NOTAS DEL TRANSCRIPTOR
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DIARIO DE UN NIÑO
EDMUNDO DE AMICIS
CORAZÓN
(DIARIO DE UN NIÑO)
1925
PUBLICADO POR LA DIRECCIÓN EDITORIAL DE LA SECRETARÍA DE EDUCACIÓN PÚBLICA
MÉXICO, D. F.
ÍNDICE
| Pág. | |
| Prólogo | [9] |
| Advertencia del Autor | [17] |
| OCTUBRE | |
| El primer día de escuela | [19] |
| Nuestro maestro | [20] |
| Una desgracia | [21] |
| El muchacho calabrés | [23] |
| Mis compañeros | [24] |
| Un rasgo generoso | [25] |
| Mi maestra de la primera clase superior | [26] |
| En una buhardilla | [27] |
| La escuela | [28] |
| El pequeño patriota paduano (cuento mensual) | [30] |
| NOVIEMBRE | |
| El deshollinador | [33] |
| El día de difuntos | [34] |
| Mi amigo Garrón | [35] |
| El carbonero y el señor | [36] |
| La maestra de mi hermano | [38] |
| Mi madre | [39] |
| El compañero Coreta | [40] |
| El director | [42] |
| Los soldados | [44] |
| El protector de Nelle | [45] |
| El primero de la clase | [46] |
| El pequeño vigía lombardo (cuento mensual) | [48] |
| Los pobres | [52] |
| DICIEMBRE | |
| El comerciante | [54] |
| Vanidad | [55] |
| La primera nevada | [56] |
| El albañilito | [58] |
| Una bola de nieve | [59] |
| Las maestras | [60] |
| En casa del herido | [61] |
| El pequeño escribiente florentino (cuento mensual) | [63] |
| La voluntad | [69] |
| Gratitud | [70] |
| ENERO | |
| El maestro suplente | [72] |
| La biblioteca de Estardo | [73] |
| El hijo del herrero | [74] |
| Una visita agradable | [76] |
| Los funerales de Víctor Manuel | [77] |
| Franti expulsado de la escuela | [78] |
| El tamborcillo sardo (cuento mensual) | [79] |
| El amor a la patria | [85] |
| Envidia | [86] |
| La madre de Franti | [87] |
| Esperanza | [89] |
| FEBRERO | |
| Una medalla bien dada | [91] |
| Buenos propósitos | [93] |
| El tren | [94] |
| Soberbia | [95] |
| Los heridos del trabajo | [96] |
| El preso | [98] |
| El enfermero del chacho (cuento mensual) | [100] |
| El taller | [107] |
| El payasillo | [108] |
| El último día de carnaval | [111] |
| Los muchachos ciegos | [113] |
| El maestro enfermo | [117] |
| La calle | [119] |
| MARZO | |
| Las escuelas de adultos | [121] |
| La lucha | [123] |
| Los padres de los chicos | [124] |
| El número 78 | [125] |
| El chiquitín muerto | [126] |
| La víspera del 14 de marzo | [128] |
| Distribución de premios | [129] |
| Litigio | [133] |
| Mi hermana | [134] |
| Sangre romañola (cuento mensual) | [135] |
| El albañilillo moribundo | [140] |
| El Conde de Cavour | [142] |
| ABRIL | |
| Abril | [144] |
| El asilo infantil | [145] |
| En clase de gimnasia | [148] |
| El maestro de mi padre | [150] |
| Convalecencia | [157] |
| Los amigos artesanos | [158] |
| La madre de Garrón | [159] |
| José Mazzini | [160] |
| Valor cívico (cuento mensual) | [162] |
| MAYO | |
| Los niños raquíticos | [167] |
| Sacrificio | [169] |
| El incendio | [170] |
| De los Apeninos a los Andes (cuento mensual) | [173] |
| Verano | [198] |
| Poesía | [199] |
| La sordomuda | [200] |
| JUNIO | |
| Garibaldi | [206] |
| El ejército | [207] |
| Italia | [209] |
| Treinta y dos grados | [210] |
| Mi padre | [211] |
| En el campo | [212] |
| La distribución de premios a los artesanos | [215] |
| Mi maestra muerta | [217] |
| Gracias | [218] |
| Naufragio (último cuento mensual) | [220] |
| JULIO | |
| La última página de mi madre | [226] |
| Los exámenes | [227] |
| El último examen | [229] |
| ¡Adiós! | [230] |
AMICIS EN SU OBRA “CORAZÓN”
“PARA JUZGAR A UN POETA, SABER SENTIR.
PARA JUZGAR A UN MAESTRO, SABER ENSEÑAR.
AMICIS EN TODAS SUS OBRAS FUÉ UN POETA: EN
‘CORAZÓN’ FUÉ UN MAESTRO”.
ESTE ESTUDIO SOBRE EL “CORAZÓN”
DE EDMUNDO DE AMICIS,
OBTUVO EL PRIMER PREMIO EN UN
CONCURSO PEDAGÓGICO ABIERTO
POR LA DIRECCIÓN GENERAL DE LA
ENSEÑANZA NORMAL EN 1908, A
RAÍZ DE LA MUERTE DEL DELICADO
ESCRITOR ITALIANO, PARA GLORIFICAR
SU MEMORIA.
EL AUTOR DEL TRABAJO PREMIADO,
DR. J. M. PUIG CASAURANC,
ACTUAL SECRETARIO DE EDUCACIÓN
PÚBLICA, ERA EN AQUELLOS
DÍAS, ESTUDIANTE DEL TERCER
AÑO DE MEDICINA EN ESTA CAPITAL.
Edmundo de Amicis, el sutil analizador de alma rebosante de delicadeza y de ternura, no podía menos de hundir su escalpelo en el corazón del niño, el ser más tierno, más delicado.
Pintor en cuya admirable paleta los tonos suaves dominaban, no podía menos de mojar sus pinceles en los sentimientos del niño, rica gama de colores débiles, del tinte que toman las nubes cuando cae la tarde y vagamente se esfuman en copos en el cielo azul.
Poeta enamorado de la gracia, soñador infatigable de lo bello no podía menos de cantar al niño, vida en botón que encarna la gracia más fina, la más pura belleza.
Por eso su espíritu de artista excelso, vibró al escribir el libro “Corazón”, como vibran las cuerdas de la lira del poeta al soplo de un ideal soñado que se encuentra, como tiembla el pincel en las manos del pintor, que ve en un Crepúsculo, nacer al beso mágico de un rayo de Sol, la tonalidad que buscaba para el fondo de un cuadro imaginado; por eso las páginas del libro que escribiera sobre el niño, florecieron pletóricas de vida, impregnadas de un perfume de verdad, como que, a la manera de una nube que se deshace en lluvia para fecundar un campo estéril, Amicis había vertido el raudal de sentimiento y de ternura de su alma, para que brotara la imagen de los niños de las páginas de “Corazón”.
¿Decir en dónde está la belleza de “Cuore”? Imposible. No es “Corazón” de esos libros.
Por la multiplicidad de las impresiones que causa, por la variedad de encantos que encierra, el estado psíquico a que conduce, sólo puede compararse a esa sensación de hondo goce, de plena felicidad, que viene tras la contemplación de un paisaje inmenso y bello. No se podría decir qué contornos han impresionado más hondamente nuestra vista; qué líneas, qué combinaciones de sombras han producido la emoción estética: ha sido el todo, el conjunto, la armonía de detalles.
Amicis impresiona así con su obra. Y no es con la imaginación con lo que lo ha logrado; la imaginación, gran pájaro de vuelo poderoso, puede alcanzar alturas que dejen absorto; la obra de Amicis está formada de hechos. Es un libro que hace sentir más bien que soñar, que inclina a meditar y a cerrar de repente la obra para seguir, sin leerlo, un pasaje; es un libro vivido ya; pero que no obstante fascina y parece siempre original, tan cierto es que lo más viejo se torna nuevo si se presenta bajo una forma bella.
¿Buscar cuál es la figura principal en “Corazón”, de Amicis? Inútil. En “Corazón” no hay una “figura principal”.
No hay un “carácter”, una mentalidad que descuelle; puede decirse que es de esas obras que están formadas de detalles, detalles que, como pinceladas puestas al parecer al acaso, trazan con admirable precisión de contornos las más variadas figuras.
Un personaje parece el principal en la obra: Enrique; pero, y he aquí el arte de Amicis, al mismo tiempo que forja a éste, surjan otras figuras que el lector va conociendo por trozos, por fracciones, de una manera tan perfecta como al mismo Enrique, en tanto que se imagina que toda su atención se encuentra fija en aquél.
No podría explicarme y explicar bien este arte especial, sui géneris, de Amicis, sin recurrir a un símil.
Un pintor genial trata de asombrar a alguien que lo ve trabajar.
En el lienzo aparece un cuadro admirable, un paisaje lleno de luz; pero al mismo tiempo, cada vez que moja los pinceles para trazar un rasgo en el lienzo, da otro trazo en la paleta, en que nace otro paisaje aún más bello, y cuando el que ve pintar se admira y se extasía ante el cuadro que se halla en el caballete, nota de pronto que en la paleta hay otro más bello, otro paisaje que ha sido pintado como al descuido, en una serie de golpes de pincel que se creerían dados al acaso.
Pues bien, así me imagino a Amicis: en el lienzo que está en el caballete, va pintando ostensiblemente un alma, la de Enrique, que aparece con trazos fuertes y hermosísimos, y al mismo tiempo, como al descuido, mientras moja los pinceles, va haciendo aparecer en la paleta no una, sino muchas almas, tan bellas como la otra o más bellas aún, y el lector siente cómo brotan a cada página figuras y más figuras, hermosas y fuertes, de líneas precisas, que ha ido comprendiendo, que han llegado a su alma por fracciones, como van uniéndose en un amanecer, a la primera luz del día, contornos vagos, rasgos indecisos para formar imágenes.
¿La obra de Amicis es de alcances pedagógicos?
Evidentemente.
Amicis, por una síntesis admirable que obliga a hacer a sus lectores infantiles, logra que en ellos nazcan las ideas generales más complejas, más elevadas, de más trascendencia para la evolución de su intelecto, ideas que van impregnándose en sus almas hasta formar parte integrante de su psiquismo, sin esfuerzo, sin cansancio, casi de un modo inconsciente.
Y es que Amicis hace penetrar sus ideas por la vía del sentimiento más bien que por la intelectual. No llega a conclusiones, hace que el lector las deduzca. Con cuadros galanamente coloridos, con descripciones elocuentes, con anécdotas de alto interés, atrae la atención, destruye la versatilidad de las almas infantiles y las fija en las páginas de su libro, páginas que, gráciles y ligeras, no fatigan sus espíritus, y del mismo modo que al tocar una mariposa de vivos colores, queda en los dedos un polvillo dorado, en las almas de los niños, al seguir las frases de Amicis—mariposas de alas abigarradas—queda, como polvo de oro, depositado el recuerdo de rasgos de deber, de abnegación, de filantropía, de patriotismo, y al agruparse después en la elaboración incesante de sus cerebros, surgen las nociones de familia, de Escuela, de Patria, de Humanidad.
Amicis dedica su obra “a los chicos de nueve a trece años”.
Sólo en este hecho demuestra ya profundo conocimiento de la psicología infantil. En efecto, es la edad en que el espíritu entra de lleno en evolución; en que todas las facultades, psíquicas, emotivas, aparecen ya perfectamente delineadas; en que las voliciones se marcan ya con gran energía, como que nacen de las convicciones que va adquiriendo el niño; es, pues, el momento de modelar su alma, que dócilmente se adapta a la forma que le imprime el educador; es la ocasión de que aparezcan en el niño todas las delicadezas del sentido moral, que si no adquiere entonces, más tarde con gran facilidad podrá desviarse, cuando los impulsos pasionales de toda naturaleza hagan sentir su imperio.
Nunca más a tiempo para despertar en el niño el horror al mal, la repugnancia por la mentira, que en esa hermosa edad de los nueve años, en que el remordimiento tras una rebelión a veces insignificante, aparece con una crisis de llanto; nunca más a tiempo para fijar la idea de la equidad en sus conciencias que en esa bella edad en que los niños se muestran acongojados tras una falta y tratan de repararla con un perdón que humildemente se implora, con un beso furtivo dado a la madre, a la que se acaba de causar un disgusto.
A la edad para que ha sido escrito “Corazón”, el niño es observador.
Ha abandonado ya la ligereza, la movilidad de espíritu y de cuerpo que lo caracterizaban; deja de pronto un juego en que se hallaba absorto y se queda mirando fijamente un ferrocarril que pasa, un batallón que desfila, una bandera que ondea en el mástil de un buque; gusta de presenciar accidentes callejeros; ya no ríe al ver un pordiosero de facha ridícula; su facultad de observar aumenta cada día, llega hasta el análisis, y como agobiado por el peso de nociones que adquiere, que almacena en su cerebro, que elabora, se torna serio; hace preguntas que revelan dudas; pide al maestro en la Escuela le explique hechos que no alcanza a concebir; se entristece ante una tumba; besa al hermanito tierno con suavidad, como se besa algo frágil y comprende que hay en el cariño que siente por él algo de protección..., distingue ya perfectamente los afectos, el cariño al hermano del cariño al padre, el cariño al compañero de escuela del cariño al Maestro.
El cerebro del niño es entonces una fragua en donde constantemente se forjan ideas; nunca, pues, mejor ocasión para que éstas resulten elevadas, dignas, nobles, humanas.
Y “Corazón” lo consigue.
Cada página que traduce un sentimiento hermoso, hace nacer el deseo de ejecutar un acto bueno; cada frase que elogia un acto bueno, hace nacer un sentimiento hermoso.
Y de este choque constante que al leer “Corazón”, se produce entre actos buenos que forman o despiertan sentimientos bellos, y sentimientos bellos que inclinan a actos buenos, resulta un gran avance de la mentalidad del niño; ya se trate de la formación en su conciencia de una idea justa, ya de la corrección de una falsa, siempre es un paso dado por el sendero que conduce a la adquisición de un criterio moral recto.
De “Corazón”, inmenso pebetero de oro, se desprende como una columna de aromas que envuelve a la Patria y a la Escuela.
No es amor, es culto lo que predica Amicis por la Patria; no es amor, es veneración lo que siente por la Escuela, y no se forman Patria y Escuela en el cerebro del niño como simples ideas abstractas, como ideas que se sabe encarnan algo bello; pero cuya significación, en fuerza de complexa, no se conoce con claridad; los cuentos, las anécdotas, el eslabonamiento de hechos que se suceden en “Cuore”, les dan realidad, las hacen aparecer como entidades tangibles que se aman, no porque se haya aprendido sólo que deben amarse, sino porque se ha comprendido que merecen amor.
El niño, pues, aprende con la lectura de “Corazón”; ejercita sus facultades; hace una gimnasia constante, tanto intelectual como moral; en su alma, que las páginas de Amicis ponen en un estado de receptividad, de excitabilidad notables, la menor impresión produce un estremecimiento, como al roce suavísimo del arco vibran las cuerdas tensas de un violín. Estos estremecimientos repetidos que causa la lectura de “Corazón”, van dejando en el alma del niño hondas huellas, van cavando surcos en sus cerebros, surcos que se llenan de nociones nuevas, de sentimientos hechos ideas, de imágenes cristalizadas en recuerdos, y las nociones se agrupan, y chocan, y se desmenuzan en un poderoso análisis, y aparecen las ideas abstractas, y los recuerdos resucitan imágenes, y éstas despiertan sentimientos que van a excitar la voluntad dictadora de actos, y como el resultado depende siempre de los agentes que lo han producido, siendo justas las nociones, siendo las imágenes representación de figuras hermosas, siendo los sentimientos elevados, la volición no se desvía del camino recto, el acto que ejecuta el niño es bueno.
Para aquéllos en cuya frente la Vida va marcando ya surcos; para aquellos que se ven ya muy lejos de los días de la niñez, las lecturas que forman el libro de Amicis, son como un rocío que refresca las almas, que hace desaparecer las arrugas del rostro, que hace huir las sombras de los cerebros.
Al leer el “Diario de un niño”, como a un conjuro mágico, retrocede la imaginación hasta los años de la infancia; se vuelve a ver la cara amable del maestro; se escuchan las risas de compañeros ya olvidados; surge toda una época de días felices, de regocijos sanos, de inquietudes pueriles, y el recuerdo, disipando las congojas continuas, las envidias, los odios, las luchas todas de la vida, hace aparecer en los labios marchitos por el mentir diario a que obliga la existencia, una sonrisa vivificadora de alegría pura, y en los ojos, cansados de contemplar miserias y de llorar penas, se forma como una tela opaca que mucho se parece a una lágrima, a una lágrima que arranca el contraste de lo que se es ahora, ya hombre, y de lo que se era entonces, cuando se iba a la Escuela.
Edmundo de Amicis ha muerto; el Poeta ha callado para siempre.
Deja muchas obras tras sí; deja nimbado su recuerdo por una aureola de triunfos, y entre todas sus producciones, como la estrella “alfa” de una constelación grandiosa, brilla “Corazón”, el libro dedicado a los niños, el que más vivió el Poeta, aquel sobre el que derramó más que sobre ningún otro el sentimentalismo de su alma, de su alma inmensamente candorosa, inmensamente bella.
Edmundo de Amicis ha muerto; el Poeta ha callado para siempre; no importa; su recuerdo vive.
“Corazón”, su libro amado, continúa perfumando cerebros de niños; las bellas páginas de “Cuore”—pétalos blancos—siguen cayendo sobre las almas infantiles—tiernos capullos de rosas—como una lluvia de flores sobre flores.
México, septiembre de 1908.
ADVERTENCIA DEL AUTOR
El presente libro se halla especialmente dedicado a los chicos de nueve a trece años de las escuelas elementales, pudiéndose titular HISTORIA DE UN CURSO ACADÉMICO, ESCRITA POR UN ALUMNO DE TERCERA, EN UNA ESCUELA MUNICIPAL DE ITALIA.
Al decir escrita por un alumno, no quiero dar a entender que haya redactado la obra tal cual sale a luz, sino que el escolar iba anotando en un cuaderno, a su manera, lo que había visto, oído, pensado en las aulas y fuera de ellas, mientras que su padre al fin de año corrigió este DIARIO, procurando no alterar lo esencial de aquellas impresiones, en cuanto fué posible. Cuatro años después, el estudiante, ya en el Colegio Secundario, leyó de nuevo el manuscrito, añadió o suprimió algo que a su juicio no era fiel trasunto del pasado, y así se da a la estampa.
Ahora, niños y jóvenes: leed estas páginas; que espero os interesen, y cuya lectura confío que os será saludable.
OCTUBRE
EL PRIMER DÍA DE ESCUELA
Lunes 17
OY ¡primer día de clase! ¡Pasaron como un sueño aquellos tres meses de vacaciones, consumidos en el campo! Mi madre me condujo, esta mañana a la sección Bareti, para inscribirme en la tercera elemental. Recordaba el campo e iba de mala gana. Todas las calles que desembocan cerca de la escuela hormigueaban de chiquillos; las dos librerías próximas estaban llenas de padres y madres que compraban carteras, cuadernos, cartillas, plumas, lápices; en la puerta misma se agrupaba tanta gente, que el bedel, auxiliado de los guardias municipales, tuvo necesidad de poner orden. Al llegar a la puerta sentí un golpecito en el hombro; volví la cara: era mi antiguo maestro de la segunda, alegre, simpático, con su pelo rubio rizoso y encrespado, que me dijo: “Conque, Enrique, ¿es decir que nos separamos para siempre?”. Demasiado lo sabía yo; y, sin embargo, ¡aquellas palabras me hicieron daño! Entramos, por fin, a empellones. Señoras, caballeros, mujeres del pueblo, obreros, oficiales, abuelas, criadas, todos con niños de la mano y cargados con los libros y objetos de que antes hablé, llenaban vestíbulo y escaleras, produciendo un rumor como cuando se sale del teatro. Volví a ver con alegría aquel gran zaguán del piso bajo, con las siete puertas de las siete clases, por donde pasé casi todos los días durante tres años. Las maestras de los párvulos iban y venían entre la muchedumbre. La que fué mi profesora de la primera superior, me saludó diciendo: “Enrique, tú vas este año al piso principal, y ni siquiera te veré al entrar o salir!”. Y me miró con tristeza. El director estaba cercado por una porción de madres que le hablaban a la vez, pidiendo puesto para sus hijos; y por cierto que me pareció que tenía más canas que el año pasado. Encontré algunos chicos más gordos y más altos de como los dejé; abajo, donde ya cada cual estaba en su sitio, vi algunos pequeñines que no querían entrar en el aula y se defendían como potrillos, encabritándose; pero a la fuerza les hacían entrar en clase, y aun así, algunos se escapaban después de estar sentados en los bancos; otros, al ver que se marchaban sus padres, rompían a llorar, y era preciso que volvieran las mamás, con lo que la profesora se desesperaba. Mi hermanito se quedó en la clase de la maestra Delcato: a mí me tocó el maestro Perbono, en el piso primero. A las diez, cada cual estaba en su sección: cincuenta y cuatro es la mía; sólo quince o dieciséis eran antiguos compañeros míos de la segunda, entre ellos Deroso, el que siempre sacaba el primer premio. ¡Qué triste me pareció la escuela recordando los bosques y las montañas donde acababa de pasar el verano! Hasta me acordaba con pena de mi antiguo maestro, tan bueno, que se reía tanto con nosotros; tan chiquitín, que casi parecía un compañero; y sentía no verlo allí con su cabeza rubia enmarañada. Nuestro profesor de ahora es alto, sin barba, con el cabello gris, es decir, con algunas canas, y tiene una arruga recta que parece cortarle la frente; su voz es ronca, y nos mira fijo, fijo, a uno después de otro, a todos, como si quisiera leer dentro de nosotros; no se ríe nunca. Yo decía para mí: He aquí el primer día. ¡Nueve meses por delante! “¡Cuántos trabajos, cuántos exámenes mensuales, cuántas fatigas!”. Sentía verdadera necesidad de encontrar a mi madre a la salida, y corrí a besarle la mano. Ella me dijo: “¡Ánimo, Enrique; estudiaremos juntos las lecciones!”. Y volví a casa contento. Pero no tengo el mismo maestro, aquél tan bueno, que siempre sonreía, y no me ha gustado tanto esta clase de la escuela como la otra.
NUESTRO MAESTRO
Martes 18.—También me gusta mi nuevo maestro desde esta mañana. Durante la entrada, mientras él se colocaba en su sitio, se iban asomando a la puerta de la clase, de cuando en cuando, varios de sus discípulos del año anterior para saludarle: “Buenos días, señor maestro; buenos días, señor Perbono”. Algunos entraban, le cogían la mano y escapaban. Se veía que lo querían mucho y que habrían deseado seguir con él. Él les respondía: “Buenos días”, y les apretaba la mano; pero no miraba a ninguno; a cada saludo permanecía serio, con su arruga en la frente, vuelto hacia la ventana, y miraba al tejado de la casa vecina, y en lugar de alegrarse de aquellos saludos, parecía que le daban pena. Luego nos miraba uno después de otro, con mucha fijeza. Empezó a dictar, paseando entre los bancos, y al ver a un chico que tenía la cara muy encarnada y con unos granitos, dejó de dictar, le tomó la barba y le preguntó qué tenía; le tocó la frente para ver si sentía calor. Mientras tanto, un chico se puso de pie en el banco y empezó a hacer tonterías. Se volvió de pronto, como si lo hubiera adivinado: el muchacho se sentó y esperó el castigo, encarnado como la grana y con la cabeza baja. El maestro se fué a él, le colocó una mano sobre la cabeza, y le dijo: “No lo vuelvas a hacer”. Ni una palabra más. Se dirigió a la mesa, y acabó de dictar. Cuando concluyó, nos miró un instante en silencio; con voz lenta, y aunque ronca, agradable, empezó a decir: “Escuchad, hemos de pasar juntos un año. Procuremos pasarlo lo mejor posible. Estudiad y sed buenos. Yo no tengo familia. Vosotros sois mi familia. El año pasado todavía tenía a mi madre: se me ha muerto. Me he quedado solo. No tengo en el mundo más que a vosotros; no tengo otro afecto, ni otro pensamiento. Debéis ser mis hijos. Os quiero bien, y es preciso que me paguéis en igual moneda. Deseo no castigar a ninguno. Demostrad que tenéis corazón; nuestra escuela constituirá una familia, y vosotros seréis mi consuelo y mi orgullo. No os pido promesas de palabra, porque estoy seguro que en el fondo de vuestra alma ya lo habéis prometido, y os lo agradezco”. En aquel momento apareció el bedel a dar la hora. Todos abandonamos los bancos despacio y silenciosos. El muchacho que se había levantado de pie en el banco, se acercó al maestro y le dijo con voz trémula: “¡Perdóneme usted!”. El maestro le besó en la frente, y le contestó: “Está bien; anda, hijo mío”.
UNA DESGRACIA
Viernes 21.—Ha empezado el año con una desgracia. Al ir esta mañana a la escuela, refiriendo a mi padre las palabras del maestro, vimos de pronto la calle llena de gente que se apiñaba delante del colegio. Mi padre dijo al punto: “Una desgracia. Mal empieza el año”. Entramos con gran trabajo. El conserje estaba rodeado de padres y de muchachos, que los maestros no conseguían hacer entrar en las clases, y todos se encaminaban hacia el cuarto del director, oyéndose decir: “¡Pobre muchacho! ¡Pobre Roberto!”. Por cima de las cabezas, en el fondo de la habitación llena de gente, se veían los quepís de los guardias municipales y la gran calva del señor director; después entró un caballero con sombrero de copa, y todos dijeron: “Es el médico”. Mi padre preguntó a un profesor: “¿Qué ha sucedido?”. “Le ha pasado la rueda por el pie”, respondió. “Se ha roto el pie—dijo otro—. Era un muchacho de la clase segunda, que yendo a la escuela por la calle de Dora Grosa, y viendo a un niño de la primera elemental, escapado de la mano de su madre, caer en medio del arroyo a pocos pasos de un ómnibus que se echaba encima, acudió valientemente en su auxilio, lo cogió y lo puso en salvo; pero no habiendo estado listo para retirar el pie, la rueda del ómnibus le había pasado por encima. Es hijo de un capitán de artillería”. Mientras nos contaban esto, entró, como loca, una señora en la habitación, abriéndose paso: era la madre de Roberto, a la cual habían llamado; otra señora salió a su encuentro, y, sollozando, le echó los brazos al cuello: era la madre del otro niño, del salvado. Ambas entraron en el cuarto y se oyó un desesperado grito: “¡Oh, Roberto mío, hijo mío!”. En aquel momento se detuvo un carruaje delante de la puerta, y poco después se presentó el director con el muchacho en brazos, que apoyaba la cabeza sobre el hombro de aquél, pálido y cerrados los ojos. Todos permanecimos callados: se oían los sollozos de las madres. El director se detuvo un momento y levantó al muchacho con sus dos brazos para que lo viera la gente, y entonces, maestros, maestras, padres y muchachos exclamaron todos a un tiempo: “¡Bravo, Roberto! ¡Bravo, pobre niño!”, y le enviaban saludos los maestros, y los muchachos que estaban allí cerca le besaban manos y brazos: él abrió los ojos y murmuró: “¡Mi cartera!”. La madre del chiquillo salvado se la enseñó llorando y le dijo: “¡Te la llevo yo, hermoso; te la llevo yo!”. Y al decirlo sostenía a la madre del herido, que se cubría la cara con las manos. Salieron, acomodaron al muchacho en el carruaje, y el coche partió. Entonces entramos todos silenciosos en la escuela.
EL MUCHACHO CALABRÉS
Sábado 22.—Ayer tarde, mientras el maestro nos daba noticias del pobre Roberto, que andaría ya con muletas, entró el director con otro nuevo alumno, un muchacho de cara muy morena, de cabello negro, ojos también negros y grandes, con las cejas espesas y juntas; todo su vestido era de color obscuro y llevaba un cinturón de cuero negro alrededor del talle. El director, después de haber hablado al oído con el maestro, salió dejándole a su lado al muchacho, que nos miraba espantado. Entonces el maestro lo cogió de la mano, y dijo a la clase: “Os debéis alegrar. Hoy entra en la escuela un nuevo alumno, nacido en la provincia de Calabria, a más de cincuenta leguas de aquí. Quered bien a vuestro compañero que de tan lejos viene. Ha nacido en la tierra gloriosa que dió a Italia antes hombres ilustres, y hoy le da honrados labradores y valientes soldados; es una de las comarcas más hermosas de nuestra patria, en cuyas espesas selvas y elevadas montañas habita un pueblo lleno de ingenio y de corazón esforzado. Tratadlo bien, a fin de que no sienta estar lejos del país natal; hacedle ver que todo chico italiano encuentra hermanos en toda escuela italiana donde ponga el pie”. Dicho esto, se levantó y nos enseñó en el mapa de Italia el punto donde está la provincia de Calabria. Después llamó a Ernesto Deroso, que es el que saca siempre el primer premio. Deroso se levantó. “Ven aquí”, añadió el maestro. Deroso salió de su banco, se colocó junto a la mesa, enfrente del calabrés. “Como el primero de la escuela—dijo el profesor—, da el abrazo de bienvenida, en nombre de toda la clase, al nuevo compañero; el abrazo de los hijos del Piamonte al hijo de Calabria”. Deroso murmuró con voz conmovida: “¡Bienvenido!”, y abrazó al calabrés; éste le besó en las dos mejillas con fuerza. Todos aplaudieron. “¡Silencio!—gritó el maestro—; en la escuela no se aplaude”. Pero se veía que estaba satisfecho, y hasta el calabrés parecía hallarse contento. El maestro le designó sitio y le acompañó hasta su banco. Después repuso: “Acordaos bien de lo que os digo. Lo mismo que un muchacho de Calabria está como en su casa en Turín, uno de Turín debe estar como en su propia casa en Calabria; por esto lidió nuestro país cincuenta años y murieron treinta mil italianos. Os debéis respetar y querer todos mutuamente; cualquiera de vosotros que ofendiese a este compañero por no haber nacido en nuestra provincia, se haría para siempre indigno de mirar con la frente levantada la bandera tricolor”. Apenas el calabrés se sentó en su sitio, los más próximos le regalaron plumas y estampas, y otro chico, desde el último banco, le mandó un sello de Suecia.
MIS COMPAÑEROS
Martes 25.—El muchacho que envió el sello al calabrés, es el que me gusta más de todos. Se llama Garrón, y es el mayor de la clase; tiene cerca de catorce años, la cabeza grande y los hombres anchos; es bueno, se le conoce hasta cuando ríe, y parece que piensa siempre como un hombre. Ahora conozco yo a muchos de mis compañeros. Otro me gusta también, se apellida Coreta, y usa un chaleco de punto, color de chocolate, y gorra de piel. Siempre está alegre. Es hijo de un empleado de ferrocarriles que ha sido soldado en la guerra de 1866, de la división del príncipe Humberto, y que dicen tiene tres cruces. El pequeño Nelle es un pobre jorobadito, gracioso, de rostro descolorido. Hay uno muy bien vestido, que se está siempre quitando las motas de la ropa, y de nombre Votino. En el banco delante del mío hay otro muchacho que llaman el albañilito, porque su padre es albañil; de cara redonda como una manzana y de nariz roma. Tiene particular habilidad para poner el hocico de liebre; todos le piden que lo haga y se ríen; lleva un sombrerillo viejo que se lo encasqueta como pañuelo. Al lado del albañilito está Garofi, un tipo alto y grueso, con la nariz de pico de loro y los ojos muy pequeños, que anda siempre vendiendo plumas, estampas y cajas de fósforos, y se escribe la lección en las uñas para leerla a hurtadillas. Hay después un señorito, Carlos Nobis, que parece algo orgulloso y se halla entre dos muchachos que me son simpáticos: el hijo de un forjador de hierro, metido en una chaqueta que le llega hasta las rodillas, pálido, con palidez de enfermo, que parece siempre asustado y que no se ríe nunca; y otro con los cabellos rojos, que tiene un brazo inmóvil y lo lleva pegado al cuerpo; su padre está en América y su madre vende hortalizas. Es también un tipo curioso mi vecino de la izquierda: Estardo, pequeño y tosco, sin cuello, gruñón; no habla con nadie, y creo que entiende poco; pero no quita el ojo del maestro, sin mover los párpados, con la frente arrugada y apretados los dientes; y si le preguntan cuando el maestro habla, la primera y la segunda vez no responde, y la tercera pega un cachete. Tiene a su lado a uno de fisonomía obscura y sucia, que se llama Franti y que fué expulsado ya de otra escuela. Hay también dos hermanos, con vestidos iguales, que parecen gemelos y que llevan sombreros calabreses, con plumas de faisán. Pero el mejor de todos, el que tiene más ingenio, el que también será este año el primero, de seguro, es Deroso; y el maestro, que ya lo ha comprendido así, le pregunta siempre. Yo, sin embargo, quiero más a Precusa, el hijo del herrero, el de la chaqueta larga, el que parece enfermo. Dicen que su padre le pega. Es muy tímido; cada vez que pregunta o toca a alguien, dice: “Dispénsame”; y mira constantemente con ojos tristes y bondadosos. Garrón, sin embargo, es el mayor y el mejor de todos.
