[Libro XIV]

[Libro XV]

[Libro XVI]

[Libro XVII]

[Libro XVIII]

[Apéndices del tomo IV]

[Erratas del tomo IV]

Historia del levantamiento, guerra y revolución de España (4 de 5)

Nota de transcripción

  • Los errores de imprenta han sido corregidos.
  • La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.
  • También han sido modernizados los topónimos y los nombres propios de persona, siempre que se han encontrado referencias bibliográficas.
  • Se han incorporado las correcciones mencionadas en la fe de erratas aparecida en este cuarto tomo.
  • Se ha alterado la numeración de los apéndices para que incorporen el número del libro al que corresponden, obteniendo así una identificación única a lo largo de todos los tomos de la obra.
  • Las páginas en blanco han sido eliminadas.

HISTORIA

DEL

Levantamiento, Guerra y Revolución

de España.


HISTORIA

DEL

Levantamiento, Guerra y Revolución

DE ESPAÑA

POR

EL CONDE DE TORENO.

TOMO IV.

Madrid:

IMPRENTA DE DON TOMÁS JORDÁN,

1835.

... quis nescit, primam esse historiæ legem, ne quid falsi dicere audeat? deinde ne quid veri non audeat? ne qua suspicio gratiæ sit in scribendo? ne qua simultatis?

Cicer., De Oratore, lib. 2, c. 15.

RESUMEN

DEL

LIBRO DECIMOCUARTO.

Nueva distribución de los ejércitos españoles. — La que tienen los ejércitos franceses. — Acontecimientos militares en Portugal. — Retírase Massena a Santarén. — Síguele Wellington lentamente. — Nuevas estancias de Massena. — De Wellington. — Apuros de Massena. — Convoy de Gardanne. — Avanza a Portugal el 9.º cuerpo. — Júntase a Massena. — Claparède persigue a Silveira. — General Foy. — Beresford manda en la izquierda del Tajo. — Vuelven a Extremadura las divisiones de Romana y Don Carlos de España. — Muerte de Romana. — Operaciones en las Andalucías y Extremadura. — Situación de Soult. — Medidas que toma. — Parte a Extremadura. — Estado aquí de los españoles. — Sitio y toma de Olivenza por los franceses. — Ballesteros en el Condado de Niebla. — Acción de Castillejos. — Avanza Ballesteros hacia Sevilla. — Sitio de Badajoz. — Menacho gobernador. — Acción del Gévora o Guadiana el 19 de febrero. — Fonturvel en Badajoz. — Muerte gloriosa de Menacho. — Sucédele Imaz. — Ríndese Badajoz. — Ocupan los franceses otros puntos. — Sitio y capitulación de Campomayor. — Acontecimientos en Andalucía. — Expedición y campaña de la Barrosa. — Batalla del 5 de marzo. — Desavenencias entre los generales. — Debates que de resultas hay en las cortes. — Resoluciones en la materia. — Bombardeo de Cádiz. — Breve expedición de Zayas al Condado. — Temporal en Cádiz. — Principia Massena a retirarse de Santarén. — Combates en la retirada con los ingleses. — Destrozos que causan los franceses en la retirada. — Destaca Wellington a Beresford a Extremadura. — Prosigue Massena su retirada. — Entra en España. — Pasa Wellington a Extremadura. — Acontecimientos militares en esta provincia. — Evacúan los franceses a Campomayor. — Castaños manda el 5.º ejército español. — Sitian los aliados a Olivenza y se les entrega. — Llega Wellington a Extremadura. — Solicitan los ingleses el mando militar de las provincias confinantes de Portugal. — Niégaseles. — Vuelve Wellington a su ejército del norte. — Batalla de Fuentes de Oñoro. — Evacúan los franceses a Almeida. — Sucede a Massena en el mando el mariscal Marmont. — Wellington vuelve a partir para Extremadura. — Beresford sitia a Badajoz. — Expedición que manda Blake y va a Extremadura. — Anteriores instrucciones de Wellington. — Avanza Soult a Extremadura. — Levanta Beresford el sitio de Badajoz. — Batalla de la Albuera. — Manifestación del parlamento británico y de las cortes en favor de los ejércitos. — Celebra la victoria Lord Byron. — Llega Wellington después de la batalla. — Empréndese de nuevo el sitio de Badajoz. — Gran quema en los campos. — Vuelve a avanzar Soult. — El mariscal Marmont viene sobre el Guadiana. — Retírase Wellington sobre Campomayor. — Júntasele su ejército del norte de Portugal. — Blake se separa del ejército aliado. — Su desgraciada tentativa contra Niebla. — Soult retrocede a Sevilla. — Correrías de Morillo. — Repasa el Tajo Marmont. — También Wellington. — Fin de este libro.

HISTORIA

DEL

LEVANTAMIENTO, GUERRA Y REVOLUCIÓN

de España.

LIBRO DECIMOCUARTO.


Nueva
distribución
de los ejércitos
españoles.

Distribuyó la nueva regencia, en 16 de diciembre, la superficie de España en seis distritos militares comprendiendo en ellos así las provincias libres como las ocupadas, y destinando a la defensa de cada uno otros tantos ejércitos, con la denominación de 1.º de Cataluña, 2.º de Aragón y Valencia, 3.º de Murcia, 4.º de la Isla de León y Cádiz, 5.º de Extremadura y Castilla, 6.º de Galicia y Asturias. Añadiose poco después a esta distribución un 7.º distrito que abrazaba las provincias vascongadas, Navarra y la parte de Castilla la Vieja situada a la izquierda del Ebro, sin excluir las montañas y costa de Santander. Bajo la autoridad del general en jefe de cada distrito se mandaban poner las divisiones, cuerpos sueltos y partidas que hubiese en su respectivo territorio; con lo cual parecía introducirse mejor orden en la guerra y apropiada subordinación. Hasta ahora no se había realmente variado la primera determinación de la junta central que repartió en cuatro los ejércitos del reino: las circunstancias, los desastres y providencias parciales la habían solo alterado, careciendo de regla fija respecto de las guerrillas o cuerpos que campeaban francos en medio del enemigo.

La que tienen
los ejércitos
franceses.

Pero esta coordinación de distritos y ejércitos no podrá a veces guiarnos en nuestro trabajo, pendiendo casi siempre las grandes maniobras militares de los planes de los franceses, quienes, al fin de 1810 y comienzo de 1811, tenían apostados en el ocaso, mediodía y levante sus tres grandes cuerpos de operaciones, hallándose el primero en Portugal frente a los ingleses; el segundo en las Andalucías y Extremadura, y el otro en Cataluña y mojoneras de Aragón y Valencia. No se incluyen aquí las divisiones francesas que guerreaban sueltas, ni los ejércitos o cuerpos que llamaban del centro y norte, cuyas tropas, a más de servir de escudo al gobierno intruso de Madrid, cubrían los caminos militares en los que hormigueaban a la continua partidarios españoles. La posición del enemigo para obrar ofensivamente llevaba ventaja a la de los aliados que, diseminados por la circunferencia de la península, no podían en muchos casos darse tan pronto la mano ni concertarse.

Por lo general seguiremos ahora en la relación de los sucesos más prominentes los movimientos u operaciones de las tres grandes masas francesas arriba indicadas.

Acontecimientos
militares
en Portugal.

Dejamos en noviembre de 1810 al ejército aliado en las líneas de Torres Vedras, y fronteros a él los cuerpos enemigos que capitaneaba el mariscal Massena. Individualizamos en su lugar las respectivas estancias y fuerza de las partes beligerantes; y de creer era, según uno y otro, que el general francés, a fuer de prudente, se hubiese retirado sin tardanza, temeroso de la hambre y otros contratiempos. Mas, avezado a la victoria, repugnábale someterse a los irrefragables decretos de su hado adverso. Y no le movían ni las muchas enfermedades de que adolecía su ejército, ni las bajas de este, picado a retaguardia y hostigado por el paisanaje portugués. Aguardó para resolverse a variar de asiento a que estuviesen devastadas las comarcas en derredor, y entonces no trató aún de replegarse a la raya de España, sino solo de buscar algunas leguas atrás nueva posición en donde le escaseasen menos las vituallas, y a cuyo punto pudiera llamar a los ingleses, sacándolos de sus inexpugnables líneas.

Retírase Massena
a Santarén.

Tomó, en consecuencia, Massena con mucha destreza disposiciones preparatorias que disfrazasen su intento, pues a no obrar así, sucediérale lo que en tales casos se decía antiguamente en Castilla: «si supiese la hueste qué hace la hueste, mal para la hueste»; máxima que indica lo necesario que es ocultar al enemigo los planes que se hayan premeditado. El mariscal francés, después de enviar delante bagajes, enfermos, todo lo que los romanos conocían tan propiamente bajo el nombre de impedimenta, hizo desfilar a las calladas algunas de sus tropas, y él se alejó en persona de las líneas inglesas en la noche del 14 al 15 de noviembre. Parte de la fuerza enemiga marchó por la calzada real sobre Santarén, parte por Alcoentre, la vuelta de Alcanede y Torres Novas. Los ingleses no se cercioraron del movimiento hasta entrada la mañana del 15, siendo esta nebulosa. Aun entonces no interrumpió Wellington la retirada, conservando en los atrincheramientos y fuertes casi todo su ejército, y enviando solo dos divisiones que siguiesen al enemigo. Dejaba este en pos de sí un rastro horrible de cadáveres, hediondez y devastación.

Síguele
Wellington
lentamente.

Vacilaba Wellington acerca del partido que le convenía tomar, cierto de que caminaban por Ciudad Rodrigo refuerzos a Massena. Pues el movimiento retrógrado podría serlo de reconcentración, o un armadijo para sacar fuera de las líneas a los ingleses, y revolver el enemigo sobre su propia izquierda a Torres Vedras por el Montejunto, mientras los aliados le perseguían a retaguardia. Sin embargo, muchos pensaron que sin arriesgar la suerte de las líneas, hubiera podido Lord Wellington soltar mayor número de sus tropas, picar vivamente a los contrarios, y aun causarles grande estrago en los desfiladeros de Alenquer.

Prosiguiendo los franceses su marcha, viose claramente cuál era su intento; solo quedó la duda de si dirigirían su retirada por el Cécere o por el Mondego. Wellington quiso entonces estrecharlos, y aun tuvo determinado acometer a Santarén, para lo que se preparó, disponiendo antes que el general Hill cruzase el Tajo con una división y un regimiento de dragones, y que se moviese sobre Abrantes.

Nuevas estancias
de Massena.

Fundábase la resolución de Wellington en creer que los franceses habían solo dejado en Santarén una retaguardia: pero no era así. Massena habíase parado, y no pensaba llevar más allá sus pasos. En Torres Novas tenía sentado su cuartel general, en donde se alojaba la izquierda del 8.º cuerpo, cuya restante tropa extendíase hasta Alcanede, y de allí, por Leiría, ocupaba la tierra la mayor fuerza de jinetes. Permanecía de respeto en Tomar el 6.º cuerpo, del cual la división mandada por el general Loison dominaba los fértiles llanos de Golegã, ayudada del 2.º cuerpo, dueño de Santarén, cabecera, por decirlo así, de toda la posición.

Era muy fuerte la de esta villa, singularmente en la estación rigurosa de invierno. Sita en un alto, arrancando casi del Tajo, tiene por su frente al río Mayor, en cuyos terrenos bajos, rebalsadas las aguas, apenas queda otro paso sino el de una calzada angosta que empieza a más de 800 varas de la eminencia.

Massena, en su actual posición, ocupaba un país susceptible de proporcionar bastimentos, teniendo además establecidas sus comunicaciones con España por medio de puentes echados en el Cécere, y sin que por eso se le ofreciese nuevo obstáculo para volver a emprender sus operaciones por el frente, o pasar a la izquierda del Tajo.

Continuando Wellington en el engaño de que solo quedaba en Santarén una retaguardia enemiga, decidiose el 19 a acometer aquella posición con dos divisiones y la brigada portuguesa, del mando de Pack; pero suspendió el ataque, habiéndosele retrasado la artillería con que contaba. Cuando el 20 renovó tentativas de embestir, sospechaba ya que en Santarén y sus contornos había más tropa que la de una retaguardia; y amagando entonces los enemigos hacia río Mayor, confirmose Wellington en sus temores, retrocedió y ordenó a Hill que hiciese alto en Chamusca, orilla izquierda del Tajo. Las muchas lluvias, la excesiva prudencia del general inglés, y el estado de cansancio y apuros del ejército contrario impidieron que hubiese señalados combates o notable mudanza en las respectivas posiciones hasta el inmediato marzo.

De Wellington.

Avanzado Wellington, sentó sus reales en Cartaxo, atrincheró sus acantonamientos y fortificó aún más las líneas de Torres Vedras. No contento todavía con eso, empezó a levantar a la izquierda del Tajo una nueva línea de defensa desde Aldeagallega a Setúbal, y una cadena de fuertes entre Almada y Trafaria para asegurar también por aquel lado la boca del río.

Apuros
de Massena.

Igualmente Massena afirmaba sus estancias, y seguía cuidadoso los movimientos de los aliados. Tampoco dejaba de volver los ojos hacia su espalda, ansioso de que le llegasen refuerzos; rota la comunicación con su base de operaciones, ya por las partidas españolas del reino de León y Castilla, y ya porque el general Silveira, abalanzándose el 29 de octubre desde el Duero, había bloqueado a Almeida, e interpoládose entre Portugal y España. Auxilios estos grandes, y que nunca debieran olvidar los ingleses. En tan enojosa situación se hallaba el mariscal Massena, cuando el 9.º cuerpo, a las órdenes del general Drouet, conde de Erlon, llegó a Ciudad Rodrigo con un gran convoy de provisiones de boca y guerra, recogidas en Francia y Castilla. Destinado el socorro a Massena, Convoy
de Gardanne. enviole Drouet delante, escoltado con 4000 infantes y tres escuadrones de caballería a las órdenes del general Gardanne, quien, en 13 de noviembre, obligando a Silveira a levantar el bloqueo de Almeida, penetró hasta Sabugal. No por eso se desalentó el general portugués, sino que al contrario, siguiendo la huella de los enemigos, alcanzolos el 16 entre Valverde y otro pueblo inmediato, les mató gente y cogioles bastantes prisioneros. Gardanne, sin embargo, continuó su camino, y el 27 hallábase ya en Cardigos; mas, molestado por las ordenanzas de aquella tierra y dando oídos a la falsa noticia de que el general Hill se apostaba en Abrantes, replegose precipitadamente a Sabugal con pérdida de mucha gente y de parte del convoy.

Avanza
a Portugal
el 9.º cuerpo.

A poco, pisando Drouet el suelo lusitano, cruzó el Coa el 17 de diciembre con 14.000 infantes y 2000 caballos, y avanzó a Gouveia. Destacó de su fuerza contra Silveira una división y mucha caballería bajo el mando del general Claparède, y uniéndose Gardanne al cuerpo principal del ejército, marchó este por el Alva abajo, y llegó a Murcella el 24. Júntase
a Massena. Diose luego Drouet la mano por Espinhal con Massena, se situó en Leiría y, dilatándose hacia la marina, cortó la comunicación entre Wellington y las provincias septentrionales de Portugal, mantenida hasta entonces principalmente por los jefes Trant y Juan Wilson.

Claparède
persigue
a Silveira.

Claparède, en tanto, vino a las manos con el general Silveira que, sobradamente confiado, trabando pelea fuera de sazón, se vio deshecho en Ponte do Abade hacia Trancoso, y acosado desde el 10 hasta el 13 de enero, tuvo con bastante pérdida que replegarse la vuelta del Duero. Entró Claparède después en Lamego, y amenazó a Oporto antes que el general Baccellar, siempre al frente de las milicias de aquellas partes, pudiera acudir en su socorro. Felizmente el francés no prosiguió adelante, sino que tornó a Moimenta da Beira; con lo que los portugueses pudieron cubrir la mencionada ciudad.

