Nota del Transcriptor:
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AGUA DE NIEVE

OBRAS DE CONCHA ESPINA

LA NIÑA DE LUZMELA (novela). (Segunda edición.)

DESPERTAR PARA MORIR (novela). (Segunda edición.)

AGUA DE NIEVE (novela). (Tercera edición.)

LA ESFINGE MARAGATA (novela). (Segunda edición.) (Obra premiada por la Real Academia Española de la Lengua.) Traducida al inglés.

LA ROSA DE LOS VIENTOS (novela). (Segunda edición.)

MUJERES DEL QUIJOTE. Traducida al italiano.

RUECAS DE MARFIL. (Segunda edición.) Traducida al italiano.

EL JAYÓN. Drama en tres actos. Traducido al italiano.

EN PREPARACIÓN

PASTORELAS.

EL METAL DE LOS MUERTOS.

CONCHA ESPINA

AGUA DE NIEVE

(NOVELA)

TERCERA EDICIÓN

MADRID
IMPRENTA DE JUAN PUEYO
Luna, 29, teléfono 14-30
1919

ES PROPIEDAD

A ISABEL CARRANCEJA

Amiga y señora: Recibid con buen semblante esta novela, nacida en noble cuna, pues se escribió en vuestra casa al amparo de generosa hospitalidad. Si la dulzura del asilo que me disteis y la grandeza de esas marinas y paisajes montañeses no fueron parte á producir obra más bella, cúlpese á mi pobre ingenio, harto ruin, que no supo recoger de tantas hermosuras sino vedijas de niebla, pedazos de hielo y salitres de la mar. Pero la lumbre de vuestro corazón, al reflejarse en estas páginas, habrá de encenderlas con suavísimos resplandores, como sol de Mayo, alegría del agua y de la nieve...

Concha Espina

LIBRO PRIMERO
LA VIAJERA RUBIA

I

en el lazareto de san simón.—regina de alcántara.—el espejo turbio.—los misterios de una noche de mayo.—la felicidad descalza.

Tocó el bote dulcemente en la tierra, tierra frondosa y húmeda que emergía de las aguas como un jirón de los blandos vergeles submarinos. Regina de Alcántara, moza elegante y gentilísima, de ojos negros y cabellos rubios, desembarcó de un salto, rápida y leve, sin advertir que un pasajero le tendía, solícito, la mano. Dió la muchacha algunos pasos por la costa, con visible emoción, y, de pronto, hincándose de rodillas, hundió en la hierba fragante el demudado rostro. Acarició la mullida tierra con un largo beso y levantóse después; miró en torno suyo algo confusa, y como el mismo pasajero se acercara á decirla:—¿Llora usted?—ella, riendo, contestó:—No lloro... Es que la pradera me ha mojado con sus lágrimas... Esta tierra mía del Norte siempre está llorando...

Pero á Regina se le empañaba la voz al dar esta respuesta y le temblaban las manos al enjugarse las mejillas con el pañuelo. Volvió á quedarse quieta y muda, entre risueña y llorosa, mirando cómo desembarcaban en bulliciosos grupos los demás viajeros: gente humilde, repatriados pobres, de traza miserable algunos, espumas y relieves de la emigración española, que arrojaba en la costa de Galicia aquel gran trasatlántico Iguria, negro y humeante, presto á zarpar con rumbo á Francia. Los recios perfiles del navío se recortaban á lo lejos sobre el fondo verde obscuro del mar, bajo un cielo sereno, entoldado por gasas vacilantes de niebla y de sol.

Una señora, de semblante dulce y triste, que acababa también de saltar á tierra, cogía, de manos de un marinero, el equipaje menudo de Regina y lo colocaba en el suelo á los pies de la absorta muchacha. Pronto el «cabás» elegantísimo, la maletita de espeso correaje, el portamantas abrazado á los abrigos, las cajas y estuches, formaron alrededor de la señorita un copioso cerco. En el bote, donde los marineros aligeraban á saltos la carga de pintorescos atalajes, se mecían, bien arropados en sus fundas de lona, los enormes baúles de la interesante viajera. Absorta estaba todavía, mirando al mar de hito en hito, cuando la señora del semblante triste la tocó suavemente en el brazo, para decirle, como quien despierta á un soñoliento:

—¡Eh!... ¡Que ya estamos en San Simón!

Volvió Regina la cara con lentitud, y pronunció vagamente:

Sí... ya lo sé...

Miraba á su lado con hastío, como si la necesidad de ocuparse en algo práctico la produjese grave repugnancia. Vió que dos mozos del Lazareto se le acercaban, serviciales, y confióles al punto los trebejos, indicando que deseaban una de las mejores habitaciones del hotel.

—Podrá elegir la señorita, porque no hay pasajeros más que en el pabellón de tercera—le replicaron.

Y siguiendo una vereda adoselada entre los árboles soberbios, detuviéronse en un recodo del camino, ante una caseta rodeada ya por buen golpe de repatriados.

---Tienen ustedes que «pasar por el médico»—advirtió un mozo.

En el dintel de la puertecilla, rotulada con el aviso, Sanidad, aparecióse un empleado del Lazareto, que gritó:

—¡Pasajeros de primera! A ver... Por familias...

El caballero que antes habló á Regina, se acercó á ella sonriendo:

—Somos los únicos—dijo—; pasen ustedes.

Entraron las señoras, y un médico, joven y buen mozo, las pulsó ligeramente y las hizo algunas breves preguntas, de pura fórmula, para declarar que se hallaban en perfecto estado de salud. Un ayudante confrontaba las listas de los pasajeros, y apuntando los nombres en su libro, leía en alta voz: «Doña Regina de Alcántara, soltera, veinticinco años, pasajera de primera clase para Vigo... Doña Eugenia Barquín, soltera, cuarenta y ocho años, ídem ídem...» Les dieron á entrambas un pequeño pasaporte que debían entregar al encargado del hotel, y fueron despedidas cortésmente, no sin que Regina preguntase:

—¿Es verdad que no hay enfermos en la isla?

—Ninguno—respondióle el doctor, muy diligente.—Hubo, hace días, una defunción entre el pasaje que vino del Brasil, y ustedes traen patente sucia, por haber tocado en Río de Janeiro; pero sólo estarán aquí unas horas, pues no desembarcó ningún enfermo declarado por la sanidad de á bordo.

El empleado de las anotaciones murmuró, mientras escribía:—Daniel de Alcántara, soltero, diez y nueve años, fallecido en la travesía, á la altura de...

Regina volvió la cabeza, vivamente, al oir el fúnebre dictado. Sorprendió el médico la actitud de la joven, y reparando en la igualdad de los apellidos, preguntó:

—¿De la familia de usted?

—Mi hermano—balbució la muchacha. Y turbada y ligera salióse del pabellón, seguida por los ojos del médico, inquisitivos y galantes.

Diez minutos después se destocaba Regina en su estancia ante un espejo de infame luna, que hacía temblar las imágenes, desfigurándolas con matices verdosos y alteradas líneas. Volvióse la joven con inquietud hacia la señora que acomodaba el equipaje:

—Oye, Eugenia, mírame—exclamó.—¿Tengo la cara verde?

—No, mujer, ¡qué ocurrencia!

—Pues aquí me veo lívida.

—Será el reflejo de los árboles, ó la calidad del espejo; tú tienes buen color.

—Ahora me he vuelto aprensiva... Es tan fácil enfermar... y morir en plena juventud...

La señora, sin abandonar su trajín, respondía con razonada persuasión:

—Danielito estuvo siempre delicado... Acuérdate que desde pequeño era un nene cativo, siempre en cuita; no tenía resistencia para desarrollarse... Tú no pareces hermana suya; eres sana y fuerte.

—Sí; eso es verdad—declaró Regina con visible gozo. Irguióse arrogante, se miró las manos y las uñas y giró hacia el espejo la cabeza, pero sin atreverse á consultarle otra vez, señalósele á Eugenia, diciendo:

—No te mires... Creerías que tienes ictericia, y, además, sentirías náuseas y mareos, lo mismo que en el camarote.

Alzó los brazos para desprenderse las horquillas, y sobre sus hombros gentiles, cayeron lánguidas, unas guedejas de pelo dorado, fino y débil, en melena corta, como la de una niña. Aquel cabello sérico y laso, de traza infantil, contrastaba, de manera singular, con los ojos negros y apasionados de la moza y con toda su figura, fuerte y mimbreña, de actitudes algo varoniles.

Con el cabello suelto y flotante acercóse Regina al balcón y, abriéndole, se quedó recostada en la barandilla, acariciando con sus ojos profundos y ardientes las arboledas, ya sombrías en la caída de la tarde. Brotaba de la tierra una humedad fragante y deliciosa, el denso olor de la campiña del Norte, dulce beleño del alma y de los sentidos; el aire salobre de la mar, mezclándose con el perfume agreste, movía las frondas suspirando.

Se oyó la voz de Eugenia desde el fondo de la estancia:

—Si te quieres arreglar, ya lo tienes todo dispuesto.

Pero la muchacha respondió, desanimada y negligente.

—Me duele un poco la cabeza, y me alivia tener el pelo libre de las horquillas, así, al aire. Corre aquí un viento que es todo aromas. No iré á cenar al comedor... Me acostaré temprano...

