The Project Gutenberg eBook, La Esfinge Maragata, by Concha Espina
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NOTA DEL TRANSCRIPTOR:
—Se ha mantenido la acentuación del libro original, que difiere notablemente de la utilizada en español moderno.
LA ESFINGE MARAGATA
NOVELA
Premiada por la Real Academia Española
(TERCERA EDICIÓN)
OBRAS DE CONCHA ESPINA
La niña de Luzmela (Novela), 2.ª edición.
Despertar para morir (Novela), 2.ª edición.
Agua de nieve (Novela), 3.ª edición.
La Esfinge maragata (Novela premiada con el premio Fastenrath por la Real Academia Española), 3.ª edición.
La Rosa de los Vientos (Novela), 2.ª edición.
Al amor de las estrellas (Mujeres del «Quijote»).
Ruecas de marfil (Novelas), 2.ª edición.
El Jayón (Drama en tres actos).
Pastorelas.
El Metal de los Muertos (Novela), 2.ª edición.
TRADUCCIONES:
AL INGLÉS:
La esfinge maragata.
La rosa de los vientos.
El Jayón.
El metal de los muertos.
AL ALEMÁN:
La esfinge maragata.
El Jayón.
El metal de los muertos.
AL ITALIANO:
La esfinge maragata.
El Jayón.
Pastorelas.
El metal de los muertos.
Al amor de las estrellas, 2.ª edición.
Es propiedad de la autora.
Derechos de reproducción y traducción reservados para todos los países, comprendidos Suecia, Noruega y Rusia.
Copyright 1920 by Concepción Espina y Tagle.
Hechos los depósitos que marca la Ley para las Repúblicas Americanas.
MADRID.—Imprenta de Miguel Albero.—Santa Engracia 155.
I
EL SUEÑO DE LA HERMOSURA
VIBRA el soplo estridente de la máquina que desaloja vapor, cruje con recio choque una portezuela, algunos pasos vigorosos repercuten en el andén, silba un pito, tañe una campana, y el convoy trajina, resuella y huye, dejando la pequeña estación muda y sola, con el ojo de su farol vigilante encendido en la torva oscuridad de la noche.
El único viajero que ha subido en San Pedro de Oza es joven, ágil, buen mozo; lleva un billete de segunda para Madrid, y, apenas salta al vagón, acomoda su equipaje—una maleta y el portamantas—en la rejilla del coche. Luego desciñe el tahalí que trae debajo del gabán y lo asegura cuidadosamente en un rincón. Dentro de su escarcela de viaje guarda Rogelio Terán—que así se llama el mozo—toda su fortuna: poco dinero y hartas ilusiones; el manuscrito de una novela; un libro de memorias con apuntes de peregrino artista, versos, postales y retratos.
Ocupan el departamento dos señoras. Al tenue claror que la lucecilla del techo difunde, sólo se logra averiguar que entrambas duermen: la una sentada a un extremo, con la cabeza envuelta en un abrigo que le oculta la cara; tendida la otra en sosegada postura bajo la caricia confortadora de un chal. Las dos permanecen ajenas al arribo del nuevo viajero; las dos yacen con igual reposo y oscilan con el tren, esfumadas en la penumbra del breve recinto, insensibles a la vida maquinal del convoy, como los inanimados contornos de los almohadones vacíos y los equipajes inertes.
Distrae el caballero unos minutos en cambiar el hongo por la gorra, ceñirse una manta a las rodillas y limpiar los lentes con mucha pausa y pulcritud. Luego previene un cigarrillo, le coloca en los labios con esa petulancia habitual del fumador, y enciende una cerilla.
Mas antes de dar lumbre a su tabaco, inclina curioso el busto hacia la dama, dormida enfrente, de la cual ya ha sorprendido un cándido perfil, rodeado de cabellos oscuros, en el fonje lecho de la almohada. Con más audaz resolución descubre ahora las hermosuras de aquel semblante serenísimo que duerme y sonríe. La llama tembladora del fósforo quema los dedos cómplices sin que el viajero artista deje de ver y de admirar: la tez morena clara, de suavísimo color; puras las facciones y graciosas; párpados grandes y tersos; orla riza y doble de pestañas que acentúan con apacible sombra el romántico livor de las ojeras; mejillas carnosas y rosadas; correcta la nariz y encendida la boca, y en las sienes un oleaje de cabellos negros desprendidos del peinado, que caen sobre las cejas y nimban la cara como una fuerte corona...
Tales maravillas cuenta la temblorosa luz al extinguirse de un soplo, semejante a un suspiro, mientras el ocioso mirón falla en silencio:—¡Admirable!, ¡admirable!—Y se respalda en el sofá escudriñando con golosa mirada a la otra incógnita dormida. Inútilmente: la mantilla o toca que la cela el rostro, no ofrece el menor señuelo a las audacias del furtivo y galante explorador. El cual, entonces, se decide a encender su olvidado cigarrillo, y fuma con impaciente y nervioso afán, puestos los ojos y el corazón en el dulce misterio de aquella hermosa mujer...
El tren correo salió de La Coruña a las nueve de la noche; aunque estas señoras procedan de la capital, ¿cómo a las diez y media se han rendido ya tan profundamente a la pesadumbre del sueño? Parece que vinieran de lejanos países, acosadas por la fatiga de muchas horas de insomnio... ¿Viajan las dos juntas?... ¿Las reune el acaso?... ¿Adónde van?... ¿Quiénes son?...
—Madre e hija—sospecha el curioso, pensando que una moza tan gentil no anda bien sola por el mundo. Y saborea, con refinamiento exquisito, la emoción de hallarse de repente, en un recodo de su inquieto peregrinaje, al lado de una bella desconocida que, en la placidez de la más absoluta confianza, rueda con él por un camino oscuro.
El peso voluptuoso de esta meditación inclina otra vez al viajero hacia la joven.
—¿Soltera?... ¿Casada?...—murmura interiormente—. Soltera—concluye, adivinando en las facciones suaves la pureza de la virginidad bajo la gracia de la primera juventud—. ¡Si parece una niña!...
La contemplación se hace tan próxima, tan impulsiva y profunda; brilla en los claros ojos varoniles un deseo de hurto, tan voraz, que la dama lo siente, mortificador, al través del sueño; suspira, se impacienta, parece que lucha con la imposibilidad de despertarse, y en voz chita, con enojo y con mimo, protesta:
—¡Vaya!...
Iníciase a lo largo del confortable chal una rápida agitación, y, al punto, la tan sutilmente importunada vuelve a quedar en serena actitud. De su lindo rostro se ha borrado la repentina mueca infantil que lo alteró un instante, y la sonrisa florece ahora más clara, más dulce, mientras el atrevido admirador, replegado en su asiento con mesura, oye confusamente la voz de la conciencia hidalga, reprobadora de apetitos locos, y aun el aviso discreto de aquel adagio que dice:
Un beso por sorpresa,
es una tontería del que besa.
Pero estos estímulos saludables de la prudencia y la honestidad no penetran mucho en el ánimo del viajero, absorto en otras imprevistas revelaciones.
