CATÁLOGO MONUMENTAL DE ESPAÑA
————
PROVINCIA DE ÁLAVA

MINISTERIO DE INSTRUCCIÓN PÚBLICA Y BELLAS ARTES

CATÁLOGO MONUMENTAL
DE
E S P A Ñ A
INVENTARIO GENERAL DE LOS MONUMENTOS
HISTÓRICOS Y ARTÍSTICOS DE LA NACIÓN
P R O V I N C I A D E Á L A V A
POR
CRISTÓBAL DE CASTRO

EDICIÓN OFICIAL

MADRID
EST. TIPOGRÁFICO SUCESORES DE RIVADENEYRA
Paseo de San Vicente, núm. 20.
——
1915

Reservada la propiedad
artística y literaria.
Queda hecho el depósito
que marca la ley.
[ÍNDICE DEL TEXTO]
[ÍNDICE GENERAL DE GRABADOS]

SITUACIÓN DE LOS LUGARES QUE SE CITAN EN ESTA OBRA
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PRÓLOGO

Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora
Campos de soledad, mustio collado,
Fueron un tiempo Itálica famosa...

(Rodrigo Caro.—A las ruinas de Itálica.)

INVENTARIAR los monumentos de un país es renovar su Poesía y acrecer su Historia. El pasado, como el espíritu, no muere, sino que, libre de las impurezas materiales, se ennoblece y enseñorea con el escudo de armas del recuerdo.

«Recordar—dice Eurípides—es resucitar.» La Arqueología bien puede llamarse «ciencia de las resurrecciones»; porque un dolmen, un hacha de silex, una columna rota, una lápida descifrada, pueden ser una teogonía, una batalla, una raza, un pueblo puestos en pie.

De todo el patrimonio artístico, el lote más fecundo es el del recuerdo. Porque el recuerdo de una guerra esculpe el Partenón y dicta la Ilíada; el recuerdo de un Hombre-Dios llena el mundo de catedrales y de oraciones; el recuerdo de una mujer escribe la Divina Comedia, pinta la Gioconda y compone la Novena Sinfonía. Porque el recuerdo, en fin, es tan humano, que recordando vive la Humanidad, y cuando muere, muere tan sólo para dar vida al recuerdo.

El predominio evocador se dilata por todas las naciones cultas. Paralelo al florecimiento económico desenvuélvese, activo como él y con fiebre investigadora más alta y más noble, el florecimiento histórico-artístico. Los pueblos rivalizan en maquinaria y en documentación. Se diría que, junto a las «guerras de tarifas», nacen las «guerras arqueológicas»; que, para ennoblecer sus nuevas riquezas, cada cual busca su blasón.

De esta hidalga ansiedad moderna surge la Historia, armada de todas armas, como Palas surgió de la cabeza de Zeus. Las ciencias y las artes forman el «coro espléndido» de la Evocación; bibliografía, antropología, numismática, geología, códices, palimpsestos, iconografía, arquitectura, heráldica, toda la espesa fronda del boscaje histórico surge con exuberancia tropical.

La paciencia del monje, la audacia del explorador, el experimento del sabio, aportan a la Historia sus ansiedades. Y cuando en nuestros días levantan Mommsen y Ferrero, Rambaud y Lavisse, sus admirables monumentos de reconstrucción, la Historia no es ya un sangriento reflejo de la Epopeya ni un mudo archivo paleográfico, sino que, abarcándolo todo con sus ojos de Argos conmovido, convierte el estilete ingenuo de Herodoto en la pluma polígrafa de Maspero y de Paul Guiraud.

La riqueza monumental y artística de España estaba amortizada por la incuria, oculta por la «mano muerta» de la ignorancia o del desdén. El Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes, con noble aliento de cultura y de modernidad, inicia esta labor desamortizadora, creando los Catálogos monumentales y artísticos de todas y cada una de las provincias. España, en este punto de honor patrio está, pues, incorporada a Europa.

RECORRIDO DE LA PROVINCIA.
DOCUMENTACIÓN Y PLAN DEL CATÁLOGO.

La provincia de Álava es pobre de extensión, pero riquísima en poblados. En sus 3.044 kilómetros cuadrados se asientan con la capital 85 villas y 348 aldeas, en muchas de las cuales hay algún testimonio de arqueología.

La empresa, pues, de recorrerla escrupulosamente, registrando sus monumentos y archivos, tomando apuntes y fotografías, aconsejándonos de sus hombres más insignes, hubo de ser tan larga como trabajosa.

Y más lo hubiera sido, al punto de rendir nuestros entusiasmos, de no habernos favorecido tan hidalgamente, ya con libros, ya con fotografías, ya con sus provechosas indicaciones, los señores gobernador civil, D. Salvador Aragón, que nos guió en las excursiones a las basílicas de Armentia y de Estíbaliz; el señor obispo de la diócesis, D. José Cadena y Eleta, que, tras de dispensarnos su cooperación personal, facilitándonos Memorias, planos, folletos, manuscritos y fotografías de la grandiosa catedral en construcción, puso a disposición nuestra, por una orden a los arciprestes, todos los archivos parroquiales del obispado; el presidente de la Diputación, D. Federico Baráibar, quien tras de acompañarnos con su amable y profunda ciencia de poeta y de arqueólogo a la Diputación, al Museo provincial, a varios otros monumentos de la provincia, nos hizo el don valioso de sus libros, folletos, planos y apuntes, autorizándonos para reproducir la numerosa colección de fotografías que remitiera hace años a la Real Academia de Bellas Artes; y los arquitectos de la catedral nueva, en construcción, D. Javier de Luque y D. Julián Apraiz, a quienes por igual debemos gratitud, en su frecuente y reiterada cooperación a la presente obra.

Después de varios días de estancia en Vitoria, donde con tan amable y sabia compañía, no solamente recorrimos y estudiamos sus monumentos de más nota y valor, sino que compusimos el plan de excursión a los pueblos y las aldeas que ostentan un prestigio de arqueología, realizamos ya fácilmente las excursiones a Armentia, Estíbaliz, Arriaga, Eguílaz, Maestu, Antoñana, El Ciego, La Guardia, Labastida, Zambrana, Amurrio, Ayala, Arciniega, Lezama, Altube, Amézaga, Murguía, Ondátegui, Villarreal, Mendíbil, Elorriaga, Matauco, Echábarri, Salvatierra, Urabain, Vicuña, Gauna, Alegría, El Burgo y otras.

De regreso a Madrid, lozanas aún y palpitantes nuestras impresiones, procedimos a la investigación documental en archivos y bibliotecas, acudiendo a la autoridad y saber de los Sres. Conde de Cedillo, D. Narciso Sentenach, D. Antonio Garrido y D. Adolfo Herrera, que componen la Comisión mixta, organizadora de las provinciales de Monumentos, todos los cuales nos favorecieron con sus consejos y bondades en términos que exceden, aun siendo mucha, nuestra gratitud.

Por sus indicaciones y con la diligencia que pedía nuestro entusiasmo, nos fuimos orientando a través del espeso bosque de la Bibliografía, habiendo conseguido examinar, además de los clásicos en la materia—Quadrado, Ponz, Carderera y Ceán Bermúdez, entre otros,—el extensísimo Viaje a las Iglesias de España, de D. Joaquín Lorenzo Villanueva, y la España Sagrada, del P. Flores; el tomo IV (Vascongadas) de la magna obra España, sus monumentos y artes; su naturaleza e historia, redactado, como se sabe, por D. Antonio Pirala; el rico, extenso y elocuente Diccionario geográfico histórico, de la Academia de la Historia; obras todas de consulta general; la bibliografía especial, geológica, geográfica, histórica, eclesiástica, monumental y artística de la provincia de Álava, en la cual bibliografía descuellan la Historia civil e Historia eclesiástica de la M. N. y M. L. provincia de Álava y los Compendios históricos de las ciudades y villas de Álava (Vitoria, 1798; Pamplona, 1797, y Pamplona, 1798), de D. Joaquín José de Landazuri y Romarate; las Noticias sobre las vías, poblaciones y ruinas antiguas, especialmente de la época romana, en la provincia de Álava (Madrid, 1875), de D. F. Coello y Quesada; los Estudios monumentales y arqueológicos de las provincias Vascongadas (Revista de España, 1871), de D. José Amador de los Ríos; los Apuntes arqueológicos de Álava (Vitoria, 1872), y El libro de Álava (Vitoria, 1877), de D. R. Becerro de Bengoa; la Crónica general de España, de D. José Bisso (Madrid, 1868); Armentia, su obispado y su basílica de San Andrés, y Vitoria y los 43 pueblos de su jurisdicción, de Blas Díaz de Arcaya; la clásica y crédula Vida de San Prudencio, de Bernardo Ibáñez de Echavarri; el Camino romano de Álava, del sabio clérigo Lorenzo del Prestamero; la Epigrafía armentiense y En el dolmen de Arriaga, de D. Federico Baráibar; el Discurso de los dólmenes alaveses, de D. Julián Apraiz; los Alaveses ilustres, de D Vicente G. de Echavarri; la Espeleología de Álava, de D. Luis Heintz y Lloll; el Obispado y fueros de Álava, de D. F. Carrera y Candi, y la Geografía de Álava, de D. Vicente Vera, obras estas tres últimas incluídas en la voluminosa Geografía del país vasco-navarro, dirigida por el Sr. Carrera y Candi y copiosamente enriquecida con planos, mapas, fotografías y estadísticas, que acrecen su valor científico, artístico y literario.

