[Libro I]

[Libro II]

[Libro III]

[Libro IV]

[Apéndices al tomo I]

Historia del levantamiento, guerra y revolución de España (1 de 5)

Nota de transcripción

  • Los errores de imprenta han sido corregidos.
  • La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.
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  • Las páginas en blanco han sido eliminadas.

HISTORIA

DEL

Levantamiento, Guerra y Revolución

de España.


HISTORIA

DEL

Levantamiento, Guerra y Revolución

DE ESPAÑA

POR

EL CONDE DE TORENO.

TOMO I.

Madrid:

IMPRENTA DE DON TOMÁS JORDÁN,

1835.

... quis nescit, primam esse historiæ legem, ne quid falsi dicere audeat? deinde ne quid veri non audeat? ne qua suspicio gratiæ sit in scribendo? ne qua simultatis?

Cicer., De Oratore, lib. 2, c. 15.

RESUMEN

DEL

LIBRO PRIMERO.

Turbación de los tiempos. — Flaqueza de España. — Política de Francia. — Paz de Presburgo. — Destronamiento de la casa de Nápoles. — Tratos de paz con Inglaterra. — Rómpense estas negociaciones. — También otras con Rusia. — Preparativos de guerra. — Tropas españolas que van a Toscana. — Izquierdo: dinero que da a Napoleón. — Enfado del príncipe de la Paz contra Napoleón. — Sus sospechas. — Piensa ligarse con Inglaterra. — Envía allá a Don Agustín de Argüelles. — Proclama del 5 de octubre. — Discúlpase con Napoleón. — Proyectos contra España. — Los dos partidos que dividen el palacio español. — Entretiénese a Izquierdo en París. — Mr. de Beauharnais embajador de Francia en Madrid. — Secretos manejos con el partido del príncipe de Asturias. — Tropas españolas que van al Norte. — Paz de Tilsit. — Tropas francesas que se juntan en Bayona. — Portugal. — Notas de los representantes de España y Francia en Lisboa. — Se retiran de aquella corte. — 18 de octubre de 1807 cruza el Bidasoa la primera división francesa. — 27 de octubre, tratado de Fontainebleau. — Causa del Escorial. — Marcha de Junot hacia Portugal. — Entrada en Portugal, 19 de noviembre de 1807. — Llegada a Abrantes, 23 de noviembre. — Proclama del príncipe regente de Portugal, 22 de noviembre. — Instancia de Lord Strangford para que se embarque. — 29 de noviembre da la vela la familia real portuguesa. — 30 de noviembre, entrada de Junot en Lisboa. — Entrada de los españoles en Portugal. — 16 de noviembre, viaje de Napoleón a Italia. — Reina de Etruria. — Carta de Carlos IV a Napoleón. — Dudas de Napoleón sobre su conducta respecto de España. — 22 de diciembre, Dupont en Irún. — 9 de enero de 1808, entrada del cuerpo de Moncey. — 24 de id., publicaciones del Monitor. — 1.º de febrero de 1808, proclama de Junot. — Forma nueva regencia, de que se nombra presidente. — Gravosa contribución extraordinaria. — Envía a Francia una división portuguesa. — 16 de febrero, toma de la ciudadela de Pamplona. — Entra Duhesme en Cataluña. — Llega a Barcelona. — 28 de febrero, sorpresa de la ciudadela de Barcelona. — Id. sorpresa de Monjuich. — 18 de marzo, ocupación de San Fernando de Figueras. — 5 de marzo, entrega de San Sebastián. — 7 de febrero, orden para que la escuadra de Cartagena vaya a Toulon. — Desasosiego de la corte de Madrid. — Conducta ambigua de Napoleón. — Sobresalto del príncipe de la Paz. — Llegada a Madrid de Izquierdo. — Sale Izquierdo el 10 de marzo para París. — Tropas francesas que continuaron entrando en España. — Murat nombrado general en jefe del ejército francés en España. — Piensa la corte de Madrid en partir para Andalucía. — Providencias que toma.

HISTORIA

DEL

LEVANTAMIENTO, GUERRA Y REVOLUCIÓN

de España.

LIBRO PRIMERO.


Turbación
de los tiempos.

La turbación de los tiempos, sembrando por el mundo discordias, alteraciones y guerras, había estremecido hasta en sus cimientos antiguas y nombradas naciones. Empobrecida y desgobernada España, hubiera al parecer debido antes que ninguna ser azotada de los recios temporales que a otras habían afligido y revuelto. Pero viva aún la memoria de su poderío, apartada al ocaso y en el continente Europeo postrera de las tierras, habíase mantenido firme y conservado casi intacto su vasto y desparramado imperio. No poco y por desgracia habían contribuido a ello la misma condescendencia y baja humillación de su gobierno, Flaqueza
de España. que ciegamente sometido al de Francia, fuese democrático, consular o monárquico, dejábale este disfrutar en paz hasta cierto punto de aparente sosiego, con tal que quedasen a merced suya las escuadras, los ejércitos y los caudales que aún restaban a la ya casi aniquilada España.

Política
de Francia.

Mas en medio de tanta sumisión, y de los trastornos y continuos vaivenes que trabajaban a Francia, nunca habían olvidado sus muchos y diversos gobernantes la política de Luis XIV, procurando atar al carro de su suerte la de la nación española. Forzados al principio a contentarse con tratados que estrechasen la alianza, preveían no obstante que cuanto más onerosos fuesen aquellos para una de las partes contratantes, tanto menos serían para la otra estables y duraderos.

Menester pues era que para darles la conveniente firmeza se aunasen ambas naciones, asemejándose en la forma de su gobierno, o confundiéndose bajo la dirección de personas de una misma familia, según que se mudaba y trastrocaba en Francia la constitución del estado. Así era que apenas aquel gabinete tenía un respiro, susurrábanse proyectos varios, juntábanse en Bayona tropas, enviábanse expediciones contra Portugal, o aparecían muchos y claros indicios de querer entrometerse en los asuntos interiores de la península hispana.

Crecía este deseo ya tan vivo a proporción que las armas francesas afianzaban fuera la prepotencia de su patria, y que dentro se restablecían la tranquilidad y buen orden. A las claras empezó a manifestarse cuando Napoleón ciñendo sus sienes con la corona de Francia, fundadamente pensó que los Borbones sentados en el solio de España mirarían siempre con ceño, por sumisos que ahora se mostrasen, al que había empuñado un cetro que de derecho correspondía al tronco de donde se derivaba su rama. Paz de Presburgo. Confirmáronse los recelos del francés después de lo ocurrido en 1805, al terminarse la campaña de Austria con la paz de Presburgo.

Destronamiento
de la casa
de Nápoles.

Desposeído por entonces de su reino Fernando IV de Nápoles, hermano de Carlos de España, había la corte de Madrid rehusado durante cierto tiempo asentir a aquel acto y reconocer al nuevo soberano José Bonaparte. Por natural y justa que fuese esta resistencia, sobremanera desazonó al emperador de los franceses, quien hubiera sin tardanza dado quizá señales de su enojo, si otros cuidados no hubiesen fijado su mente y contenido los ímpetus de su ira.

En efecto la paz ajustada con Austria estaba todavía lejos de extenderse a Rusia, y el gabinete prusiano, de equívoca e incierta conducta, desasosegaba el suspicaz ánimo de Napoleón. Si tales motivos eran obstáculo para que este se ocupase en cosas de España, lo fueron también por extremo opuesto las esperanzas de una pacificación general, nacidas de resultas de la muerte de Pitt. Tratos de paz
con Inglaterra. Constantemente había Napoleón achacado a aquel ministro, finado en enero de 1806, la continuación de la guerra, y como la paz era el deseo de todos hasta en Francia, forzoso le fue a su jefe no atropellar opinión tan acreditada, cuando había cesado el alegado pretexto, y entrado a componer el gabinete inglés Mr. Fox y Lord Grenville con los de su partido.

Juzgábase que ambos ministros, sobre todo el primero, se inclinaban a la paz, y se aumentó la confianza al ver que después de su nombramiento se había entablado entre los gobiernos de Inglaterra y Francia activa correspondencia. Dio principio a ella Fox valiéndose de un incidente que favorecía su deseo. Las negociaciones duraron meses, y aun estuvieron en París como plenipotenciarios los Lores Yarmouth y Lauderdale. Dificultoso era en aquella sazón un acomodamiento a gusto de ambas partes. Napoleón en los tratos mostró poco miramiento respecto de España, pues entre las varias proposiciones hizo la de entregar la isla de Puerto Rico a los ingleses, y las Baleares a Fernando IV de Nápoles, en cambio de la isla de Sicilia que el último cedería a José Bonaparte.

Correspondió el remate a semejantes propuestas, a las que se agregaba el irse colocando la familia de Bonaparte en reinos y estados, como también el establecimiento de la nueva y famosa confederación del Rin. Rómpense estas
negociaciones. Rompiéronse pues las negociaciones, anunciando Napoleón como principal razón la enfermedad de Fox y su muerte acaecida en setiembre de 1806. También otras
con Rusia. Por el mismo término caminaron las entabladas también con Rusia, habiendo desaprobado públicamente el emperador Alejandro el tratado que a su nombre había en París concluido su plenipotenciario Mr. d’Oubril.

Aun en el tiempo en que andaban las pláticas de paz, dudosos todos y aun quizá poco afectos a su conclusión, Preparativos
de guerra. se preparaban a la prosecución de la guerra. Rusia y Prusia ligábanse en secreto, y querían que otros estados se uniesen a su causa. Napoleón tampoco se descuidaba, y aunque resentido por lo de Nápoles con el gabinete de España, disimulaba su mal ánimo, procurando sacar de la ciega sumisión de este aliado cuantas ventajas pudiese.

Tropas
españolas que
van a Toscana.

De pronto, y al comenzar el año de 1806, pidió que tropas españolas pasasen a Toscana a reemplazar las francesas que la guarnecían. Con eso lisonjeando a las dos cortes, a la de Florencia porque consideraba como suya la guardia de españoles, y a la de Madrid por ser aquel paso muestra de confianza, conseguía Napoleón tener libre más gente, y al mismo tiempo acostumbraba al gobierno de España a que insensiblemente se desprendiese de sus soldados. Accedió el último a la demanda, y en principios de marzo entraron en Florencia de 4 a 5000 españoles mandados por el teniente general Don Gonzalo Ofárril.

Izquierdo:
dinero que da
a Napoleón.

Como Napoleón necesitaba igualmente otro linaje de auxilios, volvió la vista para alcanzarlos a los agentes españoles residentes en París. Descollaba entre todos Don Eugenio Izquierdo, hombre sagaz, travieso y de amaño, a cuyo buen desempeño estaban encomendados los asuntos peculiares de Don Manuel Godoy, príncipe de la Paz, disfrazados bajo la capa de otras comisiones. En vano hasta entonces se había desvivido dicho encargado por sondear respecto de su valedor los pensamientos del Emperador de los franceses. Nunca había tenido otra respuesta sino promesas y palabras vagas. Mas llegó mayo de 1806, y creciendo los apuros del gobierno francés para hacer frente a los inmensos gastos que ocasionaban los preparativos de guerra, reparó este en Izquierdo, y le indicó que la suerte del príncipe de la Paz merecería la particular atención de Napoleón, si se le acudía con socorros pecuniarios. Gozoso Izquierdo y lleno de satisfacción, brevemente y sin estar para ello autorizado, aprontó 24 millones de francos [*](* Ap. n. [1-1].) pertenecientes a la caja de consolidación de Madrid, según convenio que firmó el 10 de mayo. Aprobó el de la Paz la conducta de su agente, y contando ya con ser ensalzado a más eminente puesto en trueque del servicio concedido, hizo que en nombre de Carlos IV se confiriesen en 26 del mismo mayo [*](* Ap. n. [1-2].) a dicho Izquierdo plenos poderes para que ajustase y concluyese un tratado.

Pero Napoleón, dueño de lo que quería y embargados sus sentidos con el nublado que del norte amagaba, difirió entrar en negociación hasta que se terminasen las desavenencias con Prusia y Rusia. Ofendió la tardanza al príncipe de la Paz, Enfado del
príncipe de la Paz
contra Napoleón. receloso en todos tiempos de la buena fe de Napoleón, y temió de él nuevos engaños. Afirmáronle en sus sospechas diversos avisos que por entonces le enviaron españoles residentes en París; opúsculos y folletos que debajo de mano fomentaba aquel gobierno, Sus sospechas. y en que se anunciaba la entera destrucción de la casa de Borbón, y en fin el dicho mismo del emperador de que «si Carlos IV no quería reconocer a su hermano por rey de Nápoles, su sucesor le reconocería.»

Tal cúmulo de indicios que progresivamente vinieron a despertar las zozobras y el miedo del valido español, se acrecentaron con las noticias e informes que le dio Mr. de Strogonoff nombrado ministro de Rusia en la corte de Madrid, quien había llegado a la capital de España en enero de 1806.

Animado el príncipe de la Paz con los consejos de dicho ministro, y mal enojado contra Napoleón, Piensa ligarse
con Inglaterra. inclinábase a formar causa común con las potencias beligerantes. Pareciole no obstante ser prudente, antes de tomar resolución definitiva, buscar arrimo y alianza en Inglaterra. Siendo el asunto espinoso y pidiendo sobre todo profundo sigilo, determinó enviar a aquel reino un sujeto que dotado de las convenientes prendas, no excitase el cuidado del gobierno de Francia. Envía allí
a Don Agustín
de Argüelles. Recayó la elección en Don Agustín de Argüelles que tanto sobresalió años adelante en las cortes congregadas en Cádiz. Rehusaba el nombrado admitir el encargo por proceder de hombre tan desestimado como era entonces el príncipe de la Paz; pero instado por Don Manuel Sixto Espinosa, director de la consolidación, con quien le unían motivos de amistad y de reconocimiento, y vislumbrando también en su comisión un nuevo medio de contribuir a la caída del que en Francia había destruido la libertad pública, aceptó al fin el importante encargo confiado a su celo.

Ocultose a Argüelles [*] (* Ap. n. [1-3].) lo que se trataba con Strogonoff, y tan solo se le dio a entender que era forzoso ajustar paces con Inglaterra si no se quería perder toda la América en donde acababa de tomar a Buenos Aires el general Beresford. Recomendose en particular al comisionado discreción y secreto, y con suma diligencia saliendo de Madrid a últimos de setiembre, llegó a Lisboa sin que nadie, ni el mismo embajador conde de Campo-Alange, trasluciese el verdadero objeto de su viaje. Disponíase Don Agustín de Argüelles a embarcarse para Inglaterra, cuando se recibió en Lisboa una desacordada proclama del príncipe de la Paz, fecha 5 de octubre,[*] Su proclama
de 5 de octubre.
(* Ap. n. [1-4].) en la que apellidando la nación a guerra sin designar enemigo, despertó la atención de las naciones extrañas, principalmente de Francia. Desde entonces miró Argüelles como inútil la continuación de su viaje y así lo escribió a Madrid; mas sin embargo ordenósele pasar a Londres, en donde su comisión no tuvo resulta, así por repugnar al gobierno inglés tratos con el príncipe de la Paz, ministro tan desacreditado e imprudente, como también por la mudanza que en dicho príncipe causaron los sucesos del norte.

Allí Napoleón habiendo abierto la campaña en octubre de 1806, en vez de padecer descalabros había entrado victorioso en Berlín, derrotando en Jena al ejército prusiano. Discúlpase
con Napoleón. Al ruido de sus triunfos, atemorizada la corte de Madrid y sobre todo el privado, no hubo medio que no emplease para apaciguar el entonces justo y fundado enojo del emperador de los franceses, quien no teniendo por concluida la guerra en tanto que la Rusia no viniese a partido, fingió quedar satisfecho con las disculpas que se le dieron, y renovó aunque lentamente las negociaciones con Izquierdo.

Proyectos
contra España.

Mas no por eso dejaba de meditar cuál sería el más acomodado medio para posesionarse de España, y evitar el que en adelante se repitiesen amagos como el del 5 de octubre. Columbró desde luego ser para su propósito feliz incidente andar Los dos partidos
que dividen el
palacio español. aquella corte dividida entre dos parcialidades, la del príncipe de Asturias y la de Don Manuel Godoy. Habían nacido estas de la inmoderada ambición del último, y de los temores que había infundido ella en el ánimo del primero. Sin embargo estuvieron para componerse y disiparse en el tiempo en que había resuelto el de la Paz unirse con Inglaterra y las otras potencias del norte; creyendo este con razón que en aquel caso era necesario acortar su vuelo, y conformarse con las ideas y política de los nuevos aliados. Para ello, y no exponer su suerte a temible caída, había el valido imaginado casar al príncipe de Asturias [viudo desde mayo de 1806] con Doña María Luisa de Borbón, hermana de su mujer Doña María Teresa, primas ambas del rey e hijas del difunto infante Don Luis. El pensamiento fue tan adelante que se propuso al príncipe el enlace. Mas Godoy veleidoso e inconstante, variadas que fueron las cosas del norte, mudó de dictamen volviendo a soñar en ideas de engrandecimiento. Y para que pasaran a realidad condecorole el rey en 13 de enero de 1807 con la dignidad de almirante de España e Indias, y tratamiento de Alteza.

Entretiénese
a Izquierdo
en París.

Veníale bien a Napoleón que se aumentase la división y el desorden en el palacio de Madrid. Atento a aprovecharse de semejante discordia, al paso que en París se traía entretenido a Izquierdo y al partido de Godoy, se despachaba a España para tantear el del príncipe de Asturias a Mr. de Beauharnais, Mr. de
Beauharnais
embajador
de Francia
en Madrid. quien como nuevo embajador presentó sus credenciales a últimos de diciembre de 1806. Empezó el recién llegado a dar pasos, mas fueron lentos hasta meses después que llevando visos de terminarse la guerra del norte, juzgó Napoleón que se acercaba el momento de obrar.

Presentósele, en la persona de Don Juan Escóiquiz, conducto acomodado para ayudar sus miras. Antiguo maestro del príncipe de Asturias, vivía como confinado en Toledo, de cuya catedral era canónigo y dignidad, y de donde por orden de S. A., con quien siempre mantenía secreta correspondencia, había regresado a Madrid en marzo de 1807. Conferenciose mucho entre él y sus amigos sobre el modo de atajar la ambición de Godoy, y sacar al príncipe de Asturias de situación que conceptuaban penosa y aun arriesgada.

Habían imaginado sondear al embajador de Francia, y de resultas supieron por Don Juan Manuel de Villena, gentil-hombre del príncipe de Asturias, y por Don Pedro Giraldo, brigadier de ingenieros, maestro de matemáticas del príncipe e infantes, y cuyos sujetos estaban en el secreto, hallarse Mr. de Beauharnais pronto a entrar en relaciones con quien S. A. indicase. Secretos manejos
con el partido
del príncipe
de Asturias. Dudose si la propuesta encubría o no engaño; y para asegurarse unos y otros, convínose en una pregunta y seña que recíprocamente se harían en la corte el príncipe y el embajador. Cerciorados de no haber falsedad y escogido Escóiquiz para tratar, presentó a este en casa de dicho embajador el duque del Infantado, con pretexto de regalarle un ejemplar de su poema sobre la conquista de Méjico. Entablado conocimiento entre Mr. de Beauharnais y el maestro del príncipe, avistáronse un día de los de julio y a las dos de la tarde en el Retiro. La hora, el sitio y lo caluroso de la estación les daba seguridad de no ser notados.

Hablaron allí sosegadamente del estado de España y Francia, de la utilidad para ambas naciones de afianzar su alianza en vínculos de familia, y por consiguiente de la conveniencia de enlazar al príncipe Fernando con una princesa de la sangre imperial de Napoleón. El embajador convino con Escóiquiz en los más de los puntos, particularmente en el último, quedando en darle posterior y categórica contestación. Siguiéronse a este paso otros más o menos directos, pero que nada tuvieron de importante hasta que en 30 de setiembre escribió Mr. de Beauharnais una carta a Escóiquiz, en la que rayando las expresiones de que no bastaban cosas vagas, sino que se necesitaba una segura prenda (une garantie), daba por lo mismo a entender que aquellas salían de boca de su amo. Movido de esta insinuación se dirigió el príncipe de Asturias en 11 de octubre al emperador francés, en términos que, según veremos muy luego, hubiera podido resultar grave cargo contra su persona.

Hasta aquí llegaron los tratos del embajador Beauharnais con Don Juan Escóiquiz, cuyo principal objeto se enderezaba a arreglar la unión del príncipe Fernando con una sobrina de la emperatriz, ofrecida después al duque de Aremberg. Todo da indicio de que el embajador obró según instrucciones de su amo; y si bien es verdad que este desconoció como suyos los procedimientos de aquel, no es probable que se hubiera Mr. de Beauharnais expuesto con soberano tan poco sufrido a dar pasos de tamaña importancia sin previa autorización. Pudo quizá excederse; quizá el interés de familia le llevó a proponer para esposa una persona con quien tenía deudo; pero que la negociación tomó origen en París lo acredita el haber después sostenido el emperador a su representante.

Tropas españolas
que van al Norte.

Sin embargo tales pláticas tenían más bien traza de entretenimiento que de seria y deliberada determinación. Íbale mejor al arrebatado temple de Napoleón buscar por violencia o por malos artes el cumplimiento de lo que su política o su ambición le sugería. Así fue que para remover estorbos e irse preparando a la ejecución de sus proyectos, de nuevo pidió al gobierno español auxilio de tropas; y conformándose Carlos IV con la voluntad de su aliado, decidió en marzo de 1807 que una división unida con la que estaba en Toscana, y componiendo juntas un cuerpo de 14.000 hombres, se dirigiese al norte de Europa.[*] (* Ap. n. [1-5].) De este modo menguaban cada día en España los recursos y medios de resistencia.

Entretanto Napoleón habiendo continuado con feliz progreso la campaña emprendida contra las armas combinadas de Prusia y Rusia, había en 8 de julio siguiente concluido la paz en Tilsit. Paz de Tilsit. Algunos se han figurado que se concertaron allí ambos emperadores ruso y francés acerca de asuntos secretos y arduos, siendo uno entre ellos el de dejar a la libre facultad del último la suerte de España. Hemos consultado en materia tan grave respetables personajes, y que tuvieron principal parte en aquellas conferencias y tratos. Sin interés en ocultar la verdad, y lejos ya del tiempo en que ocurrieron, han respondido a nuestras preguntas que no se había entonces hablado sino vagamente de asuntos de España; y que tan solo Napoleón quejándose con acrimonia de la proclama del príncipe de la Paz, añadía a veces que los españoles luego que le veían ocupado en otra parte, mudaban de lenguaje y le inquietaban.

Sea de ello lo que fuere, lo cierto es que con la paz asegurado Napoleón de la Rusia a lo menos por de pronto, pudo con más desahogo volver hacia el mediodía los inquietos ojos de su desapoderada ambición. Pensó desde luego disfrazar sus intentos con la necesidad de extender a todas partes el sistema continental [cuyas bases había echado en su decreto de Berlín de febrero del mismo año], y de arrancar a Inglaterra a su antiguo y fiel aliado el rey de Portugal. Era en efecto muy importante para cualquiera tentativa o plan contra la península someter a su dominio a Lisboa, alejar a los ingleses de los puertos de aquella costa, y tener un pretexto al parecer plausible con que poder internar en el corazón de España numerosas fuerzas.

Para dar principio a su empresa promovió muy particularmente las negociaciones entabladas con Izquierdo, y a la sombra de aquellas y del tratado que se discutía, Tropas francesas
que se juntan
en Bayona empezó en agosto de 1807 a juntar en Bayona un ejército de 25.000 hombres con el título de cuerpo de observación de la Gironda, nombre con que cautelosamente embozaba el gobierno francés sus hostiles miras contra la península española. Diose el mando de aquella fuerza a Junot, quien embajador en Portugal en 1805 había desamparado la pacífica misión para acompañar a su caudillo en atrevidas y militares empresas. Ahora se preparaba a dar la vuelta a Lisboa, no ya para ocupar su antiguo puesto, sino más bien para arrojar del trono a una familia augusta que le había honrado con las insignias de la orden de Cristo.

Portugal.

Aunque no sea de nuestro propósito entrar en una relación circunstanciada de los graves acontecimientos que van a ocurrir en Portugal, no podemos menos de darles aquí algún lugar como tan unidos y conexos con los de España. En París se examinaba con Izquierdo el modo de partir y distribuirse aquel reino, y para que todo estuviese pronto el día de la conclusión del tratado, además de la reunión de tropas a la falda del Pirineo, se dispuso que negociaciones seguidas en Lisboa abriesen el camino a la ejecución de los planes en que conviniesen ambas potencias contratantes. Notas de los
representantes de
España y Francia
en Lisboa. Comenzose la urdida trama por notas que en 12 de agosto pasaron el encargado de negocios francés Mr. de Rayneval y el embajador de España conde de Campo-Alange. Decían en ellas que tenían la orden de pedir sus pasaportes y declarar la guerra a Portugal si para el 1.º de setiembre próximo el príncipe regente no hubiese manifestado la resolución de romper con la Inglaterra, y de unir sus escuadras con las otras del continente para que juntas obrasen contra el común enemigo: se exigía además la confiscación de todas las mercancías procedentes de origen británico, y la detención como rehenes de los súbditos de aquella nación. El príncipe regente de acuerdo con Inglaterra respondió que estaba pronto a cerrar los puertos a los ingleses, y a interrumpir toda correspondencia con su antiguo aliado; mas que en medio de la paz confiscar todas las mercancías británicas, y prender a extranjeros tranquilos, eran providencias opuestas a los principios de justicia y moderación que le habían siempre dirigido. Se retiran
de aquella corte. Los representantes de España y Francia no habiendo alcanzado lo que pedían [resultado conforme a las verdaderas intenciones de sus respectivas cortes], partieron de Lisboa antes de comenzarse octubre, y su salida fue el preludio de la invasión.

Todavía no estaban concluidas las negociaciones con Izquierdo; todavía no se había cerrado tratado alguno, cuando Napoleón impaciente, lleno del encendido deseo de empezar su proyectada empresa, e informado de la partida de los embajadores, 18 de octubre:
cruza el Bidasoa
la primera
división francesa. dio orden a Junot para que entrase en España, y el 18 de octubre cruzó el Bidasoa la primera división francesa a las órdenes del general Delaborde, época memorable, principio del tropel de males y desgracias, de perfidias y heroicos hechos que sucesivamente nos va a desdoblar la historia. Pasada la primera división, la siguieron la segunda y la tercera mandadas por los generales Loison y Travot, con la caballería, cuyo jefe era el general Kellerman. En Irún tuvo orden de recibir y obsequiar a Junot Don Pedro Rodríguez de la Buria, encargo que ya había desempeñado en la otra guerra con Portugal. Las tropas francesas se encaminaron por Burgos y Valladolid hacia Salamanca, a cuya ciudad llegaron veinticinco días después de haber entrado en España. Por todas partes fueron festejadas y bien recibidas, y muy lejos estaban de imaginarse los solícitos moradores del tránsito la ingrata correspondencia con que iba a pagárseles tan esmerada y agasajadora hospitalidad.

Tocaron mientras tanto a su cumplido término las negociaciones que andaban en Francia, 27 de octubre,
tratado de
Fontainebleau.
(* Ap. n. [1-6].) y el 27 de octubre en Fontainebleau se firmó entre Don Eugenio Izquierdo y el general Duroc, gran mariscal de palacio del emperador francés, un tratado [*] compuesto de catorce artículos con una convención anexa comprensiva de otros siete. Por estos conciertos se trataba a Portugal del modo como antes otras potencias habían dispuesto de la Polonia, con la diferencia que entonces fueron iguales y poderosos los gobiernos que entre sí se acordaron, y en Fontainebleau tan desemejantes y desproporcionados, que al llegar al cumplimiento de lo pactado, repitiéndose la conocida fábula del león y sus partijas, dejose a España sin nada, y del todo quiso hacerse dueño su insaciable aliado. Se estipulaba por el tratado que la provincia de Entre-Duero-y-Miño se daría en toda propiedad y soberanía con título de Lusitania septentrional al rey de Etruria y sus descendientes, quien a su vez cedería en los mismos términos dicho reino de Etruria al emperador de los franceses; que los Algarbes y el Alentejo igualmente se entregarían en toda propiedad y soberanía al príncipe de la Paz, con la denominación de príncipe de los Algarbes, y que las provincias de Beira, Tras-os-Montes y Extremadura portuguesa quedarían como en secuestro hasta la paz general, en cuyo tiempo podrían ser cambiadas por Gibraltar, la Trinidad o alguna otra colonia de las conquistadas por los ingleses; que el emperador de los franceses saldría garante a S. M. C. de la posesión de sus estados de Europa al mediodía de los Pirineos, y le reconocería como emperador de ambas Américas a la conclusión de la paz general, o a más tardar dentro de tres años. La convención que acompañaba al tratado circunstanciaba el modo de llevar a efecto lo estipulado en el mismo: 25.000 hombres de infantería francesa y 3000 de caballería habían de entrar en España, y reuniéndose a ellos 8000 infantes españoles y 3000 caballos, marchar en derechura a Lisboa, a las órdenes ambos cuerpos del general francés, exceptuándose solamente el caso en que el rey de España o el príncipe de la Paz fuesen al sitio en que las tropas aliadas se encontrasen, pues entonces a estos se cedería el mando. Las provincias de Beira, Tras-os-Montes y Extremadura portuguesa debían ser administradas, y exigírseles las contribuciones en favor y utilidad de Francia. Y al mismo tiempo que una división de 10.000 hombres de tropas españolas tomase posesión de la provincia de Entre-Duero-y-Miño, con la ciudad de Oporto, otra de 6000 de la misma nación ocuparía el Alentejo y los Algarbes, y así aquella primera provincia como las últimas habían de quedar a cargo para su gobierno y administración de los generales españoles. Las tropas francesas, alimentadas por España durante el tránsito, debían cobrar sus pagas de Francia. Finalmente se convenía en que un cuerpo de 40.000 hombres se reuniese en Bayona el 20 de noviembre, el cual marcharía contra Portugal en caso de necesidad, y precedido el consentimiento de ambas potencias contratantes.

En la conclusión de este tratado Napoleón, al paso que buscaba el medio de apoderarse de Portugal, nuevamente separaba de España otra parte considerable de tropas, como antes había alejado las que fueron al norte, e introducía sin ruido y solapadamente las fuerzas necesarias a la ejecución de sus ulteriores y todavía ocultos planes, y lisonjeando la inmoderada ambición del privado español, le adormecía y le enredaba en sus lazos, temeroso de que desengañado a tiempo y volviendo de su deslumbrado encanto, quisiera acudir al remedio de la ruina que le amenazaba. Ansioso el príncipe de la Paz de evitar los vaivenes de la fortuna, aprobaba convenios que hasta cierto punto le guarecían de las persecuciones del gobierno español en cualquiera mudanza. Quizá veía también en la compendiosa soberanía de los Algarbes el primer escalón para subir a trono más elevado. Mucho se volvió a hablar en aquel tiempo del criminal proyecto que años atrás se aseguraba haber concebido María Luisa arrastrada de su ciega pasión, contando con el apoyo del favorito. Y no cabe duda que acerca de variar de dinastía se tanteó a varias personas, llegando a punto de buscar amigos y parciales sin disfraz ni rebozo. Entre los solicitados fue uno el coronel de Pavía Don Tomás de Jáuregui, a quien descaradamente tocó tan delicado asunto Don Diego Godoy: no faltaron otros que igualmente le promovieron. Mas los sucesos agolpándose de tropel, convirtieron en humo los ideados e impróvidos intentos de la ciega ambición.