Quedó en silencio, en una bella postura de abandono que hacía resaltar todos sus encantos. Era alta, delgada, la piel morena, los músculos recios, desarrollados en una vida de ejercicios corporales, casi continuos. Con el paso largo y marcial, el talle recto y el seno apenas iniciado bajo su traje de corte inglés, algo masculino, pareciera un doncel, á no serle propia cierta gentileza muy femenina, dulce y triste á la par. Sus ojos, grandes y negros, fulguraban con intensa inquietud de pasiones: en aquellos ojazos errantes y curiosos, se asomaban al mundo, al través de la niebla de la miopía, misterios, ansias y fiebres de un corazón nada tranquilo de mujer. Ojos eran que mostraban, á veces, una tristeza sorda, un hastío, un desaliento conmovedores, y, á ratos, una perfidia, una ambición diabólicas. Bajo el arco ligerísimo de las cejas, en el rostro nimbado por los pálidos cabellos, los ojos eclipsaban las demás facciones de Regina, no muy correctas, pero, en conjunto, de expresión hermosa y profunda. Tenía la frente altiva, la nariz un poquito gruesa, el mentón suave y redondo, la mano aristocrática. Su boca sensual, propensa siempre á sonreir burlona, pecaba de grande, pero enseñaba unos dientes blanquísimos y daba noticias de una voz musical y elocuente, cuyas cadencias sonaban á canción y á verso. Aquella voz cantora fluía en mágicas palabras llenas de agudeza y donaire, revelando una cultura, muy rara en labios y entendimiento de mujer. Su conversación, más todavía que su tipo, demostraba un carácter fuerte y original.

Largo tiempo estuvo en la misma postura, mirando á la arboleda; pero volvió sin duda á pensar en el espejo, porque con movimiento repentino se acercó á los cristales del balcón, tratando de mirarse en ellos. No estaban muy aseados ni parecían muy complacientes con la tenaz consulta de la muchacha, que murmuró, al cabo, llena de enojo:

—En este gran hotel sanitario no encuentro ni un cristal limpio donde mirarme.

Y pasaba el dedo por los vidrios, señalando una huella escandalosa, mientras Eugenia se lamentaba:

—¡Qué soledad tan triste! Por toda compañía tenemos de vecino á ese comisionista de Alcoy, tu pretendiente en la travesía. Los comedores y las dependencias de la servidumbre están en otro edificio.

—No tengo miedo—replicó la muchacha, acodándose de nuevo en el balcón.

Caía la noche con languidez amorosa en el regazo florido de la isla, entre el perfume de las rosas de Mayo y las frescas alas de la brisa marinera. Mostraba el cielo todavía un fulgor del incendio que circundara al sol en el ocaso; la fronda sostenía en cada rama un susurro glorioso y peregrino; latía una fuente escondida en el huerto, y un mirlo silbó dos veces, como un zagal oculto en la espesura.

—Parece que está la isla despoblada—murmuró Regina con asombro,—Acaso nos han dejado solas con el de Alcoy... Eugenia: podías asomarte por esos pasillos misteriosos, á ver si encuentras quien nos dé noticias del comedor... Tengo sueño y quisiera acostarme pronto.

Diligente, la señora, se alejó por los obscuros corredores, y, al cabo de un rato, volvió con una moza descalza y mal vestida, que hacía, por lo visto, de camarera.

—Mande la señorita—dijo, ofreciéndose con humildad.

La miró Regina un largo rato, con señales de que empezaba á divertirla aquel hospedaje pintoresco.

La moza bajó los ojos y se puso colorada. Entonces dijo la grata voz de la señorita:

—¿Qué hay de cena, sabes?

—Hay muchas cosas—respondió la mozuela muy ufana.—Hay sopa, jamón, pollos, pescado...

—Muy bien. ¿Y de postre?

—Dulce de cabello y fresas.

Regina palmoteó como nena antojadiza que ha logrado un capricho:

—¡Ah, fresas!... Pues yo no ceno más que fresas. Y quiero que me las traigas aquí... Muchas, ¿oyes? Un plato grande, con leche y azúcar.

La zagala, que era garrida y graciosa, parecía reflexionar. Al cabo dijo:

—Tendrá que pagar aparte, por servirla en el cuarto...

—Y mis raciones de jamón y de pollo, ¿no me las rebajaréis de la cuenta?—preguntaba Regina, con una curiosidad llena de regocijo.

Risueña y astuta, escuchaba la moza sin responder, fingiendo ignorancia, y cuando Regina le aseguró que pagaría lo que fuera menester por aquel antojo, alejóse en la sombra del corredor con pasos blandos y lentos, sin resonancia. Poco después volvió trayendo la silvestre cena, mal presentada y peor servida; pero las fresas eran buenas, y muchas, y tenían un penetrante aroma fresco y apetitoso.

Aderezó la viajera su manjar favorito con delectación refinada; en el plato sopero, un poco descascarado por los bordes, exprimió la fruta y la azucaró. Luego, despacito, vertió encima la leche densa y espumosa, hasta colmar el plato, y después, muy satisfecha, inclinó la cara con regalo para aspirar el aroma del singular banquete, poniendo en ello tales bríos, que tocó la crema rosada con la punta de la nariz...

Mientras cenaba Regina lentamente, con expresión golosa, la zagala camarera la estaba mirando, de pie al lado de la mesa, con los brazos en jarras y una mueca simplona en el semblante. No había solicitado permiso para amenizar con su presencia el refrigerio de la señorita, y calmosa, esperaba por el menguado servicio para economizarse un paseo al comedor lejano.

Después que la viajera apuró su golosina, encaróse con la moza, y sonriente inquirió:

—¿Sirves en el hotel hace mucho?

La galleguita, según la costumbre negligente y lacónica del país, respondió:

—Sirvo.

—¿Y estás contenta?

—Estoy...

—¿No sales alguna vez de la isla?

—No salgo, pero...—y tras breve indecisión añadió sonrojándose:—me divierto aquí porque tengo novio.

—¿Gallego como tú?

—Gallego.

—Será guapo...

—Es.

Y la zagala, que había recogido los ligeros cacharros de la cena, despidióse de la señorita muy amable, asegurándola que era deliciosa la vida del Lazareto, espléndido el trato de la fonda, y que lo pasaría muy bien en los dos días de cuarentena.

Respondióle Regina con benévola aquiescencia, y quedó sola en la estancia, á la temblona luz de una bujía, ya caída la noche dulcemente sobre el balcón abierto.

A instancias de la joven había emprendido Eugenia Barquín los penumbrosos caminos del comedor, y cuando la moza camarera se confundió en las espesas sombras del pasillo, en vano Regina tratara de sorprender algún rumor de vida en el enorme edificio desierto y mudo. Tan callando pasaba aquella hora, que la viajera oyó el tic-tac del tiempo, latiéndole en las sienes y en los pulsos y palpitando en la silente noche.

De pronto, en el corredor ululó el viento, arrastrando un profundo sollozo de la marina; se dobló la llama de la vela, y el taque de una persiana alzó un eco medroso. Quedó á obscuras el cuarto, y Regina se refugió en el balcón, avergonzada de tener miedo, pensando vagamente en su revólver, y conmovida, á pesar suyo, por la tristeza quejosa de aquel soplo extraño, que apagó su luz y agitó su cabello, alejándose rápido y solemne, como errante suspiro del mar. Miró al cielo Regina, y al fulgor solitario de la luna, vió cruzar, rauda, una estrella que se abismó en el fondo de la noche.

Es un alma que pasa—dijo con el poeta.—Un alma que suspira—añadió cavilosa y triste, sacudida por la ráfaga misteriosa.—Es el alma de mi hermano... Es Daniel que desde el mar me besa; Daniel que llora, que tiene miedo...

Convulsa y pálida, consultó las sombras del aposento y el suave resplandor del paisaje. Parecía investigar con avidez, buscando por el cielo y la tierra la escondida verdad de grave duda, y en la ardiente claridad de sus ojos fulguraba una interrogación ansiosa.

Pero, como pasaron fugitivas la ventada por la tierra y el astro por el cielo, así aquella intensa emoción de la dama huyó también fugaz, y una escéptica sonrisa apagó la inquietud de los radiantes ojos.

Era que Regina, en un instante, al evocar la escena cruel de la muerte de su hermano, se había sentido presa de una amargura penetrante y fría, tan fría como el cuerpo de Daniel sepultado en las olas. Era que le causaba siempre un helado estupor la imagen del enfermo, estremecido por la dura congoja de la asfixia, dilatadas las pupilas por el miedo, luchando mísero, unos minutos, para caer inerte y desvanecido, colgante como un pobre muñeco de trapo dentro del sillón de mimbres mecido en la cubierta del buque...

Aún sentía la muchacha en los labios el ardor de los besos con que quiso colorear la lividez del amado rostro; aún vibraban sus nervios con la fuerza de aquel abrazo en que alzó al muerto como á un niño, llamándole á la vida con vehemente súplica... Daniel fué insensible á sus caricias y á sus ruegos; él, tan apocado, tan espantadizo y cobarde siempre, mostró impasible en su cara una sonrisa de cera, cuando desde la borda le dejaron resbalar por el trágico tablón hasta el fondo del Océano...

En la presente espléndida noche, la primera noche española que custodiaba la juventud de Regina, sintió la viajera que en su alma hundía una vez más el desencanto su acero agudo. Y después del rápido sacudimiento que la estremeció, creyente y enternecida murmuró con la desilusión en los labios:

—No: el pobre Daniel, devorado por los peces, nada tiene que ver con una estrella que corre, con una brisa que pasa... Mi hermano se acabó para siempre; no me llama ni me sigue ni me necesita... Y es menester vivir y gozar y defenderse todo lo posible de ese espantoso acabamiento en que él cayó.

