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CAYETANO COLL Y TOSTE.

COLON EN PUERTO-RICO.

DISQUISICIONES HISTÓRICO-FILOLÓGICAS.

PUERTO-RICO.

Tip. al vap. de “La Correspondencia.”

1894.

COLON EN PUERTO-RICO

CAYETANO COLL Y TOSTE.

Colón en Puerto-Rico

DISQUISICIONES HISTÓRICO-FILOLÓGICAS

PUERTO-RICO.

Tip. al vapor de La Correspondencia.

1893.

Es propiedad del autor.

PROEMIO.

Tres pueblos se disputan la gloria de que en sus mares fondeara la exploradora armada de don Cristóbal Colón, y de que en sus playas desembarcaran los intrépidos argonautas, compañeros del gran Ligur, en su segundo épico viaje: Aguada, Mayagüez y Guayanilla.

Terciamos en el debate sin tener por divisa el amor de localidad, y con el deseo de aportar nuestro grano de arena al monumento histórico de los primeros tiempos de la conquista y colonización de nuestra isla.

Todo lo que tiene el sabor de la tierruca nos atrae y seduce, leemos con fruición psíquica todas estas disertaciones históricas boriquenses, las buscamos con exquisita diligencia, y aplaudimos esta prestigiosa labor de depuración, tanto la iniciada por el señor Brau y seguida por el padre Nazario, como la de los escritores de la ciudad del Oeste. Aspiramos, pues, únicamente, á esclarecer puntos oscuros de nuestra breve historia regional sin apasionamiento alguno, porque no pertenecemos á ninguno de los pueblos, que se disputan esta gloria.

No es de extrañar, que tratándose de asuntos de los primeros tiempos de la colonización del Archipiélago antillano, surja la controversia. Existen otros asuntos históricos de mucha mayor trascendencia, referentes al Descubrimiento de América, que aún están envueltos en las brumas de la incertidumbre y sobre el tapete de la discusión. Sin ir muy lejos tenemos un precioso ejemplo: el precisar cuál fué la primera isla donde el Almirante saltó á tierra en el Nuevo Mundo ha sido objeto de las más apasionadas discusiones entre escritores de reconocido mérito.

Todos sabemos, que el pío Colón dedicó al Redentor de la humanidad la primera tierra que viera y pisara; que ésta fué una isla llamada por los indios Guanahaní, y que el gran Navegante la llamó San Salvador. Pues bien, como esas islas, donde hubieron cuarenta mil aborígenes, quedaron arrasadas de gente humana, y los ingleses posteriormente se apoderaron de ellas, y las colonizaron, y de nuevo, por decirlo así, las bautizaron, de ahí surgió la dificultad y quimera de poder signar con precisión cuál fuera la verdadera Guanahaní; pues el Diario de Colón se ha perdido, y se conserva únicamente el Extracto de él, hecho por el padre Bartolomé de las Casas en su Historia general de Indias; resumen utilísimo, pero que carece de las importantísimas anotaciones náuticas.

Ahora bien, al tratar de San Salvador, mientras Navarrete consideró la isla del Gran Turk como el primer punto donde pisó Colón el suelo del Nuevo Mundo; el sabio Humboldt y Washington Irving han opinado que fué la actual Cat-Island; Varnhagen optó por Mayagón; Fox por Atwood; y el ilustre historiador y viajero alemán Cronau ha probado en nuestros días, con investigaciones propias, ser Watling-Island, como opinaban Muñoz, Becher y Major.

Las tinieblas circundan siempre la infancia de los pueblos, y en las nieblas de los primitivos tiempos de la colonización de América la hidra de la fábula asoma á menudo la cabeza para confundir al investigador, que anhelante busca el vellocino de oro de la verdad, sin otro Argos que la razón; pues los escasos cronicones que se poseen, muchas veces, más caldean el cerebro que le iluminan.

Afortunadamente sobre el tema boriqueño, que se ventila, existen preciosos documentos, que hacen amena la discusión y de cuyas páginas, bien escudriñadas, brota radiante la pura luz de la verdad histórica.

Creemos sinceramente que corresponde la gloria discutida, á la villa de la Aguada. Hemos publicado, con tal motivo, cinco artículos en el periódico La Correspondencia, concordando nuestro parecer con el de Iñigo Abbad[[1]], Stahl[[2]], Brau[[3]] y Montojo[[4]]. En Mayagüez se han publicado eruditos artículos, en las columnas del periódico El Diario popular[[5]], defendiendo los derechos que cree tener la ciudad del Oeste á tan alta distinción. El Pbro. Nazario ha editado un libro[[6]], en cuya obra no sólo recaba el estudioso sacerdote para el pueblo de su parroquia la gloria de haber sido el sitio electo por el gran Navegante, sino que niega se llamara nuestra isla Boriquén, y sí Carib; niega la arribada del crucero en el segundo viaje á Santa Cruz; supone costeó el Almirante, en ese mismo viaje, la parte meridional de la Española y no la del norte, para llegar al fuerte de Navidad; hace que Juan Ponce de León funde á Guaydía como primer pueblo de la isla en 1506, de donde saca la voz Guayanilla; llama á San Salvador Guamaní; considera la escritura de los indios boriqueños más perfecta que la de Méjico y Perú; y otra serie de afirmaciones y negaciones de suma trascendencia.

Llegado el debate á tal punto, se impone el dejar las columnas del periódico, cuotidiana hoja que desaparece rápidamente en la vertiginosa jornada de la vida moderna, y desarrollar en las páginas de un libro nuestra opinión.

Describiremos el segundo viaje de don Cristóbal Colón tal como nosotros le concebimos al reflejo de las historias compulsadas; y después presentaremos las fuentes históricas de nuestra confianza.

Creemos, firmemente, que el símbolo de la Redención cristiana, tallado en mármol de nuestras canteras, y levantado á las márgenes de la desembocadura del río Culebrinas, en las playas de Aguada, ocupa el lugar que le corresponde; pero, á fin de evitar interpretaciones dubitativas en el futuro, invitamos á todos los escritores, que han tomado parte en la controversia, para que de común acuerdo enviemos nuestros trabajos á la Academia de la Historia y aceptemos el veredicto de la sabia y competente Corporación.

Noviembre de 1893.

Segundo viaje de Colón

La llegada del intrépido genovés al puerto de Palos de Moguer, de donde había salido á la conquista del áureo vellocino de las Indias, cual nuevo Jasón en la célebre empresa de los Argonáutas, y su marcha triunfal á través de los hispanos pueblos, que le vitorean como á un héroe legendario de las epopeyas griegas, llegando á la condal ciudad de Barcelona, donde accidentalmente moraban los Católicos Reyes, radiante de justa emoción, y seguido de los capturados indios, que lucen vistosos penachos y cobrizas carnes, y ostentan lindos guacamayos y objetos de oro; tan feliz arribada despertó rápidamente en la Nación española un entusiasmo general hacia el desconocido navegante, que había regresado victorioso de los últimos confines del tenebroso mar Océano.

El desconocido en su propia patria, el desdeñado por el rey don Juan de Portugal, el desairado en Francia é Inglaterra, y acogido únicamente por el sabio astrólogo franciscano Fray Juan Pérez de Marchena en el modesto monasterio de la Rábida, y después por la bondadosa castellana Reina á instancias de su antiguo confesor, se yergue ahora al retorno de su fantástico viaje, agrupando á su alrededor los valientes hijosdalgos y los intrèpidos marinos àvidos de glorias y aventuras.

Acababa España de obtener la unidad nacional, lanzando del suelo patrio, tras gigantesca pugna de ocho siglos, la media luna del agareno; acababa el Renacimiento de infiltrar en Europa la savia de la vida moderna, con la venida de los artistas de Bizancio (1453), arrojados por el sable de Mahomet II; y el pueblo hispano, guerrero y artista, iba à trasladar à tierras descubiertas tan oportunamente, los trabajos de Hèrcules, terminados en el histórico estrecho con la ida de Boabdil à las costas mauritanas.

Los Reyes habían sentado en su presencia, honor altísimo, al profeta revelador de las invenidas tierras indianas. Aquellos edènicos salvajes de arrogante presencia, aquellas raras aves de vistoso plumaje, aquellos granillos de oro y macizas caràtulas del preciado metal, aquellas aromàticas maderas y picantes especias y desconocidas viandas y grotescas vasijas, revelaban à las imaginaciones impresionadas la realidad del descubrimiento.

Los regocijados è impacientes Monarcas dispusieron se reuniera con presteza suma, en las aguas de Càdiz, una brillante armada, que à las órdenes del glorioso Almirante cruzara de nuevo el incierto derrotero, por èl revelado, y afianzase la posesión de las halladas tierras à favor de la corona de Castilla.

No se omitieron gastos; se dispuso del oro necesario para los aprestos marítimos, merced à las alcabalas, bienes de judíos y emprèstito levantado; se comisionó à Berardi para la compra de la nao capitana; hubo acopio suficiente de granos y bizcocho; Rodrigo de Narvaez hizo la provisión de pólvora y balas; se obtuvo del Sumo Pontífice Alejandro VI la bula Inter cætera, sancionando el derecho à las tierras reveladas; se reunieron labriegos, herreros, albañiles, carpinteros y braceros para el laboreo de las vírgenes campiñas y construcción de acequias y edificios; se escogitaron veinte lanzas granadinas en briosos corceles andaluces; en la Alcaidía de Màlaga se reunieron corazas, espingardas y ballestas selectas; se llevaron à las carracas simientes como trigo, arroz, cebada, sarmientos, caña de azúcar y legumbres, y ganadería como vacas, yeguas, ovejas, cabras, puercas y asnas para castar[[7]]; se acumularon cal y ladrillos para edificar; y se embarcaron mil quinientas personas, en las diez y siete naves, entregàndose con fe ciega en manos del profeta y descubridor, que hacía poco tiempo había sido considerado como un loco visionario.

Allí venía el primer conspirador que hubo en Amèrica, Bernal Diaz de Pisa, que de Alguacil de la Corte pasó à Contador de la Armada, preso y aherrojado en Isabela por el Visorrey al descubrir su memorial de quejas à la Reina. Allí venía el benedictino Fray Bernardo Boil y doce sacerdotes del monasterio de Monserrat[[8]]. Allí venía Mosèn Pedro de Margarit como perito en el arte de guerrear: Boil y Margarit, dos autoridades adversas à la autoridad del Almirante; y personificando el uno el poder religioso y el otro la fuerza militar, habían de perturbar hondamente la incipiente Colonia, como sucedió, alentando al insubordinado Roldàn, que ejerció el cargo primero de Alcalde mayor de la Española. Allí venía Alonso de Ojeda, de músculos acerados, que supo capturar personalmente al bravo cacique CAONABÓ, destructor del fuerte de Navidad y nervio de la guerra del CIBAO, y montàndolo en el arzón de su corcel cordobès le condujo maniatado à la sorprendida ciudad de Isabela, para que desde la prisión oyera el tañer de las campanas, que habían servido al hazañoso paladín para su estratègico ardid. Allí el pulido Guevara, que había de tener tan novelescos amores con la hermosa HIGUEMOTA, hija de la cacica ANACAONA. Allí el infeliz Adriàn Mojica, ahorcado, por orden del Virrey, en las almenas del fuerte de la Concepción. Allí el arrojado Juan de Esquivel, vencedor del corpulento y batallador cacique COTUBANAMÁ, y despuès conquistador de XAYMACA, la actual Jamayca. Allí Sebastiàn de Olano, receptor de los derechos reales. Allí el padre Marchena, el amigo del alma de Colón, su primer protector y su confidente como sabio astrólogo. Allí los comendadores Gallego y Arroyo. Allí el físico Alvarez Chanca, encargado de la Sanidad, cuya Carta al Cabildo de Sevilla había de ser, andando el tiempo, una joya de inestimable valía. Allí los servidores de la Reina, Navarro, Peñasoto y Girau. Allí el piloto Antonio de Torres, que traía nombramiento de SS. AA. para volver con las naves à España; y à quien personalmente entregó el Almirante sus cartas y memorial para los Reyes, y cuyo encabezamiento decía: “Lo que vos Antonio de Torres, capitàn de la nao Marigalante è Alcaide de la cibdad Isabela, habèis de decir è suplicar de mi parte al Rey è la Reina, nuestros Señores”. Allí Juan de la Cosa, como Maestre de hacer cartas, piloteando la cèlebre carabela NIÑA, que tuvo la gloria de haber llevado à España la buena nueva del descubrimiento: Juan de la Cosa, que trazó el primer mapa del Archipièlago antillano al singlar del crucero por las edènicas islas: faro de potente luz para iluminar la epístola de Chanca. Allí el padre y el tío de Bartolomé de las Casas, el humanitario defensor de los indios, que antes de Grocio proclamara el derecho natural[[9]]. Allí Diego de Peñalosa, Escribano de Cámara del Rey é de la Reina, que dió el primer testimonio público en la ciudad de Isabela—9 de abril de 1494—dando fe de las instrucciones comunicadas á Margarit, de orden del Virrey, con el envío de cuatrocientos hombres de á pié y diez y seis de á caballo, al mando del capitán Ojeda, para aumentar la guarnición del fuerte de Santo Tomás á orillas del Janico. Allí el metalurgista oficial Fermin Zedó y el ingeniero mecánico Villacorta. Allí Luís de Arriaga, que había de defender tan valientemente el fuerte de la Magdalena contra los ataques del cacique GUATIGUANÁ y su numerosa mesnada. Allí Pedro Fernandez Coronel, Antonio Sanchez Carbajal y Juan de Luján, designados por el Visorrey, antes de embarcarse en la siempre útil NIÑA, en demanda de Cuba, para que fueran consejeros vocales, en unión del padre Boil, de su hermano don Diego, á quien dejaba de Gobernador interino. Allí Ginés de Gorvalán, que exploró las riquezas de los territorios del MACORÍS. Allí Juan de Aguado, Intendente de la Real Capilla, que había de retornar á España para traer después Comisión regia reservada[[10]]. Allí el esforzado mílite Diego Velazquez, conquistador y poblador de Cuba. Allí don Diego Colón, hermano del Almirante, y su ahijado de bautismo el indio de GUANAHANÍ, llevando el nombre de su padrino don Diego. Y allí Vega, Abarca, Gil García, Márquez, Maldonado, Beltrán y otros muchos, personificando el espíritu aventurero y gentil de aquel pueblo, que clavó con Pulgar el Ave-María á las puertas de la mezquita de Granada, antes de la toma de la morisca ciudad; y cerrada la era de la guerra muslímica traía al Nuevo Mundo el genio de la conquista, encarnado en fibras de hierro, espada toledana al costado, puñal florentino al cinto, relumbrante casco de vistoso plumaje, escudo cincelado, divisa amorosa ó pía, pesado lanzón para el férreo puño, y el pisador andaluz con gualdrapa multicolor: guerrero ágil, sobrio y apasionado, dispuesto siempre á arrojar el guantelete, dar un mandoble ó romper una lanza.

Y allí también, en la inmortal épica empresa, nuestro Juan Ponce de León, el mozo de espuela del Comendador mayor de Calatrava, don Pedro Nuñez de Guzmán; campeón de humilde cuna, pero de reconocida valentía personal, probada á diario, en los choques sangrientos con la morisma del Darro y del Genil; y que quince años después había de engarzar á la corona de Castilla la hermosa perla de BORIQUÉN, acogida por el Descubridor, en este segundo viaje, bajo el morado estandarte de los Católicos Reyes.

Consideramos estos días del ilustre marino genovés como los de mayor satisfacción pasados en su sufrida existencia. Había recorrido las calles de la ciudad de los Condes junto al Monarca don Fernando y el príncipe don Juan; sus hijos eran tomados por éste en calidad de pajes, honor propio de los hijosdalgos; magnates como el Duque de Medinaceli le habían tributado sus obsequios, y prelados como el Arzobispo de Toledo tratado en íntima ágapa; los vítores del pueblo le saludaban al paso; y abrazaba ahora sobre el combés de la MARIGALANTE, antes de partir de nuevo para las Indias, á sus hijos don Diego y don Fernando, en quienes los Monarcas habían vinculado la heredad de los títulos por él adquiridos.

El 25 de septiembre, á la hora del alba, zarpó la escuadra de la bahía de Cádiz, con derrotero á las islas Canarias, por llevar intención de tomar en ellas refresco de los bastimentos necesarios, y evitar los mares vecinos á los cabos portugueses y á los archipiélagos dependientes de Portugal[[11]]; á los tres días de navegación visitaron las naves tórtolas y pajarillos, que pasaban á invernar á Africa desde las islas Azores; el 2 de octubre[[12]] llegaron los expedicionarios á la gran Canaria, y á la media noche alzaron velas para ir á la Gomera donde arribaron el sábado 5 de octubre, ordenando el Almirante se acopiara prontamente lo que necesitara la escuadra; recolectando de nuevo semillas, aves de corral y ocho puercas. Se reparó una nao que hacía mucha agua, y molestados por falta de viento tardaron algunos días en llegar á la isla de Hierro, de donde partió el crucero, el 13 de octubre, con tiempo bonancible y rumbo al Oeste. El jueves 24, del mismo mes, estaban los viajeros en el mar de sargazos[[13]] y visitó una golondrina la armada. El sábado 26 por la noche vieron los intrépidos viajeros el fuego de San Telmo en las gavias, y hubo lluvia y tronada, y se cantaron letanías y oraciones, teniendo al subsiguiente dia de san Vicente mal tiempo también. El sábado 2 de noviembre consideró el Almirante estar próximo á tierra por el aspecto del cielo y estado de mar y viento, hizo recoger velas, y ordenó que toda la gente hiciese buena guardia aquella noche[[14]], y al amanecer del otro dia—3 de noviembre—quedaron justificadas sus opiniones, viendo al Oeste, siete leguas distantes de los buques, una isla alta y montuosa, á la cual puso DOMÍNICA, en obsequio al dia de arribada á ella. Y desde aquel momento empezó el bojeo del Archipiélago antillano, despertando en el ánimo de aquellos aventureros argonáutas sublimes ambiciones.

La DOMÍNICA por la parte visitada era inaccesible, la corrió el crucero una legua buscando surgidero, y no hallándolo, ordenó Colón que una carabela la reconociera, é hizo rumbo con la escuadra á otra isla avistada, á la cual puso en obsequio á la MARIGALANTE, la nao capitana, SANTA MARÍA GALANTE[[15]], llegando á ella á la caida de la tarde. Descendió el Almirante á tierra, plantó el signo de la redención cristiana[[16]], y levantó Diego de Peñalosa, escribano de cámara del Rey é la Reina, acta notarial de la toma de posesión. Permaneció la armada fondeada hasta la mañana del lunes 4, que zarpó, la vuelta al norte, hacia otra grande isla divisada; llegados á ella el mismo dia, la intituló el Almirante: SANTA MARÍA DE GUADALUPE, por devoción y ruegos de los monges de aquella casa, en Extremadura, á los cuales había ofrecido poner á alguna isla el nombre de su monasterio. Tres leguas antes de arribar á Guadalupe divisaron los viajeros una roca altísima (la SOUFRIÉRE), que terminaba en punta, de la cual salía al parecer un grueso chorro de agua, que por su limpidez algunos decían ser veta blanca en la roca. Surtas las naves, á la caida de la tarde, en puerto rebuscado, fueron á tierra los expedicionarios á reconocer una aldehuela que se divisaba en la playa; la hallaron desierta de adultos y encontraron algunas criaturas, en cuyos brazos ataron cascabeles para atraer á los padres el siguiente día. Les llamó la atención muchas aves blanco-rojizas[[17]] y verdes[[18]], unas calabazas[[19]] y la odorífera ananás[[20]], que por su similitud con el fruto del pino le llamaron los viajeros piña. Observaron también los arcos y las flechas, y las camas colgadas, hechas de algodón y á semejanza de redes (hamacas), y maravillóles sobre manera una tartera de barro lucidísima, que les hizo creer, de súbito, fuese de hierro, por el color que había tomado la arcilla cocida. Pero todo fué respetado, y se volvieron los viajeros á las carabelas. Al día siguiente—martes 5 de noviembre—envió Colón dos barcas á tierra para ver si podía capturar un indígena, que le diera nuevas del país. Regresó cada embarcación con un mozo indio, y los garzones dijeron, eran ellos de BORIQUÉN, y que los habitantes de SIBUQUEIRA (Guadalupe) eran CARIBES. Retornaron las barcas á buscar unos cristianos, que habían quedado en tierra, y encontraron con ellos seis indias, las que voluntariamente se embarcaron y fueron á las naos; pero el Almirante ordenó agasajarlas con cascabeles y sartas de vidrio, y llevarlas de nuevo á tierra. Colón quería atraerse á los indígenas; pero los indómitos CARIBES despojaron á las mujeres de las bujerías; y las mismas indias, cuando volvieron las barcas á hacer leña y aguada, se entraron en las embarcaciones y rogaron, por señas, á los marineros las llevasen á los navíos, manifestándoles, en su mímico lenguaje, que los naturales de Guadalupe comían hombres, y las tenían á ellas cautivas. Los marineros recogieron un garzón y dos criaturas más, llevando á bordo á aquella gente, que aceptaba mejor entregarse á seres extraños, vistos por vez primera, á quedarse en tierra de los terribles enemigos, que se habían comido á sus hijos y maridos. Por una de aquellas indígenas boriquenses supo el Almirante que hacia el Mediodía había muchas islas, y que de SIBUQUEIRA había salido una expedición de trescientos caribes, en diez grandes canoas, á piratear en las vecinas tierras y á capturar gente. Aunque el Almirante traía su carta náutica, trazada en el primer viaje, interrogó á las indias hacia dónde quedaba la Española para confirmar sus anotaciones[[21]]. Iba á hacer rumbo hacia ella, pues había satisfecho ya su curiosidad de conocer á los caribes[[22]], y por otra parte tenía vivo interés en llegar al improvisado fuerte de Navidad, donde había dejado treinta y nueve hombres, pertrechados de la artillería de la perdida SANTA MARÍA, y confiados á la dudosa hospitalidad del cacique GUACANAGARÍ y su tribu, cuando le avisaron, que el capitán Diego Márquez, el Veedor, había saltado en tierra con ocho hombres, antes de amanecer, sin licencia, y que no había retornado á las carabelas. El Almirante dispuso, que Alonso de Ojeda con cuarenta hombres y trompetas y arcabuces fueran al ojeo de sus extraviados compañeros; pero ésta y otras partidas regresaron á las naos sin hallar á los perdidos expedicionarios; en cambio trajeron maiz, aloes, sándalo, gengibre, incienso, odoríferas maderas, algodón y algunas aves[[23]]. Los extraviados viajeros regresaron el 8 de noviembre, manifestando, que se habían perdido con la espesura de los bosques. El Almirante puso en la barra al capitán. En esta isla se encontró mucho algodón hilado, y por hilar, en algunos bohíos reconocidos; telares para trabajarlo; y muchas cabezas de hombres colgadas y cestos llenos de huesos humanos[[24]].

El domingo 10 de noviembre zarpó el crucero de Guadalupe y singló á lo largo de su costa (BASSE TERRE) hacia el noroeste, para ir á la Española. Al mediodía vieron los viajeros, á su izquierda, una isla, y por su altura llamóla el Almirante, SANTA MARÍA DE MONSERRAT, en obsequio al celebre monasterio catalán, de cuyo seno traía doce sacerdotes al Nuevo Mundo; esta isla, según aseveración de los indios traidos á bordo había sido despoblada por los caribes, comiéndose á su gente. El mismo día, por la tarde, divisaron otra isla, también á la izquierda, tan redonda y lisa, que la llamó el Almirante SANTA MARÍA LA REDONDA, por figurársele la islilla la cúpula de una catedral. Por temor á los bajos y restingas dispuso el gran Navegante dar anclaje á la escuadra. A la mañana siguiente, 11 de noviembre, arribó á SANTA MARÍA LA ANTIGUA, cuyo nombre puso el Almirante á esta isla en remembranza de la iglesia más venerenda de Valladolid. ¡Quién le hubiera dicho al famoso mareante é ilustre descubridor, que al dedicar un recuerdo á la vieja parroquia castellana, ella se lo devolvería, andando el tiempo, á su cadáver, cuando en pobre ataúd y abandonado de todo el mundo, lo condujeron á las puertas de la veneranda iglesia para recibir las oraciones y sentidos Salmos de la liturgia católica! Siguiendo el crucero su derrotero al noroeste distinguieron los viajeros muchas islas, situadas á la parte del norte, y corrientes al noroeste sueste[[25]], todas muy altas, dando fondo frente á una de ellas, que llamó el Almirante SAN MARTÍN, porque precisamente corresponde ese día al santo obispo y confesor, que lleva ese nombre.

El 12 de noviembre la armada levó áncoras, sacando pedazos de coral pegados á ellas, lo que alegró á los tripulantes y viajeros, despertando grandes esperanzas; pero el Almirante no quiso detenerse, porque se acentuaban sus deseos de llegar á la Española. Soplaron vientos contrarios y el crucero, entorpecido en su marcha, tuvo que llegar de arribada forzosa á SANTA CRUZ, donde surgió el jueves 14 de noviembre, á mediodía. Dispuso el Almirante la captura de algún indígena de AY-AY (Santa Cruz), para saber dónde se encontraba y habiendo ido una barca á tierra apresaron cuatro indias y tres niños. Regresando á las naos encontró la barca una canoa en que iban cuatro indios y una india, los cuales viendo no podían huir bogando, hicieron uso de sus arcos y flechas, hiriendo dos cristianos. Las flechas eran arrojadas con tanta fuerza y destreza, que la india pasó de parte á parte un broquel. La barca, entonces, embistió impetuosamente á la canoa y la volcó; pero los caribes nadando y haciendo pié en los bajos continuaron su defensa hasta que fueron capturados por los veinte y cinco hombres de la embarcación. Partió la escuadra de SANTA CRUZ, el mismo día 14, con rumbo otra vez al noroeste en busca de la Española, inclinando, luego, el derrotero al norte, y entorpecido por un archipiélago de islillas se detuvo frente á VIRGEN GORDA, donde llegó de noche. Al siguiente día, 15 de noviembre, dispuso el Almirante la exploración del archipiélago dicho, resultando más de cuarenta islas altas y peladas, las dejó al norte, intitulando á la mayor SANTA URSULA, y á las otras, las VÍRGENES, y derribó al suroeste. Corrió el crucero estas costas todo ese día, y el siguiente, 16 de noviembre, por la tarde, divisó tierras de BORIQUÉN; navegó por el sur todo el día 17, y por la noche, observaron los pilotos que la isla tenía por aquella banda treinta leguas[[26]]; continuó la armada su derrotero el 18, y desaparecido el obstáculo de los MORRILLOS DE CABO-ROJO, fijó el rumbo al norte, recurvando, y acercándose á tierra, según las condiciones de mar y viento; viniendo á terminar el costeo de la isla en el último ángulo occidental[[27]], comprendido entre los cabos SAN FRANCISCO y BORIQUÉN, y dando anclaje el crucero el día 19 de noviembre.