Ordenados nuestros apuntes, planos, mapas, fotografías y manuscritos, hemos dispuesto el plan de la presente obra, procurando seguir los métodos históricos modernos, esto es, ir evocando cronológicamente la aparición de las diversas civilizaciones y con ellas las de sus monumentos y gesta de arte.

Tocante a las fotografías, siguen al texto como su resumen plástico, y, conforme a justicia, las que nos han sido diligentemente facilitadas, llevan al pie los nombres de sus generosos prestatarios.

En tales condiciones, ya que no de saber, de escrupulosa investigación emocional y documental, hemos acometido la honrosa y, para nuestros cortos medios, difícil empresa que el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes se sirvió confiarnos, por Real orden de 31 de julio de 1912, y que señalará, por sus aciertos, el saber y la autoridad de nuestros consejeros y auxiliares, y marcará, en sus deficiencias, las huellas desafortunadas, pero diligentes, de nuestros grandes entusiasmos...

CAPÍTULO PRIMERO
MONUMENTOS PREHISTÓRICOS

...Antes que una voz tan solo diera
El nacimiento al mundo
Y la tierra arrancara del profundo
Abismo de los mares...

(Milton.—El Paraíso perdido.)

La vista natural nada distingue entre las sombras infinitas; pero los ojos sobrenaturales del creyente, del geólogo y del poeta, han proyectado, en las negruras angustiosas, claridades de fe, de ciencia y de mito.

Porque allí donde el mísero cuerpo humano duda y flaquea, allí está prepotente el alma, encendiendo en las sombras sus luminarias fulgurantes...

Hasta la aparición del hombre, la Historia, que es archivo de la Humanidad, está increada. Pero la Religión, la Ciencia y la Poesía son tres hadas hermanas que aguardan al que va a nacer, rezando, meditando y cantando junto a la cuna...

APARICIÓN DEL HOMBRE EN LA TIERRA.
TEORÍAS DE LOS MÁS CÉLEBRES GEÓLOGOS.
AHASVERUS Y TOPSIUS.

¿Cuándo aparece el hombre en el planeta?

La autoridad de Carlos Vogt lo señala, como es sabido, en el período diluvial. «Hasta ahora—dice en su famosa obra Prelecciones sobre el hombre—no se ha encontrado huella alguna que suponga su aparición más antigua; por todas partes sólo hemos hallado pruebas de la aparición del hombre después del gran período glacial, después del terreno glacial de la península escandinava, de Inglaterra, de Suiza..., etcétera, etc.»

El geólogo español Sr. Vilanova, en su Manual de Geología y en las interesantes conferencias que sobre «El hombre fósil» dió en el Ateneo de Madrid, sostiene la simultaneidad del origen del hombre y del período cuaternario.

Prehistoriadores tan insignes como el P. Laurent, como Veiht, como Vorizio, afirman que la historia de la creación cabe dentro de la cronología bíblica. Otros no menos prestigiosos, como Carpenter, Prestwich, Delesse, Milne, Edwars, Lartet y Quatretages, defienden una cronología independiente del Génesis y anterior a él en miles de años.

Pero esta confusión de teorías racionalistas o católicas, acrecentada hasta el mareo por el caos de hipótesis modernas—las cuales, ordenadas y resumidas por sir John Luboock en su reciente obra El hombre antes de la Historia, nos abruman, pero no nos persuaden,—mantienen el problema en pie.

Tras de sus afanosas incursiones por el espeso bosque bibliográfico, el investigador moderno se halla en perplejidad idéntica a la en que se encontraron los sorprendidos por las Listas de Manatón o por Los fósiles, de Boucher de Phertes.

Nada hay cierto; todo es hipótesis. Escriturarios y geólogos disputan a lo largo de los siglos como un grupo de ciegos a lo largo de rutas infinitas. Diríase que el Tiempo, único juez inapelable en la vida como en la muerte, se resiste a ser enjuiciado por ese prisionero suyo que llamamos Humanidad.

Hasta los testimonios materiales—cortes de tierras, cavernas huesosas, hachas, uñas, pedazos de arcilla cocida, trozos de grafito..., etcétera,—son, en lugar de pruebas definitivas, alegatos que se incorporan a esta dialéctica secular. Los períodos geológicos, que antes eran como las lucecillas del camino, hoy, tras las exploraciones de E. Martel revelando el mundo subterráneo y creando la nueva ciencia espeleológica, apenas si dan luz en estas jornadas. Y la Prehistoria, noche del planeta y noche de la Humanidad, se ofrece a los espíritus melancólicos como una evocación de Ahasverus en su avatar, que no acabará nunca, y a los espíritus escépticos, en aquel perfil de cigüeña con anteojos, que llamó Eça de Queiroz «el sabio Topsius, miembro del Instituto imperial de excavaciones históricas».

Que se trate del hombre bíblico o del hombre darwiniano; que se acepte el período terciario o el cuaternario, en ningún caso la cronología humana deja de ser lo que es: tinieblas.

¿Qué antigüedad asignar al hombre? ¿En cuál región terrestre apareció primero? ¿Cuáles huellas señalan sus primeros pasos?

Las tres hadas que se disputan al recién nacido—Religión, Ciencia y Poesía—han tejido con oro de ilusiones tres evangelios diferentes. La Biblia y sus exégetas de todos los tiempos nos hablan del Paraíso terrenal, situado entre el Eufrates y el Tigris, y de Asia, «cuna del género humano».

La Geología y sus patriarcas más ilustres señalan, unas veces, continentes desaparecidos, como la Atlántida, otras, las capas de acarreo de la Florida; otras, las praderas flotantes del Nilo; otras, las cuevas subterráneas del canal Sodertel, en Finlandia. Es decir, que las interpretaciones geológicas sobre el lugar de aparición del hombre son tantas, no ya como continentes actuales y desaparecidos, sino como naciones vivas y muertas.

La Poesía, por su parte, más rica de invenciones y de emociones, ha repartido los tesoros de sus leyendas, donando una leyenda a cada raza y un poema originario a cada idioma. Ahora es el Ramayana; ahora las tradiciones incas; ya es Walmiki; ya son los Nibelungos. ¿Qué pueblo no se cree el mayorazgo de la Humanidad? ¿Qué idioma no se juzga el precursor o el heredero directo del precursor?

El último Congreso de Prehistoria celebrado en Tolosa, de Francia, después de discutir el misterio de la cronología humana con la solemnidad, la ciencia y la dialéctica de un Concilio, no solamente dejó sin formular un dogma o cuando menos una teoría, sino que, al intentar fijar la talla del hombre de las cavernas—en vista de hachas, huesos, púas, vasijas y diversos fósiles de excavaciones recientísimas,—hubo de repetir al mundo expectante la sentencia atribuída a Sócrates por Plutarco: «Sólo sé que no sé nada.»

La revista contemporánea L’homme préhistorique vino a decir lo mismo en un artículo de su redactor-jefe Marcelo Baudouin.

La Geología encuentra en Álava huellas características de la «Serie terciaria» en el sistema eoceno inferior o numilítico de las cuevas y peñas del castillo de Marquínez, en los bancos de conglomerados de Páriza y Ajarte y en los páramos y mesetas de La Guardia, y de la «Serie cuaternaria» en los depósitos diluviales de la llanura de Vitoria.

La aparición del hombre se acusa en las grutas, cavernas y simas de Arrate, de Basocho, de Laño y de Marquínez. Hay huellas de trabajo humano en las cuevas de los Gentiles, de Basocho; hornacinas, huesos y cerámica en las de Laño, y sepulturas en las de Marquínez. En la monumental Geografía del país vasco-navarro, al estudiar la geología y paleontología de Álava, expone D. Vicente Vera muy curiosas observaciones sobre el particular.

Y en la parte de dicha obra «Obispado y fueros», encomendada al sabio erudito Sr. Carreras Candi, se dice que «en los tiempos ante-romanos, una raza autóctona pobló el territorio de las actuales provincias vascongadas, cuyas huellas aun hoy se descubren por su lenguaje y escrituras característicos y también por la fisiología».

«De los períodos prehistóricos—continúa el citado Sr. Carreras Candi—se han hallado diversidad de objetos y armas de piedra, semejantes a los encontrados en las demás regiones de España.

»Su cultura artística, de tanto relieve en las cuevas santanderinas de Altamira y del Castillo, no ha dejado rastro de esta índole en la provincia de Álava. Merecen, sin embargo, un lugar en la reseña, las esculturas de la cueva de Marquínez, por la rareza de estas obras de arte, si bien su antigüedad parece menor que la de aquellas pinturas.»

ESCULTURAS PREHISTÓRICAS.

