EL MISTERIO
DE UN HOMBRE PEQUEÑITO

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NOVELAS
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La cita (Biblioteca popular)1

EDUARDO ZAMACOIS

EL MISTERIO
DE UN HOMBRE
PEQUEÑITO

NOVELA

RENACIMIENTO
MADRID
San Marcos, 42.
BUENOS AIRES
Libertad, 170.
1914

ES PROPIEDAD

Imp. de Ramona Velasco, viuda de Prudencio Pérez.—Campomanes, 4.

¿No serán los ensueños, hermanos de la Noche y de la Luna, como ventanas abiertas sobre el silencio aterciopelado de otra vida? ¿No constituirán un nexo entre la realidad sensible y el mundo oscuro por donde ambulan los muertos y vibran los magnetismos de cuantas personas—aborrecidas ó deseadas—viven lejos de nosotros?

[Capítolo I, ] [II, ] [III, ] [IV, ] [V, ] [VI, ] [VII, ] [VIII, ] [IX, ] [X, ] [XI, ] [XII, ] [XIII, ] [XIV, ] [XV, ] [XVI, ] [XVII, ] [XVIII, ] [XIX, ] [XX, ] [XXI, ] [XXII, ] [XXIII, ] [XXIV, ] [XXV, ] [XXVI, ] [XXVII, ] [XXVIII, ] [XXIX, ] [XXX, ] [XXXI, ] [XXXII, ] [XXXIII, ] [XXXIV.]

EL MISTERIO DE UN HOMBRE PEQUEÑITO

I

Mediaba la tarde cuando empezó á llover. La misma violencia inicial del aguacero, engañó á los vecinos; creían todos que el chaparrón, como de Mayo, amainaría pronto; pero no fué así, y la voz gradualmente más fuerte y cercana del trueno, y ciertas nubes grises, semejantes á columnas de humo, que velaban la crestería de los montes mayores, aseguraron la persistencia del mal tiempo.

Es Puertopomares un lugarejo salmantino de seis mil habitantes, situado en las ondulaciones menos ariscas de la fragosa sierra de Gredos. Hállase enclavado sobre el lomo de un altozano estrecho y largo, circuído por una breve campiña que, muy luego, arrepentida de su humildad apacible, trepa veloz y ambiciosa por todos lados hasta ser orgullosa montaña; y así el pueblo queda hundido en el centro de un anfiteatro ciclópeo alrededor del cual los altos cerros coronados de castañares, de alisos, de copudos tejos, de nogales y de chopos, componen fabulosas graderías. En aquel escenario abrupto, puesto á cerca de mil metros sobre el nivel del mar, los accidentes atmosféricos tienen energía extraordinaria: las nevadas son terribles, el calor asfixiante, las lluvias torrenciales y furiosas, y los vientos y el trueno suscitan en las concavidades graníticas de la cordillera ululeos y resonancias imponentes.

Y como la región, son sus habitantes: acaso un tanto imaginativos y movedizos en sus ideas, determinaciones y afectos; pero, llegado el caso, duros de voluntad, exaltados en sus deseos, en ofrecer y cumplir lo ofrecido, generosos é hidalgos, y, finalmente, nobles, sufridos y bravos, cual corresponde á la tradición, tantas veces centenaria, de la ejemplar Castilla.

La historia de Puertopomares es dilatadísima. Sus fundadores, gentes dedicadas al pastoreo y poco belicosas, quizás construyeron las primeras viviendas junto al río Malamula, que en todo tiempo corre cristalino como un llanto perpetuo de la sierra, y así parece indicarlo la vejez secular de aquellas edificaciones que hoy componen el arrabal ó extremo más miserable del pueblo. Después los aborígenes, hostilizados por tribus enemigas, debieron de sentir la utilidad defensiva del monte y á él subieron pidiéndole favor contra la desamparada mansedumbre de la llanura. Inconscientemente los siervos de la gleba buscaban un amo. Varios siglos pasaron. Dominando la parte más altiva hiciéronse al fin los muros aspillerados de un castillo románico, cuyos salones sirven ogaño de Casa Consistorial y de cuartel, y cuyas ruinas, fuertes todavía, constituyen la armazón ó esqueleto de todo el villorrio. Examinando su recia disposición, surgen á montones huellas de civilizaciones distintas. Los cimientos de la llamada Puerta del Acoso, y el formidable aparejo de la muralla que domina la parte Norte, son romanos. Algunos torreoncitos saledizos que interrumpen la sucesión de los merlones y de las almenas, señalan el paso de la época gótica. Más adelante la fábrica aborigen trocóse en alcazaba y los árabes dejaron en el remate de algunas barbacanas la gracia espiritual de su arquitectura. Posteriormente el feudalismo grabó el sello de su rudeza guerrera y sensual en la amplitud ecoica de las escaleras y de las cámaras. Todo allí interesa: cada piedra tiene una historia, cada puñado de argamasa una gota de sangre; el polvo que ensucia las botas del viajero, es ceniza de héroes.

Una piedra gerarca defiende todavía la memoria del caballero leonés don Fadrique Ballesteros de Guzmán, señor de Cantagallos y de Fuenfría, quien, bajo el tempestuoso reinado de Alfonso onceno, ganó el castillo de Puertopomares á la morisma. El escudo que ennoblece la Puerta del Acoso explica el recio temple de aquel hombre y los misterios de su linaje. Es tajado el escudo, y acreditan bastardía tanto el resalto de la línea transversal como la disposición del yelmo que lo cubre y se halla vuelto hacia la izquierda y con la visera baja, cual si quienes habían de llevarlo se avergonzasen de su origen. Un roble y un lobo empinante aseveran la elevación de ideas y el temerario coraje de don Fadrique, así como una mano dice su liberalidad hidalga, y las líneas verticales y horizontales que se entrecruzan en el cuartel inferior, su ascético silencio y la contenida aflicción de su ánimo.

De Ballesteros de Guzmán nada escribieron los cronistas de la época; quizás sucumbió oscuramente en la batalla del Salado, y otro señor, de nombre desconocido, le arrebató su feudo. La guerra contra la Media Luna proseguía implacable. Por tres veces, en menos de una centuria, los moros fronterizos recobraron el castillo, que por lo estratégico era muy codiciado, y otras tantas lo perdieron. Dos hermanos, don Jaime y don Siro, emparentados por la rama cognática con uno de los principales linajes de Aragón, aparecen allí más tarde, y sus crueldades, violaciones y rapiñas, siembran el espanto en la región. Menos sanguinarios son sus halcones. Huyen furiosos y cobardes los pecheros á otras tierras, y los señores bajan al pueblo libremente y cuentan por cientos sus barraganas. Una ola insultante de bastardía parece descender de la montaña.

Siglos después, la miseria que ocasionaron la expulsión de los judíos y la conquista de América, las invasiones extranjeras, las contiendas civiles, los años de paz con su abandono más funesto para las edificaciones marciales que la misma guerra, fueron arrancando piedras, resquebrajando bóvedas y arruinando poco á poco los muros hasta dar con varios de ellos en el suelo. Entonces fué cuando la gente pobre, los menesterosos del llano, se acercaron al titán, y perdiéndole el miedo comenzaron á quitarle lo que necesitaban para sus viviendas. Este llevábase unos sillares, aquél unos horcones ó unos azulejos, ó levantaba su casa afirmándola contra las adarajas de algún murallón; esotro pastor acotaba el extremo de una galería y en ella encerraba de noche su ganado. En invierno, muchos hampones se detenían allí y, sin reverencia, para calentarse, encendían hogueras. Había en esta expoliación pacífica una especie de aborrecimiento subconsciente, de odio atávico; el odio que dedican al recuerdo del amo, incendiario y violador, los hijos del siervo.

Por esta causa la vieja alcazaba subsiste mezclada á la vida de Puertopomares de manera tal, que imposible sería demoler una casa sin tropezar en ella con algún macho ó lienzo de pared, perteneciente al coloso. Hay zaguanes, verbigracia, de techumbre abovedada surcada por las nervaduras sencillas y escuetas de la primitiva arquitectura ojival; y cocinas, tiendas de comestibles y almacenes, cuyos artesonados exagonales conservan intactos los follajes y adornos del Renacimiento. Un salmer sirve de base á una escalera moderna. Una línea de dovelas, da á una bodega acceso suntuario. Subsisten arcos románicos enormes, tendidos á traves de cuatro y cinco casas. A veces, empotradas en una vulgar pared de ladrillo, grisean un trozo de arquitrave y algo del capitel de una columna hundida allí hace siglos. Insensiblemente la fábrica primitiva experimentó mutaciones incontables: la iglesia que comenzaron á levantar adosada á una muralla, se apoderó de un bastión mudéjar y con ciertos aditamentos lo cambió en torre; un primer reducto fué convertido más tarde en cárcel; un arbotante en el arrimo principal del edificio destinado á Casino, la crujía en callejón, la saetera en ventana, el foso en atajo, el temido ergástulo en bodega, y en desabrigada plazoleta pública la severidad del antiguo patio de armas. Los enormes sillares que el tiempo y los asaltos precipitaron desde los baluartes soberbios á las márgenes humildes del río, fueron aprovechados luego en la construcción de puentes, fábricas y represas. El cadáver del titán conserva todavía piedra suficiente para construir un segundo pueblo, y el de Puertopomares continúa robándole cuanta necesita. También le debe su fuerza centrípeta, la virtud coercitiva que parece sujetar inexorablemente sus casas unas á otras; á veces, registrando la secreta estructura de varias viviendas, la observación descubre, bajo una máscara reciente de cal y ladrillo, un trozo de bastión ó acitara que, semejante á un nervio, las sujeta á todas.

Las mudanzas de las civilizaciones y del tiempo, dieron al cerro de Puertopomares dos fisonomías perfectamente distintas. La parte Sur, que enfrenta la estación del ferrocarril, es más apacible; hay menos peñascales y los bosques de castaños y de fresnos muéstranse lozanos y tupidos; la hierba tiende su magia saludable por las laderas de los montes, y entre el silencio de la espesura virgiliana blanquean risueñas viviendas. Arriba, en las tardes de buen sol, el fenestraje arde con refulgencias cegadoras, las persianas verdean como pámpanos y los tejados son más rojos. Abajo, en el llano, los rieles del tren, abrillantados por el uso, ondulan con flexible gracia de serpiente ó de látigo; en las vías de descarga, vagones oscuros y herméticos, irradian la melancolía de su quietud. La estación es pequeña, tranquila y tiene un andén de arena, sombreado por algunos chopos, y una techumbre salediza. Desde allí al pueblo, á través de la umbría del bosque, cigzaguea un camino. Al pie del monte un túnel abre la tiniebla de su medio círculo, y luego, doblándose como un alfanje, pasa al otro lado; toda la pesadumbre, por tanto, del arruinado castillo, gravita sobre él. Los trenes que van á Salamanca cruzan el túnel, salvan el río por un puente muy alto de hierro y madera, y describiendo una curva se hunden en la sierra. Al desaparecer, súbitamente su estrépito se apaga.

Este lado Norte de Puertopomares, acaso por la mayor cólera de los vientos, es fosco, batallador, de una acritud estéril, hirsuta y primitiva. La tierra allí hízose roca. Abundan los yacimientos graníticos cortados á tajo y todo tiene el color oscuro de la piedra. Como la vertiente es rapidísima, el desmoronamiento y caída de los nobles muros belicosos debió de ser terrible. Muchos sillares, arrancados de los propugnáculos derruídos por el tiempo y las gestas, rodaron con tal ímpetu que pasaron el río y en la opuesta orilla se afincaron; algunos quedaron en medio del cauce y contra ellos el agua murmurante se rompe desde hace siglos; otros, detenidos milagrosamente en una quiebra de la ladera, permanecen inclinados sobre el abismo y todavía amenazan. Aquí y allá, en grupos, cual guerrilleros lanzados á la conquista de la gloriosa fortaleza, crecen frondosos árboles, y en el amplísimo telón verde de la pendiente numerosas casas, construídas tal vez en los mismos cimientos de alguna barbacana rota, ó sobre la sólida anchura de un adarve, levantan su alegría de hogar.

Arriba, en el fastigio ó acirate, y de Levante á Poniente, el lugarejo muestra la rusticidad abigarrada y guerrera de sus techumbres; entre todas componen un perfil jiboso, un lomo de camello. La calle Larga, donde estaban los principales comercios, la botica, el Casino y la Casa Correos, siguiendo el eje longitudinal del monte atraviesa el pueblo de Este á Oeste y constituye su espinazo; va desde la Puerta del Acoso á la Glorieta del Parque, cerca de mil metros mide y ocupa la parte culminante. Otras tres calles, las de Amor de Dios y Pozo de Don Ramiro, por la vertiente septentrional, y la del Sacramento, por el mediodía, le son paralelas, pero hállanse en niveles tan desiguales, que varias casas de planta baja de la calle Larga, en la de Amor de Dios tienen tres y aun cuatro pisos. Análoga desproporción existe entre la de Amor de Dios y Pozo de Don Ramiro, construída á trechos sobre los bloques antemurales más avanzados del castillo, por cuanto estas vías se encuentran, unas con respecto á otras, como los bancales en las laderas de los oteros y colinas. Las demás callejas son pequeñas y fueron abiertas de Sur á Norte, perpendicularmente á las ya citadas. La parte menos alta la integran las casucas edificadas fuera de la Puerta del Acoso, las cuales arraciman, barajan y confunden sus paredes y tejados cual si algún furioso terremoto las hubiese dislocado y revuelto. Son las más humildes, las más viejas, y señalan el camino por donde la gente de la tierra baja trepó á la montaña. Surgen después á intervalos algunos largos retales de la antigua muralla, todos tiznados por el tiempo y cubiertos de muérdago y de hiedra; y á continuación, interpolado pintorescamente á las reliquias del muerto castillo, el pueblo: un caserío original de contextura arbitraria, de balconajes volados y grandes como galerías, de espadañas tristes y sutiles, de hostigos cubiertos de tejas, de fachadas arlequinescas ensuciadas por la ventisca y las nieves, que le dan un aspecto triste, una tonalidad severa y medioeval nunca comparable, ni aun en los limpios días del verano, á la pinturería reverberante de las ciudades andaluzas.