A pesar de que Colón tenía gran interés en arribar cuanto antes á la Española, el aspecto frondoso, y exuberante de la selvática isla, hirió tan vivamente la artística imaginación del genovés marino, que le vemos deponer sus ansias de viaje y hacer que permanezca el crucero hasta la mañana del 22 de noviembre frente á la encantadora é inexplorada BORIQUÉN. Justo era, que después de haber saludado la acantilada é inhospitalaria DOMÍNICA; de sufrir crueles angustias en la antropófaga GUADALUPE; de sentir el corrosivo veneno de las enherboladas flechas de SANTA CRUZ; y de contemplar islas e islotes pelados, que el labio piadoso del Almirante—que hacía cantar todas las mañanas la Salve Regina y todas las tardes el Ave-María—bautizaba de continuo con el dulce nombre de la Reina de los cielos, justo era, que aquella tripulación é intrépidos viajeros aspirasen los perfumados efluvios de los aromosos campos de BORIQUÉN y recordara con ellos los cármenes y jardines de Valencia. Y la impresión fué tan dulce y alhagadora que el Almirante apellidó á la isla con el nombre de SAN JUAN BAUTISTA, no tan solo en obsequio al príncipe don Juan, que había tomado á Diego y Fernando como pajes, sino también porque la hermosura de la isla era precursora de ofertas y dones, que el tiempo ha justificado.

El viernes 22 de noviembre, á la hora del alba, hizo rumbo la escuadra al noroeste, y antes de anochecer avistaron los viajeros tierra desconocida; pero por las indias boriqueñas supieron era la Española. El aspecto de la comarca hacía dudar al Almirante y envió á tierra, frente á SAMANÁ uno de los indios naturales de ella, el cual no volvió. Siguió el crucero costeando, y el 26 de noviembre volvió el Almirante á enviar bateles á tierra, y trajeron indios voluntarios, que tocando los jubones y camisas, decian: camisa, jubón. No quedó duda alguna á los viajeros, que estaban por fin en la Española. Siguió la armada navegando en dirección al fuerte de Navidad y al explorar MONTE CHRISTI, en cuyo punto estuvo el crucero dos días, y en la desembocadura del rio YAQUE[[28]] encontraron los expedicionarios dos cadáveres, con un lazo al cuello uno, y el otro con la lazada al pié; al siguiente día hubieron otros dos. ¡Terribles presagios! El 27 de noviembre, á media noche, llegó la armada á la entrada de la bahía de Cabo Haity (Punta Santa), viniendo á tomar puerto al oscurecer del siguiente día, frente á la desembocadura del rio GUARICO, hoy rivière Haut du Cap. Al tiro de bombarda respondió un silencio sepulcral.

¡Con cuánta pesadumbre caerían las sombras nocturnales sobre el alma del apesarado genovés! Y en aquella obscuridad impenetrable ¡cómo vería la penetrante mirada del profeta descubridor levantarse tristemente la imagen de la desolación sobre el fuerte de Navidad, revelándole la intuición lo que la palpable realidad le presentara al siguiente día! ¡Con qué tensión nerviosa indagaría el triste fin de Diego de Arana, hermano de la madre de su hijo Fernando, y Alguacil de la Armada, de Pedro Gutierrez, el repostero de estrado del Rey, de Rodrigo de Escobedo, escribano de la Armada, y de los treinta y seis infelices compañeros! Tuvo que aplacar sus ansias y hacerse el diplomático, conteniendo los deseos de venganza de sus compañeros de viaje, principalmente del padre Boil, y contemplar, en silencio, el fuerte incendiado, los pozos cegados, los cadáveres putrefactos é insepultos y los indígenas recelosos y alejados, teniendo que escoger lugar más favorable para iniciar otra vez la colonización.

Fuentes históricas.

Para practicar investigaciones históricas con acierto y utilidad es conveniente concretar los puntos que se van á dilucidar; y respecto á los que motivan la controversia de la llegada de don Cristóbal Colón á Puerto-Rico, y lugar electo para surgidero de la armada, y desembarco de los exploradores viajeros, es necesario esclarecerlos, compulsando los documentos que tenemos del segundo viaje del Almirante.

Interrogar los anales de la historia es seguir cuidadosamente esa senda misteriosa, sobre la cual la imagen de la verdad se va revelando como espiritual aparición. Esto no se obtiene con escudriñar un solo libro. La revelación histórica se ofrece al espíritu investigador como el fruto de largas y serias observaciones. Pretender estudiar un período histórico de cualquier país, ceñido á un solo cronicón, es exponerse á error; porque no consideramos á ningún autor exento de equivocarse. Es necesario, pues, compulsar los cronistas, cotejarlos, someterlos á un careo ardiente, de donde al choque de ideas y narraciones recoja el investigador, á raudales, la luz, la pura luz de la verdad.

El diario ó cuaderno de bitácora del gran Navegante, en su segunda expedición al Nuevo Mundo, se ha perdido; sin que tengamos la suerte siquiera de que se conservara un extracto de él, como el que hizo el padre Las Casas del diario del primer viaje.

También se han extraviado las cartas y el memorial del Visorrey, remitidas por conducto de Antonio de Torres á los Católicos Reyes, y entregadas á los monarcas en Medina del Campo. Afortunadamente se conservan las de los Reyes al Almirante, acusándole el recibo de las suyas y de su memorial.

Como precioso documento histórico, respecto á esta épica empresa del ilustre marino, existe la carta dirigida al Cabildo de Sevilla por el físico de la Armada don Diego Alvarez Chanca, uno de los expedicionarios.

Como joya de igual valía que la anterior, se guarda en el Museo Naval de Madrid, la Carta náutica—sustraída de España y vuelta á recuperar—de Juan de la Cosa: carta de la parte correspondiente á la América, levantada por el famoso piloto, en el segundo viaje del descubridor genovés, y en la Expedición de Alonso de Ojeda en dicho año. Entre las diez y siete naves de la armada, que verificó la segunda empresa del Almirante, volvía á recorrer el mar tenebroso la simpática carabela NIÑA, la que tuvo la gloria de llevar á España la buena nueva del descubrimiento; y en ella venía Juan de la Cosa, como Maestre de hacer cartas náuticas.

De la epístola y mapa de estos dos testigos presenciales de la célebre navegación del gran Ligur haremos un estudio especial.

Ahora bien, ¿debemos prescindir de los demás cronistas por no haber ido en la Expedición?—De ninguna manera. Rechazar á cualquier historiador de este viaje por no ser testigo ocular, es reñir con los preceptos de la Retórica en la composición de narraciones históricas.

El padre Nazario[[29]] toma únicamente por guía á Chanca en el bojéo del Archipiélago antillano, se ciñe á él, y prescinde de los demás cronistas. Creemos está en un error el ilustrado presbítero. Y vamos á probárselo, sacando nuestro argumento del rico arsenal de la Iglesia católica.—Cuatro son los evangelistas que nos han legado la historia del Mártir del Gólgota. Dos de visu: San Juan y San Mateo; dos de auditu: San Marcos y San Lucas. ¿Hay quién se atreva á rechazar á éstos, porque no fueron contemporáneos de Jesucristo?—No!—Pues hay que aceptar algo más todavía. San Marcos, que escribió su evangelio en griego y no en latín, como pretende Baronio, da detalles que no se encuentran en San Mateo: en la relación de los milagros y las parábolas del Redentor, es más completo que los otros evangelistas. San Lucas, escribió en Acaya, dirigió su obra en griego á Teófilo, y se considera su evangelio, redactado en 24 capítulos, más completo que los de los otros apóstoles. Y sin embargo, San Juan era el predilecto de Jesucristo, y San Mateo era hombre instruido, pues desempeñaba el cargo de perceptor de impuestos romanos, cuando el Salvador le dijo: Sígueme.

Don José Amador de los Ríos, en la Vida y escritos del capitán Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés (1851), dice en uno de los párrafos de tan interesante biografía: “Tenía entonces Oviedo quince años, y ya había aprendido, que no debe la verdad histórica recogerse en una sola fuente.” Fieles á tan preciosa divisa hemos procurado no atenernos, en los hechos que tratamos de dilucidar, á un solo cronicón.

Además de la carta del médico sevillano y el mapa del famoso mareante, viene en segundo orden la interesante carta de Pedro Mártir de Anglería al vizconde Ascanio Sforcia, cardenal canciller. Esta epístola fué escrita en latín por el célebre Consejero de Indias para enterar á Su Santidad el Papa de la marcha de los descubrimientos del ligurio Cristóforo Colombo. Para redactar tan precioso documento, Mártir de Anglería se asesoró minuciosamente de los viajeros retornantes, y especialmente de Antonio de Torres, comandante de las doce naves que volvieron á Cádiz. La Corte estaba en Medina del Campo, y allí fué el jefe de la flota de regreso á rendir á los Reyes cuenta del viaje, y á entregarles las cartas y memorial del Visorrey. Y prueba de que Pedro Mártir de Anglería es un fiel traslado de Antonio de Torres son las siguientes palabras en la carta al Canciller: “Te contaré, por darte gusto, lo que, preguntándoles yo por orden, me refirieron él (Antonio de Torres) y también los demás hombres fidedignos; pues yo tomé lo que me dieron, y lo que me dieron helo aquí”[[30]]. Mayor sinceridad no puede exigirse en un narrador. De manera que hablar Pedro Mártir de Anglería del segundo viaje del Almirante es lo mismo que si dijéramos, habla Antonio de Torres.

Antonio de Torres, hermano de la nodriza del príncipe don Juan era un experimentado piloto; fué nombrado por la Corona para llevar á Cádiz la armada de retorno; é iba á ser éste, el primer viaje que se efectuaba, á través del mar tenebroso, sin que lo dirigiese el gran Navegante. La empresa de Torres fué feliz, pues regresó al punto de partida, la bahía gaditana. En aquella época se ignoraba la necesidad que hay de hacer rumbo al Septentrión para encontrar los vientos del oeste, que facilitan á los nautas el retorno á Europa; era, pues, preciso ser experimentado marino para pilotear un buque en estas latitudes. Torres trajo inmediatamente á la Española al adelantado don Bartolomé Colón con tres naos aprovisionadas, que SS. AA. enviaban al Virrey; y regresó otra vez á España, conduciendo á don Diego Colón, hermano del Descubridor, para desvanecer en la Corte los informes del padre Boil y Mosén Pedro de Margarit, contrarios al Almirante; además, portaba las cuatro naves cargadas de indios prisioneros, que se habían capturado en las últimas rebeliones, y llevaba también oro, palo de Brasil y productos curiosos. En carta dirigida por los monarcas á don Cristóbal Colón, desde la villa de Medina del Campo—15 de junio de 1497—llaman, el Rey y la Reina, á Antonio de Torres: “Contino de nuestra Casa.” Cuando caído en desgracia el Almirante llega á Cádiz, preso y aherrojado, entrega á Alonso Martín, maestre de la nave que le condujo, una carta para doña Juana de Torres, nodriza que había sido del príncipe don Juan: carta que se conserva en el CÓDICE COLOMBO AMERICANO, y donde se ve lo favorecida que era la hermana de Antonio de Torres por la Reina Católica. Además tenía nuestro ilustre piloto un hermano llamado Pedro de Torres, Secretario de S. A.—Cuando los sucesos de la España se complicaron con la prisión del Visorrey y enseñoriamiento de Bobadilla, Antonio de Torres fué el electo por los Monarcas para conducir prontamente al Comendador Ovando á la Colonia perturbada y traer en las mismas naves al osado Bobadilla. A las cuarenta y ocho horas de haber partido la escuadra se desarrolló un terrible huracán; quedó arrasada la villa de Santo Domingo, que reposaba entonces en la banda oriental del río Ozama, y pereció en el naufragio de la flota el Comandante Antonio de Torres. A quien ostentaba tan brillante hoja de pilotaje en el mar de las Antillas, y conocía al dedillo el antiguo derrotero que llevaban y traían las naves, justo es concederle, que sabría perfectamente cuál era “el último ángulo de occidente de Boriquén” donde se hizo aguada, en el segundo viaje del Almirante.

Corresponde turno de preferencia también, en nuestras fuentes históricas, á don Fernando Colón, el hijo natural del Almirante. En la Colección de libros raros y curiosos, que tratan de América, publicados por Tomás Minuesa, está la Historia del Almirante escrita por su hijo don Fernando[[31]]. Y dice el prologuista: “La figura de don Fernando Colón es de una magnitud colosal en la historia de nuestros descubrimientos. El padre fué el héroe. El hijo el historiador. La epopeya es del padre. La historia, del hijo. El uno realizó, y el otro escribió la Odisea de sus viajes y el poema de sus descubrimientos.”—Colón, al darse á la vela para su segunda empresa, fué acompañado por sus hijos Diego y Fernando á Cádiz. Quedaron los hijos del Descubridor, de pajes del príncipe don Juan, y al regresar el Almirante hallóles en el palacio de dicho Príncipe, que á la sazón celebraba sus bodas con doña Margarita, hija del Emperador Maximiliano. Colón, á la par que pudo abrazar allí á sus hijos, contribuyó á dar esplendor á las fiestas con cuantas curiosidades y riquezas había logrado atesorar. Lógico es suponer, que el insigne marino narrase su expedición segunda, y que el hijo, su futuro biógrafo, se empapase de sus aventuras: máxime, habiendo podido estar después el Almirante en la grata compañía de sus hijos más de un año, que tardó en efectuar el tercer viaje. Además, don Fernando acompañó á su padre en el infortunado cuarto viaje; y á la muerte del Almirante, acaecida en Valladolid tuvo en su poder los papeles del gran Navegante, siendo el fundador de la gran Biblioteca colombina. En 1509, acompañó á su hermano don Diego á tomar posesión del Vireinato y de 1512 á 1520 efectuó otro viaje al Nuevo Mundo.—Estaba, pues, debidamente autorizado para escribir la historia de su padre y tratar de asuntos de las Indias Occidentales.

Pero, por si hay quien nos juzgue apasionados de esta fuente histórica, oigamos lo que dice Muñoz, Navarrete é Irving de la obra de don Fernando Colón.—Dice Muñoz[[32]]: “Este libro es el más importante para el tiempo de que tratamos, pues conserva todo lo sustancial de los papeles del descubridor, y á la letra varios fragmentos escogidos con pulso y delicadeza. Confieso deberle mucho, y debiérale más á no haber adquirido buena parte de lo que él disfrutó, ya íntegros, ya en relación prolija.”—Navarrete[[33]] anota: “Don Fernando llegó á ser hombre docto y curioso, manejó con mucho tino y discernimiento los libros y documentos de su padre para escribir la Historia de su vida y de sus gloriosas empresas. Habló con verdad y exactitud.”—Y el historiador Irving[[34]] califica el libro de don Fernando de “obra preciosa y piedra fundamental de la Historia del Mundo Americano.”

Viene en pos del hijo del Descubridor, como fuente histórica en los asuntos que ventilamos, el capitán Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés, con su monumental obra[[35]]. Oviedo fué en su juventud mozo de cámara del príncipe don Juan, en cuya época trató con intimidad á los pajes Diego y Fernando, los hijos del Almirante, y presenció la entrada triunfal de Colón en Barcelona; fué soldado en Italia y familiar del rey don Fadrique; secretario en España del gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba; veedor de las fundiciones de oro, y más adelante, regidor y teniente del Darién en Tierra-firme; gobernador electo de la provincia de Cartagena; primer Cronista de Indias; Alcaide de la fortaleza y regidor de la ciudad de Santo Domingo, donde estaba avecindada su familia y donde escribió su imperecedera obra. Refiriéndose al segundo viaje de Colón y á sus compañeros, dice: “y á todos los más de los principales dellos los ví y conoscí. Y algunos al presente hay vivos en estas Indias y en España, aunque son ya muy pocos los que quedan dellos.” Y respecto al conquistador y poblador de Puerto-Rico, añade Oviedo: “capitán, hombre de bien é hidalgo llamado Johan Ponçe de León: el qual yo conosçí muy bien, é es uno de los que passaron á estas partes con el almirante primero D. Chripstóbal Colón, en el segundo viaje que hizo á estas Indias.” Conoció á Juan de León, el que mató al cacique principal boriqueño GUAYBANÁ de un tiro de arcabuz. En 1549 fué nombrado Regidor perpetuo de la ciudad de Santo Domingo y murió á la avanzada edad de 79 años. La obra de Oviedo es un manantial inagotable en todo lo que se refiere á las primeras colonias de América, y con justicia lleva el dictado de primer cronista de Indias.

Y nos han facilitado provechosa enseñanza además, Fray Bartolomé de las Casas[[36]], cuyo padre y tío, vinieron con Colón en el segundo viaje, y él en compañía de Ovando; don Juan Bautista Muñoz[[37]], que en trabajos preparatorios para escribir su obra invirtió trece años, coordinando datos y compulsando documentos; Andrés Bernáldez, cura de los Palacios[[38]], que introduce en su historia una relación de los viajes de Colón; Antonio de Herrera[[39]], el protegido de Felipe II; Navarrete[[40]], en su magna obra de compilación; Francisco López de Gómara[[41]], que en 1552 dedicó su obra al emperador Carlos V, editada en Zaragoza, y coleccionada por Rivadeneyra en su Biblioteca de autores españoles; nuestro compatriota Alejandro de Tapia y Rivera[[42]], infatigable enciclopedista; Fray Iñigo Abbad[[43]], que para redactar su obra verificó un viaje de estudio y exploración por toda la Isla, trabajo que llevó á efecto el erudito benedictino, por disposición del conde de Floridablanca, en el reinado de Carlos III, y cuyo manuscrito presentó al Ministro en 1782.

Con el manejo y estudio de estas obras, y de cuantos historiadores extranjeros han llegado á nuestras manos, como Irving[[44]], Prescott[[45]], Robertson[[46]], Dutroulau[[47]], Rochefort[[48]], Dutertre[[49]], Labat[[50]], Charlevoix[[51]], Le Blond[[52]], Moreau de Jonnés[[53]], Humboldt[[54]], Lyell[[55]], Cronau[[56]], y Dahlmann[[57]]; y modernos trabajos históricos de Jozon[[58]], Sanchez Calvo[[59]], Lubbock[[60]], Ratzel[[61]], Chil[[62]], Leyva[[63]], Castelar[[64]], Montojo[[65]], Ernesto Restrepo[[66]], Unión ibero-americana[[67]] y Bertillon en unión de una sociedad de sabios franceses[[68]], hemos formado nuestra humilde opinión de la prehistoria regional de la antigua BORIQUÉN y sus habitantes, y del segundo viaje del inmortal Descubridor de las Indias Occidentales.

Diego Alvarez Chanca.

Hemos descrito el segundo viaje de Colón tal como nosotros creemos le llevara á efecto. Hemos presentado también nuestras fuentes históricas. Y ahora vamos á ocuparnos del célebre médico sevillano que era, por mandato de los Monarcas, uno de los expedicionarios compañeros del gran Navegante. Al llegar á la Española aprovechó Chanca el retorno de Antonio de Torres para enviar al presidente y señores del Cabildo de Sevilla una relación de la segunda gloriosa empresa del Ligurino.

El padre Nazario[[69]] considera á Chanca como notario, además de médico, y su célebre carta de referencia como un documento oficial; por ende, le asigna mayor veracidad que como historiador, y se le forja casi infalible.

Aparte de que los notarios están expuestos á equivocarse como todos los humanos, por aquello de hominum est errare, consideramos al doctor Diego Alvarez Chanca, únicamente, como encargado de la Sanidad de la Armada y de velar por la salud de los primeros colonizadores. El médico sevillano era una de las personas más distinguidas, que acompañaban al ilustre genovés en esta empresa; no sólo por el título universitario que llevaba, sino también por sus conocimientos generales.

Que desempeñaba únicamente el cargo de físico, lo probamos con un apartado del Memorial, que el Virrey entregó en la ciudad de Isabela al piloto Antonio de Torres para los Católicos Reyes. Si Chanca hubiera tenido el cargo de escribano y gozado sueldo de tal[[70]], buen cuidado hubiera tenido el bondadoso Colón al impetrar de los Monarcas aumento de sueldo para su amigo el facultativo, de manifestar, que una y otra retribución,—la de médico y escribano—no satisfacían á Alvarez Chanca. Esto, dejando á un lado que para aquella época, ya estaban completamente deslindadas estas dos profesiones. He aquí el párrafo de referencia:

“Item: Diréis á sus Altezas el trabajo que el doctor Chanca tiene con el afruenta de tantos dolientes, y aún la estrechura de los mantenimientos é aún con todo ello, se dispone con gran diligencia y caridad en todo lo que cumple á su oficio, y porque sus Altezas remitieron á mí el salario, que acá se le había de dar, porque estando acá es cierto quel non toma ni puede haber nada de ninguno, ni ganar de su oficio como en Castilla ganaba, ó podría ganar estando á su reposo é viviendo de otra manera, que acá no vive; y así que como quiera que él jura que es más lo que allá ganaba allende el salario que sus Altezas le dan, y non me quise extender más de cincuenta mil maravedís por el trabajo que acá pasa cada uno año mientras acá estoviere; los cuales suplico á sus Altezas le manden librar con el sueldo de acá y eso mismo, porque él dice y afirma, que todos los físicos de vuestras Altezas, que andan en reales ó semejantes cargos que estos, suelen haber de derecho un dia de sueldo, en todo el año, de toda la gente: con todo he seido informado, y dícenme, que como quier que esto sea, la costumbre es darles cierta suma tasada á voluntad y mandamiento de sus Altezas en compensa de aquel día de sueldo. Suplicaréis á sus Altezas, que en ello manden proveer, así en lo del salario como de esta costumbre, por forma que el dicho Doctor tenga razón de ser contento.”

Queda probado que el médico sevillano no venía de escribano y notario, sino simplemente de FÍSICO. Y que utilizaba sus amistades con el Descubridor, á ver si SS. AA. le aumentaban el sueldo, por haberse llevado una desilusión con la venida á las Indias, donde la incipiente Colonia le dejaba menos dineros, que la clientela que tenía en la Corte. El Escribano de Cámara del Rey é la Reina, Diego de Peñalosa, fué el que vino á desempeñar á la ciudad de Isabela su elevado ministerio. Y lo probamos perfectamente con el encabezamiento del documento que entregó el Virrey á Alonso de Ojeda, capitaneando cuatrocientos hombres de á pié y diez y seis de á caballo, para llevarlos al fuerte de Santo Tomás y ponerlos á las órdenes de Mosén Pedro de Margarit; cuyo documento oficial termina así:

“Fecha en la cibdad Isabela, que es en la Isla Española, en las Indias, á nueve días del mes de Abril, año del Nascimiento de nuestro Salvador Jesucristo de mil quatrocientos noventa y cuatro años.—El Almirante.—Por su mandado la fice escribir.—Diego de Peñalosa.—Testigos que fueron presentes á ver leer é concertar este dicho traslado de la dicha Carta original de Instrucción: Francisco Madrid, vecino dende: é Francisco de San Miguel, vecino de Ledesma, vecino dende.—E yo Diego de Peñalosa, Escribano de Cámara del Rey é de la Reina, nuestros Señores, á mandamiento del Señor Almirante, la fice escribir é concerté, é por ende fice aquí este mi signo.—En testimonio de verdad.—Diego de Peñalosa.”

No cabe duda, pues, que Alvarez Chanca vino encargado únicamente de la Sanidad, y Diego de Peñalosa de la fe notarial. En la ciudad de Isabela hubo escribanos de número, que desempeñaron comisiones secundarias á la del Escribano de Cámara. El mismo Virrey cuando enviaba una carabela á una exploración designaba á uno de estos escribanos para que dieran fe de los sucesos; pero el que vino en la Armada colonizadora desempeñando el cargo notarial fué Pedro de Peñalosa, Escribano de Cámara del Rey é la Reina. Y para mayor confirmación vamos á transcribir el final de la copia, que hizo sacar el Almirante, de la Información verificada por él—12 de junio de 1494—cuando exploraba á Cuba, y creyó que era Tierra-firma y no isla, poniendo por testigos las tripulaciones de la NIÑA, la SAN JUAN y la CARDERA; cuyo final dice así:

“En la cibdad de Isabela, Miércoles catorce dias del mes de Enero, año del Nascimiento de nuestro Salvador Jesucristo de mil quatrocientos noventa y cinco años, el dicho Señor Almirante mandó á mí Diego de Peñalosa, Escribano de Cámara del Rey é la Reina, nuestros Señores, é su Notario público en la su Corte é en todos los sus Reinos é Señoríos, que catase los registros y protocolos de Fernand Perez de Luna, Escribano público del número de dicha cibdad, defunto que Dios haya, etc.”

Y conste, que cuando en 9 de abril de 1494 redactaba Peñalosa su primer documento público en la Isabela, aún no había llegado á la Española el Adelantado don Bartolomé Colón, trayendo refuerzos y provisiones,—septiembre de 1494—por lo que el Escribano de Cámara del Rey é la Reina, Diego de Peñalosa, fué el que venía junto al Almirante en la capitana nao, desempeñando su alto ministerio notarial y Diego Alvarez Chanca ÚNICAMENTE como físico.

Por real despacho de 23 de mayo de 1493 se mandó, que Chanca fuese de físico en la Armada de don Cristóbal Colón; previniéndose en 24 á los contadores mayores le diesen el salario y ración, porque había de estar de escribano en las Indias[[71]]. Es decir, que se le daría en Indias una de las tantas escribanías, que indudablemente habrían de crearse, ó se le pagaban sus honorarios de FÍSICO con sueldo de escribano. De ésto á venir desempeñando cargo de tal, hay mucha diferencia, y es lo que ha inducido á error al presbítero Nazario. Cuando el Almirante escribía á los Monarcas en favor de Chanca aún no le habían adjudicado ninguna escribanía.—Después se marchó el doctor Diego Alvarez en una de las expediciones que fueron á explorar el continente.

No falta quien haya dicho que la epístola del sevillano médico iba dirigida á los Monarcas. Esta carta era para el presidente y señores del Cabildo de Sevilla. Y basta el cotejo del final de la epístola, para cerciorarse que no era un documento notarial, aunque iba dirigida á un Cuerpo oficial.—Don Cristóbal Colón fué el que dió cuenta detallada á SS. AA. del segundo viaje, como lo hizo del primero cuando les entregó su precioso Memorial en la ciudad de los Condes. La relación y carta enviada por el Visorrey, referentes á su segunda épica empresa, se han perdido, salvándose un memorial de los llevados por Antonio de Torres; pero poseemos, para justificar nuestro aserto, las respuestas de los Reyes Católicos al Almirante, y de ellas se desprende, cual luz meridiana, la verdad que afirmamos. He aquí las Cartas de los Monarcas dirigidas al Virrey, desde Medina del Campo á 13 de abril de 1494, y desde Segovia á 16 de agosto del mismo año.

