Notas del Transcriptor

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OBRAS COMPLETAS

DE

EMILIA PARDO BAZÁN

TOMO II


LA PIEDRA ANGULAR


OBRAS DE LA AUTORA

NOVELAS
Pascual López, 3.ª edición, un vol.
Un Viaje de Novios, 3.ª edición, un vol.
La Tribuna, un vol.
La Dama Joven, un vol. (Edición ilustrada. Agotada.)
El Cisne de Vilamorta, un vol.
Los Pazos de Ulloa, dos vol. (Agotada.)
La Madre Naturaleza, dos vol. (Idem.)
Insolación, un vol. (Edición ilustrada.)
Morriña, un vol. (Edición ilustrada.)
Una Cristiana, un vol.
La Prueba, un vol.
La Piedra Angular, un vol.
CRÍTICA É HISTORIA
San Francisco de Asís (siglo XIII), 2.ª edición, dos volúmenes.
La Cuestión Palpitante, 4.ª edición, un vol. (3 pesetas.)
La Revolución y la Novela en Rusia, 2.ª edición, un volumen (5 pesetas.)
De mi tierra (Galicia), un vol. (5 pesetas.)
La Leyenda de la Pastoriza, opúsculo. (Agotada.)
Estudio crítico sobre Feijóo, un vol. (Agotada.)
Los pedagogos del Renacimiento, opúsculo.
El Padre Luis Coloma. (Biografía y estudio crítico.)
Pedro Antonio de Alarcón. (Biografía.)
VIAJES
Mi Romería, un vol. (2,50 pesetas.)
Al pie de la Torre Eiffel, un vol.
Por Francia y por Alemania, un vol.
POESÍAS
Jaime (poema), un vol. (Agotada.)
EN PRENSA
Los Pazos de Ulloa. Novela. (Segunda edición.)
La Madre Naturaleza. (Id., id.)

EMILIA PARDO BAZÁN

OBRAS COMPLETAS.—TOMO II

LA
PIEDRA ANGULAR

NOVELA

MADRID
IMPRENTA DE A. PÉREZ DUBRULL
calle de la Flor Baja, 22


1891


Es propiedad de la autora.

Queda hecho el depósito que marca la ley.


LA PIEDRA ANGULAR

.... ita ut serviamus in novitate spiritus, et non in vetustate litteræ.

(San Pablo á los Romanos.)

I

Rendido ya de lo mucho que se prolongara la consulta aquella tarde tan gris y melancólica del mes de Marzo, el Doctor Moragas se echó atrás en el sillón; suspiró arqueando el pecho; se atusó el cabello blanco y rizoso, y tendió involuntariamente la mano hacia el último número de la Revue de Psychiatrie, intonso aún, puesto sobre la mesa al lado de cartas sin abrir y periódicos fajados. Mas antes de que deslizase la plegadera de marfil entre las hojas del primer pliego, abrióse con estrépito la puerta frontera á la mesa escritorio, y saltando, rebosando risa, batiendo palmas, entró una criatura de tres á cuatro años, que no paró en su vertiginosa carrera hasta abrazarse á una pierna del Doctor.

—¡Nené!—exclamó él alzándola en vilo.—¡Si aún no son las dos! Á ver cómo se larga V. de aquí. ¿Quién la manda venir mientras está uno ocupado?

Reía á más y mejor la chiquilla. Su cara era un poema de júbilo. Sus ojuelos, guiñados con picardía deliciosa, negros y vivos, contrastaban con la finura un tanto clorótica de la tez. Entre sus labios puros asomaba la lengüecilla color de rosa. El rubio y laso cabello le tapaba la frente y se esparcía como una madeja de seda cruda por los hombros. Al levantarla el Doctor, ella pugnó por mesarle las barbas ó el pelo, provocando el regaño cómico que siempre resultaba de atentados por el estilo.

Desde la entrada de la criatura, parecía menos severo el aspecto de la habitación, alumbrada por dos ventanas que dejaban paso á la velada claridad del sol marinedino. Bien conocía Nené los rincones de aquel lugar austero, y sabía adonde dirigir la mirada y el dedito imperioso con que los niños señalan la dirección de su encaprichada voluntad. No era á los tupidos cortinajes; no á las altas estanterías, al través de cuyos vidrios se transparentaba á veces el tono rojo de una encuadernación flamante; menos aún á la parte baja de las mismas estanterías, donde, relucientes de limpieza y rigurosamente clasificadas, brillaban las herramientas quirúrgicas: los trócares, bisturíes, pinzas y tijeras de misteriosa forma en sus cajas de zapa y terciopelo; los forceps presentando la concavidad de acero de su terrible cuchara; los espéculos, que recuerdan á la vez el instrumento óptico y el de tortura....

Tampoco atraían á la inocente los medrosos bustos que patentizaban los sistemas nervioso y venoso, y que miraban siniestramente con su ojo blanco, descarnado, sin párpados; ni aquella silla tan rara, que se desarticulaba adoptando todas las posiciones; ni el ancha palangana rodeada de esponjas y botecitos de ácido fénico; ni los objetos informes, de goma vulcanizada; ni nada, en fin, de lo que allí era propiamente ciencia curativa. ¡No! Desde el punto en que atravesaba la puerta, dirigíase flechada Nené hacia una esquina de la habitación, á la izquierda del sillón del Doctor, donde, suspendida de la pared por cordones de seda, había una ligera canasta forrada de raso. Era la famosa báscula pesa-bebés, el mejor medio de comprobar si la leche de las nodrizas reune condiciones, nutre ó desnutre al crío; y en su acolchado hueco, á manera de imagen ó símbolo del rorro viviente, veíase un cromo, un nene de cartón, desnudo, agachado, apoyadito con las manos en el fondo de la canasta, alzando la cara mofletuda y abriendo sus enormes ojazos azules. El cromo era el ídolo de Nené, que tendía las manos para alcanzar á su altura, chillando: «Nino selo, Nino selo.»—«Vamos á ver,» contestaba el Doctor, «¿qué quieres tú que te traiga hoy el Niño del cielo?» Había minutos de duda, de incertidumbre, de combate entre diversas tentaciones igualmente fascinadoras.—«Tayamelos.... rotilas.... amendas.... no, no, galetas.... Un chupa-chupa....» El chupa-chupa prevalecía al fin, y el Doctor, levantándose ágilmente y ejecutando con limpieza suma el escamoteo, deslizaba del bolsillo de su batín al fondo de la canasta un trozo de piñonate. Aupando después á Nené, el hallazgo de la deseada golosina era una explosión de gritos de gozo y risotadas mutuas.

Preparábase alguna comedia de este género, porque Nené ya gobernaba hacia la báscula, cuando asomó por la puerta lateral, que sin duda conducía á la antesala, un criado, que al ver al Doctor con la niña en brazos, quedóse indeciso. Moragas, contrariado, frunció el entrecejo.

—¿Qué ocurre?

—Uno que ahora mismito llega.... Dice que si pudiera entrar lo estimaría mucho; que ya vino antes, y como había tanta familia....

Alzó la vista el médico, y se fijó en la esfera del reloj de pared. Marcaba las dos.... menos cinco. Esclavo del deber, Moragas se resignó.

—Bueno, que entre.... Nené, á jugar con la muchacha.... Ahora no da nada el Nino selo. Ya sabes que mientras hay consulta....

Nené obedeció, muy contra su voluntad. Antes de volverse, dejando cerrada la puerta que le incomunicaba con la chiquilla, el Doctor adivinó de pie en el umbral al tardío cliente. Delataba su presencia un anhelar indefinible, la congoja de una respiración; y al encararse con él, el médico le vió inmóvil, encorvado, aferrando con ambas manos contra el estómago el hongo verdoso y bisunto.

Moragas mascó un «siéntese», y se encaminó á su sillón, calando nerviosamente los quevedos de oro y adquiriendo repentina gravedad. Su mirada cayó sobre el enfermo como caería un martillo, y en su memoria hubo una tensión repentina y violenta. «¿Dónde he visto yo esta cara?»

El hombre no saludó. Sin soltar el sombrero y con movimiento torpe, ocupó el asiento de la silla que el Doctor le indicara; sentado y todo, su respiración siguió produciendo aquel murmullo hosco y entrecortado, que era como un hervor pulmonar. Á las primeras interrogaciones del Doctor, rutinarias, claras, categóricas, contestó de modo reticente y confuso, dominado tal vez por el vago miedo y el conato de disimulo ante la ciencia que caracteriza en las consultas médicas á las gentes de baja estofa; pero, al mismo tiempo, expresándose con términos más rebuscados y escogidos de lo que prometía su pelaje. Moragas precisó el interrogatorio, ahondando, entregado ya por completo á su tarea. «¿Hace mucho que nota V. esos ataques de bilis? Los insomnios, ¿son frecuentes? ¿Todas las noches, ó por temporadas? ¿Trabaja V. en alguna oficina; se pasa largas horas sentado?»

—No, señor,—contestó el cliente con voz sorda y lenta.—Yo apenas trabajo. Vivo descansadamente; vamos, sin obligación.

Al parecer nada tenía de particular la frase, y, sin embargo, le sonó á Moragas de extraño modo, renovándole la punzada de la curiosidad y el prurito de recordar en qué sitio y ocasión había visto á aquel hombre. Volvió á fijar sus ojos, más escrutadores aún, en la cara del enfermo. En realidad, las trazas de éste concordaban muy mal con la aristocrática afirmación de vida descansada que acababa de hacer. Su vestir era el vestir sórdido y fúnebre de la mesocracia más modesta, cuando se funde con el pueblo propiamente dicho: hongo sucio y maltratado, terno de un negro ala de mosca, compuesto de mal cortada cazadora y angosto pantalón, corbata de seda negra, lustrosa y anudada al descuido, camisa de tres ó cuatro días de fecha, leontina de plata, borceguíes de becerro resquebrajado sin embetunar, y en las manos nada absolutamente: ni paraguas, ni bastón. No suelen andar así los ricos, á quienes por obra y gracia de Dios les caen del cielo las hogazas.

—¿Según eso, no hace V. ejercicio ninguno?—preguntó Moragas, que creía proseguir el interrogatorio facultativo, pero se iba por la tangente de la excitada curiosidad.

—Como ejercicio, sí....—respondió opacamente el hombre.—Paseo muchísimo. Á veces ando dos y tres leguas y no me canso. Algo se trabaja también en la casa. No es uno ningún holgazán.

—No he dicho que V. lo sea,—replicó con inflexión de severidad el médico.—Yo tengo que enterarme, si he de saber lo que anda descompuesto en V. ¿Á ver? Reclínese allí,—ordenó, señalando hacia un ancho diván colocado entre las dos ventanas del gabinete.

Obedeció el enfermo, y Moragas, acercándose, le desabrochó los últimos botones del chaleco, tactando y apoyando de plano su mano izquierda, abierta, sobre la región del hipocondrio. Luego, con los nudillos de la derecha, verificó rápidamente la percusión, auscultando hasta dónde ascendía el sonido mate peculiar del hígado. Mientras realizaba estas operaciones, adquiría su rostro movible una expresión firme é inteligente, al par que el del enfermo revelaba ansia, casi angustia.—«Puede V. levantarse»—articuló Moragas, que se volvía ya á su sillón, canturreando entre dientes, acto mecánico en él.

Fijó otra vez la mirada en el consultante: ahora auscultaba y tactaba, por decirlo así, su fisonomía. Moragas, aunque del vitalismo pensaba horrores, no era el médico materialista que sólo atiende á la corteza: sin hacer caso de ese escolástico duendecillo llamado fuerza vital, nadie concedía mayor influencia que él á los fenómenos de conciencia y á las misteriosas actividades psico-físicas, irreductibles al proceso meramente fisiológico. «Ahí, en el cerebro ó en el alma (no disputemos por voces), está el regulador humano», solía decir. En muchos desfallecimientos de la materia veía lo que tiene que ver un observador culto y sagaz: el reflejo de estados morales íntimos y secretos, que no siempre se consultan, porque ni el mismo que los padece tiene valor para desentrañarlos. Dígase la verdad: Moragas admitía la recíproca: á veces curó melancolías y violencias de carácter con píldoras de áloes ó dosis de bromuro. Él sabía que formamos una totalidad, un conjunto armónico, y que apenas hay males del cuerpo ó del espíritu aisladamente. En el cliente que tenía delante, su instinto le señalaba un caso moral, un hombre en quien el infarto del hígado procedía de circunstancias y sucesos de la vida.

—¿Bebe V.?—preguntóle secamente, con cierta dureza.

—Á veces.... una chispa de caña....

—¿Una chispa no más? V. no se consulta bien, mi amigo. V. quiere engañarme, y no estamos á engañarnos aquí.

—No le engaño á V., no señor; porque que un hombre tome un vaso ó dos, ó tres si á mano viene, me parece á mí que no hace cuenta. Hay ocasiones que no se puede menos, y pongo yo á cualquiera á que no eche un trago....

—Pues V. no debe echar ninguno,—advirtió el médico endulzando la voz, porque notó en la del cliente tonos muy amargos.—Le prohíbo á V. que lo cate hasta Noche Buena lo menos.

¿Pero dónde diablos había visto Moragas al individuo aquel? ¿Cuándo cruzara ante sus ojos la figura luenga, enjuta y como doblegada; la silueta que tenía algo de furtiva, algo que inspiraba indefinible alejamiento y recelo? Á cada instante reconstruía con más precisión la frente cuadrangular, anchísima, el pelo gris echado atrás como por una violenta ráfaga de aire, los enfosados ojos que parecían mirar hacia dentro, las facciones oblicuas, los pómulos abultados, la marcada asimetría facial, signo frecuente de desequilibrio ó perturbación en las facultades del alma. Si el médico tuviese delante un espejo, y pudiese establecer comparaciones entre su figura y la del individuo á quien examinaba, comprendería mejor la impresión de repulsa que estaba sintiendo, y la atribuiría á lo marcado del contraste. Era la actitud de Moragas de desenfado, por mejor decir, de esa petulancia cordial que impone simpatías: diríase que siempre se disponía á avanzar, presentando el pecho, adelantando la cabeza, tendiendo la nariz husmeadora y grande. El enfermo, al contrario, parecía como que, obedeciendo al instinto de ciertos insectos repugnantes, se hallaba constantemente dispuesto á retroceder, á agazaparse, á buscar un rincón sombrío. Al comprobar la repulsión que le infundía el cliente, el médico se regañó á sí propio, tuvo un impulso de bondad, y mientras tomaba la hoja de papel para escribir una especie de directorio á que había de sujetarse el enfermo, con la izquierda cogió de una purera de caoba un cigarro, y se lo alargó, diciéndole:—«Fume V.»

Al mismo punto en que las yemas de sus dedos rozaron las del cliente, la obscura reminiscencia que flotaba en su memoria dió un latido agudo, y casi se condensó. Moragas creyó que iba á recordar...., y no recordó todavía. Vió una niebla, detrás un rayito de pálida luz....; mas todo se borró al rasgueo de la pluma sobre la cuartilla blanca. Mientras escribía, notaba (sin verlo) que el cliente no se había atrevido ni á encender el cigarro ni á guardárselo en el bolsillo de la americana. Moragas firmó, rubricó, secó en el vade, y tendió la hoja al enfermo.

Éste permaneció un momento indeciso, con la hoja en la mano y la mirada errante por la alfombra. Al fin se resolvió, hablando torpemente, llamando al médico por su nombre de pila.

—Y.... dispénseme...., ¿y cuánto tengo que abonarle, Don Pelayo?

—¿Por eso?—repuso Moragas.—Según.... Si es V. pobre de verdad, deme lo menos que pueda...., ó no me dé nada, que es lo mejor. Si tiene V. medios...., entonces, dos duros.

El hombre echó mano pausadamente al bolsillo del chaleco, revolvió con tres dedos en sus profundidades, y sacó dos duritos brillantes, del nuevo cuño del nene, que depositó con reverencia en un cenicero de bronce.

—Pues muchísimas gracias, señor de Moragas,—pronunció con cierto aplomo, como si el acto de pagar le hubiese dado títulos que antes no tenía.—No molesto más. Volveré, con su permiso, á decirle cómo me prueban los remedios.

—Sí. Vuelva V. Observe el método, y no descuide la enfermedad. No es de muerte, á no sobrevenir complicaciones; pero.... merece atenderse.

