; que porque no lo hubiesen ni gozasen se lo querian ántes comer; y que si ellos les desbarataban á los enemigos, que irian á sus pueblos y les tomarian sus haciendas; y Cortés dijo que le pesaba dello y de su guerra, y por ir de camino no lo podia remediar.
Llamábase aquel pueblo, y otras grandes poblaciones por donde otro dia pasamos, los Mazatecas, que quiere decir en su lengua los pueblos ó tierras de venados; y tuvieron razon de ponelles aquel nombre, por lo que adelante diré.
Y desde allí fueron con nosotros dos indios dellos, y nos fueron mostrando sus poblaciones quemadas, y dieron relacion á Cortés cómo estaban los españoles adelante.
Y dejallo he aquí, y diré cómo otro dia salimos de aquel pueblo, y lo que más hubo en el camino.
CAPÍTULO CLXXVIII.
CÓMO SEGUIMOS NUESTRO VIAJE, Y LO QUE EN ELLO NOS AVINO.
Como salimos del pueblo cercado, que ansí le llamábamos de allí adelante, entramos en bueno y llano camino, y todo cabanas y sin árboles, y hacia un sol tan caluroso y recio, que otro mayor resistero no habiamos tenido en el camino.
É yendo por aquellos campos rasos, habia tantos de venados y corrian tan poco, que luego los alcanzábamos á caballo, por poco que corríamos tras ellos, y se mataron sobre veinte; y preguntando á las guias que llevábamos que cómo corrian tan poco aquellos venados, y no se espantaban de los caballos ni de otra cosa ninguna, dijeron que en aquellos pueblos, que ya he dicho que se decian los Mazatecas, que los tienen por sus dioses, porque les ha parecido en su figura, y que les mandó su ídolo que no les maten ni espanten, y que ansí lo han hecho, y que á esta causa no huyen, y en aquella caza, á un pariente de Cortés, que se decia Palacios Rubios, se le murió un caballo porque se le derritió la manteca en el cuerpo con el gran calor y corrió mucho.
Dejemos la caza, y digamos que luego llegamos á las poblaciones quemadas, que era mancilla verlo todo destruido é quemado.
É yendo por nuestras jornadas, como Cortés siempre enviaba adelante corredores del campo á caballo y sueltos peones, alcanzaron dos indios naturales de otro pueblo que estaba adelante, por donde habiamos de ir, que venian de caza y cargados de un gran leon y muchas iguanas, que son de hechura de sierpes chicas, que en estas partes ansí las llaman, iguanas, que son muy buenas de comer; y les preguntaron que si estaba cerca su pueblo, y dijeron que sí y que ellos guiarian hasta el pueblo, y estaba en una isleta cercada de agua dulce, que no podiamos pasar por la parte que íbamos sino en canoas, y rodeamos poco más de media legua; y tenian paso, que daba el agua hasta la cinta, y hallámosle poblado con la mitad de los vecinos, porque los demas se habian dado buena priesa á esconder con sus haciendas entre unos carrizales, donde tenian cerca sus sementeras, donde durmieron muchos de nuestros soldados que se quedaron en los maizales, y tuvieron bien de cenar y se bastecieron para otros dias; y hallamos en el pueblo un gran lago de agua dulce, y tan lleno de pescados grandes, que parecian como sábalos muy desabridos, que tienen muchas espinas, y con unas mantas viejas y con redes rotas que hallamos en aquel pueblo, porque ya estaba despoblado, se pescaron todos los peces que habia en el agua, que eran más de mil; y allí buscamos guias, las cuales se tomaron en unas labranzas; y de que Cortés les hubo hablado con doña Marina que nos encaminasen á los pueblos adonde habia hombres con barbas y caballos, se alegraron como no les haciamos mal ninguno; y dijeron que ellos nos mostrarian el camino de buena voluntad, que de ántes creian que los queriamos matar; y fueron cinco dellos con nosotros por un camino bien ancho, y miéntras más adelante íbamos se iba ensangostando, á causa de un gran rio y estero que allí cerca estaba, que parece ser en él se embarcaban y desembarcaban en canoas, é iban por agua al pueblo donde habiamos de ir, que se dice Tayasal, el cual está en una isleta cerca de agua, é si no es en canoas no pueden entrar en él por tierra, y blanqueaban las casas y adoratorios de más de dos leguas que se parecian, y era cabecera de otros pueblos chicos que allí cerca están.
Volvamos á nuestra relacion: que como vimos que el camino ancho que de ántes traiamos se habia vuelto en vereda muy angosta, bien entendimos que por el estero se mandaban, é ansí nos lo dijeron los guias que traiamos; acordamos de dormir cerca de unos altos montes, y aquella noche fueron cuatro capitanías de soldados por las veredas que salian al estero, á tomar guias, y quiso Dios que se tomaron dos canoas con diez indios y dos mujeres, y traian las canoas cargadas con maíz y sal, y luego los llevaron á Cortés, y les halagó y habló muy amorosamente con la lengua doña Marina, y dijeron que eran naturales del pueblo que estaba en la isleta, y que estaria de allí, á lo que señalaban, obra de cuatro leguas; y luego Cortés mandó que se quedase con nosotros la mayor canoa y cuatro indios y las dos mujeres, y la otra canoa envió al pueblo con seis indios y dos españoles, á rogar al Cacique que traiga canoas al pasar del rio, y que no se le haria ningun enojo, y le envió unas cuentas de Castilla, y luego fuimos nuestro camino por tierra hasta el gran rio, y la una canoa fué por el estero hasta llegar al rio; é ya estaba el Cacique con otros muchos principales aguardando al pasaje con cinco canoas, y trujeron cinco gallinas y maíz, y Cortés les mostró gran voluntad; y despues de muchos buenos razonamientos que hubo de los caciques á Cortés, acordó de ir con ellos á su pueblo en aquellas canoas, y llevó consigo treinta ballesteros; y llegado á las casas, le dieron de comer y poco oro bajo y de poca valía, y unas mantas, y le dijeron que habia españoles así como nosotros en dos pueblos, que el uno ya he dicho que se decia Nito, que es el San Gil de Buena-Vista, al Golfo-Dulce; y agora le dan nuevas que hay otros muchos españoles en Naco, y que habrá del un pueblo al otro diez dias de camino, y que el Nito es en la costa del Norte y el Naco en la tierra adentro; y Cortés nos dijo que por ventura el Cristóbal de Olí habia repartido su gente en dos villas; que entónces no sabiamos de los de Gil Gonzalez de Ávila, que pobló á San Gil de Buena-Vista.