Tal era el deseado remate a que habían llegado las negociaciones de Izquierdo, y tal había sido el principio de la entrada de las tropas francesas en la península, cuando un acontecimiento con señales de suma gravedad fijó en aquellos días la atención de toda España.

Causa
del Escorial

Vivía el príncipe de Asturias alejado de los negocios y solo, sin influjo ni poder alguno, pasaba tristemente los mejores años de su mocedad sujeto a la monótona y severa etiqueta de palacio. Aumentábase su recogimiento por los temores que infundía su persona a los que entonces dirigían la monarquía; se observaba su conducta, y hasta los más inocentes pasos eran atentamente acechados. Prorrumpía el príncipe en amargas quejas, y sus expresiones solían a veces ser algún tanto descompuestas. A ejemplo suyo los criados de su cuarto hablaban con más desenvoltura de lo que era conveniente, y repetidos, aun quizá alterados al pasar de boca en boca, aquellos dichos y conversaciones avivaron más y más el odio de sus irreconciliables enemigos. No bastaba sin embargo tan ligero proceder para empezar una información judicial; solamente dio ocasión a nuevo cuidado y vigilancia. Redoblados uno y otra, al fin se notó que el príncipe secretamente recibía cartas, que muy ocupado en escribir velaba por las noches, y que en su semblante daba indicio de meditar algún importante asunto. Era suficiente cualquiera de aquellas sospechas para despertar el interesado celo de los asalariados que le rodeaban, y una dama de la servidumbre de la reina le dio aviso de la misteriosa y extraña vida que traía su hijo. No tardó el rey en estar advertido, y estimulado por su esposa dispuso que se recogiesen todos los papeles del desprevenido Fernando. Así se ejecutó, y al día siguiente 29 de octubre, a las seis y media de la noche, convocados en el cuarto de S. M. los ministros del despacho y Don Arias Mon, gobernador interino del consejo, compareció el príncipe, se le sometió a un interrogatorio, y se le exigieron explicaciones sobre el contenido de los papeles aprehendidos. En seguida su augusto padre, acompañado de los mismos ministros y gobernador con grande aparato y al frente de su guardia, le llevó a su habitación, en donde después de haberle pedido la espada, le mandó que quedase preso, puestas centinelas para su custodia: su servidumbre fue igualmente arrestada.

Al ver la solemnidad y aun semejanza del acto, hubiera podido imaginarse el atónito espectador que en las lúgubres y suntuosas bóvedas del Escorial iba a renovarse la deplorable y trágica escena que en el alcázar de Madrid había dado al orbe el sombrío Felipe II; pero otros eran los tiempos, otros los actores y muy otra la situación de España.

Se componían los papeles hasta entonces aprehendidos al príncipe [*] (* Ap. n. [1-7].) de un cuadernillo escrito de su puño de algo más de doce hojas, de otro de cinco y media, de una carta de letra disfrazada y sin firma fecha en Talavera a 18 de marzo, y reconocida después por de Escóiquiz, de cifra y clave para la correspondencia entre ambos, y de medio pliego de números, cifras y nombres que en otro tiempo habían servido para la comunicación secreta de la difunta princesa de Asturias con la reina de Nápoles su madre. Era el cuadernillo de las doce hojas una exposición al rey, en la que después de trazar con colores vivos la vida y principales hechos del príncipe de la Paz, se le acusaba de graves delitos, sospechándole del horrendo intento de querer subir al trono y de acabar con el rey y toda la real familia. También hablaba Fernando de sus persecuciones personales, mencionando entre otras cosas el haberle alejado del lado del rey, sin permitirle ir con él a caza, ni asistir al despacho. Se proponían como medios de evitar el cumplimiento de los criminales proyectos del favorito, dar al príncipe heredero facultad para arreglarlo todo, a fin de prender al acusado y confinarle en un castillo. Igualmente se pedía el embargo de parte de sus bienes, la prisión de sus criados, de Doña Josefa Tudó y otros, según se dispusiese en decretos que el mismo príncipe presentaría a la aprobación de su padre. Indicábase como medida previa, y para que el rey Carlos examinase la justicia de las quejas, una batida en el Pardo o Casa de Campo, en que acudiese el príncipe, y en donde se oirían los informes de las personas que nombrase S. M., con tal que no estuviesen presentes la reina ni Godoy: asimismo se suplicaba que llegado el momento de la prisión del valido, no se separase el padre del lado de su hijo, para que los primeros ímpetus del sentimiento de la reina no alterasen la determinación de S. M.; concluyendo con rogarle encarecidamente que en caso de no acceder a su petición, le guardase secreto, pudiendo su vida si se descubriese el paso que había dado, correr inminente riesgo. El papel de cinco hojas y la carta eran como la anterior obra de Escóiquiz; se insistía en los mismos negocios, y tratando de oponerse al enlace antes propuesto con la hermana de la princesa de la Paz, se insinuaba el modo de llevar a cabo el deseado casamiento con una parienta del emperador de los franceses. Se usaban nombres fingidos, y suponiéndose ser consejos de un fraile, no era extraño que mezclando lo sagrado con lo profano se recomendase ante todo como así se hacía, implorar la divina asistencia de la Virgen. En aquellas instrucciones también se trataba de que el príncipe se dirigiese a su madre interesándola como reina y como mujer, cuyo amor propio se hallaba ofendido con los ingratos desvíos de su predilecto favorito. En el concebir de tan desvariada intriga ya despunta aquella sencilla credulidad y ambicioso desasosiego, de que nos dará desgraciadamente en el curso de esta historia sobradas pruebas el canónigo Escóiquiz. En efecto admira como pensó que un príncipe mozo e inexperto había de tener más cabida en el pecho de su augusto padre que una esposa y un valido, dueños absolutos por hábito y afición del perezoso ánimo de tan débil monarca. Mas de los papeles cogidos al príncipe, si bien se advertía al examinarlos grande anhelo por alcanzar el mando y por intervenir en los negocios del gobierno, no resultaba proyecto alguno formal de destronar al rey, ni menos el atroz crimen de un hijo que intenta quitar la vida a su padre. A pesar de eso fueron causa de que se publicase el famoso decreto de 30 de octubre, que como importante lo insertaremos a la letra. Decía pues: «Dios que vela sobre las criaturas no permite la ejecución de hechos atroces cuando las víctimas son inocentes. Así me ha librado su omnipotencia de la más inaudita catástrofe. Mi pueblo, mis vasallos todos conocen muy bien mi cristiandad y mis costumbres arregladas; todos me aman y de todos recibo pruebas de veneración, cual exige el respeto de un padre amante de sus hijos. Vivía yo persuadido de esta verdad, cuando una mano desconocida me enseña y descubre el más enorme y el más inaudito plan que se trazaba en mi mismo palacio contra mi persona. La vida mía que tantas veces ha estado en riesgo, era ya una carga para mi sucesor que preocupado, obcecado y enajenado de todos los principios de cristiandad que le enseñó mi paternal cuidado y amor, había admitido un plan para destronarme. Entonces yo quise indagar por mí la verdad del hecho, y sorprendiéndole en su mismo cuarto hallé en su poder la cifra de inteligencia e instrucciones que recibía de los malvados. Convoqué al examen a mi gobernador interino del consejo, para que asociado con otros ministros practicasen las diligencias de indagación. Todo se hizo, y de ella resultan varios reos cuya prisión he decretado, así como el arresto de mi hijo en su habitación. Esta pena quedaba a las muchas que me afligen; pero así como es la más dolorosa, es también la más importante de purgar, e ínterin mando publicar el resultado, no quiero dejar de manifestar a mis vasallos mi disgusto, que será menor con las muestras de su lealtad. Tendreislo entendido para que se circule en la forma conveniente. En San Lorenzo a 30 de octubre de 1807. — Al gobernador interino del consejo.» Este decreto se aseguró después que era de puño del príncipe de la Paz: así lo atestiguaron cuatro secretarios del rey, mas no obra original en el proceso.

Por el mismo tiempo escribió Carlos IV al emperador Napoleón dándole parte del acontecimiento del Escorial. En la carta después de indicarle cuán particularmente se ocupaba en los medios de cooperar a la destrucción del común enemigo [así llamaba a los ingleses], y después de participarle cuán persuadido había estado hasta entonces de que todas las intrigas de la reina de Nápoles [expresiones notables] se habían sepultado con su hija, entraba a anunciarle la terrible novedad del día. No solo le comunicaba el designio que suponía a su hijo de querer destronarle, sino que añadía el nuevo y horrendo de haber maquinado contra la vida de su madre, por cuyos enormes crímenes manifestaba el rey Carlos que debía el príncipe heredero ser castigado y revocada la ley que le llamaba a suceder en el trono, poniendo en su lugar a uno de sus hermanos; y por último concluía aquel monarca pidiendo la asistencia y consejos de S. M. I. La indicación estampada en esta carta de privar a Fernando del derecho de sucesión, tal vez encubría miras ulteriores del partido de Godoy y la reina; desbaratadas, si las hubo, por obstáculos imprevistos entre los cuales puede contarse una ocurrencia que debiendo agravar la suerte del príncipe y sus amigos, si la recta imparcialidad hubiera gobernado en la materia, fue la que salvó a todos ellos de un funesto desenlace. Dieron ocasión a ella los temores del real preso y el abatimiento en que le sumió su arresto.

El día 30 a la una de la tarde, luego que el rey había salido a caza pasó el príncipe un recado a la reina para que se dignase ir a su cuarto, o le permitiera que en el suyo le expusiese cosa del mayor interés: la reina se negó a uno y a otro, pero envió al marqués Caballero, ministro de Gracia y Justicia. Entonces bajo su firma declaró el príncipe haber dirigido con fecha de 11 de octubre una carta [la misma de que hemos hablado] al emperador de los franceses, y haber expedido en favor del duque del Infantado un decreto todo de su puño con fecha en blanco y sello negro, autorizándole para que tomase el mando de Castilla la Nueva luego que falleciese su padre: declaró además ser Escóiquiz el autor del papel copiado por S. A., y los medios de que se habían valido para su correspondencia: hubo de resultas varios arrestos. En la carta reservada a Napoleón le manifestaba el príncipe [*] (* Ap. n. [1-8].) «el aprecio y respeto que siempre había tenido por su persona, le apellidaba héroe mayor que cuantos le habían precedido; le pintaba la opresión en que le habían puesto; el abuso que se hacía del corazón recto y generoso de su padre; le pedía para esposa una princesa de su familia, rogándole que allanase las dificultades que se ofrecieran; y concluía con afirmarle que no accedería, antes bien se opondría con invencible constancia a cualquiera casamiento, siempre que no precediese el consentimiento y aprobación positiva de S. M. I. y R.» Estas declaraciones espontáneas en que tan gravemente comprometía el príncipe a sus amigos y parciales, perjudicáronle en el concepto de algunos; su edad pasaba de los veintitrés años; y ya entonces mayor firmeza fuera de desear en quien había de ceñirse las sienes con corona de reinos tan dilatados. El decreto expedido a favor del Infantado hubiera por sí solo acarreado en otros tiempos la perdición de todos los comprometidos en la causa; por nulas se hubieran dado las disculpas alegadas, y el temor de la próxima muerte de Carlos IV y los recelos de las ambiciosas miras del valido, antes bien se hubieran tenido como agravantes indicios que admitídose como descargos de la acusación. Semejantes precauciones de dudosa interpretación aun entre particulares, en los palacios son crímenes de estado cuando no llegan a cumplida ejecución y acabamiento. Con más razón se hubiera dado por tal la carta escrita a Napoleón; pero esta carta en que un príncipe, un español a escondidas de su padre y soberano legítimo se dirige a otro extranjero, le pide su apoyo, la mano de una señora de su familia, y se obliga a no casarse en tiempo alguno sin su anuencia; esta carta salvó a Fernando y a sus amigos.

No fue así en la causa de Don Carlos de Viana: aquel príncipe de edad de cuarenta años, sabio y entendido, amigo de Ausias March, con derecho inconcuso al reino de Navarra, creyó que no se excedía en dar por sí los primeros pasos para buscar la unión con una infanta de Castilla. Bastó tan ligero motivo para que el fiero Don Juan su padre le hiciese en su segunda prisión un cargo gravísimo por su inconsiderada conducta. Probó Don Carlos haber antes declarado que no se casaría sin preceder la aprobación de su padre: ni aun entonces se amansó la orgullosa altivez de Don Juan, que miraba la independencia y derechos de la corona atropellados y ultrajados por los tratos de su hijo.

Ahora en la sometida y acobardada corte del Escorial, al oír que el nombre de Napoleón andaba mezclado en las declaraciones del príncipe, todos se estremecieron y anhelaron poner término a tamaño compromiso: imaginándose que Fernando había obrado de acuerdo con el soberano de Francia, y que había osado con su arrimo meterse en la arriesgada empresa. El poder inmenso de Napoleón, y las tropas que habiendo empezado a entrar en España amenazaban de cerca a los que se opusiesen a sus intentos, arredraron al generalísimo Godoy, y resolvió cortar el comenzado proceso. Más y más debió confirmarle en su propósito un pliego que desde París [*] (* Ap. n. [1-9].) en 11 de noviembre le escribió Izquierdo. En él insertaba este una conferencia que había tenido con Champagny, en la cual el ministro francés exigió de orden del emperador que por ningún motivo ni razón, y bajo ningún pretexto se hablase ni se publicase en este negocio cosa que tuviese alusión al emperador ni a su embajador. Vacilante todavía el ánimo de Napoleón sobre el modo de ejecutar sus planes respecto de España, no quería aparecer a vista de Europa partícipe en los acontecimientos del Escorial.

Antes de recibir el aviso de Izquierdo, le fue bastante al príncipe de la Paz saber las nuevas declaraciones del real preso para pasar al sitio desde Madrid, en donde como amalado había permanecido durante el tiempo de la prisión. Hacía resolución con su viaje de cortar una causa, cuyo giro presentaba un nuevo y desagradable semblante: vio a los reyes, se concertó con ellos, y ofreció arreglar asunto tan espinoso. Yendo pues al cuarto del príncipe se le presentó como mediador, y le propuso que aplacase la cólera de sus augustos padres, pidiéndoles con arrepentimiento contrito el más sumiso perdón: para alcanzarle indicó como oportuno medio el que escribiese dos cartas cuyos borradores llevaba consigo. Fernando copió las cartas. Sus desgracias y el profundo odio que había contra Godoy no dejaron lugar a penosas reflexiones, y aun la disculpa halló cabida en ánimos exclusivamente irritados contra el gobierno y manejos del favorito. Ambas cartas se publicaron con el decreto de 5 de noviembre, y por lo curioso e importante de aquellos documentos merecen que íntegramente aquí se inserten. «La voz de la naturaleza [decía el decreto al consejo] desarma el brazo de la venganza, y cuando la inadvertencia reclama la piedad, no puede negarse a ello un padre amoroso. Mi hijo ha declarado ya los autores del plan horrible que le habían hecho concebir unos malvados: todo lo ha manifestado en forma de derecho, y todo consta con la escrupulosidad que exige la ley en tales pruebas: su arrepentimiento y asombro le han dictado las representaciones que me ha dirigido y siguen:

SEÑOR:

«Papá mío: he delinquido, he faltado a V. M. como rey y como padre; pero me arrepiento, y ofrezco a V. M. la obediencia más humilde. Nada debía hacer sin noticia de V. M.; pero fui sorprendido. He delatado a los culpables, y pido a V. M. me perdone por haberle mentido la otra noche, permitiendo besar sus reales pies a su reconocido hijo. — Fernando. — San Lorenzo 5 de noviembre de 1807.»

SEÑORA:

«Mamá mía: estoy muy arrepentido del grandísimo delito que he cometido contra mis padres y reyes, y así con la mayor humildad le pido a V. M. se digne interceder con papá para que permita ir a besar sus reales pies a su reconocido hijo. — Fernando. — San Lorenzo 5 de noviembre de 1807.»

»En vista de ellos y a ruego de la reina, mi amada esposa, perdono a mi hijo, y le volveré a mi gracia cuando con su conducta me dé pruebas de una verdadera reforma en su frágil manejo; y mando que los mismos jueces que han entendido en la causa desde su principio, la sigan, permitiéndoles asociados si los necesitaren, y que concluida me consulten la sentencia ajustada a la ley, según fuesen la gravedad de delitos y calidad de personas en quienes recaigan; teniendo por principio para la formación de cargos las respuestas dadas por el príncipe a las demandas que se le han hecho; pues todas están rubricadas y firmadas de mi puño, así como los papeles aprehendidos en sus mesas, escritos por su mano; y esta providencia se comunique a mis consejos y tribunales, circulándola a mis pueblos, para que reconozcan en ella mi piedad y justicia, y alivien la aflicción y cuidado en que les puso mi primer decreto; pues en él verán el riesgo de su soberano y padre que como a hijos los ama, y así me corresponden. Tendreislo entendido para su cumplimiento. — San Lorenzo 5 de noviembre de 1807.»

Presentar a Fernando ante la Europa entera como príncipe débil y culpado; desacreditarle en la opinión nacional, y perderle en el ánimo de sus parciales; poner a salvo al embajador francés, y separar de todos los incidentes de la causa a su gobierno, fue el principal intento que llevó Godoy y su partido en la singular reconciliación de padre e hijo. Alcanzó hasta cierto punto su objeto; mas el público aunque no enterado a fondo echaba a mala parte la solícita mediación del privado, y el odio hacia su persona en vez de mitigarse tomó nuevo incremento.

Para la prosecución de la causa contra los demás procesados nombró el rey en el día 6 una junta compuesta de Don Arias Mon, Don Sebastián de Torres y Don Domingo Campomanes, del consejo real, y señaló como secretario a Don Benito Arias Prada, alcalde de corte. El marqués Caballero, que en un principio se mostró riguroso, y tanto que habiendo manifestado delante de los reyes ser el príncipe por siete capítulos reo de pena capital, obligó a la ofendida reina a suplicarle que se acordase que el acusado era su hijo; el mismo Caballero arregló el modo de seguir la causa, y descartar de ella todo lo que pudiera comprometer al príncipe y embajador francés; rasgo propio de su ruin condición. Formada la sumaria fue elegido para fiscal de la causa Don Simón de Viegas, y se agregaron a los referidos jueces para dar la sentencia otros ocho consejeros. El fiscal Viegas pidió que se impusiese la pena de traidores señalada por la ley de partida a Don Juan Escóiquiz y al duque del Infantado, y otras extraordinarias por infidelidad en el ejercicio de sus empleos al conde de Orgaz, marqués de Ayerbe, y otras personas de la servidumbre del príncipe de Asturias. Continuó el proceso hasta enero de 1808, en cuyo día 25 los jueces no conformándose con la acusación fiscal, absolvieron completamente y declararon libres de todo cargo a los perseguidos como reos. Sin embargo el rey por sí y gubernativamente confinó y envió a conventos, fortalezas o destierros a Escóiquiz y a los duques del Infantado y de San Carlos y a otros varios de los complicados en la causa: triste privilegio de toda potestad suprema que no halla en las leyes justo límite a sus desafueros.

Tal fue el término del ruidoso y escandaloso proceso del Escorial. Con dificultad se resguardarán de la severa censura de la posteridad los que en él tomaron parte, los que le promovieron, los que le fallaron; en una palabra, los acusados, los acusadores y los mismos jueces. Vemos a un rey precipitarse a acusar en público a su hijo del horrendo crimen de querer destronarle sin pruebas, y antes de que un detenido juicio hubiese sellado con su fallo tamaña acusación. Y para colmo de baldón en medio de tanta flaqueza y aceleramiento se nos presenta como ángel de paz y mediador para la concordia el malhadado favorito, principal origen de todos los males y desavenencias: consejero y autor del decreto de 30 de octubre comprometió con suma ligereza la alta dignidad del rey: promovedor de la concordia y del perdón pedido y alcanzado, quiso desconceptuar al hijo sin dar realce ni brillo a los sentimientos generosos de un apiadado padre. Fue también desusado, y podemos decir ilegal el modo de proceder en la causa. Según la sentencia que con una relación preliminar se publicó al subir Fernando al trono, no se hizo mérito en su formación ni de algunas de las declaraciones espontáneas del príncipe, ni de su carta a Napoleón, ni de las conferencias con el embajador francés; a lo menos así se infiere del definitivo fallo dado por el tribunal. Difícil sería acertar con el motivo de tan extraño silencio, si no nos lo hubieran ya explicado los temores que entonces infundía el nombre de Napoleón. Mas si la política descubre la causa del extraordinario modo de proceder, no por eso queda intacta y pura la austera imparcialidad de los magistrados: un proceso después de comenzado no puede amoldarse al antojo de un tribunal, ni descartarse a su arbitrio los documentos o pruebas más importantes. Entre los jueces había respetables varones cuya integridad había permanecido sin mancilla en el largo espacio de una honrosa carrera, si bien hasta entonces negocios de tal cuantía no se habían puesto en el crisol de su severa equidad. Fuese equivocación en su juicio, o fuese más bien por razón de estado, lo cierto es que en la prosecución y término de la causa se apartaron de las reglas de la justicia legal, y la ofrecieron al público manca y no cumplidamente formada ni llevada a cabo. Se contaban también en el número de jueces algunos amigos y favorecidos del privado, como lo era el fiscal Viegas. Al ver que se separaron en su voto de la opinión de este, aunque ya circunscrita a ciertas personas, hubo quien creyera que el nombre de Napoleón y los temores de la nube que se levantaba en el Pirineo, pesaron más en la flexible balanza de su justicia que los empeños de la antigua amistad. Es de temer que su conciencia perpleja con lo escabroso del asunto y lo arduo de las circunstancias no se haya visto bastantemente desembarazada, y cual convenía, de aquel sobresalto que ya antes se había apoderado del blando y asustadizo ánimo de los cortesanos.

Esta discordia en la familia real, esta división en los que gobernaban siempre perjudicial y dolorosa, lo era mucho más ahora en que una perfecta unión debiera haber estrechado a todos para desconcertar las siniestras miras del gabinete de Francia, y para imponerle con la íntima concordia el debido respeto. Ciegos unos y otros buscaron en él amistad y arrimo; y desconociendo el peligro común, le animaron con sus disensiones a la prosecución de falaces intentos: alucinamiento general a los partidos que no aspiran sino a cebar momentáneamente su saña, olvidándose de que a veces con la ruina de su contrario el mismo vencedor facilita y labra la suya propia.

Favorecido por la deplorable situación del gobierno español, fue el francés adelante en su propósito, y confiado en ella aceleró más bien que detuvo la marcha de Junot hacia Portugal. Marcha de Junot
hacia Portugal. Dejamos a aquel general en Salamanca, adonde había llegado en los primeros días de noviembre, recibiendo de allí a poco orden ejecutiva de Napoleón para que no difiriese la continuación de su empresa bajo pretexto alguno ni aun por falta de mantenimientos, pudiendo 20.000 hombres, según decía, vivir por todas partes aun en el desierto. Estimulado Junot con tan premioso mandato, determinó tomar el camino más breve sin reparar en los tropiezos ni obstáculos de un terreno para él del todo desconocido. Salió el 12 de Salamanca, y tomando la vuelta de Ciudad Rodrigo y el puerto de Perales, llegó a Alcántara al cabo de cinco días. Reunido allí con algunas fuerzas españolas a las órdenes del general Don Juan Carrafa, atravesaron los franceses el Erjas, río fronterizo, Entrada
en Portugal:
19 de noviembre
de 1807. y llegaron a Castello-Branco sin habérseles opuesto resistencia. Prosiguieron su marcha por aquel fragoso país, y encontrándose con terreno tan quebrado y de caminos poco trillados, quedaron bien pronto atrás la artillería y los bagajes. Los pueblos del tránsito pobres y desprevenidos no ofrecieron ni recursos ni abrigo a las tropas invasoras, las que acosadas por la necesidad y el hambre cometieron todo linaje de excesos contra moradores desacostumbrados de largo tiempo a las calamidades de la guerra. Desgraciadamente los españoles que iban en su compañía imitaron el mal ejemplo de sus aliados, muy diverso del que les dieron las tropas que penetraron por Badajoz y Galicia, si bien es verdad que asistieron a estas menos motivos de desorden e indisciplina.

Llegada
a Abrantes:
23 de noviembre.

La vanguardia llegó el 23 a Abrantes distante 25 leguas de Lisboa. Hasta entonces no había recibido el gobierno portugués aviso cierto de que los franceses hubieran pasado la frontera: inexplicable descuido, pero propio de la dejadez y abandono con que eran gobernados los pueblos de la península. Antes de esto y verificada la salida de los embajadores, había el gabinete de Lisboa buscado algún medio de acomodamiento, condescendiendo más y más con los deseos que aquellos habían mostrado a nombre de sus cortes: era el encontrarle tanto más difícil, cuanto el mismo ministerio portugués estaba entre sí poco acorde. Dos opiniones políticas le dividían; una de ellas la de contraer amistad y alianza con Francia como medida la más propia para salvar la actual dinastía y aun la independencia nacional; y otra la de estrechar los antiguos vínculos con la Inglaterra, pudiendo así levantar de los mares allá un nuevo Portugal, si el de Europa tenía que someterse a la irresistible fuerza del emperador francés. Seguía la primera opinión el ministro Araujo, y contaba la segunda como principal cabeza al consejero de estado Don Rodrigo de Sousa Coutiño. Se inclinaba muy a las claras a la última el príncipe regente, si a ello no se oponía el bien de sus súbditos y el interés de su familia. Después de larga incertidumbre se convino al fin en adoptar ciertas medidas contemporizadoras, como si con ellas se hubiera podido satisfacer a quien solamente deseaba simulados motivos de usurpación y conquista. Para ponerlas en ejecución sin gran menoscabo de los intereses británicos, se dejó que tranquilamente diese la vela el 18 de octubre la factoría inglesa, la cual llevó a su bordo respetables familias extranjeras con cuantiosos caudales.

Proclama del
príncipe regente
de Portugal:
22 de noviembre.

A pocos días, el 22 del mismo mes, se publicó una proclama prohibiendo todo comercio y relación con la Gran Bretaña, y declarando que S. M. F. accedía a la causa general del Continente. Cuando se creía satisfacer algún tanto con esta manifestación al gabinete de Francia, llegó a Lisboa apresuradamente el embajador portugués en París, y dio aviso de cómo había encontrado en España el ejército imperial, dirigiéndose a precipitadas marchas hacia la embocadura del Tajo. Azorados con la nueva los ministros portugueses, vieron que nada podía ya bastar a conjurar la espantosa y amenazadora nube, sino la admisión pura y sencilla de lo que España y Francia habían pedido en agosto. Se mandaron pues secuestrar todas las mercancías inglesas, y se pusieron bajo la vigilancia pública los súbditos de aquella nación residentes en Portugal. La orden se ejecutó lentamente y sin gran rigor, mas obligó al embajador inglés Lord Strangford a irse a bordo de la escuadra que cruzaba a la entrada del puerto a las órdenes de Sir Sidney Smith. Muy duro fue al príncipe regente tener que tomar aquellas medidas: virtuoso y timorato las creía contrarias a la debida protección, dispensada por anteriores tratados a laboriosos y tranquilos extranjeros: la cruel necesidad pudo solo forzarle a desviarse de sus ajustados y severos principios. Aumentáronse los recelos y las zozobras con la repentina arribada a las riberas del Tajo de una escuadra rusa, la cual de vuelta del Archipiélago fondeó en Lisboa, no habiendo permitido los ingleses al almirante Siniavin que la mandaba, entrar a invernar en Cádiz: lo que fue obra del acaso, se atribuyó a plan premeditado, y a conciertos entre Napoleón y el gabinete de San Petersburgo.

Para dar mayor valor a lo acordado, el gobierno portugués despachó a París en calidad de embajador extraordinario al marqués de Marialva, con el objeto también de proponer el casamiento del príncipe de Beira con una hija del gran duque de Berg. Inútiles precauciones: los sucesos se precipitaron de manera que Marialva no llegó ni a pisar la tierra de Francia.

Instancia de Lord
Strangford para
que se embarque.

Noticioso Lord Strangford de la entrada en Abrantes del ejército francés, volvió a desembarcar, y reiterando al príncipe regente los ofrecimientos más amistosos de parte de su antiguo aliado, le aconsejó que sin tardanza se retirase al Brasil, en cuyos vastos dominios adquiriría nuevo lustre la esclarecida casa de Braganza. Don Rodrigo de Sousa Coutiño apoyó el prudente dictamen del embajador, y el 26 de noviembre se anunció al pueblo de Lisboa la resolución que la corte había tomado de trasladar su residencia a Río de Janeiro hasta la conclusión de la paz general. Sir Sidney Smith, célebre por su resistencia en San Juan de Acre, quería poner a Lisboa en estado de defensa; pero este arranque digno del elevado pecho de un marino intrépido, si bien hubiera podido retardar la marcha de Junot, y aun destruir su fatigado ejército, al fin hubiera inútilmente causado la ruina de Lisboa, atendiendo a la profunda tranquilidad que todavía reinaba en derredor por todas partes.

El príncipe Don Juan nombró antes de su partida un consejo de regencia compuesto de cinco personas, a cuyo frente estaba el marqués de Abrantes, con encargo de no dar al ejército francés ocasión de queja, ni fundado motivo de que se alterase la buena armonía entre ambas naciones. Se dispuso el embarco para el 27, y S. A. el príncipe regente traspasado de dolor salió del palacio de Ajuda conmovido, trémulo y bañado en lágrimas su demudado rostro: el pueblo colmándole de bendiciones le acompañaba en su justa y profunda aflicción. La princesa su esposa, quien en los preparativos del viaje mostró aquel carácter y varonil energía que en otras ocasiones menos plausibles ha mostrado en lo sucesivo, iba en un coche con sus tiernos hijos, y dio órdenes para pasarlos a bordo, y tomar otras convenientes disposiciones con presencia de ánimo admirable. Al cabo de 16 años de retiro y demencia apareció en público la reina madre, y en medio del insensible desvarío de su locura quiso algunos instantes como volver a recobrar la razón perdida. Molesto y lamentable espectáculo con que quedaron rendidos a profunda tristeza los fieles moradores de Lisboa: dudosos del porvenir olvidaban en parte la suerte que les aguardaba, dirigiendo al cielo fervorosas plegarias por la salud y feliz viaje de la real familia. La inquietud y el desasosiego creció de punto al ver que por vientos contrarios la escuadra no salía del puerto.

29 de noviembre:
da la vela
la familia real
portuguesa.