La bella durmiente, al sacudir con disgusto su arrogante cabeza en la almohada, ha dejado rodar sobre el cuello, libre y redondo, una roja sarta de corales.
Y la tercera inclinación de Rogelio Terán hacia el encanto de aquella mujer, es lúgubre y angustiosa: el hilo encarnado se aparece de pronto en la dulzura morena de la piel como borde sangriento de una herida; el semblante, al cambiar de postura, resalta más pálido, en escorzo bajo la macilenta luz, con la aureola de cabellos brunos en rebelde y hermosísimo desorden. Ha cambiado así tan de súbito el aspecto de la viajera, que el asombrado mozo apenas la reconoce: tiene ahora una belleza trágica, el desolado rostro de una víctima; parece que la circuyen sombras de fatal predestinación.
De nuevo, muy de cerca, mas con respeto y solicitud, los zarcos ojos miopes atisban el femenino perfil y sólo entonces aquella respiración suave, aquella sonrisa difusa, devuelven al caballero la tranquilidad.
A este punto una nota blanca ha roto las sombras en el ángulo donde la viajera apoya los pies, y el artista, triunfante en el abierto campo de sus exploraciones, distingue una media inmaculada, ceñida a un alto empeine en el escote del zapato de oreja, bordado y elegante, nuevos motivos de asombro y cavilación: aquel collar, aquel zapato, ¿pertenecen a una bailarina que viaja en traje de luces, o a una señora vestida de aldeana por capricho y con lujo?
La primera suposición parece más verosímil: quizá bajo la estameña oscura del abrigo, un relámpago de falsa pedrería serpea entre livianos tules en torno a la farandulera errante. De todas suertes, aquella mujer no es, de seguro, una campesina auténtica viajando con el vestido regional de Galicia. Cierto perfume señoril que de la ropa trasciende, la finura del semblante, el pie lindo y curvado, la garganta mórbida y dócil, sugieren la idea de una más noble calidad.
Feliz el caballero con esta certidumbre, se decide a proteger, solícito, el confiado reposo de la dama. Y mirándola, en tan profundo sosiego, recuerda haber leído, no sabe dónde, que sólo en la pujante mocedad se duerme así, con absoluto abandono, con dulzura y pesadez, y que a este primer descanso antes de las doce de la noche, por lo mucho que repara y embellece, lo designó cierta famosa actriz con la frase de el sueño de la hermosura.
Despiertas con esta membranza las más sutiles curiosidades del artista, muerden la sombra queriendo descubrir cómo la gracia de aquel beleño reparador presta a los músculos sedante laxitud, y, con una pincelada invisible, extiende sobre el reposo de las facciones toda la infinita serenidad de la belleza.
—¡El sueño de la hermosura!—corrobora el viajero, sumido en la poética sugestión de la frase cuando, de pronto, sobrevienen el taque brusco de una portezuela, el uniforme del revisor y unas palabras requeridoras, con barruntos de cortesía:
—Buenas noches... ¿los billetes?...
Rogelio busca el suyo sin apartar los ojos del frontero sofá, y mira atónito cómo la manta encubridora, estremecida por un tardo movimiento, se yergue, resbala y descubre un peregrino traje de mujer, bajo cuyo jubón de seda negra se solivia un gallardo busto, mientras una voz insegura, blanca y musical, prorrumpe:
—¡Abuela, los billetes!...
Y el brazo primoroso de la joven se tiende hacia la dama oculta en el rincón, la mueve, la despierta con mimo y la ayuda a desembarazarse de ropas y envoltorios.
Surgen de ellos una cara senil y una mano rugosa; taladra el revisor los cartoncillos, y se despide con otro portazo.
Los tres viajeros se miran de hito en hito, con vago asombro de las dos señoras e interés creciente por parte de Terán, que se lanza a la cumbre de las más arduas imaginaciones ante aquellas dos mujeres tan distintas, ataviadas de igual manera exótica, unidas por cercano parentesco, tal vez precipitadas por la suerte en idéntico destino... Y, sin embargo, representan dos castas, dos épocas, dos civilizaciones. En un momento, la perspicaz observación del novelista sorprende, separa y define: la abuela es una tosca mujer del campo, una esclava del terruño; tiene el ademán sumiso y torpe, la expresión estólida, y en la tostada piel surcos y huellas de trabajo y dolor; diríase que la traen cautiva, que unos grillos feudales la oprimen y torturan, que viene del pasado, de la edad de las ciegas servidumbres, en tanto que la moza, linda y elegante, acusa independencia y señorío: todo su porte bizarro lleva el distintivo moderno de la gracia a la cultura. En esta niña el traje campesino parece un disfraz caprichoso, mientras en la anciana tiene un aire de rudeza y humildad, como librea de esclavitud.
Al discernir de una sola ojeada estas dos existencias, la percepción delicada y pronta del artista advierte que aquellos ojos, súbitamente abiertos ante él, le están mirando sin verle. Porque la vieja parece azorada, distraída en el confín de un pensamiento remoto, del cual extrae alguna razón muy turbia y difícil; mientras que en las pupilas de la joven no ha despertado el alma todavía. Y una rara inquietud acosa al mozo, aguardando que torne aquel espíritu ausente; que luzca y se agite; que diga su linaje; que descubra algún florido secreto del mundo interior donde se nutre y sueña. Crece tanto el ansia con que Rogelio invoca a la dormida esencia de aquel sér, que al fin acude y se despierta y mira desde los ojos flavos de la dama, sin comprender las razones de tan extraña sugestión.
—Duerme, duerme otro rato—murmura la vieja, viendo a la muchacha revolverse perezosa con los dedos entre los desmandados bucles.
—Sí; tengo mucho sueño... tengo frío...
—Te arroparé con la frisa.
Y la abuela, con gran solicitud, mueve las manos rudas para abrigar a la joven, otra vez acostada en el sofá.
Cruza la niña sus pestañas dobles, suspira y se aquieta, alzando el vuelo de la manta a la altura del rostro, como para recatarlo a las voraces miradas del viajero: el alma dormida no llegó a despertarse con toda lucidez en las pupilas soñolientas; si se asomó un momento, requerida por el audaz reclamo de otro espíritu, cayó otra vez desde la linde misteriosa en la región del sueño, en el profundo sueño de la hermosura.
Así crece la noche, majestuosa y sombría. Rogelio Terán, acosado por un enjambre de pensamientos, atisba el paisaje tras los vidrios empañecidos por la escarcha: huyen los árboles y los montes, los abismos y las cumbres, como un galope de tinieblas en los flancos de la vía; tiemblan con agudo fulgor las estrellas lejanas en un cielo inclemente, crudo y glacial.
Evoca el viajero las veces que se ha sentido, como en este instante, impresionado por la belleza de una mujer. Y revolviendo las memorias de su vida, halla en el fondo de cada galante recuerdo una lástima tierna y aguda, una ardiente conmiseración hacia todas las bellas por él adoradas un minuto, unas horas quizá, desde una ventanilla transitoria, en la blandura de un carruaje, en la cubierta de un buque, al compás de una danza, a los acordes místicos de un órgano... ¡En tantas ocasiones era posible amar a una mujer!
