I N C E S T O
BIBLIOTECA SOPENA
EDUARDO ZAMACOIS
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I N C E S T O
NOVELA ORIGINAL
[Illustration: colofón]
BARCELONA
RAMÓN SOPENA, Editor
PROVENZA, 93 A 97
Derechos reservados.
Ramón Sopena, impresor y editor; Provenza, 93 a 97.—Barcelona
INCESTO
| [CAPÍTULO: I, ] [II, ] [III, ] [IV, ] [V.] |
I
Mercedes dió las buenas noches y salió: iba triste, algo pálida, con las ojeras violáceas y la mirada errabunda y brillante de las mujeres nerviosas a quienes el tósigo de una obsesión impide dormir tranquilas; y los dos viejecitos permanecieron sentados, contemplándose con aire melancólico.
Él ocupaba un cómodo sillón canonjil de ancho y sólido respaldar. Era un anciano como de sesenta años, envuelto en una bata obscura que caía a lo largo de su cuerpo alto y enjuto formando pliegues de majestuosa severidad sacerdotal; el pecho era angosto, el busto débil se encorvaba hacia adelante, obedeciendo a esa viciosa propensión física de las personas que envejecieron sentadas, y sus manos, bajo cuya piel rugosa serpeaban grandes venas azules, asían los brazos del sillón con afilados y amarillentos dedos de convaleciente.
Aquel cuerpo blandengue, enfermizo y tan para poco, contrastaba poderosamente con la cabeza; una cabeza apostólica que recordaba la de Ernesto Renán en sus últimos tiempos, y en la que aparecían acopladas la noble majestad de la vejez y la bizarra gallardía y el vivir heroico de la juventud.
Tenía la frente de los grandes pensadores, alta, bombeada y prolijamente surcada por el pliegue vertical de la reflexión y las arrugas horizontales que trazan paralelamente los largos esfuerzos imaginativos. Aquella frente entristecida por la ancianidad era una confesión, la novela de un hombre muy vivido, la página más conmovedora y elocuente de una obra maestra: frente serena y grave que seguramente concibió peregrinos pensamientos, que sintió muy hondo y padeció decepciones crueles recorriendo la dolorosa lira de las sensaciones: la ambición, enemiga del sueño, el odio mortal hacia el vulgo, adorador estúpido de esas medianías a quienes un caprichoso vaivén de la suerte colocó en el cenit de una popularidad inmerecida; las zozobras que preceden a los grandes combates artísticos, el inexpresable contento de las esperanzas realizadas, el torcedor recuerdo de las ilusiones perdidas... y que, tras largos años de trabajo cruel, aparecía rugosa y marchita, como el vientre de las mujeres fecundas que parieron mucho. Las cejas eran blancas, fuertes y pobladas; los ojos azules y hermosos, tenían el mirar inmóvil, firme y soñador de los espíritus retraídos entregados a interminables soliloquios; la nariz aguileña, los labios finos y nerviosamente cerrados, el rostro dantesco, seco y enjuto, sin pelo de barba ni resquicio de bigote, y sobre las orejas se abarquillaban los cabellos sedosos y blancos, simulando con bastante exactitud la forma de las antiguas pelucas palaciegas. Así aparecía don Pedro Gómez-Urquijo, el narrador inimitable de los amores sensuales: apoltronado en su recio sillón de trabajo, envuelto en su bata, con su rostro enérgico, sus ojos buídos y ardientes de antiguo apasionado, sus largas y marfileñas manos de convaleciente y su busto angosto que parecía soportar trabajosamente el peso de la cabeza, demasiado grande, tal vez.
Sentada delante de él, Balbina Nobos, su mujer, le miraba atentamente, como quien se dispone a escuchar interesantes revelaciones. Era una viejecita regordetilla y simpática, vestida de negro, que ponía gran esmero en el aliño y afeite de su persona, y en cubrir sus años valiéndose de la feliz capacidad que tienen para ello las mujeres pequeñas.
Hubo un momento de silencio, durante el cual Gómez-Urquijo pareció abismarse en retorcidas cavilaciones.
Luego dijo:
—¿Dónde va Mercedes?
—A su cuarto, a dormir—repuso Balbina clavando sus ojos lagoteros de mujer sumisa en los profundos y graves de don Pedro, y añadió:
—¿Por qué lo decías?
—Porque cuando salió de aquí llevaba un libro.
—¿Lo viste tú?
—No... pero casi todas las noches suele dormirse leyendo.
—¡Ah!
Ella frunció ligeramente el sobrecejo, presintiendo la confesión de algo muy importante. Él prosiguió:
—Debías habérmelo dicho.
—Pues... no he pensado en ello... ¿Hice mal?...
Gómez-Urquijo no respondió.
—Yo ignoraba que las lecturas nocturnas fuesen perjudiciales—agregó Balbina—; Mercedes tampoco lo sabe. Se lo advertiré mañana... o luego...
Hablando así aproximó su sillita al sillón, fijando siempre en don Pedro sus ojos preguntones y solícitos de hembra complaciente. Balbina no adivinaba lo que el anciano quería decir.
—¿Son malos los libros?—murmuró.
—Sí—repuso él con voz profunda—; sí... muy malos; y cuanto mejor escritos, más funestos, más ponzoñosos, para la impresionable juventud que lleva los inquietos sentidos abiertos al pecado.
De pronto, cual si un ladino y sutil ingenio de psicólogo práctico hallase relaciones entre ciertos pormenores reales y las lecturas de Mercedes, agregó:
—Dime: ¿Carmen y Nicasia vienen mucho por aquí?
—Sí, muy a menudo.
—Y de Roberto Alcalá, ¿qué sabes?
—Nada... ¿qué puedo saber?
El rostro de la sencilla anciana reflejaba curiosidad y estupor supinos y, aunque nada comprendía, continuaba observando el semblante impenetrable de don Pedro con ese prolijo afán con que los ajedrecistas de buena cepa estudian el tablero.
—¿Es cierto—prosiguió él—que Carmen y Roberto tienen relaciones?
—No lo creo: yo les he visto juntos muchas veces y no me parecen novios. Él la dice galanteos y ternezas que ella, a fuer de coquetuela, acepta riendo... pero no hay nada serio, nada formal.
—¿Y si Carmen y Nicasia fuesen el pretexto o la pantalla que Roberto y Mercedes emplean para comunicarse sin empacho?
Balbina se irguió en su asiento, arqueando las cejas y abriendo los ojos admirada.
—¡Cómo! ¡Imposible!... ¿Crees tú?... Yo nada he sorprendido.
—¡Oh, quién sabe!... Tú eres una inocente, una estatua que mira sin ver. Anda, entérate de si Mercedes se acostó, y vuelve...
Ella salió consternada, andando de puntillas, con el sigilo inconsciente de la mujer que en treinta años de vida conyugal se acostumbró a no interrumpir nunca el silencio que su marido exigía para trabajar. Gómez-Urquijo quedó inmóvil, con el rostro apoyado en la palma de la mano, absorto en la contemplación de algo siniestro.
La habitación donde estaba era un vasto despacho rectangular, en cuyos testeros había grandes armarios-bibliotecas con puertas de cristales, tras los que aparecían centenares de libros, unos encuadernados, otros en rústica, y todos hacinados en caótico revoltijo, cual si estuviesen contagiados de la impaciencia de la mano febril que los manejaba. A un lado, junto al balcón, estaba la mesa en que Gómez-Urquijo escribía: una legítima mesa de trabajo, grande y sólida, sobre la cual no había tinteros de plata, estatuillas de Sevres ni ninguna otra mala especie de chucherías inútiles, y sí gruesos rimeros de cuartillas y libros a medio abrir; y junto a un quinqué de bronce con pantalla verde, una copa llena de tinta. De allí había sacado Gómez-Urquijo toda su gloria artística: su Eva y su Cabeza de mujer, los dos libros que le granjearon un puesto de honor entre los primeros novelistas de su época. La luz del quinqué derramaba sus suaves efluvios verdosos sobre aquella mesa donde los papeles escritos, las cuartillas en blanco, los libros con las márgenes salpicadas de obeliscos y de signos misteriosos, comprensibles únicamente para su autor, yacían amontonados y en desorden, como los muertos en campo de combate; y luego se esparcía por el resto de la habitación, alumbrando débilmente los cuadros y los retratos prendidos entre los mimbres de elegantes esterillas japonesas, reflejándose en la cristalería de los armarios y batallando tímidamente con las sombras que invadían los ángulos extremas, mientras el borde superior del tubo recortaba en el techo un círculo luminoso, semejante al nimbo que rodea la cabeza de los santos que adornan las páginas de los libros místicos. Frente a la mesa, colgado de la pared, había un reloj, en cuyas entrañas de acero resonaba el isócrono y angustioso tic-tac del tiempo en marcha.
Gómez-Urquijo continuaba meditando con el mentón apoyado sobre la palma de una mano, y la dramática contracción del entrecejo daba tirantez y tersura a la frente, que brillaba en la sombra con este color amarillento de los huesos viejos. En tales momentos su imaginación, recorriendo intrincados caminos, procuraba avenir ideas que, juzgadas someramente, no podían guardar conexión alguna, y que, sin embargo, implicaban lazos alarmantes entre las lecturas nocturnas de Mercedes y aquel Roberto Alcalá, a quien sus agudas suspicacias de viejo mundano y de padre, suponían recuestando el corazón de la joven. Cuando Balbina reapareció, andando, como siempre, de puntillas, el anciano la interrogó con los ojos.
—Sí—repuso ella—, se ha acostado, duerme... Podemos charlar sin embarazo.
Había tornado a sentarse en la sillita baja, apoyada de codos sobre las rodillas de don Pedro, con los ojos muy abiertos por la curiosidad y la cabeza caída hacia atrás, en la actitud del niño que espera oír una narración interesante.
—Te hablaré—comenzó diciendo Gómez-Urquijo—como si me dirigiese a un compañero de profesión; o, mejor que a un literato, a un amigo íntimo, a un hermano... puesto que el acendrado amor que nos une pondrá seguramente tus alcances a la altura de mi discurso. Yo, querida mía, entregado como estoy a mi absorbente tarea de sempiterno componedor de argumentos, vivo algo fuera de la realidad, en desequilibrio perpetuo, y tardo mucho en apercibirme aun de los hechos más evidentes y triviales... Y cuenta que otro tanto ocurre también en ti, aunque por opuestos motivos; pues yo no acierto a servirme cuerdamente de mis ojos, por tenerlos empleados en la contemplación íntima de dilatados horizontes, y tú, por exceso de candor (la inocencia es una miopía del entendimiento), tampoco sabes darle útil empleo a los tuyos. No obstante, días pasados tuve un momento de lucidez, de vulgaridad, si tú quieres, que me ha revelado la pista de un gran secreto. Cierta noche, al entrar en el comedor, sorprendí a Mercedes apoyada de codos sobre la mesa, leyendo un libro, devorándolo... Al verme, lo cerró violentamente y procuró ocultarlo echando sobre él su pañuelo. Aquella turbación descubría un pecado. Entonces, sin embargo, no dije nada... porque nada se me ocurrió; pero salí llevándome grabada en la memoria la imagen de lo que había visto: a Mercedes, con los ojos abrillantados por la emoción leyendo un libro, soñando con él... ¡Caso extraño! Yo, que en nada reparo, porque tengo un carácter despreocupado, insensible a los pequeños acontecimientos de la vida vulgar, recomponía continuamente aquella escena, tan insignificante al parecer, y poco a poco, cuando mejor la examinaba, mayor gravedad revestía. De nada de esto hablé contigo, por no alarmarte; pero durante varios días la imagen de Mercedes leyendo me robó muchas horas de trabajo. Veía el comedor, con sus muebles, sus cuadros, y a nuestra hija bajo el torrente que proyectaba la lámpara suspendida en el comedio de la habitación, con los codos sobre la mesa y la cabeza entre las manos, cuyos blancos dedos parecían mesar nerviosamente los negros rizos de su crespa cabellera de apasionada; inmóvil, devorando una historia de amor, convertida, tal vez ella misma, en heroína novelesca. ¿Comprendes?... Aquello me perseguía, me obsesionaba; era un recuerdo ineluctable, pertinaz, torturador, como una pesadilla...
