Nota del Transcriptor:
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RUECAS DE MARFIL

OBRAS
DE CONCHA ESPINA

La niña de luzmela (novela). Segunda edición.

Despertar para morir (novela). Segunda edición.

Agua de nieve (novela). Segunda edición.

La esfinge maragata (novela). Segunda edición.

Obra premiada por la Real Academia Española.

La rosa de los vientos (novela). Segunda edición.

Al amor de las estrellas (Mujeres del Quijote).

Ruecas de marfil (novela). Segunda edición aumentada.

El jayón (drama en tres actos).

CONCHA ESPINA

RUECAS DE MARFIL

(NOVELAS)

(SEGUNDA EDICIÓN AUMENTADA)

MADRID
EDITORIAL PUEYO
Calle del Arenal, 6.
1919

ES PROPIEDAD

Imprenta Helénica.—Pasaje de la Alhambra, 3.—Madrid.


RUECAS DE MARFIL

Nodrizas de nuestros sueños, hilanderas de nuestras vidas, melancólicas hadas que acompañáis nuestros pasos desde la cuna al sepulcro: dadme las ruecas de marfil con que sabeis transfigurar las cosas vulgares, los destinos crueles, los dolores mudos, en gloriosas urdimbres, en doradas hebras de ilusión y de luz.

Discípula vuestra soy: por las rutas sombrías de este valle de lágrimas, absorta en mi noble vocación de poeta, voy recogiendo en el camino todo aquello que la realidad me ofrece, para guardarlo con ternura en mi corazón y tejerlo, después, en mis fantasías.

Nada desprecio por trivial y menudo que sea. En una gota de agua se cifra todo el universo. Abejas hacen la miel; con barro se fabrica el búcaro. Tosca y ruin es, casi siempre, la realidad, como el copo de lino, como el vellón de lana, como el capullo de seda sin hilar; pero esa materia ruda se convierte en estambres luminosos, en delicados fililíes, cuando la imaginación y el arte, que son las hadas benéficas de los hombres, la toman, la retuercen y devanan en sus ruecas invisibles de marfil.

Con más rústico instrumento hilé en este libro unas pobres vidas de mujer, humildes y atormentadas vidas, cuyo obscuro y resignado dolor tuvo en mi corazón ecos muy hondos, ¡Luisa, Ángeles, Irene, Marcela, Talín, bellas y desventuradas criaturas que un día pasasteis junto a mí llorando y sonriendo, bajo la pesadumbre del destino! ¡Pobres vidas fugaces, rosas al viento, naves en el mar!

Acaso, lector, preferirías que te contase historias más felices, invenciones alegres, soleados romances de un dichoso país, donde las flores no se marchitan nunca. Mas ya dije que cuento vidas de mujer...

¿Qué culpa tengo yo si la realidades amarga, si hasta la imaginación, lo mismo que el sentimiento, suelen padecer melancolía?

Pero si estas novelucas te parecen demasiado tristes, si te conmueven hasta hacerte sufrir, piensa, al cerrar el libro, que no son ciertas, que fueron soñadas. ¿No dicen (y dicen bien) que la vida es sueño? ¿No son tristes todos los sueños al despertar?

Las cosas del mundo, para quien tiene piedad, son harto melancólicas. La vida, para quien sabe de dolor, es algo a la vez hermoso y duro, pálido y sugerente, como el marfil de las ruecas con que las hadas tejen nuestros sueños, hilan nuestras vidas y urden, al cabo, nuestras mortajas.


NAVES EN EL MAR

I
EL FIORDO ANDINO

Habíamos llegado al Estrecho de Magallanes, y el Orcana se atrevía, lento, sobre las aguas misteriosas...

Al penetrar entre el cabo de las Vírgenes y la punta del Espíritu Santo, las tierras son cándidas, verdes, sin árboles ni rocas; y contrastando con esta mansedumbre, el mar inquieto, movido, oculta bajo la ondulante marea el agudo puñal del arrecife. Luego el paisaje se ensoberbece: medran las montañas hasta las nubes y ruedan hasta el mar peñas y cerros formando canales y lagos. Aquí el agua es calmosa, estática, profunda: surgen de ella negros cantiles, adustos y violentos; escarpados montes con la toca de nieve y la falda selvosa; islas y valles de original belleza; archipiélagos; istmos; penínsulas, que dilatan la vertiente occidental de los Andes en un fiordo gigantesco y magnífico, para cortar la punta del continente sudamericano. Las praderas y los glaciares, el granito y el musgo, la nieve y la flor, el roble y el tremedal, cuanto hay en la Naturaleza más diverso y contrario, más distante y enemigo, se une con terrible hermosura en esta maravilla del mundo que Magallanes descubrió para España un día pretérito y glorioso.

Pasión de la raza y amor de la tierra me poseyeron en la ruta escabrosa y admirable, donde el misterio y el peligro navegaban a nuestro lado. Yo sabía que en la dulcedumbre de la corriente y el encanto de los hocinos acechaban el escollo y el temporal, siempre ocultos en aquella intrincada estrechez, y pensaba, con asombro entrañable, con altísimo orgullo, en los exploradores hispanos, los primogénitos de la Humanidad en el antiguo Mar de las Tinieblas, que lucharon a veces hasta «noventa días» en las desconocidas angosturas del Estrecho, con leves naos inseguras, audaces las velas latinas, el aparejo de cruz y la cruz en el trinquete...

Yo también iba de exploraciones por el gran fiordo andino: niña y triste, a miles de leguas de mi patria, el mar, el cielo y el monte me producían una desgarradora impresión de soledad. Por primera vez adiestraba mi vida para la lucha torva y callada frente al destino, y la fecunda semilla del sufrimiento henchía dolorosamente la pobre tierra virgen de mi corazón.

Quiso un designio providencial que durmiesen los temporales en las hoces y nos siguiera desde Europa el viento amoroso de la bonanza.

Y después de cien millas de apacible navegación por el Estrecho, entre mansa ribera, cuando ya los montes se levantaban y el glaciar y el cantil aparecían, un largo anochecer decembrino nos llevó al refugio de una ensenada, donde era menester pasar la noche. Hallamos buen tenedero bajo el agua transparente y muda, tan cerca de la margen vecina, que el capitán del buque, adornado de una cortesía británica muy complaciente, nos permitió desembarcar a unos cuantos pasajeros curiosos.

Ya se abría en el cielo la divina rosa de un pálido plenilunio, cuando volvimos de nuestra visita a la solitaria tierra patagona. Habíamos hurtado a su secreto raras piedras, tímidas flores y peludas arañas de color de rosa, inofensivas y cobardes: todos seres humildes, llenos de alma.

La quietud de la marea parecía el cristal de unos ojos muertos donde soñara el paisaje milagroso bajo el hechizo del silencio y de la luna. Un inefable resplandor austral exaltaba en el cielo el vaivén luminoso de los astros, y en la sublime escritura de las constelaciones la Cruz del Sur decía su leyenda polar, clavada como señuelo en el profundo corazón de la noche...


II
PRESENTIMIENTO

Yo tenía a bordo una protegida, linda joven montañesa que me estaba recomendada desde Santander, y que en estado de próxima maternidad iba a Chile para reunirse con su esposo, residente en Concepción.

Todos los días visitaba yo a Luisa en su departamento de tercera y la obsequiaba muchas veces con golosinas que en los barcos no llegan más que de limosna hasta los pasajeros pobres.