Las amó a todas con alma de poeta y persiguió en cada una la sombra de un misterio, el halo de un sacrificio, la huella de una pesadumbre. Hijo de una desventurada, a quien vió llorar mucho y morir sonriendo en plena juventud, padecía la obsesión de los dolores femeninos, como si en su sangre latiera siempre el temblor de aquellas lágrimas queridas. Muy sensible por esto, muy humano, ardía en amores vertidos con suavidad infinita sobre las criaturas y las cosas bellas y humildes; creyendo vislumbrar un arcano de tristeza detrás de cada hermosura de mujer, sentíase atacado de melancolía al encuentro de una hermosa.
Jugaba al amor con timidez, en aventuras fugaces, buscando y huyendo con sagrados terrores la grande y definitiva pasión de la juventud, la raíz de la vida, recia y profunda, enhestada desde la tierra al cielo como una llama, como un grito, como una corona. Quería vivir a flor de pasiones, amándolo todo con el ímpetu de muchas piedades, cifradas en el recuerdo de aquella sonrisa maternal que maduró con el reposo codiciado de la muerte, pero sin esclavizarse a los latidos de un solo corazón, porque amar al mundo entero era ya un triunfo hermoso del sentimiento y de la bondad, y lanzarse al abismo del amor único, al paso de una mujer, era enroscar el alma a la tremenda raiz, que lo mismo puede erguirse al cielo como una corona victoriosa, que como un grito lacerante, como una llama fatal.
Y este pavor augusto a la orilla de las grandes pasiones no carecía de egoísmo y de pereza. Como un dilettante del amor, pretendía Terán embellecer su existencia con rasgos de Quijote, al estilo moderno, sin lastimarse las manos señoriles, sin descomponer la gallarda postura ni encadenar el voluble corazón. Hidalguía y curiosidad, émulas en el carácter veleidoso de este hombre, se disputaban la victoria de los sentidos bajo la guarda prudente de una equilibrada naturaleza y al través de un temperamento de artista y de epicúreo. En tan complejo bagaje sentimental no había una sola nota de bellaquería ejercitada ni de daño propio; pero sí muchos versos ungidos de ternura al margen de cada amor: de donde se infiere que el poeta andariego era más hidalgo que curioso, más compasivo que sensual y más artista que mundano, aunque tuviera mucha sed de novedades, sensaciones y aventuras...
Mientras avanza el ferrocarril al través de la noche, en pleno interlunio, Rogelio Terán agita en la memoria el poso romántico de sus añoranzas, y vuelve con frecuencia los ojos hacia la mocita dormilona, que, inmóvil, trasunta la estatuaria rigidez de un velado cadáver.
Supone el viajero que no ha dejado de contemplar aquel perfil inerte, cuando se despierta y mira el reloj. Son las tres de la mañana y el tren se ha detenido ante un letrero que dice: «San Clodio». Aquí el artista se incorpora, sacude el cansancio un minuto, y en pie detrás de la portezuela, saluda con reverente pensamiento al peregrino autor de las Sonatas, al poeta de Flor de santidad, cuya musa galante y campesina trovó en estas silvestres espesuras páginas deleitosas.
Y cuando el tren arranca, jadeante y sonoro, Terán, invadido de sueño, da una vuelta en los almohadones con el fastidio de hallarse mal a gusto: guarda los lentes, se encasqueta la gorra, y refugiado en un rincón procura olvidar a su vecina para dormirse, en tanto que la vieja ha vuelto a desaparecer bajo la nube de sus tocas.
II
MARIFLOR
YA la sombra se repliega a los rincones del recinto, y se levanta sobre el paisaje la peregrina claridad del amanecer, cuando Rogelio siente una aguda atracción que le estimula y aturde, entre despierto y dormido, llamándole con fuerza a la realidad desde el confín ignoto de los sueños. Se endereza al punto, corrige su descuidada actitud, y clava la ondulante memoria en el sofá de enfrente, murmurando con vivo azoramiento:
—Buenos días.
Responde la dama al saludo matinal, y luego, pensativa, se pregunta dónde ha oído una voz como aquélla; cuándo viajó, como ahora, con un mozo rubio, de ojos azules, fino y elegante, que la miraba mucho:—Nunca—se dice interiormente—; ¡lo he soñado!...
Al recordar que se despertó un momento antes, enfrente de aquel hombre dormido, vacila entre la idea remota de haberle visto llegar o de haber soñado que llegaba. Una rara inquietud la sobrecoge: toda la púrpura de la sangre se agolpa bajo la tersa piel de sus mejillas; vuelve los fugitivos ojos hacia la abuela, que aún duerme, y después, para disimular la turbación, trata de bajar uno de los cristales del coche.
Le ayuda Terán, inmediatamente, pesaroso de haberse abandonado en postura tal vez ridícula delante de la hermosa. Ella finge mucho interés por el indeciso horizonte que clarea en la curva lejana de las nubes con soñolienta luz. Y él, entretanto, examina afanoso aquel traje, peculiar de un país que no conoce, aquella figura juvenil donde reposa la belleza como en ánfora insigne.
Lleva la niña el clásico manteo, usual en varias regiones españolas: falda de negro paño con orla recamada, abierta por detrás sobre un refajo rojo, y encima del jubón un dengue oscuro guarnecido de terciopelo; delantal de raso con adornos sutiles, gayas flores, aves, aplicaciones pintorescas y dos cintas bordadas de letreros con borlas en las puntas; y al busto, bajo la sarta de corales, un gualdo pañuelo de seda, ornado también de primorosos dibujos.
Sobre aquel extraordinario golpe de telas joyantes y placenteros matices, se alzaron para delicia de Terán dos manos lindas, azoradas como palomas: querían componer unos rizos, mudar unos alfileres, hurtar la sién a la intrusión huraña de los cabellos sublevados en los azares de la noche; mas no lograron ninguno de estos propósitos, y estremecidas de frío, trataron de cerrar otra vez la vidriera. Interviene de nuevo Terán con galante premura, y después de algunas frases de agrado y cortesía, los dos mozos se quedan frente a frente, sentados y amigos, sonriendo con la franca expresión propia de su vecindad y su juventud; ella, más propicia a responder que a preguntar, dice que marcha a Astorga con la abuela para vivir en el campo hasta que regrese su padre, el cual viaja con rumbo a la Argentina.
¿Que si es maragata? Sí: nació allá abajo, en Valdecruces, silencioso rincón de Maragatería, pero no conoce el país; muy pequeña, la llevaron a La Coruña y nunca volvió al pueblo natal, porque a su madre le gustaba poco. Su madre era costanera, de una playa de Galicia, Bayona, el vergel más hermoso del mundo... Y la viajera dilata la expresión infantil de sus ojos garzos, con las plácidas señales de un recuerdo que huye...
