Título original: Mission of Gravity

Traducción: Carlos Gardini - 1954

Ediciones B.S.A.

1 — TORMENTA DE INVIERNO

El viento cruzaba la bahía como si fuera un ser viviente. Rasgaba la superficie en jirones, resultando difícil discernir dónde terminaba el líquido y dónde comenzaba la atmósfera; levantaba olas donde el Bree habría zozobrado como una astilla, para disolverlas a continuación en impalpable espuma antes de que se hubieran elevado medio metro.

Pese a estar encaramado en la balsa de popa del Bree, Barlennan sólo recibía la espuma, ya que la nave permanecía a buen recaudo en la costa.

Barlennan no era supersticioso; sin embargo, estando tan cerca del Borde del Mundo era imposible prever lo que ocurriría. Aun sus tripulantes, que no eran precisamente imaginativos, demostraban cierta inquietud. Mascullaban que allí reinaba la mala suerte: lo que vivía más allá del Borde y enviaba esas temibles borrascas invernales que se internaban miles de kilómetros en el Mundo no debía de querer que lo molestaran. Cada accidente provocaba nuevos cuchicheos, y los accidentes ocurrían a menudo. Para el capitán era obvio que cualquiera podía cometer un error cuando pesaba un kilo en vez de los habituales doscientos cincuenta; pero, al parecer, se necesitaba cierta educación o, al menos, el hábito del pensamiento lógico para darse cuenta de ello.

Incluso Dondragmer, que no era ningún tonto… Barlennan tensó su largo cuerpo y casi rugió una orden antes de comprender lo que sucedía a dos balsas de distancia. Al parecer, el primer piloto había escogido ese momento para revisar uno de los mástiles, aprovechando la falta de peso para saltar hacia arriba desde la cubierta. Pese a que la mayoría de los tripulantes del Bree se habían habituado a esas triquiñuelas, era un espectáculo sensacional verle en lo alto, apoyado precariamente en sus seis patas traseras. Pero no era esto lo que impresionaba a Barlennan. Pesando un kilogramo, si uno no se aferraba a algo, echaba a volar al primer soplo de brisa; y nadie podía aferrarse a nada con seis patas que servían para caminar. Cuando llegara esa tormenta… Pero, aunque el capitán hubiera gritado a todo pulmón, ya era imposible lograr que se oyera una orden. Había empezado a reptar hacia la escena cuando vio que el primer piloto había sujetado algunas cuerdas al arnés y la cubierta, y que estaba amarrado con tanta firmeza como el mástil en el que trabajaba.

Barlennan se relajó. Sabía por qué Dondragmer lo había hecho: un mero acto de desafío a lo que provocaba esa tormenta, y un modo de inculcar esa actitud a la tripulación. «Buen sujeto», pensó Barlennan, mirando nuevamente hacia la bahía.

Ningún testigo habría podido distinguir dónde estaba la línea de la costa. Un torbellino enceguecedor de espuma blanca y arena blancuzca lo ocultaba todo en cien metros a la redonda del Bree, ahora incluso resultaba difícil ver la nave, pues los goterones de metano repiqueteaban como balas, empañándole la corteza ocular. Al menos la cubierta seguía aún firme como una roca; a pesar de su liviandad, la nave no parecía a punto de echar a volar. «No tiene por qué», pensó sombríamente el capitán, recordando las veintenas de cables amarrados a las anclas hundidas y a los árboles bajos que tachonaban la playa. No tenía por qué, en efecto, pero no sería la primera nave que desaparecía al aventurarse tan cerca del Borde. Tal vez los recelos de la tripulación acerca del Volador tenían alguna justificación. A fin de cuentas, aquella extraña criatura le había persuadido de establecerse durante el invierno, aunque sin prometer ninguna protección para la nave y los tripulantes. Aun así, si el Volador quería destruirlos, podía hacerlo con facilidad y certeza sin necesidad de seducirlos con una treta. Si esa enorme estructura donde viajaba se montaba sobre el Bree, aun allí, donde el peso significaba tan poco, quedaría poco que decir. Barlennan pensó en otros asuntos para ahuyentar el normal horror mesklinita a permanecer un solo instante bajo algo sólido.

Los tripulantes se habían refugiado bajo los paños de cubierta, y hasta el piloto dejó de trabajar cuando llegó la borrasca. Todos estaban presentes; Barlennan había contado las protuberancias que jalonaban la tela protectora mientras aún podía ver la nave entera.

Los cazadores no habían salido, pues ningún marinero necesitó la advertencia del Volador sobre la proximidad de la tormenta. Ninguno de ellos se había alejado más de ocho kilómetros de la nave en los últimos diez días, y ocho kilómetros no era distancia para viajar con ese peso.

Tenían provisiones en abundancia; Barlennan no era tonto, y hacía lo posible para no contratar tontos. De todas formas, prefería los alimentos frescos. Se preguntó cuánto tiempo estarían varados por culpa de esa tormenta; las señales no indicaban eso, aunque anunciaban con claridad la proximidad de la perturbación. Quizás el Volador lo supiera.

En todo caso, ya no podía hacer nada más con la nave, así que tendría que hablar con aquella extraña criatura. Barlennan afín sentía un escozor de incredulidad cada vez que miraba el artilugio que le había dado el Volador, y nunca se cansaba de comprobar sus poderes.

Lo guardaba bajo una tela protectora en la balsa de popa. Era un bloque sólido de casi ocho centímetros de longitud y unos cuatro de anchura y altura. En la superficie plana de un extremo tenía una zona transparente que parecía un ojo y que al parecer funcionaba como tal. Aparte de ese rasgo, sólo presentaba un orificio redondo en uno de los lados largos. El bloque estaba apoyado con la cara hacia arriba, y el «ojo» se proyectaba ligeramente bajo la tela del refugio. El paño volaba a favor del viento, así que la tela se adhería a la chata superficie superior de la máquina.

Barlennan introdujo un brazo bajo el paño, buscó el orificio a tientas e insertó su pinza.

Dentro no había partes móviles, como interruptores o botones, pero eso no le molestaba.

Nunca había visto artilugios semejantes, así como no había visto relés térmicos, fotónicos o de capacidad. Sabía, por experiencia, que si insertaba algo opaco en el orificio, el Volador se enteraba, y también sabía que era inútil devanarse los sesos para averiguar de qué forma lo hacía. «Es como enseñar navegación a un bebé de diez días», pensaba a veces con desconsuelo. La inteligencia estaba allí — al menos era reconfortante creerlo—, pero faltaban años de experiencia.

— Habla Charles Lackland — dijo abruptamente la máquina, interrumpiendo sus cavilaciones —. ¿Eres tú, Barl?.

— Habla Barlennan, Charles — respondió el capitán en el idioma del Volador, pues ya empezaba a dominarlo.

— Me alegra tener noticias tuyas. ¿Teníamos razón en cuanto a esa ligera brisa?

— Vino cuando tú lo predijiste. Aguarda un instante… Sí, trae nieve. No lo había notado.

Aún no veo polvo.

— Llegará. Ese volcán debe de haber vomitado en el aire quince kilómetros cúbicos de polvo, que ha estado propagándose durante días.

Barlennan no respondió. El volcán en cuestión aún era tema de controversia entre ellos, pues estaba situado en una comarca de Mesklin que, según los conocimientos geográficos de Barlennan, no existía.

— Me preguntaba cuánto durará esta tormenta, Charles. Creo que tu gente puede verla desde arriba y que debería conocer la extensión.

— ¿Ya estáis en apuros? El invierno apenas empieza. Os faltan miles de días para salir de allí.

— Lo sé. Tenemos mucha comida, pero en ocasiones queremos comer algo fresco, y nos gustaría saber de antemano cuando podremos enviar una partida de caza.

— Entiendo. Me terno que tendréis que planearlo con cuidado. Yo no estuve aquí el invierno pasado, pero me parece que en esta época las tormentas de la zona son prácticamente continuas. ¿Alguna vez estuviste en el ecuador?

— ¿Dónde?

— En el… Bien, supongo que os referís al ecuador cuando habláis del Borde.

— No, nunca estuve tan cerca e ignoro si alguien podría acercarse más. Creo que si nos internáramos más en el mar, perderíamos todo peso y echaríamos a volar.

— Bien, si te sirve de consuelo, te equivocas. Si continuaras viaje, tu peso aumentaría de nuevo. Ahora te encuentras en pleno ecuador, el sitio donde el peso es menor. Por eso estoy aquí. Empiezo a comprender por qué no quieres creer que hay tierras mucho más al norte. Pensaba que no nos entendíamos por problemas idiomáticos. Quizás ahora tengas tiempo para describirme tus ideas sobre la naturaleza del mundo. O quizá tengas mapas.

— Tengo un Cuenco en la balsa de popa, desde luego. Pero me temo que ahora no podrás verla, pues el sol acaba de ponerse y Esstes no da luz suficiente para ver a través de estas nubes. Cuando salga el sol te la mostraré. Mis mapas planos no servirían de mucho, ya que ninguno de ellos abarca territorio suficiente para dar una buena imagen.

— De acuerdo. Pero mientras esperamos el amanecer puedes darme una idea verbal.

— En la escuela me enseñaron que Mesklin es un cuenco grande y hueco. La parte donde vive la mayoría de la gente está cerca del fondo, el punto donde el peso es mayor.

Los filósofos entienden que el peso es causado por el tirón de una enorme placa chata, situada en el lugar donde se apoya Mesklin; cuanto más nos acercamos al Borde, menos pesamos, porque nos alejamos de esa placa. Nadie sabe sobre qué se apoya la placa, aunque hemos oído muchas creencias raras acerca de ese tema entre las razas menos civilizadas.

— Yo diría que, si tus filósofos están en lo cierto, irías cuesta arriba cada vez que te alejaras del centro y todos los océanos correrían hacia el punto más bajo — exclamó Lackland —. ¿Alguna vez les preguntaste eso a tus filósofos?

— Cuando era pequeño vi una imagen completa. El diagrama del profesor mostraba muchas líneas que ascendían desde la placa y se curvaban para encontrarse por encima del centro de Mesklin. Atravesaban el cuenco de forma recta y no oblicua, a causa de la curva. El profesor dijo que el peso operaba a lo largo de las líneas y no de forma recta y descendente en dirección a la placa — replicó el capitán —. No lo entendí del todo, pero parecía funcionar. Dijo que la teoría estaba demostrada, ya que las distancias medidas en los mapas concordaban con lo que debían ser según la teoría. Eso lo entiendo y parece sensato. Si la forma no fuera como ellos piensan, las distancias no coincidirían en cuanto te alejaras del punto estándar.