—Si uno no tuviera hijos,—contestó el hombre, alentado por aquellas pocas palabras levemente cordiales,—tanto daba morir un poco antes como un poco después. Al fin y al cabo se ha de morir, ¿verdad? Pues año más ó menos, poco interesa; digo, á mí me lo parece. Pero los hijos duelen mucho, y dejarlos pereciendo.... Vaya, á su obediencia, Don Pelayo.

Acababa de caer la cortina de la puerta; aún se oían en la antesala los pasos del cliente, cuando Moragas se alzaba del sillón, un tanto desazonado y nervioso.

—Lo dicho; yo conozco á este pájaro, y le conozco de algo raro; vamos, que no me cabe duda. Es particular que no caiga en la cuenta desde luego, tan harto como está uno aquí en Marineda de rozarse con todo bicho viviente. Y él, forastero no es, porque.... no; ¡si quedó en volver de cuando en cuando á ver cómo le sienta el método prescrito! No; ¡qué va á ser forastero! Moraguitas (el Doctor solía interpelarse á sí propio en esta forma), ¿por qué no le has preguntado el nombre á ese tío? ¿Por qué no te enteraste de dónde vive? ¡Bah! Tiempo hay; se lo preguntaré cuando vuelva. De todos modos, me llama la atención no acertar qué casta de punto es este....

—¡Nené!—gritó, aproximándose á la puerta por donde había salido la chiquilla.

Pero la Nené no asomó su hociquito salado, y el Doctor, obedeciendo á otra excitación caprichosa, volvió á la mesa, tomó la plegadera, y emprendió de nuevo cortar las hojas de la Revue. Había allí un artículo sobre los morfinómanos que debía de ser completo, interesante.... Entretenidas las manos en la operación mecánica de rasgar la doblez del papel, proseguía en su cerebro distraído el sordo combate de la memoria, el impulso de la noción que quería abrirse calle entre otras infinitas, depositadas, como en placa fonográfica, en aquel misterioso archivo de nuestros conocimientos. Sin duda una viva ola de sangre refrescó el rincón en que el recuerdo dormía, porque de improviso se destacó, claro y victorioso. Sintió Moragas el bienestar que causa el cese de la obsesión; pero apenas disipada la rápida impresión, casi física, de libertad y sosiego, el médico notó un estremecimiento profundo; enrojecióse su tez, hasta la misma raíz del plateado cabello; temblaron sus labios, chispearon sus ojos, se dilató su nariz, y Moragas, pegando un puñetazo en la mesa, exclamó en voz alta y resonante:

—Ya sé.... El verdugo.... (Interjección furiosa y redonda.) ¡El verdugo! (Otra más airada.)

Inmediatamente se arrancó del bolsillo el pañuelo; con las puntas de los dedos envueltas en él tomó las dos monedas relucientes; abrió de golpe la ventana, y dejó caer el dinero sobre las losas de la calle, donde rebotó con son argentino.

En aquel instante la Nené empujaba la puerta. Venía gorjeando; pero al ver á su padre que se volvía cerrando las vidrieras y destellando cólera y horror, quedóse paradita en el umbral, con ese instinto de las criaturas, que se hacen cargo de la situación psíquica mejor que nadie, y murmuró por lo bajo:

—¡Papá riñe.... papá riñe!


II

Telmo, al despertar, se metió los puños en los ojos, lamentando haber perdido el sueño, que era bonito. ¡Como que se trataba de revistas, paradas y simulacros, y él se había visto á sí propio convertido en Capitán General de Cantabria, luciendo un uniforme todavía más majo que el de gala, ostentando plumeros, penachos, galones, cordones, estrellas, caracoleando sobre brioso alazán tostado, y con un sable formal, formal, no de palo, sino de reluciente acero!

El despertar no podía ser más distinto de lo soñado. El niño vió á su alrededor lo de todos los días, cuadro feo y triste: el camaranchón sórdido, descuidado, inmundo, que sudaba por todos sus poros desaliño y abandono. ¡Cuánta melancolía transpiraban las paredes con su revoque negruzco; el piso de baldosa desigual y cenicienta, mal cubierto aquí y allí por viejísimos ruedos; las prendas de ropa, bastas, de mal corte y paño burdo, más sucias que raídas, pendientes de clavos; las dos camas de hierro pintadas de un azul carcelario, frío, con sus mantas de tonos apagados y terrosos, y sus sábanas agujereadas, divorciadas del agua y del jabón!

Telmo recordaba, como se recuerda un dulce ensueño, que antes, cuando era pequeñito, había tenido, si no precisamente colchas de seda y palacios por morada, al menos un interior bien cuidado, cuco, limpio: él suponía que debió de ser así, porque le había quedado, de aquella época ya difumada entre nieblas, una sensación de calor tibio, de nido de plumón que envuelve y abriga. Entonces sus ropas eran aseadas y se adaptaban á sus carnes; la comida estaba sazonada y gustosa; en invierno un brasero calentaba la habitación; en verano se percibía un conjunto claro y fresco, de cortinas planchadas y de visillos que tamizaban la luz. Todo esto no lo detallaba el muchacho con precisión absoluta; sus reminiscencias se confundían, y sólo se destacaba, con pleno realce, un rostro de mujer, que, si diésemos voto á Telmo en materias de hermosura, diríamos que era de belleza soberana. ¿Rubia ó morena? ¿Muy joven ó en principios de madurez? Eso no lo sabía Telmo: sólo sí que era preciosa, y esparcía en torno suyo bienestar, un ambiente de espliego.

No la vió á su cabecera aquel día tampoco. Quien andaba por allí era el padre, descolgando el sombrero ruín, para encasquetárselo sin previo manejo de cepillo. Mientras el padre se cubría, Telmo recibió la amonestación, á que ya estaba habituado.

—Á ver si te levantas. No haraganées más. Ahí en la cocina te quedan las sopas. Á eso de las dos ve por la calle del Arroyal, que estaré saliendo de casa de Don Pelayo Moragas.... tú bien la sabes, ¿eh? Pues aguárdame allí, que te llevaré á casa de Rufino.

Dijo esto último á tiempo que ya salía, y el pestillo de la puerta cayó con agrio chirrido.

El muchacho no hizo gran caso al consejo de «no haraganear». Constábale que tanto sacaría en limpio de levantarse, como de quedarse otro rato en la cama. Justamente el problema que todos los días necesitaba resolver, era en qué se invierte una jornada, no teniendo deberes ni distracciones de ninguna especie. Para él no había escuelas, colegios, ni estudios; y tampoco serían los amigos quienes le embobasen, porque ese gran aliciente de la niñez, primera manifestación de las necesidades afectivas y primer desahogo del instinto de sociabilidad, le era desconocido. Quedábale el recurso de vagabundear sin tregua por las calles, de ir como ánima en pena, buscando algún rincón donde no le conociesen.

Permaneció cosa de media hora entre sábanas, cerrando los ojos para volver á soñar, si era posible, más cosas bonitas de aquellas del género bélico. Lo que es él, así se empeñase el demonio, militar sería. No de tropa, no; jefe, y de los de alta graduación. Lo menos coronel. Y con montura. ¡Dónde habrá placer como regir un caballo gallardo, fogoso! Eso será la misma gloria.

Decidióse por fin á echar una pierna fuera de la cama, y tras la pierna todo el cuerpo. Púsose los pantalones, que por cierto tenían más de un siete y la orilla festoneada de barro; los suspendió como pudo de los tirantes de orillo; vistió la chaqueta, nueva y decente; encasquetó en la pelona una mala boina castaña, y no se le ocurrió ni acercarse al palanganero de hierro, donde podría remediar algo la suciedad de manos y rostro, ni arar con el batidor la enmarañada pelambrera. El abandono de su educación había arraigado en su naturaleza infantil, y á fuer de legítimo idealista, soñaba con brillantes galones y garzotas blancas, mientras su cuerpo y sus trajes y su vivienda daban asco. Con los cinco mandamientos, en vez de cuchara, despachó la cazuela de sopa grumosa y fría, y ya le tienen Vds. dispuesto á echarse á la calle.

Cuando salió del camaranchón, pudo verse que Telmo no era guapo. Tampoco ha de negársele alguna gracia y gentileza, algún atractivo de ese que caracteriza á los pilluelos, por sucios y derrotados que estén. La arremangada nariz tenía su chiste, lo mismo que los gruesos labios de bermellón, afeados por la forma de la caja dentaria, que los proyectaba demasiadamente hacia fuera. La frente, lobulosa, retrocedía un poco, y la cabeza era de esas lisas por el occipucio, como si hubiesen recibido un corte, un hachazo,—cabezas de vanidosos, de ideólogos,—salvando algún tanto lo acentuado de esta conformación, el bonito pelo negro, ensortijado y tupido como vellón de oveja. Los ojos, infinitamente expresivos, de córnea azulada, líquida y brillante, eran dos espejos del corazón del muchacho: en ellos el placer, la pena, la altivez, la humillación, el entusiasmo, la vergüenza, se pintaban fiel é instantáneamente, reflejando un alma abierta y fogosa. Aquellos ojos pedían comunicación; buscaban á la gente, al mundo, para derramarse en él. En conjunto, la cabeza del niño recordaba la de un negro.... blanco, si es permitida la antítesis. No sólo el diseño de las facciones, pero la expresión candorosa de cómico orgullo que se advierte en la fisonomía de los negros ya civilizados y manumitidos, completaban la semejanza de Telmo con el tipo africano, y por su rostro también pasaban las ráfagas de tristeza y receloso encogimiento que caracterizan á las razas obscuras, cuando aún no borraron el estigma de la esclavitud.

Al cruzar la puerta, lo primero que notó Telmo fué una sensación, ya acostumbrada, de bienestar, bajo la caricia del aire exterior. Aborrecía las cuatro paredes, y nunca ave cautiva en jaula, fiera circunscrita entre barras de hierro ó gas sellado en redoma, aspiró con más energía á la plenitud del espacio. Si le gustaba lo apacible y bello, lo grandioso, lo inmenso, le arrebataba.

Su segunda impresión fué distinta: observó que el sol, toldado entre nubes, ya empezaba á descender de la mitad del cielo, señal de que él, Telmo, se había descuidado, y probablemente sería tarde para reunirse con su padre á la puerta del señor de Moragas. Este pensamiento le espoleó. De su padre había adquirido la noción escueta y coercitiva del literalismo, de la obediencia á los poderes constituidos, y la practicaba; obedecía sin reverenciar ni temer, y sentía incurrir en falta por la falta misma, no por las consecuencias, pues no había allí verdadero rigor paternal. Salió disparado; la distancia, aunque tenida por respetable en Marineda, era un juego para las piernas ágiles del chico. Además, todo cuesta abajo, y con sitios donde se puede ir á la carrera como el Campo de Belona y el Páramo de Solares, que desde hace bastantes años lucha por ser plaza de Mariperez—nombre de la heroína popular de la linda capital marinedina.

Precisamente, en la cuesta rápida que baja del alto terraplén, donde se asienta el Cuartel de infantería, al Páramo de Solares, encontró Telmo una tentación que le hizo perder algunos minutos. Desemboca en aquella cuesta la vetusta calle donde, en un caseretón no menos averiado, se acomodaba como podía el Instituto de segunda enseñanza; y los chicos, entre dos clases, solían desparramarse en bulliciosa bandada por el Campo de Belona, ejecutando á su modo evoluciones militares y simulacros, no siempre incruentos, de batallas, en que los proyectiles mortíferos que debemos á los adelantos de la ciencia, eran sustituidos por los que la naturaleza ó las obras de cantería brindan á la juventud. ¡Con qué envidia miró Telmo á aquella falange! ¡Cómo se le iban los ojos tras ella! Si le fuese permitido unirse á la partida y terciar en sus empresas, ¡quién duda que á las primeras de cambio ganaría los entorchados y hasta la cruz laureada! Su expresiva fisonomía se entenebreció, y tuvo uno de sus minutos de tristeza, que eran como fugitivos eclipses de toda esperanza en el porvenir. Detúvose oyendo el bullicio escandaloso, la alborotada gritería de aquellos cachidiablos, y, al fin, resolviéndose, á manera del que dice á una torta sabrosa «ahí te quedas, porque no puedo meterte el diente», tomó por el Páramo de Solares, costeó los soportales nuevos, y fué á parar á la calle de Vergara, que nombran Arroyal todos los marinedinos. Bien conocía la casa de Moragas, y frente al portal se situó para aguardar á que su padre saliese. Sus ojos recorrían, sin embargo, toda la extensión de la calle, y á uno de estos giros de pupila, vió la silueta paternal que desaparecía á lo lejos, bajo las arcadas que sirven de vestíbulo al Teatro. ¡Ya había salido, y él no estaba allí! ¡Qué diría! El chico iba emprender la carrera, cuando un incidente singular le detuvo. La ventana de Moragas se había abierto de prisa, con estrépito de vidrios; asomó un brazo, un blanco puño de camisa, una mano larga y flexible, y dos monedas de plata, brillantes y sonoras, cayeron sobre las baldosas de la acera.... Todo en un decir Jesús.—Telmo se precipitó á recogerlas, instintivamente. Sólo cuando las tuvo bien cautivas en el hueco de la mano, le entraron ciertos escrupulillos.

¿Subiría á restituir las monedas? Digámoslo sin ambajes: la vacilación duró muy poco. Telmo no tomaría, á buen seguro, un céntimo del ajeno bien contra la voluntad de su dueño; en cambio, con la lógica directa de la infancia, creía que quien tira por las ventanas el dinero no ha de censurar á quien lo recoja. Si por un momento le dominó la idea de echar escalera arriba y restituir su presa, la desechó al punto, tratándose mentalmente de páparo; y, con resuelto ademán, sepultó los dos duros en el hondo bolsillo de su chaqueta.

Ya no pensaba en reunirse con su padre. Aquel tesoro le imprimió dirección distinta. Por de pronto, le sugirió que ya estaba en situación de alternar con los demás muchachos. No era un concepto reflexivo; más bien un instintivo cálculo, que le decía que el dinero, en este pícaro mundo, cubre y facilita muchas cosas. Él no podía apreciar lo exiguo de la suma; no había visto junta, en toda su vida, otra igual, ni parecida siquiera, y los cuarenta reales que danzaban en su faltriquera se le figuraban asiático tesoro. Con dos duros todo se puede emprender, y todo se alcanza. Telmo, dueño de cuarenta reales, no podía ser el mismo Telmo de á diario, él que no encontraba chico que se asociase á sus juegos, él que en todas partes recogía envenenada cosecha de sofiones y repulsas.

Dilatado el corazón por la esperanza, tan fulminante en la niñez, Telmo, sin acordarse de que tenía padre en el mundo, echó por el Páramo de Solares arriba, alcanzando en breve la cuesta. ¡Con qué presteza la subió! Desde la cima, dominaba la extensión del Campo de Belona. Allá en el fondo, junto al parapeto, bullía el grupo á que soñaba incorporarse. Á dispararse otra vez. La partida no prestaba atención á aquel chiquillo, que corría tanto, que las suelas de sus zapatos, desde lejos, parecían girar. Los alumnos del Instituto provincial marinedino deliberaban ¡cáspita! y la deliberación les tenía endiosados. ¡Como que se trataba nada menos que de un consejo de guerra!

Traían entre ceja y ceja, desde principio de curso, el propósito, el designio heroico de una batalla memorable: aspiraban á reñir la mayor y más homérica pedrea que han presenciado los siglos. Hartos estaban ya de juegos bobos, de inocentes piñas repartidas á diestro y siniestro. ¿Qué valían tales escaramuzas? No; denme Vds. un combate real y efectivo, donde los dos caudillos, Restituto Taconer (alias Cartucho) y Froilán Neira (por otro nombre Edisón) ganasen imperecedera nombradía. Aquel día les ayudaba la suerte: el Sr. Roncesvalles, catedrático de Historia, había tenido la feliz ocurrencia de quedarse en cama, no sé con cuál entripado ó alifafe, y los chicos disponían de la tarde entera para sus demoniuras; tarde que, además, habiendo roto el sol la cortina de niebla, por su serenidad hermosa convidaba á esparcimiento.

