Notas del Transcriptor
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COLECCIÓN ELZEVIR ILUSTRADA
VOLUMEN SEXTO
El Tesoro de Gastón
Colección Elzevir Ilustrada
VOLÚMENES PUBLICADOS
I.—M. Hernández Villaescusa.—Oro oculto, novela.
II.—Vital Aza.—Bagatelas, poesías.
III.—Alfonso Pérez Nieva.—Ágata, novela.
IV.—Nilo María Fabra.—Presente y futuro. Nuevos cuentos.
V.—Federico Urrecha.—Agua pasada. (Cuentos, bocetos y semblanzas).
VI.—Emilia Pardo Bazán.—El Tesoro de Gastón, novela.
EN PRENSA
M. Morera y Galicia.—Poesías, con un prólogo de Antonio de Valbuena.
Enrique R. de Saavedra, duque de Rivas.—Cuadros de la fantasía y de la vida real.
EN PREPARACIÓN
Juan Gualberto López Valdemoro, conde de las Navas.—El Procurador Yerbabuena, novela.
Antonio de Valbuena.—Santificar las fiestas, cuentos.
Carlos Frontaura.—El cura, el maestro y el alcalde.
Miguel Ramos Carrión.—Zarzamora, novela.
Y OTROS DE
Altamira (Rafael).
Aza (Vital).
Becerro de Bengoa (Ricardo).
Liniers (Santiago).
Marina (Juan).
Oller (Narciso).
Pérez Zúñiga (Juan).
Thebussem (Dr.)
Valera (Juan), etc., etc.
Emilia Pardo Bazán
El Tesoro de Gastón
Novela
Ilustraciones de
JOSE PASSOS
Con licencia del Ordinario
BARCELONA
JUAN GILI, LIBRERO
223, CORTES, 223
MDCCCXCVII
ES PROPIEDAD
I
La llegada
Cuando se bajó en la estación del Norte, harto molido, á pesar de haber pasado la noche en wagon-lit, Gastón de Landrey llamó á un mozo, como pudiera hacer el más burgués de los viajeros, y le confió su maleta de mano, su estuche, sus mantas y el talón de su equipaje. ¡Qué remedio, si de esta vez no traía ayuda de cámara! Otra mortificación no pequeña fué el tener que subirse á un coche de punto, dándole las señas: Ferraz, 20... Siempre, al volver de París, le había esperado, reluciente de limpieza, la fina berlinilla propia, en la cual se recostaba sin hablar palabra, porque ya sabía el cochero que á tal hora el señorito sólo á casa podía ir, para lavarse, desayunarse y acostarse hasta las seis de la tarde lo menos...
En fin, ¡qué remedio! Hay que tomar el tiempo como viene, y el tiempo venía para Gastón muy calamitoso. Mientras el simón, con desapacible retemblido de vidrios, daba la breve carrera, Gastón pensaba en mil cosas nada gratas ni alegres. El cansancio físico luchaba con la zozobra y la preocupación, mitigándolas. Sólo después de refugiado en su linda garçonnière; sólo después de hacer chorrear sobre las espaldas la enorme esponja siria, de mudarse la ropa interior y de sorber el par de huevos pasados y la taza de té ruso que le presentó Telma, su única sirviente actual, excelente mujer que le había conocido tamaño; sólo en el momento, generalmente tan sabroso, de estirarse entre blancas sábanas después de un largo viaje, decidióse Gastón á mirar cara á cara el presente y el porvenir.
Agitóse en la cama y se volvió impaciente, porque divisaba un horizonte oscuro, cerrado, gris como un día de lluvia. Arruinado, lo estaba; pero apenas podía comprender la causa del desastre. Que había gastado mucho, era cierto; que desde la muerte de su madre llevaba vida bulliciosa, descuidada y espléndida, tampoco cabía negarlo. Sin embargo, echando cuentas, (tarea á que no solía dedicarse Gastón), no se justificaba, por lo derrochado hasta entonces, tan completa ruina. El caudal de la casa de Landrey, casi doblado por la sabia economía y la firme administración de aquella madre incomparable, daba tela para mucho más. ¡Seis años! ¡Disolverse en seis años, como la sal en el agua, un caudal que rentaba de quince á diez y siete mil duros!
Acudían á la memoria de Gastón, claras y terminantes, las palabras de su madre, pronunciadas en una conferencia que se verificó cosa de dos meses antes de la desgracia.
—Tonín,—había dicho cariñosamente la dama,—yo estoy bastante enfermucha; no te asustes, no te aflijas, querido, que todos hemos de morir algún día, y lo que importa es que sea muy á bien con Dios; lo demás... ¡ya se irá arreglando! Siento dejarte huérfano en minoría, pero pronto llegarás á la mayor edad, y así que dispongas de lo tuyo, acuérdate de dos cosas, hijo... Que ni hay poco que no baste ni mucho que no se gaste, y... que no debemos ser ricos... sólo... ¡para hacer nuestro capricho, olvidándonos de los pobres y del alma! Quedan aumentadas las rentas... gracias á que no he fiado á nadie lo que pude hacer yo misma... ¡y eso que soy una mujer, una ignorantona, una infeliz! Tú, que eres hombre, y que recibes doblado el capital, puedes acrecentarlo, sin prescindir de... ¡de que hay deberes, para un caballero sobre todo!... ¡y de que la fortuna se nos da en depósito, á fin de que la administremos honradamente!... ¿Verdad, Tonín, que vas á pensar en esto que te he dicho... así... así que no estemos... juntos? Dame un beso... ¡Ay!... ¡Cuidado, que por ahí anda la pupa!
Y Gastón, de pronto, sintió como los ojos se le humedecían, acordándose de que el ¡ay! de su madre había delatado, por primera vez, la horrible enfermedad cuidadosamente oculta, el zaratán en el seno.
Poco después la operaban, y no tardaba en sucumbir á una hemorragia violenta... y Gastón veía á su madre tan pálida, tendida en el abierto ataúd, y recordaba días de llanto, de no poder acostumbrarse á la orfandad, á la soledad absoluta... Después, con la movilidad de los años juveniles, venía el consuelo, y con la mayor edad, el gozo de verse dueño de sus acciones y de su hacienda, ¡libre, mozo, opulento! Dando una vuelta repentina en la cama, lo mismo que si el colchón tuviese abrojos, Gastón volvía á rumiar la sorpresa de haber despabilado tan pronto la herencia de sus mayores.
—¡Si no es posible humanamente!—calculaba.—¡Si no me cabe en la cabeza! Vamos á ver; yo no soy un vicioso; no he jugado sino por entretenimiento; no he tenido de esos entusiasmos por mujeres pagadas, en que se consumen millones sin sentir. ¿Qué hice, en resumidas cuentas? Vivir con anchura; pasarme largas temporadas en el extranjero, sobre todo en el delicioso París; comer y fumar regaladamente; divertirme como joven que soy; pagar sin regatear buenos cocheros y caballos de pura raza, cuentas de sastre y de tapicero, de joyero y de camisero, de hotel, de restaurant... Todo ello, aunque se cobre por las setenas, no absorbería ni la tercera parte de mi caudal... oh, eso que no me lo nieguen. ¡Aunque me lo prediquen frailes descalzos! Me sucede lo que á la persona que ha dejado en un cajón una suma de dinero, no sabe cuánto, pero volviendo á abrir el cajón nota que hace menos bulto, y dice: «Gatuperio...»
Aquí Gastón suspiró, abrazó la almohada buscando frescura para las mejillas, y pensó entrever, como filtrado por las cerradas maderas de las ventanas, un rayito de luz.
—El caso es que yo fuí bien prudente. De imprevisor nadie podrá tacharme. ¿Á quién mejor había de confiar mis negocios, y la gestión y administración de mis bienes, que á don Jerónimo Uñasín? Un viejo tan experto, con tal fama de seriedad y honradez en los negocios; y además, de una condición encantadora; nunca le pedía yo con urgencia dinero, que á vuelta de correo no me lo girase sin objeción alguna... En lo que no tiene disculpa don Jerónimo, es en no haberme avisado de que mis gastos eran excesivos; de que á ese paso me quedaba como el gallo de Morón...
Al hacer reflexión tan sensata, por primera vez el incauto mozo sintió algo que podría llamarse la mordedura de la sospecha y el aguijón del reconcomio. Evocó el recuerdo de la cara de don Jerónimo y se le figuró advertir en ella rasgos del tipo hebreo, la nariz aguileña, de presa, la boca voraz, los ojos cautelosos y ávidos... Las palabras de su madre resonaron de nuevo en su corazón olvidadizo: «No he fiado á nadie lo que pude hacer yo misma...»
Al cabo se durmió. Á las seis, obedeciendo órdenes, Telma vino á despertarle de un sueño agitado, lleno de pesadillas; arreglóse á escape, y á las siete menos cuarto conferenciaba con don Jerónimo. Más de una hora duró la entrevista, de la cual salió Gastón con la sangre encendida de cólera y el espíritu impregnado de amargura. La venda se había roto súbitamente y Gastón veía,—¡á buena hora!—que aquel tunante de apoderado general era el verdadero autor de su ruina.
Á preguntas, reconvenciones y quejas, sólo había respondido don Jerónimo con hipócrita y melosa sonrisilla, que provocaba á chafarle de una puñada los morros.
—¿Qué quería usted que hiciese?—silbaba el culebrón.—¿Pues no estaba usted pidiendo fondos y fondos á cada instante? ¿Pues no era usted mayor de edad, dueño de sus acciones y sabedor de á cuánto ascendían sus rentas? Usted, desde París, libranza va y libranza viene, y Jerónimo Uñasín teniendo que dejarle á usted bien, y que buscar y desenterrar las cantidades aunque fuese en el profundo infierno... ¡Bien me agradece usted los apuros que he pasado, las sofoquinas, las vergüenzas, sí, señor! ¡que vergüenza y muy grande es, á mis años, andar solicitando á prestamistas y aguantando feos! Todo lo he hecho, por ser usted hijo de los señores de Landrey, que tanto me apreciaban... Ahora conozco que me pasé de tonto, que debí cerrarme á la banda y contestarle á usted cuando me pedía monises: «otro talla, señor mío...»
—Pero usted bien veía que yo me quedaba pobre,—exclamaba Gastón con indignación apenas reprimida,—y debiera usted, como persona de más experiencia, aconsejarme, llamarme la atención, advertirme... Yo le dí á usted poder ilimitado... Yo tenía depositada mi confianza en usted.
—¡Sí, sí, advertir! ¡Bonito recibimiento me esperaba! Ya sé yo lo que son jóvenes contrariados en sus antojos... Y además, don Gastoncito, ¿quién me decía á mí que al echar así la casa por la ventana, no preparaba usted una gran boda? Hay en París señoritas de la colonia americana, que apalean el oro... ¡Es preciso respetar muchísimo, muchísimo la libertad de cada uno! y lamentaría toda mi vida que por mí fuese usted á perder la colocación brillante que se merece...