¿Qué esculturas son estas de las cuevas de Marquínez? Son figuras toscas y sin relieve apenas, más que labradas, como arañadas en la piedra. Ofrecen la rigidez del primitivismo, la casi ausencia de curvas y la actitud hierática.

La desproporción de cabeza y tronco les da un sello de primitiva ingenuidad. Una de ellas, los brazos sobre el pecho, tiene la verticalidad de una momia. La otra, sentada sobre un caballo, apoya su diestra en el pescuezo.

Ambas, como arañadas en el bloque de un gran peñasco, despiertan en el visitante honda emoción, y su ingenuidad ruda y toscos trazos nos hablan de hombres fabulosos, gigantescos, que cubiertos de pieles y los cabellos en desorden, penetran en la cueva dando gritos y esgrimiendo las hachas de pedernal.

¿Qué antigüedad se asigna a estas esculturas? ¿Son de los aborígenes o de los invasores? Los eruditos alaveses D. Sotero Mantelli, don Ricardo Becerro de Bengoa, D. Miguel Rodríguez Ferrer y D. Ladislao Velasco, no dilucidan la cuestión. El Sr. Amador de los Ríos, que tan prolijamente abogó por considerar el monumento megalítico de San Miguel de Arrechinaga, en Vizcaya, «cual misterioso lazo que uniendo, dentro del suelo vascongado, en indestructible cadena, las edades prehistóricas con los tiempos históricos, perpetúa y transmite hasta nuestros días la memoria de aquellos hombres a quienes fué dado acaso el asentar su planta por vez primera en sus encrespados valles y montañas», no menciona las esculturas de Marquínez.

Solamente el Sr. Carreras Candi, en su monumental Geografía del país vasco-navarro, sostiene que esas tallas de la piedra son esculturas protohistóricas, inclinándose a que los hombres que las trabajaron fueron los primitivos, los primeros habitantes del suelo alavés.

CAPÍTULO II
MONUMENTOS CELTAS

El dolmen tal vez fué al mismo tiempo túmulo y altar, porque para los celtas la muerte no era el fin de la vida, sino el comienzo de la oración a sus dioses.

(Joaquín Costa.—La poesía popular española y Mitología y Literatura celto-hispanas.)

Sabido es que los modernos historiadores consideran la época celta como absolutamente histórica, esto es, como sometida a las disciplinas del archivo y del documento.

Como quiera que nuestra misión se reduce sencillamente a catalogar monumentos y en modo alguno a investigar problemas históricos, damos por admitido que la invasión celta está bajo la potestad científica y consideramos los monumentos de aquella raza, no prehistóricos, sino históricos.

Acerca de la antigüedad de aquella invasión, como de casi todas las primitivas, en cada historiador hay una cronología diferente. Mil ochocientos, mil setecientos, mil quinientos años antes de Jesucristo, la fijación exacta de una fecha que en cualquier caso es hija de una hipótesis, no puede en modo alguno detenernos.

Los celtas invadieron la Península y ocuparon con otros el territorio que hoy es Álava.

¿Qué civilización traían? Pueblos llegados de la Umbría romana, según unos, y de las Galias, según los más, no eran ya simples hordas desorganizadas que, cubiertas de pieles y manejando la quijada bíblica, corrían la tierra, sembrando entre los aborígenes el espanto y la muerte.

Eran pueblos ya patriarcales, con régimen de tribus, con sacerdotes, con caudillos, con jerarquía familiar y social. Sabían armar naves y construir habitaciones, organizar la guerra y la caza, explotar las minas y los bosques; tenían sus dioses y sus héroes, su mitología y su tradición. No eran hordas, sino hombres.

¿Qué rastro dejan en el territorio de Álava? Examinando el curioso mapa de los «Dólmenes y vía romana» que trae la ya citada Geografía del país vasco-navarro, podemos ver que hubo numerosos dólmenes celtas, algunos de los cuales, como los de Arrízala y Eguílaz, se conservan al cabo de treinta siglos.

Estos dólmenes, que, como afirma D. Joaquín Costa, así eran piedras tumulares como aras de sacrificio, se marcan en el mapa de esta manera ([V. pág. 31]):

Dos, que existían por los años de 1879 en los cerros de Capelamendi y Escalmendi, a tres kilómetros de Vitoria, y que sirvieron al Sr. Becerro de Bengoa—guiado falsamente por las etimologías, dice el Sr. Carreras y Candi—para suponer la existencia de una batalla entre galos y celtas.

Otros cuatro, también ya desaparecidos, que había en Zuazo, cerca de las tierras de Guillarte.

Otro, que ya tampoco existe, que se descubrió en Laminoria, junto al pueblo de Cicujano.

Y otros dos, los que se conservan, verdaderamente notabilísimos, y celtas sin ninguna duda histórica: el de Arrízala, tan cuidadosamente estudiado por el Sr. Baráibar en dos leyendas publicadas por el semanario Irurac-bac, y el de Eguílaz, muy prolijamente descrito por el Sr. Apraiz en su conferencia «Los dólmenes alaveses».

Sobre el dolmen de Eguílaz, descubierto en 1831 al abrirse la carretera de Vitoria a Pamplona, escribe el Sr. Amador de los Ríos: «En una pequeña colina, conocidamente artificial, hiciéronse catas a fin de buscar piedra para el afirmado de la carretera que se empezaba a abrir; dió esta operación por resultado el hallazgo de una enorme peña, que, levantada por los trabajadores, ofreció una gran cavidad, llamando vivamente la atención de los mismos.

»Encendió, no obstante, el descubrimiento, más que la curiosidad, la codicia de los que lo hicieron, deslumbrados por la idea de que habían tropezado con un tesoro; y sin respeto a lo que pudiera significar diéronse a revolver los objetos allí escondidos, excitados cada vez más por aquella esperanza.

»Grande fué sin duda el desplacer de los descubridores al convencerse de que sólo existían en aquel hueco numerosos esqueletos, los cuales hubieron de pagar su desencanto siendo despedazados y esparcidos sobre el montículo.

»La noticia del hallazgo llegó entretanto a oídos de personas entendidas, y pudo averiguarse que los expresados esqueletos aparecieron todos colocados en dirección al Oriente y vueltos hacia la entrada del sepulcro; mientras se fijaban las dimensiones de éste y se determinaba su construcción, si es lícito expresarse de esta suerte, poniéndose al par en claro que no eran solamente esqueletos lo que el ya reconocido túmulo encerraba.

»Era éste por extremo sencillo, ocupando el centro del montículo indicado; formábale un cuadrángulo como de tres metros de largo por dos de ancho, compuesto de seis grandes piedras, sin labra alguna; la mayor, asentada al Norte, era silícea, y calizas las otras cinco.

»Elevábase en el exterior, todo descubierto, a unos tres metros cincuenta centímetros, presentando al interior sobre cuatro metros; el grueso de las piedras no excedía de 0,75 metros, siendo de una sola pieza la cubierta.

»Entre los rotos esqueletos se habían encontrado hachas de piedra, lanzas y cuchillos de cobre, con algunas puntas de flechas silíceas, que los primeros descubridores, y aun después la Comisión provincial de Monumentos, calificaban en 1845, diciendo que eran «corazoncillos pequeños con dientes muy finos de pedernal durísimo». Al lado de estas armas halláronse también número no escaso de piedrecitas de mármol verde claro, «a manera de anillos de forma irregular, con cuatro caras o facetas».

»Como se ve, el túmulo de Eguílaz es un verdadero dolmen sencillo, tal como han descrito este linaje de monumentos los cultivadores de la arqueología céltica.»

La escrupulosidad característica del Sr. Amador de los Ríos lo lleva a largas y confusas disertaciones acerca de si el dolmen es efectivamente celta o si es aborígen, y si puede incluirse entre los monumentos históricos o entre los prehistóricos. Pero modernamente se ha fallado el pleito en el sentido de que habiendo ya una bibliografía de la historia céltica, y siendo el monumento celta, no hay duda de que el dolmen de Eguílaz ha de incluirse entre los monumentos históricos, que es lo que respetuosamente hacemos.

Cuanto al dolmen de Arrízala, llamado por los naturales «sorguiñeche», esto es, «casa de las brujas», se conserva mucho mejor que el de Eguílaz, y es bastante más pequeño. No tiene más que cinco piedras, todas calizas, y la de la cubierta es estriada, y ofrece en los rebordes como un labrado sin relieve, producido por instrumento más rayador que penetrante.

Sea cualquiera el combate erudito que se entable en torno de los celtas, de su cronología y de su civilización, lo que nadie discute ya es que entrambos dólmenes, el de Arrízala y el de Eguílaz, son monumentos celtas, de los pocos, poquísimos que se conservan hoy en todo el mundo.

CAPITULO III
MONUMENTOS DE LA CIVILIZACIÓN ROMANA

España, el primer país del Continente que invadieron las armas romanas, fué el último que se les sometió.

(Tito Livio.—Las décadas.)