— Correcto. Veo que tus filósofos son versados en geometría. Sin embargo, no entiendo por qué no han comprendido que hay dos formas de resolver el problema de la distancia.

A fin de cuentas, ¿no ves que la superficie de Mesklin se curva hacia abajo? Si tu teoría fuera cierta, el horizonte estaría encima de ti. ¿Qué dices a eso?

— ¡Oh, lo está! Por eso, aun las tribus más primitivas saben que el mundo tiene forma de cuenco. Sólo se ve distinto aquí, cerca del Borde. Creo que está relacionado con la luz.

En definitiva, el sol sale y se pone aquí incluso en verano, y no me sorprende que las cosas presenten un aspecto un poco raro. Vaya, si hasta parece que el… horizonte, así lo llamaste, ¿no? Bien, parece que el horizonte está más cerca del norte y el sur, que del este y el oeste. Se ve una nave a mucha mayor distancia hacia el este o el oeste. Es la luz.

— Hum. Tu argumento me resulta algo difícil de rebatir en este momento. — Barlennan no estaba tan familiarizado con el idioma del Volador cromo para detectar el tono irónico.

Nunca estuve en la superficie lejos del… Borde… y personalmente no puedo estar. No sabía que allí las cosas se vieran tal como tú las describes y, por el momento, no entiendo por qué es así. Espero verlo cuando recibas ese aparato de radiovisión en nuestro pequeño encuentro.

— Me deleitará oír tu explicación acerca de por qué nuestros filósofos están equivocados — respondió Barlennan cortésmente —. Cuando estés preparado, desde luego. Entretanto, sigo deseando saber si puedes informarme acerca de cuándo habrá una pausa en la tormenta.

— Tardaré unos minutos en recibir un informe de la estación de Toorey. Te llamaré al amanecer. A esa hora podré darte el pronóstico y habrá luz suficiente para que me muestres el Cuenco. ¿De acuerdo?

— Excelente. Esperaré.

Barlennan se agazapó junto a la radio mientras la tormenta aullaba en derredor. Los goterones de metano que se estrellaban contra su espalda blindada no le molestaban.

Golpeaban con más fuerza a mayor altitud. En ocasiones se sacudía para expulsar la pátina de amoníaco que se acumulaba en la balsa, pero aun eso era una molestia menor, al menos hasta ahora. A mediados del invierno, dentro de cinco o seis mil días, el amoníaco se derretiría a pleno sol, y poco después se congelaría de nuevo. La idea era alejar el líquido de la nave — o la nave del líquido— antes de la segunda helada, pues de lo contrario los tripulantes de Barlennan tendrían que arrancar doscientas balsas de la playa.

El Bree no era un barco fluvial, sino una nave oceánica.

El Volador tardó sólo los escasos minutos prometidos en obtener la información, y su voz resonó una vez más en el diminuto artefacto mientras el levante alumbraba las nubes de la bahía.

— Me temo que yo tenía razón, Barl. No hay pausa a la vista. El casquete de hielo se está derritiendo en casi todo el hemisferio norte, un término que para ti no significa nada.

Las tormentas suelen durar todo el invierno. En las latitudes meridionales más altas llegan por separado porque se dividen en células muy pequeñas al alejarse del ecuador, por efecto de la desviación de Coriolis.

— ¿De qué?

— La misma fuerza que hace que los proyectiles que arrojas viren tanto hacia la izquierda… Al menos, aunque nunca lo he visto en estas condiciones, es lo que debería ocurrir en este planeta.

— ¿Qué es «arrojar»?

— Bien, «arrojar» es coger un objeto, alzarlo e impulsarlo lejos de ti para que viaje cierta distancia antes de chocar contra el suelo.

— En los países razonables no hacemos eso. Aquí podemos hacer muchas cosas que allá son imposibles o muy peligrosas. Si yo «arrojara» algo en mi país, podría caer sobre alguien…, muy probablemente, sobre mí.

— Pensándolo bien, eso sería malo. Ahí tenéis tres G, lo cual ya es bastante; en los polos hay casi setecientas. Aun así, si hallaras algo tan pequeño como para que tus músculos pudieran arrojarlo, ¿por qué no podrías atajarlo, o al menos resistir el impacto?

— La situación me resulta difícil de imaginar, pero creo saber la respuesta. No hay tiempo. Si sueltas algo, arrojándolo o no, choca contra el suelo en un santiamén.

— Entiendo…, o creo entender. Dábamos por sentado que teníais una reacción temporal acorde con vuestra gravedad, pero veo que eso es puro antropocentrismo. Creo que lo entiendo.

— Lo que pude entender de tu charla me parece razonable. Es evidente que somos distintos, y quizá nunca comprendamos cuánto. De cualquier modo, al menos somos tan parecidos como para conversar… y llegar a lo que espero sea un acuerdo mutuamente provechoso.

— Ya lo creo. Por cierto, para ello tendrás que darme una idea de los sitios a los que quieres ir, y yo tendré que señalar en tus mapas el sitio a donde quiero que vayas.

¿Podemos echar una ojeada a ese Cuenco? Ya hay luz suficiente para el visor.

Barlennan se dirigió hacia un lugar de la balsa cubierto por una tienda más pequeña, aferrándose a las cornamusas. Abrió la tienda y la plegó, exponiendo una zona libre de la cubierta; luego regresó, sujetó cuatro cables alrededor de la radio, los fijó a cornamusas situadas estratégicamente, alzó la tapa de la radio y empezó a desplazarla por la cubierta.

Pesaba un poco más que él, pese a que sus dimensiones lineales eran menores, pero no correría ningún riesgo de que el viento se la arrebatara. La tormenta no había amainado, y la cubierta temblaba. Con el ojo del aparato vuelto hacia el Cuenco, apuntaló el otro extremo con palos para que el Volador pudiera mirar hacia abajo. Luego se desplazó hacia el otro lado del Cuenco e inició su exposición.

Lackland tenía que admitir que el mapa del Cuenco era lógico y preciso. Su curvatura era muy semejante a la del planeta, como él había esperado. El error más grave era su forma cóncava, de acuerdo con la idea que tenían los nativos acerca de la forma de su mundo. Presentaba unos quince centímetros de diámetro y tres de profundidad en el centro. El mapa estaba protegido por una pátina transparente — probablemente hielo, supuso Lackland—, que formaba una superficie continua con la cubierta. Esto impedía ver los detalles con claridad, pero no podían alzarla sin que el cuenco se llenara de nieve de amoníaco. La nieve se estaba amontonando donde no soplaba el viento. Aquella playa estaba relativamente guarecida, pero tanto Lackland como Barlennan podían imaginar lo que ocurría allende las colinas que se alzaban paralelamente en el sur. El segundo estaba secretamente satisfecho de ser marino. El viaje terrestre por esos parajes resultaría engorroso durante miles de días.

— He tratado de mantener mis mapas actualizados — dijo, mientras se sentaba frente al «representante» del Volador —. Sin embargo, no intenté introducir cambios en el Cuenco porque las nuevas regiones que registramos mientras navegábamos hacia aquí no tenían extensión suficiente. Te puedo mostrar pocos detalles, pero tú querías una idea general del rumbo que seguiríamos al salir de aquí.

— Bien, en realidad, a mí me da lo mismo. Puedo comprar y vender en cualquier parte, y por el momento llevo pocas cosas a bordo salvo comida. Además, no me quedará mucha cuando haya terminado el invierno; así que había planeado, desde nuestra charla, navegar por un tiempo cerca de las zonas de poco peso y recoger vegetales que se pueden obtener aquí, materiales valiosos para las gentes del sur por su efecto sobre el sabor de la comida.

— ¿Especias?

— Si así denominas esos productos, sí. Los he transportado antes y saben bastante bien. Se pueden obtener buenas ganancia con una sola carga, como la mayoría de los bienes cuyo valor depende menos de su utilidad que de su rareza.

— ¿Debo entender, pues, que una vez que hayas cargado aquí no te importa mucho hacia dónde ir?

— En efecto. Si no me equivoco, tu misión nos llevará cerca del Centro, lo cual está bien… Cuanto más al sur vayamos, mejores precios obtendré. Y la duración adicional del viaje no representará un peligro, pues tú nos ayudarás como conviniste.

— Exacto. Eso es excelente, aunque ojalá hubiéramos podido encontrar algo para ofrecerte en pago, así no tendrías que perder tiempo recogiendo especias.

— Bien, tenemos que comer. Tú dices que vuestros cuerpos y, por ende, vuestros alimentos, están hechos de sustancias muy diferentes, así que no podemos ingerir lo que vosotros coméis. Con franqueza, no se me ocurre ninguna materia prima que yo no pudiera conseguir fácilmente en la cantidad deseada. Mi idea favorita es la de obtener alguna de vuestras máquinas, pero dices que habría que construirlas de nuevo para que funcionaran en nuestro mundo. Creo que hemos llegado al mejor acuerdo posible, dadas las circunstancias.

— Así es. Incluso esta radio fue construida específicamente para esta tarea, y tú no podrías repararla… Tu gente, a menos que esté yo muy equivocado, no posee las herramientas necesarias. Sin embargo, durante el viaje hablaremos nuevamente de esto; quizá las cosas que ambos aprendamos abran nuevas y mejores posibilidades.

— Sin duda — respondió cortésmente Barlennan.

No mencionó, por cierto, la posibilidad de que sus propios planes tuvieran éxito. El Volador no los habría aprobado.

2 — EL VOLADOR

El pronóstico del Volador era atinado: pasaron cuatrocientos días hasta que se produjo una pausa en la tormenta. Durante ese período, el Volador habló cinco veces con Barlennan por la radio, siempre iniciando la charla con un breve pronóstico meteorológico y continuando con una conversación más general de uno o dos días consecutivos.

Barlennan había notado, cuando aprendía el idioma de esa extraña criatura y realizaba visitas personales a su puesto de la Colina, cerca de la bahía, que parecía tener un ciclo vital extrañamente regular; descubrió que podía hallar al Volador durmiendo o comiendo a horas muy previsibles, que parecían cumplir un ciclo de ochenta días. Barlennan no era filósofo — pensaba, como la mayoría, que un filósofo era un soñador sin sentido práctico— y no se detuvo a analizar un hecho que concernía a una criatura exótica, aunque sin duda interesante. Nada en la experiencia del mesklinita lo capacitaba para deducir la existencia de un mundo que tardaba ochenta veces más en rotar sobre su eje.

