Nota de transcripción
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ADÁN Y EVA EN EL PARAÍSO
EÇA DE QUEIROZ
ADÁN Y EVA
EN EL PARAÍSO
| RENACIMIENTO | ||
| MADRID | | | BUENOS AIRES |
| SAN MARCOS, 42 | | | LIBERTAD, 170 |
| 1914 | ||
ES PROPIEDAD
IMPRENTA DE JUAN PUEYO. MESONERO ROMANOS, 34, MADRID
ADÁN Y EVA EN EL PARAÍSO
I
Adán, Padre de los Hombres, fue creado en el día 28 de octubre, a las dos de la tarde... Afírmalo así, con majestad, en sus Annales Veteris et Novis Testamenti, el muy docto y muy ilustre Usserius, obispo de Meath, arzobispo de Armagh y canciller mayor de la Sede de San Patricio.
La Tierra existía desde que se hiciera la Luz, el 23, en la mañana de todas las mañanas. ¡Mas no era ya aquella Tierra primitiva, parda y muelle, ensopada en aguas gredosas, ahogada en una niebla densa, irguiendo, aquí y allí, rígidos troncos de una sola hoja y de un solo retoño, solitaria, silenciosa, con una vida escondida, apenas sordamente revelada por las sacudidas de los bichos oscuros, gelatinosos, sin color y casi sin forma, creciendo en el fondo del lodo! ¡No! Ahora, durante los días genesíacos, 26 y 27, habíase completado, abastecido y ataviado, para acoger condignamente al Predestinado que venía. En el día 28 ya apareció perfecta, perfecta, con las alhajas y provisiones que enumera la Biblia, las hierbas verdes de espiga madura, los árboles provistos de fruto entre la flor, todos los peces nadando en los mares resplandecientes, todas las aves volando por el aire sereno, todos los animales pastando sobre las colinas lozanas, y los arroyos regando, y el fuego almacenado en el seno de la piedra, y el cristal y el ónix, y el oro de ley del país de Hevilath...
En aquellos tiempos, amigos míos, el Sol aún giraba en torno de la Tierra. Esta era moza, y hermosa y preferida de Dios. Aquel aún no se sometiera a la inmovilidad augusta que, entre enfurruñados suspiros de la Iglesia, le impuso más tarde el maestro Galileo, alargando un dedo desde el fondo de su pomar, contiguo a los muros del convento de San Mateo de Florencia; y el Sol, amorosamente, corría alrededor de la Tierra, como el novio de los Cantares que, en los lascivos días de la ilusión, sobre el otero de mirra, sin descanso y saltando más levemente que los gamos de Gaalad, circundaba la Bien Amada, la cubría con el fulgor de sus ojos, brillando de fecunda impaciencia. Desde esa alborada del día 28, según el cálculo majestático de Usserius, el Sol, nuevo, sin manchas, sin arrugas, sin faltas en su cabellera flamante, envolvió a la Tierra, durante ocho horas, en una continua e insaciable caricia de calor y de luz. Cuando a la octava hora resplandeció y huyó, una emoción confusa, hecha de miedo y hecha de gloria, pasó por toda la Creación, agitando en un temblor los prados y las frondas, erizando el pelo de las fieras, hinchando el dorso de los montes, apresurando el borbotar de los manantiales, arrancando un brillo más vivo de los pórfidos...
En esto, en una floresta muy cerrada y muy tenebrosa, cierto ser, desprendiendo lentamente la garra del retoño del árbol en donde estuviera perchado toda aquella larga mañana de largos siglos, resbaló por el tronco comido de hiedra, posó las dos patas en el suelo que el musgo afofaba, se afirmó sobre ellas con esforzada energía, quedó tieso, y alargó los brazos libres, y dio un paso fuerte, y sintió su desemejanza de la Animalidad, y concibió el deslumbrado pensamiento de que era, y verdaderamente fue. Lo había amparado Dios, y en aquel instante lo creó. Vivo, de la vida superior, descendido de la inconsciencia del árbol, Adán se encaminó hacia el Paraíso.
Era horrible; un pelo crespo y lúcido cubría todo su corpulento, macizo cuerpo, rareando apenas en torno de los codos, de las rodillas rudas, donde el cuero aparecía curtido y del color del cobre sucio. Del achatado, arisco cráneo, surcado de arrugas, rompía una melena rala y rubia, hinchada sobre las orejas agudas. Entre las romas quijadas, en la abertura enorme de los labios trompudos, alargados en forma de hocico, relucían los dientes, afilados poderosamente para rasgar la fibra y despedazar el hueso. Bajo los arcos sombríamente hondos, que un pelo hirsuto orlaba, como un zarzal orla el arco de una caverna, los ojos redondos, de un amarillo de ámbar, movíanse sin cesar, temblaban, desmesuradamente abiertos de inquietud y de espanto... ¡No, no estaba nada bello, nuestro Padre venerable, en aquella tarde de otoño, cuando Jehová le ayudó con cariño a descender de su Árbol! Y, sin embargo, en esos ojos redondos, de ámbar fino, aun a través del temblor y del espanto, brillaba una belleza superior, la Energía Inteligente que le iba dificultosamente llevando, sobre las piernas encorvadas, hacia fuera del matorral en donde había pasado su mañana de largos siglos, saltando y gritando por encima de las ramas más altas.
Ahora bien (si los Compendios de Antropología no nos engañan), los primeros pasos humanos de Adán no fueron dados, desde luego, con vigor y confianza, hacia el destino que le esperaba entre los cuatro ríos del Edén. Entorpecido, envuelto por las influencias de la floresta, desagarra con trabajo la pata del hojoso suelo de helechos y begonias, y gustosamente se roza con los pesados racimos de flores que le rocían el pelo, y acaricia las largas barbas de liquen blanco, pendientes de los troncos de robles y de teca, en los cuales gozara las dulzuras de la irresponsabilidad. En el ramaje que tan generosamente le nutriera y le meciera, a través de tan largas edades, aún coge las bayas jugosas, los frutos más tiernos. Para transponer los arroyos, que relucen y susurran por todo el bosque, después de la sazón de las lluvias, aún se pende de una rama, entrelazada de orquídeas, y se balancea, y salta, con pesada indolencia. Y hasta sospecho que cuando el viento bramase por la espesura, cargado con el olor tibio y acre de las hembras acurrucadas en las cimas, el Padre de los Hombres dilataría cuanto pudiese las ventanas de la nariz y dejaría salir del peludo pecho un gruñido ronco y triste.
Camina... Sus pupilas amarillas, en donde brilla el Querer, sondan, buscan a través del ramaje, más allá, el mundo que desea y recela, y del cual percibe ya el sonido violento, como todo hecho de batalla y de rencor. A medida que la penumbra del follaje clarea, va surgiendo, dentro de su cráneo bisoño, como una alborada que penetra en una choza, el sentimiento de las formas diferentes y de la vida diferente que las anima. Esa comprensión rudimentaria solo trajo turbación y terror a nuestro Padre venerable. Todas las tradiciones, las más orgullosas, concuerdan en que Adán, en su entrada inicial por las planicies del Edén, tembló y gritó como criaturita perdida en romería turbulenta. Y podemos pensar que, de todas las Formas, ninguna le empavorecía más que la de esos mismos árboles, en los cuales había vivido, ahora que los reconocía como seres tan desemejantes de su ser e inmovilizados en una inercia tan contraria a su Energía. Liberto de la Animalidad, en camino para su Humanización, el árbol que le había servido de abrigo natural y dulce, solo le parecía ahora un cautiverio de degradante tristeza. ¿Todas esas ramas tortuosas, embarazando su marcha, no serían brazos fuertes que se alargaban para aprehenderlo, empujarlo para atrás y retenerlo en las cimas frondosas? ¿Ese susurrar de las ramas de los árboles que le seguía, compuesto del desasosiego irritado de cada hoja, no era toda la selva, alborozada, reclamando a su secular morador? Quizá de tan extraño miedo nació la primera lucha del Hombre con la Naturaleza. Es de creer que, cuando un vástago le rozase, lo rechazaría con las garras desesperadas. ¡Cuántas veces, en estos bruscos ímpetus, se desequilibraría, humillando sus manos sobre el suelo de bosque o roca, otra vez precipitado en la postura bestial, retrogradando a la inconsciencia, entre el clamor triunfal de la Floresta! ¡Y luego qué angustioso esfuerzo para erguirse, recuperar la actitud humana y correr con los peludos brazos despegados de la tierra bruta, libres para la obra inmensa de su Humanización! Esfuerzo sublime, en el cual ruge, muerde las raíces aborrecidas, y, ¿quién sabe?, tal vez levante ya los ojos de ámbar lustroso hacia los cielos, en donde, confusamente, siente Alguien que le viene protegiendo, y que en la realidad le levanta.
De cada una de estas caídas modificantes, nuestro Padre resurge más humano, más nuestro Padre. Hay ya consciencia, prisa de Racionalidad, en los resonantes pasos con que se arranca a su limbo arbóreo, despedazando los embarazos, hendiendo la maleza densa, despertando a los tapires adormecidos debajo de hongos monstruosos, o espantando a algún oso joven y perdido que, apoyándose contra un olmo, chupa, medio borracho, las uvas de aquel abundante otoño.
Al fin, Adán, emerge de la Floresta oscura; y sus ojos de ámbar se cierran vivamente bajo el deslumbramiento en que le envuelve el Edén.
Al fondo de esa colina, donde se para, resplandecen vastas campiñas (si las Tradiciones no exageran) con desordenada y sombría abundancia. Lentamente, a través, corre un río, sembrado de islas, mojando, en fecundos y explayados remansos, el verdor donde ya tal vez crece la lenteja y se extiende el arrozal. Rocas de mármol rosado brillan con un rubor caliente. Por entre bosques de algodoneros, blancos como rizada espuma, suben oteros cubiertos de magnolias, de un esplendor mucho más blanco. Del lado de allá, la nieve corona una sierra con un radiante nimbo de santidad, y escurre, por entre los flancos despedazados, en finas granjas que refulgen. Otros montes dardean mudas llamas. Del borde de ásperos declives, penden perdidamente, sobre inmensas profundidades, palmeras desgreñadas. En las lagunas, la bruma arrastra la luminosa molicie de sus encajes, y el mar, en los confines del mundo, chispeando, enciérralo todo, como un aro de oro.
En este fecundo espacio se alcanza toda la Creación con la fuerza, la gracia, la bravura vivaz de una mocedad de cinco días, aún caliente de las manos de su Creador. Profusos rebaños de aurocos de pelambre rubia, pastan majestuosamente, enterrados en hierbas tan altas que en ellas desaparece la oveja y su cordero. Temerosos y barbudos uros, peleando con gigantescos venados, entrechocan sus cuernos y vástagos con el seco fragor de robles que el viento raja. Un bando de jirafas rodea una mimosa, de la cual van mordiendo, delicadamente, en los trémulos brotes, las hojitas más tiernas. A la sombra de los tamarindos, reposan disformes rinocerontes, bajo el vuelo apresurado de pájaros que les buscan servicialmente los gusanos.
Cada arremetida de tigre causa una desbandada furiosa de ancas, y cuernos, y crines. Una enhiesta palmera dóblase toda al peso de una culebra que se enrosca en ella. A las veces, entre dos peñascos, rodeada de una profusa melena, aparece la faz magnífica de un león, que mira serenamente al sol, a la inmensidad radiante. En el remoto azul, duermen inmóviles, enormes cóndores, con las alas abiertas, entre el surco níveo y róseo de las garzas y de los flamencos. En frente a la colina, en un alto, por medio del matorral, pasa lenta una recua de mastodontes, con la ruda crin del dorso erizada al viento, y la trompa meciéndose entre los dientes más curvos que hoces.
Vetustísimas crónicas describen así el vetustísimo Edén, que era en las campiñas del Éufrates, quizá en la morena Ceilán, o entre los cuatro claros ríos que hoy riegan la Hungría, o acaso en estas tierras benditas, donde nuestra Lisboa calienta su vejez al sol, cansada de proezas y mares.
¿Mas quién puede garantir estos bosques y estos bichos, si desde ese día 25 de octubre, en que estaba inundado el Paraíso de esplendor otoñal, pasaron, muy breves y muy llenos, sobre el grano de polvo que viene a ser nuestro mundo, más de siete veces setecientos mil años? Lo único que parece cierto es que, delante de Adán empavorecido, pasó un pájaro grandísimo. Un pájaro ceniciento, calvo y pensativo, con las plumas desaliñadas como los pétalos de un crisantemo, que daba saltitos pesadamente con una pata, irguiendo en la otra, bien agarrado, un manojo de hierbas y ramas. ¡Nuestro Padre venerable, con la hosca faz fruncida, en un esfuerzo doloroso para comprender, quedó pasmado ante aquel pájaro, que, junto a él, bajo el abrigo de las azaleas en flor, terminaba muy gravemente la construcción de una cabaña! ¡Sólida y vistosa cabaña, con su suelo de greda bien alisado, vástagos fuertes de pino y baya formando estacas y vigas, un seguro techo de hierba seca, y en la pared, una ventana!... Pero, a pesar de todo, el Padre de los Hombres, en aquella tarde, aún no comprendió.
Se encaminó después hacia el largo río, desconfiadamente, sin apartarse del límite del bosque amparador.
Lento, olfateando el olor nuevo de los gordos herbívoros de la llanura, con los puños rijamente cerrados contra el pecho peludo, Adán va vacilando entre el apetito de aquella resplandeciente Naturaleza y el terror de los seres nunca vistos que la llenan y atruenan con tan fiera turbulencia. Dentro de él borbota, no cesa, la naciente sublime, la sublime naciente de la Energía, que le impele a desentrañar la crasa brutalidad, y a ensayar, con esfuerzos que son semipenosos, porque son ya semilúcidos, los Dones que establecerán su supremacía sobre esa Naturaleza incomprendida y le libertarán de su terror. Así que, en la sorpresa de todas aquellas inesperadas apariciones del Edén, reses, pastos, montes nevados, inmensidades radiosas, Adán suelta roncas exclamaciones, gritos con que desahoga, voces balbucientes, en que por instinto reproduce otras voces, y gritos, y rumores, y hasta el llantear de las criaturas, y el estruendo de las aguas despeñadas... Estos sonidos quedan ya en la oscura memoria de nuestro Padre ligados a las sensaciones que se los arrancan; de suerte que el aullido áspero que se le escapa al topar un canguro con su nidada embolsada en el vientre, de nuevo resonará en sus labios trompudos cuando otros canguros, huyendo de él, se embreñen en la sombría negra de los cañaverales.
Cuenta la Biblia, con su exageración oriental, cándida y simple, que al entrar Adán en el Edén, distribuyó nombres a todos los animales y a todas las plantas, definitivamente, eruditamente, como si compusiese el Léxico de la Creación, entre Buffon, ya con sus puños, y Linneo, ya con sus lentes. ¡No! Eran apenas gruñidos roncos, mas verdaderamente augustos, porque todos ellos se fijaban en su conciencia, naciente como las toscas raíces de esa Palabra por la cual verdaderamente se humanizó, y llegó a ser después, sobre la tierra, tan sublime y tan burlesco.
Con orgullo podemos pensar, que al descender nuestro Padre al borde del río Edénico, compenetrado de lo que era, ¡y cuán diverso de otros seres!, ya se afirmaba, se individualizaba, y batía en el pecho sonoro, y rugía soberbiamente: —¡Eheu! ¡Eheu! Luego, alongando los ojos relucientes por aquella agua que corría perezosamente hacia allá, ya prueba exteriorizar su espantado sentimiento de los espacios, y murmura con pensativa codicia: —¡Lhla! ¡Lhla!
II
Calmo, magníficamente fecundo, corría el noble río del Paraíso, por entre las islas, casi cubiertas bajo el peso del arbolado, todas fragantes y atronadas por el clamor de las cacatúas. Adán, trotando pesadamente por la orilla baja, ya siente la atracción de las aguas disciplinadas que andan y viven, esa atracción que será tan fuerte en sus hijos, cuando descubran en el río al servidor que sosiega, abona, riega, muele y acarrea. ¡Pero cuántos terrores especiales le horripilan aún, haciéndole correr con despavoridos saltos para detrás de las zarzas y de los chopos! En otras islas, de arena fina y rosada, reposan pedregosos cocodrilos, achatados sobre el vientre, que palpita muellemente, abriendo las hondas bocas en la tibia pereza de la tarde, absorbiendo todo el aire con un perfume de almizcle. Por entre los cañaverales, colean y refulgen gordas culebras, de cuello erguido, que miran a Adán con furor, dardeando y silbando. A nuestro Padre, que nunca las viera, es de creer que habían de figurársele pavorosas las inmensas tortugas del comienzo del mundo, pastando, con arrastrada mansedumbre, de la hierba de los prados nuevos. De improviso, una curiosidad le atrae, y casi resbala en la orilla lodosa, donde el agua roza y se agita. En la largueza del río explayado, una negra fila de aurocos, serenamente, con los cuernos altos y la espesa barba flotando, nada hacia la otra margen, campiña cubierta de rubias mieses, en la cual tal vez maduran ya las urbanas espigas de centeno y de maíz. Nuestro Padre venerable mira la fila lenta, mira el río lustroso, concibe el anublado deseo de atravesar también hacia aquellas lejanías en que las hierbas rebrillan, arriesga la mano en la corriente, la cual se la empuja para atrás, como para atraerle e iniciarle. Entonces gruñe, retira la mano, y sigue, con ásperas patadas, aplastando, sin percibir siquiera el perfume, las frescas fresas silvestres que ensangrientan el césped...
Al cabo de un tiempo detiénese, considerando un bando de aves perchadas en un peñasco todo cubierto de guano, que acechan, con el pico atento, hacia abajo, en donde hierven las aguas apretadas. ¿Qué espían las blancas garzas? Un bando de lindos peces, que rompen contra la corriente, y saltan, centelleando en la clara espuma. De pronto, en un desabrido sacudir de alas blancas, una garza, luego otra, hiende el alto cielo, llevando, atravesado en el pico, un pez que se retuerce y reluce. Nuestro Padre venerable se rasca el costado. Ante aquella abundancia del río, su crasa gula también apetece una presa; y lanza la garza, y coge, en su vuelo sonante, coriáceos insectos que olfatea y muerde. Aunque nada ciertamente asombró al Primer Hombre como un grueso tronco de árbol medio podrido, que boyaba, descendía en la corriente, llevando sentados en una punta, con seguridad y gracia, dos bichos sedosos, rubios, de hocico experto, y fofas colas vanidosas. Corrió ansiosamente, enorme y descoyuntado, para seguirlos y observarlos; sus ojos brillaban como si ya comprendiese la malicia de aquellos dos bichos, embarcados en un tronco de árbol, y viajando, bajo la suave frescura de la tarde, en el río del Paraíso.
Entretanto, el agua que iba orillando hacíase más baja, turbia y tarda. En su extensión, no verdean islas, ni se mojan los patos en ella. Allá, ilimitadas casi, fundidas en las neblinas, adivínanse descampadas soledades, de donde sopla un viento lento y húmedo. Nuestro Padre venerable enterraba las patas en tierras blandas, a través de aluviones, de inmundicie silvestre, en la cual, para su intenso horror, chapoteaban enormes ranas, croando furiosamente. A poco, perdiose el río en una vasta laguna, oscura y desolada, resto de las grandes aguas sobre las que flotara el Espíritu de Jehová. Una humana tristeza oprimió el corazón de nuestro Padre. Del centro de gruesas burbujas, que se hinchaban en la tranquila lisura del agua triste, constantemente brotaban horrendas trombas, escurriendo algas verdes, que bufaban ruidosamente y hundíanse luego, como empujadas por el lodo viscoso. Cuando aconteció que de entre los altos y negros cañaverales, manchando la pureza del cielo de la tarde, se elevó, alargándose por encima de él, una nube estridente de moscardones voraces. Adán huye, atolondrado, surca arenales pegajosos, rasga el pelo en la aspereza de los cardos blancos que el viento retuerce, resbala por una vertiente de cascajo y guijarros, y para en una playa de arena fina. Jadea: sus largas orejas tiemblan, escuchando hacia en del lado de allá de las dunas, un vasto rumor que rueda, abate y retumba... Es el mar. ¡Nuestro Padre traspone las pálidas dunas, y delante de él está el Mar!
