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LA IGUALDAD SOCIAL Y POLÍTICA
Y SUS RELACIONES CON LA LIBERTAD
OBRAS DE DOÑA CONCEPCIÓN ARENAL
TOMOS PUBLICADOS
I. El visitador del pobre, 2 pesetas Madrid, 2,50 provincias.
II. La Beneficencia, la Filantropía y la Caridad, 2 pesetas Madrid, 2,50 provincias.
III. Cartas á los delincuentes, 3,50 pesetas Madrid, 4 provincias.
IV. La mujer del porvenir.—La mujer de su casa, 2,50 pesetas Madrid, 3 provincias.
V y VI. Estudios penitenciarios, 5 pesetas Madrid, 6 provincias.
VII y VIII. Cartas á un obrero y Cartas á un señor, 5 pesetas Madrid, 6 provincias.
IX. Ensayo sobre el derecho de gentes, 4,50 pesetas Madrid, 5 provincias.
X. Las colonias penales en la Australia, y la pena de deportación, 3 pesetas Madrid, 3,50 provincias.
XI. La instrucción del pueblo, 3 pesetas Madrid, 3,50 provincias.
XII. El derecho de gracia.—El reo, el pueblo y el verdugo.—El delito colectivo, 2,50 pesetas Madrid, 3 provincias.
XIII. El visitador del preso, 2 pesetas Madrid, 2,50 provincias.
XIV. Informes penitenciarios, 2 pesetas Madrid, 2,50 provincias.
XV y XVI. El pauperismo, 6 pesetas Madrid, 7 provincias.
XVII. Memoria sobre la igualdad (inédita).
A quien solicite la colección le será enviada certificada con sólo recibir el valor de ella en Madrid.
Estos tomos se hallan de venta en la librería de D. Victoriano Suárez, Preciados, 48, MADRID.
OBRAS COMPLETAS
DE
D.ª CONCEPCIÓN ARENAL
TOMO DECIMOSÉPTIMO
LA IGUALDAD SOCIAL Y POLÍTICA
Y SUS RELACIONES CON LA LIBERTAD
MADRID
LIBRERÍA DE VICTORIANO SUÁREZ
48, Preciados, 48
1898
Est. tip. «Sucesores de Rivadeneyra».—Paseo de San Vicente 20.
INTRODUCCIÓN.[1]
Basta considerar la frecuencia con que se habla de igualdad, el calor con que se discute, la multitud de personas que toman parte en la discusión ó se interesan en ella, la vehemencia con que se ataca y se defiende, la pertinacia con que se afirma ó se niega, la confianza con que se invoca como un medio de salvación, el horror con que se rechaza como una causa de ruina; basta observar estos contrastes, no sólo reproducidos, sino crecientes, para sospechar que la igualdad no es una de esas ideas fugaces que pasan con las circunstancias que las han producido, sino que tiene raíces profundas en la naturaleza del hombre, y es, por lo tanto, un elemento poderoso y permanente de las sociedades humanas.
Esta sospecha se confirma, pasando á convencimiento, al ver en la historia la igualdad luchando con el privilegio; vencida, no exterminada, rebelarse cuando se la creía para siempre bajo el yugo; existir, si no en realidad, en idea y esperanza, y, derecho ó aspiración, aparecer en todo pueblo que tiene poderosos gérmenes de vida.
Aspiración generosa, instinto depravado, impulso ciego, deseo razonable, sueño loco; bajo todas estas formas se presenta la igualdad, ya matrona venerable, con balanza equitativa como la justicia, ya furia, que agita en sus manos rapaces tea incendiaria.
La igualdad en la abyección; la igualdad en el derecho; un populacho vil que quiere pasar, sobre todos, el nivel de su ignominia; un pueblo digno que se opone á que la justicia sea privilegio: el pensador, buen amigo de las multitudes, que procura ilustrarlas; el fanático ó el ambicioso, que las extravía, todos hablan de igualdad, aunque cada uno la comprenda de distinta manera.
Esta diferencia en el modo de concebir una misma cosa se observa en otras muchas; pero tal vez en ninguna es más perceptible que en la igualdad, porque no hay quizás aspiración que tan fácilmente pase de razonable á absurda, cuyos verdaderos límites sean tan fáciles de traspasar, que se ramifique y extienda tanto á todas las esferas de la vida, ni que haga tan estrecha alianza con una pasión implacable y vil: la envidia. La envidia enciende sus rencores y destila su veneno en los individuos y en las multitudes que convierten la igualdad en bandera de exterminio, y por eso son á veces tan sordas á la voz de la razón y á las súplicas de la misericordia.
Estudiando la igualdad en el pasado, no se la ve seguir un curso más ó menos rápido, más ó menos regular; su brillo no crece con las luces de la inteligencia; su marcha no es paralela á la del progreso humano: tiene resplandores de relámpago, movimientos vertiginosos, y á veces cada paso asemeja á una erupción. Esto no es decir que carezca de ley, no; el huracán y la tempestad tienen la suya; pero es considerar cuán difícil ha de ser la observación de un fenómeno relacionado con tantos otros, y que no puede conocerse bien sino conociéndolos todos.
Mas por dificultoso que sea el estudio, parece necesario; la igualdad no se invoca ya por unos pocos, sino por el mayor número; no se limita á una ú otra esfera de la vida, pretende invadirlas todas, y sin saber lo que es, ni los obstáculos que halla, ni el modo de vencerlos, se pretende suprimir el tiempo necesario, el trabajo indispensable, y supliendo la fuerza con la violencia, lograr instantáneamente lo que sólo se realizará en el porvenir, ó lo que no podrá realizarse nunca. Estas aspiraciones las tiene el que padece, con la impaciencia de quien sufre, con la cólera del que halla un remedio ó un alivio que supone negado por la injusticia y el egoísmo. Y no son cientos ni miles, sino millones de cóleras impacientes y doloridas, que piden á la igualdad un recurso para su penuria y una satisfacción para su amor propio. Y estos millones de impacientes iracundos comunican entre sí; es decir, que multiplican su impaciencia y su ira, que, contenida á intervalos, y á intervalos desenfrenada, es amenazadora siempre.
Enfrente de los que esperan en la igualdad están los que la temen, los que ven en ella una cosa monstruosa, imposible, absurda, injusta; un sueño de la fiebre popular, un producto de las malas pasiones de la plebe, ó un medio de explotarlas. Para éstos, la igualdad es sinónimo de anarquía, de caos, de degradación, hasta el punto que igualarse viene á ser rebajarse, y persona distinguida equivale á persona digna.
El antagonismo no puede ser más evidente: lo que para éstos es un atentado, para aquéllos es un derecho; aberración para unos, dogma para otros.
Los dogmas se creen; los partidarios de la igualdad, las multitudes al menos, creen en ella, la afirman con la seguridad del que no ha pensado, con la vehemencia del que espera, y, como todo ignorante que sea apasionado, están dispuestos á imponer la creencia.
El dogmatismo que suele aplicarse á las cosas espirituales aquí interviene en las materiales, y no tiene un reducido número de oráculos en el aula ó en el templo, sino que abre cátedra donde quiera, en calles y plazas, en caminos y en veredas. El dogmatismo filosófico y religioso tiene máximas y preceptos que son promesas, reglas que enfrenan las pasiones, y aunque influya en las cosas materiales, no se dirige tan inmediata y directamente á ellas como el dogma de la igualdad. No se trata ya sólo de ser todos igualmente hijos de Dios, que no hará más distinción que entre justos y pecadores; de ser juzgados por la misma ley penal, y de suprimir todo privilegio en la política, sino de promulgar la económica de modo que desaparezcan las diferencias en las cosas que importan más, porque no se da tanto valor á tener voto en los comicios como pan y comodidades en casa. La insurrección económica, la huelga, es la más frecuente, casi la única, y manifiesta adónde se quiere aplicar el nivel con más empeño.
Mientras otros dogmas pierden prestigio, el de la igualdad aumenta el número de sus prosélitos, y extiende su acción en cada individuo; no hay fenómeno social en que no aparezca su influencia, difícil determinar hasta dónde llegará, al menos como aspiración. ¿Quién pone límites á la fe y á la esperanza?
Y, no obstante, se comprende la necesidad de ponerlos cuando la esperanza y la fe no se alimentan de espirituales promesas para otra vida, sino que quieren realizarse en ésta con la posesión inmediata de ventajas positivas y materiales bienes. Agréguese que éstos no se buscan siempre por la persuasión, sino recurriendo á la fuerza, y es de temer que la apelación á ella se repita más y más si no se contiene la fermentación de las impaciencias. Uno de los medios de contenerlas es discutirlas; citar ante el tribunal de la razón á los contendientes; oirlos con imparcialidad; no negar el derecho porque sea nuevo ni porque sea viejo, sino atendiendo á la justicia; precaverse contra la pasión, que no siempre es vocinglera; contra el egoísmo, que puede ser cínico ó hipócrita; determinar bien los puntos esenciales que se discuten para quitar al asunto mucho de lo vago que hoy tiene; señalar las contradicciones que hayan podido pasar desapercibidas, pero que en los hechos dan lugar á choques y conflictos, y de este modo contribuir á que, respecto á la igualdad, se tenga opinión que se discute, un elemento social que se analiza, y no un dogma que se impone ó un arma con que se amenaza.
PARTE PRIMERA.
De la igualdad considerada social y filosóficamente.
CAPÍTULO PRIMERO.
NOCIONES GENERALES.
La idea de igualdad supone la de diferencia: si no se hubiesen notado maneras de ser diferentes, no cabía afirmar que las hubiera iguales; no se diría que los hombres lo eran, sino comprendiendo que pueden dejar de serlo. Que los aficionados á los estudios psicológicos, que propenden á ver sucesivos fenómenos que tal vez son simultáneos, discutan si la noción de igualdad ha seguido ó precedido á la de diferencia; á nosotros nos basta hacer constar que si todos fueran, se sintieran y se supieran iguales, no se discutiría acerca de la igualdad, viviríamos sin afirmarla ni negarla, sin notarla; no habría idea de ella, como no existiría la de salud si no se hubieran visto vivientes enfermos ni se concibiera que pudiesen estarlo. Anterior, posterior ó simultánea, negación ó afirmación de semejanzas ó de diferencias, la igualdad y la desigualdad coexisten de tal manera, que no puede concebirse la una sin la otra, y que el estudio de cualquiera de ellas es el estudio de entrambas.
Si, pues, desde el primer momento que meditamos sobre la igualdad la vemos que coexiste con la desigualdad, y que no se concibe sin ella, la primera consecuencia que sacaremos es que entrambas existen necesariamente, que son indestructibles la una como la otra, y que ni el nivel ni el privilegio pueden ser un medio permanente de establecer la paz y la justicia, porque uno y otro prescinden de la naturaleza de las cosas. Los defensores del privilegio niegan las semejanzas, los niveladores las diferencias, sin ver que unas y otras se prueban en el hecho mismo de tener idea de igualdad y desigualdad. Sus grados, clase y resultados darán lugar á discusiones y dudas; pero que al menos quede fuera de ella que la igualdad y la desigualdad se suponen mutuamente, coexisten son un elemento necesario que se puede modificar, combinar de este ó del otro modo, pero no suprimir; y la razón nos pone á cubierto de los radicalismos que entienden arrancar de raíz los abusos ó los errores, cuando no hacen más que prescindir de lo que es esencial á la naturaleza humana.
La igualdad supone comparación, y la comparación cosas ó personas que han de ser comparadas. Ya se sabe que todo sér es idéntico á sí mismo; de modo que, cuando se dice igual, evidentemente hay que referirse á otro. Igualdad supone pluralidad de personas ó cosas que no se aislan, sino que, por el contrario, se aproximan para compararlas ó ser comparadas.
Un número de seres, una aproximación suficiente, una comparación de sus cualidades, son condiciones indispensables para decir ó negar que hay igualdad. Ésta supone, pues, colectividad que juzga y resuelve si algunos, muchos ó todos sus individuos han de equipararse. Por pocos que éstos sean, la igualdad es un fenómeno social, y por groseros que se los suponga, la igualdad está precedida de una comparación, de un juicio.
En consecuencia, la igualdad, ya se afirme, ya se niegue, no se puede considerar en una cosa aislada: como quiera que se comprenda el modo de ser de una persona, no se la iguala ó diferencia por lo que en ella se observe en absoluto, sino por lo relativo que con otros tenga de común ó diferente. No siendo la igualdad personal, sino colectiva, tiene más fuerza y menos independencia que lo que depende del solo individuo; y si se conociera mejor, tendría menos osadía y menos desfallecimientos como un elemento positivo y coartado que no se puede extender indefinidamente ni suprimir.
La igualdad, como aspiración, existe en varios grados y formas, según el pueblo en que aparece y el individuo que á ella aspira; pero en ninguna circunstancia esta aspiración existe sola, sino con otras, ya del individuo que la siente, ya de los que con él están relacionados. El mismo que desea igualarse con los que están más arriba, quiere distinguirse de los iguales, y se indigna de ser confundido con los inferiores. El espíritu de dominación, tan hostil al de igualdad, coexiste con él, y cuando no hay una fuerza que le sofoque, ó una razón que le enfrene, se revela: pueden verse sus tendencias avasalladoras en el niño que pretende imponer su voluntad, y más aún en el loco, que no sólo quiere que prevalezca la suya, sino que con frecuencia se reviste de autoridad superior ó poder omnipotente. Cierto que no se pueden aplicar á los hombres cuerdos las observaciones hechas en los niños y en los locos, pero tampoco pueden dejar de considerarse como datos; porque en el niño están los elementos del hombre; no ha dejado de serlo el loco por estarlo, y su extravío no consiste en tener instintos, facultades ó sentimientos que falten á los demás, sino en la preponderancia desordenada de alguno de ellos. La frecuencia con que los locos se creen personas muy superiores por sus riquezas, talentos ó autoridad, hace sospechar que existe en el hombre una propensión á elevarse sobre los otros, sospecha que pasa á convencimiento notando que la vanidad y espíritu de dominación son tan comunes en el hombre como hostiles á la igualdad. Si hay en el corazón humano un elemento que impulsa á igualarse, hay otro que induce á distinguirse, como se puede notar que existe á la vez el instinto del mando y el de la obediencia. Estos impulsos iniciales pueden y deben constituir una armonía: no se diga que son fatalmente hostiles, pero no se desconozca su antagonismo y se crea que la igualdad puede establecerse sin lucha y brotar espontáneamente donde quiera que no se contraría la natural propensión del hombre. Éste, por el contrario, propende á la desigualdad, porque es vano, porque quiere distinguirse, y para lograrlo sacrifica muchas veces su sosiego, su vida y hasta su deber. Desde la noble emulación que inspira al héroe en el campo de batalla y al sabio en su gabinete, al bestial arrojo del torero, y el artificio costoso de la coqueta elegante, hay un mundo de esenciales diferencias, pero se nota un factor común, el deseo de distinguirse; es tan fuerte este deseo, que anima al hombre en las circunstancias más varias de la vida; sofoca el ¡ay! del enfermo que siente penetrar en sus carnes el cuchillo de amputación, y la voz de la conciencia de la mujer de moda se mezcla á los motivos nobles del hombre virtuoso y á los viles del criminal. Seguramente hay servidores, y aun mártires, de la religión, de la ciencia y de la humanidad, en quienes no influye el deseo de distinguirse y hacer que su nombre no se confunda con los otros, pero son excepciones; la regla general es que el individuo, siempre que puede, procura hacerse notable por alguna cosa; que si halla grados establecidos procura colocarse en los superiores, y que sólo los que están en el último piden nivelación. Hay, pues, que tener presente el hecho de que en lo íntimo de la naturaleza humana existe un impulso antagónico á la igualdad: el deseo de distinguirse.
Siendo el hombre un compuesto complicadísimo de elementos que se combinan de diversos modos, no es cosa sencilla y fácil de estudiar la igualdad: puede referirse á la fuerza, á la belleza física, á la resistencia para el trabajo, la fatiga, el dolor, y contra las causas que alteran la salud; á la nobleza ó vileza de carácter, á su entereza ó debilidad, á la actividad ó apatía, al cumplimiento ú olvido del deber, al egoísmo ó la abnegación, y, en fin, á las varias facultades intelectuales. Las aptitudes diversas, las variaciones combinadas de diverso modo, dan lugar á diferencias infinitas en lo físico, en lo moral, en lo intelectual. La igualdad y la desigualdad están constituídas por un gran número de igualdades y desigualdades que modifican y son modificadas: así como del mismo peso ó estatura de dos hombres no se puede inferir su igualdad física, porque uno puede ser feo ó enfermo, otro bello y hermoso, tampoco por ninguna cualidad moral ó aptitud de la inteligencia se puede saber si será igual á otro que tenga aquella misma aptitud ó cualidad. Y como esto sucede, no sólo al comparar un individuo con otro, sino todos entre sí; como hay que ir reconociendo diferencias y combinaciones de ellas para conocer igualdades, este conocimiento es muy difícil, y muy común, careciendo de él, resolver como si se tuviera. El que habla resueltamente de igualdad, ¿puede responder siempre á esta pregunta? ¿De qué igualdad se trata? No; y la física, la moral y la intelectual constituyen clases muy diferentes, y dentro de ellas, variedades infinitas. Sólo clasificando estas diferentes especies de igualdad pueden conocerse, y sólo conociéndolas negar y concederse con razón.