“El Rey é la Reina: Don Cristóbal Colón, nuestro Almirante del mar Océano, y nuestro Visorrey é Gobernador de las islas nuevamente falladas en la parte de las Indias: Vimos las cartas que nos enviastes con Antonio de Torres, con las cuales habimos mucho placer, y damos muchas gracias á Nuestro Señor Dios que tan bien lo ha fecho, é en haberos en todo tan bien guiado. En mucho cargo é servicio vos tenemos lo que allá habéis fecho é trabajado con tanta buena orden y proveimiento que non puede ser mejor, é asimismo oimos al dicho Antonio de Torres, é recibimos todo lo que con él nos enviastes, é no se esperaba menos de vos segun la mucha voluntad é afección que de vos se ha conocido é conoce en las cosas de nuestro servicio. Sed cierto que nos tenemos de vos por muchos servidos é encargados en ello para vos facer merced é honra é acrecentamientos como vuestros grandes servicios lo requieren é adeudan: é porque el dicho Antonio de Torres tardó en venir aquí fasta agora é non habíamos visto vuestras cartas las cuales non nos había traido por las traer él á mejor recaudo é por la priesa de la partida destos navíos que agora van, los cuales á hora que lo aquí supimos los mandamos despachar con todo recaudo de las cosas que de allá enviastes por memorial, é cuanto más cumplidamente se pudiese facer sin detenerlos, é así se fará é cumplirá en todo lo otro quel trajo á cargo al tiempo é como él lo dijere; no ha lugar de vos responder como quisiéramos, pero cuando él vaya, placiendo á Dios, vos responderemos é mandaremos proveer en todo ello como cumple. Nos habemos habido enojo de las cosas que allá se han fecho fuera de vuestra voluntad, las cuales mandaremos bien remediar é castigar. En el primer viaje que para acá se ficiere enviad á Bernal de Pisa, al cual Nos enviamos mandar que ponga en obra su venida, é en el cargo que llevó entienda en ello la persona que á vos é al Padre Fray Boil pareciere en tanto que de acá se provee, que por la priesa de la partida de los dichos navíos non se pudo agora proveer en ello, pero en el primer viaje, si place á Dios, se proveerá de tal persona cual conviniese para el dicho cargo. De Medina del Campo á trece de Abril de noventa y cuatro.—Yo el Rey.—Yo la Reina.—Por mandado del Rey é de la Reina.—Juan de la Parra.”

Bastaría esta sola carta de les Reyes para comprobar la acusación de recibo de las cartas del Virrey; pero como la fechada en Segovia tiene relación íntima con este segundo viaje del Almirante, del cual nos venimos ocupando, extractaremos la parte que nos interesa:

“El Rey é la Reina: Don Cristóbal Colón, Almirante etc.: Vimos vuestras letras é memoriales que nos enviastes con Torres, y habemos habido mucho placer de saber todo lo que por ellas nos escribistes, y damos muchas gracias á nuestro Señor por todo ello, porque esperamos que con su ayuda este negocio vuestro será causa que nuestra Santa Fé Católica será mucho más acrecentada:... y visto todo lo que nos escribistes como quiera que asaz largamente decís todas las cosas de que es mucho gozo y alegría leerlas.”

Queda suficientemente probado que el papel que desempeñaba el doctor Diego Alvarez Chanca en esta expedición fué el de FÍSICO de la Armada, y encargado de la Sanidad de la incipiente Colonia.—Esto, para nosotros, no aminora sus relevantes prendas de cronista; pero sin el carácter de notario, que pretende asignarle el padre Nazario[[72]], y que corresponde de lleno á Diego de Peñalosa.

Carta del doctor Chanca.

Publicamos íntegro este documento histórico[[73]], porque los autores, que se han ocupado de él, no están contestes en algunas de sus notas, principalmente Navarrete y Las Casas. Los escritores puertorriqueños, para dilucidar el punto electo por el Almirante en su arribada á BORIQUÉN, han acudido á esta fuente histórica, y también están en desacuerdo, habiendo sacado, á veces, de una misma frase deducciones muy opuestas. El agua, por decirlo así, se ha revuelto tanto, que se necesita un filtro de Pasteur para descubrir las cristalinas linfas; por lo que preferimos publicar toda la epístola de Chanca con las anotaciones de don Martín Fernández Navarrete[[74]] y las del obispo de Chiapa Fray Bartolomé de las Casas[[75]], á entresacar frases en pro de nuestras opiniones. Además ponemos al lado de las notas de Navarrete y Las Casas, nuestra pobre opinión, de manera que el lector puede formar, perfectamente, criterio propio sobre los puntos que se debaten; máxime si se auxilia, en la cuestión del bojeo seguido por el crucero en el segundo viaje de Colón, de un mapa de las Antillas.

Combatimos el parecer del señor Navarrete, en algunas de sus notas, descansando siempre en pruebas fehacientes. Y no es de extrañar, que el ilustre académico sufriera equivocaciones en la magna obra, que se propuso llevar á cabo. Hoy mismo vemos al catedrático de Historia de la Universidad Central, don Emilio Castelar[[76]], suponer la agradable impresión que causaría á Colón y á sus compañeros, al llegar Cuba, el cocotero[[77]] y el plátano[[78]], cuando está probado hasta la saciedad ser plantas exóticas en las Antillas. El doctor don Joaquín Torres de Asensio, prelado doméstico de Su Santidad, al traducir del latín el pasaje de Mártir de Anglería, en que describe el HIGÜERO, cuyas calabazas usan los indígenas para guardar bebidas, incurre también en el error de creer se tratase del COCOTERO. La frase de Mártir en que considera el meollo de esa calabaza más amargo que la hiel, lo cree el señor Asensio debido á que los viajeros probaron el coco fuera de sazón, cuando sabemos que en los cocos, no maduros, y llamados vulgarmente COCOS DE AGUA, la comida interior es una tela blanca, semi-transparente y muy sabrosa al paladar. Y don Nicolás Estévanez, antiguo profesor del Ateneo militar de Madrid, asegura[[79]] que el pequeño grupo de islas de Barlovento llamado SANTOS, debe su nombre á la circunstancia de haber sido descubierto por Colón el día de Todos los santos, cuando sabemos positivamente, que el 3 de noviembre, al amanecer, divisó por vez primera á DOMÍNICA, y que el primero de noviembre, día conmemorativo de Todos los Santos estaba aún el crucero sin divisar tierra alguna; viniendo á sospecharla el Almirante el 2 por la tarde. Y por este estilo muchos errores relativos á América.

No es tan sólo respecto á Puerto-Rico, que ha sufrido don Martín Fernández Navarrete algunos errores. La ímproba tarea de recopilar y anotar los viajes verificados por los españoles en dos siglos, era empresa árdua, y aparejaba tropiezos y dificultades. Por eso vemos al señor Navarrete claudicar á veces. Al decidirse por cuál fuera la verdadera GUANAHANÍ, escoge á GRAN TURK, ligereza imperdonable, como dice Montojo, en un hombre tan eminente como el sabio marino[[80]]. Y al fijar el punto de Cuba donde arribara el Almirante, en su primer viaje, significa el puerto de NIPE; y el fluvial al cual bautizara Colón rio de la Luna, al puerto de BANES. Equivocaciones de bulto; pues el puerto de Cuba, al cual puso Colón el nombre de SAN SALVADOR, y donde fondearon las carabelas en su primera exploradora empresa, fué en el de GIBARA; y el rio de la Luna fué el actual puerto de MANATÍ. Hechos comprobados sin dudas ni vacilaciones algunas por Varnhagen[[81]], Leyva[[82]] y Montojo[[83]].

He aquí la Carta interesantísima del físico de la Armada, Diego Alvarez Chanca, dirigida desde la Isabela, al Cabildo de Sevilla:

“Muy magnífico Señor[[84]]: Porque las cosas que yo particularmente escribo á otros, en otras cartas, no son igualmente comunicables como las que en esta escritura[[85]] van, acorde de escribir distintamente las nuevas de acá y las otras que á mí conviene suplicar á vuestra Señoría[[86]], é las nuevas son las siguientes: Que la flota que los Reyes Católicos, nuestros Señores[[87]], enviaron de España para las Indias é gobernación de su Almirante del mar Océano Cristóbal Colón por la divina permisión, parte de Cádiz á veinte y cinco de Setiembre del año de[[88]] años, con tiempo é viento convenible á nuestro camino, é duró este tiempo dos dias, en los cuales pudimos andar al pié de cincuenta leguas; y luego nos cambió el tiempo otros dos, en los cuales anduvimos muy poco ó no nada; plogó á Dios que pasados los dias nos tornó buen tiempo, en manera que en otros dos llegamos á la Gran Canaria donde tomamos puerto, lo cual nos fué necesario por reparar un navío que hacía mucha agua, y estuvimos ende todo aquel día, é luego otro día partimos é fízonos algunas calmerías, de manera que estuvimos en llegar al Gomera cuatro ó cinco días, y en la Gomera fué necesario estar algún día por facer provisiones de carne, leña é agua la que más pudiesen, por la larga jornada que se esperaba hacer sin ver más tierra: ansí que en la estada de estos puertos y en un día después de partidos de la Gomera, que nos fizo calma, que tardamos en llegar fasta la isla de Fierro, estovimos díez y nueve ó veinte dias: desde aquí, por la bondad de Dios, nos tornó buen tiempo, el mejor que nunca flota llevó tan largo camino, tal que partidos del Fierro á trece de Octubre dentro de veinte dias hobimos vista de tierra; y viéramosla á catorce ó quince si la nao Capitana fuera tan buena velera como los otros navíos, porque algunas veces los otros navíos sacaban velas porque nos dejaban[[89]] mucho atrás. En todo este tiempo hobimos mucha bonanza, que en él, ni en todo el camino, no hobimos fortuna, salvo la víspera de San Simón que nos vino una, que por cuatro horas nos puso en harto estrecho. El primero Domingo después de Todos Santos, que fué á tres dias de Noviembre, cerca del alba, dijo un piloto de la nao Capitana: albricias, que tenemos tierra. Fué el alegría tan grande en la gente que era maravilla oir las gritas y placeres que todos hacían, y con mucha razón, que la gente venían ya tan fatigados de mala vida y de pasar agua, que con muchos deseos sospiraban todos por tierra. Contaron aquel día los pilotos de la armada, desde la isla de Fierro hasta la primera tierra que vimos, unas ochocientas leguas; otros setecientas é ochenta, de manera que la diferencia no era mucha, é mas trescientas que ponen de la isla de Fierro fasta Cáliz, que eran por todas mil é ciento; ansí que no siento quien no fuese satisfecho de ver agua. Vimos el Domingo de mañana sobredicho[[90]], por proa de los navíos una isla, y luego á man derecha pareció otra: la primera era la tierra alta de sierras[[91]] por aquella parte que vimos, la otra[[92]] era tierra llana, también muy llena de árboles muy espesos, y luego que fué más de día comenzó á parescer, á una parte é á otra, islas; de manera que aquel eran seis islas á diversas partes, y las más harto grandes. Fuimos enderezados para ver aquella que primero habiamos visto, é llegamos por la costa andando más de una legua buscando puerto para sorgir, el cual todo aquel espacio nunca se pudo hallar. Era en todo aquello que parescía desta isla todo montaña muy hermosa y muy verde, fasta el agua que era alegría en mirarla, porque en aquel tiempo no hay en nuestra tierra apenas cosa verde. Despues que allí no hallamos puerto acordó el Almirante que nos volviésemos á la otra isla que parescía á la mano derecha[[93]], questaba desta otra cuatro ó cinco leguas. Quedó por entonces un navío en esta isla buscando puerto todo aquel día para cuando fuese necesario venir á ella, en la cual halló buen puerto é vido casas é gentes, é luego se tomó aquella noche para donde estaba la flota que había tomado puerto en la otra isla[[94]], donde descendió el Almirante é mucha gente con él con la bandera Real en las manos, adonde tomó posesión por sus Altezas en forma de derecho. En esta isla había tanta espesura de arboledas, que era maravilla, é tanta diferencia de árboles no conocidos á nadie, que era para espantar, dellos con fruto, dellos con flor, ansí que todo era verde. Allí hallamos un árbol, cuya hoja tenía el mas fino olor de clavos que nunca ví[[95]], y era como laurel, salvo que no era ansí grande; yo ansí pienso que era laurel su especia. Allí había frutas salvaginas de diferentes maderas, de las cuales algunos no muy sabios probaban, y del gusto solamente tocándoles con las lenguas se les hinchaban las caras, y les venían tan grande ardor y dolor que parescían que rabiaban[[96]], los cuales se remediaban con cosas frías. En esta isla no hallamos gente nin señal della, creimos que era despoblada, en la cual estovimos bien dos horas, porque cuando allí llegamos era sobre tarde, é luego otro día de mañana[[97]] partimos para otra isla[[98]] que parescía en bajo de esta que era muy grande, fasta la cual desta que habría siete ú ocho leguas, llegamos á ella hacia la parte de una gran montaña que parescía que quería llegar al cielo[[99]], en medio de la cual montaña estaba un pico mas alto que toda la otra montaña, del cual se vertían á diversas partes muchas aguas, en especial hacia la parte donde íbamos: de tres leguas paresció un golpe de agua tan gordo como un buey, que se despeñaba de tan alto como si cayera del cielo: parescía de tan lejos, que hobo en los navíos muchas apuestas, que unos decían que eran peñas blancas y otros que era agua. Desque llegamos mas á cerca vídose lo cierto, y era la más hermosa cosa del mundo de ver de cuán alto se despeñaba é de tan poco logar nacía tan gran golpe de agua. Luego que llegamos cerca mandó el Almirante á una carabela ligera que fuese costeando á buscar puerto, la cual se adelantó y llegando á la tierra vido unas casas, é con la barca saltó el Capitán en tierra é llegó á las casas, en las cuales halló su gente, y luego que los vieron fueron huyendo, é entró en ellas, donde halló las cosas que ellos tienen, que no habían llevado nada, donde tomó dos papagayos muy grandes y muy diferenciados de cuantos se habían visto. Halló mucho algodón hilado y por hilar, é cosas de sus mantenimiento, é de todo trajo un poco, en especial trajo cuatro ó cinco huesos de brazos é piernas de hombres[[100]]. Luego que aquello vimos sospechamos que aquellas islas eran las de Caribe, que son habitadas de gente que comen carne humana, porque el Almirante por las señas que le habían dado del sitio destas islas, el otro camino, los indios de las islas que antes habían descubierto, había enderezado el camino por descubrirlas[[101]] porque estaban más cerca de España, y también porque por allí se hacía el camino derecho para venir á la Isla Española, donde antes había dejado la gente, á los cuales, por la bondad de Dios y por el buen saber del Almirante, venimos tan derechos como si por camino sabido é seguido viniéramos. Esta Isla es muy grande, y por el lado nos paresció que había de luengo de costa veinte y cinco leguas; fuimos costeando por ella buscando puerto más de dos leguas; por la parte donde íbamos eran montañas muy altas, á la parte que dejamos parescían grandes llanos, á la orilla de la mar había algunos poblados pequeños, é luego que veían las velas huían todos. Andadas dos leguas hallamos puerto y bien tarde. Esa noche acordó el Almirante que á la madrugada saliesen algunos para tomar lengua é saber qué gente era, no embargante la sospecha é los que ya habían visto ir huyendo, que era gente desnuda como la otra que ya el Almirante había visto el otro viaje. Salieron esa madrugada ciertos Capitanes; los unos vinieron á hora de comer é trajeron un mozo de fasta catorce años, á lo que después se sopo, é él dijo que era de los que esta gente tenían cativos. Los otros se dividieron, los unos tomaron un mochacho pequeño, al cual llevaba un hombre por la mano, é por huir lo desamparó. Este enviaron luego con algunos dellos, otros quedaron, é destos unos tomaron ciertas mujeres naturales de la isla, é otras que vinieron de grado, que eran de las cativas. Desta compañía se apartó un Capitán no sabiendo que se había habido lengua con seis hombres, el cual se perdió con los que con él iban, que jamás sopieron tornar, fasta que á cabo de cuatro días toparon con la costa de la mar, é siguiendo por ella tornaron á topar con la flota[[102]]. Ya los teníamos por perdidos é comidos de aquellas gentes que se dicen los Caribes, porque no bastaba razón para creer que eran perdidos de otra manera, porque iban entre ellos pilotos, marineros que por la estrella saben ir é venir hasta España, creíamos que en tan pequeño espacio no se podían perder. Este día primero que allí decendimos andaban por la playa junto con el agua muchos hombres é mujeres mirando la flota, é maravillándose de cosa tan nueva, é llegándose alguna barca á tierra á hablar con ellos, diciéndolos tayno tayno, que quiere decir bueno, esperaban en tanto que no salían del agua, junto con él moran, de manera que cuando ellos querían se podían salvar: en conclusión, que de los hombres ningunos se pudo tomar por fuerza ni por grado, salvo dos que se aseguraron é después los trajeron por fuerza allí. Se tomaron más de veinte mujeres de las cativas, y de su grado se venían otras naturales de la isla, que fueron salteadas é tomadas por fuerza. Ciertos mochachos captivos se vinieron á nosotros huyendo de los naturales de la isla, que los tenían captivos. En este puerto estovimos ocho dias[[103]] á causa de la pérdida del sobredicho Capitán, donde muchas veces salimos á tierra andando por sus moradas é pueblos, que estaban á la costa, donde hallamos infinitos huesos de hombres, é los cascos de las cabezas colgados por las casas á manera de vasijas para tener cosas. Aquí no parescieron muchos hombres; la causa era, según nos dijeron las mujeres, que eran idas diez canoas con gentes á saltear á otras islas. Esta gente nos paresció más pulítica que la que habita en estas otras islas que habemos visto, aunque todos tienen las moradas de paja; pero estos las tienen de mucho mejor hechura, é más proveidas de mantenimientos, é paresce en ellas más industria ansí veril como femenil. Tenían mucho algodón hilado y por hilar, y muchas mantas de algodón tan bien tejidas que no deben nada á las de nuestra patria. Preguntamos á las mujeres, que eran cativas en esta isla, que qué gente era ésta: respondieron que eran Caribes. Después que entendieron que nosotros aborrecíamos tal gente por su mal uso de comer carne de hombres, holgaban mucho, y si de nuevo traían alguna mujer ó hombre de los Caribes, secretamente decían que eran Caribes, que allí donde estaban todos en nuestro poder mostraban temor dellos como gente sojuzgada, y de allí conocimos cuáles eran Caribes de las mujeres é cuales nó, porque las Caribes traían en las piernas en cada una dos argollas tejidas de algodón, la una junto con la rodilla, la otra junto con los tobillos: de manera que les hacen las pantorrillas grandes, é de los sobredichos logares muy ceñidas, que ésto me parecen que tienen ellos por cosa gentil, ansí que por esta diferencia conocemos los unos de los otros[[104]]. La costumbre desta gente de Caribes es bestial: son tres islas, esta se llama TURUQUEIRA[[105]], la otra que primero vimos se llama CEYRE, la tercera se llama AY-AY[[106]]; estos todos son conformidad como si fuesen de un linaje[[107]], los cuales no se hacen mal: unos é otros hacen guerra á todas las otras islas comarcanas, los cuales van por mar ciento é cincuenta leguas á saltar con muchas canoas que tienen, que son unas fustas pequeñas de un solo madero. Sus armas son flechas en lugar de hierros: porque no poseen ningún hierro, ponen unas puntas fechas de huesos de tortugas los unos, otros de otra isla ponen unas espinas de un pez fechas dentadas, que ansí lo son naturalmente, á manera de sierras bien recias, que para gente desarmada, como son todos, es cosa que les puede matar é hacer harto daño; pero para gente de nuestra nación no son armas para mucho temer. Esta gente saltea en las otras islas, que traen las mujeres que pueden haber, en especial mozas y hermosas, las cuales tienen para su servicio, é para tener por mancebas, é traen tantas que en cincuenta casa ellos no parescieron, y de las cativas se vinieron más de veinte mozas. Dicen también estas mujeres que estos usan de una crueldad que paresce cosa increible; que los hijos que en ellas han se los comen, que solamente crían los que han en sus mujeres naturales. Los hombres que pueden haber, los que son vivos llévanselos á sus casas para hacer carnicería dellos, y los que han muertos luego se los comen. Dicen que la carne del hombre es tan buena que no hay tal cosa en el mundo; y bien paresce porque los huesos que en estas casas hallamos todo lo que se puede roer todo lo tenían roido, que no había en ellos sino lo que por su mucha dureza no se podía comer. Allí se halló en una casa cociendo en una olla un pescuezo de un hombre. Los mochachos que cativan córtanlos el miembro, é sírvense dellos fasta que son hombres, y después cuando quieren facer fiesta mátanlos é cómenselos, porque dicen que la carne de los mochachos é de las mojeres no es buena para comer. Destos mochachos se vinieron para nosotros huyendo tres, todos tres cortados sus miembros. É cabo de cuatro días vino el Capitán que se había perdido, de cuya venida estábamos ya bien desesperados, porque ya los habían ido á buscar otras cuadrillas por dos veces, é aquel día vino la una cuadrilla sin saber dellos ciertamente. Holgamos con su venida como si nuevamente se hubieran hallado[[108]]: trajo este Capitán con los que fueron con él diez cabezas entre mochachos y mojeres. Estos ni los otros que los fueron á buscar, nunca hallaron hombres porque se habían huido, ó por ventura que en aquella comarca había pocos hombres, porque según se supo de las mojeres eran idas diez canoas con gentes á saltear á otras islas. Vino él é los que fueron con él tan destrozados del monte, que era lástima de los ver: decían, preguntándoles cómo se habían perdido, dijeron que era la espesura de los árboles tanta que el cielo no podían ver é que algunos dellos, que eran marineros, habían subido por los árboles para mirar el estrella, é que nunca la podieron ver, é que si no toparan con el mar fuera imposible tornar á la flota. Partimos desta isla ocho días después que allí llegamos[[109]]. Luego otro día, á medio día, vimos otra isla[[110]], no muy grande, que estaría desta otras doce leguas; porque el primero día que partimos lo más del día nos fizo calma, fuimos junto con la costa desta isla, é dijeron las indias que llevábamos que no era habitada, que los Caribes la habían despoblado, é por esto no paramos en ella. Luego esa tarde vimos otra[[111]]: á esa noche, cerca desta isla, fallamos unos bajos, por cuyo temor sorgimos[[112]], que no osamos andar fasta que fuese de día. Luego á la mañana paresció otra isla[[113]] harto grande: á ninguna destas nos llegamos por consolar los que habían en la Española, é no plogó á Dios, según que abajo parescerá[[114]]. Otro día á hora de comer llegamos á una isla[[115]] é pareciónos mucho bien, porque parescía muy poblada, según las muchas labranzas que en ella había. Fuimos allá é tomamos puerto en la costa: luego mandó el Almirante ir á tierra una barca guarnecida de gente para si pudiese tomar lengua para saber qué gente era, é también porque habíamos menester informarnos del camino, caso quel Almirante, aunque nunca había fecho aquel camino, iba muy bien encaminado, según en cabo paresció. Pero porque las cosas dubdosas se deben siempre buscar con la mayor certinidad que haberse pueda, quiso haber allí lengua, de la cual gente que iba en la barca ciertas personas saltaron en tierra, é llegaron en tierra á un poblado de donde la gente ya se había escondido. Tomaron allí cinco ó seis mujeres y ciertos mochachos, de las cuales las más eran también de las cativas como en la otra isla[[116]] porque también estos eran de los Caribes, según ya sabíamos por la relación de las mujeres que traíamos. Ya que esta barca se quería tornar á los navíos con su presa que había fecho por parte debajo; por la costa venía una canoa en que venían cuatro hombres é dos mujeres é un mochacho; é desque vieron la flota maravillados se embebecieron tanto que por una grande hora estovieron que no se movieron de un logar casi dos tiros de lombarda de los navíos. En esto fueron vistos de los que estaban en la barca é aun de toda la flota. Luego los de la barca fueron para ellos tan junto con la tierra, que con el embebecimiento que tenían, maravillándose é pensando qué cosa sería, nunca los vieron hasta que estovieron muy cerca dellos, que no les pudieron mucho huir aunque harto trabajaron por ello; pero los nuestros aguijaron con tanta priesa que no se les pudieron ir. Los Caribes desque vieron que el hoir no les aprovechaba, con mucha osadía, pusieron mano á los arcos, también las mujeres como los hombres; é digo con mucha osadía porque ellos no eran más de cuatro hombres y dos mujeres, é los nuestros más de veinte é cinco, de los cuales firieron dos, al uno dieron dos flechazos en los pechos é al otro una por el costado, é si no fuera porque llevaban adargas é tablachutas, é porque los invistieron presto con la barca é les trastornaron su canoa, asaetearan con sus flechas los más dellos. E después de trastornada su canoa quedaron en el agua nadando, é á las veces haciendo pié, que allí había unos bajos, é tovieron harto que hacer en tomarlos, que todavía cuanto podían tiraban, é con todo eso el uno no lo pudieron tomar sino mal herido de una lanzada que murió, el cual trajeron ansí herido fasta los navíos. La diferencia destos á los otros indios en el hábito, es que los de Caribe tienen el cabello muy largo, los otros son tresquilados é fechas cien mil diferencias en las cabezas de cruces é de otras pinturas en diversas maneras, cada uno como se le antoja, lo cual se hacen con cañas agudas. Todos ansí los de Caribe como los otros es gente sin barbas, que por maravilla hallarás hombre que las tenga. Estos Caribes que allí tomaron venían tiznados los ojos é las cejas, lo cual me paresce que hacen por gala, é con aquello parescían más espantables; el uno destos dice que en una isla dellos llamada CAYRE[[117]], que es la primera que vimos, á la cual no llegamos, hay mucho oro; que vayan allá con clavos é contezuelas para hacer sus canoas, é que traerán cuanto oro quisieren[[118]]. Luego aquel día[[119]] partimos desta isla, que no estaríamos allí más de seis ó siete horas, fuimos para otra tierra[[120]] que paresció á ojo que estaba en el camino que habíamos de facer: llegamos noche cerca de ella. Otro día[[121]] de mañana fuimos por la costa della: era muy gran tierra, aunque no era muy continua, que eran más de cuarenta y tantos islones[[122]], tierra muy alta, é la más della pelada, la cual no era ninguna ni es de las que antes ni después habemos visto. Parescía tierra dispuesta para haber en ella metales: á ésta no llegamos para saltar en tierra, salvo una carabela latina llegó á un islon de éstos, en el cual hallaron ciertas casas de pescadores. Las indias que traíamos dijeron que no eran pobladas. Andovimos por esta costa lo más de este día, hasta otro día[[123]] en la tarde que llegamos á vista de otra isla llamada BURENQUEN[[124]], cuya costa corrimos todo un día[[125]]: juzgábase que ternía por aquella banda treinta leguas. Esta isla es muy hermosa y muy fértil á parecer: á ésta vienen los de Caribe á conquistar, de la cual llevan mucha gente; éstos no tienen fustas ningunas nin saben andar por mar[[126]]; pero, según dicen estos Caribes que tomamos, usan arcos como ellos, é si por caso cuando los vienen á saltear los pueden prender también se los comen como los de Caribe á ellos[[127]]. En un puerto[[128]] desta isla estovimos dos días, donde saltó mucha gente en tierra; pero jamás podimos haber lengua, que todos se fuyeron como gente temorizada de los Caribes. Todas estas islas fueron descubiertas deste camino, que fasta aquí ninguna dellas había visto el Almirante el otro viaje, todas son muy hermosas é de muy buena tierra; pero ésta paresció mejor á todos: aquí casi se acabaron las islas que facia la parte de España había dejado de ver el Almirante, aunque tenemos por cosa cierta que hay tierra más de cuarenta leguas antes de estas primeras hasta España, porque dos días que viésemos tierra vimos unas aves que llaman rabihorcados, que son aves de rapiña marinas é no sientan ni duermen sobre el agua, sobre tarde rodeando sobir en alto, é después tiran su vía á buscar tierra para dormir, las cuales no podrían ir á caer según era tarde de doce á quince leguas arriba, y esto era á la man derecha donde veníamos hasta la parte de España; de donde todos juzgaron allí quedar tierra, lo cual no se buscó porque se nos hacía rodeo para la vía que traíamos. Espero que á pocos viajes se hallará. Desta isla sobredicha[[129]] partimos una madrugada, é aquel día, antes que fuese noche, hobimos vista de tierra, la cual tampoco era conocida de ninguno de los que habían venido el otro viaje; pero por las nuevas de las indías que traíamos sospechamos que era LA ESPAÑOLA, en la cual agora estamos[[130]], Entre esta isla y la otra de BURIQUÉN parescía lejos otra[[131]], aunque no era grande. Desque llegamos á esta Española, por el comienzo de ella era tierra baja y muy llana[[132]], del conocimiento de la cual aun estaban todos dubdosos si fuese la que es, porque aquella parte nin el Almirante ni los otros que con él vinieron habían visto, é aquesta isla como es grande es nombrada por provincias, é á esta parte que primero llegamos llaman HAYTÍ[[133]], y luego á la otra provincia junta con esta llaman XAMANÁ, é á la otra BOHÍO, en la cual agora estamos; ansí hay en ellas muchas provincias porque es gran cosa, porque según confirman los que la han visto por la costa de largo, dicen que habrá doscientas leguas[[134]]: á mí me paresce que á lo menos habrá ciento é cincuenta, del ancho de ellas hasta agora no se sabe. Allá es ido cuarenta días ha á rodearla una carabela, la cual no es venida hasta hoy. Es tierra muy singular, donde hay infinitos ríos grandes é sierras grandes é valles grandes rasos, grandes montañas; sospecho que nunca se secan las yerbas en todo el año. Non creo que hay invierno ninguno en ésta nin en las otras, porque por Navidad se fallan muchos nidos de aves, dellas con pájaros, é dellas con huevos. En ella ni en las otras nunca se ha visto animal de cuatro piés, salvo algunos perros de todas colores como en nuestra patria, la hechura como unos gosques grandes[[135]]; de animales salvajes no hay. Otrosí, hay un animal de color de conejo é de su pelo, el grandor de un conejo nuevo, el rabo largo, los piés é manos como de ratón, suben por los árboles, muchos los han comido, dicen que es muy bueno de comer[[136]]; hay culebras muchas no grandes; lagartos aunque no muchos, porque los indios hacen tanta fiesta dellos como haríamos allá con faisanes; son del tamaño de los de allá, salvo que en la hechura son diferentes, aunque en una isleta pequeña[[137]], que está junto con un puerto que llaman MONTE CRISTO, donde estovimos muchos días, vieron muchos días un lagarto muy grande que decían que sería de gordura de un becerro, é atan complido como una lanza, é muchas veces salieron por lo matar, é con la mucha espesura se les metía en la mar, de manera que no se pudo haber dél derecho[[138]].