Volvamos á nuestro viaje, que todos pasamos aquel gran rio en canoas, y dormimos obra de dos leguas de allí, y no anduvimos más porque aguardamos á Cortés que viniese del pueblo, y como vino, mandó que dejásemos en aquel pueblo un caballo morcillo, que estaba malo de la caza de los venados y se le habia derretido el unto en el cuerpo y no se podia tener; y en este pueblo se huyó un negro y dos indias naborías, y se quedaron tres españoles, que no se echaron ménos hasta de ahí á tres dias; que más querian quedar entre enemigos que venir con tanto trabajo con nosotros.
Este dia estuve yo muy malo de calenturas y del gran sol que se me habia entrado en la cabeza, porque ya he dicho otra vez que entónces hacia recio sol; y bien se pareció, porque luego comenzó á llover tan recias aguas, que en tres dias y noches no dejó de llover; y no nos paramos en el camino, porque aunque quisiéramos aguardar que hiciera buen tiempo, no teniamos bastimento de maíz, y por temor no faltase íbamos caminando.
Volvamos á nuestra relacion: que desde á dos dias dimos en una sierrezuela de unas piedras que cortaban como navajas; y puesto que fueron nuestros soldados á buscar otros caminos para dejar aquella sierra de los pedernales, más de una legua á una parte é á otra no hallaron otro camino, sino pasar por el que íbamos; é hicieron tanto daño aquellas piedras á los caballos, que como llovia resbalaban y caian, y cortábanse piernas y brazos y aun en los cuerpos, y miéntras más abajábamos, peor era, porque ya era la bajada de la sierrezuela; allí se nos quedaron ocho caballos muertos, y los más que escaparon dejarretados; y se le quebró una pierna á un soldado que se decia Palacios Rubios, deudo de Cortés; y cuando nos vimos fuera de la sierra de los Pedernales, que así la llamábamos desde allí adelante, dimos muchas gracias y loores á Dios.
Pues ya que llegábamos cerca de un pueblo que se dice Taica, íbamos gozosos creyendo hallar bastimentos, y ántes de llegar á él venia un rio de una sierra entre grandes peñascos y derrumbaderos, y como habia llovido tres dias y tres noches, venia tan furioso y con tanto ruido, que bien se oia á dos leguas, por caer entre grandes peñas; y demas desto, venia muy hondo, y pasalle era por demas, y acordamos de hacer una puente desde unas peñas á otras, y tanta priesa nos dimos en tenella hecha, con árboles muy gruesos, que en tres dias comenzamos á pasar para ir al pueblo; y como estuvimos allí los tres dias haciendo la puente, los indios naturales del pueblo tuvieron lugar de esconder el maíz y todo el bastimento y ponerse en cobro, que no los podiamos hallar en todos los rededores; y con la hambre, que ya nos aquejaba, estábamos todos como atónitos, pensando en la comida é trabajos.
Yo digo que verdaderamente nunca habia sentido tanto dolor en mi corazon como entónces, viendo que no tenia de comer ni qué dar á mi gente, y estar con calenturas, puesto que con diligencia lo buscábamos más de dos leguas del pueblo en todos los rededores; y esto era víspera de Pascua de la Resurreccion de nuestro Salvador Jesucristo.
Miren los letores qué Pascua podiamos tener sin comer, que con maíz fuéramos muy contentos.
Pues como aquesto vió Cortés, luego envió de sus criados y mozos de espuelas, con las guias, á buscar por los montes y barrancos maíz: el primer dia de Pascua trujieron obra de una hanega; y como vió la gran necesidad, mandó llamar ciertos soldados, todos los más vecinos de Guacacualco, y entre ellos me nombró á mí, y nos dijo que nos rogaba mucho que trastornásemos toda la tierra y buscásemos de comer, que ya viamos en qué estado estaba todo el real; y en aquella sazon estaba delante de Cortés, cuando nos lo mandaba, Pedro de Ircio, que hablaba mucho, y dijo que le suplicaba que le enviase por nuestro capitan, y le dijo Cortés:
—«Id en buen hora.»
Y como aquello yo entendí, y sabia que Pedro de Ircio no podia andar á pié, y nos habia de estorbar ántes que ayudar, secretamente dije á Cortés, y al capitan Sandoval que no fuese Pedro de Ircio, que no podia andar por los lodos y ciénagas con nosotros, porque era paticorto y no era para ello, sino para mucho hablar, y que no era para ir á entradas; que se pararia ó sentaria en el camino de rato en rato.
Y luego mandó Cortés que se quedase, y fuimos cinco soldados con dos guias por unos rios bien hondos, y despues de pasados los rios, dimos en unas ciénagas, y luego en unas estancias, donde estaba recogida toda la mayor parte de gente de aquel pueblo, y hallamos cuatro casas llenas de maíz y muchos frisoles y sobre treinta gallinas, y melones de la tierra, que se dicen en estas tierras ayotes, y apañamos cuatro indios y tres mujeres, y tuvimos buena Pascua, y esa noche llegaron á aquellas estancias sobre mil mejicanos que mandó Cortés que fuesen tras nosotros y nos siguiesen porque tuviesen de comer; y todos muy alegres cargamos á los mejicanos todo el maíz que pudieron llevar, y que Cortés lo repartiese, y tambien le enviamos veinte gallinas para Cortés y Sandoval, y los indios y las indias, y quedamos guardando dos casas de maíz, no las quemasen ó llevasen de noche los naturales del pueblo; y luego otro dia pasamos más adelante con otras guias, y topamos otras estancias, y habia maíz y gallinas, y otras cosas de legumbres, y luego hice tinta, y en un cuero de atambor escribí á Cortés que enviase muchos indios, porque habia hallado otras estancias con maíz; y como le envié las indias y los indios y lo por mí dicho, y lo supieron en todo el real, otro dia vinieron sobre treinta soldados y más de quinientos indios, y todos llevaron recaudo, y desta manera, gracias á Dios, se proveyó el real; y estuvimos en aquel pueblo cinco dias, y ya he dicho que se dice Taica.
