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DEBERES
DE
BUENA SOCIEDAD



DEBERES

DE

BUENA SOCIEDAD

por el Excmo. Sr.

D. CAMILO FABRA

Marqués de Alella


—— 5.ª EDICIÓN ——

BARCELONA

Sucesores de Blas Camí—Libreros Editores, Unión, 26

1914


ES PROPIEDAD DE LOS EDITORES


Imp. Elzeviriana — Borrás, Mestres y C.ª — R. de Cataluña, 12 y 14


PRÓLOGO


L

La educación es para la cultura lo que el pulimento para el diamante. La ilustración nos dice dónde lo serio de la educación termina y dónde el ridículo comienza, ese ridículo tan empalagoso de los hombres y de las mujeres que creen que la existencia no tiene más objeto que llenar fórmulas y cumplir reglas. Producen los tales efecto tan lastimoso como el que compra un cuadro por el marco sin fijarse para nada en la pintura. La existencia es el lienzo, esto es, lo principal, lo que tiene realmente valor: el marco es la educación, destinada a poner más de relieve las bellezas de la pintura, pero sin que la absorba y sin que en él se fije demasiado la atención. La educación ha de ser muy recatada: se sienten sus efectos, se nota su acción, su influencia, pero queda en segundo lugar porque no es lo que debe ser si quiere hacerse visible. Como la violeta, perfuma el ambiente permaneciendo escondida. Estará tanto más educada una persona cuanto menos afecte saberlo.

La educación es ley imperiosa que, como tantas otras, se impone a la sociedad y, por lo tanto, al individuo, para que su esfera de acción esté más desembarazada. La educación comienza por limitar, así como las leyes que, al afirmar un derecho, señalan deberes o límites para que aquel sea respetado y pueda ejercerse libremente. Los deberes que la educación impone y los derechos que concede han tenido sus comentaristas, sus tratadistas y sus compiladores, como lo prueba el libro a que estas líneas sirven de prólogo y en el cual su autor ha procurado abarcar todos los accidentes y manifestaciones de la vida, marcando las reglas por que han de regirse. La materia está presentada con claridad y sencillez, con más preceptos que digresiones: cualidad muy estimable en libros de esta naturaleza, pues el que desee consultarlo, con ojear el capítulo correspondiente se enterará de cuanto le interese saber, expuesto con conocimiento de causa.

La educación tiene principios fijos, pero las ideas de los pueblos han regulado su aplicación a través de las edades, llegando hasta lo infinito en la variedad y ofreciendo los más extraños contrastes. Telémaco dice a su madre que se retire a sus habitaciones a hilar, y no falta a la educación ni a los deberes filiales. Así como en las sociedades cristianas la mujer es colocada en consideración y respeto a mayor altura que el hombre, en las paganas era poco más que una cosa. Se la estimaba por su belleza y acaso por sus cualidades, pero se la tenía en poco y se la relegaba al granero algunas veces, donde con frecuencia estaban sus habitaciones. Nunca fue igual al hombre ni ocupó lugar principal en la familia hasta que el cristianismo la redimió elevándola, pues al derramar sobre ella rayos de luz divina puso a la vista del hombre la belleza de su alma, de su corazón y de sus sentimientos, belleza admirada y poetizada desde entonces por el que antes apenas concedía a la mujer el derecho de ocupar un puesto en su hogar; y fue tanto más respetada cuanto mayor era su debilidad. La educación no tenía gran cosa que ver con la mujer en los tiempos del paganismo.

Desde los héroes de Homero tanto han cambiado los moldes de las relaciones sociales que apenas si acertamos a explicarnos cosas que fueron lógicas dadas las épocas, que es necesario estudiar y comprender para formarnos concepto de los hechos y apreciarlos en su justo valor. Ya no es la hora prima la del saludo y la visita, ni al ser invitados a comer hemos de llevar la servilleta; ya no se ve obligada la dama a extremar su habilidad para que la miga del pan le deje libres de salsa los dedos que han hecho las veces de tenedor, ni sirve la paja seca de alfombra en habitaciones regias donde escasean los muebles; no son en nuestros tiempos las comidas lo que fueron en la decadencia del imperio romano, ni los muros y fosos del castillo feudal separan las clases como en la Edad Media: la vida social es hoy más dulce, más expansiva, más sencilla en todas sus manifestaciones y, por lo tanto, más necesaria la educación para mantenerlas en sus justos límites. ¿Cuáles son estos? No es posible fijarlos con precisión, pero sí indicarlos. El que toma como absoluto lo que es relativo y se sujeta a las reglas de educación sin discernimiento y con la exactitud sistemática de las manecillas del reloj al recorrer la esfera, está expuesto al riesgo de convertirse con harta frecuencia en ser ridículo. No es gracioso el que quiere serlo, sino el que lo es: lo mismo podemos decir de la educación. Los que toman las reglas por lo esencial y solo de ellas cuidan, olvidan que la unidad social está en la diversidad que caracteriza a los individuos, diversidad que ha de tener muy en cuenta cada cual en sus relaciones sociales. Este discernimiento no admite principios fijos, pero sí indicaciones hijas de la observación, indicaciones que están perfectamente presentadas en la obra a la que estas líneas sirven de prólogo.

Teodoro Baró.


AL LECTOR


A

Al ofrecer al público esta recopilación de costumbres y usos que, con ligeras variantes, son las de la buena sociedad, me guía el propósito de suplir, dentro de la medida de mis fuerzas, la falta que se nota de una especie de código que evite en determinados casos de la vida, el tener que preguntar qué conducta se debe seguir para no singularizarse.