—Téngame Dios de su mano,—pensó Gastón al escuchar esta nueva insolencia, y conociendo que se le subía á la cabeza la ira, y las manos se le crispaban ansiosas de abofetear al judío.
Al fin, con violento esfuerzo sobre sí mismo, revolviendo trabajosamente la lengua en la boca seca y llena de hiel, pronunció:
—Bien, cortemos discusiones, que á nada conducen; al grano... ¿Me queda algo, lo preciso para comer?
Vaciló un instante don Jerónimo, y afectó un golpe de tos, ruidosa y como asmática, antes de responder, fingiendo fatiga:
—Mire usted, lo que es eso... hasta que... ¡bruum! hasta que... yo... reconozca... y liquide... ¡bruum!... los créditos... y se proceda... á la venta de... de las fincas hipotecadas... es imposible decir si el... ¡bruum! pasivo... supera al activo... Acaso tengamos déficit... pero ¡bruum! ej... ej... no será muy grande...
—¿Es decir,—preguntó Gastón con temblor de labios,—que aún podrá suceder que después de venderlo todo... deba dinero?
—Ej, ej... calculo que una futesa...
No quiso oir más Gastón. Tomando su sombrero, despidióse con una frase bronca, y abandonó el nido del ave de rapiña á quien tarde veía el pico y las garras. En el recibimiento, mientras recogía sombrero y bastón, no pudo menos de fijarse, con penosa y estéril lucidez, en detalles que le sorprendieron: un soberbio mueble de antesala tallado, un rico tapiz antiguo, una alfombra nueva y densa como vellón de cordero, un retrato, escuela de Pantoja, una lámpara de muy buen gusto. Parecía la entrada de una casa señorial, y al acordarse de que antaño don Jerónimo se honraba con alfombra de cordelillo y sillas de Vitoria, Gastón se trató á sí mismo de majadero, no sin reprimirse para no emprenderla á palos con los muebles y con el dueño en especial...
Volvió á su morada á pie, devorando la pesadumbre, queriendo sobreponerse á ella, y sin conseguirlo. Telma, solícita, le había preparado una comida de sus platos predilectos; pero no estaba la Magdalena para tafetanes, ni Gastón para apreciar debidamente el mérito del puré de alcachofas, los langostinos en pirámide y las costilletas de cordero delicadamente rebozadas en salsa bechamela.
—Hija, es preciso que me vaya acostumbrando á las lentejas y al pan seco,—respondió con un humorístico alarde cuando la vieja criada, llevándose la fuente, preguntaba con inquietud, si era que ya «tenía perdida la mano.»
Y la fiel servidora, antes de cruzar la puerta, clavó en su amo una mirada perruna é inteligente, una mirada que se condolía...
Vestido el frac, después de comer, Gastón dedicó la noche á intentar ver á dos ó tres personas de quienes esperaba consejo y auxilio. Á ninguna encontró en casa, y sería caso raro que lo contrario acaeciese en Madrid, donde la noche se consagra á círculos, teatros y sociedades. Rendido, harto de dar tumbos en el alquilón, se recogió á las doce y media. Una gran desolación, un pesimismo mortal le agobiaban, poniéndole á dos dedos de la desesperación furiosa. Sin duda que al siguiente día le sería fácil encontrar en casa, amables y sonrientes, á sus noctámbulos amigos; pero ¿qué sacaría de ellos? Á lo sumo... buenas palabras... ¡Ni Daroca, el bolsista; ni el flamante marqués de Casa-Planell, el riquísimo banquero; ni Díaz Carpio, el actual subsecretario de Hacienda; ni mucho menos el gomoso Carlitos Lanzafuerte, iban á abrir la bolsa y ponerla á disposición del tronado!... (Tan feo nombre se daba á sí propio Gastón).
Al dejar Telma sobre la mesa de noche la bebida usual, la copa de agua azucarada con gotas de cognac y limón, mientras Gastón, inerte, yacía en la meridiana, esperando á que se retirase la criada para empezar á desnudarse, ésta dijo no sin cierta timidez, el recelo de los criados que ven á sus amos muy tristes:
—Señorito... anteayer mandó á preguntar por usted la señora Comendadora. ¿No sabe? Su tía, la del convento... Que si había vuelto ya de Francia... y que deseaba verle... Que cuando viniese, por Dios no dejase de ir, sin tardanza ninguna...
—¡Bien, bien!—contestó él impaciente.
Así que apagó la bujía y se tendió en la cama, la arcaica figura de la Comendadora se alzó en la oscuridad. Abandonado de todos Gastón, un instinto le impulsaba á buscar arrimo y consuelo, á desear comunicarse con alguien que le compadeciese y le amase de veras. Y su tía abuela, la Comendadora, era la única parienta cercana que tenía en el mundo.
II
La Comendadora
Como no le dejasen dormir sus melancólicos pensamientos, Gastón se levantó temprano, se vistió con diligencia, y subiendo democráticamente al tranvía, se dejó llevar hasta muy cerca del convento de las Comendadoras, que se eleva sombrío, dominado por su vasta iglesia, en una calle de las más solitarias del antiguo Madrid. Las Comendadoras no tienen reja. Mano á mano, á guisa de seglares damas—y bien nobles que lo son—reciben á sus visitas en un locutorio bajo, amplio, esterado, encalado, cuyas paredes adornan cuadros religiosos anegados en betún, y que amueblaban canapés de paja con respaldo de lira, y braseros claveteados—un salón de principios del siglo.—Paseando febrilmente esperó Gastón á su tía. La portera le había dicho que doña Catalina—así se llamaba la Comendadora—estaba en el coro, y que tardaría cosa de unos veinte minutos. «No traigo prisa, gracias,» contestó el mozo: pero, solo ya, medía el locutorio con rápidas pisadas. Desde que se había levantado y salido á la calle, batallaba con la idea de que todo lo de su ruina era un mal sueño. ¡Una casa tan vieja, tan sólida como la casa de Landrey, venirse á tierra por artimañas de un usurero maldito! No; no podía ser que él, Gastón de Landrey, con sus propias manos acostumbradas á calzar guantes, con su propia cabeza hecha á las esencias y á los lavatorios del peluquero, tuviese que trabajar y discurrir como el resto de los mortales, á fin de ganarse el pan de cada día... La vida iba á continuar, rauda y disipada; la única vida posible, la vida en el sentido parisiense del vocablo.
Al pensar esto, una oleada de esperanza inundó á Gastón, esperanza venida no sabía de dónde, tal vez de la tranquilidad del locutorio, del aristocrático silencio del convento, donde debían de ser inmutables todas las cosas.
Cuando se hallaba más engolfado en sus sueños, abrióse la puerta lateral, gruesa hoja de encina, y apareció en el hueco, inmóvil y muda, la Comendadora, la misma doña Catalina de Landrey y Castro, con las tocas negras, el blanco escapulario, y en el pecho la roja heráldica cruz. Adelantándose vivamente, Gastón corrió á abrazar á su tía, á sostenerla, á traerla en vilo hasta la silla baja, situada cerca de la reja que daba á la calle, el sitio donde solían conversar otras veces; pero la anciana murmuró suplicante:
—¡Al jardín... al jardín... allí hace sol... allí no tendremos frío!
No sentía Gastón ni pizca de frío en el locutorio: entrado el mes de Mayo, la temperatura era suave y radiante la mañana. No obstante, asintió sonriendo y quiso coger á la anciana por el talle.
—No, voy delante,—exclamó ella.
Lentamente, deslizándose como una sombra, precedió á Gastón por dos ó tres pasillos y antesalas, hasta llegar á una carcomida puerta cuyo picaporte alzó. Al pisar el umbral del jardín, Gastón se paró deslumbrado.
No era el jardín muy grande: servía de patio al convento, y en su centro, por todo adorno, tenía un pozo con brocal, el humilde pozo de Castilla. Cuatro cuarterones simétricos, recortados en forma circular á fin de dejar sitio al pozo y holgura para sacar agua, formaban el sencillo trazado del jardín monástico. Sólo que estos arriates, con exclusión absoluta de toda otra flor ó planta, estaban materialmente tapizados de pies de azucena floridos. Era una espesura de azucenas. Y bajo la sábana de oro que el sol tendía generosamente, la nívea blancura de las flores, su apretada abundancia, su esbeltez, su elegante forma casta y mística, halagaban los ojos y embriagaban dulcemente el corazón. Era un jardín mariano, cultivado únicamente por amor á la Virgen, para poder cubrir su altar de ramilletes simbólicos, en el gracioso culto llamado de las flores de Mayo; ó más bien era otro altar que brotaba de la tierra seca y desnuda, por virtud del riego continuo de unas manos piadosas, enamoradas de María.
En un ángulo del jardín daba todavía la sombra, y sobre un banco de ladrillo se sentó la Comendadora pausadamente, convidando á su sobrino á que la imitase. La claridad que bañaba el jardín caía sobre el rostro de doña Catalina, patentizando la labor de los años; estrago no diremos, porque en medio de su carácter de vetustez, bajo el severo contorno de la toca, aquel rostro tenía aún líneas de belleza pasada, vestigios de algo que debió de ser escultural. Parecían las majestuosas facciones modeladas en esa cera amarillenta, resquebrajada, de los cirios viejos y muy secos; la boca no era más que una línea pálida, dilatada por una sonrisa misteriosa; las cejas y las pestañas, encanecidas, sombreaban de un modo fatídico los ojos, donde persistía una vida extraordinaria, una especie de magnetismo. Los clavaba en Gastón con tal fuerza, con insistencia tal, que el mozo por un instante creyó á la Comendadora enterada de su ruina, y calculó para sí, algo impaciente:
—Menudo sermón me espera. Agarrarse.
Recordaba Gastón que, cuando de niño solía venir al convento, le daba mucha lástima su tía la Comendadora. ¡Siempre metida entre aquellas cuatro paredes, siempre arrebujada en aquellos austeros paños! Después, ya hombre y capaz de entender, había sabido la historia de doña Catalina, y la lástima creció. Doña Catalina era hija de don Martín de Landrey, uno de los nobles que en la lucha entre españoles y franceses por la independencia, inficionados de volterianismo y de lo que llamaban entonces ideas nuevas, abrazaron el partido del invasor. Es de advertir que los Landrey descendían en línea recta de un caballero bretón venido con Beltrán Duguesclín ó Claquín á favorecer á don Enrique de Trastamara, que casó con española, que no quiso volver á Bretaña cuando la vió incorporada á la corona francesa, y á quien el fratricida estimó y colmó de mercedes, otorgándole bienes y feudos en la tierra gallega, tan semejante á la vieja Armórica, señalada por su fidelidad á don Pedro, y en la cual le convenía al bastardo arraigar á sus partidarios. En cierto modo, don Martín de Landrey obedecía al atavismo cuando se afrancesaba; mas no lo creyeron así sus deudos ni menos doña Catalina, que era entonces una criatura, pero que se daba cuenta de todo. Débil y enfermiza ya, pudo tanto en ella el disgusto de ver á su padre, en quien adoraba, señalado con el dedo y despreciado y maltratado cuando por fin salió de España el intruso, que contrajo un raro padecimiento nervioso, convulsiones seguidas de profundos síncopes. Su hermano,—el abuelo de Gastón,—ardiente patriota y español acérrimo, había reñido con don Martín por diferencia de opiniones, y vivía en Madrid, en casa de un tío suyo, el marqués de Lanzafuerte, algo favorito de Fernando VII; y Catalina se encerró con su padre, en el desmantelado castillo de Landrey, por huir de la malevolencia y la antipatía que en Compostela, lo mismo que en la corte, despertaba el afrancesado.