Rió la muchacha acerbamente cara á las estrellas pensativas, y sacudiendo su melena infantil, libre y lánguida, sobre los firmes hombros, tornó resuelta á su habitación, prendió la vela y empezó á desnudarse con lentitud. Pensaba en la felicidad con una vaga mueca de cansancio, mientras desabrochaba su levita y soltaba los automáticos de su falda tailleur, corta y liviana.

—¡La felicidad!... exclamó codiciosa. Y con súbita inspiración, acordándose de la doncellita del hotel, se le ocurrió que bien pudiera consistir la felicidad de una moza en andar descalza y tener un novio gallego... Pensar esto y descalzarse, todo fué uno. Curiosa y lista, se lanzó á la experiencia, en su primera parte por de pronto, y anduvo por la estancia, vagarosamente, en leves paseos silenciosos, inclinando la cabeza con placer para mirar sus pies largos y ágiles, de fina piel morena. Mas, á poco, se detuvo sintiendo la desagradable sensación del tillo empolvado bajo sus plantas, y sentóse al borde del lecho para sacudir con escrupulosidad ambos pies desnudos y mortificados... Decididamente, la felicidad de la niña camarera no era semejante á la de Regina.

En el pasillo, rumor de pasos y de voces rompió el silencio en que yacía el hotel. Eugenia Barquín y el caballero alcoyano, se despedían volviendo del comedor:

—Buenas noches.

—Muy buenas.

—A los pies de Regina.

—Desgracia doble para mis pobres pies—rezongó bajito la muchacha.

Y aún el de Alcoy taconeaba por el corredor cuando Eugenia, precavida y cuidadosa, empujaba los baúles detrás de la puerta antes de acostarse.

Agonizaba la bujía, crepitante y tembladora, y á Regina, adormilada ya, le rondaba el sonsonete de una popular oración, ingenua y simple, que sin pedirle al alma licencia, repetía muchas veces su memoria, como un eco de la infancia: Con Dios me acuesto... con Dios me levanto...

Rumores de la mar y de las frondas llegaban hasta el lecho, como acentos de la inmensa plegaria entonada por la naturaleza al otro lado del balcón, donde la luna rezaba con la noche.

...Blanqueaban apenas en el cielo las primeras luces de la aurora, cuando Regina se despertó sobresaltada por sueños confusos é inconscientes cavilaciones. Al abrir los ojos suspiró como aliviada de congojas y pesadumbres. Ya su cama no se mecía en el mar, ni en su cabeza rodaba isócrono y formidable el rumor del buque. En la quietud de su lecho, en la silenciosa paz de la alborada, le pareció sentir la maternal caricia de su noble tierra española. Mejor que entre el palpitante resuello del barco llegaba ahora á sus oídos la voz dulce del mar, que mansamente embatía en la ribera su espumoso oleaje. Al son de las olas cantaban los pajarillos muy delicadas y sutiles melodías, á la vez que se rizaba el follaje nuevo, tembloroso al recibir los primeros rayos de la luz. Los árboles centenarios, desperezándose también, modulaban con las lenguas de sus hojas un saludo cortés á la mañana.

Envuelta en los halagos de la tierra, la peregrina del mar sentíase dichosa. Y con tan blando deleite se le llenó á Regina el alma de unos deseos muy cándidos y sencillos. Soñaba ahora ser buena y humilde en un rincón del mundo; un rinconcito plácido, semejante á Torremar, la ciudad costeña cuna de sus mayores. Allí se casaría con un mozo hidalgo y robusto, sano brote de la indomable raza montañesa, diestra antaño en el uso de linajudos blasones y armas peleadoras, y le nacerían unos hijos fuertes y hermosos, sonrisas vivientes capaces de realizar todos los afanes de ventura que empujaron á la viajera ambiciosa por tan varios caminos de la tierra.

La sonrosada luz de aquellas ilusiones mostrábale á Regina el cuadro idílico de una nueva existencia: experimentaba la soñadora un bienestar intenso al sosegar su agitado espíritu en una visión tan apacible y balsámica. Torremar, la coquetuela ciudad donde nació, se le aparecía como un gran lecho de silvestres flores, donde iba á dormir años seguidos en la bella serenidad de un ensueño delicioso. Veía su casita blanca y verde, asomando al Cantábrico la solana profunda, y respaldándose en un cercado, mitad huerto, mitad jardín, donde lozaneaban las sabrosas frutas sobre las aldeanas clavellinas y las opulentas rosas de Jericó... Allí, entre la ciudad y el campo, entre el mar y la sierra, con amor y salud, y con dinero, era seguro alcanzar la dicha y esclavizarla, y poseerla plenamente, si de cierto en el mundo podía lograrse... Ninguna memoria triste ahuyentaría de la casa blanca y verde aquellas ambiciones; porque en su hogar sólo había llorado Regina lágrimas triviales, de las que no dejan sombras en el espíritu ni huellas en el rostro: todas sus penas nacieron y peregrinaron lejos de Cantabria. De llantos duraderos y recias tempestades del corazón supo y adoleció en lueñes playas, muy ajenas á la suya nativa; todos los jirones de sus anhelos insaciables pendían en las zarzas de remotos caminos...

De esta suerte razonaba la ilusa, nimbada por un cerco de optimismo matinal. Pero en el fondo de tales razonamientos, nacidos con la suave luz de la aurora, temblaba doliente la angustia de una vida llena de lutos é incertidumbres, de equivocaciones y fracasos...

Mientras sueña en su lecho la protagonista de esta veraz historia, yo te invito, lector, sobre sus páginas, á viajar conmigo en el raudo Clavileño de la fantasía, para que «á vista de pájaro» contemples una azarosa juventud de mujer. Por tan alado sistema, conocerás la vida y milagros de la viajera rubia.

II

la infancia de regina.—el árbol del bien y del mal—eugenia barquín.—la vuelta del padre pródigo—viva la bohemia.

Contaba ocho años Regina cuando murió su madre. El cariño de aquella dulce dama, enfermiza y risueña, de semblante infantil, quedó pronto confuso en el voluble corazón de la niña y llegó á ser, más tarde, para la ardiente púber, como una vaga sombra flotando en los recuerdos de los días de infancia y primavera.

La ausencia prematura de los desvelos maternales, emancipó á Regina de toda tutela familiar. Educóse en bravía independencia, bajo la guarda liberal y tolerante de Eugenia Barquín, doncella de confianza de la difunta señora. Mostraba la niña entonces un desenfado y una agudeza impropios de su edad: antojadiza y vehemente, con bríos y audacias varoniles, dióse á vivir sin ley ni freno, por campos y playas, criándose á su sabor en el regazo amigo de la madre naturaleza. Merced á este régimen de libertad é indisciplina, se acentuaron los rasgos de aquel carácter indómito, adquiriendo á la par la altiva huérfana un desarrollo físico admirable. Intrusa en el mar, con riesgo muchas veces de su vida; exploradora temeraria de las sierras y de los bosques; enamorada fuertemente de la emoción y del peligro; llena de precoces curiosidades, Regina supo de la montaña y de la costa, de los peces y de los nidos, de misterios y sorpresas, de juegos y burlas, tanto como el chicuelo más pícaro de la marina.

Medró en tales holgorios la salud de su cuerpo cenceño y grácil—rubia espiga en flor—y llególe con los primeros barruntos de lozana pubertad un ansia nueva, una codicia de conocer y penetrar los secretos de las cosas. Acontecíale á ratos quedarse como suspensa y triste, contemplando el mar y el cielo y la profunda soledad de las campiñas, escuchando en el silencio de los crepúsculos la sorda respiración de las aguas, las pulsaciones inefables del corazón de la naturaleza. Toda el alma se le henchía de voraces preguntas, de confusos deseos, de misteriosas revelaciones, y aquella muchacha tan robusta y alegre, que apenas sabía de lágrimas ni de penas, lloró muchas noches sin saber por qué...

Bajo la dura epidermis de su infancia libre y torcaz, sin consejos ni ternuras, empezó á latir blandamente, como un río de savia, el hondo sentimiento femenino, la voz íntima y dulce del sexo, á punto ya de florecer. Apartóse Regina por instinto de sus joviales camaradas, cultivó con más delicadeza los cuidados y placeres del hogar; sintióse mujer al cabo, y fué adquiriendo poco á poco un aire saladísimo de gravedad señoril.

Pero la vida sedentaria y monótona, entre un aya ignorante y un niño melancólico, lejos de satisfacer las ansias nuevas de Regina, las empujó por ásperas rutas de silencio y de tristeza. Juntamente con la fuerza juvenil se le habían desarrollado las fuerzas todas del espíritu: el agudo entendimiento, la fértil imaginación, la mal educada voluntad, el deseo imperioso de vivir y de saber. Encendiósele en el alma una sed abrasadora de emociones y novedades, una curiosidad violenta de cuanto veía y adivinaba en torno suyo, en la tierra y en el cielo. Mas recluída en un rincón provinciano, y un poco refractaria, por su genio desapacible, al trato de las gentes, cayó en una especie de melancolía, con trazas de incurable dolencia moral.

Abandonada á su albedrío, en esta profunda crisis de su ardiente naturaleza, dióse á la lectura sin freno, devorando cuantos volúmenes había en la olvidada biblioteca familiar. Las trece primaveras de Regina, inclinadas precozmente en voraces indagaciones, sobre todos los misterios de lo humano y lo divino, asaltaron como ladrones rapazuelos las viejas ramas del árbol de la ciencia. Gustaron primero los sabrosos frutos de la poesía, lindos como racimos de cerezas; luego las novelas de amor, agridulces como los nísperos; más tarde, las narraciones de viajes y de historia, las tragedias reales ó imaginadas, de recio sabor y humano perfume, como los membrillos maduros, y aun llegaron á clavar el diente en la áspera poma de la discorde filosofía.