Si mi modesto propósito halla buena acogida y personas más competentes completan mi obra, pues la historia de la cortesía en los tiempos antiguos y modernos es materia que presta para escribir voluminosos libros; y uniendo la erudición al conocimiento del savoir vivre llegan a hacer amena la lectura de esta clase de escritos, conseguiré el fin que me he propuesto y me daré por satisfecho con haber delineado el cuadro, para que otros lo presenten acabado y realzado con los vivos colores del ingenio.

A los que no hayan leído tratados de educación, han de sorprenderles ciertas observaciones que les parecerán nimiedades; pero los que conozcan los publicados en el extranjero y en España, recordarán que en ellos abundan párrafos y reglas sobre minuciosidades que los tratadistas, en particular los ingleses, han considerado dignas de atención; y cuando estos, que hoy dan el tono a la alta sociedad, así proceden sin que nadie muestre sorpresa, señal es de que tiene cabida en tales libros lo que en otros holgaría. A pesar de su autoridad, solo por excepción consigno en esta obrita algunas de dichas observaciones, por creerlas no todas absolutamente necesarias.


Presentaciones


L

Las presentaciones son el comienzo de relaciones entre personas que no se conocían o no se trataban, y constituyen una de las bases más importantes del trato social.—No es posible fijar reglas de cortesía sin hablar más o menos directamente de las presentaciones. Por lo mismo que en esos actos se hablan por primera vez dos personas, aquella a quien se hace la presentación, que equivale a un homenaje, debe mostrarse muy cortés y afable cuidando de dar pie a la conversación y sostenerla, procurando el presentado no apartarse de aquella y mantenerla en el tono que se le dé.

El diálogo no se prolonga por lo regular mucho tiempo, fuera de circunstancias especiales, y el presentado ha de mostrar exquisita galantería, sin pretender intimar desde aquel instante las relaciones; poniendo mucha atención en que sus frases den a comprender que sabe que aquel acto no tiene más consecuencias que las que quiera darle la persona a quien se ha hecho la presentación, pues de lo contrario podría verse en él la audacia propia del entrometido.—Por lo mismo que los deberes son tan estrictos, aquel a quien se presenta una persona ha de tener en cuenta que de él depende la mayor o menor expansión del acto, y le dará la que crea conveniente, marcando los grados que las relaciones hayan de tener desde aquel momento, o reduciéndolas sencillamente a las superficiales que de la presentación nazcan.

Presentaciones fortuitas en una comida

Aunque no es costumbre hacer presentaciones formales con ocasión de una comida, la dueña o el anfitrión están en el deber de presentar a la señora el caballero que ha de acompañarla a la mesa si no son conocidos, sin que se requiera para este acto la previa venia de la señora.

Si los más de los invitados fuesen desconocidos, los principales de entre ellos deben ser presentados unos a otros por los huéspedes antes de pasar al comedor.

Después de la comida y mientras estén las señoras en el salón, la dueña hará entre estas las presentaciones recíprocas, si lo considera oportuno.

Presentaciones en un baile

En un baile, cuando la dueña trata de proporcionar pareja a una señora, ha de consultar previamente al caballero si desea ser presentado a aquella.

En ningún otro caso se solicita la venia de un caballero para presentarle a una señora.

Presentaciones en visita matinal

No suelen hacerse presentaciones formales en las visitas; en las de día, no obstante, la dueña presenta mutuamente a las personas que se encuentran en el salón, si comprende que no se conocen; esta presentación es simplemente una formalidad que tiene por objeto que la conversación no recaiga sobre alguno de la familia de los presentes o sobre un punto que pueda serles desagradable.

Presentaciones formales

Las presentaciones formales no deben hacerse sin saber de antemano que desean relacionarse las personas que se trata de presentar.

Sus requisitos

Para la presentación de dos personas de distinto rango, bastará saber el deseo de la superior.

Para la de personas de diferente sexo, únicamente hay que consultar la voluntad de la señora.

Para la de personas de igual categoría, consultaremos primero a la que tratemos con menos intimidad.

Cuando un caballero desea ser presentado a una señora, la etiqueta exige que suplique la mediación de un amigo de ambos.

Su etiqueta

Al efectuarse la presentación, la persona inferior en rango es presentada a la superior; el caballero a la señora, y la señora soltera a la casada, si esta no es de menor categoría.

Las personas que acaban de ser mutuamente presentadas se hacen una cortesía, dirigiéndose frases de cumplimiento propias del caso, pero sin estrecharse la mano.

No obstante, en tal circunstancia el ofrecer la mano es una muestra de benevolencia en una señora de rango superior, o en la dueña a quien en su propia casa se hace una presentación, sea mediante un común amigo, sea por efecto de invitación.

También se estrechan la mano al ser presentadas, las personas que tienen amistad íntima con el que presenta.

Presentación para ser invitado

El que es presentado en una casa para ser invitado a un baile o reunión, debe procurar que la presentación se haga algunos días antes, pero nunca el mismo de la fiesta.

Si a pesar de haber sido presentado para el indicado objeto, no recibe invitación especial, no debe asistir a ella.


