En esta edición se han mantenido las convenciones ortográficas del original, incluyendo las variadas normas de acentuación presentes en el texto. ([la lista de errores corregidos sigue el texto.])

Además de éstos errores, se han corregido algunas palabras en las que se había cambiado la letra 'u' por 'n' o viceversa.

También se han incorporado al texto los errores indicados en 'ERRATAS NOTABLES'.

En las 'ERRATAS NOTABLES' se indica que, página 163, donde dice 'año 711' debe decir 'año 734'. No obstante, el texto original ya dice 'año 734'.

Se han añadido '.' al final de las frases que no lo tenían.

Hay frases entrecomilladas en que faltan las comillas al principio o al final. Se han dejado según el original.

Hay frases entre paréntesis en las que falta el paréntesis inicial o final. Se han dejado según el original.

(nota del transcriptor)

I

ORIGEN DE LOS INDIOS DE AMÉRICA

II

ORIGEN Y CIVILIZACIONES DE LOS INDIGENAS DEL PERÚ

CARLOS PRINCE


I
ORIGEN DE LOS INDIOS
DE AMÉRICA
II
ORIGEN Y CIVILIZACIONES DE LOS INDÍGENAS
DEL PERÚ

LIMA

IMPRESO EN CASA DEL AUTOR

CALLE DE POLVOS AZULES No. 173


1915

Á MIS HIJAS

Isabel Carolina y Elisa Silvia.


A vosotras, queridas hijas,

os dedico este libro,

en el que hallaréis algo que aprender.

Vuestro padre

Carlos Prince.

Lima, 1º de Enero de 1915.


PREÁMBULO

ORIGEN DEL HOMBRE
§ I

Antes de entrar en materia sobre la antropogenia del Hombre, es oportuno formarse una idea de las causas creadoras ó productoras del Universo, para lo cual precisa exponer algunas hipótesis formuladas por los sabios, siendo las principales la de Mr. Laplace y la de Mr. Faye, que trascribimos en seguida.

El notable y profundo astrónomo y físico Mr. Laplace en su obra Exposition du Monde, establece la teoría de la formación del sistema planetario, y lo resume en los siguientes términos:

"En un principio la materia del Sol y de todos los cuerpos del sistema planetario, estaba difundida y extendida en un estado gaseoso, llenando todo el espacio que ahora ocupan esos cuerpos, y tomando la forma y condiciones de una nebulosa, sometida á un movimiento de rotación. Este movimiento había de producir una condensación de la materia hacia el centro, formándose así un núcleo que es el origen del Sol. Continuando la condensación de la materia, el movimiento de rotación hubo de ser cada vez más rápido, y la nebulosa se aplanó fuertemente por los polos y se extendió en el plano del Ecuador, separándose varias zonas de vapor á diferentes distancias del centro. En estas zonas se formaron núcleos secundarios, que participaban del movimiento general de la nebulosa, y fueron el origen de los planetas, uno de ellos la Tierra. Estos núcleos planetarios se convirtieron así en centro de nebulosas secundarias, separándose de ellos, de la misma manera, la materia que había de formar los satélites. Aislada y separada la nebulosa solar, la materia de la Tierra ocupaba, por su estado gaseoso, un espacio inmenso que se extendía millares de leguas. Pero sometida al mismo movimiento de rotación, después del desprendimiento de la Luna, debió de irse condensando sin cesar, y adquiriendo, cada vez, más pronunciado el carácter luminoso y las demás condiciones que distinguen al Sol. Era entonces la Tierra un astro brillante por sí mismo, en cuyo estado hubo de permanecer el inmenso lapso de tiempo necesario para que, por la condensación constante de la materia, se redujese próximamente á sus dimensiones actuales de 60° que tienen los espacios interplanetarios en que gira; se enfriase lentamente su superficie y perdiese poco á poco su carácter luminoso, hasta quedar completamente apagada por el enfriamiento y solidificación a de una película ténue exterior, quedando su centro en ignición. La Tierra pasó de esta manera á ser un cuerpo opaco, en cuyo estado entra plenamente su estudio en el dominio de la Geología."

Posteriormente el sabio Mr. Faye ha rebatido la teoría de Mr. Laplace, sustituyéndola por otra más en conformidad con los recientes descubrimientos astronómicos, y condensando su opinión al respecto, dice:

"El Universo, en su origen, se reducía á un caos completo, excesivamente enrarecido, constituído por todos los elementos de la química terrestre, más ó menos revueltos y confundidos. Estos materiales, sometidos entonces á sus mútuas atracciones, se hallaban desde un principio animados de movimientos que provocaron su separación en lienzos ó nubes. Estas conservan un movimiento de traslación rápido y revoluciones intestinas extremadamente lentas. Estas miriadas de nubes caóticas han dado nacimiento, por vía de condensación progresiva, á los distintos Mundos que forman el Universo."

Cada uno de estos Mundos tiene su especial y propia atmósfera. El Globo ó la Tierra que habitamos se halla rodeada por dos fluídos sútiles y elásticos: el aire puro ó gas oxígeno y el gas ázoe; siendo ambos fluídos, según el notable geógrafo Malte-Brun: "El inmenso laboratorio exterior de la Naturaleza, que reune los diferentes gases que exhala el Globo, los destila, satura, descompone y volatiliza, ó los condensa y precipita por medio de operaciones y leyes físicas." El aire se compone de 79 partes de gas ázoe, 21 de gas oxígeno, algunas milésimas partes de ácido carbónico y una pequeñísima parte de agua en estado de vapor, que varía con la temperatura de la atmósfera. Entre estos gases, el oxígeno es el indispensable para la respiración; el gas carbónico alimenta los vegetales, que lo absorben, y derrama el oxígeno. La altura de la atmósfera varía en los diferentes climas, siendo menos elevada cuanto más se aproxima á los polos, y más elevada en los climas tropicales, donde suele alcanzar hasta la altura de catorce leguas.

Los geólogos dividen la Creación en cinco grandes Períodos ó Edades geológicas: Primordial, Primaria, Segundaria, Terciaria y Cuaternaria, correspondiendo á estas cinco Edades, cinco capas de terreno diferentes.

En la Edad Primordial se enfrió lentamente el Globo Terrestre, formando cortezas delgadas que los geólogos denominan terrenos plutónicos ó primitivos, ó sean capas de roca granítica.

En la Edad Primaria se formaron cuatro capas denominadas: terreno silúrico, terreno devoniano, terreno carbonífero y terreno permiano. En el primero apareció la vegetación en estado embrionario (algunas algas marinas); en el segundo, los fósiles de vegetales y animales (zoófitos, moluscos); en el tercero, fósiles de animales vertebrados (peces); y en el cuarto, vegetación en su completo desenvolvimiento, en cuya época se formó también el último terreno, en el que desarrolló y perfeccionó la vegetación y los seres animales.

En la Edad Segundaria los terrenos están divididos en tres capas: el triaco, el jurídico y el cretáceo. En el primero, se encuentran reptiles fosilizados, principalmente los grandes lagartos y enormes ranas; en el segundo, grandes y desproporcionados reptiles anfibios; y en el tercero, aparecieron los mamíferos vivíperos.

En la Edad Terciaria los terrenos están también divididos en tres capas: el eoceno, (comienzo de la vida); el mioceno (mitad de la vida), y el plioceno (vida completa). En este último Período vivieron los grandes paquidermos, como el mammouth, el oso de las cavernas y otros; y en los terrenos de ese mismo Período se han encontrado restos humanos, objetos de pedernal y otros análogos, lo que prueba que al lado de los paquidermos vivía también el Hombre.

En la Edad Cuaternaria los terrenos se dividen en dos capas: postplioceno y reciente, caracterizados como el Período de grandes diluvios, á la vez que de un notable descenso de la temperatura. Ya en este mismo Período, la existencia del Hombre está fuera de duda, pues es un hecho comprobado.

Los geólogos confirman que el Hombre ha existido desde el período Plioceno, que es el llamado Glacial ó de transición entre la Edad Terciaria y la Cuaternaria. Pero esta teoría no está del todo confirmada, porque algunos paleontólogos sostienen que en ese mismo Período no existía el Hombre perfecto, sino el antropóide homínido, es decir, un ser antropomorfo semejante al Hombre pero que carecía del uso de la palabra[90]. Sólo con el transcurso de un lapso muy largo de tiempo, dicen esos mismos paleontólogos, ese ser antropóide-homínido fué gradualmente evolucionando y modificándose progresivamente, hasta que apareció el Hombre en estado relativamente perfecto. Este perfeccionamiento, dicen, aconteció en la Edad Cuaternaria.

Si pretendiéramos investigar las muchas opiniones que se han suscitado acerca del origen del Hombre, esta inquisición nos conduciría demasiado lejos; por consiguiente, nos limitaremos, tan sólo, á reproducir lo asentado por algunos sabios acerca de este enmarañado esquema.

Darwin, Quatrefages, Huxley, Hækel, Taylor, Flourens, Paniagua y otros, sientan la teoría de que el Hombre procede directamente del mono (antropomorfo) por efecto de la evolución sintética ó desarrollo progresivo de los órganos en sus formas internas y externas.

Hækel cree que ha existido un ser intermedio entre el mono y el Hombre, ser que él denomina phitecanthropus ó mono-hombre, (alalus, es decir, sin habla), predecesor del tipo humano, que vivió, supone él, en el período Plioceno. Pero, esta hipótesis no ha tenido plena confirmación, hasta que el profesor de geología de la Universidad de Amsterdam, Mr. Dubois, hiciera el descubrimiento, en 1894, en las orillas del río Bangawan (isla de Java), de restos antiquísimos correspondientes á una época intermediaria entre las Edades Terciaria y Cuaternaria (Pliocena). Este descubrimiento de Mr. Dubois produjo calurosas discusiones entre los sabios geólogos, pues mientras unos aseguraban que esos restos pertenecían al tipo antropóide, otros opinaban que eran vestigios del Hombre, y algunos sostenían que pertenecían al tipo intermedio señalado por Hækel.