Al fin el 29 dio la vela, y tan oportunamente que a las diez de aquella misma noche llegaron los franceses a Sacavém, distante dos leguas de Lisboa. Junot desde su llegada a Abrantes había dado nueva forma a la vanguardia de su desarreglado ejército, y había tratado de superar los obstáculos que con las grandes avenidas retardaban echar un puente para pasar el Cécere. Antes que los ingenieros hubieran podido concluir la emprendida obra, ordenó que en barcas cruzasen el río parte de las fuerzas de su mando, y con diligencia apresuró su marcha. Ahora ofrecía el país más recursos, pero a pesar de la fertilidad de los campos, de los muchos víveres que proporcionó Santarén, y de la mejor disciplina, el número de soldados rezagados era tan considerable, que las deliciosas quintas de las orillas del Tajo, y las solitarias granjas fueron entregadas al saco, y pilladas como lo había sido el país que media entre Abrantes y la frontera española.

30 de noviembre:
entrada de Junot
en Lisboa.

Amaneció el 30 y vio Lisboa entrar por sus muros al invasor extranjero; día de luto y desoladora aflicción: otros años lo había sido de festejos públicos y general regocijo, como víspera del día en que Pinto Ribeiro y sus parciales, arrojando a los españoles, habían aclamado y ensalzado a la casa de Braganza; época sin duda gloriosa para Portugal, sumamente desgraciada para la unión y prosperidad del conjunto de los pueblos peninsulares. Seguía a Junot una tropa flaca y estropeada, molida con las forzadas marchas, sin artillería, y muy desprovista: muestra poco ventajosa de las temidas huestes de Napoleón. Hasta la misma naturaleza pareció tomar parte en suceso tan importante, habiendo aunque ligeramente temblado la tierra. Junot arrebatado por su imaginación, y aprovechándose de este incidente, en tono gentílico y supersticioso daba cuenta de su expedición escribiendo al ministro Clarke: «Los dioses se declaran en nuestro favor: lo vaticina el terremoto que atestiguando su omnipotencia no nos ha causado daño alguno.» Con más razón hubiera podido contemplar aquel fenómeno graduándole de présago anuncio de los males que amenazaban a los autores de la agresión injusta de un estado independiente.

Conservó Junot por entonces la regencia que antes de embarcarse había nombrado el príncipe, pero agregando a ella al francés Hermann. Sin contar mucho con la autoridad nacional resolvió por sí imponer al comercio de Lisboa un empréstito forzoso de dos millones de cruzados, y confiscar todas las mercancías británicas, aun aquellas que eran consideradas como de propiedad portuguesa. El cardenal patriarca de Lisboa, el inquisidor general y otros prelados publicaron y circularon pastorales en favor de la sumisión y obediencia al nuevo gobierno; reprensibles exhortos, aunque hayan sido dados por impulso e insinuaciones de Junot. El pueblo, agitado, dio señales de mucho descontento cuando el 13 vio que en el arsenal se enarbolaba la bandera extranjera en lugar de la portuguesa. Apuró su sufrimiento la pomposa y magnífica revista que hubo dos días después en la plaza del Rossio: allí dio el general en jefe gracias a las tropas en nombre del emperador, y al mismo tiempo se tremoló en el castillo con veinticinco cañonazos repetidos por todos los fuertes la bandera francesa. Universal murmullo respondió a estas demostraciones del extranjero, y hubiérase seguido una terrible explosión, si un hombre audaz hubiera osado acaudillar a la multitud conmovida. La presencia de la fuerza armada contuvo el sentimiento de indignación que aparecía en los semblantes del numeroso concurso; solo en la tarde con motivo de haber preso a un soldado de la policía portuguesa, se alborotó el populacho, quiso sacarle de entre las manos de los franceses, y hubo de una y otra parte muertes y desgracias. El tumulto no se sosegó del todo hasta el día siguiente por la mañana, en que se ocuparon las plazas y puntos importantes con artillería y suficientes tropas.

Al comenzar diciembre, no completa todavía su división, Don Francisco María Solano, marqués del Socorro, Entrada
de los españoles
en Portugal. se apoderó sin oposición de Elvas, después de haber consultado su comandante al gobierno de Lisboa. Antes de entrar en Portugal había recomendado a sus tropas por medio de una proclama la más severa disciplina; conservose en efecto, aunque obligado Socorro a poner en ejecución las órdenes arbitrarias de Junot, causaba a veces mucho disgusto en los habitantes, manifestando sin embargo en todo lo que era compatible con sus instrucciones, desinterés y loable integridad. Al mismo tiempo creyéndose dueño tranquilo del país, empezó a querer transformar a Setúbal en otra Salento, ideando reformas en que generalmente más bien mostraba buen deseo, que profundos conocimientos de administración y de hombre de estado. Sus experiencias no fueron de larga duración.

Por Tomar y Coimbra se dirigieron a Oporto algunos cuerpos de la división de Carrafa, los que sirvieron para completar la del general Don Francisco Taranco, quien por aquellos primeros días de diciembre cruzó el Miño con solos 6000 hombres, en lugar de los 10.000 que era el contingente pedido: modelo de prudencia y cordura, mereció Taranco el agradecimiento y los elogios de los habitantes de aquella provincia. El portugués Accursio das Neves alaba en su historia la severa disciplina del ejército, la moderación y prudencia del general Taranco, y añade: «el nombre de este general será pronunciado con eterno agradecimiento por los naturales, testigos de su dulzura e integridad; tan sincero en sus promesas como Junot pérfido y falaz en las suyas.» Agrada oír el testimonio honroso que por boca imparcial ha sido dado a un jefe bizarro, amante de la justicia y de la disciplina militar, al tiempo que muy diversas escenas se representaban lastimosamente en Lisboa.

16 de noviembre:
viaje de Napoleón
a Italia.

Así iban las cosas de Portugal, entretanto que Bonaparte después de haberse detenido unos días por las ocurrencias del Escorial, salió al fin para Italia el 16 de noviembre. Era uno de los objetos de su viaje poner en ejecución el artículo del tratado de Fontainebleau, por el que la Etruria o Toscana era agregada al imperio de Francia. Gobernaba aquel reino como regenta desde la muerte de su esposo la infanta Doña María Luisa, quien ignoraba el traspaso hecho sin su anuencia de los estados de su hijo. Y no habiendo precedido aviso alguno ni confidencial de sus mismos padres los reyes de España, la Regenta se halló sorprendida el 23 de noviembre con haberla comunicado el ministro francés D’Aubusson que era necesario se preparase a dejar sus dominios, estando para ocuparlos las tropas de su amo el emperador, en virtud de cesión que le había hecho España. Reina de Etruria. Aturdida la reina con la singularidad e importancia de tal nueva, apenas daba crédito a lo que veía y oía, y por de pronto se resistió al cumplimiento de la desusada intimación; pero insistiendo con más fuerza el ministro de Francia, y propasándose a amenazarla, se vio obligada la reina a someterse a su dura suerte; y con su familia salió de Florencia el 1.º de diciembre. Al paso por Milán tuvo vistas con Napoleón: alegrábase del feliz encuentro confiando hallar alivio a sus penas, mas en vez de consuelos solo recibió nuevos desengaños. Y como si no bastase para oprimirla de dolor el impensado despojo del reino de su hijo, acrecentó Napoleón los disgustos de la desvalida reina, achacando la culpa del estipulado cambio al gobierno de España. Es también de advertir que después de abultarle sobremanera lo acaecido en el Escorial, le aconsejó que suspendiese su viaje, y aguardase en Turín o Niza el fin de aquellas disensiones; indicio claro de que ya entonces no pensaba cumplir en nada lo que dos meses antes había pactado en Fontainebleau. Siguió sin embargo la familia de Parma, desposeída del trono de Etruria, su viaje a España, a donde iba a ser testigo y partícipe de nuevas desgracias y trastornos. Así en dos puntos opuestos, y al mismo tiempo, fueron despojadas de sus tronos dos esclarecidas estirpes: una quizá para siempre, otra para recobrarle con mayor brillo y gloria.

Carta
de Carlos IV
a Napoleón.

Aún estaba en Milán Napoleón cuando contestó a una carta de Carlos IV recibida poco antes, en la que le proponía este monarca enlazar a su hijo Fernando con una princesa de la familia imperial. Asustado como hemos dicho el príncipe de la Paz con ver complicado el nombre francés en la causa del Escorial, pareciole oportuno mover al rey a dar un paso que suavizara la temida indignación del emperador de los franceses. Incierto este en aquel tiempo sobre el modo de enseñorearse de España, no desechó la propuesta, antes bien la aceptó afirmando en su contestación no haber nunca recibido carta alguna del príncipe de Asturias; disimulo en la ocasión lícito y aun atento. Dudas
de Napoleón
sobre su conducta
respecto
de España. Debió sin duda inclinarse entonces Bonaparte al indicado casamiento, habiéndosele formalmente propuesto en Mantua a su hermano Luciano, a quien también ofreció allí el trono de Portugal, olvidándose o más bien burlándose de lo que poco antes había solemnemente pactado, como varias veces nos lo ha dado ya a entender con su conducta. Luciano o por desvío, o por no confiar en las palabras de Napoleón, no admitió el ofrecido cetro, mas no desdeñó el enlace de su hija con el heredero de la corona de España, enlace que a pesar de la repugnancia de la futura esposa, hubiera tenido cumplido efecto si el emperador francés no hubiera alterado o mudado su primitivo plan.

Llena empero de admiración que en la importantísima empresa de la península anduviese su prevenido ánimo tan vacilante y dudoso. Una sola idea parece que hasta entonces se había grabado en su mente; la de mandar sin embarazo ni estorbos en aquel vasto país, confiando a su feliz estrella o a las circunstancias el conseguir su propósito y acertar con los medios. Así a ciegas y con más frecuencia de lo que se piensa suele revolverse y trocarse la suerte de las naciones.

De todos modos era necesario contar con poderosas fuerzas para el fácil logro de cualquiera plan que a lo último adoptase. Con este objeto se formaba en Bayona el segundo cuerpo de observación de la Gironda, en tanto que el primero atravesaba por España. Constaba de 24.000 hombres de infantería, nuevamente organizada con soldados de la conscripción de 1808 pedida con anticipación, y de 3500 caballos sacados de los depósitos de lo interior de Francia, con los que se formaron regimientos provisionales de coraceros y cazadores. Mandaba en jefe el general Dupont, y las tres divisiones en que se distribuía aquel cuerpo de ejército estaban a cargo de los generales Barbou, Vedel y Malher, y al del piamontés Fresia la caballería. Empezó a entrar en España sin convenio anterior ni conformidad del gabinete de Francia con el nuestro, con arreglo a lo prevenido en la convención secreta de Fontainebleau: infracción precursora de otras muchas. 22 de diciembre:
Dupont en Irún. Dupont llegó a Irún el 22 de diciembre, y en enero estableció su cuartel general en Valladolid, con partidas destacadas camino de Salamanca, como si hubiera de dirigirse hacia los linderos de Portugal. La conducta del nuevo ejército fue más indiscreta y arrogante que la del primero, y daba indicio de lo que se disponía. Estimulaba con su ejemplo el mismo general en jefe, cuyo comportamiento tocaba a veces en la raya del desenfreno. En Valladolid echó por fuerza de su habitación a los marqueses de Ordoño en cuya casa alojaba, y al fin se vieron obligados a dejársela toda entera a su libre disposición: tal era la dureza y malos tratos, mayormente sensibles por provenir de quien se decía aliado, y por ser en un país en donde era transcurrido un siglo con la dicha de no haber visto ejército enemigo, con cuyo nombre en adelante deberá calificarse al que los franceses habían metido en España.

No se habían pasado los primeros días de enero sin que pisase su territorio otro tercer cuerpo compuesto de 25.000 hombres de infantería y 2700 caballos, que había sido formado de soldados bisoños, trasladados en posta a Burdeos de los depósitos del norte. 9 de enero:
Entrada
del cuerpo
de Moncey. Principió a entrar por la frontera el 9 del mismo enero, siendo capitaneado por el mariscal Moncey, y con el nombre de cuerpo de observación de las costas del océano: era el general Harispe jefe de estado mayor; mandaba la caballería Grouchy, y las respectivas divisiones Musnier de la Converserie, Morlot y Gobert. Prosiguió su marcha hasta los lindes de Castilla, como si no hubiera hecho otra cosa que continuar por provincias de Francia, prescindiendo de la anuencia del gobierno español, y quebrantando de nuevo y descaradamente los conciertos y empeños con él contraídos.

Inquietaba a la corte de Madrid la conducta extraña e inexplicable de su aliado, y cada día se acrecentaba su sobresalto con los desaires que en París recibían Izquierdo y el embajador príncipe de Maserano. Napoleón dejaba ver más a las claras su premeditada resolución, y a veces despreciando altamente al príncipe de la Paz, censuraba con acrimonia los procedimientos de su administración. Desatendía de todo punto sus reclamaciones, y respondiendo con desdén al manifestado deseo de que se mudase al embajador Beauharnais a causa de su oficiosa diligencia en el asunto del proyectado casamiento, Publicaciones
del Monitor: 24
de enero de 1808. dio por último en el Monitor de 24 de enero un auténtico y público testimonio del olvido en que había echado el tratado de Fontainebleau y al mismo tiempo dejó traslucir las tramas que contra España urdía. Se insertaron pues en el diario de oficio dos exposiciones del ministro Champagny, una atrasada del 21 de octubre, y otra más reciente del 2 de enero de aquel año. La primera se publicó, digámoslo así, para servir de introducción a la segunda, en la que después de considerar al Brasil como colonia inglesa, y de congratularse el ministro de que por lo menos se viese Portugal libre del yugo y fatal influjo de los enemigos del Continente, concluía con que intentando estos dirigir expediciones secretas hacia los mares de Cádiz, la península entera fijaría la atención de S. M. I. Acompañó a las exposiciones un informe no menos notable del ministro de la guerra Clarke con fecha de 6 de enero, en el que se trataba de demostrar la necesidad de exigir la conscripción de 1809 para formar el cuerpo de observación del océano, sobre el que nada se había hablado ni comunicado anteriormente al gobierno español: inútil es recordar que el sumiso senado de Francia concedió pocos días después el pedido alistamiento. Puestas de manifiesto cada vez más las torcidas intenciones del gabinete de Saint-Cloud, llegamos ya al estrecho en que todo disfraz y disimulo se echó a un lado, y en que cesó todo género de miramientos.

1.º de febrero
de 1808:
proclama
de Junot.

En 1.º de febrero hizo Junot saber al público por medio de una proclama «que la casa de Braganza había cesado de reinar, y que el emperador Napoleón habiendo tomado bajo su protección el hermoso país de Portugal, quería que fuese administrado y gobernado en su totalidad a nombre suyo y por el general en jefe de su ejército.» Así se desvanecieron los sueños de soberanía del deslumbrado Godoy, y se frustraron a la casa de Parma las esperanzas de una justa y debida indemnización. Forma
nueva regencia
de que se nombra
presidente. Junot se apoderó del mando supremo a nombre de su soberano, extinguió la regencia elegida por el príncipe Don Juan antes de su embarco, reemplazándola con un consejo de regencia de que él mismo era presidente. Y para colmar de amargura a los portugueses y aumentar, si era posible, su descontento, publicó en el mismo día un decreto de Napoleón, dado en Milán a 23 de diciembre, Gravosa
contribución
extraordinaria. por el que se imponía a Portugal una contribución extraordinaria de guerra de cien millones de francos, como redención, decía, de todas las propiedades pertenecientes a particulares; se secuestraban también todos los bienes y heredamientos de la familia real, y de los hidalgos que habían seguido su suerte. Con estas arbitrarias disposiciones trataba a Portugal, que no había hecho insulto ni resistencia alguna, como país conquistado, y le trataba con dureza digna de la edad media. Gravar extraordinariamente con cien millones de francos a un reino de la extensión y riqueza de Portugal, al paso que con la adopción del sistema continental se le privaba de sus principales recursos, era lo mismo que decretar su completa ruina y aniquilamiento. No ascendía probablemente a tanto la moneda que era necesaria para los cambios y diaria circulación, y hubiera sido materialmente imposible realizar su pago si Junot convencido de las insuperables dificultades que se ofrecían para su pronta e inmediata exacción, no hubiera fijado plazos, y acordado ciertas e indispensables limitaciones. De ofensa más bien que de suave consuelo pudiera graduarse el haber trazado al margen de destructoras medidas un cuadro lisonjero de la futura felicidad de Portugal, con la no menos halagüeña esperanza de que nuevos Camoens nacerían para ilustrar el parnaso lusitano. A poder reanimarse las muertas cenizas del cantor de Gama, solo hubieran tomado vida para alentar a sus compatriotas contra el opresor extranjero, y para excitarlos vigorosamente a que no empañasen con su sumisión las inmortales glorias adquiridas por sus antepasados hasta en las regiones más apartadas del mundo.

Todavía no había llegado el oportuno momento de que el noble orgullo de aquella nación abiertamente se declarase; pero queriendo con el silencio expresar de un modo significativo los sentimientos que abrigaba en su generoso pecho, tres fueron los solos habitantes de Lisboa que iluminaron sus casas en celebridad de la mudanza acaecida.

Envía a Francia
una división
portuguesa.

Los temores que a Junot infundía la injusticia de sus procedimientos, le dictaron acelerar la salida de las pocas y antiguas tropas portuguesas que aún existían, y formando de ellas una corta división de apenas 10.000 hombres, dio el mando al marqués de Alorna, y no se había pasado un mes cuando tomaron el camino de Valladolid. Gran número desertó antes de llegar a su destino.

Clara ya y del todo descubierta la política de Napoleón respecto de Portugal, disponían en tanto los fingidos aliados de España dar al mundo una señalada prueba de alevosía. Por las estrechuras de Roncesvalles se encaminó hacia Pamplona el general D’Armagnac con tres batallones, y presentándose repentinamente delante de aquella plaza, se le permitió sin obstáculo alojar dentro sus tropas: no contento el francés con esta demostración de amistad y confianza, solicitó del virrey marqués de Vallesantoro meter en la ciudadela dos batallones de suizos, socolor de tener recelos de su fidelidad. Negose a ello el virrey alegando que no le era lícito acceder a tan grave propuesta sin autoridad de la corte: adecuada contestación y digna del debido elogio, si la vigilancia hubiera correspondido a lo que requería la crítica situación de la plaza. Pero tal era el descuido, tal el incomprensible abandono, que hasta dentro de la misma ciudadela iban todos los días los soldados franceses a buscar sus raciones, sin que se tomasen ni las comunes precauciones de tiempo de paz. No así desprevenido el general D’Armagnac se había de antemano hospedado en casa del marqués de Besolla, porque situado aquel edificio al remate de la explanada y en frente de la puerta principal de la ciudadela, podía desde allí con más facilidad acechar el oportuno momento para la ejecución de su alevoso designio. Viendo frustrado su primer intento con la repulsa del virrey, ideó el francés recurrir a un vergonzoso ardid. 16 de febrero:
toma
de la ciudadela
de Pamplona. Uno a uno y con estudiada disimulación mandó que en la noche del 15 al 16 de febrero pasasen con armas a su posada cierto número de granaderos, al paso que en la mañana siguiente soldados escogidos, guiados bajo disfraz por el jefe de batallón Robert, acudieron a la ciudadela a tomar los víveres de costumbre. Nevaba, y bajo pretexto de aguardar a su jefe empezaron los últimos a divertirse tirándose unos a otros pellas de nieve: distrajeron con el entretenimiento la atención de los soldados españoles, y corriendo y jugando de aquella manera se pusieron algunos sobre el puente levadizo para impedir que le alzasen. A poco y a una señal convenida se abalanzaron los restantes al cuerpo de guardia, desarmaron a los descuidados centinelas, y apoderándose de los fusiles del resto de la tropa colocados en el armero, franquearon la entrada a los granaderos ocultos en casa de D’Armagnac, a los que de cerca siguieron todos los demás. La traición se ejecutó con tanta celeridad que apenas había recibido la primera noticia el desavisado virrey, cuando ya los franceses se habían del todo posesionado de la ciudadela. D’Armagnac le escribió entonces, a manera de satisfacción, un oficio en que al paso que se disculpaba con la necesidad, lisonjeábase de que en nada se alteraría la buena armonía propia de dos fieles aliados: género de mofa con que hacía resaltar su fementida conducta.

Por el mismo tiempo se había reunido en los Pirineos orientales una división de tropas italianas y francesas, compuesta de 11.000 hombres de infantería y 1700 de caballería: Entra Duhesme
en Cataluña. en 4 de febrero tomó en Perpiñán el mando el general Duhesme, quien en sus memorias cuenta solo disponibles 7000 soldados: a sus órdenes estaban el general italiano Lecchi y el francés Chabran. A pocos días penetraron por la Junquera dirigiéndose a Barcelona con intento, decían, de proseguir su viaje a Valencia. Antes de avistar los muros de la capital de Cataluña recibió Duhesme una intimación del capitán general conde de Ezpeleta, sucesor por aquellos días del de Santa Clara para suspender su marcha hasta tanto que consultase a la corte. Completamente ignoraba esta el envío de tropas por el lado oriental de España, ni el embajador francés había siquiera informado de la novedad, tanto más importante cuanto Portugal no podía servir de capa a la reciente expedición. Duhesme lejos de arredrarse con el requerimiento de Ezpeleta, contestó de palabra con arrogancia que a todo evento llevaría a cabo las órdenes del emperador, y que sobre el capitán general de Cataluña recaería la responsabilidad de cualquiera desavenencia. Celebró un consejo el conde de Ezpeleta, y en él se acordó permitir la entrada en Barcelona a las tropas francesas. Llega
a Barcelona. Así lo realizaron el 13 de aquel mes quedando no obstante en poder de la guarnición española Monjuich y la ciudadela. Pidió Duhesme que en prueba de buena armonía se dejase a sus tropas alternar con las nacionales en la guardia de todas las puertas. Falto de instrucciones y temeroso de la enemistad francesa accedió Ezpeleta con harta si bien disculpable debilidad a la imperiosa demanda, colocando Duhesme en la puerta principal de la misma ciudadela una compañía de granaderos, en cuyo puesto había solamente 20 soldados españoles. Pesaroso el capitán general de haber llevado tan allá su condescendencia, rogó al francés que retirase aquel piquete; pero muy otras eran las intenciones del último, no contentándose ya con nada menos que con la total ocupación. Andaba también Duhesme más receloso a causa de la llegada a Barcelona del oficial de artillería Don Joaquín Osma, a quien suponía enviado con especial encargo de que se velase a la conservación de la plaza, probable conjetura en efecto si en Madrid hubiera habido sombra de buen gobierno; mas era tan al contrario, que Osma había sido comisionado para facilitar a los aliados cuanto apeteciesen, y para recomendar la buena armonía y mejor trato. Solo se le insinuó en instrucción verbal que procurase de paso indagar en las conversaciones con los oficiales cuál fuese el verdadero objeto de la expedición, como si para ello hubiera habido necesidad de correr hasta Barcelona, y de despachar expresamente un oficial de explorador.

28 de febrero:
sorpresa
de la ciudadela
de Barcelona.

Trató en fin Duhesme de apoderarse por sorpresa de la ciudadela y de Monjuich el 28 de febrero: fue estimulado con el recibo aquel mismo día de una carta escrita en París por el ministro de la Guerra, en la que le suponía dueño de los fuertes de Barcelona; tácito modo de ordenar lo que a las claras hubiera sido inicuo y vergonzoso. Para adormecer la vigilancia de los españoles esparcieron los franceses por la ciudad que se les había enviado la orden de continuar su camino a Cádiz, mentirosa voz que se hacía más verosímil con la llegada del correo recibido. Dijeron también que antes de la partida debían revistar las tropas, y con aquel pretexto las juntaron en la explanada de la ciudadela, apostando en el camino que de allí va a la Aduana un batallón de vélites italianos, y colocando la demás fuerza de modo que llamase hacia otra parte la atención de los curiosos. Hecha la reseña de algunos cuerpos se dirigió el general Lecchi, con grande acompañamiento de estado mayor, del lado de la puerta principal de la ciudadela, y aparentando comunicar órdenes al oficial de guardia se detuvo en el puente levadizo para dar lugar a que los vélites, cuya derecha se había apoyado en la misma estacada, avanzasen cubiertos por el revellín que defiende la entrada: ganaron de este modo el puente embarazado con los caballos, después de haber arrollado al primer centinela, cuya voz fue apagada por el ruido de los tambores franceses que en las bóvedas resonaban. Entonces penetró Lecchi dentro del recinto principal con su numerosa comitiva, le siguió el batallón de vélites y la compañía de granaderos, que ya de antemano montaba la guardia en la puerta principal, reprimió a los 20 españoles, obligados a ceder al número y a la sorpresa: cuatro batallones franceses acudieron después a sostener al que primero había entrado a hurtadillas, y acabaron de hacerse dueños de la ciudadela. Dos batallones de guardias españolas y valonas la guarnecían; pero llenos de confianza oficiales y soldados habían ido a la ciudad a sus diversas ocupaciones, y cuando quisieron volver a sus puestos encontraron resistencia en los franceses, quienes al fin se lo permitieron después de haber tomado escrupulosas precauciones. Los españoles pasaron luego la noche y casi todo el siguiente día formados enfrente de sus nuevos y molestos huéspedes; e inquietos estos con aquella hostil demostración, lograron que se diese orden a los nuestros de acuartelarse fuera, y evacuar la plaza. Santilly, comandante español, así que vio tan desleal proceder, se presentó a Lecchi como prisionero de guerra, quien osando recordarle la amistad y alianza de ambas naciones, al mismo tiempo que arteramente quebrantaba todos los vínculos, le recibió con esmerado agasajo.

Sorpresa
de Monjuich:
28 de febrero.

Entretanto y a la hora en que parte de la guarnición había bajado a la ciudad, otro cuerpo francés se avanzaba hacia Monjuich. La situación elevada y descubierta de este fuerte impidió a los extranjeros tocar sin ser vistos el pie de los muros. Al aproximarse se alzó el puente levadizo, y en balde intimó el comandante francés Floresti que se le abriesen las puertas: allí mandaba Don Mariano Álvarez. Desconcertado Duhesme en su doloso intento recurrió a Ezpeleta, y poniendo por delante las órdenes del emperador le amenazó tomar por fuerza lo que de grado no se le rindiese. Atemorizado el capitán general ordenó la entrega: dudó Álvarez un instante; mas la severidad de la disciplina militar, y el sosiego que todavía reinaba por todas partes, le forzaron a obedecer al mandato de su jefe. Sin embargo habiéndose conmovido algún tanto Barcelona con la alevosa ocupación de la ciudadela, se aguardó a muy entrada la noche para que sin riesgo pudiesen los franceses entrar en el recinto de Monjuich.

Irritados a lo sumo con semejantes y repetidas perfidias los generosos pechos de los militares españoles, se tomaron exquisitas providencias para evitar un compromiso, y dejando en Barcelona a los guardias españolas y valonas con la artillería, se mandó salir a Villafranca al regimiento de Extremadura.

Al paso por Figueras había Duhesme dispuesto que se detuviese allí alguna de su gente, alegando especiosos pretextos. Durante más de un mes permanecieron dichos soldados tranquilos, hasta que ocupados todos los fuertes de Barcelona trataron de apoderarse de la ciudadela de San Fernando con la misma ruin estratagema empleada en las otras plazas. 18 de marzo:
ocupación
de San Fernando
de Figueras. Estando los españoles en vela acudieron a tiempo a la sorpresa y la impidieron; mas el gobernador anciano y tímido dio permiso dos días después al mayor Piat para que encerrase dentro 200 conscriptos, bajo cuyo nombre metió el francés soldados escogidos, los cuales con otros que a su sombra entraron se enseñorearon de la plaza el 18 de marzo, despidiendo muy luego el corto número de españoles que la guarnecían.

5 de marzo:
entrega
de S. Sebastián.

Pocos días antes había caído en manos de los falsos amigos la plaza de San Sebastián: era su gobernador el brigadier español Daiguillon, y comandante del fuerte de Santa Cruz el capitán Douton. Advertido aquel por el cónsul de Bayona de que Murat, gran duque de Berg, le había indicado en una conversación cuán conveniente sería para la seguridad de su ejército la ocupación de San Sebastián, dio parte de la noticia al duque de Mahón, comandante general de Guipúzcoa, recién llegado de Madrid. Inmediatamente consultó este al príncipe de la Paz, y antes de que hubiera habido tiempo para recibir contestación, el general Monthion, jefe de estado mayor de Murat, escribió a Daiguillon participándole cómo el gran duque de Berg había resuelto que los depósitos de infantería y caballería de los cuerpos que habían entrado en la península se trasladasen de Bayona a San Sebastián,[*] (* Ap. n. [1-10].) y que fuesen alojados dentro, debiendo salir para aquel destino del 4 al 5 de marzo. Apenas había el gobernador abierto esta carta cuando recibió otra del mismo jefe avisándole que los depósitos, cuya fuerza ascendería a 350 hombres de infantería y 70 de caballería, saldrían antes de lo que había anunciado. Comunicados ambos oficios al duque de Mahón, de acuerdo con el gobernador y con el comandante del fuerte, respondió el mismo duque rogando al de Berg que suspendiese su resolución hasta que le llegase la contestación de la corte, y ofreciendo entretanto alojar con toda comodidad fuera de la plaza y del alcance del cañón los depósitos de que se trataba. Ofendido el príncipe francés de la inesperada negativa escribió por sí mismo en 4 de marzo una carta altiva y amenazadora al duque de Mahón, quien no desdiciendo entonces de la conducta propia de un descendiente de Crillon, replicó dignamente y reiteró su primera respuesta. Grande sin embargo era su congoja y arriesgada su posición, cuando la flaca condescendencia del príncipe de la Paz, y la necesidad en que había estrechado a este su culpable ambición, sacaron a todos los jefes de San Sebastián de su terrible y crítico apuro. Al margen del oficio que en consulta se le había escrito puso el generalísimo Godoy de su mismo puño, fecha 3 de marzo «que ceda el gobernador la plaza, pues no tiene medio de defenderla; pero que lo haga de un modo amistoso según lo han practicado los de las otras plazas, sin que para ello hubiese ni tantas razones ni motivos de excusa como en San Sebastián.» De resultas ocupó con los depósitos la plaza y el puerto el general Thouvenot.

He aquí el modo insidioso con que en medio de la paz y de una estrecha alianza se privó a España de sus plazas más importantes: perfidia atroz, deshonrosa artería en guerreros envejecidos en la gloriosa profesión de las armas, ajena e indigna de una nación grande y belicosa. Cuando leemos en la juiciosa historia de Coloma el ingenioso ardid con que Fernando Tello Portocarrero sorprendió a Amiens, notamos en la atrevida empresa agudeza en concebirla, bizarría en ejecutarla y loable moderación al alcanzar el triunfo. La toma de aquella plaza, llave entonces de la frontera de Francia del lado de la Picardía, y cuya sorpresa, según nos dice Sully, oprimió de dolor a Enrique IV, era legítima: guerra encarnizada andaba entre ambas naciones, y era lícito al valor y a la astucia buscar laureles que no se habían de mancillar con el quebrantamiento de la buena fe y de la lealtad. El bastardo proceder de los generales franceses no solo era escandaloso por el tiempo y por el modo, sino que también era tanto menos disculpable cuanto era menos necesario. Dueño el gobierno francés de la débil voluntad del de Madrid le hubiera bastado una mera insinuación, sin acudir a la amenaza, para conseguir del obsequioso y sumiso aliado la entrega de todas las plazas, como lo ordenó con la de San Sebastián.