Aquella tarde de Mayo llovió como en los días peores del invierno. En la lejanía plomiza, las montañas y las nubes se emborronaban; un relámpago que fingió piruetear de un cerro á otro, bañó el espacio en vivísimo resplandor, y casi simultáneamente la voz abracadabra del trueno tableteó horrísona en los arcanos serrinos; los ecos se devolvían aquel atabaleo trágico que resonaba de valle en valle, de gollizo en cañada, como el gorgoteo de un intestino lapidario. Enojóse el Malamula con el aguacero, y su musiteo tornóse rumor de amenaza. El viento dormía y en las calles desiertas, lavadas, escurridizas y pendientes, sólo vibraba el acorde monorrítmico del chaparrón semejante á un siseo continuado, á una orden de silencio. El agua salióse de los alcorques, y desbordándose de las canales caía ruidosamente sobre las aceras; grandes manchas de humedad oscurecían las fachadas; por las viejas troneras, por las grietas de los arruinados paredones, la lluvia torrencial filtrábase bordando brillantes arabescos. Desde los anchos balcones, de renegrida horconadura, y á través de los cristales, mujeres de mejillas flacas color cera y de ojos intensos y negrísimos, mujeres de labios finos y cabellos lustrosos peinados simétricamente sobre la frente, mujeres resignadas de Castilla, hacían labores que, á intervalos, interrumpían para signarse y mirar al espacio. Ni un transeunte, ni un pregón, ni un ruido; únicamente el susurro de hervor del tenaz y caudal aguacero respondiendo al sollozo profundo del río. Hasta el martillo de don Ignacio, el veterinario, reposaba. Feas, aturdidas, caladas, tristes, muchas gallinas se habían buscado un refugio en el quicio de las puertas, contra los batientes cerrados. Por las calles mejores y más aun por los pasadizos dispuestos, para mayor comodidad de los viandantes, en forma de escalera, el agua descendía impetuosa, espumeante, cobrando rumores de torrente al despedazarse contra los guardacantones de las esquinas. A poco levantóse el viento y su furia arrancó á las encrucijadas temerosas estridencias; la lluvia convirtióse en granizo y una nueva melancolía aceleró la rapidez gris del crepúsculo; bajo tan densa brumazón el caserío de Puertopomares, con la plateresca disonancia de sus espaciosos aleros, de sus balcones largos y saledizos, capaces de ensombrecer una fachada, y de sus calles tortuosas y sin gente, tenía la muda desolación de una aldea abandonada.

Sólo una voz implorante y sin timbre rompía de cuándo en cuándo la quietud de la calle Amor de Dios. Era la del tonto Juan Ramos, llamado Ramitas, que lloraba porque la dueña del Café de la Amistad no le había permitido entrar en su establecimiento. Ramitas, hemiplégico del lado izquierdo, arrastraba una pierna al andar y tenía un brazo encogido y con el codo vuelto hacia afuera. Iba sin sombrero. Su rostro joven, mojado por la lluvia y las lágrimas, chorreaba mugre. Desde los zaguanes algunos chiquillos gritábanle burlones y crueles:

—¡Tonto Ramitas!... ¡Eh!... ¿Te han pegado?...

El idiota volvía la cabeza. Acaso comprendía su abandono, su desgracia que á nadie inspiraba piedad, y prorrumpía en llanto amarguísimo. Mojado hasta los huesos, intentaba refugiarse en cuantos almacenes de comestibles y tabernas hallaba al paso, pero de todas partes le despedían.

—¡Tú, Ramitas!... ¡Fuera de aquí!...

Le tenían asco. El seguía adelante. Lloraba y andaba. Su treno ronco, doliente, iba alejándose, arrastrándose á lo largo de las calles, como el lamento de un animal herido.

A las cinco de la tarde, diez minutos antes de la llegada del expreso de Madrid, los vecinos de la Glorieta del Parque oyeron pasar, hacia la Estación, el coche de la Fonda del Toro Blanco. Fragor de cristales y de colleras. Luego, nada. El silencio otra vez; el denso silencio aldeaniego empapado en la doble tristeza de la lluvia y de la noche.

II

A la misma hora, Teodoro, el camarero del Casino, encendió las luces y frotó cuidadosamente, con la blancura de su delantal, el mármol de los veladores. Era un joven de razonable estatura, rubio, servicial y agradable, que mantenía relaciones con Dominga, la sobrina de don Valentín Olmedilla, propietario de la Fonda del Toro Blanco. El día de la boda estaba cercano, y esta proximidad, origen de impaciencias y acaso de zozobras, daba al rostro humilde y bueno de Teodoro una ansiedad y una melancolía.

Las mesas de tresillo y las de billar, hallábanse ocupadas, y las voces de los jugadores y el ruido de los tacos, al golpear la madera del suelo, producían regocijo.

El Casino, por su amplitud, ornato y afortunada disposición, merecía serlo de una capital provinciana. Ocupaba en el accidentado perímetro de la población un sitio muy alto, y un lienzo de muralla prestábale cimiento. Constaba de dos cámaras espaciosas y de mucho puntal; las ventanas de una de ellas abocaban á una plazuela lamentable, de fachadas torcidas, de piso herboso y desigual, como dislocado por algún terremoto, y entristecida bajo la umbría de unos soportales. El otro salón se destinaba exclusivamente á bailes, y lo rodeaban largas banquetas de pañete azul. Espejos de dorado marco, envueltos en gasas para mayor pulcritud y conservación, adornaban los muros pintados al temple. Contiguo á este salón había una galería abierta al Sur, sobre un panorama magnífico. Su fenestraje, que visto desde el valle, parecía arder con el sol, dominaba la estación del ferrocarril oprimida bajo su techumbre de pizarra fregada por los aguaceros, la serenidad esmeralda de algunos huertos, la reciedumbre y frondosidad saludable de los viciosos castañares que sombreaban toda aquella parte, y la altivez de los lejanos montes, ceñidos de nubes, semejantes á volcanes humosos. Entre aquel inmenso verdor gambeteaba, apareciendo y ocultándose alternativamente con una inquietud de parpadeo, el camino que conducía á la ermita de San Fernando, semejante á una piedra, por lo pequeña, y desde cuyo atrio todos los años, y con notable concurrencia y zambra de romeros, un sacerdote, en el mes más propicio á la vida, bendecía los campos. Las otras habitaciones ó dependencias del Casino eran la alcoba de Teodoro, la cocina que se encendía rara vez, pues casi ningún socio almorzaba ni comía allí, la sala de juego y la habitación destinada á biblioteca; un cuarto desabrigado y minúsculo, ocupado por un largo pupitre y varios estantes con libros. No llegarían éstos á trescientos. En lugar bien visible y preferente, había dos retratos al óleo: el del señor don Filiberto Pérez y el del alcalde señor Martínez Rodríguez. Ambos fueron puertopomarenses ilustres, y la amplitud de sus cuellos y la estrechez de sus levitas con trencilla señalaban una época distante. Don Filiberto tenía los cabellos cortados al rape, la frente oscura y el bigote rubio y caído; el señor Martínez Rodríguez estaba afeitado y en su rostro plebeyo y trivial fulgían unos ojos chiquitos, negros y redondos, como gotas de tinta. Nadie recordaba la historia abnegada, llena, sin duda, de iniciativas, filantropía, sacrificios y nobles desvelos, de aquellos dos varones preclaros. Su obra se había perdido. Toda la buena sociedad puertopomarense les conocía de verles allí, en la biblioteca del Casino, y nada más. A sus nombres vulgares no iba unido el recuerdo de ninguna hazaña capaz de imponerse á la ingratitud del tiempo. Don Filiberto Pérez había sido notario y murió soltero; Martínez Rodríguez fué alcalde, restauró á sus espensas la torre de la iglesia y tuvo varios telares. A esto reducíase la vida de ambos próceres. Sin embargo, cuando algún forastero visitaba el Casino, las personas que le acompañasen nunca dejaban de mostrarle la biblioteca. Aquellos trescientos volúmenes polvorientos, que nadie leía, eran el orgullo del vecindario, su más limpio timbre de progreso.

—Hasta ahora—decían—no hemos conseguido hacer más. Esto debemos reformarlo. Nuestro pueblo necesita cultura... ¡mucha cultura!... En fin, más adelante... poco á poco... ¡ya veremos! Luchamos contra dos enemigos terribles: la ignorancia y la falta de dinero. ¿Quiere usted creer que se pasan los años sin que á ninguno de los doscientos y pico de socios que nos reunimos aquí, se le ocurra pedir un libro?

Tampoco dejaban de tributar á los retratos un elogio breve y ferviente:

—El señor Martínez Rodríguez; el señor don Filiberto Pérez; dos conterráneos insignes...

En estas palabras vibraba siempre cierto énfasis; un orgullo de campanario, una vanidad lugareña que utilizaba aquel momento para ponerse de puntillas. El forastero se inclinaba cortés ante aquellas figuras que lo recogido del sitio y la tizne de los años mejoraban, y su rostro expresaba devoción y melancolía, cual si realmente lamentase no haber conocido á dos personas de tanto mérito.

A pesar de sus comodidades y holgura, el Casino arrastraba una existencia pobre. Años atrás, se celebraban allí todos los domingos bailes, á los que concurría lo más granadito de la población. De estas reuniones resultaron algunas bodas, como la de don Elías Fernández Parreño, que acababa de licenciarse médico en Salamanca, con Presentacioncita Tejas, la heredera más rica de la localidad. Luego, sin causa ostensible, el celo de tales divertimientos fué apagándose; el pianillo de manubrio, al que en las noches de holgorio desembarazaban de su funda gris, sonaba inútilmente; huyendo de las mujeres los hombres se refugiaban en la sala de juego ó asaltaban las mesas de tresillo, y las muchachas no tenían con quien bailar. Las más alegres valsaban unas con otras, como para afear á los galanes su huraña descortesía. Poco á poco los bailes, semejantes á una fruta que fuera secándose, redujéronse á dos mensuales; más tarde, á uno; finalmente se suprimieron, y las mujeres, haciendo de su orgullo resignación, no demostraron sentirlo. Teodoro achacaba esta decadencia á los hombres. La juventud masculina veía en el baile un riesgo, una peligrosa ocasión de galantería y coqueteo que acaso pudiera trocarse después en grave amor; no son buenos juegos los que terminan ciñéndose coronas de responsabilidades y obligaciones, ni cómodos los labios femeninos que, para besar, exigen la previa sanción del cura y del juez, y así, el miedo al matrimonio echó del Casino al genio celestinesco del baile.

En Puertopomares, el número de solteros era enorme; había muchos individuos ricos, independientes y de juveniles costumbres, que llegaron á los cuarenta años sin noviar con nadie. Estos refinados egoístas satisfacían sus apetitos en las infelices habitantes de una mancebía miserable, situada fuera del pueblo, sobre el tajo del río, en un repliegue del terreno denominado Barranco del Zorro, y no pedían más; los que necesitaban dar á sus licenciosos gustos mayores libertad y lujo, se iban á Salamanca. «Amor sin amor—pensaban—amor pagado inmediatamente, fué siempre el más barato y el más cómodo». Las mozas casables estaban desesperadas; padres y maestros las recomendaron el recogimiento, el pudor, la mesura más escrupulosa en sus acciones y palabras. ¡Oh!... ¿Para qué?... ¿Quién agradecería su sacrificio vestal?... Millares de entre ellas llegaron á la vejez solteras, afeadas, marchitadas, por las brasas del deseo insatisfecho y perdurable. Y había en la lenta consunción de aquellos azahares inútiles, en la sempiterna agonía interior de tantas vírgenes estériles, el dolor infinito, el espanto de tragedia, de una abominable injusticia social.

Generalmente al Casino los socios sólo concurrían de nueve á doce de la noche; pero aquella tarde, muchos de ellos, sorprendidos en el campo ó en la calle por la tempestad, acudieron á guarecerse allí.

En la galería, sentadas alrededor de una mesa, varias personas miraban hacia el paisaje sobre el cual la lluvia y la agonía crepuscular desgranaban fugaces temblores amarillos y violetas. Era la contemplación profunda, el éxtasis religioso, de los labriegos para quienes encierra algo místico el fenómeno fecundante de la lluvia. Los relámpagos pintaban en el espacio fuliginoso grietas terribles, ágiles como víboras. El aire olía á tierra húmeda. Del valle subía el rumor, hondo, interminable—lamento de mar—del viento, entre los árboles. Muy lejos, la corriente del Malamula gruñía rencorosa.

Formaban la tertulia don Juan Manuel Rubio, al que sus muchas haciendas y relaciones habían consagrado diputado á través de todas las legislaturas; don Elías, el médico; don Ignacio Martínez, el veterinario; el juez municipal, don Niceto Olmedilla, hermano de don Valentín, el amo de la fonda; don Isidro Peinado, alcalde y dueño de una ferretería de la calle Larga, y otros dos individuos. Don Juan Manuel y don Ignacio, bebían coñac; los demás, cerveza. Durante mucho rato todos hablaron del tiempo, y cada cual, cachazudamente, aportó á la conversación un dato interesante.

—Dicen—exclamó don Elías—que en Nava de Pomares llueve desde anoche torrencialmente. Los viejos no recuerdan aguacero igual.

—¿Cómo lo sabe usted?—preguntó don Niceto.

—Porque esta mañana fué Luisito Cruz á decirme que su madre había amanecido peor, y él vive en la Nava...

—Tiene usted razón; hoy le vi en la fonda, hablando con mi hermano.

Callaron. Unos momentos todos miraron hacia el campo; diríase que la afirmación, «en Nava de Pomares está lloviendo mucho», era tan grande, tan trascendente, que congestionaba los cerebros. Al cabo, la voz ruda—voz de mando—de don Ignacio Martínez, deshizo el encanto.

—En Candelario, esta madrugada diluviaba; me consta por un mozo de allí, que me ha traído á herrar dos caballerías.

—Pues si diluvia en Candelario—observó don Isidro—habrá llovido también en Cantagallos y en La Olla y en Palomares... pues siempre fué así, y conocida la disposición de la sierra no puede ser de otro modo.

—Yo creo que esta vez hubo agua de sobra—replicó el médico—; lo malo es que nunca llueve á gusto de todos. El chubasco, por ejemplo, que favorece al centeno, acaso perjudica al trigo; lo que en este bancal es beneficio, es muerte en aquel predio.

Agotada la conversación, reducido el tema de los cambios admosféricos á reseco y desjugado bagazo, apuntadas y discutidas todas las posibilidades con esa machaconería minuciosa de que sólo la gente rústica es capaz, el diálogo orientóse hacia otros rumbos. Alguien habló del vidriero Jesús Ochoa, fallecido aquella tarde. De la sórdida avaricia y misérrimo fin de aquel hombre referíanse escenas inverosímiles. Ochoa moría septuagenario; nunca quiso casarse y no tenía herederos; los días de su mezquina vida los pasó en una tienducha lóbrega, especie de fétido chiscón situado detrás de la iglesia y en un plano inferior al nivel de la calle. Hasta sus últimos instantes el anciano vidriero demostró un valor y una clarividencia que, á no emplearse en la más torpe codicia, hubiesen sido admirables.