—Desde que mi madre murió—murmura—tampoco he vuelto allá. Todo me ha sido adverso desde entonces—añade—: con ella se me fué la alegría, la fortuna y hasta el mar y la tierra que yo quiero; hasta el traje y el nombre que yo tuve...
—¡Cómo!... ¿De verdad?—inquiere el poeta, subyugado por la voz herida que suena a cristal roto y que se apaga en el estrépito del tren.
—De verdad: mi padre perdió sus intereses en menos de un año, después de vivir muchos con holgura, y se embarca pobre, soñando ganar dinero para mí, enviándome lejos de mi costa, de mis campiñas, de mis placeres...
—¿Y de un amor?—pregunta osado el mozo.
—De todos los amores—dice ella con negligente sonrisa—. Luego contesta, amable, a muchas cosas que su interlocutor quiere averiguar:
Sí; ha cambiado de nombre. Se llamaba Florinda, pero la abuela dice que en tierra de maragatos los nombres «finos» no se usan; que allí suelen llamar a las mujeres «Marijuana», «Maripepa», «Marirrosa», y que deben nombrarla Mariflor.
—¡Delicioso!—interrumpe Terán.
Lleva Florinda sus arreos de maragata, porque el traje de la región es allí sagrado como un rito, pero no sufrirá la vida de los labradores en toda su rudeza: ¡le han dicho que es tan triste! El animoso emigrante ha podido librarla de aquel atroz cautiverio hasta que logre llevársela consigo o asegurarle definitivamente la independencia.
—Mediante una boda—insinúa Terán con vaga pesadumbre, entre celoso y compadecido, sin advertir que quiere penetrar muy de prisa en las intimidades de la joven.
Ella no da importancia a la pregunta, y responde con sinceridad:
—Tal vez casándome sería muy feliz como mi madre, que vivió libre, alegre y mimada; pero como el padre mío hay pocos hombres...
Quédase Florinda meditabunda, adormilados los ojos entre las pestañas, triste soñadora del inseguro porvenir.
Terán la contempla conmovido ante la dulce ingenuidad que no se recela ni ofende en aquel interrogatorio de todo punto inesperado: allí están las íntimas confidencias que él acució unas horas antes, ambicioso y febril, en las bellas pupilas asombradas de sueño; parece que bajo el cutis delicado de la viajera se ven pasar las emociones, se sienten los latidos cordiales de aquella vida, se oye el compás armonioso de aquel espíritu, como si toda Mariflor se convirtiera en alma de cristal que vibrase en una voz apacible y se derramara en una sonrisa tenue.
El foco de compasiones que arde en el corazón del poeta, sube de improviso hasta los audaces pensamientos, inundando de misericordia la conciencia varonil. Y Terán presiente, condolecido, la desventura de aquella mujer que desde la vida muelle y dulce de la ribera mimosa, se ve empujada, inocente y pobre, al más duro y yermo solar del páramo legionense, a la tierra mísera y adusta que él recuerda haber cruzado en rápida correría a los montes del Teleno, y de cuya fosca imagen guarda una trágica impresión.
Fué al iniciarse la primavera, como ahora. Varios socios del Club Alpino español cruzaron la región maragata al firme y lento paso de las caballerías del país, como perdidas sombras de mundano regocijo, fuyentes por azar en las yermas soledades de la vida: eran mozos festeros, exploradores felices de las sierras bravas, jamás cautivos en una llanura tan triste y tan inútil, sembrada de pueblos estancados y ruines; llanura esquiva, donde la sangre de la tierra castellana, las frescas amapolas, corre con estéril pesadumbre, como flujo de entrañas infecundas. Una mordaza de melancolía hizo enmudecer a los viajeros desde el puente romano del Gerga, a la salida de Astorga, hasta Boisán, donde la Naturaleza se embravece y se engalana con raros alardes de hermosura para subir al Teleno: tomando la «senda de los peregrinos», Murias de Rechivaldo, Castrillo de los Polvazares y otras poblaciones de nombre sonoro y muerta fisonomía, se aparecieron en el páramo como esfinges, al través de los medioevales caminos de herradura; y en el trágico umbral de estos pueblos mudos, se erguía, como un símbolo de abandono y desolación, la figura dolorosa de la maragata en brava intimidad con el trabajo, luchando estoica y ruda contra la invalidez miserable de la tierra...
Al fogonazo de aquel recuerdo, Rogelio Terán reconoce el traje y el tipo de la anciana que duerme; es la misma mujer empedernida y triste, vieja y sacrificada, que el mozo sorprendió firme en el suelo como heráldico atributo de esclavitud, en las torvas llanuras de Maragatería. Pero la muchacha que al otro extremo del coche medita y sonríe, parece separada de la abuela por siglos de generosidad y de dulzura: en el cuerpo y en el alma de esta niña gentil, ha posado el amor un indulto con todo su cortejo de blandas piedades.
Prende el artista otra vez su atención en la moza, y para disimular un tumulto loco de reflexiones, por decir algo, dice:
—¡Es precioso el vestido de usted!...
—Llevo el de las fiestas—responde Florinda, que sacude con mucha gracia la flocadura espesa del pañuelo—; lo encargó mi padre para que yo me hiciese un retrato, y la abuela me lo mandó poner ahora, porque así dice que no pareceré en el pueblo una extraña... Tendré que hacerme otro más humilde para todos los días... Con lo que no transijo es en llevar en la cabeza un pañuelo como la abuelita, ¿lo ha visto usted?
—Yo sólo quiero ver los espléndidos cabellos de mi amiga Mariflor... ¿Mariflor, qué?
—Salvadores. En Valdecruces casi todas las familias se apellidan así.
—Serán todos parientes.
—Sí; se casan unos con otros, por lo general.
—A usted ya le tendrán destinado algún primito.
—Eso dicen.
—¿Y se llama...?—insinúa incómodo Terán.
—Antonio Salvadores. Pero...
Este pero, largo y sonriente, acompañado de un delicioso mohín, desarruga el entrecejo del poeta.
—Pero, ¿qué?—interroga apremiante.
—Que sólo nos conocemos por fotografía.
—¿Y por cartas?
—¡Quiá!... Los novios maragatos no se escriben.
—¿De manera que son ustedes novios, ya de hecho?
—A estilo del país. El padre de Antonio y el mío eran hermanos y deseaban esa boda, pero me dejan en libertad de decidirla yo. Y si el mozo no me gusta...
—¿Qué tipo tiene?
—Por el retrato y las noticias que me dan, es grande, moreno, colorado...
—¡No se parece a mí!—interrumpe Terán con ingenua lamentación.
—¿Por qué había de parecerse?—pregunta la muchacha—. Y su risa, que finge asombro, tiene un matiz muy femenino de curiosidad. Después, en tono de confidencia, recelando del sueño de la anciana, añade:
—Mi primo tiene una tienda de comestibles en Valladolid; este año irá a Valdecruces para la fiesta sacramental, y yo aguardo a conocerle para decir «que no simpatizamos», y quedar libre de ese compromiso...