Mi paisana era una dulce y graciosa mujer de belleza tranquila un poco triste, de esas criaturas melancólicas que a menudo sonríen y a menudo miran al cielo; tenía dorados los ojos y el pelo rubio; moreno el color; la boca expresiva; cántabra la tristeza del semblante.

Solíamos hablar juntas de nuestra familia y de nuestro país, apoyadas en la borda, contemplando la estela hirviente del buque y la fuga imaginaria de los horizontes; el paisanaje y la juventud nos unieron desde la costa nativa con lazo cordial, lleno de mutua compasión.

Se expresaba la moza con la peculiar finura de las campesinas montañesas, por lo común inteligentes y un poco ilustradas. Pronto me contó su historia, breve y apacible, alterada únicamente por las aventuras de la emigración; hija de labradores acomodados, se casó con el único novio, un artista humilde, tan buen mozo como trabajador, que seducido por halagadoras promesas de bienestar había emigrado unos meses antes, y ya la llamaba impaciente, en la certeza de una vida feliz, para esperar juntos al hijo que iba a nacer. Acaso todas las inspiraciones del amor no hubieran decidido a Luisa a emprender sola y delicada aquel viaje penoso. Pero la casualidad favoreció oportunamente los planes del marido, deparando a la joven una buena compañera de expedición, de su misma vecindad, una mujer que ya conocía las penalidades del barco y que volvía a reunirse con sus hijos, residentes, también, en la República de Chile. Y Luisa salió de casa de sus padres confiada a los cuidados de Inés, mañosa viajera que había mirado por la joven con desvelo cariñoso.

Duro era el camino para la moza. Las molestias de su estado, aumentadas con el trastorno de la travesía, la hicieron sufrir mucho, por más que Inés de cerca, y yo un poco más de lejos, la ayudamos a sobrellevar las horas. Algún alivio tuvo en las aguas tranquilas del Estrecho, y cuando el buque dejó el seno aplacerado junto a la cordillera, cobijo de nuestra primera noche andina, fuí a buscar a mi paisana, deseando que gozase conmigo, como el día anterior, la novedad majestuosa del paraje.

A media marcha, previsores contra el peligro de una varadura, nos habíamos puesto a navegar con el repunte de la marea. Avanzaba la mañana con sigilo, detrás de un largo amanecer, lleno el paisaje de una luz glacial. Hasta bien entrado el día se deshojó en el agua, palpitante, el fulgor de las estrellas; después el cielo se cubrió de nubes claras y luminosas, trasfloradas por el sol, mientras el frío se dejaba sentir con viva intensidad.

Cuando atravesé el puentecillo entre ambas cámaras para visitar a Luisa, la hallé sobre cubierta, mirando fascinada la aparición de unas islas primorosas sobre las cuales la fatalidad había sembrado multitud de cruces, protectoras, al parecer, de otras tantas sepulturas.

Quedamos suspensas delante del original cementerio, que se nos aparecía como fantástica evocación de una tragedia en que el dolor y la piedad hubiesen querido florecer. Nuestros ojos no sabían apartarse de aquellas tumbas rodeadas de flores silvestres, cuya variedad hermosa hacía pensar en un prodigioso cultivo de encantamiento. Muchas cruces tenían inscripciones, monogramas o leyendas en diferentes idiomas y trazados con distintos colores; varias tendían sus brazos piadosos sobre el rústico rastel en forma de lecho. En una leímos Carmen; en otra, María: dos bellos nombres de españolas.

Ya la visión alucinante se alejaba cuando Luisa se estrechó contra mí, trémula, con el dulce rostro demudado por un espanto loco. No supe qué decirla, porque su emoción extremada me dejó confusa, y quise distraerla sin poder lograrlo; el plantel de cruces había desaparecido y aún la moza temblaba presa de fatídico terror.


III
LAS AVES NUEVAS

Estábamos a la altura de Cabo Negro. La pizarra y el escarpe subían con ímpetu bravío desde el mar hasta las cumbres, casi celestes, de la cordillera. Sobre los bizarros bosques y los tremedales húmedos pasaba el viento silencioso, como si llevase las alas entumecidas. Las nubes, ligeras, traspasadas de claridad, seguían rodando en un cielo apacible, y el frío, hecho nieve en las cimas orgullosas, caía de lo alto con la luz.

Atravesábamos ya el territorio de colonización que en esta parte del Estrecho esparce con timidez granjas, haciendas y pastorías entre ambos lados de la costa, bajo el auxilio de la capital, Punta Arenas, en cuyo puerto debíamos dormir aquella noche.

Crucé otra vez el barco para buscar a Luisa, y la encontré más serena que en las primeras horas de la mañana. Sin duda la vecindad de los colonos fueguinos y patagones era menos triste que la del archipiélago convertido en osario. Atendía la moza a las novedades del camino y se maravillaba de ellas con mucho interés, aunque en su rostro quedase atenuada la sonrisa habitual.

Habían aparecido las aves nuevas para nosotras. Los albatros, blancos y enormes, con las alas rápidas, negras, finas y agudas, el pico de alfanje, dorado y voraz, los ojos siniestros, el grito aullador: perseguían en bando la estela del navío, poniendo en las aguas translúcidas la rauda sombra de su vuelo gentil. Los aptenodites, mansos, hambrientos, pájaros niños, según los exploradores hispanos les llamaban por su torpeza y candidez, acudían a millares al ras de las olas, en humilde actitud. Y por fin, el cóndor, el buitre colosal de los Andes, llegaba complaciente hasta el pie de la escarpa inaccesible donde tenía su nido. Era el macho, señero, curioso y avizor, que nos miraba desde la orilla con los ojos pintados de carmín, hispido el plumaje negro y azul. Tenía el pico torvo, la cabeza gris; al cuello un soberbio collar de albísimas plumas. Estuvo un rato inmóvil en la ribera, después tendió las alas con breves sacudidas, abiertas las rémiges obscuras en un ancho abanico, y, de pronto, subió en una serenísima espiral, tensa y firme, sin un estremecimiento, más allá de la región de las nubes, hacia el glorioso camino de las estrellas...

Poco más tarde una piragua con indios de la marina se acercó al buque pidiendo limosna. Voces agrias, como graznidos de aves agoreras, subieron a gemir desde la navecilla donde aquellos seres humanos, fornidos y desnudos, salvajes y míseros, acechaban el paso de la civilización.

Eran los hombres ignotos hasta que España quiso, los habitantes del Mar de las Tinieblas, de la Tierra del Fuego, del Nuevo Mundo: la pobre niñez de la Humanidad, criaturas nuevas en los ciclos redentores de la vida, almas infantiles, sin historia ni purificación... Dióles el Orcana un despojo de las cocinas, como a los pájaros niños, y se alejaron, felices, los pedigüeños, tendidas en los hombros las pieles de guanaco, adornada la estrecha frente con plumas de ñandú...

A Occidente el paisaje se arrecia cada vez más: grandes masas de granito, obscuras selvas de robles, hondas marismas, cumbres ingentes: fluyen los esteros en las hoces, se agachan las nubes en el cielo, y una lluvia fina y polvorosa comienza a caer.