Siendo los elementos de la igualdad físicos, morales é intelectuales, hay que tenerlos todos presentes para establecerla; si se prescinde de ellos, la igualdad es una palabra, un abuso de la fuerza, la ilusión que desaparece ó el rodillo que nivela aplastando lo que sobresale, jamás el equilibrio de una armonía duradera.
La igualdad tiene, sin duda, profundas raíces en el corazón humano; pero además de que halla otros espontáneos impulsos igualmente arraigados que la contrarían, ninguna planta vive por la raíz sola: no basta decir que una aspiración es natural para que sea realizable; al contrario, el hombre está lleno de aspiraciones que rara vez ó nunca realiza. No creemos que sean inútiles; pero no es éste el lugar de discutir cómo pueden utilizarse, sino de consignar que las aspiraciones no son, ni profecías, ni oráculos, sino impulsos que es necesario enfrenar, ó cuando menos dirigir. Para apreciar los grados de realidad que pueden tener las aspiraciones, cierto que ha de tenerse en cuenta la naturaleza humana, pero cuidando de distinguir que hay inmensas diferencias entre el natural de un salvaje, de un bárbaro ó de un hombre civilizado, y aun dentro de la civilización, según sus grados, tendencias y lugar que en ella se ocupa, entre unos hombres y otros; de modo que, cuando se habla de conformarse á las aspiraciones naturales, es necesario investigar cuáles son, porque el natural varía.
Aun cuando la igualdad sea aspiración legítima y realizable, no puede prescindir del principio no hay derecho contra el derecho, ni afirmar que el suyo es el más sagrado, que no tiene límites fijos, que su uso no está sujeto al abuso, y, en fin, que puede sustituirse con una maza la balanza de la justicia. Pero desde que la igualdad es derecho, es sagrado como cualquier otro, indestructible como todos; y siendo preciado como pocos, y haciendo como ninguno fácil la alianza de la razón y las pasiones, negarle es tan imprudente como injusto.
De todo lo cual se infiere que la igualdad es un problema social de los más complicados y difíciles de resolver.
CAPÍTULO II.
DE LA IGUALDAD, DE LA IDENTIDAD, DE LA SEMEJANZA Y DE LA EQUIVALENCIA.
La igualdad sin diferencia alguna entre las personas, sabido es que no existe, y aun las cosas que no acertamos á distinguir no son idénticas. Si lo parecen las hojas de un árbol ó las arenas del mar, es porque no las observamos bien, ó porque no tenemos medios adecuados de observación: á medida que ésta se perfecciona más, halla más diferencias; tanto, que conocer es distinguir. Nos parecen iguales las ovejas de un rebaño que el pastor no confunde, y dos gotas de agua que ponemos como ejemplo de cosas idénticas, con el auxilio del microscopio se ve que no lo son.
Si la igualdad entre los hombres no es, no puede ser la identidad, resultará, pues, de cierto grado de semejanza. Pero ¿qué grados de semejanza bastan para constituir la igualdad? ¿Cómo se miden estos grados? Hé aquí dos preguntas que es preciso hacer y difícil contestar. Por difícil que sea hay que contestarlas, porque ya se conceda la igualdad ó se niegue, necesario es razonar la concesión ó la negativa: reflexionemos, pues, sobre el asunto.
Hay que poner ruedas á un vagón, y han de ser iguales. ¿Qué necesitamos para decir que lo son? No que sean idénticas, sino que su semejanza sea bastante para resistir igualmente por cierto tiempo, para que se adapten á la vía de un modo análogo, no tengan demasiado rozamiento al rodar por ella, no descarrilen en las circunstancias normales, y no produzcan movimientos violentos y grandes desniveles en los carruajes.
Necesitamos una balanza: los brazos, los platillos, han de ser iguales. ¿Cuándo decimos que lo son? Cuando tienen la suficiente semejanza para que los pesos que hacemos con ella tengan la necesaria exactitud. Según tengamos que pesar patatas, oro ó gases, exigiremos entre las partes simétricas del aparato más igualdad, grados de semejanza proporcionados á los de exactitud que deseamos en el peso.
Necesitamos varios aparatos para elevar agua, iguales, y decimos que lo son cuando los cuerpos de bomba y los émbolos tienen bastante semejanza para efectuar próximamente el mismo trabajo.
Construímos una escalera con peldaños, que tenemos por iguales si á la vista lo parecen, asemejándose bastante para que al andar por ella no se tenga la molestia que resultaría de su mucha desigualdad.
Podrían multiplicarse los ejemplos, resultando siempre que en las obras materiales se llama igualdad cierto grado de semejanza.
Debe observarse, además, que tácita ó expresamente se prescinde, al calificar de iguales las cosas, de diferencias que, aun cuando grandes, no influyen de una manera apreciable en su utilidad para el servicio que han de prestar. Así, decimos que dos bombas son iguales si tienen las mismas dimensiones y efectúan el mismo trabajo, aunque estén pintadas de un color diferente.
Si de las obras pasamos á los operarios, observaremos que éstos se califican también de iguales cuando sus productos se asemejan lo bastante para ser igualmente útiles. Llamamos iguales á dos zapateros que nos hacen por el mismo dinero botas que no difieren de un modo apreciable en apariencia y servicio.
Pero en cuanto pasamos de la obra al obrero, surgen multitud de elementos que hacen el problema complicado, de sencillo que era. En la balanza podíamos prescindir de todas las diferencias que no influyesen para la exactitud del peso; en el zapatero no podemos prescindir de todas las que no se refieran á la hechura de las botas. Puede ser un hombre que padece una enfermedad contagiosa transmisible por el calzado que manipula; un tramposo que pide paga anticipada y olvida ó niega la que ha recibido; un ratero que echa mano y guarda el cubierto ó la joya que halló al paso en nuestra casa; un criminal que entra en ella para combinar, con otros malvados, el modo de asaltarla. ¿Puede parecemos igual al que está sano de cuerpo y es exacto en sus cuentas y honrado en sus procederes? Seguramente que no.
Si en vez de calzar se trata de enseñar á un hijo, todavía notaremos más diferencias importantes entre dos maestros iguales respecto á ciencia, y habilidad y celo en transmitirla. No nos basta ya que no sean tramposos, ni cometan ninguna acción penada por la ley; necesitamos que sus maneras sean cultas, su lenguaje decoroso, su proceder digno, su conducta intachable, á fin de que no dé mal ejemplo, haciendo más daño con su obra inmoral que provecho con su obra científica: en este caso la igualdad necesita mucho mayor número de semejanzas. Estas han de ser más para que haya igualdad entre dos amigos.
Podemos decir (y con exactitud muchas veces) que nos son iguales dos operarios que trabajan del mismo modo; mas para afirmar la misma igualdad en dos personas que aspiran á la mano de una hija, ¡cuánto mayor número de semejanzas no necesitamos! La comparación se extiende entonces á lo físico, á lo moral, á lo intelectual. Edad, robustez, belleza, costumbres, ideas, carácter, aptitud, posición social, todo lo comparamos, observando analogías y diferencias, inconvenientes y ventajas, perjuicios y compensaciones; son aquí tantas las semejanzas que se necesitan para establecer la igualdad, que será muy raro que un padre, aun obrando con fría razón y recta conciencia, sin dejarse llevar de simpatías ciegas, ni vanidades locas, piense que es igual un hombre á otro para marido de su hija.
Se ve que en las relaciones de los hombres, aun las más sencillas y del orden físico, aun para la obra más mecánica, la igualdad que se establece no es puramente material; y se ve también que entran en ella más elementos físicos, morales é intelectuales, á medida que la relación se establece en más amplia esfera, aumentando entonces el número de semejanzas necesarias para constituir igualdad.
Parece, pues, bastante claro que al contestar á la pregunta: ¿Qué grados de semejanza se necesitan para establecer la igualdad?, no podemos referirnos á escala y números fijos, ni aplicar la misma regla comparando balanzas y escaleras, que hombres, ni éstos lo mismo si se trata de hacer calzado ó la felicidad de las personas que amamos.
De todo lo cual se infiere que igualdad es aquel grado de semejanza NECESARIA para el fin á que se destinan las cosas ó personas que se comparan. Ya sacaremos las consecuencias de este principio, á nuestro parecer muy importante.
¿Qué es equivalencia? La etimología de la palabra lo indica: equivalente es lo que vale igual. La igualdad aquí se refiere, no á la naturaleza de la cosa comparada, sino al aprecio que de ella se hace, al valor que tiene. Una moneda de oro, una medida de trigo, una pieza de paño, un pedazo de hierro, cosas son que se parecen muy poco entre sí, y, no obstante, pueden ser equivalentes, cambiarse unas por otras, y tomarse indistintamente como pago de una deuda. La equivalencia de las personas se establece según condiciones que varían mucho más que respecto á las cosas: las circunstancias, los errores, las pasiones, la abnegación, el egoísmo, el vicio, la virtud, el crimen, la inocencia, todo contribuye á que una persona sea tenida en poco ó en mucho, y á que se considere que vale más, menos ó lo mismo que otra con quien se la compara.
Menos fuerza muscular puede suplirse con mayor destreza; una cualidad moral, una aptitud intelectual con otra ó con mayor perseverancia en el trabajo y constancia para el bien. Aunque no se suplan las disposiciones ó las obras, pueden éstas tener un valor igual y ser equivalentes. Un albañil y un cantero no se suplen, ni un cantante y un director de orquesta; pero siendo igualmente necesarios éstos para ejecutar una ópera y aquéllos para hacer una casa, dadas ciertas circunstancias su trabajo podrá tener un valor igual, y sus servicios considerarse como equivalentes. Un médico y un abogado no se suplen en lo relativo á su profesión, pero los servicios que prestan, aunque muy diversos, pueden valer lo mismo. La muerte del que la arrostra voluntariamente por la patria en el campo de batalla, ó por la humanidad en una epidemia, con ser muy distintas son igualmente heroicas. Hay equivalencias en el arte y en la industria, en lo intelectual y en lo moral, en todo.
Pero estas equivalencias, ¿qué grados de analogías necesitan? Aquí empieza la gran dificultad; porque un valor, cualquiera que sea, es cosa relativa á los medios, necesidades é ideas de quien le calcula y determina, y dos cosas análogas y equivalentes para uno, para otro no tienen analogía, ni pueden ser comparadas, ó si lo son es para apreciarlas de muy diferente modo. El entusiasta por la música y el que la considera como un ruido menos desagradable que otros; el aficionado á toros y el que detesta esta diversión, ¿podrán ponerse de acuerdo sobre la equivalencia de los servicios que presta un torero y un cantante? El que llama sueños á las especulaciones filosóficas, y el que cree no hay elevación ni dignidad sino en ellas; el que no considera como verdadero trabajo sino al manual, y el que le califica de degradante, ¿podrán convenir en la equivalencia de la obra de un filósofo y de un picapedrero?
Es un gran auxiliar de la igualdad la equivalencia; por medio de ella pueden ponerse al mismo nivel social los que tienen aptitudes, méritos, posiciones diferentes, estableciendo compensaciones armónicas y durables en vez de esas especies de rodillos que quieren pasarse por la sociedad como por las carreteras para igualar por presión, aplastando todo lo que sobresale. El que observa la variedad de aptitudes que especifica y aumenta la división de trabajo, y duda tal vez de poder hallar bastantes semejanzas para establecer la igualdad, ve un modo de suplir á la semejanza con la equivalencia, y se apresura á señalarla como poderoso elemento de equilibrio estable. Y como el ánimo al discurrir sobre los grandes problemas sociales es raro que no esté inquieto; como el asunto es carne viva que palpita, que siente, que sufre; como estas palpitaciones y estos sufrimientos se comunican al que los estudia con deseo de calmarlos, cuando se halla ó se cree hallar un calmante, es difícil que al desear su eficacia no se exagere.
Fácil es, por tanto, caer en exageración al graduar lo que al equilibrio social puede contribuir la equivalencia; mas sin considerarla como una panacea, parécenos que puede calificarse de remedio en algunos casos, y siempre de elemento armónico de razonable igualdad. Al congratularse de que exista, y al contar con él, hay que precaverse de exagerar su poder, y, sobre todo, de no imaginar que es independiente. La equivalencia puede penetrar muy adentro en el organismo social, pero no influir sin ser influída, y sin un previo, largo y difícil trabajo para calmar pasiones, desvanecer errores, satisfacer intereses y hacer concurrir al bien elementos cuyas armonías no se sospechan al ver sus aparentes antagonismos.
Pero si parece indudable que la equivalencia puede contribuir de un modo eficaz á establecer la igualdad, tampoco tiene duda que su cooperación ofrece dificultades cuya magnitud conviene apreciar bien, para que no se conviertan en insuperables obstáculos. Por una parte, si pueden ponerse al mismo nivel, no sólo los que son iguales, sino también aquellos que valen igualmente, claro es que aumenta el número de personas que se igualaron, socialmente consideradas; pero este aumento requiere condiciones difíciles, es más dificultoso determinar equivalencias que igualdades. Comparar dos médicos entre sí, un médico con un naturalista ó un abogado, un poeta con un piloto, un ingeniero con un albañil, un artista con un artesano, ofrece dificultades crecientes á medida de las diferencias: ya no se buscan semejanzas que se llaman igualdades, hay que observar analogías para determinar equivalencias. Este trabajo se ve claramente es mucho más delicado y difícil, aunque se hiciera con toda calma, despreocupación y justicia; pero suele faltar esta justicia, esta despreocupación, esta calma, y suele medirse el valor de las diferentes clases como miden la temperatura los que no tienen termómetro, y según sienten calor ó frío, dicen que una casa está fría ó caliente. ¿Qué escala, qué regla hay para graduar las equivalencias sociales? Si no nos pagamos de palabras y de apariencias, veremos que no existen reglas fijas; y reflexionando sobre el caso, notaremos que las escalas es inevitable que sean variables con las ideas, las pasiones, las necesidades y la manera de ser de los que las forman. El pueblo guerrero y descreído no puede conceder equivalencia entre el combatiente impávido y el piadoso sacerdote; el ignorante y vicioso, entre el sabio que le quiere instruir y el cómico, el cantante ó el torero que le divierten: donde se cree en la diferencia real de las castas y de las clases, no hay equivalencia posible entre los que figuran en las primeras y los que pertenecen á las últimas. Cada cambio en las ideas, en los intereses, en las necesidades, en las pasiones, produce otro en la escala que gradúa el valor social de los hombres; se establecen equivalencias donde antes no podían existir, se niegan las reconocidas, y se declara superior al que antes estaba más abajo, y viceversa. Mirados con desprecio los que toman parte en las representaciones teatrales, su oficio es vil, y ellos equiparados á los más indignos; pasan años, no muchos, para tan notable cambio, y el que era un histrión infame se convierte en un actor, en un artista apreciable, eminente, sublime, inmortal, según los casos, y la equivalencia que antes se buscaba en las últimas capas sociales, se establece en las primeras.
Un gran número de artes y oficios vedados por la ley ó por la opinión á toda persona digna, y hoy apreciados ú honrados, han variado la graduación de la escala y los elementos de la equivalencia. Estudiándolos se ve que crecen estos elementos, que cada descubrimiento, cada invención, cada camino que se abre á la actividad inteligente del hombre, es un nuevo medio de equipararle á otros que ocupaban una posición más aventajada, y aumenta el número de los que, siendo equivalentes, pueden ser y son considerados como iguales: la rapidez del progreso en este sentido no puede desconocerse. No es necesario subir mucho en la historia de los pueblos para ver que no había equivalencia social respecto á las clases elevadas más que en dos: el sacerdote y el guerrero. Entre éstas y las demás mediaba un abismo; la equivalencia era imposible. Después la toga se equiparó al hábito y á la coraza; así pasó mucho tiempo, y aún los ancianos recuerdan aquel en que ninguna persona noble que no tuviera lo suficiente para vivir de sus rentas podía dedicarse más que á las armas, á la iglesia ó al estudio de las leyes: la equivalencia, que se había extendido un poco, se limitaba, no obstante, al derecho, la teología y la milicia; hoy han dilatado su esfera las ciencias, las artes, la industria, el comercio, modos infinitos de desplegar dignamente la actividad humana, que, manifestándose de diferente modo y aplicándose á objetos diversos, tienen igual utilidad y merecen igual aprecio.