7 de febrero:
orden para que
la escuadra
de Cartagena
vaya a Toulon.

Tampoco echó Napoleón en olvido la marina, pidiendo con ahínco que se reuniesen con sus escuadras las españolas. En consecuencia diose el 7 de febrero la orden a Don Cayetano Valdés, que en Cartagena mandaba una fuerza de seis navíos, de hacerse a la vela dirigiendo su rumbo a Toulon. Afortunadamente vientos contrarios, y, según se cree, el patriótico celo del comandante, impidieron el cumplimiento de la orden, tomando la escuadra puerto en las Baleares.

Hechos de tal magnitud no causaron en las provincias lejanas de España impresión profunda. Ignorábanse en general, o se atribuían a amaños de Godoy: lo dificultoso y escaso de las comunicaciones, la servidumbre de la imprenta, y la extremada reserva del gobierno no daban lugar a que la opinión se ilustrase, ni a que se formase juicio acertado de los acaecimientos. En días como aquellos recoge el poder absoluto con creces los frutos de su imprevisión y desafueros. También los pueblos, si no son envueltos en su ruina, al menos participan bastantemente de sus desgracias; como si la Providencia quisiera castigarlos de su indolencia y culpable sufrimiento.

Desasosiego
de la corte
de Madrid.

Por lo demás la corte estaba muy inquieta, y se asegura que el príncipe de la Paz fue de los que primero se convencieron de la mala fe de Napoleón, y de sus depravados intentos: disfrazábalos sin embargo este, ofreciendo a veces en su conducta una alternativa hija quizá de su misma vacilación e incertidumbre: Conducta
ambigua
de Napoleón. pues al paso que proyectaba y ponía en práctica hacerse dueño de todo Portugal y de las plazas de la frontera, sin miramiento a tratados ni alianzas, no solo regalaba a Carlos IV en los primeros días de febrero, en prueba de su íntima amistad, quince caballos de coche, sino que asimismo le escribía amargas quejas Sobresalto
del príncipe
de la Paz. por no haber reiterado la petición de una esposa imperial para el príncipe de Asturias: y si bien no era unión esta apetecible para Godoy, por lo menos no indicaba Bonaparte con semejante demostración querer derribar del trono la estirpe de los Borbones. Dudas y zozobras asaltaban de tropel la mente del valido, Llegada a Madrid
de Izquierdo. cuando la repentina llegada por el mes de febrero de su confidente Don Eugenio Izquierdo acabó de perturbar su ánimo. En la numerosa corte que le tributaba continuado y lisonjero incienso, prorrumpía en expresiones propias de hombre desatentado y descompuesto. Hablaba de su grandeza, de su poderío; usaba de palabras poco recatadas, y parecía presentir la espantosa desgracia que como en sombra ya le perseguía. Interpretábase de mil maneras la apresurada venida de Izquierdo, y nada por entonces pudo traslucirse, sino que era de tal importancia, y anunciadora de tan malas nuevas, que los reyes y el privado despavoridos preparábanse a tomar alguna impensada y extraordinaria resolución.

Por una nota que después en 24 de marzo escribió Izquierdo,[*] (* Ap. n. [1-11].) y por lo que hemos oído a personas con él conexionadas, podemos fundadamente inferir que su misión ostensible se dirigía a ofrecer de un modo informal ciertas ideas al examen del gobierno español, y a hacer sobre ellas varias preguntas; pero que el verdadero objeto de Napoleón fue infundir tal miedo en la corte de Madrid, que la provocase a imitar a la de Portugal en su partida, resolución que le desembarazaba del engorroso obstáculo de la familia real, y le abría fácil entrada para apoderarse sin resistencia del vacante y desamparado trono español. Las ideas y preguntas arriba indicadas fueron sugeridas por Napoleón y escritas por Izquierdo. Reducíanse con corta variación a las que él mismo extendió en la nota antes mencionada de 24 de marzo, y que recibida después del levantamiento de Aranjuez, cayó en manos de los adversarios de Godoy. Eran pues las proposiciones en ella contenidas: 1.ª Comercio libre para españoles y franceses en sus respectivas colonias. 2.ª Trocar las provincias del Ebro allá con Portugal, cuyo reino se daría en indemnización a España. 3.ª Un nuevo tratado de alianza ofensiva y defensiva. 4.ª Arreglar la sucesión al trono de España: y 5.ª Convenir en el casamiento del príncipe de Asturias con una princesa imperial: el último artículo no debía formar parte del tratado principal. Es inútil detenerse en el examen de estas proposiciones que hubieran ofrecido materia a reflexiones importantes, si hubieran sido objeto de algún tratado o seria discusión. Admira no obstante la confianza o más bien el descaro con que se presentaron sin hacerse referencia al tratado de Fontainebleau, para cuya entera anulación no había España dado ni ocasión ni pretexto. Sale Izquierdo
el 10 de marzo
para París. La misión de Izquierdo produjo el deseado efecto; y aunque el 10 de marzo salió para París con nuevas instrucciones y carta de Carlos IV, habíanse ya perdido las esperanzas de evitar el terrible golpe que amenazaba.

Tropas francesas
que continuaron
entrando
en España.

El gobierno francés no había interrumpido el envío sucesivo de tropas y oficiales, y en el mes de marzo se formó un nuevo cuerpo llamado de observación de los Pirineos occidentales que ascendía a 19.000 hombres, sin contar con 6000 de la guardia imperial, en cuyo número se distinguían mamelucos, polacos y todo género y variedad de uniformes propios a excitar la viva imaginación de los españoles. Se encomendó esta fuerza al mando de Bessières, duque de Istria: parte de los cuerpos se acabaron de organizar dentro de la península, y era continuado su movimiento y ejercicio.

Había ya en el corazón de España, aun no incluyendo los de Portugal, 100.000 franceses, sin que a las claras se supiese su verdadero y determinado objeto, y cuya entrada, según dejamos dicho, había sido contraria a todo lo que solemnemente se había estipulado entre ambas naciones. Faltaban a los diversos cuerpos en que estaba distribuido el ejército francés un general en jefe, Murat nombrado
general en jefe
del ejército francés
en España. y recayó la elección en Murat, gran duque de Berg, con título de lugarteniente del emperador, de quien era cuñado. Llegó a Bayona en los primeros días de marzo, solo y sin acompañamiento; pero le habían precedido y le seguían oficiales sueltos de todas graduaciones, quienes debían encargarse de organizar y disciplinar los nuevos alistados que continuamente se remitían a España. Llegó Murat a Burgos el 13 de marzo, y en aquel día dio una proclama a sus soldados «para que tratasen a los españoles, nación por tantos títulos estimable, como tratarían a los franceses mismos; queriendo solamente el emperador el bien y felicidad de España.»

Piensa la corte
de Madrid
en partir
para Andalucía.

Tantas tropas y tan numerosos refuerzos que cada día se internaban más y más en el reino; tanta mala fe y quebrantamiento de solemnes promesas, el viaje de Izquierdo y sus temores; tanto cúmulo en fin de sospechosos indicios impelieron a Godoy a tomar una pronta y decisiva resolución. Providencias
que toma. Consultó con los reyes y al fin les persuadió lo urgente que era pensar en trasladarse del otro lado de los mares. Pareció antes oportuno, como paso previo, adoptar el consejo dado por el príncipe de Castel-Franco de retirarse a Sevilla, desde donde con más descanso se pondrían en obra y se dirigirían los preparativos de tan largo viaje. Para remover todo género de tropiezos se acordó formar un campo en Talavera, y se mandó a Solano que de Portugal se replegase sobre Badajoz. Estas fuerzas con las que se sacarían de Madrid, debían cubrir el viaje de SS. MM., y contener cualquiera movimiento que los franceses intentaran para impedirle. También se mandó a las tropas de Oporto, cuyo digno general Taranco había fallecido allí de un cólico violento, que se volviesen a Galicia; y se ofició a Junot para que permitiese a Carrafa dirigirse con sus españoles hacia las costas meridionales, en donde los ingleses amenazaban desembarcar; artificio, por decirlo de paso, demasiado grosero para engañar al general francés. Fue igualmente muy fuera de propósito enviar a Dupont un oficial de estado mayor para exigirle aclaración de las órdenes que había recibido, como si aquel hubiera de comunicarlas, y como si en caso de contestar con altanería estuviera el gobierno español en situación de reprimir y castigar su insolencia.

Tales fueron las medidas preliminares que Godoy miró como necesarias para el premeditado viaje; pero inesperados trastornos desbarataron sus intentos, desplomándose estrepitosamente el edificio de su valimiento y grandeza.

RESUMEN

DEL

LIBRO SEGUNDO.

Primeros indicios del viaje de la corte. — Orden para que la guarnición de Madrid pase a Aranjuez. — Proclama de Carlos IV de 16 de abril. — Conducta del embajador de Francia y de Murat. — Síntomas de una conmoción. — Primera conmoción de Aranjuez. — Decreto de Carlos IV: prisión de Don Diego Godoy. — Continúa la agitación y temores de otra conmoción. — Segunda conmoción de Aranjuez. — Prisión de Godoy. — Retrato de Godoy. — Tercer alboroto de Aranjuez. — Abdicación de Carlos IV el 19 de marzo. — Conmoción de Madrid del 19 y 20 de marzo. — Alborotos de las provincias. — Juicio sobre la abdicación de Carlos IV. — Ministros del nuevo monarca. — Escóiquiz. — El duque del Infantado. — El duque de San Carlos. — Primeras providencias del nuevo reinado. — Proceso del príncipe de la Paz y de otros, 23 de marzo. — Grandes enviados para obsequiar a Murat y a Napoleón. — Avanza Murat hacia Madrid. — Entrada de Fernando en Madrid en 24 de marzo. — Conducta impropia de Murat. — Opinión de España sobre Napoleón. — Juicio sobre la conducta de Napoleón. — Propuesta de Napoleón a su hermano Luis. — Correspondencia entre Murat y los reyes padres. — Juicio sobre la protesta. — Siguen los tratos entre Murat y los reyes padres. — Desasosiego en Madrid. — Llega Escóiquiz a Madrid en 28 de marzo. — Fernán Núñez en Tours. — Entrega de la espada de Francisco I. — Carta de Napoleón a Murat. — Viaje del infante Don Carlos. — Llegada a Madrid del general Savary. — Aviso de Hervás. — 10 de abril: salida del rey para Burgos. — Nombramiento de una junta suprema. — Sobre el viaje del rey. — Llega el rey el 12 de abril a Burgos. — Llega a Vitoria el 14. — Escribe Fernando a Napoleón: contesta este en 17 de abril. — Seguridad que da Savary. — Tentativas o proposiciones para que el rey se escape. — Proclama al partir el rey de Vitoria. — Sale de Vitoria el 19 de abril. — 20 de abril: entrada del rey en Bayona. — Sigue la correspondencia entre Murat y los reyes padres. — Pasan los reyes padres al Escorial. — Entrega de Godoy en 20 de abril. — Quejas y tentativas de Murat. — Reclama Carlos IV la corona, y anuncia su viaje a Bayona. — Inquietud en Madrid. — Alboroto en Toledo. — En Burgos. — Conducta altanera de Murat. — Conducta de la junta, y medidas que propone. — Creación de una junta que la sustituya. — Llegada a Madrid de D. Justo Ibarnavarro. — Posición de los franceses en Madrid. — Revistas de Murat. — Pide la salida para Francia del infante Don Francisco y reina de Etruria. — 2 de mayo. — Salida de los infantes para Francia el 3 y el 4. — Llega Napoleón a Bayona. — Se anuncia a Fernando que renuncie. — Conferencias de Escóiquiz y Cevallos. — Llegada de Carlos IV a Bayona. — Come con Napoleón. — Comparece Fernando delante de su padre. — Condiciones de Fernando para su renuncia. — No se conforma el padre. — Comparece por segunda vez Fernando delante de su padre. — Renuncia Carlos IV en Napoleón. — Carlos IV y María Luisa. — Renuncia de Fernando como príncipe de Asturias. — La reina de Etruria. — Planes de evasión. — Se interna en Francia a la familia real de España. — Inacción de la junta de Madrid. — Murat presidente de la junta. — Equívoca conducta de la junta. — Napoleón piensa dar la corona de España a José. — Diputación de Bayona. — Medidas de precaución de Murat.

HISTORIA

DEL

LEVANTAMIENTO, GUERRA Y REVOLUCIÓN

de España.

LIBRO SEGUNDO.


Los habitadores de España alejados de los negocios públicos, y gozando de aquella aparente tranquilidad propia de los gobiernos despóticos, estaban todavía ajenos de prever la avenida de males que, rebalsando en su suelo como en campo barbechado, iban a cubrirle de espantosas ruinas. Primeros indicios
del viaje
de la corte. Madrid, sin embargo agitado ya con voces vagas e inquietadoras, creció en desasosiego con los preparativos que se notaron de largo viaje en casa de Doña Josefa Tudó, particular amiga del príncipe de la Paz, y con la salida de este para Aranjuez el día 13 de marzo. Sin aquel incidente no hubiera la última ocurrencia llamado tanto la atención, teniendo el valido por costumbre pasar una semana en Madrid, y otra en el sitio en que habitaban SS. MM., quienes de mucho tiempo atrás se detenían solamente en la capital dos meses del año, y aun en aquel al trasladarse en diciembre del Escorial a Aranjuez, no tomaron allí su habitual descanso, retraídos por el universal disgusto a que había dado ocasión el proceso del príncipe de Asturias.

Viose muy luego cuán fundados eran los temores públicos; porque al llegar al sitio el príncipe de la Paz, y después de haber conferenciado con los reyes, anunció Carlos IV a los ministros del despacho la determinación de retirarse a Sevilla. A pesar del sigilo con que se quisieron tomar las primeras disposiciones, se traslució bien pronto el proyectado viaje, Orden para que
la guarnición
de Madrid
pase a Aranjuez. y acabaron de cobrar fuerza las voces esparcidas con las órdenes que se comunicaron para que la mayor parte de la guarnición de Madrid se trasladase a Aranjuez. Prevenido para su cumplimiento el capitán general de Castilla Don Francisco Javier Negrete, se avistó en la mañana del 16 con el gobernador del consejo el coronel Don Carlos Velasco, dándole cuenta de la salida de las tropas en todo aquel día, en virtud de un decreto del generalísimo almirante; y previniéndole al propio tiempo de parte del mismo publicar un bando que calmase la turbación de los ánimos. No bastándole al gobernador la orden verbal, exigió de Don Carlos Velasco que la extendiese por escrito, y con ella se fue al consejo, en donde se acordó, como medida previa y antes de obedecer el expresado mandato, que se expusiesen reverentemente a S. M. las fatales consecuencias de un viaje tan precipitado. Aplaudiose la determinación del consejo, aunque nos parece no fue del todo desinteresada, si consideramos la incierta y precaria suerte que, con la temida emigración más allá de los mares de la dinastía reinante, había de caber a muchos de sus servidores y empleados. Así se vio que hombres que como el marqués Caballero en los días de prosperidad habían sido sumisos cortesanos, fueron los que con más empeño aconsejaron al rey que desistiese de su viaje.

Fuese influjo de aquellas representaciones, o fuese más bien el fundado temor a que daba lugar el público descontento, el rey trató momentáneamente de suspender la partida, y mandó circular un decreto a manera de proclama Proclama
de Carlos IV
de 16 de marzo.
(Véase
el Ap. n. [2-1].) que comenzaba por la desusada fórmula de «amados vasallos míos.» La gente ociosa y festiva comparaba por la novedad el encabezamiento de tan singular publicación al comenzar de ciertas y famosas relaciones que en sus comedias nos han dejado el insigne Calderón y otros ingenios de su tiempo; si bien no asistía al ánimo bastante serenidad para detenerse al examen de las mudanzas e innovaciones del estilo. Tratábase en la proclama de tranquilizar la pública agitación, asegurándose en ella que la reunión de tropas no tenía por objeto ni defender la persona del rey, ni acompañarle en un viaje que solo la malicia había supuesto preciso: se insistía en querer persuadir que el ejército del emperador de los franceses atravesaba el reino con ideas de paz y amistad, y sin embargo se daba a entender que en caso de necesidad estaba el rey seguro de las fuerzas que le ofrecerían los pechos de sus amados vasallos. Bien que con este documento no hubiese sobrado motivo de satisfacción y alegría, la muchedumbre que leía en él una especie de retractación del intentado viaje se mostró gozosa y alborozada. En Aranjuez apresuradamente se agolparon todos a palacio dando repetidos vivas al rey y a la familia real, que juntos se asomaron a recibir las lisonjeras demostraciones del entusiasmado pueblo. Mas como se notó que en la misma noche del 16 al 17 habían salido las tropas de Madrid para el sitio en virtud de las anteriores órdenes que no habían sido revocadas, duró poco y se acibaró presto la común alegría.

Opinión
sobre el viaje.

Entonces se desaprobó generalmente la resolución tomada por la corte de retirarse hacia las costas del mediodía, y de cruzar el Atlántico en caso urgente. Pero ahora que con fría imparcialidad podemos ser jueces desapasionados, nos parece que aquella resolución al punto a que las cosas habían llegado era conveniente y acertada, ya fuese para prepararse a la defensa, o ya para que se embarcase la familia real. Desprovisto el erario, corto en número el ejército e indisciplinado, ocupadas las principales plazas, dueño el extranjero de varias provincias, no podía en realidad oponérsele otra resistencia fuera de la que opusiese la nación, declarándose con unanimidad y energía. Para tantear este solo y único recurso, la posición de Sevilla era favorable, dando más treguas al sorprendido y azorado gobierno. Y si, como era de temer, la nación no respondía al llamamiento del aborrecido Godoy ni del mismo Carlos IV, era para la familia real más prudente pasar a América que entregarse a ciegas en brazos de Napoleón. Siendo pues esta determinación la más acomodada a las circunstancias, Don Manuel Godoy en aconsejar el viaje obró atinadamente, y la posteridad no podrá en esta parte censurar su conducta; pero le juzgará sí gravemente culpable en haber llevado como de la mano a la nación a tan lastimoso apuro, ora dejándola desguarnecida para la defensa, ora introduciendo en el corazón del reino tropas extranjeras deslumbrado con la imaginaria soberanía de los Algarbes. El reconcentrado odio que había contra su persona fue también causa que al llegar al desengaño de las verdaderas intenciones de Napoleón se le achacase que de consuno con este había procedido en todo: aserción vulgar, pero tan generalmente creída en aquella sazón que la verdad exige que abiertamente la desmintamos. Don Manuel Godoy se mantuvo en aquellos tratos fiel a Carlos IV y a María Luisa, sus firmes protectores, y no anduvo desacordado en preferir para sus soberanos un cetro en los dominios de América, más bien que exponerlos, continuando en España, a que fuesen destronados y presos. Además Godoy no habiendo olvidado la manera destemplada con que en los últimos tiempos se había Napoleón declarado contra su persona, recelábase de alguna dañada intención, y temía ser víctima ofrecida en holocausto a la venganza y público aborrecimiento. Bien es verdad que fue después su libertador el mismo a quien consideraba enemigo, mas debiolo a la repentina mudanza acaecida en el gobierno, por la cual fueron atropellados los que confiadamente aguardaban del francés amistad y amparo, y protegido el que se estremecía al ver que su ejército se acercaba: tan inciertos son los juicios humanos.

Agitación
de Madrid
y Aranjuez.
Conducta
del embajador
de Francia
y de Murat.

Averiguada que fue la traslación de las tropas de la capital al sitio, volviéronse a agitar extraordinariamente las poblaciones de Madrid y Aranjuez con todas las de los alrededores. En el sitio contribuía no poco a sublevar los ánimos la opinión contraria al viaje que pública y decididamente mostraba el embajador de Francia; sea que ignorase los intentos de su amo y siguiera abrigando la esperanza del soñado casamiento, o sea que tratara de aparentar: nos inclinamos a lo primero. Mas su opinión al paso que daba bríos a los enemigos del viaje para oponerse a él, servía también de estímulo y espuela a sus partidarios para acelerarle, esperando unos y temiendo otros la llegada de las tropas francesas que se adelantaban. En efecto Murat dirigía por Aranda su marcha hacia Somosierra y Madrid, y Dupont por su derecha se encaminaba a ocupar a Segovia y el Escorial. Este movimiento hecho con el objeto de impeler a la familia real, intimidándola a precipitar su viaje, vino en apoyo del partido del príncipe de Asturias, alentándole con tanta más razón cuanto parecía darse la mano con el modo de explicarse del embajador. Murat en su lenguaje descubría incertidumbre, imputándose entonces a disimulo lo que tal vez era ignorancia del verdadero plan de Napoleón. Al después tan malogrado Don Pedro Velarde, comisionado para acompañarle y cumplimentarle, le decía en Buitrago en 18 de marzo que al día siguiente recibiría instrucciones de su gobierno; que no sabía si pasaría o no por Madrid, y que al continuar su marcha a Cádiz probablemente publicaría en San Agustín las miras del emperador encaminadas al bien de España.

Avisos anteriores a este y no menos ambiguos ponían a la corte de Aranjuez en extremada tribulación. Sin embargo es de creer que cuando el 16 dio el rey la proclama en que públicamente desmentía las voces de viaje, dudó por un instante llevarle o no a efecto, pues es más justo atribuir aquella proclama a la perplejidad y turbación propias de aquellos días, que al premeditado pensamiento de engañar bajamente a los pueblos de Madrid y Aranjuez. Síntomas de
una conmoción. Continuando no obstante los preparativos de viaje, y siendo la desconfianza en los que gobernaban fuera de todo término, se esparció de nuevo y repentinamente en el sitio que la salida de SS. MM. para Andalucía se realizaría en la noche del 17 al 18. La curiosidad junto probablemente con oculta intriga había llevado a Aranjuez de Madrid y sus alrededores muchos forasteros cuyos semblantes anunciaban siniestros intentos: las tropas que habían ido de la capital participaban del mismo espíritu, y ciertamente hubieran podido sublevarse sin instigación especial. Asegurose entonces que el príncipe de Asturias había dicho a un guardia de corps en quien confiaba «esta noche es el viaje, y yo no quiero ir», y se añadió que con el aviso cobraron más resolución los que estaban dispuestos a impedirle. Nosotros tenemos entendido que para el efecto advirtió S. A. a Don Manuel Francisco Jáuregui, amigo suyo, quien como oficial de guardias pudo fácilmente concertarse con sus compañeros de inteligencia ya con otros de los demás cuerpos. Prevenidos de esta manera, el alboroto hubiera comenzado al tiempo de partir la familia real; una casualidad le anticipó.

Primera
conmoción
de Aranjuez.

Puestos todos en vela rondaba voluntariamente el paisanaje durante la noche, capitaneándole disfrazado, bajo nombre de tío Pedro, el inquieto y bullicioso conde del Montijo, cuyo nombre en adelante casi siempre estará mezclado con los ruidos y asonadas. Andaba asimismo patrullando la tropa, y unos y otros custodiaban de cerca, y observaban particularmente la casa del príncipe de la Paz. Entre once y doce salió de ella muy tapada Doña Josefa Tudó, llevando por escolta a los guardias de honor del generalísimo: quiso una patrulla descubrir la cara de la dama, la cual resistiéndolo excitó una ligera reyerta, disparando al aire un tiro uno de los que estaban presentes. Quién afirma fue el oficial Tuyols que acompañaba a Doña Josefa para que vinieran en su ayuda, quién el guardia Merlo para avisar a los conjurados. Lo cierto es que estos lo tomaron por una señal, pues al instante un trompeta apostado al intento tocó a caballo, y la tropa corrió a los diversos puntos por donde el viaje podía emprenderse. Entonces y levantándose terrible estrépito, gran número de paisanos, otros transformados en tales, criados de palacio y monteros del infante Don Antonio, con muchos soldados desbandados, acometieron la casa de Don Manuel Godoy, forzaron su guardia, y la entraron como a saco, escudriñando por todas partes, y buscando en balde al objeto de su enfurecida rabia. Creyose por de pronto que a pesar de la extremada vigilancia se había su dueño salvado por alguna puerta desconocida o excusada, y que o había desamparado a Aranjuez, u ocultádose en palacio. El pueblo penetró hasta lo más escondido, y aquellas puertas antes solo abiertas al favor, a la hermosura y a lo más brillante y escogido de la corte, dieron franco paso a una soldadesca desenfrenada y tosca, y a un populacho sucio y desaliñado, contrastando tristemente lo magnífico de aquella mansión con el descuidado arreo de sus nuevos y repentinos huéspedes. Pocas horas habían transcurrido cuando desapareció tanta desconformidad, habiendo sido despojados los salones y estrados de sus suntuosos y ricos adornos para entregarlos al destrozo y a las llamas. Repetida y severa lección que a cada paso nos da la caprichosa fortuna en sus continuados vaivenes. El pueblo si bien quemó y destruyó los muebles y objetos preciosos, no ocultó para sí cosa alguna, ofreciendo el ejemplo del desinterés más acendrado. La publicidad siendo en tales ocasiones un censor inflexible, y uniéndose a un cierto linaje de generoso entusiasmo, enfrena al mismo desorden, y pone coto a algunos de sus excesos y demasías. Las veneras, los collares y todos los distintivos de las dignidades supremas a que Godoy había sido ensalzado, fueron preservados y puestos en manos del rey; poderoso indicio de que entre el populacho había personas capaces de distinguir los objetos que era conveniente respetar y guardar, y aquellos que podían ser destruidos. La princesa de la Paz, mirada como víctima de la conducta doméstica de su marido, y su hija fueron bien tratadas y llevadas a palacio tirando la multitud de su berlina. Al fin restablecida la tranquilidad volvieron los soldados a sus cuarteles, y para custodiar la saqueada casa se pusieron dos compañías de guardias españolas y valonas con alguna más tropa que alejase al populacho de sus avenidas.

Decreto
de Carlos IV.
(* Ap. n. [2-2].)

La mañana del 18 dio el rey [*] un decreto exonerando al príncipe de la Paz de sus empleos de generalísimo y almirante, y permitiéndole escoger el lugar de su residencia. (* Ap. n. [2-3].) También anunció a Napoleón esta resolución que en gran manera le sorprendió.[*] El pueblo arrebatado de gozo con la novedad corrió a palacio a vitorear a la familia real que se asomó a los balcones conformándose con sus ruegos. Prisión de
D. Diego Godoy. En nada se turbó aquel día el público sosiego sino por el arresto de Don Diego Godoy, quien despojado por la tropa de sus insignias fue llevado al cuartel de guardias españolas, de cuyo cuerpo era coronel: pernicioso ejemplo entonces aplaudido y después desgraciadamente renovado en ocasiones más calamitosas.

Continúa
la agitación
y temores
de otra
conmoción.

Parecía que desbaratado el viaje de la real familia y abatido el príncipe de la Paz, eran ya cumplidos los deseos de los amotinados; mas todavía continuaba una terrible y sorda agitación. Los reyes temerosos de otra asonada, mandaron a los ministros del despacho que pasasen la noche del 18 al 19 en palacio. Por la mañana el príncipe de Castel-Franco y los capitanes de guardias de Corps, conde de Villariezo y marqués de Albudeite, avisaron personalmente a SS. MM. que dos oficiales de guardias con la mayor reserva y bajo palabra de honor acababan de prevenirles que para aquella noche un nuevo alboroto se preparaba mayor y más recio que el de la precedente. Habiéndoles preguntado el marqués Caballero si estaban seguros de su tropa, respondieron encogiéndose de hombros «que solo el príncipe de Asturias podía componerlo todo.» Pasó entonces Caballero a verse con S. A., y consiguió que, trasladándose al cuarto de sus padres, les ofreciese que impediría por medio de los segundos jefes de los cuerpos de la casa real la repetición de nuevos alborotos, como también el que mandaría a varias personas, cuya presencia en el sitio era sospechosa, que regresasen a Madrid, disponiendo al mismo tiempo que criados suyos se esparciesen por la población para acabar de aquietar el desasosiego que aún subsistía. Estos ofrecimientos del príncipe dieron cuerpo a la sospecha de que en mucha parte obraban de concierto con él los sediciosos, no habiendo habido de casual sino el momento en que comenzó el bullicio, y tal vez el haber después ido más allá de lo que en un principio se habían propuesto.

Tomadas aquellas determinaciones no se pensaba en que la tranquilidad volvería a perturbarse, e inesperadamente a las diez de la mañana se suscitó un nuevo y estrepitoso tumulto. Segunda
conmoción
de Aranjuez:
Prisión de Godoy. El príncipe de la Paz, a quien todos creían lejos del sitio, y los reyes mismos camino de Andalucía, fue descubierto a aquella hora en su propia casa. Cuando en la noche del 17 al 18 habían sido asaltados sus umbrales, se disponía a acostarse, y al ruido, cubriéndose con un capote de bayetón que tuvo a mano, cogiendo mucho oro en sus bolsillos y tomando un panecillo de la mesa en que había cenado, trató de pasar por una puerta escondida a la casa contigua que era la de la duquesa viuda de Osuna. No le fue dado fugarse por aquella parte, y entonces se subió a los desvanes, y en el más desconocido se ocultó metiéndose en un rollo de esteras. Allí permaneció desde aquella noche por el espacio de 36 horas privado de toda bebida y con la inquietud y desvelo propio de su crítica y angustiada posición. Acosado de la sed tuvo al fin que salir de su molesto y desdichado asilo. Conocido por un centinela de guardias valonas que al instante gritó a las armas, no usó de unas pistolas que consigo traía, fuera cobardía o más bien desmayo con el largo padecer. Sabedor el pueblo de que se le había encontrado se agolpó hacia su casa, y hubiera allí perecido si una partida de guardias de Corps no le hubiese protegido a tiempo. Condujéronle estos a su cuartel, y en el tránsito acometiéndole la gente con palas, estacas y todo género de armas e instrumentos procuraba matarle o herirle buscando camino a sus furibundos golpes por entre los caballos y los guardias, quienes escudándole le libraron de un trágico y desastroso fin. Para mayor seguridad, creciendo el tumulto, aceleraron los guardias el paso, y el desgraciado preso en medio y apoyándose sobre los arzones de las sillas de dos caballos seguía su levantado trote ijadeando, sofocado y casi llevado en vilo. La travesía considerable que desde su casa había al paraje adonde le conducían, sobre todo teniendo que cruzar la espaciosa plazuela de San Antonio, hubiera dado mayor facilidad al furor popular para acabar con su vida, si temerosos los que le perseguían de herir a alguno de los de la escolta no hubiesen asestado sus tiros de un modo incierto y vacilante. Así fue que aunque magullado y contuso en varias partes de su cuerpo, solo recibió una herida algo profunda sobre una ceja. En tanto avisado Carlos IV de lo que pasaba ordenó a su hijo que corriera sin tardanza y salvara la vida de su malhadado amigo. Llegó el príncipe al cuartel adonde le habían traído preso, y con su presencia contuvo a la multitud. Entonces diciéndole Fernando que le perdonaba la vida, conservó bastante serenidad para preguntarle a pesar del terrible trance «si era ya rey» a lo que le respondió «todavía no, pero luego lo seré.» Palabras notables y que demuestran cuán cercana creía su exaltación al solio. Aquietado el pueblo con la promesa que el príncipe de Asturias le reiteró muchas veces de que el preso sería juzgado y castigado conforme a las leyes, se dispersó y se recogió cada uno tranquilamente a su casa. Godoy desposeído de su grandeza volvió adonde había habitado antes de comenzarse aquella, y maltratado y abatido quedó entregado en su soledad a su incierta y horrenda suerte. Casi todos a excepción de los reyes padres le abandonaron, que la amistad se eclipsa al llegar el nublado de la desgracia. Y aquel a cuyo nombre la mayor parte de la monarquía todavía temblaba, echado sobre unas pajas y hundido en la amargura, era quizá más desventurado que el más desventurado de sus habitantes. Así fue derrocado de la cumbre del poder este hombre que de simple guardia de Corps se alzó en breve tiempo a las principales dignidades de la corona, y se vio condecorado con sus órdenes y distinguido con nuevos y exorbitantes honores. ¿Y cuáles fueron los servicios para tanto valimiento; cuáles los singulares hechos que le abrieron la puerta y le dieron suave y fácil subida a tal grado de sublimada grandeza? Pesa el decirlo. La desenfrenada corrupción y una privanza fundada, ¡oh baldón!, en la profanación del tálamo real. Menester sería que retrocediésemos hasta Don Beltrán de la Cueva para tropezar en nuestra historia con igual mancilla, y aun entonces si bien aquel valido de Enrique IV principió su afortunada carrera por el modesto empleo de paje de lanza, y se encaminó como Godoy por la senda del deshonor regio, nunca remontó su vuelo a tan desmesurada altura, teniendo que partir su favor con Don Juan Pacheco, y cederle a veces al temido y fiero rival.

