CHARLES F. LUMMIS


Los
Exploradores españoles
del Siglo XVI

VINDICACIÓN DE LA ACCIÓN COLONIZADORA
ESPAÑOLA EN AMÉRICA

OBRA ESCRITA EN INGLÉS POR

CHARLES F. LUMMIS

VERSIÓN CASTELLANA CON DATOS
BIOGRÁFICOS DEL AUTOR POR

ARTURO CUYÁS

QUINTA EDICION

CASA EDITORIAL ARALUCE

Cortes, núm. 392 : : Barcelona

1922


ES PROPIEDAD DEL EDITOR.
QUEDA HECHO EL DEPÓSITO QUE MARCA LA LEY.
RESERVADOS LOS DERECHOS DE TRADUCCIÓN Y REPRODUCCIÓN.

Copyright, 1916, by R. de S. N. Araluce


Al distinguido ingeniero

D. Juan C. Cebrián

de cuyo amor a España, acrisolado durante su larga residencia en los Estados Unidos, son prueba evidente la generosidad y largueza con que ha contribuido a la diseminación de obras de cultura en ambos paises, sin otro objetivo que el de procurar el adelanto y enaltecer el nombre de nuestra Patria, dedican la versión y publicación de esta obra como público testimonio de gratitud, sus leales amigos y admiradores,

Arturo CuyásRamón de S. N. Araluce


Nota biográfica acerca del autor

Antes de empezar la lectura de un libro, procura saber algo tocante a la personalidad del autor.

DAVID PRYDE

Este libro es una gallarda reivindicación de España y de sus métodos de colonización en el Nuevo Mundo. Avalora y encarece esta reivindicación el ser obra espontánea, desinteresada, y por ende imparcial, de un ilustrado escritor norteamericano, y fruto de sus estudios, investigaciones y concienzudos juicios. Basta leer el Prefacio de su libro, para poder apreciar el móvil que le impulsó a escribirlo y la sinceridad y entusiasmo que puso en su labor.

Es natural que los hechos y proezas de los exploradores españoles despertasen el interés y la admiración de un hombre como Mr. Lummis, cuya vida ha sido una continua serie de pasmosos esfuerzos, trabajos y penalidades, que le han obligado a luchar con obstáculos al parecer insuperables, y que sólo por el vigor de su naturaleza y por la indómita fuerza de su voluntad ha sabido vencer y dominar.

Una biografía detallada de este hombre extraordinario parecería más bien una leyenda o una novela, que la historia real y verdadera de una viviente personalidad. Algunos tendrán por increíble la realización de todo cuanto ha emprendido y llevado a cabo Mr. Lummis en 56 años de vida. Pero ahí están sus obras y sus éxitos y la fortuna que ha sabido labrarse a fuerza de trabajo y perseverancia, que lo evidencian y lo acreditan.

Nació Mr. Charles Fletcher Lummis en Lynn, población fabril del Estado de Massachusetts, el día primero de marzo de 1859. Estudió y se graduó a los 22 años, en la Universidad de Harvard, cercana a Boston, y publicó entonces un librito de poesías, impreso sobre corteza de álamo raspada por sus manos hasta dejarla como hojas de papel fino.

Al año siguiente trasladóse a Ohío, donde publicó The Scioto Gazette, y movido por su espíritu aventurero, emprendió en septiembre de 1883 una marcha a pie desde Ohío hasta California, llegado a Los Angeles después de recorrer 5,642 kilómetros en 147 días.

Fué admitido como redactor del Daily Times de Los Angeles al día siguiente de su llegada, y más tarde logró ser uno de los propietarios del periódico.

Pero el trabajo intenso y excesivo que sostuvo durante cuatro años fué causa de un ataque de hemiplejía que le paralizó todo el lado izquierdo y le privó del habla. Entonces se trasladó a Nuevo Méjico con la firme voluntad de reponerse, y allí estuvo cuatro años entre los indígenas, los cuales aprovechó para estudiar sus costumbres y tradiciones y sus cantos populares y para aprender dos de sus idiomas.

En un libro interesantísimo, titulado My friend Will, en que «el amigo Will», representa su voluntad, describe Mr. Lummis los novelescos incidentes relacionados con el proceso de su curación, que fué completa, recobrando el habla así como el movimiento y la agilidad de sus miembros por efecto de una vida ruda y montaraz y de la tenacidad de su propósito. Posteriormente ha sufrido y podido vencer otros dos ataques, que en una persona de otro temple hubieran tenido fatal desenlace. Hace algunos años quedó ciego; pero ha vuelto a recobrar la vista después de mucho tiempo.

No obstante estos padecimientos físicos y el dolor moral que le causó la pérdida de su quinto hijo, Amado, la labor de Mr. Lummis en los campos de la literatura, de la exploración y de la investigación, ha sido intensa y fecunda.

Asociado con Mr. A. F. Bandelier, el cual ha aplicado métodos científicos al estudio de la historia, emprendieron los dos juntos una expedición etnológica e histórica, recorriendo Tejas, Colorado, Utah, Arizona y California en los Estados Unidos, y después Méjico, la América Central, Perú y Bolivia, visitando los parajes donde se desarrollaron los principales hechos de los exploradores y colonizadores españoles.

«He recorrido—dice él mismo en una carta—unos dos millones de millas de Hispano-América, no como turista, sino como un hijo del país; con cartas oficiales de recomendación para diversos Gobiernos y poniéndome en relaciones con ellos; pero familiarizándome al propio tiempo con gente de todas las clases sociales; puesto que un país se compone de todas ellas, desde los mendigos y los peones hasta los hombres de ciencias y los gobernantes. Y he tenido la suerte de conocer y tratar a todas esas clases.»

Lo cual es garantía del profundo conocimiento que ha adquirido Mr. Lummis respecto del asunto de que trata este libro.

De regreso a Los Angeles en 1894, funda y dirige dos periódicos, y construye su casa de piedra con sus propias manos, ayudado de algunos indios.

Desde entonces, ha recibido títulos de varias Universidades; ha sido fundador y presidente de sociedades para educar a los indios, para conservar los monumentos históricos de California; fundador y secretario de la Sociedad de Arqueología del Sudoeste; miembro vitalicio del Instituto Arqueológico de América, y miembro activo y honorario de muchas otras sociedades.

En el año 1907 fundó en Los Angeles el Southwest Museum, al cual ha hecho donación de su copiosa biblioteca particular, la más rica en libros referentes a la América española, y de su colección de objetos arqueológicos hispano-americanos, que se valúa en más de cien mil dólares.

Además de muchos artículos para la Enciclopedia Británica, la Americana, y diversas revistas y periódicos, ha publicado 15 obras, entre ellas: «Villagran's New México» «Benavides Memorial of 1630» y uno referente a la República de Méjico bajo el gobierno del general Porfirio Díaz.

Por último este notable americanista, explorador, arqueólogo, historiador, novelista, periodista y fundador de Sociedades y museos, ha tenido tiempo para investigar las costumbres de los indios; ha traducido sus canciones al inglés; las ha puesto en notación de música, y desde hace 15 años se ocupa en compilar para un Diccionario Enciclopédico, cuantos datos biográficos, geográficos, históricos, etnológicos y arqueológicos acerca de América se hallan en libros y documentos publicados desde el descubrimiento del Nuevo Mundo hasta 1850. Será una obra monumental, cuya publicación se propone costear y dirigir, con ayuda de varios competentes redactores.

Mucho deberá América a ese infatigable y filantrópico historiógrafo; pero no menos le debe España por la noble defensa y la justa y entusiástica loa que ha hecho de los héroes españoles que descubrieron y exploraron aquel mundo. Reconociendo esta deuda, el Gobierno español ha tenido a bien manifestar su alto aprecio de la labor de Mr. Lummis, agraciándole con la encomienda de Isabel la Católica.

A. C.


Los conceptos que en este libro se exponen han entrado ya a ocupar su sitio en la literatura histórica; pero forman una base enteramente nueva para una obra de carácter popular. Por ser nueva, tal vez aquellos que no han seguido del todo la marcha reciente de la investigación científica, pongan en duda su exactitud. Puedo afirmar que las apreciaciones y los asertos que se hacen en este libro son rigurosamente exactos y que yo estoy dispuesto a defenderlos desde el punto de vista de la ciencia histórica.

Y digo esto no tan sólo por razón del aprecio personal en que tengo al autor, sino muy especialmente en vista del mérito de su obra y del valor que tiene para los jóvenes de la presente y de futuras generaciones.

Ad. F. Bandelier.


PREFACIO

Porque creo que todo joven sajón-americano ama la justicia y admira el heroísmo tanto como yo, me he decidido a escribir este libro. La razón de que no hayamos hecho justicia a los exploradores españoles es, sencillamente, porque hemos sido mal informados. Su historia no tiene paralelo; pero nuestros libros de texto no han reconocido esa verdad, si bien ahora ya no se atreven a disputarla. Gracias a la nueva escuela de historia americana vamos ya aprendiendo esa verdad, que se gozará en conocer todo americano de sentimientos varoniles. En este país de hombres libres y valientes, el prejuicio de la raza, la más supina de todas las ignorancias humanas, debe desaparecer. Debemos respetar la virilidad más que el nacionalismo, y admirarla por lo que vale dondequiera que la hallemos; y la hallaremos en todas partes. Los hechos que levantan a la humanidad no provienen de una sola raza. Podemos haber nacido dondequiera—esto es un mero accidente—; mas para llegar a ser héroes, debemos crecer por medios que no son accidentes ni provincialismos, sino por la propia naturaleza y para gloria de la humanidad.

Amamos la valentía, y la exploración de las Américas por los españoles fué la más grande, la más larga y la más maravillosa serie de valientes proezas que registra la historia. En mis mocedades no le era posible a un muchacho anglosajón aprender esa verdad; aun hoy es sumamente difícil, dado que sea posible. Convencido de que es inútil la tarea de buscar en uno o en todos los libros de texto ingleses, una pintura exacta de los héroes españoles del Nuevo Mundo, me hice el propósito de que ningún otro joven americano amante del heroísmo y de la justicia, tuviese necesidad de andar a tientas en la obscuridad como a mí me ha sucedido; pero no habrá de agradecerme a mí, tanto como al amigo de ambos, A. F. Bandelier, maestro de la nueva escuela[1], los siguientes atisbos de los hechos más interesantes de la historia. Sin la luz que este aventajado discípulo del gran Humboldt ha derramado con su erudición sobre los primeros tiempos de América, no hubiera sido posible escribir este libro, ni hubiese podido escribirlo yo, sin su personal y generosa ayuda.

C. F. L.


LOS

EXPLORADORES ESPAÑOLES

DEL SIGLO XVI

I

LA NACIÓN EXPLORADORA

Es ya un hecho reconocido por la historia que los piratas escandinavos habían descubierto y hecho algunas expediciones a la América del Norte mucho antes que pusiera su planta en ella Cristóbal Colón. El historiador que hoy considere aquel descubrimiento de los escandinavos como un mito, o como algo incierto, demuestra no haber leído nunca las Sagas. Vinieron aquellos hombres del Norte, y hasta acamparon en el Nuevo Mundo antes del año 1000; pero no hicieron más que acampar; no construyeron pueblos, y realmente nada añadieron a los conocimientos del mundo; nada hicieron para merecer el título de exploradores. El honor de dar América al mundo pertenece a España; no solamente el honor del descubrimiento, sino el de una exploración que duró varios siglos y que ninguna otra nación ha igualado en región alguna. Es una historia que fascina, y, sin embargo, nuestros historiadores no le han hecho hasta ahora sino escasa justicia. La historia fundada sobre principios verdaderos era una ciencia desconocida hasta hace cosa de un siglo; y la opinión pública fué ofuscada durante mucho tiempo por los estrechos juicios y falsas deducciones de historiadores que sólo estudian en los libros. Algunos de estos hombres han sido no tan sólo escritores íntegros, sino también amenos; pero su misma popularidad ha servido para difundir más sus errores. Su época ha pasado, y principia a brillar una nueva luz. Ningún hombre estudioso se atreve ya a citar a Prescott o a Irving o a ningún otro de sus secuaces, como autoridades de la historia; hoy sólo se les considera como brillantes noveladores y nada más. Es menester que alguien haga tan populares las verdades de la historia de América como lo han sido las fábulas, y tal vez pase mucho tiempo antes de que salga un Prescott sin equivocaciones; entre tanto, yo quisiera ayudar a los jóvenes americanos a penetrarse de las verdades en que se basarán de aquí en adelante las historias. Este libro no es una historia; es sencillamente un hito que marca el verdadero punto de vista, la idea amplia, y tomándolo como punto de partida, los que tengan interés en ello podrán con más seguridad llevar adelante la investigación de los detalles, mientras que aquellos que no puedan proseguir sus estudios, poseerán siquiera un conocimiento general del capítulo más romántico y más repleto de valientes proezas que contiene la historia de América.

No se nos ha enseñado a apreciar lo asombroso que ha sido el que una nación mereciese una parte tan grande del honor de descubrir América; y, sin embargo, cuando lo estudiamos a fondo, es en extremo sorprendente. Había un Viejo Mundo grande y civilizado: de repente se halló un Nuevo Mundo, el más importante y pasmoso descubrimiento que registran los anales de la Humanidad. Era lógico suponer que la magnitud de ese acontecimiento conmovería por igual la inteligencia de todas las naciones civilizadas, y que todas ellas se lanzarían con el mismo empeño a sacar provecho de lo mucho que entrañaba ese descubrimiento en beneficio del género humano. Pero en realidad no fué así. Hablando en general, el espíritu de empresa de toda Europa se concentró en una nación, que no era por cierto la más rica o la más fuerte.

A una nación le cupo en realidad la gloria de descubrir y explorar la América, de cambiar las nociones geográficas del mundo y de acaparar los conocimientos y los negocios por espacio de siglo y medio. Y esa nación fué España.

Un genovés, es cierto, fué el descubridor de América; pero vino en calidad de español; vino de España por obra de la fe y del dinero de españoles; en buques españoles y con marineros españoles, y de las tierras descubiertas tomó posesión en nombre de España.

Imaginad qué reino tendrían entonces Fernando e Isabel, además de su pequeño jardín de Europa: medio mundo desconocido, en el cual viven hoy una veintena de naciones civilizadas, y en cuya inmensa superficie, la más nueva y la más grande de las naciones no es sino un pedazo. ¡Qué vértigo se hubiera apoderado de Colón si hubiese podido entrever la inconcebible planta cuyas semillas, por nadie adivinadas, tenía en sus manos aquella hermosa mañana de octubre de 1492!

También fué España la que envió un florentino de nacimiento, a quien un impresor alemán hizo padrino de medio mundo, que no tenemos seguridad que él conociese; pero que estamos seguros de que no debiera llevar su nombre. Llamar América a este continente en honor de Amérigo Vespucci fué una injusticia, hija de la ignorancia, que ahora nos parece ridícula; pero de todos modos, también fué España la que envió el varón cuyo nombre lleva el Nuevo Mundo.

Poco más hizo Colón que descubrir la América, lo cual es ciertamente bastante gloria para un hombre. Pero en la valerosa nación que hizo posible el descubrimiento, no faltaron héroes que llevasen a cabo la labor que con él se iniciaba. Ocurrió ese hecho un siglo antes de que los anglosajones pareciesen despertar y darse cuenta de que realmente existía un nuevo mundo; durante ese siglo la flor de España realizó maravillosos hechos. Ella fué la única nación de Europa que no dormía. Sus exploradores, vestidos de malla, recorrieron Méjico y Perú, se apoderaron de sus incalculables riquezas e hicieron de aquellos reinos partes integrantes de España. Cortés había conquistado y estaba colonizando un país salvaje doce veces más extenso que Inglaterra, muchos años antes que la primera expedición de gente inglesa hubiese siquiera visto la costa donde iba a fundar colonias en el Nuevo Mundo, y Pizarro realizó aún más importantes obras. Ponce de León había tomado posesión en nombre de España de lo que es ahora uno de los Estados de nuestra República, una generación antes de que los sajones pisasen aquella comarca. Aquel primer viandante por la América del Norte, Alvaro Núñez Cabeza de Vaca, había hecho a pie un recorrido incomparable a través del continente, desde la Florida al Golfo de California, medio siglo antes de que nuestros antepasados sentasen la planta en nuestro país. Jamestown, la primera población inglesa en la América del Norte, no se fundó hasta 1607, y ya por entonces estaban los españoles permanentemente establecidos en la Florida y Nuevo Méjico, y eran dueños absolutos de un vasto territorio más al Sur. Habían ya descubierto, conquistado y casi colonizado la parte interior de América, desde el nordeste de Kansas hasta Buenos Aires, y desde el Atlántico al Pacífico. La mitad de los Estados Unidos, todo Méjico, Yucatán, la América Central, Venezuela, Ecuador, Bolivia, Paraguay, Perú, Chile, Nueva Granada y además un extenso territorio, pertenecía a España cuando Inglaterra adquirió unas cuantas hectáreas en la costa de América más próxima. No hay palabras con qué expresar la enorme preponderancia de España sobre todas las demás naciones en la exploración del Nuevo Mundo. Españoles fueron los primeros que vieron y sondearon el mayor de los golfos; españoles los que descubrieron los dos ríos más caudalosos; españoles los que por vez primera vieron el océano Pacífico; españoles los primeros que supieron que había dos continentes en América; españoles los primeros que dieron la vuelta al mundo. Eran españoles los que se abrieron camino hasta las interiores lejanas reconditeces de nuestro propio país y de las tierras que más al Sur se hallaban, y los que fundaron sus ciudades miles de millas tierra adentro, mucho antes que el primer anglosajón desembarcase en nuestro suelo. Aquel temprano anhelo español de explorar era verdaderamente sobrehumano. ¡Pensar que un pobre teniente español con veinte soldados atravesó un inefable desierto y contempló la más grande maravilla natural de América o del mundo—el gran Cañón del Colorado—nada menos que tres centurias antes de que lo viesen ojos norteamericanos! Y lo mismo sucedía desde el Colorado hasta el Cabo de Hornos. El heroico, intrépido y temerario Balboa realizó aquella terrible caminata a través del Istmo, y descubrió el océano Pacífico y construyó en sus playas los primeros buques que se hicieron en América, y surcó con ellos aquel mar desconocido, y ¡había muerto más de medio siglo antes de que Drake y Hawkins pusieran en él los ojos!

La falta de recursos de Inglaterra, la desmoralización que siguió a las guerras de las Rosas, así como las disensiones religiosas, fueron las causas principales de su apatía de entonces. Cuando sus hijos llegaron por fin al borde occidental del Nuevo Mundo, dejaron de sí buena memoria; pero nunca tuvieron que afrontar tantas y tan inconcebibles penalidades y tan continuos peligros como los españoles. La comarca que conquistaron era bastante salvaje, es cierto; pero era fértil, tenía extensos bosques, mucha agua y mucha caza; mientras que la que dominaron los españoles era el desierto más terrible que jamás hombre alguno, ni antes ni después, ha logrado conquistar, y estaba poblado por una hueste de tribus salvajes, las cuales no podían compararse con los pequeños guerreros del «rey Felipe»[2], como no cabe comparación entre una zorra y una pantera. Los apaches y los araucanos no hubieran sido tal vez peores que los otros indios si se hubiesen trasladado a Massachusetts; pero en su áspero país eran los salvajes más furibundos con que habían tropezado los europeos. Si en la región oriental duró un siglo la guerra con los indios, tres siglos y medio pelearon en el sudoeste los españoles. En una colonia española (Bolivia) perecieron a manos de los naturales, en una carnicería, tantos como habitantes tenía la ciudad de Nueva York cuando empezó la guerra de la independencia. Si los indios de levante hubiesen dado muerte a veintidós mil colonos en una horrible matanza, como hicieron con los españoles los indios de Sorata, hasta muy entrado el siglo XIX no hubieran podido las diezmadas colonias de Norteamérica desatar los lazos que las unían a la madre patria y constituirse en nación independiente.