No es posible observar, siquiera sea muy por encima, la marcha de la civilización sin ver como factor creciente de la igualdad la equivalencia, y sin notar que este crecimiento es constante, graduado, sólido, resulta de causas poderosas y permanentes, es lógico, en fin.
Pero quien dice lógica, dice encadenamiento ordenado y necesario de verdades, dice un inmenso poder y una regla severa, una gran fuerza y una estrecha sujeción, y para que las consecuencias sean irresistibles es indispensable que las premisas sean ciertas. No es una escuela, un club, un orador de tribuna ó de esquina los que pueden decir á un hombre ó á una multitud tú vales tanto como otra multitud ú otro hombre: esta declaración puede hacerse aplaudir en una hora da entusiasmo, ó servir de bandera en un día de motín; pero no constituirá un derecho si no recae sobre hechos positivos y constantes. Nuevas ideas, nuevas necesidades físicas, morales é intelectuales, y quien las satisfaga realmente, es condición precisa para aumentar de un modo estable el número de los equivalentes sociales, ó variar el lugar de la escala que ocupan. La adivinación no se ha convertido en buenaventura descendiendo del oráculo á la gitana, sino porque son ya pocos y de los que están muy abajo los que creen que hay artes ocultas para predecir lo futuro. El ingeniero no se ha puesto á nivel de las profesiones más honradas sino porque satisface una necesidad generalmente sentida. El cómico no pasó de histrión infame á actor apreciado sino porque se ha hecho artista en un pueblo que gusta del arte; y donde el torero recoge aplausos y dinero, y el filósofo vive olvidado en la miseria, es porque la falta de ideas y el trastorno de las pocas que hay produce la inversión de las escalas sociales y que los últimos sean los primeros, y viceversa.
Así, pues, la equivalencia, auxiliar poderoso de la igualdad, crece constante pero lógicamente; tiene poder, pero está sujeta á leyes; puede influir mucho, pero no puede prescindir de necesidades, de ideas y, lo que es más triste, ni aun de errores é injusticias. En vano un individuo ó una colectividad dirán á otra colectividad ó á otro individuo: valemos tanto como vosotros, y será cierto y lo probarán; si los demás no lo comprenden así, si hay quien tiene interés en negarlo y medios de hacer que su interés prevalezca, la equivalencia, por más justa que sea, no será menos imposible. No la realiza, pues, quien pretende imponerla; antes la desacredita, contribuyendo á que se la declare imposible, cuando no es más que prematura.
Resumiendo. No se debe confundir la igualdad con la identidad, porque no existen dos personas entre las cuales no haya diferencia alguna.
Igualdad no es una cosa absoluta y fija, sino relativa y variable, según el objeto con que se establece; así hemos podido definirla aquel grado de semejanza necesario para el fin á que se destinan las cosas ó las personas comparadas.
Equivalencia es el valor igual que tienen las cosas ó las personas, no por sus muchos grados de semejanza, sino por ser igualmente apreciadas del que las califica.
Tendremos ocasión de recordar más adelante estas verdades y necesidad de apoyarnos en ellas.
CAPÍTULO III.
ORIGEN Y PROGRESOS DE LA DESIGUALDAD.
Es tan cierto lo que decíamos en nuestro primer capítulo, de que sin haber observado diferencias no habría ocurrido pensar en igualdades, aquéllas y éstas están en relación tan constante, íntima y necesaria, que al estudiar la igualdad hallaremos de continuo la desigualdad, sin que nos sea posible hacer investigaciones sobre la una, sin analizar la otra, y anotando que, bien definida cualquiera de ellas, es fácil definirlas entrambas con exactitud.
Si la IGUALDAD es aquel grado de semejanza necesaria para el fin á que se destinan las cosas ó las personas que se comparan, la DESIGUALDAD será aquel grado de diferencia por el cual las cosas ó las personas no puedan servir igualmente al mismo fin.
El origen de la desigualdad del hombre, que es la que nos proponemos estudiar, está en la naturaleza, entendiendo por naturaleza del hombre no sólo su organismo físico, sus necesidades materiales y los medios de satisfacerlas, sino su sér completo, físico, moral é intelectual.
Sin dejarse llevar de la imaginación ó del espíritu de sistema afirmando acerca del hombre prehistórico lo que no puede saberse, cabe asegurar que los primeros hombres no eran iguales entre sí, en el sentido de ser idénticos, ni aun tenían todos aquel grado de semejanzas en virtud del cual sirvieran igualmente á cuantos fines pudiesen proponerse en la sociedad más ruda.
Para evitar equívocos convendrá consignar que entendemos por hombre un viviente físicamente organizado en lo esencial, como lo están los hombres de hoy: intelectualmente, capaz de distinguir el bien del mal; y moralmente, con poder de elegir y realizar el uno ó el otro. El que no tenga estas condiciones podrá ser hombre para el naturalista, pero no lo es para el que se ocupa de ciencias morales y políticas.
Entre los primeros hombres los habría deformes, feos, débiles, enfermizos, y bien constituídos, bellos, fuertes, robustos; estas desigualdades físicas, por ser las más perceptibles y las más importantes entre hordas salvajes, no serían las únicas; individuos habría más resueltos para buscar el peligro, más firmes para arrostrarle, más circunspectos, más valerosos, más astutos para triunfar en la lucha continua que era condición de existencia. Que entre ellos había desigualdades se comprende desde luego observando que existen hasta entre los animales, y más á medida que ocupan un lugar más elevado en la escala. Entre los domésticos, que son los que conocemos un poco mejor, podemos notar diferencias de belleza, de fuerza, y hasta de inteligencia y de carácter; no se concibe, pues, que dejen de existir entre los hombres, ni se ha encontrado sociedad por ruda que sea en que algunos no se distinguieran de los otros, ya fuese por elevarse, ya por no llegar al nivel común. No hay pueblo sin jefe, ni donde la tradición no recuerde algunas personas distinguidas. Que se los suponga venidos de remotas regiones ó descendientes de los dioses, es lo cierto que se conserva el recuerdo de hombres que no eran iguales á los otros, que inventaron artes útiles, llevaron á cabo heroicas hazañas ó las cantaron.
Por rudo que sea el hombre primitivo, por decisivas que sean para él las inferioridades y superioridades físicas, también le importan en cierta medida, al menos, las intelectuales, porque además de la fuerza muscular necesita alguna inteligencia á fin de utilizarla. Un genio enfermizo no tendría autoridad en un pueblo bárbaro, pero tampoco un atleta imbécil.
Por todo lo que pensamos, observamos y sabemos, donde quiera que hay sociedad de hombres se notan en ellos desemejanzas bastante marcadas para que sean calificadas de desiguales, ya se compare su fuerza, ya su inteligencia. Estas diferencias son necesarias, sin que puedan evitarlas aquellos á quienes perjudican, ni conseguirlas aquellos á quienes favorecen. No depende de nadie nacer feo ó hermoso, enfermo ó robusto, limitado ó inteligente; todas estas desigualdades naturales son también fatales.
Aunque sea de paso, debemos advertir que decimos fatal en el sentido de inevitable, no en el de ciego y menos de injusto. En cualquiera época que estudiemos á los hombres hallamos desigualdad natural entre ellos, lo cual en parte se explica como necesario á la sociabilidad, y en parte no. En todo estudio se llega á un non plus ultra; se encuentra lo desconocido, lo inexplicable, que unos dan por explicado sin estarlo, otros llaman misterio, y otros absurdo ó injusticia: nosotros somos de los que le llamamos misterio. Le hay en la desigualdad congénita de los hombres; cuando es, será porque debe ser; pero aun los que no vean en ella la justicia divina, no pueden negarse á la evidencia de que está en la naturaleza humana. Providencial ó fatal, es innegable la desigualdad de los hombres de todos los tiempos y lugares; y cualquiera que sea el grado de su cultura, ésta modifica, no destruye el hecho primitivo de las grandes diferencias individuales.
Pero el hombre no es sólo un organismo físico, un conjunto de facultades intelectuales, sino también un sér moral; además de bello ó feo, endeble ó fuerte, limitado ó inteligente, puede ser bueno ó malo, y el serlo depende de él, de él solo; no hay aquí fatalidad; todo el que hace mal, si está en su cabal juicio, es porque quiere hacerlo. En cualquier lugar donde existen hombres los hay malos y buenos, peores y mejores; toda colectividad que tiene recuerdos, conserva la memoria de bondades ejemplares, de virtudes á toda prueba, de abnegaciones sin límites, al propio tiempo que necesita reprimir hechos atentatorios al orden y que, si se generalizasen, harían imposible la sociedad. El excepcionalmente bueno y el excepcionalmente malo, el que se reverencia con amor y el que se persigue con odio, el justo y el delincuente, son los extremos de la desigualdad moral, cuyos intermedios varían al infinito. Pero si las diferencias físicas é intelectuales se reciben, las morales se crean, su origen está en la libertad del hombre, en su voluntad recta ó torcida.
Son tres los elementos (físico, intelectual y moral) que entran en la desigualdad; de los dos primeros no se dispone, del último sí, y con él puede reaccionar de tal modo sobre los otros que venga á ser preponderante en vez de estar supeditado. ¿Quién no conoce personas que por falta de moralidad han destruido un físico fuerte, y otras delicadas que se han fortalecido con la constancia en un buen régimen que no es posible sino á los que tienen buena conducta? Por donde quiera se ven ejemplos de ventajas conseguidas respecto á los que nacieron mejor dotados, de desigualdades físicas invertidas por la moralidad ó la falta de ella; de modo que en muchos casos, aun aquellas dotes que parecen recibidas fatalmente, pueden conquistarse con la voluntad recta y perderse con la voluntad torcida; lo último, sobre todo, es indefectible; la organización más privilegiada no resiste al desorden y al vicio, que no tarda en rebajar á los que la Naturaleza había elevado al nacer.
Aunque no tan grande como la robustez, la belleza es una gran ventaja que está muy desigualmente distribuída. ¿Pero puede conservarse la belleza que se recibe sin la moralidad de que se dispone? ¿Cuánto tiempo dura la belleza del hombre crapuloso, de la mujer liviana, del malvado, en cuyo rostro contraído no tardan en reflejarse sus pensamientos siniestros? Poco dura, fugaz es, y ellos muy pronto inferiores, aun estéticamente considerados, á los que tienen la hermosura del alma. El efecto útil de la belleza para el que la tiene, es la impresión que produce. ¿Y quién no sabe que esta impresión depende muchas veces menos de las dotes físicas recibidas que de las morales consecuencia de la voluntad? ¿Quién no conoce personas que no son hermosas, y hasta que son feas, pero que, no obstante, agradan, son simpáticas, porque la dulzura del carácter, la bondad del corazón, la paz del espíritu, la rectitud de la conciencia, se revelan en el rostro, cuyo atractivo no está en las formas, ni en el color, sino que es un reflejo de la belleza del alma? Son feos porque quieren, decía uno con gran asombro de los que no comprendían cuanta verdad hay en esta frase; variándola un poco, diciendo:—son desagradables porque quieren—puede sostenerse su exactitud, porque el que tiene voluntad de ser bueno lo es, y siéndolo, no habrá en su aspecto exterior nada repulsivo, y, por el contrario, tendrá siempre algo que agrada y atrae.
De otras desventajas físicas triunfa también la voluntad fortaleciendo con el ejercicio órganos débiles y utilizando con la perseverancia aptitudes que sin ella habrían sido inútiles.
En el orden intelectual aparece aún mucho mayor el poder de la voluntad; y aunque no sea absolutamente cierto, como se ha dicho, que el genio es la paciencia, es decir, la perseverancia, es decir, la voluntad, sin ella muy firme no hay genio. Nadie nace genio. Pueden recibirse al nacer facultades superiores; pero si no se cultivan, se atrofian, sucumben en germen por falta de una voluntad firme y recta.
En general, los hombres grandes son hombres morales, y muchos que hubieran sido eminentes se quedan en medianías por falta de moralidad. No sólo el vicio debilita las facultades; no sólo el amor propio exagerado, la vanidad, la codicia, todas las formas del egoísmo limitan el horizonte, dan puntos de vista mezquinos, impiden elevarse á las grandes alturas desde donde solamente se descubre la verdad, sino que sin amor á ella, sin impulsos nobles, grandes, que destruyan los miserables movimientos del yo mezquino, es difícil la inspiración sostenida que constituye los grandes hombres. Porque la inspiración no se limita á los artistas y á los poetas; sin ella nada grande se crea, se comprende ni se adivina, é inspirados estaban Platón, Leibniz, Copérnico y Watt, como Homero, Milton y Murillo. Sin trabajo, sin energía no hay inspiración posible; y como el trabajo es obra de la voluntad, y cuando ésta se tuerce viene la perversión que degrada y debilita, resulta que hasta en el genio, que es la aptitud excepcional que requiere más dotes naturales que se reciben desigualmente al nacer, hasta en el genio influye poderosamente, á veces de una manera decisiva, el elemento moral: hay muchos hombres que nacieron con facultades eminentes, y para ser grandes no les ha faltado más que ser buenos, y otros que, por serlo en sumo grado, se elevan más que ellos con menos dotes naturales.
Pero dejando al genio, que es la excepción rara, y viniendo al talento y á la inteligencia que, sin llegar á él, tienen mayor ó menor el común de los hombres, ¿quién no ve cómo influye en su desarrollo y aprovechamiento la voluntad de cultivarla y el modo de dirigirla? No es necesario extender mucho la vista; en derredor y muy cerca pueden observarse aptitudes inútiles ó que por culpa suya ha vuelto contra sí el mismo que las tenía, y facultades comunes, y aun limitadas, que ha utilizado grandemente el trabajo y la perseverancia. Si el genio es poder y querer, la inteligencia del común de los hombres es principalmente querer, y las desigualdades que en ellos se notan son, por lo general, consecuencia de la voluntad torcida ó recta, débil ó fuerte, que rehuye el trabajo ó persevera en él, que da el tónico de la buena conciencia ó el debilitante deletéreo de la perversión. Es frecuente ver personas que han adquirido una reputación ó una fortuna, que se han distinguido sin tener dotes naturales superiores, y por sólo el resorte moral de una conducta ordenada, de un trabajo perseverante; y es asimismo grande el número de los excepcionalmente aptos y dispuestos, que gráficamente se llaman perdidos, y que, en efecto, pierden las facultades de que no usan ó que emplean en su daño.
Verdades son éstas que todo el mundo sabe, por lo cual no hay para qué insistir en ellas, y sí sólo en las consecuencias que deben sacarse; éstas nos parecen muy importantes, por lo que no estará mal repetirlas y determinarlas bien; pueden formularse así:
El hombre se compone de elementos físicos, morales é intelectuales;
Los intelectuales y los físicos los recibe al nacer con una desigualdad que no está en su mano evitar;
Los morales son obra suya; puede ser bueno ó malo, mejor ó peor, según quiera; en la esfera moral la desigualdad es obra suya, y en ella no se rebaja sin culpa, ni se eleva sin mérito.
Pero en la unidad armónica que constituye la persona humana, los elementos intelectual y físico reciben poderosas influencias del moral; de modo que el hombre no sólo puede ser bueno ó malo porque quiere, sino que su voluntad influye poderosamente en su fuerza física, en su robustez, en su belleza y en su inteligencia.
Los elementos intelectuales y físicos que fatalmente parecen establecer una inevitable desigualdad, están neutralizados por el elemento moral que no pasa un nivel ciego aplastando lo que sobresale, sino que ordena justas compensaciones, suprime naturales desigualdades y establece otras que son consecuencia de una voluntad firme ó débil, torcida ó recta, y parecen premios merecidos y castigos justos.
Así, pues, aquella desigualdad congénita que parecía tan grande y tan fatal, observada de cerca no es tan fatal, ni tan grande; porque además de ser en parte necesaria para la armonía social, en parte está condicionada moralmente: no es el destino ciego que eleva ó rebaja, sino una ley en virtud de la cual pueden descender ó sobresalir, según quieran emplear bien ó mal las facultades recibidas.
Esto no es decir que siempre suceda así, ni que muchas veces no suceda lo contrario. Hay organizaciones tan débiles que el régimen más severo no fortifica; deformidades cuya fealdad no puede dejar de ser repulsiva; entendimientos tan cortos que no logra poner al nivel común el trabajo más perseverante; y dolores terribles de noble origen que contraen el rostro y le desfiguran: la voluntad, que basta siempre para ser bueno, no en todas ocasiones tiene poder bastante contra un físico enfermizo ó desagradable ó una inteligencia muy limitada. Es innegable, pues, que hay desigualdades congénitas inevitables, dichosas para unos, desdichadas para otros; hay misterio en esta desigualdad original: este es un hecho; pero no debe exagerarse su importancia, ni darle más alcance del que tiene, ni dejar de ver, al lado del elemento fatal de la desigualdad, un correctivo en la voluntad del hombre y su libre albedrío, que condiciona moralmente inconvenientes y ventajas que parecían haberse recibido sin condición alguna.