Entonces fue el pavor supremo. De un salto, batiendo convulsamente los puños contra el pecho, retrocede hasta en donde tres pinos, muertos y sin rama, le ofrecen el refugio hereditario. ¿Por qué avanzan así, hacia él, sin cesar, en una hinchada amenaza, aquellos rollos verdes, con su crin de espuma, y se arrojan, se despedazan, hierven y babosean rudamente la arena? El resto de la vasta agua permanece inmóvil, como muerta, con una gran mancha de sangre que palpita. De seguro que toda esa sangre cayó de la herida del sol, redonda y bermeja, sangrando encima, en un cielo dilacerado por hondos golpes ya rojos. Más allá de la niebla lechosa que cubre las lagunas de los charcos salados, adonde la marea aún llega y se explaya lejos, un monte flamea y humea. Y siempre delante de Adán, contra Adán, los verdes rollos de verdes ondas avanzan, y retumban, y tienden la playa de algas, de conchas, de gelatinas que albean lívidamente.
¡Mas he ahí que todo el mar se puebla! Encogido contra el pino, nuestro Padre venerable vuelve los ojos inquietos y trémulos, aquí y acullá, a las rocas cubiertas de sargazo, en donde gordísimas focas bamboléanse majestuosamente; hacia los chorros de agua, que brotan a lo alto, hasta las nubes rojas y recaen en una lluvia ardiente; a una linda flota de conchas, inmensas conchas blancas y nacaradas, bogando de bolina, circundando las peñas, con maniobra elegante... Adán se asombra sin saber que estas son las Amonites, y que ningún otro hombre, después de él, verá la lucida y rósea armada singlando en los mares de este mundo. ¡Él la admira, quizá con la impresión inicial de la belleza de las cosas, cuando bruscamente, en un temblor de surcos blancos, toda la maravillosa flota zozobra! Con el mismo salto muelle, las focas caen en las aguas profundas. Pasa un terror, un terror levantado del mar, tan intenso que un bando de albatros muy seguro sobre una escarpadura, bate, con irritados gritos, el vuelo despavorido.
Nuestro Padre venerable aferra la mano a un vástago de pino, y sonda, horrorizado, la inmensidad desierta. Y estando así, a lo lejos, bajo el pálido resplandor del sol que se esconde, lentamente, un inmenso dorso sale de las aguas, como una larga colina, toda espetada de negras, agudas astillas de roca. ¡Y avanza! Precediéndolo un tumulto de burbujas se remolina y revienta; y de entre ellas emerge, por último, respirando hondamente, una tromba disforme de fauces entreabiertas, donde centellean y se sumen bancos de peces que sus sorbos vienen tragando...
¡Es un monstruo, un pavoroso monstruo marino! Es de suponer que nuestro Padre, olvidando toda su dignidad humana (aún reciente), trepó desesperadamente por el pino hasta donde las ramas terminaban. Pero hasta en aquel abrigo, sus poderosas quijadas temblaban, en un miedo convulso, ante el horrendo ser surgido de las profundidades. Con un sonido raspante, despedazando conchas, guijarros y corales, el monstruo cae en la arena, que cava profundamente, y sobre la cual retesa las dos patas, más gordas que troncos de teca, con las uñas enrolladas de algas marinas. De la caverna de sus fauces, a través de los dientes terríficos, que las algas y musgos verdean, sopla un vaho espeso de fatiga y de furor, tan fuerte, que hace girar las algas secas y las conchas ligeras. Entre la corteza pedregosa que le cubre la frente, negrean dos cuernos cortos y romos. Sus ojos lívidos y vítreos, son como dos enormes lunas muertas. La inmensa cola dentada arrastra por el mar distante, y a cada coletazo levanta una tempestad.
Por estas facciones, poco amables, ya reconocísteis al Ictiosaurio, el más horrendo de los cetáceos concebidos por Jehová. ¡Era él!, tal vez el último que duró en las tinieblas oceánicas hasta este memorable día de 28 de agosto, a fin de que nuestro Padre entreviese los orígenes de la Vida. Está enfrente de Adán, ligando los tiempos viejos a los tiempos nuevos, y con las escamas del dorso enfurecidas muge devastadoramente. Enroscado en el tronco alto, nuestro Padre venerable aúlla de vivo horror... Y he aquí que, del lado de los charcos anublados, un silbo hiende los cielos, silbado y lanzado, como el de un áspero viento en una garganta de serranía. ¿Qué es? ¿Otro monstruo? Sí, el Plesiosaurio. Es también el último Plesiosaurio que corre del fondo de los pantanos. Y ahora se traba de nuevo para asombro del primer Hombre (y gusto de los Paleontólogos), el combate que fue la desolación de los pre-humanos días de la Tierra. Allí aparece la fabulosa cabeza de Plesio, terminada en pico de ave, pico de dos brazas, más agudo que el dardo más agudo, erguida sobre un larguísimo y fino pescuezo, que ondula, arquea, hiere y silba con pavorosa elegancia. Dos aletas de incomparable rigidez vienen moviendo su disforme cuerpo, muelle, glutinoso, todo en arrugas, manchado por una lepra de hongos verdosos. Tan inmenso es así, arrastrándose, con el pescuezo empinado que, delante de la duna donde se levantan los pinos, en los cuales se refugia Adán, parece otra duna negra sustentando un pino solitario. Avanza furiosamente. Y de repente, ármase un horroroso tumulto de mugidos y silbidos y choques retumbantes y torbellinos de arena y gruesos mares brotando. Nuestro Padre venerable salta de un pino a otro, temblando tanto, que con él tiemblan los troncos. Cuando se arriesga a espiar, en punto en que aumentan los bramidos, solo percibe en la enrollada masa de los dos monstruos, a través de una niebla de espuma que los chorros de sangre enrojecen, el pico de Plesio enterrado en el vientre muelle de Ictio, cuya cola, erguida se retuerce furiosamente en la palidez de los cielos espantados. ¡Nuestro Padre venerable esconde otra vez la faz! Un gemido de monstruosa agonía rueda por la playa. Las pálidas dunas se estremecen, resuenan las cavernas lúgubres. Sucede luego una paz muy larga, en que el ruido del mar Océano no es más que un consolado murmurio de alivio.
Adán espía refugiado entre las ramas... El Plesio retrocediera herido hacia la tibia cama de un pantano. Sobre la playa yace muerto el Ictio, como una colina en donde las olas de la tarde se quiebran.
En esto, nuestro Padre venerable deslízase cautelosamente de su pino y se acerca al monstruo. La arena, en derredor, está horriblemente revuelta; y por toda ella, en lentos surcos, en pozas oscuras, humea la sangre, mal chupada. Tan montañoso es el Ictio, que Adán, irguiendo la faz asombrada, ni alcanza a ver las púas del monstruo, erizadas a lo largo de aquel escarpado espinazo, al cual el pico de Plesio arrancó escamas más pesadas que piedras. Delante de las manos trémulas del Hombre, están los rasgones del vientre muelle, por donde chorrea la sangre, y salen las grasas, e inmensas tripas escurren, y penden fibras desgarradas de carne rosada... Las chatas ventanas de la nariz de nuestro Padre venerable se alargan y olfatean.
En toda aquella tarde caminara, desde la Floresta, a través del Paraíso, chupando bayas, royendo raíces, comiendo los insectos de cáscara picante.
Mas ahora el sol penetró en el mar, y Adán tiene hambre, en ese arenal estéril, donde solo albean cardos que el viento retuerce. ¡Oh, aquella carne roja, sangrienta, aún viva, que exhala un olor tan fresco y salino! Sus romas mandíbulas se abren ruidosamente en un bostezo disgustado y famélico... El Océano oscila, como adormecido... Entonces, irresistiblemente, Adán entierra en una de las heridas del saurio los dedos que lame y rechupa, blandos de grasas y sangre. El espanto de un sabor nuevo inmoviliza al hombre frugal que viene de las hierbas y de las frutas. Luego, con un salto, arremete contra las montañas de la abundancia, y arranca una fibra que parte y traga, gruñendo, con un furor y una prisa, en que hay el gozo y hay el miedo de la primera carne comida.
En habiendo cenado así, tajadas crudas de un monstruo marino, nuestro Padre venerable siente una gran sed. Los pozos que rebrillan en la arena son salados. Con los labios empastados de grasa y de sangre, pesado y triste, bajo el callado crepúsculo, Adán, atraviesa las dunas, reentra en las tierras, rebuscando desaladamente agua dulce. En aquellos tiempos de universal humedad, por todo el césped, huía y murmuraba un arroyo. Al cabo de un tiempo, extendido en una orilla lodosa, Adán bebió consoladamente, en sorbos profundos, bajo el vuelo espantado de moscas fosforescentes que se le prendían en la melena.
Era junto a un bosque de encinas y hayas. La noche, que ya se adensara, ennegrecía una llanura cubierta de plantas, donde la malva se recostaba a la menta y el perejil al hongo ligero. En ese fresco espacio, penetró nuestro Padre venerable, cansado por la marcha y los espantos de aquella tarde del Paraíso; y apenas se extendiera en la alfombra olorosa, con la hirsuta faz posada sobre las palmas unidas, las rodillas encogidas contra el vientre distendido como un tambor, se sumergió en un sueño como jamás lo había tenido, todo poblado de sombras movientes, que eran aves construyendo una casa, patas de insectos tejiendo una tela, dos bichos bogando en las aguas arrolladoras.
Cuenta la leyenda que entonces, en torno del Primer Hombre adormecido, comenzaron a surgir, por entre las matas bajas, hocicos olfateantes, finas orejas tiesas, ojitos reluciendo como botones de azabache, y espinazos inquietos que la emoción arqueaba, en tanto que, de las cumbres de las encinas y de las hayas, en un apagado estremecimiento de alas, se tendían picos curvos, picos retesos, picos bravíos, picos pensativos, todos albeando en la claridad tenue de la luna, que subía por detrás de los montes y bañaba las altas frondas. Después apareció una hiena, cojeando, maullando con lástima, en el borde del claro. A través de la campiña trotaron dos lobos flacos, famélicos, con los verdes ojos encendidos. No tardaron los leones, con las reales faces erguidas, soberanamente arrugadas, en una profusión de melenas flotantes. En confusa manada, que llegaba bufando, los cuernos de los aurocos entrechocaban con impaciencia los retoños palmares de las renas. Todos los pelos se erizaron cuando el tigre y la pantera negra, ondulando callada y aterciopeladamente, resbalaran, con las lenguas pendientes y bermejas como coágulos de sangre. De los valles, de las sierras, de las rocas, acudían otros, con una prisa tan ansiosa, que los horrendos caballos primitivos se empinaban por encima de los canguros y la trompa del hipopótamo, escurriendo algas, empujaba las ancas lentas del dromedario. Entre las patas y los cascos apiñados coleaban en alianza el hurón, la lagartija, la comadreja, la culebra fulgente que engulle a la comadreja, y la alegre mangosta que asesina a la culebra. Un bando de gacelas tropezaba, lastimándose las piernas finas contra la costra de los cocodrilos, que subían en fila del borde de las lagunas, con las bocas preparadas y gimiendo. Toda la planicie palpitaba, bajo la luna, en el muelle movimiento de dorsos apretados, del cual se erguía, ora el pescuezo de la jirafa, ora el cuerpo del boa, como mástiles náufragos balanceados entre olas. Y, en fin, conmoviendo el suelo, llenando el cielo, con la trompa enrollada entre los dientes curvos, asomó el rugoso mastodonte.
Era toda la Animalidad del Paraíso que, sabiendo que el Primer Hombre hallábase dormido, sin defensa, en un bosque desierto, corría con la inmensa esperanza de destruirlo y eliminar de la tierra la Fuerza Inteligente, destinada a someter a la Fuerza Bruta. Sin embargo, en aquella pavorosa turba que humeaba, se atropellaba al borde del claro, en donde Adán dormía sobre la menta y la malva, ninguna fiera avanzaba. Relucían los fieros dientes, fieramente amenazadores; todos los cuernos acometían; cada garra salida despedazaba con ansia la tierra blanda; y los picos, desde lo alto de las ramas, atravesaban los hilos de la luna con picotazos hambrientos... Mas ni ave descendía, ni fiera avanzaba, porque al lado de Adán velaba una Figura seria y blanca, de blancas alas cerradas, los cabellos sujetos con un aro de estrellas, el pecho guardado por una coraza de diamante, y las dos refulgentes manos apoyadas en el puño de una espada que era de lumbre, y vivía.
Despuntó la aurora con ardiente pompa, comunicando a la tierra alegre, a la tierra bravíamente alegre, a la tierra aún sin andrajos, a la tierra aún sin sepulturas, una alegría superior, más grave, religiosa y nupcial. Adán despertó; y restregándose los párpados, en la sorpresa de su despertar humano, sintió sobre el costado un peso dulce y suave. En aquel terror, que desde los árboles no desamparaba su corazón, saltó, y con tan ruidoso salto, que por la selva, los mirlos, los ruiseñores, las currucas, todos los pajaritos de fiesta y de amor, despertaron y rompieron en un canto de congratulaciones y de esperanzas. Y ¡oh maravilla! delante de Adán, y como despegado de él, estaba otro ser, a él semejante, pero más esbelto, suavemente cubierto de un pelo más sedoso, que lo contemplaba con grandes ojos lustrosos y líquidos. Una cabellera rubia, de un rubio tostado, caía en espesas ondas hasta sus caderas redondeadas, en una plenitud armoniosa y fecunda. De entre los brazos, que cruzara, surgían abundantes y erguidos los dos pechos de color de madroño, con un vello crespo orlando la mamila, que se enristraba entumecida. Y rozando, con un rozar lento, con un rozar muy dulce, las rodillas peladas, todo aquel sedoso y tierno ser ofrecíase con una sumisión embelesada y lasciva. Era Eva... ¡Eras tú, madre venerable!
III
Comenzaron entonces para nuestros Padres los días abominables del Paraíso.
Su constante y desesperado esfuerzo fue sobrevivir, en medio de una Naturaleza que, sin cesar y furiosamente, tramaba su destrucción. ¡Adán y Eva pasaron esos tiempos, que los Poemas semíticos celebran como inefables, temblando siempre, siempre riñendo y huyendo! La tierra aún no era una obra perfecta; y la divina Energía, que la andaba componiendo, incesantemente la enmendaba, con inspiración tan móvil, que en un lugar cubierto al amanecer por una floresta, de noche, se espejaba una laguna en donde la Luna, ya doliente, venía a observar su palidez. ¡Cuántas veces nuestros Padres, reposando en la cuesta de un otero inocente, entre el serpol y el romero, Adán con el rostro descansando sobre el muslo de Eva, Eva con dedos ágiles espulgando el pelo de Adán, fueron sacudidos por la pendiente amena como por un dorso irritado, y rodaron, confundidos, entre el retumbo, y la llama, y la humareda, y la ceniza caliente del volcán que improvisara Jehová! Cuántas noches escaparon, aullando, de alguna abrigada caverna, cuando ya sobre ella corría un gran mar hinchado que bramaba, se desarrollaba, y quedaba hirviendo entre las rocas, con negras focas muertas bogando. O cuando no era el suelo, el suelo seguro, ya social y fertilizado para las siembras sociables, que de improviso rugía como una fiera, abría una insondable garganta y tragaba rebaños, prados, nacientes cosechas, benéficos cedros con todas las tórtolas que se arrullaban en ellos.
Después eran las lluvias, las largas lluvias Edénicas, cayendo en chorros clamorosos, durante inundados días, durante torrentosas noches, tan desmedidamente que del Paraíso, vasto charco barroso, apenas aparecían las puntas del arbolado sumergido en el agua, y las cumbres de los montes llenas de bichos transidos que bramaban con el terror de las aguas sueltas. Entretanto, nuestros Padres, refugiados en alguna erguida roca, gemían lamentablemente, escurriéndoseles ríos de los hombros y de los pies, de modo que parecía que el barro nuevo de que Jehová los hiciera se estaba ya deshaciendo.
Más terríficos aún eran los estíos. ¡Oh, el incomparable tormento de las sequías en el Paraíso! Lentos días tristes, tras lentos días tristes, la inmensa brasa del sol candente coruscaba furiosamente en un cielo de color de cobre, en que el aire bazo y espeso ardía y crepitaba. Los montes estallaban agrietados; y las planicies desaparecían bajo una ennegrecida capa de hilos retorcidos, enmarañados, rígidos como alambres, que eran los restos de los verdes pastos. Todo el manchado follaje rodaba en los vientos abrasados, con rugidor ruido. El lecho de los ríos chupados tenía la rigidez del hierro fundido. El musgo escurría por las rocas, en manera de una piel seca que se despega, descubriendo largos huesos. Ardía un bosque cada noche, hoguera restallante, de leña resequida, escaldando más la bóveda del horno inclemente. Estaba todo el Edén cubierto de buitres y cuervos, porque, con tanto animal muerto de hambre y de sed, abundaba la carne podrida. La poca agua que restaba en el río, movíase apenas, atascada por la masa hirviente de culebras, ranas, nutrias, tortugas, refugiadas en aquel último fundamento, lodoso y tibio. Nuestros Padres venerables, con las magras costillas arqueadas contra el pelo chamuscado, la lengua pendida y más dura que corcho, erraban de fuente en fuente, sorbiendo desesperadamente alguna gota que aún brotase, gota rara, que silbaba al caer sobre las piedras abrasadas...
Así Adán y Eva huyendo del Fuego, huyendo de la Tierra, huyendo del Aire, empezaban la vida en el Jardín de las delicias.
¡En medio de tantos peligros constantes y fragantes, era necesario comer! ¡Ah! ¡Comer, qué portentosa empresa para nuestros Padres venerables! Sobre todo, desde que Adán (y después Eva, por Adán iniciada) habiendo probado los deleites fatales de la carne, ya no encontraban sabor, ni hartura, ni decencia en los frutos, en las raíces y en las uvas del tiempo de su Animalidad. Las buenas carnes no faltaban en el Paraíso, ciertamente. Sería delicioso el salmón primitivo, mas nadaba alegremente en las aguas rápidas. Sería sabrosa la becada, o el faisán rutilante, nutridos con los granos que el Creador considerara buenos, mas volaban por los cielos, en triunfal seguridad. El conejo, la liebre... ¡qué ligeros huían por el matorral oloroso!... Nuestro Padre, en esos días cándidos, no poseía el anzuelo ni la flecha. Por eso, rondaba sin cesar en torno de las lagunas, en las márgenes del mar en donde casualmente encallaba bogando algún cetáceo muerto. Esos hallazgos de la abundancia eran raros, y la triste pareja humana, en sus marchas hambrientas, orillando las aguas, conquistaba solamente, aquí y allá, en los peñascos o en la arena revuelta, algún feo cangrejo en cuyo duro caparazón se desgarraban sus labios. Esas soledades marinas hallábanse también infestadas por bandos de fieras que, como Adán, esperaban que la marea arrojase los peces vencidos en borrasca o batalla. ¡Cuántas veces nuestros Padres, ya con la garra clavada en una tajada de foca o de delfín, huían desconsoladamente, sintiendo el paso fofo del horrendo cavernario, o el aliento de los osos blancos, bamboleándose por el blanco arenal, bajo la blanca indiferencia de la Luna!