General Foy.

Por entonces entró asimismo en Portugal, con 3000 hombres, el general Foy, el cual enviado por Massena a Napoleón, si bien a costa de mil peligros de haber perdido parte de su escolta y los pliegos en las estrechuras de Pancorbo, tornaba de Francia después de haber desempeñado cumplidamente tan dificultoso encargo. El emperador ignoraba el verdadero estado del ejército del mariscal Massena, y tenía que acudir, para averiguar noticias, a la lectura de los periódicos ingleses. Tal era el tráfago belicoso de las ordenanzas portuguesas y partidas españolas. Quien primero le informó de todo fue el general Foy, hallándose este de vuelta en Santarén el 2 de febrero.

Ambos ejércitos francés y anglo-lusitano permanecieron en presencia uno de otro hasta principio de marzo. En el intervalo, hicieron los enemigos para proveerse de víveres muchas correrías que dieron lugar a infinidad de desórdenes y a inauditos excesos. En nada estorbaron los ingleses tan destructora pecorea, y antes temieron continuamente ser atacados por los enemigos, que solo se limitaron a meros reconocimientos, habiendo en uno de ellos sido herido en una mejilla el general Junot.

Beresford manda
en la izquierda
del Tajo.

En diciembre, pasando Hill a Inglaterra enfermo, fue reemplazado en el mando de su gente, que casi siempre maniobraba a la izquierda del Tajo, por el mariscal Beresford. Era el principal objeto de estas tropas impedir la comunicación de Massena con Soult, y las tenía Wellington destinadas a cooperar con los españoles en Extremadura. Aguardaba para efectuarlo la llegada de refuerzos de Inglaterra, que tardaron más de lo que creía en aportar a Lisboa, y por lo cual se difirió el cumplimiento de resolución tan oportuna.

Vuelven
a Extremadura
divisiones
de Romana
y Don Carlos
de España.

No sucedió así con la de que regresasen a la mencionada provincia las dos divisiones españolas que al mando del marqués de la Romana se habían unido antes al ejército inglés, y también la de Don Carlos de España, que obraba del lado de Abrantes. Todas se movieron después de promediar enero, y la última, compuesta de 1500 infantes y 200 caballos, estaba ya el 22 en Campomayor. Las dos primeras continuaban bajo el mando inmediato de Don Martín de la Carrera y de Don Carlos O’Donnell, y las guió en jefe durante el viaje Don José Virués.

Muerte
de Romana.

Debió Romana dirigirlas, pero en 23 de enero, próximo ya a partir, falleció de repente de una aneurisma en el cuartel general de Cartaxo. Muchos sintieron su muerte, y aunque, conforme en su lugar se expresó, le faltaban a aquel caudillo varias de las prendas que constituyen la esencia del hombre de estado y del gran capitán, perdiose a lo menos con su muerte un nombre que pudiera todavía haber contribuido al feliz éxito de la buena causa. Las cortes honraron la memoria del difunto decretando que en su sepulcro se pusiese la siguiente inscripción. «Al general marqués de la Romana, la patria reconocida.»

Operaciones en
las Andalucías
y Extremadura.

Trasladar a Extremadura las indicadas divisiones españolas, exigíalo lo que se preparaba en las Andalucías y en aquella provincia, de cuyas operaciones militares, íntimamente unidas con las de Portugal, ya es tiempo de hablar en debida forma.

Tenía Napoleón resuelto que Soult ayudase a Massena en su campaña, y aun parece se inclinaba a que se evacuasen las Andalucías, reconcentrando aquellas fuerzas en la margen izquierda del Tajo, y poniéndolas de este modo en contacto por Abrantes con las tropas francesas de Portugal. Soult tardó en recibir las órdenes expedidas al efecto, interceptadas las primeras por los partidarios. Y aun después tampoco se movió aceleradamente, embarazado con sus propias atenciones, y porque le desagradaba favorecer a Massena en una empresa de la que resultaría a este en caso de triunfo la principal gloria.

Situación
de Soult.

Rodeábanle en verdad apuros de cuantía. Sebastiani necesitaba todo el 4.º cuerpo de su mando para atender a Granada y Murcia. Ocupaban al 1.º y a su jefe Victor el sitio de Cádiz y serranía de Ronda, y el 5.º, mandado todavía por el mariscal Mortier, empleaba toda su gente en velar sobre la Extremadura y el condado de Niebla, siendo además indispensable mantener tropas que asegurasen las diversas comunicaciones.

Abandonar las Andalucías érale a Soult muy doloroso, considerándolas ya como conquista y patrimonio suyo, y penetrar en el Alentejo con limitados medios, quedando a la espalda las plazas de Badajoz y Olivenza y las fuerzas españolas del condado y Extremadura, parecíale demasiadamente arriesgado. Queriendo evitar uno y otro y no desobedecer las órdenes de su gobierno, pidió permiso para atacar dichas plazas antes de invadir el Alentejo. Napoleón consintió en ello, y Soult, al tiempo que así caminaba con paso más firme en su expedición, satisfacía también sus celos y rivalidades, dejando a Massena solo y entregado a su suerte, hasta que, muy comprometido, no pudiese este salir de ahogos sino con la ayuda del ejército del mediodía. Tal fue al menos la voz más válida, y a la que daban fundadamente ocasión las desavenencias y disturbios que por lo común reinaban entre unos y otros mariscales.

Medidas
que toma.

Antes de partir tomó Soult sus precauciones. Puso en Córdoba al general Godinot en lugar de Dessolles, que había vuelto a Madrid. En Écija apostó una columna, bajo el mando del general Digeon, destinada a mantener las comunicaciones; atrincheró del lado de Triana la ciudad de Sevilla, cuyo gobierno entregó en manos del general Darricau, y envió en fin refuerzos al condado de Niebla a las órdenes del coronel Remond.

Parte
a Extremadura.

Al entrar enero tenía Soult preparada su expedición, que debía constar en todo de unos 19.000 infantes y 4000 caballos, 54 piezas, un tren de sitio, convoy de provisiones y otros auxilios. Esta fuerza componíala el cuerpo de Mortier y parte del de Victor, viniendo además de Toledo, y no comprendiéndose en el número indicado, unos 3000 hombres de infantería y 500 jinetes del ejército francés del centro, con que se adelantó a Trujillo el general Lahoussaye.

Estado aquí
de los españoles.

Por parte de los españoles, proseguía mandando en Extremadura desde la ausencia de Romana Don Gabriel de Mendizábal, no habiendo ocurrido allí en todo aquel tiempo hecho alguno notable. La división de Ballesteros, que pertenecía entonces al mismo ejército, continuaba obrando casi siempre hacia el condado de Niebla, y dándose la mano con Copons era la que más bullía. Al tiempo de avanzar los franceses, Mendizábal, cuyas partidas se extendían a Guadalcanal, replegose por Mérida buscando la derecha de Guadiana, y Ballesteros tiró a Fregenal. Latour-Maubourg apretó al primero de cerca con la caballería, y Gazan persiguió al último con objeto de proteger la marcha de la artillería y convoyes. Volvió pie atrás de Trujillo la fuerza que mandaba Lahoussaye para cubrir el Tajo de las irrupciones de Don Julián Sánchez, y despejar también la comarca de otras partidas. El mariscal Soult con la infantería caminó sobre Olivenza.

Sitio y toma
de Olivenza
por los franceses.

Portuguesa antes esta plaza, pertenecía a España desde el tratado de Badajoz de 1801. Tenía fortificación regular con camino cubierto y nueve baluartes, pero flaca de suyo y descuidada, no podía detener largo tiempo los ímpetus del francés. Era gobernador el mariscal de campo Don Manuel Herk. La plaza fue embestida el 11 de enero, y el 12 abrieron los enemigos trinchera del lado del oeste. Mendizábal cometió el desacuerdo de enviar un refuerzo de 3000 hombres, los cuales en vez de coadyuvar a la defensa de aquel recinto, claro era que no servirían sino para embarazarla. El 20 rompieron los enemigos el fuego con cañones de grueso calibre, y batieron el baluarte de San Pedro por donde estaba la brecha antigua. Ofreció el 21 el gobernador Herk sostener la plaza hasta el último apuro, y, no obstante, capituló al día siguiente sin nuevo y particular motivo. Tuvieron algunos a gran mengua este hecho; pero debe considerarse que apenas había dentro municiones de guerra, apenas artillería gruesa, y solo, sí, ocho cañones de campaña que, manejados diestramente por Don Ildefonso Díez de Ribera, hoy conde de Almodóvar, contribuyeron a alucinar al enemigo sobre el verdadero estado de la plaza, y a imponerle respeto. Quizá, sí, faltó el gobernador en prometer más de lo que le era dado cumplir.

Ballesteros
en el condado
de Niebla.

Al propio tiempo Ballesteros, cayendo al condado de Niebla, recibió de la regencia el mando de este distrito, y el aviso de que su división pertenecía en adelante al 4.º ejército, que era el de la Isla de León. Copons, el 25 de enero, se embarcó para este punto con la tropa que capitaneaba, excepto la caballería y el cuerpo de Barbastro, que quedó al lado de Ballesteros, quien el mismo día sostuvo en Villanueva de los Castillejos contra los franceses una acción bastante gloriosa.

Acción
de Castillejos.

Bajo aquel nombre comprenden algunos dos pueblos: el citado de Villanueva y el de Almendro, situados a la caída de la sierra de Andévalo, por muchas partes de áspera y escarpada subida. En dos cumbres, las más notables, colocó Ballesteros 3 a 4000 peones que tenía, y al costado derecho, en terreno algo más llano, 700 jinetes de que constaba la caballería. Lo más principal de esta división procedía de la que en 1809 había sacado aquel general de Asturias, conservándose de los oficiales casi todos, excepto los que había arrebatado la guerra o los trabajos. Así, sonaban en la hueste los nombres de Lena y Pravia, de Cangas de Tineo, Castropol y el Infiesto, a que se añadía el provincial de León.

Ballesteros colocó su gente en dos líneas y, atacado por Gazan y Remond, sostuvo su puesto con firmeza hasta entrar la noche, habiendo causado al enemigo una pérdida considerable. Retirose después por escalones con mucho orden, llegó a Sanlúcar de Guadiana y repasó tranquilamente este río. Remond entonces quedó solo en el condado: marchó Gazan sobre Fregenal y Jerez de los Caballeros, tomó un destacamento suyo, por capitulación, en 1.º de febrero, el torreón antiguo de Encinasola, de poca importancia; y continuó después el mismo general a Badajoz, dejando en Fregenal una columna volante.

Avanza
Ballesteros
hacia Sevilla.

Luego que Ballesteros notó que los enemigos ponían toda su atención del lado de aquella plaza, comenzó de nuevo sus correrías. El 16 de febrero embistió a Fregenal, y cogió 100 caballos, 80 prisioneros y bagaje. Rondó por los contornos, y engrosadas sus filas con prisioneros fugitivos de Olivenza, resolvió al finalizar el mes acometer a Remond en el condado. Temeroso el comandante francés, se retiró más allá del río Tinto, de donde el 2 de marzo le arrojaron los nuestros; suceso que alteró en Sevilla los ánimos de los enemigos y de sus secuaces. Darricau, gobernador de esta ciudad, corrió en auxilio de Remond con cuanta gente pudo recoger; mas serenose, habiendo Ballesteros hecho alto y repasado después el Tinto. Incansable el español, tornó el 9 desde Beas en busca de Remond, sorprendiole de noche en Palma, le deshizo, y tomole bastantes prisioneros y dos cañones. Guerra afanosa y destructora para los franceses. Ballesteros preparábase el 11 a hacer decididamente una incursión hasta Sevilla mismo, cuando malas nuevas que venían de Extremadura le obligaron a suspender el movimiento proyectado.

Sitio de Badajoz.

Habían los enemigos embestido ya a Badajoz el 26 de enero. Aquella plaza está situada a la izquierda del Guadiana, que la baña por el norte y cubre una cuarta parte del recinto. Guarnécela del lado de la campiña un terraplén revestido de mampostería, con ocho baluartes, fosos secos, medias lunas, camino cubierto y explanada. Desagua allí al nordeste y corre por fuera un riachuelo de nombre Rivilla, cerca de cuya confluencia con el Guadiana álzase un peñón coronado de un antiguo castillo, el cual resguarda, junto con dos de los baluartes, el lado que mira al nacimiento del sol. En la derecha del Rivilla, a 200 toesas del recinto principal, y en un sitio elevado, se muestra el fuerte de la Picuriña, y al sudoeste el hornabeque de Pardaleras, con foso estrecho y gola mal cerrada. Estas dos obras exteriores se hallan, como la plaza, a la izquierda del Guadiana; descollando a la derecha, enfrente del castillo viejo, poco ha indicado, un cerro que se dilata al norte, y en cuya cima se divisa el fuerte de San Cristóbal, casi cuadrado. Lame la falda de este por levante el Gévora, que también se junta allí con el caudaloso Guadiana. No esguazable el último río en aquellos parajes, tiene un buen puente a la salida de la puerta de las Palmas, abrigado de un reducto. La población yace en bajo, y está rodeada de un terreno desigual que pudiéramos llamar undoso, con cerros a corta distancia.

Menacho
gobernador.

Gobernábala el mariscal de campo Don Rafael Menacho, soldado de gran pecho. Manejaba la artillería Don Joaquín Caamaño, y dirigía a los ingenieros Don Julián Albo. Llegó a haber de guarnición 9000 hombres. Poblaban la ciudad de 11 a 12.000 habitantes.

Empezaron los franceses el 28 de enero a abrir la trinchera y atacar por varios puntos; mas solo a la izquierda del Guadiana y con horroroso bombardeo. En el cerro de San Miguel establecieron una batería de cuatro piezas de a ocho y un obús: en el inmediato del Almendro, otra enfilando el fuerte de la Picuriña: lo mismo a la ladera del de las Mallas, entre el Rivilla y el arroyo Calamón; plantando aquí también a la izquierda de este una batería de obuses y cañones, con otra en el cerro del Viento; y abriendo entre ambas una trinchera y camino cubierto muy prolongado, cuyo ramal flanqueaba el frente de Pardaleras. Llamaron los franceses al último ataque el de la izquierda; del centro, al que partía del Calamón; de la derecha, al que indicamos primero.

El 30 verificaron los españoles una salida, y dos días después respondió Menacho con brío a la intimación que le hicieron los franceses de rendirse. Hincháronse el 2 de febrero las aguas del Rivilla, causando daño en los trabajos de los contrarios, y el 3 matáronles los nuestros, en una nueva salida de Pardaleras, más de 100 hombres, y arruinaron parte de las obras.

Don Gabriel de Mendizábal, reuniendo con las suyas las divisiones españolas que habían venido del ejército anglo-portugués, trató de meterse en Badajoz, engrosar la guarnición y retardar así las operaciones del enemigo. Para ello, y facilitar a la infantería un camino seguro, mandó a Don Martín de la Carrera que arremetiese el 6 por la mañana contra la caballería francesa, que en gran fuerza había pasado el 4 a la derecha del Guadiana, y la arrojase más allá del Gévora. Ejecutó Carrera su encargo gallardamente, y entonces Mendizábal se introdujo con los peones en la plaza.

Hicieron el 7 los cercados una salida contra las baterías enemigas del cerro de San Miguel y del Almendro. Mandaba la empresa Don Carlos de España, y aunque puso este el pie en la primera de las indicadas baterías, solo inutilizó en ella una pieza, no habiendo llegado a tiempo los soldados que traían los clavos y demás instrumentos propios al intento. La del Almendro fue también asaltada, y pudiéronse clavar allí más piezas. Sin embargo, rehechos los franceses, repelieron a los nuestros; y como por el descuido o retardo arriba indicado no se había destruido toda la artillería, causó esta en nuestras filas al retirarse mucho estrago, y perdimos, entre muertos y heridos, unos 700 hombres, de ellos varios oficiales.