Vivieron allí padre é hija largos años en hosca soledad, ella siempre enferma, él también achacoso, y cada día más misantrópico y saturado de hiel, y cuando vino la última hora de don Martín, la hija sufrió el horrible dolor de ver morir al padre como un réprobo, rechazando con mil pretextos toda clase de auxilios espirituales, y ya, por último, amenazando con coger las pistolas que tenía á la cabecera ¡y hacer un ejemplo si un cura pasaba el umbral!—Así que hubo cerrado los ojos al infeliz, doña Catalina, en vez de caer al suelo presa de uno de sus accesos acostumbrados, se mostró casi impasible; veló el cadáver, atendió al entierro, encargó misas, muchas misas, y se estuvo cerca de un mes encerrada en las habitaciones del difunto, registrando cómodas y armarios, poniendo en orden documentos y papeles. Una noche, los labriegos y pescadores de la costa donde se asienta el castillo de Landrey, vieron con sorpresa un gran resplandor rojo, y si al pronto creyeron que había incendio, no tardaron en comprender que era una descomunal hoguera encendida en mitad del patio de honor. Delante de la hoguera estaba doña Catalina de pie, mandando la maniobra, y dos criados traían en cestos libros y manuscritos, despedazaban los volúmenes y los arrojaban á la hoguera, atizando y cebando su llama con provisión de leña y ramaje seco, para que devorase pronto aquel fárrago.—Gastón había oído referir á su madre que allí se abrasaron las obras de bastantes franchutes de la cáscara amarga, y muchos papelotes que probaban las íntimas conexiones de don Martín de Landrey con la masonería española, su afiliación á la secta y el alto grado que en ella poseía... La quemazón duró hasta el amanecer, y sólo al blanquear la luz del alba las almenas de las torres se retiró doña Catalina lentamente, después de cerciorarse, removiendo con un palo la ya moribunda hoguera, de que allí sólo quedaban cenizas. Pocos días después de este suceso, doña Catalina, dejándolo todo bien arreglado y habiendo repartido entre los pobres labriegos cuantiosas limosnas y perdonado, por cuenta de su legítima, deudas y atrasos de pagos de rentas, salió hacia Madrid, donde la reclamaba su hermano don Felipe de Landrey. Llevaba en su compañía doña Catalina á una niña de unos tres años de edad, huérfana de madre, hija del mayordomo, que no era sino Telma, la actual sirviente de Gastón.
En Madrid quisieron divertir y festejar á Catalina; además de su hermano tenía dilatada parentela de primos y primas, porque una hermana de su bisabuelo se había casado con el duque de Ambas Castillas, y otra con el de Lanzafuerte, dejando ambos numerosa y masculina prole, que se enlazó luego á otras familias de muy alta alcurnia. Catalina alegó el riguroso luto para no concurrir á distracciones ni á saraos, y el día en que se cumplió un año justo de la muerte de su padre, anunció el decidido propósito de entrar en las Comendadoras. Era libre y dueña de sus acciones, y nadie podía oponerse á su deseo, con tal resolución manifestado. No obstante, don Felipe se opuso, y alegó el peligro de la salud; con aquel terrible mal nervioso, aquellos desvanecimientos y accesos convulsivos ¿era prudente, era ni siquiera cristiano encerrarse en un convento? Doña Catalina respondió que la Iglesia había arreglado las cosas tan bien, que existían conventos para todos los estados de salud; que las Comendadoras no hacían vida penitente, sino recoleta y regular, y que ella estaba segura de resistir bien la prueba. Y en efecto, no sólo la resistió, sino que dentro del convento su organismo débil y quebrantado se templó hasta adquirir el vigor del acero; el equilibrio se estableció, la paz reinó en su antes combatido espíritu, y poco á poco la cara triste y los nublados ojos de doña Catalina se convirtieron en la hermosa faz y las serenas pupilas de la que todos dieron en nombrar la monja guapa.
—Desde que tu tía Catalina pronunció los votos, revivió,—decíale á Gastón su madre.—La pobre se conoce que había ofrecido este sacrificio por los pecados de don Martín. Ella cumplió lo que tenía el deber de cumplir, y nada aprovecha tanto al alma y al cuerpo.
Á pesar de la afirmación de su madre, Gastón recordaba que no había cesado de compadecer á su tía Catalina, de considerarla una víctima inmolada á preocupaciones, una vida tronchada en flor, una especie de fantasma sentenciado á desaparecer del mundo. Para él, entregado al desorden y tropelías de la voluntad, la regla en el vivir constituía una esclavitud, y cualquier valla cruel tiranía. ¡No hay más, doña Catalina le daba lástima! ¿Y por qué en aquel instante, á aquella hora virginal de la pura y radiante mañanita, en aquel jardín monástico todo paz, donde sólo se escuchaba el vuelo de algún abejorro, donde las azucenas abrían tímidamente sus cálices de raso blanco y vertían en silencio su pomo fragante, Gastón, en vez de compadecer á doña Catalina, advertía que la envidiaba? Sí, no lo podía dudar; envidiaba á la Comendadora, como envidia el marinero, desde su esquife que las olas hacen crujir y van á tragarse pronto, al pobre ermitaño que bebe de la apacible fuente antes de la oración... Era hermoso haber vivido sin tacha; haber realizado lo que creemos bueno y justo; haber dado testimonio de su fe ante los hombres, y haber llegado casi á los noventa años con aquella sonrisa misteriosa, no la de la esfinge, sino la de la santa que ya entrevé la bienaventuranza celeste...
—Aquí estaremos mejor,—pronunció con cascada voz la Comendadora, interrumpiendo los calendarios de su sobrino.—Importa muchísimo que no nos oiga nadie... ¡nadie!... Á estas horas no aparecen monjas por aquí... Lo que te voy á decir es sólo para tí... ¿me entiendes? Para tí... tú eres el único nieto varón de mi hermano Felipe... y ya no queda en este mundo más personas que tú y yo llevando directamente el apellido de Landrey...
Gastón se estremeció. Acababa de presentir que no iba á escuchar de labios de su tía el obligado sermón al sobrino manirroto. Conocía el culto de doña Catalina por el apellido de la familia, única debilidad mundana que siempre se notó en la ejemplar reclusa, que no había cesado ni un día de enterarse de los nacimientos, bodas, muertes, malandanzas y bienandanzas de sus sobrinos. La Comendadora no era verosímil que conociese el estado de la hacienda de Gastón, y por consiguiente, lo que iba á dejar salir de su hundida boca de sibila agorera, la revelación anunciada, sólo podía referirse al pasado, á ese ayer de todas las familias, más romántico en las nobles, en quienes se enlaza estrechamente con la historia.
III
La revelación
—¡Qué miedo he pasado de morirme antes que tú volvieses de ese París!—exclamó la anciana subrayando con tedio el nombre de la capital francesa.—¡Lo que he rezado á santa Rita para que me conservase la vida unos días más!
—¡Pero, tía, si está usted para vivir cien años!—afirmó Gastón chanceramente.
Doña Catalina clavó en el rostro de su sobrino los negrísimos ojos, lo único que sobrevivía en su semblante momificado, con extraordinaria expresión, sobrehumana casi.
—Á la lámpara se le acaba el aceite,—dijo en voz sorda,—pero la misericordia divina no ha permitido que la muerte me sorprenda. Sé de cierto que se acerca la hora...
—Vamos, tiita, aprensiones... Me ha de enterrar usted á mí y pedir para que me admitan en la gloria,—insistió el sobrino.
—No lo digas á nadie, hijo mío,—prosiguió la reclusa sin atenderle.—¡Sólo á tí y al confesor lo descubriré!... ¡Como te estoy viendo... he visto... he visto á don Martín de Landrey, tu bisabuelo... mi padre!
Estremecióse Gastón. En aquel jardín embalsamado, entre los vitales efluvios que derramaba el sol ascendiendo á su zenit, sintió pasar el soplo frío del más allá, un hálito del otro mundo.
—¡Si vieses qué mal color tenía!—continuó doña Catalina tiritando como si las frescas azucenas de Mayo fuesen copos de nieve.—Lo mismo que cuando lo deposité en la caja... ¡Y una cara de sufrir!... ¡Virgen Santísima, Madre de los afligidos, perdón para él... y para todos los pecadores!
La cabeza agobiada de la Comendadora cayó sobre el pecho, y Gastón, cariñosamente, sólo acertó á murmurar:
—Tía... ¿no habrá sido... una figuración de usted?... ¡Hay así... momentos en que desvariamos!...
—¡No! Era él en persona... ¡Podría yo desconocerle! ¡Podría confundir con cualquier ruido su voz, que me dijo... en un tono tan triste... como si las palabras saliesen de la pared!... «¡Catalina... te espero... hasta luego, Catalina!...»
Hizo una pausa, y Gastón vió humedecerse ligeramente las áridas pupilas de la dama, que movía los labios, rezando para sí, sin articular. Gastón, quebrantado aún del viaje y de las penosas impresiones recientes, notaba un vértigo que atribuía al olor subido de las flores, más aromosas cuanto más calentaba el sol. No quería Gastón reconocer que, á pesar suyo, le impresionaban las palabras de la Comendadora.
De pronto doña Catalina se enderezó, ya tranquila y al parecer olvidada de sus temores.
—Natural es morir, hijo mío,—declaró serenamente.—Otros eran jóvenes y se han ido primero. Eso sí que asusta. Ya no hay más Landrey que tú. Á mí la tierra me llama, después de ochenta y ocho años y cinco meses que estoy en el mundo. Tú ahora empiezas la jornada... ¡Cómo te pareces á tu abuelo, al pobre Felipe!... ¡Qué bien has hecho en venir aprisa!...
—En cuanto me avisó Telma. Ayer mismo llegué á Madrid... Ya ve usted, ni veinticuatro horas...
Algo que remedaba una sonrisa y era más bien fúnebre mueca, animó el semblante amojamado de la Comendadora.