Dejemos desto, y quiero decir que, como hicimos esta puente, y en todos los caminos hicimos las grandes puentes, y despues que aquellas tierras y provincias estuvieron de paz, los españoles que por aquellos caminos estaban y pasaban, y hallaban algunas de las puentes sin se haber deshecho al cabo de muchos años, y los grandes árboles que en ellas poniamos, se admiran dello, y suelen decir agora: «Aquí son las puentes de Cortés;» como si dijesen, las columnas de Hércules.
Dejémonos de estas memorias, pues no hacen á nuestro caso, y digamos cómo fuimos por nuestro camino á otro pueblo que se dice Tania, y estuvimos en llegar á él dos dias, y hallámosle despoblado y buscamos de comer, y hallamos maíz é otras legumbres, mas no muy abastado; y fuimos por los rededores dél á buscar camino, y no le hallábamos, sino todos rios y arroyos, y las guias que habiamos traido del pueblo que dejamos atrás se huyeron una noche á ciertos soldados que las guardaban, que eran de los recien venidos de Castilla, que pareció ser se durmieron; y de que Cortés lo supo, quiso castigar á los soldados por ello, y por ruegos los dejó, y entónces envió á buscar guias y camino, y era por demas hallarlo por tierra enjuta, porque todo el pueblo estaba cercado de rios y arroyos, y no se podian tomar ningunos indios ni indias; y demas desto, llovia á la contina, y no nos podiamos valer de tanta agua, y Cortés y todos nosotros estaban espantados y penosos de no saber ni hallar camino por donde ir, y entónces muy enojado dijo Cortés á Pedro de Ircio y á otros capitanes, que eran los de Méjico:
—«Agora querria yo que hubiese quien dijese que queria ir á buscar guias ó camino, y no dejallo todo á los vecinos de Guacacualco.»
Y Pedro de Ircio, como oyó aquellas palabras, se apercibió con seis soldados, sus conocidos y amigos, y fué por una parte, y un Francisco Marmolejo, que era persona de calidad, con otros seis soldados, por otra parte, y un Santa Cruz, burgalés, regidor que fué de Méjico, fué por otra con otros soldados, y anduvieron todos tres dias, y puesto que fueron á una parte y á otra, no hallaron camino ni guias, sino todo agua y arroyos y rios, y cuando hubieron venido sin recaudo ninguno, queria reventar Cortés de enojo, y dijo al Sandoval que me dijese á mí el gran trabajo en que estábamos, y que me rogase de su parte que fuese á buscar guias y camino; y esto lo dijo con palabras amorosas y á manera de ruegos, por causa que supo cierto que yo estaba malo, como dicho tengo, que aún tenia calenturas; y aun me habian apercibido ántes que á Sandoval, me hallase para ir con Francisco Marmolejo, que era mi amigo, y dije que no podia ir por estar malo y cansado, que siempre me daban á mí el trabajo, y que enviasen á otro.
Y luego vino Sandoval otra vez á mi rancho, y me dijo por ruegos que fuese con otros dos compañeros, los que yo escojiese, porque decia Cortés que, despues de Dios, en mí tenia confianza que traeria recaudo; y puesto que yo estaba malo, no le pude perder vergüenza, y demandé que fuese conmigo un Hernando de Aguilar y un Hinojosa, hombres que sabia que eran de sufrir trabajo; y salimos, y fuimos por unos arroyos abajo, y fuera de los arroyos, en el monte habia unas señales de ramas cortadas, y seguimos aquel rastro más de una legua, y luego salimos del arroyo, y dimos en unos ranchos pequeños, despoblados de aquel dia, y seguimos el mismo rastro, y desde léjos en una cuesta vimos unos maizales y una casa, y sentimos gente en ella; y como era ya puesta del sol, estuvimos en el monte hasta buen rato de la noche, que nos pareció que debian de dormir los moradores de aquellas milpas, y muy callando dimos presto en la casa y prendimos tres indios y dos mujeres mozas y hermosas para ser indias, y una vieja, y tenian dos gallinas y un poco de maíz y trujimos el maíz y gallinas con los indios é indias, y muy alegres volvimos al real; y cuando Sandoval lo supo, que fué el primero que estaba aguardando en el camino sobre tarde, de gozo no podia caber, y fuimos delante de Cortés, que lo tuvo en más que si le dieran otra buena cosa.
Entónces dijo Sandoval á Pedro de Ircio si tuvo Bernal Diaz del Castillo razon el otro dia cuando fué á buscar maíz, en decir que no queria ir sino con hombres sueltos, y no con quien vaya todo el camino muy de espacio, contando lo que le acaeció al conde de Urueña y á don Pedro Jiron, su hijo (porque estos cuantos decia el Pedro de Ircio muchas veces); no teneis razon de decir que él os revolvia con el señor capitan é conmigo; é todos se rieron dello; y esto dijo el Sandoval porque el Pedro de Ircio estaba mal conmigo; y luego Cortés me dió las gracias por ello y dijo:
—«Siempre tuve que habia de traer recaudo.»
Quiero dejar destas alabanzas, pues son vaciadizas, que no traen provecho ninguno; que otros las dijeron en Méjico cuando contaban deste trabajoso viaje.