Salió el 9 de Badajoz el general Mendizábal, y la plaza quedó entonces custodiada con los 9000 hombres que, según dijimos, habían llegado a componer su guarnición; evacuando el recinto sucesivamente los enfermos y gente inútil. Mendizábal se acantonó en la margen opuesta del Guadiana, apoyó su ala derecha en el fuerte de San Cristóbal, y aseguró de este modo la comunicación con Elvas y Campomayor.

Receloso en seguida Soult de que el sitio se dilatase, puso su ahínco en llevarle pronto a cima. Por tanto, adelantada ya la segunda paralela a sesenta toesas de Pardaleras, rodearon a las 7 de la noche este fuerte unos 400 hombres, y abriéndose paso entre las empalizadas, se metieron dentro por la parte que les mostró a la fuerza un oficial prisionero. Pudo salvarse, no obstante, la mayor parte de la guarnición. Prolongaron entonces los franceses hasta el Guadiana la paralela de la izquierda, y construyeron un reducto que, barriendo el camino de Elvas, completaba el bloqueo por aquel lado.

Con todo, menester era para acelerar la toma de Badajoz, destruir o alejar a Mendizábal de las cercanías del fuerte de San Cristóbal. Lord Wellington había aconsejado oportunamente al general español mantenerse sobre la defensiva y fortalecer su posición con acomodados atrincheramientos, hasta tanto que pudiese socorrerle y obligar a los franceses a levantar el sitio. No dio Mendizábal oídos a tan prudentes advertencias; y confiado en que iban muy crecidos Guadiana y Gévora, no destruyó ni aseguró los vados que en aguas bajas se encuentran en ambos ríos corriente arriba; contentose solo con demoler un puente que había en el Gévora, y trabajó lentamente en el reducto de la Atalaya, situado al norte, a 800 toesas de San Cristóbal.

Acción
del Gévora
o Guadiana
el 19 de febrero.

Desde el 12 había el mariscal Soult enviado 1500 hombres para cruzar el Guadiana por el Montijo, y empezó el 17 a arrojar bombas sobre el campo de Mendizábal, hacia el lado del fuerte de San Cristóbal, con intento de apartarle de semejante amparo.

Quedábanle a Mendizábal unos 8000 infantes y 1200 caballos; y siendo muy superior la fuerza que podía atacarle, debiera por lo mismo haber andado más cauto.

El 18 menguaron las aguas, y descendió aquel día por la derecha del Guadiana la caballería enemiga, que había tomado la vuelta del Montijo, cruzando los infantes por la tarde a legua y media de la confluencia del Gévora, y siempre corriente arriba. Mendizábal no ignoraba el movimiento de los franceses, pero no por eso evitó el encuentro.

Temprano en la mañana del 19, 6000 infantes enemigos y 3000 caballos estaban ya en batalla a la derecha del Guadiana, dispuestos también a pasar el Gévora. Una niebla espesa favorecía sus operaciones; y exhortados por el mariscal Soult y reforzados, comenzaron a vadear el último río. Ejecutó el paso por la derecha con toda la caballería Latour-Maubourg, con intención de envolver la izquierda española; y por el lado opuesto cruzó la infantería, al mando del general Girard, que logró así interponerse entre el fuerte de San Cristóbal y el costado derecho de los españoles, cogiendo en medio ambos generales a nuestro ejército casi del todo desprevenido.

El mariscal Mortier, que gobernaba de cerca los movimientos ordenados por Soult, cerró de firme con los españoles. Nació luego en nuestras filas extrema confusión; los caballos, en cuyo número se contaban los portugueses de Madden, no sostenidos bastantemente por Mendizábal, dieron los primeros el deplorable ejemplo de echar a huir, no obstante los esfuerzos valerosos de su principal jefe Don Fernando Gómez de Butrón, que se puso a la cabeza de los regimientos de Lusitania y Sagunto. Mendizábal formó con los infantes dos grandes cuadros que resistieron algún tiempo en la altura de la Atalaya; pero que rotos al fin y penetrados por todas partes, disipáronse a la ventura. 800 hombres quedaron heridos, o muertos en el campo; 3000 prisioneros, de ellos muchos oficiales con el general Virués; otros dispersáronse o se acogieron a las plazas inmediatas. Cañones, muchos fusiles, bagaje, municiones, todo fue presa del enemigo. Salvose en Campomayor, con alguna gente, Don Carlos de España; en Elvas, Butrón y 800 hombres, con Don Pablo Morillo que dio en tan aciago día repetidas pruebas de valentía y ánimo sereno.

La pelea, comenzada a las ocho de la mañana, terminose una hora después, no habiendo costado a los franceses más de 400 hombres: pelea ignominiosamente perdida, y por la que se levantó contra Mendizábal un clamor universal harto justo. Fue causa de tamaño infortunio singular impericia, que no disculpan ni los bríos personales ni la buena intención de aquel desventurado general. Llamaron unos esta acción la del Gévora, otros la de San Cristóbal: los españoles casi solo la conocieron bajo el nombre de la del 19 de febrero.

Ganada la batalla, bloqueó la plaza el mariscal Soult por la derecha del Guadiana, aseguró con puentes las comunicaciones de ambas orillas y continuó el sitio reposadamente.

Creyó también que los ánimos se amilanarían con la derrota de Mendizábal, y envió un parlamento con nuevas propuestas. Mas Don Rafael Menacho, manteniéndose impávido, no le admitió; y habitantes y militares merecieron a porfía ser colocados al lado de tan digno caudillo.

Fonturvel
en Badajoz.

Hubo diversos hechos muy señalados. Digno es de contarse entre ellos el de Don Miguel Fonturvel, teniente de artillería de la brigada de Canarias. De avanzada edad, pidió no obstante que se le confiase uno de los puestos de más riesgo; y perdiendo las dos piernas y un brazo, así mutilado, animaba antes de expirar a sus soldados, y exclamó mientras pudo con interrumpidos acentos: «¡Viva la patria! Contento muero por ella.»

Los enemigos proseguían en sus trabajos, y se enderezaban principalmente contra los baluartes de San Juan y Santiago. El 26 extendiéndose por allí y batiendo la plaza con vivo cañoneo, se prendió fuego a un repuesto detrás de uno de los baluartes; pero la presencia inmediata de Menacho impidió el desorden y evitó desgracias. Valeroso y activo, este jefe disponíase a defender la ciudad hasta por dentro, y cortó calles, atroneró casas y tomó otras medidas no menos vigorosas.

Muerte gloriosa
de Menacho.

Todo anunciaba que llevaría al cabo su propósito, cuando el 4 de marzo, observando desde el muro una salida en que se causó bastante daño al enemigo, cayó muerto de una bala de cañón. Glorioso remate de su anterior e ilustre carrera, y pérdida irreparable en tan apretadas circunstancias. Las cortes hicieron mención honrosa del nombre de Menacho, y premiaron a su familia debidamente.

Sucédele Imaz.

Sucediole el mariscal de campo Don José de Imaz, que correspondió de mala manera a tamaña confianza; pues capituló el 10, no aportillada bastantemente la brecha en la cortina de Santiago, ni maltratados todavía los flancos; y a tiempo en que por telégrafo se le avisó de Elvas que Massena se retiraba, y que la plaza de Badajoz no tardaría en ser socorrida.

Ríndese Badajoz.

Quiso Imaz cubrir su mengua con el dictamen del comandante de ingenieros Don Julián Albo y el de otros jefes que estuvieron por rendirse. No así Caamaño el de artillería que dijo: «Pruébese un asalto, o abrámonos paso por medio de las filas enemigas.» Igualmente fue elevado y noble el parecer del general Don Juan José García, que si bien anciano, expresó con brío: «Defendamos a Badajoz hasta perder la vida.» Mas Imaz con inexplicable contradicción, votando en el consejo, que al efecto se celebró, con los dos últimos jefes, entregó la plaza en el mismo día sin que hubiese para ello nuevo motivo. Como gobernador solo a él tocaba decidir en la materia, y él era el único y verdadero responsable. Equivocose si creyó que resolviendo de un modo y votando de otro, conservaría al mismo tiempo intactos su buen nombre y su persona. Formósele causa, que duró, según tenemos entendido, hasta la vuelta del rey Fernando a España, caminando y terminándose al son de tantas otras de la misma clase.

Ocuparon los franceses a Badajoz el 11 de marzo. Salieron por la brecha y rindieron las armas 7135 hombres: había en los hospitales 1100 enfermos, y en la plaza 170 piezas de artillería, con municiones bastantes de boca y guerra.

Ocupan
los franceses
otros puntos.

En seguida el general Latour-Maubourg marchó sobre Alburquerque y Valencia de Alcántara, de que se apoderó en breve, no hallándose aquellas antiguas y malas plazas en verdadero estado de defensa. El mariscal Mortier sitió el 12 de marzo a Campomayor. Sitio
y capitulación
de Campomayor. Guarnecían el recinto, de suyo débil, unos pocos soldados de milicias y ordenanzas, y era gobernador el valeroso portugués José Joaquín Talaya. Los enemigos situaron sus baterías a medio tiro de fusil, amparados de las ruinas del fuerte de San Juan, demolido en la guerra de 1800. Intimaron inútilmente la rendición el 15, y arrojando sin cesar dentro infinidad de bombas, y batiendo el muro con vivísimo y continuado fuego, abrieron el 21 brecha muy practicable. Pronto al asalto, no quiso todavía entregarse el bizarro gobernador, no obstante sus cortos medios y escasa tropa: y solo ofreció que se rendiría si pasadas veinticuatro horas no le hubiese llegado socorro. Frustrada esta esperanza, salió por la brecha, cumplido el plazo, con unos 600 hombres entre milicianos y ordenanzas que era toda su gente.

Acontecimientos
en Andalucía.

Nuevos cuidados llamaron a Sevilla al mariscal Soult. Luego que este se ausentó de aquella ciudad, tratose en Cádiz de distraer las fuerzas de la línea sitiadora y aun de obligar al enemigo, si ser podía, a alzar el campo. Pensose llevar a efecto tal propósito al fenecer enero, y obraban de acuerdo españoles e ingleses. En consecuencia, partió de Cádiz alguna tropa que desembarcó en Algeciras y que, con otra gente de la serranía de Ronda, formó la primera división del 4.º ejército a las órdenes de Don Antonio Begines de los Ríos. Debiendo este jefe dar la señal de los movimientos proyectados, marchó sobre Medina Sidonia y, el 29 del mismo enero, rechazó a los franceses cogiéndoles 150 hombres. El mayor inglés Brown, que continuaba gobernando a Tarifa, apoyó la maniobra avanzando a Casas Viejas. Paró allí esta tentativa, habiéndose retardado la ejecución del plan principal.

Expedición
y campaña
de la Barrosa.

Un mes transcurrió antes de que se realizase; mas entonces combinose de modo que todos se lisonjeaban con la esperanza de que tuviese buena salida. Debía componerse la expedición de las indicadas tropas de Begines y Brown, y de las que acompañasen de la Isla y Cádiz a los generales Graham y Don Manuel de la Peña. Había el último de mandar en jefe, como quien llevaba mayor fuerza; y escogiole la regencia no tanto por su mérito militar, cuanto por ser de índole conciliadora y dócil bastante para escuchar los consejos que le diese el general inglés, más experto y superior en luces.

Las tropas británicas fueron las primeras que dieron la vela; luego las españolas, el 26 de febrero. Conducía nuestra expedición de mar el capitán de navío Don Francisco Maurelle; escoltábanla la corbeta de guerra Diana y algunas fuerzas sutiles, y la componían más de 200 buques. Navegó la expedición con el mayor orden, y pusieron las tropas pie en tierra, en Tarifa, al anochecer del 27. Incorporáronse allí a los nuestros el cuerpo principal de los ingleses, y efectos y tropa de algunos buques que, impelidos del viento y corrientes del Estrecho, habían aportado a Algeciras.

Reunido en Tarifa todo el ejército combinado, excepto la división de Begines que se unió el 2 de marzo en Casas Viejas, distribuyole el general la Peña en tres trozos, vanguardia, centro o cuerpo de batalla, y reserva. La primera la guiaba Don José de Lardizábal, el centro el príncipe de Anglona, y la última el general Graham. En todo, con los de Begines, 11.200 infantes, entre ellos 4300 ingleses. Había además 800 hombres de caballería, 600 nuestros, los otros de los aliados; mandaba los jinetes el mariscal de campo Don Santiago Whittingham. Se contaban 24 piezas de artillería.

Púsose el 28 en marcha el ejército con dirección al puerto de Facinas, por cuyo sitio atraviesa, partiendo del mar a las sierras de Ronda, la cordillera que termina al ocaso el campo de Gibraltar. Desde ella se desciende a las espaciosas llanuras que se dilatan hasta cerca de Chiclana, Sancti Petri y faldas del cerro de Medina Sidonia; adonde, descolgándose de las sierras, arroyos y torrentes, atajan y cortan la tierra, y causan pantanos y barranqueras. Con la muchedumbre y unión de las vertientes fórmanse, sobre todo en aquella estación, ríos de bastante caudal, como el Barbate que recoge las aguas de la laguna de Janda. Estos tropiezos y el fatal estado de los caminos, malos de suyo, retardaron la marcha particularmente de la artillería.

De Facinas podía el ejército dirigirse sobre Medina Sidonia por Casas Viejas, o sobre Sancti Petri y Chiclana por la costa, siguiendo la vuelta de Vejer. Evacuaron precipitadamente los franceses este pueblo el 2 de marzo, amenazados por algunas tropas nuestras, al paso que el grueso del ejército marchaba a Casas Viejas, camino que al principio se resolvió tomar. De aquí fueron también arrojados los enemigos, y se les cogieron unos cuantos prisioneros, dos piezas y repuestos de vituallas.

En las alturas frente a Casas Viejas y a la izquierda del Barbate, permaneció el ejército combinado hasta la mañana del 3, en cuyo tiempo, desistiendo el general en jefe de proseguir por el mismo camino de antes, emprendió la marcha por Vejer, orillas de la mar; y solo destacó hacia Medina, para alucinar a los franceses que la ocupaban, el batallón ligero de Alburquerque y el escuadrón de voluntarios de Madrid.

Desaprobaron muchos que se hubiese mudado de rumbo en la persuasión de que era preferible la primera ruta, que daba a espaldas del enemigo y se apoyaba en la serranía de Ronda, baluarte natural y con los arrimos de Gibraltar y Tarifa. No pareció disculpa la circunstancia de ser Medina posición fuerte y estar artillada con 7 piezas, pues además de que no hubiera resistido a la acometida del ejército combinado, tampoco se necesitaba tomar empeño en su conquista, sino solamente observar lo que allí se hacía. Yendo por aquella parte se podía también contar con la belicosa y bien dispuesta población de la sierra; y en caso de malaventura no corría nuestra tropa riesgo de ser acorralada contra insuperables obstáculos, como era el de la mar del lado de Vejer y Sancti Petri. Mas la Peña, hombre pusilánime y sobrado meticuloso, quiso ante todo abrir comunicación con la Isla, creyéndose más seguro en la vecindad de tan inexpugnable abrigo; y desconociendo que, si acontecía algún descalabro, la confusión y el tropel no permitirían ni oportuna ni dichosa retirada.

Había quedado mandando en la Isla Don José de Zayas, con orden de ejecutar movimientos aparentes en toda la línea, ayudado de las fuerzas de mar. Tenía igualmente encargo de echar un puente de barcas al embocadero de Sancti Petri, en cuya orilla izquierda, enseñoreada por los franceses, forma el río, la mar y el caño de Alcornocal una lengua de tierra que habían con flechas cortado aquellos, dueños también de la torre y colinas de Bermeja, colocadas a la espalda. Nuestra posición en la orilla derecha dominaba la de los contrarios; y dos fuertes baterías y el castillo de Sancti Petri barrían el terreno hasta las indicadas flechas.