UN RASGO GENEROSO
Miércoles 26.—Precisamente esta mañana se ha dado a conocer Garrón. Cuando entré en la escuela—un poco tarde, porque me había detenido la maestra de la primera clase superior, para preguntarme a qué hora podía ir a casa y encontrarnos—el maestro no estaba allí todavía, y tres o cuatro muchachos atormentaban al pobre Crosi, el pelirrojo del brazo malo y cuya madre es verdulera. Le pegaban con reglas, le tiraban a la cara cáscaras de castañas y le ponían motes y remedaban, imitándolo con su brazo pegado al cuerpo. El pobre estaba solo en la punta del banco, asustado, y daba compasión verlo, mirando ya a uno, ya a otro, con ojos suplicantes para que lo dejaran en paz; pero los otros le vejaban más, y entonces él empezó a temblar y a ponerse encarnado de rabia. De pronto Franti, el de la cara sucia, saltó sobre un banco, y haciendo ademán de llevar dos cestas en los brazos, remedó a la madre de Crosi cuando venía a esperarlo antes a la puerta, pues a la sazón no iba por estar enferma. Muchos se echaron a reír a carcajadas. Entonces Crosi perdió la paciencia, y cogiendo un tintero se lo tiró a la cabeza con toda su fuerza; pero Franti se agachó, y el tintero fué a dar en el pecho del maestro, que entraba precisamente. Todos se fueron a su puesto, y callaron atemorizados. El maestro, pálido, subió a la mesa, y con voz alterada preguntó: “¿Quién ha sido?”; ninguno respondió. El maestro gritó otra vez, alzando aún más la voz: “¿Quién?”. Entonces Garrón, dándole lástima del pobre Crosi, se levantó de pronto, y dijo resueltamente: “Yo he sido”.
El maestro lo miró, miró a los alumnos, que estaban atónitos, y luego repuso con voz tranquila: “No has sido tú”. Y después de un momento, añadió: “El culpable no será castigado. ¡Que se levante!”. Crosi se levantó y prorrumpió a llorar: “Me pegaban, me insultaban, yo perdí la cabeza y tiré...”, “Siéntate—interrumpió el maestro—. ¡Que se levanten los que le han provocado!”. Cuatro se levantaron, con la cabeza baja.
“Vosotros—dijo el maestro—habéis insultado a un compañero que no os provocaba, os habéis reído de un desgraciado y habéis golpeado a un débil que no se podía defender. Habéis cometido una de las acciones más bajas y más vergonzosas con que se puede manchar criatura humana. ¡Cobardes!”.
Dicho esto, salió por entre los bancos, tomó por la cara a Garrón, que estaba con la vista en el suelo, y alzándole la cabeza y mirándole fijamente, le dijo: “¡Tienes un alma noble!”.
Garrón, aprovechando la ocasión, murmuró no sé qué palabras al oído del maestro, y éste, volviéndose hacia los cuatro culpables, dijo bruscamente: “Os perdono”.
MI MAESTRA DE LA PRIMERA CLASE SUPERIOR
Jueves 27.—Mi maestra ha cumplido su promesa: ha venido hoy a casa en el momento en que iba a salir con mi madre para llevar ropa blanca a una pobre mujer, cuya necesidad habíamos leído anunciada en los periódicos. Hacía ya un año que no la habíamos visto en casa; así es que tuvimos todos grande alegría. Es siempre la misma, pequeña, con su velo verde en el sombrero, vestida a la buena de Dios y mal peinada, pues nunca tiene tiempo más que de alisarse; pero un poco más descolorida que el año último, con algunas canas y tosiendo mucho. Mi madre le preguntó: “¿Cómo va esa salud, querida profesora? Usted no se cuida bastante”. “¡Eh!, no importa”, respondió con una sonrisa alegre y melancólica a la vez: “Usted habla demasiado alto—añadió mi madre—y trabaja demasiado con los chiquitines”. Es verdad: siempre se está escuchando su voz, lo recuerdo de cuando yo iba a la escuela; habla mucho para que los niños no se distraigan, y no está un momento sentada. Estaba bien seguro de que vendría, porque no se olvida jamás de sus discípulos; recuerda sus nombres por años; los días de los exámenes mensuales corre a preguntar al director qué notas han sacado; los espera a la salida y pide que le enseñen sus composiciones para ver los progresos que han hecho; así es que van a buscarla al colegio muchos que usan ya pantalón largo y reloj. Hoy volvía muy agitada del Museo, donde había llevado a sus alumnos como todos los años, pues dedicaba siempre los jueves a estas excursiones, explicándoles todo. ¡Pobre maestra, qué delgada está! pero es siempre viva, y se reanima en cuanto habla de su escuela. Ha querido que le enseñemos la cama donde me vió muy malo hace dos años, y que ahora es de mi hermano; la ha mirado un buen rato y no podía hablar de emoción. Se ha ido pronto para visitar a un chiquillo de su clase, hijo de un sillero, enfermo con sarampión, y tenía después de corregir varias pruebas, toda la tarde de trabajo, y debía aún dar a primera noche una lección particular de aritmética a cierta chica del comercio. “Y bien, Enrique—me dijo al irse—: ¿quieres todavía a tu antigua maestra, ahora que resuelves ya problemas difíciles y haces composiciones largas?”. Me ha besado y me ha dicho, ya desde lo último de la escalera: “No me olvides, Enrique”. ¡Oh, mi buena maestra, no me olvidaré de ti! Aun cuando sea mayor, siempre te recordaré e iré a buscarte entre tus chicuelos; y cada vez que pase por la puerta de una escuela y sienta la voz de una maestra, me parecerá escuchar tu voz y pensaré en los dos años que pasé en tu clase, donde tantas cosas aprendí, donde tantas veces te vi enferma y cansada; pero siempre animosa, indulgente, desesperada cuando uno tomaba un vicio en los dedos al escribir, temblorosa cuando los inspectores nos preguntaban, feliz cuando salíamos airosos, y constantemente buena y cariñosa como una madre... ¡Nunca, nunca te olvidaré, maestra querida...!
EN UNA BUHARDILLA
Viernes 28.—Ayer tarde fuí con mi madre y con mi hermana Silvia a llevar ropa blanca a la pobre mujer recomendada por los periódicos; yo llevé el paquete y Silvia el diario, con las iniciales del nombre y la dirección. Subimos hasta el último piso de una casa alta y llegamos a un corredor largo, donde había muchas puertas. Mi madre llamó en la última; nos abrió una mujer, joven aún, rubia y macilenta, que al pronto me pareció haberla visto ya en otra parte, con el mismo pañuelo azul a la cabeza: “¿Es usted la del periódico?”, preguntó mi madre. “Sí, señora; yo soy”. “Pues bien, aquí le traemos esta poca de ropa blanca”. La pobre mujer no acababa de darnos las gracias, ni de bendecirnos. Yo, mientras tanto, vi en un ángulo de la obscura y desnuda habitación, un muchacho arrodillado delante de una silla, con la espalda vuelta hacia nosotros, y que parecía escribiendo, y escribía efectivamente, teniendo el papel en
la silla y el tintero en el suelo. ¿Cómo se las componía para escribir casi a obscuras? Mientras decía esto para mis adentros, reconocí los cabellos rubios y la chaqueta de mayoral de Crosi, el hijo de la verdulera, el del brazo malo. Se lo dije muy bajo a mi madre mientras la mujer recogía la ropa. “¡Silencio!—replicó mi madre—. Puede ser que se avergüence al verte dar una limosna a su madre; no le llames”. Pero en aquel momento, Crosi se volvió; yo no sabía qué hacer, y entonces mi madre me dió un empujón para que corriese a abrazarlo. Le abracé, y él se levantó y me tomó la mano. “Henos aquí—decía entretanto su madre a la mía—; mi marido está en América desde hace seis años, y yo, por añadidura, enferma y sin poder ir a la plaza con verduras para ganarme algunos cuartos. No me ha quedado ni tan sólo mesa para que mi pobre Luis pueda trabajar. Cuando tenía abajo el mostrador en el portal, al menos podía escribir sobre él; pero ahora me lo han quitado. Ni siquiera algo de luz para estudiar y que no pierda la vista; y gracias que le puedo mandar a la escuela, porque el Ayuntamiento le da libros y cuadernos. ¡Pobre Luis, tú que tienes tanta voluntad de estudiar! ¡Y yo, pobre mujer, nada puedo hacer por ti!”. Mi madre le dió cuanto llevaba en el bolsillo, besó al muchacho y casi lloraba cuando salimos, y tenía mucha razón para decirme: “¡Mira ese chico; cuántas estrecheces pasa para trabajar, y tú que tienes tantas comodidades, todavía te parece duro el estudio! ¡Oh, Enrique mío; tiene más mérito su trabajo de un día, que todos tus estudios de un año! ¿A cuál de los dos le deberían dar los primeros premios?”.
LA ESCUELA
Viernes 28.—“Sí, querido Enrique; el estudio es duro para ti, como dice tu madre; no te veo ir a la escuela con aquel ánimo resuelto y aquella cara sonriente que yo quisiera. Tú eres algo terco; pero, oye: piensa un poco y considera ¡qué despreciables y estériles serían tus días si no fueses a la escuela! Juntas las manos, de rodillas, pedirías al cabo de una semana volver á ella, consumido por el hastío y la vergüenza, cansado de tu existencia y de tus juegos. Todos, todos estudian ahora, Enrique mío. Piensa en los obreros que van a la escuela por la noche, después de haber trabajado todo el día; en las mujeres, en las muchachas del pueblo que van a la escuela los domingos después de haber trabajado toda la semana; en los soldados que echan mano de libros y cuadernos cuando vienen rendidos de sus ejercicios; piensa en los niños mudos y ciegos que, sin embargo, estudian, y hasta en los presos, que también aprenden a leer y escribir. Pero ¡qué más! Piensa en los innumerables niños que se puede decir que a todas horas van a la escuela en todos los países; míralos con la imaginación cómo van por las callejuelas solitarias de la aldea, por las concurridas calles de la ciudad, por la orilla de los mares y de los lagos, ya bajo un sol ardiente, ya entre las nieblas, embarcados, en los países cortados por canales, a caballo por las grandes llanuras, en zuecos sobre la nieve, por valles y colinas, atravesando bosques y torrentes; por los senderos solitarios de las montañas, solos, por parejas, en grupos, en largas filas, todos con los libros bajo el brazo, vestidos de mil modos, hablando miles de lenguas; desde las últimas escuelas de Rusia, casi perdidas entre hielos, hasta las últimas de Arabia, a la sombra de las palmeras; millones y millones de seres que van a aprender, en mil formas diversas, las mismas cosas; imagina este vastísimo hormiguero de niños de mil pueblos, este inmenso movimiento, del cual formas parte, y piensa: si este movimiento cesase, la humanidad caería en la barbarie; este movimiento es el progreso, la esperanza, la gloria del mundo. Valor, pues, pequeño soldado del inmenso ejército. Tus libros son tus armas, tu clase es tu escuadra, el campo de batalla la tierra entera, y la victoria la civilización humana. ¡No seas un soldado cobarde, Enrique mío—! Tu padre”.
EL PEQUEÑO PATRIOTA PADUANO
(CUENTO MENSUAL)
Sábado 29.—No seré un soldado cobarde, no; pero iría con más gusto a la escuela si el maestro nos refiriese todos los días un cuento como el de esta mañana. Todos los meses, dice, nos contará uno: nos lo dará escrito, y será siempre el relato de una acción buena y verdadera, llevada a cabo por un niño. El pequeño patriota paduano se llama el de hoy. Helo aquí: “Un naviero francés partió de Barcelona, ciudad de España, para Génova, llevando a bordo franceses, italianos, españoles y suizos. Había, entre otros, un chico de once años, solo, mal vestido, que estaba siempre aislado como animal salvaje, mirando a todos de reojo. Y tenía razón para mirar a todos así. Hacía dos años que su padre y su madre, labradores de los alrededores de Padua, le habían vendido al jefe de cierta compañía de titiriteros, el cual, después de haberle enseñado a hacer varios juegos a fuerza de puñetazos, puntapiés y ayunos, le había llevado a través de Francia y España, pegándole siempre y no quitándole nunca el hambre. Llegado a Barcelona, y no pudiendo soportar ya los golpes y el ayuno, reducido a un estado que inspiraba lástima, se escapó de su carcelero y corrió a pedir protección al cónsul de Italia, el cual, compadecido, le había embarcado en aquel bajel, dándole una carta para el alcalde de Génova, que debía enviarlo a sus padres, a los padres que lo habían vendido como vil bestia. El pobre muchacho estaba lacerado y enfermucho. Le habían dado billete de segunda clase. Todos le miraban, algunos le preguntaban; pero él no respondía, y parecía que odiaba a todos: ¡tanto le habían irritado y entristecido las privaciones y los golpes! Al fin tres viajeros, a fuerza de insistencia en sus preguntas, consiguieron hacerle hablar, y en pocas palabras, toscamente dichas, mezcla de español, de francés y de italiano, les contó su historia. No eran italianos aquellos tres viajeros, pero le comprendieron, y parte por compasión y parte por excitación del vino, le dieron algunos cuartos, instándole para que contase más. Habiendo entrado en la cámara en aquel momento algunas señoras, los tres, por darse tono, le dieron aún más dinero, gritando: ‘¡Toma, toma más!’. Y hacían sonar las monedas sobre la mesa. El muchacho las cogió todas, dando las gracias a media voz, con aire malhumorado; pero con una mirada, por primera vez en su vida, sonriente y cariñosa. Después se fué sobre cubierta y permaneció allí solo pensando en las vicisitudes de su vida. Con aquel dinero podía tomar algún buen bocado a bordo, después de dos años que sólo se alimentaba de pan; podía comprarse una chaqueta, apenas desembarcara en Génova, después de dos años que iba vestido en andrajos, y podía también, llevando algo a su casa, tener mejor acogida del padre y de la madre que si hubiera llegado con los bolsillos vacíos. Aquel dinero era para él casi una fortuna, y en esto pensaba, consolándose, asomado a la claraboya, mientras los tres viajeros conversaban sentados a la mesa, en medio de la cámara de segunda clase. Bebían y hablaban de sus viajes y de los países que habían visto, y de conversación en conversación vinieron a hablar de Italia. Empezó uno a quejarse de sus fondas; otro, de sus ferrocarriles, y, después, todos juntos, animándose, hablaron mal de todo. Uno hubiera preferido viajar por la Laponia; otro decía que no había encontrado en Italia más que estafadores y bandidos; el tercero, que los empleados italianos no sabían leer. ‘Un pueblo ignorante’, decía el primero. ‘Sucio’, añadió el segundo. ‘La...’, exclamó el tercero; y quiso decir ladrón, pero no pudo acabar la palabra. Una tempestad de cuartos y de medias pesetas cayó sobre sus cabezas y sobre sus espaldas, y descargó sobre la mesa y sobre el suelo con infernal ruido. Los tres se levantaron furiosamente mirando hacia arriba, y aún recibieron un puñado de cuartos en la cara. ‘Recobrad vuestro dinero—dijo con desprecio el muchacho, asomado a la claraboya—: yo no acepto limosna de quienes insultan a mi patria’.”
NOVIEMBRE
EL DESHOLLINADOR
1.º de noviembre
YER tarde fuí a la escuela de niñas que está al lado de la nuestra, para darle el cuento del muchacho paduano a la maestra de Silvia, que lo quería leer. ¡Setecientas muchachas hay allí! Cuando llegué, empezaban a salir, todas muy contentas, por las vacaciones de Todos Santos y Difuntos, y ¡qué cosa tan hermosa presencié allí! Frente a la puerta de la escuela, en la otra acera, estaba con un codo apoyado en la pared y con la frente apoyada en la mano, un deshollinador muy pequeño, de cara completamente negra, con su saco y su raspador, que lloraba, sollozando amargamente. Dos o tres muchachas de la segunda sección se le acercaron y le dijeron: “¿Qué tienes, que lloras de esa manera?”. Pero él no respondía y continuaba llorando: “Pero, ¿qué tienes? ¿Por qué lloras?”, repetían las niñas; y entonces él separó el rostro de la mano, un rostro infantil, y dijo gimiendo, que había estado en varias casas a limpiar las chimeneas; que había ganado seis reales y los había perdido porque se le escurrieron por el agujero de un bolsillo roto, y no se atrevía a volver a su casa sin los cuartos. “El amo me pega”, decía sollozando; y volvió a la misma postura que antes tenían, como un desesperado. Las chiquillas se quedaron mirándole muy serias. Entretanto, se habían acercado otras muchachas, grandes y pequeñas, pobres y acomodadas, con sus carteras bajo el brazo; y una de las mayores, que llevaba una pluma azul en el sombrero, sacó del bolsillo diez céntimos y dijo: “No tengo más que esto que ves; hagamos la colecta”. “También tengo yo diez—dijo otra vestida de encarnado—, y podemos, entre todas, reunir hasta lo que falta”. Entonces comenzaron a llamarse: “¡Amalia, Luisa, Anita, eh, cuartos! Tú, ¿quién tiene cuartos? ¡Vengan cuartos!”. Muchas llevaban dinero para comprar flores o cuadernos, y los entregaban en seguida. Algunas más pequeñas sólo pudieron dar céntimos. La de la pluma azul recogía todo y lo contaba en voz alta: “¡Ocho, diez, quince!”; pero hacía falta más. Entonces llegó la mayor de todas, que parecía una maestrita, dió un real y todas le hicieron una ovación. Pero faltaban aún treinta y cinco céntimos. “Ahora vienen las de la cuarta”, dijo una. Las de la clase cuarta llegaron y los cuartos llovieron. Todas se arremolinaban, y era un espectáculo hermoso ver a aquel pobre deshollinador en medio de aquellos vestidos de tantos colores, de todo aquel círculo de plumas, de lazos y de risas. Los seis reales se habían ya reunido, y aun pasaban, y las más pequeñas, que no tenían dinero, se abrían paso entre las mayores llevando sus ramitos de flores, por darle también algo. De allí a un rato acudió la portera gritando: “¡La señora directora!”. Las muchachas escaparon por todos lados como gorriones a la desbandada, y entonces se vió al pobre deshollinador, solo en medio de la calle, enjugándose los ojos, tan contento, con las manos llenas de dinero y ostentando ramitos de flores en los ojales de la chaqueta, en los bolsillos, en el sombrero, y hasta había flores por el suelo rodeando sus pies.
EL DÍA DE DIFUNTOS
2 de noviembre.—“Este día está consagrado a la conmemoración de los difuntos. ¿Sabes tú, Enrique, a qué muertos debéis consagrar un recuerdo en este día, vosotros los muchachos? A los que murieron por vosotros, por los niños. ¡Cuántos han muerto así y cuántos mueren de continuo! ¿Has pensado alguna vez en cuántos padres han consumido su vida en el trabajo, y cuántas madres han bajado a la tumba antes de tiempo, extenuadas por las privaciones a que se condenaron para sustentar a sus hijos? ¿Sabes cuántos hombres clavaron un puñal en su corazón, por la desesperación de ver a sus propios hijos en la miseria, y cuántas mujeres se suicidaron, murieron de dolor o enloquecieron por haber perdido un hijo? Piensa, Enrique, en este día, en todos estos muertos. Piensa en tantas maestras que fallecieron jóvenes, consumidas de la tisis por las fatigas de la escuela, por amor a los niños, de los cuales no tuvieron valor para separarse; piensa en los médicos que murieron de enfermedades contagiosas, de las que valientemente no se precavían por curar a los niños; piensa en todos aquéllos que en los naufragios, en los incendios, en las hambres, en un momento de supremo peligro, cedieron a la infancia el último pedazo de pan, la última tabla de salvación, la última cuerda para escapar de las llamas, y expiraban satisfechos de su sacrificio, que conserva la vida de un pequeñuelo inocente. Son innumerables, Enrique, estos muertos: todo cementerio encierra centenares de estas santas criaturas, que si pudieran salir un momento de la fosa, dirían el nombre de un niño al cual sacrificaron los placeres de la juventud, la paz de la vejez, los sentimientos, la inteligencia, la vida; esposas de veinte años, hombres en la flor de la edad, ancianos octogenarios, jovencillos—mártires heroicos y obscuros de la infancia—tan grandes y tan nobles, que no produce la tierra flores bastantes para poderlas colocar sobre sus sepulturas. ¡Tanto se quiere a los niños! ¡Piensa hoy con gratitud en estos muertos, y serás mejor y más cariñoso con todos los que te quieren bien y trabajan por ti, querido y afortunado hijo mío, que en el día de los Difuntos no tienes aún que llorar a ninguno!”.
MI AMIGO GARRÓN
Viernes 4.—¡No han sido más que dos los días de vacaciones, y me parece que he estado tanto tiempo sin ver a Garrón! cuanto más le conozco, más lo quiero, y lo mismo sucede a los demás, exceptuados los arrogantes, aunque a su lado no puede haberlos, porque él siempre los mete en cintura. Cada vez que uno de los mayores levanta la mano sobre un pequeño, grita éste: “¡Garrón!”, y el mayor ya no pega. Su padre es maquinista del ferrocarril: él empezó tarde a ir a la escuela, porque estuvo malo dos años. Cualquier cosa que se le pide, lápiz, goma, papel, cortaplumas, lo presta o da en seguida; no habla ni ríe en la escuela; está siempre inmóvil en su banco, demasiado estrecho para él, con la espalda agachada y la cabeza metida entre los hombros; y cuando lo miro me dirige una sonrisa, con los ojos entornados, como diciendo: “Y bien, Enrique, ¿somos amigos?”. Da risa verle, tan alto y grueso, con su chaqueta, pantalones, mangas y todo demasiado estrecho y excesivamente corto; un sombrero que no le cubre la cabeza, el pelo rapado, las botas grandes y una corbata siempre arrollada como una cuerda. ¡Querido Garrón! Basta ver una vez su cara para tomarle cariño. Todos los más pequeños quisieran tenerlo por vecino de banco. Sabe muy bien la Aritmética. Lleva los libros atados con una correa de cuero encarnado. Tiene un cuchillo con mango de concha, que encontró el año pasado en la plaza de armas, y un día se cortó un dedo hasta el hueso, pero ninguno se lo notó en la escuela, ni tampoco rechistó en su casa por no asustar a sus padres. Deja que le digan cualquier cosa por broma, y nunca lo toma a mal; pero ¡ay del que le diga “no es verdad” cuando afirma una cosa! Sus ojos echan chispas entonces, y pega puñetazos capaces de partir el banco. El sábado por la mañana dió cinco céntimos a uno de la clase primera superior, que lloraba en medio de la calle porque le habían quitado el dinero y no podía ya comprar el cuaderno. Hace ocho días que está trabajando en una carta de ocho páginas, con dibujos a pluma en los márgenes, para el día del santo de su madre, que viene a menudo a buscarle, y es alta y gruesa como él. El maestro está siempre mirándolo, y cada vez que pasa a su lado, le da palmaditas en el cuello cariñosamente. Yo le quiero mucho. Estoy contento cuando estrecho en mi mano la suya, grande como la de un hombre. Estoy seguro de que arriesgaría su vida por salvar la de un compañero, y hasta que se dejaría matar por defenderlo; se ve tan claro en sus ojos y se oye con tanto gusto el murmullo de aquella voz, que se conoce viene de un corazón noble y generoso.
EL CARBONERO Y EL SEÑOR
Lunes 7.—No hubiera dicho nunca Garrón, seguramente, lo que dijo ayer por la mañana Carlos Nobis a Beti. Carlos es muy orgulloso, porque su padre es un gran señor: un señor alto, con barba negra, muy serio, que va casi todos los días para acompañar a su hijo. Ayer por la mañana Nobis se peleó con Beti, uno de los más pequeños, hijo de un carbonero, y no sabiendo ya qué replicarle porque no tenía razón, le dijo alto: “Tu padre es un andrajoso”. Beti se puso muy encarnado y no dijo nada; pero se le saltaron las lágrimas, y cuando fué a su casa se lo contó a su padre, y el carbonero, hombre pequeño y muy negro, fué a la lección de la tarde con el muchacho de la mano, a dar las quejas al maestro. Mientras las daba, y como todos estábamos callados, el padre de Nobis, que le estaba quitando la capa a su hijo, como acostumbra, desde el umbral de la puerta, oyó pronunciar su nombre y entró a pedir explicaciones. Es este señor—respondió el maestro—que ha venido a quejarse porque su hijo de usted, Carlos, dijo a su niño: “Tu padre es un andrajoso”.
El padre de Nobis arrugó la frente y se puso algo encarnado. Después preguntó a su hijo: “¿Has dicho esa palabra?”.
El hijo, de pie, en medio de la escuela, con la cabeza baja delante del pequeño Beti, no respondió. Entonces el padre lo agarró de un brazo, le hizo avanzar más enfrente de Beti, hasta el punto de que casi se tocaban, y le dijo: “Pídele perdón”.
El carbonero quiso interponerse, diciendo: “No, no”; pero el señor no lo consintió, y volvió a decir a su hijo: “Pídele perdón. Repite mis palabras: Yo te pido perdón de la palabra injuriosa, insensata, innoble que dije contra tu padre, al cual el mío tiene mucho honor en estrechar su mano”.
El carbonero hizo ademán resuelto de decir: “No quiero”. El señor no lo consintió, y su hijo dijo lentamente, con voz cortada, sin alzar los ojos del suelo: “¡Yo te pido perdón... de la palabra injuriosa... insensata... innoble, que dije contra tu padre, al cual el mío... tiene mucho honor en estrechar su mano!”. Entonces el señor dió la mano al carbonero, que se la estrechó con fuerza; y después, de un empujón repentino, echó a su hijo entre los brazos de Carlos Nobis. “Hágame el favor de ponerlos juntos”, dijo el caballero al maestro. Éste puso a Beti en el banco de Nobis. Cuando estuvieron en su sitio, el padre de Carlos saludó y salió.
El carbonero se quedó un momento pensativo, mirando a los dos muchachos reunidos; después se acercó al banco y miró a Nobis con expresión de cariño y de remordimiento, como si quisiera decirle algo; pero no le dijo nada; alargó la mano para hacerle una caricia: pero tampoco se atrevió, contentándose con tocarle la frente con sus toscos dedos. Después se acercó a la puerta y, volviéndose aún una vez más para mirarlo, desapareció. “Acordaos bien de lo que habéis visto—dijo el maestro—; ésta es la mejor lección del año”.
LA MAESTRA DE MI HERMANO
Jueves 10.—El hijo del carbonero fué alumno de la maestra Delcato, que ha venido hoy a ver a mi hermano, enfermo, y nos ha hecho reír contándole que la mamá de aquel niño, hace dos años, le llevó a su casa una gran espuerta de carbón, en agradecimiento a que le había dado una medalla a su hijo, y porfiaba la pobre mujer porque no quería llevarse el carbón a su casa, y casi lloraba cuando tuvo que volverse con la espuerta llena. Nos ha dicho también que otra pobre mujer le llevó un ramo de flores muy pesado, y que tenía adentro un paquete de cuartos. Nos hemos entretenido mucho oyéndola, y gracias a ella tragó mi hermano una medicina que al principio no quería. ¡Cuánta paciencia deben tener con los niños de la primera enseñanza elemental, sin dientes, como los viejos, que no pronuncian la erre ni la ese; ya tose uno, ya otro echa sangre por las narices, uno pierde los zapatos debajo del banco, otro chilla porque se ha pinchado con la pluma, y llora aquél porque ha comprado una plana de segunda por una de primera! ¡Reunir cincuenta en la clase, con aquellas manecitas de manteca, y tener que enseñar a escribir a todos! Ellos llevan en los bolsillos terrones de azúcar, botones, tapones de botella, ladrillo hecho polvo, toda clase de menudencias, que la maestra les busca; pero que esconden hasta en el calzado. Y nunca están atentos; un moscardón que entre por las ventanas les pone a todos sobre sí; en el verano llevan a la escuela ciertos insectos que echan a volar, y que caen en los tinteros y que después salpican de tinta las planas. La maestra tiene que hacer de mamá con ellos, ayudarlos a vestir, cortarles las uñas, recoger las gorras que tiran, cuidar de que no cambien los abrigos, porque si no, después rabian y chillan. ¡Pobres maestras! ¡Y aún van las mamás a quejarse! “¿Cómo es, señora, que mi niño ha perdido su pluma?”. “¿Cómo es que el mío no aprende nada?”. “¿Por qué no da un premio al mío, que sabe tanto?”. “¿Por qué no hace quitar del banco aquel clavo que ha roto los pantalones de mi Pedro?”. Alguna vez se incomoda con los muchachos la maestra de mi hermano, y cuando no puede más, se muerde las uñas por no pegar un cachete; pierde la paciencia; pero después se arrepiente y acaricia al niño a quien ha regañado; echa a un pequeñuelo de la escuela, pero saliéndosele las lágrimas, y desahoga su cólera con los padres que privan de la comida a los niños por castigo. Es joven y alta la maestra Delcato; viste bien; es morena y viva, y lo hace todo como movida por un resorte; se conmueve por cualquier cosa, y habla entonces con mucha ternura. “Mas, al menos, ¿la quieren los niños?”, le preguntó mi madre. “Mucho—respondió—; pero después, concluido el curso, la mayor parte ni me miran. Cuando están con los profesores, casi se avergüenzan de haber estado conmigo, con una maestra. Después de dos años de cuidados, después que se ha querido tanto a un niño, nos entristece separarnos de él, pero se dice uno ‘¡Oh, desde ahora en adelante me querrá mucho!’. Pero pasan las vacaciones, vuelve a la escuela, corremos a su encuentro. ‘¡Oh, hijo mío!’. Y vuelve la cabeza al otro lado”. Al decir esto la maestra, se detiene. “Pero tú no lo harás así, hermoso—dice después mirando fijamente a mi hermano y besándole—; tú no volverás la cabeza a otro lado, ¿no es verdad?; no renegarás de tu pobre amiga”.