La prematura noche no se sabe si baja de las cimas o sube de la mar. Envueltos en el agua turbia y en la luz gris, arribamos a Punta Arenas, donde el grao pone sobre la mansedumbre de las olas una siniestra franja de arenal. Se ha roto la cortina de las nubes y tiene la luna un aciago fulgor...


IV
COSTA INCLEMENTE

Al amanecer dejamos el fondeadero de Punta Arenas, con rumbo a Occidente, y una larga península, rodeada de cerros bajos, nos obliga a dar la vuelta por el puerto del Hambre, en la Tierra del Fuego, rozando la anchurosa bahía Inútil.

Ahora el temeroso camino está empapado en una de esas trágicas soledades que hacen sentir la eternidad. El viento ha levantado las alas bajo el celaje oscuro, y el mar se inquieta amenazador.

Para calmar los temores de algunos pasajeros dícese a bordo que nuestro buque, bien armado de recio blindaje, curtido en aventuras marineras, se defenderá con valentía contra los escollos y el temporal.

Me conmueve la inquietud de Luisa, que se refugia a mi lado, callada y triste, inmóvil la mirada sobre el estremecimiento de las olas. Acerca de su salud responde hoy con mucha timidez, y como el semblante demudado la delata, consigo que me confiese el nuevo malestar que le aqueja desde anoche.

Acude Inés a decirme señalando a la moza:

—Está mala y no quiere acostarse.

Ella me mira con angustia, como si yo pudiera remediarla, y nos quedamos indecisas las tres, hablando con los ojos un mudo lenguaje compungido.

Pero ya la reciedumbre del viento nos impide continuar sobre cubierta; crece el furor de la marejada y el frío polar cuaja en nieve unas gotas de lluvia escapadas del nublado.

Es preciso que Luisa baje a su camarote y se cuide bien todo el día; sus manos arden y un temblor febril la sacude. Convertida en su protectora no la dejo sin prever cuanto pueda necesitar. Hay un inocente orgullo en la satisfacción con que atiendo a mi paisana, yo, más niña que ella, y tan insignificante persona fuera de este barco y lejos de esta ocasión. El actuar de Providencia me engríe con heroicos impulsos; quisiera en este momento salvar a Luisa de un grave peligro: que sobreviniese un naufragio y dar en él mi vida por la suya... Mi vida ¡vale tan poco...!

Voy pensando en raras penas inconsolables, mientras cruzo con precauciones el navío, ya crujiente bajo el azote de la borrasca. Los marineros trincan a bordo cuanto el mar puede barrer, aseguran las escotillas y las ventanas, trajinan y se apresuran cuidadosos frente al enemigo. Esta faena, la súbita retirada de los pasajeros y el aire azorado de algunos que tropiezo en los pasillos, anuncian que, por fin, nos alcanza una de esas tempestades crueles en el Estrecho, ocultas con felonía en la soberana majestad de escobios y canales andinos.

Tengo el camarote sobre cubierta. Me encierro en él a solas; me subo al sofá para acercarme al vidrio redondo y firme de mi ventana, y con un vago sentimiento de curiosidad y de emoción, miro y escucho, sin miedo, como quien asiste a un espectáculo desconocido y sorprendente, en el que nada arriesga.

Todavía costeamos la península donde Sarmiento de Gamboa quiso ofrecer a España la ciudad del rey don Felipe, no lejos de la del Nombre de Jesús; tierra inhospitalaria que vió morir a sus fundadores, y en la cual, desde aquellos días hazañosos, ningún esfuerzo humano prevalece. No distingo la costa aunque sé que la tengo delante: aguas y brumas tienden un cendal espeso en mi horizonte.

Suben ya por la borda los salivazos de la marejada y una luz siniestra araña las nubes. Todo el barco se estremece jadeante, en pugna con la tormenta. El primer oficial da sus órdenes en el puente, guarecido al socaire de sotavento, y la marinería azoca los cabos y ligaduras, va y viene, trepa y corre, vibrante como el buque.

Bajo de mi observatorio porque los golpes de mar, continuos y crecientes, me obligan a más fácil postura. Sin conseguirla, aguardo que pasen las malas horas, mecida por tremendos balances, asordada por rumores furiosos.

Nadie acude a la llamada del almuerzo y nos le sirven trabajosamente en los camarotes. Pienso en Luisa con inquietud, tratando de ir a verla; pero la disciplina del barco no me permite salir ahora de la cámara. Después de muchas dificultades logro mandar a Inés un recado preguntando por la enferma, y la contestación no viene.

Se me hace el tiempo interminable; la tempestad me parece una pesadilla que no se acaba nunca. El desplome de la ola y la locura del viento nos envuelven en amargo fragor, bajo el cual gime el Orcana estremecido en todo su palpitante volumen, desde la roda y la quilla hasta la jarcia muerta. Entre los tornillos vigorosos, crujen maderas y hierros con extrañas voces, juntas en una sola expresión de rebeldía: es el grito de la vida inerte, el alma insondable de las cosas mudas, que también sabe de resistencias y de cóleras...

Va cayendo la noche. El frío y la soledad me producen una dolorosa impresión de tinieblas y hielo. Y de pronto me levanto angustiada: vienen a decirme que en plena tempestad Luisa ha dado a luz un hijo prematuro; que el niño parece de vida y la madre se está muriendo.


V
LA CUNA TRÁGICA

Al través de muchos inconvenientes llego a la pobre enfermería del sollado apenas amaina un poco el temporal.

Un penetrante olor de fiebre y de miseria me recibe antes de que yo descubra el rostro de Luisa, que desangrada, moribunda, quiere sonreir, y con un gesto henchido de fervorosa expresión me señala su nene, un montoncillo de carne tibia, dormido a los pies del camastro con envidiable sosiego.

—¡Que le cuiden, por Dios, hasta que le recoja su padre... ya ve usted cómo estoy!...

Trato de endulzar la tremenda amargura de aquella voz y me apresuro a prometer cuanto Luisa pide. Le llamea en la mirada una alegría fugaz mientras respondo; luego, me toma las manos y, lentamente, con palabra premiosa, dice que desde la víspera lleva el presentimiento de su muerte encima del corazón. Este discurso opaco y anheloso, brota con mansedumbre, y desgrana dulces frases conformes a la partida suprema; pero vuelve a temblar, lleno de infinito dolor, cuando la mujer habla del esposo y el niño y cuando ruega con desesperada súplica:

—¡No me tiren al mar!...

Inés me refiere, entonces, que toda la tarde sufre la moza un terrible delirio. Morir no es para ella tanto como sentirse hundida en las olas de este mar pavoroso que zarandea los barcos, los sorbe, y los escupe a flor de agua, convertidos en tumbas, para escarmiento de los navegantes.

Exaltada por la calentura, la enferma nos mira ansiosa y torna a repetir:

—¡Que no me tiren al mar!

Nos esforzamos por tranquilizarla cuando la puerta da paso a un padre dominico que viaja con nosotras desde Europa.

Llamado por Inés acude el P. Fanjul arrostrando como yo las dificultades del trayecto, y gracias a la tregua de la borrasca. Mientras se acerca a Luisa nos replegamos hacia el pasillo y hacemos, desconsoladas, un penoso recuento de las tristes escenas que han de sucederse a la desaparición de nuestra amiga. Hablamos sin soltar el bandaraje que corre junto a la pared, inclinándonos la una hacia la otra en cada fuerte cabeceo del buque.