— ¡Barl! — El Volador no se molestó con preliminares, sabiendo que el mesklinita siempre estaba cerca de la radio —. La estación de Toorey llamó hace unos minutos. Hay una zona relativamente despejada que se desplaza hacia nosotros. No saben cómo serán los vientos, pero pueden ver el suelo, así habrá buena visibilidad. Si tus cazadores quieren salir, yo diría que el viento no los arrastrará, siempre que esperen hasta que las nubes se hayan marchado durante veinte o treinta días. Después de eso, tendremos muy buen tiempo en un período de cien días. Me avisarán con antelación suficiente para que tu gente regrese a la nave.

— Pero, ¿cómo recibirán tu aviso?. Si yo les dejo llevar esta radio, no podré hablar contigo sobre nuestros asuntos, y de lo contrario… — Estuve pensando en ello — interrumpió Lackland —. Creo que será mejor que subas aquí en cuanto amaine el viento. Te daré otro equipo. Es preferible que tengas varios.

Cincuenta mil kilómetros tal como vuela el cuervo, como decimos por aquí, y no sé cuánto en barco o por tierra.

El giro de Lackland ocasionó una demora; Lackland le explicó que había querido decir «en línea recta» pero Barlennan quiso saber qué era un cuervo y qué era volar. Lo primero resultó bastante fácil de explicar. En cuanto a una criatura viviente que volara por sus propios medios, para Barlennan era más inconcebible y aterrador que «arrojar».

Consideraba que la capacidad de Lackland para viajar por el aire era algo tan exótico que, en realidad, no lo asimilaba del todo. Lackland, en parte, lo comprendía.

— Hay otra razón por la cual quiero reunirme contigo — dijo —. En cuanto el tiempo les permita aterrizar, traerán un tanque. Quizá si ves el aterrizaje del cohete te acostumbres un poco más a la idea de volar.

— Quizá — dijo Barlennan con un titubeo—, pero no sé si quiero ver el aterrizaje de tu cohete. Ya lo vi una vez, y no quisiera que algún tripulante estuviese presente en ese momento.

— ¿Por qué no? ¿Crees que el susto sería contraproducente?

— No — respondió con franqueza el mesklinita —. No quiero que ninguno de ellos me vea a mí tan asustado como pienso que estaré.

— Me sorprendes, capitán — comentó jovialmente Lackland. — Sin embargo, entiendo tus sentimientos, y te aseguro que el cohete no pasará por encima de ti. Si esperas junto a la pared de mi domo, dirigiré al piloto por radio para cerciorarme de ello.

— Pero ¿cuánto se acercará?

— Pasará a bastante distancia, te lo prometo. No sólo por tu comodidad, sino por mi seguridad. Para aterrizar en este mundo, incluso en el Ecuador, será necesario que el piloto use mucha potencia. No quiero que la descarga me incendie el domo.

— De acuerdo, iré. Como dices, sería una comodidad disponer de más radios. ¿Qué es el «tanque» que mencionaste?

— Es una máquina que me llevará por tierra, de la misma forma que tu nave te llevará por mar. La verás dentro de pocos días, o de pocas horas.

Los amigos del Volador, instalados en la luna interior de Mesklin, habían profetizado correctamente. El capitán, agazapado en la popa, contó sólo diez amaneceres hasta que una claridad en la bruma y una mengua en el viento le indicaron, como de costumbre, que se aproximaba el ojo de la tormenta. Por su propia experiencia estaba dispuesto a creer, como había señalado el Volador, que el período de calma duraría cien o doscientos días.

Con un silbido que habría reventado los tímpanos de Lackland si el Volador hubiera podido oír una frecuencia tan alta, llamó la atención de sus tripulantes.

— Organizaremos dos grupos de caza. Dondragmer encabezará uno, y Merkoos, el otro; cada cual se llevará nueve hombres de su propia elección. Yo permaneceré en la nave para coordinar, pues el Volador nos dará más máquinas parlantes. Iré a la Colina del Volador en cuanto el cielo esté despejado; sus amigos traerán las máquinas de arriba, junto con otras cosas que necesitan, así que todos los tripulantes permanecerán cerca de la nave hasta mi regreso. ¿Acordamos salir treinta días después de mi partida?

— Pero ¿es conveniente que abandones la nave tan pronto? Los vientos aún serán fuertes.

El piloto era demasiado buen amigo para que la pregunta resultara impertinente, aunque algunos capitanes se habrían ofuscado ante semejante objeción. Barlennan agitó las pinzas de un modo que denotaba una sonrisa.

— Tienes razón. Sin embargo, quiero ahorrar tiempo, y la Colina del Volador está a sólo un kilómetro.

— Pero… — Además, está a favor del viento. Tenemos mucha cuerda en los armarios; me haré sujetar dos al arnés, y dos de los hombres aflojarán las cuerdas a través de las bitas a medida que avanzo. Terblannen y Hars se encargarán de ello bajo tu supervisión, Dondragmer. Es probable que yo pierda pie, pero si el viento cobrara tanta fuerza como para romper una buena cuerda marina, el Bree ya estaría kilómetros tierra adentro.

— Pero, con sólo perder pie…, supón que te elevaras en el aire… — Dondragmer aún estaba preocupado, y ese pensamiento turbó incluso a su capitán.

— Una caída, sí. Pero recuerda que estarnos cerca del Borde. Sobre el Borde, dice el Volador, y le creo cuando miró hacia el norte desde la cima de la Colina. Como algunos habéis descubierto, una caída aquí no significa nada.

— Pero ordenaste que actuáramos como si tuviésemos peso normal, para no crear hábitos que resultarían peligrosos cuando regresemos a una tierra habitable.

— Es verdad. De todas formas, esto no me creará hábitos, pues en un sitio razonable ningún viento me alzaría por los aires. De cualquier modo, haremos lo que he dicho.

Terblannen y Hars revisarán los cables… No, revísalos tú mismo. Llevará bastante tiempo.

Eso es todo por ahora. El grupo que está bajo el refugio puede descansar. El grupo de cubierta revisará anclas y correas.

Dondragmer, que pertenecía al segundo grupo, tomó la orden como un permiso para alejarse y procedió a cumplirla con su eficiencia habitual. También puso a algunos tripulantes a sacar nieve de los espacios entre las balsas, pues conocía de sobras las posibles consecuencias de un deshielo seguido de un congelamiento. Barlennan se relajó, preguntándose qué ancestro sería responsable de su costumbre de meterse en situaciones desagradables de las que no podía escabullirse con elegancia.

Porque la idea de la cuerda había sido una ocurrencia espontánea, y a lo largo de aquellos días, mientras esperaba a que se despejara el tiempo, Barlennan intentó convencerse de la sensatez de los argumentos que había esgrimido ante su primer piloto.

No estaba convencido ni siquiera cuando bajó hacia la nieve que se había acumulado contra las balsas, así que echó una mirada hacia sus dos tripulantes más vigorosos y los cabos que manipulaban antes de iniciar la marcha por la playa barrida por el viento.

Sin embargo, no parecían tan descabellados. Las cuerdas ejercían una ligera fuerza ascendente, pues la cubierta estaba varios centímetros por encima del nivel del suelo cuando partió; pero el declive de la playa pronto la compensó. Además, los árboles que servían como puntos de amarre para el Bree se multiplicaban tierra adentro. Eran ejemplares bajos y chatos, con ramas anchas, cortas y tentaculares, y troncos gruesos, en general similares a los de las tierras que conocía en las honduras del hemisferio sur de Mesklin. Aquí, sin embargo, las ramas se arqueaban tanto que a veces se separaban totalmente del suelo, relativamente libres en una gravedad inferior a dos centésimas de la gravedad de las regiones polares. Al final se apiñaban tanto, que las ramas se entrelazaban formando una maraña de cables pardos y negros que permitían asirse con firmeza. Al cabo de un tiempo, Barlennan prácticamente empezó a trepar hacia la Colina, utilizando las pinzas delanteras, aflojando las traseras y caracoleando con su cuerpo de oruga hasta avanzar casi como un geometrino. Los cables le causaban problemas, pero tanto los cabos como las ramas de los árboles eran bastante lisas, así que no se enredaron.

La playa se volvía bastante empinada después de los primeros doscientos metros; a la mitad de la distancia que esperaba recorrer, Barlennan estaba dos metros por encima del nivel de la cubierta del Bree. Desde allí veía la Colina del Volador aun siendo un mesklinita, es decir, un individuo cuyos ojos están muy cerca del suelo; hizo una pausa para contemplar la escena, como en tantas ocasiones.

La Colina del Volador se elevaba sobre la enmarañada llanura. Al mesklinita le resultaba imposible considerarla una estructura artificial, en parte por su monstruoso tamaño y en parte porque un techo que no fuera un retazo de tela era totalmente ajeno a sus ideas sobre arquitectura. Era un domo de metal reluciente de seis metros de altura y doce de diámetro, una semiesfera casi perfecta. Estaba tachonado de grandes zonas transparentes y tenía dos extensiones cilíndricas con puertas. El Volador había dicho que las puertas estaban construidas de tal modo que uno podía atravesarlas sin que el aire pasara de un lado al otro. Los portales tenían el tamaño suficiente para permitir pasar a aquella extraña y gigantesca criatura. Una de las ventanas inferiores estaba provista de una rampa improvisada que permitía a una criatura del tamaño y la constitución de Barlennan reptar hasta el panel para mirar hacia adentro. El capitán había pasado mucho tiempo en esa rampa mientras aprendía a hablar y entender el idioma del Volador; había visto los extraños artefactos y muebles que poblaban la estructura, aunque ignoraba el uso de la mayor parte de ellos. El Volador parecía ser una criatura anfibia. Al menos, pasaba mucho tiempo flotando en un tanque lleno de líquido. Eso era razonable, teniendo en cuenta su tamaño. Barlennan no conocía ninguna criatura nativa de Mesklin que fuera mayor que los de su propia raza y no habitara en mares o lagos. Sin embargo, teniendo en cuenta solamente el peso, esas criaturas podrían existir en las vastas e inexploradas regiones próximas al Borde. Esperaba no toparse con ninguna mientras estuviera en la costa. Tamaño significaba peso, y una vida de condicionamiento le impedía pensar que el peso no era una amenaza.