Calló un instante para sumar alientos, y en el silencio de la habitación resonaron las diez campanadas del reloj, que luego prosiguió tic-tac, tic-tac, cumpliendo su fatídica tarea de restarle segundos a la vida. Balbina permaneció suspensa y boquiabierta, sin vislumbrar aún el verdadero fin a que iba enderezado todo aquel discurso, y con un rostro sobre el cual las palabras del anciano habían estereotipado los rasgos de una estupefacción suprema.
Don Pedro continuó:
—En los días sucesivos me dediqué a observar a Mercedes minuciosamente. Créeme, los grandes novelistas, y yo que he triunfado puedo clasificarme entre ellos, poseemos extraordinarias facultades de observación. No vaciles, por tanto, en admitir mis sospechas como rigurosamente valederas. Mercedes tiene un secreto... La vi pálida, cabizbaja, con el semblante marchito por el recóndito y fiero trajín de las ideas fijas, y reconocí que algún grave cataclismo se operaba en su alma. Entonces, recordando que mis libros ofrecen mujeres aquejadas de ilusiones inasequibles y de sensuales desvaríos, y que tal vez mi hija fuese una de tantas románticas enfermas, pensé en Roberto Alcalá, como pude pensar en otro hombre cualquiera, y temí el influjo que las novelas célebres y cuantos libros atienden más al recreo y esparcimiento del ánimo que a la edificación de las conciencias, ejercen sobre las imaginaciones inquietas. ¿Comprendes ahora?
La anciana, en efecto, empezaba a comprender.
—Sí, sí—dijo—, quizá aciertes... Sin embargo, yo, que voy con Mercedes a todas partes y conozco a ese Roberto, nada he visto.
—¡Oh, naturalmente! Tú eres un espíritu candoroso, sencillísimo, que no sabe leer entre líneas, y esa ceguera tuya redobla mi inquietud...
—¡Oh, temo muchas cosas!... Temo que Mercedes se enamore de quien no lo merece, y de que el miserable explote en beneficio propio el corazón de nuestra hija, bastardeado por las enseñanzas de malos autores.
Se había retrepado colérico en su asiento, descargando una sonora palmada sobre el brazo del sillón; una ola de sangre arreboló sus mejillas, coloreadas habitualmente por el esfuerzo mental, y, bajo el doble arco de sus cejas blancas, los ojos brillaron iracundos.
—¿Quién niega—exclamó—, que Mercedes, excitada por la lectura de libros perversos, no codicie esos paraísos artificiales que finge la voluptuosa imaginación de las vírgenes ardientes, y pasiones y locuras y deleites sin guarismo?... Yo, que dediqué mi existencia a los libros, les tengo miedo. La influencia de las lecturas es más trascendental en la mujer que en el hombre, porque vuestra constitución es más delicada y más propicia por tanto, a asimilarse las ideas del autor. La virgen, ayuna, como se halla de toda impresión bastarda, lee ávidamente al azar, codiciosa de sorprender los secretos de una sociedad cuyo alegre rumor percibe a través de las puertas que la guardan. Aquel libro es el fruto prohibido, el mágico amuleto revelador de los secretos venusiacos que su inquieta doncellez vislumbra a despecho de los albos trampantojos de la inocencia, la llavecilla del mundo ignorado que habitan los risoteros gnomos de la felicidad y del deleite...
Gómez-Urquijo se detuvo.
Balbina continuaba pendiente de sus labios, mirándole fijamente, sin parpadear, como si en aquellos momentos solemnes las pupilas la sirviesen también para oír, fascinada por ese mismo recogimiento que inspiran a sus mujeres los grandes hombres. Aquello no era un diálogo; era un monólogo, una meditación en voz alta.
Urquijo prosiguió:
—La virgen lee y lee... sorbiendo el veneno de la realidad por sus ojos dilatados; unos capítulos suceden a otros, las escenas se multiplican. Allí aprende prematuramente las socaliñas de que las mujeres se valen para interesar el tornadizo corazón de los hombres, y los ardides que los conquistadores sagaces emplean para rendir la virtud de las mujeres; allí descubren que no siempre las esposas son fieles a sus juramentos y que hay innumerables artimañas para burlar la vigilancia de los maridos celosos; allí conocen el placer de las citas, los viciosos discreteos de los salones, los misterios de la alcoba, las artes de que han de servirse para acrecentar su hermosura y ser más apetecibles; allí, en suma, pierden el candor del espíritu, y sus imaginaciones tempranas envejecen rápidamente escuchando la voz enervante de la experiencia desencantada... Y ¡ah!... yo no permito que Mercedes, la hija de mi alma, sea una de tantas...
Habló largo rato, repitiendo las mismas ideas con porfía incansable.
—Sobre todo—agregó—, no quiero que lea ningún libro mío; ¡ninguno!
Balbina se estremeció. ¿Por qué? ¿Eran perjudiciales aquellos libros tan interesantes, tan apasionados y tan conmovedores que ella no pudo leer nunca sin llorar?
—Lo haré como tú mandas—dijo bajando la cabeza—; ¡pero todo lo que has escrito es tan sugestivo, tan admirable, tan hermoso!...
Durante treinta años, había asistido hora tras hora, a la concepción, planeamiento y ordenado desarrollo de aquellos volúmenes, base y escudo de la gloriosa reputación de Gómez-Urquijo. La idea primitiva, el concepto matriz de cada libro lo concibió Urquijo en el lecho, junto a ella, en noches interminables de vigilia cruel, durante las cuales el cerebro del artista trabajaba ayudado por las tinieblas del dormitorio, y sucesivamente fué viendo cómo aquella idea crecía y se perfeccionaba adquiriendo mayor nitidez y ramificándose con otras, y cómo el novelista bautizaba y movía los diversos personajes, intercalando en la narración sabrosos episodios y avanzando hacia el desenlace derechamente. Ella, en fin, mera espectadora de aquellas creaciones, las pensó y sintió tanto como su mismo autor, y luego había llorado de emoción repasando las cuartillas salpicadas de tachaduras y llenas de renglones trazados rápidamente, con esa letra gruesa y desigual de los hombres de acción y ayudado a la corrección de pruebas; y más tarde gustó, cual si fuesen suyos propios, los aplausos conquistados por el libro. En aquellos volúmenes había pedazos de su cerebro y túrdigas de su alma; los había visto nacer y desarrollarse, tal vez los inspiró... De suerte que al oír que Gómez-Urquijo abominaba de ellos, se atrevió a repetir varias veces y con los ojos bajos, a guisa de suave protesta:
—¡Como quieras, claro... eso nadie mejor que tú puede decirlo!... ¡Pero son tan hermosos, tan bonitos!...
—Sí, lo sé.
—Entonces...
—Por lo mismo que son muy hermosos, muy sugestivos, muy arrobadores... no quiero que los lea.
Ella repuso en voz muy baja, con una mansedumbre de sierva enamorada:
—No entiendo bien...
—¡Pero me entiendo yo... y basta!
Iba exaltándose, irritándose progresivamente en virtud de una idea que rebrinqueteaba vigorosamente por sus profundos y que no quería confesar. Era el gran secreto de su vida artística, la duda cruel que aheleó sus mayores triunfos, un misterio profesional incomunicable del cual se había preocupado pocas veces, y que entonces resurgía de improviso exigiendo una resolución definitiva y perentoria: el eterno combate entre lo moral y lo artístico, entre lo bueno y lo bello. Urquijo se frotaba las manos impaciente, nervioso; Balbina continuaba escrutándole atentamente, esperando una contestación.
—Pero di—añadió pasado un largo intervalo de silencio—; aclara mis dudas: ¿es que tus libros son malos?
El rostro venerable de Pedro Gómez-Urquijo expresó una angustia suprema, como si el íntimo combate que en momentos tales libraban el hombre y el escritor le desgarrase alguna fibra muy delicada, muy sensible. Pasados los primeros instantes de vacilación, el hombre y el padre vencieron al artista.
—Sí—repuso con voz apenas perceptible—; mis libros son malos, son libros funestos.
—¡Ah!
—Como autor, lo aplaudo y estimo dignos de parangonarse con los mejores; pero, como hombre que tiene hijas... ¿quieres que sea franco?... Pues, como padre... ¡palabra de honor!... los condeno.
—Entonces, ¿por qué los escribiste?
Formuló su pregunta, esa pregunta a la que tan pocos artistas geniales sabrían contestar, inocentemente, con la terrible ingenuidad del niño que dispara jugando sobre su hermano un arma de fuego. Urquijo se encogió de hombros, anonadado.
—¡Qué sé yo por qué los escribí!... Los artistas producimos fatalmente, obedeciendo a un exceso de vitalidad que bulle en nosotros, y experimentando al producir placer inmenso, mas sin tener conciencia exacta de la condición benéfica o perjudicial, útil o perversa de nuestra obra.
Hablaba balbuceando, no sabiendo cómo disculpar la nefanda labor de toda su vida: y conforme su aturrullamiento y desconcierto de ánimo aumentaban, Balbina, obedeciendo a un fenómeno inverso, se sentía por momentos más locuaz y batalladora.
—Tú sostuviste repetidas veces—dijo—que tus libros eran muy buenos, ¿recuerdas?
—Muy morales.
—¿Morales?... Sí, seguramente son morales... ¿Acaso hay en la ética algún principio incontrovertible?
Gómez-Urquijo titubeaba, disimulando su pensamiento con respuestas ambiguas, oscilando como el equilibrista que corre sobre una maroma; mientras la anciana, para quien la vida del gran hombre no tenía secretos, continuaba acorralándole entre líneas paralelas de sólidos e incontestables argumentos.
—Yo recuerdo—prosiguió—que antes de casarnos publicaste Eva, tu libro más leído...
—Precisamente.
—Y luego, Cabeza de mujer... que fué atacado sañudamente por los críticos.
—Sí.
—Te llamaban libertino, anarquista... Y tú escribías, en todos los periódicos, terribles artículos, defendiéndote.
Don Pedro hizo con la cabeza un leve signo de asentimiento.
—Mas, por lo visto, argumentabas con sofismas y no con razones de buena ley, ya que ahora reconoces que tus enemigos tenían razón. ¿Cómo, Pedro? ¿En qué pensabas cuando firmaste obras de las que ahora reniegas?
Gómez-Urquijo se había levantado y vuelto a sentar, encogiéndose de hombros, arqueando las cejas, moviendo febrilmente sus finos labios de hombre nervioso.