Dueña la curiosa de aquellos tesoros ignorados y abierto el apetito por tan raros estimulantes, no hubo libro, ni siquiera de medicina, donde ella no clavase los ojos y el pensamiento; repasó estampas, índices, diccionarios y pergaminos; hurgó, avara, en viejos códices y en bibliotecas novísimas, royendo como un ratoncillo goloso, cuanto ofrecía pasto accesible á su creciente curiosidad. Pasó «las noches en claro y los días en turbio», desflorando las ideas sin discernirlas ni asimilarlas, creándose un mundo peregrino de falsas imágenes y confusas memorias, hasta sepultar poco á poco su fresca juventud bajo la balumba del papel impreso.

Como el Príncipe azul, del gran Benavente, que todo lo aprendió en los libros, en libros quiso aprender Regina el arte de vivir, y buscando, á tientas, luces para las más obscuras razones, abrió los empolvados volúmenes de su padre, andariego poeta á quien el hogar sólo recibía en fugaces horas de fatiga ó de antojo. En dos años de frenéticas lecturas agitó aquella niña su entendimiento y su corazón, sin otro fruto que una tristeza estéril. Los libros destilaban melancolía. ¿Es la vida, acaso, tal como la describen los poetas y filósofos?... Entonces no merece la pena de ser «vivida»; la única solución es morir... Presa de una calentura romántica, leía con avidez los sarcasmos crueles de escépticos y pesimistas, embriagándose con el néctar de fuego de Niezstche, con la cerveza negra de Schopenhauer y el licor untuoso de Renan.

—Es «el mal del siglo» lo que yo padezco—pensaba Regina entre afligida y gozosa, ante la idea de sufrir una enfermedad sutil y aristocrática. Pero en medio de sus hondas melancolías, mezcla de tristeza, de pedantería y de orgullo, juzgábase como un ente superior y miraba á sus convecinos con aire de vanidad satisfecha, como si dijese:

—Para mí no hay secretos... Lo sé todo...

Espíritu liviano y enfermiza voluntad, el padre de Regina se había sometido siempre á la cobarde esclavitud de sus pasiones. Confundiendo el amor con el capricho y la costumbre con el deber, se dejó llevar de la vida por los más fáciles senderos, medio loco, medio niño, inconsciente y errático, con una leve sospecha de sus errores y un gran fondo de bondad en el corazón. Tal vez la esposa que le destinaron no le convenía. Era una mujercita infantil, débil de cuerpo, inocente y cariñosa, que todo se lo toleró á su marido con la sonrisa en los labios, como si con sus tolerancias solicitase el perdón de alguna culpa grave. Torpemente le buscaron á Jaime de Alcántara esta novia enamorada y sumisa que debía refrenar los hábitos del bohemio, guardarle en el silencioso rincón de Torremar y convertirle en sensato padre de familia... El aceptó con júbilo aquella alianza, porque le divertía su inesperado papel de fundador de hogar con tan dulce muñeca. Y ella, sonriendo, sonriendo, le aburrió y le dejó partir.

Ave de alas inquietas, Jaime cuelga su nido donde el azar se lo depara, y cuando un ligero escozor de la conciencia le lleva hacia su esposa, aquella eterna sonrisa humilde le hastía y le entristece. Sus hijos le desconocen y le huyen; son criaturas ariscas que parecen haber dejado en los labios maternales toda la dulzura de la infancia; la casa es con exceso modesta; Torremar un pueblo chismoso y agresivo, donde oye Jaime reticencias sobre su conducta, consejos que le enojan y profecías que le estremecen. Entonces, desamorado y generoso, abre su bolsillo á la mujer que nada pide, que parece que nada necesita, y huye de nuevo hacia el placer errante...

Jaime sufre un amago de confusión al quedarse viudo. ¿Qué hará de aquellos niños rústicos que apenas han querido darle un beso? Dos años tenía Daniel, desazonado fruto concebido por una madre ya consunta, cuando Alcántara llegó á Torremar apercibido del grave estado de su mujer. Y como si esperase para ofrecerle su postrera sonrisa, al llegar el poeta murió la esposa.

Las ocho agrestes primaveras de Regina, nada íntimo y amoroso dijeron al padre; el adusto recelo con que ella le miraba le intimidó, como si en el semblante enérgico y esquivo de la niña viese una acusación severa. El nene, asustadizo y llorón, huía llamando á mamá por los rincones, y á las voces lamentables de la criatura, la imagen de la muerta se deslizaba por los aposentos delante del viudo, con un remedo de sonrisa en el rostro lívido, como Jaime la viera por última vez...

En la hostilidad de aquel ambiente, volvióse el poeta hacia Eugenia Barquín, buscando su auxilio inapreciable. La honrada montañesa había heredado la servidumbre en la familia hidalga y pobre de la difunta señora, y Jaime la había conocido siempre en aquella casa cumpliendo con abnegación fidelísima los más señalados servicios. Moza y agraciada, con gracia austera de solterona, Eugenia había desdeñado muy escogidas proposiciones de matrimonio; miraba á los hombres con una indiferente frialdad de mujer casta, que ninguna tentadora conveniencia lograra vencer. Su vida tenia algo de máquina fuerte y diestra, cuyo poderoso motor fuese la lealtad. Era esta doncella hija de una falta, que perdonaron los suegros de Jaime. Tan buenos fueron aquellos señores que consolaron, compasivos, á una pobre mujer engañada en la propia casa de ellos y apadrinaron á la criatura nacida al abrigo de tan noble misericordia. Desde que tuvo uso de razón se consideró Eugenia como «una cosa» de la legítima propiedad de sus padrinos. La gratitud y la devoción hacia aquella familia que la acogiera, deshonrada antes de nacer, arraigaron en su alma saludable, tan profundamente, que en ella no quedó lugar para otras afecciones, y acaso, también el ejemplo de su madre burlada, patente á sus ojos como ultraje vivo, la obligase á una rencorosa actitud contra los requerimientos del amor...

Una temprana siega de vidas dejó á Eugenia sola en el mundo con la hija única de sus padrinos, recién casada á la sazón. Amaba la moza entrañablemente á la endeble señorita, y sirviéndola con solicitud algo protectora, vino á ser la segunda madre de Regina y de Daniel. La dama doliente le contagió á la robusta doncella su blanda sonrisa y su apacible condición, por suerte de Jaime, que halló en aquella mujer paciente y desinteresada una activa y amorosa guardiana de sus hijos, á falta de más inteligente y más enérgica educadora.

Nunca olvidó el poeta aquel coloquio tímido, impaciente, que entabló con Eugenia Barquín para feliz, solución de su problema frente á los niños. Como si esperara tales proposiciones, Eugenia iba diciendo á todo que sí, con el alma y con los labios.—Cuidaría á los nenes igual que si fueran sus hijos; viviría para ellos; el señorito se podía marchar descuidado... Dinero... el que bien le pareciera; poco, muy poco...—Regina entró de rondón á este punto y el misterio obscuro de sus ojos se clavó en el padre como un puñal.

Jamás, como aquella vez, tuvo la partida de Alcántara toda la apariencia de una fuga. Salió de Torremar por la noche, esperando que sus hijos durmieran para besarlos ligeramente, con ruborosa caricia, temiendo hallar de nuevo en los ojos profundos de la nena aquel acerado fulgor que se le clavaba en la conciencia como un reproche ó como una acusanza. Sentíase culpable y avergonzado, y se prometía volver pronto, en íntima disculpa de su mal proceder.

Pero luego se acallaron sus débiles escrúpulos con el ruido ensordecedor de las grandes capitales. Las noticias de los niños eran buenas, descontando los frecuentes achaquillos que padecía Daniel; y, durante seis años, dos recuerdos contrarios y punzantes le alejaron de Torremar. Era el uno la heredada sonrisa de Eugenia, diciéndole con apresuramiento humilde:—Sí... sí... vaya usted descuidado; váyase cuando quiera; estése tranquilo...—Era otro el lancinante resplandor de unos ojos sombríos, que le miraban, le miraban, hasta el fondo del corazón.

Ya entonces de lejos, con sugestión indefinible, la proceridad inculta de la nena dominaba al hombre artista y mundano.

Un día, de pronto, sin atreverse á meditarlo mucho, por miedo á vacilar, fué Jaime á ver á sus hijos. Aquella buena corazonada tuvo un éxito feliz, que decidió la suerte de la pequeña familia.

La sorpresa de Alcántara en esta visita fué una deliciosa impresión de novedad y orgullo; el primer sacudimiento fuerte y noble de su alma. Los grandes ojos fulgurantes de su hija se le abrieron con una clara luz de alegría prometedora, y roto el secreto infantil de aquella mirada, la esfinge habló. Sus primeras palabras fueron de revelación y de asombro para el padre:

—Ya he leído tus versos—dijo, mirándole devotamente;—eres un poeta.

Estaba fundido el hielo. Regina ya no observaba á Jaime, investigadora y sombría, dudando qué clase de papá fuese aquel viajero, siempre en ausencia, siempre en fuga. Su corazoncito de catorce años se le había subido á la boca, para murmurar, en son de paces:—¡Eres un poeta!—Y los labios fervorosos de la chiquilla consagraron aquella alabanza con un beso de perdón y de olvido en los labios del bohemio...

Contemplábala Jaime embelesado. No parecía la misma: andaba con suma elegancia, erguía el talle con un señorío, hablaba con tal aplomo y gravedad, con tan escogido y docto lenguaje, que el frívolo Alcántara, poco ducho en achaques de erudición, tratóla en amistoso compañerismo, lleno de sumisas admiraciones, sintiéndose feliz bajo la influencia de aquel naciente dominio intelectual.