Era al anochecer; y una emoción intensa por las melancolías del paisaje y por hondos suspiros de la Historia, nos hacía evocar el paso de Augusto, escoltado por sus lictores a caballo y seguido de sus pretorianos con jabelinas. Por aquella misma explanada, bajo aquel mismo cielo adusto, tal vez en una tarde desabrida y hostil como aquella tarde, caminaron, hacía veinte siglos, las legiones en retirada...

El César llegó a Roma desalentado. Todo el Imperio, sometido, miraba ansiosamente al templo de Jano. La paz sólo esperaba la sumisión de cántabros y astures. Augusto entonces confirió la empresa al vencedor de los germanos, y el joven y glorioso Agripa, impetuoso como Escipión y sagaz como Fabio Máximo, se puso al frente de sus tropas con dirección a España.

Llegaron las legiones con millares de esclavos picapedreros, y bien pronto la indómita llanura apareció llena de castros. En cada uno de estos fuertes, dejó Agripa un destacamento y la calzada militar se ofreció pronto al estratega.

Agripa, tras restablecer la disciplina, diezmando las legiones galas, acometió briosamente a los cántabros. Decuriones y centuriones formaron grupos sueltos, aceptando combates de guerrillas y asolando espantosamente el territorio. Como en los tiempos crueles del pretor Galba, las matanzas eran frenéticas y los incendios iluminaban, trágicos, la noche.

La Cantabria fué sometida, Agripa llegó a Roma con la paz. Pero el austero Tácito pudo escribir: Ubi solitudinem faciunt, pacem appellant. La paz era el silencio, la soledad, la muerte.

Cuando se abrió el templo de Jano, algún cuestor rechazó su nombramiento para la Cantabria. «Allí—dicen que dijo—no quedan más que ruinas y las ruinas no pueden tributar.»

La conquista, pues, de Cantabria, fué «por el hierro y por el fuego». En el resto de la Península la civilización romana tendió su red sutil y amable. En Hispalis y Corduba, los circos y los puentes testimoniaban la sumisión de toda la Bética. Santarén y Emérita Augusta difundían los arcos y las termas por la Lusitania. César Augusta, Ausona y Tarraco eran urbes romanas de la Tarraconense.

De los incendios de Sagunto y de Numancia apenas si quedaba un resplandor heroico. Roma había recibido y aclamado a los poetas y filósofos de Córdoba; Horacio celebraba la gracia y la sonrisa de las danzarinas de Gades; en el Senado vibraban aún los acentos de Cicerón cantando los paisajes de la Bética. En toda la Península, el Imperio, tras sus legiones, llevó sus magistrados, sus cuestores, sus gramáticos, sus artífices, sus baños, sus tocados y sus cortesanas. En Cantabria no pudo sostener Roma más que legiones siempre en pie de guerra.

En toda la Península sometida abundan los monumentos romanos; en Cantabria, no. Aquella civilización no dejó rastro alguno monumental. Su testimonio más considerable, la Vía, tiene carácter militar. Ni un templo, ni un acueducto, ni un circo, ni un palacio, ni una terma. Nada que indique una obra de paz, de tiempo, de dominio. Toda España está llena de puentes romanos; pues en Álava no existe uno. Diríase que allí no estuvo Roma, sino que pasó por allí a marchas forzadas.

Todo lo que de aquella civilización se advierte en Álava tiene carácter transportable, transitorio, interino. Alguna estatua, algún mosaico, relieves ornamentales, piedras miliarias, muelas de trigo, vasijas de barro... Pero nada grandioso, nada estable, nada que indique permanencia y dominación. La única perdurable huella de Roma es el paso de sus legiones, la Vía militar.

LA VÍA MILITAR.

La Vía militar—estudiada prolijamente por D. Lorenzo del Prestamero—está descrita por el Diccionario Geográfico-Histórico de la Academia de la Historia (sección primera, tomo I) y conforme al itinerario de Antonino, en esta forma: «La Vía militar de Astorga a Burdeos dirigíase desde Vindelaya hasta el Ebro y pasaba por Puente Larrá, Comunión y Bayas, en cuyas inmediaciones debió estar Deóbriga.

»Desde aquí seguía por Estavillo, Burgueta, Puebla de Arganzón, Iruña, donde situamos a Beleya; sigue luego por Margarita, Lermanda, Zuazo, Armentia o antiguo Suisacio, de Antonino; después por Arcaya, Ascarza, Argandoña, Alegría, en cuyas inmediaciones dijimos estar situada la mansión de Tulonio; de donde continuaba por Gaceo, cercanías de Salvatierra, de San Román y Albéniz; luego por Barduya y Eguino, último pueblo de Álava, continuando desde aquí por Ciordia, primer pueblo de Navarra, hasta Araceli, hoy valle de Araquil.

»La antedicha Vía romana, según los restos encontrados en Comunión y en otros puntos, tuvo una anchura de 24 pies; estaba rellena de gruesa grava, recubierta por una capa más menuda y tenía en sus bordes filas de piedras que le servían de apoyo.» ([V. pág. 31.])

Aun cuando el Sr. Amador de los Ríos, por manifestaciones que le hizo el entonces gobernador de Álava, D. Florencio Janer, se inclina a creer que las ruinas de Iruña acusan una población romana importante, el testimonio más moderno y más documentado, por consiguiente, del Sr. Baráibar, fundándose en que las ruinas carecen de cimientos, de trazados de calles, de alineación, etc., etc., refuerza nuestra modestísima afirmación de que Roma no dejó en Álava conventos, colonias, ni municipios, ni, por lo tanto, poblaciones; sino castros, mansiones, faros, esto es, la huella pasajera, la huella militar.

A pesar de esto, como el testimonio del Sr. Amador de los Ríos, aun cuando fuese en este punto equivocado, siempre sería interesante, copíamoslo a continuación:

«A dos leguas al Occidente de Vitoria se eleva una colina rodeada totalmente por el río Zadorra; sus desiguales líneas, no menos que los grandes frogones que la contornan y los despedazados sillares, piedras de construcción y numerosos fragmentos de ladrillos, tejas y vasijas que en su centro se muestran, autorizan la constante tradición de que existió allí no insignificante población romana, excitando vivamente la curiosidad de los doctos.

»Cedieron a este noble estímulo en octubre de 1866 el referido Gobernador y la Comisión provincial de Monumentos, y realizaron en Iruña un ligero ensayo de excavación, que si produjo «el conocimiento de la importancia de la población que un día allí existiera, por la extensión de los trozos de muralla que aun se sostienen, alcanzando en algunos puntos hasta catorce pies de grueso», sólo daba al gabinete provincial de antigüedades algunos fragmentos ilegibles de inscripciones, un aro o virola de metal, una punta de espada y varios clavos antiguos, sumamente enmohecidos.

»El Gobernador afirmaba que un pavimento «embaldosado de mármoles jaspeados» que encontró a poco más de un metro de profundidad era lo más notable del descubrimiento.»

Hasta aquí el Sr. Amador de los Ríos, que, como se ve, comienza por la ufana creencia de que en Iruña hubo «una no insignificante población romana», y acaba con el desencanto de ser un pavimento de mosaico «lo más notable del descubrimiento».

En el citado Diccionario de la Academia de la Historia se habla también de otro descubrimiento en las cercanías de Cabriana, donde se supone que estuvo Deóbriga. «Se acaba de descubrir—habla el diccionario—en las heredades labrantías de Cabriana, un edificio romano con diferentes pavimentos mosaicos, entre los que sobresale uno con las cuatro estaciones del año, representadas por mujeres hasta medio cuerpo, con los atributos correspondientes a cada estación y dos grifos, todo repartido en seis cuadros, adornados con grecas del mejor gusto, entrelazadas con mucha gracia por todo el pavimento.

»Las piedrecitas de que se componía éste eran negras, verdes y blancas, de mármol, y otras, amarillas y encarnadas, de tierra cocida.

»El otro pavimento, a más de las grecas que corren por los extremos, tenía en el medio un cuadro de Diana cazadora, con su arco en la mano izquierda, tomando con la derecha una flecha del carcaj cargado de flechas, por encima del hombro derecho.

»Parte de la vestimenta de la diosa era de cristales menudos, de color azul y verde, bastante regazada; su calzado parecía a las sandalias, con una especie de botín o media con su atadura encima de la pantorrilla, asegurada con lazadas pendientes a la parte delantera.

»Detrás de la diosa, un ciervo con su brida o freno, que arrastraba por el suelo. Los otros pavimentos eran más o menos ricos, según lo exigían las circunstancias a que estaban destinados.»

Glosando el diccionario, escribe, esperanzado nuevamente, el señor Amador de los Ríos: «No es, en consecuencia, temerario el deducir que hubo de elevarse, en el sitio ocupado por los mosaicos, una suntuosa villa.» Pero, casi a continuación, y como si le hubiesen acometido los escrúpulos que tanto y tan autorizadamente lo condicionan, el señor Amador de los Ríos, refiriéndose a los romanos, añade: «No pudieron dejar claras e inequívocas reliquias de su grandeza, allí donde no les fué dado asentar su planta vencedora, ni hacer su dominación respetable y duradera.»