—Acércate más, hijo del alma... Ya apenas tengo voz; no puedo esforzarme... Si me paro, no te asustes... Me falta resuello... Soy muy viejecita... Además, tengo frío... Mira, mira... Helada estoy.
La diestra glacial de la Comendadora cayó sobre la de Gastón, que sintió impulsos de retirarla, pero se contuvo. Parecíale advertir el contacto de un cadáver: tal estaba de inerte y seca á la vez aquella mano que había debido de ser bella y que conservaba aún las proporciones y el delicado dibujo de una mano patricia.
—¿Eres buen cristiano?—preguntó de improviso doña Catalina.
—Bueno no sé; cristiano sí,—respondió no sin extrañeza Gastón.
—¡Es que si eres... de esos... que sólo creen en la materia... entonces... aunque te llames Landrey... yo... no tengo nada que decirte!...—¿Crees firmemente en Dios, que nos perdona... que nos ha redimido?... ¿Crees, ó no crees? No mientas... ¡Un Landrey no miente... sería mucha vergüenza! ¡Sería propio de un villano!
—Creo en Dios,—murmuró Gastón sonriendo del á su parecer pueril interrogatorio.
—¿Y en la Virgen?
—Y en la Virgen,—afirmó el mozo con calor involuntario, más conmovido ya de lo que aparentaba.
Doña Catalina cruzó las manos como transportada de gozo. Después, sin transición, exclamó, fijando en Gastón sus vividos ojos:
—¿Has estado alguna vez en nuestro castillo de Landrey, cerca de la Puebla de Beirana?
—Nunca, querida tía,—declaró Gastón desorientado y algo confuso.—Y eso que siempre me daba curiosidad. Debe de ser una antigualla preciosa... es decir, con carácter... de eso precisamente, de antigualla. Pero ya sabe usted lo que sucede: se forman planes, se fantasea el viaje... y hoy por esto y mañana por aquello... se queda todo en proyecto, y corren días, y meses, y años... Nada, que no he visto Landrey.
—Mal hecho... ¡Lo mismo hicieron tu padre y tu abuelito... yo no se lo aprobé! ¡Aquel es nuestro solar, el sitio en que se respeta nuestro nombre, el sitio en que éramos como reyes! ¡Los señores de Landrey! ¡Eso era decir algo! El que fundó el castillo y los señoríos,—por cierto que se llamaba como tú, Gastón de Landrey,—fué de los que vinieron á ayudar á don Enrique... Me lo contó mil veces mi padre, que eso sí, era estudiosísimo... ¡El estudio es cosa buena cuando no nos aparta de Dios!... ¿Por qué decía yo esto?... ¡Ah! Sí, sí... Aquel Landrey ó Landroi era ya un caballero muy noble... sus abuelos habían estado en las Cruzadas, con San Luis... El caso es ser grande en el cielo... pero en fin, los que desde hace siglos...
Detúvose la Comendadora, fatigada sin duda, y Gastón, que callaba por respeto, empezó á creer que estaba perdiendo el tiempo lastimosamente.
—La pobrecilla ya chochea...—pensó,—y se le va el santo al cielo... Incoherencias, alucinación... ¡Cerca de noventa años y el claustro!... Querrá que restaure á Landrey y junte allí mesnadas y alce pendón y caldera... ¡Y cómo revela el orgullo nobiliario, su flaco, en pugna con la humildad cristiana! ¡Si supiese que el último Landrey va á carecer de lo más preciso!
—Mi hermano,—continuó la Comendadora,—pudo titular, y prefirió ser Landrey á secas... Hay condes y duques nuevos, pero los Landrey son todos viejos... ¡Ah! Ya recuerdo, ya sé... Hablábamos del castillo. Digo, no; hablábamos de tu bisabuelo, de mi padre... ¡que Dios le haya perdonado!—y el acento de doña Catalina se quebró en un sollozo.—¡El pobre!... esto pasó la noche antes de morir... porque murió en Landrey, en el cuarto de la parra, que tiene pintada una, al temple... Pues me llamó... así, en voz alta... «¡Catalina!» «Aquí estoy.» «¿Me oyes bien?» «Sí, señor, diga lo que quiera.» «Acércate, santita...» (me llamaba santita por cariño y por chiste). «Así que yo fallezca, registrarás mis papeles... y quemarás lo que deba quemarse...» «No tenga miedo...» «¡Pero cuidado!... En el mueble de concha, unas cartas... ¡las quemas sin leerlas!» «Lo que usted mande, señor...» «Hay también en el mismo mueble... ¡atiende! una caja de plata, de resorte... y dentro dos papeles doblados y enrollados... de mi letra... ¡Esos sí que los lees... y los guardas... y te guías por ellos para encontrar el tesoro!...»
—¡El tesoro!...—repitió Gastón fascinado por la palabra mágica que su tía acababa de pronunciar.
—Así dijo: «el tesoro...» Y me acuerdo bien, que me cogió la mano y me la apretó mucho, mucho, y añadió... ¡verás! «Es para tí sola... es tu dote... Te prohibo que le dés nada á Felipe... ¡ni un maravedí! Á Felipe no... Es mi enemigo: me ha tratado como á un perro... sé que me ha llamado traidor... Me cree renegado, apestado y maldito... Tú aquí, encerrada en estas paredes conmigo en lo mejor de tu edad... Á cada cual su recompensa... Felipe, el mayorazgo, se lo lleva casi todo... Tú tienes una legítima corta... ¡Más rica tú que él! ¡Para tí el tesoro!...»
Guardó silencio otra vez la Comendadora, exhausta por el esfuerzo, pero sus ojos centelleaban. Gastón no sabía lo que le pasaba: el olor de las azucenas le atravesaba como un clavo las sienes, y su corazón latía de esperanza: en aquel momento daba por cuerda y muy cuerda á la monja. Ésta, con dolorido acento, articuló despacito:
—Al otro día murió...
—¿Y la caja?—exclamó aturdidamente el mozo.
—¡Ah!... La caja... Es verdad, hijo, es verdad... No, no creas que la perdí... Allí estaba como él dijo, en el mueble de concha... junto á las cartas... que olían á esencias... y las quemé... ¡Qué bien ardieron! ¡Como yesca!
—Pero... la cajita... con sus misteriosos papeles dentro...
—La recogí... ¡No faltaba más!... Aquí la tengo... Espera... espera.
Y con un movimiento que parecería cómico á quien no fuese capaz de estimar lo que representaba de dignidad y de pudor y de vida inmaculada, la Comendadora se volvió hacia la pared, se alzó el escapulario y se registró el seno con una mano que la vejez hacía insegura... Gastón, ansioso, disimulaba la impaciencia y la curiosidad. Vuelta de cara ya la señora, presentó á su sobrino un objeto oblongo, una cajita de plata algo mayor que una tabaquera y finamente cincelada al estilo de Luis XV; cazadores con tricornio y damiselas con peinado de erizón acosaban á un ciervo entre el follaje de un bosquecillo. Gastón tendió la mano vivamente, pero doña Catalina le contuvo sonriendo con alarde de malicia casi infantil.
—El resorte... Sino ni tú ni diez como tú la abrís...
Y apoyando de cierta manera la uña del seco pulgar en la charnela de la caja, alzóse lentamente la tapa, y Gastón pudo ver en el dorado fondo, enrollado, un papel amarillento. La monja casi reía, gozosa y triunfante.
—¿Eh? Ya lo ves, ahí lo tienes... Sesenta y pico de años hace que lo conservo... Ni un solo día se ha separado de mí...
—Pero, tía,—observó enajenado Gastón, que sin poder contenerse se entregaba á férvidas ilusiones,—si poseía usted esto, ¿por qué no buscó el tesoro? ¿Ó es que ya lo ha buscado usted? No entiendo...
—No, no, yo no lo he buscado... Dios no quiso que lo buscase... Por cosas que... que yo me sé... desde que me faltó mi padre... ofrecí ser monja... ¡y para eso no necesitaba grandes riquezas! Mi padre había prohibido que el tesoro fuese de Felipe... Pude dárselo á los pobres... sino que... no sé si Dios me castigará por esto... la verdad, tengo un delirio por el nombre de la familia... es falta de humildad, lo conozco... ¡Quería que ese tesoro se lo llevase un Landrey!...
Y volviendo á apoderarse de la mano convulsa de Gastón, añadió bajo, casi al oído del mozo:
—Tú puedes hacer que Dios me perdone esta debilidad... Eres cristiano, hijo mío... Usa del tesoro, no como pagano, sino como cristiano... Las riquezas son un depósito... No abuses, no derroches, reparte con los infelices... y acuérdate también del alma... de la tuya... de la mía... ¡y sobre todo de la de mi pobre padre!... Esto último no te lo encargo, que te lo mando... ¿lo oyes? Te lo mando con un pie en la sepultura...
—Prometo á usted hacer lo que desea,—declaró Gastón subyugado, lleno de fe en el tesoro.
Y tomando la cajita, apresuróse á desenrollar el papel que contenía, con ansia de leerlo. Antes de que lo hiciese, recordó de súbito y exclamó:
—Mire usted, tía, que usted habló de dos papeles... y aquí hay uno, uno no más.
Indescriptible expresión de pena cavilosa oscureció el mirar de doña Catalina. Su cabeza tuvo un temblequeteo senil y sus manos se enclavijaron, como si pidiese misericordia.
—¡Yo, yo destruí el otro!—gimió desconsolada.
—¿Usted? ¿Por qué?... ¿Lo destruyó usted á propósito? ¿Qué era?
—Era el que más valía... ¡Era el plano!...
—¡El plano!—repitió Gastón.—¿Un plano del castillo, sin duda?
—Del castillo y de sus alrededores... Con tinta azul, y señalcitas de puntos encarnados... Hecho por él mismo... ¡Si tenía una cabeza, un saber de todo!
—¿Pero y cómo destruyó usted ese documento... cómo fué?...
—Porque... ¡Verás!... Yo, en el mundo, padecía síncopes... y unas congojas... así como convulsiones... Cuando me encerré sola á quemar aquellas cartas... ¡las de las esencias! mientras ardían, abrí la caja esta de plata... saqué los papeles... los estuve mirando... Y cátate que de improviso me da el ataque... no quiero llamar, porque las cartas no las debía ver nadie... lo pasé allí, sin auxilio... caigo junto al fuego... el plano enrollado rueda á la chimenea... ¡y gracias á Nuestra Señora, que no ardí yo... pero se me tostaron las suelas de los zapatos! Milagrosamente me salvé.
—Y el otro papel... no el plano... ¿Á ver qué dice?—exclamó Gastón sin acertar á reprimir su impaciencia.