Visitas


L

Las relaciones sociales exigen las visitas para conservar el calor de aquellas, pues de lo contrario, podrían irse enfriando hasta extinguirse. Se ha de poner mucho cuidado en que las visitas no lleguen a ser enojosas para los demás, molestándose a sí propio.—La discreción que ha de presidir todos los actos de la vida social, ha de regularlas, cuidando que no se hagan pesadas, y teniendo siempre en cuenta la necesidad de que un acto de cortesía y muestra de afecto no se convierta en cosa molesta.—Debe darse por terminada la visita cuando la conversación deje de ser animada, indicando esto que se ha prolongado bastante, pues como sería grosería que la indicación fuese directa, es necesario comprender el menor síntoma de fatiga.—Más vale que pequen de breves que de largas, pues en el primer caso se tiene la seguridad de no haber sido molesto, mientras que en el segundo se deja la impresión del fastidio.

Los cumplidos pueden degenerar en ridículos, en particular cuando se trata de pasar. El —¡Pase Vd.! —No, Vd. —A Vd. corresponde, repetido mucho, es más bien señal de cortedad y falta de trato social que de cortesía, pues por lo mismo que esta es excesiva, revela que no se conocen sus verdaderos límites.—En las primeras frases que se cambien en las visitas, se ha de evitar la vulgaridad, que indica pobreza de ingenio, pues principiar la conversación siempre de la misma manera, equivale a recitar la parte de un diálogo aprendido de memoria, en las que las fórmulas —Gracias, señora.Es Vd. muy buena, ocupan el mayor espacio.

Al dar la mano, hay que tener en cuenta que a veces la negligencia en la señora, tendiendo la izquierda con familiar distinción, indica la intimidad y cariño con que se distingue a la persona para quien se prescinde de las reglas estrictas de la etiqueta.—El buen tono puede infringirlas para darlas mayor realce; mas ha de tener en cuenta que la infracción ha de estar dispensada por distinción exquisita.

Fueron los guantes, en los primeros tiempos en que se usaron, considerados de muy distinta manera que ahora, pues no se veía en ellos señal de galantería y respeto. Caprichosa es la costumbre, que unas veces los ha exigido y otras los ha proscrito, si bien ha querido diesen señales de presencia, aunque no se llevasen puestos.

De los antiguos usos aún queda algo, pues el estar sin guante la mano que se da, revela consideración a la persona.

En dar la mano no hay que ser pródigo; en particular tratándose de señoras, es preciso esperar que la acción parta de ellas.

En el trato social se ha de tener muy presente que el ridículo está muy expuesto a manifestarse, y se debe poner mucho cuidado en evitarlo, particularmente al presentarse y al despedirse, por cuanto si se da la mano una por una a todas las señoritas, parece que se pasa revista de inspección a una compañía, y si los que lo hacen son varios, uno detrás de otro, entonces la escena es sencillamente cómica; y aunque sea descortesía y grave falta el soltar la risa, en grave apuro han de verse las personas de fino trato para contenerla.

Los caballeros pueden dar la mano a las señoras, pero no sin que antes la señora haya demostrado con una expresión ligerísima de su semblante que los autoriza a ello. Pero sobre este punto hay que observar que no debe de ningún modo darse la mano cuando el motivo de verse no sea visita o invitación. Un caballero no la dará a una señora sin que medie bastante intimidad o en otras ocasiones ella se la haya dado primero. Los que por su profesión o carrera ven cada día a determinadas personas, no deben darles la mano cada vez que les hablan, pudiendo solo usar de esta familiaridad al despedirse por algún tiempo o después de una ausencia.

La intimidad o la urgencia pueden obligar a recibir en el comedor o estando ya en la mesa; en este caso sería falta de tacto y de prudencia del que llega el dar la mano, por grande que sea la intimidad que exista con las personas presentes.

No es regular que los dependientes de un comercio den la mano a las señoras que acudan allí para sus compras, ni siquiera los principales, cuando no medie intimidad.

Horas y días de visita

Las visitas se hacen por la tarde de cuatro a siete; la hora de cuatro a cinco es la más ceremoniosa, la de cinco a seis la de menos cumplido, y la de seis a siete amistosa y de confianza.

Si no hay intimidad, ha de hacerse la visita precisamente el día en que la casa tiene costumbre de recibir. En el caso de no haberlo señalado, todos son buenos menos los festivos. Solo por motivos muy especiales pueden hacerse visitas antes del mediodía, aun cuando haya intimidad.

Motivos de visita de cumplido

Las visitas de cumplido se hacen con diversos motivos.

Al fijar el domicilio en una población, si la persona tiene alguna representación social debe visitar a las autoridades y aquellos individuos a quienes sus cargos indiquen como merecedores de tal distinción. No hallándoles en casa, ha de dejar tarjeta sin repetir la visita mientras no le sea devuelta.

Al marcharse por algún tiempo y al regresar tras larga ausencia, debe visitar a los amigos cuyas relaciones se aprecian.

Cuando se recibe aviso de la enfermedad de un amigo, cumple visitarle en seguida, sin entrar en la habitación del paciente a no instar este o la persona que le cuida. Debe enviarse a preguntar por su estado, siendo proporcionada la frecuencia a la gravedad, sin volver a visitarle hasta que pase aviso de que puede recibir.

Al salir de una enfermedad se devuelve la visita a los amigos que se han interesado por su salud.

Visitas de pésame

Debe hacerse una visita de pésame a las personas con quienes nos unen relaciones de amistad, bastando haberla tenido íntima con el difunto, aunque se dé el caso de conocer apenas a la familia. Los que están de luto riguroso no las hacen, limitándose a escribir una carta muy afectuosa, que mandarán por el criado, no por el correo.

Para esta clase de visitas las señoras vestirán traje negro u obscuro; los caballeros, levita.

Si la visita se hace a una señora, los caballeros le dan la mano y las señoras la abrazan.