Estableciose, conforme a lo prevenido y en el paraje insinuado, un puente flotante bajo la dirección del capitán de navío Don Timoteo Roch; y desde el 2 de marzo comenzaron ya las fuerzas de mar de los diversos apostaderos del río de Sancti Petri a hostilizar la costa; mas en la noche, después de echado el puente, por descuido o por otra razón que ignoramos, asaltando tiradores franceses a 250 españoles que le custodiaban, fueron sorprendidos estos y hechos prisioneros. Se tuvo a dicha que no penetrasen los enemigos más adelante; pues con la oscuridad y el desorden, ya que no se hubiesen apoderado de la Isla, por lo menos hubieran causado mayores daños.

De resultas, mandó Zayas cortar algunas barcas del puente, no sabiendo tampoco de fijo el paradero del ejército expedicionario. Como el primer pensamiento acerca de la marcha de este fue el de ejecutarla por Medina, habíase al partir convenido que las tropas aliadas advertirían su llegada a aquel punto por medio de señales, que no se verificaron, cambiado el plan. Un oficial que envió la Peña para avisar dicha mudanza, detuviéronle los ingleses dos días en el mar, pareciéndoles emisario sospechoso. Esto y el haber cortado algunas barcas del puente, impidió que de la Isla se auxiliasen con la prontitud deseada las operaciones de afuera.

A la caída de la tarde del 4 de marzo tomó el ejército expedicionario el camino de Conil, continuando después la vuelta de Sancti Petri. Acompañaban a las tropas muchos patriotas y escopeteros de los pueblos inmediatos y de la sierra. Llegó el ejército al cerro de la Cabeza del Puerco, o sea de la Barrosa, al amanecer del 5; y de allí, hecho un corto descanso, prosiguió la vanguardia engrosada con un escuadrón y fuerzas del centro, vía del bosque y altura de la Bermeja. Quedó en el cerro del Puerco el resto de las tropas que componían el centro, y a su retaguardia la reserva; adelantándose por el flanco derecho el grueso de los jinetes. La marcha de las tropas en la anterior noche había sido larga y sobre todo penosa, no calculados competentemente de antemano los obstáculos con que iba a tropezarse.

Desasosegaban a los franceses los movimientos de los aliados, inciertos del punto por donde estos atacarían y faltos de gente. La que tenía el mariscal Victor delante de la Isla y Cádiz no pasaba de 15.000 hombres, y ascendían a 5000 más los que se alojaban en Medina, Sanlúcar y otros sitios cercanos. Aseguradas las líneas con alguna tropa, interpolada de españoles juramentados [que unos de grado y muchos por fuerza no dejaban en estas Andalucías de prestar auxilio a los enemigos] colocose el mencionado mariscal en las avenidas de Conil y Medina asistido de unos 10.000 hombres, en disposición de acudir a la defensa de cualquiera de dichos dos caminos que trajesen los aliados.

Batalla
del 5 de marzo.

Cerciorado que fue de ello, y después de escaramuzar las tropas ligeras de ambos ejércitos, se reconcentró Victor en los pinares de Chiclana, puso a su izquierda la división del general Ruffin, en el centro la de Leval, y a Villatte con la suya en la derecha; guarneciendo el último la tala y flechas que amparaban el siniestro costado de su propia línea enfrente de la Isla.

A este punto se dirigía la vanguardia española para atacar por la espalda los atrincheramientos y baterías enemigas que impedían la comunicación entre el ejército de dentro de la Isla y el expedicionario. Con la mira de estorbar semejante maniobra, habíase colocado el general Villatte delante del caño del Alcornocal y molino fortificado de Almansa, favorecido de un pinar espeso que ocultando parte de su tropa, dejaba solo al descubierto unos cuantos batallones apoyados en Torre Bermeja.

La vanguardia, bajo el mando de Lardizábal, atacó bravamente las fuerzas de Villatte: la pelea fue reñida, en un principio dudosa; pero decidiola en nuestro favor, conteniendo al enemigo y cargándole luego con ímpetu, el regimiento de Murcia, al mando de su coronel Don Juan María Muñoz, y tres batallones de Guardias españolas que, con el regimiento de África, llegaron en seguida y dieron al reencuentro feliz remate. Villatte, repelido así, pasó al otro lado del caño y molino de Almansa, quedando, de consiguiente, franca la comunicación con la Isla de León; aunque se retardó el paso por el tiempo que pidió la reparación del puente de Sancti Petri, poco antes cortado.

En el mismo instante, la Peña, que deseaba aprovechar la ventaja adquirida y continuar tras el enemigo por el espeso y dilatado bosque que va a Chiclana, llamó hacia allí lo más de su tropa, y dispuso que el general Graham, abandonando el cerro del Puerco, se acercase al campo de la Bermeja, distante tres cuartos de legua, y que cooperase a las maniobras de la vanguardia, dejando solo en dicho cerro para proteger aquel puesto la división de Don Antonio Begines, un batallón inglés a las órdenes del mayor Brown, y los de Ciudad Real y Guardias valonas, unidos antes a la reserva.

Victor, que vigilaba los movimientos de los aliados, luego que notó el de Graham, y que caminaba este por el pinar con dirección al campo de la Bermeja, apareció en el llano y, dirigiendo la división de Leval contra los ingleses que iban marchando, se adelantó él en persona con las fuerzas de Ruffin al cerro del Puerco por la ladera de la espalda, posesionándose de su cima, verdadera llave de toda la posición, y cortando así las comunicaciones entre la gente que había quedado apostada en Casas Viejas y las tropas que acababan los españoles de dejar en el citado cerro del Puerco, las cuales, precisadas a retirarse, se movieron hacia el grueso del ejército.

Mostrábase ahora a las claras que la intención del enemigo era arrinconar a los aliados contra el mar y envolverlos por todos lados. El general Graham, que lo había sospechado, confirmose en ello al verse acometido y al noticiarle el mayor Brown el movimiento y ataque que los franceses habían hecho sobre el cerro del Puerco. Para remediar el mal contramarchó rápidamente el general británico: hizo que 10 cañones a las órdenes del mayor Duncan rompiesen fuego abrasador contra el general Leval, a quien, en consecuencia de la evolución practicada, tenían los ingleses por su flanco izquierdo, y mandó al coronel Andrés Barnard empeñar la lid con los tiradores y compañías portuguesas. Formó además de los restantes cuerpos dos trozos: de estos, uno bajo el general Dilkes acometió a Ruffin, otro bajo el coronel Wheatley, a Leval. La artillería, mandada por Duncan, contuvo la división del último y causó en ella gran destrozo.

El mayor Brown se había aproximado, por orden de Graham, al cerro de que era ya dueño Ruffin, y antes que Dilkes llegara había tenido que aguantar vivísimo fuego. Juntos ambos jefes, arremetieron vigorosamente cuesta arriba para recobrar la posición defendida por los franceses con su acostumbrado valor. El combate fue porfiado y sangriento. Cayó herido mortalmente Ruffin, sin vida el general Chaudron-Roussau, y los ingleses al fin encaramándose a la cumbre, se enseñorearon del campo de los enemigos. Huyeron estos precipitadamente, y Graham contento con el triunfo alcanzado no los persiguió, fatigada su gente con las marchas de aquellos días. Al rematar la acción llegaron de refresco los de Ciudad Real y Guardias valonas, que antes estaban con él unidos perteneciendo a la reserva, los cuales sin orden de la Peña acudieron adonde se lidiaba movidos de hidalgo pundonor.

Las divisiones de Ruffin y Leval se retiraron concéntricamente: en vano quiso el mariscal Victor restablecer la refriega: el fuego sostenido y fulminante de los cañones de Duncan desbarató tal intento.

El combate solo duró hora y media; pero tan mortífero que los ingleses perdieron más de 1000 soldados y 50 oficiales: los franceses 2000 y 400 prisioneros, en cuyo número se contó al general Ruffin, tan mal herido que murió a bordo del buque que le transportaba a Inglaterra.

Los enemigos durante la pelea quisieron también extenderse por la playa al pie del cerro de la Cabeza del Puerco; mas se lo estorbaron las tropas de Begines y la caballería de Whittingham. Este no persiguió en la retirada cual pudiera a los franceses, que no tenían arriba de 250 jinetes. Solo los húsares británicos, que eran 180, se destacaron del cuerpo principal y, guiados por el coronel Federico Ponsonby, embistieron con los enemigos. Whittingham dio por disculpa para no seguir tan buen ejemplo el haber tomado por franceses a los españoles que habían quedado de observación en Casas Viejas, y que se acercaron al campo en el momento de concluirse la batalla.

No cesó en tanto el tiroteo entre la vanguardia del mando de Lardizábal y la división de Villatte, quien también quedó herido. Los españoles perdieron unos 300 hombres, no menos los contrarios.

La Peña no dio paso alguno para auxiliar al general Graham, ni se meneó de donde estaba, como si temiera alejarse de Sancti Petri, cuyo puente al cabo se reparó, pudiendo el general Zayas pasarle y colocarse cerca de las flechas y molino de Almansa. Excusó la Peña su inacción con haber ignorado la contramarcha de Graham, y con el poco tiempo que dio la corta duración de la pelea. Pero pareció a muchos que bastaba para aviso el ruido del cañón, y que ya que no hubiese el general español podido concurrir al primer momento del triunfo, por lo menos encaminándose al punto de la acción hubiera su asistencia servido a molestar y deshacer del todo al enemigo en la retirada.

Desavenencias
entre
los generales.

Graham, ofendido de tal proceder, y disminuida su gente y fatigada, metiose el 6 en la Isla, rehusó cooperar activamente fuera de las líneas, y solo prometió favorecer desde ellas cualquiera tentativa de los españoles.

En aquellos días las fuerzas sutiles de estos, al mando de Don Cayetano Valdés, sostenidas por las de los ingleses, se habían desplegado en la parte interior de la bahía, amenazando el Trocadero y los otros puntos del mismo modo que el río de Sancti Petri y caños de la Isla. En la mañana del 6 se verificó un pequeño desembarco en la playa del puerto de Santa María, y en la noche anterior Don Ignacio Fonnegra habíase posesionado de Rota, y destruido las baterías y artillería enemiga.

Derrotado el mariscal Victor en el cerro de la Cabeza del Puerco, o sea torre de la Barrosa, tomó medidas de retirada, y envió a Jerez heridos y bagajes: llamó de Medina Sidonia la división mandada por Cassagne, la cual no había asistido a la batalla, y se reconcentró con lo principal de sus tropas en la vecindad de Puerto Real.

Por su parte la Peña no se atrevió a emprender solo cosa alguna, y entró en Sancti Petri el 7 con todo su ejército, excepto los patriotas de la sierra y la división de Begines, que quedaron fuera y ocuparon el 8 a Medina Sidonia, rechazando a 600 franceses que intentaron atacarlos.

Todas estas operaciones, y sobre todo la batalla del 5, excitaron quejas y recriminaciones sin fin. Mirose como fuente y causa principal de ellas la irresolución y desconfianza que de sí propio tenía la Peña. Graham, aunque con razón ofendido de varias acusaciones que se le hicieron, llevó muy allá el resentimiento y enojo.

Debates
que de resultas
hay en las cortes.

En las cortes se promovieron acerca del asunto largos debates. Muchos querían que en todos los casos de acciones o sucesos desgraciados, se formase causa al general en jefe: opinión sobrado lata, pues las armas tienen sus días y los mayores capitanes han perdido batallas y equivocádose a veces en sus maniobras. Por lo mismo limitáronse las cortes a decidir que la regencia investigase con todo el rigor de las leyes militares lo ocurrido en tan notable suceso, quedándole expeditas sus facultades para obrar conforme creyera conveniente al bien y utilidad del estado.

Nombró al efecto la regencia una junta de generales, la cual informó meses después no resultar hecho alguno por el que se pudiese proceder contra Don Manuel de la Peña. En virtud de esta declaración cierto era que no debía la regencia poner en juicio a aquel general, pero tampoco había motivo para premiarle, como lo hizo más adelante, condecorándole con la gran cruz de Carlos III y con la manifestación de que así él como los demás generales y tropa se habían portado dignamente.

Resoluciones
en la materia.

Las cortes anduvieron por entonces más cuerdas, dando gracias a los aliados y declarando que estaban satisfechas de la conducta militar de la oficialidad y tropa del 4.º ejército. De este modo no mentaron en su declaración al general en jefe, e hicieron justicia a las tropas y a los oficiales que se condujeron en los lances en que se empeñaron con valor y buena disciplina. Posteriormente instadas las cortes por empeños, y apoyándose en los dictámenes que dieron varios generales, manifestaron también quedar satisfechas de la conducta de D. Manuel de la Peña en la expedición de la Barrosa. Resolución que con razón desaprobaron muchos.

En sesión secreta agraciaron las mismas al general Graham con la grandeza de España, bajo el título de duque del Cerro de la Cabeza del Puerco. Al principio pareció aceptar dicho general la merced que se le otorgaba, pues confidencialmente su ayudante y particular amigo Lord Stanhope así lo indicó, mostrando solo el deseo de que se variase la denominación, teniendo en inglés la palabra Pig peor sonido que la correspondiente en español. Convínose en ello; mas luego no admitió Graham, ya fuese resentimiento del proceder de la regencia, o ya, más bien, según creyeron otros, temor de lastimar a Lord Wellington todavía no elevado a tan encumbrada dignidad.

Después de lo acaecido, imposible era continuasen mandando en la Isla el general Graham y Don Manuel de la Peña. Explicaciones, réplicas, escritos se multiplicaron por ambas partes, y llegaron a punto de provocar un duelo entre Don Luis de Lacy, jefe del estado mayor del ejército expedicionario, y el general inglés: felizmente se arregló la pendencia sin lidiar. Sucedió en breve al último en su cargo el general Cook, y a la Peña, contra quien se desenfrenó la opinión, el marqués de Coupigny, que vimos en Bailén y Cataluña.

El mariscal Victor, pasado el primer susto, y viendo que nadie le seguía ni molestaba, volvió el 8 tranquilamente a Chiclana, y ocupó de nuevo y reforzó todos los puntos de su línea.

Bombardeo
de Cádiz.

A poco empezaron los sitiadores a arrojar proyectiles que alcanzaron a Cádiz. Ya habían hecho ensayos en los días 15, 19 y 20 de diciembre anterior desde la batería de la Cabezuela junto al Trocadero, y conseguido que cayesen algunas bombas en la plaza de San Juan de Dios y sus alrededores, esto es, en la parte más próxima a los fuegos enemigos. No reventaban sino las menos, y de consiguiente fue casi nulo su efecto, pues para que llegasen a tan larga distancia [3000 toesas], era menester macizarlas con plomo, y dejar solo un huequecillo en que cupiesen unas pocas onzas de pólvora. Estos proyectiles lanzábanlos unos morteros que llamaban a la Villantroys, del nombre de un antiguo ingeniero francés que los descubrió, mas el modelo de las bombas le hallaron los franceses en el arsenal de Sevilla, invento antiguo de un español, que ahora parece perfeccionó un oficial de artillería, también español, en servicio de los enemigos, cuyo nombre no estampamos aquí en la duda de si fue o no cierta acusación tan fea. Los franceses tuvieron al principio un corto número de morteros de esta clase, descomponiéndoseles a cada paso por la mucha carga que se les echaba. Aumentáronlos en lo sucesivo y aun los mejoraron, según en su lugar veremos.

Murmurándose mucho en Cádiz acerca de la expedición de la Peña, el consejo de regencia, para apaciguar los clamores y distraer al enemigo del sitio de Badajoz, cuya caída aún se ignoraba, ideó otra expedición al condado de Niebla, de 5000 infantes y 250 caballos, a las órdenes de Don José de Zayas, que debía obrar de acuerdo con Don Francisco Ballesteros.

Breve expedición
de Zayas
al condado.