Nos atribula pensar en el marido que en la costa vecina está esperando lleno de ilusiones, y en los ancianos padres montañeses, yertos de frío sin el sol de esta existencia que se extingue.

El aire, enrarecido y pestilente, sopla con lúgubre silbido en el siniestro corredor. Dentro del camarote la voz serena y conqueridora del P. Fanjul se levanta como una brisa de paz sobre el trágico vocerío de los elementos...

El dominico manifiesta su propósito de no separarse de la moribunda. Se informa, compasivo, de aquella pobre vida malograda y nos dice algo de la suya propia, errante y misionera, siempre en acecho del humano infortunio.

Tiene el Padre un rostro atormentado y fino como los santos del Greco, la voz persuasiva y honda, la figura cenceña y elevada. Se sienta con humildad junto a nosotras en el suelo, donde hemos colocado ahora el miserable colchón de Luisa, buscando algún alivio a los terrores de la infeliz. Piensa que los bruscos vaivenes la empujan a la mar, y se agarra con manos trémulas a cuanto imagina que la puede sostener. Ya no sosiega; su desvarío crece con la agonía y se enhesta amargado, por instantes, con la terrible obsesión. El médico, que a instancias nuestras la vuelve a ver, confirma con laconismo su diagnóstico mortal.

Sentimos que la tormenta, amansada un punto, se recrudece, y el P. Fanjul sabe que el viento rola otra vez hacia el lado temible en estas latitudes, el Brazo Tortuoso del Estrecho. Así el Orcana, mecido con nuevo furor, salta, ruge y «se duerme», casi dominado por el oleaje.

A Inés le preocupa mucho el repunte bajo de la marea. ¿Cuándo será? Dice que a esa hora mueren los enfermos en la marina y se asoma el arrecife a mirarse, espectral, en el lívido espejo de las aguas.

De repente, un maretazo formidable nos derrumba en el mismo suelo donde estamos. Se oyen crujir los miembros rotos del navío como si el mar arrancase pedazos de la obra muerta: sin duda nos ha cogido una bárbara ola de través.

El niño se despierta llorando, y el misionero se incorpora, solícito, a bendecir la cabeza de Luisa que rueda inerte en la almohada...


VI
INSOMNIO

En largas horas no hubiéramos podido, aun queriendo, abandonar a la muerta ni calmar el hambre de su hijo.

El temporal, monstruoso, nos apresó junto al cadáver, en la fétida hondura del sollado, hasta cerca de la madrugada, y todos los humanos quejidos tuvieron encima de nosotros un eco y una indecible expresión. Gemía el pequeñuelo, y su vocecilla, feble y aguda, rodaba entre los huracanes como una gota de agua en un torrente. Con estallidos impetuosos se debatía, forzudo el barco; bramaba la nube, vociferaban las olas, y el P. Fanjul, Inés y yo enhebrábamos el hilo de nuestras plegarias en los fatales rumores de la tragedia.

Por la alta ventanuca, cuando el balance no la hundía en el mar, veíamos cómo los relámpagos raían la sombra y cómo hervían las espumas en la mareta rugiente.

Y aparte las visiones definidas y los determinados sonidos, nos estremecían a cada momento unos soplos mudos y fuyentes como ráfagas misteriosas de frío y de pavor, y unos lampos de luz en las pupilas de la muerta, en los flavos ojos inmóviles y abiertos, que parecían asomarse a lo infinito cuajados de inquietud...

Ya casi vencida la tormenta tiene el recién nacido donde aplacar su sed de vivir. Y por acuerdo de los pocos españoles que viajamos en el Orcana tendrá Luisa un pobre ataúd donde esconder su hermoso cuerpo a las primeras caricias del mar; ya que nos faltan aún tres días para llegar a Talcahuano, primer puerto de la costa chilena, y no es posible conservar hasta entonces el cadáver a bordo.

Incapaz de dormir, estoy en el alcázar desde el amanecer, buscando aire y perspectivas como un desquite a la espantosa esclavitud de anoche. Todavía lloran el viento y el mar en trémulas quejumbres que acompañan a mis pensamientos atónitos. Siento el cansancio y la tristeza con pesadez confusa que me inmoviliza envuelta en el abrigo, absorta en los mirajes, lleno de lágrimas el corazón. Y necesito hacer un esfuerzo para enterarme de los destrozos causados al Orcana por la tempestad. Han desaparecido la toldilla y el portalón; faltan pedazos de la arboladura, tojinos y escalas, dos brazolas, un serení.

Vuelvo a sentarme, después de averiguar estas noticias con escaso interés, y veo ensimismada, cómo huye la tierra patagona, solitaria y bravía, toda florecida de expresivos nombres hispanos; desde su costa atlántica hasta la salida del fiordo americano en el Pacífico, el maternal lenguaje español la riega de membranzas plenas de un significado heroico y ferviente: islas Tristes, punta de las Niñas, ensenada del Engaño, bahía de los Desvelos, cabo Dañoso, golfo de las Penas...

Y ya en la ruta abierta al viejo mundo por Magallanes, desde la bahía Posesión hasta el cabo Deseado, siguen las palabras evocadoras y rotundas, bendiciendo el señorío y la fortaleza de España.

Ni las altaneras cimas que parecen cosa del cielo, ni las restingas y los veriles dejan de hablarnos en elocuente romance, y así el estuario que más se interna adueñándose de la costa se dice el Seno de la Última Esperanza...

No tardaremos en remontar la isla de la Desolación para salir al Pacífico por el cabo de los Pilares, al filo de la media noche, en la hora terrible de sepultar a Luisa bajo las aguas.


VII
LA FATAL CAÍDA

En el cielo, enjoyado y curvo, tiemblan de frío las estrellas; el mar palpita henchido y amoroso, con un arrullo claro, y el Orcana, libre de los ambages del Estrecho, navega en bonanza, con mucha gallardía.

Son las doce; no ha salido la luna. Avanza hasta la borda el silencioso estol de la muerte, nunca más humilde y patético: cuatro marinos que llevan el ataúd, un fraile que le bendice y media docena de curiosos, entre los cuales dos mujeres sollozan.

Un tablón, tendido hasta la lumbre del agua, sirve a la caja fúnebre de escalera; un responso, rezado con ardiente premura, la va siguiendo en la fatal caída. Cuando se hunde, nos parece que el mar abate un punto su resuello con la respiración suspensa; es que «el sagido» tiene ahora una solemne expresión de ternura, un saludo lleno de acogimiento y de reposo. En seguida vuelven a rodar las olas y a desmelenarse las espumas con la infinita castidad del agua corriente y apacible: ¡ya la estela del buque se ha borrado en el sitio donde cayó el cuerpo de Luisa!

Alzo los ojos con un movimiento aflictivo de piedad, y en lo sumo del espacio azul me subyuga la brasa lueñe de un lucero... Imagino que el alma de la pobre viajera se abre junto a Dios como una rosa encendida en luces estelares; quiero creer que quizá resplandece en la hoguera de cada astro el calor remoto de una vida que pasó por la tierra al lado nuestro. Y frente al enigma sagrado, lleno de temblores inefables, me abismo, ansiosa, en la contemplación del cielo y del mar, hondos como la muerte...