MI MADRE
Jueves, 10 de noviembre.—“¡En presencia de la maestra de tu hermano faltaste al respeto de tu madre! ¡Que esto no suceda más, Enrique mío! Tu palabra irreverente se me ha clavado en el corazón como un dardo. Piensa en tu madre, cuando años atrás estaba inclinada toda la noche sobre tu cama, midiendo tu respiración, llorando lágrimas de angustia y apretando los dientes de terror, porque creía perderte y temía que le faltara la razón; y con este pensamiento experimentarás cierta especie de terror hacia ti, ¡Tú ofender a tu madre, a tu madre, que daría un año de felicidad por quitarte una hora de dolor, que pediría limosna por ti, que se dejaría matar por salvar tu vida! Oye, Enrique mío: fija bien en la mente este pensamiento. Considera que te esperan en la vida muchos días terribles; pues el más terrible de todos será el día en que pierdas a tu madre. Mil veces, Enrique, cuando ya seas hombre fuerte y probado en toda clase de contrariedades, tú la invocarás, oprimido tu corazón de un deseo inmenso de volver a oír su voz y de volver a sus brazos abiertos para arrojarte en ellos sollozando, como pobre niño sin protección y sin consuelo. ¡Cómo te acordarás entonces de toda amargura que le hayas causado, y con qué remordimiento, desgraciado, las contarás todas! No esperes tranquilidad en tu vida, si has contristado a tu madre. Tú te arrepentirás, le pedirás perdón, venerarás su memoria inútilmente; la conciencia no te dejará vivir en paz; aquella imagen dulce y buena tendrá siempre para ti una expresión de tristeza y reconvención que pondrá tu alma en tortura. ¡Oh, Enrique, mucho cuidado! Éste es el más sagrado de los humanos afectos. ¡Desgraciado del que lo profane! El asesino que respeta a su madre, aún tiene algo de honrado y algo noble en su corazón; el mejor de los hombres que le hace sufrir o la ofende, no es más que miserable criatura. Que no salga nunca de tu boca una palabra dura para la que te ha dado el ser. Y si alguna se te escapa, no sea el temor a tu padre, sino un impulso del alma lo que te haga arrojarte a sus pies, suplicándole que con el beso del perdón borre de tu frente la mancha de la ingratitud. Yo te quiero, hijo mío; tú eres la esperanza más querida de mi vida; pero mejor quiero verte muerto, que saber eres ingrato con tu madre. Vete, y por un poco de tiempo no me hagas caricias; no podría devolvértelas con cariño.—Tu padre”.
EL COMPAÑERO CORETA
Domingo 13.—Mi padre me perdonó; pero me quedé un poco triste, y mi madre me mandó a dar un paseo con el hijo mayor del portero. A mitad del paseo, pasando junto a un carro, parado delante de una tienda, oigo que me llaman por mi nombre, y vuelvo. Era Coreta, mi compañero, con su chaqueta de punto color de chocolate, y su gorra de piel, sudando y alegre, que tenía una gran carga de leña sobre sus espaldas. Un hombre, de pie en el carro, le echaba una brazada de leña cada vez, él la cogía y la llevaba a la tienda de su padre, donde de prisa y corriendo la amontonaba. “¿Qué haces, Coreta?”, le pregunté. “¿No lo ves?—respondió tendiendo los brazos para coger la carga—; repaso la lección”. Me reí. Pero él hablaba en serio, y después de coger la brazada de leña, empezó a decir corriendo: “Llámanse accidentes del verbo... sus variaciones, según el número..., según el número y la persona...”. Y después, echando la leña y amontonándola: “según el tiempo..., según el tiempo a que se refiere la acción...” Y volviéndose al carro a tomar otra brazada: “según el modo con que la acción se enuncia”.
Era nuestra lección de Gramática para el día siguiente: “¿Qué quieres?—me dijo—; aprovecho el tiempo. Mi padre se ha ido a la calle con el muchacho, para un negocio. Mi madre está enferma. Me toca a mí descargar. Entretanto, repaso la Gramática. Y hoy es una lección difícil. No acabo de metérmela en la cabeza”. “Mi padre me ha dicho que estará aquí a las siete para pagarle a usted”, dijo después al hombre del carro. El carro se fué. “Entra un momento en la tienda”, me dijo Coreta. Entré. Era una habitación llena de montones de haces de leña, con una romana a un lado. “Hoy es día de mucho trabajo, te lo aseguro—añadió Coreta—; tengo que hacer mi obligación a ratos y como pueda. Estaba escribiendo los apuntes, y ha venido gente a comprar. Me he vuelto a poner a escribir, y llegó el carro. Esta mañana he ido ya dos veces al mercado de la leña, en la plaza de Venecia. Tengo las piernas que ya no las siento y las manos hinchadas. ¡Lo único que me faltaba era tener que hacer también algún dibujo!”. Y mientras, barría las hojas secas y las pajillas que rodeaban el montón. “Pero, ¿dónde trabajas, Coreta?”, le pregunté. “No aquí, ciertamente—respondió—; ven a verlo”. Y me llevó a una habitación dentro de la tienda, que servía de cocina y de comedor, y en un lado, una mesa en donde estaban los libros, los cuadernos y el trabajo empezado. “Precisamente aquí—dijo—he dejado la segunda contestación en el aire: con el cuero se hacen los zapatos, los cinturones... Ahora se añade: las maletas”. Y tomando la pluma, se puso a escribir con su hermosa letra. “¿No hay nadie?”, se oyó gritar en aquel momento en la tienda. “Allá voy”, respondió Coreta. Y saltó de allí, pesó los haces, tomó el dinero, corrió a un lado para apuntar la venta en un cartapacio, y volvió a su trabajo diciendo: “A ver si puedo concluir el período”, y escribió: las bolsas de viaje y las mochilas para los soldados. “¡Ah, mi pobre café, que se sale!—gritó de repente, y corrió a la hornilla a quitar la cafetera del fuego—. Es el café para mamá—dijo—; me ha sido preciso aprender a hacerlo. Espera un poco y se lo llevaremos; así te verá y tendrá mucho gusto... hace siete días que está en cama. ¡Accidentes del verbo! Siempre me quemo los dedos con esta cafetera. ¿Qué hay que añadir después de las mochilas de los soldados? Hace falta más, y no lo recuerdo. Ven a ver a mamá”.
Abrió una puerta y entramos en otro cuarto pequeño. La mamá de Coreta estaba en una cama grande, con un pañuelo en la cabeza. “Aquí está el café, madre—dijo Coreta alargando la taza—; conmigo viene un compañero de escuela”. “¡Cuánto me alegro!—me dijo la señora—; viene a visitar a los enfermos, ¿no es verdad?”.
Entretanto Coreta arreglaba la almohada detrás de la espalda de su madre, componía la ropa de la cama, atizaba el fuego, echaba el gato de la cómoda. “¿Quiere usted algo, madre?—preguntó después tomando la taza—. Le he puesto a usted dos cucharaditas de azúcar. Cuando no haya nadie haré una escapada a la botica. La leña ya está descargada. A las cuatro pondré el puchero como ha dicho usted, y cuando pase la mujer de la manteca le daré sus ocho cuartos. Todo se hará; no se preocupe usted por nada”. “Gracias, hijo—respondió la señora—. ¡Pobre hijo mío, vete! ¡Está en todo!”.
Quiso que tomara un terrón de azúcar, y después Coreta me enseñó un cuadrito, el retrato en fotografía de su padre, vestido de soldado, con la Cruz al valor que ganó en 1866, en la división del entonces príncipe Humberto. Tenía la misma cara del hijo, con sus ojos vivos y su sonrisa alegre. Volvimos a la cocina. “Ya he recordado lo que me faltaba—dijo Coreta, y añadió en el cuaderno: se hacen también las guarniciones para los caballos—. Lo que queda lo escribiré esta noche, estando levantado hasta más tarde. ¡Feliz tú que tienes todo el tiempo que quieras para estudiar, y aun te sobra para ir a paseo!”.
Y siempre alegre y vivo, vuelto a la tienda, comenzó a poner pedazos de leña sobre la romana y a partirlos por medio, diciendo: “¡Ésta es gimnasia! Más que el ejercicio de pesas. Quiero que mi padre encuentre toda esta leña partida cuando vuelva a casa: Esto le gustará mucho. Lo malo es que, después de este trabajo, hago unas tes y unas eles que parecen serpientes, según dice el maestro. ¿Qué he de hacer? Le diré que he tenido que mover los brazos. Lo que importa es que mi madre se ponga pronto buena. Hoy, gracias a Dios, está mejor. La Gramática la estudiaré mañana, antes que venga el día. ¡Ah, ahora viene el carro con los troncos! ¡Al trabajo!”.
Un carro cargado de leña se detuvo delante de la puerta de la tienda. Coreta salió fuera a hablar con el hombre, y volvió después. “Ahora no puedo yo hacerte compañía—me dijo—; hasta mañana. Has hecho bien en venir a buscarme. ¡Buen paseo te has dado! ¡Feliz tú que puedes!”. Y dándome la mano, corrió a tomar el primer tronco, y volvió a hacer sus viajes del carro a la tienda, con su cara fresca como una rosa bajo su gorra de piel, y tan vivo, que daba gusto verlo. “¡Feliz tú!” me dijo él. “¡Ah, no, Coreta, no; tú eres más feliz; tú, porque estudias y trabajas más; porque eres más útil a tu padre y a tu madre; porque eres mejor, cien veces mejor que yo, querido compañero”.
EL DIRECTOR
Viernes 18.—Coreta estaba muy contento esta mañana porque iba a presenciar los exámenes mensuales su maestro de la segunda clase, Coato, un hombrón con mucho pelo y muy crespo, gran barba negra, ojos grandes obscuros, y una voz de trueno: amenaza siempre a los niños con hacerlos pedazos y llevarlos de las orejas a la prevención, y tiene siempre el semblante adusto; pero jamás castiga a nadie, y antes bien sonríe siempre detrás de su barba, sin delatarse. Ocho son los maestros, con Coato, e incluyendo también el suplente, pequeño y sin barba, que parece un chiquillo. Hay un maestro, el de la clase cuarta, cojo, arropado en una gran bufanda de lana, siempre lleno de dolores, que adquirió cuando era maestro rural en una escuela húmeda, donde las paredes goteaban. Otro maestro de la cuarta clase es viejo, muy canoso, y ha sido profesor de ciegos. Hay otro muy bien vestido, con lentes, bigotito rubio y que llaman el abogadillo, porque siendo ya maestro, se hizo abogado, cursó la licenciatura y compuso un libro para enseñar a escribir cartas. En cambio, el que enseña la gimnasia tiene tipo de soldado; ha servido con Garibaldi, y se le ve en el cuello la cicatriz de una herida de sable que recibió en la batalla de Milazo. El director, en fin, es alto, calvo, usa lentes de oro; su barba gris le llega hasta el pecho; está vestido de negro y va siempre abotonado hasta la barba; tan bueno con los muchachos, que cuando entran todos temblando en la Dirección, llamados para echarles un regaño, no les grita, sino que les coge por las manos y les hace estas reflexiones: que no deben obrar así; que es menester que se arrepientan; que prometan ser buenos; y habla con tan suaves modos y con una voz tan dulce, que todos salen con los ojos arrasados y más corregidos que si los hubiesen castigado. ¡Pobre director! Él es siempre el primero en su puesto por las mañanas, para esperar a los alumnos y dar audiencia a los padres, y cuando los maestros se han ido ya a sus casas, da aún una vuelta alrededor de la escuela para cuidar de que los niños no se cuelguen en la trasera de los coches, no se entretengan por las calles en sus juegos o en llenar las carteras de arena o de piedras; y cada vez que se presenta en una esquina, tan alto y tan negro, bandadas de muchachos escapan en todas direcciones, dejando allí los objetos del juego, y él les amenaza con el índice desde lejos, con un aire afable y triste. “Nadie le ha visto reír—dice mi madre—desde que murió su hijo, que era voluntario del ejército, y tiene siempre a la vista su retrato sobre la mesa de la Dirección”. No quería servir después de esta desgracia; había pedido ya su jubilación al Ayuntamiento, y la tenía siempre sobre la mesa, dilatando en mandarla de día en día, porque le disgustaba dejar a los niños. Pero el otro día parecía decidido, y mi padre, que estaba con él en la Dirección, le decía: “¡Es una lástima que usted se vaya, señor director”, cuando entró un hombre a matricular su chico que pasaba de un colegio a otro, porque se había mudado de casa. Al ver aquel niño, el director hizo un gesto de asombro; lo miró un poco más; miró el retrato que tenía sobre la mesa y volvió a mirar al muchacho sentándolo sobre sus rodillas y haciéndole levantar la cara. Aquel niño se parecía mucho a su hijo muerto. El director dijo: “Está bien”. Hizo la matrícula; despidió al padre y al hijo, y se quedó pensativo. “¡Es una lástima que usted se vaya!”, repitió mi padre. Y entonces el director cogió su instancia de jubilación, la rompió en dos pedazos, y dijo: “Me quedo”.
LOS SOLDADOS
Martes 22.—Su hijo era voluntario del ejército cuando murió; por eso el director va siempre a la plaza a ver pasar los soldados cuando salimos de la escuela. Ayer pasaba un regimiento de infantería, y cincuenta muchachos se pusieron a saltar alrededor de la música, cantando y llevando el compás con las reglas sobre la cartera. Nosotros estábamos en un grupo, en la acera, mirando: Garrón, oprimido entre su estrecha ropa, mordía un pedazo de pan; Votino, aquél tan elegantito, que siempre está quitándose las motas; Precusa, el hijo del forjador, con la chaqueta de su padre; el calabrés; el albañilito; Crosi, con su roja cabeza; Franti, con su aire descarado, y también Roberto, el hijo del capitán de artillería, el que salvó al niño del ómnibus, y que ahora anda con muletas. Franti se echó a reír de un soldado que cojeaba. Pero de pronto sintió una mano sobre el hombro; se volvió; era el director. “Óyeme—le dijo al punto—: burlarse de un soldado cuando está en las filas, cuando no puede vengarse ni responder, es como insultar a un hombre atado; es una villanía”. Franti desapareció. Los soldados pasaban de cuatro en cuatro, sudando y cubiertos de polvo, y las puntas de las bayonetas resplandecían con el sol. El director dijo: “Debéis querer mucho a los soldados. Son nuestros defensores; ellos irían a hacerse matar por nosotros si mañana un ejército extranjero amenazase nuestro país. Son también muchachos, pues tienen pocos más años que vosotros, y también van a la escuela; hay entre ellos pobres y ricos, como entre nosotros sucede, y vienen también de todas partes de Italia. Vedlos; casi se les puede reconocer por la cara: pasan sicilianos, sardos, napolitanos, lombardos. Éste es un regimiento veterano, de los que han combatido en 1848. Los soldados no son ya aquéllos; pero la bandera es siempre la misma. ¡Cuántos habrán muerto por la patria alrededor de esa bandera veterana antes que naciérais vosotros!”. “Ahí viene”, dijo Garrón. Y en efecto, se veía ya cerca la bandera, que sobresalía por cima de las cabezas de los soldados. “Haced una cosa, hijos—dijo el director—: saludad con respeto la bandera tricolor”. La bandera, llevada por un oficial, pasó delante de nosotros, rota y descolorida, con sus corbatas sobre el asta. Todos a un tiempo llevamos la mano a las gorras. El oficial nos miró sonriendo y nos devolvió el saludo con la mano. “Bueno, muchachos”, dijo uno detrás de nosotros. Nos volvimos a verle; era un anciano que llevaba en el ojal de la levita la cinta azul de la campaña de Crimea; un oficial retirado. “¡Bravo!—dijo—; habéis hecho una cosa que os enaltece”. Entretanto, la banda del regimiento volvía por el fondo de la plaza, rodeada de una turba de chiquillos, y cien gritos alegres acompañaban los sonidos de las trompetas, como un canto de guerra. “¡Bravo!—repitió el veterano oficial mirándonos—. El que de pequeño respeta la bandera, sabrá defenderla cuando sea mayor”.
EL PROTECTOR DE NELLE
Miércoles 23.—También Nelle, el pobre jorobadito, miraba ayer a los militares; pero de un modo así, como pensando: “¡Yo no podré nunca ser soldado!”. Es bueno y estudia; pero está demacrado y pálido, y le cuesta trabajo respirar. Lleva siempre un largo delantal de tela negra lustrosa. Su madre es una señora pequeña y rubia, vestida de negro, que viene siempre a recogerle a la salida, porque no salga en tropel con los demás, y le acaricia mucho. En los primeros días, porque tiene la desgracia de ser jorobado, muchos niños se burlaban de él y le pegaban en la espalda con las carteras; pero él nunca se enfadaba ni decía nada a su madre por no darle el disgusto de que supiera que su hijo era juguete de sus compañeros; se mofaban de él, y él lloraba y callaba, apoyando la frente sobre el banco. Pero una mañana se levantó Garrón y dijo: “¡Al primero que toque a Nelle, le doy un testarazo que le hago dar tres vueltas!”. Franti no hizo caso, y recibió el testarazo y dió las tres vueltas, y desde entonces ninguno tocó más a Nelle. El maestro le puso cerca de Garrón, en el mismo banco. Así se hicieron muy amigos, y Nelle ha tomado mucho cariño a Garrón. Apenas entra en la escuela, busca en seguida por dónde anda, y no se va nunca sin decir: “Adiós, Garrón”. Y lo mismo hace Garrón con él. Cuando a Nelle se le cae la pluma o un libro debajo del banco, en seguida, para que no tenga el trabajo de agacharse, Garrón se inclina y le recoge el libro o la pluma, y después le ayuda a arreglarse el traje y a ponerse el abrigo. Por esto Nelle le quiere mucho, le está siempre mirando, y cuando el maestro lo celebra, se pone tan contento como si lo celebrase a él. Nelle, al fin, tuvo que decírselo todo a su madre: las burlas de los primeros días; lo que le hacían sufrir, y, después, el compañero que le defendió y a quien tomó tanto cariño; y debe habérselo dicho, por lo que sucedió esta mañana. El maestro me mandó llevar al director el programa de la lección, media hora antes de la salida, y yo estaba en su despacho cuando entró una señora rubia, vestida de negro, la mamá de Nelle, la cual dijo: “Señor director, ¿hay en la clase de mi hijo un niño que se llama Garrón?”. “Sí hay”, respondió el director. “¿Quiere usted tener la bondad de hacerle venir aquí un momento, porque tengo que decirle algunas palabras?”. El director llamó al bedel y lo mandó al aula; y un minuto después llegó muy asombrado a la puerta Garrón, con su cabeza grande y rapada. Apenas le vió la señora, corrió a su encuentro, le echó los brazos al cuello y le dió muchos besos en la cabeza, diciendo: “¿Tú eres Garrón, el amigo de mi hijo, el protector de mi pobre niño; eres tú, querido, tú, hermoso...?”. Después buscó precipitadamente en sus bolsillos, y no encontrando nada en ellos, se arrancó del cuello una cadena con una crucecita y la colgó del de Garrón, por bajo de la corbata, y añadió: “¡Tómala, llévala en recuerdo mío, querido niño, en recuerdo de la madre de Nelle, que te da millones de millones de gracias y que te bendice!”.
EL PRIMERO DE LA CLASE
Viernes 25.—Garrón se atrae el cariño de todos, y Deroso la admiración. Ha obtenido el primer premio: será también el número uno este año: nadie puede competir con él: todos reconocen su superioridad en todas las asignaturas. Es el primero en Aritmética, en Gramática, en Retórica; en Dibujo todo lo comprende al vuelo; tiene una memoria prodigiosa; todo lo aprende sin esfuerzo: parece que el estudio es un juego para él. El maestro le dijo ayer: “Has recibido grandes dones de Dios: no tienes que hacer más que no malgastarlos”. Es también, por lo demás, alto, guapo, tiene el cabello rubio y rizado; tan ágil, que salta sobre un banco sin apoyar más que una mano; sabe ya esgrima. Tiene doce años, es hijo de un comerciante: va siempre vestido de azul, con botones dorados; vivo, alegre, gracioso, ayuda a cuantos puede en el examen y nadie se atreve jamás a jugarle una mala pasada, ni a dirigirle una palabra malsonante. Nobis y Franti solamente lo miran de reojo, y a Votino le rebosa la envidia por los ojos; mas parece que ni lo advierte siquiera. Todos le sonríen y le dan la mano o un abrazo cuando da la vuelta recogiendo los trabajos de aquel modo tan gracioso y simpático. Él regala periódicos ilustrados, dibujos; todo lo que en su casa le regalan a él: ha hecho para el calabrés un pequeño mapa de la Calabria; y todo lo da siempre sin pretensiones, a lo gran señor, y sin demostrar predilección por ninguno. Es imposible no envidiarle, no reconocer su superioridad en todo. ¡Ah! yo también, como Votino, lo envidio. Y siento una amargura, una especie de despecho contra él alguna vez, cuando me cuesta tanto hacer el trabajo en casa y pienso que a aquella hora ya lo tendrá él acabado muy bien y sin esfuerzo alguno. Pero después, cuando vuelvo a la escuela y lo encuentro tan bueno, sonriente y afable; cuando le oigo responder con tanta seguridad a las preguntas del maestro, qué amable es y cuánto lo quieren todos, entonces todo rencor, todo despecho lo arrojo de mi corazón y me avergüenzo de haber tenido aquellos sentimientos. Quisiera entonces estar siempre a su lado, quisiera poder seguir todos los estudios con él; su presencia, su voz, me infunden valor, gana de trabajar, alegría, placer. El maestro le ha dado a copiar el cuento mensual que leerá mañana: El pequeño vigía lombardo; él lo copiaba esta mañana, y estaba conmovido con aquel hecho heroico; se le veía encendido el rostro, con los ojos húmedos y la boca temblorosa; yo le miraba con satisfacción, diciendo: “¡Qué hermoso está!”. ¡Con qué gusto le hubiera dicho yo en su cara francamente: “Deroso, tú vales mucho más que yo!. ¡Tú eres un hombre a mi lado! ¡Yo te respeto y te admiro!”.
EL PEQUEÑO VIGÍA LOMBARDO
(CUENTO MENSUAL)
Sábado 26.—En 1859, durante la guerra por el rescate de Lombardía, pocos días después de la batalla de Solferino y San Martino, ganada por los franceses y los italianos contra los austríacos, en una hermosa mañana del mes de junio, una sección de caballería de Saluzo iba, a paso lento, por estrecha senda solitaria hacia el enemigo, explorando el campo atentamente. Mandaban la sección un oficial y un sargento, y todos miraban a lo lejos delante de sí, con los ojos fijos, silenciosos, preparándose para ver blanquear a cada momento, entre los árboles, las divisiones de las avanzadas enemigas. Llegaron así a cierta casita rústica, rodeada de fresnos, delante de la cual sólo había un muchacho como de doce años, que descortezaba gruesa rama con un cuchillo para proporcionarse un bastón; en una de las ventanas de la casa tremolaba al viento la bandera tricolor; dentro no había nadie: los aldeanos, izada su bandera, habían escapado por miedo a los austríacos. Apenas divisó la caballería el muchacho, tiró el bastón y se quitó la gorra. Era un hermoso niño de aire descarado, con ojos grandes y azules, los cabellos rubios y largos; estaba en mangas de camisa y enseñaba el pecho desnudo. “¿Qué haces aquí?—le preguntó el oficial, parando el caballo—. ¿Por qué no has huido con tu familia?”. “Yo no tengo familia—respondió el muchacho—. Soy expósito. Trabajo algo al servicio de todos. Me he quedado aquí para ver la guerra”. “¿Has visto pasar a los austríacos?”. “No, desde hace tres días”.
El oficial se quedó un poco pensativo; después se apeó del caballo, y, dejando los soldados allí vueltos hacia el enemigo, entró en la casa y se subió hasta el tejado: no se veía más que un pedazo de campo. “Es menester subir sobre los árboles”, pensó el oficial; y bajó. Precisamente delante de la era se alzaba un fresno altísimo y flexible, cuya cumbre casi se mecía en las nubes. El oficial estuvo por momentos indeciso, mirando ya al árbol, ya a los soldados; después, de pronto, preguntó al muchacho: “¿Tienes buena vista, chico?”. “¿Yo?—respondió el muchacho—. Yo veo a un gorrioncillo aunque esté a dos leguas”. “¿Sabrás tú subir a la cima de aquel árbol?”. “¿A la cima de aquel árbol, yo? En medio minuto me subo”. “¿Y sabrás decirme lo que veas desde allí arriba, si son soldados austríacos, nubes de polvo, fusiles que relucen, caballos...?”. “De seguro que sabré”. “¿Qué quieres por prestarme este servicio?”. “¿Qué quiero?—dijo el muchacho sonriendo—. Nada. ¡Vaya una cosa! Y después, si fuera por los alemanes; entonces por ningún precio; ¡pero por los nuestros! ¡Si yo soy lombardo!”. “Bien; súbete, pues”. “Espere que me quite los zapatos”.
Se quitó el calzado, se apretó el cinturón, echó al suelo la gorra y se abrazó al tronco del fresno. “Pero, mira...”, exclamó el oficial, intentando detenerlo como sobrecogido por repentino temor.
El muchacho se volvió a mirarlo con sus hermosos ojos azules, en actitud interrogante—. “Nada—dijo el oficial—; sube”.
El muchacho se encaramó como un gato. “¡Mirad delante de vosotros!”, gritó el oficial a los soldados.
En pocos momentos el muchacho estuvo en la copa del árbol, abrazado al tronco, con las piernas entre las hojas, pero con el pecho descubierto, y su rubia cabeza resplandecía con el sol pareciendo oro. El oficial apenas lo veía: tan pequeño resultaba allí arriba. “Mira hacia el frente, y muy lejos”, gritó el oficial.
El chico, para ver mejor, sacó la mano derecha, que apoyaba en el árbol, y se la puso sobre los ojos a manera de pantalla. “¿Qué ves?” preguntó el oficial.
El muchacho inclinó la cara hacia él, y, haciendo portavoz de su mano, respondió: “Dos hombres a caballo en lo blanco del camino”. “¿A qué distancia de aquí?”. “Media legua”. “¿Se mueven?”. “Están parados”. “¿Qué otra cosa ves?”—preguntó el oficial, después de un instante de silencio—. “Mira a la derecha”. El chico dijo: “Cerca del cementerio, entre los árboles, hay algo que brilla; parecen bayonetas”. “¿Ves gente?”. “No; estarán escondidos entre los sembrados”.
En aquel momento un silbido de bala agudísimo se sintió por el aire y fué a perderse lejos, detrás de la casa. “¡Bájate, muchacho! gritó el oficial—. Te han visto. No quiero saber más. Vente abajo”. “Yo no tengo miedo”, respondió el chico. “¡Baja...!”, repitió el oficial. “¿Qué más ves a la izquierda?”. “¿A la izquierda?”.
El muchacho volvió la cabeza a la izquierda. En aquel momento otro silbido más agudo y más bajo hendió los aires. El muchacho se ocultó todo lo que pudo. “¡Vamos!—exclamó—; la han tomado conmigo!”. La bala le había pasado muy cerca. “¡Abajo!”, gritó el oficial con energía y furioso. “En seguida bajo—respondió el chico—; pero el árbol me resguarda; no tenga usted cuidado. ¿A la izquierda quiere usted saber?”. “A la izquierda—respondió el oficial—; pero baja”. “A la izquierda—gritó el niño, dirigiendo el cuerpo hacia aquella parte—, donde hay una capilla, me parece ver...”. Un tercer silbido pasó por lo alto, y en seguida se vió al muchacho venir abajo, deteniéndose un punto en el tronco y en las ramas, y precipitándose después de cabeza con los brazos abiertos. “¡Maldición!”, gritó el oficial acudiendo.
El chico cayó a tierra de espaldas, y quedó tendido con los brazos abiertos, boca arriba; un arroyo de sangre le salió del pecho, a la izquierda. El sargento y dos soldados se apearon de sus caballos: el oficial se agachó y le separó la camisa; la bala le había entrado en el pulmón izquierdo. “¡Está muerto!”, exclamó el oficial. “¡No, vive!”, replicó el sargento. “¡Ah, pobre niño, valiente muchacho!—gritó el oficial—. ¡Ánimo, ánimo!”. Pero mientras decía “ánimo” y le oprimía el pañuelo sobre la herida, el muchacho movió los ojos e inclinó la cabeza; había muerto. El oficial palideció y lo miró fijo un minuto, después le arregló la cabeza sobre la hierba, se levantó y estuvo otro instante mirándolo. También el sargento y los dos soldados, inmóviles, lo miraban; los demás estaban vueltos hacia el enemigo. “¡Pobre muchacho!—repitió tristemente el oficial—. ¡Pobre y valiente niño!”.
Luego se acercó a la casa, quitó de la ventana la bandera tricolor y la extendió como paño fúnebre sobre el pobre muerto, dejándole la cara descubierta. El sargento acercó al lado del muerto los zapatos, la gorra, el bastón y el cuchillo.
Permanecieron aún un rato silenciosos; después el oficial se volvió al sargento, y le dijo: “Mandaremos que lo recoja la ambulancia: ha muerto como soldado, y como soldado debemos enterrarlo”. Dicho esto, dió al muerto un beso en la frente y gritó: “¡A caballo!”. Todos se aseguraron en las sillas, reunióse la sección y volvió a emprender la marcha.
Pocas horas después, el pobre muerto tuvo los honores de guerra.
Al ponerse el sol, toda la línea de las avanzadas italianas se dirigía hacia el enemigo, y por el mismo camino que recorrió por la mañana la sección de caballería, caminaba en dos filas un bravo batallón de cazadores, el cual pocos días antes había regado valerosamente con su sangre el collado de San Martino. La noticia de la muerte del muchacho había corrido ya entre los soldados antes que dejaran sus campamentos. El camino, flanqueado por un arroyuelo, pasaba a pocos pasos de distancia de la casa. Cuando los primeros oficiales del batallón vieron al pequeño cadáver tendido al pie del fresno y cubierto con la bandera tricolor, lo saludaron con sus sables y uno de ellos se inclinó sobre la orilla del arroyo, que estaba muy florida, arrancó las flores y se las echó. Entonces todos los cazadores, conforme iban pasando, cortaban flores y las arrojaban al muerto. En pocos momentos el muchacho se vió cubierto de flores, y los soldados le dirigían todos sus saludos al pasar. “¡Bravo, pequeño lombardo! ¡Adiós, niño! ¡Adiós, rubio! ¡Viva! ¡Bendito sea! ¡Adiós!”. Un oficial le puso su cruz roja, otro le besó en la frente y las flores continuaban lloviendo sobre sus desnudos pies, sobre el pecho ensangrentado, sobre la rubia cabeza. Y él parecía dormido en la hierba, envuelto en la bandera, con el rostro pálido y casi sonriente, como si oyese aquellos saludos y estuviese contento de haber dado la vida por su patria.
LOS POBRES
Martes 29.—“Dar la vida por la patria, como el muchacho lombardo, es una gran virtud; pero no olvides tampoco, hijo mío, otras virtudes menos brillantes. Esta mañana, yendo delante de mí cuando volvíamos de la escuela, pasaste junto a una pobre que tenía sobre sus rodillas a un niño extenuado y pálido, y que te pidió limosna. Tú la miraste y no le diste nada, y quizás llevaras dinero en el bolsillo. Oye, hijo mío. No te acostumbres a pasar con indiferencia delante de la miseria que tiende la mano, y mucho menos delante de una madre que pide limosna para su hijo. Piensa en que quizá aquel niño tuviera hambre; piensa en la desesperación de aquella mujer. Imagínate el desesperado sollozo de tu madre, cuando un día te tuviese que decir: ‘Enrique, hoy no puedo darte ni un pedazo de pan’. Cuando yo doy diez céntimos a un pobre y éste me dice: ‘¡Dios le dé salud a usted y a sus hijos!’, tú no puedes comprender la dulzura que siento en mi corazón con aquellas palabras, y la gratitud que aquel hombre me inspira. Me parece que, con aquel buen presagio, voy a conservar mi salud y tú la tuya por mucho tiempo, y vuelvo a casa pensando: ‘¡Oh, aquel pobre me ha dado más de lo que yo le he dado a él!’. Pues bien: haz tú por oír alguna vez buenos augurios análogos, provocados, merecidos por ti; saca de vez en cuando cuartos de tu bolsillo para dejarlos caer en la mano del viejo necesitado, de la madre sin pan, del niño sin madre. A los pobres les gusta la limosna de los niños, porque no les humilla, y porque los niños, que necesitan de todo el mundo, se les parecen. He aquí por qué siempre hay pobres en la puerta de las escuelas. La limosna del hombre es acto de caridad; pero la del niño, al mismo tiempo que un acto de caridad, es caricia. ¿Comprendes? Es como si de su mano cayeran a la vez un socorro y una flor. Piensa en que a ti no te falta nada, mientras que les falta todo a ellos; que mientras tú ambicionas ser feliz, ellos con vivir se contentan. Piensa que es un horror que en medio de tantos palacios, en las calles por donde pasan carruajes y niños vestidos de terciopelo, hay mujeres y niños que no tienen qué comer. ¡No tener qué comer, Dios mío! ¡Niños como tú, como tú, buenos; inteligentes como tú, que en medio de una gran ciudad no tienen qué comer, como fieras perdidas en un desierto! ¡Oh, Enrique!: no pases nunca más delante de una madre que pide limosna, sin dejarle un socorro en la mano.—Tu madre”.