Dio la vela de Cádiz aquel general el 18 de marzo, y desembarcado el 19 en las inmediaciones de Huelva, echó a los franceses de Moguer y trató de ir tierra adentro. Mas antes de verificarlo, reforzados los enemigos con tropa suya de Extremadura, y no unidos todavía Zayas y Ballesteros, tuvo el primero que reembarcarse el 23, previniéndole sus instrucciones que no emprendiese nada sin tener certidumbre de buen éxito, y se colocó en la isla de la Cascajera, al embocadero del Tinto. Los caballos hubo que abandonarlos, apretando de cerca el enemigo, y solo las sillas y arreos junto con los jinetes fueron transportados a la mencionada isla, y es digno de notar que varios de aquellos animales entregados a su generoso instinto cruzaron a nado el brazo de mar que los separaba de sus dueños.

Acampado Zayas en la Cascajera quiso ponerse de acuerdo con Ballesteros, quien celoso e indisciplinado daba buenas palabras, mas casi nunca las cumplía, y en el caso actual trató además de sobornar a los soldados de la expedición para engrosar sus propias filas. Zayas no obstante permaneció allí algunos días, y aun divirtió al enemigo en favor de Ballesteros, señaladamente el 29 de marzo que enviando gente sobre la torre de la Arenilla, sorprendió a los franceses de Moguer, les hizo perder 100 hombres, y aun recobró algunos de los caballos que habían quedado en tierra recogidos por los paisanos.

Al fin Zayas, sin alcanzar otro fruto que este y el de haber de nuevo inquietado a los enemigos, tornó a Cádiz el 31, habiendo los barcos de la expedición corrido riesgo de perecer en un temporal que sobrevino en aquella costa durante la noche del 27 al 28.

Temporal
en Cádiz.

En Cádiz se mostró tan furioso que no quedaba memoria de otro igual, soplando un levante más bravo que el del año de 1810, de que en su lugar hablamos. Por fortuna, no se perdieron ahora buques de guerra, pero sí infinidad de mercantes, desamarrándose y chocando unos contra otros o encallando en la costa. Más de 300 personas se ahogaron y, como ocurrió de noche, la oscuridad y violencia del viento dificultó los auxilios. Los marinos, en particular los ingleses, dieron pruebas relevantes de intrepidez, pericia y humanidad, por la diligencia que pusieron en socorrer a los náufragos. Entonces se volvió a abrir la llaga aún reciente de la expedición de la Isla, y a clamar contra Peña, pues no cabía duda de que si se hubiera levantado el sitio de Cádiz, fondeados los barcos en parajes de mayor abrigo, no se hubieran experimentado tantas desdichas.

Principia
Massena
a retirarse
de Santarén.

Emprendía el mariscal Massena su completa retirada, mientras que ocurrieron en el mediodía de España los sucesos relatados. Firme en las estancias de Santarén en tanto que su ejército pudo subsistir en ellas y procurarse bastimentos, resolvió desampararlas luego que vio apurados sus recursos y que menguaba cada vez más el número de su gente, al paso que crecía el de los ingleses y sus medios. Empezó el mariscal francés su movimiento retrógrado en la noche del 5 al 6 de marzo, y empezole como gran capitán. Rodeábanle dificultades sin cuento, y para vencerlas necesitaba valerse de la movilidad de sus tropas en que tanta ventaja llevaban a las de los ingleses. El camino que hizo resolución de tomar fue hacia el Mondego, de arduo comienzo, pues exigía maniobras por el costado. Envió delante, y con anticipación al día 5, lo pesado y embarazoso, y ordenó al mariscal Ney que evolucionase sobre Leiría como si quisiese dirigir sus pasos a Torres Vedras. Entonces y en la citada noche del 5 al 6, alzando Massena el campo reconcentró el 9 en Pombal, por medio de marchas rápidas, todo su ejército, excepto el segundo cuerpo al mando de Reynier, y la división de Loison, que quemó las barcas de Punhete, tomando ambos generales la ruta de Espinhal y cubriendo así el flanco de la línea principal de retirada.

Combates
en la retirada
con los ingleses.

Echó Lord Wellington tras el enemigo, aunque con cautela, receloso siempre de descubrir las líneas. Y por eso y haberle también Massena ganado por la mano desapareciendo disimuladamente, no pudo aquel reunir hasta el 11 tropas bastantes para operar activamente. No le aguardó el mariscal francés, pues por la noche continuó su marcha, amparada del 6.º cuerpo y de la caballería del general Montbrun, que se situaron a la entrada de un desfiladero que corre entre Pombal y Redinha. Desalojáronlos de allí los ingleses, y Massena parose el 13 en Condeixa. Era su intento caminar por Coimbra, y detenerse en las fuertes posiciones de la derecha del Mondego. Pero los portugueses, dirigidos por el coronel Trant, habían roto los puentes y preparado aquella ciudad para una viva defensa, recogiéndose también dentro los habitantes de la orilla izquierda, que la dejaron convertida en desierto. Adelantose sobre Coimbra el general Montbrun, y el 12 hizo ya algunas tentativas de ataque y arrojó granadas. En vano intimó la rendición, y desengañado de poder entrar la ciudad de rebate, advirtió de ello al general en jefe, creído además en que habían llegado refuerzos por mar desde Lisboa al Mondego.

No pudiendo Massena detenerse a forzar el paso del río, acosado de cerca hallábase muy comprometido, no quedándole otra ruta sino la dificilísima de Ponte da Murcella por Miranda do Corvo. Vislumbró Wellington que a su contrario le estaba cerrado el camino de Coimbra, porque sus bagajes tiraban hacia Ponte da Murcella. En esta atención, hizo el general inglés marchar por su derecha, atravesando las montañas, una división bajo las órdenes de Picton, movimiento de sesgo que forzó a los franceses a desamparar a Condeixa y echarse una legua atrás situándose en Casal Novo. Wellington entonces abrió inmediatamente su comunicación con la ciudad de Coimbra, y trató de arrojar a los franceses de su nueva posición.

Siendo esta muy respetable por el frente, maniobró el inglés hacia los costados. Envió por el derecho al general Cole, que después debía dirigirse al Alentejo, y encargole asegurar el paso del río Deuza y la ruta de Espinhal, en cuyas cercanías estaba ya desde el 10 el general Nightingale en observación de Reynier y Loison, los cuales, según dijimos, habían por allí seguido la retirada. Wellington además envió del mismo lado, pero ciñendo al enemigo, al general Picton, y destacó por el costado izquierdo al general Erskine y la brigada portuguesa de Pack, al tiempo mismo que ordenó a las tropas ligeras que escaramuzasen por el frente, apoyadas en la división de Campbell. Quedó de reserva el resto del ejército anglo-portugués.

Parte del de los franceses se había replegado ya, posesionándose del formidable paso de Miranda do Corvo y márgenes del río Deuza. Aquí se juntó también a los suyos el general Montbrun, que avanzado a Coimbra se vio muy expuesto a que le envolviesen los ingleses cuando Massena desamparó a Condeixa. Los cuerpos 6.º y 8.º, que se mantenían en Casal Novo, abandonaron la posición en virtud de las maniobras del inglés por el flanco, y se incorporaron al mariscal en jefe, alojado en Miranda.

En el entretanto, uniose en la tarde del 14 a Nightingale el general Cole, y dueños los ingleses de Espinhal, pasado el Deuza podían forzar, abrazándola, la nueva posición que ocupaban los franceses en Miranda do Corvo, motivo por el que los últimos la evacuaron en aquella misma noche y tomaron otra no menos respetable sobre el río Ceiras, dejando un cuerpo de vanguardia enfrente de la Foz de Arouce. El 15 se trabó en este punto un porfiado combate que duró hasta después de anochecido: con la oscuridad y el tropel hubo de los franceses muchos que se ahogaron al paso del Ceiras. No obstante Ney, que siempre cubría la retirada, consiguió salvar los heridos, y los carros y bagajes que aún conservaban, estableciéndose sin tropiezo el general Massena detrás del Alva. Dio Wellington descanso a sus tropas el 16, y situó el 17 sus puestos sobre la sierra de Murcella.

Puede decirse que se terminó aquí la primera parte de la retirada de los franceses comenzada desde Santarén. En toda ella marcharon los enemigos formados en masa sólida, cubiertos por uno o dos cuerpos de su ejército que sacaron ventaja del terreno quebrado y áspero con que encontraban. Massena desplegó en la retirada profundos conocimientos del arte de la guerra, y Ney a retaguardia brilló siempre por su intrepidez y maestría.

Destrozos
que causan
los franceses
en la retirada.

Pero los destrozos que causaron sus huestes exceden a todo lo que puede delinear la pluma. Ya en las primeras estancias, ya en las de Santarén, ya en el camino que de vuelta recorrieron, no se ofrecía a la vista otra imagen sino la de la muerte y desolación. Los frutos en el otoño no fueron levantados ni recogidos, y de ellos los que no consumió el hambriento soldado, podridos en los árboles o caídos por el suelo, sirvieron de pasto a bandadas de pájaros y a enjambre de inmundos insectos que acudieron atraídos de tan sabroso y abundante cebo. La miseria del ejército francés llegó a su colmo: cada hombre, cada cuerpo robaba y pillaba por su cuenta, y formose una gavilla de merodeadores que se apellidaron a sí mismos décimo cuerpo de operaciones; dispersarlos costó mucho al mariscal Massena. Pero no eran estos, según acabamos de decir, los solos que causaban daño; la penuria siendo aguda para todos, todos participaron de la indisciplina y la licencia, acordándose únicamente de que eran franceses cuando se trataba de lidiar y combatir al inglés. Algunos habitantes que se quedaron en sus casas o tornaron a ellas confiados en halagüeñas promesas, martirizados a cada instante, unos perecieron del mal trato o desfallecidos, otros prefirieron acogerse a los montes y vivir entre las fieras, antes que al lado de seres más feroces que no aquellas, aunque humanos. Hubo mansión en cuyo corto espacio se descubrieron muertos hasta 30 niños y mujeres. Los lobos agolpábanse en manadas, adonde como apriscados, de montón y sin guarda yacían a centenares cadáveres de racionales y de brutos. Apurados los franceses y caminando de priesa, tenían con frecuencia que destruir sus propias acémilas y equipajes. En una sola ocasión toparon los ingleses con 500 burros desjarretados, en lánguida y dolorosa agonía, crueldad mayor mil veces que la de matarlos. Las villas de Torres Novas, Tomar y Pernes, morada muchos meses de los jefes superiores, no por eso fueron más respetadas: ardieron en parte y, al retirarse, entregáronlas los enemigos al saco. También quemó el francés a Leiría, y el palacio del obispo fue abrasado por orden de Drouet; y por otra especial del cuartel general cupo igual suerte al famoso monasterio cisterciense de Alcobaça, enterramiento de algunos reyes de Portugal, señaladamente de Don Pedro I y de su esposa Doña Inés de Castro, cuyos sepulcros fueron profanados en busca de imaginados tesoros, y las reliquias esparcidas al viento; y cuéntase que aún se conservaba entero el cuerpo de Inés, desventurada beldad, que al cabo de siglos ni en la huesa pudo lograr reposo. En seguida todos los pueblos del tránsito se vieron destruidos o abrasados: el rastro del asolamiento indicaba la ruta del invasor, tan insano como si empuñara la espada del vándalo o del huno. (* Ap. n. [14-1].) Y como estos, por donde pasó corrasit toda la tierra, para valernos [*] de una palabra significativa de que usó en semejable ocasión un escritor de la baja latinidad. Una vez suelto el soldado, sea o no de nación culta, guíale montaraz instinto: aniquila, tala, arrasa sin necesidad ni objeto, mas por desgracia, según decía Federico II, «esa es la guerra.»

No faltó quien censurase en Lord Wellington el no haber a lo menos en parte estorbado tales lástimas, creyendo que mientras permanecieron ambos ejércitos en las líneas y en Santarén, amagado el enemigo con movimientos ofensivos, se hubiera visto en la necesidad de reconcentrarse, no siendo árbitro de llevar hasta 20 y 30 leguas, como solía, el azote de la destrucción. Otros han motejado que después, en la retirada, no se hubiese el general inglés aprovechado bastantemente de las ventajas que le daba el número y buen estado de sus fuerzas, superiores en todo a las del enemigo, las cuales, menguadas, con muchos enfermos y decaídas de ánimo, no tenían otros víveres que los que llevaba cada soldado en su mochila o los escasos que podía hallar en país tan devastado. Los desfiladeros y tropiezos naturales, añadían los mismos críticos, que embarazaban y retardaban la marcha de los franceses, especialmente en Redinha, Condeixa, Casal Novo y Miranda do Corvo, facilitaban atacar a los contrarios y vencerlos, y quizá se hubiera entonces anonadado sin gran riesgo un ejército que, dos meses adelante, ya rehecho, peleó con esfuerzo y a punto de equilibrar la victoria. Estribaban tales reflexiones en fundamentos no destituidos de solidez.

Destaca
Wellington
a Beresford
a Extremadura.

Prosigamos nuestra narración. Lord Wellington a su llegada a Condeixa, luego que vio asegurado a Coimbra y que los franceses se retiraban precipitadamente, había vuelto los ojos a la Extremadura española, y el 13 de marzo resolvió destacar, a las órdenes del mariscal Beresford, una brigada de caballería, artillería correspondiente, dos divisiones inglesas de infantería y una portuguesa de la misma arma con dirección a aquellas partes. Dícese si Wellington había pensado ejecutar antes esta maniobra, y que le había detenido la dispersión de Mendizábal, acaecida en 19 de febrero. Dudamos que así fuese. El verdadero motivo de la dilación consistió en que Wellington no quería desasirse de fuerza alguna hasta que le llegasen de Inglaterra las nuevas tropas que aguardaba. Contaba con ellas para fines de enero, y manteniendo esta esperanza había indicado que socorrería la Extremadura en febrero. Frustrose aquella y suspendió la ejecución de su plan, achacando la mudanza los que ignoraban la causa al descalabro padecido y no al retardo de los refuerzos, que no aportaron a Lisboa sino al principiar marzo. Llegados que fueron, uniéronse en breve al ejército, y Lord Wellington, cierto ya de la marcha decidida y retrógrada de los franceses, juzgó que sin riesgo podía desprenderse de la expresada fuerza y contribuir con su presencia en Extremadura a operaciones más extensas y de combinación más complicada.

Por consiguiente, en la sierra de Murcella, donde le dejamos el 17, estaba ya privado de aquellas tropas, si bien por otra parte engrosado con las de refresco llegadas de Inglaterra, y que ascendían a cerca de 10.000 hombres.

Prosigue
Massena
su retirada.

Massena, asentado a la derecha del Alva, destruyó los puentes pero no quedó en aquella orilla largo tiempo, porque continuando Wellington, según su costumbre, los movimientos por el flanco, obligó al mariscal francés a reunir el 18 casi todo su ejército en la sierra de Moita, que también evacuó este en la misma noche. Desde allí no se detuvo ya Massena hasta Celórico, por cuyo camino recto iba lo principal de su ejército, yendo solo el 2.º cuerpo la vuelta de Gouveia para cruzar la sierra y pasar a Guarda.

Cogieron los ingleses, el 19, bastantes prisioneros, sobre todo de los jinetes que se habían desviado a forrajear, y persiguieron a Massena con la caballería y división ligera al mando del general Erskine, que favorecían fuerzas enviadas a la derecha del Mondego y las milicias portuguesas, que no cesaron de inquietar al francés por aquel lado. Hizo alto el resto del ejército para descansar de nuevo y aguardar que le llegasen víveres del Tajo, pues el país vecino de poco o nada proveía. El grueso de las tropas francesas, en vez de seguir de Celórico a Pinhel, temeroso de hallar ocupados aquellos desfiladeros, varió de ruta, y el 23 continuó la retirada yendo hacia Guarda. Aquel día fue cuando el mariscal Ney se separó de su ejército y partió para España, mal avenido con Massena.

Los aliados al fin aparecieron reunidos el 26 en Celórico y sus inmediaciones, con intento de desalojar al enemigo de una posición respetable que ocupaba sobre la ciudad de Guarda, y el 29 se movieron resueltos a atacarla. Pero los franceses, recogiéndose a Sabugal del Coa, mantuvieron en la orilla derecha nuevas estancias.