De cierto, su ciencia hereditaria de trepar a los árboles, socorrería a nuestros Padres en esta conquista de la presa. ¡Cuando acontecía que bajo el ramaje del árbol, desde donde ellos, solapadamente, espiaban, veían aparecer algún cabrito suelto, o una tortuga moza y bisoña arrastrándose hacia la hierba húmeda, tenían banquete seguro! En un momento, el cabrito quedaba despedazado, toda su sangre chupada en sorbos convulsos; y Eva, nuestra Madre fuerte, gritando sombríamente, arrancaba una por una, de entre la concha, las patas de la tortuga... ¡Cuántas veces, de noche, después de ayunos angustiosos, los Elegidos de la Tierra, veíanse forzados a ahuyentar la hiena, con fuertes voces, a través de los prados, para robarle un oso fétidamente baboseado, que eran ya las sobras de un león harto! Sucedían días peores en que el hambre reducía a nuestros Padres a retrogradarse a la desagradable frugalidad del tiempo del Árbol; a las hierbas, a los brotes, a las raíces amargas, ¡conociendo así, entre la abundancia del Paraíso, la primera forma de la Miseria!
¡En el transcurso de estos trabajos, no les desamparaba el terror de las fieras! Porque si Adán y Eva comían los bichos flacos y dóciles, ellos, al mismo tiempo, eran también una presa apetecida por todos los brutos superiores. Comerse a Eva, tan redonda y carnosa, fue de seguro el sueño de muchos tigres en los juncales del Paraíso. ¡Cuánto oso, ocupado en robar panales de miel en un descarnado tronco de roble, no se detuvo, y se balanceó, y se lamió el hocico en una gula más fina, al encontrarse, por detrás del ramaje, en un rebrilleo errante del sol, el sombrío corpachón de nuestro Padre venerable! Ni el peligro venía solo de las hordas hambrientas de carnívoros, mas aun de los lentos y hartos herbívoros, el auroco, el uros, el ciervo-elefante, que alegremente cornearían y maltratarían a nuestros Padres, por estupidez, desemejanza de raza y olor, empleo de vida ociosa. Y aumentábanse aún los que mataban y no podían matárseles, porque Miedo, Hambre y Furor, fueron las leyes de la vida en el Paraíso.
Claro está que nuestros Padres eran también feroces, de fuerzas tremendas, y perfectos en el arte salvador de trepar a las cimas frondosas. ¡Mas el leopardo saltaba de rama en rama, sin rumor, con una destreza más segura y felina! La boa llegaba con la cabeza hasta los vástagos extremos del más levantado cedro para coger los monos, y bien podía engullirse a Adán, con aquella obtusa incapacidad que las boas tuvieron siempre para distinguir, bajo la similitud de las formas, la diversidad de los méritos. ¿De qué valían las garras de Adán, aun aliadas a las garras de Eva, contra esos pavorosos leones del Jardín de las delicias que la zoología, todavía hoy horripilada, llama el Leo Anticus? ¿O contra la hiena de las cavernas, tan osada, que en los primeros días del génesis, los Ángeles, cuando descendían al Paraíso, caminaban siempre con las alas plegadas, por temor de que ella, saltando de entre los bambús, no les arrancase las plumas refulgentes? ¿O contra los perros, los horrendos perros del Paraíso, que atacando en cerradas y ululantes huestes, fueron, en los comienzos del Hombre, los peores enemigos del Hombre?
Entre toda esta animalidad adversa, Adán no contaba un aliado; sus propios parientes, los Antropoides, envidiosos y farsantes, le apedreaban con enormes cocos. Solo un animal, y formidable, conservaba por el Hombre una majestuosa y pachorrienta simpatía. Era el Mastodonte. Mas la anublada inteligencia de nuestro Padre, en esos días Edénicos, aún no comprendía la bondad, la justicia, el servicial corazón del paquidermo admirable. Por lo cual, cierto de su flaqueza y de su aislamiento, vivió durante esos trágicos años, en un ansiado terror. Tan ansiado y largo, que su miedo, como una continua ondulación, se perpetuó por toda su descendencia, y es el viejo miedo de Adán que nos torna inquietos, cuando atravesamos el matorral más seguro en la soledad crepuscular.
Y luego consideremos que aún restaban por el Paraíso, entre bichos de formas racionales, pulidas, ya preparadas para la prosa noble de Mr. de Buffon, algunos de los grotescos monstruos que deshonraron a la Creación antes de la madrugada purificadora del 25 de octubre. Seguramente Jehová evitó a Adán el degradante honor de vivir en el Paraíso en compañía de ese escandaloso engendro a que los Paleontologistas, asombrados, dieron el nombre de Iguanodon. En la víspera del advenimiento del Hombre, Jehová, muy benévolamente, ahogó todos los Iguanodones en el lodo de un pantano, en un rincón escondido del Paraíso, donde hoy se extiende Flandres. Pero Adán y Eva aún conocieron los Pterodáctilos. ¡Oh, los Pterodáctilos!... Cuerpos de Jacaré, escamosos y emplumados; dos lúgubres, negras, carnudas alas de murciélago; un pico disparatado, más gordo que el cuerpo, tristemente caído, erizado de cientos de dientes, finos como los de una sierra. ¡Y no volaba! Descendía con las alas muelles y mudas, y en ellas arrebujaba la presa como en un paño viscoso y helado para partirla en pedazos con los estallantes golpes de sus mandíbulas fétidas. Este funambulesco avechucho enturbiaba el cielo del Paraíso con la misma abundancia con que los mirlos o las golondrinas cruzan los santos aires de Portugal. Torturados los días de nuestros Padres venerables, nunca su pobre corazón se agitaba tanto como cuando del lado de allá de los montes veníase despeñando con siniestro estridor de alas y picos el vuelo de los Pterodáctilos. ¿Cómo sobrevivieron nuestros Padres en este Jardín de las delicias? ¡Indudablemente brilló y trabajó mucho la espada del Ángel que los guardaba!
¡Pues bien, amigos míos! A todos estos furiosos seres debe el hombre su carrera triunfal. Sin los Saurios, y los Pterodáctilos, y la Hiena de las cavernas, y el horripilante terror que esparcían, y la necesidad de tener, contra su ataque, siempre bestial, una defensa siempre racional, la Tierra permanecería siendo un temeroso Paraíso, en donde erraríamos todos, desgreñados y desnudos, chupando por las márgenes de los mares, las grasas crudas de los monstruos naufragados. Al encogido miedo de Adán débese la supremacía de su descendencia. El bicho perseguidor fue quien le forzó a subir a las cumbres de la Humanidad. ¡Bien sabedores de los orígenes se muestran los poetas Mesopotámicos del génesis en aquellos sutiles versículos en que un animal, y el más peligroso, la Serpiente, lleva a Adán, por amor de Eva, a coger el fruto del saber! Si no rugiese en otro tiempo el León de las cavernas, no trabajaría hoy el Hombre de las ciudades, porque la civilización nació del desesperado esfuerzo defensivo contra lo Inanimado y lo Inconsciente. Realmente, la sociedad es la obra de la fiera. Que la Hiena y el Tigre, en el Paraíso, comenzasen por acariciar lánguidamente el hombro peludo de Adán con pata amiga, y Adán habríase hecho hermano del Tigre y de la Hiena, compartiendo con ellos sus chozas, sus presas, sus ocios y sus gustos bravíos, y la Energía inteligente que le había hecho descender del Árbol, a seguida se apagaría, dentro de su brutalidad inerte, a la manera que se apaga el fuego, aun entre ramas secas, si un frío soplo, viniendo de un agujero oscuro, no lo estimula a vivir para vencer la frigidez y la oscuridad.
Y una tarde (como enseñaría el exacto Usserius), saliendo Adán y Eva de la espesura de un bosque, un oso enorme, el Padre de los Osos, apareció delante de ellos, irguió las negras patas, abrió la boca sangrienta... Y estando así, cogido, sin refugio, en la apresurada ansia de defender a su hembra, el Padre de los Hombres lanzó contra el Padre de los Osos el cayado en que se apoyaba, un fuerte retoño de teca, arrancado en el bosque, que terminaba en punta aguda... Y el palo atravesó el corazón de la fiera.
¡Ah! Verdaderamente, desde esa bendita tarde hubo sobre la tierra un Hombre.
Ya era un Hombre, y superior, cuando dio un paso espantado y arrancó el palo del pecho del monstruo extendido, y le miró la punta, que goteaba sangre, con la frente toda arrugada, en el afán de comprender. Resplandecieron sus ojos en un deslumbrado triunfo. Adán comprendiera...
¡Ni se cuidó siquiera de la buena carne del oso! Retornó a la floresta, y durante toda la tarde, en tanto la luz se arrastró por las frondas, arrancó ramas a los troncos cautelosamente, diestramente, de modo que las puntas rompiesen bien afiladas y agudas. ¡Ah! ¡Qué soberbio estallar de astas por el hondo bosque, a través de la frescura y de la sombra para la obra de la primera Redención! Selva amable, que fuiste la primera fábrica, ¡quién supiera en dónde yaces, en tu secular sepultura, tornada negro carbón!... Cuando salieron del bosque, humeando de sudor para retraerse a la choza distante, nuestros Padres venerables se humillaban bajo el peso glorioso de dos grandes haces de armas.
Desde entonces no cesan los hechos del Hombre. Los cuervos y los chacales aún no habían descarnado la osamenta del Padre de los Osos, y ya nuestro Padre raja una punta de su cayado victorioso; entablilla en la hendedura uno de esos guijarros afilados y picudos, en los cuales a las veces se herían sus patas, descendiendo a la orilla de los ríos, y asegura el fino astillazo en la raja, con las vueltas muy apretadas de una fibra de enredadera seca. ¡Y he aquí la lanza! Como esas piedras no abundan, Adán y Eva ensangrientan las garras, tentando hendir los pedruscos redondos de sílex en astillas cortas de manera que vengan perfectas, con punta y con filo para rasgar y clavar. Resístese la piedra, poco deseosa de ayudar al Hombre, al cual, en los días genesíacos del grande octubre, quisiera suplantar (como cuentan las prodigiosas crónicas de Backun). Mas de nuevo ilumínase la faz de Adán, con una idea que la surca, como chispa emanada de la Eterna Sabiduría. Coge un pedrusco, bate la roca, arranca la astilla... ¡Y he aquí el martillo!
Pasado algún tiempo, en otra tarde bendita, costeando una oscura y bravía colina, avizora, con aquellos ojos que ya rebuscan y comparan, un guijarro negro, áspero, facetado, sombríamente lúcido. Se asombra de su peso, y a seguida presiente en él un mazo superior, de decisiva dureza. ¡Con qué alborozo lo lleva, agarrado contra el pecho, para romper el sílex rebelde! Adán acudió a la orilla del río, en donde Eva le esperaba, y martilleó reciamente sobre el pedernal... ¡Oh, espanto! ¡Salta una chispa, refulge, muere! ¡Ambos retroceden, se miran con un terror casi sagrado! Es una luz, una luz viva, que arrancó él mismo con sus manos de la roca bruta, semejante a la luz que radia de entre las nubes. Bate de nuevo, temblando. La chispa brilla, la chispa pasa, y Adán remira y olfatea el oscuro guijarro. No comprende. Nuestros Padres venerables, pensativos, con los cabellos al viento, tomaron la vuelta de la choza acostumbrada, que se halla en la pendiente de un cerro, junto a una fuente que borbotea entre helechos.
Pero a solas, Adán, en su retiro, con una curiosidad en donde late una esperanza, de nuevo entablilla el sílex, grande como una calabaza, entre los callosos pies, y recomienza a martillear, bajo el aliento de Eva, que apoyada de bruces, sopla. La chispa salta siempre, y rebrilla en la sombra, tan refulgente como aquellas luces que ahora palpitan, miran, desde allá, de las alturas. Pero aquellas luces permanecen, a través de la negrura del cielo y de la noche, vivas, espiando en su radiación. Y aquellas estrellitas de piedra, apenas viven, y ya mueren... ¿Se las llevaría el viento, que se lleva todo, voces, nubes y hojas? Para huir del viento malévolo que ronda en el monte, nuestro Padre venerable se alonga hasta el fondo más abrigado de la caverna, en donde se afofan las capas de heno muy seco, que forman su lecho. De nuevo hiere la piedra, despidiendo chispa tras chispa, en tanto Eva, agachada, abriga con las manos aquellos refulgentes y fugitivos seres. Estando en esto, he aquí que del heno se eleva una columnita de humo, que aumenta, se enrosca, y a través de la cual, rojea y resalta una llama... ¡Es el fuego! Nuestros Padres huyen desoladamente de la caverna, oscurecida por una humareda olorosa, en donde flamean alegres, rutilantes lenguas, que lamen la roca. Acurrucados en la puerta de la choza, ambos, tomados del pasmo y terror de su obra, míranse, con los ojos llorosos por el humo acre; mas a pesar del susto y del espanto, sienten una nueva dulzura que los penetra y que de seguro viene de aquella luz y de aquel calor... Ya el humo se escapó de la caverna; el viento robador se lo llevó. Arrástranse las llamas, inciertas y azuladas; a poco, solo resta una ceniza mezclada con algunas brasas que palidece, y se abate hecha carbón: la última chispa corre, se estremece y pasa. ¡Murió el fuego! Entonces, en el alma naciente de Adán, entra el dolor de una ruina. Chupa desesperadamente los grandes labios y gime. ¿Sabrá jamás recomenzar el hecho maravilloso?... Nuestra madre, ya consoladora, es quien le consuela con sus rudas manos conmovidas, porque realiza su primera obra sobre la tierra; junta otro montón de heno seco, coloca encima el sílex redondo, toma el oscuro guijarro, bate fuertemente, produciendo un chispear de estrellitas, y de nuevo se inicia el humo y otra vez refulge la llama. ¡Oh, triunfo, he ahí la hoguera, la hoguera inicial del Paraíso, y no casualmente nacida, sino encendida por una clara voluntad, que ahora, para todo, y siempre, cada día y cada mañana, podrá repetir con seguridad la hazaña suprema!
A nuestra madre venerable pertenece, desde entonces, en la choza, la dulce y augusta tarea de la Lumbre. Ella la cría, la nutre, ella la defiende, ella la perpetúa. Como madre deslumbrada, va descubriendo día por día, en ese resplandeciente hijo de sus cuidados, una virtud o gracia nuevas. Ahora ya sabe Adán que su fuego espanta a todas las fieras, y que, al fin, existe en el Paraíso una cueva segura, que es la suya. No solo segura, sino amable, porque el fuego la alumbra, la calienta, la alegra y la purifica. Así que cuando Adán, con un haz de lanzas, desciende a la planicie o se embreña en la selva para cazar, ya mata con ansia redoblada, a fin de retornar lo más pronto a aquella seguridad y consolación de la lumbre. ¡Ah, qué dulcemente le penetra, y le seca en el cabello la frialdad de las matas, y dora como un sol los peñascos de su choza! Y, además, le cautiva los ojos, y lo exalta, y lo guía en un soñar fecundo, en que inspiradamente se le aparecen formas de flechas, martillos con mango, gruesos cuervos que pescan los peces, astillas dentadas que sierran el palo... ¡A su fuerte hembra debe Adán esta hora creadora!
¡Y cuánto no le debe la Humanidad! Recordemos, hermanos, que nuestra Madre, con aquella adivinación superior que más tarde la tornó Profetisa y Sibila, no vaciló, cuando la serpiente le dijo, coleando entre las Rosas: «¡Come del fruto del saber, que tus ojos se abrirán, y serás como los Dioses sabios!» Adán se habría engullido la serpiente, bocado más suculento. Es de creer que no tendría mucha fe en frutos que comunican la Divinidad y Sapiencia, quien, como él, tanta fruta comiera en los árboles, y se conservaba ignorante y bestial como el oso y el auroco. En cambio, Eva, con la sublime credulidad que siempre en el mundo opera las transformaciones sublimes, a seguida se comió la manzana, la cáscara y la pepita. ¡Y persuadiendo a Adán a que tomase parte del transcendente fruto, muy dulce y enredosamente le convenció del provecho, de la felicidad, de la gloria y de la fuerza que da el saber! Esta alegoría de los poetas del génesis, nos revela, con espléndida sutileza, la inmensa obra de Eva, en los años dolorosos del Paraíso. Solo por ella continúa Dios la Creación superior, la del Reino espiritual, la que desarrolla sobre la tierra el lar, la familia, la tribu, la ciudad. ¡Eva es quien cimenta y bate las grandes piedras angulares en la construcción de la Humanidad!
¡Si no, ved! Cuando el bravío cazador retráese a la caverna, derrengado bajo el peso de la caza muerta, oliendo toda a selva y a sangre, y a fiera, él es seguramente el que desuella la res, y la corta en pedazos, descarna los huesos (que ávidamente guarda bajo el muslo, y reserva para su ración porque contienen la molleja preciosa), mas Eva junta esa piel, cuidadosamente, con las otras pieles almacenadas; esconde los huesos partidos, porque sus astillas agudas clavan y agujerean, y en una fresca cavidad de roca guarda la carne que sobró. Al cabo de un tiempo, una de esas abundantes tajadas olvídase, caída cerca de la hoguera perpetua. Extiéndese la lumbre, y lame lentamente la carne por el lado más gordo, hasta que un olor, desconocido y sabroso, agasaja y alarga las rudas ventanas de la nariz de nuestra Madre venerable. ¿De dónde viene el gustoso aroma? Del fuego, en el cual la tajada de venado o de liebre está entre ascuas y rechina. Entonces Eva, inspirada y grave, empuja la carne para la brasa viva; y espera, arrodillada, hasta que la espeta con la punta de un hueso, la retira de la llama ruidosa, y se la come, en sombrío silencio. Sus ojos brillantes anuncian otra conquista. ¡Y con la misma prisa amorosa con que ofreciera a Adán la manzana, le presenta ahora aquella carne tan diferente, que él huele desconfiado y después devora a dentelladas abiertas, roncando de gozo! ¡Y he aquí, cómo por medio de este pedazo de gamo asado, nuestros Padres suben victoriosamente otro escalón de la Humanidad!
El agua todavía la beben en el manantial vecino, entre los helechos, con la faz sumergida en la vena clara. Después de beber, Adán, arrimado a su enorme lanza, mira a lo lejos el discurrir lento del río, los montes coronados de nieve o de fuego, el sol sobre el mar, pensando, con arrastrado pensar, si en esas tierras que se extienden y se esconden más allá, la presa será más cierta y las selvas menos cerradas. Eva retorna luego a la caverna, para entregarse, sin descanso, a una tarea que la encanta. Enovillada en el suelo, toda atenta bajo la melena crespa, nuestra Madre hace, con un huesecito agudo, finos agujeros en la orla de una piel, y luego en la orla de otra piel. Tan embebida se halla en su labor, que no siente a Adán entrar y revolver en sus armas, mientras une las dos pieles sobrepuestas, pasando a través de los agujeros una delgada fibra de algas, que secan delante del fuego. Adán considera con desdén ese trabajo menudo que no aumenta fuerza a su fuerza. ¡El bruto Padre no presiente aún que aquellas pieles cosidas serán el resguardo de su cuerpo, la armazón de su tienda, el saco de su ropa, el odre de su agua y el tambor en que bata cuando sea un guerrero, y la página en que escriba cuando sea un Profeta!