DICIEMBRE
EL COMERCIANTE
Jueves 1.º
I padre quiere que cada día de fiesta haga venir a casa a uno de mis compañeros, o que vaya a buscarlo para hacerme poco a poco amigo de todos. El domingo fuí a pasear con Votino: aquél tan bien vestido, que se está siempre alisando y que tiene tanta envidia de Deroso. Hoy ha venido a casa Garofi: aquél alto y delgado, con la nariz de pico de loro y los ojos pequeños y vivos, que parecen sondearlo todo. Es hijo de un droguero, y tipo muy original. Está siempre contando los cuartos que tiene en el bolsillo; cuenta muy de prisa con los dedos, y verifica cualquier multiplicación sin necesidad de tabla pitagórica. Hace sus economías, y tiene ya una libreta de la Caja de Ahorros escolar. Es desconfiado, no gasta nunca un cuarto, y si se le cae un céntimo debajo del banco, es capaz de pasarse la semana buscándolo. “Es como la urraca”, dice Deroso. Todo lo que encuentra, plumas gastadas, sellos usados, alfileres, cerillas, todo lo recoge. Hace ya más de dos años que colecciona sellos, y tiene ya centenares de todos los países, en su grande álbum, que venderá después al librero cuando esté completo. Entretanto, el librero le da muchos cuadernos gratis, porque le lleva los niños a la tienda. En la escuela está siempre traficando; todos los días vende, hace loterías y subastas; después se arrepiente y quiere sus mercancías; compra por dos y vende por cuatro; juega a las aleluyas y jamás pierde; vende los periódicos atrasados al estanquero, y tiene un cuaderno donde anota todos sus negocios, lleno todo él de sumas y de restas. En la escuela sólo estudia Aritmética; y si ambiciona premios, no es más que por tener entrada gratis en el teatro Guiñol. A mí me gusta y me entretiene. Hemos jugado a hacer una tienda con los pesos y las balanzas: él sabe el precio exacto de todas las cosas, conoce las pesas y hace muy pronto y bien cartuchos y paquetes como los tenderos. Dice que apenas salga de la escuela, emprenderá un negocio, un comercio nuevo, inventado por él. Ha estado muy contento porque le he dado sellos extranjeros, y me ha dicho al punto en cuánto se vende cada uno para las colecciones. Mi padre, haciendo como que leía el periódico, le estaba oyendo y se divertía. Siempre lleva los bolsillos llenos de sus pequeñas mercancías, que cubre con un largo delantal negro, y parece que está continuamente pensativo y muy ocupado, como los comerciantes. Pero lo que le gusta más que todo es su colección de sellos: éste es su tesoro, y habla siempre de él como si debiese sacar de aquí una fortuna. Los compañeros lo creen avaro y usurero. Yo no pienso así. Le quiero bien; me enseña muchas cosas, y me parece un hombre. Coreta, el hijo del vendedor de leña, dice que no daría Garofi sus sellos ni para salvar la vida de su madre. Mi padre no lo cree. “Espera aún para juzgarle, me ha dicho; tiene, en efecto, esa pasión; pero su corazón es bueno”.
VANIDAD
Lunes 5.—Ayer fuí a pasear por la alameda de Rívoli con Votino y su padre. Al pasar por la calle Dora Grosa vimos a Estardo, el que se incomoda con los revoltosos, parado muy tieso delante del escaparate de un librero, con los ojos fijos en un mapa: y sabe Dios desde cuándo estaría allí, porque él estudia hasta en la calle; ni siquiera nos saludó el muy grosero. Votino iba muy bien vestido, quizá demasiado; llevaba botas de tafilete con pespuntes encarnados, un traje con adornos y vivos de seda, sombrero blanco de castor y reloj. Pero su vanidad debía parar en mal esta vez. Después de haber andado buen trecho por la calle, dejándonos muy atrás a su padre, que marchaba despacio, nos paramos en un asiento de piedra junto a un muchacho modestamente vestido que parecía cansado y estaba pensativo, con la cabeza baja. Un hombre, que debía ser su padre, paseaba bajo los árboles leyendo un periódico. Nos sentamos. Votino se puso entre el otro niño y yo. De pronto se acordó de que estaba bien vestido, y quiso hacerse admirar y envidiar de nuestro vecino. Levantó un pie y me dijo: “¿Has visto mis botas nuevas?”. Lo decía para que el otro las mirara, pero éste no se fijó. Entonces bajó el pie y me enseñó las borlas de seda, mirando de reojo al muchacho, añadiendo que aquellas borlas de seda no le gustaban y que las quería cambiar por botones de plata. Pero el chico no miró tampoco.
Votino, entonces, se puso a jugar, dándole vueltas sobre el índice, con su precioso sombrero de castor blanco: pero el niño parecía que lo hacía de propósito; no se dignó dirigir siquiera una mirada al sombrero.
Votino, que empezaba a exasperarse, sacó el reloj, lo abrió y me enseñó la máquina. Pero el vecino, sin volver la cabeza. “¿Es plata sobredorada?”, le pregunté. “Es de oro”. “Pero no será todo de oro—le dije—; habrá también algo de plata”. “No hombre, no”, replicó. Y para obligar al muchacho a mirar, le puso el reloj delante de sus ojos, diciéndole: “Di tú, mira: ¿no es verdad que es todo de oro?”. El chico respondió secamente: “No lo sé”. “¡Oh, oh!—exclamó Votino, lleno de rabia—. ¡Qué soberbia!”.
Mientras decía esto, llegó su padre, que le oyó; miró un rato fijamente a aquel niño, y después dijo bruscamente a su hijo: “Calla”; e inclinándose a su oído, añadió: “¡Es ciego!”.
Votino se puso en pie de pronto de un salto y miró la cara del muchacho. Tenía las pupilas apagadas, sin expresión, sin mirada.
Votino se quedó anonadado, sin palabra, con los ojos en tierra. Después balbuceó: “¡Lo siento; no lo sabía!”.
Pero el ciego, que lo había comprendido todo, dijo con una sonrisa breve y melancólica: “¡Oh, no importa nada!”.
Cierto que es vano; pero no tiene, en manera alguna, mal corazón Votino. En todo el paseo no se volvió a reír.
LA PRIMERA NEVADA
Sábado 10.—¡Adiós, paseos a Rívoli! Llegó la hermosa amiga de los niños. ¡Ya están aquí las primeras nieves! Ayer tarde, a última hora, cayeron copos finos y abiertos, como flores de jazmín. Era un gusto esta mañana, en la escuela, verla caer contra los cristales y amontonarse sobre los balcones; también el maestro miraba y se frotaba las manos; y todos estaban contentos pensando hacer bolas, en el hielo que vendría después, y en el hogar de la casa. Únicamente Estardo no se distraía, completamente absorto en la lección y con los puños apoyados en las sienes. ¡Qué hermosura, cuánta alegría hubo a la salida! Todos salíamos a la desbandada por las calles, gritando y charlando, cogiendo pelotones de nieve y zambulléndonos dentro como perrillos en el agua. Los padres que esperaban fuera ya tenían los paraguas blancos; los guardias municipales también blancos sus quepís; nuestras carteras se pusieron blancas en seguida. Todos parecían en su delirio fuera de sí: hasta Precusa, el hijo del forjador, aquel pálido que nunca se ríe, y hasta Roberto, el que salvó al niño del ómnibus, el pobrecillo saltaba con sus muletas. El calabrés, que no había tocado nunca la nieve, hizo una pelota y se puso a comérsela como un melocotón. Crosi, el hijo de la verdulera, se llenó de nieve la cartera, y el albañilito nos hizo desternillar de risa cuando mi padre le invitó a venir mañana a casa; tenía la boca llena de nieve, y no atreviéndose a escupirla ni a tragársela, se quedó atónito mirándonos, sin responder. También las maestras salían de la escuela corriendo y riendo: hasta mi maestra de primera enseñanza superior, ¡pobrecilla! corría atravesando la nieve, preservándose la cara con un velo verde y tosiendo. Mientras tanto, centenares de muchachas de la escuela inmediata pasaban chillando y pisoteando sobre aquella blanca alfombra, y los maestros, los bedeles y los guardias gritaban: “¡A casa, a casa!”, tragando copos de nieve y quitándosela de los bigotes y de la barba. Pero también ellos se reían de aquella turba de muchachos que festejaban el invierno...
“...Festejáis el invierno...; pero hay niños sin pan, sin zapatos, sin lumbre. Hay millares que bajan a las ciudades después de largo camino, llevando en sus manos ensangrentadas por los sabañones, un pedazo de leña para calentar la escuela. Hay centenares de escuelas casi sepultadas entre la nieve, desnudas y obscuras como cavernas, donde los chicos se ahogan por el humo, dan diente con diente por el frío, mirando con horror los blancos copos que caen sin cesar, que se amontonan sin descanso sobre sus lejanas cabañas, amenazadas por el peso de los témpanos de hielo. Vosotros, niños, festejáis el invierno. ¡Pensad en los miles de criaturas a quienes el invierno trae la miseria y la muerte!—Tu padre”.
EL ALBAÑILITO
Domingo 11.—El “albañilito” ha venido hoy de cazadora, vestido con la ropa de su padre, blanca todavía por la cal y el yeso. Mi padre deseaba que viniese, aún más que yo. ¡Cómo le gusta! Apenas entró, se quitó su viejísimo sombrero, que estaba todo cubierto de nieve, y se lo metió en el bolsillo; después vino hacia mí con aquel andar descuidado de cansado trabajador, volviendo aquí y allá su cabeza, redonda como una manzana, y con su nariz roma; y cuando fué al comedor, dirigiendo una ojeada a los muebles, fijó sus ojos en un cuadrito que representaba a Rigoleto, un bufón jorobado, y puso la cara de “hocico de conejo”. Es imposible dejar de reír al vérselo hacer. Nos pusimos a jugar con palitos; tiene una habilidad extraordinaria para hacer torres y puentes, que parece se están de pie por milagro, y trabaja en ello muy serio, con la paciencia de un hombre. Entre una y otra torre me habla de su familia; viven en una boardilla; su padre va a la escuela de adultos, de noche, a aprender a leer; su madre no es de aquí. Parece que le quieren mucho, porque aunque él viste pobremente, va bien resguardado del frío, con la ropa muy remendada y el lazo de la corbata bien hecho y anudado por su misma madre. Su padre, me dice, es un hombretón, un gigante, que apenas cabe por la puerta; es bueno, y llama siempre a su hijo “hocico de liebre”; el hijo, en cambio, es pequeñín. A las cuatro merendamos juntos, pan y pasas, sentados en el sofá, y cuando nos levantamos, no sé por qué mi padre no quiso que limpiara el espaldar que el albañilito había manchado de blanco con su chaqueta; me detuvo la mano y lo limpió después él sin que lo viéramos. Jugando, al albañilito se le cayó un botón de la cazadora, y mi madre se lo cosió; él se puso encarnado, y la veía coser muy admirado y confuso, no atreviéndose ni a respirar. Después le enseñé el álbum de caricaturas, y él, sin darse cuenta, imitaba los gestos de aquellas caras, tan bien, que hasta mi padre se reía. Estaba tan contento cuando se fué que se olvidó de ponerse el andrajoso sombrero, y al llegar a la puerta de la escalera, para manifestarme su gratitud, me hacía otra vez la gracia de poner el “hocico de liebre”. Se llama Antonio Rabusco, y tiene ocho años y ocho meses.
“¿Sabes, hijo mío, por qué no quise que limpiaras el sofá? Porque limpiarle mientras tu compañero lo veía, era casi hacerle una reconvención por haberlo ensuciado. Y esto no estaba bien: en primer lugar, porque no lo había hecho de intento, y en segundo, porque le había manchado con ropa de su padre, que se la había enyesado trabajando; y lo que se mancha trabajando no ensucia: es polvo, cal, barniz, todo lo que quieras, pero no es suciedad. El trabajo no ensucia. No digas nunca de un obrero que sale de su trabajo: ‘Va sucio’. Debes decir: ‘Tiene en sus ropas las señales, las huellas del trabajo’. Recuérdalo. Quiere mucho al albañilito: primero, porque es compañero tuyo, y además, porque es hijo de un obrero.—Tu padre”.
UNA BOLA DE NIEVE
Viernes 16.—Sigue nevando, nevando. Ha sucedido un accidente desagradable esta mañana, al salir de la escuela. Un tropel de muchachos, apenas llegaron a la plaza, se pusieron a hacer bolas con aquella nieve acuosa que hace bolas sólidas y pesadas como piedras. Mucha gente pasaba por la acera. Un señor gritó: “¡Alto, chicos!”. Y precisamente en aquel momento se oyó un grito agudo en la otra parte de la calle, se vió a un viejo que había perdido su sombrero y andaba vacilante, cubriéndose la cara con las manos, y a su lado un niño que gritaba: “¡Socorro, socorro!”. En seguida acudió gente de todas partes. Le había dado una bola en un ojo. Todos los muchachos corrieron a la desbandada, huyendo como saetas. Yo estaba ante la tienda del librero, donde había entrado mi padre, y vi llegar a la carrera a varios compañeros míos que se mezclaron entre los que estaban junto a mí y hacían como que miraban los escaparates: eran Garrón, con su acostumbrado panecillo en el bolsillo; Coreta, el albañilito y Garofi, el de los sellos. Mientras tanto, se había reunido gente alrededor del viejo, y los guardias corrían de una parte a otra, amenazando y gritando: “¿Quién ha sido? ¿Quién? ¿Eres tú? Decid quién ha sido”. Y miraban las manos de los muchachos para ver si las tenían humedecidas de la nieve. Garofi estaba a mi lado; reparé que temblaba mucho y estaba pálido como un muerto. “¿Quién es? ¿Quién ha sido?”, continuaban gritando la gente. Entonces vi a Garrón que dijo por lo bajo a Garofi: “Anda, ve a presentarte; sería una villanía dejar que sospechen de otro”. “¡Pero si yo no lo he hecho de intento!”, respondió Garofi temblando como la hoja de un árbol. “No importa; cumple con tu deber”, contestó Garrón. “¡Pero si no tengo valor para confesarlo!”. “Anímate, yo te acompaño”. Y los guardianes y la gente gritaban cada vez más fuerte: “¿Quién es? ¿Quién ha sido? Le han metido un cristal de sus lentes en un ojo. Le han dejado ciego. ¡Perdidos!”. Yo creí que Garofi caía en tierra. “Ven—le dijo resueltamente Garrón—; yo te defiendo”. Y cogiéndole por un brazo, lo empujó hacia adelante, sosteniéndolo como a un enfermo. La gente lo vió y lo comprendió todo en seguida, y muchos corrieron con los puños levantados. Pero Garrón se puso en medio gritando: “¿Qué vais a hacer, diez hombres contra un niño?”. Entonces ellos se detuvieron, y un guardia municipal cogió a Garofi y lo llevó, abriéndose paso entre la multitud, a una pastelería, donde habían refugiado al herido. Viéndolo, reconocí en seguida al viejo empleado que vive con su sobrinillo en un cuarto piso de nuestra casa. Lo habían recostado en una silla con un pañuelo en los ojos. “¡Ha sido sin querer!”, balbuceaba Garofi. Dos personas le arrojaron violentamente en la tienda, gritando: “¡Abajo esa cabeza! ¡Pide perdón!”. Y lo echaron al suelo. Pero de pronto, dos brazos vigorosos lo pusieron en pie, y una voz resuelta dijo: “¡No, señores!”. Era nuestro director, que lo había visto todo. “Puesto que ha tenido el valor de presentarse, nadie tiene derecho de vejarlo”. Todos permanecieron callados. “Pide perdón”, dijo el director a Garofi. Garofi, ahogado en llanto, abrazó las rodillas del viejo, y éste, buscando con la mano su cabeza, lo acarició cariñosamente. Entonces todos dijeron: “Vamos, muchacho, vete a casa”. Y mi padre me sacó de entre la multitud, y me preguntó en la calle: “Enrique: en un caso análogo, ¿hubieras tenido el valor de cumplir con tu deber, de ir a confesar tu culpa?”. Yo le respondí que sí, y repuso: “Dame tu palabra de honor de que así lo harás”. “Te doy mi palabra, padre mío”.
LAS MAESTRAS
Sábado 17.—Garofi estaba hoy muy atemorizado, esperando un gran regaño del maestro; pero el profesor no ha ido, y como faltaba también el suplente, ha venido a dar la clase la señora Cromi, la más vieja de las maestras, que tiene dos hijas mayores y ha enseñado a leer y escribir a muchas señoras que ahora van a llevar sus niños a la escuela Bareti. Hoy estaba triste, porque tenía un hijo enfermo. Apenas la vieron, empezaron a hacer gran ruido. Pero ella, con voz pausada y serena, dijo: “Respetad mis canas; yo casi no soy ya una maestra, sino una madre”; y entonces ninguno se atrevió a hablar más, ni aun aquel cara de bronce de Franti, que se contentó con hacerle burla sin que lo viera. A la clase de la señora Cromi mandaron a la señora Delcato, maestra de mi hermano, y al puesto de ésta a la que llaman “la monjita”, porque va siempre vestida de obscuro, con un delantal negro; su cara es pequeña y blanca, sus cabellos siempre peinados, los ojos muy claros y la voz tan gangosa, que parece está murmurando oraciones. “Y es cosa que no se comprende—dice mi madre—: tan suave y tan tímida, con aquel hilito de voz siempre igual, que apenas suena, sin gritar y sin incomodarse nunca, y, sin embargo, los niños están tan quietos, que no se les oye, y hasta los más atrevidos inclinan la cabeza en cuanto les amenaza con el dedo; parece una iglesia su escuela, y por eso también la llaman la monjita”. Pero hay otra que me gusta mucho: la maestra de primera enseñanza elemental, número 3; una joven con la cara sonrosada, que tiene dos lunares muy graciosos en las mejillas, y que lleva una pluma encarnada en el sombrero y una crucecita amarilla colgada del cuello. Siempre está alegre, y alegre también tiene su clase; sonríe, y cuando grita con aquella voz argentina, parece que canta; pega con la regla en la mesa y da palmadas para imponer silencio; después, cuando salen, corre como una niña detrás de unos y de otros, para ponerlos en fila; y a éste le tira del babero, al otro le abrocha el abrigo para que no se resfríe; los sigue hasta la calle para que no alboroten; suplica a los padres que no les castiguen en casa; lleva pastillas a los que tienen tos; presta su manguito a los que tienen frío, y está continuamente atormentada por los más pequeños, que le hacen caricias y le piden besos, tirándole del velo y del vestido; pero ella se deja acariciar y los besa a todos riendo, y todos los días vuelve a casa despeinada y ronca, jadeante y tan contenta, con sus graciosos lunares y su pluma colorada. Es también maestra de dibujo de las niñas, y sostiene con su trabajo a su madre y a su hermano.
EN CASA DEL HERIDO
Domingo 18.—Con la maestra de la pluma encarnada está el nietecillo del viejo empleado, que fué herido en un ojo por la bola de nieve de Garofi; lo hemos visto hoy en casa de su tío, que lo considera como un hijo. Había concluido de escribir el cuento mensual para la semana próxima, “El pequeño escribiente florentino”, que el maestro me dió a copiar, y me dijo mi padre: “Vamos a subir al cuarto piso a ver cómo está de su ojo aquel señor”. Hemos encontrado en una habitación casi obscura, donde estaba el viejo en la cama, recostado, con muchos almohadones detrás de la espalda; a la cabecera estaba sentada su mujer, y a un lado el nietecillo, sin hacer nada. El viejo tenía el ojo vendado. Se alegró mucho de ver a mi padre; le hizo sentar y le dijo que estaba mejor, y que no sólo no perdería el ojo, sino que dentro de pocos días estaría curado. “Fué una desgracia—añadió—; siento el mal rato que debió pasar aquel pobre muchacho”. Después nos ha hablado del médico, que debía venir entonces a curarle. Precisamente en aquel momento sonó la campanilla. “Será el médico”, dijo la señora. Se abre la puerta... ¡y qué veo! Garofi, con su capote largo, de pie en el umbral, con la cabeza baja y sin atreverse a entrar. “¿Quién es?”, pregunta el enfermo. “Es el muchacho que tiró la bola...”, dice mi padre. El viejo entonces exclamó: “¡Oh, pobre niño! Ven acá; has venido a preguntar cómo está el herido, ¿no es verdad? Estoy mejor, tranquilízate; estoy mejor, casi curado. Acércate”. Garofi, cada vez más cortado, se acercó a la cama, esforzándose por no llorar, y el viejo lo acarició, pero sin poder hablar tampoco. “Gracias—le dijo al fin el viejo—; ve, pues, a decir a tus padres que todo va bien, que no se preocupen ya de esto”. Pero Garofi no se movía; parecía que tenía que decir algo y no se atrevía. “¿Qué tienes que decirme: qué quieres?”. “Yo... nada”. “Bien, hombre, adiós; hasta la vista; vete, pues, con el corazón tranquilo”. Garofi fué hasta la puerta; pero allí se volvió hacia el nietecillo, que lo seguía y lo miraba con curiosidad. De pronto sacó de debajo del capote un objeto; se lo dió al muchacho, diciéndole de prisa: “Es para ti”. Y se fué como un relámpago. El niño enseñó el objeto a su abuelo; vimos que encima había un letrero que decía: “Te regalo esto”. Lo miramos, lanzamos una exclamación de sorpresa. Lo que el pobre Garofi había llevado era el famoso álbum de la colección de sellos; la colección de la que hablaba siempre, sobre la cual venía fundando tantas esperanzas, y que tanto trabajo le había costado reunir: era su tesoro. ¡Pobre niño! ¡La mitad de su sangre regalaba a cambio del perdón!
EL PEQUEÑO ESCRIBIENTE FLORENTINO
(CUENTO MENSUAL)
Estaba en la cuarta clase elemental. Era un gracioso florentino de doce años, de cabellos rubios y tez blanca, hijo mayor de cierto empleado de ferrocarriles que, teniendo mucha familia y poco sueldo, vivía con suma estrechez. Su padre lo quería mucho, y era bueno e indulgente con él; indulgente en todo, menos en lo que se refería a la escuela: en esto era muy exigente y se revestía de bastante severidad, porque el hijo debía ponerse pronto en disposición de obtener otro empleo para ayudar a sostener a la familia; y para valer algo pronto, necesitaba trabajar mucho en poco tiempo; y aunque el muchacho era aplicado, el padre le exhortaba siempre a estudiar. Era ya de avanzada edad el padre, y el excesivo trabajo le había también envejecido prematuramente. Con efecto, para proveer a las necesidades de la familia, además del mucho trabajo que tenía en su destino, se buscaba a la vez aquí y allá trabajos extraordinarios de copista, y se pasaba sin descansar en su mesa buena parte de la noche. Últimamente, de cierta casa editorial que publicaba libros y periódicos, había recibido el encargo de escribir en las fajas el nombre y la dirección de los subscriptores, y ganaba tres liras por cada quinientas de aquellas tirillas de papel, escritas en caracteres grandes y regulares. Pero esta tarea le cansaba, y se lamentaba de ello a menudo, con la familia, a la hora de comer. “Estoy perdiendo la vista—decía—; esta ocupación de noche acaba conmigo”. El hijo le dijo un día: “Papá, déjame trabajar en tu lugar; tú sabes que escribo regular, tanto como tú”. Pero el padre respondió: “No, hijo, no; tú debes estudiar; tu escuela es cosa mucho más importante que mis fajas; tendría remordimiento si te privara del estudio una hora; lo agradezco, pero no quiero; y no me hables más de ello”.
El hijo sabía que con su padre era inútil insistir en aquellas cosas, y no insistió. Pero he aquí lo que hizo. Sabía que a las doce en punto dejaba su padre de escribir y salía del despacho para la alcoba. Alguna vez lo había oído: en cuanto el reloj daba las doce, sentía inmediatamente el rumor de la silla que se movía y el lento paso de su padre. Una noche esperó a que estuviese ya en la cama, se vistió sin hacer ruido, anduvo a tientas por el cuarto, encendió el quinqué de petróleo, se sentó a la mesa del despacho, donde había un montón de fajas blancas y la indicación de las señas de los subscriptores, y empezó a escribir, imitando todo lo que pudo la letra de su padre. Y escribía contento, con gusto, aunque con miedo; las fajas escritas aumentaban, y de vez en cuando dejaba la pluma para frotarse las manos; después continuaba con más alegría, atento el oído y sonriente. Escribió ciento sesenta: ¡cerca de una peseta! Entonces paró; dejó la pluma donde estaba, apagó la luz y se volvió a la cama de puntillas.
Aquel día, a las doce, el padre se sentó a la mesa de buen humor. No había advertido nada. Hacía aquel trabajo mecánicamente, contando las horas, pensando en otra cosa y no contando las fajas escritas hasta el día siguiente. Sentados a la mesa con buen humor, y poniendo la mano en el hombro de su hijo: “¡Eh, Julio—le dijo—mira qué buen trabajador es tu padre! En dos horas ha trabajado anoche un tercio más de lo que acostumbra. La mano aún está ágil, y los ojos cumplen todavía con su deber”. Julio, contento, mudo, decía entre sí: “¡Pobre padre! Además de la ganancia, le he proporcionado también esta satisfacción: la de creerse rejuvenecido: ¡Ánimo, pues!”.
Alentado con el éxito, la noche siguiente, en cuanto dieron las doce, se levantó otra vez y se puso a trabajar. Y lo mismo siguió haciendo varias noches. Su padre seguía también sin advertir nada. Sólo una vez, cenando, se le ocurrió esta observación: “¡Es raro; cuánto petróleo se gasta en esta casa de algún tiempo a esta parte!”. Julio se estremeció; pero la conversación no pasó de allí, y el trabajo nocturno siguió adelante.
Lo que ocurrió fué que, interrumpiéndose así el sueño todas las noches, Julio no descansaba bastante; por la mañana se levantaba rendido aún, y por la noche, al estudiar, le costaba trabajo tener los ojos abiertos. Una noche, por la primera vez en su vida, se quedó dormido sobre los apuntes. “¡Vamos, vamos!—le gritó su padre, dando una palmada—. ¡Al trabajo!”. Se asustó y volvió a ponerse a estudiar. Pero la noche y los días siguientes continuaba la cosa lo mismo, y aun peor: daba cabezadas sobre los libros, se despertaba más tarde de lo acostumbrado, estudiaba las lecciones con violencia y parecía que le disgustaba el estudio. Su padre empezó a observarlo; después se preocupó de ello, y al fin tuvo que reprenderle. Nunca lo había tenido que hacer por esta causa. “Julio—le dijo una mañana—, tú te descuidas mucho, no eres ya el de otras veces. No quiero esto. Todas las esperanzas de la familia se cifraban en ti. Estoy muy descontento. ¿Comprendes?”. A este único regaño, el verdaderamente severo que había recibido, el muchacho se turbó. “Sí, cierto—murmuró entre dientes—; así no puedo continuar; es menester que el engaño concluya”. Pero la noche de aquel mismo día, en la comida, exclamó con alegría su padre: “¡Sabed que en este mes he ganado en las fajas treinta y dos liras más que el mes pasado!”. Y diciendo esto sacó a la mesa un cartucho de dulces que había comprado para celebrar con sus hijos la ganancia extraordinaria, que todos acogieron con júbilo. Entonces Julio cobró ánimo y pensó para sí: “¡No, pobre padre, no cesaré de engañarte; haré mayores esfuerzos para estudiar mucho de día, pero continuaré trabajando de noche para ti y para todos los demás!”. Y añadió el padre: “Treinta y dos liras...! Estoy contento... Pero hay otra cosa—y señaló a Julio—que me disgusta”. Y Julio recibió la reconvención en silencio, conteniendo dos lágrimas que querían salir, pero sintiendo al mismo tiempo en el corazón cierta dulzura. Y siguió trabajando con ahinco; pero acumulándose un trabajo a otro, le era cada vez más difícil resistir. La cosa duró así dos meses. El padre continuaba reprendiendo al muchacho y mirándole cada vez más enojado. Un día fué a preguntar por él al maestro, y éste le dijo: “Sí, cumple, porque tiene buena inteligencia; pero no está tan aplicado como antes. Se duerme, bosteza, está distraído, sus apuntes los hace cortos, de prisa, con mala letra: él podría hacer más, pero mucho más”. Aquella noche el padre llamó al hijo aparte y le hizo reconvenciones más severas que las que hasta entonces le había hecho. “Julio, tú ves que yo trabajo, que yo gasto mi vida por la familia. Tú no me secundas, tú no tienes lástima de mí, ni de tus hermanos, ni aun de tu madre”. “¡Ah, no, no diga usted eso, padre mío”, gritó el niño ahogado en llanto, y abrió la boca para confesarlo todo. Pero su padre le interrumpió diciendo: “Tú conoces las condiciones de la familia; sabes que hay necesidad de hacer mucho, de sacrificarnos todos. Yo mismo debía doblar mi trabajo. Yo contaba estos meses últimos con una gratificación de cien liras en el ferrocarril, y he sabido esta mañana que ya no la tendré”. Ante esta noticia, Julio retuvo en seguida la confesión que estaba para escaparse de sus labios, y se dijo resueltamente a sí mismo: “No, padre mío, no te diré nada; guardaré el secreto para poder trabajar por ti; del dolor que te causo te compenso de este modo; en la escuela estudiaré siempre lo bastante para salir del paso; lo que importa es ayudar para ganar la vida y aligerarte de la ocupación que te mata”. Siguió adelante, transcurrieron otros dos meses de tarea nocturna y de pereza de día, de esfuerzos desesperados del hijo y de amargas reflexiones del padre. Pero lo peor era que éste se iba enfriando poco a poco con el niño, y no le hablaba sino raras veces, como si fuera un hijo desnaturalizado del que nada hubiese que esperar, y casi huía de encontrar su mirada. Julio lo advertía, sufría en silencio, y cuando su padre volvía la espalda, le mandaba un beso furtivamente, volviendo la cara con sentimiento de ternura compasiva y triste; mientras tanto el dolor y la fatiga lo demacraban y le hacían perder el color, obligándole a descuidarse cada vez más en sus estudios. Comprendía perfectamente que todo concluiría en un momento la noche que dijera: “Hoy no me levanto”; pero al dar las doce, en el instante en que debía confirmar enérgicamente su propósito, sentía remordimiento, le parecía que quedándose en la cama faltaba a su deber, que robaba una peseta a su padre y a su familia; y se levantaba pensando que cualquier noche que su padre se despertara y lo sorprendiera, o que por casualidad se enterara contando las fajas dos veces, entonces terminaría naturalmente todo, sin un acto de su voluntad, para el cual no se sentía con ánimos. Y así continuó la cosa.
Pero una tarde, en la comida, el padre pronuncia una palabra que fué decisiva para él. Su madre lo miró, y pareciéndole que estaba más echado a perder y más pálido que de costumbre, le dijo: “Julio, tú estás malo”. Y después, volviéndose con ansiedad al padre: “Julio está malo; ¡mira qué pálido está! Julio mío, ¿qué tienes?”. El padre le miró de reojo y le dijo: “La mala conciencia hace que tenga mala salud. No estaba así cuando era estudiante aplicado e hijo cariñoso”. “Pero está malo”, exclamó la mamá. “¡Ya no me importa!”, respondió el padre.