Reducida quedaba la dificultad á buscar un sitio donde los guardias municipales no oliesen la quema. Sobre esto versaba la deliberación. La mayoría propuso la escollera llamada del Parrochal, y también del Emperador, por ser tradición—demostrada con sólidos argumentos en un folletito del Sr. Roncesvalles—que á aquella parte de la muralla marinedina, y al pie de su vieja poterna, había atracado la lancha ó bote que conducía al César Carlos V cuando vino á celebrar Córtes y pedir subsidios en la ciudad de Marineda. Era el punto muy estratégico, por estar la muralla derruida á trozos, y abundar portillos y grietas que permitían burlar la persecución de los más activos polizontes. En cambio, ¡barajas!, el sitio se registraba perfectamente desde las ventanas de la Audiencia, Cárcel, Capitanía general, y de muchísimas casas particulares; y apenas silbase en el aire la primer peladilla de arroyo, no faltaría un mala alma que avisase al jefe de la ronda y les echase encima los agentes. Había otro lugar precioso: ¡conchas!, de primor, que ni inventado; un lugar que tenía ya preparadito el escenario y el argumento del hecho de armas que se proponían realizar aquellos valientes.... ¡El castillo de San Wintila!

Allí, allí sí que la acción podía adornarse con todos los requisitos que, según les enseñaban á ellos en clase de retórica, necesita la tragedia: peripecias, prótasis, epítasis y catástrofe. Por allí sí que rara vez, ó puede decirse que nunca, aportaba un agente de la autoridad, con el bastón alzado y la lengua regañona é insultante. Allí sí.... Pero ¡barajas! ¿Qué teníamos con eso? El asalto del castillo de San Wintila no era realizable sin que existiese un héroe, dispuesto á sacrificarse para mayor diversión y recreo de los demás; hacía falta un pandote, y nadie lo quería ser; todos aspiraban al lucido puesto de asaltantes. Hablóse de echar la china y la paja-perra; mas nadie se avino á fiar en los azares de la suerte. ¿Azares? Ó trampas.... ¡Vaya V. á saber! No, no; no hay confianza en la cuadrilla.... Sobre esto se armaba un gran vocerío, una acalorada discusión.—«Sois unos panarras, no servís para maldito....»—«Sí, sí, pues anda y sirve tú....; á ver si eres tú el que te mamas las piedras....»—«Hombre, pues á suertes....; la suerte es igual para todos.»—«Me cargo en la suerte; siempre haréis escamoteos y chanchullos....»—«Al Parrochal, hombre, al Parrochal, que allí no hay esas dificultades....»—«Pero ¡barajas! ¡Si en seguida asoma el General los bigotes, y avisa á los municipales para jericoplearnos!....»

Desalado, sudoroso y con el alma al borde de la boca, que abría de un jeme por no asfixiarse en su veloz corrida, llegaba entonces Telmo á juntarse con la banda.—«¿Qué querrá éste?»—gruñó Cartucho, fijándole de reojo con sus ojuelos maliciosos y bizcos.—«¿Quién es?»—preguntó un novato del grupo.—Y el hijo del armero silabeó misteriosamente:—«¿Que quién es, barajas? El cachorro del buchí».—«¡Contra! No me da la gana de jugar con él.»—«¡Déjalo, barajas! que ya tenemos pandote»,—replicó el caudillo con la firmeza y previsión del hábil estratégico que, en acciones de guerra, sabe aprovechar todo recurso.

Telmo se había parado, poseído de increíble timidez, á pocos pasos de la hueste. Toda la incitación de su esperanza; todo el pueril aplomo que le inspiraba la posesión de las dos brillantes monedas, trocóse en encogimiento horrible al verse próximo á la sociedad, que era para él lo que para la mujer tachada, el severo círculo aristocrático, ¡más inexpugnable que una muralla de hierro!, donde no logra penetrar nunca.—Telmo sentía físicamente el peso de su traje destrozado, descuidado y sucio, en presencia de aquellos niños que, aun en medio del desorden del juego, revelaban en su ropa más ó menos lujosa, pero aseada y bien recosida, el cuidado de dedos femeniles, el esmero de una madre, la posesión de un hogar. ¡Cuán felices ellos, con su cuaderno de apuntes en el bolsillo, emblema de la fraternidad escolar, con su alegre compañerismo, con sus horas de juego, con sus estudios que les habían de granjear un puesto entre las gentes, y cuán desdichado él, á quien tenían derecho de rechazar á puntapiés, como á can sarnoso!

Permanecía clavado en el mismo lugar, sin ánimos para decir palabra, agitada la respiración, repentinamente pálidas las mejillas, el corazón bailarín. Los dos pedazos de plata en que había fundado todas sus osadas hipótesis, le parecían ahora más ínfimos que dos ruedas de plomo. Sintió impulsos de agarrarlos y tirarlos también, imitando á la persona que sacó el brazo por la ventana de Moragas. ¡Qué idiotez, suponer que con aquellas monedas se podía comprar el derecho de asociarse á los chicos del Instituto! Ni siquiera prestaban el valor necesario para pronunciar intrépidamente la frase sacramental: «¿Me dejáis jugar con vosotros?»

La súplica sólo la formularon sus ojos, fijos con angustia en ambos cabecillas, quienes, á su vez, le consideraban con cierto desdén ó altanería indulgente. Al fin Edisón, entre despreciativo y magnánimo, se dignó dirigirle la palabra.

—Vamos á la playa de San Wintila. ¿Te quieres tú venir?

Telmo imaginó que se abrían los cielos y que escuchaba los cánticos de los serafines. Paralizado por la emoción, con la cabeza dijo que sí.

—Has de obedecer como un recluta.

Nuevo balanceo de cabeza.

—Has de hacer lo que te manden.... y ojo con el miedo.

Ademán de resolución.

—Pues andando. ¡Liscaááá!

Á este grito de guerra, toda la partida salió corriendo.


III

El castillo de San Wintila es uno de los varios fortines con que los ingenieros á la Vauban del pasado siglo guarnecieron la embocadura de la bahía marinedina, para resguardar la plaza de nuevos ataques y embestidas del inglés. Á fin de llenar mejor su objeto defensivo, tenía anexo un parque de artillería, servido por un polvorín colocado á conveniente distancia. Para los tiempos de Nelson, en que si el pundonor y la sublime noción del deber militar estaban en su punto, no se habían inventado y refinado y perfeccionado como hoy los ingenios y máquinas de guerra, el castillo de San Wintila era excelente baluarte, capaz de sostener y vigilar la boca de la ría, hostilizando á cualquier buque enemigo que asomase á su entrada. Con todo, según suele suceder en España desde tiempo inmemorial, la línea de fortines que reforzaba la costa de Marineda no es lo más adelantado de aquel mismo período en que se construyó: tiene resabios del sistema de fortificación medio-eval, y las formas románticas del castillo roquero pugnan con el exacto trazado geométrico de la casamata. Por eso, al caer la tarde ó de noche, el castillo de San Wintila, ya medio desmoronado, posee cierta belleza misteriosa de ruina, y representa dos siglos más de los que realmente cuenta. Hace mayor este encanto lo pintoresco de su situación. En la zona agreste y desierta que Marineda prolonga hacia el Océano,—ancha península de bordes ondulados y caprichosos como la fimbria de una falda de seda,—la costa, después de señalar con suave escotadura la negra línea de peñascos que orlan el cementerio, de pronto dibuja una ensenada que, penetrando profundamente en la orilla, se cierra casi, á la parte del mar, por estrecha garganta, forma debida á la prolongación y ensanche del arrecife sobre el cual se yergue el castillo. Al lado opuesto del que oprime la angosta boca, estrecho ó canal de la ensenada, se extiende redonda, suave, blanca, deliciosa, una playa de finísima arena.

Aun cuando este arenal presente por tierra el acceso más fácil para los que quieran penetrar en el castillo, nuestra partida eligió descender pasando por delante de la capilla, bajada acaso más rápida, pero también con más exposición á desnucarse, rodando de algún precipicio al arrecife ó al fondo de la caleta. La turbulencia de los primeros años goza en arrostrar obstáculos y en encontrar dificultades vencibles.

Más que ninguno se complacía Telmo en el ejercicio arriesgado de correr, mejor dicho, de rodar por aquellas pendientes, desdeñando la senda abierta y franca. Quería demostrar á sus compañeros de una hora que atesoraba como cualquiera y mayor grado que nadie, valor, resolución, agilidad y destreza. Ellos, dejándole precipitarse solo, iban en bandada, cruzando risas, insultos, excitaciones, retos, órdenes y empellones. Á la cabeza marchaban Froilán Neira y Restituto Taconer, sin dignarse mirar al pandote, al que, con su presencia y su complacencia, hacía posible la representación del drama.

Al llegar á la fuente que corta la senda, antes de que, haciéndose más impracticable y peligrosa, descienda á la playa, la partida se detuvo á tomar un resuello. Algunos, sofocadísimos, acercáronse á la fuente, con ganas de beber del caño el agua famosa de San Wintila, tenida por medicinal: hubo quien colmó de líquido la gorra, y acanalando la visera, apagó la sed en tal guisa: otros, menos sedientos y más deseosos de cháchara, la emprendieron con unas pobres mujeres que abrevaban en el pilón dos ó tres parejas de grandes bueyes rojos. Fué aquello un diluvio de chanzonetas en dialecto.—«Comadre, ¿me da á mí de beber?»—«Véndame los bueyes, comadre.»—«¿Á cómo vale cada cuerno?»—«¿Quiere dos perros chicos por la pareja?»—«Ese tiene un sobrehueso en el rabo: aguarde, que se lo voy á amputar.» Rompieron las mujerucas en gritos y denuestos, lo mismo que si las pellizcaran. Telmo vió en la broma pretexto de asociarse, de intimar con la partida, y llegándose bonitamente á uno de los bueyes, sacando una navajilla ó cortaplumas que siempre llevaba consigo, y ocultándola en la mano cerrada, la clavó con disimulo en el hocico del animal, que saltó enfurecido, bramando y mugiendo, arrastrando en pos de sí á la mujer que tenía la cuerda. ¡Aquí de Dios y del rey! Ya no fué refunfuñar ni gruñir; no fueron gritos ni quejas, sino alarido de muerte el que alzaron las aldeanas. «Socorro, socorro.... Lambones, papulitos del infierno, cochinos, señoritos de basura, hemos de ir al juez que vos eche á presidio....» Á la sazón reparó una de las mujeres en Telmo, á quien conocía por razón de vecindad, y su fisonomía descompuesta se inflamó aún más de desprecio y odio. «¡Tú habías de ser, hijo de mal padre, malacaste, tiñoso, retoño de la horca!.... ¡Á tu padre y á ti os habían de agarrotar, en vez de ser vosotros quien agarrota á los infelices!.... ¡Valientes señoritos de estiércol esos que se juntan con una pudrición como tú!....»

Fué como perdigonada repentina que dispersa un bando de gorriones. Los chicos alzaron el vuelo, dejando en pos de sí clamoreo confuso, un ¡uuú! largo y burlón, impotente recurso para ocultar la vergüenza y el interior berrinche. Telmo también clamaba, también gritaba ¡uuú!; pero sus mejillas iban carmesíes y sus pupilas preñadas de cierto salado licor que reabsorbió con sobrehumano esfuerzo.

Ya pisaban el arrecife y deteníanse al pie de las murallas del castillo. Allí era preciso celebrar nuevo consejo. Cartucho y Edisón centraron el corro, dejando á Telmo fuera. Instintivamente, por movimiento propio del alma humana, y sobre todo de la infantil, cerrada á la generosidad y á la equidad, los chicos, al sentir la mortificación del incidente ocurrido, echaban toda la culpa á Telmo, á Telmo, que iba á ser su víctima dentro de breves instantes. Al cargarle la parte más dura y peligrosa del juego, se les figuraba ser justicieros, justicieros á raja tabla. ¿No había dicho la mujer aquella que Telmo merecía el garrote? Cuanto más se le apretase, más se cumpliría la ley de la justicia, que infama á su propio ejecutor hasta pasada la cuarta generación—mejor dicho, eternamente.—No juraría yo que estas filosofías las razonasen y dedujesen con rigor los alumnos del Instituto marinedino; pero llevaban el germen de ellas en el corazón y en el cerebro y á su impulso obedecían.

Después de haber conferenciado obra de un minuto, intimaron á Telmo las disposiciones militares. «Oyes tú...., hazte bien cargo...., no nos fastidies. Tú eras la guarnición del castillo, y nosotros lo tomábamos por asalto. Te metes en él, y desde allí te defiendes como puedas. Pero, ¡barajas!, si te escondes, no vale. Hemos de verte en las ventanas ó en las troneras ó en la puerta ó en lo alto del muro...., en fin, que hemos de verte. Si te escondes, eres un camastrón, mamalón, mulo, miedoso. ¿Entendiste?»

Telmo levantó su graciosa cabeza de negrito blanco; sacudió briosamente la ensortijada zalea; una sonrisa vanidosa dilató sus labios gruesos, y afianzando la mano en la cadera, respondió enérgicamente: «¡Contra! Ni soy miedoso, ni me escondo, ¡barajas! Para entrar en el castillo, tendréis que matarme.»

¡Genio eminentemente español de las defensas heroicas de plazas y castillos, en que un puñado de hombres entretiene y domina á un ejército numeroso! ¡Morella, Numancia, Zaragoza, Sagunto! Nunca vuestro espíritu impulsó á nadie con más fuerza que al bizarro Telmo, cuando á brincos, á gatas, veloz como una lagartija, se encaramaba por el interior del ruinoso y destechado fortín para aparecer, descubierto el cuerpo todo, derramando denuedo, sobre el adarve. En los minutos anteriores á su ascensión por las paredes, no le había faltado tiempo de llenar bolsillos y boina de piedras redondeadas y no muy gruesas,—las mejores para arrojadizas,—é improvisar una honda con la manga de la camisa, que arrancó de un tirón. Más que en aquel imperfecto instrumento, fiaba en sus brazos fuertes y nerviosos. Era ambidextro, y contaba ayudarse con la izquierda.

El ejército sitiador, replegado en compacta masa á la entrada del arrecife, exhaló un grito viendo aparecer sobre el adarve á la guarnición. Era el aullido que corea la salida del toro del toril. Cada muchacho escondía su proyectil en el hueco de la mano: más de doce brazos hicieron á la vez el molinete, y una nube de piedras, venciendo la gravedad, subió en busca de la cabeza del intrépido adalid. La ley caballeresca de las pedreas infantiles, que manda no disparar sino á las piernas, allí no se observaba; ¿ni qué ley había de observarse con semejante adversario? Pero él, raudo y precavido, esquivó la nube corriendo como un gamo á la parte opuesta del adarve; y sin perder paso ni carrera, hizo el molinete á su vez, y la piedra, silbando al ras de la tierra como un reptil, fué á percutir la canilla de Cartucho, que exhaló un grito de dolor. «¡Barajitas con ese, que me ha roto la espinilla! ¡Piedras, puño, piedras en él!»

Como los otros se reían, Cartucho rumió entre dientes dolorosos ayes; sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no flaqueó su energía. Al contrario: diríase que la rabia del golpe inflamaba su coraje. Tenía fama de excelente tirador de piedra: eligió del suelo una, bien lisa y monda, afilada lo mismo que un hacha, y antes de arrojarla, se detuvo. Telmo esquivara la nueva descarga de piedras lanzada contra él por medio de una maniobra análoga á la anterior: huyendo prontamente al otro extremo del adarve, y refugiándose en un cubo. Esta ocasión aguardaba Cartucho. Calculó adonde se replegaba Telmo, y allá disparó el guijarro con mano certera. El proyectil alcanzó á Telmo en un hombro. El sitiado se detuvo, paralizado sin duda por el golpe. No obstante, ni llevó la mano á la parte lastimada, ni se abrió su boca para exhalar una queja. Lo que hizo fué evitar la segunda peladilla, adoptando una estrategia de salvaje. Presentaba el derruido murallón bastantes desigualdades, y los huecos de los arrancados ó desquiciados sillares dejaban sitio para que pudiese una persona agarrarse, sostenerse, ocultarse, y parapetarse en caso de necesidad. Telmo eligió uno de esos huecos, favorables á su plan de defensa, colocándose de tal suerte, que si, para lanzar las piedras, sacaba fuera del adarve todo el pecho, al ver venir la granizada, podía descolgarse apoyando un pie en el hueco, y quedar protegido por el muro. Sus dos brazos, como aspas de molino, salían por cima del adarve, arrojando proyectiles con tanto acierto, que ya tres sitiadores cojeaban; lo cual revelaba la caballerosidad de Telmo, que, acosado, sitiado por enemigos numerosos, solo allí para defenderse contra un ejército, acataba la ley del código de honor: disparaba únicamente á las piernas.