Volvamos á decir que Cortés se informó de las guias y de las dos mujeres, y todos conformaron que por un rio abajo habiamos de ir á un pueblo que está de allí dos dias de camino: el nombre del pueblo se decia Oculizti, que era de más de ducientas casas, y estaba despoblado de pocos dias pasados; é yendo por nuestro rio abajo, topamos unos grandes ranchos, que eran de indios mercaderes, donde hacian jornada, y allí dormimos; y otro dia entramos en el mismo rio y arroyo, y fuimos obra de media legua por él, y dimos en buen camino, y á aquel pueblo de Coliste llegamos aquel dia, y habia mucho maíz y legumbres, y en una casa de adoratorios de ídolos se halló un bonete viejo colorado y un alparagate ofrecido á los ídolos; y ciertos soldados que fueron por las barrancas trujeron á Cortés dos indios viejos y cuatro indias que se tomaron en los maizales de aquel pueblo, y Cortés les preguntó con nuestra lengua doña Marina por el camino, y qué tanto estaban de allí los españoles, y dijeron que dos dias, y que no habia poblado ninguno hasta allá, y que tenian las casas junto á la costa de la mar; y luego incontinenti mandó Cortés á Sandoval que fuese á pié con otros seis soldados, y que saliese á la mar, y que de una manera ú de otra procurase saber é inquirir si eran muchos españoles los que allí estaban poblados con Cristóbal de Olí, porque en aquella sazon no creiamos que hubiese otro capitan en aquella tierra: y esto queria saber Cortés para que diésemos sobre Cristóbal de Olí de noche si allí estuviese, ó prendelle á él ó á sus soldados.
Y el Gonzalo de Sandoval fué con los seis soldados, y tres indios por guias, que para ello llevaba de aquel pueblo de Oculizti; é yendo por la costa del Norte, vió que venia por la mar una canoa á remo y con la vela, y se escondió de dia en un monte, porque vieron venir la canoa con los indios mercaderes, y venia costa á costa, y traian mercaderías de sal y de maíz, é iban á entrar en el rio grande del Golfo-Dulce, y de noche la tomaron en un ancon que era puerto de canoas, y en la misma canoa se metió el Sandoval con dos compañeros y con los indios remeros que traia la misma canoa y con las tres guias, y se fué costa á costa, y los demas soldados se fueron por tierra, porque supo que estaba cerca el rio grande, y llegados que hubieron cerca del rio grande, quiso la ventura que habian venido aquella mañana cuatro vecinos de la villa, que estaba poblada, y un indio de Cuba, de los de Gil Gonzalez de Ávila, en una canoa, y pasaron de la parte del rio á buscar una fruta que llaman zapotes para comer asados, porque en la villa donde estaban pasaban mucha hambre y estaban todos los más dolientes, y no osaban salir á buscar bastimentos á los pueblos, porque les habian dado guerra los indios cercanos y muerto diez soldados despues que los dejó allí Gil Gonzalez de Ávila.
Pues estando derrocando los de Gil Gonzalez los zapotes del árbol, y estaban encima del árbol los dos hombres, cuando vieron venir la canoa por la mar, en que venia Gonzalo de Sandoval; y sus compañeros se espantaron y admiraron de cosa tan nueva, y no sabian si huir, si esperar; y como llegó Sandoval á ellos les dijo que no hubiesen miedo, y así, estuvieron quedos y muy espantados; y despues de bien informados el Sandoval y sus compañeros de los españoles cómo y de qué manera estaban allí poblados los de Gil Gonzalez de Ávila, del mal suceso de la armada del de las Casas, que se perdió, y cómo Cristóbal de Olí los tuvo presos al de las Casas y al Gil Gonzalez de Ávila, y cómo degollaron en Naco á Cristóbal de Olí por sentencia que dieron contra él, y cómo eran partidos para Méjico, y supieron quién y cuántos estaban en la villa, y la gran hambre que pasaban, y cómo habia pocos dias que habian ahorcado en aquella villa al teniente capitan que les dejó allí el Gil Gonzalez de Ávila, que se decia Armenta, y por qué causa le ahorcaron, que fué porque no les dejaba ir á Cuba.
Acordó Sandoval de llevar luego aquellos hombres á Cortés, y no hacer novedad ni ir á la villa sin él, para que de sus personas fuese informado; y entónces un soldado que se decia Alonso Ortiz, vecino que despues fué de una villa que se dice San Pedro, suplicó á Sandoval que le hiciese merced de darle licencia para adelantarse una hora para llevar las nuevas á Cortés y á todos los que con él estábamos, porque le diésemos albricias, y así lo hizo; de las cuales nuevas se holgó Cortés y todo nuestro Real, creyendo que allí acabáramos de pasar tantos trabajos como pasábamos, y se nos doblaron mucho más, segun adelante diré; é á Alonso Ortiz, que llevó estas nuevas, Cortés le dió luego un caballo muy bueno rosillo, que llaman Cabeza de Moro, y todos le dimos de lo que entónces teniamos; y luego llegó el capitan Sandoval con los soldados y el indio de Cuba, y dieron relacion á Cortés de todo lo por mí dicho, y de otras muchas cosas que les preguntaba, y cómo tenian en aquella villa un navío que estaban calafateando en un puerto obra de media legua de allí, el cual tenian para se embarcar todos en él é irse á Cuba, y que porque no les habia dejado embarcar el teniente Armenta le ahorcaron, y tambien porque mandaba dar garrote á un clérigo que revolvia la villa, y alzaron por teniente á un Antonio Nieto en lugar del Armenta, que ahorcaron.
Dejemos de hablar de las nuevas de los dos españoles, y digamos los lloros que en su villa se hicieron viendo que no volvian aquella noche los vecinos y el indio de Cuba, que habian ido á buscar la fruta, que creyeron que indios los habian muerto, ó tigres ó leones, y el uno de los vecinos era casado, y su mujer lloraba por él, y todos los vecinos, y tambien el clérigo, que se llamaba el bachiller Hulano Velazquez; y se juntaron en la iglesia, y rogaban á Dios que les ayudase y que no viniesen más males sobre ellos, y no hacia la mujer sino rogar á Dios por el ánima del marido.