No había nada cerca del domo, excepto vegetación. Evidentemente, el cohete aún no había llegado, y por un momento Barlennan pensó en aguardar donde estaba. Sin duda descendería al otro lado de la Colina. El Volador se encargaría de ello si Barlennan no había llegado. Aun así, nada podía impedir que la nave en descenso pasara por encima de su posición actual; Lackland no podría hacer nada al respecto si no sabía la posición exacta del mesklinita. Pocos terrícolas podían localizar un cuerpo de apenas cuarenta centímetros de longitud y cinco de diámetro reptando horizontalmente por una vegetación enmarañada a casi un kilómetro de distancia. No, le convenía ir hasta el domo, tal como el Volador había aconsejado.

Llegó con bastante rapidez, aunque ocasionales períodos de oscuridad lo demoraron un poco. Era de noche cuando llegó a su destino, aunque la luz de las ventanas había alumbrado bien el último tramo. Sin embargo, cuando hubo asegurado las cuerdas para subir a un lugar cómodo fuera de la ventana, el sol se había elevado por encima del horizonte, a su izquierda.

Lackland no estaba en la habitación correspondiente a esa ventana, y el mesklinita apretó el diminuto botón de llamada que habían instalado en la rampa. La voz del Volador resonó en un altavoz, al lado del botón.

— Me alegra que estés aquí, Barl. Pedí a Mack que aguardara tu llegada. Ahora le indicaré que descienda; llegará el próximo amanecer.

— ¿Dónde está ahora? ¿En Toorey?

— No; está flotando en el borde interior del anillo, a sólo mil kilómetros de altura. Ha estado allí desde antes del fin de la tormenta, así que no te preocupes si le haces esperar un poco más. Entretanto, sacaré las otras radios que te prometí.

— Como estoy solo, me convendría llevar una sola radio esta vez. Resulta difícil acarrearlas, pese a que son livianas.

— Quizá debamos esperar a que llegue el tanque para sacarlas. Entonces podré llevarte hasta la nave. El tanque está bien aislado, así que viajar en el exterior no te lastimará.

¿Qué te parece?

— Excelente. ¿Hacemos prácticas de idioma mientras esperamos o prefieres mostrarme más imágenes del lugar de donde vienes?

— Tengo algunas fotos. Tardaré unos minutos en cargar el proyector, así que ya habrá oscurecido cuando estemos listos. Un momento. Iré a la salita.

El altavoz calló y Barlennan fijó los ojos en la puerta que veía a un lado de la habitación. Pronto apareció el Volador, caminando erguido, como de costumbre, con la ayuda de miembros artificiales que llamaba muletas. Se acercó a la ventana, movió la enorme cabeza y conectó el proyector de películas. La pantalla hacia donde apuntaba la máquina estaba frente a la ventana; Barlennan, fijando un par de ojos en los actos del ser humano, se arrellanó en una postura que le permitiera observar cómodamente. Miraron en silencio mientras el sol trazaba un arco en el cielo. A pleno sol, la temperatura era templada, aunque no tanto como para iniciar un deshielo; el viento perpetuo del casquete de hielo del norte lo impedía. Barlennan estaba adormilado cuando Lackland terminó de conectar la máquina, caminó hasta su tanque de relajación y se metió dentro. Barlennan nunca había reparado en la membrana elástica que cubría la superficie del líquido y mantenía seca la ropa del hombre; si lo hubiera notado, habría modificado sus ideas sobre la naturaleza anfibia de los seres humanos. Lackland, flotando, tendió la mano hacia un panel y encendió dos interruptores. Las luces se apagaron y el proyector arrancó. Era un rollo de quince minutos, y no había terminado cuando Lackland tuvo que levantarse y coger las muletas, pues le informaron que el cohete estaba a punto de descender.

Barlennan tuvo que hacer un esfuerzo para dejar de mirar la pantalla.

— Preferiría mirar la película, pero quizá sea mejor que me habitúe a ver cosas voladoras — dijo —. ¿Por qué lado vendrá?

— Por éste, supongo. Le he dado a Mack una minuciosa descripción de nuestra posición, y él ya tenía fotos; además, por su rumbo sé que le convendrá aproximarse desde esa dirección. Me terno que en este momento el sol te impide ver bien, pero aún está a sesenta kilómetros de altura. Mira por encima del sol.

Barlennan siguió las instrucciones y aguardó. Durante un minuto no vio nada; luego captó un destello de metal veinte grados por encima del sol naciente.

— Altitud diez, distancia horizontal similar — informó Lackland en ese momento —. Lo tengo en pantalla.

El destello cobró más brillo, manteniendo el rumbo casi a la perfección. El cohete seguía un curso casi exacto hacia el domo. Poco después, los detalles fueron visibles…, o lo habrían sido si el resplandor del sol no lo hubiera ocultado todo. Mack revoloteó un instante a una distancia de un kilómetro por encima de la estación y otro tanto hacia el este; y, en cuanto Belrre se desplazó, Barlennan pudo ver las ventanillas y toberas del casco cilíndrico. El viento de la tormenta había amainado, pero una brisa tibia teñida de amoníaco derretido empezó a soplar desde el punto donde las llamaradas lamían el piso.

Las gotas de semilíquido salpicaron el caparazón ocular de Barlennan, pero el mesklinita continuó mirando la masa metálica que descendía. Tenía tenso cada músculo de su largo cuerpo, los brazos pegados a los costados, las pinzas cerradas con tanta fuerza como para desgarrar cables de acero. El corazón de cada uno de los segmentos del cuerpo le bombeaba con furia, y habría contenido el aliento si hubiera tenido un aparato respiratorio similar al de un ser humano. Intelectualmente, sabía que la cosa no caería, pero habiendo crecido en un ámbito donde una caída de quince centímetros era fatal, aun para el resistente organismo mesklinita, no le resultaba fácil controlar sus emociones.

Inconscientemente seguía esperando que el casco de metal se vaporizara de pronto para reaparecer desparramado en el suelo. A fin de cuentas, aún estaba a decenas de metros de altura…

Debajo del cohete, en el suelo ahora libre de nieve, la negra vegetación estalló de pronto en llamas. Negras cenizas volaron desde la zona de aterrizaje, y el suelo fulguró brevemente. Poco después, el cilindro reluciente se posó suavemente en el centro del terreno desnudo. Segundos irás tarde, el estruendo, que se había transformado en un rugido más ensordecedor que los huracanes de Mesklin, cesó de golpe. Barlennan se relajó casi dolorosamente, abriendo y cerrando las pinzas para calmar los retortijones.

— Si aguardas un momento, saldré con las radios — dijo Lackland. El capitán no le había visto salir, pero el Volador ya no estaba en la habitación —. Mack conducirá el tanque hasta aquí… Puedes verle venir mientras yo me pongo la escafandra.

Barlennan sólo pudo ver una parte del trayecto. Vio que la compuerta de carga del cohete se abría y el vehículo descendía; una buena ojeada le permitió comprender todo sobre él, o eso creía, excepto el funcionamiento de las orugas. Tenía el tamaño suficiente para albergar a varios miembros de la raza del Volador, a menos que estuviera atiborrado de maquinaria. Como el domo, tenía muchas y grandes ventanas; a través de una de ellas, el capitán vio, enfundada en su escafandra, la figura de otro Volador que, aparentemente, controlaba el vehículo. La máquina no hacía ruido suficiente para ser audible en el kilómetro de espacio que aún la separaba del domo.

Recorrió muy poca de esa distancia antes de la puesta del sol, y los detalles dejaron de ser visibles. Esstes, el sol más pequeño, aún estaba en el cielo y brillaba más que la luna llena de la Tierra, pero los ojos de Barlennan tenían sus limitaciones. El tanque proyectaba un intenso haz de luz hacia el domo, lo cual tampoco ayudaba. Barlennan esperó. A fin de cuentas, el vehículo aún estaba demasiado lejos para estudiarlo bien, incluso a plena luz del día, y sin duda llegaría a la Colina al amanecer.

Y a lo mejor también entonces tendría que esperar; los Voladores quizá pusieran objeciones al tipo de examen a que Barlennan quería someter esas máquinas.

3 — LEJOS DEL SUELO

La llegada del tanque, la salida de Lackland de la cámara de presión del domo y el despuntar de Belne se produjeron todos al mismo tiempo. El vehículo se detuvo a un par de metros de la plataforma donde Barlennan estaba agazapado. También salió el conductor, y los dos hombres hablaron un rato junto al mesklinita. A Barlennan le llamó la atención que no entraran en el domo para acostarse, pues ambos parecían realizar un gran esfuerzo bajo la gravedad de Mesklin; pero el recién llegado rechazó la invitación de Lackland.

— Me gustaría ser sociable — respondió—, pero, con franqueza, Charlie, ¿te quedarías en esta horrenda bola de lodo un momento más del necesario?

— Bien, yo podría hacer la misma tarea desde Toorey o desde una nave en órbita libre — replicó Lackland —. Sin embargo, creo que el contacto personal significa mucho. Todavía deseo averiguar más cosas sobre la gente de Barlennan. Me parece que aún no le damos tanto como nosotras esperamos obtener, y sería agradable averiguar si podemos ofrecerle algo más. Más aún, ahora él corre peligro, y la presencia de uno de nosotros aquí podría significar mucho para ambos.

— No te entiendo.

— Barlennan es un capitán errante, un explorador y un mercader independiente. Está lejos de las zonas normales habitadas y recorridas por su gente. Permanecerá aquí durante el invierno meridional, cuando la evaporación del casquete polar del norte genera tormentas increíbles en estas regiones ecuatoriales, tormentas que para él son tan extrañas como para nosotros. Si algo le ocurre, no será fácil hallar otro contacto.

«Recuerda que normalmente vive en un campo gravitatorio entre doscientas y setecientas veces más fuerte que el terrestre. ¡Y no lo seguiremos a casa para conocer a sus parientes! Más aún, no debe de haber cien individuos de su raza que, además de ejercer el mismo oficio, tengan valor suficiente para alejarse de sus hogares naturales.