Hay en esta isla y en las otras infinitas aves de las de nuestra patria, é otras muchas que allá nunca se vieron: de las aves domésticas nunca se ha visto acá ninguna, salvo en la ZURUQUIA[[139]] había en las casas unas ánades, las más dellas blancas como la nieve é algunas dellas negras, muy lindas con crestas rasas, mayores que las de allá, menores que ánsares[[140]]. Por la costa desta isla corrimos al pié de cien leguas porque hasta donde el Almirante había dejado la gente, habría en este compás, que será en comedio ó en medio de la isla. Andando por la provincia della llamada XAMANÁ en derecho echamos en tierra uno de los indios quel otro viaje habían llevado vestido, é con algunas cosillas quel Almirante le había mandado dar. Aquel día se nos murió un marinero vizcaíno que había seido herido de los Caribes, que ya dije que se tomaron, por su mala guarda, é porque íbamos por costa de tierra, dióse lugar que saliése una barca á enterrarlo, é fueron en resguarda de la barca dos carabelas cerca con tierra. Salieron á la barca en llegando en tierra muchos indios, de los cuales algunos traían oro al cuello, é á las orejas; querían venir con los cristianos á los navíos, é no los quisieron traer, porque no llevaban licencia del Almirante; los cuales desque vieron que no los querían traer se metieron dos dellos en una canoa pequeña, é se vinieron á una carabela de las que se habían acercado á tierra, en la cual los rescibieron con su amor, é trajéronlos á la nao del Almirante, é dijeron, mediante un intérprete que un Rey fulano[[141]] los enviaba á saber qué gente éramos, é á rogar que quisiésemos llegar á tierra porque tenían mucho oro é le darían de ello, é de lo que tenían de comer: el Almirante les mandó dar sendas camisas é bonetes é otras cosillas, é les dijo que por que iba á donde estaba GUACAMARÍ[[142]] non se podría detener, que otro tiempo habría que le pudiese ver, é con esto se fueron. No cesamos de andar nuestro camino fasta llegar á un puerto llamado MONTE-CHRISTI, donde estovimos dos días para ver la disposición de la tierra, porque no había parecido bien al Almirante el logar donde había dejado la gente para hacer asiento. Descendimos en tierra para ver la disposición: había cerca de allí un gran río[[143]] de muy buena agua; pero es toda tierra anegada é muy indispuesta para habitar. Andando veyendo el río é tierra hallaron algunos de los nuestros en una parte dos hombres muertos junto con el río, el uno con un lazo al pescuezo y el otro con otro al pié, esto fué el primero día[[144]]. Otro día siguiente hallaron otros dos muertos más adelante de aquellos, el uno destos estaba en disposición que se le pudo conocer tener muchas barbas. Algunos de los nuestros sospecharon más mal que bién, é con razón, porque los indios son todos desbarbados, como dicho he. Este puerto está del lugar donde estaba la gente cristiana doce leguas[[145]]: pasados dos días alzamos velas para el lugar donde el Almirante había dejado la sobredicha gente, en compañía de un rey destos indios, que se llamaba GUACAMARÍ[[146]], que pienso ser de los principales desta isla. Este día llegamos en derecho de aquel lugar; pero era ya tarde[[147]], é porque allí había unos bajos donde el otro día[[148]] se había perdido la nao en que había ido el Almirante, no osamos tomar el puerto cerca de tierra, fasta que otro día de mañana se desfondase[[149]] é pudiesen entrar seguramente: quedamos aquella noche no una legua de tierra. Esa tarde[[150]], viniendo para allí de lejos, salió una canoa en que parescían cinco ó seis indios, los cuales venían á prisa para nosotros. El Almirante creyendo que nos seguraba hasta alzarnos, no quiso que los esperásemos, é porfiando llegaron hasta un tiro de lombarda de nosotros, é parábanse á mirar, é desde allí desque vieron que no los esperábamos dieron vuelta é tornaron su vía. Después que sorgimos en aquel lugar sobredicho[[151]] tarde, el Almirante mandó tirar dos bombardas á ver si respondían los cristianos que habían quedado con el dicho GUACAMARÍ[[152]], porque también tenían bombardas, los cuales nunca respondieron ni menos parescían huegos[[153]] ni señal de casas en aquel lugar, de lo cual se desconsoló mucho la gente é tomaron la sospecha que de tal caso se debía tomar. Estando ansí todos muy tristes, pasadas cuatro ó cinco horas de la noche, vino la misma canoa que esa tarde habíamos visto, é venía dando voces, preguntando por el Almirante un capitán de una carabela donde primero llegaron: trajéronlos á la nao del Almirante, los cuales nunca quisieron entrar hasta quel Almirante los hablase; demandaron lumbre para lo conocer, é después que lo conocieron entraron. Era uno dellos primo del Guacamarí[[154]], el cual los había enviado otra vez. Después que se habían tornado aquella tarde traían carátulas de oro que Guacamarí[[154]] enviaba en presente; la una para el Almirante é la otra para un capitán quel otro viaje había ido con él. Estovieron en la nao hablando con el Almirante en presencia de todos por tres horas mostrando mucho placer, preguntándoles por los cristianos que tales estaban: aquel pariente dijo que estaban todos buenos, aunque entre ellos había algunos muertos de dolencia é otros de diferencia que había contecido entre ellos é que Guacamarí[[154]] estaba en otro lugar ferido en una pierna é por eso no había venido, pero que otro día vernía; porque otros dos reyes, llamado el uno CAONABÓ[[155]] y el otro MAYRENÍ, habían venido á pelear con él é que le habían quemado el logar; é luego esa noche se tornaron diciendo que otro día venían con el dicho Guacamarí, é con esto nos dejaron por esa noche consolados. Otro día en la mañana[[156]] estovimos esperando que viniese el dicho Guacamarí, é entre tanto saltaron en tierra algunos por mandato del Almirante, é fueron al logar donde solían estar, é halláronle quemado un cortijo algo fuerte con una palizada; donde los cristianos habitaban, é tenían lo suyo quemado é derribado, é ciertas bernias[[157]] é ropas que los indios habían traído á echar en la casa. Los dichos indios que por allí parescían andaban muy cahareños, que no se osaban allegar á nosotros, antes huían; lo cual no nos pareció bien porque el Almirante nos había dicho que en llegando á aquel lugar salían tantas canoas dellos á bordo de los navíos á vernos que no nos podríamos defender dellos, é que en el otro viaje ansí lo facían; é como agora víamos que estaban sospechosos de nosotros no nos parescía bien; con todo halagándolos aquel día é arrojándolos algunas cosas, ansí como cascabeles é cuentas, hobo de asegurarse un su pariente del dicho Guacamarí é otros tres, los cuales entraron en la barca é trajéronlos á la nao. Después que le preguntaron por los cristianos dijeron que todos eran muertos, aunque ya nos lo había dicho un indio que llevábamos de Castilla que lo habían hablado los dos indios que antes habían venido á la nao, que se habían quedado á bordo de la nao con su canoa, pero no le habíamos creido. Fué preguntado á este pariente de Guacamarí quién los había muerto: dijo quél Rey de CAONABÓ y el Rey MAYRENÍ, é que le quemaron las casas del lugar é que estaban dellos muchos heridos, é también el dicho Guacamarí estaba pasado un muslo, y él que estaba en otro lugar y quél quería ir luego allá á lo llamar, al cual dieron algunas cosas, é luego se partió para donde estaba Guacamarí. Todo aquel día los estovimos esperando, é desque vimos que no venían, muchos tenían sospecha que se habían ahogado los indios que ante noche habían venido, porque los habían dado á beber dos ó tres veces de vino, é venían en una canoa pequeña que se les podría trastornar. Otro día de mañana salió á tierra el Almirante[[158]] é algunos de nosotros, é fuimos donde solía estar la villa, la cual nos vimos toda quemada é los vestidos de los cristianos se hallaban por aquella yerba. Por aquella hora no vimos ningún muerto. Había entre nosotros muchas razones diferentes, unos sospechando el mismo Guacamarí fuese en la traición ó muerte de los cristianos, otros les parescía que no, pues estaba quemada su villa, ansí que la cosa era mucho para dudar. El Almirante mandó catar todo el día donde los cristianos estaban fortalecidos porquél los había mandado que desque toviesen alguna cantidad de oro que lo enterrasen. Entretanto que ésto se hacía quiso llegar á ver á cerca de una legua do nos parescía que podría haber asiento para edificar una villa porque ya era tiempo, adonde fuimos ciertos con él mirando la tierra por la costa, fasta que llegamos á un poblado donde había siete ú ocho casas, las cuales habían desamparado los indios luego que nos vieron ir, é llevaron lo que pudieron é lo otro dejaron escondido entre yerbas junto con las casas, que es gente tan bestial que no tienen discreción para buscar logar donde habitar, que los que viven á la marina es maravilla cuán bestialmente edifican, que las casas enderedor tienen tan cubiertas de yerba ó de humedad, que estoy espantado como viven. En aquellas casas hallamos muchas cosas de los cristianos, las cuales no se creían que ellos hobiesen rescatado, ansí como una almalafa[[159]] muy gentil, la cual no se había descogido de como la llevaron de Castilla, é calzas é pedazos de paños, é una ancla de la nao quel Almirante había allí perdido el otro viaje, é otras cosas, de las cuales más se esforzó nuestra opinión; y de acá hallamos, buscando las cosas que tenían guardadas en una esportilla mucho cosida é mucho á recabdo una cabeza de hombre mucho guardada. Allí juzgamos por entonces que sería la cabeza de padre ó madre, ó de persona que mucho querían. Después he oido que hayan hallado muchas desta manera, por donde creo ser verdad lo que allí juzgamos; desde allí nos tornamos. Aquel día venimos por donde estaba la villa, y cuando llegamos hallamos muchos indios que se habían asegurado y estaban rescatando oro: tenían rescatado fasta un marco: hallamos que habían mostrado donde estaban muertos once cristianos, cubiertos ya de la yerba que había crecido sobre ellos, é todos hablaban por una boca que Caonabó é Mayrení los habían muerto; pero con todo eso asomaban queja que los cristianos uno tenía tres mujeres, otro cuatro, donde creemos quel mal que les vino fué de zelos. Otro dia de mañana,[[160]] porque en todo aquello no había logar dispuesto para nosotros poder hacer asiento, acordó el Almirante fuese una carabela á una parte para mirar lugar conveniente, é algunos que fuimos con él fuimos á otra parte, á do hallamos un puerto muy seguro é muy gentil disposición de tierra para habitar, pero porque estaba lejos de donde nos deseábamos que estaba la mina de oro, no acordó el Almirante de poblar sino en otra parte que fuese más cierta si se hallase conveniente disposición. Cuando venimos deste lugar hallamos venida la otra carabela que había ido á la otra parte á buscar el dicho logar, en la cual había ido Melchor é otros cuatro ó cinco hombres de pro. E yendo costeando por tierra salió á ellos una canoa en que vimos dos indios, el uno era hermano de Guacamarí, el cual fué conocido por un piloto que iba en la dicha carabela, é preguntó quién iba allí, al cual dijeron los hombres prencipales, dijeron que Guacamarí les rogaba que se llegasen á tierra, donde él tenía su asiento con fasta cincuenta casas. Los dichos prencipales saltaron en tierra con la barca é fueron donde él estaba, el cual fallaron en su cama echado faciendo del doliente ferido. Fablaron con él preguntándole por los cristianos: respondió concertando con la mesma razón de los otros, que era que Caonabó y Mayrení los habían muerto, é que á él habían ferido en un muslo, el cual mostró ligado; los que entonces lo vieron ansí les paresció que era verdad como él lo dijo: al tiempo del despedirse dió á cada uno dellos una joya de oro, á cada uno como le paresció que lo merescía. Este oro facían en fojas muy delgadas, porque lo quieren para facer carátulas é para poderse asentar en betún que ellos facen, si ansí no fuese no se asentaría. Otro facen para traer en la cabeza é para colgar en las orejas é narices, ansí que todavía es menester que sea delgado, pues que ellos nada de esto hacen por riqueza salvo por buen parescer. Dijo el dicho Guacamarí por señas é como mejor pudo, que porque él estaba ansí herido que dijesen al Almirante que quisiese venir á verlo. Luego quel Almirante llegó los sobredichos le contaron este caso. Otro día de mañada[[161]] acordó de partir para allá, al cual lugar llegaríamos dentro de tres horas, porque apenas habría dende donde estábamos allá tres leguas[[162]]; ansí que cuando allí llegamos era hora de comer: comimos antes de salir en tierra. Luego que hobimos comido mandó el Almirante que todos los capitanes viniesen con sus barcas para ir en tierra, porque ya esa mañana antes que partiésemos de donde estábamos había venido el sobredicho su hermano á hablar con el Almirante, é á darle priesa que fuese al lugar donde estaba el dicho Guacamarí. Allí fué el Almirante á tierra é toda la gente de pro con él, tan ataviados que en una cibdad prencipal parescieran bien; llevó algunas cosas para le presentar porque ya había rescibido dél alguna cantidad de oro, é era razón le respondiese con la obra é voluntad quél había mostrado. El dicho Guacamarí ansí mismo tenía aparejado para hacerle presente. Cuando llegamos hallámosle echado en su cama, como ellos lo usan, colgado en el aire, fecha una cama de algodón como de red; no se levantó, salvo dende la cama hizo el semblante de cortesía como él mejor sopo, mostró mucho sentimiento con lágrimas en los ojos por la muerte de los cristianos, é comenzó á hablar en ello mostrando como mejor podía, como unos murieron de dolencia, é como otros se habían ido á Caonabó á buscar la mina del oro é que allí los habían muerto, é los otros que se los habían venido á matar allí en su villa. A lo que parescían los cuerpos de los muertos no había dos meses que había acaecido. Esa hora él presentó al Almirante ocho marcos y medio de oro, é cinco ó seiscientos labrados de pedrería de diversos colores, é un bonete de la misma pedrería, lo cual me paresce deben tener ellos en mucho. En el bonete estaba un joyel, lo cual le dió en mucha veneración. Paréceme que tienen en más el cobre quel oro. Estábamos presentes yo y un zurugiano[[163]] de armada; entonces dijo el Almirante al dicho Guacamarí que nosotros éramos sabios de las enfermedades de los hombres, que nos quisiese mostrar la herida, él respondió que le placía, para lo cual yo dije que sería necesario, si pudiese, que saliese fuera de casa, porque con la mucha gente estaba escura é no se podía ver bien; lo cual él fizo luego, creo más de empacho que de gana: arrimándose á él salió fuera. Después de asentado, llegó el zurugiano á él é comenzó de desligarle; entonces dijo al Almirante que era ferida fecha con CIBA[[164]], que quiere decir con piedra. Después que fué desatada llegamos á tentarle. Es cierto que no tenía más mal en aquella que en la otra, aunque él hacía del raposo[[165]] que le dolía mucho. Ciertamente no se podía bien determinar porque las razones eran iguales, que ciertamente muchas cosas había que mostraban haber venido á él gente contraria. Ansí mesmo el Almirante no sabía qué se hacer: parescióle é á otros muchos, que por entonces fasta bien saber la verdad que se debía disimular, porque después de sabida, cada que quisiesen, se podía dél rescibir enmienda. E aquella tarde se vino con el Almirante á las naos, é mostrándole caballos é cuanto ahí había, de lo cual quedó muy maravillado como de cosa extraña á él; tomó colación en la nao é esa tarde luego se tornó á su casa: el Almirante dijo que quería ir á habitar allí con él é quería facer casas, y él respondió que le placía, pero que el logar era mal sano porque era muy húmedo, é tal era por cierto. Esto todo pasaba estando por intérpretes dos indios de los que el otro viaje habían ido á Castilla, los cuales habían quedado vivos de siete que metimos en el puerto, que los cinco se murieron en el camino, los cuales escaparon á uña de caballo. Otro día[[166]] estuvimos surtos en aquel puerto; é quiso saber cuándo se partiría el Almirante: le mandó decir que otro día[[167]]. En aquel día vinieron á la nao el sobredicho hermano suyo é otros con él, é trajeron algún oro para rescatar. Ansí mesmo el día que allá salimos se rescató buena cantidad de oro. En la nao había diez mujeres de las que se habían tomado en las islas de Cariby; eran las más de ellas de Boriquén. Aquel hermano de Guacamarí habló con ellas: creemos que les dijo lo que esa noche pusieron por obra, y es que al primer sueño muy mansamente se echaron al agua é se fueron á tierra, de manera que cuando fueron falladas menos, iban tanto trecho que con las barcas no pudieron tomar más de las cuatro, las cuales tomaron al salir del agua; fueron nadando más de una gran media legua. Otro día de mañana[[168]] envió el Almirante á decir á Guacamarí que le enviase aquellas mujeres que la noche antes se habían huido, é que luego las mandase á buscar. Cuando fueron hallaron el lugar despoblado, que no estaba persona en él: ahí tomaron mucho fuerte á afirmar su sospecha, otros decían que se habría mudado á otra población quellos ansí lo suelen hacer. Aquel día estovimos allí quedos porque el tiempo era contrario para salir: otro día de mañana[[169]] acordó el Almirante, pues que el tiempo era contrario, que sería bien ir con las barcas á ver un puerto la costa arriba, fasta el cual habría dos leguas[[170]], para ver si habría dispusición de tierra para hacer habitación, donde fuemos con todas las barcas de los navíos, dejando los navíos en el puerto. Fuímos corriendo toda la costa, é también estos no se seguraban bien de nosotros; llegamos á un lugar de donde todos eran huídos. Andando por él fallamos junto con las casas, metido en el monte, un indio ferido de una vara, de una ferida que resollaba por las espaldas, que no había podido huir más lejos. Los desta isla pelean con unas varas agudas, las cuales tiran con unas tiranderas como las que tiran los mochachos las varillas en Castilla, con las cuales tiran muy lejos asaz certero. Es cierto que para gente desarmada que pueden hacer harto daño. Este nos dijo que Caonabó é los suyos le habían ferido, é habían quemado las casas á Guacamarí. Ansí quel poco entender que los entendemos á las razones equívocas nos han traido á todos tan afuscados que fasta agora no se ha podido saber la verdad de la muerte de nuestra gente, é no hallamos en aquel puerto dispusición saludable para hacer habitación. Acordó el Almirante nos tornásemos para la costa arriba por do habíamos venido de Castilla[[171]] porque la nueva del oro era fasta allá. Fuénos el tiempo contrario, que mayor pena nos fué tornar treinta leguas[[172]] atrás que venir desde Castilla, que con el tiempo contrario é la largueza del camino ya eran tres meses pasados cuando descendimos en tierra[[173]]. Plugó á nuestro Señor que por la contrariedad del tiempo que no nos dejó ir más adelante, hubimos de tomar tierra en el mejor sitio y dispusición que pudiéramos escoger, donde hay mucho buen puerto é gran pesquería[[174]], de la cual tenemos mucha necesidad por el carecimiento de las carnes. Hay en esta tierra muy singular pescado más sano quel de España. Verdad sea que la tierra no consiente que se guarde de un día para otro porque es caliente y húmeda, é por ende luego las cosas introfatibles ligeramente se corrompen. La tierra es muy gruesa para todas cosas: tiene junto un río prencipal é otro razonable, asaz cerca de muy singular agua: edifícase sobre la ribera del una cibdad Marta[[175]], junto quél lugar se deslinda con el agua, de manera que la metad de la cibdad queda cercado de agua con una barranca de peña tajada, tal que por allí no ha menester defensa ninguna; la otra metad está cercada de una arbolada espesa que apenas podrá un conejo andar por ella; es tan verde que en ningún tiempo del mundo fuego la podrá quemar: hase comenzado á traer un brazo del río, el cual dicen los maestros que trairán por medio del lugar, é asentarán en él moliendas é sierras de agua, é cuanto se pudiese hacer con agua. Han sembrado mucha hortaliza, la cual es cierto que crece más en ocho días que en España en veinte. Vienen aquí continuamente muchos indios é caciques con ellos, que son como capitanes dellos, é muchas indias: todas vienen cargadas de AGES[[176]], que son como nabos, muy excelente manjar, de los cuales facemos acá muchas maneras de manjares en cualquier manera; es tanto cordial manjar que nos tiene á todos muy consolados, porque de verdad la vida que se trajo por la mar ha seido la más estrecha que nunca hombres pasaron, é fué ansí necesario porque no sabíamos qué tiempo nos haría, ó cuanto permitiría Dios qué estuviésemos en el camino; ansí que fué cordura estrecharnos, porque cualquier tiempo que viniera pudiéramos conservar la vida. Rescatan el oro é mantenimientos é todo lo que traen por cabos de agujetas, por cuentas, por alfileres, por pedazos de escudillas é de plateles. A este AGE llaman los de Carabi NABI, é los indios HAGE. Toda esta gente, como dicho tengo, andan como nacieron, salvo las mujeres de esta isla traen cubiertas sus vergüenzas, dellas con ropa de algodón que les ciñen las caderas, otras con yerbas é fojas de árboles. Sus galas dellos é dellas, es pintarse, unos de negro, otros de blanco é colorado, de tantos visajes que en verlos es bien cosa de reir; las cabezas rapadas en logares, é en logares con vedijas de tantas maneras que no se podría escribir. En conclusión, que todo lo que allá en nuestra España quieren hacer en la cabeza de un loco, acá el mejor dellos vos lo terná en mucha merced. Aquí estamos en comarca de muchas minas de oro, que según lo que ellos dicen no hay cada una dellas de veinte ó veinte é cinco leguas: las unas dicen que son en Niti[[177]], en poder de Caonabó, aquel que mató á los cristianos; otras hay en otra parte que se llama Cibao[[178]], las cuales, si place á nuestro Señor, sabremos é veremos con los ojos antes que pasen muchos días, porque agora se ficiera sino porque hay tantas cosas de proveer que no bastamos para todo, porque la gente ha adolecido en cuatro ó cinco días el tercio della, creo la mayor causa de ello ha seido el trabajo é mala pasada del camino; allende de la diversidad de la tierra; pero espero en nuestro Señor que todos se levantarán con salud. Lo que paresce desta gente es que si lengua tuviésemos que todos se convertirían, porque cuanto nos ven facer tanto facen, en hincar las rodillas á los altares, é al Ave María, é á las otras devociones é santiguarse; todos dicen que quieren ser cristianos, puesto que verdaderamente son idólatras, porque en sus casas hay figuras de muchas; yo les he preguntado qué es aquello, dícenme que es cosa de TUREY[[179]], que quiere decir del cielo. Yo acometí á querer echárselos en el fuego é hacíaseles de mal que querían llorar; pero ansí piensan que cuanto nosotros traemos que es cosa del cielo, que á todo llaman TUREY, que quiere decir cielo. El día que yo salí á dormir en tierra fué el primero día del Señor: el poco tiempo que habemos gastado en tierra ha seido más en hacer donde nos metamos, é buscar las cosas necesarias, que en saber las cosas que hay en la tierra, pero aunque ha seido poco se han visto cosas bien de maravillar, que se han visto árboles que llevan lana[[180]] y harto fina, tal que los que saben del arte dicen que podrán hacer buenos paños dellas. Destos árboles hay tantos que se podrán cargar las carabelas de la lana, aunque es trabajosa de coger, porque los árboles son muy espinosos; pero bien se puede hallar ingenio para la coger. Hay infinito algodón de árboles perpetuos tan grandes como duraznos. Hay árboles que llevan cera en color y en sabor é en arder tan buena como la de abejas, tal que no hay diferencia mucha de la una á la otra[[181]]. Hay infinitos árboles de trementina[[182]] muy singular é muy fina. Hay mucha alquitíra[[183]]. también muy buena. Hay árboles que pienso que llevan nueces moscadas, salvo que agora están sin fruto, é digo que lo pienso porque el sabor y olor de la corteza es como de nueces moscadas[[184]]. Ví una raiz de gengibre que la traía un indio colgada al cuello. Hay también linaloe[[185]], aunque no es de la manera del que fasta agora se ha visto en nuestras partes; pero no es de dudar que sea una de las especias de linaloes que los dotores ponemos. También se ha hallado una manera de canela, verdad es que no es tan fina como la que allá se ha visto, no sabemos si por ventura lo hace el defecto de saberla coger en sus tiempos como se ha de coger, ó si por ventura la tierra no la lleva mejor[[186]]. También se ha hallado mirabolanos cetrinos, salvo que agora no están sino debajo del árbol, como la tierra es muy húmida están podridos tienen el sabor mucho amargo, yo creo sea del podrimiento; pero todo lo otro, salvo el sabor que está corrompido; es de mirabolanos verdaderos[[187]]. Hay también almástica[[188]] muy buena. Todas estas gentes destas islas que fasta agora se han visto, no poseen fierro ninguno. Tienen muchas ferramientas, ansí como hachas é azuelas hechas de piedra tan gentiles é tan labradas que es maravilla como sin fierro se pueden hacer. El mantenimiento suyo es pan hecho de raices[[189]] de una yerba que es entre árbol é yerba[[190]], é el age, de que ya tengo dicho que es muy buen mantenimiento: tienen por especia, por lo adobar, una especia que se llama AGÍ[[191]] con la cual comen también el pescado, como aves cuando las pueden haber, que hay infinitas de muchas maneras. Tienen otrosí unos granos como avellanas, muy buenos de comer[[192]]. Comen cuantas culebras é lagartos é arañas é cuantos gusanos se hallan por el suelo, ansí que me parece es mayor su bestialidad que la de ninguna bestia del mundo. Después de una vez haber determinado el Almirante de dejar el descobrir las minas fasta primero enviar los navíos que se habían de partir á Castilla[[193]], por la mucha enfermedad que había seido en la gente, acordó de enviar dos cuadrillas con dos capitanes, el uno á Cibao[[194]] y el otro[[195]] á Niti, donde está Caonabó, de que ya he dicho, los cuales fueron é vinieron el uno á veinte días de Enero, é el otro á veinte é uno: el que fué á Cibao halló oro en tantas partes que no lo osa hombre decir, que de verdad en más de cincuenta arroyos é ríos hallaban oro, é fuera de los ríos por tierra; de manera que en toda aquella provincia dice que doquiera que lo quieran buscar lo hallarán. Trajo muestra de muchas partes como en la arena de los ríos é en las hontizuelas[[196]], que están sobre tierra, créese que cavando, como sabemos hacer, se hallará en mayores pedazos, porque los indios no saben cavar ni tienen con qué puedan cavar de un palmo arriba[[197]]. El otro que fué á Niti trajo también nueva de mucho oro en tres ó cuatro partes; ansí mesmo trajo la muestra dello. Ansí que de cierto los Reyes, nuestros Señores, desde agora se pueden tener por los más prósperos é más ricos Príncipes del mundo, porque tal cosa hasta agora no se ha visto ni leido de ninguno en el mundo, porque verdaderamente á otro camino que los navíos vuelvan pueden llevar tanta cantidad de oro que se puedan maravillar cualesquiera que lo supieren. Aquí me paresce será bien cesar el cuento; creo los que no me conocen que oyeren estas, me ternán por prolijo é por hombre que ha alargado algo; pero Dios es testigo que yo no he traspasado una jota los términos de la verdad.