Nada grandioso, nada estable, nada que indique permanencia y dominación, dijimos al comienzo de este capítulo.

ESTATUA DE MUJER.—SU DESCUBRIMIENTO.

Un labrador que guiaba su yunta cerca de Iruña, en 1845, advirtió que la reja del arado tropezaba con algo fuerte y duro; y al remover la tierra, con auxilio del azadón, desenterró una estatua de mármol blanco, representando por las vestiduras a una mujer.

La estatua no tenía cabeza y le faltaban, además, los antebrazos, los pies y parte de las piernas.

Conducida a Vitoria y examinada, entre otras personas inteligentes, por D. Miguel Medinaveitia, este concienzudo erudito la describió en un artículo publicado por el semanario alavés El Lirio, que también reprodujo un bonito dibujo del hallazgo.

Para el Sr. Medinaveitia, esta estatua pertenece al período clásico y representa a Ceres, a juzgar por el traje y la apostura.

El doctor alemán Emilio Hübner, en su famoso Inscritionum Hispaniae Latinarum Supplementum, la atribuye al siglo II, esto es, a la época de Adriano. Parécele de Ceres o de la Fortuna, deduciendo del manto y de la actitud, que tuvo en la derecha la cornucopia y en la izquierda el gubernaculum.

DESCRIPCIÓN DE LA ESTATUA.

El Sr. Amador de los Ríos, en sus Estudios monumentales y arqueológicos de las provincias vascongadas, la describe de esta manera:

«La estatua de Iruña es mayor del natural y de mujer, y sobre la subtúnica y túnica ostenta un pallium o manto que envuelve la parte superior del pecho, derribándose sobre la espalda en amplios y bien dispuestos pliegues.

»Cíñese la túnica perfectamente al desnudo con noble estilo estatuario, y revélase aquél con bellas y grandiosas proporciones, sin detrimento alguno, antes bien con mayor gracia y perfección en el movimiento, del plegado. Únese a estas prendas cierta majestuosa proporción que hace más sensibles las indicadas mutilaciones, y sirve como de corona a tales virtudes artísticas una ejecución no menos franca que esmerada.»

La estatua, tal y como se ha descrito, se conserva en el Museo incipiente del Instituto general y técnico de Vitoria, donde su sabio director, don Federico Baráibar, nos la ha mostrado en la visita que guiados por él hicimos.

LÁPIDAS ROMANAS.—SU DESCUBRIMIENTO.

Al mismo tiempo que la estatua, fueron hallados en las ruinas de Iruña trozos de mármoles, piezas de mosaicos, fragmentos de ladrillos, tejas, vasijas, monedas y hasta treinta y dos lápidas completas o rotas, de las cuales se guardan, y hemos visto en dicho Museo, las que pasamos a describir.

LÁPIDA ROJA Y BLANCA.

Es un trozo de mármol blanco y rojo, con inscripciones fragmentarias que, epigrafistas tan autorizados como Hübner, el P. Fita y Baráibar, no han podido ni completar ni interpretar. Mide 0,28 por 0,11, y aun cuando el P. Fita la atribuye al siglo I, los caracteres de sus letras y ciertos signos intermedios que la adornan parecen indicar que sea posterior.

LÁPIDA SONROSADA CON VETAS BLANCAS.

Mide 0,25 por 0,14. La inscripción, completada e interpretada por el Sr. Baráibar, dice:

(Honore) (co)ntentu(s) (im)pensam (remisit.)
(Satisfecho con el honor, dispensó el gasto.)

A juicio del Sr. Baráibar, lo interpretado es el término de la inscripción total, donde probablemente se expresaría una memoria acordada por alguna Orden, Municipio o Corporación. El interesado aceptó con satisfacción el honor, y la hizo a su costa.

Inscripciones o fórmulas idénticas se leen, según dice el Sr. Hübner, en lápidas de Alcacer de Sal, Málaga, Sevilla y otras poblaciones de la Península.

LÁPIDA ROSA, VETAS BLANCAS.

Se recogió del pueblo de Tres Puentes, cercano a Iruña, donde la empleaban los mozos para colocar sobre ella el llamado «cantón», del juego de bolos.

Es un trozo aproximadamente circular, de 0,85 metros en su mayor diámetro, que en su cara plana ostenta siete elegantes letras, no interpretadas por la epigrafía.

LÁPIDA ROSA.

Tiene forma de triángulo, cuyos lados mayores miden 0,15 por 0,19. Las letras del primer renglón son más altas que las del segundo. Tampoco ha sido descifrada.

FRAGMENTOS DE PIEDRA ARENISCA.

En las excavaciones que se hicieron a costa del presbítero y arqueólogo D. Jaime de Verástegui, también por los alrededores de Iruña, aparecieron cuatro fragmentos de piedra arenisca que, reunidos, forman dos trozos de un epígrafe en grandes caracteres, altos de 21 centímetros, y también, como los anteriores, sin descifrar.

CAPITEL HISPANO-ROMANO.

Se descubrió también en las excavaciones del señor de Verástegui, y es de piedra caliza.

Su altura es de 0,65. Sobre su antigüedad se han suscitado diferencias muy curiosas. Hay quien lo considera obra latino-bizantina, del siglo VIII al IX, y quien la cree genuinamente romana, del siglo III al IV.

El sabio arqueólogo Sr. Gómez Moreno, examinando la fotografía, encontró anómalo el desarrollo del collarino, que roba al conjunto la usual elegancia de proporciones; pero, a juicio del Sr. Baráibar, la anomalía de ir el collarino incorporado al capitel, se da con frecuencia en piezas romanas de carácter indígena.

Puede estimarse el capitel, por consiguiente, obra hispano-romana de bajo tiempo, probablemente; pero en modo alguno visigoda, y mucho menos posterior.

El capitel tiene fidelísimo parecido con los capiteles de antigüedad incierta de San Román de Hornija (Valladolid), y con los seguramente romanos de Córdoba, donde se hallan los prototipos clásicos que imita el de Iruña.

LÁPIDA DE LUZCANDO.

También de caliza, donativo de D. Sandalio Oquiñena.

Tiene un metro por 0,66. Sirvió de antepecho a una ventana en la casa cural de Luzcando, pueblo de la jurisdicción de Acilu, en la hermandad de Iruráiz, a 24 kilómetros de Vitoria y cinco de Salvatierra.

Dicha casa cural, ya desaparecida, y la parroquia, que aun subsiste, se construyeron en gran parte con materiales allegados de la Vía romana.

Trátase de un hermoso cipo sepulcral que, a juicio del Sr. Baráibar, es obra curiosísima del arte provincial ibero-romano. El disco y los sarmientos que la embellecen son adornos frecuentes en las lápidas encontradas en Salvatierra, San Román, Ibarguren, Contrasta, Ocáriz y Urbina de Nasabe, todas ellas citadas por el Sr. Hübner en su Suplemento, y por el Sr. Baráibar en su Museo incipiente; pero ni una sola existente en el Museo, ni en parte alguna conocida, a menos de nosotros.

La inscripción de esta lápida, complementada y comentada por el Sr. Baráibar, es así:

D(is) M(anibus) M(arco) Sem(pronio) Fusco oculati f(ilio) an(norum) LV Fuscinus fr(ater) M(arco) s(uo) f(ecit) H(ic) s(itus) e(st).

(A los Dioses Manes. A Marco Sempronio Fusco, hijo de Ocualto, de cincuenta y cinco años. Fuscino hizo este sepulcro a su hermano Marco. Aquí está sepultado.)

LÁPIDA DE NARBAJA.

También de caliza, de 0,52 por 0,46.

Se descubrió cuando se estaba abriendo la carretera vecinal de Narbaja a Mendíjur. Al ser transportada al palacio del senador don Carlos de Ajuria, la rompieron los canteros, por lo que se perdió la mayor parte de la inscripción.

De la impronta que en el instante de hallarla, y antes, por consiguiente, de que se rompiera, obtuvo el Sr. Baráibar, se ha podido transcribir íntegra. Las dos figuras de hombres con bastones, conduciendo un objeto cuadrangular, y los ramitos de laurel que exornan a uno y otro lado la inscripción, dan a esta lápida de Narbaja caracteres curiosos y singulares.

De otra parte, la epigrafía, reconstruida y comentada por el señor Baráibar con su reconocida ciencia, indica que se trata de una lápida sepulcral que, por estar labrada en piedra caliza, testimonia, o la humildad, o la pobreza, o entrambas cosas a la vez del que la costeó.

La inscripción, que copiamos del Museo Incipiente, es así:

Greca de aspas pequeñas
D. luna en creciente. M.
Dos figuras de hombre con
bastones, llevando entre
ambos un objeto cuadrangular.
A uno y otro lado ramas de
laurel, hasta el pie del
epígrafe.