En semejantes visitas no se piden noticias de la salud, ni se hace mención del difunto, a no ser que hable de él la persona visitada. Por lo mismo que son penosas han de ser muy breves, y se hacen pasado el tercer día después del entierro, pero antes del octavo.

Visita de año nuevo

El día primero de Enero se hará la visita de año nuevo a los abuelos, a los padres y a las personas de rango superior.

Visita a recién casados

Una visita a recién casados se hace a los quince días de participada la boda, y se devuelve antes de dos meses de recibida.

Visita después de un convite

La visita hecha después de una invitación, y en particular después de una comida, se devolverá a los tres días, y todo lo más a los ocho. A ser imposible, se escribirá una carta excusándose.

Visita con motivo de un fausto o adverso suceso

Es necesario felicitar por escrito o personalmente al amigo que acaba de ser elevado a un alto cargo o ha sido agraciado con alguna honorífica distinción; si no hay intimidad, conviene que la felicitación no revele apresuramiento, porque entonces podría parecer oficiosa e interesada. En cambio, al amigo que cae en desgracia se le visitará inmediatamente, porque así se le demuestra sincera amistad.

Individuos de la familia que visitan

Los casados hacen las visitas juntos; pero, por regla general, la señora visita sola, a menos que tenga una hija adulta que la acompañe.

Es frecuente ir juntas dos señoras amigas para visitar a otra que lo sea de entrambas.

Solo en casos muy especiales hacen la visita todos los individuos de una familia, pero nunca con los niños.

Visita en coche

Cuando una dama visita en coche, mandará a su lacayo a preguntar si la señora recibe.

«No estar en casa»

La señora de la casa jamás descuidará de advertir a su criado, después del almuerzo o antes de las horas de recibir, si tiene intención de estar en casa o no para las visitas que vinieren.

«No estar en casa» o «no recibe» son las fórmulas convencionales, admitidas en buena sociedad y que a nadie pueden ni deben ofender, para expresar que se desea no recibir por motivos especiales.

Es indispensable que la contestación «no está en casa» la dé el criado pronto y sin titubear, pues si bien se trata de una ficción, molesta que la vacilación de un doméstico la evidencie.

Si en el momento en que llega una visita la señora se dispone a salir, el criado podrá manifestar esta circunstancia, ofreciendo pasar recado por si puede recibir. La persona que visita, salvo casos excepcionales y muy justificados, debe limitarse entonces a dejar tarjeta.

Deberes del criado para con las visitas

Excepción hecha de las personas de grande intimidad, el criado precede a la visita para guiar y anunciarla.

El criado no ha de llamar a la puerta de la sala o gabinete donde se recibe, ni tampoco a la del comedor.

Si la señora de la casa no estuviese en la sala o gabinete, el criado dirá a la visita: «La señora estará con usted al momento.»

Inmediatamente cerrará la puerta, y la visita quedará esperando, sentándose las señoras, pero no los caballeros.

La más vulgar prudencia aconseja no entablar conversación con la servidumbre de la casa que se visita, y menos preguntar cosa alguna que pueda revelar indiscreta curiosidad.

Jamás anunciará el criado a una segunda visita que ya haya otra, ni preguntará a la señora si quiere recibirla, limitándose a hacer lo que hizo con la primera.

Etiqueta de las visitas

El caballero que ha de aguardar en la sala, tendrá el sombrero en la mano hasta que haya saludado a la señora, después de lo cual, si esta se lo ruega, lo colocará sobre una silla. Al salir no se cubrirá antes de llegar al recibimiento.

Sin embargo, hoy se admite que se deje el sombrero en el recibimiento o antesala.

Dejan siempre el sombrero en el recibimiento los individuos de la familia, las personas muy íntimas y las invitadas a reuniones familiares, tes, almuerzos, comidas, etc.

Las señoras dejarán en el recibimiento los abrigos y paraguas o sombrillas, así como los caballeros el gabán o paraguas.

Al entrar se hará un saludo general, debiendo dirigirse luego a la señora de la casa, para saludarla en particular, dándole la mano solo a ella si la ofrece.

Hay que sentarse sin aguardar otra indicación en cuanto lo haga la señora, y si esta brinda con un asiento a su lado es preciso aceptarlo.

Si entra en el salón una señora, los caballeros se levantan y las señoras saludan inclinando la cabeza; pero entrando una señora de la casa, se levantan todos.

Cuando varios visitantes se encuentran en la puerta del salón, han de pasar sin cumplido, según su posición social; las señoras de más edad van delante, luego las viudas y casadas, después las más jóvenes, saliendo los últimos los caballeros.

No se mirarán con curiosidad los objetos de arte y los muebles del salón, ni los dueños de la casa llamarán la atención sobre ellos.

Las visitas de cumplido son cortas, de quince minutos próximamente. Si durante la visita la señora recibiera una carta, pliego, etc., hay que suplicarla que lo lea; si no accede, será conveniente anticipar la despedida sin dar a entender el motivo. No obstante, siempre que la señora inste para que la visita continúe algo más, es preciso acceder aunque se tenga prisa.

Si dos personas en visita, señoras o caballeros, sostienen una ligera conversación, no por esto se darán la mano al despedirse si no se conocían, a no ser que durante aquella hubiese mediado la presentación. De no mediar bastará un saludo al despedirse. En el caso de presentación formal, cosa muy rara en visitas, también bastará una inclinación de cabeza al marcharse, a no ser que las relaciones hubieran progresado tan rápidamente gracias a la conversación o por conocerse de nombre antes que personalmente, pues entonces se tratarán al despedirse como si mediara alguna intimidad.