—En mis libros—dijo—consigné lo que he visto, lo vivido... ¡Es natural! Los viejos parecemos libros de historia; sólo acertamos a hablar de lo que fué... También reconozco que soy un escritor pagano y que mis novelas forman una especie de oración admirable en loor de la carne omnipotente... Mas, ¿para qué defender la castidad cuando es una negación del deseo fecundo, una virtud estéril, como la mayor parte de las mal llamadas virtudes?... Miserables envidiosos me atacaron... ¿y qué?... El mérito de los artistas, como la belleza de las mujeres, se mide por los malos deseos que enciende... ¡Guerra, pues! ¡Hay que dudar del valimiento del escritor que no fué combatido, como debemos discutir la hermosura de la mujer que nunca fué deseada!...
Y exclamó, agarrándose desesperadamente a este sofisma, más propio de un especulador que de un artista:
—Esos libros son buenos; sí, son buenos... Puesto que se vendieron por millares, conquistando el abrigo y el pan de toda nuestra vida.
—Sí, es cierto—repuso Balbina con los ojos arrasados en lágrimas—; ¡se han vendido! pero, al escribirlos... ¿no pensaste que tu hija podría leerlos alguna vez?
Continuaron hablando más de una hora, que fué para Gómez-Urquijo de cruel martirio. De pronto había descubierto el espantoso vacío moral que informaba la labor literaria de su vida; sus libros eran malvados, tenía miedo de su obra, porque fué la obra de un pagano enamorado únicamente de la belleza y de la forma. Lo que no había comprendido en treinta años de combates artísticos, sostenidos desde el periódico y desde la cátedra del Ateneo, acababa de vislumbrarlo de sopetón viendo a Mercedes triste y empalidecida por el vaho venenoso emanado de novelas perversas. Él quiso castigar rudamente a los hombres libertinos enervados en brazos del deleite, sin ambiciones, sin ideales, indiferentes al progreso social, como ruedecillas inútiles que nada significan en los complicados engranajes del dinamismo humano; y a las mujeres adúlteras que destruyen con sus torpes liviandades el santo concierto del matrimonio, base inamovible de la sociedad; y a los ricos que explotan la juventud del proletariado, amasando sus fortunas con el dinero arrancado cruelmente a la miseria de los demás; y a los próceres avillanados que arrastran sus pergaminos por el fango del arroyo, y a los jueces venales y a los escritores cobardes y a los prohombres que ponen su influencia a merced de las mujeres bonitas... Tal fué la misión nobilísima a que Gómez-Urquijo dedicó sus afanes: combatió todas las ruindades, todas las intransigencias, todos los fanatismos, y luchó por cuanto estimó bueno y justo ciegamente, con ahinco y tenacidad admirables.
Pero el camino que eligió para la realización de tan altos fines no era bueno. Para fustigar a los jueces que se venden, a los aristócratas emplebeyecidos y a los libertinos desnudos de toda virtud, hubo de pintar en sus novelas jueces sobornables y próceres vagabundos y calaveras contumaces y mujeres de las más diversas categorías y temperamentos... Y estos personajes, obedeciendo a la idiosincrasia pagana del autor, no llegaron a encarnar el pensamiento de Gómez-Urquijo: todas sus mujeres eran hermosas, adorables, viciosas y ardientes, pero con un vicio extraño, que parecía causa y resultado inseparables de su belleza misma, y que, lejos de rebajarlas, las magnificaba y disculpaba; y todos sus hombres, si eran criminales, licenciosos y perjuros, lo fueron por motivos de tal magnitud y consideración, que sus liviandades encontraban desde luego fácil escudo y defensa. Aquellas figuras, lejos de inspirar repugnancia, cautivaban, atraían, seduciendo y encadenando el ánimo del lector con hechizos de un sutil y quintaesenciado sensualismo; era imposible odiar a aquellos galanes tan bizarros, tan gentiles y limpios de toda ruin levadura, que vivían lejos del mundo, enmollecidos sobre el regazo de sus amadas; ni a aquellas mujeres, divinas dispensadoras del sumo bien, tan discretas, tan alegres, que desfilaban por las páginas de los libros con un embelesador clamoreo de carcajadas juveniles. Don Pedro Gómez-Urquijo se había equivocado; quiso hacer una obra y compuso otra completamente distinta: era imposible arrancar de la lira voluptuosa de Tíbulo los duros acentos regeneradores de Juvenal; y él, que pretendió enmendar equivocaciones y corregir defectos, era también, por temperamento, un corruptor, un gran libertino, un gran escéptico, un gran voluptuoso. Y esto el autor de Eva y de Cabeza de Mujer lo había descubierto repentinamente, evocando el recuerdo de aquella escena que tan profunda emoción causó en su ánimo: a Mercedes apoyada de codos sobre la mesa del comedor, con su cabellera corta y áspera, su rostro pálido y sus ojos enigmáticos y negros de apasionada: inmóvil, absorta, leyendo una historia de amor, soñando con ella.
—El daño es irreparable—murmuró tristemente—, pues, aunque yo podría echar por tierra de un solo plumazo el monumento literario de mi vida, ¿dónde hallar valor y abnegación suficientes para perpetrar tan cruel suicidio?...
Balbina Nobos, enternecida, lloraba abriendo mucho los párpados y sin estremecer un solo músculo de su rostro, y las lágrimas rodaban pausadamente una tras otra por sus mejillas pálidas y fofas de burguesilla honesta que envejeció a la sombra.
—En fin—añadió don Pedro, deseando concluir aquella conversación dolorosa—, no hablemos más de esto; te lo dije todo, lo he confesado todo, puesto que mi vida de artista no guarda misterios para ti. Ahora te aconsejo que cuides mucho a Mercedes, que avizores ladinamente todos sus quehaceres, que nunca la dejes salir sola a la calle. Vive alerta y con la barba sobre el hombro, Balbina mía, porque la tentación es demonio taimado para quien no hay conciencia inaccesible, ni sueño tranquilo, ni alcoba bien cerrada. Procura sondear su ánimo, infundiéndola confianza para que, sin empacho, te abra el cofrecillo sellado de sus secretos; participa de sus deseos, siente con ella, háblala de amores: si acaso notases que desea un aliado, finge ponerte incondicionalmente de su lado y en contra mía, para engañarme. Repítele aquello de: «A tu padre no se le pueden decir ciertas cosas, porque los hombres, etc...» Y si por un momento lograses hacerla olvidar que es hija tuya, veríamos logrados nuestros deseos; en el terreno de la confianza, los amigos suelen tener sobre los padres grandes ventajas. Hazlo así; yo no puedo ocuparme de todo...
Ella arqueaba las cejas con expresión dubitativa de persona a quien encomiendan una empresa muy superior a sus alcances. Gómez-Urquijo se había levantado, y mientras arrastraba lentamente su sillón hasta su mesa de trabajo, añadió:
—La tranquilidad de nuestra vejez descansa en el porvenir de Mercedes; los hijos son una prolongación de nosotros mismos. Mercedes es mi mejor obra; procuremos tú y yo que la posteridad no murmure de ella. Sería imperdonable que yo, que fuí víctima de mis libros, consintiera que la hija de mi alma lo fuese también.
Después, sentado delante de la mesa, consultó rápidamente un libro, cogió un puñado de cuartillas y púsose a escribir con esa letra ancha y gruesa de los espíritus vigorosos. Escribía sin vacilaciones, tachando muy poco, y mientras su mano derecha iba encerrando las ideas en rosarios interminables de palabras, los dedos de la siniestra mano oprimían nerviosamente las cuartillas, maltratándolas, como despechados de no poder servir para más altos menesteres. La pantalla verde del quinqué reconcentraba su luz sobre la mesa, y en la penumbra, agobiando el angosto tórax de Gómez-Urquijo, surgía su admirable cabeza apostólica, con su frente bombeada de pensador, sus grandes ojos azules abrillantados por el fulgor enfermizo de la inspiración, su nariz aguileña, sus finos labios de hombre nervioso, violentamente contraídos, y sus mejillas arreboladas por la sangre que el esfuerzo mental atraía al cerebro.
Balbina continuó acurrucada en su sillita, abstraída en la contemplación indecisa de esas imágenes incoloras y desligadas de toda noción de espacio y tiempo, que mecen el espíritu de los irresolutos. Luego, aburrida de sí misma y de la estéril vaguedad de su preocupación, se levantó y fué a sentarse junto a la mesa, deslizando sin ruido sus zapatillas sobre el suelo alfombrado. En seguida, tímidamente, murmurando un: «¿No te molesto?...» que no obtuvo contestación de don Pedro, alargó su mano, una mano plebeya, gruesa y salpicada de hoyuelos, y cogió un libro, uno cualquiera, que abrió por cualquier parte... La lectura le interesaba muy poco: lo importante era acompañar al anciano, al pobre compañero de su vida, que estaba allí, amarrado al ingrato sillón del trabajo, escribiendo para ganar el abrigo y el indispensable regalo de todos. Durante treinta años, Balbina Nobos había hecho lo mismo. Todas las noches, después de cenar, en cuanto Gómez-Urquijo ponía manos a su absorbente labor de emborronar cuartillas, ella iba a acompañarle, esperando la llegada del sueño, que no solía tardar. A veces el anciano levantaba maquinalmente la cabeza, y al encontrar la mirada de Balbina, preguntaba con acento breve:
—¿Qué haces ahí?...
Ella, cual si la hubiesen sorprendido en el momento de cometer una grave falta, respondía:
—Nada... estoy viéndote...
—¿Por qué no te acuestas?
—Luego, cuando acabe de leer...
Aquello era un pretexto; ella no leía, no hubiera podido leer, por más empeño que en ello hubiese puesto. Su espíritu candoroso de niña enamorada eternamente, permanecía embebecido en la contemplación idolátrica del hombre amado. Seis lustros de vida conyugal no bastaron a destruir el hechizo de aquella pasión. Mientras Gómez-Urquijo trabajaba, Balbina le ceñía en una mirada triste y de indefinible dulzura: los años, más tenaces en su obra demoledora que los gusanillos que destruyeron el puente de Milán, fueron modificando insensiblemente la expresión de aquellos ojos, que al principio miraban con afán inquieto de mujer celosa y más tarde declinaron empequeñeciéndose un poco conforme se marchitaban, y escondiéndose en el fondo de sus cuencas, desde donde observaban el mundo con una mirada dulce y melancólica de abuela. Gómez-Urquijo nunca llegó a darse cuenta exacta de aquella veneración que le tributaban, ni de aquellos ojos que le escrutaban, detallando las arrugas de su frente y los febriles movimientos de su mano; aquellos ojos que se secaron mirándole y bajo los cuales pudo decir, sin resquicio de hipérbole, que había encanecido. Balbina no tardaba en recibir el asalto del sueño que llegaba dominándola en seguida, con esa fuerza con que el cansancio se impone a la débil constitución de los viejos y de los niños: entonces cerraba el libro y se acercaba a don Pedro, ofreciéndole el beso de despedida; se lo daba en la mejilla o en la nuca, pero ligeramente y como a hurtadillas, para no distraerle; y luego salía dirigiéndose hacia la puerta con pasos silenciosos de enfermera.
Aquella noche Balbina, preocupada por las advertencias de Gómez-Urquijo, miró a su marido menos que otras veces. Pensaba incesantemente en la difícil comisión que acababan de encomendarla, y no sabía por dónde empezar ni cómo conducirse: aquello de captarse la confianza de Mercedes, hablarla de amores y fingirla protección y ayuda para así llegar más fácilmente a conocer la verdadera orientación de sus sentimientos... todo esto que el espíritu zahorí de don Pedro encontraba tan llano y accesible, a Balbina la parecía una quimera inejecutable, como la de tender un puente sobre un abismo. Interrumpiendo el silencio de la habitación sólo resonaba el tic-tac desesperante del reloj, y el vigoroso ir y venir de la pluma que corría sobre las cuartillas.