"Se ha querido encontrar el punto preciso de yuxtaposición entre el mono y el Hombre,—dice A. de Paniagua en su obra La Genèse de l'Homme,—pero este punto probablemente no existe. La evolución se ha producido por diferencias progresivas: para tomar la filiación, no se debe considerar dos individuos más ó menos aproximados, sino la serie de los intermediarios. Entre el mono y el Hombre faltan los puntos de sucesión exacta, pero algunos restos de los grandes antropóides y los homínidos fósiles, son tantas normas (raras, es cierto), que facilitan el camino á seguir y acercan las distancias, haciendo ver, de una parte, que los antropóides estaban ya dotados de órganos perfectos, y, de otra parte, que los homínidos primitivos eran seres casi simios...... La evolución humana, en un principio, se ha producido con una extrema lentitud, y antes de la aparición del Hombre en estado relativamente perfecto, ha sucedido una larga serie de homínidos primitivos, menos acabados, pero que se han ido sucediendo, mejorándose progresivamente." En seguida este naturalista hace una larga disertación sobre las semejanzas y similitudes de los órganos de los grandes antropóides y los homínidos, y concluye formulando con Hækel, la conclusión de que "en el cuerpo del Hombre no hay un solo órgano que no provenga del mono y por el mono, y que el Hombre posée los mismos órganos que aquel, apesar de presentar algunas desemejanzas, las que, precisamente, establecen la diferencia que existe entre ambos seres, pues si esas desemejanzas no existieran, el Hombre sería mono ó el mono sería Hombre."

En concordancia con esta teoría, conviene declarar, según opinan los naturalistas, que el Hombre es un animal racional. El gran botánico Linneo, en su Amœnitates Academicæ, no separa genéricamente al Hombre de los monos antropóides, como el orangután, el chipanzé, el gorila y el gibón, con los cuales le confunde en un mismo grupo bajo la denominación común de homo est animal rationale (como ha dicho Aristóteles), haciendo de él una especie caracterizada, dándole el nombre de homo sapiens ó sea hombre sabio, pensador.

No es nuestro ánimo el combatir las opiniones de los sabios que hemos citado, tocante al origen del Hombre; pero al profundizar los arcanos de la Creación, haremos, no obstante, la ligera observación que sigue:

Si esos sabios presentan al Hombre como un animal y lo designan con el epíteto de animal racional, creemos que ese epíteto no es justificado en un todo, porque el Hombre no raciocina en todas las épocas de su vida y sólo adquiere el raciocinio cultivando con esmero sus facultades intelectuales; por lo mismo, débesele dar el calificativo de animal susceptible de razón. Y para ser más precisos en esa definición, suponemos que el Hombre no es simplemente un animal racional, sino un ser mixto ó medio, colocado entre la materia y el espíritu, y que raciocina llegando á la edad en que se desarrollan todas sus facultades mentales. El Hombre, por la inteligencia que puede adquirir, es considerado «el rey de los animales y el agente de la Creación,» porque él domina á los animales más salvajes, sometiendo á su ley no solamente los seres más corpulentos como la ballena, el elefante, sino también los más fieros como el león, el tigre y todos los demás animales, haciéndolos servir para todas sus necesidades; la tierra igualmente le paga contribución, pues que la despoja de los productos de su seno; domina el aire y los mares; no escapando, en fin, nada á su penetración y perspicacia, cualidades que sólo dependen de su razón. Por consiguiente, nos parece que para estar en lo justo, debe calificarse al Hombre como un ser animal, mixto, susceptible de razón.

M. de Quatrefages, en su Phisiologie comparée: Metamorphoses de l'Homme et des Animaux, reconoce asímismo, que bajo el punto de vista de la organización física, el Hombre es un verdadero animal dotado de los mismos aparatos, órganos y elementos que los antropóides, estableciendo, definitivamente, que la raza originaria de la especie humana ha debido ser un hombre prognato, de piel amarilla y cabello rojo.

Huxley[2], Lubbock[3], Taylor[4], Vogt[5], Shaffhausen[6], Flourens[7], Cleuzion[8], Filippi[9] y todos los naturalistas que han estudiado los restos humanos de las Edades Terciaria y Cuaternaria, han concluído, unánimemente, que la raza más antigua de que se han encontrado restos, eran de seres repugnantes, prognatos y dolicocéfalos, que llevaban al rededor de las órbitas un reborde saliente semejante á los monos, y tenían los senos frontales muy desarrollados.

El aspecto grosero de sus circunvalaciones indica que esa raza era de inteligencia rudimentaria y obscura. La región posterior, sitio del centro visual, era de gran desarrollo; por el contrario, los lóbulos frontales, que no pueden atrofiarse en el hombre racional, sin que el resultado sea una alteración profunda de las facultades intelectuales, eran muy reducidas. La conformación de la circunvalación frontal, relacionada con el lenguaje articulado, era tan reducida que la facultad de la palabra tenía que ser muy restringida.

Los naturalistas opinan que desde los comienzos hubieron varias especies humanas derivadas de padres distintos. Desde el punto de las estructuras de los cuerpos, los lemurios, los cuadrumanos, los monos y los hombres reunieron caracteres análogos en gran número, defiriendo esencialmente por el volumen del cerebro.

Ch. Darwin, en su obra De l'Origine des Espèces, es de opinión que: "Las innumerables especies de animales, entre ellas el Hombre y plantas que pueblan la superficie del Globo, proceden todas de algunos tipos orgánicos ó de un solo tipo primordial creado en un principio para llegar á ser la estirpe común de todos los seres vivos. Los orígenes naturales de la Humanidad se pierden en el mundo indivisible de los vivientes."

Desde luego, según opinión de este notable naturalista, no existe entre el Hombre y el animal sino la diferencia de grado, pues el nacimiento y la muerte son iguales en el Hombre como en el animal; ambos tienen los mismos órganos y aparatos, las mismas funciones, los mismos elementos y los mismos fenómenos se suceden en la muerte del uno y del otro: el corazón cesa de latir, todos los órganos pierden sus propiedades y las materias componentes del Hombre son idénticas que las del animal. "Todo esto—dice Darwin—es una prueba palpable de que no existe un abismo infranqueable entre el Hombre y el animal."

Huxley, en su Doctrine de l'Évolution, ha probado que todos los huesos del esqueleto del Hombre son iguales á los huesos del mono, como también sus músculos, nervios, vasos sanguíneos y vísceras internas; que el cerebro, el más importante de todos los órganos, sigue la misma ley, pues que cada hendidura y cada repliegue del cerebro humano son iguales á los del orangután: empero, establece también, que el cerebro del Hombre y el del mono no concuerdan del todo en ningún período de su evolución, concordancia que no puede esperarse, porque de verificarse, serían iguales las facultades mentales del Hombre y del mono. "Los monos—añade Darwin—están sujetos á muchas de nuestras enfermedades no contagiosas: padecen catarros, con sus ordinarios síntomas, terminando, cuando con demasiada frecuencia se repiten, con la tisis; sufren también apoplegías, inflamaciones y cataratas. Los remedios producen en ellos los mismos efectos que en el Hombre...... Muchas especies de monos tienen muy pronunciado gusto por el té, el café y las bebidas espirituosas; fuman también el tabaco con placer." Aunque estos hechos son de poca importancia, prueban, empero, cuán semejantes son los nervios del gusto en el Hombre y los monos, y que, en ambos, puede ser afectado del mismo modo el sistema nervioso.

El naturalista Arturo Mangin, en su obra L'Homme et l'Animal, establece una diferencia entre el Hombre y el mono, diciendo: "Zoológicamente hablando, el Hombre se distingue de los grandes monos por caracteres anatómicos y fisiológicos, y se diferencia psicológicamente de todos los demás animales por facultades mentales, de las que varias le son exclusivamente propias, al paso que otras están sólo más desarrolladas en él que en el animal."

En las remotas primitivas Edades, en que se operó la evolución progresiva, por la cual el mono antropóide se perfeccionó gradualmente hasta llegar el Hombre al estado de su completo desarrollo, hay que tener en cuenta que la Naturaleza evolucionaba vertiginosamente: la fauna y la flora sufrieron sucesivas transformaciones, hasta perderse esas especies extraordinarias desconocidas hoy, á la vez que las grandes perturbaciones climatéricas, en la sucesión de los siglos, determinando el Período Cuaternario, en que apareció el Homo sapiens, que es el ser más perfecto de la Creación.

Volviendo, ahora, á la debatida cuestión de si el Hombre apareció en la Edad Terciaria ó en la Cuaternaria, (que ha sido el tópico de algunos paleontólogos y geólogos) en apoyo de esta cuestión; basta recordar que se ha descubierto en el condado de Norfolk (al Este de Inglaterra), el esqueleto de un hombre que, se dice, ha pertenecido á una raza anterior á la llamada de Neanderthal[10] enterrado bajo una capa geológica que hace remontar su origen más allá de la raza hiperbórica que data de la Edad Terciaria. Admitiendo tal supuesto, este descubrimiento sería de grande importancia bajo el aspecto científico, y por eso ha llamado la atención de los sabios modernos dedicados á esta clase de problemas, principalmente de Alfonso Favre, que en su obra Éxistence de l'Homme á l'Époque Tertiaire, trata de sostener esta misma opinión.