Aquella palabra le hizo el efecto de una puñalada en el corazón al pobre muchacho. ¡Ah!, ya no le importaba su salud a su padre, que en otro tiempo temblaba de oírlo toser solamente. Ya no lo quería, pues; había muerto en el corazón de su padre. “¡Ah, no, padre mío!—dijo entre sí con el corazón angustiado—; ahora acaba esto de veras; no puedo vivir sin tu cariño, lo quiero todo; todo te lo diré, no te engañaré más y estudiaré, como antes, suceda lo que suceda, para que tú vuelvas a quererme, padre mío. ¡Oh, estoy decidido en mi resolución!”.
Sin embargo, aquella noche se levantó todavía más bien por fuerza de la costumbre que por otra causa, y cuando se levantó, quiso ir a saludar, a volver a ver por algunos minutos, en el silencio de la noche, por última vez, aquel cuarto donde había trabajado tanto secretamente, con el corazón lleno de satisfacción y de ternura. Y cuando se volvió a encontrar en la mesa, con la luz encendida, y vió aquellas fajas blancas sobre las cuales no iba ya a escribir más aquellos nombres de ciudades y de personas que se sabía de memoria, le entró una gran tristeza e involuntariamente cogió la pluma para reanudar el trabajo acostumbrado. Pero al extender la mano tocó un libro y éste se cayó. Se quedó helado. ¡Si su padre se despertaba...!. Cierto que no le habría sorprendido cometiendo ninguna mala acción, y que él mismo había decidido contárselo todo; sin embargo..., el oír acercarse aquellos pasos en la obscuridad, el ser sorprendido a aquella hora con aquel silencio, el que su madre se hubiese despertado y asustado, al pensar que por lo pronto su padre hubiera experimentado una humillación en su presencia, descubriéndolo todo... Todo esto casi lo aterraba. Aguzó el oído, suspendiendo la respiración... No oyó nada. Escuchó por la cerradura de la puerta que tenía detrás: nada. Toda la casa dormía. Su padre no había oído. Se tranquilizó y volvió a escribir. Las fajas se amontonaban unas sobre otras. Oyó el paso cadencioso de la guardia municipal en la desierta calle; luego, ruido de carruajes, que cesó al cabo de un rato; después, pasado algún tiempo, el rumor de una fila de carros que pasaron lentamente; más tarde, silencio profundo, interrumpido de vez en cuando por el ladrido de algún perro. Y siguió escribiendo. Entretanto su padre estaba detrás de él; se había levantado cuando se cayó el libro y esperó un rato; el ruido de los carros había cubierto el rumor de sus pasos y el ligero chirrido de las hojas de la puerta, y estaba allí, con su blanca cabeza sobre la negra cabecita de Julio. Había visto correr la pluma sobre las fajas, y en un momento todo lo había olvidado; lo había recordado y comprendido todo, y un arrepentimiento desesperado, una ternura inmensa había invadido su alma, y lo tenía clavado allí, detrás de su hijo. De repente dió Julio un grito agudísimo: dos brazos convulsos le habían cogido la cabeza. “¡Oh, padre mío, perdóname!”, gritó, reconociendo a su padre llorando. “¡Perdóname tú a mí—respondió el padre sollozando y cubriendo su frente de besos—. Lo he comprendido todo, todo lo sé; yo soy quien te pide perdón, santa criatura mía. ¡Ven, ven conmigo!”. Y le empujó, más bien que lo llevó, a la cama de su madre, despierta, y arrojándolo entre sus brazos, le dijo: “¡Besa a nuestro hijo, a este ángel, que desde hace tres meses no duerme y trabaja por mí, y yo he contristado su corazón mientras él nos ganaba el pan!”. La madre lo recogió y apretó contra su pecho, sin poder articular una palabra, y después dijo: “A dormir en seguida, hijo mío; ve a dormir y a descansar. ¡Llévalo a la cama...!”. El padre lo cogió en brazos, lo llevó a su cuarto, lo metió en la cama, siempre jadeante y acariciándolo, y le arregló las almohadas y la colcha. “Gracias, padre—repetía el hijo—, gracias; pero ahora vete tú a la cama; ya estoy contento; vete a la cama, papá”. Pero su padre quería verlo dormido, y sentado a la cabecera de su cama, le tomó la mano y dijo: “¡Duerme, duerme, hijo mío!”. Y Julio, rendido, se durmió por fin, y durmió muchas horas, gozando por primera vez, después de muchos meses, de un sueño tranquilo, alegrado por rientes ensueños; y cuando abrió los ojos, después de un rato de alumbrar ya el sol, sintió primero y vió después cerca de su pecho, apoyada sobre la orilla de la cama, la blanca cabeza de su padre, que había pasado así la noche y dormía aún, con la frente inclinada al lado de su corazón.
LA VOLUNTAD
Miércoles 28.—Hay en mi clase un tal Estardo, que sería capaz de hacer lo que hizo el pequeño florentino. Esta mañana ocurrieron dos acontecimientos en la escuela: Garofi, loco de alegría porque le habían devuelto su álbum con el aumento de tres sellos de la República de Guatemala, que él buscaba hacía tres meses, y Estardo, que había obtenido la segunda medalla. ¡Estardo, el primero en la clase después de Deroso! Todos nos admiramos. ¡Quién lo hubiera dicho en octubre, cuando su padre lo llevó a la escuela metido en aquel gabán verde, y dijo al maestro delante de todos: “Tenga con él mucha paciencia, porque es muy tardo para comprender”. Todos al principio le creían un adoquín. Pero él dijo: “O reviento, o salgo adelante”; y se puso a estudiar con fe, de día y de noche, en casa, en la escuela y en el paseo, con los dientes apretados y cerrados los puños, paciente como un buey, terco cual un mulo, y así, a fuerza de machacar, no haciendo caso de las bromas y pegando patadas a los revoltosos, ha pasado por delante de los demás aquel testarudo. No comprendía una palabra de la Aritmética; llenaba de disparates los apuntes; no acertaba a retener en su memoria un período, y ahora resuelve problemas, escribe correctamente y dice las lecciones como un papagayo. Se adivina su voluntad de hierro cuando se ve su facha; tan grueso, con la cabeza cuadrada y sin cuello, con las manos cortas y gordas y con aquella voz áspera. Estudia hasta en las columnas de los periódicos y en los anuncios de los teatros, y cada vez que junta dos reales se compra un libro; ha reunido ya así una pequeña biblioteca, y en un momento de buen humor se le escapó decirme que me llevaría a su casa para verla. No habla con nadie, con nadie juega y siempre está allí en su banco, con las manos en las sienes, firme como una roca, oyendo al maestro. ¡Cuánto debe haber trabajado el pobre Estardo! El maestro le dijo esta mañana, aunque estaba impaciente y de mal humor cuando le dió la medalla: “¡Bravo, Estardo; quien trabaja, vence!”. Pero él no parecía estar enorgullecido; no se sonrió, y apenas volvió al banco con su medalla, tornó a apoyar las sienes en los puños y se quedó más inmóvil que antes. Mas lo mejor fué a la salida, que estaba esperándolo su padre, un sangrador grueso y tosco como él, una facha con voz de trueno. Él no se esperaba aquella medalla y no lo quería creer; fué menester que el maestro lo asegurase, y entonces se echó a reír de gusto, y dió una palmada al hijo en la cabeza, diciéndole en alta voz: “¡Bravo, bien, testarudo mío!”. Y lo miraba atónito, sonriendo. Y todos los muchachos que estaban alrededor se sonreían también, excepto Estardo. Éste rumiaba ya en su cabeza la lección del día siguiente.
GRATITUD
Sábado 31.—“Tu compañero Estardo no se quejará nunca de su maestro, estoy seguro; el profesor tiene mal genio y se impacienta, tú lo dices como si fuese una cosa rara. Piensa cuántas veces te impacientas tú; ¿y con quién? Con tu padre y con tu madre, con los cuales tu impaciencia es un delito. ¡Bastante razón tiene tu maestro para impacientarse alguna vez! Piensa en los años que hace que lidia con muchachos, y que si hay muchos cariñosos y agradables, encuentra también muchos ingratos que abusan de su bondad y desconocen sus cuidados, y que, después de todo, entre tantos, son más las amarguras que las satisfacciones. Piensa que el hombre más santo de la tierra, puesto en su lugar, se dejaría llevar de la ira alguna vez. Y después, si supieses cuántas veces el maestro va enfermo a dar su clase, sólo porque no tiene una enfermedad bastante grave para dispensarle de la asistencia a la escuela, y que se impacienta porque sufre y le produce sentimiento ver que los demás no lo advierten o abusan de él. Respeta y quiere a tu maestro, hijo mío. Quiérelo porque tu padre lo respeta, porque consagra su vida al bien de tantos niños que luego lo olvidan; quiérelo porque te abre e ilumina la inteligencia y te educa el corazón; porque un día, cuando seas hombre y no estemos ya en el mundo ni él ni yo, su imagen se presentará a veces en tu mente al lado de la mía, y entonces te acordarás de ciertas expresiones de dolor y de cansancio de su cara apacible de hombre honrado, en la cual ahora no te fijas; lo recordarás y te dará pena, aun después de treinta años, y te avergonzarás; sentirás tristeza de no haberlo querido bastante, de haberte portado tan mal con él. Quiere a tu maestro, porque pertenece a esa gran familia de cincuenta mil profesores elementales esparcidos por toda Italia, y que son como los padres intelectuales de millones de muchachos que contigo crecen; trabajadores mal comprendidos y mal recompensados, que preparan para nuestra patria una generación mejor que la presente. No estaré satisfecho de tu cariño hacia mí si no lo tienes igualmente para todos los que te hacen bien, entre los cuales tu maestro es el primero después de tu padre. Quiérelo como querrías a un hermano mío; quiérelo cuando te acaricie y cuando te regañe; cuando es justo contigo y cuando te parezca injusto; quiérelo cuando esté alegre y afable, y quiérelo más aún cuando lo veas triste. Quiérelo siempre. Pronuncia perpetuamente con respeto el nombre de maestro, que, después del de padre, es el nombre más dulce que puede dar un hombre a un semejante suyo.—Tu padre”.
ENERO
EL MAESTRO SUPLENTE
Miércoles 4
ENÍA razón mi padre: el maestro estaba de mal humor porque no se encontraba bueno; y desde hace tres días, en efecto, viene en su lugar el suplente, aquel pequeño, sin barba que parece un jovencillo. Una cosa desagradable sucedió esta mañana. Ya el primero y segundo día había hecho ruido en la escuela, porque el suplente tiene una gran paciencia y no hace más que decir: “Estad callados; os ruego que os calléis”. Pero esta mañana se colmó la medida, se produjo un ruido tan grande que no se oían sus palabras, y él amonestaba, suplicaba; pero no le hacían caso. Dos veces el director se acercó a la puerta y miró. Pero en cuanto él se iba, crecía el ruido como en las plazuelas. Garrón y Deroso no hacían más que decir por señas a sus compañeros que callasen, que era una vergüenza. Nadie les hacía caso. Estardo era el único que estaba quieto, con los codos en el banco y los puños en las sienes, pensando quizá en su famosa biblioteca, y Garofi, el de la nariz en forma de gancho, el de los sellos, estaba muy ocupado en hacer el sorteo, a dos céntimos papeleta, de un tintero de bolsillo. Los demás charlaban y reían, hacían ruido con las puntas de las plumas clavadas en las bancas, y se tiraban bolitas de papel con los elásticos de las botas. El suplente agarraba por el brazo ya a uno, ya a otro, y los sacudía, y hasta puso a uno de rodillas; todo inútil. No sabía ya a qué santo encomendarse, y les exhortaba diciendo: “Pero ¿por qué hacéis esto? ¿Queréis obligarme a regañaros?”. Después pegaba con el puño sobre la mesa, y gritaba sofocado por el llanto y por la rabia: “¡Silencio! ¡Silencio! ¡Silencio!”. Daba lástima oírle. Pero el griterío seguía creciendo. Franti le tiró una flechilla de papel; unos hacían el gato; otros se pegaban cachetes; era un desbarajuste imposible de describir. De pronto entró el bedel y dijo: “Señor profesor, el director le llama”. El maestro se levantó y salió corriendo, desesperado. El alboroto se hizo entonces más fuerte. Pero de pronto Garrón subió a la plataforma descompuesto, y apretando los puños, gritó ahogado por la ira: “¡Acabad! Sois unos brutos. Abusáis porque es bueno. Si os machacara los huesos, estaríais sumisos como perros. Sois una cuadrilla de cobardes. Al primero que haga ahora alguna cosa, lo espero fuera y le rompo las muelas, lo juro; ¡aunque sea en presencia de su padre!”. Todos callaron. ¡Ah! ¡Qué interesante estaba Garrón echando chispas por los ojos! Parecía un leoncillo furioso. Miró uno por uno a los más descarados, y todos bajaban la cabeza. Cuando el suplente volvió, con los ojos inyectados en sangre, se sentía el vuelo de una mosca. Se quedó atónito. Pero después, cuando vió a Garrón aún muy encarnado y temblando, lo comprendió todo y le dijo con expresión cariñosa, como se lo hubiese dicho a un hermano: “¡Gracias, Garrón!”.
LA BIBLIOTECA DE ESTARDO
He ido a casa de Estardo, que vive enfrente de la escuela, y he sentido verdaderamente envidia al ver su biblioteca. No es en manera alguna rico; no puede comprar muchos libros, pero conserva con gran cuidado los de la escuela y los que le regalan sus padres; y, además, cuantos cuartos le dan los pone aparte y los gasta en la librería; de este modo ha reunido ya una pequeña biblioteca, y cuando su padre ha advertido esta afición, le ha comprado un bonito estante de nogal con cortinas verdes y ha hecho encuadernar todos los volúmenes en los colores que a él más le gustan. Así, ahora, él tira de un cordoncito, la cortina verde se descorre y se ven tres filas de libros de todos colores, muy bien arreglados, limpios, con los títulos en letras doradas en el lomo: libros de cuentos, de viajes y de poesías, y algunos ilustrados con láminas. Él sabe combinar perfectamente los colores; pone los volúmenes blancos junto a los encarnados, los amarillos al lado de los negros, y junto a los blancos los azules, de modo que se vean de lejos y presenten buen aspecto; luego se divierte variando las combinaciones. Ha hecho un catálogo y está como el de un bibliotecario. Siempre anda a vueltas con sus libros, limpiándoles el polvo, hojeándolos, examinando sus encuadernaciones: hay que ver con qué cuidado los abre con sus manos chicas y regordetas, soplando las hojas; parece que todos están nuevos todavía. ¡Yo, en cambio, tengo tan estropeados los míos! Para él cada libro nuevo que compra es una delicia abrirlo, ponerlo en su sitio y volver a tomarlo para mirarle por todos lados y guardarlo después como un tesoro. No hemos visto otra cosa en una hora. Tiene los ojos malos de tanto leer. Estando yo allí entró en el cuarto su padre, que es grueso y tosco como él, y tiene la cabeza como la suya. Le dió dos o tres palmadas en el cuello, y me dijo con aquel vocerrón: “¿Qué me dices de esta cabeza de hierro? Es testarudo; llegará a ser algo: yo te lo aseguro”. Y Estardo entornaba los ojos al recibir aquellas rudas caricias, como un perro de caza. Yo no sé por qué, pero no me atrevo a bromear con él; no me parece cierto que tenga solamente un año más que yo; y cuando me dijo: “Hasta la vista”, en la puerta, con aquella cara redonda siempre bronceada, poco me faltó para responderle: “Beso a usted la mano”, como a un caballero. Se lo dije después a mi padre en casa: “No lo comprendo. Estardo no tiene talento, carece de buenas maneras, su figura es casi ridícula, y, sin embargo, me infunde respeto”. Respondió mi padre: “Porque es un carácter”. Y añadí yo: “En una hora que he estado con él no ha pronunciado cincuenta palabras, no me ha enseñado un juguete, no se ha reído una vez, y, sin embargo, he estado tan contento”. “Porque lo estimas”, añadió mi padre.
EL HIJO DEL HERRERO
Sí, pero también aprecio a Precusa, y aun me parece poco decir que lo aprecio. Precusa, el hijo del herrero, aquel pequeño, pálido, de ojos grandes y tristes, que parece estar siempre asustado, tan corto que siempre está pidiendo perdones, siempre enfermucho, y, no obstante, estudiando incesantemente. El padre entra en casa borracho, le pega sin motivo, le tira los libros y los apuntes de un revés; y el pobre va a la escuela con el semblante lívido, a veces con la cara hinchada y los ojos inflamados de tanto llorar. Pero nunca, jamás, se le oye decir que su padre le ha pegado. “¿Te ha castigado tu padre?”, le preguntan los compañeros. Y él siempre dice en seguida: “No, no es verdad”, por no dejar mal a su padre. “¿Esta hoja la has quemado tú?”, le dice el maestro enseñándole su trabajo medio quemado. “Sí—responde él con voz temblona—; he sido yo quien la ha dejado caer en la lumbre”. Y, sin embargo, sabemos nosotros muy bien que su padre, borracho, ha dado un puntapié a la mesa y a la luz cuando él escribía sus apuntes. Vive en una buhardilla de nuestra casa, de la otra escalera, y la portera se lo cuenta todo a mi madre. Mi hermana Silvia lo oyó gritar, desde la azotea, un día que su padre le hacía bajar la escalera a saltos porque le había pedido dinero para comprar una Gramática. Su padre bebe y no trabaja, y la familia se muere de hambre. ¡Cuántas veces el pobre Precusa va a la escuela en ayunas, y come a escondidas algún pedazo de pan que le lleva Garrón, o una manzana que le da la maestra de la pluma encarnada, que fué profesora suya en la clase de primera! Pero en su vida se le ha oído “tengo hambre; mi padre no me da de comer”. Su padre va alguna vez a buscarlo cuando pasa por casualidad delante de la escuela, pálido, tambaleándose, con la cara torva, el pelo en los ojos y la gorra al revés; y el pobre muchacho tiembla cuando le ve en la calle; pero en seguida corre a su encuentro sonriendo, y el padre parece que no lo ve y que piensa en otra cosa. ¡Pobre Precusa! Él se recose sus cuadernos rotos, pide libros prestados para estudiar, sujeta los puños de la camisa con alfileres y da lástima verlo hacer gimnasia con aquellos zapatos donde siempre nada, con aquellos calzones que se le caen de anchos, y con aquel chaquetón demasiado largo, cuyas mangas tiene que remangarse hasta los codos. Y se empeña en estudiar; sería uno de los primeros de la clase si pudiese trabajar tranquilo en su casa. Esta mañana ha ido a la escuela con la señal de un arañazo, y todos le dijeron: “Tu padre te lo ha hecho; esta vez no puedes negarlo. ¡Dícelo al director para que haga que la autoridad lo llame!”. Pero él se levantó muy encarnado y con la voz ahogada por la indignación, gritó: “¡No, no es verdad; mi padre no me pega nunca!”. Pero después, durante la clase, se le caían las lágrimas sobre el banco, y cuando alguien le miraba, se esforzaba en sonreír para no denunciarse. ¡Pobre Precusa! Mañana vendrán a casa Deroso, Coreta y Nelle; quiero que venga él también. Pienso darle gran merienda, regalarle libros, poner en revolución toda la casa para divertirlo y llenarle los bolsillos de frutas con tal de verlo siquiera una vez contento. ¡Pobre Precusa! ¡eres tan bueno y tan sufrido!
UNA VISITA AGRADABLE
Jueves 12.—Hoy ha sido uno de los jueves más hermosos para mí. A las dos en punto vinieron a casa Deroso y Coreta con Nelle el jorobadito; a Precusa no lo dejó venir su padre. Deroso y Coreta se estaban riendo todavía porque habían encontrado en la calle a Crosi, el hijo de la verdulera, el del brazo inmóvil y el cabello rojo, que llevaba a vender una grandísima col, y con el dinero de la col tenían que comprar después una pluma, y estaba muy contento porque su padre le había escrito desde América, que le esperasen de un día a otro. ¡Oh, qué dos horas tan buenas hemos pasado juntos! Deroso y Coreta, son los dos más alegres de la clase: mi padre se queda embobado mirándolos. Coreta lleva su chaqueta color de chocolate y su gorra de piel. Es un diablo que siempre quiere hacer algo: trajinar, no estar ocioso. Ya había llevado por la mañana, temprano, media carreta de leña, sobre la espalda, y sin embargo, corrió por toda la casa, mirándolo todo y hablando sin cesar, vivo y listo como una ardilla; cuando estuvo en la cocina, preguntó a la cocinera cuánto le cuestan diez kilos de leña, que su padre da a cuarenta y cinco centavos. Siempre está hablando de su padre, de cuando fué soldado del regimiento 49, en la batalla de Custoza, en la que se encontró en la división del Príncipe Humberto; y es muy delicado en sus maneras. Aunque ha nacido y se ha criado entre la leña, tiene distinción en la sangre, en el corazón, como dice mi padre. Deroso sabe la geografía como un maestro; cerraba los ojos y decía; “Veo toda la Italia, los Apeninos, que se prolongan hasta el mar Jonio; los ríos que corren de aquí a allá; las ciudades blancas, los golfos, los azules senos, las islas verdes”, y decía los nombres exactos, por su orden, muy de prisa, como si los leyera en el mapa, y al verlo así, con aquella cabeza levantada, con sus rizos rubios, cerrados los ojos, vestido de azul, con botones dorados, esbelto y proporcionado, como una estatua, estábamos admirados todos. En una hora se había aprendido de memoria cerca de tres páginas, que deberá recitar pasado mañana en los funerales de Víctor Manuel. Nelle también le miraba con admiración y con cariño, estirando la falda de su gran delantal negro, y sonriendo con aquellos ojos claros y melancólicos. Me gustó muchísimo aquella visita, dejándome gratas impresiones en el corazón y en la memoria. Y hasta me agradó cuando se fueron, ver al pobre Nelle entre los dos altos y robustos, que le llevaban a casa del brazo, haciéndole reír como yo no recuerdo haber visto reír. Al volver a entrar en el comedor, noté que no estaba allí el cuadro que representa a Rigoleto, el bufón jorobado. Lo había quitado mi padre para que Nelle no lo viese.
LOS FUNERALES DE VÍCTOR MANUEL
17 de enero.—Hoy a las dos, apenas habíamos entrado en la escuela, el maestro llamó a Deroso, el cual se puso junto a la mesa, enfrente de nosotros; con su acento sonoro, alzando cada vez más su clara voz y con el semblante animado, empezó: “Cuatro años hace que en este día, y a esta misma hora, llegaba delante del panteón, en Roma, el carro fúnebre que conducía el cadáver de Víctor Manuel II, primer rey de Italia, muerto después de veintinueve años de reinado, durante los cuales, la gran patria italiana, despedazada en siete Estados y oprimida por extranjeros y tiranos, había obtenido su unidad, independiente y libre; después de veintinueve años de reinado, que había ilustrado y dignificado con su valor, con su lealtad, con el atrevimiento en los peligros, con la prudencia en los triunfos, con la constancia en la adversidad. Llegaba el carro fúnebre cargado de coronas, después de haber recorrido toda Roma bajo una lluvia de flores, entre el silencio de una inmensa multitud enternecida, venida a la capital de todas partes de Italia; precedido de generales y de príncipes, seguido de un cortejo de inválidos, de un bosque de banderas, de los representantes de trescientas ciudades, de todo lo que representa la gloria y al poderío de un pueblo, llegó delante del templo augusto donde le esperaba la tumba. En este momento, doce coraceros sacaron el féretro del carro. Entonces la Italia daba el último adiós a su rey muerto, a su viejo rey, a quien tanto había querido; el último adiós a su caudillo, a su padre, a los veintinueve años más afortunados y gloriosos de historia patria: ¡momento grande y solemne! La mirada, el alma de todos, iba del féretro a las banderas enlutadas de los ochenta regimientos de Italia, llevadas por ochenta oficiales formados en batalla a su paso; porque Italia estaba allí en aquellas ochenta enseñas que recordaban millares de muertos, torrentes de sangre nuestras glorias más sagradas, nuestros más santos sacrificios, nuestros dolores más tremendos. El féretro, llevado por coraceros, pasó, y entonces se inclinaron todas a tiempo, como haciendo un saludo, las banderas de los nuevos regimientos, las viejas banderas rotas en Goito, Pastrengo, Santa Lucía, Novara, Crimea, Palestro, San Martín y Castelfidardo: cayeron ochenta velos negros; cien medallas chocaron contra el féretro, y aquel estrépito sonoro y confuso que hizo estremecerse a todos, fué como un sonido de cien voces humanas, que decían a un tiempo: ‘¡Adiós, buen rey, valiente monarca, leal soberano! Tú vivirás en el corazón de tu pueblo mientras el sol alumbre a Italia’. Después las banderas se volvieron a levantar hacia el cielo, y el rey Víctor Manuel, entró en la inmortal gloria del sepulcro”.
FRANTI, EXPULSADO DE LA ESCUELA
Sábado 21.—Sólo uno podía reírse, mientras Deroso recitaba los funerales del rey, y Franti se rió. Lo aborrezco. Es un malvado; cuando viene un padre a la escuela a reñir a su hijo delante de todos, él goza; cuando alguien llora, ríe. Tiembla ante Garrón, y pega al albañilito porque es pequeño; atormenta a Crosi, porque tiene el brazo inmóvil; se burla de Precusa, a quien todos respetan, y se ríe hasta de Roberto, el de la clase segunda, que anda con muletas por haber salvado a un niño. Provoca a todos los que son más débiles que él, y cuando pega se enfurece y procura hacer daño. Hay algo que infunde repugnancia en aquella frente baja, en aquellos ojos torvos, que tiene ocultos bajo la visera de su gorra de hule. No teme a nada, se ríe del maestro, roba cuanto puede, niega desvergonzadamente, siempre está de pelea con alguno, lleva a la escuela alfileres para pinchar a los más próximos, se arranca los botones de la chaqueta, se los arranca también a los demás, y los juega; y la cartera, los cuadernos, los libros, todo lo tiene deslucido, destrozado, sucio; la regla, dentellada; la pluma, consumida; las uñas, roídas; los vestidos, llenos de manchas y de roturas que se hace en las riñas. Dicen que su madre está enferma de los disgustos que le da, y que su padre le ha echado de la casa tres veces; su madre va a la escuela de vez en cuando a pedir informes, y siempre se va llorando. Él odia la escuela, a los compañeros y a los profesores. El maestro hace alguna vez que no ve sus bribonadas; pero él no por eso se enmienda, sino que cada vez es peor. Ha probado a corregirle por la buena, y él se burla del procedimiento. Le dice palabras terribles, regañándole, y se cubre la cara con las manos como si llorara, pero se está riendo. Estuvo suspenso de la escuela por tres días, y volvió más malvado y más insolente que antes. Deroso le reconvino: “Hombre, enmiéndate; mira que el maestro sufre con tu proceder...”. Y él le amenazó con clavarle un clavo en el vientre. Pero esta mañana, por último, se le ha echado como a un perro, mientras el maestro daba a Garrón el borrador de El tamborcillo sardo, cuento mensual para enero, a fin de que lo copiase, puso en el suelo un petardo que estalló, haciendo retemblar la escuela como si hubiese sido un cañonazo. Toda la clase pegó una sacudida. El maestro se puso de pie y gritó: “¡Franti, fuera de la escuela!”. Él respondió: “¡No he sido yo!”; pero se reía. El maestro repetía: “¡Anda fuera!”. “No me muevo”, contestó. Entonces el maestro, fuera de sí, se bajó a escape, le agarró por un brazo y le sacó del banco. Él se revolvía, apretaba los dientes; hubo que arrastrarle fuera a viva fuerza. El maestro le llevó casi en peso al director, y después volvió solo a la clase, y sentado a su mesa, cogiéndose la cabeza entre las manos, preocupado, con tal expresión de cansancio y de aflicción que daba lástima verle, dijo tristemente, meneando la cabeza: “¡Después de treinta años de profesor!...”. Nadie tenía alientos ni para respirar. Las manos le temblaban de ira, y la arruga recta que tiene en medio de la frente era tan profunda que parecía una herida. ¡Pobre maestro! Todos nos compadecimos de él. Deroso se levantó y dijo: “Señor maestro, no se aflija; nosotros le queremos mucho”. Entonces él se serenó algo y dijo: “Hijos, volvamos a la lección”.
EL TAMBORCILLO SARDO
(CUENTO MENSUAL)
En la primera jornada de la batalla de Custoza, el 24 de junio de 1848, sesenta soldados de un regimiento de infantería de nuestro ejército, enviados a una altura para ocupar cierta casa solitaria, se vieron de repente asaltados por dos compañías de soldados austríacos que, atacándoles por varios lados, apenas les dieron tiempo de refugiarse en la morada y reforzar precipitadamente la puerta, después de haber dejado algunos muertos y heridos en el campo. Asegurada la puerta, los nuestros acudieron a las ventanas del piso bajo y del primer piso y empezaron a hacer certero fuego sobres los sitiadores, los cuales, acercándose poco a poco, colocados en forma de semicírculo, respondían vigorosamente. Mandaban los sesenta soldados italianos dos oficiales subalternos y un capitán viejo, alto, seco, severo, con el pelo y el bigote blancos; estaba con ellos un tamborcillo sardo, muchacho de poco más de catorce años, que representaba escasamente doce, de cara morena aceitunada, con ojos negros y hundidos, que echaba chispas. El capitán, desde una habitación del piso primero, dirigía la defensa, dando órdenes que parecían pistoletazos, sin que se viera en su cara de hierro ningún signo de conmoción. El tamborcillo, un poco pálido, pero firme sobre sus piernas, subido sobre una mesa, alargaba el cuello, agarrándose a las paredes para mirar fuera de las ventanas, y veía a través del humo, por los campos, las blancas divisas de los austríacos que iban avanzando lentamente. La casa estaba situada en lo alto de escabrosísima pendiente, y no tenía en la parte de la cuesta más que una ventanilla alta, correspondiente a un cuarto del último piso; por eso, los austríacos no amenazaban la casa por aquella parte, y en la cuesta no había nadie: el fuego se hacía contra la fachada y los dos flancos.
Pero era un fuego infernal, una nutrida granizada de balas, que por la parte de afuera rompía paredes y despedazaba tejas, y por dentro deshacía techumbres, muebles, puertas, arruinándolo todo, arrojando al aire astillas, nubes de yeso y fragmentos de trastos, de útiles, de cristales, silbando, rebotando, rompiendo todo con un fragor que ponía los pelos de punta. De vez en cuando, unos de los soldados que tiraban desde las ventanas caía dentro, al suelo, y era echado a un lado. Algunos iban vacilantes de cuarto en cuarto, apretándose la herida con las manos. En la cocina había ya un muerto con la frente abierta. El cerco de los enemigos se estrechaba. Llegó un momento en que se vió al capitán, hasta entonces impasible, dar muestras de inquietud y salir precipitadamente del cuarto, seguido de un sargento. Al cabo de tres minutos volvió a la carrera el sargento y llamó al tamborcillo, haciéndole seña de que lo siguiese. El muchacho le siguió, subiendo a escape por una escalera de madera, y entró con él en una buhardilla desmantelada, donde vió al capitán que escribía con lápiz en una hoja, apoyándose en la ventanilla y teniendo a sus pies sobre el suelo una cuerda de pozo.
El capitán dobló la hoja y dijo bruscamente, clavando sobre el muchacho sus pupilas grises y frías, ante las cuales todos los soldados temblaban: “¡Tambor!”. El tamborcillo se llevó la mano a la visera. El capitán dijo: “¿Tienes valor?”. Los ojos del muchacho relampaguearon. “Sí, mi capitán”, respondió. “Mira allá abajo—dijo el capitán llevándole a la ventana—, en el suelo, junto a la casa de Villafranca, donde brillan aquellas bayonetas. Allí están los nuestros inmóviles. Toma este papel, agárrate a la cuerda, baja por la ventanilla, atraviesa a escape la cuesta, corre por los campos, llega adonde están los nuestros y da el papel al primer oficial que veas. Quítate el cinturón y la mochila”.
