OBRAS
DE CONCHA ESPINA
La niña de luzmela (novela). Segunda edición.
Despertar para morir (novela). Segunda edición.
Agua de nieve (novela). Segunda edición.
La esfinge maragata (novela). Segunda edición. Obra
premiada por la Real Academia Española.
La rosa de los vientos (novela). Segunda edición.
Al amor de las estrellas (mujeres del Quijote).
Ruecas de marfil (novela). Segunda edición.
El jayón (drama en tres actos).
EL JAYÓN
EL JAYÓN
DRAMA EN TRES ACTOS
ORIGINAL DE
CONCHA ESPINA
ESTRENADO EN EL TEATRO DE ESLAVA, DE MADRID,
EL DÍA 9 DE DICIEMBRE DE 1918.
MADRID
EDITORIAL PUEYO
Calle del Arenal, 6.
1919
Esta obra es propiedad de su autora, y nadie podrá, sin su permiso, reimprimirla ni representarla en España ni en los países con los cuales se hayan celebrado o se celebren tratados internacionales de propiedad literaria.
La autora se reserva el derecho de traducción.
Los comisionados y representantes de la Sociedad de Autores Españoles son los encargados exclusivamente de conceder o negar el permiso de representación y del cobro de los derechos de propiedad.
Queda hecho el depósito que marca la ley.
IMPRENTA HELÉNICA, PASAJE DE LA ALHAMBRA, 3, MADRID
AL INSIGNE DRAMATURGO
DR. MAX NORDAU
Amigo y maestro: Usted que ha tenido para esta obra, cuando apareció en novela, singulares alabanzas; que la supo alentar hacia el teatro con generosas profecías, y en público la quiso aplaudir con inolvidable favor, me permite, ahora, encender en la portada de este libro, como una lámpara gloriosa, un nombre universal: el claro nombre de usted.
Al prender su lumbre refulgente sobre el obscuro don que aquí le ofrezco, siento la mano un poco temblorosa, empañados los ojos con el vaho del alma, torpe la pluma al peso del corazón.
A usted, que tanto sabe de las humanas dolencias, de los ideales sublimes, del arte y de la vida, estas páginas, niñas aún, le llevan, a falta de otros encantos, los matices de una existencia ya saturada por los vientos del mundo. Ellas nacieron en las cumbres, en la augusta paz de los montes; bajaron a la calle en manos humildes, a merced de una revista popular; subieron a la escena, empujadas por móviles distintos, en una noche buena para mí, y hoy vienen a doblarse plácidamente, bajo el nombre luminoso de usted, esperando nuevas andanzas.
Conocen, pues, deleites de la robusta soledad; hervores de la multitud; fiebres de la exaltación; contactos de las cosas turbias y malignas que nos hacen huir. Y sobre todas las emociones, el alto gozo de este homenaje lleno de admiración para el gran artista y de gratitud para el noble amigo...
Que en la ausencia le sirvan a usted de afectuoso recuerdo español, si no como rosas de cultivado jardín, como flores agrestes de mi huerto montaraz...
Concha Espina.
Madrid, 1.º de Enero de 1919.
[AUTOCRÍTICA]
Publicada en «La Tribuna».
El Jayón es un drama rústico, amargo, lo mismo que la vida, fatal como un karma que se cumple.
Se desarrolla entre pasiones desnudas, entre criaturas buenas, en un medio primitivo, dentro del cual intervienen los elementos, con sus voces y su poder misterioso, como un personaje más. No está hecho a la medida de ningún actor; así los de Eslava, que lo desempeñan con patente gallardía, pregonan la condición de su talento, dócil y flexible.
No es El Jayón una obra regional, o por lo menos, es muy secundario su regionalismo; la acción puede suceder en todos los rincones del mundo donde el Amor y el Dolor vayan de la mano, como suelen ir; si yo la sitúo en mi tierra de Cantabria, es porque de ella conozco, con más entrañado sentimiento que de ninguna otra, el paisaje y las costumbres, el lenguaje culto y señoril, modelo popular de buen castellano, con todos sus ritmos y matices.