De pronto Gómez-Urquijo que, a pesar de su trabajo, había de estar pensando en las mismas ideas que a su mujer atormentaban, levantó la cabeza preguntando con repentino sobresalto:
—¿Harás lo que te dije?
—Sí.
—¿Pronto?
—En seguida.
—Desde mañana mismo...
—Sí, desde mañana; en cuanto me levante... veremos... Tú me ayudarás...
—Sí, yo te ayudaré; pero no te abandones fiándolo todo en mí...
Reanudó su tarea para interrumpirla momentos después.
—Infórmate bien—dijo—del carácter de sus amigas, de si tiene amores... apodérate bien de su ánimo; no pongas al alcance de su mano ningún libro que yo no conozca; y, especialmente, apártala de los míos... ¡No digo más!... Cuida mucho a Mercedes, presérvala de devaneos, siempre perjudiciales al recato y buen nombre de una doncella; líbrala de las malas amistades, del pernicioso contagio de los malos libros... y, a todo trance, cueste lo que cueste, guárdala de mí. Acuérdate, Balbina, que el peor enemigo de nuestra hija soy yo...
No dijo más, ni Balbina Nobos osó tampoco replicar palabra, y en el ámbito del despacho volvieron a resonar simultáneamente, con porfía incansable, como queriendo sobrepujarse el uno al otro, el rasgueo febril de la pluma, divina ejecutora de todo lo que queda, escarabajeando sobre las cuartillas, y el sempiterno tic-tac del reloj, abominable aparato contador de todo lo que huye.
Aquel combate se prolongó durante muchas horas: la pluma batallando por perpetuar el recuerdo de una vida, la gloria de un hombre; y el reloj fatídico negándolo todo, burlándose de todo, triturando la vida y la gloria entre las dos sílabas de su negación eterna: tic-tac, tic-tac...
II
El paternal ¡alerta! de Gómez-Urquijo llegaba tarde. Mientras los dos ancianos discutían los ocultos motivos que desde hacía poco tiempo iban trocando en mustio y retraído el antes expansivo y decidor carácter de Mercedes, la joven entró en su cuarto, encendió una luz y empezó a desnudarse prestamente, quitándose sus vestidos con una especie de horror: las enaguas cayeron delante de la mesilla de noche; el cuello de pieles y el corsé fueron arrojados sobre un sillón, y las medias enrolladas quedaron olvidadas sobre la alfombra, como anillos de una enorme serpiente rota...
Ya en el lecho, ese fiel encubridor de los grandes secretos femeninos, Mercedes sacó del seno un papelito plegado en varios dobleces, aproximó la luz para ver mejor y apoyada sobre un brazo con orientalesco abandono, púsose a leer, alargando el hociquillo, frunciendo el entrecejo y haciendo otros hechiceros mohines de mujer que no entiende bien lo que va leyendo. Aquel billetito era de Roberto Alcalá, quien la citaba para el día siguiente.
«Mañana, a las tres de la tarde, te aguardo en la plaza de Oriente, bajo los arcos del Teatro Real. Carmen o Nicasia irán a buscarte. No faltes. Te quiero con toda el alma. Recibe sobre los párpados mis mejores besos...»
Unos cuantos renglones compuestos de frases banales, escritos con lápiz sobre la margen de un periódico, y que no obstante encerraban todo un poema de pasión ardiente, las palabras más dulces del vocabulario amoroso, los compases más tiernos, más arrobadores del eterno vals de los deseos... Mercedes besó rápidamente la firma, avergonzada de reconocerse aquella tan grande debilidad pasional, y tornó a leer el billetito apreciando bien los pormenores de la cita.
«A las tres de la tarde... en la plaza de Oriente, bajo los arcos del Teatro Real.»
Y esto lo repitió varias veces, procurando grabarlo en su cerebro profundamente, recelando la posibilidad de que la amorosa esquelita se perdiese. De pronto, oyendo que doña Balbina iba acercándose por el carrejo con sus mesurados pasitos de enfermera, la joven extendió el brazo y apagó la luz, para que la creyesen dormida. Después sintió que empujaban la puerta suavemente y en la penumbra indecisa, recortada por el marco, apareció la silueta de la anciana, que alargaba la cabeza, conteniendo la respiración:
—Niña... Mercedes...—murmuró—; ¿duermes?
Ella no contestó, permaneciendo inmóvil y doblada sobre sí misma, hecha un ovillo. Balbina repitió bajando la voz:
—¿Duermes?...
La joven sonreía silenciosamente, recreándose con pueril ufanía en el engaño de su madre y comprendiendo que con aquel mutismo se ahorraba una conversación, por lo intempestiva, enojosa; pero muy luego dejó de reír, temiendo que delatasen su insonoro contento sus blancos dientecillos de lobezna, brillando en la obscuridad bajo la acción de aquel tímido resplandor lejano que recortaba el perfil de doña Balbina sobre la borrosa claridad del pasillo. En el silencio del dormitorio susurraba su respiración, suave y rítmica como la de quien se acostó muy cansado: y cuando la anciana, sin maliciar la superchería de que era objeto, cerró la puerta y echó de nuevo pasillos adelante buscando el despacho, andando siempre con sus cautelosos pasos de mujer tímida, Mercedes volvió a sonreír estremeciéndose toda ella de cabeza a pies, con una nerviosa sensación de regocijo y frío.
Durante algunos momentos estúvose queda, prestando oído atento, convenciéndose de que estaba sola y de que nadie volvería a quebrar el hilo de sus meditaciones. Pensó en Roberto, en los incidentes de la última cita, en los que acaso habían de salpimentar y embellecer la entrevista próxima...
El prodigioso secreto de abultar las cosas más insignificantes y restar importancia a lo realmente considerable y digno de ser tenido en mucho; el saber imprimir interés, novedad y pique novelesco a lo trivial, mientras se permanece en las situaciones extremas brazo sobre brazo, sonriendo a la muerte con esa tranquilidad admirable que infunde la inconsciencia del peligro; eso de olvidar lo repugnante, lo deforme, para mejor aquilatar la parte bella de los hechos, o de dulzurar las pesadumbres arropándolas en las consoladoras medias tintas de una suave poesía melancólica; esas sutiles metamorfosis psicológicas, esos trueques de sentimientos de tristes en regocijados y de alegres en nostálgicos; pero con una nostalgia que tiene algo de convencional, puesto que sólo produce una voluptuosa sensación de sufrimiento que nunca llega a la cruel mordedura del verdadero dolor; todo eso, tan delicado, tan altamente artístico, forma la felicidad inimitable de los veinte años. Cuando la inocente niñez deja de sonreír entristecida por los primeros balbuceos pasionales de la ardiente mocedad, el mundo se transforma y una nueva existencia saturada de perfumes jamás aspirados, de lejanías nunca vistas y de tiernos arrullos no escuchados, surge de la vacía existencia infantil. La retozona pubertad acaricia los nervios con lúbricos cosquilleos, la sangre corre bajo la piel inspirando una necesidad perentoria de luchar, de emplearse en algo; por las noches, en el silencioso recogimiento de los dormitorios que abrigaron la desvalida niñez, que acaba de pasar, se oye el recio bataneo cardíaco y los oídos zumban, aturdiendo el cerebro del adolescente con murmujeos extraños, cual si aquella sensación, puramente física, fuese el eco con que responden las alcobas honradas al lejano desconcierto de las pasiones... Y entonces es cuando por primera vez reconoce el joven que hay bajo el virtuoso techo del hogar paterno algo inexpresable que ahoga. El sol agostador del Deseo asciende lentamente, vistiendo el porvenir de púrpura y recamando el cielo añilado de la esperanza con cirrus que fingen caderas y voluptuosos contornos de mujeres desnudas; el vaho de las pasiones represadas sobajea la piel con efluvios magnéticos, la brisa susurra entre el boscaje vecino cantos de amor. Todo vibra en nosotros, todo conmueve intensamente, hablándonos un lenguaje sólo para nosotros comprensible: la alondra que trina en el espacio saludando los risueños resplandores del amanecer, la campana de la ermita que dobla, recordando con sus místicas vibraciones la celebración de la primera misa; las cigarras que cantan bajo los hierbajos durante las horas abrasadoras de la siesta; el búho que interrumpe con su grito fatídico el silencio hierático de los bosques; y de igual modo y aun en los momentos más diversos; los acordes de una música, la lectura de unos versos que responden a cierto estado de nuestro espíritu, el perfume que esparcen tras sí los vestidos de una mujer que pasa... todo interesa, y las impresiones resuenan dentro del alma con eco solemne, como retumban los ruidos del mundo en los ámbitos de las majestuosas catedrales antiguas.
Ésta era la turbulenta crisis psicológica porque atravesaba el espíritu de Mercedes.
Su niñez se había deslizado tranquilamente, sin hermanos con quienes jugar, sin amiguitas, siempre encerrada en casa, libre de esos menudos divertimientos que llenan la amariposada existencia de los niños. Al colegio no fué nunca; doña Balbina la enseñó a rezar, luego aprendió con su padre a leer, escribir, un poquito de geografía y de historia, con algo de aritmética y de ciencias naturales; y mucho más tarde estudió el piano con una profesora francesa que daba lecciones a domicilio. Los primeros años de su vida dejaron en Mercedes muy pocos recuerdos: siempre veía la misma escena, el mismo cuadro, silencioso y tranquilo; a Gómez-Urquijo encerrado en la modesta habitación que le servía de despacho, sentado delante de una mesita, escribiendo con los ojos muy abiertos y la mirada inmóvil del hombre que mira cosas distantes; y a doña Balbina trajinando por la cocina, ora encendiendo la lumbre, ora fregando cacerolas y platos, o bien en el comedor, repasando la ropa blanca que iba sacando de un gran cesto. Del semblante que entonces tenía doña Balbina, Mercedes no recordaba, sin duda, porque jamás hubo en él un rasgo vigoroso; pero sí conservaba, aunque vagamente, la imagen de su padre, con su larga melena de trovador, su nariz aguileña y su ancha frente, autorizada por el profundo pliegue vertical de la reflexión y de la cólera.
Don Pedro permanecía en su casa poco tiempo, eran muchas las noches que no dormía en ella, y algunas veces estaba ausente tres y cuatro días. Aquellos alejamientos los soportaba doña Balbina con admirable resignación de mártir, y en su rostro amargado por un gesto de conformidad y de melancolía imborrables, jamás llegó a traslucirse ningún sentimiento anormal de impaciencia o despecho. Se levantaba temprano, preparaba el desayuno, iba y venía por las habitaciones barriendo, sacudiendo el polvo de los muebles, charloteando con su hija que la seguía a todas partes, hablando siempre una conversación infantil de mujer sencilla que sólo está separada de la niñez por los años. Todas estas operaciones de la mecánica casera las ejecutaba doña Balbina sin reír, sin levantar nunca la voz, silenciosamente, cual si hubiese algún enfermo grave muy cerca de allí; obedeciendo, tal vez inconscientemente, a la inveterada costumbre que tenía de no interrumpir a don Pedro en sus horas de trabajo. Por las tardes, doña Balbina se sentaba en el comedor a repasar las ropas que lo habían menester, o a leer; y si allí no había bastante luz, se trasladaba a la cocina que era muy clara, o al gabinete, pero nunca al despacho, cual si temiese profanar con su presencia la majestad del santuario donde su marido escribía. Después de cenar aquella joven, envejecida prematuramente por dentro, sentaba a su hija sobre sus rodillas y rezaban juntas; luego se acostaban. Algunas veces la niña preguntaba:
—¿Y papá?