El tamborcillo se quitó el cinturón y la mochila, y se colocó el papel en el bolsillo del pecho; el sargento echó fuera la cuerda y agarró con las dos manos uno de los extremos; el capitán ayudó al muchacho a saltar por la ventana, vuelto de espaldas al campo. “Ten cuidado—le dijo—, la salvación del destacamento está en tu valor y en tus piernas”. “Confíe usted en mí, mi capitán”, dijo el tamborcillo saliéndose fuera. “Agáchate al bajar”, dijo aún el capitán, agarrando la cuerda a la vez que el sargento. “No tenga usted cuidado”. “Dios te ayude”.
A los pocos momentos el tamborcillo estaba en el suelo; el sargento tiró de la cuerda para arriba y desapareció; el capitán se asomó precipitadamente a la ventanilla, y vió al muchacho que corría por la cuesta abajo.
Esperaba ya que hubiese conseguido huir sin ser observado, cuando cinco o seis nubecillas de polvo que se destacaron del suelo, delante y detrás del muchacho, le advirtieron que había sido descubierto por los austríacos, los cuales tiraban hacia abajo, desde lo alto de la cuesta. Aquellas pequeñas nubes eran de tierra echada al aire por las balas. Pero el tamborcillo seguía corriendo precipitadamente. Al cabo de un rato, exclamó consternado: “¡Muerto!”. Pero no había acabado de decir la palabra, cuando vió levantarse al tamborcillo. “¡Ah, no ha sido más que una caída!”, dijo para sí, y respiró. El tamborcillo en efecto, volvió a correr con todas sus fuerzas, pero cojeaba. “Se ha torcido un pie”, pensó el capitán. Algunas nubecillas de polvo se levantaba aquí y allá, en torno del muchacho; pero siempre más lejos. Estaba salvo. El capitán lanzó una exclamación de triunfo. Pero siguió acompañándolo con los ojos, temblando, porque era cuestión de minutos. Si no llegaba pronto abajo con la esquela en que pedía inmediato socorro, todos sus soldados serían muertos, o tenían que rendirse y caer prisionero con ellos. El muchacho corría rápidamente un rato, después detenía el paso cojeando; tomaba carrera luego de nuevo; pero a cada instante necesitaba detenerse. “Quizá ha sido una contusión en el pie por una bala”, pensó el capitán. Y observaba temblando todos sus movimientos; y excitado, le hablaba como si pudiese oírlo. Medía incesantemente con la vista el espacio que mediaba entre el muchacho que corría y el círculo de armas que veía allá lejos, en la llanura, en medio de los campos de trigo, dorados por el sol. Entretanto oía el silbido y el estruendo de las balas en las habitaciones de abajo, las voces de mando y los gritos de rabia de los oficiales y sargentos, los agudos lamentos de los heridos y el ruido de los muebles que se rompían y del yeso que se desmoronaba. “¡Ánimo! ¡Valor!—gritaba, siguiendo con la mirada al tamborcillo que se alejaba—¡Adelante! ¡Corre! ¡Se para!... ¡Maldición! ¡Ah, vuelve a emprender la marcha!”. Un oficial sube anhelante a decirle que los enemigos, sin interrumpir el fuego, ondean un pañuelo blanco para intimar la rendición. “¡Que no se responda!”, gritó el capitán sin apartar la mirada del muchacho, que estaba ya en la llanura; pero no corría ya, y parecía que desalentaba al llegar. “¡Anda!... ¡Corre!...—decía el capitán apretando los dientes y los puños.—Desángrate, muere desgraciado, pero llega”. Después lanzó una imprecación horrible. “¡Ah! El infame holgazán se ha sentado”. El muchacho, en efecto, que hasta entonces se le había visto sobresalir le cabeza por encima de un campo de trigo, se había perdido de vista, como si se hubiera caído. Pero, al cabo de un momento, su cabeza volvió a verse fuera: al fin se perdió detrás de los sembrados, y el capitán ya no lo vió más. Entonces bajó impetuosamente: las balas llovían; los cuartos estaban llenos de heridos, algunos de los cuales daban vueltas como borrachos, agarrándose a los muebles; las paredes y el suelo estaban teñidos de sangre; los cadáveres yacían en los umbrales de las puertas; el teniente tenía el brazo derecho destrozado por una bala; el humo y la pólvora lo envolvían todo. “¡Ánimo!—gritó el capitán—. ¡Firmes en sus puestos! ¡Van a venir socorros! ¡Un poco de valor aún!”. Los austríacos se habían acercado más; se veían ya entre el humo sus caras descompuestas; se oía, entre el estrépito de los tiros, su gritería salvaje, que insultaba, intimaba la rendición y amenazaba con el degüello. Algún soldado aterrorizado, se retiraba detrás de las ventanas, y los sargentos lo empujaban hacia adelante.
Pero el fuego de los sitiados aflojaba, el desaliento se veía en todos los rostros; no era ya posible llevar más allá la resistencia. Llegó un momento en que el ataque de los austríacos se hizo más sensible, y una voz de trueno gritó, primero en alemán, en italiano después: “¡Rendíos!”. “¡No!”, gritó el capitán desde una ventana. Y el fuego volvió a empezar más rabioso por ambas partes. Cayeron otros soldados. Ya había más de una ventana sin defensores. El momento fatal era inminente. El capitán gritaba con voz que se le ahogaba en la garganta: “¡No vienen! ¡No vienen!”. Y corría furioso de un lado a otro, arqueando el sable con su mano convulsa, resuelto a morir. Entonces un sargento, bajando de la buhardilla, gritó con voz estentórea: “¡Ya llegan!”. “¡Ya llegan!”, repitió con un grito de alegría el capitán. Al oír aquellos gritos, todos, sanos, heridos, sargentos, oficiales, se asomaron a las ventanas, y la resistencia se redobló ferozmente otra vez. De allí a pocos instantes se notó una especie de vacilación y un principio de desorden entre los enemigos. De pronto, muy de prisa, el capitán reunió algunos soldados en el piso bajo para contener el ímpetu de fuera, con bayoneta calada. Después volvió arriba. Apenas llegó, oyó un rumor de pasos precipitados, acompañados de un ¡hurra! formidable, y vieron desde las ventanas avanzar entre el humo los sombreros bicornes de los carabineros italianos, un escuadrón a escape tendido, y un brillante centelleo de espadas que hendían el aire en molinete por encima de las cabezas, sobre los hombros y encima de las espaldas; entonces el pequeño piquete reunido por el capitán salió a bayoneta calada fuera de la puerta. Los enemigos vacilaron, se revolvieron, y al fin emprendieron la retirada; el terreno quedó desocupado, la casa estuvo libre, y poco después dos batallones de infantería italianos y dos cañones ocuparon la altura.
El capitán, con los soldados que le quedaron, se incorporó a su regimiento, peleó aún, y fué ligeramente herido en la mano izquierda de una bala rebotada en el último ataque a la bayoneta. La jornada acabó con la victoria de los nuestros.
Pero al día siguiente, habiendo vuelto a combatir, los italianos fueron vencidos, a pesar de su valerosa resistencia, por mayor número de austríacos, y la mañana del 26 tuvieron tristemente que retirarse hacia el Mincio.
El capitán, aunque herido, anduvo a pie con sus soldados, cansados y silenciosos, llegaban al ponerse el sol a Goito, sobre el Mincio; buscó en seguida a su teniente, que había sido recogido con el brazo roto, por nuestra ambulancia, y debía haber llegado allí antes que él. Le indicaron una iglesia, donde se había instalado precipitadamente el hospital de campaña. Se fué allí; la iglesia estaba llena de heridos colocados en dos filas de camas y de colchones extendidos sobre el suelo; dos médicos y varios practicantes iban y venían afanados, y oíanse gritos ahogados y gemidos.
Apenas entró el capitán, se detuvo y dirigió una mirada a su alrededor en busca de su oficial.
En aquel momento se oyó llamar por una voz apagada muy próxima: “¡Mi capitán!”.
Se volvió: era el tamborcillo.
Estaba tendido sobre un catre de madera, cubierto hasta el pecho por una tosca cortina de ventana, de cuadros rosa y blancos, con los brazos fuera, pálido, demacrado, pero siempre con sus ojos brillantes como dos ascuas. “¡Cómo! ¿eres tú?—le preguntó el capitán admirado, pero bruscamente—; ¡Bravo! has cumplido con tu deber!”. “He hecho lo posible”, respondió el tambor. “¿Estás herido?”, dijo el capitán buscando con la vista a su teniente en las camas próximas. “¡Qué quiere usted!—dijo el muchacho, a quien daba alientos para hablar la honra de estar herido por primera vez, sin lo cual no hubiera osado abrir la boca ante aquel capitán.—Corrí mucho con la cabeza baja; pero aun agachándome me vieron en seguida. Hubiera llegado veinte minutos antes si no me alcanzan. Afortunadamente encontré pronto a un capitán de Estado Mayor, a quien di la esquela. Pero me costó gran trabajo bajar, después de aquella caricia. Me moría de sed; temía no llegar ya; lloraba de rabia, pensando que cada minuto que tardaba se iba uno al otro mundo, allá arriba. Pero, en fin, he hecho lo que he podido. Estoy contento. ¡Pero mire usted—y dispense, mi capitán—que pierde usted sangre!”. En efecto: de la palma de la mano mal vendada, del capitán, corría alguna gota de sangre. “¿Quiere usted que le apriete la venda, mi capitán? Deme un momento”. El capitán dió la mano izquierda, y alargó la derecha para ayudar al muchacho a hacer el nudo y atarlo; pero el chico, apenas se alzó de la almohada, palideció y tuvo que volver a apoyar la cabeza. “¡Basta, basta!—dijo el capitán, mirándolo y retirando la mano vendada que el tambor quería retener—.Cuida de lo tuyo en vez de pensar en los demás, que las cosas ligeras, descuidándolas, pueden hacerse graves”. El tamborcillo movió la cabeza. “Pero tú—le dijo el capitán mirándole atentamente—debes haber perdido mucha sangre para estar tan débil”. “¿Perdido mucha sangre?—respondió el muchacho sonriendo. Algo más que sangre. ¡Mire!”. Y se echó abajo la colcha. El capitán se echó atrás horrorizado. El muchacho no tenía más que una pierna; la pierna izquierda se la habían amputado por encima de la rodilla: el muñón estaba vendado con paños ensangrentados. En aquel momento pasó un médico militar, pequeño y gordo, en mangas de camisa. “¡Ah, mi capitán!—dijo rápidamente señalando al tamborcillo—, he aquí un caso desgraciado: esa pierna se habría salvado con nada si él no la hubiese forzado de aquella mala manera: ¡maldita inflamación! Fué necesario cortar así. Pero es un valiente, se lo aseguro; no ha derramado una lágrima, ni se le ha oído un grito. Estaba yo orgulloso, al operarlo, de que fuese un muchacho italiano: palabra de honor. Es de buena raza, a fe mía”. Y siguió su camino. El capitán arrugó sus grandes cejas blancas y miró fijamente al tamborcillo, subiéndole la colcha; después, lentamente, casi sin darse cuenta de ello, y mirándole siempre, levantó la mano hasta la cabeza y se quitó el quepí. “¡Mi capitán!—exclamó el muchacho admirado—, ¿Qué hace, mi capitán? ¡Por mí!”. Y entonces aquel tosco soldado, que no había dicho nunca una palabra suave a un inferior suyo, respondió con voz dulce y extremadamente cariñosa: “Yo no soy más que un capitán; tú eres un héroe”. Después se arrojó con los brazos abiertos sobre el tamborcillo y le besó tres veces en el corazón.
EL AMOR A LA PATRIA
Martes 24.—“Puesto que el cuento del Tamborcillo, ha conmovido tu corazón te será fácil hoy escribir bien el tema de examen: ¿Por qué se ama a Italia? ¿Por qué quiero a Italia? ¿No se te ocurren en seguida cien respuestas? Amo a Italia porque mi madre es italiana; porque la sangre que corre por mis venas es italiana; porque italiana es la tierra donde están sepultados los muertos que mi madre llora y los que venera mi padre; porque la ciudad donde he nacido, la lengua que hablo, los libros que me instruyen, mi hermano, mi hermana, mis compañeros, el gran pueblo en que vivo, la bella naturaleza que me rodea, todo lo que veo, lo que adoro, lo que estudio, lo que admiro, es italiano. ¡Oh! ¡Tú no puedes sentir aún en toda su intensidad ese grande afecto! Lo sentirás cuando seas hombre, cuando al volver de largo viaje, después de prolongada ausencia y asomándote una mañana a la cubierta del buque, veas en el horizonte las azules montañas de tu país; lo sentirás, entonces, en la impetuosa onda de ternura que te llenará de lágrimas los ojos y te arrancará un grito del corazón. Lo sentirás en alguna gran ciudad lejana, en el impulso del alma que te empujará, entre la multitud desconocida, hacia un obrero obscuro del cual hayas oído, pasando a su lado, una palabra italiana. Lo sentirás en la indignación dolorosa y profunda que te hará subir la sangre a la cabeza cuando oigas injuriar a tu país a algún extranjero. Lo sentirás más violento y más vivo el día en que la amenaza de un pueblo enemigo levante una tempestad de fuego sobre tu patria y veas brillar las armas por todas partes, correr los jóvenes a alistarse a las filas, los padres besar a los hijos, diciendo: ‘¡Ánimo!’, y las madres despedir a los jóvenes, gritando: ‘¡Vence!’. Lo sentirás, como una alegría divina si tuvieses la suerte de ver regresar a tu ciudad los regimientos diezmados, rendidos, destrozados, terribles, con el brillo de la victoria en los ojos y las banderas atravesadas por las balas, seguidos de un convoy interminable de valientes que asoman sus cabezas vendadas y sus brazos sin manos en medio de la multitud loca que los cubre de flores, de bendiciones y de vítores. ¡Ah, comprenderás entonces el amor a la patria; entonces lo sentirás tú, Enrique mío! Es cosa tan grande y tan sagrada, que si un día yo te viese regresar salvo de una batalla en que se ha peleado por ella; salvo tú, que eres mi carne y mi alma, y supiese que habías conservado la vida porque te habías escondido huyendo de la muerte, yo, tu padre, que te recibo con gritos de alegría cuando vuelves de la escuela, te recibiría con sollozos de angustia, y no podría quererte ya, y moriría con aquel puñal clavado en el corazón.—Tu padre”.
ENVIDIA
Miércoles 25.—El que ha hecho mejor la composición sobre la patria ha sido también Deroso. ¡Y Votino que creía seguro el primer premio! Yo quería mucho a Votino, aunque es algo vanidosillo y presumido; pero me disgusta, ahora que estoy con él en el banco, ver lo que envidia a Deroso. Y estudia para competir con él; pero no puede en manera alguna, porque el otro lo revuelca en todas las asignaturas, y Votino se muerde los dedos. También siente envidia Carlos Nobis; pero éste tiene tanto orgullo, que la misma soberbia no se lo deja descubrir. Votino, por el contrario, se vende, se lamenta de las notas en su casa y dice que el maestro comete injusticias; y cuando Deroso responde a las preguntas, tan pronto y tan bien como siempre, él pone la cara hosca, baja la cabeza, finge no oír y se esfuerza por reír; pero con la risa del conejo. Y como todos lo saben, en cuanto el maestro alaba a Deroso, todos se vuelven a mirar a Votino, que traga veneno, y el albañilito le hace la mueca de hocico de liebre. Esta mañana, por ejemplo, lo ha demostrado. El maestro entró en la escuela y anunció el resultado de los exámenes. Deroso, diez décimas y la primera medalla. Votino estornudó con estrépito. El maestro le miró, porque la cosa estaba bien clara. “Votino—le dijo—, no dejes que se apodere de ti la serpiente de la envidia: es una sierpe que roe el cerebro y corrompe el corazón”. Todos le miraron, menos Deroso. Votino quiso responder y no pudo: quedó como petrificado y con el semblante pálido. Después, mientras el maestro daba la lección, se puso a escribir, en gruesos caracteres, en una hoja: Yo no estoy envidioso de los que ganan la primera medalla por favor y con injusticia. Este papel quería mandárselo a Deroso. Pero entretanto observé que los que estaban junto a Deroso tramaban algo entre sí y se hablaban al oído, y uno hacía con el cortaplumas una gran medalla de papel, sobre la cual habían dibujado una serpiente negra. Votino mismo no advirtió nada. El maestro salió breves momentos. En seguida, los que estaban junto a Deroso se levantaron para salir del banco y presentar solemnemente la medalla de papel a Votino. Toda la clase se preparaba para presenciar una escena desagradable. Votino estaba ya temblando. Deroso gritó: “¡Dádmela!”. “Sí, mejor es—respondieron los demás;—tú eres el que debe llevársela”. Deroso cogió la medalla y la hizo mil pedazos. En aquel momento volvió el maestro y se reanudó la clase. Yo no quitaba ojo de Votino, que estaba encarnado de vergüenza. Tomó el papel despacito, como si lo hiciese distraídamente, lo hizo mil dobleces a escondidas, se lo puso en la boca, lo mascó un poco, y después lo echó debajo del banco. Al salir de la escuela y pasar por delante de Deroso, a Votino, que estaba un poco confuso, se le cayó el arrugado papel. Deroso, siempre noble, lo recogió y se lo puso en la cartera, ayudándole a abrocharse el cinturón. Votino no se atrevió a levantar la cabeza.
LA MADRE DE FRANTI
Sábado 28.—Pero Votino es incorregible. Ayer, en la clase de Religión, delante del director, el maestro preguntó a Deroso si sabía de memoria aquellas dos estrofas del libro de lectura: Donde quiera que extiendo la vista, te veo, inmenso Dios. Deroso respondió que no, y Votino en seguida: “¡Yo las sé!”, dijo sonriéndose, como para mortificar a Deroso; pero el mortificado fué él, por el contrario, porque no pudo recitar la poesía, pues mientras tanto, entró en la escuela la madre de Franti, preocupada, despeinados sus grises cabellos, toda llena de nieve, llevando a su hijo que había sido echado de la escuela hacía ocho días. ¡Qué triste escena nos tocó presenciar! La pobre señora se echó casi de rodillas a los pies del director, cogiéndole las manos y suplicándole: “¡Oh, señor director; hágame usted el favor de volver a admitir al niño en la escuela! Hace tres días que está en casa; lo he tenido escondido; pero Dios me valga si su padre lo descubre, porque lo mata; tenga usted compasión, que yo no sé ya qué hacer: se lo recomiendo con toda mi alma”. El director trató de llevarla fuera; pero ella se resistía siempre, y rogándole: “¡Oh, si supiese usted la lástima que me da este hijo, tendría usted compasión! ¡Hágame el favor! Yo espero que se enmendará. Si no me lo concede usted, no viviré ya más; me muero aquí mismo; pero quisiera verlo corregido antes de morir, porque...—y la interrumpió el llanto—es mi hijo, lo quiero mucho y moriría desesperada: admítalo de nuevo, señor director, para que no sobrevenga una desgracia en la familia; ¡hágalo por caridad hacia una pobre mujer!”. Y se cubrió el rostro con las manos, sollozando. Franti estaba impasible, con la frente baja. El director le miró; estuvo un rato pensándolo y después dijo: “Franti, anda a tu puesto”. Entonces la madre se quitó las manos de la cara, muy consolada, y empezó a dar miles de gracias, sin dejar de hablar al director, y avanzó hacia la puerta enjugándose los ojos y diciendo con emoción creciente: “Hijo mío, que seas bueno. Tengan ustedes paciencia. Gracias señor director, ha hecho usted una obra de caridad. Adiós, hijo mío. Buenos días niños. Gracias, señor maestro, hasta la vista. ¡Soy una pobre madre que ha sufrido tanto...!”. Y dirigiendo aún desde el umbral de la puerta una mirada suplicante a su hijo, se fué ahogando los lamentos que la destrozaban, pálida, encorvada, temblorosa, oyéndosela todavía toser cuando ya bajaba la escalera. El director miró fijamente a Franti en medio del silencio de la clase, y le dijo con una inflexión de voz que hacía temblar: “Franti, estás matando a tu madre!”. Todos se volvieron a mirar a Franti. Y el muy infame ¡se sonreía!
ESPERANZA
Domingo 29.—“Mucho me ha gustado, Enrique mío, el arranque con que te has echado en brazos de tu madre al volver de la clase de Religión. ¡Qué cosas tan hermosas y tan consoladoras te ha dicho el maestro! Dios, que nos ha arrojado al uno en brazos del otro, no nos separará jamás; cuando yo muera, cuando muera tu padre, no nos diremos aquellas tremendas y desconsoladoras palabras: ‘Madre, padre, Enrique, ¡no te veré ya más?’. Nosotros nos volveremos a ver en otra vida, en la que el que ha sufrido mucho en ésta, tendrá su compensación; en la que el que ha amado mucho sobre la tierra, volverá a encontrar las almas que ha querido, en un mundo sin culpa, sin llanto y sin muerte; pero debemos todos hacernos dignos de esa otra vida. Oye, hijo: cada acción buena tuya, cada palabra de cariño para los que te quieren, cada acto de atención hacia tus compañeros, cada pensamiento noble tuyo, es como un paso que das hacia aquel mundo. También te lleva, hacia el mundo aquel, cada desgracia, cada dolor que sufres, porque todo dolor es la expiación de una culpa, toda lágrima borra una mancha. Proponte cada día ser mejor y más cariñoso que el día anterior. Di todas las mañanas: ‘Hoy quiero hacer algo de lo que mi conciencia pueda alabarse, y mi padre estará contento; algo que me haga ser más querido de este o de aquel compañero, del maestro, de mi hermano o de otros’; y pide a Dios que te dé la fuerza necesaria para llevar a cabo tu propósito. ‘Señor: yo quiero ser bueno, noble, valiente, delicado, sincero; ayudadme; haced que cada noche, cuando mi madre me dé el último beso, pueda yo decirla: Tú besas esta noche a un niño mejor y más digno que el que besaste ayer’. Ten siempre en tu pensamiento aquel otro Enrique más feliz que puede ser después de esta vida. Luego reza. ¡Tú no puedes imaginar qué dulzura experimenta, cuánto mejor se siente una madre cuando ve a su hijo de rodillas! Cuando yo te veo rezando, me parece imposible que deje de haber alguien que te mire y te escuche; creo entonces más firmemente que nunca que hay una Bondad suprema y una infinita Piedad; te quiero más, trabajo con más fe, sufro con más fortaleza, perdono con toda mi alma y pienso con serenidad en la muerte. ¡Oh, Dios mío! volver a oír después de la muerte la voz de mi madre, volver a encontrar a mis hijos, volver a ver a mi Enrique, a mi Enrique inmortal y bendito, y estrecharlo en un abrazo que no se acabará ya nunca, nunca jamás, en una eternidad... ¡Oh! Reza, recemos, querámonos, seamos buenos y llevemos en el alma esta celestial esperanza, adorado hijo mío.—Tu madre”.
FEBRERO
UNA MEDALLA BIEN DADA
Sábado 4
STA mañana vino a repartir los premios el inspector de escuelas, un señor con la barba blanca y vestido de negro. Entró con el director poco antes de dar la hora y se sentó al lado del maestro. Hizo preguntas a varios niños, entregó luego la primera medalla a Deroso, y antes de dar la segunda, estuvo oyendo un momento al maestro y al director, que le hablaban en voz baja. Todos se preguntaban: “¿A quién dará la segunda?”. El inspector dijo entonces en alta voz: “En esta semana se ha hecho merecedor a segunda medalla el alumno Pedro Precusa; y la merece, no sólo por los trabajos que ha hecho en casa, sino también por las lecciones, por la caligrafía, por su conducta; en suma por todo”. Todos se volvieron a mirar a Precusa, y en todos los semblantes se reflejaba la misma alegría. Precusa se aturdió tanto, que no sabía dónde se hallaba. “Ven acá”, le dijo el inspector. Precusa saltó fuera del banco y se fué al lado de la mesa del maestro. El inspector, después de fijar atentamente su mirada en aquella cara del color de la cera, en aquel cuerpecito enfundado en su ropa remendada y que no había sido hecha para su cuerpo, en aquellos ojos bondadosos y tristes que huían de los suyos y que dejaban adivinar una historia de sufrimientos, le dijo con voz llena de cariño al prenderle la medalla al pecho: “Precusa: te corresponde la medalla; nadie más digno de llevarla que tú, no sólo por los méritos de tu inteligencia, sino también por la buena voluntad. Te corresponde por tu corazón, por tu valor, por las cualidades de hijo bueno y valeroso que en ti resplandecen. ¿No es verdad—añadió volviéndose a la clase—que también la merece por esto?”. “Sí, sí!”, respondieron todos a una voz. Precusa, moviendo su garganta como si necesitase tragar alguna cosa, dirigió sobre los bancos una dulcísima mirada llena de inmensa gratitud. “Vete—añadió el inspector—, querido muchacho, ¡Que Dios te proteja!”. Era la hora de salida. Nuestra clase salió antes que todas, y apenas estuvimos fuera de la puerta... ¿a quién vemos allí, en el salón de espera, precisamente a la puerta? Al padre de Precusa, al herrero, pálido como de costumbre, con su torva mirada, con los pelos hasta los ojos, con la gorra medio caída y tambaleándose. El maestro lo vió en seguida y se puso a hablar al oído del inspector; éste se fué presuroso en busca de Precusa, y cogiéndolo de la mano, le llevó con su padre. El muchacho temblaba. El maestro y el director se habían acercado, y muchos chicos habían formado círculo en derredor de ellos. “Es usted el padre de este muchacho, ¿no es cierto?”, preguntó el inspector al herrero con aire jovial, como si fueran amigos. Y sin esperar la respuesta, añadió: “Me alegro mucho. Mire: ha ganado la segunda medalla a cincuenta y cuatro compañeros, y la merece por los trabajos de composición, por los de aritmética, por todo. Es un niño muy inteligente y de gran voluntad, que sin duda hará carrera; querido y estimado por todos; puede usted estar orgulloso, yo se lo aseguro”. El herrero, que estaba oyendo todo esto con la boca abierta, miró fijamente al inspector y al director, y luego a su hijo, que estaba delante, con los ojos bajos, temblando; y como si recordase o llegase a comprender en aquel momento por primera vez todo lo que había hecho padecer al pobre pequeñuelo, y la bondad y constancia heroica con que le había sufrido, se mostró repentinamente en su cara cierta estúpida admiración, luego acerbo dolor, y por fin una ternura violenta y triste; y agarrando fuertemente al muchacho por la cabeza, le apretó contra su pecho. Todos nosotros pasamos por delante de él; yo le invité para que fuera a casa el jueves con Garrón y Crosi; otros le saludaron; quien le hacía una caricia, quien le tocaba la medalla; todos le dijeron algo. El padre nos miraba como atontado y apretaba contra su pecho la cabeza de su hijo, que sollozaba.
BUENOS PROPÓSITOS
Domingo 5.—La medalla dada a Precusa ha despertado en mí un remordimiento. Yo todavía no he ganado ninguna; de algún tiempo a esta parte no estudio; estoy descontento de mí; el maestro, mi padre y mi madre también lo están. No siento el placer que sentía cuando trabajaba de buena voluntad y abandonando la mesa corría a mis juegos lleno de alegría, como si no hubiera jugado en un mes entero; ni siquiera me siento a la mesa con los míos con el gusto que antes; me persigue una sombra en el ánimo, una voz interior que me dice continuamente: “Esto no marcha, esto no marcha”. Cuando por la noche veo atravesar la plaza tantos muchachos en medio de los grupos de operarios que vuelven de su trabajo, alegres a pesar del cansancio, que apresuran su paso impacientes por llegar a comer cuanto antes a su casa, hablando fuerte, riendo y golpeándose las espaldas con las manos ennegrecidas por el carbón o blanqueadas por la cal, y pienso que han estado trabajando desde el rayar del alba hasta aquella hora; y con aquellos tantos otros, aun más pequeños, que han pasado todo el día, bien sobre los tejados, bien delante de los hornos, bien en medio de las máquinas o dentro del agua o bajo tierra, sin comer más que un pedazo de pan, no puedo menos que avergonzarme, yo que en todo este tiempo no he hecho otra cosa que emborronar de mala gana cuatro malas páginas. ¡Ah, sí! ¡Estoy descontento, descontento! Bien veo que mi padre está de mal humor y quisiera decírmelo; pero le apena y espera todavía. “¡Querido padre mío! ¡Tú, que trabajas tanto! Todo es tuyo; todo lo que en casa me rodea, todo lo que me abriga y me alimenta, todo lo que me instruye y me divierte, todo es fruto de tu trabajo; todo te ha costado preocupaciones, privaciones, disgustos, esfuerzos; ¡y no me esfuerzo yo!”. ¡Ah, no! ¡Esto es demasiado injusto y me hace mucho daño! Quiero comenzar desde hoy; quiero empezar a estudiar como Estardo, con los puños y los dientes apretados; quiero ponerme a ello con toda la fuerza de mi voluntad y de mi alma; quiero vencer el sueño por la noche, saltar de la cama muy temprano, golpearme el cerebro sin descanso y fustigar sin piedad la pereza, fatigarme, sufrir y hasta enfermar, con tal de no arrastrar esta vida floja y abandonada que me envilece y llena de tristeza a los demás. ¡Ánimo, al trabajo! ¡Al trabajo, con toda mi alma y con todas mis fuerzas! ¡Al trabajo, que me dará el reposo dulce, los juegos placenteros, el comer alegre! ¡Al trabajo, que me traerá de nuevo, la bondadosa sonrisa de mi maestro y el bendito beso de mi padre!
EL TREN.
Viernes 10.—Precusa vino ayer a casa con Garrón. Yo creo que aun cuando hubieran sido hijos de príncipes no habrían sido acogidos con más jovialidad. Era la primera vez que venía Garrón, porque, sobre ser un poco huraño, se avergüenza de que lo vean, porque es muy grande y todavía cursa el tercer año. Todos salimos a abrir la puerta cuando llamaron. Crosi no vino, porque al fin había llegado su padre de América, después de seis años de ausencia. Mi madre besó inmediatamente a Precusa, y mi padre le presentó a Garrón, diciendo: “Aquí tienes: éste no solamente es un buen muchacho; es todo un hombre y un caballero”. Garrón bajó su gran cabeza rapada, sonriendo a escondidas conmigo. Precusa llevaba la medalla y estaba contento, porque su padre ha reanudado el trabajo y han pasado cinco días sin que beba; quiere que esté siempre a su lado en el taller, y parece enteramente otro. Nos pusimos a jugar; saqué todos mis trebejos, y Precusa quedó encantado a la vista del tren, que anda solo cuando se le da cuerda a la máquina; jamás lo había visto, y devoraba con sus ojos los vagoncillos amarillos y encarnados. Le di la llave para que jugase a su sabor, se arrodilló y no volvió a levantar más la cabeza. Nunca le había visto tan contento. Siempre nos decía: “Dispénsame, dispénsame”, apartando nuestras manos si intentábamos detener la máquina; cogía y colocaba con toda clase de miramientos los vagoncillos, como si fueran de vidrio, temía empañarlos con el aliento, los limpiaba por arriba y por abajo, y se veía una sonrisa incesante en sus labios. Todos nosotros le mirábamos; no quitábamos ojo de aquel cuello como un hilo, de aquellas orejitas que yo había visto un día echar sangre, de aquel chaquetón con las bocamangas vueltas, por donde salían los dos bracitos de enfermo que tantas veces se habían levantado para defender la cara de los golpes. ¡Oh! En aquel momento hubiera arrojado a sus pies todos mis juguetes y todos mis libros, hubiera arrancado de mi boca el último pedazo de pan para dárselo, me habría desnudado para que se vistiera, me hubiera arrodillado para besarle las manos. Por lo menos—pensé—quisiera darle el tren; era preciso, sin embargo, pedir permiso a mi padre. En aquel momento sentí que me ponían un papelito en la mano; miré: estaba escrito con lápiz por mi padre y decía: A Precusa le gusta tu tren. Él no tiene juguetes. ¿No te dice nada tu corazón? Cogí súbitamente la máquina y los vagones, hice que pusiera las manos, y se lo entregué todo diciendo: “Tómalo, es tuyo”. Se me quedó mirando sin comprender. “Es tuyo—dije—; te lo regalo”. Entonces dirigió sus ojos hacia mi padre y mi madre, todavía más admirado, y me preguntó: “Pero ¿por qué?”. Mi padre le contestó: “Te lo regala Enrique porque es amigo tuyo, porque te quiere... para celebrar tu medalla”. Precusa preguntó tímidamente: “Y ¿lo he de llevar conmigo... a mi casa?”. “¡Pues claro!”, respondieron todos. Todavía estaba en la puerta y no se atrevía a marcharse. ¡Era feliz! Pedía perdón, y su boca temblaba y reía juntamente. Garrón le ayudó a envolver el tren en un pañuelo, y al inclinarse sonaron los mendrugos de pan que llenaban sus bolsillos. “Un día—me dijo Precusa—vendrás al taller a ver como trabaja mi padre. Te daré unos clavos”. Mi madre puso un ramito en el ojal de la chaqueta a Garrón para que se lo diera a su madre en su nombre. Garrón, con su vozarrón, contestó: “Gracias”, sin levantar la cabeza del pecho, pero revelando espléndidamente en sus ojos su alma buena y noble.