Retrato de Godoy.

Don Manuel Godoy había nacido en Badajoz en 12 de mayo de 1767, de familia noble pero pobre. Su educación había sido descuidada; profunda era su ignorancia. Naturalmente dotado de cierto entendimiento, y no falto de memoria, tenía facilidad para enterarse de los negocios puestos a su cuidado. Vario e inconstante en sus determinaciones deshacía en un día y livianamente lo que en otro sin más razón había adoptado y aplaudido. Durante su ministerio de estado, a que ascendió en los primeros años de su favor, hizo convenios solemnes con Francia perjudiciales y vergonzosos; primer origen de la ruina y desolación de España. Desde el tiempo de la escandalosa campaña de Portugal mandó el ejército con el título de generalísimo; no teniendo a sus ojos la ilustre profesión de las armas otro atractivo ni noble cebo que el de los honores y sueldos; nunca se instruyó en los ejercicios militares; nunca dirigió ni supo las maniobras de los diversos cuerpos; nunca se acercó al soldado ni se informó de sus necesidades o reclamaciones; nunca en fin organizó la fuerza armada de modo que la nación en caso oportuno pudiera contar con un ejército pertrechado y bien dispuesto, ni él con amigos y partidarios firmes y resueltos: así la tropa fue quien primero le abandonó. Reducíase su campo de instrucción a una mezquina parada que algunas veces ofrecía delante de su casa a manera de espectáculo a los ociosos de la capital y a sus bajos y por desgracia numerosos aduladores: ridículo remedo de las paradas que en París solía tener Napoleón. Tan pronto protegía a los hombres de saber y respeto, tan pronto los humillaba. Al paso que fomentaba una ciencia particular, o creaba una cátedra, o sostenía alguna mejora, dejaba que el marqués Caballero, enemigo declarado de la ilustración y de los buenos estudios, imaginase un plan general de instrucción pública para todas las universidades incoherente y poco digno del siglo, permitiéndole también hacer en los códigos legales omisiones y alteraciones de suma importancia. Aunque confinaba lejos de la corte y desterraba a cuantos creía desafectos suyos o le desagradaban, ordinariamente no llevaba más allá sus persecuciones ni fue cruel por naturaleza: solo se mostró inhumano y duro con el ilustre Jovellanos. Sórdido en su avaricia vendía como en pública almoneda los empleos, las magistraturas, las dignidades, los obispados, ya para sí, ya para sus amigas, o ya para saciar los caprichos de la reina. La hacienda fue entregada a arbitristas más bien que a hombres profundos en este ramo, teniéndose que acudir a cada paso a ruinosos recursos para salir de los continuos tropiezos causados por el derroche de la corte y por gravosas estipulaciones. Desembozado y suelto en sus costumbres dio ocasión a que entre el vulgo se pusiese en crédito el esparcido rumor de estar casado con dos mujeres: habiéndose dicho que era una Doña María Teresa de Borbón, prima carnal del rey, que fue considerada como la verdadera, y otra Doña Josefa Tudó, su particular amiga, de buena índole y de condición apacible, y tan aficionada a su persona que quiso consignar en la gracia que se le acordó de condesa de Castillo-Fiel el timbre de su incontrastable fidelidad. Conteníale a veces en sus prontos y violentos arrebatos. Godoy en el último año llegó al ápice de su privanza, habiendo recibido con la dignidad de grande almirante el tratamiento de alteza, distinción no concedida antes en España a ningún particular. Su fausto fue extremado, su acompañamiento espléndido, su guardia mejor vestida y arreada que la del rey: honrado en tanto grado por su soberano fue acatado por casi todos los grandes y principales personajes de la monarquía. ¡Qué contraste verle ahora y comparar su suerte con aquella en que aún brillaba dos días antes! Situación que recuerda la del favorito Eutropio que tan elocuentemente nos pinta uno de los primeros padres de la Iglesia griega.[*] (* San Juan
Crisóstomo:
Ap. n. [2-4].) «Todo pereció, dice; una ráfaga de viento soplando reciamente despojó aquel árbol de sus hojas, y nos le mostró desnudo y conmovido hasta en su raíz... ¿quién había llegado a tanta excelsitud? ¿No aventajaba a todos en riquezas? ¿no había subido a las mayores dignidades? ¿No le temían todos y temblaban a su nombre? Y ahora más miserable que los hombres que están presos y aherrojados; más necesitado que el último de los esclavos y mendigos, solo ve agudas armas vueltas contra su persona; solo ve destrucción y ruina, los verdugos y el camino de la muerte.» Pasmosa semejanza y tal que en otros tiempos hubiera llevado visos de sobrehumana profecía.

Tercer
movimiento
de Aranjuez.

Encerrado el príncipe de la Paz en el cuartel de guardias de Corps, y retirado el pueblo, como hemos dicho, a instancias y en virtud de las promesas que le hizo el príncipe de Asturias, se mantuvo quieto y sosegado, hasta que a las dos de la tarde un coche con seis mulas a la puerta de dicho cuartel movió gran bulla, habiendo corrido la voz que era para llevar al preso a la ciudad de Granada. El pueblo en un instante cortó los tirantes de las mulas y descompuso y estropeó el coche.

El rey Carlos y la reina María Luisa sobrecogidos con las nuevas demostraciones del furor popular, temieron peligrase la vida de su desgraciado amigo. Abdicación
de Carlos IV
el 19 de marzo. El rey achacoso y fatigado con los desusados bullicios, persuadido además por las respetuosas observaciones de algunos que en tal aprieto le representaron como necesaria la abdicación en favor de su hijo, y sobre todo creyendo juntamente con su esposa que aquella medida sería la sola que podría salvar la vida a Don Manuel Godoy, resolvió convocar para las siete de la noche del mismo día 19 a todos los ministros del despacho y renunciar en su presencia la corona, colocándola en las sienes del príncipe heredero. Este acto fue concebido en los términos siguientes: «Como [*] (* Ap. n. [2-5].) los achaques de que adolezco no me permiten soportar por más tiempo el grave peso del gobierno de mis reinos, y me sea preciso para reparar mi salud gozar en un clima más templado de la tranquilidad de la vida privada, he determinado después de la más seria deliberación abdicar mi corona en mi heredero y mi muy caro hijo el príncipe de Asturias. Por tanto es mi real voluntad que sea reconocido y obedecido como rey y señor natural de todos mis reinos y dominios. Y para que este mi real decreto de libre y espontánea abdicación tenga su éxito y debido cumplimiento, lo comunicaréis al consejo y demás a quien corresponda. — Dado en Aranjuez a 19 de marzo de 1808. — Yo el rey. — A Don Pedro Cevallos.»

Divulgada por el sitio la halagüeña noticia, fue indecible el contento y la alegría; y corriendo el pueblo a la plazuela de palacio, al cerciorarse de tamaño acontecimiento unánimemente prorrumpió en víctores y aplausos. El príncipe después de haber besado la mano a su padre se retiró a su cuarto en donde fue saludado como nuevo rey por los ministros, grandes y demás personas que allí asistían.

Conmoción
de Madrid
del 19
y 20 de marzo.

En Madrid se supo en la tarde del 19 la prisión de Don Manuel Godoy, y al anochecer se agrupó y congregó el pueblo en la plazuela del Almirante, así denominada desde el ensalzamiento de aquel a esta dignidad, y sita junto al palacio de los duques de Alba. Allí levantando gran gritería con vivas al rey y mueras contra la persona del derribado valido, acometieron los amotinados su casa inmediata al paraje de la reunión, y arrojando por las ventanas muebles y preciosidades, quemáronlo todo sin que nada se hubiese robado ni escondido. Después, distribuidos en varios bandos, y saliendo otros de puntos distintos con hachas encendidas, repitieron la misma escena en varias casas, y señaladamente recibieron igual quebranto en las suyas la madre del príncipe de la Paz, su hermano Don Diego, su cuñado marqués de Branciforte, los ex-ministros Álvarez y Soler, y Don Manuel Sixto Espinosa, conservándose en medio de las bulliciosas asonadas una especie de orden y concierto.

Siendo universal el júbilo con la caída de Godoy, fue colmado entre los que supieron a las once de la noche que Carlos IV había abdicado. Pero como era tarde la noticia no cundió bastantemente por el pueblo hasta el día siguiente, domingo, confirmándose de oficio por carteles del consejo que anunciaban la exaltación de Fernando VII. Entonces el entusiasmo y gozo creció a manera de frenesí, llevando en triunfo por todas las calles el retrato del nuevo rey, que fue al último colocado en la fachada de la casa de la Villa. Continuó la algazara y la alegría toda aquella noche del 20; pero habiéndose ya notado en ella varios excesos, fueron inmediatamente reprimidos por el consejo, y por orden suya cesó aquel nuevo género de regocijos.

Alborotos
en las provincias.

En las más de las ciudades y pueblos del reino hubo también fiesta y motín, arrastrando el retrato de Godoy que los mismos pueblos habían a sus expensas colocado en las casas consistoriales: si bien es verdad que ahora su imagen era abatida y despedazada con general consentimiento, y antes habían sido muy pocos los que la habían erigido y reverenciado buscando por este medio empleos y honores en la única fuente de donde se derivaban las gracias: el pueblo siempre reprobó con expresivo murmullo aquellas lisonjas de indignos conciudadanos.

Juicio sobre
la abdicación
de Carlos IV.

Fue tal el gusto y universal contento, ya con la caída de Don Manuel Godoy y ya también con la abdicación de Carlos IV, que nadie reparó entonces en el modo con que este último e importante acto se había celebrado, y si había sido o no concluido con entera y cumplida libertad: todos lo creían así llevados de un mismo y general deseo. Sin embargo graves y fundadas dudas se suscitaron después. Por una parte Carlos IV se había mostrado a veces propenso a alejarse de los negocios públicos, y María Luisa en su correspondencia declara que tal era su intención cuando su hijo se hubiera casado con una princesa de Francia. Confirmó su propósito Carlos al recibir al cuerpo diplomático con motivo de su abdicación, pues dirigiendo la palabra a Mr. de Strogonoff, ministro de Rusia, le dijo: «En mi vida he hecho cosa con más gusto.» Pero por otra parte es de notar que la renuncia fue firmada en medio de una sedición, no habiendo Carlos IV en la víspera de aquel día dado indicio de querer tan pronto efectuar su pensamiento, porque exonerando al príncipe de la Paz del mando del ejército y de la marina se encargó el mismo rey del manejo supremo. En la mañana del 19 tampoco anunció cosa alguna relativa a su próxima abdicación; y solo al segundo alboroto en la tarde y cuando creyó juntamente con la reina poner a salvo por aquel medio a su caro favorito, resolvió ceder el trono y retirarse a vida particular. El público, lejos de entrar en el examen de tan espinosa cuestión, censuró amargamente al consejo, porque conforme a su formulario había pasado a informe de sus fiscales el acto de la abdicación: también se le reprendió con severidad por los ministros del nuevo rey, ordenándole que inmediatamente lo publicase, como lo verificó el 20 a las tres de la tarde. El consejo obró de esta manera por conservar la fórmula con que acostumbraba proceder en sus determinaciones, y no con ánimo de oponerse y menos aún con el de reclamar los antiguos usos y prácticas de España. Para lo primero ni tenía interés, ni le era dado resistir al torrente del universal entusiasmo manifestado en favor de Fernando; y para lo segundo, pertinaz enemigo de cortes o de cualquiera representación nacional, más bien se hubiera mostrado opuesto que inclinado a indicar o promover su llamamiento. Sin embargo para desvanecer todo linaje de dudas, conveniente hubiera sido repetir el acto de la abdicación de un modo más solemne y en ocasión más tranquila y desembarazada. Los acontecimientos que de repente sobrevinieron pudieron servir de fundada disculpa a aquella omisión; mas parándonos a considerar quiénes eran los íntimos consejeros de Fernando, cuáles sus ideas y cuál su posterior conducta, podemos afirmar sin riesgo que nunca hubieran para aquel objeto congregado cortes, graduando su convocación de intempestiva y peligrosa. Con todo su celebración a ser posible hubiera puesto a la renuncia de Carlos IV [conformándose con los antiguos usos de España] un sello firme e incontrastable de legitimidad. Congregar cortes para asunto de tanta gravedad fue constante costumbre nunca olvidada en las muchas renuncias que hubo en los diferentes reinos de España. Las de Doña Berenguela y la intentada por Don Juan I en Castilla; la de Don Ramiro el monje en Aragón con todas las otras más o menos antiguas fueron ejecutadas y cumplidas con la misma solemnidad, hasta que la introducción de dinastías extranjeras alteró práctica tan fundamental, siendo al parecer lamentable prerrogativa de aquellos príncipes atropellar nuestros fueros, conservar nuestros vicios, y olvidándose de lo bueno que en su patria dejaban, traernos solamente lo perjudicial y nocivo. Así fue que en las dos célebres cesiones de Carlos I y Felipe V no se llamó a cortes ni se guardaron las antiguas formalidades. Verdad es que no hubo ni en una ni en otra asomo de violencia, y a la de [*] (* Ap. n. [2-6].) Carlos I celebrada en Bruselas públicamente con gran pompa y aparato asistieron además muchos grandes. La de Felipe V fue más silenciosa, poniendo en esta parte nuestros monarcas más y más en olvido la respetable antigüedad según que se acercaban a nuestro tiempo. El rey dijo que obraba [*] (* Ap. n. [2-7].) «con consentimiento y de conformidad con la reina su muy cara y muy amada esposa.» Singular modo de autorizar acto de tanta trascendencia y de interés tan general. La opinión entonces a pesar de estar reprimida no quedó satisfecha, pues los «jurisperitos y los mismos del consejo real,[*] (* Ap. n. [2-8].) nos dice el marqués de San Felipe, veían que no era válida la renuncia no hecha con acuerdo de sus vasallos... pero nadie replicó, pues al consejo real no se le preguntó sobre la validación de la renuncia, sino se le mandó que obedeciese el decreto...» Ahora lo mismo: ni a nadie se le preguntó cosa alguna, ni nadie replicó esperándolo todo de la caída de Godoy y del ensalzamiento de Fernando: imprevisión propia de las naciones que entregándose ciegamente a la sola y casual sucesión de las personas, no buscan en las leyes e instituciones el sólido fundamento de su felicidad.

Ministros del
nuevo monarca.

Exaltado al solio Fernando VII del nombre, conservó por de pronto a los mismos ministros de su padre, pero sucesivamente removió a los más de ellos. Fue el primero que estuvo en este caso Don Miguel Cayetano Soler, dotado de cierto despejo, y que encargado de la hacienda fue más bien arbitrista que hombre verdaderamente entendido en aquel ramo. Se puso en su lugar a Don Miguel José de Azanza, antiguo virrey de Méjico, quien confinado en Granada gozaba del concepto de hombre de mucha probidad. Quedó en estado Don Pedro Cevallos con decreto honorífico para que no le perjudicase su enlace con una prima hermana del príncipe de la Paz. Teníanle en el reinado anterior por cortesano dócil, estaba adornado de cierta instrucción, y si bien no descuidó los intereses personales y de familia, pasó en la corrompida corte de Carlos IV por hombre de bien. Se notó posteriormente en su conducta propensión fácil a acomodarse a varios y encontrados gobiernos. Continuó al frente de la marina Don Francisco Gil y Lemus, anciano respetable y de carácter entero y firme. Sucedió a pocos días en guerra al enfermizo y ceremonioso Don Antonio Olaguer Feliú el general Don Gonzalo Ofárril, recién venido de Toscana, en donde había mandado una división española. Gozaba créditos de hombre de saber y de más aventajado militar. Empezó por nombrársele director general de artillería, y elevado al ministerio fue acometido de una enfermedad grave que causó vivo y general sentimiento: tanta era la opinión de que gozaba, la cual hubiera conservado intacta si la suerte de que todos se lamentaban hubiera terminado su carrera. El marqués Caballero, ministro de gracia y justicia, enemigo del saber, servidor atento y solícito de los caprichos licenciosos de la reina, perseguidor del mérito y de los hombres esclarecidos, había sido hasta entonces universalmente despreciado y aborrecido. Viendo en marzo a qué lado se inclinaba la fortuna, varió de lenguaje y de conducta, y en tanto grado que se le creyó por algún tiempo autor en parte de lo acaecido en Aranjuez: debió a su oportuna mudanza habérsele conservado en su ministerio durante algunos días. Pero perseguido por su anterior desconcepto y ofreciendo poca confianza, pasó en cambio de su puesto a ser presidente de uno de los consejos: contribuyó mucho a su separación el haber maliciosamente retardado cuatro días el despacho de la orden que llamaba a Madrid de su confinamiento a Don Juan Escóiquiz. Entró en el despacho de gracia y justicia Don Sebastián Piñuela, ministro anciano del consejo. Se alzaron los destierros a Don Mariano Luis de Urquijo, al conde de Cabarrús y al sabio y virtuoso Don Gaspar Melchor de Jovellanos, víctima la más desgraciada y con más saña perseguida en la privanza de Godoy. También fueron llamados todos los individuos comprendidos en la causa del Escorial, mereciendo entre ellos particular mención Don Juan Escóiquiz, el duque del Infantado y el de San Carlos.

Escóiquiz.

Era Don Juan Escóiquiz hijo de un general y natural de Navarra. Educado en la casa de pajes del rey, prefirió al estruendo de las armas el quieto y pacífico estado eclesiástico, y obtuvo una canonjía en la catedral de Zaragoza de donde pasó a ser maestro del príncipe de Asturias. En el nuevo y honroso cargo en vez de formar el tierno corazón de su augusto discípulo infundiendo en él máximas de virtud y tolerancia; en vez de enriquecer su mente y adornarla de útiles y adecuados conocimientos, se ocupó más bien en intrigas y enredos de corte ajenos de su estado, y sobre todo de su magisterio. Queriendo derribar a Godoy se atrajo su propia desgracia y se le alejó de la enseñanza del príncipe, dándole en la iglesia de Toledo el arcedianato de Alcaraz. Desde allí continuó sus secretos manejos, hasta que al fin de resultas de la causa del Escorial se le confinó al convento del Tardón. Aficionado a escribir en prosa y verso no descolló en las letras más que en la política. Tradujo del inglés, con escaso numen, el Paraíso perdido de Milton, y de sus obras en prosa debe en particular mencionarse una defensa que publicó del tribunal de la Inquisición; parto torcido de su poco venturoso ingenio. Fue siempre ciego admirador de Bonaparte, y creciendo de punto su obcecación comprometió con ella al príncipe su discípulo, y sepultó al reino en un abismo de desgracias. Presumido y ambicioso, somero en su saber, sin conocimiento práctico del corazón humano y menos de la corte y de los gobiernos extraños, se imaginó que, cual otro Jiménez de Cisneros, desde el rincón de su coro de Toledo saliendo de nuevo al mundo, regiría la monarquía y sujetaría a la estrecha y limitada esfera de su comprensión la extensa y vasta del indomable emperador de los franceses. Condecorado con la gran cruz de Carlos III, fue nombrado por el nuevo rey consejero de Estado, y como tal asistió a las importantes discusiones de que hablaremos muy pronto. El duque
del Infantado. El duque del Infantado dado al estudio de algunas ciencias, fomentador en sus estados de la industria y de ciertas fábricas, gozaba de buen nombre, realzado por su riqueza, por el lustre de su casa, y principalmente por las persecuciones que su desapego al príncipe de la Paz le habían acarreado. Como coronel ahora de guardias españolas y presidente del consejo real tomó parte en los arduos negocios que ocurrieron, y no tardó en descubrir la flojedad y distracción de su ánimo, careciendo de aquella energía y asidua aplicación que se requiere en las materias graves. Tan cierto es que hombres cuyo concepto ha brillado en la vida privada o en tiempos serenos, se eclipsan si son elevados a puesto más alto, o si alcanzan días turbulentos y borrascosos. El duque
de San Carlos. Dio la América el ser al duque de San Carlos, quien después de haber hecho la campaña contra Francia en 1793, fue nombrado ayo del príncipe de Asturias, y desterrado al fin de la corte con motivo de la causa del Escorial. La reina María Luisa decía que era el más falso de todos los amigos de su hijo; pero sin atenernos ciegamente a tan parcial testimonio, cierto es que durante la privanza de Godoy no mostró respecto del favorito el mismo desvío que el duque del Infantado, y solícito lisonjero buscó en su genealogía el modo de entroncarse y emparentar con el ídolo a quien tantos reverenciaban. Escogido para mayordomo mayor en lugar del marqués de Mos, estuvo especialmente a su cargo, junto con el del Infantado y Escóiquiz, dirigir la nave del estado en medio del recio temporal que había sobrevenido, e inexperto y desavisado la arrojó contra conocidos escollos tan desatentadamente como sus compañeros.

Primeras
providencias del
nuevo reinado.

Fueron las primeras providencias del nuevo reinado o poco importantes o dañosas al interés público, empezándose ya entonces el fatal sistema de echar por tierra lo actual y existente, sin otro examen que el de ser obra del gobierno que había antecedido. Se abolía la superintendencia general de policía creada el año anterior, y se dejaba resplandeciente y viva la horrible Inquisición. Permitíase en los sitios y bosques reales la destrucción de alimañas, y se suspendía la venta del séptimo de los bienes eclesiásticos concedida y aprobada dos años antes por bula del Papa: medida necesaria y urgentísima en España, obstruida en su prosperidad con la embarazosa traba del casi total estancamiento de la propiedad territorial; medida que, repetimos, hubiera convenido mantener con firmeza, cuidando solamente de que se invirtiese el producto de la venta en procomunal. Se suprimió también un impuesto sobre el vino con el objeto de halagar a los contribuyentes, como si abandonando el verdadero y sólido interés del estado no fuera muy reprensible dejarse llevar de una mal entendida y efímera popularidad. Pero aquellas providencias fueran o no oportunas, apenas fijaron la atención de España, inquieto el ánimo con el cúmulo de acontecimientos que unos en pos de otros sobrevinieron y se atropellaron.

Proceso del
príncipe de la Paz
y de otros,
23 de marzo.

El príncipe de la Paz en la mañana del 23 de marzo había sido trasladado desde Aranjuez al castillo de Villaviciosa, escoltándole los guardias de corps a las órdenes del marqués de Castelar, comandante de alabarderos, y allí fue puesto en juicio. Fuéronlo igualmente su hermano Don Diego, el ex-ministro Soler, Don Luis Viguri, antiguo intendente de la Habana, el corregidor de Madrid Don José Marquina, el tesorero general Don Antonio Noriega, el director de la caja de consolidación Don Miguel Sixto Espinosa, Don Simón de Viegas, fiscal del consejo, y el canónigo Don Pedro Estala, distinguido como literato. Para procesar a muchos de ellos no hubo otro motivo que el de haber sido amigos de Don Manuel Godoy, y haberle tributado esmerado obsequio; delito, si lo era, en que habían incurrido todos los cortesanos y algunos de los que todavía andaban colocados en dignidades y altos puestos. Se confiscaron por decreto del rey los bienes del favorito, aunque las leyes del reino entonces vigentes autorizaban solo el embargo y no la confiscación, puesto que para imponer la última pena debía preceder juicio y sentencia legal, no exceptuándose ni aquellos casos en que el individuo era acusado del crimen de lesa majestad. Además conviene advertir que no obstante la justa censura que merecía la ruinosa administración de Godoy, en un gobierno como el de Carlos IV, que no reconocía límite ni freno a la voluntad del soberano, difícilmente hubiera podido hacérsele ningún cargo grave, sobre todo habiendo seguido Fernando por la pésima y trillada senda que su padre le había dejado señalada. El valido había procedido en el manejo de los negocios públicos autorizado con la potestad indefinida de Carlos IV, no habiéndosele puesto coto ni medida, y lejos de que hubiese aquel soberano reprobado su conducta después de su desgracia, insistió con firmeza en sostenerle y en ofrecer a su caído amigo el poderoso brazo de su patrocinio y amparo. Situación muy diversa de la de Don Álvaro de Luna, desamparado y condenado por el mismo rey a quien debía su ensalzamiento. Don Manuel Godoy, escudado con la voluntad expresa y absoluta de Carlos, solo otra voluntad opresora e ilimitada podía atropellarle y castigarle; medio legalmente atroz e injusto, pero debido pago a sus demasías, y correspondiente a las reglas que le habían guiado en tiempo de su favor.

Grandes enviados
para obsequiar
a Murat
y a Napoleón.

Pasados los primeros días de ceremonia y públicos regocijos se volvieron los ojos a los huéspedes extranjeros que insensiblemente se aproximaban a la capital. La nueva corte soñando felicidades y pensando en efectuar el tan ansiado casamiento de Fernando con una princesa de la sangre imperial de Francia, se esmeró en dar muestras de amistad y afecto al emperador de los franceses y a su cuñado Murat, gran duque de Berg. Fue al encuentro de este para obsequiarle y servirle el duque del Parque, y salieron en busca del deseado Napoleón, con el mismo objeto los duques de Medinaceli y de Frías, y el conde de Fernán Núñez.

Avanza Murat
hacia Madrid.

Ya hemos indicado como las tropas francesas se avanzaban hacia Madrid. El 15 de marzo había Murat salido de Burgos, continuando después su marcha por el camino de Somosierra. Traía consigo la guardia imperial, numerosa artillería y el cuerpo de ejército del mariscal Moncey, al que reemplazaba el de Bessières en los puntos que aquel iba desocupando. Dupont también se avanzaba por el lado de Guadarrama con toda su fuerza, a excepción de una división que dejó en Valladolid para observar las tropas españolas de Galicia. Se había con particularidad encargado a Murat que se hiciera dueño de la cordillera que divide las dos Castillas, antes que se apoderase de ella Solano u otras tropas; igualmente se le previno que interceptara los correos, con otras instrucciones secretas, cuya ejecución no tuvo lugar a causa de la sumisa condescendencia de la nueva corte.

Murat, inquieto y receloso con lo acaecido en Aranjuez, no quiso dilatar más tiempo la ocupación de Madrid, y el 23 entró en la capital llevando delante, con deseo de excitar la admiración, la caballería de la guardia imperial, y lo más escogido y brillante de su tropa, y rodeado él mismo de un lujoso séquito de ayudantes y oficiales de estado mayor. No correspondía la infantería a aquella primera y ostentosa muestra, constando en general de conscriptos y gente bisoña. El vecindario de Madrid, si bien ya temeroso de las intenciones de los franceses, no lo estaba a punto que no los recibiese afectuosamente, ofreciéndoles por todas partes refrescos y agasajos. Contribuía no poco a alejar la desconfianza el traer a todos embelesados las importantes y repentinas mudanzas sobrevenidas en el gobierno. Solo se pensaba en ellas y en contarlas y referirlas una y mil veces; ansiando todos ver con sus propios ojos y contemplar de cerca al nuevo rey, en quien se fundaban lisonjeras e ilimitadas esperanzas, tanto mayores cuanto así descansaba el ánimo fatigado con el infausto desconcierto del reinado anterior.

Entrada
de Fernando
en Madrid
en 24 de marzo.

Fernando, cediendo a la impaciencia pública, señaló el día 24 de marzo para hacer su entrada en Madrid. Causó el solo aviso indecible contento, saliendo a aguardarle en la víspera por la noche numeroso gentío de la capital, y concurriendo al camino con no menor diligencia y afán todos los pueblos de la comarca. Rodeado de tan nuevo y grandioso acompañamiento llegó a las Delicias, desde donde por la puerta de Atocha entró en Madrid a caballo, siguiendo el paseo del Prado, y las calles de Alcalá y Mayor hasta palacio. Iban detrás y en coche los infantes Don Carlos y Don Antonio. Testigos de aquel día de placer y holganza, nos fue más fácil sentirle que nos será dar de él ahora una idea perfecta y acabada. Horas enteras tardó el rey Fernando en atravesar desde Atocha hasta palacio: con escasa escolta, por doquiera que pasaba, estrechado y abrazado por el inmenso concurso, lentamente adelantaba el paso, tendiéndosele al encuentro las capas con deseo de que fueran holladas por su caballo: de las ventanas se tremolaban los pañuelos, y los vivas y clamores saliendo de todas las bocas se repetían y resonaban en plazuelas y calles, en tablados y casas, acompañados de las bendiciones más sinceras y cumplidas. Nunca pudo monarca gozar de triunfo más magnífico ni más sencillo; ni nunca tampoco contrajo alguno obligación más sagrada de corresponder con todo ahínco al amor desinteresado de súbditos tan fieles.

Conducta
impropia
de Murat.