Entre esos cien, ¿cuántas probabilidades tenemos de conocer a otro, teniendo en cuenta que este océano es uno de los que más frecuentan y que el pequeño brazo donde se halla esta bahía tiene diez mil kilómetros de longitud y tres mil de anchura, con una línea costera muy accidentada? En cuanto a localizar a uno desde arriba, en el mar o en la costa, no debemos olvidar que el Bree de Barlennan, con sus diez metros de largo y tres de ancho, es una de sus naves oceánicas más grandes. Además, no asoman más de ocho centímetros por encima del agua.

«No, Mack, nos topamos con Barlennan por una enorme coincidencia y no confío en que se produzca otra. Permanecer bajo tres gravedades durante cinco meses, hasta la primavera meridional, valdrá la pena. Desde luego, si quieres apostar nuestras posibilidades de recobrar casi dos mil millones de dólares en equipo a los resultados de una búsqueda en una franja de mil quinientos kilómetros de anchura y más de doscientos mil de longitud…

— Has sido muy convincente — admitió el otro ser humano—, pero aun así me alegra que seas tú y no yo quien está aquí. Desde luego, quizá si conociera mejor a Barlennan…

Ambos se volvieron hacia la diminuta forma de oruga agazapada en la plataforma.

— Barlennan, confío en que perdones mi rudeza al no presentarte a Wade McLellan — dijo Lackland —. Wade, te presento a Barlennan, capitán del Bree y un gran marino en su mundo… Él no me lo ha dicho, pero su presencia aquí basta para demostrarlo.

— Mucho gusto en conocerte, Volador McLellan — respondió el mesklinita —. No se necesita ninguna disculpa, y me pareció que vuestra conversación también estaba destinada a mis oídos. — Abrió las pinzas en el gesto de saludo —. Yo había apreciado la buena suerte que representa para ambos nuestro encuentro, y sólo espero poder cumplir mi parte del trato tan bien como vosotros cumpliréis la vuestra.

— Hablas nuestro idioma notablemente bien — comentó McLellan —. ¿Hace sólo seis semanas que lo practicas?

— No sé bien cuánto dura vuestra «semana», pero hace menos de tres mil quinientos días que conocí a tu amigo — respondió el capitán —. Soy buen lingüista, desde luego. Es necesario para mi oficio. Y las películas que me mostró Charles me ayudaron mucho.

— Es una suerte que tu voz pueda reproducir todos los sonidos de nuestro idioma. A menudo tenemos problemas en ese sentido.

— Por eso fue preferible que yo aprendiera el vuestro y no vosotros el mío. Muchos sonidos nuestros son demasiado agudos para vuestras cuerdas vocales, según creo. — Barlennan se abstuvo de mencionar que buena parte de su conversación también era demasiado aguda, aunque en otro sentido, para los oídos humanos. Aunque Lackland no lo hubiera notado, el más honesto de los mercaderes lo piensa dos veces antes de revelar todas sus bazas —. Supongo que Charles, no obstante, ha aprendido algo de nuestro idioma al observarnos y escucharnos a través de la radio que hay a bordo del Bree.

— Apenas nada — confesó Lackland —. Por lo poco que he visto, tienes excelentes tripulantes. Realizan muchas actividades regulares sin necesidad de órdenes, y no entiendo nada de las conversaciones que a veces entablas con tus hombres, si no van acompañadas por alguna acción.

— ¿Te refieres a mis conversaciones con Dondragmer o Merkoos? Son mi primer y segundo oficial, y con quienes más hablo.

— Espero que no te sientas insultado por esto, pero no logro distinguiros uno de otro. No estoy familiarizado con vuestros rasgos.

Barlennan casi rió.

— En mi caso es aún peor. No estoy seguro de haberte visto sin funda artificial.

— Bien, creo que estamos divagando y que ya hemos utilizado mucha luz del día. Mack, supongo que querrás regresar al cohete, donde el peso no existe y los hombres son globos. Al llegar, asegúrate de que los transmisores y receptores de estos cuatro equipos estén bien juntos, para que uno se registre en el otro. No crea que valga la pena conectarlos eléctricamente; estas gentes los usarán por un tiempo como contacto entre grupos aislados y los equipos están en diferentes frecuencias. Barlennan, dejé las radios junto a la cámara de presión. Al parecer, lo sensato sería ponerte a ti y las radios encima del tanque, llevar a Mack hasta el cohete y luego conducirte a ti y al equipo hasta el Bree.

Lackland actuó según esta sugerencia, obviamente la más sensata, antes de que nadie pudiera responder, y, el resultado fue que Barlennan casi enloqueció.

La mano enguantada del hombre levantó el cuerpo diminuto del mesklinita. Por un estremecedor instante, Barlennan se sintió y se vio suspendido a gran distancia del suelo; luego fue depositado en la superficie lisa del tanque. Sus pinzas rasparon desesperadamente el terso metal para complementar la reacción instintiva de sus docenas de pies de succión, que se habían adherido a las láminas; sus ojos miraban con horror el vacío que rodeaba el borde del camino, a poca distancia en cada dirección.

Tardó varios segundos — tal vez un minuto entero— en recobrar el habla, y entonces su voz era inaudible. Estaba demasiado lejos del receptor de la plataforma para comunicar palabras inteligibles, lo sabía por experiencia; sin embargo, aun en ese extremo de terror recordó que el estridente aullido de miedo que deseaba emitir se oiría con nítida claridad en el Bree, pues allá había otra radio.

Y en tal caso, el Bree tendría un nuevo capitán. El respeto por su valor era lo único que había conducido a aquella tripulación a las borrascosas regiones del Borde. Sin valor, perdería tripulación, barco y, en la practica, vida. Los cobardes no se toleraban en ninguna nave oceánica y en ningún puesto; y, aunque sus tierras estaban en la misma masa continental, la idea de recorrer sesenta mil kilómetros de línea costera a pie era descabellada.

Estos pensamientos no cruzaron la mente de Barlennan de forma explícita, pero su conocimiento instintivo de los hechos le hizo permanecer en silencio mientras Lackland recogía las radios y entraba con McLellan en el tanque. El metal tembló ligeramente cuando cerraron la portezuela, y un instante después el vehículo se puso en marcha. Algo extraño le ocurrió entonces al pasajero no humano.

El miedo podría haberle hecho enloquecer. Pero no enloqueció; al menos, no en el sentido convencional. Continuó razonando con la lucidez de siempre, y ninguno de sus amigos habría detectado un cambio de personalidad. Alguien que conociera a los mesklinitas mejor que Lackland habría sospechado que el capitán estaba un poco ebrio; pero incluso esa sensación pasó.

Y también pasó el miedo. A casi seis cuerpos de longitud por encima del suelo, sentía una relativa calma. Se aferraba con fuerza, en efecto, e incluso luego recordaría que era una suerte que el viento continuara amainando, pero el metal liso le permitía adherir con fuerza los pies de succión. Y era asombroso el panorama que disfrutaba — sí, disfrutaba— desde esa posición. Mirar las cosas desde arriba era de gran ayuda; se obtenía un cuadro bastante amplio de un solo vistazo.

Una embriagadora sensación de triunfo lo embargó cuando el tanque se acercó al cohete y se detuvo. El mesklinita saludó alegremente con las pinzas a McLellan, cuando éste salió al resplandor de las luces del tanque, y sintió un exagerado placer cuando el hombre le devolvió el saludo. El tanque viró a la derecha y enfiló hacia la playa donde aguardaba el Bree. Mack, recordando que Barlennan no tenía protección, esperó consideradamente a que estuviera a cierta distancia antes de despegar. El espectáculo de aquella máquina elevándose despacio y sin soporte amenazó por un instante con reavivarle el viejo temor; pero Barlennan combatió tenazmente esa sensación y se obligó a mirar el cohete hasta que éste se perdió de vista en la luz del sol.

Lackland también observaba; pero, cuando desapareció el último destello de metal, no perdió más tiempo y condujo el tanque hacia donde aguardaba el Bree. Se detuvo a cien metros de la nave, aunque a distancia suficiente como para que las pasmadas criaturas de las cubiertas vieran al capitán encaramado en el techo del vehículo.

Un rumor de furia creció en medio de la tripulación cuando la portezuela del tanque se abrió y surgió la figura de Lackland. Su modo de vida, que oscilaba entre la piratería y el comercio, había seleccionado a los más dispuestos para luchar sin titubeos ante la menor amenaza para cualquiera de ellos; los cobardes habían desistido tiempo atrás, y los individualistas habían muerto. Lo único que salvó la vida de Lackland fue el hábito, el condicionamiento que les impedía dar el brinco de cien metros que aun los más débiles podían efectuar con una mera flexión de los músculos. Reptando como habían hecho toda la vida, bajaron de las balsas como una cascada roja y negra, y se desparramaron por la playa avanzando hacia la máquina alienígena. Lackland los vio venir, pero entendió tan mal sus motivos que ni siquiera se dio prisa cuando tendió la mano hacia el techo, recogió a Barlennan y lo depositó en el suelo. Luego metió los brazos en el vehículo y sacó las radios que había prometido, posándolas en la arena junto al capitán; y para entonces los tripulantes habían comprendido que el capitán estaba vivo y aparentemente ileso. El alud se detuvo confusamente, moviéndose con indecisión entre la nave y el tanque; una cacofonía de voces, que iban desde las más graves hasta las más agudas que la radio podía reproducir, sonó en los altavoces del traje de Lackland. Aunque había hecho lo posible para atribuir significado a algunas de las conversaciones nativas, el hombre no entendió una sola palabra de lo que decían. Quizá fue mejor para su paz de espíritu; había comprendido hacía tiempo que hasta un blindaje capaz de soportar la presión de ocho atmósferas de la superficie de Mesklin significaba poco o riada para las pinzas mesklinitas.

Barlennan detuvo la algarabía con un ronquido que Lackland quizás hubiera oído directamente a través del blindaje, si la reproducción por radio no lo hubiera ensordecido.

El capitán sabía muy bien lo que pensaban sus hombres, y no tenía ganas de ver fragmentos escarchados de Lackland esparcidos por la playa.

— ¡Calma! — En realidad Barlennan sentía una calidez muy humana ante la reacción protectora de sus tripulantes, pero no era momento para alentarlos —. Muchos de vosotros habéis hecho el ridículo aquí con la falta de peso, de modo que deberíais saber que yo no corría peligro.