—¡Si usted ha dado ya su consentimiento!...—se duele el joven.
—¡Qué había yo de dar, criatura!—prorrumpe con mucho desenfado la mocita. Luego, baja la voz, y el caballero tiene que inclinar el oído hacia la boca dulce que secretea:
—En Maragatería, sin contar para nada con los novios, se apalabran las bodas entre los más próximos parientes de los interesados. Pero, aunque raras, hay algunas excepciones en esta costumbre; mi padre se enamoró en la costa y fué muy feliz con una costanera... Por eso no me impone a mi primo y sólo me ha suplicado que le trate antes de adquirir otras relaciones.
—¿Y si a usted le gustara?—inquiere todavía el viajero, sin disimular su interés.
Pero Mariflor, dictadora desde la señoría de su belleza, deja dormir en los ojos la mirada, y murmura:
—¡No es mi ideal un comerciante!...
Muy respetuoso ante el secreto ideal de aquella niña encantadora, averigua el poeta con cierta inquietud:
—¿Qué profesión prefiere usted en un hombre?
Ella retira con ambas manos los tenebrosos cabellos de su frente, y contesta devota:
—La de marino.
Parece que detrás de esta confesión ha volado muy lejos el alma de Florinda a perseguir por remotos mares la silueta romántica de algún velero audaz: tal es la actitud de arrobo a que la muchacha se abandona. Mas vuelve al punto de aquella ausencia repentina y une dos cabos sutiles de una ilusión, muy tenue, en esta pregunta, que la hace enrojecer:
—¿Ha seguido usted alguna carrera?
Suelto el corazón delante de aquellos inefables rubores, Terán dice:
—Las he seguido todas y ninguna, porque soy poeta, soy novelista: forjo criaturas y sentimientos, vidas y profesiones; creo almas, caminos, mares y tierras, mundos y cielos, astros y nubes. Bajo la exaltación de mi pluma surgen dóciles y palpitantes los seres y las cosas, lo pasado y lo por venir, lo perecedero y lo infinito; el bien, el mal, la gracia, el arte, la virtud, el dolor...
Aquel torrente de elocuencia lírica se detiene en un extraño grito que Mariflor exhala: escuchando estaba el discurso, con los ojos humedecidos y febriles, subyugada por la vehemencia de aquellas frases ardientes, cuando, de pronto, un puyazo de luz le dió en la cara y un tumbo del corazón la obligó a levantarse con el asombro en la boca y en las pupilas el éxtasis, ante el colosal espectáculo que se ofrecía a sus ojos en la llanura. Alzóse también el poeta, vuelto con prontitud hacia donde la niña señalaba, y entrambos, mudos, atónitos, sintieron en el pecho el golpe de una misma y formidable emoción.
Había ya el tren salvado el espantoso despeñadero que divide las tierras galaicas y legionenses, el cauce lúgubre y sonoro del aurífero río, las hoscas breñas fronterizas, los puentes y los túneles de la Barosa y Paradela; corría el convoy con fuerte resoplido por la ancha cuenca del Sil, oculta en el fondo de un mar de vapores, fantástico mar de cuajadas neblinas, donde se embotaban los rayos del naciente sol. Pugnaba éste por herir y romper las apretadas ondas de la niebla; resistía la niebla los ímpetus del encendido rey, ahogando entre impalpables copos los saetazos de su luz... Súbitamente se alzó el astro rútilo, irguió la frente sobre el cuajado mar y lanzó por encima de sus ondas una triunfante llamarada; vino entonces un oportuno y vigoroso cierzo que agitó las nieblas en raudo torbellino, las desgarró en jirones, las arrastró con furia, bajo la gloria del sol, lo mismo que un oleaje de sutiles aguas y espumosas crenchas, entre nimbos de púrpura y de oro, quiméricos y extraños como una aurora boreal. Pero, al caer un punto el aire, subió la niebla solapadamente; subió dejando perezosos vellones en las praderas del Sil; hubo un momento en que, a ras del tren, que dominaba unas alturas, logró alcanzar la niebla al disco soberano y sofocar su lumbre; pero los haces del incendio solar, cada vez más agudos y potentes, se cruzaron veloces por la tierra y por el cielo, hasta coger entre dos llamas al flotante enemigo, el cual, acorralado, flexible, retorciéndose como el convulso brazo de un herido titán, fingió partir el sol en dos mitades, en dos hemisferios resplandecientes. Fué un espectáculo de hermosa y terrible grandeza, una visión sideral, un alborecer de los primeros días de la creación: diríase que dos soles gemelos, dos ígneos meteoros, dos astros rivales ardían entre el cielo y la tierra, prestos a chocar y convertir el mundo en un caos de lumbres y vapores. Duró sólo un instante, un breve y peregrino instante; pues todo el denso jirón de la vencida niebla, perseguido, acosado, ya en el cielo, ya en el monte, sobre las aguas y las frondas, se evaporó, copo tras copo, pulverizado y sorbido por el viento y por el sol.
III
DOS CAMINOS
SOBRECOGIDOS por aquel suceso tan extraordinario, y a la vez tan natural, volvieron el poeta y la niña a entrelazar la mirada y las confidencias; pero entrambos sentían arder en sus ojos y en sus frases la llama divina del monstruoso incendio amaneciente, como si con la tierra y el cielo se hubiesen inflamado también los corazones.
Rogelio Terán al sentarse ahora, había ocupado un sitio al lado de Florinda, y se inclinaba muy afanoso, derramando la efusión de su verbo en el absorto oído de la moza. Ella, un poco alarmada, tendió la vista alrededor del coche, lleno de sol dorado y frío, y se encontró con los ojos de la abuela, que, destocada en parte, inmóvil y triste, no parecía sentir curiosidad ninguna por la insuperable pompa de la mañana ni por la galante actitud del caballero intruso.
Siguiendo Terán el camino a la sonrisa de la joven, hallóse también con la anciana despierta, y trató a su vez de sonreirla. Mas se quedó el intento extraviado en aquel semblante impasible, todo arado de arrugas, turbio y doloroso como el crepúsculo de una raza.
Intervino graciosa Mariflor entre la buena voluntad del artista y el entorpecimiento de la vieja, explicando con mucho donaire:
—Abuela: este caballero ya es amigo mío; ha viajado con nosotras toda la noche...
Pero la maragata no entendió aquellas razones elocuentes o no la convencieron, porque después de un murmullo, entre palabra y suspiro, permaneció muda y pasiva, como si se le importase un ardite del amigo viajero. El cual preguntó callandito a la muchacha:
—¿Está sorda?
—Está triste—murmuró ella por toda explicación, temblando igual que si la hubiera estremecido el roce de unas alas sombrías.
El rubio sol, que sin calentar iluminaba el coche, hizo relucir en los ojos melados de la viajera dos lágrimas fugaces. Y pasó tan lúgubre el silencio de aquel minuto sobre la voz quejosa, que la marcha del tren, recia y veloz, parecía una fuga trágica en la desolación del llano.