Cuando sepa el lector que el mejor libro de texto inglés ni siquiera menciona el nombre del primer navegante que dió la vuelta al mundo (que fué un español), ni del explorador que descubrió el Brasil (otro español), ni del que descubrió California (español también), ni los españoles que descubrieron y formaron colonias en lo que es ahora los Estados Unidos, y que se encuentran en dicho libro omisiones tan palmarias, y cien narraciones históricas tan falsas como inexcusables son las omisiones, comprenderá que ha llegado ya el tiempo de que hagamos más justicia de la que hicieron nuestros padres a un asunto que debiera ser del mayor interés para todos los verdaderos americanos.

No solamente fueron los españoles los primeros conquistadores del Nuevo Mundo y sus primeros colonizadores, sino también sus primeros civilizadores. Ellos construyeron las primeras ciudades, abrieron las primeras iglesias, escuelas y universidades; montaron las primeras imprentas y publicaron los primeros libros; escribieron los primeros diccionarios, historias y geografías, y trajeron los primeros misioneros; y antes de que en Nueva Inglaterra hubiese un verdadero periódico, ya ellos habían hecho un ensayo en Méjico ¡y en el siglo XVII!

Una de las cosas más asombrosas de los exploradores españoles—casi tan notable como la misma exploración—es el espíritu humanitario y progresivo que desde el principio hasta el fin caracterizó sus instituciones. Algunas historias que han perdurado, pintan a esa heroica nación como cruel para los indios; pero la verdad es que la conducta de España en este particular debiera avergonzarnos. La legislación española referente a los indios de todas partes era incomparablemente más extensa, más comprensiva, más sistemática, y más humanitaria que la de la Gran Bretaña, la de las colonias y la de los Estados Unidos todas juntas. Aquellos primeros maestros enseñaron la lengua española y la religión cristiana a mil indígenas por cada uno de los que nosotros aleccionamos en idioma y religión. Ha habido en América escuelas españolas para indios desde el año 1524. Allá por 1575—casi un siglo antes de que hubiese una imprenta en la América inglesa—se habían impreso en la ciudad de Méjico muchos libros en doce diferentes dialectos indios, siendo así que en nuestra historia sólo podemos presentar la Biblia india de John Eliot; y tres universidades españolas tenían casi un siglo de existencia cuando se fundó la de Harvard. Sorprende por el número la proporción de hombres educados en colegios que había entre los exploradores; la inteligencia y el heroísmo corrían parejas en los comienzos de colonización del Nuevo Mundo.


II

GEOGRAFÍA EMBROLLADA

La menor de las dificultades que se presentaban a los descubridores del Nuevo Mundo era el tremendo viaje que había que hacer entonces para llegar a él. Si las tres mil millas de mar desconocido hubiese sido el principal obstáculo, hubiéralo vencido la civilización algunos siglos antes. Fueron la ignorancia humana, más honda que el Atlántico, y el fanatismo, más tempestuoso que sus olas, los que cerraron por tanto tiempo el horizonte del occidente de Europa. A no ser por estas causas, el mismo Colón hubiera descubierto la América diez años antes; es más, América no hubiera tenido que esperar tantos siglos a que Colón la descubriese. Es realmente curioso que la mitad más rica del planeta jugase al escondite durante tanto tiempo con la civilización; y que la hallasen, al fin, por una mera casualidad, los que buscaban otra cosa muy distinta. Si hubiese esperado América a ser descubierta por alguien que fuese en busca de un nuevo continente, quizá estuviese aguardando todavía.

A pesar de que, mucho antes que Colón, varios navegantes vagabundos de media docena de distintas razas habían ya llegado al Nuevo Mundo, lo cierto es que no dejaron huellas en América, ni aportaron provecho alguno a la civilización; y Europa, aun hallándose al borde del más grande de los descubrimientos y de los más importantes sucesos de la historia, ni siquiera lo soñó. El mismo Colón no tenía la menor idea de la existencia de América. ¿Sabe el lector lo que iba a buscar al occidente? Asia.

Las investigaciones hechas de algunos años a esta parte, han modificado grandemente nuestro juicio acerca de Colón. La tendencia de la generación pasada, era convertirlo en un semidiós, en una figura histórica sin tacha, en un sér perfecto, todo nobleza. Esto es absurdo; porque Colón no era más que un hombre, y todos los hombres, por grandes que sean, no llegan nunca a la perfección. La generación actual tiende a lo contrario, esto es, a quitarle toda cualidad heroica y hacer de él un pirata impune y un despreciable instrumento de la suerte; a tal extremo, que muy pronto no va a quedar nada de Colón. Esto es igualmente injusto y poco científico. En su terreno era Colón un grande hombre, a pesar de sus defectos, y distaba mucho de ser un ente despreciable. Para comprenderle, debemos antes tener un conocimiento general de la época en que vivía. Para apreciar hasta qué punto fué inventor de la gran idea, debemos principiar por investigar cuáles eran entonces las ideas que predominaban en el mundo, y cuánto contribuyeron a ayudarle o a estorbarle.

En aquella edad remota, la geografía era una cosa curiosísima: entonces un mapa-mundi era algo que muy pocos de nosotros podríamos ahora descifrar; porque todos los sabios del orbe sabían de la topografía del mundo menos de lo que sabe hoy un colegial de ocho años. Se había convenido finalmente en que el mundo no era plano, sino esférico; por más que aun ese conocimiento fundamental era reciente; pero ningún sér viviente sabía de qué estaba compuesta la mitad del globo. Hacia el occidente de Europa se extendía el «Mar de las Tinieblas», y más allá de una pequeña zona, nadie sabía lo que era o lo que contenía. No se conocía aún la desviación de la aguja. Todo era en gran parte suposiciones y tanteos. Las inseguras embarcaciones de entonces, no osaban aventurarse sin ver tierra, porque no tenían nada seguro que las guiase para volver; y causa risa saber que una de las razones por que no se atrevían a arriesgarse mar afuera, era el temor de llegar inadvertidamente más allá del límite del Océano, y de que el buque y la tripulación cayesen en el vacío! Aun cuando sabían que el mundo era esférico, todavía no se soñaba en la ley de gravitación; y se suponía que, si uno avanzaba demasiado lejos por la superficie de la esfera, corría el peligro de lanzarse al espacio.

No obstante, era general la creencia de que había tierra en aquel mar desconocido. Esa idea fué creciendo durante más de mil años, puesto que, en el siglo II de la era cristiana, empezó a creerse que había islas más allá de Europa. En tiempo de Colón, los cartógrafos ponían generalmente en sus burdos mapas algunas islas, que colocaban al azar en el «Mar de las Tinieblas».

Más allá de ese enjambre de islas, se suponía que se hallaba la costa oriental de Asia, y eso a no muy grande distancia porque el verdadero tamaño del globo se calculaba que era una tercera parte menor del que tiene realmente. La geografía estaba entonces en mantillas; pero atraía la atención y motivaba el estudio de muchísimos hombres afanosos de saber, y que eran muy ilustrados para su época. Cada uno de ellos trazaba un mapa según las suposiciones que le inspiraban sus estudios, y así resultaban los mapas muy distintos unos de otros.

En una cosa estaban todos conformes: en que había tierra hacia occidente. Algunos decían que unas pocas islas; otros que millares de islas; pero todos convenían en que había tierra. Así, Colón no inventó la idea; ésta era general antes de que él naciera. La cuestión no estriba en saber si había un Nuevo Mundo: sino en determinar si era posible o practicable el llegar hasta él, sin caer en el abismo, o sin encontrar otros peligros más horrendos. La gente decía que No; Colón dijo que ; y ese es su título de gloria. El no inventó la teoría, pero supo llevarla a la práctica; y aun lo que realizó materialmente, es menos notable que la fe que le sostuvo. No tuvo necesidad de enseñarle a Europa que había un nuevo país; pero sí le hizo creer que podía llegar hasta él; y esa fe en sí mismo y su tenaz valor en hacer que otros tuviesen fe en él, fué el rasgo más grande de su carácter. Requirió menos valentía el hacer la prueba final, que convencer al público de que no era una temeridad el intentarla.

Cristóbal Colón, como se le llamaba en su tiempo, nació en Génova (Italia), y fueron sus padres Domenico Colombo, cardador de lana, y Susana Fontanarossa. No se conoce con certeza el año de su nacimiento, pero vió probablemente la luz en 1446. Nada sabemos de su infancia, y muy poco de su vida de joven, aunque es seguro que era activo, arrojado y muy estudioso. Dicen que su padre le envió por algún tiempo a la Universidad de Pavía; pero sus estudios escolásticos no pudieron durar mucho tiempo. El mismo Colón nos dice que fué a navegar a los catorce años. En su calidad de marino, le fué fácil continuar los estudios que más le interesaban, como la geografía y otros análogos. Los detalles de sus primeros viajes son muy escasos; pero parece cosa cierta que navegó y tocó en Inglaterra, Islandia, Guinea y Grecia, con lo cual se consideraba entonces haber viajado más que hoy dando la vuelta al mundo; con este vasto conocimiento de hombres y de tierras, iba adquiriendo acerca de la navegación, la astronomía y la geografía, todo el saber que era posible en aquel tiempo.

Es interesante la conjetura de cómo y cuándo concibió Colón un proyecto de tan estupenda importancia. No debió ser sin duda, sino siendo ya un hombre maduro y de experiencia, no tan sólo como experto navegante, sino por su conocimiento de lo que habían hecho otros marinos. Hacía más de un siglo que se habían descubierto las islas de Madera y las Azores. El príncipe Enrique, el Navegante (gran patrocinador de las primeras exploraciones), enviaba dotaciones por la costa occidental del Africa; pues a la sazón ni siquiera se sabía lo que era la parte más baja de ese continente. Esas expediciones sirvieron de gran ayuda a Colón y contribuyeron a ensanchar los conocimientos del mundo. También es casi seguro que, cuando estuvo en Islandia, debió de oir algo acerca de los piratas escandinavos que habían estado en América. Dondequiera que fuese, su mente perspicaz hallaba algún nuevo aliento, directo o indirecto, para la gran resolución que casi inconscientemente se iba formando en su cerebro.

Por el año de 1473 Colón anduvo errante hasta Portugal; y allí hizo conocimientos que influyeron en su porvenir. Con el tiempo contrajo matrimonio con Felipa Moñiz, que fué la madre de su hijo y cronista Diego. Hay mucha incertidumbre respecto de su vida conyugal, y no se sabe si fué modelo de esposos o todo lo contrario. Por sus propias cartas se viene en conocimiento de que tuvo otros hijos, además de Diego; pero no se poseen más noticias acerca de ellos. Parece ser que su esposa era hija de un capitán de barco a quien llamaban el «Navegante», y cuyos servicios fueron premiados nombrándole primer gobernador de la recién descubierta isla de Porto Santo, cerca de las de Madera. Como la cosa más natural del mundo, fué Colón a visitar a su intrépido suegro; y tal vez fuese durante su estancia en Porto Santo cuando empezó a dar forma a su colosal pensamiento.

Tratándose de un hombre como aquel «genovés que buscaba un mundo», una resolución como esa, una vez formada, sería como flecha de púas: muy difícil de arrancar. Desde aquel día no tuvo descanso. La idea capital de su vida fué ir «¡hacia Occidente! ¡Hacia el Asia!», y empezó a trabajar para llevarla a cabo. Se asegura que, con intención patriótica, se apresuró a ir a su país natal para hacerle la primera oferta de sus servicios. Pero Génova no iba en busca de nuevos mundos, y rehusó el ofrecimiento. Entonces expuso sus planes a Juan II de Portugal. Al rey Juan le encantó la idea; pero un consejo de sus hombres más sabios le aseguró que el plan era ridículamente temerario. Pero después envió una expedición secreta, la que, una vez perdida la tierra de vista, se descorazonó y regresó sin resultado. Cuando Colón tuvo conocimiento de esta traición, se indignó de tal modo que salió inmediatamente para España e interesó allí a varios nobles, y por último a los mismos reyes, en sus audaces esperanzas. Pero después de tres años de profunda deliberación, una junta de geógrafos y astrónomos decidió que su plan era absurdo e irrealizable; no era posible llegar hasta las islas. Descorazonado, Colón salió para Francia; pero por suerte se detuvo en un monasterio de Andalucía, donde logró interesar al guardián, Juan Pérez de Marchena. Este monje había sido confesor de la reina, y, gracias a su urgente intercesión, los reyes al fin llamaron a Colón, el cual regresó a la Corte. Sus planes se habían agrandado de tal modo en su cerebro, que estaba casi desequilibrado, y parecía olvidar que sus descubrimientos eran sólo una esperanza y no un hecho positivo. Tenía, sin duda alguna, valor y perseverancia; pero en aquella ocasión hubiéramos querido verle un poco más modesto. Cuando el rey le preguntó en qué condiciones emprendería el viaje, contestóle: «Que se me nombre almirante antes de partir; que se me haga virrey de todas las tierras que descubra, y que se me dé una décima parte de todas las ganancias». ¡Desmedidas pretensiones, a la verdad, las que tenía el pobre hijo de un cardador de Génova para con el excelso rey de España!

Fernando rechazó en el acto esa atrevida exigencia; y en enero de 1492, Colón se hallaba camino de Francia para probar allí fortuna, cuando le alcanzó un mensajero que le hizo regresar a la Corte. Muy grande es nuestra deuda para con la buena reina Isabel, pues gracias a su gran interés personal, tuvo Colón la oportunidad de descubrir el Nuevo Mundo. Cuando todos los hombres de ciencia, fruncían el entrecejo, y los ricos negaban su apoyo, la inquebrantable fe de una mujer—ayudada por la Iglesia—salvó la Historia.

En pro y en contra de esa gran reina mucho se ha escrito, igualmente falto de razón. Algunos han querido hacer de ella una santa inmaculada—tarea sumamente difícil tratándose de un sér humano—, y otros la pintan como una mujer codiciosa, mercenaria y de ningún modo admirable. Ambos extremos son igualmente ilógicos y falsos; pero el último es el más injusto. La verdad es que todos los caracteres tienen más de una fase, y lo mismo en la Historia que en la vida real, hay comparativamente pocas figuras que se puedan santificar o condenar en absoluto. Isabel no era un ángel; era una mujer, y tenia sus debilidades como todas las mujeres. Pero era una mujer notable, una gran mujer, que merece nuestro respeto al par que nuestra gratitud. Puede afrontar la comparación de su carácter con el de la «Buena Reina Elisabet», y ha dejado un nombre mucho más grande en la Historia. No fué la sórdida ambición ni la codicia lo que le hizo prestar oídos al descubridor de mundos. Fué la fe, la simpatía y la intuición de una mujer, que tantas veces ha cambiado el curso de la historia y dado pie a las proezas de tantos héroes, quienes hubieran muerto desconocidos si hubiesen confiado en la más lenta, más fría y más interesada simpatía de los hombres.

Isabel tuvo la iniciativa, y asumió la responsabilidad. Tenía un reino propio, y su real esposo Fernando no creyó prudente embarcar las fortunas de Aragón en tan descabellada empresa: bien podía ella sufragar los gastos con cargo al reino de Castilla. Parece que Fernando lo veía con indiferencia; pero su reina rubia y de ojos azules, cuyo rostro gentil ocultaba un gran valor y determinación, la acogió con entusiasmo. Se le concedieron al genovés las condiciones que imponía, y el 17 de abril de 1492, firmaron Sus Majestades y Colón uno de los documentos más importantes en que se ha puesto la pluma. Si el lector pudiese ver ese precioso convenio, probablemente no adivinaría de quién es el autógrafo que está al pie, porque el jeroglífico de la firma de Colón, pondría hoy en grande aprieto al interventor de una casa de banca. La substancia de este famoso contrato era como sigue:

1.º Que Colón y sus herederos tuviesen por siempre el cargo de almirante en todas las tierras que él llegase a descubrir.

2.º Que él sería virrey y gobernador general en dichas tierras, con voz en el nombramiento de sus gobernadores subalternos.

3.º Que reservase para sí una décima parte de todo el oro, la plata, las perlas y demás tesoros que adquiriese.

4.º Que él y su lugarteniente fuesen los únicos jueces, junto con el gran almirante de Castilla, en los asuntos comerciales del Nuevo Mundo.

5.º Que tendría el privilegio de contribuir con una octava parte a los gastos de cualquiera otra expedición que se enviase a las nuevas tierras, con derecho a percibir entonces una octava parte de los beneficios.

Es lástima que la conducta de Colón en España no estuviese libre de una doblez que redundaba en su descrédito. Entró al servicio de España el dia 20 de enero de 1486. El 5 de mayo de 1487, los reyes de España le dieron tres mil maravedises «por un servicio secreto hecho a Sus Majestades»; y durante el mismo año recibió ocho mil maravedises más. Y, no obstante, después de esto ofreció secretamente sus servicios al rey de Portugal, el cual en 1488 le escribió a Colón una carta ofreciéndole la libertad del reino, a cambio de las exploraciones que hiciese en favor de Portugal. Pero esto no se llevó a cabo.

Es más fácil que el lector tenga noticias respecto al viaje, aquel viaje, que duró unos cuantos meses, pero cuya realización le costó al valeroso genovés cerca de 20 años de desaliento y de oposición. Fueron esos años de incesante lucha para convertir al mundo a su insondable sapiencia, lo que mostró el carácter de Colón más claramente que todo lo que hizo después que el mundo creyó en él.

Habiéndose vencido por fin las dificultades de obtener el consentimiento y el permiso oficial, no quedaba otro obstáculo que el de organizar la expedición. Esto era un asunto serio: pocos estaban dispuestos a embarcarse en una empresa tan loca como aquella se reputaba. Finalmente, a falta de voluntarios, hubo que llevar una tripulación por orden de la Corona; y con su nao, la «Santa María» y sus dos carabelas, la «Niña» y la «Pinta», tripuladas por hombres renuentes, estuvo al fin listo para hacerse a la mar el descubridor de un mundo.


III

COLÓN EL DESCUBRIDOR

Salió Colón del puerto de Palos, el viernes 3 de agosto de 1492, a las 8 de la mañana, con 120 españoles a su mando. Ya sabe el lector cómo él y su valiente camarada Pinzón alentaron el decaído espíritu de su marinería, y cómo en la mañana del 12 de octubre vislumbraron por fin la tierra. No era el continente de América—que Colón no llegó a ver hasta cerca de 8 años más tarde—, sino la isla de Watling. Fué ese viaje el más largo que había hecho hombre alguno hacia el occidente, e ilustraba de un modo muy característico la suma de conocimientos a que había llegado la humanidad. Cuando los viajeros observaron las desviaciones de la aguja magnética, decidieron que lo que se desviaba no era la aguja, sino la estrella polar. Tenía tal vez Colón tantos conocimientos como cualquier otro geógrafo de su época; pero llegó a la conclusión de que la causa de ciertos fenómenos debía de ser el estar navegando sobre una corcova de la tierra. Esto se hizo más evidente en el viaje que realizó después al Orinoco, cuando halló una corcova todavía mayor y dedujo que el mundo debía tener la forma de una pera. Es interesante notar que, a no ser por un cambio accidental de su derrota, los viajeros hubieran encontrado la corriente del golfo que les hubiera llevado hacia el norte, en cuyo caso la parte que hoy ocupan los Estados Unidos hubiera sido el primer campo de la conquista de España.