Colocose Wellington en la margen opuesta, tratando el 3 de abril de cruzar el río. Para ello echó las milicias portuguesas, a las órdenes de los jefes Trant y Juan Wilson, por más abajo de Almeida, con trazas de querer cruzar por allí el Coa, al paso que intentaba verificarlo por el otro extremo, del lado de Sabugal, en donde permanecía el 2.º cuerpo francés. Hubo aquí dicho día un recio combate, dudoso algún tiempo, en el que los ingleses experimentaron bastante pérdida, pero logrando a lo último que los enemigos abandonasen sus puestos.

Entra en España.

Pasó el 5 Massena la frontera de Portugal y pisó tierra de España después de muchos meses de ausencia, y de una campaña desgraciada, si bien gloriosa con relación al talento y pericia militar que desplegó en ella. Pudiera tachársele de haber consentido desórdenes y de no haberse retirado a tiempo, mas lo primero se debió a la escasez del país y a la penuria y afán que traen consigo las guerras nacionales, y lo segundo a la voluntad del emperador, sordo a todo lo que fuese recejar en una empresa.

Wellington, permaneciendo en los confines de Portugal, colocó lo principal de su ejército en ambas orillas del Coa, embistió a Almeida, y puso una división ligera en Gallegos y Espeja.

Remató así la expedición de Massena en que vino a eclipsarse la estrella de aquel mariscal, conocido antes bajo el nombre de «hijo mimado de la victoria.» Contada la gente con que entró en Portugal y los refuerzos que llegaron después, puede asegurarse que ascendieron a 80.000 hombres los empleados en aquella campaña. Solos 45.000 salieron salvos, los demás perecieron de hambre, de enfermedad o a manos de sus contrarios. Y sin la extremada prudencia de Lord Wellington, y la destreza y celeridad del mariscal francés, quizá ninguno hollara de nuevo los linderos de España.

Pasa Wellington
a Extremadura.

Entonces el general británico, persuadido de que Massena no intentaría por de pronto empresa alguna, pensó concordar mejor las operaciones de Extremadura con las del Coa, y dejando el mando interino del ejército aliado a Sir Brent Spencer, se encaminó en persona hacia el Alentejo.

Acontecimientos
militares
en esta provincia.

Las instrucciones que había dado a Beresford se dirigían principalmente a que este general socorriese a Campomayor, cuya toma se ignoraba entonces en los reales ingleses, y a que recobrase las plazas de Olivenza y Badajoz. La primera la habían ocupado ya los franceses, según hemos visto, el 22 de marzo, y Beresford, cruzando el Tajo el 17 en Tancos y siguiendo por Crato y Portalegre, no dio vista a Campomayor hasta el 25, Evacúan
los franceses
a Campomayor. en cuyo día evacuaron los enemigos el recinto, del que se posesionaron los aliados sin resistencia alguna. Beresford persiguió a los franceses en su retirada embarazados con un gran convoy que escoltaban tres batallones de infantería y 900 caballos a las órdenes del general Latour-Maubourg. Los aliados, atacándole, le desconcertaron, mas el ardor de los jinetes anglo-portugueses, llevándolos hasta Badajoz, les hizo experimentar cerca de los muros una pérdida considerable.

Debía Beresford en seguida echar un puente de barcas sobre el Guadiana, y pasar este río por Jurumeña. Y cierto que, a usar entonces de presteza, quizá de rebato hubieran recobrado a Olivenza y Badajoz, escasas de víveres, abiertas todavía las brechas, y desprevenidos los franceses para un suceso repentino como la llegada de una fuerza inglesa tan respetable. Pero Beresford anduvo esta vez algo remiso. Imprevistos obstáculos contribuyeron también a impedir la celeridad de los movimientos. La tropa con las continuas marchas estaba fatigada, y carecía de varios pertrechos esenciales. Necesitábase además construir el puente y no abundaban en Elvas los materiales, y cuando el 3 de abril estaba concluida ya la obra, una creciente sobrevenida en la noche inutilizó el puente, teniendo después que cruzar el río en balsas, penosa faena empezada el 5 y no concluida hasta bien entrado el día 8.

Castaños manda
el 5.º ejército
español.

Por el mismo tiempo, Don Francisco Javier Castaños se había encargado del mando del 5.º ejército, sucediendo a Romana que, mientras vivió, le tuvo en propiedad, y al interino Mendizábal desgraciado momentáneamente de resultas de la aciaga jornada del 19 de febrero. Castaños había ocupado a Alburquerque y Valencia de Alcántara, plazas igualmente desamparadas por los franceses, y distribuido las reliquias de su ejército en dos trozos bajo las órdenes de Don Pablo Morillo y Don Carlos España, poniendo la caballería al cargo del conde Penne Villemur. Evolucionó en seguida hacia la derecha del Guadiana en tanto que lo permitieron sus cortas fuerzas, y procuró granjearse la voluntad del general inglés, estableciendo entre ambos buena y amistosa correspondencia.

Los franceses, volviendo en breve del sobresalto que les causó el aparecimiento de Beresford, repararon con gran diligencia las plazas, las avituallaron y pusiéronlas a cubierto de una sorpresa, capitaneando interinamente el 5.º cuerpo el general Latour-Maubourg en lugar del mariscal Mortier, de regreso a Francia.

Sitian los aliados
a Olivenza
y se les entrega.

Beresford, después de pasar el Guadiana, intimó el 9 de abril la rendición a Olivenza. No habiendo el gobernador cedido a la propuesta, hubo que traer de Elvas cañones de grueso calibre, y sitiar en regla la plaza, quedando el general Cole encargado de proseguir el asedio, mientras que Beresford se apostó en la Albuera para cortar con Badajoz las comunicaciones del ejército enemigo, replegado en Llerena. Castaños, por la derecha del Guadiana, continuó favoreciendo las operaciones de los aliados con tropas destacadas hasta Almendralejo, y lo mismo Ballesteros del lado de Fregenal.

Abierta brecha, se rindió el 15 la plaza de Olivenza a merced del vencedor, y se cogieron prisioneros 370 hombres que la guarnecían. Luego construido ya en Jurumeña un puente de barcas, el ejército inglés reconcentró en Santa Marta y pasó en seguida a Zafra, resguardada siempre su izquierda por Castaños cuya caballería, a las órdenes del conde de Penne Villemur, avanzó a Llerena, retrocediendo el 18 Latour-Maubourg a Guadalcanal.

Llega Wellington
a Extremadura.

En aquellos días llegó asimismo a Elvas Lord Wellington, y el 22 hizo sobre Badajoz un reconocimiento. Era su anhelo recuperar la plaza en el término de dieciséis días, espacio de tiempo que, según su cálculo, tardaría Soult en venir a socorrerla. Y en consecuencia, presentándole el comandante de ingenieros inglés el plan de acometer el fuerte de San Cristóbal, como único medio de alcanzar el objeto deseado, aprobó Wellington la propuesta. Pero como exigiese su presencia lo que se aparejaba en el Coa, tornó a sus cuarteles y dejó encomendado a Beresford el acometimiento de Badajoz.

Solicitan
los ingleses
el mando militar
de las provincias
confinantes
de Portugal.

Al caer Wellington a Extremadura esperaba también obtener del gobierno español una señalada prueba de particular confianza. En marzo, el ministro inglés Sir Enrique Wellesley había pedido que se diese a su hermano el mando militar de las provincias aledañas de Portugal, para emplear así con utilidad los recursos que presentaban y combinar acertadamente las operaciones de la guerra. Súpole mal a la regencia tan inesperada solicitud; Niégaseles. mas deseosa de dar a su dictamen mayor fuerza, trató de sustentarlo con el de las cortes. Al efecto, en los primeros días de abril, pasó en cuerpo una noche con gran solemnidad al seno de aquellas, habiendo de antemano pedido que se celebrase una sesión extraordinaria. Indicaba asunto de importancia tan desusado modo de proceder, porque nunca se correspondían entre sí las cortes y la potestad ejecutiva, sino por medio de oficios o de los secretarios del despacho. Entró, pues, en el salón la regencia, y refiriendo de palabra el señor Blake la pretensión de los ingleses, expuso varias razones para no acceder a ella, conceptuándola contraria a la independencia y honor nacional, y añadiendo que antes dejaría su puesto que consentir en tamaña humillación. Entonces los otros dos regentes, los señores Agar y Císcar, poniéndose en pie, repitieron las mismas expresiones con tono firme y entero. Las cortes, conmovidas, como lo serán siempre en un primer arrebato los grandes cuerpos populares al oír sentimientos nobles y elevados, aplaudieron la resolución de la regencia, y diéronle entera aprobación. Desmaño fue en los ingleses entablar pretensión semejante poco después de lo ocurrido en la Barrosa, suceso que había agriado muchos ánimos, y después igualmente de no haber socorrido a Badajoz, contra cuya omisión clamaron hasta sus más parciales. En los regentes, si bien nacía tanto interés y calor de patriotismo el más acendrado, no dejaron también de tener parte en ello otras causas; pues, a la verdad, ya que fuese justo, como pensamos, desechar la solicitud, debiera al menos no haber aparecido la repulsa empeño apasionado. Pero los tres regentes, varones entendidos y purísimos, adolecieron en esta ocasión de humana fragilidad. Blake, irlandés de origen, y marinos Agar y Císcar, resintiéronse el uno de las preocupaciones de familia, los otros dos de las de la profesión.

Vuelve
Wellington
a su ejército
del norte.

Estuvo Wellington de vuelta en sus reales, ahora colocados en Vilar Formoso, el 28 de abril. Tiempo era que llegase. Massena, al entrar en España, había dado descanso por algunos días a su ejército y acantonádole en las cercanías de Salamanca, con destacamentos hasta Zamora y Toro. Dejó solo una división del 6.º cuerpo cerca de los muros de Ciudad Rodrigo, y el 9.º en San Felices, en observación del ejército aliado. Cuidó también, desde luego, de acopiar víveres para abastecer a Almeida, escasa de ellos y estrechamente bloqueada por los ingleses.

Preparado ya un convoy en los campos fértiles de Castilla, y repuesto algún tanto el ejército francés, decidió Massena socorrer aquella plaza, y el 23 de abril dio indicio de moverse. Tenía consigo el 2.º, 6.º y 8.º cuerpos, una parte del 9.º agregose a estos, y disponíase la otra a marchar a Extremadura bajo las órdenes de su jefe el general Drouet, quien debía encargarse en dicha provincia del mando del 5.º cuerpo; pero la última fuerza no habiendo todavía partido a su destino, asistió también a las operaciones que emprendió Massena en los primeros días de mayo. Muchos soldados de todos estos cuerpos quedaron en los acantonamientos, imposibilitados para el servicio activo, y llenaron sus huecos hasta cierto punto tropas apostadas en Castilla, entre las que se distinguía un hermoso cuerpo de artillería y caballería de la guardia imperial, fuerza que cedió a Massena el mariscal Bessières, a la cabeza ahora de lo que se llamaba ejército del norte, y oprimía a Castilla la Vieja y las provincias vascongadas. El total de hombres que de nuevo salía a campaña con Massena ascendía a cerca de 40.000 infantes, y a más de 5000 caballos, todos ágiles, bien dispuestos, y olvidados ya de sus recientes y penosos trabajos.

Batalla
de Fuentes
de Oñoro.

A poco de unirse Wellington a su ejército, recogiole y situose entre el río Dos Casas y el Turones, extendiendo su gente por un espacio de cerca de dos leguas. La izquierda, compuesta de la 5.ª división, la colocó junto al Fuerte de la Concepción; el centro, que guarnecía la 6.ª, mirando al pueblo de Alameda, y la derecha en Fuentes de Oñoro, en donde se alojaron la 1.ª, 3.ª y 7.ª división. Por el mismo lado se encontraba la caballería, y a cierta distancia, en Nave de Haver, Don Julián Sánchez con su cuerpo franco. La brigada portuguesa al mando de Pack y un regimiento inglés bloqueaban a Almeida. Wellington presentaba en batalla de 32 a 34.000 peones, 1500 jinetes y 43 cañones, inferior por consiguiente en fuerza a Massena, sobre todo en caballería.

No obstante eso y su acostumbrada prudencia, resolvió el general inglés arrostrar el peligro y trabar acción. Tanto le iba en impedir el socorro de Almeida. El 2 de mayo, todo el ejército francés empezó a moverse, y cruzó el Azaba, antes hinchado, retirándose las tropas ligeras inglesas apostadas en Gallegos y Espeja. El Dos Casas corre acanalado, y no es su ribera de fácil acceso. El pueblo de Fuentes de Oñoro está asentado en la hondonada a la izquierda del río, excepto una ermita y contadas casas que aparecen en una eminencia roqueña y escarpada. Los franceses, el 3, atacaron con impetuosidad dicho pueblo, y aun se apoderaron después de una lid porfiada de la parte baja, de donde a su vez los desalojaron los ingleses, forzándolos a repasar el río, o más bien riachuelo, de Dos Casas. En lo demás de la línea se escaramuzó reciamente, por lo que las tropas ligeras inglesas que se habían acogido a Fuentes de Oñoro, enviolas Wellington a reforzar el centro.

Todavía no estaba el 3 en su campo el mariscal Massena. Llegó el 4, y en su compañía Bessières que regía los de la guardia imperial. Wellington, según lo ocurrido el 3 y otras maniobras del enemigo, sospechó que este, para enseñorearse del sitio elevado que ocupaban en Fuentes de Oñoro las tropas inglesas, cruzaría el Dos Casas en Poço Velho, y procuraría ganar una altura hacia Nave de Haver, la cual domina toda la comarca: por tanto con la mira Wellington de evitar tal contratiempo movió por su derecha la 7.ª división que se puso así en contacto con Don Julián Sánchez, prolongándose desde entonces media legua más la línea de los aliados, aunque, (* Ap. n. [14-2].) conforme a la máxima ya de nuestro gran capitán [*] Gonzalo de Córdoba; «no hay cosa tan peligrosa como extender mucho la frente de la batalla.»

En la mañana del 5 se presentó en efecto el tercer cuerpo francés y toda la caballería del lado opuesto de Poço Velho, y el 6.º, a las órdenes ahora de Loison, con lo que quedaba del 9.º, se meneó por su izquierda. Sin tardanza reforzó Wellington la 7.ª división, del mando de Houston, con las tropas ligeras a la orden de Craufurd, las cuales habían vuelto del centro con la caballería gobernada por Sir Stapleton Cotton. Hizo también que la 1.ª y 3.ª división se corriesen a la derecha, siguiendo las alturas paralelas al Turones y Dos Casas, en correspondencia a la maniobra ejecutada en la parte frontera por el 6.º y 9.º cuerpo de los franceses.

Embistió luego el enemigo por Poço Velho, y arrojó de allí un trozo de la 7.ª división inglesa: fuese apoderando sucesivamente de un bosque vecino, y entre la espesura de este y Nave de Haver formó en un llano la caballería de Montbrun. Don Julián Sánchez, si bien con flacos medios, entretuvo a los jinetes enemigos, no cruzando el Turones hasta cosa de una hora después, y cedió entonces, no solo por la superioridad de la fuerza que le cargaba, sino también enojado de que a un oficial suyo, que enviaba a pedir auxilio, le hubiesen matado los ingleses tomándole por un francés.

Durante algún tiempo recobró la división ligera inglesa el terreno perdido de Poço Velho; pero el general Montbrun, desembarazado de Don Julián Sánchez, ciñó la derecha de la 7.ª división británica y la caballería de Cotton en tanto grado que tuvieron que replegarse, aunque reprimieron la impetuosidad francesa con acertado fuego.