En este drama no trato de decir nada nuevo, de plantear problema alguno, ni mucho menos de resolverle. Aspiro sólo a llevar a la escena un pedazo palpitante de vida, un bloque de la cantera humana, labrado por mi corazón. Para darle forma no me preocuparon ardides técnicos y me dejé conducir por la emoción y la realidad, creyendo que este camino, si no fácil y corto, es el único que logra llegar a un alto fin.
Cuanto a la incertidumbre que pueda causarme esta primera obra teatral, confesaré que, teniendo yo del público un elevadísimo concepto y dándole siempre lo mejor de mi alma en mi arte, espero su fallo con la serenidad de quien, al ofrecer con pura intención su dádiva más noble, merece, siquiera, un poco de gratitud...
Madrid, 8 de Diciembre de 1918.
[REPARTO]
| PERSONAJES | ACTORES | ||||
| Marcela | (21 | años | ) | Josefina Morer. | |
| Irene | (22 | » | ) | Herminia Peñaranda. | |
| Luisa | (28 | » | ) | Ana Siria. | |
| Remedios | (50 | » | ) | Ana María Quijada. | |
| Carmen | (20 | » | ) | Joaquina Almarche. | |
| Flora | (16 | » | ) | Isabel Garcés. | |
| Andrés | (29 | » | ) | Francisco Hernández. | |
| Antonio | (38 | » | ) | Ricardo de la Vega. | |
| Elías | (30 | » | ) | Pablo Hidalgo. | |
| Manuel | (31 | » | ) | Andrés Tobías. | |
| Cándido | (19 | » | ) | Juan Beringola | |
| Serafín y Jesús. (Niños de la misma edad que en el primer acto aparecen en las cunas). | |||||
La escena en una aldea montaraz de Santander. Época actual.
Los trajes como los usa en el Norte la gente del pueblo, sin marcado color regional que ya no existe. En el acto segundo, casi todos los personajes llevan abarcas de madera a estilo del país. Los hombres usan boina. Se habla el castellano correctamente, con escasas alteraciones, según el texto y la realidad.
[ACTO PRIMERO]
Un portal rústico, sostenido por vigas, abierto al campo en casa de ANDRÉS, sobre un paisaje agreste que descubre la alta sierra y el hondo río. El techado ocupa la escena por el lado derecho, de través. Al fondo corre la empalizada de un huerto con portilla, y a la izquierda, en terreno que lo mismo puede ser campo que corralada y que linda con el camino vecinal, hay un pozo con brocal alto, torno y cadena. A un extremo del portal dos escanillas—las cunas pobres de la Montaña—donde duermen los niños. Un banco, algunas sillas de madera, una cesta de costura y los útiles de un pequeño taller de abarcas, dan la impresión de que allí se vive al aire libre la mayor parte del tiempo. Varias puertas comunican con el interior del hogar. Es verano. La tarde empieza a caer.
ESCENA PRIMERA
MARCELA y ANDRÉS
Al levantarse el telón aparecen MARCELA cosiendo cerca de las cunas y ANDRÉS labrando unas abarcas en medio del portal.
MARCELA
(Suspirando.) No acabas de estar alegre, no... Ni sabes disimular que tienes siempre una pena. ¡Dime al menos cuál es!
ANDRÉS
Aprensiones tuyas. Te he repetido muchas veces que soy feliz, que no hay hombre en el pueblo con más suerte que yo: tengo lucios ganados, buenas cosechas, una mujer como tú...
MARCELA
(Interrumpiéndole.) Y un hijo que merece su nombre.
ANDRÉS
También...
MARCELA
Serafín está cada día más hermoso.
ANDRÉS
Se asemeja a ti.
MARCELA
(Con prontitud.) No; a mí no.
ANDRÉS
(Sonriendo.) Pues entonces ¿a quién?
MARCELA
(Algo brusca.) A ti, será...
ANDRÉS
(Reflexivo.) Es robusto como nosotros dos, y junto a ese pobre Jesús, parece talmente un serafín.
MARCELA
(Quejosa.) ¿Te pesa?
ANDRÉS
¡Mujer, qué cosas se te ocurren!