El primer hombre blanco que vió la tierra del Nuevo Mundo, fué un simple marinero llamado Rodrigo de Triana, si bien el mismo Colón había divisado una luz la noche anterior. Aun cuando es probable—como verá el lector más adelante—que Cabot viese el continente de América antes que Colón (en 1497), fué Colón quien descubrió el Nuevo Mundo, tomó posesión de él como gobernador en nombre de España, y hasta fundó en él las primeras colonias europeas, construyendo y poblando con 43 hombres un pueblo que bautizó con el nombre de la Navidad, en la isla de Santo Domingo (o Española como él la llamaba), en diciembre de 1492. Además, si Colón no hubiese antes descubierto el Nuevo Mundo, Cabot nunca hubiera navegado.

Los exploradores fueron de isla en isla, encontrando en ellas muchas cosas notables. En Cuba, donde llegaron el 26 de octubre, descubrieron el tabaco, que no era conocido en los países civilizados, así como la desconocida batata. Estos dos productos, de cuyo valor no supo darse cuenta ninguno de los primeros exploradores, debían ser factores más importantes en los mercados monetarios y en las comodidades del mundo, que todos los tesoros de mayor brillo. También la hamaca y su nombre fueron conocidos por personas civilizadas después de ese primer viaje.

En marzo de 1493, después de un terrible viaje de regreso, Colón se halló de nuevo en España, comunicando la portentosa nueva a Fernando e Isabel, a quienes mostró sus trofeos de oro, algodón, pájaros de vistoso plumaje, plantas y animales raros, y hombres más extraños todavía, puesto que llevó nueve indios, que fueron los primeros americanos que se trasladaron a Europa. Agradecido su país adoptivo, confirió a Colón toda clase de honores. Debió de ser un hermoso espectáculo el que presentaba aquel alto, fornido, tostado y encanecido nuevo grande de España, montando a caballo junto al rey, y con esplendor casi regio, ante la asombrada Corte.

La grave y graciosa reina mostraba gran interés por los descubrimientos realizados y mucho entusiasmo para disponer otros nuevos. El Nuevo Mundo era un potente atractivo, para su inteligencia y su corazón de mujer; y en cuanto a los aborígenes, llegó a enfrascarse en muy meditados planes para su bienandanza. Después que Colón probó que se podía navegar de un lado a otro del mundo sin caer en el espacio «fuera del borde», se presentaron muchos imitadores[3]. Había llevado a cabo la obra de un genio, halló el camino, y había terminado su gran misión. Si se hubiese detenido allí, hubiera dejado un nombre más excelso, pues en todo lo que hizo después no demostró tener aptitudes.

Organizóse a toda prisa una segunda expedición, y el 25 de septiembre de 1493 salió Colón de nuevo, llevando esta vez mil quinientos españoles en diez y siete buques, con animales y utensilios para colonizar su Nuevo Mundo. Y entonces, con estrictas órdenes de la Corona de cristianizar a los indios y de darles siempre buenos tratos, Colón llevó consigo los doce primeros misioneros que fueron a América. El asombroso cuidado maternal de España por las almas y los cuerpos de los salvajes que por tanto tiempo disputaron su entrada en el Nuevo Mundo, empezó temprano y nunca disminuyó. Ninguna otra nación trazó ni llevó a cabo un «régimen de las Indias» tan noble como el que ha mantenido España en sus posesiones occidentales por espacio de cuatro siglos.

El segundo viaje se realizó luchando con mil y mil dificultades. Algunos de los buques eran inservibles y hacían agua, teniendo las tripulaciones que achicarlos continuamente.

Colón desembarcó por segunda vez en el Nuevo Mundo el 3 de noviembre de 1493, en la isla de la Dominica. Su colonia de La Navidad había sido destruída, y en diciembre fundó la ciudad de Isabela. En enero de 1494 construyó allí la primera iglesia que se erigió en el Nuevo Mundo. Durante esa misma estancia construyó también el primer camino.

Conforme antes hemos dicho, los primeros viajes a América no eran tan difíciles como el obtener los medios para realizarlos; y los riesgos del mar no eran nada comparados con los que existían después de llegar a tierra. Entonces fué cuando Colón experimentó los disgustos que obscurecieron el resto de su vida gloriosa. Si grande fué su genio como explorador, como colonizador fué un fracasado; y aun cuando fundó las primeras cuatro ciudades del Nuevo Mundo, sólo sirvieron para su mal. Sus colonos de Isabela no tardaron en amotinarse, y San Tomás, que fundó en Haití, no le dió mejor resultado. Las penalidades de sus continuas exploraciones en las Antillas alteraron su salud, y estuvo enfermo en Isabela cerca de medio año. A no ser por su audaz y diestro hermano Bartolomé, de quien tan poco se sabe, no se hubieran tenido tantas noticias de Colón.

En 1495, la Corona, justamente disgustada por la ineptitud del primer virrey del Nuevo Mundo, envió a Juan Aguado con la comisión de inspeccionar lo que allí ocurría. Esto era más de lo que Colón podía tolerar, y dejando a Bartolomé como Adelantado (rango que ahora no tiene equivalente y que era el de un oficial que mandaba en jefe una expedición de descubridores), Colón se apresuró a regresar a España y a sincerarse con sus soberanos. Volviendo a América tan pronto como le fué posible, descubrió por fin el continente de la América del Sur, el día primero de agosto de 1498; pero creyó en un principio que era una isla, y le puso el nombre de Zeta. Sin embargo, muy pronto llegó a la desembocadura del Orinoco, cuya caudalosa corriente le hizo deducir que regaba un continente.

Sintiéndose enfermo, volvió a Isabela, y allí se encontró con que los colonos se habían rebelado contra Bartolomé. Colón aplacó a los amotinados, enviándolos a España con unos cuantos esclavos, acto que no le honra y que sólo puede disculpar la época en que vivía. La buena reina Isabel se indignó de tal modo al saber esta barbaridad, que ordenó que se pusiese en libertad a los pobres indios, y envió a Francisco de Bobadilla, el cual aprehendió a Colón y a sus dos hermanos el año 1500 en la Española, y los embarcó, encadenados, para la Península. No tardó Colón en rehabilitarse con la Corona, y Bobadilla fué depuesto; pero con eso terminó el virreinato de Colón en el Nuevo Mundo. En 1502 emprendió su cuarto viaje; descubrió la Martinica y otras islas, y en 1503 fundó su cuarta colonia, a la que dió el nombre de Belén. Pero la desgracia se le venía encima. Después de más de un año de penalidades y trastornos, regresó a España, y allí murió el 20 de mayo de 1506.

En Valladolid se dió sepultura a los restos del descubridor de un mundo; pero varias veces fueron trasladados a distintos lugares. Se dice que están ahora sepultados en una capilla de la catedral de la Habana, al lado de los de su hijo Diego; pero no puede tenerse certeza de esto. Tampoco la hay para negar que tan preciosa reliquia se conservarse e inhumase en la isla de Santo Domingo, adonde realmente fueron conducidos desde España. De todos modos, se hallan en el Nuevo Mundo, descansando finalmente en paz en el seno de la América que descubrió.

No era Colón ni un hombre perfecto ni un tunante; aun cuando se le ha presentado bajo ambos aspectos. Era un hombre notable, y, teniendo en cuenta su época y su profesión, era un hombre bueno. A la fe del genio, reunía una maravillosa energía y tenacidad, y gracias a su testarudez pudo llevar a cabo una idea que ahora nos parece naturalísima, pero que entonces todo el mundo consideraba absurda. Mientras se limitó a la profesión a que se había dedicado y en la que probablemente ni tenía entonces quien le igualase, sus hechos fueron portentosos. Pero cuando, después de medio siglo de navegante, de repente se convirtió en virrey, vino a ser como el proverbial «marino en tierra»: se perdió por completo. En el desempeño de su nuevo cargo, fué poco práctico, tozudo y hasta perjudicial a la colonización del Nuevo Mundo. Se ha dado en la flor de acusar a los reyes de España de baja ingratitud para con Colón; pero esto es injusto. La culpa la tuvo él con sus propios actos, que hicieron necesarias y justas las rigurosas medidas de la Corona. No era buen administrador, ni tenía elevados principios morales, sin los cuales ningún gobernante puede ganar prestigio. Sus fracasos no eran debidos a bellaquería, sino a ciertas debilidades y a su ineptitud en general para el desempeño de su nuevo cargo, al cual, a sus años, le era difícil adaptarse.

Hay muchos retratos de Colón, pero probablemente ninguno se le parece. En su tiempo era desconocida la fotografía, y no sabemos que ninguno de sus retratos se tomase del natural. Todos los que se conocen, con una sola excepción, se hicieron después de su muerte, y todos de memoria o ajustándose a descripciones de su semblante. Se le representa alto e imponente, de aspecto severo, ojos grises, nariz aguileña, mejillas coloradas y pecosas y pelo cano, y gustaba de llevar el hábito gris de los misioneros franciscanos. Han quedado algunas de sus cartas originales, con su notable autógrafo, y un dibujo que se le atribuye.


IV

HACIENDO GEOGRAFÍA

Mientras Colón navegaba de un lado a otro del Océano, entre el Viejo y el Nuevo Mundo descubierto por él, y construía ciudades y daba nombre a futuras naciones, Inglaterra parecía casi dispuesta a meter baza. Europa entera sintióse pronto conmovida por las extrañas noticias procedentes de España. Movióse entonces Inglaterra, valiéndose de un veneciano conocido por el nombre de Sebastián Cabot. El día 5 de marzo de 1496—cuatro años después del descubrimiento de Colón,—Enrique VII de Inglaterra expidió una patente a «Juan Gabote, ciudadano de Venecia» y sus tres hijos, autorizándoles para navegar hacia occidente en un viaje de exploración. Juan y su hijo Sebastián salieron de Bristol en 1497, y al nacer el día 24 de junio del mismo año vieron el continente de América,—probablemente la costa de Nueva Escocia;—pero nada más hicieron. Después de su regreso a Inglaterra, murió el viejo Cabot. En mayo de 1498 emprendió Sebastián su segundo viaje, que probablemente le llevó a la Bahía de Hudson y unos cuantos centenares de millas costa abajo. Hay pocas probabilidades en favor de la hipótesis de que llegase a ver parte alguna de lo que es hoy los Estados Unidos. Navegaba errante por los mares del Norte, de tal modo, que los 300 colonos que se llevó, perecieron de frío en el mes de julio.

Inglaterra no trató muy bien a su primer explorador, y en 1512 entró Cabot al servicio, más grato, de España. En 1517 salió para las posesiones españolas de las Antillas, y en ese viaje le acompañó un inglés llamado Tomás Pert. En agosto de 1526 volvió a salir Cabot con otra expedición española, con rumbo al Pacífico, ya descubierto por un héroe español; pero se amotinaron sus oficiales y se vió obligado a abandonar la empresa. Exploró el Río de la Plata en una extensión de mil millas, aproximadamente; construyó un fuerte en una de las bocas del Paraná, y exploró parte de dicho río y del Paraguay, pues la América del Sur había sido posesión española durante casi una generación. De allí regresó a España, y más tarde a Inglaterra, donde murió, por el año de 1557.

Se han perdido todos los mapas imperfectos que hizo Cabot del Nuevo Mundo, a excepción de uno que se conserva en Francia; y no ha quedado de ese navegante documento alguno. Cabot era un verdadero explorador y debe incluírsele en la lista de los primeros de América; pero como uno, cuyo trabajo fué infructuoso y sin consecuencias, y que vió el Nuevo Mundo, pero no hizo en él nada practico. Era hombre de gran valor y de tenaz perseverancia, y se le recordará siempre como descubridor de Terranova y del extremo superior del Continente norteamericano.

Después de Cabot, Inglaterra durmió una siesta de más de medio siglo. Cuando se despabiló, se encontró con que los despiertos hijos de España se habían esparcido por la mitad del Nuevo Mundo, y que hasta Francia y Portugal la habían dejado rezagada. Cabot, que no era inglés, fué el primer explorador que envió Inglaterra; y a éste siguieron Drake y Hawkins, y más tarde los capitanes Amadas y Barlow, con lapsos de setenta y cinco y ochenta y siete años respectivamente, durante los cuales una gran parte de los dos continentes había sido descubierta, explorada y poblada por otras naciones, de las que decididamente iba España a la cabeza. Colón, el primer explorador que envió España, no era español; pero con su primer descubrimiento se inició una corriente tan impetuosa y tan constante de exploradores nacidos en España, que en cien años hicieron más en América que todas las otras naciones de Europa juntas en los primeros trescientos años. Cabot vió, pero nada hizo; y tres cuartos de siglo después Sir John Hawkins y Sir Francis Drake—de quienes hacen las viejas historias grandes elogios, pero que se enriquecieron vendiendo infelices africanos como esclavos y con sus piraterías contra buques y ciudades indefensas de las colonias de España, con las que Inglaterra se hallaba en paz,—vieron los Antillas y el Pacífico, cuando hacía más de medio siglo que eran posesiones españolas. Drake fué el primer inglés que pasó por el Estrecho de Magallanes, y lo hizo sesenta años después que aquel heroico portugués lo descubriera y bautizara con su sangre y su vida. Drake fué probablemente el primero que vió la tierra que hoy llamamos Oregón, único descubrimiento que hizo de alguna importancia. Tomó posesión de Oregón para Inglaterra, con el nombre de «Nueva Albión»; pero la vieja Albión jamás fundó allí colonia alguna.

Sir John Hawkins, pariente de Drake, fué como éste un marino distinguido; pero no un verdadero descubridor ni explorador. Ninguno de los dos exploró o colonizó el Nuevo Mundo, y ninguno tampoco dejó en la historia de éste más honda impresión que si nunca hubieran nacido. Drake llevó a Inglaterra las primeras patatas; pero no se soñó siquiera en la importancia de tal descubrimiento hasta mucho tiempo después, y eso por otros hombres.

Los capitanes Amadas y Barlow, en 1584, vieron la costa en el Cabo Hatteras y la isla de Roanoke, y se alejaron de ella sin resultado permanente. Al siguiente año, Sir Richard Grenville descubrió el Cabo Fear, y de ahí no pasó. Siguieron las famosas, pero pequeñas expediciones de Sir Walter Raleigh a Virginia, al Orinoco y a Nueva Guinea, y los menos importantes viajes de John Davis al Noroeste, en 1585-87.

No debemos tampoco olvidar los infructuosos viajes del valiente Martín Frobisher a la Groenlandia, en 1576-81. No hubo más exploraciones de Inglaterra en América hasta el siglo XVII. En 1602, el capitán Gosnold costeó casi todo el litoral del Atlántico, particularmente alrededor del Cabo Cod; y hasta cinco años más tarde no empezó la ocupación del Nuevo Mundo por Inglaterra. La primera colonia inglesa que hizo gran papel en la historia—como no lo hizo Jamestown—fué la de los Padres Peregrinos, en 1602; y esos no vinieron con el objeto de inaugurar un mundo nuevo, sino para huir de la intolerancia del viejo. En realidad, como ha hecho notar Mr. Winsor, los sajones no tuvieron gran interés por América sino cuando empezaron a comprender que ofrecía oportunidades al comercio.

Pero, si volvemos los ojos a España, ¡cuánto no hizo en los cien años que pasaron después de Colón y antes del desembarco de los fugitivos ingleses en Plymouth Rock! En 1499 Vicente Yáñez de Pinzón, compañero de Colón, descubrió la costa del Brasil y reclamó dicho país en nombre de España; pero no dejó allí colonia alguna. Hizo sus descubrimientos cerca de las bocas del Amazonas y del Orinoco, y fué el primer europeo que vió el mayor río del mundo. Al año siguiente, Pedro Alvarez Cabral, portugués, fué arrojado a la costa del Brasil por una tormenta; tomó posesión en nombre de Portugal y fundó allí una colonia.

En cuanto a Américo Vespucio, el insignificante aventurero, cuya fama de tal modo eclipsa sus hechos, son en extremo dudosas sus pretensiones por lo que toca a América. Vespucio nació en Florencia, en 1451, y era un hombre instruído, pues su padre ejercía de notario y tenía un tío dominico que le enseñó humanidades. Fué dependiente de la gran casa de los Médicis, y hallándose a su servicio, lo enviaron a España en 1490. Estando allí, entró al empleo del comerciante que equipó la segunda expedición de Colón, el cual era un florentino llamado Juanoto Berardi. Cuando éste murió, en 1495, dejó sin terminar una contrata para equipar doce buques para la Corona; y se encargó a Vespucio que llevase a cabo la contrata. No hay razón alguna para creer que acompañase a Colón en su primero, ni en su segundo viaje. Según su propio relato, salió de Cádiz el día 10 de mayo de 1497, en una expedición española, y llegó al continente de América diez y ocho días antes de que lo viese Cabot. Es ridículo el supuesto de algunas enciclopedias de que Vespucio «probablemente se remontó por el norte hasta el cabo Hatteras». Hay pruebas innegables de que nunca vió ni una pulgada del Nuevo Mundo al norte del Ecuador. Volviendo a España a fines de 1498, se embarcó de nuevo el 16 de mayo de 1499, en compañía de Ojeda, con rumbo a Santo Domingo, y en ese viaje empleó unos diez y ocho meses. Salió de Lisboa en su tercer viaje, el 10 de mayo de 1501, con destino al Brasil. No es cierto, aun cuando lo digan las enciclopedias, que descubriese y diese nombre a la bahía de Río Janeiro: ambos honores pertenecen a Cabral, verdadero descubridor y explorador del Brasil y hombre de mucha más importancia histórica que Vespucio. El cuarto viaje de este último le llevó a Lisboa, el 10 de junio de 1503, a Bahía, y de allí a Cabo Frío, donde construyó un pequeño fuerte. En 1504 regresó a Portugal, y al año siguiente a España, donde murió en 1512.

La historia de estos viajes no tiene más fundamento que el propio relato de Vespucio, el cual no merece entero crédito. Es probable que no se hiciese a la mar en todo el año 1497, y es del todo cierto que no tuvo la menor participación en los verdaderos descubrimientos del Nuevo Mundo.

El nombre de «América» lo inventó y aplicó por primera vez en 1507 un mal informado impresor alemán, llamado Waldzeemüller, a cuyo poder llegaron los documentos de Vespucio. La historia está llena de injusticias; pero nunca se ha cometido otra mayor que ese bautismo de América. Con igual razón hubiera podido llamársela Valdzeemüllera. El primer mapa del Nuevo Mundo lo hizo el español Juan de la Cosa, en 1500[4], y ese mapa le parecería hoy muy raro a cualquier chico de la escuela. La primera geografía de América, que data de 1517, se debe a Enciso, un español.

Es grato pasar de un hombre harto ponderado y de hechos muy dudosos, a esos verdaderos pero casi desconocidos héroes portugueses que se llamaron Gaspar y Miguel Corte-Real. Gaspar salió de Lisboa el año 1500, y descubrió y dió nombre a Labrador. En 1501 se embarcó de nuevo en Portugal para el mar Artico, y no se le volvió a ver. Después de esperar un año, su hermano Miguel dirigió una expedición para rescatarlo; pero también él pereció, con todos sus hombres, entre los témpanos del mar del Norte. Un tercer hermano quiso salir en busca de los perdidos exploradores; pero se lo prohibió el rey, quien envió una expedición de dos buques para salvarlos: sin embargo, no se halló la menor huella de los valientes Corte-Reales ni de ninguno de sus hombres.