Cómputo de fechas y escalas.

LUGARES. NAZARIO. COLL.
Cádiz Salida: el 25 de Stbre. de 1493. Igual fecha.
Gran Canaria Empleados 4 días en llegar á ella, ó sea la arribada el día 29 de Septiembre. La escuadra empleó seis días en llegar á la Gran Canaria. El 1º ó el 2 de Octubre.
Gomera Nada dice. Arribada el 5 de Otbre.
Hierro Salida el 13 de Octubre. Igual fecha.
Mar Océano Nada dice. 21 días de navegación.
Domínica Arribada: el domingo 3 de Noviembre. Igual fecha. Por la mañana.
Marigalante El día 3 de Noviembre. Ese día por la tarde. Fondeó el crucero.
Guadalupe Arribada: el 4 de Nbre. y salida el día 12. El 4 por la tarde. Fondeó. Partida el 10 por la mañana.
Monserrate El 13 de Noviembre á mediodía. El 10 de Noviembre á mediodía.
Redonda El 13 de Noviembre por la tarde. El 10 de Nbre. por la tarde. Fondeó.
Antigua Se inclina á que no fué visitada. El día 11 por la mañana.
San Cristóbal Opina que después de Santa María la Redonda fué esta isla la visitada. El día 11 á mediodía. Distinguieron los viajeros islas al noroeste sureste.
San Martín El día 15 al mediodía. Partida: cinco ó seis horas después. El día 11 por la tarde. Fondeó el crucero. Partida: el 12 por la mañana.
Santa Cruz Opina que no la visitó el Almirante en este segundo viaje; y sí, únicamente, en el cuarto (1502.) El día 14 de Nbre. llegó á ella la armada de arribada forzosa. Salida: el mismo día á las cinco ó seis horas.
Virgen Gorda Nada dice. Arribada: el 14 de Noviembre, de noche.
Las Vírgenes Arribada: el 15 de noche. El día 16 por la mañana costeó el crucero los 40 y tantos islones. El día 15 exploró el Archipiélago de las Vírgenes, y corrió estas costas el día 16 con rumbo al suroeste.
Boriquén Avistada: el 17 de Noviembre por la tarde. Por la noche se recogió á Vieques. El día 18 corrió la armada la costa meridional de la isla; y el 19 por la mañana fondeó en Guayanilla. El día 21 por la mañana zarpó para la Española. El 16 de Nbre. por la tarde. El día 17 corrió la armada la costa sur. El 18 voltejeó los Morrillos y corrió la banda occidental; y el 19 fondeó en el último ángulo occidental ó sea bahía de Aguada y Aguadilla. Salida el 22 por la mañana.
La Española Avistada: el 21 por la tarde. Tomaron tierra los viajeros el 22 en Haití; y luego costearon el sur de la isla hasta llegar al puerto de Navidad. El día 22 por la tarde se divisó cabo Engaño. Después se costeó y exploró la banda norte de la isla hasta llegar al fuerte de Navidad.

JUAN DE LA COSA

Santoña y el Puerto de Santa María se disputan la gloria de ser la patria de este ilustre piloto y capitán. Bartolomé de las Casas le llama VIZCAINO, y Leguina considera esta apreciación del obispo de Chiapa como consecuencia de que en aquella época se confundía frecuentemente á los oriundos de provincias vecinas, y se designaba con el nombre de VIZCAINO al procedente de la costa cantábrica[[198]].

Juan de la Cosa se retiraba á Santoña, provincia de Santander á descansar de sus expediciones marítimas; allí ha existido un barrio llevando su nombre; el apellido LA COSA perdura en la marítima villa; el autor de SANTONIA (1677) afirma haber nacido el ilustre marino y capitán en aquella población; y en los archivos parroquiales de aquella villa se registra, por el siglo XV, un Juan de la Cosa, figurando á menudo, como padrino. Todas estas razones inducen á Leguina, Fernández Duro[[199]] y Picatoste[[200]] ha considerar como santanderino al compañero del gran Ligur en sus dos primeras empresas.

Cuando Cristóbal Colón, á bordo de la carabela NIÑA, y bojeando después de su segundo viaje las costas cubanas, cita ante el escribano Fernando Pérez de Luna—12 de Junio de 1494—á Juan de la Cosa, maestre de hacer cartas, para que dé su opinión, si Cuba era isla ó tierra-firme, el modesto cartógrafo, al manifestar sus generales de Ley, se da por vecino del Puerto de Santa María. Además, el notable é interesantísimo mapa lleva una nota marginal de haber sido trazado por Juan de la Cosa en dicho puerto de Santa María, el año de 1500.

Andaluz ó santoñés, puede fijarse su nacimiento á mediados del siglo XV; también aseverarse que navegó mucho por la costa cantábrica, donde en tan agitados mares aprendería con perfección el difícil arte de navegar; y probablemente vendría después á avecindarse al puerto de SANTA MARÍA.

Juan de la Cosa acompañó á don Cristóbal Colón en el primero[[201]] y segundo viaje á las Indias Occidentales: en el primero como dueño de la nao SANTA MARÍA[[202]]; y en el segundo, yendo en la carabela NIÑA como Maestre de hacer cartas. Acompañó también al Almirante cuando terminada la feliz segunda empresa, y fundada la ciudad Isabela, marchó el Descubridor á explorar las costas de Cuba. El sabio cosmógrafo genovés no se desdeñaba de consultar los mapas y cálculos de Juan de la Cosa.

Aunque Colón en su tercer viaje (1498) exploró las costas de Paria y su extenso golfo, columbrando el Continente americano, la mayor parte de los pilotos de sus naves, que habían anotado diligentemente la marcha de los vientos, recabaron de SS. AA., con la influencia de Fonseca, licencia para hacer descubrimientos á sus expensas, separando el quinto con destino al real Erario. Otorgada la demanda, Alonso de Ojeda, protegido del duque de Medinaceli, preparó una expedición (1498), eligiendo como primer piloto de su empresa á Juan de la Cosa, asociándosele también el florentino Américo Vespucio, que había de tener la gloria, usurpada á Colón, de dar su nombre al nuevo mundo. Juan de la Cosa levantó mapa del derrotero seguido en las costas americanas y su exploración fué más larga que la del gran Navegante[[203]].

El padre Nazario, aludiendo á esta empresa, dice[[204]]:

“No es mi propósito escribir la biografía de Juan de la Cosa.—Ya otros la hicieron con brillantez, aunque no tanta que lograran borrar la mancha que grabaran en la historia del maestro de cartas, la infidencia que lo arrastró á sorprender y copiar los secretos del Almirante, que en él tenía plena confianza, y la traidora explotación de aquellos secretos, puestos por su vanidad y sed de renombre y lucro á disposición de los encarnizados enemigos de su maestro.”

Es injusto este ataque al ilustre cartógrafo y capitán, y la gloria de Colón es tan grande, que no hay necesidad de empequeñecer á sus compañeros para que se destaque la figura del gran marino.

Juan de la Cosa no traicionó al Almirante, ni sorprendió sus secretos; fué su compañero en el primero y segundo viaje, y en la exploración de Cuba, y como hábil maestre de hacer cartas levantó su mapa.

La era de los descubrimientos había sonado y los Monarcas sosteniendo las prerrogativas del Almirante y poniendo freno al espíritu de conquistas y aventuras del pueblo español hubieran ido contra sus propios intereses y los de la Nación; máxime teniendo al lado á Portugal que les disputaba las invenidas tierras, é Inglaterra que había lanzado á Cabot hacia el Océano—no ya mar tenebroso—descubriendo las costas de la América del Norte.

Y respecto á este particular dice un autor dominicano[[205]] que no puede ser tachado de parcial hacia España:

“En los contratos de los Reyes con los particulares, se subentienden ciertas condiciones tácitas, que pertenecen al dominio del derecho general de las naciones. Y si estos convenios tienen algún vicio, ó en su ejecución encuentran un obstáculo invencible no hay duda que no pueden prevalecer contra lo que la realidad exige. En este caso se hallaba el enunciado derecho del primer Descubridor, á excluir á todos los que por una necesidad política fuera indispensable facultar para la toma de posesión del resto de América, ya porque España tuviese que burlar la ambición de otras naciones, ya sea por la oportunidad de adelantarse en descubrimientos importantes detenidos por los sucesos de la Española. Es, pues, preciso convenir en que la Corte pudo remover el obstáculo, conciliando los derechos generales con los particulares, porque ni los Reyes quisieron hacer ilusorios los beneficios que podría alcanzar la nación en el contrato privado con el Almirante, ni éste hubiera alcanzado los derechos reclamados renunciando España á ulteriores conquistas, y he ahí un conflicto que la alta política debía evitar, conservando al primer Descubridor ciertos fueros y preeminencias que le indemnizaran de las pérdidas que pudieran resultarle de no respetarse sus privilegios.”

En poder de Fonseca estaba la carta que Colón había levantado de su tercer viaje[[206]], y ésta le fué facilitada á Ojeda, el protegido del duque de Medinaceli, por el Obispo encargado de los asuntos de Indias. No vemos, pues, justificado el título de TRAIDOR adjudicado por el Pbro. Nazario al célebre cartógrafo Juan de la Cosa.

En esta expedición de Ojeda fué Américo Vespucio, y si este piloto florentino tuvo la gloria de dar su nombre al Nuevo Mundo[[207]] no tuvo la culpa Juan de la Cosa, sino la marcha de los acontecimientos. Y prueba de que los sucesos se precipitaban, es ver para esa época á la escuadra de Portugal recalar á la costa firme de América y tomar Pedro Alvarez Cabral posesión del Brasil, cuando Vicente Yañez Pinzón había atravesado la línea equinoccial y descubierto antes que Cabral esas tierras.

Al dar el rey don Fernando, desde Nápoles, su vuelta á Castilla (1507) convocó en Burgos una JUNTA DE HÁBILES PILOTOS, con objeto de reanimar y encauzar el espíritu y propósitos de los descubrimientos. Formaron el núcleo de ella Juan Diaz de Solís, Vicente Yañez Pinzón, Américo Vespucio y Juan de la Cosa.—Las Casas dice, que Juan de la Cosa era el primer piloto de aquel tiempo. Pedro Mártir de Anglería anota, que fué el primero que recogió oro en las arenas de URABÁ. Y Navarrete manifiesta que era “gran marino y cosmógrafo, maestro hábil para hacer cartas é instrumentos, y hombre valeroso; el mismo á quien se debe la más antigua carta geográfica que se conoce de países pertenecientes al Nuevo Mundo.”

En 1507 se le dió el mando de dos carabelas para vigilar la costa desde el cabo de San Vicente á Cádiz y proteger la vuelta de las Indias Occidentales de los buques españoles. En 1508 se le confirmó su nombramiento de Alguacil mayor de Urabá. Y en 1509 acompañó á Ojeda á la infortunada expedición que con 300 soldados hizo á Cartagena de Indias.

Esta costa era de Caribes: gente, aunque desnuda, dispuesta siempre á guerrear. Los españoles asaltaron una aldehuela indígena, que distaba del mar 12 millas. Los caribes arremetieron desesperadamente á los cristianos y los derrotaron. Juan de la Cosa con algunos castellanos corrió al auxilio del hazañoso Ojeda, que á las puertas de un templo, donde se hizo fuerte, peleaba con una multitud de indios. El heróico piloto, después de ver caer á su alrededor setenta de los suyos, cayó atravesado por muchas flechas emponzoñadas. Ojeda pudo salvarse, y auxiliado de Nicuesa, recuperar el cadáver de Juan de la Cosa atado á un árbol, hinchado y desfigurado, á causa del veneno de las saetas[[208]].

Pedro Mártir de Anglería asevera, que por los niños capturados por los españoles, después de incendiar el villajo y pasar á cuchillo á todos los adultos, supieron que los caribes habían hecho pedazos el cadáver de Juan de la Cosa y los de los demás compañeros, y luégo se los habían comido[[209]]. ¡Triste fin del célebre piloto y capitán! La Corona trató de mitigar tan dolorosa pérdida, ordenando por Real cédula expedida á 2 de abril de 1511[[210]], que el Tesoro de la Casa de Contratación de las Indias entregase á la viuda de Juan de la Cosa cuarenta y cinco mil maravedises para ayuda del casamiento de su hija mayor.

El mapa de Juan de la Cosa.

Examinemos ahora la importancia de la carta de marear del ilustre cartógrafo y capitán descubridor. Y para que no se nos considere apasionados al ameritar la obra del compañero del inmortal genovés, compilaremos las frases de un perito, las del capitán de navío don Cesáreo Fernández Duro, que fué uno de los miembros del Jurado Académico, constituido en Madrid, para examinar el mejor libro sobre el Descubrimiento de América y adjudicar el premio de 30 mil pesetas. He aquí el comentario del señor Fernández Duro:

“Ni la carta existente en el monasterio de Viladestes, fechada en 1413; ni el Atlas catalán del siglo XV, el más antiguo que se conoce, publicado en París por Duchón; ni los mapas hidrográficos que componen una colección de diez, formada por Andrés Bianco en 1436, existente en la Biblioteca de San Marcos de Venecia; ni el mapa de Fra Mauro, 1459; ni el de San Juan Ruyschio, citado por Humboldt; ni el del cosmógrafo catalán Jayme Ferrer, 1494–1495; ninguno de estos antiguos documentos llega en exactitud ni en extensión de tierras descubiertas y situadas á la Carta de Juan de la Cosa, que desde su hallazgo eclipsó á los anteriores, conquistando el primer puesto en la historia de la cartografía universal.”

Este mapa desapareció de España cuando la invasión francesa y la guerra de la Independencia. En 1832 lo compró á un agiotista prendero el Barón de Valckenaer. Al fallecimiento de este noble (1852) sus testamentarios pusieron en venta sus libros y papeles, y entre ellos la carta marítima de Juan de la Cosa. La puja fué sostenida por varias bibliotecas, y en un arranque de patriotismo, y en nombre del Gobierno español, el general Zarco del Valle aseguró que daría por él cien francos más que el que ofreciese mayor precio, adquiriendo la preciosa joya en 4200 francos[[211]].

Hoy se conserva el mapa mundi de Juan de la Cosa en el Museo Naval, en el gabinete de descubridores y sabios marinos, anotado en el Catálogo con el número 553 y las siguientes palabras:

“553.—Carta de la parte correspondiente á la América, que levantó el piloto Juan de la Cosa en el segundo viaje del Descubridor genovés, en 1493, y en la expedición de Alonso de Ojeda. Sustraída de España, la poseía el Barón de Valckenaer, cuyos testamentarios la vendieron en pública almoneda, y la adquirió el Depósito Hidrográfico. Su Director, que fué el señor don Jorge Lasso de la Vega, tuvo la condescendencia de que se depositase en este Museo, para que el público pueda ver un documento tan curioso y de mérito, con relación á la época en que se hizo”[[212]].

Hemos dicho que Juan de la Cosa acompañó á Colón en el primer viaje como dueño de la nao Santa María. En el mapa están las tierras descubiertas en esta empresa, GUANAHANÍ, la primera al oriente, por ser la SAN SALVADOR del Almirante. No tiene ninguna banderola con castillos y leones, por la misma razón que no la tiene Cuba, en el puerto de San Salvador, ni la Española en Navidad é Isabela, ni Domínica, ni Marigalante, etc. Estas banderolas están puestas en distintas tierras sin marcar puntos de desembarco. En Cuba está colocada precisamente en la región inexplorada.

En el segundo viaje de don Cristóbal Colón venía Juan de la Cosa en la carabela Niña, como Maestre de hacer cartas. En el interesante mapa están trazadas las islas avistadas y visitadas por los viajeros: la Deseada, Domínica, Santa María Galante, Santa María de Guadalupe, Santa María de Monserrat, San Martín, la Gorda, San Cristóbal, Santa Cruz, Boriquén y la Española. Vése por la investigación de este viaje, que Colón visitó á Santa Cruz, negado por el padre Nazario[[213]], y que Puerto-Rico se llamaba BORIQUÉN y no CARIB. Además, al trazar el entendido cartógrafo la isla de Puerto-Rico, delineó con perfección—y es lo más exacto que hay en la configuración que le da á la isla—el último ángulo de occidente, que comprende hoy los puertos de Aguada y Aguadilla. Llama la atención, sobre manera, esa exactitud del dibujo en lo que corresponde á la bahía limitada por los cabos San Francisco y Boriquén. La costa norte de Puerto-Rico está trazada de imaginación, es defectuosísima, y ha sido delineada calculando la acción violenta de los mares del septentrión, que siempre hacen grandes cortaduras en las costas nortes. Como el crucero recorrió la banda meridional, bien retirado de tierra[[214]] por temor á las restingas y escollos, el piloto de la NIÑA, al terminar la jornada del día 17 de Noviembre, en cuyo día corrieron 30 leguas por aquella costa, le consagra una línea, pudiendo trazar el día 18 la parte occidental de Boriquén; y sobre todo, con mayor perfección, el último ángulo de occidente, donde permaneció la armada dos días.

Entre Boriquén y la Española no traza Juan de la Cosa ninguna isla; por lo que nos inclinamos á creer que los viajeros no vieron la Mona. La islilla que llamó la atención del doctor Chanca fué indudablemente CICHEO, hoy Desecheo. Fernando Colón tampoco menciona la Mona al referir este viaje del Almirante. D. Martín Fernández de Navarrete, al anotar la Relación de Diego Alvarez Chanca, es quien pone, por vez primera, en una llamada á la isla MONA como la divisada. Error acogido por don José Julián de Acosta al glosar la obra de Fray Iñigo Abbad, y seguido después por Vizcarrondo, Janer y otros al redactar sus Epítomes de Geografía de Puerto-Rico.

Al partir la armada el 22 de noviembre, por la mañana, con rumbo al noroeste, en demanda de la Española, la islilla divisada fué de tan escasa importancia, y llamó tan poco la atención, que el hábil Maestre de hacer cartas no juzgó necesario delinearla en su mapa. Y téngase en cuenta que el cartógrafo traza la DESEADA, avistada únicamente, y delinea dos isletas frente á SANTA CRUZ, como cerrando el paso al norte.

Basta una ojeada al mapa de Juan de la Cosa para ver palpablemente, que el crucero se corrió al norte de la Española, ruta negada por el párroco de Guayanilla[[215]]. Toda la costa septentrional está anotada en el mapa, sobresaliendo los conocidos nombres de SAMANÁ é ISABELA.

En la carta náutica de Juan de la Cosa está también el viaje del Almirante, cuando fué en demanda de Cuba. Sabemos, por la historia, que Colón, una vez constituida la incipiente colonia en la Isabela, entregó el mando á su hermano don Diego, y en una escuadrilla, formada de la NIÑA, la SAN JUAN y la CARDERA costeó la parte boreal de la Española, vía recta á Monte Christi[[216]] y al lugar que ocupó el fuerte de Navidad[[217]]; de allí siguió hasta la isla Tortuga[[218]]; luego volvió á tocar en la Española[[219]], pasando á Cuba, cuya tierra avistada llamó ALFA. Los indios llamaban aquel sitio BAITIQUIRÍ, y hoy tiene el nombre, también indio, de MAISÍ[[220]]. Navegó 20 leguas el crucero, costeando el sur de la isla de Cuba, y reconoció la gran bahía de Guantánamo, donde los indígenas agasajaron á los viajeros con pescado, iguanas, hutías y casabe. Diego, el indio de Guanahaní, hizo de intérprete. Prosiguió el Almirante su derrotero, y el 3 de Mayo (1494) modificó el rumbo hacia el sur descubriendo la isla de Jamaica. Corrió la costa[[221]] y fué el crucero á un puerto, que el Almirante llamó PUERTO BUENO[[222]]. El 14 de Mayo hizo rumbo de nuevo á Cuba, resuelto el marino genovés á navegar quinientas ó seiscientas leguas adentro á ver si era tierra firme. Llegó á un cabo, que denominó CABO DE LA CRUZ[[223]]; hubo tronadas, y el crucero tuvo que evitar innumerables isletas[[224]] y bajos. Siguió navegando hacia Occidente, siempre evitando las islillas y restingas, y después de recorridas 335 leguas se detuvo en la isla de Pinos, la cual Colón llamó SAN JUAN EVANGELISTA[[225]]. Retornó el Almirante, levantando por fin aquella Información en que opinaba, y hacía opinar á la tripulación de las tres carabelas, que la isla de Cuba era tierra firme. En el mapa de Juan de la Cosa se ve terminar al cartógrafo su dibujo sin trazar el resto de la isla de Cuba[[226]], y dejando marcadas en aquellos sitios un sin número de islillas é islas, diseminadas en el mar[[227]]. A la vez coloca, en el lado opuesto á la región de Cuba explorada, una banderola castellana como señal de dominación sobre aquellas tierras. Volviendo atrás el crucero, tocó de nuevo en cabo Cruz, donde se dijo una misa solemne bajo un árbol. De cabo de la Cruz, por no tener vientos favorables, volvió la escuadrilla á Jamaica, y de aquí á cabo Tiburón de la Española, que llamó el Almirante, cabo de San Miguel[[228]]. No conoció Colón el sitio á que había arribado, hasta que los indios le sacaron de dudas, llamándole un cacique por su nombre. Entonces empezó el Almirante á costear, por primera vez, el sur de la Española. A fines de Agosto surgió la NIÑA en una isla, que llamó Colón ALTOVELO[[229]], y allí esperó á las otras dos carabelas. Reunidas las tres naves fueron á otra isla[[230]], y costeando de nuevo la banda meridional de la Española pasaron por delante de la boca del río Neyba[[231]] avistando un llano amenísimo lleno de caseríos tan contiguos, que por espacio de una legua parecía un solo pueblo. Envió Colón correos á la Isabela dando cuenta de su llegada, y prosiguió su derrotero llegando al antiguo cacicazgo del HIGÜEY, donde le impidieron los indios de CAYACOA hacer aguada. Este espíritu guerrero encontrado en esta comarca marítima se explica por su inmediación á la isla ADAMANAY (Saona), ya en poder de los terribles caribes. Al llegar á este punto, las fuerzas físicas del gran marino genovés estaban agotadas; las carabelas permanecieron seis días resguardadas á la entrada[[232]] del canal de Saona por el mal tiempo que hacía; y habiéndose agravado la enfermedad del Almirante, hizo rumbo la escuadrilla á la Isabela. Si el Almirante hubiera en su segundo viaje recorrido la Española por el sur para ir al fuerte de Navidad, como pretende el padre Nazario[[233]], al llegar al cabo Tiburón, á su regreso de Cuba y Jamaica, hubiera conocido inmediatamente aquella costa, y no sucedió tal cosa, sino que necesitó oírse llamar[[234]] por los indígenas para cerciorarse que había arribado á la Española. Además, después del largo viaje efectuado, se hubiera Colón dirigido inmediatamente á la Isabela, no volviendo á costear la parte sur ya conocida, y vemos todo lo contrario, que enfermo y rendido prosigue el bojeo de la banda meridional de la Española para explorarla personalmente, pues sabía únicamente que era una isla por haber enviado antes una carabela á voltearla.

No es apócrifa.