Comprendían sin embargo los asaltantes que aquello era cuestión de tiempo, y esto mismo cebaba más su fiereza y su coraje. De trece ó catorce piedras lanzadas á la vez, ¿no había de tocar alguna al defensor? ¿No habían de herir aquella cabeza que incesantemente se alzaba y hundía, á modo de diablillo en caja de chasco? En lucha tan desigual, á Telmo le tocaba sucumbir. Froilán Neira (Edisón), el más listo de la partida, la única inteligencia calculadora de la reunión, tuvo una idea luminosa.

—No haremos nada, ¡puño! mientras nos estemos aquí apiñados.... Así él sabe de dónde viene la piedra y se escabulle.... Á repartirse. Callobre, Augusto y Montenegro, allí.... Rafael y Santos, á la derecha.... Los demás, en aquella peña alta.... Yo, en esta otra.... ¡Y á la cabeza! En el pecho duele pero no aturde.... Á la cabeza, entre los dos ojos, que eso derrenga á un buey.

Diciendo y haciendo, el hábil Edisón fué á empericotarse en el arrecife, punto señalado para consumar su hazaña. Era un peñasco negro, picudo, resbaladizo por las verdes algas que lo revestían, y en su centro, una excavación contenía agua de mar, clara y tibia, especie de ensenada en miniatura, en cuyo fondo se veía vibrar sus tenazas á los cangrejos y esponjarse á un pólipo verde botella. El mar, el mar verdadero, bañaba el pie del escollo, y Edisón se mojó las botas para tomar aquella ventajosa posición. No le importaba. Estribó firmemente en la meseta superior del peñasco; acechó, y al ver rebasar del muro la cabeza del sitiado, apuntó á la rizosa vedija de cabellos, alzó el brazo, lo revolvió tres veces con pausa.... ¡Ah! lo que es esta sí que había hecho blanco.

La cabeza desapareció de la rasante del murallón.... Los sitiadores exhalaron un grito de triunfo ronco y fiero.... Pero la cabeza reaparecía, pálida, surcada por un hilo de sangre; serena, fruncido el ceño, sublimada por radiante expresión de gozo y de heroísmo, y las dos manos, á un tiempo, enviaban á las piernas de Edisón dos proyectiles.... Ambos acertaron, y sin causar grave daño al caudillo, lograron no obstante, por la falsa posición en que se encontraba,—parecida á la del coloso de Rodas,—derribarle de su pedestal. Cayó, y cayó al mar de plano, y el agua salobre penetró en sus orejas y en sus pulmones, aturdiéndole. Mas como allí se hacía pie, el chico, guiado por el instinto de conservación, braceó y logró salir al playal. El incidente había distraído y aun asustado un poco á sus compañeros: todos abandonaron sus posiciones y se dirigieron á la arena, con la vaga aprensión de algún trágico suceso. Edisón surgió chorreando y bufando de vergüenza, enseñando el puño á la guarnición del inexpugnable castillo. Como si fuese una consigna, todos los de la partida arrojaron á Telmo, en defecto de las inútiles piedras, algún insulto. «¡Cobardón, mandria, bocalán; á que no te pones como antes sobre la pared!.... ¡Te escondes, y desde el escondite disparas! ¡No vale, miedoso! ¡Traición!»

Con la serenidad de la tarde, la quietud de las olas, el silencio de aquellos parajes solitarios, las injurias llegaban altas y estridentes al defensor de San Wintila. Y no se sabe cuál fué más pronto, si oirlas ó trepar por las grietas y presentarse de cuerpo entero sobre el adarve, con las manos vacías, los brazos desdeñosamente cruzados sobre el pecho, ensangrentada la faz, el traje desgarrado. Su actitud era de reto y provocación, de un reto orgulloso, de vencedor y héroe.

Los chicos, sin consultarse, se inclinaron para coger cada uno su piedra, y sin concierto, á intervalos desiguales, hicieron el molinete, lanzaron el proyectil.... Telmo, inmóvil, sin descruzar los brazos, ni poner en práctica sus acostumbrados medios de defensa, sin correr por el adarve ni descolgarse buscando la protección del muro, aguardaba.... ¿Cuál de aquellas piedras fué la que primero le alcanzó? La escrupulosidad histórica obliga á confesar que no se sabe. Probablemente le tocaron dos á un tiempo: una en el brazo izquierdo, otra sobre una oreja, junto á la sien. Y tampoco se sabe por obra de cuál de las dos abrió los brazos como el ave que quiere volar, y se desplomó hacia atrás, precipitado en el vacío.

Quedáronse los muchachos aturdidos ante su victoria. No la celebraron con gritos ni con clamoreo triunfal. Hagámosles justicia: la conciencia les argüía. Sus corazones nuevos y frescos, sus almas no baqueteadas aún por las componendas de la experiencia y de la vida, les decían á gritos que el lauro estaba manchado de infame cieno. Reinó entre ellos el silencio más profundo. Se miraron. El ruido blando y sordo del mar al estrellarse en la playa, el chapoteo de las olitas contra los escollos del canal, les parecieron voces acusadoras.

—¡Contra!—se atrevió á decir Cartucho, el más desalmado guerrillero.—¡Lo hemos jericopleado, señores! Duro, por hacer burla de nosotros.

—¡Barajas! ¿Y si está muerto? La hicimos buena....—indicó Edisón, el más previsor, hablando muy bajo, por si le oía el juez.

—¡Qué muerto, ni qué!.... Un croquis ó dos en la cabeza.... Un chichón más ó menos,—opinó Augusto, rapaz de dos lustros y algunos meses, ya asiduo fumador de elegantes.

—Á verlo, á verlo,—exclamó Montenegro, tomando á brincos el camino de la fortaleza.

Siguiéronle los demás. Era el arrecife peligroso, resbaladizo; pero los chicos saltariqueaban por él lo mismo que gaviotas. La entrada del fortín no tenía puerta alguna; únicamente amontonadas piedras obstruían el ingreso, y grandes dovelas caídas y poderosos sillares volcados formaban una especie de barricada, que zarzas y ortigas hacían más inaccesible. Salvado aquel obstáculo, tenían que cruzar los sitiadores una poternita baja, y entraban en lo que debió de ser cuerpo de guardia de los antiguos defensores de la fortaleza, pues aún se veían, en el murallón, señales del fuego de la chimenea ó cocina en la pared denegrida por el humo. Allí, sobre un montón de escombros que había recibido su cuerpo al caer de lo alto del adarve, yacía Telmo, ensangrentado, blanco como la cal, sin movimiento ni señal alguna de vida. Los vencedores se quedaron de una pieza.

—Ó está muerto ó lo parece,—dijo Montenegro con pavor.

—¿Qué muerto ni qué muerto? Se finge para asustarnos,—declaró Cartucho.

—No seas bárbaro,—respondió Edisón, siempre en competencia con el hijo del armero, que le vencía en vigor, y á quien él vencía en meollo.—No seas cafre. Está muy mal. La hicimos, ¡barajas!

—Pues ahora.... no hay más camino que liscarse. ¡Y pronto!

—¿Y ese? ¿Lo dejamos así, como á un gato que se cayó de la buhardilla?

—¿Qué remedio? ¿Te quieres quedar tú á cuidarlo?

El padre vive ahí cerca, al lado del Campo Santo,—advirtió Augusto el fumador.—Podíamos avisar....

—Cállate tú, cállate tú, tapón.... Á ver si te moneas conmigo.... ¿Avisar al padre? Á mí no me da la gana de ir á casa del padre, ¡contra!

—Ni á mí....

—Ni á mí....

—Ni á mí, aunque me ofrezcan cien duros....

—Pues largo, que á lo mejor los municipales nos pillan.... Cada uno por su lado. ¡Arre!


IV

El hombre que se había consultado con Moragas, no extrañó, al salir de casa del Doctor, el no encontrar á su hijo. Sabía que el rapaz era aficionado á dormir hasta muy tarde, mejor dicho, á estarse en la cama soñando despierto, y achacó la inexactitud á pereza. Ya parecería en casa de Rufino.... ó donde Dios dispusiese. Tomó el enfermo calle arriba. Al pasar por delante del edificio que encierra á la vez el Gobierno civil y el Teatro de Marineda, un instinto ó un hábito le impulsó á buscar la sombra de los soportales, y antes de llegar á la calle Mayor, que se columbraba á poca distancia rehirviendo en gente y llena de animación, giró hacia la izquierda y metióse bajo otra fila de arcos, que forman la soportalada del muelle: Era aquello el reverso de la medalla; no cabía más marcado contraste que el de las tiendas de la calle Mayor—surtidas, desahogadas, luciendo hermosos escaparates de altos vidrios, bien alumbradas de noche por el claro gas—con los pobres tenduchos y figones, y las sospechosas aguardenterías de las arcadas de la Marina, donde celebraban sus conventículos cargadores, pescantinas, habaneros recién desembarcados, vestidos de dril y con el rostro color de caoba, soldadetes y carreteros del barrio de la Olmeda, que antes de picar á su yugada para que arrastrase el horrible peso de los bocoyes que abrumaban el carro, aguijaban su propia brutalidad con una dosis de alcohol....

El cliente de Moragas....—á quien atribuiremos el nombre de Juan Rojo,—se detuvo á la puerta de la aguardentería más sórdida, más tenebrosa, la que frecuentaba gente más perdida y de donde se oían salir voces más avinadas y palabrotas más soeces. Antes de entrar, fluctuó un instante. Al fin el Doctor le había mandado que no bebiese gota, que no lo catase siquiera. Luchaba en Rojo la ya imperiosa costumbre con el instinto de conservación ó voluntad de vivir que no abandona, ¡cosa extraña!, ni á los mismos suicidas, en el crítico instante de atentar contra su existencia. «Cuando el médico lo dice....» Pasados diez segundos, transigía ya con un vasito, un vasito de á medio cuarterón, una miseria. «Poco veneno no mata», pensó, encogiéndose de hombros. Y tendiendo al vaso una mano mal delineada,—larga y fuerte, de dedos rudos,—lo trasegó al gaznate. Aquel espolazo le infundió resolución. Al salir del tabernucho era su paso menos furtivo y cauteloso; su rostro ostentaba cierta seriedad provocativa, arrogante, como de persona determinada á arrostrar cualquier hostilidad, imponiéndose. «Me dan ganas de ir por la calle Mayor», pensaba. «La calle es de todos, y quisiera yo saber quién puede oponerse á que me pasee por donde se me antoje.» Caló más el sombrero, metió las manos en los bolsillos del pantalón, y enhebrándose por el callejón del Arancel, hizo irrupción en la calle Mayor,—emporio de Marineda.

Las gentes marinedinas, no siendo en tiempo de verano, prefieren pasear antes que anochezca del todo; y huyendo de la temperatura desapacible y del cierzo húmedo que sopla en el Ensanche, se hacinan en la calle Mayor, abrigada por su misma angostura. Llena estaba la calle de una multitud muy emperifollada y muy deseosa de mirarse y divertirse, cuando entró Juan Rojo. Éste no produjo ningún efecto; el gentío se lo bebió. Las señoras subían y bajaban, entretenidas, ó en criticarse, ó en observarse de reojo los trapos de cristianar, y ni vieron á aquel hombre, que, si podía interesar al observador, debía pasar inadvertido entre el bullicio de una concurrencia tan apiñada como brillante. De las damas que ostentaban su mejor ropa y se paraban á saludarse y á curiosear los escaparates de los comercios, ninguna conocía á Juan Rojo. Si algún caballero recordaba su cara y su talle, ya se colige que había de hacerse el desentendido. Juan miraba á diestro y siniestro, sin encontrar más que fisonomías distraídas é indiferentes.

No obstante, á la puerta del Casino de la Amistad, en sillas colocadas fuera del vestíbulo, Juan divisó un importante grupo. Componíanlo el Presidente de la Diputación, el rico fabricante y concejal Castro Quintás, el brigadier Cartoné, el novel abogado y á ratos periodista Arturito Cáñamo, el magistrado Palmares, el Fiscal de la Audiencia D. Carmelo Nozales, y el señor Alcalde de Marineda en persona. Rojo, al acercarse al Casino, mitigó el paso, y puede decirse que se encaró con el corro; miróles fijamente, y como, al parecer, no le reconociese ninguno, saludó casi en voz alta: «Señor de Palmares.... señor Alcalde.... felices....» Volviéronse, como picados de la víbora, el oidor y la autoridad popular: sus semblantes se anublaron, sus labios exhalaron una especie de sordo murmullo, que lo mismo podía ser respuesta que injuria. Rojo, sin quitarles de encima la vista, siguió lentamente su camino. Al extremo de la calle, donde ya se ensancha para descender en ligero declive hacia el Teatro, y donde los paseantes escasean, Rojo tropezó con dos personas, una niña y una mujer del pueblo, modestamente trajeadas, que se quedaron mirándole de hito en hito. La niña, agazapada en las faldas de la mujer, con los ojos dilatados de terror, exclamó en voz trémula y baja:

—¡Ay madre! ¡El verdugo!

Sintió Rojo la exclamación como si recibiese una bofetada fría en el rostro. Volvióse, y acercándose á la criatura, que ya no se agarraba á las faldas, sino que abrazaba, convulsa, llorando á gritos, las piernas de su madre, dijo sentenciosamente, alzando la huesuda diestra:

—Como te libres de la justicia, de mí bien libre estás.

Y continuó andando, mejor dicho, corriendo, porque había perdido todo el aplomo facticio debido al trago y desplegado al atravesar la calle Mayor, y otra vez predominaba el impulso de buscar los rincones sombríos, los sitios desiertos de la ciudad, el que le movía á filtrarse por las calles más extraviadas y sospechosas, y á preferir, para sus salidas, las horas en que cendra su velo de neblina el crepúsculo. Arrimado á las casas, protegido por los soportales, alcanzó la cuesta que asciende al Cuartel de Infantería, y una vez en la explanada del Campo de Belona, sintió cierto desahogo. Estaba ya en sus barrios. Allí se encontraba, ya que no entre sus iguales,—pues no tiene iguales Rojo,—al menos entre el pueblo indulgente, que perdona todo lo que hacen los miserables por el pan. La sensación de bienestar de Rojo aumentó al cruzar la puerta de Rufino.

Era la casa de Rufino una tendezuela de las llamadas antaño «de aceite y vinagre», y donde hoy se mezclan la especiería, el petróleo y los comestibles, con los fósforos, barajas, aleluyas, alpargatas y otros artículos variados; por ejemplo, pastillas de jabón rosa y verde, lechuga y botellas de cerveza. No todos los líquidos que se despachaban allí eran de origen sajón, pues en la trastienda de Rufino, y alrededor de una mugrienta mesa, solía enzarzarse por las tardes la partida de brisca, jugándose muy españolas copas de aguardiente. Hacían la partida Rufino el tendero; Antiojos, zapatero de viejo; Marcos Leira, hojalatero y lampista, y Juan Rojo. Quizá algún aficionado á meterse en lo que menos le importa tendrá la pretensión de averiguar cómo podían el remendón y el artista en lata dedicar sus tardes al cultivo de la brisca y del tute real, abandonando la lezna y el soldador. Responderé al susodicho curioso, que las familias de Antiojos y Marcos Leira estaban organizadas con arreglo al usual patrón siguiente: la mujer descornándose y reventándose á trabajar, mientras los borrachines maridos cultivaban el ocio con dignidad.... y con brisca.

La esposa de Antiojos era operaria en el taller de Peninsulares de la Fábrica de Tabacos; sus ágiles dedos y los de su hija mayor, ganaban el sustento de la familia. La hija menor, raquítica, que no había conseguido aún el suspirado ingreso en la Granera, se dedicaba á «preparar labor» á su respetable papá, cuyo taller consistía en una de las barracas que á manera de rojos hongos pululan á la sombra del Cuartel de Infantería, al pie del Campillo de la Horca, hoy Rastro.—Allí se pasaba la vida la mísera segundona de Antiojos, esperando la problemática llegada de un parroquiano para correr á avisar al remendón, que solía recibirla con malas palabras y mucho peores obras. Mientras no aparecía el parroquiano, la muchacha, que, por tener desgracia en todo hasta había recibido en la pila el feo nombre de Orosia, no estaba ciertamente mano sobre mano ó dándose aire con el abanico. Ella remojaba la suela; ella la batía sobre la chata piedra, estropeándose las rodillas; ella señalaba con el punzón las distancias del clavillo; ella cosía el material; ella enceraba el hilo y recortaba y engrudaba las plantillas; ella abría los ojales, y cuando Antiojos llegaba despidiendo rayos por la inflamada nariz y los encandilados ojos, apenas tenía ya que hacer sino lo indispensable para no perder la dignidad de maestro, la cual se cifraba especialmente en la forma, es decir, en la hormaza de madera donde encajaba la bota ó zapato que debía restaurar.—¡Cabra, vaca sucia, malditona!—solía decir á Orosia en su pintoresco lenguaje.—¡Como me toques á la forma.... te estripo!—Y la sin ventura Orosia lo ejecutaba todo.... menos tocar á la forma, que era por lo visto la misteriosa clave del arte zapateril.