Así, pues, al estudiar la desigualdad la vemos desde su origen resultar de las diferencias congénitas de los hombres, fatales para ellos, pero condicionadas por el elemento voluntario de la voluntad libre. Y esto es tan cierto, tan esencial de la naturaleza humana, que en las hordas salvajes, en los pueblos bárbaros, en las naciones civilizadas, donde quiera que estudiemos la igualdad, veremos siempre el fatalismo modificado, neutralizado ó vencido por el elemento moral, que en ningún caso deja de ejercer grande influencia en el modo de establecer las jerarquías sociales ó de suprimirlas. La pasión ó el espíritu de secta ó de escuela, ni el delirio de las iras populares, no son los que nos dan niveladores tan ciegos é insensatos como ellos, sino que la naturaleza humana, y á nuestro parecer la voluntad divina, nos ofrece compensaciones para las diferencias y medios de realizar la igualdad en el elemento moral, en la voluntad y libre albedrío del hombre.
El origen de la desigualdad, en parte misteriosa, en parte de fácil explicación, fatal en alguna manera y hasta cierto punto consecuencia de la voluntad del hombre, está siempre en la naturaleza humana, y, por tanto, puede variar en sus grados y formas, pero no desaparecer.
¿Y la desigualdad aumenta ó disminuye con la civilización? ¿Sus progresos están en razón directa ó inversa de los del pueblo donde se estudia?
Los primeros progresos de las sociedades deben ser desfavorables á la igualdad, y podrá favorecerla ó perjudicarla una civilización más adelantada, según circunstancias que varían casi al infinito: tal vez podría decirse, respecto á la cultura de los pueblos, que la igualdad está en los extremos, y en medio la desigualdad; pero si esto se estableciera como regla tendría demasiadas excepciones, que, bien estudiadas, pondrían de manifiesto la influencia del elemento moral que hemos señalado.
La igualdad debe estar en su máximo grado en los pueblos salvajes. En lo físico, los débiles perecen al nacer ó en la infancia; hay un mínimum muy elevado de robustez y de fuerza indispensable para vivir: los que tienen menos sucumben; sólo pueden distinguirse los que tienen más. No viviendo los lisiados, enfermizos, enfermos ni deformes, disminuyen los elementos de la fealdad, y tampoco tiene muchos la hermosura en medio de una existencia materialmente tan penosa y con tan escasos recursos para embellecerse: esto no es decir que todos sean igualmente fuertes y bellos; pero están muy limitadas las diferencias físicas, y en su grado máximo la igualdad.
En lo intelectual, la esfera de acción se halla también muy reducida: ni artes, ni ciencias, ni industria, ni comercio; ninguno de los infinitos medios que sirven para poner de manifiesto la diferencia de aptitudes y la superioridad de facultades. Más destreza, más astucia para la caza, mayor disposición para las empresas de la guerra, un poco más ó menos de arte para preservarse de la intemperie ó arrostrarla con menor peligro, son los únicos modos de diferenciarse por debajo ó sobre el nivel común.
La esfera moral tiene también límites estrechos: son imposibles la mayor parte de los vicios de la civilización y las opuestas virtudes. No hay bebidas con que embriagarse; el trabajo, que es condición de vida, y el cansancio, que hace necesarias largas horas de reposo, disminuyen las del ocio. Lo rudo de la vida y la escasez de alimentos ponen límites á la incontinencia, y la general pobreza á los ataques á la propiedad: los de las personas tienen rara vez objeto, y siempre peligro, entre hombres á quienes pocas veces se puede robar, y que, fuertes y habituados al peligro, se defienden valerosamente. No habiendo apenas goces, la tentación de gozar no impulsa á apoderarse de lo ajeno; el egoísmo tiene carácter más negativo; las pasiones feroces apenas hallan freno, y es posible satisfacerlas igualmente sin reprobación, y antes con público aplauso. Son imposibles y no existe siquiera idea de la mayor parte de las virtudes, y apenas hay ni se concibe más que la fortaleza para sufrir el dolor y arrostrar la muerte. Este modo de ser como encadenado por las necesidades físicas, por la dificultad de satisfacerlas; esta limitación de ideas, han de dar cierta uniformidad á los afectos y á las determinaciones. Sin duda que desde luego serán diferentes; sin duda habrá personas mejores y peores, de carácter más débil y más firme, de voluntad más ó menos enérgica, más ó menos recta, más ó menos incontrastable; pero todas las diferencias se encerrarán en un círculo muy limitado. Los goces, como las privaciones, se parecen; el dolor y el placer tienen una generalidad uniforme, que difícilmente da lugar á la envidia ni á la compasión, al daño ni al consuelo: cuando unos tienen hambre ó frío, los otros padecen de frío y de hambre; cuando unos carecen de albergue, los otros no le hallan; cuando unos se ven en peligro, lo están los otros también. En aquel estado en que los hombres se ven obligados, por una necesidad absoluta, á tener un género de vida idéntico, no deben aparecer apenas las diferencias naturales que, cual semillas en terreno impropio para que germinen, desaparecen sin haberse desarrollado. Como Chateaubriand saludaba en el cementerio de aldea á los héroes sin victoria, en las tumbas de un pueblo primitivo podrían saludarse ambiciosos sin poder, filósofos sin ideas, poetas sin lira: en semejante estado social, la igualdad está en su grado máximo.
Apenas el hombre trabaja con más perfección, de modo que no necesite estar trabajando siempre, aquella necesidad imperiosa ciegamente niveladora disminuye. El más hábil, el más previsor realiza algunas economías, tentación para el que no las tiene, recurso para el que por medio de ellas puede entregarse á un reposo fecundo. Aparecen el malhechor que se apodera de lo ajeno, el vicioso que se entrega á una brutal sensualidad, el que extasiado contempla los sublimes espectáculos de la Naturaleza, el que observa ó adivina las leyes del mundo físico, y el que desciende á lo íntimo de su sér, á su conciencia y á su corazón, para investigar las del mundo moral. Tan pronto como los hombres dejan de estar apremiados por necesidades imprescindibles é idénticas, empiezan á rebajarse los unos, á elevarse los otros. Uno contempla el cielo, observa los movimientos de los astros y es el primer astrónomo; otro quiere fertilizar la tierra, inventa un instrumento para removerla y es el primer mecánico; aquél entra en sí mismo, y se pregunta quién es y cómo es, observa la creación, busca al Creador y es el primer filósofo. A medida que los conocimientos se acumulan, se multiplican, se diferencian mayor número de facultades ó todas entran en actividad, y las desigualdades se marcan más cada vez. Hay sabios é ignorantes, héroes y criaturas viles, criminales y santos. La necesidad general del trabajo continuo é idéntico para no perecer de hambre, era como un punto céntrico del cual no era posible alejarse mucho; pero á medida que el pueblo se civiliza, el círculo se ensancha, los radios se multiplican y extienden, y los hombres que marchan en direcciones opuestas se alejan cada vez más.
Pero este aumento de la desigualdad con el de la civilización no es graduado; no se verifica en virtud del desarrollo desigual de facultades diferentes; no concurren á él en proporciones razonables los elementos físico, intelectual y moral que constituyen el hombre que reposada y equitativamente se eleva ó desciende, según que ha recibido mayores dotes ó las aprovecha mejor. Desde los primeros albores de la vida de los pueblos se ve una causa permanente y poderosa, subversiva del orden y de la justicia, que no se tiene en cuenta para elevar y rebajar: esta causa de desigualdades establecidas ab irato, es la guerra.
La guerra, respecto al asunto que nos ocupa, es subversiva del orden principalmente en tres conceptos:
Por el modo de calificar á los hombres para elevarlos y rebajarlos;
Por los medios empleados para elevar;
Por la escala que establece para los de arriba y para los de abajo, ó más bien por el abismo que abre entre unos y otros.
La guerra no pedía al hombre para elevarle una superioridad verdadera, que consiste en la armonía de sus facultades y en la superioridad de algunas: fuerza física, valor y alguna destreza para utilizarle era todo lo que necesitaba para sobreponer un individuo ó un pueblo respecto de otros pueblos ú otros individuos. No exigía del hombre que declaraba superior que fuese completo y armónico; le bastaba mutilado, por decirlo así, y hasta monstruoso: podía ser de limitado entendimiento y depravada moral, incapaz de comprender nada elevado ni hacer nada bueno; podía ser hasta excepcionalmente malo, y, no obstante, calificarse de superior, de grande, y lograr prestigio, poder, riqueza. En vez de concurrir á su elevación todas las dotes naturales verdaderamente humanas, y la voluntad para utilizarlas, bastábanle pocas cualidades ó alguna pasión que las suplía. Parece claro este hecho: que la guerra tiene un criterio limitado é injusto para calificar á los hombres, elevándolos conforme á sus necesidades, que son las de la lucha, y no las de la justicia. Y si puede ensalzar y ensalza muchas veces á los menos inteligentes y más perversos, ¿qué reglas aplica á los que deprime? No serán equitativas, porque, en general, no se puede dar á un hombre más de lo que merece, sin que otro reciba menos de lo que es debido; y en este caso particular, el motivo que lleva á prescindir de todas las circunstancias malas que no perjudican para el combate, hace desdeñar las buenas que en él no se utilizan, y al batallador limitado ó perverso que se eleva corresponde el inteligente bondadoso que se rebaja, porque le repugna la lucha, la sangre, el estrago, porque ama la vida y respeta la de los otros. En vano habrá recibido altas dotes que puede y quiere utilizar en bien de sus semejantes; le faltan las que la guerra necesita, y es condenado ignominiosamente á formar parte de la masa que se desdeña y humilla.
Si el criterio de la guerra para establecer la desigualdad entre los hombres es limitado é injusto, los medios que pone á su disposición para elevarlos no son más equitativos. Muchas fuerzas ciegas que sigan el impulso de una que se reconoce superior, séalo ó no; muchas voluntades que guardan silencio para oir la voz de una sola voluntad que se impone; obediencias incondicionales é instantáneas, tan sordas al temor de la muerte como á las amonestaciones de la conciencia, y con la falta de responsabilidad, la depresión moral que rebaja. Autoridad sin límites, brillos deslumbradores, opresiones continuas necesarias ó calificadas de tales; el hábito de ver el hecho convertido en derecho, la fuerza en ley, la fortuna en mérito, todo hace que los medios empleados por la guerra sean propios para elevar á los que debían quedar muy abajo, y rebajar á los que debieran ser ensalzados.
La guerra forma una escala en que están á inmensa distancia el soldado y el jefe, y abre un abismo entre el vencedor y el vencido. Nada más contrario á la igualdad que un ejército disciplinado, á no ser el pueblo que conquista. En un principio, el exterminio establece la igualdad ante la muerte; pero cuando se empieza á conceder la vida á los vencidos se convierten en esclavos con este ó el otro nombre, con más duras ó más tolerables condiciones; entonces se inician las grandes desigualdades, que van creciendo como la avalancha que desciende por la montaña nevada. Los opresores que se elevaron suben cada vez más; los oprimidos que descendieron quedan cada vez más abajo. Hay clases, hay castas: la organización social forma alrededor de los hombres como un círculo de hierro que nadie puede romper, y fatalmente encadenado, debe morir allí porque allí nació. Una vez establecidas estas desigualdades, el nacimiento da un brillo que nada obscurece, ó una infamia que ningún mérito borra: cuando esto sucede en un pueblo, aunque no se sepa su historia, bien puede asegurarse que se compone de conquistadores y conquistados, porque sólo la embriaguez sangrienta del triunfo puede dictar tales leyes, y sólo puede admitirlas el pánico de la derrota. Una vez establecidas, una vez abierto el abismo que separa los fuertes, los nobles, los explotadores de los débiles, viles y explotados, todo parece concurrir á aumentar el poderío de los unos y la humillación de los otros. Se ha dicho con verdad que los que nacen en la esclavitud nacen para la esclavitud, que se aumenta y perpetúa degradando á los esclavos. Sobre ellos pesa lo más rudo de la obra social; y como trabajan sin descanso, sufren sin quejas, viven sin goces y mueren sin rebeldías, parece natural que vivan, sufran y mueran así, de tal modo que no sólo los hombres de la fuerza bruta, sino los pensadores y los filósofos, tienen por natural, por equitativa, por razonable la más injusta de las desigualdades, la que las crea todas, la que separa á los hombres en esclavos y dueños, la que da á unos poder, riqueza, consideración, y á los otros miseria, impotencia é ignominia; la que envilece el trabajo y ennoblece el ocio.
A veces, la casta guerrera ó la nación conquistadora no son bastante fuertes para rebajar al mismo nivel todo lo que está por debajo de ella y gradúa la desigualdad como el feudalismo, y la servidumbre de los vencidos como Roma, creando diques escalonados donde vayan á estrellarse las oleadas que levanta el sentimiento de la justicia ó el dolor de la desesperación.
Así, pues, la guerra, por la clase de personas que encumbra, por la altura á que las eleva, por los medios que emplea para elevarlas, por lo mucho que rebaja á los que deprime y los motivos que para rebajarlos tiene porque hace de unos más, de otros menos que hombres, porque distribuye ventajas y perjuicios con exceso y sin criterio, y, en fin, porque da á todo esto la consistencia necesaria, no sólo para que se sostenga, sino para que se perpetúe: la guerra puede decirse que ha sido la causa más poderosa y general de desniveles sociales, y efecto de ella son hoy todavía muchas desigualdades cuyo origen no siempre se le atribuye.
Las religiones del mundo antiguo han contribuído también á que los hombres se eleven y se rebajen por motivos que no son ni diferencias naturales, ni méritos ó culpas, y antes bien proporcionando ventajas á veces en razón inversa de los merecimientos. Mientras la Divinidad es el Omnipotente incomprensible y temido que ninguno pretende conocer, que todos procuran hacerse propicio atrayendo su benevolencia ó aplacando su cólera, cada cual es el ministro de su propio culto, y la religión establece las diferencias del merecimiento, no las desigualdades de la jerarquía. Pero desde que lo incomprensible se convierte en misterio que algunos pretenden explicar, desde que hay dogma y sacerdote, hay superioridades espirituales que no tardan en convertirse en dictaduras, que en pueblos groseros se materializan. El sacerdocio forma casta privilegiada, hace alianza con la de los guerreros, y fortifica, sancionándola en nombre de Dios, la desigualdad más injusta entre los hombres. Parece que el panteísmo de la mayor parte de las religiones del mundo antiguo debía contribuir á la igualdad; pero el dogma, que abruma al hombre, que le anonada, que le quita fuerza y dignidad, que enerva todos los resortes de la persona hasta aniquilarla moralmente, es no un enemigo, sino un aliado de las profundas distinciones entre las clases: dada una masa que se predispone á la humillación, á quien se priva de energía para la resistencia, y que consiente en rebajarse, habrá siempre alguno, varios ó muchos que se eleven para oprimirla y explotarla.
Aun en los pueblos donde no hay casta sacerdotal, ni teocracia, forman los sacerdotes un cuerpo privilegiado, que, depositario de la verdad, no la comunican á todos igualmente. Los iniciados en los grandes misterios son pocos, y el Verbo divino no mora entre la muchedumbre, condenada á vivir en la miseria, en el envilecimiento y en el error. La desigualdad decretada en el campo de batalla se bendice y se consolida en el templo.
Así, pues, los progresos de la civilización son los de la desigualdad:
Porque dan lugar á que se cultiven facultades diferentes, se desplieguen actividades más ó menos enérgicas, y se manifiesten voluntades débiles ó fuertes, rectas ó torcidas;
Porque la guerra pierde el carácter de defensiva; no tiene ya por objeto vivir, sino engrandecerse, la conquista; sustituye al exterminio la esclavitud, y cuando los vencidos son esclavos, los vencedores dejan de ser compañeros;
Porque la religión hace del sacerdocio casta, ó al menos cuerpo privilegiado que da sus oráculos al pueblo supersticioso y grosero, arrojándole el error como se arroja á los perros la carne emponzoñada.
¿Y los progresos de la civilización llevarán consigo indefectible y eternamente los de la desigualdad? Lo primero es inevitable dada la naturaleza humana: la desigualdad crece en las primeras sociedades, que viven de guerra, de ignorancia y de superstición; pero tiene un límite, puede tenerle al menos, pasado el cual decrecerá é irá acercándose al mínimum posible. ¿Cómo se perpetúa? ¿Cómo disminuye? Procuremos investigarlo.
CAPÍTULO IV.
CÓMO SE PERPETÚA LA DESIGUALDAD INJUSTA.
La desigualdad en las masas, clases ó castas tiene los mismos elementos que en los individuos: el físico, el intelectual, el moral, y las diferencias que en un principio tal vez no existían, y las superioridades que eran acaso imaginarias, pueden llegar con el tiempo á ser reales y positivas. La violencia ó la astucia hizo la clase ó la casta, que el tiempo puede convertir en raza; es decir, en un modo de ser físico, intelectual y moral diferente y superior en los privilegiados.