— Pero prohibiste… — Sé que prohibí esos actos, y os dije por qué. Cuando regresemos al peso normal y a una vida decente, no debemos tener hábitos que puedan derivar en actos irreflexivos y peligrosos como ése… — Señaló con la pinza el techo del tanque —. Todos sabéis lo que puede hacer el peso normal; el Volador no lo sabe. Él me puso allí, y visteis cómo me bajó, sin siquiera pensarlo. Viene de un lugar donde prácticamente no hay peso, donde, según creo, podría caer desde una altura de varios cuerpos sin lastimarse. Podéis verlo vosotros mismos: si apreciara normalmente la altura, ¿cómo podría volar?

La mayoría de los presentes había hundido los rechonchos pies en la arena, como tratando de afianzarse mejor durante el discurso. Era dudoso que se tragaran del todo las palabras del capitán, pero al menos habían desistido de sus intenciones iniciales hacia Lackland. Nuevamente iniciaron su charla zumbona, pero parecían más asombrados que enfurecidos. Sólo Dondragmer callaba, un poco alejado de los demás; y el capitán comprendió que su piloto necesitaría una explicación más detallada.

— ¿Están preparados los grupos de caza?

La pregunta de Barlennan silenció el parloteo una vez más.

— Aún no hemos comido — respondió Merkoos con inquietud—, pero todo lo demás, redes y armas, está preparado.

— ¿La comida está lista?

— Dentro de un día, capitán — respondió Karondrasee, el cocinero, que se volvió hacia el barco sin esperar más órdenes.

— Dondragmer, Merkoos, coged una de estas radios cada uno. Me habéis visto usar la del barco. Sólo tenéis que hablar cerca de ellas. Podéis efectuar un movimiento envolvente realmente eficaz con ellas, pues no será necesaria la proximidad para que los líderes se vean.

«Dondragmer, no sé si os dirigiré desde la nave, como pensé originalmente. He descubierto que es posible abarcar notables distancias desde arriba del vehículo del Volador; si acepta, viajaré con él cerca de la zona de operaciones.

— ¡Pero, capitán! — Dondragmer estaba pasmado —. ¿Esa cosa no ahuyentará a todas las presas de la cercanía? Se la oye a cien metros y se la ve a gran distancia. Además… Se interrumpió, sin saber cómo expresar su principal objeción. Barlennan habló por él:

— Además, nadie podría concentrarse en la cacería si yo estoy a la vista a tal distancia del suelo, ¿verdad? — Las pinzas del piloto dieron un silencioso asentimiento, y los demás tripulantes emularon el gesto.

Por un instante, el capitán sintió la tentación de razonar con ellos, pero comprendió a tiempo la futilidad del intento. No podía recobrar la perspectiva que había compartido con ellos hasta hacía poco tiempo, pero sí comprendía que antes él tampoco habría escuchado lo que ahora le parecía «razonable».

— De acuerdo, Dondragmer, olvidaré esa idea. Quizá tengas razón. Me mantendré en contacto con vosotros por radio, pero permaneceréis fuera de mi vista.

— Pero ¿montarás encima de esa cosa? ¿Qué te ha ocurrido? Ya sé que una caída de pocos metros no significa nada aquí, en el Borde, pero nunca correría el riesgo deliberadamente y no entiendo que otro esté dispuesto a hacerlo. Ni siquiera me imagino encima de esa cosa.

— Hace poco tiempo estabas a un cuerpo de altura en un mástil, si no recuerdo mal — replicó Barlennan, secamente —. ¿O fue a otro a quien vi revisando los aparejos sin bajar el travesaño?

— Eso era distinto… Yo tenía un extremo sobre cubierta — respondió, incómodo, Dondragmer.

— Pero tu cabeza tenía bastante espacio para una caída. He visto que otros también hacían lo mismo. Recordaréis que dije algo al respecto cuando nos internamos en esta región.

— Sí, en efecto. ¿Esas órdenes aún tienen vigencia, considerando…?

El piloto calló de nuevo, pero lo que quería decir era aún más manifiesto que antes.

Barlennan reflexionó.

— Olvidaremos la orden — dijo despacio —. Las razones por las cuales dije que esos actos resultaban peligrosos eran sensatas, pero si alguno de vosotros tiene problemas cuando estemos de vuelta en gravedad normal, la culpa será vuestra. A partir de ahora usad vuestro propio criterio en esos asuntos. Ahora bien, ¿alguien quiere venir conmigo?

Palabras y gestos combinados en un coro de enfáticas negativas, con la voz de Dondragmer apenas alta que las demás. Barlennan hubiera sonreído si hubiera poseído los rasgos físicos necesarios.

— Preparaos para la cacería… Os estaré escuchando — dijo, cerrando las deliberaciones.

La tripulación regresó obedientemente al Bree, y el capitán se volvió para presentar a Lackland una versión convenientemente censurada de la conversación. Estaba un poco preocupado, pues la conversación le había sugerido varias ideas nuevas; pero podría elaborarlas cuando tuviera más tiempo. Ahora sólo quería dar otro paseo en el techo del tanque.

4 — COLAPSO

La bahía en cuya costa sur estaba encallado el Bree era un pequeño estuario de unos treinta kilómetros de largo y tres de ancho en la desembocadura. Se abría desde la costa sur de un golfo más grande, de forma similar y cuatrocientos kilómetros de largo, que a la vez era una ramificación de un ancho mar que se extendía hacia el hemisferio boreal, fundiéndose con el casquete polar permanentemente congelado. Las tres masas líquidas se extendían hacia el este y el oeste, y las más pequeñas estaban separadas de las más grandes, en el norte, por penínsulas relativamente angostas. La posición de la nave era mejor de lo que Barlennan había creído, pues las penínsulas la resguardaban de las tormentas del norte. Veinticinco kilómetros al oeste, sin embargo, desaparecía la protección de los cabos más próximos; Barlennan y Lackland podían apreciar lo que incluso esa franja angosta les había ocultado. El capitán estaba nuevamente encaramado en el tanque, esta vez con una radio al lado.

A la derecha se extendía el mar hasta el lejano horizonte, más allá del cabo que custodiaba la bahía. Detrás tenían una playa similar a aquella donde yacía la nave: un declive de arena suave tachonada con esa vegetación negra de ramas nudosas que cubría buena parte de Mesklin. Delante, la vegetación escaseaba. Aquí el declive era aún más suave y la franja de arena se ensanchaba. No estaba totalmente desnuda, aunque tampoco había plantas de raíces profundas, sino oscuros e inmóviles vestigios de la tormenta reciente que cubrían esa extensión erosionada por el oleaje.

Se distinguían vastas y enmarañadas masas de algas, o de plantas que habrían podido recibir ese nombre sin necesidad de realizar un gran esfuerzo imaginativo, así como cuerpos de animales marinos, algunos de los cuales eran aún más vastos. Lackland estaba un poco sorprendido, no por el tamaño de las criaturas, pues supuestamente recibían soporte vital del líquido donde flotaban, sino por la distancia a que se encontraban de la costa. Una mole monstruosa yacía desparramada un kilómetro tierra adentro; el terrícola comenzó a comprender de qué eran capaces los vientos de Mesklin, aun en esa gravedad.

— Barlennan, ¿qué le ocurriría a tu nave si esas olas la alcanzaran?

— Eso depende del tipo de ola y de nuestra posición. En mar abierto, cabalgaríamos sobre ellas sin problemas; con el Bree encallado, no quedaría nada. Ignoraba la altura que podían alcanzar las olas tan cerca del Borde; claro que…, ahora que lo pienso, tal vez incluso las más altas sean relativamente inofensivas, dada la falta de peso.

— Me temo que no es sólo el peso lo que cuenta. Tal vez tu primera impresión era la acertada.

— Eso pensaba cuando me refugié detrás de aquel cabo para pasar el invierno. Admito que no tenía ni idea del tamaño que las olas podían alcanzar en esta región. No es sorprendente que los exploradores desaparezcan con cierta frecuencia en estas latitudes.

— Y eso no es lo peor. Aquel segundo cabo, que es bastante montañoso por lo que recuerdo de las fotos, protege toda esta franja.

— ¿Segundo cabo? No conocía su existencia. ¿Quieres decir que lo que se ve más allá de aquella península no es más que otra bahía?

— Correcto. Olvidé que habitualmente navegáis con tierra a la vista. Bordeaste la costa desde el oeste para llegar hasta aquí, ¿verdad?

— Sí. Estos mares son casi totalmente desconocidos. Esta línea costera se extiende cinco mil kilómetros en dirección hacia el oeste, como ya debes saber…, ahora empiezo a apreciar lo que significa mirar las cosas desde arriba…, y luego se curva gradualmente hacia el sur. No es demasiado regular; hay un sitio desde donde puedes dirigirte hacia el este durante tres mil kilómetros, pero supongo que la distancia en línea recta que te llevaría al punto opuesto a mi puerto de origen está veinticinco mil kilómetros al sur…, un buen trecho por la costa, por cierto. Luego, dos mil kilómetros por mar abierto hacia el oeste me llevarían a casa. Allí, las aguas son bien conocidas, y cualquier marino puede surcarlas sin más riesgos que los habituales.

Mientras hablaban, el tanque se alejaba del mar en dirección a la monstruosa mole arrojada por la reciente tormenta. Lackland deseaba examinarla con detalle, pues hasta ahora no había visto casi nada de la fauna mesklinita. Barlennan también estaba dispuesto. Había visto muchos de los monstruos que pululaban por los mares donde había navegado toda la vida, pero no recordaba esa criatura.

La forma no resultó muy sorprendente para ninguno de los dos. Podría haber sido una ballena muy aerodinámica o una rechoncha serpiente marina. El terrícola recordó el zeuglodonte que había surcado los mares de su mundo natal hacía treinta millones de años. Sin embargo, ninguna de las criaturas que habían vivido en la Tierra y dejado fósiles para que los hombres los estudiaran había alcanzado el tamaño de esa cosa.

Cubría doscientos metros de aquel suelo arenoso. Aparentemente, en vida el cuerpo había sido cilíndrico y de más de veinte metros de diámetro. Ahora, privado del soporte líquido donde había vivido, parecía una figura de cera abandonada largo, tiempo bajo el ardiente sol.

— ¿Qué haces cuando te topas con una cosa semejante en alta mar? — le preguntó a Barlennan.

— Ni idea — replicó el mesklinita —. Rara vez me he encontrado con una criatura así.