Á Marcos Leira, el hojalatero, le daba el vino por distinto lado: por el buen humor y la sandunga. Si á la mañanita, antes de matar el gusano, solía vérsele alicaído, con una murria siniestra, en diciendo que se echaba al cuerpo el primer vasito de caña rubia y melosa,—esa excelente caña que se vende en la más ínfima taberna marinedina,—ya estaba el honrado Marcos lo mismo que unas pascuas de alegre, y suave como el terciopelo con su esposa y sus chiquitines. Concha la hojalatera, morena, buena moza, de fogosos ojazos, juraba y perjuraba que no sabía ella cómo ciertas mujeres se lamentaban de que sus maridos trajesen, al volver á su hogar, «un poquito de aquel de bebida». Sobre este delicado punto andaban siempre á la greña la cigarrera, mujer de Antiojos, y la de Marcos. Esta, ¡alabado sea Dios!, nunca más contenta que cuando su cónyuge tenía «la gotita en el cuerpo». Entonces no sólo se mostraba decidor, cariñoso, galante, sino que se tumbaba en la cama ó salía, dejando en paz á Concha y al oficial, que trabajaban mucho más solos. Las malas lenguas se despachaban á su gusto comentando la inclinación de la bella hojalatera á zafarse de su esposo; pero tal vez fuese exceso de malicia el roer los zancajos á la mujer del borrachín, puesto que su tienda y tráfico andaban lucidísimos, dirigidos por ella, que, siempre limpia y repeinada, semejaba una reina entre tanta alcuza, regadera, colador, reverbero, linterna y palangana, fulgentes como la plata bruñida. Si la hojalatera cojease del pie que los vecinos sospechaban, su comercio no se vería tan próspero, sus chiquillos tan saludables. Se murmuraba, ¡claro está!, ¿de quién no se murmura? No podían avenirse las comadres del barrio del Cuartel á que la buena moza tuviese su casa «llenita de todo», lo mismo que si el marido no fuese un solemnísimo beodo, holgazán y jugador; y el reconcomio de la envidia era sin duda el que las movía á atribuir tan negros móviles, no sólo al celo y asiduidad del joven oficial de hojalatero, sino á las visitas de algún teniente que por allí se entretenía un rato al salir del Cuartel.

Los cuatro jugadores de brisca eran cuatro ejemplares de alcoholismo muy diferentes entre sí. Casi deberíamos descontar uno, el especiero-tabernero Rufino. Este no bebía más caña de la necesaria para impulsar á los otros; economizaba su vaso á la vez que colmaba el ajeno.—Marcos Leira era el sér abyecto conducido por la bebida á la atrofia del sentimiento del honor popular (tan enérgico como el caballeresco), ó forzado á beber sin tino para olvidar la vergüenza, y capaz ya hasta de soltar un chiste cuando, no recatándose de él, agarraba el teniente á la hojalatera por el talle. Antiojos, el beodo brutal, en quien el alcohol despertaba el sordo impulso de la locura sanguinaria. Á veces, cuando regresaba á su casa tambaleándose, haciendo eses sobre el pavimento desigual de las míseras callejas, por su cerebro obtuso cruzaba purpúrea nube, y sus manos trémulas é inciertas sentían hormigueo feroz, prurito de estrujar destruyendo.... En cuanto á Juan Rojo, pocas veces llegaba al estado de verdadera intoxicación alcohólica: tenía la cabeza resistente, el estómago firme, terco el pensamiento, y si la bebida le reanimaba al pronto, tardaba mucho en abstraerle completamente de la realidad. Él no le pedía sino olvido.... ¡y el olvido tardaba tanto en acudir! Aquel día, sin embargo, al sentarse ante la mesa de la trastienda de Rufino, recordaba las palabras del Doctor, y se había propuesto reprimirse. Á la primera ronda, no bebió. Mientras daba cartas, la abstención le sumía en una especie de marasmo,—el marasmo insufrible que no desconoce ningún vicioso, si ha intentado la enmienda.—En el profundo y desconsolado abatimiento que le invadía, se le hincaba en el espíritu el recuerdo de aquel grupo sentado á la puerta del Casino. ¡Finchados de señores! ¡No responder al saludo sino con despreciativo murmullo! ¡Ah! ¡Ya estaba él cansado de tragar ajenjo, y si un día hablaba, le iba á acusar las cuarenta al Alcalde, á los señores de la Audiencia, al mismo Presidente en persona! ¿No era Rojo también funcionario? ¿Valía de algo lo que dispusiesen los de la Audiencia, si no estuviese él allí para cumplirlo? ¡El Alcalde! ¡Con qué altanería se había negado días atrás á admitir al hijo de Rojo en la Escuela municipal! ¡No admitir á su hijo en la Escuela! ¿Querían que fuese un pillete, sin instrucción ni oficio? ¿Querían que....?

Los ojos de Juan se volvían hacia el vaso lleno. Resistió no obstante, ¡rara firmeza!, durante las primeras horas de la tardecita. Sostuvo con heroísmo la batalla. Por fin, cuando ya el sol se acercaba á su ocaso y los sucios vidrios de la tienda hacían más turbia la escasa luz, aquellas sombras, cuya lobreguez caía á un tiempo sobre sus pupilas y sobre su espíritu, fueron cómplices de la transacción. Tendió la mano temblorosa hacia el licor, y lo apuró, sintiendo con recóndita alegría que las sensaciones y sentimientos habituales, calor y esperanza, acudían á su llamamiento, y que una especie de palanca moral le soliviantaba, sacándole del pozo de hiel en que momentos antes yacía. Una grosera chanza de Marcos le hizo reir; y, á una barbaridad de Antiojos, contestó bromeando.—Al mismo tiempo advertía cierta inquietud vaga, aprensión de un mal desconocido, inquietud que en los hipocondríacos es estado normal, pero que, a posteriori, suele llamarse presentimiento. ¿Dónde estaría el chiquillo?

La partida de brisca se deshacía generalmente á las cinco ó cinco y media, porque á Juan Rojo le gustaba recogerse temprano, cenar con su hijo y acostarse. Antiojos y Marcos no se retiraban tan pronto: ¡para lo que se les perdía en sus casas! Allí se quedaban hasta las diez ó las once, y Antiojos algunas veces dormía á la estrella, pues su mujer, de ordinario paciente y sufrida, tenía días de súbita rebelión en que atrancaba la puerta, jurando que estaba «harta de pellejos» y que á lo mejor «hacía una» con semejante bigardón.... Salió Rojo aquel día más tarde que de costumbre. Había cerrado la noche, pero era hermosa: una pacífica noche de esas que anuncian la primavera y alaban al Creador. Para ir de la tienda á su morada, tenía que dar la vuelta por la calle del Peñascal y subir por la del Faro, no sin costear unos paredones altos y lisos, doble línea de tapias que forman mezquina callejuela, en invierno solada de fango, en verano de polvo é inmundicias. De uno de los tapiales Rojo oyó como si brotase un hervor de palabras confusas: tenían, en su turbia articulación, algo de blasfemia, y algo también de queja y lamento amarguísimo. Sintió un impulso compasivo, mezclado á esa sugestión de la vanidad, que nos dice, en presencia del infortunio que podemos aliviar: «Aquí eres necesario; aquí sirves; aquí vales.» Al pie del paredón se rebullía un informe bulto humano, el que exhalaba aquella melopea confusa. Rojo lo reconoció. Era su vecina la Jarreta, la borracha de oficio, que diariamente recogían los polizontes en distintos puntos de la población sobre las losas de la calle, ya en el Muelle, entre despojos de sardinería, ya en el paseo del Terraplén, al pie de algún banco, ya en los soportales del malecón, ya entre los puestos de la Plaza de Abastos, siempre hecha «un templo», siempre escupiendo de aquella pestífera bocaza, entre vahos de perrita, la hez y el espumarajo del lenguaje. Sin duda el ataque fulminante de parálisis que acompaña á cierto período de la borrachera había sorprendido á la mujerota á poca distancia de su casucha, y de la inútil lid que sostenía con sus piernas negándose á llevarla, eran fruto aquellos gruñidos, aquellos gemidos sordos y aquellas furiosas imprecaciones.

Rojo se aproximó, diciendo solícito:

—Ea, señora Hilaria.... Upa.... yo la ayudo.... ya verá cómo la pongo en camino de su casa.... en la puerta....

La borracha gruñó más fuerte: sus vidriosos ojos se entreabrieron, fijándose en su interlocutor, primero vagos, luego atónitos. Como la luz del farol y lo entreclaro de la noche permitiesen á la Jarreta distinguir las facciones de su salvador, sus pupilas destellaron ira, la sentina de su boca despidió una furiosa tufarada, y recobrando habla expedita, bramó roncamente:

—¡Largo de ahí, sayón; como me toques, te escupo á la cara! No he dado de puñaladas á nadie, ¿lo entiendes?, ni he robado tres cochinos cuartos, ¿lo oyes?, ¡para que tú me pongas la mano en el cuerpo! ¡Con Lucifer del infierno me voy, y no contigo! ¡Como te arrimes, llamo á los vecinos y á la guardia de la Maestranza! ¡Arre de ahí...., que manchas á las señoras!


V

Rojo se tambaleó. Aquello era peor que lo del saludo al magistrado y lo de las altanerías del Alcalde. El magistrado, al fin, aunque de la misma escala, era un funcionario superior, una persona de respeto.... y podía desdeñarse de.... ¡Pero que aquella hembra miserable, vergüenza de su sexo y ludibrio de la humanidad, tuviese á menos aceptar de él, no amistad ni trato, sino el servicio más casual, lo que se admite de cualquiera! ¡La Jarreta! ¡Vean Vds. quién le hacía ascos, á él! ¡La Jarreta, aquella barredura!

No contestó. La harpía continuaba vociferando. El insultado bajaba la cabeza y se internaba ya en la calle del Faro, en dirección al Faro mismo. Según adelantamos por esta calle, algo pendiente, dirigiéndonos al cementerio y viendo en lontananza, sobre el erguido promontorio, la misteriosa torre fenicia vestida por Carlos III con túnica neo-griega, las casas van siendo más pobres, más bajas, más irregulares, hasta que, cerca ya del cementerio, desaparecen por completo á la izquierda del arroyo, transformado en camino real, y sólo se divisa á la derecha hasta media docena de ranchos seguidos, compuestos sólo de una planta baja y un desván gatero, ó fayado, como en Marineda suele decirse. Los cinco primeros ranchos debían de hallarse deshabitados, porque un papel blanco se destacaba sobre las vidrieras. En el último rancho, lindante con el cementerio, vivía Juan. La pintura de almazarrón que cubría uniformemente las maderas de las seis barracas, de día trazaba una línea de sangre sobre el fondo verdoso ó plomizo del Océano.—Llegó Rojo á su puerta, encorvado y encogido, á modo de quien huye de la persecución de un látigo, y alzó el pestillo y se filtró cautelosamente en la casa, como el que penetra á escondidas en el domicilio ajeno á cometer reprobada acción. Ya dentro, echó cerillas y encendió el reverbero de petróleo colgado de la pared.

Cual si aquella luz sirviese para iluminarle con una idea en cierto modo consoladora, acordóse entonces nuevamente, redobladas sus inquietudes, del niño, ¿Telmo? ¿Dónde estaría metido Telmo? Era raro no haberle visto en todo el día, y más raro aún no encontrarle esperando ó jugando á la puerta á aquella hora, en que el apetito, excitado por un día entero de travesear por las calles, tenía que empujarle hacia la cena. Cuando su padre se retrasaba en volver á casa, el chico solía aguardarle en la de una vecina, esposa de un botero del Muelle, y madre de cuatro criaturitas,—encanto de Telmo, pues aquella caterva le obedecía y respetaba, por ser mayor.—Á esta buena mujer, llamada Juliana la Marinera, y medio ciega de una persistente oftalmia, acudía Rojo en demanda de servicios domésticos, que remuneraba con bastante largueza; verbi gracia, arrimar el puchero á la lumbre, echar algún remiendo á su ropa ó á la de Telmo, planchar tal cual camisa, mondar patatas ó fregar el suelo—cada semestre, á lo sumo.—Trabajando casi á tropezones, la Marinera lo hacía todo muy mal; sus remiendos eran mapas en relieve, y sus planchaduras tostones; pero Rojo no la trocaba por otra operaria más hábil, ya que ésta le servía con afabilidad, y no desdeñaba el dinero de sus manos. Viendo, pues, que Telmo no rondaba la casa propia, ni se hallaba dentro, pensó Rojo que estaría en la de la Marinera.—Salió á enterarse.—No: tampoco el niño estaba allí, ni había parecido en todo el santo día. La Marinera, ocupada en echar piezas á unos calzones de su hombre, soltó al punto la labor, y se ofreció á recorrer las casas del vecindario, por si alguien tenía noticia del rapaz. Entretanto Rojo se volvió á su vivienda, con esperanzas de que allí estuviese ya el niño. Pero en el momento de entrar, una impresión parecida á la del aire helado que exhala una sepultura le clavó en el umbral.... ¿Qué era?

En ciertos momentos de la vida, bajo el peso del miedo indefinible é ilimitado que sobrecoge al espíritu cuando presiente un mal sin poder apreciar su extensión, este mal desconocido reviste la forma concreta de otro mal ó de una serie de males viejos pasados, que resucitan y salen de la sombra como del mar el cadáver del náufrago, desfigurado, lívido y terrible. El silencio y soledad de la morada de Rojo; la cazuelita con el guiso, puesta sobre los tizones; la luz ardiendo; y, más que nada, el temor, la incertidumbre, la inexplicable desaparición del hijo, volvieron á Rojo seis ó siete años atrás, recordándole una hora muy semejante y muy decisiva en su arrastrada existencia. Aquella hora, mejor dicho, aquel momento, venía cerniéndose, preparándose desde tiempo atrás, cuando llegó, y sobre todo, desde que fué favorablemente despachada cierta solicitud pretendiendo la plaza de oficial público. Rojo, sin embargo, no veía ó no quería ver cómo se había oscurecido la densa nube. Que su mujer andaba así, distraída.... que estaba fuera de casa largas horas.... que á la de comer, si su marido le dirigía la palabra, no contestaba apenas.... que á veces se quedaba como embobada, pensando en las musarañas, sin entender lo que le decían.... que en el lecho común se volvía de espaldas, encogiendo los pies y haciéndose un ovillo para rehuir todo contacto.... que apenas cuidaba de Telmo, ni le hacía caricias.... ¡ella, tan madraza!: que las labores de la casa las desempeñaba mal y á empujones, ¡ella, tan hacendosa!: y que un día, porque el marido reclamaba una comunicación íntima y tierna que de derecho le pertenecía, había sufrido ella una convulsión, resuelta en un diluvio de lágrimas, ¡ella, tan dócil, tan pronta en pagar su deuda de complacencia conyugal!

Todo esto, que en realidad era para notado y advertido, no lo notaba Rojo, tal vez porque no había sido crisis repentina, sino gradual, insensible en sus comienzos, y porque no sería tan exacto decir que procedía de la solicitud, como afirmar que ya antes la indicaban mil pormenores, síntoma fijo, pero rara vez apreciado, de las transformaciones del corazón. El marido, si percibía la frialdad, el hielo moral que iba cuajándose, no le atribuía la importancia que tuvo realmente, por su concepto del literalismo de la vida, que le llevaba á estimarse dueño, no en sentido figurado, sino en el más real y positivo, de aquella criatura humana. ¡Era su mujer! Le pertenecía á él, á él solo, ¡á Juan Rojo! ¡Y por infernal que el destino de Juan Rojo pudiera considerarse, el destino de María Roldán estaba á él indisolublemente unido! Al casarse, María había aceptado cuanto viniese de su esposo, lo mismo la gloria que la última infamia.... Esto lo creía Rojo un dogma, y si le escocía la variación del carácter de María, no por eso imaginaba que de esta variación hubiese de seguirse nada grave y radical....