Ni una sola vez nombra el presbítero Nazario la carta náutica de Juan de la Cosa al ocuparse, en su libro[[235]], del segundo viaje de don Cristóbal Colón; lo cual apareja suma extrañeza, si consideramos que el párroco de Guayanilla manifiesta especial predilección hacia Diego Alvarez Chanca, PRECISAMENTE por haber sido uno de los viajeros expedicionarios, que acompañaron al intrépido marino genovés en el bojeo de la armada por el archipiélago antillano.

Juan de la Cosa fué compañero de Colón en el primero y segundo viaje, y cuando fundada la ciudad de Isabela fué el Almirante en demanda de Cuba[[236]]. Nosotros, en carta publicada en el periódico LA CORRESPONDENCIA[[237]] hicimos mención del célebre capitán y cartógrafo, dispuestos á utilizar, como dijimos, el mapa del compañero del gran Ligur para dilucidar el punto, que se discutía, de cuál fuera el fondeadero electo por el Descubridor al arribar á las costas de Boriquén; y también desvanecer con esta interesantísima carta de marear algunos de los errores sostenidos por el presbítero don José María Nazario y Cansel.

En el artículo intitulado[[238]]: “El mapa mundi de Juan de la Cosa” se ocupa recientemente el padre Nazario de este mapa, para manifestar que,

“Esta carta, tal como se conserva en el Museo naval de Madrid, reproducida por la Revista general de Marina, publicada por la revista ilustrada El Centenario y por la Ilustración Española y Americana y antes que por todas estas publicaciones, reproducida en la parte que se refiere á América, en 1860, en el libro Viajeros modernos, páginas 50 y 61, esa carta digo:

Es apócrifa;

No es auténtica;

No tiene la autoridad del autor á quien se atribuye.”

Vemos con satisfacción el número de copias citadas por el erudito presbítero, pero, creemos que aun considerándola apócrifa, es de suma extrañeza no la citase en su obra de referencia, siquiera para combatirla como falsa hija de uno de los compañeros del gran Navegante, testigo presencial de su segunda empresa.

A las copias citadas por el padre Nazario podemos añadir: la reproducida fotográficamente por el periódico ilustrado ESPAÑA Y AMÉRICA—3 de Abril de 1892;—el fac-símil del Barón de Humboldt; la copia litografiada en negro de Mr. Jomard; el fac-símil del Diccionario enciclopédico hispano-americano[[239]]; y la reproducida por calco y grabada en piedra por I. Bouffard, en 1837, para ilustrar la obra de don Ramón de la Sagra[[240]]. ¡Es raro tanto honor á un pergamino viejo, imperfecto y por añadidura apócrifo!

Al señor de La Sagra se debe, según afirma el Conde de las Navas[[241]], la iniciativa de las diligencias llevadas á cabo para recuperar la carta de Juan de la Cosa.

Si la carta trae los descubrimientos de Juan Cabot, hay que tener en cuenta, que este célebre navegante veneciano propuso al rey de Inglaterra Enrique VII ir á descubrir nuevas tierras tan pronto se tuvo noticia del primer viaje de Colón; y que en 1497 arribó al continente norteamericano; por lo cual dice Cronau[[242]] que Cabot “tuvo la fortuna de descubrir el continente del Nuevo Mundo un año entero antes que el gran navegante genovés.”[[243]]

Sebastián Cabot, hijo del anterior, así como Luís y Sancho Cabot le acompañaron en esa expedición[[244]]. En seguida se tuvo conocimiento en la corte de los Reyes Católicos del viaje y exploración del inglés[[245]]; y su hijo Sebastián se pasó después al servicio de España y asistió posteriormente al congreso de Badajoz, en el que se repartieron las Molucas entre España y Portugal; navegó luego al servicio de la Corona de Castilla, y volvió á Inglaterra con el título de gran piloto.

En el mapa de Juan de la Cosa está la exploración de Vicente Yañez Pinzón, que había sido piloto de la NIÑA durante el primer viaje del Almirante. Con cuatro barcos abandonó, el 18 de noviembre de 1499, el puerto de Palos; hizo rumbo más directo al suroeste, que las precedentes expediciones, pasó la línea equinoccial y el 20 de Enero de 1500 atracaba al continente sud-americano, en el punto donde la costa brasileña proyecta en el Atlántico el ángulo más oriental de la América meridional, tres meses antes de la expedición de Cabral[[246]]. Pinzón puso al cabo, junto al cual había aterrado, el nombre de Santa María de la Consolación, cambiado más tarde en el de San Agostinho. Después de breve marcha al sur, retrocedió la flotilla hacia el norte, dió la vuelta al ángulo que forma la costa en el cabo S. Roque, siguió al noroeste recorriendo la considerable extensión de 650 leguas, por lo menos, hasta el golfo de Paria y la costa de las Perlas, y prosiguiendo al oeste llegó hasta el litoral de Costa Rica. De donde retornó á España, pasando por la Española y las islas Bahamas (septiembre de 1500).—No hay imposibilidad cronológica para que este viaje figure en la carta de marear de Juan de la Cosa, cuando nos consta por la historia, que entrambos pilotos fueron compañeros desde el primer viaje del Almirante, y les vemos después figurar juntos en Burgos (1507) en la Junta de hábiles pilotos que se reunió por orden del Rey Católico para dar impulso á los descubrimientos.

De que el Marañón, ó Amazonas, y el cabo de Santa María de la Consolacíón, ó de San Agustín, no estén trazados con suma precisión geográfica no creemos lógico se deduzca que es pseudónima la carta de marear de Juan de la Cosa[[247]], considerando esta equivocación como patente prueba de que Vicente Yañez Pinzón no dió conocimiento de sus descubrimientos á la Cosa. Estos errores geográficos son propios de aquella época, en que se empezaba á explorar y delinear las tierras del Nuevo Mundo. Colón en su Diario de navegación del primer viaje da á Cuba una latitud de 42° en vez de 21°. El globo terráqueo de Martín Behaim contiene errores hasta el grado 16. En el mismo mapa de Juan de la Cosa se encuentra la Boca del Drago paralela con Buenavista en el cabo de las islas Verdes, en vez de estar bajo los 11° á los 16°.—El signo de Cancro toca la costa sur de Haytí, cuando la verdadera situación de la punta extrema meridional de la Española está á los 17° y medio, etc. Sería, pues, lo mismo que decir que la carta geográfica dibujada por Pizigano en Venecia, en el año de 1367, es apócrifa por no ser exactas sus anotaciones cosmográficas; que el mapa de Andrés Bianco, dibujado en 1436, es pseudónimo por no existir las tierras trazadas; y que la carta marítima de Toscanelli no tiene la autoridad del autor á quien se atribuye por no haber dado Colón en su viaje con ANTILIA y ZIPANGU.

El viaje de Rodrigo de Bastidas fué efectuado de octubre de 1500 á septiembre de 1502, y comprendió desde la isla de Trinidad hasta el istmo de Darién. Juan de la Cosa acompañó á Bastidas en calidad de primer piloto. Partieron de Cádiz en dos barcos. Visitaron el golfo de Venezuela, conocido de la Cosa hasta el cabo de la Vela, y desde aquí investigaron las costas hasta llegar al istmo de Panamá. Las costas delineadas por el hábil cartógrafo y piloto son las que le eran conocidas en su mayor parte, desde el viaje de Ojeda en 1499.

Este viaje se efectuó, dándose á la vela la flota de Ojeda en el puerto de Santa María el 20 de mayo de 1499. A los 24 días de navegación llegaron á la Guayana francesa; á un punto de la costa americana mucho más meridional que la isla de Trinidad, donde Colón había arribado. Costearon el litoral con rumbo noroeste hasta el golfo de Paria; exploraron al oeste las costas de Venezuela, á la cual dieron este nombre, por recordarles Venecia las viviendas de los indígenas; llegaron á las bocas del Magdalena, desde donde singlaron á la Española. No entraña, pues, falsedad alguna, y se encuentra perfectamente dentro del orden cronológico é histórico, el delineamiento de estas costas de Tierra-firme en un mapa trazado en 1500, y cuyo autor pudo muy bien ir perfeccionando personalmente á medida que completaba sus estudios geográficos de las invenidas comarcas.

Y llegamos al argumento Aquiles del padre Nazario. Dice en su artículo de referencia:

“El bojeo de la isla de Cuba efectuado en el año 1509, del que no tuvo conocimiento Juan de la Cosa, porque en ese año moría saeteado en Cartajena, es testimonio poderosísimo para probar que Juan de la Cosa no es autor de la carta Mapa-Mundi que se le atribuye y que, como un tesoro, se guarda en el Museo Naval de Madrid.”

Al regresar el rey don Fernando desde Nápoles, y después de haber llevado á efecto, en Burgos, la Junta de hábiles pilotos para impulsar los descubrimientos, ordenó al Comendador Ovando el bojeo de Cuba, pues se dudaba aún si el Almirante en la Información que había hecho en la isla de Pinos, tuvo razón en creerla tierra firme, ó si realmente era isla[[248]]. Esta exploración la verificó Sebastián de Ocampo, que había sido criado de la Reina Isabel, y era uno de los vecinos de la Española. Se hizo á la vela en el puerto de Santo Domingo y costeó toda la parte norte de Cuba, reconociendo algunos puertos. Por averías en las naves surgió en una bahía, que llamó Puerto de Carenas, por haber puesto una nave en seco para la carena. Este puerto es el que se denomina hoy San Cristóbal de la Habana. Repuesto de este contratiempo siguió Ocampo viaje y reconoció la punta occidental de la isla, que tituló cabo de San Antonio. Voltejeó el cabo é hizo rumbo al este, recorriendo la banda meridional de la isla hasta cabo de la Cruz; de aquí navegó, desviándose de la isla, hacia cabo San Miguel (hoy Tiburón) de la Española; de donde prosiguió su derrotero hasta Santo Domingo.

Basta una simple Ojeada en el mapa de Juan de la Cosa, y la narración del viaje de Sebastián de Ocampo, para evidenciar el error en que incurre el párroco de Guayanilla al considerar en la carta náutica de Juan de la Cosa el bojeo de Cuba ordenado en 1509.

Hemos dicho que la figura trazada por el célebre cartógrafo carece del Departamento occidental de Cuba.—Juan de la Cosa delineó la extremidad occidental de la isla uniendo la Península de Zapata á la isla de Pinos, porque precisamente hasta esta isla llegó el piloto en unión del Almirante. Y en el viaje de Ocampo los lugares mejor explorados fueron los de la provincia de la Habana, donde se detuvo á componer sus naos trabajadas por la broma. Y tanto esta provincia como la de Pinar del río con su península de Guanahacabibes y cabo San Antonio corresponden al Departamento occidental, ignorado por Juan de la Cosa y no trazado en su carta de marear.

Si Cuba aparece en el discutido mapa como isla, y no como tierra firme, obedece á que, desde el primer reconocimiento de ella, la trazó Juan de la Cosa como isla, siguiendo las indicaciones de los indígenas; y hasta el mismo Colón estaba en esa creencia, cayendo en error cuando quería seguir el mapa de Toscanelli y dar con Cipango, Catay y el Quersoneso Aureo.

Y prueba de ello; que dice el Diario del Almirante:

Domingo 21 de Octubre.—... y después partir para otra isla que se llama Cipango, según las señas que me dan estos indios que yo traigo, á la cual ellos llaman Colba.”

Martes 23 de Octubre.—Quisiera hoy partir para la isla de Cuba, que creo que debe ser Cipango, según las señas que dan esta gente de la grandeza della y riqueza.”

Miércoles 24 de Octubre.—Esta noche á media noche levantó las anclas de la isla Isabela del Cabo del isleo, qués de la parte del Norte, á donde yo estaba posado, para ir á la isla de Cuba, á donde oí desta gente, que era muy grande y de gran trato. Y porque ventaba ya recio y no sabia yo cuanto camino hobiese fasta la dicha isla de Cuba.”

Domingo 28 de Octubre.—La isla, dice, qués llena de montañas muy hermosas, aunque no son muy grandes en longura, salvo altas, y toda la otra tierra es alta de la manera de Sicilia: llena es de muchas aguas, según pudo entender de los indios que consigo lleva, que tomó en la isla de Guanahaní, los cuales le dicen por señas, que hay diez ríos grandes, y que con sus canoas no la pueden cercar en veinte días.”

A pesar de los indios manifestar siempre á Colón, que Cuba era una isla, cuando estaba la armada en el RÍO DE MARES—puerto de Nuevitas—anota el gran Navegante en su Diario lo siguiente, que nos trasmite Las Casas:

Jueves 1º de Noviembre.—Y es cierto, dice el Almirante, questa es la tierra firme, y que estoy, dice él, ante Zayto y Guinsay.”

Viernes 2 de Noviembre.—... y todavía afirma que aquella es tierra firme.”

Colón, ansiando llegar al anhelado continente, y fijo en el mapa de Toscanelli, dudaba de los indígenas y de sus propias exploraciones[[249]]; y por eso, le vemos al visitar la banda meridional de Cuba, después de su segunda empresa, levantar aquella desgraciada información en que opinaba y hacía opinar á todos sus compañeros, que Cuba era tierra firme.

Finalmente, Pedro Mártir de Anglería nos testifica[[250]] del aprecio en que ya en su época se tenían las cartas de Juan de la Cosa, sin considerarle ladrón de los papeles del Almirante, dando el sabio cronista superioridad á los pergaminos del hábil cartógrafo sobre los de los demás cosmógrafos de su tiempo, y manifestándonos la reserva con que se guardaban estos documentos geográficos en poder del Gobierno.

Queda, pues, probado suficientemente, que el Mapa Mundi de Juan de la Cosa no es apócrifo, y que con sobrada razón se conserva en el Museo Naval de Madrid como un tesoro geográfico inapreciable.

BORIQUÉN.

Aún hay escritores puertorriqueños que continúan poniendo en tela de juicio el nombre indígena de la isla de Puerto-Rico, á pesar de la brillante conferencia desarrollada sobre este tema, en el Ateneo, por don Salvador Brau.

El sesudo investigador, nutrido de interesantes datos, concretó[[251]] los testimonios históricos aducidos en pro de su tesis, de esta manera:

ESCRITORES EPOCA DENOMINACION
Doctor Chanca 1493 Buriquén
Gonzalo Fernández de Oviedo 1535 Boriquén
Fray Bartolomé de las Casas 1550[[252]]
El Bachiller Santa Clara 1582
Juan de Castellanos 1589
Antonio de Herrera 1601
Juan de Laet 1640
Diego de Torres Vargas 1647
Fray Iñigo Abbad 1788 Borinquén
Juan Bautista Muñoz 1793 Boriquén
Washington Irving 1828
Alejandro Tapia 1854

El doctor Diego Alvarez Chanca, en su carta al Cabildo de Sevilla, llama á la isla de Puerto-Rico, primero, BURENQUÉN; después, BURIQUÉN; y por último, BORIQUÉN.

Letronne, en su Geografía Universal (1844), y Pastrana en su Catecismo geográfico (1852) llaman á la isla BORICUA.

El mismo Pastrana, con su genio poético, toma el vocablo de Fray Iñigo Abbad, Borinquén, y cambiando el acento crea la palabra BORÍNQUEN: la cual ha tenido popular aceptación, principalmente entre literatos y poetas.

El Pbro. don Juan Manuel Echeverría y el Profesor don Manuel Felipe Castro, en sus cantos épicos consagrados al sitio puesto por los ingleses á la ciudad de San Juan en el año de 1797, llaman á Puerto-Rico, CARIB.

El padre Nazario[[253]], al tratar este punto, se separa de Chanca y se decide por CARIB, como nombre primitivo de la isla.

Castro y Echeverría, al fijarle á Puerto-Rico el nombre de CARIB en sus poemas, escritos el año de 1851, no hicieron más que seguir á don Martín Fernández de Navarrete, en sus comentarios de 1825 al Diario de Colón.

Y vamos á probarlo.—Al estudiar Navarrete el Diario del Almirante y llegar á la anotación del martes 15 de Enero, donde dice CARIB, pone el académico don Martín una llamada y signa: PUERTO-RICO; é igual manipulación efectúa al encontrar dicha voz CARIB en la signación del miércoles 16 de Enero.—Y ha inducido á error á Navarrete y al padre Nazario la siguiente relación del mismo Diario. Al amanecer de ese día 16 partió la armada del GOLFO DE LAS FLECHAS (bahía de Samaná), “llevando la proa al Leste cuarta del Nordeste para ir diz que á la isla de Carib.”—Con esta ruta, Colón se acercaba indudablemente á Puerto-Rico, quedándole la isla al sureste, á más de 120 millas; y quizás, rectificando algo el rumbo, hubiera dado el Almirante con Boriquén, en este su primer viaje, si la gente no deseara el retorno á España por el mal estado de las carabelas. Pero hay que tener en cuenta, que si tal derrotero hubiera podido llevar á Colón á la isla de Puerto-Rico, también con igual rumbo, más ó menos rectificado, hubiera ido á las islas de Barlovento, donde señoreaban los CARIBES, y á quienes se referían los indígenas, que estaban á bordo, al hablar de CARIB; pues no correspondía á los naturales de Boriquén, y sí á los de las islas de Barlovento, la descripción que los indios quisqueyanos y yucayos, de á bordo, le daban al Almirante de los habitantes de Carib, Narra el Diario de navegación:

Martes 15 de Enero.—Dice (el Almirante) que quiere partir, porque ya no aprovecha nada detenerse, por haber pasado aquellos desconciertos; debe decir del escándalo de los indios. Dice también que hoy ha sabido que toda la fuerza del oro estaba en la comarca de la villa de la Navidad de sus Altezas, y que en la isla de Carib[[254]] había mucho alambre y en Matinine, puesto que será dificultoso, porque aquella gente diz que come carne humana.”

Y al siguiente día escribe Colón en su cuaderno de bitácora:

Miércoles 16 de Enero.—“... para ir diz que á la isla de Carib[[255]] donde estaba la gente de quien todas aquellas islas y tierras tanto miedo tenían, porque diz que con sus canoas sin número andaban todos aquellas mares, y diz que comían los hombres que pueden haber. La derrota diz que la había mostrado unos indios de aquellos cuatro que tomó ayer en el puerto de las flechas.”

Basta la simple lectura de este párrafo para comprender claramente que los indios quisqueyanos no se referían á Puerto-Rico. A suroeste de la bahía de Samaná está la isla de ADAMANAY, hoy Saona, la cual para la época del descubrimiento estaba ya en poder de los caribes. Además todos esos mares estaban infestados de los belicosos antropófagos, que en sus almadías salían á piratear por las vecinas tierras desde las islas de Barlovento y costas de Venezuela y Colombia. Y confirma nuestro parecer, de error de Navarrete en interpretar á CARIB por PUERTO-RICO, aquella seguridad, que le daban los indios de á bordo á Colón, de que iba á dar con MATININÓ (Martínica) al poner el rumbo de la armada “nordeste cuarta del este”: lo cual no era cierto; como tampoco lo era, que dicha isla estaba ocupada solamente por mujeres. Téngase en cuenta además, que ya el domingo 13 de Enero, al tropezar el Almirante con los indios CIGUAYOS de la bahía de Samaná, se creyó que eran los caribes, á quienes tantos deseos tenía de conocer.

En la carta de Cristóbal Colón, escrita en el mar, cuando regresaba del primer viaje, y enviada desde Lisboa, en Marzo de 1493, á Barcelona, donde se encontraban los Reyes Católicos, se lee:

“Así que monstruos no he hallado, ni noticia, salvo de una isla de Caribes, que es la segunda á la entrada de las Indias, que es poblada de una gente que tienen en todas las islas por muy feroces, los cuales comen carne humana”

Vése, pues, que la isla de CARIB, era una del grupo de las de Barlovento, ocupada por indios antropófagos; y probablemente se referían los indios de á bordo á SIBUQUEIRA (Guadalupe), especie de fortaleza, de donde salían á piratear los caribes en sus grandes canoas por todo el mar de las Antillas. Lo acontecido en esa isla en el segundo viaje de Colón confirma este aserto; pues no había ninguna isla con el nombre especial de CARIB, é indudablemente se referían los indígenas, que estaban en la NIÑA, al pueblo de aquellas islas que, á diario, les atacaban y saqueaban, y al cual llamaban CARIBES. Y dada la dificultad de interpretar un lenguaje nuevo y extraño, á pesar de llevar Colón un expedicionario políglota como lo era el judío Luís de Torres, que dominaba el hebreo, caldeo y árabe, tomaron el CONTENIDO por el CONTINENTE y aplicaron el vocablo á la isla cuando los quisqueyanos se contraian á los naturales de ella.

Conste, pues, que don Martín Fernández de Navarrete es el ÚNICO historiador, que ha aplicado la palabra CARIB á la isla de Puerto-Rico, siguiéndole después Castro y Echeverría, en 1851, y en la actualidad el presbítero Nazario y Cansel.

Bastarían los testimonios históricos presentados por don Salvador Brau, en su interesante conferencia, y los razonamientos anteriormente expuestos, para dejar dilucidado este punto de nuestra prehistoria regional; pero como además del párroco de Guayanilla con su CARIB ha aparecido don José de Jesús Domínguez asignándole á la isla, como nombre indígena, el de BURIKEM[[256]] ó BURINKEM[[257]], creemos, por lo tanto, conveniente apurar el testimonio de todos los cronistas é historiadores. Y para ello, agregamos á la ya rica tabla de escritores de Indias, presentada por el señor Brau por orden cronológico, la siguiente:

AUTORES FECHA NOMBRE
Pedro Mártir de Anglería 1494 Burichena[[258]]
Juan de la Cosa 1500 Boriquén
D. Fernando Colón 1571[[259]] Idem
P. P. Priores de San Gerónimo[[260]] 1517 Boriquén
Francisco López de Gómara 1540[[261]] Boriquén
Martín Fernández de Navarrete 1825 Carib
Modesto Lafuente 1860 Boriquén
Alejandro Gómez Ranera 1860 Idem
Manuel Felipe Castro 1851 Carib
Juan Manuel Echeverría 1851 Idem
Rodolfo Cronau 1891 Boriquén
Otto Neussel 1892 Boriquén[[262]]
Emilio Castelar 1892 Boriquén
Revue des Deux-Mondes 1893 Boriqve

La sílaba BU, en sustitución al BO de BORIQUÉN, la encontramos en Chanca, Mártir de Anglería, y los Gerónimos, cronistas que respecto á vocablos indígenas sufren lamentables equivocaciones. Los demás cronistas é historiadores, que se han ocupado de Puerto-Rico usan el BO, como puede verse perfectamente en las dos tablas que hemos presentado.

Don José de Jesús Domínguez, en nuestros días[[263]], se decide por la sílaba BU.—Tanto BO como BU, son dos sílabas de pronunciación labial, susceptibles de pasar de un sonido á otro por leyes filológicas conocidas. La raíz BO es mucho más común en los vocablos, que conservamos del lenguaje indo-antillano, y con etimología conocida. Además, es importantísimo notar que Juan de la Cosa, que acompañó al Almirante en el primero y segundo viaje, don Fernando Colón, que tuvo en su poder los documentos de su padre, Bartolomé de las Casas, que residió tanto tiempo en Santo Domingo y el capitán Gonzalo Fernández de Oviedo, que trató personalmente al conquistador y poblador Juan Ponce de León, escriben el nombre indígena de la isla de Puerto-Rico con la silaba BO.

Respecto á la K, que el doctor Domínguez pone en sustitución á la QU, obedece á miras innovativas fonéticas. Roque Barcia ha dicho[[264]]: “conviene que seamos innovadores con discreción, no bárbaros; y bárbaros somos siempre que vamos contra la razón de la palabra, que es su etimología, su fuente, su principio.” Desfigurar la palabra indo-antillana BORIQUÉN sustituyéndola, arbitrariamente, con BORIKUA, BURINKEM ó BURIKEM es ir contra la etimología del vocablo, contra sus radicales, y contra la escritura y ortografía de los primeros cronistas.

Tan bárbaro es añadir letras de más á una palabra como quitárselas.—En RELOJ, por ejemplo, ¿queréis una letra más inútil que esa J? Sin embargo, RELOJ procede del griego HOROLOGION (el indicador de la hora) y mediante la eufonización tenemos RELOGIO, RELOGE, RELOX y RELOJ. Esa J, pues, que representa la G del griego y del latín, sería un barbarismo retirarla del vocablo.

Y vaya otro ejemplo, á la inversa del anterior: hasta hace poco tiempo se escribía ARMONÍA sin H; pero la Academia, volviendo por la fuerza del lenguaje exige hoy la H, y se escribe, HARMONÍA, por su origen latino y griego. Si mañana viésemos que la misma docta Corporación ordenaba, que ABOGADO se escribiese AVOGADO, sería una innovación de igual pureza; porque esa voz procede del latín ADVOCATO, ablativo de ADVOCATUS, y lo escribimos anómalamente con B teniendo en su origen V.

Aceptaríamos, que se agregase la N, en BORIQUÉN, para hacer BORINQUÉN, si el uso hubiese traído la desaparición de la N contra su etimología; pero la sílaba RÍ es una raíz indo-antillana y RIN no lo es.

La sílaba KEM en sustitución á QUEN que introduce el doctor Domínguez va también contra la escritura y ortografía de los primeros cronistas y le da á la E acento nasal, al agregarle la M por la N, aunque la M sea letra labial.

Verdaderamente que las vocales nasales existían en las lenguas antiguas, principalmente en el sánscrito, y también en el latín, donde serían escritas como hoy en portugués AM, EM, IM, OM[[265]]; pero los indígenas antillanos no daban preferencia á sonidos nasales ni al uso de sílabas fuertes, que requiriesen consonantes como la K. Y no sacamos nuestras afirmaciones de conjeturas é hipótesis. Oigamos lo que dice el Almirante, el martes 25 de Diciembre, en su cuaderno de bitácora:

“tienen una habla la más dulce del mundo y mansa, y siempre con risa.”

Los holandeses son muy amigos en su lengua de reemplazar la C y la Q por la K[[266]] y los suecos tienden hoy día á este cambio. Los polacos acostumbran á usar una K, muy ruda, delante de A en algunas palabras y son muy dados á usar dobles consonantes. Los árabes, tan dados á los signos de aspiración tienen una K que representa una mezcla de inspiración muy ronca y particular, una K gutural; y también tienen otro sonido que corresponde á una K muy fuerte[[267]]; pero Colón nos dice gráficamente, que el habla de nuestros indios era la más dulce del mundo y mansa, y siempre con risa. Y este parecer si lo diera un hombre del norte de Europa, de áspero parlar en guturales sonidos, podría pasar por cortesía del gran Navegante con los que le habían ayudado á salvar los restos del naufragio de la SANTA MARÍA, pero lo emite nada menos que un genovés, poseedor de los dulces y melodiosos acentos del Lacio.

Para cerciorarnos de la veracidad del Almirante, al justipreciar la dulzura del lenguaje de nuestros indios, comparemos algunos vocablos indo-antillanos con los de otras lenguas americanas, la mexicana, por ejemplo, y notaremos la suavidad de las palabras de nuestros indígenas.