El último jirón de la Patagonia se ha esfumado en la noche a la altura del cabo Pilar, y las trescientas millas del Estrecho, que Magallanes llamó de Todos los Santos, quedan en la memoria como una ensoñación fantástica. Aquí está el mar libre, el nuevo océano, ancho y evocador, donde nuestros exploradores sólo hallaron, en sus primeras aventuras, las desiertas islas Desventuradas.

Y la profunda huella de El Descubrimiento persiste desde Europa en los mares y en las riberas, desdoblando horizontes, abriendo rutas, fecundizando caminos virginales.

El sentimiento vehemente de la admiración me vuelve a sacudir rostro a las soberbias lontananzas del Pacífico; vuelvo a enorgullecerme de la sangre hispana de mi corazón, la misma que empujó en la sombra las fronteras del universo, y después de saludar a las criaturas desconocidas en un idioma venerable, lleno de esperanza y de luz, bautizó en el nombre de Dios los valles y las aguas, las cumbres y las constelaciones, los seres y las cosas, con un santo derroche de venas maternales.

¡Así, un mundo entero, allende las antiguas Tinieblas, está alumbrado con voces españolas, parido por las entrañas de Castilla en un alarde inmortal de bravura y amor!...


VIII
«RAYO DEL CIELO»

El españolito nacido en trance cruel bajo el pabellón britano cumple a maravilla sus primeros deberes de criatura, aferrándose lleno de brío a la existencia. En su regazo le guarda Inés con admirable solicitud, y le celan allí las devociones y lástimas que con el dolor y el amor florecen, a menudo, en la Humanidad.

El nene ya conoce el sabor de los besos y el halago de las canciones. Le han mecido las pasajeras al son de coplas distintas, en idiomas varios, con añoranzas maternales; pues donde hay una mujer que siente y un niño que llora, nunca falta la caricia y la canción, acendradas en un ensueño de madre... Parece que al barco le empujan en el Pacífico dulces brisas de bondad y que todas convergen hacia el desgraciado pequeñuelo. Pero los que hemos vigilado más de cerca el latido de esta vida menuda, abandonada en capullo por la madre infeliz, padecemos ya el quebranto de una nueva emoción, quizá la más terrible en el drama inolvidable.

Se ha roto nuestro confín de cielo y mar, y la costa rojiza de Chile sale a recibirnos en un pálido horizonte. Nadie frente a estas orillas, torvas y mudas, puede imaginar que en el corazón de este país hay un divino valle de Aconcagua, orgullo de la América. Volcánica y estéril, descolorida y triste, avanza sobre el mar la tierra que tocaremos al anochecer en la bahía de Talcahuano, Rayo del Cielo, según el lenguaje indio.

Un poderoso cacique de la Conquista dió nombre a la población levantada junto a unos fuertes que los españoles emplazaron cara a las olas, como si las quisieran amedrentar y poner linde. Y en lucha con las marejadas, con los araucanos y con los terremotos, al través de los siglos, Talcahuano sirve de base a una gran ciudad, La Concepción del Nuevo Extremo, fundada por Valdivia. De allí vendrá al puerto, esperando al Orcana, el padre de este niño que duerme y sonríe; vendrá diligente y feliz, sin temer que su amor haya naufragado en un pobre ataúd, ¡la última nave, siempre hundida en el eterno mar!...

Navegamos costaneros y veloces bajo un cielo tranquilo y gris, turbias las aguas, sin espumas ni rizos, muda en sus ondas la huella del barco.

Tiene el paisaje un tono de profunda quietud, una tristeza recóndita, colmada de expectación y de misterio.

A veces imagino que todo el horizonte escucha, otras que aguarda. Y siento que el angustioso grito de Luisa, huyendo del doble naufragio, resuena con suprema ansiedad en el desnudo silencio de los confines...

Aquí está la bahía de Talcahuano, ancha y honda, defendida por cerros mansos y rojos, abrigada al Oeste por la península de las Tumbas.

Los botes que nos esperan atracan al costado del buque y llega el aciago instante de recibir al marido de Luisa. Hemos confiado esta difícil misión al P. Fanjul, y abrazo al niño huérfano mientras Inés escudriña las embarcaciones cercanas y dispone el humilde bagaje de la ausente.

Nuestra pesadumbre se colma cuando, subiendo en dos saltos la escala, recién tendida, un joven se precipita en la cubierta, registrándola afanoso, con mirada radiante.

Sale Inés a su encuentro y exclama turbadísima:

—¡Salvador!...—Luego se vuelve hacia nosotros, murmurando:—Este es...

Y adelántase el dominico, exacto como la fatalidad, a deshacer la impaciente alegría del mozo.

Ya éste observa a su paisana con amagos de inquietud; tal vez el nombre amado bulle en una pregunta sobre los labios juveniles, cuando el fraile aborda la temible revelación.

A las primeras palabras del religioso, Salvador vuelve la vista en torno suyo como inquiriendo y adivinando. Una sorpresa alarmante le extravía: no entiende lo que le dicen, no acaba de comprender.

Le pone el P. Fanjul una mano en el hombro con cariño, y le lleva suavemente hacia la borda, alejándole del grupo de pasajeros que comentan el lance entre curiosos y dolidos. Allí, en voz queda, habla el Padre, primero con dificultad, inclinándose expresivo hacia el muchacho en cada frase indecisa, luego respondiendo con resolución a las ardientes preguntas de él, y, por último, se expresa vivamente, asiendo las manos del desconocido, sirviéndole, al fin, de sostén en los brazos acogedores.

De pronto Salvador levanta la cabeza y pasea por la superficie del mar los asombrados ojos: una sensación de espanto le sacude y un sollozo, que parece un rugido, se le escapa del pecho. Todas las miradas están fijas en el muchacho, fuerte y arrogante, de noble y abierta fisonomía, en la cual el dolor va dejando la novedad cruel de sus matices.

A una señal del dominico, Inés, llorosa, avanza con el nene, y Salvador endulza el rostro para recibirle; le coge en sus brazos recios y convulsos; le cubre la cara con un solo beso, ancho y tenaz. Luego no sabe qué hacer con él; se queda mirando a todas partes indeciso y atónito, con una sombría expresión de perplejidad.

Pero aun tiene que darle Inés otro sagrado presente, una trenza de pelo rubio, sérica y fina, que de nuevo hace rugir a Salvador. Agobiado por la dulce carga que le abruma, parece que ha echado raíces sobre la cubierta, y es menester que le hablemos con mucha piedad para que responda, para que intente balbucir algunas frases rudas de gratitud, en alto grado expresivas por el duelo agudo de la voz y el desconsolado ademán de la despedida.

Sin acabar de oirnos, ni terminar su trémulo discurso, echa, de repente, a correr hacia el portalón y gana el bote que antes le condujera a bordo colmado de esperanzas. Lleva el niño abrazado con torpeza cuidadosa, y la trenza de Luisa junta con él, en un mismo envoltorio blando y caliente... Le vemos alejarse hundido en su liviana embarcación, caído en desolada actitud; la nave toca la orilla y bajo la sombra fría de la noche el padre y el hijo se confunden con el siniestro polvo de Talcahuano, Rayo del Cielo...


LA RONDA DE LOS GALANES

I

El denso grupo formado en el atrio, a la par de la cancela, se fué aclarando por el camino adelante, y la blancura del sendero quedó borrada entre las mieses, teñida por vistosos colores al sol benigno de la mañana. Era que el vecindario del Encinar volvía de la misa mayor.