Tales fueron las exploraciones de América hasta fines de la primera década del siglo XVI: una serie de viajes atrevidos y peligrosos (de los cuales sólo hemos mencionado los más notables de la gran invasión española), que dieron como resultante el establecimiento de unas cuantas colonias efímeras pero importantes únicamente como un atisbo por las puertas del Nuevo Mundo. Las verdaderas penalidades y peligros, la verdadera exploración y conquista de las Américas, comenzaron con la década de 1510 a 1520: principio de una centuria de exploraciones y conquistas tales como jamás vió el mundo antes, ni ha vuelto a ver después. España lo hizo todo, salvo las heroicas pero comparativamente pequeñas hazañas de Portugal en la América del Sur, entre los sitios conquistados por España. El siglo XVI, en lo que afecta al Nuevo Mundo, no tiene paralelo en la historia militar, y produjo, o mejor dicho, desarrolló hombres tales que en sus proezas sobrepujaron en alto grado a cuantos conquistadores vinieron después. Nuestra parte del hemisferio jamás ha dado a la historia unos capítulos de conquista tan sorprendentes como los que grabaron, en los formidables y selváticos desiertos del sur, Cortés, Pizarro, Valdivia y Quesada, los más grandes dominadores de la América salvaje.

Hubo por lo menos otros cien héroes españoles en aquella época, desconocidos de la fama y enterrados en la obscuridad hasta que la verdadera historia les dé su bien ganada gloria. No hay motivo para creer que esos héroes olvidados fuesen más capaces de realizar grandes hazañas que nuestros Israel Putnams, Ethan Allens, Francis Marions y Daniel Boones; pero hicieron cosas mucho más grandes, espoleados por una mayor necesidad y en el momento perentorio. He dicho un centenar; pero realmente la lista es demasiado larga para ni siquiera catalogarla aquí; y el ocuparnos de sus más grandes cofrades, nos dará materia suficiente para llenar este libro. Ninguna otra nación madre, dió jamás a luz cien Stanleys y cuatro Julios Césares en un siglo; pero eso es una parte de lo que hizo España para el Nuevo Mundo. Pizarro, Cortés, Valdivia y Quesada tienen derecho a ser llamados los Césares del Nuevo Mundo, y ninguna de las conquistas, en la historia de América, puede compararse con las que ellos llevaron a cabo. Es sumamente difícil decir cuál de los cuatro fué el más grande; si bien para el historiador sólo hay una respuesta posible. La elección está, por de contado, entre Cortés y Pizarro, y durante mucho tiempo se ha hecho con error. Cortés fué el primero en el orden cronológico, y sus hechos se realizaron más cerca de nuestro país. Era un hombre muy ilustrado en su época y, como César, tenía la ventaja de saber escribir su propia biografía; mientras que su primo lejano Pizarro, no sabía leer ni escribir y firmaba con una cruz; notable contraste con la firma bien trazada y elegante, en aquella época, de Hernán Cortés. Pero Pizarro, que desde un principio tuvo la desventaja de su falta de instrucción; que se vió obligado a luchar con penalidades y obstáculos infinitamente mayores que Cortés, y supo conquistar un territorio tan grande como el de éste con una tercera parte de hombres, mucho más violentos y rebeldes, fué, sin duda alguna, el más grande de los españoles que fueron a América, y a la vez el más grande de los dominadores del Nuevo Mundo. Por esta razón, y porque ha sido tratado con tan supina injusticia, he escogido su maravillosa carrera, que se relatará más adelante, como ejemplo del supremo heroísmo de los primeros exploradores españoles.

Pero, si bien Pizarro fué el más grande, los cuatro citados son dignos de ser considerados como los Césares de América.

Lo cierto es que aquel grande hombre, pequeño y calvo, de la antigua Roma, que llena con sus hechos las páginas de la historia antigua, ninguna proeza llevó a cabo que superase las de cada uno de esos cuatro héroes españoles, los cuales, con unos pocos compatriotas harapientos en vez de las férreas legiones romanas, conquistaron cada uno un inconcebible desierto, tan salvaje como el que halló César, y cinco veces mayor. La opinión popular hizo durante mucho tiempo una gran injusticia a esos y otros de los conquistadores españoles, empequeñeciendo sus hechos militares por causa de la gran superioridad de sus armas sobre los indígenas, y acusándoles de crueles y despiadados en la exterminación de los aborígenes. La luz clara y fría de la verdadera historia nos los presenta de un modo muy distinto. En primer lugar, la ventaja de las armas apenas era otra cosa que una superioridad moral en inspirar el terror al principio entre los naturales, puesto que las tristemente toscas e ineficaces armas de fuego de aquella época, apenas eran más peligrosas que los arcos y las flechas que se les oponían. Su eficacia no tenía mucho mayor alcance que las flechas, y eran diez veces más lentas en sus disparos. En cuanto a las pesadas y generalmente dilapidadas armaduras de los españoles y de sus caballos, no protegían del todo a unos ni a otros contra las flechas de cabeza de ágata de los indígenas, y colocaban al hombre y al bruto en desventaja para luchar con sus ágiles enemigos en un lance extremo, además de ser una carga muy pesada con el calor de los trópicos. La «artillería» de aquellos tiempos era casi tan inútil como los ridículos arcabuces. En cuanto a su comportamiento con los indígenas, hay que reconocer que los que resistieron a los españoles fueron tratados con muchísima menos crueldad que los que se hallaron en el camino de otros colonizadores europeos. Los españoles no exterminaron ninguna nación aborígena—como exterminaron docenas de ellas nuestros antepasados[5]—y, además, cada primera y necesaria lección sangrienta iba seguida de una educación y de cuidados humanitarios. Lo cierto es que la población india de las que fueron posesiones españolas en América, es hoy mayor de lo que era en tiempo de la conquista, y este asombroso contraste de condiciones y la lección que encierra respecto del contraste de los métodos, es la mejor contestación a los que han pervertido la historia.

Sin embargo, antes de hablar de los grandes conquistadores, debemos bosquejar la vida aventurera y el fin trágico del descubridor del océano Pacífico, Vasco Núñez de Balboa.

En uno de los más hermosos poemas escritos en lengua inglesa, se lee:

«Como el bravo Cortés, cuando con ojos de águila

Contemplaba al Pacífico, mientras sus hombres

Mirábanse absortos en raras conjeturas,

Silenciosos todos sobre un pico de Darién.»

Pero Keats se equivocó. No fué Cortés el primero que vió el Pacífico, sino Balboa, y cinco años antes de que Cortés sentase la planta en el continente de América.

Nació Balboa en la provincia de Extremadura, en 1475. Embarcóse, con Bastidas, con rumbo al Nuevo Mundo en 1501, y entonces vió Darién; pero se estableció en la isla Española. Nueve años después se trasladó con Enciso a Darién, y allí permaneció. La vida en el Nuevo Mundo era entonces muy turbulenta, y los primeros años de la de Balboa fueron muy movidos; pero tenemos que pasarlos por alto. Pronto hubo disturbios en la colonia de Darién. Enciso fué depuesto y llevado a España como prisionero, y Balboa tomó el mando. A su llegada a España, Enciso echó toda la culpa a Balboa, y consiguió que el rey condenara a éste por el delito de alta traición. Al saber esto, determinó Balboa dar un golpe maestro cuya resonancia le granjease de nuevo el favor del rey. Había oído a los indígenas hablar de otro océano y del Perú—los que no habían visto todavía ojos europeos,—y se hizo el propósito de hallarlos. En septiembre de 1513, se embarcó para Coyba con 190 hombres, y desde aquel punto, con sólo 90 que le siguieron, atravesó a pie el istmo hasta llegar al Pacífico, realizando uno de los viajes más horribles que puede imaginarse, por su longitud. Fué el 26 de septiembre de 1513 el día en que, desde la cima de una sierra, los harapientos y ensangrentados héroes contemplaron la inmensidad azul del mar del Sur, que no se llamó Pacífico hasta mucho tiempo después. Bajaron a la costa, y Balboa, vadeando el nuevo océano hasta la rodilla; blandiendo en alto su espada con la mano derecha, y con la izquierda el invicto pendón de Castilla, tomó posesión solemne de aquel mar en nombre del rey de España.

Los exploradores regresaron a Darién en 18 de enero de 1514, y Balboa envió a España una relación de su gran descubrimiento.

Pero Pedro Arias de Avila había ya salido de la madre patria para substituirle. Al fin la nueva de la proeza de Balboa llegó a conocimiento del rey, el cual le perdonó y le nombró Adelantado; y algún tiempo después casó el descubridor con la hija de Pedro Arias. Siempre con grandes planes, Balboa condujo el material necesario a través del istmo con muchísimo trabajo, y en las playas del azul Pacífico construyó dos bergantines, que fueron los primeros buques que se hicieron en las Américas. Con éstos tomó posesión de las islas de las Perlas, y después salió en busca del Perú; pero tuvo que retroceder por la fuerza de las tormentas, que pusieron un fin desastroso a su empresa. Su suegro, celoso del brillante porvenir de Balboa le llamó a Darién, engañándolo con un mensaje traicionero; y le prendió y lo hizo ejecutar públicamente el año 1517, acusándolo falsamente de alta traición. Tenía Balboa todo el temple de un gran explorador, y a no ser por la infame acción de Avila, es probable que hubiese alcanzado más altos honores. Su valor era pura audacia, y su energía incansable; pero fué imprudente y descuidado en su actitud con respecto a la Corona.


V

CAPÍTULO DE LA CONQUISTA

Mientras el descubridor del mayor de los océanos estaba aún tratando de averiguar sus lejanos misterios, un guapo, atlético y gallardo joven español, que estaba destinado a hacer mucho más ruido en la historia, empezaba a dar que hablar desde los umbrales de América, de cuyos reinos centrales debía ser más tarde el conquistador.

Hernando Cortés pertenecía a una noble y empobrecida familia española, y nació en Extremadura diez años después que Balboa. A la edad de 14 años lo enviaron a estudiar leyes a la ciudad de Salamanca; pero el espíritu aventurero del hombre se manifestaba con fuerza en el endeble muchacho, y a los dos años salió de aquel centro y se fué a su hogar con la determinación de entregarse a una vida errabunda. No se hablaba de otra cosa que de Colón y de su Nuevo Mundo, y ¿qué joven arriscado podía quedarse entonces en España para bucear en enmohecidos libros de leyes? Ciertamente no era de esos el impertérrito Hernando.

Accidentes imprevistos impidiéronle acompañar dos expediciones para las cuales se había preparado; pero al fin, en 1504, se hizo a la vela con rumbo a Santo Domingo, nueva colonia de España, en la que prestó tan buenos servicios, que el comandante Ovando le ascendió varias veces, alcanzando la fama de ser un soldado modelo. En 1511 acompañó a Velázquez a Cuba, y fué nombrado alcalde de Santiago, donde ganó nuevo prestigio por su valor y firmeza en circunstancias muy críticas. Entre tanto, Francisco Hernández de Córdoba, descubridor de Yucatán, héroe del que debemos limitarnos a hacer esta breve mención, había anunciado su importante descubrimiento. Un año después, Grijalba, teniente de Velázquez, había seguido el derrotero de Córdoba, remontándose más al norte, hasta que por fin descubrió Méjico. No hizo, sin embargo, esfuerzo alguno para conquistar o colonizar la nueva tierra, lo cual indignó tanto a Velázquez, que degradó a Grijalba y confió la conquista a Cortés.

El ambicioso joven se embarcó en Santiago de Cuba el 18 de noviembre de 1518, con menos de 700 hombres y 12 pequeños cañones de los llamados falconetes. Apenas se había alejado del puerto, Velázquez se arrepintió de haberle dado tan buena ocasión de distinguirse, y en seguida envió fuerza para arrestarlo y conducirlo a su presencia. Pero Cortés era el ídolo de su pequeño ejército y, seguro de su afecto, se resistió a los emisarios de Velázquez y se mantuvo firme en su empresa. Desembarcó en la costa de Méjico el 4 de marzo de 1519, cerca de lo que es hoy la ciudad de Veracruz, que él fundó y fué la primera ciudad europea en el continente de América al sur de Méjico.

El desembarco de los españoles causó tanta sensación como causaría hoy la llegada a Nueva York de un ejército procedente del planeta Marte.

Los aterrorizados indígenas[6] no habían visto nunca un caballo (porque fueron los españoles los primeros que llevaron al Nuevo Mundo caballos, carneros y otros animales domésticos), y juzgaron que aquellos extraños y pálidos recién venidos, que iban sentados en bestias de cuatro patas y llevaban camisas de hierro y palos que despedían truenos, sin duda debían de ser dioses.

Allí se exaltó la imaginación de los aventureros con áureas leyendas de Montezuma, mito que no engañó a Cortés más paladinamente de lo que ha engañado a algunos historiadores modernos, quienes parecen no saber distinguir entre lo que oyó Cortés y lo que halló en realidad. Le dijeron que Montezuma—cuyo nombre propiamente es Moctezuma, o bien Motecuzoma, que significa «Nuestro Airado Jefe»,—era «Emperador» de Méjico, y que treinta «Reyes», llamados caciques, eran sus vasallos; que poseía incalculables riquezas y un poder absoluto, y que su morada resplandecía entre oro y piedras preciosas. Hasta algunos amenos historiadores han caído en el desatino de aceptar como verdaderas estas imposibles leyendas. Nunca ha habido en Méjico más que dos emperadores: Agustín de Itúrbide y el infortunado Maximiliano; ambos en el siglo XIX. Moctezuma no fué emperador, ni siquiera rey de Méjico. La organización social y política de los antiguos mejicanos era exactamente igual a la de los indios llamados «Pueblo» de Nuevo Méjico en la época actual: una democracia militar, con una poderosa y complicada organización religiosa, que ejerce su «poder detrás del trono». Moctezuma era simplemente el Tlacatécutle, o sea el jefe guerrero de los Nahuatl (que así se llamaban los antiguos mejicanos), y no era ni el supremo ni el único ejecutivo. De su ignominioso fin puede fácilmente deducirse cuán poca era su importancia[7].

Cuando hubo fundado Veracruz, Cortés se hizo elegir gobernador y capitán general (que era el más alto grado militar) de aquel nuevo país; y después de quemar sus naves, como el famoso general griego, para hacer imposible la retirada, empezó su marcha a través del imponente desierto que se extendía ante su vista.

Entonces fué cuando Cortés empezó a dar muestras del genio militar que le colocó a mayor altura que los demás exploradores de América, excepción hecha de Pizarro. Con sólo un puñado de hombres, pues había dejado parte de sus fuerzas en Veracruz al mando de su teniente Escalante, en una tierra desconocida, poblada de enemigos poderosos e indómitos, de poco le hubiera servido el valor y la fuerza bruta. Pero, con una diplomacia tan rara como brillante, descubrió los puntos débiles de la organización de los indios; fomentó la división que causaban los celos entre las tribus; hizo aliados suyos de los que secreta o abiertamente se oponían a la federación de tribus de Moctezuma—liga algo parecida a las Seis Naciones de nuestra propia historia,—y de este modo redujo en gran manera las fuerzas que tenía que combatir. Después de derrotar a las tribus de Tlaxcala y Cholula, Cortés llegó por fin a la extraña ciudad lacustre de Méjico, con su escasa tropa española engrosada con 6,000 aliados indios. Moctezuma lo recibió con gran ceremonia; pero sin duda con intención traicionera. Mientras él obsequiaba a sus visitantes en una gran casa de adobe—no un «palacio», como dicen las historias, porque no había ningún palacio en Méjico,—uno de los subjefes de su liga atacó la pequeña guarnición de Escalante en Veracruz, y mató a varios españoles, incluso al mismo Escalante. La cabeza del teniente español fué enviada a la ciudad de Méjico, porque los indios que vivían al sur de lo que es hoy los Estados Unidos, no se contentaban con quitar el cuero cabelludo a un enemigo, sino que le cortaban la cabeza. Esto fué un terrible desastre, no tanto por la pérdida de unos cuantos hombres, sino porque demostraba a los indios (que era lo que querían probar los mensajeros) que los españoles no eran dioses inmortales, sino que se les podía matar como a los demás hombres.

Cuando Cortés se enteró de la triste nueva, vió en el acto el peligro que corría, y dió un golpe audaz para salvarse. Ya había hecho fortificar de un modo seguro el edificio de adobe en que estaban acuartelados los españoles, y entonces, yendo de noche con sus oficiales a la casa del jefe guerrero, se apoderó de Moctezuma y amenazó matarle si no entregaba en el acto los indios que habían atacado a Veracruz. Moctezuma los entregó y Cortés los hizo quemar en público. Esto fué un acto cruel; pero era sin duda necesario para causar una viva impresión a los indígenas, so pena de ser aniquilados por ellos. No hay apología posible para esa barbaridad; sin embargo, es justo medir a Cortés por el rasero de aquel tiempo, y entonces reinaba la crueldad en todo el mundo.

Al llegar aquí, es divertido leer en algunos pretenciosos libros de texto que «Cortés hizo encadenar a Moctezuma y le obligó a pagar un rescate de seiscientos mil marcos de oro puro y una inmensa cantidad de piedras preciosas». Esto se halla de acuerdo con las fábulas imposibles que llevaron engañosamente a tantos exploradores a la desilusión y la muerte, y es una buena muestra del brillo de oro con que algunos historiadores, igualmente crédulos, rodean a la naciente América. Moctezuma no compró su rescate; jamás volvió a gozar de libertad, y no pagó cantidad alguna en oro; en cuanto a piedras preciosas, tal vez tuviese unos pocos granates y turquesas verdes de escaso valor, y quizá hasta alguna esmeralda, pero nada más.

En este momento crítico de su carrera, Cortés se vió amenazado desde otro punto. Llególe la noticia de que Pánfilo de Narváez, de quien nos ocuparemos más adelante, había desembarcado con 800 hombres, con el objeto de arrestar a Cortés para llevárselo prisionero por su desobediencia a Velázquez. Pero aquí se mostró de nuevo el genio del conquistador de Méjico, y lo salvó. Marchando contra Narváez con 140 hombres, lo hizo prisionero; alistó bajo su bandera a los 800 que habían venido a arrestarle, y apresuradamente regresó a la ciudad de Méjico.

Allí encontró que de día en día se ponía la situación más amenazadora. Alvarado, a quien había confiado el mando, provocó al parecer un conflicto atacando un baile de los indios. Por cruel que esto parezca, y como tal se ha censurado, no fué más que una necesidad militar, reconocida así por todos los que realmente conocen a los aborígenes, aun en nuestros días. Los historiadores de gabinete han descrito a los españoles como si hubiesen sorprendido villanamente un festival del país; pero esto es simplemente por ignorancia del asunto. Una danza india no es un festival; es, generalmente, y lo era en aquel caso, un macabro ensayo de matanza. Un indio nunca baila por diversión, y a menudo sus bailes tienen más grave intento que el de divertir a otros. En una palabra, Alvarado, viendo que los indios se dedicaban a un baile que evidentemente no era otra cosa que el preludio supersticioso de una carnicería, quiso arrestar a los hechizadores y a otros jefes del cotarro. Si lo hubiese logrado, nada habría sucedido, al menos por algún tiempo. Pero los indios eran demasiado numerosos para su pequeña fuerza, y los belicosos cabecillas pudieron escaparse.