Habitualmente se quedan en los mares profundos y permanentes; sólo una vez vi una en la superficie, y unas cuatro encalladas como ésta. No sé qué comen, pero al parecer lo encuentran muy por debajo de la superficie. Nunca oí hablar de que atacaran una nave.

— Quizá nunca lo oigas — señaló Lackland—, Me cuesta imaginar supervivientes en una situación así. Si esta cosa se alimenta como algunas ballenas de mi mundo, engulliría una de tus naves sin darse cuenta. — Puso en marcha el tanque y lo condujo hacia lo que parecía la cabeza del enorme cuerpo —. Echemos un vistazo a la boca para averiguarlo.

La criatura tenía boca y una especie de cráneo pero éste se encontraba aplastado bajo su propio peso. Los restos, sin embargo, bastaban para corregir las conjeturas de Lackland en cuanto a sus hábitos alimenticios: con aquellos dientes, sólo podía ser carnívora. Al principio, el hombre no los reconoció como dientes; solo el hecho de que estuvieran situados en un lugar donde no podían ser costillas le reveló la verdad.

— Estás a salvo, Barlennan — dijo al fin —. A esta criatura no se le ocurriría atacarte. Una nave como la tuya no merecería el esfuerzo, por lo que a su apetito concierne. Dudo que le interesara nada que fuera inferior a cien veces el tamaño del Bree.

— Debe de haber mucha carne nadando en los mares profundos — repuso reflexivamente el mesklinita—, pero no creo que le sirva de mucho a nadie.

— Así es. Por cierto, ¿qué quisiste decir al hablar de mares permanentes? ¿Qué otros mares hay?

— Me refería a las zonas que ya son océano antes del comienzo de las tormentas invernales. El nivel del mar sube a principios de primavera, al final de las tormentas, que han llenado los lechos oceánicos durante el invierno. El resto del año, éstos bajan de nuevo de nivel. Aquí, en el Borde, donde las líneas costeras son tan abruptas, no hay mucha diferencia; pero en los lugares donde el peso es normal, la línea costera puede oscilar de trescientos a tres mil kilómetros entre primavera y otoño.

Lackland soltó un silbido.

— Barl, voy a salir de esta caja de hojalata. Estoy deseando tomar muestras de tejido de una criatura de Mesklin desde que descubrimos que existían, pero no podía arrancártela a ti. ¿La carne de esta criatura habrá cambiado mucho desde que murió? Supongo que tendrás una idea.

— Aún sería comestible para nosotros, aunque, por lo que me has dicho, tú no podrías digerirla. La carne se vuelve venenosa al cabo de varios cientos de días, a menos que la seques o la conserves de otra manera, y durante ese tiempo el sabor cambia gradualmente. Si quieres, tomaré una muestra.

Sin esperar respuesta ni mirar a su alrededor para asegurarse de que ninguno de sus tripulantes hubiera ido en esa dirección, Barlennan se lanzó desde el techo del tanque hacia la vasta mole. Calculó mal y sobrevoló el enorme cuerpo; por un instante, sintió un retortijón de pánico, pero logró dominarse antes de aterrizar al otro lado. Saltó de nuevo, calculando mejor esta vez, y aguardó mientras Lackland abría la portezuela del vehículo para salir. El tanque no tenía cámara de presión; el hombre, que seguía llevando puesta la escafandra, había permitido la entrada de la atmósfera mesklinita en el tanque después de ajustarse el casco. Un tenue remolino de cristales blancos lo siguió afuera: hielo y bióxido de carbono, producidos por el aire terrestre del interior al congelarse en la cruda temperatura de Mesklin. Barlennan no tenía sentido del olfato, pero sintió una quemazón en los poros respiratorios cuando lo alcanzó una vaharada de oxígeno que le hizo dar un salto atrás. Lackland comprendió por qué y pidió disculpas por no haberle advertido.

— No pasa nada — respondió el capitán —. Tendría que haberlo previsto. Tuve la misma sensación una vez, cuando saliste de la Colina donde vives, y ya me habías dicho que el oxígeno que respiráis es diferente de nuestro hidrógeno… ¿Recuerdas? Cuando estaba aprendiendo tu idioma.

— Supongo que sí. De todas formas, no puedo esperar que una persona que está habituada a otro mundo y otra atmósfera lo tenga presente todo el tiempo. Fue culpa mía.

Se diría que no has sufrido daño alguno; sin embargo, mis escasos conocimientos de la química biológica de Mesklin no me permitían saber qué efecto tendría. Por eso quiero muestras de la carne de esta criatura.

Lackland llevaba varios utensilios en un morral del exterior de la escafandra; mientras buscaba algunos con los guanteletes de presión, Barlennan cogió la primera muestra.

Cuatro pares de pinzas arrancaron una porción de piel y tejido subcutáneo y se la acercaron a la boca; Barlennan mascó reflexivamente unos instantes.

— No está nada mal — comentó al fin —. Si no necesitas toda esta cosa para tus análisis, sería buena idea llamar a los grupos de caza. Podrían llegar antes de que la tormenta sople de nuevo, y aquí hay más carne de la que obtendrían de otra manera.

— Buena idea — gruñó Lackland.

No prestaba mucha atención a su compañero, pues estaba concentrado en el problema de hundir la punta de un escalpelo en la masa que tenía delante. Ni siquiera la sugerencia de trasladar todo aquel corpachón al laboratorio — el mesklinita tenía sentido del humor— logró distraerlo. Por supuesto, sabía que el tejido viviente de ese planeta tenía que ser muy resistente. Siendo Barlennan y sus gentes tan pequeños, la gravedad polar de Mesklin los habría transformado en pulpa si su carne hubiera sido igual a la de un terrícola. Así pues, esperaba encontrar ciertas dificultades para atravesar la piel del monstruo con el instrumento; pero confiaba en que después no tendría más problemas en ese sentido. Ahora descubría su error; la carne parecía tener la consistencia de la teca. El escalpelo era de una aleación durísima capaz de penetrar cualquier cosa, pero no pudo insertarlo en aquella masa y tuvo que resignarse a raspar. Obtuvo unos jirones que guardó en un frasco.

— ¿Habrá alguna parte más blanda? — preguntó al curioso mesklinita —. Necesitaría herramientas de más envergadura para obtener una muestra que satisfaga a los chicos de Toorey.

— Algunas partes del interior de la boca podrían ser más accesibles — replicó Barlennan.

Sin embargo, será mejor que yo arranque unos fragmentos, si me indicas los tamaños y las partes que deseas. ¿Es posible, o tus procedimientos científicos exigen que las muestras se extraigan con instrumentos metálicos por alguna razón?

— Que yo sepa, no. Muchas gracias. Si a los chicos de biología no les gusta, pueden venir ellos mismos a tomar muestras — respondió Lackland —. Adelante. Sigamos también tu otra sugerencia, para obtener una parte de la boca; no estoy seguro de haber atravesado toda la piel aquí. — Rodeó penosamente la cabeza del coloso encallado hasta llegar a un punto donde los labios desfigurados por la gravedad dejaban al descubierto dientes, encías y algo que parecía una lengua —. Arranca sólo trozos que se puedan meter en estos frascos sin aplastarlos.

El terrícola hizo otro intento con el escalpelo y comprobó que la lengua era menos dura.

Mientras tanto, Barlennan recortaba fragmentos del tamaño deseado; en ocasiones se llevaba un trozo a la boca — no tenía mucha hambre, pero era carne fresca—, pero aun así pronto llenaron los frascos.

Lackland se enderezó, guardando el último frasco, y echó una mirada codiciosa a los dientes que parecían columnas.

— Supongo que necesitaríamos gelatina explosiva para arrancarlos.

— ¿Qué es eso? — preguntó Barlennan.

— Un explosivo es una sustancia que se transforma repentinamente en gas, produciendo gran estruendo e impacto. Lo usamos para cavar, para eliminar edificios o paisajes indeseables, y a veces para luchar.

— ¿Ese ruido lo ha producido un explosivo? — preguntó Barlennan.

Lackland se quedó en silencio. Un fragor de considerable intensidad, en un planeta cuyos nativos desconocen los explosivos y donde no hay ningún otro miembro de la raza humana, puede resultar desconcertante, sobre todo si ocurre en un momento tan oportuno; Lackland estaba más que alarmado. No podía calcular con precisión ni la distancia ni la magnitud de la explosión, pues la había oído por la radio de Barlennan y por sus propios discos de sonido al mismo tiempo, pero tuvo una clara sospecha.

— Eso parece — dijo, dando una tardía respuesta a la pregunta del mesklinita, mientras rodeaba la cabeza del monstruo marino muerto para regresar al tanque. Tenía miedo de lo que encontraría.

Barlennan, con más curiosidad que nunca, lo siguió reptando, su modo más natural de desplazarse.

Lackland sintió un abrumador alivio al ver el tanque, pero se alarmó al llegar a la portezuela.

El suelo había quedado convertido en delgadas serpentinas de metal, algunas de las cuales se hallaban pegadas a la base de las paredes, y otras, enmarañadas entre los controles y otros elementos del interior. El motor, que estaba debajo del suelo, había quedado casi totalmente al descubierto, y un vistazo bastó para que el consternado terrícola comprendiera que se había estropeado sin remedio. Barlennan estaba muy interesado en el fenómeno.

— Deduzco que llevabas algún explosivo en tu tanque — observó —. ¿Por qué no lo utilizaste para obtener el material que necesitabas de este animal? ¿Y por qué estalló?

— Tienes una gran habilidad para hacer preguntas difíciles — repuso Lackland —. La respuesta a la primera pregunta es que no llevaba ninguno; en cuanto a la segunda, se tanto como tú.

— Pero, debe de haber sido algo que llevabas — señaló Barlennan —. Incluso yo puedo ver que algo intentaba salir de debajo del tanque, y en Mesklin no tenemos cosas que actúen así.

— Admitiendo tu lógica, no había nada debajo de ese suelo que a mi juicio pudiera estallar — replicó el hombre —. Los motores eléctricos y sus acumuladores no son explosivos. Un examen atento sin duda revelará rastros de lo que era, si es que estaba en algún contenedor, pues ningún fragmento parece haber salido fuera del tanque…, pero antes debo resolver un problema más grave, Barlennan.

— ¿Cuál?