La existencia del Hombre en la Epoca Terciaria se ha justificado últimamente, en 1911, con el hallazgo en un depósito de arcilla de Pilt-Down Common, cerca de Uckfield (Sussex, Inglaterra), de un fragmento de quijada y de una porción de cráneo del Hombre fósil que, se dice, es un exponente fiel del eslabón de conexión con los monos, pues parece que es incontrovertible la interpretación que los sabios Dawson de Lewes y Smith Woodward le han dado. Suponen estos sabios, que este Hombre fósil ha existido hace ya algunos centenares de miles de años, ó sea, durante los primeros tiempos de la Epoca Pleistocena, anterior al Período Plioceno, y calculan que era un hombre de baja estatura, pletórico de músculos y que no había llegado á obtener la figura airosa del cuerpo característico del ser humano de nuestros días: en una palabra, estos sabios opinan que los fragmentos del Hombre de Sussex, como los de los hombres fósiles de Java, Heildelberg, Gibraltar, Constadt, Uckfield, Spy, Saint Acheul, Moustier, Dussel y otros, llevan señales ineludibles de las relaciones de descendencia del Hombre con el mono.

Los paleontólogos, que han especificado los rasgos característicos de las razas humanas primitivas, opinan que el esqueleto descubierto en Neanderthal (Prusia Renana), es del Período Glacial ó de transición entre la Edad Terciaria y la Cuaternaria: es raza contemporánea del gran oso de las cavernas y del elefante fósil; estaba dotado de fuerza hercúlea y tenía una fisonomía bestial; no poseía sino un lenguaje articulado completamente rudimentario; sus costumbres eran las del salvaje, nutriéndose tan sólo de raíces, frutas silvestres, caza y pesca.

Después de la raza Neanderthal, se ha encontrado esqueletos de razas posteriores ó sea de la Edad Cuaternaria.

En Canstadt (valle del Rhin), en Naulette (orilla izquierda del Lesse, en Bélgica), en Brux (Bohemia), en Olino (Italia) y en otros lugares de Francia, se han descubierto esqueletos fósiles de razas y costumbres idénticas á la de Neanderthal.

En Chapelle-aux-Saints (Capilla de los Santos) al Sud de Francia, en una gruta descubierta en 1908 por los abates Bouyssnie y Bardon encontraron una cantidad de osamentos humanos fosilizados cuyo conjunto constituía un esqueleto casi completo. El notable paleontólogo Mr. Boule, ha hecho un estudio detenido del cráneo de ese ser prehistórico, y en su magistral obra publicada recientemente, en 1913, con el título de L'Homme fossile de la Chapelle-aux-Saints, este sabio profesor enumera hasta veintiocho caracteres que ofrecen las diversas partes de ese cráneo y que son comunes á los del mono.

Los esqueletos trógloditas ú hombres fósiles que se han hallado en el asilo ó refugio de Cro-Magnon (Périgord, Francia), son ya de raza más adelantada que las anteriores, tanto en su constitución física cuanto en sus costumbres, pues los objetos que junto á ellos se han encontrado y de que se servían, eran mejor labrados y más á propósito para los usos á que los destinaban. Según opinión del sabio Quatrefages, esa raza era algo inteligente.

Los esqueletos trógloditas de Furfooz (Bélgica), última raza primitiva de los tiempos prehistóricos, manifiestan haber sido seres aún de mayor inteligencia que los de Cro-Magnon, pues conocían el medio de fabricar una loza grosera.

De todo lo referido, cierto parece, que no el Hombre perfecto, sino el antropóide homínido existía ya en el Período Plioceno ó sea á fines de la Edad Terciaria, como lo comprueban las investigaciones de los geólogos Riviere de Klaatsh y Hauser, Seleucka y Carthaus, Lartet y Leffikwell, practicadas, respectivamente, en Moustier, Trimel, Eyzies y en la isla ártica de Bater. Nada menos que el hallazgo de una docena de esqueletos fósiles referentes á la raza del Hombre primitivo, convencen que esa misma raza constituye una especie aparte, diferente del Homo sapiens al que tenemos el honor de pertenecer.

Difícil es precisar cuál podía ser la vida social de esos hombres primitivos; pero es de suponer que vivían brutalmente y como animales, con sólo el instinto de la nutrición, de la defensa contra la inclemencia del clima y contra las bestias feroces que podían ofenderlos.

Se ha observado que el Hombre primitivo vivía generalmente en las orillas de los ríos; es allí donde se encuentran sus restos, como así mismo en las cavernas naturales abiertas por la erosión de las aguas de los valles. Natural es, que sea difícil descubrir sus osamentos, porque están casi siempre enterrados de cuatro á seis metros de profundidad en el suelo de las cavernas, debido á que las aguas surabundantes las llenaban de detritus, de arena y de limo arrastrados por ellas. Por eso, muchas cavernas están tan llenas de limo, que parece imposible, á primera vista, que pudieran existir allí, bajo una espesa capa de tierra, muchos restos de osamentos, y solamente practicando escavaciones profundas, es que se han descubierto vestigios de huesos que han pertenecido al Hombre primitivo, como así mismo osamentos de corpulentos animales.

Cuanto al desarrollo del Género Humano, según opinión de algunos paleontólogos, éste se realizó paulatinamente en el trascurso de tan inmensos períodos de tiempo, que apenas se concibe, ni aún se puede formar la más lejana idea, datando, suponen algunos, de más de veinte mil años. Hækel va aún más lejos, pues opina que desde la Creación del Mundo, no solamente han trascurrido cien mil años, sino probablemente muchos centenares de miles de años. En fin, otros paleontólogos infieren que la Tierra tiene una edad que se escapa á todo cálculo numérico, y que hace muchos millones de años que su superficie está habitada por el Hombre[11].

El Dr. Thomas C. Chamberlain, jefe del departamento de geología de la Universidad de Chicago, declaró en una conferencia pública, tenida en el local del Museo Municipal, ante los miembros de la Sociedad Geográfica de aquella ciudad, que, á su juicio, "el planeta tenía ya cien millones de años, y que por sus fenómenos climatológicos y sus condiciones atmosféricas subsistirá aún otros millones de años."

Si los cálculos de los paleontólogos nombrados parecen enormemente exagerados, debemos citar la opinión de un sabio geólogo inglés, Mr. R. T. Strutt, que pretende haber determinado por un método muy preciso, la edad de algunas rocas eruptivas, buscando la cantidad de helium que contienen. Por el análisis que hizo de algunas muestras de circo[12], ha encontrado que los basaltos de Auvernia, de la Edad Terciaria, tenían 6.270,000 años de existencia; que los de Noruega excedían de 54.000,000 de años; y que las tierras azules diamantíferas de Kimberley, en el Africa Central, alcanzan la respetable edad de 320.000,000 de años. Además recogió, dice, en la provincia de Ontario, en el Canadá, una roca arcáica que cuenta, por lo menos, 622.000,000 de años; y aún, añade que, á su juicio, las cifras que él indica son inferiores á la realidad, pues cree que el Globo Terráqueo cuenta por lo menos 700.000,000 de años.

§ II

En este segundo parágrafo es del caso ocuparnos especialmente del origen del Hombre en el Continente Americano.

El sabio Hamy, en su obra L'Homme tertiaire en Amérique, opina, entre otros geólogos, que no solamente en los Antiguos continentes sino también en el Nuevo, ha existido el Hombre desde el Período Plioceno, pues asevera que se han descubierto esqueletos de ese mismo Período en Nueva Orleans y en Jacksonville (Estados Unidos de Norte América), y en Mercedes (Argentina), deduciendo que pertenecían á una raza dolicocéfala y platicéfala ó sea de cabeza larga y estrecha, y aplanada la bóveda del cráneo, de capacidad cerebral pequeña, de órbitas grandes y algo circulares, de pómulos salientes y de maxilar superior prognato inclinado hacia adelante, de estatura baja, de huesos fuertes y de constitución vigorosa. Este Hombre primitivo vivía de la caza y de la pezca; pues sus armas que se encontraron junto á sus osamentos, eran de piedra, de varias formas y pequeñas dimensiones, con las que atacaba á los corpulentos paquidermos que, en América, abundaban en aquellos remotos tiempos.

Ultimamente, en 1912, una comisión científica de la Universidad de Yale (Estados Unidos de Norte América), presidida por el sabio arqueólogo Mr. Hiram Bingham, recorrió parte del Sur del Perú, haciendo importantes estudios geológicos. Entre los resultados más notables de esta comisión, se halla el descubrimiento de huesos interestraficados del Hombre prehistórico que, se supone, anterior al Período Glacial, como también el hallazgo de huesos de bizonte americano, que los hombres de ciencia no han creído que pudiera haber existido en Sud América. Asimismo, esta comisión encontró cerca del Cuzco un hueso de un animal extinto que tiene, en opinión de los investigadores, cuando menos 70,000 años. Los trabajos de esta comisión han sido de tanto interés, que despertaron la atención de los círculos científicos, pues además de los hallazgos anotados, hizo igualmente el descubrimiento, en el Perú, de ciudades misteriosas, antiquísimas y desconocidas, de las que nos ocuparemos con algún detenimiento en la segunda parte de esta obra.

Otros etnógrafos han establecido la teoría de que en los Antiguos continentes y aún en América, se han encontrado huellas de la raza etiópica, y que la Humanidad entera tiene un origen común africano. A este propósito, el notable antropólogo Zayas Enriquez, en un artículo titulado ¿Cuál es la raza primitiva? (publicado en la revista mensual "América," de Nueva York, correspondiente al mes de Junio de 1910) al ocuparse de la raza originaria de América, dice: "En el Continente americano las huellas de la raza etiópica, aunque más escasas, no son menos visibles, y todavía existen varios girones de esas razas de negros, que tengo como primeras pobladoras del Nuevo Mundo, tales son: los Caracolos, de Haití; los Califurnams, de las islas Caribes; los Aguahos, de Cutara; los Aroras ó Yaruras, del Orinoco; los Chaymas, de Guayana; los Maujipos, Porcijis y Matayos, del Brasil; los Nigritas, Chuanas ó Guanas, del Istmo de Darién; los Manabis, de Popayán; los Guabos y Jaras ó Zambos, de Honduras; los Esteros, de la Nueva California; los Indios Negros, encontrados por los españoles en Luisiana; y los Ojos de Luna y Albinos, descubiertos en Panamá."