Rogelio Terán, cada vez más encendido en la admiración que Florinda le inspiraba, quiso probar la dulzura de su ingenio en el propósito de amistarse con la vieja y merecer la solicitud de la moza.
Ya la curiosidad del viajero estaba servida: mediante la franca elocuencia de Mariflor, y auxiliado por la clave del sentimiento que los poetas conocen, había leído en aquellas dos almas, arredrada y hermética la una, abierta la otra y confidente en toda la plenitud de la esperanza y de las ilusiones. Y con el deseo generoso de pagar en hidalga moneda aquella sorprendida revelación, inclinóse de nuevo el artista, devoto y vehemente hacia la niña maragata, y le dijo su historia, sus anhelos, sus peregrinaciones y aventuras: habló con urgencia, con inquietud, mirando a menudo el reloj, consultando con avidez los contornos del camino, avaro del momento fugaz que ya no volvería sintiendo que se apresuraba, en cada ciego avance del convoy, la hora oscura de separarse de aquella vida nueva y rara, llena de sugestión para el poeta.
Escuchó Mariflor el fogoso relato crédula y maravillada, con los ojos vendados de fe y acelerado el corazón por la sorpresa: aquel señor rubio y fino, tan amable y tan elocuente, que sabía mirar con una fuerza irresistible y extraña hasta el fondo de los pensamientos; que elaboraba libros y periódicos; que conocía del mar y de la tierra sirtes y derroteros, borrascas y rumbos, placeres y dolores, quería ser amigo de Mariflor; quería escribirle muchas cartas, hacer para ella muchos versos, ir a Valdecruces... ¡Válgame Dios, las cosas que la niña estaba oyendo y contestando sin saber cómo!
En el apacible rincón del coche había estallado una nube de promesas y de ruegos, una lluvia de confesiones y de propósitos: la fuente de la emoción había roto cálida y borbollante en el florido campo de dos almas juveniles, y el murmullo de las espumas sonaba a la vez con lastimosas querellas de elegía y alegres modulaciones de epitalamio.
En medio de aquella ardiente prisa por saber y por contar; en aquel arrebato confuso de sentimientos y de palabras, alzóse de improviso la figura torpe de la abuela, preguntando con timidez a Mariflor:
—¿Tienes hambre?
—¿Hambre?...
La muchacha tardó en traducir a la realidad este «sustantivo común» que había sacudido el letargo de la anciana, y al cabo de una sonrisa y de un esfuerzo, contestó ruborosa:
—No, abuela.
Pero la maragata dijo—no sin algunas dificultades, cohibida por la presencia del caballero—que «era mejor» desayunar antes de la llegada a Astorga, para emprender desde allí, en seguida, el camino a Valdecruces.
—¿Es muy largo?—interrogó el poeta, ganoso de trabar conversación con la anciana. Ella, indiferente al interés del desconocido, tanteaba su bagaje en busca de alguna cosa. Y respondió Florinda, turbada otra vez por la visión del misterioso porvenir:
—Es muy largo... Al paso de los mulos, llegaremos a la puesta del sol.
Aquel tono doliente sugirió al artista, con lástima desgarradora, la imagen de una pobre caravana discurriendo con lentitud en la soledad gris del páramo...
Ya la silenciosa abuelita había rescatado, al través de envoltorios y atadijos, unas viandas, que ofreció con finura y cortedad al caballero; y él, entonces se levantó con mucha diligencia a buscar en su equipaje otros regalos: eran cosas delicadas, exquisitos fiambres en muy parcas raciones, dulces envueltos en rutilantes papeles, y una botella cerrada a tornillo, de la cual vertió café en un vaso, presentándoselo a la anciana:
—Está caliente, abuelita; bebe un poco—dijo Mariflor.
—¿Caliente?—repitió con asombro, mirando muy recelosa el humo que exhalaba la confortable bebida—. Y ¿quién lo ha calentado?
—Se conserva así en esa botella, que se llama termo; ¿no lo sabías?
La maragata movió la cabeza con incredulidad, y tomó el vasito en la mano lentamente.
—Bembibre—leyó a este punto la muchacha, mientras el tren se detenía.
Y ambos jóvenes, olvidando a la abuela y al desayuno, se asomaron a contemplar el frondoso vergel del Vierzo, plácido como un oasis, en el austero y noble solar de León.
—¡Bravo país de poesía y de leyenda, de amor y de piedad!—exclamó el artista casi en soliloquio, desbocados en su imaginación membranzas y pensamientos.
—Yo he leído—murmuró Florinda, también evocadora—una novela que sucede aquí.
—¿El señor de Bembibre?
—Justamente. Es un libro muy hermoso y lastimero, ¿verdad?
—¡No hay hermosura sin lástima!—repuso el mozo, dolorido, contemplando a su amiga con beatitud.
El tren, que hacía rato se engolfaba entre admirables lindes, lanzóse otra vez a descubrir mieses y quebraduras, vegas y bosques, maravillas de paisaje y de vegetación, bajo el cielo cobalto, henchido de luz.
Iba Florinda enlazando con sus propias emociones, memorias tristes de la bella y desgraciada doña Beatriz de Ossorio, y de su prometido, don Alvaro Yáñez, tan sin ventura y sin consuelo como la que de amarle murió, desposada y doncella, en una hora tardía de felicidad... Huyen las márgenes sinuosas, los castaños y los nogales vides y olivos, plantas y viveros del Mediodía que este privilegiado rincón leonés acoge y fecunda delante de las nieves perpetuas. Y a Florinda le parece escuchar cómo galopa el corcel fogoso donde el señor de Bembibre lleva en sus brazos a Beatriz, desmayada: las monjas, los abades, los caballeros del Temple, los religiosos del Cister, la enseña de la Cruz desplegada al viento en torres y en almenas; todas las imágenes de pasión, de bravura y de fe que han arraigado los historiadores y los artistas en el eremítico país del Vierzo, derramaban su romántico perfume en la imaginación vagabunda de la viajera.
El mismo aroma legendario y bravío sacudió los nervios de Terán, mientras la corriente de su alma fluía en tumulto, loca y triste como la quejumbre del viento en noche de tormenta. También el mozo sintió que en el paisaje se idealizaba toda la fortaleza augusta de los monasterios insignes y los castillos bizarros, de las mansiones feudales y las abadías belicosas. Erectas las alas de la fantasía, el poeta salva puentes y fosos; discurre con peregrinos y frailes, con reinas penitentes y obispos ermitaños; oye el clamor de las salmodias anacoretas y de los señoríos en pugna, y asiste, en un minuto, al reflorecimiento católico y viril de la región dominada por el báculo monacal y las encomiendas de los Templarios...
Así, al través de una tierra tan propicia al ensueño y al amor, aquellas dos almas fervorosas, contagiadas de lirismos y de ternuras, cayeron en la embriaguez de idénticas evocaciones...