Aun el desenfado rústico y plebeyo de que en ocasiones hacía alarde Regina, era un encanto en su refinada naturaleza, pródiga en novedades y audacias. Todo en esta criatura tenía un carácter singular y extraño: su hermosura y su ingenio peregrinos; la mezcla de melancolía y de orgullo de su mirada; el contraste de viveza y languidez entre sus dichos y sus maneras; el conjunto armonioso de la figura, delicada y y fuerte, risueña y altiva, dulce y varonil al propio tiempo. Hasta el desequilibrio de la imaginación en perpetuo sobresalto, constreñida bajo el peso de torpe ciencia hurtada á los libros; la excitación constante de la sensibilidad; el brío precoz del temperamento, ponían un hechizo misterioso en su gentil cabeza y una sombra de tortura en la luz vigilante de sus ojos.

Las gracias de la niña sabihonda y refilotera, se le metieron al padre en el corazón. No comprendía el donoso vagabundo los peligros y tristezas que amenazaban á la joven, educada por sí misma en lecturas caprichosas, sin regla y sin oriente. Dióse á quererla con orgullo de artista, fomentando antojos y vanidades.

Danielito quedó en segundo término; asido siempre á las faldas de Eugenia, tímido y quejumbroso, no seducía como su hermana. Pero cuando ella sentaba al nene en las rodillas del papá y alzaba el pequeñuelo sus atristados ojos, cobardes para vivir, sentíase Jaime poseído de vehementísimas ternuras. Con la voz empañada por la emoción y el arrepentimiento, afirmábase en el propósito de nunca abandonar á aquellos niños con quienes tenia tan grave deuda de amor.

Toda la bondad nativa de Jaime de Alcántara se removió inquieta y desbordante, calentando su corazón, llevado siempre como una pluma por los vientos de las pasiones. Quería, al fin, á todo trance, pagar á sus hijos las caricias y los desvelos que en el olvido les negó; quería resarcirles del pasado abandono, dándoles ahora á manos llenas alegrías y regalos.

Regina aprovechaba tan buenas disposiciones para satisfacer sus más extravagantes caprichos, imponiendo con altivez majestuosa los dictados contradictorios de su voluntad. A fuerza de oir «que tenía mucho talento» concluyó por desdeñar á todo el mundo y contemplarse á si misma con egolátrica devoción. Era en el fondo piadosa y dulce; pero el sentimiento, como una fuente prisionera en el duro cristal de la nieve, corría perezoso bajo la costra pegadiza de ideas falsas y abigarrados sueños con que llenó su cabecita rubia. A la par escéptica y ansiosa, mezclaba las burlas y las lágrimas con mucha facilidad; pasaba de la tristeza al júbilo en un instante, de la acritud á la ternura; tenía arrebatos vehementes de curiosidad y extrañas crisis de desaliento y melancolía. Pensaba con gozoso candor que todo ello eran estigmas y señales de «un exceso de inteligencia».

—¡Si yo fuese artista!—dijo un día para sus adentros. Y se propuso escribir un libro, una obra genial que produjera asombro y maravilla. Largo tiempo estuvo con la pluma en la mano sobre las satinadas cuartillas, mientras acariciaba, en traza de meditación, los pelitos rubios de las sienes.

Pero incapaz de reducir á la disciplina la muchedumbre infantil de sus pensamientos, acabó por diseñar en las páginas unos muñequines de cabeza muy gorda y ojillos espantados, caricatura de sus ideas precoces. ¡Oh; el arte exige paciencia y esfuerzo doloroso; aprendizaje largo y difícil! ¡Jamás podría la soñadora someterse á tan duro ensayo! Escribir libros y tañer el piano y el violín; manejar los pinceles; hacer maravillas con mármoles y bronces, son cosas bellas y admirables, que despiertan asombro, curiosidad y devoción, pero no se logran sin trabajo y sin pena...

Regina, luego de llorar sobre las cuartillas de nieve, concluyó riendo como una loca al ver los fantoches que había dibujado.

—¿No es más cómodo y fácil—dijo al fin—gozar del trabajo ajeno y echar á volar la fantasía sobre todas las cosas del mundo?...

Dispuesto Jaime de Alcántara á cumplir sus propósitos paternales, preguntó á Regina qué clase de vida nueva quería emprender.

—¿Qué es lo que tú prefieres?—la dijo, como esos magos de los cuentos de color de rosa, que interrogan á las princesas sobre sus antojos, con una varita de virtudes en la mano.

La muchacha tenía prevenida la respuesta. Ya muchas veces se la había dado, en sueños, al hada visitadora de las juveniles fantasías.

—Quiero viajar—exclamó—. Este pueblo me aburre... Quiero ver cosas nuevas, atravesar tierras y mares, recorrer el mundo...

Había una infinita impaciencia en estas palabras, un desmán de curiosidades y deseos contenidos, el ímpetu brioso de una juventud enérgica y temeraria una ardiente sed de comprobar en el libro grande y abierto de la vida, cuanto la muchacha leyera en los otros libros, desatentada y febril.

—¡Viva la bohemia!—pronunció de repente, con un grito que hizo huir á los pájaros del huerto.

Jaime, halagado en sus gustos nómadas, estrechó en sus brazos á la niña, repitiendo alegre como un colegial en vacaciones, los versos de un poeta francés, amigo suyo en París:

Mon enfant, ma soeur,

songe á la douceur

d'aller la—bas vivre ensemble!

Aimer á loisir,

aimer et mourir

au pays qui te resemble!

* * * * * * * *

Vois sur ces canaux

dormir ces vaisseaux

dont l'humear est vagabonde;

c'est pour assouvir

ton moindre desir

qu'ils viennet du bout du monde...

Sin otras meditaciones y obtenido fácilmente el consentimiento de Eugenia Barquín, se puso en pie aquella singular caravana. Fuéronse con grande sorpresa de los vecinos de Torremar, sin previo itinerario, como artistas bohemios, por la vida adelante.

Quedó cerrada la vieja casita solariega, donde aún moraba la sombra triste de la mujer de Jaime; quedó el hogar abandonado, la huerta en barbecho, y abierta la solana, en muda hospitalidad, á las nidadas estivales de las golondrinas...

III

parís.—la musa del boulevard.—del sena al tíber.—las pulseras de fuego.—el castillo de rolando.—las fresas del rhin.

El primer alto de los peregrinos fué París, antiguo teatro de los triunfos y aventuras del buen Jaime de Alcántara; imán de todos los calaveras ociosos y noveleros del mundo. Allí conocieron Regina y su aya que el veleidoso poeta era todavía muy rico, porque Jaime acomodó á sus hijos en elegante morada y hartóles de regalos y finezas.

Pero aquel dorado bienestar tuvo para los niños una sombra; una sombra perfumada y tangible que respondía al nombre romántico de Silvia, y que arrastraba, con mucha languidez, por las lujosas estancias, el fru-fru de unas faldas de seda y la sonrisa inalterable de unos labios bermejos.

Antes que la penetración poco sagaz de Eugenia hubiese definido la categoría de aquella mujer, ya Regina la miraba con ceño adusto, calificándola, en castizo español, con ignominiosa palabra.

Todas las lagoterías de la astuta francesa para atraerse el afecto de la niña fueron inútiles; y cuando Silvia se cansó de halagarla y á su vez arqueó las cejas y esquivó la sonrisa, una guerra dura y enconada se entabló francamente entre las dos.

De cuanto disponía mademoiselle con dominantes atribuciones, protestaba Regina en duros enojos y en vehementes quejas á su padre. Ni una ni otra se entendían de palabra, pero por signos y ademanes, con ojos airados y acentos iracundos, se maltrataban y perseguían á todas horas, sin que Alcántara lograse que los espectáculos y curiosidades de París, tan nuevos para la niña provinciana, diesen tregua á la ardiente lucha.

No conforme la hija del poeta con rendir su orgullo á los pies de aquella Musa del boulevard, armóse capitana en la doméstica insurrección, y fueron tan hábiles sus trazas, que logró arrinconar maltrecho á su enemigo. Atrajo á Daniel primero, y con persuasivo discurso, halagador y mimoso, contóle que Silvia era «un demonio francés» disfrazado de señora; que sus labios tenían un carmín venenoso para los besos, y sus caricias un hechizo fatal para los niños... Medroso el nene huyó con espanto de mademoiselle; y la servidumbre francesa de Jaime, un poco fascinada por la travesura gentil de la mozuela, y un poco egoísta, afiliándose al partido más poderoso, pronuncióse también á favor de la niña española, imperante en aquel extraño hogar con toda la supremacía de un ídolo nuevo.

La apacible y diplomática Eugenia Barquín, tan enemiga de contiendas y disgustos, inflamóse al cabo en el belicoso espíritu de su adorada niña, y entre dientes llegó á llamar á Silvia co-co-te, cuando la francesa le daba cuenta de los desmanes de Regina, con muchos ¡Hèlas! y muchos ¡Mon Dieu!, que Eugenia tomaba por agravios.

En lo más recio de aquella diminuta guerra bilingüe, la niña, agotada ya la paciencia, se presentó á su padre con aire solemne y digna actitud de mujer, diciendo:

—Elige ahora mismo entre Silvia y yo. Si ella no sale de esta casa en seguida, yo me vuelvo á Torremar...

Tan firme era su acento y tan segura y valiente la expresión de sus ojos, que Jaime dispuso al punto la partida de la Musa...