Otros gustos y modos de Eva también le irritan; y a las veces, con una inhumanidad que ya es toda humana, nuestro Padre agarra por los cabellos a su hembra y la derriba y la pisa bajo la pata callosa; un furor así, le tomó una tarde, viendo, en el regazo de Eva, sentada delante de la hoguera, un cachorrito flojo y renco, que ella, con cariño y paciencia, enseñaba a chupar en una fibra de carne fresca. Al borde de la fuente descubriera el cachorrito perdido y gañendo, y muy mansamente lo recogiera, lo calentara, lo alimentara, con una sensación que le era dulce, y le abría en la espesa boca, aún mal sabedora de sonreír, una sonrisa de maternidad. Nuestro Padre venerable, con las pupilas relucientes, lanza la garra y pretende devorar al cachorro que entrara en su choza. Mas Eva defiende al animalito, que tiembla y la lame. ¡El primer sentimiento de caridad, informe como la primera flor que brotó de las algas, aparece en la tierra! Con las cortas y gangosas voces que eran el habla de nuestros Padres, Eva intenta acaso afianzar que será útil la amistad de un bicho en la caverna del hombre... Adán chúpase el labio trompudo. Después, en silencio, mansamente, corre los dedos por el lomo blando del cachorrito encogido. ¡En la Historia, este es un momento espantoso! ¡He aquí que el Hombre domestica al Animal! De ese cachorro agasajado en el Paraíso, nacerá el perro amigo, por él la alianza con el caballo, después el dominio sobre la oveja. El rebaño crecerá; el pastor lo llevará; el perro fiel lo guardará. Junto a la lumbre, Eva prepara los pueblos errantes que pastorearán los ganados.
Después, en aquellas largas mañanas en que el bravío Adán cazaba, Eva, errando por los valles y los montes, cogía conchas, huevos de aves, curiosas raíces, semillas, por el gusto de acumular, de abastecer su choza de nuevas riquezas, que escondía en las hendeduras de la roca.
Sucedió que un puñado de esas semillas cayera, por entre sus dedos, sobre la tierra húmeda y negra, cuando se recogía por el borde de la fuente. Brotó una puntita verde; después creció una vara; más tarde, maduró una espiga. Sus granos son gustosos. Eva, pensativa, entierra otras semillas con la esperanza de crear en torno de su lar, en un pedazo de su terreno, altas hierbas que frutezcan y le traigan el grano endulzado y tierno...
¡Y he ahí la siembra! Del fondo del Paraíso, nuestra Madre hace posibles los pueblos estables que labrarán la tierra.
Entretanto, bien podemos suponer que nació Abel, y, unos detrás de otros, deslízanse los días en el Paraíso, más seguros y fáciles. Lentamente vanse apagando los volcanes. Las rocas ya no se despeñan con fragor sobre la inocente abundancia de los valles. Discurren tan amansadas las aguas, que en su transparencia se miran, con demora y cuidado, las nubes y las ramas de los olmos. Raras veces un Pterodáctilo macula, con el escándalo de su pico y de sus alas, los cielos, en donde el sol alterna con la bruma, y los estíos se franjan de lluvias ligeras. En esta tranquilidad que se establece hay como una sumisión consciente. El Mundo presiente y acepta la supremacía del hombre. Ya no arde la floresta con la ligereza del rastrojo, sabiendo que muy pronto el Hombre le pedirá la estaca, la madera, el remo, el palo. En las gargantas de la Sierra, el viento se disciplina blandamente, y ensaya los soplos regulares con que trabajará la piedra del molino. El mar ahogó sus monstruos, y estira el dorso preparado, que le ha de cortar la quilla. La tierra hace estable su suelo, para cuando llegue el arado y la semilla. Y todos los metales se alinean en filón, y se disponen alegremente para el fuego que les ha de dar forma y belleza.
Por la tarde, Adán toma la vuelta de la choza contento, con caza abundante. El hogar flamea y alumbra la faz de nuestro Padre, que el esfuerzo de la vida embelleció, en donde ya los labios se adelgazan, y la cabeza se llenó con el lento pensar, y los ojos sosiegan, con un brillo más seguro. El cordero, espetado en un palo, se asa y gotea en las brasas. Posan en el suelo cortezas de coco llenas de agua clara de la fuente. Una piel de oso tornó blando el lecho de los helechos. Otra piel, colgada, abriga la boca de la caverna. En un rincón, que es el almacén, están los montones de sílex y el martillo, y en otro, que es el arsenal, están las lanzas y los huesos. Eva tuerce los hilos de una lana de cabra. Sobre un montón de hojas, junto a la lumbre, duerme Abel, muy gordo, todo desnudo, con un pelo más ralo en una carnecilla más blanca. Participando del montón de hojas y del mismo calor, vela el perro, ya crecido, con el mirar amable y el hocico entre las patas. ¡Y Adán (¡Oh, extraña tarea!) muy absorto, intenta grabar, con la punta de una piedra, sobre un ancho hueso, los cuernos, el dorso y las piernas estiradas de un ciervo corriendo!... Estalla la leña. Todas las estrellas del cielo están presentes. Dios, pensativo, contempla el crecer de la Humanidad.
Y ahora que encendí, en la noche estrellada del Paraíso, con vástagos bien secos del Árbol de la Ciencia, este verídico lar, consentid que os deje, ¡oh Padres venerables!
Ya no temo que la Tierra inestable os aplaste, o que las fieras superiores os devoren, o que, apagada, a la manera de una lámpara imperfecta, la Energía que os traje de la Floresta, os retrogradéis a vuestro Árbol ¡Ya sois irremediablemente humanos, y, mañana por mañana, progresaréis, con tan poderoso arrojo, para la perfección del Cuerpo y esplendor de la Razón, que en breve, dentro de unas centenas de millares de cortos años, Eva será la hermosa Helena, y Adán será el inmenso Aristóteles!
¡Mas no sé si os felicite, oh Padres venerables! Otros hermanos vuestros quedaron en la espesura de los árboles, y su vida es dulce. El orangután despierta todas las mañanas entre sus sábanas de hojas, sobre el fofo colchón de musgo que él, con cuidado, acamó por encima de un catre de ramas olorosas. Lánguidamente, sin recelos, desperézase en la molicie del musgo, escuchando las límpidas arias de los pájaros, gozando los hilos del sol que se enmarañan por entre el encaje de las hojas y lamiendo en el pelo de sus brazos el orvallo azucarado. Después de rascarse y refregarse bien, sube con pachorra al árbol dilecto, que eligió entre todos los del bosque por su frescura y por la elasticidad balanceadora de su ramaje. Desde allí, habiendo respirado la brisa cargada de aromas, salta, con rápidos brincos, a través de las siempre fáciles, siempre hartas despensas del bosque, en donde almuerza bananas, mangos, guayaba y todos los delicados frutos que le tornan tan sano y ajeno a males como los árboles en los cuales los cogió. Recorre luego sociablemente las calles y las callejuelas parleras de la espesura; cabriolea con diestros amigos en amables juegos de fuerza y ligereza; galantea a las orangutanas gentiles que le buscan, y, suspendidas con él de un columpio florido, se balancean charlando; trota, entre alegres bandos, por la margen de las aguas claras, o, sentado en la punta de una rama, escucha a algún viejo y facundo chimpancé contar divertidas historias de caza, de viajes, de amores y de mofas a las fieras pesadas que circulan por el césped y no pueden trepar; se recoge temprano a su árbol y, extendido en la hojosa red, se abandona blandamente a la delicia de soñar, en un sueño despierto, semejante a nuestras Metafísicas y a nuestras Epopeyas, sino que, rodando todo sobre sensaciones reales, es, al contrario de nuestros inciertos sueños, un sueño hecho todo de certeza. Lentamente, la Floresta se calla; la sombra adénsase entre los troncos, y el orangután, dichoso, retorna a su catre de musgo y se adormece en la inmensa paz de Dios, de Dios, al cual nunca se cansó en comentar, ni siquiera en negar, y que todavía derrama sobre él, con imparcial cariño, los bienes enteros de su misericordia.
De esta manera ocupó su día el orangután en los árboles. En tanto, ¿cómo gastó el suyo, en las ciudades, el Hombre, primo del orangután? ¡Sufriendo, por tener los dones superiores que faltan al orangután! ¡Sufriendo, por arrastrar consigo, irrevocablemente, ese mal incurable que es su alma! Sufriendo, porque nuestro Padre Adán, en el terrible día 23 de octubre, después de avizorar y olfatear el Paraíso, no osó declarar reverentemente al Señor: «¡Muchas gracias, oh mi dulce Creador; da el gobierno de la Tierra a quien mejor eligieres, al elefante o al canguro, que yo por mí, un poco más avisado, vuelvo ya para mi árbol!...»
Mas, en fin, ya que nuestro Padre venerable no tuvo la prevención o la abnegación de declinar la grande supremacía, continuemos reinando sobre la creación y siendo sublimes... Sobre todo, continuemos usando, insaciablemente, del don mejor que Dios nos concedió entre todos los dones, el más puro, el único genuinamente grande: el don de amarle, pues que no nos concedió también el don de comprenderle. Y no olvidemos que Él ya nos enseñó, a través de voces levantadas en Galilea y bajo los mangles de Veluvana, y en los valles severos de Yen-Chou, que la mejor manera de amarle es que unos a otros nos amemos, y que amemos toda su obra, hasta el gusano, y la roca dura, y la raíz venenosa, y hasta esos vastos seres que no parecen necesitar de nuestro amor, esos Soles, esos Mundos, esas diseminadas Nebulosas que, inicialmente encerradas, como nosotros, en la mano de Dios, y hechas de nuestra sustancia, ni nos aman, ni tal vez nos conocen.
UN POETA LÍRICO
Aquí está, sencillamente, sin frases y adornos, la triste historia del poeta Korriscosso. De todos los poetas líricos de que tengo noticia, este es, ciertamente, el más infeliz. Le conocí en Londres, en el hotel de Charing-Cross, en un amanecer helado de diciembre. Había yo llegado del Continente, desfallecido por dos horas de Canal de la Mancha... ¡Ah, qué mar! Y eso que era solo una brisa fresca del Noroeste; mas allí, en la cubierta, por debajo de una capa de hule, con la cual un marino me había cubierto como se cubre un cuerpo muerto, fustigado por la nieve y por las olas, oprimido por aquella tiniebla tumultuosa que el barco iba rompiendo a estruendos y encontrones, parecíame un tifón de los mares de la China...
Apenas entré en el hotel, helado y aún mal despierto, corrí a la vasta chimenea del hall y allí quedé saturándome de aquella paz caliente en que estaba la sala adormecida, con los ojos beatíficamente puestos en la buena brasa escarlata. Y estando así fue cuando vi aquella figura flaca y larga, ya de frac y corbata blanca, que del otro lado de la chimenea, en pie, con la taciturna tristeza de una cigüeña pensativa, miraba también los carbones ardientes, con una servilleta debajo del brazo. Mas el portero había cogido mi equipaje y fue a inscribirme en el bureau. La tenedora de libros, tiesa y rubia, con un perfil anticuado de medalla usada, dejó su crochet al lado de su taza de té, acarició con un gesto dulce sus dos bandos rubios, escribió correctamente mi nombre, con el dedo meñique erecto, haciendo rebrillar un diamante, y ya me encaminaba hacia la amplia escalera, cuando la figura magra y fatal se dobló en un ángulo, murmurándome en un inglés silabeado:
—Ya está servido el desayuno de las siete...
Yo no quería el desayuno de las siete, y me fui a dormir.
Más tarde, ya reposado, fresco del baño, cuando descendí al restorán para el lunch, a seguida eché de ver, plantado melancólicamente al pie de la ancha ventana, al individuo flaco y triste. La sala estaba desierta, con una luz parda; las chimeneas bramaban; del lado de fuera de los ventanales, en el silencio de domingo, en las calles mudas, la nieve caía sin cesar de un cielo amarillento y empañado. Yo veía apenas la espalda del hombre; mas advertíase en su línea magra y un poco doblada una expresión tan evidente de desaliento, que me interesé por aquella figura. El cabello largo, de tenor, caído sobre el cuello del frac, era, manifiestamente, de un meridional, y toda su flacura friolenta se encogía ante el aspecto de aquellos tejados cubiertos de nieve, en la sensación de aquel silencio lívido... Le llamé. Cuando se volvió, su fisonomía, que apenas entreviera la víspera, impresionome: era una cara larga y triste, muy morena, de nariz judaica, y una barba corta y rizada, una barba de Cristo en estampa romántica; la cabeza era de estas que, en buena literatura, se llama, creo yo, frente; era larga y lustrosa. Tenía el mirar hundido y vago, con una indecisión de sueño nadando en un fluido enternecido... ¡Y qué magrez! Andando, el calzón corto torcíase en torno de la canilla, como arrugas de bandera alrededor del asta; el frac tenía dobleces de amplia túnica; los dos faldones, agudos y largos, eran desgraciadamente grotescos. Recibió la orden de mi almuerzo sin mirarme, con un tedio resignado; arrastrose hasta el comptoir en donde el maître d’hôtel leía la Biblia, se pasó la mano por la cabeza con un gesto errante y doliente, y díjole con una voz sorda:
—Número 307. Dos chuletas. Té...
El maître d’hôtel alargó la Biblia, inscribió el menú, y yo me acomodé en la mesa y abrí el volumen de Tennyson que trajera para almorzar conmigo —porque creo que les dije que era domingo, día sin periódicos y sin pan fresco. Afuera continuaba nevando sobre la ciudad muda. En una mesa distante, un viejo color de ladrillo, y de cabello y de barbas blancas, que acababa de almorzar, dormitaba, con las manos descansando en el vientre, la boca abierta, y unas gafas en lo más avanzado de la nariz. El único rumor que venía de la calle era una voz gimiente que la nieve sofocaba más, una voz mendicante que en la esquina contigua garganteaba un salmo... Un domingo de Londres.
El magro fue quien me trajo el almuerzo: apenas se aproximó, comprendí en seguida que aquel volumen de Tennyson en mis manos, le había interesado e impresionado; fue un mirar rápido, golosamente pasado por la página abierta, un estremecimiento casi imperceptible, emoción fugitiva de cierto, porque después de haber dejado el servicio, giró sobre los tacones y fue a plantarse, melancólicamente, junto a la ventana, con los ojos tristes, perdidos en la nieve triste. Yo atribuí aquel movimiento curioso al esplendor de la encuadernación del volumen, que eran Los Idilios del Rey, en marroquín negro, con el escudo de armas de Lançarote del Lago, el pelícano de oro sobre un mar de sinople.
A la noche partí en el expreso para Escocia, y aún no había pasado York, adormecido en su gravedad episcopal, cuando ya me olvidara del criado novelesco del restorán de Charing-Cross: mas de allí a un mes, al volver a Londres, entrando en el restorán, y reviendo aquella figura lenta y fatal atravesar con un plato de roast-beef en una de las manos y en la otra un pudding de batata, sentí renacer el antiguo interés. Y en esa misma noche, tuve la singular felicidad de saber su nombre y de entrever un fragmento de su pasado. Era ya tarde, y yo volvía de Covent-Garden, cuando en el hall del hotel encontré, majestuoso y próspero, a mi amigo Bracolletti.
¿No conocen a Bracolletti? Su presencia es formidable; tiene la amplitud panzuda, la densa barba negra, la lentitud, el ceremonial de un pachá gordo; mas esta poderosa gravedad turca está amenizada en Bracolletti, por la sonrisa y por el mirar. ¡Qué mirar! Un mirar dulce, que me hace recordar el de los animales de la Siria: es el mismo enternecimiento. Parece errar en su fluido suave la religiosidad afable de las razas que dan los Mesías... ¡Y la sonrisa! La sonrisa de Bracolletti es la más completa, la más perfecta, la más rica de las expresiones humanas; hay finura, inocencia, bondad, abandono, dulce ironía, persuasión en aquellos dos labios que se abren y dejan brillar un esmalte de dientes de virgen... ¡Ah, pero también esta sonrisa en la fortuna de Bracolletti!
Moralmente, Bracolletti es un hábil. Nació en Esmirna, de padres griegos; es todo lo que revela; por lo demás, cuando se le pregunta por su pasado, el buen griego bambolea un momento la cabeza, esconde bajo los párpados cerrados con inocencia sus ojos mahometanos, desabrocha la sonrisa de una dulzura capaz de tentar a las abejas, y murmura, como anegado en bondad y en enternecimiento:
—¡Eh! ¡mon Dieu!... ¡Eh! ¡mon Dieu!...
Nada más. Parece, sin embargo, que viajó, porque conoce el Perú, la Crimea, el Cabo de Buena Esperanza, los países exóticos, tan bien como Regent-Street: mas es evidente para todos que su existencia no fue tejida como la de los vulgares aventureros de Levante, de oro y estopa, de esplendores y mezquindades; es un gordo, y, por tanto, un prudente: su magnífico solitario nunca dejó de brillarle en el dedo: ningún frío le sorprendió jamás sin un abrigo de pieles de dos mil francos; y ni una sola semana deja de ganar, en el Fraternal Club, del cual es miembro querido, sus diez libras al whist. Es un fuerte.
Tiene una debilidad. Es singularmente goloso de niñitas de doce a catorce años: le gustan flacuchas, muy rubias y que hablen mal. Colecciónalas como pajaritos en jaula, metiéndoles la papilla en el pico, oyéndolas parlotear todo baboso, animándolas a que le roben los shillings del bolsillo, gozando el desenvolvimiento de los vicios en aquellas flores, poniéndoles al alcance las botellas de gin para que los angelitos se emborrachen; y cuando alguna, excitada por el alcohol, con el cabello al aire y el rostro encendido, le injuria, le arranca los pelos, babea obscenidades, el buen Bracolletti, hundido en el sofá, con las manos beatíficamente cruzadas sobre la panza, el mirar ahogado en éxtasis, murmura en su italiano de la costa siria:
—¡Piccolina! ¡Gentilleta!
—¡Querido Bracolletti!
Realmente le abracé con placer, en esa noche, en Charing-Cross; y como no nos veíamos desde hacía tiempo, fuimos a cenar juntos al restorán. Allí estaba el criado triste, en su comptoir, curvado sobre el Journal des Débats. Apenas apareció Bracolletti con su majestad de obeso, el hombre le extendió silenciosamente la mano: fue un shake-hands solemne, enternecido y sincero.
¡Santo Dios, eran amigos! Arrastré a Bracolletti hasta el fondo de la sala, y vibrando de curiosidad, le interrogué con avidez. Quería, lo primero, el nombre del hombre.
—Llámase Korriscosso —díjome Bracolletti, grave.
Luego quise saber su historia. Pero Bracolletti, como los dioses de Ática, que en sus embarazos recogíanse a sus nubes, él también se refugió en su vaga reticencia.
—¡Eh, mon Dieu! ¡Eh, mon Dieu!...
—No, no, Bracolletti. Veamos. Quiero saber la historia... Aquella faz fatal y byroniana debe tener una historia...
Entonces Bracolletti tomó todo el aire cándido que le permiten su panza y sus barbas, y me confesó, dejando caer las palabras a gotas, que entrambos habían viajado juntos en Bulgaria y en Montenegro... Korriscosso fue su secretario... Buena letra... Tiempos difíciles... ¡Eh, mon Dieu!...
—¿De dónde es?
Bracolletti respondió sin vacilar, bajando la voz, con un gesto lleno de desconsideración:
—Es un griego de Atenas.
Todo mi interés sumiose como el agua que la arena absorbe. Cuando se ha viajado por Oriente, con escalas en Levante, adquiérese fácilmente el hábito, tal vez injusto, de sospechar del griego: ante los primeros que se ven, sobre todo teniendo una educación universitaria y clásica, se enciende un poco el entusiasmo, piénsase en Alcibiades y en Platón, en las glorias de una raza estética y libre, y perfílanse en la imaginación las líneas augustas del Partenón. Pero después de haberlos frecuentado en las mesas redondas y en las cubiertas de las Messageries, y principalmente, luego de haber escuchado la leyenda de bellaquería que han ido dejando desde Esmirna hasta Túnez, los demás que se tropiezan, provocan apenas estos movimientos: abotonar rápidamente la chaqueta, cruzar con todas las fuerzas los brazos sobre la cadena del reloj, y aguzar el intelecto para rechazar la escroquerie. La causa de esta funesta reputación es que la gente griega que emigra para las escalas de Levante, es una plebe torpe, parte pirata y parte servil, bando de rapiña astuto y perverso. De que supe que Korriscosso era griego, me acordé a seguida que, en mi última estancia en Charing-Cross, me desapareciera del cuarto mi bello volumen de Tennyson, y recordé el mirar de gula y de rapiña que Korriscosso clavaba en él... ¡Era un bandido!