En lo físico, cuando por espacio de muchas generaciones unos se alimentan bien y trabajan poco, y otros viven en la miseria y abrumados de trabajo, si se mantienen perfectamente separados, al cabo de siglos, los descendientes de los primeros tendrán una superioridad física natural.
Además de lo que influye en el desarrollo de la inteligencia un físico endeble y enfermizo, ¿qué medios tiene de cultivarla el que no dispone de otro patrimonio que un trabajo material abrumador, ni puede ver en ella un medio de romper el círculo de hierro que le encadena en su clase? ¿Cómo y para qué ha de instruirse? No lo intenta. Embrutecido ha visto á su padre como le verán sus hijos; y cuando pasan una y otra y muchas generaciones de hombres que no han pensado, sus descendientes tienen menos actividad intelectual, menos inclinación y disposición para pensar. No se hereda el genio ni el talento, ni aun siquiera una regular inteligencia; porque todo esto, para que se haga perceptible por sus frutos, necesita el concurso de la voluntad: no se heredan individualmente aptitudes intelectuales; cualquiera sabe que hay tontos, hijos de personas de talento, y viceversa; pero numerosas colectividades, que desde largo tiempo cultivan ó no su inteligencia, y permanecen separadas, se irán diferenciando; la educación, de individual pasará á ser colectiva, producirá diferencias positivas y permanentes según las cuales la clase que se instruye, no sólo tiene la ventaja de instruirse, sino la de tener mayor aptitud natural para aprender.
En lo moral, la voluntad del hombre, su conciencia, su libre albedrío, limitan mucho la influencia de su posición social; en todas puede ser bueno, justo, santo, y lo es. Pero si su virtud no depende de su estado, y antes puede acrisolarse en el más humilde, es difícil que cuando nace muy abajo tenga condiciones de carácter que no favorezcan las desigualdades establecidas, y que sea digno, firme sin violencia, perseverante sin terquedad, contra los que intentan rebajarle, cuando ve que todos los suyos se humillan, se cansan, ceden.
Así, pues, establecida la desigualdad de las clases, y más aún de las castas, tiende á modificar á los hombres física, moral é intelectualmente, á convertir con el transcurso del tiempo en positivas, diferencias que eran imaginarias, y á perpetuarse dando ventajas naturales y permanentes que apoyan, fortifican, y en cierta medida legitiman las sociales. Y todo esto, no de individuo á individuo, sino de unas á otras colectividades.
Semejantes desigualdades, que de imaginarias llegan á ser positivas, parecen naturales, necesarias, justas, no sólo al vulgo, no sólo á la soberbia de los opresores y á la degradación de los oprimidos, sino á los que viven en la esfera elevada de las ideas y que no debían contaminarse con la injusticia del hecho, al establecer el derecho. Los grandes filósofos declaran conforme á él, la más inicua de las desigualdades, y proclaman la esclavitud como base indispensable del orden social. La ciencia, la religión, la fuerza proclaman la desigualdad como un axioma, como un dogma, como una institución veneranda, y la institución se venera y se consolida. La desigualdad extrema que priva á una clase de derechos, y casi no impone á otra deberes, las deprava á entrambas; y si alguna idea, si alguna creencia, si algún sentimiento no produce reacción moral fuerte en favor de una razonable igualdad, los pueblos decaen, viven en el marasmo de la degradación y de la desdicha, ó son oprimidos y aun aniquilados fácilmente por otros, inferiores tal vez, bajo el punto de vista intelectual, pero superiores moralmente y donde no se han establecido esas diferencias extremas que convierten á unos hombres en semi-dioses y á otros en animales de carga.
CAPÍTULO V.
¿CUÁNDO, CÓMO Y CON QUÉ CONSECUENCIAS SE PERPETÚA LA DESIGUALDAD Ó SE RESTABLECE LA IGUALDAD?
Hemos visto que el resultado inevitable de la civilización, dada la naturaleza del hombre, es el progreso de la desigualdad, que se gradúa más y más á medida que aumentan los medios de diferenciarse. Valerosos heroicos y rebaños cobardes; ricos y pobres; ignorantes y sabios; todos los esplendores de la gloria, del genio, del lujo; todas las vilezas de la abyección, del embrutecimiento y de la miseria, crecen paralelas y separan cada vez más á los que elevan y á los que rebajan. Entonces llega una hora suprema en la vida de los pueblos, hora que decide de su prosperidad y á veces de su existencia, hora en que aceptan las divisiones de clases y de castas ó se rebelan contra el privilegio y piden derechos para todos, igualdad. Se comprende que ha de ser larga y terrible la lucha de los esclavos contra los señores, de los pobres contra los ricos, de los ignorantes contra los sabios; y se comprende también que si la igualdad es cosa fácil en una horda inculta, es muy difícil en un pueblo civilizado. Por más dificultosa que sea, es necesaria, en cierta medida, como la justicia, y se va reclamando y obteniendo en medio de combates, de exageraciones, de injusticias. Los que la piden y los que la niegan suelen desconocer sus condiciones, hasta dónde es preciso que llegue, de dónde no puede pasar, cómo es relativa al estado social del pueblo que la exige, y con frecuencia se ve en los privilegiados procedimientos para sostener la desigualdad que conduce al aniquilamiento y en los niveladores actos para establecer la igualdad salvaje.
En medio de esta lucha que inmola tantas víctimas y en que perecen tantos mártires, el trabajo se va lavando de la nota de infamia que le manchaba; la guerra se humaniza, no sólo en el sentido de no exterminar á los vencidos, sino en el de no oprimirlos, y tiende á igualarlos con los vencedores, ó los iguala absolutamente; el privilegio de las armas se convierte en una carga, en una profesión ó en un oficio; la religión llama á los hombres hermanos; la ciencia se difunde y se hace casi siempre aliada de los pequeños: es niveladora, no en el sentido de aplastar lo que sobresale, sino en el de elevar lo que está debajo; la miseria y la riqueza no se aproximan, pero se condicionan de diferente modo; no tienen el fatalismo inmóvil que las caracterizaba; puede ser rico y lo es muchas veces el hijo del pobre, y el del millonario muere en la miseria; ésta hará por mucho tiempo terribles estragos; pero nunca tantos como en los países en que hay la desigualdad de clases que no pueden confundirse, de castas eternamente separadas.
Las naciones, bajo el punto de vista que nos ocupa, forman dos grandes grupos: uno, de las que no reaccionan contra la desigualdad cuando ha llegado el caso en que es un elemento verdaderamente deletéreo, y se inmovilizan, decaen ó perecen; otro, de las que protestan, se rebelan, luchan contra los privilegios y los suprimen. Dependiendo la igualdad de causas tan varias, siendo tan influyente en todos los elementos sociales y tan influída por ellos, según circunstancias que varían al infinito, hallará mayores dificultades para establecerse, tendrá más combates, más vicisitudes, más derrotas, y avanzará rápida ó paulatinamente. Pero en todo caso, para el pueblo que llega á una civilización adelantada, el progreso, el verdadero progreso, que es á la vez material, intelectual y moral, no puede continuar sin el de la igualdad. Así la vemos crecer más despacio ó más de prisa, pero crecer siempre, en todos los pueblos verdaderamente prósperos y grandes.
¿Pero basta igualar á los hombres que forman una nación para que ésta sea digna y feliz? Seguramente que no. La igualdad forma parte de la justicia, no la constituye; y cuando el nivel está muy bajo, cuando significa la abyección de todos, menor será el daño si sobresalen algunos, y menos malas serán las aristocracias que el despotismo de uno solo sobre muchedumbres que, como rebaños, se esquilan y degüellan. Los defensores del privilegio presentan en su apoyo, no sólo aristocracias florecientes y democracias en decadencia, sino pueblos que fueron grandes mientras tuvieron profundas diferencias de castas ó clases, y para los cuales la igualdad fué la ruina.
Hay que distinguir, como hemos indicado, el nivel de la instrucción, del honor y de la virtud, del que establece el vicio, la ignominia y la ignorancia; hay que tomar la historia en largos períodos, sin lo cual no puede darnos lecciones. Llegados los pueblos á aquel grado de civilización en que la desigualdad inevitable subía al máximum, que degrada y arruina si no se reacciona contra ella, ¿quiénes son los que tienen interés y deseo de ponerle coto? Los que ha oprimido física, intelectual y moralmente: los pobres, los ignorantes, los viles; y como no es posible el instantáneo cambio que los iguale á los superiores, la transformación es lenta, y en algunos casos imposible. La desigualdad llega á ser como un miembro que es necesario cortar, pero al amputarle se ve que ha sido inútil; el organismo todo estaba inficionado, la fiebre purulenta sobreviene, y la muerte es inevitable. De la misma manera decaen ó perecen los pueblos de los cuales desaparece una institución que los ha corrompido sin remedio. Lejos de abonarse una aristocracia por los extravíos de la democracia que la sigue, se condena, y la igualdad no hace más que reflejar y revelar los vicios del privilegio; sólo se puede defender éste cuando puede transformarse, cuando tiene en sí bastantes elementos morales é intelectuales para ser humano y expansivo, de manera que su sombra no mate, sino que, por el contrario, pueda crecer en ella la práctica del deber y la idea del derecho. La desigualdad exagerada, la casta, la clase inmóvil, paraliza y arruina al pueblo que en el momento necesario no reacciona, y será arrastrado á su ruina por una minoría privilegiada, ó por la mayoría niveladora que proclame el derecho cuando ya no es capaz de practicar el deber. La plebe envilecida y poderosa que sucede á una aristocracia, lejos de abonarla es su condenación, porque es su obra.
El privilegio en el mundo civilizado y cristiano no desaparece entre las ruinas del pueblo que dominó; antes, por el contrario, va transformándose en derecho y dando lugar, no á la igualdad que rebaja, sino á la que eleva. Los patricios no son arrastrados por el oleaje pestilente de un populacho vil, sino convertidos en ciudadanos é igualados á los que intelectual y moralmente no son inferiores á ellos ó los aventajan. Sin duda pasiones y errores producen tempestades; pero después que pasan, y aun en medio de ellas, el nivel moral é intelectual se eleva más cada día, y las diferencias disminuyen, no porque los de arriba descienden, sino porque los de abajo suben. En todas las naciones que progresan, progresa la igualdad, y puede afirmarse que, en la medida justa, es un elemento indispensable de bienestar y grandeza.
Y ¿cómo sabremos cuándo la supresión del privilegio precede á la ruina de un pueblo, y cuándo á su engrandecimiento? Fácil es investigarlo. Basta saber si se nivela rebajando á los de arriba, ó elevando á los de abajo: si lo primero, la igualdad es la muerte; si lo segundo, la vida.
Todos los pueblos han pasado, pasan ó pasarán por esa crisis de su civilización en que la desigualdad inevitable llega á un máximum incompatible con el progreso si no se reacciona contra ella. Y ¿por qué esta reacción se verifica en unos países y en otros no, es á veces saludable, á veces dañosa, y caminando todos al privilegio por vías muy parecidas, unos le conservan, otros le suprimen con buen éxito, y algunos se arruinan al arruinarle? No sabemos si habrá quien pueda dar respuesta satisfactoria á la pregunta: por nuestra parte, estamos muy lejos de tener ciencia bastante para conocer las causas de tan varios efectos, y nos limitaremos á señalar una que nos parece de suma importancia.
Comparando los pueblos que reaccionan á tiempo, y para bien suyo, contra la desigualdad, y los que para su mal la perpetúan ó la destruyen, se ve que los primeros no son siempre ni más ricos ni más inteligentes que los segundos, y que en muchos casos son más pobres y menos ilustrados, de modo que el elemento material é intelectual es inferior en ellos. Y siendo esto así, teniendo la desventaja de la mayor pobreza é ignorancia, ¿cómo realizan el progreso de suprimir á tiempo la desigualdad excesiva que corroe á otros? ¿Cuál fuerza los impulsa y los sostiene? La fuerza moral. Los pueblos en que el hombre es más digno, más justo, más humano, menos egoísta, menos débil para dejarse arrastrar por los vicios que degradan, mejor dispuesto para sentir los nobles y piadosos sentimientos que impulsan á la abnegación y al sacrificio; los pueblos más morales, en fin, son los que tienen pecheros que pueden transformarse en ciudadanos, aristocracias en que los señores son hombres con virtud y conciencia bastante para comprender los deberes de humanidad y practicarlos hasta dejar en ocasiones á sus pares, y formar en las filas de los plebeyos, y pelear á su lado y morir por ellos. En estos pueblos, los de abajo tienen corazón, la dignidad, aunque no sea más que latente, del hombre honrado; los de arriba tienen entrañas, y todos algo que repugna aceptar é imponer perpetuamente la servidumbre y la tiranía sin límites. Podrán ser más pobres y más ignorantes; pero son más dignos que los que oprimen sin misericordia y se dejan oprimir sin protesta, y la reacción contra desigualdades irritantes se verifica en virtud principalmente del elemento moral.
Esta verdad merece ser consignada, porque encierra, á nuestro parecer, una lección importante. Si pueblos ricos y cultos se han inmovilizado ó sucumbido en desigualdades incompatibles con el progreso, por falta de resorte moral; si por tenerle, otros inferiores en cultura, han suprimido privilegios que eran obstáculo insuperable á su bienestar, ¿no se pone en evidencia la gran parte que el elemento moral tiene para realizar la igualdad? De pueblo á pueblo el hecho es de más bulto, no más positivo que de clase á clase ó de individuo á individuo. En vano se mejorará la situación económica de las masas, y aun se les dará alguna instrucción; si están desmoralizadas no subirá su nivel, y antes es posible que descienda, y que á medida que se enriquecen (con riqueza relativa) se rebajen, porque usando en perjuicio de sus deberes los mayores recursos de que disponen, se alejan más cada vez de la igualdad en el derecho, y sólo para la común abyección quedan aptos.
No llevamos, procuramos, al menos, no llevar á ningún asunto espíritu de sistema ni exclusivismos, muy perjudiciales al descubrimiento de la verdad. No negamos, cuando se trata de las instituciones y modo de ser de un pueblo, la importancia que tiene el elemento intelectual y físico ó económico; pero no suele darse la que tiene al moral; se conviene en que cierto grado de miseria y de ignorancia hace imposible la igualdad en el derecho; pero no se recuerda bastante que es también incompatible con la depravación y que exige un mínimum de virtud como de bienestar y de cultura. Por eso conviene recordar el testimonio de la historia; ver pueblos de una civilización adelantada abrumados por privilegios odiosos ó envilecidos bajo el nivel de la servidumbre por falta de resorte moral; y observando este hecho en el presente y en el pasado, en derredor nuestro y en remotos países, nos convenceremos de que no es fortuito, sino necesario, y que luchan contra las leyes de la naturaleza humana los que pretenden elevar socialmente al hombre que moralmente está rebajado.
No se puede hacer un ciudadano de un mendigo, de un loco, ni de un malvado; y en la casa de beneficencia, en el manicomio ó en el presidio pueden estudiarse bien, porque están en relieve los insuperables obstáculos que para igualar á los hombres sin rebajarlos opone la falta de lo necesario físico, intelectual y moral.
Sin este necesario no hay salud del cuerpo ni tampoco del alma, y los hombres que no están sanos de espíritu son tan inhábiles para la igualdad en el derecho como para el servicio militar cuando tienen defectos físicos.
Así, pues, al que olvida la importancia del elemento moral recordémosela, y la del físico é intelectual á los que hablan de igualdad en el derecho al que no la comprende, al que tiene hambre y á satisfacerla se limitan todas sus aspiraciones. Nunca se ha visto, y puede asegurarse que jamás se verá, que los hombres se igualen elevándose si su pobreza en todos conceptos llega á ser miseria. A veces, una idea, un sentimiento, suplen inferioridades y nivelan: la fe, el amor, la ciencia, la patria hallan mártires sublimes entre los hombres más obscuros, que la abnegación y el heroísmo sacan de su humilde esfera para elevarlos á la gloria y á la inmortalidad. Y no sólo individuos, sino que hay en la vida de los pueblos horas en que las muchedumbres, impulsadas por una idea ó un sentimiento, se igualan á los más altos; pero ya se prevee, y además puede observarse, que estas explosiones de entusiasmo no sirven para marcar la cultura permanente á que llegan las colectividades, ni establecen la regla de su marcha normal y progresiva: ayer dieron mártires y héroes, hoy ó mañana darán tiranos y esclavos; el nivel era como el de las aguas de una inundación, que desaparece con ellas y deja al descubierto todas las desigualdades del terreno. No hay igualdad permanente sino la que es armónica, ni armónica sino aquella que contiene, en grado mayor ó menor, pero siempre suficiente, los tres elementos esenciales del hombre, físico, intelectual y moral. Si no se estableciera esto por el raciocinio, lo pondría de manifiesto la historia de los progresos de la igualdad y de las inútiles tentativas para realizarla en el derecho.