Fué aquella la más sonada victoria con que Regina esclavizó al caballero; desde entonces afirmó su poder con perpetuo dominio sobre el corazón de Alcántara. No supo ella, ni le importaba gran cosa, si su padre seguía cultivando el trato de la vencida demoiselle, ó de otra tal; pero por la solicitud y fineza con que la regalaba el paternal cariño, pudo creer, y lo creyó desde luego, que todas las Silvias del mundo se habían muerto para el poeta...

Jaime de Alcántara desconocía como sus hermanos los bohemios suelen, la ciencia crematística. Era de esos hombres, pródigos de corazón y dinero, que tiran el oro debajo de sus placeres y hunden las plantas en el blando camino de su ruina, con la más admirable indiferencia; de esos que saben llegar á la vejez pobres y estoicos, ó morir voluntariamente, con un altivo gesto de rebeldía ante la miseria.

Oriundo de Torremar y nacido en Cuba, Jaime era rico por herencia de sus padres. La casualidad, mejor que su cautela, habíale conservado mucha parte del patrimonio, consistente en cafetales y vegas de tabaco, allá en la fecunda tierra nativa; pero las rentas copiosas de aquellas posesiones llegaban á su dueño tarde y con daño, filtrándose entre los dedos de uno de esos administradores de Ultramar, de quienes tan malas partidas se cuentan en Europa.

La mueca negligente con que Jaime recibía y gastaba aquellos dineros, sin contarlos siquiera, desapareció cuando Regina, ya en su papel de dueña del hogar, dilató la mirada interrogadora sobre los ojos de su padre, y le llamó á capítulo con una sonrisa no exenta de severidad. Y Alcántara, de cera entre las manos de su hija y decidido á ser la Providencia de sus antojos, se puso entonces á escribir cartas, hacer cuentas y dictar órdenes, ejercitando sus derechos como señor absoluto de sus haciendas. La amenaza de un viaje á Cuba dió como por ensalmo solución sencilla á estos asuntos enojosos. Crecieron las rentas, mejoraron los negocios y descansó Jaime, seguro de poder con holgura apoyar los designios de su hija.

Tal vez, un poco fatigado de andanzas y aventuras, él hubiera querido entonces anclar en París la nave de sus cuarenta años, y allí mecerla en el sosiego de una vida fácil, sin abuso de placeres ni agitación de pasiones, sometido al influjo bienhechor de sus niños, que tan dulcemente le habían echado al cuello la santa cadena de olvidados amores y deberes. Pero Regina, la maga de los cabellos rubios y de los ojos negros, que con sus manos casi infantiles gobernaba el hogar y señalaba el rumbo á la existencia del padre, no pensaba lo mismo.

Un año en París le había bastado para agotar el manantial de todas aquellas novedades. Contempló al principio con devoradora atención el semblante alegre y magnífico de la villa enorme; visitó los insignes monumentos, los teatros, los bazares cosmopolitas, los museos, los palacios históricos, y cuantos lugares le inspiraban curiosidad por haberlos ya conocido en las novelas. Vió lo que puede ver en París una mujer aprendedora y honesta, hizo milagros de brujería sobre la movible cara mundial de la villa luminosa, adivinando los misterios más recónditos, y así que logró disciplinar la palabra y el oído para comunicarse con aquel gran pueblo, como ya lo hicieron desde el primer instante sus ojos parlanchines, suspiró hastiada, y dijo, con insinuante ruego, firme como un mandato:

—¡Padre! ¡Vámonos de aquí!...

Con la esperanza de hallar nuevos y hermosos los caminos del mundo, al través de los ojos de su hija, emprendió Jaime sonriente la ruta que sobre un mapa señaló aquella linda «doctora» de diez y seis primaveras.

Componían un grupo interesante, el papá, joven y guapo, sumiso con rendición absoluta á los deseos ardientes de la muchacha, y ella, haciendo con mucho donaire de madrecita entre su padre y su hermano, á quienes por igual prodigaba órdenes y caricias.

En aquella pequeña tribu, formaba la vanguardia Eugenia Barquín, sin asombrarse de cosa alguna como buena montañesa, dócil siempre y mollar á los caprichos de la señorita.

De este modo salieron de París como de Torremar habían salido: llevados adelante por el mundo bajo el hechizo imperioso de una precoz curiosidad de mujer...

Anhelosa estaba Regina de verificar en ciudades y en caminos, en selvas y mares, las historias y las fábulas que aprendiera en su ambicioso hartazgo de lecturas. Poblada la memoria de ideas y de imágenes en confuso vértigo; exaltada la fantasía; lleno de fiebres el entendimiento y el corazón, no había de quedar rincón en el planeta, según se prometía, donde no pusiera los ojos.

Su gran deseo era conocer Italia. Aplazando con un desdén muy español, el viaje debido á las glorias y hermosuras de su patria, tan llena de arte y de recuerdos, quiso ir á Roma.

No la detuvieron por muchos días los monumentos de la ciudad eterna, Meca de los artistas, ni tampoco los dulcísimos paseos por la encantada Venecia, ensueño de románticos y propicia excursión de novios ricos. La reina del Adriático, puesta entre el cielo y el mar con desprecio de la tierra, tenía para Regina un semblante amigo; cruzó sin extrañeza sus silenciosas calles de agua, como si ya muchas veces hubiera contemplado la mansión de los Dux y el león de San Marcos, recostada en el fondo de una góndola, igual que una antigua dogaresa.

La pequeña mano dictadora se alzó en amistoso saludo hacia el puente de los Suspiros, y hasta le parecieron familiares á la niña las casas del Ticiano y el Tintoretto; recordó las páginas de El Fuego, de Gabriel d'Annunzio, y el ceño adusto de Ricardo Wagner llorando sus amores á compás de la música de Tristán é Iseo. Todas las sombras insignes que poblaban la vieja Señoría, inclináronse reverentes al pasar la niña española; tanto en láminas y en letras había ella navegado entre pórticos de mármol, y gondoleros tenores, por aquella peregrina ciudad de amoríos y tragedias...

La Pineta de Rávena, llamó luego su atención con grandes alicientes. Le parecía á la soñadora que en el inmenso bosque ribereño del Adriático, donde anclaron un día las guerreras naves de Roma, erraban los suspiros del Dante, que desterrado de Florencia bebió en la silvestre soledad inspiración para las páginas inmortales de su Infierno. Buscó Regina devotamente la silenciosa orilla del Canal, sitio predilecto del vate florentino; la célebre Vía del poeta, donde cantó y amó lord Byron á la condesa Guiccioli, donde también Bocaccio y Dryden padecieron y amaron.

Todo el bosque susurró en una lenta cabezada majestuosa, como de saludo y asentimiento á la férvida evocación de la niña perseguidora de ecos y de espíritus; y un aroma de poesía y de leyenda envolvió en le nemorosa espesura á la devota visitante...

Aquella frente juvenil, abrumada por pliegues prematuros, sintióse en Bolonia la Docta oreada por un altivo soplo de sabiduría; la rubia cabecita inquieta y febril se irguió con petulancia imperiosa entre monumentos etruscos y palacios de la Edad Media, ladeándose con tan ufana seguridad como las insignes torres inclinadas...

Un beso premeditado, un poco frío, incrédulo tal vez, sobre el sepulcro de Julieta y Romeo, en Verona, y luego el camino austriaco de Splügen para subir á los Alpes, que ya había contemplado con avaricia desde la catedral milanesa. Cuando hubo dado fe de arrestada alpinista en el soberbio monte Rosa, quiso bajar Regina al golfo de Spezzia en busca del magnífico espectáculo que ofrecen desde allí los mármoles de Carrara, lanzando sus crestas audaces al cielo intensamente azul, como bravía cantera de estatuas y palacios vírgenes aún no labrados por la gubia y el cincel... Deleitoso paseo por el valle del Arno, volviendo siempre la cabeza hacia el marmóreo monte que el sol inflama con sangrientas luces; al Sur de la dorada maravilla la solitaria torre de añeja mención en la literatura italiana, Pania della Croce, la Pietra Pane de Dante Alighieri... Otra vez el recuerdo del inmortal enamorado de Beatriz... ¡El Dante! ¡Oh, muy amigo de Regina!... La cual, como también conoce á Horacio, se detiene en Tívoli, frecuentado rincón del poeta latino, y allí consagra la viajera, en español un poco afrancesado, el testimonio de su fría admiración hacia las musas clásicas.

Pero estas excursiones son como visitas de cumplido, coyunturas que la niña aprovecha para engreirse de su familiaridad con tan egregios nombres; tácitas pruebas que á sí misma se ofrece de que todo lo sabe y todo lo comprende. Sus pasos por aquellos lugares predestinados, semejan reverencias gentiles, graciosas demostraciones de erudita amistad.

—¡Adiós, Dante!—murmura Regina.—¡Adiós, Horacio! Hasta otro ratito... Me reclaman las vivas realidades; quiero calentar mis manos en la hervorosa lava del Vesubio... Siento "la embriaguez del fuego"... Me voy á Nápoles... ¡Adiós! ¡adiós!

Pero Regina es ya una mujer, y mujer coqueta. Se olvida del volcán repentinamente para comprarse lindos corales en la Torre del Greco. Después, ya en lo alto de la trágica montaña, entre el cielo y el cráter, se divierte contemplando las sangrientas pulseras de cuentas coralinas, que caen como esposas de fuego sobre sus manos... Siempre guardará aquellas joyas como un regalo ardiente del Vesubio...

Quiere luego mirar el firmamento esplendoroso desde la torre de Bellosguardo, allí donde el mártir Galileo leyó en los mundos siderales, y gustar en Florencia, patria de tantos artistas próceres, un saludable reposo bajo el pálido verdor de las encinas, viendo correr el Arno entre laureles.