Volvamos á nuestra relacion: que luego Cortés nos mandó á todo nuestro ejército ir camino de la mar, que seria seis leguas, y aun en el camino habia un estero muy crecido y hondo, que crecia y menguaba, y estuvimos aguardando que menguase medio dia, y lo pasamos á vuelapié é á nado, y llegamos al rio del Golfo-Dulce, y el primero que quiso ir á la villa, que estaba de allí dos leguas, fué el mismo Cortés con seis soldados, sus mozos de espuelas, y fué, á las dos canoas atadas, que una era en que habian venido los soldados de Gil Gonzalez á buscar zapotes, y la otra que Sandoval habia tomado en la costa á los indios; que para aquel menester las habian varado en tierra y escondido en el monte para pasar en ellas, y las tornaron á echar al agua, y se ataron una con otra de manera que estaban bien fijas, y en ellas pasó Cortés y sus criados, y luego en las mismas canoas mandó que se pasasen dos caballos, y es desta manera, en las canoas remando, y los caballos del cabestro nadando junto á las canoas y con maña, y no dar mucho lazo al caballo, porque no trastorne la canoa; mandó que hasta que viésemos su carta ó mandato, que no pasásemos ningunos en las mismas canoas, por el gran riesgo que habia en el pasaje, que Cortés se vió arrepentido de haber ido en ellas, porque venia el rio con gran furia.
Y dejallo hé aquí, y diré lo que más nos pasó.
CAPÍTULO CLXXIX.
CÓMO CORTÉS ENTRÓ EN LA VILLA DONDE ESTABAN POBLADOS LOS DE GIL GONZALEZ DE ÁVILA, Y DE LA GRAN ALEGRÍA QUE TODOS LOS VECINOS HUBIERON, Y LO QUE CORTÉS ORDENÓ.
Despues que Cortés hubo pasado el gran rio del Golfo-Dulce de la manera que dicho tengo, fué á la villa donde estaban poblados los españoles de Gil Gonzalez de Ávila, que seria de allí á dos leguas, que estaban junto á la mar, y no adonde solian estar primero poblados, que llamaron San Gil de Buena-Vista; y cuando vieron entre sus casas hombres á caballo y otros seis á pié, espantáronse en gran manera, y como supieron que era Cortés, que tan nombrado era en todas estas partes de las Indias y en Castilla, no sabian qué se hacer de placer; y despues de venir todos á besarle las manos y darle el parabien-venido, Cortés les habló muy amorosamente, y mandó al teniente, que se decia Nieto, fuese donde daban carena al navío y trujesen dos bateles que tenian, y que si habia canoas, que asimismo las trujesen atadas de dos en dos, y mandó que se buscase todo el cazabe que allí tenian y llevasen al capitan Sandoval, que otro pan de maíz no habia para que comiesen, y repartiese entre todos nosotros los de su ejército; y el teniente lo buscó luego y no se hallaron cincuenta libras dello, porque no comian sino zapotes asados y legumbres y algun marisco que pescaban; y aun aquel cazabe que dieron guardaron para el matalotaje para irse á Cuba cuando estuviese calafateado el navío.
Y con dos bateles y ocho marineros que luego vinieron, escribió Cortés á Sandoval que él mismo en persona y el capitan Luis Marin fuesen los postreros que pasasen aquel gran rio, y que mirase que no se embarcasen más de los que él mandase; y los bateles pasaron sin mucha carga, por causa de la gran corriente del rio, que venia muy crecido y recio, y con cada batel dos caballos, y en las canoas no pasase caballo ninguno, que se perderian y trastornarian, segun la furia del corriente; y sobre el pasar delante uno que se decia Saavedra, hermano de otro Abalos, parientes de Cortés, querian pasar primero, puesto que Sandoval decia que en la primera barca pasarian, porque pasaban en aquella sazon los tres religiosos, y que era justo tener primero cumplimiento con ellos; y como el Saavedra era pariente de Cortés, no quisiera que Sandoval le pusiera impedimento, sino que callara; y respondióle no tan bien mirado como convenia; y el Sandoval, que no se las sufria, tuvieron palabras, de manera que el Saavedra echó mano á un puñal; y puesto que el Sandoval, como estaba dentro en el rio á más de la rodilla el agua deteniendo que los bateles no se cargasen demasiado, ansí como estaba arremetió al Saavedra, y le tenia tomada la mano donde tenia el puñal, y le derrocó en el agua, y si de presto no nos metiéramos entre ellos y los despartiéramos, ciertamente el Saavedra librara mal, porque todos los más soldados nos mostramos de la parte de Sandoval.
Dejemos esta cuestion, y diré cómo estuvimos cuatro dias en pasar aquel rio, y de comer, ni por pensamiento, si no era de unas pacayas que nacen de unas palmillas chicas, y otras como nueces, que asábamos y las partíamos, y los meollos dellas comiamos; y en aquel rio se ahogó un soldado con su caballo, el cual soldado se decia Tarifa, que pasaba en una canoa, y no pareció más él ni el caballo.
Tambien se ahogaron dos caballos, y el uno era de un soldado que se decia Solís Casquete, que hacia bramuras por él é maldecia á Cortés y á su viaje.
Quiero decir de la grande hambre que allí en el pasar del rio hubo, y aun del murmurar de Cortés y de su venida, y aun de todos nosotros que le seguiamos; pues cuando hubimos llegado al pueblo no habia bocado de cazabe que comer, ni aun los vecinos lo tenian, ni sabian caminos, si no era de dos pueblos que allí cerca solian estar, que se habian ya despoblado, y luego Cortés mandó al capitan Luis Marin que con los vecinos de Guacacualco fuésemos á buscar maíz; lo cual adelante diré.
CAPÍTULO CLXXX.
CÓMO OTRO DIA DESPUES DE HABER LLEGADO Á AQUELLA VILLA, QUE YO NO LE SÉ OTRO NOMBRE SINO SAN GIL DE BUENA-VISTA, FUIMOS CON EL CAPITAN LUIS MARIN HASTA OCHENTA SOLDADOS, TODOS Á PIÉ, Á BUSCAR MAÍZ Y Á DESCUBRIR LA TIERRA, Y LO QUE MÁS PASÓ DIRÉ ADELANTE.