Doña Balbina respondía invariablemente con su cristiana mansedumbre de cordera:
—Trabajando, hija mía; trabajando para nosotras...
Y se dormían la una en brazos de la otra, como queriendo consolarse mutuamente de la soledad en que vivían. Entonces tenía Mercedes siete años.
Cuando Gómez-Urquijo volvía, hija y madre acudían a recibirle. Él abrazaba a Balbina, besándola apasionadamente sobre los labios, deseando compensarla en un instante de sus tristezas y desamparo: luego aupaba a Merceditas, chillándola y zarandeándola hasta conseguir ponerla de mal humor. Balbina preguntaba:
—¿Dónde has estado?
—Por ahí... mujer, trabajando; ya sabes... La brega eterna. Anoche pensé venir, pero a última hora fuí a la redacción y luego me llamaron por teléfono desde la imprenta, para la corrección de unas pruebas... ¡Ah!... Los ensayos de mi drama han vuelto a interrumpirse: creo que la noche del estreno no llegará nunca...
Doña Balbina, olvidando completamente sus propias pesadumbres, murmuraba enternecida, besándole:
—¡Pobrecito, cuánto trabajas!...
—Sí, hija mía... mucho... Diríase que mi trabajo es de los que se pagan por horas.
Y no mentía: la palidez de sus mejillas y de su frente, el pliegue desdeñoso de sus labios, el círculo violáceo que rodeaba sus grandes ojos azules, traicionaban ese agotamiento íntimo del hombre que discurrió febrilmente durante muchas horas. Luego, como artista que antes de volverse al mundo de sus quimeras quiere conocer rápidamente la realidad donde vive, preguntaba:
—¿Cómo te encuentras?
—Bien.
—¿Y la niña?
—Ya la ves, hecha un torito...
—¿Ha venido alguien?...
Generalmente la respuesta era negativa, porque Gómez-Urquijo, para ocultar la modestísima estrechez en que vivía, cuidaba de no descubrir a nadie las señas de su domicilio. Después de aquel breve interrogatorio, don Pedro solía sacar del bolsillo un periódico que entregaba a su mujer:
—Toma y no lo pierdas...
—¿Qué es?...
—Poca cosa; un envidioso que habla mal de mí... Un artículo sangriento. Guárdalo; de todo eso necesito vengarme cruelmente cuando suene para mí, con la hora del triunfo, la hora divina de las represalias.
Después, sin perder minuto, se encerraba en su despacho, a escribir, y la casa volvía a sepultarse en su melancólico silencio de sacramental.
Aunque sujeto a la mesa del trabajo, el espíritu de Gómez-Urquijo llenaba todas las habitaciones. Doña Balbina parecía más animosa y sus ojos reflejaban el fulgor de un íntimo contento, había más graciosa soltura en sus ademanes, sus dedos manejaban la aguja con más facilidad; a cada momento salía del comedor y entraba en la cocina, inspeccionando la lumbre, destapando las cazuelas, para cerciorarse del buen estado de los guisos; y si Mercedes empezaba a cantar, la imponía silencio mansamente, llevándose el índice a los labios.
—¡Chist!—decía—calla... no molestemos a papá...
La presencia de Gómez-Urquijo le producía desasosiego invencible e iba a verle muchas veces, so pretexto de llevarle un vaso de agua o de arreglarle el quinqué; por su gusto hubiese estado siempre junto a él, a sus pies, apoyada de codos sobre sus rodillas, viéndole trabajar: pero se contenía temiendo distraerle y procuraba dominar su nerviosa inquietud en menudas labores, esperando que llegase la hora de cenar, única ocasión en que podía tener con don Pedro algunos momentos de conversación tranquila y sabrosa.
Mercedes, a despecho de su niñez, comprendía aquellas sensaciones que dejaron en su memoria una impresión que los años limadores no pudieron borrar.
Recordaba muy bien la distribución y ornamento de la pobre casita donde nació: con sus suelos sin alfombrar, sus ventanas sin visillos y sus paredes desnudas. Aquellas ventanas, por cuyos limpios cristales se veía en los días invernosos un gran pedazo de cielo gris y vastos solares cubiertos de nieve, iluminaban el interior de las habitaciones con una luz cruda y triste: eran habitaciones muy grandes que reforzaban con su vacuidad el vigor de los ruidos y en las cuales la falta de muebles movía inconscientemente a hablar en voz baja.
En medio de tan lastimosa estrechez, Mercedes era feliz, y profesaba un afecto especial a cada uno de los muebles que componían aquel modesto ajuar. Su madre la había enseñado a quererlos con un amor sencillo, firme y apasionado de fetiquista, cual si fuesen una prolongación de la familia, una especie de seres inferiores, semiconscientes, que les acompañaban y servían viviendo una existencia inexplicable. En aquel hogar la voluntad del cabeza de familia era omnipotente, y como todo procedía de él, todo también, y en justa compensación, debía servir para su regalo y agasajo. La cocina, con sus rimeros de platos y sus bruñidas cacerolas, el comedor con su mesita de nogal, su media docena de sillas y su espejo, un magnífico espejo adquirido milagrosamente en una almoneda, resto ostentoso de un opulento mobiliario deshecho; el dormitorio, con su amplio lecho matrimonial y su cunita de hierro; la casa, en fin, toda ella, con sus luces y su autoridad de hogar honrado, eran obra de Gómez-Urquijo, y las mismas doña Balbina y Mercedes, dos ruedas más de aquel andamiaje que don Pedro sostenía con su esfuerzo. Esta idea de su inferioridad y dependencia la aprendió Mercedes de su madre; ambas se consideraban débiles, pequeñitas, desprovistas de personalidad; don Pedro, todopoderoso y omnisciente, las autorizaba, y ellas eran algo infinitesimal que crecía al arrimo de algo muy fuerte...
El carácter extraordinario de Gómez-Urquijo, su imaginación ardiente siempre propicia al trabajo y su voluntad insensible a la fatiga, triunfaban en todos los momentos, y no tardó en sojuzgar el albedrío de la hija, como antes había rendido el espíritu de la madre. Y cuando por las noches, desde la cama, una y otra veían el resplandor de la luz que Gómez-Urquijo tenía encendida en su despacho, Mercedes se quedaba dormida bajo la molesta impresión de que su padre, tan bueno, tan batallador y tan sabio, estaba trabajando para ellas, labrando su porvenir, sufriendo por las dos.
Conforme Mercedes iba creciendo, su carácter fué complicándose y ofreciendo puntos de vista muy curiosos. Había heredado de su padre los rasgos físicos y los perfiles morales más sobresalientes: el talle largo y esbelto, la nariz aguileña, el mentón pronunciado que caracteriza a los fuertes de voluntad; y luego aquella imaginación inquieta, aquel cerebro de artista idolátrico adorador de la quimera, y las neurosis, apasionamientos irreflexivos y demás refinados desequilibrios de las sensibilidades exquisitas; y represando esta complexión batalladora que hacía de Gómez-Urquijo un luchador infatigable, tenía Mercedes el carácter retraído y sumiso de su madre; tan silenciosa, tan pronta a ceder ante el menor obstáculo. Había, no obstante, entre madre e hija diferencias notabilísimas.
Doña Balbina era un espíritu sin dobleces, de ésos que se conocen a la primera ojeada. Si hablaba poco era porque en su tranquila cabecita de mujer casera raras veces brotaba un concepto nuevo; y si se amoldaba fácilmente a las circunstancias era porque estaba segura de su poquedad y no se reconocía ánimos para rebelarse e imponer su capricho; y por eso vivía sin luchas, empequeñecida y como eclipsada por el genio dominador, absorbente, irresistible, del hombre a quien eligió por esposo, queriendo lo que él mandaba, pensando como él; su misión quedó reducida a acompañarle, a seguirle a todas partes, a esperarle días enteros sin sentir la horrible soledad que la rodeaba, y a recibirle siempre abnegada y cariñosa, confortándole cuando triste, aplacándole cuando irritado.
Mercedes no era así: su aislamiento, el ejemplo constante de su madre y el rostro grave y siempre pensativo de don Pedro, a quien veía reír contadas veces, domeñaron, pero sin rendir, la ingénita acometividad de su carácter expansivo. Había en ella una especie de doble naturaleza. Fantaseaba mucho y quería intensamente; pero el temor de hablar fuera de sazón o de no realizar sus deseos, la condenaban a eterna pasividad y a perpetuo mutismo; doña Balbina callaba y obedecía sin trabajo, porque no tenía nada que decir, ni albedrío que oponer a los acontecimientos adversos, y Mercedes callaba y cedía también, aunque por opuestos motivos, constreñida por un exceso inverosímil de amor propio; callaba porque temía expresarse mal, y obedecía sin protestas, recelando tener que atacar por fuerza lo que podía aparentar recibir de grado. Esta reconcentración producía en ella una superabundancia extraordinaria de voliciones y de ideas; ideas que no se concretaban en palabras, deseos que jamás tuvieron forma imperativa; sus facultades, por ende, conservaban toda su salvaje entereza; su orgullo no había padecido humillaciones, ni su voluntad sufrió directamente ningún mandato que mermase su brío y acerado temple: era, pues, el suyo, un carácter varonil que dormitaba representando su simpático papel de hija sumisa, más por cálculos de orgullo que por propia y natural condición, y que sólo necesitaba un pretexto para rebelarse, irreflexivo y batallador, oponiendo a las humillantes imposiciones del deber sus duras aristas de diamante.
Mercedes tenía un espíritu pagano. Siendo muy niña, su madre la enseñó las oraciones más sencillas, y por doña Balbina supo que hay un infierno reservado a los malos y un cielo muy bonito, con mucha luz y nubes de púrpura y turquí, entre las que revolotean traviesas comparsas de angelitos cantores; y que hay un Dios infinitamente misericordioso y justiciero, omnisciente, dispensador de beneficios, sensible a los ruegos, muy amigo de los niños y que se halla en todas partes... Y Mercedes amó a Dios; pues aunque su corazón, limpio de penas, no necesitaba los consuelos de la fe, la sedujo aquel cuadro místico, con el trono del Todopoderoso en lo alto, asentado sobre nubes de esmeralda, topacio y carmín, por las que pasaban aleteando y con regocijada algarabía racimos de cefirillos desnudos. Por las noches, madre e hija rezaban juntas, cada cual desde su lecho.
—Reza, Mercedes—decía doña Balbina—, pídele a Dios por nosotros, especialmente por tu padre y por ti... Dile que nos conceda muchos años de vida y muy buena salud...
Y esto lo suplicaba Balbina Nobos con tanto afán, porque creía firmemente que todas las oraciones infantiles llegan al cielo.
Mercedes, en efecto, rezaba, mas no poseída de la íntima emoción con que los ejercicios litúrgicos encienden el ánimo de los verdaderos creyentes, sino fríamente, de modo profano, sin otro fin que el de proporcionarse a sí misma el recreo de entrometerse por aquel cielo tan hermoso, poblado de colores y de majestuosas armonías, como la deslumbradora apoteosis final de una comedia de magia. Con los años, esta visión paradisíaca fué desdibujándose y perdiéndose, y más tarde, cuando Mercedes comenzaba a sentir esas soñarreras invencibles que anuncian en las vírgenes la llegada de la pubertad, concluyó por desaparecer completamente.