Murat oscurecido y olvidado con la universal alegría, procuró recordar su presencia con mandar que algunas de sus tropas maniobrasen en medio de la carrera por donde el rey había de pasar. Desagradó orden tan inoportuna en aquel día, como igualmente el que no estando satisfecho con el alojamiento que se le había dado en el Buen Retiro, por sí y militarmente, sin contar con las autoridades, se hubiese mudado a la antigua casa del príncipe de la Paz, inmediata al convento de Doña María de Aragón. Acontecimientos eran estos de leve importancia, pero que influyeron no poco en indisponer los ánimos del vecindario. Aumentose el disgusto a vista del desvío que mostró el mismo Murat con el nuevo rey, desvío imitado por el embajador Beauharnais, único individuo del cuerpo diplomático que no le había reconocido. La corte disculpaba a entrambos con la falta de instrucciones, debida a lo impensado de la repentina mudanza; mas el pueblo comparando el anterior lenguaje de dicho embajador amistoso y solícito con su fría actual indiferencia, atribuía la súbita transformación a causa más fundamental. Así fue que la opinión, respecto de los franceses, de día en día fue trocándose y tomando distinto y contrario rumbo.

Opinión
de España
sobre Napoleón.

Hasta entonces, si bien algunos se recelaban de las intenciones de Napoleón, la mayor parte solo veía en su persona un apoyo firme de la nación y un protector sincero del nuevo monarca. La perfidia de la toma de las plazas u otros sucesos de dudosa interpretación, los achacaban a viles manejos de Don Manuel Godoy o a justas precauciones del emperador de los franceses. Equivocado juicio sin duda, mas nada extraño en un país privado de los medios de publicidad y libre discusión que sirven para ilustrar y rectificar los extravíos de las opiniones. De cerca habían todos sentido las demasías de Godoy, y de Napoleón solo y de lejos se habían visto sus pasmosos hechos y maravillosas campañas. Los diarios de España, o más bien la miserable Gaceta de Madrid, eco de los papeles de Francia, y unos y otros esclavizados por la censura previa, describían los sucesos y los amoldaban a gusto y sabor del que en realidad dominaba acá y allá de los Pirineos. Por otra parte el clero español, habiendo visto que Napoleón había levantado los derribados altares, prefería su imperio y señorío a la irreligiosa y perseguidora dominación que le había precedido. No perdían los nobles la esperanza de ser conservados y mantenidos en sus privilegios y honores por aquel mismo que había creado órdenes de caballería, y erigido una nueva nobleza en la nación en donde pocos años antes había sido abolida y proscrita. Miraban los militares como principal fundamento de su gloria y engrandecimiento al afortunado caudillo, que para ceñir sus sienes con la corona no había presentado otros abuelos ni otros títulos que su espada y sus victorias. Los hombres moderados, los amantes del orden y del reposo público, cansados de los excesos de la revolución, respetaban en la persona del emperador de los franceses al severo magistrado que con vigoroso brazo había restablecido concierto en la hacienda y arreglo en los demás ramos. Y si bien es cierto que el edificio que aquel había levantado en Francia no estribaba en el duradero cimiento de instituciones libres, valladar contra las usurpaciones del poder, había entonces pocos en España y contados eran los que extendían tan allá sus miras.

Juicio sobre
la conducta
de Napoleón.

Napoleón bien informado del buen nombre con que corría en España, cobró aliento para intentar su atrevida empresa, posible y hacedera a haber sido conducida con tino y prudente cordura. Para alcanzar su objeto dos caminos se le ofrecieron, según la diversidad de los tiempos. Antes de la sublevación de Aranjuez la partida y embarco para América de la familia reinante era el mejor y más acomodado. Sin aquel impensado trastorno, huérfana España y abandonada de sus reyes hubiera saludado a Napoleón como príncipe y salvador suyo. La nueva dominación fácilmente se hubiera afianzado, si adoptando ciertas mejoras hubiera respetado el noble orgullo nacional y algunas de sus anteriores costumbres y aun preocupaciones. Acertó pues Napoleón cuando vio en aquel medio el camino más seguro de enseñorearse de España, procediendo con grande desacuerdo desde el momento en que desbaratado por el acaso su primer plan, no adoptó el único y obvio que se le ofrecía en el casamiento de Fernando con una princesa de la familia imperial: hubiera hallado en su protegido un rey más sumiso y reverente que en ninguno de sus hermanos. Cuando su viaje a Italia, no había Napoleón desechado este pensamiento, y continuó en el mismo propósito durante algún tiempo, si bien con más tibieza. El ejemplo de Portugal le sugirió más tarde la idea de repetir en España lo que su buena suerte le había proporcionado en el país vecino. Afirmose en su arriesgado intento después que sin resistencia se había apoderado de las plazas fuertes, y después que vio a su ejército internado en las provincias del reino. Resuelto a su empresa nada pudo ya contenerle.

Esperaba con impaciencia Napoleón el aviso de haber salido para Andalucía los reyes de España, a la misma sazón que supo el importante e inesperado acontecimiento de Aranjuez. Propuesta
de Napoleón
a su hermano
Luis. Desconcertado al principio con la noticia, no por eso quedó largo tiempo indeciso; y obstinado y tenaz en nada alteró su primera determinación. Claramente nos lo prueba un importante documento. Había el sábado en la noche 26 de marzo recibido en Saint-Cloud un correo con las primeras ocurrencias de Aranjuez, y otro pocas horas después con la abdicación de Carlos IV. Hasta entonces solo él era sabedor de lo que contra España maquinaba: sin compromiso y sin ofensa del amor propio hubiera podido variar su plan. Sin embargo al día siguiente, el 27 del mismo, decidido a colocar en el trono de España a una persona de su familia, escribió con aquella fecha a su hermano Luis rey de Holanda.[*] (* Ap. n. [2-9].) «El rey de España acaba de abdicar la corona, habiendo sido preso el príncipe de la Paz. Un levantamiento había empezado a manifestarse en Madrid, cuando mis tropas estaban todavía a cuarenta leguas de distancia de aquella capital. El gran duque de Berg habrá entrado allí el 23 con 40.000 hombres, deseando con ansia sus habitantes mi presencia. Seguro de que no tendré paz sólida con Inglaterra sino dando un grande impulso al continente, he resuelto colocar un príncipe francés en el trono de España... En tal estado he pensado en ti para colocarte en dicho trono... Respóndeme categóricamente cuál sea tu opinión sobre este proyecto. Bien ves que no es sino proyecto, y aunque tengo 100.000 hombres en España, es posible por circunstancias que sobrevengan, o que yo mismo vaya directamente, o que todo se acabe en quince días, o que ande más despacio siguiendo en secreto las operaciones durante algunos meses. Respóndeme categóricamente: si te nombro rey de España, ¿lo admites? ¿Puedo contar contigo?...» Luis rehusó la propuesta. Documento es este importantísimo, porque fija de un modo auténtico y positivo desde qué tiempo había determinado Napoleón mudar la dinastía de Borbón, estando solo incierto en los medios que convendría emplear para el logro de su proyecto. También por estos días conferenciando con Izquierdo le preguntó, si los españoles le querrían como a soberano suyo. Replicole aquel con oportunidad plausible: «con gusto y entusiasmo admitirán los españoles a V. M. por su monarca, pero después de haber renunciado a la corona de Francia.» Imprevista respuesta y poco grata a los delicados oídos del orgulloso conquistador. Continuando pues Napoleón en su premeditado pensamiento, y pareciéndole que era ya llegado el caso de ponerle en ejecución, trató de aproximarse al teatro de los acontecimientos, habiendo salido de París el 2 de abril con dirección a Burdeos.

En tanto Murat, retrayéndose de la nueva corte, anunciaba todos los días la llegada de su augusto cuñado. En palacio se preparaba la habitación imperial, adornábase el Retiro para bailes, y un aposentador enviado de París lo disponía y arreglaba todo. Para despertar aún más la viva atención del público se enseñaba hasta el sombrero y botas del deseado emperador. Bien que en aquellos preparativos y anuncios hubiese de parte de los franceses mucho de aparente y falso, es probable que sin el trastorno causado por el movimiento de Aranjuez, Napoleón hubiera pasado a Madrid. Sorprendido con la súbita mudanza determinó buscar en Bayona ocasión que desenredase los complicados asuntos de España. Correspondencia
entre Murat
y los reyes padres. Ofreciósela oportuna una correspondencia entablada entre Murat y los reyes padres, y a que dio origen el ardiente deseo de libertar a Don Manuel Godoy, y poner su vida fuera de todo riesgo. Fue mediadora en la correspondencia la reina de Etruria, y Murat, considerándola como conveniente al final desenlace de los intentos de Napoleón, cualesquiera que ellos fuesen, no desaprovechó la dichosa coyuntura que la casualidad le ofrecía. De ella provino la famosa protesta de Carlos IV contra su abdicación, sirviendo de base dicho acto a todas las renuncias y procedimientos que tuvieron después lugar en Bayona.

Nació aquella correspondencia [*] (* Ap. n. [2-10].) poco después del día 19 de marzo. Ya en el 22 las dos reinas madre e hija escribían con eficacia en favor del preso Godoy, manifestando la de España que estaba su felicidad cifrada en acabar tranquilamente sus días con su esposo y el único amigo que ambos tenían. Con igual fecha lo mismo pedía Carlos IV, añadiendo que se iban a Badajoz. Es de notar el contexto de dichas cartas en las que todavía no se hablaba de haber protestado el rey padre contra la abdicación hecha en el día 19, ni de asunto alguno conexo con paso de tanta gravedad. Sin embargo cuando en 1810 publicó el Monitor esta correspondencia, insertó antes de las enunciadas cartas del 22 otra en que se hace mención de aquel acto como de cosa consumada; pero el haberse omitido en ella la fecha, diciendo al mismo tiempo la reina que a nada aspiraba sino a alejarse con su esposo y Godoy todos tres juntos de intrigas y mando, excita contra dicha carta vehementes sospechas, o de que se omitió la fecha por haber sido posteriormente escrita a la del 22, o, lo que es también verosímil, que se intercaló el pasaje en que se habla de haber protestado, no aviniéndose con este acto e implicando más bien contradicción los deseos de la reina allí manifestados. La protesta apareció con la fecha del 21; mas las cartas del 22 con otras aserciones encontradas que se notan en la correspondencia, prueban que en la dicha protesta se empleó una supuesta y anticipada fecha, y que Carlos no tuvo determinación fija de extender aquel acto hasta pasados tres días después de su abdicación.

La lectura atenta de toda la correspondencia, y lo que hemos oído a personas de autoridad, nos induce a creer que Carlos IV se resolvió a formalizar su protesta después de las vistas que el 23 tuvieron él y su esposa con el general Monthion, jefe del estado mayor de Murat. De cualquiera modo que dicho general nos haya pintado su conferencia, y bien que haya querido indicarnos que los reyes padres estaban decididos de antemano a protestar contra su abdicación, lo cierto es que hasta aquel día Carlos IV no se había dirigido a Napoleón, y entonces lo hizo comunicándole cómo se había visto forzado a renunciar, «cuando el estruendo de las armas y los clamores de una guardia sublevada le habían dado a conocer bastante la necesidad de escoger entre la vida o la muerte; pues [añadía] esta última se hubiera seguido a la de la reina.» Concluía poniendo enteramente su suerte en las manos de su poderoso aliado. Acompañaba a la carta el acto de la protesta así concebido.[*] (* Ap. n. [2-11].) «Protesto y declaro que todo lo que manifiesto en mi decreto del 19 de marzo, abdicando la corona en mi hijo, fue forzado por precaver mayores males y la efusión de sangre de mis queridos vasallos, y por tanto de ningún valor. — Yo el rey. — Aranjuez 21 de marzo de 1808.»

Del cúmulo de pruebas que hemos tenido a la vista en un punto tan delicado e importante, conjeturamos fundadamente que Carlos, cuya abdicación fue considerada por la generalidad como un acto de su libre y espontánea voluntad, y la cual el mismo monarca de carácter indolente y flojo dio momentáneamente con gusto; abandonado después por todos, solo y no acatado cual solía cuando empuñaba el cetro, advirtió muy luego la diferencia que media entre un soberano reinante y otro desposeído y retirado. Fuele doloroso en su triste y solitaria situación comparar lo que había sido y lo que ahora era, y dio bien pronto indicio de pesarle su precipitada resolución. El arrepentimiento de haber renunciado fue en adelante tan constante y tan sincero, que no solo en Bayona mostraba a las claras la violencia que se había empleado contra su persona, sino que todavía en Roma en 1816 repetía a cuantos españoles iban a verle y en quienes tenía confianza, que su hijo no era legítimo rey de España, y que solo él Carlos IV era el verdadero soberano. No menos ahondaba y quebrantaba el corazón de la reina el triste recuerdo de su perdido influjo y poderío: andaba despechada con la ingratitud de tantos mudables cortesanos antes en apariencia partidarios adictos y afectuosos, y grandemente la atribulaban los riesgos que cercaban a su idolatrado amigo. Ambos, en fin, sintieron el haber descendido del trono, acusándose a sí mismos de la sobrada celeridad con que habían cedido a los temores de una violenta sublevación. No fueron los primeros reyes que derramaron lágrimas tardías en memoria de su antiguo y renunciado poder.

Pesarosos Carlos y María Luisa y dispuestos sus ánimos a deshacer lo que inconsideradamente habían ofrecido y ejecutado el día 19, vislumbraron un rayo de halagüeña esperanza al ver el respeto y miramiento con que eran tratados por los principales jefes del ejército extranjero. Siguen los tratos
entre Murat y
los reyes padres. Entonces pensaron seriamente en recobrar la perdida autoridad, fundando más particularmente su reclamación en la razón poderosa de haber abdicado en medio de una sedición popular y de una sublevación de la soldadesca. Murat si no fue quien primero sugirió la idea, al menos puso gran conato en sostenerla, porque con ella fomentando la desunión de la familia real, minaba por su cimiento la legitimidad del nuevo rey, y ofrecía a su gobierno un medio plausible de entrometerse en las disensiones interiores, mayormente acudiendo a buscar el anciano y desposeído Carlos reparo y ayuda en su aliado el emperador de los franceses.

Murat al paso que urdía aquella trama o que por lo menos ayudaba a ella, no cesaba de anunciar la próxima llegada de Napoleón, insinuando mañosamente a Fernando por medio de sus consejeros cuán conveniente sería que para allanar cualesquiera dificultades que se opusiesen al reconocimiento, saliera a esperar a su augusto cuñado el emperador. Por su parte el nuevo gobierno procuraba con el mayor esfuerzo granjear la voluntad del gabinete de Francia. Ya en 20 de marzo se mandó al consejo [*] (* Ap. n. [2-12].) publicar que Fernando VII lejos de mudar el sistema político de su padre respecto de aquel imperio, pondría su esmero en estrechar los preciosos vínculos de amistad y alianza que entre ambos subsistían, encargándose con especialidad recomendar al pueblo que tratase bien y acogiese con afecto al ejército francés. Se despacharon igualmente órdenes a las tropas de Galicia que habían dejado a Oporto, para que volviesen a aquel punto, y a las de Solano, que estaban ya en Extremadura en virtud de lo últimamente dispuesto por Godoy, se les mandó que retrocediesen a Portugal. Estas sin embargo se quedaron por la mayor parte en Badajoz, no cuidándose Junot de tener cerca de sí soldados cuya conducta no merecía su confianza.

El pueblo español entre tanto empezaba cada día a mirar con peores ojos a los extranjeros, cuya arrogancia crecía según que su morada se prolongaba. Continuamente se suscitaban empeñadas riñas entre los paisanos y los soldados franceses, y el 27 de marzo de resultas de una más acalorada y estrepitosa, estuvo para haber en la plazuela de la Cebada una grande conmoción, en la que hubiera podido derramarse mucha sangre. La corte acongojada quería sosegar la inquietud pública, ora por medio de proclamas, ora anunciando y repitiendo la llegada de Napoleón que pondría término a las zozobras e incertidumbre. Era tal en este punto su propio engaño que en 24 de marzo se avisó al público de oficio [*] (* Ap. n. [2-13].) «que S. M. tenía noticia que dentro de dos días y medio a tres llegaría el emperador de los franceses...» Así ya no solamente se contaban los días sino las horas mismas: ansiosa impaciencia, desvariada en el modo de expresarse, y afrentosa en un gobierno cuyas providencias hubieran podido descansar en el seguro y firme apoyo de la opinión nacional.

Llega Escóiquiz
a Madrid
en 28 de marzo.

¡Cosa maravillosa! Cuanto más se iban en Madrid desengañando todos y comprendiendo los fementidos designios del gabinete de Francia, tanto más ciego y desatentado se ponía el gobierno español. Acabó de perderle y descarriarle el 28 de marzo con su llegada Don Juan de Escóiquiz, quien no veía en Napoleón sino al esclarecido, poderoso y heroico defensor del rey Fernando y sus parciales. Deslumbrado con la opinión que de sí propio tenía, creyó que solo a él le era dado acertar con los oportunos medios de sacar airoso y triunfante de la embarazosa posición a su augusto discípulo, y cerrando los oídos a la voz pública y universal, llamó hacia su persona una severa y terrible responsabilidad. Causa asombro, repetimos, que los engaños y arterías advertidos por el más ínfimo y rudo de los españoles se ocultasen y oscureciesen a Don Juan Escóiquiz y a los principales consejeros del rey, quienes por el puesto que ocupaban y por la sagacidad que debía adornarles, hubieran debido descubrir antes que ningún otro las asechanzas que se les armaban. Pero los sucesos que en gran manera concurrían a excitar su desconfianza, eran los mismos que los confortaban y aquietaban. Tal fue el pliego de Izquierdo, de que hablamos en el libro anterior. Las proposiciones en él inclusas, y por las que nada menos se trataba que de ceder las provincias del Ebro allá, y de arreglar la sucesión de España, sobre la cual dentro del reino nadie había tenido dudas, no despertaron las dormidas sospechas de Escóiquiz ni de sus compañeros. Atentos solo a la propuesta indicada en el mismo pliego de casar a Fernando con una princesa, pensaron que todo iba a componerse amistosamente, llevando tan allá Escóiquiz y los suyos el extravío de su mente, que en su Idea sencilla no se detiene en asentar «que su opinión conforme con la del consejo del rey había sido que las intenciones más perjudiciales que podían recelarse del gobierno francés, eran las del trueque de las provincias más allá del Ebro por el reino de Portugal, o tal vez la cesión de la Navarra;» como si la cesión o pérdida de cualquiera de estas provincias no hubiera sido clavar un agudo puñal en una parte muy principal de la nación, desmembrándola y dejándola expuesta a los ataques que contra ella intentase dirigir a mansalva su poderoso vecino.

El contagio de tamaña ceguedad había cundido entre algunos cortesanos, y hubo de ellos quienes sirvieron por su credulidad al entretenimiento y burla de los servidores de Napoleón. Fernán Núñez
en Tours. Se aventajó a todos el conde de Fernán Núñez, quien para merecer primero las albricias dejando atrás a los que con él habían ido a recibir al emperador de los franceses, se adelantó a toda diligencia hasta Tours. No distante de aquella ciudad cruzándose en el camino con Mr. Bausset, prefecto del palacio imperial, le preguntó con viva impaciencia si estaba ya cerca la novia del rey Fernando, sobrina del emperador. Respondiole aquel que tal sobrina no era del viaje ni había oído hablar de novia ni de casamiento. Tomando entonces Fernán Núñez en su ademán un compuesto y misterioso semblante, atribuyó la respuesta del prefecto imperial o a estudiado disimulo o a que no estaba en el importante secreto. No dejan estos hechos por leves que parezcan de pintar los hombres que con su obcecación dieron motivo a grandes y trascendentales acontecimientos.

Lejos Murat de contribuir con su conducta a ofuscar a los ministros del rey, obraba de manera que más bien ayudaba al desengaño que a mantener la lisonjera ilusión. Continuaba siempre en sus tratos con la reina de Etruria y los reyes padres, no ocupándose en reconocer a Fernando, ni en hacerle siquiera una visita de mera ceremonia y cumplido. A pesar de su desvío bastaba que mostrase el menor deseo para que los ministros del nuevo rey se afanasen por complacerle y servirle. Entrega
de la espada
de Francisco I. Así fue que habiendo manifestado a Don Pedro Cevallos cuánto le agradaría tener en su poder la espada de Francisco I depositada en la real armería, le fue al instante entregada en 4 de abril, siendo llevada con gran pompa y acompañamiento y presentada por el marqués de Astorga en calidad de caballerizo mayor. Al par que en sus anteriores procedimientos se portó en este paso el gobierno español débil y sumisamente, el francés dejó ver estrecheza de ánimo en una demanda ajena de una nación famosa por sus hazañas y glorias militares, como si los triunfos de Pavía y el inmortal trofeo ganado en buena guerra, y que adquirieron a España sus ilustres hijos Diego de Ávila y Juan de Urbieta pudieran nunca borrarse de la memoria de la posteridad.

Carta
de Napoleón
a Murat:
viaje del infante
Don Carlos.
(* Ap. n. [2-14].)

Napoleón no estaba del todo satisfecho de la conducta de Murat. En una carta que le escribió en 29 de marzo le manifestaba sus temores, y con diestra y profunda mano le trazaba cuanto había complicado los negocios el acontecimiento de Aranjuez.[*] Este documento si fue escrito del modo que después se ha publicado, muestra el acertado tino y extraordinaria previsión del emperador francés, y que la precipitación y equivocados informes de Murat perjudicaron muy mucho al pronto y feliz éxito de su empresa. Sin embargo además de las instrucciones que aparecen por la citada carta, debió de haber otras por el mismo tiempo que indicasen o expresasen más claramente la idea de llevar a Francia los príncipes de la real familia; pues Murat siguiendo en aquel propósito y no atreviéndose a insistir inmediatamente en sus anteriores insinuaciones de que Fernando fuese al encuentro de Napoleón, propuso como muy oportuna la salida al efecto del infante Don Carlos, en lo cual conviniendo sin dificultad la corte, partió el infante el 5 de abril. No habían pasado muchos días ni aun tal vez horas cuando Murat poco a poco volvió a renovar sus ruegos para que el rey Fernando se pusiese también en camino y halagase con tan amistoso paso a su amigo el emperador Napoleón. El embajador francés apoyaba lo mismo y con particular eficacia, habiendo en fin claramente descubierto que la política de su amo en los asuntos de España era muy otra de la que antes se había figurado.

Pero viendo el rey Fernando que su hermano el infante no había encontrado en Burgos a Napoleón y proseguía adelante sin saber cuál sería el término de su viaje, vacilaba todavía en su resolución. Sus consejeros andaban divididos en sus dictámenes: Cevallos se oponía a la salida del rey hasta tanto que se supiera de oficio la entrada en España del emperador francés. Escóiquiz constante en su desvarío sostenía con empeño el parecer contrario, y a pesar de su poderoso influjo hubiera difícilmente prevalecido en el ánimo del rey, Llegada
a Madrid
del general
Savary. si la llegada a Madrid del general Savary no hubiese dado nuevo peso a sus razones y cambiado el modo de pensar de los que hasta entonces habían estado irresolutos e inciertos. Savary, general de división y ayudante de Napoleón, iba a Madrid con el encargo de llevar a Fernando a Bayona, adoptando para ello cuantos medios estimase convenientes al logro de la empresa. Juzgose que era la persona más acomodada para desempeñar tan ardua comisión, encubriendo bajo un exterior militar y franco profunda disimulación y astucia. Apenas, por decirlo así, apeado, solicitó audiencia particular de Fernando, la cual concedida manifestó con aparente sinceridad «que venía de parte del emperador para cumplimentar al rey y saber de S. M. únicamente si sus sentimientos con respecto a la Francia eran conformes con los del rey su padre, en cuyo caso el emperador prescindiendo de todo lo ocurrido no se mezclaría en nada de lo interior del reino, y reconocería desde luego a S. M. por rey de España y de las Indias.» Fácil es acertar con la contestación que daría una corte no ocupada sino en alcanzar el reconocimiento del emperador de los franceses. Savary anunció la próxima llegada de su soberano a Bayona, de donde pasaría a Madrid, insistiendo poco después en que Fernando saliese a recibirle, con cuya determinación probaría su particular anhelo por estrechar la antigua alianza que mediaba entre ambas naciones, y asegurando que la ausencia sería tanto menos larga cuanto que se encontraría en Burgos con el mismo emperador. El rey vencido con tantas promesas y palabras, resolvió al fin condescender con los deseos de Savary, sostenido y apoyado por los más de los ministros y consejeros españoles.

Cierto que el paso del general francés hubiera podido hacer titubear al hombre más tenaz y firme si otros indicios poderosos no hubieran contrapesado su aparente fuerza. Además era sobrada precipitación antes de saberse el viaje de Napoleón a España de un modo auténtico y de oficio, exponer la dignidad del rey a ir en busca suya, habiéndose hasta entonces comunicado su venida solo de palabra e indirectamente. Con mayor lentitud y circunspección hubiera convenido proceder en negocio en que se interesaban el decoro del rey, su seguridad y la suerte de la nación, principalmente cuando tantas perfidias habían precedido, cuando Murat tenía conducta tan sospechosa, y cuando en vez de reconocer a Fernando cuidaba solamente de continuar sus secretos manejos con la antigua corte. Mas el deslumbrado Escóiquiz proseguía no viendo las anteriores perfidias, y achacaba las intrigas de Murat a actos de pura oficiosidad, contrarios a las intenciones de Napoleón. Sordo a la voz del pueblo, sordo al consejo de los prudentes, sordo a lo mismo que se conversaba en todo el ejército extranjero, en corrillos y plazas, se mantuvo porfiadamente en su primer dictamen y arrastró al suyo a los más de los ministros, dando al mundo la prueba más insigne de terca y desvariada presunción, probablemente aguijada por ardiente deseo de ambiciosos crecimientos.

Aviso de Hervás.

Hubo aún para recelarse el que Don José Martínez de Hervás, quien como español y por su conocimiento en la lengua nativa había venido en compañía del general Savary, avisó que se armaba contra el rey alguna celada, y que obraría con prudente cautela desistiendo del viaje o difiriéndole. Pero, ¡oh colmo de ceguedad!, los mismos que desacordadamente se fiaban en las palabras de un extranjero, del general Savary, tuvieron por sospechosa la loable advertencia del leal español. Y como si tantos indicios no bastasen, el mismo Savary dio ocasión a nuevos recelos con pedir de orden del emperador que se pusiese en libertad al enemigo declarado e implacable del nuevo gobierno, al odiado Godoy. Incomodó, sin embargo, la intempestiva solicitud, y hubiera tal vez perjudicado al resuelto viaje, si el francés, a ruego del Infantado y Ofárril, no hubiera abandonado su demanda.

Firmes pues en su propósito los consejeros de Fernando y conducidos por un hado adverso, señalaron el día 10 de abril para su partida, 10 de abril:
salida del rey
para Burgos. en cuyo día salió S. M. tomando el camino de Somosierra para Burgos. Iban en su compañía Don Pedro Cevallos ministro de estado, los duques del Infantado y San Carlos, el marqués de Múzquiz, Don Pedro Labrador, Don Juan de Escóiquiz, el capitán de guardias de Corps conde de Villariezo, y los gentil-hombres de cámara marqués de Ayerbe, de Guadalcázar, y de Feria. La víspera había escrito Fernando a su padre pidiéndole una carta para el emperador con súplica de que asegurase en ella los buenos sentimientos que le asistían, queriendo seguir las mismas relaciones de amistad y alianza con Francia que se habían seguido en su anterior reinado. Carlos IV ni le dio la carta, ni le contestó, con achaque de estar ya en cama: precursora señal de lo que en secreto se proyectaba.

Nombramiento
de una junta
suprema.

Antes de su salida dispuso el rey Fernando que se nombrase una junta suprema de gobierno presidida por su tío el infante Don Antonio y compuesta de los ministros del despacho, quienes a la sazón eran Don Pedro Cevallos, de estado, que acompañaba al rey; Don Francisco Gil y Lemus, de marina; Don Miguel José de Azanza, de hacienda; Don Gonzalo Ofárril, de guerra, y Don Sebastián Piñuela, de gracia y justicia. Esta junta según las instrucciones verbales del rey debía entender en todo lo gubernativo y urgente, consultando en lo demás con S. M.

Sobre
el viaje del rey.

En tanto que el rey con sus consejeros va camino de Bayona, será bien que nos detengamos a considerar de nuevo resolución tan desacertada. La pintura triste que para disculparse traza Escóiquiz en su obra acerca de la situación del reino, sería juiciosa si en aquel caso se hubiese tratado de medir las fuerzas militares de España y sus recursos pecuniarios con los de Francia, a la manera de una guerra de ejército a ejército y de gobierno a gobierno. Le estaba bien al príncipe de la Paz calcular fundado en aquellos datos como quien no tenía el apoyo nacional; mas la posición de Fernando era muy otra, siendo tan extraordinario el entusiasmo en favor suyo que un ministro hábil y entendido no debía en aquel caso dirigirse por las reglas ordinarias de la fría razón, sino contar con los esfuerzos y patriotismo de la nación entera, la cual se hubiera alzado unánimemente a la voz del rey, para defender sus derechos contra la usurpación extranjera; y las fuerzas de una nación levantada en cuerpo son tan grandes e incalculables a los ojos de un verdadero estadista, como lo son las fuerzas vivas a las del mecánico. Así lo pensaba el mismo Napoleón, quien en la carta a Murat del 29 de marzo arriba citada decía: «La revolución de 20 de marzo prueba que hay energía en los españoles. Habrá que lidiar contra un pueblo nuevo lleno de valor, y con el entusiasmo propio de hombres a quienes no han gastado las pasiones políticas...»; y más abajo: «se harán levantamientos en masa que eternizarán la guerra...» Acertado y perspicaz juicio que forma pasmoso contraste con el superficial y poco atinado de Escóiquiz y sus secuaces. Era además dar sobrada importancia a un paso de puro ceremonial para concebir la idea que la política de un hombre como Napoleón en asunto de tal cuantía hubiera de moderarse o alterarse por encontrar al rey algunas leguas más o menos lejos; antes bien era propio para encender su ambición un viaje que mostraba imprevisión y extremada debilidad. Se cede a veces en política a un acto de fortaleza heroica, nunca a míseros y menguados ruegos.

Llega el rey
el 12 de abril
a Burgos.

El rey en su viaje fue recibido por las ciudades, villas y lugares del tránsito con inexplicable gozo, haciendo a competencia sus moradores las demostraciones más señaladas de la lealtad y amor que los inflamaban. Entró en Burgos el 12 de abril sin que hubiese allí ni más lejos noticia del emperador francés. Deliberose en aquella ciudad sobre el partido que debía tomarse, de nuevo reiteró sus promesas y artificios el general Savary, y de nuevo se determinó que prosiguiese el rey su viaje a Vitoria. Y he aquí que los mismos y mal aventurados consejeros que sin tratado alguno ni formal negociación, y solo por meras e indirectas insinuaciones habían llevado a Fernando hasta Burgos, le llevan también a Vitoria, y le traen de monte en valle y de valle en monte en busca de un soberano extranjero mendigando con desdoro su reconocimiento y ayuda, como si uno y otro fuera necesario y decoroso a un rey que habiendo subido al solio con universal consentimiento, afianzaba su poder y legitimidad sobre la sólida e incontrastable base del amor y unánime aprobación de sus pueblos.