SOBERBIA
Sábado 11.—¡Y decir que Carlos Nobis se limpia la manga con afectación cuando Precusa le toca al pasar! Es la encarnación misma de la soberbia, y todo porque su padre es un ricachón. ¡Pero también el padre de Deroso es rico! Carlos quisiera tener un banco para él solo; tiene miedo de que todos le ensucien; a todos mira de alto abajo con sonrisa despreciativa en los labios: ¡ay del que le tropiece el pie cuando salimos en fila de dos en dos! Por nada lanza al rostro una palabra injuriosa o amenaza con que hará venir a su padre a la escuela. Y cuidado que su padre le echó buena reprimenda cuando llamó harapiento al hijo del carbonero. Nunca he visto altanería semejante. Nadie le dice adiós al salir; no hay quien le apunte una palabra cuando no sabe la lección: él, en cambio, no puede sufrir a ninguno; finge desprecio sobre todo a Deroso, porque es el primero de la clase, y a Garrón, porque todos le quieren bien; pero Deroso ni se cuida siquiera de mirarlo, y Garrón, cuando refirieron que Nobis hablaba mal de él, respondió: “Tiene una soberbia tan estúpida, que ni siquiera merece, a decir verdad, el castigo de mis coscorrones”. Coreta, sin embargo, un día que Nobis se mofaba de su gorra de piel de gato, le dijo: “¡Vete con Deroso para que aprendas a ser caballero!”. Ayer fué a lamentarse al maestro porque el calabrés le había tocado con el pie en una pierna. El maestro preguntó al calabrés: “¿Lo has hecho de intento?”. “No, señor”, respondió francamente. “Eres demasiado quisquilloso, Nobis”, dijo el maestro, Y Nobis, con su aire acostumbrado: “¡Se lo diré a mi padre!”. El maestro entonces se encolerizó: “Tu padre no te hará caso, como ha pasado otras veces. Además, de que, en la escuela, el maestro es quien únicamente juzga y castiga”. Luego añadió con dulzura: “Vamos, Nobis, cambia de maneras, sé bueno y cortés con tus compañeros. Mira, hay hijos de trabajadores y de señores, de ricos y de pobres; todos se quieren bien y se tratan como hermanos, como que lo son. ¿Por qué no haces tú lo que los demás? ¡Qué poco te costaría que todos te quisieran y que tú mismo estuvieras más contento!... ¡Qué! ¿No tienes nada que contestarme?”. Nobis, que había estado escuchando con el semblante despreciativo de siempre contestó fríamente: “No, señor”. “Siéntate—le dijo el maestro—; te compadezco. Eres un muchacho sin corazón”. Todo parecía haber concluido ya, cuando el albañilito, que se sienta en el primer banco, volviendo su redonda cara hacia Nobis, que está en el último, le hizo una mueca, poniéndole un hocico de liebre tan bien hecho y tan gracioso, que estalló una sonora risotada en toda la clase. El maestro lo regañó, y no tuvo más remedio, para ocultar la risa, que taparse la boca con la mano. Nobis también se rió, pero su risa no pasaba de los dientes.
LOS HERIDOS DEL TRABAJO
Lunes 13.—Nobis puede hacer pareja con Franti; ni uno ni otro se conmovieron esta mañana ante lo que pasó a nuestra vista. Fuera ya de la escuela, estaba yo con mi padre mirando a unos pilluelos de la sección segunda, que se arrodillaban en tierra para refregar el hielo con las carpetas y las gorras y poder resbalar mejor, cuando vemos venir por medio de la calle una multitud de gente con paso precipitado, serios, espantados, hablando en voz baja. En medio venían tres guardias municipales, y detrás de éstos, dos hombres que llevaban una camilla. De todas partes acudieron los muchachos. La muchedumbre avanzaba hacia nosotros. Sobre la camilla venía tendido un hombre, blanco como un muerto, con la cabeza caída sobre un hombro, el pelo enmarañado y lleno de sangre, que también le salía de la boca y de los oídos. Al lado de la camilla venía una mujer con un niño en brazos; parecía loca; a cada paso gritaba: “¡Está muerto! ¡Está muerto! ¡Está muerto!”. Seguía a la mujer un muchacho con su cartera bajo el brazo y sollozando. “¿Qué ha pasado?”, preguntó mi padre. Alguien contestó que era un pobre albañil que se había caído de un cuarto piso donde estaba trabajando. Los que llevaban la camilla se detuvieron un instante. Muchos volvieron la cabeza horrorizados. Vi que la maestrita de la pluma roja sostenía a mi maestra de la clase superior, casi desmayada. Al mismo tiempo sentí que me tropezaban en el codo: era el pobre albañilito, pálido y temblando de pies a cabeza. Pensaba seguramente en su padre; también yo pensé en él. Por mi parte, tengo al menos el ánimo tranquilo cuando estoy en la escuela, porque sé que mi padre está en casa, sentado a su mesa, lejos de todo peligro; pero ¡cuántos de mis compañeros pensarán que sus padres trabajan sobre altísimo puente o cerca de las ruedas de una máquina, y que sólo un gesto o un paso en falso les puede costar la vida! Son como otros tantos hijos de soldados que tienen sus padres en la guerra. El albañilito miraba y remiraba, temblando cada vez con más estremecimiento y advirtiéndolo mi padre, le dijo: “Vete a casa, muchacho; vete a escape con tu padre, a quien encontrarás sano y tranquilo; anda”. El hijo del albañil se marchó, volviendo la cara hacia atrás a cada paso que daba. Entretanto la multitud se puso en movimiento, y la pobre mujer destrozaba el corazón gritando: “¡Está muerto! ¡Está muerto! ¡Está muerto!”. “No, no está muerto”, le decían todos. Ella no hacía caso y se arrancaba los cabellos. Oigo en esto una voz indignada que dice: “¡Te ríes!”. Era un hombre con barba que miraba cara a cara a Franti, el cual seguía sonriendo. El hombre, entonces, de un cachete le arrojó la gorra al suelo, diciendo: “Descúbrete, mal nacido, cuando pasa un herido del trabajo!”. Toda la multitud había pasado ya, y se veía por medio de la calle largo reguero de sangre.
EL PRESO
Viernes 17.—¡Ah! he aquí, seguramente, la ocurrencia más extraña de todo el año. Ayer de mañana me llevó mi padre a los alrededores de Moncalieri, para ver una quinta que quería tomar en arrendamiento el verano próximo, porque este año ya no vamos a Chieri. Se encontró que quien tenía las llaves era un maestro, el cual hace a la vez de administrador de la finca. Nos hizo ver la casa y nos llevó luego a su habitación, donde bebimos. Entre los vasos, en medio de la mesa, había un tintero de madera, de forma cónica y esculpido de una manera singular. Viendo que mi padre lo miraba atentamente, dijo el maestro: “Aquel tintero lo tengo en mucha estima: ¡si usted supiese, caballero, su historia!”. Y nos la contó. Hace algunos años, siendo maestro de Turín, por todo un invierno, fuí a dar lecciones a los presos. Explicaba las lecciones en la capilla de la cárcel, que es un edificio redondo, alrededor de cuyos paredones, altos y desnudos, se ven muchas ventanitas cuadradas, cerradas por dos barras de hierro en cruz y que corresponden cada una al interior de una pequeña celda. Daba su lección paseando por la iglesia obscura y fría; los escolares se asomaban a aquellos agujeros con sus cuadernos apoyados en los hierros, sin enseñar más que las caras, envueltas entre sombras; caras escuálidas y sombrías, barbas enmarañadas y grises, ojos fijos, de homicidas y ladrones. Entre tantos había uno, el número 78, que estaba más atento que los demás, que estudiaba mucho y miraba siempre al maestro con los ojos llenos de respeto y de gratitud. Era un joven de barba negra, más bien desgraciado que criminal, ebanista, el cual, en un ímpetu de cólera, había descargado un cepillo contra su amo, que le perseguía de tiempo atrás, hiriéndolo mortalmente en la cabeza. Había sido por esto condenado a varios años de reclusión. En tres meses aprendió a leer y escribir, y siempre estaba leyendo, y cuanto más aprendía tanto mejor se hacía y mostraba mayor arrepentimiento por su delito. Un día, al terminar la lección, hizo señal al maestro para que se acercase a la ventana, anunciándole con tristeza que al día siguiente saldría de Turín para extinguir su pena en las cárceles de Venecia; y habiéndole dicho adiós, le suplicó con voz humilde y conmovida que le dejase tocar la mano. El maestro se la alargó, y él se la besó: “¡Gracias! ¡Gracias!—”, le dijo, desapareciendo en el acto. El maestro retiró su mano cubierta de lágrimas. “Desde entonces no lo volví a ver más. Pasaron seis años. Lo que menos pensaba yo era en aquel desgraciado—dijo el maestro—, cuando ayer por la mañana veo que llega a casa un desconocido, con gran barba negra, un poco entrecana ya, y malamente vestido. ‘¿Es usted, señor—me dijo—el maestro Fulano de Tal?’. ‘¿Quién sois?’, pregunté yo. ‘Soy el preso número 78—me contesta—; usted me enseñó a leer y a escribir, hace seis años; si recuerda, al terminar la última lección me dió usted la mano; ya he extinguido la pena y aquí estoy... para suplicarle que haga el favor de aceptar un recuerdo mío, una cosilla que he hecho en la prisión. ¿Quiere aceptarla en memoria mía, señor maestro?’. Me quedé atónito, sin decir una palabra; y creyendo él, que acaso no quería aceptar el regalo, me miró, como diciéndome: ‘¡Seis años de sufrimiento no han bastado para purificar mis manos!’. Fué tal y tan viva la expresión de dolor de su mirada, que tendí inmediatamente la mano, y cogí el objeto. Helo aquí”. Examinamos atentamente el tintero; parecía trabajado con la punta de un clavo, y revelaba grandísima paciencia. Tenía esculpida encima, una pluma atravesando un cuaderno, y escrito alrededor: A mi maestro, Recuerdo del número 78.—¡Seis años! Y por abajo, en pequeños caracteres: Estudio y Esperanza. El maestro no dijo más; nos fuimos. En todo el trayecto desde Moncalieri hasta Turín, no pude quitarme de la cabeza aquel preso asomado a la ventanilla, aquel ¡adiós! al maestro, aquel pobre tintero hecho en la cárcel, que decía tantas cosas; soñé con él por la noche, y todavía esta mañana me parecía tenerlo delante... ¡bien lejos de imaginar la sorpresa que me esperaba en la escuela! Apenas me había colocado en mi nuevo banco, al lado de Deroso, y escrito el problema de Aritmética para el examen mensual, referí a mi compañero toda la historia del preso y del tintero, y cómo estaba hecho, con la pluma atravesada sobre el cuaderno, con aquella inscripción alrededor: ¡Seis años! Deroso se sobresaltó al oír aquellas palabras; comenzó a mirar tan pronto a mí como a Crosi, el hijo de la verdulera, que estaba sentado en el banco de delante, con la espalda vuelta hacia nosotros y absorto por completo en su problema. “¡Silencio!—dijo en voz baja, cogiéndome por un brazo.—¿No sabes? Crosi me dijo que había visto de pasada anteayer un tintero de madera en manos de su padre, que ha vuelto de América: un tintero cónico, trabajado a mano, con un cuaderno y una pluma. Es aquél; seis años; decía que su padre estaba en América: en vez de esto, estaba preso; Crosi era pequeño cuando se cometió el delito, no lo recuerda; su madre lo engañó; él no sabe nada: ¡no se te escape ni una sílaba de esto!”. Me quedé sin poder articular palabra y con los ojos fijos sobre Crosi. Deroso, entonces, resolvió el problema y se lo pasó a Crosi por debajo del banco; le dió una hoja de papel, le quitó de las manos El enfermero del Chacho, cuento mensual, que el maestro le había dado a copiar, para hacérselo él, le regaló plumas, le dió golpecitos en la espalda y me hizo prometer, bajo palabra de honor, que no diría nada a nadie. Cuando estuvimos fuera de la clase, me dijo precipitadamente: “Ayer vino su padre a recogerlo, habrá venido hoy también; haz lo que yo haga”. Salimos a la calle, y el padre de Crosi estaba allí, algo separado: un hombre de barba negra, más bien un poco entrecana, malamente vestido y de semblante pálido y pensativo. Deroso apretó la mano a Crosi de modo que fuera visto, diciéndole en voz alta: “Hasta la vista, Crosi;” y le pasó la mano por la barba; yo hice lo mismo; pero, al hacer aquello, Deroso se puso encendido como la grana; yo también, y el padre de Crosi nos miró atentamente con los ojos benévolos; pero en los cuales se traslucía una expresión de inquietud y de sospecha que nos heló el corazón.
EL ENFERMERO DEL CHACHO
(CUENTO MENSUAL)
En la mañana de cierto día lluvioso de marzo, un muchacho vestido de campesino, calado de agua y lleno de fango, con un envoltorio de ropa bajo el brazo, se presentaba al portero del hospital mayor de Nápoles a preguntar por su padre, con una carta en la mano. Tenía hermosa cara ovalada de color moreno pálido, ojos apesadumbrados y gruesos labios entreabiertos, que dejaban ver sus blanquísimos dientes. Venía de un pueblo de los alrededores de la ciudad. Su padre, que había salido de la casa el año anterior para ir en busca de trabajo a Francia, había vuelto a Italia y desembarcado hacia pocos días en Nápoles, donde enfermó tan repentinamente que apenas si tuvo tiempo de escribir cuatro palabras a su familia, para anunciarle su llegada, y decirle que entraba en el hospital. Su mujer, desolada al recibir la noticia, no pudiendo moverse de casa porque tenía una niña enferma y otra de pecho, había mandado al hijo mayor con algunos cuartos para asistir a su padre, a su chacho, como solía llamarle.
El muchacho había andado diez millas de camino.
El portero, leyendo la carta, llamó a un enfermero para que le llevase al muchacho, donde estaba su padre. “¿Qué padre?”, preguntó el enfermero.
El muchacho, temblando por temor de una triste noticia, dijo el nombre.
El enfermero no recordaba tal nombre: “¿Un viejo trabajador que ha llegado de fuera?”, preguntó.
“Trabajador, sí—respondió el muchacho, cada vez más ansioso—; pero no muy viejo. Sí, que ha venido de fuera”. “¿Cuándo entró en el hospital?”, preguntó el enfermero. El muchacho mirando la carta: “Hace cinco días, creo”. El enfermero se quedó pensando un momento; luego, como recordando de pronto: “¡Ah!—dijo—; la sala cuarta, la cama que está en el fondo”. “¿Está muy malo? ¿Cómo está?”, preguntó ansiosamente el niño. El enfermero lo miró sin responder. Luego dijo: “Ven conmigo”. Subieron dos tramos de escalera, dirigiéndose al fondo del ancho corredor, hasta encontrarse frente a la puerta abierta de un salón, con dos largas filas de camas. “Ven”, repitió el enfermero entrando. El muchacho se armó de valor y lo siguió, echando miradas medrosas a derecha e izquierda sobre los semblantes blancos y consumidos de los enfermos, algunos de los cuales tenían los ojos cerrados y parecían muertos; otros miraban el espacio con ojos grandes y fijos, como espantados. Algunos gemían como niños. El salón estaba obscuro; el aire, impregnado de penetrante olor de medicamentos. Dos hermanas de la caridad iban de uno a otro lado con frascos en la mano.
Habiendo llegado al fondo de la sala, el enfermero se detuvo a la cabecera de una cama, abrió las cortinillas, y dijo: “Ahí tienes a tu padre”. El muchacho rompió a llorar, y dejando caer la ropa que traía bajo el brazo, abandonó la cabeza sobre el hombro del enfermo, cogiéndole con su mano el brazo que tenía extendido, inmóvil sobre la colcha. El enfermo no hizo movimiento alguno.
El muchacho se irguió, miró otra vez a su padre y rompió a llorar de nuevo. El enfermo le dirigió una larga mirada y pareció reconocerlo. Pero sus labios no se movieron. ¡Pobre chacho, qué cambiado estaba! El hijo no lo había reconocido. Tenía blancos los cabellos, crecida la barba, la cara hinchada, de color rojo encendido, con la piel tersa y reluciente, los ojos muy chiquitos, los labios gruesos, toda la fisonomía alterada: no conservaba suyo más que la frente y el arco de las cejas. Respiraba angustiosamente. “¡Chacho, chacho mío!—dijo el muchacho—. Soy yo, ¿no me reconoces? Soy Cecilio, tu Cecilio, que ha venido del pueblo enviado por mi madre. Mírame bien: ¿no me reconoces? Dime una palabra siquiera”. Pero el enfermo, después de mirarle atentamente, cerró los ojos. “¡Chacho!, ¡Chacho! ¿Qué tienes? Soy tu hijo, tu Cecilio”. El enfermo no se movió, y continuó respirando con mucho afán.
Entonces, llorando, tomó el muchacho una silla y se sentó, esperando, sin levantar los ojos de la cara de su padre. “Pasará algún médico haciendo la visita—pensaba—y me dirá algo”. Sumergido en tristes pensamientos, recordaba tantas cosas de su buen padre el día de la partida, cuando le había dado el último adiós en el barco, las esperanzas que la familia había fundado sobre aquel viaje, la desolación de su madre al recibir la carta; pensó también en la muerte: veía a su padre muerto, a su madre vestida de negro, a la familia toda en la miseria. Así pasó mucho tiempo. Una mano ligera le tocó en el hombro y se estremeció: era una monja. “¿Qué tiene mi padre?”, le preguntó. “¿Es éste tu padre?”, dijo dulcemente la hermana. “Sí, es mi padre; acaba de llegar. ¿Qué tiene?”. “Ánimo, muchacho—respondió la monja—; ahora vendrá el médico”. Y se alejó sin decir más.
Al cabo de media hora se oyó el toque de una campanilla y vió que por el fondo del salón entraba el médico, acompañado de un practicante; la monja y un enfermero le seguían. Comenzó la visita deteniéndose en todas las camas. Tanta espera le parecía eterna al pobre niño, y a cada paso que daba el médico crecía su ansiedad. Llegó finalmente, al lecho inmediato. El médico era un viejo, alto, encorvado, de fisonomía grave. Antes de separarse de la cama inmediata, el muchacho se puso en pie, y cuando se le acercó, rompió a llorar. El médico le miró: “Es hijo del enfermo—dijo la hermana de la caridad—, y esta mañana ha llegado del pueblo”. El médico apoyó una mano sobre el hombro del muchacho, se inclinó sobre el enfermo, le tomó el pulso, le tocó la frente e hizo alguna pregunta a la hermana, la cual respondió: “Nada nuevo”. Quedó algo pensativo, y luego dijo: “Continuad como antes”. El chico tuvo valor para preguntar con voz lacrimosa: “¿Qué tiene mi padre?”. “Ten valor, muchacho—respondió el médico poniéndole nuevamente la mano en el hombro—. Tiene una erisipela facial. Es grave, pero todavía hay esperanza. Asístele. Tu presencia le puede hacer bien”. “¡Pero si no me reconoce!”, exclamó el niño, lleno de desolación. “Te reconocerá mañana... quizá. Debemos esperarlo así; ten ánimo”. El muchacho hubiera querido preguntar más cosas, pero no se atrevió. El médico siguió adelante, y el niño comenzó la vida de enfermero. No pudiendo hacer otra cosa, arreglaba las ropas de la cama, tocaba la mano al enfermo, le espantaba los mosquitos, se inclinaba hacia él siempre que le oía gemir, y cuando la hermana le traía de beber, le quitaba el vaso y la cucharilla para dárselo con su propia mano. El enfermo lo miraba alguna que otra vez, pero sin dar señales de haberlo reconocido. Sin embargo, su mirada se fijaba por más tiempo, sobre todo cuando el niño se limpiaba los ojos con el pañuelo. Así pasó el primer día. Aquella noche el muchacho durmió sobre dos sillas, en un ángulo del salón, y a la mañana siguiente volvió a emprender su piadoso trabajo. Al segundo día se notó que los ojos del enfermo revelaron un principio de conciencia. La cariñosa voz del niño parecía que hacía brillar por el momento vaga expresión de gratitud en sus pupilas, y en cierta ocasión movió algo los brazos como si quisiera decir algo. Después de cada período de somnolencia, abriendo mucho los ojos, buscaba a su enfermero. El médico le había visto dos veces y notó alguna mejoría. Hacia la tarde, al acercarle el vaso a la boca, creyó el chico que una ligerísima sonrisa se había deslizado por sus labios hinchados. Comenzó con esto a reanimarse y tener alguna esperanza; así que, creyendo que le podría entender, a lo menos confusamente, le hablaba de su madre, de las hermanas pequeñas, de la vuelta a su casa, y le exhortaba para que tuviera valor, con palabras llenas de cariño. Aun cuando a menudo dudase de ser comprendido, sin embargo, seguía hablando porque creía que el enfermo escuchaba con placer su voz y la entonación desusada de afecto y tristeza de sus palabras. De esta manera pasó el segundo día, y el tercero y el cuarto, en alternativa continua de ligeras mejorías y de retrocesos imprevistos. El muchacho, absorto por entero en los cuidados de su padre, y sin tomar más alimento que algunos bocados de pan y queso que dos veces al día le llevaba la hermana de la caridad, no advertía casi lo que a su alrededor pasaba: los enfermos moribundos, las hermanas que acudían precipitadamente por la noche, los llantos y demostraciones de los visitantes que salían sin esperanza, todas las escenas lúgubres y dolorosas de la vida del hospital, que en cualquiera otra ocasión le habrían aturdido y horrorizado. Las horas, los días pasaban, y él siempre firme al lado de su Chacho, atento, ansioso, conmovido por los suspiros y las miradas, agitado continuamente entre una esperanza que le ensanchaba el alma y un desaliento que le helaba el corazón.
El quinto día el enfermo se puso peor de repente.
El médico movió la cabeza como diciendo que era cuestión concluida, y el muchacho se abandonó sobre una silla rompiendo a sollozar. Sin embargo, le consolaba una cosa. A pesar de empeorar, le parecía a él que el enfermo iba poco a poco adquiriendo un poco de discernimiento. Miraba al muchacho cada vez con más fijeza y con expresión creciente de dulzura; no quería tomar bebida alguna ni medicina, sino de su mano, y hacía con más frecuencia aquel movimiento forzado de los labios, como si quisiera pronunciar alguna palabra, y lo hacía tan marcado a veces, que el niño le sujetaba el brazo con violencia, animado por repentina esperanza, y le decía casi con acento de alegría: “Ánimo, ánimo, Chacho; te curarás, nos iremos de aquí, volverás a casa de mi madre: todavía hace falta algo más de valor!”. Eran las cuatro de la tarde, momento en el cual el muchacho se había abandonado a uno de aquellos transportes de ternura y de esperanza, cuando por la puerta vecina del salón oyó ruido de pasos y luego una fuerte voz, tres palabras solamente: “¡Hasta luego, hermana!”, que le hicieron saltar de la silla, dejando escapar una exclamación que se ahogó en su garganta.
En el mismo momento entró en la sala un hombre con un gran lío en la mano, seguido de una hermana.
El muchacho lanzó un grito agudo y quedó como clavado en su sitio.
El hombre se volvió, lo miró un instante, lanzó otro grito a su vez: “¡Cecilio!”, precipitándose hacia él.
El muchacho cayó en los brazos de su padre casi accidentado.
Las hermanas, los enfermeros y el practicante acudieron, y les rodearon llenos de estupor.
El muchacho no podía recobrar la voz. “¡Oh, Cecilio mío!—exclamó el padre después de clavar una atenta mirada en el enfermo, besando repetidas veces al niño—. ¡Cecilio, hijo mío! ¿Cómo es esto? ¿Te han dirigido al lecho de otro enfermo? ¡Y yo que me desesperaba de no verte, después que tu madre escribió: ‘¡Le he enviado!’. ¡Pobre Cecilio! ¿Cuántos días llevas aquí? ¿Cómo ha ocurrido esta confusión? Yo he despachado en pocos días. ¡Estoy bien! ¿Y tu madre? ¿Y Conchita? Y la chiquitina, ¿cómo está? Yo me voy del hospital; vámonos, pues. ¡Oh, santo Dios! ¡Quién lo hubiera dicho!...”. El muchacho apenas pudo balbucear cuatro palabras para dar noticias de la familia. “¡Oh, qué contento estoy, pero qué contento! ¡Qué contento! ¡Qué días tan malos he pasado!”. Y no acababa de besar a su padre. Pero no se movía. “Vamos, pues—le dice el padre—, que podremos llegar todavía esta tarde a casa. Vamos”. Y lo atrajo hacia sí. El muchacho se volvió a mirar a su enfermo. “Pero... ¿vienes o no vienes?”, le preguntó el padre sorprendido. El muchacho, volvió a mirar al enfermo, el cual en aquel momento abrió los ojos y le miró fijamente. Entonces brotó de su alma un torrente de palabras. “No, chacho, espera... no puedo! Mira ese viejo. Hace cinco días que estoy aquí. Me está mirando siempre. Yo creía que eras tú. Lo quería. Me mira, yo le doy de beber, quiere que esté siempre a su lado, ahora está muy mal; ten paciencia, no tengo valor, no sé, me da mucha pena, mañana volveré a casa, déjame estar otro poco, no estaría bien que lo dejase: ¡ve cómo me mira! No sé quién es, pero me quiere: morirá solo: ¡déjame estar aquí, querido chacho!”. “¡Bravo, chiquitín!”, gritó el practicante. El padre quedó perplejo mirando al muchacho, luego al enfermo. “¿Quién es?”, preguntó. “Un campesino como usted—respondió el practicante—, que ha venido de fuera y entró en el hospital en el mismo día que usted. Cuando lo trajeron venía sin sentido y no pudo decir nada. Quizá tenga lejos a su familia, quizá tenga hijos. Creerá que éste es uno de ellos”. El enfermo no quitaba la vista del muchacho. El padre dijo a Cecilio: “Quédate”. “No tendrá que quedarse por mucho tiempo”, murmuró el practicante. “¡Quédate!—repitió el padre—. Tú tienes corazón. Yo me marcho inmediatamente a casa para tranquilizar a tu madre. Ahí tienes dos liras para lo que necesites. Adiós, hijo mío, hasta la vista”. Lo abrazó, lo miró fijamente, lo besó repetidas veces en la frente y se fué.
El niño volvió al lado del enfermo que pareció consolado. Y Cecilio comenzó su oficio de enfermero sin llorar más, pero con el mismo interés y con igual paciencia que antes; le dió de beber, le arregló las ropas, le acarició la mano y le habló dulcemente para darle ánimo. Todo aquel día estuvo a su lado, y toda la noche y aun al siguiente día, pero el enfermo se iba poniendo cada vez peor; su cara iba tomando color violáceo; su respiración se iba haciendo más ronca, aumentaba la agitación, salían de su boca gritos inarticulados: la hinchazón se ponía monstruosa. En la visita de la tarde, el médico dijo que no pasaría de aquella noche. Entonces Cecilio redobló sus cuidados y no lo perdió de vista ni un minuto. Y el enfermo lo miraba, lo miraba, y movía aún los labios de vez en cuando, con gran esfuerzo, como si aún quisiera decir alguna cosa, y una expresión de extraordinaria dulzura se pintaba de vez en cuando en sus ojos cada vez más pequeños y más velados. Aquella noche estuvo velando el muchacho hasta que vió blanquear en las ventanas la luz del crepúsculo y apareció la hermana. Se acercó ésta al lecho, miró al enfermo y se fué precipitadamente. A los pocos minutos volvió con el médico ayudante y con un enfermero que llevaba una linterna. “Está en los últimos momentos”, dijo el médico. El muchacho apretó la mano del enfermo, abrió éste los ojos, le miró fijamente y los volvió a cerrar. En el mismo instante le pareció al muchacho que le apretaba la mano: “¡Me ha apretado la mano!”, exclamó. El médico permaneció un momento inclinado hacia el enfermo; luego se levantó. La hermana descolgó un crucifijo de la pared. “¿Ha muerto?”, preguntó el muchacho. “Vete, hijo mío—dijo el médico—. ¡Tu santa obra ha concluido! Vete, y que tengas fortuna, que bien la mereces. ¡Dios te protejerá!... ¡Adiós!”. La hermana, que se había alejado un momento, volvió con un ramito de violetas que cogió de un vaso que estaba sobre una ventana, y se lo ofreció al chico diciéndole: “Nada más tengo que darte. Llévatelo para recuerdo del hospital”. “Gracias—respondió el muchacho, cogiendo el ramito con una mano y limpiándose los ojos con la otra—; pero tengo que hacer tanto camino a pie... que lo voy a estropear”. Y desatando el ramito, esparció las violetas por el lecho, diciendo: “Las dejo como recuerdo a mi querido muerto. Gracias, hermana: gracias, señor doctor”. Luego, volviéndose hacia el muerto: “¡Adiós!...”. Y mientras buscaba un nombre que darle, le vino a la boca el dulce nombre que le había dado durante cinco días: “Adiós... pobre chacho!”. Dicho esto, cogió bajo el brazo su envoltorio de ropa, y a paso lento, interrumpido por el cansancio, se fué. Comenzaba a despuntar el alba.