En Puertopomares, al igual que en otros pueblos salmantinos, los parientes del difunto alquilan, para lujo y vistosidad del entierro, un determinado número de cirios, que deben lucir durante todo el transcurso de la ceremonia. Estos cirios se pesan antes de ser encendidos; luego, á la salida del camposanto, vuelven á pesarse, y la diferencia entre ambas pesadas, que señala la cantidad de cera consumida, es lo que se paga. Ochoa, que carecía de familia y que, á tenerla, probablemente no se hubiese fiado de ella, discutió por sí mismo el precio de la cera que había de arder en sus funerales. Hasta el postrer momento sintió la audacia y el sibaritismo de regatear, de defender su dinero, único goce de su vida.

—En la botica de don Artemio lo referían esta mañana unos amigachos del difunto—dijo don Isidro—; creo que Teobaldo, el amo de la Funeraria, estaba asombrado de tanta fortaleza de ánimo. ¡Es increíble ese valor en un viejo de más de setenta años!...

Los entierros eran de dos categorías. En los mejores, denominados «con salida», el clero acompañaba al cadáver desde la iglesia hasta la Glorieta del Parque; en los de segunda clase, ó «sin salida», los curas rezaban el último responso bajo el pórtico del templo; que tan lejos alcanza la virtud del oro que hasta la oración, lo inefable, se rindió mercenariamente á su poder. Don Niceto preguntó si el entierro de Ochoa sería de segunda clase.

—¡Naturalmente!—interrumpió el médico—; pues, ¿cómo pensaba usted que fuese?... Y, gracias á que llegó á una avenencia con Teobaldo; pues de no ponerle éste la cera al precio que él exigía, capaz es de seguir viviendo. Conozco á los avaros; hasta para morirse buscan el momento más económico.

El acre humorismo de Fernández Parreño fué saludado con una carcajada general. Este pequeño éxito empurpuró las mejillas de don Elías y obligóle á bajar los párpados. Era un hombre corpulento, de miembros bien trabados, de aspecto ecuánime y simpático, á quien, como á todo miope, la necesidad de acercarse mucho á los objetos para distinguirlos, había encorvado cortesmente hacia adelante. Tenía los ojos zarcos y el bigote blanco y pulcro. El temblor de unos lentes de oro daban á las expresiones de su rostro cierta noble quietud. Hablaba despacio y nunca sin anteponer á sus palabras la importancia de un breve silencio. Sus cincuenta años y la decorativa hinchazón de sus diagnósticos habíanle granjeado mucho crédito. En todos aquellos lugarejos comarcanos tenía clientes, y hasta de Salamanca, según testigos, le llamaron una vez. Este fué el mayor orgullo de su vida.

Don Juan Manuel le burlaba frecuentemente, asegurando que la ciencia de Fernández Parreño reducíase á repetir, como papagayo, los anuncios que con gran acopio de nombres técnicos publican los vendedores de específicos en la cuarta plana de los periódicos. Algo de esto había, efectivamente: don Elías, poco accesible á las fiebres de la curiosidad científica, apenas terminó su carrera cerró los libros, pero con tal fe y sincera decisión, que no volvió á tocarlos. Era pobre y ni su misma penuria decidíale al trabajo. Su tarda voluntad encomendábase á la rutina. «Más sabe un practicón que cien doctores»—pensaba—. Por el momento bastábale con ser buen mozo. Afortunadamente, Presentación, la unigénita del opulento cacique don Ladislao Tejas, enamoróse de él, y los dos millones de reales que aportó al matrimonio añadieron á su gallarda figura y á su título de médico los debidos prestigios. Otro, en su lugar hubiérase echado á la vida bartola. Don Elías, más quisquilloso, más caballero, quiso trabajar para no avergonzarse de su riqueza, y la misma holgura de su posición le captó en seguida clientela abundante y selecta. Siete, ocho y hasta diez mil pesetas, afanaba anualmente, que unidas á su amable trato y á la pacificadora labor del tiempo, ayudaron á desvanecer, ó cuando menos á suavizar, el recuerdo de que Fernández Parreño, según cierta frase cruel, muchas veces repetida, á imitación de las cortesanas había ganado su fortuna de noche...

Comentada suficientemente la muerte de Jesús Ochoa, se habló de mujeres, tópico alegre en que las opiniones, aun de los hombres más desemejantes y rivales, aconsonantan en seguida; y apenas comenzó el diálogo, tomó, con gran gusto, sus riendas don Juan Manuel Rubio. Don Niceto había dicho que el domingo anterior, al salir de la iglesia, sorprendió á Romualdo Pérez, gerente del tejar La Honradez, hablando con doña Quintina. Hallábanse cerca de un confesionario y vueltos de espaldas al público, como si no quisieran ser vistos.

—Yo, por lo mismo, me fuí á ellos derechito—continuó don Niceto—, saludé á Quintina y á Romualdo le pregunté por Micaela, la hija mayor de doña Virtudes.

—¿Y qué respondió?

—Psch... nada... hizo lo posible por mostrarse afable y quedar bien; pero la cara se le puso como una cereza.

Don Juan Manuel interrumpió á Olmedilla.

—Amigo mío, preguntar al hombre que hallamos acompañado de una mujer por otra mujer, aunque ésta sea la suya legítima, es una indiscreción; porque usted no sabe si él, con la señora que tiene delante, presume de soltero. Además, acordarnos de una mujer teniendo á nuestro lado otra, implica siempre hacia la segunda cierta descortesía.

—¡Muy finamente sentido y muy bien expresado!—exclamó Martínez, sirviéndose un coñac—; esa carambola se la apunta don Juan.

El juez municipal se desconcertó.

—Hombre... yo creí...

—¡Nada, nada—repitió el albeitar—; esa carambola se la apunta don Juan Manuel!...

El diputado, que padecía ciertas inclinaciones oratorias, prosiguió:

—Otro tanto podría razonarse de la feísima costumbre, bien generalizada, ciertamente, de decir á la persona á quien saludamos: «Ayer le vi á usted en tal sitio»; ó... «anoche le vieron á usted por cual parte»... La indiscreción de estas palabras es evidente. ¿Qué nos proponemos con ellas? ¿Molestar á nuestro interlocutor significándole que conocemos ó vamos en camino de conocer sus secretos...? Habremos incurrido en una grosería y vulnerado el santo derecho que todo ciudadano tiene de ir adonde le parezca. ¿Lo hicimos sin malicia y sólo por el gusto de hablar?... Pues seremos responsables de un notorio delito de tontería. Voy, á propósito de esto, á referir á ustedes una anécdota...

Disertaba don Juan Manuel Rubio con aquella lentitud y autoridad que le conferían su urbana distinción de hombre que vivía en Madrid la mayor parte del año, y la indulgencia chancera de sus costumbres. Frisaba en los cincuenta años, aun cuando él, siempre que á su presencia se suscitaba tan impertinente cuestión, declarase muchos menos. Nunca quiso casarse. Era de mediana estatura y grueso; y de su lucia cogullada abacial, de la curva feliz de su vientre, del invariable optimismo de sus palabras y de sus ojos, que le bailaban de relucientes y traviesos, desprendíase una regocijadora emoción de salud. Su mucha hacienda, puesta al servicio de su evangélico y munífico corazón, había remediado bastantes dolores. Estas virtudes hacíanle simpático y servían de alivio á sus defectos, que eran de los comprendidos entre los siete pecados mayores. A don Juan Manuel la opinión pública toleraba lo que no hubiera consentido á ningún otro vecino de Puertopomares: una querida. El diputado no vivía con ella, pero iba á visitarla diariamente y sin guardarse de nadie, y esta pequeña irregularidad de costumbres, que rompía el ambiente pacato del lugar, antes le mejoraba que le perdía en el concepto de las mujeres.

Las ideas que el diputado acababa de exponer, contestando á don Niceto, merecieron la alborozada adhesión y caluroso entusiasmo de don Ignacio Martínez. El veterinario no olvidaba que la única vez que engañó á su Fabiana, ésta lo supo justamente por una de aquellas indiscreciones que con tanto donaire glosaba don Juan. El hecho ocurrió á los cinco meses y un día cabales de su matrimonio, y ni un detalle había palidecido en el espejo, cruelmente fiel, de su memoria.

Don Ignacio y su mujer salían del Café de la Amistad, situado en la calle Amor de Dios, cuando un individuo que se acercó á saludarles, le dijo: «Anoche, ya tarde, le vieron á usted en Candelario». Y como Martínez, para disimular su emoción, tratara de mostrarse sorprendido, el indiscreto agregó bromeando: «Sí, señor; á eso de las once; no lo niegue usted...» Con lo que doña Fabiana, que andaba picada por el tábano de los celos, no necesitó más. Esta escena sirvió de prólogo á vanos días terribles. Diez años transcurrieron desde entonces y, sin embargo, don Ignacio, que seguía enamoradísimo de su mujer, todavía apretaba los puños.

—Afortunadamente—prosiguió—tuve la suerte de tropezarme con el correveidile que así, en mis propias narices, le fué á Fabiana con el soplo. Necio ó malintencionado, se llevó buen castigo. Ya le conocéis: Pedro Sáez, cuñado de José, el de la zapatería. A puñetazos le puse la cara como un tambor; quince días estuvo sin salir á la calle.

En los pueblos donde la vida colectiva carece de misterios, le es muy difícil á nadie contar nada nuevo; lo que el narrador empieza á referir para distraer el fastidio de la tertulia, podría decirlo también cualquiera de sus oyentes, y así el diálogo se reduce á una rumiación ó comentario de hechos notorios, caídos en el dominio público y recalentados mil veces. Apenas alguien habla, los circunstantes, enterados de cuanto van á oir, afirman. Lo propio sucedía con la historia que don Ignacio trajo á colación. Hasta el tonto Ramitas, el tipo más infeliz de Puertopomares, hubiera sabido repetirla de memoria. Por esta razón tal vez, para que las gallardías del albeitar no cayesen en la descortesía y frialdad del silencio, Fernández Parreño creyóse obligado á esbozar una observación.

—Creo, amigo Martínez, que á Pedro Sáez le tiró usted al suelo.

—Sí, señor.

—Y cuando el pobre hombre estaba así, tripa arriba y sin poder valerse...

El veterinario sintió el placer vengativo de concluir la frase, y se la arrebató á don Elías de los labios.

—Precisamente, sí, señor; cuando cayó á mis pies le puse los tacones de mis botas en la cara hasta cansarme, que fué mucho después de perder él los sentidos. El adagio lo dice: á borrica arrodillada doblarla la carga.

Don Juan Manuel, que acababa de encender un buen cigarro puro, miró á Martínez con repulsión.

—¡Hombre!... Lo que acaba usted de contarnos es una barbaridad.

Don Ignacio, muy rojo y adelantando el cuerpo, como para reñir, repuso:

—Eso es llamarme bárbaro, pero no me ofendo. Soy así... ¡y que nadie toque á los míos, ni les dé el menor disgusto, porque me lo como!

Miró á don Niceto y á don Isidro, y añadió:

—Ya ven ustedes que no me guardo de nadie; estoy hablando precisamente delante del juez y del señor alcalde; por más que ya sabemos: can que madre tiene en villa, nunca buena ladrida...

Olmedilla, que se llevaba su bock á los labios, aparentó no haber oído. Don Isidro sonrió. Las últimas palabras, un poco desafiadoras y petulantes, del albeitar, no fueron comentadas. El diputado y los otros contertulios miraban al paisaje; don Elías había sacado de su cartera una tijerita de bolsillo. En realidad á don Ignacio, peleador, sanguíneo y cerrado de entendimiento, todos le temían. Era ancho de mandíbulas y de espaldas, y muy cejudo: tenía los ojos vivos, la nariz corta, el canoso bigote bien poblado, los cabellos rucios y cortados á máquina, y sembrada de blancas cicatrices la cabeza terca y redonda. Además de su afición á los refranes, especialmente á los que citaban nombres de animales—«refranes de veterinario» los llamaba él—sus amigos le conocían un gesto, un «tic» inconsciente, que revelaba la disposición exacta de sus nervios. En los momentos de inquietud, de impaciencia ó de cólera, Martínez se mordía las uñas; pero la uña elegida variaba según el grado de sobresalto de su espíritu. Esta concomitancia psiquico-física nunca fallaba. Si su agitación era muy violenta, la uña mordida correspondía á cualquiera de ambos pulgares; si muy grave, á los índices; y sucesivamente, conforme se apagaba, iba recorriendo los dedos mayor y anular hasta detenerse en los meñiques. La vinculación entre estos ademanes y los diversos matices del sentimiento que los producía, era lógica: la ira mordisqueaba preferentemente los pulgares por ser estos los dedos que más pronto se acercan á la boca; para morder los otros precisaba colocar la mano de cierto modo, lo que implica una pausa, un movimiento semivoluntario, una reflexión que, sea cual fuese su brevedad, había de contradecir, de enfriar, la furia del impulso. Roerse la uña de un meñique constituía para don Ignacio un pasatiempo, casi una coquetería. Sus uñas, de consiguiente, formaban una especie de columna barométrica, dividida en cinco grados, de los cuales el primero, el del dedo pulgar, correspondía á la temperatura moral más alta y temible, mientras los dedos pequeños estaban muy cerca de la ecuanimidad y de la sonrisa; los pulgares significaban la tempestad, la espada; los meñiques, el ramo de oliva. Martínez era alborotado, fuerte, bajo y macizo. A propósito del espesor ó densidad de su figura, y de las hostilidades de su carácter, don Juan Manuel Rubio tuvo cierta noche una frase feliz.

—Ese hombre—había dicho—grueso, inquieto y chiquito, me da la sensación de un dedo pulgar.

Don Niceto se puso en pie y comenzó á frotarse las piernas hacia abajo, para estirarse bien el pantalón. Luego acercóse al mirador y unos instantes su cabeza lívida y flaca, de enfermo del pecho, emergiendo de un cuello de camisa mugriento, roído y excesivamente ancho, perfilóse sobre las últimas penumbras taciturnas de la tarde. Aparentaba treinta y cinco años. Era débil, enteco de hombros y bajo el bigote ralo los labios salivosos se abrían con un gesto de ahogo. Sus manos huesudas y exangües, de uñas cuadradas y sucias, tenían, como su pescuezo, la amarillez de las retamas.

—¿Se marcha usted, amigo Olmedilla?—preguntó Rubio.

El juez municipal examinaba el cielo.

—Sí, señor; aprovecharemos esta pequeña tregua que nos da el mal tiempo.

—¿Llueve todavía?

—Muy poco.

Para cerciorarse sacó el brazo derecho fuera de la ventana, la mano bien abierta y con la palma hacia abajo, como si fuese á jurar. Don Ignacio copió aquel gesto.

—Algo chispea todavía—dijo—, pero es la ocasión de irse.

—Creo que nos vamos todos—repuso don Isidro levantándose.