Mientras cenamos, no se habló nada de Korriscosso. Servíanos otro criado rubio, honesto y sano. El lúgubre Korriscosso no se movió del comptoir, abismado en el Journal des Débats.
Yendo de retirada a mi cuarto, en esa misma noche, me perdí... El hotel estaba atestado, y a mí me habían dado acomodo en aquellos altos de Charing-Cross, una complicación de corredores, escaleras, rincones, ángulos, en donde es casi necesario derrotero y brújula. Con el candelero en la mano, penetré en un pasadizo por el cual corría una bocanada de aire tibio de callejuela mal aireada. Allí las puertas no tenían números; unos pequeños cartones pegados, en los que se hallaban nombres inscritos: John Smith, Charlie, Willie... Eran evidentemente las habitaciones de los criados. De una puerta abierta, salía la claridad de un mechero de gas: me adelanté, y vi a Korriscosso, de frac todavía, sentado ante una mesa llena de papeles, con la cabeza descansando sobre la mano, escribiendo:
—¿Me puede indicar el camino para el 508? —balbucí.
Volviose para mí, con un mirar atontado; parecía resurgir de muy lejos, de otro universo; restregábase los párpados, repitiendo:
—¿Quinientos ocho? ¿Quinientos ocho?
¡Entonces fue cuando avisté sobre la mesa, entre papeles, cuellos sucios y un rosario, mi volumen de Tennyson! El bandido vio también mi mirada, y acusose a seguida con un enrojecimiento que le inundó la faz chupada; mi primer movimiento fue el de no reconocer el libro; y como era un movimiento bueno, obedeciendo de contado a la moral superior del maestro Talleyrand, lo reprimí, y apuntando al volumen con un dedo severo, un dedo de Providencia irritada, díjele:
—Es mi Tennyson...
No sé qué respuesta tartamudeó, porque yo, apiadado, poseído también del interés que me daba aquella figura picaresca de griego sentimental, añadí en un tono reparado de perdón y de justificación:
—¡Gran poeta! ¿verdad? ¿Qué le pareció? Estoy seguro que le entusiasmó...
Korriscosso se abochornó más; y no era, sin embargo, el despecho humillado de salteador sorprendido lo que delataba, sino la vergüenza de ver su inteligencia y su gusto poético adivinados, y de tener puesto el frac usado de criado de restorán. No respondió; mas las páginas del volumen que yo abrí, respondieron por él: la blancura de las márgenes desaparecía bajo una red de comentarios escritos con lápiz: ¡Sublime! ¡Grandioso! ¡Divino! palabras anotadas con una letra convulsiva, con un temblor de mano agitada por una sensibilidad vibrante.
En tanto, Korriscosso permanecía en pie, respetuoso, culpado, con la cabeza baja y el lazo de la corbata blanca huyendo hacia la nuca. ¡Pobre Korriscosso! Compadecime de aquella actitud, revelando todo un pasado sin suerte, tantas tristezas de dependencia... Recordé que nada impresiona tanto a hombre de Levante como un gesto de drama y de teatro: le extendí las dos manos en un movimiento a la manera de Talma, y le dije:
—Yo también soy poeta...
Esta frase extraordinaria parecería grotesca e imprudente a un hombre del Norte; el levantino vio al punto en ella la expansión de un alma hermana. Porque, ¿no os lo dije?; lo que Korriscosso estaba escribiendo en una hoja de papel eran estrofas, era una oda.
Al cabo de unos minutos, con la puerta cerrada, Korriscosso contábame su historia, o más bien, fragmentos, anécdotas deshermanadas de su biografía. Es tan triste, que la condenso. De otra parte, había en su narración lagunas de años; y yo no puedo reconstituir con lógica y seguimiento la historia de este sentimental. Todo es vago y sospechoso. Efectivamente, nació en Atenas; parece que su padre era cargador en el Pireo. A los diez y ocho años Korriscosso servía de criado a un médico, y en los intervalos del servicio frecuentaba la Universidad de Atenas: estas cosas son corrientes là-bas, como él decía. Licenciose en leyes; esto le habilitó más tarde, en tiempos difíciles, para ser intérprete de hotel. De esa época datan sus primeras elegías en un semanario lírico intitulado Ecos del Ática. La literatura condújole directamente a la política y a las ambiciones parlamentarias. Una pasión, una crisis patética, un mando brutal, amenazas de muerte, fuérzanle a expatriarse. Viajó por Bulgaria, fue en Salónica empleado en una sucursal del Banco Otomano, remitió endechas dolorosas a un periódico de la provincia, La Trompeta de Argólida. Aquí hay una de esas lagunas, un agujero negro en su historia. Reaparece en Atenas, con ropa nueva, liberal y diputado.
Este período de gloria fue breve, mas suficiente para ponerle en evidencia; su palabra colorida, poética, recamada de imágenes ingeniosas y brillantes, encantó a Atenas; tenía el secreto de hacer florecer, como él decía, los terrenos más áridos; de una discusión acerca del impuesto o de los caminos públicos, hacía saltar églogas de Teócrito. En Atenas, esta clase de talento lleva al poder: Korriscosso estaba indicado para dirigir una alta administración del Estado; y entonces sucedió que el ministerio, y con él la mayoría, de la cual Korriscosso era el tenor querido, cayeron, sumiéronse, sin lógica constitucional, en uno de esos súbitos derrumbamientos políticos tan comunes en Grecia, en que los Gobiernos se vienen a tierra, como las casas en Atenas, sin motivo. Falta de base, decrepitud de materiales y de individualidades... Todo tiende hacia el polvo en un suelo de ruinas... Nueva laguna, nuevo chapuzón oscuro en la historia de Korriscosso...
Vuelta a la superficie, miembro de un club republicano de Atenas. Pide en un periódico la emancipación de Polonia, y que se gobierne a Grecia por un concilio de genios. Entonces publica sus Suspiros de Tracia. Tiene otra novela de corazón... En fin, y esto me lo dijo sin explicaciones, se le obliga a refugiarse en Inglaterra. Luego de ensayar en Londres varias posiciones, colócase en el restorán de Charing-Cross.
—Es un puerto de abrigo —le dije estrechándole la mano.
Sonrió con amargura. De cierto, un puerto de abrigo y ventajoso. Y bien alimentado; las propinas son razonables; tiene un viejo colchón de muelles, mas las delicadezas de su alma a cada momento hiérenselas dolorosamente.
¡Días atribulados, días crucificados los de aquel poeta lírico, forzado a distribuir en una sala a burgueses ordenados y glotones chuletas y vasos de cerveza! No es la dependencia lo que le aflige; su alma de griego no es particularmente ávida de libertad: bástale que el patrón sea cortés. Como él mismo me dijo, le es grato reconocer que los clientes de Charing-Cross nunca le piden la mostaza o el queso sin decir if you please; y cuando salen, al enfrentarse con él, llévanse dos dedos al ala del sombrero; esto satisface la dignidad de Korriscosso.
Lo que más le tortura es el contacto constante con el alimento. ¡Si por lo menos fuese tenedor de libros de un banquero, primer dependiente de un almacén de sedas!... En eso hay una sombra de poesía —los millones que se revuelven, las flotas mercantes, la fuerza brutal del oro; o disponer ricamente los bordados, los cortes de seda, hacer correr la luz en las ondulaciones del moiré, dar al terciopelo las molicies de la línea y de la arruga... Pero en un restorán, ¿cómo se puede ejercer el gusto, la originalidad artística, el instinto del color, del efecto, del drama, partiendo trozos de roast-beef o de jamón de York?... Luego que, como él dijo, dar de comer, proveer alimentos, es servir exclusivamente a la barriga, a las tripas, la baja necesidad material; en el restorán, el vientre es Dios; el alma queda fuera, como el sombrero que se cuelga en la percha o a la manera del paquete de periódicos que se dejó en el bolsillo del abrigo.
¡Y las convivencias, y la falta de conversación! ¡Nunca se volvieron hacia él sino para pedirle salchichón o sardinas de Nantes! Nunca poder abrir sus labios, de los cuales pendía el parlamento de Atenas, sino para preguntar: «¿Más pan? ¿más carne?» Esta privación de elocuencia érale dolorosa.
El servicio, además, impedíale el trabajo. Korriscosso compone de memoria: cuatro paseos por el cuarto, un tirón al cabello, y le sale la oda armoniosa y dulce... mas la interrupción glotona de la voz del cliente pidiendo nutrición, es fatal para esta manera de trabajar. A las veces, arrimado a una ventana, con la servilleta en el brazo, Korriscosso está haciendo una elegía: es todo lunar, ropajes blancos de vírgenes pálidas, horizontes celestes, flores de alma dolorida... Es feliz; se ha remontado a los cielos poéticos, a las planicies azuladas en donde los sueños acampan, galopando de estrella en estrella... De improviso, una gruesa voz hambrienta brama desde un rincón:
—¡Bistec con patatas!
¡Ay, las aladas fantasías baten el vuelo como palomas despavoridas! Y allí va el infeliz Korriscosso precipitado de las cumbres ideales, con los hombros doblados y las faldas del frac balanceando, a preguntar con la sonrisa lívida:
—¿Pasado o medio crudo?
¡Ah, es un amargo destino!
—¿Y por qué no deja este cubil, este templo del vientre? —le pregunté.
Abatió su bella cabeza de poeta, y díjome la razón que le prende; me la dijo casi llorando en mis brazos, con el nudo de la corbata en el cuello: Korriscosso ama.
Ama a una Fanny, criada de todo el servicio en Charing-Cross. Ámala desde el primer día en que entró en el hotel; la amó en el momento de verla lavando las escaleras de piedra, con los brazos rollizos desnudos, y los cabellos rubios, de este rubio que entontece a los meridionales; cabellos ricos, de un tono de cobre, de un tono de oro mate, torciéndose en una trenza de diosa. Y luego el matiz del rostro, una carnation de inglesa de Yorkshire, leche y rosas...
¡Lo que ha sufrido Korriscosso! ¡Todo su dolor exhálase en odas que pone en limpio el domingo, día de reposo y día del Señor! Me las leyó. ¡Y yo vi en ellas de qué manera puede perturbar la pasión a un ser nervioso; qué ferocidad de lenguaje, qué lances de desesperación, qué gritos de alma dilacerada arrojados desde allí, de aquellos altos de Charing-Cross, hacia la mudez del cielo gris! Es que Korriscosso tiene celos. La desgraciada Fanny ignora aquel poeta a su lado, aquel delicado, aquel sentimental, y ama a un policeman. Ama a un policeman, un coloso, una montaña de carne erizada de una selva de barbas, con el pecho como el flanco de un acorazado, con piernas como fortalezas normandas. Este Polifemo, como le llama Korriscosso, hace ordinariamente el servicio en el Strand, y la pobre Fanny pasa todo el día acechándole desde los altos de Charing-Cross.
Sus economías las gasta en cuartillos de gin, de brandy, de ginebra, que a la noche le lleva en frasquitos debajo del delantal; le mantiene fiel por el alcohol; el monstruo, plantado enormemente en una esquina, recibe en silencio el frasco, vacíalo de un trago en las fauces tenebrosas, eructa, pasa la mano peluda por la barba de hércules, y sigue taciturnamente sin un gracias, sin un te amo, batiendo el enlosado con la bastedad de sus suelas sonoras. La pobre Fanny babea de admiración... Tal vez en este instante, en la otra esquina, el magro Korriscosso, figurando en la neblina el delgado relieve de un poste telegráfico, solloce con la cara magra entre las manos transparentes.
¡Pobre Korriscosso! ¡Si por lo menos la pudiese conmover!... ¡Pero qué! Despréciale el cuerpo de tísico triste, y el alma no se la comprende... No es que Fanny sea inaccesible a sentimientos ardientes, expresados en estilo melodioso. Pero Korriscosso solo puede escribir sus elegías en su lengua materna... Y Fanny no comprende griego... ¡Y Korriscosso es un grande hombre, pero solo en griego!
Cuando tomé la vuelta de mi cuarto, quedaba sollozando sobre el catre. Le he visto otras veces, al pasar por Londres. Está más magro, más fatal, más consumido por los celos, más curvado cuando se mueve por el restorán con la fuente de roast-beef, más exaltado en su lirismo... Siempre que me sirve le doy un shilling de propina, y luego, al marcharme, le aprieto sinceramente la mano.
EN EL MOLINO
Doña María de la Piedad era considerada en toda la villa como «una señora modelo». El viejo Nunes, administrador del correo, siempre que se hablaba de ella, decía, acariciando con autoridad los cuatro pelos de la calva:
—¡Es una santa! ¡Es lo que es!
La villa tenía casi orgullo de su belleza delicada y distinta; era una rubia, de perfil fino, piel ebúrnea y ojos oscuros de un tono de violeta, al que las largas pestañas oscurecían más el brillo sombrío y dulce. Vivía al fin de la carretera, en una casa azul de tres fachadas; y era, para la gente que a las tardes iba de paseo al molino, un encanto siempre nuevo verla por detrás de la vidriera, entre las cortinas, curvada sobre su costura, vestida de negro, recogida y seria. Salía pocas veces. El marido, más viejo que ella, era un inválido, que se pasaba la vida en la cama, inutilizado por una enfermedad de la espina dorsal; hacía años que no descendía a la calle; veíanlo a las veces también a la ventana mustio y renco, agarrado al bastón, encogido en la robe-de-chambre, con una faz macilenta, la barba descuidada y con un gorrito de seda enterrado melancólicamente hasta la nuca. Los hijos, dos niñitas y un rapaz, eran también enfermos y crecían poco a poco y con dificultad, llenos de tumores en las orejas, llorones y tristes. Interiormente, la casa parecía lúgubre. Andábase en puntillas, porque el señor, en la excitación nerviosa que le daban los insomnios, irritábase con el menor rumor; había sobre las cómodas algún frasco de la botica, alguna escudilla con harina de linaza; las mismas flores con que ella, en su arreglo y en su gusto de frescura, adornaba las mesas, mustiábanse en seguida en aquel aire sofocado de fiebre, nunca renovado por causa de las corrientes de aire; y daba una inmensa tristeza el ver siempre a alguno de los pequeños, o con un emplasto sobre la oreja, o en un rincón del sofá, arrebujado en cobertores, con una amarillez de hospital.
Desde los veinte años, María de la Piedad vivía así. Hasta de soltera, en casa de los padres, había sido triste su existencia. La madre era una criatura desagradable y aceda; el padre, metido en tabernas y salas de juego, ya viejo, siempre borracho, los días que aparecía en casa pasábalos en la cocina, en un silencio sombrío, fumando y salivando sobre las cenizas. Todas las semanas aporreaba a la mujer. Así que cuando Juan Coutinho pidió a María, ella, a pesar de saber que estaba enfermo ya, aceptó sin vacilación, casi con reconocimiento, para salvar a la casa arruinada de un embargo, no oír más los gritos de la madre, que la hacían temblar, rezar, arriba, en su cuarto, donde la lluvia entraba por el tejado.
No amaba al marido, claro; y en la villa lamentábase que aquel lindo rostro de Virgen María, aquella figura de hada, fuese a pertenecer a Juanito Coutinho, que desde rapaz fuera siempre baldado. Coutinho, por muerte del padre, quedara rico; y ella, acostumbrada por fin a aquel marido regañón, que pasaba el día arrastrándose sombríamente de la sala a la alcoba, habríase resignado, en su naturaleza de enfermera y de consoladora, si los hijos, por lo menos, hubieran nacido sanos y robustos. Mas aquella familia, que ya venía con la sangre viciada, aquellas existencias vacilantes, que después parecían pudrírseles en las manos, a pesar de sus inquietos cuidados, apesadumbrábanla. A las veces, sola ante la costura, corríanle lágrimas por la cara; una fatiga de vivir invadíala como una neblina que le oscureciera el alma.
Mas si el marido de dentro llamaba desesperado, o uno de los pequeños lloriqueaba, limpiábase los ojos y aparecía con su linda faz tranquila, y con alguna palabra consoladora, componiendo la almohada a uno, yendo a animar al otro, feliz en ser buena. Toda su ambición consistía en ver su pequeño mundo bien tratado y bien acariciado. Desde que se casó, nunca había tenido una curiosidad, un deseo, un capricho; nada le interesaba en el mundo sino las horas de las medicinas y el sueño de sus enfermos. Todo esfuerzo le era fácil cuando se trataba de contentarles; a pesar de flaca, paseaba horas enteras llevando en el cuello al pequeñín, que era el más impertinente, con las heridas que hacían de sus pobres labiecillos una costra oscura; durante los insomnios del marido tampoco dormía; los pasaba sentada al pie de la cama, hablando, leyéndole vidas de santos, porque el pobre baldado iba cayendo en devoción. De mañana estaba un poco más pálida, pero correcta en su vestido negro, fresca, con las trenzas lustrosas, poniéndose bonita para ir a dar las sopas de leche a los pequeñines. Su única distracción era, a la tarde, sentarse a la ventana con su costura, teniendo a los chiquillos en torno, aniñados en el suelo, jugando tristemente. El paisaje que veía desde la ventana era tan monótono como su vida; debajo, la carretera; después, una ondulación de campos, una tierra flaca, plantada aquí y acullá de olivos, e irguiéndose al fondo una colina triste y desnuda, sin una casa, un árbol, una columna de humo de una chimenea que pusiese en aquella soledad de terreno pobre una nota humana y viva. Viéndola así tan resignada y tan sujeta, algunas señoras de la villa afirmaban que era beata; pero nadie la había visto en la iglesia, a no ser el domingo, con el chico mayor por la mano, todo pálido en su vestido de terciopelo azul. Su devoción, en efecto, limitábase a esta misa todas las semanas. Ocupábala mucho su casa para dejarse invadir por las preocupaciones del cielo; en aquel deber de buena madre, cumplido con amor, hallaba una satisfacción suficiente a su sensibilidad; no necesitaba adorar santos o enternecerse con Jesús. Pensaba instintivamente que toda afección excesiva dedicada al Padre del Cielo, sería una disminución cruel en su cuidado de enfermera; su manera de rezar era velar a los hijos; y aquel pobre marido clavado en una cama, dependiendo de ella, teniéndole solo a ella, parecíale con más derecho a su favor que el otro, clavado en una cruz, que tenía toda una humanidad pronta para amarle. Además, nunca tuviera estos sentimentalismos de alma triste que llevan a la devoción. El largo hábito de dirigir una casa de enfermos, de ser ella el centro, la fuerza, el amparo de aquellos inválidos, hiciéronla tierna, pero práctica; y por esta razón era ella la que administraba ahora la casa del marido con un buen sentido que la afección dirigía y una solicitud de madre prevenida. Tales ocupaciones bastaban para entretenerle el día; el marido, de otra parte, detestaba las visitas, el aspecto de las caras saludables, las conmiseraciones de ceremonia; pasábanse meses sin que en casa de María de la Piedad se oyese otra voz extraña a la familia, a no ser la del doctor Abilio —que la adoraba, y que decía de ella con los ojos espantados:
—¡Es un hada! ¡Es un hada!...
Grande fue la excitación en la casa, cuando Juan Coutinho recibió una carta de su primo Adrián, anunciándole que en dos o tres semanas iba a llegar a la villa. Adrián era un hombre célebre, y el marido de María de la Piedad tenía en aquel pariente un orgullo enfático. Suscribiérase a un periódico de Lisboa, solo para ver su nombre en las noticias locales y en la crítica. Adrián era novelista; su último libro, Magdalena, un estudio de mujer, de un análisis delicado y sutil, consagráralo como un maestro. Su fama, que llegara hasta la villa, en una confusión de leyenda, presentábale como una personalidad interesante, un héroe de Lisboa, amado de las aristócratas, impetuoso y brillante, destinado a una alta situación en el Estado. Mas realmente en la villa habíase hecho, sobre todo, notable por ser primo de Juan Coutinho.