Según opinión de doctos y renombrados etnógrafos y etnólogos, el suelo americano fué habitado desde los tiempos antediluvianos: confirma este parecer, la exposición de sabios paleontólogos que aseveran haberse encontrado en este continente numerosos fósiles de mamíferos antediluvianos de las Epocas Siluriana, Devoniana y Carbonífera, que lo habitaban, como el mammouth, el mastodonte, el icthyosauro, el milidonte, el megaterio, el machairodo, el brontosaurio, el ceratosaurio, el macranchenia, el glyptodonto, el moncsaurio, el mylodon-magaterio, el macroynato, el halytherio, el diphococus[13], el dinosaurio[14] y otros paquidermos de corpulencia extraordinaria[15]. Junto con esos restos de mamíferos se han encontrado también osamentos, cráneos y esqueletos humanos de los primitivos habitantes de aquellas épocas lejanísimas, á la vez que herramientas y otros utensilios de piedra del uso de esos mismos habitantes. Efectivamente, en las Montañas Pedregosas, en Wyoming, Colorado, Nueva Jersey, Massachusets, Nebrasca, Missuri, Luisiana, Nueva Orleans, Illinois, Ohio, Pensilvania, Indiana[16], Delaware, Kentucky, California, Oregón, Sierra Nevada, México, Guatemala, Nicaragua, Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú, Bolivia, Chile, Argentina, Brasil, Guayanas y otros lugares más, se han encontrado restos animales y humanos, artefactos, utensilios de silex y otros objetos rústicos que prueban, del modo más evidente, la existencia del Hombre en toda la América, durante y después de las Epocas Terciaria (arqueolítica ó paleolítica)[17] y Cuaternaria (neolítica)[18], probando, además, que tanto en las regiones del norte como en las del sud, vivía el Hombre mezclado con los animales, á los que cazaba y mataba con sus toscas armas de pedernal, para proveer á su subsistencia y conservación, pues la carne le servía de alimento y con las pieles hacía sus vestiduras, utilizando las demás partes en otras cosas de su uso[19].

Para corroborar esta afirmación, expondremos lo asentado por algunos autorizados paleontólos que han hecho descubrimientos de restos humanos y animales, como también de objetos de silex y otras materias, de las Epocas Terciaria y Cuaternaria, tanto en la América Septentrional, cuanto en la Meridional.

De la América del Norte se citan los siguientes hallazgos:

Mr A. Bamps, en su excelente Memoria titulada Le Synchronisme préhistorique, dice: "Las excavaciones ejecutadas en América y especialmente en California, han revelado la existencia del Hombre en la Epoca Terciaria; estas trazas han sido reconocidas en los Depósitos de San Lorenzo, de Gasconade-County, de Vermillon-Bay, en los arrecifes de la Florida, en los de Natchez y de Nueva Orleans."

En las capas auríferas de la falda oeste de Sierra Nevada se han extraído grandes cantidades de huesos de mammouth, mastodonte, león y caballo, mezclados con productos de la labor del Hombre.

En las orillas del Riviere Bourbeuse, en el Gasconade-County del Estado de Missouri, el Dr. Korh extrajo el esqueleto completo de un mammouth, acribillado de flechas y lanzas de pedernal.

En Wyoming (Colorado) y en la región del Pacífico de Estados Unidos, á más de los mamíferos antediluvianos, como el diphococus y el dinosaurio, se han encontrado armas, herramientas, morteros, cazuelas de piedra, etc., que son vestigios indubitables de la estancia del Hombre en aquellas comarcas.

También el Dr. Korh descubrió en County-Benton, en Missouri, un fragmento parecido al femur de un mastodonte con una punta de pedernal rosa clavada, y otras cuatro flechas sueltas, que sin duda habían sido disparadas contra el terrible animal.

En la isla llamada Petit Anse, del río Mississipi, Mr. Desnoyers halló el esqueleto de un mammouth, y debajo de él restos de tejidos de esparto y cestas enteras hechas de caña.

Mr. Scott desenterró en Pike's Peak, instrumentos de silex.

Mr. Blake encontró también en Toulomne otros instrumentos y objetos de silex.

En Yowa y Nebrasca se han hallado huesos de mastodonte juntamente con muchas puntas de lanza de pedernal, que habían sido asestadas contra aquel animal poderoso.

En los lechos arenosos del pequeño río Miami (Ohío), en los yacimientos de Jackson-County (Indiana), en las cercanías de Claymont (Delaware) y en los aluviones de Creek de Naaman (Delaware), se han hallado primitivas herramientas del Hombre prehistórico.

Cráneos de hombres de la época antediluviana se han encontrado en Placerville (California), en Table-Mountains (Condado de Toulumne) y en Bald-Hills (California).

En 1866 fué hallado en Rock-Bluff (Illinois River) otro cráneo humano y la mandíbula inferior de un esqueleto de hombre, que se supone era del Período Terciario, ó sea al final de la Epoca Glacial.

Ultimamente, el Dr. Abbott descubrió en los yacimientos areniscos del río Delaware (New-Jersey) útiles de pedernal toscamente labrados, cuyas cortantes esquinas servían al Hombre prehistórico, para cortar, raspar y aserrar, útiles primitivos, que manifiestan que quienes los habían labrado se hallaban aún en el ínfimo grado de cultura, ó sea, en la Epoca Glacial.

Algunos otros descubrimientos hechos en la América del Norte, como flechas de silex, encontradas en Missouri, debajo del esqueleto de un mastodonte; el cráneo hallado en el Condado de Calaveras, á 130 pies debajo de la superficie del suelo; los martillos y otros utensilios de piedra extraídos junto al río Ontonagón, á una gran profundidad, y muchas otras herramientas toscas de pedernal desenterradas en otros lugares de la América Septentrional, son otros tantos testimonios de la antiquísima existencia del Hombre en este Nuevo Continente.

Tampoco han escaseado en la América Meridional, los descubrimientos de restos humanos y objetos de épocas prehistóricas.

En las formaciones terciarias posteriores de las Pampas Argentinas, descubrió el Dr. Seguín, á las orillas del río Carcaraña, revueltos con huesos de animales antediluvianos, huesos humanos, como cráneos, mandíbulas, costillas, etc., y varias herramientas de piedra.

El naturalista Mr. Lund, que tanto estudió la fauna fósil del Brasil, encontró en una cueva de piedra caliza, á la orilla del lago Lagoa do Sumidairo, los huesos de más de treinta individuos humanos, junto con más de cuarenta especies de animales antediluvianos.

El Dr. Ameghino refiere que, á orillas del río Frías, á veinte leguas de Buenos Aires, encontró gran cantidad de huesos humanos, abundante carbón vegetal y tierra tostada, é infinidad de huesos de animales prehistóricos; asímismo halló puntas de flechas, cuchillos de pedernal y herramientas para afilar, objetos todos fabricados de silex.

Mr. J. Hutchinson, en su obra Two years in Peru, refiere el siguiente hallazgo: "El ídolo de piedra y las vajillas para agua encontrados en las Islas de Chincha á 72 pies debajo de la superficie, indican una gran antigüedad, millares de años; también se ha hallado ídolos de madera á 35 y 38 pies de profundidad del mismo depósito de huano."

En Coracora se encontró, á 30 metros de profundidad, un esqueleto fósil que el profesor Huxley clasificó como un tipo medio entre el camello y la llama, que denominó machruchenia.

En la región andina del Perú, en la altura de Yantac, á 4,500 metros de la Sierra de la Viuda, provincia de Yauli, se desenterró restos fósiles del megaterio.

En el Huallaga, en las cercanías de Chota, el sabio Raimondi halló huesos de mastodonte.

En una cueva de Cerro de Pasco se encontró el esqueleto del seclidotherio.

El Conde de Pourtalis descubrió fósiles humanos en las cercanías del lago Lagra-Santa, en un conglomerado calcáreo, en el Brasil, atribuyéndoles una antigüedad de más de 10,000 años.

Mr. Brulant, que ha residido muchos años en Tucumán, ha descubierto en Santa María, unas catacumbas de la época prehistórica, que ocupan la extensión de dos leguas, de las que extrajo varias urnas con maiz tostado y medallones con geroglíficos, que corresponden á una época remotísima.

Mr. Joly, en su importante estudio publicado en la "Revue Scientifique" No 40, correspondiente al 7 de Junio de 1879, refiere que "en Mercedes, en los alrededores de Buenos Aires, han sido encontrados osamentos humanos, acompañados de objetos de silex, groseramente tallados, y de restos de animales extinguidos," que, indudablemente, son de épocas prehistóricas.

En 1847 el Sr. Rodríguez Ferrer descubrió en un cayo al Sur de Puerto Príncipe (Isla de Cuba) una mandíbula humana, fósil.

En Tarija han encontrado los esqueletos del mylidón y del megaterio, como también grandes colmillos del mastodonte.

En Punín, cerca de Riobamba, en el Ecuador, el sabio Mr. W. Branco descubrió, en 1883, los esqueletos del mastodonte y del protonchemia, animal que es un tipo entre el tigre y la hiena, con colmillos formidables.

En el río Daule se halló los restos de un animal grande, idéntico al mylidonte.

En 1866, Mr. Dicleby ha encontrado, en el territorio de los Natchezes (Norte América), muchos osamentos humanos, fósiles, mezclados con otros de mammouth y de mastodonte.

En el mismo año Mr. Matson, prolongando un pozo de mina en California, á una profundidad de 130 pies, encontró un cráneo humano, fósil, enterrado bajo cuatro capas de cenizas volcánicas, solidificadas.

El capitán Peck halló cerca del río Ontonagon (California), á una profundidad de 25 pies, huesos fósiles, junto con instrumentos toscos de silex, de la primitiva industria humana.