EL TALLER
Sábado 18.—Ayer vino Precusa a recordarme que debía ir a ver su taller, que está en lo último de la calle, y esta mañana, al salir con mi padre, hice que me llevase allí un momento. Según nos íbamos acercando al taller, vi que salía de allí Garofi, corriendo con un paquete en la mano, haciendo ondear su gran capa, que tapaba las mercancías. ¡Ah! ¡Ahora ya sé de dónde atrapa las limaduras de hierro que vende luego por periódicos atrasados ese traficante de Garofi! Asomándonos a la puerta, vimos a Precusa sentado en un montón de ladrillos: estaba estudiando la lección con el libro sobre las rodillas. Se levantó inmediatamente y nos hizo pasar: era un cuarto grande lleno de polvo de carbón, con las paredes cubiertas de martillos, tenazas, barras, hierros de todas formas; en un rincón ardía el fuego de la fragua, y soplando el fuelle, un muchacho. Precusa padre estaba cerca del yunque y el aprendiz tenía una barra de hierro metida en el fuego. “¡Ah! ¡Aquí tenemos—dijo el herrero apenas nos vió, quitándose la gorra—al guapo muchacho que regala ferrocarriles! Ha venido a ver trabajar un rato, ¿no es verdad? Al momento será usted servido”. Y diciendo así sonreía; no tenía ya aquella cara torva, aquellos ojos atravesados de otras veces. El aprendiz le presentó una larga barra de hierro enrojecida por la punta, y el herrero la apoyó sobre el yunque. Iba a hacer una de las barras con voluta que se usan en los antepechos de los balcones, levantó un gran martillo y comenzó a golpear, moviendo la parte enrojecida para ponerla, ora de un lado, ora de otro, sacándola a la orilla del yunque o introduciéndola hacia el medio, dándole siempre muchas vueltas; y causaba maravilla ver cómo, bajo los golpes veloces, precisos, del martillo, el hierro se encorvaba, se retorcía y tomaba poco a poco la forma graciosa de la hoja rizada de una flor, cual si fuera objeto de pasta modelado con la mano. El hijo, entretanto, nos miraba con cierto aire orgulloso, como diciendo. “¡Mira cómo trabaja mi padre!”. “¿Has visto cómo se hace, señorito?”, me preguntó el herrero, una vez terminado y poniéndome delante la barra, que parecía el báculo de un obispo. La colocó a un lado y metió otra en el fuego. “En verdad que está bien hecha”, le dijo mi padre; y prosiguió. “¡Vamos!... ya veo que se trabaja, ¿eh? ¿Ha vuelto la gana?”. “Ha vuelto, sí—respondió el obrero limpiándose el sudor y poniéndose algo encendido—. Y ¿sabe quién la ha hecho volver?”. Mi padre se hizo el desentendido. “Aquel guapo muchacho—dijo el herrero, señalando a su hijo con el dedo—; aquel buen hijo que está allí, que estudiaba y honraba a su padre, mientras su padre andaba de pirotecnia y lo trataba como a una bestia. Cuando he visto aquella mañana... ¡Ah, chiquitín mío, alto como un cañamón, ven acá que te mire un poco esa cara!”. El muchacho se precipitó hacia su padre: éste le cogió y le puso en pie sobre el yunque y sosteniéndole por debajo de los brazos, le dijo: “Limpia un poco el frontispicio a este animalón de tu padre”. Entonces Precusa cubrió de besos la cara ennegrecida de su padre, hasta ponerse también él enteramente negro. “Así me gusta”, dijo el herrero, y lo puso en tierra. “¡Así me gusta, Precusa!”, exclamó mi padre con alegría. Y habiéndonos despedido del herrero y de su hijo, nos salimos. Al salir, Precusa me dijo: “Dispénsame”, y me metió en el bolsillo un paquete de clavos; le invité para que fuera a ver las máscaras a casa. “Tú le has regalado tu tren—me dijo mi padre por el camino—; pero aun cuando hubiese estado lleno de oro y de perlas, hubiera sido pequeño regalo para aquel santo hijo que ha rehecho el corazón de su padre”.
EL PAYASILLO
Lunes 20.—Toda la ciudad está convertida en hervidero a causa del Carnaval, que ya toca a su término; en cada plaza se levantan barrancas y palestras de saltimbanquis; nosotros tenemos precisamente debajo de las ventanas un circo de tela, donde funciona cierta pequeña compañía veneciana con cinco caballos. El circo se halla en medio de la plaza, y en un ángulo hay tres grandes carretas, donde los titiriteros duermen y se visten; tres casetas con ruedas, con sus ventanillas y una estufita cada una, que siempre está echando humo, y entre ventana y ventana están extendidas las envolturas de los niños. Hay una mujer que da de mamar a un rorro, hace la comida y baila en la cuerda. ¡Pobre gente! Se les llama saltimbanquis como palabra injuriosa, y, sin embargo, ganan su pan honradamente divirtiendo a todos; ¡y cómo trabajan! Todo el día están corriendo del circo a los coches, en traje de punto, ¡y con el frío que hace!, comen dos bocados a escape, de pie, entre una y otra representación, y, a veces, cuando tienen el circo ya lleno, se levanta un viento fuerte que rasga las telas y apaga las luces y ¡adiós espectáculo!: necesitan devolver el dinero y trabajar toda la noche para reparar los desperfectos del barracón. Tienen dos muchachos que trabajan, y mi padre ha reconocido al más pequeño cuando atravesaba la plaza: es hijo del dueño, el mismo a quien vimos el año pasado hacer los juegos a caballo en un circo de la plaza de Víctor Manuel. Ha crecido; tendrá unos ocho años; hermoso rapaz, con una carita redonda y morena de pillete y multitud de rizos negros que se le escapan fuera del sombrero cónico. Está vestido de payaso, metido dentro de una especie de saco grande con mangas, blanco, bordado de negro y con unos zapatitos de tela. Es un diablejo. A todos gusta. Hace de todo. Se le ve envuelto en un mantón, muy de mañana, llevando la leche a su casucha de madera; luego va a buscar los caballos a la cuadra, que está en la calle próxima; tiene en brazos al niño de pecho; transporta aros, caballetes, barras, cuerdas; limpia los carros, enciende el fuego, y en los momentos de descanso siempre está pegado a su madre. Mi padre se le queda mirando siempre desde la ventana, y no hace otra cosa más que hablar de él y de la gente, que tienen todas las trazas de ser buenos y de querer mucho a sus hijos. Una noche fuimos al circo; hacía frío y no había casi nadie; pero no por eso el payaso dejó de estar en continuo movimiento para tener alegre a la gente; daba saltos mortales, se agarraba a la cola de los caballos, andaba con las piernas por alto y cantaba, siempre con su carita morena sonriente; y su padre, que vestía traje rojo con pantalones blancos y bota alta, y la fusta en la mano, lo miraba, pero estaba triste. Mi padre tuvo compasión de él y habló del asunto con el pintor Delis, que vino a vernos. ¡Esta pobre gente se mata trabajando y hace muy mal negocio. Aquel muchacho, ¡le parecía tan bien! ¿Qué se podría hacer por ellos? El pintor tuvo una idea: “Escribe un buen artículo en el Diario—le dijo—, tú, que sabes escribir; cuenta los milagros del payasillo y yo haré su retrato; todos leen el Diario, y a lo menos una vez concurrirá la gente”. Mi padre escribió un artículo hermoso y lleno de gracia, en que decía todo lo que nosotros veíamos desde las ventanas, y ponía en ganas de conocer y de acariciar al pequeño artista; y el pintor trazó un retrato parecido y artístico, que fué publicado el sábado por la tarde. En la representación del domingo, una gran multitud concurrió al circo. Estaba anunciado: Representación a beneficio del payasín; del payasín, como se le llamaba en el Diario. No cabía un alfiler en el circo; muchos espectadores tenían el Diario en la mano y se lo enseñaban al payasín, que se reía y corría, ya por un lado, ya por otro, loco de contento. También el padre estaba alegre. ¡Ya lo creo! Jamás ningún periódico le había hecho tanto honor, y la caja estaba llena de cuartos. Mi padre se sentó a mi lado. Entre los espectadores había gente conocida. Cerca de la entrada de los caballos, en pie, estaba el maestro de gimnasia, uno que estuvo con Garibaldi, y frente a nosotros, en los segundos puestos, el albañilito, con su carita redonda, sentado junto a su padre, que parecía un gigante... y apenas me vió me hizo un guiño. Algo más allá vi a Garofi, que estaba contando los espectadores, calculando por los dedos cuánto habría recaudado la compañía. En los sillones de los primeros puestos, poco distante de nosotros, estaba el pobre Roberto, aquél que salvó el niño del ómnibus, con sus muletas entre las rodillas, apretado contra su padre, capitán de artillería, que tenía apoyada una mano sobre su hombro. Comenzó la representación. El payasín hizo maravillas sobre el caballo, en el trapecio y en la cuerda, y siempre que descendía era aplaudido por todas las manos, y muchos le tiraban de los rizos. Luego hicieron ejercicios otros varios: funámbulos, escamoteadores y caballistas, vestidos de remiendos; pero deslumbradores por la plata que los recubría. Pero cuando el muchacho no trabajaba, parecía que la gente se aburría. En esto vi que el maestro de gimnasia, que estaba de pie en la entrada de los caballos, hablaba al oído con el dueño del circo, el cual, repentinamente dirigió una mirada a los espectadores, como si buscase a alguien. Sus ojos se detuvieron en nosotros. Mi padre lo advirtió, comprendió que el maestro le había dicho quién era el autor del artículo, y para que no fuera a darle las gracias se marchó, diciéndome: “Quédate, Enrique, que yo te espero fuera”. El payasín, después de haber cruzado algunas palabras con su padre, hizo otro ejercicio; en pie sobre el caballo que galopaba, se vistió cuatro veces: primero de peregrino, luego de marinero, después de soldado y por fin de acróbata, y siempre que pasaba delante de mí, me miraba. Luego, al bajarse, comenzó a dar una vuelta al circo con el sombrero de payaso en la mano, y todos le echaban algo, bien dinero, bien dulces. Yo tenía preparados dos sueldos; pero cuando llegó frente de mí, en lugar de presentar el sombrero, lo echó hacia atrás, me miró y pasó adelante. Me mortificó esto. ¿Por qué me había hecho esta desatención? La representación terminó; el dueño dió las gracias al público, y toda la gente se levantó, aglomerándose hacia la salida. Yo iba confundido entre la multitud, y estaba casi en la puerta, cuando sentí que me tocaban una mano. Me volví: era el payasín, con su carilla graciosa y morena y sus ricitos negros, que me sonreía; tenía las manos llenas de dulces. Entonces comprendí: “Si quisieras—me dijo—aceptar estos dulces del payasín”. Yo le indiqué que sí, y cogí tres o cuatro. “Entonces—añadió—acepta también este beso”. “Dame dos”, le respondí, y le presenté la cara. Se limpió con la manga la cara enharinada, me echó un brazo alrededor del cuello, y me estampó dos besos sobre las mejillas diciéndome: “Toma, toma, y lleva uno a tu padre”.
EL ÚLTIMO DÍA DE CARNAVAL
Martes 21.—¡Qué conmovedora escena presenciamos hoy en el paseo de las máscaras! Concluyó bien, pero podía haber ocurrido una gran desgracia. En la plaza de San Carlos, decorada toda ella con pabellones amarillos, rojos y blancos, se apiñaba numerosa multitud; cruzaban máscaras de todos los colores; pasaban carros dorados llenos de banderas, imitando colgaduras; teatros, barcos rebosando arlequines y guerreros, cocineros, marineros y pastorcillas: era una confusión tan grande, que no se sabía dónde mirar, un ruido de cornetas, de cuernos y de platillos que rompían los oídos; las máscaras de los carros bebían y cantaban, apostrofando a la gente de a pie, a los de las ventanas, que respondían hasta desgañitarse, y se tiraban con furia naranjas y dulces; y por cima de los carruajes y de las apreturas, hasta donde alcanzaba la vista, se veían ondear banderolas, brillar cascos refulgentes, tremolar penachos, agitarse cabezotas de cartón-piedra, cofias gigantescas, trompetas enormes, armas extravagantes, tambores, castañuelas, gorros rojos y botellas: todos parecían locos. Cuando nuestro coche entró en la plaza, iba delante de nosotros un carro magnífico tirado por cuatro caballos con gualdrapas bordadas de oro, lleno de guirnaldas de rosas artificiales, en el cual iban catorce o quince señores disfrazados de caballeros de la corte de Francia, resplandecientes con sus trajes de seda, con pelucón blanco, sombreros de pluma bajo el brazo y espadín, y el pecho cubierto de lazos y encajes hermosísimos. Todos a la vez iban cantando una cancioncilla francesa y arrojaban dulces a la gente, y la gente aplaudía y gritaba. De repente vimos que un hombre que estaba a nuestra izquierda levantaba sobre las cabezas de la multitud una niña de cinco a seis años, una pobrecilla que lloraba desesperadamente, agitando los brazos como si estuviera acometida de convulsivo ataque. El hombre se hizo sitio hacia el carro de los señores; uno de éstos se inclinó, y el hombre le gritó: “Tome, esta niña ha perdido a su madre entre la muchedumbre; téngala en brazos; la madre no debe estar lejos, y la verá; no hay otro medio”. El señor tomó la niña en brazos; todos los demás dejaron de cantar; la niña chillaba y manoteaba; el señor se quitó la careta y el carro continuó andando despacio. En el entretanto, según nos dijeron después, en la extremidad opuesta de la plaza, una pobre mujer, medio enloquecida, rompía por entre la multitud a codazos y empellones, gritando: “¡María!, ¡María!, ¡María! ¡He perdido a mi hija! ¡Me la han robado! ¡Han ahogado a mi niña!”. Hacía un cuarto de hora que se hallaba en aquel estado de desesperación, yendo unas veces hacia un lado, otras al contrario, oprimida por la gente que a duras penas podía abrirle paso. El señor del carro no cesaba entretanto de tener apretada contra su pecho a la niña, paseando su mirada por toda la plaza y tratando de aquietar a la pobre criatura, que se tapaba la cara con las manos, sin darse cuenta de dónde se hallaba, y sollozando de tal modo que partía el corazón. El señor estaba conmovido; bien se veía que aquellos gritos le llegaban al alma; los demás ofrecían naranjas y dulces a la niña; pero ésta todo lo rechazaba, cada vez más espantada y convulsa. “¡Buscad a su madre!—gritaba el señor a la multitud—. ¡Buscad a su madre!”. Y todo el mundo se volvía a derecha e izquierda, pero la madre no parecía. Finalmente, a pocos pasos de la embocadura de la calle de Roma vimos a una mujer que se lanza hacia el carro... ¡Ah! Jamás la olvidaré. No parecía criatura humana: tenía el cabello suelto, la cara desfigurada, los vestidos rotos; se lanzó hacia adelante, dando un gemido que no fué posible comprender si era de gozo, de angustia o de rabia, y alzando sus manos como si fueran dos garras, cogió a la niña. El carro se detuvo. “Aquí la tienes”, dijo el señor presentándole la niña después de darle un beso, y colocándola entre los brazos de su madre, que la apretó contra su seno con furia... Pero una de sus manecitas quedó por algunos segundos entre las manos del caballero, el cual, arrancándose de la mano derecha un anillo de oro con un grueso diamante y metiéndole con presteza en uno de la pequeñita. “Toma—le dijo—será tu dote de esposa”. La madre se quedó extática, como encantada; la multitud prorrumpió en aplausos; el señor se puso otra vez la careta; sus compañeros emprendieron de nuevo el canto, y el carro marchó lentamente en medio de una tempestad de palmas y de vivas.
LOS MUCHACHOS CIEGOS
Jueves 23.—El maestro está muy enfermo, y enviaron en su lugar al de la sección cuarta, que ha sido maestro en el Instituto de los Ciegos; el más viejo de todos, tan canoso que parece que en la cabeza lleva peluca de algodón, y que habla como si entonase una canturía melancólica, pero bien, y sabe mucho. Apenas entró a la escuela, viendo un niño con un ojo vendado, se acercó al banco para preguntarle qué tenía. “Cuídate los ojos, muchacho”, le dijo. Y entonces Deroso le preguntó: “¿Es verdad, señor maestro, que ha sido usted profesor de los ciegos?”. “Sí, durante varios años”, respondió. Y Deroso le dijo a media voz: “Dígame usted algo sobre ellos”. El maestro se fué a sentar al lado de la mesa. Coreta dijo en alta voz: “El Instituto de los Ciegos está en la calle de Niza”. “Vosotros decís ciegos, ciegos—comenzó el maestro, así como diríais enfermos, pobres, o qué sé yo. Pero ¿entendéis bien lo que esta palabra quiere decir? Pensad por un momento. ¡Ciegos! ¡No ver absolutamente nada nunca! ¡No distinguir el día de la noche; no ver ni el cielo ni el sol, ni a sus propios padres, nada de lo que se tiene alrededor o se toca; estar sumergido en perpetua obscuridad y como sepultados en las entrañas de la tierra! Probad un momento a cerrar los ojos, y pensad si debiérais permanecer para siempre así: inmediatamente os sobrecoge la angustia, el terror; os parece que sería imposible resistirlo, que os pondríais a gritar, que os volveríais locos o moriríais. Y sin embargo... pobres niños, cuando se entra por primera vez en el Instituto de Ciegos, durante el juego, al oír tocar violines y flautas por todas partes, hablar fuerte y reír, subiendo y bajando las escaleras con paso veloz, y moverse libremente por los corredores y dormitorios, nadie diría que son tan desventurados. Es preciso observarlos bien. Hay jóvenes de dieciséis y dieciocho años, robustos y alegres, que sobrellevan la ceguera con cierta calma, y hasta con presencia de ánimo; pero bien se trasluce por la expresión desdeñosa y fiera de sus semblantes, que deben haber sufrido tremendamente antes de resignarse a aquella desventura; otros, con fisonomía pálida y dulce, en la cual se nota una grande pero triste resignación, y se comprende que alguna vez, en secreto, deben llorar todavía. ¡Ah, hijos míos! Pensad que algunos de esos han perdido la vista en pocos días, que otros la han perdido después de sufrir como mártires años enteros; de haberles hecho operaciones quirúrgicas terribles, y que muchos han nacido así, en una noche que no ha tenido amanecer para ellos, que han entrado en el mundo como en inmensa tumba, y que no saben cómo está formado el semblante humano. Imaginaos cuánto habrán sufrido y cuánto deben sufrir cuando piensen así, confusamente, en la diferencia tremenda que hay entre ellos y los que ven, y se preguntan a sí mismos: ‘¿Por qué esta diferencia, si no tenemos culpa alguna?’. Yo, que he estado varios años entre ellos, cuando recuerdo aquella clase, todos aquellos ojos sellados para siempre, todas aquellas pupilas sin mirada y sin vida, y luego os miro a vosotros... me parece imposible que no seáis todos felices. ¡Pensad que hay cerca de veintiséis mil ciegos en Italia! Veintiséis mil personas que no ven la luz... ¿Comprendéis? ¡Un ejército que tardaría cuatro horas en desfilar bajo nuestras ventanas!”. El maestro calló; no se oía respirar en la clase.
Deroso preguntó si era verdad que los ciegos tienen el tacto más fino que nosotros. El maestro dijo: “Es verdad. Todos los demás sentidos se afinan en ellos, precisamente porque debiendo suplir entre todos el de la vista, están más y mejor ejercitados de lo que están en nosotros. Por la mañana, en los dormitorios, el uno pregunta al otro: ‘¿Hace sol?’, y el que es más listo para vestirse escapa corriendo al patio para agitar las manos en el aire y sentir el calor del sol, si lo hay, volviendo a dar la buena noticia: ‘¡Hace sol!’. Por la voz de una persona se forman idea de la estatura; nosotros juzgamos el alma de las personas por los ojos, ellos por la voz, recuerdan las entonaciones y los acentos a través de los años. Perciben si en una habitación hay varias personas, aunque sea una sola la que habla y las otras permanezcan inmóviles. Al tacto se dan cuenta de si una cuchara está poco limpia o mucho. Las niñas distinguen la lana teñida de la que tiene su color natural. Al pasar de dos en dos por las calles, reconocen casi todas las tiendas por el olor, aun aquellas en las cuales nosotros no percibimos olor alguno. Juegan a la perinola y al oír el zumbido que produce el girar, se van derecho a cogerla, sin equivocarse. Juegan a los aros, tiran a los bolos, saltan la cuerda, fabrican casitas con pedruzcos, cogen las violetas como si realmente las viesen, hacen esteras y canastillos, tejiendo paja de varios colores, con expedición y bien: ¡hasta tal punto tienen ejercitado el tacto! El tacto es para ellos la vista; uno de sus mayores placeres es el de tocar y oprimir hasta adivinar la forma de las cosas, palpándolas. Es conmovedor ver, cuando van al Museo Industrial, donde les dejan tener lo que quieren, con cuánto gusto se apoderan de los cuerpos geométricos y ponen sus manos sobre los modelitos de casas, sobre los instrumentos; con qué alegría palpan y revuelven entre las manos todas las cosas para ver cómo están hechas. ¡Ellos dicen ver!”. Garofi interrumpió al maestro para preguntarle si era cierto que los chicos ciegos aprenden a hacer cuentas mejor que los otros. El maestro respondió: “Es verdad. Aprenden a hacer cuentas y a leer. Tienen libros a propósito con caracteres en relieve; pasan por encima los dedos, reconocen las letras y dicen las palabras; leen de corrido. Y es preciso ver, ¡pobrecillos!, cómo se ponen colorados cuando se equivocan. También escriben sin tinta. Escriben sobre un papel grueso y duro con un punzoncito de metal, que hace tantos puntitos hundidos y agrupados, según un alfabeto especial; los cuales puntitos aparecen de relieve por el revés del papel, de modo que volviendo la hoja y pasando los dedos sobre aquellos relieves, pueden leer lo que han escrito y la escritura de los demás: no de otra manera hacen composiciones y se escriben cartas entre ellos. La escritura de los números y de los cálculos la hacen del mismo modo. Calculan mentalmente con increíble facilidad, porque no les distrae la vista de las cosas exteriores como a nosotros. ¡Si viérais qué apasionados son por oír leer en alta voz, qué atención prestan, cómo lo recuerdan todo, cómo discuten entre sí, aun los más pequeños, de cosas de Historia y de lenguas, sentados cuatro o cinco en un banco, sin volverse el uno hacia el otro, y conversando el primero con el tercero, el segundo con el cuarto en alta voz, y todos juntos, sin perder una sola palabra, por la rapidez y agudeza que tiene su oído! Dan más importancia que vosotros a los exámenes, y toman más afecto a sus maestros. Reconocen a su maestro en el andar y por el olfato; perciben si está de buen humor o de malo, si está bueno o no; y todo esto nada más que por el sonido de una palabra: quieren que el maestro les toque cuando les anima y les alaba, y le palpan las manos y los brazos para expresarle su gratitud. También se profesan unos a otros mucho cariño, y son buenos compañeros. En las horas de recreo casi siempre están juntos los mismos. En la sección de música, por ejemplo, se forman tantos grupos cuantos son los instrumentos que saben tocar; así, hay grupos de violinistas, pianistas, flautistas, sin separarse jamás. Puesto su cariño en una persona, es difícil que se desprendan de él. Su gran consuelo es la amistad. Se juzgan unos a otros con rectitud. Tienen concepto claro y profundo del bien y del mal. No hay nadie que se exalte tanto como ellos en presencia de una acción generosa o de un hecho grande”. Votino preguntó si tocan bien. “Sienten ardiente amor por la música—respondió el maestro—. Su alegría y su vida están en la música. Hay niños ciegos que, apenas entran en el colegio, son capaces de estar horas inmóviles, a pie quieto, oyendo tocar. Aprenden pronto a tocar con pasión. Cuando el maestro dice a uno que no tiene disposición para la música, sufre un gran tormento; pero se pone a estudiar como un desesperado. ¡Ah! Si oyérais la música allí dentro; si les viérais cuando tocan, con la frente alta, con la sonrisa en los labios, el semblante encendido, trémulos de emoción, extasiados, oyendo aquellas armonías que resplandecen en la obscuridad infinita que los rodea, ¡comprenderíais perfectamente que para ellos es consuelo divino la música! El júbilo y la felicidad rebosa cuando les dice el maestro: ‘Tú llegarás a ser un artista’. El que sobresale en la música y llega a tocar bien el piano o el violín, es como un rey: le aman, le veneran. Si se origina una disputa, los contendientes van a sometérsela; y si dos amigos regañan, él también es quien los reconcilia. Los más pequeñitos, a quienes él enseña a tocar, lo consideran como a un padre. Antes de ir a acostarse, todos van a darle las buenas noches. Hablan sin cesar de música; a lo mejor estando ya acostados, casi todos cansados del estudio y del trabajo y medio dormidos, todavía se les oye charlar en voz baja de óperas, de maestros, de instrumentos, de orquestas. Y es tan grande castigo el privarles de la lectura o de la lección de música, sienten tanta pena, que casi nunca se tiene valor para castigarlos de este modo. Lo que la luz es para nuestros ojos, es la música para el corazón de ellos”. Deroso preguntó si no se podía ir a verlos. “Se puede—respondió el maestro—; pero vosotros, siendo niños, no debéis ir por ahora. Iréis más tarde, cuando estéis en situación de comprender toda la grandeza de su desventura y de sentir toda la piedad a que es acreedora. Es un espectáculo triste, hijos míos. Os encontráis a veces con unos cuantos muchachos sentados frente a una ventana, abierta de par en par, gozando del ambiente fresco, con la cara inmóvil, que parece que miran la inmensa llanura verde y las hermosas montañas azules que vosotros véis... Y el pensar que no ven nada, que jamás podrán ver nada de toda aquella magnífica belleza, os oprime el alma como si ellos se hubieran vuelto ciegos en aquel momento. Y todavía los ciegos de nacimiento, que, no habiendo visto el mundo, no echan de menos nada, porque ignoran las imágenes de las cosas, dan menos compasión; pero hay niños que hace pocos meses se han quedado ciegos, que todo lo tienen presente todavía y que comprenden bien lo que han perdido, los cuales sienten, además, el dolor de ver cómo cada día que pasa se van obscureciendo las imágenes más queridas, como si en su memoria se fuera muriendo el recuerdo de las personas amadas. Uno de estos infelices me decía cierto día con inexplicable tristeza: ‘¡Quisiera llegar a tener vista una vez nada más, un momento, para ver la cara de mi madre, que no la recuerdo ya!’. Y cuando las madres van a buscarlos, les ponen las manos sobre la cara, las tocan bien desde la frente hasta la barba y las orejas, para poder sentir cómo son, y casi no llegan a persuadirse de que no las ven, y las llaman por sus nombres muchas veces como para suplicarles que se dejen ver una sola vez siquiera. ¡Cuántos salen de allí llorando, aun los hombres de corazón duro! Y cuando se sale, nos parece que somos una excepción, que gozamos de un privilegio inmerecido al ver la gente, las casas, el cielo. ¡Oh! No hay ninguno de vosotros, estoy seguro de ello, que al salir de allí no estuviera dispuesto a privarse de algo de su propia vista para dar siquiera fuese un ligero resplandor a aquellos pobres niños, para los cuales ni el sol tiene luz ni cara sus respectivas madres!”.
EL MAESTRO ENFERMO
Sábado 25.—Ayer tarde, al salir de la escuela, fuí a visitar al profesor, que está malo. El trabajo excesivo le ha puesto enfermo. Cinco horas de lección al día, luego una hora de gimnasia, luego otras dos horas de escuela de adultos por la noche, lo cual significa que duerme muy poco, que come a escape y que no puede ni respirar siquiera tranquilamente de la mañana a la noche; no tiene remedio: ha arruinado su salud. Esto dice mi madre. Ella me esperó abajo en la puerta de la calle; subí solo, y en la escalera me encontré al maestro de las barbazas negras, Coato, aquél que mete miedo a todos y no castiga a nadie; él me miró con los ojos fijos, rugió como un león (por broma) y pasó muy serio. Aún me reía yo cuando llegaba al piso cuarto y tiraba de la campanilla; pero pronto cambié, cuando la criada me hizo entrar en un cuarto pobre, medio a obscuras, donde se hallaba acurrucado mi maestro. Estaba en una cama pequeña de hierro: tenía la barba crecida. Se puso la mano en la frente como pantalla para ver mejor, y exclamó con su voz afectuosa. “¡Oh, Enrique!”. Me acerqué al lecho, me puso una mano sobre el hombro y me dijo: “Muy bien, hijo mío. Has hecho bien en venir a ver a tu pobre maestro. Estoy en mal estado, como ves, querido Enrique. Y ¿cómo anda la escuela? ¿Qué tal los compañeros? ¿Todo va bien, eh, aun sin mí? ¿Os encontráis bien sin mí, no es verdad? ¡Sin vuestro viejo maestro!”. Yo quería decir que no; él me interrumpió. “Ea, vamos, ya lo sé que no me queréis mal”. Y dió un suspiro. Yo miraba unas fotografías clavadas en las paredes. “¿Ves?—me dijo—. Todos estos muchachos me han dado sus retratos desde hace más de veinte años. Guapos chicos. He ahí mis recuerdos. Cuando me muera, la última mirada la echaré allí a todos aquellos pilluelos, entre los cuales he pasado la vida. ¿Me darás tu retrato también, no es verdad, cuando hayas concluido el grado elemental?”. Luego cogió una naranja que tenía sobre la mesa de noche y me la alargó diciendo: “No tengo otra cosa que darte: es un regalo de enfermo”. Yo le miraba, y tenía el corazón triste, no se por qué. “Ten cuidado, ¿eh?—volvió a decirme—; yo espero que saldré bien de ésta; pero si no me curase... cuida de ponerte fuerte en aritmética, que es tu lado flaco; haz un esfuerzo; no se trata más que de un primer esfuerzo, porque a veces no es falta de aptitud, es una preocupación o, como si se dijese, una manía”. Pero entretanto respiraba fuerte, se veía que sufría. “Tengo una fiebre muy alta...”. Y suspiró. “Estoy medio muerto. Te recomiendo, pues: ¡firme en la aritmética y en los problemas! ¿Que no sabes bien, a la primera, se descansa un momento y se vuelve a intentar! ¿Que todavía no sale bien? Otro poco de descanso y vuelta a empezar. Y adelante, pero con tranquilidad, sin afanarse, sin perder la cabeza. Vete. Saluda a tu madre. Y no vuelvas a subir las escaleras; nos volveremos a ver en la escuela. Y si no nos volvemos a ver, acuérdate alguna vez de tu maestro del tercer año, que siempre te ha querido bien”. “¡Inclina la cabeza!”, me dijo. La incliné sobre la almohada y me besó en los cabellos. Luego añadió: “Vete”; y volvió la cara del lado de la pared. Yo bajé volando las escaleras porque tenía necesidad de abrazar a mi madre.
LA CALLE
Sábado 25.—“Te observaba desde la ventana esta tarde al volver de casa del maestro; tropezaste con una pobre mujer. Cuida mejor que ver cómo andas por la calle. También en ella hay deberes que cumplir. Si tienes cuidado de medir tus pasos y tus gestos en una casa, ¿por qué no has de hacer lo mismo en la calle, que es la casa de todos? Acuérdate, Enrique: siempre que encuentres a un anciano, a un pobre, a una mujer con un niño en brazos, a un impedido que anda con muletas, a un hombre encorvado bajo el peso de su carga, a una familia vestida de luto, cédeles el paso con respeto; debemos respetar la vejez, la miseria, el amor maternal, la enfermedad, la fatiga, la muerte. Siempre que veas una persona a la cual se le viene encima un carruaje, quítale del peligro, si es un niño; adviértele, si es un hombre; pregunta qué tiene al niño que veas solo llorando. Recoge el bastón al anciano que lo haya dejado caer. Si dos niños riñen, sepáralos; si son dos hombres, aléjate por no asistir al espectáculo de la violencia brutal que ofende y endurece el corazón. Y cuando pase un hombre maniatado entre dos guardias, no añadas a la curiosidad cruel de la multitud, la tuya; puede ser inocente. Cesa de hablar con tu compañero y de sonreír cuando encuentres una camilla del hospital, que quizá lleva un moribundo, o un cortejo mortuorio, porque ¡quién sabe si mañana no podría salir uno de tu casa! Mira con reverencia a todos los muchachos de los establecimientos benéficos que pasan de dos en dos: los ciegos, los mudos, los raquíticos, los huérfanos, los niños abandonados; piensa que son la desventura y la caridad humana las que pasan. Finge siempre no ver a quien tenga una deformidad repugnante, ridícula. Apaga siempre las cerillas que encuentres encendidas al pasar: el no hacerlo podría costar caro a alguno. Responde siempre con finura al que te pregunte por una calle. No mires a nadie riendo, no corras sin necesidad y no grites. Respeta la calle. La educación de un pueblo se juzga, ante todo, por el comedimiento que observa en la vía pública. Donde notes falta de educación fuera, la encontrarás también dentro de las casas. Estudia las calles, estudia la ciudad donde vives, que si mañana fueras lanzado lejos de ella, te alegrarías de tenerla bien presente en la memoria y de poder recorrer con el pensamiento tu ciudad, tu pequeña patria, la que ha constituido por tantos años tu mundo, donde has dado tus primeros pasos al lado de tu madre, donde has sentido las primeras emociones, abierto tu mente a las primeras ideas y encontrado los primeros amigos. Ella ha sido una madre para ti, te ha instruido, deleitado y protegido. Estúdiala en sus calles y en su gente; ámala, y cuando oigas que la injurian, defiéndela.—Tu padre”.
MARZO
LAS ESCUELAS DE ADULTOS
Jueves 1.º