También quiere subir al Etna, que le inspira mucho respeto, ya que data nada menos que de Píndaro el relato de sus pujanzas destructoras.

Mas llegando á Sicilia ha de buscar la playa donde se abre un túnel en ruta desconocida. Sonríe la muchacha con desdeño, asegurando que el misterioso túnel corre por debajo del mar hasta la Elida, hasta el sitio donde Diana convirtió en fuente á la ruborosa Aretusa para sustraerla á las persecuciones de Arfeo, el dios río...

—Pero fué el caso—añade Regina—que Arfeo juntó sus aguas con las de su amada ninfa, y el doble caudal desapareció para siempre, perdiéndose en las arenas con secreto de amor... ¡Qué preciosa leyenda!... ¡Amar como los dioses y como las aguas, evaporarse como el rocío en el seno de la naturaleza! ¡Convertirse en fuente y en nube, en tierra y en flor! ¡Qué maravilla!

La andariega española, que á la postre no sabe qué busca ni qué quiere, concluye por cansarse de Italia. Ya los museos la aburren, la contemplación de los tesoros del arte y de la historia la causan un tedio y una fatiga que no se atreve á confesar. Atenta sólo á las superficies doradas de las cosas, no acierta á discernirlas, amarlas ni comprenderlas. El corazón permanece intacto y glacial bajo la calentura constante de la imaginación y de los sentidos.

Embriagada de luz y de color, en la tierra madre de la raza latina, busca ahora, por contraste, los cielos norteños, los países románticos de Noruega y Alemania. Ecos de los antiguos trovadores del Rhin le dicen leyendas de amor y de muerte, estupendos lances de pasión heroica, memorias perdurables prendidas en dramáticos jirones en los sombríos abetos de la Selva Negra. Ríos y afluentes que bajan tranquilos entre praderas lozanas para dar nombre á risueños valles; torrentes espumosos que rugen desmelenados en hondos desfiladeros y salvajes rocas, todas las aguas de la Selva, madre del Danubio, tuvieron para Regina lenguas y voces, antiguas imágenes y romancescas tradiciones.

Aquí estuvo el castillo que edificó Rolando para vivir en austera soledad, frente al monasterio donde su amada, creyéndole muerto, se encerró niña y hermosa... Allí la cima del Dragón, donde Sigfredo mató al monstruo que robara á la hija de Auderico... Más lejos, la montaña de la Nube, con la historia sangrienta de la esposa infiel, y entre visiones de sílfides y gnomos, surge de las aguas la poética relación de la doncella de Eherenthal. Regina está á punto de batir palmas como en el teatro de Torremar, durante aquella inusitada representación de El oro del Rhin.

Opera fantástica le parece también á la niña este paseo por el gran río alemán; cantan las aguas, cantan los bosques, desfilan los valles á manera de decoraciones peregrinas; y en la inquietud de las ondas, en las penumbras del paisaje, flota la tradición, viven y sienten las imágenes legendarias... ¡Rolando! ¡Qué nombre tan varonil!... Es un caballero fuerte y hermoso que vuelve de la guerra con marciales arreos...

—Aquí estoy, amor mío, exclama la imaginación de Regina.—No es cierto que me haya metido monja... No creí en tu muerte nunca... ¡Llévame á tu palacio de mármoles y bronces!

Y la mocita navegante extiende hacia la ribera sus brazos y dilata con emoción sus ojos de sonámbula.

Es ella la novia fiel, la dulce prometida. Rolando la espera para desposarla en su castillo mágico...

Pero la soñadora enamorada se asusta un poco de amores tan serios y definitivos. Impresionable y golosa, quisiera un placer á flor de labio, que no se adentrase mucho en el corazón.

Ved por cuánto el territorio de la Selva Negra está lleno de ricos y perfumados fresales que cubren de flores y frutos las faldas de las montañas y la ondulación de las praderas; que acosan las ciudades, los pueblos, las cabañas; invaden los caminos, patios y jardines, y trepan por las rocas, á lo largo de los muros, ofreciéndose entre las piedras con prodigiosa fecundidad...

Excitados el apetito y el asombro de la supuesta novia, sus labios «de fresa» buscan el fruto que tanto se les parece, con repentino abandono de Rolando el guerrero.

Y todas las leyendas del Rhin se eclipsan en la sabrosa realidad de aquella golosina predilecta...

IV

el niño enfermo.—oriente.—spa.—-la mujer cabeza.—la media luna.—¡vámonos á américa!—el mar.

Cuatro años de holgorio por Europa no bastaron á satisfacer la insaciable curiosidad de Regina. El espectáculo del mundo, atisbado en tan múltiples formas, superficiales y rápidas, no hacía sino excitar su apetito de emociones; todo quería verlo y sentirlo en su ruta, sin tener paciencia para detenerse á comprenderlo y amarlo. De cuantas cosas percibía no le quedaba luego más que un tropel de sensaciones contradictorias.

La naturaleza, el arte, la historia y la leyenda, íbanla llamando por diversos caminos; pero una dolorosa irritabilidad de su imaginación la obligaba á devorar las impresiones con estímulo impaciente de otras distintas, como si le faltase tiempo para saborearlas, como si alzase Dios sobre tan desbocadas ansiedades el castigo de no poder gustar los frutos de la vida, la maldición de desflorar todos los goces en una carrera anhelosa y penitente.

Las cuitas de Daniel obligaron á la viajera á muchas detenciones imprevistas. Con frecuencia el niño necesitaba reposo, y era siempre su hermana la primera en notarlo y prescribirlo.

En las forzosas paradas del errabundo peregrinaje, muchas eminencias de la medicina auscultaron el pechito endeble de Daniel. Aquellos sabios doctores mecieron la cabeza, conpungidos, diciéndole al padre inquieto:

—Muy lento desarrollo... Estrechez de la cavidad torácica... Pobreza de sangre...

Y algunos, más desengañados ó menos piadosos, añadieron cruelmente:

—Candidato á la tuberculosis...

La amenaza siniestra quedó flotando sobre los alegres nómadas como una ironía de su buena fortuna.

Joven y hermoso el padre; la hija moza y gentil; robusta y agraciada la doncella, iban por el mundo, derrochadores, sin pena ni gloria, y era Daniel á su lado la triste nota del humano dolor, la sombra de la fatalidad, que no perdona á los felices.

Amaba Regina á su hermano con pía ternura; le mimaba como á un chiquitín; tenía para él condescendencias protectoras y entrañas maternales. Pero desde que vió esquiciarse el señuelo de la Avara en los ojos velados y dulces de Daniel, padeció rudas crisis de terror y misericordia.

Si el pobre sentenciado se amortecía silencioso y febril, en horas turbias, era Regina siempre su más infatigable compañera. Apostábase junto al lecho del paciente, inflamada en temerarios rencores, avizorando, en traza de reto, el sutil avance de la Intrusa. Con el frescor saludable de sus bellas manos, acariciaba Regina las manitas madorosas del niño, y erguía el lozano busto como troquel adversador contra la enemiga invisible. En esta defensora actitud hablaba á Danielín alegremente, ocultando en la maravilla de sus gorjas los hilos de una voz que temblaban rotos de miedo.

Como el muchacho solía animarse con estos halagos, Regina se altivecía entonces, suponiendo que disputaba, triunfadora, su presa á la muerte.

Otras veces, medrosa del silencio en sus velatorios, entonaba una dulce cantilena, mientras se adormecía el niño en la quieta oscuridad de la alcoba. Viéndole ya en reposo, iba á besarle, pero al advertir que estaba desfallecido en profundo sopor, después del acceso febril, sentíase á punto de lanzar un grito, helado como la frente del enfermo... Allí estaba la Astuta, la Invencible... Se removía en la estancia el toldo de la sombra con rumores macabros, tal vez de mandíbulas crujientes ó de áspera guadaña, y Regina, en un esfuerzo viril de angustia y de valor, alzaba los brazos sobre Daniel como queriendo defenderle.

Cuando el hermanito recobraba algunas fuerzas y volvía, con arrestos fugaces, á la vida, en vano la moza pretendía arrebatar de aquella existencia amada el halo de mortal sufrimiento con que se inclinaba hacia la tierra. Imaginando que el niño se dejaba vencer por cobardía; que se dejaba morir, como su madre, en la dilatación de una sonrisa humilde pretendía aleccionarle, fortalecerle, henchirle de esperanzas y rebeliones.

Mirábale á los ojos con hipnótica fijeza; le soplaba en los labios el cálido aliento de la florida boca; le sacudía fervorosamente con sus brazos recios y hermosos, como si se creyera dotada de un poder sobrenatural para repetir en la carne marchita de Daniel el divino milagro:

—¡Levántate y anda!...

Reía el niño con diversión, tomando á juego los arrebatos de su hermana, mientras Jaime se conmovía en aquellas escenas rápidas y crueles, y Eugenia suspiraba, disimulando sus temores.

De aquellas luchas entre el cariño y el espanto, á la vera de Daniel, le quedaban á Regina un amargor y un tedio, contra los cuales buscaba defensa en furiosa renovación de placeres.

Apenas su hermano se animaba con aparentes destellos de salud, la madrecita delegaba en Eugenia sus obligaciones, y eligiendo un lugar sano y cómodo para la doncella y el niño, disponíase á tramontar volcanes, resucitar mitos, registrar monumentos y ruinas y perseguir sombras y musas. La acompañaba su padre, amante y orgulloso, aliviando su corazón de la presencia lastimosa de Daniel, con una facilidad acaso ligeramente egoísta.