Resbalándose bajo la velocidad del convoy, se deslizaba el Vierzo empapado en bellezas y memorias, fugitivo y rebelde como una ilusión; y la vieja maragata, con el vaso en la mano todavía, contemplaba muy confusa al compañero de viaje, después de apurar en furtivos sorbos hasta la última gota de café. Una mezcla de admiración y de recelo ponía en el apagado semblante de la anciana, pálida vislumbre de curiosidad, mientras que en sus labios temblones iniciábase humilde una frase cortés.
Y así estuvo, paciente, insinuando el ademán de volver el vasito a manos de su dueño... El dueño y Mariflor, cerrando con mutua mirada, dulce y honda, el paréntesis de sus fantasías, hablaban en el foco de luz de las vidrieras, ajenos ya al paisaje y al mundo extendido fuera de sus corazones. En aquel momento la conversación era trivial; tornaron a ella con azorante prisa, codiciosos de los minutos que faltaban para que su camino se dividiese en dos, pero sintiendo la necesidad de poner un discreto disimulo ante sí mismos en el ardor de aquella simpatía tan nueva y tan ansiosa: por eso las palabras no tenían el solo significado de su acepción, y férvidas, vibrantes, teñíanse en matices y fulgores del oculto sentimiento.
—¿Le gustan a usted las novelas?—preguntaba Terán.
—Las novelas y las historias; me gusta mucho leer.
—Yo le mandaré libros.
—¿Los que usted escribe?
—Y otros mejores... ¿Cómo los prefiere?
—De viajes y aventuras; me encanta que en los libros sucedan muchas cosas: acciones de guerra, lances de mar, procesos...
—¿Y amoríos?
—Sí; pero que terminen en boda—dijo Florinda, y se puso encarnada.
—Desde anoche—murmuró rendido el poeta—vivo yo una hermosa aventura «de peregrinaje y de amor...» ¿cómo terminará?
La encendida llama de los corazones calentó las mejillas de la muchacha y los acentos del mozo. Y el quebrantado discurso, halagador y ardiente, volvió a rodar entre el estrépito fragoroso del tren. Cuando éste se detuvo en la estación de Torre, quedó rota de nuevo aquella intimidad, imperativa y fuerte, que a sus mismos mantenedores causaba confusión y asombro.
Entonces, la pobre abuela, perseverante en su actitud de cortesía, pudo colocar las palabras y el vaso.
—Muchas gracias—pronunció quedamente, dando al fin vida y rumbo a la frase y al movimiento que hacía un buen rato preparaba.
Mariflor y su galán sintieron un poco de vergüenza al volverse hacia la abandonada abuelita, y en prueba de sumisión y desagravio fueron a sentarse al lado suyo.
El inflamable caballero no había sido tan celoso para amigarse con la vieja como para conquistar a la niña. Y ahora, impaciente, lamentando la premura del tiempo, sacudido por un alto impulso de cordialidad hacia aquella mujer triste y anciana, hubiera deseado poseer algún don muy valioso para tributárselo en ofrenda devota.
Pródigo y conciliador, no halla dones, ni siquiera palabras, para abrirse el camino de aquel inválido corazón de abuela, premioso en dar noticias de sus sensaciones.
En tal incertidumbre quédase el muchacho pensativo y mudo, con el vaso de aluminio entre los dedos. Y se alza otra vez auxiliadora la voz amable de Florinda, que repite como un eco del discurso anterior:
—«Abuela, este caballero ya es amigo mío: ha viajado con nosotras toda la noche...»
El mozo sonríe y la anciana también. Por lo cual, Mariflor, muy satisfecha, apoya un brazo con mimo en el hombro de la abuelita, y continúa:
—Este señor es un poeta; hace libros... los escribe, ¿comprendes?
—Ya... ya...—susurra la anciana, y sus ojos, grises y mansos, tienen para el hazañoso doncel un lejano fulgor de admiraciones.
—Nos va a mandar algunos—promete Florinda insinuante—, y yo te los leeré para divertirte un poco... Este señor—sigue diciendo—anda solo por el mundo... También su madre se le ha muerto, lo mismo que a mí; también su padre está en América...
—Será usted de León—asegura con respeto la abuelita, que no concibe una patria más ilustre.
—Soy montañés, señora; de Villanoble, a la orilla del mar.
Y con grande sorpresa de Florinda, la abuela se estremece y exclama:
—¡Villanoble!... Ya conozco ese pueblo; tiene un seminario muy rico, una playa muy grande, unas casas muy hermosas... ¡Qué lejos está!
El poeta se entristece, como si al conjuro de la extraña exclamación el evocado pueblo se alejara, remoto, inabordable. Y la niña pregunta absorta:
—¿Pero has estado allí?
—Estuve.
—¿Cuándo, abuela?... Yo no lo sabía.
—Hace ya mucho tiempo; no habías nacido tú; un hermano de tu padre, seminarista, adoleció en Villanoble; ya estaba yo viuda y los otros hijos ausentes... Tuve que ir por él.
—¿Era uno que se murió del pecho?
—Ese era.
Bajo la pesadumbre de aquella historia, inclinó la anciana su frente, pálida como la ceniza, y quedóse tan mustia, que ambos jóvenes guardaron un silencio piadoso, hasta que la muchacha quiso justificar aquel grave dolor, explicando:
—La abuela tuvo trece hijos y no le quedan más que dos.
—¡Pobre!—compadeció Terán, que adivinaba un mundo oscuro y sublime en el alma silenciosa de la infeliz mujer.
Una estación, desierta y soleada, quedó tendida frente al coche; abrióse de improviso la portezuela, y una pareja de la Guardia civil se asomó en el vano. Irresolutos, misteriosos, los guardias cerraron sin subir: eran los únicos viajeros que habían tratado de acompañar al poeta y a las maragatas en todo el camino.
Se lanzó el caballero a registrar su Guía con una precipitación algo alarmante, y advirtió pesaroso:
—Faltan dos estaciones para Astorga.
Entreabierta en la consulta la escarcela del peregrino, desbordáronse postales, cartapacios y libretines, toda la bizarra filiación moral de una juventud errante y laboriosa. Y mientras tanto, Mariflor, apretándose lagotera contra la abuelita, musitaba:
—Este amigo nos escribirá; irá a visitarnos... ¿oyes, abuela?... ¿quieres?
El amigo posó en el regazo de la anciana un montón de postales, diciendo:
—Hágame el favor de llevarlas, señora, como un recuerdo mío.
Sorprendida por aquellos halagos, no supo ella qué responder, y sonrió, dejándose engañar como una niña, entre frases conquistadoras y dádivas pueriles. Parecía feliz en aquel instante; desplegaron sus manos desmañadas las tarjetas sobre el delantal, y apareciéronse allí copias de mil tesoros: cuadros y estofas de Toledo, tapices de El Escorial, fuentes de La Granja, palacios salmantinos, joyas árabes y platerescas, fragura de paisajes montañeses, delicia de jardines andaluces... un tumulto de arte y de poderío español. A la maragata le sedujeron, entre las admirables cartulinas, dos de origen mejicano, iluminadas en colores, reproduciendo la avenida de Juárez y el palacio de Hernán Cortés: alzólas en los dedos con admiración preferente, y en seguida, azorada, vergonzosa, lamentó:
—¡Es lástima; yo no gasto esquelas!... ¡no sé escribir!