Cuando regresó Cortés con sus 800 hombres, tan raramente reclutados, se encontró con que la ciudad había cambiado de aspecto, y que sus hombres estaban sitiados en sus cuarteles. Los indios dejaron tranquilamente que Cortés entrase en la trampa, y después la cerraron de modo que no había escapatoria. Allí estaban unos cuantos centenares de españoles encerrados en su prisión, y los cuatro canales, que eran las únicas vías para llegar a ella (porque la ciudad de Méjico era entonces una Venecia americana), estaban atestados de muchos millares de enemigos.

El indio rara vez se excusa por un fracaso; y los Nahuatl habían ya elegido un nuevo capitán de guerra, llamado Cuitlahuátzin, para reemplazar al inepto Moctezuma. Este continuaba prisionero, y cuando los españoles le hicieron salir a la azotea para que hablase en favor suyo, la furiosa muchedumbre de indios lo mató a pedradas. Entonces, al mando de su nuevo caudillo, atacaron a los españoles con tal furia, que ni los toscos falconetes, ni los más toscos fusiles de chispa, fueron parte a resistirlos, y no tuvieron los españoles más remedio que abrirse paso a lo largo de uno de los canales, en una última y desesperada lucha por la vida. El principio de aquella retirada de seis días, fué una de las páginas más dolorosas que la historia de América. Aquella fué la NOCHE TRISTE, tan celebrada en los romances y relatos españoles. Los sucesos de tan terrible noche, robaron para siempre la dicha de muchos hogares de la madre Patria, y las burbujas de sangre que cubrieron el lago Tezcuco, llevaron el luto y el dolor a muchos amantes corazones. En aquellas pocas horribles horas, perecieron dos terceras partes de los conquistadores, y los enloquecidos indios persiguieron a los heridos supervivientes por encima de más de 800 cadáveres españoles.

Después de una terrible retirada de seis días, ocurrió la importante batalla en los llanos de Otumba, donde se vieron los españoles enteramente cercados; pero se abrieron paso tras una desesperada lucha cuerpo a cuerpo, que realmente decidió la suerte de Méjico. Cortés marchó a Tlaxcala, levantó un ejército de indios que eran hostiles a la federación, y con su ayuda puso sitio a aquella ciudad. Duró el asedio setenta y tres días, y fué el más notable que registra la historia de toda la América. Ocurrían todos los días luchas sangrientas. Los indios se defendieron con denuedo; pero al fin el genio de Cortés triunfó, y el día 13 de agosto de 1521, entró victorioso en la segunda de las grandes ciudades del Nuevo Mundo.

Estas asombrosas proezas de Cortés, aquí tan brevemente esbozadas, despertaron en España una admiración sin límites, haciendo que la Corona condonase su insubordinación a Velázquez. Las quejas de éste fueron desoídas y Carlos V nombró a Cortés gobernador y capitán general de Méjico, además de hacerle marqués del Valle de Oaxaca y otorgarle una considerable pensión.

Investido y seguro con esta alta autoridad, Cortés sofocó un complot contra él, y mandó ejecutar al nuevo caudillo y a muchos de los caciques, que no eran potentados, sino oficiales religioso-militares, cuyo ascendiente sobre las supersticiones de los indios les hacían peligrosos.

Pero Cortés, cuyo genio brillaba más cuanto más insuperables parecían las dificultades y peligros que se le presentaban, tropezó en lo que ha causado la caída de muchos: el éxito. Al contrario de su analfabeto, pero más noble y más grande primo Pizarro, la prosperidad le dañó y le hizo perder la cabeza y el corazón. A pesar de los juicios poco estudiados de algunos historiadores, Cortés no fué un conquistador cruel. No tan sólo era un gran genio militar, sino que trataba con mucha clemencia a los indios, y era muy querido de ellos. La llamada carnicería de Cholula, no fué una mancha en su carrera, como algunos han pretendido. La verdad, reivindicada al fin por la historia exacta, es como sigue: Los indios lo habían atraído traidoramente a una trampa, so pretexto de amistad. Era ya demasiado tarde para una retirada, cuando averiguó que los indígenas intentaban atacarle. Y al ver el peligro que corría, no halló más que una escapatoria, esto es, sorprender a los que intentaban sorprenderle; caer sobre ellos antes de que estuviesen listos para caer sobre él; y esto es precisamente lo que hizo. Lo de Cholula es simplemente el caso del que fué por lana y salió trasquilado.

No, Cortés no era cruel con los indios; pero, tan pronto como vió asegurado su poder, se hizo un tirano cruel para sus propios compatriotas, un traidor a sus amigos y hasta a su propio rey, y lo que es peor, un desalmado asesino. Hay pruebas evidentes de que hizo «desaparecer» a varias personas que cerraban el paso a su desmedida ambición; y la infamia que colmó la medida fué el mal trato que dió a su esposa. Tuvo Cortés mucho tiempo por amante a la hermosa india Malinche; pero, después que conquistó a Méjico, su legítima esposa fué a dicho país para compartir con él su fortuna. Mas el amor que le profesaba no era tan grande como su ambición, y ella se lo estorbaba. Por fin, se la halló una mañana estrangulada en su lecho.

Obcecado por su ambición, proyectó rebelarse abiertamente contra España y declararse emperador de Méjico. La Corona husmeó este lindo plan, y envió emisarios que se incautaron de sus bienes, hicieron prisioneros a sus hombres y se dispusieron a desbaratar sus planes secretos. Cortés se apresuró audazmente a volver a España, donde se presentó a su soberano con gran esplendor. Carlos V le dispensó buena acogida, y le condecoró con la ilustre orden de Santiago, patrón de España. Pero su estrella estaba ya declinando, y aun cuando se le permitió volver a Méjico, aparentemente con el mismo poder, desde entonces fué vigilado y nada hizo ya que pudiese compararse con sus primeros y portentosos hechos. Habíase vuelto muy poco escrupuloso, en extremo vengativo y sobradamente peligroso para dejarle en plena autoridad, y al cabo de pocos años se vió obligada la Corona a nombrar un virrey para desempeñar el gobierno civil de Méjico, dejando a Cortés solamente el mando militar, con el permiso de hacer nuevas conquistas. En el año 1536, Cortés descubrió la Baja California, y exploró parte de su golfo. Al fin, disgustado por su posición inferior, donde antes había sido supremo, volvió a España, donde el rey le recibió muy fríamente. En 1541 acompañó a su soberano a Argel como agregado, y se portó bizarramente en aquellas guerras. Sin embargo, al regresar de nuevo a España se vió abandonado. Se cuenta que un día en que Carlos V iba a un acto de ceremonia, Cortés montó en el estribo de la regia carroza, resuelto a que se le oyera.

«—¿Quién sois?»—preguntó el rey malhumorado.

«—Soy»—replicó el altivo conquistador de Méjico,—«un hombre que ha dado a V. M. más provincias que ciudades le dejaron sus abuelos.»

Sea o no verdad esta anécdota, ilustra gráficamente la arrogancia y los servicios de Cortés. Faltábale el modesto equilibrio de la grandeza verdaderamente grande, como le faltaba a Colón. La presunción de uno y otro, no hubiera sido posible para aquel hombre más grande que ambos: el discreto Pizarro.

Al fin, disgustado, Cortés se retiró de la Corte, y el día 2 de diciembre de 1554, el hombre que había sido el primero en abrir el interior de América al mundo, falleció cerca de Sevilla.

Algunos exploradores hubo en la América del Sur cuyas proezas fueron tan asombrosas como las de Cortés en Méjico. La conquista de los dos continentes fué casi contemporánea, e igualmente notable por el más elevado genio militar, el más impertérrito valor, y por haber salvado peligros espantosos y penalidades que eran casi sobrehumanas.

Francisco Pizarro, el analfabeto pero invencible conquistador del Perú, tenía 15 años más que su bizarro primo Cortés, y nació en la misma provincia de España. Empezóse a hablar de él en América en el año 1510. Desde 1524 a 1532, estuvo haciendo esfuerzos sobrehumanos para llegar a la desconocida y aurífera tierra del Perú, venciendo obstáculos que ni siquiera Colón los había encontrado iguales, y arrostrando peligros y penalidades mayores que los que sufrieron César y Napoleón. Desde 1532 hasta su muerte, acaecida en 1541, ocupóse en conquistar y explorar aquel enorme país, y fundar una nueva nación entre sus feroces tribus, luchando no sólo con numerosas hordas de indios, sino también con hombres desalmados de su séquito, a manos de los cuales pereció traidoramente. Pizarro halló y dominó el país más rico de Nuevo Mundo, y, no obstante sus incomparables sufrimientos, vió realizados, más que ninguno de los otros conquistadores, los sueños dorados que todos perseguían. Probablemente ninguna otra conquista, en la historia del mundo, produjo tan rápida y deslumbradora riqueza, y ciertamente ninguna se compró más cara en punto a penalidades y heroísmo. Algunos historiadores ignorantes de los hechos reales, y obcecados por el prejuicio, han tratado muy injustamente la conquista de Pizarro; pero esa historia maravillosa, cuyos detalles relataremos más adelante, está depurándose y poniéndose en su lugar, como uno de los hechos más estupendos y atrevidos de la Historia. Es la de un héroe a quien todos los verdaderos americanos, jóvenes o viejos, harán justicia de buen grado. Por mucho tiempo se nos ha presentado a Pizarro como un conquistador sanguinario y cruel, como un hombre egoísta, inmoral y peligroso; pero bajo la clara y verdadera luz de la historia de los hechos, destaca ahora como uno de los más grandes hombres, hijos de su propio esfuerzo, y que, considerando las circunstancias que le rodearon, merece el mayor respeto y admiración por la figura que de sí mismo supo labrar. La conquista del Perú no causó ni con mucho tanto derramamiento de sangre como la sujeción final de las tribus indias de Virginia. Escasamente hizo tantas víctimas de peruanos como la guerra del «rey Philip»[8] y fué mucho menos sanguinaria, porque era más abierta y honrosa que cualquiera de las conquistas de Inglaterra en la India Oriental. En el Perú, los más cruentos sucesos ocurrieron después de la conquista, cuando los españoles empezaron a pelear unos contra otros, y entonces Pizarro no fué el agresor, sino la víctima. Todo se debió a la traición de sus propios aliados, de los hombres a quienes había procurado fama y fortuna. Sus conquistas se extendieron en una comarca tan vasta como los Estados de California, Oregón y una gran parte del de Washington, o como nuestro litoral desde Nueva Escocia a Port Royal y 200 millas tierra adentro, y en una tierra donde había abundantes indios mejor organizados y más adelantados del hemisferio Occidental; y esto lo llevo a cabo con menos de 300 hombres harapientos y desgarbados. ¡A tal grandeza llegó el pobre, ignorante y desvalido porquero de Trujillo! Fué uno de los grandes capitanes que han existido, y casi tan noble como organizador y como ejecutivo de un nuevo imperio, que fué el primero en la costa del Pacífico de la América del Sur.

Pedro de Valdivia, conquistador de Chile, sometió aquel vasto territorio de los crueles araucanos con un «ejército» de doscientos hombres. Estableció la primera colonia en Chile en 1540, y en el mes de febrero siguiente fundó la actual ciudad de Santiago de Chile. De sus largas y encarnizadas guerras con los araucanos no hablaremos aquí por falta de espacio. Fué muerto por los indígenas el día 3 de diciembre de 1553, con casi todos sus hombres, después de una desesperada e indescriptible lucha.

No tenemos aquí bastante espacio para relatar los portentosos hechos que ocurrieron en el continente del sur o en la parte inferior de la América del Norte: la conquista de Nicaragua, por Gil González Dávila, en 1523; la conquista de Guatemala, por Pedro de Alvarado, en 1524; la de Yucatán, por Francisco de Montijo, que empezó en 1526; la de Nueva Granada, por Gonzalo Jiménez de Quesada, en 1536; las conquistas y exploración de Bolivia, del Amazonas y del Orinoco (hasta cuyas cataratas habían penetrado los españoles en 1530, con casi sobrehumanos esfuerzos); las incomparables guerras con los araucanos en Chile (por espacio de dos siglos), con los tarrahumares en Chihuahua, con los tepehuenes en Durango y los indómitos yaquis en el noroeste de Méjico las proezas del capitán Martín de Hurdaile (el Daniel Boone de Sinaloa y Sonora), y de centenares de otros desconocidos españoles, que hubieran alcanzado renombre universal, si hubiesen sabido de ellos los trompeteros de la fama.


VI

LA VUELTA ALREDEDOR DEL MUNDO

Antes de que Cortés conquistase a Méjico, o que Pizarro y Valdivia viesen las tierras con las que debían asociar sus nombres para siempre, otros españoles—menos conquistadores, pero tan grandes exploradores como ellos—cambiaban rápidamente la geografía del Nuevo Mundo. También Francia se había despertado un poco; y en el año 1500 su bizarro hijo, el capitán Gonneville, se había embarcado. Pero entre él y el siguiente explorador, que fué un florentino pagado por los franceses, hubo un lapso de veinticuatro años; y en ese tiempo España llevó a cabo cuatro importantísimos hechos.

Fernao Magalhaes, a quien conocemos con el nombre de Fernando Magallanes, nació en Portugal el año de 1470; y al llegar a su viril edad adoptó la vida de marino, a la cual le inclinaba su carácter aventurero. En el Viejo Mundo no se hablaba más que del Nuevo, y Magallanes anhelaba explorar las Américas. Por haberle tratado muy desabridamente el rey de Portugal, se alistó bajo la bandera de España, donde se reconoció su talento. Salió de la Península, al mando de una expedición española, el 10 de agosto de 1519, y navegando más al sur de lo que fueran otros marinos, descubrió el Cabo de Hornos y el estrecho que lleva su nombre. El hado no le permitió llevar más lejos sus descubrimientos, ni recoger el galardón de los que realizara, pues durante ese viaje (en 1521) fué descuartizado por los indígenas de una de las islas Molucas. Su heroico lugarteniente, Juan Sebastián de Elcano, tomó entonces el mando y continuó el viaje hasta dar la vuelta al globo por vez primera en la historia. Cuando regresó a España, la Corona premió sus brillantes hechos y le dió, entre otros honores, un escudo que tenía por blasón un globo y el lema «tu primus circumdedisti me» (tú fuiste el primero en dar la vuelta en torno mío).

Juan Ponce de León, descubridor de la Florida, primer Estado de nuestra Unión que vieron los europeos, fué un explorador tan desgraciado como Magallanes; porque vino a la «Tierra de las flores», atraído por el fantástico mito de una fuente de perenne juventud, tan sólo para ser víctima de los indios que la habitaban. Ponce de León nació en San Servás (España), en el último tercio del siglo XV. Conquistó la isla de Puerto Rico, y embarcándose en 1512 en busca de la Florida, de la que tenía noticia por los indios, descubrió la nueva tierra el mismo año, y tomó posesión de ella en nombre de España. Se le dió el título de Adelantado de la Florida, y en el año 1521 volvió con tres buques para conquistar su nuevo país; pero fué mortalmente herido en una lucha con los indios, muriendo al regresar a Cuba. Fué uno de los bravos españoles que acompañaron a Colón en su segundo viaje a América, en 1493.

Mucho más que Ponce de León hizo Hernando de Soto en la Florida. Este valiente conquistador nació en Extremadura, hacia el año 1495. Pedro Arias de Avila tomó afecto a su joven y perspicaz pariente, le ayudó a obtener una educación universitaria, y en el año 1519 lo llevó consigo en su expedición a Darién. Soto ganó prestigio en el Nuevo Mundo, y llegó a ser considerado como un oficial prudente y valeroso. En 1528 mandó una expedición para explorar la costa de Guatemala y Yucatán; en 1523 llevó un refuerzo de 300 hombres para ayudar a Pizarro en la conquista del Perú. En aquella aurífera tierra, Soto obtuvo grandes riquezas, y el pobre soldado que desembarcara en América sin más que su espada y su escudo, volvió a España con lo que entonces se consideraba una enorme fortuna. Allí se casó con una hija de su protector Avila, y de este modo fué cuñado del descubridor del Pacífico, Balboa. Soto prestó una parte de su fácilmente adquirida fortuna al emperador Carlos, que con las constantes guerras había agotado el erario, y Carlos lo envió como gobernador de Cuba y Adelantado de la nueva provincia de la Florida. En 1538 se hizo a la mar con un ejército de seiscientos hombres muy bien equipados, grupo de aventureros atraídos a la bandera de su famoso compatriota por el deseo de hacer descubrimientos y hallar oro. La expedición desembarcó en la Florida, en la bahía del Espíritu Santo, en mayo de 1539, y volvió a tomar posesión de aquel ignoto desierto en nombre de España.

Pero el brillante éxito que alcanzó Soto en los montes del Perú, pareció abandonarle del todo en los pantanos de la Florida. Es digno de notarse que casi todos los exploradores que hicieron maravillas en la América del Sur, fracasaron cuando llevaban sus operaciones al continente del norte. Era tan completamente distinta la geografía física de ambos, que después de acostumbrarse a las necesidades del uno, el explorador parecía incapaz de adaptarse a las condiciones opuestas del otro.

Soto y sus hombres anduvieron errantes por la parte meridional de lo que es hoy Estados Unidos, por espacio de cuatro mortales años. Es probable que en sus viajes pasasen por los actuales Estados de la Florida, Georgia, Arkansas, Misisipí, Alabama, Luisiana y la parte nordeste de Tejas. En 1541 llegaron al río Misisipí, y fueron ellos los primeros europeos que vieron el padre de las aguas (en algún punto de su corriente excepto en su boca) un siglo y cuarto antes de que lo viesen los heroicos franceses Marquette y La Salle. Aquel invierno lo pasaron a lo largo del Washita, y al principio del verano de 1542, cuando regresaba Misisipí abajo, murió el valiente Soto, depositándose su cadáver en el lecho del copioso río que él había descubierto, doscientos años antes de que lo viese ningún «norteamericano». Sus hombres, maltrechos y descorazonados, pasaron allí un terrible invierno, y en 1543, al mando del teniente Moscoso, construyeron unos toscos buques, y bajaron en ellos por el río Misisipí hasta el golfo en diez y nueve días, realizando la primera navegación que se llevó a cabo en nuestra parte de América. Desde la desembocadura fueron costeando hacia Occidente, y al fin llegaron a Pánuco (Méjico), después de cinco años de penalidades y sufrimientos tales como jamás los experimentó ningún explorador sajón en las Américas. Cerca de un siglo y medio después que el desgarbado ejército de hombres famélicos de Soto tomara posesión de Luisiana en nombre de España, pasó aquel territorio a poder de los franceses, y a Francia lo compró los Estados Unidos al cabo de más de un siglo.

De modo que cuando Verazzano, el florentino enviado por Francia, llegó a América, en 1524, costeó el Atlántico desde un punto de La Carolina del Sur hasta Terranova, y publicó una breve descripción de lo que había visto, ya España había dado la vuelta al mundo; había llegado al extremo sur de América, conquistando un vasto territorio y descubierto más de media docena de nuestros actuales Estados, después de la última visita de un francés a América. Por lo que toca a Inglaterra, era casi tan desconocida en esta parte del mundo como si nunca hubiese existido.