Bajo los arcos del portal unos hombres mozos coloquian, aún, con recatadas voces, y en el fondo de la fachada se abre la puerta del templo recortando en la piedra rubia de su fábrica un óvalo lleno de la obscuridad interior, nublado por el humo leve del incienso y saturado por aromas de jardín.

Los jóvenes del pórtico esperan, sin duda, que aparezca en aquel marco misterioso alguna devota rezagada, porque disimulan mal la impaciencia con que vuelven los ojos hacia el hueco sombrío.

Cruzando entonces, de puntillas, las losas parroquiales, una mujer se asoma al dintel penumbroso, iluminándole con la radiante luz de su hermosura. Detiénese un momento para hacer, piadosa, la señal de la cruz sobre la frente, y sale, muy gentil, a buscar la cancela. Dos manos solícitas se la abren, de par en par, y Ángeles Ortega pasa delante de los cuatro mozos, sonriendo y dando los buenos días con seráfica voz.

Sin previa consulta, como si un tácito acuerdo uniese la voluntad de aquellos hombres, emprenden, al punto, la marcha detrás de la hermosa.

Desde la iglesia hasta el poblado se hunde el camino en la vega, entre campos feraces y tierras de labrantío recién sembradas de maíz. Limitan el paisaje los montes que se embravecen escalando las nubes pálidas de un cielo dulce, un poco entristecido, y sobre el alisal, a medio vestir por el verde lozano de las hojas nuevas, se mece, como una copla fugitiva, el rumor sollozante de las arroyadas.

Ha desceñido Ángeles de su cabeza preciosa, el velo de la mantilla, y anda con lento paso de meditación, gozándose en que el aire y la luz la envuelvan y acaricien. Sobre el negro vestido, la cara y las manos ponen el contraste de una blancura inmaculada, y está llena de encanto la belleza de esta mujer en cuyos apacibles ojos obscuros parece que se han caído unas gotas de la pena del cielo.

Se retrasan, previsores, los mozos que la siguen, como si todo el camino debieran darle escolta de respeto y protección, y así, despacio por la ondulante vereda, en silencio contemplativo o truncando con languidez frases menudas, le hacen guardia de honor hasta la puerta de su casa...

Es una extraña amistad la de estos cuatro mozos cuyo linaje señala en el pueblo cuatro distintos peldaños de la escala social, y todas las preeminencias favorecen entre ellos a Julián de Alcázar, heredero único de la más encumbrada familia del valle.

Noble y rico, mimado y feliz, Julián ha llegado a la cumbre de la vida sin otro amor de mujer que aquél, dulcísimo y secreto, guardado para Ángeles con timideces y fervores indecibles.

Aquella niña de hermosura triste y deliciosa, fuese apoderando con invencible soberanía del corazón de Alcázar, un corazón que había salido ileso de las aventuras juveniles y que, recio y sano, estaba allí, temeroso como un novicio, delante de unos ojos que el cielo del Norte había tocado con su pena.

Complacíase Julián en recordar su vida fácil y dichosa, llena de halagos; sus años de colegial con vacaciones en la playa y ocios montaraces en el pueblo, después el triunfo que le acompañó en su brillante carrera hasta hacerse abogado, y, por fin, las galantes páginas de sus fugaces amoríos, sin huellas ni raíces. Y toda la amable historia de su existencia la ponía, con humildad y gozo, delante de un nombre: ¡Ángeles! La vió crecer y embellecerse, oculta como un tesoro en la aspereza silvestre del Encinar; la quiso cuando era tan pequeña que no podía saltar los arroyos sin que él la diese las manos; cuando para mirarle le alzaba la cabecita rizosa, sacudiendo en el aire la endrina melena; cuando iba a pedirle, con mimo infantil, los altos capullos que cimeaban los rosales... La quiso entonces con rara ternura, con predilección singular que era ya el germen de un potente cariño.

Y cuando la niña floreció en mujer y aquella ternura floreció en amor, Julián, fugitivo de la corte, se escondió en su torre norteña, sumiso y entregado sin rebeldías a la pasión que señoreaba su alma.


II

Una amistad nunca rota ni lastimada, unía de largos años a la familia de Alcázar con la de Ortega, y Ángeles y Julián se habían tratado siempre con libertad de hermanos.

Cuando el mozo tuvo henchido su corazón de afanes por la niña, dejó que se le asomasen a los ojos para que su amada los leyese, y anduvo muy activo en visitarla, muy hábil para encontrarse con ella en las encrucijadas de la mies y en las lindes del jardín.

Ya por aquel tiempo la madre de la joven finaba en consunción dolorosa bajo los tiernos cuidados de su hija, y Julián acompañaba a la paciente llevando todos los días para la enfermera un silencioso mensaje de cariño oculto en esa clave amorosa que todas las mujeres descifran con sabia precisión.

Pero en vano el galán espiaba, paciente, la sonrisa o la mirada de inteligencia con Ángeles le probase que exaudia sus peticiones. En vano esperó la muda inteligencia de aquellos ojos, bellos y dulces, antes de lanzarse a la solemne declaración; la muchacha no parecía haber leído en la rendida actitud de Alcázar ninguna rima de aquel poema sentimental.

Fué entonces cuando el mozo se acordó con miedo de que su figura no era gallarda ni su cara hermosa. Julián era feo y había crecido muy poco... Sintió esta desgracia con acerbo dolor, por primera vez en su vida, y juzgándose desdeñado se dejó dominar por un aciago pesimismo, por una timidez extraña y agorera. Callado, pesaroso, replegado sobre su pasión, vió como pasaban los días inútiles para su pesadumbre mientras contaba Ángeles, con desconsuelo, las horas de su madre, que declinaba lentamente, en resignada agonía, y llegaba de Cuba Don Felipe Ortega para asistir a la muerte de su esposa, muchos años martirizada por la inconsciencia y el desamor.

Era aquel un hombre veleidoso, tierra liviana y estéril donde no arraigaban los sentimientos ni fructificaban los buenos propósitos. Se había casado con una señorita rica y bella que no detuvo mucho tiempo en sus brazos al tornadizo señor. Pretextos de negocios le alejaron de su hogar apenas transcurrido el breve plazo de una efímera luna de miel, y de uno en otro engaño, humillante para la abandonada compañera, acabó por establecerse en Cuba, entretenido en capricho tráfico mercantil y en licenciosas diversiones.

Padeció la mujer con altivo silencio aquella imperdonable deserción, y los íntimos pesares dañaron pronto el cuerpo delicado de la señora, que, aquejada de incurable dolencia, desalentada y vencida, fué a esconderse en su casa solariega del Encinar, consagrándose a la educación de su hija con ardor enfermizo y doloroso. Allí espigó la belleza de Ángeles entre lágrimas y suspiros; su gracia infantil adquirió una mansa expresión de melancolía, y sus divinos ojos, llenos de luz, tuvieron, siempre, ligeras inflexiones tristes hacia los cielos...

Cuando el descarriado esposo hubo pasado unos pocos días en su casa silenciosa del Encinar, donde la enferma gemía y la niña suspiraba, manifestó, con cruel hastío, su prisa por volver a ocuparse en Cuba de los negocios. Con egoísmo implacable, malhumorado y aburrido, parecía protestar de que la moribunda prolongase su agonía, y ella aterraba la frente llena de miedo por el porvenir de Ángeles, agarrándose con desesperada ansiedad a cada hora doliente de su vida. Ya en el instante supremo, con el impotente afán de proteger a su hija, y el espanto loco de abandonarla indefensa en poder de su padre, le tendió las manos, heladas por la muerte, balbuceando:

—¡Desgraciada... desgraciada!