Una vez iniciada con buen éxito la reacción contra desigualdades injustas, van disminuyendo ó desaparecen muchas que, en fuerza de ser antiguas y positivas, parecían naturales y necesarias. Derribado el obstáculo que se opone á que los hombres cultiven sus aptitudes varias, y se multipliquen, no dentro de una clase ó casta, sino según sus condiciones económicas, afectivas é intelectuales, sucederán dos cosas de capital importancia.
Las ventajas físicas é intelectuales, la superioridad moral, no serán dones de la naturaleza ó merecimientos de la virtud, que esteriliza constante y fatalmente la organización social, sino que podrán, con mayor ó menor esfuerzo, pero podrán al fin elevar á los humildes y rebajar á los soberbios que no tienen aptitud adecuada ni voluntad recta para sostenerse á la altura en que los colocó la suerte. La ciencia, el poder y la riqueza no estarán vedados á nadie ni serán patrimonio de ninguno, y lejos de abrumar sin remedio á los de abajo, podrán servir de estímulo á sus aspiraciones levantadas. Las dotes naturales y la voluntad recta y firme, la voluntad débil y torcida ó la escasa inteligencia, cuando no hay una institución que tuerza ó paralice sus determinaciones libres, producen continuos cambios de posición, en que los pobres de ayer son los ricos de hoy, y en que el que nació en la clase más humilde muere potentado. Las armas y las letras, la ciencia y el poder, la religión y el arte, el comercio y la industria, tendrán eminencias que han venido de muy abajo, y se establecerá un movimiento de ascenso y descenso que tiende á confundir lo que antes parecía irremisiblemente separado.
Cuando las clases pueden confundirse y más ó menos se confunden, no tienden á formar razas, es decir, á acumular por espacio de muchas generaciones ventajas é inconvenientes, disposiciones que se trasmiten, diferencias que de sociales han pasado á ser fisiológicas, ventajas é inferioridades que explican en los unos la humillación y en los otros la soberbia. No se inmovilizan las masas en el aislamiento de las clases, y las inferiores progresarán de dos modos: ilustrándose y participando de la herencia de otras más ilustradas.
Así, pues, como las desigualdades injustas producen efectos que tienden á perpetuarlas cuando se reacciona contra ellas, la igualdad en el derecho, una vez iniciada, prepara sus propios progresos, lleva en sí las condiciones de su incremento y, como la fama, adquiere fuerza marchando.
CAPÍTULO VI.
¿EN QUÉ ESFERA SE ESTABLECE PRIMERAMENTE LA IGUALDAD?
En cualquier pueblo que nos propongamos estudiar podremos ver:
Palacios monumentales, casas lujosas, habitaciones cómodas, albergues en que no hay comodidad, tugurios, chozas, cuevas que parecen inhabitables y que lo son bajo el punto de vista higiénico;
Costosos trajes de ricas telas, encajes primorosos, piedras preciosas, oro y perlas, vestidos modestos, ropas ordinarias ó burdas, harapos y desnudez;
Refinamientos en el atavío y cuidado de la persona, pomadas, jabones, aguas olorosas, cosméticos, tintes, pinturas, todo género de afeite cuyo objeto es hermosearla, esmero razonable, limpieza higiénica, descuido perjudicial, abandono completo y suciedad repugnante;
Mesa opípara artísticamente preparada, manjares variados y exquisitos que en costosa profusión ofrecen servidores de frac, alimentos sustanciosos y abundantes, comida necesaria, escasa, insuficiente, hambre;
Paredes cubiertas de seda, suelos de alfombra, techos artesonados, cortinajes, adornos, raso, terciopelo, oro, maderas primorosamente esculpidas, ajuar elegante, cómodo, decente, pobre, miserable, en que no hay silla donde sentarse ni cama en que dormir;
Variedad de carruajes y de soberbios caballos, coche modesto y propio, vehículo alquilado, botas impermeables, zapatos que dejan pasar la humedad, pies descalzos;
Torrentes de luz que reflejan espejos venecianos y jarrones de Sèvres, alumbrado suficiente, escaso, obscuridad completa por falta de medios de alumbrarse;
Fuego sostenido por el combustible más caro que se ve á través de la tallada pantalla de cristal, atmósfera tibia en Diciembre y perfumada por plantas olorosas, temperatura conveniente, muy baja, insoportable, en que el frío duele y mata;
Costosas diversiones que se suceden, recreo razonable, trabajo abrumador, ocio aburrido;
Multitud de impresiones recibidas en ciudades y países diversos, variedad de objetos que se ven ó se conocen, monotonía de una existencia en cuyo limitado horizonte se descubren pocas cosas y siempre las mismas;
Prestigio, gloria, aplauso, buen nombre, obscuridad, desprecio, humillación, ignominia;
Poder, mando, subordinación, obediencia incondicional;
Ciencia profunda, extenso saber, instrucción, ignorancia.
Todos estos contrastes, que parecen rebuscados con empeño, se ofrecen como espontáneamente á la observación, y aun diríamos á la simple vista de cualquiera que la fije en los fenómenos sociales. En todos los países, más ó menos, siempre comprendiendo numerosas colectividades, existen estas profundas diferencias. Y á pesar de ellas, y aunque se acumulen, lo cual es muy frecuente, ¿puede establecerse igualdad? ¿Cómo, en qué, para qué se establecerá entre personas tan distintas? ¿Puede ser para ellos más que una palabra con que se disfraza una ilusión ó un engaño? ¿En qué pueden ser iguales aquel pobre y aquel rico, aquel poderoso y aquel débil, aquel sabio y aquel ignorante? ¿Qué poder nivelador rebajará á los unos ó elevará á los otros? ¿Existe, puede existir ese poder? Sí, ese poder existe; es la voluntad del hombre, su libre albedrío, su fuerza moral.
Por ella es bueno ó malo, digno ó infame, santo ó malhechor; se iguala á los primeros ó desciende hasta los últimos, y en medio de tantas diferencias hace posible y cierta la igualdad ante la ley.
¿Ante qué ley? puede preguntarse, porque hay muchas leyes. Cierto; la ley política puede negarle ó concederle voto, según sea pobre ó rico, instruído ó ignorante; la ley de Beneficencia puede darle ó negarle permiso para pedir limosna, según sea un individuo aislado, ó pertenezca á una colectividad legalmente constituída; la ley de instrucción pública puede prohibirle que enseñe, ó autorizarle para enseñar, según que tenga ó no las circunstancias requeridas; pero en medio de estas y otras desigualdades, en todo pueblo que pretende llamarse culto existe la igualdad ante la ley civil y ante la ley penal. Las mismas condiciones se exigen para los contratos de los pobres y de los ricos, y es igualmente justiciable un delincuente, cualquiera que sea su posición social, su ignorancia ó su ciencia. No siempre sucedió así, ni hace mucho tiempo que sucede; pero hoy nos causaría tanta indignación como asombro que la tramitación legal difiriese según la importancia de los procesados ó contratantes; que las penas se aplicasen, no según los delitos, sino según las personas que los cometían, y que dependiese de la calidad del muerto que el matador pagase con la vida ó con algunas monedas. Nada de esto puede suceder ya, y parece tan natural que no suceda, que las personas que lo ignoran no suponen que nunca haya sucedido. En la historia se encuentran estas distinciones; en el recto juicio y en la conciencia, no.
Como la igualdad ante la ley penal ni es una imposición pasajera de un déspota omnipotente ni de la plebe amotinada; como se la ve razonada, crecer, afirmarse á medida que las naciones se ilustran y se constituyen conforme á derecho, puede considerarse como un hecho que permanecerá. Pero todo hecho permanente tiene una causa que lo es también. ¿Y cuál puede ser esta causa en el asunto que nos ocupa? Esta causa no puede ser más que un elemento común, alguna gran semejanza entre esos mismos hombres en que se perciben diferencias tan notables bajo otros respectos, pero que en alguno pueden ser y se consideran como iguales. Esa causa, ese elemento común es el moral; y como todos (los sanos de espíritu) distinguen el mal del bien, pueden realizar el uno ó el otro y son responsables ó beneméritos igualmente con diferencias personales, pero no de clase, se prescinde de ésta para juzgarlos moralmente y se los iguala.
Por más que digan los que pretenden separar la moral del derecho como cosas independientes, no sólo el derecho no puede separarse de la moral, sino que el progreso consiste en que se unan cada vez más íntimamente, y el ideal en que no hubiese ninguna inmoralidad que no pudiera ser y no fuese penada por la ley. No podemos extendernos sobre este asunto sin pasar los límites del que nos ocupa; pero hemos debido hacer esta indicación para salir al encuentro á una réplica posible contra lo dicho, de que la igualdad moral es el origen, base y afianzamiento de la igualdad ante la ley penal.
El pobre y el ignorante, como el millonario y el docto, ama á sus hijos y es amado de sus padres; es buen amigo, fiel confidente; tiene sentimientos y afectos y determinaciones dignas; respeta la propiedad ajena, la vida de los otros hombres, por cuyo bien inmola á veces la suya. El filósofo moralista encuentra allí una moralidad responsable, tan responsable como la de un gran señor ó un sabio, y una personalidad respetable en la misma medida; y el legislador, partiendo de este hecho, declara á los hombres iguales ante la ley penal. Pueden no ser todos electores, ni elegibles, ni catedráticos, ni ingenieros; pero todos pueden ser honrados, deben serlo y faltan cuando no lo son: según los grados de la falta, no según el que ocupa el que la comete, se impone la pena, que es, que debe ser al menos, consecuencia de una inmoralidad que la ley ha calificado justiciable.
¿Es idéntico el conocimiento que tiene del mal que hace un hombre rudo y un hombre ilustrado? Puede que lo sea y puede que no. Puede que lo sea, porque el que sabe sumar, por ejemplo, aunque no sepa álgebra, ni cálculo diferencial, suma tan bien como el más consumado matemático, y el mal hecho podrá ser tan claro y sencillo para la conciencia, como para el entendimiento el que dos y dos son cuatro. El pensador sabrá la filosofía de las matemáticas y la del derecho que el letrado ignora; mas para sumar y conducirse bien basta la razón práctica, y no son menester especulaciones metafísicas ni conceptos trascendentales.
Como la identidad no existe entre las personas, ni aun en las cosas que podemos observar, la igualdad hemos dicho que es aquel grado de semejanza necesario al objeto que nos proponemos al hacer la comparación. Al comparar moralmente á un rico y á un pobre, á un sabio y á un ignorante, á través de sus muchas diferencias encontramos entre ellos la semejanza necesaria y suficiente para declararlos iguales ante la ley civil y ante la ley penal, é iguales los declaramos; y esta declaración no es ilusoria como otras que carecen de fundamento, sino que es real, positiva, practicable y practicada, como que tiene por base un hecho cierto universalmente reconocido.
Así, la moral, que hemos visto tan poderosa para establecer igualdad entre las personas que en virtud de su voluntad recta ó torcida se rebajan ó se elevan, utilizando ó haciendo inútiles ó perjudiciales los altos dones que han recibido; la moral, que en los pueblos influye poderosamente para que reaccionen contra la desigualdad injusta, cuando es ya incompatible con el progreso y produce la decadencia; la moral, que para el bien de las naciones como de los individuos puede suplir tantas cosas y no puede ser suplida por ninguna; la moral conserva siempre su carácter nivelador, en el buen sentido de la palabra, el carácter de igualar elevando y en su esfera más propia, en aquella en que su influencia es mayor, es donde primero se establece la igualdad, porque es donde realmente existe primero.
El que los derechos civiles preceden á los políticos y la igualdad ante la ley penal se establece en medio de las mayores desigualdades, es un hecho de todos conocido; pero conviene recordarle y tener en cuenta las causas que le producen, á saber:
Que en la esfera moral es donde primero se establece la igualdad;
Que para establecer la igualdad basta la semejanza necesaria.
Las diferencias se perciben á primera vista; pero reflexionando se ve que el orden moral, religioso y jurídico tiene por condición la semejanza. Los preceptos, las reglas, las leyes, no pueden obligar á todos por igual, sino porque en todos hallan igualmente aptitudes bastantes para comprenderlas y cumplimentarlas.
CAPÍTULO VII.
LÍMITES DE LA IGUALDAD.
Los límites de la igualdad pueden variar mucho de hecho y de derecho, según los establezca la fuerza y el error, ó la razón y la justicia; pero aunque varíen han de existir, porque en lo humano todo los tiene, y porque un elemento de la organización social, sea el que fuere, no puede prescindir de los otros, no siendo único, ni dejar de ser condicional si ha de ser armónico. Las condiciones variarán con los tiempos y lugares; à priori no pueden señalarse detalladamente; pero sí afirmar que existirán, y que, no habiendo derecho contra el derecho, los de la igualdad no pueden destruir ni invalidar otros.
Pocos hay que no sepan esto; pero muchos son los que lo olvidan y quieren llevar la igualdad donde no puede ir y darle una extensión que no está en la naturaleza de las cosas.
La igualdad estará limitada más ó menos; pero estará siempre limitada:
Por las diferencias naturales;
Por las que produce la voluntad del hombre;
Por lo que se llama la fortuna;
Por la ley, que tiende á aumentar la desigualdad cuando existe;
Por las necesidades sociales;
Por el Derecho.
Las diferencias naturales pueden ser tan grandes que produzcan desigualdad inevitable; hay dotes de alto precio que ninguna voluntad iguala, y desventajas que el más firme propósito no compensa. El gran talento para la guerra, las ciencias, las artes, la política, el comercio, la industria, descollará dadas ciertas circunstancias, sin que sea posible que la medianía se ponga á su nivel por más que emplee un trabajo intenso y perseverante; por el contrario, hay ineptitudes que se esforzarían en vano para subir ni aun adonde están los medianos. Tales casos, por ser raros, no dejan de existir y de ejercer una influencia mayor ó menor, según muchas circunstancias, pero siempre positiva é inevitable. Esto se entiende en la esfera física é intelectual, que en la moral ya sabemos que la altura depende de la voluntad de elevarse. Los hombres, á medida que vivan en condiciones más parecidas, creemos que se parecerán más y que habrá menos desigualdades naturales; pero, más ó menos, existirán siempre, y en cierta medida son necesarias para que los hombres vivan en una sociedad culta y progresiva.
Las diferencias que produce la voluntad del hombre son causa más poderosa de desigualdad que las naturales. Las grandes ventajas ó desventajas congénitas son raras, y muy común suplir éstas con una resolución firme y perseverante ó esterilizar aquéllas con la flojedad ó perversión del ánimo. Ya hemos recordado más arriba el hecho bien conocido y muy general de los que la determinación firme, débil ó torcida, ó eleva, ó rebaja, y si aquí lo repetimos es para hacer notar que, en mayor ó menor grado, tiene que ser inevitable y permanente, porque depende de la voluntad libre del hombre, á quien no se puede trazar una órbita para que sin salir de ella gire como los astros. El nivel moral podrá elevarse y se elevará; habrá más voluntades firmes y rectas, pero no se concibe que deje de haber desviaciones, y quien esté por encima y por debajo del nivel común, y grados en la virtud y en el vicio, en la santidad y en el crimen. El poder del libre albedrío del hombre, sobre permanente, como que forma parte de su naturaleza, se extiende á lo físico, á lo intelectual, á lo moral, á todo su sér. Las ventajas de la belleza, de la robustez, del talento, ó los inconvenientes contrarios, no ejercen una influencia decisiva fuera de su círculo de acción propia: por más capacidad que tenga un hombre no logrará convertirse de feo en hermoso, ni viceversa, y por más robusto que sea, no trocará en facultades intelectuales su fuerza muscular, ni con ella las destruirá tampoco. El poder de suplir en gran parte muchas ventajas ó hacerlas completamente inútiles, y aun perjudiciales, no existe más que en la voluntad del hombre: ella es, puede ser, un elemento nivelador; pero en cierta medida será siempre una causa de desigualdad, porque no se concibe que los hombres no usen desigualmente de medios de que disponen, aunque éstos fuesen iguales.
Lo que se llama fortuna influye en la posición de los hombres, en su bienestar ó su desdicha. La fortuna, en el sentido de acaso, no existe; hay Providencia, ó, para los que no creen en ella, encadenamiento de causas y efectos, causalidad, no casualidad; pero, de todos modos, hay efectos de cuyas causas no dispone el hombre, y que influyen para que se eleve ó quede muy abajo. Sin duda que se atribuyen á la suerte muchos bienes, obra del mérito; muchos males, consecuencia de faltas; pero también es cierto que hay prosperidades y desdichas por razones que no se alcanzan, por justicia que no se comprende. Lejos, muy lejos de nosotros negar esa justicia y esa razón porque está por encima de la nuestra: la acatamos profunda y sinceramente; pero no por eso hemos de dejar de ver en lo que se llama fortuna un elemento de desigualdad, tal vez justa, pero indudablemente positiva.