MARCELA
¡Es que lo dices con una lástima!... Tú quieres más al jayón.
ANDRÉS
¡Marcela!
MARCELA
(Ansiosa y dolida.) No me lo niegues, Andrés... Si ya todo el pueblo sabe de quién es el niño; si está corrupto por los alrededores...
ANDRÉS
(Impaciente.) Habíamos quedado en no hablar más de eso.
MARCELA
(Decidida, con voz sorda.) ¡Es tuyo y de Irene!
ANDRÉS
(Se levanta bruscamente y ruedan algunos instrumentos del taller.) ¡Te prohibo que vuelvas a nombrar a esa infeliz!
MARCELA
(Sollozando.) ¡Ay, Andrés!... ¡La quieres, la quieres!... Ahora lo comprendo mejor que nunca... El hijo «es vuestro»... ¡La quieres! Todo lo que se decía era verdad.
ANDRÉS
(Desarmado y pesaroso.) ¿Qué se dijo? Vamos a ver.
MARCELA
Lo que yo misma vi.
ANDRÉS
Pero ¿qué viste?
MARCELA
A ella la tuvo su madre escondida algún tiempo; contó que la muchacha estaba en la ciudad, pero se murmuraron otras cosas... Y cuando nuestro nene cumplía un mes... ¿te acuerdas?
ANDRÉS
Sí; una noche te desperté para decirte:—Escucha; parece que a la puerta balita un corderín... Contestaste:—Es un niño que llora; abre: es un jayón... ¡Habías acertado! Te le llevé a la cama y le diste cobijo...
MARCELA
No le había de dejar morir de frío y de hambre, como una hereje; pero al ser de día quise llevarle a la inclusa y te opusiste.
ANDRÉS
(Confuso.) Después de haberle recogido...
MARCELA
La caridad de una hora no nos obligaba para toda la vida. Como no atendías mis razones, empecé a sospechar.
ANDRÉS
¡Y los chismes de los vecinos!...
MARCELA
No, Andrés, no; que sin ver a nadie aquella mañana, porque llamé bribona a la madre del niño abandonado, te pusiste furioso... (Indignada y celosa.) ¡Saliste a defenderla!
ANDRÉS
Y ahora también. Aunque una moza tenga un desliz y pretenda ocultarle, no me parece justo insultarla.
MARCELA
La verdad no es un insulto. La madre que abandona su criatura es...
ANDRÉS
(Interrumpiéndola exaltado.) ¡No lo digas!
MARCELA
¡Ay, Andrés!...
ANDRÉS
(Conmovido.) Si le pone a la puerta de una mujer tan buena como tú, no es más que una desgraciada.
MARCELA
¡La sigues defendiendo!
ANDRÉS
A una sola como tú dices, no. A todas las que sufran el mismo penar.
MARCELA
¡Dios mío!... ¡Cómo te descubres! Ya quedo bien segura de que aquella noche estabas despierto aguardando al jayón.
ANDRÉS
(Volviendo a impacientarse.) ¡Otra vez!...
MARCELA
Querías recogerle antes de que el frío le dañara... Te dolía su llanto como si te clavasen un puñal... Sí, sí; es carne tuya y de esa...
ANDRÉS
(Violento.) ¡No la nombres!
MARCELA
(Entre lágrimas.) ¡Qué desdichada soy!
ANDRÉS
(Compadecido y acercándose a ella.) Porque te empeñas tú. Te dejas llevar por cuentos de comadres como si no valieras más que todas ellas juntas... (Acariciándole el pelo y separándole las manos con que se cubre la cara.) ¡Vamos, no llores!... ¿Qué motivos tienes para sospechar de mí?... Di la verdad.
MARCELA
(Con deseos de que la consuelen.) Sí que los tengo. Fuiste novio suyo; os ibais a casar cuando fuiste a mi pueblo y me conociste a mí... ella dicen que... te quiere todavía...
ANDRÉS
(Incrédulo.) Dicen... dicen...
MARCELA
No se le ha conocido otro rondador...
ANDRÉS
Y eso, ¿qué?