Por más imprevisto, fué más recio el golpe. Lo había sentido casi físicamente, á manera de porrazo en el cráneo. Ahora le parecía volverlo á sentir, porque las circunstancias exteriores le retrotraían al cruel instante. También aquella noche había notado, al entrar en su casa, extraña soledad y medroso silencio; también yacía, sobre los tizones del hogar, la cazuela del estofado, bien arropada, bien tapada con el tiesto cubierto de ascuas vivas; sólo que en la alcoba, y no en su camita, sino en el centro del lecho matrimonial, Telmo dormía tranquilamente: la madre le había acostado allí, como para que llenase el hueco que dejaba ella.—Y Rojo lo recordaba todo con aguda precisión: la espera, la salida á preguntar á las vecinas «si habían visto á su mujer», las sonrisas despreciativas, irónicas, rara vez compasivas, que contestaron á la pregunta, la primer noticia de la fuga, no creída, el aferrarse á la convicción de que todo era una broma que María le daba, la noche pasada entre esa angustia del dudar que precede á la convicción de una catástrofe y es cien veces más intolerable que la misma certidumbre, las investigaciones desesperadas del día siguiente, el llanto desgarrador del niño que á toda costa quería ser vestido, lavado, atendido por mamá, las noticias ya seguras, adquiridas en el Gobierno civil, de que se había visto á María en un carro, camino de Lugo, acompañada de un individuo, los ofrecimientos de traerla al ofendido esposo «por puestos de la Guardia civil», la inesperada forma que en su espíritu tomaron el desengaño y la afrenta, convirtiéndose en una total renuncia del derecho.... y el empeño que había tenido por espacio de muchos días en representarse á María—que aún era fresca y joven—extraviada, enloquecida por una pasión delirante, ilusionada hasta el frenesí con otro hombre, y disculpable por la fiebre del cariño....

Mas este concepto del motivo de la deserción conyugal, no pudo prevalecer.... Amigotes, vecinas, guardias municipales, gente oficiosa, se encargaron de desengañarle un día y otro día.... Qué amor, ni qué.... ¡El hombre con quien María había huído le era casi indiferente!.... Lo había conocido puede decirse que de la noche á la mañana, y ni las tristezas, ni las rarezas, ni las distracciones anteriores tenían nada que ver con el personaje.... Por lo demás, todo el barrio sabía que María estaba resuelta á tomar el tole «con el primero que se presentara....» Se lo había dejado decir muchas veces.... «Y si no encuentro un desesperado, lo mismo da; yo me gobernaré.... No faltan casas de las Nueve tejas por el mundo....» La casa de las Nueve tejas,—Rojo lo recordó,—era un lugar infame, llamado así por lo angosto de su fachada, que coronaban únicamente nueve tejas, y famoso por esta misma singularidad en el mapa del vicio marinedino.—No era, pues, la fatalidad pasional lo que había deshecho el hogar de Rojo...., sino otro sentimiento, el que impulsa á huir de una ignominia refugiándose en distinta ignominia.... ¿mayor ó menor? Arduo problema, que las comadres del barrio tenían resuelto de plano en sentido desfavorable al cónyuge. «Á mujer de bien no me gana ni la reina,—decía una varonil tocinera del mercado,—pero si Dios y la Virgen me castigasen con tomar el marido mío semejante oficio, á fe de Colasa que me iba con los soldados del Cuartel.» Y esto lo profería la comadre delante de su propio legítimo dueño y señor, el cual respondía con mucha flema y convencimiento: «Y que te sobra decir verdá, mujer.... Porque ciertas cosas abochornan la cara.... Yo soy matachín, con perdón, de puercos, y á mucha honra, que nadie tiene por qué despreciarme; pero primero me metía á recoger mundicia en las cuadras, que á matachín de cristianos.» Pocos meses después de la fuga de María, cuando fué público que, abandonada por su cómplice, se había dado completamente á la vida airada en Vivero, y que rodaba por las calles, las comadres tuvieron para ella más piedad, para el marido más aversión.... Sólo la Marinera decía sin rebozo que ella no aprobaba á María Roldán, teniendo María Roldán una criatura.... Y esta opinión, defendida valerosamente, le había costado devorar insultos, porque, según las mencionadas comadres, «ella defendía á Rojo porque le servía de criada, lo cual era una bajeza muy indecente».

Si no precisamente en estos incidentes mismos, en lo que se relacionaba con ellos, estaban fijos los pensares de Rojo cuando entró á esperar que se averiguase el paradero de su hijo. Tanto, que necesitó hacer un esfuerzo para volver á la realidad y concretar sus ideas en esta sola: «¿Y Telmo?» Dos golpes á la puerta, con el puño, apresurados, rápidos, y la voz quejumbrosa de la Marinera, que decía ahogándose:—Señor Rojo...., señor Rojo.... ¡Ay! ¡Madre mía de la Guardia! Señor Rojo...., ¡que dicen que el niño suyo está muy malito, muy lastimado, sin poderse mover!.... Que se lo dijeron á mi chiquilla unas mujeres de las que bajan á la fuente del Castillo....—Rojo salió con ímpetu, y cogiendo de un brazo á Juliana, gritó:—¿Dónde está el muchacho? ¿Dónde?—En San Wintila.... Crucificado á pedradas.... Vaya allá, señor Rojo.... Yo no tengo vista, que si la tuviese....—El padre no escuchaba ya: volaba por la cuesta arriba, para precipitarse luego por las pendientes del sendero tortuoso. La difusa claridad de la noche, ayudada por la argentina luz de la saliente luna, que empezaba á surgir de los montes que cierran la bahía, ayudaba á Rojo, salvándole de rodar y batir con su cuerpo en la escollera.

En la playa tranquila, misteriosamente iluminada por la claridad lunar, que derramaba sobre la superficie del agua como una lluvia de hoces de plata bruñida, no se oía sino el blando murmurio de las olas al encontrarse acariciándose; y el sosiego y quietud del aire, la negrura de las peñas contrastando con el fosfórico verdor del mar, la majestad que á tal hora y en tal sitio adquiría el castillo desmantelado, eran como ironía mofadora de la angustia del hombre que buscaba en aquellas peñas y rocas lo único que tenía y amaba en el mundo.

Saltaba Rojo por la escollera, sin cuidarse de la probabilidad de un peligroso traspié. Á pocos brincos estuvo dentro del fortín. La luna alumbraba claramente el interior; á su luz el padre pudo salvar la escombradura, y sobre un montón de piedras divisó á Telmo, ensangrentado y exánime: ni se movía, ni se quejaba.

Rojo se abalanzó como á una presa al cuerpo inerte, y lo palpó con ávidas manos, rugiendo de gozo al sentir calor y flexibilidad de vida en los magullados miembros. Un suspiro le dilató el pecho: tomó al niño en brazos, se lo cargó al hombro, y emprendió la subida, sin la precipitación de antes, porque tenía que cuidar de su inestimable carga. Ahora el herido gemía; sin duda el movimiento, por poco que fuese, reavivaba sus dolores. Rojo multiplicaba las interrogaciones entrecortadas y ansiosas, las palabras de bronca ternura dichas á media voz, tratando de acomodar al muchacho lo mejor posible para que no sufriese, apoyando la dolorida cabeza en su propio seno, cogiendo á Telmo con manos de algodón, por decirlo así. Sin duda que el niño no estaba ni muerto ni moribundo....; pero ¡Dios que perdonas y castigas! ¿Estaría herido muy gravemente? ¿Tendría pierna ó brazo roto? ¿Le sobrevendría mortal complicación? ¿Quedaría para toda su vida estropeado y deforme?

Cuando Rojo iba calculando estas probabilidades, había rebasado ya la montuosa pendiente que se inclina hacia el castillo, y entraba en la carretera, orillada por las tapias de los dos camposantos de Marineda, el católico y el protestante ó disidente. La rotondita de la capilla católica se recortaba sobre el cielo claro, y su cruz infundió al corazón de Rojo deseos de implorar á la Divinidad, de pedir á alguien que todo lo puede lo que no esperaba de los hombres. Aquella súplica brotó con energía inmensa, con salvaje ímpetu, con esa fuerza que parece suficiente para imponer la voluntad de la criatura humana hasta al mismo Árbitro de la creación. Sin pretensión alguna de heroicidad, como quien hace la cosa más natural, Rojo se encaró con su Dios,—porque lo tenía,—y le dijo como quien propone un trato: «De morir alguien, que sea yo.... El niño que viva, que sane.» Al hacer esta deprecación, la mirada de Rojo pasó, de la cruz del cementerio, á la linterna del Faro que se alzaba á lo lejos; alto, solitario, sublime, y como en aquel punto mismo la intermitente mirada de luz reapareciese con purísimo destello, refulgiendo entre las nubes, Rojo percibió una voz interior que decía: «Vivirá, sanará.»

La puerta del rancho se había quedado abierta de paren par, el quinqué luciendo, y Juliana la Marinera, medio á tientas como solía, y atortolada además por el susto, daba vueltas, mudando de sitio un cacharro, atizando la lumbre, y repitiendo á media voz: «¡Jesús, Jesús! ¡Virgen de la Guardia!» Al entrar Rojo con el niño á cuestas, la mujer exhaló un chillido de conmiseración, se apresuró, quiso enterarse.... Pero ya el padre, con delicadeza de nodriza que deposita en la cuna al crío, colocaba al herido sobre la cama, y se volvía para exclamar anheloso:

—Vaya á buscar un médico, señora Juliana.... ¡Por el alma de su padre, tráigame un médico!....


VI

La exasperación de Moragas tardó en disiparse más de diez minutos: paseábase de arriba abajo por su gabinete de consulta, olvidado de todo, hasta de la presencia de Nené. Sentía esa desazón, ese malestar sordo é irritante que se apodera de nosotros después de una sacudida nerviosa que no reporta placer al organismo. Las injurias despreciables, las disputas largas con personas de poco caletre ó de mala educación, las ingratitudes odiosas, la vista de un insecto repugnante, diversas causas morales y físicas, engendran tan penoso estado de ánimo. El Doctor principió á sentir alivio mediante una circunstancia puramente accidental: el sol, venciendo al fin la neblina, batió alegremente en los cristales; como si aquel rayo benéfico la atrajese, Nené se acercó, é intimidada aún, con hechicera zalamería, preguntó en su lengua de trapos:

—No yeve.... ¿Amo alea?

Acostumbrado á la sutil interpretación filológica que requería la charla de Nené, Moragas comprendió perfectamente, y tradujo sin vacilar: «¿Papá, no ves que no lloverá hoy? Vámonos á la aldea.»

Moragas acostumbraba, despachada ya la diaria consulta, mandar que enganchasen la berlinita ó el milor, tomar consigo á Nené, y emprender un paseíto de tres kilómetros hasta su quinta en miniatura, enclavada al margen del camino real, en el alto de la Erbeda, graciosa aldeílla poblada de lavanderas y panaderas y salpicada de casas de campo. Cuatro tapias, ni muy altas ni muy recias; un trozo de verja de hierro que permitía ver desde la carretera los cenadores de madreselva y la fuente del jardín; un palomarete en el patio; sobre quince gallinas ponedoras; hasta dos docenas de frutales; cuatro ó seis coníferas de moda; alguna col y mucha enredadera, animaban á la diminuta morada donde el Doctor pasaba las mejores horas de su vida.—¿Y qué más podía necesitar un hombre de estudio y pensamiento, sino aquella sala fresca y silenciosa, aquel despacho donde las clemátidas y las francesillas se metían por la ventana á curiosear los libros, aquella galería encristalada que brindaba el siempre movido espectáculo de la carretera, aquel palomar lleno de nidos y arrullos, aquel comedor que tenía en los chineros, en vez de ricas porcelanas, limpios cristales y blancas lozas, entreveradas con camuesas olorosas de la anterior cosecha—porque no había otro frutero?

Además, en la aldea veía el Doctor una excelente compensación higiénica para la vida urbana, que á la larga podía ser funesta á Nené. Viudo desde pocas horas después de venir al mundo la criaturita en quien tenía puesto lo mejor de sí mismo, el Doctor la cuidaba como la cuidaría una madre.... fisióloga. La delicadeza y suavidad de aquella tierna florecita le tenían siempre alerta, sólo que en vez de abrigarla contra el cierzo y la helada detrás de las paredes de cristal de un invernáculo, quería someterla á un tratamiento que la permitiese vegetar al aire libre, desafiando la inclemencia de las estaciones. «Rusticar á Nené» era el programa. Esto de la rusticación se ejecutaba tan al pie de la letra, que cuando estaban en la Erbeda padre é hija, la criatura se chapuzaba en el pilón, se enfangaba en el bebedero de las gallinas, rodaba abrazada á un pato, se revolcaba en el polvo y sacaba su linda madeja rubia hecha una perdición: todo con gran contentamiento del padre, que regañaba mucho si por casualidad la veía limpia. «Vamos, hoy me han tenido á esta chiquilla debajo de un fanal.... Á ver si juegas, á ver como te me presentas bien marrana....»

Así, pues, cuando no apretaba el trabajo, cuando en Marineda había epidemia de salud y ninguna señora de la clientela de Moragas estaba próxima á bifurcarse, el Doctor se iba á la Erbeda después de su consulta, y unas veces regresaba al caer la tarde, para la visita, y otras se quedaba á dormir, lo cual era ya el colmo de la expansión. Cuando podía lograr tanta fortuna, dedicaba la noche á leer de política ó de ciencia, sobre todo de aquellas cuestiones palpitantes de la moderna medicina que llevan involucrado algún problema metafísico, algún misterio del espíritu, alguna generalización filosófica. Si Moragas estudiaba por obligación la medicina curativa, por recreo andaba siempre á vueltas con los mal conocidos resultados de la sugestión, con las revelaciones de la frenopatía y con los efectos de ciertas substancias tóxicas sobre el cerebro humano. Gustábale mucho el estudio de las que llamaban nuestros padres enfermedades mentales, y era franco admirador de los médicos modernos que aplican atrevidamente á los problemas del orden moral el método positivo y analítico de la ciencia presente. Como de esto se escribe mucho en el día, y Moragas lo hacía venir todo de París en grandes remesas, sus orgías de lectura tenían el retiro de la Erbeda por testigo y cómplice.

No hay que decir si asentiría gustoso á la proposición de Nené. Al cuarto de hora de haber visto aquel primer rayo de sol después de una mañana nublada, el padre y la niña, sentada en brazos de su niñera, corrían al trotecillo de la yegua por el camino real. Ya sabemos que era la tarde de esas apacibles de la más temprana primavera, que dan ganas de entonar el cántico de Fausto «Cristo resucitó». Sobre el diáfano azul del cielo, agraciado por copos de nubecillas blancas y finas como pluma de cisne, revoloteaban las primeras golondrinas; y en el aire había la frescura sana y entonada de la buena estación. Nené gorjeaba muy contenta, mirándose los calcetines, que por ser calados la tenían reventando de orgullo. La criatura no permitía á su padre separar la vista de los calcetines famosos. Apenas volvía el Doctor la cabeza para mirar á las quintas que festonean el camino, al paisaje ó á la gente de á pie ó de á caballo, ya estaba Nené agarrándole de la solapa, y obligándole á bajar las narices. «¡Mia tacetines...., mia tacetines de ujo! ¡Y ayer (Nené siempre decía ayer por mañana), ayer tú ayoha me tompas entanados, y vedes, y amailos...., toos talaos, de ujo, talaos!» Y la chiquilla trincaba un dedo de su padre, y lo paseaba de malla en malla, riendo. «Talaos así.»—«Bueno, preciosa...., te compraré horror de calcetines, calados así...., pero no me arranques el dedo.» Después de un intervalo de dos minutos, volvía á su tema la Nené, preguntando á su manera si le sería lícito enseñar los calcetines á las gallinas y á los Espíritus Santos (las palomas), y á Bismar, el mastín, á ver si eran de su agrado. Con la charla de la niña, lo agradable del paseo y la esperanza de una tarde aldeana deliciosa, Moragas se sentía como si le hubiesen hecho de nuevo el alma. De la irritación de antes, ni rastros. La llegada á la quinta y la irrupción en la huerta fueron triunfales.