Ya he dicho que como llegamos á aquella villa que Gil Gonzalez de Ávila tenia poblada, no tenian qué comer, y eran hasta cuarenta hombres y cuatro mujeres de Castilla y las dos mulatas, y todos dolientes y las colores muy amarillas; y como no teniamos qué comer nosotros ni ellos, no viamos la hora de illo á buscar; y Cortés mandó que saliese el capitan Luis Marin con los de Guacacualco y buscásemos maíz; y fuimos con él sobre ochenta soldados á pié hasta ver si habia caminos para caballos, y llevábamos con nosotros un indio de Cuba que nos fuese guiando á unas estancias y pueblos que estaban de allí ocho leguas, donde hallamos mucho maíz é infinitos cacaguatales y frisoles y otras legumbres, donde tuvimos bien que comer, y aun enviamos á decir á Cortés que enviase todos los indios mejicanos y llevarian maíz, y le socorrimos entónces con otros indios con diez hanegas de ello, y luego enviamos por nuestros caballos; y como Cortés supo que estábamos en buena tierra, y se informó de indios mercaderes que entónces se habian prendido en el rio del Golfo-Dulce, que para ir á Naco, donde degollaron á Cristóbal de Olí, era camino derecho por donde estábamos, envió á Gonzalo de Sandoval con toda la mayor parte de su ejército que nos siguiese, y que nos estuviésemos en aquellas estancias hasta ver su mandado.
Y como llegó el Sandoval adonde estábamos, y vió que habia abastadamente que comer, se holgó mucho, y luego envió á Cortés sobre treinta hanegas de maíz con indios mejicanos, lo cual repartió á los vecinos que en aquella villa quedaban; y como estaban hambrientos y no eran acostumbrados sino á comer zapotecas asados y cazabe, y como se hartaron de tortillas, con el maíz que les enviamos, se les hincharon las barrigas, é como estaban dolientes, se murieron siete dellos; y estando desta manera con tanta hambre, quiso Dios que aportó allí un navío que venia cargado de las islas de Cuba con siete caballos, y cuarenta puercos, y ocho pipas de tasajos salados, y pan cazabe, y venian hasta quince pasajeros y ocho marineros, y cuya era toda la más cargazon de aquel navío se decia Anton de Camargo, y Cortés compró fiado todo cuanto bastimento traia, y repartió dello á los vecinos; y como estaban de ántes en tanta necesidad y debilitados, y se hartaron de la carne salada, dió á muchos dellos cámaras, de que murieron catorce.
Pues como vino aquel navío con la gente y marineros, parecióle á Cortés que era bien ir á ver y calar y bojar aquel tan poderoso rio, si habia poblaciones arriba, y qué tierra era; y luego mandó calafatear un bergantin que estaba al través, que era de los de Gil Gonzalez de Ávila, y adobar un batel y hacelle como barco del descargo, y con cuatro canoas, atadas unas con otras, y con treinta soldados y los ocho hombres de la mar de los nuevamente venidos en el navío, y Cortés por su capitan, y con veinte indios mejicanos, se fué por el rio, y obra de diez leguas que hubo ido el rio arriba, halló una laguna muy ancha, que tenia el ojo de anchor seis leguas, y no habia poblacion ninguna alrededor della, porque todo era anegadizo; y siguiendo el rio arriba, venia ya muy corriente más que de ántes, y habia unos saltaderos, que no podian ir con el bergantin y los bateles y las canoas, acordó de las dejar allí en el rio en un remanso con seis españoles en guarda dellas, y fué por tierra por un camino angosto, y llegó á unos pueblezuelos despoblados, y luego dió en unos maizales, y de allí tomó tres indios por guias, que le llevaron á unos pueblos chicos, donde tenian mucho maíz y gallinas, y aun tenian faisanes, que en estas tierras llaman sacachueles, y perdices de la tierra y palomas; y esto de tener perdices desta manera, yo lo he visto y hallado en pueblos que están en comarca destos de Golfo-Dulce, cuando fuí en busca de Cortés, como adelante diré.
Volvamos á nuestra relacion: que allí tomó Cortés guias y pasó adelante, y fué á otros pueblezuelos que se dicen Cinacan, Tencintle, donde tenian grandes cacaguatales y maizales y algodon, y ántes que á ellos llegasen oyeron tañer atabalejos y trompetillas, haciendo fiestas y borracheras; y por no ser sentido Cortés, estuvo escondido con sus soldados en un monte; y cuando vió que era tiempo de ir á ellos, arremeten todos á una, y prendieron hasta diez indios y quince mujeres, y todos los más indios de aquel pueblo de presto se fueron á tomar sus armas, y vuelven con arcos y flechas y lanzas, y comenzaron á flechar á los nuestros, y Cortés con los suyos fué contra ellos, y acuchillaron ocho indios que eran principales; y como vieron el pleito mal parado y las mujeres tomadas, enviaron cuatro hombres viejos, y los dos eran sacerdotes de ídolos, é vinieron muy mansos á rogar á Cortés que les diese los presos, y trujeron ciertas joyezuelas de oro de poca valía; y Cortés les habló con doña Marina, que iba allí con Juan Jaramillo, su marido, porque Cortés sin ella no podia entender los indios, y les dijo que llevasen el maíz é gallinas y sal y bastimento que allí les señaló, é dió á entender adónde habian quedado los bergantines y el barco y las canoas, y luego les daria los presos; y les dieron á entender en qué parte del rio quedaban, y dijeron que sí harian, y que cerca de allí estaba uno como estero que salia al rio; y luego hicieron barcas, y medio nadando las llevaron hasta que dieron en fondo, que pudieron nadar bien.