Cuando una visita se despide, las señoras no se levantan. Si solo hubiere un caballero, abrirá la puerta a la señora que salga; pero no la acompañará sino a ruego de la dueña de la casa. La visita le dará las gracias con una inclinación de cabeza, mas sin darle la mano.

Conviene esperar que se devuelva la visita antes de presentarse otra vez en la misma casa.

Un convite a una comida o baile equivale a una visita.

Etiqueta de la señora visitada

Una señora procura disponer sus ocupaciones de suerte que le permitan estar con las visitas durante las horas de recibo.

Cuando le anuncien una visita, si esta es señora, se levantará para ir a su encuentro y le dará la mano.

Después del saludo se sentará en seguida, y el visitante tomará también asiento junto a ella, si es posible, sin aguardar a que se lo rueguen.

Lo esencial en las visitas consiste en mantener viva la conversación. Tarea es esta difícil y en la que ha de brillar la discreción, encomendada principalmente a la dueña de la casa, que procurará animar el diálogo con su ingenio, sin recurrir a trivialidades ni a la vulgaridad de las exposiciones de álbums, ilustraciones, cuadros, etc.

El visitante debe hablar de la persona que recibe la visita, no de sí mismo, y evitará entablar diálogo en voz baja con su adlátere. La conversación debe ser general.

Si llega otra visita diez o quince minutos después de la primera, esta se despedirá. En el caso de ser aquella una señora, la de la casa se levantará, irá a su encuentro y le dará la mano, volviendo luego a sentarse. No debe levantarse si la segunda visita es un caballero, el cual, luego de dar la mano a la dueña de la casa saludándola, tomará asiento cerca de ella, si es posible.

Cuando hay varias visitas a un tiempo, la discreción de la señora logra hacer entrar a todos en conversación, y su habilidad en citar los nombres de los presentes, hace que estos se conozcan mutuamente. No debe hacer presentaciones, a no ser que tuviese para ello motivos especiales.

El que recibe una visita, se levanta al despedirla, le da la mano y la acompaña a la puerta si se trata de una señora.

En el supuesto de haber varias a un tiempo, al despedirse una de ellas, que será probablemente la primera que llegó, la señora se levantará y le dará la mano sin acompañarla a la puerta, a menos que sea persona de categoría muy superior a las demás presentes. Si el que se despide es hombre, la dueña de la casa no le acompañará, ni se levantará si no es persona de mucho respeto por su edad o cargo.

En ningún caso dejará de tocar la campanilla para advertir al criado.

Una señora, al hacer una visita, no llevará consigo a una amiga desconocida de la persona visitada, sin motivos que justifiquen completamente la presentación.

Si tiene que visitar a una amiga, que vive en casa de una señora a quien no conoce, o a la que trata superficialmente, solo preguntará si está en casa su amiga, si no está, dejará tarjeta para la amiga y para la señora de la casa.

Etiqueta de huéspeda y hospedada para con sus visitas

La señora que tenga en su casa a una amiga forastera pondrá a su disposición, a ser posible, un gabinete donde pueda recibir sus visitas.

Si esto no fuere dable, cuidará de no hacerse visible durante el tiempo en que su amiga espere visitas que no sean relaciones comunes.

Si por casualidad estuviere con su amiga al anunciarse una visita desconocida de la señora de la casa, aquella deberá hacer la presentación, y la señora se retirará al poco rato con alguna excusa plausible, no volviendo hasta después de la salida de la visita. No obstante, deberá quedarse si se lo rogase su amiga, o si, siendo esta una joven soltera, recibiere visita de un caballero, en cuyo caso aquella ha de hacer las veces de madre.

Dado que la señora de la casa deseara entrar en relaciones con alguna de las visitas particulares que espera la amiga hospedada, esta preguntará a la visitante si tiene gusto en ser presentada a aquella, y tocará la campanilla en caso de contestación afirmativa, para noticiarle, por conducto del criado, la presencia de la visita, debiendo acudir la señora en el acto para que se verifique la presentación.


Tarjetas


V

Viviendo el hombre en sociedad, procura cumplir los deberes que esta le impone con la menor molestia posible; y como todos están sujetos a las mismas reglas y sienten igual deseo, de aquí las fórmulas convencionales que suplen ciertas obligaciones de sociedad.—Entre ellas la principal es la tarjeta, que suple las visitas, equivaliendo en determinados casos a estas con todas sus ventajas y sin ninguno de sus inconvenientes.

Desde la segunda mitad del siglo pasado se han generalizado tanto, que bien merecen capítulo aparte y que se fijen las reglas que la costumbre ha ido estableciendo. Respecto a tamaño, el capricho de la moda impera, pero a pesar de ella, hay algo que permanece fijo, y en ese algo nos fundamos para marcar las dimensiones que deben tener, lo cual no quiere decir que quien siga la moda caiga en ridículo.—La costumbre de doblar las tarjetas no es fija, pues mientras unos la doblan por el medio, otros doblan un ángulo o dos, si hay en la familia varias personas con quien deseen cumplir. Lo último da a las tarjetas feo aspecto, y por esto en buena sociedad se va aclimatando la primera manera de doblarlas. El tarjeteo puede degenerar en abuso, teniendo ya este carácter el del primer día del año; pero aunque así sea, fuera falta de atención no corresponder con tarjeta a las personas que envían la suya, pues el querer introducir innovaciones podría tomarse por descortesía.

Su importancia

La costumbre de dejar tarjetas es muy importante, pues constituye una de las bases de las relaciones sociales.