Otra prueba evidente de la estancia del Hombre en América, desde las Epocas Terciaria y Cuaternaria, son la formación de enormes depósitos de conchas que se encuentran en muchas costas marítimas y orillas de ríos de este Nuevo Continente, principalmente á lo largo de las costas de California, de las islas de Vancouver, Terranova y en las orillas de los ríos de Maine, Massachusetts, Georgia, Florida, Alabama, Luisiana, en Norte América; en la Isla de Casceiro, en el Brasil; y en las orillas de las Bahías de Paranagua, San Paulo y Río de La Plata, en la América del Sur: todos depósitos conchíferos en los que se han encontrado muchos objetos pertenecientes al servicio del Hombre prehistórico.

De gran importancia son, también, los bloques de toba del antiguo volcán, ya extinguido, llamado Tizcapa, en Nicaragua, en los cuales se han hallado estampados las huellas de dos pies humanos; toba que se encontró en una superficie de arena conchífera, cubierta por catorce capas distintas de piedras: estas huellas de pies humanos tienen tres centímetros de profundidad, veinticuatro de longitud y once de ancho, y la distancia ó paso, de un pie á otro, es de treintiseis y medio centímetros, demostrando que esas huellas fueron impresas en la toba, cuando ésta estaba aún blanda. Incalculable es poder imaginar los miles de años de existencia que tendrían esas huellas impresas en aquellos bloques de toba, ya que se hallaban cubiertas por catorce capas distintas de piedras; pero es evidente que ellos son de una época inmemorial.

Todos los hallazgos que hemos referido, manifiestan, inequívocadamente, que el Hombre ha habitado el suelo americano cuando todavía no existían los pueblos más antiguos y adelantados de que se conserva memoria.

A este propósito, el Dr. Rodríguez Dulanto, en su científica tésis[20] leída ante la Facultad de Ciencias de la Universidad de San Marcos de Lima, ha dicho: "El Continente americano ha sido, desde los más remotos tiempos, la patria de un gran pueblo, el pueblo americano, cuyo origen se remonta más allá de los principios de la Civilización y de la Historia."

Al admitir que la América haya sido habitada desde los tiempos prehistóricos ó antediluvianos, lógico es suponer que su habitabilidad haya sido contemporánea del Antiguo Mundo.

El sabio Alejandro de Humboldt, en la introducción de su obra Vues des Cordillères, opina que "nada prueba que la existencia del Hombre sea más reciente en América que en los otros Continentes."

C. Darwin, en su Voyage of a naturalist round the World, afirma, á su vez, que "debemos admitir que el Hombre ha habitado la América desde un tiempo inmensamente dilatado."

El naturalista Mr. Joly, en su estudio ya citado, ratifica que "en América como en Europa, el Hombre ha sido contemporáneo de especies desde largo tiempo extinguidas, y que, por consiguiente, allí también su existencia remonta á los tiempos geológicos."

El sabio etnógrafo Juan Engling, autor de un trabajo titulado L'ancienneté de l'Homme attestée par les silex[21], ha hecho en él un estudio comparativo de las armas y utensilios de piedra encontrados en el Antiguo y en el Nuevo Hemisferio, y de la comparación de ellos establece: 1o la antigüedad del Hombre; 2o la dispersión del Hombre primitivo y de sus razas sobre diversos puntos del Nuevo Mundo; y 3o la contemporáneidad del desenvolvimiento del Hombre en ambos Mundos. Del hecho de haber encontrado pedernales labrados en toda la extensión del suelo americano, deduce el Sr. Engling, que la diseminación del Hombre primitivo y su desenvolvimiento ha sido á un tiempo, tanto en el Nuevo Mundo como en el Antiguo, deduciéndose de allí la contemporáneidad de los habitantes primitivos de ambos Hemisferios.

El notable antropólogo Burmeister, en su Historia de la Creación, es de la misma opinión, pues sostiene que "la especie humana existía simultáneamente sobre los dos Continentes, oriental y occidental, y no se posee razón plausible para hacerla emigrar del uno al otro."

También en apoyo del hecho de la estancia del Hombre en el Continente americano en los tiempos prehistóricos ó Epoca de Piedra ó Terciaria y Cuaternaria, pudiéramos reproducir los juicios emitidos por muchos otros autores, antiguos y modernos, que están acordes sobre este mismo punto; pero aquello nos conduciría más lejos de los límites del presente trabajo.


PRELUSIÓN

PREVISIONES SINGULARES DE UN NUEVO MUNDO

Los antiguos han presentido ó profetizado la existencia de otro Mundo desconocido en la región occidental de la Tierra: este presentimiento estaba arraigado en la imaginación de algunos filósofos y sabios de aquella época lejana.

Estrabón[22] en su Geographia, que consta de diezisiete libros, se ocupa extensamente de las opiniones asentadas por Platón[23], Aristóteles[24], Eratóstenes[25], Hiparco[26] y Ptolomeo[27], acerca de la forma del Globo Terráqueo. Citando á Eratóstenes, que en los años 270 á 290 antes de Cristo, coleccionó los tesoros geográficos de la célebre biblioteca de Alejandría, reuniendo en tres libros los descubrimientos realizados hasta entonces en el campo de la geografía física, matemática y política, reproduce el siguiente pasaje de este sabio filósofo africano, que en su Geographicorum dice: "Si no fuere un obstáculo la colosal extensión del Océano Atlántico, podría llegarse fácilmente por mar, siguiendo el mismo grado de latitud, desde la península Ibérica hasta las Indias. La parte medida de este grado comprende más de una tercera parte de la circunferencia terrestre." Añadiendo Estrabón: "Sería muy probable que en esta extensión se hallase mayor número de partes habitadas del Mundo."

Herodoto[28] en sus Historias, que constan de nueve libros (á los que la justa admiración de la antigüedad ha impuesto el nombre de las nueve Musas), asevera que "no habría inconveniente en atravesar el Océano Atlántico en descubierto de otros habitantes desconocidos."

Fedón, filósofo griego, que fué discípulo de Sócrates y que después de la muerte de su maestro fundó una escuela, que dió origen á la secta eleática, habla de un Mundo oculto, que más tarde debe aparecer á las miradas de las naciones conmovidas.

Según Theopompo[29] en su Diatriba contra Platón, Sileno probó á Midas, rey de los Frigios, que "más allá de Asia, de Europa y de Africa, existía un verdadero continente habitado por los Meropios," continente al que Theopompo dió el nombre de Meropis, por ser gobernado por Meropi, hijo de Atlas, rey de Libia, y contemporáneo de Hércules, Theseo y Laomedonte (50 años antes de la toma de Troya). Sileno refirió también á Midas, que aquel continente tenía grandes ciudades, animales, usos y costumbres, como así mismo abundancia de oro y plata.

Cuarenta y cinco años antes de la presente era, Diodoro de Sicilia[30], que escribió sobre los diversos pueblos del Mundo, llama isla á la América, ignorando su configuración y extensión, y dice: "Está distante de la Libia (Africa) muchos días de navegación, y situada al occidente; su suelo es fertil, de gran belleza y regado por ríos navegables. Allí se ven casas suntuosamente construidas." En seguida hace una descripción de la zona montañosa, los frutos de ésta, el clima, etc., y termina diciendo: "Los Fenicios se habían hecho á la vela para explorar el litoral situado más allá de las Columnas de Hércules[31], y cuando costeaban las playas de la Libia, fueron arrojados por vientos demasiado fuertes adentro del Océano, siendo juguete, por muchos días, de la tempestad; llegaron al fin á la isla de que hablamos."

Virgilio[32], en su Eneida, se detiene también en esa idea y salva con el pensamiento, los movedizos espacios del Océano, para ir á sentarse en una tierra lejana y venturosa.

Pero no eran tan sólo los filósofos y sabios de la antigüedad los que tenían presentimiento de la existencia de uno ó de varios países en medio del Océano Atlántico, sino que también algunos navegantes intrépidos, de aquella época lejana, trataron de descubrir aquellos países, pues según nos refiere Hornius, "los Fenicios, 1000 años antes de la era de Cristo, traspasaron las Columnas de Hércules y con audacia sin ejemplo, hasta entonces, emprendieron tres viajes dilatados, siendo indudable que descubrieron la Insula Fortunata ó Archipiélago de las Canarias, ó, quizá, algún otro país situado más al occidente del Atlántico, (ó sea la América). Estos tres viajes los efectuaron los Fenicios,—dice Hornius,—el primero bajo las órdenes de Atlas, hijo de Neptuno; el segundo, cuando fueron lanzados por una violenta tempestad lejos de las costas de Africa; y el tercero, en tiempo de Salomón, cuando los Tirios, descendientes de los Fenicios, fueron á buscar el oro de Ophir y Tarsdchisch.

A los Fenicios siguieron más tarde (año 500 antes de J. C., según unos, y 600, según otros) los Cartagineses, que emprendieron desde Cartago una gran expedición á órdenes del almirante Hannón, compuesta de sesenta naves de á cincuenta remos cada una y con más de 30,000 personas de ambos sexos, cuya expedición, con el objeto de descubrir nuevos países y poblarlos con colonias cartaginesas, navegó más allá del Senegal y costas de Guinea hasta el Cabo Bojador, en la Africa Occidental, que fué entonces el punto extremo de la Tierra conocido. Hannón dejó una relación escrita en lengua Púnica del itinerario de su viaje[33].

Más tarde, 340 años antes de J. C., Pythias, astrónomo, geógrafo y navegante galo, emprendió también una expedición marítima, desde el puerto de Marsilia (Marsella), en cuya navegación por los mares del Norte, fué llevado hasta una isla que se cree sea la antigua y misteriosa Thule ó actual Islandia.

En igual época, Euthimenes navegaba á lo largo de la costa oeste de Africa hasta el Senegal.

Más tarde aún (62 años antes de J. C.) ha sido arrojado sobre las costas de Alemania, entre los ríos Weser y Elba, un bote tripulado por hombres pertenecientes á una raza hasta entonces desconocida en Europa, los que fueron recogidos por un jefe germano, que los obsequió después al Cónsul galo, Cancilio Metelo Celer, acontecimiento del que hacen referencia los historiadores Pomponio Melo, en el tomo III, págs 5 á 8 de su De Chorographia, y Cayo Plinio, en el tomo II, pág 67 de su Historia Natural.