Don Juan Manuel llamó á Teodoro para que le restituyese el impermeable y los chanclos que le entregó al llegar. Los contertulios se habían agrupado cerca de la ventana, y aspiraban con fruición rústica el olor de la tierra y de los bosques húmedos. En la oscuridad los entintados montes componían una especie de oleaje inmóvil. Acullá, lejos, bajo el silencio negro, griseaba el andén de la estación.

—¿Saldrá usted después de cenar, don Juan?—interrogó el médico.

—No es probable; esta noche no debo moverme de casa; necesito escribir varias cartas urgentes.

Martínez interpeló á don Elías y á don Isidro.

—¿Ustedes tienen luego algo que hacer?

—Nada—respondieron.

—¿Y usted, don Niceto?

El juez negó lenta y tristemente con la cabeza. Tampoco Olmedilla tenía nada que hacer.

—Entonces—repuso el veterinario—podemos reunirnos aquí esta noche. Echaremos una partida de tresillo. Tengo ganas de darle un buen julepe al doctor.

Agregó dirigiéndose á los otros dos individuos que, durante el transcurso de la tarde, apenas habían hablado.

—¿Ustedes vendrán?

—Bueno—contestó el más alto.

—¿Y usted?

—También.

—Perfectamente—exclamó Martínez;—me gustan las tertulias grandes; siempre á más gente hay más alegría.

Verdaderamente ninguno de los circunstantes, ni siquiera el mismo don Ignacio, tenía interés en volver al Casino aquella noche. Ir ó no ir... ¿no era igual?... El fastidio y la costumbre se repartían equitativamente la dirección y dominio de aquellos espíritus anodinos. El aburrimiento que les echaba de sus hogares, les restituía á ellos horas después. Bostezaban en sus casas, al lado de sus hijos; bostezaban en el Casino, con los naipes en la mano ó ante las mesas de billar. ¿Qué esperaban? En lo futuro, ni una emoción, ni una sorpresa, como no fuese la de la muerte. ¿Mirar hacia el porvenir, no equivalía exactamente á rememorar y escrutar lo vivido? En aquellas pobres almas que llevaban consigo, desde la niñez, la aridez del desierto, el inenarrable horror de las cosas eternamente inmóviles y semejantes á sí mismas, ¿no se perpetuaba el espanto anacrónico de que lo futuro fuese algo sabido, familiar y trillado, como un recuerdo? En la horrible monotonía de los pueblos, ¿cuántas veces resbala el pensamiento por los mismos surcos? Allí, donde no hay emociones; ¿quién contaría los millares de momentos—tantos como días que cada individuo vivió y tornó á vivir, su propia vida? Cotidianamente marchan los pies por idénticos caminos y el cerebro recibe impresiones iguales, y de esta monotonía se desprende un vaho adormecedor de opio, de indiferencia, de abulia; y así en cada una de esas almas—y sin que ellas, por fortuna suya, lo adviertan—se repite, de padres á hijos, el suplicio interior, el horroroso drama, no escrito aún, del hombre que nunca tuvo «á dónde ir»...

Esta era la situación de ánimo de don Juan Manuel Rubio, de Fernández Parreño, de don Isidro Peinado, de don Niceto y de don Ignacio, cuando, parados ante el ventanal abierto, hablaban de marcharse. El mismo trabajo que momentos antes tuvieron para reunirse, les costaba ahora separarse; en ellos, el hábito de esperar había matado la alegría de la acción. Además, convencidos tácitamente de que todo era igual, adivinaban la inutilidad de moverse. Cuanto á su alrededor pudiese ocurrir, lo tenían previsto. Este cálculo alcanzaba aún á los detalles menores. Verbigracia: Martínez sabía que, á su paso habitual, tardaba exactamente tres minutos y medio en ir desde el Casino á su casa, y cuatro minutos si este camino lo recorría en sentido inverso, porque era cuesta arriba. El médico, con aquella miopía que parecía obligarle á dedicar á cada idea ú objeto una atención mayor, pujaba su minuciosidad bastante más lejos. Fernández Parreño llevaba en la memoria cifras absolutamente exactas de las distancias. Desde su domicilio al Casino, por ejemplo, había mil doscientos ocho metros; desde el Casino á la botica de don Artemio, trescientos veinticuatro, y medio kilómetro justo separaba su casa de la de su antigua cliente doña Amelia Ruiz, viuda de Guijosa, la mujer más gorda de Puertopomares. Estos números los había descubierto con la ayuda del tiempo y á fuerza de repetir cotidianamente el mismo itinerario.

Al cabo, la figura blandengue de don Niceto, girando sobre sus talones, lanzó la señal de marcha.

—¿Vámonos, señores?

—Vámonos, sí.

Reposadamente todos caminaron hacia la puerta. Don Ignacio exclamó, mirando su reloj.

—¿Qué hora será?...

Fernández Parreño consultó el suyo, que levantó á la altura de la nariz.

—Las siete.

—Yo—repuso Martínez—tengo las siete menos diez.

Con esa costumbre irrazonada que obliga á todas las personas á tener más confianza en el reloj del prójimo que en el suyo, añadió:

—Debo de ir atrasado...

Y, sin vacilar, rectificó la hora. Don Juan Manuel dijo un donaire versallesco:

—Hace usted mal en eso; vea usted: mi reloj, con respecto al de don Elías, también atrasa, y no lo toco. Para conservar nuestros relojes, al revés que para conservar á nuestras mujeres, debemos tocarlos lo menos posible. ¡Por algo ellas, en nuestra vida, fueron siempre el desorden!...

Al salir del Casino vieron pasar al otro lado de la plaza, bajo la umbría de los soportales, un hombre silencioso, pequeñito, intensamente amarillo; un hombrecito, de color de miel, vestido de negro.

Martínez exclamó dirigiéndose al médico:

—Ahí va don Gil Tomás. Tenía usted razón. Deben ser, efectivamente, las siete en punto.

III

Los dos hermanos comieron en silencio, irritados por la ausencia de Frasquito Miguel, quien, según costumbre, volvería borracho. Terminada la cena, Rita Paredes levantó el mantel, y, á falta de café, Toribio dióle un largo tiento al porrón del vino, la rapada cabeza echada hacia atrás y los ojos puestos en las vigas del techo. Luego, mientras con una mano dejaba suavemente el porrón en el suelo, con el dorso de la otra se restregó y secó los labios. Cuarentón ya, mostraba el pelo canoso, el rostro rasurado, flaco y de líneas salientes, los ojos carniceros, redondos y de color almagre, la boca fina y oscura, circundada por manojos de pliegues sutiles. Era sobrado de estatura y cenceño, con esa flexibilidad y aridez de carnes que da á sus habitantes el solar castellano. Hablaba poco y mirando al suelo. Tenía algo de mastín. Una vieja cicatriz endurecíale el rostro. Levantóse, y acercándose á una ventana examinó el cielo, estrellado, límpido, transparente, después del furibundo aguacero de aquella tarde. Bostezó malhumorado.

—Buenas noches.

—¿Ya vas á dormir?

—Necesito madrugar. Mañana hay mucha faena. A las cinco me llamas.

Fatigadamente, los brazos caídos, el paso largo, grave el rostro, desapareció en la oscuridad de un aposento inmediato.

Rita, con notables disposición y rapidez, sacudió el mantel bajo la campana del hogar, fregó los platos, enlució los cubiertos, y lo sobrante del guisote familiar lo colocó en un pucherito junto al rescoldo, para que Frasquito Miguel lo encontrase caliente. Sentóse después á coser, y sobre la blancura de las ropas sus manos morenas, flacas y de articulaciones nudosas, tenían una impaciencia agresiva. La herencia había dejado en ambos hermanos una notoria comunidad de rasgos. Como los ojos de Toribio, los de Rita abríanse pequeños y bermejos, y sus labios delgados, circuídos de pequeñas arrugas, adquirían al cerrarse, expresión cruel. Era alta, enjuta, y de apariencias varoniles. Sus treinta y cinco años, los trabajos, la miseria y la epiléptica violencia de sus instintos, habían destruído en ella las blandas curvas de la femineidad; y coronando aquel corpachón anguloso de hombre, una cabeza pequeña, de perfil corvo, de mejillas pecosas, de cabellos rútilos y lisos, recogidos atrás. En el pueblo á los Paredes les llamaban los Rojos, y sus costumbres y combativas apariencias les hacían temibles.

La mujerona suspendió su labor para escuchar al sereno, que cantaba una hora: las diez: pero inmediatamente reanudó el trabajo, y había en su diligencia una especie de cólera. Todo á su alrededor era silencio; únicamente fuera, en la paz nocturnal, el Malamula, hinchado por el copiosísimo llanto de las montañas y de las nubes, gemía clamoroso.

Varios años hacía que Rita habitaba aquella casuca de planta baja, construída entre los cimientos de un baluarte, sobre la pendiente del río y en la línea de ruinas que deslindan y separan el barrio pobre del resto de la población. Fuese á vivir allí poco antes de que su amante Vicente López, apodado el Charro, á quien conoció en un lupanar de Cáceres, la abandonase para irse á Salamanca con otra mujer. De aquel amor, que fué muy grande, le quedó á Rita un hijo. Viéndose sola abrió un tabernucho al amparo del cual recobró sus hábitos de manceba. Este tráfico, durante las semanas que tardó su cuerpo en ser conocido, produjo dinero; luego, no.

Por entonces llegó casualmente á Puertopomares Toribio, que ejercía de pueblo en pueblo el oficio de bujero. Años hacía que los dos hermanos no se abrazaban, y su asombro rivalizó con el contento de volver á verse. Ni una carta se habían escrito en todo aquel tiempo. Se separaron casi niños y el azar tornaba á reunirles cuando ambos llevaban sobre la frente el dolor de las primeras canas. En la historia de Toribio había inconexiones, paréntesis misteriosos, que Rita, necesitadísima también de indulgencia, no intentó esclarecer. A los diecisiete años Toribio Paredes se alistó voluntario para la guerra de Cuba y asistió á la acción de Peralejo, donde fué herido. Le licenciaron. En la Habana, primero, y luego en otras ciudades de la Isla, ejerció diversos empleos. Estuvo en Puerto Rico y en Méjico. Después regresó á España y en Cádiz, á los pocos días de desembarcar, hirió mortalmente al dueño de un garito. En la pelea no hubo traición, pero la justicia sentenció al homicida á ocho años de presidio. En el de Ceuta expió su condena. Al salir dedicóse sucesivamente, como en Cuba, á distintos oficios. Cuando llegaba ocasión, ejercía el suyo primitivo, de carpintero; después, vendió baratijas por las ferias, fué leñador, aplicóse al chalaneo y á la recova y montó un Tío-Vivo. Finalmente deshízose de él y recobró su profesión de gorgotero ó bujero, cuyo ejercicio reclamaba pocos desembolsos y hallábase muy en armonía con sus inclinaciones vagabundas.

A las confesiones de Toribio correspondió Rita con las suyas. Habló de su primer amante, el amo de una fábrica de corsés, donde ella trabajaba. Al conocer su embarazo el burlador la despidió. ¡Miserable! Poco después, cayó enferma. Hubiera muerto de hambre en mitad de la calle, si no la llevan al hospital. Allí dió á luz y el niño fué á la Cuna. No había vuelto á saber de él. Después entró á servir en una casa de donde la echaron cuando supieron su aventura con el dueño de la fábrica de corsés. Una vecina les fué á sus amos con el soplo. Al verse de nuevo sin albergue, rostro á rostro con la miseria, la mujerona pensó: «Esta noche yo como y duermo bajo techado». Y esperó á que su delatora, cuyo domicilio conocía, saliese á la calle. La sangre que encerró á Toribio en Ceuta, hervía en ella. No tenía armas, pero tampoco las necesitaba; sus dientes y sus uñas bastaban á su cólera. Fué una escena horrible. Rita cayó sobre su presa, la tiró al suelo y teniéndola sujeta bajo las rodillas comenzó á despedazarla; matarla hubiera sido poco. A puñados la mesaba el pelo, y á mordiscos la arrancó una oreja y la desfiguró bárbaramente la nariz y las cejas; el labio inferior de la víctima desapareció, y como nadie pudo hallarlo, los testigos de la pelea supusieron que la agresora, en un rapto de antropofagia, se lo había tragado. Rita Paredes fué condenada á tres años de reclusión en el penal de Alcalá. Allí riñó con otra reclusa, á quien maltrató ferozmente, y por ello sufrió dos años más de encierro. Desde Alcalá se trasladó á Madrid, donde una alcahueta que andaba en peligrosas cuentas con la justicia, por corrupción de menores, la propuso ir á Cáceres...

Al llegar á este capítulo, el más sucio, quizás, de su negra historia, la mujerona vacilaba: también en su vida, como en la de su hermano, del monstruoso ayuntamiento de la ignorancia con el infortunio, nacieron páginas tiznadas, abyecciones inconfesables. Ninguno de los dos tenían qué recriminarse; del mismo vientre nacieron, y á su tiempo ambos rodaron hacia el dolor; si ella se había prostituído, él había robado; los dos malditos, los dos iguales.

Finalmente, Rita explicó sus relaciones con el Charro, y cómo éste la abandonó y no se preocupaba de su hijo, que ya tenía cinco años.

—Podías quedarte aquí, conmigo—añadió—; estando juntos viviríamos mejor.

Toribio aprobó; rato hacía que en aquello mismo estaba él pensando. A pesar de haber permanecido alejados tanto tiempo el uno del otro, volvían á sentirse muy cerca, muy identificados por el misterio augusto de la raza, y tan unidos en sus pensamientos, codicias y deseos, como si nunca se hubiesen separado. La miseria eneanchó y afirmó la obra de la herencia: ella fué mala por las razones mismas que él no pudo ser bueno; causas análogas les pusieron lejos de la ley; de una parte el hambre, de otra, el instinto; y así, al término de varios años, perdonáronse mutuamente sus yerros, maravillados de comprenderse tan bien y de seguir tan juntos.

Toribio relató á su hermana la constitución íntima de sus negocios: él, que continuaba en la pobreza, había llegado á Puertopomares con su socio capitalista; un tal Frasquito Miguel, andaluz, de quien no le convenía separarse. Como Paredes, Frasquito Miguel tenía una historia nebulosa. En Madrid, siendo mozo, ejerció la profesión de trapero. Más adelante, de acuerdo con otros individuos, abrió una carnicería destinada á sucursal ó principal despacho de un matadero clandestino. Las ganancias comenzaron siendo excelentes, pero el asunto no tardó en echarlo á perder la policía; fué un mal negocio que dió con sus iniciadores en la cárcel. Al recobrar la libertad Frasquito Miguel trasladóse á Málaga, y en arriscados lances de contrabando vió medrar su hacienda. Otras oscuridades y lagunas había en su vida. Él y Toribio se conocieron en la feria de Badajoz, y aparejados desde hacía dos años por el interés, más que por la simpatía, operaban juntos: unas veces vendían paños, otras, juguetes y baratijas de similor. Dónde guardaba el señor Frasquito los fondos de la sociedad, arcano fué que Toribio Paredes no consiguió esclarecer nunca; pero era lo cierto que el antiguo trapero siempre llevaba consigo los billetes de Banco necesarios para no dejar perder ningún buen negocio. Tras una lucrativa excursión por diferentes pueblos de la serranía salmantina, llegaron ambos á Puertopomares y en la Fonda del Toro Blanco pidieron dos habitaciones, pues Frasquito quería absolutamente dormir solo.