Doña María de la Piedad quedó aterrada con el anuncio de esta visita. Veía ya su casa en confusión con la presencia del huésped extraordinario. Después la necesidad de hacer más toilette, de alterar la hora de comer, de conversar con un literato y ¡tantos otros esfuerzos crueles!... La invasión brusca de aquel mundano con sus maletas, el humo de su cigarro, su alegría de sano, en la paz triste de su hospital, dábale la impresión pavorosa de una profanación. De modo que para ella fue un alivio, casi un reconocimiento, que Adrián, al llegar, muy simplemente se instalase en la antigua hospedería del tío Andrés, al otro extremo de la villa. Juan Coutinho escandalizose; tenía ya el cuarto del huésped preparado, con sábanas de encaje, una colcha de damasco, plata sobre la cómoda, y queríalo todo para él, para el primo, el hombre célebre, el grande autor... Adrián negose.
—Yo tengo mis hábitos, ustedes tienen los suyos... No nos contrariemos ¿eh?... Lo que hago es venir a comer aquí. Ni estoy mal tampoco en casa del tío Andrés... Desde la ventana veo un molino y una represa, que son un cuadrito delicioso. Y quedamos tan amigos, ¿no es verdad?
María de la Piedad mirábale asombrada; ¡aquel héroe, aquel fascinador por quien lloraban las mujeres, aquel poeta que los periódicos glorificaban, era un hombre extremamente simple, mucho menos complicado, menos espectacular que el hijo del cobrador! No era hermoso siquiera. Con el sombrero blanco echado sobre una faz llena y barbuda, la levita de franela cayendo a lo largo de un cuerpo robusto y pequeño, sus zapatos enormes, parecíale uno de esos cazadores de aldea que, a las veces, encontraba, cuando de mes para mes iba a visitar las propiedades del otro lado del río. Además de eso, no hacía frases; la primera vez que vino a comer habló apenas, con grande naturalidad, de sus negocios. Viniera por ellos. La única tierra que no estaba devorada o abominablemente hipotecada, de lo que le correspondiera de la fortuna de su padre, era la Curgosa, una hacienda cerca de la villa, que estaba muy mal arrendada... Deseaba venderla. ¡Mas eso parecíale a él tan difícil, como hacer la Iliada!... Sinceramente lamentaba ver al primo allí, inútil sobre la cama, sin poderle ayudar en esos pasos que era menester dar con los compradores. Así que tuvo una grande alegría cuando Juan Coutinho le declaró que su mujer era una administradora de primer orden, y hábil en estas cuestiones, como un antiguo rábula.
—Ella va contigo a ver la hacienda, habla con Telles, y arréglate todo eso... Y en cuestión de precio, déjala a ella...
—¡Qué superioridad, prima! —exclamó Adrián maravillado—. ¡Un ángel que entiende de cifras!
Por primera vez en su vida, enrojeció María de la Piedad con la palabra de un hombre. Prestose en seguida a ser la procuradora del primo...
Al otro día fueron a ver la hacienda. Como estaba cerca, y era un día de marzo fresco y claro, partieron a pie. Intimidada al principio por aquella compañía de un león, la pobre señora caminaba junto a él con el aire de un pájaro asustado; porque, a pesar de ser tan sencillo, había en su figura, enérgica y musculosa, en el timbre duro de su voz, en sus ojos pequeños y lúcidos, alguna cosa de fuerte, de dominante, que la embarazaba. Prendiérasele a la orla de su vestido un vástago de zarza, y como él se inclinara para desprenderlo delicadamente, el contacto de aquella mano blanca y fina de artista en el volante de su saya, incomodola mucho. Apresuraba el paso para llegar pronto a la hacienda, avivar el negocio con Telles, y retornar inmediatamente a refugiarse, como en su elemento propio, en el aire sofocado y triste de un hospital. Pero la carretera extendíase blanca y larga, bajo el sol tibio, y la conversación de Adrián fuérala lentamente acostumbrando a su presencia. El primo parecía desolado de la tristeza de aquella casa. Diole algunos buenos consejos; lo que los pequeños necesitaban era aire, sol, otra vida distinta de aquel sofocamiento de la alcoba...
También ella lo juzgaba así; pero, ¿qué? El pobre Juan, siempre que se le hablaba de ir a pasar una temporada a la quinta, afligíase terriblemente; tenía horror a los grandes aires y a los grandes horizontes; la fuerte naturaleza hacíale casi desmayarse; hiciérase un ser artificial, oculto entre los cortinones de la cama...
Compadeciola entonces. De seguro podría haber alguna satisfacción en un deber tan santamente cumplido... Mas, en fin, ella debía tener momentos en que desease algo más que aquellas cuatro paredes, impregnadas del hálito de la enfermedad...
—¿Qué he de desear más? —dijo ella.
Callose Adrián; pareciole absurdo suponer que desease, por ejemplo, el Chiado o el teatro de la Trinidad... Pensaba en otros apetitos, en las ambiciones del corazón insatisfecho... Mas esto pareciole tan delicado, tan grave de decir a aquella criatura virginal y seria, que habló del paisaje.
—¿Ya vio el molino? —preguntole ella.
—Tengo ganas de verlo; si me lo quisieras ir a enseñar, prima.
—Hoy es tarde.
Combináronse para ir a visitar ese rincón de verdura, que era el idilio de la villa.
La larga plática con Telles, en la hacienda, creó una aproximación mayor entre Adrián y María de la Piedad. Aquella venta, que había discutido con una astucia de aldeana, ponía entre ellos como un interés común. Al volver, hablábanse ya con menos reserva. Y es que había en las maneras del primo una atracción que, a su pesar, la llevaba a revelarse, a darle su confianza; nunca hablara tanto con nadie; a nadie jamás dejara ver tanto de la melancolía oculta que erraba constantemente en su alma. Por otra parte, sus quejas eran sobre el mismo dolor: la tristeza de su vida, las enfermedades, tantos cuidados graves... Y atraíale hacia él una simpatía, como un indefinido deseo de tenerle siempre presente, desde que se hacía de tal manera depositario de sus tristezas.
Adrián volvió para su casa, impresionado, interesado por aquella criatura tan triste y tan dulce, que se destacaba sobre el mundo de mujeres que hasta allí había conocido, como un suave perfil de ángel gótico entre fisonomías de mesa redonda. Concordaba todo en ella deliciosamente: el oro del cabello, la dulzura de la voz, la modestia en la melancolía, la casta línea, haciendo un ser delicado y distinto, al cual ese mismo pequeño espíritu burgués, cierto fondo rústico de aldeana y una leve vulgaridad de hábitos dábanle mayor encanto; era un ángel que vivía en un villorrio grosero, atado por muchos lados a las trivialidades del sitio; pero bastaría un soplo para hacerlo remontar al cielo natural, a las puras cimas de la sentimentalidad...
Hallaba absurdo e infame enamorar a la prima... Mas involuntariamente pensaba en el delicioso placer de hacer latir aquel corazón, que no estaba deformado por el corsé, y de poner al fin sus labios en un rostro donde no hubiese polvos de arroz... Inducíale sobre todo el pensar que podría recorrer todo Portugal, sin encontrar ni aquella línea del cuerpo, ni aquella virginidad, distinta de alma adormecida... Ocasión como aquella no volvería.
El paseo al molino fue encantador. Era un rincón de la naturaleza, digno de Corot, especialmente a la hora del medio día, en que ellos habían ido, con la frescura del verdor, la sombra recogida de los grandes árboles y toda suerte de murmurios de agua corriente, huyendo, reluciendo entre los musgos y las piedras, elevando y esparciendo en el aire el frío del follaje, del césped, por donde corrían cantando. El molino hallábase en un hondo pintoresco, con su vieja edificación de piedra secular, su rueda enorme, casi podrida, cubierta de hierbas, inmóvil, sobre la helada limpidez del agua oscura. Adrián hallábalo digno de una escena de novela, o mejor, de la morada de una hada. María de la Piedad no decía nada, hallando extraordinaria aquella admiración por el molino abandonado del tío Costa. Como ella venía un poco cansada, sentáronse en una escalera de piedra descoyuntada, que tenía sumergidos en el agua de la presa los últimos peldaños, y allí permanecieron un momento callados, en el encanto de aquella frescura murmuradora, oyendo a las aves piar en las ramas. Adrián veíala de perfil, un poco curvada, agujereando con la punta de la sombrilla las hierbas bravas que invadían la escalera. Estaba deliciosa así, tan blanca, tan rubia, de una línea tan pura sobre el fondo azul del aire; el sombrero era de mal gusto, el vestido anticuado, pero él hasta hallaba en eso una picante ingenuidad. El silencio de los campos aislábalos en derredor, e, insensiblemente, Adrián comenzó a hablarle bajo. Compadecíala otra vez, por la melancolía de su existencia en aquella triste villa, por su destino de enfermera... Escuchábale ella con los ojos bajos, pasmada de verse allí, tan a solas con aquel hombre tan robusto, toda recelosa y hallando un delicioso sabor a su recelo... Hubo un momento en que él habló del encanto de quedar allí para siempre, en la villa.
—¿Quedar aquí? ¿Para qué? —preguntole sonriendo.
—¿Para qué? Para esto, para estar siempre cerca de usted...
Cubriose de rubor y se le escapó la sombrilla de las manos. Recelando haberla ofendido, Adrián añadió luego, riendo:
—¿Pues no sería delicioso?... Yo podía arrendar este molino, hacerme molinero... Usted me daría su parroquia...
Hízola reír; estaba más linda cuando reía; brillaba todo en ella: los dientes, la piel, el color del cabello. Adrián continuó bromeando con su plan de hacerse molinero y de ir por la carretera detrás de un burro, cargado de sacos de harina.
—Y yo vengo a ayudarle, primo —dijo, animada por su propia risa, por la alegría de aquel hombre que tenía a su lado.
—¿Viene? —exclamó él—. Júrole que me hago molinero. ¡Qué paraíso los dos aquí, en el molino, ganando alegremente nuestra vida y oyendo cantar a estos mirlos!
Enrojeció otra vez María y retrocedió como si en efecto tratase ya de arrebatarla para el molino. Mas Adrián ahora, inflamado por aquella idea, pintábale con su palabra colorida una vida novelesca, de una felicidad idílica, en aquel escondrijo de verdura. De mañana, a pie, muy temprano, para el trabajo; después, el almuerzo, en el césped, a la orilla del agua; y de noche, sus buenas charlas allí sentados, a la claridad de las estrellas o bajo la sombra cálida de los negros cielos de verano...
Y de repente, sin que ella se resistiese, prendiola en los brazos y besola sobre los labios, en un solo beso profundo e interminable. María había quedado contra su pecho, blanca, como muerta; dos lágrimas corríanle a lo largo de la faz. Tan dolorosa y flaca estaba, que Adrián la soltó; alzose ella, cogió la sombrilla y quedó delante de él, con el labio temblando:
—Está mal hecho... está mal hecho...
Él estaba también tan perturbado, que la dejó descender hacia el camino; a poco, seguían entrambos, callados, hacia la villa. Ya en la hospedería, pensó:
—¡Fui un loco!
Mas en el fondo sentíase contento de su generosidad. De noche fue a su casa y encontrola con el pequeñín en el cuello, lavándole en agua de malvas unas heridas que tenía en la pierna. Pareciole odioso entonces distraer a aquella mujer de sus enfermos. Además, que un momento como aquel del molino no volvería. Quedar allí, en aquel rincón odioso de provincia, desmoralizando en frío a una buena madre, sería absurdo... La venta de la finca estaba concluida. Por lo cual, apareció al día siguiente, por la tarde, a decirle adiós; partía a la anochecida en la diligencia. Encontrola en la sala ante la acostumbrada ventana, con la chiquillada enferma, acurrucada contra sus sayas. Oyole decir que partía sin que se le mudase el color, sin palpitarle el pecho... Adrián hallole la palma de la mano tan fría como un mármol. Al salir él, María de la Piedad quedó vuelta para la ventana, escondiendo la cara de los pequeños, mirando abstractamente al paisaje que oscurecía, cayéndole las lágrimas cuatro a cuatro sobre la costura...
Amábalo. Desde los primeros días, su figura, resuelta y fuerte, sus ojos lúcidos, toda la virilidad de su persona, habíansele apoderado de la imaginación. No era su talento, ni su celebridad en Lisboa, ni las mujeres que le habían amado lo que la encantaba; eso para ella aparecíasele vago y poco comprensible; lo que la fascinaba era aquella seriedad, aquel aire honrado y sano, aquella robustez de vida, aquella voz tan grave y tan rica; adivinaba, más allá de su existencia ligada a un inválido, otras posibles existencias, en las cuales no se ve siempre delante de los ojos una capa flaca y moribunda, en que las noches no se pasan esperando las horas de los remedios... Había sido como una ráfaga de aire impregnado de todas las fuerzas vivas de la Naturaleza que atravesara súbitamente su alcoba ahogada; respiráralo deliciosamente... Habíale oído, además, hablar de aquel modo, mostrándose tan bueno, tan serio, tan delicado; a la fuerza de su cuerpo, que admiraba, juntábase ahora un corazón tierno, de una ternura varonil y fuerte, para cautivarla... Invadiola este amor latente, apoderose de ella una noche en que se le ofreció esta idea, esta visión: ¡Si fuese mi marido! Estremeciose toda, apretó desesperadamente los brazos contra el pecho, como confundiéndose con su imagen evocada, prendiéndose a ella, refugiándose en su fuerza... Después, como le había dado aquel beso en el molino.
¡Y partiera!
Comenzó entonces para María de la Piedad una existencia de abandonada. De repente, todo en torno de ella —la enfermedad del marido, achaques de los hijos, tristezas de sus días, la costura— le pareció lúgubre. Sus deberes, ahora que no ponía en ellos el alma entera, éranle pesados como fardos injustos. Represéntasele su vida como desgracia excepcional; no se rebelaba aún; mas tenía de esos abatimientos, de esas súbitas fatigas de todo su ser, en que caía sobre la silla, con los brazos pendientes, murmurando:
—¿Cuándo se acabará esto?
Refugiábase entonces en aquel amor como en una compensación deliciosa. Juzgándolo puro, todo del alma, dejábase penetrar de él y de su lenta influencia. Adrián tornárase en su imaginación como un ser de proporciones extraordinarias, todo lo que es fuerte y es bello y da razón a la vida. No quiso que nada de lo que era de él o venía de él, le fuese ajeno. Leyó todos sus libros, sobre todo, aquella Magdalena que también amara, y muriera de un abandono. Estas lecturas calmábanla, dábanle como una vaga satisfacción al deseo. Llorando los dolores de las heroínas de novela, parecía sentir alivio en los suyos.
Lentamente esta necesidad de llenar la imaginación con estos lances de amor, apoderose de ella. Un devorar constante de novelas durante meses. Iba así creando en su espíritu un mundo artificial e idealizado. Hacíasele odiosa la realidad, sobre todo bajo aquel aspecto de su casa, donde encontraba siempre agarrado a sus sayas un ser enfermo. Vinieron las primeras revueltas. Tornose impaciente y áspera. No soportaba que la arrancasen a los episodios sentimentales de su libro para ir a ayudar a volverse en la cama al marido y sentirle el mal aliento. Llegaron a causarle asco las botellas de medicina, los emplastos, las heridas de los pequeños que tenía que lavar. Comenzó a leer versos. Pasaba horas sola, en un profundo mutismo, a la ventana, teniendo bajo su mirar de virgen rubia toda la rebelión de una apasionada. Creía en los amantes que escalan los balcones entre el canto de los ruiseñores y quería ser amada así, poseída en el misterio de una noche romántica.
Poco a poco, su amor desprendiose de la imagen de Adrián, alargose, extendiose a un ser vago que estaba hecho de todo lo que la encantara en los héroes de novela: era un ente medio príncipe y medio facineroso, que tenía, sobre todo, fuerza. Esto era lo que quería, lo que admiraba, lo que ansiaba en las noches cálidas en que no podía dormir: dos brazos fuertes como acero que la apretasen en un abrazo mortal; dos labios de fuego que en un beso le chupasen el alma. Estaba histérica.
A las veces, al pie del lecho del marido, viendo delante de ella a aquel cuerpo de tísico, en una inmovilidad de tullido, sentía un odio torpe, un deseo de apresurarle la muerte...
Y, en medio de esta excitación mórbida del temperamento irritado, acometíanla súbitas flaquezas; sustos de ave que posa, un grito al oír batir una puerta; una palidez de desmayo en habiendo en la sala flores muy olorosas... De noche, asfixiábase: abría la ventana; mas el cálido aire, el tibio hálito de la tierra caliente del sol, henchíanla de un intenso deseo, de una ansia voluptuosa cortada de visión de llanto. La santa tornábase Venus.
El romanticismo mórbido había penetrado tanto en ella, y desmoralizara tan profundamente, que llegó el momento en que bastaría que un hombre la tocase, para que a seguida se echara en sus brazos. Fue lo que le sucedió con el primero que la enamoró, de ahí a dos años. Era el practicante de la farmacia.
Por causa de él, escandalizó toda la villa. Y ahora, deja la casa en el mayor desorden, los hijos sucios, en harapos, sin comer hasta las mil y quinientas; el marido, gimiendo, abandonado en su alcoba, toda la trapallada de los emplastos por encima de las sillas, todo en un torpe desamparo, para andar detrás del hombre, un tunante odioso, de cara gordiflona, anteojo negro con gruesa cinta pasada por detrás de la oreja y bonete de seda puesto coquetamente. Viene de noche a las entrevistas con chinelas de orillo; huele a sudor: y pídele dinero prestado, para sustentar a una Juana, obesa criatura, a quien llaman en la villa la bola de unto.
CIVILIZACIÓN
I
Yo poseo preciosamente un amigo (su nombre es Jacinto), que nació en un palacio, con cuarenta mil duros de renta en pingües tierras de pan, aceite y ganado.
Desde la infancia, durante la cual, su madre, señora gorda y crédula de Tras-os-Montes, repartía, para retener las Hadas Benéficas, hinojo y ámbar, Jacinto fue siempre más resistente y sano que un pino de las dunas. Un lindo río, murmurador y transparente, con un lecho muy liso de arena muy blanca, reflejando apenas pedazos lustrosos de un cielo de verano o ramajes siempre verdes y de buen aroma, no ofrecería, a aquel que lo descendiese en una barca llena de almohadas y de champagne helado, más dulzuras y facilidades de lo que la vida ofrecía a mi camarada Jacinto. No tuvo sarampión ni tuvo lombrices. Nunca padeció, ni aun en la edad en que se leen Balzac y Musset, los tormentos de la sensibilidad. En sus amistades fue siempre tan feliz como el clásico Orestes. Del amor solo experimentara la miel —esa miel que el amor invariablemente concede a quien lo practica, como las abejas, con ligereza y movilidad—. Ambición, sintiera solamente la de comprender bien las ideas generales, y la «punta de su intelecto» (como dice el viejo cronista medioeval), no estaba aún roma ni herrumbrosa... y, sin embargo, desde los veintiocho años, Jacinto ya se venía impregnando de Schopenhauer, del Eclesiastés, de otros Pesimistas menores, y tres, cuatro veces por día, bostezaba, con un bostezo hondo y lento, pasando los dedos finos sobre la faz, como si en ella solo palpase palidez y ruina. ¿Por qué?