La ley que tiende á aumentar la desigualdad cuando existe, la llamamos así porque nos parece tener el carácter de ley, es decir, de regla general y necesaria. Si establecemos un nivel, sea en lo físico, en lo intelectual ó en lo moral, veremos la tendencia á elevarse más los que están sobre él y á rebajarse los que quedan por debajo.
En lo físico, el que es fuerte y robusto puede allegar medios de subsistencia con que acrecentar esa robustez; el que es débil, está expuesto á la miseria, que aumentará su debilidad; el que dispone de un capital, halla facilidades para acrecentarle, mayores cuanto es mayor: la riqueza atrae la riqueza y la multiplica; el que es pobre, al menor contratiempo se empobrece más, cae en la miseria: hay una fuerza que empuja, al uno á la opulencia, al otro á la ruina.
En el que empieza á instruirse, la adquirida instrucción le da medios y facilidades para aumentarla; le inspira el deseo también por el amor á la ciencia ó el convencimiento de su utilidad; el que es ignorante y continúa siéndolo, aun en el caso de que pueda procurarse instrucción, no la procura, porque, no teniendo idea de las ventajas y de los goces del saber, no los busca; cuanto más tiempo pasa, más difícil le será el trabajo intelectual y tendrá menos deseo de vencer esta dificultad; su inteligencia se atrofiará como un órgano que no se usa, y por gravitación intelectual, el uno irá subiendo hasta ilustrarse, el otro descendiendo hasta embrutecerse.
El hombre virtuoso halla goces y facilidades para la virtud, que le elevan en ella cada vez más. Vencidos, tiene sus impulsos egoístas, sus apetitos groseros, sus ímpetus iracundos: luchó, triunfó, y ha llegado á aquella altura en que no comprende cómo pueda hacer mal á sabiendas en cosa grave, y en que su naturaleza, ennoblecida por su firme voluntad, tiene por ley hacer bien; este bien tiende á acrecentarse como los tesoros del rico. El hombre vicioso se debilita á medida que cede; cada falta es una derrota que le predispone á ser derrotado; á los efectos deprimentes del mal se añade el hábito de cometerle, y la pendiente hacia él es tan rápida, que sin una reacción fuerte, así como el que se elevó en la virtud puede llegar á ser santo, el que descendió se halla en peligro de ser criminal, y vemos esas criaturas que parecen impecables é incorregibles.
Pueden limitarse los casos (y creemos que se limitarán más cada vez) de miseria física, moral é intelectual; pero si cualquiera de ellos llega, por el hecho de existir propende á crecer, y nos parece que las grandes desigualdades, de cualquier género que sean, tienden á aumentarse, como la distancia entre dos líneas no paralelas que se prolongan.
Las necesidades sociales imponen cierto grado de desigualdad por la división de trabajo y por las diferencias que en el obrero lleva consigo la diferente clase de obra. Sin duda que se va reconociendo, y más cada vez, como un factor común al apreciar el valor de las personas y sus desemejanzas; este factor común es el elemento humano, la cualidad de hombre que todos tienen; pero aunque ésta nivele á los más humildes con los más elevados bajo ciertos conceptos, siempre sucederá que de las múltiples necesidades de una civilización adelantada hayan de resultar trabajos diversos que exigen aptitudes diferentes y combinaciones en el arte, en la ciencia, en la industria, en el comercio, muy propias para establecer desigualdades. Estas combinaciones podrán neutralizarse con otras, no destruirse, porque son indispensables en las necesidades crecientes de la creciente civilización.
El Derecho será límite á la igualdad siempre que contra él quiera girar fuera de su órbita. Un elemento social por mucho tiempo comprimido suele aparecer haciendo explosión; y como si quisiera vengarse de haber sido negado negando, pretende, no sólo su natural y debida influencia, sino la que corresponde á otros, y porque fué desconocido quiere ser preponderante. Algo de esto acontece con la igualdad, que, á consecuencia de depresiones injustas, pide nivelaciones imposibles. Contra sus extravíos no habría remedio más eficaz que el conocimiento del Derecho, si se generalizara; él encauzaría esa corriente que tiende á desbordarse, y en ocasiones se desborda. Cuando hay un derecho que lo es verdaderamente, no puede invalidarse por ninguna pretensión, injusta desde que pretende destruirle, y definiendo bien y marcando los límites de todos, se sabe de dónde no puede pasar cada uno. Esto es á la verdad bien sencillo y bien sabido, mas no por todos, y precisamente lo ignoran aquellos á quienes más convendría saberlo para no hacer de la igualdad alguna cosa absoluta, incondicionada y absorbente de todos los elementos sociales.
En virtud de la igualdad ante el Derecho, existe á veces la desigualdad entre los hombres; porque no teniendo todos iguales títulos, sería injusta su pretensión de igualarse. El malhechor que está preso y el hombre honrado que goza de libertad; el ignorante á quien se prohibe una profesión y el instruído á quien se autoriza para ejercerla; el pródigo á quien hay que quitar la administración de sus bienes, y el encargado por la ley para administrarlos, personas son que aparecen desiguales precisamente en virtud de la igualdad del Derecho, que, dando á cada uno lo que le es debido, no puede dar lo mismo á los que merecen de un modo tan diferente. A unos se debe una prisión, un tutor ejemplar, una camisa de fuerza; á otros el público aprecio, una corona, una estatua; y el que pretendiera identificar aquéllos y éstos, hollaría el Derecho en vez de establecerle.
Cierto que importa mucho antes consignar los derechos cerciorarse bien de que lo son; mas porque pueda haberlos mal definidos y aun en desacuerdo con la justicia, no se ha de atacar en su principio la santidad del Derecho ni prescindir de él alegando otro, sea el que fuere. Y como es raro, muy raro, que un derecho carezca enteramente de justicia, que en su motivo de ser no tenga alguna razón de ser, es necesario analizarle bien antes de declararle incompatible con otro que le destruya. Y de todos modos, y aunque la injusticia sea evidente, ni autoriza otra, ni con otra se neutraliza, sino que, por el contrario, se suma con ella. La igualdad fuera del derecho no estará fuera de él por atacar á alguno que á su vez no le haya respetado. Si yo, por ser igual al que tiene reloj, se lo quito á un ladrón que le ha robado, aunque mi derecho á la igualdad no esté limitado por el de propiedad, que él no tiene, lo estará por el de algún otro, puesto que es claro mi deber de no apropiarme lo que en ningún concepto puedo considerar como mío.
Así, pues, variarán los límites, pero siempre los hallará el derecho á la igualdad en otros derechos.
PARTE SEGUNDA.
De la igualdad, socialmente considerada.
CAPÍTULO PRIMERO.
INFLUENCIA RECÍPROCA DE LOS ELEMENTOS FÍSICO, INTELECTUAL Y MORAL, Y DE LA SEMEJANZA NECESARIA Y SUFICIENTE PARA ESTABLECER LA IGUALDAD.
Cuando se observa en las sociedades los progresos de la igualdad y las dificultades que para progresar halla, es fácil notar que éstas provienen en gran parte del desequilibrio de elementos que deberían armonizarse.
El hombre, sér físico, intelectual y moral, no puede consolidar ninguna institución social, y menos perpetuarla, si prescinde de sus condiciones morales, intelectuales ó físicas.
La igualdad necesita semejanzas suficientes entre aquellos que ha de igualar, y sin las cuales pretenderá realizarse en vano.
Estas semejanzas no han de ser parciales, sino abarcar totalmente la existencia del hombre. Uno ú otro individuo podrá, con voluntad y virtudes excepcionales, sobreponerse á circunstancias abrumadoras; pero la regla es que, cualesquiera que sean los principios que se proclamen y las leyes que se promulguen en la vida de la sociedad, no hay igualdad positiva sin semejanza suficiente.
Cuando falta albergue, sustento y vestido, en la miseria extrema, ¿puede igualarse el hombre que la padece al que tiene recursos superabundante? ¿Puede prescindir del frío y del hambre para cultivar las facultades de su espíritu? ¿Puede triunfar de la fuerza tiránica de las necesidades no satisfechas, hasta el punto de avasallarlas para que no le embrutezcan? ¿Puede sobreponerse por su carácter á su desventura, elevarse en una situación que humilla y hacer respetar una dignidad cubierta de harapos? Si en lo posible y por excepción cabe que suceda todo esto, la regla será siempre la que vemos en la práctica: que la miseria física lleva consigo la intelectual, y la moral en parte.
Y al que es moralmente miserable, ¿de qué le sirven los recursos materiales suficientes y aun superabundantes? ¿No vemos al vicioso y al criminal inutilizar ó volver contra sí y contra la sociedad los bienes y las dotes que había recibido de la fortuna ó de la naturaleza? Igual ó superior á los que estaban al nivel común, ¿no ha descendido hasta los más bajos? ¿No le vemos rehusar el trabajo material y el del espíritu, ó incapaz de trabajar á fuerza de excesos ó por el hábito de la holganza? ¿De qué le servirá la igualdad ante la ley que le allanó los caminos de la fortuna, si él se labra su desgracia y es propio é insuperable obstáculo á su bienestar?
La miseria intelectual prepara también las otras: cierto que la honradez es compatible con muchos grados de ignorancia. Siendo el lazo moral el más fuerte y necesario para que los hombres puedan vivir asociados, y la moralidad la condición más precisa para su moralización, Dios ha provisto á esta imperiosa necesidad dándoles la intuición del mal y del bien y el libre albedrío para realizarle. Basta poca inteligencia para ser bueno y aun para ser justo; pero alguna se necesita, y más cuando se vive en un pueblo ilustrado. La vida social en parte es armonía, en parte lucha, y fácil es notar que nuestra existencia es utilizar armonías y triunfar de dificultades. Para lo que es armónico puede bastar lo espontáneo, lo intuitivo, lo que todo hombre cabal sabe sin aprenderlo; mas para la lucha se necesitan armas iguales, y no las tiene el que carece absolutamente de cultura en un país muy civilizado. La desventaja se gradúa; pero puede ser extrema y tal, que esta desigualdad lleve á otras, sin que haya más medio de evitarlas que evitándola.
El hombre embrutecido en un pueblo culto, recibe escasa remuneración por su trabajo; éste es más rudo, con frecuencia malsano, ó porque lo sea en sí, ó porque no se tomen las precauciones debidas para sanearle. El operario, ó lo ignora, ó se conduce como si lo ignorase, ya por descuido, ya por una especie de fatalismo, muy propio de la ignorancia, ya, en fin, porque otros están prontos á aceptar las condiciones que él no acepte, y la necesidad de vivir le impone la de recibir la ley económica, por dura que sea. Resulta que la inferioridad intelectual origina la física por el mucho trabajo, á veces malsano y poco retribuído, y en consecuencia, alimento escaso ó mala vivienda. Así se ha degradado físicamente la población de muchas comarcas, antes notables por su robustez y belleza, hoy débiles y con gran número de individuos deformes. No puede entrar en nuestro plan hacernos cargo de las causas todas que han producido tan deplorable efecto, que sólo hemos citado en apoyo de nuestra aserción de que una desigualdad grande en un elemento de los que constituyen el hombre influye sobre los otros y puede desnivelarlos.
Para que la igualdad que se defiende en los libros, se proclama en las Constituciones y se promulga en los códigos pueda ser un hecho social, es necesario que no halle desniveles tan grandes y tan generalizados que imposibiliten el equilibrio estable, el cual exige un mínimum de semejanza en el modo de ser de los asociados. Esta semejanza, hay que repetirlo, no basta que sea parcial; no ha de limitarse á uno de los elementos de la humanidad, sino comprenderlos todos, porque donde quiera que haya grandes masas de hombres en la miseria extrema, en la depravación suma ó en la ignorancia absoluta, se pretenderá en vano igualarlos con los que estén en circunstancias opuestas. Hemos dicho ó porque, según se ha visto, una inferioridad produce otras; es fuerza que arrastra ó virus que inficiona, y empresa ilusoria hacer independiente en el organismo social lo que en la naturaleza tiene dependencia mutua.
Así, pues, para que la igualdad se establezca en el derecho y la justicia es necesario que los hombres no se hallen en circunstancias que la hagan imposible por esenciales diferencias en lo físico, lo moral ó lo intelectual, y que paralelamente marchen los progresos económicos, los intelectuales y los morales.
Se preguntará, tal vez, si para establecer la igualdad en el derecho han de ser todos ricos, sabios ó justos. Responderemos recordando que la igualdad no es la identidad, sino aquel grado de semejanza suficiente al fin á que han de concurrir los términos de la comparación. Los términos de la comparación aquí son hombres, y lo que hay que investigar es la semejanza que basta para que en la sociedad se consideren como iguales.
Ya sabemos que los grados de semejanza necesarios para calificar dos cosas de iguales varían según la clase de ellas y objeto á que se las destina: con las personas acontece lo propio. Aplicando este principio á la práctica social, tal vez pueda auxiliamos para evitar errores ó, por lo menos, la confusión que les es muy propicia.
Un hombre cae herido en la calle; el agresor huye: cualquiera que pasa tiene aptitud moral y legal para restañar la sangre que corre de las heridas del primero y detener al segundo; es un acto humano y social, para el que son iguales el rico y el pobre, el sabio y el ignorante, el mayor y el menor de edad, el que está privado de derechos civiles como el que goza de ellos, y á nadie se acusará de haberse extralimitado al apoderarse del criminal y auxiliar á su víctima. Sométese el hecho á la acción de los tribunales, y la igualdad se limita: jurado y juez no puede ser el primero que pasa por la calle; se necesitan condiciones que la ley marca, y sólo los que las tienen son iguales para aquel objeto: lo propio acontece para dar dictamen facultativo y para servir de testigo. El círculo de la igualdad se limita en las funciones sociales á medida que éstas exigen condiciones que unos tienen y de que otros carecen.
Para asistir con fruto á una escuela de instrucción primaria no se necesita conocimientos previos; hay que saber las primeras letras para la segunda enseñanza, y tener ésta para adquirir la superior: la igualdad, que tenía una extensión casi ilimitada en la escuela, va reduciéndose más, á medida que se refiere á cosas más diferentes.
Un testador considera iguales, para testigos de su testamento, á todos los hombres, con pocas excepciones; pero ¡cuán diferentes le parecen para albaceas, y más aún si busca entre ellos al tutor de las tiernas criaturas que su muerte deja en la orfandad!
Podrían multiplicarse los ejemplos en prueba de que la igualdad en la práctica, conforme dejamos indicado en la teoría, es una cosa relativa y varia que exige diversos grados de semejanza.
Hay, pues, igualdad social, ó puede y debe haberla, cuando existe la de aptitudes, para el caso en que se establece la comparación; si no, no.
Existe el riesgo de chocar en dos opuestos escollos, que son: prescindir de la semejanza necesaria, y no hacerse cargo de la semejanza suficiente. Pretender que los hombres sin las condiciones morales é intelectuales indispensables para igualarlos sean iguales, ó negar que pueden serlo cuando tienen las que bastan, aunque no las tengan todas.
El orden físico, la igualdad suficiente para sostener la salud y vigor del cuerpo, no exige que todos tengan la misma clase de vestido, de habitación y de alimento, sino que ninguno carezca de ropas, de albergue y de comida. Lo necesario fisiológico es lo que basta para establecer la igualdad física, y nada importa que los manjares sean menos regalados, el traje más basto y la casa más reducida y modesta. El que no tiene hambre, ni frío, ni vive en una habitación malsana, es suficientemente igual al que disfruta de todos los refinamientos del lujo. La vanidad, la gula y la molicie podrán pedir mayores semejanzas; pero á la fisiología y á la higiene le bastan éstas, y no sólo habrá igualdad, sino superioridad física en los que tienen lo necesario respecto de los que disfrutan de lo superfluo, porque la sobriedad no suele ser compañera del mucho regalo. Que cada uno procure por medios honrados mejorar su posición material, y tener mayor desahogo y comodidades, no es vituperable, y aun laudable puede ser; pero que en el orden fisiológico se dé el nombre de necesidad á los caprichos, á las vanidades y á los apetitos indómitos; que se ponga por condición del orden social lo que no lo es del orden natural, y se considere como una desgracia ó como una injusticia la falta de igualdad completa en el alimento, el vestido y la habitación, errores son de gran bulto y fatales consecuencias. Aquel á quien no falta nada para robustecerse y vivir con salud, es esencialmente igual en lo físico á los mayores potentados, y probablemente superior á ellos, y la semejanza suficiente para establecer la igualdad en este punto la tienen todos los que no carecen de lo necesario fisiológico.