— Estoy a veinticinco kilómetros de mis provisiones, salvo los alimentos que llevo en la escafandra. El tanque ha quedado destrozado, y, si alguna vez hubo un terrícola que pudiera caminar veinticinco kilómetros dentro de una escafandra térmica de ocho atmósferas bajo tres gravedades, desde luego ése no soy yo. Mi aire durará indefinidamente con estas agallas artificiales y con suficiente luz solar, pero me moriré de hambre antes de llegar a la estación.

— ¿No puedes llamar a tus amigos de la estación lunar para que envíen un cohete?

— Podría. Quizás ya lo sepan, si hay alguien en la sala de radio oyendo esta conversación. El problema es que, si necesito ayuda, el doctor Rosten me ordenará regresar a Toorey durante el invierno, y ya me costó bastante convencerlo de que me diera autorización para quedarme. Tendrá que enterarse del percance, pero quiero contárselo desde la estación… después de llegar allá sin su ayuda. Ahora bien, aquí no hay energía suficiente para permitirme regresar; y aunque pudiera meter más alimentos en los contenedores de esta escafandra sin dejar entrar vuestro aire, tú no podrías entrar en la estación para sacar las provisiones.

— De cualquier modo, llamemos a mis tripulantes — declaró Barlennan —. Esta comida les vendrá bien. Además, tengo otra idea.

— Allá vamos, capitán — dijo por radio la voz de Dondragmer, sobresaltando a Lackland, quien había olvidado el acuerdo de dejar que cada radio oyera a las demás, y sobresaltando al capitán, quien no había notado que su piloto había aprendido tanto inglés —. Estaremos con vosotros dentro de pocos días; al salir, seguimos la misma dirección que la máquina del Volador.

— Veo que vosotros no pasaréis hambre durante un tiempo — dijo el hombre, mirando hoscamente la montaña de carne —. Pero ¿cuál es tu otra idea? ¿Solucionará mi problema?

— Un poco, creo. — El mesklinita habría sonreído de haber tenido una boca flexible.

¿Quieres plantarte sobre mí?

Lackland se quedó tieso de asombro ante tal requerimiento; a fin de cuentas, Barlennan tenía el aspecto de una oruga, y cuando un hombre pisa una oruga… Luego se relajó y sonrió.

— De acuerdo, Barlennan, por un momento había olvidado las circunstancias.

El mesklinita se había apoyado en todos sus pies durante la pausa; y, sin mas dilación, Lackland se dispuso a hacer lo que le pedía. Sin embargo, se presentó una dificultad.

Lackland tenía una masa de aproximadamente setenta kilos, y su escafandra, un milagro de la ingeniería, pesaba otro tanto. En el ecuador de Mesklin, pues, el hombre y la escafandra pesaban más o menos cuatrocientos cincuenta kilos (Lackland no habría podido dar un paso sin el ingenioso servomecanismo de las piernas), y ese peso era sólo poco más de la cuarta parte del de Barlennan en las regiones polares de su planeta. El mesklinita no tenía dificultades para acarrearlo; el problema radicaba en la mera geometría. Barlennan era un cilindro de casi medio metro de longitud y cinco centímetros de diámetro; por consiguiente, mantenerse en equilibrio encima de él era una imposibilidad física para el terrícola con escafandra.

El mesklinita quedó perplejo; esta vez fue a Lackland a quien se le ocurrió una solución. Algunas láminas laterales de la parte inferior del tanque se habían aflojado con la explosión; siguiendo las instrucciones de Lackland, Barlennan, con considerable esfuerzo, consiguió desprender una. Tenía más de medio metro de ancho y dos de largo; con tal extremo curvado ligeramente por las poderosas pinzas del nativo, se convertía en un admirable trineo. Sin embargo, no habían pensado que Barlennan pesaba un kilo y medio en esta parte del planeta. Por lo tanto, no tenía la tracción necesaria para remolcar el vehículo, y las plantas que habrían servido de anclas se encontraban a medio kilómetro.

5 — TRAZANDO MAPAS

La llegada de la tripulación, días después, solucionó el problema de Lackland.

La mera cantidad de nativos era de escasa ayuda, pues ni siquiera veintiún mesklinitas tenían la tracción suficiente para remolcar el trineo cargado. Barlennan pensó en acarrearlo colocando un tripulante bajo cada esquina, e hizo lo posible para superar el condicionamiento mesklinita que les impedía ponerse bajo un objeto masivo. Sin embargo, cuando al fin lo consiguió, el esfuerzo resultó inútil; la lámina de metal no tenía el grosor suficiente y se abolló.

Entretanto, Dondragmer se había dedicado, sin hacer comentarios, a desenrollar y unir los cabos que normalmente se utilizaban con las redes de caza. Colocados en fila, tenían la longitud suficiente para llegar a las plantas más próximas; las raíces de dichas plantas, que normalmente resistían los peores vendavales de Mesklin, brindaban el soporte necesario. Cuatro días después, una caravana de trineos construidos con las láminas del tanque emprendió el regreso hacia el Bree, con Lackland y un inmenso cargamento de carne; a una velocidad de un kilómetro por hora, llegó a la nave en sesenta y un días. Dos días más de faena, con la ayuda de otros tripulantes, bastaron para trasladar a Lackland y su escafandra a través de la vegetación que crecía entre la nave y el domo, y dejarlo a salvo en la cámara de presión. Habían llegado justo a tiempo; el viento comenzaba a arreciar — hasta tal extremo que los tripulantes tuvieron que utilizar cables para regresar de hasta el Bree— y las nubes se arremolinaban nuevamente en el cielo.

Lackland comió antes de dignarse a redactar un informe oficial sobre el episodio del tanque, lamentaba no poder presentar un informe más completo, no saber que le había ocurrido al vehículo. Sería muy difícil acusar a alguien de Toorey por haber dejado inadvertidamente un fragmento de gelinita bajo el suelo del vehículo.

Había apretado el botón para llamar al equipo de la estación lunar cuando de pronto halló la respuesta.

Cuando el arrugado rostro del doctor Rosten apareció en la pantalla, Lackland ya sabía qué decir.

— Doc, hubo un problema con el tanque.

— Eso tengo entendido. ¿Fue un fallo eléctrico o mecánico? En cualquier caso, espero que nada serio.

— Básicamente mecánico, aunque el sistema eléctrico tuvo algo que ver. Me temo que ha quedado totalmente inutilizado; los restos están abandonados veinticinco kilómetros al geste, cerca de la playa.

— Magnífico. Este planeta nos está costando un dineral. ¿Qué ocurrió y cómo regresaste? No creo que hayas podido caminar veinticinco kilómetros con escafandra bajo esa gravedad.

— No tuve que hacerlo. Barlennan y sus tripulantes me remolcaron. En cuanto al tanque, deduzco que la partición del suelo, entre la cabina y el motor, no era hermética. Cuando salí para realizar una investigación, la atmósfera de Mesklin, hidrógeno de alta presión, se filtró y se mezclo con el aire de debajo del suelo. Lo mismo ocurrió en la cabina, desde luego, pero prácticamente todo el oxígeno salió por la portezuela y se diluyó sin peligro.

Debajo del piso…, bueno, se produjo una chispa y el oxígeno estalló.

— Entiendo. ¿Qué causó la chispa? ¿Tenías motores en marcha cuando saliste?

— Sin duda. Los servos de guía, los dinamotores y demás. Y me alegra que fuera así, de lo contrario habría estallado al regresar yo al tanque y encender los motores.

— Humm — el director de la fuerza de Rescate parecía enfurruñado—, ¿Tenías que salir necesariamente?

Lackland agradeció a su estrella que Rosten fuera bioquímico.

— Supongo que no, quería obtener muestras de tejido de una especie de ballena de doscientos metros abandonada en la playa. Pensé que alguien podría…

— ¿Los trajiste? — Interrumpió Rosten.

— Así es. Venga a buscarlos cuando quiera… Por cierto, ¿tiene otro tanque?

— Sí. Te lo entregaré cuando haya terminado el invierno. Creo que hasta entonces estarás más seguro dentro del domo. ¿Con qué preservaste los especímenes?

— Nada especial. Hidrógeno, el aire local. Supuse que cualquiera de nuestros agentes químicos los estropearían desde el punto de vista del análisis. Será mejor que alguien venga pronto; Barlennan dice que la carne se vuelve ponzoñosa al cabo de cien días, así que supongo que contiene microorganismos.

— Sería raro que no los tuviera. Espérame; bajaré dentro de un par de horas.

Rosten corto la comunicación sin más comentarios sobre el tanque destruido. Lackland dio las gracias por ello y se acostó, pues no había dormido en casi veinticuatro horas.

Lo despertó la llegada del cohete. Rosten había descendido en persona, cosa nada sorprendente. Sin siquiera quitarse la escafandra, cogió los frascos que Lackland había dejado en la cámara de presión para reducir la probabilidad de contaminación por oxígeno, echó un vistazo a Lackland, reparó en su estado y, bruscamente, le ordenó que se acostara de nuevo.

— Tal vez este material compense la pérdida del tanque — dijo lacónicamente —. Ahora, duerme. Tienes otros problemas que resolver. Ya hablaremos cuando estés en condiciones de recordar lo que te diga. Te veré luego — añadió, antes de cerrar la puerta de la cámara de presión.

Lackland, en efecto, había olvidado los comentarios de despedida de Rosten, pero éste se los recordó horas más tarde, cuando Lackland hubo dormido y comido una vez más.

— Este invierno, durante el cual Barlennan no podrá viajar, durará sólo otros tres meses y medio — comenzó Rosten sin preámbulos —. Aquí tenemos varias resmas de telefotos. Tu tarea para el resto del invierno consistirá en reunirte con tu amigo Barlennan, transformar estas fotos en un mapa útil y decidir una ruta que lo lleve lo más deprisa posible hasta donde se encuentra el material que deseamos rescatar.

— Pero, Barlennan no tiene prisa por llegar. Para él se trata de un viaje de exploración y comercio, y nosotros somos apenas un incidente. Lo único que pudimos ofrecer le a cambio de su ayuda es una serie de informes meteorológicos, para facilitarle sus tareas normales.

— Lo entiendo. Por eso estás ahí abajo, como recordarás; se supone que tú eres el diplomático. No espero milagros, nadie los espera, aunque confío en que mantengas buenas relaciones con Barlennan. Pero no debes olvidar que se invirtieron dos mil millones de dólares en equipo especial para ese cohete que no pudo salir del polo, y que contiene grabaciones de incalculable valor…