Era él, de todos los hombres que conocí, el más complejamente civilizado —o antes aquel que se nutriera de la más vasta suma de civilización material, ornamental e intelectual. En ese palacio —(floridamente llamado el Jazminero), que su padre, también Jacinto, construyera sobre una honesta casa del siglo XVII, solada de pino y blanqueada de cal—, existía, creo yo, todo cuanto para bien del espíritu o de la materia, los hombres han creado, a través de la incertidumbre y del dolor, desde que abandonaran el valle feliz de Septa-Sindu, la Tierra de las Aguas Fáciles, el dulce país Aryano. La biblioteca —que en dos salas amplias y claras, como plazas, llenaba las paredes, enteramente, desde las alfombras de Caranania hasta el techo del cual, alternadamente, a través de cristales, el sol y la electricidad vertían una luz estudiosa y calma— contenía veinticinco mil volúmenes, instalados en ébano, magníficamente revestidos de marroquín escarlata. Solo sistemas filosóficos (y con justa prudencia, para ahorrar espacio, el bibliotecario apenas coleccionara los que irreconciliablemente se contradicen) había ¡mil ochocientos diez y siete!
Una tarde que yo deseaba copiar un dictamen de Adam Smith, recorrí, buscando a este economista, a lo largo de los estantes, ¡ocho metros de economía política! Así se hallaba formidablemente abastecido mi amigo Jacinto de todas las obras esenciales de la inteligencia —y de la estupidez. El único inconveniente de este monumental almacén del saber era que todo aquel que allí penetraba, adormecíase inevitablemente, por causa de las poltronas, que provistas de finas planchas móviles para sustentar el libro, el cigarro, el lápiz de las notas, la taza de café, ofrecían aún una combinación oscilante y flácida de almohadas, en donde el cuerpo encontraba luego, para mal del espíritu, la dulzura, la profundidad y la paz estirada de un lecho.
Al fondo, y como un altar mayor, era el gabinete de trabajo de Jacinto. Su sillón, grave y abacial, de cuero, con blasones, databa del siglo XIV, y en torno de él pendían numerosos tubos acústicos que, sobre los revestimientos de seda color de musgo y color de hiedra, parecían serpientes adormecidas y suspensas en un viejo muro de quinta. Nunca recuerdo sin asombro su mesa, recubierta toda de sagaces y sutiles instrumentos para cortar papel, numerar páginas, pegar sellos, afilar lápices, raspar enmiendas, imprimir fechas, derretir lacres, atar documentos, coleccionar cuentas. Unos de níquel, otros de acero, rebrillantes y fríos, todos eran de un manejo laborioso y lento: algunos, con los muelles rígidos, las puntas vivas, cortaban y herían: y en las largas hojas de papel Whatman en que él escribía, y que costaban tres pesetas, yo, a las veces sorprendí gotas de sangre de mi amigo. Pero todos los consideraba indispensables para componer sus cartas (Jacinto no componía obras), así como los treinta y cinco diccionarios, y los manuales, y las enciclopedias, y las guías, llenando un estante aislado, fino, en forma de torre, que silenciosamente giraba sobre su pedestal, y que yo denominara el Farol. Lo que, a pesar de todo, más completamente imprimía a aquel gabinete un portentoso carácter de civilización eran los grandes aparatos facilitadores del pensamiento —la máquina de escribir, los autocopistas, el telégrafo Morse, el fonógrafo, el teléfono, el teatrófono, otros aún, todos con metales lúcidos, todos con largos hilos. Constantemente sonidos cortos y secos vibraban en el aire tibio, de aquel santuario. ¡Tic, tic, tic! ¡Dlín, dlín, dlín! ¡Crac, crac, crac! ¡Trrre, trrre!... Era mi amigo comunicando. ¡Todos esos hilos zambullíanse en fuerzas universales, transmitían fuerzas universales, las cuales, no siempre, desgraciadamente, se conservaban domadas y disciplinadas! Jacinto había recogido en el fonógrafo la voz del consejero Pinto Porto, una voz oracular y rotunda, en el momento de exclamar con respeto, con autoridad:
—«¡Maravillosa invención! ¿Quién no admirará los progresos de este siglo?»
Pues en una dulce noche de San Juan, mi supercivilizado amigo, deseando que unas señoras parientes de Pinto Porto (las amables Gouveias), admirasen el fonógrafo, hizo romper de la bocina del aparato, que parecía una trompa, la conocida voz rotunda y oracular:
—¿Quién no admirará los progresos de este siglo?
Mas, inhábil o brusco, ciertamente desconcertó alguna rueda vital —porque, de repente, el fonógrafo comienza a repetir, sin descontinuación, interminablemente, con una sonoridad cada vez más rotunda, la sentencia del consejero:
—¿Quién no admirará los progresos de este siglo?
De balde, Jacinto, pálido, con los dedos trémulos, torturaba el aparato. La exclamación recomenzaba, sonaba, oracular y majestuosa:
—¿Quién no admirará los progresos de este siglo?
Enfadados, lo llevamos para una sala distante, pesadamente revestida de tapices de Arraz. ¡En vano! La voz de Pinto Porto allí estaba, entre los tapices de Arraz, implacable y rotunda:
—¿Quién no admirará los progresos de este siglo?
Furiosos, enterramos una almohada en la boca del fonógrafo; tiramos por encima mantas, cobertores espesos, para sofocar la voz abominable. ¡En vano! Bajo la mordaza, bajo las gruesas lanas, la vez ronqueaba, sorda, mas oracular:
—¿Quién no admirará los progresos de este siglo?
Las amables Gouveias habían huido, apretando desesperadamente los chales sobre la cabeza. Hasta a la cocina, en donde nos refugiamos, la voz descendía, estrangulada y dificultosa:
—¿Quién no admirará los progresos de este siglo?
Huimos empavorecidos a la calle. Era de madrugada. De vuelta de las fuentes, un fresco bando de rapazas, con brazados de flores, pasaba cantando:
Todas las hierbas son benditas
En mañana de San Juan...
Jacinto, respirando el aire matinal, limpiábase las gotas lentas del sudor. Recogímonos al Jazminero, con el sol ya alto, ya caliente. Muy en silencio abrimos las puertas, como con recelo de despertar a alguien. ¡Horror! Luego de la antecámara, percibimos sonidos estrangulados, gangosos: «admirará... progresos... siglo...» ¡Un electricista tuvo que enmudecer al fin aquel fonógrafo horrendo!
Más apacible (para mí) de lo que ese gabinete, temerosamente repleto de civilización, era el comedor, por su arreglo comprensible, fácil e íntimo. En la mesa solo cabían seis amigos, que Jacinto escogía con cierto buen criterio, en la literatura, en el arte y en la metafísica; los cuales, entre los tapices de Arraz, representando colinas, pomares y puertos del Ática, llenos de clasicismo y de luz, renovaban allí repetidamente banquetes que, por su intelectualidad, recordaban los de Platón. Cada golpe de tenedor se cruzaba con un pensamiento o con palabras diestramente arregladas en forma de tal.
A cada cubierto correspondían seis tenedores, todos con formas desemejantes y taimadas: uno para las ostras, otro para el pescado, otro para las carnes, otro para las legumbres, otro para la fruta, otro para el queso. Las copas, por la diversidad de los contornos y de los colores, hacían, sobre el mantel más reluciente que esmalte, como ramilletes silvestres desparramados por encima de la nieve. Pero Jacinto y sus filósofos, recordando lo que el experimentado Salomón enseña sobre las ruinas y amarguras del vino, bebían apenas en tres gotas de agua una gota de Bordeaux (Chateaubriand, 1860). Así lo recomendaban Hesíodo en su Nereu, y Diocles en sus Abejas. De aguas había siempre en el Jazminero un lujo redundante: aguas heladas, aguas carbonatadas, aguas esterilizadas, aguas gaseadas, aguas de sales, aguas minerales, en botellas serias, con tratados terapéuticos impresos en el rótulo... El cocinero, maestro Sardao, era de aquellos que Anaxágoras equiparaba a los Retóricos, a los oradores, a todos los que saben el arte divino de «temperar y servir la Idea». En Síbaris, ciudad del Vivir Excelente, los magistrados habrían votado al maestro Sardao, por las fiestas de Juno Lacina, la corona de hojas de oro y la túnica milesia, que se debía a los bienhechores cívicos. Su sopa de alcachofa y huevas de carpa; sus filetes de venado, macerados en viejo Madeira con purée de nueces; sus moras heladas en éter; otros manjares aún, numerosos y profundos (y los únicos que toleraba mi Jacinto), eran obras de un artista, superior por la abundancia de las ideas nuevas, y juntaban siempre la raridad del sabor a la magnificencia de la forma. Tal plato de ese maestro incomparable parecía, por la ornamentación, por la gracia florida de las labores, por el convenio de los coloridos frescos y cantantes, una joya esmaltada por el cincel de Cellini o Meurice. ¡Cuántas tardes no deseé yo fotografiar aquellas composiciones de excelente fantasía, antes que el trinchante las derribase! Y esta superfinidad del comer condecía deliciosamente con la del servir. Sobre una alfombra, más fofa y muelle que el musgo de la floresta de Brocelandia, deslizábanse, como sombras vestidas de blanco, cinco criados y un paje negro, a la manera vistosa del siglo XVIII. Las fuentes (de plata) subían de la cocina y de la repostería por dos ascensores: uno para los manjares calientes, forrado de tubos en donde hervía el agua, y otro, más lento, para los manjares fríos, forrado de cinc, amoníaco y sal, y ambos escondidos entre flores, tan densas y frescas que figurábasenos como si hasta la sopa saliese humeando de los románticos jardines de Armida. Me acuerdo perfectamente de un domingo de mayo en que, comiendo con Jacinto un obispo, el erudito obispo de Corazín, se atascó el pescado en el medio del ascensor, siendo necesario que acudiesen albañiles con palancas para extraerlo.
II
En las tardes en que había «banquete de Platón» (que así denominábamos esas fiestas de truchas e ideas generales), yo, vecino e íntimo, aparecía al declinar el sol, y subía familiarmente a las habitaciones de nuestro Jacinto, en donde le hallaba siempre incierto entre sus levitas, porque las usaba alternadamente, de seda, de paño, de franelas Jaegher y de foulard de las Indias. El cuarto respiraba el frescor y aroma del jardín por dos vastas ventanas, obliteradas magníficamente (aparte de las cortinas de seda muelle Luis XV), de una vidriera interior de cristal entero, de un toldo arrollado en el cimacio, de un estor de seda floja, de gasas que se fruncían y se enroscaban como nubes y de una celosía móvil de gradería morisca. Todos estos resguardos (sabia invención de Holland y C.ª, de Londres), servían para resguardar la luz y el aire —según los avisos de termómetros, barómetros e higrómetros, montados en ébano, y a los cuales un meteorologista (Cunha Guedes) todas las semanas venía a verificar la precisión.
Entre estas dos ventanas destacaba la mesa de toilette, una mesa enorme, de vidrio, toda de vidrio, con el fin de hacerla impenetrable a los microbios, y cubierta de todos esos utensilios de aseo y aliño que el hombre del siglo XIX necesita en una capital para no desentonar en el conjunto suntuario de la civilización. Cuando nuestro Jacinto, arrastrando sus ingeniosas chinelas de pellico y seda, se acercaba a esta ara, yo, bien repantigado en un diván, abría con indolencia una Revista, ordinariamente la Revista Electropática, o la de las Indagaciones Físicas. Jacinto comenzaba... Cada uno de esos utensilios de acero, de marfil, de plata, imponían a mi amigo, por la influencia omnipoderosa que las cosas ejercen sobre el dueño (sunt tyrannia rerum) el deber de utilizarlo con aptitud y deferencia.
Así que las operaciones del alindamiento de Jacinto presentaban la prolijidad, reverente e insuprimible, de los ritos de un sacrificio.
Comenzaba por el cabello... Con un cepillo chato, redondo y duro acamaba el cabello, liso y rubio, en lo alto, a los lados de la raya; con un cepillo estrecho y recurvo, a la manera del alfanje de un persa, ondeaba el cabello sobre la oreja; con un cepillo cóncavo, en forma de teja, empastaba el cabello, por detrás, sobre la nuca... Respiraba y sonreía. Después, con un cepillo de largas cerdas, fijaba el bigote; con un cepillo leve y flácido incurvaba las cejas; con un cepillo hecho de pluma regularizaba las pestañas. Y de esta manera Jacinto permanecía delante del espejo, pasando pelos sobre su pelo, unos catorce minutos.
Peinado y cansado, iba a purificar las manos. Dos criados, al fondo, maniobraban con pericia y vigor los aparatos del lavatorio, que era apenas un resumen de la maquinaria monumental de la sala de baño. Allí, sobre el mármol verde y róseo del lavabo, había dos duchas (caliente y fría) para la cabeza; cuatro chorros, graduados desde cero hasta cien grados; el vaporizador de perfumes; la fuente de agua esterilizada (para los dientes); el surtidor para la barba, y otras espitas que rebrillaban y botones de ébano que, apenas rozados, desencadenaban la marejada y el estridor de torrentes en los Alpes... Para mojarme los dedos, yo nunca me acerqué a aquel lavabo sin terror, escarmentado de la tarde amarga de enero, en que bruscamente desoldada la espita, el chorro de agua a cien grados reventó, silbando y humeando, furioso, devastador... Huimos todos, despavoridos. Atronó un clamor El Jazminero. El viejo Grillo, escudero que había sido de Jacinto padre, quedó cubierto de ampollas en la cara, en las manos fieles.
Cuando Jacinto acababa de enjugarse laboriosamente en toallas de felpa, de lino, de cuerda entrenzada (para restablecer la circulación), de seda blanda (para lustrar la piel), bostezaba, con un bostezo hueco y lento.
Era este bostezo, perpetuo y vago, lo que nos inquietaba a nosotros, sus amigos y filósofos. ¿Qué faltaba a este hombre excelente? Tenía su inalterable salud de pino bravo, crecido en las dunas; una luz de inteligencia, propia a todo luminar, firme y clara, sin temblor; cuarenta magníficos miles de duros de renta; todas las simpatías de una ciudad chasqueadora y escéptica; una vida barrida de sombras, más libre y lisa que un cielo de verano... Y todavía bostezaba constantemente; palpaba en la faz, con los dedos finos, la palidez y las arrugas. ¡A los treinta años Jacinto andaba encorvado, como bajo un peso injusto! Y por la morosidad desconsolada de toda su acción, parecía ligado, desde los dedos hasta la voluntad, por las mallas apretadas de una red que no se veía y que lo trababa. Era doloroso testimoniar el hastío con que para apuntar una dirección tomaba su lápiz pneumático, su pluma eléctrica, o para llamar al cochero echaba mano del tubo telefónico... En este mover lento del brazo magro, en los pliegues que le arrugaban la nariz, en sus silencios largos y postrados, se sentía el grito constante que le iba por el alma: «¡Qué pesadez! ¡Qué pesadez!» Claramente la vida era para Jacinto un cansancio, o por laboriosa y difícil, o por desinteresante y hueca. Por eso mi pobre amigo procuraba constantemente sumar a ella nuevos intereses, nuevas facilidades. Dos inventores, hombres de mucho celo y pesquisa, estaban encargados, uno en Inglaterra, otro en América, de darle noticia y ofrecerle todos los inventos, los más menudos, que concurriesen a perfeccionar la confortabilidad del Jazminero. Además, él propio se correspondía con Edison. Y, por el lado del pensamiento, Jacinto no cesaba, asimismo, de buscar intereses y emociones que le reconciliasen con la vida, penetrando, a cata de esas emociones y de esos intereses, por las veredas más desviadas del saber, a punto de devorar, desde enero a marzo, setenta y siete volúmenes sobre la evolución de las ideas morales entre las razas negroides. ¡Ah! ¡Nunca hombre de este siglo batalló más esforzadamente contra el enfado de vivir!
¡De balde! ¡Hasta de exploraciones tan cautivantes como esa, a través de la moral de les negroides, Jacinto regresaba más mustio, con bostezos más hondos!
Entonces era cuando se refugiaba intensamente en la lectura de Schopenhauer y del Eclesiastés. ¿Por qué? Sin duda, porque entrambos pesimistas lo confirmaban en las conclusiones que él sacaba de una experiencia paciente y rigurosa: «que todo es vanidad o dolor, que cuanto más se sabe más se pena, y que haber sido rey de Jerusalén y obtenido los goces todos en la vida, solo lleva a mayor amargura...» ¿Mas por qué rodara así a tan oscura desilusión el saludable, rico, sereno e intelectual Jacinto? El viejo escudero Grillo pretendía que «¡S. E. sufría de hartura!»
III
Justamente después de ese invierno, durante el cual se embreñara en la moral de los negroides e instalara la luz eléctrica en los arbolados del jardín, sucedió que Jacinto tuvo la necesidad moral ineludible de partir para el Norte, a su viejo solar de Torges. Jacinto no conocía Torges. Se preparó durante siete semanas para esa jornada agreste. La quinta queda en las sierras y la ruda casa solariega, en donde aún resta una torre del siglo XV, hallábase ocupada hacía treinta años por los caseros, buena gente de trabajo, que comía el caldo entre la humareda del lar y extendía el trigo a secar en las salas señoriales.
Jacinto, en los comienzos de marzo, escribió cuidadosamente a su procurador Souza, que habitaba la aldea de Torges, ordenándole que compusiese los tejados, encalase los muros, envidriase las ventanas; después mandó expedir, por medios de rápida conducción, en cajones que trasponían con trabajo los portones del Jazminero, todos los confortes necesarios a dos semanas de montaña, camas de plumas, poltronas, divanes, lámparas de Carcel, bañeras de níquel, tubos acústicos para llamar a los criados, alfombras persas para ablandar los suelos; uno de los cocheros partió con un coupé, una victoria, un break, mulas y cascabeles.
Al cabo de un tiempo, fue el cocinero con la batería, la botillería, la heladora, una gran cantidad de trufas, cajas profundas de aguas minerales. Desde el amanecer, en los anchos patios del palacio, se clavaba, se martillaba, como en la construcción de una ciudad. El bagaje, desfilando, recordaba una página de Herodoto al narrar la invasión persa. Jacinto enmagreció con los cuidados de aquel Éxodo. Por fin partimos en una mañana de junio, con Grillo y treinta y siete maletas.
Yo acompañaba a Jacinto, en mi camino para Guiães, donde vive una tía mía, a una legua larga de Torges; íbamos en un vagón reservado, entre vastas almohadas, con perdices y champán en un cesto. A mitad de la jornada debíamos cambiar de tren, en esa estación que tiene un nombre sonoro en olla, y un tan suave y cándido jardín de rosales blancos. Era domingo de inmensa polvareda y sol, y encontramos allí, llenando el andén estrecho, todo un pueblo festivo que venía de la romería de San Gregorio de la Sierra.
Para realizar aquel trasbordo, en tarde de fiesta, el horario solo nos concedía tres minutos avaros. El otro tren ya esperaba, junto al cobertizo, impaciente y silbando. Una campana badajeaba con furor. Y sin casi atender a las lindas mozas que allí se bamboneaban, en bandos, encendidas, con pañuelos flameantes, el seno vasto cubierto de oro, y la imagen del santo espetada en el sombrero, corrimos, empujamos, saltamos para el otro vagón, ya reservado, marcado por un cartón con las iniciales de Jacinto. Inmediatamente el tren rodó. ¡Entonces pensé en nuestro Grillo, en las treinta y siete maletas! Apoyado de bruces en la portezuela pude ver aún junto al ángulo de la estación, bajo los eucaliptos, un montón de equipaje y hombres de gorra galoneada que delante de él braceaban desesperados.
Murmuré, recayendo en las almohadas:
—¡Qué servicio!
Jacinto, en un rincón, sin abrir los ojos, suspiró:
—¡Qué pesadez!