Aquella primavera, Mercedes cumplía trece años, y doña Balbina no comprendía que las noches de junio tienen opio para las niñas que van a ser mujeres. Después de cenar, delante de la ventana abierta por donde penetraban bocanadas de aire tibio, Mercedes se dormía fatalmente, bajo una especie de imperativo categórico, inevitable; se dormía en las sillas, en la mesa, con los brazos apoyados sobre el plato del postre; era preciso llevarla al lecho a puñados, con súplicas, con gritos de amenaza. Doña Balbina se desesperaba.
—Niña, reza. Reza, Mercedes... ¡Mercedes, no te duermas!...
Y medio minuto después repetía:
—Niña, reza...
Mercedes contestaba entre sueños, muy despacio, con la voz emperezada y casi ininteligible de los noctámbulos:
—Ya voy...
Y seguía durmiendo.
Algunas veces, Gómez-Urquijo, aburrido de oír a doña Balbina repetir siempre el mismo consejo, gritaba desde su despacho:
—¡Cállate, mujer; y reza tú sola!...
La voz colérica de don Pedro retumbaba en las habitaciones desamuebladas como un trueno, y doña Balbina, avergonzada y medrosa, no respondía; pero continuaba murmurando al oído de Mercedes con porfía de verdadero creyente:
—Reza, niña; si no rezas, Dios se enfadará contigo y tendrás sobre la conciencia el remordimiento de habernos perdido a todos.
Esto lo repetía una vez y otra, siempre en voz baja, zarandeándola por un brazo con una crueldad que apenas podía disculpar la santidad de sus propósitos; y Mercedes, al fin, rezaba:
«Padre nuestro que estás en los cielos, santificado...» pero entre dientes, separando las sílabas con el trabajo con que lanza sus últimos acordes la cajita de música que va quedándose sin cuerda.
Una noche, Mercedes, asustada por las ideas de eterna condenación con que su madre la amenazaba, rezó pidiendo al Cielo cuanto la era menester, aunque de un modo abreviado y compendioso:
—Señor: dales a mis padres mucha salud; otórgales largos años de vida, haz que me regalen una muñeca bonita y aparta de mí toda ruin tentación...
Así rezó Mercedes aquella vez, discurriendo, con esa lógica irrefutable de los niños, que pues Dios es omnisciente, no precisa pedirle circunstanciadamente y con lujo de galas retóricas, lo que Él ya sabe y conoce de antemano; y como este modo de discurrir halagaba su falta de fe y su sobra de sueño, la joven devota se dió con aquella media docena de frases, que casi recitaba maquinalmente, por muy tranquila y bien quista del Cielo.
Hasta que otra noche, en que su pereza era mayor y muy grandes sus deseos de concluir pronto sus oraciones de ritual, compendió cuantas súplicas hasta allí había expresado detalladamente, en una sola, inteligible, desde luego, para Dios, toda aguda perspicacia y sabiduría:
—Señor: tú ya sabes lo que yo deseo...
Y no dijo más, encomendando a la penetración y benevolencia divina el cuidado de deslindar y satisfacer con toda justicia sus honestos deseos.
Esta nueva costumbre ganó sin trabajo el espíritu gentílico de Mercedes: cansada de las inacabables oraciones que su madre la enseñó, reasumió tan enojosos jesuseos en una frase que la permitía armonizar su devoción con su modorra; más tarde compuso otras abreviaturas, luego rezó menos aún, después nada... Y hasta ella misma se admiró de la tranquilidad con que una noche, haciendo examen de conciencia, descubrió que hacía más de cuatro días que no rezaba...
Al desarrollo y exaltación de estas impías propensiones, coadyuvó eficazmente el estudio de la música.
Todas las tardes recibía Mercedes la visita de Mme. Relder, su profesora de piano. Una mujer alta, fea, pero muy elegante; siempre metida en un largo abrigo de terciopelo, con un gran sombrero negro y la sonrisa amable y triste y la mirada humilde de los criados que temen ser despedidos: llegaba, invariablemente, a la misma hora, llevando un rollo de papeles en la mano, alegre pero con un regocijo postizo y frío de diplomático, y dejando tras sí un fuerte olor a violetas.
El piano lo habían colocado en el gabinete; una de aquellas habitaciones desamuebladas y sin alfombrar, cuyo vacío tanto reforzaba la intensidad de los ruidos. Durante los primeros meses de aprendizaje Mercedes sufrió mucho; nunca sabía la lección, sus dedos torpes aporraceaban las teclas sin arrancar sonidos agradables, y llegó a odiar el gabinete donde estudiaba, con sus paredes desnudas y su ventana sin visillos, por cuyos cristales se descubrían vastos solares incultos y un gran retazo de cielo plomizo; y odió al piano, con sus destempladas notas de instrumento alquilado, y a Mme. Relder, angulosa y engabanada, sonriendo siempre y obligándola a repetir una vez y otra la misma lección.
Aquella antipatía, no obstante, fué declinando porque la música, como dijo Goncourt, es el haschisch de las mujeres. Mercedes, insensiblemente, iba rindiéndose al encanto filarmónico: los sencillos ejercicios calcados sobre los principales motivos de las grandes óperas, los aires populares de una sencillez y apasionamiento inexplicables, todo la divertía y emocionaba profundamente. En poco tiempo realizó progresos extraordinarios; pasaba muchas horas delante del piano, repasando cuidadosamente lo aprendido, venciendo dificultades nuevas, abandonando su alma inquieta al misterioso vaivén pasional de las melodías más dulces, sintiendo que todo ello evocaba en su interior el presentimiento de algo muy grande que había de llenar su vida.
La música es un arte de quintaesenciada excelsitud que emociona igualmente a los jóvenes y a los viejos: a los primeros hablándoles con la voz engatusadora de las promesas, porque todo lo ignoran; y a los ancianos que vivieron mucho y ya nada esperan, cantándoles el melancólico de profundis de los recuerdos; a veces es un arte triste, desengañado, escéptico, como un don Juan decrépito; otras modula acordes alegres, mefistofélicos, de una seducción irresistible, que arrastran a la orgía: como el dios Jano del paganismo, tiene dos caras; es el arte contemporáneo de todas las épocas, evocador de todas las remembranzas, allegador de todas las ilusiones, intérprete de todos los deseos; el arte que llora con Margarita, que muere con Traviata, que ama con Romeo, que despierta el patriotismo con Guillermo Tell, que se despide del mundo con Fernando, en La Favorita, que duda con Hamleto, que mata con Otello...
Mercedes, como las grandes apasionadas, sentía, a despecho de su candor, algo de todo esto. Los nocturnos de Chopín y las sinfonías de Beethoven sometían sus nervios a emociones contradictorias: unas veces la acometían deseos de llorar por dolores desconocidos que parecían cruzar aleteando, como aves fatídicas, muy cerca de ella; otras, ganas de reír, de moverse, con movimientos y esguinces desordenados de bayadera lasciva, y generalmente establecía prodigiosas conexiones entre los términos y conceptos más disparejos: así, por ejemplo, oyendo un tango, recomponía un cuadro de escenas andaluzas que Gómez-Urquijo tenía en su despacho; mientras los valses, ese baile favorito de los salones aristocráticos, la recordaban una copa de Champagne, desportillada e inútil, que su madre conservaba desde tiempo inmemorial en un vasar de la cocina, como trofeo melancólico de antiguos festines. Al año siguiente Mercedes ingresó en el Conservatorio y Mme. Relder, que confesó noblemente haber enseñado a su joven discípula cuanto sabía, fué despedida.
Todas las tardes salían doña Balbina y su hija llevando en una gran cartera de dibujo los papeles de música, cogidas del brazo como amparándose mutuamente contra los coches y transeuntes que a su lado pasaban, seguían por la calle Jacometrezo y luego atravesaban la plaza de Santo Domingo, dirigiéndose hacia el teatro Real. Doña Balbina acompañaba a Mercedes hasta la puerta del Conservatorio y después se iba para volver una hora más tarde, a la salida de clase.
Aquellos paseos cotidianos, aunque obligatorios, sirvieron a Mercedes de gran distracción y recreo. Caminaba de prisa, taconeando recio, con las manos metidas en los bolillos de su elegante gabancito gris, comprendiendo que la leve sombra proyectada por el ala de su sombrero redondo favorecía mucho la interesante palidez hebraica de su rostro y la negrura de sus ojos, contentísima de tener una ocupación que la forzase a salir diariamente, mirando a los hombres de soslayo y orgullosa de advertir que ellos también reparaban en ella...
Bien pronto trabó amistad Mercedes con algunas de sus condiscípulas, especialmente con Carmen, y Nicasia Vallejo, hijas de una pobre viuda conocida de doña Balbina; y tanto por esta circunstancia, como por vivir Carmen y su hermana en la calle Mesonero Romanos, casi esquina a la de Jacometrezo, Mercedes y sus dos improvisadas amiguitas, siempre salían juntas de clase. El cariño que desde los primeros momentos atrajo a las tres jóvenes, creció rápidamente. Carmen era la mayor, Nicasia la más pequeña, y aunque una contaba cinco años más que la otra, ambas tenían el mismo carácter, idéntico geniecillo ocurrente y risotero: eran dos cuerpos muy gallardos, gobernados por dos cabecitas muy locas. Carmen y Nicasia iban solas al Conservatorio. Cuando volvían de clase, Mercedes y sus dos condiscípulas subían en grupo por la cuesta de Santo Domingo, hablando de música o comentando algún sabroso incidente que hubiese ocurrido durante la lección; doña Balbina las seguía con los ejercicios de Kalkbrenner y de Clementi debajo del brazo.
Durante aquellos paseos, las tres amigas se referían los proyectos y aspiraciones que pensaban realizar en lo porvenir.
—Yo dedicarme al teatro—decía Carmen.
—¡Cómo!—exclamó Mercedes—: ¿vais a dedicaros al teatro?... ¿Y tendréis valor para salir a escena?...
—¿Por qué no?—repuso Nicasia riendo—; las actrices viven muy bien, ganan mucho... y además, la vida del teatro es muy alegre.
—Aunque así no fuese—dijo Carmen—, la renta que nuestro buen padre nos dejó al morir, es exigua, los gastos que tenemos muy grandes, y cuando hay la obligación de sostener una familia, urge trabajar... ¡Tú no sabes lo que es eso!...
Hablaba seriamente, con autoridad de mujer experimentada, y Mercedes la miraba sorprendida de verla tan reflexiva y previsora.
—¿Y tú—preguntó Carmen—, qué piensas hacer?
Mercedes se encogió de hombros, con la despreocupación del niño que aún tiene muchos años por delante.
—No sé...—dijo.
—¿Esperas casarte?
—Sí...
Carmen hizo un gesto vago y sonrió. Las mujeres predispuestas a caer, siempre se empeñan en afirmar que los hombres son incasables.
—Eso es difícil—dijo.
—¿Difícil?... ¿Por qué?...
—¡Oh!... ¡Qué sé yo!... ¿Tienes novio?
—No...
—¡Bah!...—interrumpió Nicasia—; si no buscas novio, ¿cómo vas a casarte?...