Llegado que se hubo a este trance, Wellington, decidido poco antes a mantener por medio de sus maniobras la comunicación con la orilla izquierda del Coa, vía de Sabugal, al mismo tiempo que el bloqueo de Almeida, abandonó la primera parte de su plan y se concretó a la postrera. En ejecución de lo cual reconcentrose en Fuentes de Oñoro, y ocupó con la 7.ª división un terreno elevado más allá del Turones, tratando de asegurar de este modo su flanco derecho y el camino que va al puente de Castelo Bom sobre el Coa.

Practicaron los ingleses la evolución, aunque ardua, con felicidad y maña, y resultó de ella alojarse ahora su derecha en las alturas que medían entre el Turones y Dos Casas. Allí, en Fresneda, se incorporó la infantería de Don Julián Sánchez al ejército británico, viniendo por un rodeo de Nave de Haver, y a dicho jefe con su caballería enviole Wellington a interceptar las comunicaciones del enemigo con Ciudad Rodrigo.

Los más pensaban que Massena insistiría en cerrar con la derecha de los ingleses, y envolverla moviéndose hacia Castelo Bom. Pero en vez de ejecutar una maniobra que parecía la más oportuna y estaba indicada, limitose a cañonear por aquella parte, y a hacer amagos y algunas acometidas con la caballería sobre los puestos avanzados, fijando todo su anhelo en apoderarse de Fuentes de Oñoro y romper lo que ahora, en realidad, era centro de los ingleses.

Hasta la noche persistieron los franceses en este ataque reñidísimo, y con varia suerte. El 6.º cuerpo y el 9.º eran los acometedores, y Wellington, más tranquilo en cuanto a su derecha, reforzó con las reservas de ella la 1.ª y 3.ª división, que llevaron en el centro el principal peso de la pelea, portándose varios cuerpos portugueses con la mayor bizarría.

Lo recio del combate solo duró por la derecha hasta las doce: en Fuentes de Oñoro continuó, como hemos dicho, todo el día, y cesó repasando los franceses el Dos Casas, y quedándose los aliados en lo alto, sin que ni unos ni otros ocupasen el lugar situado en lo hondo.

Mientras que la acción andaba tan empeñada por la derecha y centro, el 2.º cuerpo, del mando de Reynier, aparentó atacar el extremo de la línea izquierda de los aliados que cubría Sir Guillermo Erskine con la 5.ª división, defendiendo al mismo tiempo los pasos del río Dos Casas por el lado del Fuerte de la Concepción y Aldea del Obispo. Reynier no se empeñó en ninguna refriega importante al ver al inglés pronto a aceptarla. Tampoco ocurrió suceso notable delante de Almeida, en donde se apostaba la 6.ª división, que regía el general Campbell. El convoy que los franceses tenían preparado con destino a Almeida, estuvo aguardando en Gallegos todo el día coyuntura favorable, que no se le presentó, para introducirse en la plaza.

La batalla, por tanto, de Fuentes de Oñoro puede mirarse como indecisa, respecto a que ambas partes conservaron poco más o menos sus anteriores puestos, y que el pueblo situado en lo bajo, verdadero campo de pelea, no quedó ni por unos ni por otros. Sin embargo, las resultas fueron favorables a los aliados, imposibilitado el enemigo de conservar y de avituallar a Almeida, que era su principal objeto. El ejército anglo-portugués perdió 1500 hombres, de ellos 300 prisioneros. El francés algunos más por su porfía de querer ganar las alturas de Fuentes de Oñoro.

Temía Wellington que los enemigos renovasen al día siguiente el combate, y por eso empezó a levantar atrincheramientos que le abrigasen en su posición. Mas los franceses, permaneciendo tranquilos el 6 y el 7, se retiraron el 8 sin ser molestados. Cruzaron el 10 el Águeda, la mayor parte por Ciudad Rodrigo, los de Reynier por Barba de Puerco.

Evacúan
los franceses
a Almeida.

Este día la guarnición enemiga evacuó a Almeida. Era gobernador el general Brennier, oficial inteligente y brioso. No pudiendo Massena socorrer la plaza, mandole que la desamparase. Fue portador de la orden un soldado animoso y aturdido, de nombre Andrés Tillet, que consiguió esquivar, aunque vestido con su propio uniforme, la vigilancia de los puestos ingleses. El gobernador, a su salida, trató de arruinar las fortificaciones, y preparadas las convenientes minas, al reventar de ellas abalanzose fuera con su gente, y burló a los contrarios que le cerraban con dobles líneas. Se encaminó en seguida apresuradamente al Águeda con dirección a Barba de Puerco, en donde le ampararon las tropas del mando de Reynier, conteniendo a los ingleses que le acosaban.

La conducta, en la jornada de Fuentes de Oñoro, de los generales en jefe Wellington y Massena sorprendió a los entendidos y prácticos en el arte de la guerra. Tan circunspecto el primero al salir de Torres Vedras, tan cauto en el perseguimiento de los contrarios, tan cuidadoso en evitar serios combates cuando todo le favorecía, olvidó ahora su prudencia y acostumbrada pausa; ahora que su ejército estaba desmembrado con las fuerzas enviadas al Guadiana, y Massena engrosado y rehecho, aventurándose a trabar batalla en una posición extendida y defectuosa que tenía a las espaldas la plaza de Almeida, todavía en poder de los enemigos, y el Coa de hondas riberas y de dificultoso tránsito para un ejército en caso de precipitosa retirada. Y ¿qué impelió al general inglés a desviarse de su anterior plan seguido con tal constancia? El deseo, sin duda, de impedir el abastecimiento de Almeida. Motivo poderoso; pero ¿era comparable acaso con la empresa, mucho menos arriesgada, de desbaratar al enemigo y destruirle en su marcha? No solo Almeida entonces, quizá también Ciudad Rodrigo hubiera caído en manos de los aliados, y el aniquilamiento del ejército francés de Portugal hubiera influido ventajosamente hasta en las operaciones de Extremadura, y de todo el mediodía de España.

Por su parte, Massena mostrose no tan atinado como de costumbre, pues a haber proseguido vigorosamente la ventaja alcanzada sobre la derecha inglesa, a la sazón que tuvo esta que replegarse y variar de puesto, la victoria se hubiera verosímilmente declarado por el ejército francés, y los nuevos laureles encubriendo los contratiempos pasados, quizá cambiaran la suerte entera de la guerra peninsular. Dícese que varios generales, sabiendo que iban a ser reemplazados, obraron flojamente y desavenidos.

Sucede
a Massena
en el mando
el mariscal
Marmont.

En efecto, Junot y Loison partieron en breve para Francia. Massena mismo cedió el mando el 11 de mayo al mariscal Marmont, duque de Ragusa, y Drouet, con los 10 a 11.000 hombres que le restaban del 9.º cuerpo, marchó la vuelta de las Andalucías y Extremadura.

El recién llegado mariscal acantonó su ejército en las orillas del Tormes, y solo dejó una parte entre este río y el Águeda, debiendo hacer mudanzas y arreglos en el orden y la distribución.

Wellington vuelve
a partir para
Extremadura.

Acampó Wellington su gente desde el Coa al Dos Casas; y el 16 del mismo mayo volvió a partir con dos divisiones a Extremadura, porque Soult, asistido de bastante fuerza, se adelantaba otra vez camino de aquella provincia.

Beresford
sitia a Badajoz.

Había desde el 4 de mayo embestido Beresford la plaza de Badajoz por la izquierda del Guadiana con 5000 hombres, reforzados por la 1.ª división del 5.º ejército español, bajo el mando de Don Carlos de España. El 8 verificolo por la margen derecha, completando así el acordonamiento de la plaza, y decidió abrir aquella misma noche la trinchera por delante de San Cristóbal, punto señalado para el principal ataque. Como era el primer sitio que los ingleses emprendían en España, sus ingenieros no se mostraron muy prácticos, faltos también de muchas cosas necesarias.

Disponíanse al propio tiempo los anglo-portugueses a obrar ofensivamente contra el ejército enemigo en la misma Extremadura, aguardando apoyo de parte de los españoles. No se miraba como de importancia el que podía dar por sí solo el general Castaños, y de consiguiente se contaba con otras fuerzas.

Expedición
que manda
Blake y va
a Extremadura.

Eran estas las de Ballesteros y una expedición que dio la vela de Cádiz el 16 de abril. A su cabeza habíase puesto Don Joaquín Blake, presidente de la regencia, para lo que obtuvo especial permiso de las cortes, vedando el reglamento dado a la potestad ejecutiva, el que mandase ninguno de sus individuos la fuerza armada. Blake tomó tierra el 18 en el condado de Niebla, y marchó por la sierra a Extremadura. Allí se unió con la división de Don Francisco Ballesteros, hallándose todo el cuerpo expedicionario acantonado el 7 de mayo en Fregenal y en Monesterio. Se componía de las divisiones 3.ª y 4.ª del 4.º ejército, y de una vanguardia. Esta la mandaba Don José de Lardizábal; era la 3.ª división la de Don Francisco Ballesteros; capitaneaba la 4.ª Don José de Zayas, y los jinetes Don Casimiro Loi. En todo 12.000 hombres, entre ellos 1200 caballos con doce piezas. Ejercía la función de jefe de estado mayor Don Antonio Burriel, oficial sabio y amigo particular de Don Joaquín Blake.

Cuando Wellington estuvo en Elvas quiso ponerse de acuerdo con los generales españoles para las operaciones ulteriores; mas no pudiendo Castaños atravesar el Guadiana a causa de una avenida repentina, la misma que se llevó el puente de campaña establecido frente de Jurumeña, le envió Wellington una memoria comprensiva de los principales puntos en que deseaba convenirse, y eran los siguientes: 1.º, que Blake a su llegada se situaría en Jerez de los Caballeros, poniendo sobre su izquierda, en Burguillos, a Ballesteros; 2.º, que la caballería del 5.º ejército se apostaría en Llerena para observar el camino de Guadalcanal y comunicar con el dicho Ballesteros por Zafra; 3.º, que Castaños se mantendría con su infantería en Mérida para apoyar sus jinetes, excepto la división de España, reservada al asedio de Badajoz; y 4.º, que el ejército británico se alojaría en una segunda línea, debiendo en caso de batalla unirse todas las fuerzas en la Albuera, como centro de los caminos que de Andalucía se dirigen a Badajoz.

Anteriores
instrucciones
de Wellington.

En la memoria indicó también Wellington que si se juntaban para presentar la batalla diversos cuerpos de los aliados, tomaría la dirección el general más autorizado por su antigüedad y graduación militar. Obsequio en realidad hecho a Castaños a quien, en tal caso, correspondía el mando; pero obsequio que rehusó con loable delicadeza sustituyendo a lo propuesto que gobernaría en jefe, llegado el momento, el general que concurriese con mayores fuerzas: alteración que mereció la aprobación de todos. Asistieron los generales españoles en los demás puntos al plan trazado por el inglés.

Avanza Soult
a Extremadura.

Instaba a Soult ir al socorro de Badajoz. Mas antes tomó disposiciones que amparasen bastantemente las líneas de Cádiz y la Isla, en donde no dejaba de inquietar a los enemigos el marqués de Coupigny, sucesor, según vimos, de la Peña. Fortificó también el mariscal francés más de lo que ya lo estaban las avenidas de Triana y el monasterio cercano de la Cartuja, para abrigar a Sevilla de una sorpresa; y hechos otros arreglos, partió de esta ciudad el 10 de mayo. Llevaba consigo 30 cañones, 3000 dragones, una división de infantería reforzada por un batallón de granaderos, perteneciente al cuerpo que mandaba Victor, y dos regimientos de caballería ligera, que lo eran del de Sebastiani. Llegó el 11 a Santa Olalla, y juntósele allí el general Maransin; al mismo tiempo una brigada del general Godinot, acuartelado en Córdoba, avanzaba por Constantina. Uniose el 13 a Soult el general Latour-Maubourg, que tomó el mando de la caballería pesada, encargándose del 5.º cuerpo el general Girard. Los franceses contaban en todo unos 20.000 infantes y cerca de 5000 caballos, con 40 cañones. Sentaron el 14 en Villafranca su cuartel general.

Levanta
Beresford el sitio
de Badajoz.

No habían, entre tanto, los ingleses adelantado en el sitio de Badajoz. Philippon, gobernador francés, aventajábase demasiado en saber y diligencia para no contener fácilmente la inexperiencia de los ingenieros ingleses e inutilizar los medios que contra él empleaban, insuficientes a la verdad. Al aproximarse Soult, mandó Beresford descercar la plaza, y en los días 13 y 14 empezó a darse cumplimiento a la orden, siendo del todo abandonado el sitio en la noche del 15, en que se alejó la 4.ª división inglesa y la de Don Carlos de España, últimas tropas que habían quedado. Perdieron los aliados en tan infructuosa tentativa unos 700 hombres muertos y heridos.

Batalla
de la Albuera.

Tuvieron el 14 vistas en Valverde de Leganés con el mariscal Beresford los generales españoles, y convinieron todos en presentar batalla a los franceses en las cercanías de la Albuera. En consecuencia expidieron órdenes para reunir allí brevemente todas las tropas del ejército combinado.

Es la Albuera un lugar de corto vecindario situado en el camino real que de Sevilla va a Badajoz, distante cuatro leguas de esta ciudad y a la izquierda de un riachuelo que toma el mismo nombre, formado poco más arriba de la unión del arroyo de Nogales con el de Chicapierna. Enfrente del pueblo hay un puente viejo y otro nuevo al lado, paso preciso de la carretera. Por ambas orillas el terreno es llano y en general despejado, con suave declive a las riberas. En la de la derecha se divisa una dehesa y carrascal llamado de la Natera, que encubre hasta corta distancia el camino real, y sobre todo la orilla río arriba por donde el enemigo tentó su principal ataque. En la margen izquierda por la mayor parte no hay árboles ni arbustos, convirtiéndose más y más aquellos campos que tuesta el sol en áridos sequedales, especialmente yendo hacia Valverde. Aquí la tierra se eleva insensiblemente y da el ser a unas lomas que se extienden detrás de la Albuera con vertientes a la otra parte, cuya falda por allí lame el arroyo de Valdesevilla. En las lomas se asentó el ejército aliado.

El expedicionario llegó tarde en la noche del 15, y se colocó a la derecha en dos líneas: en la primera, siguiendo el mismo orden, Don José de Lardizábal y D. Francisco Ballesteros, que tocaba al camino de Valverde: en la segunda, a 200 pasos, Don José de Zayas. La caballería se distribuyó igualmente en dos líneas, unida ya la del 5.º ejército, bajo las órdenes del conde de Penne Villemur, que mandó la totalidad de nuestros jinetes.

El ejército anglo-portugués continuaba en la misma alineación, aunque sencilla: su derecha en el camino de Valverde, dilatándose por la izquierda perpendicularmente a los españoles. El general Guillermo Stewart con su 2.ª división venía después de Ballesteros, y estaba situado entre dicho camino de Valverde y el de Badajoz; cerraba la izquierda de todo el ejército combinado la división del general Hamilton, que era de portugueses. Ocupaba el pueblo de la Albuera con las tropas ligeras el general Alten. La artillería británica se situó en una línea sobre el camino de Valverde; los caballos portugueses junto a sus infantes al extremo de la izquierda, y los ingleses avanzados cerca del arroyo de Chicapierna, de donde se replegaron al atacar el enemigo. Los mandaba el general Lumley, que se puso a la cabeza de toda la caballería aliada.

Colocado ya así el ejército, llegó Don Francisco Javier Castaños con seis cañones y la división de infantería de Don Carlos de España, la cual se situó a ambos costados de la de Zayas, ascendiendo los recién venidos con los de Penne Villemur, todos del 5.º ejército, a unos 3000 hombres. También se incorporaron al mismo tiempo dos brigadas de la 4.ª división británica que regía el general Cole, y que formaron con una de las brigadas de Hamilton otra segunda línea detrás de los anglo-portugueses, los cuales hasta entonces carecían de este apoyo. La fuerza entera de los aliados rayaba en 31.000 hombres, más de 27.000 infantes y 3600 caballos. Unos 15.000 eran españoles, los demás ingleses y portugueses; por lo que, siendo mayor el número de estos, encargose del mando en jefe, conforme a lo convenido, el mariscal Beresford.