Horas de etiqueta para entregarlas

Las horas de etiqueta para entregarlas son de cuatro a siete de la tarde.

Su forma

Las tarjetas de señora deben estar impresas en tipo pequeño y claro, sin caracteres antiguos ni adornos de ningún género. La cartulina ha de ser delgada y sin barniz; su tamaño de nueve centímetros por seis. En el centro estará el nombre de la señora, y en el ángulo derecho el día de recibo, si lo tiene señalado.

En los círculos más distinguidos se considera anticuada la costumbre de usar los matrimonios tarjetas con los dos nombres juntos.

La etiqueta no permite a las señoritas tener tarjetas propias: sus nombres van manuscritos debajo del de su madre en las tarjetas de esta.

Si una señorita no tiene madre, hará imprimir su nombre en tarjetas propias para señora debajo del de su padre.

Las solteras de cierta edad usan tarjetas propias.

Las tarjetas de caballero, también delgadas, sencillas, sin barniz y de las dimensiones usuales, llevarán en el centro nombre y apellido, y en el ángulo derecho inferior la dirección.

Cuando se guarda luto riguroso, es preciso usar tarjetas con orla que lo indique, o completamente negras.

¿A quién corresponde dejarlas?

El deber de dejar tarjetas incumbe principalmente a las señoras.

La esposa las deja por su marido como por sí misma; la hija por el padre, la sobrina por su tío; pero ni la casada, ni la soltera las dejan en casa de hombre soltero.

Las señoras observan muy estrictamente la etiqueta del tarjeteo; por cuya razón las que sostienen muchas relaciones tienen un libro de visitas, en el que anotan con su correspondientes fechas los nombres de las personas de quienes han recibido o a quienes han pasado tarjetas, para saber fijamente a qué atenerse.

¿Cómo se envían?

Por el correo no se mandan más tarjetas que las destinadas a felicitar con motivo de año nuevo, las cuales se remiten el día primero de enero. En los demás casos o se envían por un criado o se dejan personalmente.

Doblez de tarjeta

Las tarjetas que reemplazan una visita, deben dejarse: las de los caballeros dobladas por el centro, lo cual indica que sirven para toda la familia, y las de las señoras doblado uno de los ángulos, lo que significa que va especialmente a la señora de la casa.

Etiqueta del tarjeteo

Un joven no necesita tratar de etiqueta a sus amigos íntimos, y no importa mucho que deje de mandarles tarjetas; mas si quiere pertenecer a la sociedad y desea conservar las relaciones que vaya adquiriendo, debe mostrarse muy atento respecto a este asunto.

Por regla general, un soltero ha de dejar tarjetas para el señor y la señora de la casa con quienes está relacionado, tan pronto como sepa que la familia ha llegado al punto donde él se encuentra; y si es él quien ha estado ausente por algún tiempo, tan luego como regrese.

Un caballero no dejará tarjeta para las hijas solteras, ni para ninguna parienta hospedada, a menos que sea una señora casada, en cuyo caso dejará una para esta y otra para su esposo.

Respecto a las nuevas relaciones, hay que advertir que un caballero no debe dejar tarjeta para una señora casada o que represente la casa en la que haya sido presentado, por más afable y benévola que haya estado con él, a no ser que ella le invite expresamente a que la visite, en cuyo caso dejará tarjeta no solo para la señora, sino también para su marido o padre, aunque le sean desconocidos.

Si fue presentado a una señorita, tampoco podrá dejarle tarjeta sin que le ofrezca ocasión de cultivar las relaciones la madre o persona encargada, nunca la señorita misma.

Un caballero invitado a una comida, baile u otra diversión en casa de una relación nueva, sea por la señora a quien recientemente fue presentado, ora por mediación de un amigo común, debe ir a dejar su tarjeta el día después del convite, haya o no asistido a él.

También irá a dejarla, aunque la relación no sea nueva, para agradecer la fineza; pero en este caso bastará que lo haga dentro de la semana, sin olvidar que la presteza avalora la cortesía.

Estas tarjetas se entregarán sin preguntar si la señora está en casa, menos cuando la invitación fue para una comida, en cuyo caso se procede como en visita.

Cuando es un soltero quien da el convite, observan ese mismo ceremonial de las tarjetas los conocidos de poca intimidad, pero no los amigos, que, por lo general, se encuentran con bastante frecuencia para poder prescindir de la etiqueta de visitas y tarjetas. De suerte que si uno va a ver a un amigo a quien no encuentra en casa y le deja tarjeta, esto es más bien una prueba de que desea verle que una muestra de fina atención.

La persona convidada a una reunión en casa de un conocimiento nuevo, directamente, o por mediación, puede continuar pasando tarjetas en un plazo razonable; mas si no se corresponde a ellas, deberá entender que no han de continuar las relaciones.

Al llegar una señora a la ciudad, después de una ausencia larga, dejará inmediatamente tarjeta a sus conocidas y amigas. Mas si, atendida la brevedad de la expedición, no creyó oportuno despedirse, reanudará el tarjeteo en el punto en que lo encuentre.

Es evidente que al llegar a cualquier punto o al regresar de una expedición, la iniciativa de tarjetas o visitas corresponde al recién llegado, no a sus conocidos, que en la generalidad de los casos ignoran su llegada.

Si una señora hace visitas en coche, manda el lacayo a preguntar si la señora de la casa recibe.

En caso negativo, la visitante entrega al criado dos tarjetas, una propia dedicada a la señora y otra de su marido, doblada por el centro.