Hé ahí los nombres de algunas islas del Archipiélago antillano, tomados al azar: Boriquén, Cuba, Quisqueya, Haití, Biminí, Ay-ay, Guanahaní, Yumá, Mayaguaná, Bieque, Sibuqueira, Siquéo, Xaymaca, Cayrí, Yumay, Yucayo, Guanaja, Ocamaniro, Matininó, Babeque, Guanabo, etc.

Y en el mapa del Anahuac, tales como eran los nombres en 1521 (Duvotenay, geógrafo), también leemos al azar: Mechoacan, Zacatallan, Cuitlatecapan, Matlatzingo, Cohuixco, Coatzacualco, Zatonacapan, Tlatlauhquitepec etc. Como los mexicanos no pronunciaban las letras b, g, r, s, se veían precisados á usar mucho de las letras p, c, l, x, y, t.

De manera, pues, que ni la ETIMOLOGÍA ú origen, ni la necesidad de PRONUNCIACIÓN, ni el USO autorizado por los cronistas informan en favor del vocablo BURIKEM ó BURINKEM, con el cual pretende el señor don José de Jesús Domínguez sustituir á la palabra BORIQUÉN, usada por una mayoría respetable de cronistas, cartógrafos é historiadores.

Qué significa Boriquén?

No existe nada en la naturaleza que tenga más vida que las palabras, y para llegar á poseer tal vitalidad ha debido el lenguaje estar en un estado de fluctuación ó indecisión hasta llegar á constituir un verdadero organismo. Hoy podemos admirar la diversidad que hay, en el modo de expresarse por medio de las palabras, entre unos y otros pueblos; pero con un detenido exámen se pueden señalar los jalones de una marcha evolutiva, llegando hasta encontrar las tres grandes divisiones del lenguaje: monosilabismo, aglutinación y flexión.

Los sabios están unánimes en admitir que la construcción del lenguaje ha principiado por la génesis de las raíces. Dice Max Müller[[268]]: “Si el sánscrito, el hebreo ó el griego no hubiesen atravesado la aglutinación ó capa aglutinativa, si no hubieran atravesado un período como el chino, aislado ó monosilábico, su forma actual sería un milagro.” El monosilabismo, pues, ha sido el primer medio que los hombres han tenido para comunicarse sus afectos, sus necesidades y sus ideas, prescindiendo de la mímica y de la onomatopeya; de aquí han pasado por una evolución secular de grados diferentes á la aglutinación; y por fin, han alcanzado algunos pueblos por medio de la compenetración y las tendencias flexivas, la forma más perfecta del lenguaje.

Es, por lo tanto, una cosa reconocida en el progreso de la lingüística, que la raíz ha tenido que existir por sí misma antes de llegar á la aglutinación y á la flexión.

En el estudio de las raíces de las lenguas indo-jaféticas es un auxiliar poderosísimo el zend y el sánscrito, manantiales fecundos donde el investigador filólogo sacia la sed que le devora; pues no conforme la Filología con darnos á conocer el hebreo, el griego y el latín asciende en busca de progenie más antigua. Las investigaciones interesantísimas de Grimm sobre las lenguas germánicas, y los trabajos de Bott y otros filólogos sobre las lenguas indo-europeas constituyen la escala de Jacob para la Filología comparada, pudiendo considerar esos estudios como fuente regeneradora de la Historia antigua[[269]]. Pero en las investigaciones del lenguaje indo-antillano, todo es tinieblas; no nos queda un dialecto siquiera, que pueda servir de apoyo para verificar nuestros estudios; únicamente, palabras sueltas, ya designando un árbol, una comarca ó un río, ya el nombre de un cacique, ya alguna que otra palabra recogida por los cronistas de la época de la colonización.

Estas palabras, que quedan al azar en la roca, en el arbusto y en el cronicón son aún verdaderas margaritas. Las hemos recogido, con asiduidad, no para reconstruir un lenguaje, lo cual es imposible, sino para propia satisfacción en nuestros estudios filológicos; tratando de averiguar sus raíces, sus temas y desinencias, para fijar sus etimologías, porque el estudio de los elementos de una voz es el estudio de la formación de la palabra. Y como dice muy bien el docto catedrático del Instituto don Enrique Alvarez Pérez en la gramática española que está editando[[270]]: “El filólogo, como el naturalista, analiza los distintos elementos que constituyen el organismo de la palabra; estudia las diversas fases que presenta en su desenvolvimiento; y compara las analogías y diferencias que tiene con otras del mismo idioma ó de los congéneres.”

En la carta de Cristóbal Colón escrita en el mar cuando regresaba del primer viaje, y enviada desde Lisboa, en Marzo de 1493, á Barcelona, donde se encontraban los Reyes Católicos[[271]], se lee:

“En todas estas islas non vide mucha diversidad en la fechura de la gente, nin en las costumbres, nin en la lengua, salvo que todos se entienden que es cosa muy singular.”

Dice el Almirante en su Diario de navegación:

Lunes 12 de Noviembre.—“... y también estas mujeres mucho enseñarían á los nuestros su lengua, la cual es toda una en todas estas islas de India y todos se entienden y todas las andan en sus almadías.”

Además de un lenguaje indo-antillano, conocido en todo el archipiélago[[272]], ocupado por los indios procedentes de la Florida, había sus dialectos en algunas islas[[273]], nacidos de la peregrinación de las palabras, y de la evolución en el continuo fermento en que se hallaban, principalmente en un idioma, como el indo-antillano, que no había llegado á la cristalización fonética[[274]].

Algunos hay que opinan que la lengua MAYA, ó primitiva del Yucatán, tuviese sus afinidades con la que se hablara en Cuba, especialmente en la parte occidental de la isla, tan cercana á la península yucateca. Indudablemente había diferencia de dialecto en la región del oeste de Cuba; pues el intérprete Diego, que acompañaba á Colón, cuando viajaba cerca de BATABANÓ ó MAYABEQUE, no fué comprendido de los indígenas, y sí por los indios de Vueltarriba. Pero el lenguaje SIBONEY, ó de los indios de Cuba, era un dialecto con ligeras diferencias de la lengua general indo-antillana.

Ahora bien, ciñéndonos á la palabra BORIQUÉN, cuya etimología queremos estudiar, tenemos, que existen en ese vocablo tres raíces aglutinadas: bo-ri-quen.

La inicial BO[[275]] equivale á GRANDE, SEÑOR[[276]]. Y la encontramos con este valor en las palabras indígenas:

Caona-bó Señor del oro. Llamado así este régulo por hallarse en su cacicazgo las minas auríferas del Cibao. Bo-hechio Señor de gran territorio. Nombre asignado al anciano cacique de Jaragua. Bo-jío Territorio del señor. Denominación adjudicada á la parte septentrional de Santo Domingo. También tenía este nombre el rancho do se guarecía el indio con su familia. Por antonomasia, la propiedad de un hombre jefe. Bo-yá Gran lugar en el cacicazgo de Higiiey. Bo-cú Gran río de Santo Domingo. Bo-hití El sacerdote entre los haitianos. Bo-niata Comida del señor. Bo-siba Piedra grande. Jo-bo-baba Cueva del Señor. Los indios suponían que de esta gruta habían salido el Sol y la Luna. Radicaba en tierras del cacique Maniatibex. Bo-nao Lugar montañoso del señor. Valle montañoso de S. Domingo donde Roldán y Riquelme se alzaron en armas contra el Almirante. Jo-bo Gran árbol. Los indios referían á Fray Román Pane, que habiendo ido unos hombres á pescar les cogió el sol y les convirtió en jobos; explicando de este modo la formación de los árboles. Bo-iní-ael El hijo del señor del agua. Este era el nombre de un zemí de piedra, al cual tenían los indios en Haití gran veneración, y cuando no llovía iban á visitarle. (Fray Román Pane). Na-bo-rí Cosa del valiente señor. Llevando la idea de SIERVO, porque el primer indio que reconoció al Dios de los cristianos, según refiere Fray Román Pane, dijo al morir: DIOS NABORÍ DACHA, que quiere decir YO SOY SIERVO DE DIOS.

La sílaba intermedia RÍ, de Boriquén, entraña el concepto de VALOR guerrero, así como la idea de FUERTE. Y la encontramos en los vocablos:

Ca-ri-be Nombre aplicado á los belicosos indios de Barlovento. In-ri-rí Según Fray Román Pane, los indios daban este nombre al pájaro carpintero. Por onomatopeya llamaron así á esta ave, por el ruido RÍ, RÍ, que produce al horadar los árboles. Los carpinteros son pájaros valientes; su pico es una verdadera lezna; sufre los tiros repetidos del cazador, y caido picotea la mano que va á cogerle. Baha-rí Tratamiento á los nitainos, equivalente á Señoría. Guacanaga-rí El cacique adicto á los españoles. Gua-ri-onex Nombre de un cacique de Haití y de otro de Boriquén. Entrambos muy belicosos. Ju-ri-can Por evolución, huracán. JU, viento; RI, fuerte: y CAN, grande. Viento fuerte y grande. Cana-rí Vasijas de barro. Los indios usaban los calabazos de higüera para guardar líquidos; pero á estas vasijas por ser más fuertes les daban esta denominación. A-rí-juna Extranjero, A, evolución de GUA, el; RI, valiente; JU, viento; NA, lugar. El valiente del lugar del viento. Refiriéndose á los indios de Barlovento, ó del del Este, de donde sopla siempre el viento alisio. Cu-rí-can El actual vocablo CURRICÁN. Cordel largo y fuerte para pescar. Gua-rí-co Fuerte porción de tierra, ó punta, que en Haití y en Cuba penetra en el mar. Jumi-rí Fuerte árbol resinoso. (Hedwigia balsamifera). El tabonuco.

La final QUEN[[277]], de Boriquén, implica idea íntima ó de relación con la TIERRA, según lo prueban las palabras:

Jeni-quén. Especie de pita ó agave, que abarca mucho TERRENO en su desarrollo. Atebeane ne-quén. Frase con que, al decir de Oviedo, se denominaba á la india que se ENTERRABA viva con el cadáver de su marido. Bie-que. Tierra pequeña. La actual isla de Viequez. Babe-que. La isla Grande Inagua. Bajara-que. El bohío que ocupaba mucha extensión de TERRENO. Si-que-o. Evolucionando en CICHEO, y en el actual Desecheo. La isleta al oeste de Puerto-Rico. Ya-que. Gran río que recorre toda la longitud de la TIERRA de la Vega Real de Santo Domingo. Baiti-que-rí. Punta de TIERRA en la isla de Cuba, que hace una FUERTE entrada en el mar. Hoy se llama, punta MAISÍ. Guamí-que-ní. Tratamiento que daban los indios á Cristóbal Colón, y que equivale á DUEÑO DE TIERRA Y AGUA.[[278]]

De modo que BORIQUÉN puede traducirse por TIERRAS DEL VALIENTE SEÑOR, calificativo justificado; pues, aunque los boriqueños no constituían un pueblo belicoso, ni tenían necesidad para subsistir de hacer la guerra á sus convecinos, es fama que se mostraron siempre muy valerosos en la defensa de su país contra las invasiones y depredaciones de los isleños de Barlovento, sus encarnizados enemigos. A Cuba la conquistó Velázquez sin pérdida de un solo hombre, Juan de Esquivel se adueñó de Jamayca sin sacrificio alguno, y respecto al VALOR de los boriqueños, comparándolos con los haitianos, dice Oviedo: “En la manera de la gente, no difieren en cosa alguna de lo que tengo dicho de la isla Española, excepto que estos indios de SANCT JOHAN, eran flecheros é más hombres de guerra; pero assí andan desnudos é son de la misma color y estaturas.”

CARIB.

Hemos dicho que don Martín Fernández de Navarrete, el año 1825, anotando el Diario de navegación del Almirante, conservado por las Casas, fué el que aplicó, por vez primera, el vocablo CARIB[[279]] á la isla de Puerto-Rico; pero con documentos auténticos de cronistas y cartógrafos hemos probado ser BORIQUÉN el verdadero nombre indígena de la Isla.

Con esta palabra, CARIB, designaban los indo-antillanos al pueblo indígena de la América, que habitaba las Antillas menores y las costas de Tierra-firme, de donde, navegando en sus piraguas, marchaban estos belicosos indios á piratear en las grandes islas y regiones comarcanas.

Pueblo guerrero y antropófago, terror de sus convecinos, aunque no eran los caribes los indios más sanguinarios de América. Cerca del Orinoco dominaban los corpulentos OTOMACOS “la quinta esencia de los bárbaros, barbarísimos entre todos los bárbaros”[[280]]. Eran éstos, á su vez, el terror de sus vecinos los Jiraras, Caribes, Maypures y Maypoyas[[281]]. Los ACHAGUAS, indígenas colombianos, decían ser los Caribes descendientes de los tigres, de quienes habían heredado la crueldad que los distinguía. A los tigres los llamaban CHABÍ y á los caribes, CHABÍ-NABÍ, oriundo de tigre.

A la llegada de los españoles al Archipiélago antillano, capitaneados por Cristóbal Colón, dos razas americanas[[282]] se disputaban el imperio de estas islas. Una raza procedente del Norte y originaria de la desembocadura del Mississipí[[283]], adueñada de la península de la Florida, salvó fácilmente en sus amplias canoas, que daban cabida á ciento y ciento cincuenta hombres, las treinta leguas, que la separan de la isla de Cuba. Además, posteriormente, hubo el fácil acceso por el grupo de las Lucayas[[284]]. Esta raza, llamada por algunos, de los GUAICURE, fué arrojada de sus posesiones del Continente americano por la belicosa de los SEMINOLAS, valientes indios guerreros, que tan tenazmente combatieron, en 1512, al Adelantado Juan Ponce de León, descubridor del país de CANSIO[[285]]. La otra raza, procedente del Sur, alejándose de las margenes del Orinoco[[286]], su cuna, fué domeñando las costas de Venezuela y Colombia, y en son de conquistadora y en virtud de sus condiciones guerreras entró en el Archipiélago antillano, apoderándose de las pequeñas islas, cercanas á Tierra-firme, de donde extendió sus correrías á las mayores.

Al poner el Almirante el pié en GUANAHANÍ, una de las Lucayas, la lucha de estas razas continuaba á muerte, siendo los campos situados al este de BORIQUÉN la marca invasora de la raza dominante, aunque los caribes no habían podido aún apoderarse del territorio. Si el descubrimiento del Nuevo Mundo se hubiera retardado algún tiempo, los españoles hubieran encontrado todo el Archipiélago antillano en poder de la raza caribeña; pues los GUAYCURE eran más dados al AREYTO, ó bailar cantando, y al BATO ó juego de pelota, que á los ejercicios guerreros; preferían el alimento vegetal al animal, y sabemos por el Diario de Colón, que los indios de las Lucayas ni tenían siquiera los aprestos guerreros del salvaje. En cambio, los caribes desde niños se educaban, en el manejo del arco, se nutrían con carne humana[[287]], salían de continuo en sus almadías á sus terribles aventuras de pillaje, por lo cual eran más potentes para el combate que los BORIQUEÑOS y HAITIANOS[[288]]; y ya desde Sibuqueira (Guadalupe) y Ay-ay (Santa Cruz) organizaban á diario, sus correrías á Boriquén, acantonándose en las desiertas islillas situadas al este de la isla, principalmente en BIEQUE.

El padre Labat opinaba (1724), que los caribes habían emigrado desde la Florida á las Antillas y Tierra-firme; y algunos escritores de nota, entre ellos Alejandro de Humboldt, le han seguido en esta opinión; haciendo proceder el pueblo caribeño de los APALACHES de la América del Norte; pero después de la obra de D’Orbigny[[289]] las razas de la América del Sur han sido mejor conocidas. El sabio D’Orbigny, que empleó ocho años en recorrer el Continente sur-americano en una extensión de 775 leguas de Norte á Sur y de 900 leguas de Este á Oeste y que al regresar á Francia en 1834 obtuvo el gran premio anual de la Sociedad de Geografía, opina que la raza caribe procedía de la gran familia BRASILIO-GUARANIANA. Estos indios cubrían toda la parte oriental de la América del Sur desde las Antillas hasta cerca del río de la Plata. Además, D’Orbigny ha sentado, que los caribes que poblaban las islas de Barlovento y Sotavento, eran idénticos á los GUARANÍS, del Brasil, pertenecientes al tronco BRASILIO-GUARANIANA. Según el erudito venezolano Arístides Rojas[[290]], los jeroglíficos, ya en las llanuras y orillas de los ríos, ya en las alturas de la cordillera costanera de Venezuela, marcan el itinerario del pueblo Caribe y de sus diversas tribus de Este á Oeste. El padre Raymond y el padre Dutertre, misioneros que vivieron largo tiempo entre los caribes antillanos, conformes á las tradiciones caribeñas, los hacen provenir de los GALIBIS del Continente sur-americano; rama, según D’Orbigny, procedente, á su vez, de la gran familia BRASILIO-GUARANIANA.

Además de marcarnos la Antropología la diferencia de tipo y naturaleza del indio del Norte y el del Sur[[291]], sabemos por los cronistas que las costumbres y los usos de los indígenas de una y otra de estas razas que estudiamos eran bien diversos; pues, mientras los indios de las grandes Antillas y grupo de las Lucayas eran hospitalarios y pacíficos, los caribes eran crueles y sanguinarios.—Los guaycures apelaban únicamente á las armas para combatir tan sólo la agresión de sus feroces vecinos; éstos, por el contrario, hacían de la guerra un uso cuotidiano y se entregaban en sus débiles embarcaciones á atrevidas empresas. A Cuba la conquistó Velázquez, sin pérdida de un solo hombre.—Juan de Esquivel no tuvo que hacer sacrificio alguno para adueñarse de Jamayca. En Haytí inició la guerra contra los españoles el cacique Caonabó, que era de raza caribe; los demás régulos siguieron el movimiento con tibieza, aceptando prontamente la coyunda castellana. En Boriquén, cuyos indígenas eran más flecheros, al decir de Oviedo, y se explica, por tener sus naturales que contrarrestar, muy á menudo, el empuje de la invasión caribeña, que venía por el Este, recibióse á los cristianos cordialmente, y fué la servidumbre la que provocó después el alzamiento. Y los indios de las Lucayas eran tan inocentes, que se herían las manos palpando el filo de las espadas de los compañeros de Colón. En cambio, los caribes de Santa Cruz recibieron con flechas envenenadas, diestramente arrojadas por hombres y mujeres, á los compañeros del Almirante, que fueron á tomar lengua y hacer aguada. En Guadalupe no ocurrió lo mismo, porque todos los hombres dispuestos para la guerra se habían ido á piratear por las islas vecinas. Y ya nos dice Oviedo, que los buques hacían aguada en la Domínica á fuerza de armas. Cuando Ponce de León hizo recalada, expresamente, en la isla de Guadalupe para castigar á sus naturales, tuvo que retirarse bien descalabrado. Y las crónicas de Puerto-Rico están bien nutridas con la narración de las terribles invasiones de los caribes de las islas de Barlovento[[292]]. Eran, pues, los GUAYCURES y los CARIBES dos pueblos de diversa procedencia genealógica, y cuya lucha á muerte tenía que terminar, por ley antropológica, con el triunfo de la raza caribeña, más viril y más apta para la guerra, y la completa absorción y desaparición de nuestros pacíficos indígenas.

No podía, por lo tanto, corresponder el vocablo CARIB á los hospitalarios BORIQUEÑOS, que tan sólo empuñaban el arco y la macana para defender el terruño; y, por lógica deducción, tampoco á su país, y sí, ÚNICAMENTE, á los naturales de las islas de Barlovento.

Qué significa Carib?

Según el sabio Humboldt, el vocablo CARIBE procede de CALINA, CARIPUNA, habiéndose transformado la -L- y la -P- en -R-y-B-; de CALINA ó CARINA se ha hecho CARIBI ó GALIBI.

Nosotros, siguiendo la teoría filológica de que estos vocablos antes de llegar al período de aglutinación en que se encuentran han pasado por el monosilabismo, creemos que la primera sílaba -CA- de CARIBE, así como el -GA- de GALIBI es una evolución de la raíz GUA; cuya sílaba GUA ó HUA, en sus diversas acepciones pertenece á tres idiomas americanos: el guaraní, el muysca y el quechúa[[293]].

Pedro Mártir de Anglería ha sido el primero de los cronistas de Indias[[294]], que ha llamado la atención sobre la frecuencia de la silaba GUA en el lenguaje indo-antillano.

Según el misionero Ruíz Montoya[[295]] la palabra GUARANÍ equivale á GUERRA; y GUARINIARA, á GUERRERO; y AGUARINÍ, á GUERREAR etc. D’Orbigny acepta esta etimología. Y Arístides Rojas[[296]] opina, que GUARANÍ es corrupción de GUARINÍ; y que de esta voz se derivan CALIBI, CARIBE, CARAIBE, CASIBÍ y CARINA.

De manera, que CARIB es igual á CARIBE, CARIBO y GUARIBO.—Y nosotros, analizando y deshaciendo la aglutinación, traducimos: GUA, artículo; RÍ, valiente ó guerrero; y BO, grande, señor ú hombre jefe. Es decir: EL GRAN GUERRERO ó EL HOMBRE VALIENTE.

Vése, pues, que el vocablo CARIB, según los cronistas de Indias y la etimología de la palabra, corresponde de lleno á los CARIBES, habitadores de las islas de Barlovento y Costa-firme, ya haciendo relación á los individuos, ya á sus pertenencias; y de ningún modo á Puerto-Rico, no ocupada aún en la época del Descubrimiento por los terribles antropófagos.

Archipiélago Antillano.

Para precisar el nombre indígena de las islas del Archipiélago antillano hemos consultado, además del Mapa mundi de Juan de la Cosa y las relaciones de los cronistas de Indias, la carta náutica de Diego de Ribero (1529); la del Atlas universal de Guillermo Le Testu (1555); la que lleva la obra de Antonio de Herrera (1730); los mapas modernos de las Antillas de Hachette y Cª, Grosselin-Delamarche, Garnier Hermanos, Espasa y Cª, el que acompaña al trabajo de A. Bernad: “Le Monde à l’époque des grandes découvertes”, y el derrotero del primer viaje del Almirante, según don Patricio Montojo. De algunas islas no hemos podido haber el nombre indo-antillano, pero compilamos en el siguiente cuadro el de la mayor parte:

NOMBRE INDÍGENA. NOMBRE ACTUAL.
Guanahaní. (San Salvador)[[297]] Watling island.
Ojuná. (Sta. M.ª de la Concepción) Rum Cay.
Yumaí. (Fernandina) Cat island.
Xaomatí. (Isabela) Long island.
Yucayu Pequeña Abaco.
Siguatío Grande Abaco.
Guanimá Eleuthera.
Bahamá Bahama.
Biminí Beminí.
Habacoa Bary.
Mayaguaná Marijuana.
Xamaná Samaná.
Yabaque Acklin.
Babeque Grande Inagua.
Qüamá Islas Turcas.
Anamá
Caisimón Islas Caicas.
Cuba. (Juana)[[298]] Cuba.
Maya Región occid. de Cuba.
Guanaja. (S. J. Evangelista) Isla de Pinos.
Haytí. (Toda la isla) Repúblicas de S. Domingo y de Haytí.
Bojío. (Región septentrional)
Quisqueya. (Región Oriental)
Guanabo Gonaive
Adamanay Saona.
Boriquén Puerto-Rico.
Amoná Mona.
Siqueo. (Cicheo) Desecheo.
Bieque Viequez.
Xaymaca Jamaica.
Ay-ay Santa Cruz[[299]].
Sabá Saba.
Sibuqueira Guadalupe.
Ocamanirí Redonda.
Matininó Martinica.
Cayrí Domínica.
Carí Trinidad.
Cubagua Isla de Perlas.
Guaiquerí Margarita.
Oribá Oruba.
Curisao. (Isla de gigantes) Curazao.

La cuestión puerto ó bahía

Se ha hecho hincapié en la frase de Alvarez Chanca: “En un puerto de esta isla (Boriquén) estovimos dos días”; y exijiendo estricto rigorismo en la acepción del vocablo, y considerando de carácter oficial la carta del médico sevillano, se afirma[[300]] que,

“Al decir el doctor puerto, el lector debe entender que se le habla de una porción de mar entre algunas tierras que la resguardan del empuje de las olas y de los vientos, con una entrada, que se llama boca ó boquete. Esto tiene derecho á entender y no que se le hable en un galimatías en que por puerto deba entenderse ensenada, rada ó embocadura de río.—Mayagüez es todo menos puerto. Culebrinas no es más que desembocadura de un río.”

Creemos, por el contrario, que la palabra PUERTO, usada por el doctor Chanca, no debe tomarse con el rigorismo técnico que exije el señor presbítero de Guayanilla. Y vamos á probarlo. Se supone que Chanca tomó el vocablo directamente del Almirante, á quien acompañaba en la nao capitana; pues bien, Colón no usaba con la precisión que exije el padre Nazario la palabra PUERTO, y no por ignorancia náutica, sino por falta del detenido estudio necesario para clasificar debidamente el surgidero, que por vez primera hacia uso de él. Por eso le vemos llamar PUERTO á la ensenada YAMANIQUE[[301]] en Cuba, y dar igual denominación á la bahía de San Nicolás en la Española[[302]]. Llama ANGLA á la ensenada de PUERTO MARGOT[[303]], y puerto á la BAHÍA DE ACUL[[304]], y golfo á la bahía de Manzanillo[[305]], y angla grande á BAHÍA ESCOCESA[[306]]; y por este estilo pudiéramos multiplicar las citas.

Don Pedro Tomás de Córdova en sus informes[[307]] como Secretario de Gobierno, y siguiendo las latitudes y longitudes geográficas del mapa de don Antonio Cordero, piloto de la Real Armada, hablando de la banda occidental de la isla, dice: “En este intérvalo de costa está la ensenada del Boquerón, el puerto Real de Cabo-rojo, el fondeadero de Mayagüez y la ensenada de Añasco”. Y corriéndose al noroeste, dice: “Y en este espacio se halla el fondeadero de la Aguadilla, el que forma una grande ensenada que puede servir á cualquiera embarcación y ofrece mucha facilidad para hacer aguada.”

Don Fernando Colón no usa, como Chanca, la palabra PUERTO para designar el lugar de fondeadero en los mares de Puerto-Rico, sino CANAL, é igual denominación le aplica á la bahía de Cádiz. Muñoz dice, en una CALA[[308]]; y Las Casas, Herrera, Iñigo Abbad y Washington Irving anotan, en una BAHÍA.

Basta echar una ojeada por un diccionario marítimo[[309]] para convencerse de lo fácil que es usar indistintamente algunos de estos vocablos, muchas veces casi sinónimos, y lo ilógico por ende de exigir el rigorismo técnico, aun en los mismos papeles del gran marino genovés, cuando tales surgideros eran visitados por la armada por vez primera, y eran múltiples las atenciones del Almirante, que conducía por mares desconocidos una gran flota con un nutrido cuerpo de colonización, para detenerse á consignar en el cuaderno de bitácora, con exactitud náutica, el vocablo que le correspondía al inexplorado fondeadero, careciendo, además, de los datos geográficos necesarios para precisar la roturación de los anclajes.