—Son datos en que debes fijarte—decía el narrador á su hermana.

Mientras Toribio Paredes hablaba, ella mirábale fijamente, y sus ojos, rodeados de pestañas bermejas, se abrían y cerraban, revelando con aquel seguido guiñar un agudo esfuerzo de comprensión. En sus labios, finos y oscuros, la codicia acababa de dibujar un gesto de sed.

Toribio concluyó:

—Los días que estemos aquí, Frasquito puede pasarlos con nosotros; ó, al menos, almorzar y cenar en nuestra compañía. ¿No te parece? Tú, procura esmerarte en la comida. El es buena persona y solterón... y con el tiempo... ¡quién sabe!... llevándonos todos bien...

Sus cábalas fueron cumpliéndose una á una. Frasquito, receloso al principio, acabó enamorándose de Rita. De estas relaciones nació un niño, á quién bautizaron con el nombre de José y los apellidos de su madre, pues el señor Frasquito, cauto siempre y amigo de andar con los ojos bien puestos en el porvenir, no quiso precipitarse á reconocerle. Aquel muchacho añadió nuevos vínculos á los lazos de interés y amistad que unían á los dos hombres, y así decidieron establecerse juntos. Frasquito hubiera preferido vivir aparte con su mujer; pero tan irreductible oposición halló en ésta y en su hermano, que desistió. Ya reunidos todos, acordaron recogerle un poco las riendas á la vida y aquietarse, y hacer de Puertopomares una especie de centro de residencia ó de «cuartel general», de donde saldrían á recorrer, periódicamente, los otros pueblos de la provincia.

La casuca que cobijó los amores de Rita con el Charro y que ella transformó luego en taberna y disimulada mancebía, el señor Frasquito Miguel y su cuñado, dando muestras de su mucha industria, la aderezaron, ensancharon y dispusieron de manera que sirviese de vivienda y de almacén. Para hallarse más separados y con mayor honestidad, levantaron un tabique que hizo de la cocina primitiva dos habitaciones; la despensa, que era espaciosa, después de bien enjalbegada y solada, sirvió de dormitorio, y cuando quedaron celosamente revistas y tapadas las goteras del pajar, éste ofreció á su vez condiciones excelentes de seguridad.

Pero las principales reformas se verificaron en el corral, que hasta entonces sólo aprovechó para gallinero y pudridero de basuras. Allí un viejo chopo levantaba, muy por encima de los bardales, la gracia verde de su copa recogida, sensible al viento. Este árbol fué en tiempos atrás como un gesto de orgía, como una cimera ó penacho de escándalo, alzado sobre la vulgaridad de la humilde vivienda. La casa de Rita, la barragana de tantos, se distinguía y señalaba entre todas por aquel chopo esbelto. Era su reclamo, su anuncio, su clarín. Desde muy lejos se divisaba. La gente rústica que se acercaba á Puertopomares por el lado opuesto del río, lo conocía bien; los mozos se lo mostraban unos á otros, extendiendo un brazo:

—Es allí...—decían.

Y hasta hubo quien aseguraba que Rita, muy avisadamente, llegó á adornarlo en las noches sabatinas con farolillos de colores, y cómo tales luces, balanceándose en la oscuridad á impulsos del aire, ejercían sobre los hombres, á una distancia de varios kilómetros, irresistible atracción. Apropósito de aquel árbol popular y de las trazas hombrunas de su dueña, alguien había dicho: «Eres, Rita, como el chopo: alta y grande, pero de mala sombra». La frase gustó y vivió muchos años.

Toribio y Frasquito talaron aquel chopo lupanario, igualaron y limpiaron el suelo, y luego, utilizando como paredes maestras los dos acirates más largos del corralón, improvisaron á la izquierda un amplio departamento de mampostería, seco, claro y sólido, bueno para depósito de mercaderías; y á la derecha, un soportal ó cobertizo de tejas, sostenido por pilares de ladrillo, destinado á caballeriza.

Asombraban por igual, la previsora astucia, la alegre voluntad y la rapidez con que los dos hombres realizaron tan ardua tarea, y el feliz remate que dieron á todo. En su mañera traza y ágil disposición claramente echábase de ver la complejidad pícara de sus vidas. Ningún oficio les era extraño: lo mismo aplomaban una pared, que techaban una habitación, ó disponían los batientes de una puerta, modelaban á yunque y martillo una reja, componían una cerradura, herraban un caballo ó compraban animales que sabían vender luego á mejor precio. Este abigarramiento de aptitudes resplandecía también en la diversidad plateresca de su industria. Con todo traficaban. Los objetos de quincalla, los racimos de zapatos y las pirámides de sombreros y otros artículos de poco peso, eran subidos al desván; lo mejor, lo más caro, los paños, mantas, tapetes y piezas de ropa blanca, ocupaban el nuevo almacén, con su suelo de ladrillo aislado de la humedad por una capa de carbón. Una yegua y una mula, servíanles para transportar sus mercancías. A veces salían de Puertopomares al despuntar la aurora, otras á prima noche, según la estación y la longitud del itinerario que hubiesen de recorrer; generalmente estas expediciones eran fructuosas, y al término de ellas el señor Frasquito y Toribio reaparecían con las caballerías muy aligeradas y en el rostro reflejado el codicioso contento de los buenos negocios.

Tan activo tráfico duró varios años, en los cuales Frasquito Miguel y su coima hubieron dos hijos más: María Luisa y Francisco. No obstante estas novedades, la disposición sentimental de aquellas tres personas nada había variado. La sonriente bonanza de sus negocios les enriquecía sin acercarles. Rita y Toribio Paredes continuaban estrechamente unidos por sus instintos de crueldad y de rapiña: la homogeneidad de los ambientes donde desenvolvieron sus vidas les impidió diversificarse: una y otro eran egoístas, violentos y sórdidos, cual si sobre ellos gravitase una herencia de rapacidad y bandolerismo. Entre ambos hermanos, Frasquito Miguel, á pesar de sus tres hijos, de su labor inteligente y del dinero con que porfiadas veces coadyuvó al bienestar común, siempre sería un advenedizo, un extraño, casi un enemigo. El, receloso y astuto, debía de comprenderlo así y sentir la traición que le acechaba, por cuanto constantemente de todos se retraía y guardaba un poco.

Los vecinos del barrio, que recordaban el licencioso comercio á que Rita se había dedicado, demostraban á los Paredes cierta hostilidad. Ateniéndose á la indudable semejanza habida entre cada individuo y las personas de su afecto y predilección, razonaban que Toribio sería, en punto á rigidez de costumbres, como su hermana, y que Frasquito Miguel tampoco debía de tener muy severa moral cuando tan bien hallado parecía en aquel ambiente. La figura hombruna de Rita, el semblante frío y torvo del bujero, y la cara cetrina, cazurra, llena de vulpejerías y disimulos, de Frasquito, afirmaban esta creencia y ensombrecían el lar. El famoso chopo del corralón, cuyo perfil fálico recordaba á los mozos del campo el misterio de Eléusis, había desaparecido, pero su leyenda golosa perduraba. La casa de los Paredes, llamada por muchos «la casa del chopo», donde, según los viejos, quince ó veinte años antes, fué asesinado un hombre, parecía irradiar una pavura carcelaria, un enigma de antro. La honesta labor á que sus actuales moradores se aplicaban, no lograba purificarla; las aguas lustrales del trabajo corrían sin conseguir llevarse de aquellos muros el olor del burdel. La fachada, á pesar de su blancura reverberante y de sus dos balcones cargados de bien florecidas macetas, era triste; las mujeres que deseaban hablar con Rita ó comprar algo, raras veces se decidían á trasponer el quicio de la puerta, colocada medio metro bajo el nivel de la calle, y si alguna pareja de la Guardia civil pasaba por allí, nunca lo hacía sin inmergir una mirada fiscal en el zaguán húmedo, lóbrego y sumido, como una vieja boca. El vecindario siempre esperaba una emoción: que á los Paredes, verbigracia, les llevasen presos. Realmente, el aspecto y la historia de la casa y los tricornios de la Guardia civil, rimaban muy bien.

Al término de algunos años, los graves achaques del señor Frasquito contribuyeron á ensanchar la distancia que le separaba de Rita y de su hermano. Agravóse el frío de aquellas relaciones preparadas por la codicia y el cálculo. El antiguo trapero, que ya contaba más de cincuenta años, enfermó de reuma: comenzó á padecer en las articulaciones dolores agudísimos; se le inflamaron las rodillas, retorciéronsele y trastornáronsele como sarmientos los dedos de las manos, y vióse obligado á renunciar, casi completamente, al trabajo. Aquel invierno Toribio Paredes salió solo á vender; su cuñado, medio paralítico, quedábase en casa y á intervalos los gritos que así la cólera de su inutilidad como el mucho sufrir de sus huesos, por igual le arrancaban, rompían lúgubremente la paz de la calle.

El desvalimiento del señor Frasquito, que, con la enfermedad, en pocos meses parecía haber envejecido varios años, empeoró su situación moral. Rita, que no había olvidado á Vicente López, ni podía hablar de él sin verter lágrimas, y acaso por obra de los poéticos mirajes del tiempo le amaba más que nunca, empezó á aborrecer á Frasquito. Al principio de sus relaciones, le aceptó con gusto, por codicia; luego le fué indiferente; después esta indiferencia amistosa perdió cuanto pudiese haber de simpatía, se enfrió y fué desdén; últimamente, el desdén se mudó en desprecio y el desprecio en odio. La antigua ramera comenzó á sentir hacia su último amante, feo, viejo y tullido, inutilizado para el amor y el trabajo, un aborrecimiento de fiera. Aquel ex hombre, á quien muchas mañanas era necesario vestir y dar de comer, porque sus brazos anquilosados y trémulos no le obedecían, era una carga. ¿Qué necesidad tenía ella de ir por el mundo con tan terrible cruz acuestas? A veces una voz noble, voz generosa de caridad, dictaba á su conciencia palabras de Evangelio; pero inmediatamente el egoísmo y la sordidez tronaban con espantoso griterío. ¿Qué hubiese hecho el señor Frasquito á ser ella la inútil? Probablemente echarla á la calle, ó marcharse, y si la suerte permitió que el enfermo fuese él, ¿por qué no imitarle dejándole?...

De sus cuatro hijos á la mujerona sólo la interesaba realmente Deogracias, el primero, en quien revivía la figura del Charro. Los hijos de Frasquito, Pepe, María Luisa y Francisco, la servían únicamente de estorbo y para exacerbar su odio hacia el padre. De esto hablaban frecuentemente ambos hermanos, y por igual reconocían la utilidad de deshacerse de aquel perdulario y de los chiquillos que trajo al mundo; pero al llegar á cierto extremo difícil de su conversación, los dos callaban apenados porque en la realidad los hechos no se sucedan y devanen con la facilidad que en el pensamiento, y el recuerdo de la justicia, unido á las torvas memorias de sus años carcelarios, dejaba en sus almas oscuras un frío.

El motivo principal del acerbo rencor que los Paredes alimentaban contra Frasquito, era la rapacidad, el cuidado avaro, la esmeradísima avidez, la habilidad omnisciente, con que el enfermo sabía esconder su dinero. ¿Dónde lo guardaba? ¿A qué prodigios de escamoteo, á qué recursos de nigromante apelaba para ocultarlo de manera tan maravillosa que su desaparición no dejase rastro?...

Antes de afincarse en Puertopomares Toribio creyó siempre que su socio depositaba sus ahorros en algún Banco de Salamanca, de Badajoz ó de Madrid, y únicamente llevaba consigo las seis ó siete mil pesetas indispensables á las modestas transacciones de su negocio. Cuando ya todos vivieron juntos, Rita, para comprobar aquella suposición, dedicóse á leer cuantas cartas el señor Frasquito recibía: á tal fin las colocaba unos instantes sobre la boca de una olla donde hubiese agua hirviendo, y el vapor desprendía la nema del sobre tan limpiamente, que luego de repegada era imposible conocer la traición. Este acecho, minucioso y perseverante, de varios meses, demostró que el pañero no mantenía relaciones con ninguna casa de banca, ni recibía otra correspondencia que las de los fabricantes ó almacenistas al por mayor, de quienes él y Toribio se proveían; de donde los hermanos Paredes concluyeron que, según una rancia costumbre española, heredada quizás de los judíos y de los árabes, Frasquito Miguel debía de recatar sus ganancias en una ó varias orzas escondidas, probablemente, á muchos metros bajo tierra.

Esta segunda parte de la cuestión fué también objeto de investigaciones y atisbos prolijos. Durante sus excursiones por diversos lugares y villas, Toribio, que jamás perdía de vista á su adjunto, y de noche utilizaba múltiples é ingeniosos ardides para saber si salía de su habitación, llegó á convencerse de que Frasquito no tenía fuera de Puertopomares ningún tapujo, ni sitio, encrucijada ó mesón, que le mereciesen preferencia. Luego, si no en el campo, era en su propia casa donde el ladino viejo escondía «su tesoro»; que á tan preeminente y codiciable categoría remontaba la imaginación de los Paredes la fortuna de aquél.

Relacionando diversos datos y pormenores cazados hábilmente en el transcurso de dos ó tres años, la mujerona y su hermano dedujeron que el señor Frasquito tenía soterrado su dinero en el corralón, bajo la raigambre del chopo desaparecido; y confirmaba esta sospecha la frecuencia con que iba al retrete, situado al fondo del patio, y su empeño en ocuparse de la limpieza de las caballerizas y pesebreras, cual si por todos los medios procurara no alejarse de aquel sitio. Esta pista enardeció la codicia de los Paredes, y agravó su avariento sobresalto la consideración de que las orzas ó pucheros donde Frasquito Miguel fué servido de meter sus ahorros, empujados por las raíces, vivas aún, del árbol, iban hundiéndose más y más, de suerte que si transcurría mucho tiempo llegaría á ser muy difícil dar con ellas.