Llegó el rey a Vitoria el 14. Napoleón que había permanecido en Burdeos algunos días, salió de allí a Bayona, en donde entró en la noche del 14 al 15, de lo que noticioso el infante Don Carlos, hasta entonces detenido en Tolosa, pasó a aquella plaza. Savary, sabiendo que el emperador se aproximaba a la frontera, y viendo que ya no le era dado por más tiempo continuar con fruto sus artificios si no acudía a algún otro medio, resolvió pasar a Bayona llevando consigo una carta de Fernando para Napoleón.[*] Escribe Fernando
a Napoleón:
contesta este
en 17 de abril.
(* Ap. n. [2-15].) No tardó en recibirse la respuesta estando con ella de vuelta en Vitoria el día 17 el mismo Savary, y la cual estaba concebida en términos que era suficiente por sí sola a sacar de su error a los más engañados. En efecto la carta respondía a la última de Fernando, y en parte también a la que le había escrito en 11 de octubre del año pasado. Sembrada de verdades expresadas con cierta dureza, no se soltaba en ella prenda que empeñase a Napoleón a cosa alguna: lo dejaba todo en dudas dando solo esperanzas sobre el ansiado casamiento. Notábase con especialidad en su contexto el injurioso aserto que Fernando «no tenía otros derechos al trono que los que le había transmitido su madre:» frase altamente afrentosa al honor de la reina, y no menos indecorosa al que la escribía que ofensiva a aquel a quien iba dirigida. Pero una carta tan poco circunspecta, tan altanera y desembozada embelesó al canónigo Escóiquiz, quien se recreaba con la vaga promesa del casamiento. Por entonces vimos lo que escribía a un amigo suyo desde Vitoria, y le faltaban palabras con que dar gracias al Todopoderoso por el feliz éxito que la carta de Napoleón pronosticaba a su viaje. Realmente rayaba ya en demencia su continuada obcecación.

Savary auxiliado con la carta aumentó sus esfuerzos y concluyó con decir al rey «me dejo cortar la cabeza si al cuarto de hora de haber llegado S. M. a Bayona no le ha reconocido el emperador por rey de España y de las Indias... Por sostener su empeño empezará probablemente por darle el tratamiento de alteza; pero a los cinco minutos le dará majestad, y a los tres días estará todo arreglado, y S. M. podrá restituirse a España inmediatamente...» Engañosas y pérfidas palabras que acabaron de decidir al rey a proseguir su viaje hasta Bayona.

Tentativas
o proposiciones
para que el rey
se escape.

Sin embargo hubo españoles más desconfiados o cautos que no dando crédito a semejantes promesas, propusieron varios medios para que el rey se escapase. Todavía hubiera podido conseguirse en Vitoria ponerle en salvo, aunque los obstáculos crecían de día en día. Los franceses habían redoblado su vigilancia, y no contentos con los 4000 hombres que ocupaban a Vitoria a las órdenes del general Verdier, habían aumentado la guarnición especialmente con caballería enviada de Burgos. Savary tenía orden de arrebatar al rey por fuerza en la noche del 18 al 19 si de grado no se mostraba dispuesto a pasar a Francia. Cuidadoso con no faltar a su mandato, estando muy sobreaviso hacía rondar y observar la casa donde el rey habitaba. A pesar de su esmerado celo la evasión se hubiera fácilmente ejecutado a haberse Fernando resuelto a abrazar aquel partido. Don Mariano Luis de Urquijo que había ido de Bilbao a cumplimentarle a su paso por Vitoria, propuso de acuerdo con el alcalde Urbina un medio para que de noche se fugase disfrazado. Hubo también otros y varios proyectos, mas entre todos es digno de particular mención como el mejor y más asequible el propuesto por el duque de Mahón. Era pues que saliendo el rey de Vitoria por el camino de Bayona, y dando confianza a los franceses con la dirección que había tomado, siguiera así hasta Vergara, en cuyo pueblo abandonando la carretera real torciese del lado de Durango y se encaminase al puerto de Bilbao. Añadía el duque que la evasión sería protegida por un batallón del inmemorial del rey residente en Mondragón, y de cuya fidelidad respondía. Escóiquiz con quien siempre nos encontraremos cuando se trate de alejar al rey de Bayona y librarle de las armadas asechanzas, dijo: «que no era necesario habiendo S. M. recibido grandes pruebas de amistad de parte del emperador.» Eran las grandes pruebas la consabida carta. El de Mahón no por eso dejó de insistir la misma víspera de la salida para Bayona, habiéndose aumentado las sospechas de todos con la llegada de 300 granaderos a caballo de la guardia imperial. Mas al querer hablar, poniéndole la mano en la boca, pronunció Escóiquiz estas notables palabras: «es negocio concluido, mañana salimos para Bayona: se nos han dado todas las seguridades que podíamos desear.»

Proclama
al partir el rey
de Vitoria.

Tratose en fin de partir. Sabedor el pueblo se agrupó delante del alojamiento del rey, cortó los tirantes de las mulas, y prorrumpió en voces de amor y lealtad para que el rey escuchase sus fundados temores.[*] (* Ap. n. [2-16].) Todo fue en vano. Apaciguándose el bullicio a duras penas, se publicó un decreto en que afirmaba el rey «estar cierto de la sincera y cordial amistad del emperador de los franceses, y que antes de cuatro o seis días darían gracias a Dios y a la prudencia de S. M. de la ausencia que ahora les inquietaba.»

Sale de Vitoria
el 19 de abril.

Partió el rey de Vitoria el 19 de abril y en el mismo llegó a Irún casi solo, habiéndose quedado atrás el general Savary por habérsele descompuesto el coche. Se albergó en casa del señor Olazábal sita fuera de la villa, en donde había de guarnición un batallón del regimiento de África, decidido a obedecer rendidamente las órdenes de Fernando. La providencia a cada paso parecía querer advertirle del peligro, y a cada paso le presentaba medios de salvación. Mas un ciego instinto arrastraba al rey al horroroso precipicio. Savary tuvo tal miedo de que la importante presa se le escapase, a la misma sazón que ya la tenía asegurada, que llegó a Irún asustado y despavorido.

20 de abril:
Entrada del rey
en Bayona.

El 20 cruzó el rey y toda la comitiva el Bidasoa, y entró en Bayona a las diez de la mañana de aquel día. Nadie le salió a recibir al camino a nombre de Napoleón. Más allá de San Juan de Luz encontró a los tres grandes de España comisionados para felicitar al emperador francés, quienes dieron noticias tristes, pues la víspera por la mañana habían oído al mismo de su propia boca que los Borbones nunca más reinarían en España. Ignoramos por qué no anduvieron más diligentes en comunicar al rey el importante aviso, que podría descansadamente haberle alcanzado en Irún: quizá se lo impidió la vigilancia de que estaban cercados. Abatió el ánimo de todos lo que anunciaron los grandes, echando también de ver el poco aprecio que a Napoleón merecía el rey Fernando en el modo solitario con que le dejaba aproximarse a Bayona, no habiendo salido persona alguna elevada en dignidad a cumplimentarle y honrarle, hasta que a las puertas de la ciudad misma se presentaron con aquel objeto el príncipe de Neufchâtel y Duroc, gran mariscal de palacio. Admiró en tanto grado a Napoleón ver llegar a Fernando sin haberle especialmente convidado a ello, que al anunciarle un ayudante su próximo arribo exclamó: «¿cómo?... ¿viene?... no, no es posible...» Aún no conocía personalmente a los consejeros de Fernando.

Sigue la
correspondencia
entre Murat y
los reyes padres.

Después de la partida del rey prosiguiendo Murat en su principal propósito de apoyar las intrigas que se preparaban en la enemistad y despecho de los reyes padres, avivó la correspondencia que con ellos había entablado. Hasta entonces no habían conferenciado juntos, siendo sus ayudantes y la reina de Etruria el conducto por donde se entendían. Mucho desagradaron los secretos tratos de la última, a los que particularmente la arrastró el encendido deseo de conseguir un trono para su hijo, aunque sus esfuerzos fueron vanos. En la correspondencia, después de ocuparse en el asunto que más interesaba a Murat y su gobierno, esto es, el de la protesta de Carlos IV, llamó a la reina y a su esposo intensamente la atención la desgraciada suerte de su amigo Godoy, del pobre príncipe de la Paz, con cuyo epiteto a cada paso se le denomina en las cartas de María Luisa. Duda el discurso, al leer esta correspondencia, si es más de maravillar la constante pasión de la reina por el favorito, o la ciega amistad del rey. Confundían ambos su suerte con la del desgraciado a punto que decía la reina: «si no se salva el príncipe de la Paz, y si no se nos concede su compañía, moriremos el rey, mi marido, y yo.» Es digna de la atenta observación de la historia mucha parte de aquella correspondencia, y señaladamente lo son algunas cartas de la reina madre. Si se prescinde del enfado y acrimonia con que están escritas ciertas cláusulas, da su contexto mucha luz sobre los importantes hechos de aquel tiempo, y en él se pinta al vivo y con colores por desgracia harto verdaderos el carácter de varios personajes de aquel tiempo. Posteriores acontecimientos nos harán ver lastimosamente con cuánta verdad y conocimiento de los originales trazó la reina María Luisa algunos de estos retratos. Los reyes padres habían desde marzo continuado en Aranjuez, teniendo para su guardia tropas de la casa real. Pasan
los reyes padres
al Escorial. También había fuerza francesa a las órdenes del general Wattier, socolor de proteger a los reyes y continuar dando mayor peso a la idea de haberse ejercido contra ellos particular violencia en el acto de la abdicación. El 9 de abril pasaron al Escorial por insinuación de Murat con el intento de aproximarlos al camino de Francia. No tuvieron allí otra guardia más que la de las tropas francesas y los carabineros reales.

Entrega de Godoy
en 20 de abril.

En Madrid apenas había salido el rey cuando Murat pidió con ahínco a la junta que se le entregase a Don Manuel Godoy, afirmando que así se lo había ofrecido Fernando la víspera de su partida en el cuarto de la reina de Etruria: aserción tanto más dudosa cuanto si bien allí se encontraron, parece cierto que nada se dijeron, retenidos por no querer ni uno ni otro ser el primero a romper el silencio. Resistiéndose la junta a dar libertad al preso, amenazó Murat conque emplearía la fuerza si al instante no se le ponía en sus manos. Afanábase por ser dueño de Godoy, considerándole necesario instrumento para influir en Bayona en las determinaciones de los reyes padres, a quienes por otra parte en las primeras vistas que tuvo con ellos en el Escorial uno de aquellos días les había prometido su libertad. La junta se limitó por de pronto a mandar al consejo con fecha del 13 que suspendiese el proceso intentado contra Don Manuel Godoy hasta nueva orden de S. M., a quien se consultó por medio de Don Pedro Cevallos. La posición de la junta realmente era muy angustiada, quedando expuesta a la indignación pública si le soltaba, o a las iras del arrebatado Murat si le retenía. Don Pedro Cevallos contestó desde Vitoria que se había escrito al emperador ofreciendo usar con Godoy de generosidad perdonándole la vida, siempre que fuese condenado a la pena de muerte. Bastole esta contestación a Murat para insistir en 20 de abril en la soltura del preso con el objeto de enviarle a Francia, y con engaño y despreciadora befa decía a su nombre el general Belliard en su oficio: [*] (* Ap. n. [2-17].) «El gobierno y la nación española solo hallarán en esta resolución de S. M. I. nuevas pruebas del interés que toma por la España, porque alejando al príncipe de la Paz quiere quitar a la malevolencia los medios de creer posible que Carlos IV volviese el poder y su confianza al que debe haberla perdido para siempre.» ¡Así se escribía a una autoridad puesta por Fernando y que no reconocía a Carlos IV! La junta accedió a lo último a la demanda de Murat, habiéndose opuesto con firmeza el ministro de marina Don Francisco Gil y Lemus. Mucho se motejó la condescendencia de aquel cuerpo; sin embargo eran tales y tan espinosas las circunstancias que con dificultad se hubiera podido estorbar con éxito la entrega de Don Manuel Godoy. Acordada que esta fue, se dieron las convenientes órdenes al marqués de Castelar, quien antes de obedecer, temeroso de algún nuevo artificio de los franceses, pasó a Madrid a cerciorarse de la verdad de boca del mismo infante presidente. El pundonoroso general al oír la confirmación de lo que tenía por falso hizo dejación de su destino, suplicando que no fuesen los guardias de Corps quienes hiciesen la entrega, sino los granaderos provinciales. El bueno del infante le replicó que «en aquella entrega consistía el que su sobrino fuese rey de España:» a cuya poderosa razón cedió Castelar, y puso en libertad al preso Godoy a las 11 de la noche del mismo día 20, entregándole en manos del coronel francés Martel. Sin detención tomaron el camino de Bayona, adonde llegó Godoy con la escolta francesa el 26, habiéndosele reunido poco después su hermano Don Diego. Se albergó aquel en una quinta que le estaba preparada a una legua de la ciudad, y a poco tuvo con Napoleón una larga conferencia. El rey, si bien no desaprobó la conducta de la junta, tampoco la aplaudió, elogiando de propósito al consejo que se había opuesto a la entrega. En asunto de tanta gravedad procuraron todos sincerar su modo de proceder; entre ellos se señaló el marqués de Castelar apreciable y digno militar, quien envió para informar al rey no menos que a tres sujetos, a su segundo el brigadier Don José Palafox, a su hijo el marqués de Belveder y al ayudante Butrón. Así, y como milagrosamente, se libró Godoy de una casi segura y desastrada muerte.

Quejas
y tentativas
de Murat.

En todos aquellos días no había cesado Murat de incomodar y acosar a la junta con sus quejas e infundadas reclamaciones. El 16 había llamado a Ofárril para lamentarse con acrimonia o ya de asesinatos, o ya de acopios de armas que se hacían en Aragón. Eran estos meros pretextos para encaminar su plática a asunto más serio. Al fin le declaró el verdadero objeto de la conferencia. Era pues que el emperador no reconocía en España otro rey sino a Carlos IV, y que habiendo para ello recibido órdenes suyas iba a publicar una proclama que manuscrita le dio a leer. Se suponía extendida por el rey padre, asegurando en ella haber sido forzada su abdicación, como así se lo había comunicado a su aliado el emperador de los franceses, con cuya aprobación y arrimo volvería a sentarse en el solio. Absorto Ofárril con lo que acababa de oír informó de ello a la junta, la cual de nuevo comisionó al mismo en compañía de Azanza para apurar más y más las razones y el fundamento de tan extraña resolución. Murat, acompañado del conde de Laforest, se mantuvo firme en su propósito, y solo consintió en aguardar la última contestación de la junta que verbalmente y por los mismos encargados respondió: «1.º Que Carlos IV y no el gran duque debía comunicarle su determinación. 2.º Que comunicada que le fuese se limitaría a participarla a Fernando VII: y 3.º Pedía que estando Carlos IV próximo a salir para Bayona se guardase el mayor secreto y no ejerciese durante el viaje ningún acto de soberanía.» En seguida pasó Murat al Escorial, y poniéndose de acuerdo con los reyes padres [*] (* Ap. n. [2-18].)
Reclama
Carlos IV
la corona, y
anuncia su viaje
a Bayona. escribió Carlos IV a su hermano el infante Don Antonio una carta en la que aseguraba haber sido forzada su abdicación del 19 de marzo, y que en aquel mismo día había protestado solemnemente contra dicho acto. Ahora reiteraba su primera declaración confirmando provisionalmente a la junta en su autoridad como igualmente a todos los empleados nombrados desde el 19 de marzo último, y anunciaba su próxima salida para ir a encontrarse con su aliado el emperador de los franceses. Es digno de reparo que en aquella carta expresase Carlos IV haber protestado solemnemente el 19, cuando después dató su protesta del 21, cuya fecha ya antes advertimos envolvía contradicción con cartas posteriores escritas por el mismo monarca. Prueba notable y nueva de la precipitación conque en todo se procedió, y del poco concierto que entre sí tuvieron los que arreglaron aquel negocio; puesto que fuera la protesta extendida en el día de la abdicación o fuéralo después, siendo Carlos IV y sus confidentes los dueños y únicos sabedores de su secreto, hubieran por lo menos debido coordinar unas fechas cuya contradicción había de desautorizar acto de tanta importancia, mayormente cuando la legitimidad o fuerza de la protesta no dimanaba de que se hubiese realizado el 19, el 21 o el 23, sino de la falta de libre voluntad conque aseguraban ellos había sido dada la abdicación. Respecto de lo cual como se había verificado en medio de conmociones y bullicios populares, solo Carlos IV era el único y competente juez, y no habiendo variado su situación en los tres días sucesivos a punto que pudiera atribuirse su silencio a completa conformidad, siempre estaba en el caso de alegar fundadamente que cercado de los mismos riesgos no había osado extender por escrito un acto que descubierto hubiera sobremanera comprometido su persona y la de su esposa. En nada de eso pensaron; creyeron de más al parecer detenerse en cosas que imaginaron leves, bastándoles la protesta para sus premeditados fines. Carlos IV después de haber remitido igual acto a Napoleón, en compañía de la reina y de la hija del príncipe de la Paz se puso en camino para Bayona el día 25 de abril, escoltado por tropas francesas y carabineros reales, los mismos que le habían hecho la guardia en el Escorial. Fácil es figurarse cuán atribulados debieron quedar el infante y la junta con novedades que oscurecían y encapotaban más y más el horizonte político.

Inquietud
en Madrid.

La salida de Godoy, las conferencias de Murat con los reyes padres, la arrogancia y modo de explicarse de gran parte de los oficiales franceses y de su tropa, aumentaban la irritación de los ánimos, y a cada paso corría riesgo de alterarse la tranquilidad pública de Madrid y de los pueblos que ocupaban los extranjeros. Un incidente agravó en la capital estado tan crítico. Murat había ofrecido a la junta guardar reservada la protesta de Carlos IV, pero a pesar de su promesa no tardó en faltar a ella, o por indiscreción propia, o por el mal entendido celo de sus subalternos. El día 20 de abril se presentó al consejo el impresor Eusebio Álvarez de la Torre para avisarle que dos agentes franceses habían estado en su casa con el objeto de imprimir una proclama de Carlos IV. Ya había corrido la voz por el pueblo, y en la tarde hubiera habido una grande conmoción, si el consejo de antemano no hubiese enviado al alcalde de casa y corte Don Andrés Romero, quien sorprendió a los dos franceses Funiel y Ribat con las pruebas de la proclama. Quiso el juez arrestarlos, mas ni consintieron ellos en ir voluntariamente, ni en declarar cosa alguna sin orden previa de su jefe el general Grouchy, gobernador francés de Madrid. Impaciente el pueblo se agolpó a la imprenta, y temiendo el alcalde que al sacarlos fuesen dichos franceses víctimas del furor popular, los dejó allí arrestados hasta la determinación del consejo, el cual no osando tomar sobre sí la resolución, acudió a la junta que, no queriendo tampoco comprometerse, dispuso ponerlos en libertad, exigiendo solamente de Murat nueva promesa de que en adelante no se repetirían iguales tentativas. Tan débiles e irresolutas andaban las dos autoridades, en quienes se libraba entonces la suerte y el honor nacional. La libertad de Godoy y el caso sucedido en la imprenta, al parecer poco importante, fueron acontecimientos que muy particularmente indispusieron el espíritu público contra los franceses. En el último claramente aparecía el deseo de reponer en el trono a Carlos IV, y renovar así las crueles y recientes llagas del anterior reinado; y con el primero se arrancaba de manos de la justicia y se daba suelta al objeto odiado de la nación entera.

Alboroto
en Toledo.

No se circunscribía a Madrid la pública inquietud. En Toledo el día 21 de abril se turbó también la tranquilidad por la imprudencia del ayudante general Marcial Tomás, que había salido enviado a aquella ciudad con el objeto de disponer alojamientos para la tropa francesa. Explicábase sin rebozo contra el ensalzamiento de Fernando VII, afirmando que Napoleón había decidido restablecer en el trono a Carlos IV. Esparcidos por el vecindario semejantes rumores, se amotinó el pueblo agavillándose en la plaza de Zocodover, y paseando armado por las calles el retrato de Fernando, a quien todos tenían que saludar o acatar, fueran franceses o españoles. La casa del corregidor Don José Joaquín de Santa María, y las de los particulares Don Pedro Segundo y Don Luis del Castillo fueron acometidas y públicamente quemados sus muebles y efectos, achacándose a estos sujetos afecto al valido y a Carlos IV: crimen entonces muy grave en la opinión popular. Duró el tumulto dos días. Le apaciguó el cabildo y la llegada del general Dupont, quien con la suficiente fuerza pasó el 26 de Aranjuez a aquella ciudad. En Burgos. Iguales ruidos y alborotos hubo en Burgos por aquellos días de resultas de haber detenido los franceses a un correo español. El intendente marqués de la Granja estuvo muy cerca de perecer a manos del populacho, y hubo con esta ocasión varios heridos.

Apoyado en aquellos tumultos provocados por la imprudencia u osadía francesa, y seguro por otra parte de que Fernando había atravesado la frontera, Conducta
altanera
de Murat. levantó Murat su imperioso y altanero tono, encareciendo agravios e importunando con sus peticiones. Guardaba con la junta, autoridad suprema de la nación, tan poco comedimiento que en ocasiones graves procedía sin contar con su anuencia. Así fue que queriendo Bonaparte congregar en Bayona una diputación de españoles, para que en tierra extraña tratase de asuntos interiores del reino, a manera de la que antes había reunido en León respecto de Italia; y habiendo Murat comunicado dicha resolución a la junta gubernativa a fin de que nombrase sujetos y arreglase el modo de convocación; al tiempo que esta en medio de sus angustias entraba en deliberación acerca de la materia, llegó a su noticia que el gran duque Murat había por sí escogido al intento ciertas personas, quienes rehusando pasar a Francia sin orden o pasaporte de su gobierno, le obligaron a dirigirse a la misma junta para obtenerlos. Diolos aquella, creciendo en debilidad a medida que el francés crecía en insolencia.

Conducta
de la junta
y medidas
que propone.

Más adelante volveremos a hablar de la reunión que se indicaba para Bayona. Ahora conviene que paremos nuestra atención en la conducta de la junta suprema, autoridad que quedó al frente de la nación y la gobernó hasta que grandes y gloriosos levantamientos limitaron su flaca dominación a Madrid y puntos ocupados por los franceses. A pesar de no haber sido su mando muy duradero varió en su composición, ya por el número de sujetos que después se le agregaron, ya por la mudanza y alteración sustancial que experimentó al entrar Murat a presidirla. Nos ceñiremos por de pronto al espacio de su gobernación, que comprende hasta los primeros días de mayo, en cuyo tiempo se componía de las personas antes indicadas bajo la presidencia del infante Don Antonio, asistiendo con frecuencia a sus sesiones el príncipe de Castel-Franco, el conde de Montarco y Don Arias Mon, gobernador del consejo. Se agregaron en 1.º de mayo por resolución de la misma junta todos los presidentes y decanos de los consejos, y se nombró por secretario al conde de Casa-Valencia. En su difícil y ardua posición hostigada de un lado por un jefe extranjero impetuoso y altivo, y reprimida de otro con las incertidumbres y contradicciones de los que habían acompañado al rey a Bayona, puede encontrar disculpa la flojedad y desmayo con que generalmente obró durante todos aquellos días. Hubiérase también achacado su indecisión al modo restricto con que Fernando la había autorizado a su partida, si Don Pedro Cevallos no nos hubiera dado a conocer que para acudir al remedio de aquel olvido o falta de previsión, se le había enviado a dicha junta desde Bayona una real orden para «que ejecutase cuanto convenía al servicio del rey y del reino, y que al efecto usase de todas las facultades que S. M. desplegaría si se hallase dentro de sus estados.» Parece ser que el decreto fue recibido por la junta, y en verdad que con él tenía ancho campo para proceder sin trabas ni miramiento. Sin embargo constante en su timidez e irresolución no se atrevió a tomar medida alguna vigorosa sin consultar de nuevo al rey. Fueron despachados con aquel objeto a Bayona Don Evaristo Pérez de Castro y Don José de Zayas: llegó el primero sin tropiezo a su destino; detúvose al segundo en la raya. Susurrose entonces que una persona bien enterada del itinerario del último lo había revelado para entorpecer su misión: no fue así con Pérez de Castro, quien encubrió a todos el camino o extraviada vereda que llevaba. La junta remitía por dichos comisionados cuatro preguntas acerca de las cuales pedía instrucciones. «1.ª Si convenía autorizar a la junta a sustituirse en caso necesario en otras personas, las que S. M. designase, para que se trasladasen a paraje en que pudiesen obrar con libertad, siempre que la junta llegase a carecer de ella. 2.ª Si era la voluntad de S. M. que empezasen las hostilidades, el modo y tiempo de ponerlo en ejecución. 3.ª Si debía ya impedirse la entrada de nuevas tropas francesas en España, cerrando los pasos de la frontera. 4.ª Si S. M. juzgaba conducente que se convocasen las cortes, dirigiendo su real decreto al consejo, y en defecto de este [por ser posible que al llegar la respuesta de S. M. no estuviera ya en libertad de obrar] a cualquiera chancillería o audiencia del reino.»

Creación
de una junta
que la sustituya.

Preguntas eran estas con que más bien daba indicio la junta de querer cubrir su propia responsabilidad, que de desear su aprobación. Con todo habiendo dentro de su seno individuos sumamente adictos al bien y honor de su patria, no pudieron menos de acordarse con oportunidad algunas resoluciones, que ejecutadas con vigor hubieran sin duda influido favorablemente en el giro de los negocios. Tal fue la de nombrar una junta que sustituyese a la de Madrid, llegado el caso de carecer esta de libertad. Propuso tan acertada providencia el firme y respetable Don Francisco Gil y Lemus, impelido y alentado por una reunión oculta de buenos patriotas que se congregaban en casa de su sobrino Don Felipe Gil Taboada. Fueron los nombrados para la nueva junta el conde de Ezpeleta, capitán general de Cataluña que debía presidirla, Don Gregorio García de la Cuesta, capitán general de Castilla la Vieja, el teniente general Don Antonio de Escaño, Don Gaspar Melchor de Jovellanos, y en su lugar, y hasta tanto que llegase de Mallorca, Don Juan Pérez Villamil, y Don Felipe Gil Taboada. El punto señalado para su reunión era Zaragoza, y el último de los nombrados salió para dicha ciudad en la mañana misma del aciago 2 de mayo, en compañía de Don Damián de la Santa que debía ser secretario. Luego veremos cómo se malogró la ejecución de tan oportuna medida.

Los individuos que en la junta de Madrid propendían a no exponer a riesgo sus personas abrazando un activo y eficaz partido, se apoyaban en el mismo titubear de los ministros y consejeros de Bayona, quienes ni entre sí andaban acordes, ni sostenían con uniformidad y firmeza lo que una vez habían determinado. Hemos visto antes como Don Pedro Cevallos había expedido un decreto autorizando a la junta para que obrase sin restricción ni traba alguna; de lo que hubiéramos debido inferir cuán resuelto estaba a sobrellevar con fortaleza los males que de aquel decreto pudieran originarse a su persona y a los demás españoles que rodeaban al rey. Pues era tan al contrario, que el mismo Don Pedro envió a decir a la junta en 23 de abril por Don Justo Ibarnavarro oidor de Pamplona, que llegó a Madrid en la noche del 29,[*] Llegada
a Madrid
de Don Justo
Ibarnavarro.
(* Ap. n. [2-19].) «que no se hiciese novedad en la conducta tenida con los franceses para evitar funestas consecuencias contra el rey, y cuantos españoles [porque no se olvidaban] acompañaban a S. M.» El mencionado oidor, después de contar lo que pasaba en Bayona, también anunció de parte de S. M. «que estaba resuelto a perder primero la vida que a acceder a una inicua renuncia... y que con esta seguridad procediese la junta»; aserción algún tanto incompatible con el encargo de Don Pedro Cevallos. Siendo tan grande la vacilación de todos, siendo tantas y tan frecuentes sus contradicciones, fue más fácil que después cada uno descargase su propia responsabilidad, echándose recíprocamente la culpa. Por consiguiente si en este primer tiempo procedió la junta de Madrid con duda y perplejidad, las circunstancias eran harto graves para que no sea disimulable su indecisa y a veces débil conducta, examinándola a la luz de la rigurosa imparcialidad.

Posición
de los franceses
en Madrid.

La fuerte y hostil posición de los franceses era también para desalentar al hombre más brioso y arrojado. Tenían en Madrid y sus alrededores 25.000 hombres, ocupando el Retiro con numerosa artillería. Dentro de la capital estaba la guardia imperial de a pie y de a caballo con una división de infantería mandada por el general Musnier, y una brigada de caballería. Las otras divisiones del cuerpo de observación de las costas del océano a las órdenes del mariscal Moncey, se hallaban acantonadas en Fuencarral, Chamartín, convento de San Bernardino, Pozuelo y la casa de Campo. En Aranjuez, Toledo y el Escorial había divisiones del cuerpo de Dupont, de suerte que Madrid estaba ocupado y circundado por el ejército extranjero, al paso que la guarnición española constaba de poco más de 3000 hombres, habiéndose insensiblemente disminuido desde los acontecimientos de marzo. Mas el vecindario, en lugar de contener y reprimir su disgusto, le manifestaba cada día más a cara descubierta y sin poner ya límites a su descontento. Eran extraordinarias la impaciencia y la agitación, y ora delante de la imprenta real para aguardar la publicación de una gaceta, ora delante de la casa de correos para saber noticias, se veían constantemente grupos de gente de todas clases. Los empleados dejaban sus oficinas, los operarios sus talleres, y hasta el delicado sexo sus caseras ocupaciones para acudir a la Puerta del Sol y sus avenidas, ansiosos de satisfacer su noble curiosidad: interés loable y señalado indicio de que el fuego patrio no se había aún extinguido en los pechos españoles.

Revistas
de Murat.

Murat por su parte no omitía ocasión de ostentar su fuerza y sus recursos para infundir pavor en el ánimo de la desasosegada multitud. Todos los domingos pasaba revista de sus tropas en el paseo del Prado, después de haber oído misa en el convento de Carmelitas descalzos, calle de Alcalá. La demostración religiosa acompañada de la estrepitosa reseña, lejos de conciliar los ánimos o de arredrarlos, los llenaba de enfado y enojo. No se creía en la sinceridad de la primera tachándola de impío fingimiento, y se veía en la segunda el deliberado propósito de insultar y de atemorizar con estudiada apariencia a los pacíficos, si bien ofendidos moradores. De una y otra parte fue creciendo la irritación siendo por ambas extremada. El español tenía a vilipendio el orgullo y desprecio con que se presentaba el extranjero, y el soldado francés temeroso de una oculta trama anhelaba por salir de su situación penosa, vengándose de los desaires que con frecuencia recibía. A tal punto había llegado la agitación y la cólera, que al volver Murat el domingo 1.º de mayo de su acostumbrada revista, y a su paso por la Puerta del Sol fue escarnecido y silbado con escándalo de su comitiva por el numeroso pueblo que allí a la sazón se encontraba. Semejante estado de cosas era demasiado violento para que se prolongase, sin haber de ambas partes un abierto y declarado rompimiento. Solo faltaba oportuna ocasión, la cual desgraciadamente se ofreció muy luego.