MARITVS ANTI
CVS /// SQV MARCE
LINVS ANN XX
SHM ROMVLVS
/////// MAR // FILIO
////////// O POSVET
MR MONV V

D(is) M(anibus) Maritus Anticus (e) squ(ilina) Marcelinus ann(orum) XX s(itus) h(ic). M(arcus) Romulus M(arito) filio(piiisim)o posuet m(oe) r(ens) monu(mentum) V(ale)

(Marito Antico, de la tribu esquilina, de veinte años de edad, yace aquí. Marco Rómulo, apenado, puso a su piadosísimo hijo Marito este sepulcro. ¡Adiós!)

LÁPIDA DE ANGOSTINA.

Lindando con Navarra, por la parte de Marañón, está, en jurisdicción de Angostina, la ermita de San Bartolomé, en cuyo altar, en el ángulo de la mesa, estaba la lápida.

Dicha ermita carece de mérito artístico; pero ofrece algún interés, por haberse utilizado en su construcción lápidas romanas. Una de ellas, en piedra caliza, de 0,50 por 0,36, que por disposición del párroco fué trasladada al Obispado, y de orden del Obispo cedida al Museo de Vitoria, conserva casi íntegra la inscripción, que dice así:

Æmilius Maternus Flori filius ann (rum) XX h(ic) s(itus) e(st).

(Emilio Materno, hijo de Floro, de veinte años. Aquí yace.)

ÁRULA DE ARAYA.

Fué donada al Museo por el Senador D. Carlos de Ajuria, y es, con la estatua ya descrita, lo más interesante de la colección.

Es de piedra arenisca: alta, o,68; ancha, 0,56; gruesa, 0,27.

Se halló con otras tres en «El nacedero», de donde fluye el río Ciraunza, á 120 metros sobre la fábrica metalúrgica de Araya. Las letras casi se hallan desvanecidas por la acción del agua, en donde el ara estuvo sumergida.

C /// PITO /. AR
NYM////// IS
//////// SVIT
IBENS MER
ITO.

C(a)pito ar(am) nym(ph)is d(e) s(uo) po(suit) (l)ibens merito.

(Capitón, gustosamente y con motivo, puso a sus expensas esta ara a las ninfas.)

«El lugar donde se hallaban las piedras—dice el Sr. Baráibar—es por demás escabroso y esquivo, al pie de una roca que se alza, vertical y desnuda, sobre la límpida, fresca y copiosa fontana.»

Con esta dedicatoria son cinco los númenes a quienes en Álava se rendía culto durante la época romana: dos de la mitología grecorromana, las ninfas en Araya y Donela en Iruña, y tres de la mitología indígena: Uvarna, en Zambrane; Tullonio en Alegría de Duranci, y Sandao Baelisto, en Angostina, según anota Hübner en su tantas veces citado Supplementum.

Dedicatorias semejantes a las de Capitón se han descubierto en árulas de los baños de Montemayor (Cáceres), descifradas por el Padre Fita en el Boletín de la Academia de la Historia.

Otra lápida a las ninfas apareció en Quintanilla de Somuñó (Burgos), y también, en el propio Boletín, la ha traducido el sabio epigrafista.

LÁPIDA DE ASSA.

Donada por D. Ángel León Lores. Es de piedra caliza, de 0,75 por 0,56, con hermosos caracteres del siglo I.

Se halló en Assa, a ocho kilómetros de Laguardia, en la frontera de Navarra. Estuvo en la derruída ermita de Santa María, de donde fué llevada a la llamada «Casa del monte», y de allí al Museo de Vitoria, donde se conserva.

A la cabeza de la lápida, en una extensión de 45 centímetros, obsérvanse vestigios de dos sencillas grecas, entre las cuales, rebajada a cincel, hay una faja, donde acaso esculpió el cuadratario las siglas D. M.

La lectura de las tres primeras lineas se hace sin gran dificultad. La laguna del último renglón la llenó felizmente el Sr. Baráibar, siendo aceptada por el P. Fita y por Hübner, según consta en el Boletín de la Academia.

La inscripción, conjeturalmente complementada, dice así:

d.
a VRELLÆ
æ . FLACCI
CLO/. F. AN
h s. e. flaccVS
h. m. f. c.
m.
BOVTI
ATTESV
XXX
PAT

D(is) M(anibus) Aureliæ Bouti(æ) Flacci Attesuclo f(ilia) an(norum) XXX h(ic) s(ita) e(st). (Flacc)us pa(ter) h(oc) m(onumentum) f(aciendum) c(uravit).

(A los manes de Aurelia Boucia, hija de Flaco Atesuelo, de treinta años de edad. Aquí yace. Su padre Flaco cuidó de que se le hiciese este sepulcro.)

Tales son las reliquias que Álava conserva de la dominación romana en el Museo que tan diligentemente ha formado el Sr. Baráibar. Ni en nuestras excursiones por casi todo el territorio, ni en las detenidas pesquisas que a través de una extensa bibliografía llevamos hechas, nos fué posible encontrar más. Después de todo, esta misma escasez de monumentos romanos viene a corroborar los autorizados juicios del señor Amador de los Ríos sobre que los romanos «no pudieron dejar claras e inequívocas reliquias de su grandeza allí donde no les fué posible asentar su planta vencedora ni hacer su dominación respetable y duradera», y a justificar en cierto modo la observación de Tito Livio, que nos sirvió de orientación y lema.

CAPÍTULO IV
MONUMENTOS DE LA CIVILIZACIÓN CRISTIANA

Así, pues, del siglo IV al XI se efectuó en todo el mundo antiguo un trabajo enorme, doloroso, pródigo en vidas de hombres y de Imperios, pero que realizó algo tan firme, que todavía dura y parece destinado a permanecer.

(Alfredo Rambaud y Ernesto Lavisse.—Historia Universal, Los orígenes.)

La invasión de las huestes godas sorprende a los vascos en momentos de crisis honda, cuando aun convalecientes de sus duras batallas con los romanos, no habían tenido tiempo de constituirse y de organizarse.

Al comenzar el siglo V, aun subsiste el régimen embrionario del patriarcado y de la tribu. Vascófilos tan eminentes como D. Ladislao de Velasco, D. Miguel Rodríguez Ferrer y D. M. de Larramendi, interrogaron vanamente a la esfinge histórica. Ni el monumento ni el archivo han podido suministrar aquellos elementos categóricos equivalen a la afirmación.

¿Cómo se gobernaban estos pueblos? ¿Quién los regía? ¿Cuáles eran su religión, sus costumbres, su agricultura y sus ejércitos? Ante el silencio de la Historia, la Leyenda, menos prudente o más efusiva, nos habla de los primitivos señores vascos, de solar y fuero, que rigen pueblos de vasallos labradores, se ocupan en la caza, guerrean con señores fronterizos y hasta reciben embajadas de los jefes galos.

Las hordas de Alarico, al franquear las gargantas del Pirineo, tal vez oyeron ya los sones de aquella trompa épica que había de sonar luego en Roncesvalles. El señor de Altabiscar, héroe de un poema, es acaso también el símbolo de una época de la Historia.

Sea como fuere, la investigación tiene que consignar su esfuerzo inútil. La civilización goda no deja en Álava más rastro que la llamada fortaleza de Victorica, construída por Leovigildo—según cree el señor Pirala en el tomo correspondiente de España; sus monumentos y artes, su naturaleza é historia,—y algún que otro vestigio arquitectónico, de los que, según Amador de los Ríos, han surgido «de entre las ruinas de ciertas construcciones románicas, inequívocos, aunque ya débiles reflejos, del arte latino-bizantino».

Otro tanto cabe decir de la dominación árabe. En las crónicas del Tuldense, del obispo D. Sebastián, del monje de Albelda y del arzobispo D. Rodrigo, que son, como se sabe, asilos ingenuos y zonas neutras en donde se entrevistan la Leyenda y la Historia, no hay una sola página que registre un solo monumento árabe en la región.

El testimonio del arzobispo D. Rodrigo es tan rotundo como categórico: «Los sarracenos—dice el Prelado—se apoderaron de toda España, menos de algunas pocas reliquias que se conservaron en las montañas de Asturias, Vizcaya, Álava, Guipúzcoa, Roconia y Aragón.»

A lo largo de cancioneros y de cronicones, vemos cómo Alfonso III, perseguido por los árabes, se refugia en Álava.

Las guerras fronterizas de castellanos y navarros sobresalen, dividen y perturban a los vascuences. Sanchos y Alfonsos se alían o guerrean con los señores de Álava, que unas veces son de unos y otras de otros. Las villas y lugares alaveses se incorporan o se desmembran, según los pactos o las declaraciones de guerra de cada año y aun de cada mes. La región, por el fatalismo topográfico y por la independencia de sus moradores, no descansa de su avatar bélico. La agricultura, la caza, la pesca, el pastoreo, el tráfico industrial y comercial, la explotación de bosques y minas, todos los dones próvidos que desfilan por las escenas de La Paz, en Aristófanes, han desaparecido de Álava. Durante un siglo y otro siglo, la comarca es como una clínica de enfermedades de la guerra...

¿Qué artes se podrían desarrollar allí donde las trompas y atambores, el relinchar de los caballos y el recio estruendo del chocar de armas y escudos no cesaban ni un día su rumor?