Aguada y Aguadilla.

Estos pueblos están asentados en la comarca marítima, que forma la bella herradura comprendida EN EL ÚLTIMO ÁNGULO OCCIDENTAL de Puerto-Rico. Y consideramos esta región como la correspondiente á la frase usada por Pedro Mártir de Anglería, y dictada indudablemente por el hábil piloto Antonio de Torres, porque sin recorrer TODA la banda occidental de la isla no hubiera podido el precavido marino usar el calificativo de ser el ÚLTIMO ÁNGULO de la costa del oeste. Aseveración comprobada después por los geógrafos[[310]], aunque ya para aquella época también, en la carta de marear de Juan de la Cosa se percibe marcado ese ángulo occidental con bastante exactitud. Por otra parte, el piloto Torres, que asesoró á Mártir de Anglería, volvió, al retornar á España con las doce naves, á recorrer el derrotero traído por Colón en su segunda empresa; y por mucho tiempo se estuvo usando esta vía al navegar por el mar de las Antillas.

Causa extrañeza á los contendientes opositores á nuestra opinión, que el Almirante, dirigiendo su armada por la costa meridional de Boriquén, recorriese además, toda la banda del oeste de la misma isla. Y por eso, pregunta el padre Nazario: “¿á qué había de ir Colón á la costa occidental de San Juan?”[[311]] Hay que tener en cuenta, que al iniciar el gran Navegante el bojeo de las Antillas en Dominica, el rumbo preferido, en general, fué en dirección noroeste; pero siempre que algún accidente le obligaba á una caída de sotavento rectificaba después su derrotero, cogiendo primero el rumbo franco al norte para volver luégo á fijarlo al noroeste. Así le vemos llevarlo á efecto, especialmente, cuando la arribada forzosa á Santa Cruz, yendo á recalar á Virgen Gorda. Por lo tanto, habiéndole obligado el archipiélago Las Vírgenes á derribar al suroeste, y terminada la dificultad al voltejear los Morillos de Cabo-rojo, lógico era, siguiendo la marcha establecida, corrigiese el rumbo navegando al norte, y después avistado el cabo de San Francisco y singlando el crucero por mares tranquilas, y necesitando agua para su numerosa flota de colonización[[312]], se acercara á tierra y echara el ancla en una bahía, cuyo aspecto le convidaba y retenía con encantadores atractivos.

Estudiando este punto del viaje del Almirante, dice acertadamente el general de Marina don Patricio Montojo:[[313]]

“Después de haberse aguantado al pairo ó con poca vela, durante la noche del 17—fiel á las precauciones que entonces, más que ahora, debía tomar un experimentado marino cerca de tierra desconocida—fué Colón voltejeando todo el día 18 y, bien entrado el 19 de noviembre, montó la punta de San Francisco para fondear en las inmediaciones del Culebrinas, donde hizo su aguada.”

Razonando el “Diario Popular,” de Mayagüez[[314]] sobre la frase de Pedro Mártir de Anglería, respecto á que la armada de Cristóbal Colón dió anclaje en el ÚLTIMO ÁNGULO OCCIDENTAL de Puerto-Rico, dice:

“Este, realmente, sería el único argumento sólido que podría presentarse en favor de Aguada, si las palabras de Pedro Mártir estuviesen consignadas en la carta del doctor Chanca, testigo presencial de los hechos que se relatan. Pero la indicación de aquel escritor no está confirmada por ninguno de los que después se han ocupado de las cosas de América, único modo como podrían tener apariencia de validez á los ojos de la crítica imparcial.”

Esta concesión del escritor de la ciudad del oeste queda satisfecha, en lo que pide en el último extremo del párrafo citado, con una simple ojeada á la carta náutica de Juan de la Cosa; admirando, desde luego, en la figurilla delineada que corresponde á Boriquén, aquel último ángulo occidental, algo exagerado por el cartógrafo en la latitud con relación á punta de Aguilas; pero digno de admiración por lo bien que se destaca la amplia rada en tan pequeño grabado. La Cosa trazó con mano hábil, y por vez primera, y en miniatura, la herradura que hemos dicho limitan los cabos San Francisco y Boriquén, y en cuyas costas radican las poblaciones de Aguada y Aguadilla.

Sin embargo, no basta lo expuesto, que justifica ya, como una verdad incontrovertible, la tesis que sustentamos, á pesar de la frase de William Prescott, en que asevera, que los que no se han ocupado nunca en investigaciones históricas apenas pueden formarse idea de lo débiles que son los fundamentos sobre los cuales es necesario construir la mayor parte de las narraciones. En derrota, pues, los adversarios, han querido atrincherarse en la duda, presentando la objeción, de cuál sería ese último ángulo occidental de Puerto-Rico, á que se refiere Pedro Mártir de Anglería en sus Décadas.

Como don Salvador Brau con sobria frase y robusta argumentación[[315]] desvanece esa nebulosidad, hacemos nuestras sus palabras. Dice el sagaz y circunspecto investigador:

“La isla de Puerto-Rico afecta topográficamente la figura de un paralelógramo irregular. Los dos ángulos orientales se comprenden en las Cabezas de San Juan al nordeste, y el cabo de Malapascua al sureste, y los dos occidentales se determinan por el cabo Rojo al suroeste y la punta Boriquén al noroeste.—En una derrota que se inicia por Malapascua, y mantiene su trayectoria de este á oeste, hasta el cabo Rojo, y de aquí ha de enderezar el rumbo al norte, recorriendo el canal llamado hoy de Santo-Domingo en solicitud de Samaná, ¿cuál ha de considerarse el último ángulo occidental de Puerto-Rico sino la punta Boriquén?

¿Está situado Mayagüez en ese ángulo? No: Mayagüez no ocupa ángulo alguno en nuestras costas; la orientación de su ensenada es franca al oeste, y su emplazamiento ocupa el centro de la costa occidental. En el último ángulo se encuentra la rada comprendida entre el cabo de San Francisco y la punta Boriquén, rada que abarca dos poblaciones: Aguada, la tercera de la isla por su antigüedad y Aguadilla, segregada modernamente de la primera.”

El padre Nazario, estudiando[[316]] ese ÚLTIMO ÁNGULO OCCIDENTAL de que habla Pedro Mártir de Anglería, asevera que “debe ser el formado por las líneas de las costas meridional y occidental de la Isla, contándose en la distancia media entre el Cabo Rojo y el Cabo Aguilas”. Y no pudiendo meter la gran flota del Descubridor en la ensenada de BOQUERÓN por ser contrario á la tesis que sustenta se va á Roma por todo y asegura[[317]]:

“Es imposible desconocer que los dos desembarcos, el de Chanca y el de Pedro Mártir fueron en el mismo costeo por la banda meridional; que el referido por éste se localizó en el extremo occidental de la costa meridional: luego el primer fondeo referido por Chanca se verificó al oriente del segundo; luego Colón, por primera vez, arribó á un puerto de la costa Sud.”

Esta manera de discurrir, á pesar de la dialéctica, no es batirse en retirada sino á la desbandada. Con aceptar una arribada á Mayagüez y otra á Aguada tendríamos cuatro anclajes y todos en paz; pero surgiría un nuevo conflicto ¿dónde fué que estuvo el crucero los dos días?

Y según los comisionados, licenciado Santa Clara y presbítero Ponce de León[[318]] á Aguada arribó el capitán Juan Ponce, por vez primera, al verificar su empresa de conquistar y poblar el Boriquén en 1508. Cuando en 1510 le fué imposible á Cristóbal de Sotomayor levantar un poblado en las cercanías de Guánica por la incomodidad de los mosquitos, se replegó, atravesando la cordillera de montañas de Añasco, á inmediaciones de Aguada y fundó á Sotomayor, que destruyeron los indios en el levantamiento general de 1511. Aguada se llamó la nueva aldehuela de 1585, hoy villa, siendo sus habitantes moradores de aquel poblado ó costa y vecinos de San Germán, como los de Arecibo en 1616 eran todavía moradores de la ribera del Arecibo y vecinos de la Capital.

Esto, en lo que tiene relación con los VISITADORES, veamos ahora cómo estaban situados los VISITADOS.—Refiere don Fernando Colón[[319]] que la armada del Almirante, terminado el costeo del archipiélago Las Vírgenes,

“aportó á la isla que llamó San Juan Bautista, que los indios llaman Boriquén, y surgió con la armada en una canal de ella á Occidente, donde pescaron muchos peces, algunos como los nuestros, y vieron halcones[[320]] y parras silvestres[[321]] y más hacia Levante fueron unos cristianos á ciertas casas de indios, que según su costumbre estaban bien fabricadas, las cuales tenían la plaza y la salida hasta el mar, y la calle muy larga, con torres de caña á ambas partes, y lo alto estaba tegido con bellísimas labores de plantas y yerbas, como están en Valencia los jardines, y lo último hacia el mar era un tablado en que cabían diez ó doce personas, alto y bien labrado.”

De la narración del hijo del Almirante, que concuerda con la de Pedro Mártir de Anglería, se desprende que en la costa boriqueña, á donde aterró Cristóbal Colón y sus compañeros en el segundo viaje, existía un poblado de indios, los cuales huyeron atemorizados á sus bosques al sentir la presencia de los extraños visitantes. Hemos dicho que esa arribada ó desembarco tuvo efecto en el último ángulo occidental de la isla; y en esa herradura marítima desembocan varios ríos, entre ellos el Culebrinas. Y según otras investigaciones históricas[[322]] tenemos, que á orillas del Culebrinas, junto al mar, tenía el régulo Aymamón su villajo; ranchería, que según la descripción de don Fernando, recuerda las visitadas por Livingstone á orillas del Zambesis y las descritas por Stanley al explorar los territorios centrales del Continente africano.

Vése, pues, que uniendo todos estos datos, esparcidos en los antiguos cronicones de América, que hablan de la isla de San Juan ó del Boriquén, se forma el hilo de Ariadna necesario para salir del laberinto de dudas y vacilaciones, en que han caído algunos escritores puertorriqueños por seguir á los historiadores ó compiladores modernos como Navarrete, ó, lo que es peor aún, á los escritores extranjeros que no siempre han bebido en las verdaderas fuentes históricas de Indias.

MAYAGÜEZ.

Los escritores de la ciudad del Oeste en el DIARIO POPULAR[[323]] de aquella ciudad recaban para su pueblo el honor y la gloria de la primera visita del gran marino genovés, fundándose en que la ensenada de Mayagüez está orientada Á PONIENTE como narran los cronistas estaba el surgidero electo por el Almirante al tocar y dar anclaje en Boriquén, y que Aguada, está emplazada al noroeste.

Chanca no fija hacia donde quedaba el fondeadero. Mártir de Anglería prefija el último ángulo occidental de la Isla y Juan de la Cosa lo traza con bastante exactitud en su mapa mundi. Don Fernando Colón anota, en una canal á Occidente, y Las Casas, Herrera y Fray Iñigo consignan al poniente.

El tomar la frase Á PONIENTE, como argumento en favor de los derechos que trata de defender Mayagüez, es en buena discusión una sutileza. Y queda desvanecida, desde luego con esta cita del cronista Oviedo, tomada de su Historia general de Indias:

“Y en la misma costa de Poniente hay otros ríos así como el Aguada é Culebrinas, entre los cuales estuvo ya un pueblo llamado Sotomayor.”

Vése, pues, que los cronistas tomaban por Á PONIENTE, toda la parte occidental, ó el lado de la puesta del sol, sin precisar un cuarto más ó menos al sur ó al norte.

Quien primero interpoló á Mayagüez, en el derrotero seguido por Colón en su segundo viaje, fué don Martín Fernández de Navarrete al glosar la Carta de Diego Alvarez Chanca al Cabildo de Sevilla. Don José Julián de Acosta, al comentar la obra de Fray Iñigo Abbad, prescindió de la opinión del antiguo historiador de Puerto-Rico y siguió los trabajos del académico don Martín, efectuados en 1825. Y Vizcarrondo y Janer en sus COMPENDIOS siguieron á Acosta.

Otto Neussel, en nuestros días, no ha hecho más que calcar los errores de Navarrete respecto á la segunda empresa de Colón. En la conferencia dada en la Sociedad geográfica de Madrid—8 de Marzo de 1892—prueba el conferenciante, haciendo un estudio del primer viaje del Almirante, estar á la altura de los conocimientos modernos en algunos puntos, pero no en otros; se decide por WATLING como la verdadera GUANAHANÍ de los indios ó SAN SALVADOR del Almirante; y elige á JIBARA[[324]] como el puerto de recalada en Cuba, desechando á NIPE[[325]] PUERTO DEL PADRE[[326]] y las MÚCARAS[[327]]. Pero al presentarnos un mapa con las “derrotas que siguió Cristóbal Colón en sus cuatro viajes para descubrir el Nuevo Mundo, según los manuscritos de Fray Bartolomé de las Casas”[[328]], claudica y tropieza en el primer viaje, no tocando en RUM CAY y CONCEPCIÓN; no costeando el noroeste de CAT ISLANG; y recorriendo el suroeste, en vez del nordeste, de XAOMETO. Y en el segundo viaje, no tocando en ANTIGUA; no explorando el archipiélago LAS VÍRGENES; recalando en MAYAGÜEZ; y llamando á la isla BURENQUÉN. Y también presenta otras equivocaciones de bulto al delinear los otros viajes seguidos por el Almirante en el mar de las Antillas. No merece, pues, el señor Otto Neussel ser citado como una autoridad en la cuestión que se debate, porque su estudio de referencia revela que sus investigaciones han sido muy superficiales, respecto á la segunda empresa del Navegante; habiendo profundizado únicamente algunos puntos del primer viaje; pues, hasta en el viaje del Almirante que hemos llamado INTERCOLONIAL ó PARCIAL, mete la flotilla entre las islas de Saona y Santo Domingo, cuando tan sólo se refugió la escuadrilla de Colón á la entrada del canal de Saona. Este hecho histórico queda comprobado con dar una ojeada al mapa de Juan de la Cosa, que une la pequeña isla á la grande y no traza el canal de Saona.

Existiendo en la ensenada de Mayagüez una serie de bajos, que dificulta el anclaje en aquel puerto y expone las naves á zozobrar, por lo que se necesita de práctico hábil para tomar surgidero, dice el DIARIO POPULAR: “¿existirían esos bajos de arena y sus arrecifes, hace 400 años, tales como hoy existen?”

Este argumento es del mismo género que el de la frase Á PONIENTE, una vacilación, una sutileza, batirse en retirada. Aquí ya se prescinde de cronistas y cartógrafos y se entra en suposiciones.

Cuvier[[329]] hablando de los LITÓFITOS dice que en la zona tórrida sus troncos pétreos se entrelazan formando rocas y arrecifes, y elevándose hasta flor de agua, cierran la entrada de los puertos y tienden lazos terribles á los navegantes. Conocido es el trabajo de estos obreros del mar; pero como observa el doctor Hoefer[[330]], estudiando los Viajes de Kotzebue de 1815–1818, el desarrollo de los bancos madrepóricos es en general extremadamente lento. Y el ilustre Dana[[331]] estima el crecimiento de estas masas, por término medio, en tres milímetros anuales. Esto sin contar que los políperos se alejan de los sitios marinos á donde tributa al mar una corriente de agua dulce. Puerto-Rico se compone de un núcleo de carácter granítico, rodeado de terrenos de transición, calcáreos y pirógenos. Y así como las pequeñas islas volcánicas, que se extienden desde Trinidad hasta las Vírgenes, constituyen el último período de los anales físicos del Archipiélago antillano, las masas calcáreas corresponden á períodos más antiguos y prolongados (período terciario). De manera que á excepción del limo arrojado en el puerto por el río Yagüez y esparcido por las marejadas del Oeste, las escolleras y accidentada costa occidental de la Isla y, por lo tanto, la de Mayagüez, así como el submarino piso donde acumulan los políperos su lento trabajo de rocas madrepóricas, son muy anteriores, y CON MUCHO TIEMPO, á la época en que Colón avistó á Boriquén; cuyos aborígenes se encontraban en el estado de sociedad correspondiente á la época de la piedra pulimentada (período contemporáneo).

Ahora bien, el lugar en que radica Mayagüez debe haber sido en pasados tiempos lugar pantanoso ó encharcado, y sin condiciones para establecer un caserío, ateniéndonos á la etimología del vocablo y al estado actual de aquellas costas. No dicen los cronistas, que en aquel sitio hubiera ranchería alguna de indígenas, y por otra parte nos aseveran que el cacique URAYOÁN, el señor de YAGÜECA, vivía á las márgenes del río GUAORABO (río de Añasco), en cuyas aguas se hizo el experimento de la mortalidad de los españoles con el infeliz Salcedo. Lo que prueba que el cacique de la comarca mayagüezana era el régulo URAYOÁN, y que éste no vivía en la costa, sino internado, y probablemente en las cercanías del lugar donde el teniente de Ponce de León, don Luis de Añasco, fundó la aldehuela, que andando el tiempo había de llevar su nombre, y que dista más de una legua del mar[[332]].

Militan, pues, en contra de la tesis sustentada por los escritores de la ciudad del Oeste, las malas condiciones comarcanas de aquella región, la etimología del vocablo, la carencia de cacique propio, y el no asignar los cronistas ya citados ranchería alguna indígena en la playa mayagüezana.

Además, si en ella hubiera existido esa pintoresca aldehuela, descrita por don Fernando Colón, ¿cómo no replegarse á sus cercanías don Cristóbal de Sotomayor al levantarse el poblado de Guánica por la incomodidad de los mosquitos, dada la proximidad de Mayagüez? Por el contrario, los pobladores levantan desilusionados sus viviendas, atraviesan las serranías con múltiples trabajos y van á fundar el nuevo poblado en las inmediaciones de Aguada. Y en estos contornos, á la desembocadura del Culebrinas, nos dice la historia estaba el aduar ó ranchería del cacique AYMAMÓN.

Algunos escritores modernos han opinado, que MAYAGÜEZ fué el nombre de un cacique; pero no descansa esta suposición en ningún cronista. En cambio Oviedo[[333]] dice:

“En la mesma costa de Poniente están Mayagüex é Corigüex, ríos, é más adelante está la punta que llaman el Cabo roxo”.

Oviedo, el más antiguo cronista de Indias, considera, pues, que el vocablo MAYAGÜEZ estaba aplicado á un río, de donde pasó á la comarca que hoy le lleva. Pudiera también del río haber pasado á un jefe indio, y algunos ejemplos podríamos presentar tomados de las crónicas indígenas; pero, en el presente caso, no lo dicen los antiguos escritores, como han tenido, por otra parte, la particularidad de señalarlo cuando ha ocurrido tener un mismo nombre el río y el cacique.

Respecto á escribir el nombre Mayagüez con X al final, hoy transformada en Z, hay que tener en cuenta que los colonizadores habían introducido la corruptela en muchos vocablos indígenas, por lo cual los escritores de aquella época usaron indistintamente las letras X, J, S, Y, Z. Así escribieron COROJ, COROX, COROSO y COROZO, así como JAGUA, YAGUA, XAGUA y SAGUA. Y otras veces sustituían el nombre indio por una palabra castellana. El mismo Oviedo habla de AGUADA y CULEBRINAS, sin citar los vocablos indígenas que fueron reemplazados por estas voces genuinamente españolas.

Escribiendo sobre el río MAYAGUEX de Oviedo, Juan de Laet (1640) y Navarrete (1825) cambian la X por S y anotan MAYAGUES, y Torres Vargas (1646), hablando del mismo río cambia la X en Z y escribe MAYAGÜEZ, cuya ortografía ha prevalecido.

La manía de querer representar con las solas veinte y cuatro letras del alfabeto romano los sonidos extranjeros, que no correspondían á ellos, ha ocasionado estas confusiones, que hoy tocamos de cerca, especialmente con los nombres góticos, árabes é indios. Aún tenemos en nuestros días quien dice MADRIZ por Madrid (de Majerit). La palabra GODOS lleva la D en sustitución á la TH. Los godos llamaban á su país GOTHS LAND, esto es, TIERRA DE GODOS. Los griegos y los romanos la denominaron GOTHIA, que significa lo mismo, y que nosotros pronunciamos GOCIA. La TH, en los nombres de estas gentes, se pronunciaba por los latinos como DZ, al modo de THETA griega ó TH de los ingleses, los cuales todavía escriben y pronuncian GOTHS. Nosotros conservamos la D original y decimos GODOS, pero no olvidamos la Z y las transformamos en C en GOCIA, y pronunciamos fuerte en GOTIA, en GÓTICO, y en GETA, que se tiene por otra desinencia del mismo nombre[[334]]. Y lo mismo ha sucedido al confundir la G con la H; por ejemplo, GERMANIA y HERMANO tienen un mismo origen. Las tribus al norte de los Alpes llamaban HERRMANN al que capitaneaba las tropas; de HERR, jefe, cabeza; y MANN, hombre, es decir, el HOMBRE JEFE. Los romanos, que combatían esas tribus, tomaron el vocablo de los labios de sus enemigos, y transformándolo en GERMANOS, lo aplicaron á aquellos pueblos teutónicos que trataban de avasallar; y por derivación, el de GERMANIA á todo el país. Y decían: UNIDOS COMO LOS HERMANOS; son HERMANS. Y en lenguaje figurado, SUNT FRATES; de donde las voces, HERMANOS, GERMANOS, COFRADES.

Y como ha pasado con los vocablos árabes y godos, ha acontecido con los indo-antillanos.—Tenemos en una Carta del licenciado Alonso de Zuazo á Mr. de Chievres (1518) estas interesantísimas palabras:

“de manera que, como muchos de estos indios estaban acostumbrados á los aires de su tierra y á beber agua de jagüey, que así llaman la balsa de agua llovediza é otras aguas gruesas.”

En la Relación testimoniada del asiento que se ha tomado con el capitán Francisco de Barrionuevo para ir á la paz y quietud de los indios de la sierra del Bahoruco en el distrito de la Audiencia de Santo-Domingo, año de 1533, se lee:

“é por lo que por esperiencia se ha visto en la dicha guerra, que la mucha gente no ha hecho provecho, antes no se han podido sustentar por no haber agua en las dichas sierras, é cuando la hallan en algunos yagüeyes, si hay para diez personas no hay para los demás.”

Como GÜEZ no es raíz en el lenguaje indo-antillano, y GÜEY si lo es; y como los escritores del siglo XVI y XVII, siguiendo los giros latinos, escribían las palabras indistintamente con J ó con Y, al igual que confundían la Q con la C y con la CH, tenemos el vocablo indio JAGÜEY, evolucionado por pronunciación y escritura en YAGÜEY, y después en YAGÜEX, YAGÜES y YAGÜEZ.

La sílaba inicial de Ma-yaguey, es radical en la lengua indígena y le consideramos las acepciones de GRANDE, ABUNDANCIA y también LLANO ó LLANURA. Y así la encontramos, entrañando la idea de GRANDE, en

Ma-cao Gran punta al este de Santo Domingo, y el llano que ocupa el actual Humacao en Puerto-Pico. Ma-mey Fruta y árbol grandes. Ma-cana Grueso bastón de madera, que blandía el indio como arma. Ma-natí Gran pez. Ma-natuabón El gran río de Manatí; uno de los principales de la isla de Puerto-Rico. Ma-boa Árbol silvestre de Cuba. Ma-buya Entre los siboneyes el gran espíritu maligno. Ma-cagua Árbol grande de Cuba. Ma-ja La culebra más grande de Cuba, que crece basta cinco varas. Ma-naca Una de las especies de palmeras.

Llevando en sí la idea de ABUNDANCIA encontramos la raíz MA en las voces indo-antillas:

Ma-jagua Arbusto que crece pródigamente formando boscaje. Ma-najú Planta silvestre generalizada.

Implicando la idea de LLANO hallamos la sílaba inicial MA en

Ma-gua Vasta llanura dominicana, que los españoles llamaron Vega-Real. Ma-rién Departamento de Haytí, del cual era soberano Guacanagarí, el cacique amigo de Colón. Ma-guana Territorio donde el régulo Caonabó tenía su gran cacicazgo. Ma-nacua Comarca de la parte occidental dominicana. Ma-nicarao Llano de Cuba, cuyos indios adjudicó Velázquez á Hernán Cortés, después de la conquista de aquella isla. Ma-unabo Comarca puertorriqueña. Ma-ricao Comarca puertorriqueña.

Pudiéramos multiplicar las citas para confirmar el análisis filológico que hacemos de la radical MA.

Ahora bien, la raíz GÜEY indica AGUA; y por eso la vemos en las palabras asignadas á las plantas MAGÜEY, DONGÜEY, MARUNGÜEY, plantas muy ricas en jugos ó que crecen en lugares húmedos. La palabra JÜEY es corrupción de GÜEY, y está aplicada al cangrejo de lugares pantanosos. En Cuba se conserva el vocablo CAMAGÜEY aplicado á una comarca de aquella Isla abundante en aguas, y en Santo Domingo perdura la voz HIGÜEY, nombre del antiguo cacicazgo que comprendía los ríos Ozama, Yamasá, Guabanimo, Quiabón, Yuma, Yabacoa, Anamuya y otros.

La partícula GÜEY entraña una aglutinación, que se deshace en GUA Í, que equivale á EL AGUA.—GUA, en el lenguaje indo-antillano, ya hemos dicho que corresponde al artículo EL, así como en otras lenguas americanas tiene distinta significación[[335]].

La raíz Í, equivaliendo á AGUA, la encontramos aún en el idioma guaraní, y transformada en UNU, INÍ, WENÍ, ONÍ, NÍ, significando siempre AGUA, en diferentes naciones americanas[[336]]. En la lengua guaraní, PARA equivale á MAR; de donde, PARAÍ, agua de mar; ÍAYÍ, gota de agua; ÍASA, cántaro de agua; ÍABÚ, ruido de agua; ÍYUQUÍ, agua salada[[337]].

Por lo tanto el vocablo MAYAGÜEZ, corrupción de MAYAGÜEY y MAJAGÜEY, es equivalente á GRAN CHARCA DE AGUA, ABUNDANCIA DE AGUA ó LLANURA ANEGADA.

No existe, pues, ni en la Filología, ni en la Geología, ni en la Historia conservada por los cronistas de Indias, ni en el mapa más antiguo del Archipiélago antillano, punto de apoyo alguno para concederle á la playa mayagüezana el honor de la primera visita del Almirante; visita, que indicó por vez primera, don Martín Fernández Navarrete como efectuada en Mayagüez, al glosar equivocadamente la Carta de Diego Alvarez Chanca al Cabildo de Sevilla.

GUAYANILLA.

El presbítero Nazario y Cancel, en su reciente obra publicada, emite el pensamiento de haber sido el puerto de Guayanilla el lugar de fondeadero de las diez y siete naves del Almirante, al arribar á Boriquén en la segunda expedición al Nuevo Mundo. Ningún autor le ha precedido en esta investigación, y el estudioso sacerdote consagra su libro, por completo, al sostenimiento de esta original opinión.