Pues como Cortés habia quedado de les dar todos los presos, pareció ser mandó Cortés que se quedasen tres mujeres con sus maridos para hacer pan y servirse de los indios, y no se las dieron; y sobre ello apellídanse todos los indios de aquel pueblo, y sobre las barrancas del rio dan una buena mano de vara, flecha y piedra á Cortés y á sus soldados, de manera que hirieron á Cortés en la cara y á otros doce soldados; allí se les desbarató una barca y se perdió la mitad de lo que traia, y se ahogó un mejicano; y en aquel rio hay tantos moxicotes, que no se podian valer, y Cortés todo lo sufria, y da vuelta para su villa, que no sé cómo se la nombró, y bastécela mucho más de lo que estaba.
Ya he dicho que el pueblo do llegó Cortés se decia Cinacan, y me han dicho ahora que estará de Guatimala setenta leguas, y tardó Cortés en este viaje y volver á la villa veinte y seis dias; y como vió que no era bien poblar allí, por no haber pueblos de indios, y como tenia mucho bastimento, ansí de lo que ántes estaba como de lo que al presente traia, acordó de escribir á Gonzalo de Sandoval que luego se fuese á Naco, y le hizo saber todo lo aquí por mí dicho de su viaje del Golfo-Dulce, segun lo tengo aquí relatado, y cómo iba á poblar á Puerto de Caballos, y que le enviase diez soldados de los de Guacacualco, que sin ellos no se hallaba en las entradas.
CAPÍTULO CLXXXI.
CÓMO CORTÉS SE EMBARCÓ CON TODOS LOS SOLDADOS QUE HABIA TRAIDO EN SU COMPAÑÍA Y LOS QUE HABIA EN SAN GIL DE BUENA-VISTA, Y FUÉ Á POBLAR ADONDE AGORA LLAMAN PUERTO DE CABALLOS, Y SE LE PUSO NOMBRE LA NATIVIDAD, Y LO QUE EN ÉL SE HIZO.
Pues como Cortés vió que en aquel asiento que halló poblando á los de Gil Gonzalez de Ávila no era bueno, acordó de se embarcar en los dos navíos y bergantin con todos cuantos en aquella villa estaban, que no quedó ninguno, y en ocho dias de navegacion fué á desembarcar adonde agora llaman Puerto de Caballos, y como vió aquella bahía buena para puerto, y supo de indios que habia cerca poblaciones, acordó de poblar una villa que la nombró Natividad, y puso por su teniente á un Diego de Godoy, y dende allí hizo dos entradas en la tierra adentro á unos pueblos cercanos, que ahora están despoblados; tomó lengua dellos cómo habia cerca otros pueblos, basteció la villa de maíz, y supo que estaba el pueblo de Naco, donde degollaron á Cristóbal de Olí, cerca, y escribió á Gonzalo de Sandoval, creyendo que ya habia llegado y estaba de asiento en Naco, que le enviase diez soldados de los de Guacacualco, y decia en la carta que sin ellos no se hallaba en hacer entradas; y le escribió cómo queria ir dende allí al puerto de Honduras, adonde estaba poblada la villa de Trujillo, y que el Sandoval con sus soldados pacificasen aquellas tierras y poblasen una villa; la cual carta vino á Sandoval estando que estábamos en las estancias por mí ya dichas, que no habiamos llegado á Naco.
Y dejemos de decir de Cortés y sus entradas que hacia dende Puerto de Caballos, y de los muchos mosquitos que en ella le picaban, ansí de dia como de noche; que á lo que despues le oia decir, tenia con ellos tan malas noches, que estaba la cabeza sin sentido, de no dormir.
Pues como Gonzalo de Sandoval vió las cartas de Cortés, luego se fué dende aquellas estancias que dicho tengo, á unos pueblezuelos que se dicen Cuyoacan, que estaban de allí siete leguas, y no se pudo ir luego á Naco, como Cortés le habia mandado, por no dejar atrás en los caminos muchos soldados que se habian apartado á otras estancias por tener qué comer ellos y sus caballos, y por causa que al pasar de un rio muy hondo que no se podia vadear, y era camino de las estancias, é por dejar recaudo de una canoa con que pasasen los españoles que quedaban rezagados y muchos indios mejicanos que venian dolientes; y esto fué tambien porque de unos pueblos cercanos de las estancias, que confinaban con el rio y Golfo-Dulce, venian cada dia allí de guerra muchos indios de los pueblos, y porque no hiciesen algun mal recaudo y muertes de españoles y de indios mejicanos, mandó Sandoval que quedásemos á aquel paso ocho soldados, y á mí me dejó por caudillo dellos, y que tuviésemos una canoa del pasaje siempre varada en tierra, y que estuviésemos alerta si daban voces pasajeros de los que estaban en las estancias, para luego les pasar.
Y una noche vinieron muchos indios guerreros de los pueblos cercanos y de las estancias, creyendo que no nos velábamos; é por tomarnos la canoa dan de repente en los ranchos en que estábamos y les pusieron fuego, y no vinieron tan secreto, que ya les habiamos sentido; y nos recogimos todos ocho soldados y cuatro mejicanos de los que estaban sanos, y arremetimos á los guerreros, y á cuchilladas les hicimos volver por donde habian venido, puesto que flecharon á dos soldados y á un indio, mas no fueron mucho las heridas; y como aquello vimos, fuimos tres compañeros á las estancias adonde sentíamos que habian quedado indios y españoles dolientes, que seria una legua de allí, y trujimos á un Diego de Mazariegos, ya otras veces por mí nombrado, y á otros españoles que estaban en su compañía y á indios mejicanos que estaban dolientes, y luego les pasamos el rio y fuimos adonde Sandoval estaba.