MARCELA
(Vacilando.) El niño se parece a ti.
ANDRÉS
(Irónico.) ¿En lo derecho?
MARCELA
(Con amargura.) ¡No te burles!
ANDRÉS
¡Pero si una pizca de crío a los ocho meses no se parece a nadie!
MARCELA
(Con cierto despecho.) ¿No decías antes que Serafín?...
ANDRÉS
Le comparo contigo porque es fuerte y galán, mientras que el otro pobre, contrahecho y enfermizo...
MARCELA
(En desconsolada actitud.) Sí; ¡es una compasión!...
ANDRÉS
(La mira en silencio. Coloca junto a ella el taburete donde antes trabajaba y se sienta muy pensativo. Sale al cabo de su meditación.) ¡Qué buena eres!... ¡Cuando cavilo que te hago llorar, alguna vez, como ahora, por ser yo torpe y brusco!
MARCELA
(Conmovida.) Calla, calla...
ANDRÉS
(Buscándole las manos y los ojos.) ¡Perdóname, Marcela!... No hay en el mundo otra criatura tan santa y generosa como tú... Creíste que ese niño era mío; desconfiaste de mí... y le diste la sangre y el calor; le aselaste en tu pecho como a un pajaruco sin nidal...
MARCELA
(Muy turbada.) ¡Calla, por Dios, Andrés!
ANDRÉS
(Vehemente.) Por lo que haces, a la vera de lo que dudas, ¡bendita seas!
MARCELA
(Bajo inexplicable confusión.) ¡No me hables así!
ANDRÉS
Más mereces tú, y yo soy hombre de poca labia... Hoy tengo que decirte para toda la vida: es cierto que quise a esa mujer... pero te quise a ti más y la dejé por ti. Nada tengo que ver con ella. Si la encuentro me voy por otro camino. No la hablo nunca; no la miro jamás... ¿Qué otra cosa me pides?
MARCELA
(Siempre atribulada.) ¡Ay, ni yo misma lo sé!
ANDRÉS
Y en lo tocante al nene, no me puedes decir que te obligo a guardarle, porque le tienes tanta ley como yo... Le estás criando como a tu propio hijo; pusiste juntas las escanillas en tu alcoba; los confundes a los dos en un mismo desvelo y tanta lástima sientes por Jesús...
MARCELA
(Ansiosa.) ¿Qué?
ANDRÉS
Como si le hubieras echado al mundo.
MARCELA
(Bajando los ojos muy confusa.) ¡Pobre chiquitín!
ANDRÉS
Si te afligen sus cuitas, ¿por qué te pasma que le compadezca yo?
MARCELA
¡Me haces unas preguntas!...
ANDRÉS
(Triunfante.) ¿Quieres que le llevemos al hospicio?
MARCELA
(Con pánico.) ¡Qué atrocidad!
ANDRÉS
(Muy cariñoso.) ¿Qué puedo hacer para verte contenta?
MARCELA
Estarlo tú.
ANDRÉS
¡Si lo estoy!
MARCELA
No; eso no, Andrés... Llevas siempre una arruga aquí (Tocándole en la frente.), un tajo que se te hunde hasta el mismo corazón...
ANDRÉS
(Bromista.) ¡Pues no has dicho tú poco!
MARCELA
Digo la verdad... Y en la mirada una pesadumbre que no la sabes esconder.
ANDRÉS
Tienes, tienes explique... (Se levanta y va recogiendo las herramientas caídas.)
MARCELA
No he ido a la escuela tanto como tú, no entiendo de finuras ni de sabidurías; pero en las cosas del sentir...
ANDRÉS
Para eso no hace falta aprender... (Quedan un momento silenciosos.)
MARCELA
(Mirando hacia el camino.) Ahí vienen Carmen y Flora.
ANDRÉS
Y Cándido detrás. (Acabó de ordenar el taller y se dirige al pozo para llenar una regadera grande que habrá junto al brocal.)
ESCENA II
Dichos, CARMEN, FLORA y CÁNDIDO
CARMEN y FLORA llevan, debajo del brazo y en la mano, botijos de barro al uso del país. CÁNDIDO, en mangas de camisa, con el dalle al hombro y la colodra en la cintura, llega detrás de las mozas.