Después de Ponce de León y antes que Soto, Francisco de Garay, conquistador de Tampico, visitó la Florida en 1518. Fué con el objeto de dominar aquel país; pero fracasó y murió poco después en Méjico, siendo probable que fuese envenenado por orden de Cortés. Dejó aún menos recuerdo de lo que hizo en la Florida que Ponce de León, y pertenece al número de exploradores españoles que, aun siendo verdaderos héroes, llevaron a cabo hechos de poca resonancia; y éstos fueron demasiado numerosos para hacer ni siquiera una lista de ellos.

En 1527 salió de España la expedición más desastrosa que se envió al Nuevo Mundo; expedición notable únicamente por dos cosas, fué tal vez la más desgraciada de que hay historia, y condujo al hombre que supo ser el primero en cruzar el Continente americano, el cual hizo verdaderamente una de las más asombrosas marchas a pie que se han realizado desde que el mundo es mundo. Pánfilo de Narváez, que tan vergonzosamente fracasó cuando fué a arrestar a Cortés, mandaba la expedición con autoridad para conquistar la Florida, y su tesorero era Alvaro Núñez Cabeza de Vaca. En 1528 desembarcó esa compañía en la Florida, y empezó desde luego una serie de horrores que ponen los pelos de punta. Los naufragios, los indígenas y el hambre causaron tal destrozo en la malhadada compañía, que cuando en 1529 los pieles rojas hicieron esclavos a Cabeza de Vaca y tres de sus compañeros, eran éstos los únicos supervivientes de la expedición.

Vaca y sus compañeros anduvieron al azar desde la Florida hasta el Golfo de California, sufriendo increíbles peligros y tormentos, y llegando allí después de andar errantes durante más de 8 años. El heroísmo de Cabeza de Vaca recibió su galardón. El rey le hizo gobernador del Paraguay en 1540; pero resultó tan inepto para este cargo como lo fué Colón para el de virrey, y no tardó en volver cargado de cadenas a España, donde murió.

Pero la relación que publicó de cuanto vió en ese pasmoso viaje (porque Vaca era un hombre educado y dejó dos libros muy interesantes y valiosos), hizo que sus compatriotas se determinasen a comenzar con empeño la exploración y colonización de lo que es hoy los Estados Unidos, a construir las primeras ciudades, y a labrar las primeras granjas en el país, que ha llegado a ser la nación más vasta del mundo.

Los treinta años que siguieron a la conquista de Méjico por Cortés, vieron un cambio asombroso en el Nuevo Mundo. En esos años ocurrieron maravillas. Brillantes descubrimientos, exploraciones sin igual, intrépidas conquistas y colonizaciones heroicas se siguieron unas a otras con vertiginosa rapidez; y, a excepción de las bizarras pero escasas proezas de los portugueses en la América del Sur, España fué la única que llevó a cabo esos hechos. Desde Kansas hasta el Cabo de Hornos era todo una vasta posesión española, salvo algunas partes del Brasil, donde el héroe portugués Cabral había sentado la planta en nombre de su país. Se construyeron centenares de poblaciones españolas; escuelas, universidades, imprentas, libros e iglesias españolas empezaban su obra de ilustración en los ignotos continentes de América, y los incansables secuaces de Santiago marchaban siempre adelante. La América, particularmente Méjico, era rápidamente colonizada por los españoles. El desarrollo de las colonias donde había recursos para mantener una población creciente era muy notable en relación a aquellos tiempos. La ciudad de Puebla, por ejemplo, en el Estado mejicano del mismo nombre, se fundó en 1532 y empezó con treinta y tres colonos, y en 1678 tenía 80,000 habitantes, que son veinte mil más de los que tenía la ciudad de Nueva York ciento veintidós años después.


VII

ESPAÑA EN LOS ESTADOS UNIDOS

Cortés era todavía capitán general cuando llegó Cabeza de Vaca a las colonias españolas, después de su correría de ocho años, portador de noticias de países extranjeros situados más al norte; pero Antonio de Mendoza era virrey de Méjico y superior a Cortés en jerarquía, y entre él y el conquistador traicionero había interminables disensiones. Cortés trabajaba para sí mismo; Mendoza, para España.

A medida que en Méjico se hacían más espesas las colonias españolas, la atención de los inquietos exploradores de mundos empezó a dirigirse hacia los misterios del vasto y desconocido país situado más al norte. Las cosas raras que Vaca había visto, y las más raras aún de que había oído hablar, no podían menos de excitar la curiosidad de los intrépidos aventureros a quienes las contaba. Lo cierto es que antes de un año de haber llegado a Méjico el primer viajero transcontinental, habían descubierto sus compatriotas dos más de nuestros actuales Estados como resultado directo de sus narraciones. Y ahora llegamos a uno de los hombres más calumniados de todos: Fray Marcos de Nizza, descubridor de Arizona y Nuevo Méjico.

Fray Marcos era natural de la provincia de Niza, que formaba entonces parte de Saboya, y debió llegar a América por el año 1531. Acompañó a Pizarro al Perú, y de allí volvió finalmente a Méjico. Fué el primero en explorar las tierras desconocidas de que Vaca había oído a los indios contar cosas tan estupendas, aun cuando él no las había visto: «las Siete Ciudades de Cibola, llenas de oro», y otras innumerables maravillas. Fray Marcos salió a pie de Culiacán (Sinaloa, borde occidental de Méjico) en la primavera de 1539, con el negro Estebanico, que fué uno de los compañeros de Vaca, y unos cuantos indios. Un hermano lego, Honorato, que salió con él, pronto cayó enfermo y no continuó el viaje. Ahora bien; esa fué una verdadera exploración española, un buen ejemplo de centenares de ellas: aquel denodado sacerdote, sin armas, con una veintena de hombres que no inspiraban confianza, emprendió una marcha de un año, a través de un desierto, donde, aun en estos días de ferrocarriles y carreteras, caminos y aguas alumbradas, hay hombres que mueren todos los años de sed, sin contar los millares que perecen a manos de los indios. Pero esas pequeñeces sólo servían para abrir el apetito de los españoles, y Fray Marcos siguió sufriendo el cansancio del camino hasta que, a principios de junio de 1539, llegó por fin a las Siete Ciudades de Cibola. Estas se hallaban al extremo occidental de Nuevo Méjico, cerca del actual y extraño pueblo indio de Zuñi, que es todo lo que queda de aquellas famosas ciudades, y está hoy casi lo mismo que como lo vió aquel heroico sacerdote hace trescientos cincuenta años. Al pie del pasmoso risco de Toyallahnah, la sagrada montaña de los truenos de Zuñi, el negro Estebanico fué muerto por los indios, y Fray Marcos se libró de igual suerte por haberse retirado a tiempo. Obtuvo cuantos informes pudo acerca de las extrañas y elevadas poblaciones que divisó, y regresó a Méjico con grandes noticias. Se le ha acusado de haber dado informes erróneos y exagerados; pero si sus críticos no hubiesen sido tan desconocedores de la calidad, de los indios y de sus tradiciones, no hubieran hablado de esta suerte. Las afirmaciones de Fray Marcos eran absolutamente verídicas.

Cuando el buen padre hizo su relación, bien se puede asegurar que todos aguzaron el oído en Nueva España, nombre que entonces se daba a Méjico, y en cuanto fué posible organizar una expedición armada, salió para las Siete Ciudades de Cibola, sirviéndola de guía el mismo Fray Marcos. De dicha expedición hablaremos en breve. Fray Marcos la acompañó hasta llegar a Zuñi, y entonces regresó a Méjico, baldado por el reumatismo, del cual nunca llegó a curarse. Murió en el convento de la ciudad de Méjico, en 25 de marzo de 1558.

El hombre a quien Fray Marcos condujo a las Siete Ciudades de Cibola fué el más grande explorador que jamás pisó el continente del norte, si bien sus exploraciones sólo le produjeron desastres y amarguras. Nos referimos a Francisco Vázquez de Coronado, natural de Salamanca (España). Coronado era joven, ambicioso y tenía ya renombre. Era gobernador de la provincia mejicana de Nueva Galicia, cuando supo la noticia referente a las Siete Ciudades. Mendoza, contra la fuerte oposición de Cortés, decidió efectuar una expedición, que libraría al país de unos cuantos centenares de audaces y jóvenes espadachines españoles que estaban reñidos con la paz, y al mismo tiempo a fin de conquistar nuevos países para la Corona. En consecuencia, puso a Coronado al frente de un grupo de unos doscientos cincuenta españoles, para que fuesen a colonizar las tierras descubiertas por Fray Marcos, con estrictas órdenes de no volver jamás.

Coronado salió de Culiacán con su pequeño ejército en los albores de 1540. Guiados por el incansable sacerdote, llegaron a Zuñi en julio, y tomaron el pueblo después de una lucha feroz, con lo cual terminaron entonces las hostilidades. Desde allí envió Coronado pequeñas expediciones a los extraños pueblos de Moqui, construídos sobre riscos (en la parte nordeste de Arizona), el gran Cañón del Colorado y al pueblo de Gemez, situado al norte de Nuevo Méjico. Durante aquel invierno trasladó todas sus fuerzas a Tiguex, donde se encuentra ahora la linda aldea Nuevo-Mejicana de Bernalillo en el Río Grande, y allí empeñó una seria y poco digna guerra con los indios pueblos de Tigua.

Allí fué donde oyó hablar del áureo mito que le tentó, haciéndole pasar tan duras penalidades, y que causó después la muerte a muchos centenares de hombres: la fábula de Quivira. Esta, según le aseguraban los indios de las vastas llanuras, era una ciudad toda de oro puro. En la primavera de 1541, Coronado y sus hombres salieron en busca de Quivira y marcharon a través de aquellas tremendas sabanas, hasta el centro de nuestro actual territorio indio. Allí, viendo que había sido engañado, Coronado hizo retroceder su ejército a Tiguex, y él, con 30 hombres, siguió adelante y atravesó el río Arkansas hasta llegar al extremo nordeste de Kansas, esto es, a tres cuartas partes de la distancia que media entre el Golfo de California y Nueva York, y mucho más si se tiene en cuenta los rodeos que dieron.

Encontró allí la tribu de los quiviras, salvajes nómadas que se dedicaban a la caza del búfalo, pero no tenían oro, ni sabían dónde se hallaba. Coronado regresó por fin a Bernalillo, después de un lapso de tres meses de incesantes marchas y horribles sufrimientos. Poco después de su vuelta, una caída del caballo puso su vida en grave peligro. Pasó la crisis; pero su salud quedó quebrantada, y descorazonado por sus dolencias físicas y por las infructíferas contrariedades de la inhospitalaria tierra que se propusiera colonizar abandonó el proyecto de poblar Nuevo Méjico y en el verano de 1542 regresó a Méjico con sus hombres. Su desobediencia al virrey, por haber abandonado su empresa, le hizo caer en disfavor, y pasó el resto de su vida en relativa obscuridad.

Triste final fué ese para el hombre notable que descubriera tantos miles de millas del sediento sudoeste, casi tres siglos antes de que lo viese ninguno de nuestros paisanos; para aquel soldado bien nacido, instruído y denodado, y que fué el ídolo de su tropa. Como explorador no tiene rival; pero como colonizador fracasó por completo. Habíase criado en la ciudad y no era montaraz; y acostumbrado solamente a vivir en Jalisco y las regiones de Méjico situadas junto al Golfo de California, no conocía los terribles desiertos de Arizona y Nuevo Méjico y no pudo acomodarse a aquel medio ambiente. Hasta medio siglo después que llegó un español nacido en la frontera de aquellas tierras áridas, no pudo colonizarse Nuevo Méjico con feliz éxito.

Mientras el descubridor del territorio indio y de Kansas iba en persecución de un mito de oro a través de las solitarias llanuras, sus compatriotas habían hallado y estaban explorando otro de nuestros Estados: nuestro dorado jardín de California. Hernando de Alarcón, en 1540, navegó por el río Colorado hasta una gran distancia del Golfo, probablemente hasta Great Bend, y en 1543 Juan Rodríguez Cabrillo exploró la costa californiana del Pacífico, hasta llegar a cien millas al norte del sitio donde tres siglos más tarde debía fundarse la ciudad de San Francisco.

Después de los desalentadores descubrimientos de Coronado, los españoles, durante muchos años, consagraron muy poca atención a Nuevo Méjico. ¡Bastante había que hacer en la Nueva España para tener ocupada por algún tiempo la indómita energía española en la civilización de su nuevo imperio! Fray Pedro de Gante había fundado en Méjico, en 1524, las primeras escuelas del Nuevo Mundo, y desde entonces todas las iglesias y conventos, en la América española, tenían adjunta una escuela de indios. En 1524 no había entre los innumerables millares de indios de Méjico uno solo que supiese lo que eran letras; pero veinte años después eran tantos los que habían aprendido a leer y escribir, que el obispo Zumárraga hizo imprimir para ellos un libro en su propio idioma. En 1543 había hasta escuelas industriales para aquellos indios. Ese buen obispo Zumárraga fué también el que trajo la primera prensa al Nuevo Mundo, en 1536. Se montó en la ciudad de Méjico y pronto empezó a trabajar activamente. El libro más antiguo impreso en América que hoy existe, salió de dicha prensa en 1539. La mayoría de los primeros libros que allí se imprimieron, tenían por objeto hacer inteligibles los dialectos indios; medida de humanitaria educación que no ha sabido copiar ninguna otra nación colonizadora en el Nuevo Mundo. La primera música que se imprimió en América, salió también de la misma prensa en 1548.

Lo más notable de todo, y que demuestra la actitud educadora de los españoles en los nuevos continentes, fué un resultado enteramente singular. No solamente su actividad intelectual creó entre ellos mismos una constelación de eminentes escritores, sino que, al cabo de pocos años, había una escuela de importantes autores indios. Sería una pérdida irreparable para el conocimiento de la verdadera historia de América, la de las crónicas de escritores indios tales como Tezozomoc, Camargo y Pomar, en Méjico; Juan de Santa Cruz, Pachacuti Yamqui Salcamayhua, en el Perú, y muchos otros. ¡Y qué ganancia no hubiera tenido la ciencia si nosotros nos hubiésemos tomado la pena de educar a nuestros aborígenes para que se prestasen tan útil ayuda a sí mismos y a los conocimientos humanos!

En todas las demás tareas intelectuales que conocía entonces el mundo, los hijos de España realizaban en América notables progresos. En geografía, en historia natural, en física y química y en otras ciencias, fueron en nuestros países los primeros, como lo habían sido en sus descubrimientos y exploraciones. Es un hecho pasmoso que, en época tan lejana como el año 1579, se hizo en público una autopsia del cadáver de un indio en la Universidad de Méjico para indagar la naturaleza de una epidemia que entonces causaba estragos en Nueva España. Es dudoso que en aquella época hubiesen llegado tan lejos en la misma ciudad de Londres. Y en libros de aquel período, que existen todavía, hallamos proyectos de armas de repetición, y hasta una inequívoca indicación del teléfono. ¡La primera prensa no llegó a las colonias inglesas de América hasta 1638! ¡Cerca de cien años a la zaga de Méjico! En todo el mundo tardaron en aparecer los periódicos; el primero auténtico de que hay noticia en la historia, se publicó en Alemania en 1615. En Inglaterra apareció el primero en 1622, y las colonias norteamericanas no tuvieron uno hasta 1704. «El Mercurio Volante», folleto que daba noticias, se publicaba en la ciudad de Méjico antes del año 1693.

Cuando las malas nuevas de Coronado se habían en gran parte olvidado, empezó otra incursión española hacia Nuevo Méjico y Arizona. Entre tanto habían ocurrido en la Florida importantes acontecimientos. Los muchos fracasos padecidos en ese desgraciado país, no desalentaron a los españoles en su empeño de colonizarlo. Por último, en 1560, se estableció allí de un modo permanente Avilés de Menéndez, español muy cruel, el cual, no obstante, tuvo el honor de fundar y dar nombre a la ciudad más antigua de los Estados Unidos—San Agustín,—en 1560. Menéndez encontró una pequeña colonia de hugonotes franceses que se habían desviado hasta allí el año antes al mando de Ribault, a los que él hizo prisioneros y los ahorcó, poniéndoles un cartel en que decía que habían sido ejecutados «no por ser franceses, sino por herejes». Dos años después, la expedición francesa de Dominique de Gourges se apoderó de los tres fuertes españoles que allí se habían construído, y ahorcó a los colonos, «no por ser españoles, sino por asesinos»; lo cual no dejó de ser una venganza muy ingeniosa como réplica; pero muy censurable por el hecho. En 1586 Sir Francis Drake, a cuyas aficiones piráticas hemos aludido ya, destruyó la floreciente colonia de San Agustín, que se volvió a construir en seguida. En 1763 España cedió la Florida a la Gran Bretaña, en cambio de la Habana, de que Albemarle habíase apoderado un año antes.

También es interesante el hecho de que los españoles estuvieron en Virgina cerca de 30 años antes de que Sir Walter Raleigh intentase establecer allí una colonia, y medio siglo largo antes de la visita de John Smith. Ya en 1556, la bahía de Chesapeake era conocida de los españoles con el nombre de Bahía de Santa María, y se había enviado allí, para colonizar el país, una expedición que fracasó.

En 1581 tres misioneros españoles, Fray Agustín Rodríguez, Fray Francisco López y Fray Juan de Santa María, salieron de Santa Bárbara (Chihuahua, Méjico) con una escolta de nueve soldados españoles al mando de Francisco Sánchez Chamuscado. Anduvieron trabajosamente a lo largo del Río Grande hasta donde se encuentra ahora Bernalillo, o sea en una marcha de unas mil millas. Allí quedaron los misioneros para enseñar la doctrina, mientras los soldados exploraban el país hasta Zuñi, y entonces regresaron a Santa Bárbara. Chamuscado murió en el camino. En cuanto a los valientes misioneros que quedaron atrás en el desierto, no tardaron en ser mártires, Fray Santa María fué muerto por los indios cerca de San Pedro, mientras realizaba una penosa caminata, solo y a pie, para volver a Méjico aquel otoño. Fray Rodríguez y Fray López fueron asesinados por su traicionero rebaño en Puaray, en diciembre de 1581.

Al año siguiente, Antonio de Espejo, opulento hijo de Córdoba, salió de Santa Bárbara (Chihuahua), con catorce hombres, para afrontar los desiertos y los salvajes de Nuevo Méjico. Anduvo Río Grande arriba hasta un poco más allá de donde ahora se halla Alburquerque, sin que le hiciesen resistencia los indios de la tribu Pueblo. Visitó sus ciudades de Zía, Jenez, la empinada Acoma, Zuñi y la lejana Moqui, y se internó bastante en la parte norte de Arizona. Volviendo al Río Grande, visitó el pueblo de Pecos, bajó por el río del mismo nombre a Tejas, y de allí cruzó de nuevo a Santa Bárbara. Tenía la intención de volver a colonizar Nuevo Méjico; pero su muerte (ocurrida probablemente en 1585) desbarató su plan, y el único resultado importante de su gigantesca jornada, fué una adición a los conocimientos geográficos de su época.

En 1590, Gaspar Castaño de Sosa, teniente gobernador de Nuevo León, estaba tan ansioso de explorar Nuevo Méjico, que organizó una expedición sin pedir permiso al virrey. Subió por el río Pecos y cruzó hasta el Río Grande; pero en el pueblo de Santo Domingo fué arrestado por el capitán Morlette, que había ido desde Méjico con ese solo objeto, y conducido a su destino con cadenas.