Una señora únicamente deja tarjeta para otra señora.

Dado que una señora de rango superior corresponda a una tarjeta con una visita, preguntando si la señora está en casa, su proceder es de buena etiqueta y se considera como cumplido. Pero si pagase una visita solo con tarjeta, significaría deseo de que las relaciones sean muy superficiales.

La señora que corresponda con visita a una tarjeta, dejada por otra señora de superior clase, cometerá una infracción de la etiqueta. De aquí se infiere cuán importante es saber si la persona que dejó tarjeta preguntó antes si la señora estaba en casa, en cuyo caso la tarjeta equivale a una visita.

No debe apuntarse en la tarjeta el nombre de la persona a quien se destina, a menos que esta se hospede en una fonda de mucha concurrencia.

Si una señorita tiene que ir sin su padre o su madre a dejar tarjeta en casas de conocidas o amigas, y la persona en cuya casa reside o la acompaña no está relacionada con la familia objeto de la visita, entregará una tarjeta que contenga su propio nombre debajo del de su madre, borrando este con lápiz para indicar que no iba con ella.

La señora que va a visitar a una amiga en casa de personas desconocidas, únicamente por aquella ha de dejar tarjeta. Pero por poco que conozca a la dueña de la casa dejará otra para esta en su primera visita, sin repetirlo en las sucesivas si son frecuentes.

Una señora presentada a otra en ocasión de una comida o un té, no debe aventurarse a mandarle tarjeta sin haberla encontrado en sociedad varias veces y sin tener la seguridad de que el deseo de relacionarse es recíproco. No obstante, si una de ellas es de clase elevada, puede tomar la iniciativa, bien mandando tarjeta a la otra, bien rogándole que vaya a verla. Si son iguales en categoría, el buen sentido aconsejará lo conveniente; mas, en todo caso, la visita debe hacerse dentro de la misma semana.

Las personas de igual condición social dejan tarjetas o hacen visitas, según deseen relaciones de cumplido o de amistad, correspondiendo siempre la otra parte de la misma manera: a visita con visita, a tarjeta con tarjeta.

Un forastero, aunque de rango superior, no puede ir primero a visitar a un residente, pues debe esperar a que este tome la iniciativa.

Si el forastero no gusta de continuar las relaciones, las interrumpirá no repitiendo la visita, y si deseare interrumpirlas, pagará las visitas con tarjetas solamente.

Cuando una señora hace una visita puramente de negocio, debe entregar su tarjeta al criado para que la pase a su amo o señora; pero tal proceder, muy correcto en este caso, sería altamente impropio en cualquier otra ocasión, estando en casa la señora.

Luego que se recibe una esquela participando un casamiento, un bautizo o una defunción (estas dos últimas van pasando de moda), hay que enviar tarjeta dentro de los ocho días siguientes a su recepción, si no hay bastante confianza para hacer una visita a la persona que tal atención tuvo.

A una esquela participando un casamiento, sin invitación para asistir a la misa, no se envía más que una tarjeta, aunque se esté emparentado con la familia.

Si una persona que reside en población distinta de la nuestra nos envía una carta participando algún acontecimiento, es preciso corresponder con otra de felicitación o de pésame, según el caso.

Al amigo o conocido que acaba de distinguirse por un hecho notable, un triunfo artístico, literario o algo que le ponga en evidencia, se le mandan tarjetas en señal de felicitación.

Deben enviarse tarjetas al salir de una enfermedad a todas las personas que durante ella se han interesado enviando la suya o mandando a preguntar por el paciente.

Cuando una persona a quien se trata, escribe solicitando caridad con motivo de una colecta de la cual está encargada, se le manda el donativo acompañado de una tarjeta bajo sobre.

Al marcharse de una población se envían tarjetas, escribiendo al pie S. D. (se despide); puede añadirse el punto a donde se va, en particular cuando no es la residencia habitual.


Esquelas


Esquelas de nacimiento

L

Las esquelas de participación de nacimiento de un hijo, se mandan sin cerrar.

A los superiores o personas respetables que residan en la misma ciudad, se les envían por un propio que las entregue al portero; a los demás, por el correo.

Esquelas de participación de matrimonio

La envían los contrayentes y sus padres respectivos.

Esquelas de defunción

Las esquelas de defunción se extienden en papel satinado con orla negra y se mandan dobladas con un solo pliegue y dentro de un sobre con orla de luto.

Estas esquelas, que siempre son sencillas, contienen el nombre y apellidos del difunto y los de los individuos de la familia hasta primos hermanos, expresando íntegramente los títulos y dignidades del primero y en abreviatura los de los demás.

Las esquelas impresas y hasta las manuscritas pueden formularse en tercera persona, diciendo por ejemplo: «El Sr. y la Sra. N. ruegan a D. F. etc.»

Cartas de pésame, felicitación, etc.

Cuando estas cartas están dirigidas a un pariente o amigo no hay más que expresar el sentimiento que nos posee; pero como algunas veces han de dirigirse a personas muy elevadas, y quizá a los soberanos, es bueno recordar las condiciones que han de tener estas cartas.

Hay que expresar la idea con sencillez y claridad, empleando para ello las menos palabras que sea posible, teniendo en cuenta que sería impertinencia ocupar largamente la atención de los que la deben a muy altos intereses.

El mayor espacio que debe ocupar el pésame o felicitación es el centro de la primera página, encabezando y acabando esta tal como queda dicho en la [página 56] que trata de las peticiones.