CARMEN y FLORA
Buenas tardes. (Posan los botijos en la piedra que con ese objeto hay cerca del pozo.)
MARCELA
Muy buenas.
ANDRÉS
Hola, muchachas.
CÁNDIDO
(Sin acercarse del todo.) A la paz de Dios.
ANDRÉS
(Alusivo.) ¡Hombre, qué milagro tú por aquí!
CARMEN
(Con malicia.) Un milagro patente... ¡Como que él y Flora no se encuentran nunca!
FLORA
No mucho.
MARCELA
(A CÁNDIDO.) Llégate, Cándido. (Está recogiendo la costura y las muchachas se le acercan.)
CARMEN
(Adelantándose hacia las cunas.) Yo voy a ver los crios. (Observando a uno y a otro.) ¡Si están despiertos! (Las tres mujeres se reúnen junto a los niños hablando en voz baja.)
ANDRÉS
(A CÁNDIDO.) Vamos, no te quedes ahí como un hito. (Con la regadera llena hace ademán de dirigirse al huerto.)
CÁNDIDO
(Aproximándose.) Pues, yo venía al tanto de la siega: que si voy para ti mañana al prao de la Coteruca.
ANDRÉS
Sí, hombre, cuento contigo.
CÁNDIDO
Se estima.
FLORA
(Que atiende a lo que hablan los dos hombres se acerca a ellos.) Y nosotras, Andrés, ¿iremos por la tarde a eslombillar? (Se pone a sacar agua.)
ANDRÉS
Si «tiran» el prao por la mañana podéis ir.
CÁNDIDO
Escajudo es; pero... ¡madrugando bien d'ello!...
ANDRÉS
A todos los segadores de la cuadrilla os cunde la labor... y si con el alba salís...
CÁNDIDO
(Dándose importancia.) Se saldrá. (Andrés entra en el huerto.)
CÁNDIDO
(A FLORA indeciso.) Conque, ¿os aguardo ahí alante?
FLORA
Bueno...
CÁNDIDO
(A las otras mujeres.) Vaya, condiós.
MARCELA y CARMEN
Adiós. (FLORA sigue sacando agua y llenando los botijos.)
MARCELA
(A CARMEN. Hablando de los niños.) Tienen buena pasta, que si no me darían mucha guerra... El uno porque está sano y rollizo llora poco... el otro apenas tiene resuello para llorar.
CARMEN
En santas manos cayó el inocente... ¡Mira que ser un infeliz jayón y salir jiboso además!
MARCELA
(Suspirante.) ¡Pobre criatura!
CARMEN
¡No tan pobre que dió contigo!
FLORA
(Termina su labor y se acerca a las otras mujeres secándose las manos con el delantal.) Sí, Marcela, no es por alabarte, pero lo que estás haciendo con ese chiquillo es como para ponerlo en los libros de misa.
MARCELA
(Azorada.) ¡Por Dios!
CARMEN
(Ponderativa.) ¡Ahí es nada...! Recoger al hijo de otra mujer que le abandona a la santimperie, y criarle como si fuera de las propias entrañas, y quererle más, según se le ve endeble y cativo, hecho un pingajo... ¡ahí es nada!
FLORA
(Con calor a MARCELA.) ¡Eso no lo hace nadie más que tú!...
MARCELA
¡Si lo contáis así!... No hay que aumentar... Le hemos tomado ley y en vez de un hijo tenemos dos...
CARMEN
(Intencionada.) Ya, ya... ¡dos hijos!... razón llevas.
FLORA
(En el mismo tono.) Para disimular y sufrir eres la única.
MARCELA
(Pesarosa.) ¡Ay, no me habléis de ello! (ANDRÉS vuelve con la regadera vacía a buscar más agua.)
FLORA
¿Vamos, Carmen?
CARMEN
Sí, vamos. (Se dirigen a coger los botijos.)
ANDRÉS
(A FLORA.) Ahí te esperan, muchacha.
FLORA
Deja que esperen.