—Pero yo sé—dijo, arrulladora, Mariflor, deseando aceptar el recuerdo.
—Guárdalas tú, si el señor se empeña—consintió la abuelita—; y dale las gracias.
Con los ojos adoradores y solícitos, obedeció la moza, mientras la vieja logró forzar la dura timidez de su palabra, para decirle al caballero:
—Si va por Valdecruces, ya sabe que allí tiene una servidora...
—Iré, de seguro—respondió el poeta, deslumbrado por la mirada de Florinda. En aquellos ojos, dulces y resplandecientes, fulgía la incertidumbre con interrogación muda.
Cuando iba a despedirse de aquel hombre extraño y amigo para ella, sentía la muchacha el vago temor de perder la felicidad y la duda de haberla encontrado.
El mozo, por su parte, se engolfaba en la emoción de aquella hora, sin detenerse a descifrar misterios, soñando muy de prisa, a sabiendas de que iba a despertarse pronto.
Y la pobre anciana, tras un senil desbarajuste de ideas en fuga, volvió a oprimirse el corazón en los rígidos muros de su vida cruel.
Isócrono, maquinal, el tren corría insensible a las inquietudes de los tres viajeros, y Florinda tuvo que ayudar a su abuela en los preparativos de la llegada. Al través de los fardos toscos de aquel equipaje campesino, las manos ágiles de la niña pusieron su gracia y su finura en arpilleras y capachos, en los múltiples bultos donde la vieja se llevaba los más vulgares utensilios del hogar fracasado en La Coruña: cuanto no había podido venderse por usado y maltrecho.
La abuelita contaba, meticulosa y torpe:—Uno, dos, tres—tocando con la punta del índice cada barjuleta y cada zurrón; y la moza suspiró con fatiga, como si le abrumara el peso de aquella carga miserable, delatora de inclemente pobreza.
Se estremecía de compasión Rogelio Terán en el atisbo de aquellos pormenores: meditándolos estuvo sin saber si admirarse o condolerse de la rara hermosura de la niña, sin darse cuenta de que no le prestaba auxilio en el rudo trasiego de alforjas y envoltorios. Cuando acertó a disculparse, ya Mariflor había terminado su trajín y se colgaba a la bandolera, sobre el pañuelo floreado y vistoso, un bolsillo elegante que, entreabierto, exhaló delicadísimo perfume.
—Es de mi traje de señora—dijo la mocita, respondiendo a la visible extrañeza de Terán—, de mi equipo de paisana—subrayó graciosa y triste.
—Así—le replicó el poeta entusiasmado—parece que el dios ciego ha ofrecido su carcaj simbólico a la reina de Maragatería...
Y la abuela, en un repente inesperado y brusco, manifestó augural:
—En nuestro país no se admiten reinas. Allí todas las mujeres somos esclavas.
Volvió Florinda el rostro con angustia hacia el camino, y le pareció que temblaba el paisaje con un doloroso estremecimiento.
Entraron en la estación de Astorga: los pregones de las clásicas mantecadas, alguna muestra humilde del traje regional y algún indicio de tráfico mercantil, daban al andén un poco de carácter y de vida.
En medio de este cuadro indeciso y mediocre, puso Mariflor, con su belleza original y su lujoso vestido, la nota resonante: detrás de la abuelita, que ya tenía en torno sus bártulos de arriero, saltó la moza al andén, apoyada en la mano que le ofrecía Terán con trémula solicitud; y a pleno sol resplandecieron tanto los colores de su traje y las dulzuras de su rostro, que en todas las ventanillas del tren y en todo el recinto de la estación inicióse un movimiento de curiosidad. No tardó este asombro interrogante en romper las fronteras de la contemplación muda, estallando en requiebros y alabanzas, del lado del ferrocarril, al borde de estribos y vidrieras, donde la anónima condición de «viajeros» suele dar a los hombres mucha osadía y harta libertad.
Como un incienso de apoteosis, envolvió a la gentil maragata la nube de piropos; y el poeta hubiera deseado coronar el homenaje con un vítor atronador y lanzar luego por el vasto mundo los ecos de su audacia.
Pero a la vera de Florinda, triunfante y proclamada hermosa, otra mujer vieja y triste, con igual traje, con igual destino que la joven, se sumerge en tribulaciones y cuidados en medio de su equipaje ruín. Y a Terán se le reproduce la visión desoladora del páramo, donde el viajero no parece hallar término ni alivio a la dureza de la ruta, como si por ella la vida cruzase extraviada, como si la civilización se detuviera cobarde y perezosa delante de la tierra hostil, a cuyas entrañas inclementes sólo manos heroicas de mujer han podido llegar, en acecho de un fruto esquivo y tardo...
Las arrogancias de la galantería arden en lumbres de misericordia cuando el poeta se despide de su amiga con suspiradas frases: una campana y un silbato le devuelven al tren, ya en movimiento, mientras Mariflor sonríe con la dócil inmovilidad de un retrato alegre.
Y los ojos azules, que ya no reflejan la figura ideal de la maragata, se tornan añorantes hacia el coche, mudo y vacío como la fábrica de un sueño...
IV
¡PUEBLOS OLVIDADOS!
UNA maragata de edad indefinible, a quien la abuela llamó Chosca, había conducido tres cabalgaduras hasta la misma estación. Cargóse en una de ellas lo más voluminoso del bagaje, y aun pudo hallar la Chosca un punto de asiento y equilibrio en la cima de aquella balumba, cuyo difícil acomodo entretuvo a la pobre caravana dos horas largas de talle. Y aunque la abuela se encaramó también sobre los repliegues de otro monte de fardos, todavía las menudencias de más fuste hubieron de refugiarse en las alforjas del mulo cebadero, el mejor de la recua, cedido por agasajo a Mariflor.
Todo lo miraba la moza fijamente, con una muda actitud, en que al tenaz recuerdo de las cosas pasadas se sobreponía el propósito firme de aprender y gustar las cosas nuevas; mujer y curiosa, joven y perspicaz por añadidura, sintió, a despecho de sus íntimas inquietudes, una ansiedad respetuosa y fuerte, que la empujaba hacia la tierra madre, incógnita y callada como un secreto de lo porvenir. ¡Qué ejemplo más hermoso para cualquier agudo observador, la bizarría y compostura, la gravedad y ceremonia con que Florinda Salvadores se allanó, sin melindres ni repulgos, a todas las veleidades de la suerte, y cambiando de nombre, de traje y de sendero, montó en un mulo, por primera vez en su vida, con tanta gentileza y señorío como si la tosca jamuga fuese el blando cojín de un automóvil! Conformidad y audacia dieron alegre resolución a la moza; y aun fueron parte a erguirla, serena y apacible en el misterioso rumbo, cierto soplo sutil de fatalismo que sentía en el alma y un deseo inconsciente de aventura que se le impacientaba en la imaginación.