Y desenrollando el papelito, vió que sólo contenía escritas en muy clara letra, estos renglones:
«Hallarás lo que buscares, si guiado por el Norte sigues el camino de los antiguos en peligro de muerte. Las piedras viejas son las más preciosas, y el que se humille se ensalzará.»
—¿No sabe usted qué significa esto?...—interrogó el mozo, que encontró el texto, más que oscuro, negro como boca de lobo.
—No, hijo mío... Con el plano, de seguro se entendía... Yo no hice nada, y ahora mi cabeza... Ya ves... ¡Los años!... Pero en Landrey lo entenderás perfectamente, tú que eres muchacho y listo... Guarda esa cajita ¡guárdala! y véte, que es cerca de mediodía, se acaba la hora de locutorio, y vendrán á llamarme... Y si cumples lo que me ofreciste... ¡Dios te bendiga!...
Doña Catalina alargó sus brazos flacos y cogió la bonita cabeza pelicastaña de Gastón, pegando el rostro á la blanca frente juvenil del último de su linaje. Un hielo mortal serpenteó por las venas del mozo; pensó que acababa de besarle un fantasma sin labios.
IV
Gusanillo
Salió Gastón del convento fluctuando entre la convicción y el escepticismo. Su convicción era involuntaria; pero su incredulidad, sostenida por el amor propio cifrado en no caer de inocente, no se fundaba únicamente en lo enigmático del texto del papel y en la destrucción del plano, sino en lo inverosímil de que existiese nada menos que un tesoro, soterrado de un modo tan novelesco, en un sitio tan romántico y llegando tan á punto para salvar de la ruina á la casa de Landrey. ¡Vamos, si tenía que ser á la fuerza una paparrucha, una quimera nacida en el pobre meollo de una monja alelada! Á pesar de la caja, que apretaba contra su pecho,—y que instintivamente en el tranvía cubrió con ambas manos, por defenderla de algún rata,—Gastón temía ser ridículo ante sí propio, si prestaba fe absoluta á la historia. Lo que más influye en que nos parezcan irreales los sucesos, es la comparación con un medio en el cual esos sucesos no encajan. Venía Gastón de París, saturado de aquel ambiente positivo y prosaico, sin más aspiración que el goce material del momento presente, y la Comendadora, siempre con la vista fija en lo pasado y en lo porvenir, tomando la tierra como tránsito, existiendo únicamente para expiar las culpas de su padre y para evocar las memorias de su raza, era como figura de cuadro ó de tapiz, algo artístico, singular é interesante sin duda, pero tan fuera de la realidad como los santos de piedra de los viejos pórticos...
—La chifladura se pega,—cavilaba el mozo,—y si estoy con la buena señora una horita más, ¡nada! que me creo lo del tesoro á pies juntillas.
Sin embargo, Gastón notaba cierta calentura, esa fiebre ligera que acompaña á los accesos de esperanza violenta y repentina. Pasó el día vagando por Madrid, sin decidirse á ver á nadie, y se acostó temprano, como hombre que tiene mucho que conferir consigo mismo. Durmióse pronto pesadamente, y soñó cosas raras; vióse descendiendo á un negro subterráneo por torcida escalera de caracol; delante de él, guiándole, iba un espectro con hábito monástico, que llevaba en sus manos descarnadas—manos de esqueleto—una linterna, la consabida linterna sorda de las novelas y de los dramas espeluznantes. El espectro, al deslizarse por los peldaños de la húmeda y resbaladiza escalera, producía un medroso ruido de choque de huesos, y los pliegues del hábito, al pegarse al cuerpo, diseñaban planos sin carne y palillos mondos y lirondos. La luz de la linterna, al caer sobre la pared, dejaba ver fungosas vegetaciones, é inmundos insectos, asustados, correteaban en busca de los rincones oscuros. Bajaban y bajaban, sin encontrar nunca el término de aquella escalera horrible, que sin duda se perdía en las entrañas del planeta, buscando su centro. Gastón anhelaba de cansancio, pero el espectro seguía bajando cada vez más aprisa, y era preciso ir tras él hasta el mismísimo averno. Allá abajo, en la sombría profundidad última, Gastón divisaba un punto rojo, y á medida que descendían, el punto se agrandaba, cundía, acabando por ser la boca de un horno gigantesco, en que ardía—¡temeroso espectáculo!—un monigote con chupa y casaca, un pelele de principios del siglo, retorciéndose entre las llamas sin consumirse... Y el espectro, de pie ante el horno, sollozaba:
—¡Agua bendita! ¡Agua bendita! ¡Trae agua bendita, Gastón!...
En este punto del sueño despertó el mozo. Notaba una sed devoradora, y tendió la mano, cogiendo la copa sobre la mesa de noche. Cuando bebía con ansia, la puerta se abrió, penetró Telma lo mismo que un rehilete, abrió atropelladamente las ventanas por donde entró la luz del día y se plantó delante de la cama, exclamando en voz que entrecortaba el llanto:
—Señorito... Señorito... La señora Comendadora...
—¿Qué... qué ocurre?
—¡Ay, señorito!... ¡Acaban de traer el recado! Esta noche...
—Ha muerto, ¿verdad?—preguntó el mozo que recibía la noticia en aquel instante, sin la menor sorpresa, como si se tratase de un hecho previsto.
—Sí, señor... ¡Ay, Jesús! ¡Señorita querida mía, que era como mi madre! ¡Santa de mi alma!—exclamó Telma, derramando lágrimas abundantes.
—Voy ahora mismo al convento...—declaró Gastón, mientras salía la criada, sofocada de pena.
Y en efecto, ni una hora tardó el sobrino de doña Catalina en pisar nuevamente el locutorio del convento: sólo que de esta vez le recibió la abadesa, dama cincuentona, gruesa, afable y de porte señoril, con ribetes mundanos, porque antes de vestir el noble hábito, doña Francisca de Borja Mascareñas y Quevedo había frecuentado más los salones que las iglesias, y de su conversión se habló bastante, atribuyéndola á rudos desengaños, ó como decía ella en su gracioso y expresivo lenguaje, á bofetones en el alma. Lo que refirió la abadesa á Gastón fué lo que era de suponer sobre el caso, ni impensado ni sorprendente, del fallecimiento de una monja tan anciana:
—Muy viejecita, muy viejecita era la pobre... Ya nos temíamos lo que ocurrió, y cada noche que se recogía, decíamos:—¿Se levantará la madre Catalina?—Así es que dormía á su lado una lega, por precaución, y gracias á tal medida no careció de auxilios en sus últimos momentos. Pudo recibir,—y no fué pequeño consuelo para ella y para todas nosotras,—el Viático y la Extrema. ¡Alabado sea el Señor! Murió con una paz... Estaba contentísima de haberle visto á usted... Eso me lo decía ayer tarde. ¿Y sabe usted que desde hace unos quince días andaba con el tema de que se acercaba su último instante? Era un presentimiento, sin duda...
—¿Pero de qué murió?—preguntó Gastón afanoso.—¡Porque estaba tan bien, ayer, tan locuaz, tan entera!
—¡Á esa edad! De muerte natural... ¡de acabársele la cuerda al reloj! Nada, un ataquillo de asma, que para una persona joven sería cuestión de toser y carraspear un poco... Pero ella no tenía fuerzas para mondar la garganta, y la menor cosa ¡psé! ¡una flemita! basta para ahogar á un anciano... No somos nada... ¡una miseria! Al volver la cabeza así... se acaba todo, alegría, ilusiones, proyectos, gustos y disgustos... Asustaría si lo pensásemos bien.
—¿No puedo verla?—preguntó Gastón, que sentía el pecho oprimido y el corazón en un puño.
—Está de cuerpo presente, en su cama, y las celdas son clausura... No, no es posible... ¡Y es lástima, porque si viese usted qué natural se ha quedado! Hasta parece joven... El funeral se cantará ahora, dentro de poco, en la iglesia, y bajarán el ataúd ya cerrado: y esta tarde se dará sepultura al cadáver. ¿Desearía usted conservar algún recuerdo de su tía? Puedo darle á usted el rosario que usaba, con las medallitas...
—Mil gracias, señora,—contestó Gastón inclinándose.—Poseo un recuerdo de la tía Catalina, que ella misma, en previsión de la desgracia, me entregó ayer.
Y como la abadesa le mirase con cierta curiosidad, Gastón añadió sencillamente:
—Una tabaquerita de plata... Pero si ustedes creen que no tengo derecho á conservarla, estoy pronto á devolverla.
—¡Santo Dios!—dijo cortesmente la abadesa.—Hizo divinamente; que usted la disfrute mil años. Le quería á usted mucho, y bien puede usted rogar por ella, aunque creo piadosamente que es ella la que debe interceder por nosotros.
—¡Ojalá que de aquí á un año les regale yo á ustedes en compensación de la tabaquera, una Santa Catalina de plata maciza!—añadió Gastón.—Si algo la ocurre á usted que mandarme... Esta tarde misma necesito salir para una finca que tengo allá en Galicia, en la Puebla de Beirana... á no ser que necesiten ustedes ordenarme cualquier cosa relativa al entierro de la tía, que entonces...
—Que Santa Catalina le dé á usted feliz viaje,—contestó la abadesa sonriendo, mientras el mozo besaba respetuosamente la manga de su hábito.