Mercedes se puso muy colorada: tenía reparo en confesar que no la dejaban salir sola a la calle y que jamás había hablado con un hombre.
—Nosotras—agregó Nicasia con esa despreocupación que infunde la inocencia de las niñas o la impudicia de las cortesanas—hemos tenido muchos novios...
Los progresos musicales de Mercedes eran tan rápidos, que bien pronto figuró entre las alumnas más aventajadas de la clase. Carmen Vallejo, que no era envidiosa, le aconsejaba:
—Tú debías seguir nuestro ejemplo y dedicarte al teatro. Tienes muy bonita voz, eres guapa... Yo, el año próximo, ingresaré en la clase de declamación...
Mercedes movía la cabeza tristemente.
—A mí también me gustaría ser actriz.
—¡Oh, no puedo!
—¿Por qué?
—Porque... no me dejarían mis padres.
—Tonta... a tu madre la convences en seguida, y a tu padre... ¡quién sabe!... sobre todo, los verdaderos artistas, los artistas de corazón, no deben acatar más dueño que su propio instinto, y seguir resueltamente por donde ese instinto les dirija...
—¿Y a ti, te dejan?—preguntó Mercedes preocupada.
—Sí. Mi madre no aplaude nuestra determinación, pero tampoco se opone a ella. Además, contamos con la protección de un pariente, que es actor.
—¡Ah!
—Sí, un primo nuestro, Roberto Alcalá... de quien tal vez has oído hablar...
—En efecto...—dijo Mercedes—, creo que estuvo un día en casa, hablando con mi padre...
Cuando se tienen pocos años, se intima pronto. Pocos meses después de conocerse, la tres amigas parecían hermanas; se lo habían dicho todo, sus secretillos más recónditos, sus esperanzas más atrevidas. Mercedes estuvo en casa de Carmen y de Nicasia, éstas no tardaron en devolver la visita, y doña Balbina y la viuda de Vallejo tuvieron, con este motivo, ocasión de renovar su antigua amistad. Todo ello contribuyó a reforzar el cariño que unía a las tres jóvenes y, como eran casi vecinas, siempre estaban las unas en casa de la otra o viceversa, repasándose las lecciones de música o enseñándose bordados o labores en marquetería, a las que Carmen, especialmente, era muy aficionada.
Todo esto ocurría a espaldas de Gómez-Urquijo, que vivía apartado de la realidad, sumido en el mundo fantasmagórico de sus quimeras novelescas... Y así Mercedes, insensiblemente, sin procurarlo, iba dejando el buen camino, empujada por la mano omnipotente del Destino impenetrable...
Una tarde, saliendo del Conservatorio, doña Balbina, contra su costumbre, se quejó de que «las niñas» caminaban muy de prisa.
—Más despacio, más despacito—repetía—; no puedo seguiros...
Mercedes hizo un gesto de disgusto y no respondió.
—¿Por qué no sales sola?—preguntó Carmen bajando la voz.
—No me dejan.
—¿Lo has intentado alguna vez?
—No.
—Pues importa que lo procures; Nicasia y yo te ayudaremos... ¡Qué diablo!... Las madres, cuándo van siendo viejas, suelen ponerse muy cargantes...
Pocos días después, las dos hermanas fueron a visitar a Mercedes: iban con la pretensión de llevársela a su casa para que viese una mantelería que estaban bordando.
—Volvemos en seguida—dijo Carmen a doña Balbina—; Mercedes puede venir así, conforme está: ya ve usted que nosotras, como vivimos tan cerquita, tampoco nos hemos vestido...
La anciana no supo qué responder; Gómez-Urquijo había salido...
—Bueno—dijo—, id pronto y volved en seguida. Ya sabéis que os estaré mirando desde el balcón...
Y, en efecto, Mercedes se fué. Era la primera vez que salía sola a la calle. Tenía veintiún años. La joven continuaba estudiando el piano asiduamente, y cuantos más progresos realizaba, mayores encantos musicales descubría, y más grandes eran las perplejidades y los conturbadores anhelos de su espíritu.
Esta peligrosa epifanía sentimental que inicia la música, la remató la literatura poco después. Mercedes nunca había reparado en que llevaba el apellido de un gran hombre; desde muy pequeñita estaba acostumbrada a ver artículos de su padre en todos los periódicos y revistas ilustradas, que publicaban el retrato de Gómez-Urquijo, juzgándole de distinto modo y estudiando extensamente sus novelas y sus triunfos escénicos; aquello, siendo tanto, le parecía insignificante y vulgar, como todo lo cotidiano; y por esto, sin duda, jamás tuvo el antojo de leer los libros de su padre hasta que un día...
Gómez-Urquijo y su mujer habían salido dejando a Mercedes sola, junto al piano, que despertaba en ella tantas aspiraciones vagas, tantos deseos sin nombre. Por aquella época la posición económica de don Pedro había mejorado notablemente, y el infatigable escritor ocupaba un pisito tercero en la calle Jacometrezo, con tres balcones desde donde se veía un trozo de la Red de San Luis, con su alegre baraúnda de transeuntes y de vehículos, y por los cuales se entraban, con las bocanadas del viento, los alegres murmullos de la gran ciudad.
Aquella tarde Mercedes se aburría, con una murria tan sui géneris, tan absurda, que acabó por indisponerla consigo misma. Se fastidiaba de oír las eternas lamentaciones de Chopín y los valses perversos de Waldteufel, y cerró el piano; después se cansó de bordar, no acertaba a combinar los colores de un ramillete que tenía entre manos, se pinchaba los dedos y arrojó el bastidor a un rincón; luego, aburrida también de ver las gentes que iban y venían por la calle, lanzó un suspiro de despecho y de ahogo, y cerró el balcón. Todos sus pensamientos se resumían en un «me aburro»... desesperante, que empujaba a su espíritu hacia peligrosos horizontes desconocidos. Era «el cuarto de hora» de los conflictos psicológicos, «la hora azul» de los grandes cataclismos sentimentales, de las terribles revelaciones...
Mercedes abrió el despacho de su padre, aquel santuario donde ni ella ni doña Balbina penetraban casi nunca. En los armarios aparecían amontonados centenares de volúmenes; en las paredes había multitud de retratos de actrices y de escritores amigos de don Pedro; sobre la mesa yacían varios libros; uno de ellos estaba sobre la carpeta, con la plegadera entre las hojas. Mercedes se acercó a la mesa y cogió el libro, Eva, la novela más célebre de Gómez-Urquijo. Durante algunos instantes estuvo inmóvil, hojeando el volumen con aire indeciso, respirando el ambiente de aquella habitación impregnada de un fuerte olor a tabaco. De súbito sus ojos chispearon, todo su cuerpo se estremeció y sus mejillas se arrebolaron de vergüenza: acababa de llegar al desenlace de una escena de amor cuya circunstanciada descripción devoró rápidamente, presintiendo que a la vuelta de cada hoja iba a descubrir algo que la revelase ese recatado misterio eleusíaco de la vida, tormento eterno de todas las vírgenes.
Mercedes había abierto el libro por una de sus últimas páginas, aquéllas, precisamente, que explicaban el verdadero motivo inspirador de la narración.
Eva era la leyenda perdurable de todas las mujeres; el despertar de las pasiones, el primer amor, con sus ilusiones mal definidas y sus locos anhelos de felicidad; el seductor ideal, guapo, decidor, ingenioso, gaitero, ardiente; la lucha entre el deseo y el deber, entre la carne, siempre frágil, y el honor... Y, finalmente, la caída, la dulce y espantosa caída, con sus noches de insomnio preñadas de terribles quimeras...
Todo esto lo releyó Mercedes con la torcida fruición del niño que hojea por primera vez un tratado de enfermedades secretas, y aquella lectura fué para ella un tósigo.
Gómez-Urquijo había procurado que sus obras fuesen trasunto fiel de la realidad; describió el mundo tal como era: bueno a ratos, a veces malo, pero, generalmente, más bien malo que bueno; y todas sus esperanzas, todos sus excepticismos, todas las hieles de su alma, todos sus nefandos refinamientos de hombre voluptuoso, estaban depositados allí, a guisa de légamo funesto. Gómez-Urquijo era pesimista; creía que la tierra es un mundo funesto, archivo de pesadumbres, manantial inagotable de desengaños, pudridero fatal de cuanto nace. Las ilusiones, como todas las aguas dulces, concluyen por amargar, porque unas se truecan en desesperanzas, y otras vuelven, tarde o temprano, al mar de donde salieron... Y a esto obedecía el criterio sombrío de don Pedro: el autor de Eva se rebelaba contra la muerte; le parecía absurdo y contrario a la noción de un primer principio inteligente y misericordioso, eso de nacer para seguidamente ir envejeciendo hasta desaparecer en el anónimo desesperante de lo pretérito; y por eso, para aminorar la visión fatídica del no ser, Gómez-Urquijo, predicaba un sensualismo triste, con perfiles que recordaban la fúnebre filosofía de los epicúreos: amemos; el amor es el único enemigo invencible de la muerte, el consolador bendito de todas las penas; amemos mientras los nervios sean capaces de sentir el opio embriagador del deseo... ¿Para qué sufrir? ¿Por qué no enmascarar bajo poéticos fingimientos la realidad cruel?... La vida es una novela que se escribe: hoy puede redactarse un capítulo triste, mañana otro alegre, y siempre, o casi siempre, a gusto del autor.
La joven pasó toda la tarde grabando en su memoria las embelesadoras y funestas enseñanzas de aquel libro; un mundo desconocido acababa de surgir ante ella, un mundo lleno de luz y de seductores mirajes que, como Galileo, sentía trepidar ya bajo sus plantas; y cuando la noche se echó encima y ya no alcanzaba a distinguir las letras, encendió el quinqué y continuó leyendo.
Todo la sorprendía; allí vió pasiones jamás presentidas por su columbino candor de doncella y escenas de un subidísimo color naturalista que simultáneamente la avergonzaban y seducían. La ética predicada por Gómez-Urquijo, era una moral decadente de libertino, y su alegría, algo triste, contrahecho y forzado, como la serenidad y regocijo que fingen en sus últimos instantes los sentenciados a muerte. Gocemos, decía el autor de Eva, apuremos de un trago todos los deleites sin dejarnos sugestionar por las vagas incertidumbres del mañana; la melancolía es el credo inútil, infecundo y estúpido de los vencidos... Gómez-Urquijo entonaba en aquellas páginas del mejor de sus libros, una canción brillantísima en honor del amor y de la risa: Eva era el prototipo de la mujer, con todas las seducciones, las voluptuosidades y los criminales ardimientos de su sexo; una mujer extraordinaria, una creación sobrehumana, puramente artística, bella y fecunda como la Eva milagrosa del Génesis, que llevó en sus ovarios los gérmenes de toda la especie humana; libertina como Semíramis, voluptuosa como Cleopatra, con esa voluptuosidad ponzoñosa, insaciable, que atormenta las entrañas de las mujeres meridionales; fuerte como Judit, perjura como Elena, incestuosa como Mesalina, cruel como Herodías... y a ratos también, esposa fiel como Artemisa y Lucrecia, y madre amantísima como Raquel... Eva lo reasumía y abreviaba todo: las virtudes, los heroísmos, las abyecciones; las altas cualidades y las grandes vergüenzas femeninas; era, pues, un símbolo; símbolo admirable digno de parangonarse con las creaciones inmortales del paganismo.