Y al expirar dejó aquellas palabras lamentables flotando como trágica profecía sobre la inocente cabeza de la joven.


III

Lloraba Ángeles adolecida sobre la tumba reciente de su madre, cuando llegó al Encinar, causando general sorpresa, un mozo de mucho rumbo, jinete en magnífico potro jerezano, luciendo una arrogante figura y unos ojos azules que fulgían dominadores. Se llamaba Adolfo Serrano y era hijo de un socio de Ortega, para quien llevaba una visita. Fué recibido con muchas demostraciones de aprecio, y detenido con reserva y solemnidad. Al cabo de la entrevista, llamó a su hija Don Felipe y la presentó al forastero con orgullo.

Aquella misma tarde, Ángeles y Adolfo, inclinados en el ancho alféizar de una ventana, coloquiaban mirándose en adorable secreto de enamorados, y Don Felipe Ortega sonreía complacido por el éxito de una combinación de antemano premeditada, que le permitía regresar a Cuba en un plazo corto, libre de la tutela de la niña y aparentando la satisfacción de haber cumplido los sagrados deberes paternales.

Padeció la muchacha como una fascinación aquel amor inesperado, sintiendo en las miradas de Adolfo un enardecimiento de conquista que la subyugaba, y en su voz caliente un imperio extraño que la hacía temblar y confundirse en inexplicables emociones de amor y de temor.

Una ansiedad nueva se levantó en su pecho; secáronse sus lágrimas como a impulso de enérgico mandato, y pareció distraerse, curiosa, hacia la tierra, la nostalgia del cielo, escondida en sus ojos.


Durante los días de impacientes dudas que pasó Alcázar en su torre, enamorado y afligido, trató de endurecer su existencia hasta poder avenirse con las costumbres que en el Encinar usaban los mozos, parados a la sombra de raras tradiciones, rudas y primitivas.

Hallaba el señorito un singular placer en bajar hasta la vida humilde de aquellos hombres y hacerla suya, buscando con avaricia los latidos firmes y bruscos del corazón del pueblo. Sediento de emociones nuevas, en una febril inquietud espiritual, tocaba con sensuales deleites las diversiones en que la mocedad varonil de la aldea ponía el alma, brava y sencilla. Y poco a poco, primero en una noche de bullicio, luego en una deshoja trasnochada, después en una hoguera salvaje, el noble heredero de Alcázar llegó a fraternizar entre los mozos del poblado hasta entonar con maestría el clásico ijujú en las rondas de los galanes, y empuñar con fiereza el palo contra los rondadores forasteros. Agazapado a la vera de una tapia en bando aguerrido, con bufanda de flecos y rústica boina, Julián de Alcázar sentía un tónico refrigerio en el atormentado corazón, como si una brisa montaraz le reanimase con viril empuje de libre naturaleza. Hízose entonces muy popular en la comarca, donde se supo que el señorito de la torre, diestro cazador y hábil montero, tenía firmes los puños y sereno el ánimo.

A la vez que temor y respeto se le tuvo cariño, y él acertó a ser mozo aldeano con hidalga llaneza señoril, sin usar de la supremacía que le pudieran conceder en la aldea su fortuna y su valimiento. No disputó jamás la novia a un enamorado ni dejó de ser nunca generoso: quiso únicamente distraer sus pesares y saciar su curiosidad de sensaciones.

Codiciando todos los mozos la intimidad con el señorito, tres de ellos se le habían aproximado con particular adhesión y formaban con él «una piña» constante en las cacerías y en las rondas como en los tranquilos paseos de los días de fiesta.

Así juntos, pacíficos y acordes, habían seguido los pasos de Ángeles Ortega después de la misa mayor en una pálida mañana del mes de Marzo. Y cuando la joven hubo franqueado los umbrales de su hogar, se quedaron los cuatro mozos frente a la casa, bajo los nogales de la bolera, detenidos por misteriosa atracción, tal vez por mortificante inquietud.

Era Julián de Alcázar el que menos disimulaba su impaciencia en el incógnito afán, y, por último, rompió el secreto de aquella zozobra para decir, señalando hacia la casa:

—¿Sabéis a qué hora «viene»?

Lecio, el más tosco de la pandilla, respondió con mucha seguridad:

—«Viene» a la caída de la tarde.

—Pues aquí estaremos cuando «llegue»—repuso con firmeza el señorito.

—Aquí estaremos—dijo Fidel Salcedo, un poco temblorosa la voz.

Lecio mascullaba:

—¡Claro que sí!

Y el más joven de todos, uno a quien llamaban el Estudiante, aprobó con la cabeza muy ensimismado.

Después de una pausa añadió colérico Julián:

—¡Lo que es «ése» no se la lleva!

—¡Qué se la ha de llevar, hombre!—prometió Lecio apretando los puños.

Y con acento de reproche murmuró Fidel:

—¡Si yo fuese Julián de Alcázar!...

—¿Qué harías?—preguntó huraño el aludido.

—¡Me la llevaría yo!

El señorito de la torre, con despecho y enojo, contestó:

—Eso se dice fácilmente...

Los tres hombres le miraron confusos y en los ojos zarcos de el Estudiante brilló un ardiente destello de alegría.

Por temor a que la curiosidad hiciese indiscretos a sus camaradas, cambió Julián el curso de la conversación, anunciando:

—Para entretener la tarde, subiremos al bosque con las escopetas hasta la puesta del sol.

Asintieron los otros, y, citándose en la torre de Alcázar, se alejaron por distintas veredas.

Iba el Estudiante con tácito andar volviendo los ojos hacia los balcones de Ángeles, y su corazón de niño repetía con pesarosa complacencia:

—¡Aunque yo fuese Julián de Alcázar, tampoco habría esperanza para mí!...


IV

Ceñuda, abandonada a los brazos ambiciosos de la hiedra, coronada de helecho y jaramago, la torre de Alcázar señoreaba la selva en bizarra composición con el agreste país. Al pasar la brisa entre los árboles centenarios y sobre el edificio adusto, se tornaba quejosa y llorante, remedando en ocasiones acentos de amenaza y desolación.

En aquel indómito ambiente de montaña iba adquiriendo el alma de Julián apariencias de hurañía y bravura. El íntimo contacto con la rústica soledad endurecía su existencia, y aquella misma tarde su corazón, mortificado, vagaba por veredas y cumbres, anheloso de calmar el acelerado latido sobre el regazo saludable de la tierra virgen, en las gloriosas libertades de la serranía.

Tumbado en el musgo fonje de la selva, bajo la enramada floreciente, esperaba Julián a sus compañeros.

El primero en llegar fué el Estudiante, un muchacho de aspecto infantil, rubio y flaco, raquítico brote de la dura mocedad aldeana. Hijo de un soldado ascendido a oficial y de una señora pobre, un poco hidalga, un poco altiva, César Garrido era una rara mezcla de señor y plebeyo, y le llamaban el Estudiante, porque, a duras penas, con abnegados esfuerzos de su madre, viuda, estaba haciendo desde el rincón del Encinar la carrera de Leyes. Vestido con pobreza vergonzante, bajo su apariencia delicada y tímida había gérmenes de heroísmo romántico y arranques belicosos de guerrero.