Al salir del locutorio Gastón entró en la iglesia. Empezaban los preparativos del funeral y se alzaba en el centro el túmulo, vestido de paños negros orlados de galones de oro apagado y mustio. El monaguillo arreglaba las hachas en los grandes hacheros. Á poco bajaron la caja forrada de paño negro también y el sacristán ayudó á colocarla sobre el catafalco. Cuatro ó seis caballeros de la Orden, avisados temprano, mal despiertos aún, iban acomodándose en los bancos de la nave. Uno de ellos, el conde del Sacrovalle, divisó á Gastón apoyado en un pilar, y le llamó con la mano, brindándole sitio en el banco, á la cabecera. Encendidos los altos cirios, cuya llama amarilla chisporroteaba vivamente, poblóse el altar de sacerdotes con negras vestiduras, y en el coro aparecieron las siluetas de las monjas, visibles tras el espeso enrejillado de madera. El órgano empezó á quejarse, acompañando las voces de los sacerdotes que clara y ahincadamente entonaban las plegarias y las invocaciones graves, tan humanas en su terror, del Oficio de difuntos. Gastón escondía la cara en el pañuelo. Sentía como si unos dientes sutiles y agudos se le hincasen dentro, muy adentro, á su parecer más allá del corazón, en un lugar que, por lo recóndito y lo sensible, debía de ser el ápice de la conciencia. No podía Gastón atribuir tal efecto al dolor de haber perdido á doña Catalina: si es cierto que la quería bien, poco lugar ocupaba en su vida; ningún vacío le dejaba la Comendadora: sus muchos años hacían de su muerte algo previsto, que no arrancaba lágrimas. No: lo que sentía Gastón era un torcedor íntimo, una cólera secreta contra sí propio, esa sensación oscura que lentamente se condensa para formar el sentimiento de la responsabilidad moral. Era la detestación de nosotros mismos, la censura,—más que ninguna severa,—que hacemos de nuestros propios actos; era el juez interior que tantas veces duerme, pero que cuando sacude la modorra nos registra el alma y nos condena sin defensa ni apelación, porque tiene las pruebas, la evidencia en la mano... Del enlutado ataúd, Gastón creía que se elevaba una voz, preguntando:—¿Eres cristiano?—Y que el juez, el rígido juez de negra toca, respondía:—Como si no lo fueses... Lo has sido en el nombre, ¿pero en los hechos? ¿Cuándo te has acordado tú de Dios? ¿Cuándo has pensado en el prójimo? ¿En qué y cómo has dilapidado tu hacienda? Buen comer, regalo, deleites, ociosidad... ¿Y qué más hicieras si fueses pagano? ¿Eras cristiano cuando al salir de una cena desordenada, en una noche fría, por no desabrocharte el gabán de pieles no dabas limosna? ¿Eras cristiano, ni aun caballero, cuando por un quítame allá esas pajas, en aquella solitaria encrucijada del bosque de Bolonia, le abrías la cabeza á tu mejor amigo? ¿Eras cristiano, ni aun caballero, cuando con tu derecha apretabas la mano del duque de Argentán, mientras en tu izquierda crujía un diminuto billetito de su esposa? ¿Eras cristiano cuando?...—La lista fué larga, y Gastón seguía con el pañuelo sobre el rostro, escuchando al inflexible juez.—¡Y todavía te indignas porque, aprovechando tus horas de culto á los ídolos, un bribón te ha robado la bolsa! Para lo bien que tú la empleabas... ¡Y todavía serás capaz de desenterrar el tesoro de Landrey, y darle el mismo paso, iguales despachaderas que á la hacienda que te dejó tu madre! ¡Ay de tí, si con tal objeto descubres ese tesoro! ¿No sé yo acaso que ayer, al soñar con él, pensabas en nuevos goces, en nuevas locuras?...—Y aquí el invisible juez tomaba forma humana: era doña Catalina, del color de la cera, con los párpados cerrados, la nariz afilada, la boca sin labios, las manos en los puros huesos, toda ella de una catadura tan espantable y temerosa, que Gastón quitaba el pañuelo y miraba al ataúd con ojos de loco...
Entretanto resonaban los sublimes acentos del Dies iræ, y el viejo conde del Sacrovalle decía al derrengado marqués del Altocueto:
—¿Sabe usted que noto al sobrino muy afligido? Tiene buenos sentimientos ese muchacho...
La misma noche, en el tren correo, salieron Telma y Gastón hacia el Noroeste, con rumbo al castillo de Landrey.
V
Landrey
De tres maneras tuvieron que viajar Gastón y su leal servidora antes de sentar el pie en el castillo: al dejar el tren, tomaron la diligencia que por una carretera provincial descuidada conduce á la Puebla de Beirana, y antes de llegar á la Puebla alquilaron dos peludos y trasijados rocines con su espolique y bagajero, para el trozo sin camino practicable que conduce á «las torres.» Al pronto, en aquella hora del crepúsculo, Gastón no distinguió, de su casa solar, sino una masa informe, un hacinamiento de construcciones pintorescas destacándose sobre el fondo de un celaje verde claro, más bien que azul, realzado al poniente por una franja de oro pálido, blanco casi. Armado de una vara de mimbre cortada en un seto, Gastón arreaba á su fementida cabalgadura, cuyos cascos golpeaban duramente la calzada de piedras, desasentada ya é invadida por las hierbas, que conducía á la alta puerta del patio de honor, flanqueada por cubos ó tamboretes, y superada por gallardo escudo con penachos de hiedra. La decoración entrevista parecióle grandiosa. Al mismo tiempo, sintiendo que le lastimaba la grosera albarda del jaco, se acordó de sus lindos poneys de París, hoy vendidos, y pensó con melancolía que probablemente nunca le sería dable oprimir el lomo de otro animal tan fino y tan ardiente como Digby, hijo del famoso Douglas I y de la yegua árabe Zelmira, traída de Argel por el coronel de spahis La Morlière... El hombre viejo, el civilizado epicúreo, renacía ya, sin querer.
Ocurriósele, además, que iba á pasar una noche de perros, y varios días y noches no más agradables, porque el tal castillote debía de estar incivil, después de tantos años que no se habitaba. El mayordomo, de quien sólo sabía Gastón que se llamaba don Cipriano Lourido, y que era alcalde de la Puebla, si bien no había sido avisado de la llegada del amo, una cama, al menos, se la podría ofrecer. Con esta confianza empujó la cancilla de troncos sin labrar que sustituía al portón bardado de hierro, y penetró en el patio, llamando á gritos por alguno. Telma, apeándose ágilmente, comenzó á gritar también. El áspero ladrido de un perro fué la única respuesta. La puerta del castillo estaba cerrada á piedra y lodo. Por fin, á una ventana con reja se asomó un rostro lleno de arrugas, y una vejezuela preguntó con hostil acento:
—¿Quién anda por ahí?
Telma, en dialecto, respondió, no menos enojada:
—Es el amo, el señorito, el dueño de esta casa, y si no abrís pronto, veréis lo que os sucede.
La bruja desapareció, y por diez minutos no se oyó nada; diríase que era un castillo encantado. Entonces el bagajero, rascándose la cabeza con sorna, dió su parecer:
—Convendría que el señorito bajase á aposentarse en la Puebla, porque don Cipriano Lourido había más de cuatro años que no vivía en el castillo; como que tenía en la plaza una casa muy magnífica... Allí, en el castillo, sólo estaban unos caseros, puestos por Lourido mismo... Era dudoso que abriesen á tales horas.—¿Y por qué no me dijiste eso cuando me bajé de la diligencia, pavisoso?—exclamó Gastón.
—¡Señorito... porque no me preguntaban...!—repuso el bagajero con gran flema.
Iba el castellano de Landrey á montar en cólera, cuando corrieron unos rechinantes cerrojos, abrióse la puerta, y el casero, receloso y humilde, apareció murmurando:
—Buenas noches nos dé Dios...
Á la luz de una mala candileja de petróleo, subió Gastón la escalera de piedra que conducía á un piso alto. Eran aposentos vastísimos, salones más bien, con desconchadas pinturas al temple y restos de un mobiliario que debió de ser suntuoso, pero que se caía á pedazos, destruído por el abandono y la humedad. En algunas partes el techo se encontraba agujereado, y el chorreo de las goteras había podrido el piso, cuyos carcomidos tablones cedían bajo el pie. Notábanse también sitios vacíos donde habían existido muebles, y tablas arrancadas, quién sabe si para cebar el fuego en una noche de invierno. Telma, recorriendo todas las habitaciones mientras Gastón comprobaba estos detalles, volvió despavorida: ¡no había sábanas, no había manteles, no había comida, no había leña, no había nada, nada, y allí era imposible vivir!
—Una noche se pasa de cualquier modo, mujer, y mañana Dios dirá,—respondió el mozo haciendo de tripas corazón.—Aún tenemos fiambres del viaje, y hay media botella de ponche sueco. Dormiré envuelto en mis mantas, y tú te arreglarás con tus mantones. Paciencia...
—Yo, si lo siento, es por el señorito,—contestó la criada.—Lo que es por mí... ¡Ay, señorito! este castillo pone miedo á cualquiera. Cuando salí de aquí tenía yo dos años; me llevó consigo doña Catalina, que me quería mucho, y después quedé con don Felipe, su abuelo de usted, que en paz descanse... No sé cómo estaría esto en vida de don Martín. Pero siendo ya muchachona, vine á asistir á mi padre cuando murió, y me acuerdo muy bien de que aquí no faltaba cosa ninguna: ni el mueble de seda, ni las camas con adornitos de metal, ni la blancura en los armarios, ni los relojes riquísimos, que los trajera don Martín de Inglaterra... Mi padre lo cuidaba todo, y daba gloria ver estas habitaciones. Pues no ha pasado tanto tiempo, ¡treinta y tantos años! ¿Dónde va la riqueza que aquí había? El casero dice que á él se lo entregaron así...
No hizo objeciones Gastón, y aunque ardía en deseos de registrar su morada, comprendiendo que sin luz sería imposible, resolvió despachar el ala de pollo y la terrina de hígado trufado que aún le quedaba, y enrollando al cuerpo la manta, se tendió sobre un canapé Imperio, desvencijado, ratonado y con hernias de pelote.
Ya se deja entender que dormiría medianamente, y que no fué menester que le despertase el vigilante gallo. Á la primera luz matutina se puso en pie molido como cibera, y sacudiéndose y esperezándose, examinó mejor la sala donde había pasado la noche, encontrándola, si cabe, más maltratada y lastimosa. Sin embargo, una nota alegre y fresca le regocijó; era una golondrina, que entrando por la ventana sin vidrios, exhaló un pitío al huir asustada de la presencia de un ser humano.
Al pronto Gastón, sorprendido, ni recordaba por qué estaba allí, en aquel desmantelado salón. Recordó de súbito, y la idea del tesoro se le figuró entonces un gracioso disparate, inspirado en una novela del género de Ana Radcliffe.—¡Haber venido aquí por eso!—pensó, embromándose á sí mismo. La verdad es que no era por eso sólo; también huía de la trapisonda de sus asuntos en Madrid, de las caras compasivas ó desdeñosas que suelen ver los tronados; huía de los compromisos, del veraneo en Biarritz ó en Bélgica, en el suntuoso château moderno de la Casa-Planell, de todo lo que antes formaba su placer y su costumbre... Volvía á Landrey, á la casa de la familia, arrojado por la tempestad.—Sin embargo, el tesoro había sido la estrella de su peregrinación... «¡El tesoro!» Llamó risueño á Telma, y sacando de la cartera algunos billetes,—porque el día de la marcha había mal vendido á la Pimiento, corredora de alhajas, diez alfileres de corbata primorosos, entre ellos el de la lágrima negra, perla muy rara que perteneció á Sara Bernhardt,—dijo perentoriamente:
—Hoy mismo traerás de la Puebla lo necesario para tí y para mí... Ropa blanca sobre todo... Buscarás un carpintero y un albañil... ¡ah! y un vidriero... Hay que poner habitables dos dormitorios, un comedor y la cocina... Después veremos...
—Beba el señorito esta leche,—suplicó ella presentándosela en grosero cuenco de barro.
Gastón la bebió de bonísima gana, y Telma añadió:
—¡Si viese cómo escondían la vaca y regateaban la ordeñadura los bribones de los caseros! Se la he sacado á tirones...
—¡Págales, págales su leche!