Los dos, solos y juntos, sentíanse consolados y felices, llenos de la fuerza alegre que dan la juventud, el talento y la hermosura. Ligeros y engreídos, formaban una linda pareja de ambulantes, á quienes se tomaba por matrimonio, con gran contento por parte de la niña y halago juvenil para el papá. De esta guisa posaron su fugitiva planta en cientos de parajes raros y bellos, sin que Regina renunciase á uno solo de sus caprichos de exploradora, por costoso y difícil que pareciera. Cantó frente á Estambul la Canción del pirata en homenaje á Espronceda, su compatriota, y navegó sobre el Mármara y el Bósforo, deteniéndose á saludar la Torre de la Doncella, donde la infiel sacerdotisa de Venus adoraba en románticas citas á su heroico Leandro, náufrago de amor en las furias del Helesponto... Quiso buscar las huellas de Shakespeare en su tierra natal, cabe el Avon, y recitar las baladas de Walter Scott, á orillas del Tweed... Quiso dormir en los lagos de Suiza y deslizarse en raudo trineo sobre el Neva helado, envuelta en ricas pieles de Astracán... Erró, sabia y curiosa, entre los viejos mármoles de Atenas, y sus ojos aventureros navegaron por la azul bahía de Eleusis, á la hora melancólica del crepúsculo, cuando los centenarios bosques de mirtos se inclinan hacia el mar en lánguido suspiro...

Jaime y Regina habían llegado á olvidar un poco el adolecido rostro de Daniel; pero una fecha vino á decirles que había llegado el tiempo de llevarle á las aguas salutíferas de Spa, según prescripción de un médico ilustre.

Y allí precisamente, al pie del famoso manantial, promesa de salud, sintió Regina, por paradoja, su primer malestar físico. Era un mareo doloroso, con punzadas en las sienes; una profunda fatiga del espíritu, que hacía pesadas y enormes todas sus ideas, y mezclaba sus memorias en extravagante confusión. Inapetente y desmayada, sentía necesidad de cerrar los ojos á cada momento, con la rara sensación de que todo su cuerpo era cabeza.

A las alarmas de su padre, contestó, queriendo burlarse de sí misma.

—Tengo náuseas en la frente...

Y era verdad. Sentía ascos y bascas en la cabeza, en la cabeza monstruosa que le bajaba hasta los pies y le crecía sobre los hombros hasta dar en el techo de su cuarto. Se acostó entelerida. Dentro del miembro disforme que había tomado posesión de su persona entera, bailaban los recuerdos gigantescos y confusos, veloces, disparatados...

Un beso devoto que dió Regina en Ruan al Corazón de León de Ricardo I, mirábale ahora, sangriento como una herida, impreso en el rostro de Juana de Arco, la cual se paseaba tranquilamente por la plaza donde la quemaron, en la propia ciudad de Normandía.

A este punto llega Schiller, con su peluca rubia y su casaca con puños de encaje, dando voces, pretendiendo que se aplace el suplicio mientras él compone su drama La doncella de Orleans. La gran plaza se llena de soldados ingleses, de sacerdotes, de gente curiosa y vocinglera; pero de pronto se disipan todas las imágenes y se abre en el fondo un agujero inmenso, negro como la boca de un sepulcro. Lanza Regina un grito, y las tinieblas se deshacen; aparece el mar y en el mar unas islas blancas y sonrosadas, como mármoles al sol... Luego un paisaje bellísimo, todo sembrado de ruinas; al fondo se dibuja una gigante acrópolis de airosas columnas y labrado friso... Un tropel de garzas reales huye á esconderse en las orillas de un lago azul... Son los dioses fugitivos, que, añorantes de Grecia, se disfrazan á menudo para visitar los sagrados lugares de su antigua dominación... Al cabo, Regina, vestida de tirolesa, baja del Monte Rosa, pisando con blandura la nieve. Atraviesa valles y ríos con suma facilidad: se detiene en la isla Bella, bajo los opulentos toronjales, y se pone á hacer un lindo ramo de adelfas, blancas y rojas...

De repente se le echa encima la rígida sombra de un enorme ciprés, y Regina se siente presa en tupida maraña de siemprevivas. Todas estas flores de cementerio muestran unas caritas llorantes y resignadas, y parecen miniaturas de la cara angustiosa de Daniel.

Medrosa y contrita la muchacha, quiere rezar por su hermano, pero no se acuerda de ninguna plegaria. En vano pugna por hallarla en su corazón. Su corazón no existe. Regina sigue siendo toda cabeza... Busca que te busca, bajo el cráneo fenomenal, encuentra la infeliz muchas imágenes, algunas ideas enrevesadas, unos pensamientos que se encogen y se estiran, como larvas temblorosas... ¡oraciones, ninguna! Las caras de muchos Danielitos chiquitines la acosan en todos aquellos brotes de sepultura que aciagos crecen en la fecundidad de la isla Bella, entre bálsamos, orquídeas y limoneros... Quizá su hermanito abandonado la llama y la acusa; tal vez se está muriendo el triste, solo y mísero... Regina quiere, á todo trance, pedir clemencia al cielo.

—¡Una oración! ¡una oración!—grita desesperada. Su terrible cabeza se arrodilla, y con esfuerzo desgarrador, entre unos labios secos y duros, pronuncia maquinalmente una voz melodiosa:

Con Dios me acuesto... con Dios me levanto...

—Hija mía, ¿qué dices?—pregunta alarmado Jaime, á la cabecera de la cama.

La enferma abre los ojos.

—Estoy rezando—murmura. Y sonríe con gozo repentino, al sentir en la almohada su cabeza de tamaño natural, y al advertir que su cuerpo, bienlogrado y armonioso, obedece á la cabecita rubia en movimientos fáciles.

Alcántara la observa con ansiedad creyendo que delira, y la muchacha se coloca una mano sobre el corazón acuciando sus latidos con un resto de inquietud y pidiéndole todavía una plegaria, más supersticiosa que ferviente.

El buen corazón, pronto siempre á conceder cuanto le piden, contesta sin tardanza:

Padre nuestro, que estás en los cielos...

Regina cerró los ojos con dulzura y adormecióse en aparente serenidad, con la desusada oración entre los labios, que sonreían y rogaban en una vaga mezcla de beatitud y divertimiento.

Tal vez aquel benéfico reposo gustaba á medias de la santidad de una deprecación confortadora y de la fantasmagoría de unos sueños enrevesados y sorprendentes...

Poco después, en su visita de la noche, el médico pulsó á la enferma cuidadoso, sin despertarla, y aseguró á Jaime que había remitido la fiebre nerviosa que aquejaba á la niña, y que en unos descansados días de Spa quedaría sana y alegre.

Y fué verdad que muy pronto, curada y placentera, inventaba Regina nuevas caminatas, aburriéndose ya en el famoso paseo de Las siete horas, donde Meyerbeer compuso sus más bellas partituras; pero le habían probado tan bien á Danielito las aguas y los aires del balneario belga, que en obsequio al muchacho se detuvieron allí los viajeros cuanto la impaciencia pesquisadora de Regina lo pudo permitir.

Ya en traza de ruta, aquella impaciencia señaló audazmente el camino de Africa. Ningún obstáculo puso Jaime á tan imprevisto derrotero; mas ante la flaqueza de Daniel y el semblante estupefacto con que Eugenia recibió tal noticia, la señorita y el papá resolvieron dejarlos á los dos en un célebre sanatorio, donde el chico afirmase su naciente mejoría al lado de la solícita doncella, mientras ellos hacían con libertad y soltura la expedición africana.

Y así la emprendieron. Los abrasados países del Profeta, el misterio sensual de la vida mahometana atraían á la moza como un objeto de suprema curiosidad. Sus últimos sueños de inquietud y de neurosis se habían balanceado sobre un inmenso campo rojo, lleno de esbeltos alminares, bajo el arco gracioso de la media luna... Ansiaba conocer las orillas del Nilo y los restos ciclópeos del Egipto legendario; las tierras salvajes y escondidas, el desierto, las minas del oro y del diamante, cuanto había desflorado en los libros de su ardiente adolescencia.

Pero hubo de contentarse con un breve paseíto por tierra de moros, y al tornar dos meses después el poeta y su musa al sanatorio suizo, tuvieron la fortuna de hallar á Daniel muy repuesto de salud.

Al punto concibieron la perdida esperanza de lograrle, firme en la vida por una de esas prodigiosas evoluciones de la voluble pubertad. Infante caedizo se aparecía el muchacho, aun en aquel efímero gentilear de sus catorce abriles. «Su niño» le llamaban siempre con halago de protección Regina y Eugenia, y «el nene» le nombraba su padre todavía.

En los ojos claros y melancólicos de Danielito flotaba siempre una niebla de timidez infantil; toda la endeblez de su persona lánguida y menuda tenía un aspecto enfermizo y contristado que pedía ternura y caridad. Cuando una ficticia llamarada de vigor se le encendía en las mejillas y en los ojos y calentaba sus miembros, libertándolos de su habitual laxitud macilenta, Daniel, con su cabello dorado y rizo, sus pupilas pesarosas y su delicado perfil, era un bello adolescente, una interesante figurita que hubiera estado en carácter con hábitos de terciopelo y gorguera encrespada, como regalado pajecillo de una reina ó modelo de un cuadro de Van-Dyck.

El padre y la hermana hallaron al doncel sonriendo á una de aquellas mentiras de salud y de belleza con que los verdes años engañarle solían. Los peregrinos de Africa se dejaron encantar por la ficción acariciadora que había pintado rosas falaces en la cara del muchacho y que á su voz y á sus ojos diera brío y calor.