Juan de Oñate, colonizador de Nuevo Méjico y fundador de la segunda ciudad situada dentro de los límites de los Estados Unidos, como también de otra ciudad que es la segunda en antigüedad en el mismo país, nació en Zacatecas (Méjico). Su familia, procedente de Vizcaya, había descubierto en 1548 y poseía a la sazón algunas de las minas más ricas del mundo: las de Zacatecas. Pero, no obstante haber nacido de una familia que nadaba en oro, Oñate deseaba ser explorador. La Corona rehusó equipar nuevas expediciones para el norte, que tantos desengaños ofrecía, y por el año 1595 Oñate hizo un contrato con el virrey de Nueva España para colonizar Nuevo Méjico por su cuenta. Hizo todos los preparativos y equipó una costosa expedición. Justamente entonces fué nombrado otro virrey, el cual le tuvo esperando en Méjico con todos sus hombres por espacio de dos años, antes de darle el permiso necesario para emprender la marcha. Por fin, a principios de 1597, salió con su expedición, la cual le costó el equivalente de un millón de dólares antes de salir de viaje. Llevó consigo cuatrocientos colonos, incluso doscientos soldados, con mujeres y niños, y reses vacunas y lanares. Después de tomar posesión de Nuevo Méjico el 30 de mayo de 1598, marchó Río Grande arriba hasta donde se halla hoy la aldehuela Chamita, al norte de Santa Fe y allí fundó, en septiembre de aquel año, San Gabriel de los Españoles, segunda ciudad establecida en los Estados Unidos.

Oñate fué notable no tan sólo por su éxito en colonizar un país tan adusto como era aquél, sino también como explorador. Reconoció todo el país; viajó hasta Acoma, y sofocó una rebelión de los indios, y en el año 1600 efectuó una expedición hasta la misma Nebraska. En 1604, con treinta hombres, marchó desde San Gabriel y a través de aquel árido desierto hasta el Golfo de California, regresando a San Gabriel en abril de 1605. Por entonces los ingleses no se habían internado en América más que a cuarenta o cincuenta millas de la costa del Atlántico.

En 1605 Oñate fundó la ciudad de Santa Fe, de San Francisco, respecto de cuya antigüedad se han escrito muchas fábulas inverosímiles. La ciudad ha llegado a celebrar el 333.º aniversario de su fundación, veinte años antes de cumplir los tres siglos.

En 1606 Oñate hizo otra expedición a tierras lejanas del nordeste; pero de ella no se sabe casi nada, y en 1608 fué substituído por Pedro de Peralta, segundo gobernador de Nuevo Méjico.

Oñate era de mediana edad cuando realizó estos notables hechos. Nacido en la frontera, avezado a los desiertos, dotado de gran tenacidad, sangre fría y conocimiento de la guerra de frontera, era el hombre a propósito para establecer con éxito las primeras importantes colonias en los Estados Unidos, en los lugares más difíciles y peligrosos.


VIII

DOS CONTINENTES DOMINADOS

Tal era, pues, la situación del Nuevo Mundo al empezar el siglo XVIII. España, después de descubrir las Américas, en poco más de cien años de incesante exploración y conquista, había logrado arraigar y estaba civilizando ambos países. Había construído en el Nuevo Mundo centenares de ciudades, cuyos extremos distaban más de cinco mil millas, con todas las ventajas de la civilización que entonces se conocían, y dos ciudades en lo que es ahora los Estados Unidos, habiendo penetrado los españoles en veinte de dichos Estados. Francia había hecho unas pocas cautelosas expediciones, que no produjeron ningún fruto, y Portugal había fundado unas cuantas poblaciones de poca importancia en la América del Sur. Inglaterra había permanecido durante todo el siglo en una magistral inacción, y entre el Cabo de Hornos y el Polo Norte no había ni una mala casuca inglesa, ni un solo hijo de Inglaterra.

El que en tiempos posteriores haya cambiado por completo la situación; el que España (mayormente porque se desangró por una conquista tan enorme que ni aun hoy podría nación alguna dar los hombres o el dinero necesarios para poner la empresa al nivel del progreso mundial) no haya vuelto a recobrar su antiguo poderío y esté ahora inactiva en comparación con la joven y gigantesca nación que ha crecido desde entonces en el imperio que ella inició, no exime a la historia de América del deber de hacerle justicia por su pasado. Si no hubiese existido España hace 400 años, no existirían hoy los Estados Unidos. Para todo verdadero americano es el de su país un relato que fascina, porque todo el que lleva ese nombre, admira el heroísmo y es amante de la justicia, y antes que nada le interesa conocer la verdad respecto de su patria.

Por los años de 1680, el valle del Río Grande, en Nuevo Méjico, estaba salpicado de caseríos españoles desde Santa Cruz hasta más allá de Socorro, o sea en una extensión de 200 millas, y había también colonias en el valle de Taos hacia el extremo norte del territorio. Desde 1600 a 1680 se habían hecho numerosas expediciones a través del sudoeste, penetrando hasta el mortífero Llano Estacado. El heroísmo con que se conservó por tanto tiempo el sudoeste, no fué menos maravilloso que la exploración que lo descubrió. La vida de los colonos era una lucha diaria con la avara Naturaleza—porque Nuevo Méjico nunca fué feraz—teniendo, además, que afrontar mortales peligros. Durante tres siglos fueron incesantemente hostilizados por los terribles apaches, y hasta 1680 no les dejaron en paz los conatos de insurrección de los indios pueblos, quienes vivían entre ellos y los rodeaban. Las afirmaciones de los historiadores de gabinete, de que los españoles esclavizaron a los pueblos o a otros indios de Nuevo Méjico; de que les obligaban a escoger entre el cristianismo y la muerte; que les forzaban a trabajar en las minas, y otras cosas por el estilo, son enteramente inexactas. Todo el régimen de España para con los indios del Nuevo Mundo fué de humanidad y de justicia, de educación y de persuasión moral, y aun cuando hubo, como es natural, algunos individuos que violaron las estrictas leyes de su país respecto al trato de los indios, recibieron por ello el condigno castigo.

Sin embargo, la mera presencia de extranjeros en su tierra, fué bastante para sublevar la naturaleza celosa de los indios, y en 1680 estalló, sin causa alguna, entre los pieles rojas de Pueblo Rebelión, un complot para hacer una matanza. Había entonces en el territorio mil quinientos españoles, que vivían en Santa Fe y en granjas o caseríos dispersos, pues hacía tiempo que Chamita había sido abandonada.

Treinta y cuatro ciudades de la tribu Pueblo tomaron parte en la rebelión, bajo la dirección de un peligroso indio Tehua, llamado Popé. Emisarios secretos habían ido de pueblo en pueblo, y la matanza de españoles se efectuó simultáneamente en todo el territorio. En ese 10 de agosto de 1680, de triste recordación, más de cuatrocientos españoles fueron asesinados, incluso veintiuno de los bondadosos misioneros que, desarmados y solos, se habían esparcido por aquel desierto con el objeto de salvar las almas e iluminar las inteligencias de los naturales.

Antonio de Otermín, que era entonces gobernador y capitán general de Nuevo Méjico, fué atacado en su capital de Santa Fe por un ejército de indios muy numeroso. Los 120 soldados españoles que estaban encerrados en su pequeña ciudad de adobe, pronto se hallaron en la imposibilidad de resistir por más tiempo al enjambre de sitiadores, y después de una semana de desesperada defensa, hicieron una salida y se abrieron paso hasta ponerse a salvo, llevándose consigo sus mujeres y sus hijos. Se retiraron después Río Grande abajo, evitando una emboscada que les habían preparado los indios en Sandia; llegaron al pueblo de Isleta, doce millas más abajo de la antigua ciudad de Alburquerque, sanos y salvos; pero la aldea estaba desierta y los españoles se vieron obligados a continuar su huída hacia El Paso (Tejas), que no era entonces más que una misión española para los indios.

En 1681 el gobernador Otermín hizo una incursión hacia el norte hasta el pueblo de Cochití, veinticinco millas al oeste de Santa Fe, en la margen del Río Grande; pero los indios hostiles le obligaron a retirarse de nuevo a El Paso. En 1687, Pedro Reneros Posada llevó a cabo otra arremetida en Nuevo Méjico y tomó el pueblo roqueño de Santa Ana, después de un brillante y sangriento asalto. Pero también tuvo que retirarse. En 1688, Domingo Gironza Petriz de Cruzate, el más bizarro soldado de Nuevo Méjico, realizó una expedición en la que tomó por asalto el pueblo de Zía, hecho todavía más notable que el de Posada, y a su vez se retiró a El Paso.

Por último, el conquistador definitivo de Nuevo Méjico, Diego de Vargas, llegó en 1692. Marchando a Santa Fe, y de allí hasta el fin de Moqui, con sólo ochenta y nueve hombres, visitó todos los pueblos de la provincia, sin encontrar oposición por parte de los indios, los cuales habían sido completamente acobardados por Cruzate. Volviendo a El Paso, regresó a Nuevo Méjico en 1693, esta vez con unos ciento cincuenta soldados y unos cuantos colonos. Entonces estaban los indios preparados y le hicieron la más sangrienta recepción de que hay memoria en Nuevo Méjico. Se levantaron primero en Santa Fe, y tuvo que asaltar esa ciudad, que logró tomar después de dos días de lucha. Luego comenzó el sitio de Mesa Negra de San Ildefonso, el cual se prolongó durante nueve meses. Los indios habían trasladado su aldea a la cima de aquel Gibraltar de Nuevo Méjico, y allí resistieron cuatro atrevidos asaltos, hasta que por fin se vieron obligados a rendirse.

Entre tanto Vargas había asaltado la inexpugnable ciudadela de San Diego Viejo y el saliente risco de San Diego de Gemez, dos proezas que con el asalto del Peñol de Mistrol (Jalisco, Méjico) y el de la ingente roca de Acoma, pueden considerarse como los dos asaltos más maravillosos en toda la historia de América. La toma de Quebec no puede compararse con ellos.

Estas costosas lecciones tuvieron a los indios quietos hasta 1696, en que de nuevo se levantaron. Esta rebelión no fué tan formidable como la primera; pero ocasionó otro derramamiento de sangre en Nuevo Méjico, y sólo pudo sofocarse después de una lucha de tres meses. Ya los españoles eran dueños de la situación; y la dominación de esa revuelta puso fin a todos los disturbios de los indios pueblos, los cuales subsisten hasta hoy entre nosotros casi en el mismo número de entonces, aun cuando con menos ciudades, como una raza quieta, pacífica, cristianizada, de labradores industriosos, que son monumentos vivos del humanitarismo y la enseñanza moral de sus conquistadores.

Luego vino el último siglo, una lúgubre centuria de incesante hostilidad por parte de los apaches, navajos y comaches, y alguna que otra vez por los utes; hostilidad que apenas había cesado hace diez años. Las guerras con los indios eran tan constantes; tan innumerables las exploraciones [como esa asombrosa tentativa para abrir un camino desde San Antonio de Béjar (Tejas) a Monterrey de California] que el heroísmo individual de aquellos hombres se pierde en su pasmosa multitud.

Hace más de dos siglos los españoles exploraron Tejas, y no tardaron en establecerse allí. Hubo algunas pequeñas expediciones; pero la primera de alguna magnitud fué la de Alonso de León, gobernador del Estado mejicano de Coahuila, que hizo extensas exploraciones en Tejas en 1689. Al principio del siglo pasado había varios poblados y presidios españoles en lo que más de cien años después debía ser el más vasto de los Estados Unidos.

La colonización española de Colorado no fué muy extensa, y no tenían ciudades al norte del río Arkansas; pero hasta en poblar dicho Estado nos precedieron de medio siglo, como se adelantaron varios siglos en descubrirlo.

En California los españoles fueron muy activos. Durante largo tiempo hicieron varias expediciones sin resultado. Entonces fueron los franciscanos, en 1769, a la bahía de San Diego; desembarcaron en la desierta playa, donde se yergue hoy un hotel americano que ha costado un millón de dólares, y en el acto empezaron a educar a los indios, a plantar olivares y viñedos y a construir las imponentes iglesias tan admirablemente descritas por el autor de «Ramona»[9], las cuales perdurarán sin duda como monumentos de una fe sublime hasta mucho después que la raza que las alzó desaparezca de la haz de la tierra.

California tuvo una larga serie de gobernadores españoles antes de adquirir nosotros aquel Estado-jardín de los Estados, y el último de ellos fué el valiente, el cortés, el amable anciano Pío Pico, que falleció hace poco. Los españoles descubrieron allí oro hace siglos, y lo explotaron diez años antes de que un «norteamericano» soñase en los preciosos depósitos que habían de influir tanto en la civilización, y con otros diez años de antelación, hallaron los ricos «placeres» de Nuevo Méjico.

En Arizona, el padre Francisco Eusebio Kuehne (a quien otros llaman Quino), jesuíta austriaco de nacimiento, pero bajo auspicios españoles, fué el primero en establecer las misiones del río Gila, desde 1689 hasta 1717, año en que murió. Hizo lo menos cuatro terribles jornadas a pie desde Sonora al Gila, y bajó por este río hasta su afluencia con el Colorado. Sería sumamente interesante, si lo permitiese el espacio, seguir paso a paso las andanzas y proezas de los misioneros españoles, esos exploradores pacíficos de América que han dejado tan profundas huellas en todo el sudoeste. Su celo y su heroísmo eran infinitos. No había desierto bastante terrible para ellos; no había peligro asaz espantoso. Solos, inermes, atravesaron las tierras más inhospitalarias e hicieron frente a los salvajes más sanguinarios; dejando en las vidas de los indios un monumento más soberbio que el que han dejado los exploradores armados y los ejércitos conquistadores.

Lo que antecede es un sucinto sumario de las primeras exploraciones de América, las únicas que se hicieron durante más de un siglo, y las más asombrosas durante otra centuria. En cuanto a la grande y maravillosa obra que al fin han realizado los de nuestra sangre, no tan sólo en conquistar parte de un continente, sino en formar una poderosa nación, no necesita el lector que yo le ayude a comprenderla, puesto que ya está debidamente consignada en la historia. El transcribir todas las heroicidades de los exploradores, llenaría no ya este libro, sino toda una biblioteca. He creído más conveniente, en vista del extenso campo que ofrecen, hacer un breve bosquejo como el que hecho queda, y luego ilustrarlo agregando, con detalles, unos pocos ejemplos elegidos de entre un gran número de hechos heroicos. He indicado ya cuantas conquistas y exploraciones y peligros se llevaron a cabo, y ahora voy a exponer en breves páginas, una muestra de lo que realmente eran las conquistas y exploraciones y la fortaleza de los españoles.


II

Los primeros caminantes
en América


I

EL PRIMER CAMINANTE EN AMÉRICA

Las proezas de un explorador son de las más importantes, como son también de las más fascinadoras que presentan los heroísmos humanos. Las cualidades físicas y mentales necesarias para su labor, son raras y admirables. Ha de reunir muchas condiciones y sobresalir en cada una de ellas; ha de ser el hombre completo que se propuso hacer la Naturaleza. No necesita su cuerpo ser tan fuerte como el de Sansón, ni su mente como la de Napoleón, ni tener un corazón mayor que todos los hombres. Pero necesita que su cuerpo, su mente y su corazón sean los de un hombre fuerte. Apenas hay otra profesión en que cada músculo, por decirlo así, de su triple naturaleza, se ponga más constantemente o más equilibradamente en juego.

Es un hecho curioso que algunos de los más grandes descubrimientos son debidos al azar. Muchos de los más importantes que registra la historia de la humanidad, se deben a hombres que no buscaban la gran verdad que descubrieron. La ciencia es el resultado no tan sólo del estudio, sino de inapreciables accidentes; y esto mismo puede decirse de la historia. Ofrece un estudio interesante de por sí, la influencia que felices equivocaciones y fortuitos sucesos tuvieran en la civilización.

En las exploraciones, como en los inventos, algunos de los éxitos se deben a un mero accidente. Algunas de las exploraciones más valiosas fueron realizadas por hombres que no tenían más idea de ser exploradores que de inventar un ferrocarril hasta la luna, y es un hecho curioso que la primera exploración del interior de América y las dos jornadas más portentosas que en ella se hicieron, no sólo fueron accidentes, sino desdichas y contrariedades que coronaron los esfuerzos de hombres que esperaban hallar algo muy distinto.

Las exploraciones, ya sean intencionadas o involuntarias, no sólo han producido grandes resultados para la civilización, sino que, además, han sido causa de los hechos más heroicos de la humanidad. Particularmente América ha sido quizá el campo donde se han llevado a cabo las más grandes y asombrosas jornadas; pero los dos hombres que hicieron las más pasmosas que se han realizado en toda la América, nos son casi desconocidos. Son héroes cuyos nombres suenan como si fuesen griego para la gran mayoría de los norteamericanos, no obstante ser hombres a los que precisamente los norteamericanos debieran considerar con profundo interés y admiración. Esos héroes fueron Alvaro Núñez Cabeza de Vaca, el primero que viajó en América, y Andrés Docampo, el que recorrió en este Continente la mayor distancia.

En un mundo tan grande, tan viejo y tan lleno de hechos memorables como este en que vivimos, es sumamente difícil poder decir de cualquier hombre que fué «el más grande de todos», en tal o cual cosa, y aun tratándose de marchas a pie, ha habido tantas y tan notables, que hasta desconocemos algunas de las más pasmosas. Como exploradores, ni Vaca ni Docampo rayaron a gran altura, por más que las exploraciones del último no son de despreciar y las de Vaca fueron muy importantes. Pero, como proezas de resistencia física, las jornadas de estos olvidados héroes puede afirmarse con toda seguridad que no tienen paralelo en la historia. Fueron las marchas más estupendas que ha podido hacer hombre alguno. Ambos las realizaron en América, y la mayor parte de sus caminatas las hicieron en lo que es hoy los Estados Unidos.

Cabeza de Vaca fué realmente el primer europeo que penetró en lo que era entonces el «obscuro continente» de Norteamérica, como fué el primero que lo cruzó siglos antes que otro cualquiera. Sus nueve años de marchas a pie, sin armas, desnudo, hambriento, entre fieras y hombres más fieros todavía, sin otra escolta que tres camaradas tan malhadados como él, ofrecieron al mundo la primera visión del interior de los Estados Unidos y dieron pie a algunos de los hechos más excitantes y trascendentales que se relacionan con su temprana historia. Casi un siglo antes de que los Padres Peregrinos estableciesen su noble comunidad en la costa de Massachusetts; setenta y cinco años antes de que se instalase el primer poblado inglés en el Nuevo Mundo, y más de una generación antes de que hubiese un solo colono de la raza caucásica de cualquier nación dentro del área que hoy ocupan los Estados Unidos, Cabeza de Vaca y sus desharrapados acompañantes atravesaron penosamente este país desconocido.

¡Mucho tiempo ha pasado desde aquellos días! Enrique VIII era a la sazón rey de Inglaterra, y desde entonces han ocupado aquel trono diez y seis monarcas[10]. Elisabet, la reina virgen, no había nacido cuando Cabeza de Vaca emprendió su tremenda jornada, y no empezó a reinar hasta veinte años después que él terminara. Ocurrió el hecho cincuenta años antes de que naciese el capitán John Smith, fundador de Virginia; una generación antes del nacimiento de Shakespeare, y dos y media generaciones antes de Milton Henry Hudson, el famoso explorador que ha dado nombre a uno de nuestros principales ríos, no había nacido todavía. El mismo Colón hacía menos de veinticinco años que había muerto, y al conquistador de Méjico sólo le quedaban diez y siete años de vida. Hasta sesenta años después no supo el mundo lo que era un periódico, y los mejores geógrafos todavía creían posible el navegar a través de América para llegar al Asia. No había entonces un hombre blanco en América más al norte de la mitad de Méjico, ni se había internado ninguno doscientas millas en este desierto continental, del cual se sabía casi menos de lo que hoy sabemos de la luna.