Mercedes leía ansiosamente, admirando hallar en aquella mujer fantástica, hermana suya, puesto que también parece mediar cierto secreto parentesco entre los hijos y los libros del mismo autor, algo bien concreto de lo mucho y mal definido que ella sentía.
Eva era la mujer terrible, provocadora de los grandes conflictos históricos; el hada omnipotente y dulce que caldea la inspiración de los artistas y aprieta el nudo novelesco de todas las leyendas pasionales; la hembra eterna, siempre gozada y siempre apetecible, que huye al principio y luego se rinde y más tarde persigue y acosa al burlador, al inconstante bien amado que huye; es la eterna Deseada que se ofrece en voluptuoso miraje a la imaginación de la gozadora adolescencia, emborrachándola con la sinfonía de sus juramentos y de sus besos y el sabio hechizo de sus caricias; es la mujer que duda, que finge, que ama, que olvida y que ríe... para aturdirse con el eco de su risa y tornar a querer y a reír...
¡Amar, reír!... Gómez-Urquijo insistía continuamente sobre estos dos conceptos con tenacidad de pagano borracho y feliz, y Mercedes, conforme leía, iba quedándose pensativa, sospechando que sus padres, al educarla en el austero recogimiento de la virtud, la regatearon el derecho indiscutible que tenía a cometer locuras y a ser dichosa.
Aquella noche Mercedes durmió con la novela de su padre debajo de la almohada, procurando que nadie la viese, con la vergüenza y el temor de la doncella que tiene a un hombre escondido en su cuarto.
Como Mercedes no pertenecía al número de esas mujeres frías y volubles que precisa estar reconquistando a cada momento, era incalculable el alcance que sobre ella podían tener las sensaciones. Primero leyó Eva, luego Cabeza de mujer, y ambos libros causaron en ella un efecto abominable: por sus páginas conoció las hechicerías de lo vedado y la inanidad de cuanto hasta allí estimó bueno y digno, por tanto, de imitación; allí aprendió que el hastío es la carcoma implacable del matrimonio; que el marido es algo monótono, insípido, como una cena servida siempre a la misma hora, y que si las mujeres supiesen que lo prohibido oculta la mitad más preciosa y duradera de sus encantos, no querrían casarse nunca...
Cabeza de mujer era un estudio perfecto de la psicología femenina, en cuanto hay en ella de pequeño; las envidias, las veleidades, los caprichos del momento, amores de salón, pasiones efímeras de coqueta que languidece en el seno de una sociedad embustera; mientras Eva reflejaba los grandes sentimientos devastadores del alma, con sus transportes de lujuria nunca satisfecha, sus exclusivismos y sus celos manchados de sangre. Entre ambos libros formaban un pentagrama exacto sobre el cual la mano habilísima del novelista trazó la sinfonía admirable y eterna de los deseos; con sus anhelos, sus dudas, sus impaciencias, sus citas y demás misterios clásicos que forman los adorables prolegómenos de la suprema posesión.
Mercedes sentía que la cuerda sensible de su alma vibraba, respondiendo con estremecimientos eléctricos a los diversos matices del himno pasional cantado por aquellas mujeres de novela, que, no obstante, tenían su misma sangre, sus mismos nervios. Gómez-Urquijo había puesto en todas igual temperamento, lo que no es de extrañar, pues el escritor se refleja en sus obras y las creaciones de su pluma, como las hijas de su carne, han de tener aficiones parecidas, temperamentos análogos.
La joven se reconoció retratada en los libros de su padre. Ella, con sus cortos cabellos negros y fuertes, su rostro pálido, sus ojos de obsidiana, brillantes y duros, y su cuerpo delgado y nervioso, se parecía a Eva, la gran apasionada, incansable derrochadora de placeres, que murió abandonada después de servir de embeleso a muchos hombres; y recordaba también a Matilde, la protagonista de Cabeza de mujer, aquella caprichosa incorregible que renunció a su marido y a sus hijos por beber champagne con un adorador que no la interesaba....
Aquellas dos mujeres, aunque viciosas, hipócritas y mudables, aparecieron ante Mercedes engalanadas de fascinadores hechizos, zalameras, graciosas, soboncitas, irresistibles, con el encanto sojuzgador del ángel malo. Eran adúlteras porque sus esposos eran vulgares, y viciosas porque la calidad de su sangre y la perpetua sobreexcitación de sus nervios así lo exigían; pero siempre interesantes, siempre adorables hasta en sus torpezas, siempre artistas... Y Mercedes las quería y hubiese deseado emularlas, rivalizar con ellas, ser una de tantas....
Como sus hermanas Eva y Matilde, antes de quebrantar las prescripciones del deber y de lo honesto, Mercedes acariciaba la visión de un mundo, escenario admirable de una perpetua bacanal. Leyendo aprendió las suaves emociones que experimentan los amantes en el campo, a la puesta del sol, caminando bajo los árboles y por entre los flexibles herbazales que se enredan a sus pies, invitándoles a caer; y la voluptuosa melancolía del crepúsculo, con sus pájaros adormilados arrullándose entre el boscaje, sus campiñas despertando rozadas por el aleteo refrescante de la noche, sus arroyos, cuyas aguas huyen acariciando las orillas con un suave lamento de despedida, y sus estrellas reflejando su luz fría en la superficie inmóvil de los pantanos... Y conocía también las emociones de los amoríos urbanos: las citas en la iglesia, las criadas o las amigas serviciales que ejercen tercería, ofreciéndose a llevar y traer cartas, o poniendo su casa a disposición de los que no pueden exhibir su pasión públicamente; las entrevistas en los cafés poco concurridos de los arrabales, los paseos en coche... Y además las cartas, las horribles cartas hinchadas de juramentos hiperbólicos y de promesas soliviantadoras, los disgustos que reavivan el amor, las dudas, los desdenes, los celos; y luego las escenas más íntimas. Aquellas tardes invernales pasadas en el voluptuoso recogimiento de los dormitorios, esas capillitas modernas sabiamente preparadas para el culto de la diosa Carne, especie de abismos perfumados, donde los amantes cumplen poco a poco la siniestra profecía de Malthus. A través de los cristales de la ventana, se ven pasar los copos de nieve cayendo unos tras otros en catarata inagotable desde la inmensidad del cielo gris; junto a las paredes, los muebles abocetan tímidamente sus suaves panzas de raso o felpa; sobre el suelo alfombrado, los cortinajes de la puerta, inmóviles y tristes como telarañas abandonadas, arrastran sus flecos obscuros; el ambiente, que huele a perfume y a cuerpo de mujer joven, produce una sensación de enervamiento, de laxitud inexplicables; en el hueco de la chimenea arde un tronco de encina que cruje y se desgrana en chispas arrojando reflejos sanguinolentos que corren por la alfombra. En el fondo de la habitación aparece el lecho; no como aquéllos de en tiempo del Imperio, altos y estrechos, pues las camas pequeñas son odiosas por parecer construídas exclusivamente para dormir o gustar el placer de prisa y sin paladearlo, como vaso de vino que los caminantes impacientes apuran de pie delante del mostrador; sino un lecho moderno, bajito, amplio y mullido, sepultado bajo una colgadura de terciopelo, entre cuyos pliegues la mundana previsión del tapicero colgó una lamparilla eléctrica.
Todo esto lo sabía Mercedes y más aún... Conocía los detalles, los refinamientos... El espejo puesto a los pies del lecho para acicate del deseo cansado, las prendas de vestir arrojadas aquí y allá por la impaciencia febril de los amantes, los encantos que prestan a la mujer las camisas de seda, tan suaves, ciñéndose y modelando las curvas del cuerpo, y tan vistosas, con sus encajes flamencos y sus cintajos multicolores; las caricias de las infatigables manos varoniles, el beso en la boca, ese beso brutal, decisivo, de la posesión; y los besos en la nuca, tan afrodisíacos, tan excitantes, flagelando la espalda con un cosquilleo magnético que llega a los riñones... Y luego aquellas horas de invencible emperazamiento en que ambos amantes yacen silenciosos, con el ánimo preso en el hechizo de quererse mucho escuchando el simultáneo tic-tac de sus dos relojes colocados sobre la mesilla de noche; el del hombre más grave, más lento; el de la mujer más rápido, más febril; pero avanzando simultáneamente cual si entre ellos mediase también una corriente simpática...
Tales lecturas causaron en el carácter de Mercedes una honda revolución que no advirtieron en los primeros momentos ni doña Balbina ni Gómez-Urquijo: tornóse más irritable, más desigual, más voluntariosa; las lecturas habían prestado mayor exactitud y relieve a los deseos mal definidos que en ella provocaron las primeras emociones musicales; dormía poco, sus mejillas palidecieron, su mirada fué más profunda, y pasaba largos ratos en el balcón, recapacitando en la monotonía de su existencia de mujer honrada, mirando atentamente a los transeuntes y pensando que todos ellos tendrían, como los hombres y las mujeres de los libros, sus amores y su citas.
Su padre, el talentoso autor de Eva y de Cabeza de mujer, lo había dicho. «La vida es una novela que se escribe... siempre, o casi siempre, a gusto del autor». Y Mercedes renegaba de que en todas las páginas de su historia el Destino fuese escribiendo los mismos párrafos.
A ratos pensaba en imitar el ejemplo de doña Balbina, tan buena, tan resignada con su suerte, viviendo en la obscuridad, consagrada al cuidado de su marido y de su hija: pero otros se revelaba, creyendo que la virtud es enemiga del amor y de la risa, y que es horrible el porvenir de las mujeres honestas, condenadas a vivir en perpetua minoría de edad, obedeciendo a sus padres primero, a su marido después: y entonces el matrimonio le parecía algo absurdo, una institución monstruosa que ayunta para siempre a dos seres que tal vez habrán de odiarse el día de tornaboda; una especie de duelo a muerte que sólo puede terminar con la desaparición de uno de los dos adversarios. Y Mercedes juraba que algunas mujeres, si no tuviesen esperanza de enviudar, no se casarían nunca.
Aquellos pensamientos determinaban en la joven un estado de perpetua excitación: siempre, sin saber por qué, esperaba algo nuevo, anormal, que sobrevendría fatalmente y de sopetón, en forma de ser viviente o de noticia o de carta, pero que llegaría al fin, cuando más descuidada estuviese, a romper el aburrimiento de su vida explayando ante su ilusión nuevos horizontes. Este remedio prodigioso lo esperaba Mercedes continuamente, a todas horas, de un telegrama que jamás venía, de una carta que nunca llegaba: en cuanto sonaba el timbre de la puerta acudía al recibimiento presurosa, queriendo recibir ella misma lo que con tanta impaciencia aguardaba, y aunque contaba sus desengaños por días, siempre se dormía conforme, fortalecida por su convicción inquebrantable de ser dichosa, murmurando:
—Vendrá mañana...
Así vivía, abrazada a un ensueño sin nombre.
De algo de esto habló Mercedes con Nicasia y Carmen, una tarde al salir del Conservatorio; mas ellas, que habían leído muy poco, no supieron qué decir.
—En los libros—afirmó Carmen—los autores escriben muchas tontunas. Tú, de todos modos, necesitas un novio.
Y añadió bajando la voz para que Nicasia no la oyese.
—Otro día te contaré lo que hace tiempo me sucedió con Luis...
—¿Cómo?—exclamó Mercedes sorprendida de aquella revelación que no esperaba—¿tienes novio?
—Sí.
—¿Cómo no me lo habías dicho, hipócrita?