Atormentado por este recelo, Toribio una noche, hallándose los tres de sobremesa, expuso la conveniencia de solar el patio, para lo cual creía necesario remover bien la tierra y arrancar las raíces que endurecían y arrugaban el piso. El efecto que tales palabras, dichas con ahinco y decisión, produjeron en Frasquito Miguel, fué terrible. Quedóse pálido, luego lívido; hasta que su corazón reaccionó y su rostro cetrino se llenó de sangre; después aquel aborrachado color empezó á debilitarse y sus mejillas y su frente tuvieron la blancura de los cadáveres. Su sorpresa mudábase en cólera. Frunció las cejas, bajó la cabeza, tiró nerviosamente contra su plato el cuchillo con que iba á cortar una rebanada de pan, y apenas lo hizo lo recobró afanoso cual si acabase de sentir la necesidad de tener un arma.

—El patio-gritó—no se toca.

Su fiero y destemplado acento, expresaba una resolución irrevocable. Los hermanos Paredes cambiaron una mirada de inteligencia, de alegría feroz, de sordidez ardiente próxima á saciarse, y unos momentos, bajo el apacible claror plata de la lámpara, aquellas dos cabezas fraternales, cabezas de presidio donde otra veces el deleite de matar se había pintado, adquirieron una expresión patética. Toribio quiso argüir algo, pero su cuñado le atajó.

—¡He dicho que el patio se deja según está: lo dispuse así y no consiento que se toque en él ni á un, jaramago!

Toribio repuso cazurro:

—Bueno, hombre; no hay motivos para incomodarse tanto; no haremos nada, descuida. ¡Qué aspavientos!... ¡Cualquiera creería que íbamos á robarte un tesoro!...

El tono zumbón y la reticencia con que estas palabras fueron dichas, desconcertaron al señor Frasquito, quien trató de enmendar su yerro y la aspereza de su actitud con algún donaire ó frase oportuna. Pero la explosión de cólera que acababa de experimentar había sido demasiado violenta, los músculos faciales hallábanse endurecidos aún, y ni supo dar gracia á sus palabras, ni cordialidad y simpatía á su rostro. Desde aquel momento los Paredes adquirieron la convicción, la certidumbre irrevocable, de que el astuto viejo, cumpliendo resabios de raza, tenía enterrado su dinero en el corral.

Con la llegada de la primavera le volvieron las fuerzas al enfermo y hallóse de nuevo en situación de volver al trabajo; esto, al menos, creyeron todos, lo que les produjo buen consuelo y alivio. Pronto, sin embargo, echó de ver Toribio que su socio ya no era el hombre de antes; así porque sus piernas le obedecían mal, como porque con las energías musculares se le fueron también las lucrativas capacidades y oportunos ardides de la voluntad. Frasquito Miguel renqueaba bastante y hablaba mucho menos; desaparecieron sus trujamanerías y gitanas zangamangas de mercader; ya no sabia engañar vendiendo como oro el similor y por nuevo lo usado. No convencía, no alucinaba; perdió la gracia; fué un arruinamiento general que abrió en la suma de los ingresos un déficit considerable.

Poco á poco el señor Frasquito llegó á reconocer también su inutilidad, y como esta humillación le hiriese en lo más altivo y sensible de su alma, para olvidarla se dedicó á la bebida. El momentáneo bienestar que ésta le producía incitóle á seguir bebiendo, y lo que empezó siendo arrimo y recurso, creció rápidamente y fué pasión. Toribio Paredes, maldecía de él: en las ferias no le servía de nada, pues tardaba en emborracharse el tiempo que empleasen en alzar su tienda; luego se echaba á dormir debajo del mostrador, y por los caminos iba cantando, bamboleándose como un polichinela y agarrado á la cola de la última caballería. La gente hacía escarnio de él. Una vez Toribio regresó á Puertopomares y entró en su casa llevando al señor Frasquito atravesado en la yegua. El viejo, que había perdido los sentidos, iba con el vientre sobre la cruz del animal, y las piernas de un lado, y los brazos y la cabeza de otro, colgaban como alforjas. Entre los dos hermanos le cogieron y metieron en el zaguán, á presencia de un grupo de vecinos que, pensando ver á Frasquito Miguel herido ó muerto, acudieron consternados, y cuando tuvieron noticia de la inverosímil cantidad de vino que traía en el cuerpo, empezaron á reir y á burlarle. Aquella madrugada, dominando la unisonancia del Malamula, resonaron en «la casa del chopo» grandes porrazos, á cada uno de los cuales respondía un lamento flébil y expirante, como de persona del otro mundo; después los quejidos cesaron y siguieron los golpes, y al día siguiente revoló de puerta en puerta la noticia de que los Paredes, con objeto de volver al señor Frasquito á la virtud de la sobriedad, le habían administrado una muy gentil paliza.

Frasquito Miguel no volvió á salir con su cuñado; ayudábale á enjaezar y disponer la carga de las caballerías, pero luego Toribio se marchaba solo. La vergüenza de verse preterido, la amarguísima pena de su inutilidad, concluyeron de aburrirle y desganarle de todo. La bebida continuó y exacerbó la obra del artritismo. El desdichado empezó á hincharse, amortiguóse su mirada y bajo los ojos la piel formó hondas bolsas triangulares. Hablaba poco y sus ademanes y palabras tenían la indecisión de la somnolencia. Los únicos sitios que frecuentaba eran el merendero de Luis, situado cerca del río, al pie del cementerio viejo, y el café de La Amistad, vulgarmente llamado «café de la Coja». Todas las mañanas madrugaba, pues continuaba siendo muy rezador y amigo de los santos; de día quedábase en casa, unas veces en el zaguán, otras junto á la caballeriza, cual si su oscurecido pensamiento alimentase la invencible obsesión de no alejarse de allí; y entre tanto empleábase en reponer asientos á las sillas ó arreglar el calzado viejo ó cortarles calzones y baberos á los muchachos, que para estos y otros diversos menesteres y oficios sus manos industriosas supieron siempre darse buena traza. En la mesa apenas dirigía la palabra á sus familiares, ni regañaba á los niños, ni levantaba del plato los ojos, y con el último bocado de la cena en la boca, se iba á la calle. Cuando volvía, lo que nunca sucedía antes de muy pasada la media noche, siempre era borracho.

Esta abominable costumbre y más aún, la particularidad de que el señor Frasquito, que hacía tiempo no ganaba dinero, llevara siempre tres ó cuatro pesetas en el bolsillo, exasperaban los desapoderados odios de Rita y de su hermano. Frasquito Miguel representaba en aquella casa el papel de zángano; vivía y no trabajaba. ¿Por qué no se marchaba de una vez con sus hijos? Y si no quería irse, ¿por qué no le despedían ellos? ¿Qué ley ó documento les obligaba á seguir juntos?... Los Paredes, sin embargo, no se atrevían á desahuciarle; y era la codicia, la ilusión avara de dar con el tesoro del viejo, lo que les detenía.

IV

Bajo el claror lechoso de la lámpara, Rita seguía cosiendo, y el choque de la luz con la sombra extremaba las angulosidades tercas de su rostro, la curvatura de la nariz, la demacración de los pómulos, la fortaleza carnicera de la mandíbula. Deseos homicidas cruzaban su frente. Aquella tarde Frasquito Miguel, acobardado quizás por la tormenta, no había ido á cenar.

—¡Si no volviese!—pensaba la mujerona.

Un recuerdo la obligó á mirar á su alrededor, como si en la blancura de aquellas paredes estuviese escrita su historia. Suspiró: se acordaba de Vicente y esto guió sus ojos hacia la puerta del aposento donde dormían, Deogracias, el hijo del Charro, y los tres vástagos de Frasquito Miguel. A éstos les aborrecía. Rita tiró su labor y por dos veces sus manos nerviosas, inconscientes, alisaron sus cabellos, ocres, tensos y planchados, sobre la redondez pequeña de la cabeza. En sus pupilas la cólera, durante segundos, encendió una luz.

—Podían morirse—murmuró—y ni ellos ni yo perderíamos nada.

Recobró su costura. La habitación donde se hallaba abocaba á la calle; tenía el suelo de ladrillo y el techo de vigas nudosas, bajo y renegrido densamente por el humo del fogón. Viejos cromos que decían los amores del Cid con Jimena, adornaban los muros. Las sillas, la mesa, el arcón de la ropa, el armario que servía de alacena, eran de pino blanco. Cubrían las puertas de los dormitorios, cortinillas de yute rojo y azul.

Poco á poco, en el doble silencio de la noche lunada y del campo, el rumor del Malamula iba acallándose. El sereno cantó otra hora; las once. Luego, nada dentro de la casa dormida: la lámpara vertiendo monótonamente su claridad de plata, las cortinas de yute quietas sobre el vano de las puertas, los muebles arrojando perfiles largos, absurdos é inmóviles, con inmovilidad cabalística, contra la albura de las paredes.

Rita, de súbito, alzó la cabeza y un frío extraño y rápido, á un temblor á flor de piel, pareció deslizarse por entre la raigambre de sus cabellos: hubiese jurado que una sombra fantasmal, una especie de inquietud amarilla, acababa de cruzar la habitación en línea recta desde la ventana al aposento donde dormía Toribio. La mujerona abrió bien los ojos, reconcentrando en ellos toda su conciencia para mirar mejor, y ya no vió nada. Aquel fenómeno, fuese impresión real ó alucinación vacua de sus sentidos, apenas duró un segundo, y no obstante, había sacudido sus nervios con la violencia de una descarga eléctrica. Ni el más tenue ruidito á su alrededor; nada tampoco sobre la uniformidad de la pared blanca. Levantóse, sin embargo, dócil á un raro terror supersticioso, y fué á cerciorarse de que los dos cerrojos que afirmaban la puerta de la calle estaban echados. Miró hacia la ventana, cuyos cristales, llenos de luna, mostrábanse apacibles; y luego á las cortinas, muertas, sin un temblor. Rita permanecía suspensa, asustándose del roce de sus vestidos y hasta de las sombras que su cuerpo, de armazón descarnada y varonil, aplastaba contra los muros. El crugido de un mueble arrancó á sus labios, descoloridos por el miedo á lo invisible, una interjección soez. Volvió á sentarse, y la idea de que Frasquito Miguel hubiese muerto y su alma estuviera allí, hirióla, de improviso. Tembló y ya iba á levantarse cuando su razón y su valerosa voluntad reaccionaron: indudablemente, ella no pudo ver nada; todo habría sido un guiño ó intermitencia de la luz, ó la levísima sombra de un parpadeo. A pesar de estas reflexiones continuaba teniendo miedo: aquella ficción rapidísima, aquella especie de vapor amarillo, no la hubiesen impresionado tal vez en una noche de huracán y de lluvia; pero en la quietud y el silencio, los accidentes más pequeños se desquitan de su insignificancia y parecen enormes. Al cabo, tranquilizados sus nervios, Rita Paredes siguió cosiendo.

Las doce eran dadas cuando Toribio comenzó á soñar en alta voz. A través de la cortina, las palabras que el dormido balbuceaba filtrábanse inconexas y turbias. Su hermana, al principio, no hizo caso, porque aquel fenómeno repetíase casi diariamente. Luego demostró preocuparse: la pesadilla debía de ser muy fuerte, pues Toribio se rebullía mucho, articulaba dificultosamente y su voz era destemplada y agoniosa, cual si algo muy pesado le oprimiera el pecho. Inútilmente trató Rita de comprender lo que su hermano decía. Otra vez la mujerona tuvo miedo. Aunque nada ó muy poco, de cuanto la brizomancia explica sea cierto, siempre envolverán las pesadillas un intenso pavor, un acre misterio. ¿El verdadero origen de los sueños es exclusivamente fisiológico, ó á esos accidentes circulatorios y digestivos á que la medicina los atribuye, va mezclada alguna sutil levadura metafísica?... Un ensueño se reduce, tal vez, á un dinamismo incompleto y pasajero del aparato cerebral. Sin embargo, el admirable instinto del vulgo adivinó en ellos mucho más. ¡Oh, la terrible, la abracadabra emoción, la sugestión fascinante, que anima las actitudes de quien sueña en voz alta! Aquellos ojos que ven, no obstante hallarse cerrados; aquellas expresiones, de alegría, de sorpresa, de cólera, que correspondiendo á imágenes venidas del más allá estremecen su rostro; aquellas voces que nadie oye y á las que él, empero, responde... ¿No serán los ensueños, hermanos de la Noche y de la Luna, como ventanas abiertas sobre el silencio aterciopelado de otra vida? ¿No constituirán un nexo entre la realidad sensible y el mundo oscuro por donde ambulan los muertos y vibran los magnetismos de cuantas personas—aborrecidas ó deseadas—viven lejos de nosotros?...

Rita llamó, por dos veces:

—¡Toribio... Toribio!...

El dormido exclamó levantando mucho la voz y con perfecta claridad:

—¡No puede ser!... Comprenda usted que eso no puede ser.

Su dicción volvió á emborronarse; no fraseaba; las sílabas se confundían.

—No puede ser... no... pue... de... ser...

Esta negativa la repitió hasta que dentro de su boca las palabras mal pronunciadas formaron un murmullo, un carraspeo de gárgara; parecía que iba á ahogarse. Su hermana le gritó:

—¡Toribio!... ¿No oyes?... ¡Despierta!... ¡Estás soñando!... Dí... ¿no oyes?...

A poco, en la puerta de la alcoba, bajo la cortina que recogía con una mano, presentóse Paredes. Hallábase en ropas menores, y la inmovilidad de sus facciones y el reposo idiota de su mirar, decían claramente que estaba sonámbulo. Unos segundos permaneció boquiabierto, como sorprendido y detenido por la luz; guiñó los párpados, sacudió la cabeza; quería despertar. Después avanzó y la cortina, al caer otra vez, sirvió de fondo á su figura. La mujerona se levantó y empuñó unas tijeras: su imaginación relacionaba la sombra amarillenta, entrevista momentos antes, con la pesadilla de su hermano, y un supersticioso terror la invadió.

—¿Dónde vas?...

Toribio la miraba fijamente, pero alelado; sus ojos dilatados no se apartaban de ella y el conocimiento, sin embargo, no se producía.

—¿Dónde vas?—repitió Rita.

Cautamente habíase colocado detrás de la mesa, en actitud defensiva. Su hermano la oyó y repuso marcando con lentitud las palabras.

—Voy con él.

—¿Con él?... ¿Quién es él?...

—Ese... don Gil Tomás... Me voy con don Gil Tomás.

Palideció Rita.

—¿Qué dices? No entiendo; ¿dónde te espera don Gil?

—¡Ahí, ahí!... Viene á buscarme.

Extendía un brazo hacia la puerta de la calle. De súbito comenzó á restregarse los ojos con ambas manos. La mujerona agregó:

—¿Ha dicho él que te espera?

—Sí... sí...

—¿Cuándo?...

—No; no me lo ha dicho... Es que conversábamos... Don Gil ha salido...