Salió á recibirles el hortelano, vejezuelo ochentón, como una tapia de sordo, quitándose respetuosamente el serón de paja que le cubría la chola. Y el Doctor, encaminando la voz de modo que fuese derechita al tímpano, le dirigió la pregunta sacramental: «¿Qué hay de novedades, Sr. Jacinto?»

—Novedades....—contestó lentamente el patriarca.—Novedades.... Que el viento tronzó una pola de la cacia de flor...., y que un vidro de la galería está hecho pedazos...., y que la gallina pedriscada está clueca...., y que ayer noche mataron á un hombre en la parroquia.

—¿Mataron á un hombre?—repitió Moragas sin gran sorpresa, porque sabía la condición belicosa y levantisca de los mozos erbedanos, y creyó que se trataría de alguna riña de taberna.

—Á la fuerza lo mataron de noche (prosiguió el hortelano, creyendo que su amo le preguntaba la hora del suceso). Es Román, el carretero que iba y venía á Marineda con carretos de paja y de leña, y con sacos de trigo. Apareció esta mañana en el monte de Sobrás...., ¿ve? allí.... (y el viejo señalaba hacia un punto bastante próximo). Toda la cabeza le hicieron miajas con una piedra ó sabe Dios con qué.... Dice que parece un Ceomo....

—Quimera ó robo; nada, sobrevino una pendencia (pensó Moragas, metiéndose hacia su despacho, deseoso de un par de horitas de pacífica y jugosa lectura). Mas apenas daba principio á un capítulo de un libro nuevo de Maudsley, vió entrar despavorida á la niñera, y pegó un salto en el sillón, temiendo que se tratase de alguna peripecia ocurrida á Nené.

—¡Señorito, señorito! (Moragas conservaba, no obstante su pelo blanco, aire muy juvenil, y las criadas le señoriteaban á todo trapo.) ¡Señorito...., asómese...., que ahí va el Juzgado á prender á los que mataron á ese carretero!

La muchacha hablaba con el tono medroso que adopta la gente del pueblo para referirse á la Justicia, á la cual nombra con inflexiones de terror que no tiene quizá para los ladrones ni para los asesinos.—Moragas se levantó y se asomó á su galería, que dominaba el camino, fijándose con cierta curiosidad en el grupo. Iban delante, en malos caballejos, el Juez y el Secretario; seguíanles á pie dos parejas de la Guardia civil, cuatro hombres de rostro atezado y militar, de ágiles y airosas piernas bien modeladas por las polainas de camino; y detrás, á lo que puede llamarse sin metáfora distancia respetuosa, sobre una docena de aldeanas y chiquillos, pelotón que iba engrosándose á medida que la comitiva avanzaba. Moragas conocía al Juez, y aun había asistido en cierta grave dolencia á un hermano suyo; y al movimiento de cabeza y la sonrisa con que el representante de la ley le saludó, contestó vivamente gritando:

—Adiós, Priego.... ¿Quieren Vds. subir y refrescar? ¿Una botellita de cerveza?

—Tantas gracias.... Ahora, imposible—contestó Priego deteniendo un instante á su jaco, que no deseaba otra cosa.—Á la vuelta. Llevamos prisa.

—¿Y.... eso?—preguntó con significativo gesto el Doctor.

—¡Hmmm!—contestó el Juez en tono significativo, que respondía plenamente á la expresiva interrogación de Moragas, dando á entender del modo más claro:—«No crea V. que se trata de un crimen vulgar. Se me figura que hay tela.» Y tocando rápidamente al sombrero, los dos funcionarios consiguieron de sus monturas un mediano trotecillo, alejándose el grupo, que, al desaparecer en la revuelta, dejó, en opinión de Moragas, cierto silencio extraño en la atmósfera.

Intentó el médico recomenzar la lectura, pero no pudo. Sus ideas habían tomado otro giro; su fantasía, distraída y excitada, seguía al grupo, asistiendo á las escenas siempre dramáticas y grotescas á veces, que acompañan á eso que se llama en lenguaje técnico levantar el cadáver. Existe en todo hombre, en el menos literato, en el último burgués, lo que puede llamarse un novelista natural, capaz de urdir en pocos minutos treinta argumentos complicados y estrambóticos. Moragas poseía en alto grado esa facultad: tenía de sobra imaginación, aun dentro de la esfera de sus estudios profesionales; y, sin ser precisamente de la condición de aquel individuo que se murió de pena porque al vecino le habían sacado el chaleco corto, ello es que se interesaba mucho en los asuntos ajenos, con verdadero interés altruista; no por curiosidad, como tantos, sino por la condición esencialmente expansiva y generosa de su carácter. Dos minutos antes, le era indiferente el suceso de la muerte del carretero Román; pero después de la indicación del Juez, su fantasía trabajaba sobre el tema del crimen y del enigma probable que se encerraba en él. Al pronto no se dió cuenta del verdadero origen de aquella excitación, mas no tardó en comprender que se relacionaba con el extraño cliente que había acudido pocas horas antes á su consulta. «Quienquiera que sea el asesino, valdrá más que aquel tunante. ¡Si yo creyese que es lícito asesinar científicamente á algún prójimo, lo creería de ese bicho.... que ni prójimo conceptúo siquiera! ¡Así reviente de los malos hígados que Dios le dió! Pero vamos, que hoy es día de piedra negra. Aquel individuo por la mañana, y por la tarde este suceso.... que aún no sabemos en que parará.» Para distraerse, Moragas bajó al jardín, tamaño como un pañuelo, dió vueltas por sus calles, que más parecían callejones, se enteró del estado de salud de legumbres y hortalizas, mandó espallerar un pavío, hizo fiestas á Bismar, se indignó porque dos ó tres insolentes babosas se comían el fresal con todo el descaro del mundo...., y al mismo tiempo no cesó de atisbar por la verja el instante en que regresase «la Justicia».

Un poco antes de la puesta del sol, oyó un vocerío y divisó un tropel de gente que bajaba por la carretera, en dirección de la ciudad. Moragas se encaramó al miradorcillo que, desde el ángulo de la tapia, registraba el camino perfectamente. Abría la marcha, como siempre, turba de pilluelos descalzos, de esos que van adonde hay ruido y drama callejero, y que se reclutan lo mismo en los lavaderos de la Erbeda que en las plazuelas marinedinas: seguían, graves y ceñudos, los cuatro números de la Benemérita, y entre ellos caminaba, sueltas las largas trenzas sobre el vestido de oscuro percal, una mujer joven. Cuando pasaba la comitiva por debajo del mirador de Moragas, el sol poniente alumbró de lleno la figura de la presa. Representaba de veintiséis á veintiocho años: tenía el rostro cubierto de palidez; era menudita de cara y cuerpo, de facciones delicadas y regulares, de formas cenceñas, y con cierta pureza de líneas en el contorno del seno, alto y pudoroso, sobre un talle plano. El pelo muy negro, partido á ambos lados, alisado sobre las sienes y colgando atrás en dos trenzas, contribuía á prestarle expresión y aspecto de recato casi místico. Moragas sintió una impresión profunda de sorpresa. ¿Por qué llevaban entre Guardias civiles á aquella criatura? ¿Sería posible que fuese una criminal?

La multitud, que seguía al grupo de los Guardias y la presa, se componía de gente aldeana. Iban en actitud más triste que hostil, con caras y actitudes de gente que acompaña á un entierro. Sólo algunos hombres y algunas viejas cuchicheaban, mostrando indignación. Había mujeres que alzaban las manos al cielo; otras señalaban á la presa; muchas volvían la cabeza hacia atrás, mirando al objeto que cerraba la comitiva: uno de esos carros del país, de primitiva forma, con rueda sin radios, que caminaba lentamente, al paso de la yunta de bueyes rojizos, muy animados por la carga relativamente tan ligera. En efecto, detrás de la armazón de entretejidos mimbres que otras veces serviría para retener el carreto de arena ó piedra, no se distinguía sino un bulto de poca alzada, cubierto con groseros paños; Moragas no necesitó mirarlo dos veces para conocer que era un cuerpo humano, un cuerpo muerto.... Ni en los paños, ni alrededor del bulto, ni por parte alguna se veía mancha ni señal de sangre, y, sin embargo, Moragas creía notar en todo el carro un tono bermejo.... Era que el sol se ponía, y su luz oblicua inflamaba cuanto tocase....

Ya había desaparecido la turba en la revuelta del camino; ya no se oían sus voces, y aún Moragas no se había meneado del mirador. Le dejara profundamente pensativo aquella muchacha, tan débil, tan dulce en apariencia, llevada á la cárcel entre una muchedumbre acusadora. El aspecto de la mujer le había despertado viva curiosidad, parecidísima al interés. Tenemos, ó, por mejor decir, tienen las personas del carácter de Moragas, de esos chispazos compasivos, que con repentina vehemencia se apoderan del alma. Moragas era lo que en la época de Rousseau se llamó hombre sensible, y lo que hoy nuestro endurecimiento nombra, con cierto matiz de desdén, persona impresionable. Su profesión dolorosa, lejos de embotarle la sensibilidad, se la refinaba cada día. Con la misma vivacidad con que había arrojado por la ventana los dos duros de la consulta de Rojo, hubiese bajado entonces.... ¿á qué? Á cometer la ridiculez de ofrecer un refresco, una moneda, un consejo, una sonrisa, algo que tuviese forma consoladora, á aquella mujer tan pálida, de mirada tan fija, de labios tan convulsivamente apretados, de tan modesto porte....

Diez ó doce minutos hacía que ni el polvo levantado por la comitiva se veía flotar en la atmósfera, cuando Moragas descendió de su observatorio, porque se oía el trotecillo de dos jacos, y no dudó que fuesen las monturas del Juez y del Secretario, los cuales volverían cumplida su tarea de iniciar las diligencias sumariales. Así era en efecto: el trote se detuvo ante la puerta de la quinta, y los funcionarios descabalgaron prontamente. El Doctor comprendió que aceptaban el refresco, del que debían de estar bien necesitados, y al tiempo que salía á recibir á sus huéspedes, llamó á la niñera, dando órdenes para que la cerveza, la grosella, los pasteles, que por fortuna había traído de Marineda calentitos, se sirviesen en la mesa de piedra del cenador.

Entró el Juez con sobrealiento de hombre rendido de fatiga, limpiándose el sudor de la frente, y más serio y preocupado que antes. Era rubio, grueso, flemático, jovial, y no solía ahogarse en poca agua, por donde Moragas infirió que lo que así le preocupaba tenía que revestir verdadera gravedad. Al encontrarse en el cenador, donde corría un fresco deleitoso, y los jazmines olían regaladamente, y la cerveza sonreía en el limpio tanque, la fisonomía de Priego se sosegó y aclaró, y exclamando, como lo haría cualquiera en su caso, «¡Uff!», se derrocó en el banco de madera rústica, y contestó á lo que preguntaba su huésped, más con los ojos que con la lengua.

—Pues.... ¡cosa gorda.... gorda! Ó mucho me engaño, ó este crimen va á dar que hablar, no sólo aquí sino en la prensa de la corte.... ¡Ay, qué agradecido quedo á esta bebida! He sudado el quilo, y como no era cosa de que el Juez se pusiese á refrescar con vino en la taberna.... Sí, yo también pensé, al recibir el parte, que se trataba de una riña....; aquí son el pan nuestro de cada día, porque no he visto gente más dispuesta á andar á estacazos que la de estas parroquias. Pero ya desde que tomé los primeros vientos comprendí que era algo más.... Y á la verdad me hizo poca gracia, porque si los periódicos dan en jalear estas cosas, raro es el juez que sale bien librado. Que si fué, que si vino, que si debió hacer esto ó lo otro.... Y á nadie le gusta salir á pública vergüenza. ¡Señor! Esta cerveza conforta.

—Y la mujer que va presa, ¿qué papel juega en todo ello?—preguntó con afán Moragas.

—¡Una friolera! ¿La ha visto V. tan.... así.... que parece que no rompe un plato? Pues ó mucho me engaño.... ó es autora material.... ó por lo menos coautora é instigadora del crimen. Es la mujer del muerto...., mejor dicho la viuda del interfecto,—añadió Priego festivamente, empezando á mascullar un pastelillo de hojaldre.

Moragas se había quedado pensativo.

—¿Dice V. que esa mujer?....

—¡Como V. la ve! Por ahora, en rigor, es prematuro todo cuanto se diga; y sin embargo, apostaría yo mi toga á que fué ella.

—¿Ella sola? ¿Cree V. que ella sola habrá asesinado al marido?

—Sola, no. El amante debe de ser cómplice.

—¿Hay amante?

—Ya lo creo. En las aldeas, si V. escarba bien, salen sapos y culebras, lo mismo que en las grandes capitales. Somos de igual pasta aquí ó acullá. Hay amante, y lo mejor del caso es que parece ser un cuñado.... uno que estuvo casado con la propia hermana del muerto. Yo no he tomado aún declaración á nadie, más que á la mujer que va presa, la cual, por ahora, no ha contestado sino vaguedades; yo tampoco insistí mucho; todo se andará, y al principio se debe tantear más que ahondar; pero los civiles habían charlado con las comadres de la aldea, y desde que me informaron de que ella y el cuñado.... (Priego juntó las yemas de los índices), dije yo para mí...., tate, aquí tenemos el hilo.

—¿Y ha preso V. al cuñado?

—Se le busca.... Ya caerá. El tunante, por aparentar, dijo ayer que se marchaba de la parroquia, que iba á Marineda á no sé qué diligencias y menesteres.... y en vez de marcharse á la noche, se largó de madrugada, realizado ya el gatuperio.... La hazaña (prosiguió el Juez, comprendiendo por la fisonomía de Moragas que oía con avidez los detalles) debió de suceder ayer noche, cuando Román el carretero volvía de llevar un carreto de arena á dos leguas, al alto de Chouzas. Á la cuenta, él solía venir algo peneque. No sé cómo harían el pájaro y la pájara para sacarlo de casa y convencerlo de que se fuese al montecito, donde lo despacharon á hachazos, deshaciéndole la cabeza....

—La tiene terrible (confirmó el Secretario). Parece una sandía machacada.... Lo que á mí me llama la atención es ver allí tan poca sangre, cuando debía estar inundado el suelo....

—Eso es raro (indicó Moragas). Me huele á que lo matarían en otro sitio.... Verdad que por ahora....

—Estamos empezando, Sr. Moragas; estamos empezando (respondió el Juez, que no empezaba, sino que acababa de atizarse el segundo tanque del Gallo). Ahora también les toca á Vds. emitir dictamen.... Ahí va la víctima, en su propio carro, á que le hagan en Marineda el debido reconocimiento y una autopsia formal.... Y en poniendo á buen recaudo la pájara y el pájaro, ellos cantarán y todo saldrá á relucir.... Advierta V. que no hace seis horas que he tenido conocimiento del caso (añadió el Juez, que no se hallaba, realmente, muy descontento de sí mismo y de su penetración y sagacidad para coger desde luego una pista).

—¿Y.... ella?—preguntó Moragas que no perdía de vista á la acusada.

—Ella...., ella, tan agua mansita y tan modosa como V. la ve, debe de tener un rejo de mil diablos. Estaba tranquila, igual que V. está ahí, rodeada de dos ó tres vecinas que la acompañaban, desde que se descubrió el cadáver, y sin echar ni una lágrima. Tampoco las echó cuando la interrogué apretándola un poco, y cuando ordené la detención. Á mis preguntas ha contestado sin fanfarronería, sin miedo, sin precipitación, con una calma asombrosa, diciendo que su marido volvió anoche á la hora de costumbre; que cenaron en paz; que la mandó acostarse, diciendo que él tenía que salir, y que dejase la puerta entornada; y que, como muchas noches se entretenía en la taberna, ella se durmió, y sólo á la madrugada, al despertarse, echó de menos al marido, sabiendo á cosa de las once que había aparecido muerto en el pinar.—Le digo á V. que la individua....

—¿Tiene hijos ese matrimonio?

—Sí: una chiquilla de tres años.... Su abuela queda encargada de ella....

—Y V. cree que ella y el cuñado fueron los autores.... ¿y para qué?

—¡Bah! ¿Para qué había de ser? (exclamó riendo el funcionario.) ¡Parece mentira que V. haya sido despensero antes que guardián! Para que nadie les estorbase; para verse libres y campar por sus respetos.