Quizá este extraordinario acontecimiento inspirase á Séneca[34], las palabras que pone en boca del coro que figura en su bella tragedia Medea; ó si no, fundándose este filósofo en la noticia que de las islas del mar Atlántico dió Platón por tradición; ó bien en la especulación de sus predecesores, los filósofos antiguos, sobre la figura del Globo terráqueo; ha vaticinado con espíritu profético la existencia de un rico Continente; ó, por mejor decir, el convencimiento que este sabio tenía de los secretos de la Naturaleza y de la Historia, le hicieron prever que no era imposible que, al fin, se descubriera un país que se suponía ya conocido de los Fenicios y Cartagineses, pues en su referida tragedia Medea, al fin del acto segundo, el coro exclama:

Venient annis

Sæccula seris, quibus Oceanus

Vincula rerum laxet, et ingens

Patebit tellus, Tethisque novos

Deteget Orbes, nec sit terris

Ultima Thule.

Que traducido libremente al castellano dice:

Tras luengos años vendrá

Un siglo nuevo y dichoso,

Que al Océano anchuroso

Sus límites pasará.

Descubrirán grande Tierra,

Verán otro nuevo Mundo,

Navegando el mar profundo

Que ahora el paso nos cierra.

La Tule tan afamada

Como del Mundo postrera,

Quedará en esta carrera

Por muy cercana contada[35].

Son verdaderamente maravillosas las palabras de Séneca, quien, cediendo á una inspiración profética, á una intuición precisa, hace vislumbrar la conquista de un rico Continente desconocido entonces: no solamente anuncia el descubrimiento, en lo futuro, de ese nuevo Continente, sino que parece que vé lo que predice.

Séneca, como Eratóstenes, tenía el conocimiento de la configuración de la Tierra, pues en otro lugar de su citada tragedia exclama: "La Tierra que os repartís tan ávidamente por medio de la espada y del fuego, es un punto insignificante en el Universo." Y luego pregunta: "¿Cuánta distancia hay desde las costas limítrofes de España hasta las de la India?" Y contesta: "Sólo algunos días de navegación á la vela con viento favorable."

La feliz y conocida predicción del filósofo Séneca es la más notable de que hay memoria en los anales de la antigüedad, porque no anuncia una simple extensión de las partes del Globo terrestre conocido, sino la existencia de un nuevo Mundo que se descubrirá más allá de los mares, en los siglos venideros.

Interesante es el relato del origen de la náutica que Séneca hace preceder á su célebre predicción; relato del que insertamos en seguida la traducción de algunos pasajes que figuran en el segundo acto de su Medea: este gran filósofo se expresa, al intento, en los siguientes términos:

"Bien osado fué el primer navegante que se atrevió á surcar las pérfidas ondas en una frágil navecilla, dejando tras sí su tierra natal, á confiar su vida al capricho ó soplo de los vientos, y á proseguir en los mares su carrera de aventuras, sin otra barrera entre la vida y la muerte que el grueso de un delgado y ligero leño. No se conocía entonces el curso de los astros, ni aún se sabía cómo gobernarse por la posición de las estrellas que brillan en el espacio:......

"Tiflis[36] fué el primero que se atrevió á desplegar velas en el grande abismo, y á dictar á los vientos nuevas leyes. Tan pronto supo soltar enteramente las velas, tan pronto recogerlas y bajarlas para recibir el viento de lado, abatir con prudencia las entenas hasta medio palo, ó levantarlas hasta el tope cuando el ardor de los marineros llama toda la fuerza de los vientos y la banderola de púrpura se agita con viveza al pie de la nave......

"La nave de Tesalia aproximó los mundos que sábiamente separó la naturaleza; sometió el mar á la presión de sus remos, y agregó á nuestras miserias los peligros de un elemento extraño. La desgraciada embarcación pagó caro su imprudencia en aquella larga serie de riesgos que tuvo que correr entre las dos montañas que cerraban la entrada del Euxino, y que chocaban una contra otra con el estruendo del rayo, mientras que el mar, preso entre ellas, lanzaba hasta las nubes sus espumosas olas. El animoso Tiflis se puso pálido al verlo, y dejó escapar el timón de su desfallecida mano. Calló Orfeo y enmudeció la lira entre sus dedos. El mismo Argos perdió el uso de la palabra, y cuando la virgen del Peloro de la Sicilia, rodeada de sus perros furiosos, les hizo ladrar á todos á la vez, ¿á cuál de los navegantes no le temblaban todos los miembros, al escuchar aquellos gritos dados por un solo mónstruo? ¿cuál debió ser también su terror, á los armoniosos cantos de las crueles sirenas, que se oyen en el mar de Ausonia, y que acostumbradas á detener las naves con el encanto de su voz, casi se dejaron arrastrar de los dulces sonidos de la lira de Orfeo, luego que éste la hizo vibrar convenientemente?

"¿Cuál fué, sin embargo, el precio de tan atrevido viaje? Un vellocino de oro, y Medea: Medea, más cruel que las mismas sirenas, y digna recompensa de los primeros navegantes.

"Ahora la mar está sometida, doblégase á nuestras leyes, y ya no hay necesidad de una nave construida por Minerva y montada por reyes. La menor barca puede arriesgarse en las ondas; derribados yacen los linderos antiguos, y los pueblos van á construir ciudades en las nuevas tierras. Abierto está el mundo, recorrido está en todas direcciones, por dó quiera está impreso el movimiento, y por todas partes vagan nuestros deseos.

"El indio bebe la helada agua del Araxes, y el Persa apaga su sed en las del Albis y el Rin. Tiempo vendrá, con el trascurso de los siglos, en que el Océano ensanche el cerco del Globo para descubrir al hombre una tierra inmensa y desconocida: el mar nos revelará nuevos mundos, y Thule[37] dejará de ser el límite del Universo."

Posteriormente y como para confirmar las opiniones emitidas por los filósofos y sabios citados, San Clemente, romano y discípulo de los Apóstoles, que murió el año 99 de la era cristiana, asegura en su célebre Carta á los Corintios, "que más allá del Océano habían otros Mundos."

También Ælianus, en su Variæ Historiæ, lib. III, cap. XVIII, obra que escribió el año 136 de la era de Cristo, asegura que "un extenso Continente existía más allá del Océano; que los habitantes de ese Continente son de mayor altura que los del Antiguo Mundo, con leyes y costumbres distintas de las de los demás pueblos;" agregando este autor, que "en ese Continente hay tal cantidad de oro y plata, que estos metales son menos estimados que el hierro."

Pausanias, insigne geógrafo griego, que vivió en el siglo II de la era cristiana, en su Itinerario de Grecia, cuenta que un tal Euphemus descubrió en el año 150, algunas islas cuyos habitantes, de piel roja, tenían largas colas como los caballos, los que no serían otros, según el P. Lafiteau, que los Caribes, dueños entonces de las Antillas: estos indios cuando se hallaban en guerra, entre otros adornos horrorosos, se ponían largas colas postizas.

R. Festo Avieno, que vivía en el siglo IV de la era vulgar, asegura que: "más allá del Océano, hay tierras y márgenes de otro Mundo."

Y más posteriormente aún, el franciscano inglés, Rogerio Bacón, apellidado el "Doctor Admirable"[38], y con él el domínico alemán Alberto el Grande[39], ambos florecidos en el siglo XIII, creían que del otro lado del Océano habían países desconocidos, supuesto que se decía que en tiempos lejanos los navegantes Fenicios habían atravesado el Océano Atlántico, que habían poblado las islas Canarias y habían continuado navegando hasta abordar á la costa de la Florida, cerca de Cuba.

Según testimonio de autorizados historiadores, el Atlántico ha sido cruzado frecuentemente por los antiguos: de allí surge la probabilidad de que América era conocida desde época remota por los pueblos antiguos que surcaban los mares cuando había facilidad de comunicación entre los Continentes del Antiguo y Nuevo Mundo, que en aquellos remotos tiempos se hallaban casi unidos por la gran isla Atlántida.

En resumen, el presentimiento y casi la convicción que algunos antiguos sabios tenían de la existencia de otros países desconocidos, situados en las regiones occidentales de la Tierra, que suponían habitados, están confirmados por las diversas expediciones que, desde el siglo IX hasta el XII, realizaron los escandinavos á las costas de la América Septentrional; expediciones que, desgraciadamente, no han producido ningún resultado favorable para América, siendo preciso que trascurrieran tres siglos más para que Cristobal Colón legara un Nuevo Mundo á la Corona de España.

Debe agregarse, que las diversas expediciones marítimas que en tiempos antiguos se efectuaron en el Océano Atlántico, se realizaron sin el uso de la brújula, que aún no era conocida, pues se guiaban, de día, por la marcha del sol, y de noche, por la de la luna y las estrellas, principalmente por la observación de las constelaciones de Canope, Hélice ó Grande Osa, y por Cynocura ó Pequeña Osa. Empero, este instrumento tan necesario para las largas navegaciones, fué conocido de los Chinos, que lo inventaron, se dice, 2697 años antes de la era cristiana, ó sea, bajo el reinado del emperador Hoang-Ti; pero, por el extracto que Leroux y De Guignes hicieron de los anales de ese Imperio, parece que solamente fué inventado 1115 años antes de nuestra era. Marco Polo, en su libro Las Maravillas del Mundo, confirma este hecho.

Cierto es, que los Fenicios, los Griegos y los Arabes, según opinión de algunos autores, han conocido, antes de la invención de la brújula, la aguja imantada ó hierro magnético; pero no la han aplicado á la navegación.