É yendo que íbamos nuestro camino, como un español de los que habiamos recogido en las estancias iba muy malo, y era de los nuevamente venidos de Castilla, y medio isleño, hijo de ginovés, y como iba malo, y sin tener qué le dar de comer, sino tortillas y pinol, ya que llegábamos obra de media legua de donde estaba Sandoval, se murió en el camino y no tuve gente para llevar el cuerpo muerto hasta el real; y llegado donde el Sandoval estaba, le dije de nuestro viaje y del hombre que se quedó muerto, y hubo enojo conmigo porque entre todos nosotros no le trujimos á cuestas ó en un caballo, y le dijimos al Sandoval que traiamos dos dolientes en cada caballo é nos veniamos á pié, y que por esta causa no se pudo traer; y un soldado que se decia Bartolomé de Villanueva, que era mi compañero, respondió al Sandoval muy soberbio que harto teniamos que traer nuestras personas, sin traer muertos á cuestas, y que renegaba de tanto trabajo é pérdida como Cortés nos habia causado; y luego mandó Sandoval á mí y al Villanueva, sin más parar le fuésemos á enterrar; y llevamos dos indios mejicanos y un azadon, é hicímosle su sepultura y lo enterramos y le pusimos una cruz, y hallamos en la faltriquera del muerto una taleguilla con muchos dados y un papel escrito, que era una memoria de donde era natural y cúyo hijo era y qué bienes tenia en Tenerife; é despues, el tiempo andando, se envió aquella memoria á Tenerife; perdónele Dios, amen.
Dejemos de contar cuentos, y quiero decir que luego Sandoval acordó que fuésemos á otros pueblos que agora están cerca de unas minas que descubrieron dende á tres años; y dende allí fuimos á otro pueblo que se dice Quinistan, y otro dia á hora de Misa fuimos á Naco, y en aquella sazon era buen pueblo y hallámosle despoblado de aquel mismo dia; y despues de nos aposentar en unos patios muy grandes, adonde habian degollado al maestre de campo Cristóbal de Olí, otras veces por mí nombrado, que estaba el pueblo bien bastecido de maíz y de frisoles y ají, y tambien hallamos un poco de sal, que era la cosa que más deseábamos, y allí asentamos nuestro fardaje, como si hubiéramos de estar en él para siempre.
Hay en este pueblo la mejor agua que habiamos visto en toda la Nueva-España, y un árbol que en mitad de la siesta, por recio sol que hiciese, parecia que la sombra del árbol refrescaba el corazon, y caia dél uno como rocío muy delgado que confortaba las cabezas; y aqueste pueblo en aquella sazon fué muy poblado y en buen asiento, y habia fruta de los zapotes colorados y de los chicos, y estaba en comarca de otros pueblos chicos.
Y dejallo hé aquí, y diré lo que allí nos avino.
CAPÍTULO CLXXXII.
CÓMO EL CAPITAN GONZALO DE SANDOVAL COMENZÓ Á PACIFICAR AQUELLA PROVINCIA DE NACO, Y DE LOS GRANDES REENCUENTROS QUE CON LOS DE AQUELLA PROVINCIA TUVO, Y LO QUE MÁS SE HIZO.
Desde que hubimos allegado al pueblo de Naco y recogido maíz, frisoles y ají, y con tres principales de aquel pueblo que allí en los maizales prendimos, á los cuales Gonzalo de Sandoval halagó y dió cuentas de Castilla, y les rogó que fuesen á llamar á los demas caciques, que no se les haria enojo ninguno, fueron así como se lo mandó, y vinieron dos caciques; mas no pudo acabar con ellos que se poblase el pueblo, salvo traer de cuando en cuando poca comida; ni nos hacian bien ni mal, ni nosotros á ellos; y ansí estuvimos los primeros dias, y Cortés habia escrito á Gonzalo de Sandoval, como de ántes dicho tengo, que luego le enviase á Puerto de Caballos diez soldados de los de Guacacualco, y todos nombrados por sus nombres, y entre ellos era yo uno, y en aquella sazon estaba yo algo malo, y dije á Sandoval que me excusase, porque estaba mal dispuesto, y él, que lo habia gana, y ansí quedé; y envió ocho soldados muy buenos varones para cualquiera afrenta, y aun fueron de tan mala voluntad, que renegaban de Cortés y aun de su viaje, y tenian mucha razon, porque no sabian cierto si la tierra por donde habian de ir estaba de paz.
Acordó Sandoval de demandar á los caciques de Naco cinco principales indios, que fuesen con ellos hasta el Puerto de Caballos, y les puso temores que si algun enojo recebia alguno de sus soldados, que les quemaria el pueblo y que les iria á buscar y dar guerra; y mandó que en todos los pueblos por donde pasasen les diesen muy bien de comer; y fueron su viaje hasta el Puerto de Caballos, donde hallaron á Cortés, que se queria embarcar para ir á Trujillo, y se holgó con ellos, y supo cómo quedábamos buenos, y los llevó consigo en los navíos, y luego se embarcó, y dejó en aquella villa de Puerto de Caballos á un Diego de Godoy por su capitan, con hasta cuarenta vecinos, que eran todos los más de los que solian ser de Gil Gonzalez de Ávila y de los nuevamente venidos de las islas; y de que Cortés se hubo embarcado y su teniente Godoy quedó en la villa, con los soldados que más sanos tenia hacia entradas en los pueblos comarcanos, é trujo dos dellos de paz; mas como los indios vieron que los soldados que allí quedaban estaban todos los más dellos dolientes y se morian cada dia, no hacian cuenta dellos, y á esta causa no les acudian con comida, ni ellos eran para illo á buscar, y pasaban gran necesidad de hambre, y en pocos dias se murieron la mitad dellos, y se despoblaron otros tres dellos, que se vinieron huyendo donde estábamos con Sandoval.
Y dejallo he aquí en este estado, y volveré á Naco, que, como Sandoval habia visto que no se querian venir á poblar el pueblo los indios vecinos y naturales de Naco, aunque los enviaba á llamar muchas veces, y á los demas pueblos comarcanos, no venian ni hacian cuenta de nosotros, acordó de ir en persona y hacer de manera que viniesen; y fuimos luego á unos pueblos que se decian Girimonga y Aculaco, y á otros tres pueblos que estaban cerca de Naco, y todos vinieron á dar la obediencia á su majestad, y luego fuimos á Quizmitan y á otro pueblo de la sierra, y ansimesmo vinieron; por manera que todos los indios de aquella comarca venian de paz, y como no se les demandaba cosa ninguna más de lo que ellos querian dar, no tenian pesadumbre de venir, y desta manera estaba todo de paz hasta donde pobló Cortés la villa que agora se dice Puerto de Caballos.