Sentía Julián de Alcázar un afecto creciente hacia aquel muchachito que se ruborizaba como una doncella, que hacía versos anónimos, y entonaba en las rondas, con voz insinuante, las bellas coplas de su musa campesina.

También el Estudiante se había aficionado mucho al trato ameno del señorito de la torre. Y tal vez los dos mozos supieron aquel día cómo la mutua inclinación de sus voluntades se apoyaba en la comunidad de un dolor oculto y desesperado.

Detrás de César subía hacia la torre Fidel Salcedo, con la escopeta al hombro, caído sobre la frente el sombrero cordobés. Recién llegado de Andalucía, después de algunos años de ausencia, era Fidel un jándalo de alto copete sin dejar de ser un rústico norteño. Alegre y bravucón, dadivoso y galante, rentista y labrantín, y buen mozo por añadidura, le miraban bien en la comarca las niñas casaderas más recomendables. Y pensando él, seriamente, en buscar una esposa que coronara su dicha, estremecíase ante la tentación de una sola imagen: ¡Ángeles Ortega!... Pero había meditado, receloso, en la obscuridad de su origen y en la rudeza de su educación, y suspiraba muchas veces en secreto aquella frase expresiva que por la mañana se le escapó de los labios: «—¡Si yo fuese Julián de Alcázar!...»


V

Los cazadores hoy no tienen prisa: tirados con pereza en el mantillo suave del bosque, esperan a Lecio, que llega poco después, a paso veloz, terciando con arrogancia la escopeta.

—Te habrás entretenido con la novia—le dicen.

Y con aire de ufanía responde:

—Una miaja de palique a la salida del Rosario..., y luego aquí en cuatro brincos.

—¿Y qué te cuenta Isabel «del asunto»?—insinúa Alcázar.

—Pues lo de siempre: que Don Felipe está muy contento con la boda; que también lo está la señorita... y que también lo está el novio... En fin: ¡que «estamos todos» muy contentos!

—¡Ya se verá lo que dura esa alegría!—augura, bronca, la voz de Fidel, con acento andaluz.

El Estudiante le está preguntando a una margarita silvestre:

¿Mucho?... ¿Poco?... ¿Nada?...

Ya deshecha la florecilla adivinadora, tira el mozo, con desdén, el tallo escueto, y se queda mirando cómo una pareja de mariposas blancas glorifica en la dulzura de la brisa su breve existencia de un día de sol. Piensa que para amar y gozar en divina alianza, con libre triunfo, un solo día vale por una vida entera.

Las mariposas enamoradas se pierden en errantes giros y los muchachos se han puesto de pie.

Dando cara a la torre, erguida en el fondo de la selva, lanza Julián al aire un silbido, y casi en seguida se abre una puerta en el muro espeso de la fachada y dos perros saltan jubilosos hacia los cazadores: son setters de raza pura, negro el uno, rojo el otro.

Se interna el grupo dentro del bosque, en animada charla, asegurando que el novio de Ángeles Ortega no volverá más al Encinar.

—La de esta noche será la última visita—profetiza Fidel, muy jaque.

Hosca y amarga recomienda la voz de Julián:

—Ni piedras ni tiros: ¡a palo seco!...

Lecio repite la frase subrayada con un juramento que rueda por el monte con bárbaro son; y el Estudiante apaga en sus cándidos ojos un relámpago sombrío para mirar a las mariposas blancas que otra vez le salen al paso: mecidas entre los cañones hostiles de las escopetas, ponen en el aire una nota de poesía y candor... También Alcázar las mira, conmovido, y le parecen dos capullos flotantes de simbólico azahar, mientras que a César le parecían dos lágrimas, puras, de mujer.

Bajo el parpadeo de aquellas alas milagrosas, Fidel y Lecio profieren con alarde brutal:

—Si «el tío» nos hace frente, le acaldamos.

—Y si huye es para no volver por aquí en jamás de los jamases...

Era César Garrido un cazador platónico que no llevaba nunca escopeta. Él conocía muy bien el sitio donde cantaban las codornices, donde los corzos y los rebecos tenían sus guaridas, y había ido muchas veces a la caza del oso y del jabalí bajo la precaución de un revólver que guardaba en el bolsillo. Le enardecía el latir de los perros y el fogonazo de las armas, pero no se sabía que jamás hubiese disparado un solo tiro, y empalidecía, trémulo, cuando un ave herida agonizaba con el vuelo roto y las plumas sangrientas. Esta pasiva actuación en las cacerías le valió algunas burlas, algunas alusiones mortificantes acerca de su «sensibilidad»; bromas que escuchaba con sonrisa impasible, en silencio quizá desdeñoso; pero desde que guapeaba en el bando del señorito de la torre, nadie volvió a poner en duda su valentía.

Aquella tarde sólo una vez hicieron muestra los perros, en el descampado del bosque, y la codorniz levantada se defendió peonando entre las árgomas floridas, hasta que, al fin, voló para caer alicortada por un certero disparo de Julián. La portó el setter negro, muy alegre, y Lecio la colgó, por las patas, del gatillo de su escopeta.

Fidel, belicoso, un poco aburrido, se entretuvo en tirar a los gorriones sin encañonarlos ni por casualidad; bajó el retumbo de las detonaciones hasta el poblado, con rumor de pelea y exterminio, mientras las horas transcurrían lentas para los cazadores en la paz augusta de la montaña.

Y al ponerse el sol en un horizonte bermejo, detrás de la arbolada serranía, Alcázar y los suyos descendieron al Encinar, desazonados y ansiosos, en traza de ronda.

Pero Adolfo Serrano llegó con suerte al pueblo aquella tarde. Aparecióse en el camino llevando el caballo de la brida, arrogante al lado de su novia, y detrás de la airosa pareja Don Felipe, muy complaciente, entretenía su paseo con la lectura de un periódico.

Los de la ronda les vieron pasar con inútil furor: Ángeles Ortega era una égida poderosa para el galán conquistador de los ojos azules.


VI

Chasqueados los rondadores, acordaron averiguar la hora en que Serrano salía del pueblo, y Lecio aseguró que él volvería con la noticia en un periquete.

Dió una vuelta en torno a la casa de su novia y silbó un aire convenido.

En una ventanita baja apareció al momento el garrido busto de Isabel.

—Temprano andáis de ronda—dijo placentera la joven.

—Más ha madrugado el doncel de la tu señorita, que ya está en el nidal.

—Sí; ahora vino: ella fué a encontrarle con el señor dando un paseo.

—Y, ¿hasta qué hora cortejan?

—Hasta las nueve o poco más.

—¡Parece mentira que la señorita Ángeles dé cara a un forastero!

—¡Si en el pueblo no hay quien la pretenda!

—¿Qué no hay?... ¡Pues no digo nada!... Ahí está, el primero, el señorito de la torre, muerto por sus pedazos.

—¿Don Julián?... Nunca le vi cortejarla.

—Porque ella no habrá querido; pero yo sé que se perece por la niña.

—¿Te lo ha dicho él?

—Esas cosas no se dicen cuando están a las claras... Don Julián es mozo noble, campechano, valiente si los hay, rico y nacido en buena cuna... ¡Hubiera hecho guapa boda con la señorita!...