El Islam amenaza la independencia de toda la Península; el Califato cordobés crece y se ensancha, como un río desbordado; la inundación que viene de Andalucía, sube con Almanzor hasta las márgenes del Duero... Por valles y montañas, huestes de León y de Castilla, poseídas del espanto de la derrota, irrumpen en el territorio vasco, rotas las mallas y destrozadas las lorigas, pidiendo asilo y hermandad.

«Desde aquel instante—anota con su buen sentido proverbial el Sr. Amador de los Ríos,—hermanados con los naturales en la empresa de rechazar el yugo del enemigo común, por un mismo sentimiento y una misma esperanza, quedaba establecida entre castellanos, navarros y vascuences una alianza tanto más sincera y durable cuanto mayores iban a ser los obstáculos que el poderío árabe opusiera al triunfo de aquella generosa esperanza y de aquel nobilísimo sentimiento.

»Ruda, terrible y cada día mayor era la lucha trabada entre el creciente imperio mahometano y las despedazadas reliquias del visigodo; frecuentes y desoladoras las invasiones sarracenas que partiendo del suelo andaluz, arrojaban una y otra vez sobre los valles vascongados el removido oleaje de la conturbada población cristiana; más grande, más insistente y abrumador el peligro que a todos amenazaba y afligía, y no menores, por tanto, la mutua lealtad y confianza que de todos solicitaban la salvación y defensa de aquellos baluartes que les había brindado la Naturaleza.

»Recogíanse, merced a este rudo golpear del Califato andaluz, los antiguos moradores del suelo vasco, en lo más cerrado de sus asperezas; tomaban asiento los hijos de la España central en los valles y llanuras más cercanos a las regiones centrales donde nacieron, no sin que penetraran a veces en el centro mismo del territorio, y poníanse todos bajo la bandera de la independencia arbolada por los Reyes de Asturias, animados sin tregua unos y otros por el heroico anhelo de redimirse y de redimir a la patria de la servidumbre islamita.

»Esto nos dice la Historia y esto nos revelan también, con viva aunque muda elocuencia, los monumentos arquitectónicos.

»Puéblanse desde entonces las montañas del pueblo vasco de ermitas, pobres, agrestes, desprovistas de ornato y de reducidas dimensiones; sus valles ostentan en cambio gallardas basílicas, enriquecidas con todas las galas de un arte que había realizado o realizaba aún las más preciadas conquistas en otras comarcas.»

¿Por qué fases había pasado el espíritu religioso de Álava antes de que su conversión al cristianismo le llevase a elevar estas ermitas y basílicas cristianas?

«Difícil es—nos dice el Sr. Carreras y Candi en su Obispado y fueros de Álava—el estudio y conocimiento de la religión que profesaban los íberos o cúskaros, aborígenes.

»Difícil es seguir la evolución religiosa de los antiguos tiempos cuando falta toda fuente histórica. Dentro del terreno de la hipótesis es creíble que, tanto el paganismo romano como el cristianismo, se introducirían por Álava de las provincias vascongadas.

»De los primitivos siglos cristianos no ha quedado ni en Álava ni en territorio vasco, un solo monumento que pueda decirnos en qué época se introdujeron allí las doctrinas de Jesucristo.»

Por su parte, el P. Enrique Flórez, en su España sagrada, habla de que en la división de Constantino, al tratar de los cinco metropolitanos de España, se incluyen obispados en esta región.

Don Ladislao de Velasco, en Los Eúskaros, refiriéndose al santo más antiguo de Álava, San Prudencio, dice que «unos le hacen figurar en el siglo III, otros en el IV y así sucesivamente hasta el siglo XII».

A pesar de esta incertidumbre, acaso no sería descaminado el asentar que el primitivo rito vasco fué el rito celta, el cual duró hasta la venida a España de Santiago apóstol. Discípulos de Santiago tal vez fueron iniciadores de los primeros cultos y tal vez la primera generación cristiana alzó en Álava, como en otras partes, el primer testimonio de su ardor neófito: los calvarios. Los panoramas, tan propicios para representar el Monte de las Calaveras; la abundancia de árboles, tan próvida para suministrar las cruces; el contraste de aquella raza belicosa, ruda y feroz, con la divina suavidad evangélica del Sermón de la Montaña.

Española, porque en su unión con castellanos y navarros había echado frente al moro los cimientos de la Reconquista, que inició Asturias; cristiana, porque Santiago o sus discípulos labró o labraron su alma ingenua con los cinceles catequistas; al comenzar el siglo VIII comienza Álava a incorporarse a la cultura de su tiempo.

«Testigos del primer movimiento de la cultura eúskara en las vías de civilización propiamente española—escribe Amador de los Ríos—habían sido las construcciones románicas, de entre cuyas ruinas hemos visto brotar inequívocos, aunque ya débiles reflejos, del arte latino bizantino.

»Intérpretes de aquella más amplia y duradera alianza debían ser, y lo fueron realmente por tres centurias, los monumentos del estilo ojival, que se levantaban a la sazón con el imperio de las artes y que empezaban a enaltecer las antiguas ciudades de la Iberia central, con maravillas tales como las iglesias metropolitanas de Burgos y Toledo.

»Y, cosa muy digna en verdad de tenerse en cuenta, tratándose de las artes españolas, mientras en el transcurso de las tres indicadas centurias impone el arte ojival, en sus distintos desarrollos, su no dudoso sello, su fórmula, así a las construcciones religiosas como a las civiles y militares que se alzan en el estado vascongado, ni en uno solo de aquellos templos, castillos y casas señoriales, por más que apunte alguna vez en las últimas, domina la influencia del estilo mudéjar, que, arraigando en Toledo, Zaragoza, Córdoba, Valencia y Sevilla, se generalizaba en toda España, con tal eficacia y predominio, que constituía una verdadera manifestación de arte, trascendiendo a todas las esferas de la industria.

»No existen, en efecto, en las ciudades, villas, pueblos y anteiglesias de Álava, Guipúzcoa y Vizcaya, templos como la iglesia parroquial de Santiago, en Toledo, o la basílica de la Seo, en Zaragoza; fortalezas y torres como las de Cervantes, San Román y Santo Tomé, en la ciudad de Wamba, o las de Santa Catalina, San Marcos, San Miguel y San Nicolás, en Córdoba; alcázares como el de D. Pedro I, en Sevilla; el de los Ayala, en Toledo; el de los Mendoza, en Guadalajara, o el de Segovia, en que pareció apurar sus riquezas aquel maravilloso estilo arquitectónico.

»En cambio pueden reconocerse sin fatiga en las tres provincias hermanas los pasos del arte ojival, mal llamado gótico, en no escasas construcciones y monumentos secundarios, pertenecientes a sus tres principales edades, no sin que preponderen los que representan el crecimiento de la monarquía española bajo el glorioso cetro de los Reyes Católicos.

»Ni es de desdeñar, en orden a los monumentos ojivales del territorio vasco, el que, así como los de las regiones colindantes de Aragón y Castilla se hermanan estrechamente con los erigidos en estas comarcas, pronúnciase, sobre todo en los que visiblemente pertenecen al último período y existen en la zona más inmediata al Pirineo, cierta influencia ultramontana, merecedora, en verdad, de atento estudio.

»Algo de esto nos dicen también las construcciones del Renacimiento, no faltándonos, por cierto, respecto de algunas, el testimonio histórico que acredite y esclarezca esta enseñanza, deducida inmediatamente de las observaciones arqueológicas.

»Pero el conjunto general de aquellas fábricas arquitectónicas, aun en lo que tienen de derivado de ciertas reacciones operadas en las esferas del gusto, en días más cercanos a los nuestros se consocia y aun hermana con el aspecto universal de las varias manifestaciones artísticas que la España central ofrece en los mismos períodos; y en esta relación trascendental no es dudoso que si la proximidad de Francia, pueblo de no insignificante iniciativa en todas las esferas de la actividad humana, influye alguna vez en el proceso de la cultura vascongada, refléjase en ella más viva y directamente y con más constante perseverancia la idea de la civilización propiamente española.»

En la historia monumental y artística de Álava no existen, por lo tanto, en maneras bien definidas, puras y per se, las huellas visigodas del arte latino-bizantino, ni tampoco las huellas árabes del mudéjar. Si algún vestigio del latino-bizantino aparece en ciertos relieves del pórtico de Armentia, aparece mezclado y domeñado por el románico español. Si algún labrado mudéjar se distingue en ciertas casas señoriales de Vitoria, se distingue con gran trabajo entre las floraciones ojivales del edificio. Ni el árabe, ni el godo han logrado más que el romano. A las tres civilizaciones opuso Álava igualmente su independencia montaraz. De ninguna de las tres guarda más que reliquias transportables, como aquellas «piedras viajeras» de que habla Plinio el viejo.