Pide la salida
para Francia
del infante
Don Francisco y
reina de Etruria.

El 30 de abril presentó Murat una carta de Carlos IV para que la reina de Etruria y el infante Don Francisco pasasen a Bayona. Se opuso la junta a la partida del infante, dejando a la reina que obrase según su deseo. Reiteró Murat el 1.º de mayo la demanda acerca del infante, tomando a su cuidado evitar a la junta cualquiera desazón o responsabilidad. Tratose largamente en ella si se había o no de acceder: los pareceres anduvieron muy divididos, y hubo quien propuso resistir con la fuerza. Consultose acerca del punto con Don Gonzalo Ofárril como ministro de la guerra, quien trazó un cuadro en tal manera triste, si bien cierto, de la situación de Madrid apreciada militarmente, que no solo arrastró a su opinión la de la mayoría, sino que también se convino en contener con las fuerzas nacionales cualquiera movimiento del pueblo. Hasta ahora la junta había sido débil e indecisa: en adelante menos atenta a sus sagrados deberes irá poco a poco uniéndose y estrechándose con el orgulloso invasor. Resuelto pues el viaje de la reina de Etruria conforme a su libre voluntad, y el del infante Don Francisco por consentimiento de la junta, se señaló la mañana siguiente para su partida.

2 de mayo.

Amaneció en fin el 2 de mayo, día de amarga recordación, de luto y desconsuelo, cuya dolorosa imagen nunca se borrará de nuestro afligido y contristado pecho. Un présago e inexplicable desasosiego pronosticaba tan aciago acontecimiento, o ya por aquel presentir oscuro que a veces antecede a las grandes tribulaciones de nuestra alma, o ya más bien por la esparcida voz de la próxima partida de los infantes. Esta voz y la suma inquietud excitada por la falta de dos correos de Francia, habían llamado desde muy temprano a la plazuela de palacio numeroso concurso de hombres y mujeres del pueblo. Al dar las nueve subió en un coche con sus hijos la reina de Etruria, mirada más bien como princesa extranjera que como propia, y muy desamada por su continuo y secreto trato con Murat: partió sin oponérsele resistencia. Quedaban todavía dos coches, y al instante corrió por la multitud que estaban destinados al viaje de los dos infantes Don Antonio y Don Francisco. Por instantes crecía el enojo y la ira, cuando al oír de la boca de los criados de palacio que el niño Don Francisco lloraba y no quería partir, se enternecieron todos, y las mujeres prorrumpieron en lamentos y sentidos sollozos. En este estado y alterados más y más los ánimos, llegó a palacio el ayudante de Murat Mr. Augusto Lagrange encargado de ver lo que allí pasaba, y de saber si la inquietud popular ofrecía fundados temores de alguna conmoción grave. Al ver al ayudante, conocido como tal por su particular uniforme, nada grato a los ojos del pueblo, se persuadió este que era venido allí para sacar por fuerza a los infantes. Siguiose un general susurro, y al grito de una mujerzuela: que nos los llevan, fue embestido Mr. Lagrange por todas partes, y hubiera perecido a no haberle escudado con su cuerpo el oficial de valonas Don Miguel Desmaisieres y Flórez; mas subiendo de punto la gritería y ciegos todos de rabia y desesperación, ambos iban a ser atropellados y muertos si afortunadamente no hubiera llegado a tiempo una patrulla francesa que los libró del furor de la embravecida plebe. Murat prontamente informado de lo que pasaba envió sin tardanza un batallón con dos piezas de artillería: la proximidad a palacio de su alojamiento facilitaba la breve ejecución de su orden. La tropa francesa llegada que fue al paraje de la reunión popular, en vez de contener el alboroto en su origen, sin previo aviso ni determinación anterior, hizo una descarga sobre los indefensos corrillos, causando así una general dispersión, y con ella un levantamiento en toda la capital, porque derramándose con celeridad hasta por los más distantes barrios los prófugos de palacio, cundió con ellos el terror y el miedo, y en un instante y como por encanto se sublevó la población entera.

Acudieron todos a buscar armas, y con ansia a falta de buenas se aprovechaban de las más arrinconadas y enmohecidas. Los franceses fueron impetuosamente acometidos por doquiera que se les encontraba. Respetáronse en general los que estaban dentro de las casas o iban desarmados, y con vigor se ensañaron contra los que intentaban juntarse con sus cuerpos o hacían fuego. Los hubo que arrojando las armas e implorando clemencia se salvaron, y fueron custodiados en paraje seguro. ¡Admirable generosidad en medio de tan ciego y justo furor! El gentío era inmenso en la calle Mayor, de Alcalá, de la Montera y de las Carretas. Durante algún tiempo los franceses desaparecieron, y los inexpertos madrileños creyeron haber alcanzado y asegurado su triunfo; pero desgraciadamente fue de corta duración su alegría.

Los extranjeros prevenidos de antemano, y estando siempre en vela, recelosos por la pública agitación de una populosa ciudad, apresuradamente se abalanzaron por las calles de Alcalá y carrera de San Jerónimo barriéndola con su artillería, y arrollando a la multitud la caballería de la guardia imperial a las órdenes del jefe de escuadron Daumesnil. Señaláronse en crueldad los lanceros polacos y los mamelucos, los que conforme a las órdenes de los generales de brigada Guillot y Daubray forzaron las puertas de algunas casas, o ya porque desde dentro hubiesen tirado, o ya porque así lo fingieron para entrarlas a saco y matar a cuantos se les presentaban. Así asaltando entre otras la casa del duque de Híjar en la carrera de San Jerónimo arcabucearon delante de sus puertas al anciano portero. Estuvieron también próximos a experimentar igual suerte el marqués de Villamejor y el conde de Talara, aunque no habían tomado parte en la sublevación. Salváronlos sus alojados. El pueblo combatido por todas partes fue rechazado y disperso, y solo unos cuantos siguieron defendiéndose y aun atacaron con sobresaliente bizarría. Entre ellos los hubo que vendiendo caras sus vidas se arrojaron en medio de las filas francesas hiriendo y matando hasta dar el postrer aliento: hubo otros que parapetándose en las esquinas de las calles iban de una en otra haciendo continuado y mortífero fuego: algunos también en vez de huir aguardaban a pie firme, o asestaban su último y furibundo golpe contra el jefe u oficial conocido por sus insignias. ¡Estériles esfuerzos de valor y personal denuedo!

La tropa española permanecía en sus cuarteles por orden de la junta y del capitán general Don Francisco Javier Negrete, furiosa y encolerizada, mas retenida por la disciplina. Entretanto paisanos sin resguardo ni apoyo se precipitaron al parque de artillería, en el barrio de las Maravillas, para sacar los cañones y resistir con más ventaja. Los artilleros andaban dudosos en tomar o no parte con el pueblo, a la misma sazón que cundió la voz de haber sido atacado por los franceses uno de los otros cuarteles. Decididos entonces y puestos al frente Don Pedro Velarde y D. Luis Daoiz abrieron las puertas del parque, sacaron tres cañones y se dispusieron a rechazar al enemigo, sostenidos por los paisanos y un piquete de infantería a las órdenes del oficial Ruiz. Al principio se cogieron prisioneros algunos franceses, pero poco después una columna de estos de los acantonados en el convento de San Bernardino se avanzó mandada por el general Lefranc, trabándose de ambos lados una porfiada refriega. El parque se defendió valerosamente, menudearon las descargas, y allí quedaron tendidos número crecido de enemigos. De nuestra parte perecieron bastantes soldados y paisanos: el oficial Ruiz fue desde el principio gravemente herido. Don Pedro Velarde feneció atravesado de un balazo: y escaseando ya los medios de defensa con la muerte de muchos, y aproximándose denodadamente los franceses a la bayoneta, comenzaron los nuestros a desalentar y quisieron rendirse. Pero cuando se creía que los enemigos iban a admitir la capitulación se arrojaron sobre las piezas, mataron a algunos, y entre ellos traspasaron desapiadadamente a bayonetazos a Don Luis Daoiz, herido antes en un muslo. Así terminaron su carrera los ilustres y beneméritos oficiales Daoiz y Velarde: honra y gloria de España, dechado de patriotismo, servirán de ejemplo a los amantes de la independencia y libertad nacional. El reencuentro del parque fue el que costó más sangre a los franceses, y en donde hubo resistencia más ordenada.

Entretanto la débil junta azorada y sorprendida pensó en buscar remedio a tamaño mal. Ofárril y Azanza habiendo recorrido inútilmente los alrededores de palacio, y no siendo escuchados de los franceses, montaron a caballo y fueron a encontrarse con Murat, quien desde el principio de la sublevación para estar más desembarazado y más a mano de dar órdenes, ya a las tropas de afuera, ya a las de adentro, se colocó con el mariscal Moncey y principales generales fuera de puertas en lo alto de la cuesta de San Vicente. Llegaron allí los comisionados de la junta, y dijeron al gran duque que si mandaba suspender el fuego y les daba para acompañarlos uno de sus generales se ofrecían a restablecer la tranquilidad. Accedió Murat y nombró al efecto al general Harispe. Juntos los tres pasaron a los consejos, y asistidos de individuos de todos ellos se distribuyeron por calles y plazas, y recorriendo las principales alcanzaron que la multitud se aplacase con oferta de olvido de lo pasado y reconciliación general. En aquel paseo se salvó la vida a varios desgraciados, y señaladamente a algunos traficantes catalanes a ruego de Don Gonzalo Ofárril.

Retirados los españoles, todas las bocacalles y puntos importantes fueron ocupados por los franceses, situando particularmente en las encrucijadas cañones con mecha encendida.

Aunque sumidos todos en dolor profundo, se respiraba algún tanto con la consoladora idea de que por lo menos haría pausa la desolación y la muerte. ¡Engañosa esperanza! A las tres de la tarde una voz lúgubre y espantosa empezó a correr con la celeridad del rayo. Afirmábase que españoles tranquilos habían sido cogidos por los franceses y arcabuceados junto a la fuente de la Puerta del Sol y la iglesia de la Soledad, manchando con su inocente sangre las gradas del templo. Apenas se daba crédito a tamaña atrocidad, y conceptuábanse falsos rumores de ilusos y acalorados patriotas. Bien pronto llegó el desengaño. En efecto, los franceses después de estar todo tranquilo habían comenzado a prender a muchos españoles, que en virtud de las promesas creyeron poder acudir libremente a sus ocupaciones. Prendiéronlos con pretexto de que llevaban armas: muchos no las tenían, a otros solo acompañaba o una navaja o unas tijeras de su uso. Algunos fueron arcabuceados sin dilación, otros quedaron depositados en la casa de correos y en los cuarteles. Las autoridades españolas fiadas en el convenio concluido con los jefes franceses, descansaban en el puntual cumplimiento de lo pactado. Por desgracia fuimos de los primeros a ser testigos de su ciega confianza. Llevados a casa de Don Arias Mon gobernador del consejo con deseo de librar la vida a Don Antonio Oviedo, quien sin motivo había sido preso al cruzar de una calle, nos encontramos con que el venerable anciano, rendido al cansancio de la fatigosa mañana, dormía sosegadamente la siesta. Enlazados con él por relaciones de paisanaje y parentesco, conseguimos que se le despertase, y con dificultad pudimos persuadirle de la verdad de lo que pasaba, respondiendo a todo que una persona como el gran duque de Berg no podía descaradamente faltar a su palabra... ¡tanto repugnaba el falso proceder a su acendrada probidad! Cerciorado al fin, procuró aquel digno magistrado reparar por su parte el grave daño, dándonos también a nosotros en propia mano la orden para que se pusiese en libertad a nuestro amigo. Sus laudables esfuerzos fueron inútiles, y en balde fueron nuestros pasos en favor de Don Antonio Oviedo. A duras penas penetrando por las filas enemigas con bastante peligro, de que nos salvó el hablar la lengua francesa, llegamos a la casa de correos donde mandaba por los españoles el general Sesti. Le presentamos la orden del gobernador, y friamente nos contestó que para evitar las continuadas reclamaciones de los franceses, les había entregado todos sus presos y puéstolos en sus manos: así aquel italiano al servicio de España retribuyó a su adoptiva patria los grados y mercedes con que le había honrado. En dicha casa de correos se había juntado una comisión militar francesa con apariencias de tribunal; mas por lo común sin ver a los supuestos reos, sin oírles descargo alguno ni defensa los enviaba en pelotones unos en pos de otros para que pereciesen en el Retiro o en el Prado. Muchos llegaban al lugar de su horroroso suplicio ignorantes de su suerte; y atados de dos en dos, tirando los soldados franceses sobre el montón, caían o muertos o mal heridos, pasando a enterrarlos cuando todavía algunos palpitaban. Aguardaron a que pasase el día para aumentar el horror de la trágica escena. Al cabo de veinte años nuestros cabellos se erizan todavía al recordar la triste y silenciosa noche, solo interrumpida por los lastimeros ayes de las desgraciadas víctimas y por el ruido de los fusilazos y del cañón que de cuando en cuando y a lo lejos se oía y resonaba. Recogidos los madrileños a sus hogares lloraban la cruel suerte que había cabido o amenazaba al pariente, al deudo o al amigo. Nosotros nos lamentábamos de la suerte del desventurado Oviedo, cuya libertad no habíamos logrado conseguir, a la misma sazón que pálido y despavorido le vimos impensadamente entrar por las puertas de la casa en donde estábamos. Acababa de deber la vida a la generosidad de un oficial francés movido de sus ruegos y de su inocencia, expresados en la lengua extraña con la persuasiva elocuencia que le daba su crítica situación. Atado ya en un patio del Retiro, estando para ser arcabuceado le soltó, y aun no había salido Oviedo del recinto del palacio cuando oyó los tiros que terminaron la larga y horrorosa agonía de sus compañeros de infortunio.[*] (* Ap. n. [2-21].) Me he atrevido a entretejer con la relación general un hecho que si bien particular, da una idea clara y verdadera del modo bárbaro y cruel con que perecieron muchos españoles, entre los cuales había sacerdotes, ancianos y otras personas respetables. No satisfechos los invasores con la sangre derramada por la noche, continuaron todavía en la mañana siguiente pasando por las armas a algunos de los arrestados la víspera, para cuya ejecución destinaron el cercado de la casa del príncipe Pío. Con aquel sangriento suceso se dio correspondiente remate a la empresa comenzada el 2 de mayo, día que cubrirá eternamente de baldón al caudillo del ejército francés, que friamente mandó asesinar, atraillados sin juicio ni defensa a inocentes y pacíficos individuos. Lejos estaba entonces de prever el orgulloso y arrogante Murat que años después cogido, sorprendido y casi atraillado también a la manera de los españoles del 2 de mayo, sería arcabuceado sin detenidas formas y a pesar de sus reclamaciones, ofreciendo en su persona un señalado escarmiento a los que ostentan hollar impunemente los derechos sagrados de la justicia y de la humanidad.

Difícil sería calcular ahora con puntualidad la pérdida que hubo por ambas partes. El consejo interesado en disminuirla la rebajó a unos 200 hombres del pueblo. Murat aumentando la de los españoles redujo la suya acortándola el Monitor a unos 80 entre muertos y heridos. Las dos relaciones debieron ser inexactas por la sazón en que se hicieron y el diverso interés que a todos ellos movía. Según lo que vimos y atendiendo a lo que hemos consultado después y al número de heridos que entraron en los hospitales, creemos que aproximadamente puede computarse la pérdida de unos y otros en 1200 hombres.

Calificaron los españoles el acontecimiento del 2 de mayo de trama urdida por los franceses, y no faltaron algunos de estos que se imaginaron haber sido una conspiración preparada de antemano por aquellos: suposiciones falsas y desnudas ambas de sólido fundamento. Mas, desechando los rumores de entonces, nos inclinamos sí a que Murat celebró la ocasión que se le presentaba y no la desaprovechó, jactándose como después lo hizo de haber humillado con un recio escarmiento la fiereza castellana. Bien pronto vio cuán equivocado era su precipitado juicio. Aquel día fue el origen del levantamiento de España contra los franceses, contribuyendo a ello en gran manera el concurso de forasteros que había en la capital con motivo del advenimiento al trono de Fernando VII. Asustados estos y horrorizados, volvieron a sus casas difundiendo por todas las provincias la infausta nueva y excitando el odio y la abominación contra el cruel y fementido extranjero.

Día 3.

Profunda tristeza y abatimiento señalaron el día 3. Las tiendas y las casas cerradas, las calles solitarias y recorridas solamente por patrullas francesas ofrecían el aspecto de una ciudad desierta y abandonada. Murat mandó fijar en las esquinas una proclama [*] (* Ap. n. [2-20].) digna de Atila, respirando sangre y amenazas, con lo que la indignación, si bien reconcentrada entonces, tomó cada vez mayor incremento y braveza.

Salida
de los infantes
para Francia
el 3 y el 4.

Aterrado así el pueblo de Madrid, se fue adelante en el propósito de trasladar a Francia toda la real familia, y el mismo día 3 salió para Bayona el infante Don Francisco. No se había pasado aquella noche sin que el conde de Laforest y Mr. Freville indicasen en una conferencia secreta al infante Don Antonio la conveniencia y necesidad de que fuese a reunirse con los demás individuos de su familia, para que en presencia de todos se tomasen de acuerdo con el emperador las medidas convenientes al arreglo de los negocios de España. Condescendió el infante consternado con los sucesos precedentes, y señaló para su partida la madrugada del 4, habiéndose tomado un coche de viaje de la duquesa viuda de Osuna, a fin de que caminase más disimuladamente. Dirigió antes de su salida un papel o decreto [no sabemos qué nombre darle] a Don Francisco Gil y Lemus como vocal más antiguo de la junta y persona de su particular confianza. Aunque temamos faltar a la gravedad de la historia, lo curioso del papel así en la sustancia como en la forma exige que le insertemos aquí literalmente. «Al señor Gil. — A la junta para su gobierno la pongo en su noticia como me he marchado a Bayona de orden del rey, y digo a dicha junta que ella sigue en los mismos términos como si yo estuviese en ella. — Dios nos la dé buena. — A Dios, señores, hasta el valle de Josafat. — Antonio Pascual.» Basta esta carta del buen infante Don Antonio Pascual para conjeturar cuán superior era a sus fuerzas la pesada carga que le había encomendado su sobrino. Había sido siempre reputado por hombre de partes poco aventajadas, y en los breves días de su presidencia no ganó ni en concepto ni en estimación. La reina María Luisa le graduaba en sus cartas de hombre de muy poco talento y luces, agregábale además la calidad de cruel. El juicio de la reina en su primera parte era conforme a la opinión general; pero en lo de cruel, a haberse entonces sabido, se hubiera atribuido a injusta calificación de enemistad personal. Por desgracia la saña con que aquel infante se expresó el año de 1814 contra todos los perseguidos y proscritos, confirmó triste y sobradamente la justicia e imparcialidad con que la reina había bosquejado su carácter. Aquí acabó por decirlo así la primera época de la junta de gobierno, hasta cuyo tiempo si bien se echa de menos energía y la conveniente previsión, falta disculpable en tan delicada crisis, no se nota en su conducta connivencia ni reprensibles tratos con el invasor extranjero. En adelante su modo de proceder fue variando y enturbiándose más y más. Pero ya es tiempo de que volvamos los ojos a las escenas no menos lamentables que al mismo tiempo se representaban en Bayona.

Llega Napoleón
a Bayona.

Napoleón al día siguiente de su llegada el 16 de abril, dio audiencia en aquella ciudad a una diputación de portugueses enviada para cumplimentarle, y les ofreció conservar su independencia, no desmembrando parte alguna de su territorio ni agregándolos tampoco a España. No pudo verle el infante Don Carlos por hallarse indispuesto; mas Napoleón pasó a visitar en persona a Fernando una hora después de su arribo, el que se verificó como hemos dicho el día 20. El recién llegado bajó a recibirle a la puerta de la calle, en donde habiéndose estrechamente abrazado estuvieron juntos corto rato, y solamente se tocaron en la conversación puntos indiferentes. Fernando fue convidado a comer para aquella misma tarde con el emperador, y a la hora señalada yendo en carruajes imperiales con su comitiva, fue conducido al palacio de Marracq donde Napoleón residía. Saliole este a recibir hasta el estribo del coche, etiqueta solo usada con las testas coronadas. En la mesa evitó tratarle como príncipe o como rey. Acabada la comida permanecieron poco tiempo juntos, y se despidieron quedando los españoles muy contentos del agasajo con que habían sido tratados, y renaciendo en ellos la esperanza de que todo iba a componerse bien y satisfactoriamente. Vuelto Fernando a su posada entró en ella muy luego el general Savary con el inesperado mensaje de que el emperador había resuelto irrevocablemente derribar del trono la estirpe de los Borbones, sustituyendo la suya, Se anuncia
a Fernando
que renuncie. y que por consiguiente S. M. I. exigía que el rey en su nombre y en el de toda su familia renunciase la corona de España e Indias en favor de la dinastía de Bonaparte. No se sabe si debe sorprender más la resolución en sí misma y el tiempo y ocasión de anunciarla, o la serenidad del mensajero encargado de dar la noticia. No habían transcurrido aun cinco días desde que el general Savary había respondido con su cabeza de que el emperador reconocería al príncipe de Asturias por rey si hiciese la demostración amistosa de pasar a Bayona; y el mismo general encargábase ahora no ya de poner dudas o condiciones a aquel reconocimiento, sino de intimar al príncipe y a su familia el despojo absoluto del trono heredado de sus abuelos. ¡Inaudita audacia! Aguardar también para notificar la terrible decisión de Napoleón el momento en que acababa de darse a los príncipes de España pruebas de un bueno y amistoso hospedaje, fue verdaderamente rasgo de inútil y exquisita inhumanidad, apenas creíble a no habérnoslo trasmitido testigos oculares. Los héroes del político florentino César Borja y Oliveretto di Fermo en sus crueldades y excesos parecidos en gran manera a este de Napoleón, hallaban por lo menos cierta disculpa en su propia debilidad y en ser aquella la senda por donde caminaban los príncipes y estados de su tiempo. Mas el hombre colocado al frente de una nación grande y poderosa, y en un siglo de costumbres más suaves nunca podrá justificar o paliar siquiera ni su aleve resolución, ni el modo odioso e inoportuno de comunicarla.

Conferencias
de Escóiquiz
y Cevallos.

Después del intempestivo y desconsolador anuncio, tuvieron acerca del asunto Don Pedro Cevallos y Don Juan Escóiquiz importantes conferencias. Comenzó la de Cevallos con el ministro Champagny, y cuando sostenía aquel con tesón y dignidad los derechos de su príncipe, en medio de la discusión presentose el emperador, y mandó a ambos entrar en su despacho, en donde enojado con lo que a Cevallos le había oído, pues detrás de una puerta había estado escuchando, le apellidó traidor, por desempeñar cerca de Fernando el mismo destino de que había disfrutado bajo Carlos IV. Añadidos otros denuestos, se serenó al fin y concluyó con decir que «tenía una política peculiar suya; que debía [Cevallos] adoptar ideas más francas, ser menos delicado sobre el pundonor y no sacrificar la prosperidad de España al interés de la familia de Borbón.»

La primera conferencia de Escóiquiz fue desde luego con Napoleón mismo, quien le trató con más dulzura y benignidad que a Cevallos, merced probablemente a los elogios que el canónigo le prodigó con larga mano. La conversación tenida entre ambos nos ha sido conservada por Escóiquiz, y aunque dueño este de modificarla en ventaja suya, lleva visos de verídica y exacta, así por lo que Bonaparte dice, como también por aparecer en ella el bueno de Escóiquiz en su original y perpetua simplicidad. El emperador francés poco atento a floreos y estudiadas frases, insistió con ahínco en la violencia con que a Carlos IV se le había arrancado su renuncia, siendo el punto que principalmente le interesaba. No por eso dejó Escóiquiz de seguir perorando largamente; pero su cicerónica arenga, como por mofa la intitulaba Napoleón, no conmovió el imperial ánimo de este, que terminó la conferencia con autorizar a Escóiquiz para que en nombre suyo ofreciese a Fernando el reino de Etruria en cambio de la corona de España; en cuya propuesta quería dar al príncipe una prueba de su estimación, prometiendo además casarle con una princesa de su familia. Después de lo cual y de tirarle amistosa si bien fuertemente de las orejas, según el propio relato del canónigo, dio fin a la conversación el emperador francés.

Apresuradamente volvió a la posada del rey Fernando Don Juan Escóiquiz, a quien todos aguardaban con ansia. Comunicó la nueva propuesta de Napoleón, y se juntó el consejo de los que acompañaban al rey para discutirla. En él los más de los asistentes, a pesar de los repetidos desengaños, solo veían en las nuevas proposiciones el deseo de pedir mucho para alcanzar algo, y todos a excepción de Escóiquiz votaron por desechar la propuesta del reino de Etruria. Cierto que si por una parte horroriza la pérfida conducta de Napoleón, por otra causa lástima y despecho el constante desvarío de los consejeros de Fernando y aquel continuado esperar en quien solo había dado muestras de mala voluntad. La opinión de Escóiquiz fue aún menos disculpable; la de los otros consejeros se fundaba en un juicio equivocado, pero la del último no solo le deshonraba como español queriendo que se trocase el vasto y poderoso trono de su patria por otro pequeño y limitado, no solo daba indicio de mísera y personal ambición, sino que también probaba de nuevo imprevisión incurable en imaginarse que Bonaparte respetaría más al nuevo rey de Etruria que lo que había respetado al antiguo y a los que eran legítimamente príncipes de España.

Continuaron las conferencias habiendo sustituido a Cevallos Don Pedro Labrador, y entendiéndose con Escóiquiz Mr. de Pradt, obispo de Poitiers. Labrador rompió desde luego sus negociaciones con Mr. de Champagny: los otros prosiguieron sin resultado alguno su recíproco trato y explicaciones. Daba ocasión a muchas de estas conferencias la vacilación misma de Napoleón, quien deseaba que Fernando renunciase sus derechos, sin tener que acudir a una violencia abierta, y también para dar lugar a que Carlos IV y el otro partido de la corte llegasen a Bayona. Así fue que la víspera del día en que se aguardaba a los reyes viejos, anunció Napoleón a Fernando que ya no trataría sino con su padre.

Llegada
de Carlos IV
a Bayona.

Ya hemos visto como el 25 de abril habían salido aquellos del Escorial, ansiosos de abrazar a su amigo Godoy, y persuadidos hasta cierto punto de que Napoleón los repondría en el trono. Pruébanlo las conversaciones que tuvieron en el camino, y señaladamente la que en Villa Real trabó la reina con el duque de Mahón; a quien habiéndole preguntado qué noticias corrían, respondió dicho duque «asegúrase que el emperador de los franceses reúne en Bayona todas las personas de la familia real de España para privarlas del trono.» Parose la reina como sorprendida, y después de haber reflexionado un rato, replicó: «Napoleón siempre ha sido enemigo grande de nuestra familia: sin embargo ha hecho a Carlos reiteradas promesas de protegerle, y no creo que obre ahora con perfidia tan escandalosa.» Arribaron pues a Bayona el 30, siendo desde la frontera cumplimentados y tratados como reyes, y con una distinción muy diversa de aquella con que se había recibido a su hijo. Napoleón los vio el mismo día, y no los convidó a comer sino para el siguiente 1.º de mayo; queriéndoles hacer el obsequio de que descansasen. Desembarazados de las personas que habían ido a darles el parabién de su llegada, entre quienes se contaba a Fernando, mirado con desvío y enojo por su augusto padre, corrieron Carlos y María Luisa a los brazos de su querido Godoy, a quien tiernamente estrecharon en su seno una y repetidas veces con gran clamor y llanto.

Come
con Napoleón.

Pasaron en la tarde señalada a comer con Napoleón, y habiéndosele olvidado a este invitar al favorito español; al ponerse a la mesa, echándole de menos Carlos fuera de sí exclamó: ¿Y Manuel? ¿Dónde está Manuel? Fuele preciso a Napoleón reparar su olvido, o más bien condescender con los deseos del anciano monarca: tan grande era el poderoso influjo que sobre los hábitos y carácter del último había tomado Godoy, quien no parecía sino que con bebedizos le había encantado.

Comparece
Fernando
en presencia
de su padre.

No tardaron mucho unos y otros en ocuparse en el importante y grave negocio que había provocado la reunión en Bayona de tantos ilustres personajes. Muy luego de la llegada de los reyes padres, de acuerdo estos con Napoleón, y siendo Godoy su principal y casi único consejero, se citó a Fernando e intimole Carlos en presencia del soberano extranjero, que en la mañana del día siguiente le devolviese la corona por medio de una cesión pura y sencilla, amenazándole con que «si no él, sus hermanos y todo su séquito serían desde aquel momento tratados como emigrados.» Napoleón apoyó su discurso, y le sostuvo con fuerza; y al querer responder Fernando se lanzó de la silla su augusto padre, y hablándole con dignidad y fiereza quiso maltratarle, acusándole de haber querido quitarle la vida con la corona. La reina hasta entonces silenciosa se puso enfurecida, ultrajando al hijo con injuriosos denuestos, y a tal punto, según Bonaparte, se dejó arrastrar de su arrebatada cólera, que le pidió al mismo hiciese subir a Fernando al cadalso: expresión, si fue pronunciada, espantosa en boca de una madre.Condiciones
de Fernando
para su renuncia.
(* Ap. n. [2-22].) Su hijo enmudeció y envió una renuncia con fecha 1.º de mayo limitada por las condiciones siguientes: «1.ª Que el rey padre volviese a Madrid, hasta donde le acompañaría Fernando, y le serviría como [*] su hijo más respetuoso. 2.ª Que en Madrid se reuniesen las cortes, y pues que S. M. [el rey padre] resistía una congregación tan numerosa, se convocasen todos los tribunales y diputados del reino. 3.ª Que a la vista de aquella asamblea formalizaría su renuncia Fernando, exponiendo los motivos que le conducían a ella. 4.ª Que el rey Carlos no llevase consigo personas que justamente se habían concitado el odio de la nación. 5.ª Que si S. M. no quería reinar ni volver a España, en tal caso Fernando gobernaría en su real nombre, como lugarteniente suyo; no pudiendo ningún otro ser preferido a él.» Son de notar los trámites y formalidades que querían exigirse para hacer la nueva renuncia, siendo así que todo se había olvidado y aun atropellado en la anterior de Carlos. También es digno de particular atención que Fernando y sus consejeros, quienes por la mayor parte odiaron tanto años adelante hasta el nombre de cortes, hayan sido los primeros que provocaron su convocación, insinuando ser necesaria para legitimar la nueva cesión del hijo en favor del padre la aprobación de los representantes de la nación, o por lo menos la de una reunión numerosa en que estuvieran los diputados de los reinos. Así se truecan y trastornan los pareceres de los hombres al son del propio interés, y en menosprecio de la pública utilidad.

No se conforma
el padre.