El médico movió la cabeza. El crimen se le aparecía como un drama vulgar del adulterio; pero no pensaba lo mismo de la heroína, en la cual olfateaba algo extraño, algo digno de aquel misterioso interés que sentía despertarse en su mente de observador y de curioso del espíritu. Acaso influía bastante en esta disposición de su alma, la coincidencia de haber visto y hablado, por la mañana, al hombre que probablemente desenlazaría el drama, apretando el gaznate y deshaciendo las vértebras de aquella mujer tan joven y de tan apacible aspecto: perspectiva que tenía la virtud de hacer saltar á Moragas. ¡La sola idea de ver alzarse el cadalso, y para una mujer, le ofendía como un ultraje hecho á su misma persona! Nervioso ya, preguntó á Priego:

—Y esa mujer.... ¿irá al palo?

—No creo (respondió el Juez con cierta entonación clemente).—Yo supongo que autora, lo que es autora.... El guisado lo haría el querido. Ella sacará la inmediata. Y confiese V. que la merece.

Algo iba á contestar Moragas, que pensaba sobre el particular muchas cosas, pero le cortaron la palabra sus huéspedes, levantándose como el que tiene prisa de marchar. Vió el Doctor al través de la verja que estaba enganchado su coche, y propuso á los funcionarios llevarles á Marineda. Siempre irían mejor que en un penco de alquiler, y ganando tiempo: así como así, él aún tenía que hacer alguna visita antes de cenar. Accedieron; fiaron sus monturas á un espolista; subieron al cochecillo, que empezó á rodar con sosiego; y la divina paz de la tarde; la hermosura de la ría que se divisaba á lo lejos teñida de carmín por el último y ya expirante reflejo del sol; la quietud del viento; la frescura de primavera y de verdor temprano que enviaban los campos en plena germinación; las madrugadoras enredaderas que, ya algo floridas, se asomaban á las tapias de las quintas de recreo...., todo fué causa de que ni Moragas ni sus acompañantes volviesen á mentar el crimen, que parecía profanación de la sagrada hermosura de la naturaleza. Rendida por una tarde de rusticación, llena de polvo, con manchas en el traje, y barro en aquellos calcetines tan monos, Nené dormía.


VII

La Marinera salió, dándose toda la prisa que le permitían sus pies guiados por sus casi inválidos ojos, mientras el padre se esforzaba en desnudar al herido. Quitóle la ropa exterior con el esmero imaginable, dejándole sólo la rota camisa; y por medio de pañuelos y ropa blanca que desgarraba, estancó como pudo la sangre que manchaba la frente y el cuello del guerrero vencido. Durante estas operaciones, Telmo se quejaba sordamente. Pero al querer descalzarle el borceguí del pie derecho, fué un grito tan agudo y lastimero el que lanzó la criatura, que Rojo se detuvo, sin resolverse á terminar la operación.

—¿Te duele mucho, rapaz? ¿Te duele mucho?—preguntóle afanosamente.

No contestó el muchacho, volviendo á su amodorramiento febril. Indudablemente no estaba su cabeza para discursos, ni su lengua para explicaciones. Sólo al cabo de dos ó tres largos minutos, balbuceó la exclamación de todos los maltratados, de todas las víctimas:

—¡Agua, agua!.... Tengo sed.

El padre llenó un vaso y lo acercó á los labios del niño, que bebió con ansia, dejando caer otra vez sobre la almohada la frente. Rojo apoyó en ella la mano.... Temperatura altísima, sequedad y aridez de la piel invadida por la calentura. Buscó Rojo una silla, la colocó á la cabecera, y la ocupó alterado y sombrío. Por dentro sentía una ternura, un delirio de doloroso afecto, que le ahogaban; pero la manifestación de aquel íntimo sentimiento, tan natural en la paternidad, era ruda, concentrada, como todo en él.

Tascando el freno de la impaciencia que aguija al que á la cabecera de un ser amado aguarda al médico y con él la certidumbre, quizá la salvación, Rojo meditaba sobre el suceso, y entreveía en él una nueva humillación agregada al ya innumerable catálogo de las que le habían ulcerado el espíritu. Sólo que ésta dolía más, porque daba en la carne viva, en el sentimiento que, enérgico y soberano hasta en la fiera montés, es en el hombre más fuerte que la muerte,—porque es amor.

¿Por qué le habían apedreado á su niño? ¿Era razón desahogar en Telmo los odios que infundía Juan Rojo? ¿Era justo dejar al muchacho, agonizando, bañado en sangre, en un lugar desierto? ¿Qué daño hacía á nadie la criatura? ¿No habría para ella perdón, olvido, indulgencia? ¿No era Telmo una persona como las demás? ¿Por qué le ponían fuera de la ley—hasta el extremo de matarle á pedradas?

Interrumpió estas reflexiones el rodar de un carruaje, que resonaba sobre el seco piso de la carretera como sobre sonoro pavimento de metal, y la voz de la Marinera, apresurada, loca de júbilo, resonó gritando:

—Señor Rojo.... ¡Gracias á la Virgen de la Guardia! ¡Ay qué suerte! ¡Dar yo la vuelta por la calle del Peñascal, pasar delante de la capilla de la Angustia.... y oir rodar el coche del Sr. de Moragas! ¡Ay qué chillido di! Me agarré á la puerta del coche.... conté lo que pasaba.... Y el Sr. de Moragas, como es tan humano, en seguidita mandó dar vuelta al cochero.... ¡Alabada sea la Virgen! Le he de rezar hoy mismo tres Salves.

Apeábase ya Moragas de su cansada berlinita, saltando con movimiento vivo y juvenil, y atravesando la puerta del rancho sin mirar siquiera á Rojo, fuese derecho á la cama en que Telmo yacía, diciendo con voz alta, animada, cariñosa, de médico que al entrar en casa de los pobres sabe que debe ante todo consolar al afligido:

—¿Qué pasa? ¿Quién se ha perniquebrado? ¿Un niño? Travesuritas, ¿eh? Ahora arreglaremos esa cabeza rota.

Inclinábase ya hacia el doliente, cuando la luz que Rojo había descolgado y aproximado alumbró de lleno el rostro del padre. Es indecible el asombro que expresó el de Moragas al reconocer á su cliente de por la mañana, al de los dos duros tirados á la calle. Ira, pasmo, menosprecio, chispearon en sus redondas pupilas, que giraron con furor, en las finas múltiples arrugas de su frente, en su abierta boca, en sus puños instantáneamente crispados.—«¡Usted, usted!»,—repitió con las variadas expresiones de los sentimientos que le agitaban.... Y serenándose de pronto por la misma fuerza de su cólera, y mirando al niño que gemía opacamente y al padre que bajaba los ojos y quería ocultarse, pronunció en tono grave é incisivo:

—El niño, ¿es de V.?

—Mío, sí.... Es mi hijo,—declaró Rojo con apagada y terrosa voz.

—Pues esa es la peor enfermedad de cuantas pueden sobrevenirle, y esa, ni se la curo yo, ni se la cura nadie,—replicó el médico volviendo la espalda y dirigiéndose hacia la puerta.

Aún no había dado tres pasos, cuando sintió que una mano se atornillaba al faldón de su levita, atirantándolo de un modo violento. Volvióse con repugnancia; miró de alto á abajo á Rojo como se mira á un sapo muy feo, y dijo, vibrando las palabras cual otros tantos restallidos de tralla:

—No me toque V., ó haré un desatino. Ya bastó el atrevimiento de por la mañana. Los duros que dejó V. sobre mi mesa los arrojé á la calle, por no conservar nada en que V. hubiese puesto las manos.

Rojo soltó al Doctor; pero dando rápida vuelta, maniobró de suerte que vino, colocándose delante, á caer á sus pies sin decir palabra. Moragas se detuvo. El niño gemía.

—Está muy malito. Herido. No sé qué tiene roto en su cuerpo. Sr. D. Pelayo, ¡por el alma de su madre!

Don Pelayo siguió ganando terreno hacia la puerta, pero en ella encontró otro obstáculo: la Marinera, que le apostrofaba con energía.

—Señor, caridad. La caridad no distingue de personas, señor. Y el inocente no tiene la culpa de nada. Dios, nuestro Señor, nos manda caridad hasta con los perros.

Moragas luchaba consigo mismo; no entre encontrados sentimientos, que es lucha fácil, casi elemental, sino entre sentimientos análogos, todos amasados con aquella generosidad semi-quijotesca y semi-filantrópica que, diga lo que quiera el vulgo, no está reñida con las tendencias positivas del científico. Abandonar á un enfermo, parecíale, dentro de su profesión, monstruoso; y detenerse en aquella casa, cuidar al enfermo aquel, era, en su entender, una degradación, una especie de estigma que debía verse después en las manos. Moragas había prodigado los socorros de su ciencia á personas bien viles. Sabía de memoria las huellas hediondas que marca el vicio en el cuerpo del disoluto y de la ramera. Aunque hombre delicado en su vida interior y en el pulcro aseo de su persona, jamás había retrocedido ante ninguna enfermedad, por repulsiva que fuese: y al asistir á la humanidad doliente, gracias á una maravillosa analgesia, hija de la firme voluntad—esa analgesia que hacía decir á un santo que las llagas del leproso huelen á rosas—perdía el sentido del olfato, dominaba los del tacto y de la vista, y prescindía de la laceria para consagrarse enteramente al deber. Por primera vez retrocedía ante una llaga moral, y su imaginación viva redoblaba la impresión de horror, que, de puro violenta, llegaba ya á parecerle ridícula. De todas suertes, en el carácter de Moragas, no cabía que durase aquella lucha; de no haberse marchado en los primeros momentos, no se iría; y el pretexto para flaquear se lo dió la Marinera, insistiendo y repitiendo con una especie de severidad respetuosa:

—¡Ay, señor!... ¿pero va á dejar al inocente? Señor, Dios no manda eso. Mire que es una crueldad semejante porte.

—¿Es V. madre de ese niño?—preguntó Moragas.

—¡Ay! ¡no señor, alabado sea Dios!—contestó espontánea y vivamente la Marinera.—Mi marido es un hombre de bien, botero del Muelle....

Á su pesar sonrió Moragas; se estiró los puños, canturreó, y como el que se determina pensando «pecho al agua» se dirigió al catre del herido.—Con la pericia del veterano en estos penosos reconocimientos, comprobó muy en breve que el chico tenía rota la cabeza por dos partes; y descalzándole sin hacer caso de sus lamentos, advirtió que estaba dislocado el tobillo. De contusiones y magulladuras no se ocupó: eran numerosas, pero sin mayor importancia. Lesión interna no parecía que la hubiese, pero sí fiebre altísima. La Marinera alumbraba, y Rojo, inmóvil y como estupefacto, esperaba el desenlace.

—¿Cómo ha ocurrido esto? (preguntó el médico interrumpiendo su tarea.) ¿Han sido pedradas, ó se ha caído además?

—¡Si no lo sabemos! (exclamó Rojo consternado.) Yo tuve noticia de que el niño estaba en el castillo de San Wintila, muy maltratado.... fuí, lo recogí, lo traje en brazos, y no le he podido sacar nada sobre el lance.

—Debió de ser una pedrea,—advirtió la Marinera.

—Sí, pero hay magulladuras en todo el cuerpo.... Ha caído de alto, no cabe duda,—advirtió el médico sin dejar de palpar al muchacho.

Cuando, terminada la cura, puestas las vendas, reducida la luxación, Moragas se enderezó exhalando un «¡uf!» de cansancio evidente, entonces—sólo entonces—se aproximó Rojo al médico, y con honda ansiedad le preguntó:

—¿Quedará cojo el muchacho? ¿Quedará resentido del pecho?

Moragas se volvió y por primera vez desde que conocía la condición social de su cliente, le miró cara á cara, como se miran unos á otros los seres humanos.

La casualidad le mostraba al hombre excluido del concierto social bajo el aspecto más capaz de conmover las fibras de su alma, aunque sólo fuese por analogía de sentimiento. ¡Moragas, el mayor padrazo de Marineda, el enamorado de la niñez, el derrochador de juguetes y confites, el hombre que después de una traqueotomía había mezclado sus lágrimas con las de la familia de la operada criatura!

Aquel fué el primer instante en que los sentimientos de Moragas, que tanto habían de influir en el destino de Juan Rojo, sufrieron un cambio de posición, giraron sobre su eje, por decirlo así, y á la indignación y al horror de algunas horas antes reemplazó una especie de interés extraño, de esa fascinación que la misma repugnancia produce, y que se asemeja á la vocación del casto apóstol que entra en una casa de perdición á convertir meretrices; porque la suma piedad va al sumo mal.—No era la primera vez que advertía Moragas esa propensión, que él calificaba humorísticamente de manía redentorista. Le había costado por cierto la tal propensión graves disgustos, comprobaciones penosas de negras ingratitudes, enredos gratuitos, molestias sin cuento y desazones magnas.... Lo menos que le había costado, costándole bastante, era dinero y tiempo. Sin embargo, al menor pretexto, la inclinación resurgía en Moragas, y la perpetua ilusión del redentorismo volvía á presentársele vestida con todos los adornos y galas que de ordinario ostentan nuestros sueños. «Si yo (pensaba el Doctor) acierto á nacer en la Edad Media, época en que las deficiencias del estado social y del organismo jurídico dejaban abierto tanto camino á la iniciativa individual, ¡sabe Dios lo que hubiese podido hacer! Pero en la sociedad presente, no cabe duda que esta bobería de sentir como propios los males ajenos, de meterme en lo que ni me da ni me quita, se parece mucho al oficio de enderezar tuertos y desfacer agravios que ya ridiculizó Cervantes.»

Al advertir que la condición y estado de Rojo ¡de Rojo! provocaban en él los primeros síntomas de la conocida enfermedad, el redentor se rió de sí mismo. «Moraguitas, esto es el acabóse. Ahora te ha dado por compadecerte de este sujeto. Ya has llegado al límite extremo de la chifladura benéfica, hijo. No, pues aquí sí que no te suelto yo la rienda. Á este hombre no es lícito ni considerarle como hombre. Si quieres interesarte por algo raro y estupendo, interésate enhorabuena por la parricida á quien viste pasar hoy, entre civiles, por la carretera. ¡Esa podrá ser una criminal, y admitamos, desde luego, que lo es; pero criminal en caliente...., criminal pasional, que al delinquir obró, sin duda, por irresistible impulso, sin importarle que al otro lado del foso que iba á saltar estuviese la expiación de una muerte afrentosa....! Esa mujer, Moraguitas, es una enferma como otra cualquiera de las que asistes.... Ahí se explica y se justifica la compasión.... Pero con el tío este, que á sangre fría y á mansalva ha tomado por oficio matar.... Á éste, como á una víbora se le debía aplastar la cabeza.»

Mientras Moragas discurría así, Rojo repitió la pregunta:

—¿Quedará cojo? ¿Imposibilitado?

—No,—contestó el médico en voz severa.—Ni quedará imposibilitado, ni cojo. Más que las lesiones, me preocupa el estado general.... Voy á ponerle á V. unas recetas....

Apareció por allí un recado de escribir, no tan malo ni tan descabalado como era de temer en aquel tugurio, y Moragas escribió sus fórmulas. No se oía en la habitación más que el angustiado respirar del padre y el quejido sordo del enfermo, al cual se acercó el Doctor, sorprendido de que la cura, en vez de calmarle, pareciese haberle producido más desasosiego, mayor inquietud.

—Convendría que no se moviese, por la dislocación....—observó Moragas.—Pero, ¿quién le sujeta? Con esa calentura de caballo.... Aguarde V..... Ya delira.

Telmo, en efecto, se agitaba en la cama, y su inarticulado gemir se convertía en palabras articuladas penosamente, aunque claras y expresivas. El Doctor prestó oído.

—Soy valiente,—afirmaba Telmo.—¿Quién es el que me llama cobardón? Embusteros.... Veréis si.... Tirar, que aguardo.... Os desdeñáis de mí, porque.... ¡Piedras y más piedras, contra!.... Soy hombre para todos.... Los cobardes vosotros.... Venga de ahí.... ¡pedrea!.... Yo solo....

—¿Qué dice?—preguntó el padre.

—¡Bah!—respondió Moragas.—Por lo visto se han reunido muchos chiquillos para apedrearle.... Lo que era de esperar.... ¡No se quede V. tan espantado, hombre!—añadió irónicamente, cediendo otra vez á la malevolencia.—¿Cómo? ¿no encuentra V. muy natural que la humanidad le apedree en la persona de su hijo?....