En lo moral, la igualdad la constituye el cumplimiento de las leyes y de aquellos deberes que, sin obligar legalmente, son moralmente obligatorios para todo hombre honrado. El que no perturba la sociedad con sus delitos, ni la familia con sus vicios, podrá ser mejor ó peor que otro, pero tiene la semejanza suficiente para ser declarado igual en todas las funciones sociales que no exijan más que moralidad. Administrará sus bienes ó los de otro, podrá ser tutor y curador, será apto para toda especie de contratos en las mismas condiciones que los más favorecidos, y su dignidad será respetada, y su palabra creída, y su testimonio hará fe. Cierto que en los millones de hombres que hay en estas circunstancias hay millones de diferencias; pero existe la semejanza bastante para que á ninguno se niegue aquella consideración y derechos que resultan de ser calificados de moralmente iguales para el fin que se propone la sociedad al clasificarlos. Las personales diferencias se tienen en cuenta para los casos especiales: cuando se necesita virtud, abnegación, heroísmo, no basta cualquiera; hay que buscar sobre el nivel común alguno que luche esforzadamente ó se inmole; pero en la generalidad de los casos no se exige á la de las personas más de lo que todos pueden y deben dar.
En lo intelectual se diversifican mucho más las diferencias por la división de trabajo; pero, prescindiendo de las aptitudes profesionales, artísticas, industriales y científicas, si los abogados y los ingenieros y los comerciantes se diferencian mucho entre sí, como hombres tienen muchas ideas y conocimientos comunes, que lo son también á otros menos instruídos. El que sabe leer bien aunque sea ignorante, leerá lo mismo que una persona instruída cuando sólo de leer se trate, y para pasar lista á una cuadrilla de obreros servirá lo mismo que el más eminente literato: lo propio puede decirse del que sabe escribir, aunque no sepa más, cuando es bastante este conocimiento, ó tenga el de la aritmética elemental, etc. En lo que se llama la masa del pueblo podrá no haber suficiente conocimiento del bien y del mal para hacer leyes, pero se le supone el bastante siempre que se la declara obligada á obedecerlas: no pueden en justicia ser igualmente obligatorias para todos si no son igualmente comprendidas en aquello que es indispensable conocer para obedecerlas. El primer jurisconsulto de la nación y el más rudo labriego tienen igual el conocimiento suficiente para saber que deben respetar la propiedad ajena, y con razón son declarados iguales ante la ley penal, y penados si la infringen. El ejercicio de los derechos civiles exige, no sólo cierto grado de moralidad, sino de inteligencia: al idiota ó al loco se le priva de ellos por incapaz del conocimiento necesario que tienen la inmensa mayoría de los hombres. Respecto á los derechos políticos, como la pasión suele mezclarse, no sólo en su práctica, sino en su teoría, no se ve tan claro cuándo el elemento intelectual no basta, y cuándo es suficiente; mas por difícil que sea investigarle, el hecho existe, y en este caso, como en todos, de la semejanza necesaria debe resultar la igualdad.
Aunque no lo notemos, la sociedad marcha en virtud, no sólo de necesidades y sentimientos semejantes, sino también de conocimientos, y sería imposible sin ellos. La ley que se promulga, el decreto que se da, la empresa que se organiza, el libro que se publica, el drama que se representa, la obra caritativa que se funda, parten de un conocimiento semejante, de un modo de ser intelectual bastante parecido y generalizado para que lo que se dice á un hombre sea inteligible para todos en grado suficiente. Sin esto, lo repetimos, la sociedad sería imposible, y una causa poderosa de desequilibrio y convulsiones sociales es el desconocimiento del grado de semejanza intelectual necesario para establecer igualdad, negándola cuando debía concederse ó concediéndola cuando debería negarse. Semejanzas y diferencias condicionan la sociedad humana, é importa mucho conocerlas bien para que las igualdades que se establezcan ó se rechacen sean consecuencias lógicas y estables, y no contradicciones pasajeras.
El mínimum de semejanza intelectual necesario para realizar la igualdad, lo mismo que el moral y el físico, no permanecen estacionarios, sino que caminan á medida que la sociedad progresa. Lo necesario fisiológico del hombre primitivo no basta para que viva el ciudadano: la ignorancia más completa puede pasar por sentido común, y aun por buen sentido en un país bárbaro, y no en una nación culta: un salvaje distinguido por su moralidad estará tan por debajo del nivel general en un pueblo civilizado, que con los mismos procederes que le hacían recomendable en su horda, irá á presidio. No hay, pues, que buscar en el arsenal de la historia armas que tal vez son inútiles, ni hablar de la naturaleza humana como de cosa eternamente idéntica y totalmente inmodificable. Cierto que el hombre sobre la tierra tiene condiciones de que no podrá salir nunca; cierto que no podrá respirar sin oxígeno, ni ser moral sin justicia, ni feliz sin amar alguna cosa; pero dentro de los límites que no podrá traspasar jamás tiene movimientos de bastante amplitud, y variaciones de bastante trascendencia, para que no se llame á la simetría inmóvil orden natural, y ley de la historia á reglas establecidas sin estudio suficiente de la naturaleza humana.
De los grados de semejanza que bastaron ó no en un país, no puede inferirse los que serán indispensables en otro que se halla en condiciones diferentes. Así, por ejemplo, donde la religión autoriza las castas y forma una con el sacerdocio, será necesaria mayor semejanza, mucho mayor, para establecer una igualdad cualquiera, que en el pueblo que llama á Dios padre y fraterniza en su amor, y no admite diferencias ante su ley y eterna justicia. En los que se hallan en este caso puede haber desigualdades enormes; se necesitarán á veces, para suprimirlas, no sólo semejanzas suficientes, sino superioridades indudables; pero esto será efecto de otras causas que neutralicen la influencia de la religión. Prescindiendo de su influencia ó de otra poderosa, podrán suponerse facilidades que no existen ó calificar de insuperables obstáculos que se pueden vencer; pero á pesar de contradicciones aparentes, siempre será un hecho cierto la influencia recíproca de los elementos físico, moral é intelectual, y que es inútil, cuando no hay la semejanza necesaria, decretar la igualdad, y peligroso negarla cuando existe semejanza suficiente.
CAPÍTULO II.
¿QUÉ LÍMITE DEBE TENER LA DESIGUALDAD?
La desigualdad que está en la organización del hombre, es una condición de la sociedad; pero es condición humana querer justificar el abuso de las cosas con la necesidad de su uso, y exagerar hasta la injusticia lo que en su origen es justo. La desigualdad de las condiciones es necesaria, es buena contenida en ciertos límites, pero cuando los pasa es inicua y es absurda.
Cuando existe la esclavitud de la ley ó la de la miseria; cuando con éste ó con el otro nombre hay castas en la sociedad; cuando entre las clases se abren abismos que es imposible salvar, el filósofo que estudia el corazón humano observa cómo se envilece y se deprava, y el que estudia los fenómenos sociales nota la gran perturbación que en la sociedad se introduce.
Ya hemos visto en la primera parte de este escrito cómo se desmoralizan las clases cuando se aislan unas de otras, é inútil es advertir que el aislamiento es tanto mayor cuanto más grande es la desigualdad. A los desórdenes que una desigualdad exagerada, depravando los sentimientos, introduce en el mundo moral, hay que añadir los que llevan al mundo económico el lujo y la miseria.
No puede entrar en el plan de nuestra obra extendernos en consideraciones acerca de los males que en pos de sí llevan la miseria y el lujo, males de que, por otra parte, han hablado largamente célebres autores, tanto sagrados como profanos; pero no podemos menos de detenernos un momento á recordar una verdad que, por más sencilla y trivial que parezca, se desconoce y se niega por personas ilustradas en otras materias, á saber: el lujo de los ricos es siempre perjudicial á los pobres.
El lujo, dicen sus partidarios, es útil, sostiene la industria y el comercio. Suprimid los espejos de Venecia, los encajes de Bruselas, los jarrones de Sèvres, las alfombras rizadas, los dorados techos, los brillantes carruajes, las joyas de labor exquisita; ¿qué va á ser de tantos miles de familias como ganan el pan haciendo esas prodigiosas superfluidades? Ya lo veis: el lujo da de comer á innumerables familias, que sin él quedarían en la calle; el lujo es útil, ¿á qué declamar contra él? No somos declamadores, ni aun queremos dirigirnos al corazón presentando el horrible é inmoral contraste que ofrecen esas primorosas obras que, para contentar los vanidosos caprichos de la opulencia, salen de manos de la miseria; sólo queremos hacer notar que, cuando en medio de una familia hambrienta y desnuda vemos un objeto cuyo principal valor consiste en el ímprobo trabajo de sus individuos, un objeto brillante, preciosísimo, de una perfección fabulosa, cruel contraste con todo lo que le rodea, luz siniestra en un cuadro sombrío, insultador de dolores, provocador de iras, recuerdo constante de placeres y de goces, de que el pobre es desdichado instrumento, si la indignación y la lástima se elevan en nuestra alma, no es un afecto inmotivado; y meditando sobre aquella escena, no decimos como en presencia de otras tristes: «Está en el orden de las cosas», sino: «Está en la insensatez de los hombres».
El lujo es una inevitable consecuencia de la desigualdad de condiciones en un pueblo civilizado, lo sabemos; pero désele la sanción de la necesidad y no la de la consecuencia; dígase: «Es un mal inevitable»; y no: «Es un bien, y como tal debe fomentarse».
Veamos qué nos dice la Economía política de las ventajas que el lujo tiene para los pobres que trabajan en satisfacer sus caprichos. La humanidad es una gran familia; sus individuos se dedican: unos á labrar la tierra, otros á cambiar sus productos, otros á fabricar vestidos, etc., etc. Fijémonos en un grupo cualquiera, por ejemplo, el que está encargado de hacer camisas. Unos hilan y tejen telas ordinarias, otros medianas, otros finas, finísimas otros. Aquí se cosen camisas de munición, allá con más esmero; en otra parte se bordan, adornándolas con caprichos primorosos. Ved un día y otro, y una y otra noche, aquellas pobres mujeres perdiendo la vista y la paciencia, haciendo con la aguja labores como pintadas, sacando hilos que apenas se ven, pegando encajes. Ved aquel hombre que lleva una camisa que supone tres, cuatro, seis meses de trabajo; ved aquellos otros que no tienen camisa. El tiempo que se gasta en hilar y tejer y bordar aquella tela finísima que ha de cubrir á uno, hace falta para preparar la más tosca que debía cubrir á los otros: en la sociedad, como en una familia mal gobernada que no tiene más que lo preciso, cuando malgasta una parte de su haber en superfluidades, carece luego de las cosas necesarias. El valor de un objeto cualquiera no es, por regla general, más que la representación del trabajo que ha costado. ¿Cuántas casas modestas pueden hacerse con el trabajo que necesita un palacio ó con el capital, que es lo mismo? Y como el capital de la sociedad, dividido por el número de individuos que la componen, basta apenas para cubrir sus primeras necesidades, en la balanza de la economía social quitáis á lo necesario todo lo que añadís á lo superfluo. ¿Qué habían de hacer los que viven de las industrias que satisfacen el lujo? Dedicarse á las que tienen por objeto cubrir la necesidad. Mientras se borda una sábana, se pueden coser ciento ó mil, y así de las demás cosas. Es decir, que ese lujo tan ventajoso para la industria, aun prescindiendo de lo que desmoraliza, de lo que insulta, de lo que envanece y de lo que irrita, considerándole sólo bajo el punto de vista de la producción de la riqueza, es un gran perturbador de la economía social, que arranca los brazos á las tareas de la necesidad para dedicarlos á las tareas del capricho.
Habiendo admitido como necesaria la desigualdad de condiciones, y siendo el lujo su consecuencia, ¿por qué declamamos contra él? ¿Pero no se debe buscar ningún correctivo á los males que no pueden cortarse de raíz? En vez de poner diques á su fatal corriente, ¿deberá abrírseles ancho paso para que inunden la sociedad y la trastornen? ¿Es lo mismo que haya un desdichado ó que haya ciento, que corra una lágrima ó que una multitud de criaturas viertan el llanto de la desesperación? Arrojemos con triste silencio en la sima de la necesidad todas las víctimas que pide para llenarse, pero no arrojemos ni una más. ¿Es tan corto el tributo de dolores que la naturaleza de las cosas exige para que vayamos á aumentarle insensatos ó crueles?
La desigualdad de condiciones es justa porque es necesaria; pero allí donde acaba la necesidad acaba el derecho. Así, por ejemplo, es necesario que se respete la propiedad de los bienes legalmente adquiridos. Es necesario que se deje á su dueño la facultad de disponer de ellos en favor de quien le parezca; pero es absurdo que se favorezca la acumulación exagerada de la propiedad con leyes perjudiciales á la sociedad y que no están en la naturaleza de las cosas. Las leyes todas, ¿no deberían tener la tendencia altamente filosófica y moral de restablecer el equilibrio siempre que se rompe inclinándose la balanza del lado de la acumulación de la riqueza? No somos niveladores; nadie que haya seguido nuestro pensamiento podrá acusarnos de tales. Queremos eminencias en el mundo social, pero proporcionadas como las del mundo físico. Queremos montañas que atraigan las aguas del cielo y dirijan su curso sobre la tierra, pero no tan altas que no se pueda respirar en su cima y que nos roben la luz del sol.
Los límites de la desigualdad de condiciones están en la necesidad y en la justicia. ¿La justicia y la necesidad no son una misma cosa? La justicia puede no ser necesaria cuando el mayor número no la cree tal. Además, si el sentimiento de la justicia es eterno como innato en el hombre, su fórmula varía: la justicia de hoy no es la de hace diez y ocho siglos, como la del siglo XXX no será la nuestra. La fórmula de la justicia es el resultado de las ideas, y debe variar á medida que éstas cambian.
La necesidad que constituye el derecho de la sociedad, ¿constituye también el del individuo? Unos lo afirman, lo niegan otros, y los de más allá admiten el principio con esta salvedad: «En tanto que su aplicación sea posible». Y como las palabras necesario y posible son de una elasticidad suma, podremos entrar en discusiones interminables; veamos si por otro medio llegamos á ponernos de acuerdo acerca de los límites que la justicia impone á la desigualdad de condiciones, y hasta qué punto una necesidad puede constituir un derecho.
Casi todos los grandes errores son grandes verdades exageradas ó torcidas, y este origen, que hasta cierto punto los ennoblece en la esfera moral, los hace más peligrosos en la práctica. Un error que lo es por sus cuatro costados, digámoslo así, no es difícil de demostrar; pero cuando está emparentado con la verdad y enlazado con grandes principios de justicia, el problema se complica mucho. Los que afirman y los que niegan se mezclan en la lucha, y más de una vez el golpe dirigido á un contrario cae sobre un amigo. Luego, al ostentar los trofeos conquistados en el combate, se nota que el que se apoderó de la verdad arrastró, confundido con ella, una parte del error, y el que hizo presa en éste lleva unida á él una gran porción de verdad: algo de esto se nota en los que niegan y sostienen el principio de igualdad; sus errores están mezclados con verdades, y de ahí la dificultad de poner en claro los unos y las otras.
Imaginemos tres grandes hombres, por ejemplo: Hernán Cortés, Watt, Leibniz; y tres hombres vulgares: un soldado que sólo sabe manejar sus armas, un obrero ocupado toda su vida en mover una lima, un cajista que sin saber leer coloca maquinalmente las letras en el orden en que las ve colocadas. ¿Estos hombres son iguales? ¡Qué absurdo! ¿Y no habrá alguna circunstancia de la vida en que estos seis hombres sean iguales en alguna cosa y tengan derechos iguales? Veámoslo.
Debemos advertir á los fanáticos de la desigualdad, que vamos á presentar, como base de nuestro razonamiento, un ejemplo sumamente favorable para ellos. Ponemos enfrente la plebe y la aristocracia de la naturaleza, no la de la fortuna, mas, colocamos al genio educado enfrente del sentido común sin educar: no se dirá que esquivamos las dificultades.
Hé aquí nuestros seis hombres encerrados en una habitación, y ocupados según su necesidad los de abajo, según su aptitud los de arriba. De repente la composición del aire cambia en términos que se hace irrespirable; todos dejan sus trabajos, sienten angustias mortales, sucumben si no salen de allí. ¿Qué se infiere de esto? Que el conquistador de Méjico y el oscuro soldado, el gran mecánico y el ignorante obrero, el profundo filósofo y el que sin comprenderlos imprime sus pensamientos, tienen igual necesidad de aire respirable, y por lo tanto igual derecho á él. Esta concesión la haremos sin dificultad; hay aire respirable gratis por todas partes, y, no obstante, debemos ser muy cautos al hacer concesiones, porque la legitimidad de un derecho no está en la facilidad de satisfacerle, sino en su justicia: suponemos que, á pesar de nuestra advertencia, nuestros adversarios, porque probablemente los tendremos, conceden la igualdad de derechos respecto á la atmósfera.