A cuatro épocas arqueológicas reducimos la historia de Álava: la Época Románica, que, según el Sr. Apraiz, podríamos llamar «indígena»; la Época Ojival, que al decir de Amador de los Ríos, «por carecer de un templo de primer orden, careció del primer elemento educador y dejó en bárbara libertad a los retocadores, reconstructores y profanadores»; la Época del Renacimiento, donde junto a los templos y colegiatas aparecen ya, decorados y exornados con las galas maravillosas del plateresco, ciertos palacios señoriales, y la Época Moderna, que aun cuando bastardeada por la servidumbre a que la utilidad ha sometido a la belleza, se purifica de estas culpas de leso arte con la grandiosa Catedral nueva de Vitoria, en construcción tan avanzada ya, que al cabo de unos pocos años alzará sus agujas y rosetones ojivales, maravillando a España y al mundo.

ÉPOCA ROMÁNICA

Ya hemos testimoniado con la autoridad erudita del Sr. Carreras Candi la carencia de fuentes históricas en todo cuanto se refiere a la cronología de los primeros siglos cristianos de Álava.

«No podemos aceptar—dice—como afirmación histórica, que se viene copiando por la mayor parte de los autores, la de que en el siglo VIII huyeron los hispanogodos de la dominación sarracena refugiándose en territorio alavés. Como no hubo persecución religiosa al ocurrir la invasión árabe, ha de rechazarse la existencia de tales fugitivos.

»Con respecto a los primeros establecimientos cristianos—añade—daremos los siguientes datos:

»En el año 804 se estableció en Añes el Monasterio de San Vicente de Annies, que posteriormente se sumó con el de San Millán.

»A mediados del siglo X fundóse el monasterio de Santa María de Estíbaliz.

»En el siglo XII, sin que se conozca con certeza la fecha de su fundación, ya existían los monasterios de San Clemente y Santa Cecilia de Obaldia, en Madaria; en Apérregui, el de Santa María de Barica; en Zuazo, el de San Miguel; en Zuya, el de Santa María de Oro; en Gurendes, el de San Víctor y San Salvador; en Mañarrieta, el de Santa Gadea; el de Santo Tomé, en Rivabellosa; el de Yula, de Salvatierra, y los de Albéniz, Lasarte, San Román y las abadías de San Andrés de Bolívar y Santa Pía de Cicujano...»

Un prestigio arqueológico, D. Ángel Apraiz, que ha estudiado prolijamente la cuestión, como historiador y como arqueólogo, nos dice en el interesantísimo trabajo «El románico en Álava», publicado el 30 de agosto de 1911 en la revista de San Sebastián Euskal-Erria:

«Existe un arte alavés. Por todos los montes y valles de nuestra tierra se encuentran esparcidos restos de una arquitectura, religiosa en su casi totalidad, que con las tradiciones a ella unidas y la significación de sus monumentos, puede constituir, ante una mirada inteligente y amorosa, la completa resurrección de un glorioso pasado.

»Forma tal arte, producido en los siglos XII y XIII, hermosa ejecutoria de la nobleza de este pueblo, del cual certifica en tan remotas fechas la vigorosa fe y la cultura que se extendía a los más apartados rincones de este suelo.»

Como se ve, entre la afirmación del Sr. Carreras Candi, que habla de Armentia, como existente ya en el siglo X, y la del Sr. Apraiz, que fija las producciones románicas alavesas en los siglos XII y XIII, surge, a primera vista, el abismo de dos siglos.

Sin embargo, para quien ahonde en la cuestión, tal vez haya una explicación satisfactoria. En las iglesias y basílicas románicas más antiguas se han registrado, como observa el Sr. Amador de los Ríos, «vestigios indudables, aunque ya débiles reflejos, del arte latino-bizantino», anterior en dos y tres siglos al románico.

¿Quién dice que la basílica de Armentia, por ejemplo, no sea, al construirse en el siglo X, un arte latino-bizantino, ya adulterado por las primeras manifestaciones prerrománicas? ¿Quién, en cambio, puede negar que iglesias como las de Tuesta y Leorza, son románicas aun cuando en ellas aparezca el arte ojival?

Sabido es que el románico, estilo de una civilización incierta, arte de transición, como la época que lo engendra, tiene diversas manifestaciones que hemos de detallar oportunamente. Ahora sólo nos toca, en sus apreciaciones generales, señalar el contraste entre la afirmación del Sr. Apraiz, al asegurar «que existe un arte alavés» y las diversas fórmulas románicas que por tan vario modo acusan la carencia de esta su pretendida uniformidad. Entre la basílica de Armentia (siglo X) y la de Estíbaliz (siglo XII) el estilo románico pasa de una niñez ingenua, ruda y lóbrega, a una florida y gallardísima juventud.

Invocando la autoridad que en cuestiones históricas y arqueológicas reconoce el mundo erudito a los Sres. D. Federico Baráibar, D. Jaime Verástegui y al padre jesuíta Indalecio Llera, el citado Sr. Apraiz realizó un trabajo utilísimo, «en el que se describen y registran con exposición de croquis, medidas y relaciones con otros monumentos, discutiendo los problemas que plantea el románico, unas setenta muestras de ese arte que por toda nuestra tierra se extiende con variedades que lo llenan de encanto y de vida».

Ese trabajo, que el Sr. Apraiz remitió a un certamen, está inédito. Pero el autor, amablemente, nos ha suministrado un índice, en el interesante estudio, ya citado, «El románico en Álava», que apareció en la revista Euskal-Erria. Además, las bondades del Sr. Baráibar nos permiten incluir entre nuestras fotografías, las 70 a que se refiere el señor Apraiz y muchas más, que personalmente obtuvimos en nuestras excursiones por la provincia, unas y otras de monumentos románicos, que son, como se sabe, los más numerosos en Álava, y, por tanto, en nuestro Catálogo provincial.

«En el arte románico alavés—escribe el Sr. Apraiz,—entre la vieja basílica de Armentia (que no lo es tanto como se ha pretendido) y la de Estíbaliz, cuya terminación debe pertenecer al siglo XIII, se nos muestran con su ingenuidad de obras primitivas, entre otras, la actual ermita de San Martín de Avendaño, que evoca una leyenda de venganzas como la de los héroes griegos, y cuyo sistema constructivo al estilo de la llamada Escuela Provenzal, es muy curioso; la ermita de San Juan de El Burgo, y el ábside de la parroquia de Trocóniz, hoy muy transformada; el Cristo de Labastida, cuya masa teñida de siena por el sol de la Rioja, se destaca sobre una colina escarpada, recordando el nombre militar de la villa; la iglesia de Ezquerecocha; la de Hueto de Arriba, con su pila bautismal llena de preciosos relieves de época no muy anterior a la que ese templo representa; la de Nanclares de la Oca y la que fué parroquia de Urrialdo, envuelta con las tradiciones del basilisco, en un muy adecuado ambiente.

»Próxima a Estíbaliz se alza la iglesia de Argandoña que, al igual de otras abajo mencionadas, ostenta detalles idénticos a los de aquella fábrica, privándola de cierta singularidad que en ella se ha pretendido ver.

»En la misma escuela podemos agrupar la bella ermita de San Juan de Marquínez. Y contemporáneas suyas deben de ser las ermitas de San Martín y Santa María de Maestu, que con la parroquia de Leorza forma un grupo interesante, pues en todas las ahora citadas, como en las que vamos a enumerar, aparece el arco ojival, demostrativo de época gótica, entre otros caracteres genuinamente románicos o transitivos.

»Así son: las iglesias de Abechuco y Betoño; las de Lasarte con espléndidas estatuas en una ventana; las de Miñano Menor, Olano, Añua, Gamarra Menor y Urrúnaga; las de Durana y Otazu, con hermosas portadas, muy semejantes entre sí; la de Arzubiaga, la de Ullívarri-Arrazua, en la cual, sobre los arcos de su ingreso, aparece algún motivo realista; las de Lezama, Amurrio, Unzá, Oyardo, Gújuli, Guillerna, Catadiano, Pipaón y Heredia; la ermita de Nuestra Señora de Ayala, en Alegría, que conserva un curioso pórtico del mismo estilo; lo mismo que las parroquias de Erenchun y Nanclares de Gamboa; las iglesias de Gaceo, de Ullívarri-Viña, Hueto de Abajo, Legarda, Mendiguren, Belunza, Bernedo y Lubiano, y las aun más pobres en ornamentación de Gardelegui, Aberásturi, Mendizábal, Gojain, Nafarrete y Elosu.

»Hay que añadir a este índice de ejemplares románicos las murallas de Salvatierra y de Laguardia; las vírgenes de Yurre, de la Esclavitud, en Vitoria; de Arriaga, de Ocón, de Anadoya y de Barajuen, y algunos crucifijos y ornamentos que oportunamente describiremos por separado.»

Se ve, pues, que la gran riqueza monumental de Álava está principalmente en sus iglesias románicas, tan numerosas como en la región donde haya más, aunque la mayoría reconstruídas ojivalmente, y algunas de ellas, como Armentia y Estíbaliz, por la pureza de su estilo ingenuo, verdaderamente admirable y dignas del estudio detenido que las hemos de consagrar.

ÉPOCA OJIVAL

Una observación general formulada por el Sr. Amador de los Ríos, y que hemos comprobado personalmente en nuestras excursiones investigadoras, nos da bien definida la época ojival de Álava.