Juan Clopinel[40], en su Román de la Rose, y Guyot de Provins en su poema Biblia Guyot, dicen que desde el siglo XII se usaba en Francia un instrumento algo parecido á la brújula llamado marinette ó calamite, que arreglaba la marcha de las embarcaciones en los tiempos nebulosos; otros autores creen que la brújula fué descubierta por un napolitano llamado Flavio de Gioja, de Amalfi, que vivió en el siglo XIII; algunos otros autores dicen que es de origen inglés ó, á lo menos, que en Inglaterra se ha perfeccionado la manera de suspender la caja en que se halla la aguja imantada. Lo cierto es, que es difícil, si no imposible, decir de una manera absoluta cuál sea el verdadero origen de la brújula.

Lo único que consta al respecto, es que Vasco de Gama fué el primero que en 1497 hizo uso de la brújula en su viaje al cabo de Buena Esperanza, y hacia el año 1500 se generalizó en Europa el uso de este instrumento nautico.


INTRODUCCIÓN

El origen de los aborígenes del Nuevo Mundo ha sido cuestión, desde hace más de cuatro siglos, de múltiples y profundos estudios de los etnógrafos, arqueólogos y língüistas, que se han propuesto escudriñar los tiempos prehistóricos mediante las tradiciones seculares de los indios, la arqueología y la lingüística; pero este punto histórico no ha sido aún resuelto de una manera clara, terminante y decisiva.

Hubert Bancroft en su obra The native races of the Pacific States of North America, y, con él Brasseur de Bourbourg, en la Revue d'Édimbourg (1876), opinan que sería quimérico el pretender determinar con precisión la manera como el Hombre ha hecho su aparición en América. Aunque el primero de estos escritores cree que el Hombre ha sido creado sobre diversos puntos del globo, y que la América habría sido uno de esos centros de creación, muchos sociólogos opinan que la especie humana desciende de una pareja única, fundándose en que las tradiciones están de acuerdo sobre este punto, y, sobre todo, que es un hecho revelado en la Sagrada Escritura y un dogma de fe recibido por la Iglesia.

Pero antes que Bancroft, Lord Kames, en el "Discurso preliminar" de su obra Sketches of the history of Man, impresa en Edimburgo en 1788, expone su parecer al respecto de esta manera: "Dios ha creado varias parejas de seres humanos diferentes las unas de las otras, interior y exteriormente; cada una de estas parejas fué colocada en el clima apropiado á su organización. El carácter original se conservó intacto entre sus descendientes, los que, no teniendo otra asistencia que sus medios naturales, por experiencia han debido adquirir progresivamente ciertos conocimientos y formarse cada tribu un idioma particular......... Para creer que todas las razas, tal como existen hoy, descienden de una pareja única, sería preciso admitir la idea del milagro."

Voltaire, en apoyo de lo opinado por Lord Kames, en su Essai sur les mœurs et l'esprit des nations, dice: "Si se pregunta dónde han venido los Americanos, se debe también preguntar dónde han venido los habitantes de las tierras australes, y se debe contestar, que la Providencia que ha poblado la Noruega ha poblado también la América.

Al mismo respecto, Bernardo Romans, en las págs. 38-39 de su obra A concise natural History of east and west Floride, expone: "No creo absolutamente que los hombres de raza roja de América desciendan de pueblos situados en las partes orientales ú occidentales de Asia. Creo firmemente que Dios ha creado una raza de hombres originarios de este país, diferentes de los otros pueblos."

También Isaac de La Peyrère, monje francés, en su obra titulada Prædamitas, publicada en 1655, (la que fué condenada al fuego por el Parlamento de París), afirma que "Dios, el sexto día de la Creación del Mundo, formó varones y hembras en diversas regiones del Orbe, como también muchas plantas y animales de cada especie en varios parajes de la Tierra; que después creó á Adán y Eva, cuya creación es la que expresa el segundo capítulo del Génesis; y, por último, que Adán no es cabeza ó progenitor de todos los hombres, sino tan sólo del pueblo judáico."

El sabio antropólogo Burmeister, tratando de esta misma cuestión, se expresa así: "Basta fijarse con alguna atención en el color de los individuos que constituyen las diferentes naciones, para comprender que las actuales razas humanas descienden de varias y distintas parejas...... Para sostener el aserto bíblico de que todos los hombres descienden de una sola pareja, es preciso dar explicación cumplida á los milagrosos hechos y portentosos acontecimientos que indispensablemente debieron tener lugar para que, en sólo 4,000 años mil millones de hombres procedentes de un mismo punto y descendientes de una sola pareja, poblaran toda la Tierra."

El célebre anatómico Alejo Littré, en sus Memorias relativas á la anatomía patológica, opina que: "Diversas preocupaciones teológicas y la tendencia á la inquisición absoluta de las causas primeras, son las que han hecho admitir la derivación de todas las especies de una pareja única, rechazando las diferencias específicas de los hombres, en vez de recibirlas tales como la observación las demuestra."

Finalmente, el ilustre general colombiano D. Tomás C. de Mosquera, en su Cosmogonía ó Estudio sobre los diversos sistemas de la Creación del Universo, asienta que: "El Hombre lo crió Dios en varios puntos de la Tierra á un tiempo, cuando las condiciones necesarias á su nacimiento aparecieron en los medios físicos de toda especie, que obraron determinando y produciendo ese nacimiento, es decir, cuando la fuerza general que se llama vida animal, que ha obrado y obra perpétuamente sobre nuestro planeta, llegó á una época en que aparecieron en juego las varias influencias y condiciones que obrando necesariamente, debieron producir por modo inevitable esta manifiestación de la vida, de la cual hizo Dios al Hombre."

No obstante, desde la iniciación de los estudios arqueológicos americanos, los etnógrafos se han dividido en dos grupos. El uno, de los poliphiletes ó poligenistas, formado por los que sostienen que la adelantada civilización de los antiguos habitantes de América es debida al desenvolvimiento natural y sucesivo de una raza aborígene ó autóctona, afirmando que los antiguos pueblos del Nuevo Mundo tienen su origen en este Continente, y que las civilizaciones cuyas antiguas grandezas se admiran hoy, son resultado del desenvolvimiento gradual de esa raza primitiva. El otro grupo, de los monophyletes ó monogenistas, es compuesto por los que creen que las civilizaciones de los antiguos pueblos americanos tienen su origen en las numerosas emigraciones posteriores al Diluvio Universal, estableciendo que la población primitiva se componía de varias razas diferentes las unas de las otras; que la forma del Continente americano no siempre ha sido la que es actualmente, pudiendo, con las trasformaciones sucesivas de la Tierra, haber hecho parte ó haber sido próximo á otro Continente; concluyendo, en resumen, que esas emigraciones á América han sido diversas: de Asia, los Hebreos, Fenicios, Troyanos, Chinos y Tártaros; de Africa, los Egipcios, Cartagineses y Etiopes; y de Europa, los Griegos, Frisios, Romanos, Curlandeses, Noruegos, Dinamarqueses, é Islandeses. En esta hipótesis, los aborígenes americanos pertenecerían á razas diversas venidas de distintos puntos de Asia, de Africa y de Europa.

Sin detenernos, por ahora, en la teoría sostenida por ambos grupos, veremos más adelante las opiniones formuladas por los etnógrafos y paleontógrafos.

Acudiendo á las fuentes de consulta que tenemos á nuestro alcance, vemos que todos los pueblos de la antigüedad, ó sea de la época postdiluviana, han sido considerados por sabios americanistas, como los progenitores de la raza americana, principalmente los asiáticos, no solamente porque estos pueblos han tenido más probable comunicación con la América, por el antiguo estrecho de Annian, (hoy Behring, que tiene ochenta kilómetros en la parte más ancha y sirve de canal de comunicación entre el Mar Glacial y el Mar Pacífico); sino, también, porque los usos, carácter, instituciones, costumbres y hasta el lenguaje de algunos americanos con otros de la raza asiática, guardan algunas analogías.

El objetivo primordial de los estudios llevados á cabo en este sentido por dichos sabios, ha sido indagar si los indígenas americanos son descendientes de una sola ó de varias razas; investigaciones que hasta ahora no han tenido completa solución, prevaleciendo, sin embargo, las opiniones á favor de la pluralidad de razas, basadas en que las muchas y diversas tribus aborígenes esparcidas por todo el Continente americano difieren en sus usos, creencias, lenguajes, costumbres y demás condiciones etnogenéticas.

Luis Moreri, en su Grand Dictionnaire Historique, tomo I, pág. 353 (París, 1732), sin determinar con fijeza su parecer al respecto, observa: "Los Americanos deben su origen á los europeos ó á los asiáticos, y quizá la deben á los unos y los otros." Francisco Javier Clavijero, en la "Disertación primera" de su Historia antigua de México, tomo II, pág. 138, es algo más explícito, pues formula su opinión en este sentido: "Los americanos descienden de diversas naciones, ó, más bien, de diferentes familias dispersas después de la confusión de las lenguas;" y en apoyo de su aserto trae á colación, en primer lugar, la variedad y diferencia de las lenguas americanas; y prosigue: "Puedo asegurar, sin riesgo de engañarme, que entre las lenguas vivas y muertas de Europa, no se hallan dos más diferentes entre sí, que lo son la Otomita, la Tarasca, la Maya y la Misteca, que son las dominantes en diversas provincias de México;" agregando nosotros, la Puquina y la Quechua, en el Perú.

Pero, tratándose de averiguar á qué raza ó razas pertenecen los habitantes de América, el abate Juan Andrés opina en su obra, en lengua toscana, titulada Origen, progresos y estado actual de toda la Literatura, que "la Geografía y la Cronología se llaman, y son realmente, los dos ojos de la Historia; porque valiéndose de la tradición constante de la historia y del estudio de los lugares, esos trabajos propenderían, talvez, á resolver, en gran parte, el problema de la población del Nuevo Mundo."