Alboreaba el día 15 de mayo y ya se escaramuzaban los jinetes. El tiempo anubarrado pronosticaba lluvia. A las ocho avanzaron por el llano dos regimientos de dragones enemigos que guiaba el general Briche, con una batería ligera, al paso que el general Godinot, seguido de infantería, daba indicio de acometer el lugar de la Albuera por el puente. Los españoles empezaron entonces a cañonear desde sus puestos.

A la sazón los generales Castaños, Beresford y Blake, con sus estados mayores y otros jefes, almorzaban juntos en un ribazo cerca del pueblo, entre la 1.ª y 2.ª línea, y observando el maniobrar del enemigo opinaban los más que acometería por el frente o izquierda del ejército aliado. Entre los concurrentes hallábase el coronel Don Bertoldo Schepeler, distinguido oficial alemán que había venido a servir de voluntario la justa causa de la libertad española; y creyendo por el contrario que los franceses embestirían el costado derecho, tenía fija su vista hacia aquella parte, cuando columbrando en medio del carrascal y matorrales de la otra orilla el relucir de las bayonetas, exclamó: «Por allí vienen.» Blake entonces le envió de explorador, y en pos de él, a otros oficiales de estado mayor.

Cerciorados todos de que realmente era aquel el punto amenazado, necesitose variar la formación de la derecha que ocupaban los españoles: mudanza difícil en presencia del enemigo y más para tropas que, aunque muy bizarras, no estaban todavía bastante avezadas a evolucionar con la presteza y facilidad requeridas en semejantes aprietos.

No obstante verificáronlo los nuestros atinadamente, pasando parte de las que estaban en segunda línea a cubrir el flanco derecho de la primera, desplegando en batalla y formando con la última martillo, o sea un ángulo recto. Acercábase ya el terrible trance: los enemigos se adelantaban por el bosque; a su izquierda traían la caballería, mandada por Latour-Maubourg, en el centro la artillería, bajo el general Ruty, y a su derecha la infantería, compuesta de dos divisiones del 5.º cuerpo, mandadas por el general Girard, y de una reserva, que lo era por el general Werlé. Cruzaron el Nogales y el arroyo de Chicapierna, y entonces hicieron un movimiento de conversión sobre su derecha, para ceñir el flanco también derecho de los aliados, y aun abrazarle, cortando así los caminos de la sierra, de Olivenza y de Valverde, y procurando arrojar a los nuestros sobre el arroyo Valdesevilla y estrecharlos contra Badajoz y el Guadiana. Mientras que los enemigos comenzaban este ataque, que era, repetimos, el principal de su plan, continuaban el general Godinot y Briche amagando lo que se consideraba antes, en la primera formación, centro e izquierda del ejército combinado.

Trabose, pues, por la derecha el combate formal. Empezole Zayas, le continuó Lardizábal que había seguido el movimiento de aquel general, y empeñáronse al fin en la pelea todos los españoles, excepto dos batallones de Ballesteros, que quedaron haciendo frente al río de la Albuera; mas lo restante de la misma división favoreció la maniobra de Zayas, e hizo una arremetida sobresaliente por el diestro flanco de las columnas acometedoras, conteniéndolas y haciéndolas allí suspender el fuego. Los enemigos entonces, rechazados sobre sus reservas, insistieron muchas veces en su propósito, si bien en balde; pero al cabo, ayudados de la caballería mandada por Latour-Maubourg, se colocaron en la cuesta de las lomas que ocupaban los españoles.

Acorrió en ayuda de estos la división del general Stewart, ya en movimiento, y marchó a ponerse a la derecha de Zayas; siguiole la de Cole a lo lejos, y se dilató la caballería, al mando de Lumley, la vuelta del Valdesevilla para evitar la enclavadura de nuestra derecha en las columnas enemigas, siendo ahora la nueva posición del ejército aliado perpendicular al frente en donde primero había formado. Alten se mantuvo en el pueblo de la Albuera, y Hamilton, con los portugueses, aunque también avanzado, quedose en la línea precedente con destino a atajar las tentativas que hiciese contra el puente el general Godinot.

Por la derecha, prosiguiendo vivísimo el combate y adelantándose Stewart con la brigada de Colbourne, una de las de su división, retrocedían ya de nuevo los franceses, cuando sus húsares y los lanceros polacos, arremetiendo al inglés por la espalda, dispersaron la brigada insinuada, y cogiéronle cañones, 800 prisioneros y 3 banderas. Ráfagas de un vendaval impetuoso y furiosos aguaceros, unidos al humo de las descargas, impedían discernir con claridad los objetos, y por eso pudieron los jinetes enemigos pasar por el flanco sin ser vistos, y embestir a retaguardia. Algunos polacos, llevados del triunfo, se embocaron por entre las dos líneas que formaban los aliados, y la segunda inglesa, creyendo la primera ya rota, hizo fuego sobre ella y sobre el punto donde estaba Blake: afortunadamente descubriose luego el engaño.

En tan apurado instante sostúvose sin embargo firme un regimiento de los de la brigada de Colbourne, y dio lugar a que Stewart con la de Hoghton volviese a renovar la acometida. Hízolo con el mayor esfuerzo; ayudole, colocándose en línea la artillería, bajo el mayor Dickson, y también otra brigada de la misma división que se dirigió a la izquierda. Don José de Zayas con los suyos empeñose segunda vez en la lucha, y lidió valerosamente. La caballería, apostada a la derecha del flanco atacado, reprimió al enemigo por el llano, y se distinguió sobre todo, y favoreció a Stewart en su desgracia, la del 5.º ejército español, acaudillada por el conde de Penne Villemur y su segundo, Don Antolín Reguilón.

La contienda andaba brava, y el tiempo, habiendo escampado, permitía obrar a las claras. De ningún lado se cejaba, y hacíanse descargas a medio tiro de fusil: terrible era el estruendo y tumulto de las armas, estrepitosa la altanera vocería de los contrarios. Por toda la línea habíase trabado la acción; en el frente primitivo y en la puente de la Albuera también se combatía. Alten aquí defendió el pueblo vigorosamente, y Hamilton, con los portugueses y los dos batallones españoles que dijimos habían quedado en la posición primera, protegiéronla con distinguida honra.

Dudoso todavía el éxito, cargaron en fin al enemigo las dos brigadas de la división de Cole; la una, portuguesa, bajo el general Harvey, se movió por entre la caballería de Lumley y la derecha de las lomas, sobre cuya posesión principalmente se peleaba, y la otra, que conducía Myers, encaminose adonde Stewart batallaba.

A poco Zayas, animado en vista de este movimiento, arremetió en columna cerrada, arma al brazo, y hallábase a diez pasos del enemigo a la sazón que, flanqueado este por portugueses de la brigada de Harvey, volvió la espalda y arremolinándose sus soldados y cayendo unos sobre otros, en breve fugitivos todos, rodaron y se atropellaron la ladera abajo. Su caballería, numerosa y superior a la aliada, pudo solo cubrir repliegue tan desordenado. Repasó el enemigo los arroyos, y situose en las eminencias de la otra orilla, asestando su artillería para proteger, en unión con los jinetes, sus deshechas y casi desbandadas huestes.

No los persiguieron más allá los aliados, cuya pérdida había sido considerable. La de solos los españoles ascendía a 1365 hombres entre muertos y heridos: de estos fuelo Don Carlos de España; de aquellos el ayudante primero de estado mayor Don Emeterio Velarde, que dijo al expirar: «Nada importa que yo muera si hemos ganado la batalla.» Los portugueses perdieron 363 hombres; los ingleses 3614 y 600 prisioneros, pues los otros se salvaron de las manos de los franceses en medio del bullicio y confusión de la derrota. Perecieron de los generales británicos Hoghton y Myers: quedó herido Stewart, Cole y otros oficiales de graduación.

Contaron los franceses de menos 8000 hombres: murieron de ellos los generales Pepin y Werlé, y fueron heridos Gazan, Maransin y Bruyer. Sangrienta lid, aunque no fue de larga duración.

El 19 ambos ejércitos se mantuvieron en línea en frente uno de otro; retirose Soult por la noche, yendo tan despacio que no llegó a Llerena hasta el 23. Los aliados dejáronle ir tranquilo. Solo le siguió la caballería que, mandada por Lumley, tuvo luego en Usagre un recio choque en que fueron escarmentados los jinetes enemigos, con pérdida de más de 200 hombres.

Manifestación
del parlamento
británico
y de las cortes
en favor
de los ejércitos.

El parlamento británico declaró «reconocer altamente el distinguido valor e intrepidez con que se había conducido el ejército español del mando de S. E. el general Blake en la batalla de la Albuera», aunque parece no había ejemplo de demostraciones semejantes en favor de tropas extranjeras. Las cortes hicieron igual o parecida declaración respecto de los aliados, y además decretaron ser el ejército español benemérito de la patria, con orden de que, finalizada la guerra, se erigiese en la Albuera un monumento. Agraciose también con un grado a los oficiales más antiguos de cada clase.

Celebra
la victoria
Lord Byron.
(* Ap. n. [14-3].)

Mereció tan gloriosa jornada honorífica conmemoración del estro sublime de [*] Lord Byron, expresando que en lo venidero sería el de la Albuera asunto digno de celebrarse en las jácaras y canciones populares.

Llega Wellington
después
de la batalla.

El 19 llegó Lord Wellington al Guadiana acompañado de las dos divisiones con las que, según dijimos, había salido de sus cuarteles del norte. Visitó el mismo día el campo de la Albuera, y ordenó al mariscal Beresford que no hiciese sino observar al enemigo y perseguirle cautelosamente. Fue luego enviado dicho mariscal a Lisboa con destino a organizar nuevas tropas. Hubo quien atribuyó la comisión a la sombra que causaban los recientes laureles; otros, al parecer más bien informados, a disposiciones generales y no a celosas ni mezquinas pasiones; debiéndose advertir que las dotes que adornaban al Beresford antes se acomodaban a organizar y disciplinar gente bisoña que a guiar un ejército en campaña. El general Hill, de vuelta en Portugal, recobrada ya la salud, volvió a tomar el mando de la 2.ª división británica, encomendada en su ausencia a Beresford, con las demás tropas anglo-portuguesas que por lo común maniobraron a la izquierda del Tajo.

No viéndose Soult acosado, parose en Llerena y llamó hacia sí todas las tropas de las Andalucías que podían juntársele sin detrimento de los puntos fortificados y demás puestos que ocupaban. Se esmeró al propio tiempo en acopiar subsistencias, que no abundaban, y su escasez produjo disgusto y quejas en el campo, pues los naturales, desamparando en lo general sus casas, procuraban engañar al enemigo y deslumbrarle para que no descubriese los granos que, siendo en aquella tierra guardados en silos, ocultábanse fácilmente al ojo lince del soldado que iba a la pecorea. Por la espalda incomodaban asimismo al ejército de Soult partidarios audaces que se interponían en el camino de Sevilla y cortaban la comunicación, teniendo para aventarlos que batir la estrada, y destacar a varios puntos algunos cuerpos sueltos.

Empréndese
de nuevo
el sitio
de Badajoz.

Dispuso Wellington que una gran parte del ejército aliado se acantonase en Zafra, Santa Marta, Feria, Almendral y otros pueblos de los alrededores, con la caballería en Ribera y Villafranca de Barros. El 18 había ya la división de Hamilton renovado, por la izquierda de Guadiana, el bloqueo de Badajoz, a cuya parte acudió también la nuestra, que antes mandaba Don Carlos de España y ahora Don Pedro Agustín Girón, segundo de Castaños. Dudose algún tiempo si se emprendería entonces el sitio formal, no siendo dado apoderarse en breve de la plaza, y temible que en el entretanto tornasen los franceses a socorrerla. No obstante, decidiose Wellington al asedio, y el 22 convino, después de madura deliberación con los ingenieros y otros jefes, en seguir el ataque resuelto para la anterior tentativa, si bien modificado en los pormenores.

De consiguiente, el 25 la 7.ª división británica, del mando de Houston, embistió a Badajoz por la derecha de Guadiana, y el 27 la 3.ª reforzó la de Hamilton, colocada a la izquierda del mismo río. Empezose el 29 a abrir la trinchera contra el fuerte de San Cristóbal, divirtiendo al propio tiempo la atención del enemigo con falsos acometimientos hacia Pardaleras. Del 30 al 31 comenzaron igualmente los sitiadores un ataque por el mediodía contra el castillo antiguo.

Abierta brecha al este en San Cristóbal, tentaron los ingleses, creyéndola practicable, asaltar el fuerte, y se aproximaron a su recinto teniendo a la cabeza al teniente Forster. De cerca vio este que se habían equivocado, pero hallándose ya él y los suyos en el foso y animados, quisieron en vano trepar a la brecha, repeliéndolos el enemigo con pérdida: entre los muertos contose al mismo Forster.

En el castillo tampoco se había aportillado mucho el muro a pesar de los escombros que se veían al pie. El 9 repitiose otro acometimiento contra San Cristóbal, si bien no con mayor fruto. Desde entonces convirtiose el sitio en bloqueo, con intención Wellington de levantarle del todo. No se comprende como se empezó siquiera tal asedio, careciendo allí los ingleses de zapadores, y desproveídos hasta de cestones y faginas.

Gran quema
en los campos.

Entonces fue cuando de resultas de una hoguera encendida por artilleros portugueses, acampados al raso no lejos de Badajoz, en la margen izquierda del Guadiana, se prendió fuego a las heredades y chaparros vecinos, cundiendo la llama con violencia tan espantosa que en el espacio de tres días se acercó a Mérida, ciudad que se preservó de tamaña catástrofe por hallarse interpuesto aquel anchuroso río. Duró el fuego quince días, y devoró casas, encinares, dehesas, las mieses ya casi maduras, todo cuanto encontró.

Vuelve a avanzar
Soult.

Reforzado Soult más y más, determinó ponerse en movimiento la vuelta de Badajoz, y abrió su marcha el 12 de junio, juntándosele por entonces el general Drouet que se había encaminado con los restos del 9.º cuerpo por Ávila y Toledo sobre Córdoba, y de allí torciendo a su derecha había venido a dar a Belalcázar y al campo de los suyos en Extremadura. Incorporáronse estas fuerzas con el 5.º cuerpo, que empezó desde luego a gobernar dicho Drouet. Tenía por mira Soult libertar a Badajoz, pero no osando, aunque muy engrosado, ejecutarlo por sí solo, quiso aguardar a que se le acercase Marmont, en marcha ya para el Guadiana.

El mariscal
Marmont
viene sobre
el Guadiana.

Apenas había tomado a su cargo este mariscal el ejército de Portugal, cuando le dio nueva forma, distribuyendo en seis divisiones sus tres anteriores cuerpos. Su conato, luego que abasteció a Ciudad Rodrigo, se dirigió principalmente, según las órdenes de Napoleón, a cooperar con Soult en Extremadura, habiendo acudido allí la mayor parte del ejército combinado. Cuatro divisiones del de Marmont partieron de Alba de Tormes el 3 de junio, y las otras dos habíanse todavía quedado hacia el Águeda, atento el mariscal francés a explorar los movimientos de Sir Brent Spencer, que mandaba, en ausencia de Wellington, las tropas del Coa. Pero habiendo hecho Marmont un reconocimiento el 6, y persuadido de que el general inglés no le incomodaría, y que solo seguiría paralelamente el movimiento de las tropas francesas, salió en persona para Extremadura, acompañado del resto de su fuerza, con dirección al puerto de Baños. Cruzó el Tajo en Almaraz, habiendo echado al intento un puente volante, y su ejército, puesto ya en la orilla izquierda, marchó en dos trozos, uno de ellos por Trujillo a Mérida, otro sesgueando a la izquierda sobre Medellín.