—¡Valientes pillos! ¡Como si no fuesen del señorito los prados y el dinero de la aparcería y el establo y todo!—refunfuñó Telma saliendo con aire belicoso, dispuesta á volver patas arriba la Puebla en un santiamén.
Emprendió Gastón la exploración del interior de su residencia, y volvió á comprobar su estado lamentable. Lo que más le llamó la atención fué que, aparte de la acción del tiempo y del abandono, había sitios en que colaboraba con ellos la mano del hombre. En los techos, sobre todo, notábanse huellas de vandalismo; las vigas arrancadas y el pontonaje descubierto. Varios salones, amueblados antaño, carecían de mobiliario, no quedándoles más que algunas sillas cojas, ordinarias, que jamás debieron de pertenecerles. Y, cosa más singular aún, en las paredes, donde no era posible que el edificio hubiese sufrido tanto, á raíz del piso, notábanse grandes espacios que sin duda se habían desmoronado, cuidadosamente recompuestos con recebo y llano muy recientes.
Buscando la escalera por donde penetraron la noche anterior, Gastón salió al vasto zaguán, y de allí al patio, deseoso de dar un vistazo á la parte exterior del castillo. En la tupida vegetación que alfombraba el patio, sólo blanqueaba un sendero, abierto por el paso de la gente. La fachada que caía á este patio era la del cuerpo de edificio donde había dormido Gastón; fachada relativamente moderna, de mediados del siglo XVIII, que decoraba una portada con columnas corintias y un escudo barroco con casco y cimera de plumaje enroscado.
—Este es,—pensó Gastón,—el Pazo, construído por mi tatarabuelo, á quien debía de parecerle, y con razón, muy incómodo el castillo.
Á la derecha alzábase una tapia, la del huerto, cuyos manzanos y perales sobresalían del caballete, y á la izquierda una recia poterna abovedada daba acceso al recinto del castillo. Faltaba la puerta, y Gastón se metió libremente en el recinto donde, como guerrero símbolo de gloria, crecía denso matorral de laureles, árbol que vive á gusto entre las piedras. Desviando aquella maleza aromática y trepando por una brecha del derruído parapeto, llegó Gastón al segundo recinto, y rodeándolo se halló al pie de la blasonada puerta de medio punto, de bien cortadas dovelas. Era la torre del Homenaje, todavía erguida y almenada, y que dominaba al conjunto propiamente llamado el castillo, obra que en el fino ajuste de sus piedras y en la solidez y elegancia de sus proporciones, así como en el diseño ojival de sus ventanas, proclamaba á voces ser construcción del siglo XV, época de esplendor para los señores de Landrey, ya entonces bien arraigados en el país, y siempre protegidos de los reyes de la casa de Trastamara. Prolongábase el recinto fortificado hasta mucho más allá de la torre, y formaba una especie de arrecife sobre el valle, indicando cuánta tuvo que ser la resistencia y poderío de aquel castillo, frecuentemente amenazado en las guerras de Portugal y en las luchas intestinas que señalaron el advenimiento al trono de la primera Isabel, en perjuicio de doña Juana, la Beltraneja. Parte del recinto, el que gozaba del mediodía, se había utilizado para construir el Pazo y plantar el huerto; en otra parte se cosechaba maíz; pero todo un lado, el que dominaba el río, encontrábase lo mismo que en tiempo de los Landrey belicosos; derruídos paredones, zarzales, y hasta robles ya corpulentos obstruían los baluartes á los cuales el río servía de inexpugnable foso natural. En la parte más saliente de la especie de península que formaba el conjunto del castillo, Gastón se detuvo al pie de otra torre, ó por mejor decir, de las cuatro paredes ya en parte desmoronadas de un alto y angosto torreón, erguido y majestuoso, negruzco y cayéndose de vejez con saeteras y pocas y estrechas ventanas, á todas luces muy anterior al castillo. Aquel era el verdadero solar, la primitiva madriguera del compañero de Beltrán Claquín, del hijodalgo bretón que vino á hacer casta en tierra española; y Gastón, penetrado de cierto respeto inexplicable, se paró al pie de la torre, cuya puerta, muy baja, obstruía un montón de piedras.
VI
El Norte
En esta exploración del conjunto de Landrey se le había pasado la mañana á Gastón, pues era vasto el circuito, las construcciones muchas, y el mozo, imbuído y guiado sin advertirlo por la secreta ilusión del tesoro, se detenía involuntariamente más de lo razonable á reconocer la configuración de una muralla, ó la dirección de un pasadizo. Despierto el apetito con el aire puro, volvióse á casa á esperar á Telma, que de allí á poco apareció por la calzada seguida de un borrico cargado de trastos y de dos fornidos gañanes portadores de varios bultos y líos. No se desdeñó Gastón de ayudar á la descarga, hecha la cual, Telma se dió prisa á aderezarle algo que comiese, dejando para después el acomodo del ajuar.
—Señorito,—advirtió Telma alzados los manteles,—casi no he gastado nada, porque no encontré dónde comprar ropa ni colchones. Todo viene prestado; ¿y sabe quién nos lo presta? ¡El caifás de Lourido! Del lobo un pelo. Me salió al encuentro, hecho pura jalea, y tumba conque el señorito no debía venir sin avisarle, y vuelta conque fuese á parar en su casa, donde hay todas las comodidades, y que aquí el señorito no puede vivir. Y ahí tiene, que los colchones son de don Cipriano, y las mantas de don Cipriano, y el quinqué de don Cipriano, y sólo pude comprar el mineral, los platos, las ollas y las sartenes... Para eso, don Cipriano me obsequió con un paquete de café molido, y unos dulces... ¡Si levantase la cabeza doña Catalina y viese al señor de Landrey obsequiado por Lourido, que llegó á casa en pernetas—bien me acuerdo—y que la primer noche le hizo mi padre fregar con estropajo la cara, porque daba asco de tanta roña! ¡Si traía el hombre cazcarrias del año que se las pidiesen!
—Telma,—preguntó Gastón interrumpiéndola,—tú que has vivido mucho tiempo en esta casa, explícame... Aquí hay una torre muy vieja, muy vieja. ¿La recuerdas habitada alguna vez?
—¿Dice esa tan negra, tan fea, que le llaman de la Reina mora?—respondió Telma riéndose.
—¿De la Reina mora?—repitió Gastón sorprendido.
—¿No sabía que tiene ese nombre? Verdad que como el señorito no ha estado aquí nunca... Esa torre, señorito, es la abuela de todas, la que dicen que se edificó primero, hace una barbaridad de años. Y también cuentan... ¿pero quién da crédito á mentiras? que en esa torre estuvo presa una mora, muy guapísima, una reina de allá entre ellos, que la trajo de la guerra un señor de Landrey; y que la mora se puso muy triste de verse así emparedada, y se quedó seca, seca, hasta que se murió, y que la enterraron con unas alhajas que tenía magníficas, collares y pulseras, y pendientes y muchas preciosidades, allí mismo debajo de la torre, en una cueva atroz que no se sabe á dónde va á parar... ¡como que anda diez leguas arreo por debajo de la montaña! ¡Cuentos, cuentos!—añadió Telma echándola de espíritu fuerte.
Oía Gastón con palpitante interés. La popular conseja, enlazada en su imaginación á los datos auténticos que él solo conocía en el mundo, le causaba una excitación indescriptible. En su exploración matinal no había dejado de orientarse y de advertir que la caduca y semidesmoronada torre caía al Norte con tal precisión como si fuese la aguja imantada y Landrey un inmenso navío. Recordaba las palabras del manuscrito, que se había aprendido de memoria: «Hallarás lo que buscares, si guiado por el Norte...» Á hacer su gusto, inmediatamente se volvería á la torre, para seguir registrando, ya con doblada insistencia, sus piedras reveladoras; pero se lo estorbó una visita intempestiva, la del señor Lourido en persona, que apeándose de una redonda y bien cuidada yegüecilla castaña, subía las escaleras todo lo apresuradamente que su obesidad permitía. La adversidad había empezado ya á adiestrar á Gastón, y el instinto le dictó recibir al apoderado con muestras de cordialidad y contento, lo mismo que si estuviese encantado de sus buenos oficios y hubiese hallado á Landrey en el estado más floreciente.
—Á éste es preciso verle venir,—pensó mientras observaba con atención la cara de don Cipriano, tosca y vulgar, colorada y morena, pero con rasgos de incomparable astucia y disimulo en los diminutos y recelosos ojuelos, en la arremangada nariz y en la voraz y blanquísima dentadura, que conservaba intacta á los cincuenta y cinco años.
Don Cipriano venía, claro es, á saludar al señorito; á dolerse de que no le hubiese prevenido de su llegada, en cuyo caso le esperaría en la estación, y le traería mejor montado y atendido, no á Landrey, sino á la Puebla, porque estarse en Landrey era una locura, y el señorito no debía tardar nada en bajar á residir en casa de don Cipriano, donde podrían muy en paz tratar de los asuntos—y Lourido recalcaba la palabra, dándole especial significación.
—Mil gracias,—dijo Gastón con cortesía;—pero yo he venido para vivir en Landrey. Me dolía que este castillo estuviese deshabitado, abandonado...
—Se han hecho en él muchísimas reparaciones, señorito,—contestó precipitadamente el apoderado,—y eso que no había... (ademán expresivo de refregar el pulgar contra el índice). Yo no cesaba de remendar... (y así diciendo, señaló á la pared).
—Ya veo que ahí se ha trabajado,—declaró Gastón,—pero en cambio, las vigas de los techos parece que están arrancadas á propósito...
Dijo estas palabras Gastón en tono chancero, para que no sonasen á reprensión, y no pudo menos de sorprenderle el efecto que causaron en Lourido, cuyos ojos cautelosos é inquietos se revolvieron en las órbitas á estilo de los del ratón cogido en la ratonera y que no sabe por dónde salir.
—El señorito,—articuló al fin con voz turbada,—no sabe lo que es una casa vieja... Allá por las tierras donde anduvo el señorito, las casas son nuevas... ¿Piensa el señorito que las vigas son de hierro? ¡Los años pueden mucho... las vigas se caen!...
—Ya lo sé,—respondió Gastón diplomáticamente.—Comprendo bien que habrá usted tenido que luchar con mil dificultades... No, si no es que me queje. Al contrario: tengo que darle á usted las gracias por todos los trastos que hoy me envió. Si no es por usted, no duermo entre sábanas...
—Créame el señorito,—insistió Lourido ya más sereno.—Véngase á la Puebla, y no viva más entre polilla y ratas. En mi choza no carecerá de nada.
—Ya me han dicho que tiene usted la mejor casa del pueblo...—murmuró Gastón,—y se la envidio, pero por ahora quiero estarme entre estas paredes ruinosas.