Durante una hora deslizámonos lentamente entre trigales y viñedos; y aún el sol batía en las vidrieras, caliente y polvoriento, cuando llegamos a la estación de Gondín, en donde el procurador de Jacinto, el excelente Souza, debía esperarnos con caballos que nos llevaran por la sierra, hasta el solar de Torges. Detrás del jardín de la estación, todo florido también de rosas y margaritas, Jacinto reconoció en seguida sus carruajes aún empaquetados en lona.
Pero cuando nos apeamos en el pequeño andén blanco y fresco, solo hallamos en torno nuestro soledad y silencio... ¡Ni procurador, ni caballos! El jefe de la estación, a quien yo pregunté con ansiedad «si no apareciera por allí el señor Souza, si no conocía al señor Souza», sacó afablemente su gorra galoneada. Era un mozo gordo y redondo, con colores de manzana camuesa, que traía bajo el brazo un libro de versos. «¡Conocía perfectamente al señor Souza!» ¡Tres semanas antes jugara con él a la manilla! ¡Esta tarde, sin embargo, infelizmente, no había visto al señor Souza! El tren desapareciera por detrás de las altas rocas que allí penden sobre el río. Un cargador hacía un cigarro, silbando. Cerca de la valla del jardín, una vieja, toda de negro, dormitaba agachada en el suelo, delante de una cesta de huevos. ¿Y nuestro Grillo y nuestro equipaje?... El jefe encogió risueñamente los hombros rollizos. Todos nuestros bienes habían encallado, de seguro, en aquella estación de rosales blancos que tiene un nombre sonoro en olla. Y allí estábamos nosotros, perdidos en la sierra agreste, sin procurador, sin caballos, sin Grillo, sin maletas.
¿Para qué referir menudamente el lance lamentable? Próximo a la estación, en una quebrada de la sierra, había un casal forero a la quinta, en donde conseguimos, para llevarnos y guiarnos a Torges, una yegua lazarina, un jumento blanco, un rapaz y un podenco. Y allí comenzamos a trepar, desazonadamente, esos caminos agrestes, los mismos, quizá, por donde iban y venían, de monte a río, los Jacintos del siglo XV. Pasado un trémulo puente de madera que atraviesa un riachuelo todo quebrado por peñas (y donde abunda la trucha adorable), nuestros males olvidáronsenos ante la inesperada, incomprensible belleza de aquella bendita sierra. El divino artista que está en los cielos compusiera, ciertamente, ese monte en una de sus mañanas de más solemne y bucólica inspiración.
La grandeza era tanta como la gracia... Decir los valles fofos de verdura, los bosques casi sacros, los pomares olorosos y en flor, la frescura de las aguas cantantes, las ermitas blanqueando en los altos, las rocas musgosas, el aire de una dulzura de paraíso, toda la majestad y toda la lindeza, no es para mí, hombre de pequeño arte. Ni creo que fuese para el maestro Horacio. ¿Quién puede decir la belleza de las cosas, tan simple e indecible? Jacinto, delante, en la yegua torda, murmuraba:
—¡Ah, qué belleza!
Yo atrás, en el burro, con las piernas sueltas, murmuraba:
—¡Ah, qué belleza!
Los expertos regatos reían, saltando de roca en roca; finos ramos de arbustos floridos rozaban nuestras caras, con familiaridad y cariño; durante largo tiempo, un mirlo nos siguió de chopo para castaño, silbando nuestros loores.
Tierra bien acogedora y amable... ¡Ah, qué belleza!
Entre ahs maravillados llegamos a una avenida de hayas, que nos pareció clásica y noble. Dando un nuevo vergajazo al burro y a la yegua, el rapaz, con su podenco al lado, gritó: «¡Ya estamos!»
Y al fondo de las hayas había, en efecto, un portal de quinta, al cual un escudo de armas de vieja piedra, roída de musgo, señoreaba grandemente. Dentro ya, los perros ladraban con furor. Y apenas Jacinto y yo, atrás de él, en el burro de Sancho, traspusimos el dintel solariego, corrió, hacia nosotros, desde lo alto de la escalera, un hombre blanco, rapado como un clérigo, sin cuello, sin chaqueta, que erguía para el aire, en un gran asombro, los brazos desolados. Era el casero, Zé Braz. Y en aquel punto, allí, en las piedras del patio, entre el latir de los perros, brotó una tumultuosa historia, que el pobre Braz balbuceaba, aturdido, y que llenaba la faz de Jacinto de lividez y de cólera. El casero no esperaba a S. E. Nadie esperaba a S. E. (Él decía su inselencia).
El procurador, el señor Souza, estaba en la frontera desde mayo, atendiendo a la madre que había recibido una coz de una mula. Por fuerza había habido engaño, cartas perdidas... Porque el señor Souza no contaba con S. E... hasta septiembre, para la vendimia. En casa ninguna obra comenzara y, desgraciadamente para S. E., los tejados aún estaban sin tejas, y las ventanas sin vidrios...
Crucé los brazos, tomado de un justo espanto. ¿Pero los cajones, esos cajones remitidos a Torges, con tanta prudencia, en abril, repletos de colchones, de regalos, de civilización?... El casero, vago, sin comprender, desencajaba los ojos menudos en donde ya bailaban lágrimas. ¿Los cajones? Nada llegara, nada apareciera. Y en su perturbación, Zé Braz buscaba entre las arcadas del patio, en los bolsillos de los pantalones... ¿Los cajones? ¡No, no tenía los cajones! En esto, acercose gravemente el cochero de Jacinto (que había traído los caballos y los carruajes). Ese era un hombre civilizado, y acusó de todo al gobierno. Ya cuando él servía al señor vizconde de S. Francisco habíanse perdido, por abandono del gobierno, de la ciudad a la sierra, dos cajas de vino viejo de Madeira y ropa blanca de señora. Por lo cual, él, escarmentado, sin confianza en la nación, no abandonara los carruajes, y era todo lo que restaba a S. E.: el break, la victoria, el coupé y los cascabeles. Solo que, en aquella ruda montaña, no había carreteras por donde pudiesen rodar. Y como para subirlos hasta la quinta eran necesarios grandes carros de bueyes, los dejara allá abajo, en la estación, quietos, empaquetados en lona...
Jacinto quedó plantado delante de mí, con las manos en los bolsillos:
—¿Y ahora?
Nada restaba sino recogernos, cenar el caldo del tío Zé Braz, y dormir en las pajas que los hados nos concediesen. Subimos. La escalera noble conducía a un gran balcón, todo cubierto en alpendre, aumentando la fachada del caserón y ornado, entre sus gruesos pilares de granito, con cajones llenos de tierra, en que florecían claveles. Cogí un clavel. Entramos. ¡Y mi pobre Jacinto contempló, en fin, las salas de su solar! Eran enormes, con las altas paredes revocadas de cal que el tiempo y el abandono habían ennegrecido, y vacías, desoladamente desnudas, ofreciendo apenas como vestigio de habitación y de vida, por los rincones, algún montón de cestos o algún haz de azadas. En los techos remotos de encina negra albeaban manchas, que era el cielo ya pálido del fin de la tarde, sorprendido a través de los agujeros del tejado. No quedaba una vidriera. A las veces, bajo nuestros pasos, una tabla podrida crujía y cedía.
Hicimos alto, al cabo, en la última, la más vasta, donde había dos arcas inmensas para guardar el grano; y allí depusimos melancólicamente lo que nos quedara de las treinta y siete maletas: los abrigos de viaje, un bastón y un Diario de la Tarde. A través de las ventanas desvidriadas, por donde se avistaban copas de arbolados y las sierras azules de allende el río, el aire entraba montesino y amplio, circulando plenamente como en un terrado, con aromas de pinar bravío. Y allá, de lo hondo de los valles, subía desgarrada y triste, una voz de pastora cantando. Jacinto balbució:
—¡Es honoroso!
Yo murmuré:
—¡Es campestre!
IV
Zé Braz, en tanto, con las manos en la cabeza, desapareciera a ordenar la cena para sus inselencias. El pobre Jacinto, desalentado por el desastre, sin resistencia contra aquel brusco desaparecimiento de toda la civilización, cayó pesadamente sobre el poyo de una ventana, y desde allí miraba a los montes. Y yo, a quien aquellos aires serranos y el cantar del pastor sabían bien, terminé por descender a la cocina, conducido por el cochero, a través de escaleras y callejones, en donde la oscuridad venía menos del crepúsculo que de densas telas de araña.
La cocina era una espesa masa de tonos y formas negras, color de hollín, en la cual refulgía al fondo, sobre el suelo de tierra, una hoguera roja que lamía gruesas ollas de hierro, y se perdía en humareda por la reja escasa que en lo alto colaba la luz. Un bando alborozado y parlero de mujeres desplumaba pollos, batía huevos, limpiaba arroz con santo fervor... Del centro de ellas, el buen casero, atontado, embistió para mí, jurando que «la cena de sus inselencias no se demoraba un credo». Y como yo le interrogara a propósito de las camas, el digno Braz tuvo un murmurio vago y tímido sobre «jergoncitos en el suelo».
—Es bastante, señor Zé Braz —acudí yo para consolarle.
—¡Pues así Dios sea servido! —suspiró el hombre excelente, que atravesaba en esa hora el trance más amargo de su vida serrana.
Eché a andar hacia arriba con estas consoladoras nuevas de cena y cama, y encontré aún a mi Jacinto en el poyo de la ventana, embebiéndose todo de la dulce paz crepuscular, que lenta y calladamente se establecía sobre valle y monte. En el alto ya temblaba una estrella, Vesper diamantina, que es todo lo que en este cielo cristiano resta del esplendor corporal de Venus. Jacinto nunca considerara bien aquella estrella, ni había asistido a este majestuoso y dulce adormecer de las cosas. Ese ennegrecimiento de montes y arbolados, casales claros fundiéndose en la sombra, un toque durmiente de campana que venía por las quebradas, el cuchichear de las aguas entre los prados, eran para él como iniciaciones. Yo estaba enfrente, en el otro poyo. Y lo sentí suspirar como un hombre que al fin descansa.
En esta contemplación nos encontró Zé Braz, con el dulce aviso de que estaba en la mesa la ceniña. Era, en la otra sala, más desnuda, más negra. Y allí, mi supercivilizado Jacinto reculó con un pavor genuino. En la mesa de pino, recubierta con una toalla, arrimada a la pared sórdida, una vela de sebo medio derretida en un candelero de latón, alumbraba dos platos de loza amarilla, ladeados por cucharas de palo y por tenedores de hierro. Los vasos, de vidrio grueso y empañados, conservaban el tono rojo del vino que por ellos pasara en hartos años de hartas vendimias. El platillo de barro con las aceitunas, deleitaría, por su sencillez ática, el corazón de Diógenes. En el ancho pan de maíz estaba clavado un cuchillo... ¡Pobre Jacinto!
Mas al fin se sentó resignado, y mucho tiempo pensativamente refregó con su pañuelo el tenedor negro y la cuchara de palo. Después, mudo, desconfiado, probó un trago corto de caldo, que era de gallina y olía muy bien. Probó, y levantó hacia mí, su compañero y amigo, unos ojos largos que lucían sorprendidos. Volvió a sorber una cucharada de caldo, más llena, más lenta... Y sonrió, murmurando con espanto:
—¡Está bueno!
Estaba realmente bueno; tenía hígado y mollejas; su perfume enternecía. Yo lo ataqué tres veces con energía, pero fue Jacinto el que raspó la sopera. Luego, separando el pan y separando la vela, el buen Zé Braz puso en la mesa una fuente vidriada, que desbordaba de arroz con habas. A pesar de que la haba (que los griegos llamaran ciboria) pertenecía a las épocas superiores de la civilización, y promovía tanto la sapiencia que había en Sicio, en Galacia, un templo dedicado a Minerva Ciboriana, Jacinto siempre detestara las habas. Probó, sin embargo, una cucharada, tímido. De nuevo sus ojos, alargados por el asombro, buscaron los míos. Otra cucharada, otra concentración... Y he ahí que mi dificilísimo amigo exclama:
—¡Está óptimo!
¿Eran los aires picantes de la sierra? ¿Era el arte delicioso de aquellas mujeres, que, abajo, removían las ollas, cantando el Viva mi bien? No sé; mas los loores de Jacinto a cada plato fueron ganando en amplitud y firmeza. Y delante del pollo amarillo, asado en el espeto de palo, terminó por gritar:
—¡Está divino!
Nada, sin embargo, le entusiasmó como el vino, el vino cayendo de alto, de la gruesa colodra verde, un vino gustoso, penetrante, vivo, caliente, que tenía en sí más alma que mucho poema o libro santo. Viéndole poner a la luz de sebo el vaso rudo, orlado de espuma, yo recordaba el día geórgico en que Virgilio, en casa de Horacio, bajo la enramada, cantaba el fresco pajizo de la Rética. Y Jacinto, con un color que yo nunca le había visto en su palidez schopenhaurica, susurró luego el dulce verso:
Rethica quo te carmina dicat.
¿Quién dignamente te cantara, vino de aquellas sierras?
Así comimos deliciosamente, bajo los auspicios de Zé Braz. Y después volvimos para las alegrías únicas de la casa, para las ventanas desvidriadas, a contemplar silenciosamente un suntuoso cielo de verano, tan lleno de estrellas que todo él parecía una densa polvareda de oro vivo, suspensa, inmóvil, por encima de los montes negros. Como yo observé a Jacinto, en la ciudad nunca se miran los astros por causa de los faroles, que los ofuscan; y por eso nunca podemos entrar en una completa comunión con el Universo. El hombre, en las capitales, pertenece a su casa o, si lo impelen fuertes tendencias de sociabilidad, a su barrio. Todo lo aísla y lo separa de la restante naturaleza: las casas obstructoras de seis pisos, el humo de las chimeneas, el rodar moroso y grueso de los ómnibus, la trama encarceladora de la vida humana... ¡Pero qué diferencia en la cima de un monte, como Torges! Ahí todas esas bellas estrellas miran para nosotros de cerca, rebrillando, a la manera de ojos conscientes; unas fijamente, con sublime indiferencia; otras, ansiosamente, con una luz que palpita, una luz que llama, como si tentasen revelar sus secretos o comprender los nuestros...
Es imposible no sentir una solidaridad perfecta entre esos inmensos mundos y nuestros pobres cuerpos. Todos somos obra de la misma voluntad. Todos vivimos de la acción de esa voluntad inmanente.
Todos, por tanto, desde los Uranos hasta los Jacintos, constituimos modos diversos de un ser único, y a través de sus transformaciones sumamos una misma unidad. No hay idea más consoladora que esta: que yo, y tú, y aquel monte, y el sol que ahora se esconde, somos moléculas del mismo Todo, gobernadas por la misma Ley, rodando para el mismo Fin. Desde luego se sumen las responsabilidades torturantes del individualismo. ¿Qué somos nosotros? Formas sin fuerza, que una Fuerza impele. ¡Hay un descanso delicioso en esta certeza, aunque fugitiva, de que se es el grano de polvo irresponsable y pasivo que va llevado en el viento, o la gota perdida en el torrente! Jacinto concordaba, sumido en la sombra. Ni él ni yo sabíamos los nombres de esos astros admirables. ¡Yo, por causa de la maciza e indesbastable ignorancia de bachiller, con que salí del vientre de Coimbra, mi madre espiritual; Jacinto, porque en su poderosa biblioteca tenía trescientos diez y ocho tratados sobre astronomía! ¿Pero qué nos importaba, de otra parte, que aquel astro de allí se llamase Sirio y aquel otro Aldebarán? ¿Qué les importaba a ellos que uno de nosotros fuese José y el otro Jacinto? Éramos formas transitorias del mismo ser eterno, y en nosotros había el mismo Dios. Y si ellos también así lo comprendían, estábamos allí nosotros, en la ventana de un caserón serrano; ellos, en un maravilloso infinito, ejecutando un acto sacrosanto, un perfecto acto de gracia, que era sentir conscientemente nuestra unidad y realizar, durante un instante, en la consciencia, nuestra divinización.
De esta suerte filosofábamos cuando Zé Braz, con un candil en la mano, vino a decir que «estaban preparadas las camas de sus inselencias...» De la idealidad descendimos gustosamente a la realidad; ¿y qué vimos entonces, nosotros, los hermanos de los astros? En dos salas tenebrosas y cóncavas, dos jergones, tirados en el suelo, en un rincón, con dos colchas de algodón; a la cabecera un candelero de latón, posado sobre un banco; y a los pies, como lavatorio, un barreño barnizado encima de una silla de madera.
En silencio, mi supercivilizado amigo palpó su jergón y sintió en él la rigidez del granito. ¡Después, corriendo por la cara decaída los dedos mustios, consideró que, perdidas sus maletas, no tenía ni zapatillas ni camisón! De nuevo Zé Braz hizo de Providencia, trayendo al pobre Jacinto, para que desahogase los pies, unos tremendos zuecos de madera, y para que cubriese el cuerpo, dulcemente educado en Síbaris, una camisa de la casera, enorme, de estopa, más áspera que estameña de penitente, y con volantes crespos y duros, como labores en madera. Para consolarle recordé que Platón cuando componía el Banquete; Jenofonte, cuando mandaba los Diez Mil, dormían en peores catres. Las camas austeras hacen las fuertes almas; solo vestido de estameña se penetra en el Paraíso.
—¿Tiene usted —murmuró mi amigo, desatento y seco— alguna cosa que yo pueda leer?... ¡No puedo dormirme sin leer!
Yo tenía únicamente el número del Diario de la Tarde, que rasgué por el medio, y repartí con él fraternalmente. ¡Y quien no vio entonces a Jacinto, señor de Torges, agazapado en el borde del jergón, junto de la vela que goteaba sobre el banco, con los pies desnudos, ocultos en los gruesos zuecos, recorriendo en la mitad del Diario de la Tarde, con los ojos confusos, los anuncios de los barcos, no puede saber lo que es una vigorosa y real imagen del desaliento!
Así lo dejé, y de allí a poco, extendido asimismo en mi jergón, también espartano, subía, a través de un sueño jovial y erudito, al planeta Venus, donde encontraba, entre los olmos y los cipreses, en un vergel, a Platón y Zé Braz, en alta camaradería intelectual, bebiendo el vino de Rética por los vasos de Torges. Emprendimos los tres bruscamente una controversia sobre el siglo XIX. A lo lejos, por entre una floresta de rosales más altos que encinas, albeaban los mármoles de una ciudad y resonaban cantos sacros. No recuerdo lo que Jenofonte sustentó acerca de la civilización y del fonógrafo. De repente, todo se turbó por negras nubes, a través de las cuales yo distinguía a Jacinto, huyendo en un burro que impelía furiosamente con los tacones, con una vardasca, con gritos, en la dirección del Jazminero.
V
Muy temprano, de madrugada, sin rumor, para no despertar a Jacinto que, con las manos sobre el pecho, dormía plácidamente, partí para Guiães. Y durante tres quietas semanas, en aquella villa donde se conservan los hábitos y las ideas del tiempo del rey don Dinís, no supe de mi desconsolado amigo, que de cierto había huido de sus techos agujereados y reentrara en la civilización. Después, en una abrasada mañana de agosto, desciendo de Guiães, tomo de nuevo la avenida de las hayas y llego al portalón solariego de Torges, entre el furioso latir de los perros. La mujer de Zé Braz apareció alborozada a la puerta de la bodega. Y su nueva fue que el señor don Jacinto (en Torges, mi amigo tenía don) andaba allá abajo, con Souza, en los campos de Freixomil.
—¿Entonces, aún anda por aquí el señor don Jacinto?
¡Su inselencia aún estaba en Torges, y su inselencia quedaba para la vendimia!... Justamente reparaba en que las ventanas del solar tenían vidrieras nuevas; y a un lado del patio posaban baldes de cal; una escalera de albañil quedara arrimada contra la baranda, y en un cajón abierto, aún lleno de paja de embalar, dormían dos gatos.
—¿Y Grillo, apareció?