Tratamientos

Un caballero, en una esquela a una señora más joven, la llama «Muy distinguida Sra. mía:» solo cuando hay intimidad puede decir:

«Mi querida señora y amiga.»

Una joven, al escribir a un caballero, no le da jamás otro tratamiento que «Muy distinguido señor mío;» pero si se dirige a una señora, la trata de «Muy Sra. mía y amiga.»

Advertencias

Una señora no dice «tengo la honra» sino dirigiéndose a un sacerdote o alto personaje, o bien cuando su carta reviste la forma de petición.

A una persona respetable por su edad o posición social, se le puede mandar carta con las iniciales y armas, pero no con alegorías y divisas.

Las cartas comerciales son las únicas que llevan margen.

No se cierra una carta al entregarla a un portador que no pueda considerarse como dependiente.

B. L. M.

Los B. L. M. se redactan poniendo primero el cargo que se ejerce y después de la fórmula B. L. M. el de la persona a quien se dirige. Sigue la exposición sencilla y clara del objeto, y al terminar y al reiterar el respeto y consideración, se escribe el nombre y apellidos de la persona a quien se dirige y de aquella que lo envía.

Se usan otros B. L. M. en forma de esquela, en los cuales se suprime la fórmula de los cargos y solo se consigna el nombre y apellidos, antes del B. L. M. se escribe el de la persona que lo envía, y después el de la que lo recibe. Hoy están muy en uso y tienen la ventaja de reemplazar las cartas, abreviando y suprimiendo todas las fórmulas de ellas. Los B. L. M. no se firman.

También se usa la fórmula E. L. M. (estrecha la mano).

Memorándums

Los memorándums también se emplean, pero siendo su origen puramente mercantil, no pueden reemplazar al B. L. M. en la buena sociedad.


Peticiones


L

Las peticiones, por lo mismo que en ellas se solicita algo, han de ser muy respetuosas, sobresaliendo la modestia, pues el orgullo y vanidad sientan mal en todas ocasiones, y más en quien pide. Ha de cuidarse de que la modestia no degenere en afectada humildad, porque esta puede confundirse con la bajeza. La letra ha de ser clara, pues la letra mala indica que no se guarda a la persona a quien la petición se dirige toda la consideración que se merece, ya que no se ha cuidado de que hubiese belleza en la escritura. También son irrespetuosos los borrones, raspaduras y enmendados, que equivalen en los escritos a la falta de aseo en las personas. Al redactarse, hay que tener en cuenta que el laconismo y la claridad son dos grandes cualidades que distinguen al que las posee.

El espacio que se deja al principiar y al terminar cada página, es igualmente prueba de respeto, pues el llenar la hoja revela mal gusto y mezquindad. También la supresión de la rúbrica es señal de respeto.

Papel para peticiones

Las peticiones deben escribirse en la columna derecha de una hoja grande de papel satinado, llamada papel ministro, doblada a lo largo por su mitad.

Tratamientos

Si se dirigen al Papa, se encabezan con la expresión «Santísimo Padre».

Si a un soberano o soberana, con la palabra «Señor» o «Señora».

En el cuerpo del escrito se da el tratamiento de «Vuestra Beatitud» o «Vuestra Santidad» al Papa, y de «Vuestra Majestad» al monarca.

A un miembro de la familia real se le titula «Señor» o «Señora» en el encabezamiento, y «Vuestra alteza» en lo sucesivo.

El tratamiento de un ministro es «Excelentísimo Señor»; el de los cardenales «Eminentísimo Señor»; el de un cardenal príncipe «Alteza Eminentísima», y el de un obispo «Ilustrísimo Señor», debiendo darle además el tratamiento de Excelencia si lo tiene, en cuyo caso se escribirá «Excelentísimo e Ilustrísimo Señor».

Forma de las peticiones

Se empieza la petición en el último tercio de la página, o después del principio de la segunda mitad. El escrito no ha de llegar hasta el extremo inferior, debiendo quedar en él un blanco.

Se continúa en la columna derecha del reverso, dejando también en la parte superior de este un blanco análogo al del pie del anverso, y se termina diciendo:

Cuando la petición va dirigida al Papa,

Santísimo Padre:

Besa el pie de Vuestra Beatitud.

Cuando se dirige a un cardenal,

Eminentísimo y Reverendísimo Señor:

Besa el anillo de V. Em.ª Reverendísima.

Igual, solo cambiando el tratamiento, cuando se dirige a un arzobispo u obispo.

Cuando se dirige al Rey:

Señor:

A los Reales Pies de V. M.

Igual para los Infantes, variando el tratamiento.

Se firma sin rúbrica cuando la petición se dirige al Papa o al Rey.

La fecha se pone antes de la fórmula que precede a la firma.

Cualidades

La petición ha de ser respetuosa, clara, lacónica y exenta de borrones o raspaduras.

No es costumbre que una mujer mande directamente una petición al Papa. En su nombre la formula el marido, el pariente más próximo u otra persona.

¿Cómo se envían?

Se envían las peticiones dobladas en cuatro partes, metidas en un sobre grande cerrado, no con oblea, sino con lacre, y sellado con las iniciales o armas del remitente.

En el sobre se pondrá sin abreviatura el título de la persona a quien se dirige, o el más honorífico, con un etc., si tiene varios.

Petición repetida

Si la petición queda sin respuesta, hay que dejar transcurrir un mes antes de remitir la segunda, que deberá ser la repetición de la primera.

Recomendación de peticiones

La recomendación de una petición a ministros, etc., se hará en carta separada.

Una mujer no recomienda la petición de un hombre que no sea su inferior.