Por momentos hablaba con mayor limpieza, dió algunos pasos hacia adelante y despertó. Su cara entonces cubrióse de sorpresa; tuvo conciencia plena de sí mismo. Estaba medio desnudo, descalzo...

—¿Qué significa esto?—balbuceó.

En el sonámbulo fantasmal resucitaba el hombre de siempre. Ahora sus ojos, sus ademanes, su voz, eran los de costumbre. Tranquilizada súbitamente, Rita volvió á sentarse.

—Estabas soñando—dijo—y á no ser por mí te echas á la calle según te ves.

Muy despacio, porque no concluía de recobrar la posesión de sí mismo, Toribio Paredes repuso:

—Hablaba con don Gil Tomás.

—Eso me dijiste, y querías marcharte con él.

—¡Es cierto!... Quise marcharme con él. Miró á la mujerona.

—¿Tú le viste salir?

—¿Que si yo vi salir á don Gil?... ¿Y de dónde?...

—De ahí, de mi cuarto... y por delante de ti ha debido pasar.

La voz del bujero vibraba tranquila, consciente, clara; indudablemente hallábase bien despierto y su juicio, no obstante, titubeaba ante la sugestión de lo soñado. De nuevo el terror, esa pavura glacial que seca los labios y pone las azucenas de la muerte en las mejillas, cubrió el rostro huesudo y macho de Rita.

—¿Estás dormido aún—exclamó—ó perdiste el seso?... Dí... ¿Quieres explicarte de una vez?...

Toribio, sin responder, la frente preocupada, cogió una silla y se sentó. De su camiseta burda, color tabaco, emergía el cuello cenceño y nervudo, curtido por la intemperie y terminado en una cabeza deprimida, rojiza y pequeña. Los calzoncillos, largos y de dudosa limpieza, se sujetaban con cintas á las piernas peludas; los pies, endurecidos sobre los caminos por donde muchos años anduvieron descalzos, eran grandes, angulosos, oscuros; parecían de bronce ó de tierra. Un rato estúvose callado, los codos en las rodillas, el cuerpo recogido, el semblante taciturno y perplejo; y, según el curso de sus cavilaciones, sus miradas iban unas veces á la ventana, otras al dormitorio, ó hacia la puerta. A ratos parecíale, efectivamente, haber soñado: pero apenas lo creía cuando con renovado sobresalto dudaba de hallarse despierto, que tales eran la exactitud, la impoluta nitidez, el avasallante vigor de realidad, con que las imágenes de su pesadilla resucitaban y apremiaban su memoria. Contornos, colorido, plasticidad, voz... todo lo aunaban aquellas ficciones; hubiesen tenido existencia objetiva, y no le hubieran impresionado con mayor fuerza que cuando nacieron en su propio espíritu.

Toribio, ya completamente despavilado y sobre sí, no sabía aún si lo sucedido era una verdad tan espantosa que parecía sueño, ó una pesadilla de tal bulto y relieve que pudiera equipararse con la realidad. Estérilmente buscaba en su interior; la meditación, lejos de esclarecer su conciencia, la embarullaba. Estaba cierto de haber hablado allí mismo con don Gil Tomás: le vió, oyó su voz, sintió en su mano ruda el frío de la suya, blanda y suave...; y Rita, sin embargo, le aseguraba que todo aquello, al parecer tan irreductible, tan terminante, tan vivaz, había sido sueño. ¿Pero era posible que los cinco sentidos de un hombre, aplicados simultaneamente al conocimiento del mismo objeto, se equivoquen así?...

Intrigada por los enigmáticos ojeos de su hermano, la mujerona exclamó:

—¿Qué haces?... Me das miedo. ¿Quieres hablar?

Toribio Paredes tardó en responder. Meditaba. Repentinamente se levantó y de un salto desapareció en la alcoba. Iba á vestirse. Necesitaba penetrarse de la certidumbre ó mentira de lo sucedido; de lo contrario parecíale que la zozobra le volvería el juicio. En un santiamén se puso el pantalón, se endosó la chaqueta y, sin calzarse, para ganar tiempo, regresó al comedor. En su rostro flotaba una vaguedad de locura, un miedo de superstición. Ella le preguntó:

—¿Dónde vas?

Su hermano arqueó las cejas y se llevó un índice á los labios.

—¡Chist!... Luego te lo diré; aguarda...

Abrió la puerta y salió á la calle, y en el silencio Rita oyó la carrera sorda, vertiginosa, de sus pies desnudos. La mujerona le esperó, acurrucada en un escabel, las manos de gruesos artejos cruzadas delante de las rodillas. En el reloj de la iglesia sonaron las doce: la hora de la bruja. Transcurridos pocos minutos volvió Toribio; jadeaba y el cansancio le descoloría los labios; en cada una de las profundas arrugas de su frente el sudor ponía un hilo de plata. Ella interrogó:

—¿Qué traes? ¿Viste algo?

El se desplomó sobre una silla. Luego, acercando mucho las cabezas, los dos hermanos empezaron á hablar. Toribio procuró explicar su alucinación: era algo muy raro.

—Yo—dijo—acababa de acostarme y sin duda dormía. Sólo recuerdo que me circundaba una oscuridad profunda. De pronto, pienso: «Ahí viene don Gil Tomás». No le veía aún, pero estaba cierto de que se hallaba aquí. Después fué como si el alma se me hubiese salido del cuerpo para acudir á recibirle; porque yo sabía que mi cuerpo se quedaba allá, en la alcoba, y, sin embargo, yo, es decir, mi conciencia, mi pensamiento, se personaron en esta habitación, y todo lo apreciaban y reconocían según ahora lo veo: la lámpara encendida, los muebles, los cuadros, tú cosiendo al lado de la mesa... «Mi hermana—discurrí—no puede verme; me cree dormido...»

Se interrumpió y de nuevo sus manos acariciaron lentamente su frente absorta y estrecha. Su concepción tenía una diafanidad y sus palabras una elocuencia compendiosa y justa, que impresionaron á la mujerona. Diríase que en el oscuro cerebro de Toribio vibraba aún la luz de otro entendimiento más sutil. El bujero continuó subrayando y fijando bien las palabras con el ademán:

—Yo estaba ahí, en semejante sitio y de cara á la ventana, cuando apareció por ella don Gil. En su mirada comprendí que necesitaba anunciarme algo grave y secreto, y sin detenernos subintramos en la alcoba, donde mi alma, no sé cómo, volvió á meterse dentro de mi cuerpo. Todo lo que cuento tardaría en ocurrir segundos nada más. Al llegar este momento hay una sombra; el sueño parece interrumpirse; luego se reanuda del siguiente modo: Yo me hallaba acostado, boca arriba, y don Gil sentado al borde de la cama, la cabeza vuelta hacia mí; y como es tan pequeñito, los pies no le llegaban, ni con mucho, al suelo. Entonces hablamos...

Calló Toribio unos segundos y después su voz fué más débil y tuvo una emoción punzante de confesión y de drama.

—¿Sabes lo que me aconsejaba don Gil?...

Ella le interrumpió, anhelante:

—No, pero sí lo que tú contestabas. Tu decías: «No puede ser; eso no puede ser».

—Así le repliqué, en efecto... porque don Gil pretendía que entre tú y yo matásemos á Frasquito. Porfió mucho. «Yo me encargo—añadía—de que nadie lo sepa; pues si el juez sospechase de vosotros, yo iría por las noches á su cama, y en hallándole dormido, le quitaría esa idea...»

En el supremo interés de un silencio, Rita Paredes dejó caer estas palabras terribles:

—También á mí muchas veces, en sueños, don Gil Tomás me aconsejó lo mismo. Dice que Frasquito Miguel tiene mucho dinero.

La cabeza roja de Toribio palideció, y en su repentina lividez las pecas bermejas de las mejillas se acentuaron y dieron al rostro insana expresión.

—¡Ah!... ¡Tú lo sabías!...

—Dice que el dinero lo esconde en el patio.

—¿Entre las raíces del chopo?

—Eso es; y que lo tiene metido en tres grandes orzas.

—En tres grandes orzas verdes.

—Justo, hermano; ¡hasta el color!...

Cuchicheaban presurosos, arrebatándose mutuamente las palabras de los labios, trémulos de codicia. Rita habló de aquel temblor amarillo y amorfo que momentos antes vió ir desde la ventana al cuarto de Toribio, y éste ratificó sus declaraciones. Sus ojos volvíanse automáticamente hacia la puerta de salida.

—Al marcharse don Gil—exclamó—quise preguntarle algo que ahora no recuerdo, y para alcanzarle me tiré de la cama. Fué entonces cuando tú me detuviste, preguntándome adónde iba y si estaba soñando. Dormido me hallaba, efectivamente: pero despierto y bien despierto y con toda la luz del sol encima, considero imposible ver las cosas mejor de cómo yo las veía; y así, aun después de reconocer que toda mi conversación con ese hombre fué obra de embeleco y pesadilla, para cerciorarme más de ello salí á la calle. Llegué hasta la casa de don Gil, y anduve examinando los balcones por si en alguno de ellos había luz. Mas todos estaban oscuros y la verja del jardín cerrada con llave, como siempre...

De la maravillosa avenencia y exactitud de sus ensueños dedujeron ambos hermanos la existencia incuestionable de un tesoro; y que dicha fortuna, que debía de ser cuantiosa, el señor Frasquito la guardaba allí mismo, metida en tres magníficas orzas verdes, bajo las raíces del chopo legendario. Ni un momento detuviéronse á pensar que el motivo probable de aquella comunidad de alucinaciones fuese la ardiente fe que los dos tenían en la riqueza del señor Frasquito; tampoco les alarmó el interés, al parecer injustificado, de don Gil, en despojar al antiguo contrabandista de sus riquezas y hasta de la vida, para beneficiarles á ellos. Su avaricia desbridada de súbito por la proximidad del oro, todo lo juzgaba llano y fácil. Viejo y medio baldado Frasquito Miguel, ¿para qué iba á vivir más? Y, considerando su innoble afición al alcohol, vicio que, día por día, exaltaba su degradación y embrutecimiento, desembarazarle de la existencia era un crimen tan oportuno, tan de justicia, que casi tenía el perfil de una caridad.

Los dos hermanos seguían agitando en silencio la hórrida tiniebla de sus instintos, y sus torvos magines caminaban tan paralelamente, que cada cual veía reflejarse sus propias ideas en los ojos crueles del otro. Asesinar á Frasquito, pero de modo que nadie lo supiese, robarle y en seguida huir del pueblo. ¿No dibujaban estas tres afirmaciones una línea recta, fácil y de absoluta lógica?... Nuevamente Rita y Toribio Paredes volvían á reunirse en el espanto de los mismos propósitos, concatenados siempre, á despecho del sexo y de los años que anduvieron separados, por el genio sanguinario de su infame raza. Allí estaba el estigma, la herencia, que convierte al pasado en futuro, y lo instituye inmortal. En la realidad, como en el mundo de lo soñado, sus espíritus marchaban sobre los mismos fangales. ¡Oh!... ¿Por qué el Azar no les habría permitido aliarse un poco antes?...

El rumor de unos pasos inseguros y tardos, que acababan de sonar en la calle, delante de la ventana, interrumpió la conversación. Llamaron á la puerta y Rita salió á abrir. Era Frasquito Miguel. Representaba cincuenta y tantos años: era de mediana estatura, el busto delgado y ancho, las piernas débiles; sobre el tinte bronce de la piel, sus viejos cabellos tenían una albura brillante de plata. El rostro afeitado, expresaba cobardía y humildad.

—Buenas noches—murmuró.

Según costumbre, el señor Frasquito iba borracho. Sin mirar á sus familiares, muy rígido, para guardar mejor el equilibrio, el paso corto, el sombrero sobre las cejas, dirigióse hacia su habitación. Como nadie contestase á su saludo, repitió:

—Buenas noches.

—Buenas noches—dijo Toribio entre dientes.

—¿No cenas?—preguntó Rita.

El repuso balbuceando:

—No.... no..., no tengo ganas..., gracias. Buenas noches...

Si Frasquito Miguel hubiese visto la mirada roja, implacable, que los hermanos Paredes cambiaron, no habría podido dormir.

V

Don Gil Tomás, el hombre más chiquito de Puertopomares, vivía en un hotelito de su propiedad situado en el Paseo de los Mirlos, á dos pasos de la Glorieta del Parque. Frisaba en los cuarenta y cinco años, y tenía un metro treinta y nueve centímetros de estatura. Amén de ser el vecino más pequeño era también el más original, lo que le infundía á despecho de su hurañoso retraimiento, notoriedad indiscutible. Sin cultivar la amistad de los ricos ni fraternizar demasiado con los pobres, sin militar en ningún partido político, ni exhibirse, ni hacer nada que pudiese atraer la pública atención, aquel individuo minúsculo ejercía sobre sus conterráneos un raro dominio, una especie de fascinación á distancia. Comía de sus rentas, hablaba poco, gustaba de pasear solo y en su casa, donde le acompañaban dos criadas, que eran también sus mancebas, nunca recibía visitas. Una indefinible emoción de silencio le precedía, le acompañaba y quedaba flotando tras él. Cuando iba por la calle los ociosos que tertuliaban delante de la botica de don Artemio y de la Fonda del Toro Blanco, interrumpían sus diálogos al verle acercarse, le cedían la acera y le saludaban con un comedimiento que parecía encubrir un temor; luego que había pasado, todos, á la vez, se quedaban mirándole. Si llegaba al Casino de noche, lo que ocurría pocas veces, instalábase aparte y ojeaba los periódicos. No buscaba relaciones, pero tampoco negaba á nadie su saludo; ni amiguero ni misántropo, mostrábase cuidadoso de no rebasar nunca los límites vulgares; y, sin embargo, todos le atisbaban, le espiaban y añadían á su equilibrada conducta interminables apostillas. Aquel hombrecito que, para subirse á los divanes necesitaba ponerse de puntillas y ayudarse con las manos, y cuyos pies, una vez sentado, quedaban colgando como los de un pelele, tenía una capacidad centrípeta enorme.

Buena parte de este poder provenía evidentemente de la fuerte extravagancia de su figura.