El nombre de Cabeza de Vaca nos parece a nosotros muy raro por lo que literalmente significa. Pero este curioso apellido era muy honroso en España y representaba un noble timbre. Fué ganado en la batalla de las Navas de Tolosa en el siglo XIII, uno de los combates decisivos en todos aquellos siglos de guerra con los moros. El abuelo de Alvaro fué también un hombre notable, puesto que conquistó las islas Canarias.

Nació Alvaro en Jerez de la Frontera a fines del siglo XV. Muy poco sabemos de los primeros años de su vida, excepto que había ganado ya algún renombre cuando en 1527, siendo ya un hombre maduro, vino al Nuevo Mundo. En dicho año le hallamos embarcándose en España como tesorero y alguacil mayor de la expedición de 600 hombres con que Pánfilo de Narváez trató de conquistar y colonizar Florida, que descubriera Ponce de León diez años antes.

Llegaron a Santo Domingo, y de allí salieron para Cuba. El Viernes Santo de 1528, diez meses después de haber salido de España, llegaron a la Florida, y desembarcaron en el punto que hoy se llama bahía de Tampa. Tomando solemne posesión de aquel país en nombre de España, salieron a explorar y conquistar aquel desierto. En Santo Domingo ya los habían diezmado un naufragio y varias deserciones, de modo que, de los primitivos 600 hombres, sólo quedaron trescientos cuarenta y cinco. Apenas habían llegado a la Florida, empezaron a caer sobre ellos las más terribles desgracias, y cada día empeoraba su situación. Estaban casi desprovistos de subsistencias; los indios hostiles les rodeaban por todos lados, y los innumerables ríos, lagos y pantanos hacían su marcha difícil y peligrosa. El pequeño ejército iba disminuyendo rápidamente por la guerra y el hambre, y entre los supervivientes producíanse motines con frecuencia. Tan debilitados se hallaban, que no pudieron siquiera regresar a sus buques. Luchando por fin para llegar al punto más cercano de la costa, muy al oeste de la bahía de Tampa, decidieron que su única salvación estaba en construir barcos para ir costeando hasta las colonias españolas de Méjico. Con mucho trabajo lograron construir cinco toscos buques, y los infelices se lanzaron a navegar hacia poniente, costeando el golfo. Fuertes tormentas separaron los barcos, que naufragaron uno tras otro. Muchos de los infortunados aventureros perecieron ahogados,—Narváez entre ellos—y muchos que fueron arrojados sobre una costa inhospitalaria, perecieron igualmente por los rigores de la intemperie y del hambre. Los supervivientes se vieron obligados a alimentarse con los cadáveres de sus compañeros. De los cinco barcos, tres se habían ido a pique con todos los tripulantes; de los ochenta hombres que se salvaron del naufragio, sólo quince sobrevivieron. Todas sus armas y sus ropas estaban en el fondo del golfo.

Los supervivientes arribaron a la isla del Mal Hado. No sabemos de la situación de esa isla sino que estaba al oeste de la boca del Misisipí. Sus barcos habían cruzado la caudalosa corriente donde desemboca en el golfo, y ellos fueron los primeros europeos que vieron esa parte del Padre de las Aguas. Los indios de la isla, que no tenían otros alimentos que raíces, bayas y pescado, trataron a sus infelices huéspedes tan generosamente como pudieron, y Cabeza de Vaca habla de ellos con mucho agradecimiento.

En la primavera, los trece compañeros que le quedaron, determinaron escaparse. Cabeza de Vaca estaba demasiado enfermo para andar, y lo abandonaron a su suerte. Otros dos enfermos, Oviedo y Alaniz, también se quedaron, y no tardó en perecer el último de ellos. Se halló, pues, Cabeza de Vaca en una lamentable situación. Hecho un verdadero esqueleto, casi imposibilitado de moverse, abandonado por sus amigos y a la merced de los salvajes, no es extraño, como él nos dice, que se le cayese el alma a los pies. Pero era uno de esos hombres que no cejan en su empresa. Un espíritu fuerte sostenía aquel pobre cuerpo débil y demacrado; y cuando el tiempo fué más favorable, Cabeza de Vaca recuperó lentamente la salud.

Cerca de seis años estuvo viviendo una vida enteramente solitaria, pasando de una tribu de indios a otra, unas veces como esclavo y otras como un despreciable paria. Oviedo huyó a la vista de algún peligro, y no volvió a saberse de él; Cabeza de Vaca lo afrontó y salió con vida. No cabe la menor duda de que sus sufrimientos eran casi insoportables. Hasta cuando no era víctima de algún trato brutal, se le miraba como un estorbo, como un inútil intruso, entre pobres indígenas que vivían del modo más miserable y precario. El hecho de no haberle quitado la vida, habla en favor de los sentimientos humanitarios de éstos.

Los trece que escaparon, tuvieron peor suerte. Cayeron en manos de indios crueles, y todos fueron muertos, excepto tres, a quienes se reservó el duro hado de la esclavitud. Estos tres fueron Andrés Dorantes, natural de Béjar; Alonso del Castillo Maldonado, natural de Salamanca, y el negro Estebanico, que nació en Azamor (Africa). Estos tres y Cabeza de Vaca fueron todo el remanente de los valerosos cuatrocientos cincuenta hombres (entre los que no se cuentan los que desertaron en Santo Domingo) que salieron tan esperanzados de España en 1527, para conquistar un rincón del Nuevo Mundo; cuatro sombras desnudas, atormentadas, temblorosas; y aun éstos vivían separados, si bien de vez en cuando sabían el uno del otro e hicieron varias tentativas para juntarse. Hasta septiembre de 1534 (cerca de siete años después), no lograron reunirse Dorantes, Castillo, Estebanico y Cabeza de Vaca; y el sitio donde tuvieron esta dicha fué por la parte oriental de Tejas, al oeste del río Sabina.

Pero los seis años de soledad y de inefables sufrimientos de Cabeza de Vaca no fueron vanos; porque sin saberlo halló la llave de la seguridad, y entre todos aquellos horrores, y sin soñar en su significado, tropezó con la extraña e interesante clave que debía salvarles a todos. Sin eso, los cuatro hubieran perecido en el desierto y nunca hubiera tenido el mundo conocimiento de su fin.

Mientras se hallaban en la isla del Mal Hado, se les hizo una proposición que parecía el colmo de la ridiculez. «En aquella isla—dice Cabeza de Vaca,—querían hacernos doctores, sin examinarnos ni pedirnos nuestros diplomas, porque ellos mismos curan las enfermedades soplando al enfermo. Con ese soplo y con sus manos le libran de la enfermedad, y querían que nosotros hiciésemos lo mismo para que les fuésemos de alguna utilidad. Al oir esto nos reímos, diciéndoles que se burlaban, y que nosotros no sabíamos curar, por lo cual nos privaron de todo alimento hasta que hiciésemos lo que querían. Y viendo nuestra terquedad, me dijo un indio que yo no les comprendía; pues no era necesario que nadie supiese cómo se hace, porque las mismas piedras y otras cosas de la Naturaleza tienen propiedad de curar, y que nosotros, por ser hombres, debíamos ciertamente tener mayor poder.»

Esto que dijo el indio viejo, era muy característico y daba la clave de las notables supersticiones de la raza. Pero, por supuesto, los españoles aún no lo entendían.

Luego, los indígenas se trasladaron al Continente. Vivían siempre en la más abyecta pobreza, y muchos de ellos murieron de hambre y por efecto de los rigores de su miserable existencia. Durante tres meses del año «sólo tenían mariscos y agua muy mala»; y en otras épocas únicamente bayas y otras plantas, y se pasaban el año yendo de aquí para allá en busca de ese escaso y poco substancioso alimento.

Es de celebrar el que Cabeza fuese completamente inútil a los indios. Como guerrero no les servía, porque en su estado de debilitamiento no podía ni siquiera manejar el arco. Como cazador, también era inservible, porque, como él mismo dice, «le era imposible seguir el rastro de los animales». No podía ayudarles a llevar agua o leña ni en otras faenas por el estilo, porque era hombre, y sus amos indios no podían consentir que un hombre hiciese el trabajo de una mujer. Así es que, entre aquellos hambrientos nómadas, un hombre que en nada podía ayudarles y a quien tenían que alimentar, constituía una carga pesada, y fué milagro que no le quitasen la vida. En estas circunstancias, Cabeza empezó a caminar de un sitio a otro. Sus indiferentes amos no prestaban atención a sus movimientos, y gradualmente fué haciendo más largos viajes hacia el norte y a lo largo de la costa. Con el tiempo cogió una oportunidad de hacer tráfico, al cual le animaron los indios, contentos al fin de que su «elefante blanco» fuese útil para algo. De las tribus del norte les trajo pieles y almagre (tierra roja indispensable para embadurnarse la cara los indígenas), hojuelas de pedernal para hacer cabezas de flecha, juncos fuertes para astiles de las mismas y borlas de pelo de gamo teñidas de rojo. Estos objetos los cambiaba fácilmente entre las tribus de la costa por conchas y cuentas de madreperla y otros por el estilo, los cuales, a su vez, tenían demanda entre sus parroquianos del norte.

Por causa de sus constantes guerras, no podían los indios aventurarse a salir de sus propios terrenos; así es que aquel negociante intermediario era para ellos una conveniencia, que sostenían. Por lo que a él toca, aun cuando la vida que llevaba era de grandes sufrimientos, iba constantemente adquiriendo conocimientos, que habían de serle sumamente útiles para su acariciado plan de volver al mundo. En esas expediciones solitarias de su comercio, recorrió a pie miles de millas por un desierto sin caminos, de manera que la suma de sus viajes fué mucho mayor que la de cualquiera de sus compañeros de fatigas.

En una de esas largas y terribles marchas le ocurrió a Cabeza de Vaca un incidente sumamente interesante. Fué el primer europeo que vió el gran bisonte norteamericano, el búfalo, cuya raza casi se ha extinguido en los últimos diez años, pero que en otro tiempo vagaba por las llanuras en grandes manadas. Los vió y comió su carne en la región del río Colorado de Tejas, y nos ha dejado una descripción de esas «vacas con joroba». Ninguno de sus compañeros llegó a ver una, porque cuando los cuatro españoles viajaron después juntos, pasaron por el sur del país de los búfalos.

Entre tanto, como he dicho ya, el desventurado y casi desnudo traficante, se vió obligado a ejercer las funciones de médico. El no comprendía de cuánto podía servirle esta involuntaria profesión; al principio se vió forzado a adoptarla, y después la siguió no por gusto, sino para librarse de desazones. «No servía para otra cosa más que para médico.» Había aprendido el tratamiento peculiar de los magos aborígenes; pero no sus ideas fundamentales. Los indios todavía consideran la enfermedad como una «posesión del espíritu»; y la idea que tienen de la medicina no es tanto el curar la enfermedad, como el exorcizar los malos espíritus que la causan.

Esto se hace, aun hoy día, por medio de la prestidigitación y de un galimatías. El médico indio chupaba la parte enferma y pretendía extraer una piedra o una espina que se suponía era la causa de la dolencia, y así el paciente quedaba «curado». Cabeza de Vaca empezó a «practicar medicina» a la manera de los indios, y él mismo dice: «He probado este sistema y daba buen resultado».

Cuando los cuatro errabundos se juntaron por fin, después de su larga separación—durante la cual habían sufrido indecibles horrores—Cabeza tenía, aunque de un modo muy vago, un rayo de esperanza. Su primer proyecto fué escaparse de sus amos. Diez meses tardaron en llevarlo a cabo, y entre tanto grandes fueron sus apuros, como lo habían sido constantemente por muchos años. A veces se alimentaban con una ración diaria de dos puñados de guisantes silvestres y un poco de agua. Cabeza refiere que consideró como una merced de la providencia que le permitiesen raspar pieles para los indios, pues guardaba cuidadosamente las raspaduras, que le servían de alimento muchos días. No tenían ni ropa ni lugar donde guarecerse, y la constante exposición al calor y al frío y los millares de espinas que tenía la vegetación de aquel país, les hacían «soltar la piel como si fuesen culebras».

Por fin, en el mes de agosto de 1535, los cuatro compañeros de sufrimiento se escaparon a una tribu llamada de los avavares. Entonces empezó para ellos una nueva carrera. A fin de que sus camaradas no fuesen tan inútiles como él había sido, Cabeza de Vaca les instruyó en las «artes» de los médicos indios, y los cuatro empezaron a poner en práctica su nueva profesión. A los ensalmos y encantamientos que de ordinario empleaban los indios, aquellos humildes cristianos añadían fervientes oraciones al verdadero Dios. Era una especie de «curación por medio de la fe» del siglo XVI; y naturalmente entre aquellos enfermos supersticiosos era muy eficaz. Aquellos aficionados pero sinceros doctores, con una humildad edificante, atribuían sus numerosas curas enteramente a la intervención divina; pero empezaron a darse cuenta de que esto podía influir grandemente en hacer cambiar su suerte. De errabundos, desnudos, hambrientos, despreciables mendigos y esclavos de salvajes brutales que eran, se convirtieron de repente en personajes notables, pobres y dolientes todavía como eran todos sus enfermos; pero pobres de gran poder. No hay cuento de hadas tan novelesco como la carrera que de allí en adelante realizaron aquellos hombres pobres y valerosos, caminando dolorosamente a través de un continente, como amos y bienhechores de aquella hueste de salvajes.

Yendo con toda suerte de penalidades de tribu en tribu, lenta y sufridamente cruzaron los exorcistas blancos el territorio de Tejas, hasta llegar cerca del actual Nuevo Méjico. Los historiadores de gabinete vienen repitiendo que entraron en Nuevo Méjico y llegaron hacia el norte, hasta donde hoy se asienta Santa Fe. Pero la moderna investigación científica ha comprobado de un modo absoluto que, saliendo de Tejas, pasaron por Chihuahua y Sonora y jamás vieron ni una pulgada de Nuevo Méjico.

En cada nueva tribu los españoles se detenían algún tiempo para curar a los enfermos. En todas partes eran tratados con la mayor consideración que podían demostrarles sus míseros huéspedes y hasta con religiosa reverencia. Su progreso es una lección objetiva muy valiosa, pues demuestra cómo se forman algunos mitos indios: primero es el afortunado exorcista que, a su muerte o al marcharse, se recuerda como un héroe; después se le venera como un semidiós y, por último, como una divinidad.

En los Estados mejicanos hallaron primero agricultores indios que vivían en chozas de césped y ramas y cultivaban judías y calabazas. Estos eran los jovas, que constituían una rama de los pimas. De las decenas de tribus que visitaron en nuestros actuales Estados del Sur, ni una sola ha sido identificada. Eran miserables criaturas errantes que hace mucho tiempo desaparecieron de la tierra. Pero en la Sierra Madre de Méjico encontraron indios más inteligentes, cuya raza subsiste todavía. Allí vieron que los hombres iban desnudos, mientras que las mujeres mostrábanse «muy honestas en el vestir», usando túnicas de algodón que ellas mismas tejían, con medias mangas y una falda hasta la rodilla, y por encima otra falda de gamuza curtida que llegaba hasta el suelo y se amarraba por delante con unas correas. Lavaban su ropa con una raíz saponífera llamada amole, que usan igualmente los indios y los mejicanos en toda la región del sudoeste. Aquellas gentes dieron a Cabeza de Vaca algunas turquesas y cinco cabezas de fecha labrada, cada una de una sola esmeralda.

En esta aldea del sudoeste de Sonora permanecieron los españoles tres días, alimentándose de corazones de gamo, por lo cual la llamaron «Pueblo de los corazones».

A una jornada de allí tropezaron con un indio que llevaba en su collar la hebilla de un tahalí y un clavo de herradura; y sintieron palpitar su corazón al ver, después de ocho años de andar errantes, estas señales de la proximidad de los europeos. El indio les dijo que unos hombres de barbas largas como ellos habían venido del cielo y hecho la guerra a su gente.

Los españoles entraban entonces en Sinaloa y se hallaron en una tierra fértil regada por varios ríos. Los indios tenían un miedo cerval porque dos bárbaros de una clase que era muy rara entre los conquistadores españoles (y que me complazco en decir que fueron castigados por quebrantar las estrictas leyes de España), estaban tratando de coger esclavos. Los soldados se habían marchado; pero Cabeza de Vaca y Estebanico, con once indios, les siguieron rápidamente la pista y al día siguiente alcanzaron a cuatro españoles, quienes les condujeron a su pillastre capitán, Diego de Alcaraz. Mucho le costó a este oficial dar crédito al asombroso relato que le hizo aquel hombre desharrapado, roto, hirsuto y estrafalario; pero después templóse su frialdad y extendió un certificado de la fecha y condición en que se le había presentado Cabeza de Vaca y entonces envió a buscar a Dorantes y Castillo. Cinco días después llegaron éstos, acompañados de varios centenares de indios.

Alcaraz y su socio en crímenes, Cebreros, querían esclavizar a aquellos aborígenes; pero Cabeza de Vaca, sin parar mientes en el peligro que corría, se opuso, indignado, a este infame proyecto, y al fin obligó a aquellos villanos a que lo abandonasen. Los indios se salvaron; pero, en medio de la alegría que les produjo el volver al mundo, los caminantes españoles se separaron con verdadera pena de aquellos buenos y sencillos amigos. Después de unos cuantos días de pesado viaje, llegaron a Culiacán, sobre el primero de mayo de 1536, y allí fueron calurosamente recibidos por el malogrado héroe Melchor Díaz. Este condujo al ignoto norte una de las primeras expediciones (1539), y en 1540, durante una segunda expedición a California, a través de una parte de Arizona, fué muerto accidentalmente.

Después de un corto descanso los viandantes salieron para Compostela, que era entonces la población principal de la provincia de Nueva Galicia, pequeña jornada de trescientas millas a través de una tierra en que pululaban indios hostiles. Por fin llegaron a la ciudad de Méjico sanos y salvos, y fueron allí recibidos con grandes honores. Pero tardaron mucho tiempo en acostumbrarse a los alimentos y a la ropa de la gente civilizada.

El negro se quedó en Méjico. Cabeza de Vaca, Castillo y Dorantes se embarcaron para España el 10 de abril de 1537 y llegaron en agosto. El héroe principal nunca volvió a la América del Norte; pero se dice que Dorantes estuvo allí al siguiente año. Las noticias que dieron de lo que habían visto y de los extraños países situados más al norte, de que habían oído hablar, hicieron que se enviasen las notables expediciones que condujeron al descubrimiento de Arizona, Nuevo Méjico, el Territorio Indio, Kansas y Colorado, y la construcción de las primeras ciudades europeas dentro de los Estados Unidos. Estebanico tomó parte, con Fray Marcos, en el descubrimiento de Nuevo Méjico, y fué asesinado por los indios.

Cabeza de Vaca, como premio por su incomparable marcha de mucho más de diez mil millas en una tierra desconocida, fué nombrado gobernador de Paraguay en 1540. No tenía condiciones para ese cargo, y regresó a España, bajo una acusación ignominiosa. Que no fué culpable, sin embargo, sino más bien la víctima de las circunstancias, lo indica el hecho de que fué rehabilitado y se le asignó una pensión de dos mil ducados. Murió en Sevilla a una edad avanzada.


II