También el Sr. Tulio Febres Cordero, en su selecto Estudio sobre Etnografía americana, que presentó en 1892 al Congreso Internacional de Americanistas, reunido en el histórico convento de la Rábida, para conmemorar el cuarto centenario del descubrimiento del Nuevo Mundo, asienta juiciosas observaciones sobre la onomatología geográfica de América, probando la semejanza de muchas voces, en varias lenguas indígenas, correspondientes á pueblos ó comarcas de distintos Continentes, para lo cual llama, en apoyo de su teoría, las opiniones de los notables publicistas Humboldt, Prescott, Restrepo, Rojas, Castro, Calcaño y Graty.

A las opiniones que al respecto emiten el abate Andrés y el señor Febres Cordero, podemos agregar, que también la antropología, la etnografía y aún la craneología, son las ciencias que con igual acierto podrían conducir al conocimiento de las antiguas razas indígenas que primitivamente han habitado el Continente del Nuevo Mundo.

Finalmente, haciendo abstracción de las opiniones de los etnógrafos que están, unos por la autoctonia de una sola raza, y otros por la pluralidad de ellas, creemos que la tan debatida cuestión de la población de América está por resolverse, pues aún no se ha podido dar una explicación satisfactoria de su origen.

En el presente trabajo no pretendemos solucionar este problema tan árduo, tan intrincado y de tan difícil investigación, sobre el cual, desde la época del descubrimiento de Colón hasta nuestras días, se han escrito muchísimas disertaciones; pero, sí, trataremos de exponer los diversos juicios de los autores que han tratado esta materia, y del cotejo de esas opiniones diversas y aún contradictorias, trasluciremos, talvez, alguna conclusión, sino definitiva, á lo menos algo problemática. Suplicamos, por tanto, al lector, que disculpe cualquiera deficiencia que notare en este trabajo, en gracia del propósito que nos anima.

Habríamos podido darle mayor extensión de la que tiene, contemplando la importancia de este asunto; pero una obra en estas condiciones, aunque de mucha utilidad é interés científico, sería leída tan sólo por hombres consagrados al estudio, no por la generalidad, y no habría llenado el propósito que tenemos en mira, cual es, que nuestra obra sea leída por un público extenso.

Escritores españoles[41] han tratado ya este asunto con más amplitud que nosotros y, más tarde, vendrán otros que llenen el vacío que hemos dejado, llevando más adelante sus investigaciones sobre materia de tanta entraña que ahora imperfectamente diseñamos.

Por último, debemos confesar ingénuamente, que no tenemos la pretensión de titularnos etnogenítico, ni paleontógrafo, ni etnógrafo, ni arqueólogo, sino simplemente nos consideramos como un humilde factor para la formación de la historia antigua, pues que comprobamos, identificamos y valorizamos los hechos del pasado: en una palabra, somos un auxiliar modesto que hace el paciente trabajo de la hormiga, acumulando con prolijidad el material histórico adecuado á la presente obra, porque en el Perú poco se conoce el pasado, y mucho menos algo de las épocas pre-incáica y pre-hispánica, ó sea de las grandes y heróicas civilizaciones indianas de esas mismas épocas.


ORIGEN DE LOS INDIOS
DE
AMÉRICA

PRIMERA PARTE

HABITANTES DE AMÉRICA ANTES DE LA CONQUISTA

Antes de abordar el asunto del presente trabajo, debemos indicar, de preferencia, cuáles fueron los habitantes del Continente de América cuando Cristóbal Colón hizo el descubrimiento de él, á fines del siglo XV.

Tanto el Hemisferio Norte como el Hemisferio Sur, estaban habitados por naciones y pueblos indianos, algunos de carácter belicoso y guerrero, otros de genio dócil y humano, viviendo casi todos en pleno estado de barbarie. No obstante, algunos habían alcanzado un grado de civilización relativamente tan avanzado, que formaban Estados regularmente constituídos, entre otros el de México y el del Perú.

La totalidad de esta colectividad indiana se dividía en dos grandes ramas distintas: Rama Septentrional (América del Norte) y Rama Meridional (América del Sur), teniendo ambas, caracteres ó rasgos generales que permitían distinguir la una de la otra; se calcula que entre las dos ramas habría cerca de 4,000 tribus distintas, que formarían, se colije, una población de más de 50.000,000 de habitantes.

Va en seguida, la relación de las principales tribus, de las que omitimos las del territorio actual del Perú, para enumerarlas al principiar la Segunda Parte de esta obra.

RAMA SEPTENTRIONAL

Crecido era el número de las tribus de esta rama; pero citaremos tan sólo las más notables, por orden alfabético:

APACHES, nómades por las fronteras de la California, en el Alto México. Esta familia estaba dividida en varias parcialidades: Apaches-Mescaleros, Apaches-Mimbreños, Apaches-Gilenos y Apaches-Tontos; todos estos indios tenían la tendencia del robo y el crimen.

APALACHES ó ALEGAMIOS, del Sur de la Georgia y de la bahía de Mobila, hacia la embocadura del Mississipí.

ARICARIS, del río Missouri, antes de la desembocadura del Mississipí.

ARKANZAS, del territorio de Ohio.

ASSINOBOINS, de las comarcas del Bajo Canadá.

ATHABASCANAS, del norte de las Montañas Rocosas ó Rocallosas, y de las llanuras y bahía de Hudson.

CARIBES, numerosa é inhumana tribu de las Antillas.

CHACTAS, del territorio bañado por el Mississipí, en el Estado de la Florida, que eran más apacibles que las demás tribus septentrionales.

CHEROKEES, de los territorios de Carolina del Sur, Alabama y Yowa: formaban y forman aún una república, cuyo poder ejecutivo se ejerce por un jefe principal, al que asisten tres consejeros elegidos por el legislativo: cuenta este gobierno con dos cámaras que, reunidas, tienen el título de Asamblea General de la nación Cherokee: el poder judicial lo ejerce una Corte Suprema; tienen imprenta y un periódico titulado El Fénix, redactado en las lenguas cherokee é inglesa, que sale á luz desde 1828.

CHICACHAWS, del territorio de Nueva Orleans.

CHICHIMECOS, del Estado de Durango, en México.

CHINNOCKES, tribu numerosa que formaba una monarquía, la cual subsistió durante 500 años, y perdió su autonomía con la conquista: después ha estado errante por la embocadura del Oregón, en la costa occidental del Pacífico.

CHIPPEWAIS, ó ALGONQUINES, del Lago Superior y otros lagos hacia las cabeceras del Mississipí: familia que se subdividía en varias tribus, entre las cuales se contaban como principales los Saltadores, los Zorros y los Ayomas.

CHOCHONIS, errantes por la zona de las Montañas Rocallosas.

CHOCTAWS, de la comarca situada al este del río Mississipí.

COMANCHES, de las praderas del Arkansas.

CREEKS, del oeste de la Georgia y parte de Alabama, entre los ríos Chatahorkee, Tallapoosa y Coosa: formaban, en unión de los Siminoles, una confederación que era la más fuerte de la América Septentrional.

DELAWARES, de los territorios de Pensylvania y Ohio: otra parcialidad había en el extenso territorio comprendido desde el río San Lorenzo hasta el interior de las Montañas Rocallosas: de esta familia dependían las tribus de los Knistenos, Miamis é Illinois.

HURONES, del Alto Canadá, entre los lagos Erie, Hurón y Ontario: eran gobernados por jefes hereditarios.

IROQUESES, del Alto Canadá y Estado de Michigán: era familia entonces muy poderosa, que se componía de seis tribus: Mohawks, Ousides, Onondages, Senaas y Cayugas, constituídas en una especie de república salvaje, y que se daban el título de Onquehouwe, es decir, más grande que los demás.

KACHAQUIS, de los bosques de Guatemala.

KANSAS, de las llanuras entre el Arkansas y el Río-Rojo.

KOLIONGES, del territorio de Nueva Norfolk y Nueva Cornwall.

MENOMEDES, de los alrededores del lago Michigán.

MINATARES, del río Missouri.

MISSOURIS, del río de su propio nombre.

MIXTECAS, del Estado de Oajaca, en México.

MOHICANOS, del río Connecticut, en los territorios del Vermont y Nueva Hampshire y del Bajo Canadá.

MOQUIS, del territorio del Estado de Arizona.

MOSKITOS, de los bosques regados por el río San Juan, en Nicaragua.

MUSCOMULGOS, del oeste de la Georgia y parte de Alabama.

NAHUALTS ó AZTECAS, que se extendían desde el lago de Nicaragua hasta el Río del Norte, y constituían el Imperio Anahuac ó México, que llegó á un grado de civilización bastante adelantado, pues era el único pueblo que entonces poseía una literatura propia, debido al empleo de una escritura simbólica particular: habían subyugado á las tribus Oajacas, Mixtecas y otras.

NATCHEZES, del territorio regado por el Mississipí, en la Florida, que se distinguían por signos característicos apacibles.

NAVAJOS, del Sur del territorio de Colorado.

NIQUIZAS, del territorio de Nicaragua.

NUALTECAS, de la meseta de Anahuac, en México.

OLMECOS, del extenso país de Anahuac, algo civilizados, que dejaron en México y Centro América monumentos ciclópeos, como los de Mitla y Palenque, cuyas ruinas subsisten aún: los Olmecos emigraron más tarde hasta el lago de Nicaragua.

OMAHAS, del Alto Missouri.

OSAJES, de los parajes entre el Mississipí y el Missouri.

ONANDOGAS, de las comarcas de Nueva York.

OTOGAMIS, de los tupidos bosques regados por el río Missouri.

OTOMITAS, del territorio de Mechoacán, en México: de esta familia son las tribus de los Mayas y Leucas, situadas entre los Istmos de Panamá y Tehuatepec.

PAWNEES, de las riberas del río Mississipí.

PAKIS, de las orillas del río Missouri.

PIELES ROJAS, numerosa tribu que ocupó los dilatados territorios de Tennessee, las Carolinas, la Virginia, el Maryland, la Pensilvania y una parte del Estado de Nueva York, replegándose después en los bosques del Arkansas.