Tenía don Gil los hombros angostos y caídos, lo que entristecía su empaque, y una de esas cabezas voluminosas, estrechas de occipucio y muy bombeadas y crecidas de frontal, sobre las cuales los sombreros nunca ajustan bien. Su rostro afeitado, largo y huesudo, iluminado por la expresión metálica de los ojos, era de color miel, de color de fideo, de esa tonalidad aceitosa que fluctúa entre el ocre caliente del azafrán y la enferma amarillez del pus. Aquel semblante digno, por sus proporciones, de un individuo alto, absorbía toda la vida de don Gil Tomás y causaba, efectivamente, en cuantos le veían, impresión anormal y durable. El resto del raquítico cuerpo, vestido en todo tiempo de negro, con sus calcetines blancos, sus zapatos de becerro y aquellas camisas de cuyos cuellos, siempre un poco anchos, el pescuezo ahilado y pajizo emergía con la tristeza de un lamento, era nimio y despreciable; lo mismo que los pies, diminutos como los de un niño, y las manos blandas, suaves y frías. La cara, en cambio, irradiaba un vigor truculento, alucinador, de pesadilla; la frente cavilosa, la nariz aguileña, las pupilas de color de cobre, las orejas delgadas y erectas, los labios bermejos, finos y crueles, como los bordes de una cuchillada por donde toda la sangre de las mejillas se hubiese vertido. ¡Contraste terrible! Sobre aquel cuerpecillo negro, aquella cabeza grande y gualda, tenía la expresión lívida, la expresión de eternidad, de una cabeza trunca.

Por esto, á pesar de su parvedad, la silueta de don Gil antes era grave que ridícula. Si, á primera vista solía mover á burla, luego de examinada unos instantes, imponía seriedad. El observador adivinaba tras ella un misterio. Descolorida, impasible, con una inalterabilidad de ausencia, poseía el vigor sigiloso del enigma. Atraía, obsesionaba, y la emoción de su silencio se clavaba en las almas como un rehilete.

Contribuía á robustecer esta expresión la tristeza absoluta, jamás interrumpida por ningún accidente ó donaire, de don Gil. Nadie, ni siquiera don Juan Manuel Rubio, el diputado, que gozaba fama de gracioso, podía jactarse de haberle visto los dientes. Los labios, poco platicadores de don Gil, ignoraban la simpatía de la risa; movíanse para conversar, para bostezar, para besar tal vez; pero desconocían la hilaridad. Si estaba muy contento, sus ojos metálicos brillaban un poco más que de ordinario; eso era todo; su mejor humor no pasaba de ahí. Aquel enano amarillo y pequeño, no había reído nunca.

Cuando don Gil Tomás llegó á Puertopomares, seis ó siete años antes, la expresión estática y punzadora de su rostro astral, atrajo la curiosidad de cuantos ociosos había en el andén. Todos miraban sorprendidos aquella cabeza robusta sembrada sobre un tórax raquítico que apenas alcanzaba á la ventanilla del vagón, y creyeron pertenecía á un individuo excesivamente alto y flaco, que iba sentado; la general expectación trocóse en estupor y sonrisa, al abrirse la portezuela y resultar que la persona á quien tan descomunal cabeza correspondía, estaba de pie. Sin embargo, ni aun entonces la figura del hombrecillo fué objeto de mofa. Algo magnético le nimbaba y defendía como una armadura, y todos los vecinos, tácitamente, experimentaron su imperio. Con don Gil caminaba un enigma, y su mirar helado, turbio, sin parpadeos, como el de los ojos de cristal, descendía á lo más hondo. ¿Hubo nunca nada más sospechoso, más inquietante, que un hombre serio y pequeñito?...

Meses después, el forastero compró un hotelito en el Paseo de los Mirlos, esquina á la Glorieta del Parque, y ello esclareció su nombre y sirvióle de recomendación. Quien más, quien menos, todos procuraban abordarle, y á excitar este deseo contribuía el mismo perezoso interés que él demostraba en rodearse de amigos. Al cabo, don Gil fué una de las personalidades más notorias de la población: su aire reservado, sus rentas, que le permitían vivir holgadamente mano sobre mano, la circunstancia de no tener deudos y aquella facilidad con que, cual por arte de embeleco ó sugestión, supo convertir en coimas á las dos lindas mozas que tomó á su servicio, sirvieron á su alfeñicada figurilla de plataforma. Al contrario de lo que sucede á muchas personas, que se desprestigian según de más cerca se las trata y conoce, aquel hombre pequeñito y hermético, enaltecía sus méritos cuanto mejor se mostraba. Sus sombreros hongos, muy encajados sobre el occipital y siempre estrechos para cubrir el hinchado desarrollo de la frente, el secreto de los labios sutiles, la delgadez dantesca de la nariz, la distracción perpetua de los ojos que parecían constantemente abiertos sobre el panorama de otra vida, la frialdad de sus actitudes, lo apaciguado de su caminar, rasgos y perfiles excelentísimos eran capaces de resistir el más descontentadizo análisis. Las gentes, sin razón ninguna, le admiraban, y por instinto le temían. Gracias á esta alabanciosa unidad de criterios, llegó á ser «una de las cosas» más notables de Puertopomares; se hablaba de él como de algo peregrino y selecto; se le celebraba, se aseguraba que su carácter y condiciones eran dignos de estudio, y todas sus palabras revestían importancia. Su fama igualó y hasta nubló un poco la del viejo castillo. Cuando algún forastero llegaba al pueblo, sus acompañantes le decían:

—Antes de que se marche usted queremos presentarle á don Gil Tomás. Seguramente no ha visto usted otro tipo tan raro. Es un hombre pequeñito, de color de boj, que no ha reído nunca...

A propósito de él é inspirándose en la brevedad de su nombre, don Juan Manuel tuvo una frase feliz:

—Me da la impresión—había dicho el diputado—de un monosílabo.

Esa inevitable concatenación entre los rasgos anatómicos y morales de cada individuo, resplandecía acentuadamente en don Gil, quien, dócil á la ley común, sumaba á su extravagante complexión y amarillez, otra anomalía de orden metafísico. Aquel hombre pequeñito escondía un misterio brujo y pavoroso; un enigma cuya virtud teúrgica el vulgo sagaz, aunque sin comprenderla, había adivinado.

Don Gil Tomás era natural de Puertopomares, de donde salió muy niño, y su madre, muriendo al darle á luz, pareció imprimir á su vida un sesgo trágico. Dos años más tarde su padre sucumbió á mano airada, sin que nadie pudiese averiguar quiénes fueron sus matadores, pues del número y clase de heridas que recibió la víctima dedujeron los peritos que debían los asesinos de ser dos, cuando menos. Al lado de su abuelo materno primero, y de un hermano de su padre después, pasó don Gil su adolescencia. Para ofrecer á la vanidad de sus deudos un título académico, cursó en Salamanca la carrera de Derecho, pero considerando la insignificancia cómica de su figura, no quiso abrir bufete ni casarse, y dedicóse con resignación y humildad ejemplares al cuido de su hacienda.

Esta vida de concentración y retraimiento, sirvió para dotar á su espíritu de estupendos y hechiceros vigores. Ya en los términos de la segunda juventud y sin motivo ostensible ninguno, experimentó su actividad cerebral una desviación peregrina. Apenas dormido, á su idiosincrasia cotidiana, apacible é isócrona, sucedía otra voluntad aventurera, peleadora y errante. Separada del cuerpo, su alma sabática corría libremente, multiplicando á capricho sus amoríos y sus viajes. Todos los furores sexuales represados por la insignificancia bufa de su figura en las horas de vigilia, reproducíanse con exasperadas vehemencias bajo la generosa égida del sueño. Entonces su espíritu ardía, tostábase y devorábase á sí mismo, como en una llama. Una clarividencia superhumana inundaba de luz sus potencias más nobles. Todo lo veía con mayor nitidez, y su facilidad para inmergirse en lo pasado, permitíale luego aventurarse y predecir con rara exactitud lo futuro. Dormido don Gil era inteligentísimo, elocuente, impulsivo, insaciable en sus determinaciones y apetitos, y no había diques, ni cerrados lugares, ni voluntad capaces de resistir á las apremiantes sugestiones de su deseo: en sueños el discutía con los hombres, les arrancaba sus secretos más ocultos, les dirigía, les imponía sus propósitos, y si le eran agradables les inspiraba ideas que más adelante, en el transcurso de los días vulgares, parecían surgir naturalmente del limo de sus cerebraciones inconscientes para convertirse en acción y provecho; él, finalmente, hallábase presente á todas las conversaciones, y horro de escrúpulos deslizábase lascivo y sultán en el lecho de cuantas mujeres hermosas, casadas ó doncellas, vió y apeteció en la calle.

Resucitaba don Gil la leyenda de los terribles vampiros, siempre prepotentes, sombras de muertos que, según la cosmogonía egipcia, acudían á disfrutar carnalmente de los vivos. Era el sabat, la epilepsia sexual que alimentaba el frenesí de la misa negra, la encarnación del deseo inmortal, del dios Deseo, insatisfecho perpetuamente. Era el brujo, que reía en el espanto de la Edad Media, y en su cuerpo mezquino vibraba, semejante á un imperativo específico inexorable, los millones de amores fracasados, de apetitos incumplidos, de sus progenitores. A tanto abarcaba el nocturno ambular de don Gil: y, á la mañana siguiente, nada: la inacción otra vez, la somnolencia de un vivir ocioso, la fealdad de su cuerpecillo enano, sobre cuyo semblante absorto, el cansancio de lo soñado iba añadiendo, día por día, una amarillez nueva...

Esta doble vida de la que, al despertar, no tenía conciencia, este agudizado instinto de lo arcano que le erigía en gnomo del misterio, permitiéronle descubrir los pormenores que rodearon el sangriento fin de su padre. La revelación, venida inesperadamente del mundo de las sombras, del mar sin orillas del eterno enigma, donde aguarda la muerte, realizóse durante el hórrido filar de una pesadilla.

Las denominadas ideas-imágenes ofrecíanse en el curso de aquel ensueño con espantosa limpidez: paisajes, figuras, conversaciones, hasta los pensamientos que no llegaron á traducirse en ademanes, ni siquiera en palabras, todo adquiría en la imaginación del dormido perfiles terminantes.

Soñó, pues, don Gil, que una tarde, su padre regresaba á Salamanca llevando consigo una fuerte suma ganada en el juego, vicio al cual el buen don Alonso rindió siempre pleitesía apasionada. Iba el pobre caballero, que á la sazón frisaba en los cincuenta años, gineteando una mula de muy rebelde y alborotadiza condición. El dormido dábase cuenta precisa de la hora crepuscular en que acaeció el lance: la color del cielo, el aspecto del campo, las ondulaciones del camino solitario, abierto entre boscajes de copudos castañares y de alisos. En un recodo umbrío, al lado de una fuente, Frasquito Miguel y su hermano Antonio esperaban á don Alonso con propósito de robarle y, por consiguiente, de asesinarle, pues no era el castellano hombre que mansamente se dejase desposeer de lo suyo. Al verle llegar, Frasquito Miguel, que le conocía mucho, salióle al encuentro, saludándole con señalada reverencia, y so pretexto de preguntarle el domicilio de cierta persona amiga de entrambos. Amablemente don Alonso detuvo su cabalgadura, y como fuese un poco fatigado, desestribó el pie izquierdo y sentóse á mujeriegas, la pierna de aquel lado puesta sobre el arzón delantero de la silla. En tal instante Antonio, que se había escondido tras unos árboles, disparó su escopeta contra el descuidado caballero, quien gravemente herido en la nuca cayó al suelo, donde Frasquito Miguel le remató á cuchilladas y desfigurándole de manera que costó después gran trabajo identificar el cadáver. Despojada la víctima de su dinero, los matadores huyeron, internándose en Portugal y sin dejar rastro de su fechoría.

Varias noches consecutivas soñó don Gil la misma escena, pero su intensidad era tan penetrante y dolorosa y removía con tal fuerza sus nervios que le despertaba, y así la truculenta película quedaba rota. Hasta que la repetición casi cotidiana de aquella pesadilla, desimpresionándole un poco, permitióle seguir adelante. Acompañó á los foragidos en su éxodo, vióles repartirse lo robado y emprender, unas veces en Portugal, otras en España, diversos negocios. Falleció Antonio Miguel de muerte natural en Coimbra, y su hermano Frasquito quedó sujeto á la vigilancia vengativa de don Gil. El alma del hombre pequeñito le sugirió, para perderle, el proyecto del matadero clandestino; luego iba á visitarle á la cárcel, atormentándole con infernales pesadillas, y más tarde asistió á los lances de contrabando, en los cuales, bien á despecho de su invisible enemigo, el señor Frasquito acrecentó su fortuna. Durante años, á lo largo de los caminos unas veces, otras en los dormitorios de las posadas, el esforzado espíritu del hijo de don Alonso, acompañó al criminal. El bujero llegó á sentir en torno suyo la presencia de algo adverso, y tuvo miedo; comprendíase expiado y adquirió la certidumbre de que el magnetismo de una voluntad enemiga le envolvía; de esto nació aquella costumbre de encerrarse con llave para dormir, de que Toribio y Rita Paredes diversas veces habían hablado.

La acción demoledora del tiempo, con alcanzar á tanto, no gastaba los caudales de odio que don Gil Tomás llevaba consigo; y á este rencor, estéril pues que no rebasaba los límites de lo subconsciente, obedecía la palidez alimonada de sus mejillas, el estupor constante y la expresión de frialdad y lejanía de sus ojos, la sobriedad esquiva de su trato, su aire siempre distraído y toda aquella emoción de pesadumbre y silencio, en fin, semejante á un vaho, que irradiaba su diminuta persona.

Tantas tempestades secretas no fueron, sin embargo, infructuosas: algo trascendió de ellas, algo dejó aquel hondo oleaje de rencores en las playas tranquilas de la conciencia; y fué que don Gil, sin conocer personalmente al señor Frasquito, experimentaba la necesidad de no separarse de él. Todos sus traslados y mudanzas respondían á esta causa ignorada. Así, mientras Frasquito Miguel estuvo en Badajoz, allí vivió don Gil; y cuando el bujero alzó su tienda bohemia para trasladarse á Avila, don Gil, sin saber por qué, comenzó á aburrirse en Badajoz y á pensar que en la ciudad de Avila viviría mejor. Sus amigos, sorprendidos de aquellas aficiones vagabundas, solían preguntarle:

—¿Por qué viaja usted tanto?...

El hombre pequeñito lo ignoraba.

—Es que me canso—decía—de ver siempre los mismos objetos: necesito variar...

Pero esta inquietud, esta avidez espiritual, no existían. En realidad era la atracción del señor Frasquito, lo que tiraba de él.

La aparición de don Gil en Puertopomares, acaecida un año después de instalarse allí Frasquito Miguel con los hermanos Paredes, señaló en la vida moral más íntima del vecindario un grave trastorno. La figura del enanito, vestido de negro, con su cabeza amarilla y sus calcetines blancos asomando entre el zapato y la fimbria del pantalón, impresionaba fuertemente á las mujeres, de día, y luego las acompañaba de noche en su alcoba. En amor, lo horrible y lo hermoso suscitan emociones análogas, y acaso por hallarse el espasmo sexual tan cerca de la alegría de la Vida como del horror de la Muerte, lo muy bello puede inspirar ideas de castidad, y el asco, en cambio, trocarse en tumultuosa lujuria.