—El castillo está cayéndose; si el señorito piensa hacer obras, mírelo bien antes,—indicó Lourido;—porque le tiene que costar miles y miles de pesos... Ya hablaremos de esto, señorito, porque usted ignora muchas cosas de que yo le puedo enterar, y le conviene, antes de dar paso ninguno: el que llega de fuera viene con los ojos cerrados: sería una lástima meterse en trifulcas.
—Ya bajaré á la Puebla á tratar de eso con usted,—repuso Gastón, disimulando la ironía,—y crea que sin su acertadísimo y amistoso consejo no emprenderé nada. En efecto, estoy á ciegas.
—Me parece que sí,—declaró perentoriamente el apoderado, cada vez más tranquilo, y reventando de importancia.
Prolongáronse visita y ofrecimientos hasta muy entrada la tarde, y Gastón, por aquel día, renunció á curiosear sus dominios. Acostóse con las gallinas, y madrugó al día siguiente, saliendo cuando la aurora principiaba á dorar las cimas del hemiciclo de montañas que por dos lados circunda á Landrey. Si altas razones de discreción no nos lo vedasen, aquí venía á pelo especificar dónde se extiende esa comarca deleitosa; pero sea lícito decir que Landrey está situado en la falda de una de las sierras en que espiran, entre los cabos Ortegal y Finisterre, las últimas ondulaciones, apenas sensibles, de la cordillera Cantábrica. Gastón, al dirigirse tan de mañana á la torre, llevaba el propósito de trepar hasta su mayor altura y dominar el panorama completo. No sin trabajo consiguió salvar las gruesas piedras y los escombros hacinados ante la puerta, y muy arañado de manos saltó al interior. Era mayor allí la ruina. Trozos enteros de pared, desmoronándose, habían atascado la sala baja, siendo muy arduo reconocer su forma. Gastón ascendió por los escombros hasta poner el pie sobre una de las piedras salientes donde se sostenía la escalera y la armazón del piso. Aprovechando este auxilio y las mismas desigualdades de la pared, y no sin riesgo de caer de cabeza sobre los derrumbados sillares; cogiéndose á las plantas parásitas que cedían bajo su mano, y con una audacia loca, logró llegar á donde aspiraba; á la ventana del último piso de la torre. Ya en ella, pudo acomodarse con toda seguridad, pues el hueco de la ventana, con sus dos poyos, formaba una especie de gabinete, y ofrecía asiento seguro su antepecho. El elegante marco de la esbelta ojiva encerraba un cuadro maravilloso.
Gastón, al pronto, sintió mareo. La torre, por aquel lado, se fundaba en escueta roca que descendía al río, si no tajada, al menos en rápido declive; natural defensa que no habían desaprovechado los fundadores. Al fin se serenó Gastón, familiarizándose con la altura, y requirió sus gemelos marinos, de los cuales viajando no se separaba nunca. Graduólos y se recreó en el paisaje. La sierra apenas dibujaba, en lontananza, sus crestas blandas, de un violeta suave, como el de un collar de amatistas, y al pie de la torre, el río, uno de esos ríos gallegos profundos y callados, que ni se secan ni se desbordan, iba ensanchando su curso hasta desembocar en el mar, formando antes la apacible ría que baña el arenal de la Puebla, reluciente á los primeros rayos del sol como polvillo de oro. La línea del mar era de rosado nácar con vetas de azul turquesa, y los grandes bosques, en la vertiente, de un verdor fino, primaveral. Una paz encantadora, una alegría juvenil ascendía de la naturaleza, que parecía salir de un embalsamado baño de rocío.
La Puebla la veía Gastón tan distintamente, con su caserío blanco de techos rojos entreabiertos á manera de abanico de cinco varillas—las únicas cinco calles algo importantes del pueblo—que hubiera podido contar las casas, como podía contar las lanchas pescadoras que, izando la airosa vela latina, se desparramaban ya por la opalizada extensión del mar. La plaza de la Puebla se le metió por los oculares á Gastón, y vió, en la torre de la humilde iglesia parroquial, el entrar y salir de los pájaros, y la cuerda de las campanas. Frente á la iglesia, haciendo esquina con el Ayuntamiento, se alzaba nueva, flamante, una estupenda casa, horrible grillera de cuatro pisos y bohardillón, toda reluciente, pintorreada de verde rabioso, con triple galería de cristales, y encima de la puerta una charolada lápida de seguros mutuos, testimonio de sabia previsión en el dueño... Cuando el señorito de Landrey tenía asestado su anteojo al palacio de Lourido,—no podía ser menos,—en una de las galerías, muy adornada de enredaderas, aparecieron dos mujeres, una joven y otra madura, ambas desgreñadas, en faldas y justillo, recién salidas de la cama, porque se desperezaban aún. La joven, á lo que se percibía con ayuda de los gemelos, era fresca, colorada, blanca, y una copiosa melena rubia, suelta, flotaba desordenadamente por su cuello y hombros. «Es la hija de don Cipriano,» pensó Gastón; y por resabios malos, aferró el anteojo y encandiló el mirar. Una mímica expresiva de las dos mujeres indicó que discutían y se enzarzaban; el displicente gesto de la doncella, sus ademanes y rabotadas, respondían á los airados manoteos de la dueña, asaz puntiaguda de huesos y de muy fea anatomía. De pronto la vieja agarró un brazo de la joven, y ésta, desprendiéndose como una culebra, enseñando el puño, huyó al interior del aposento. La galería quedó desierta...
Varió entonces la dirección del indiscreto anteojo, y torciéndolo á la derecha, admiró los manchones de castaños, y más allá los sombríos pinares. De un campanario semioculto entre arboledas, le trajo el viento el argentino son de la campana tocando á misa. Al herir sus oídos este toque familiar, tan gozoso en el campo, cuya soledad dulcifica, en el cristal de los gemelos se encuadró una vista nueva, no observada hasta entonces. Era una quinta con su huerto, cercada por una tapia de mampostería: la casa no parecía nueva, sino restaurada; el balconaje de arcos de piedra que tenía al frente denunciaba la reparación. Por las columnas trepaban rosales floridos, y delante de la casa, un jardín á la inglesa rodeaba un estanque natural, ó diminuto lago, sombreado por árboles péndulos. Más lejos, el jardín frutal y varias dependencias, una era y un hórreo grande, indicaban que allí no se cultivaban sólo flores y plantas de adorno. Cuando Gastón notaba este detalle, de la casa salió corriendo un niño, y tras él un perro negro, saltando y haciéndole fiestas; minutos después, una mujer vestida de claro, cubierta la cabeza con anchísimo sombrero de paja, se reunió al perro y al niño. No era fácil detallar á aquella distancia las facciones de la dama del jardín; pero que era dama, se conocía á tiro de ballesta, en los movimientos, en la esbeltez de la silueta, y hasta en el sombrerón, que se quitó un instante; entonces Gastón pudo distinguir que tenía el pelo oscuro. La dama asió al niño de la mano, le halagó y se lo llevó hacia los árboles, donde el grupo desapareció.
VII
La torre de la Reina mora
Estas últimas vistas del anteojo tuvieron la virtud de dejar pensativo á Gastón. No había cumplido los treinta, y estaba preparado por su vida anterior, por la atmósfera de molicie y sensualidad respirada, á que la mujer, en el hecho de serlo, le causare efecto perturbador. No era Gastón un vicioso libertino, y esta verdad la llevaba escrita en la tersura de sus sienes, en la humedad y brillo de sus ojos; pero como ningún freno moral conocía desde la pérdida de su madre; como á nada serio había aspirado; como no enderezaba su existencia hacia ningún fin, el capricho y epicureísmo egoísta se habían apoderado de él, tomando cuerpo en esos juegos y antojos de la imaginación y de los sentidos, sueltos como potros brincadores.
Bien registrado el panorama, quiso Gastón bajarse de su observatorio. El descenso era más peligroso aún que la subida, y dos ó tres veces creyó que caería precipitado. Al fin se vió salvo sobre los escombros, y entonces, olvidado ya de otras fantasías, se dedicó á examinar las ruinas hacinadas. No pudo menos de fijarse en que alguna de las piedras caídas ofrecían el aspecto, no de haberse desmoronado por la acción del tiempo, sino de ser arrancadas violentamente. Hasta mostraban aristas rotas por el hierro. Estas piedras señaladas así ocupaban un ángulo de la torre, y formaban un montón bastante alto; sin embargo, Gastón, resueltamente, hizo rodar dos ó tres de la cima, y vió con sorpresa que el montón cubría una puertecilla muy baja. Apartó más piedras, descansando cuando le fatigaba aquel trabajo rudo, y después de mucho bregar, logró descubrir de la puertecilla lo bastante para dar paso al cuerpo de un hombre. Mal como pudo, por ella se coló, encontrándose en un pasadizo angosto, abovedado, torcido, en declive, y tan bajo de techo, que Gastón lo seguía encorvándose hasta la tierra. Pronto terminaba el pasadizo, en el primer peldaño de una escalera de caracol de piedra, no menos estrecha y angustiosa.
Bajóla Gastón encendiendo fósforos, pues la obscuridad era completa, y por la dirección de aquel conducto juzgó que debía de hallarse á la izquierda de la torre, hacia el castillo propiamente dicho. Hasta veintiún peldaños contó Gastón, y al concluir de bajarlos, desembocó en un aposento subterráneo, sin rastros de ventilación ni de luz, redondo y abovedado también. No podía dudar que fuese un calabozo, el in pace de la torre feudal. Gastón había oído hablar de estos in pace, creyendo siempre que sólo existían en la imaginación de los novelistas y de los arqueólogos; y al encontrarse en aquel lugar donde supuso que habían languidecido los enemigos del poderoso señor de Landrey, se estremeció profundamente. Repuesto, y encendido otro fósforo, examinó la mazmorra, movido por un interés que ya nada tenía de humanitario. ¿Descubriría allí, por felicísima casualidad, el camino que seguían los antiguos, la veta que guiase hasta el filón áureo del tesoro? Fosforito tras fosforito, Gastón reconoció las paredes y el techo, que tocaba con la mano. Una vegetación verdosa, húmeda, resbaladiza, cubría las piedras, pero no había en ellas señal de abertura, de reja, de argolla, ni de ninguna otra particularidad de las que indican una entrada secreta. Los sillares eran gruesos, sólidos, bien trabados, y el pavimento tampoco presentaba nada de anormal; raso como las paredes, sin indicio de trampa ó sumidero. Golpeó Gastón por todos lados, y no sonó á hueco. Entonces fatigado ya, con las yemas de los dedos abrasadas, desanduvo el camino, y salió á ver el sol, á respirar libremente.
Rióse de sí mismo. ¿Pues no había entrevisto, en su fantasía, el tesoro? Sentóse en los escombros, y, cogiéndose la cabeza entre las manos, concentró el pensamiento en la hipótesis. Todas las fuerzas de su inteligencia se pusieron en juego, solicitadas por el problema de que dependía su porvenir.